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La obra histórica de Marañón distingue dos etapas claramente diferenciadas, antes y después de su exilio en París con motivo de la Guerra Civil española (1936-1942).
Si antes de la guerra su obra estuvo caracterizada por las conocidas como psicobiografías, estudios del alma humana tratando de comprender los resortes del comportamiento de determinados personajes históricos, después, sus trabajos históricos estuvieron marcados por la experiencia de su propio exilio y, en lo metodológico, recogían los nuevos aires que renovaban la historiografía de la mano de la conocida como Escuela de los Annales que había aparecido en Francia al finalizar la década de 1920.
Este artículo recoge un balance de la obra histórica de Marañón en su conjunto.
En 1934 Marañón fue electo para la Academia de la Historia.
Este nombramiento respondía, sin duda, al enorme prestigio que en esa hora atesoraba ante la sociedad española.
Para entonces, ya era académico de la Medicina y, en esos mismos años de la II República, lo sería también de la Española y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (López Vega, 2005).
En realidad, su obra histórica no era en ese momento, ciertamente, voluminosa.
Marañón, que en 1930 había publicado su primera psicobiografía, así lo reconocía al escribir al secretario de la Academia, Vicente Castañeda, que «este honor que juzgo inmerecido [...] me obliga a la responsabilidad de merecerlo en adelante»1.
Así lo hizo y pronto apareció El conde-duque de Olivares.
La pasión de mandar, la mejor psicobiografía de Marañón en esta primera etapa de su obra histórica.
Aunque había hecho pequeñas incursiones en la historia a través de su ensayo sobre Don Juan y en la historia de la Medicina en algunas intervenciones en la Academia de Medicina en los años veinte (Marañón, 1923a y 1923b), no fue hasta los años 30 cuando se asomó de manera profusa a la historia desde un punto de vista biológico.
Marañón se acercaba a la biografía tratando de hacer historias clínicas de sus biografiados.
De esta manera, comenzaba por analizar la influencia que la constitución hereditaria ejercía sobre los temperamentos, ambiciones, actitudes, reacciones, etc., de los personajes que le interesaron.
Junto a ese biologicismo, en su obra histórica de comienzos de los treinta se puede encontrar un evidente determinismo histórico.
Al tiempo que concebía la historia de la humanidad como un proceso en constante progreso, algo común en los autores de entonces —al menos hasta la hecatombe moral que supuso la II guerra mundial—, se fijaba en lo que llamaba el espíritu de la época o del siglo y en el carácter histórico de los individuos anónimos de cada período.
Todas estas pautas caracterizaron entonces su obra histórica desde su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), donde escudriñó la debatida impotencia del rey castellano sentenciando que el cuadro clínico del rey era una displasia eunocoide con reacción acromegálica, hasta Amiel.
Un estudio sobre la timidez (1932), Las ideas biológicas del padre Feijoo (1934), El Conde-Duque de Olivares.
La pasión de mandar (1936) o, en cierta medida, también en Tiberio.
No cabe duda que buena parte del éxito que acompañó a cada una de sus biografías de entonces —enormemente populares, rápidamente reeditadas y muy comentadas— estribaba en su soberbio estilo narrativo.
Su escritura pulcra y su estructura ordenada, introducían al lector en el universo de cada personaje histórico.
Su modo ameno de presentar la historia, el excelente ritmo narrativo que le acompaña y el análisis de las humanas pasiones de los personajes, cautivaron a todos los que emprendieron la aventura de tomar entre sus manos las obras de Marañón.
Numerosos autores han recogido y señalado a Marañón como uno de los paradigmas del género biográfico en España, un género que, si lo comparamos con tradiciones como la anglosajona o la francesa, no ha gozado de especial vigor sino hasta muy recientemente.
Desde una perspectiva historiográfica, como han puesto de manifiesto muchos de sus biógrafos, recuérdese, en concreto, la biografía que le dedicó Luis Sánchez Granjel, los trabajos de Pedro Laín Entralgo y las diferentes biografías de Marino Gómez-Santos, si bien estas últimas tienen un carácter más descriptivo que analítico (Sánchez Granjel, 1960; Laín Entralgo, 1969 y 1999; Gómez-Santos, 2001), estas psicobiografías de la primera etapa son lo más conocido de su obra histórica —con excepción de Antonio Pérez—.
Y, sin embargo, son unas psicobiografías que adolecen del aparato metodológico que ha caracterizado la historiografía europea tras la aportación de la Escuela de los Annales que había aparecido apenas un lustro antes de su Conde-duque.
El giro copernicano que para la historiografía supuso el influjo de esta Escuela sí estaría presente en la obra histórica de Marañón a partir de su exilio en París —diciembre de 1936—.
Los escritos de Marañón en París están transidos de melancolía por la España perdida.
Su identificación con la patria lejana y añorada se reflejó en composiciones de singular belleza literaria como Tiempo viejo y tiempo nuevo (1940), Elogio y nostalgia de Toledo o Vida e historia (estos dos aparecidos en 1941).
La enajenación a algo constitutivo de sí mismo, España, a la que Marañón tenía tan interiorizada, se vio agudizada por la impotencia ante acontecimientos que escapaban a su control y que violaban su propia intimidad, como el saqueo de su casa y su Cigarral toledano donde perdió, no sólo objetos de mayor o menor valor material, sino también recuerdos y documentos de mayor significación personal —como libros y papeles de su archivo personal—.
Melancolía y tristeza caracterizaron la reflexión de Marañón en París.
En estos años publicó un buen número de ensayos históricos y otros que traslucían reflexiones sobre el tiempo que le había tocado vivir.
Si la nostalgia de España estaba en el origen de éstos, la reflexión sobre el exilio y el exiliado fue permanente en aquéllos a partir de entonces.
En París, y fruto de su propia experiencia, Marañón proyectó realizar una magna obra sobre la Historia de las emigraciones políticas españolas entre los siglos XV y XX que tenía al exilio y el exiliado como eje interpretativo de la historia de España desde el reinado de los Reyes Católicos.
Nunca vio la luz como tal, pero este proyecto subyace en muchos de los trabajos históricos que publicaría en años sucesivos y está en el origen de su mejor obra histórica, su biografía sobre Antonio Pérez (1947).
Libre de sus ocupaciones habituales, Marañón pudo dedicar un tiempo considerable a la investigación histórica.
En París desarrolló una más que notable labor de investigación en los Archivos Nacionales Franceses donde el matrimonio Marañón entabló amistad con el hispanista Pierre Vilar y su mujer, la documentalista Gabrielle Berrogain.
Para abordar su proyectada obra, en una nota manuscrita detallaba el índice que tenía previsto desarrollar:
I.- De las Comunidades a la Revolución Francesa
A.- Las Comunidades de Castilla (Doña María Pacheco).
B.- La expulsión de los Judíos.
C.- La expulsión de los Moriscos.
D.- Levantamiento de Aragón en tiempo de Antonio Pérez (Antonio Pérez).
E.- Los emigrados por heterodoxia (Servet).
F.- La expulsión de los Jesuitas.
G.- La primera conspiración republicana (Pi Cornell).
H.- Emigrados por la Revolución Francesa (Marchena).
I.- Emigrados por el Motín de Aranjuez (Godoy).
II.- De los Afrancesados a la Restauración.
A.- Los afrancesados (Meléndez Valdés).
B.- Los liberales (el conde de Toreno).
C.- Los realistas (el general Eguía).
D.- Segunda emigración liberal (Martínez de la Rosa).
E.- Los carlistas (el cura Merino).
F.- Los republicanos (Ruiz Zorrilla).
G.- Segunda emigración carlista (Melgar).
III.- De la Dictadura a la Revolución española.
A.- La Dictadura (Unamuno).
B.- Los monárquicos a la caída del Régimen (Calvo Sotelo).
C.- Emigración de la Revolución española (López Vega, 2007)2
A partir de ese índice, Marañón empezó a elaborar los diferentes capítulos.
Recabó información bibliográfica y documental, no sólo con su propio esfuerzo, sino también con la ayuda de muchos de sus amigos como Natalio Rivas, Gabriel Maura, Salvador de Madariaga o Indalecio Prieto, con quienes compartió su ambiciosa idea. éstos y sus hijos, además de información y comentarios, le hicieron llegar libros que necesitaba y de los que no disponía en París.
Sin embargo, el volumen e interés de la documentación que encontró sobre Antonio Pérez centró su atención sobre la figura del secretario de Felipe II, frustrando así su proyecto inicial (Alvar Ezquerra y López Vega, 2010).
A diferencia de sus trabajos de antes de la guerra, las obras que Marañón desarrolló a partir de entonces recogían, en cierto modo, los nuevos aires que corrían por la historiografía.
Quizás sea demasiado aventurado afirmar que conocía el giro impulsado por la Escuela de los Annales por el que se comenzó a superar la visión historicista y positivista de la historia —en síntesis, fundada en la concatenación de acontecimientos aislados, fundamentalmente, políticos o militares—, para fijarse en las corrientes profundas que habían influido en la historia y tratar de elaborar una historia total —económica y social, sobre todo, pero también demográfica, cultural, de las mentalidades, etc.—.
Lo que es seguro es que Marañón entró en contacto con algunos de los hombres que auspiciaron y recogieron ese impulso —no sólo el propio Vilar, sino también, por ejemplo, Fernand Braudel—, y, desde luego, con bibliografía que recogía esa renovación, como se puede constatar en el aparato crítico de su Antonio Pérez.
Aunque esta obra, efectivamente, le llevó a aplazar la realización completa de su proyecto, algunos de los capítulos del proyecto inicial fueron publicados de manera monográfica o como ensayos, conferencias o artículos —la expulsión de los judíos, las Comunidades de Castilla, Servet—, otros se conservan en diferente estado de gestación —algunos listos para publicar, mecanografiados con anotaciones y correcciones manuscritas de Marañón, es decir, en su último estadío de formación como la expulsión de los moriscos que se publicó en 2004 o la expulsión de los jesuitas— o, simplemente, esquematizados como los emigrados por la Revolución Francesa o las fichas que dedicó a personajes del XIX y del XX.
Otras de sus monografías históricas de entonces, aunque no aparecen citadas como tales en el índice, indudablemente responden al propósito de este proyecto como Luis Vives.
Influido indudablemente por su propia experiencia vital, la conclusión de su reflexión sobre el exilio por ideas políticas era que el exiliado se vería finalmente correspondido por el juicio de la historia, «porque la historia no la hacen los que creen hacerla, sino los que la cuentan; y la voz del perseguido es a la larga la única que se oye» (Marañón, 1945).
Respecto al siglo XIX y el XX Marañón elaboró numerosas fichas en los que buscaba, sin duda, explicaciones a la trágica realidad que le tocó vivir4.
Con todo, el último capítulo de la historia, el suyo propio, no pensaba desarrollarlo aún pues, como escribía a Natalio Rivas el 4 de septiembre de 1940, «voy a escribir una Historia de los Emigrados Españoles en Francia.
Porque es, casi la Historia de España; seguramente la del XIX.
Empezaré con Vives, con Servet, con Antonio Pérez; y llegaré hasta hoy, si bien este último acto, no lo publicaré por ahora.
El núcleo lo formarán, como es natural, los emigrados del pasado siglo: absolutistas y liberales, militares sublevados, carlistas, reyes y jefes de Estado destronados; incluso los que se apartaron de España por razones no políticas, sino por oscuras razones sentimentales o ideológicas, como su paisano Ganivet».
Como explicaba al propio Rivas en otra carta de entonces «lo más importante será el estudio de lo que estas emigraciones influyeron en el ánimo de los personajes expatriados y, a su vez, en la política española»5.
En el origen de su reflexión histórica, Marañón entendía que las guerras civiles eran uno de los motores de la historia de España desde el siglo XV como causa próxima o remota de las emigraciones políticas.
Sin embargo, la guerra de 1936 era diferente a todas las demás, nunca antes una guerra fratricida había sido tan violenta y la emigración producida por ella tan numerosa.
Las condiciones materiales y espirituales de los emigrados eran entonces más penosas que nunca.
La voluntad de exterminio hacía que, si en siglos anteriores, los exiliados habían encontrado refugio en otros lugares donde rehicieron su vida —singularmente Francia e Inglaterra—, ahora, en 1940-41, estaban a merced de la aplicación sectaria de la represión.
Ni siquiera en América encontraban entonces el vasto campo de posibilidades que aparecía ante el emigrante cien años atrás.
Regresado a España, Marañón publicó en dos volúmenes Antonio Pérez.
El hombre, el drama y la época, su mejor obra histórica, en 1947.
Comenzada en sus años de París, a su regreso había completado la biografía con la documentación existente en España y, singularmente, en el Archivo de Simancas, donde fue por vez primera en el verano de 1943, a la que añadió fuentes inéditas procedentes de múltiples archivos españoles y las que le hicieron llegar algunos amigos como el Duque de Alba, el historiador del arte Manuel Gómez Moreno, el marqués de la Vega-Inclán —quien le informaba de la posibilidad de encontrar información en el Archivo de la Corona de Aragón—, el arabista Emilio García Gómez, Eugenio Sarrablo y Teodoro García López —vicedirector y archivero del Histórico Nacional— o Ernesto Martínez Ferrando —archivero de la Corona de Aragón—,entre otros6.
Esta obra estaba, efectivamente, muy bien documentada.
Con un aparato crítico verdaderamente prolijo, cuando se publicó Antonio Pérez la historiografía oficial estaba orientada por motivos políticos a la exaltación del pasado católico e imperial de la Monarquía Hispánica, lo que tuvo como resultado la idealización del reinado de los Reyes Católicos, el descubrimiento de América, la Contrarreforma y el Imperio Español bajo Carlos V y Felipe II.
Así, al tiempo que se asumían algunas interpretaciones como la continuidad histórica española desde el pasado hispano-romano y visigótico —tesis defendida por Menéndez Pidal en Los españoles en la Historia (1947) y por Claudio Sánchez Albornoz en España.
Un enigma histórico (1956)— o la idea de Castilla como elemento vertebrador de España como nación, se rechazaban interpretaciones como la de Américo Castro sobre la confluencia de las culturas judía, cristiana y musulmana en la formación histórica de España —idea que Marañón había recogido a propósito de Toledo como encrucijada cultural y paradigma de lo español—.
En ese contexto apareció el Antonio Pérez de Marañón que recibió numerosas felicitaciones tanto de buenos conocedores y especialistas en el período como Fernand Braudel, Marcel Bataillon, Jean Sarrailh, Américo Castro, Ramón Carande o Ramón Menéndez Pidal, como de personalidades tanto del interior como del exilio donde el rigor y el carácter heterodoxo de la obra suscitó gran interés —Salvador de Madariaga, Indalecio Prieto, Ramón J. Sender, Justo Gárate o ángel Lázaro, entre otros7—.
Si Menéndez Pidal juzgaba que «su penetración documental, psicológica y crítica, son lo que sirven para triangular el mapa de nuestra futura historiografía», Carande destacaba su rigor y originalidad: «contentarse con lo que muchos juzgan evidente y tantos reciben sin reservas, bien prueba usted que, por lo menos, para los historiadores no es aconsejable.
Son las preguntas inéditas los mejores sabuesos y, sobre buen rastro, deparan buenas piezas.
Usted ha sabido preguntar y le han contestado las mejores fuentes».
Dos años más tarde, en septiembre de 1949, era Américo Castro, quien con cierto humor celebraba la nueva biografía: «rica en documentos, clara en la exposición, amplia en cuanto al radio de vida contemporánea que abarca, y, en fin, escrita sin aire provinciano, y sin el tufo de camilla característico de las cursilerías históricas que corren por ahí y por Hispanoamérica [...].
Su obra es de veras una obra histórica, ya le digo, sin posible comparación con lo que corre por ahí [manuscrito al margen señalaba "dejando a un lado el Cid de M. Pidal"] [...]
Su nuevo libro me parece más hecho y mucho más importante que el del Conde-Duque.
Y no sé si desearle que nos de Vd. ahora un Carlos V (¡qué falta nos hace!), o que nos resuelva el drama del cáncer o de la poliomielitis»8.
En Antonio Pérez Marañón llevaba al lector por el proceloso ambiente de la Corte del rey prudente a través de una prosa envolvente.
Además de desmigajar la personalidad y circunstancias que atravesó el secretario del monarca, se ocupó de modo profundo de algunas de las personas que protagonizaron su reinado, como Juan Escobedo —cuyo asesinato era el objeto principal del estudio—, la princesa de éboli, el duque de Alba, don Juan de Austria o doña Juana de Coello —mujer de Antonio Pérez—, así como las circunstancias que rodearon a las decisiones y actitudes que adoptaron cada uno de ellos.
Su interpretación de Felipe II y su reinado no era en absoluto condescendiente con la visión apologética de la historiografía oficial.
Para Marañón la corte fue un centro de corrupción moral, nido de intrigas y corruptelas, donde la doblez del rey, su puritanismo, envidia y resentimiento, jugaron un papel esencial.
Aunque tal vez Marañón no llegó a comprender en profundidad la realidad institucional de la Monarquía Hispánica del siglo XVI, la del mosaico español tal y como lo explicó Antonio Domínguez Ortíz, no obstante, el impacto de su obra fue y ha sido ingente, constituyéndose desde entonces y hasta hoy en referencia obligada en toda obra del periodo.
Para el médico, aquel episodio representó una reviviscencia del poder feudal medieval.
Su interpretación levantó una gran controversia.
Si, por un lado, Vicens Vives sentenciaba que la tesis de Marañón «puede dar lugar a lamentable confusionismo [...].
Yo me pregunto si el Dr. Marañón, al justificar a Carlos V mediante la contraposición de los privilegios medievales de que gozaba Castilla en la tendencia ecuménica y democratizante de la cancillería imperial, no comete, sin saberlo él mismo, un error de volumen histórico» (Vicens Vives, 1948).
Por otro, Ramón Carande le escribió a finales de 1949 que «nada tuvo de popular el movimiento de los comuneros [...].
Creo también [como Vd.] que la tiranía la encarnaron los promotores —caciques feudales— de la rebelión y no [...el] "supuesto feroz absolutismo del monarca".
Sobre lo hipotético, pero desplazado, de la tesis avasalladora del absolutismo, regalismo, despotismo, tiranía... de los monarcas del siglo XVI y, muy particularmente, de Carlos V, [...] se viene abusando desde hace mucho y con indecible ligereza de aquellos rotundos vocablos.
No creo que en Europa, en la Ed[ad] Mod[erna], haya existido un solo monarca absoluto propiamente hablando antes de Luis XIV»9.
El tiempo y las investigaciones quitaron la razón a Marañón y la revuelta de las Comunidades es hoy considerada la primera de las revoluciones modernas, un movimiento antiseñorial y antinobiliario (Maravall, 1963; Pérez, 1977 y Gutiérrez Nieto, 1973).
Con todo, la obra histórica de Marañón no se quedó en Antonio Pérez y su tiempo.
Esos años del franquismo fueron, en este sentido, muy fructíferos.
En un momento donde los siglos XVIII y XIX eran vistos como la causa de todas las desgracias patrias, Marañón fue uno de los pocos que se ocupó de estas centurias.
El carácter acrítico de buena parte de la historiografía oficial trataba de sintonizar con el proyecto político que impulsaba la Dictadura, la historiografía extranjera adquirió «un papel principal en el análisis científico e investigación rigurosa de la historia española» (Fusi, 1999, 122).
Así los trabajos de autores como Gerald Brenan, Fernand Braudel o Jean Sarrailh primero, y Richard Herr, Jonh H. Elliott, Gabriel Jackson o Raymond Carr, un poco más tarde, a partir de los años sesenta, se tornaron en decisivos en la renovación de la historiografía española que comenzó a vislumbrarse dentro de España a partir de la obra del historiador catalán Jaume Vicens Vives.
Junto a él, los trabajos de Luis García Valdeavellano en historia medieval, Gonzalo Anes, Antonio Domínguez Ortiz, Manuel Fernández álvarez, Felipe Ruiz Martín o Valentín Vázquez de Prada en historia moderna, Miguel Artola, José María Jover o Carlos Seco Serrano en historia contemporánea y Luis Díez del Corral y José Antonio Maravall en la historia del pensamiento comenzaron a cambiar el panorama en la historia hecha dentro de España.
La obra histórica de Marañón, significó en ese contexto en cierto sentido, el estado de transición de la historiografía durante los años cuarenta y buena parte de los cincuenta antes de que la obra de todos estos autores comenzase a marcar las pautas metodológicas de la disciplina que caracterizaría toda la segunda mitad del siglo XX.
Marañón continuó trabajando en aspectos de su proyecto para estudiar las emigraciones políticas españolas desde el siglo XV que había trazado durante su exilio.
En esta perspectiva, la obra dispersa de Marañón adquiere, por sí misma, una notable entidad.
Como liberal, le interesaba cómo se fraguó la noción contemporánea de la libertad como principio inalienable del ser humano.
En la obra de Erasmo, Descartes, Bacon, Galileo, Spinoza, Newton, Leibniz y Bayle, encontró los antecedentes de la consideración del individuo como sujeto de derechos y libertades con independencia de su clase social, su categoría profesional o su fe religiosa.
Si antes del XVIII, la cuna determinaba el destino de las personas, el imperio de la razón, la Ilustración, sembró la semilla que germinaría tras la Revolución Francesa: la noción de ciudadanos libres e iguales y la supresión de los derechos históricos.
También en el XVIII y fruto del enciclopedismo nació buena parte de las ideas que alumbraron el criterio político, profesional y ético del propio Marañón, el «afán magnífico por el progreso de los hombres, [...] que los seres humanos se entendiesen, cualesquiera que fueran sus ideas, en lugar de matarse estúpidamente por ellas; [...] que los jefes de los pueblos gobernaran con humanidad y no con arbitraria tiranía; que en lugar de discutirse en las universidades silogismos absurdos, se estudiase la realidad viva; que la experiencia sucediese a la especulación teórica; que se amase a la naturaleza y se viviese en contacto con ella; que el sufrimiento de los demás, en fin, lo sintiéramos como un dolor de nosotros mismos» (Marañón, 1948, 665).
Para Marañón no había duda, el siglo XVIII era uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad.
De la España del XVIII, Marañón se fijaba en cómo las políticas reformistas de los Borbones habían tratado de acompasar el paso español al europeo.
En la Ilustración encontraba el origen remoto de su propio desafío generacional, lo que él y sus coetáneos habían logrado, la guerra destruido y el franquismo perseguido.
Si en el XVIII los emigrados españoles a Francia fueron el vehículo para importar las ideas que entonces revolucionaban el pensamiento europeo, al comenzar el XX ellos con sus viajes de ampliación de estudios habían logrado dar un nuevo impulso a la historia del país.
Marañón prologó entonces el estudio clásico de Sarrailh que ha contribuido de manera decisiva a configurar la imagen de España.
Fruto del mismo, el XVIII se eleva como «un siglo lleno de intentos admirables para el futuro de España» (Marañón, 1954a, 951-955) y no como un período decadente, subversivo y antirreligioso, como sostenía la historiografía oficial.
Feijóo, Olavide y Jovellanos representaban el esfuerzo titánico «para superar los tres graves defectos de la raza: el nacionalismo pedantesco, la falta de libertad en el pensar y el espíritu de inconvivencia» (Marañón, 1954a, 951-955) y las Sociedades Económicas de Amigos del País representaban lo mejor del legado de la Ilustración, esto es, claridad, instrucción y sentido de bienestar material bajo el signo del progreso humano.
El problema con el XVIII estribaba en el asunto religioso.
Durante los años de la Dictadura franquista se presentó deliberadamente a los siglos XVIII y el XIX como paradigmas destructores de la identidad española por su carácter antirreligioso.
Marañón combatía esta interpretación y presentaba el siglo ilustrado como reacción contra la injusticia humana lo que entroncaba, directamente, con la idea cristiana de caridad y no con la masonería y el comunismo como muchos se empeñaban en apuntar intencionadamente.
En Jovellanos situaba el referente último de lo mejor de la tradición liberal española10.
Su política realista y reformista era encomiable, pero lo mejor de Jovellanos era, para Marañón, su espíritu tolerante, su «alma magnánima [...por] el restablecimiento de la concordia entre los españoles, después de tantos siglos de guerras civiles o de pugnas ideológicas» (Marañón, 1958, 871).
En todo caso, el mejor fruto del siglo XVIII fue la nueva filosofía de la ciencia que colocó la experimentación y la razón como fundamento del saber.
A partir de su proyecto inicial sobre las emigraciones políticas, Marañón quería abarcar el estudio de los emigrados afrancesados (Meléndez Valdés), liberales (el conde de Toreno o, más tarde, Martínez de la Rosa), realistas (el general Eguía), carlistas (el cura Merino o, más adelante, Melgar), republicanos (Ruiz Zorrilla) y, ya durante el siglo XX, el exilio producido por la Dictadura de Primo de Rivera (Unamuno), el fin de la Monarquía (Calvo Sotelo) y la guerra civil.
Es presumible que muchos de sus escritos dedicados al siglo XIX publicados en estos años fueran fruto de esas notas que, si hacemos caso a lo que escribía a Indalecio Prieto en julio de 1956, tenía en estado muy avanzado11.
Marañón se dio cuenta pronto que el XIX era un siglo desconocido y sobre el que se tenían numerosos prejuicios.
Así, al prologar una biografía sobre Cambó, señalaba que «el hallazgo del camino definitivo [hacia la paz y la reconciliación nacional], empresa angustiosa en la que todos nos encontramos, es incompatible con el gesto de rencor hacia el siglo XIX.
Porque el siglo XIX es nuestro padre [...].
La fuerza del presente y del futuro ha de fundarse en un escrupuloso y amoroso estudio del tiempo que nos ha engendrado, con su bien y con su mal.
La historia del siglo XIX está por hacer.
Hacer historia no es contar las cosas, sino comprenderlas; y esta comprensión ha sido hasta ahora imposible porque, como dicen los gitanos en sus coplas, la pasión quita el conocimiento» (Marañón, 1952a, 851).
Frente a los que extendían la idea de que el oscuro siglo XIX español era fruto de una conspiración judeomasónica que había infiltrado el liberalismo y el comunismo en España para desposeerla de las esencias patrias, Marañón negaba la mayor, «nada hay menos liberal que una sociedad secreta.
Yo me resisto a hacer intervenir la maniobra oculta en la explicación de sucesos públicos.
Las cosas, en la vida, suelen suceder por razones que están a flor de tierra; y la interpretación tenebrosa, más que explicar los hechos oscuros, quisiera explicar las causas claras que no conviene decir.
Las sociedades secretas han podido intervenir en un hecho aislado, en una votación, en un motín, en un crimen; pero jamás han influido, con profundidad histórica, en la gran marcha de los acontecimientos» (Marañón, 1948b, 741).
En todo caso, de lo que no cabe duda es que en todos sus escritos sobre el XIX había una intencionalidad política (sirva como botón de muestra cómo al fijarse en el destierro voluntario de José San Martín, el Libertador de América, que vivió en Francia sus 23 últimos años de vida, señalaba que lo hizo porque «sabía bien, y lo dijo, que un general vencedor no puede perpetuarse en el Gobierno» —Marañón, 1950, 385—).
De esta manera, si recorremos sus escritos dispersos por los acontecimientos fundamentales del siglo XIX podemos recoger su interpretación del mismo.
Frente a la visión exclusivamente patriótica del levantamiento del pueblo de Madrid el 2 de mayo de 1808 contra el ejército francés, Marañón sostenía —como efectivamente ha matizado después la historiografía— que el pueblo español se había levantado en defensa del régimen político tradicional y de la religión, como demostraba que, apenas 15 años más tarde, en 1823, los españoles habían acogido pacíficamente a los Cien Mil Hijos de San Luis que venían a reinstaurar en el trono a Fernando VII.
Derivado de ello, Marañón se fijó entonces en la injusticia histórica cometida con los partidarios de las ideas ilustradas de origen galo, los conocidos como afrancesados.
En 1953, prologó la opera prima del entonces joven historiador Miguel Artola que, como decía a José María Cossío, era un «joven, pero talentudo investigador, [...que] ha escrito después de varios años de trabajo un libro que, a mí, me parece importante porque era necesario escribirlo y porque lo ha escrito bien, sobre los afrancesados»12.
Para Marañón, uno de los grandes aciertos de la monografía de Artola era la descripción del caldo de cultivo que generó la aparición de esos afrancesados.
Fruto de su experiencia personal, discrepaba de la visión de Artola de la Revolución Francesa como fruto del espíritu del XVIII.
Para Marañón, por el contrario, la revolución había abortado el reinado del librepensamiento.
Si Artola defendía, con razón, que el afán de libertad y la mejora de las condiciones de vida, habían favorecido la subversión contra el orden tradicional del Antiguo Régimen, Marañón consideraba que esta subversión era innecesaria pues, en línea con su visión determinista de la historia, la humanidad hubiera marchado inexorablemente hacia la satisfacción del instinto humano de libertad y de paz.
Respecto a los propios afrancesados, Marañón compartía con Artola que aquellos fueron buena parte de los hombres que quisieron hacer de su mundo un lugar mejor a través del despotismo ilustrado.
Marañón se dio cuenta de cómo «Artola destaca muy bien este común origen del liberalismo y el despotismo ilustrado» (Marañón, 1953, 911).
De hecho, la obra del joven historiador «hacía de la crisis del Antiguo Régimen y de la revolución liberal de principios del siglo XIX la clave para la comprensión de la España contemporánea, giro conceptual determinante que, en pocos años, haría de los siglos XIX y XX el epicentro de la reflexión histórica española» (Fusi, 1999, 123).
La conclusión de Marañón del estudio de Artola era la honradez de la conducta de los afrancesados.
Se fueron a Francia siguiendo a José Bonaparte, considerando a éste y su política la mejor opción para la España de entonces.
En ningún caso fueron antipatriotas como había querido presentar la historiografía a lo largo de mucho tiempo.
El reinado funesto de Fernando VII les dio la razón, señalaba Marañón.
Por ello, situaba en este grupo la tradición liberal con la que él se identificaba «no sabemos lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho de haber vivido entonces.
Yo, sin embargo, creo que sí lo sé: yo no hubiera sido ni patriota absolutista, ni liberal de los de Cádiz, ni afrancesado; yo hubiera sido Jovellanista» (Marañón, 1953, 913).
Marañón también prologó el importante libro de Solís sobre El Cádiz de las Cortes.
Destacando el cosmopolitismo de la ciudad, algo compatible con su tipicismo lo que justificaba por su visión de lo local como reflejo de lo universal, en Cádiz «germinó la nacionalidad española moderna y la vida política y social, llena de un universal afán, con su prensa, su sagrado derecho a opinar, a criticar y a discutir y a aspirar al reparto menos injusto de las alegrías de la vida terrenal, y entre ellas, la mayor, el posible acceso de todos los hombres al saber».
Aquel parlamento logró injertar «el tronco podrido de un pueblo sin nervio y de una dinastía que ostentaba como único motivo de respeto un supuesto origen divino, el espíritu de todo lo que había de significar el siglo XIX, esto es, la conciencia de lo que era América, la defensa de los derechos del hombre, la abolición de la esclavitud y la anulación de la anacrónica Inquisición».
Frente a los que culpabilizaban a las Cortes de Cádiz y su legado de las luchas a las que asistió el siglo XIX, Marañón reivindicó su herencia que fue la que evitó «la ruina total de España» (Marañón, 1958c, 1010-1013).
Aunque su imagen del reinado de Fernando VII no era en absoluto positiva, sin embargo, sí recordó algunas figuras políticas de entonces y así, al prologar la obra de su amigo Natalio Rivas sobre el ministro de Fernando VII, Luis López Ballesteros, recordó también a otro emigrado, Alejandro Aguado, precursor de Cabarrús, el creador del Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España.
Ambos simbolizaban, la articulación de la economía del Antiguo y el Nuevo Régimen, entre la economía feudal y la liberal.
En otro prólogo, presentaba a Antonio Alcalá Galiano como prototipo del político español de la primera mitad del siglo XIX.
Galiano ejemplificaba para Marañón a aquellos liberales que trataron de implantar un Estado tolerante y que, por el contrario, se vieron cercados entre los demagogos que les acusaron de traición —llevando a muchos de aquellos liberales a la emigración— y los tradicionalistas que pretendían la perpetuación del sistema absolutista.
Del Sexenio Democrático, Marañón se fijó especialmente en Emilio Castelar.
El espíritu de concordia y tolerancia había marcado la relación de Castelar con América en un momento que no fue precisamente fácil, cuando comenzaron algunos levantamientos en Cuba que terminarían, ya en tiempos de la Restauración, con la paz de Zanjón de 1878.
A diferencia de Cánovas —cuya obra política Marañón admiraba—, Castelar creía en la democracia de modo absoluto.
Sin embargo, «hubiera sido un demócrata más, de los de entonces, [...], si no hubiera tenido, a la vez, la intuición de que lo único que podía salvar a la libertad era la autoridad [...].
Castelar fue el ejemplo no superado de la capacidad de convivir con el que no piensa igual.
A la influencia de esta actitud débese principalmente el espíritu tolerante de la Restauración.
Al extinguirse esta tolerancia, comenzó la gran tormenta que hemos visto pasar sobre nuestras cabezas y ha hecho caer a tantas de los hombros que las sostenían» (Marañón, 1949a y 1956).
De hecho, del XIX, lo que más echaba en falta Marañón era el espíritu de la Restauración: la aceptación del adversario político.
Por eso, para Marañón, Cánovas había sido «el mejor gobernante que ha tenido España» (Marañón, 1946, 726).
Todavía no se podía explicar cómo en algo menos de un cuarto de siglo, el español ha visto y ha vivido [...], esta alucinante sucesión de episodios dramáticos: el ocaso del sistema constitucional en el que se sustentara la Monarquía restaurada; el advenimiento de la dictadura militar que hizo tabla rasa de la organización política monárquica; la caída de esa dictadura y la vuelta, palpitante de deseos, de una normalidad constitucional [...] imposible ya [...]; la caída de la secular Monarquía falta de su cimiento social normal; el advenimiento de la República liberal; la inmediata asfixia de ésta por la demagogia antiliberal más violenta que ha presenciado España; la caída de aquella República cuyo espíritu inicial se había evaporado; la guerra civil en la que, entre dos fuerzas antiliberales, vencieron las de sentido tradicional; y por fin, el régimen de ahora, epílogo obligado de la victoria y de lo que sucedía en el mundo, al menos, cuando la victoria se produjo.
Es evidente que cada uno de estos episodios es hijo directo del anterior y todos ellos del reinado en que se engendraron [el de Alfonso XIII] (Marañón, 1946a, 715-716).
Obviamente no podía enjuiciar el reinado de Alfonso XIII y su responsabilidad histórica con cierta imparcialidad.
Sin embargo, no dudó en señalar cómo en toda esa sucesión de acontecimientos había influido decisivamente la pujante y excelsa vida intelectual y la emergencia de organizaciones e ideologías sociales «que la verdad es que no colaboraron para prolongar la generosa evolución que parecía abierta al porvenir, sino que la hicieron saltar para rehacerla sin un verdadero sentido histórico. [...].
Lo indudable, lo que podemos decir ya, es que se produjo una fisura, que cada día se ahondaba, entre la vida oficial y esas otras fuerzas, las del espíritu y las sociales [...].
En realidad, el divorcio entre lo oficial y lo auténticamente vital ha sido el origen de todas las tragedias del mundo en que vivimos» (Marañón, 1946a, 719).
El despertar cultural del que habló el historiador de la cultura alemán Curtius al referirse al primer tercio del siglo XX, tenía su origen en el último cuarto del siglo anterior.
Para Marañón, la generación del 98 —que extendía a la suya propia— representaba un nuevo siglo de oro.
En un extenso prólogo a la obra de Guillermo Díaz-Plaja, Modernismo frente al 98, Marañón aludía a la animadversión de Franco y su régimen por la intelectualidad, reivindicando que, a pesar de que el intelectual parecía «haber perdido [...] la rectoría y el renombre permanentes [...]; el pensamiento sigue moviendo al mundo desde sus centrales anónimas.
Jamás se extinguirá la egregia dinastía de los hombres que viven dedicados, con acérrimo amor, al culto de pensar y de decir [...]; el intelectual puro, cuyo fin es la fruición de crear ideas o hermosas palabras; y que sirve a ese fin, con un desinterés soberano» (Marañón, 1951a, 801).Para Marañón, aquellos hombres del 98 hicieron un considerable esfuerzo literario, científico y, también, político.
En este sentido, su acción se caracterizó por la crítica de la vida nacional y los clasificaba así:
Unamuno y Ganivet fueron liberales moderados [...].
Baroja fue y ha sido siempre un estupendo individualista y, por ello, hasta los huesos, español.
Azorín, izquierdista en las horas de mozo, evolucionó hacia una amplia, moderada, posición conservadora, por lo que le zarandeó la crítica de los necios, de la izquierda y de la derecha.
La misma evolución pero mucho más rotunda, si se quiere escandalosa, porque así lo exigía su temperamento, acaeció en Maeztu [...].
En Antonio Machado, la preocupación liberal idealista, de su juventud, se acentuó, dentro de normas permanentes, tan clásicas como sus versos, hasta que murió, fuera de España.
Su contradicción fue su hermano, Manuel, que era como una parte de sí mismo.
Todos los grandes escritores que he nombrado gozan hoy de esa forma editorial de la inmortalidad que son las Obras Completas, y, en ellas, lo que más conmueve es seguir la evolución de su pensamiento, unas veces en parábolas de regularidad solemne, otras, en círculos contradictorios, pero siempre girando en torno de una preocupación central que era el amor a España (Marañón, 1951a, 803).
También centró su atención en ensayistas regeneracionistas como Ricardo Macías Picavea o Joaquín Costa cuya «eficacia ha sido tal, que aún hoy, a pesar de que la "consigna" retórica de la política es la contraria a la suya, es decir, abrir de nuevo el arca del Cid, en la política práctica las normas son, en gran parte, una adaptación actual de las que predicó aquel aragonés de conciencia intacta» (Marañón, 1951a, 803-804).
Frente a aquellos que por entonces cuestionaban el magisterio de los hombres del 98, Marañón pensaba que todos ellos eran herederos de la generación del 98 que, para él, quedaba definida por su gravedad, honorabilidad y desinterés.
Después de ellos «no ha vuelto a suceder nada de su magnitud hasta la revolución de 1936. [...]
De las que, en medio de ambos, se han ido sucediendo [la suya propia y la del 27...], nada hay que decir; porque todas han vivido de la sustancia del 98, incluso las que la han querido negar [en referencia a los más jóvenes].
De la generación del 36 nada puede decirse todavía, porque las circunstancias han impuesto que le falte la condición esencial para que la generación exhiba su alma y pruebe, ante la Historia, su categoría: la libertad» (Marañón, 1951a, 806).
El último eslabón de aquella narración histórica era su propia experiencia de exiliado.
Marañón recopiló abundante información sobre la misma, en buena medida procedente de sus propios protagonistas que le enviaron sus publicaciones y datos biográficos.
Como escribió de nuevo a Indalecio Prieto en julio de 1956, querría «con el tiempo, escribir la Historia de la emigración actual (espero que sea la última de nuestra desdichada vida política); y claro es que será Vd. su figura central.
Tengo ya escrito casi todo de las anteriores y reunido un gran material de la actual.
No pienso escribir nada más que esto, fuera de lo científico»13.
Fue una lástima que no lo hiciera.
Posiblemente tuvo mucho que ver con que en vida de Marañón no llegó a terminarse aquel exilio que les afectaba entonces, y por eso, Prieto señaló al poco de fallecer su amigo que «el archivo de Gregorio Marañón ha quedado inconcluso, porque la muerte sigue segando en el destierro vidas de españoles meritísimos y honrados sobre cuya historia, sin mácula, vertió el régimen franquista toneladas de lodo.
Difícilmente hallaremos otro varón de tanto talento y tanta valentía que quisiera proseguir con la misma generosidad esa obra de justicia» (Prieto, 1960).
La obra histórica de Marañón ha quedado caracterizada por sus psicobiografías.
Sin embargo, como ha quedado demostrado, lo mejor de su producción historiográfica fue su obra posterior a la Guerra Civil; su Antonio Pérez y la obra dispersa que Marañón escribió en los años 40 y 50 refiriéndose a la Ilustración y al siglo XIX.
En este sentido, «la mayor aportación política de Marañón fue sin duda haber levantado la bandera del liberalismo, de la libertad, en una época en que pocos o ninguno podían hacerlo» (Artola, 1987, 27).
Lo hizo a través de su vida pública en la España de Franco, pero también en su producción escrita.
Aquí se ha resaltado lo que a ello se refiere dentro de su producción histórica. |
EL OLIVARES DE MARAÑÓN
Este artículo recoge la intervención de John Elliott "El Olivares de Marañón" en la Semana Marañón 2007, "Marañón y la biografía", donde el eminente historiador británico explicó la influencia que El Conde-Duque de Olivares.
La pasión de mandar, de Gregorio Marañón ejerció en su interés por el personaje.
También se analiza de manera pormenorizada las luces y las sombras del trabajo de Marañón.
La amable invitación de la Fundación Gregorio Marañón para participar en este ciclo de conferencias sobre "Marañón y la biografía" me brinda la oportunidad de reparar algo de la deuda contraída con un hombre, y un libro, cuyo impacto en mi vida y mi carrera profesional sería difícil exagerar.
Como he contado a menudo, mi primer encuentro con el Conde-Duque de Olivares fue cuando se me presentó cara a cara en el gran retrato ecuestre de Velázquez en el Museo del Prado durante mi primera visita a España, como estudiante de Cambridge, en 1950.
Quedé lo bastante impresionado para querer saber más sobre él, pero no pude encontrar gran cosa de interés en la bibliografía en lengua inglesa que consulté al volver a Gran Bretaña.
Pero había despertado mi interés por la historia de España, sobre todo por la época del Siglo de Oro.
Regresé a la Península dos años más tarde para empezar a aprender español en un curso de verano en Santiago de Compostela, y creo que fue durante esta visita cuando adquirí un ejemplar de la versión abreviada de El Conde-Duque de Olivares de don Gregorio, publicada por Espasa-Calpe en su colección Austral.
Como se suele decir, el resto es historia.
Quedé fascinado por el retrato verbal de Olivares pintado por don Gregorio, que podría considerarse una obra complementaria al retrato visual pintado por Don Diego.
Cada una de ambas representaciones puede considerarse un estudio sobre el poder.
Velázquez, con su poderosa imagen del hombre a caballo, capta toda la altiva arrogancia de alguien nacido para mandar.
Marañón en su Conde-Duque nos lleva entre bastidores para explorar, a un nivel más íntimo, tanto los imperativos como los costes del poder.
El resultado me produjo la impresión de ser una exposición muy reveladora de una personalidad compleja, pero al mismo tiempo me pareció que dejaba algo que desear como un estudio sobre el hombre de estado.
Después de todo, se trataba de una de las figuras políticas más importantes de la Europa del siglo XVII, pero sólo veintitrés páginas en un volumen de cuatrocientas estaban dedicadas a los proyectos y medidas políticas de Olivares: trece a su "política exterior y regional" y diez a "la política interior".
Esas páginas ya se habían publicado íntegramente, sin cambios, en la Revista de Occidente bajo el título de "La obra política del Conde-Duque de Olivares", en el año aciago de 1936, poco antes de la aparición del libro.
Aunque contienen valiosas ideas y apreciaciones, su misma brevedad significaba que no podían pasar de ser una guía sucinta y sugerente, que apuntaba algunas de las posibilidades que aguardaban a quien tuviera el tiempo y la disposición para seguirlas.
En este sentido, representaban tanto un estímulo como un desafío para futuros historiadores y, como un historiador joven y bisoño, fui tan temerario como para aceptar el reto.
Era demasiado inmaduro, cuando me embarqué en 1953 en mis investigaciones sobre la carrera política del Conde-Duque, para apreciar la magnitud, y la dificultad, de la tarea que me había propuesto.
Sólo tuve un único y breve encuentro con el Dr. Marañón.
Fue en la década de 1950, a mi regreso de los archivos españoles, donde, tras haber buscado sin éxito los papeles del Conde-Duque, había dirigido mi atención al impacto de su política en Cataluña y a la rebelión catalana de 1640.
Don Gregorio había sido invitado a Cambridge por Edward Wilson, el catedrático de español.
Ya no me acuerdo del tema de su conferencia, aunque creo que era sobre la leyenda de Don Juan; pero guardo un vívido recuerdo de un breve intercambio de palabras con él una vez acabado el acto.
Me había intrigado durante mis investigaciones catalanas la figura de aquella "eminencia gris" de Olivares, Jerónimo de Villanueva, el Protonotario de la Corona de Aragón.
En unas cuantas ocasiones aparece en la biografía de Marañón sobre el Conde-Duque, sobre todo en relación con el escandaloso asunto de las monjas de San Plácido, acerca del cual Marañón publicó un ensayo en su estudio de Don Juan, publicado en 1940.
Esperaba que pudiera proporcionarme más información sobre la misteriosa figura de Villanueva, pero me dijo, muy a su pesar y al mío, que no tenía otros materiales que aquellos que ya había publicado.
Aunque nuestro encuentro fue muy breve, me quedó una vívida impresión personal de Marañón, cuya gravedad me pareció tocada por un aura de melancolía.
También me impresionó la lucidez de su exposición y su entrega absoluta a la tarea que le ocupaba.
Me di cuenta cabal de este sentido de la dedicación cuando, en 1987, el actual marqués de Marañón puso generosamente a mi disposición el despacho de su abuelo en El Cigarral, y tuve la oportunidad de hojear algunos de los libros y apuntes del Dr. Marañón.
Naturalmente había muchas notas y papeles relacionados con el Conde-Duque, entre ellos dos páginas de notas sobre una visita que Marañón hizo en noviembre de 1934 a la última morada de Olivares, en el convento de dominicanas colindante con su palacio en Loeches.
"Después del valle del Henares —anotaba— el camino es un desierto...
Loeches, plaza de pueblo castellano...
La iglesia: muy hermosa.
El mirador del Conde-Duque: emoción al ver la iglesia a través de la celosía y al apoyar la frente en donde él la debió apoyar para llorar sin que le vieran.
El Panteón: muy cursi.
Hicieron mal en quitarle de la cripta que él se fabricó como sepulcro....Por la sacristía se pasa al locutorio que parece un fondo de Velázquez.
Hablo con la monja: no se le ve: una voz parece que viene del otro mundo...
Vio el traslado del cadáver del Conde-Duque desde la cripta al Panteón: estaba entero, robusto, con una banda de general.
Al tocarlo, se deshizo en polvo...
«Era algo más bajo que el señor doctor», dice la monja...
Escalera ancha y revuelta.
Cómo debió subir esos escalones al llegar al destierro!".
Cito estas palabras por extenso porque me parece que transmiten una imagen luminosa del propio Marañón: sobre su curiosidad intelectual, su determinación de mover cielo y tierra para recabar información, y su identificación y empatía con el objeto de estudio, sin las cuales es imposible escribir una biografía lograda.
La amplitud de las lecturas de Marañón se hacía evidente por doquier al sentarme en su escritorio y mirar los libros y papeles a mi alrededor.
Había notas marginales sobre algunos de los documentos en posesión suya, como, por ejemplo, los Fragmentos de la vida de Don Gaspar de Guzmán, por el Conde de la Roca, donde éste habla sobre la muerte de la hija de Olivares, su única descendencia.
"Su «último trabajo» (muerte de la hija) le cambió", anota Marañón.
También había una carta del 2 de mayo de 1935 escrita por Carmen Jalón, de la Biblioteca Nacional, a quien Marañón se había dirigido para obtener información sobre la documentación de Olivares conservada en el Archivo General de Simancas.
"Desde luego —escribía— se le presenta a Vd. material para intimidarse, pero el interés extraordinario de la figura que estudia le anime al trabajo que Vd. enfocará tan sabiamente y como nadie en este personaje especial".
Ciertamente hay "material para intimidarse" en Simancas, pero no incluye tanta documentación privada y política de Olivares como uno hubiera podido esperar.
Marañón sabía que una cédula real de 1625 concedía al valido permiso para guardar en su posesión y añadir al mayorazgo familiar cualquier libro o papel que le resultara de interés (Marañón, 1952, 434)1.
Pero aunque Marañón trazó la trayectoria posterior de la famosa colección de libros del Conde-Duque (Marañón, 1935, 677-692), no parece haberse dado cuenta del hecho de que sus documentos privados y estatales habían ido a parar al archivo de los duques de Alba, y habían sido destruidos por el fuego en el Palacio de Buenavista en 1794 y 1795, lo cual me fulminó como un rayo al enterarme después de unos cuantos meses de búsqueda infructuosa (Duque de Alba, 1953, 19).
La pérdida es irreparable.
La circunstancia de que el Dr. Marañón no indagara en la suerte del enorme archivo del Conde-Duque no debe entenderse como una falta de interés por las fuentes originales.
Por el contrario, consiguió localizar y leer un número impresionante de documentos del Conde-Duque en persona o relacionados con su vida y época, como se puede constatar con sólo echar un vistazo a la extensa "Bibliografía especial" al final de su libro.
En realidad, el listado y el estudio anotado de la documentación que sacó a la luz y consultó es una de sus mayores contribuciones.
Su bibliografía proporciona el punto de partida esencial para todo el trabajo posterior sobre Olivares, y recurro a ella constantemente en mi propia búsqueda de información sobre el Conde-Duque y sus tiempos.
Además, Marañón no se limitó a listar los documentos.
Los leyó y utilizó con talento para explorar distintos aspectos de la personalidad del Conde-Duque y evocar la época en que vivió.
Por añadidura, su reproducción, total o parcial, en los apéndices de algunas de las cartas y documentos de estado más importantes de Olivares fue otra contribución útil y me proporcionó un aliciente para publicar con José Francisco de la Peña nuestros dos tomos de Memoriales y cartas del Conde-Duque de Olivares.
Todavía espero tener algún día el tiempo y las energías para llevar a cabo una de sus sugerencias relacionadas con la correspondencia del Conde-Duque con el Cardenal Infante.
"Estas cartas —escribe— debieran ser publicadas.
Su valor para el conocimiento de la historia de aquel reinado y para fijar la verdadera personalidad del Conde-Duque es inapreciable" (Marañón, 1952, 502).
Su dictamen sobre la importancia de esa correspondencia es del todo correcta, y su insistencia en la necesidad de su publicación sigue siendo una obligación que la posteridad todavía debe cumplir.
Y en cuanto a esa cantidad intimidatoria de papeles en el Archivo de Simancas, ¿qué se puede decir?
Aparte del hecho de que los años 1935-36 no fueron precisamente tiempos propicios para concentrarse en la investigación de archivos, resulta obvio que Marañón, como personaje destacado en la vida pública y con los innumerables compromisos de una brillante carrera médica, no estaba en posición de emprender una investigación a la escala que habría sido necesaria.
El gran Fernand Braudel, en una reseña tardía de El conde-Duque de Olivares, publicada en 1947 en la revista histórica francesa Annales, confesó, después de notar que la biografía era la clase de historia más difícil de escribir, que, si hubiera tenido el deseo de estudiar al Conde-Duque, habría retrocedido ante la inmensidad de la tarea.
"¿Acaso es posible —proseguía— captar al hombre si no se sigue día a día, durante el transcurso de más de veinte años, el quehacer de alguien que era el patrón del imperio hispánico y no cesaba de escribir, leer y dictar órdenes tratando de frustrar o explotar situaciones a medida que se presentaban?
Aun en tal caso, ¿qué se sabe del hombre?"
Incluso si sus propias circunstancias hubieran sido distintas, parece improbable que este sea el tipo de trabajo que Marañón habría estado dispuesto a emprender, aunque hay que decir en honor a la verdad que, en el ocio forzado de sus años de exilio en París, logró producir con su Antonio Pérez una biografía con una base documental mucho más profunda que su Olivares.
Pero Marañón no era un historiador profesional, y no se consideraba a sí mismo como tal.
Era un médico hasta los tuétanos, pero un médico ampliamente cultivado y de acendrada sensibilidad literaria, que escribía por placer y cuya intensa curiosidad abarcaba tanto el presente como el pasado.
Para un historiador profesional hay en su obra evidentes puntos débiles, pero hay que contrabalancearlos con la singularidad de la contribución que le permitió hacer su propia y distintiva educación y formación profesional.
"Yo busco siempre al hombre, aun en el grande hombre", escribió en una ocasión (Laín, 1969, 125).
El punto de partida adecuado para cualquier valoración de su Conde-Duque es que Marañón estaba menos interesado en Olivares como político que como hombre.
Como él mismo escribe respecto a la "vida pública" del Conde-Duque, "el comentar esa vida... desde un punto de vista estrictamente político, excede los límites de este estudio, cuyo autor es un mero naturalista" (Marañón, 1952, 305).
Hay un grado excesivo de modestia en la descripción que Marañón hace de sí mismo como "un mero naturalista".
Aunque le separa, como era su intención, del historiador profesional titulado y equipado con conocimientos técnicos, tiende a restarle importancia a su propio interés personal y profesional en el pasado.
En parte, sin duda, volver la mirada al pasado constituía una forma de evasión para alguien tan profundamente involucrado en las preocupaciones diarias del presente. él mismo lo confiesa al escribir en el prólogo a la primera edición (1930) de su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo: "nada es más grato que proyectar la atención fatigada por el trajín de la vida presente sobre las perspectivas lejanas de la Historia" (Marañón, 1970, 90).
Sin embargo, como médico especialista, una parte esencial de sus deberes profesionales era investigar el historial de sus pacientes para lograr comprender mejor su condición presente.
En este sentido, hay una afinidad obvia entre las actividades de médicos e historiadores, como él mismo apuntaba al escribir: "la tarea de leer libros y documentos históricos es muy parecida a la de leer historias clínicas" (Laín, 1969, 48).
Con todo, Marañón admite sentir algunos escrúpulos al someter a los muertos a un diagnóstico retrospectivo.
El médico en este caso se encuentra a sí mismo en posición de seleccionar arbitrariamente a un paciente, el cual, además, se halla imposibilitado para depositar su confianza en él y separado por "el abismo sin orillas de la eternidad".
Los médicos, como confesaba, cometen errores demasiado a menudo al diagnosticar a los vivos.
¡Cuánto más difícil es diagnosticar a los muertos!
Aun así, creía que, gracias a avances médicos recientes, la morfología, basada en un retrato o una descripción literaria detallada, hacía posible llevar a cabo un diagnóstico retrospectivo con un grado razonable de precisión.
La empresa era en particular legítima ya que, a su parecer, los individuos que cambian el curso de la historia o bien están "francamente enfermos" o bien "atraviesan la vida balanceándose entre la normalidad y la patología" Sin semejantes individuos al filo de la anormalidad, impulsando a sus pueblos hacia adelante, "estaríamos todavía en los linderos de la civilización cavernaria" (Marañón, 1970, 101-102).
Esta visión más bien espantosa del liderazgo y del papel de los dirigentes políticos me parece arraigada en su conciencia de la crisis de su propia época y del país al que pertenecía.
Las masas eran propensas a ser moldeadas en manos de sus líderes, que las manipulaban para sus propios propósitos, algunas veces buenos, pero demasiado a menudo malos o erróneos.
España, y Europa, estaban al borde de la catástrofe por el tiempo en que él escribía su Conde-Duque y, en mi opinión, algo de este sentimiento de premonición impregna el libro.
La España de Olivares, como la de la década de 1930, estaba al borde del abismo, y ese abismo era contemplado por un hombre imbuido con un profundo patriotismo.
"Mi vida entera —como escribía a su llegada en América en 1937— es amor a España, servicio de España, sacrificio por España" (Laín, 1969, 178).
Por consiguiente, sospecho que la elección de Olivares como objeto de tratamiento biográfico reflejaba algo más que el interés de un doctor profesional por la vida de una figura política cuyos violentos cambios de humor y repentinos movimientos involuntarios de cabeza, manos y piernas sugerían cierto grado de anormalidad que le convertían en un sujeto interesante para el diagnóstico retrospectivo (Elliott, 1990, 51-52; Marañón, 1952, 122-124).
Seguramente también le inspiraba una conciencia de las afinidades entre la España de la década de 1620 y la de 1920, y los peligros que en ambos casos afrontaba su querida patria.
En la década de 1620, como en la de 1920, había una élite corrupta, sin ninguna "clase directora" nueva preparada para reemplazarla, y un dirigente que se presentaba como salvador de la patria.
También estaba el pueblo español.
En el siglo XVII, según lo describía Marañón, el pueblo era ignorante, fanático, supersticioso y exageradamente nacionalista.
Pero este pueblo, aunque traicionado por sus dirigentes, era un "pueblo sano bajo la costra" y, en un pasaje con reminiscencias del espíritu de 1898, hoy en día resabios más bien embarazosos, Marañón finalizaba su capítulo sobre "El pueblo" con un elogio de la mujer española, "cuya eficacia de purificación y de conservación de los valores eternos alcanza, en la biología de la hispánica humanidad, una categoría casi milagrosa" (Marañón, 1952, 231).
El pueblo sobrevivió la crisis del siglo XVII, así como sobreviviría la del XX.
En medio de las tinieblas, brillaba tenue y trémulamente una luz de esperanza.
Cualesquiera que sean los defectos de sus dirigentes, "el pueblo intacto, la raza" perdura.
La vida de Olivares, como la del propio Marañón, se caracterizó por el "amor de España, servicio de España, sacrificio por España".
¿Cómo sucedió entonces que la del Conde-Duque tuviera como resultado conducir a su pueblo al desastre?
En un libro dedicado al estudio más de una personalidad que de un político, es inevitable que el peso de la explicación recaiga preponderantemente en el carácter del principal protagonista y sus defectos.
Pero hay que decir que a Marañón no le ayudó la historiografía disponible sobre Olivares y su España.
Para el trasfondo histórico se basó en gran parte en la obra del historiador británico amateur Martin Hume The Court of Philip IV, publicada en 1907.
Hume, aunque concienzudo en la búsqueda de documentos originales, era en el fondo un historiador romántico con una afición fatal por lo anecdótico.
Su historia narrativa del reinado de Felipe IV es vívida pero superficial, y se centra en gran medida en la corte, cuya moral y costumbres describe con morbosidad.
La corte según Marañón es en esencia la corte según Hume, y su España es la decadente de Hume.
No es de extrañar que su presentación del trasfondo histórico de la carrera de Olivares sea el aspecto más flojo del libro.
Su retrato de la época, como observaba Braudel en su reseña, no viene a ser más que un telón de fondo pintado a brochazos, un "décor de théatre", más que la fuente de vida que era en realidad.
Marañón estaba mejor servido a la hora de tratar la carrera política de Olivares, aun cuando se equivocara al afirmar que "la vida pública del Conde-Duque de Olivares, a partir de la fecha de la muerte de Felipe III, hasta veintidós años después, cuando en 1643 termina su privanza, es bien conocida".
Utilizaba esta afirmación para justificar la escritura de lo que él mismo llamaba una "historia humana" más que "historia política", (Marañón, 1952, 49) pero este argumento no llega a resistir un examen riguroso.
Es cierto que, en líneas generales, se conocía razonablemente bien la trayectoria de la carrera de Olivares, pero en comparación con la historiografía que se había acumulado en torno a otras de las principales figuras políticas del siglo XVII, como por ejemplo a su eterno rival el cardenal Richelieu, la atención prestada a Olivares por parte de los historiadores españoles era sin duda modesta (Elliott, 1984, 12-13).
La única contribución realmente seria procedía de la mano de Cánovas del Castillo, cuya propia vida política le impidió explorar la de un gobernante anterior de España con el grado de profundidad que merecía.
Pero Marañón, con su acostumbrada generosidad en los agradecimientos, reconoció que Cánovas había ocupado una posición que ofrecía una perspectiva única sobre la carrera de un colega estadista, y notó la evolución de la actitud de Cánovas, desde una hostilidad implacable a una especie de empatía, a medida que se vio pugnando con problemas similares a los que se había enfrentado el Conde-Duque (Marañón, 1952, 411-412).
Cánovas, por tanto, proporcionó al menos a Marañón un esbozo favorable de las intenciones y actividades políticas de Olivares, aunque difícilmente la versión equilibrada que resultaba necesaria si había de llegar a una comprensión plena del hombre mismo.
Pero era suficiente para permitirle deslizarse con rapidez sobre los principales hechos de la vida política de Olivares y concentrarse en cambio en el ser humano.
Al mismo tiempo, las obras de Cánovas y Hume llamaban la atención sobre la cuestión central de la carrera política del Conde-Duque, la cual Marañón no intentó, ni quiso, evitar.
Se trataba de la cuestión de la unidad de España, tan relevante en la década de 1930 como en la de 1630, y como lo es otra vez hoy en día.
Tanto Cánovas como Hume habían transcrito al menos parte del más famoso entre todos los documentos de estado de Olivares, su Instrucción secreta, o Gran Memorial, de 1625, y Marañón de manera parecida imprime importantes fragmentos de este escrito como apéndice de su libro (Marañón, 1952, apéndice XVIII).
En este documento, como es bien conocido, Olivares presentaba un plan de acción que había de dar forma a toda la historia de España desde su propia época hasta la nuestra: "Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España".
El rey debería trabajar en secreto para "reducir estos reinos de que se compone España, al estilo y leyes de Castilla".
Marañón, como Cánovas, tenía una alta opinión de este manifiesto o "programa de gobierno, cuyas ideas políticas se podrán discutir, pero no su noble intención".
Pero es comprensible que, al mismo tiempo, le perturbaran los más maquiavélicos de los métodos propuestos por el Conde-Duque para alcanzar lo que Marañón consideraba un fin esencialmente noble: "El acierto de soñar con la unidad enérgica se bastardea aquí con el error de pretender imponer a las demás regiones el modelo obligado de Castilla, error fundamental en un problema como el de los regionalismos, hecho, más que de razones, de susceptibilidades.
Hubiera sido más cuerdo crear una forma de unidad en la que no se advirtiese sombra de sometimiento de unas regiones a otras" (Marañón, 1952, 306-307).
Aquí habla Marañón como profundo patriota español, pero la naturaleza de su patriotismo se revela en su tratamiento de la política de Olivares hacia Cataluña.
Era un patriotismo arraigado en la aceptación del pluralismo fundamental de España.
"Lo incomprensible en el Rey y en su Valido, como en tantos políticos posteriores —escribe— fué el olvidar que las demás regiones que formaban el reino tenían otras obligaciones con el Estado, estipuladas y aceptadas en sus leyes regionales".
A Marañón le gustaba describirse a sí mismo como "biólogo", (Laín, 1969, 92) y era con los ojos de un biólogo que veía tanto al Conde-Duque como a la España que gobernaba.
"En España —proseguía, comparándola con Francia— el problema tenía profundidades biológicas que escapaban y han escapado siempre a las concepciones simplistas de la mayoría de los gobernantes.
Los majaderos se ríen cuando se dice que el problema de las regiones es de pura biología; pero es, a pesar de sus risas, tan biológico como su estupidez...
La personalidad de las regiones es un hecho tan vivo, que solo la pasión, la malicia, o la necedad lo puede desconocer.
Hasta el patriotismo del español es, ante todo, regional...
En la vida pública, lo único que une a un español medio con los demás, por encima de las diferencias políticas, religiosas etc., es la regionalidad" (Marañón, 1952, 314-315).
En mi opinión el elemento de determinismo biológico en el enfoque aplicado por Marañón tanto a las colectividades como a los individuos limitaba su capacidad de pensar en términos históricos.
Para él, como para muchos de su generación y la precedente, la cuestión de la diversidad regional, que consideraba arraigada en distinciones biológicas, era un problema típicamente español.
Pero para un historiador de la Europa moderna constituye un problema universal, que los príncipes y sus ministros intentaban abordar en todas partes al tratar de reforzar el poder de los monarcas estrechando los lazos de unión entre sus distintos territorios.
Richelieu se metió en problemas en Languedoc y Normandía al procurar imponer un mayor grado de control real.
¿Era Languedoc, con su idiosincrasia lingüística, tan diferente de Cataluña?
En la opinión de Marañón, Portugal era una "nación genuina", cuya "separación, impuesta por la realidad de lo étnico... no se hubiera hecho esperar, con Olivares o sin él" (Marañón, 1952, 315 y 317).
Pero la Escocia de Jacobo I no era ni más ni menos "nación genuina" que Portugal y, una vez hubo ascendido al trono inglés, el rey tuvo que figurar modos de unirla más estrechamente a Inglaterra.
Carlos I se enfrentaba a rebeliones en Escocia e Irlanda casi en el mismo tiempo que Felipe IV se enfrentaba a rebeliones en Cataluña y Portugal.
Si estas revueltas tuvieron resultados distintos, la explicación parece radicar más en las diferentes políticas, personalidades y contingencias de las dos monarquías que en el reino de la biología.
Pero es, por supuesto, en su tratamiento del protagonista central, Olivares, donde mejor se pueden evaluar las virtudes, y los límites, del enfoque biológico aplicado por Marañón a los fenómenos históricos.
Hay que recordar que escribía en una época en que estaba muy en boga la biografía histórica, en particular la fundamentada en el psicoanálisis.
Marañón conocía bien la obra de Freud y reconocía su gran importancia, pero albergaba dudas sobre algunos aspectos de la misma y parece haber pensado que tendía a universalizar rasgos psicológicos que pudieran ser peculiares de la Europa central, no necesariamente presentes en otras áreas culturales (Laín Entralgo, 1969, 97-98).
En una interesante nota a pie de página en el capítulo inicial de su Enrique IV, se refiere favorablemente a la investigación publicada en 1927 por el Dr. Sánchez Banús sobre "La enfermedad y muerte del príncipe don Carlos": "En este certero ensayo justifica el autor la revisión médica de los personajes históricos, diciendo que la Historia hace los caracteres, y los personajes son el núcleo del objeto de la Psiquiatría.
Pero no sólo la Psiquiatría ha de intervenir en esta labor, sino otras ciencias biológicas, y principalmente - cuando ello es posible - las que estudian la morfología y sus interpretaciones patológicas.
Ejemplo de esta valoración de lo somático y lo psíquico para rehacer el retrato de personajes pretéritos, es el admirable libro de Kretschmer, Geniale Menschen.
La psiquiatría, así pues, es sólo una de las herramientas al alcance de aquellos que se aventuran en la "arqueología médica", y la obra de Ernst Kretschmer tendría un papel crucial en la conformación del diagnóstico retrospectivo de Marañón sobre el Conde-Duque.
Alemania estaba a la vanguardia de los avances en la psiquiatría europea durante las décadas iniciales del siglo XX, pero los años entre 1914 y 1936 también serían una época dorada para la psiquiatría en España, donde los principales investigadores asimilaban con rapidez los descubrimientos alemanes más recientes2.
Ernst Kretschmer, catedrático en la Universidad de Marburgo, formaba parte del movimiento en la Alemania de los años 1920 en favor de un enfoque psiquiátrico más amplio, que tuviera en cuenta no solo el cerebro y los órganos sexuales como explicación de los rasgos de personalidad, sino también toda la complexión del cuerpo.
Como psiquiatra orgánico combinaba puntos de vista endocrinológicos y psiquiátricos para construir "biotipos" físicos y mentales, con rasgos físicos y mentales hereditarios.
Marañón, en realidad el fundador de la endocrinología española, participaba activamente en el diálogo científico entre Alemania y España en las décadas de 1920 y 1930, y en líneas generales le convencía la teoría de Kretschmer sobre la estrecha relación entre personalidad y constitución corporal, aunque nunca sucumbió al determinismo biológico rudimentario y dejaba margen para la acción de otras influencias sobre el desarrollo de la personalidad humana.
La obra de Kretschmer, por lo que he podido averiguar, no ha resistido el paso del tiempo.
Identificaba dos tipos distintivos de físico y personalidad: el pícnico, con un temperamento cicloide, y el asténico, con un temperamento esquizoide.
Ya en la traducción inglesa de 1936, un apéndice, pese a aceptar las formas clínicas básicas de Kretschmer, afirmaba que investigaciones posteriores habían identificado un gran número de tipos mixtos (Miller, 1970, 272-273).
En la década de 1960 un libro sobre la historia de la psicología aseguraba que estudios amplios y rigurosos desde la época de Kretschmer no habían logrado probar la existencia de una estrecha correlación entre las características físicas y la personalidad (Thomson, 1968, 331-332).
Kretschmer, no obstante, estimuló algunas investigaciones útiles, y también proporcionó una clave que ayudaría a Marañón en su tarea de descifrar la compleja personalidad del Conde-Duque.
Morfológicamente, Olivares (bajo, fornido y con tendencia a la obesidad) caía de lleno en el grupo pícnico según la clasificación de Kretschmer.
Como tipo de personalidad, el pícnico oscila entre la euforia y la depresión, y tiende en caso extremo a ser un maníaco-depresivo.
En momentos de exaltación su optimismo le empuja hacia adelante.
Se embarca en proyectos grandiosos, su energía no tiene límites, y tampoco su capacidad de trabajo.
Luego se hunde en una profunda depresión y experimenta un período de colapso espiritual y psíquico, tan sólo para resurgir con energías renovadas, hasta que el ciclo se vuelve a repetir otra vez.
Físicamente, el asténico, en contraste, es, en las propias palabras de Marañón, "enjuto, aguileño, delgado".
En términos de personalidad, posee "un espíritu y un temperamento frío e irritable, rígido, reconcentrado, de gran vida interior" (Marañón, 1952, 63).
El cardenal Richelieu, el antagonista, finalmente victorioso, de Olivares, parecía ajustarse a este tipo a la perfección.
¿En qué medida, cabe preguntarse, esta tipología según las líneas trazadas por Kretschmer favorece nuestra comprensión de la personalidad y las actividades políticas de Olivares, o si se quiere Richelieu?
El interés de Marañón por diferentes tipos de personalidad guiaba su elección de sujetos biográficos.
De este modo, encontró una perfecta expresión de timidez en Amiel (1932) y de resentimiento en Tiberio (1939).
Olivares, por su parte, podía tomarse como caso representativo de la pasión de mandar, subtítulo de su biografía.
Uno de los problemas sobre este tema en particular, como reconocía el mismo Marañón en su introducción, es que "la cantidad de hombres dominados de la pasión de mandar es inmensa" (Marañón, 1952, 4).
Aunque a muchos les consume la pasión por el poder, sólo una proporción relativamente reducida de ellos se encontrará con los medios y las oportunidades parar satisfacerla de lleno.
Marañón solo tenía que mirar a su alrededor para ver a algunos de ellos en acción.
La Europa de las décadas de 1920 y 1930 era la Europa de los dictadores, y seguramente la ascensión de Mussolini y Hitler le proporcionaba una indicación.
¿Cómo se iba a explicar su surgimiento?
Hombres con la pasión de mandar en su forma más extrema llegan a ser dictadores porque se encuentran actuando en un "ambiente social favorable": "es entonces cuando aparece el caudillo, el dictador, el conductor de muchedumbres" (Marañón, 1952, 5).
No es sorprendente, pues, ver tratada en su libro la morfología pícnica de Olivares y la morfología asténica de Richelieu bajo el epígrafe "Los dos arquetipos de dictadores" (Marañón, 1952, 63).
Los dos estadistas se transforman en dictadores al estilo del siglo XX, cuya sed interior de poder encuentra una conjunción propicia en el "ambiente social favorable".
Aunque Marañón era bien consciente de que el siglo XVII no era el XX, su identificación de Olivares con el dictador del siglo XX me parece tanto ahistórica como desafortunada.
El Conde-Duque no tenía ni los mecanismos de control a disposición del dictador moderno, ni sus medios para movilizar a las masas.
Nominalmente era el favorito real, el valido, dependiente del favor del monarca para ascender al poder y también conservarlo.
Marañón, con razón, otorga gran importancia a la relación personal entre Felipe IV y su valido, la cual es realmente fundamental para comprender la posesión del poder durante veintidós años por parte de Olivares, pero es una relación que considera y analiza desde un punto de vista exclusivamente psicológico.
Mientras que el Conde-Duque es dominante y autoritario, el Felipe IV de Marañón es un tipo psicológico muy distinto, el epítome de "la voluntad paralítica" (Marañón, 1952, 232-234).
Hay, por supuesto, un importante elemento de verdad en esta descripción.
Felipe IV, a pesar de su inteligencia, se sentía muy poco seguro de sí mismo, sobre todo en sus primeros años en el trono, aunque también podía ser excepcionalmente obstinado, si bien pudiera tratarse de la terquedad propia de los carentes de fuerza de voluntad.
Con todo, el retrato de un monarca débil metido en el puño de un favorito dominante no es en ningún sentido una invención de Marañón, aunque éste la dota de matices psicológicos que resultan nuevos.
Los embajadores extranjeros en Madrid describían la relación entre el rey y el valido precisamente en tales términos, y a su vez repetían las acusaciones que los enemigos del Conde-Duque continuamente dirigían contra él cuando se esforzaban en derrocarlo.
Tras la caída de Olivares del poder en 1643 esas acusaciones no sólo conformaron la percepción del pasado inmediato, sino que además marcaron las pautas de la historiografía del reinado de Felipe IV para las generaciones venideras.
El Conde-Duque de Marañón, como antes suyo el de Martin Hume, es el Conde-Duque tirano de los enemigos de Olivares.
Debido a razones perfectamente comprensibles, entre las cuales no es la menor la escasa solidez de la bibliografía histórica de la que se vio obligado a depender, Marañón no muestra conciencia del valimiento como fenómeno histórico, como si fuera meramente personal.
La descripción que ofrece de la relación entre el rey y el valido bajo el encabezamiento "Necesidad del valido" proporciona un ejemplo clásico de su enfoque.
Tras describir la parálisis de la voluntad real, comenta: "Esta sucinta pintura del alma del Rey, flotando, inerte, como un trozo de madera en los olas, nos explica su conducta en la vida pública y exculpa a su Valido, el Conde-Duque, de la acusación más fuerte que sus contemporáneos le hicieron y transmitieron a los comentadores futuros: el de captar la voluntad del Monarca.
No la capta, porque no existía.
Fue su privanza y dictadura, como todas las que ha conocido la Historia, un fenómeno de biología pura" (Marañón, 1952, 237).
Se trata de una muestra excelente de su arte de escritor, pero para cualquier historiador actual de la España del siglo XVII semejante explicación resulta claramente inaceptable.
Gracias a la obra de una sucesión de historiadores, con José Antonio Maravall y Francisco Tomás y Valiente a la cabeza, disponemos hoy de un conocimiento mucho más profundo del que se tenía en tiempos de Marañón tanto de la teoría de la realeza en la España moderna como de la formación del valimiento como institución política (Maravall, 1955; Tomás y Valiente, 1963; Feros, 2002).
Sabemos, por ejemplo, que la maquinaria de gobierno había llegado a ser tan compleja y pesada, y las exigencias sobre el gobierno tan amplias, que incluso un monarca con la mejor de las intenciones ya no podía albergar esperanzas de gobernar sin ayuda.
Esto originó un espacio para la aparición del valido como primer ministro embrionario, a cargo del despacho de asuntos diarios.
Pero la ulterior institucionalización del valimiento chocó con las teorías tradicionales sobre la realeza, cuya expectativa era que el monarca gobernara por sí mismo.
El fenómeno se daba a escala europea, y no era exclusivamente hispánico (Elliott, 1984; Brockliss, 1999).
Olivares era tanto el beneficiario como la víctima del conflicto resultante entre la teoría y la práctica.
Asumía el estilo y las funciones de un primer ministro como respuesta a las necesidades institucionales de gobierno, mientras que todavía tenía que buscar y conservar el favor del monarca ejerciendo las malas artes tradicionalmente atribuidas en la mentalidad popular al privado a la antigua usanza.
Ello le exponía inevitablemente a las acusaciones de usurpar el poder real.
Este aspecto institucional del gobierno del Conde-Duque se le escapó completamente inadvertido a Marañón.
Resulta del todo sorprendente que, cuando describe en la cuarta parte del libro el ambiente donde operaba Olivares y que hizo posible su apropiación y mantenimiento del poder, la administración de una monarquía a escala mundial no aparezca por ninguna parte.
En su lugar, el ambiente se limita a "el pueblo", "la familia real", "el hogar", "las mujeres" y, curiosamente, "el hijo bastardo".
Es cierto que escribe sobre la tempestuosa relación del Conde-Duque con la nobleza, sobre todo con los grandes, en la sección precedente del libro, pero ¿dónde están los ministros y oficiales que hacían funcionar la maquinaria del gobierno y tenían una parte tan influyente en su vida diaria y en la de la corte?
Con excepción de Jerónimo de Villanueva, quien atrajo la atención de Marañón por el escándalo de San Plácido, no aparecen por ningún lado.
De modo parecido, se esperaría encontrar en un estudio sobre el poder alguna explicación no sólo de las disposiciones institucionales en torno al ejercicio del poder, sino también de las estrategias y planes más informales para transformar las intenciones en acción.
El patronazgo era un arma decisiva en el arsenal del Conde-Duque, y era a través de la manipulación de los vínculos de patronazgo y clientela en una sociedad basada en redes familiares y sistemas de dependencia de gran extensión que operaban los estadistas del siglo XVII.
Olivares no era ninguna excepción.
Dependía en gran medida de sus parientes de la conexión familiar Guzmán-Zúñiga en la consecución de apoyo para consolidar su control del poder, mientras que al mismo tiempo formaba un impresionante grupo de hechuras (los favoritos del favorito), de quienes podía depender para el cumplimiento de sus órdenes.
Para alguien que operaba en una sociedad dividida en facciones, movida por rivalidades familiares, y forzado a trabajar con una pesada burocracia opuesta por naturaleza a cualquier iniciativa que amenazara romper con la tradición, ésta era la única forma de sacar las cosas adelante.
Marañón realizó una valiosa contribución al resucitar las figuras de algunos de los parientes más próximos del Conde-Duque, como el conde de Monterrey, el marqués de Leganés y el duque de Medina de las Torres, pero los considera simplemente como personalidades y no da señal de apreciar la parte que desempeñaron en el funcionamiento de su sistema de gobierno.
Tampoco presta ninguna atención al grupo muy cohesionado de hechuras, sin cuya ayuda habría sido incapaz de poner en práctica su política.
La falta de contextualización del Conde-Duque dentro de las estructuras institucionales, sociales y políticas en las que se veía obligado a operar implica que obtenemos un retrato vívido pero en exceso personalizado de un hombre obsesionado por la pasión de mandar.
Los impulsos son los del dictador; los errores surgen de rasgos de personalidad.
Si Marañón hubiera tenido la oportunidad de leer detenidamente las consultas de los diversos consejos, sobre todo las del Consejo de Estado, creo que se habría visto obligado a modificar su retrato de un hombre que actuaba según los dictados de su propio temperamento caprichoso en lo que era en gran parte un vacío político.
Tomemos, por ejemplo, el tratamiento de Marañón de la decisión tomada por Madrid en la primavera de 1621 de no renovar la Tregua de los Doce Años con la República Holandesa.
Marañón la describe como el primero de los "yerros" de la "gestión política" de Olivares (Marañón, 1952, 308).
Es cierto que Olivares se oponía firmemente a la continuación de la tregua, pero la decisión final de Madrid se tomó tres semanas después del inicio del nuevo reinado, en una época en que ni siquiera era miembro del Consejo de Estado.
Tampoco resultaría posible apreciar a partir de la explicación de Marañón que esta decisión había sido precedida por dos años de debate en los diversos consejos, y que había fuertes argumentos en favor, así como en contra, la reanudación de la guerra con los holandeses, quienes por su parte también estaban volviéndose en contra de la perpetuación de la tregua (Elliott, 1990, 82-86).
El retrato de Olivares por Marañón como fundamentalmente un hombre-orquesta significa que aquí, como en otras partes, su explicación de las intenciones y acciones políticas del Conde-Duque sufre de su incapacidad de relacionarlas con la mentalidad y las actitudes de la élite dirigente de que formaba parte.
Lo presenta como un "héroe de la visión española de Felipe II", y como el "ejecutor, en mayor medida que el mismo Monarca, del espíritu de los Austrias", quienes se dejaban llevar por sus "sueños de imperialismo y de monopolio de la catolicidad".
"Además —prosigue— sobre esta profesión política, [Olivares estaba] dotado de un carácter imperativo y horro de matices, cuyas consecuencias no se hicieron esperar" (Marañón, 1952, 306).
Es realmente cierto que Olivares se veía a sí mismo como una vuelta a la gran tradición de Felipe II después de lo que consideraba habían sido los desastres y humillaciones del reinado de Felipe III, pero no creo que sea correcto describir ni sus postulados ni su conducta en términos tan simplistas.
Pertenecía a una élite dirigente muy consciente de las cargas y obligaciones que implicaba sostener un imperio a escala mundial.
En el siglo XVII esa élite pensaba no en términos de expansión imperial, sino de la conservación de los territorios lejanos de la monarquía contra una multitud de enemigos.
También pensaba en términos de reputación, el prestigio que todo estadista del siglo XVII sabía que era un arma esencial en el arsenal del poder real.
Reputación es una palabra que aparece una y otra vez en los debates sobre directrices políticas del Consejo de Estado.
El pensamiento de Olivares, por tanto, coincidía con el de la élite dirigente española en su conjunto, en la medida en que luchaba por conservar la posición de España y su monarca sin merma de reputación en un mundo hostil.
Los desacuerdos en el seno de la élite eran acerca de las tácticas más que de los objetivos y, lejos de ser "horro de matices", el Conde-Duque era capaz de tomar iniciativas tácticas, tales como enviar subsidios a herejes cuando convenía a sus propios propósitos (Elliott, 1984, 168-170), las cuales atestiguan la perspicacia política de un hombre dotado para considerar al mundo en términos que distan mucho de ser exclusivamente maniqueos.
¿Hasta qué punto, pues, se sostiene todavía el retrato de Marañón a la luz de las investigaciones históricas de los últimos setenta años?
Como he intentado aclarar, me parece que hay serias deficiencias en su tratamiento del Conde-Duque como estadista, aunque creo que sería difícil discrepar de su descripción general de Olivares como político con nobles ambiciones para "una completa renovación del país" (Marañón, 1952, 309), pero cuyas directrices terminaron en desastre.
De hecho, esta es la imagen que intenté matizar y desarrollar en mi biografía política del Conde-Duque.
Por lo que respecta a su retrato de Olivares como hombre, creo que sigue siendo incomparable, aunque me parece que debe mucho más al mismo Marañón que a las teorías de Ernst Kretschmer.
Su descripción de los principales rasgos de la extravagante personalidad del Conde-Duque me resulta convincente, y los numerosos relatos y caracterizaciones escritas por sus contemporáneos la confirman ampliamente.
Al mismo tiempo, debo confesar que encuentro la interpretación fundamentalmente biológica de la personalidad del Conde-Duque de Marañón en exceso reduccionista.
No estoy convencido de que haya mucha correlación entre la complexión del Conde-Duque y los modos en que hacía realidad su "pasión de mandar", y tampoco creo que Olivares fuera tan prisionero del mecanismo biológico como Marañón parece indicar.
No es necesario recurrir a interpretaciones biológicas o psicológicas para explicar la alternancia entre la euforia y la depresión experimentada por un hombre que constantemente recibía noticias de todas las partes del mundo, a veces buenas pero en general malas, pues los informes de una victoria gloriosa en una parte del planeta eran desplazados con rapidez por informes de derrota en otra, o quedaban ensombrecidos de repente por las nuevas de la pérdida de la flota de la plata de las Indias de la que dependía la campaña del año siguiente.
Es perfectamente posible que las reacciones de Olivares a la cara cambiante de la fortuna fueran más extremas de lo que se podría esperar normalmente, pero merece la pena recordar que el asténico Richelieu, al igual que el pícnico Olivares, era propenso a violentos arrebatos de ira, y estaba sometido a tanta tensión que sufría colapsos físicos en momentos de depresión (Elliott, 1984, 26-27).
Los dos estadistas trabajaban hasta el límite de sus fuerzas, y no es extraño que en momentos de agotamiento mental y físico no desearan nada más que dejar sus tareas y desaparecer de la vista del público.
También es difícil saber la importancia que hay que dar a las expresiones de melancolía más morbosas de esas "cartas lúgubres" que Olivares escribía tan a menudo, llenas de giros al estilo de "deseo más la muerte que servir un día más" (Marañón, 1952, 8-83).
La religiosidad del Conde-Duque, su obsesión por la muerte y la salvación, eran características de la espiritualidad barroca, y no está claro si sus reacciones ante los desastres diferían de modo significativo de las de sus contemporáneos.
Pero incluso si aceptamos la posibilidad de una religiosidad extravagante, sobre todo tras la muerte de su hija María, me parece que Marañón no captó la medida en que fuerzas compensatorias ponían freno a los impulsos biológicos.
En los últimos años hemos tenido una mayor conciencia de la influencia de las doctrinas neo-estoicas sobre la generación de Olivares, según eran difundidas por los escritos de Justo Lipsio (Oestreich, 1982).
El mensaje de Lipsio era de fortaleza cristiana ante la adversidad, y hay buenos motivos para creer que el Conde-Duque dio forma a su vida y mantuvo bajo control sus instintos naturales conscientemente mediante la puesta en práctica de la autodisciplina estricta que constituye el meollo de ese mensaje (Elliott, 1990, 286-287).
Así pues, no creo que sea injusto decir que, aunque Marañón describe admirablemente muchos de los rasgos más distintivos de la personalidad del Conde-Duque, de manera como no habían sido captados anteriormente, ni lo han sido desde entonces, no logró llegar a darnos un retrato del todo acabado de ese hombre extraordinario.
La misma organización del libro, además, tiende a perjudicar la percepción de Olivares en su integridad, y esto es particularmente cierto de la importante tercera parte, dedicada a Olivares como persona.
Aquí tenemos una disección del hombre, capítulo a capítulo, cada uno de ellos destinado a ilustrar algún aspecto de Olivares y su carácter: "La figura", "El humor", "La lucha contra los grandes", "Los impulsos", "Los defectos", "El intelectual", "Las virtudes", etcétera.
Por separado, muchos de esos capítulos son en extremo esclarecedores, pero el efecto de tal punto de vista clínico, al menos para este lector, es dejar a Olivares desmembrado sobre la mesa de operaciones, como si, una vez finalizada la disección, el médico responsable de la operación no estuviera del todo seguro de cómo montarlo de nuevo.
Sin embargo, a pesar de lo que me parecen defectos importantes en el libro, me encontré volviendo a él una y otra vez al escribir mi propio estudio sobre la carrera política de Olivares.
No hay que ir muy lejos para encontrar las razones.
Por fragmentario que fuera el tratamiento de la vida y carrera del Conde-Duque, los mismos fragmentos están llenos de vida e interés.
Son una prueba de la medida del éxito de Marañón a la hora de reunir una gran variedad de fuentes contemporáneas, muchas de los cuales eran desconocidas o ignoradas hasta que logró sacarlas a la luz, y también atestiguan la aguda inteligencia con la que analizó los testimonios ante él.
Algunos de sus capítulos, en especial los que tratan sobre la vida intelectual del Conde-Duque, su apasionada bibliofilia y su relación personal con poetas, dramaturgos y pintores (Quevedo, Calderón de la Barca, Rubens, Velázquez y muchos otros) abrió vías de investigación que todavía no se han explorado por completo.
Si el tratamiento de Marañón de la actividad política del Conde-Duque fue superficial, nada importante se ha añadido posteriormente a su dramático relato de la caída de Olivares del poder y los trágicos últimos años de su vida.
En conclusión, su logro sigue siendo impresionante, y el Olivares de Marañón conservará siempre su lugar en la bibliografía histórica.
Aunque, como biografía histórica, el libro es sólo un éxito parcial, no se trata de algo que pueda sorprender o se deba reprochar.
Como Braudel escribía en su reseña, "Olivares es un cortejo de personas y requiere un cortejo de explicaciones".
No se puede esperar de ningún biógrafo, ni siquiera de uno con el talento único del Dr. Marañón, que abarque todo ese cortejo de personas y las explique todas.
(Traducción de Marta Balcells, revisada por el autor) |
El artículo tiene como objetivo analizar la tipología y características de los medios de comunicación del exilio republicano durante su etapa más fructífera correspondiente al decenio 1939-1950.
Se han utilizado los fondos del Archivo de la República Española en el Exilio, el Partido Comunista de España, la Fundación Pablo Iglesias y el Centro de Investigación para la República Española en el Exilio (CIERE) a los que se ha aplicado la metodología cualitativa y el enfoque deductivo como vías de acercamiento a la realidad socio-comunicativa objeto del estudio.
Partimos de la idea de que el perfil de los protagonistas de dichos medios y su disgregación en Europa y América influyeron en la segmentación e inestabilidad de las publicaciones.
A lo largo de sus páginas se localizan los focos principales de la producción periodística exiliada y se examinan a grandes rasgos los prototipos, los contenidos y los actores.
En los últimos años los historiadores, animados por el movimiento social a favor de la recuperación de la memoria, han publicado investigaciones que van satisfaciendo esta demanda del presente, aunque quedan ámbitos que todavía necesitan ser rescatados de los archivos y recuperados para la sociedad del futuro.
Uno de ellos es el sector informativo en su calidad de órgano de expresión social, configurado como uno de los importantes protagonistas de la época.
En la actualidad contamos con los estudios presentados en los congresos sobre creación literaria y periodística organizados por GEXEL-AEMIC o la Asociación de Historiadores de la Comunicación, y las monografías sobre sus actores o las cabeceras, como las de P. L. Angosto, L. Díez, L. Zaragoza, A. González Neira, J. C. Sánchez Illán o R. Surroca entre otros.
Incluso conocemos el perfil biográfico de más de 300 redactores, fotógrafos, cronistas, corresponsales y el resto de las profesiones implicadas en el proceso informativo (Sánchez Illán, 2011).
Todos conforman un catálogo pionero y novedoso de gran valía pero muy escaso numéricamente que urge ser extendido a la distinta tipología informativa trasladada al exilio a raíz de la victoria del ejército franquista en la Guerra Civil.
Los centros de la producción informativa, destinos obligados para los exiliados
La historiografía ha desvelado suficientemente cómo la salida de españoles fieles a la legalidad constitucional fue constante desde septiembre de 1936, por lo que el término aceptado de "exilio de 1939" responde más a una denominación sintética de este fenómeno que a la precisión del mismo.
La dispersión fue la nota predominante de los transterrados, exceptuando los dos grandes núcleos que se concentraron en Francia y México.
La vida no fue fácil durante el tiempo que duróla II Guerra Mundial con la amenaza constante de las tropas de ocupación alemanas, situación que les obligaba a vivir escondidos y a cambiar de residencia con más asiduidad de lo deseado.
Muchos fueron conducidos a campos de concentración y, en general, tropezaron con distintas vicisitudes dependiendo del país donde hicieron la primera parada de su destino incierto.
Los pocos que lograron visado para Gran Bretaña 1 (Arasa, 1995) y Suiza gozaron de cierta estabilidad, pero la mayoría partiópara Iberoamérica y, en menor medida, Estados Unidos (Naranjo Orovio, 2009).
En este continente corrieron mejor suerte, especialmente los que se asentaron en el México de Lázaro Cárdenas.
Pero también hubo españoles de distinto perfil en Argentina, Chile, Cuba, Venezuela o en la República Dominicana, países en los que su fortuna dependióde la tendencia política y de la situación económica de sus gobiernos (Schwarzstein, 2001; Carcedo, 2006).
La distribución por los distintos territorios tuvo relación, entre otras circunstancias, con su adscripción política e ideológica.
Los partidos socialistas y los comunistas se asentaron sobre todo en Francia y éstos últimos lo hicieron también en los países del bloque soviético.
Los grupos de republicanos de izquierda se ubicaron en Francia, México y América del Sur.
El gobierno republicano en el exilio experimentó, asimismo, cambios de sede: en un principio se apostóen México, pero posteriormente pasóa París por la hipótesis de un retorno inmediato a tierras españolas (Cabeza Sánchez-Albornoz, 1997).
Otros grupos se establecieron en destinos infrecuentes dando lugar a una disgregación que impedía diseñar una estrategia política común, factor que unido a las persistentes divergencias políticas, la II Guerra Mundial, la Guerra Fría, la falta de apoyos internacionales y la disminución de recursos económicos, conforman un conjunto de argumentos que bien podrían explicar la falta de alternativa al franquismo.
Esta localización del éxodo tuvo, sin lugar a dudas, su reflejo en los medios de comunicación republicanos.
Acostumbrados a ese impulso recibido desde los tiempos de la Constitución de 1931 con la aprobación de la libertad de imprenta, no cejaron en su empeño de continuar informando desde planteamientos políticos, propagandísticos, culturales o de cohesión social.
No en vano heredaban esa tendencia inaugurada en los años republicanos, una de las etapas más brillantes y prolífica de la historia del periodismo español —la Edad de Oro, según denominación de algunos autores—, en la que se había propiciado la puesta en marcha de multitud de medios de comunicación con propósitos dispares.
El mundo de la información en el exilio quedó, pues, completamente descabalado ante las anómalas circunstancias de sus actores, pendientes de reorganizar sus vidas y sus haciendas y atentos a los acontecimientos políticos en España.
La producción mediática en estas condiciones se hizo especialmente complicada, aunque desde el mismo momento de la salida crearon y distribuyeron sencillas publicaciones que respondían a un deseo intencionado de comunicación y de expresión de los recién expulsados (Sánchez Vázquez, 1989)2.
Tanto en estos años como en posteriores las dificultades para la publicación de los distintos rotativos constituyen por sí mismas un capítulo especial de nuestra historia reciente.
Además de los problemas derivados de la falta de recursos económicos, hemos de tener en cuenta las trabas que algunos gobiernos pusieron a la existencia de medios de comunicación republicanos así como los obstáculos tecnológicos que conllevaba no disponer de maquinaria propia o la escasez de periodistas profesionales, colectivo muy castigado en el proceso represivo desencadenado en España.
La distribución de los impresos era arriesgada y de una extremada lentitud debido a la limitación de los transportes en tiempos de Guerra Mundial y la posterior restricción de las comunicaciones en los años de división del mundo en bloques.
Las principales cabeceras republicanas se editaron, organizándolas por continentes (Piedrafita, 1996): en África: Argelia —prensa socialista, comunista y de republicanos de izquierda— y Marruecos.
En América del Sur: Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Uruguay y Venezuela.
La mayoría se publicódesde Argentina, especialmente prensa gallega, asturiana, catalana y vasca.
En América Central y Caribe destacóCuba, aunque algunas publicaciones se editaron en Costa Rica, Guatemala y Puerto Rico.
En el Norte del continente sobresalióMéxico, principal receptor de los refugiados, país desde el que se expresaron todos los órganos de partidos políticos, sindicatos y asociaciones de republicanos, así como las instituciones de la II República en el exilio.
En Estados Unidos, los exiliados contaron con el apoyo de las Sociedades Hispanas Confederadas mientras que en Europa hemos de destacar el núcleo de Francia —París, Toulouse y en menor medida Perpiñán—, lugar fundamental en la producción informativa exiliada3.
En este caso se encontraron con problemas idiomáticos que les supusieron importantes trabas para su trabajo en las redacciones, aunque con el paso del tiempo algunos montaron empresas editoriales como Ruedo Ibérico, fundada en París por José Martínez en 1960 (Forment, 2000).
Francia y México, pues, se configuran como los principales centros editores, seguidos muy de lejos por Argentina, Chile, República Dominicana, Cuba, Argelia y Venezuela (Sánchez Illán, 2005), dibujando un mapa coincidente con los destinos de la diáspora.
Las cabeceras republicanas, por tanto, fueron capaces de salvar obstáculos de gran complejidad para llegar a su público objetivo y cumplir con la función común de lucha antifranquista e identidad republicana que tenían asumida como intrínseca a los propios medios.
La tipología periodística: política, cultura e instituciones en el panorama mediático
La categorización informativa del republicanismo en el exilio responde fundamentalmente al periodismo especializado.
En primer lugar, se puede distinguir la prensa política —partidista y sindical—, la tendencia más prolífica y de mayor duración en relación con una sociedad fragmentada ideológicamente y muy politizada.
En segundo lugar los medios editados desde los ateneos, centros culturales y asociaciones, en consonancia con el alto nivel cultural del exilio; y finalmente la comunicación institucional, divulgada desde el gobierno de la República.
Los tres tipos de publicaciones estuvieron sometidos a las coyunturas económicas de cada centro emisor pero también a oscilaciones políticas y a cambios de residencia de los exiliados, factores que influyeron en la periodicidad y la durabilidad.
En cuanto a la prensa política, hemos de destacar el hecho de que los órganos pertenecientes al PSOE, PCE, Izquierda Republicana y CNT constituyen el grupo más estable y de mayor continuidad comparado con el resto de medios.
Sus objetivos, en general, conjugaban la denuncia del franquismo con la propaganda partidista y funcionaban como arma política y de difusión ideológica.
No tenían afán de lucro y estaban financiados por las cuotas de los afiliados y las suscripciones de lectores, unos ingresos que apenas cubrían los gastos.
El PSOE disponía de El Socialista, con periodicidad mensual y ediciones en Toulouse, París, México, Argel.
En sus secciones justificaba los ideales del socialismo planteados en la Segunda Internacional, defendía la vigencia del sistema democrático y promovía la solidaridad del movimiento obrero internacional en la lucha contra el franquismo4.
En México los socialistas publicaban Adelante —con comentarios y colaboraciones de los residentes, especialmente de Indalecio Prieto, principal inspirador del mismo— y también Renovación, órgano de las Juventudes Socialistas, seguidor de la corriente prietista dentro del PSOE.
El PCE contaba fundamentalmente con Mundo Obrero, editado en París, Toulouse y Argel.
Asimismo España Popular y Nuestra Bandera, centradas en la lucha antifranquista, y configuradas como punto de encuentro entre los comunistas disgregados por Europa.
Ambos órganos llegaban hasta los residentes en los países del Este a pesar de las dificultades de transporte existentes desde París hasta Sofía o Bucarest5.
Un canal de comunicación de especial importancia fue Radio España Independiente, estación Pirenaica, nacida a iniciativa de la KOMINTERM en julio de 1941, un mes después de la agresión nazi a la URSS y el mismo mes que Ramón Serrano Suñer enviaba la División Azul al frente ruso.
En Moscú se hallaban los principales dirigentes comunistas europeos y, en consecuencia, era el lugar idóneo para organizar las emisoras nacionales que se encargarían desde 1941 de la propaganda antifascista.
Radio Pirenaica, como fue rebautizada, tuvo su sede en la URSS hasta enero de 1955, fecha en que se trasladóa Bucarest porque el gobierno soviético se orientóhacia un cambio en sus relaciones con España y deseaba salvar el impedimento que podría representar la existencia de Pirenaica en su territorio (Mendezona, 1995; Millán Trujillo, 1998; Zaragoza, 2007 y 2008, Eiroa, 2011).
Junto a esta radio, en las capitales del Este europeo se instalaron algunas emisoras en las que trabajaban comunistas españoles y salían al aire en lengua española.
Este era el caso de Radio Varsovia6 o Radio Bucarest7, estaciones de muy menguados recursos pero de gran validez para el PCE.
El partido Izquierda Republicana contaba con órganos propios y otros afines cuyos cometidos eran comunes: la denuncia del franquismo y la reivindicación de la legalidad republicana.
Un ejemplo fue Izquierda Republicana, publicado en México a partir de 1944 y de periodicidad mensual que intentómantener vivo el recuerdo de Azaña y su ideario8.
También en este país disponían de República Española, órgano de la facción disidente de Izquierda Republicana encabezada por Mariano Ruiz Funes, partidaria de la colaboración con Negrín y el PCE.
El Ateneo Republicano Español era el responsable de Nuestra República, publicada igualmente en México9.
En Argentina este grupo editóhasta 1974 el semanario España Republicana donde colaboraban Indalecio Prieto, Carlos Esplá, Giner de los Ríos, Félix Gordón Ordás o Diego Martínez Barrio.
Hubo otras publicaciones políticas y algunas que, sin pertenecer a ninguna filiación concreta, decidieron organizarse como medio de expresión de liberales y republicanos en general con propósitos de cohesión y de mediación política ante la persistencia del franquismo en el poder.
Esta prestigiosa cabecera combinaba el periodismo político y el cultural y en sus páginas se puede constatar el lamento por las discrepancias en el exilio.
En segundo lugar se encuentran los numerosos centros culturales e instituciones que editaron sus propios medios de comunicación.
Los republicanos refugiados en la embajada de Chile nada más finalizar la guerra redactaron Luna, considerada la primera revista cultural a la que seguirían muchas más.
A esta misma categoría responde España Libre, órgano de las Sociedades Hispánicas Confederadas de los Estados Unidos de América publicado mensualmente en Nueva York, en cuyas páginas se expresóel colectivo de profesionales universitarios de distintas disciplinas humanísticas y científicas10.
También en Ibérica —1953-1974, revista fundada y dirigida por Victoria Kent—, confluyeron personas desde ámbitos diversos, especialmente republicanos liberales como Salvador de Madariaga.
Fue cauce de expresión de la oposición interna y puente de unión entre el exilio interior y exterior.
Los centros y asociaciones de emigrados promovieron revistas culturales y boletines de gran calidad que despertaban un gran interés entre sus lectores, especialmente porque contenían una información dirigida a un público de perfil muy específico.
Entre las más conocidas figuran Nuestra España —la primera revista fundada en Cuba por el exilio—, Espuela de Plata, Romance, Hora de España, España Peregrina, Las Españas o Litoral, en memoria de la revista malagueña que desempeñóun papel crucial en la poesía de la década de los veinte y treinta (Gutiérrez Palacio, 2009).
Gallegos, catalanes y vascos, pero también colectivos profesionales o mujeres dispusieron de impresos con formatos variados y expresivos de la voluntad de servir de canal eficaz de comunicación al republicanismo.
Algunos ejemplos los encontramos en Boletín de la Unión de Intelectuales Españoles, Boletín de Unión de Mujeres Españolas, Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero, Galicia, Catalunya, Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos o la revista Vamos, fundada y dirigida en 1939 por la periodista canaria Mercedes Pinto (Domínguez Prats, 1988).
En Argentina los exiliados fundaron la editorial Espasa Calpe, Losada (donde editaban a Lorca, Alberti, Ayala, Rosa Chacel, María Zambrano o Sánchez-Albornoz), Emecé, Pleamar, Editorial Sudamericana y Nuevo Romance.
En Chile se hallaba la Editorial Cruz del Sur y en México las empresas editoriales e informativas componen un catálogo importante entre las industrias culturales.
En este país el antiguo director de periódicos Roberto Castrovido fundóla librería Góngora poco antes de su fallecimiento.
No en vano se puede afirmar que México se erigióen la capital de la prensa literaria del exilio durante la década de 1940 y 1950 hasta que las circunstancias políticas y el paso del tiempo provocarán su declive.
En tercer lugar figuran los medios de comunicación institucionales, subordinados a los vaivenes políticos del gobierno exiliado y al reducido soporte económico.
Frente a la España de Franco organizada con una estructura informativa fortalecida progresivamente con recursos humanos y económicos, el ejecutivo republicano carecióde un sistema mediático eficaz y reducido al mínimo con motivo de la paulatina y drástica disminución de las arcas gubernamentales.
La Junta Española de Liberación, pacto de unidad forjado en México en 1943 para restablecer la República, publicóel semanario España, hasta que con motivo de su disolución en 1945 fue sustituida por la Gaceta Oficial de la República Española del nuevo gobierno de José Giral (Boned, 1999).
Este gobierno puso en marcha el Servicio de Información y Propaganda, que iniciósu andadura en México, el primer lugar donde se instalaron las instituciones republicanas (Alonso García, 2004; Fernández Alonso, 1996).
A instancias de Carlos Esplá y Antoni-Maria Sbert el Servicio se organizócomo una empresa privada y se dividióa efectos administrativos en una Agencia de Información — Centro de Información Iberoamericana —, montada para abastecer de noticias a los medios internacionales11, y el semanario España Nueva, órgano del gobierno que aspiraba a contribuir en sus páginas a la reinstauración de la República, demostrar la ilegitimidad del régimen de Franco y recordar que su victoria en la guerra supuso un freno para la modernización de España.
Sus páginas constituyeron una tribuna para intelectuales, académicos y periodistas como Margarita Nelken, Álvaro de Albornoz o Pedro Bosch i Gimpera.
En París, el otro núcleo institucional, se editaba La Nouvelle Espagne, cuyo objetivo era convertirse en el órgano de difusión de las orientaciones y líneas políticas oficiales.
Junto a estos tres canales, el gobierno publicaba folletos con mensajes específicos o declaraciones ministeriales de bajo precio y fácil transporte.
Sin embargo, estos medios no pudieron cumplir con las metas propuestas como consecuencia de las dificultades de la distribución —muy compleja ante la dispersión de los lectores—12, la falta de personal y los problemas financieros.
Cuando el gobierno de Rodolfo Llopis finalizóen agosto de 1947, el gabinete de Álvaro de Albornoz redujo los gastos y puso el énfasis en la radio.
De este modo nació Radio República Española, en el aire por primera vez en abril de 1949 desde Perpiñán.
Las emisiones, de una duración aproximada de tres cuartos de hora, se realizaban dos veces por semana y se mantuvieron en antena siete meses, periodo en el que las ondas propagaron el final del régimen franquista justo en el momento en que España salía del aislamiento internacional y se eliminaban las condenas propuestas dos años antes en la Organización de las Naciones Unidas.
En agosto de 1951 el nuevo presidente Félix Gordón Ordás decidióretomar la publicación de los boletines de información y la edición puntual de octavillas, folletos y manifiestos.
Asimismo, se planteócomo prioridad montar una estación de radio para hacer propaganda hacia el interior de España pero problemas económicos y diplomáticos impidieron que los trámites ante distintos países europeos —Francia y Yugoslavia— y norteafricanos dieran resultados (Alonso García, 2004)13.
En 1960 el gobierno del general Emilio Herrera14 creóuna agencia de prensa, Free Spanish Press y editóunos cuadernos mensuales llamados Servicio de Información de la República Española.
Sin embargo, al año siguiente se suprimióel Ministerio de Información y con él el definitivo decaimiento de la comunicación republicana.
Un arma tan importante como es los medios de comunicación fue menoscabada en tiempos de pleno crecimiento de la radio y la televisión, canales adaptados a una sociedad cambiante y atenta a la información que proporcionaba la moderna tecnología audiovisual.
La prensa republicana en el exilio contó, en general, con la colaboración de lo más brillante de la cultura española, aprovechando la oportunidad de que un gran número de artistas, escritores, poetas, científicos y universitarios de todas las disciplinas se hallaban fuera de España.
Muchos se convirtieron en periodistas accidentales, profesionales temporales de los medios, quienes enriquecieron con su sabiduría y su pluma las páginas de la producción impresa en el exilio.
Utilizaron todos los géneros periodísticos, pusieron en marcha revistas literarias, como Taller, Romance, Las Españas, Presencia o Comunidad Ibérica y escribieron en las páginas de los diarios mexicanos donde podían ejercer su profesión y ganarse un salario.
Los nombres de estas plumas integran un largo repertorio de hombres y mujeres con largos años de experiencia profesional que les permitieron disponer de recursos suficientes para continuar su trabajo en condiciones claramente adversas.
La gran actividad que mostraron, enfrentándose a las dificultades de la disgregación de sus lectores y a la falta de medios económicos para sacar las ediciones, indica la constante preocupación por mantener informados a los exiliados ante la eventual caída del franquismo y la consecuente vuelta a casa, unas circunstancias que se demoraron más años de lo previsto.
Los contenidos de interés prioritario: el final del franquismo
Prensa y sociedad coincidieron en el espacio y en el tiempo desplegando con intensidad acciones expresivas de intereses comunes como la propaganda a favor de la República o la denuncia de la violencia del franquismo ante la opinión pública, en definitiva, la acusación del Régimen ante la comunidad internacional en su calidad de última reminiscencia de los nazi-fascismos de entreguerras.
Estas críticas continuaron en las décadas de los cincuenta y sesenta, además de la difusión de los movimientos de la oposición antifranquista en el interior y las actividades clandestinas de las fuerzas políticas reorganizadas.
Tanto el gobierno de la República como los partidos y organizaciones republicanas eran conscientes de que la divulgación de sus reivindicaciones a través de los medios de comunicación era una de las vías más efectivas para conseguir el reconocimiento de las potencias occidentales y la actuación contra Franco.
El denominador común, como hemos señalado, era la defensa de la legalidad republicana y la denuncia al régimen franquista, aunque todos incorporaban a las páginas de sus cabeceras contenidos reivindicativos propios o propagandísticos destinados a la conquista de su público objetivo: exiliados en general, autoridades internacionales de prestigio o afiliados a partidos.
Y es que atendiendo al tipo de publicaciones que mencionamos anteriormente —periodismo político, cultural e institucional—, el papel y las funciones de los órganos de comunicación responden a objetivos diferentes relacionados con su misión fundacional.
Las secciones en las que estaban organizados los medios en el exilio responden a los temas de mayor interés para el colectivo transterrado: información internacional, noticias sobre España, información del partido o institución editores del medio de comunicación y cultura.
El análisis cualitativo de los contenidos nos conduce a agruparlos en torno a diferentes temáticas entre las que sobresalen en primer lugar, la represión y las fórmulas practicadas para sobrevivir.
En algunos casos, se hacía especial mención a la dura aplicación de estas medidas en las nacionalidades históricas, Cataluña y País Vasco.
Se trataba de la expresión pública del dolor como consecuencia de la muerte violenta de familiares y de la persistencia coercitiva.
La información sobre cárceles, campos de concentración y el trato dispensado en estos centros formóparte de la agenda mediática exiliada.
En segundo lugar asuntos de política nacional, como reportajes sobre Falange, el carlismo o los monárquicos y su insatisfacción con el Régimen, siendo ésta actitud disidente publicada en la prensa con el propósito de mostrar un síntoma del descontento de estos grupos.
Uno de los hechos más vergonzosos para quienes se hallaban fuera de España lo constituyóla política gubernamental de asilo a los acusados en Nüremberg al final de la II Guerra Mundial, medida recogida en grandes titulares de las portadas republicanas como un acontecimiento escandaloso que pretendía llamar la atención sobre la afinidad del franquismo con los antiguos estados nazi-fascistas15.
En tercer lugar encontramos noticias relativas a la oposición en el interior.
La prensa exiliada revelóla existencia de varios complots para asesinar a Franco y se publicitóla huelga de transportes en Barcelona (1951), primera actuación de la oleada subsiguiente de protestas que caracterizarían la década.
Los reportajes sobre las actuaciones guerrilleras fueron también habituales.
Con este tipo de noticias se pretendía exteriorizar la fuerza de los opositores tradicionales y el surgimiento de otros descontentos derivados de la pésima situación económica y social.
Otro conjunto de artículos hacen referencia a la economía, con el protagonista indiscutible del estraperlo, el mercado negro, la penuria alimenticia, las anomalías detectadas en el Banco de España, el paradero del capital incautado a los republicanos y las numerosas críticas al intervencionismo estatal.
Esta temática se presentaba a modo de indicadores de la pésima marcha de la administración y la corrupción del sistema.
La prensa exiliada prestóuna gran atención a la política exterior y la diplomacia por cuanto que el éxito de su gestión estaba vinculado a la supervivencia de la República.
Y es que las "maniobras franquistas" estaban dando frutos muy jugosos a la acción exterior del Estado, como la firma de los pactos con los Estados Unidos o el Vaticano.
Así en el número de octubre-noviembre de 1953 Izquierda Republicana titulaba: "La independencia que el franquismo proclama: la tierra española hipotecada a Estados Unidos y el espíritu sometido al Vaticano".
Finalmente hemos de mencionar la gran variedad de información cultural que albergaron las publicaciones, desde reseñas literarias a convocatorias de actos científicos y culturales celebrados en las diversas capitales donde residía el colectivo exiliado.
En las piezas informativas se hacía especial énfasis en la alta calidad de los participantes de dichos actos con un propósito de exaltar el nivel cultural y profesional de los protagonistas.
Una opinión bastante extendida entre los medios del exilio era el fin próximo de la dictadura.
Los disturbios en el interior, la labor de la oposición de dentro y fuera de las fronteras junto a la pésima situación económica, constituían evidencias de que el final del régimen llegaría pronto.
Incluso a mitad de los años cincuenta, cuando la España de Franco fue admitida en los organismos internacionales, la España de la República no se dio por vencida, confiada en que un día u otro las potencias democráticas acabarían con la existencia de un gobierno poco apto para la nueva Europa en construcción.
La prensa y la sociedad en el exilio se alimentaron de visiones y percepciones de la realidad bastante sesgadas.
Entre 1939 y 1950 la nota dominante fue la esperanza en el triunfo aliado, la caída del franquismo y la lógica vuelta a España.
En este tiempo abundaron los contenidos plagados de euforia y de actividad, en plena consonancia con el espíritu de los exiliados, convencidos de la pronta restauración democrática.
A partir de 1950 el exilio asistióa la paulatina acogida del franquismo en la sociedad internacional gracias al ingreso en Naciones Unidas y en sus organizaciones dependientes y, sobre todo, contemplócon decepción la firma de pactos con la superpotencia del mundo occidental, Estados Unidos.
En sus páginas, sin embargo, periodistas y colaboradores seguían insistiendo en la idea de que el final estaba próximo, una opinión afianzada con motivo de la información que llegaba sobre el resurgimiento de la oposición en el interior, las primeras protestas universitarias y las relaciones entre el exilio y la disidencia en el interior que podían contribuir a la forja de una alternativa válida para la sustitución política.
El espejismo de estas noticias impedía ver la realidad de una dictadura cada vez más asentada en ese peculiar marco de la Guerra Fría.
Los medios y el conjunto del exilio parecían vivir encerrados en la hipótesis de que el mundo daría la razón sin más a la legalidad y a la justicia arrebatada por los militares sublevados del 18 de julio de 1936.
Lo cierto es que la voz de los republicanos, aunque unánime en la denuncia, se presentóde forma fragmentaria, escindida en numerosos grupos casi irreconciliables.
Voz de dolor, diluida en un conjunto de individualidades representantes de una cultura de lo imposible, ligada a un ligero quijotismo y aspirante a la implantación de la libertad en esa añorada España.
No podía ser de otro modo ante tantas agresiones físicas y psicológicas en una coyuntura en la que apenas hubo sosiego para un análisis realista en el entorno difícil de Francia o en el teórico paraíso de México, donde tenían que dedicarse a problemas de su integración en el mercado laboral.
Sociedad y prensa no se apercibieron de que el franquismo estaba asegurado y que contaba con apoyo entre la población, conseguido a través del miedo y su aliado, el silencio, o simplemente ganado con el consenso de las clases sociales pro-franquistas.
Tampoco reconocieron o no fueron capaces de reconocer que el Régimen estaba sustentado por la sociedad internacional, bien por acción —caso de las dictaduras iberoamericanas, de Estados Unidos, del Vaticano, de algunos países árabes y de otras dictaduras asiáticas y africanas—, bien por omisión, como consecuencia del principio de la no ingerencia en asuntos internos de los Estados.
La alimentación recíproca de la ilusión de la caída del franquismo, junto al problema central de la fragmentación política interna, fue tremendamente perjudicial para todos porque les impidiódisponer de un interlocutor ante las democracias y planificar una estrategia que pudiera ser ofertada ante los foros internacionales como la alternativa democrática al franquismo.
Les faltóautocrítica y un análisis profundo de la realidad española; tampoco hubo éxito en los llamamientos a la unidad republicana.
A partir, pues, de 1950, apenas se pusieron en marcha nuevas iniciativas y muchos medios de comunicación tuvieron que cerrar sus redacciones, a excepción de las cabeceras de la prensa política, la más duradera de toda la tipología informativa como consecuencia de su vinculación a los partidos y sindicatos de la oposición. |
María Esther Rubio, doctora en Ciencias Químicas y Profesora de Física y Química, lleva muchos años estudiando las relaciones entre la investigación científica y el feminismo, relaciones que, como muy bien se señala en el texto de la primera solapa, no siempre han sido fluidas.
Por citar solamente algunas de sus aportaciones citaremos: Desafiando los límites de sexo/género en la Ciencias de la Naturaleza /1991), pensamientos femeninos en los albores de la Revolución Científica (2001) y El ciberespacio no es la mitad del cielo.
Sobre mujeres, ciencia y tecnología digitales (2006) que obtuvo el premio de Investigación 2005 "María Isidra de Guzmán".
Esa preocupación de la doctora Rubio por las relaciones entre ciencia, tecnología y feminismo y en especial por ubicarse en los inicios de la revolución científica, la lleva ahora a abordar la figura de Mileva Einstein-Maric, compañera primero y esposa después del autor de la teoría de la relatividad.
La autora subtitula su trabajo con una pregunta: ¿Por qué en la sombra?
Acertada apreciación, pues Mileva ha sido preterida e ignorada durante muchos años hasta que en 1990 la AAAS (Asociación Americana para el Avance de la Ciencia) puso sobre la mesa la posible coautoría de Mileva en los primeros trabajos de Albert y, sobre todo, en el aparato matemático de sus argumentaciones.
Un tema de tal calado precisaba un tratamiento riguroso, que es, precisamente, el que la doctora Rubio emplea en su trabajo.
Pero lo más importante del libro está ya en sus comienzos: en la descripción que realiza, con una precisión estremecedora, de las dificultades de todo orden que las mujeres hubieron de sufrir, por el mero hecho de serlo, para acceder a la educación superior y a la investigación científica (pp. 19 y siguientes).
El libro se estructura en tres capítulos precedidos de un árbol genealógico de la familia Einstein-Maric y una Introducción.
El estudio concluye con un gran número de notas (134), una cronología, desde 1875 (fecha del nacimiento de Mileva) hasta 2005 (año Internacional de la Física), y una completísima bibliografía.
El capítulo I, "MILEVA MARIC.
Una desconocida en el mundo de ciencia", combina los aspectos biográficos de Mileva y Albert y su relación, con las dificultades de todo orden que las mujeres tenían para acceder a la enseñanza superior, a las que anteriormente hacíamos referencia.
Dificultades a las que se sumarían las de la pareja con sus respectivas familias y que serían un tremendo obstáculo en la búsqueda de ambos de la mutua felicidad.
Un embarazo inesperado vino aún más a complicar las cosas, en una Europa todavía tradicional y acabó con las posibilidades de que Mileva tuviera una carrera científica propia.
Esther Rubio pone de manifiesto el doble trabajo al que la mujer estaba y aún está sometida: la profesión y el hogar.
Continuando con la parte biográfica nos señala cómo el ascenso de Albert dentro de la comunidad científica y el deterioro de las relaciones familiares corren parejos.
La evolución de ese deterioro nos la muestra la autora a través de la correspondencia de Mileva con sus familiares y amigas.
El tema polémico se trata en el capítulo II, "LA AUTORÍA.
El año 2005 es declarado por la UNESCO Año Mundial de la Física, tanto para conmemorar el centenario de la publicación de los trabajos de Einstein (1905), como el cincuentenario de su fallecimiento (1955).
Su correspondencia y la de Mileva fueron, desde los años 80, objeto de publicación a cargo de la Universidad de Princeton bajo el título Collected Papers of Albert Einstein.
Esta publicación puso sobre el papel la posible coautoría de Mileva.
La controversia, nos dice la autora, se centra en los primeros trabajos, publicados entre 1901 y 1905 y escritos en Zurich y Berna.
En la correspondencia Albert utiliza repetidamente el término nuestro(a)s al referirse a las teorías y a los trabajos (pp. 68-70).
La contribución de Mileva, según Evan Harris, a la teoría especial de la relatividad, el movimiento browniano y el efecto fotoeléctrico fue fundamental en los tres casos (pp. 71-72).
El capítulo III, «¿POR QUÉ EN LA SOM-BRA?», lo dedica la autora estudiar el concepto clásico de "genio", como personaje de naturaleza masculina, cuya individualidad no precisa de apoyos externos.
Esta concepción es falsa, naturalmente, y la doctora Rubio nos señala los casos de Carlyle y su esposa Mary Midgley y el de Marie Sklodowska y Pierre Curie, señalando el caso excepcional de esta última, como excepción que conforma la regla.
Cierra el capítulo y el libro la descripción de la mutua relación tras su divorcio en 1919 y su correspondencia con su amiga Helene Savic, en la que narra su sentimientos y la relación con su ex marido.
Libro sin duda polémico pero excelente el que nos ofrece la doctora Rubio y que ha de ayudarnos a comprender la difícil situación de las pioneras de la revolución científico-técnica.
Por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa (Instituto de Filosofía CSIC) |
AVANZANDO EN EL DIÁLOGO DE SABERES
Este trabajo intenta avanzar en el debate sobre la ceguera en la construcción del conocimiento, originada por la incapacidad de visualizar otras formas de vida que se desarrollan fuera del sistema hegemónico, marcado esencialmente por la ideología capitalista y eurocéntrica.
Para esta empresa, optamos por presentar a modo de ejemplo una serie de enunciados que mostrarán discursos marcados por prácticas y formas de vida de habitantes de sectores rurales del Centro y Sur de Chile.
El procedimiento utilizado consistió en visibilizar nuestras propias concepciones paradigmáticas para "ver" en todo el sentido de la palabra, discursos diversos; todo esto desde una perspectiva hermenéutica.
Entre las conclusiones destaca la idea del "andar", la paciencia y las recurrentes metáforas construidas desde la relación con la naturaleza.
En la actualidad nos vemos constantemente bombardeados por discursos pesimistas sobre nuestro presente y futuro, estos transitan desde la concepción del individuo como un sujeto no-social, al reconocimiento de un sujeto que re-nace continuamente, definiendo la memoria y las tradiciones como cargas que obstaculizan sus proyectos.
Desde estos supuestos, se nos presenta la realidad como una sola; sabemos, sin embargo, que este fenómeno surge de una enfermedad moderna: "la hiper-simplificación que ciega la complejidad de lo real" (Morín, 1990, 34).
Los efectos de estas teorías implican la no creencia en otras formas de conocimiento, esto a su vez permite que la realidad sea encubierta por ideas generalmente dogmáticas que no hacen más que petrificar las relaciones entre conocimiento y experiencia.
En este contexto, el presente trabajo pretende ser una humilde invitación a soltar nuestras amarras cognitivas y epistémicas, para entregarnos a la posibilidad de dialogar con otras formas de conocer las múltiples realidades que nos configuran, en pos de construir relaciones y tramas que sustenten al sujeto social.
En otras palabras, avanzar en la "solidaridad" como un "conocimiento-re-conocimiento" (De Sousa Santos, 2003), elevando al otro/a a la categoría de sujeto.
Esta invitación busca además del examen de la propia realidad social (para traducirla en investigación sistemática y docente) transmitir nuestra explícita intención de transformar esa realidad en co-participación con otros/as.
Se espera alcanzar este propósito, a través de una revisión del estado del arte del tema y de la exposición de pensamientos que construyen habitantes de sectores rurales, bajo un enfoque que tiene como puntos de apoyo la experiencia personal y narrativa de nuestros/as informantes, adoptando una perspectiva metodológica cualitativa en la cual se resalta la singularidad y profundidad de los relatos de cada uno/a de ellos/as.
Estado de la cuestión
Parece ser como si de pronto "nuestra razón, que nos parecía el modo de conocimiento más seguro, descubre en sí una mancha ciega.
¿Qué es nuestra razón?
¿No puede transmutarse en su contrario sin darse cuenta de ello?
¿No empezamos a descubrir que hemos ignorado, despreciado, destruido tesoros de conocimiento en nombre de la lucha contra la ignorancia?"
La respuesta a estas interrogante puede venir de la reflexión epistemológica, una reflexión que se hace con otros/as y donde se busca construir comprensiones que expliciten los límites y ambigüedades de las ideas que sustentan las ciencias.
No podemos olvidar que "las creencias son, en efecto, una producción histórica construidas por humanos y para humanos; contienen posibilidades de liberación, una gran belleza estética, una notable fiabilidad, pero pueden también convertirse en mitos, ser origen de destrucción y factor de desigualdad social" (Fourez, 2008, 10).
La iniciativa adopta entonces un carácter imperativo: el dialogar con los/as otros/as que por demasiado tiempo hemos tratado de acallar, este ejercicio posibilitará que ellos/as puedan facilitarnos desde sus saberes nuevas posibilidades de re-construir nuestros y sus conocimientos.
Esta demanda se hace especialmente patente en el contexto de la pobreza rural y el deterioro ambiental.
Al respecto, múltiples organizaciones, en su mayoría alternativas, denuncian que a menos de cincuenta años de los inicios de la Revolución Verde, existe un mundo rural cada vez menos diverso, una agricultura cada vez más homogénea y concentrada, manteniéndose en ellos la pobreza y haciendo en ocasiones más grande la brecha entre los sectores rurales y urbanos.
Se aprecia además, que los cultivos están fuertemente controlados por el comercio internacional a través de las grandes corporaciones, ocasionando que la producción campesina se haya estancado, sobre todo porque los campesinos tienen cada vez menos tierra para sembrar, además del efecto inmediato de la deforestación, que no sólo ha significado deterioro ambiental, sino importantes pérdidas de fuentes de alimentación humana y animal (Grain, 2009).
Por su parte la FAO y la UNESCO1 entregan datos alarmantes, entre ellos: que existen 840 millones de personas mal nutridas; 1.500 millones de personas que no tienen acceso al agua potable, de las cuales la mayoría vive en zonas rurales.
Coincidentemente cerca del 70% de los pobres del mundo viven en las zonas rurales y se prevé que para el 2025 el 60% de la población pobre seguirá viviendo en estas zonas.
En este marco, la FAO y la UNESCO2 lanzan en el año 2002 un programa en el marco de la iniciativa de Educación para todos (EPT), focalizado en la atención de la población rural.
Al parecer, este programa se funda en la noción de que el conocimiento constituye un elemento clave para fortalecer a las comunidades rurales y asegurar un desarrollo global sustentable.
Así, el Programa 21 (programa de las Naciones Unidas para promover el desarrollo sostenible) constituye "un plan de acción exhaustivo que habrá de ser adoptado universal, nacional y localmente por organizaciones del Sistema de Naciones Unidas, Gobiernos y Grupos Principales de cada zona en la cual el ser humano influya en el medio ambiente"3.
Esta iniciativa hace alusión específicamente al concepto de "patrimonio cultural inmaterial".
En el texto de La Convención 2003, se define el PCI (Patrimonio cultural inmaterial), como "los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y, en algunos casos, los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural"4.
En esta línea la convención reafirma la importancia y necesidad de conservar este patrimonio, considerado el eje de la diversidad cultural, el cual se manifiesta en particular en los siguientes ámbitos:
- tradiciones y expresiones orales, incluido el idioma como vehículo del patrimonio cultural inmaterial;
- artes del espectáculo;
- usos sociales, rituales y actos festivos;
- conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo;
- técnicas artesanales tradicionales5.
Asimismo, apreciamos que se encaminan algunas medidas para garantizar la viabilidad del patrimonio cultural inmaterial: "la identificación, documentación, investigación, preservación, protección, promoción, valorización, transmisión —básicamente a través de la enseñanza formal y no formal— y revitalización de este patrimonio en sus distintos aspectos"6.
En este marco, los saberes tradicionales penetran con mayor fuerza, a pesar de las múltiples acciones emprendidas para eliminarlos.
Estos saberes reciben distintas denominaciones, entre ellas:
"saberes locales", "sabiduría popular", "folklore", "ciencia indígena", "ciencias nativas", "conocimiento popular", "ciencia del pueblo, "conocimiento campesino", "saberes subyugados", "tradición científica no occidental", "ciencia emergente" y en la literatura anglosajona se les denomina también "tradicional knowledge, non western knowledge o traditional ecological knowledge" (Leff, 2002, 500).
Sin embargo, debemos considerar que estas formas de apropiación cognitiva sólo son posibles si los/as habitantes de los sectores rurales se plantean como necesidad fortalecerlas dentro de su patrimonio cultural y de su cosmovisión de los sistemas de saberes, formas simbólicas de percepción, significación y relación con la naturaleza, además de sus normas culturales y de organización social para la gestión de un desarrollo propio.
Creemos que esto debe hacerse mediante una estrategia que se aleje de "la acción extensionista que implica cualquiera que sea el sector en que se realice, la necesidad que sienten aquellos que llegan hasta "la otra parte del mundo", de considerarla inferior, para, a su manera, normalizarla.
Consideramos que la gestión del conocimiento que busca salvaguardar el patrimonio cultural inmaterial, debería iniciarse con la toma de conciencia.
"La consciencia es inseparable del pensamiento, que es inseparable del lenguaje.
La consciencia es la emergencia del pensamiento reflexivo del sujeto sobre sí mismo, sobre sus operaciones, sobre sus acciones" (Morín, 1988, 134).
Lo que se espera entonces, es que cada sujeto participe en la producción del conocimiento.
Por su parte, Grain nos informa sobre:
"una característica especialmente esperanzadora: la reactivación de los sistemas campesinos de construcción de saberes, sistemas que fusionan formas colectivas y personales de observación, experimentación e intercambio, y que al saber unen el respeto, la espiritualidad y un conjunto de normas sociales localmente definidas.
Esta búsqueda permite la generación y reactivación autónoma de saberes por parte de comunidades y familias y, a fin de cuentas, el florecimiento, de nuevo, de la creatividad social más antigua de la humanidad"7.
Como contrapunto a esta eminente realidad, se apela a que los profesionales asuman un compromiso social, pues aquí definitivamente la neutralidad no existe.
Desde esta perspectiva creemos que: "tener un compromiso social, es no solo una forma apropiada para reconstruir la sociedad, sino también un reto para crear una ciencia seria que sea propia a la vez.
Ésta es aquella disciplina que, al enfocar las necesidades y objetivos supremos de la sociedad local, llena también todos los requisitos académicos de acumulación del conocimiento, la formación de conceptos y la sistematización universal" (Fals Borda, 1973, 95).
El presente trabajo, se enmarca en el contexto de la potencialidad de los relatos, narraciones basadas en la confianza de que se pueden comprender realidades por medio de la interpretación de esos textos; generándose una relación dialéctica entre lo que expresa el texto y la subjetividad del que lo interpreta, una relación que tiene como resultado final "el diálogo".
No pretendemos en este trabajo construir un diálogo, pues no se dan las condiciones de una real comunicación, sin embargo, sí podemos mostrar un mundo a través de la mirada de otros/as que generalmente no tiene una tribuna en la esfera de la producción de conocimientos.
Más que una interpretación de los datos que entregan los relatos, buscamos descubrir otros saberes, desde nuestra limitada capacidad para escapar de los paradigmas imperantes y de las formas naturalizadas de conceptualizar la realidad.
En ese sentido, este trabajo requirió un gran esfuerzo personal, el de dejar atrás las pretensiones de imponer nuestra propia interpretación, priorizando el respeto por otras formas de cognición, distintas a las que normalmente estamos acostumbrados, pero igualmente legítimas y dignas de atender y admirar.
Importante mencionar que el estudio se realizó en base a entrevistas narrativas grabadas y posteriormente transcritas.
El procedimiento realizado consistió en las lecturas y relecturas de transcripciones, hasta descubrir, en la medida de lo posible, lo que nos parecía una idea, pensamiento o conceptualización factible de asociar con un tipo de saber local y/o campesino.
La actitud de enfrentamiento a las narraciones fue teñida por la apertura a los cuestionamientos que se originaron en la construcción de las formulaciones teóricas y conceptuales que anteceden a este apartado.
En este ejercicio se ha dado más bien una búsqueda introspectiva, produciéndose un conocimiento auto-reflexivo que explicita los sentidos subjetivos que vamos reconociendo en lo que somos y hacemos, y en especial en lo que son y hacen los otros/as.
Este enfoque nos ofreció la posibilidad de acercar la imagen del individuo, que generalmente vemos como algo abstracto (hablamos de los/as pobres, los/as campesinos/as, las mujeres, etc.) a algo más concreto, singular y complejo: es decir, un acercamiento a otras formas de vivir y de ser.
El criterio de validez de esta investigación tendríamos que "buscarlo en ciertos rasgos del texto que nace de la investigación: en la coherencia, el consenso, sobre todo en su utilidad para hacernos ver lo que de otro modo quedaría probablemente oculto" (Gil & Jover, 2000, 114).
Por lo tanto, los/as lectores/as se encontrarán con citas, que a nuestro modo de ver, muestran ideas, conceptos y/o construcciones teóricas de algunos habitantes de sectores rurales y podrán darse cuenta, al igual que nosotras, que esas construcciones, ya están formalizadas y generalizadas, y por tanto no requieren la mediación de "científicos/as".
Es por esto que optamos por no hacer segundas construcciones, mostrando solo construcciones de primer grado (Flick, 2004).
Apreciamos que estos significados son construidos dentro de redes de relaciones, por lo que es imposible desligarlos de su contexto textual o fijar unas relaciones determinadas para su uso en contextos futuros (Woolgar, 1988 citado en Cubero, 2005).
Ciertas reconstrucciones de saberes
Las narraciones dan cuenta de experiencias que otorgan significado a recuperar el saber del sujeto que los narra, constituyéndose en relatos llenos de pensamientos que estructuran vivencias e interacciones, donde se evidencia además un principio epistemológico.
La reconstrucción que presentamos se ha elaborando reuniendo y clasificando algunos aspectos significativos de los relatos leídos, con ello pretendemos plasmar los saberes que orientan su praxis.
La ubicación de estas citas corresponde a un modo de ordenar, no de modificar, el contenido de las mismas.
"Sé... donde tengo que decir las cosas, o... no sé, deben haber todas estas palabras para explicarse uno, para poder seguir diciendo más cosas" (Margarita).
"El ver a mis hijos felices, eso más que nada, ver a mis hijos bien" (Rosa).
"No me van a escuchar" (María).
"El campesino está... siempre, anda siempre sin plata, esté con plata o sin plata hace el trabajo igual no más, no le toma importancia que tenga que tener plata para hace esto, él trabaja sin plata no más, porque él sabe que lo que está haciendo algún día le va a dar fruto, por eso el campesino trabaja con la esperanza que en el día de mañana va a tener, el campesino sabe esperar, ahí está la diferencia" (Manuel).
"Porque un pobre no puede llegar a ser lo que quiere ser" (Ubelinda).
"Yo misma, imagínese, falta de educación poh, a veces uno se quisiera explicar, no se ahí... ahí se queda, no tiene palabras... se quisiera explicar, pero no tiene" (Rosa).
"Yo realmente me he educado solo, por lo que he andado, por lo que he vivido, porque yo he caminado mucho" (Manuel).
"Aquí uno trabaja a la voluntad de uno no más, nadie lo manda mucho, que como en otros lados, como en la ciudad" (Juan).
"Muchos que no les gusta el campo, mucha gente que no le gusta el campo así que no quieren estar, prefieren no embarrarse y mejor irse a trabajar a la ciudad" (Juan).
"Así la persona del pueblo es más dura, si como más dura, no es igual que la persona del campo, la persona del campo es como más, más sensible" (Aurora).
"Porque en el campo con lo que uno siembra se asegura el pan para el año... el pan para el año y tiene uno alimento para su aves... entonces todas esas cosas uno se salva, porque tiene comida... aunque no tiene plata, pero tiene comida" (Roberto).
"Antes si poh, porque yo mismo lo que he vivido... uno ha vivido más como se dice en la gloria, porque lo ha tenido todo, me entiende, ha tenido todo, mis papás... lo han dado de todo a nosotros, y antes por lo que me cuenta mi papá... lo que no, lo que yo tengo ahora, ellos antes no lo tenían, porque antes era muy sacrificada la vida en el campo, antes... ellos tenían que trabajar de sol a sol para poder... llegar con el pago mensual a la casa" (Adrián).
"Eran de esas bolsas de algodón que antes había, que salían en la harina, en la harina salía antes y eso se usaba mucho en el campo, nos hacían ropa a nosotros, a los niños se les hacía ropa, a mi me hacían camisitas para que me pusiera debajo" (María).
"Aquí hay más libertad para ir donde uno quiera" (Juan).
"De ayudarle al papá, de encargarse de los animalitos, eso.
Que tiene que hacer porque es su deber pa ́ que sea una familia unida" (Rosa).
"La desventaja es que están casi muy encerrado" (Ubelinda).
"Siempre me ha gustado, por eso estoy aquí, se hace difícil un poco, pero hay que echarle adelante no más... lo que se pueda" (Manuel).
"Lo que es en trabajo, el trabajo es demasiado sacrificado para toda persona, y uno no quiere eso para los hijos, es lindo vivir en el campo, pero lo que es el trabajo no... demasiado sacrificado, uno tiene que estar ocho horas parada a todo sol, o al viento, la lluvia, al frío" (Ubelinda).
"Si porque de todas maneras uno debe tener amigos, sea donde sea es importante, porque o sino sería como vivir en el desierto" (Roberto).
"Ya en este momento a nosotras nos mandan a hacer todos los trabajos, el trabajo que sea que lo pueda hacer un hombre, nosotras igual somos capaces de hacerlo igual que ellos, pero la paga no es igual" (Rosa).
"De que así como está el tiempo, como vienen los días, que no pueda... que pueda haber una guerra, o que los sembrados no den por mucha sequía, a veces se secan así sin dar, y yo digo que más adelante a lo mejor ya no vamos a cosechar.
Y en el invierno igual, las lluvias que se aproximan.
Eso son mis temores" (Teresa).
"Saber esperar, así como uno bota la semilla en la tierra, uno tiene que saber esperar y por qué no voy a esperar de mis hijos" (Diego).
Estas citas dan cuenta de los sistemas cognitivos que construyen estos/as informantes de sectores rurales del centro y sur de Chile, expresadas por medio del lenguaje.
Ellas muestran el apego a un lugar, los recuerdos, la valoración de la familia, su visión del mundo, y se traducen en un extenso y complejo sistema de creencias que orientan su proyecto de vida.
Estas citas muestran saberes que responden a una situación, una época y un territorio particular, así como a proyectos específicos de una situación social singular.
Sus representaciones expresan saberes que son herencia de las generaciones pasadas, expresan saberes emergentes, saberes sustituidos y saberes híbridos (Núñez, 2004).
Son saberes que poseen metáforas propias, cuyo referente principal es la naturaleza.
Estas citas, son sólo una pequeña muestra del inmenso conocimiento acumulado generación tras generación, mismo que sin embargo sigue en continua construcción, adaptando formas a medida que la realidad se las impone.
Aún así, consideramos que son suficientes para avanzar en un diálogo que rechace la violencia de la homogenización y se enfrente a prácticas que buscan la sumisión de voluntades y visiones que se expresan en forma distinta al discurso universal sobre lo que es la vida o como vivirla.
Estas citas nos ayudan además, a tener más elementos para re-conocer las culturas olvidadas por la modernidad y las globalizaciones.
Se re-conoce y traduce la relación que tienen con los/as otros/as, la supremacía de la paciencia, del "andar"; por otra parte, las categorías de tiempo y espacio en la forma de vivir su vida son una muestra de que hay otras formas de conocer, entender y por tanto de construir la realidad.
Destaca que para ellos/as, el saber consiste precisamente en abordarlo con otros/as y pocas veces desde el individualismo.
Sin embargo, se observa en el diálogo con estos/as interlocutores/as, que han perdido la memoria y la palabra, pues sus saberes tradicionales han sido sepultados por la modernidad impuesta.
Ellos parecen no haber podido escapar a la lengua dominante.
Sus aspiraciones, problemas y anhelos son conceptualizados desde el discurso occidental y desde el paraguas de los valores universales, elaborados por una raza, por un género y por una clase social determinada.
Así, el primer paso para recuperar la memoria sería convertir el saber en indagación, en elucidación y esclarecimiento de palabras borradas.
Para ello podría servir profundizar en la propuesta de De Santos de Sousa (2003) adentrándonos en una sociología del silencio y en una teoría de la traducción para hacer conmensurables los distintos saberes.
Finalmente, esperamos haber actuado sin violencia simbólica, sin haber aplicado la fuerza a los saberes construidos por seres que muchas veces han sido subyugados/as, marcados por nuestra certeza que eran "ignorantes" o donde su "sabiduría" sólo ha sido tratada como un mero ejercicio "romántico".
Quisiéramos entonces, haber utilizado la máxima consideración a la hora de hacer públicas estas reflexiones y hallazgos.
En conclusión, los saberes que constituyen estos breves enunciados conforman una constelación de sentidos que organizan prácticas culturales y productivas.
Es un saber que no renuncia a la razón, pero que la irriga con sensibilidades, sentimientos y sentidos.
Esperamos haber logrado establecer una relación de otredad entre seres diferenciados/as: ustedes los/as lectores/as, ellos/as los/as campesinos/as y nosotras las autoras. |
La Comisión de Mujeres y Ciencia del CSIC: diez años promoviendo la igualdad de oportunidades y la excelencia en el organismo
La Comisión Mujeres y Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) fue creada en 2002 como comisión asesora de la Presidencia para temas de género.
En sus diez años de funcionamiento, la comisión ha contribuido a mejorar la carrera científica de las mujeres investigadoras del CSIC y a aumentar la visibilidad de los resultados de sus investigaciones.
En este trabajo se resumen los orígenes y objetivos de esta comisión, así como las actividades realizadas desde 2002, y se analiza la historia de la plantilla investigadora en ese periodo.
Se recogen, también, los cambios producidos desde 2005 en la legislación española y europea en materia de igualdad de género.
Al analizar específicamente los datos de la situación de las mujeres en 2003 y en 2012 desagregados por áreas de conocimiento, se muestra un avance en la proporción de mujeres en casi todas las áreas pero se está aún lejos del objetivo de paridad.
El déficit en la presencia de mujeres es mayor en ciertas áreas y en el nivel profesional más alto, por lo que siguen siendo necesarias medidas activas para promover la igualdad, lo que a su vez contribuirá a la excelencia en las actividades científicas del CSIC.
El 30 de septiembre de 2002 la Junta de Gobierno del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con informe favorable del Comité Científico Asesor y a propuesta de su Presidente, Rolf Tarrach, aprobó la creación de la Comisión Mujeres y Ciencia (CMYC).
Sería una comisión para asesorar a la Presidencia en el estudio, seguimiento y optimización de la carrera científica de las mujeres en el CSIC.
La CMYC está compuesta por ocho representantes electas de las correspondientes áreas en que se estructuran las actividades científicas del CSIC y otros cuatro vocales designados por la Presidencia.
Buena parte del impulso generador de cierto progreso respecto a la igualdad de género en la carrera científica en el CSIC en los últimos años se debe a la creación de esta comisión.
En este artículo queremos conmemorar los diez años de su existencia, recordar sus comienzos, constatar alguno de sus logros y resaltar los retos que todavía afrontan muchas de las áreas científicas para incorporar plenamente a las mujeres a la carrera investigadora.
Entre los principales logros, está la publicación anual de los datos desagregados por sexos del personal científico que permiten hoy analizar cuál ha sido la evolución en todos estos años (ver http://www.csic.es/web/guest/mujeres-y-ciencia).
Además, la CMYC ha monitorizado la composición de los tribunales responsables de dirimir el acceso y la promoción del personal investigador, realizando un seguimiento sistemático de los resultados en la obtención de plazas, con el fin de determinar si han existido sesgos que causen menoscabo en el progreso de las mujeres en su carrera científica.
Otro logro importante de la CMYC ha sido promover la visibilidad de las investigadoras y sus aportaciones científicas, incluyendo la divulgación de perfiles de prestigiosas investigadoras en su web.
La CMYC surgió a raíz de la celebración del Día Internacional de las Mujeres, en 2001, con un acto organizado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, a través del Instituto de la Mujer.
Consistió en el Seminario "El papel de las mujeres españolas en la Ciencia" y la presentación de la Exposición "La Otra Mitad de la Ciencia" en los que las protagonistas fueron las mujeres científicas de nuestro país.
Se celebró en la Sede del CSIC, en la calle Serrano 117 en Madrid.
En la inauguración participaron el Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Juan Carlos Aparicio y las Ministras de Educación, Cultura y Deportes, Pilar del Castillo; Sanidad y Consumo, Celia Villalobos y Ciencia y Tecnología, Anna M. Birulés (esta sólo en forma de vídeo pregrabado).
También estuvieron presentes la Secretaria General de Asuntos Sociales, Concepción Dancausa, el Presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Rolf Tarrach y la Directora General del Instituto de la Mujer, Pilar Dávila.
En el debate posterior a las intervenciones, las numerosas investigadoras presentes en el salón de actos del CSIC, de forma espontánea, argumentaron y pusieron de manifiesto la sutil discriminación de género existente históricamente en el organismo, y en el ambiente científico-universitario del país en general.
En aquel momento, algunas investigadoras ya habían denunciado el desequilibrio de género en la ciencia en los países del Sur de Europa (De Pablo, 2000), hecho avalado por estudios de expertos y expertas presentados en publicaciones nacionales e internacionales.
El debate continuó informalmente e intensamente entre los grupos formados tras el acto.
El Presidente, en un principio incrédulo, se mostró más tarde convencido de que existía un desequilibrio anómalo entre hombres y mujeres en la plantilla investigadora del CSIC que merecía ser analizado.
Por ello, nombró en mayo de 2001 un Grupo de Trabajo que fue el germen de la CMYC.
Poco después, se elaboró y publicó el primer informe de la plantilla científica del CSIC con estadísticas desagregadas por sexo (Secretaría General de Recursos Humanos, 2001).
Como parte del esfuerzo para obtener información de la situación que existía entonces, en julio de 2002 se publicó un número monográfico de la revista ARBOR titulado "CIENCIA Y TECNOLOGíA EN EL CSIC: UNA VISIóN DE GéNERO" (Fernández Vargas y Santesmases, eds., 2002), en el que participaron científicas de las ocho áreas de la institución.
La presentación del volumen estaba escrita por el Presidente Tarrach (2002), y vale la pena recordar aquí uno de los últimos párrafos de esta:
¿Qué papel juega el hecho de que la mujer se resiste más a perseguir el éxito "a cualquier precio", como, creo que correctamente, se apunta en una de las contribuciones?
¿Por qué la ambición y exigencia se ven como algo positivo en los hombres y no con tan buenos ojos cuando se trata de una mujer?
¿Cambiar las mujeres o cambiar la ciencia? se pregunta otra de las contribuciones.
Y mucho más- Lea y medite, el problema lo merece....Pero no estamos bien, o no estamos donde debiéramos.
Haremos lo necesario para mejorar y mejoraremos, no lo dudamos.
El número de ARBOR se presentó en la tradicional fiesta de verano que se venía celebrando en la sede central del CSIC, y el Presidente posó con las colaboradoras del número para una emblemática foto en las escaleras (Figura 1).
Algo que puede parecer anecdótico, pero que tiene la importancia de haber sido la primera vez en la historia del organismo, que un Presidente se ocupaba de un problema muy antiguo, la discriminación por género en una de las mayores instituciones científicas del país.
Aunque la presidencia de la CMYC la ostenta el Presidente del CSIC y el Presidente Tarrach presidió personalmente las reuniones de la comisión, ésta ha tenido una presidencia delegada.
Los datos sobre la plantilla científica del CSIC revelados por esa primera recopilación desagregada por sexo eran muy claros: las mujeres representaban el 31% del personal investigador permanente, pero eran únicamente el 13% en la escala superior, la de Profesores de Investigación (PI).
Los datos anteriores a 2001 con los que contábamos fueron recogidos por la Secretaría General del CSIC en 1981, cuando ostentaba el cargo la Profesora Concepción Llaguno, y en un estudio posterior (Alcalá, 1996).
En ellos, el porcentaje de mujeres en la escala de PI era del 8%, ¡mantenido desde 1970 sin cambios!
De la comparación podemos concluir que pasar del 8% al 13% de presencia de mujeres en la categoría de PI costó más de treinta años cuando la proporción total de mujeres investigadoras era de aproximadamente el 30%.
Esta conclusión indicaba que la progresión hacia la participación igualitaria de hombres y mujeres era un proceso inaceptablemente lento.
Esta situación no era exclusiva del CSIC, en el año 2001 los datos de la Universidad Pública española no eran más esperanzadores, con un porcentaje de Catedráticas de Universidad del 12,4% (Pérez Sedeño, coord., 2003).
Al iniciar sus trabajos, y con el fin de hacer recomendaciones que ayudasen a cambiar la situación en el CSIC, la CMYC hizo un repaso exhaustivo de las políticas en materia de igualdad de género iniciadas por otras instituciones académicas del mundo.
En 1999 el Massachusetts Institute of Technology (MIT), siendo Decano del área de Ciencias Robert J. Birgeneau, nombró una comisión que presidió Nancy Hopkins, para estudiar la situación de las mujeres en el claustro científico.
En el informe, publicado en Internet y titulado Committee on the Status of Women Faculty, se aceptaba abiertamente que las mujeres estaban discriminadas en la School of Science.
Se proponían medidas para corregir esta injusticia, y se programaba un seguimiento para analizar el éxito de las medidas.
Poco después, las universidades con más prestigio de Estados Unidos seguían el ejemplo del MIT y publicaban informes con conclusiones similares.
Resultó ser cierta la frase de la promotora del informe del MIT, Profesora Hopkins: "Cada generación de mujeres... empezaba creyendo que la discriminación por razón de género se resolvió en la generación anterior... pero poco a poco se iban dando cuenta de que las condiciones no son igualitarias...".
Las mujeres dedicadas a la investigación en España, con la excepción de algunas pocas de las áreas de Humanidades y Ciencias Sociales, no se habían dado cuenta de los obstáculos que existían en las instituciones, aunque hacía tiempo que diferentes organizaciones nacionales e internacionales habían detectado y denunciado la discriminación que sufrían las mujeres en diversos ámbitos de la sociedad.
A pesar de que la igualdad entre hombres y mujeres se incluyó en la Carta de las Naciones Unidas (26 de junio de 1945) y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (10 de diciembre de 1948), así como en los más importantes convenios legales sobre derechos humanos, políticos y civiles, económicos, sociales y culturales establecidos por las Naciones Unidas, hasta la década de los años setenta del pasado siglo XX, no se iniciaron las políticas contra las desigualdades de género a nivel internacional.
Los objetivos y medidas necesarios para conseguir la plena igualdad de género, tanto en la vida pública como en la privada, se definieron en 1979 en la Convención sobre la Eliminación de todas Formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW) de la ONU.
Durante la Década de las Mujeres de las Naciones Unidas (1975-85), se propusieron recomendaciones específicas para el ámbito científico, como por ejemplo, el programa de acciones titulado "Science and Technology, and Women" propuesto por el Panel del Comité Asesor sobre Ciencia y Tecnología para el Desarrollo de las Naciones Unidas en 1984.
Desde entonces, en el continente americano, tanto en Estados Unidos como en Canadá, comenzaron a recopilar estadísticas separadas por sexo de forma sistemática en las instituciones académicas.
El Presidente Rolf Tarrach con las editoras y coautoras del número de la revista ARBOR dedicado a una visión de género en el CSIC.
Fotografía tomada en la fiesta de verano del CSIC, en Madrid, en julio de 2002
En Europa, en 1998, la Dirección General de Investigación creó un grupo de trabajo sobre las mujeres y la ciencia a nivel de toda la Unión Europea.
Este grupo de expertas, elaboró el informe titulado: Política Científica de la Unión Europea.
Promover la excelencia mediante la integración de la igualdad entre géneros, que se conoce popularmente como Informe ETAN (UE, 2001).
El análisis de la situación de las mujeres en los sistemas de ciencia y tecnología de diversos países europeos, arrojaba la siguiente conclusión: "la infrarrepresentación de las mujeres amenaza los objetivos científicos de alcanzar la excelencia, además de ser un derroche y una injusticia".
El Informe ETAN puso de manifiesto, además, la dificultad de obtener datos fiables sobre la participación de las mujeres en los sistemas de ciencia y tecnología.
Por ese motivo, una de las recomendaciones del grupo ETAN fue que todos los estados miembros de la Unión Europea se comprometieran a elaborar estadísticas desglosadas por sexo y a hacerlas públicas.
En el informe europeo de indicadores de ciencia y tecnología EC (2003), se incluyó una sección dedicada al análisis de la participación de las mujeres en la ciencia dentro de los países de la Unión.
La Unión Europea mantiene una página web [URL] en la que se ofrecen informes, datos estadísticos y análisis.
Prueba de la importancia que la Unión Europea da al tema género y ciencia, es la publicación periódica, desde 2003, de la serie She Figures con datos obtenidos en todos los países miembros (UE, 2003; 2006; 2009a, próximamente saldrá She Figures 2012) y en el esfuerzo que realiza al haber recopilado todos los documentos de la Comisión Europea al respecto en Stocking 10 years of women in science policy by the European Commission 1999-2009 (UE, 2009b).
Otras importantes sociedades e instituciones científicas se hicieron eco de las consecuencias significativas que tenía la escasez relativa de mujeres en muchas áreas científicas.
Así, la Unión Internacional de Física Pura y Aplicada (conocida como IUPAP, por sus siglas en inglés) que engloba a todas las sociedades de física del mundo, organizó en marzo de 2002 en la sede de la UNESCO de París, la primera Conferencia Internacional de Mujeres en Física (ICWIP).
La conferencia reunió representantes de 65 países y se analizaron las causas de la baja representación de mujeres que estudian y trabajan en los campos relacionados con las Ciencias Físicas.
En ella se hicieron diferentes recomendaciones a los gobiernos e instituciones de docencia e investigación, sobre cómo eliminar los prejuicios y obstáculos que causaban el problema.
En la actualidad, la mayoría de las sociedades científicas importantes cuentan con grupos o unidades que se ocupan de visibilizar la situación de las mujeres en los distintos ámbitos de la profesión correspondiente y tratar de mejorarla.
Políticas de Igualdad en España
En marzo de 1910 se aprobó la "admisión de mujeres en todos los establecimientos docentes, sin necesidad de consultar a la Superioridad" que significó la apertura de la enseñanza superior y universitaria a las mujeres en España.
En septiembre de ese mismo año se publicaba otra Real Orden por la que se establecía: "La posesión de los diversos Títulos Académicos habilitará a la mujer para el ejercicio de cuantas profesiones tengan relación con el Ministerio de Instrucción Pública".
Esto posibilitó una incorporación paulatina de las españolas a la docencia e investigación (Magallón, 1998/2005).
En los años 30 del siglo XX, las mujeres eran casi el 9% del alumnado universitario español, llegando al 15% en los años 50 y a un 31% en los setenta (Flecha, 1996).
Sin embargo, no hubo ninguna Catedrática de Universidad hasta 1953, cuando ángeles Galino obtuvo la Cátedra de Historia de la Pedagogía de la Universidad de Madrid.
Todavía en el siglo XXI, cuando las mujeres obtienen más del 60% de los títulos de grado universitarios, la proporción de mujeres en cátedras de universidad es inferior al 15,3%, siendo el 37,3% la proporción entre los profesores titulares de universidad.
Se cumple el mismo patrón que en otros países, disminuyendo la proporción de mujeres cuando se avanza en la carrera académica.
La situación estaba estancada a pesar del gran aumento de mujeres en el alumnado universitario en los últimos 30 años.
Los documentos publicados por la Comisión Europea demostraban que el problema de la escasez de mujeres en las actividades científicas y su lento progreso en la carrera académica no se solucionaban solo con el paso del tiempo.
Las recomendaciones dictadas por la Unidad de Mujeres y Ciencia, creada en 2001 por la Comisión Europea, indicaban la necesidad de atraer más mujeres a las ciencias experimentales y de eliminar los obstáculos que impedían su progreso.
En este sentido, diversas normas jurídicas y directrices de la UE abogan por la conciliación real entre la vida profesional y familiar (todas las políticas y las aplicaciones de los fondos comunitarios han de ser coherentes con la defensa de la igualdad transversal).
También instan a la adopción de acciones positivas (el principio de igualdad no impide el mantenimiento o la adopción de medidas que ofrezcan ventajas concretas a favor del sexo menos representado) y a la participación equilibrada en la toma de decisiones: la UE insta a los Estados a aprobar, si fuera necesario, medidas legislativas, reglamentarias y promocionales dirigidas a favorecer la participación equilibrada de hombres y mujeres en todos los ámbitos políticos, económicos y sociales.
Finalmente resultan particularmente novedosos los criterios establecidos por el Tribunal de Justicia de la UE en torno a las discriminaciones indirectas, que conciernen de forma específica a las Universidades y Centros de investigación.
El Tribunal de Justicia de la UE estableció con la llamada "inversión de carga de prueba" la necesidad de que sea la persona o institución demandada quien deba demostrar fehacientemente que no ha existido discriminación por razón de género.
La Constitución Española de 1978 establece en su Artículo 14 la igualdad de todos los españoles ante la ley: "Los españoles son iguales ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social".
Garantizar su cumplimiento no es tarea fácil.
La lucha de las mujeres fue importante en los años de la transición.
Desde los años ochenta del siglo XX, existían asociaciones de mujeres que denunciaban la falta de igualdad y reclamaban medidas para erradicarla.
Se fueron creando diversos Seminarios e Institutos de estudios de las mujeres o de género que dieron impulso a diferentes investigaciones, estudios, postgrados y doctorados, aunque el interés por la situación en el entorno de las ciencias exactas y naturales o por la tecnología era menor.
En el ámbito científico universitario y de otros organismos había voces aisladas, que empezaron a ser más fuertes a finales de los años noventa, coincidiendo con las denuncias internacionales.
En diciembre de 2001 se fundó la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas conocida por sus siglas, AMIT, con el objetivo principal de promover la igualdad de género en todos los ámbitos, particularmente en el de Ciencia y Tecnología.
AMIT cuenta con cerca de 600 asociadas/os pertenecientes en su mayoría a universidades y organismos de investigación, y se extiende por toda la geografía española.
Sus actividades se pueden consultar en [URL] y ha colaborado activamente con la CMYC del CSIC en toda su andadura.
La primera medida legislativa específica en España para favorecer la igualdad entre mujeres y hombres, fue la publicación el 8 de marzo de 2005 de la Orden de Presidencia PRE/525/2005 firmada por María Teresa Fernández de la Vega, entonces Vicepresidenta del Gobierno y Ministra de la Presidencia.
En esta Orden se impulsaban medidas que afectan, entre otros al empleo, a las empresas, al deporte, a la Administración General del Estado y a las Fuerzas Armadas.
Estas medidas tienen también una aplicación específica a la investigación: se acordó la creación de una Unidad de Mujeres y Ciencia, entonces dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia, "para abordar la situación de las mujeres en las instituciones científicas y mejorar su presencia en ellas"; también incluir, como criterio adicional de valoración en la concesión de ayudas a proyectos de investigación, la participación de mujeres en los equipos de trabajo.
Otras medidas afectaban a los órganos de selección de personal de la Administración General del Estado y a los comités de expertos cuya composición tiene que contar con, al menos, un 40% de miembros del sexo menos representado.
Con posterioridad a 2005, diferentes leyes han incluido medidas en relación con la promoción de la igualdad entre mujeres y hombres en el ámbito de la investigación: la LOU, Ley Orgánica 4/2007, de 12 de Abril, de Universidades; la Ley de Igualdad, Ley Orgánica 3/2007, de 22 de Marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres; y por último la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación de 2011 que significó un nuevo avance de las políticas proactivas para la consecución de la igualdad en el ámbito de la ciencia y la innovación.
Esta ley, en su disposición adicional decimotercera, propone que: 1) los órganos, consejos y comités, así como los órganos de evaluación y selección del Sistema Español de Ciencia y Tecnología, se ajustarán a la composición y presencia equilibrada entre mujeres y hombres; 2) la incorporación de la perspectiva de género como una categoría transversal en la investigación y la tecnología, así como la promoción de los estudios de género y de las mujeres; 3) el Sistema recogerá, tratará y difundirá todos los datos desagregados por sexo e incluirá indicadores de presencia y productividad; 4) los procedimientos de selección y evaluación del personal investigador establecerán mecanismos para eliminar los sesgos de género que incluirán, siempre que sea posible, mecanismos de evaluación confidencial que impidan a la persona evaluadora conocer características personales de la persona evaluada, en particular su sexo y su raza; 5) la Estrategia Estatal de Innovación promoverá la incorporación de la perspectiva de género como una categoría transversal en todos los aspectos de su desarrollo; y 6) los Organismos Públicos de Investigación adoptarán Planes de Igualdad en un plazo máximo de dos años tras la publicación de esta ley, que serán objeto de seguimiento anual.
Deberán incluir medidas incentivadoras para los que mejoren los indicadores por género en el correspondiente seguimiento anual.
La Unidad Mujeres y Ciencia (UMYC), inicialmente en el Ministerio de Educación y Ciencia y posteriormente en el de Ciencia e Innovación (ambos desaparecidos), publicó Académicas en cifras (2007), donde ofrecía los datos de todas las universidades públicas españolas, incluidos sus órganos de dirección.
Este último se estructura según tres líneas de análisis, una dedicada a determinar las diferencias por género en la formación para la ciencia, la segunda enfocada a determinar las diferencias en la carrera científica y la tercera pretende determinar el papel de las instituciones en las diferencias por género.
De todos estos estudios emana que la excelencia de las instituciones científicas mejoraría con un aprovechamiento óptimo de las capacidades de las mujeres dentro de su organigrama.
Desde la promulgación de la Ley de Igualdad, se han creado unidades y observatorios de igualdad en la mayoría de las universidades públicas españolas, se han elaborado planes de igualdad y se han implementado estudios de género.
La Ley de Igualdad también establece que todos los ministerios cuenten con una unidad de igualdad que vigile el cumplimiento de sus artículos.
La legislación española en materia de igualdad se situó entre las más avanzadas de Europa hasta 2010.
Desafortunadamente, la falta de atención desde el inicio de la crisis económica ha provocado que España descienda 14 puestos en el índice global de igualdad de género durante el pasado año (Pereira, 2012).
Uno de los temas más complejos en materia de igualdad es el concepto de "excelencia", que subyace en la concesión de premios o galardones al trabajo científico de superior calidad (Duarte, 2009).
Todos los recientes premios a la "excelencia" en España han sido concedidos a hombres.
En 2011, dentro del Programa de Fomento de Investigación, Desarrollo e Innovación que en la actualidad se enmarca en la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación del Ministerio de Economía y Competitividad, se convocaron cinco Premios Nacionales de Investigación correspondientes a: ciencias físicas, ciencias y tecnologías químicas, ciencias y tecnologías de los recursos naturales, matemáticas y tecnologías de la información y comunicaciones, y transferencia de las tecnologías [URL].
En 2012, la Fundación Premios Rey Jaime I ha concedido siete galardones en las áreas: investigación básica; economía; investigación médica; protección del medio ambiente; nuevas tecnologías; urbanismo, paisaje y sostenibilidad; emprendedor; [URL].
Los Premios de la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, con carácter internacional, se convocaron en 2011 en las categorías de ciencias básicas (física, química, matemáticas); biomedicina; ecología y biología de la conservación; economía, finanzas y gestión de empresas; música contemporánea; cambio climático; cooperación y desarrollo; [URL].)
En total, entre estos citados, han sido galardonados veintiún científicos con destacadas contribuciones al conocimiento.
Todos ellos tienen en común la excelencia de su trabajo y además, como hemos dicho, todos son varones (López, 2012a).
La baja proporción de científicas premiadas es un problema global, de hecho las mujeres han recibido un 5,3% del total de los Premios Nobel.
Este desequilibrio hizo que en 1998 se crearan los Premios Internacionales L'OREAL-UNESCO Por las Mujeres en la Ciencia [URL] dirigidos exclusivamente a mujeres, con el objetivo de "apoyar el progreso de las mujeres en la ciencia".
Las convocatorias de premios dirigidos únicamente a mujeres es un tema muy polémico en los ambientes científicos, ya que podrían indicar que existen dudas sobre la neutralidad en el sistema de valoración de méritos en otras convocatorias.
Los datos citados justificarían una revisión de los métodos vigentes de evaluación, y de presentación de candidaturas.
En línea con la innovación, de hecho, la Comisión Europea en colaboración con la Universidad de Standford tiene en marcha un proyecto titulado "Gendered Innovations" que incluye el análisis de género como fuente para la creación de nuevos conocimientos y tecnología [URL].
Algunos resultados de este proyecto ponen en evidencia los fallos del sistema vigente de valoración de méritos, fallos apuntados ya hace años (Wenneras y Wold, 1997) y que en años recientes solo se ha hecho más sutil pero no ha desaparecido.
El problema tampoco es exclusivo del viejo continente.
En un estudio realizado entre profesores de ambos sexos de universidades importantes de EEUU, publicado en la prestigiosa revista científica PNAS (Moss-Racusin et al., 2012), se concluye la existencia de "un sutil sesgo a favor de los estudiantes varones".
La evaluación del mismo expediente académico por 127 profesores de Biología, Química y Física, resultó con valoraciones más altas cuando creían que pertenecía a un varón que cuando creían que pertenecía a una mujer.
Es especialmente significativo el impacto del género del estudiante en las posibilidades de admisión y en el salario propuesto por los evaluadores.
En conclusión, las mujeres, a igualdad de méritos, tenían menos probabilidades de ser contratadas porque eran consideradas menos competentes.
Actividades y Aportaciones de la Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC
En sus algo más de diez años de funcionamiento la CMYC ha cumplido sus objetivos principales: visibilizar los datos de personal desagregados por sexo, estudiar las posibles causas que hacen difícil tanto el ingreso como el progreso de las mujeres en la carrera científica y proponer a la Presidencia posibles acciones destinadas a conseguir la mayor igualdad entre mujeres y hombres en la carrera científica en el CSIC.
La elaboración del informe anual de la situación y el seguimiento y análisis de los resultados han estimulado el progreso de las mujeres en la carrera científica.
La CMYC ha velado por el cumplimiento de las recomendaciones y en los tribunales de oposición y demás órganos de decisión del CSIC generalmente ya se cumple con la presencia equilibrada de ambos sexos (algo menos en las comisiones de área).
Conviene, sin embargo, recalcar que la otra circunstancia que en la década contemplada probablemente ha contribuido a aumentar el número de mujeres totales, y su promoción a escalones más altos, ha sido el incremento en la oferta de plazas, particularmente entre 2005 y 2008.
La CMYC elaboró en 2005 una Acción Horizontal para la Equidad de Género y un Plan de Igualdad para la carrera investigadora que estuvo vigente entre 2007 y 2010.
Más recientemente ha elaborado recomendaciones para el uso de lenguaje no sexista, todo ello siguiendo las recomendaciones de la Comisión Europea, y del extinto Ministerio de Igualdad. (documentos disponibles en la página web de la CMYC, www.csic.es/web/guest/informes-cmyc).
Representantes de la CMYC asesoraron en temas de igualdad en la redacción del Estatuto de la Agencia Estatal CSIC en 2007.
En colaboración con la Presidencia del CSIC, la CMYC ha trabajado para que en las Memorias anuales de los centros del CSIC se incluyan estadísticas desagregadas del personal, que permitan analizar los cambios en la situación de las mujeres en años sucesivos.
Miembros de la CMYC han representado al CSIC en diferentes foros.
En 2009, con motivo del décimo aniversario de los trabajos de la Comisión Europea en materia de igualdad, se celebró en Praga la Conferencia 'Changing research landscapes to make the most of human potential 10 years of EU activities in Women and Science and BEYOND', la CMYC presentó la ponencia 'Narrowing down gender gap in Spanish Scientific Institutions'.
Por invitación, la CMYC participó en el "Encuentro Nacional de Unidades de Igualdad de las Universidades Españolas", celebrado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en agosto de 2010.
La CMYC estuvo representada en el European Gender Summit que tuvo lugar en Bruselas, en noviembre de 2011, reuniendo a más de 400 participantes.
La Agencia Estatal CSIC era una de las instituciones que apoyaban esta iniciativa como Patrono.
Es de destacar que entre las conclusiones de este importante encuentro está la necesidad de seguir luchando por la igualdad en los organismos científicos europeos.
Varias vocales de la comisión participaron como invitadas en el VIII Seminario de Investigación Interdisciplinar: Tecnologías, Ingeniería y Ciencias Experimentales: Rompiendo fronteras en los estudios de género, en el Instituto Universitario de Estudios de la Mujer (Universidad Autónoma de Madrid) en mayo de 2011.
Con motivo de la celebración del centenario de la concesión a Madame Curie del Premio Nobel de Química (1911) la CMYC ha participado en diversos homenajes que han tenido lugar a lo largo de 2011.
A su vez la CMYC ha organizado diferentes actos como el dedicado a celebrar el centenario del libre acceso de las mujeres a la universidad española, "Mujeres y Ciencia, 100 años en la Universidad", organizado en colaboración con el Departamento de Divulgación Científica del CSIC y Presidencia de Gobierno, dentro del Programa Ellas Crean 2010.
El acto tuvo lugar el 9 de marzo de 2010 en Madrid, en el salón de actos del CSIC.
La CMYC ha organizado actos encaminados a promover la visibilidad del trabajo de las mujeres como el Acto Académico celebrado en marzo de 2011, en homenaje a la Profesora Concepción Llaguno Marchena, del área de Ciencia y Tecnología de Alimentos, fallecida en noviembre de 2010.
En diciembre de 2011 se organizó, en colaboración con la representación del CSIC en Bruselas, el seminario "La perspectiva de género en la investigación".
Viviane Willis-Mazzichi, Head of Gender Sector Unit "Ethics and Gender" B Directorate European Research Area, impartió la conferencia "The Gender strategy in the European Research Policy", donde explicó los planes futuros de la Comisión Europea en materia de igualdad.
Fruto del trabajo de la CMYC, junto al mencionado incremento de plazas para el CSIC que tuvo lugar en la Oferta Pública de Empleo durante el periodo 2005-2008, la situación de las mujeres de la plantilla científica del CSIC ha experimentado una mejora considerable.
Se ha alcanzado un 23,4% de mujeres en la categoría de Profesores de Investigación, muy cerca del mínimo óptimo fijado en los acuerdos de Lisboa para 2010 que era del 25%, y ligeramente por encima de la media europea reflejada en las She Figures para la categoría más alta en las instituciones académicas.
En la gráfica de la Figura 2 se puede observar el progreso de la proporción de mujeres en la carrera investigadora del CSIC desde los estadios de formación hasta el nivel más alto, entre 2005 y 2010.
Este quinquenio representa el mejor de la historia de la institución para los avances en igualdad de género.
Los datos corresponden a: personal en formación (becas-contratos predoctorales), doctores contratados por el Programa Ramón y Cajal y las tres categorías de personal científico funcionario.
Porcentaje de mujeres y hombres en los distintos niveles a lo largo de la carrera científica en el CSIC en 2005 y 2010.
RyC, contratos Ramón y Cajal; CT, Científicos/as Titulares; IC, Investigadores/as Científicos; PI, Profesores/as de Investigación
Personal científico del área de Humanidades y Ciencias Sociales (I)
Personal científico del área de Biología y Biomedicina (II)
Personal científico del área de Recursos Naturales (III)
Personal científico del área de Ciencias Agrarias (IV)
Personal científico del área de Ciencia y Tecnologías Físicas (V)
Personal científico del área de Ciencia y Tecnología de Materiales (VI)
Personal científico del área de Ciencia y Tecnología de Alimentos (VII)
Personal científico del área de Ciencia y Tecnologías Químicas (VIII)
Datos desagregados por sexo de los directores y los consejos de redacción de las revistas editadas por el CSIC
Situación de las científicas en las distintas áreas de conocimiento
A continuación se representa la evolución en la proporción de mujeres y hombres investigadores de plantilla que ha tenido lugar, en cada área científica del CSIC, en los años de trabajo continuado de la CMYC.
En el primer informe se recoge el personal de las tres escalas de investigadores permanentes que había en la primavera de 2003 y en el de 2012 los que había en Diciembre de 2011.
En cada caso se dan las cifras de mujeres y hombres en las distintas escalas científicas, representados en valor absoluto en los histogramas.
En estos histogramas, la abreviatura CT corresponde a la escala de Científicos Titulares; IC corresponde a la escala de Investigadores Científicos; y PI a la escala de Profesores de Investigación.
También se presentan gráficamente para cada área los porcentajes relativos en las escalas que reflejan una imagen, habitualmente llamada "tijera", a medida que se asciende desde CT a PI.
La variación porcentual entre los años 2003 y 2012 en todas las escalas esta así mismo ilustrada.
Las gráficas van ordenadas siguiendo la numeración oficial de las áreas en el CSIC (ver Figuras 3 a 10).
En conjunto, se observa una mayor incorporación de mujeres en todas las categorías científicas del CSIC, pero en algunas el avance es muy lento.
El progreso más significativo ha sido en el área de C. y T. de Alimentos, la única que ha llegado a la paridad en las tres escalas.
Este avance pudo estar facilitado por ser ésta el área más pequeña en personal investigador, con un total de 235 personas.
También puede haber influido la existencia de un número importante de mujeres que han ido ocupando lugares de responsabilidad y visibilidad (Concha Llaguno, Manuela Juárez, etc.), lo que ha podido constituir un elemento tractor de la incorporación y promoción de mujeres en el área.
También es significativo el progreso observado en C. Agrarias, que alcanza casi la paridad en las escalas de CT e IC y experimenta un incremento importante en la escala superior de PI, situándose próximo al 25% recomendado en los acuerdos de Lisboa.
La misma tendencia se observa en el área de C. y T. Químicas donde las mujeres representan el 46% de IC y el 25% de PI.
Hay que resaltar también el progreso claro en las áreas más técnicas, C. y T. de Materiales y C. y T. Físicas.
El caso del cambio de pendiente entre las escalas de IC y PI en el área de Materiales es tan fuerte que seguramente significa que se "rompieron las barreras" existentes a la natural promoción, quizá como resultado de las acciones positivas realizadas a raíz de la existencia de la comisión.
Bajo nuestro punto de vista, resultó esencial la paridad en los tribunales a partir de 2005 que significó, como muestran los informes de la época, el inicio de una casi equiparación de la ratio de éxito de mujeres y hombres en los accesos a las plazas.
En el área de C. y T. Físicas, por otro lado, el número de científicas que han promocionado a IC y PI es relativamente significativo.
Dado que se partía de una proporción tan baja de mujeres, los porcentajes alcanzados en las escalas superiores aún están bastante por debajo de la media de mujeres en el área, que desafortunadamente es la menor de todas, con un 21%.
Sin embargo sólo hay un aumento de un punto porcentual en esta década para CT.
En el otro lado, datos desalentadores, hay una verdadera anomalía en la "pirámide natural" de las escalas de varones, tanto en la media de todas las áreas, como en Humanidades, Biomedicina, Agrarias, Materiales, y Químicas.
Es decir, en todos estos casos hay mayor número absoluto de hombres PI que de IC.
Eso indica una "subida acelerada" a la escala superior que no ocurre en las escalas de las mujeres.
Las áreas donde el progreso ha sido muy inferior al esperable son Humanidades y Ciencias Sociales, Recursos Naturales y Biomedicina.
En la primera, sorprende el prácticamente nulo aumento en las profesoras de investigación, aunque las investigadoras han subido algo más de ocho puntos en el mismo periodo, en un área muy feminizada.
En Recursos Naturales el inmovilismo en las tres escalas es dramático y habrá que plantear un análisis en profundidad y medidas proactivas correctoras específicas para equilibrar la presencia de hombres y mujeres.
Esta área es la segunda por tamaño, con 469 investigadores de plantilla de los que solamente el 25% son mujeres.
Esta proporción se ha mantenido, incluso cuando ha habido un aumento neto en 120 investigadores.
Esto es especialmente sorprendente dado que temáticamente se nutre de licenciados/as en titulaciones universitarias con una alta presencia de mujeres, como es el caso de la Biología.
En la evolución de esta área, también es destacable el importante incremento de los varones de la escala de Profesores de Investigación, de manera que actualmente representan el 25% del total de investigadores permanentes varones en el área.
El caso del área de Biomedicina es también preocupante, el progreso de promoción a IC ha sido lento (poco más de 2% relativo) y aunque hay un mejoría clara del número de mujeres dentro de la escala de PI (el porcentaje ha pasado de 12,5% a 20%), hay una notable distancia todavía respecto a la media de mujeres en el área, ahora del 33%, pero ya desde hace varias décadas por encima del 30%.
Que se haya dado la "subida acelerada" de varones a la escala superior, y que sea el área más grande, con 535 personas en la plantilla científica, pudieron jugar un papel en esta inercia que dificulta conseguir la paridad en escalones superiores, caso opuesto al del área de Alimentos.
A pesar de los avances reseñados tanto en el marco jurídico español como en las normativas de los diferentes organismos, entre los que destacamos el CSIC, existen muchas sombras aún en el funcionamiento de las instituciones en materia de igualdad.
El principio de representación equilibrada por sexos en las comisiones generales designadas por la Presidencia no se cumple y, a pesar de estar en la ley, crea polémica.
Esta asimetría está presente en las Comisiones de área y en la Comisión de ética, algo parecido a lo que ha ocurrido con la reciente Directiva Europea, conocida como Ley Reding, que impone que las empresas europeas cotizadas cuenten en 2020 con un 40% de consejeras.
La presencia de mujeres en los espacios de poder sigue provocando reacciones airadas.
En el CSIC también está lejos de la paridad el número de mujeres directoras de centros e institutos.
La falta relativa de mujeres no solo se da en los ámbitos mencionados en el CSIC.
En los comités científicos de los congresos, entre los conferenciantes plenarios o en los consejos de redacción de las revistas científicas de todo el mundo académico español, las mujeres son muy minoritarias.
En la Figura 11 se presenta como muestra los datos del sexo de los directores y la composición de los consejos de redacción de las 37 revistas propias del CSIC.
Por todo ello, tenemos aún muchos retos por delante, de los que queremos resaltar los siguientes:
a) Aumentar el número de científicas que entran al CSIC, particularmente en áreas como C. y T. Físicas o Recursos Naturales, exigirá divulgación y abolición de estereotipos sexistas actuando en centros educativos tempranos.
b) Seguir monitorizando el progreso de las CT a IC y, sobre todo, de estas últimas a PI, y reiterar la necesidad de que el apoyo institucional (de los centros e institutos, no solo del organismo) sea equivalente al recibido por colegas masculinos para la obtención de espacios, personal técnico de apoyo, etc.
c) Vencer la resistencia de los y las colegas que creen que el problema de desigualdad de oportunidades y visibilidad no existe para las mujeres en el CSIC, algunos de los cuales ocupan puestos de responsabilidad.
Exigir que se apliquen las recomendaciones de la Presidencia en materia de género en todos los centros como, por ejemplo, que las Memorias científicas incluyan los datos de personal desagregados por sexo.
En definitiva, tenemos que hacer del CSIC una institución donde las mujeres deseen trabajar y ambicionen progresar, sin encontrarse más (tampoco menos) dificultades que los hombres de su generación.
En la Figura 12 se presenta la evolución de la plantilla investigadora en los últimos diez años en números absolutos, el aumento de mujeres en la institución es lento y el número sigue siendo muy bajo, a pesar del considerable incremento de mujeres con becas y contratos.
Nuestro análisis indica que estamos progresando, aunque aún no hemos llegado a la meta.
Variaciones del personal investigador funcionario del CSIC durante los últimos diez años
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha realizado durante los pasados años un gran esfuerzo por modernizarse y mejorar su calidad.
La lucha por alcanzar la igualdad está enmarcada en este afán de progreso y consolidación de la excelencia.
Desafortunadamente, la desigualdad entre la participación de mujeres y hombres sigue siendo un hecho y una debilidad en nuestra institución.
Un problema que afecta a la sociedad y que está presente en la mayoría de las instituciones científicas a nivel global, puesto de manifiesto por los estudios realizados por expertas y expertos.
A pesar de la legislación específica y de las políticas de igualdad internacionales, el progreso de las mujeres en las instituciones científicas es mucho más lento de lo que cabría esperar.
Esto ha hecho que las políticas europeas hayan variado su enfoque: hay que cambiar el funcionamiento de los organismos y detectar los fallos estructurales que frenan a las investigadoras (López, 2012b).
Por ello, la Comisión Europea dirige sus políticas a las instituciones y en su informe "Cambio Estructural de las Instituciones Científicas" se identifican como problemas comunes, la falta de transparencia en la toma de decisiones o la existencia de redes de amiguismo y de prejuicios que influyen en las valoraciones de los méritos del personal (UE, 2011).
Estas consideraciones, unidas a la situación actual de recesión económica, en la que están sufriendo mayores retrocesos las mujeres, hacen que las políticas proactivas de igualdad sigan siendo imprescindibles. |
Antropología de la literatura y de la imagen.
Desde su título, este libro de Manuel González de ávila —especialista en semiótica (Semiótica crítica y crítica de la cultura, Anthropos, 2002) y profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Salamanca— exhibe la palabra "razón" como ariete contra la relajación argumentativa y expositiva que atañe al pensamiento sobre la cultura en la era posmoderna o transmoderna.
Antropología de la literatura y de la imagen es un ensayo elegante y combativo contra ciertos discursos sesgados hacia un relativismo que, embozado, trabaja a favor de la homogeneización acrítica y acientífica del conocimiento.
Pero el volumen es mucho más: si la sintaxis y el léxico de su prosa se afinan para recorrer distintos grados de la ironía y la vehemencia, su pensamiento se ordena hasta lograr la eficacia de un compendio crítico de buen número de teorías actuales sobre literatura, cultura e imagen, operando en ellas incisiones que revelan tanto las zonas de degradación de su tejido como su entramado interdisciplinar.
La acuñación del término ciencias sociohumanas certifica la que es voluntad primera de este estudio: vincular las humanidades y las ciencias sociales a fin de restituir a las primeras una exigencia epistémica que las haga menos endebles frente a las derivas de estetización trivial que les impone la actual mercantilización del conocimiento.
Abiertas así las hostilidades, resta ejecutar la minuciosa y matizada defensa de los poliédricos campos de la cultura concernidos, tomando como punto de partida y piedra de toque la antropología; emancipando a esta última de los mecanismos retóricos y los procedimientos de ficcionalización que la han frecuentado en el tiempo posmoderno, el autor advierte que, en ella, la función simbólica encuentra compensado su relativismo por un método holístico que restaura sus condiciones de legibilidad social e histórica, que explica su génesis y funcionamiento, y que la reinscribe en una materialidad y una corporalidad universalmente reconocibles.
La ciencia antropológica, amén de demostrar coherencia, sistematicidad y exhaustividad, ha intensificado su competencia autorreflexiva, con el consiguiente aumento de racionalidad; y la reivindicación de racionalidad para las ciencias sociohumanas en general se hace en este ensayo a sabiendas de que el concepto de racionalidad es aquí "relativamente clásico e incluso conservador, en el extraño sentido progresista que este término ha adquirido tras la posmodernidad".
Y es que uno de los empeños de este libro es precisamente apuntar y disparar hacia la reversibilidad ética y política de ciertas posiciones epistemológicas recientes sin por ello elegir caminos involucionistas.
En realidad, la crítica de la posmodernidad que aquí se lleva a cabo es global, y no impugna conceptos o teorías que lleven nombre y apellido, pues está mucho más interesada en dibujar un panorama de las ciencias sociohumanas con perspectiva propia —antropológica— que en discutir ideologías ajenas.
Y esta intención de creación de una coherencia teórica dentro del propio libro le favorece más que la polémica externalizada.
Pero ello no significa que se hurte el cuerpo: bajo el capítulo "Epistemología" se aborda, en primer lugar, la tan traída y llevada muerte y resurrección gloriosa del sujeto —finalmente "hipersujeto"—, figura en torno a la cual —afirma el autor— se anudan dos doctrinas que colaboran perniciosamente a favor de una concepción no racional de la ciencia y del mundo: la filosofía posmoderna y el neoliberalismo económico.
Tal alianza —en principio contra natura, pues a la una le asiste el relativismo y a la otra una organización férrea— escenifica otra versión de la anteriormente mentada reversibilidad ética y política.
G. de ávila observa que la definición tecnocientífica del sujeto viene a ser contenida y aun desmentida por las actuales ciencias cognitivas, que, además, proporcionan a las ciencias sociohumanas una versión del sujeto como subjetividad determinada por un cuerpo y por unas emociones que la inscriben tanto en el medio biológico como en el medio socio-histórico.
Que las ciencias cognitivas redescubran lo social, lo histórico y lo biológico es asunto de gran ayuda para la configuración antropológica de las nuevas ciencias sociohumanas, y para ponerlas en la perspectiva de dar la mano a las ciencias naturales en un futuro próximo.
Y la ambición de esta perspectiva, con no ser pequeña, se muestra perfectamente "naturalizable".
Otro garante de la convergencia de las humanidades, las ciencias del lenguaje y las ciencias sociales es la capacidad metasemiótica de las lenguas naturales, pues la generación de metalenguajes alumbrados por una lógica natural habilita la posibilidad de su organización en forma de metasistema, base de toda teoría científica; la metasemiosis corrobora pues, de nuevo, un proyecto de convergencia epistémica bajo el signo de la razón.
Deseo expreso del estudio es que la modelación y configuración antropológica de las ciencias sociohumanas se haga conforme a la aproximación científica de la antropología cultural y no bajo el signo de la fenomenología de la cultura, y por ello pone a ambas a debatir en torno al supuesto menosprecio —de que se acusa a la primera— por lo simbólico, los valores culturales y la idealidad normativa; la conclusión refrenda la superioridad crítica de la antropología cultural —propiciadora de actitudes éticas— frente al conocimiento teoricista de la filosofía fenomenológica —incitadora a un relativismo cultural alimentado de narcisismo y convencionalismo.
Aquí, el verbo incisivo y persuasivo del autor despliega todos sus recursos: si la ironía distribuye el nombre de las dos facciones contendientes —"ciencia" frente a "ciencia infusa"—, la capacidad analítica ejemplifica y verifica lo que la elocuencia glosa y califica sin clemencia; al cabo, se invoca la presencia mediadora de la antropología cognitivista y una idea de cultura "no culturalista" ni ideológica, sino inscrita en el tiempo y el espacio sin renunciar por ello al empleo científico de la noción de universalidad.
G. de ávila acude también al rescate de la historia argumentando a favor de la irreductibilidad del hecho histórico frente a sus interpretaciones, abogando por principios regulativos y apelando a la responsabilidad ética y social sobre los vestigios y huellas del cuerpo físico del sujeto histórico.
Es precisamente esta responsabilidad la que le lleva a impugnar sin paliativos la equivalencia entre discurso histórico y narración, una narración que emparienta a la historia con la literatura y la ficción.
Y en este punto de su reflexión asoma de manera precisa la relación de los discursos posmodernos con ciertos conservadurismos extremos de corte negacionista y perfil cínico.
Con el sabor de esta recusación de lo narrativo, se abre a continuación una segunda parte del libro que versa sobre la literatura, y en la que, tras consideraciones sobre la estructura y la utilidad de la teoría en el contexto de las ciencias sociohumanas, se aborda el "lugar poco común de la teoría de la literatura", en el que, según creencia comúnmente extendida, pelean lo literario y lo teórico.
Aquí, la posición —quizá demasiado sucintamente abordada— es la de rescatar a la teoría de la literatura de los saberes humanísticos para integrarla en las ciencias sociohumanas, sustituyendo sus tendencias hermenéuticas, textualistas y nominalistas por la asunción de una racionalidad regida mediante criterios de evaluación metateóricos.
Así se soslaya —o más bien se zanja— la consideración sobre el estatuto de ciencia que pudiera aplicársele a la teoría de la literatura, poniendo al margen la evolución de la estabilidad del concepto de ciencia y su flexibilización, o los cambios paradigmáticos de ciertas ciencias.
De este modo, el libro entra parcialmente también en el cauce de la discusión —ya histórica— que enfrenta a los estudios literarios con la idea de una ciencia de la literatura, tomando claramente partido G. de ávila por esta última y por una consideración teórica de la literatura frente a una comprensión hermenéutica.
Tal posición se vincula implícitamente a la aún pendiente renovación de las humanidades, aunque no esté entre los objetivos del libro entrar en su aplicación específica a los ámbitos del conocimiento y la enseñanza universitarios.
La cuestión literaria se completa con tres estudios de importante alcance: uno sobre autobiografía y dos sobre literatura comparada.
La autobiografía, en tanto que archivo científicamente explotable, no es vista como simple objeto literario, y necesita pues —en afirmación del autor— de un abordaje interdisciplinar en el que colabore una antropología que reconozca en su discurso tanto un objeto de saber como un sujeto de saber.
La antropología sabrá así recuperar al sujeto del discurso autobiográfico para la historia y para la vida, rescatándolo del axioma pansemiótico de la teoría de la literatura, que lo condena a ser entramado de signos y a "incurrir en la fantasía de autoengendrarse a través de su expresión".
En el discurso autobiográfico, el "yo" es una individualidad "autoproducida" de "sofisticada arquitectura a la vez cognitiva y pragmática", y no un estilo de escritura retóricamente determinado.
El interés que la perspectiva antropológica experimenta por la autobiografía —en su acepción extensa— es pues correspondido por ésta.
Pero tampoco se trata de sustraer la autobiografía al enfoque de la teoría literaria: la autorreferencia y el metadiscurso que le son inherentes proporcionan a este libro brillantes páginas sobre el pacto comunicativo y la implicación del receptor en tal discurso.
Así mismo, una muy matizada disquisición enfrenta y concilia a la autobiografía y a la historia, reconociéndole finalmente a la primera un carácter de documento histórico y de etnosaber, pero no su pertenencia a la ciencia histórica.
Casi con entusiasmo, G. de ávila localiza en tan complejo acto comunicativo un auto-modelo cultural cuyo porvenir debería ser el de escenario de una racionalidad común a la teoría literaria y a las ciencias sociohumanas.
Bajo la pregunta "¿Es comparativa la literatura comparada?" se ejecuta una revisión de los presupuestos de la citada disciplina en la que, tras constatar su infructuosa búsqueda de un objeto específico del que ocuparse, parece inevitable volver a tratar de encontrar legitimación en el método comparativo.
La impecable crítica de este método contiene un análisis de las diversas acepciones comunes y técnicas del término "comparación", y una reivindicación de la comparación científica frente a la comparación retórica, así como una revitalización de la historia en tanto que garante de coherencia en este marco.
Pero la revisión también desemboca —algo condescendientemente— en la aceptación de una hermenéutica comparativa que "ilumina, ante todo, nuestro uso actual del patrimonio semántico y simbólico de la literatura y de la cultura".
En todo caso, aun como actividad heurística y no como ciencia, la comparación ha de dotarse de una teoría que —sumando conceptos venidos de las varias teorías de la literatura— respondan a la configuración antropológica, en coherencia con lo expuesto en el resto del libro.
De hecho, parece inevitable la constatación de un acercamiento entre literatura comparada y antropología cultural, acercamiento que este estudio explora en sus respectivos objetos, métodos, teorías y epistemologías, con el resultado de una muy notable comunidad de posiciones signadas por la indefinición y la provisionalidad.
Son meritorios, en este contexto, tanto la franqueza con que el libro expone tal déficit científico como el denuedo con el que establece y matiza la distancia de dichas disciplinas respecto del denostado relativismo.
El último tranco del volumen se ocupa de la imagen.
La usual distinción entre significado lingüístico y significado icónico es punto de partida de una incisiva y pertinente reflexión sobre la imagen y los estudios visuales, campos que el autor conoce en profundidad.
El giro icónico sostiene que la cognición icónica se resiste a la explicación lingüística y semiótica, pero —se anota en este libro— la antropología y la ciencia incitan a suponer que hay comunicación entre las imágenes (perceptivas, mentales y técnicas) y el lenguaje natural.
La idea de la universalidad y la racionalidad del conocimiento depende de esta intertraducción del sentido, y ello importa mucho a G. de ávila, quien constata que los estudios visuales rebajan su resistencia a la semiótica cuando se acercan a la producción de significado cultural a través de la visualidad, es decir, cuando ésta entra en una práctica antropológica; y es que el acto de ver es una amalgama de determinaciones perceptivas y cognitivas (iconismo primario), pero también de índole social, histórica y cultural (iconismo secundario).
A partir de esta re-vinculación semiótica, el autor considera también conveniente —para provecho de la ciencia y la antropología— que los estudios visuales deroguen su interdicto lingüístico: pero esto parece ser harina de otro costal, por mucho que —por ejemplo— las ciencias cognitivas atribuyan a una misma interacción cooperativa neuronal (conexionismo) la comprensión visual y la comprensión lingüística.
La mirada antropológica sobre el discurso icónico se interesa por el peso de la cultura en la conformación de la imagen perceptiva y de la imagen mental, pero sobre todo por los modos de producción de las imágenes técnicas y sobre sus consecuencias en nuestra cultura visual y, quizá, en la naturaleza misma de la visión.
En impecable e implacable exploración semiótica, G. de ávila aborda la naturaleza de la actual "enciclopedia icónica", las operaciones —bajo el signo de la esterotipia— de sus iconemas, la fascinación del cine por su propia identidad icónica, la alteridad icónica a la que tiende la imagen digitalizada y las modificaciones fundamentales de nuestros modos de percepción y concepción de la nueva iconicidad —en los que a una técnica ilimitada corresponde ahora una imaginación limitada—.
A esta nueva iconicidad caracterizan —en versión del autor— cinco rasgos semióticos —heterogeneidad, fragmentación, discontinuidad, aleatoriedad y metamorfosis caótica— que la convierten en un proceso descontrolado y ajeno tanto al "mundo natural" de la percepción como a nuestra cultura lingüística.
Esta cultura de la posvisión cambia nuestra naturaleza de la visión y, en ella, la técnica gestiona nuestro imaginario haciéndonos extremadamente vulnerables a la ideología que vehicula.
La mirada crítica de G. de ávila sobre la imagen en nuestra época transmoderna se completa con un último capítulo sobre la aculturación de la imagen.
Para ello procede a una revisión semiótica de las neoimágenes de la iconosfera mediante la aplicación a las mismas de las seis funciones del signo.
La función referencial en la imagen-acontecimiento revela que lo real desparece bajo sus sustitutos visuales, mucho más atractivos y capaces de colonizar la conciencia hasta desconectarla de lo no imaginario.
La función emotiva se hipertrofia en el mundo icónico evacuando los elementos racionales y desanclando el pensamiento del cuerpo; el cuerpo físico es sustituido por una prótesis o cuerpo fantasmático esquivo frente a una función conativa que, por otra parte, la neoimagen ejerce sin dotar de contenido.
La función fática desaparece y es sustituida por una función saturativa: la imagen impone su presencia sin necesidad de protocolos, legitimación o tan siquiera contenidos, y sin implicar a sus receptores en la responsabilidad del contacto comunicativo.
La función estética está, sin embargo, fuertemente reforzada en la iconosfera, y para ella propone G. de ávila el término de transestesia, invasiva y generalizada estetización reinante en la hipervisualidad, y contra la que quizá procediese iniciar un desaprendizaje perceptivo.
En cuanto a la función metasemiótica, conviene distinguirla de la función sobreinterpretativa, que es la que está verdaderamente activa en la incesante actividad citacional de la producción visual actual, generando un saber dóxico autosatisfecho y conformista que no puede llevar el nombre de episteme.
En suma, para la perspectiva antropológica imperante en este ensayo, el régimen de la hipervisualidad trabaja tanto contra el acto comunicativo como contra el conocimiento racional y científico.
Y este severo dictamen apenas está suavizado por el reconocimiento de los servicios promocionales y auxiliares que la imagen presta a la antropología y a la ciencia.
El libro se cierra con un repaso final sobre las diversas artes consideradas desde el ángulo de la transvisualidad —o transmisión de esquemas visuales entre imágenes— en el que el autor quiere ver un dato antropológico importante de nuestra cultura.
La intericonicidad marcó el desarrollo de la época moderna y contemporánea de la pintura; y también el de la fotografía, hasta que su orientación autorreflexiva le proporcionó acceso a una metaiconicidad que la enfrentó tanto a sus propios valores documentalistas como a la credibilidad de la imagen en modo general.
La intericonicidad del cine y la pintura se cifró más plásticamente que figurativamente, y la metaiconicidad del primero posee desde hace tiempo gran carga irónica y crítica para con los modelos canónicos de representación fílmica.
Pero es —según se expone en este estudio— en el videoarte donde la transvisualidad explora sus posibilidades extremas, y lo hace evidenciando los recursos y modos de producción y recepción de imágenes en un proceso intericónico sin fin que crea un mundo inédito y muestra su "autoconciencia tecno-materialista" desligada de la voluntad humana.
Más allá de la visión depreciativa, a la vez des-subjetivada y anti-racionalista del régimen de la transvisualidad, G. de ávila espera que la intericonicidad reconozca el archivo de imágenes previas de nuestra historia, y que la metaiconicidad vuelva a recabar la ayuda de la lengua natural —único metalenguaje capaz de hablar de sí mismo o de otros lenguajes— para explicar el funcionamiento lógico-semiótico de la imagen, y no sólo sus connotaciones y significados.
La configuración antropológica que conforma a las ciencias sociohumanas en este ensayo no pierde de vista, como bien se aprecia, su inserción en la racionalidad y en el racionalismo científico.
Pero las ciencias sociohumanas preservan la presencia del sujeto al proveerse también de instrumentos semióticos y sociales para el análisis cognitivo, afectivo, ético y estético.
Lo que pareciera difícil equilibrio entre polos excluyentes es presentado aquí casi como una relación de inclusión: la racionalidad es fieramente humana.
Es difícil no estar de acuerdo con las tesis de este espléndido libro, pues —acompañando a su necesaria complejidad— imperan en él lo razonable, la perspicacia analítica y la agilidad inductiva y deductiva.
Es difícil también no compartir la configuración antropológica propuesta, pues apela a nuestra experiencia de vida y vela por introducir a esta última en la perspectiva teórica.
Es, además, sensato aceptar la regiduría de la razón si se trata de conformar un pensamiento científico.
Y es inevitable sonreír con complicidad frente a la ironía que diagnostica —por ejemplo— una "infantil dolencia textualista y nominalista" a la teoría de la literatura, aun cuando uno se lamente de que la noción de "ficción" inoculada por Barthes en la teoría —más escritura organizada por las pasiones que inventiva irracionalista o mentirosa— sea declarada culpable de tanta simpleza.
Sin embargo, es posible que la propia potencia razonada y pro-razón de este brillante ensayo cree zonas de resistencia en su lector, y que su muy informada contundencia excite ciertas rebeldías que se nieguen a organizarse en franca y razonable disensión: al fin y al cabo el juego posmoderno posee flexibilidad suficiente para exasperar a quien espera que la partida se juegue lógicamente y con una sola baraja.
Quizá es precisamente la ausencia de reglas del juego comunes lo que incline poco a este libro hacia el debate cuerpo a cuerpo con el pensamiento posmoderno.
Pero si en ciencia y en teoría el mejor ataque es una buena defensa propia, preciso es saludar la envergadura teórica y la solvencia científica de este ensayo que mide sus palabras, su campo y sus operaciones con exactitud maestra.
La virtud sintética de sus casi trescientas páginas podría desplegar terreno para muchas polémicas, pero no es de extrañar que haya preferido una lógica científica a una lógica retórica: si de reivindicación de ciencias sociohumanas se trata, coherencia obliga. |
Profesora Titular de Historia de la Ciencia, pertenece al Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero (CSIC-Universidad de Valencia).
Tras licenciarse en medicina inició su línea personal de investigación en historia de la endocrinología, que ha ampliado posteriormente a otras especialidades y a la cirugía.
Ha participado en proyectos de investigación financiados que han permitido la publicación de la Bibliographia medica hispanica, 1475-1950; sobre terapéutica farmacológica, en particular sobre la aculturación de las plantas americanas en la medicina europea desde el siglo XVI, y sobre terapéutica popular y la perspectiva del paciente y su entorno.
También sobre historiografía de la medicina, para la digitalización y estudio de obras clásicas.
En la actualidad imparte historia de la medicina y de la odontología en los respectivos currículos médico y odontológico de la Universidad de Valencia, tras una también dilatada dedicación docente a la antropología médica en medicina y en enfermería.
Viene colaborando en el estudio, catalogación, conservación y exhibición de la colección histórico-médica de la Facultad de Medicina y Odontología de Valencia.
Catedrático de Historia de la Medicina en la Facultad de Medicina en la Universidad Miguel Hernández.
Doctor en Medicina por la Universidad de Valencia con Premio Extraordinario (1970), realizó estudios postdoctorales en los Institutos de Historia de la Medicina de las Universidades de Heidelberg y Zurich, bajo la tutela de los profesores H. Schipperges y E. H. Ackerknect; y en 1977 en el Institut für Geschichte der Medizin de Viena, entonces dirigido por la Profesora Erna Lesky, como profesor visitante.
Su actividad investigadora se refleja en 26 monografías, más de 30 artículos de revista y 41 aportaciones en ponencias y comunicaciones a congresos.
Todo ello se articula básicamente en tres líneas de investigación: 1.
Nacionalismos, política y medicina en la España del siglo XIX, el papel de los médicos en el nacimiento del "valencianismo político".
Catedrática de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de la Universidad Miguel Hernández.
Doctora en Medicina e historiadora de la medicina en la Universidad de Valencia (prof. J. Ma López Piñero).
Ha sido directora del Departamento de Salud Comunitaria, y Defensora Universitaria en la Universidad de Alicante.
Presidenta de la Sociedad Española de Historia de la Medicina (2004-2008); y miembro de número de varias sociedades internacionales de historia de la medicina y de la ciencia (European Association for the History of Medicine and Health, Disability History group, Society for the History of Childhood and Youth).
Forma parte del consejo de redacción y del consejo asesor de varias revistas especializadas nacionales e internacionales (Asclepio, Dynamis, Culture and History Digital Journal).
Investigadora principal de siete proyectos nacionales de investigación competitivos en los últimos diez años y desde 2009, encabeza el grupo GADEA dentro del Programa Prometeo de la Generalitat Valenciana para grupos de investigación de excelencia.
Miembro del grupo promotor de la Red Iberoamericana de Estudios sobre Historia de la Polio y Síndrome postpolio.
Miembro del Advisory Board del proyecto "Disability and Industrial Society" coordinado por las universidades de Swansea, Aberyswyth, Northumbria y Strathclyde, financiado por el Wellcome Trust.
Líneas de investigación: la discapacidad en la historia de Europa en el periodo contemporáneo; historia de la salud pública; historia de la salud, de la enfermedad y de las respuestas científicas y sociales frente a la mortalidad infantil en España.
Autora de más de doscientos artículos de revista y treinta libros y capítulos de libro, entre ellos: Child mortality.
Social and Medical responses The Lancet, vol. 354, 1999 y participación en obras colectivas como la Historia Universal de la Medicina, dirigida por P. Laín Entralgo (Barcelona, Salvat, 1972), el Diccionario histórico de la ciencia moderna en España (López Piñero, J.M.; Glick, Th.; Navarro, V.; Portela, E. (eds.)
Barcelona, Península, 1983 y el Dictionary of Medical Biography (Bynum, W.H.; Bynum, H. (eds.), Greenwood Press, 2006).
Entre las publicaciones más recientes (2012) "Spanish health services and polio epidemics in the 20th Century.
London: Pickering and Chatto, 2012 (en colaboración con Martínez Pérez, J.; Porras, M.I. y Báguena, M.J.).
Coordinación del dossier: Ballester, R.; Porras, M.I.
"Políticas y respuestas sociales frente a la poliomielitis en Europa".
Profesor titular de Historia de la Ciencia en la Universidad Miguel Hernández.
Ha realizado su tesis doctoral sobre las respuestas médicas y sociales frente a las enfermedades venéreas en la España contemporánea.
Ha formado parte, en calidad de investigador, en proyectos ministeriales de I+D sobre historia de la propaganda sanitaria institucional y sobre nutrición y malnutrición en la España contemporánea.
Es miembro del Grupo de Investigación GADEA (Grupo Alicante de Estudios Avanzados de Historia de la Medicina), incluido dentro del Programa Prometeo de la Generalitat Valenciana para grupos de excelencia.
Tiene en su haber un buen número de artículos relacionados con las enfermedades venéreas y la regulación de la sexualidad en la España contemporánea y es autor del libro Moral sexual y enfermedad.
Ha participado igualmente en el volumen colectivo Nutrición, Salud y Sociedad.
España y Europa en los siglos XIX y XX (Valencia, Universitat de València, 2011) y es uno de los editores del volumen Las imágenes de la salud: cartelismo sanitario en España (1910-1950) (Madrid/Alicante, CSIC/ IAC Juan Gil-Albert, 2012).
Doctora en Historia Contemporánea por la Universidad de Málaga y profesora titular en el Departamento de Periodismo y C. Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid.
Sus investigaciones están orientadas al análisis de diversos aspectos del Régimen de Franco, especialmente la represión, la política exterior y la comunicación.
Ha sido profesora invitada en varias universidades europeas y pertenece al comité científico de la Cátedra Complutense Memoria Histórica del siglo XX.
Ha desarrollado una prolífica labor de investigación reflejada en varios libros, artículos, capítulos de libros y colaboraciones de carácter divulgativo.
Entre las últimas publicaciones se encuentran: Política internacional y comunicación en España.
Las cumbres de Franco con Jefes de Estado (2009); coautora del diccionario coordinado por Ángel Viñas titulado En el combate por la Historia.
La República, la Guerra Civil y el Franquismo (2012); coautora, igualmente, del monográfico dirigido por Julio Aróstegui Franco, la represión como sistema (2012).
En relación con el tema del presente artículo ha sido redactora de 27 entradas en el Diccionario biográfico del exilio español de 1939: los periodistas (2011, FCE).
Regius Professor Emeritus en la Universidad de Oxford y Honorary Fellow del Oriel College de esta Universidad y del Trinity College de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, Universidad en la que se doctoró en 1952.
En su trayectoria docente fue Professor en el King's College de Londres y en 1972 fue elegido para la British Academy.
En Estados Unidos fue, igualmente, Professor de la Universidad de Princeton.
En España es miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, Doctor honoris causa de las Universidades Complutense, Carlos III de Madrid, la de Alcalá de Henares y la de Sevilla y recibió el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 1996.
Sus contribuciones a la historia de España y al conocimiento del Imperio Español en perspectiva comparada le hacen un referente esencial para el periodo.
Sus estudios se centran en el periodo del siglo XVI y XVII, los de auge y decadencia de la Monarquía Católica y en cómo sus dirigentes gestionaron tales procesos.
Premio Extraordinario de Licenciatura (1970).
Colaborador Científico por oposición del CSIC (1974), en situación de excedencia voluntaria desde el año 1978.
Profesor Agregado de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid (1978).
Fundador y Director del Master en Bioética de la Universidad Complutense de Madrid (1988-2011).
Director de la Fundación Xavier Zubiri (1988-).
Académico de Número de la Real Academia Nacional de Medicina de Madrid (1989-).
Académico de número de la Academia de Medicina de Santiago de Chile (2001-).
Profesor honorario de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile (1997).
Doctor Honoris Causa de la Universidad de San Marcos de Lima (2003).
Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) (2006).
Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (2011).
Libros: Persona y Enfermedad.
Una contribución a la Historia y Teoría de la Antropología Médica (Madrid, Universidad Complutense, 1973).
Teología y Medicina en la obra de Miguel Servet (Villanueva de Sijena, Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet, 1981; 2a ed., 2004).
Ética de la calidad de vida (Madrid, Fundación Santa María, 1984).
Voluntad de Verdad: Para leer a Zubiri (Barcelona, Editorial Labor, 1986; 2a ed., Madrid, Triacastela, 2007).
Primum non nocere: El principio de no-maleficencia como fundamento de la ética médica (Madrid, Real Academia Nacional de Medicina, 1990).
Introducción a la Bioética (Bogotá, El Buho, 1991).
Ética y vida: Estudios de bioética.
1: Fundamentación de la bioética.
3: Ética de los confines de la vida.
4: Profesión, investigación, justicia sanitaria.
Portuguesa: Pensar a bioética: Metas e desafios.
Medice, cura te ipsum: Sobre la salud física y mental de los profesionales sanitarios (Madrid, Real Academia Nacional de Medicina, 2004.
Introducción a la Medicina (Madrid, Hariadna, 2a ed., 2009).
Voluntad de comprensión: La aventura intelectual de Pedro Laín Entralgo (Madrid, Triacastela, 2010).
La cuestión del valor (Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 2011).
1: Los valores y su mundo; Vol.
M.a del Pilar LÓPEZ SANCHO. es Profesora de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el Departamento de Teoría y Simulación de Materiales del Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid.
Actualmente es Presidenta, por delegación del Presidente del CSIC, de la Comisión Mujeres y Ciencia de la Agencia Estatal de Investigación CSIC.
Ha sido Representante del Área de Ciencia y Tecnología de Materiales en el Comité Científico Asesor de la Presidencia del CSIC y vocal de la Comisión de Publicaciones del CSIC.
Se licenció en Ciencias Físicas en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en 1975.
Realizó la tesis doctoral en el Centro de Física Aplicada'L. Torres Quevedo' estudiando, con técnicas experimentales, la interacción de gases con superficies de metales.
Ha trabajado en física de superficies, quimisorción, teoría de sistemas de baja dimensionalidad, propiedades electrónicas de superficies y heteroestructuras, sistemas de electrones fuertemente correlacionados, superconductores de alta temperatura crítica, propiedades de nanotubos de carbono y grafeno.
Ha publicado numerosos artículos en revistas científicas, ha participado en numerosos proyectos de investigación.
Profesor de Ha Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid y subdirector académico del Instituto Universitario José Ortega y Gasset donde dirige la revista de Ciencias Sociales "Circunstancia".
Director de la Fundación Gregorio Marañón hasta su fusión con la Fundación Ortega y Gasset - Gregorio Marañón, en su trayectoria docente ha sido también profesor en la Universidad Carlos III de Madrid y ha sido Visiting Scholar con la categoría de Senior Member Associated del St. Antony's College de la Universidad de Oxford.
También ha realizado trabajos de investigación en otros centros tanto españoles, como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, como extranjeros como la Universidad François Rabelais de Tours, el Instituto de Ciencias Biomédicas Abel Salazar de la Universidad de Oporto, o las Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y la Universidad Católica de Argentina.
En la actividad investigadora de López Vega cabe destacar su atención sobre la historia de los intelectuales y el liberalismo.
En este sentido, obtuvo el premio extraordinario de Licenciatura y se doctoró en la Universidad Complutense de Madrid con una tesis sobre "Gregorio Marañón: Biografía intelectual".
Entre sus publicaciones dedicadas al ilustre médico español cabe destacar: Biobibliografía de Gregorio Marañón (2009); la edición crítica del Epistolario inédito: Marañón Unamuno Ortega (2008); Marañón, académico.
Los paisajes del saber (2005) o su biografía, Gregorio Marañón.
Médico, humanista y liberal", que conmemoró los 50 años del fallecimiento del ilustre médico y cuya sede estuvo en la Biblioteca Nacional de Madrid —más tarde, itineró al Centro Cultural de San Marcos de Toledo—.
En 2012 ha recibido el Premio de Investigación de la Comunidad de Madrid "Julián Marías" a investigadores de menos de cuarenta años.
Doctor en Medicina por la Universidad de Granada (1972) y Doctor en Neurociencias por la Universidad de Oxford (1977).
Catedrático de Fisiología Humana de la Facultad de Medicina de la UCM y Catedrático Adscrito de Fisiología Molecular y Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa (USA).
Ha recibido Fellowships y Awards de varias Instituciones nacionales y extranjeras entre ellas: NIH Fogarty Center (Washington, USA); Consejo Británico (Londres) o European Training Progamme (Bruselas).
Es autor de más de 400 trabajos y comunicaciones científicas en el campo de la Neurobiología, entre ellos: Hot Brain MIT Press.
USA 2000; Diccionario de Neurociencia, Alianza Editorial, Madrid 2004; Neurocultura, Alianza Editorial, Madrid 2007; El Dios de cada uno: Por qué la neurociencia niega la existencia de un Dios universal, Alianza Editorial, Madrid, 2011; Pensamientos escondidos, Alianza Editorial, Madrid 2012.
El profesor Mora es ex-Presidente de la Sociedad Española de Ciencias Fisiológicas y ex-Director del Departamento de Fisiología Humana.
Ha recibido un Wolfson College Award de la Universidad de Oxford y el premio "Envejecimiento y calidad de vida" de la Fundación Pfizer.
Ha sido reconocido con el Helen C. Levitt professorship Award en la Universidad de Iowa en Estados Unidos (2004 y 2011).
Ha sido nombrado Miembro de la "Common Room" del Wolfson College de la Universidad de Oxford (2009) y nominado para su Comité Académico (2012).
Ha sido miembro del Jurado de Ciencia y Tecnología de los Premios Príncipe de Asturias (2005). |
El Quijote y la melancolía
En este artículo se indaga en el carácter inaugural de la literatura moderna que posee la obra capital de Cervantes.
Para ello, se analiza el concepto de melancolía, central en El Quijote, y se sostiene que ese concepto puede entenderse como generador estructural de la obra literaria moderna.
El análisis se lleva a cabo, en primer lugar, en el contexto histórico-ideológico de la época de Cervantes, "era melancólica", para trasladarse, en segundo lugar, al estudio de la manera en que Cervantes ha interiorizado esa "melancolía objetiva" en la construcción del personaje de D. Quijote y de la propia obra literaria.
En tercer lugar, se ubica la originalidad cervantina en una historia ontológica más general de la melancolía, que descubre en ella una importante clave de la arqueología de la actualidad.
Pensar en la actualidad de El Quijote es para la filosofía una cuestión delicada.
Frecuentemente la filosofía ha ido a la literatura a buscar confirmación o ejemplificación de lo que ella ya sabía, como si la obra literaria fuera el envoltorio indiferente de una verdad que sólo la filosofía sabe descubrir y formular en su adecuada pureza.
No sería demasiado justo con Cervantes dejarse llevar por esta especie de optimismo filosófico.
Y más que lo que la obra contribuye a confirmar o a ejemplificar, habría que buscar el valor de ésta en la potencia de cuestionamiento que encierra y quizás, en primer lugar, cuestionamiento de esa forma de entender las relaciones entre filosofía y literatura, que aún parece ser tan evidente.
De manera que la actualidad de El Quijote no residiría tanto en la vigencia de ciertos tópicos filosóficos que en ella se plantean (el humanismo, el conflicto de lo real y lo ideal, la tesis de la libertad, el ethos quijotesco, etc.), sino en lo que esta obra representa en tanto que obra literaria, es decir, en su existencia histórica y material, en su "radical historicidad" (Rodríguez, 2003, 405).
No hay que olvidar que El Quijote se sitúa en el comienzo de nuestra propia época moderna y que en esta obra se contienen elementos muy importantes de nuestra arqueología.
Muy frecuentemente se dice que El Quijote da nacimiento a la novela o a la literatura moderna, a la literatura como tal, distinguiendo lo que a partir de él surge de las "artes del lenguaje" existentes hasta entonces.
Claro que no se puede interpretar esta tesis como si afirmara una relación de causalidad natural y necesaria entre esta obra y todas las obras literarias posteriores.
La interpretación de la obra de Cervantes en este sentido inaugural debe más bien entenderse en términos de lo que ella ha hecho posible, en términos, pues, del a priori histórico que encierra y que abarca hasta nuestra misma contemporaneidad.
De ahí la razón de su actualidad.
Desde ese punto de vista, El Quijote no es sólo una obra particular sino que en ella se establecen las condiciones y las reglas de formación de otros textos, creando un espacio de discursos posibles.
Dicho con la expresión de Michel Foucault (1994, 804), El Quijote "funda discursividad", es un acontecimiento histórico singular pero, a la vez, genera una remanencia, constituyéndose en origen de historicidad.
La hipótesis que quisiera defender es que el generador estructural de esa fundación de discursividad es el concepto de melancolía: la melancolía como elemento esencial o definidor de esa obra particular que es El Quijote pero también como estructura objetiva de toda obra literaria.
Concepto que opera como una especie de conector o interface que vincularía de modo necesario la obra de Cervantes con la propia definición y esencia de la literatura.
Es, si se quiere, la idea de Ortega (2001, 242) de que El Quijote está contenido, "como una íntima filigrana", en toda obra literaria.
Evidentemente, esta hipótesis lleva a construir el concepto del Quijote y a hacerlo desde diversos frentes, el primero de los cuales es el histórico-ideológico.
Si la melancolía es definidora de la obra de Cervantes es, en primer lugar, porque el siglo del Quijote es una época melancólica.
Momento en que se generaliza lo que podemos llamar un espíritu melancólico que anida especialmente en España y del que se toma pronto conciencia.
Un testigo de la época, Juan Botero, describe a los españoles como "gente asaz melancólica, graves en los actos, lentos y espaciosos en sus empresas" (Cepeda, 1996, 29 ss.).
¿Será la causa, como ha sostenido M. Bataillon (1964, 39 ss.), la especial sensibilidad melancólica de los judíos conversos o, como cree Kant (1978, 157 ss.), el propio carácter español?
Si, como parece, "en el siglo XVI una verdadera ola de 'conducta melancólica' barrió Europa" (Wittkower, 1995, 105), ese sentimiento común europeo "fragua" de modo especial en España, quizás como carácter nacional (Pujante, 2008, 407).1 En cualquier caso, parece que se trata de una melancolía objetiva, una "profunda melancolía del decurso histórico", como ha afirmado Lukács (1999, 120).
¿Cómo entender el significado de ese sentimiento o conciencia melancólicos?
Si recurrimos al análisis de Freud en su ensayo Duelo y melancolía (1915), la melancolía es el sentimiento general de inhibición producido por una pérdida, la de un ser amado o la de una abstracción equivalente (Freud pone los ejemplos de la patria, la libertad o el ideal).
A diferencia de lo que ocurre en el duelo, en la melancolía no se sabe bien qué se ha perdido, de manera que, además, se es incapaz de sustituir el objeto amoroso por otro.
De ahí que en los estados melancólicos se vea perturbado el amor propio y empobrecido el yo hasta incluso el extremo de la autodisolución.2 Pues bien, ¿qué es lo que se ha perdido en este momento histórico de finales del s. XVI, o mejor, qué es lo que determina la historicidad como pérdida, generando esa tonalidad melancólica existencial?
Se trata efectivamente de una pérdida que es difícil ubicar, de una falta que es imposible suplir, porque no es ningún objeto determinado lo que se ha perdido, sino aquello que aporta realidad y sentido al acontecer.
En la época del Quijote, época de comienzo de la modernidad, se ven conmovidas las seguridades o certezas vitales que proporcionaba el fundamento teológico, extendiéndose la conciencia de que el mundo se está vaciando espiritualmente debido a que Dios lo ha abandonado.
Esta es, como es sabido, la tesis de G. Lukács a propósito de la obra de Cervantes en su Teoría de la novela (1916),3 así como la seguida por L. Goldmann en El hombre y lo absoluto (1955) a propósito del pensamiento trágico de Pascal y Racine.
Empleando una expresión de J. C. Rodríguez, este horizonte melancólico general es "el inconsciente ideológico" que, plegado reflejamente sobre sí, da lugar a la historia melancólica que es El Quijote.
Situar la obra en ese marco histórico evidentemente no agota su explicación ni su interpretación.
Es necesario, pues, dar un paso hacia su misma inmanencia para ver en qué sentido ha plegado Cervantes esa melancolía objetiva, haciendo de ella la propia estructura de la obra.
¿Qué se cuenta en ella?
El Quijote es la historia melancólica de un personaje melancólico.
A pesar del consejo que el imaginario amigo da al autor en el prólogo de la obra ("Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa..."), que podría hacernos creer que El Quijote es "un antídoto de la melancolía" (Alonso-Fernández, 2005, 31), su clave profunda o estructural no es meramente ese posible carácter terapéutico.
Se trata de una obra melancólica: "relato de la melancolía, concebido desde la melancolía y dirigido a los melancólicos", afirma García Gibert (1997, 100); siendo la melancolía, como ve Redondo, "...tal vez el elemento más significativo de la creación cervantina" (1997, 132; ver también 146).
La melancolía puede ser entendida como la propia identidad de Don Quijote, su rasgo esencial y definitorio, así como el hilo conductor que emplea Cervantes para construir el personaje a lo largo de la novela, de modo que la melancolía no sería sólo el estado final de su fracaso, sino un rasgo que lo define desde el principio.
Es difícil imaginar que la melancolía de Don Quijote sea sólo fingida, mero artificio o, incluso, "una pose" (Aladro, 2005, 586).
La melancolía es la causa concreta desencadenante de la muerte de Alonso Quijano: "Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan" (II, LXXIIII),4 pero es también tanto el temperamento natural propio de Don Quijote, como su identidad espiritual o existencial problemáticamente construida a lo largo de la obra, casi como si se tratara de una incógnita sobre quién es realmente el protagonista, que la recorriera y articulara toda entera.
Como es sabido, la fuente de Cervantes para construir con verosimilitud médico-filosófica a su protagonista es el Examen de ingenios para las ciencias (1575), de Juan Huarte de San Juan, quien sigue la teoría tradicional, procedente de Hipócrates y transmitida por Galeno, de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) y de los cuatro temperamentos correspondientes, según predomine uno u otro de esos humores (sanguíneo, flemático, colérico y melancólico, respectivamente).
En principio, los rasgos físicos y temperamentales de Don Quijote son los de un colérico: la delgadez y la sequedad, asociadas a un comportamiento impulsivo y enérgico.
Pero su cólera lo hace, al mismo tiempo, melancólico.
Cólera y melancolía no son rasgos temperamentales contrarios o incompatibles.
El calor, según la teoría de Hipócrates-Galeno que sigue Huarte, necesario para digerir y para las demás funciones vitales, es derivado a la cabeza en las personas dedicadas a una excesiva actividad intelectual, "...de manera que el rezar, contemplar y meditar enfría y deseca el cuerpo y lo hace melancólico" (Examen de ingenios..., p.
262).5 Según Galeno, la melancolía puede ser "natural", si está causada por la bilis negra que, procedente del bazo, asciende por la sangre hasta el cerebro, impregnándolo de esta perjudicial sustancia, o puede ser también una "melancolía por adustión" (loc. cit., nota 38), es decir, provocada por la combustión de la bilis amarilla a causa de un calor excesivo.
Huarte recoge en su obra esta doble melancolía: "...hay dos géneros de melancolía.
Una natural, que es la hez de la sangre, cuyo temperamento es frialdad y sequedad con muy gruesa sustancia, ésta no vale para nada el ingenio, antes hace a los hombres necios, torpes y risueños porque carecen de imaginativa.
Y la que se llama atra bilis o cólera adusta, de la cual dijo Aristóteles que hace los hombres sapientísimos, cuyo temperamento es vario como el vinagre: unas veces hace efectos de calor, fomentando la tierra, y otras enfría; pero siempre es seco y de sustancia muy delicada." (ibid., p.
Los rasgos con que Huarte describe a este tipo de melancólicos (rasgos tomados de Galeno y presentes en otros tratados de la época como el de Santa Cruz) cuadran perfectamente con la descripción que Cervantes hace de Don Quijote: "...juntan grande entendimiento con mucha imaginativa"; "Tienen el color del rostro verdinegro o cenizoso; los ojos muy encendidos (por los cuales se dijo: "es hombre que tiene sangre en el ojo"); el cabello negro y calvos; las carnes pocas, ásperas y llenas de vello; las venas muy anchas".6 Don Quijote es, pues, un melancólico por adustión.
A causa de la excesiva lectura y de la falta de sueño, incrementa el calor de la bilis amarilla, en él predominante, tanto que llega a convertirla en bilis negra, secando su cerebro y perdiendo consiguientemente el juicio, aunque en Don Quijote eso se traduzca en la hipertrofia de su imaginación y en una especial penetración de su entendimiento.
Ese paso de colérico a melancólico se ve confirmado por el propio desarrollo argumental de la obra, que lleva a Don Quijote, en un proceso de melancolización creciente, hasta una muerte causada, como hemos dicho, por la melancolía.
Pero más que tratarse de una evolución simple en que la melancolía representaría el estado terminal coincidente con la cordura y, por tanto, con la curación de su mal, se trataría de una acentuación de la componente melancólica en un temperamento "híbrido" (García Gibert, 1997, 99) colérico-melancólico, que se define más bien por la fluctuación de esos estados o, incluso, por la forma en que el rasgo melancólico sobrepuja al impulso colérico convirtiéndolo en un impulso productivo espiritualmente.7
Que la cordura final no tiene por qué ser interpretada como el resultado de una evolución en que la locura colérica cedería el puesto a la melancolía, es algo que, indirectamente, confirma el caso, aducido por Huarte, de un tal Luis López, loco cortesano que, a causa de una "calentura maligna de tabardete", vio cómo su falta de juicio se trocaba en "tanto juicio y discreción que espantó a toda la corte; por la cual razón le administraron los sacramentos y testó con toda la cordura del mundo; y así murió invocando la misericordia de Dios y pidiéndole perdón de sus pecados." (op. cit., p.
El caso guarda una analogía con el propio Don Quijote.8 Aducido por Huarte junto a otros, su sentido es mostrar que por efecto del calor o de una mudanza en la temperatura, una persona puede adquirir capacidades que antes no poseía, incluso cambiar sus cualidades en las contrarias: "Y es que si el hombre cae en alguna enfermedad por la cual el celebro de repente mude su temperatura (como es la manía, melancolía y frenesía) en un momento acontesce perder, si es prudente, cuanto sabe, y dice mil disparates; y si es necio, adquiere más ingenio y habilidad que antes tenía." (ibid., pp. 304-5).
Huarte relata casos en que surgen repentinamente una desconocida elocuencia y dotes poéticas antes inexistentes, debidas a la acción del calor sobre el temperamento: "Esta frenesía se causó de mucha cólera que se empapó en la substancia del celebro; el cual humor es muy apropiado para la poesía." (ibid., p.
Estas ideas son comunes también (quizás por influencia de Huarte) en tratadistas de poética de la época como López Pinciano pero, como se sabe, el tema de cómo el furor poético recae en personas necias o desconocedoras de las reglas del arte, está en Marsilio Ficino y en el mismo Platón.9 La cordura final de Alonso Quijano podría no significar su curación definitiva a causa del fracaso de su identidad imaginaria, sino ser todavía efecto del calor que exaltaba su temperamento hasta el extremo máximo de la melancolía, lo que haría de Alonso Quijano sólo la identidad ficticia, hiperquijotesca, del protagonista, el único que es real desde el punto de vista existencial-espiritual.
Su entusiasmo mismo le llevaría a la cordura y a la muerte: Alonso Quijano sería sólo el espectro de Don Quijote, su reaparición obstinada más allá de sí mismo, en la forma de lo que podemos denominar, con la expresión de Ortega y Gasset (1969, 163), el "esfuerzo puro" absoluto.
El destino del héroe no es desmentido ni malogrado por "el aparente fracaso final".10
La causa de la melancolía de Don Quijote es la desmesura de su voluntad.
Ortega: "...¿adónde puede llevar el esfuerzo puro?
A ninguna parte; mejor dicho, sólo a una: a la melancolía.
Cervantes compuso en su Quijote la crítica del esfuerzo puro." (ibid., 165).
No olvidemos que Don Quijote, creador de sí mismo a través de sus hazañas, lleva a cabo su autoposición en la forma de una acción "soberana" (en el sentido de G. Bataille) que no pretende asegurar o salvar la vida sino exponerla a la herida irrestañable de su finitud.
Podría decirse que en la obra cervantina se pone en marcha una dialéctica de la voluntad desmesurada cuya intransitividad la sitúa al margen de su utilidad o de sus logros, incluso de su motivación (hay que recordar la "locura sin causa" de la penitencia en Sierra Morena en I, XXV).
Voluntad que se determina sólo por la intensidad, hasta el punto de poder convertirse en voluntad de muerte.
La medida de esa voluntad sin medida no es la realidad de aquellas cosas que constituyen nuestro mundo habitual sino más bien la irrealidad de lo posible.
Como ha visto Ernst Bloch, razón por la que para él Don Quijote es la figura utópica por excelencia, "El donquijotismo es una referencia que no aprende nada, que no es mediada en ningún punto...", lo que hace de él expresión de una "esperanza incomparable" (Bloch, 1986, 126).11
El "ansia de inmortalidad" quijotesca, de la que habla Unamuno, no es realmente sólo una causa de la melancolía, sino que es el impulso sublime que la define y que hace de ésta mucho más que un estado patológico o que un estado de ánimo.
Kant vio esa especial sensibilidad para lo sublime, que es propia de la melancolía.
El hombre melancólico, afirma, "...no está tan sujeto a la inconstancia de las cosas exteriores", su conducta se rige por principios, preocupándose poco de la opinión ajena, posee un acendrado sentido de la justicia y es un luchador por la libertad, hasta el punto que "su firmeza degenera a veces en obstinación".12 Realmente, la descripción que Kant hace del melancólico podría ser el retrato casi perfecto de Don Quijote.
El melancólico, afirma, da a todo una importancia desmedida, por lo que "medita profundamente sobre todas las cosas".13 Pero incluso hasta el punto de elevarse sublimemente por encima de los propios intereses vitales.
Schopenhauer ha sido quien lo ha planteado radicalmente: "...[cuando] se aleja, y se violenta para desasirse de su voluntad y de las relaciones de ésta, y abandonándose a la contemplación, mira con calma, como puro sujeto de conocimiento y fuera de toda volición, esos mismos objetos tan temibles; cuando en estas condiciones, concibe únicamente la Idea, pura y sin mezcla de relación alguna, cuando se adhiere con placer a su contemplación, cuando en consecuencia se eleva por este mismo hecho sobre sí mismo, sobre su personalidad y su querer, entonces le invade el sentimiento de lo sublime".14 Pero Don Quijote no representa exactamente a este esteta schopenhaueriano, contemplador embargado apenas un instante por el sentimiento de lo sublime, sino al melancólico héroe que, yendo mucho más lejos que el primero, es capaz de elevarse por encima del mundo hasta descubrir su secreto, cosa que sólo es posible, según el filósofo alemán, a través del esfuerzo totalmente desmesurado, más allá de la voluntad de vivir ("metamorfosis trascendental" lo llama), que le lleva a estar más allá de sí mismo y de toda realidad mundana particular, incluso de su propia vida, abandonándose, como Don Quijote, a la irrealidad ultrarreal de la muerte.
El concepto de melancolía, como veíamos al principio, es el conector que liga la inmanencia de la obra, lo que en ella se cuenta, con el espacio exterior de los acontecimientos históricos y, en particular, con la manera en que son plegados en ella.
Pero también es lo que vincula esa interioridad de la obra con el espacio de discurso que ella hace históricamente posible, al producir un plegamiento antes inexistente, espacio que llamamos literatura moderna.
En ese concepto de melancolía, pues, se reúne aquello a lo que responde Cervantes y su respuesta original, la exterioridad tal como es transfigurada en el interior de la obra y la proyección efectiva de la inmanencia literaria hacia el exterior histórico.
Habría, entonces, que situar en el devenir histórico de ese concepto, en la historia de la melancolía, el lugar que la melancolía cervantina ocupa y la operación particular por la que ha sido capaz de generar un espacio discursivo en el que aún nos encontramos en la actualidad.
Sobre todo, esto es relevante si, como ha sostenido R. Bartra (2001, 151-196), en la eclosión del tema de la melancolía en la Europa del s. XVII, El Quijote tiene un papel especialmente importante en el proceso de transvaloración dialéctica de los valores tradicionales, es decir, en la readaptación del canon antiguo de la melancolía a nuevas necesidades que introducen por debajo de antiguos conceptos un sentido y una funcionalidad nuevos.
El cambio general que en esta historia de la melancolía se produce en la modernidad es la transformación de su sentido negativo medieval (por ejemplo S. Isidoro busca la etimología de melancholicus en malus), en una melancolía entendida como algo noble y positivo, concepción que está en el origen del concepto moderno de genio, como han mostrado en su obra ya clásica, Saturno y la melancolía (1964, ed. esp., 1991), Klibansky, Panofsky y Saxl.
La melancolía es, en general, concebida en la edad media, como producida por la salida del hombre del paraíso (por ejemplo, así la entiende Hildegarda de Bingen, en el s. XII) y es frecuentemente identificada con la acedia, mixto entre enfermedad y pecado, consistente en la tristeza que un excesivo e impaciente anhelo de Dios puede causar en las almas contemplativas hasta el punto de hacerlas desesperar de esa ansiada vuelta al cielo.
Es importante detenerse un momento en este concepto medieval de acedia.
Los autores eclesiásticos le dieron una gran importancia al definir el modo de vida, las reglas o técnicas de sí que instituyen la vida eclesiástica.
Así, por ejemplo, Casiano (s. V) se refiere al peligro que representa este "demonio meridiano", que afecta al hombre religioso, provocándole "...un horror del lugar en que se encuentra, un fastidio de la propia celda y un asco de los hermanos que viven con él, que le parecen ahora negligentes y groseros."
La acedia le infunde al monje la desconfianza de que pueda sacar algún provecho de su espíritu y le impide permanecer en paz en su celda, convenciéndose de que "...si se quedara en ella, encontraría allí la muerte".15 Se trata, entonces, de un rechazo de lo espiritual que posee un componente sensual: el acedioso busca satisfacer su voluntad individual en las cosas espirituales y, al no conseguirlo, huye ellas.
La acedia es, entonces, contraria a la renuncia de la voluntad a sí misma, propia de este régimen religioso de obediencia al maestro, e impide la dirección adecuada de la contemplación hacia el bien supremo, introduciendo la concupiscencia en nuestro espíritu.
Precisamente el examen de sí mismo que estas técnicas de vida cristianas están definiendo, tiene como misión hacer posible un desciframiento de los pensamientos más íntimos con objeto de distinguir aquellos que nos distraen de la contemplación de Dios y nos alejan de él, una hermenéutica de sí que la acedia impide.16 Tomás de Aquino hace de la acedia un pecado que, consistente en la "tristeza del bien espiritual" (Suma Teológica, II, IIae, q.
35, art. 1), posee una gravedad extraordinaria (hasta el punto de ser considerada un pecado capital) al encerrar en su núcleo la tristeza por el propio bien divino: "La acedia no es el alejamiento (recessus) mental de cualquier bien espiritual, sino del bien divino." (loc. cit., art. 3).17 Supone, pues, una pérdida de la referencia trascendental o de la relación con lo divino, entendido como lo irreductible al mundo visible, y sería, en definitiva, el signo de lo que podríamos llamar impiedad.
En el renacimiento, la melancolía se transforma en algo positivo gracias a un factor fundamental: la reactualización del concepto aristotélico de melancolía, contenido en los Problemata XXX, y su identificación con la manía divina del Fedro platónico por obra de Marsilio Ficino.
Para Aristóteles, la melancolía es un rasgo temperamental característico de los hombres excepcionales (peritoi), de "...todos los que han sobresalido en la filosofía, la política, la poesía o las artes".
La atribuye a muchos héroes y "...entre los hombres de tiempos recientes, Empédocles, Platón y Sócrates, y muchos otros hombres famosos, así como la mayoría de los poetas." (en Klibansky, Panofsky y Saxl, 1991, 42-53).
Es, dice Aristóteles, "...como se elevan las sibilas y los adivinos y cuantos están inspirados por los dioses." (loc. cit.) y todas las personas melancólicas reciben a causa de su condición natural "grandes regalos".
Efectivamente, parece que la fuente de Aristóteles es el Fedro platónico (244a - 245c), lugar donde, como es sabido, Platón pone en boca de Sócrates la doctrina de la manía divina, "...don que los dioses otorgan, [y del que] nos llegan grandes bienes.",18 y que está presente en la sibila, en los augures, los poetas y los enamorados, representando en todos ellos un "aliento divino" (p.
337) capaz de inspirarles las más "bellas obras" (p.
Claro que Aristóteles había reinterpretado en clave naturalista a Platón, de modo que el hombre genial no se explicaba ya por la irrupción de fuerzas trascendentes sino por la constitución temperamental melancólica.
La reactualización del concepto aristotélico de melancolía en el renacimiento, realizada por Ficino, se opera en el contexto platónico/neoplatónico en que se mueve la Academia florentina.
Si la intención de Ficino es reinterpretar las diferencias entre Platón y Aristóteles como diferencias puramente verbales, ese núcleo que él considera común es fundamentalmente platónico.
En todo caso, lo que no acepta es la interpretación meramente naturalista de Aristóteles, de modo que la melancolía de los Problemata está puesta al servicio de la tesis platónica del impulso hacia lo divino, en la que se puede resumir lo que, a su juicio, es el centro del platonismo (no olvidemos, además, que Ficino traduce y comenta el Fedro en 1475).19 La melancolía, entonces, obliga al pensamiento a penetrar en lo más profundo (según la idea humanista de una vita speculativa), así como lo eleva a la comprensión de lo más alto, a la divina contemplación.
Sería propia, según Ficino, de mentes que, apartadas de los estímulos exteriores y del mundo presente, están atraídas hacia lo trascendente, hasta el punto de que en ese ascenso contemplativo hacia lo divino el alma "deviene Dios".20 Lo que con esta reactualización de Aristóteles/Platón se hace posible es que la melancolía deje de ser meramente un temperamento o un estado de ánimo y, por supuesto, una patología, para convertirse en fuerza intelectual y en potencia de creación.
En su De vita triplici (1482-89), Ficino estudiaba detenidamente "las causas que hacen que los hombres de letras sean melancólicos",21 proponiendo los "cuidados de salud" necesarios para el régimen de vida de estas personas que superan "...a veces en ingenio a todos los demás hombres en un grado tal que más parecen divinos que humanos." (p.
No obstante, Ficino es sensible aún a la posibilidad de que la melancolía llegue a ser en algunos casos una dañina enfermedad en la que se encerraría una "sospecha contra la vida" (Théologie platonicienne..., p.
286), una duda radical acerca de la naturaleza inmortal del alma, especie de impiedad semejante a la que Tomás de Aquino también adivinaba en la acedia.
Esta bipolaridad de la melancolía (impulso religioso de trascendencia, retraimiento impío y patológico en la inmanencia) estaba ya en la acedia.
G. Agamben ha mostrado que realmente la acedia no es el cese del deseo de trascendencia (tal como ha podido pensarse después, en la modernidad, al identificar la acedia con la pereza), sino la conversión del objeto de ese deseo en algo inalcanzable o perdido, con la intención paradójica de apropiárselo de esa forma.
Según el autor italiano, más que la transformación de una acedia simplemente negativa en una melancolía positiva, lo que se produce en el renacimiento es una reactualización de este complejo ambivalente presente tanto en la acedia como en la melancolía, de modo que la melancolía sería la "heredera laica de la tristeza claustral" (Agamben, 2001, 42).
Es entre el último tercio del siglo XVI y el primero del XVII cuando se produce, en palabras de García Gibert (1997, 74), "una generalización y popularización", una auténtica puesta en discurso de la melancolía (análoga quizás a la que ocurrió en el s. XIX con la sexualidad), lo que muestra cómo se convirtió en un punto de problematización especialmente sensible y, por ello, en un lugar de producción o de renovación histórica privilegiado.
Ciertamente, "una moda" de la melancolía pero bastante más que un mero epifenómeno del espíritu de la época.
En esos tratados sobre la melancolía se coincidía en analizarla desde el marco de la teoría médica humoral pero considerándola como fuente de energía espiritual o, si se quiere, potencia de carácter trascendental.
El Examen de ingenios de Huarte es quizás el que, por su novedoso enfoque y por su gran influencia, da lugar a un cambio apreciable en la percepción analítica de la melancolía desde el marco médico-patológico a una comprensión de la misma como carácter y sentimiento.22 Curiosamente es también época de proliferación de tratados de poética como los de Robortelli, Tasso, Cinthio o, en España, López Pinciano, y quizás se pueda hablar del proceso de relevo de la problematización médica de la melancolía por su exploración en la literatura (Gambin, 2008, 230).
Este devenir literario de la melancolía refleja muy probablemente la manera en que la difícil y dolorosa adaptación de las modernas individualidades a su mundo social "se resuelve en la gloria de la literatura" (Peset, 2005, 187).
Se nos escaparía lo fundamental, sin embargo, si no advirtiésemos que lo que hace de la melancolía un lugar especialmente importante de problematización es la experiencia de negatividad radical que encierra y en la que este comienzo de la modernidad no puede dejar de mirarse para reconocerse en un rostro alienado.
En esa experiencia de negatividad es, posiblemente, donde acedia y melancolía coinciden en su ambivalencia, al representar ambas un retraimiento (recessus) que, al mismo tiempo, espolea al deseo fijándolo en lo inalcanzable.
En su hermenéutica de este complejo acedia/melancolía, Agamben ha mostrado que en ellas se trata de una estrategia de apropiación de lo inapropiable, una fuga en la que se produce la epifanía negativa de lo inasible.23 Pero si bien la negatividad es propia tanto de la acedia medieval como de la melancolía moderna, esta última presenta una radicalidad que le permite generar nuevas realidades históricas, tales como la literatura moderna.
La experiencia de negatividad, inseparable del impulso de trascendencia, tiene que ver con la relación entre la melancolía y la muerte, con la relación que los hombres de estos siglos mantenían con la presencia en la vida de la muerte, de modo que el cambio en el concepto de melancolía ha de estar relacionado con el cambio que la concepción de la muerte ha sufrido en el comienzo de la modernidad.
P. Ariès (1983) ha mostrado que la melancolía medieval es el estado de tristeza y abandono en el mundo (tristitia sæculi) causado en último término por la muerte, por su amenaza, que es concebida como un acontecimiento exterior al mundo y a la vida, que irrumpe en ella de modo puntual e impresionante.
Ese abandono en el mundo es, por ello, pecaminoso: representa lo que en la segunda mitad de la edad media se llamará avaritia, el amor desmesurado por las cosas de este mundo, resultado de la perversión del deseo de trascendencia, que le hace buscar poseer lo que sólo debería ser contemplado y, para ello, lo da por perdido y lo interioriza negativamente en el mundo.
Tomás de Aquino lo había visto: la tristeza "...lleva al hombre a apartarse de lo que le entristece y también le hace pasar a otras cosas en las que encuentra placer, lo mismo que quienes no pueden gozar de las delicias espirituales, se enfangan en las del cuerpo, como escribe el Filósofo en ética X" (Suma Teológica, II, IIae, q.
En el renacimiento se inicia un proceso de inmanentización de la muerte, según ha mostrado Foucault (1967, 31 ss., 368), por el que ésta ya no va a ser puntual, externa y final, sino que va a ser entendida como algo constante, interna a la vida y al mundo.
De ahí que la melancolía, en su relación con la negatividad de la muerte, ya no sea signo de una nada exterior al mundo que accidentalmente se introduce en él, ante la cual el espíritu se retrae como vía para conjurarla.
Se trata ahora de una nada que habita positivamente el mundo.
El sentimiento de "la presencia constante y difusa de la muerte en el corazón de las cosas" (Ariès, 1983, 276), se convierte en impulso melancólico de trascendencia: conciencia de vanidad y anhelo de absoluto.24 Esa negatividad radical que se encierra en la experiencia moderna da a la melancolía una potencialidad nueva: la de generar un espacio real a través de la articulación de la irrealidad misma que atraviesa el mundo.
En el barroco, momento en que probablemente ya ha pasado de moda el "artista melancólico" (Wittkower, 1995, 108), se produce sin embargo la generalización y la concentración reflexiva de la melancolía en su núcleo de vacío, "...la muerte y vida han intercambiado sus papeles" (Ariès, 1983, 277), de modo que la melancolía ya no estará causada por la muerte sino por el mundo que, atravesado de muerte, se ha vuelto sospechoso de estar vacío.
Esta idea, como se recordará, está condensada de modo ejemplar en el pensador barroco Baltasar Gracián, quien en el aforismo 211 de su Oráculo manual (1647) afirma: "Este mundo es un zero: a solas vale nada; juntándolo con el Cielo, mucho".
El barroco es el intento desesperado de rellenar ese vacío, de salvar el ideal teológico de modo que pueda comunicarse una presencia espiritual (aunque sea por proyección, como lo intenta el otro gran pensador barroco, Leibniz) a un mundo que la está perdiendo.25 Eso explica que en la gran novela alegórica de Gracián, que es El criticón (1657), la melancolía conduzca a un desengaño cuya verdad es incompatible con la vida, verdad que sólo puede ser dicha, en cierto modo, desde fuera del mundo.
¿Cuál es el lugar que El Quijote ocupa en esta historia de la melancolía?
Y, ¿en qué consiste lo específico de la operación que esta obra realiza y de lo que ella hace posible?
En la melancolía del Quijote se aúnan la experiencia de la negatividad interna del mundo y el impulso de trascendencia, elementos definitorios de toda melancolía.
Pero Cervantes no ha traducido esa experiencia y ese impulso (y de ahí que El Quijote no se pueda considerar como una obra barroca) en el intento de relleno o de restauración de la presencia.
La invención de Cervantes ha sido transfigurar esa ausencia en la apertura productiva de un espacio de cuasi-presencia (o de diferimiento de la presencia, de différance), que es la ficción literaria: espacio trascendental sin trascendencia metafísica, horizontal y abierto hasta el infinito.
Cervantes ha construido su obra a partir de una melancolía que, operando sobre esa otra melancolía, digamos "trascendente", "inquietud del hombre causada por la proximidad de lo eterno", de la que habla R. Guardini (2001, 19), queda convertida en inquietud por la distancia inherente a toda proximidad, convertida en el impulso hacia lo absoluto a través de su huella y de la huella de su huella.
Construcción, pues, a partir de una transformación singular del concepto de melancolía.
Es este principio constructivo lo que podríamos denominar estructura melancólica del Quijote.
Se trata, pues, de una construcción que se levanta sobre una ausencia de realidad fundamental, gracias al impulso melancólico trascendental que esa ausencia genera, como si el no-ser fuera transfigurado en la obra en realidad y verdad literarias.
La melancolía del Quijote, pues, como factor generador de la literatura moderna.26
Esa estructura melancólica define lo que aún hoy entendemos como literatura.
Con El Quijote surge una obra literaria plenamente consciente de la verdad propiamente literaria y de su propia realidad como literatura.27 Por una parte, la verdad propia de la ficción literaria, mixto de historia y poesía, "ficción real" o "narración de la prosa de la vida" (Rodríguez, 2003, 142), ya irreductible a simple mentira y tampoco medible con la idealidad de la verdad, se asienta en la "mirada literal" del escritor, el cual se convierte en la autoridad disciplinaria que legitima el discurso literario más allá de su carácter alegórico o ejemplar.
Por otra parte, la realidad material, efectiva, de la propia literatura, se hace visible por la aparición, en la segunda parte de la obra, de lo que podemos llamar siguiendo aún la propuesta de J. C. Rodríguez, la "mirada literaria" (op. cit., p.
Esta toma de conciencia de la existencia de la literatura se convierte, se podría decir, en el a priori imprescindible para la generación del propio espacio literario: toda obra es posible si presupone que hay otras obras a las que responde o repite, de ahí que, en algún sentido, todos los libros sean verdaderos y exijan una fe (exigen creer en ellos).
Pero, a su vez, la conciencia de la existencia material o real de la literatura sólo es posible sobre la base de una ausencia que, en el movimiento en que se hace visible como tal, genera, en una especie de intencionalidad melancólica sin cumplimiento posible, el espacio mismo de la literatura.
De modo que la existencia de la literatura es posible sólo si no hay un único libro verdadero, el Libro: todos los libros presuponen su ausencia, ya que sólo pueden aparecer y tener sitio en el hueco dejado por ella.
Todos los libros son verdaderos porque todos ellos están animados por ese impulso melancólico, imposible de cumplir, imposibilidad de restaurar la presencia originaria, aun sabiendo que esa aspiración sólo puede conducir a la posposición infinita y, gracias a ello, al infinito literario.
Hasta este momento histórico, las obras de lenguaje (no diremos "literarias") estaban todas referidas a ese libro previo, a ese lenguaje que tenían la misión de restituir o de traducir con ayuda de la retórica.
La literatura (moderna) surge cuando la obra ya no significa ese lenguaje absoluto y se limita a dejar oír "...el infinito del murmullo, el amontonamiento de las hablas ya dichas" (Foucault, 1996, 79).28
Los episodios, las aventuras contadas por Cervantes, conforman la fábula que narra la obra.
Junto a ella, Cervantes construye una "trasfábula" en la que se está definiendo y haciendo de alguna forma visible el invisible espacio de la literatura que esta obra, en gran medida, inventa.
Ciertamente, en la época de Cervantes se está tomando conciencia de que la literatura es una fuerza social poderosa, conciencia de que posee la realidad o la efectividad de un hecho histórico, al mismo tiempo que se está tomando una mayor conciencia crítica de propia la práctica literaria.
La "objetividad crítica" (Riley, 1989, 79) que Cervantes pone en juego en la obra y que desplaza hacia el autor mismo la autoridad antes residente en las reglas poéticas y retóricas, es muestra de ello.
Pero la presencia constante del nivel metaliterario en la obra, la parodia de los libros de caballerías (mezcla de crítica y respeto cuya misión es producir una verdadera simulación del Libro Primero), la introducción, en definitiva, de la pregunta ¿qué es literatura? en el centro mismo de la obra, indican que lo que El Quijote está haciendo es narrar la génesis del espacio literario moderno como hueco abierto por una ausencia.
La melancolía provocada por esa ausencia pone en marcha a la palabra literaria, palabra animada por la tarea imposible de rellenar ese vacío y que adquiere un poder cada vez mayor, a medida que su fracaso abre más ese vacío y amplía el espacio de su posibilidad imposible.
La literatura estaría marcada por esa conciencia melancólica profunda de que "un día, los dioses se retiran..."
(Nancy, 2001), que no hay un mundo inmediatamente revelado o accesible directamente, sino que sólo se puede acceder a las cosas por el largo desvío de las palabras.
Palabras que intentan vanamente restaurar la presencia al mismo tiempo y en el mismo gesto en que testimonian la ausencia que les permite decir algo: condición absenteísta o estructura melancólica de la literatura.
Sintéticamente, podrían enumerarse los rasgos definitorios de esa estructura melancólica que hace de la obra literaria una obra quijotesca:
En primer lugar, la reflexividad o ironía: La ausencia sobre la que reposa toda obra literaria actúa dentro de ella como un principio crítico que la socava internamente, al mismo tiempo que como centro de irradiación que la hace surgir.
De manera que puede sostenerse (así lo han hecho Maurice Blanchot y Michel Foucault, entre otros) que el tema único y fundamental de toda obra literaria es la propia literatura (esto es evidente a propósito del Quijote y quizás un rasgo estructural profundo en otras obras literarias modernas) y que la pregunta "¿qué es la literatura?", más que una cuestión de crítica literaria o de teoría de la literatura, está encerrada en la obra como su propia estructura generadora.
La reflexividad de la obra literaria es, entonces, la introducción de la distancia irónica en su centro: la ironía no sería sólo un procedimiento intencional del autor sino, como ha mostrado W. Benjamin en su interpretación de los primeros románticos, "ironía objetiva" (Benjamin, 1988, 126), consistente en la destrucción de la forma de la obra singular en virtud de su referencia interna a lo incondicionado o Idea del arte o de la Literatura.
La ironía es el lenguaje, la objetivación, de la melancolía, de modo que la literatura, al hacerse obra, se convierte en esencialmente irónica.29
Segundo rasgo, la trascendentalidad o carácter ontológico: La reflexividad de la obra literaria la convierte en algo impotente o intrascendente pero, al mismo tiempo, y precisamente por ello, esa obra adquiere un extraño poder.
Poder de veridicción o de producir verdades, por el que la obra literaria, más que iluminar aspectos concretos o dimensiones de un mundo constituido o presente, permitiría paradójicamente ver "el secreto del mundo" (Schopenhauer), aquello que como telón de fondo invisible es condición de las cosas presentes visibles.
Poder también de trascendencia por el que la obra literaria está en cierto modo más allá del mundo: no un más allá metafísico (como si la obra literaria fuera la revelación del Fundamento), sino un más allá inmanente al mundo, más bien, el espacio de exterioridad o de vacío que habita lo real y que le permite estar abierto a su propia creación (libertad del ser).
Tercero, la libertad o el "esfuerzo puro": La obra literaria, dotada de ese extraño poder, se convierte en la objetivación máxima del "esfuerzo puro", de nuevo tomando prestada la expresión de Ortega.
Objetivación máxima de la acción cuyo valor no está en el resultado, ya que es una acción intransitiva, sino en su dificultad o absolutez, precisamente la que es propia de la acción de crear o recrear el mundo.
La escritura literaria, ejemplarmente definida en El Quijote, por tanto, toda escritura literaria, es la acción heroica, acción quijotesca pura, movida por un impulso de absoluto que, por ser un impulso melancólico, está más allá del absoluto mismo: acción revolucionaria por excelencia. |
Identificando los limitantes de generación de efectivo: bases para una metodología de mejora continua
Dentro de las organizaciones encontramos limitantes que hacen del proceso de generación de efectivo un largo y penoso camino.
Nuestro objetivo en este artículo es hacer una revisión teórica sobre los limitantes de generación de efectivo (LGE), desde el proceso de transformación hasta el valor añadido.
Esta revisión establece un punto de vista diferente a aquella establecida por la teoría clásica del management y está enfocada a las pequeñas y medianas empresas (Pymes) de manufactura que no sean de reciente creación.
Finalmente, el escrito menciona pautas para proponer una mejora continua, con respecto a la generación de efectivo: El análisis retrospectivo y
la identificación del proceso crítico; La definición de parámetros clave y el pilotaje estratégico; La identificación dentro del proceso crítico del principal elemento que limita la generación de efectivo; La definición de un plan de acción para poder reducir, controlar o eliminar el limitante de generación; El establecer los pasos anteriores como un ciclo continuo.
La inquietud de identificar a los limitantes de generación de efectivo, ha surgido de nuestro proceso de investigación tendiente a encontrar aquellos elementos que permitan a las pequeñas y medianas empresa (Pymes) mejorar su desempeño.
La idea parte de estudiar cómo se aumenta el efectivo dentro de las pequeñas y medianas empresas, para después profundizar en el proceso de generación de efectivo.
El reto es identificar cuáles son aquellos factores que limitan este proceso, partiendo de la hipótesis inicial siguiente: si la empresa establece una metodología de mejora continua para eliminar o reducir los efectos de los limitantes de generación de efectivo obtendrá una mejora en el desempeño, no solo en los parámetros financieros, también en los parámetros logísticos, de servicio y calidad, de innovación, etc. Por lo que el primer paso que daremos es la identificación de estos limitantes de generación.
La diversidad de tipos de empresa, nos hace enfocar esta aportación teórica hacia las empresas pequeñas y medianas dedicadas a la manufactura que han pasado la prueba del tiempo y se han logrado mantener en la competencia en un mercado específico.
Dentro del presente artículo nos basaremos en la idea de que el aumento del efectivo es uno de los principales retos objetivos dentro de las Pymes, así, con esta base desglosaremos el concepto de generación de efectivo, que forma parte del aumento de efectivo, y mediante este análisis estableceremos los elementos clave que forman parte de la generación, para por último establecer de manera general, los elementos que limitan la generación de efectivo.
La empresa como sistema complejo
Antes de empezar con el presente artículo y tomando como base la teoría de sistemas, queremos enfatizar que la empresa es un sistema complejo, con diferentes interacciones tanto dentro de la misma, como en los sistemas superiores que lo rodean, tales como la sociedad y el mercado.
A su vez en ella convergen sistemas humanos y tecnológicos, se crea cultura, existen relaciones de poder entre sus integrantes, y un sinnúmero más de elementos en constante cambio.
Toda estas interrelaciones hacen de la empresa un sistema complejo (Barba – Solís 1999), por lo que antes de analizar a los elementos que limitan la generación de efectivo, que es el reto dentro del presente trabajo, debemos de empezar identificando a los sistemas superiores que influyen en su desempeño.
La influencia de sistemas superiores
Al ser la empresa un sistema complejo, existen elementos que afectan su desempeño para alcanzar la meta de generación de efectivo.
Estos sistemas son referidos a sistemas superiores (Blanchard, 2004) tales como el sistema económico, el mercado internacional, el sistema financiero nacional, etc. y también elementos propios de la naturaleza que ejercen una influencia hasta cierto punto incontrolable por parte de la empresa (Becker, 2003).
Estos factores del medio ambiente están más relacionados con la incertidumbre dominante (Marckus, 2003), en donde la empresa no puede influir ni controlar.
Así podemos encontrar un número ilimitado de factores de influencia de sistemas superiores, sin embargo todos agregan un factor importante: la incertidumbre.
Méndez (2002) define a la incertidumbre como la duda en torno a cómo se van a desenvolver los acontecimientos en el tiempo y que pueden afectar positiva o negativamente el desarrollo empresarial, así un desastre natural puede terminar con una empresa exitosa y al mismo tiempo elevar la demanda de productos de otra.
En este tipo de eventos, la empresa no tiene control, además de que es difícil predecirlos, por lo que algunas organizaciones grandes y gobiernos, realizan intentos al aplicar el business continuity management (Hiles, 2007), que es una metodología para hacer frente a posibles desastres y poder continuar con la operación de negocios, pero para las Pymes es muy difícil poder destinar recursos para establecer este tipo de programas de prevención.
Es importante dentro de este escrito, el clasificar a la incertidumbre, sobre la cual las Pymes pueden tomar acciones más fácilmente, para lo cual tomaremos la clasificación que realiza Markus (2003): la incertidumbre según su grado de información y posibilidades de que sucedan los eventos pueden ser: (1) riesgo en donde los posibles resultados y sus probabilidades son conocidas, (2) incertidumbre base, en donde los posibles resultados son conocidos en principio, pero las posibilidades solo pueden ser subjetivamente estimadas y (3) la incertidumbre dominante, donde los posibles resultados y las posibilidades de que sucedan no son conocidos.
Otros elementos del medio ambiente, también influyen en las empresas, estos son propios del elemento humano y los mencionaremos a continuación.
La ideología de una sociedad, referida a los diferentes tipos de ideas, conocimientos y creencias que integran un orden social (Bourguignon et al, 2004) y que dirigen aspectos de la vida como la moral o inclusive las metas personales.
Es una fuente importante de influencia en el desempeño de las organizaciones.
A su vez Savall (2008) menciona que los conceptos culturales afectan en gran modo el desempeño de una empresa, así por ejemplo, entre dos empresas iguales en cuanto a tecnología y capital, la que desarrolle mejor sus aspectos de cultura organizacional será la que obtenga mejores resultados.
Estos aspectos sociales son importantes de mencionar por la fuerza que ejercen sobre la empresa y que afectan a los procesos (estratégico, de soporte y de generación) que la componen.
Segrestin (2004) enfatiza en su estudio, la entrada a partir de 1980 de un nuevo paradigma dominante en las ciencias de la gestión, originado principalmente por la economía global, motivo por el cual los paradigmas anteriores quedaron obsoletos, así se han creado nuevas formas de organización orientadas a la calidad, a la logística, al desarrollo de aspectos culturales, a la reinvención de los procesos, entre otras.
La influencia de los sistemas superiores y el constante cambio en el paradigma en las ciencias de la gestión, nos hace proponer el utilizar el aumento de efectivo como principal elemento de monitoreo, para evaluar y dar origen a los cambios dentro de las Pymes.
Para lograr este objetivo debemos revisar a lo que llamamos aumento de efectivo.
El aumento de efectivo y la generación de efectivo
Al establecer el aumento de efectivo como principal meta dentro de la vida de la empresa convierte un concepto simple en todo un esfuerzo, porque para identificar que existió aumento de efectivo dentro de un periodo determinado es necesario que haya existido: a) flujo de efectivo generado por la empresa (proceso de generación de efectivo), creado por financiamiento con terceros y por inversiones, b) el efectivo final sea mayor al efectivo inicial del periodo, c) los inventarios finales dentro de la empresa sean menores o iguales a los iníciales (a menos que el crecimiento de inventario responda a una estrategia del negocio) y por último d) que exista disponibilidad de efectivo (Rivera y Morúa, 2010).
Basado en Rivera y Morúa
Partimos de la hipótesis de que las condiciones para el aumento de efectivo, se vuelven más complicadas entre más crece la empresa.
En la figura 1, podemos observar de forma esquemática estas condiciones, en donde se requiere el establecimiento de acciones estratégicas especificas adecuadas al momento que se encuentra la empresa.
Así, por ejemplo, una empresa, puede ser que requiera de financiamiento para aumentar su flujo de efectivo, y establecer acciones de ahorro dentro de la empresa para lograr que el efectivo final de un periodo sea superior al efectivo inicial.
La importancia del estudio del aumento del flujo de efectivo mediante el proceso de generación, es que este representa el mayor porcentaje de obtención de recursos (Mackevicius, 2006), así mediante la ley de Pareto, nos enfocaremos a este proceso.
Analizando el proceso de generación de efectivo dentro de las Pymes de manufactura, observamos que este es el resultado de la interacción de tres elementos clave (Rivera y Morúa, 2010) el proceso de transformación, el flujo de materiales e información y la creación de valor.
Como siguiente paso para poder lograr nuestro objetivo, debemos de profundizar en los conceptos de transformación, flujo y valor.
Por lo que nuestra siguiente tarea es desglosar los elementos importantes de cada uno de estos procesos que pueden llegar a limitar el proceso de generación de efectivo.
Procesos claves para la comprensión de la empresa
Antes de continuar debemos de especificar que es un proceso, para lo cual vamos a citar a Segrestin (2004) que identifica un proceso como cualquier serie de actividades que producen un resultado representado en valor para un cliente, además clasifica los procesos dentro de las empresas en: 1) los estratégicos que se ocupan tanto de la competitividad de la empresa como del desarrollo e innovación, 2) el proceso de la cadena de operación, el cual permite la generación de efectivo dentro de la empresa y 3) los procesos de soporte que se pueden desarrollar tanto dentro de la empresa como por medio de un proveedor de servicios y que permiten la cohesión y aseguran la continuidad de los otros dos principales procesos.
Esta identificación de tres grandes procesos dentro de la empresa, nos permite profundizar en su estudio, sobre todo el que nos ocupa dentro del presente trabajo que es el proceso de la cadena de operación, la cual llamaremos en nuestro caso, el proceso de generación de efectivo.
Pero como estos no se encuentran aislados, más bien interrelacionados debemos revisar cada uno aunque sea brevemente
Proceso estratégico: principal determinante del desempeño
El proceso estratégico, bajo nuestra consideración, debe de integrar las actividades enfocadas a los siguientes aspectos: a) el aspecto competitivo de la empresa, b) la identificación, medición y coordinación de acciones referidas a los limitantes de generación de efectivo (motivo del presente trabajo) c) la interacción con actores externos d) y la innovación-diseño en su amplio sentido.
a) Aspecto competitivo: La actividad estratégica referido al aspecto competitivo, ha sido una de las más estudiadas e inclusive explotadas comercialmente durante los últimos años, esta actividad debe de estar enfocada hacia el desarrollo competitivo dentro del mercado con decisiones de segmentación de mercados, portafolio de productos, entre otros.
b) Identificación, medición y coordinación de acciones referidas a los limitantes de generación de efectivo: Este proceso está relacionado a dos aspectos estratégicos primordiales: el análisis retrospectivo y el pilotaje estratégico (Wegmann, 1999).
Una de las primordiales funciones de la estrategia es el de realizar un análisis retrospectivo del estado de la empresa (Wegmann, 1999) estableciendo y analizando parámetros relacionados con la actividad pasada.
La segunda acción, no menos importante, es el de establecer un pilotaje estratégico, es decir conducir a la empresa a un futuro deseado al tomar acciones para corregir y mejorar mediante la implementación de parámetros tanto subjetivos como objetivos.
c) La interacción con actores externos: es referida a las actividades que se deben de realizar estratégicamente para que elementos tales como el desarrollo de actividades relacionadas con el medio ambiente, aspectos sociales, caritativos e inclusive legales, sean llevados a cabo para conservar, entre otras cosas, una buena reputación de la empresa, que permita la continuidad de la misma dentro de una sociedad.
d) Innovación-Diseño: Dentro del proceso de transformación, la función de innovación-diseño integra tanto las necesidades del cliente, en cuanto a la satisfacción de sus requerimientos, como a facilitar la producibilidad del producto, es decir la factibilidad de su producción y la adaptación, tanto a la estrategia del negocio correspondiente a la manufactura, como a los procesos de transformación y maquinaria y equipo que la empresa cuenta.
El proceso de plasmar la idea de un diseño a un producto final requiere, además de una factibilidad de procesos de transformación, mantener presente una idea constante en el flujo del material, tomando en cuenta el diseño logístico de la empresa mantiene, Mather (1999) menciona la necesidad de diseñar productos con un enfoque logístico.
Es tan amplio este tema del proceso estratégico, que no podemos abarcarlo dentro del presente artículo, por lo que dejaremos esta interesante discusión para seguir adelante con el propósito del presente escrito, por lo que resumiendo, el proceso estratégico es un elemento determinante en el desempeño de la empresa, dado que es el actor principal en la dirección de la misma, así como el principal motor en el establecimiento de la mejora continua.
Procesos de soporte: cohesión y continuidad
Los procesos de soporte son aquellos establecidos para lograr la cohesión y lograr la continuidad de la empresa, así elementos como la información, la contabilidad, la administración del recurso humano, entre otros, son necesarios.
En este escrito, tomaremos como ejemplo a los procesos de información, los cueles son determinantes en el buen funcionamiento de toda empresa.
Al referirnos a los procesos de información, no sólo lo hacemos para tomar en cuenta a los procesos formales, sino también los informales, derivados de las relaciones de poder dentro de la empresa (Barba, 1997), los cuales mantienen una fuerte relación con la cultura organizacional de la empresa.
Así hablamos de un sistema de información que permita la coherencia de las acciones, refiriéndonos a este sistema en su amplio aspecto, es decir tanto de la información de sus bases formales (ERP, MRP, etc.), la comunicación de políticas y procedimientos, y de las que originan y dan pie a los sistemas de medición del desempeño.
Bajo esta amplia concepción de sistemas de información podemos situar a diferentes actividades, las cuales se les han encargado clásicamente a diversas áreas.
Resumiendo podemos definir a los procesos de soporte como todas las actividades que se deberán de llevar a cabo para el aseguramiento de la continuidad del proceso de generación de efectivo.
Proceso de la cadena de producción = proceso de generación de efectivo
Dentro del proceso de generación de efectivo identificamos tres componentes interrelacionados:
el proceso de transformación,
el flujo de materiales y de información y
la creación de valor añadido.
Así nuestra siguiente tarea es definir estos tres elementos.
Basándonos en la afirmación anterior la generación de efectivo se basa en: a) trasformar las materias primas en productos terminados, b) que el flujo tanto de materiales como de la información relativa a ellos, desde la materia prima hasta la entrega de productos terminados al cliente sea llevado de manera óptima (involucrando las acciones de compra, almacenaje, venta, etc.) c) y que estos productos terminados y el servicio otorgado por la empresa representen un valor superior según la opinión del cliente, manteniendo una fuerte relación con dos elementos primarios que son tanto el tiempo como los inventarios.
El proceso de transformación: El proceso de transformación está referido al cambio físico o químico de una materia prima, este puede ser un proceso de estampado, una mezcla, un cambio de color, etc. a su vez incluye las relaciones hombre-máquina.
Para poder identificar los limitantes de generación de efectivo es necesario profundizar en los diferentes estados clave referidos al proceso de transformación de las materias primas en productos terminados.
Así el proceso de transformación involucra a la tecnología aplicada, la habilidad y capacidad técnica del capital humano.
Flujo de materiales y de información: El concepto de flujo ha sido utilizado desde Henrry Ford y explotado por el sistema de producción Toyota (Koskela, 2000) y ha dado pautas para optimizar los flujos mas allá de la empresa, involucrando a clientes y proveedores en la administración de las cadenas de suministro (Lambert - Cooper, 2006).
Al hablar de flujo, no solo nos referimos al movimiento de los materiales, también involucra conceptos logísticos como: la administración de transporte y fletes, almacenamiento, manejo de materiales, administración de órdenes de producción, diseño de cadenas logísticas, manejo de inventarios, planeación de la demanda, administración de proveedores, compras y abastecimientos, planeación de la producción, programación de la producción, empaque y ensamble, y servicio al cliente.
Estas se encontrarán dependiendo de los requisitos de la empresa (CSCMP, 2009).
Además, la logística está involucrada en todos los niveles de planeación y ejecución estratégica ya que integra funciones las cuales coordina y optimiza como mercadotecnia, ventas, manufactura, finanzas e información tecnológica.
Valor añadido: El valor total de un producto es la suma tanto de un valor económico como de un valor añadido que es una percepción subjetiva (Rivera y Morúa, 2010), así se conjuntan tanto las características físicas del producto, las condiciones de entrega y tiempo de respuesta, el servicio, la atención que recibe un cliente por un producto, etc. Recordemos que el presente artículo es referido a las empresas de manufactura.
Por lo que para aumentar el valor añadido de un producto, no sólo se deben de establecer productos que mantengan una calidad constante, referida a la repetitibilidad y reproducibilidad del producto, sino que también involucra un concepto más amplio referido a la creación de un sistema de cultura dentro de la empresa, enfocado a la calidad y el servicio.
Uno de los principales problemas de la precepción del cliente hacia el valor añadido es que este no se mantiene con las mismas características, conforme al tiempo.
La estandarización de las características de un producto o servicio o la imitación de la competencia, hacen que lo que en el pasado fue un producto o servicio con alto valor añadido, sea convertido en la actualidad como una exigencia por parte del cliente.
Esta característica del valor añadido hace que sólo el elemento humano sea creador de valor añadido, porque es el que con ideas, esfuerzo, creatividad y servicio logra atraer la preferencia de clientes.
Es por lo anterior que el concepto de valor involucra cada vez más la creación de una cultura organizacional y el desarrollo de un capital intelectual.
Así, los procesos de transformación-flujo-valor añadido se encuentran interrelacionados (Koskela, 2000), y por ejemplo, algunas empresas de servicio mantienen una fuerte relación entre el flujo y el valor, en cambio para algunas empresas de manufactura la base de su generación se encuentra entre los procesos de transformación y flujo, para algunas otras los procesos de transformación y la creación de valor, y obviamente se encontraran empresas en donde estos tres elementos sean imprescindibles para la generación de efectivo.
Por lo que no podemos hablar de una sin mencionar al menos otra, por lo que en el presente trabajo identificaremos a estos procesos por pares (trasformación-flujo, trasformación-valor, flujo-valor) para identificar los limitantes de generación de efectivo.
Limitantes de generación de efectivo
Los limitantes de generación de efectivo son elementos en donde la empresa puede ejercer cierta influencia para eliminarlos o para reducir sus efectos.
Recordemos que el objeto de estudio en el presente trabajo son las empresas pequeñas y medianas de manufactura, que se han mantenido durante un tiempo en el mercado, es decir no es de nuestro interés el estudiar empresas de nueva creación, así, creemos conveniente analizar los tres elementos de generación de efectivo.
Este análisis lo realizaremos en pares, ya que, como veremos más adelante, definen en cierto grado la forma en que la empresa compite en los mercados.
A continuación se detallan estos pares de generación de efectivo.
Empresas que realizan producciones en masa, o mantienen una línea de productos delimitada y definida, requieren enfatizar sus esfuerzos en estos dos elementos, por una parte en los procesos de transformación, referidas al uso de tecnologías utilizadas para realizar la de trasformación y las habilidades y conocimientos técnicos para realizarlos.
Y por otra parte en los procesos de flujo, con dos vertientes (Comeli, 2007): las de flujo de Información, referidas al proceso de informar el inicio y fin de la activación de los procesos requeridos para satisfacer la orden de un cliente y al flujo de materiales, referidos a los limitantes de flujo de materiales dentro de toda la empresa.
Se observa la esfera de influencia de estos tres factores: la restricción se encuentra inmersa dentro del proceso productivo, regularmente representada por una restricción física, la variabilidad se encuentra en todas las partes del proceso e influye en el producto, y por último la incertidumbre que proviene de factores externos.
Las empresas cuyas características comunes en el mercado en donde desarrollan sus actividades y que necesitan mejorar las características flujo-valor como forma de competitividad, requieren innovar sus procesos enfatizando tanto en la administración de la cadena de suministro como en la creatividad e innovación para añadir valor tanto en el servicio como en el mejoramiento de los procesos logísticos.
Un ejemplo de este tipo de empresa es aquella que ha logrado fabricar rápidamente sus productos, y que mantiene sus procesos controlados y una mezcla relativamente baja en la gama de productos que maneja, como puede ser una embotelladora, la cual podría lograr un mejor desempeño si enfatiza sus esfuerzos en los procesos de flujo-valor.
En este caso, y de manera general, los limitantes de generación en que se debe enfatizar para mejora son aquellos relativos a eliminar la incertidumbre del mercado en su amplio aspecto, y de la creación y mejoramiento de la cultura organizacional orientadas a la atención y servicio al cliente.
Un caso específico de las empresas que debe de enfatizar los procesos de transformación-valor, son aquellas que trabajan bajo proyecto y además que la construcción de estos proyectos involucren un producto único, novedoso y en el que el factor tiempo no sea necesidad primordial para el cliente, sin embargo que requiera de un alto grado de personalización y de comprensión de sus necesidades.
Para este tipo de empresas el capital intelectual y las capacidades técnicas y de innovación de sus empleados son la principal fuente de competitividad.
Definición de limitante de generación
Desde nuestro punto de vista un limitante de generación de efectivo es la falta, ausencia o carencia de una característica técnica, una habilidad administrativa, una aplicación tecnológica, un recurso, una capacidad, etc. relacionada con los procesos de transformación-flujo-valor y que es relativamente crítica dentro de la empresa en un periodo de tiempo determinado, y que por falta de está, no se puede mantener una generación constante de efectivo.
Bajo este concepto, parece que todo en cierto momento dentro de la empresa puede ser un limitante de generación, como por ejemplo una máquina, que en un pasado ha sido suficiente para producir, pero en un presente se convierte en una limitante de generación, al no poder dar la capacidad suficiente al sistema, convirtiéndose en una restricción física.
En trabajos anteriores (Morúa, 2009), hemos llegado a la conclusión de que los principales elementos que afectan la generación de efectivo, con respecto al flujo de los materiales y al proceso de transformación, se pueden clasificar en tres:
Se puede concebir un cuarto elemento, el cual no queremos clasificarlo como limitante, porque a la vez es el principal elemento que añade valor, pero también es creador de costos ocultos (Savalle, 2008).
Estamos refiriéndonos al elemento humano, que juega un papel doble dentro de las organizaciones, en el primero ayuda al crecimiento y rentabilidad del negocio, con iniciativa, participación, ideas, innovaciones, etc. En el segundo, mal dirigido, mal informado, sin motivación añade costos ocultos, crea conflictos, inhibe el crecimiento, entre otras.
Cada limitantes de generación, anteriormente clasificado y el elemento humano, adquieren una importancia mayor dependiendo del proceso de generación con el cual compite, así la identificación y administración de una restricción física tiene mayor peso en un proceso de generación basado en la transformación-flujo, que en uno basado en transformación-valor.
3 Bases para establecer una Metodología para la mejora continua
Haciendo una breve revisión de nuestros dos apartados anteriores, y bajo la premisa de buscar alcanzar el aumento del efectivo, observamos lo siguiente:
Existen elementos que afectan el proceso de aumento de efectivo, que provienen de elementos exteriores a la empresa, los cuales no puede controlar y que regularmente su fuente es de sistemas superiores.
De estos elementos destacan los siguientes: a) la incertidumbre dominante, como un tipo de incertidumbre bajo la cual la empresa no puede tener control; b) la sociedad y cultura de la empresa, la cual mediante elementos como la ideología y hace que la misma se enfrente a diferentes retos, dependiendo de la localidad en donde interactué, y c) el último elemento mencionado, y que ha provocado cambios en el paradigma de las ciencias de la gestión, que es la competencia global La generación de efectivo forma parte primordial para el aumento del efectivo, aunque no es la única vía para incrementar el efectivo dentro de la empresa (ver figura 1).
Consideramos que si es la más importante, dado que encuadra la razón de ser de la empresa, y establece la forma en la cual compite dentro de su segmento de mercado.
Así esta generación de efectivo se puede dividir en tres procesos: transformación, flujo y valor.
Dentro de la empresa existen tres grandes procesos: a) el proceso de generación de efectivo, b) el proceso estratégico y c) los procesos de soporte.
Los limitantes de generación de efectivo se pueden clasificar en tres grandes apartados: la restricción física, la variabilidad, y la incertidumbre (referida a aquella a cual la empresa pude tener información), y hemos agregado un cuarto elemento al factor humano.
Estos elementos los tomaremos como fundamentos o bases para la elaboración de una metodología de mejora continua, y como cita Koskela (2000, pág 22) "estos deben de proveer una guía para el tomador de decisiones y para la operación, deben de orientar a la acción y su aplicación debe de permitir mejoras en el desempeño".
La metodología a elaborar deberá de contemplar a la empresa como a un todo, si la meta de la empresa es el aumento de efectivo (tal y como proponemos) observamos que para tal efecto se deben de considerar cada uno de los elementos establecidos en la figura 1.
Los elementos fundamentales para el desarrollo de una metodología para la mejora continua deben de ser:
El análisis retrospectivo y la identificación del proceso crítico.
La definición de parámetros clave y el pilotaje estratégico.
La identificación dentro del proceso crítico del principal elemento que limita la generación de efectivo.
La definición de un plan de acción para poder reducir, controlar o eliminar el limitante de generación.
El establecer los pasos anteriores como un ciclo continuo.
Describamos brevemente lo anterior:
Análisis retrospectivo: El análisis retrospectivo se basa en el diseño de una serie de indicadores que midan el comportamiento que mantuvo la empresa en un periodo anterior.
Su base fundamental se encuentra en los parámetros financieros (Wegmann, 1999), así como la consideración tanto de la historia de la organización, como de su propia temporalidad (Barba 1997), analizando el estado y la situación en la cual se encuentra.
El fin de esta etapa es la Identificación del proceso crítico, es decir, que para mejorar los procesos dentro de la empresa (estratégico-soporte-generación) en primer lugar debemos de identificar cual de los tres es el que se considera crítico.
Bajo la línea que hemos seguido en este articulo, es por demás decir que nos estamos enfocando en el proceso de generación, aun así dentro de una metodología debemos considerar los tres.
La definición de parámetros clave y el pilotaje estratégico: la identificación del proceso crítico, debe de dar como resultado una serie de objetivos a alcanzar, los cuales deben de establecer una condición ideal deseada, para lo cual es necesario establecer una serie de parámetros clave que permitan a través de su constantemente monitoreo un pilotaje estratégico.
Identificación del limitante de generación de efectivo: Bajo el concepto de limitante de generación de efectivo definido anteriormente, es importante entonces establecer las bases para identificar cuando un elemento, máquina, proceso, método, técnica, etc. se convierte en un limitante.
Este proceso de identificación está ligado directamente con el proceso de medición y control a través de un análisis retrospectivo (Wegmann, 1999) y con el proceso de toma de decisiones (pilotaje estratégico) (Wegmann, 1999).
Plan de acción: El establecer una serie de pasos para eliminar, reducir o controlar a los limitantes de generación de efectivo que se han detectado, define la orientación de todas las acciones dentro de la empresa.
Esta puede ser a través de la aplicación de técnicas, herramientas o filosofías de producción que lo permitan, tomando en cuenta que la aplicación no se basa en implementar una técnica porque está de moda, más bien porque ha surgido de una necesidad que enfrenta la empresa.
Ciclo continuo: por último, esta serie de pasos deberá de adecuarse para que surja como un proceso de mejora continua, es decir que debe de existir un avance medible y se debe de realizar en un proceso cíclico.
Conclusiones y futuras investigaciones
La mejora continua es un proceso cíclico.
Si dentro de las empresas se trabaja para eliminar o reducir los efectos de los limitantes de generación de efectivo, mediante una metodología y bajo el enfoque de una mejora continua, se logrará mejorar el desempeño de la misma.
Queda pendiente para futuras investigaciones el desarrollo a profundidad de una metodología para el mejoramiento continuo dentro de las empresas, así como su implementación y validación práctica.
A su vez surge la inquietud de profundizar en el estudio del papel del elemento humano como creador de valor añadido, y del estudio de este mismo elemento. |
Una primera aproximación al tema del cuerpo
El presente artículo indaga en el pensamiento del último Zubiri, esto es, llamado noología, y desde la trilogía de la inteligencia: Inteligencia sentiente (1980-1983) y del escrito El concepto de materia, la articulación entre realidad y actualidad como soporte conceptual para comprender una filosofía del cuerpo humano que integre, por una parte, la filosofía zubiriana a lo largo de su obra y, por otra parte, que nos posibilite entender al hombre en su radical unidad corporal constitutiva tanto en el cosmos como en el mundo.
"La actualidad de lo inteligido y de la intelección es numéricamente la misma", Xavier Zubiri, Inteligencia y realidad...
"... en cuanto personal, este mismo cuerpo transciende de toda integración: el cuerpo es personal pero lo es formal y precisamente no como organismo ni como sistema solidario, sino como principio de actualidad", Xavier Zubiri, Inteligencia y realidad...
Para entender las sentencias que dan inicio a este artículo y que nos permitirán profundizar en una primera instancia lo que sería el cuerpo en el último Zubiri, recordemos la primera de ellas: "La actualidad de lo inteligido y de la intelección es numéricamente la misma" Zubiri, (1984, 156).
Tenemos que pensar propiamente lo que es la actualidad y en ello de inmediato se hace patente el problema de la articulación entre realidad y ser.
Pero ¿qué es la "actualidad" 1?
He ahí la pregunta fundamental.
Actualidad es el: "... estar presente desde sí mismo por ser real" (Zubiri,1984, 139).
¿Qué mienta ese "estar presente"?
Vayamos por pasos contados; ahora nos sumergiremos, para comenzar, en tales palabras para que, de este modo, podamos sacar a la luz lo que verdaderamente se esconde tras ellas.
Para esto, estaremos totalmente abocados a las determinaciones de la actualidad en la obra final (Inteligencia sentiente) de Zubiri pues solamente desde allí entenderemos, más adelante, el cuerpo como un modo de ser actual "aquí", pero también pensaremos la actualidad desde lo publicado en el escrito El concepto de materia2.
Desde estos textos analizaremos, de modo somero, el concepto de actualidad y lo haremos así porque, aunque a lo largo de su extensa obra filosófica Zubiri siempre haga hincapié en el término "actualidad", su sentido se va perfilando hacia el final de su vida y es en estos textos donde se dan fundamentales matices nuevos.
El concepto ha sido utilizado de distintos modos; incluso se utiliza, en obras del comienzo de su vida filosófica, el término en forma completamente distinta a lo que piensa luego en su obra sobre la intelección (en el sentido de acto como plenitud, esto es, lo que llama como "actuidad").
Además, como nuestro rumbo es fijar la realidad como formalidad de actualidad y desde allí entender el cuerpo, en un primer momento, nos detendremos en la actualidad qua actualidad "allende" cualquier aprehensión y como momento de lo real, esto es, el "principio de actualidad" como fundamento.
Aunque esto es investigar la metafísica zubiriana, lo cual escapa a nuestro propósito explícito en este artículo, tenemos que hacernos cargo de ello, porque el problema del ser nos lleva a pensar desde lo que se impone en la aprehensión primordial hasta lo que se construye por la razón; y en ambos dominios, la actualidad tiene mucho que decir.
Y es en la articulación realidad y ser donde el cuerpo, la materialidad, cobra sentido como principio de actualidad de todo lo real y, en especial, del hombre.
Pero esto ya lo veremos más adelante.
Tratemos entonces de comprender qué significa que actualidad sea un "estar presente de lo real desde sí mismo en cuanto real" y en ello veremos cómo la actualidad se entiende desde la actuidad (el carácter de plenitud de la realidad); es el viejo problema zubiriano de la articulación entre realidad y ser3.
Para entrar en este problema empecemos por indicar lo que no es la actualidad.
Y para esto se contrapone la diferencia esencial de este término con el de acto, que Zubiri llamará "actuidad", que fue expresado, en cierto sentido, por los griegos y que es uno de los pilares de la metafísica occidental.
Así, Zubiri nos dice:
"El vocablo y lo conceptuado en él ocultan un equívoco que es menester denunciar muy expresamente.
Lo que tradicionalmente se ha llamado actualidad (actualitas decían los medievales) es el carácter de lo real como acto.
Y entendieron por acto lo que Aristóteles llamo enérgeia; esto es, plenitud de la realidad de algo.
Así, decir que algo es perro en acto significa que este algo es la plenitud de aquello en que consiste ser perro...
A todo lo real por tener plenitud de aquello en que su realidad consiste y, por consiguiente, por poder actuar, es a lo que se llamó ser real en acto.
A este carácter de lo real es a lo que se llamó actualidad.
Pero esto es ante todo una denominación impropia.
A este carácter debe llamarse más bien actuidad.
Esta determinación, en contraste didáctica, de la actualidad con relación a la "actuidad" es muy tardía en el pensamiento de Zubiri. él mismo no lo hacía en sus escritos anteriores, por ejemplo, en Naturaleza, Historia, Dios (1944 )y se puede ver aquí que cuando habla de actualidad, en numerosos pasajes, se está refiriendo a la enérgeia de Aristóteles.
He aquí, un ejemplo de lo dicho, en donde se ve claramente que actualidad es entendida como enérgeia:
"Las cosas reales tienen, en cierto modo, palpitante actualidad ante la mente.
Sin embargo, las cosas no son su actualidad ante la mente.
Precisamente, las cosas actuales tienen actualidad porque previamente son actuales.
Y a esta otra actualidad previa es a lo que el griego llamó realidad: una especie de operación en que algo se afirma sustantivamente.
Tampoco en su gran obra metafísica Sobre la esencia (1962) tiene este término gran importancia.
El término parece ser usado en general para explicar a Aristóteles y en ello para la distinción de acto como actividad y actualidad4.
Solamente desde La dimensión histórica del ser humano (1974 y publicado en 2006 en Tres dimensiones del ser humano) el término va ganando en relevancia y autonomía, para luego ser, en su etapa noológica, un término fundamental y central (termino que se vuelve cómo el horizonte desde dónde se da toda la noología).
No solamente es fundamental el término en esta obra final de Zubiri, sino que recubre la obra entera de nuestro pensador de modo retrospectivo.
Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado a la hora de interpretar este nuevo concepto a lo largo de su obra filosófica.
"Actuidad" como abstracto de "acto" mienta simplemente el carácter mismo de lo real en plenitud.
No debemos creer que nuestro pensador niega este carácter o lo considera de modo peyorativo al hablarnos de la actualidad.
Nada hay más alejado del pensamiento zubiriano.
Lo que sucede es que en vez de utilizar este término de "actuidad", Zubiri emplea simplemente "realidad".
Así de fuerte es la comprensión de la "actuidad".
En vez de ser negada la "actuidad", ésta queda totalmente asumida en la concepción misma de la realidad, pero como "formalidad de realidad" (en esto Zubiri se aleja del realismo de Aristóteles y adquiere su filosofía una "plasticidad" única).
Por esto, a veces, las emplea como sinónimos: "Actualidad y actuidad no son idénticos, pero esto no significa que sean independientes... la aprehensión... es siempre y sólo actualidad de lo que es «en propio»; esto es, actualidad de la realidad, de la actuidad.
Por tanto, toda actualidad es siempre y sólo actualidad de lo real, actualidad de actuidad"(Zubiri, 1984, 140).
En este texto, se equiparan a "actuidad" los términos "en propio" y realidad.
Si la actualidad es actualidad de "actuidad" podemos ver que es la "actuidad" misma, esto es, la realidad "de suyo" la que por ser física da de sí lo físico de la actualidad y aquí ya debemos ir viendo el carácter material de la realidad: "De ahí que la actualidad, a pesar de ser un carácter distinto de la «actuidad», es, sin embargo, un carácter a su modo físico" (Zubiri, 1984, 140).
Esto es muy importante hacerlo notar porque de inmediato nos damos cuenta de que en la actualidad estamos sumidos en el ámbito de la impresión (en lo material) y no en algo que esté por fuera de lo físico, es decir, del carácter impresivo de lo aprehendido (Zubiri fue siempre muy crítico con la Fenomenología por la eliminación del carácter físico en la aprehensión por su célebre "epoché")5 y esto es totalmente importante para dar con una concepción del cuerpo en la noología zubiriana final.
En el cuerpo nos encontramos propiamente con la actualidad en tanto física de lo real humano.
Por esto Zubiri es tan tajante al decirnos: "La intelección como acto no es formalmente intencional.
"Actualidad" es el abstracto del carácter de "actual", no del carácter de acto ("actuidad").
Pero la intrínseca ligazón entre ambos términos nos queda mejor comprendida por el rasgo físico de la realidad: "Actualidad es un momento físico de lo real, pero no es momento en el sentido de una nota física suya.
El momento de acto de una nota física es actuidad.
Es decir, todo consiste en saber qué es lo físico de la actualidad.
Sin embargo, ya sabemos que es lo que corresponde a lo físico de la "actuidad" que, en definitiva, es lo físico mismo de la realidad.
Lo físico de la "actuidad" está en el ámbito de la nota propiamente tal de lo real que se impone al aprehensor.
Esto es, el contenido mismo, al ser sentido, se nos impone como real en la aprehensión primordial y, por tanto, nos deja sumidos en lo físico mismo de sí6; un carácter físico que siempre se abre a más realidad; es el "más" sentido que excede tal imposición real y que da de sí la actualidad misma.
LOS MODOS DE LA ACTUALIDAD
¿En qué consiste, entonces, lo físico de la actualidad?
Tal respuesta permitirá indagar noológicamente en una posible concepción del cuerpo.
Zubiri responde esta pregunta en distintos niveles; nosotros seguiremos el propuesto en Inteligencia y realidad, pero complementado con textos de El concepto de materia; y esto debido a que son textos de la misma época de gestación y porque en este libro (El concepto de materia) está en su contexto íntegro lo que se ha sintetizado en aquél (Inteligencia y realidad).
Para responder a esta pregunta, hay que considerar que lo real puede ser visto desde un triple modo de consideración.
En este triple modo está vehiculada la actualidad como momento físico de lo real (de la "actuidad") en presentación.
La actualidad puede ser un "tener actualidad", un "hacerse actual" y un "estar actualmente" (sin, embargo, aquí radicaría lo propiamente corporal en sentido noológico).
Los veremos a continuación por pasos contados.
El momento de "tener actualidad" es un momento extrínseco de consideración de la actualidad.
Y nos indica la "mera" actualidad de una cosa que se presenta en medio de otras, ya sea para alguien ya sea para una sociedad ya para la historia.
Zubiri nos da el ejemplo del virus para comprender este sentido extrínseco, pero totalmente verdadero de la actualidad:
"La actualidad puede ser una actualidad meramente extrínseca a lo real, a lo actual.
Consiste entonces en que algo tenga actualidad «para» alguien, para una sociedad, para un momento histórico determinado, etc. Entonces decimos que las cosas reales en cuestión pueden tener o no tener actualidad, tener poca o mucha actualidad, etc. Es la actualidad como presencialidad extrínseca a lo real.
Esta presencialidad, en efecto, no afecta a lo real.
Así, los virus tienen hoy gran actualidad para nosotros.
Pero a quien afecta esta actualidad no es a los virus sino a nosotros.
Por esto, esta actualidad es extrínseca a la realidad viral.
Con este modo extrínseco de consideración, la actualidad solamente es tomada de modo inesencial respecto de lo real, esto es, lo real no queda en y por sí mismo en el carácter de actualidad, sino que es una consideración que reposa por fuera de lo real mismo, reposa en quien denota la "presencia" de tal o cual realidad, en este ejemplo, el virus "para" la sociedad de este siglo.
En el dominio de la actualidad como mero "tener" actualidad, ésta es algo que lo real puede o no tener, pues reposa en un modo de consideración de lo real quoad nos.
En este modo extrínseco de entender la actualidad, el filósofo ve, una vez más, la diferencia entre "actuidad" y actualidad.
Pues la "actuidad" sería la realidad vírica que en plenitud de lo que es, por sus notas que la constituyen en y por sí misma, queda completamente al margen de una consideración quoad nos del modo de presentarse que ésta tiene en lo puntual de un aquí y un ahora.
Por esto se señala que:
"... al decir que los virus son algo que tiene mucha actualidad, decimos que son algo que está hoy muy presente a todos.
Aquí se percibe ya la diferencia esencial entre actuidad y actualidad.
Los virus son siempre realidades en acto.
Sin embargo, su estar presente a todos no es actuidad.
Hace muchos años los virus carecían de esta presencia: no tenían actualidad" (Zubiri, 1984, 138).
En esto consiste el "mero tener actualidad" de lo real, esto es, la "pura" presencialidad de lo real de la mera relación extrínseca, sin embargo, es esa "pura" presencialidad donde se constituye externamente lo real y su cuerpo; es como un mero estar a la luz de unos con otros, en lo externo de un notificarse.
Pero la actualidad tiene un modo más esencial de ser considerada, es el "hacerse actual".
En el "hacerse actual" la actualidad cobra un sentido intrínseco, porque lo real "desde sí mismo" se "hace" presente.
Lo extrínseco de una visión que relaciona lo real con respecto de alguien o de otras cosas cede a favor de una concepción en que la cosa: "desde sí misma" se haga presente, se impone.
Zubiri nos muestra el ejemplo de las personas para que podamos captar en toda su magnitud este tipo de actualidad:
"... actualidad puede tener otro sentido, que no deroga al anterior, pero que es mucho más radical que él: es algo no extrínseco sino intrínseco a lo real.
¿Qué es esta actualidad?
Esta actualidad es, por ejemplo, lo que tratándose de personas expresamos diciendo que tal persona «se hace presente».
En este caso, actualidad no es la actualidad que esa persona «tiene» para los demás o para las demás cosas, sino que es un momento real de la persona misma; es algo que concierne a ella y no sólo a los demás.
Es ella misma la que se hace presente por sí misma, en un «hacer» que concierne a su realidad propia.
Este «hacer» por sí mismo es justo la actualidad de esa persona.
Es una actualidad que es intrínseca a la realidad de esa persona, es un momento intrínseco de su realidad" (2008, 365).
Este texto es muy interesante pues este nuevo tipo de actualidad, no deroga la anterior, sino en cierta forma la recubre y la eleva de modo esencial (esto es un estilo muy hegeliano).
Se nos indica el ejemplo de la persona.
Cuando nos movemos como este pensador en el decir de su modo descriptivo ("constructo" diría él7), es muy importante que lo que se describa sea un dato que se nos impone y no una teoría (aunque ésta sea muy plausible y no se discuta).
De allí que el ejemplo de la persona, y esto es interesante señalarlo, debe entenderse como algo dado en aprehensión.
La persona es algo real que se nos impone (ése es su carácter físico) en nuestra vida cotidiana de modo radical y es porque somos nosotros mismos quienes nos actualizamos de ese modo, primeramente ante sí mismo (de modo impresivo) y luego ante los otros.
Y ante el peso de este ejemplo, no cabe el modo solamente extrínseco de actualidad, esto es, el extrínseco de mera presencialidad sino que ante todo, el mero presente reposa y se funda en la actualidad como "hacerse presente"; aquí se da un cierto carácter accional de lo real.
Es la persona que desde sí misma y por sí misma se "hace" presente, se notifica, se signa8 ante las otras cosas reales (cosmos) y ante "la" mera realidad (mundo) de las cosas reales; en esto, ya se puede ver el cuerpo en su aparición fenoménica propiamente tal; es la actualidad que en su hacerse actual debe somatizarse.
Este "hacer" no está demandado por las cosas reales, sino que se funda en el mero carácter afirmativo de realidad que lo constituye; éste es el carácter "de suyo" de la realidad en tanto que "prius".
Aquí, creemos, es donde se funda la posibilidad de cualquier filosofía "ética" del otro en tanto que Otro (por ejemplo, la filosofía de Levinas).
Es donde el hombre, por ser hombre, se "hace necesariamente actual" como tal hombre; en la inespecificidad de cualquier contenido preciso, el hombre "es"; "es" hombre en el mundo simplemente por ser hombre (aquí podemos ver filosofías que van desde Kant a Derrida pasando por Kierkegaard, Levinas, etc.).
Es la plenitud del acto mismo de ser real la que se "hace" presente; por tanto, esta actualidad reposa en la "actuidad" de lo real: "Este hacer no es un hacer algo consigo mismo o con las cosas, sino que es un hacer que lo único que hace es la mera presencialidad de lo que ya es, es el mero presente de la persona.
Aunque este tipo de actualidad es intrínseca y constitutiva del tipo anterior de actualidad no por eso es del todo esencial, pues ella está, por así decirlo, en el plano del contenido de lo real.
Esta actualidad está dada en y por el contenido (nota) de lo real, por ejemplo, ser hombre, pero no por ser tal hombre determinado, pero si hombre al fin y al cabo.
El hombre como una forma y modo de ser real, pero no por ser tal o cual hombre biográfico (empírico diría Hegel).
Luego, se necesita una actualidad que sea en y por sí misma del carácter de realidad de lo real.
No basta con que lo real en y por sí mismo esté presente en la aprehensión, se requiere ante todo que lo real en y por sí mismo esté presente ya, como un "prius", desde el mero carácter de realidad y no por el hecho de las notas que lo constituyen.
Esto nos lleva inexorablemente al tema de la actualidad en su tercer tipo, que resulta ser el modo esencial y fundante de las otras actualidades.
Y esto es, creemos, lo buscado por Zubiri durante años, lo propiamente corporal en sentido noológico.
Esta actualidad es el "estar actual", la cual es fundamento del "hacerse actual" y posibilita el "tener actualidad".
Esta actualidad es la actualidad del mero carácter de ser real, independiente del contenido que sea, por ejemplo, hombre, animal u otra forma de realidad.
El "estar actual" es lo que estudiaremos a continuación, pues, allí radica, creemos, que el cuerpo sea la actualidad como principio de lo real humano en el cosmos abierto mundanalmente9.
Lo que sucede es que todo se juega en el "estar" de la actualidad.
Para que podamos entender de modo adecuado el tercer momento de la actualidad, el momento radical para dar con la realidad, es necesario que someramente nos quedemos detenidos todavía en el segundo momento de la actualidad y nos centremos brevemente en el "estar" desde sí mismo de lo real que se presenta (que es): "... la actualidad es un carácter del «estar».
Este "estar" es fundamental en la filosofía última de Zubiri, el verbo que mienta la realidad en sentido pleno y activo; y es el fundamento del ser.
Se ha dicho, a veces, que realidad es un "reificar", esto debe entenderse, de modo más adecuado, desde el verbo "estar"; esto es, "reificar" es formalmente "estar".
¿Por qué debemos entender la actualidad desde el "estar"?
El vocablo de actualidad y en ello el de "estar" es fundamental en el último Zubiri y esto lo aleja de las filosofías de ser, en especial, del primer Heidegger (Sein und Zeit de 1927).
Por ejemplo, para comprender el problema de la articulación entre realidad y ser nuestro filósofo nos señala magistralmente el concepto de "estar" como la articulación constructa misma de ambos momentos, pero un estudio detallado de esto nos llevaría muy lejos de nuestra pretensión.
Pues implicaría hacernos cargo del problema del ser en el pensamiento zubiriano y cómo éste se articula con la realidad.
Sin embargo, aquí nos detendremos en el "estar" de lo real, pero en su carácter de ser aprehendido como tal y someramente hablaremos del ser.
Y si podemos comprenderlo de modo claro, podremos ver que la concepción noológica del cuerpo no es una concepción de tinte fenomenológica en donde el cuerpo es un carácter solamente de presencia o de soma, como lo era el Zubiri de los años treinta, sino que es un cuerpo físico que "está" presente; que por ser físicamente está siendo en fuerza impositiva y de arrastre (al igual que Nietzsche, Zubiri tiene una concepción de la Naturaleza de forma activa); de allí que el carácter de soma, de cierta luz, de cierta presencia en la línea del ser, abierta por la ontología heideggeriana, se quedaba corta10.
La actualidad como un "estar actual" nos señala que lo real está desde sí mismo, pero no solamente por su modo de contenido presente, sino que eminentemente lo está por su carácter físico de realidad, por ser simplemente físico.
De lo dicho no debemos caer en dos equívocos que se pueden deslizar en la interpretación de la actualidad.
El primero consiste en creer que actualidad es solamente el "estar" del "estar presente"; esto conllevaría una escisión en la concepción misma de la realidad (que a veces se da en sus interpretes) y sería un error gravísimo.
Nuestro pensador pretende dar unidad al problema de la realidad y ser con su concepción de la actualidad como un "estar presente"; desgajar esta unidad es producir e introducir un dualismo donde no lo hay.
Esto es muy importante, creemos, para una concepción del cuerpo noológico que no pretende caer en la escisión de entender el cuerpo como mera superficie somática de inscripción fenoménica en contra del carácter propiamente tal del cuerpo que funciona como anterior a toda superficie; como un "prius" último, posibilitante e impelente de la superficie somática.
Pero esto no quiere decir que en la actualidad misma no se produzca un cierto constructo en donde dos o más notas tienen distintos modos de dominancia entre sí; una dominancia que siempre opera como "prius" de un momento en los otros.
El "estar" domina y constituye el presentarse (muy similar al constructo Dionisos-Apolo de Nietzsche), al ser como presencia11, y esto es claro y es el avance filosófico final de Zubiri respecto de sí mismo a lo largo de los años en torno al problema del cuerpo (y con ello de la naturaleza, la materia y de Dios mismo)12.
El segundo equívoco radica en creer que solamente la actualidad sería "que lo real desde sí mismo está presente", pero lo "está" por su momento de nota (contenido).
Lo que sucede es que no es la nota o contenido de lo real lo esencial de la actualidad.
Y no podría serlo porque la nota es tal desde la física realidad que lo constituye como tal: "... la cosa real puede estar presente o no estarlo según sean sus notas.
Pero lo que sí es inexorable es que todo lo real en su formalidad de realidad (y no sólo por sus notas) está presente desde sí mismo.
Y así el tercer tipo de actualidad se nos muestra como el sentido pleno de ella.
La actualidad como un "estar actual" es el fundamento mismo del "hacerse actual" de lo real desde sí mismo por su momento de contenido, y es este momento, a su vez, el que posibilita, como un "más" que excede, la actualidad extrínseca relacional del "tener actualidad".
El tercer tipo de actualidad es la esencia misma de ella: "... estar presente desde sí mismo por ser real: he aquí la esencia de la actualidad" (Zubiri, 1984, 139).
No es lo mismo que alguien "tenga actualidad" porque es muy "famoso", por tener "dinero", por ser presidente de un país, padre de alguien, mártir, Juan Pérez, etc., que por ser hombre, que "acontezca actualmente" por ser hombre, por "hacerse actualmente hombre"; hombre sin más, meramente hombre.
Y no es lo mismo esto que ser real, que estar siendo actualmente real.
Ese carácter de acontecimiento físico de imposición presentante ("prius") del carácter real del hombre sería la base de un cuerpo noológico que trasciende en tanto "más" tal cuerpo y se vuelve social e histórico en un dinamismo cinestésico que siempre da de sí en "hacia" a más profundización corporal y así se va corporizando la realidad.
Es un paso de profundidad mayor en el análisis que Zubiri solamente deja bosquejado al final de su vida.
Veamos este tercer tipo de actualidad en la exposición de El concepto de materia.
Desde este texto cobra una dimensión muy fuerte el carácter esencial de la actualidad por el modo en que se expresa.
Los ejemplos iluminarán nuestra explicación y nos llevarán por buen camino, por el camino de la realidad como formalidad de actualidad en la línea de una posible noología del cuerpo:
"La actualidad... no es algo que se «tiene» o algo que se «hace» sino algo que se «es» [en que se está].
La actualidad no es algo extrínseco a lo real sino algo intrínseco a lo real, pero no es en lo real un modo intrínseco adquirido (como en el «hacerse actual»), sino un modo intrínseco a su propia realidad en cuanto realidad.
Es lo real que en cuanto real está presente a todo lo real, no por un «hacerse», sino por ser real.
No es un hacerse presente por sí mismo, sino un estar presente desde sí mismo por el mero hecho de ser real.
Este texto es uno de los más logrados de Zubiri para dar cuenta de modo sumamente clarificador del tema de la actualidad esencialmente tratada y nos da señales para entender el cuerpo en su noología del físico "estar" real.
Y es el "estar" la clave de su comprensión.
No olvidemos que lo que buscamos es dar con la unidad misma de la realidad como formalidad; y esa unidad poco a poco se va mostrando en este texto a través de ciertos momentos de la realidad como actualidad; momentos como "de suyo", "prius", "más" y "hacia" van dando de sí los rasgos para entender la actualidad; para así dar de modo incipiente, en este artículo, con una concepción del cuerpo físico noológico.
Bueno, esa unidad del "prius", "más" y "hacia" es propiamente la actualidad, pero entendida desde el "estar" 13, esto es, en lo que consiste el carácter físico de la realidad de lo real aprehendida en aprehensión primordial; aprehensión que, en primera instancia, es de la propia realidad humana como cuerpo noológico.
Esta actualidad física del estar, que se expresa en estas categorías noológicas ("prius", "más" y "hacia"), es lo que mienta a modo de una ontología el concepto de "presencia", esto es, el ser.
El ser es la expresión ontológica de la actualidad de la física realidad.
En el ámbito de la actualidad queda bastante notorio que el modo de presencia del "ser" es cobrado y ulterior al carácter de "estar"; el "presentarse" es cobrado y fundado en y por el "estar" del "estar presente" y en esto consiste formalmente la actualidad (y no olvidemos que no hay nada detrás del "estar").
La presencia: "... es una simple pero inexorable consecuencia de la actualidad como «estar actualmente»" (Zubiri, 2008, 366).
¿Cómo entender ese estar actualmente?
Tales términos parecen ser un mero juego de palabras, pues si actual significa "estar presente" entonces la expresión "estar actualmente" significaría "estar-estar presente"14.
Y ¿cómo se podría entender semejante expresión?
Para tratar de entender esta sentencia veamos lo que dice nuestro pensador a través de un ejemplo.
Zubiri analiza en El concepto de materia distintos modos de "estar actualmente", esto es, simplemente modos de "estar" de lo real en el cosmos y esto es algo que el pensador no realiza en otros textos.
Su estudio es breve, pero brillante; sin embargo, no podemos entrar en esta cuestión, pues nos llevaría lejos de nuestro estudio de la concepción de realidad como actualidad como fundamento del cuerpo desde la mirada noológica.
Pero, a modo de ejemplo, Zubiri da uno muy bello que muestra perfectamente el "estar actual" de lo real:
"En el caso de la realidad humana, hay fenómenos que no son caracteres de los procesos estructurales de su realidad psico-orgánica.
Por ejemplo, la mera presencia de un hombre a otro no es función de su actuación.
Aunque para ello actúa y tenga que actuar, la presencia de un hombre a otro no consiste en esta actuación, sino que es un modo de «estar actualmente».
El hombre, además de sus vicisitudes psico-orgánicas normales y patológicas, tiene fenómenos como la «expresión», a la cual pertenece como momento esencial la «fisonomía».
Expresión y fisonomía no son procesos de actuación.
Evidentemente, los procesos determinan la expresión y la fisonomía, pero no las constituyen formalmente.
Expresión y fisonomía son simplemente cualidades de la actualidad en que está todo hombre por el mero hecho de ser real.
La fisonomía en cuanto tal es una cualidad de la actualidad de la sustantividad humana psico-orgánica, es una actualidad del «estar actualmente»" (2008, 366-367).
La fisonomía y la expresión del hombre como cualidades de actualidad es un "estar actualmente" del hombre en el cosmos.
En este ejemplo, podremos vislumbrar cómo Zubiri, al final de su vida, por fin ya está bastantemente claro en su filosofía para dar con una concepción madura del cuerpo a la luz de lo mejor de su noología de la actualidad.
El hombre "está" en el mundo transcendentalmente (Heidegger trabajó esto en detalle en Sein und Zeit de 1927, y fue su tema durante toda la vida), pero talitativamente "está" en el cosmos y "está" en una cualidad determinada de actualidad (replegada diría Deleuze); aquí radica el cuerpo (los cuerpos son pliegues de realidad).
En este cruce entre lo trascendental y lo talitativo acontece físicamente el cuerpo y se nos impone como tal.
Lo real "está" en medio de cosas reales (cosmos), pero queda en "la" realidad de ellas (mundo).
Entonces, hay una doble consideración de la actualidad.
Por una parte, la talitativa o cósmica en que lo real está como un "estar aquí" y no en abstracto ni en cualquier parte, sino "aquí"; el cuerpo es fundamental en esta dimensión para entender la actualidad en su realización efectiva y en ello lo somático embellece, estructura, da unidad, organiza y diferencia al cosmos entero desde el hombre.
El cuerpo, en una primera afirmación noológica, es el "estar aquí" radical de lo real humano en la realidad, por ser real en tanto fuerza impositiva y de arrastre:
"Por el hecho de ser talitativamente respectivo, lo real no sólo es cósmicamente respectivo «a» otras realidades cósmicas, sino que está presente «en» el cosmos.
El «en» no es ahora el mundo sino el cosmos.
El «aquí» es entonces estar presente «en» la realidad cósmica... actualidad es un estar «aquí», es un estar «en» el cosmos" (Zubiri, 2008, 371).
Y, por otra parte, una actualidad transcendental mundanal en que lo real queda como "ente".
El ser es esa actualidad mundanal15 gracias a lo cual lo real se vuelve "ente" y en el caso humano subjetividad social e histórica (yo)16.
Pero esto es posible porque lo real no es formalmente "ente" de ninguna manera sino simplemente lo "de suyo que es" ("está" siendo) en el mundo y en el caso humano real es simplemente cuerpo real antes que yo (y en esto concuerdan Nietzsche y Zubiri claramente: el cuerpo es anterior al yo)17:
"... lo real no es ente, sino que es lo de «suyo» en cuanto tal.
Sólo siendo real tiene lo real una ulterior actualidad en el mundo.
Esta actualidad es el ser, y lo real en esta actualidad es el ente.
Realidad no es ente; la realidad tiene «de suyo» su entidad, pero la tiene tan sólo ulteriormente.
Este pasaje es un tanto sorprendente porque nos hace evitar el equívoco de creer que Zubiri elimina por completo la noción de "ente" de su vocabulario filosófico.
Pero esto no es así en absoluto.
La antigua categoría de "ente" (tan importante para la Escolástica o para Heidegger) sigue presente en este pensamiento sobre la formalidad de realidad, pero ocupa su justo lugar, su apropiado lugar.
Todo lo real tiene ese momento de "ente" y todo hombre tiene ese momento de yo, es el momento por el cual lo real se actualiza en el mundo; es decir, es lo real "siendo" en el mundo.
Dicho con mayor rigor, es lo real en cuanto "está presentándose" en el mundo, pero se presenta desde un "aquí" corporalmente que siempre es anterior, "prius", al modo de ser yo del hombre
EL DEVENIR FíSICO DE LA "ACTUALIDAD"
La actualidad por ser física esencialmente es dinámica, kinestésica, en "hacia"; se da en ella un devenir radical que "dando de sí" todo lo envuelve; esto es la base para entender cualquier tipo de devenir animal, devenir materia, devenir naturaleza, para, en definitiva, devenir cuerpo, un devenir "estar aquí" propiamente humano.
El "estar" presentándose propio de la actualidad se funda, como hemos visto, en la "actuidad".
La actualidad deviene (actualización) en su doble consideración (cósmica y mundanal) junto a un devenir de "actuidad" (actuación) que la constituye; un devenir no es excluyente del otro, pero uno, el primero, se funda en el otro, en el segundo.
El devenir de actualidad se funda en el de "actuidad"; se funda en lo físico mismo de la realidad como "estar".
Y en este fundarse el "estar físico" está en actualidad corporal (estar actualmente siendo "aquí" cósmica y mundanalmente, esto es, cuerpo) en la realidad humana.
En este "estar en actualidad" lo que deviene son cualidades de actualidad; ciertos modos físicos intensivos de ser actual.
Por ejemplo, en el caso del hombre su fisonomía que es una cualidad de actualidad deviene en el horizonte de la actualidad de un hombre concreto, determinado en medio de las cosas reales (en este caso en medio de otros hombres); esto es, en medio del cosmos.
El "estar" físico del hombre mismo es, a una, un "estar" que actúa en actualidad tanto en el "aquí" del cosmos como en la mera y simple realidad que es en el mundo.
Y ese carácter talitativo del cuerpo humano como "estar aquí" se abre trascendentalmente, en "más", a la inespecificidad del mundo.
El cuerpo humano es un "aquí" en apertura, en "más", y esto es lo que no vio el análisis existencial del Dasein del primer Heidegger; de allí que el cuerpo sea anterior a cualquier tipo de organización de él mismo e incluso de cualquier tipo de subjetivación.
Luego, la pregunta que nos surge de inmediato es la diferencia que hay en el devenir de la actualidad con respecto al de la "actuidad", porque, es obvio, que no es lo mismo en el caso humano.
Un devenir afecta al carácter mismo físico de lo real (y del hombre) y el otro es un "traer a presencia" lo real mismo en cuanto real.
¿En qué consiste este devenir de actualidad?:
"Hay un devenir de lo real mismo según su actualidad, distinto de un devenir según actuidad.
Lo cual no significa que en este devenir de actualidad formalmente considerado la cosa adquiera, pierda o modifique sus notas; la realidad no deviene como acto, pero sí deviene formalmente como actualidad.
Ciertamente las cosas para ser actuales posiblemente tienen que actuar, esto es, adquirir, perder o modificar notas.
Pero esta actuación no es aquello en que formalmente consiste la actualidad que con aquélla se ha logrado.
Por tanto, las cosas reales pueden tener variadas actualidades, pero lo fundamental es que en ellas no se pierden, ni se modifican, ni se añaden notas (contenidos) a lo real (como sucede en la "actuidad") y esto es clarísimo en el caso humano.
Y esto es radicalmente importante para que entendamos la actualidad de modo esencial en un caso muy especial, como ámbito de mismidad numérica entre lo inteligido y el inteligir, esto es, como co-actualidad que sería la base para comprender después de milenios la sentencia de Parménides en su Fr.3 DK.
Una cualidad de actualidad como la fisonomía de un hombre concreto que se presenta a los demás hombres no añade, ni quita, ni modifica a ese mismo hombre nada en lo que es esencialmente; simplemente lo presenta físicamente en un aquí cósmico abierto, por su cuerpo.
Esto que piensa Zubiri radicalmente, durante toda su vida, no quiere decir que la actualidad sea algo accesorio al hombre, puesto que no lo dinamiza esencialmente, sino que el hombre cobra real y plena dimensión en la "expresión" de sí cuando se "ratifica" como tal, tanto en el cosmos como en el mundo; en ese carácter de ser mera "ratificación" (Zubiri, 1984, 234)18 es donde se da la actualidad; allí acontece toda la verdad misma de lo real qua real.
El carácter corporal noológico es expresión, intensidad afirmativa del hombre; el hombre se expresa corporalmente y es así como se "ratifica" como tal en el cosmos-mundo; se ratifica en ese carácter de ser mera verdad, mera actualidad de lo real en aprehensión sentiente.
Entonces es obvio que: "... la actualidad... no añade ninguna nota física a lo real" (1984, 230).
Si la actualidad no toca a las notas para nada en lo noto que son ¿qué es lo que hace con lo real?
¿Qué significa propiamente tal "estar actualmente"?
Para poder entender esto de modo pleno, es necesario introducirnos, por ejemplo, en la actualidad de lo real en la intelección.
Cuando el filósofo dice según la primera cita que colocamos al comienzo del escrito: "La actualidad de lo inteligido y de la intelección es numéricamente la misma, es idénticamente la misma" parece decir lo mismo que señaló en Sobre la esencia: "... en la aprehensión, la actualidad de lo aprehendido en cuanto aprehendido y la del aprehender en cuanto aprehensor son un acto y el mismo; si se quiere, no hay sino un solo acto, que es común a la cosa y a la mente" (2008a, 444).
La cosa y la mente son lo que son, cosas reales acabadas en plenitud física, in actu exercito.
Sin embargo, "están" en actualidad en el acto de aprehensión.
Pero no podemos quedarnos en el momento de acto, sino que tenemos que entender la aprehensión en lo que formalmente es, "estar en actualidad".
Si se confunde esto podríamos caer en la llamada "comunicación de sustancias" a la hora de entender en el acto de aprehensión, lo formalmente de ella, que no es ser acto, sino mero "estar en actualidad".
Por esto, en este pasaje de Sobre la esencia, aunque el espíritu zubiriano sea el mismo, no se está diciendo formalmente lo mismo que en Inteligencia y realidad.
De allí que se tenga que revisar la obra zubiriana con cuidado para ver cómo su concepción de la actualidad varía y en ello la del cuerpo.
Pues está confundido e indiferenciado en el "estar" el carácter de acto con el de actual.
Y esto será algo terminantemente diferenciado en el último Zubiri.
De allí que tenemos que tratar de no confundirnos con el decir de sus textos en diferentes épocas de redacción que conllevan distintos niveles de maduración de su pensamiento.
Eso sucede, por ejemplo, no solamente con el tema de la actualidad, sino también con la distinción entre "forma y modo de realidad", el concepto de sustantividad, de inteligencia, de respectividad, de verdad, de Dios, etc. Incluso en una misma obra (y al final de su vida) podemos encontrarnos con matices en su decir no del todo claro; por ejemplo, la diferencia entre "lo real y realidad" que yace en la Trilogía sobre la intelección no está del todo asumida y la confunde constantemente.
Desde esta actualidad podremos entender realmente el devenir de la actualidad, un devenir que no quita ni añade ni modifica nada en el contenido de lo real, esto es, en su esencia simplemente ratifica lo que es, esto es, la da verdad.
Sabemos que, en modo propio, la actualidad es un "estar presente" de lo real en cuanto "estar" y no en cuanto presentarse: "La actualidad es un estar presente no en cuanto presente sino en cuanto estar" (Zubiri, 2008, 369).
Esta idea, tantas veces expresada por Zubiri, debe ser matizada en su justo momento para dar con la actualidad y cómo ésta es la base para entender el "aquí" del cuerpo.
Esto no quiere decir que el carácter de "presente" del "estar presente", en lo que consiste la actualidad, no tenga nada que ver con lo real.
Lo que se quiere decir simplemente es que lo fundamental del carácter de actualidad de lo real no está en el carácter de presencia sino en el del "estar" físico que se ratifica; en lo físico mismo que se impone.
Pero es obvio que lo real está en el mundo en tanto que "está presente" en él y en un "aquí" cósmico determinado, material diríamos para cualquier cosa real y el término corporal lo dejaremos para el hombre propiamente tal.
Además, otra cosa importante de señalar es que este "estar, como hemos dicho," no añade ninguna nota física a lo real, sino que simplemente deja lo real en la realidad que "está siendo", ya en el cosmos ya en el mundo, lo deja en su mero "ratificarse", en su verdad.
Esto es, la actualidad le añade a la cosa su mero carácter de ser.
Y lo haremos de manera detallada para explicar desde él la articulación tanto con la realidad y con el cuerpo.
Lo que debemos tener claro en este momento es que la actualidad es el carácter de estar presente de algo real por el mero hecho de ser ya real.
Y siempre, por esta razón, se está presente en el mundo.
Y la actualidad de lo real en el mundo es el ser de eso real, de allí que realidad y ser se articulan desde la actualidad y su físico "estar" en un "aquí" cósmico y mundanal.
Con este breve estudio de la actualidad hemos podido ver cómo las notas constituyentes de la realidad de lo real están totalmente articuladas entre sí y son claves para dar con una concepción del cuerpo noológico como cumbre de toda una vida de reflexión.
Por esto Zubiri en Inteligencia y logos incluso llega a identificar la formalidad con la actualidad y aquí, nosotros, no podemos no ver la importancia que adquiere al final de su vida el carácter físico.
El carácter físico mismo de la alteridad de la formalidad se nos dice que es actualidad: "Lo aprehendido queda en la aprehensión según su formalidad: es lo que he llamado actualidad.
Actualidad no es presencia, sino un estar en presencia.
A modo de resumen no olvidemos que actualidad es: "... el «estar» presente en cuanto estar: es lo real «estando» presente en y por sí mismo como real" (1982, 350-351).
La mirada tanto sincrónica como diacrónica de la realidad como formalidad nos arroja tres notas noológicas que han aparecido a lo largo del escrito: "prius", "más" y "hacia" que se articulan dinámicamente en la unidad "actualidad" 19.
Y esto es fundamental dejarlo bien claro.
En realidad, la actualidad como lo diacrónico mismo eleva a lo sincrónico de las notas, pues tal actualidad es la respectividad misma que constituye a cualquier sistema sustantivo que se analice.
No solamente este constructo entre "prius", "más" y "hacia" se constituye desde su propia respectividad, sino que cualquier tipo de constructo lo hace así.
Pero no es mera respectividad, sino respectividad en actualidad.
El constructo de notas de cualquier sistema sustantivo que nos impresiona radicalmente en aprehensión, podemos llamar al constructo como "constructo actualizante" o "constructo en actualidad".
Lo que sucede es que las notas mismas en ese "de" que se constituyen mutuamente entre sí se tornan respectividad20.
Las notas de cualquier sistema sustantivo pueden entenderse desde el carácter mismo de respectividad como constituyente de las notas o relatos.
Ver a las notas como meros relatos en donde la unidad respectiva los constituye como tales, como un "prius" que acontece en ellos mismos, es entender el constructo de notas no ya desde las notas sincrónicas de la noología sino desde la unidad, pero de una unidad diacrónica en actualidad respectiva21.
El carácter constructo de las notas respectivas entre sí realmente mienta la actualidad misma en un "aquí" corporizante.
Y, por esto, Zubiri la llamó en su filosofía final respectividad en actualidad.
Lo cual es completamente apropiado.
Hay un texto en Reflexiones teológicas sobre la eucaristía que es realmente sorprendente porque señala lo que entiende finalmente por actualidad, después de muchos años, décadas, en que este concepto ha ido adquiriendo cada vez más importancia en su sistema filosófico.
Es un texto único en donde se puede ver que el célebre estado constructo de las notas que constituye cualquier sistema es entendido desde la respectividad de dichas notas entre sí (en que cada nota luego se entiende como mera nota y por esto mismo ninguna nota de forma aislada tiene sustantividad alguna); respectividad que es entendida, y esto es lo más novedoso, como actualidad de las notas entre sí.
Las notas se "presentan" las unas a las otras de un modo físico en que las notas acontecen entre sí y en esto se constituyen corporalmente en un primer momento somático.
Veamos el texto: "La actualidad es siempre el carácter de una realidad respecto de otra, y este respecto es «presencia» de algo en algo.
Este respecto presencial puede ser de diversa índole [y el texto continua con la distinción que Zubiri hace desde hace años de la actualidad en sus tres niveles distintos]" (1997, 408).
Desde este texto no solamente la actualidad, ni tampoco la respectividad sino radicalmente la realidad entendida como sustantividad, como cuerpo, cobra un sentido más novedoso respecto de lo que se había dicho a lo largo de muchos años.
Las mismas notas de cualquier sistema sustantivo (y en el caso del hombre es clarísimo), que están en unidad constructa, pueden ser entendidas de un modo diacrónico, en el sentido que esa notas se están presentando entre sí.
Y esa co-presentación entre ellas es ese "de" del estado constructo (en definitiva, un modo de respectividad constituyente).
Zubiri lo dice así en un texto de los últimos de su vida:
"... formalmente el estado constructo concierne al «de suyo» en cuanto tal, al momento de realidad, es decir, a la respectividad constituyente.
El estado constructo consiste en que el contenido de cada nota, por ser «nota-de» es real, pero no es real sino respecto a la realidad del sistema... el «de suyo» concierne tan sólo al sistema mismo....
Sólo el sistema es sustantivo.
La formalidad misma de realidad tiene, entonces, en respectividad transcendental, carácter de sistema" (1979, 34).
Con esta renovada interpretación del estado constructo de las notas del sistema vemos que el "de" mismo que funda al constructo de notas es visto desde la respectividad constituyente; en ese "de" en constructo estaría la base de cualquier materialidad y del cuerpo noológico.
De allí que Zubiri habla del cuerpo no solamente como principio de actualidad sino que por serlo da de sí la solidaridad de los momentos y los organiza (2006, 108-111).
Y ahora Zubiri da un paso más.
Hasta al final de su vida sigue precisando conceptualmente lo más propio de su pensamiento; el pensador, cual escultor, siguió sacando esquirlas a la realidad para que ésta diera lo mejor de sí.
La respectividad constituyente de todo lo real en cuanto sistema constructo de notas es visto desde la actualidad misma; actualidad que es un caso de respectividad.
Entonces tenemos que ahora se habla de la realidad en respectividad en términos de actualidad, del carácter de "estar presente" de la realidad, de cualquier realidad, incluso de las notas de un sistema, entre otras realidades (o notas).
La realidad se afirma radicalmente en tanto respectividad, pero, si la entendemos como actualidad22, esta respectividad cobra el sentido fuerte de mostrarnos que esa respectividad que funda constituyendo los relatos es un carácter constituyente en la medida en que esos relatos se "están presentando" entre sí en un "aquí abierto", en el cuerpo.
Y esto es realmente el devenir de actualidad de la realidad; devenir que no mienta el carácter de devenir de actuidad de ella.
Todas las cosas reales por ser reales están siendo, en su propia respectividad, actuales las unas a las otras, se presentan las unas a las otras en tanto que actuales; en esto consiste su radical carácter de verdad.
Por esto podemos ver que tenemos una profundización del pensamiento noológico zubiriano.
Primeramente es la realidad, la realidad como "de suyo"; segundo, por ser "de suyo" es un "prius más" que un determinado carácter de realidad, es el carácter de transcendentalidad o, si se quiere, de apertura respectiva (o simplemente de respectividad); tercero, por ser respectiva, la realidad se presenta como realidad; es el carácter de actualidad (por ejemplo, pensemos en las notas de un constructo en la cosa misma) y, finalmente, hay un tipo de respectividad en actualidad en que lo real está presente dinámicamente, pero en el mundo:
"Por ser formalidad abierta la cosa real siendo real es más que sí misma.
Por tanto, está presente en el mundo, es la realidad abierta en que estructuralmente consiste.
No se trata de una mera presencia, porque presencia es la manifestación externa de lo que temática y formalmente llamo actualidad, a diferencia de «actuidad»" (Zubiri, 1979, 41).
Este texto es muy interesante, porque podemos ver claramente tres cosas.
Una, que Zubiri entiende actualidad siempre en contraste con la actuidad (estos términos antes estaban en su pensamiento indiferenciados en el término "actualidad").
La segunda que actualidad mienta simplemente "presencia" (pero en cuanto "estar" presente).
Es un modo de respectividad en que lo real mismo se presenta en su propio carácter de realidad.
El mejor ejemplo para esto son las notas de un sistema constructo.
Esa unidad de respectividad constituyente de las notas entre sí sería el modo de presencia, su carácter de actualidad, en el sentido más fuerte.
Y, finalmente, la tercera cosa que podemos ver es que hay un tipo de actualidad, un tipo distinto de respectividad en actualidad en que lo real está presente no para sí mismo, por decirlo de alguna manera, no en cuanto a su propio carácter realidad, sino que es una actualidad en que lo real está presente en el cosmos-mundo (digamos de inmediato que esto es el ser como la actualidad mundanal).
Por tanto, el carácter de respectividad constituyente de todo lo real por ser real es entendido en términos de actualidad como el carácter que funda los relatos, en cuanto estos relatos se presentan entre ellos mismos en un aquí mundanal.
Y esto es lo novedoso de este último Zubiri y su noología corporal.
Y aquí radica, en sentido fuerte, lo que sea el devenir de actualidad:
"La actualidad es un momento que admite un devenir.
Ante todo, el devenir de actualidad no es el devenir de propiedad, pero es, sin embargo, un físico devenir: se llega a tener actualidad o a dejar de tenerla sin el menor cambio de propiedades en quien es actual: el devenir de actualidad no es un devenir de actuidad.
Este devenir es un momento de la actualidad misma, no sólo por parte de aquello en que algo se hace actual, sino ante todo por parte de aquello mismo que se hace actual: es la realidad misma la que deviene en actualidad" (Zubiri, 1997, 410).
Esto es la actualidad de manera definitiva y un tipo de actualidad es la actualidad mundanal o actualidad en respectividad transcendental pero ésta actualidad también es cósmica talitativa, esto es, en su conjunto es el carácter en que lo real está presente "aquí" en el cosmos-mundo; es decir, el ser, pero un ser en toda su materialidad y en el hombre, en su cuerpo.
La sentencia "la realidad es actual" significa como ya sabemos que es dinámica, que deviene, que "está presente" como real ante todo otro carácter real; y, en esto, se constituye como tal en sistema sustantivo corporizado, ya pensado en algo inteligido, ya pensado en cualquier cosa real, ya pensado en la totalidad de las cosas.
Todas ellas están en respectividad de actualidad o, si se quiere, en respectividad de presencia que las constituye formalmente.
Y un modo de presentarse, de devenir actual de lo real es devenir en el carácter cósmico-mundanal de la propia realidad en su imposición.
La realidad queda a la luz de su ser, queda iluminada por la luz de su propio ser.
Zubiri nos explica el ser de este modo en Respectividad de lo real:
"... [el ser] no es presencia, sino estar presentándose en cuanto estar.
La apertura de la realidad es ahora respectividad como actualidad.
La respectividad constituyente es el fundamento de toda actualidad.
Ahora bien, entre todas las actualidades que lo real puede tener hay una que es primaria y fundamental, y que, por tanto, se suprema actualidad: es la actualidad de la cosa real en el mundo, en ese mundo que ella misma ha determinado dentro de sí misma por respectividad constituyente.
Por tanto, a través de estos textos finales de la obra zubiriana23 tenemos que la realidad "da de sí" su ser en la medida en que ella es radicalmente actual; esto es, se está presentando y se está presentando por el carácter de mero "estar" o mero ser real de ella misma en un "aquí".
Y se está presentando por ser real en el mundo por ella abierto, un mundo cósmicamente "aquí" abierto en trascendencia dinámica; esto es, en una corporización que todo dinamiza.
En el caso del hombre es un cuerpo que se subjetiva, social e históricamente.
Finalmente, podemos señalar que en la última filosofía de Xavier Zubiri, su noología, nos permite hacernos una idea en lo que estaba pensando el filósofo y en ello nos damos cuenta de que el concepto de actualidad tiene una riqueza tal que no solamente explica lo que es la realidad como formalidad de actualidad sino que es el concepto clave que articula a la realidad con el ser, porque actualidad implica un "estar siendo", esto es, estar en presencia, pero en presencia física cósmica y mundanalmente.
Y allí radica la radicalidad y riqueza de la noología zubiriana que al describir el acto de aprehensión humana como mera actualización de lo real en tanto que real está integrando toda su filosofía desde el carácter físico del estar en su presentación cósmica-mundanal.
Y esta articulación integradora de realidad y ser, esto es, de estar y ser, en tanto que "estar" presente nos permite, por fin, ver lo buscado por años por el filósofo español, una concepción de la materialidad, de la naturaleza y, en definitiva, del cuerpo de un modo en que la actualidad nos permite ver el "estar aquí" mismo de lo real en el cosmos y en ello abierto trascendentalmente en el mundo.
Y este "estar aquí" en el caso del hombre es su cuerpo, lo más propio de él.
En esto radica realmente el carácter "de suyo" del hombre: "El «de suyo» es el cuerpo mismo, el cuerpo en el Cuerpo mismo que nos arrebata, que nos mueve, que nos exhorta, que nos lanza, etc. con excedencia, desmesura, abundancia en libertad a construir, crear, organizar" (Espinoza, 2007, 109-110).
El cuerpo es la actualidad misma del hombre, es su estar siendo en el cosmos con toda su materialidad individual, social e histórica.
Es un cuerpo de suyo propio, entre otros cuerpos, ya del modo filético, ya del modo social y es, además, un cuerpo que se entrega de generación en generación como ciertas capacidades de actualidad, es decir, modos de ser físicamente en el cosmos y de estar abiertos al mundo, es la historia entendida de un modo corporal.
Y allí, en definitiva, estaría el carácter teologal corporal que integra todas estas otras dimensiones humanas como un cierta religación en comunidad de unos con otros en vistas a algo que los supera y les da un sentido, un cierto camino por donde deben caminar en conjunto, con su propia individualidad, entre todos y en esas dotes actuales que se han entregado. |
¿Qué evalúan los instrumentos de evaluación?
Los instrumentos empleados para la recogida de información aportan la información para evaluar si se han logrado las competencias previstas en un plan formativo.
Por ello, conocer cómo entienden y describen los estudiantes las capacidades y destrezas que están demostrando en ellos, es una información a tener en cuenta en momentos de cambio y reestructuraciones de los planes de estudio.
En este artículo mostramos los resultados obtenidos en una investigación, en la que los estudiantes describen qué implica cada una de las técnicas de evaluación que han realizado a lo largo de sus estudios de licenciatura y qué destrezas debían emplear en cada una de ellas.
Con la información recogida, hemos intentado organizar las tipologías de instrumentos de recogida de información con las capacidades desarrolladas desde las percepciones de los estudiantes, presentando un continuo de habilidades cognitivas.
De esta forma, podemos encontrar diferentes clasificaciones sobre las capacidades, destrezas o conocimientos que permiten valorar cada herramienta e instrumento de evaluación, e incluso sobre la "validez" de la información que proporciona cada técnica.
Consecuentemente, la elección de una determinada técnica o de un conjunto de ellas estará en función de los objetivos y de las concepciones que tenga el profesor sobre el proceso de enseñanza-aprendizaje, "por ejemplo, si uno de unos objetivos ha sido que aprendan a expresarse correctamente y con coherencia, difícilmente lo podremos comprobar mediante una prueba de tipo test de elección múltiple.
Será fácil de corregir, podrá recoger información sobre la comprensión de un texto, pero no sobre la capacidad del alumno para expresarse con corrección y coherencia" (Hernández y Salinas, 2008, 243).
Sin embargo, son menos frecuentes las investigaciones que se centran en analizar qué dicen los estudiantes sobre las capacidades, destrezas o aprendizajes que desarrollan en función del instrumento de evaluación que utilicen sus profesores.
Y todo ello a pesar de haber un gran acuerdo en considerar que los procedimientos que se emplean para evaluar condicionan en gran medida lo que los estudiantes aprenden (Porto Currás, 2006, 2009), al mismo tiempo que se defiende que la metacognición sobre lo que se está aprendiendo es una de las principales formas de poder conseguir la autorregulación del propio aprendizaje.
Así pues, este artículo tiene como objeto principal analizar cómo describen los estudiantes las diferentes respuestas cognitivas que demandan los instrumentos o técnicas que los docentes emplean para recoger información.
Para ello nos hemos basado en una investigación que tenía como finalidad ofrecer una radiografía de las técnicas de evaluación que emplean los docentes para obtener información del aprendizaje de sus estudiantes, en una titulación concreta, en este caso Pedagogía, y en la promoción 2002-2007.
No obstante, hemos de tomar los resultados que a continuación mostramos con cautela, ya que la intención principal de la investigación no era la de recoger información sobre las capacidades que desarrollaban los estudiantes, sino sobre las técnicas de evaluación, por lo que no se le realizó ninguna pregunta específica sobre esta cuestión.
Aún así, las descripciones y ejemplificaciones obtenidas nos han permitido aproximarnos a la visión que el alumnado tiene sobre las demandas cognitivas solicitadas por cada instrumento.
Concretamente, los datos empíricos proceden de una tesis de Licenciatura, titulada: "Los instrumentos de evaluación en la Licenciatura de Pedagogía de la UMU (2002-2007)1", en la que se obtuvieron 973 descripciones2 de lo que los estudiantes describían como herramientas de evaluación.
En estas evocaciones, los alumnos han identificado hasta 25 modalidades distintas de técnicas para la recogida de información sobre su aprendizaje; tipologías que hemos organizado en torno a cuatro grandes referentes: exámenes orales, exámenes tipo test, exámenes escritos y trabajos, de acuerdo con la categorización que ellos mismos propusieron.
METODOLOGíA DE LA INVESTIGACIóN
Hemos intentado acercarnos a las experiencias de los discentes, por lo que hemos optado por una metodología que combine distintas técnicas, que se sitúan dentro de los denominados métodos descriptivos (Salkind, 1999).
Así pues, tratamos de conocer una parte de la realidad que sucede en las aulas, para luego poder extraer conclusiones y proporcionar propuestas de mejora.
Dada la naturaleza de la información buscada, era necesaria una metodología de integración cualitativa – cuantitativa para comprender mejor el ámbito de estudio.
De acuerdo con Greene y Everston (1989), consideramos que la combinación de ambas metodologías, en un mismo estudio, es la forma más adecuada de tratar los datos en las investigaciones en Ciencias Sociales.
Así pues, tras revisar algunas técnicas para obtener información (Delgado y Gutiérrez, 1994; Martínez, 1998), entre las que destacamos los cuestionarios, las entrevistas a docentes y discentes, la observación de clases, el relato de los alumnos, la estimulación del recuerdo y los grupos de discusión; nos ha parecido acertado emplear en esta investigación: el recuerdo a través de materiales, (estimulando así el recuerdo en pequeño grupo) y las entrevistas, que nos han permitido contrastar la información obtenida anteriormente.
Más concretamente, el primero de los instrumentos, el recuerdo a través de materiales, consistió en proporcionar a los estudiantes un documento donde aparecían las asignaturas ofertadas en la titulación de Pedagogía en la promoción 2002-2007, y por otro lado, otro documento con una categorización de las diversas técnicas de evaluación3.
Así, los discentes mediante el recuerdo en pequeño grupo, fueron identificando y clasificando cada instrumento en cada una de las asignaturas de acuerdo con los 4 grandes referentes: trabajos, exámenes escritos, exámenes tipo test y exámenes orales.
Una vez cumplimentado este primer documento se les solicitó a los estudiantes que además de clasificar, intentasen recordar qué significaba para ellos cada tipo de instrumento de evaluación, para posteriormente describirlo y ejemplificarlo.
Así, los alumnos procedieron a relatar qué entendían por trabajos, exámenes escritos, tipo test y por pruebas orales.
Por otra parte la segunda técnica, la entrevista, fue llevada a cabo tras la puesta en práctica del recuerdo a través de materiales y tenía como finalidad solventar algunas controversias surgidas en el recuerdo en pequeño grupo.
Es de resaltar, por tanto, que el objeto de estas entrevistas no era recoger nueva información, sino aclarar cuestiones sobre las que aparecía ambigüedad o confusión tras el análisis de los materiales.
Asimismo, el carácter argumentativo de las respuestas, durante la entrevista, complementaron y enriquecieron cualitativamente los resultados.
En resumen, podemos señalar que los instrumentos empleados para la recogida de información nos han permitido aproximarnos a la evaluación del aprendizaje que se había llevado a cabo a lo largo de estos cinco años de carrera, desde la perspectiva del alumno.
Cabe destacar que el número total de alumnos matriculados en esta promoción en las asignaturas troncales y obligatorias4 era de 125 estudiantes, lo que supone que hemos llegado al 82,4% del total de los discentes matriculados.
Además, podemos corroborar que tenemos información de todas las asignaturas cursadas5, independientemente de su naturaleza y que se ha llegado a un número representativo de alumnos.
Los 103 discentes fueron reorganizados en 34 grupos compuestos por 3 alumnos, de los cuales se recogía la información.
Se tomó la determinación de organizar en grupos de 3 personas puesto que favorecía el debate y la rememoración de detalles que de forma individual hubiesen sido muy difíciles de recuperar.
En cuanto a los programas utilizados para el tratamiento de los datos obtenidos, se ha utilizado la base de datos Microsoft Excel, una herramienta potente de tratamiento de datos y análisis estadístico; y el programa Nudist, una herramienta diseñada para manejar datos no numéricos y no estructurados en análisis cualitativos, soportar procesos de codificación de datos en un sistema de catalogación, búsquedas de texto o modelos de código y teorizar sobre los datos.
El método seguido para introducir la información fue la trascripción de todas las descripciones de los estudiantes para posteriormente crear categorías en las que organizar los datos y así facilitar un análisis de los resultados obtenidos.
El programa Excel nos permitió introducir las 973 descripciones, teniendo con ello una visión general de toda la información, codificando los datos, estableciendo las categorías, organizando todos los resultados, ordenando la información a través de tablas y comparando los distintos resultados.
Mientras que el programa Nudist fue utilizado específicamente para el análisis vivencial, ya que es una de sus funciones primordiales.
Concretamente se empleó tanto para las descripciones como para la información extraída de las entrevistas.
Los estudiantes de Pedagogía de la promoción 2002-2007 han señalado como técnicas de evaluación: los trabajos, los exámenes escritos, los exámenes tipo test y los exámenes orales.
Sin embargo, dentro de estas grandes tipologías los discentes han identificado más de 25 modalidades de herramientas de recogida de información.
Los trabajos han sido, según los estudiantes, la herramienta más empleada por los profesores para obtener información (90,3%).
Teniendo presente la clasificación que propone Nieto y Vallejo (2010) y a través de las descripciones de los discentes hemos optado por establecer dos niveles: los trabajos de apoyo y los trabajos de formación.
Más concretamente, en los trabajos de apoyo hemos agrupado: la búsqueda de información, la elaboración de memorias y el uso de las nuevas tecnologías.
Como trabajos de formación hemos considerado: trabajos de revisión, reflexión, inicio al diseño e inicio a la investigación (Tabla 1).
Se realiza una lectura comprensiva, de textos, libros, charlas, etc., para posteriormente extraer las ideas principales y realizar un mapa conceptual, un resumen, una síntesis, etc., con la finalidad de profundizar y conocer más acerca de un tema relacionado con la asignatura.
Aquellos en los que mediante Internet o en materiales escritos (libros, revistas, textos, artículos, etc.), consultaban información, sobre un determinado tema.
Lectura comprensiva de un material escrito (libro o texto) para posteriormente realizar una valoración, una crítica constructiva o reflexionar sobre él.
Redacción de los aspectos más importantes a nuestro criterio y elaboración de un informe donde reflejar todas las acciones diarias, resúmenes, mapas conceptuales y prácticas llevadas a cabo, incluyendo una reflexión y/o valoración sobre lo que se ha aprendido y cómo.
El alumno sepa ha de aplicar el conocimiento a situaciones particulares, teniendo como resultado un proyecto o programa.
Uso de nuevas tecnologías
Consiste en el uso, aprendizaje y dominio de diferentes herramientas telemáticas.
Trabajo de aplicación con carácter investigador, en el que el estudiante debe de partir de una hipótesis que requiere la respuesta en términos de nuevo conocimiento, además se le exige que recoja y analice datos.
Dentro de los trabajos de apoyo, se encuentran los trabajos de búsqueda de información.
Los estudiantes afirmaban que este tipo de trabajo se utilizaba para: profundizar en determinados temas, mejorar las habilidades en el uso de bases, enviar la información por correo, y esto por su facilidad de acceso y gran disposición de fuentes para reunir la información.
Más concretamente, los alumnos rememoraban que estos trabajos se realizaban para:
GO28... adjuntar todos aquellos enlaces de páginas Web...
GO13... mejorar nuestras habilidades...
Otro de los trabajos, incluidos en este primer nivel, son las memorias de prácticum y las memorias de experiencias, siendo conscientes de qué se debía de hacer en cada modalidad: cuando hablamos de memorias de prácticum consiste en realizar un informe y cuando se trata de memorias de experiencias incluyen una reflexión y/o valoración sobre lo que se ha aprendido y cómo.
Sin duda, es en las memorias de experiencias donde podemos encontrar un punto de inflexión entre las destrezas llevadas a cabo por los estudiantes, que pueden ir desde las más simples a las más complejas.
Así, hemos optado por distinguir dos bloques: uno primero en el que se encuentran aquellos trabajos que tienen una estructura general, normalmente hacen referencia a una actividad realizada en un momento concreto, y que habitualmente lo describen como un documento (prácticas que se han ido realizado y entregando al profesor en horas de clase, en las que había que relacionar el contenido).
Y, por otro lado, un segundo bloque donde encontramos lo que el discente califica como diario y portafolio.
La distinción entre ambos términos radica en que el diario conlleva una descripción constante y marcada por lo que se sucede en cada momento (recopilación ordenada por fechas de todo lo que se hace día a día en clase), mientras que en el portafolio no es tanto lo que ocurre en cada momento, sino qué y cómo se ha aprendido (documento que recoge: resúmenes, mapas conceptuales, prácticas y una reflexión lo que ha aprendido y como y finaliza con una valoración personal).
Por tanto, hemos establecido la línea divisoria entre diario y portafolio en que en el primero no aparece una reflexión profunda sobre su propio aprendizaje, mientras que en el portafolio se comienzan a dar pinceladas de esta consideración.
Centrándonos ahora en los trabajos de formación, Nieto y Vallejo (2010) acuñan al términotrabajos de revisión, señalando que: este tipo de trabajo propone a los estudiantes actividades de conocimiento declarativo sobre un tema.
La finalidad es desarrollar el conocimiento de la materia en diferentes grados de profundidad.
Es significativo cómo los estudiantes a través de sus descripciones identifican una tipología de trabajo que se asemeja considerablemente a la descrita por estos autores, de esta manera los alumnos relatan que estos trabajos incluían:
GO34... elaboración de un resumen...
GO15... para realizar una síntesis...
GO8... elaboración de un mapa extrayendo las ideas principales...
GO7... lectura comprensiva de los temas...
GO26... lectura de unos textos...para extraer las ideas principales...
GO24... lectura de textos para luego trabajar sobre ellos en un debate.
GO14... tras la lectura de diversos textos se tenía que realizar un comentario...
GO2... profundización sobre el tema...
GO11... tras la asistencia a una charla se realizaba un comentario sobre la misma...
GO14... se trataba de debatir o comentar algún tema de interés social actual que estaba relacionado con la política...
GO1... nos referimos a la comparación de dos temas, ver en qué se parecen y en que se diferencias dos temas o aspectos.
GO7... requiere ampliar y profundizar acerca de un tema o información concreto.
GO27... el profesor plantea un tema o una serie de temas y cada uno elegía uno sobre el que profundizaba
Como podemos comprobar, las descripciones que los estudiantes hacen del tipo de actividades incluidas en los trabajos de revisión puede ir desde la recensión, el resumen, la elaboración de mapas conceptuales, hasta la realización de comentarios, comparaciones y profundizaciones en determinados aspectos de la materia.
En cuanto a los trabajos de reflexión, Nieto y Vallejo (2010) los definen como: un trabajo que exige la revisión y comprensión de un material para poder realizar deducciones y emitir juicios de valor.
El conocimiento, en este caso, es interpretativo no solamente declarativo y, a diferencia del anterior incorpora un análisis de valor.
Los estudiantes, al igual que con los trabajos de revisión, han realizado una serie de relatos de los cuales hemos extraído las siguientes descripciones:
GO31... lectura y valoración de varios libros...
GO13... tras la lectura realizar una crítica...
GO4... crítica constructiva de los textos...
GO7... requería una valoración...
Reflexión sobre los textos...
GO22... reflexión sobre el libro...
Por tanto, a través de las descripciones de los alumnos, se expresan qué capacidades han desarrollado para los trabajos de reflexión y qué tareas debían realizar: tareas de opinión y valoración:
GO1... nos referimos a la lectura de un libro, posteriormente realizar un comentario personal donde tenemos que dar nuestra opinión personal de los temas tratados en el libro...
GO26... lectura de un libro, debíamos realizar un comentario de su contenido y posteriormente expresar nuestra opinión...
GO5... se realiza una lectura y valoración personal sobre libros...
GO21... se nos pedía la lectura comprensiva de un libro y una valoración personal...
GO12... lectura, argumentación y valoración de libros...
Teniendo en cuenta todas las descripciones relativas a los trabajos de revisión y reflexión que realizan los alumnos, debemos concluir que estos trabajos constituyen un continuo en relación a las capacidades que solicitan a los estudiantes, tal y como sintetizamos en la figura 1).
Capacidades desarrolladas para los trabajos de revisión y reflexión
De la misma forma, los estudiantes a través de sus descripciones relataban que los trabajos de inicio al diseño implicaban: la realización de un informe o diagnóstico e incluían los resultados de una serie de pruebas realizadas al sujeto con sus conclusiones y orientaciones.
También puede darse el caso de diseñarse intervenciones donde aparece una planificación de los objetivos, recursos y actividades enfocados a la mejora de las necesidades del sujeto y/o situación analizada.
Algunos ejemplos de sus evocaciones serían:
GO7... realización de un informe o diagnóstico...
GO21... donde se recogen orientaciones... y se realiza tras la aplicación de pruebas...
GO1... realización de un proyecto de intervención, donde teníamos que planificar los objetivos, recursos, actividades...
GO15... en un contexto determinado realizar una intervención y unas orientaciones para la mejora...
Estas descripciones coinciden en gran medida con la definición que Nieto y Vallejo realizan de los trabajos de inicio al diseño, en los que se considera que el alumno debe saber desarrollar y aplicar el conocimiento a situaciones particulares, obteniendo como resultado un proyecto o programa.
Tal y como señalan estos autores en su definición, éste tipo de trabajos tiene como meta no sólo que el discente entienda el contenido, sino que sea capaz de planificarse, aplicarlo, valorarlo y ofrecer propuestas de mejora; capacidades que los alumnos reconocen en la realización de estos trabajos.
Por otra parte, en cuanto a lostrabajos de inicio a la investigación, de acuerdo con la propuesta de Nieto y Vallejo destacamos que son un trabajo de aplicación de carácter investigador, donde el estudiante debe de partir de una hipótesis que requiere la respuesta en términos de nuevo conocimiento, además se le exige que recoja y analice datos.
De nuevo encontramos una gran coincidencia en los relatos de los alumnos, en los cuales identificaban que los trabajos de inicio a la investigación son aquellos en los que el estudiante parte de una hipótesis, para ello busca información de forma exhaustiva, indaga, obtiene datos, los ordena, sintetiza y analiza.
Y a partir de ahí plantea los objetivos y la metodología (cuantitativa o cualitativa) para extraer conclusiones y comprobar si se cumple o no la hipótesis, incluyendo en ocasiones información innovadora.
GO10... debíamos buscar información sobre un tema, y a partir de ahí plantear objetivos, metodología...
GO33... profundizar sobre un tema vigente y actual referido a la asignatura, llevando a cabo una investigación sobre los diferentes aspectos de esa problemática...
GO11... recoger información utilizando diversos instrumentos, analizar datos, extraer conclusiones, comprobar si se cumple o no la hipótesis...
GO22... recabar información sobre un tema, datos estadísticos, estudios, etc., analizar, seleccionar y sacar conclusiones...
Más concretamente, en este tipo de trabajos los alumnos ponen en práctica habilidades de distinta complejidad, desde las más simples: como la búsqueda de información, organización de ésta, hasta las más complejas como: la indagación, formulación de hipótesis y el análisis y la extracción de conclusiones.
Consecuentemente, los trabajos de inicio al diseño e investigación también nos muestran un continuo, en el que se requiere de los estudiantes que analicen una situación (real o supuesta), informando de sus circunstancias para poder orientar su intervención, o bien investigarla para proponer nuevas actuaciones.
En cuanto a los exámenes escritos han sido aplicados en el 56% de las disciplinas.
La muestra de este estudio identifica a través de sus descripciones 4 tipos de enunciados en estos exámenes, que requerían: respuesta tipo ensayo, respuesta corta, respuesta sobre materiales escritos, y resolución de ejercicios y casos prácticos.
Pero, a su vez, también diferencian las destrezas desarrolladas para cada uno de estos enunciados, que van desde las más simples (reconocimiento-recuerdo) hasta las más complejas (análisis y utilización del conocimiento).
Cabe señalar que cada proceso cognitivo está compuesto por todos los anteriores, siendo esto un dato fundamental para comprender que la utilización del conocimiento conlleva recuperar la información, comprenderla y analizarla.
Así pues, basándonos en los trabajos de Marzano (2007) y en los términos utilizados por los alumnos, se ha tipificado la información de la siguiente manera:
Cuando los estudiantes hacen alusión a la memorización, lo atribuyen a recordar de forma explícita datos o informaciones almacenadas en la memoria.
Podemos comprobar que esto estaría relacionado, de acuerdo con la clasificación de Marzano, con el primer proceso cognitivo: el de recuperación de la información (el recuerdo).
De la misma forma, cuando los discentes relatan la relación entre contenidos, y dadas sus descripciones, las hemos contrastado con las que Marzano propone como comprensión, ya que no solamente recuerdan una información sino que además de identificarla, la sintetizan y la categorizan.
Por último, los alumnos mencionan la capacidad de reflexionar.
Para ello, describen que tenían de comprender bien el temario y justificar las respuestas.
Así pues se ha optado por asociarlo a lo que Marzano categoriza como análisis puesto que en este caso los discentes además de recordar y comprender el conocimiento, lo aplican.
Podemos resaltar que los exámenes escritos que requieren una respuesta tipo ensayo o de respuesta breve, y que solicitan sólo la recuperación de la información, son los que se han empleado más frecuentemente (entre 30 y 40 asignaturas).
De ellos, los discentes relatan que se resuelven a partir de la memorización de contenidos, ya que se pedía al alumno una respuesta lo más fiel posible al temario.
No obstante, con esta frecuencia, también se han empleado los enunciados tipo ensayo que requieren el análisis de la información, de los cuales los estudiantes dicen que consistían en la realización de una prueba con preguntas muy generales, que para resolverlas es necesario comprender bien el temario, pues tienes que mostrar tu opinión o reflexión fundamentada o justificada.
Con una frecuencia también alta (entre 20 y 30 asignaturas) los alumnos afirman que también han tenido experiencias de exámenes con enunciados que requieren respuestas breves y que solicitan el análisis de la información (respuestas en base a unos contenidos trabajados a lo largo de la asignatura, pero no se trata de responder sobre contenidos concretos, sino que se valora la expresión, reflexión y relación entre conceptos); y exámenes que requieren una respuesta tipo ensayo, donde se solicitaba la comprensión de la información tratada (preguntas relacionando unos temas con otros, explicando bien porqué estaban relacionados).
Con esta misma frecuencia también relatan las experiencias con exámenes escritos que implicaban la resolución de ejercicios o casos prácticos, de los cuales recordaban que eran preguntas en las que debían de solucionarlas haciendo uso y poniendo en práctica la teoría aprendida, para dar solución a las actividades o a los supuestos.
Consecuentemente, respecto a las habilidades puestas en práctica para solventar este tipo de preguntas los alumnos aludían a la aplicación del contenido.
Con una frecuencia menor (entre 10 y 20 asignaturas) se encuentras los exámenes con enunciados que requieren una respuesta breve y solicitan la comprensión de la información (conllevan la relación de diversos temas y conceptos para poder desarrollarlas satisfactoriamente); así como las preguntas sobre materiales escritos que demandan recuperación (las preguntas hacen referencia a un material escrito que había que memorizar) o análisis de la información (responder a una serie de cuestiones relacionadas con la lectura de diversos materiales escritos, en los que había que reflexionar de forma crítica).
En el otro extremo, encontramos como los menos empleados los exámenes escritos sobre materiales escritos que requerían por parte del alumnado la comprensión de la información (en menos de 10 asignaturas), de los que los alumnos describen que implicaban leer un libro de manera que entendiésemos su contenido o su relación con la teoría dada en clase.
En cuanto a los exámenes tipo test, han sido utilizados en el 44% de las asignaturas.
Más concretamente, los alumnos han señalado que a lo largo de la carrera han realizado varias tipologías de test, entre las que se encuentran: los test de verdadero o falso, los test de elección única con tres o cuatro alternativas de respuesta y los test de elección múltiple.
Los discentes indicaban que las habilidades puestas en práctica para este tipo de pruebas eran la demostración del conocimiento del contenido y la discriminación de la respuesta correcta.
A continuación recogemos algunas de sus descripciones:
GO27... debíamos demostrar que sabíamos dichos conceptos y contenidos....
GO11... evalúan de esta forma los conocimientos adquiridos a lo largo del curso...
GO12... comprobar que los conocimientos son adquiridos y asentados...
GO1... tienes que demostrar tus conocimientos y comprensión de lo estudiado...
GO1... se hacen para ver que el alumno conoce realmente la respuesta...
GO26... domináramos a la perfección los contenidos y las ideas que tenían que ver con el temario...
GO31... discriminación y selección de la respuesta correcta... una serie de ítems...debes identificar la respuestas correcta/ incorrecta a cada pregunta...
GO27... discriminar las opciones, aunque sus cambios fueran mínimos...
GO25... diferenciación y discriminación de conceptos...
Pero como podemos comprobar en la tabla 2, estas demandas no se reconocen igual para todas las modalidades de exámenes tipo test, de modo que en los exámenes de respuesta única, con tres o cuatro alternativas de respuesta, los estudiantes no han mencionado la habilidad de discriminar la respuesta correcta del resto de ítems.
Capacidades desarrolladas en cada tipología de examen test
Test 3 alternativas de respuesta
Test 4 alternativas de respuesta
Test de elección múltiple
Discriminar la respuesta correcta
Por último, y respecto al examen oral, resaltar que ha sido el menos empleado en esta promoción de Pedagogía, solamente en 5 asignaturas (que suponen un 5,3% del total); pero a pesar de ello los estudiantes tenían claro que con él ponían en práctica destrezas como: la fluidez, la organización mental del contenido y el control del lenguaje no verbal.
Así los estudiantes recuerdan que:
GO15... para este tipo de evaluación hay que tener destrezas en la expresión y comunicación verbal, control sobre las emociones y nervios que suscita y claridad en las ideas a exponer para hablar de ellas con fluidez.
GO16... aplicando la habilidad de saber hablar en público,... teníamos que exponerlos teniendo en cuenta el lenguaje no verbal.
En primer lugar, indicar que hemos de tomar estos datos con cautela pues, como se anunciaba al inicio del artículo, la intención principal de la investigación no era la de recoger información sobre las capacidades que desarrollaban los estudiantes, sino sobre las técnicas de evaluación que se habían empleado en esta promoción de Pedagogía.
De esta forma, hemos de ser conscientes de la necesidad de seguir profundizando sobre esta información en futuras investigaciones.
Pero con la información que los estudiantes nos han proporcionado, hemos de considerar que en el conjunto de las técnicas de evaluación se ha podido observar una evolución en cuanto a procesos cognitivos, puesto que se comienza con capacidades muy simples, como puede ser la rememoración hasta llegar a destrezas de orden superior, como es la aplicación de la teoría a la práctica.
Así pues, hemos de resaltar que ha sido en muchas ocasiones un continuo en el que se ha realizado un recorrido por las distintas capacidades.
En la tabla 3 hemos intentado organizar las tipologías de instrumentos de recogida de información con las capacidades desarrolladas, presentando este continuo de habilidades cognitivas desde las más simples (la discriminación de la respuesta correcta) hasta capacidades de orden superior (por ejemplo, valorar el propio aprendizaje o investigar sobre una situación educativa):
Capacidades desarrolladas en cada instrumento de evaluación
Discriminar respuestas correctas de las erróneas
Demostrar el dominio de los contenidos: conocer y comprender
Expresión, reflexión y relación entre conceptos
Mostrar opiniones o reflexiones fundamentadas
Poner en práctica la teoría en actividades o supuestos prácticos
Recoger y ordenar las actividades realizadas en el seno de una materia
Complementar información, mediante la búsqueda y manejo de fuentes de información
Resumir, comentar, comparar o profundizar sobre determinados aspectos de una materia
Comentar y valorar textos escritos
Reflexionar y valorar sobre lo aprendido en una disciplina
Analizar o investigar sobre una situación, para orientar su posible intervención
· Claridad en las ideas
· Destrezas en expresión y comunicación verbal
· Control del lenguaje no verbal
· Control sobre las emociones y nervios
Como podemos comprobar, los alumnos afirman que son en los exámenes tipo test donde ponen en práctica destrezas más sencillas: discriminar y demostrar conocimiento marcando una respuesta; mientras que en los exámenes escritos y los trabajos se puede apreciar como aplican distintas destrezas en un creciente continuo de complejidad.
Caso aparte son los exámenes orales, en los cuales los discentes destacan habilidades diferentes a las que ponen en práctica en las otras técnicas, cuestión fundamental a tener en cuenta, sobre todo considerando el escaso uso que se hace de esta herramienta de evaluación en la muestra estudiada.
Así pues, podemos constatar que los estudiantes tienen una imagen clara de cuáles eran las técnicas y qué debían de hacer en cada una de ellas.
Sin duda, para ellos no se evalúa de igual forma con unas técnicas que con otras y esto queda reflejado en las aportaciones que elaboran sobre cada una de las herramientas (aún sin solicitarle esta información).
No olvidemos que el qué y cómo aprenden los alumnos depende en gran medida de cómo se les evalúe.
Consecuentemente, si conocemos lo que los estudiantes valoran que se les solicita en cada instrumento de evaluación, podremos aproximarnos a conocer qué han aprendido o, por lo menos, qué destrezas consideran que han aprendido a lo largo de su proceso formativo en la Universidad.
Además, sabemos que cuando evaluamos los aprendizajes que han realizado los alumnos, estamos también evaluando la enseñanza que hemos llevado a cabo.
La evaluación nunca lo es, en sentido estricto, de la enseñanza o del aprendizaje, sino más bien, de los procesos de enseñanza y aprendizaje. |
Transiciones ambientales para el nuevo milenio, pretende ser un número monográfico de alto nivel científico y de carácter multidisciplinar.
A su vez, tiene vocación de llegar, y ser de utilidad, para un lector de más amplio espectro, no sólo del ámbito estrictamente académico o científico, sino también del técnico o profesional.
En el mismo se abordan desde diversas tradiciones académicas, como son el Derecho, la Economía, la (agro) Ecología, la Filosofía, la Geografía Humana y la Sociología, algunos de los grandes temas del actual debate ambiental en relación con el territorio y el espacio.
El eje vertebrador del mismo es la cualificación del espacio, término que pretende expresar -en el marco del presente número monográfico-la preocupación por una adecuada planificación, valoración y gestión ambiental de todo el espacio, principalmente el natural y rural.
De esta manera, se abordan los grandes retos y las insuficiencias de la gestión ambiental en los países en desarrollo desde la perspectiva de la economía política, la problemática del agua en relación con la agricultura, la economía ambiental de los espacios naturales, la (agro) ecología de los sistemas agrarios y los recursos naturales, la gestión ambiental ligada al turismo residencial, la gestión ambiental en la frontera urbano-rural, la gestión ambiental de los paisajes (culturales) rurales y, finalmente, desde una perspectiva más social y cultural el carácter simbólico del espacio o su perspectiva de género.
De esta forma, el monográfico constituye un punto de encuentro disciplinar y temático, buscado de manera intencional, que enriquece notablemente el resultado final.
Sólo con desgranar de forma somera sus páginas se advierte que la economía fundamenta más su perspectiva a la valoración, el derecho lo asocia más a clasificación,..., y así sucesivamente.
La complejidad de una cuestión que se encuentra de forma permanente en la opinión pública, con sus múltiples vértices y enfoques es una de las características del presente volumen colectivo, que reúne a algunos de los mejores especialistas en cada disciplina.
La primera aportación del profesor Bryant, uno de los más brillantes especialistas mundiales en gestión ambiental desde el punto de vista de la economía política, constituye una revisión de la ecología política centrada sobre todo en los países en desarrollo, pero que sirve como marco de las relaciones globales, que ejemplifica posteriormente en la zona del Sudeste de Asia, para concluir con un cierto escepticismo que los movimientos relativos a la "salvación del planeta" por sí mismos no son obstáculo a las políticas de transacción.
La aportación del profesor Antonio Bello del CCMA-CSIC, uno de los maestros de la (agro) ecología en España y Latinoamérica, y colaboradores, plantea que es preciso el conocimiento de los elementos y procesos de los agrosistemas, para una gestión adecuada y armónica con el ambiente.
Por ello sugiere firmemente la aplicación de criterios ecológicos en la protección vegetal.
La colaboración de los profesores Vélez y Gómez Sal -una de las figuras de referencia en la ecología terrestre-aborda el análisis del concepto de integridad ecológica dirigido, como los autores indican, a la planificación y la conservación de la naturaleza a escala de paisaje.
Para este propósito generan un modelo que integra diversos índices y constituye una herramienta de relevancia para la conservación de la naturaleza.
El prometedor profesor Dionisio Ortiz, aborda uno de los fundamentos de la regulación pública en la gestión de los recursos naturales y en los actuales procesos de cambio rural, concretamente los efectos de la integración de las PRESENTACIÓN consideraciones ambientales en las más notables regulaciones públicas de los usos del suelo rural.
Concluye, de una forma acertada, que la tierra tiene actualmente una dimensión de propiedad ambiental.
En la aportación relativa a la economía de los servicios ambientales en los espacios naturales españoles realizada por los investigadores del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, Campos -uno de los más relevantes precursores de la economía ambiental en nuestro país-, y Caparrós, Oviedo y Ovando, se presenta la medición de la renta total de dos espacios forestales españoles (el Parque Natural Los Alcornocales y los Pinares de la Sierra de Guadarrama) a través de la metodología de Cuentas Agroforestales incorporando el valor de cambio de los servicios ambientales públicos y privados y la producción intermedia del gasto público de la administración ambiental.
Los investigadores del IESA-CSIC de Córdoba -instituto que aglutina un muy dinámico núcleo de investigadores ambientalistas y ruralistas-, Fernando Garrido y Eduardo Moyano -dos de los más brillantes estudiosos de los procesos de desarrollo rural en relación a la gestión ambiental-, analizan de forma detallada la percepción social y política de los temas relacionados con la gestión del agua en España, que según los autores sugieren ha pasado de una dimensión hidráulica y agraria, a otra de carácter más integral y, en consecuencia, multifuncional.
En este marco analizan las nuevas directrices de desarrollo rural y más concretamente la dimensión territorial de los recursos hídricos, en especial la gestión de los regadíos.
Se concede notable importancia, como principal conclusión, a la colaboración en la escala regional de los departamentos de agricultura y medio ambiente.
El profesor D. Ramón Martín Mateo, uno de los precursores del derecho ambiental y, en definitiva, una de las más notables figuras de los estudios ambientales a nivel nacional e internacional, y su brillante discípula la profesora Cantó desgranan de una forma detallada el interés en la utilización de los instrumentos de gestión territorial y ambiental avanzados, para conducir los efectos ambientales no deseados en el espacio natural y rural de las grandes aglomeraciones.
Se concluye, de una forma atinada, en la necesidad de una gestión sostenible del espacio ligada a los compromisos comunitarios.
El profesor Aledo -uno de los precursores en el concepto del turismo inmobiliario en los espacios mediterráneos-, aborda un tema de notable interés y actualidad: el turismo residencial.
Como el autor apunta con agudeza este fenómeno ha constituido un motor de los procesos de cambio social y ambiental de la España Mediterránea.
También plantea que ahora asistimos a una fase dominada por el Nuevo Turismo Residencial, que se caracteriza por la grandiosidad de sus proyectos, sobre todo en el consumo de espacio, con todas las implicaciones socioculturales que conlleva y que el autor resume de forma metafórica en la transformación de «la tierra en suelo».
La investigadora del Instituto de Filosofía del CSIC Marta González -reconocida especialista por sus estudios sobre conflicto social y medio ambiente-realiza una atinada reflexión sobre el género y la responsabilidad ambiental, que se enmarca en las recientes corrientes que sugieren que las mujeres no son una categoría homogénea, sino que se encuentran influenciadas por el medio y sus problemas, para apuntar además que tal argumento es posible que coexista con un enfoque de género más clásico para el estudio de actitudes y comportamientos (pro) ambientalistas.
Dos contribuciones vienen enmarcadas por el comúnmente denominado giro cultural en el estudio de las relaciones sociedad, espacio y naturaleza.
El profesor Kizos -uno de los investigadores de más proyección en el ámbito mediterráneo-de la Universidad del Egeo en Atenas, desde la perspectiva de la gestión ambiental de los sistemas agrarios, realiza una comparación, muy interesante, entre aquellos que constituyen una reminiscencia de tipos de producción orientales, de carácter más tradicional y los sistemas agrarios más convencionales.
Apunta finalmente el valor positivo, en términos de gestión ambiental, de los sistemas ligados a un tipo de producción "oriental".
Por su parte, la contribución del doctor Paniagua -coordinador del número-, investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, constituye una aportación al estudio del espacio y lugar en áreas despobladas, desde una perspectiva eminentemente cultural y política, que adopta como raíz teórica principalmente la sociología política de Escobar, para apuntar que (co) existen diversos planos en la percepción, discursos y gestión del espacio y la naturaleza, entre los que hay relaciones de conflicto -como habitualmente se apunta en la literatura-, pero también existen notables lazos de colaboración entre actores y |
Las temáticas y preocupaciones de las investigadoras élite en Ciencias Sociales de las universidades catalanas
Las Ciencias Sociales son áreas del conocimiento en las cuales inciden de forma muy importante las circunstancias que rodean al personal investigador.
Los enfoques que se adoptan ante el tópico a investigar, las metodologías o maneras de estudiarlo, son especialmente claves en estas áreas.
Entre estas circunstancias se encuentra el género de la investigadora principal.
La metodología elegida para abordar este estudio ha sido cualitativa.
En concreto, las entrevistas focalizadas a nivel individual y el análisis del discurso en la producción científica son las técnicas utilizadas.
Sólo una cuarta parte de los grupos son liderados por mujeres y éstas parece que tienen unas condiciones especiales y que están ahí porque siguen las pautas investigadoras al uso.
Presentamos en este artículo parte de un trabajo más amplio co-subvencionado por el Institut de les Dones de la Generalitat de Catalunya (Ref.
U-45/1) finalizado en el año 2011 con el título de "La investigación académica en Ciencias Sociales en las universidades catalanas desde una perspectiva de género.
Estudio de caso de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y de la Universidad de Barcelona (UB)", donde destacamos algunos de los resultados obtenidos relacionados con las temáticas y preocupaciones de las élites académicas en la investigación de Ciencias Sociales (CCSS).
Comenzamos con una breve contextualización sobre la situación en la que se encuentran las universidades españolas y cómo éstas asumen el compromiso de velar por la igualdad entre mujeres y hombres.
Seguimos con un análisis de la situación de la investigación en el ámbito de las CCSS y sus principales preocupaciones en relación a la producción científica, la evaluación y la financiación.
Posteriormente, la presencia de la mujer en la universidad nos pone en alerta sobre la existencia del llamado "techo de cristal" que como espacio superior invisible puede suponer un obstáculo a la mujer investigadora.
Para finalizar, damos cuenta de la metodología llevada a cabo, así como de los resultados y de discusión con la información obtenida y las conclusiones.
LA UNIVERSIDAD ANTE LA IGUALDAD ENTRE MUJERES Y HOMBRES
Actualmente, las universidades españolas pretenden colocarse en una mejor posición para la cooperación interna y la competencia internacional, creando, transmitiendo, desarrollando y produciendo conocimiento científico y tecnológico y de transferencia a la sociedad, todo ello con el fin de ser más atractivas en la sociedad actual y en el mundo globalizado.
Una de las medidas adoptadas, además de los cambios funcionales y estructurales, es lograr una sociedad más tolerante e igualitaria, en la que se respete la igualdad entre hombres y mujeres.
De esta manera, la (LOM-LOU, 2007)) hace alusión directa a la "Paridad en la representación de los órganos de gobierno para garantizar la igualdad de oportunidades y no discriminación por razones de sexo, tanto para docentes como estudiantes y personal de administración y servicio".
En la misma ley se fomenta la igualdad en la investigación, así como la creación de estructuras específicas que en el seno de las universidades garanticen el desarrollo de funciones destinadas al principio de igualdad entre mujeres y hombres.
En relación a la política nacional de igualdad en España (Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres), el Ministerio de Educación desempeña un papel fundamental en el desarrollo de políticas en pos de esa igualdad.
Así se diseña un conjunto de acciones a desarrollar en los próximos años, a la vez que se perfilan algunas normas legales como la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación.
Un ejemplo de ello es la creación de la Unidad de Mujeres y Ciencia (UMYC) creada desde el Ministerio de Educación (MEC) y adscrita al Ministerio de Ciencia e Innovación como el órgano encargado de poner en práctica el principio de transversalidad de género, o mainstreaming, en los ámbitos científico, tecnológico y de innovación.
Con ello, pretende promover una presencia de las mujeres en todos los ámbitos del sistema de ciencia, tecnología e innovación; promover la inclusión del género como categoría transversal en la investigación científica y en los desarrollos tecnológicos y la innovación.
Entre las notas biográficas del Consejo Superior de Investigación Científica (CSIC) es posible conocer mujeres ilustres que han pasado a la historia de la academia por sus legados pero todas ellas corresponden al ámbito de conocimiento de las ciencias llamadas duras -desde la química a la medicina-.
El estudio de la élite académica es importante, no sólo porque forma parte de la sociología del poder, como apunta García de León, 2001, sino porque además el estudio de la élite académica puede relacionarse directamente con lo que llamamos "el cambio social".
Las élites son la "punta del iceberg" (García de León, 2001) de los procesos de cambio.
Los estudios sobre la producción de conocimiento permiten ver las cualidades de los diferentes productos, los orígenes ideológicos de los discursos subyacentes y los procesos sociales que participan en su configuración.
En los últimos años algunas aproximaciones a la investigación desde la perspectiva de género han ayudado a esclarecer como mínimo la distribución por sexos del personal investigador (Pérez Sedeño 2001, 2004, 2005; Arbor 2002, Miqueo et al., 2008), así como las categorías profesionales que ocupan globalmente las mujeres y hombres aunque hasta el momento carecemos de datos mínimamente fiables sobre la productividad e impacto de su trabajo.
En el caso de la universidad actual catalana, podemos afirmar que ha vivido en los últimos años cambios importantes pero que este proceso no ha ido acompañado por un cambio en la distribución igualitaria entre hombres y mujeres en el ámbito de la investigación en general y en CCSS en particular.
LA INVESTIGACIÓN EN LAS CIENCIAS SOCIALES
La actividad investigadora es una de las principales tareas que tiene el personal académico en la Universidad.
Ésta requiere de unas competencias, por las cuáles se forma especialmente al profesorado universitario y que finaliza con el título de Doctor.
Ahora bien, ¿es lo mismo investigar en Ciencias Experimentales que en Ciencias Tecnológicas que en Ciencias Humanas o Sociales?
Del Pozo (2010) sostiene que no tiene sentido desde un punto de vista epistemológico hacer una distinción antagónica entre las culturas científico-tecnológicas y las social-humanísticas.
Los elementos de racionalidad, strictu senso, que se usan en Ciencias Naturales no son suficientes para investigar en CCSS.
En opinión de Subirats (2010) las CCSS se interesan por lo particular y no sólo por lo general y se busca entender las formas en que funciona el mundo real, muchas veces impredecible.
Una buena investigación en CCSS debe ser capaz de explicar no sólo lo que pasa sino las implicaciones sociales y políticas que supone y el grado de consenso o conflicto social que genera.
La teoría que se deriva de este conocimiento difícilmente podrá ser situada y valorada al mismo nivel que la que se produce en el ámbito de las Ciencias Naturales.
Botella (2010) advierte que junto al reconocimiento de las singularidades de la investigación en CCSS también en esta área el investigador/a debe perseguir un ideal universalista, debe hacer llegar sus resultados a toda la comunidad científica sea esta de la misma disciplina o de otra.
Las CCSS no son disciplinas donde la investigación que se desarrolla sea totalmente homogénea.
Dentro de CCSS hay un gran número de disciplinas muy diferenciadas y con particularidades muy notables y dimensiones variables respecto a la actividad investigadora.
Entendemos que se pueden considerar como disciplinas de CCSS las siguientes: Derecho, Economía, Geografía, Historia, Pedagogía-Educación, Psicología, Sociología.
Ahora bien desde una perspectiva organizativa de la investigación sí que existen ciertas prácticas que merecen ser estudiadas o tenidas en cuenta.
¿Existe mayor tendencia a investigar individualmente o en grupos pequeños en CCSS?
¿Cuál es el laboratorio de CCSS?
¿Qué presupuestos se manejan?
Estas circunstancias de las CCSS fueron tratadas por Panchón (2010) en el taller sobre la evaluación de la investigación en CCSS y Humanidades llevado a cabo por el AQU:
La ambigüedad de los límites entre CCSS y Humanidades y cuáles son las áreas que pertenecen a una u otra.
El estilo propio de investigar en CCSS debido a la complejidad de los fenómenos sociales y educativos.
El debate ideológico que acompaña a dicha investigación por la importancia que tiene el acercamiento desde una u otra perspectiva al estudiar un fenómeno social.
La necesidad de revisar los criterios de valoración existentes sobre evaluación de la actividad investigadora y el impacto de ésta.
Los grupos de investigación denominados SGR (Grupos de Investigación Consolidados) son grupos reconocidos por la Agencia de Gestión de Ayudas Universitarias y de Investigación (AGAUR).
Esta estructura es singular en el sistema universitario catalán porque no existe en otras del estado español.
Estos grupos facilitan el trabajo colectivo e interdisciplinar, y también la inserción de investigadores noveles en el sistema de investigación, la captación de recursos y su optimización.
Pertenecer a un grupo con mucha productividad, dónde a menudo el número de autores de los trabajos es elevado, incrementa la posibilidad de recibir citaciones posteriores.
Aún así, cuando el sistema actual se vertebra por la vía de los grupos de investigación, existen investigadores individuales, que todavía trabajan más o menos en solitario por las especificidades propias de su área de conocimiento.
Respecto la producción científica en CCSS hay que señalar que existe una cultura propia caracterizada tradicionalmente por la producción de las monografías, libros y capítulos, uso de lenguas menos universales como el catalán, español, francés o alemán.
Ello no ha favorecido la visibilidad y el prestigio de la investigación en CCSS.
La investigación en CCSS y su evaluación ha sido objeto de preocupación por parte de la misma comunidad investigadora y las instancias que la administran como las universidades y agencias de calidad desde hace una década como mínimo.
En el campo de las Ciencias Experimentales y Tecnológicas ha sido posible y fácil establecer criterios de evaluación y de divulgación de la investigación realizada y la correspondiente producción científica, en CCSS y Humanidades cuesta encontrar puntos de acuerdo y consenso.
Así lo demuestran las diversas Jornadas organizadas por la Agencia de Calidad del Sistema Universitario de Cataluña (AQU) en mayo del 2005 y en enero 2010.
Una de las conclusiones de estos encuentros ha sido que las políticas de evaluación deberán tener en cuenta el contexto de oportunidad para llevar a cabo la investigación.
Las políticas de financiación existentes y la inserción en grupos de investigación potentes son aspectos que pueden condicionar las oportunidades de investigar.
La financiación de la investigación en CCSS pone énfasis en la capacidad de ésta para hacer frente y contribuir a superar problemas sociales presentes y futuros.
Pero ¿cómo se financia la investigación en CCSS?
Este es un problema mayor si cabe que en otras disciplinas debido al bajo interés que tienen las empresas para financiar dichos proyectos.
Esto lleva a plantearse el debate de si hay que financiar la investigación en CCSS con fondos públicos o privados.
LAS MUJERES Y LA INVESTIGACIÓN EN LA UNIVERSIDAD
A pesar de que las mujeres españolas obtuvieron el soporte legal necesario para acceder de forma generalizada a la universidad en 1910 (Guil, 2004) continúa existiendo serias dificultades para acceder a lugares relevantes y de poder en el mundo académico.
Los datos existentes sobre la situación de la mujer en la Ciencia y la Universidad ponen en evidencia las dimensiones de discriminación y desigualdad en el momento de la promoción profesional.
La plena incorporación de la mujer a la universidad no ha implicado su promoción en el mundo académico, en concreto en la investigación.
Efectivamente, y así lo expresa el informe "Académicas en cifras 2007" publicado por la Unidad de Mujeres y Ciencia del Ministerio de Educación que pretende servir de instrumento de trabajo para conocer la situación real de las mujeres en el sistema universitario español.
Ellas son mayoría entre los titulados en la universidad pública (60% en el curso 2005-2006), mientras que el número de catedráticas no alcanza el 14%.
La presencia de las mujeres en la mayoría de los campos de la vida económica, social y política es cada vez mayor, sin embargo sigue siendo minoritaria en la investigación científica.
Aunque la representación femenina en el panorama universitario -sobre todo entre quienes acaban sus estudios universitarios- es cada vez mayor, a medida que va aumentando el escalafón académico el porcentaje se reduce sustancialmente.
A nuestro entender son los factores personales y socioculturales los que constituyen el llamado "techo de cristal" académico, que como barrera invisible obstaculiza o ralentiza el acceso a las mujeres a ocupar puestos de élite en las universidades españolas.
De igual manera la mayor presencia de mujeres entre el profesorado universitario ha ido acompañada de una mayor dedicación de éstas a determinadas disciplinas consideradas más "femeninas" (Humanidades y CCSS y Jurídicas).
Es también un dato relevante que para aquellas que acceden al escalafón superior en la investigación prefieran profundizar en temas relacionados con la mujer.
Efectivamente, entre sus objetivos está la creación de espacios, recursos e iniciativas sobre mujeres o el aumento de la capacidad de integración de éstas.
METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN
En el estudio más amplio1 nos propusimos como objetivo principal de la investigación estudiar al colectivo de investigadoras principales (IP) que dirigen Grupos de Investigación Consolidados (SGR) en CCSS en las universidades catalanas.
Conocer los intereses y preocupaciones que sobre la investigación tienen las IP de CCSS.
Analizar las decisiones metodológicas de los grupos de investigación liderados por mujeres.
Conocer los elementos que favorecen y los que dificultan la producción científica de las mujeres en la Universidad.
Conocer el uso del discurso en las producciones científicas de las investigadoras de las universidades estudiadas así como identificar si existen tendencias entre las mujeres profesoras universitarias de Ciencias Sociales que permitan identificar una manera común de expresarse y cuáles son las características principales de su comportamiento discursivo.
En este artículo aportamos los resultados y conclusiones referidos al primero de los objetivos: conocer los intereses y preocupaciones de investigación de las IP de la UAB y UB.
Todo ello, con la finalidad de visibilizar la realidad para diagnosticar y comprender la situación de las mujeres investigadoras en CCSS.
El método utilizado en este estudio responde a las premisas del método interpretativo pues se fundamenta en comprender los significados sociales que las personas desarrollan en relación al contexto, los objetos y otras personas.
Por tanto, este estudio ha requerido de una metodología cualitativa que de acuerdo con los objetivos planteados, se basó en estrategias etnográficas tales como entrevistas focalizadas y análisis del discurso.
Para la realización de las entrevistas tomamos como población dos universidades: Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad de Barcelona.
De estas dos instituciones se seleccionaron equipos de investigación dirigidos por profesoras y con el distintivo "Grupo Consolidado de Investigación (SGR)" de la Generalitat de Catalunya de las áreas de Educación, Sociología, Derecho, Económicas y Empresariales (tabla 1).
Grupos SGR de investigación en Ciencias Sociales
El instrumento que nos permite recoger información y datos de manera intensiva y extensiva es la entrevista focalizada.
Esta, a diferencia de la entrevista en profundidad, permite un posicionamiento privilegiado al investigador/a por cuanto ya ha podido analizar previamente la situación objeto de la entrevista.
La entrevista se organiza en torno a una serie de cuestiones abiertas de carácter muy general para posteriormente ir centrando el interés en aspectos más específicos.
Se diseñan a partir de los tópicos que desde el marco teórico aparecen como principales.
Estos serían: los antecedentes y contexto actual de la situación profesional, el rol de la investigación en relación a otras funciones propias de su perfil profesional, los factores de éxito desde la propia percepción, el liderazgo del grupo de investigación, las decisiones metodológicas, los tópicos de investigación en las CCSS y la difusión de resultados de la investigación.
Posteriormente, se seleccionan los criterios específicos que suponen ya una primera fase de análisis en la medida que acontecerán codificaciones deductivas.
La relación entre tópicos y criterios específicos queda reflejada en la tabla 2.
Tópicos y descriptores de la investigación
El análisis de la información procedente de las entrevistas se realizó a través del diseño de un sistema de categorías que combinó las variables específicamente indagadas con otras de carácter emergente.
Se utilizó una codificación múltiple: descriptiva e interpretativa y se hizo uso del programa MAXQDA para el procesamiento y análisis del conjunto de la información.
El segundo de los instrumentos que hemos utilizado es el análisis de documentos de las producciones científicas (artículos publicados) de las IP.
Según Kerlinger (1986), el análisis de discurso es "un método de estudio y análisis de la comunicación de forma sistemática, objetiva y cuantitativa, con el fin de medir determinadas variables".
El análisis del discurso implica una mirada analítica a un material procedente de hechos de la vida en entornos concretos (empírica) y a la vez maneja descripciones, explicaciones y narrativas para generar otras descripciones, explicaciones y narrativas (cualitativa).
En esta investigación hemos estudiado a partir del análisis del discurso las producciones científicas de las directoras de los equipos de investigación SGR entrevistadas.
Para ello, hemos partido del trabajo de Newman, Groom, Handelman, & Pennebaker (2008) para el análisis del discurso de hombres y de mujeres en los Estados Unidos.
Esta adaptación se ha hecho teniendo en cuenta las especificidades de la lengua castellana y los objetivos principales de nuestro proyecto de investigación.
Se trataba de identificar si existen tendencias entre las mujeres profesoras universitarias de CCSS que permitan identificar una manera común a la hora de expresarse y cuáles son las características principales de su comportamiento discursivo.
Más concretamente, nuestro instrumento de recogida de información investiga el discurso de las profesoras participantes desde tres dimensiones generales: la dimensión lingüística, la dimensión psicológica y la dimensión cognitiva.
Con respecto a la dimensión lingüística, nos interesa especialmente investigar el contexto y las características principales de la comunicación de las autoras con su público.
En un segundo nivel intentamos identificar si las autoras utilizan un lenguaje científico neutro o sexista y si esto se hace intencionalmente o no. Finalmente, hacemos énfasis especial en las citas de las autoras (número de citas, citas con página, autocitas), puesto que consideramos este elemento significativo para analizar la confianza que sienten por su investigación.
En cuanto a la dimensión psicológica, hemos intentado investigar tres procesos psicológicos a la hora de interpretar los artículos de nuestras participantes.
En primer lugar, hemos querido analizar la aparición de emociones positivas de la autora, es decir identificar frases o palabras dónde la autora demuestra su satisfacción u optimismo para la investigación.
Por otra parte, hemos buscado también la aparición de emociones negativas de las autoras, es decir de frases o palabras dónde se expresa su insatisfacción, tristeza, ansiedad sobre algunos aspectos de su investigación o de sus resultados.
Finalmente, hemos considerado importante identificar la aparición de algunas sensaciones de la autora, es decir de información que ella transmite y que proviene de hechos o elementos que ha visto, sentido o escuchado.
Con respecto a la dimensión cognitiva, hemos intentado analizar cómo las investigadoras de nuestro estudio fundamentan su argumentación.
Más concretamente, hemos querido estudiar la frecuencia de aparición de frases de causa y efecto, es decir el uso de conjunciones o modos conjuntivos (como por ejemplo: porque, de que, ya que, como, como que, por lo tanto, en efecto, etc.) para reforzar su argumentación.
Después, hemos considerado importante investigar las frases de perspicacia que se utilizan, es decir frases dónde la autora refuerza su argumentación con frases o verbos como pienso, creo, me parece, según mi opinión, habría, etc. En el mismo contexto, hemos identificado las oraciones tentativas, dónde la autora fundamenta su argumentación con palabras y frases como casi, podría ser, quizás, no siempre, etc. Paralelamente, con las tentativas, hemos analizado la aparición de las frases ciertas donde la autora utiliza, para fomentar su argumentación, axiomas o palabras de certeza como por ejemplo: siempre, nunca, nada, en absoluto, etc. Finalmente, se ha hecho un análisis de los verbos cobertura (hedge verbos) de los artículos, es decir de palabras que se utilizan por la autora para dar "cobertura"/apoyo a su argumentación.
Nos referimos a palabras que condicionan sus argumentos, como por ejemplo: "me parece", "según mi opinión", "podría ser", "según se espera", "posiblemente", etc. En la tabla 3 presentamos la tabla que utilizamos para recoger la información después de analizar los dieciocho artículos.
Esquema general de la pauta de análisis de los artículos
Uso de oraciones de perspicacia
En este apartado presentamos información extraída de las entrevistas en profundidad y del análisis del discurso para generar una discusión y exponer los resultados acerca de los intereses y preocupaciones de las IP de Grupos Consolidados en el área de las Ciencias Sociales de la UAB y de la UB.
Ofrecemos un recorrido por los datos obtenidos porque los números en sí mismos son relevantes.
Del total de los grupos de investigación (SGR), las investigadoras representan todavía una minoría en comparación con los hombres.
Es necesario conocer las dificultades y facilidades de la carrera universitaria con las que se encuentran las mujeres élite del área de CCSS y cuáles son sus intereses y preocupaciones en la investigación.
En primer lugar, y con la intención de focalizar el estudio, partimos de una primera aproximación a los datos ofrecidos por la Agencia de Gestión de Ayudas Universitarias y de Investigación sobre los grupos reconocidos por la Generalitat de Catalunya (SGR) (convocatoria 2009-2013) en el área de CCSS.
Estos datos nos permiten afirmar que la mayoría de los SGR pertenecen a la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y a la Universidad de Barcelona (UB).
De igual manera, son estas dos universidades las que tienen mayor porcentaje de SGR liderados por mujeres, concretamente en la UAB 24 grupos y en la UB 36.
En concreto, en la Universidad de Barcelona, teniendo en cuenta la distribución de los grupos de investigación reconocidos en el área de CCSS podemos afirmar objetivamente que el ámbito de Derecho posee el mayor número de SGR (12), seguido por el ámbito de Ciencias de la Educación (10) y el de Economía (9).
En cuanto a la Universidad Autónoma de Barcelona, el mayor número de grupos consolidados pertenecen a los ámbitos de Economía y Educación (14) seguidos por Derecho, Psicología y Geografía.
En la tabla 4 se muestran los datos correspondientes al número de SGR liderados por mujeres en ambas universidades catalanas.
Distribución de los grupos por universidades y género
Como ya hemos dicho, a pesar del soporte legal obtenido para acceder de forma generalizada a la Universidad, para las mujeres continúan existiendo serias dificultades para acceder a lugares relevantes y de poder en el mundo académico, tal y como se muestra en el cuadro anterior.
El número de mujeres que coordinan un SGR es bastante más bajo con respecto a los grupos liderados por hombres (por ejemplo, en la Universidad de Barcelona sólo el 27,7% de los SGR están liderados por mujeres, según datos del GREC, 2007) excepto en los ámbitos de Geografía y Derecho de la UAB.
Pero si lo que nos interesa es conocer cuáles son los temas y los problemas de investigación de las mujeres que lideran SGR en la UB y UAB y no tanto el número de mujeres IP debemos centrarnos en conocer las temáticas generales de investigación del SGR.
En la tabla 5 se muestran los SGR liderados por mujeres en la UB y en la UAB.
Como podemos apreciar de la tabla 5, la mayoría de los SGR dejan entrever que la investigación se centra en tópicos propios del área de conocimiento y del ámbito específico.
A pesar de ello, según la información obtenida en las entrevistas, algunas de las informantes afirmaban que a las mujeres les interesa más los temas humanísticos y aquellos temas que tienen que ver con hechos más reales:
SGR liderados por mujeres en Ciencias Sociales en la UAB y en la UB
DERECHO CIVIL CONSTITUCIONAL Y DERECHO CATALÁN (UB)
GRUPO INTERUNIVERSITARIO DE DERECHOS CULTURALES Y DIVERSIDAD (GIDD) (UB)
ÁREA DE DERECHO INTERNACIONAL PRIVADO DE LA UNIVERSDAD DE BARCELONA (UB)
DERECHO Y SOCIEDAD DESDE LA PERSPECTIVA DE GÉNERO (UAB)
DERECHO CONSTITUCIONAL EUROPEO (UAB)
ESTUDIOS INTERNACIONALES Y EUROPEOS DEL INSTITUTO DE DERECHO Y TECNOLOGÍA (UAB)
ELITES Y PARTIDOS POLÍTICOS (UAB)
ESTUDIOS FEDERALES Y AUTONÓMICOS (UAB)
CREATIVIDAD, INNOVACIÓN Y TRANSFORMACIÓN URBANA (UB)
RIESGO EN FINANZAS Y SEGUROS (UB)
NIVELES DE VIDA Y MEDIO AMBIENTE (UB)
SUBJECTIVIDADES Y ENTORNOS EDUCATIVOS CONTEMPORÁNEOS (ESBRINA) (UB)
GRUPO DE INVESTIGACIÓN EN EDUCACIÓN INTERCULTURAL (UB)
ENTORNOS Y MATERIALES PARA EL APRENDIZAJE (UB)
GRUPO EDUCACIÓN SUPERADORA DE DESIGUALDADES (UB)
LENGUAJE Y ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS - (UAB)
EDUCACIÓN MATEMÁTICA Y CONTEXTO SOCIOCULTURAL – EMICS (UAB)
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ENSEÑANZA E INTERACCIÓN PLURILINGÜES (UAB)
INNOVACIÓN DIDÁCTICA Y VALORES EN LA EDUCACIÓN FÍSICA Y EL DEPORTE (UAB)
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LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL Y EDUCACIÓN LITERARIA (UAB)
GRUPO DE INVESTIGACIÓN EN GÉNERO, IDENTIDAD Y SOCIEDAD (UB)
GRUPO DE INVESTIGACIÓN EN TERRITORIO, POBLACIÓN Y CIUDADANÍA (UB)
BIENESTAR COMUNIDAD Y CONTROL SOCIAL (UB)
GRUPO DE INVESTIGACIÓN E INNOVACIÓN EN TRABAJO SOCIAL (GRITS) (UB)
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ESTUDIOS SOCIALES Y DE GÉNERO DE PODER Y LA SUBJECTIVIDAD (UAB)
INVESTIGACIÓN PSICOEDUCATIVA SOBRE LA SORDERA Y OTRAS DIFICULTADES COMUNICATIVAS (UAB)
"Por lo que he visto en mi vida los hombres son mucho más abstractos en mi área a la hora de investigar que las mujeres.
Mis temas son mucho más humanos tocan más a la realidad, mientras que mis colegas tocan temas muy abstractos para hacer teorías generales.
Esta es la percepción que tengo de manera general, pero no en mi grupo en donde hay más bien una mezcla, porque hay mujeres que tienen teoría más general y tengo un titular de Madrid que es mucho más concreto; por lo que actualmente en mi grupo no veo yo esa diferencia" (A1).
Así también observamos que existen SGR liderados por mujeres donde el nombre del grupo muestra explícitamente que las temáticas de los estudios giran en torno a tópicos relacionados con el género.
En relación a esto, es decir, al interés por estudios de género, y teniendo en consideración todos los SGR liderados por mujeres en todos los ámbitos de las CCSS en ambas universidades, nos encontramos con que en la UB existen 2 grupos en los que su nombre alude específicamente a estudios de género.
En la UAB la situación es similar, existen tres grupos de investigación que el nombre del grupo hace referencia explícita a estudios de género (tabla 6).
Relación de grupos de investigación que tienen el género como tópico de investigación
Y es que, efectivamente, tal y como afirma otra de las participantes, son las mujeres las que se interesan más por los tópicos que tienen que ver precisamente con el estudio del género o sobre temáticas relacionadas con la mujer.
"Sí que es cierto que hay algunos tópicos que tocan más de cerca las mujeres y entonces es normal que al principio exista una preocupación no científica, digamos curiosidad o motivación por un tema, aunque luego se acabe convirtiendo en un interés científico.
Por ejemplo, es normal que cuestiones de filosofía feminista hayan sido estudiadas primero por mujeres".
En concreto, de los cinco SGR liderados por mujeres y que según el nombre del grupo induce a pensar que investigan temas relacionados con el género, es posible a través de la difusión de la investigación (subproyectos, artículos), afirmar que efectivamente trabajan temáticas relacionadas con la mujer.
Concretamente, entre sus objetivos está la creación de espacios, recursos e iniciativas sobre mujeres (cada una desde sus disciplinas, ya sea desde el Derecho o desde la Geografía); o el aumento de la capacidad de integración de las mujeres.
A partir del documento "Relación de los grupos de investigación reconocidos por la Generalitat de Catalunya (SGR-DGR 2009-2013)", en donde se menciona y se distribuye toda la relación de SGR de las universidades catalanas por 3 grandes bloques, es posible observar que 4 de estos últimos 5 SGR se ubican en el bloque de: "Retos para las personas y la sociedad" y en concreto dentro del subbloque de "Cohesión social y gestión de la complicidad social para generar oportunidades", dato que confirma nuestra afirmación.
Aún así y a pesar de que la mayoría de las académicas entrevistadas hiciesen mención a la sensibilidad o motivación por el estudio de cuestiones relativas al género, o incluso a la preocupación por temas más humanos y cercanos a la realidad social, hemos de ser prudentes al afirmar que la variable género sea una variable determinante en la selección de determinadas temáticas o que induzcan a metodologías de investigación diferentes.
No hay unanimidad en las informantes en pensar que el hecho diferenciador del género sea determinante para la elección de una temática u otra en investigación y que ésta a su vez sea significativamente diferente a las temáticas elegidas por los varones.
"Yo creo que en la formación de las personas, sus intereses y, sobre todo, su trayectoria vital condiciona su investigación.
Por tanto no creo que sea por el hecho físico del género, si fuese así significaría que no podría haber grupos de hombres y mujeres investigando un tema común".
Lo que sí es posible afirmar a partir de las entrevistas realizadas es que las mujeres apelan a la necesidad de cambio social en el contenido de los roles asociados al género.
Mientras no haya equidad funcional en lo relativo al mundo familiar, más allá de lo profesional, seguirá siendo difícil para las mujeres tener las mismas oportunidades laborales que los hombres.
"Creo que es un poco complicado, no solamente es tarea de la mujer, sino que también hay tarea para los hombres investigadores, que son los que por tradición muchas veces están liderando los equipos de investigación".
"Yo sigo pensando que el modelo familiar en el que hay adultos que están muy presentes y que comparten muchas cosas, es válido.
Lo que debería cambiar es el valor que se da al rol de uno y de otro".
En cualquier caso, uno de los pasos que a nivel social debe darse con mayor contundencia es el aseguramiento de sistemas de conciliación de la vida familiar y laboral con el objetivo de evitar que las académicas deban elegir entre su familia y su carrera ya que ambos escenarios vitales son irreconciliables.
"Sólo veo que debe haber conciliación entre familia y trabajo, pero me parece que eso no es tanto un tema de la Universidad o de las organizaciones públicas, sino del sistema.
A veces lo que es difícil es eso: conciliar la familia y el trabajo.
Me parece que en el caso de las ciencias sociales, no sé si hay reglas de paridad o cuotas, al momento de conceder estos grupos, pero me parece que más que ejercer la paridad hay que colaborar en leyes para la conciliación".
Existen circunstancias individuales, intereses, preocupaciones y elementos que o bien favorecen o dificultan la producción científica de las mujeres en la Universidad.
Las informantes coinciden en afirmar que el hecho de ser mujer es más una dificultad que una ventaja para trabajar en la Universidad y sobre todo, a la hora de liderar grupos de investigación consolidados que en la mayoría de los casos están compuestos por más hombres que mujeres.
Las barreras parecen ser muchas:
"Es un campo en que a pesar de que hay muchas estudiantes, muchas doctorandas y muchas mujeres iniciando la carrera, tenemos sólo 4 catedráticas en toda España que ahora están desesperadas con las oposiciones de cátedra porque tienen que estar recorriéndose toda España para ir a los tribunales y, por tanto, estoy en un campo que no puedo decir que sea especialmente 'friendly' para las mujeres".
"A veces por comodidad no harías cosas o no competirías o no te presentarías a cosas pero crees que las tienes que hacer ¿por qué?
Bueno, porque no hay mujeres o no hay candidatas o te piden hacer algo que es interesante en general, para las mujeres en general, o para intentar mejorar la igualdad de género en general, y esto es importante; por comodidad muchísimas veces te quedarías en tu casa, estás muy cansada y muy aburrida".
Es por ello, que entre los intereses manifestados por algunas de las académicas está la creación de redes y espacios de convivencia desde donde poder crear sinergias con la finalidad de darse apoyo mutuo.
"Las mujeres suelen establecer más redes de ayuda, porque lo han hecho siempre, y por tanto también lo trasladan y la red de ayuda siempre beneficia al grupo, y si beneficia al grupo beneficia a los individuos, pero esa es una visión que no está muy institucionalizada en la Universidad".
"Yo trabajo sobre cuestiones de género, es decir, trabajo sobre el Mercado de Trabajo y Diferencias de Género en el Mercado de Trabajo en perspectiva histórica; entonces eso hace que se creen apoyos especiales que me han venido principalmente por mujeres que han trabajado en ese campo y son exclusivamente mujeres".
La mayor presencia de mujeres en el mundo académico ha ido acompañada de una mayor dedicación de éstas a determinadas disciplinas consideradas más "femeninas" (Humanidades y CCSS y jurídicas).
Es especialmente destacable que el género sigue aún condicionando la elección por determinadas áreas de conocimiento.
"En nuestro grupo la mayoría de las personas somos mujeres, claro que en el campo de las ciencias sociales eso es bastante común.
Aunque sí creo que la agenda sentimental de las mujeres es siempre diferente a la de los hombres.
Porqué, claro, un hombre que se quiere dedicar a la investigación, se autoimpone menos responsabilidades familiares, y pues claro que las mujeres nos solemos auto imponer más.
Yo, en este momento, como decía una persona a la que le hicimos una historia de vida y que es catedrática de matemáticas, tomando en cuenta que sólo el 9% de los catedráticos en matemáticas son mujeres, ella decía que: "el que quiere hacer camino, lo hace" no importando si es hombre o mujer" (A2)
Sin embargo, es igualmente relevante ver como aún existe una brecha importante en relación a la permanencia en las categorías inferiores del escalafón académico (Informe Nacional, España, 2011).
Para el análisis del discurso de los 18 artículos, utilizamos la pauta adaptada de Newman et al. (2008).
Este análisis nos ha permitido identificar la manera de expresarse y las principales características lingüísticas, psicológicas y cognitivas de la expresión escrita de las producciones de las profesoras (tabla 7).
Textos analizados de las autoras
Con respecto a la dimensión lingüística, hemos identificado una ausencia general de preguntas y auto-citaciones en los trabajos de investigación de las mujeres profesoras que participaron en nuestra investigación.
Por otro lado, se utilizan frases ampliamente inclusivas y conjunciones.
Con respecto a la dimensión psicológica, podemos decir que las mujeres que coordinan los grupos de investigación en CCSS y que participaron en nuestro estudio parecen preferir la expresión de emociones positivas y optimistas que las negativas en sus trabajos de investigación.
Además, no identificamos ninguna tendencia específica relativa al uso de un lenguaje sexista.
Finalmente, con respecto a la dimensión cognitiva, no podemos encontrar ninguna tendencia o patrón relacionado con la construcción de frases o párrafos.
Cada participante parece seguir su escritura personal y sus preferencias sintácticas, que no están relacionadas con su disciplina o ámbito de conocimiento.
En este contexto, entendemos que se necesita un análisis más preciso sobre las dimensiones anteriores el cual, según Newman et al. (2008), debe contener no sólo datos numéricos sobre las palabras utilizadas en los artículos y una descripción superficial del estilo de la expresión escrita de las participantes, sino más bien un análisis del estilo literario y de las dimensiones cognitiva y psicológica.
Este estudio no puede ofrecer resultados finales todavía, pero abre una nueva ventana para hacer frente a la cuestión de género en la escritura académica y se puede utilizar como punto de partida para un nuevo diálogo entre expertos e instituciones con experiencia en esta área científica.
Sólo una cuarta parte de los grupos son liderados por mujeres y éstas parece que tienen unas condiciones especiales y que están ahí porque siguen las pautas investigadoras al uso: metodologías de investigación propias de la disciplina, estilos de redacción de los artículos de investigación influidos por la tradición,...
Se confirma la hipótesis de que la realidad del profesorado universitario femenino es diferente y que buena parte de esta diferencia está marcada por la construcción social del género.
Asímismo, se confirma que el interés por la investigación relacionada con el género corresponde aún a la mujer y que las dificultades para acceder a la élite académica sigue patente.
Los datos existentes sobre la situación de la mujer en la Ciencia y la Universidad ponen en evidencia las dimensiones de discriminación y desigualdad en el momento de la promoción profesional concluyendo que la plena incorporación de la mujer a la Universidad no ha implicado su promoción en el mundo académico.
Para comprender y diagnosticar la situación de las mujeres investigadoras en CCSS en las dos grandes universidades catalanas, hemos recurrido en primer lugar a una comparación de tipo estadístico.
En este sentido los números son relevantes, puesto que del total de los grupos de investigación, las investigadoras representan todavía una minoría en comparación con los hombres.
El análisis de los grupos de investigación consolidados nos ayuda a acercarnos al campo del estudio de las élites académicas.
Se trata de académicos y académicas que han llegado a un nivel de consolidación de la carrera profesional investigadora.
Como apuntan otros estudios (ver por ejemplo García de León, 2001) el estudio de las élites forma parte de la sociología del poder, tema sustancial en CCSS y llama la atención sobre cómo se distribuye el poder en la Ciencia y aunque la universidad actual catalana ha conocido en los últimos años, cambios importantes, este proceso no está acompañado por un cambio en la distribución igualitaria entre hombres y mujeres en el ámbito de la investigación en general y en ciencias sociales en especial.
Se ha presentado una primera aproximación al estudio del discurso de las mujeres en CCSS, pero todavía estamos lejos de poder ofrecer conclusiones definitivas.
Con respecto al instrumento utilizado de Newman y otras (2008) podemos decir que es útil como punto de partida aunque ha requerido de sucesivos ajustes debido a las diferencias en el lenguaje y el contexto de la aplicación (la Universidad).
Además, consideramos que se debe utilizar con una muestra más grande de textos académicos para poder extraer resultados significativos.
En esto ayudaría mucho el uso de un programa de ordenador especializado en el análisis del discurso.
Podemos decir que el instrumento escogido para el análisis del discurso fue una buena herramienta para analizar las tendencias/preferencias lingüísticas entre las mujeres profesoras universitarias de CCSS, porque nos ha permitido identificar su manera de expresarse y las principales características lingüísticas, psicológicas y cognitivas de su expresión escrita.
En relación a los intereses y las preocupaciones las participantes manifiestan que lo que más les motiva es la investigación en sí misma.
Las problemáticas a las que se enfrentan las investigadoras en el ámbito de las Ciencias Sociales son muy parecidas a las de sus colegas masculinos (sistemas de evaluación externa, carencia de financiación de la investigación lineal, plantillas poco estables, etc.).
Se preocupan por seguir manteniendo las relaciones internacionales que han ido fomentando a lo largo de sus carreras académicas.
Asistir a congresos y establecer contactos interuniversitarios, en relación a los temas de investigación, son tareas que priorizan.
Otro tema del cual se ocupan las participantes es en seguir formándose en aquello que investigan y en cómo investigan.
Entienden que esta formación va unida a menudo a la asistencia a congresos y al establecimiento de vínculos académicos.
A las investigadoras les preocupa que haya pocas mujeres que lideran equipos de investigación de renombre y que faltan modelos femeninos en los cuales las jóvenes puedan inspirarse.
Consideran que para tener una buena producción científica el/la estudiante de doctorado debe poder contar con una persona que en los inicios de la carrera académica le dé orientación en la toma de decisiones y apoyo. |
El acceso de la mujer a la "alta cultura" en la Europa del Renacimiento
Este artículo analiza cómo en un contexto que no favorecía el acceso femenino a los círculos intelectuales, el patronazgo artístico permitió a las mujeres introducirse en la Alta Cultura del Renacimiento, promoviendo una perspectiva femenina que reflejara su historia, su estatus y sus propios intereses.
En 1975, Natalie Zemon Davis, en su ensayo "City Women and Religious Change", señalaba cómo desde finales del siglo XVI hasta el siglo XVIII, tanto en países católicos como protestantes, la mujer sufrió la impotencia provocada por una serie de cambios que, lejos de beneficiarla, le perjudicaron en todos los sentidos y ante los que nada podía hacer (Davis, 1975, 94).
Las modificaciones en las leyes matrimoniales restringieron, aún más, sus libertades y su capacidad como esposa; el número de gremios femeninos disminuyó considerablemente; el papel de la mujer en el comercio de nivel medio y en la administración de patrimonios se redujo; y la diferencia de salario entre hombres y mujeres se incrementó.
Estas realidades llevaron a Joan Kelly a plantear en su famoso ensayo "Did women have a Renaissance?", publicado en 1977, si existió un renacimiento para las mujeres.
Kelly, que circunscribió la pregunta al marco italiano, sostenía que todos los progresos de la Italia renacentista, su economía protocapitalista, sus estados y su cultura humanista, actuaron para moldear a la mujer de la nobleza como un objeto estético: decorosa, casta y doblemente dependiente, de su marido y del príncipe; afirmando que, lejos de las posturas ampliamente aceptadas hasta el momento, esta etapa histórica supuso un retroceso, una pérdida de estatus para la mujer con respecto a la Edad Media (Kelly, 1977).
Las normas jurídicas que regían la vida de las mujeres en la Edad Moderna contribuyeron a consolidar la situación de sometimiento que imperaba en otros ámbitos de la vida femenina, avanzando únicamente en la esfera de protección ante las agresiones que pudieran sufrir del exterior, especialmente las de tipo sexual1.
Años después, en 1985, David Herlihy planteó una reconsideración a la pregunta formulada por Kelly, reexaminando la postura comúnmente asumida por la mayoría de los historiadores del arte feminista según la cual, lejos de existir un renacimiento, se trató, más bien, de un retroceso frente a la posición que las mujeres habían mantenido a lo largo de la Edad Media (Herlihy, 1985).
Los casos de Catalina de Siena, Juana de Arco y otras muchas carismáticas mujeres que, a su juicio, aparecían con extraordinaria frecuencia en el mundo alto medieval, le llevaron a matizar la postura de Kelly y afirmar que, al menos en un sector de la vida social y cultural, las mujeres tuvieron un renacimiento.
Lo cierto es que en un mundo repleto de restricciones, la mujer encontró en la promoción artística una posibilidad de actuación aceptada e incluso reconocida.
Tal como ha señalado Margaret L. King, del mismo modo que la mayoría de las mujeres de las clases dirigentes no gobernaron, compartiendo tan sólo algunas prerrogativas de la soberanía, no pudieron participar de una forma directa en los círculos intelectuales; pero sí lograron acceder a la Alta Cultura a través del patronazgo artístico (King, 1991, 160).
Donde quiera que existieran cortes como centros de riqueza y actividad artística, las mujeres inteligentes actuaban en su papel de patronas de las artes y la cultura, como ocurre en los casos de Isabel I, Margarita de Austria, María de Hungría, Catalina de Medicis, Leonor de Toledo, Mencía de Mendoza o Isabel Clara Eugenia, por citar tan sólo algunos ejemplos.
El carácter del patronazgo femenino desde finales del siglo XV y hasta el XVIII refleja el impacto de nuevas cuestiones socioeconómicas que afectaron al estatus de la mujer (Colh, 1996).
Las oportunidades para las elites femeninas en la participación de la vida intelectual del siglo XVI fueron, en realidad, más limitadas de lo que habían sido en el siglo anterior; sin embargo, el patronazgo permitió a las mujeres explorar el potencial de las artes como una proclamación de su propia identidad y estatus, e incluso de su propio gusto (Lawrence, 1997).
De este modo, a inicios del Renacimiento, ciertas mujeres comienzan a desempeñar posiciones de poder y autoridad, que llevaron a Merry Wiesner a hablar de roles propiamente femenino (Wiesner, 1986).
Las mujeres se definen a sí mismas en términos de sus títulos o roles, su lugar natal o familiar, y, en algunos casos, sus propios intereses o gustos.
En este sentido, la promoción artística constituía el vehículo más apropiado para mostrar su riqueza y estatus, al tiempo que se erigía en la vía de escape a una posible creatividad frustrada.
Aún así, las mujeres raramente encargaban grandes proyectos artísticos de carácter público, quedando reservadas sus iniciativas bien a obras de carácter privado, como la decoración del hogar; bien a actuaciones a caballo entre la esfera privada y la pública, como era la creación de la capilla privada de la familia.
Algo que, sin duda, limitaba el ejercicio de su gusto artístico y el modelo de patronazgo a desarrollar.
Ciertamente, ni todas las mujeres que emprendieron el ejercicio de la promoción artística desempeñaron el mismo "modelo de patronazgo", ni todas ellas respondían al mismo "modelo de mujer".
Pero... cuáles eran estos modelos de mujer, en qué consistían los diferentes modelos de patronazgo y, lo que es más importante, qué tipo de correspondencia pudo existir entre ellos.
El modelo de mujer ideal que nos ofrece Castiglione (prudente, casta, buena, discreta, afable, de dulce conversación, honesta, graciosa, avisada, discreta...)2 (Castiglione, 1994) se enmarca dentro la tendencia general de la época que la considera un mero adorno sometido al beneplácito de la figura masculina3.
Desde Erasmo a Vives, pasando por Antonio de Guevara, Juan de Valdés o Fray Luis de León, multitud de teóricos y humanistas vertieron su particular concepto de mujer ideal en tratados y manuales de conducta donde dejar establecidos los preceptos básicos que una dama había de seguir (Martínez Góngora, 1999).
A pesar de las discrepancias existentes entre los distintos autores, todos acertaban a coincidir en las diferentes expectativas que suscitaba cada uno de los modelos de mujer.
Estos prototipos femeninos venían determinados, básicamente, por el estado civil y las obligaciones que de éste se desprendían4.
Doncella, casada o viuda: distintos estadios que implicaban distintas realidades, tal y como reflejaron teóricos y humanistas, al abordar la cuestión femenina.
Así, Juan Luís Vives estructuró La instrucción de la mujer cristiana en tres partes dedicadas a las vírgenes, a las casadas y a las viudas.
Si a las doncellas recomendaba esmerarse en recibir la educación necesaria para cumplir sus futuras obligaciones de madre y esposa (Vives, 1995, 35-181); a las casadas las exhortaba a la castidad y el amor entrañable a su esposo (Vives, 1995, 211 y 301), apenas salir de las fronteras del hogar y centrarse en "conservar a su marido y a él sólo agradar" (Vives, 1995, 287); a las viudas persuadía para evitar un segundo matrimonio, dedicando su vida a honrar la memoria de su difunto esposo (Vives, 1995, 387).
Estos modelos femeninos participaban de una serie de obligaciones comunes como eran el recogimiento; la sumisión y obediencia a la figura masculina; la castidad, entendida ésta como virginidad o fidelidad; la modestia, tanto en el gesto como en el semblante (Peñafiel, 2001), la humildad y el temor de Dios.
Sin embargo, a pesar de los requisitos comunes, cada uno de estos prototipos femeninos traía consigo su propia realidad socioeconómica y jurídica, así como una serie de deberes que condicionaban sus actuaciones.
El estatus marital de la mujer marcaba su consideración legal y con ella su situación económica, siempre condicionada por el país de origen (Ericsson, 1993; Kettering, 1989; Kuehn, 1991; Mendelson y Crawford, 1997; Muñoz, 1991; Segura, 1997; Smith, 1994); circunstancias que tenían una repercusión directa en el ejercicio de la promoción artística.
En este sentido, la generalizada inclinación a pensar que la mujer casada tenía una dependencia absoluta de la figura masculina ha comenzado a ser cuestionada por recientes investigaciones que sitúan a las damas de la aristocracia en un lugar aventajado desde el que sería necesario reconsiderar su capacidad de actuación y sus poderosas redes de influencia (Broomhall, 2011, Hickson, 2012, Mciver, 2006, Pearson, 2008).
En cualquier caso, disfrutara o no de una cierta independencia financiera y de una mayor autonomía legal, lo cierto es que su realidad económica y jurídica había de enfrentarse a los condicionamientos sociales y morales.
Cuando Antonio de Guevara señalaba que "a la muger honrada no le basta que lo sea, sino que lo parezca", no expresaba más que una realidad que la privaba de la vida pública, signo seguro de inmoralidad y escándalo.
El espacio privado, sinónimo de virtud, era el reservado para una dama, el lugar donde había de desempeñar sus principales funciones, resumidas por este mismo autor:
"El oficio del marido es ganar hazienda, y el de la muger allegarla y guardarla.
El oficio del marido es andar fuera a buscar la vida, y el de la muger es guardar la casa.
El oficio del marido es buscar dineros, y el de la muger no gastarlos.
El oficio del marido es tratar con todos, y el de la muger hablar con pocos.
El oficio del marido es ser entremetido, y el de la muger es ser zahareña.
El oficio del marido es saber bien hablar, y el de la muger preciarse en callar.
El oficio del marido es zelar la honrra, y el de la muger es preciarse de muy honrada.
El oficio del marido es ser dadivoso, y el de la muger es ser guardadora.
El oficio del marido es vestirse como pudiere, y el de la muger es como debe.
El oficio del marido es ser señor de todo, y el de la muger es dar cuenta de todo.
El oficio del marido es despachar todo lo que es de la puerta afuera, y el de la muger es dar recaudo a todo lo de dentro de la casa.
Finalmente, digo que el oficio del marido es grangear la hacienda, y el de la muger gobernar la familia" (De Guevara, 1539, 384).
Guardar, callar, administrar, honrar... el cumplimiento de estas obligaciones hace difícil imaginar que una mujer empleara sus esfuerzos en otro ámbito que no fuera el hogar.
Por ello, sus inicios en la promoción de obras de arte quedan circunscritos dentro de los límites de la familia o la iglesia.
Obras, mayoritariamente destinadas a enaltecer la memoria dinástica de sus ancestros o de su esposo, en las que la mujer no tenía más función que actuar en nombre del marido que era, en última instancia, el que decidía la conveniencia o no del encargo.
Retratos familiares, sepulcros y capillas funerarias constituían, entonces, los límites de actuación de la mujer casada en el ámbito de la promoción artística.
Sin embargo, esta situación variaba considerablemente con la muerte del esposo (Levy, 2003).
La viuda, considerada más casta y virtuosa que la esposa por su abstención sexual, debía cuidarse de frecuentar espacios públicos y actuar discreta y modestamente para servir de ejemplo al resto de sus congéneres.
A pesar de que el modelo teórico de viuda presentaba muchas similitudes con el de casada, la figura de esta mujer se erigía como un personaje con cierto poder debido a dos motivos fundamentales: su experiencia y su libertad respecto del control masculino.
Junto a estos dos factores, la independencia económica emerge como el tercer factor definitivo que alza a la viuda como un ser capaz de actuar por sí mismo (M. King, 1991, 30).
En este sentido, es necesario puntualizar que, si bien es cierto que las mujeres pertenecientes a las clases media y baja veían aumentar su libertad al convertirse en cabeza de familia, de poco les servía al desaparecer su principal fuentes de ingresos.
Mientras, en el caso de las damas de clase alta, la muerte del esposo las situaba en una posición aventajada con respecto a su vida anterior.
No sólo era el momento de percibir las arras, lo que suponía fuertes sumas de dinero y otros bienes, sino también la disposición de una mayor libertad de actuación para administrar sus propiedades5.
De hecho, un alto porcentaje de las mujeres que desarrollaron labores de patronazgo lo hicieron una vez quedaron liberadas de las funciones maritales y maternales6.
Se trataba, en la mayoría los casos, de viudas que ya habían cumplido con sus deberes de madre o que nunca habían llegado a ejercer como tales como Margarita de Austria o María de Hungría (Lawrence, 1997, 13) (fig. 1 y fig. 2).
Pero no siempre se trató de una cuestión de independencia económica o de compromisos maritales; igualmente, se da la circunstancia, aunque en menor medida, de mujeres que hubieron de esperar hasta terminar con sus responsabilidades de gobierno para poder dedicarse al patronazgo.
Este es el caso de Catalina Cornaro, reina de Chipre y Señora de Asolo, quien sólo después de su abdicación del trono, se dedicaría plenamente a las labores de promoción artística (Buenger, 1980).
Otras patronas como Isabel I, Catalina de Medici o Juana de Austria (fig. 3 y fig. 4), no sólo pudieron compaginar ambas facetas, sino que emplearon el arte en aras de sus propios intereses políticos.
Bruselas, Museos Reales de Bellas Artes
Atribuido a I. Oliver.
Doncellas, casadas, viudas; con mayores o menores recursos económicos, cierta independencia jurídica, con o sin responsabilidades de gobierno... si algo tenían en común estos modelos de mujer era el rol eminentemente pasivo que debían desempeñar en la sociedad.
Como hemos apuntado, muchos investigadores consideran la esfera cultural como una de las pocas áreas donde la mujer de la Edad Moderna de buena posición económica gozó de una libertad e influencia significativa (M. King, 1991; Wiesner, 2000; Wilkins, 1975).
Cierto es que la mayoría de las mujeres que desarrollaron labores de patronazgo durante su matrimonio ejercieron una labor secundaria, sometidas al beneplácito de sus cónyuges, circunstancia que ha motivado que resulte muy difícil dilucidar cuál es el verdadero promotor de muchas obras (Crum, 2001).
Sin embargo, este papel fundamentalmente pasivo, obligado por las circunstancias, variaba de forma considerable en las viudas y en aquellas casadas que disponían de una independencia financiera.
En este caso, la pasividad se transformaba en actividad; la esfera privada dejaba paso, prudentemente, a un plano más público (Kerber, 1988, Sharistanian, 1986); de la misma manera que las obras patrocinadas pasaban de promocionar y defender el patrimonio de la dinastía familiar y el prestigio del linaje a ser expresión de un interés propio, reservado hasta el momento a discretas manifestaciones en las obras que promocionaban7.
La mayoría de las mujeres que emprendieron el ejercicio de la promoción artística de manera activa comenzaron, pues, ejerciendo un patronazgo pasivo, atento a la aprobación masculina.
No obstante, entre ambos extremos emerge una opción intermedia ampliamente desarrollada que denominaremos patronazgo activo condicionado.
Si el patronazgo pasivo se caracteriza por ser aquel en el que la mujer opina, pero no decide -con el ejemplo paradigmático de Leonor de Toledo en el proceso de decoración de su oratorio personal en el Palacio Viejo de Florencia, iniciado en 1540, apenas transcurrido un año de su matrimonio con Cosme de Medici en el que la Duquesa era consultada, sin embargo, era el Duque quien tomaba las decisiones y las empleaba, en ocasiones, para extraer ventajas políticas8 (Eisenbichler, 2004, Smyth, 1997, Cox-Rearick, 1993, Eldestein, 1995 y 2001)-, el patronazgo activo implica el ejercicio del gusto personal, manifestado en la elección de un género concreto, una iconografía determinada o un estilo preciso, fruto de la experiencia y criterio femenino.
Así, Catalina de Medici adoptó la imagen de Artemisa para sus retratos, dentro de unos cánones estilísticos previamente fijados (Ffolliot, 1986, 1997); Margarita de Austria escogió a Conrat Meit, como uno de los escultores favoritos (Burk, 2005) o María de Hungría por los hermanos Leoni (Estella Marcos, 2000).
Es decir, el ser activo implica tomar decisiones, elegir con cierta libertad, conforme a unos criterios personales.
Sin embargo, la estética femenina actúa más o menos libremente en función del tipo de obra que comisiona y los motivos que subyacen tras el encargo.
Parece, por tanto, difícil que una mujer pueda ejercer su gusto personal al comisionar un panteón familiar sin verse condicionada por el verdadero propósito que le lleva a erigir esa obra: la promoción dinástica.
Sin embargo, si se tratara de su enterramiento personal, actuaría más libremente y sin otro condicionante que su propio criterio y experiencia.
En el primer caso se trataría de un patronazgo activo condicionado: aquella actuación en la que la patrona somete su criterio personal al contexto y circunstancias del encargo y en el segundo un patronazgo activo.
Uno de los ejemplos más evidentes al respecto lo encontramos en el caso de Mencía de Mendoza.
La Marquesa del Zenete manifestó en su testamento su deseo de que tanto sus padres como ella fueran enterrados en la Capilla de los Tres Reyes del Convento de Predicadores de Valencia.
Sin embargo, especificó cómo para sus progenitores deseaba poner "camas e bultos de alabastro" (Roest Van Limburg, 1908, 99) (fig. 5) mientras para sí, tan sólo quería que sobre su sepultura "se ponga una lancha de alabastro igual de la tierra sin otro vulto con un letrero en que se diga como mi cuerpo yace allí sepultado y se declare el dia de mi finamiento porque las personas que lo vieren y leyeren y me conoscieren tengan memoria de rogar a Dios por mi alma" (Roest van Limburg, 1908, 94-95) (fig. 6).
Se trataba de dos estilos bien distintos: el primero el que sus padres hubieran deseado, el segundo el que ella misma escogía, siguiendo los parámetros de la doctrina erasmista.
Ambos fueron voluntad expresa de Mencía de Mendoza, aunque la responsabilidad de la construcción recayera sobre Luis de Requesens; ambos constituyen un ejemplo de patronazgo activo, sin embargo, en el caso de la tumba de los Marqueses del Zenete asistimos a un caso de patronazgo activo condicionado, en el que el criterio personal de Mencía se ve sometido a las circunstancias particulares del encargo.
Cromolitografía del sepulcro de los Marqueses del Zenete, 1879.
Se tratara de un patronazgo activo o pasivo, los principales proyectos que emprendieron estas mujeres perseguían unos fines muy concretos.
Así, la comisión de tumbas y panteones familiares era la expresión perfecta del amor conyugal y el modo idóneo para la promoción dinástica, mientras la decoración de iglesias, capillas y conventos era considerado, bien como expresión de piedad, bien como forma de autopromoción, ya fuera personal o de su familia.
No obstante, en muchos casos, las obras encargadas por patronas femeninas parecen pretender alcanzar una más alta posición personal.
Tan pronto como cada una de las patronas mencionadas fue descubriendo que el arte era un instrumento al servicio del poder, un símbolo de estatus y una manera de reconocimiento social, fueron evolucionando en sus actitudes hasta convertirse en auténticas promotoras del arte, hasta el punto de llegar a rivalizar con sus cónyuges, y encontrar en el arte la vía de expresión de su propia experiencia, manifestada de numerosas formas, desde la creación de un estilo o iconografía que definiera su propio estatus o aspiraciones, al goce estético del arte, la satisfacción de la adquisición y el placer de asociarse con artistas, y más tarde, marchantes y otros coleccionistas (Lawrence, 1997). |
Lingüística computacional y esteganografía lingüística.
Distribuyendo información oculta con recursos mínimos
La lingüística computacional puede ser aprovechada junto a la ciencia de la esteganografía lingüística para diseñar sistemas útiles en la protección/privacidad de las comunicaciones digitales y en el marcado digital de textos.
No obstante, para poder llevar a cabo tal tarea se requiere de una serie de condiciones que no siempre se dan.
En este artículo se investiga si es posible diseñar procedimientos que permitan ocultar información en lenguaje natural utilizando la mínima cantidad de recursos tanto lingüísticos como computacionales.
Se propone un algoritmo y se implementa, razonando posteriormente a favor de la utilidad y la seguridad de propuestas de este tipo.
LINGÜÍSTICA COMPUTACIONAL Y ESTEGANOGRAFÍA LINGÜÍSTICA.
OCULTANDO INFORMACIÓN EN EL LENGUAJE NATURAL
El advenimiento de los sistemas informáticos y especialmente de la interconexión de las redes de telecomunicaciones ha dado a la información textual un protagonismo notorio.
Aunque vivimos en un mundo multimedia, es cierto que la información textual está presente en todos los sitios e Internet y las redes de telefonía es buena muestra de ello: periódicos on-line, páginas web, correos electrónicos, mensajería instantánea, blogs, redes sociales, SMS, voz transcrita automáticamente a texto, etc. Procesar adecuadamente la información textual repercute en una gran variedad de aplicaciones con utilidad real.
En la última década, bajo el paraguas de la lingüística computacional se ha aprovechado el conocimiento disponible en áreas como el análisis del discurso, la lingüística de corpus, la lexicografía o la estadística de palabras, para su aplicación a tecnologías muy diversas como los algoritmos de reconocimiento del habla, los sistemas de traducción automática, sistemas de minería de datos, algoritmos de análisis ortográficos, resumen automático de textos, compresión de datos, recopilación y sintetización de información en tareas de inteligencia (Raskin, Nirenburg, Atallah, Hempelmann y Triezenberg, 2002), etc.
Aunque los trabajos más significativos son de la primera década del siglo XXI, más recientes son las propuestas que aprovechándose de todo este conocimiento proponen nuevos mecanismos de protección y anonimato en comunicaciones digitales.
Un ejemplo puede ser el diseño de sistemas que mediante el uso del lenguaje natural permiten crear sistemas de memorización de claves de acceso (password) más seguros, claves más difíciles de deducir por un atacante pero fáciles de memorizar para el usuario legítimo (Atallah, McDonough, Raskin y Nirenburg, 2000).
En el campo de la protección de comunicaciones digitales la lingüística computacional tenía, en principio, poca utilidad.
A menudo la ciencia de la criptografía que se define como el arte y ciencia de hacer una información ilegible a un tercero que no disponga de una clave, cubría la mayor parte de las necesidades de protección en servicios y protocolos telemáticos, minimizando ataques de revelación, anulación o alteración de información intercambiada (Kahn, 1996).
No obstante, la criptografía tiene un problema destacable, su visibilidad.
Cuando alguien protege (cifra) una información mediante criptografía puede detectarse esa comunicación cifrada, una comunicación no legible, aunque no por ello se pueda recuperar el contenido original sin la clave criptográfica.
Existen escenarios donde detectar el uso de criptografía puede ser un problema y los atacantes pueden actuar en consecuencia, por ejemplo, en un estado censor prohibiendo la comunicación entre las entidades que se comunican de esta forma.
Dado la necesidad de complementar la ciencia de la criptografía en estos escenarios, surge históricamente el interés en el uso de la esteganografía (ocultar información) y el estegoanálisis (detectar información oculta).
La ciencia de la esteganografía puede definirse como la ciencia y el arte de ocultar una información dentro de otra, que haría la función de tapadera o cubierta, con la intención de que no se perciba ni siquiera la existencia de dicha información (Kahn, 1996; Cox, 2008).
La ciencia de la esteganografía es complementaria a la ciencia de la criptografía; esta última si bien no oculta la existencia de un mensaje, sí lo hace ilegible para quien no esté al tanto de un determinado secreto, una clave.
En la práctica ambas ciencias pueden combinarse para mejorar la autenticidad y privacidad de las comunicaciones.
A lo largo de la historia se han propuesto múltiples formas de cubiertas para no levantar sospechas y que no se detecte la información ocultada (Kahn, 1996; Cox, 2008).
Cuando la cubierta o tapadera es un texto en lenguaje natural se habla de un tipo concreto de esteganografía, la esteganografía textual.
Cuando un texto se modifica o se genera basándose en una información a ocultar al resultado de tal operación se le denomina estegotexto, estegotexto que debe ser legible.
La ocultación de información utilizando mensajes en lenguaje natural no es ni mucho nueva, a lo largo de la historia se han documentado diversos métodos y tapaderas para hacerlo: en cartas, libros, telegramas, poemas, canciones, artículos de periódicos, etc. Por ejemplo, el newspaper code en la época victoriana o la reja de Cardano en el siglo XVI (Kahn, 1996).
Hoy día, estas técnicas son comúnmente clasificadas bajo códigos abiertos1 o semagramas textuales2 dentro de la esteganografía textual (Kahn, 1996).
En nuestros días, parece interesante recuperar estas ideas para utilizar mensajes en lenguaje natural para ocultar información.
Este tipo de técnicas podrían dificultar en gran medida la detección de información oculta dado el gran volumen de información textual que se intercambia en las redes.
Adicionalmente, al volumen de información que debería ser capaz de procesar un potencial analista, se suma el perfeccionamiento de la esteganografía textual mediante el uso de diversos principios de la lingüística computacional, dando lugar a la ciencia de la esteganografía lingüística (Bergmair, 2007).
Una vez introducidos los conceptos básicos utilizados en el presente artículo, el apartado 2 incluye una breve introducción a la ciencia de la esteganografía lingüística que permitirá comprender y acotar los resultados expuestos posteriormente.
El apartado 3 plantea la problemática de las propuestas de esteganografía lingüística actual y se realiza una hipótesis sobre la posibilidad de diseñar sistemas que utilicen un conjunto de recursos lingüísticos mínimos.
Este apartado da lugar a una propuesta de algoritmo.
El apartado 4 recoge la experimentación al implementar el algoritmo.
Se razonan aspectos relativos a la seguridad estadística y a la calidad lingüística de los estegotextos producidos.
El apartado 5 concluye el artículo destacando los resultados más significativos de la tendencia investigada.
INTRODUCCIÓN A LA ESTEGANOGRAFÍA LINGÜÍSTICA
En la última década, las ideas clásicas agrupadas en torno a la esteganografía textual han dejado paso a nuevas propuestas más robustas y seguras agrupadas bajo la ciencia de la esteganografía lingüística (Bergmair, 2007).
La ciencia de la esteganografía lingüística puede definirse como aquel conjunto de algoritmos robustos que permiten la ocultación de información, típicamente binaria, utilizando textos en lenguaje natural como tapadera.
Esta ciencia utiliza principios de la ciencia de la esteganografía e incorpora recursos y métodos de la lingüística computacional como análisis automático del contenido textual, generación automática de texto, análisis morfosintácticos, lexicografía computacional, descripciones ontológicas, etc., para crear procedimientos públicos no triviales según los principios de Kerckhoffs (Kerckhoffs, 1883).
Es decir, la seguridad de estos algoritmos dependerá exclusivamente de una pequeña información secreta, una clave, compartida por el emisor y el receptor.
El algoritmo de ocultación será público, es decir, conocido por todos, incluso el potencial analista, y los estegotextos resultantes deberán ser resistentes a ataques estadísticos y lingüísticos (coherencia, estructura gramatical, etc.) tanto por software automatizado como por analistas humanos.
El interés en esta ciencia se debe a que puede dar solución a dos problemas comunes: privacidad/anonimato y marcado digital de textos.
Para ello se utilizan dos grandes familias de algoritmos clasificados en técnicas de generación automática de estegotextos y técnicas de modificación de textos existentes.
a) Técnicas de generación automática de estegotextos
Este tipo de técnicas permite generar automáticamente textos en lenguaje natural que ya ocultan la información deseada.
Los dos procedimientos típicos documentados para generarlos, en ocasiones combinados, consisten en imitación gramatical de textos de referencia, por ejemplo el uso de Probabilistic Context-Free Grammars (PCFG) (Chapman, 1997, 2001; Zuxu, 2007; Blasco, 2008), o la imitación estadística de textos de referencia, como por ejemplo el método de Peter Wayner o variantes (Wayner, 1992, 1995; Tenembaum, 2002; Muñoz, 2010).
Esta línea de investigación es útil para la creación de canales ocultos de información y por tanto útil en el ámbito de la privacidad y el anonimato en comunicaciones.
No obstante, aunque suena excitante, este tipo de propuestas son de enorme complejidad en la práctica, ya que si bien es posible conseguir textos con validez léxica y sintáctica no se conoce una propuesta que dé estegotextos de calidad si se analizan aspectos semánticos o de coherencia global del estegotexto generado (Bergmair, 2007).
Independientemente del estado actual de la tecnología en este aspecto, las propuestas de este tipo requieren de modelos estadísticos del lenguaje utilizado o textos de entrenamiento de los cuales "calcularlos".
A estos modelos se les une la necesidad, al menos, de analizadores morfosintácticos, recursos léxicos y etiquetadores.
Por desgracia, no se conocen trabajos rigurosos que analicen el potencial de esta línea de investigación en lengua española.
El único conocido fue desarrollado por los autores de esta investigación en 2010, evolucionando la propuesta del método de Peter Wayner, publicando la herramienta Stelin (Muñoz, 2010).
Esta herramienta de libre disposición permite generar automáticamente textos en español que ocultan información.
El procedimiento de ocultación se basa en la imitación estadística de textos de referencia y en el uso de modelos N-Gram.
Adicionalmente, la herramienta permite manualmente mejorar la calidad del estegotexto generado sin necesidad que el receptor de dicho mensaje conozca los cambios introducidos manualmente.
Actualmente esta tecnología permite generar estegotextos de gran calidad en textos de tamaño medio, centenas de palabras, donde se consigue ocultar pocas centenas de bits.
b) Técnicas de modificación de textos existentes
Las técnicas más tradicionales de ocultación de información consisten en utilizar un texto existente y ocultar la información mediante la modificación de elementos del mismo.
En la última década se han propuesto multitud de técnicas (Bergmair, 2007), no exentas de problemas, para lenguajes de todo tipo: inglés, español, japonés, chino, árabe, ruso, etc. Aunque este tipo de técnicas se pueden utilizar para la protección y anonimato de comunicaciones la comunidad científica tiene más interés en su aplicación como marcado digital de textos, Natural Language Watermarking (NLW) (Bergmair, 2007).
En la actualidad, la integridad y autenticidad de un mensaje puede ser garantizada mediante una firma digital.
En general, las firmas digitales son procedimientos que generan una información extra, basada en la información que se desea proteger y añadida a ella.
Por lo tanto, estos procedimientos tienen la desventaja de que la información generada no está autocontenida, lo cual significa que podría ser separada y provocar un error de verificación.
La ocultación de información en un texto en lenguaje natural, si la modificación no supone alteraciones notables, facilitaría la incorporación de firmas autocontenidas.
Estas firmas en un artículo podrían garantizar que el texto es exactamente el que el autor escribió, demostrar la autoría (authorship proof) o facilitar la medición de la difusión de una obra.
Independientemente del objetivo perseguido existen 5 tendencias a la hora de modificar textos existentes para ocultar información.
Estos procedimientos consisten en la ocultación de información mediante la sustitución/modificación de palabras.
El método más analizado es la sustitución basada en el uso de sinónimos.
Desde que esta idea fuera trabajada por Chapman y Davida (Chapman, 1997) es considerada como una excelente opción y estudiada en diversas lenguas (Bergmair, 2007).
El mayor problema con esta técnica es que, o no existen, o son muy pocos los sinónimos puros en una lengua, es decir, dos palabras que signifiquen exactamente lo mismo en cualquier contexto.
Por este motivo, conseguir herramientas prácticas con estos principios, ya sea para ocultación de información en general o para el marcado digital de textos, requiere de sofisticados mecanismos para determinar cuál es la ambigüedad de una palabra en un contexto determinado y para saber si puede ser reemplazada o no por otra palabra (Chen, 2008; Meng, 2008; Zhenshan, 2009).
Para ello, se requieren procedimientos WSD (Word Sense Disambiguation) y estudios estadísticos que indiquen cuáles son los más aconsejados de entre los sinónimos disponibles para una palabra.
Estos procedimientos se basan en alterar la estructura sintáctico-semántica de un texto para ocultar información.
Ejemplos de este tipo de modificación en lenguas tan dispares como el inglés, chino, coreano, turco, ruso o persa son: el cambio de voz activa/pasiva, el movimiento de los adverbios dentro de la oración, el cambio de orden de los términos unidos por conjunciones como en listo y guapo o guapo y listo, etc. La literatura demuestra que este tipo de soluciones son más resistentes a ataques activos, ataques que modifican una palabra por otra, ya que ocultan la información a nivel de estructura no exclusivamente a nivel léxico (Bergmair, 2007).
Los únicos estudios significativos que se conocen de la aplicación de estos procedimientos en lengua española están publicados en (Muñoz, 2009, 2012).
En estos, se profundiza en la posibilidad de utilizar la sintaxis en lengua española para enmascarar información, en concreto se analizan transformaciones sintácticas basadas en el cambio de activa a pasiva, transformaciones basadas en el movimiento de los adjetivos y otros complementos dentro del sintagma nominal y transformaciones basadas en la reordenación de complementos del verbo.
Traducción de una lengua a otra
El objetivo de estos procedimientos es ocultar información aprovechándose de la existencia de más de una frase o enunciado equivalente de un idioma origen a un idioma destino.
La elección de una de las frases posibles entre las disponibles permite crear un sistema binario de ocultación (Grothoff, 2005; Meng, 2010).
Errores ortográficos y tipográficos.
Abreviaturas y signos de puntuación
Los procedimientos que utilizan las "comodidades" en la forma del habla o de la escritura (errores, abreviaturas, signos de puntuación indebidos) son muy útiles desde el punto de vista esteganográfico (Topkara, 2007), especialmente si las modificaciones generan un texto que se distribuye en un canal donde dichas modificaciones sean frecuentes, por ejemplo, errores ortográficos en foros de internet.
Si bien es cierto que pueden aplicarse tecnologías existentes para detectar la presencia masiva de tales errores o características: por ejemplo, software detector de errores ortográficos, análisis gramaticales, etc.
Ocultación basada en la estructura y el formato de un texto
Este tipo de técnicas son las más antiguas que han sido documentadas (Kahn, 1996).
Típicamente se utilizan caracteres invisibles, la separación entre líneas o entre palabras, o la codificación basada en cambios sucesivos del formato del texto.
Estos mecanismos facilitan la ocultación de grandes cantidades de bits pero no están exentos de problemas.
Es común ver cómo ataques activos como reemplazar una palabra por otra, pueden anular la información oculta de forma sencilla.
En los últimos años, especialmente por el interés de la comunidad científica china en estegoanálisis de estegotextos, múltiples propuestas se han publicado para la detección de este tipo de técnicas (Lingyun 2007; Huang 2007a, 2007b; Huang 2007; Lingjun 2008).
Independientemente de la técnica concreta, la tendencia en las técnicas de modificación de textos existentes es hacia propuestas basadas en modificaciones léxico-semánticas y sintáctico-semánticas (Bergmair, 2007), centrándose especialmente en aspectos semánticos y ontologías.
Los nuevos sistemas del futuro deberían permitir construir sistemas software automatizados más realistas frente a ataques estadísticos y lingüísticos, generando estegotextos con una apariencia adecuada y que respeten las normas básicas de cohesión y coherencia para que no puedan ser detectados ni siquiera por un analista humano.
Los procedimientos y referencias documentadas en el apartado anterior reflejan el estado actual de la tecnología aplicada a la ciencia de la esteganografía en diferentes idiomas (en menor caso para lengua española al no estar tan estudiada).
Estos trabajos permiten concluir que son necesarios multitud de recursos específicos para un lenguaje dado para llevar este tipo de algoritmos a buen puerto, algoritmos que no generan, a día de hoy, estegotextos "humanamente perfectos" y que sólo permiten ocultar unas pocas centenas de bits para textos de una cierta calidad.
Entre los recursos comúnmente utilizados se encuentran: etiquetadores, traductores, analizadores morfosintácticos, modelos estadísticos, ontologías, desambiguadores, diccionarios de palabras, etc.
En función de la lengua en cuestión, será más o menos difícil encontrar los recursos necesarios para desarrollar nuestro algoritmo esteganográfico.
Nuestras investigaciones en lengua española demuestran cómo se han tenido que desarrollar recursos propios no disponibles o existentes pero licenciados/patentados.
Este tipo de esfuerzos, dificultan y ralentizan la investigación en propuestas de este tipo.
Por este motivo, en este trabajo, se analiza la posibilidad de desarrollar algoritmos que utilicen un mínimo de recursos lingüísticos y computacionales.
Tan mínimo como alcanzar la ausencia de los mismos.
La limitación de estos recursos podría estar debida al entorno o "canal hostil" donde se desee realizar la comunicación o a limitaciones de los dispositivos (software o hardware) utilizados para comunicaciones entre emisor y receptor.
Si este tipo de algoritmos fuera factible se analizaría su capacidad para ocultar información y si realmente son prácticos.
Algoritmo de esteganografía lingüística basado en la ausencia de recursos lingüísticos y tecnologías de lingüística computacional.
La creación de un algoritmo de esteganografía lingüística, con una cierta "robustez", basado en la ausencia de recursos lingüísticos y tecnologías de lingüística computacional tiene varios problemas.
El más destacable es la generación de estegotextos de la mayor calidad posible de forma automatizada.
Las investigaciones de detección de información oculta en textos demuestran que a menudo se detecta su presencia porque existen palabras que no encajan en un contexto dado desde un punto de vista semántico o gramatical.
Habitualmente los algoritmos de detección se basan en textos escritos por humanos para entrenar sistemas que permitan diferenciar textos escritos por humanos y estegotextos escritos por algoritmos específicos.
Sin duda, el reto actual consiste en conseguir textos con apariencia humana para una variedad de temáticas.
Por tanto, si no tenemos recursos ni tecnologías ampliamente utilizadas en la lingüística computacional para conseguir engañar a un potencial analista, resulta en principio "imposible" hacer una propuesta seria en este sentido.
No obstante, todavía es posible, al menos, pensar en una solución, con ciertos inconvenientes.
Supongamos la siguiente hipótesis: Un estegotexto es habitualmente detectado porque no fue escrito por una persona sino por una máquina (algoritmos de momento imperfectos).
¿Es posible que un humano escriba "a mano" un estegotexto y por tanto no pueda ser detectado?
Si un humano escribe el estegotexto no necesitamos la mayor parte de los recursos lingüísticos y tecnologías de la lingüística computacional.
Esta hipótesis puede ser llevada a la práctica, pero con una serie de inconvenientes en los que se profundizará en adelante, la más destacable, el tiempo de generación de estegotextos (automatización).
Para analizar la viabilidad de la hipótesis planteada se diseña un algoritmo basado en dos procedimientos: esteganografía basada en diccionario 3 y edición manual.
Uno o más textos de referencia o fuente son seleccionados.
Conocidos sólo por emisor y receptor.
El texto fuente es divido en Si grupos de W palabras en función de un clave secreta compartida entre emisor y receptor.
Es decir, formamos grupos de palabras extrayéndolas de los textos seleccionados.
La selección de qué palabras forman parte de cada grupo es pseudoaleatoria (para evitar patrones) y se hace en función de una clave criptográfica.
Recuérdese que todo el algoritmo es público (principios de Kerckhoffs) y la seguridad depende sólo de una clave.
Sin esta clave no se podrán formar los grupos de palabras.
De cada grupo se selecciona una palabra WSi.
El criterio de selección de la palabra, según los principios de esteganografía basada en diccionario, permitirá ocultar información.
El resultado final será una lista de palabras sin sentido aparente (sintáctico ni semántico).
El algoritmo permite añadir nuevas palabras (una o más) para ir conectando las palabras extraídas, de esta forma dar "validez lingüística" al estegotexto.
El receptor de la información no necesita conocer las palabras introducidas manualmente por el emisor.
El receptor tiene algún procedimiento para reconocer la posición exacta de las palabras que enmascaran información.
La única limitación para añadir nuevas palabras antes de cada palabra extraída es que la palabra elegida (manualmente) no se encuentre entre las W palabras posibles del grupo Si del cual se ha extraído la palabra WSi.
La idea es clara, automatizar la ocultación de la información y dejar al usuario libertad para crear manualmente el estegotexto que desee y conseguir que el receptor decodifique sin considerar las incorporaciones destinadas a mejorar la calidad del estegotexto.
Se presupone que propuestas de este tipo harán muy difícil la detección de información oculta ya que será difícil la detección incluso para un analista humano (y no sólo para software de detección creado para tal fin).
4.1 Decisiones de diseño.
En este apartado se destacan algunas decisiones de diseño consideradas para la implementación del algoritmo y la realización de medidas.
En general, el esquema de comunicación y todos los elementos involucrados quedan reflejados en la Figura 1.
Esquema de funcionamiento del algoritmo implementado
El proceso para ocultar una información creando un estegotexto será el siguiente:
Seleccionar uno o más textos fuente (C).
Este texto se toma como referencia para extraer palabras que formarán parte del estegotexto creado.
Seleccionar el mensaje m a ocultar.
Se convierte a información binaria.
Seleccionar una clave criptográfica, compartida con el receptor.
Desde un punto de vista lingüístico la clave criptográfica no es tan importante, pero sí lo es desde un punto de vista de la seguridad general.
La clave es útil para cifrar la información a ocultar (una medida adicional de seguridad), en la creación de conjuntos de palabras desde el texto fuente y en la asignación de una codificación binaria a cada palabra dentro de cada grupo.
Es interesante destacar este último aspecto.
Por ejemplo, si tenemos ocho palabras dentro de un grupo, éstas se numerarán en binario desde 000 a 111 (las 8 posibilidades), como la información a ocultar, que está en binario, se recorre secuencialmente de principio a fin para ocultar toda la información se selecciona los 3 bits que correspondan, se compara con la codificación de las palabras del grupo y se extrae la que corresponde.
La decisión sobre qué codificación de las disponibles asignar a cada palabra del grupo se toma también en función de la clave.
En la implementación realizada se ha utilizado el algoritmo criptográfico Rijndael, estándar AES (Daemen y Rijmen, 2002), de clave 256 bits y un generador pseudoaleatorio (PRNG – PseudoRandom Number Generator - ) basado en el mismo (AES en modo contador).
Estos algoritmos son los recomendados actualmente en la protección de comunicaciones digitales.
4Se corrige manualmente el estegotexto creado.
La implementación genera una plantilla creada con las palabras presentes en cada grupo extraído del texto fuente (C).
El proceso para recuperar la información oculta de un potencial estegotexto sería el siguiente:
Seleccionar el estegotexto que se supone tiene información oculta.
Seleccionar la misma clave criptográfica y texto fuente que el emisor.
Se construyen los grupos del texto fuente, al igual que lo hacía el emisor.
El software receptor (se podría hacer a mano) analiza el estegotexto esperando una de las palabras existentes en el primer grupo creado.
Si no la encuentra va descartando palabras hasta que encuentre una palabra de las posibles de ese grupo, cuando encuentra una palabra anota su codificación binaria y selecciona el siguiente grupo.
Este proceso lo repite hasta finalizar el estegotexto.
Si todo es correcto se extrae la información enmascarada por el emisor (la descifra también).
Si no es así, lo más probable es que se recupere información sin sentido.
Una vez comprendido el funcionamiento general de la propuesta investigada es importante resaltar algunas decisiones realizadas en la implementación.
La más significativa es la consideración, siempre, de grupos del mismo número de palabras (W) y que sea potencia de 2.
Este criterio podría haber sido diferente pero de esta forma la implementación se simplifica y es más fácil manejar información binaria.
De esta forma, el proceso de ocultación consistirá en la selección de una palabra de cada grupo, de tal forma que cada segmento ocultará log2W bits.
Según esto el número mínimo de palabras presentes en el estegotexto serán:
donde NminW es la información, número de bits, a ocultar (IH) divido por el número de bits que representa cada palabra seleccionada para el estegotexto.
Según esto el texto fuente de referencia deberá tener un tamaño mínimo de palabras de al menos:
(2) Fuente Textomin = NminW*W
Dadas estas condiciones, sería interesante ver qué número W de palabras es el más interesante por grupo.
Si se analizan las formulas (1) y (2) cuanto mayor sea W el número de palabras aportadas al estegotexto será menor, lo cual es interesante para crear estegotextos pequeños, mientras que el texto fuente necesario será mayor.
Además, si W es alto el número de palabras por grupo hará más difícil la posterior inclusión de palabras manualmente anteponiéndose a las palabras generadas y añadidas al estegotexto.
Analizando las siguientes figuras (Figura 2 y Figura 3) para volúmenes de información de por ejemplo 60, 90, 128 y 256 bits, serían adecuados en una primera aproximación tamaños de W=4, W=8 o W=16 (balance entre tamaño y edición).
Lógicamente, cuanto menor sea la información a ocultar más fácil será construir mensajes con una elevada seguridad.
El valor de 128 a 256 bits, siendo reducido, permitiría ocultar alguna información con utilidad práctica como la distribución de claves criptográficas, urls, mensajes de movilización, coordenadas GPS, citas, etc.
Nuestra pruebas indican que W=8 es una buena decisión al equilibrar el número de bits que ocultará cada palabra seleccionada (Nbits-pal=log28=3 bits) con la facilidad de incorporar nuevas palabras para crear estegotextos con aceptabilidad lingüística (por cada grupo no se pueden seleccionar las 8 palabras presentes).
Por tanto, con W=8 el texto de referencia se dividiría en grupos de 8 palabras no repetidas (W=8) elegidas pseudoaleatoriamente, palabras a las cuales se les asignaría una codificación en función de la clave configurada.
Numero de palabras añadidas al estegotexto (NminW) para ocultar 60, 90, 128 y 256 bits (IH) con diferentes números de palabras por segmento (log2W)
Número de palabras mínimas en texto de referencia para ocultar 128 o 245 bits.
Con este criterio, por ejemplo, si añadiéramos manualmente 2 palabras más por palabra añadida automáticamente al estegotexto tendríamos una media de capacidad de ocultación de 1 PALABRA-BIT en el total del estegotexto.
En el mejor de los casos una frase con sentido en lengua española tendría un mínimo de tres palabras (nombre+verbo+complemento).
Esta capacidad de ocultación es razonable comparada con otras propuestas publicadas (Bergmair, 2007)).
La capacidad de ocultación final dependerá de la capacidad editora del emisor y del tiempo de edición dedicado.
La capacidad de ocultación media por palabra del estegotexto final puede ser descrita por tanto como:
Ntotal-palabras-stegotexto = Pañadidas+ Npalabras-generadas
siendo Pañadidas el número total de palabras añadidas manualmente, Npalabras-generadas el número total de palabras generadas automáticamente y Opalabra-generada representa el número de bits que se oculta por palabra generada (log2N).
Para facilitar la edición al emisor, y por tanto la mejora de la calidad del estegotexto sin afectar significativamente al tamaño del estegotexto final, las palabras añadidas a cada grupo se ponen en minúsculas, sin signos de puntuación ni tildes (las palabras no pueden ser signos de puntuación), este hecho permite adaptar las palabras del estegotexto resultante en la manera deseada.
Por ejemplo, añadir tres palabras manualmente, añadir un punto y a continuación poner la primera letra de una palabra seleccionada por el algoritmo en mayúscula.
El receptor simplemente descarta los símbolos de puntuación, mayúsculas y tildes.
Ejemplo de estegotexto en español
En este apartado se propone un ejemplo del resultado de la aplicación del algoritmo propuesto.
Para ello seleccionamos un texto en lengua española como referencia, el artículo de Derechos Humanos publicado en Wikipedia (Wikipedia_es, 2012), y ocultamos 42 bits de información (por ejemplo, una dirección IP de un servidor en el cual alguien quiere compartir información ilícita).
Al aplicar el algoritmo tenemos las siguientes palabras y plantillas a modo de ejemplo, Figura 4 y Figura 5.
Palabras presentes en cada segmento para el ejemplo seleccionado
Una vez conocida la plantilla sólo es necesario invertir tiempo en la edición manual.
El siguiente ejemplo fue realizado en unos 2 minutos, Figura 6.
En negrita se destacan las palabras extraídas automáticamente, el resto es edición manual.
En este caso la calidad resultante depende de la calidad de la escritura del emisor más que de las limitaciones del algoritmo.
Puede observarse como el estegotexto producido no tiene nada que ver con el texto de referencia.
Analizando la Figura 6 y suponiendo una capacidad de ocultación (capacidad editora) de unos 0,3 bits/palabra observamos para W=8 y el mismo texto fuente lo siguiente, Figura 7.
Relación tamaño estegotexto final y tamaño de información a ocultar para el ejemplo dado
En este punto ya se pueden destacar las ventajas e inconvenientes de propuestas de este tipo.
El principal inconveniente viene del tiempo necesario para editar/perfeccionar el texto manualmente.
No obstante, esto fue definido como una característica en el caso que no se disponga de otra alternativa.
Es decir, hasta cierto punto esto no puede ser considerado un inconveniente e introduce una serie de ventajas que se verán a continuación.
La capacidad de ocultación aunque baja, nuestras pruebas reflejan márgenes de 0,2 bits/palabra hasta 1 bit/palabra, es comparable a otras propuestas que utilizan recursos varios (Bergmair, 2007).
Quizás el principal inconveniente sea la formalización de los resultados, ya que depende mucho de la capacidad editora del emisor, no tanto del texto de referencia.
Las pruebas realizadas indican que es común necesitar entre 5 a 10 minutos para dejar un texto en forma "humana".
Esta propuesta podría ser interesante para ocultar pocas decenas de bits hasta unos 128 bits si no se desea invertir mucho tiempo (pocos minutos), generando textos de pocas centenas de palabras.
En unas decenas de bits se pueden ocultar información con utilidad práctica: como una localización por una coordenada GPS, un mensaje breve, una URL, una dirección IP, una clave criptográfica, etc.
El algoritmo puede funcionar sin la existencia de recursos y tecnologías tales como etiquetadores, desambiguadores, etc. La calidad del estegotexto depende de la edición manual del emisor creando stegotextos indistinguibles para las técnicas actuales de estegoanálisis.
Es interesante, además, que aunque esta investigación se centra en la lengua española, este algoritmo podría ser adaptado a otras lenguas.
Por ejemplo, si utilizamos la versión en inglés del artículo de Derechos Humanos de la Wikipedia (Wikpedia_en, 2012) pueden crearse estegotextos como el siguiente, Figura 8, Figura 9 y Figura 10.
Ocultamos 42 bits en 14 palabras necesitando un mínimo de 112 palabras del texto de referencia
Lista de palabras disponibles en cada segmento de los 14 necesitados
Uno de los posibles estegotextos basado en la Figura 9.
4.3 Seguridad del algoritmo implementado
Los ejemplos reflejados anteriormente permiten observar como es posible construir estegotextos completamente legibles.
En este apartado se va a razonar sobre una serie de cuestiones adicionales de seguridad partiendo del siguiente escenario: el algoritmo de esteganografía propuesto es público (lo conoce el atacante), emisor y receptor comparten de forma secreta, una clave y uno o más texto de referencia con utilidad esteganográfica.
Un ataque activo es aquel cuyo objetivo principal es eliminar la información potencialmente enmascarada en una cubierta dada, por ejemplo, en un tipo de textos.
Dado que el atacante en principio no sabe qué texto es válido y cuál tiene información oculta debería actuar sobre todos, por tanto las modificaciones/eliminaciones no deberían superar un cierto límite de deterioro del portador al que se aplican.
Es común que este tipo de ataques no se realice de forma indiscriminada dado que podría introducir diversos problemas.
Por ejemplo, imagínese que un proveedor de Internet realizara esto de manera sistemática y por ejemplo un usuario envía un documento legítimo como un contrato, firmado digitalmente.
Si el proveedor altera el texto, el documento, la firma no será válida y ello podría repercutir en la imagen que los usuarios tienen de cierto proveedor a la hora de procesar la información intercambiada.
Supongamos, por tanto, que de alguna forma un atacante ha sido capaz de detectar la presencia de información oculta en una serie de textos, hasta donde se conoce esto no sería posible automáticamente pero sirve como ejercicio intelectual (imagínese un traidor de una organización que da un soplo a la policía).
Si el atacante supiera sobre qué texto atacar podría actuar de forma que desincronizara al receptor.
Es decir, intentando añadir, adivinar, palabras de forma que se fuerce a que el receptor se confunda a la hora de seleccionar una palabra en un grupo dado y por tanto no ser capaz de recuperar la información enmascarada.
En muchas situaciones prácticas los ataques activos no tienen repercusiones importantes.
Por ejemplo, un receptor podría confirmar por un canal público que ha recibido correctamente "el mensaje" de un emisor.
Si no es así se generaría un nuevo estegotexto o se buscaría otra forma de comunicación.
Ataques pasivos – detección
En este apartado se razona sobre la posibilidad de detectar la presencia de información ocultada con algoritmos como el diseñado.
Recuérdese que todo el procedimiento de ocultación es público y conocido por el atacante.
Antes de avanzar, es importante destacar que el texto de referencia utilizado no tiene restricciones destacables, únicamente necesita tener un número suficiente de palabras para crear los grupos de palabras.
Si el texto de referencia es más grande existirán más palabras entre las cuales elegir para construir los grupos.
Si el texto de referencia es comprometido puede reemplazarse por otro fácilmente y basar las nuevas comunicaciones en él.
Conocido esto, un atacante intentaría detectar información oculta relacionando una serie de estegotextos bajo sospecha y extraer algún tipo de patrón.
En principio, el algoritmo propuesto no introduce anomalías detectadas por los algoritmos de estegoanálisis actuales, luego parece factible que un atacante intentara relación estegotextos con la forma de escribir del emisor y con el texto de referencia seleccionado para intentar extraer alguna conclusión.
A día de hoy, no se conoce la forma de hacer esto, no obstante se razonan los dos escenarios más negativos:
El emisor siempre usa el mismo texto de entrenamiento y la misma clave criptográfica para generar todos sus estegotextos, esto lo conoce el atacante.
Las palabras que formarán el estegotexto final dependerán, al menos, de la información a ocultar y de la habilidad del emisor al redactar el estegotexto.
El atacante podría intentar estudiar, al menos, la ocurrencia de las palabras en posibles textos de referencia pero las palabras añadidas manualmente generarían muchos falsos positivos ya que es difícil predecir que palabras forman parte del texto de referencia y cuáles no. De hecho, el emisor podría utilizar palabras en su edición que pertenecen al texto de referencia pero que no se han utilizado en la ocultación de información o en la construcción de los grupos utilizados.
En este sentido, no parece sencillo generar un método de ataque que explote de manera efectiva este conocimiento.
El atacante conoce el texto de referencia utilizado
En el caso que un atacante conociera esta información privada (es privado no el texto en sí, sino el hecho que se está utilizando en esteganografía) intentaría estimar y detectar información oculta en potenciales estegotextos que podrían estar generados usando ese texto de referencia.
Por ejemplo, si suponemos un W=8, se extrae un palabra por cada 3 bits a ocultar, podríamos conjeturar que en lengua española es probable que para que una frase tenga sentido sea necesario al menos 3 o 4 palabras (nombre+verbo+complemento).
Es decir, una estimación tosca podría ser de 1/3 o 1/4 del número total de palabras debería aparecer en el texto de referencia.
Aunque propuestas de este tipo permitirían descartar algunos textos sin información oculta, de nuevo dependería de la forma de escribir del emisor y del tamaño del texto de entrenamiento, si es este es grande (cientos de palabras o más) muchos textos serían clasificados como que presentan información oculta cuando no es así.
En general, la ciencia del estegoanálisis tiene 3 fases: la primera es la detección, la segunda es la estimación de la cantidad de bits ocultados y la tercera es la recuperación.
En el caso hipotético que un atacante pudiera detectar la presencia de la información, no podría recuperar la información sin la clave criptográfica.
Recuérdese que para recuperar la información es necesario formar grupos de palabras y estos se hacen aleatoriamente en función de una clave, además la información ocultada es previamente cifrada.
Este artículo ha analizado la posibilidad de usar algoritmos de esteganografía lingüística que generen estegotextos de calidad con un mínimo número de recursos lingüísticos y tecnologías de lingüística computacional (analizadores morfosintácticos, diccionarios de sinónimos, etiquetadores, algoritmos de desambiguación del significado de las palabras, ontologías, etc.).
Estos algoritmos deberían ser resistentes a los ataques publicados e incluso a analistas humanos que idealmente serían incapaces de detectar anomalías en los estegotextos.
Solventar los problemas derivados de la falta de tecnologías para la automatización de la generación de estegotextos con validez lingüística (sintáctica, semántica y textual) no es nada sencillo y en principio es difícil encontrar una alternativa.
En esta investigación se propone un algoritmo basado en la posibilidad de que un humano escriba "manualmente" la mayor parte del texto a enviar, sólo una pequeña parte del texto será generado automáticamente con la información que se desea enmascarar.
Es decir, en ausencia de otros recursos, una persona puede dar la calidad deseada a un texto manualmente y todavía ocultar información mediante un algoritmo público, conocido por todos.
El receptor del estegotexto no necesitará conocer las palabras introducidas manualmente por el emisor.
Esta característica permite al emisor dedicar todo el tiempo que desee en la calidad final del estegotexto que enviará.
Esto tiene ventajas e inconvenientes como se ha tratado ampliamente en el desarrollo de esta exposición.
De la investigación, puede concluirse que es posible diseñar algoritmos que generen textos de alta calidad lingüística con pocos recursos, aunque no sin una serie de inconvenientes destacables.
La fortaleza de algoritmos como el diseñado recae en la edición manual, pero esto supone un problema a la hora de ocultar grandes volúmenes de información ya que obligaría a la edición manual de mucho texto.
No obstante, las pruebas realizadas hasta el momento concluyen una capacidad de ocultación del orden de las propuestas "automatizadas" de esteganografía lingüística más serias, de 0,2 a 1 bit/palabra.
Es decir, para una calidad aceptable del estegotexto una media de decenas de bits ocultos en unas pocas centenas de palabras.
Esto limita su uso a escenarios muy concretos, como pueda ser el envío oculto de una localización (coordenada GPS), una dirección de internet, un mensaje de movilización, un número de teléfono, mensajes cortos en redes sociales, una clave criptográfica, etc.
A día de hoy no se conocen ataques a este tipo de propuestas.
Los ataques de estegoanálisis actuales publicados no pueden detectar este tipo de estegotextos, ya que los ataques publicados se basan en la detección de anomalías entre estegotextos creados por "software" en su comparación con textos creados por personas.
Los estegotextos generados con el algoritmo diseñado están "escritos por personas".
Un trabajo en curso consiste en formalizar de la mejor manera posible las características de este tipo de algoritmos especialmente en lo que tiene relación con el impacto de que una persona edite manualmente textos y si es posible o no que ello introduzca algún tipo de patrón que permita detectar la presencia de información oculta.
Mientras la comunidad científica sigue avanzando en procedimientos automatizados de calidad en su aplicación a la esteganografía lingüística, en ciertos entornos, propuestas como la analizada aquí puede tener una gran utilidad y no deberían ser olvidadas para el enmascarado de información de tamaño pequeño o mediano (decenas a centenas de bits). |
Tiempo y edad biológica
En este trabajo intentamos meditar si es posible concebir la edad como un tiempo propio de los seres vivos incluyendo al hombre.
En el trabajo revisamos diversos conceptos de edad obtenidos de diversas ciencias biológicas como la cronobiología, la gerontología, la biología evolutiva y la biología del desarrollo descubriendo que en ellas, en general, se sigue pensando el tiempo biológico como el tiempo que mide un reloj.
Nosotros proponemos que la edad como tiempo biológico debe ser entendida como una fase del proceso biológico, pero en función del ciclo completo del organismo.
En el caso del ser humano, su edad está determinada también por lo que se "espera" de él.
Su edad está determinada entonces por aspectos biológicos y culturales.
Se podría afirmar, no sin razón, que el tiempo es uno de los grandes temas de nuestra época.
Así, por ejemplo, en la ciencia física, Einstein actualizó el tema, en su Teoría de la Relatividad, al entender el tiempo como una función cuantificable entre el reloj y el observador, y no como algo absoluto (cf. Espinoza, 2009).
Quedó identificado así el tiempo físico con el tiempo del reloj o cronométrico.
Es la visión más predominante en la física aunque no es la única ya que, más recientemente, Prigogine (1997, 30) ha entendido el tiempo más bien por su carácter de irreversibilidad y creatividad que por su carácter de medida.
Es un problema que la ciencia física tendrá que resolver.
Pero el tema del tiempo no es privilegio de los entes físicos.
También ha existido un gran número de importantes investigaciones sobre el tiempo en procesos relativos al hombre.
Se habla así del tiempo de la conciencia (James, Bergson, Husserl), el tiempo histórico (Dilthey), el tiempo del proyecto (Heidegger), etc. El tiempo físico (cronométrico) y el tiempo humano han sido dos de los momentos centrales en la investigación del tiempo, aspectos aparentemente difíciles de conciliar.
En otras ciencias naturales hoy también se habla sobre el tiempo como, por ejemplo, el tiempo químico, geológico y biológico.
En estas ciencias hay que meditar de qué manera estos tiempos pueden reclamar para sí un carácter propio, distinto de la conceptuación del tiempo más afín a la física actual, el tiempo cronométrico.
En esta investigación nos aventuramos a tratar sólo del tiempo propio de los seres vivos, el tiempo biológico que llamamos "edad".
Éste será nuestro tema.
No nos proponemos averiguar en qué consiste el tiempo como tal (esto en general ha sido investigado en detalle), sino que intentamos vislumbrar, si existe, un tiempo propio de los procesos biológicos en tanto tales.
Ahora bien, hay que tener en cuenta que la edad, como tiempo biológico, ya ha sido levemente vislumbrada por el filósofo Xavier Zubiri (2008, 254).
Sin embargo, su trabajo, profundamente inspirador para este escrito, quedó sólo en un mero proyecto sin haberlo desarrollado plenamente2.
Por otra parte, el tema del tiempo biológico aparece también ricamente investigado en algunas ciencias como la gerontología, la psicología, la biología evolutiva, la biología del desarrollo, las ciencias cognitivas, la antropología, etc. Lo que hay que tratar de meditar es si su conceptuación, como decíamos, no es otra cosa que la del tiempo cronométrico.
Para entender lo que es el tiempo como edad nos será útil, ante todo, distinguirlo de otros conceptos de tiempo biológico que han ido apareciendo en algunas de las ciencias biológicas.
Esto permitirá perfilar mejor el tema.
Sólo entonces estaremos en condiciones de meditar si la edad puede ser un tiempo propio de los seres vivos.
I- ALGUNOS CONCEPTOS DE EDAD EN LAS CIENCIAS BIOLÓGICAS
1) Edad y tiempo cronométrico
Por tiempo cronométrico entendemos aquí el tiempo como "medida" del reloj.
Es lo que Heidegger (2000, 310) llamó el tiempo vulgar, es decir, lo que generalmente todos entendemos por tiempo.
¿Cómo un reloj mide el tiempo?
Se trata básicamente de poner en "relación de simultaneidad" dos procesos físicos en tanto sucesivos, como ya lo anunció Einstein (1984, 24-26).
El tiempo no es, por tanto, una propiedad del reloj como su color o forma.
Se trata entonces de poner en relación dos procesos.
¿Cuáles son estos dos procesos?
El primer proceso es el del reloj mismo.
Un buen reloj, para la ciencia física, posee diversas fases sucesivas, pero éstas deben ser equidistantes, es decir, que la "distancia temporal", por ejemplo, entre un segundo y otro debe ser la misma.
Ciertamente, en la Teoría de la Relatividad los segundos pueden alargarse o contraerse, pero esto ocurre sólo en unos relojes considerados en función de otros, bajo ciertas condiciones que no es del caso exponer aquí.
Cada momento del proceso es, entonces, una fase y el tiempo medido es la "distancia" temporal entre una fase y otra.
En los relojes usuales, además, su numeración es cíclica o periódica lo que parece imitar al comportamiento de los procesos astronómicos.
No es de extrañar, entonces, que los primeros relojes usados sean precisamente los astronómicos como el día, el mes lunar, etc. Sin embargo, no es necesario que ello ocurra, ya que un cronómetro digital puede medir el transcurrir no cíclico, por ejemplo, en segundos.
El segundo proceso es el ente físico que se va a medir.
Lo que hacemos es poner en relación de simultaneidad las fases del proceso del reloj con las del ente físico en cuestión.
Lo medido es justamente el tiempo cronométrico (una hora, veinte minutos, etc.).
Como la observación de lo que es simultáneo es "relativa" al observador, entonces, se dice que el tiempo es relativo3.
Ciertamente, el tiempo de la física no requiere necesariamente de un reloj; basta con la relación de dos procesos.
Lo que sucede es que "mediante el uso del reloj, el concepto de tiempo se hace objetivo" (Einstein e Infeld, 1984, 135).
Ahora bien, todo esto puede usarse para medir el tiempo de los procesos biológicos.
De un lado, ponemos el reloj y del otro, el proceso biológico en cuestión, como si fuera un cierto tipo de biyección.
Si consideramos la distancia temporal de un organismo desde una fase a otra, a esto es a lo que se le llama "edad cronológica", que debería llamarse mejor "edad crono-métrica".
Así, si una persona tiene treinta años, estamos queriendo decir que desde que nació hasta hoy, la Tierra (que hace de reloj) ha dado treinta veces la vuelta al Sol (suponiendo el Sol como centro del movimiento terrestre).
Pues bien, hay que señalar que esta edad cronométrica no es la edad biológica.
La biología (por ejemplo, Kirkwood, 2000, 36) ya ha intuido esta distinción aunque, en general, no la ha conceptuado en forma precisa.
La diferencia está en que las fases de un proceso biológico no poseen la misma cualidad o índole que las fases de un proceso físico en tanto que meramente sucesivo.
En biología, las fases están determinadas por la dinámica del "proceso mismo" y no en función de las fases de un proceso físico externo (reloj).
Así, por ejemplo, si tenemos varias fases en el organismo (a una fase "A" le sigue una "B", a ésta una "C", etc.), la determinación de cada fase no se realiza por su distancia cronométrica (como, por ejemplo, si se dijera que el proceso biológico se divide de suyo en fases regulares de un mes), sino por las determinadas "cualidades" que presenta la dinámica del sistema.
De hecho, las fases de un ser vivo no son equidistantes como las de un reloj, sino que están a distintas distancias cronométricas que, además, pueden variar entre los individuos de una misma especie.
En fin, todo esto nos permite aproximarnos a un concepto de edad biológica.
Para mayor claridad de lo ya dicho, se puede intentar aclarar una mala conceptuación en la conocida "paradoja de los gemelos", donde se confunde edad cronométrica y biológica.
En este conocido experimento mental dos gemelos sincronizan sus relojes y uno de ellos parte de la Tierra a una velocidad próxima a la velocidad de la luz y vuelve unos años después.
Una interpretación relativista (Hawking, 1988, Davies, 1996) nos dice que el gemelo viajero al volver a la Tierra sería "más joven" que el otro gemelo que se quedó en la Tierra.
Paul Davies sostiene al respecto lo siguiente: "Es importante darse cuenta de dos cosas.
Primera, el efecto de los gemelos es un efecto real, no sólo un experimento mental.
Segunda, esto no tiene nada que ver con el efecto del movimiento sobre el proceso de envejecimiento" (1996, 60).
Aquí se destaca que este experimento no es meramente mental, sino que hay que entenderlo como algo que, si se pudiera hacer, ocurriría efectivamente.
Además, se nos remarca que esta explicación física no tiene relación de causa-efecto con los procesos propios de los seres vivos como el envejecimiento.
En este escrito no vamos a discutir si es verdad que el gemelo viajero es más joven que el que se quedó en la Tierra.
Todo ello es un problema de la física.
Suponiendo que eso "sea cierto", lo que hay que averiguar es en qué "notamos" que el gemelo viajero es más joven que su hermano.
¿Notamos aquello acaso porque miramos sus relojes y descubrimos que uno de ellos indica menos tiempo que el otro?
Desde luego que no. Decimos que uno es más joven que otro porque notamos que el más joven "presenta" caracteres biológicos que así lo identifican.
La razón por la cual uno es más joven que el otro no está, pues, en la mera "medida" de sus relojes (edad cronométrica), sino en los caracteres biológicos que "posee".
Esto nos pone en la pista de lo que buscamos.
2) Edad y ritmos biológicos
En el organismo encontramos diversos procesos que se repiten periódicamente con un patrón similar, es decir, que son cíclicos (Koukkari y Sothern, 2006).
La "duración" de cada periodo es el tiempo que concibe la cronobiología.
Esta ciencia estudia, en rigor, procesos biológicos que están determinados por "un ritmo interno autónomo y una perturbación periódica externa" (Montero y Morán, 1992, 278).
Los diversos ritmos pueden entonces sincronizarse con las perturbaciones externas.
Es lo que ocurre en los ritmos circadianos (aquellos que duran aproximadamente un día) como, por ejemplo, el ciclo sueño/vigilia, el ciclo de la temperatura corporal, etc. Si estos procesos son colocados en oscuridad, entonces el organismo repite más o menos el mismo periodo lo que demuestra que estos ritmos son en cierta forma autónomos de las perturbaciones ambientales, en este caso, del ciclo de la luz.
Lo que la luz hace es más bien sincronizar los diversos ritmos.
Como a todos los diversos ritmos no les llega la luz se requiere un ritmo maestro que los coordine.
Esta función, en el hombre, parece ejercerla el núcleo supraquiasmático (NSQ).
Ahora bien, hay que atender a que la periodicidad de estos ritmos, aunque sincronizable con los procesos externos, está determinada por los procesos biológicos mismos.
De esta manera, si medimos la duración de cada periodo tendríamos, entonces, el tiempo como "ritmo biológico".
Es un tiempo que, aunque medible con el tiempo del reloj, no está determinado por él.
Se puede usar la duración de cada período como un tiempo propio.
Existirían muchísimos relojes biológicos aunque uno de ellos (o más de uno) haría, tal vez, el papel de sincronizador.
Es la función que tendría el NSQ.
El tiempo como ritmo, como reloj biológico, nos muestra un tiempo propio de los procesos biológicos, en el cual, los periodos están determinados por la dinámica misma del proceso.
Sin embargo, este tipo de tiempo no es edad por dos razones.
Por una parte, este tiempo se refiere "casi" exclusivamente a subprocesos aislados dentro del organismo como los relojes celulares.
No parece haber un reloj propio del organismo como totalidad (una especie de hora oficial del organismo), sino que existe, a lo sumo, un conjunto de relojes más o menos sincronizados entre sí.
La edad, en cambio, se refiere a una cualidad temporal del organismo entero o, al menos, a una relación intrínseca de sus subprocesos.
Por otra parte, y como distinción más importante, la cronobiología lo que en verdad piensa "como tiempo" es la duración del periodo medido en unidades de reloj (horas, días, etc.).
Un reloj biológico no es otra cosa que otro tipo de reloj físico con la diferencia que sus periodos o ciclos no son completamente regulares en relación al reloj físico.
El tiempo como "ritmo biológico" sigue siendo entendido como un tiempo cronométrico.
Pese a todo esto, esta concepción nos va acercando más a lo que intentamos meditar.
3) Edad y envejecimiento
Decíamos antes que lo propio de los ritmos biológicos es su carácter más o menos cíclico.
Pero hay dos tipos de procesos cíclicos en los seres vivos.
Por una parte, ya lo hemos visto, tenemos los procesos que estudia la cronobiología.
Son subprocesos que, en general, pueden reducirse a una célula o a un conjunto de ellas dentro de un organismo.
Pero, por otra parte, existe un proceso cíclico del organismo mismo, no de sus subprocesos.
Es lo que se llama el "ciclo de vida".
Sin embargo, esto requiere ser meditado.
Si pudiésemos ver la sucesión de fases de un organismo "individual" no notamos, en general, una repetición de ellas.
Por ejemplo, a la juventud sigue la vejez, pero no suele suceder lo contrario y menos en forma periódica.
Para entender el ciclo de la vida es menester poner atención a una distinción que se da con mayor claridad en la mayoría de los organismos pluricelulares.
Hay que distinguir, tal como ya lo anunció Weismann (1889, 28), entre la línea germinal y la línea somática de un organismo.
La línea germinal o reproductiva se refiere a las células de un organismo que pueden pasar de padres a hijos como espermatozoides y óvulos.
En general, las células germinales son aquellas que pueden generar otras células, pero en tanto que esas células puedan constituir un nuevo organismo.
En este sentido, las bacterias son células germinales.
Ahora bien, si pudiésemos asistir al comienzo de la vida veríamos que una célula germinal va engendrando a otras hasta hoy.
Desde luego, hay muchísimas células germinales que han muerto, pero hay una línea que ha sobrevivido, razón por la cual, se podría sostener (Holliday, 2007, 37), que es una especie de potencial línea inmortal, al menos hasta hoy.
Por otra parte, están las células somáticas, las células no germinales.
Estas células somáticas pueden dividirse y podemos descubrir también una "línea" somática de descendencia, pero no pueden, por sí solas, generar otro organismo.
Son la inmensa mayoría de las células de nuestro cuerpo.
Esta distinción entre línea germinal y somática, le permitió a Weismann discutir la teoría de la herencia de los caracteres "adquiridos" de Lamarck y de los neolamarckianos.
Para nosotros, lo importante aquí es destacar que es esta línea germinal la que permite la continuidad de unos organismos a otros en el tiempo.
Sólo desde esta perspectiva comparece, ante nosotros, el ciclo de vida de un organismo.
Ahora bien, hay una rama de la biología que ha tomado esta perspectiva desde el punto de vista del tiempo.
Es la biología del envejecimiento o senescencia.
Es de interés de gerontólogos y biólogos evolutivos.
Se trata de explicar las "causas" del envejecimiento.
Como sostienen Gavrilov y Gavrilova (2002, 341), la biología del envejecimiento es, en el fondo, una explicación de la teoría de "historia de vida", la cual piensa la evolución de los ciclos de vida desde el punto de vista de las restricciones energéticas.
No es nuestro interés desarrollar aquí la explicación de la biología del envejecimiento, sino la concepción implícita que hay en ella de tiempo y edad.
No obstante ello, y para perfilar mejor el tema, hay que distinguir, siguiendo a Rose (1991), dos tipos de explicaciones del envejecimiento.
En primer lugar, hay una explicación "fisiológica".
Se busca en la célula o en el organismo las causas próximas del envejecimiento como el desgaste de materiales, acumulación de radicales libres, fallas en los mecanismos de reparación del ADN, etc. Por otra parte, está la explicación "evolutiva".
Ya no se pregunta "cómo" sino "por qué" se envejece.
Esta pregunta tiene sentido si se cree que el envejecimiento no es algo que se da en todos los seres vivos.
Por ejemplo, para la biología evolutiva del envejecimiento, un organismo como la hidra ciertamente muere, pero no envejece ya que "carece de una clara separación de la línea germinal y somática y no exhibe un evidente signo de intrínseca senescencia" (Kirkwood y Austad, 2000, 234, trad. nuestra).
En esta concepción no es lo mismo muerte y envejecimiento (o senescencia).
Volveremos pronto sobre ello.
Aquí es pensado el envejecimiento como una especie de fenotipo que evoluciona.
De hecho, se piensa que el envejecimiento comienza cuando ocurrió en los organismos la separación entre su función germinal y somática.
La bacteria, como vimos, es una célula germinal por lo que no envejecería.
Lo mismo ocurriría a la hidra que si bien es pluricelular, no posee una distinción precisa entre su función somática y germinal.
Cada célula suya, en general, puede originar a otro organismo.
Hay dos teorías evolutivas, no excluyentes entre sí, que pueden explicar el envejecimiento; la teoría de la acumulación de mutaciones y la teoría de la pleiotropía antagonista (Rose, 1991, 62, Charlesworth, 2000, 928).
Ambas teorías pretenden explicar la eficacia biológica de los genes según el tiempo en que se expresen.
Si hay genes deletéreos que se expresan en edades tempranas el organismo prácticamente no dejará descendencia y tales genes tenderán a desaparecer de la población.
Pero si hay genes deletéreos que se expresan en edades tardías, el organismo ya habrá podido dejar descendencia y pasará esos genes a la generación siguiente.
Esto incluso si es un gen letal.
Imaginemos que alguien posee un gen cuya letalidad se expresa a los sesenta años.
Esa persona morirá en esa edad cronométrica sí o sí.
Pero esa persona, para ese entonces, ya habrá podido dejar descendencia con lo que pasará sus genes a la generación siguiente.
La selección natural actúa negativamente eliminando genes deletéreos o letales que se expresen en edades tempranas, pero prácticamente no actuará si tales genes se expresan en edades tardías.
Las dos teorías antes mencionadas se hacen cargo de esta concepción acentuando un matiz u otro.
Hay incluso otra teoría, la del "soma perecedero" de Kirkwood (2000, 77-93) que, de algún modo, incluye a las otras dos.
Nos dice que el envejecimiento es resultado de una transacción energética entre lo que invierte un organismo en su función germinal y en su función somática.
Lo que sucede es que no es ventajoso invertir toda la energía en la reparación somática ya que el organismo de todas maneras muere.
Esto podría perjudicar su desarrollo germinal o reproductivo.
Como ya hemos señalado no es nuestra intención explicar aquí los problemas de la biología del envejecimiento en su momento fisiológico y evolutivo.
Lo que es interesante destacar es que ambas explicaciones siguen pensando el tiempo biológico como "cronométrico" a pesar de usar explícitamente el concepto de edad.
Lo importante es aquí meditar qué concepto de tiempo y edad existe en estas ciencias.
Hay dos conceptos de envejecimiento en los que comparece implícitamente una determinada concepción de edad biológica.
a) Concepto demográfico de envejecimiento: la edad a nivel poblacional.
Una primera manera de definir el envejecimiento es considerándolo como el incremento en la tasa de mortalidad de una población en el tiempo.
A medida que los organismos van viviendo se acercan cada vez más a su muerte.
Tomado esto en términos "poblacionales" se puede intentar medir la tasa o patrón de mortalidad, según sus diversas edades cronométricas.
Cada población tiene su patrón definido.
Una población que no presente un incremento en la tasa de mortalidad se dice que no envejece.
Es el caso de la hidra.
No se trata que las hidras no mueran, todas lo hacen al fin y al cabo.
Se trata que su tasa de mortalidad no incrementa mayormente, es relativamente constante.
Sólo en este sentido se sostiene que envejecimiento y mortalidad no son lo mismo.
A esta definición demográfica o poblacional se le pueden agregar más determinaciones como la disminución en la tasa de fecundidad.
En el fondo, se puede definir el envejecimiento como "una persistente declinación en los componentes de la eficacia biológica (fitness) de un organismo, a una edad específica, debido a un interno deterioro fisiológico" (Rose, 1991, 38, trad. nuestra).
Esta definición es la que usa la biología evolutiva y también algunos gerontólogos.
Permite obtener un dato "objetivo" que permite comparar diversas especies sin apelar a complicadas distinciones fenotípicas para reconocer el envejecimiento.
Ahora bien, ¿cuál es el concepto implícito de edad y de tiempo que existe en este concepto demográfico de envejecimiento?
Ante todo, la medición de las tasas de mortalidad se ha hecho en función de la edad cronométrica.
Esto quiere decir que las fases del proceso biológico del organismo están determinadas por las fases del reloj (horas, días, años, etc.).
Recordemos que nosotros buscamos que las fases o edades del organismo estén determinadas por el proceso biológico mismo.
Este concepto nuestro choca naturalmente con el de la biología del envejecimiento.
Aquí se piensa la edad como la fase cronométrica en la cual el organismo queda determinado en función de una tasa de mortalidad.
A propósito de esto, hay que destacar que el envejecimiento podría pensarse de otra manera.
Puede pensarse como una especie de sucesión "cualitativa" de edades.
Envejecimiento no sería aumento de probabilidad de muerte, sino un pasar de unas edades a otras, una especie de "edadear", si se nos permite la expresión.
Volvamos al caso de la hidra.
Desde el punto de vista del envejecimiento demográfico este organismo no envejece.
Por ello, no tendría edad, no en el sentido en que no la podamos poner en correspondencia con un reloj, sino en el sentido en que ninguna de sus edades cronométricas ofrece diferencias significativas en lo que dice relación a su tasa de mortalidad.
Ello no ocurre en nuestro concepto de envejecimiento como "edadear".
La hidra ofrece distintas edades, pues, posee diversas fases intrínsecas de desarrollo y por ello "edadea" 4
Por otra parte, en estas investigaciones se utiliza la edad cronométrica de una población, no de un organismo individual.
Ello porque determinamos las edades en función de la tasa de mortalidad, concepto sólo aplicable a una población en sentido estadístico.
Nosotros buscamos conceptuar la edad como una "especie" de carácter que surge del organismo individual y no de un mero promedio estadístico.
Ahora bien, tomando los índices de mortalidad de una población (por ejemplo, humana o de insectos de laboratorio), Rose (2004, 22) ha podido apreciar tres fases de mortalidad5, que podríamos considerar como edades.
En la primera edad no habría un aumento significativo de la tasa de mortalidad.
En la segunda edad habría un rápido ascenso y en la tercera edad, tal tasa se mantendría constante.
En esta tercera edad no habría envejecimiento, según el concepto demográfico.
Esta concepción de edad como "fase de mortalidad" es muy interesante porque tal concepto no queda determinado exclusivamente por la edad cronométrica, sino por el patrón de mortalidad.
La edad cronométrica es siempre creciente, cosa que no ocurre en este nuevo concepto de edad.
Esta idea se acerca bastante a lo que buscamos.
Lamentablemente, incluso con esta precisión, tal concepto de edad sería obtenido desde un aspecto poblacional estadístico y no individual.
b) Concepto fenotípico de envejecimiento: la edad como expresión de un biomarcador
Hay otro concepto de envejecimiento que busca encontrar caracteres fenotípicos de envejecimiento, pero en el individuo.
Es el concepto que más se usa en la gerontología.
Para ello, se usa un indicador llamado "biomarcador", cuya función indique la edad y el envejecimiento.
Se puede usar, por ejemplo, el color del pelo.
Pero esto no es muy cuantificable, así que se usan múltiples biomarcadores como el desgaste de huesos y dientes, concentración de enzimas, longitud de telómeros, etc.
¿Cómo se piensa la edad y el tiempo desde este concepto?
Ante todo, se eligen estos biomarcadores porque se sabe que indican, "en la población promedio", la edad biológica.
Así, por ejemplo, se toma como indicador de vejez un determinado desgaste de los dientes.
Por ello, el biomarcador no es lo que indica la edad biológica, sino al revés; porque sabemos que nos encontramos en una edad biológica determinada usamos tal o cual biomarcador.
Otro problema de esta concepción es que se elige un biomarcador que pueda cuantificarse.
Esa cuantificación se puede, a su vez, poner en correspondencia con la edad cronométrica, con lo cual, el biomarcador termina siendo, en el fondo, un indicador de edad cronométrica y no biológica.
Pero no hay que olvidar que porque ya sabemos identificar una edad biológica, sólo por ello podemos elegir un biomarcador determinado.
Estos biomarcadores son, en general, funciones crecientes como la edad cronométrica.
Esto nos muestra el envejecimiento como algo que "inexorablemente siempre va ocurriendo".
Aquí se entiende el organismo como un "objeto" que se va desgastando.
Pero esto ocurre sólo por su relación con la edad cronométrica cuyo tiempo "siempre corre".
Por último, el biomarcador indica la edad biológica de un individuo, pero en función de la edad biológica "promedio" de una población.
Por ello, en el fondo, el biomarcador determina la edad poblacional promedio igual que la concepción demográfica.
En definitiva, la biología del envejecimiento (evolutiva y fisiológica) nos ha mostrado dos conceptos de envejecimiento, poblacional y fenotípico, los cuales, nos manifiestan dos conceptos de edad.
A pesar de las diferencias, se entiende el envejecimiento como un proceso en el tiempo, pero en el tiempo cronométrico, lo cual no permite entender bien el proceso de envejecimiento, como lo ha señalado también Baars (2006, 3).
No obstante ello, tales conceptos nos han acercado aún más al problema de la conceptuación de la edad como tiempo biológico.
Los seres vivos se caracterizan por ser estructuras procesuales, es decir, por estar en constante cambio.
A este carácter del organismo es a lo que llamaremos, en general, "desarrollo".
Estos procesos poseen diversas fases o etapas como la segmentación, la gastrulación y la organogénesis.
En el organismo ya nacido, y en especial en el hombre como veremos, encontramos otras fases como la infancia, pubertad, adultez, vejez, etc. A todas estas fases, y en especial a las del organismo ya nacido, son las que llamamos "edades".
Edad es así sinónimo de fase del desarrollo.
Ahora bien, en biología del desarrollo se suele entender el tiempo no como edad, sino como la "distancia" temporal entre una fase y otra.
Así, si se comparan las especies en sus relaciones filogenéticas pueden encontrarse diferencias en los tiempos de desarrollo somático y reproductivo.
El tiempo biológico del desarrollo sería así la "distancia temporal" entre una fase y otra.
Pero aquí es fácil darse cuenta de que esa distancia temporal no es otra cosa que una medida de tiempo cronométrico que funciona como tiempo absoluto desde el cual se pueden medir las diferencias relativas entre los tiempos de desarrollo de las especies.
Por ello, para eliminar esta dificultad, podría tomarse el "cuociente" entre las duraciones cronométricas de las diversas etapas o fases de desarrollo.
Esto genera una magnitud que es adimensional y que mide, en el fondo, la "distancia temporal relativa" entre las fases en el desarrollo.
Así, por ejemplo, si tenemos varias fases en el desarrollo de un organismo, más importante que medir sólo sus distancias cronométricas, lo interesante es medir sus distancias "relativas", sus cuocientes.
Ello ocurre porque la distancia cronométrica entre las fases no es homogénea, puede cambiar por muchas razones, por ejemplo, por la temperatura.
Pero la relación o cuociente entre las fases es más o menos homogénea y puede revelar lo propio de una especie en comparación a otras, lo que permite conceptuar mejor las heterocronías.
Esta idea es brillante y merecería seguirse pensando.
Ignoramos si se ha expandido a otras ramas de la biología.
En ella, se piensa el tiempo biológico como algo, en cierta forma, distinto del tiempo cronométrico, a saber, como una "relación" entre las "sucesiones cualitativas" de fases o edades, lo que antes llamábamos "edadear".
Las fases o edades se suceden unas a otras y en esta distancia temporal relativa estaría su carácter temporal.
Aquí ya podríamos decir que tenemos una conceptuación del tiempo biológico como algo distinto del mero tiempo cronométrico de la física.
No obstante ello, en esta concepción se sigue tomando, en el fondo, el carácter temporal del proceso biológico como una "sucesión cronométrica" de fases o edades, razón por la cual siempre tiene que usarse el reloj para la determinación de las distancias relativas.
Se piensa, en el fondo, edad y tiempo como cosas distintas.
Pero cabe la posibilidad de pensar la edad como un carácter propiamente temporal.
Es la vía que ensayaremos.
No obstante ello, los pasos anteriores, sin duda, nos han acercado todavía más a esta vía.
II- ¿QUÉ ES EL TIEMPO COMO EDAD BIOLÓGICA?
Hasta ahora hemos buscado en algunos campos del saber biológico un concepto de edad como tiempo "propiamente" biológico.
El camino recorrido nos ha llevado a mostrar qué es lo que no entendemos por edad.
Pero, junto con ello, se nos ha abierto un camino positivo que ahora tenemos que transitar en mayor grado.
Por ello, las repeticiones son inevitables.
Así, por una parte, buscamos el tiempo como edad mirando al ser vivo como un Todo, como un organismo.
Es allí donde tenemos que dirigir la mirada.
Por otra parte, buscamos en el organismo qué aspecto de él nos manifiesta su edad y su temporalidad.
Estos dos puntos son los que hay que precisar ahora.
Ante todo, debemos meditar a qué organismo le aplicamos más inmediatamente las cualidades "etarias" de juventud, adultez, vejez, etc. Sin duda, ese organismo es el hombre.
En él, sin conocer las grandes teorías biológicas ya mencionadas, reconocemos tales cualidades.
Las reconocemos mirando el conjunto, no tal o cual aspecto.
Así, una persona de cualidades juveniles, pero con el pelo cano, no por ello es calificada de vieja.
Hay que mirar una serie de rasgos relacionados como un Todo, no aisladamente.
Estos rasgos no son solamente los llamados biológicos, sino también mentales.
Hay así una edad biológica y mental.
Éste es el fenómeno más inmediato de la edad como tiempo.
De aquí arranca toda conceptuación de la edad como tiempo, aplicable no sólo al hombre, sino al resto de los seres vivos, dado que éstos nos manifiestan ciertos fenómenos semejantes al hombre6.
La riqueza del concepto es la que nos abrirá o no las diversas posibilidades de comprender el fenómeno de la vida en su aspecto temporal.
Ahora bien, hay que tener en cuenta de que los organismos son más o menos semejantes los unos a los otros estableciéndose diversos grados de parentesco.
A esta propiedad de relación intrínseca entre organismos es a lo que llamaremos "biodiversidad".
Hay que pensar la edad en toda su biodiversidad y no como un concepto aplicable por igual a todos los organismos.
Es lo que sucede en los conceptos de edad anteriormente mencionados.
Existirá edad en algunos o en todos ellos (y además en diversos grados) según la riqueza del fenómeno que vamos a estudiar.
Para ello, consideremos, por una parte, que hay organismos constituidos por una sola célula como las bacterias y amebas.
Habría que meditar si en ellos existe una "edad biológica".
A simple vista, se ve muy difícil, por ejemplo, que una bacteria sea "joven" en sentido biológico y no puramente cronométrico.
En el mismo caso se encontrarían las células individuales que constituyen un organismo pluricelular cuya edad es vista, en general, sólo en función de sus propios procesos celulares.
Por otra parte, tenemos los organismos pluricelulares concebidos como algo "más" que un conjunto de células.
Aquí hay una gran diversidad de organismos como los álamos, las hidras, los perros, etc. Un concepto clarificador debería considerar todos estos aspectos.
Con todo ello en mente, intentemos meditar en qué consiste el carácter de edad como tiempo.
b) Edad y carácter procesual
Decíamos, en la primera parte, que los procesos biológicos de un organismo poseen fases intrínsecamente cualificadas.
Cada fase es lo que llamamos una edad.
Por tanto, un primer problema es pensar en qué consiste cada "fase" del proceso biológico.
Por otra parte, la edad como tiempo no es la mera cualidad de cada fase.
Podría pensarse entonces que como las edades pueden "sucederse" las unas a las otras, su carácter temporal estaría en esa mera "sucesión", en ese "edadear".
Sería una sucesión cualitativa y no puramente cronométrica o cuantitativa (tiempo cronométrico) la cual ya hemos descartado en la primera parte como carácter propio de la edad como tiempo biológico.
No obstante ello, esto tampoco parece ser exactamente el tiempo biológico como edad.
No todo tiempo tiene la estructura de una sucesión, como ya lo ha anunciado Zubiri siguiendo la tradición de la fenomenología7.
Es desde esta tradición desde donde intentamos pensar el tiempo biológico.
Lo propiamente temporal, en este caso, no está en la mera sucesión, sino en la "apertura" de cada fase entendida como etapa temporal.
Hay que explicitar mejor estos dos puntos.
b.1) La edad como fase
Decíamos que una de las propiedades fundamentales de los organismos es su desarrollo.
Éste se caracteriza, ante todo, por ser un "crecimiento".
Como las células, por paradójico que ello suene, se "multiplican" por "división", su reproducción continua haría que tales células se irían haciendo cada vez más pequeñas hasta desaparecer.
De aquí entonces que las células que han sido viables, dado su tipo de reproducción, son las que manifiestan "crecimiento".
Es una propiedad del desarrollo de todos los organismos viables, tanto unicelulares como también, por extensión, de los pluricelulares, ya que éstos crecen, en buena medida, por el crecimiento de sus células.
Ahora bien, cada momento del crecimiento de un organismo puede ser considerado una "fase".
No es algo puramente cuantitativo, pues, está determinado por toda la dinámica del organismo en cuestión.
Piénsese, por ejemplo, en las fases o etapas de crecimiento de un insecto.
Sin embargo, el crecimiento, por sí solo, no explica una fase del desarrollo.
Ello ocurre porque el crecimiento no es la única propiedad del desarrollo.
Hay otra propiedad, que se apoya en la anterior, que es la "diferenciación celular".
Esta diferenciación se la entiende en biología del desarrollo, ante todo, como aquel proceso por el cual una célula da origen a otras células de distinto tipo que la progenitora.
Esto ocurriría en los organismos pluricelulares.
Pero puede considerarse esta diferenciación también como un proceso que ocurre "intracelularmente".
De esta manera, podrían existir fases del desarrollo si consideramos los diversos momentos por las cuales la célula se va diferenciando "internamente".
Sería el caso de lo que se ha llamado las "etapas del ciclo celular", que justamente toma en cuenta la diferenciación y el crecimiento.
En el caso de los organismos unicelulares podría decirse, en sentido muy amplio, que poseen fases y, por tanto, edades.
Difícilmente podrían ser calificadas, por ejemplo, de jóvenes, viejas, etc., pero tendrían una especie de "edad celular" en este sentido.
Pero hay una tercera propiedad del desarrollo, propia de los organismos pluricelulares.
Es la "morfogénesis" por la cual se "forman" y también "modifican" órganos y estructuras en general.
No es algo, por tanto, que dure hasta la formación del embrión, sino toda la vida.
Se apoya en las dos propiedades anteriores.
Sin crecimiento ni diferenciación celular no habría morfogénesis.
Ahora bien, habría que decir que el desarrollo del organismo posee diversos momentos o fases intrínsecamente cualificadas como la segmentación, gastrulación y organogénesis.
Son fases del organismo y, por tanto, pueden considerarse como edades, según nuestro concepto.
La determinación de estas fases, aunque no es unívoca, no es tampoco meramente arbitraria.
Depende de los procesos internos del organismo considerado como un sistema.
Hay que tener en cuenta que las fases más importantes en el hombre no son éstas (las que hemos sabido en épocas recientes), sino las que se manifiestan en el organismo "ya nacido".
Aquí, su determinación sólo puede hacerse "a grandes rasgos", destacando color de pelo, forma de la piel, etc. Hay que también considerar caracteres mentales según las diversas culturas, etc. En el hombre la discriminación de una fase y otra, su límite, no es algo preciso, sino algo difuso.
Lo mismo para el resto de los seres vivos.
No obstante ello, puede detectarse, en líneas generales, una fase de otra.
A esta fase la llamamos "edad".
Sin embargo, esta denominación es aún imprecisa.
Es lo que tenemos que aclarar ahora.
b.2) La edad como "apertura" temporal de las fases.
Decíamos que el proceso de desarrollo del organismo posee una serie de fases o momentos que llamamos edades.
Esto es todavía impreciso porque aún no hemos precisado el carácter "temporal" de esta fase como edad.
Aquí hay dos aspectos que hay que aclarar.
Su investigación nos dejará más patente la vía por la que se "podría" pensar la edad como tiempo.
Por una parte, podría pensarse que la edad como tiempo biológico del organismo radica en su mero carácter de ser "fase" del proceso biológico.
Así, hemos dicho repetidas veces que fase es lo mismo que edad y que en ese carácter de edad radica el tiempo de lo vivo.
Esto es parcialmente verdadero.
Ello porque el carácter "etario" del organismo no consiste en su mero ser momento o fase del desarrollo.
Para entender esto coloquemos un ejemplo imaginario.
Supongamos que en un lugar recóndito descubrimos un nuevo organismo nunca antes visto.
Nos preguntamos frente a él qué edad biológica posee.
Disponemos de todo lo necesario para hacer múltiples estudios: análisis genético, estudio de la velocidad de su metabolismo, capacidad actual de reproducción, edad cronométrica, etc. Con todo ello, ¿podemos saber qué edad biológica tiene?
Por supuesto que no. Estos estudios podrían darnos muchas propiedades positivas del tipo de proceso que el organismo posee actualmente, pero esto, por sí mismo, no nos ofrece exactamente su edad biológica.
Esto ocurre, al parecer, porque no tenemos ante nosotros cómo serían las demás fases o etapas del "ciclo completo" de ese organismo.
Ahora bien, el ciclo completo de un organismo como individuo no lo tenemos sino hasta su muerte.
Lo que tenemos es el ciclo de varios organismos de una misma población o especie ya fallecidos.
Este dato constituye el "horizonte" desde donde podemos determinar concretamente cada fase como edad.
Para explicar esto, hay que identificar aquí tres estratos del proceso biológico, cada uno fundado en el anterior.
En primer lugar, hay que considerar la fase como "momento" del proceso biológico.
Es una propiedad o cualidad del proceso de desarrollo.
Este aspecto es el único que podría, tal vez, detectarse en el ejemplo imaginario dado más arriba.
En segundo lugar, hay que considerar la fase en tanto "tiempo", la cual no radica en el mero momento del proceso de desarrollo individual, sino en ese mismo momento, pero "en función de" los demás momentos.
El tiempo biológico es así función, apertura de unos momentos a otros.
Cada momento, en tanto fase temporal, lleva en sí mismo el momento anterior y posterior8.
Así, por ejemplo, la juventud, como fase temporal, sólo puede entenderse desde la vejez y viceversa.
He aquí el fundamento de la edad como cualidad "temporal" biológica.
Pero esto es todavía insuficiente para aprehender "concretamente" la edad biológica del organismo.
Tenemos que, en tercer lugar, dar un paso más.
Recordemos que el proceso biológico de un organismo puede atenderse desde su "carácter cíclico", siguiendo su línea germinal.
Aquí se patentiza el momento del proceso, pero en tanto que se repite.
Desde este aspecto, cada fase, por ser apertura, puede determinarse en su "posicionalidad" precisa frente a otras fases.
De esta forma, sólo con el ciclo de vida completo del organismo promedio en nuestro "horizonte" podemos precisar el "orden" normal en que cada fase se presenta en el organismo.
Cada fase considerada "temporalmente" es ahora algo más que una mera fase de un proceso: es una "etapa" del organismo.
Etapa es la fase del proceso biológico en tanto ordenada temporalmente en función del ciclo completo del organismo.
Edad, en sentido amplio, es la fase entendida como etapa.
Es lo que intentamos mostrar en el ejemplo del organismo desconocido.
Su edad como etapa no puede ser aprehendida concretamente sino hasta que tenemos su ciclo completo.
Hay que destacar que este horizonte, en rigor, sólo se manifiesta para el hombre.
Esto no significa que la edad biológica sea algo subjetivo.
La sucesión cualitativa de fases de un proceso biológico y su momento de apertura son propiedades del organismo.
La "posicionalidad", el orden de una fase en función de otras (su carácter de "etapa") en el ciclo de vida tampoco es algo subjetivo, pero es dependiente de una cierta operación de atención de un determinado aspecto del proceso de desarrollo.
Esta operación deja patente el ámbito temporal del ciclo de vida.
Este ámbito se complica más en el caso de la edad humana, pues, su tiempo biológico se encuentra entretejido con propiedades biológicas, mentales y culturales, por las cuales, cada etapa del ciclo completo está determinada no sólo por lo que el hombre como organismo manifiesta, sino también por lo que "espera" de él.
Se entreteje el tiempo biológico y el tiempo del proyecto humano, que tanto gustaba de pensar a Heidegger.
Ser adulto, por ejemplo, no es sólo cuestión de poseer determinadas cualidades biológicas, sino que depende de nuestro proyecto social de vida, en este caso, de lo que nosotros esperemos de un adulto como el poseer bienes, determinada habilidad, etc. De hecho, sólo en el hombre la llegada a la adultez, entendida como etapa biológica, no coincide necesariamente con su maduración sexual.
Por otra parte, podría pensarse que el carácter temporal de los procesos biológicos se encuentra, no en la mera fase como edad, sino en la "sucesión" de las edades, lo que nosotros conceptuamos antes como "edadear".
Esto en cierta forma es verdad, pero debe ser entendido correctamente.
Ante todo, como hemos visto en la primera parte, el tiempo biológico no viene determinado por la mera "distancia temporal" entre fases sucesivas establecidas en correspondencia con las fases equidistantes de un reloj.
El tiempo biológico no es una variable independiente o absoluta que corre por fuera de los procesos del organismo, sino que es dependiente de éstos.
Ahora bien, decíamos que las fases de un proceso biológico se determinan por la dinámica misma del proceso.
Por ello, puede pensarse que el tiempo biológico radica en la "distancia temporal cronométrica" entre las fases sucesivas.
Tal tiempo sería muy "variable" ya que las fases pueden alargarse o contraerse según la dinámica del sistema.
Así, por ejemplo, el tiempo entre la segmentación y la gastrulación puede modificarse por acción de la temperatura.
Pero el tiempo biológico como edad no consiste tampoco en la mera sucesión cronométrica de fases o edades.
Nuevamente sería entender el tiempo biológico desde algo externo (un reloj).
El carácter temporal de la edad, como veíamos, radica en la intrínseca apertura temporal de unas etapas a otras en el ciclo completo del organismo.
Estas etapas ciertamente se suceden (lo que llamábamos "edadear"), pero su carácter temporal biológico no radica exactamente en su medida en años, sino en que estas etapas están colocadas intrínsecamente unas "después de" las otras.
La juventud y la adultez como etapas, por ejemplo, no están determinadas simplemente por un determinado número de años transcurridos, sino por características procesuales por las cuales cada fase o etapa está abierta temporalmente a las demás.
En este caso, la adultez es una etapa que está "después-de" la juventud.
Pero esto no significa que, en algún caso, algún organismo no pueda pasar de la adultez a la juventud.
Esto no es imposible.
Sólo el tiempo cronométrico corre inexorablemente hacia el pasado.
Esto es lo que hace concebir el envejecimiento como un sufrir los desgastes del paso inevitable del tiempo.
Pero ello no ocurre en el tiempo biológico como edad.
Podría ocurrir un retroceso.
No es necesario que ocurra, pero si ocurre, siempre sería un "retroceso" que presupone que la adultez es una etapa "después-de" la juventud, no como sucesión de fases cronométricas, sino en tanto etapa biológica.
La edad como carácter temporal propio del organismo no es una cualidad o contenido sensible de un organismo como el color de pelo, largo de los dientes, etc., ni siquiera considerado todos estos caracteres en conjunto.
Por ello, en rigor, nunca se reducirá la edad a la magnitud de un biomarcador.
La edad más bien apunta a todas estas cualidades de una fase del proceso biológico, pero en "apertura" temporal a las otras fases del ciclo completo y aquí radica la novedad misma de lo biológico.
Estas fases se suceden (lo que llamamos "edadear"), pero su momento temporal biológico no radica exactamente en su medida en años, sino en que estas fases posean una posición determinada unas después de otras.
En todo ello radica la dificultad de su concepción y precisión.
No es algo tan fácil de describir como el color de pelo, pero tampoco es algo tan evanescente.
Nuestra concepción de edad permite iluminar este aspecto del proceso biológico que otras concepciones provenientes de otras ramas de la biología no hacen.
Hay que destacar que el hombre presenta una mayor complejidad en la conceptuación de su edad debido a que no sólo existen caracteres biológicos implicados, sino también hay caracteres mentales determinados culturalmente.
Sin embargo, dentro de una sociedad está determinación se hace más "patente" dado que todos, más o menos, ya sabemos lo que se espera del ser humano en sociedad.
Además, sólo entre nosotros son más patentes los caracteres biológicos procesuales.
Por ello, en rigor, sólo en el hombre hay edad con mayor precisión. |
Identidad cultural en Internet: la difusión del Instituto Cervantes y sus homólogos europeos
Con objeto de averiguar la eficacia de la difusión de la identidad cultural a través de la Red, se realiza una evaluación de los recursos electrónicos más significativos de distintos países europeos para la promoción y la enseñanza de su idioma y la difusión de su cultura en Internet.
Las sedes estudiadas son las webs del Instituto Cervantes, British Council, Società Dante Alighieri, Instituto Camões y Goethe-Institut.
El Instituto Cervantes es el mejor situado y el que más indicadores y parámetros positivos obtiene en el análisis realizado.
El mundo que actualmente conocemos ha experimentado una gran evolución en los últimos años, permitiendo a las nuevas tecnologías se introduzcan de un modo inesperado en nuestra vida diaria.
El usuario puede encontrar en Internet gran cantidad de información en constante cambio, pudiendo beneficiarse de ella prácticamente sin conocimientos de amplia envergadura.
Con respecto a la difusión de la cultura podemos decir que Internet presenta un campo inabarcable, ya que la mayoría de sus páginas incluyen un buen número de enlaces, que a su vez nos remiten a otras webs con nuevos enlaces y así sucesivamente hasta elaborar una malla de conexiones de nuestro particular "ciberespacio idiomático" para cada una de las culturas.
Existen portales institucionales cuyo objetivo es la difusión de la lengua y la cultura nacionales, y los institutos europeos son de los más importantes del mundo.
Podemos hacernos una idea de la importancia que presentan estas instituciones sólo con los datos sobre el número de sus hablantes.
El español es, tras el chino mandarín, el idioma más hablado del mundo en cuanto al número de personas que lo tienen como lengua materna, con 329 millones de hablantes.
Lo hablan como primera y segunda lengua entre 450 y 500 millones de personas, pudiendo ser la tercera más hablada si se la considera en este aspecto.
Es el segundo idioma más estudiado en el mundo tras el inglés, con 17,8 millones de estudiantes; si bien otras fuentes indican que se superan los 46 millones de estudiantes distribuidos en 90 países; y la tercera más usada en Internet con 153,3 millones de usuarios2, aunque se espera que para el 2050 lo hable el 10% de la población mundial.
El inglés es uno de los idiomas oficiales de la ONU.
Es el tercero del mundo en número de hablantes que lo tienen como lengua materna con 328 millones, y el segundo más hablado si se cuenta también a quienes la utilizan como segunda lengua (unos 200 millones de personas más).
Sin embargo es el primer idioma más utilizado en la red, con 536 ́6 millones de usuarios.
El portugués cuenta con un total de 240 millones de hablantes.
Es la séptima lengua materna más hablada en el mundo, con 178 millones de personas.
Se sitúa en la quinta posición de los idiomas más utilizados en Internet con 82 ́5 millones de usuarios.
Es la lengua oficial de Portugal y sus antiguas colonias (excepto Goa, Damán y Diu), y es hablado por prácticamente toda la población en Portugal y Brasil.
En el resto de los países lusófonos es hablado por lo general como segunda lengua.
A nivel mundial, cerca del 90% de los hablantes de portugués como lengua materna se concentra en Brasil.
Su difusión internacional tuvo lugar en los siglos XV, XVI y XVII, con la formación del imperio portugués.
El alemán es otra de las lenguas oficiales de la Unión Europea y el idioma materno de alrededor de 90 ́3 millones de personas, lo que representa el 13,3 % de los europeos.
Está situado en el décimo puesto entre los idiomas más hablados y se le considera el tercer idioma más enseñado como lengua extranjera en todo el mundo, el segundo en Europa y el tercero en Estados Unidos después del español y el francés.
Ronda los 150 millones de personas hablantes en 38 países del mundo.
Se considera la sexta más utilizada en Internet con 75 ́2 millones de usuarios.
El italiano es la lengua oficial de Italia, San Marino y Suiza, hablada como lengua materna por 61 ́7 millones de personas, representando la decimonovena más hablada en el mundo.
Esto supone que los institutos mencionados representan la lengua hablada en torno a 1360 millones de personas en el mundo, lo que abarca el 20% de la población mundial.
En consonancia con todo ello, no se puede negar la importancia que puede residir en la investigación de la difusión a través de Internet, por parte de los institutos de defensa de la lengua de cada país en cuestión.
El lenguaje es la herramienta de expresión más usada en el mundo.
Si además lo añadimos a un soporte, permitimos su difusión y conservación, y este hecho da lugar a la generación de documentos.
Es pues, la base que nos permite a los seres humanos expresar pensamientos e ideas con un cierto nivel de complejidad, y por lo tanto es la herramienta básica de comunicación.
Actualmente Internet es indudablemente una herramienta tecnológica que facilita esa comunicación.
Por lo tanto este estudio, desarrollado entre 2010 y 2011, pretende ser un metanálisis de cómo a través de un medio como Internet se pueden difundir contenidos de calidad relacionados con el medio de expresión por excelencia: la lengua, y en este caso, sobre las más utilizadas en Europa.
El crecimiento de la lengua y la cultura son dos de los instrumentos más importantes con los que cuenta un país para potenciar su crecimiento en el exterior, ya que dichos factores contribuyen a reforzar su autoridad y notoriedad en el mundo, además de mejorar sus relaciones, tanto políticas como culturales con el resto de las naciones.
Actualmente existe una vorágine de portales y recursos informativos encargados de la difusión idiomática.
Por ello, ante tal magnitud de páginas nos centraremos en las que aúnen el binomio compartido de enseñanza establecido por "lengua y cultura", y para afinar aún más nos dedicamos a aquellos portales que, además de cumplir el criterio anteriormente referenciado, sean los más representativos a nivel internacional.
Los seleccionados ha sido los que fueron galardonados en el año 2005 con el Premio Príncipe de Asturias en la categoría de de Comunicación y Humanidades, que son el Instituto Cervantes, Goethe-Institut, Società Dante Alighieri, Instituto Camões, British Council y Alliance Française.
Se intentará mostrar cuáles son las fortalezas y debilidades que presentan y, por tanto, cuáles son las carencias existentes, y de ellas las que son más urgentes de solucionar debido su repercusión.
Sobre evaluación de fuentes y recursos informativos existen al respecto diversos estudios en los que, desde su visión particular, los autores descubren un amplio espectro de indicadores y parámetros en lo que a evaluación propiamente se refiere.
Previos a Nielsen, el que hizo famoso el concepto de usabilidad, hubo algunos autores que comentamos aquí por lo que sus estudios tienen de precursores.
Posteriormente a Nielsen sí que se desarrolló un amplio abanico de estudios al respecto, de los que destacamos los más relacionados con la temática del artículo.
Uno de los primeros acercamientos a la evaluación de fuentes en línea, se localiza en el artículo "Thinking Critically about World Wide web Resources", de Esther Grassian en 1995.
En el que la autora expone que Internet es un lugar donde podemos encontrar gran cantidad de información, pero no toda ella es fiable.
Por ello plantea una serie de parámetros e indicadores a modo de preguntas, pero sin ofrecer una descripción detallada de cada uno de ellos.
Otro caso es el de Alexander y Tate, que un año después exponen cinco criterios (autoridad, exactitud, objetividad, actualidad y cobertura), que al igual que Grassian, dejan delimitados en forma de preguntas abiertas.
En 1998, Jim Kapoun hace una clasificación muy similar a la de Alexander y Tate, con la diferencia de aportarle más valor al parámetro "Exactitud", situándolo el primero en su lista particular.
Merece destacar también a Sarah Burns, que señala la importancia que tiene para el usuario saber seleccionar y evaluar convenientemente la información que le llega desde Internet.
Añade que tradicionalmente se ha evaluado la información impresa mediante los cinco parámetros anteriormente mencionados, y mantiene la necesidad de adaptarlos para evaluar documentos en línea.
Además, establece una descripción para cada criterio, para que el usuario pueda fácilmente reconocerlo.
Es por estas últimas características, por la que la hemos establecido como hito en este recorrido secuencial de doctrinas "evaluativas".
Otro autor importante es Luis Codina.
Presenta varios artículos al respecto, y en ellos se muestra una propuesta de parámetros e indicadores que podrían utilizarse para la evaluación de recursos digitales en línea.
Como el propio autor expresa en uno de sus textos, "no es imprescindible aplicarlos todos en todas las circunstancias, ni tampoco puede afirmarse que sean los únicos necesarios en toda circunstancia.
Constituyen, en el mejor de los casos, el grueso de los indicadores útiles en casi cualquier escenario, así como proporcionan ideas sobre la clase de aspectos a chequear en un proceso de análisis, pero no tienen vocación ni de ser exhaustivos ni de ser imprescindibles como un todo".
José Antonio Merlo en 2003 expone una compilación de los primeros trabajos realizados sobre el tema, en el que analiza a gran parte de los autores mencionados anteriormente.
En él presenta al lector variada información que le ayuda a familiarizarse con las distintas propuestas de evaluación, permitiéndole al usuario observar la evolución de las mismas y escoger entre la que más le interese.
Gloria Gómez Diago, un año mas tarde propone una serie de parámetros basados en las características que deben tener los documentos en línea con respecto a la satisfacción del usuario.
Para webs temáticas el abanico se amplía mas [Chaín, Mas, Muñoz Cañavate o Travieso].
A continuación se expone una reseña de los portales presentados para su evaluación y análisis:
El Instituto Cervantes es la institución pública creada en 1991 en España para la promoción y la enseñanza de la lengua española y para la difusión de la cultura española e hispanoamericana.
Su sede principal se encuentra en Madrid.
Entre sus objetivos podemos mencionar: la organización de cursos generales y especiales de lengua española, así como de las lenguas cooficiales en España; la actualización de los métodos de enseñanza y la formación del profesorado; el apoyo a la labor de los hispanistas; participación en programas de difusión de la lengua española; etc.
El British Council fue fundado en 1934 y tiene la misión de difundir el conocimiento de la lengua inglesa y su cultura mediante la formación y otras actividades educativas.
Además, este ente público cumple una función relevante para mejorar las relaciones exteriores del Reino Unido.
Sus sedes principales se encuentran en Manchester y Londres.
Sus actividades, ya estén relacionadas con las artes, la ciencia, el deporte, la enseñanza de Inglés, el cambio climático o la educación, tratan de fomentar una mayor confianza y entendimiento entre los diferentes países y culturas.
El Instituto Camões fue creado en 1992 como sucesor del Instituto da Cultura e Língua Portuguesa.
Tiene la misión de proponer y realizar la política de divulgación y de enseñanza de la lengua y cultura portuguesas en el extranjero y promover el portugués como lengua de comunicación internacional.
Apoya y ejecuta proyectos que favorezcan la divulgación y el intercambio internacional de las diferentes formas de expresión artística, apoyando la edición de autores portugueses en lengua extranjera y concediendo becas a alumnos y profesores de la red internacional.
El Goethe-Institut es la institución pública alemana cuya misión es difundir el conocimiento de la lengua alemana y su cultura.
Además, este ente público trata de fomentar las relaciones exteriores entre Alemania y los países donde se encuentra.
Su sede central está ubicada en Munich.
Fue creado en 1951 como sucesor de la "Academia Alemana" ("Deutsche Akademie", fundada en 1925).
Su primera tarea fue la de capacitar profesores de alemán como lengua extranjera en Alemania.
La Società Dante Alighieri fue creada en Italia en 1889 por un grupo de intelectuales encabezados por Carducci, para la promoción de la lengua italiana así como de la difusión de su cultura alrededor del mundo.
Está repartida por más de 60 países en todo el mundo divulgando la cultura y lengua italiana, teniendo su sede central en Roma.
Esta Società no sólo ofrece cursos en italiano, ya que también propone una variedad de eventos culturales para los miles de miembros y estudiantes que les atrae Italia y tienen ganas de aprender sus rasgos y costumbres características, desde la música y deportes hasta cine, teatro, moda, o literatura.
La realización de toda evaluación va ligada a una serie de indicadores o parámetros.
Según la norma ISO 11620 (UNE 50137), un indicador es "una expresión utilizada para describir actividades en términos cuantitativos y cualitativos, con el fin de evaluarlas de acuerdo con un método".
Para la confección de nuestra propuesta de parámetros se decidió revisar indicadores de estudios anteriores para la evaluación de recursos digitales, elaborados por autores tales como Luis Codina, Janet Alexander y Martha Tate, Jim Kapoun o Magda León, entre otros.
Aplicando dichas metodologías al caso que nos atañe y añadiendo, en casos puntuales, otros indicadores que no se encontraban recogidos, queda como resultante un modelo que nos ayudarán en las tareas de valoración.
Como era de vital importancia que los resultados no estuvieran ligados a la subjetividad de la persona encargada de la evaluación, se han asociado una serie de puntuaciones para que el criterio escogido sea lo más pertinente y férreo posible.
Así, se han definido un grupo de parámetros con objeto de evaluar la mayor cantidad de elementos posibles, y dentro de ellos se han buscado los indicadores más significativos.
Los parámetros, con sus indicadores correspondientes, seleccionados para dicha labor son los siguientes:
Los resultados obtenidos se expondrán en una tabla que aúne a primera vista las puntuaciones totales y parciales de cada una de las secciones paramétricas.
En ella se representa, además del nombre del indicador, la puntuación obtenida y la puntuación máxima, el factor de modulación o grado de corrección.
Éste valor es necesario, ya que al poseer cada indicador un grado de puntuación diferente, es necesario aunar todos ellos para poder compararlos entre sí.
Una vez elaborada la evaluación y representados los resultados, el criterio de calidad del recurso al respecto vendrá determinado por la cantidad total de puntos que contenga su valoración.
De esta forma cuantos más puntos contenga, mayor grado de excelencia presentará la web en cuestión.
Entre la selección de instituciones se encontraba "Alliance Française", que es el organismo equivalente a los expuestos anteriormente que se ocupa del idioma francés.
Ante los repetidos errores de conexión o cargas interminables de las páginas que contiene el recurso, que tuvieron lugar de manera continuada durante el periodo de desarrollo del presente proyecto, se determinó no realizar la evaluación de su página web [URL] porque los datos no hubiesen sido fidedignos.
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Aspectos generales"
Para poder interpretar los resultados lo más profundamente posible, se hace necesario hacerlo de manera detallada en cada parámetro.
En relación con los "Aspectos Generales" existe bastante variedad según a qué indicador nos refiramos.
Los nombrados como "Actualización" y "Previsión" quedan desiertos, sin que en ninguno de los recursos exprese información acerca de ellos.
Sobre el indicador "Fechas", observamos que la que ofrece un servicio óptimo es la Società Dante Alighieri, mientras que las demás instituciones no llegan al culmen de su desarrollo.
Sin embargo, cuando se analiza si aparece la fecha en los materiales ("Fecha de los datos"), la Società Dante Alighieri junto con el Goethe-Institut, son los dos portales que no ofrecen rastro sobre tal incidencia, mientras que los demás entidades la explotan al máximo.
Con respecto al "Enrutamiento", el Instituto Camões, junto con la ya mencionada "La Dante", son los únicos que consiguen ofrecer resultados positivos.
El resto no lo presentan.
Los demás indicadores que corresponden a este primer parámetro se han resuelto por parte de los cinco portales de forma óptima.
El segundo está relacionado con los "Aspectos de contenido", y ofrece entre sus diez indicadores resultados muy diferentes.
De esta forma podemos encontrar cómo los dos únicos que muestran la máxima puntuación de todos los recursos son "Categorización" y "Referenciación".
En "Archivos de contenido" podemos observar que está bastante completo, excepto lo perteneciente al Goethe-Institut, que se queda a la mitad del total.
Para el segundo indicador, "Archivo de Imágenes y Audio", todos presentan en mayor o menor medida algún tipo de fichero, menos la Società Dante Alighieri que carece totalmente de ello.
Aunque todos tienen presencia en "Soporte de los contenidos", los que mejor resultado obtienen son el Goethe-Institut y el Instituto Cervantes, siendo el peor parado el Instituto Camões.
"Soporte", "Alcance" y "Resumen" son los indicadores más deficientes en este segundo punto, ya que la mayoría de los portales no presentan ningún rastro de ellos.
Por último cabría destacar el punto relacionado con los "Metadatos".
En él se encuentran resultados muy diversos y aparentemente incompresibles para ser el caso de los portales de las instituciones sobre las que concierne el estudio.
El Instituto Cervantes presenta once metadatos, de los cuales siete están relacionados con aspectos de contenido ("description", "keywords", "subject", "author", etc.) y el resto conciernen a datos informáticos.
El British Council tiene en su código fuente muchos campos de metadatos, pero las descripciones de las mismas están vacías, por lo que no se han contabilizado dichos campos.
De los que sí presenta información se pueden destacar: "title", "date", "created", "modified", "creator" o "language".
Aunque en menor número, del Instituto Camões se pueden distinguir: "keywords", "rights", "language" y "description".
En el portal del Goethe-Institut podemos reconocer en relación con el contenido: "description" y "keywords".
Sorprendentemente la Società Dante Alighieri no presenta ni rastro de metadatos en su código HTML.
El tercer parámetro "Comunidad Virtual", es posiblemente uno de los más descuidados de los que se presentan en la investigación.
Existe un gran número de indicadores que se encuentran desiertos, como son "Correo" y "Chat".
En otros, la presencia es de solamente una institución, quedando el resto relegadas a cero.
Este es el caso de "Foro", "Información de usuarios" y "Cookies".
En el indicador "Registro", podemos comprobar que el Instituto Cervantes y British Council no se muestran con resultados positivos.
Sin embargo, los otros tres portales explotan al máximo su puntuación en este indicador.
En "Contacto" y "Facilidad de Email", los cinco recursos han obtenido la puntuación máxima, lo que nos reporta que todos ofrecen una dirección vía correo electrónico para ponerse en contacto con la organización, y además que dicha dirección es fácil de recordar.
En último lugar encontramos "Redes sociales".
Con él se valoraba si las instituciones estaban presentes en las redes sociales e informaban de ello en su web.
Como se puede comprobar, todos los portales tienen la máxima puntuación al respecto, a excepción de la Società Dante Alighieri, que no manifiesta en su página pertenecer a ninguna red social.
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Aspectos de contenido"
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Comunidad Virtual"
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Información corporativa"
El parámetro relacionado con la "Información corporativa" es uno de los más completos, ya que prácticamente todos sus indicadores tienen buena presencia en la mayoría de las web investigadas.
Los indicadores correspondientes a "Información corporativa", "Propósito", "Presencia Real" y "Logotipo", han obtenido la puntuación máxima por parte de los cinco recursos estudiados.
En el caso de "Organización" y "Organigrama" encontramos con valores totales al Instituto Cervantes, British Council, Società Dante Alighieri y Goethe-Institut, pero se advierte su ausencia en el Instituto Camões.
Ambos indicadores están relacionados, por lo que es fácil pensar que si uno de ellos no se encuentra en la web, el otro muy probablemente esté descartado.
Los de peor puntuación dentro de este parámetro son "Finanzas" y "Auditorías".
Sobre el primero de ellos se ha encontrado escasísima información en las webs y solamente de las entidades del Instituto Cervantes y British Council.
"Auditorías" es el único indicador que no ofrece ninguna presencia en los cinco recursos, ya que no se expone si existe una empresa externa auditora que realiza las actividades necesarias para la obtención de certificados de calidad.
Relativos al quinto parámetro, "Navegación", observamos bastante disparidad en los resultados obtenidos.
Todos los recursos presentan la máxima puntuación en relación con los indicadores "Sumario" y "Convenciones".
Siguiendo el orden que éstos presentan, cabe destacar que "Expresividad", "Recorrido secuencial" e "Índices", obtienen un valor nulo al no encontrarse dichas características en las webs pertinentes.
Si tratamos la "Jerarquización", el Instituto Cervantes y British Council han obtenido el mayor valor posible.
La Società Dante Alighieri y el Goethe-Institut también están representados con números positivos, pero mucho menores que las dos instituciones anteriores.
Por su parte, el Instituto Camões no presenta dicho indicador.
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Navegación"
En relación con las "Etiquetas" podemos observar que la web italiana y alemana puntúan por encima del 50% (en concreto un 66'6%), mientras que los otros recursos presentan la totalidad.
Con referencia al "Titulo", son el Instituto Cervantes y British Council quienes no tienen puntuación, mientras que el resto conserva su valor máximo.
En el caso de "Brevedad titular", el portal español y el portugués no logran la obtención de puntos, aunque los demás recursos mantienen el 100%.
Prácticamente todos los recursos presentan preguntas frecuentes contestadas de antemano (FAQ ́s) para que el usuario pueda resolver sus dudas sin necesidad de contacto con la organización.
El único recurso que carece de dicho indicador es la Società Dante Alighieri.
Por último, hemos de referirnos a la "Accesibilidad".
De nuevo, como en casos anteriores, son las instituciones británica y española las que obtienen el total de la puntuación, mientras que el resto queda relegado hasta un 66'6% del total.
En el marco del sexto parámetro, "Conectividad", encontramos tan solo cuatro indicadores.
El primero de ellos, "Buscabilidad", y el que corresponde con la "URL", están muy bien representados en las cinco instituciones evaluadas, ya que han obtenido los máximos resultados posibles.
Con respecto a la "Concordancia" existen tres recursos con la máxima puntuación, estos son el Instituto Cervantes, Instituto Camões y Goethe-Institut.
Sin embargo, no tienen presencia el British Council y la Società Dante Alighieri.
El punto relacionado con los "Servidores" es el más débil dentro del grupo, ya que solamente los portales español e italiano, consiguen estar representados con el valor máximo, mientras que el resto de entidades tienen valor nulo.
El caso de la "Ergonomía" es uno de los más tenues en comparación con el resto de parámetros.
Comenzando por la "Facilidad", la única web que muestra existencia es la de la Società Dante Alighieri, con un 33'3%.
El resto quedan eliminadas.
En "Flexibilidad" solamente las instituciones española y alemana tienen relevancia.
"Legibilidad" tiene más representación, ya que todos presentan la máxima puntuación excepto "La Dante", que ha obtenido un 66'6%.
El cuarto indicador es el "Tiempo de carga".
Tres de los recursos presentan niveles óptimos, a excepción del British Council y el Instituto Camões que se quedan a la mitad.
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Conectividad"
Con respecto al "Sistema de ayuda" cabe destacar que el Instituto Cervantes ha sido el único en el que se han encontrado indicios sobre él.
El desplazamiento horizontal de las ventanas de la web, también llamado "Scroll", ha sido el siguiente punto en analizar, y se ha comprobado su ausencia en las webs británica y portuguesa.
Sobre la "Impresión", los recursos del Instituto Cervantes, British Council y Goethe-Institut, proporcionan una versión adaptada para ser impresa, mientras que los dos restantes ofrecen simplemente la información tal y como se ve en pantalla.
En el caso de "Home", al pinchar en los enlaces exteriores no existe otro enlace de vuelta a la página principal del recurso, y es por eso por lo que el indicador queda desierto.
Por otro lado, en "Página en Construcción" se valoraba si, dada la existencia de una página en reformas, se proporcionaba una fecha aproximada de finalización, sin embargo no se ha encontrado en ninguno.
Cabe destacar que aunque esté desierta, en los resultados porcentuales no se ha considerado el valor nulo de este indicador precisamente por esa situación potencial, ya que en el momento del análisis no había páginas en construcción.
El parámetro que corresponde al punto 8 es sobre "Lectura y exactitud".
Existen dos indicadores en el que todos los recursos tienen la máxima puntuación, que son "Ortografía" y "Diferenciación publicitaria".
"Imágenes" y "Autoridad" se encuentran presentes todas las instituciones excepto la del Instituto Camões.
La Società Dante Alighieri queda excluida en tres indicadores, mientras que el resto de portales obtienen el máximo valor, son "Títulos de páginas", "Gráficos" y "Publicidad".
Por ultimo, relacionado con la "Exactitud", cabe destacar que ha quedado desierta, ya que ninguna de las webs analizadas ha superado los criterios para puntuar en ella.
El parámetro en el número 9 corresponde a "Visibilidad y luminosidad" y contiene tres indicadores.
En el primero de ellos, "Enlaces", casi todos los recursos presentan la máxima puntuación, ya que incluyen enlaces externos que funcionan correctamente, y además implican un aporte informativo.
Sin embargo, con respecto a la Società Dante Alighieri no queda del todo claro que sus enlaces añadan valor al contenido, por lo que se ha puntuado con menos valor.
En relación con la "Anticipación", el Instituto Cervantes es el único que cumple todas las expectativas, ya que al pasar el puntero del ratón por encima del enlace, despliega información sobre el contenido del mismo.
Por su parte, el British Council también queda bien destacado aunque por debajo del anterior, ya que sus enlaces tan solo muestran el título.
El resto de recursos no han puntuado.
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Ergonomía"
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Lectura y exactitud"
Finalmente el último punto es "Calidad".
En tres de los recursos (Instituto Cervantes, British Council e Instituto Camões) es fácilmente visible que los enlaces han sido evaluados siguiendo unos criterios de calidad.
Los otros dos (Società Dante Alighieri y Goethe-Institut) también muestran buena puntuación, pero no en tan elevada medida.
En relación con la "Verosimilitud", encontramos bastante heterogeneidad en los resultados obtenidos.
Referente a "Premios" era fácilmente asumible, ya que todos recibieron el Príncipe de Asturias.
El indicador de "Patrocinio" muestra cómo los recursos español, británico e italiano manifiestan la máxima puntuación al presentar patrocinadores y ofrecer un enlace directo a los mismos.
El Goethe-Institut tiene patrocinio pero no enlaza con él, lo que le confiere un segundo puesto, mientras que al Instituto Camões no se le conoce sponsor alguno.
Algo bastante importante en relación con la terminología legal es el "Copyright".
Todos los recursos hacen mención a dicho apartado en sus páginas excepto la Società Dante Alighieri.
Por último, los indicadores "Obtención de documentos" y "Visitas" quedan desiertos, al no expresarse la forma de conseguir documentos de los que es productora la organización, y en el caso de las "Visitas" se conoce que existe un contador que registra la cantidad de usuarios que visualizan la web, ya que existen documentos estadísticos que expresan dichas cifras, aunque éste no puede consultarlo un usuario al no estar presente en la página del recurso.
El último punto es "Notoriedad", en el que nos encontramos dos indicadores.
El primero de ellos "Citas recibidas", establece los resultados de los enlaces que apuntan hacia la propia web.
Los que mejor han resultado han sido el Instituto Cervantes, British Council y Goethe-Institut.
Y finalmente el último indicador de la tabla es "Impacto".
Se ha determinado siguiendo la valoración que Google establece con su Pagerank [URL] para los recursos de Internet, según la cual los mejor valorados vuelven a ser los portales español y británico, seguidos del portugués y alemán y, nuevamente, en último lugar el italiano.
Como se puede observar en la Figura 12, los porcentajes totales reflejan la calidad de los recursos, siendo el más efectivo y eficiente el Instituto Cervantes (77,4%), seguido muy de cerca por el British Council (70,9%).
Situado en posición intermedia encontramos al Goethe-Institut con 63,7%.
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Visibilidad y Luminosidad"
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Verosimilitud"
Comparación de los recursos en relación con el parámetro "Notoriedad"
Comparación de los recursos sobre sus porcentajes totales
La finalidad de este estudio era comprobar los puntos fuertes y handicaps que ofrecen los recursos de propagación de su idioma y su cultura, como son el Instituto Cervantes, British Council, Società Dante Alighieri, Instituto Camões y Goethe-Institut.
A continuación se relatan las principales características observadas:
Se puede señalar la excelencia en la web del Instituto Cervantes, ya que como reflejan los resultados, posee servicios de los que los demás recursos carecen, y algunas características más desarrolladas que los otros portales.
Dichos portales intentan que la frontera geográfica no sea un impedimento para cualquier persona que decida aprender una lengua, pero es que además se decantan por difundir la identidad cultural que forma un binomio indisoluble con su respectivo idioma, ofreciendo para ello la posibilidad de acceder a la cultura de dicho país, por medio de la cual será mas fácil comprender todo desde una perspectiva mucho mas amplia y enriquecedora.
A pesar de la indudable la calidad de los portales, existen algunos aspectos que de pulirse otorgarían una notable mejora en beneficio del usuario.
La referenciación de estas mejoras se ha expuesto en el mismo orden en que se han considerado los parámetros.
Cabe destacar que se detallan aquellas que se consideran de máxima necesidad. |
El tricornio de la Guardia Civil como símbolo literario en los relatos de viajeros de habla inglesa del siglo XX
La presencia en la literatura en lengua inglesa del sombrero de la Guardia Civil, más conocido popularmente como 'tricornio', empezó mediante una mera descripción visual de una prenda difícil de 'aprehender' ('three-cornered hat' o 'cocked hat') y se fue paulatinamente cargando de significado y matices, variables según la época y el viajero, sobre todo durante el siglo XX.
Se fue complementando con el tiempo con variable adjetivación, numerosas impresiones personales del viajero e interpretaciones más o menos rocambolescas sobre su origen o uso: referencias a su utilidad para permitir a los guardias pegarse a la pared y así atrapar a los malhechores; su escaso valor como protector de la lluvia pero su utilidad para proteger las orejas de su portador; su vinculación con la guerra de Independencia, con Napoleón o Goya, con la Gendarmería francesa; su arcaísmo; su parecido a los gorros de los monigotes de feria u operetas, etc. La presencia constante del 'tricornio' en el paisaje literario español según los viajeros anglófonos resulta valiosa para entender la España contemporánea.
Son escasos los viajeros de habla inglesa que al visitar España con posterioridad a 1844 no hayan dedicado como mínimo unas líneas a una institución tan 'española' como la Guardia Civil.
Con frecuencia la Benemérita ha recibido incluso pasajes enteros en los relatos de viajeros anglófonos, y no es tampoco infrecuente que se dedicara incluso algún que otro capítulo a ella en exclusividad, a veces en términos elogiosos, en ocasiones con espíritu abiertamente crítico.
Las opiniones sobre la Guardia Civil han venido determinadas en la mayoría de las ocasiones por factores tales como los prejuicios personales, nacionales o ideológicos del viajero, por su clase social, por su economía particular o por su conocimiento de la lengua y la cultura española, entre otras posibles variables que habría que analizar por épocas y viajero por viajero (Ruiz Mas, 2005 y 2010).
El Instituto armado, aparte de ser una de las escasísimas instituciones (si no la única) que no ha desaparecido en ningún momento de la turbulenta historia de España desde que fuera creada en 1844,1 es además una de las pocas que, teniendo su origen en el siglo XIX, aún permanecen en la España del siglo XXI, sabiendo adaptarse a la época, sin perder un ápice de su categoría profesional y lealtad a los gobiernos y a los distintos vaivenes políticos e históricos del país.
No en vano es una de las instituciones más valoradas por los españoles.
Si hay algún elemento visual que representa a la Guardia Civil, la cristaliza en la imagen colectiva tanto nacional como internacional y la hace claramente distintiva de otros cuerpos militares y no militares y tipos recurrentes de la España de los dos últimos siglos es su peculiar sombrero, el popularmente conocido como 'tricornio'.
Mas, si bien ha sido el elemento dominante que la ha definido, tampoco ha sido el único, como tendremos ocasión de comprobar.
Resulta conveniente dejar bien definido el término y el concepto de relato de viajes, género en el que se percibe con mayor claridad que en ningún otro los rasgos definitorios de un símbolo literario como el sombrero de la Guardia Civil, objeto aquí de mi estudio.
Gracias a los relatos de viajes podemos dibujar una imagen concreta de un elemento casi omnipresente del paisaje español como es el tricornio, y lo que es más, podemos percibir la gradual evolución de los diversos rasgos, matices y peculiaridades que han venido dando forma literaria a una realidad visual llamativa a ojos foráneos, para lo cual, qué duda cabe, han influido las diferentes coordenadas históricas, sociales, culturales y políticas que han contextualizado las diversas narraciones de los viajeros del siglo XX, la consiguiente percepción del objeto a describir y la expresión literaria del mismo, en el que han intervenido con frecuencia la lectura de otros relatos de viajes anteriores.
Los relatos de viajes, según Alburquerque-García (2011:16-19), responden a tres rasgos fundamentales.
En primer lugar, son relatos factuales, es decir, relatos basados en hechos reales (que es en esencia el viaje en sí realizado en un tiempo y un espacio vividos por el viajero), aunque se permite en ellos un cierto grado de ficcionalización (16-17).
En segundo lugar se caracterizan por el predominio de la descripción sobre la narración, o lo que es igual, las representaciones de objetos y personajes constituyen el núcleo de la descripción hasta el punto de apoderarse del protagonismo de la obra (17).
Y en tercer lugar, se percibe en ellos el mantenimiento de un cierto equilibrio entre la objetividad en la descripción de la experiencia vivida y la parcialidad casi inevitable del autor (el propio viajero) a la hora de poner sobre el papel su testimonio, que aunque tendente a la objetividad, a partir sobre todo del siglo XIX, se inclina también en cierto grado hacia la subjetividad (18).
El uniforme de la Guardia Civil se convierte para los viajeros anglófonos conforme avanza inexorable el siglo XX en una de las señas de identidad visuales claves de la imagen literaria del guardia civil, sobre todo por su característico sombrero, que sigue siendo la prenda que recibe la mayor atención, hasta el punto que para algunos el Instituto armado queda suficientemente descrita mediante una única pincelada.
Bien entrados en el siglo XX, en pleno reinado de Alfonso XIII, tanto James R. McClymont, autor de A Scot in Spain (1921), como el teniente coronel H. A. Newell, autor de Footprints in Spain (1922), ambos viajeros posteriores a la Reforma del vestuario de 1909, se aferran a la idea de que el atuendo del guardia civil es anticuado, grotesco y más propio de espectáculo cómico o de opereta que de uniforme militar, sobre todo en lo que respecta al sombrero y a las polainas.
Newell (1922:13) describe el uniforme de la Guardia Civil con la objetividad y la profesionalidad propia del militar que es, pero no puede evitar añadir al final que'their hats are extremely curious, almost grotesque, with a decided suggestion of comic opera' (13).
Miss Alice C. D. Riley (Skimming Spain in Five Weeks by Motor, 1931) describe la uniformidad del guardia con un simple'elegant uniform and patent-leather hat', prenda que solo unas líneas más abajo, curiosamente, califica de 'absurd' (1931:11).
Con tal prenda los guardias civiles, siguen diciendo, dan una imagen exagerada de ley y de orden (I:228).
Para el Gerald Brenan de South from Granada (1957), los'winged patent-leather hats that shine so brightly in the sun' (1957:228) recuerdan a las alas de Cupido, mensajero de la diosa Venus, bajo cuyo signo nacen las dictaduras.2 Mediante tan mitológica alusión Brenan aprovecha el emblemático sombrero del guardia civil para señalar la afinidad de la Benemérita con los regímenes dictatoriales de los generales Primo de Rivera y Franco, los cuales él conoció de primera mano en sus estancias españolas.
Para C. P. Hawkes, autor de Mauresques (1926), la aparición nocturna de 'Guardias Civiles with bright tricorne hats' les hace semejarse a siniestras aves al acecho (1926:167).
Sobre esta imagen de pájaro de mal agüero que le proporciona al guardia civil tan particular sombrero se extiende también Henry Albert Phillips (Meet the Spaniards, 1931):'black crows' les llama (1931:80).
Añade además una referencia al armamento de la Guardia Civil ('villanous-looking carbine') y a otros elementos característicos de su vestuario como las'long olive-gray capes with maroon trimmings':
El hecho de que Thomas Ewing Moore califique en In the Heart of Spain (1927) el sombrero del guardia civil de 'curious and impracticable' no le impide señalar a la Guardia Civil como el cuerpo de uniforme más elegante de los existentes en Andalucía (1927:69).
Moore no puede resistir la tentación de describir en qué consiste ese 'curioso' e 'impracticable' sombrero que él denomina'head-covering' así como de señalar su mayor desventaja: el de estar doblado hacia arriba en su parte delantera, por lo que no resguarda la cara de la lluvia, permitiendo que ésta caiga por el cogote (69).
Esta afirmación resulta tener fortuna entre los viajeros de habla inglesa de la época.
En efecto, el comentario sobre el tipo de protección que ofrecen las alas del sombrero a las orejas del guardia civil la repiten otros viajeros, como demuestra la conversación que mantiene Miss Riley (1931:11) con su compañera de viaje.
En Tarifa un guardia civil se ofrece para mostrarles el camino a las murallas de la ciudad.
La escritora pregunta discretamente a su amiga el porqué de tan absurdos sombreros, especialmente con el calor que hace.
Y además, de charol, añade.
La respuesta: para que no se mojen las orejas cuando llueve (11).
El uniforme de diario toma a partir del reglamento de 1921, vigente hasta 1931, un color gris-verde del que nos da noticia el capitán Leslie Richardson en Things Seen in the Pyrenees, French and Spanish (1928:136).
Pero las referencias al color verde de un uniforme que resulta ya mucho menos vistoso que en épocas anteriores son aún tímidas.
Richardson (1928:136) prefiere dejar constancia literaria del uniforme de gala del guardia civil, mucho más impactante a ojos del anglosajón, a pesar de ser mucho menos frecuente que el de diario.
El aferrarse al vestuario de gala de la Guardia Civil le permite utilizar con propiedad un calificativo como 'picturesque' destinado a venir a menos en los libros de viajes posteriores:
También encuentra Charles L. Freeston más vistosa la anticuada e infrecuente uniformidad de gala que la de diario en su popular The Roads of Spain (1930).
Menciona las capas verdes —a todas luces un error, pues eran entonces de un color azul oscuro cercano al negro— y los relucientes sombreros que portaban durante el servicio diario (1930:105).
Para Freeston, incluir en su relato la descripción del uniforme de día festivo, repleto de colorido, es una tentación irresistible: son, dice,'brilliant uniforms of red, white, and blue' (105).
Vernon Howe Bailey ofrece en Little Well Known Towns of Spain (c.1928) una descripción seria y fiel del verdadero uniforme de diario de la Guardia Civil en todas sus consecuencias, sin importarle que dar cuenta de la consiguiente pérdida de la brillantez y vistosidad de antaño.
La suya se convierte en la descripción estándar para muchos años.
Consiste por lo general en la mención de los siguientes elementos, normalmente en el orden siguiente: color dominante del uniforme + color y/o forma de los correajes + color y/o forma del sombrero + (color y/o forma de la capa) + armamento (normalmente colgado al hombro):
Los viajeros por la España republicana (1931-36) le dan un giro considerable a la imagen visual de la Guardia Civil.
En efecto, se siguen centrando en los elementos constantes del uniforme del guardia civil, si bien no tanto ya en el sombrero, que pasa a tener un protagonismo muy reducido en comparación a otras épocas.
Tales viajeros insisten durante estos años con evidente frecuencia en la posesión de armamento de fuego, dispuesto a entrar en funcionamiento en cualquier momento o en evidente alarde.
También aparece ocasionalmente citada la dependencia del guardia civil al caballo, símbolo éste de atropello y represión.
En efecto, en las descripciones del guardia civil pesa ahora más la ostentación de su armamento.
Richard and Phyllis Pearsall (Castilian Ochre, 1935) describen muy someramente a un grupo de guardias que ven en Miranda del Ebro.
En tan telegráfica descripción no falta la obligada referencia al armamento:'a bunch of Guardias Civiles with their cloaks, rifles and sandwiches emerged from the station' (1935:12).
Charles Graves (Tryptique, 1936) presenta la descripción estandarizada de la uniformidad del guardia civil en varias ocasiones.
Asegura haber reconocido a la Guardia Civil a su llegada a España, a la que nunca había visto antes, gracias a 'their black tricorn helmets' y a 'their bayoneted rifles' (1936:19).
En Gijón, entre el posrrevolucionario despliegue de los usuales cuerpos de seguridad una vez aplacada la sublevación de Octubre de 1934, se encuentra naturalmente la Guardia Civil —'with their yellow-handled bayonets' (74)—, presencia que, añade, le proporciona además un cierto toque de colorido militar al paisaje urbano asturiano.
Aparte de la obligada referencia a la omnipresencia de la Guardia Civil en un Oviedo recién reconquistado, Matt Marshall, autor de Tramp-Royal in Spain (1935), recuerda además el despliegue y alarde armamentista de la Benemérita.
Cada guardia civil portaba una pistola automática y un sable al cinto mientras otros muchos llevaban un rifle a la espalda (1935:7-8).
Como puede apreciarse, el sombrero tiene ahora escasa presencia literaria.
Para los viajeros anglófonos por la España republicana el uso del uniforme y el ir armados convierten a los guardias civiles (y por extensión a los guardias de asalto y a otros cuerpos militares o de seguridad) en personajes 'ineptos' ('morons') de la España del momento, ya que, razona Marshall, ninguna persona que se precie de inteligente puede llevar uniforme o llevar armas, o ambas cosas: sólo los niños, los miembros del Ejército y la Marina, los actores, los lunáticos, la realeza y otros irresponsables de tal calibre las portan, y eso se debe, sigue razonando, a que 'no saben lo que hacen' (1935:9).
Para el autor de Tramp-Royal in Spain, entre los rasgos distintivos del guardia civil, aparte de los tradicionales (sombrero, capa, etc.), destaca ahora su condición de cuerpo armado.
En otra ocasión, cuenta Marshall, un vagabundo suizo y él mismo trataban de evitar ser vistos por lo que parecía una pareja de guardias civiles, y acabaron escondiéndose bajo un puente.
Las características sombras de los perseguidores les confirmaron que se trataba de dos miembros de la Guardia Civil.
Esas sombras procedían de los sombreros y de las armas que portaban (126).
Ahora casi todos, especialmente la tipología conocida como viajeros-vagabundos, tan característicos de la época (Ruiz Mas, 2003), presentan a una Guardia Civil con un prestigio debilitado e impopular, a una Guardia Civil alejada ya de la imagen de cuerpo intocable y ejemplar que llegó a erigirse como modelo a imitar por todos los ejércitos de Europa y América, a una Guardia Civil que abusa del pueblo llano.
Abundan las referencias a una Guardia Civil alejada de esa exaltación rayana en la idealización de otras épocas, rozando en ellas en alguna ocasión incluso en el ridículo.
Sydney A. Clark narra en Spain on £10 (1934) con evidente intención humorística cómo unos conejos ensuciaron con sus excrementos a un guardia civil de reluciente sombrero durante un viaje en tren de Alicante a Granada.
En Journeys Between Wars (1938) John Dos Passos no se detiene a describir el uniforme de los guardias civiles, mas emplea otros rasgos para caracterizarlos: si van a pie, destaca sus poblados mostachos y el generoso armamento —'You could shout Viva la Republica right into the moustaches and the Mausers of the Civil Guard without being arrested' (1938:305-6)—; si van a caballo, son los cascos de los caballos los rasgos distintivos del guardia, que no por ello deja de portar algún tipo de arma, en este caso el sable: los manifestantes, dice, gritaban''Live the Republic' as they ran from under the hoofs of the horses and the flailing sabres of the Civil Guards' (305).
En líneas similares están las descripciones que de la Guardia Civil presenta Laurie Lee en As I Walked Out One Midsummer Morning (1969).3 Éste se preocupa poco de la descripción del uniforme del guardia y mucho menos de su proverbial vistosidad o de la forma del peculiar sombrero (a estas alturas ya poco novedoso).
Para Lee la Guardia Civil se caracteriza por el tamaño y acción de sus monturas y por la posesión de armamento, al igual que hiciera Dos Passos.
Para Lee la figura del guardia civil se puede estilizar en caballo y arma.
Relata además la acción cobardemente represora del Instituto armado (que se repite de boca en boca entre los miembros de los estamentos más humildes), protoganizada por el tamaño y poder destructor de sus monturas:'Civil Guards on horses the size of elephants riding down the women and children (...)' (156).
Durante varios años más (república, guerra civil y primera década de la posguerra franquista) siguen parcialmente vigentes los elementos del uniforme que tradicionalmente han caracterizado a la Guardia Civil, pero el sombrero sigue teniendo reducida su parcela, quizás por agotamiento literario o por ser un elemento visual más que conocido por el lectorado anglófono y por lo tanto alejado ya a lo que en otras épocas era absoluta novedad.
Ahora se incide más en describir su uniforme en su conjunto.
Aún hay quien sigue señalando el arcaísmo y pintoresquismo de su atuendo.
En Mediterranean Island (c.1949) Lady Margaret Kinloch Sheppard dice de éste que es 'handsome and picturesque', para a continuación añadir que diríase que procede de los tiempos de los Tres Mosqueteros (c.1949:106).
Frank Emmott, autor de A Tale of Don Franco in Madrid (1934), contaba que los'black patent-leather three-cornered hats' de los guardias civiles recordaban a Wellington y a la guerra de la Independencia (1934:29-30).
La australiana Nina Murdoch, autora de She Travelled Alone in Spain (1935), lo califica también de 'most picturesque' y lo asemeja al de los carabineros italianos, si bien, añade, el de éstos es más propio de rufianes que de otra cosa (1935:55-56).
Un a la sazón joven Norman Lewis (Spanish Adventure, 1935) emplea para el uniforme de los guardias civiles el calificativo de 'anachronous' (1935:84).
En Quest for the Griffon (1938) el naturalista Robert Atkinson, además de los obligados 'picturesque' y 'smart', emplea para su uniforme el calificativo de 'effective', pues consigue asustarle cada vez que alguno de sus portadores aparece por su campamento —y lo hacen con frecuencia— con la intención de comprobar su identidad y la de sus dos compañeros de investigaciones.
Atkinson está convencido de que los guardias sospechan de ellos y tratan de averiguar el que creían 'verdadero' propósito que se escondía tras el estudio de las costumbres del buitre (1938:50).
Pero el sombrero, si bien venido a menos durante los últimos años, no ha llegado a perderse del todo en las descripciones del guardia civil de las épocas republicana y post-republicana.
Ahora aparece sobre todo descrito en combinación con otras prendas.
Atkinson (1938:50) se refiere al color del uniforme ('olive green'), al color de las bandoleras de los rifles ('bright yellow'), al de las botas ('very shiny black botton-up boots', de aspecto a su juicio escasamente militar), y al del sombrero (entre otros calificativos,'stiff and black').
Marshall (1936:7-8) describe a los miembros del Cuerpo haciendo referencia a los tres elementos claves de su uniforme, a saber, el color verde de la guerrera y pantalón, las bandoleras amarillas y el característico sombrero negro, descripción que complementa con la obligada alusión al armamento heredada de los viajeros de la década de los treinta:
Aunque el sombrero ha venido a menos, independientemente de la ideología o afinidad o no con la Guardia Civil del viajero, éste sigue aludiendo a él acompañándolo también de algún tipo de comentario personal que varía de uno a otro.
Murdoch considera que los guardias tienen aspecto siniestro debido precisamente a los sombreros.
A Atkinson (1938:50) y a sus compañeros de exploración les llama la atención lo extraordinariamente surrealista de su forma, que no terminan de 'comprender': rígidas, anchas y angulares alas, a veces horizontales, a veces verticales.
De ahí que los califiquen de 'mudguard hats', comparación harto expresiva.
Otros viajeros hay que viajan por la España en guerra o durante la posguerra, ciertamente los menos, viajeros éstos supuestamente afines al bando nacional o neutrales ante el conflicto bélico que desangraba al país (Ruiz Mas, 2008), que pretenden recuperar parte del protagonismo perdido del sombrero del guardia civil con alusiones más abundantes a él, alusiones acompañadas de referencias a las bandoleras y el color verde de sus uniformes.
De ahí que Nancy Ford-Inman y Marion L. Nutting (Spinsters in Spain!, 1938) hablen ahora de los guardias civiles como 'the men with the yellow straps and the black hats' (1938:25).
Charles Graves (hermano de Robert Graves) concede un absoluto protagonismo al sombrero, mas no por eso se olvida de mencionar 'the usual crossed yellow bandoliers' (1936:102).
Lady Sheppard ve a un grupo de guardias pasear a lo largo de un andén.
Incluso tales viajeros siguen haciendo referencias al arcaísmo que rezuman sus sombreros.
Lady Sheppard añade que estos'shiny waterproof hats, turned up sharply at the back' hace que los guardias civiles parezcan tías solteronas del siglo pasado (12).
A Ford-Inman y Nutting (1938:25) les atraen los sombreros de los guardias civiles, de los que dicen ser lisos por detrás para que los guardias que los llevan puedan permanecer de pie sobre la pared de los pasillos y así atrapar malhechores sin ser vistos.
Sus portadores, dicen las viajeras, parecen figurines abandonados de una representación teatral del 'Mikado' (25).
Charles Graves (1936:96), que decía reconocer al guardia civil por su 'black tricorn helmet', es el único viajero del momento que describe el sombrero de la uniformidad de verano.
Lo asemeja al de la romántica Legión Extranjera francesa, tan popularizada por Beau Geste de P. C. Wren y luego por el cine:'Both of them [Guardia Civile (sic)] wore canvas flaps on the backs of their necks, just like the Foreign Legion in a Hollywood film' (96).
En plena posguerra franquista V. S. Pritchett dice en The Spanish Temper (1954) estar convencido de que tanto la vistosidad de la vestimenta de los majos de la época de Goya como la de los uniformes militares españoles son reflejo de la extravagancia que caracteriza al pueblo español (1954:55-56).
Los viajeros que llegaron a España con anterioridad al boom turístico de las décadas de los cincuenta y sesenta vuelven a intentar presentar a una Guardia Civil de uniformidad de indudable originalidad y singularidad:'distinctive', según Robert Henrey en A Journey to Gibraltar (1943:50); pintoresca ('[la Guardia Civil] added a touch of picturesque to the wild surroundings', escribe P. Johnston-Saint en Castanets and Carnations (Castañuelas y Claveles)) (1946:214); o sumamente pintoresca y anticuada, la que más de entre todas las existentes en España, según Churton Fairman en Another Spain (1952:15).
Y una vez más entra en juego el sabor arcaico que rezuman los tricornios.
En este sentido S. F. A. Coles, autor de Spain Everlasting (1945), asegura que la Guardia Civil se creó durante las guerras napoleónicas (sic) para a continuación calificar su sombrero de 'Napoleonic tricorne hat of black oilcloth' (1945:25 y 27).
Una vez finalizada la guerra civil española, los —relativamente escasos— viajeros que visitaron España o regresaron a ella (si habían sido residentes expatriados) se muestran nerviosos de entrar en un país bajo un régimen totalitario.
Acostumbran a relatar sus experiencias particulares a su paso por la frontera.
Pero ninguno de ellos menciona ya la figura del carabinero, que ha desaparecido para siempre del paisaje español.5 En su lugar aparecen guardias civiles.
La uniformidad del guardia civil destinado en Costas y Fronteras se caracterizó a partir de septiembre de 1940 por carecer del sombrero popularmente llamado 'tricornio'; a cambio llevaban gorra de plato (Bueno 1979:72).
Ésta puede ser la razón por la que algunos viajeros del momento no se encuentren totalmente seguros de estar viendo a guardias civiles y de ahí que eviten llamarlos como tales.
A su llegada y partida por Algeciras Lee observa que tanto en la aduana como en el puerto aparecen'green-cloaked policemen carrying pistols' y'green-cloaked policemen who leant dozing on their muskets' (A Rose from Winter, 1955:12 and 120).
El gran protagonista de la uniformidad de la Guardia Civil de la segunda mitad del siglo XX —años en que da comienzo el conocido como periodo turístico del régimen franquista— vuelve a ser su característico sombrero.
Prácticamente todos se detienen en éste, en su original forma y color.
La gran mayoría alude a los tres picos de que supuestamente consta.
Para ello emplean sobre todo la sempiterna expresión'a three-cornered hat', pero a veces algunas otras tan peculiares como 'tricorne hat','tricornis' (sic),'triangular hat' o incluso'oddly-shaped shiny black hat with the broad brim turned up at the back'.
Suele añadírseles además un toque descriptivo personal: una referencia a su color negro brillante,'(curious) black shiny/shiny black' o 'glistening black'; o al'patent-leather' o charol de que está recubierto,'(black) oilcloth/patent-leather'.
La australiana Frank Clune (pseudónimo de Eleanor Burford) (1952:52) incide en Castles in Spain (1952) en la extravagancia y teatralidad del sombrero del guardia civil al compararlo con prendas tan peculiares como 'a London bobby' s helmet, a guardsman's bearskin, or a Scot kilt' (1952:52).
Nina Epton, autora de Grapes and Granite (1956), llega por vía marítima a Vigo.
Al bajarse del barco observa el rápido movimiento de los pasajeros en dirección a las barandillas, así como de los Guardias Civiles hacia el muelle, con sus capas color verde oliva y sus relucientes 'tricornes' (1956:7).
En efecto, durante las dos últimas décadas del régimen franquista, que se corresponden con el espectacular desarrollo de la industria española del turismo (1952-1975), la prenda protagonista de las descripciones del vestuario del guardia civil vuelve a ser el sombrero.
Si en otras épocas ya lo venía siendo (con sus altibajos), en ésta en que el uniforme del guardia civil se hace más sombrío como consecuencia de la reforma de 1943, el sombrero toma una mayor relevancia aún por su vistosidad o peculiaridad.
En contraste a las variadas referencias al vestuario y armamento, el sombrero es la única prenda del uniforme reglamentario que ha permanecido constante (o ha sufrido relativamente escasas modificaciones) desde la creación del Cuerpo.
Su aspecto arcaico y pasado de moda y su inconfundible forma —en esto, poco se ha cambiado— le permiten al viajero y al lector anglosajón remontarse a épocas pasadas.
Los viajeros del periodo turístico del régimen franquista (ahora mucho más suave, permisivo y comprensivo con el visitante de fuera), con frecuencia siguen vinculándolo a la Guerra de la Independencia, a la época de Goya o de Napoleón, evidentes anacronismos convertidos en auténticos clichés, o más acertadamente, al reinado de Isabel II.
Incluso en sí la referencia a la condición de'three‐cornered hat' que numerosos viajeros emplean para describirlo lleva ya implícita la connotación de sombrero antiguo, más propio de la España tradicional y eterna que de la moderna.
La degradante tendencia de considerarlo un sombrero ridículo propio de circos y operetas de barrio se ha reducido considerablemente, mas no ha desaparecido totalmente.
El reglamento de 1943 impuso en la uniformidad del guardia civil un espectacular sombrero de gala, hecho del que da debida cuenta W. T. Blake en Spanish Journey; or, Springtime in Spain (1957), que tiene oportunidad de contemplarlo en las fiestas de Valencia y de Tarragona.
Shirley Deane, también autora de Tomorrow is Mañana (1957), no lo describe, pero da muestra de su admiración puramente visual por él al verlo usado precisamente por el antipático teniente de la Guardia Civil en uniforme de gala que intentó hacer lo posible por impedir —sin éxito— que viajase a Málaga para ver a Franco en persona (1957:107).
La referencia más curiosa al uniforme de gala la hace Chapman Mortimer en Here in Spain (1955): el viajero cree estar ante un guardia civil de alto empleo cuando en realidad se trata de un agente vestido de uniforme de gala (1955:310).
Con la excepción del sexenio republicano, parte de la guerra civil y primeros años de la posguerra, la peculiar forma del sombrero del guardia civil ha suscitado casi siempre la curiosidad del viajero.
El sentido pragmático que caracteriza al anglosajón le lleva a interesarse por el origen de las alas a ambos lados y su verdadera utilidad.
En efecto, cuando un extranjero entabla cierta confianza en la conversación con algún miembro del Instituto armado, no desaprovecha la ocasión para plantearle la cuestión, tal y como ya hicieran otros viajeros de épocas anteriores.
A la pregunta de la esposa de Blake, el militar dice ignorar el porqué de tan peculiar forma, pero alaba su conveniencia en los días de lluvia, pues el charol que lo recubre repele el agua; es más, añade, en verano el sombrero admite visera y cogotera como protección a la intensa luz y el calor abrasador del estío español.
Un culto sargento de la Guardia Civil con el que Robert Hugill (I Travelled in Spain, c.1967) entabla conversación durante el trayecto ferroviario de Alicante a Granada le informa, entre otros aspectos curiosos e interesantes del Cuerpo, sobre el origen de la transformación del antiguo sombrero de tres picos a su forma actual: la de conmemorar una heroica defensa que protagonizaron los guardias civiles frente a los carlistas (c.1967:128).
Langdon-Davies (1971:32) asegura que la forma del sombrero reglamentario no es caprichosa: le permite a su portador 'lean up against walls or trees'.
El característico sombrero del guardia civil, escribe Colin Simpson, autor de Take Me to Spain (1963:57), debe su rareza a la forma tan peculiar que tiene.
Pero no todos los viajeros se ponen de acuerdo en el modo de describir su característico contorno.
Los hay que se esfuerzan en dar una descripción lo más precisa posible.
Resulta evidente que desde sus primeras descripciones, la visión del sombrero a ojos de los viajeros de habla inglesa ha evolucionado bien poco con el paso del tiempo.
Otro rasgo propio del sombrero del guardia civil es el material del que está recubierto,'patent-leather' (charol), material popularizado en el mundo anglosajón gracias a las numerosas traducciones al inglés del 'Romance de la Guardia Civil Española' de Federico García Lorca.'Alma de charol' (verso 7) ('patent-leather soul') ha resultado ser una imagen muy afortunada ampliamente usada para referirse al Cuerpo.
La identificación del charol con la imagen del guardia civil se hace evidente cuando el novelista y viajero norteamericano James Michener escribe en Iberia (1968) que los intelectuales de la Izquierda suelen aludir a la Guardia Civil como'those patent-leather men with patent-leather souls' (1968:66), particular adaptación del citado verso lorquiano.
Mortimer califica tan características prendas de 'waxed hats' (1955:310), imagen también de ciertas reminiscencias lorquianas ('manchas de tinta y de cera', verso 4).
Tras el extenso recorrido por el género de relatos de viajes por la España del siglo XX desde la perspectiva de la visión y consiguiente descripción que del tricornio del guardia civil han incluido numerosos autores en sus obras, cabe resaltar una serie de conclusiones.
La imagen colectiva que de la Guardia Civil guarda la comunidad angloparlante desde el siglo XIX hasta la actualidad —entendida ésta como las últimas décadas del siglo XX e incluso primera década del XXI— es consecuencia de la imagen literaria transmitida en los relatos de viajeros de habla inglesa por España en un periodo que abarca más de siglo y medio.
En efecto la Guardia Civil es vista y descrita por éstos como un cuerpo omnipresente en nuestros lares, recipiente de una particular combinación muy española de firmeza y amabilidad, eficiencia y ocasional brutalidad en sus métodos; es un cuerpo vinculado a los poderes fácticos, al status quo y más recientemente al régimen franquista, con el que pronto sintonizó y al que contribuyó a mantener en el poder; esto le convierte en un cuerpo reticente al nuevo régimen democrático.
Prueba del trabajo que le ha costado aceptarlo es la frecuente alusión que se hace en los últimos relatos de viajes al teniente coronel Tejero como símbolo del inmovilismo de parte del Ejército y la Guardia Civil.
Es además erróneamente considerado un cuerpo 'paramilitar', ostentosamente armado —hecho que para muchos viajeros anglófonos constituye toda una provocación—, de vistoso uniforme arcaizante, especialmente por su peculiar sombrero, y enemigo acérrimo del bandolero, del contrabandista, del carlista, del republicano, del mendigo y del vagabundo, del gitano, del guerrillero antifranquista, del 'guapo' o matón, del anarquista, del comunista, del socialista, del nacionalista, del terrorista y de los estamentos sociales más humildes, o sea, de casi todos los tipos humanos que han venido suscitando simpatías a una parte considerable de los viajeros de habla inglesa en diversas épocas de la historia de España.
Mas en lo que se refiere al 'tricornio' como símbolo literario de un cuerpo tan peculiar y representativo del paisaje humano, histórico y de la realidad del día a día de la España contemporánea el viajero anglófono presenta una serie de rasgos que, a título de conclusión, podrían resumirse de la siguiente forma.
Resultan harta numerosas las ocasiones en que se califica el característico sombrero del guardia civil como'a three-cornered hat', o 'a cocked hat', o en que se atribuye su peculiar forma a la conveniencia de sus portadores a pegarse a la pared y atrapar mejor a los malhechores, o en que se menciona su parentesco —a todas luces disparatado— con la guerra de Independencia o Napoleón o Goya; o a la Gendarmería francesa, vinculación sin embargo mejor encaminada; o el arcaísmo de su uniforme, que se remonta a sus orígenes en el siglo XIX; o su condición de 'picturesque', o su parecido con el de los monigotes de feria u operetas.
La presencia constante de esta característica prenda en el paisaje literario de los viajeros de habla inglesa —prueba inequívoca de la omnipresencia de sus portadores— resulta a todas luces innegable en la España tal y como la conocemos hoy en día. |
Guía de selección de ERP en las pequeñas y medianas empresas mexicanas
Los Enterprise Resource Planning (ERP) son Sistemas de Información caracterizados por tener una base de datos común para todos los departamentos de la empresa y son utilizados por las organizaciones para administrar sus datos con el fin de tomar mejores decisiones.
Sin embargo, estudios recientes demuestran que el 92% de los proyectos ERP no terminan con éxito (De Pablos Heredero y De Pablos Heredero, 2009).
El objetivo de este artículo es diseñar una guía de selección de ERP en las Pymes mexicanas.
En primera instancia se realizó un examen de la literatura científica, el cual se dividió en: propuestas metodológicas, casos de estudio, estudios microsociológicos y factores críticos de éxito para proyectos ERP.
Para complementar nuestro estudio teórico se entrevistaron consultores, utilizadores y expertos en proyectos ERP, los cuales apoyaron nuestra concepción de esta problemática en el ámbito local.
Finalmente se diseñó la guía de selección de ERP.
Las empresas son organizaciones que cuentan con una gran cantidad de datos que no siempre son aprovechados para ser más productivas, competitivas y rentables.
Los sistemas de información actuales han sido capaces de apoyar de manera importante la gestión y el control de estos datos empresariales.
Uno de estos sistemas han sido los Enterprise Resource Planning (ERP).
Los ERP son herramientas informáticas que utilizan las organizaciones para gestionar de mejor manera sus datos y por lo tanto sus recursos.
Estos sistemas se caracterizan por contar con una base de datos común para todos o la mayor parte de los departamentos de la organización, lo cual ayudará a automatizar y sincronizar las transacciones de las diferentes actividades de la empresa.
Un ERP generalmente está compuesto por múltiples módulos (Esteves y Pastor, 1999; Baptiste et al, 2001).
A lo largo de los últimos años se observa una tendencia creciente en el entorno empresarial hacia el desarrollo y difusión de los sistemas ERP (Sheu, Chae y Yang, 2004).
Mientras que la mayoría de las empresas grandes ya han invertido en un sistema ERP, la difusión de este tipo de sistemas de información se está extendiendo a las medianas y pequeñas empresas (Pymes) (Forger, 2000).
Sin embargo, estudios recientes han demostrado que el 92 % de los proyectos ERP no terminan con éxito (De Pablos Heredero y De Pablos Heredero, 2009).
Una razón de estos fracasos corresponden a la falta de una adecuada selección de la herramienta (Rivera, 2005 y Teltumbde, 2000).
Es por eso que consideramos que estudiar la etapa de selección del ERP es de gran importancia para el seguimiento del proyecto.
Así, el objetivo de este artículo es el de diseñar una guía de selección de Enterprise Resource Planning en las Pymes mexicanas.
Las fases del ciclo de vida de un proyecto ERP consisten en 1) planeación del proyecto y toma de decisión de realizarlo, 2) selección de la herramienta, del editor y del implantador o consultor, 3) implantación del ERP y 4) puesta en marcha, 5) uso, 6) evolución y 7) Fine-tunning.
Enseguida mencionaremos las dos primeras fases, las cuales se consideran en este artículo: En la etapa de planeación del proyecto se define si un sistema ERP es la solución adecuada para la empresa en vez de otro tipo de sistema.
Se debe cuestionar la necesidad de un ERP, sus objetivos y beneficios, así como el análisis del impacto que su adopción tendría a nivel operacional y organizacional.
Si se ha decidido adquirir un ERP, la empresa puede continuar con la etapa de selección.
Esta etapa inicia con la selección de los integrantes del equipo de proyecto, hasta la firma del contrato del ERP, de la empresa editora (organización que se encarga de desarrollar el ERP) y del equipo integrador (empresa consultora que ayuda a implantar el ERP).
La metodología que se llevó a cabo en esta investigación ha sido, en una primera instancia de tipo teórica, para continuar con entrevistas a expertos en el tema y finalizar con una síntesis sobre nuestras investigaciones.
Se realizó una revisión de la literatura académica referente a la fase de selección de los sistemas ERP.
Para llevar a cabo este estudio nos basamos en artículos científicos, utilizando como fuente de consulta diferentes bases de datos.
Para complementar nuestro estudio, nos basamos en libros de investigación de editoriales de reconocido prestigio, así como de tesis doctorales.
Aunque existe una cantidad importante de artículos relacionada a los ERP, pocos son los artículos que se interesan a la selección de ERP.
En la selección de la documentación referente a nuestro objetivo de análisis, el número de publicaciones considerada fue de 39 títulos, de los cuales 31 son artículos científicos, 4 libros de investigación (conformados por varios capítulos de investigación), 2 tesis de maestría y 2 tesis doctorales.
Algunos de los artículos científicos analizados no se encuentran en los análisis presentados en este escrito, debido a que sus aportaciones ya están consideradas en los artículos presentados.
En un estudio sobre la literatura de ERP en 2001, Esteves y Pastor (2001) hacen mención de solo 11 artículos científicos relacionados con la selección de ERP.
El siguiente paso fue llevar a cabo un examen de la literatura, por lo cual dividimos los materiales científicos en cuatro apartados: propuestas metodológicas, casos de estudio, estudios microsociológicos y factores críticos de éxito en los proyectos ERP.
Una vez efectuada esta categorización se realizó el análisis de cada una de las partes.
El siguiente paso en la elaboración de la guía de selección, fue seleccionar del apartado de propuestas metodológicas a la metodología para la selección de sistemas ERP de Chiesa (2004) como base de nuestra guía, ya que consideramos que esta propuesta metodológica señala actividades muy puntuales dentro del proceso de selección de los sistemas ERP.
Además de la revisión de la literatura, para la construcción de la guía se realizaron y analizaron 5 entrevistas a especialistas en los proyectos ERP: consultores, vendedores, utilizadores y líderes de proyecto.
Lo que se presenta en este apartado es una selección de los principales artículos, referentes a la selección de ERP, revisados en revistas científicas, tesis doctorales y libros de investigación.
Después de haber analizado la literatura y debido a la naturaleza de cada tipo de publicaciones decidimos dividirla en cuatro grandes rubros: propuestas metodológicas, casos de estudio, estudios microsociológicos y factores críticos de éxito para proyectos ERP.
Las propuestas metodológicas revisadas se basan en realizar el proceso de selección de acuerdo a que tanto los ERP se adecuan a los requisitos de la organización.
A continuación se presenta cada una de estas metodologías:
a) La metodología SHERPA (Systematic Help for an ERP Acquisition) va desde la búsqueda del candidato hasta la firma del contrato y sus fases son: fase 0.1: estudiar la estrategia y los procesos de negocio; fase 0.2: decidir adoptar o no un ERP; fase 1: búsqueda de candidatos y efectuar primer filtro; fase 2: analizar en detalle los candidatos y efectuar segundo filtro; fase 3: análisis y demostración de candidatos, y visitas a proveedores; y fase 4: decisión final, negociación y planificación(Estay Niculcar y Pastor, 2003).
b) La metodología para la Selección de Sistemas ERP de Chiesa (2004) se organiza en tres fases las cuales se dividen en actividades: fase 1: selección del ERP (a) documentar necesidades, análisis de necesidad, determinar equipo de proyecto; b) primera selección, buscando en el mercado de ERP, primer contacto con proveedores, entrevistar posibles candidatos y recopilar información, armado de listado de criterios a tener en cuenta, evaluar los candidatos, documentación de la selección y armado del plan de trabajo; c) selección final, organizar visitas a los proveedores, demostración del producto, decisión final y negociación con el proveedor ERP); fase 2: selección del equipo de consultoría (a) documentar bases de la búsqueda, organizar la búsqueda, armar listado de criterios para seleccionar consultora; b) selección de candidatos, entrevistar posibles candidatos y recopilar información, evaluar los candidatos, decisión final y negociación) y fase 3: presentación y planificación general del proyecto.
c) El método propuesto por Wei, Chien y Wang (2005) para el proceso de selección de ERP se basa en el método del proceso analítico jerárquico (AHP) y se presenta en una serie de pasos: paso 1: formar un equipo de proyecto y colectar toda la información posible acerca de los sistemas ERP y de los proveedores; paso 2: identificar las características del sistema ERP; paso 3: construir una estructura de objetivos para desarrollar la jerarquía de los objetivos fundamentales y la red de medios para conseguir esos objetivos; paso 4: extraer los atributos para la evaluación de los sistemas ERP de la estructura de los objetivos; paso 5: filtrar los vendedores no calificados, realizando preguntas específicas, que se formulan de acuerdo a los requisitos del sistema; paso 6: evaluar los sistemas ERP mediante el método AHP y paso 7: discutir los resultados y tomar la decisión final.
d) El modelo MERPAP (Model of the ERP Acquisition Process), basado en el resultado de casos de estudio, indica seis distintos procesos iterativos: planificación (formación del equipo de adquisición, estrategias de adquisición, definición de requerimientos, establecimiento de criterios de selección y evaluación, cuestiones de adquisición, análisis del mercado), búsqueda de información, selección, evaluación, elección y negociaciones; se centra en la adquisición del ERP mediante un estudio de selección y evaluación de los proveedores y del sistema.
Para esta evaluación los elementos a considerar son: a) proveedor, b) parte funcional, c) técnica (Verville, 2002).
e) Teltumbde (2000) presenta un marco para evaluar proyectos ERP, el cual se basa en la comprensión del mapa completo de las características de los ERP siguiendo 10 criterios propuestos.
El marco comprende siete campos de acción: creación de la infraestructura organizacional, constitución del repertorio de productos de ERP, fase de preparación, fase de ajuste, fase de evaluación y selección, aprobación de la selección y evaluación de mitad de curso.
f) Stefanou (2000) propone un marco para el proceso de selección de ERP que consta de tres fases: fase 1: visión de negocio: considera a la visión del negocio como punto de partida para la adquisición del ERP; fase 2: requerimientos del negocio contra las limitaciones y el deseo de cambiar: consiste en el examen detallado y la definición de las necesidades del negocio, y de las diversas limitaciones; fase 3: selección y evaluación del ERP, consistente en la selección y la evaluación del proveedor correspondiente, de productos y servicios de apoyo para satisfacer las necesidades de negocio.
Esta fase también incluye la estimación del costo de la inversión necesaria para la adquisición, implementación y mantenimiento del sistema propuesto a través de su ciclo de vida.
Al analizar las metodologías enlistadas tenemos que una parte importante de los artículos sugieren que es necesario seleccionar aquellas herramientas que contengan la mayor parte de los requisitos de la empresa, dentro de las funcionalidades que proporciona el ERP.
Para la aplicación de la mayoría de las metodologías de selección se considera tomada la decisión de implementar un ERP y no otro tipo de sistema, a excepción de dos propuestas, la metodología SHERPA que considera dos etapas previas, la fase de estudiar la estrategia y los procesos de negocio y la fase de decidir adoptar o no un ERP, y la metodología para la selección de sistemas ERP, que dentro de la fase de selección incorpora las actividades de analizar y documentar la necesidad de un ERP.
Asimismo, los métodos analizados advierten que para que los ERP sean implementados, la organización tuvo que haber llevado un trabajo de revisión de sus procesos, además de saber qué áreas estarán involucradas e impactadas por el cambio.
Solo un modelo de los analizados, considera en su fase 1 a la visión de negocio como punto de partida para la adquisición de un ERP y el realizar un examen de las necesidades y limitaciones de negocio en la fase 2.
En este sentido, encontramos cuando analizamos la realidad de las respuestas, que algunas veces la decisión de adoptar un sistema ERP y no otra herramienta informática no está en el dominio de la misma empresa, sino le es impuesta a la empresa influencias externas como, la fusión con otra empresa que utiliza un ERP o por exigencia de un proveedor o un cliente importante para la empresa.
La segunda clasificación que llevamos a cabo en este artículo es referente a casos de estudio que hicieron los autores en una empresa.
Aunque este estudio abarca varias etapas de un proyecto ERP, existen elementos rescatables de la etapa de selección.
Los casos de estudio analizados son:
a) Estudio realizado en una empresa mediana en la cual inicia con un análisis completo de la empresa, tomando en cuenta los elementos importantes mediante el proceso PSI (Planificación de Sistemas de Información) y una vez concretados los objetivos a realizar para la implantación, se analizan varios ERP's existentes en el mercado y se estudian para determinar cuáles son los que mejor se adaptan a la empresa (García, 2008).
b) Expósito, Tomás y Vicedo (2004) plantean una metodológica para el análisis del sistema de información y propuesta de solución en una empresa textil pequeña.
En primer lugar se realiza un estudio de las funciones y flujos informativos de la empresa mediante la metodología IDEF0 (Integration Definition for Function Modeling).
A continuación, se plantea un análisis del sistema de información actual de la empresa basado en Diagramas de Flujo de Datos, permitiendo identificar las carencias y limitaciones que posee el programa actual de gestión de la empresa, para así plantear posibles soluciones basadas en la implantación de un ERP.
c) El estudio de Sternad, Bobek, Dezelak y Lampret (2009) se trata de una investigación llevada a cabo en una empresa mediana, en donde se analizan dos retos que el equipo del proyecto debía enfrentar: a) la implementación de un sistema ERP que significa un nuevo concepto y modelo de proceso para la empresa y b) en las Pymes, los empleados tienden a cubrir múltiples roles y responsabilidades en la organización y en los procesos.
La empresa hizo la selección del producto, un ERP comercial, el cual es considerado más caro que los productos locales y otros proveedores en términos de la licencia y servicios de implementación, pero ofrecía la funcionalidad probada que la empresa necesitaba.
Los tres casos de estudio revisados consideran proyectos ERP desarrollados en pequeñas y medianas empresas y rastrean la aplicación de una metodología de selección específica en el desarrollo de proyecto ERP.
La metodología se utiliza (en los dos primeros casos) para realizar un análisis completo de la empresa.
Basándose en los objetivos de cada estudio, se analizan los sistemas ERP existentes en el mercado o las diferentes variantes de los ERP (ERP generalistas, ERP específicos para un sector o ERP a la medida).
Los dos primeros casos de estudios concluyen con la decisión acerca del ERP que mejor se adapta a los objetivos de la empresa, y por lo tanto que mejor satisface las necesidades de la empresa.
El tercer caso apunta aportaciones importantes acerca de los retos que enfrentan las Pymes en el proceso de selección de un ERP.
Nuestra tercera clasificación en este escrito lleva por nombre "Estudios microsociológicos" y se trata de investigaciones de largo plazo, en donde los autores llevaron a cabo estudios muy puntuales de proyectos ERP en medianas empresas.
Los estudios analizados son:
a) Rivera (2005) analiza el antes, durante y después de la selección de un ERP en una empresa mediana y propone que los elementos a considerar en la selección del ERP son: apoyo total de la dirección; conformación del equipo ERP con personal que puede tomar decisiones en sus respectivos departamentos; análisis de los procesos actuales y futuros que desea la empresa; short list con la ayuda de expertos y sin privilegiar algún ERP, editor o integrador; análisis técnicos y financieros a editores e integradores; visita a empresas que ya utilizan los ERP seleccionados; examen a los integradores, sobre una serie de preguntas relacionadas con los procesos actuales y futuros de la organización; selección tomando en cuenta el beneficio de la empresa y no de un solo departamento.
b) El segundo estudio (Urcelay, 2003) que analizamos sobre empresas manufactureras medianas que hayan implantado un sistema ERP en sus políticas de gestión, presenta una lista de criterios que puede servir de orientación en el momento de seleccionar un sistema de gestión integral: 1) criterios de funcionalidad, 2) criterios técnicos, 3) criterios de proveedor, 4) criterios de servicios ofrecidos, 5) criterios económicos.
Plantea tres etapas a seguir en el proceso de selección de ERP: etapa 1: descartar aquellos sistemas que no cumplan los criterios mínimos establecidos y exigidos; etapa 2: llevar a cabo contactos directos con los proveedores, midiendo el grado de cumplimiento de los criterios de una forma escrita, aumentando gradualmente el nivel de exigencia y adecuación de los proveedores y sus productos, hasta obtener una relación reducida de candidatos; etapa 3: definir aspectos tales como el plan de implantación, los cambios que implicará la adopción de cada paquete dentro de la empresa, el nivel de implicación que asumirá el proveedor en el mantenimiento y evolución del sistema o las condiciones de contrato demandadas por cada uno de ellos.
Los estudios microsociológicos revisados analizan los procesos sociotécnicos subyacentes que dan lugar a las relaciones entre los miembros de un equipo de proyecto ERP y los procesos de la empresa.
En los dos casos son analizados conjuntos de empresas medianas.
Los estudios microsociológicos, por su carácter situacional emplean principalmente métodos cualitativos como la etnografía, la investigación acción, las historias de vida y los relatos y están basados en observaciones sistemáticas y análisis de la vida cotidiana.
Este tipo de estudios, si bien no son probados en varias empresas, tienen el beneficio de que son análisis puntuales y específicos que ayudan a entender las entrañas de lo que pasa en los proyectos ERP.
El último grupo de escritos analizados en este artículo, es el relacionado con los "factores críticos de éxito para proyectos ERP", los cuales señalan puntualmente factores que han sido probados y han dado beneficios al desarrollo de proyectos ERP de estudios teóricos en donde se analizan un importante número de artículos científicos, relacionados a la selección de ERP.
Las publicaciones revisadas son:
a) Esteves y Pastor (2004) proponen un modelo de factores críticos de éxito (FCE) para proyectos ERP, en donde recopilan todos los FCE encontrados en artículos sobre ERP, determinan las similitudes o los patrones comunes entre ellos y los categoriza en: a) factores organizacionales estratégicos: apoyo continuo de la alta dirección, gestión efectiva del cambio organizacional, buena gestión del ámbito de proyecto, composición adecuada del equipo de proyecto, reingeniería de los procesos de negocio, papel adecuado del líder del proyecto, papel adecuado del gestor del proyecto, implicación y participación de los usuarios y confianza entre las partes afectadas; b) factores tecnológicos estratégicos: estrategia de implantación ERP adecuada, evitar desarrollos a la medida y versión adecuada del ERP; c) factores organizacionales tácticos: equipo y consultores ampliamente dedicados, comunicación decidida hacia dentro y hacia fuera, planificación formalizada del proyecto, programa de formación adecuado, anticipación preventiva de problemas, uso adecuado de consultores y responsables debidamente autorizados; y d) factores tecnológicos tácticos: conocimiento suficiente de los sistemas preexistentes, plan de pruebas formalizado y proceso de migración de datos adecuado.
b) Stefanou (2001) clasifica a los factores críticos de éxito en factores en el nivel estratégico y factores en el nivel operacional.
Dentro del nivel estratégico se encuentra la contribución del ERP a la visión y estrategia de negocio, la coherencia de la estrategia de negocios y de tecnología, la flexibilidad y la adaptabilidad de la solución ERP a las condiciones cambiantes, impacto del ERP en la toma de decisiones, impacto del ERP en las redes empresariales de cooperación, estimación del costo total de propiedad del ERP y el impacto sobre los recursos de las organizaciones, etc. En el nivel operacional se toma en cuenta dos aspectos: a) impacto del ERP en: costos de transacción, tiempo para completar las transacciones, grado de integración de los procesos de negocio, intercambio de información organizacional, y b) estimación de los costos debido a: resistencia de los usuarios, la capacitación del personal, consultores externos, aplicaciones adicionales y el tiempo de inactividad del sistema.
c) Otro estudio interesante a analizar es el desarrollado por Sternad, Bobek, Dezelak y Lampret (2009), basándose en 24 documentos previamente publicados, que se centran en los factores críticos de éxito de selección de ERP: apoyo y participación de la dirección; metas claras, objetivos y ámbito de aplicación; organización y competencia del equipo del proyecto; gestión de proyecto; líder de proyecto; elección de la arquitectura (selección del paquete) y personalización mínima.
d) También de Sternad, Bobek, Dezelak y Lampret (2009), se analiza un estudio realizado en 45 Pymes para investigar la importancia de los FCE en la implantación de un ERP.
Se mencionan las respuestas más frecuentes de las empresas dentro del proceso de selección: a) en relación a la lista corta de candidatos (2 a 4) en la búsqueda preliminar de aplicaciones ERP, las respuestas fueron: ERP de proveedores locales, ERP comerciales, apuntando a las soluciones de proveedores locales como las más económicas; b) respecto a las razones para elegir un determinado ERP las respuestas fueron: la integridad del ERP seleccionado, la eficiencia y la estabilidad de la operación del ERP, el apoyo del proveedor ERP, el costo y el precio del ERP, y la exigencia del propietario o de otros socios comerciales (clientes, proveedores, etc.).
Los FCE son un conjunto de recomendaciones para alcanzar un proyecto ERP exitoso.
La mayoría de las publicaciones repasadas son revisiones de estudios realizados acerca de los factores críticos de éxito mayormente mencionados en trabajos previos.
Las dos primeras publicaciones señalan una distinción de estos factores críticos de éxito al clasificarlos en dos niveles: factores estratégicos y factores tácticos u operacionales.
Se destaca que los FCE más importantes en la etapa de selección de un ERP son el papel adecuado del gestor del proyecto, una gestión efectiva de cambio organizacional, el uso adecuado de consultores, la implicación del usuario, metas claras, objetivos y ámbito de aplicación, organización del equipo del proyecto y personalización mínima del paquete.
Los autores analizados, sugieren darle más importancia a los factores organizacionales que a los tecnológicos, es decir, centrarse más en las personas y en el proceso que en la propia tecnología.
ENTREVISTANDO A LOS EXPERTOS
Como fue señalado en la metodología de investigación, una parte de nuestra investigación se basó en la realización, análisis y síntesis de entrevistas a consultores, utilizadores y expertos en la selección e implantación de ERP.
El entrevistado 1 tiene varios años de experiencia como vendedor y consultor de los principales sistemas ERP en México.
El describe que en las Pymes, el proceso de selección involucra de 2 a 3 personas que son: director general, una persona del departamento de sistemas y el contador, además explica que la decisión de selección del ERP está basada principalmente en la experiencia de cada uno de estos actores.
También indica que un error que comenten las empresas durante la etapa de selección es el no realizar un análisis de la necesidad de adquirir o no un ERP, ya que algunas empresas adquieren este sistema por: a) recomendación de un empresario, b) observar que este sistema funcionó en otra empresa, c) recomendación del encargado de sistemas o el contador.
Por otro parte, en su papel como consultor, el entrevistado recomienda a las empresas realizar un estudio de factibilidad antes de considerar adquirir un ERP, ya que a su parecer, gracias a este análisis la empresa se dará cuenta de los problemas reales de la empresa, además identificará los procedimientos que el sistema soportaría y complementaria.
Este entrevistado concluye que en el éxito de la implementación de un ERP, el 50% está en la decisión del ERP seleccionado, y la parte restante tiene que ver con la manera en que la consultoría trabajará con la empresa.
La entrevistada 2 cuenta con 20 años de experiencia en el área de los ERP's, primero como líder de proyecto en una implantación de un MRP, y después como consultora de procesos en proyectos de implantación de ERP.
Ella afirma, dentro de su papel como consultor, que en los en los años 90 la selección de un ERP se hacía empíricamente y en estos últimos años, cuidando los gastos totales, el 90% de los clientes que han contratado los servicios de su equipo de consultoría, han realizado una selección de ERP formal.
Dentro del proceso de selección de un ERP.
Además, esta entrevistada recomienda los siguientes puntos: a) involucrar todas las áreas de la empresa, y satisfacer en la medida de lo posible las necesidades de cada área, debe estar involucrado todo el personal, b) el compromiso de la dirección es indispensable desde el arranque del proyecto, y sería ideal que el proyecto ERP se considerase como la prioridad número dos durante el tiempo programado, siendo la operación de la empresa la prioridad uno, c) acordar desde un principio con el proveedor ERP si el sistema funcionará con los impuestos que establece Hacienda y d) asegurar que el sistema será útil para el proceso y para el ambiente de trabajo de la empresa (manufactura, comercializadora, servicios).
El entrevistado 3 tiene una experiencia de 10 años como consultor y utilizador de ERP.
El describe que el proceso de selección de ERP en las Pymes comienza con una búsqueda en internet realizada por el personal de sistemas, resultando en una lista de paquetes, cuyas especificaciones son referenciadas a los directores, que a su vez preguntan a la persona a cargo del área en específico donde se implantará; y es el director el que toma la decisión final en base al costo.
También recomienda que durante la etapa de selección de ERP, los mandos medios y superiores de las organizaciones deben reunirse para exponer sus problemáticas, una vez identificadas las problemáticas en los procesos, especialmente en el control de la información, modelos de planeación, modelos de inventarios, modelos de reposición y compra etc., entonces se debe definir un grupo de personas que se dediquen a buscar que opciones existen en el mercado.
Más tarde el entrevistado comenta que de esta búsqueda resultará una lista de todos los ERP disponibles junto con sus habilidades estándar y seguirá el realizar un análisis costo beneficio y hacer una diferenciación entre los sistemas ERP para elegir el tipo de aplicación para la empresa.
El entrevistado 4 es integrante del equipo de proyecto en una implantación de ERP, además de contar con 16 años de experiencia como consultor en diversos despachos de Sistemas de Información.
El considera esencial dentro del proceso de selección de ERP que las empresas: a) realicen un mapeo de procesos por áreas de negocio, compras, ventas, inventarios, finanzas para identificar los procesos que soportará el ERP, b) conozcan que es un ERP y sus funciones, c) cuenten con un consultor de negocios que les ayude a hacer una evaluación de ese tipo de proyectos.
El entrevistado 5 cuenta con 17 años de experiencia en Administración de la Cadena de Suministro y Sistemas de Información.
El comenta que en la actualidad las Pymes no realizan un proceso formal de selección de ERP, sino que lo hacen por recomendación, por búsqueda en un directorio o comparando presentaciones de las opciones que encuentran.
A su vez recomienda contratar los servicios de un consultor para tomar la decisión de adquirir un ERP, señalando que aun cuando sea un proceso más largo, esto asegura un mayor éxito en la posterior implantación del ERP.
GUÍA DE SELECCIÓN DE UN ERP
En este apartado se desarrolla la guía de selección de un ERP para Pymes mexicanas.
Dentro de las fases de un proyecto ERP, se considera a la planeación como la primera fase de este tipo de proyectos, por lo que no podemos hablar de la etapa de selección sin hablar de la planeación de un proyecto ERP.
Basándonos en dos metodológicas, la primera realizada por Stefanou (2000) y la segunda por Estay Niculcar y Pastor (2003), en la etapa de planeación se debe considerar a la visión del negocio como punto de partida para la adquisición del ERP.
En esta fase del proyecto ERP, se debe estudiar la estrategia y los procesos de negocio, además se deben definir las necesidades del negocio y las diversas limitaciones, todo esto para justificar la decisión de adoptar o no un sistema ERP.
En este sentido, compartimos la posición de una de nuestros entrevistados, que en su rol como consultor menciona que en esta etapa del proyecto ERP se debe conocer, comprender y corregir la parte administrativa, de información y de las operaciones de la empresa, para así decidir si la empresa realmente necesita un sistema ERP o un paquete informático de diferente confección.
Como se mencionó en la metodología tomaremos como base de esta guía a la propuesta metodológica de Chiesa (2004).
Esta metodología la estaremos complementando en la primera fase con la aportación de un estudio microsociológico (Rivera, 2005).
Así, la guía que proponemos está dividida en tres fases: selección del ERP/editor, selección del equipo integrador (empresa consultora que ayuda a implantar el ERP) y presentación y planificación general del proyecto.
Cada una de las fases que estaremos describiendo contiene una serie de actividades.
Determinar el equipo de proyecto: Antes de comenzar la búsqueda del ERP se debe nombrar a los responsables del proyecto, además de que es importante que el proyecto tenga el apoyo total de la dirección (estos dos elementos son igualmente propuestas por Esteves y Pastor, 2004 y Sternad, Bobek, Dezelak y Lampret, 2009 y nuestros entrevistados).
Se sugiere la conformación del equipo ERP con personal que pueda tomar decisiones en sus respectivos departamentos, un equipo con una visión estratégica, en el cual, por lo menos deberá existir un actor conocedor de los sistemas ERP y sus características.
Analizar y documentar necesidades: Se deberá realizar un análisis de los procesos actuales de la empresa, así como de los procesos que se pretende mejorar con la adopción del ERP.
Lo anterior, como base para definir claramente una necesidad que podría ser satisfecha mediante un producto ERP.
Uno de nuestros entrevistados sugiere que en esta etapa se realice un mapeo de procesos por áreas de negocio.
Esta actividad se deberá considerar, como lo menciona Segrestin (2004), una oportunidad para innovar integralmente los procesos de negocio de la empresa.
En esta actividad compartimos la posición de nuestro entrevistado 1 cuando recomienda que antes de adquirir un sistema ERP, las empresas deben de realizar un análisis para identificar los procedimientos que soporta y complementa el sistema.
Para el mismo entrevistado, en la actualidad, las Pymes mexicanas no realizan un análisis de la necesidad de adquirir o no un ERP.
Armar un listado de criterios a evaluar: Desarrollar una lista de criterios que servirá como base para la evaluación de los ERP.
En esta actividad, la comunicación entre los diferentes departamentos de la empresa sobre las actividades y requisitos a tomar en cuenta, facilitará el establecimiento de criterios que apuntarán al beneficio de la empresa y no de un solo departamento.
Esto lo corroboramos con algunos de nuestros entrevistados, que cuentan con una visión de las Pymes mexicanas.
Para Urcelay (2003), en este listado se debe considerar 1) criterios de funcionalidad, 2) criterios técnicos, 3) criterios de proveedor, 4) criterios de servicios ofrecidos y 5) criterios económicos.
Realizar la primera búsqueda en el mercado de ERP: Efectuar la búsqueda en el mercado de los ERP disponibles, establecer el primer contacto con los proveedores, llevar a cabo entrevistas a posibles candidatos y recopilar información.
Esta actividad también incluye la evaluación de los candidatos, descartando aquellos sistemas que no cumplan con los criterios exigidos y documentar el grado de cumplimiento de cada uno de los ERP aceptados en esta fase.
Cabe resaltar que en México no existe una lista crítica de los sistemas ERP que resalte las características y recomendaciones de cada ERP.
Realizar la primera selección: En esta actividad se obtendrá una lista reducida de candidatos (Short list), de 3 a 5 candidatos.
A estos candidatos se les aumentará el nivel de exigencia, solicitando reuniones y demostraciones del producto con actividades propias de la empresa, y en caso de que el producto no cuente con alguna función solicitada, se deberá cuestionar acerca de las adecuaciones y desarrollos que se tendrían que hacer al producto.
También se deberán organizar visitas a empresas que ya utilizan los ERP seleccionados.
Cabe mencionar que durante esta fase se seleccionará el ERP y la casa editora, por lo que es necesario un análisis técnico y económico de la empresa editora.
Selección final: Basándose en la documentación realizada en las actividades anteriores se toma la decisión final de compra del ERP y se lleva a cabo la negociación con el proveedor ERP.
Para complementar esta actividad estamos de acuerdo con uno de los entrevistados, acerca de la necesidad de establecer un contrato formal con el editor, cuidando el costo total, el costo de cada licencia, la forma de pago, etc.
Selección del equipo de consultoría.
Una vez seleccionado el producto que se va a implementar el paso siguiente es seleccionar quién lo va a implantar.
Esteves y Pastor (2004), Stefanou (2001) y Sternad, Bobek, Dezelak y Lampret (2009) consideran al equipo y consultores ampliamente dedicados como un factor crítico de éxito para proyectos ERP.
Analizar y documentar necesidades y armar un listado de criterios a evaluar: En varias ocasiones al seleccionar el ERP, se habrá seleccionado ya a la consultoría, ya que el ERP podrá ser implantado solo por el proveedor, por lo que esta fase no será necesaria.
Si este no es el caso, se enlistaran los criterios que debe cumplir la empresa consultora para conseguir el proyecto.
Selección de candidatos: En esta etapa sugerimos llevar a cabo entrevistas a los posibles candidatos sobre una serie de preguntas relacionadas con los procesos actuales y futuros de la organización.
Además resulta conveniente solicitar a los candidatos una propuesta de implantación del ERP tomando en cuenta los siguientes aspectos: 1) tiempo estimado de implementación, 2) fecha estimada de arranque del proyecto y de puesta en marcha, 3) costos del proyecto, discriminado el costo de la implantación del costo de soporte post implantación, 4) listado de consultores del equipo de trabajo con los CV de cada uno, 5) plan de contingencia en caso de no cumplir con el tiempo o los costos estimados, 6) alcance del trabajo: implantación, mantenimiento, capacitación a usuario, 7) metodología a utilizar, 8) referencias de otros proyectos en los que han trabajado, 9) listado con las obligaciones y recursos que tendrá que proveer la empresa y 10) experiencia comprobable en la implantación de los módulos que se implantarán en la empresa.
Selección final: Basándose en la documentación realizada en las actividades anteriores se toma la decisión final de la consultoría que realizará la implantación del ERP y se lleva a cabo la negociación con el proveedor ERP.
La cuestión legal de responsabilidades por ambas partes es de trascendental importancia.
Por otra parte, durante el periodo de selección de ERP, generalmente es el único momento en el que el consultor se adapta a las necesidades de la empresa e inclusive de la herramienta.
Después de haberse seleccionado el ERP y el consultor, los papeles cambian, es decir, la empresa tendrá que adaptarse a la herramienta informática.
Presentación y planificación general del proyecto.
Esta fase apunta a presentar el proyecto a las partes involucradas (incluyendo a los utilizadores finales) y a armar un cronograma de implantación.
La fase de selección es transcendental en este tipo de proyectos sociotécnicos, por todo lo que implica a lo largo del proyecto completo de ERP, además de sus implicaciones en la mayor parte del accionar de los departamentos de la empresa.
Es importante poder seleccionar el sistema que mejor se adapte a las necesidades de la empresa en varios aspectos, no sólo los económicos sino también los funcionales, estratégicos, técnicos e inherentes al proveedor y su servicio.
También se debe encontrar el equilibrio en el producto seleccionado para que el ERP no quede obsoleto al poco tiempo de implantación.
Asimismo se debe tomar en cuenta que la complejidad del ERP juega un papel importante en la implantación del sistema.
Todos estos puntos hacen pensar que esta etapa es un proceso crítico, no obstante la selección de sistemas ERP no es un área de mucho estudio.
Son pocas las metodologías que guíen a los directivos y miembros del equipo de proyecto en este proceso de selección.
Hay diferentes tipos de artículos en el medio académico que van desde propuestas generalizadas para realizar el procesos de selección, hasta propuestas muy puntuales que no contemplan todas las etapas de un proyecto ERP.
Nuestro estudio contempla: a) 31 artículos científicos, en donde hay escritos que a su vez estudian 24 artículos más, como el caso de Sternad at al. (2009); b) 4 libros de investigación, en donde se estudiaron varios capítulos; c) 2 tesis de maestría y 2 tesis doctorales, éstas últimas que nos apoyaron para hacer la tabla referente a los análisis microsociológicos.
Además, también analizamos artículos pertenecientes a varias disciplinas: ingeniería industrial, informática, sociología, ciencias de las gestión, etc. La diversidad de perspectivas de estos artículos enriqueció el objetivo de nuestra investigación y se hace necesaria en este tipo de proyectos, debido a la multidisciplinariedad que implica un proyecto tecnológico en una organización empresarial.
Cada una de las áreas en las que dividimos los artículos científicos aportó lo siguiente a nuestro proyecto de investigación:
Las propuestas metodológicas son estudios generalizados que proveen una guía de pasos o fases, muchas veces probados, que van desde la búsqueda de candidatos hasta la firma del contrato.
Los casos de estudio ayudan a nuestra investigación a rastrear la aplicación de una metodología de selección específica en el desarrollo de un proyecto ERP.
Los estudios microsociológicos, por su carácter situacional nos ayudan a puntualizar aspectos muy de lo que sucede a lo largo de la selección de herramientas tecnológicas, tipo ERP.
Los Factores Críticos de Éxito son un conjunto de recomendaciones para alcanzar un proyecto ERP exitoso, y si bien, no llegan a ser metodologías completas, si aportan aspectos que se podrán considerar para complementar metodologías que involucran a toda la fase de selección.
Estas 4 visiones diferentes de estudiar a los ERP denotan la particularidad de cada uno de los investigadores que llevaron a cabo su respectiva investigación.
Además da una perspectiva de la riqueza científica de donde puede ser abordado el problema de selección de ERP.
La riqueza, las diferencias de estudio, las contradicciones y aportaciones similares de varios artículos analizados, nos hace suponer que llevar a cabo la selección de ERP en una empresa, implica una serie de factores, metodologías, análisis y singularidades de donde se va a tener este evento.
Este trabajo nos abre las puertas para conformar una guía (muy abierta y seguramente no lineal) de selección de ERP.
Queda pendiente llevar a la prueba esta guía en las Pymes mexicanas retroalimentando las mismas para mejorarlas.
Otro estudio que no se llevó a cabo en este artículo, pero que vale la pena hacerlo en próximas investigaciones, correspondería a analizar si los factores de éxito y las metodologías propuestas se pueden generalizar, o más bien, como puntualizamos nosotros, cada una depende del tipo de organización, mercado o cadena de suministro a la que pertenezca la misma, y finalmente al tipo de actores que tienen algo que ver en el proyecto ERP
En la fase 1 de la guía de selección (Actividad 4) destacamos la necesidad de la existencia de una lista de los sistemas ERP que pueden funcionar en las Pymes mexicanas, resaltando las características y recomendaciones de cada ERP, para cada organización.
Esta investigación queda pendiente y al mismo tiempo hemos visto que es demandada por las Pymes que buscan adquirir un ERP. |
El consumo de información en humanidades
Se analizan los hábitos de publicación y de citación de los investigadores en ciencias humanas, a través de los trabajos publicados en una selección de revistas españolas de humanidades durante los años 2006 y 2007.
El objetivo del estudio es conocer la tipología de los principales documentos que genera y consulta este colectivo de científicos en el desarrollo de sus investigaciones, así como identificar algunas de las características que definen su actividad científica.
El estudio pone de manifiesto la importancia que para este colectivo de investigadores tienen los libros frente a los artículos de revistas, actas de congresos, artículos de prensa y actas de congresos, como documentos de publicación y de consulta.
La investigación científica solo tiene razón de ser desde el momento en que el autor comunica sus resultados al resto de la comunidad científica a través de una publicación con cierta capacidad de difusión y al alcance de toda la comunidad investigadora interesada en dicho tema.
Las publicaciones constituyen, por tanto, el producto final de la investigación.
La moderna normativa de la ciencia requiere que los científicos hagan referencia en sus trabajos a aquellos que han servido de base al suyo propio (Merton, 1977).
Los trabajos que se publican en revistas científicas generalmente contienen citas bibliográficas que proporcionan los precedentes que existen sobre lo que el autor quiere exponer en su trabajo de investigación y posibilitan el establecimiento de relaciones entre los trabajos que reciben las citas y los que emiten referencias (trabajos fuente o citadores).
En los estudios bibliométricos se distingue con precisión entre citas (que una publicación recibe) y referencias (que una publicación hace de otras anteriores).
Los estudios de las referencias bibliográficas, también denominados estudios del consumo de información, constituyen el medio idóneo de recuperación de información, ya que son la manifestación material del enlace que existe entre la labor de investigación que se expone y la labor de investigación precedente.
Las referencias proporcionan los precedentes sobre lo que los autores exponen en sus trabajos de investigación.
Además nos informan del comportamiento y hábitos de los autores respecto a sus lecturas y pueden servir para racionalizar la alerta bibliográfica.
Los estudios sobre el consumo de información a partir del análisis de las citas se construyen partiendo de esta premisa, pues proporcionan listas de publicaciones que han sido citadas, al tiempo que identificas las fuentes de las citaciones.
A través del análisis de las referencias contenidas en los trabajos publicados se puede identificar el género documental de los documentos referenciados, el consumo de bibliografía nacional o extranjera, el núcleo de revistas más citadas, países de procedencia y el envejecimiento de la literatura científica (obsolescencia) medida a través de la vida media de las referencias bibliográficas y se pueden obtener diversos indicadores de actividad científica, entre los que destacan el índice de aislamiento (porcentaje de citas a publicaciones del propio país), el índice de autocitas (porcentaje de citas a la propia revista).
También, a través del estudio de las referencias, encontramos abundante información sobre los hábitos de consumo de las diversas comunidades científicas e indica qué autores, trabajos y temáticas son más relevantes.
Los estudios bibliométricos sobre el consumo de información, basados en el análisis de referencias, demuestran que la información sobre una determinada disciplina se suele encontrar en un núcleo de revistas específicas, pero también en otras de temática general o incluso diferente que mantienen alguna relación con la disciplina en cuestión.
Las funciones que desempeñan las citas y referencias en el proceso de comunicación científica han sido ampliamente debatidas.
De acuerdo con los trabajos de Kaplan (1965) y Merton (1969), la función principal de las referencias en la ciencia moderna es la d e reconocer que unos determinados datos, teorías, métodos, etc., proceden de los autores y publicaciones citados, en contraste con lo que sucedía en la ciencia antigua y tradicional, en la que servían casi exclusivamente para citar una autoridad clásica como fundamento de una idea o doctrina.
Para Burton y Kleber (1960), las referencias contenidas en los artículos publicados en un período concreto de tiempo y en una determinada área de trabajo, constituyen lo que se ha llamado "literatura activa circulante", es decir, la literatura que contiene la información viva que se esta utilizando en ese momento.
Sobre esta base, los indicadores procedentes de las citas y referencias se apoyan en el supuesto de que los trabajos importantes son usualmente citados, mientras que los irrelevantes se ignoran.
Sin embargo, la investigación sociológica en torno a las citas y referencias ha demostrado que la realidad es mucho más compleja y existen diferentes motivaciones a la hora de citar un trabajo.
El propio Garfield (1979), creador de las bases de datos Journal Citation Index (JCR), ha puesto de relieve el hecho de que los autores o publicaciones extraordinariamente importantes tienden a darse por conocidos y a no ser citados explícitamente.
Moravcsic y Murugesan (1975) demostraron que existe un elevado número de citas realizadas a la ligera, por formulismo o para salvar las apariencias.
Otros autores han analizado la influencia de las barreras idiomáticas y nacionales, el peso de los diferentes tamaños de las áreas y subáreas científicas y de sus variados patrones en este terreno.
Aunque son muchos los estudios realizados sobre los hábitos de publicación de los investigadores de las distintas áreas tanto de la ciencia y la tecnología (Martín, 1999), de las ciencias médicas (López Piñero y Terrada, 1992; Lozano y Saez, 1999; Massó et al, 2001) y sociales (Ortega, 2004), ya sea en su conjunto o en el ámbito particular de los distintos campos o disciplinas científicas (Osca-Lluch et al., 1999), sin embargo, son menos frecuente los realizados en el campo de las humanidades.
Los trabajos sobre el consumo de información han puesto de manifiesto la existencia de marcadas diferencias entre los hábitos de publicación de los diferentes científicos (Terrada et al., 1993).
Uno de los aspectos que más diferencia a unas disciplinas de otras es el relativo al vehículo de difusión de los resultados de las investigaciones.
Todos los estudios basados en los cómputos de citas coinciden en afirmar que en las ciencias experimentales la información se transmite principalmente a través de artículos de revista, que suman en ella porcentajes de citas superiores al 80 por ciento, seguidos de lejos por los libros, con tantos por ciento en torno a 10.
Por el contrario, en las ciencias sociales y las humanidades y, por distintos motivos, también en las aplicaciones prácticas, predominan los libros, que reúnen entre el 50 y el 65 por ciento de las citas, en tanto que los artículos de revista tienen un peso relativamente modesto, que se manifiesta en porcentajes comprendidos entre el 10 y el 35 (Broadus, 1971).
Este distinto comportamiento a la hora de publicar tiene, por lo general, su correspondiente reflejo en las pautas de citación de los autores.
De los trabajos realizados sobre los humanistas, se han obtenido unas características comunes a estos investigadores entre las que cabe mencionar que se observa que utilizan preferentemente los canales formales para actualizar su conocimiento, y dentro de ellos, suelen consultar más monografías que publicaciones periódicas.
Los canales informales tienen una gran importancia, aunque los emplean fundamentalmente para mantener contactos personales con colegas, aunque tienen tendencia a trabajar de forma aislada, por lo que existen relativamente pocos grupos de colaboración en esta área y en general, tienen una gran capacidad idiomática, por lo que pueden hacer uso de documentos escritos en diferentes idiomas.
El objetivo de este trabajo es analizar el estudio de los hábitos de citación de los investigadores del área de humanidades, a través del estudio de las referencias bibliográficas de cinco revistas españolas muy representativas de esta área, así como identificar algunas de las características que definen su actividad científica.
Para este trabajo se ha decidido utilizar como unidad de análisis las referencias de los artículos publicados en las revistas Al-Qantara, Arbor, Dynamis, Hispania y Revista de Indias publicadas durante los años 2006 y 2007, que están indizadas en la base de datos Arts and Humanities Citation Index (AHCI), base de datos internacional elaborada por la empresa Thomson Reuters que se puede consultar a través del portal ISI Web of Knowledge.
Las revistas objeto de estudio son todas ellas publicaciones españolas, clasificadas en las bases de datos ISI en el área de humanidades:
Al-Qantara: revista de Estudios Árabes.
Esta editada por el Instituto de Filología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Está dedicada a la civilización del Islam clásico (hasta el siglo XVII incluido) con especial atención al Occidente islámico.
Tiene una periodicidad semestral.
Se publica en forma de dos fascículos anuales de unas 250 páginas cada uno.
Es una publicación periódica bimensual, editada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Se trata de una revista que tal como indican sus editores "se caracteriza por estar al servicio de la sociedad española y de la comunidad científica como instrumento de información, puesta al día, reflexión y debate".
Está editada por la Universidad de Granada.
Está dedicada a la Historia de la Medicina y la Salud e Historia de las Ciencias.
Tiene una periodicidad anual.
Se trata de una publicación, con periodicidad cuatrimestral, dedicada al estudio de las sociedades en las épocas medieval, moderna y contemporánea.
Es considerada una de las revistas de historia general más significativas, considerada un excelente punto de referencia para observar la evolución del panorama historiográfico español (Tosete, 2002).
Tiene una periodicidad cuatrimestral.
Con una larga y consolidada tradición Revista de Indias fue y continúa siendo un foro de debate de la historia de América.
Las temáticas están abiertas a distintos aspectos como son los sociales, culturales, políticos y económicos, abarcando desde el mundo prehispánico a la actualidad de Iberoamérica.
Se han analizado todas las referencias bibliográficas contenidas en los documentos publicados por estas cinco revistas seleccionadas del área de humanidades, correspondientes a los años 2006 y 2007, que han sido recogidos por la base de datos Arts and Humanities Citation Index (A&HCI), contenida en el portal ISI Web of Knowledge.
La estrategia de búsqueda ha consistido en la descarga de todos los documentos publicados en los años 2006 y 2007, contenidos en esta base de datos, a través de la consulta del campo fuente.
Los datos de cada referencia bibliográfica se han volcado en una base de datos gestionada en access, que nos ha permitido el tratamiento y análisis de los mismos.
En la tabla I se recoge la información sobre los trabajos publicados en las revistas analizadas durante el período de tiempo estudiado y su distribución por tipología documental.
Como se puede observar, las revistas Arbor, Hispania y Revista de Indias, son las que han publicado un mayor número de documentos, tienen una mayor frecuencia de aparición y también son las revistas que tienen un mayor número de referencias bibliográficas.
Distribución de los documentos publicados por géneros documentales y años
Como ya hemos indicado anteriormente, las revistas de humanidades seleccionadas publicaron, durante los años 2006 y 2007 un total de 559 trabajos, en los cuales se incluyen un total de 10.445 citas bibliográficas a otros trabajos, cifra que supone un promedio de cerca de 19 referencias por trabajo.
La distribución de las referencias bibliográficas por revistas, junto con el número total de documentos publicados y la media de referencias bibliográficas por trabajos se muestra en la tabla II.
De las revistas estudiadas, la revista que tiene un mayor número de referencias por trabajo es la revista Al-Qantara, (27,35), por el contrario, la revista que presenta un menor número de referencias por trabajo es la revista Arbor (12,89).
La distribución de las referencias bibliográficas, atendiendo a la tipología de los documentos citados, se muestra en el gráfico 1.
Se puede observar que las citas bibliográficas son efectuadas, en su mayoría, a libros (67%) y artículos de revistas (24%).
Estos dos tipos de documentos suponen el 91% del total de las referencias bibliográficas contenidas en los trabajos publicados en las cinco revistas analizadas durante el período estudiado.
El resto de los tipos documentales (congresos, prensa, tesis) están escasamente representados.
Distribución de la totalidad de los trabajos citados según tipología documental
Sin embargo, el análisis pormenorizado de los distintos tipos documentales en cada una de las revistas analizadas, muestra que existen diferentes patrones de comportamiento en cada una de ellas, tal como se muestra en la figura 2.
Como se puede observar las revistas Arbor (71,82% de su producción total) y Al-Qantara (68,22% de su producción total) son las que citan un mayor número de libros, mientras que Dynamis (32,94%), Al-Qantara (24,23%) son las revistas que citan un mayor número de artículos.
Distribución en porcentajes de los trabajos citados en las revistas analizadas, según tipología documental
Respecto a los otros tipos de documentos, destacan las revistas Al-Qantara (4,07%) e Hispania (3,20%), por ser las revistas que citan un mayor número de actas de congresos, Hispania (2,99%) y Arbor (2,57%) por ser las revistas que más citan artículos de prensa y Revista de Indias (1,31%) y Dynamis (0,95%), por ser las que citan un mayor número de tesis doctorales.
Se observa que existe una gran dispersión en las revistas citadas.
El número total de revistas citadas por las cinco revistas estudiadas, una vez eliminados los títulos duplicados por haber sido citadas en más de una revista, es de 1346, sin embargo, hay que indicar, tal como se muestra en la tabla III que, en la mayoría de los casos, abundan las revistas de las que solo se ha citado un trabajo.
La relación de revistas más citadas durante los años 2006 y 2007, por las cinco revistas que hemos analizado, junto con el número de trabajos citados en cada una de ellas, y el país de edición de las mismas se muestra en la tabla IV.
Se observa que en todas estas publicaciones, excepto en el caso de la revista Arbor, predominan las autocitas.
También hay que destacar que, en general, las revistas más citadas están editadas en España (se da el caso, de que algunas de las revistas extranjeras más citadas, como es el caso de la revista Annales de l'Institut Pasteur, ha recibido todas sus citaciones de un mismo autor y un mismo trabajo).
Ranking de las revistas más citadas por las revistas Al-Qantara, Arbor, Dynamis, Hispania y Revista de Indias, durante los años 2006 y 2007, junto el país de edición de la revista y número de citas recibidas
Redes de citas entre revistas
Con el fin de medir la intensidad de las relaciones establecidas entre las cinco revistas analizadas, hemos aplicado la técnica de análisis de redes sociales al estudio de las mismas.
Cuando dos o más trabajos citan una misma referencia, esta coincidencia puede ser interpretada como un indicador de la existencia de un vínculo entre los distintos trabajos.
De la misma manera, cuanto más relacionadas están las revistas, más complementarios son sus artículos y más refleja la existencia de una disciplina coherente e integrada el agregado que forman (Callon, 1995).
En este trabajo, para que se pueda ver con mayor claridad el gráfico de redes entre revistas citadas, se han representado en el mismo las revistas citadas conjuntamente, junto con una selección de solamente las revistas más citadas por cada una de las revistas estudiadas (ver figura 3).
El tamaño de los nodos representa el peso de cada revista citada en la red (en este caso, hay que tener en cuenta que se están incluyendo también las autocitas) y el grosor de las líneas es un indicador de la intensidad de las relaciones entre las diferentes publicaciones.
Red de revistas citadas
Al observar el mapa podemos rápidamente diferenciar la existencia de dos subgrupos dentro de la red: un primer grupo formado por las revistas Arbor, Dynamis y Revistas de Indias, y un segundo grupo formado por las revistas Al-Qantara e Hispania.
Destaca el papel que juegan tres revistas que actúan como enlace entre esos dos grupos, es decir, son las encargadas de unir o conectar a los dos grupos de revistas estudiadas, se trata de las revistas Asclepio, editada por el CSIC, dedicada a la publicación de trabajos de Historia de la Ciencia y de la Medicina (es citada por Arbor, Dynamis e Hispania), Ayer, revista de Historia, promovida por la Asociación de Historia Contemporánea y que esta dedicada al análisis de temas de actualidad (citada por Dynamis e Hispania) y Anuario de Estudios Americanos, editada por el CSIC, que publica trabajos sobre investigación histórica, aunque también publica trabajos de otras materias como la critica literaria, la ciencia política o la antropología (citada por Al-Qantara y Revista de Indias).
Las referencias bibliográficas desempeñan varias funciones esenciales.
Entre otras, sirven para reconocer las ideas y los hallazgos de otros investigadores, proporcionar información válida y útil a los lectores del artículo y, especialmente para refrendar afirmaciones y argumentos.
La exactitud bibliográfica de cualquiera de las secciones que componen una revista especializada respalda la información vertida en ella por sus autores, ya que garantiza en gran medida que se han consultado las fuentes originales predecesoras.
En la referencia bibliográfica se realiza una descripción de los datos esenciales del material que se ha mencionado en el texto.
Con ella se desea aludir a un antecedente bibliográfico relevante.
Cada referencia bibliográfica debe ser veraz (completa y exacta) tanto en sus elementos formales de citación como en sus contenido (Ponce y Rodríguez, 1999).
Para cumplir estos cometidos es natural que las referencias bibliográficas sean pertinentes y, además, exactas, ya que de otro modo sería difícil o imposible acceder a la fuente original (Pulido, 1997).
Un aspecto crucial en la creación y diseminación de la información científica es el uso que hacen los autores en sus artículos de referencias bibliográficas a los trabajos de otros.
Teóricamente, cuando un autor cita a otro, está dando crédito a la tesis de su colega en un determinado trabajo, por lo que las citas representan las influencias que ha tenido un trabajo de los anteriores.
Las citas y las referencias constituyen por tanto un aspecto importante en la comunicación científica.
Es obvio que es necesario que el autor haya tenido acceso a los documentos para poder usarlos y por tanto citarlos.
De esto se deduce que muchos trabajos que podrían ser citados no lo son por simple falta de acceso físico a ellos, y otros que el autor sí cita no son realmente relevantes, a pesar de que el autor los haya podido utilizar.
De este modo, se tenderá a usar más aquellos documentos más próximos en términos de posibilidad de uso, y los grupos de autores que usen unas fuentes de documentación comunes tenderán a citar a las mismas fuentes, lo que generará enlaces bibliográficos entre ellos con origen en criterios de proximidad y no sólo de calidad.
Una critica muy extendida a los análisis de citas deriva de la importancia que se ha dado a los mismos en ciertos ambientes, que ha originado un gran interés en ser citados por parte de los científicos.
El uso indiscriminado de indicadores como el factor de impacto, calculado a partir del número de citas que recibe un trabajo, como medida de evaluación de los investigadores científicos, ha desembocado inevitablemente en una picaresca en la producción de referencias y, algunos estudios han demostrado que muchos autores simplemente copian las referencias de otros artículos para intentar reafirmar la consistencia de los propios (Broadus, 1983; Moed y Vriens, 1989).
Desde hace años, numerosos estudios publicados en la literatura corroboran el gran porcentaje de citas inexactas en artículos de diferentes especialidades cuando se escoge una muestra de referencias bibliográficas y se coteja con el documento original (Pulido, González y Sanz, 1995; Pulido, 1999; Ponce y Rodríguez, 1999).
Las consecuencias de los errores en las referencias bibliográficas son de diversa índole.
En primer lugar, en muchos casos, el error impide, en principio, localizar el documento original, sin embargo, en otro aspecto, el error en las referencia bibliográfica puede perjudica, a su vez, tanto a los autores, como a las propias revistas donde se han publicado los trabajos (Osca-Lluch et al., 2009), ya que algunos errores, traen como consecuencia, que las citaciones que reciben algunos de los trabajos publicados en revistas indizadas en bases de datos, como por ejemplo, las del ISI (AHCI, SCI y SSCI) se pierdan. (no hay que olvidar que el número de citas que recibe un trabajo es un elemento fundamental para el calculo de algunos indicadores bibliométricos como el factor de impacto o el índice de Hirsch).
El análisis de citas y referencias también se utiliza para estudiar el consumo de información por parte de autores, grupos de trabajo, centros, revistas y países y conocer la repercusión que su producción ha tenido en la comunidad científica.
Este análisis puede ser útil tanto para los profesionales de la información, que dispondrán de instrumentos válidos para conocer los mecanismos de la investigación y la estructura y dinámica de los colectivos de investigadores que producen y utilizan dicha literatura, como para los propios productores, consumidores y usuarios en general de la información, que podrán conocer los patrones que rigen la generación de información sobre una determinada área de la ciencia.
Los resultados obtenidos en este tipo de estudios deben, muy habituales en las áreas de ciencias, pero menos frecuentes en las áreas de humanidades, por las dificultades que conlleva la normalización de datos, por ello deben interpretarse con cautela, debido tanto a las limitaciones de las propias bases de datos, como a los errores, falta de implementación de datos y falta de normalización de las referencias analizadas, cuyo formato varía considerablemente según las diferentes normas de presentación de manuscritos que recomiendan los editores de las revistas.
En los datos analizados llama la atención que en todas las revistas analizadas las citas se realizan fundamentalmente a libros (67%), siendo los trabajos publicados en revistas los documentos citados en segundo lugar (24%), aunque existen diferentes patrones de comportamiento en cada una de las cinco publicaciones analizadas.
Destaca la revista Arbor, por ser la publicación que cita más libros (71'82% del total de sus referencias) y Dynamis, por ser, de todas ellas, la revista que citas más trabajos publicados en revistas (32'94% del total de sus referencias).
Podríamos, de esta forma afirmar que, de las cinco revistas analizadas, la revista Arbor es la que tiene un comportamiento más propio del área de Humanidades, mientras que la revista Dynamis, es la que tiene un comportamiento más alejado al de humanidades y más cercano al de otras áreas científicas.
Un hecho que viene un poco a reforzar esta teoría es que de todos los trabajos publicados en las cinco revistas que hemos analizado, están recogidos en la base de datos AHCI (Arts and Humanities Citation Index), sin embargo se observa que algunos de los trabajos publicados por cuatro de estas revistas, Arbor, Dynamis, Hispania y Revista de Indias, también han sido incluidos en las base de datos SSCI (Socials Science Citation Index), mientras que solamente algunos de los publicados en la revista Dynamis han sido incluidos en la base de datos SCI (Science Citation Index).
Otro aspecto que llama mucho la atención es que al contrario de lo que ocurre en otros estudios similares, se observa que las publicaciones más citadas son las españolas y no las norteamericanas, lo que viene a demostrar que hay, por lo tanto, un marcado consumo de información española en esta área y se confirma que en ella tienen un gran peso los estudios de temas de ámbito nacional y local.
Al aplicar la metodología del análisis de redes al estudio de las redes de citación entre revistas, con el fin de medir la intensidad de las relaciones establecidas entre las cinco revistas analizadas, se observa la existencia de un vínculo entre los distintos trabajos publicados en las mismas, existiendo una gran complementariedad de los mismos y la existencia de una disciplina coherente e integrada. |
El rizoma oculto de la psicología profunda.
Gustav Meyrink es considerado un clásico de la llamada literatura fantástica, ese género suficientemente amplio y confuso, considerado menor con frecuencia, en el que tienen cabida, entre otros, elementos góticos, mágicos o esotéricos.
En los últimos años, su obra ha sido objeto de un inusitado interés; la tesis doctoral de Amanda Charitina Boyd, Demonizing Esotericism: the Treatment of Spirituality and popular Culture in the Works of Gustav Meyrink (2005), que sitúa la obra del novelista austriaco en la encrucijada entre literatura, religión y culturas populares, o los más recientes trabajos de Helmut Binder, Gustav Meyrink.
Buen conocedor de toda esta literatura y, por supuesto, de la obra de Meyrink, Luis Montiel hace gala, una vez más, de su muy especial sensibilidad para relacionar creación literaria con conocimiento "científico" y nos propone un fascinante viaje desde el ocultismo a la psicología profunda, relacionando directamente los contenidos de las narrativas de ficción de Meyrink con las ideas centrales de la psicología junguiana.
Porque, si Montiel, como acabo de decir, conoce en profundidad la novelística de Meyrink, es también un reconocido estudioso de la obra de Jung; de no ser así, no hubiera podido detectar y analizar con tanto rigor y solvencia esta conexión "oculta" entre ambos autores.
La monografía que nos ocupa tiene como antecedente importante otro libro de Montiel titulado La novela del inconsciente (1998) en el que no solo nos revelaba la existencia del escritor, desconocido para muchos en nuestro medio, sino que nos advertía ya de la presencia de categorías junguianas en la obra de Meyrink; así, la figura del Golem se nos presentaba como la mejor caracterización literaria del arquetipo denominado der Schatten (la sombra), antes de que Jung comenzara a construir su teoría de los arquetipos.
En un sentido más amplio, el análisis de tres novelas de Meyrink: El Golem, El rostro verde y El dominico blanco, permitió a Montiel explicar de qué manera dichas obras de ficción ilustraban una de las claves fundamentales de la psicología analítica: el "proceso de individuación".
Pues bien, El rizoma oculto de la psicología profunda incide en estas cuestiones con mayor profundidad y ambición.
Ya no son solo tres novelas emblemáticas a través de las cuales se aventuraban hipótesis más o menos arriesgadas.
Ahora, el objeto de estudio es la práctica totalidad de la obra de Meyrink tamizada por nuevas lecturas, por inquietudes intelectuales probablemente mejor definidas y, sobre todo, por el poso que dejan las reflexiones sosegadas y, como el propio autor advierte, el intercambio o el feed-back con alumnos y colegas.
El objetivo de partida es, en parte, similar al de anteriores trabajos: postular el valor de prueba que las novelas de Meyrink poseen respecto de la construcción doctrinal formulada por Jung, pero la tesis defendida en esta ocasión es más elaborada, más compleja, pues se trata de demostrar que en dichas novelas se encuentra detallado en el nivel de "vivencia" –aunque se trate de las vivencias de los personajes literarios- lo que, algún tiempo después, estaría contenido en la obra teórica junguiana.
El propio Jung llegó a reconocer esta relación cuando en Sobre la psicología del inconsciente y a propósito del arquetipo zauberische Dämon (el demón mágico) afirmaba que tanto Meyrink como él mismo llegaron a formulaciones similares por caminos diferentes.
En el caso del novelista "a partir de su inconsciente".
Y es así como Montiel nos presenta a Meyrink, como alguien que se lanzó a bucear en su inconsciente, a despertar capacidades psíquicas que en un comienzo vinculó a la magia, pero también como un receptor excepcionalmente sensible a las influencias del ambiente.
Experimentando una enorme desazón ante el mundo de su época, Meyrink no fue, ni mucho menos, el único que buscó opciones en la mística.
En este sentido, afirma Montiel, el escritor y su obra se muestran a la vez como síntoma de una enfermedad de la cultura y como ejemplo de un peculiar proceso de curación; proceso que desembocaría en el mismo lugar en que lo hizo una cierta medicina de la mente.
Una vez planteado su punto de partida, dejando muy clara su "pregunta de investigación" y su marco teórico, Montiel va desgranando con maestría, a lo largo de los seis capítulos del libro, una serie de argumentos precisos que ilustran de manera minuciosa y erudita las importantes conexiones entre Meyrink y Jung.
El primer capítulo aporta un inteligente semblante biográfico de Meyrink que hace hincapié en su compleja trayectoria vital, en su búsqueda permanente o en la importancia de der Lotse (el piloto) en su recorrido.
Se trata de una biografía breve y dirigida, muy necesaria porque no solo nos acerca más al autor estudiado sino que nos permite comprender mejor ese tránsito del mundo oculto al mundo "psi".
Un camino que se irá desvelando en los sucesivos capítulos mediante el análisis de la obra meyrinkiana.
A propósito de El juego de los grillos y La noche de Walburga, se exponen las premoniciones de Meyrink sobre el impulso tanático y el contagio psíquico, de tal modo que los motivos "ocultos" de la Gran Guerra argumentados por Meyrink, e interpretados tradicionalmente desde una perspectiva esotérica, son explicados aquí, desde un punto de vista eminentemente psicológico.
Las tres novelas que habían sido objeto de La novela del inconsciente son releídas, revisitadas y sometidas a nuevas interpretaciones: En El Golem se identifican arquetipos junguianos: la sombra, el anima y el animus, o el sí-mismo; El rostro verde nos ilustra sobre la necesidad del otro; y en El dominico blanco queda patente el rescate del mal, de lo rechazado.
Finalmente, El ángel de la ventada del oeste y un texto inacabado titulado La casa del alquimista permiten a Montiel analizar los peligros del psicoanálisis y del proceso de individuación reflejados en ambos relatos.
En definitiva, se termina demostrando, de qué manera los abigarrados relatos de Meyrink, repletos de magia, alquimia y astrología; de reencarnaciones, transfiguraciones y sueños; de religiones y tradiciones místicas orientales y de no pocos misterios esotéricos del alma humana, terminan convirtiéndose, según la lectura que Montiel nos ofrece de los mismos, en un singular y valioso tratado de psicología profunda avant la lettre.
El ocultismo meyrinkiano ciertamente ocultaba algo: un saber sobre el inconsciente que, paralelamente, se estaba gestando también en la obra de Jung.
En este recorrido desde el ocultismo a la psicología profunda la obra de Meyrink, piensa Montiel, contribuyó de algún modo a que la época fuese más sensible, más proclive a la aceptación de un psicoanálisis que acababa de nacer, lo que le lleva a hablar de un rizoma oculto –ocultista- del novedoso pensamiento sobre el psiquismo humano.
Esta metáfora del rizoma oculto, utilizada ya en el título del libro, parece muy apropiada pues, en efecto, ese tallo subterráneo (oculto) que puede emitir tanto raíces como brotes herbáceos, puede ilustrar bastante bien ese camino hacia la psicología profunda desde puntos de partida diferentes y bajo trayectorias distintas.
Pero si la metáfora botánica resulta eficaz y relativamente sencilla para el caso que nos ocupa, no puedo dejar de señalar la evidente coincidencia con la propuesta de Gilles Deleuze y Félix Guattari en Capitalismo y Esquizofrenia (1972, 1980), cuando denominan "rizoma" a un modelo descriptivo o epistemológico en el que la organización de los elementos no seguiría líneas de subordinación jerárquica, con una base o una "raíz" única que da origen a múltiples ramas (como el árbol de Porfirio), sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en otro.
Dicho de otro modo, la estructura del conocimiento no se deriva por medios lógicos de un conjunto de "primeros principios", sino que se elabora simultáneamente desde diversos puntos y bajo la influencia recíproca de múltiples observaciones y conceptualizaciones.
En definitiva, con dicho modelo se pretendía mostrar que la estructura convencional de las disciplinas cognoscitivas no refleja simplemente la estructura de la naturaleza, sino que es un resultado de la distribución de poder y autoridad en el cuerpo social.
No se trata de profundizar aquí en el pensamiento post-estructuralista de los autores franceses, ni tampoco relacionar su propuesta metodológica con el marco teórico adoptado por Montiel, que es propio y original, pero si al menos hacer notar que la existencia de ciertas conexiones "ocultas" pueden ser más frecuentes de lo que parecen.
Finalmente, merece la pena destacar que El rizoma de la psicología profunda es, por el momento, la última entrega en la dilatada y sólida obra Luis Montiel.
Sus importantes aportaciones a los estudios sobre Medicina y Literatura o a la historia de la medicina romántica alemana han confluido en los últimos años en un especial interés por temas "periféricos", que se sitúan en el límite de la ortodoxia médica, cuando no directamente en una marcada heterodoxia.
Se trata de un proyecto intelectual original y arriesgado, que ha exigido a este catedrático de historia de la medicina de la UCM a salirse del guión habitual más o menos impuesto por su "disciplina" académica para adentrarse en aventuras intelectuales de largo alcance tan creativas como científicamente rigurosas.
Con una capacidad de trabajo fuera de lo común, solo en los últimos años nos ha ofrecido una abrumadora serie de trabajos, entre los que mencionaré En ningún lugar, en parte alguna (Frenia, 2003.
En colaboración con Ángel González de Pablo); Daemoniaca (MRA, 2006); Medicina y ocultismo (dossier monográfico de la revista Asclepio, 58 (2), 2006); Magnetizadores y sonámbulas (Frenia, 2008); así como Histoire sommaire de la maladie et du somnambulisme de lady Lincoln (Tallandier, 2009.
En colaboración con Nicole Edelman y Jean-Pierre Peter) y... naturalmente, El rizoma de la psicología profunda, un libro de madurez y de gran solvencia científica, bien documentado y escrito con claridad; un libro en definitiva, producto de la experiencia investigadora y del "buen oficio" de su autor.
Pero, como creo que ha quedado claro a lo largo de esta reseña, en ningún momento estamos ante una obra hecha "con oficio" sin más.
En El rizoma oculto... se defiende con éxito una tesis, lo que debería ser un requisito imprescindible para cualquier investigación científica de esta naturaleza, en una narrativa comprometida en muchos sentidos.
Además, el innegable talento interpretativo de Montiel, hace de este trabajo una aportación especialmente relevante, a mi juicio, a la historiografía de la medicina, del psicoanálisis, de la literatura y, en un sentido más amplio, a la historia cultural del conocimiento.
Una obra que, con seguridad, fascinará a un número amplio de posibles lectores: historiadores, psicólogos, psicoanalistas, filósofos, filólogos, pero también, al margen de las corsés disciplinares, a todos aquellos interesados por los a veces frágiles límites entre el pensamiento racional y "lo" irracional y, en definitiva, por la condición humana. |
Panwitz, Sebastian e Ingo Schwarz (eds.).
Beiträge El Centro de Investigación Alexander von Humboldt de la Academia de Ciencias de Berlín-Brandenburgo, junto al Centro Moses Mendelssohn de Potsdam, publicaron una excelente edición de las cartas intercambiadas entre el famoso viajero prusiano y varios distinguidos miembros de la familia Mendelssohn.
Con este proyecto de colaboración institucional, el Centro de Investigación Alexander von Humboldt ha concluido un proyecto más dentro de su línea de edición de la amplia correspondencia humboldtiana.
Es en esta institución donde se alberga todo el epistolario conocido de Humboldt y donde se acomete la tarea de editar este rico tesoro documental, que no se realiza en orden cronológico sino agrupado según los corresponsales individuales, comenzando con su correspondencia con Carl Friedrich Gauss (1977) y Heinrich Christian Schumacher (1979) hasta llegar a Johann Friedrich von Cotta y su hijo Johann Georg von Cotta (2009), Carl Ritter (2010) y August Böckh (2011), así como los representantes de ciertos países con los que Alexander von Humboldt estaba en contacto, figurando así su correspondencia con los Estados Unidos (2004) y con Rusia (2009).
La extendida familia Mendelssohn, compuesta de músicos, mecenas, banqueros, artistas, músicos y eruditos, desempeñó un papel muy importante en la vida de Humboldt: aunque no se ha podido comprobar un encuentro personal entre el famoso filósofo Moses Mendelssohn (1729-1786) y Humboldt, fueron numerosos los otros miembros de su familia con los que el cosmopolita viajero mantuvo un estrecho contacto y una profunda amistad a lo largo de su vida.
Frecuentaban los mismos círculos sociales e intelectuales de la capital prusiana y Humboldt era un invitado muy apreciado en la casas de esta familia, dando brillo a las reuniones sociales que organizaban allí.
Por su parte, los banqueros Joseph y, posteriormente, su hijo Alexander Mendelssohn administraban los bienes así como en general los asuntos financieros del famoso científico; y en los últimos años de la vida del sabio, que estuvieron marcados más bien por las estrecheces económicas, los créditos concedidos por los banqueros facilitaron considerablemente su día a día.
Entre los otros miembros de la familia, Humboldt mantuvo una cercanía con Abraham Mendelssohn Bartholdy o Nathan Mendelssohn, los hermanos de Joseph, y sus respectivas esposas e hijos.
Con la publicación de las cartas cursadas entre Humboldt y la familia Mendelssohn, los editores Sebastian Panwitz e Ingo Schwarz han puesto al alcance del lector interesado un conjunto de documentos de gran valor para la investigación, que abarca muchos aspectos, así como distintas fases, de la larga vida de Humboldt.
El total de la correspondencia publicada en este volumen son 329 cartas, escritas desde el año 1818 hasta poco antes de su muerte en 1859.
Lo valioso de este cuerpo documental, por lo tanto, es el hecho de que con una duración de más de 40 años abarca un intervalo de tiempo extremadamente largo para una correspondencia.
Además, se trata de una época históricamente muy interesante, marcada por muchos acontecimientos políticos que también ejercieron influencia en la vida de nuestro erudito cosmopolita así como en la familia Mendelssohn.
Las cartas incluidas son sobre todo los escritos enviados por parte de Humboldt, ya que él mismo no tenía la costumbre de conservar toda la correspondencia recibida, sino solo aquellas cartas que por algún motivo eran importantes para su investigación.
El destinario más importante fue Alexander Mendelssohn, con 221 dirigidas a él; seguido de Joseph, con 41 cartas; así como su esposa Henriette, su hijo Georg Benjamin, y Nathan Mendelssohn.
Además de la correspondencia, de la que solo se habían publicado 20 cartas anteriormente, este volumen incluye 71 documentos que ofrecen importante información adicional.
Todo el conjunto de documentos epistolares y complementarios muestra la importancia que ha tenido esta familia en la vida de Humboldt, no solamente en los aspectos materiales, sino también en la manera en que contribuyeron a ensanchar la visión del mundo del joven berlinés, lo que se demuestra en su manera de enfrentarse a culturas y religiones distintas en lejanas partes del mundo.
Además, esta correspondencia revela el impacto que dejaron en él sus vínculos con los círculos judíos de la capital prusiana ilustrada.
La publicación de la correspondencia entre Humboldt y la familia Mendelssohn, dentro de la serie Beiträge zur Alexander-von-Humboldt-Forschung (Aportaciones a la investigación sobre Alexander von Humboldt) del Akademie Verlag, por lo tanto, es otra edición muy lograda y recomendable para todas las personas que deseen conocer más en detalle algunos de los aspectos menos conocidos de la vida cotidiana de este fascinante erudito y viajero, así como del entorno social en el que se desenvolvía o de sus ilustres correspondientes.
Al igual que otras publicaciones de esta misma serie, esta obra destaca por su excelente y riguroso trabajo de edición, basado en un minucioso estudio de todo el material editado y del ambiente histórico en el que se desarrolla la correspondencia, además del profundo conocimiento de los personajes que protagonizan este intercambio epistolar.
Muy útiles también resultan las numerosas y eruditas anotaciones añadidas a las propias cartas, que ayudan a comprender el contexto en el que fue redactado cada documento, así como un extenso índice de las fuentes bibliográficas o de las personas mencionadas.
Finalmente, al final de este volumen se añade una valiosa información en forma de una extensa lista de bibliografía, sendos árboles de las familias Humboldt y Mendelssohn, un índice de personas, así como un índice de materias. |
En este proceso el artículo concluye que las multifacéticos políticas de transacción que tienen lugar en el mundo no pueden ser transformadas simplemente a través de apolíticas llamadas a "salvar la naturaleza". |
Martín Albaladejo, Carolina e Izquierdo Moya, Isabel (eds.).
Al encuentro del naturalista.
Madrid: Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2011.
Manuel Martínez de la Escalera (1867-1949) fue un naturalista 'proscrito'; sus trabajos, sus escritos, su propia biografía, habían quedado relegados al olvidado, quizás porque nunca ocupó un cargo académico o institucional relevante.
Los trabajos de treinta y nueve investigadores, coordinados por Carolina Martín Albaladejo e Isabel Izquierdo, han sacado a la luz los muchos méritos de quien fue uno de los naturalistas hispanos de mayor actividad exploradora en el gozne de los siglos XIX al XX.
El texto que nos ocupa se estructura en cinco bloques temáticos: "El hombre y su vida" incluye informaciones biográficas –suyas y de sus familiares- y una cronología; "Actividad científica" engloba una bibliografía del naturalista, un listado de sus novedades taxonómicas y un bloque de análisis pormenorizados tanto de su producción científica entomológica como de su paso por algunas instituciones; "Otros intereses" ofrece un acercamiento a la amplia panoplia de actividades científicas, no siempre alejada de la entomología, que ocuparon su tiempo: desde la zoología marina a la apicultura, pasando por su interesante labor como divulgador; "Expediciones y muestreos" nos acerca a los muchos viajes de exploración pergeñados y realizados por este naturalista: desde Anatolia, Siria o Irán hasta Muni, Guinea, el Norte africano, Canarias y, por supuesto, la práctica totalidad de la Península Ibérica; "El patrimonio científico de Martínez de la Escalera" es la consecuencia lógica del extraordinario esfuerzo expedicionario emprendido que no sólo se concreta en las colecciones entomológicas, sin duda las más significativas, sino que se extienden por todas las ramas del árbol de la Naturaleza, incluyendo la Etnografía, y de cuyo estudio se ocupan los responsables de las colecciones donde estos materiales se conservan: el Museo Nacional de Antropología, el Real Jardín Botánico de Madrid, el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona y, por supuesto, el que fuera su lugar de trabajo habitual durante muchos años: el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Hasta ahora sólo un par de artículos biográficos o algunos comentarios aislados en diccionarios biográficos y otras obras de carácter general permitían un lejano acercamiento a la personalidad y la obra científica de Manuel Martínez de la Escalera.
Hoy disponemos de casi 700 páginas y un DVD donde, además de una amplio repertorio iconográfico, se recogen íntegros los textos de 156 publicaciones firmadas por el autor e información detallada de los 862 taxones por él descritos.
En definitiva, una referencia obligada para quien quiera acercarse hoy a la biografía o a la producción científica de este naturalista que, si hasta hace unos meses, era un 'marginado' hoy ocupa, por derecho propio, y gracias al trabajo de revisión y actualización realizado sobre su obra, un lugar central entre los naturalistas hispanos del cambio de siglo. |
La guerra fría cultural y el exilio republicano español.
Prólogo de José Carlos Mainer, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2012, 369 pp.
Este es un libro importante y necesario.
No comparto muchas de las tesis enunciadas respecto al mismo por el profesor Jordi Gracia en su reseña de BABELIA (16 marzo 2013).
En mi modesta opinión constituye, por el contrario, un enriquecimiento notable de la bibliografía sobre el exilio español, la cultura antifranquista del interior y las interpretaciones todavía muy frecuentes en cierta literatura en lengua inglesa sobre la guerra civil precedente.
Glondys lo ha desarrollado en un marco apropiado: el de la guerra fría.
La calidad de un historiador se mide por dos criterios: sus interpretaciones deben estar fundadas en la evidencia primaria relevante de época suficiente que permite indagar en lo que hubo "detrás de los hechos" y han de basarse en la aplicación de paradigmas congruentes que no la distorsionen o, al menos, no lo hagan sobremanera.
Medida por ambos criterios Glondys ha hecho una aportación nada desdeñable a las consecuencias culturales de la guerra fría sobre el caso español, si bien cabe destacar que constituye así mismo una pionera aproximación en dicho ámbito de estudios al latinoamericano.
Confieso haber abierto el libro con cierta trepidación.
No en vano en mis años de estudiante en Alemania e Inglaterra fui asiduo lector de Der Monat y de Encounter, dos de las publicaciones que abogaban entonces a favor de la libertad de expresión y de investigación que habían desaparecido totalmente en la entonces Unión Soviética.
A ello se añadió la curiosidad por la autora: filóloga polaca, aunque historiadora en la práctica, formada en Polonia y en España, afincada en nuestro país y casada con un español.
Como polaca cabría suponerle que no tendría demasiada simpatía hacia el sistema soviético que había mantenido a Polonia durante tantos años en su puño de hierro.
Como cuasi-española cabría presumirle un interés particular por el pasado de su país de adopción.
Ni mi trepidación ni mi curiosidad se han visto defraudadas en la lectura de este libro.
En primer lugar está basado en fuentes primarias relevantes.
Los archivos de tres protagonistas esenciales del Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) como fueron un socialista caballerista, Luis Araquistaín, un expoumista, Julián Gorkín, y un republicano rabiosamente anti-franquista, Salvador de Madariaga.
(Mi asistencia a la entrega que se le hizo en Aquisgrán del Premio Carlomagno me valió una dura reprimenda de mi embajador, por no haber pedido autorización para hacerlo).
A tales archivos se añaden el general del CLC y de su sucesora, la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura (AILC), custodiados en la Universidad de Chicago, y los personales de siete protagonistas de la ofensiva cultural norteamericana en tiempos de guerra fría: Burnett Bolloten (a quien conocí personalmente y con quien he cruzado espadas más de una vez), James Burnham, Sidney Hook, Michael Josselson, Jay Lovestone, Joaquín Maurín y Bertram D. Wolfe, consultables en la Hoover Institution de Stanford, California, y en el caso del agente de la CIA y cerebro del CLC Josselsson en la Universidad de Texas.
En segundo lugar el libro de Glondys se ensarta en el relativamente novedoso campo de los cold war studies, hoy en proceso de rápida expansión con la apertura de los archivos de los antiguos países del Este (aunque con excepciones muy importantes en el caso ruso) y la interacción con la dinámica desclasificadora de significativos archivos occidentales, en particular los norteamericanos y los británicos (también con limitaciones nada desdeñables).
En tercer lugar la obra se enmarca en el área, también en crecimiento acelerado, de los estudios sobre la influencia del vector cultural e intelectual de la contraofensiva norteamericana frente al reto que representó la Kominform y las estrategias de acción de los partidos comunistas nacionales en países occidentales.
Se desarrollaron bajo eslóganes muy diversos pero que tendían a aupar a estos últimos, en particular en países muy sensibles para la estrategia de contención estadounidense como fueron Francia e Italia.
Glondys reconoce abiertamente, desde las primeras páginas, la fundamental aportación divulgadora de uno de los primeros estudios en abordar la dirección y gestión de la CIA en tal vector como fue la obra de Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural, publicada en 2001 por Debate y hoy afortunadamente reeditada.
Como ha reconocido Saunders con ocasión de la reedición, entonces apenas si entró en el caso español.
No es de extrañar puesto que, en comparación con los enjeux globales norteamericanos (y británicos), este no representaba en puridad sino una nota a pie de página.
Glondys la ha expandido considerablemente.
Ha tenido la paciencia de analizar los artículos y las reseñas de libros emanados de la pluma de los colaboradores españoles del CLC así como una selección de autores extranjeros.
En el primer caso llama la atención la frecuencia: 10 artículos de Araquistaín, 9 de Gorkín, 7 de Madariaga, 7 de Enrique Gironella, 5 de Victor Alba, 3 de Ignacio Iglesias y otros tantos de Maurín.
Se observa la alta presencia de expoumistas con 27 artículos.
Como también ocurre con las reseñas, en las que Ignacio Iglesias se lleva la palma.
A ello se añade una bibliografía con 140 obras de análisis y memorias amén de casi 30 capítulos de obras colectivas y casi 40 artículos.
La obra se estructura en diez capítulos que combinan el orden cronológico y el análisis temático.
En el primer capítulo se examina el punto de partida: los orígenes de la ofensiva intelectual e ideológica norteamericana y la peculiar situación del exilio republicano, sin protectores particularmente interesados por él.
En el segundo se pasa revista a los orígenes del CLC en los primeros años de la guerra fría con el delicado tema de su financiación.
No se hace propaganda, ni política cultural, sin dinero.
La CIA asumió, encantada, esta tarea, no en vano había estado en la génesis del movimiento de los intelectuales anticomunistas occidentales.
El tercer capítulo aborda la proyección, un tanto limitada, del CLC en América Latina a través del lanzamiento de su revista Cuadernos (el equivalente, por así decir, de Der Monat, Encounter o Preuves).
Los capítulos cuarto y quinto son temáticos: uno estudia las denuncias contra la URSS lanzadas desde el exilio español y vehiculadas por el CLC y el otro las posturas en contra del neutralismo en la confrontación sistémica entre los bloques.
El capítulo sexto retorna a los temas latinoamericanos, en particular tras el vergonzoso golpe pro-norteamericano (perdón, pro-United Fruit) en Guatemala en 1954 y termina con el análisis de sus repercusiones que para la estrategia del Congreso en América Latina tuvo la revolución cubana, que lo incitaron a dar un pequeño giro hacia la izquierda.
El capítulo séptimo cubre la actuación de cara a una España en transformación, a causa del cambio generacional y los comienzos de la paulatina y cautelosa "apertura" externa tras el plan de liberalización y estabilización económicas de 1959.
Se proporcionan datos harto relevantes sobre la financiación del famoso "contubernio" de Munich o sobre la actuación del CLC entre las élites intelectuales españolas.
Los restantes capítulos destacan los contenidos ideológicos promovidos hacia España por el CLC a la hora de intensificar el diálogo entre los intelectuales exiliados y sus contrapartes del interior.
En el tardofranquismo el capítulo noveno aborda el abandono del anticomunismo radical en la actuación del CLC en España, con la promoción del "fin de las ideologías", seguido por el análisis, desde el contexto hispanohablante, del escándalo de los fondos de la CIA, estallado en 1967, y el comentario de la marginación del núcleo español de Cuadernos, tanto en el ámbito de la AILC como durante la transición democrática.
El capítulo décimo presenta un análisis metodológico y conceptual de las acciones encubiertas y apunta a las principales teorías que clarifican y permiten comprender las complejas y muy dispares relaciones de los intelectuales españoles y latinoamericanos con el CLC.
Finalmente las conclusiones contienen una reflexión sobre los escollos epistemológicos a la hora de estudiar las acciones encubiertas desde la actualidad, complementada por consideraciones generales que suscita a la autora el legado del CLC en España: el paso del "fin de las ideologías" al actual ascenso del neoconservadurismo español.
Glondys no tiene empacho en reconocer que la puerta sigue abierta para futuras investigaciones.
Un sentimiento de humildad muy propio de todo historiador profesional para quien el pasado ni termina de pasar ni está del todo alumbrado.
Hay dos temas recurrentes: el de la prolongación en el exilio de las querellas intra-republicanas en la guerra civil y la medida en que unos y otros "se dejaron" instrumentalizar en una una causa pro-norteamericana con tal de que fuera suficiente anticomunista.
Y en este última se plantea la delicada cuestión de hasta qué punto sabían o no el papel oculto de la CIA.
Algo que, por lo demás, la propaganda soviética abordaba más o menos histéricamente.
El primer tema es el que más interesa a quien esto escribe.
Los exiliados, exasperados con la derrota, esparcidos por el ancho mundo y sin recursos, trataron de explicarse y de explicar porqué ocurrió lo que había ocurrido.
Sus portavoces intelectuales y políticos más señeros se dedicaron, casi desde el primer momento, a un ejercicio de proyección.
La culpa la tuvieron los "otros", no ellos.
Esos otros siempre fueron Negrín, los socialistas negrinistas y los comunistas.
Se añadió el "cisma socialista", acaudillado por Indalecio Prieto tan pronto como, gracias al golpe de mano sobre el Vita, estuvo en condiciones de liderar una corriente preexistente y proporcionarle, al igual que a otros no negrinistas, los necesarios medios de subsistencia.
Socialistas caballeristas y besteiristas, expoumistas, republicanos anticomunistas y anarquistas se alinearon en contra de quienes habían querido mantener la resistencia no a ultranza, como se afirmó y afirma todavía hoy por razones ideológicas, sino para posibilitar la evacuación del mayor número posible de cuadros militares, políticos y sindicales y sustraerlos a la venganza de los vencedores.
Ni Prieto ni Araquistaín tuvieron el menor escrúpulo en mentir y desfigurar el pasado.
Se les añadieron personajes de menor alcurnia, pero también relevantes, como Rodolfo Llopis y Carlos Baraibar.
El propio Largo Caballero distorsionó los hechos en sus propias memorias.
Nada de ello es sorprendente.
También lo hizo en su diario el teniente coronel Wolfram von Richthofen, el jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor que procedió al incendio y destrucción sistemáticos de Guernica.
Personalmente no puedo ocultar mi desprecio por Baraibar, quien no tuvo el menor empacho en ofrecerse al embajador franquista como informador sobre los exiliados en Chile.
Supongo que por dinero.
Las versiones de tales socialistas, unidas a los de los expoumistas y anarquistas, consolidaron una interpretación de la guerra civil en la cual la URSS, único asidero de la República, habría querido establecer en España una República popular avant la lettre.
Es una visión que popularizó Bolloten y que han desarrollado, impertérritos, eminentes historiadores norteamericanos como Ronald Radosh o Stanley G. Payne.
Su influencia se encuentra en todos quienes leen la historia hacia atrás o con afanes presentistas.
Últimos ejemplos: el destacado historiador británico Antony Beevor o el ilustre modernista francés Bartolomé Bennassar.
Por no hablar, claro está, del amplio plantel de historiadores autóctonos, militares o no, franquistas o neofranquistas.
En esta distorsión a los expoumistas les corresponde un papel esencial.
No en vano tenían credenciales que les distinguían de los demás grupos: habían estado en la "izquierda", conectaban con figuras trotskistas o extrotskistas con proyección mediática en el mundo de habla inglesa (y algunos en el corazón mismo de la contraofensiva encubierta de la CIA) y habían visto, como tantos otros intelectuales anteriormente comunistas los errores del pasado.
Ni Gorkín (pieza esencial del mecanismo), ni Maurín, ni Iglesias, ni Gironella, ni Alba tuvieron la proyección e influencia de Koestler, Hook o Wolfe pero su influencia sigue estando de actualidad, lo que se hace patente con las actuales recuperaciones de esa línea ideológica por los neoconservadores españoles.
Solo los anarquistas, que también contribuyeron lo suyo, se escapan de la escrutadora mirada de Olga Glondys.
Es verdad que su contribución analítica o historiográfica fue mucho menor.
Resulta difícil leer las memorias de García Oliver, de Mera, las reconstrucciones históricas de Peirats o de Olaya Morales, las disquisiciones militares de Guillén o las político-económicas de Abad de Santillán y no advertir que se sitúan en un plano menos sofisticado.
El caso es que aquellas divergencias de los años de conflicto, amplificadas por las disputas del exilio y las arremetidas financiadas por la CIA, contribuyeron a reducir la potencial eficacia política del exilio republicano.
Se comprende que esta afirmación no guste a algunos autores actuales.
También los antifranquistas necesitan héroes.
Al descartar la oposición comunista, quedan como candidatos las no comunistas.
Los héroes auténticos estarían entre ellas.
Sobre todo en el interior, pero también en el exilio.
En tal sentido la mácula de la CIA es, cuando menos, incómoda.
No obsta que pueda explicarse racionalmente.
El antiamericanismo tiene, por lógica, hondas raíces en España.
En la izquierda sobre todo pero también en la derecha.
No en vano fueron los Estados Unidos los principales sostenedores de la dictadura.
Con la boca pequeña, es cierto, pero por mor de los principios inviolables de la Realpolitik y de la necesidad de conservar, en lo posible a precio de saldo, su alquiler de real estate español en forma de bases, oleoductos, instalaciones militares y facilidades de toda índole.
Todo en aras de la pugna contra el enemigo común.
El hecho de que el principal adversario del régimen fuese una parte sustancial de su propio pueblo no preocupó demasiado en las alturas políticas y estratégicas de Washington.
En esta perspectiva, Glondys abre el delicado tema de quién sabía lo que había detrás con una cita de John Hunt, el sucesor de Josselson: "Lo sabían, y sabían tanto como quisiesen saber, y si sabían más, sabían que tendrían que irse; por lo tanto se negaban a saber" (p.
Naturalmente, desde el punto de vista intelectual estricto no merece la pena subrayar que Prieto era de los que sabían y denunciaban.
Conviene más, por razones de self-image, proteger a los intelectuales que mantuvieron enhiestas las banderas de la pureza republicana.
También se olvidan en tal ejercicio los ataques al propio Prieto.
Gorkín y Araquistaín sobresalieron en este empeño.
Por otro lado, no cabe desconocer que numerosos antifranquistas, en el interior y en el exterior, colaboraron con el CLC para engrosar la lucha contra la dictadura (p.
Con independencia de lo que pudieran pensar sobre el papel soviético en la guerra civil, en los años sesenta era un hecho que la URSS no constituía un régimen demasiado apetitoso.
El libro defiende que razones ideológicas y crematísticas, agendas particulares, antifranquismo y el simple deseo de conseguir una mayor proyección internacional formaron una especie de imán que atrajo a muchos intelectuales españoles y latinoamericanos a las páginas de Cuadernos y a los acogedores brazos del CLC.
No creo que haya en ello nada particularmente reprensible.
De joven estudiante en Berlín viajé extensamente por la entonces República Democrática Alemana y algunos países del Este.
Lo que ví no me convenció.
Tampoco me hizo furiosamente anticomunista pero a mi vuelta a España no se me ocurrió acercarme al PCE.
Compañeros de estudios míos sí lo hicieron, motivados esencialmente por el antifranquismo.
Todo esto es algo banal, ya ilustrado en algunos casos notables.
Glondys trata el tema con delicadeza y subraya que el hecho de colaborar con el CLC no significaba estar a sueldo de la CIA (aunque en el caso del Gorkin que escribió su famoso panfleto de España, un ensayo de democracia popular no podría decirse lo mismo).
Glondys no defiende en ningún momento, como ha insinuado Gracia, la noción de que el CLC convirtió a sus colaboradores en "instrumentos intelectuales de la propaganda yanqui".
Al contrario, con un riguroso aparato conceptual y metodológico, Glondys exime de tan grave acusación a numerosos intelectuales antifranquistas del exilio y del interior.
Véanse los casos, por ejemplo, de Ayala, Caballero Bonald o Castellet entre muchos otros.
El CLC tendió, esencialmente, a neutralizar la influencia comunista entre los intelectuales españoles.
Ello no conlleva el descrédito de los multivarios componentes de la heterogéna oposición antifranquista.
Tampoco argumenta Glondys que el CLC, con su promoción del "fin de las ideologías", tuviera de por sí la capacidad suficiente para neutralizar los efectos del exilio republicano.
Lo que sí hace, y en ello quien esto escribe está en total acuerdo, es afirmar que las insalvables divisiones del exilio, sus errores de cálculo político y el inevitable desgaste de sus protagonistas fueron otros tantos factores de primera magnitud que le restaron fortaleza.
Ya lo advirtió, en las memorias que he tenido el honor de rescatar, aquel gran diplomático y catedrático de universidad que fue Pablo de Azcárate.
El ángulo anticomunista fue solo un aspecto de la variada actividad del exilio.
Si algo puede achacarse a Glondys es que no lo subraye lo suficiente, como he hecho yo mismo.
Obedecía a la clásica máxima de que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo".
Para quienes tenían una necesidad existencial de "salvar" sus propias actuaciones en la guerra civil, utilizar el anticomunismo fue una palanca que debía contribuir a acercar al exilio a los decisores occidentales.
Las democracias de Occidente siempre valoraron más la estabilidad geoestratégica y geopolítica que ofrecía Franco en un rincón sensible del roll-over retórico o del containment anticomunista que las elucubraciones sobre el futuro deseable para España de un grupo variopinto que, por lo demás, constituyeron en el plano político un remedo de la clásica jaula de grillos.
No extrañará que José Carlos Mainer eligiera una de las afirmaciones de Glondys para resaltarla en su prólogo: "La emigración republicana de 1939 es, probablemente, el exilio político europeo del siglo XX que más retórica autodestructiva empleó".
Tiene que ver no solo con las transformaciones del mundo occidental, la pugna de los bloques, el desgaste existencial y generacional del exilio.
Pero también tiene que ver con el trabajo encubierto de la CIA en los ámbitos político, ideológico e intelectual de la posguerra.
Porque de lo que no parece caber duda es que el anticomunismo radical de algunos de los principales exponentes del antifranquismo, enraizado en las querellas de la guerra civil, se vio estimulado y potenciado por el trabajo de organismos como el CLC.
El temita del final de las ideologías, entre nosotros tan caro al avezado pensador que fue el diplomático y ministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, da para mucho.
Nada de ello impide que, a la vez, en su actuación entre los intelectuales españoles y latinoamericanos, el CLC, de la misma manera que contribuyó a algunos de sus propios objetivos y de sus valedores, también lo hizo a agendas y prioridades particulares de quienes se sumaron a sus actuaciones y publicaciones.
En definitiva el libro de Glondys plantea cuestiones muy importantes como, por ejemplo, la permeabilidad de la realidad histórica y las epistemologías individuales a los discursos manipulados de forma oculta por los poderes hegemónicos durante medio siglo.
Un mundo, en realidad, muy lejano de lo que Jordi Gracia cree percibir en esta obra.
Es deber del historiador reconstruir el pasado en toda su complejidad y en la medida de lo posible.
Con aparatos conceptuales y metodologías adecuados.
Y sin caer en la tentación de cebarse en acusaciones de anticomunismo primario.
A Glondys no podrá acusársele de simpatías comunistas.
A quien esto escribe tampoco. |
Se diplomó en Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Murcia, cursando posteriormente la Licenciatura en Documentación.
Ha realizado estudios de postgrado en Estudios Avanzados en Documentación.
Se encuentra actualmente (2013) desarrollando el doctorado en Historia Social Comparada, según la línea de investigación de Técnicas de Recuperación de la Información para la Investigación Histórica.
Ha trabajado para la Universidad de Murcia al servicio de la Cátedra de Historia Naval.
Del mismo modo ha participado en proyectos llevados a cabo en conjunto por el Ministerio de Defensa y la Universidad de Murcia, en relación con la digitalización de fondos de archivos navales y la elaboración de una base de datos de pecios de navíos españoles a lo largo de la historia.
Entre sus publicaciones destaca "La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Propuesta metodológica para la evaluación de sus contenidos" publicada en Tejuelo y editada por ANABAD.
Ha participado también en el diseño de publicaciones para la Universidad de Murcia y el Ministerio de Defensa.
Doctora en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid (2002) y profesora titular interina en el Departamento de Lingüística Aplicada a la Ciencia y a la Tecnología de la Universidad Politécnica de Madrid (Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica de Telecomunicación).
Interesada por el análisis del discurso y la lingüística computacional, desde el año 2007, desarrolla parte de su investigación en el ámbito de la comunicación en redes sociales y, en colaboración con investigadores del Departamento de Ingeniería y Arquitecturas Telemáticas de la EUIT de Telecomunicación, ha participado en diversos estudios dentro del área de la esteganografía lingüística.
Es coautora de varios artículos sobre este tema entre los que se encuentran: "Modificaciones Sintácticas en lengua Española con utilidad en Esteganografía Lingüística" y "Modificaciones sintácticas basadas en la reordenación de complementos del verbo con utilidad en esteganografía lingüística", volumen 8 año 2009 y volumen 10 año 2011 respectivamente de la Revista Electrónica de Lingüística Aplicada (RAEL).
También ha presentado otros estudios más relacionados con el análisis del discurso en redes sociales en congresos internacionales: "Twitter a new global genre: a contrastive study of the use of language in English and Spanish", 43rd Annual Meeting of BAAL Applied Linguistics Global and Local (Aberdeen, 2010) y publicado artículos sobre este tema como "An insight into Twitter: A corpus based contrastive study in English and Spanish" en el número 7 de 2012 de la Revista de Lenguas y Lingüística Aplicada.
Profesora de la Universidad Católica de Valparaíso.
Posee un Doctorado en Psicología por la Universidad de Chile.
Actualmente se desempeña como jefe de docencia en la Escuela de Psicología de la misma casa de estudio.
Su línea de investigación se vincula al tema de los estados de ánimo en contextos organizacionales.
Ha participado en dos proyectos FONDECYT No 1010319 y FONDECYT No 1110589 sobre la relación entre clima escolar entendido como estado de ánimo colectivo y su relación con el rendimiento escolar.
En la misma línea de investigación, desarrolló el proyecto FONIDE en el cual se evalúa el impacto del ambiente escolar sobre los resultados PISA 2009 en Chile.
Actualmente participa de un proyecto FONDEF No 12I10243, mediante el cual se amplía la actual concepción de calidad educacional en Chile, para incorporar variables sociales de bienestar y potencia.
Asociada a esta línea de investigación, ha trabajado el tema del cuerpo y la potencia en organizaciones empresariales.
Ha sido responsable de dos proyectos DI relacionadas al tema del estado de ánimo de la resignación y la construcción de subjetividades laborales en Chile.
Entre sus publicaciones destacan: Espinoza, Ascorra y Nuñez.
Buenas madres buenas trabajadoras: estudio de la educación secundaria en Chile.
Estudios Filosofía práctica e historia de las ideas, No 14.
La concepción del temple anímico y cuerpo de Deleuse y Zubiri aplicado a la teoría administrativa.
Revista Análisis Organizacional, No2.
El gerenciamiento de los estados de ánimo: un estudio de caso en una organización chilena.
Catedrática de Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Murcia (España).
Doctora en Filosofía y Letras, Licenciada en Geografía e Historia y Diplomada en Biblioteconomía y Documentación.
Es también Auditora de Calidad.
Sus principales líneas de investigación abarcan las técnicas documentales aplicadas a la investigación, gestión de calidad, Administración electrónica y difusión del patrimonio histórico documental.
Actualmente dirige dos proyectos I+D+i sobre recuperación, difusión e inmersión semántica en la web del patrimonio documental naval español y es responsable del área de gestión de la investigación y difusión del conocimiento en la Cátedra de Historia Naval (Armada Española-Universidad de Murcia).
Ha sido profesora invitada en varias universidades españolas y extranjeras, dirigido varias tesis doctorales y es miembro del comité de redacción de diversas revistas científicas de reconocido prestigio.
Es autora de más de 100 trabajos entre artículos, libros, capítulos de libro, comunicaciones y ponencias.
Entre sus últimas publicaciones destacan una monografía sobre La administración local española en Internet (1997-2002), diversos artículos sobre análisis de webs de instituciones culturales (como catálogos de bibliotecas o el Portal de archivos españoles PARES), y también sobre repositorios digitales para la investigación y la docencia en Humanidades.
Su perfil académico y producción científica está en la siguiente dirección electrónica: http://celiachain.wordpress.com
Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y Catedrático de Historia de la Filosofía Contemporánea del Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
Es Director del Postgrado de Filosofía de la misma institución.
Es miembro y profesor de la Fundación Xavier Zubiri de Madrid.
Es Director del Centro de Estudios Hegelianos y Editor Jefe de la Revista de Estudios Hegelianos [URL].
Además, es Director de Desarrollo del Instituto de Sistemas Complejos de Valparaíso [URL], y Editor Jefe de Editorial Midas [URL].
Ha ganado dos Proyectos Fondecyt como Investigador Responsable en torno a Zubiri (proyectos con duración de 3 años cada uno): El problema del tiempo en Zubiri (Proyecto No: 1060475) y Realidad y cuerpo en Zubiri (Proyecto No: 1110507).
Y ha sido Patrocinador de otros dos proyectos Fondecyt (de Postdoctorado).
Investigador Patrocinante FONDECYT No 3085042: "El problema del tiempo biológico desde el horizonte de la filosofía de Zubiri" del Dr. Esteban Vargas.
Investigador Patrocinante del Proyecto FONDECYT N° 3120131: "Geofilosofía de la ciudad latinoamericana" del Dr. Patricio Landaeta.
Ha escrito y editado seis libros: Realidad y tiempo en Zubiri (Granada, Comares, 2006), Zubiri ante Heidegger (Herder, Barcelona, 2008), Hegel.
La transformación de los espacios sociales (Concón, Midas, 2012), Flashback.
Realidad y ser en Zubiri (Granada, Comares, 2013) y Potencias el pensamiento de Xavier Zubiri (Granada, Comares, 2013).
Ha escrito más de 70 artículos en torno a Deleuze, Zubiri, Heidegger, Hegel, Nietzsche, etc. en revistas indexadas (Pensamiento, Arbor, Aurora, Alpha, Veritas, Estudios, Ideas y Valores, etc.).
El tema de su investigación es el análisis de nuevas lógicas que permitan repensar la sociedad civil desde una mirada más corporal e integradoras de los hombres.
María Luisa GARCÍA HERNÁNDEZ.
Becaria de la Universidad de Murcia, de Formación de Profesorado Universitario (FPU) por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.
Licenciada en Pedagogía por la Universidad de Murcia (2007), posee un Máster en Tecnología Educativa: e-learning y gestión del conocimiento por la Universidad de las Islas Baleares (2009/2010).
Actualmente se encuentra concluyendo su Tesis Doctoral sobre la evaluación de los aprendizajes universitarios y las destrezas cognitivas desarrolladas por los estudiantes en la titulación en Pedagogía.
Ha realizado estancias de investigación en la Universidad de Santiago de Compostela y la Universidad de Évora (Portugal).
Ha participado como investigadora en varios proyectos de investigación financiados en convocatorias competitivas y actualmente forma parte del proyecto en curso "La formación histórica de los jóvenes en Historia de España y su relevancia en el desarrollo de las competencias ciudadanas.
Sus líneas de investigación están enfocadas a la evaluación de aprendizajes universitarios, las operaciones cognitivas y la percepción del alumno como agente de información.
Ha contribuido con diversas comunicaciones a congresos Internacionales de Educación además de diversas publicaciones.
Profesora titular de Historia del Arte de la Universidad de Murcia.
Realizó su tesis doctoral sobre Mencía de Mendoza y el coleccionismo artístico en el Renacimiento.
Ha disfrutado de períodos de investigación en la Hispanic Society of New York, el Institute of Fine Arts de Nueva York y el Warburg Institute de Londres.
Ha sido conferenciante en instituciones como el Museo del Prado o el Victoria & Albert Museum.
Ha participado en diversos proyectos de investigación como The Mencía de Mendoza Research Project de The Paul Getty Reseach Institute.
Entre sus principales estudios publicados destacan las monografías Miradas de mujeres.
El patronazgo artístico y el arte del Renacimiento, así como Arte, poder y género en el Renacimiento español.
El patronazgo artístico de Mencía de Mendoza y diversos artículos científicos sobre coleccionismo femenino publicados en revistas como Goya, The Book Collector o Women's Studies.
Javier de la HIGUERA ESPÍN.
Profesor en el Departamento de Filosofía II de la Universidad de Granada.
Su investigación se ha desarrollado en el ámbito de la filosofía contemporánea, en particular, del "pensamiento de la diferencia", a partir de su tesis doctoral sobre M. Foucault, al que ha dedicado un libro (Michel Foucault: la filosofía como critica, 1999) y del que ha editado Sobre la Ilustración (2003 y 2006).
Entre las publicaciones relacionadas con esa línea de investigación se encuentran: "Hermenéutica del sentido, hermenéutica del poder" (en El legado de Gadamer, 2004), "La posibilidad de la ontología" (en Pensar la nada.
Ensayos sobre filosofía y nihilismo, 2007), "Cerrar el horizonte, abrir el mundo" (en Nihilismo y mundo actual, 2008), "Política de la exterioridad" (en Itinerarios del nihilismo.
La nada como horizonte, 2009), "Tecnologías del cuidado del mundo" (en Occidente enfermo.
Filosofía y patologías de civilización, 2012), «París et les montagnes, au sommet du monde» (en Technologiques: La pharmacie de Bernard Stiegler, 2013).
Desde esa misma perspectiva de la ontología de la actualidad, ha desarrollado también una línea de investigación complementaria sobre literatura y pensamiento barroco español, en relación con la cual se pueden mencionar: "El lugar del ensayo" (en El ensayo: entre filosofía y literatura, 2002); «Lo insoportable de la verdad» (en El mundo de Baltasar Gracián, 2003); «La literatura o cómo decir lo invisible» (en Daimon, 2005); «El Barroco y nosotros.
Perspectiva del Barroco desde la ontología de la actualidad» (en Andalucía Barroca, vol. IV, 2008); «Secreto teológico y finitud.
La lectura de la ontología barroca» (en Razón de Occidente.
Doctora en Pedagogía y profesora Investigadora postdoctoral de Formación, Docencia e investigación en la Universidad de Barcelona.
Miembro del Grupo Consolidado por la Generalitat de Cataluña Formación Docente e Innovación Pedagógica y coordinadora de la Red Europea y Latinoamericana de Formación e Innovación Docente.
Sus líneas de investigación son: Organización y Gestión de Centros; el Conocimiento Profesional de los Docentes y los Estudios de Género.
Ha participado en acciones formativas y proyectos de investigación nacionales e internacionales sobre la formación del profesorado así como en proyecto de cooperación internacional en Europa y Latinoamérica.
Es autora de: Reformas Educativas en Educación Superior: Una Mirada desde Europa y Latinoamérica (2010); Las Universidades Europeas del Siglo XXI.
Competencias Laborales de sus Directivos Académicos: El Caso De España (2010); La Internacionalización de la Educación Superior en España.
Una revisión esencial de las reformas universitarias (2010); Políticas de equidad y cohesión social en la educación superior en España.
Estudi de cas a la UAB i a la UB (2011); Momentos de cambios, momentos de contradicciones en las universidades españolas (2011); Espacio de género, una política en las universidades españolas a favor de la Igualdad (2012); Análisis trasversal de la Comisión de Género de la Universidad de Barcelona sobre los informes institucionales de Latinoamérica (2013); El rol de la Educación Superior en los planes nacionales de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres en Europa.
Análisis trasversal de la Comisión de Género de la Universidad de Barcelona (2013).
Licenciado en Administración y Dirección de Empresas y Licenciado en Investigación y Técnicas de Mercado por la Universitat Oberta de Catalunya, Diplomado en Empresariales por la Universitat de València y Técnico Especialista en Informática de Gestión por la UPV.
Actualmente es Colaborador I+D del Instituto Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero y Coordinador Técnico base de datos "Bibliografía Histórica de la Ciencia y de la Técnica en España" del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero.
Además es el responsable de la Gestión administrativo/académica del Máster Historia de la Ciencia y Comunicación científica y Programa de Doctorado que imparte la Universitat de València.
Entre sus trabajos publicados hay que destacar el titulado Nueva etapa de la base de datos Bibliografía Histórica sobre la Ciencia y la Técnica en España (realizado con Ma Luz López Terrada, Julia Osca-Lluch y Francisco Martí) publicado en el año 2011 en la Revista Española de Documentación Científica.
Estudiante de doctorado en ciencias de gestión en la Université de Lorraine, Francia.
Miembro del Centre Européen de recherche en économie et finances (CEREFIGE).Posee un master en ingeniería industrial por parte del Instituto Politécnico Nacional en México.
Sus investigaciones están enfocadas a la Empresa, particularmente a la Pyme.
Combinando la ingeniería y la administración, sus líneas de investigación están dirigidas sobre la dinámica del valor, el proceso de generación de efectivo, el emprendimiento y la innovación, apoyándose en el estudio de la teoría de complejidad y de la epistemología constructivista, dando como resultado la participación en capítulos de libros y artículos revistas.
Así mismo ha dirigido diversos proyectos de consulting en empresas Mexicanas sobre estrategia e ingeniería industrial.
Doctor de telecomunicaciones por la Universidad Politécnica de Madrid (2010).
Actualmente realiza una estancia postdoctoral en la Universidad Carlos III de Madrid en el departamento de Ingeniería y Arquitecturas Telemáticas.
Su línea principal de investigación es la seguridad informática y la protección de datos digitales.
Como variante a esta última línea de investigación profundizó en técnicas NLP para el diseño de algoritmos de esteganografía lingüística.
Sus investigaciones más recientes en este campo son:
- Lingüística computacional y esteganografía lingüística.
Distribuyendo información oculta con recursos mínimos. by Alfonso Muñoz, Irina Argüelles.
Indexada: DIALNET, CINDOCMETALIB, DOAJ, MLA, Portal del Hispanismo, Ministerio de Cultura.
Profesora ayudante doctor en ISEN, centro adscrito a la Universidad de Murcia.
Licenciada en Pedagogía por la Universidad de Murcia, posee un Máster en Tecnología Educativa: e-learning y gestión del conocimiento por la Universidad de las Islas Baleares.
Doctora en Pedagogía por la Universidad de Murcia, con mención de doctorado internacional, su Tesis versa sobre el desarrollo de competencias ciudadanas en el alumnado a partir de la enseñanza de la Historia de España.
Ha realizado estancias de investigación en el Instituto de Historia del CSIC, la Universidad de Sevilla y la Universidad de Évora (Portugal).
Ha sido investigadora de varios proyectos de investigación financiados en convocatorias competitivas y actualmente forma parte del proyecto en curso "La formación histórica de los jóvenes en Historia de España y su relevancia en el desarrollo de las competencias ciudadanas.
Su línea de investigación está enfocada a la evaluación de competencias ciudadanas dando la voz al alumnado, así como el desarrollo de éstas ante problemáticas sociales.
Cuenta con diversas publicaciones en congresos internacionales de educación y ciencias sociales, así como con artículos de investigación en revistas indexadas, como Revista de Educación, Investigación en la Escuela y Arbor.
Científica Titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, desarrolla su labor profesional en el Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero (CSIC-Universidad de Valencia).
Doctora en Psicología por la Universidad de Valencia.
Actualmente es Jefa del Departamento de Historia de la Ciencia del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero, Co-directora (junto con Ma Luz López Terrada) de la base de datos Bibliografía de Historia de la Ciencia y de la Técnica y Directora adjunta de la Revista Española de Drogodependencias.
También es miembro de la Comisión Técnica de Evaluación y Seguimiento en materia de Cooperación al Desarrollo de la Universidad de Valencia.
Investigadora principal de catorce proyectos nacionales de investigación competitivos, dedicados fundamentalmente al estudio de la producción, colaboración y consumo de información científica, su actividad investigadora se refleja en la publicación de más de ochenta trabajos, entre ellos: Dissemination of Spanish Social Sciences and Humanities, 2005 (en colaboración con Haba, J.); Some considerations on the use of the impact factor of scientific journals as a tool to evaluate research in psychology, 2005; Co-authorship and citation networks in Spanish history of science research, 2009 (en colaboración con Velasco, E., López, M. y Haba, J); Consecuencias de los errores en las referencias bibliográficas.
El caso de la revista Psicothema, 2009 (en colaboración con Civera, C. y Peñaranda, M.); Aplicación del análisis de redes al estudio de la investigación española de historia de la ciencia (2010); Aspectos regionales de las revistas españolas de ciencias sociales: calidad y visibilidad internacional (2012).
María del Rosario PÉREZ-SALAZAR.
Ingeniero Electrónico, egresada del Instituto Tecnológico de Puebla.
Cursó sus estudios de posgrado en Ingeniería Industrial en el Instituto Politécnico Nacional de México, obteniendo mención honorífica.
Colaboró con el sector industrial con proyectos de automatización y control.
Cuenta con publicaciones académicas en el International Journal of Industrial and Systems Engineering y en The Industrial and Systems Engineering Research Conference 2013.
A partir de 2011 labora como profesor de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Superior de Tantoyuca, en el programa de Maestría en Ingeniería Industrial; dentro de la línea de investigación "Optimización de sistemas y procesos", teniendo como áreas de interés la Modelación matemática aplicada a la toma de decisiones y análisis de incertidumbre, Simulación de eventos discretos, y Tecnologías de la Información Empresariales.
Es integrante del Cuerpo Académico Multidisciplinario del Consejo Interinstitucional Veracruzano de Educación, responsable de la revisión de propuestas curriculares de Instituciones de Educación Superior del Estado de Veracruz, México.
Licenciada en Psicopedagogía y Doctora en Educación por la Universidad de Santiago de Compostela.
Actualmente, profesora Contratado Doctor en el Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Facultad de Educación en la Universidad de Murcia.
Es miembro de la Asociación Iberoamericana de Docencia Universitaria (AIDU) y del equipo de investigación "Equidad e Inclusión Educativa" de la Universidad de Murcia.
Sus principales líneas de investigación versan sobre: evaluación de estudiantes, didáctica, formación de profesores y estudiantes en riesgo de exclusión educativa.
Cuenta con diversas publicaciones en congresos internacionales de educación y ciencias sociales.
Entre sus publicaciones, destacan: Trillo Alonso, F. y Porto Currás, M. (2002): La evaluación de los estudiantes en el marco de la evaluación de la calidad de las Universidades.
Luzón Trujillo, A.; Porto Currás, M.; Torres, M.; Ritacco, M. (2009): Buenas prácticas en los programas extraordinarios de atención a la diversidad en centros de Educación Secundaria: una mirada desde la experiencia.
Revista de Currículo y formación del Profesorado, 13.
Porto Currás, M. (2010): Inclusión de la evaluación de estudiantes como indicador de calidad: avances en los últimos diez años.
En Revista Iberoamericana de Educación, 52-3.
Porto Currás, M. (Coord.) (2010): Técnicas de Evaluación en el EEES: Ejemplos prácticos.
Igor Antonio RIVERA GONZÁLEZ.
Cursó los estudios de Ingeniería Industrial en Electrónica en el Instituto Tecnológico de Puebla (1997).
Posteriormente obtuvo el DEA (2001) y el Doctorado (2005) en Ingeniería Industrial en el Institut National Polytechnique de Grenoble, en Francia.
Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México (Nivel 1) y es profesor investigador de la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería y Ciencias Sociales y Administrativas (UPIICSA) del Instituto Politécnico Nacional de México.
Además coordina el departamento de Investigación y Vinculación de la UPIICSA.
Su línea de investigación trata sobre las dinámicas sociotécnicas en los proyectos de innovación y gestión tecnológica.
Es autor del libro "La sélection d 'un ERP et les processus d' apprentissage d 'acteurs" y coordinador de los libros: "Administración de la Cadena de Suministros.
Diseño y aplicación de modelos en empresas mexicanas", "Desarrollo Tecnológico y Empresarial.
Agentes y Aplicaciones" y "Herramientas tecnológicas para la toma de decisiones.
Diseño y Aplicación de Modelos y Algoritmos".
Entre sus artículos más importantes se encuentran: "ERP Selection: A literature review", en: International Journal of Industrial and Systems Engineering y "La dimensión innovadora de la empresa", en International Journal of Projectics y "Reconstruyendo el enfoque del aumento y generación del efectivo para las PYMES de manufactura", en: Contaduría y Administración.
Es miembro del Comité Editorial de la Revista Gestión y Estrategia (UAM) y del Comité Editorial de UPIICSA-IPN y miembro del Comité de Evaluadores de las revistas: Contaduría y Administración (UNAM) e International Journal of Projectics (Bélgica).
Profesor Titular de la Universidad de Granada, donde imparte literatura inglesa del siglo XX y literatura norteamericana (novela y poesía).
Sus principales líneas de investigación son las relaciones literarias anglo-hispánicas, anglo-helénicas y anglo-chipriotas así como la literatura de viajes en lengua inglesa por España y por el Mediterráneo en general.
Entre sus obras destacan Libros de viajes en lengua inglesa por la España del siglo XX (GEU, 2004), Sibaritas al sol: aventuras y desventuras de los residentes de habla inglesa en España según sus relatos de viajes (GEU, 2006), La Guerra Civil española vista por los viajeros y los historiadores de habla inglesa (U. de Granada, 2008) y Guardias civiles, bandoleros, guerrilleros, carabineros contrabandistas y turistas en la literatura inglesa contemporánea (1844-1994) (Peter Lang, 2010).
Es asimismo coautor de English TravelLiteratureonCyprus (1878-1960) (CEBNCh y A. G. Leventis Foundation, 2004) y coeditor de El bisturí inglés: Libros de viajes e hispanismo en lengua inglesa (U. de Jaén y UNED, 2004), The English Lake: British Travellers in the Mediterranean (U. de Granada, 2006), Travels, Travellers and Travelogues (U. de Granada, 2007), Las cosas de Richard Ford: Estampas varias de la vida y obra de un hispanista inglés en la España del siglo XIX (U. de Jaén, 2010) y Women'sTravelWriting in Iberia (Chatto&Windus, en prensa), entre otros.
Profesora Titular del área de Didáctica y Organización educativa de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Acreditada Catedrática por ANECA desde junio del 2011.
Pertenece al Grupo EDO (Equipo de Desarrollo Organizacional).
Dirige el grupo "Gestión del cambio en la Universidad" y como tal pertenece al Consejo Asesor del Observatorio para la Igualdad de la UAB.
Su actividad docente se centra principalmente en el Grado de Pedagogía y en el Máster de Investigación educativa impartiendo asignaturas o módulos relacionados con las organizaciones educativas, el liderazgo y dirección que en ellas se ejerce así como temas como la cultura organizacional, el clima (2004ARIE-00026), el conflicto y la comunicación.
Sus líneas de investigación giran, prioritariamente, entorno a la institución universitaria: cambio de cultura en la universidad(I+D+i 2003-05 MCyT), liderazgo y participación en los órganos de gobierno de la universidad (2005RDG-10003), innovación universitaria (SEJ2005-09237-C02-01/EDUC MEC), toma de decisiones en la universidad, visibilidad de las profesoras en la universidad (005/07IM).
Muestra de estas investigaciones son las publicaciones en revistas internacionales, europeas y españolas y libros como La universidad vista desde la perspectiva de género Barcelona: Octaedro (2011).
Conflicto y comunicación organizacional en los centros de formación.
Modelos e instrumentos de gestión Ed.
Todos ellos publicados conjuntamente con el equipo de investigación.
Esteban Andrés VARGAS ABARZÚA.
Licenciado en Filosofía y Biología por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Ha realizado una investigación postdoctoral (2008-2009) en el tema "El problema del tiempo biológico desde el horizonte de la filosofía de Zubiri" auspiciada por Fondecyt, Chile, la Fundación Zubiri de Madrid y la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, institución de la que es actualmente profesor en el Instituto de Ciencias Religiosas.
El autor investiga en filosofía de la naturaleza, filosofía de la mente y, en especial, en la filosofía de Xavier Zubiri.
Fruto especialmente de esta investigación postdoctoral han surgido los escritos ya publicados llamados "El problema del tiempo biológico en Zubiri", "Estudio de la vida en Zubiri: un breve recorrido desde sus primeros cursos extrauniversitarios hasta Inteligencia Sentiente", "Relación entre el concepto de gen en la genética y el concepto de esencia en el libro Sobre la esencia de Xavier Zubiri", "Tiempo y sucesión ecológica en Ramón Margalef" y "Tiempo y evolución".
El autor ha editado los textos "El concepto de materia" y "El ser vivo" de Xavier Zubiri para la Fundación Xavier Zubiri de Madrid como Segunda Edición del libro Espacio, Tiempo, Materia, 2008, y El hombre y Dios, Nueva edición, 2013. |
La agroecología como ecología de los sistemas agrarios, tiene como objetivo principal el conocimiento de elementos y procesos claves que regulan el funcionamiento de los agrosistemas, con el fin de establecer las bases científicas para una gestión eficaz de los sistemas agrarios, en armonía con el ambiente.
Dicho conocimiento se proyecta hacia la preocupación por la salud de los ciudadanos, así como del bienestar social y económico de los agricultores, contribuyendo a la vez a propiciar un desarrollo solidario.
La agroecología surge como una alternativa a las llamadas "Revoluciones Agrarias" que han servido de base a la implantación de tecnologías agrarias reduccionistas.
Conviene recordar que el científico que acuña el término de Ecología fue el biólogo alemán Ernst H. Haeckel (1869), quien la define como: "el estudio de las relaciones de un organismo con su ambiente inorgánico u orgánico" (Margalef, 1974).
Siguiendo a Haeckel, durante mucho tiempo los ecólogos han tenido una tendencia a utilizar una terminología compleja, que en realidad resulta ser superficial en muchas ocasiones, pues apenas ha servido más que para disimular la ausencia de conocimiento concreto.
Una de las definiciones del concepto de ecosistema es la del "conjunto de individuos de muchas especies en el seno de un ambiente de características definibles, e implicadas en un proceso dinámico e incesante de inte-
racción, ajuste y regulación, expresable como intercambio de materia y energía".
Debemos recordar que "si se prescinde de la especie humana no es posible entender el funcionamiento presente de la mayor parte de los ecosistemas" (Margalef, 1974).
Las consecuencias negativas sobre la salud de las personas y el medio ambiente de las prácticas agrarias reduccionistas fueron denunciadas por Carson (1962) y son una de las causas que conducen a la denominada crisis ambiental de finales de los sesenta del siglo pasado, que dio lugar al nacimiento de los movimientos ecologistas.
Uno de los mayores impactos de la agricultura reside en la aplicación masiva de agroquímicos y maquinaria agraria pesada, que constituyen los logros más destacados de la "Revolución Agraria" iniciada en el siglo XIX, aprovechando las ventajas del rápido desarrollo de los conocimientos de la química y de la mecánica.
Al mismo tiempo se olvida paulatinamente el conocimiento campesino, resultado de diez mil años de cultura agraria, que ha permitido el desarrollo de una agricultura adaptada a las características ecológicas de cada región, comarca o localidad.
Los seguidores de la "Revolución Agraria", no sólo se han olvidado de los conocimientos de la cultura tradicional, sino que han llegado a considerarla obsoleta y propia de países no desarrollados (Gliessman et al., 1981; Guzmán-Casado et al., 1999; García Álvarez et al., 2004García Álvarez et al.,, 2005)).
Es necesario introducir nuevos planteamientos para la producción de alimentos que tengan como referencia el concepto ineludible de sostenibilidad, sin que ello signifique el olvido de los avances científicos y tecnológicos que han tenido lugar en el sector agrario en las últimas décadas, sino que, por el contrario, y haciendo uso de ellos, se utilicen con el fin de seguir produciendo alimentos de calidad, competitivos en el mercado, a costes razonables para el agricultor.
Sin embargo, no deben olvidarse las exigencias para una protección del medio y de la conservación de los recursos naturales en el contexto del paisaje.
Por otro lado, una producción estable sólo se puede llevar a cabo dentro de una organización social que proteja la integridad de los recursos naturales y que asegure la interacción equilibrada de los seres humanos, el agroecosistema y el ambiente (Altieri, 1997; Ibáñez et al., 2005).
Los científicos preocupados con la demanda de los ciudadanos deben tratar de encontrar alternativas para resolver los problemas creados por unas prácticas agronómicas que tienen un fuerte impacto sobre el suelo, el medio ambiente y la salud de las personas, teniendo principalmente como referencia los conocimientos de la biología y la ecología (Altieri, 1997).
Entre los logros obtenidos debemos señalar la selección de agentes de control biológico de los organismos patógenos, así como la implementación de alternativas no químicas al empleo de pesticidas (Stirling, 1991; Bello et al., 2003; Díez-Rojo et al., 2006) y la obtención de plantas y animales resistentes a plagas y enfermedades.
En el campo de la nutrición vegetal, se desarrolla el conocimiento de la fijación biológica de nutrientes, proponiendo la "manipulación" de la biología del suelo.
La agricultura de no laboreo surge también, como alternativa al uso de maquinaria que altera la estructura de los suelos y produce compactación (López-Fando y Bello, 1997).
Esta técnica agrícola, debido a una falta de visión ecológica provoca, sin embargo, en la mayoría de los casos, el incremento del uso de herbicidas para el control de la flora arvense.
Todo lo anterior suele estar incluido dentro de los logros de la "Revolución Verde".
Los resultados de la "Revolución Verde" y de los programas de control biológico considerados altamente positivos en su primera etapa, han servido de referencia en los años ochenta a la "Revolución Biotecnológica" que llega a proponer la creación de "plantas con luz propia", descubrimiento científico más propio de una exposición que para ser utilizado en la gestión de los agrosistemas.
La biotecnología, en sólo 20 años, trata de revolucionar la agricultura en nombre incluso de la ecología, olvidándose en muchos de los casos del sentido común que durante diez mil años de creatividad, y de conservación de recursos (conservar o desaparecer), ha dado lugar a las técnicas y métodos desarrollados por la agricultura tradicional.
El tiempo transcurrido es aún corto para evaluar las consecuencias que para el ser humano y la naturaleza pueden tener unas tecnologías basadas en planteamientos reduccionistas, que en los últimos años han reemplazado los conocimientos de la química por los de la biología.
De las etapas anteriores todos conocemos los fenómenos de degradación de suelos por el uso y abuso de maquinaria y agroquímicos.
Las graves consecuencias derivadas de la "Revolución Verde" podrían ilustrarse con el efecto de pesticidas como el bromuro de metilo (BM), un fumigante del suelo utilizado para el control de los patógenos de las plantas, que ha transformado los problemas de impacto A. BELLO, J. A. LÓPEZ-PÉREZ, M. A. DÍEZ-ROJO, J. LÓPEZ-CEPERO Y A. GARCÍA-ÁLVAREZ local de los pesticidas en un problema global, ya que contribuye de forma notable a la destrucción de la capa de ozono estratosférico (Bello et al., 1997; Porter et al., 2006; Barrés et al., 2007).
Una gran mayoría de ciudadanos son conscientes del impacto ambiental y sobre la salud de las técnicas utilizadas en la gestión de los agrosistemas.
Por ello, se comienza a valorar cada vez más una producción agraria basada en los principios de la ecología.
La desorientación actual en agricultura es grande y, como consecuencia, se han difundido nuevos modelos de agricultura que tratan de dar soluciones alternativas, desde la agricultura sustentable a la biodinámica, pasando por la agricultura orgánica, biológica, permeacultura, integrada, certificada, etc. En algunos casos la agricultura se transforma en un paradigma de planteamientos fundamentalistas, en otros se trata simplemente de cambiar el nombre a una agricultura productivista, que esquilma los recursos naturales.
Estos últimos planteamientos nos llevan a afirmar que sólo hay un tipo de agricultura, sin adjetivos, que busca armonizar al ser humano con los principios que regulan el funcionamiento de los sistemas naturales.
ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS AGRARIOS
La aplicación de criterios ecológicos en la gestión de los sistemas agrarios, objetivo fundamental de la agroecología, no debe limitarse a la utilización de los conocimientos científicos de la ecología, desarrollados fundamentalmente a partir de los principios que rigen el funcionamiento de los sistemas naturales, sino que debe consolidar su propio cuerpo como doctrina científica.
En este sentido, la agroecología debe tener en cuenta la importancia que el ser humano tiene en la gestión de los sistemas agrarios, aunque estableciendo claramente sus límites y evitando suplantar los objetivos que persiguen otras disciplinas (p. ej. la Sociología Rural).
Es necesario establecer unos puntos de referencia o principios que sirvan de base para el desarrollo de la agroecología, teniendo en cuenta la diversidad biogeográfica de los agrosistemas.
Por ello, tienen especial relevancia los estudios realizados sobre agrosistemas singulares, presentes todavía en los países en vías de desarrollo, o de los sistemas de montaña, obviando el interés de la aplicación de criterios agroecológicos en la transformación de los sistemas agrarios convencionales de alta productividad.
Capacidad de autorregulación del agrosistema
En agroecología es fundamental conocer la capacidad de autorregulación o resiliencia de los sistemas agrarios, lo que puede permitir un incremento de la rentabilidad de los cultivos, al reducir los gastos que se derivan de la aplicación de prácticas que dependen de insumos externos al sistema, como es el caso de los agroquímicos o la utilización de agentes biológicos para resolver los problemas producidos por plagas y enfermedades.
Debemos considerar que "las plagas y enfermedades no son frecuentes en sistemas biológicos equilibrados" e incluso que los organismos eventualmente patógenos, tienen su función en los cultivos, interviniendo principalmente en los procesos de descomposición de la materia orgánica.
Entre los organismos potencialmente patógenos están los nematodos, que son los principales herbívoros del suelo, junto a los hongos, uno de los principales grupos de descomponedores de la materia orgánica.
La actividad de los nematodos es fundamental en la renovación de los sistemas radiculares de las plantas.
Asimismo, ocupan una función destacada en la fragmentación de la materia orgánica y sólo en los sistemas desequilibrados llegan a producir problemas (Akhtar, 2000).
Para conocer la capacidad productiva de un agrosistema es necesario determinar su capacidad de autorregulación.
Para ello, deben definirse los elementos y procesos claves en la dinámica del sistema.
Por otro lado, sería un objetivo inviable tratar de conocer todos los elementos y procesos que intervienen, debido a la gran complejidad estructural y funcional del agrosistema, además de resultar inabordable desde el punto de vista del agricultor.
Estructura de los agrosistemas
Si nos planteamos el análisis general estructural para un cultivo determinado, obviando su complejidad intrínseca, encontramos dos elementos fundamentales: el subsistema edáfico y el subsistema aéreo.
Debemos conocer sus características para poder seleccionar métodos de gestión que permitan mantener la capacidad productiva y de autorregulación del sistema.
El subsistema edáfico se caracteriza por tener una alta diversidad estructural y funcional que le convierte en uno de los sistemas más complejos que existen en la naturaleza.
Desde el punto de vista de su manejo, se puede considerar como un sistema casi aislado.
Esto quiere decir que las mejoras que logremos introducir en los suelos de nuestros cultivos no repercutirán en lo que ocurra en el suelo del agricultor vecino.
Además, el suelo ha sido definido como un criptosistema y, por lo tanto, sus elementos estructurales y pautas de funcionamiento no son fáciles de conocer y manejar, puesto que no pueden observarse directamente.
A pesar de ello, pueden aprovecharse sus características como sistema aislado con alta diversidad para mantener su capacidad de autorregulación.
El subsistema aéreo tiene una estructura más simple, que se puede observar directamente y que constituye el denominado fenosistema.
Por ello, es mucho más fácil de gestionar que el suelo y, al contrario, se trata de un sistema abierto.
Su capacidad de autorregulación depende de las actividades que se realicen en su entorno.
En este sentido, haciendo referencia a la protección de cultivos, si realizamos unas buenas prácticas de control en nuestros cultivos, éstas servirán de poco si en las áreas próximas se hace lo contrario.
Por todo ello, nos encontramos que en los sistemas aéreos es muy fácil actuar directamente sobre los problemas que presentan las plantas cultivadas, como es el caso del inicio de una enfermedad o plaga, pero la eficacia de las actuaciones puede estar limitada por ser un sistema abierto.
Es necesario aislar el sistema, a través de las prácticas agrícolas, como es mediante el uso de plásticos empleados en los invernaderos de Almería, la introducción de setos, agroforestación, rotación de cultivos, cultivos intercalados o multicultivo, que favorezcan la diversificación y el establecimiento de fronteras en el espacio (Wiersum, 1981; Vandermeer, 1989; Collins et al., 1992; Urbano y Moro, 1992; Bunce et al., 1993; Altieri, 1997; Michel et al., 1997; Ozores-Hampton et al., 2005).
En otros casos se pueden utilizar métodos artificiales como son los plásticos en la construcción de invernaderos en Almería, que por un lado crean las condiciones ambientales apropiadas para el desarrollo de los cultivos y por otro impiden la propagación de los agentes patógenos.
Esto se puede conseguir de modo natural a través de la utilización de setos, que además pueden modificar las condiciones ambientales.
Las cubiertas vegetales son de gran interés no sólo en la conservación del agua y el suelo, sino que es una técnica eficaz en el control de la flora arvense y algunos organismos patógenos, mediante su efecto en la regulación de la temperatura del suelo (Altieri et al., 1997; Lal et al., 1991), y en este sentido sería de gran interés conocer la función de la flora arvense en los agrosistemas.
Debemos destacar el valor diversificador de la ganadería que señalamos especialmente en los estudios de los agrosistemas mediterráneos, como es el caso de los sistemas de dehesa.
Se puede contemplar también con la integración de la acuicultura en la agricultura (Lightfoot, 1990).
La diversificación en agricultura lleva aparejada la aplicación de los principios de complementariedad, que son fundamentales para un incremento de la rentabilidad de los agrosistemas, puesto que reducen los posibles riesgos económicos al diversificar el sistema productivo.
A. BELLO, J. A. LÓPEZ-PÉREZ, M. A. DÍEZ-ROJO, J. LÓPEZ-CEPERO Y A. GARCÍA-ÁLVAREZ
MODIFICAR EL AMBIENTE EN LUGAR DE LOS ORGANISMOS
Si tenemos en cuenta los planteamientos actuales de la mejora genética y la biotecnología, parece que el futuro de la agricultura está en la transformación de los organismos vivos, mediante la creación de organismos transgénicos, para resolver los problemas de plagas y enfermedades a través del uso de plantas y animales resistentes, así como los problemas de fertilidad de suelo mediante el empleo de rizobacterias modificadas genéticamente, que actúan como organismos mejoradores del suelo (Barea, 1991) o son capaces de inducir resistencia en las plantas (Agrawal et al., 1999; Kavroulakis et al., 2005; Walters et al., 2005).
Parece que se resolverán también los problemas de estrés ambiental, a través de la resistencia de las plantas a la salinidad y la sequía.
La capacidad creativa de los científicos ha soslayado que es más fácil intervenir en el ambiente, partiendo del conocimiento de la biología y ecología, tanto de los patógenos como de los organismos mejoradores del suelo, a través de prácticas agrarias que permitan regular sus poblaciones (Bello et al., 1994).
Por otro lado, los problemas de estrés ambiental por sequía y salinidad se pueden regular con la implantación de sistemas de manejo del suelo.
Pero sobre todo, mediante la selección de cultivos adaptados a cada región geográfica, y no con sistemas globalizados que sólo se pueden mantener con altos costes energéticos.
El sentido común hace que nadie pretenda cultivar plátanos en Holanda o café en Escandinavia.
Los productos obtenidos por los mejoradores son "monstruos" que precisan para sobrevivir y perpetuarse de la intervención humana.
Sabemos mucho más de clonación de genes que de dinámica de poblaciones naturales, y si hay insectos que no se ven afectados porque tienen de forma natural cierta resistencia, se puede estar creando una raza de insectos superresistentes a los nuevos insecticidas, a partir del enorme esfuerzo y maravilloso logro de haber conseguido integrar el sistema productor de la toxina en el código genético de la planta (Cubero, 1998).
Conviene no olvidar la gran capacidad de adaptación de los organismos parásitos.
Esto propicia que continuamente aparezcan poblaciones más virulentas de patógenos como consecuencia, de la presión selectiva de las plantas resis-
EMPLEO DE RECURSOS LOCALES
En agricultura se deben reducir los gastos de energía utilizada en el transporte, por lo que las estrategias seleccionadas deben basarse en el uso de recursos locales.
Estos aspectos se olvidan con frecuencia en los consumidores de productos ecológicos, que prefieren comprar lentejas ecológicas de Canadá, evitando así los residuos de pesticidas, pero olvidándose de los gastos de energía y del impacto ambiental que produce su transporte.
La utilización de recursos locales se basa simplemente en analizar nuestro entorno y en seleccionar con criterio ecológico aquellos elementos o procesos que son relevantes para mantener la capacidad de autorregulación de los agrosistemas.
El mejor ejemplo que podemos poner es la utilización de materiales depositados en las ramblas o en áreas de dunas, para la creación de sistemas de enarenados, uno de los elementos claves de la producción agraria en Almería, junto al diseño de los invernaderos tipo parral, tomando como referencia la capacidad creativa de los agricultores (López-Gálvez y Naredo, 1996).
También existe la posibilidad de rentabilizar los restos agrarios para ser aplicados en procesos de biofumigación en el control de patógenos o en la fertilización de los suelos.
Los ejemplos presentados en el caso de Almería permiten generalizar un principio para la gestión de los agrosistemas, que se fundamenta en la utilización de la capacidad creativa para transformar los factores limitantes en elementos claves en el funcionamiento de los agrosistemas.
Uno de los ejemplos más claros es la utilización en Canarias de las cenizas volcánicas, que se originan a partir de
uno de los factores limitantes más destructivos, como es el caso de la acción del fuego o de las cenizas del volcanismo.
Estos materiales pueden ser utilizados para construir sustratos naturales que pueden aplicarse en agricultura en diferentes áreas del mundo, sin necesidad de importar estas tecnologías de los países del Norte (Gunnlangsson y Adalsteinsson, 1995).
RESIDUOS AGROINDUSTRIALES Y BIOFUMIGACIÓN COMO ALTERNATIVA ECOLÓGICA
Uno de los retos de la agroecología es el convertir y revalorizar los residuos que genera la actividad productiva (estiércol, restos de cosecha, residuos agroindustriales, etc.) en recursos que contribuyan a una mejora de los suelos, permitiendo una reducción del consumo energético en los agrosistemas (Guzmán-Casado et al., 1999).
El mejor ejemplo para entender lo que los principios ecológicos significan en la gestión de los sistemas agrarios lo podemos encontrar en los resultados de la búsqueda de alternativas al bromuro de metilo (BM), un pesticida capaz de destruir la capa de ozono estratosférico, que permite la incidencia de los rayos ultravioleta sobre la Tierra, afectando a la salud de los seres vivos y a la estabilidad de los ecosistemas, incluidos los sistemas agrarios (Bello et al., 1997; Thomas, 1997; Bello 1998).
Por lo general, se plantea la protección de cultivos como una guerra contra los enemigos que atacan a los cultivos, por ello el patógeno debe ser eliminado, a través del uso de estrategias como el despliegue espacial y temporal de los genes de resistencia de las plantas cultivadas.
El uso de la materia orgánica en el control de los patógenos se enfoca sólo por el incremento de la actividad y diversidad microbiológica del suelo (Jiménez Díaz, 1998).
La protección vegetal se engloba bajo el concepto de lucha, utilizando los arsenales químicos, biológicos y, en estos momentos, los biotecnológicos.
En el subsistema edáfico, uno de los factores determinantes de la producción de los cultivos, es la proliferación de organismos patógenos que pueden llegar a producir plagas y enfermedades.
En agricultura convencional se ha resuelto el problema durante los últimos años mediante la aplicación de fumigantes del suelo como el BM.
La eficacia en el control de los organismos del suelo, tanto parásitos como beneficiosos, es tal que puede llegar a eliminar uno de los factores claves en el funcionamiento del suelo, como es la biodiversidad, además de, por otro lado, destruir la capa de ozono estratosférica y ser altamente tóxico.
Para encontrar alternativas al BM nos propusimos aplicar los principios de la agroecología, tratando de identificar un proceso que pudiera tener un efecto similar al BM en la regulación de los organismos patógenos (Hoitkink, 1988).
Se ha encontrado que los gases resultantes de la biodescomposición de la materia orgánica pueden tener un efecto similar al BM.
Este proceso lo hemos denominado biofumigación y definido como "la acción de los gases resultantes de la biodescomposición de la materia orgánica en el control de los organismos patógenos de los vegetales" (Bello et al., 1997; Bello, 1998).
Se comenzó por demostrar, en condiciones de laboratorio, la eficacia de los gases producidos durante la degradación de la materia orgánica, encontrando que, principalmente el amoniaco, tienen efecto biostático.
Estos gases se pueden producir en el suelo mediante una fermentación in situ, que puede estar asociada a fenómenos de anaerobiosis (Blok et al., 2000; Goud et al., 2004), especialmente cuando la relación C/N está comprendida entre 8-20.
Dichos gases pueden regular las poblaciones de organismos patógenos, e incrementar las poblaciones de saprófagos y la fertilidad del suelo, con una repercusión positiva en la nutrición de las plantas (Garrabou y Naredo, 1996).
Este método de control había sido desarrollado por Kirkegaard et al. (1993Kirkegaard et al. (, 1994) ) y Angus et al., (1994), aplicándolo exclusivamente a la obtención de isotiocianatos durante la descomposición de restos de brasicas, por ello era necesario demostrar que el concepto de la biofumigación se puede aplicar a cualquier fracción orgánica en general, estando su eficacia limitada sólo por la dosis y el método de aplicación (Bello et al., 2003; Lazarovits et al., 2005; Roubtsova et al., 2007).
Se ha comprobado que es eficaz, además, en el control de plantas adventicias, nematodos, insectos y bacterias (Noble y Sams 1999; Bello et al., 2003).
El siguiente principio agroecológico que hemos aplicado ha sido la necesidad de utilizar recursos locales, puesto que el principal factor limitante de la biofumigación es el de gastos de transporte.
Los recursos locales como biofumigantes se deben referir en primer lugar al uso de materiales nitrogenados como son los estiércoles de origen animal, especialmente en sistemas agrarios de producción integrada, donde el ganado es un elemento más del sis-A.
BELLO, J. A. LÓPEZ-PÉREZ, M. A. DÍEZ-ROJO, J. LÓPEZ-CEPERO Y A. GARCÍA-ÁLVAREZ tema, introduciendo el principio de complementariedad, resultado de la armonización de los sistemas agrarios y ganaderos.
Las otras alternativas son el empleo de abonos verdes, que no está sólo restringido a las brasicas, sino que se puede aplicar en la mayoría de las especies vegetales, y restos agrarios.
En este último caso se puede tener un complemento al valor comercial del producto, utilizando dichos restos como biofumigantes.
Por último están los residuos agroindustriales e incluso urbanos, que se ha mostrado eficaces como biofumigantes.
Se consigue con ello que la agricultura, en lugar de ser una actividad que origina contaminación, sea una vía para resolver problemas de impacto ambiental.
Era necesario establecer la dosis de biofumigante, determinando que en una primera fase, cuando los problemas son graves puede alcanzar las 100 t ha -1; una vez reguladas las poblaciones de patógenos se puede reducir a 50 t ha -1, e incluso a dosis inferiores si se aplican en bandas, o se incrementa la actividad de la materia orgánica.
Por el efecto biostático de los gases producidos en la biofumigación, era necesario retenerlos en el suelo para prolongar su efecto sobre los organismos patógenos, que se recomienda sea al menos de dos semanas.
En los primeros ensayos se han utilizado plásticos, pero ello supone un coste adicional bastante elevado y el correspondiente impacto ambiental.
Además no se pueden utilizar en agricultura extensiva.
Por otro lado, la aplicación de plásticos llega a confundir la biofumigación con la solarización, olvidándose de que la solarización depende fundamentalmente de la temperatura, por lo que sólo se puede aplicar en determinadas épocas y en países con alta radiación solar (Katan y de Vay, 1991), no siendo eficaz en el control de organismos móviles como los nematodos, ni en agricultura extensiva por los altos coste del plástico y la duración del tratamiento (Bello et al., 2003).
Como alternativas al empleo de plásticos, se observó que éstos no eran necesarios en suelos poco profundos (< 30 cm).
Posteriormente encontramos que el riego abundante y frecuente, además de retener los gases desprendidos durante la descomposición de la materia orgánica, prolonga los fenómenos de fermentación, con lo que se incrementa la eficacia de la biofumigación.
Se ha encontrado también que en los suelos con alto contenido de limo y arcilla se pueden formar costras superficiales, que permiten la retención de gases.
Por todo ello, se puede aplicar la biofumigación sin la utilización de plásticos, facilitando su aplicación en los sistemas de cultivos extensivos y diferenciándose claramente de la solarización.
En el caso concreto de Almería, la biofumigación es uno de los procesos claves que determinan la eficacia de los cultivos enarenados, que utilizan los recursos locales, regulan el agua de riego y, al poner materia orgánica entre la capa de arcilla y la de arena, actúa como biofumigante, pudiéndose complementar con la solarización (Bello 1998; Tello 2000).
Esto nos demuestra que no se debe depender de "recetas generales en agricultura", y que en cada comarca y cultivo se debe diseñar una estrategia específica para mantener la capacidad de autorregulación de los agrosistemas (Bello et al., 2003).
La aplicación de criterios ecológicos ha permitido encontrar alternativas al BM, contribuyendo a resolver uno de los problemas más graves de impacto ambiental producido por la aplicación de técnicas agrícolas, como es la destrucción de la capa de ozono y el incremento de la contaminación ambiental por pesticidas.
Al mismo tiempo se incrementa la rentabilidad de los cultivos al reducir los gastos por agroquímicos.
PRODUCCIÓN INTEGRADA Y AGROECOLOGÍA
Los principios de diversidad y complementariedad como base ecológica para la gestión de los agrosistemas, aparecen recogidos en el diseño de sistemas de producción integrada (Meerman et al., 1996).
En el caso de la protección vegetal, partiendo del conocimiento de los ciclos biológicos de los parásitos, se pueden diseñar estos sistemas de producción con la utilización de plantas de ciclo corto que pueden actuar como plantas trampa y que, en el caso concreto de la biofumigación, pueden servir como bioindicadores para conocer la eficacia del tratamiento, determinar si existe efecto fitotóxico de los biofumigantes e incluso actuar como biofumigantes.
Se puede introducir a continuación un cultivo de ciclo largo, p. ej. con variedades resistentes de tomate, que reducen las poblaciones de patógenos que pudieran permanecer después de la aplicación de los biofumigantes, cubriendo el suelo con materiales de origen vegetal en los períodos más cálidos para evitar la pérdida de resistencia en la planta, cuando la temperatura del suelo sobrepasa los 27 °C. Al año siguiente, una vez reducidas las poblaciones de patógenos, se pueden introducir cultivos susceptibles (Bello, 1998).
LA AGRICULTURA MEDITERRÁNEA COMO MODELO
La gestión de los sistemas agrarios mediante la utilización de criterios ecológicos se basa en un principio fundamental: la diversificación del sistema, que se entiende en un sentido amplio, puesto que no abarca sólo la biodiversidad, sino también la diversidad ambiental y la gestión (Tello 2000; Bello et al., 2003).
Este tipo de práctica agraria, basada en la adaptación a las condiciones ambientales, está especialmente representada en la cultura agraria mediterránea, especialmente en la cultura árabe, que ha logrado transformar áreas semidesérticas en vergeles, a través del manejo de los factores ambientales, la adaptación a las distintas estaciones del año, mucho más contrastadas que en los ambientes tropicales o en los países templados y, sobre todo, su capacidad de armonizar agricultura y ganadería con la conservación del ambiente, que en la Península Ibérica ha dado lugar al paisaje más genuino y representativo: "la dehesa".
La diversificación de los sistemas agrarios no sólo reduce los costes de producción, sino que por su función de complementariedad puede incrementar los rendimientos.
En el ámbito de la ortodoxia reduccionista, se suele presentar la ecología como la ciencia que sólo se preocupa de la conservación de determinadas especies animales o A. BELLO, J. A. LÓPEZ-PÉREZ, M. A. DÍEZ-ROJO, J. LÓPEZ-CEPERO Y A. GARCÍA-ÁLVAREZ vegetales.
Nada más lejos de la realidad, la ecología constituye un cuerpo de doctrina que trata de desentrañar la complejidad instalada en los ecosistemas de nuestro planeta y los procesos que autoorganizan dicha complejidad.
En ese contexto, la ecología proporciona las claves para un manejo adecuado de los sistemas agrarios que no son otra cosa que ecosistemas simplificados por la actividad humana para dirigir una buena parte de la producción primaria hacia productos que satisfagan sus necesidades (alimentos, fibras, etc.)
Por otro lado, la agricultura que se practica actualmente es considerada en muchos foros como una de las prácticas del ser humano más impactantes sobre el medio ambiente, que ha creado problemas de dimensiones globales como la contaminación difusa de los suelos o la destrucción de la capa de ozono con la aplicación del BM.
Sin embargo, mediante la aplicación de criterios ecológicos podemos percibir que la agricultura puede ayudar a resolver problemas de impacto ambiental al permitir, por ejemplo, reutilizar los residuos agroindustriales en el control de organismos patógenos de los vegetales o en la obtención de agrocombustibles.
Este ejemplo se puede hacer extensivo a la reutilización de las aguas residuales y los residuos urbanos.
Como confirmación del interés de estos planteamientos, debemos hacer alusión a las conclusiones del Simposium sobre "cultivos protegidos" celebrado en Cartagena y Almería en marzo del año 2000.
Según los participantes en este Simposium: "la estrategia de futuro pasa por la ayuda a salvaguardar y mejorar la sostenibilidad económica y ambiental, mediante la conservación de los recursos naturales y productivos, como el agua y el suelo, reducir la utilización de agua, pesticidas y fertilizantes, mejorar el manejo de los componentes técnicos de invernaderos para reducir el uso de recursos, a través de la selección de plantas y cultivos, reducir el estrés de las plantas mediante cambios en los niveles de temperatura y humedad, uso de estiércol o subproductos para el control de enfermedades como es el caso de la solarización y biofumigación, regular la diseminación de patógenos y potenciar los organismos antagonistas de patógenos.
Ninguna estrategia es resolutiva "per se", siendo necesario un esfuerzo de integración" (Rodríguez, 2000).
El desarrollo de la agricultura en el futuro estará condicionada por la preocupación cada vez mayor en el medio ambiente, la conservación de los recursos naturales, la salud de las personas y una mayor atención a la enorme contribución de la agricultura en la reducción de la pobreza (McCalla, 1999).
Por todo ello, conviene no olvidar que la Agricultura hay que plantearla como "una forma de vida" y sobre todo, que sus problemas no sólo afectan a los agricultores, sino que por sus repercusiones se extienden al conjunto de la sociedad.
El futuro de la agricultura está en la ecología. |
LA INTEGRIDAD ECOLÓGICA COMO CONCEPTO DE CONSERVACIÓN
La integridad ecológica se plantea como el más completo e incluyente de los conceptos que informan sobre el nivel de conservación de los ecosistemas (Angermeier and Karr, 1994).
De acuerdo con Westra (1995) el término en si mismo denota unidad, totalidad y valor; lo que supone el reconocimiento de una cierta condición original, una naturaleza básica, a la vez que una referencia a principios éticos.
Aunque el significado dual del término (naturalidad y ética) está presente en las distintas acepciones de integridad ecológica, existen entre ellas diferencias importantes de tipo conceptual, que proceden de las distintas nociones de lo natural y los variados supuestos que se manejan sobre la relación entre sociedad y naturaleza.
El hecho de que para definir la integridad se plantee como un asunto central, la consideración o no de la influencia humana, se debe al citado carácter incluyente de esta cualidad, destinada a entidades globales como ecosistema o paisaje, y no a determinados componentes parciales de los mismos como es el caso de conceptos como biodiversidad, productividad primaria, que se aplican respectivamente a las especies, la vegetación, etc. Así considerada, la integridad tiene por objeto proveer criterios para evaluar los ecosistemas, considerados como entidades (sistemas) con un cierto grado de autonomía y capacidad de regulación.
De esta forma la integridad puede servir como fundamento para orientar con base científica las acciones de conservación de la naturaleza y de planificación de los usos del suelo.
Una definición representativa de un enfoque exigente en términos de naturalidad, se encuentra en Karr (1991): integridad se asocia con un sistema biofísico en el cual prevalece una composición de especies y una organización funcional comparable a la de los ecosistemas naturales de determinada región ecológica o que existieron en otro momento en el área evaluada.
Este tipo de aproximación asocia integridad con la existencia de poca o ninguna influencia humana.
En consecuencia los métodos empleados para su evaluación, excluyen tanto la huella de los usos pretéritos, como las expectativas sobre posibles beneficios que puedan proporcionar en la actualidad los elementos naturales analizados (Quigley et al., 2001).
Vista de esta forma la integridad ecológica se relaciona con estados ori-ginales o prístinos de los sistemas, es decir, poco o nada intervenidos por los humanos.
Otras perspectivas (Kay 1993), plantean en cambio que para algunos tipos de ecosistemas, la integridad ecológica sólo puede ser evaluada considerando a los seres humanos como parte importante de los mismos.
Con ello la definición y medición de la integridad ecológica deja de ser un asunto estrictamente naturalístico, para incorporar medidas que reflejan la aptitud del ecosistema para responder a las demandas de la población humana.
En esta línea Kay and Regier (2000) complementan el concepto con una visión dinámica al incluir la integridad de los procesos ecológicos.
En la exigencia de naturalidad, reside también la principal diferencia entre integridad y el concepto de salud ecosistémica, condición que por ser más compatible con insumos y manejo humano, puede aplicarse con mayor facilidad a ecosistemas intervenidos.
De acuerdo con Karr (2000) un ecosistema saludable es aquel que provee un continuo flujo de bienes y servicios y mantiene la capacidad de responder a futuras necesidades.
La salud ecosistémica, nos informa sobre la ausencia de contaminantes, la defensa de componentes esenciales y procesos limpios, en un contexto de simplificación y control -explotación-por parte del hombre.
El concepto lleva también asociada una consideración ética sobre lo que la sociedad considera admisible imponer a la naturaleza y por tanto la decisión sobre el tipo y calidad de naturaleza con la que queremos convivir.
Diversos autores señalan la importancia del paisaje como contexto para estimar la integridad de los ecosistemas.
En esta idea prevalece el punto de vista que identifica paisaje con territorio, es decir espacio físico, objeto de planificación, con una gama de contenidos naturales y artificiales y en el que pueden encontrarse distintos tipos de ecosistemas (Forman, 1995).
Por ejemplo, Noss (1983) considera que en la medida en que casi todos los ecosistemas son abiertos e intercambian energía, nutrientes y especies, el mosaico que forma el paisaje podría ser una unidad de estudio y manejo más apropiada que los "sitios" o ecosistemas individuales.
Por tanto, el mantenimiento de la diversidad, la conservación de la naturaleza, requiere una estrategia de manejo que tenga en cuenta la biogeografía regional y el patrón de paisaje más allá de lo local.
hayan logrado un nivel notable de autonomía, compatible con valores naturales y con la prestación continua de servicios para el bienestar humano.
No obstante, Kareiva et al. (2007), aunque subrayan la gran importancia de la naturaleza domesticada advierten sobre los numerosos conflictos (compromisos funcionales -trade offs-) entre provisión de servicios y resiliencia que en ella se producen.
La memoria socioecológica del paisaje se considera en estos casos como un requisito esencial para la resiliencia, a través del aumento (o defensa y conservación) de su capital ecocultural (Anderies et al., 2004; Walter et al., 2004).
El añadir esta dimensión (social, cultural, servicios) a ecosistemas/paisaje cuya configuración depende de la especie humana, abre otra nueva perspectiva necesaria para el análisis de la integridad.
LA INTEGRIDAD ECOLÓGICA DEL PAISAJE.
HACIA UNA PROPUESTA PARA SU EVALUACIÓN La pertinencia de la escala de paisaje en el manejo de la integridad ecológica queda recogida también en Westra (1995), quien propone tres versiones distintas e interdependientes de integridad: la integridad ecosistémica referida a espacios poco o casi nada intervenidos, llamados a constituir áreas "core" o "centrales" para la protección de hábitats; la integridad en términos de "salud ecosistémica", en áreas con intervención humana, que constituirían zonas de amortiguación -buffer-de las anteriores y, por último, "integridad cultural" en los espacios del desarrollo económico, social y cultural.
De esta forma aunque en estos dos últimos tipos de áreas prevalecen intereses antrópicos y no se propician procesos de sucesión natural, las actividades que en ellos se desarrollan no deberían afectar negativamente a los procesos en las zonas centrales de la integridad ecosistémica, sino, por el contrario, ser compatibles con ellos y aumentar el capital ecocultural del conjunto.
El considerar el paisaje como ámbito de aplicación del término integridad ecológica, abre el alcance del mismo más allá de una dicotomía entre lo natural y no natural.
Tal como lo afirman Quigley et al. (2001), la integridad en este caso supone no solamente rehabilitar los ecosistemas o, si es el caso, mantenerlos en su estado prístino, sino también reconocer sus conexiones con los sistemas socioeconómicos: las implicaciones que tienen los espacios, las formas En la misma línea, Fleming et al. (1995), indican que ha habido un creciente reconocimiento de la necesidad de entender las poblaciones de seres vivos en el contexto de los paisajes que ellas ocupan.
El enfoque tradicional de la teoría ecosistémica, carente de consideraciones espaciales explícitas, sería así inadecuado para responder a cuestiones relativas a la persistencia de las poblaciones.
Varias razones se señalan para ello: i) la distribución espacial de los recursos (alimento, refugio, etc.), es importante, debido al gasto energético que conlleva su explotación; ii) el período de ocurrencia de los recursos tiene asimismo un aspecto espacial; su disponibilidad en el territorio cambia según épocas; iii) otros factores tales como la presencia de depredadores o la ausencia de alimento podrían limitar las áreas del "paisaje"/territorio que una población puede usar.
De acuerdo con lo anterior un requisito para la integridad de los ecosistemas es la existencia de un mosaico funcional en el paisaje.
Tal mosaico aseguraría por ejemplo que las especies individuales puedan llevar a cabo su ciclo de vida pese a las fluctuaciones periódicas en el ambiente.
El paisaje sería, por tanto, el ámbito donde se despliegan los procesos ecológicos -y con ellos la diversidad correspondiente-que hacen posible la integridad de los ecosistemas específicos (fragmentos concretos) que lo componen.
Otra visión del paisaje es considerarlo en sí mismo como ecosistema cuya amplitud, y componentes relevantes, vienen definidos por la percepción humana.
A él se aplican entonces conceptos como adaptación, reversibilidad, resiliencia, propios de los ecosistemas en su acepción cuasi-orgánica, pero no del territorio.
Si a ello añadimos aspectos como preferencia, afectividad y valores, afirmamos su relación estrecha con la escala humana y la lógica de que el concepto haya surgido en realidad en el ámbito de la creación artística (Maderuelo, 2005; Gómez Sal, 2006).
Según González Bernáldez (1981), la escala de paisaje puede definirse por "percepción plurisensorial de un sistema de relaciones ecológicas", la parte de naturaleza y del mundo físico que incumbe directamente a nuestro bienestar, a través de los sentidos.
Analizar la aptitud de los ecosistemas para mantener sin degradarse su capital natural, como condición indispensable para el flujo de servicios que reciben las poblaciones humanas es una línea de trabajo actual impulsada por la Evaluación de Ecosistemas del Milenio (EEM, 2005).
El enfoque presta la debida atención a los ecosistemas humanizados y a la circunstancia de que algunos de ellos y procesos de la ocupación humana, en la estructura y funcionamiento de la naturaleza.
Esta perspectiva está contenida también en diversos trabajos de cuantificación de la integridad de tipo espacial (no ecológica) referidos al territorio (escalas amplias).
El objetivo se centra en este caso en relacionar las medidas de relativas a la biodiversidad con las características del ambiente físico y con la estructura -composición y patrón espacial-de manchas o fragmentos (patches) correspondientes a distintos tipos de cobertura (O'Neill et al., 1994; Noss, 1995; Jones et al., 1996; Rapport et al., 1998; Lebowitx et al., 2000; Noss, 2000; Andreasen et al., 2001).
De las problemáticas que hemos comentado se deduce, en primer lugar, que el paisaje es un nivel apropiado para analizar los ecosistemas humanizados, pues permite incluir aspectos culturales, infraestructuras y la influencia de la historia.
En segundo, que la demanda de información contrastada sobre este tipo de ecosistemas, sus adaptaciones y mecanismos de resiliencia es creciente.
Por último, que el concepto de integridad ecológica no puede limitarse a los ecosistemas no alterados, ni sólo a los naturales sometidos a explotación reciente, sino buscar métodos para abordar la extensa problemática de los ecosistemas derivados de una modificación antigua por parte de la población humana, siendo el paisaje la escala más adecuada para ello.
Las métricas o indicadores más empleados en la estimación de características de naturalidad pueden sintetizarse en tres grupos: las composicionales se centran en la biota, especies o grupos funcionales con capacidad descriptiva para el ecosistema considerado.
Las métricas estructurales, describen la fragmentación de hábitat.
Por último, las métricas funcionales se relacionan con el mantenimiento de procesos básicos tales producción, herbivorismo, predación, descomposición, perturbaciones características, sucesión, entre otros (Andreasen et al., 2001).
Recogiendo las anteriores ideas, parece apropiado considerar que cada grupo de métricas sugiere una dimensión de la integridad.
Así, las métricas estructurales establecen una dimensión espacial relacionada con la disposición del paisaje/territorio.
A su vez, las características composicionales y funcionales permiten apreciar la dimensión ecosistémica de la integridad.
Por último, la gestión humana en el paisaje puede articular otra dimensión relevante para la integridad: el grado de adecuación de los usos a las posibilidades que ofrece la naturaleza.
La relación entre esas dimensiones puede definir una aproximación suficiente y descriptiva de integridad ecológica a escala de paisaje.
-Integridad espacial -Integridad ecosistémica -Sostenibilidad de los usos del suelo
Este marco analítico permite relacionar al tiempo una aproximación físico-espacial (fragmentos o manchas) con una perspectiva ecológico-funcional; la escala de paisaje/ territorio con la de ecosistema y por último valorar el ajuste o idoneidad de la intervención antrópica incluyendo los usos como parte esencial del paisaje.
Mantener la consideración conjunta de los tres aspectos implica admitir que la integridad ecológica a la escala del paisaje no puede desprenderse de la funcionalidad de los ecosistemas que lo componen y reducirse a una estimación de la estructura espacial, con independencia de la calidad de los contenidos.
Implica de hecho reconocer que no siempre en la planificación territorial la calidad de la función puede deducirse de la estructura (patrón o pattern espacial) y especialmente en sistemas dinámicos con procesos de histéresis, como es el caso de los agroecosistemas (Gómez Sal, 1997).
Significa asimismo considerar que el valor o calidad de los componentes más naturales (la composición en especies, su capacidad de reproducción y dispersión, la fertilidad, regulación y reserva del suelo, etc.) está influida por la estructura y composición -con sus implicaciones de conectividad, transferencias-del paisaje que los enmarca.
Desde el punto de vista operativo, el modelo requiere analizar y seleccionar indicadores para cada dimensión, los cuales a su vez podrán integrarse para generar estimaciones sintéticas.
LAS DIMENSIONES DE LA INTEGRIDAD DEL PAISAJE
La estructura del paisaje.
En el contexto de la ecología del paisaje, la estructura espacial está referida al patrón de coberturas existente en el territorio.
Las coberturas proceden de manchas que, según su aspecto -apreciado mediante mapas, foto área,
teledetección, etc.-, son asignadas a distintas categorías, algunas de las cuales corresponden a tipos de ecosistemas o hábitats, más o menos humanizados, otros son infraestructuras o artefactos dispuestos en el territorio.
El resultado es una visión del paisaje como formado por manchas que se expresan y despliegan dando lugar a "mosaicos" y por estructuras lineales de conexión (pasillos o corredores) que crean "redes", todo ello en una matriz básica de fondo -el territorio no estructurado.
Los estudios tratan de entender el significado del mosaico que puede distinguirse con una escala de percepción de poco detalle y descubrir su patrón organizativo.
Este patrón, estimable mediante distintos índices sintéticos, se considera un reflejo o indicador de la trama de relaciones subyacente.
Para ello se analizan las relaciones espaciales entre los tipos de manchas, la disposición de los fragmentos que pertenecen a cada tipo y los corredores que los conectan.
El análisis de la estructura se orienta a determinar la calidad/nivel de conservación de los distintos hábitats existentes, en función de su conectividad o fragmentación (Tischendorf y Fahrig, 2000.)
Para la integridad espacial se considera relevante la presencia de un patrón de coberturas -fragmentos y corredores de distinto tipos de ecosistemas-favorable al mantenimiento de flujos de transferencia y procesos esenciales, físicos y biológicos.
Los efectos del patrón de paisaje sobre la riqueza de especies y disponibilidad de hábitats han sido bastante explorados en la literatura (Forman y Collinge, 1997; Langelvelde y otros, 2002; Steiner y Köhler, 2003).
Previamente a la cuantificación de la estructura espacial, es necesario establecer la tipología de los fragmentos y emplear diferentes métricas para apreciar su distribución, tamaño y forma.
Los valores así obtenidos son indicadores de la composición del paisaje y de la fragmentación (reducción y aislamiento) de los distintos hábitats/ecosistemas que lo componen.
Entre las distintas opciones disponibles, ¿cuáles serían métricas más adecuadas para componer un índice de integridad espacial?
Un procedimiento de selección puede consistir en analizar la redundancia en su significado, reteniendo únicamente aquellas que informan sobre aspectos cualitativamente diferentes de la estructura.
En un trabajo realizado por nosotros en áreas rurales próximas a Medellín (Colombia) (Vélez Restrepo, 2004), las diferentes métricas estimadas para todos los fragmentos del territorio analizado se sometieron a un análisis multivariante de ordenación (análisis factorial de correspondencias).
El procedimiento nos permitió identificar cuáles eran los indicadores más explicativos y explorar tendencias generales.
A partir de las variables más explicativas pudo generarse un índice de integridad espacial como la suma de tres variables relativamente independientes (con peso en ejes distintos del análisis) y por tanto descriptivas de aspectos relevantes de la estructura en sí misma, es decir, desde el punto de vista de su cobertura y geometría.
Las métricas seleccionadas como indicadores de integridad fueron las siguientes:
-Dominancia de la vegetación natural en el paisaje (DOM) -Índice de área total del interior de los fragmentos (ATI) -Grado de conectividad (CONEC) En la sumatoria cada una de estas variables estuvo ponderada por su coeficiente de asimetría o variabilidad de sus respectivos datos.
Integridad espacial del paisaje (IEP)>f (DOM + ATI + + CONEC)
El resultado recoge bien la información sobre superficie total ocupada por los diferentes hábitats y sobre su conectividad, y responde a los postulados generales sobre integridad espacial antes expuestos.
Estimación de la naturalidad.
Integridad de los ecosistemas
Mientras que la integridad espacial se refiere al patrón de coberturas en el paisaje, la integridad ecosistémica analiza el contenido de los hábitats que constituyen dicho patrón.
A la escala adoptada permite apreciar el funcionamiento de paisaje en su vertiente de naturaleza no -o escasamente-intervenida, lo que depende de la dinámica y las características sucesionales (madurez) de los ecosistemas que lo componen.
A la hora de valorar los sistemas naturales (valor ecológico), convergen dos aspectos de distinto significado, el primero la capacidad de acoger usos humanos -la capacidad
sustentante-es de carácter funcional, indica las posibilidades del ecosistema para mantener un determinado tipo de aprovechamiento sin perder sus propiedades esenciales (Gómez Sal, 2004).
Va a depender de características de los dos sistemas que interaccionan, el ecológico y el de producción.
Por una parte se ve influido por el grado de exigencia que plantee el sistema de uso de recursos -demanda de productos, calidad de los servicios ambientales-y por otra de las posibilidades del ecosistema para aportarlos sin experimentar degradación.
Este aspecto se valora en el tercer componente de la integridad del paisaje.
El segundo aspecto -el valor de conservación-tiene un carácter más patrimonial, indicaría el contenido de elementos naturales valiosos en el ecosistema (biodiversidad, rareza, especies amenazadas, especímenes monumentales, indicadores de madurez y estructura).
La importancia concedida a este aspecto en los planteamientos de conservación depende de opciones culturales o éticas, es decir, de lo que la sociedad considera que forma parte de su bien común -bienes de orden superior-y que, en consecuencia, merece ser conservado articulando la legislación y medios económicos para ello.
Sin duda la conservación de estos elementos valiosos requiere un óptimo funcionamiento de los procesos naturales que condicionan su existencia, lo supone contar con las escalas de planificación pertinentes, como por ejemplo redes territoriales de protección, áreas protegidas suficientemente extensas y conectadas, etc.
De acuerdo con lo anterior podemos señalar algunos de los índices que más se utilizan en el cálculo del valor ecológico: Los de carácter funcional, serían:
Se supone relacionada con la capacidad de respuesta del sistema.
Debe ser estimada en términos relativos teniendo presente la máxima posible en el contexto que se analiza y por grupos taxonómicos o funcionales.
Tiempo de permanencia en el ecosistema.
Indicaría para una especie la edad media de los especímenes y su distribución por clases de edad.
Para el conjunto del ecosistema indica la tasa de renovación de la biomasa, lo que se relaciona con la capacidad de control sobre las transferencias y procesos.
Situación geomorfológica relativa del ecosistema analizado respecto al sistema geofísico general (cuenca-vertien-te).
Su importancia será diferente según el rigor ambiental abiótico del lugar donde se sitúa.
Dependiendo de la fragilidad del medio físico la existencia de ecosistemas estables, bien configurados, con conectividad, control de flujos en el paisaje, adquiere interés estratégico en la planificación.
Entre los indicadores de tipo patrimonial, relacionados con el valor natural:
Grado de amenaza o rareza.
Valora la escasez de las especies y los hábitats presentes, o por extensión de los tipos de composición/estructura y arquitectura/complejidad del ecosistema en el contexto del país o región ecológica.
Poblaciones con pocos individuos pueden deberse a degradación antrópica o a la propia dinámica natural del ecosistema.
La existencia de especies escasas y amenazadas es mayor en los lugares de alta diversidad y productividad (UICN, 2004), sin embargo a efectos de valorar los ecosistemas, la rareza debe considerarse como una característica independiente de lo anterior.
Si extendemos los criterios de conservación a los ecosistemas humanizados la consideración de la rareza o amenaza debe también aplicarse a los paisajes culturales y agroecosistemas.
Éstos pueden llegar a ser ejemplos raros y representativos de una relación coherente y sostenible entre los seres humanos y la naturaleza.
Como se vio en las primeras definiciones de integridad, en su acepción más próxima a naturalidad ésta se asocia a "un sistema físico y biótico en el cual prevalece una composición de especies y una organización funcional comparable a la de los ecosistemas naturales de determinada región ecológica o que existieron en otro momento en el área evaluada" (Karr, 1991; Peterson et al., 1994).
Esta idea de integridad sería sólo aplicable a los ecosistemas cuya estructura y composición mantiene notable semejanza con los sistemas naturales.
Es decir, características que hacen posible medir su distancia respecto a configuraciones óptimas, de referencia para el lugar analizado.
Este componente de la integridad es el más asociado a una naturalidad prístina -sin el hombre-y, por lo tanto, al valor de conservación con su significado más patrimonial y cultural antes mencionado -la especie humana opta por conservar paisajes donde se haya ausente-.
Se aplicaría en consecuencia sólo a los fragmentos del paisaje que, para una determinada zona, conservan la estructura correspondiente a la madurez (bosques, matorral, pastizal, etc.,
En la práctica este enfoque de la integridad no difiere de la idea de naturalidad.
Machado (2004) propone un índice aplicable a escala de paisaje, de acuerdo con una gama de intensidades -categorías-de intervención humana.
Sugiere una polaridad en el manejo del territorio, de forma que en las áreas protegidas (clases I, II y III de IUCN) se favorezca la naturalidad, mientras el resto territorio debe regirse por la sostenibilidad.
Por su relación con los últimos estados sucesionales, el concepto de madurez puede orientar el análisis de la integridad ecosistémica.
Podría estimarse por la distancia sucesional de una determinada mancha de vegetación (natural o escasamente manejada) respecto a la composición y estructura teórica que alcanzaría en el estado de madurez, en las condiciones geofísicas y ecológicas del lugar en que se encuentra.
La determinación de esa distancia constituye un índice de madurez, como expresión de integridad.
Por lo tanto, su evaluación llama a identificar "ecosistemas de referencia" para cada tipo de manchas (hábitats/ ecosistemas) existentes en un territorio/paisaje.
Tales referentes permitirían establecer los valores potenciales que se podrían alcanzar en el caso de que fuese posible restablecer unas hipotéticas condiciones originales.
Sería el ecosistema característico de una determinada área con condiciones ambientales homogéneas y poco fluctuantes, una determinada zona equipotencial en el sentido de González Bernáldez (1981).
La madurez, concepto que tiene su origen en ecosistemas forestales y se aplica principalmente a los mismos, conlleva integridad, pero no necesariamente ocurre la relación inversa.
En general, el estado de madurez de un bosque se define como aquel en el que los individuos de las especies que lo componen mantienen un desarrollo, tasa de reproducción y distribución en edades equilibrada con el resto de las poblaciones de la comunidad, de forma más o menos estable en el tiempo.
En la madurez el bosque ha alcanzado su crecimiento y desarrollo natural óptimo, manteniendo una baja tasa de crecimiento.
La edad y el tamaño de los árboles dominantes, así como la estructura del bosque, varían de acuerdo con las condiciones locales (Hunter, 1989).
Desde el punto de vista de la estructura, las características de las poblaciones de árboles dominantes en la madurez implican poblaciones disetáneas cuya distribución diamétrica adquiere por lo general forma de jota invertida.
Asimismo, se produce la representación máxima, ajustada a las condiciones, de las especies del bosque maduro.
Árboles que alcanzan su mayor desarrollo en altura, con diámetro y arquitectura variables según los factores limitantes (geofísicos, físico-químicos, biológicos).
Se alcanzaría un relativo equilibrio entre las tasas de crecimiento y la descomposición de la materia orgánica, consolidando una compleja red de reciclaje de nutrientes (Oliver y Larson, 1990; Gliessman, 1997).
La identificación de variables indicadoras de madurez del bosque puede realizarse con características como las que se han ido comentando, contextualizadas para cada ambiente específico al que correspondería un perfil determinado de madurez (ecosistema de referencia).
En Vélez Restrepo ( 2004) se propone un índice de madurez de bosques que resulta de la combinación de variables cuantificables, descriptoras de características mencionadas.
El índice de Distancia a la madurez, se calculó como función de las siguientes variables:
-Número de individuos mayores de determinada altura (en el ejemplo citado, 15 m). -Área basal de los árboles mayores de determinado diámetro (en el ejemplo, los mayores de 20 cm) -Riqueza de especies correspondientes al bosque primario (n.o de especies) -Riqueza de especies vegetales mayores de determinado diámetro -Número de individuos del sotobosque -Riqueza de especies de aves exclusivas de bosque (inventarios en las áreas centrales de los fragmentos forestales).
La disimilitud entre los valores de estas variables en los bosques estudiados respecto a sus valores potenciales en el bosque maduro de referencia, es cuantificada e integrada numéricamente como una distancia estadística a la madurez, generando un valor único para cada fragmento de cobertura reconocible en el territorio.
A partir de estos valores es posible igualmente calcular un valor del índice para cada tipo de bosque, ponderando los fragmentos correspondientes al mismo (según la extensión de sus áreas centrales), o para el conjunto del paisaje/territorio,
de acuerdo con los obtenidos en los diferentes tipos de bosque/ecosistema.
Por su carácter y objetivos el cálculo del índice de madurez sólo tendrá sentido para fragmentos que presenten determinada extensión y área central.
Para lugares alterados o modificados por el uso humano, el cálculo del índice de madurez no tendría sentido, de forma que puede ser necesario establecer un umbral de requisitos mínimos para los fragmentos que se pretende evaluar (extensión, existencia de área central, evitando aquellas con excesivo efecto de borde, cobertura de vegetación arbórea).
Paisaje agrario y agroecosistemas.
Si la integridad no es naturalidad, sino condiciones casi naturales de productividad, biodiversidad, suelos y agua (Forman, 1995), el problema de su evaluación sigue estando presente a nivel práctico: ¿Qué nivel de influencia humana inicia la ruina irreversible del ecosistema?
El hecho de que los ecosistemas no sean estáticos en su composición y estructura, complica aún más la definición de integridad y el establecimiento de una línea base para su determinación.
¿Que fragmentos del paisaje quedan excluidos de la aplicación del índice de integridad ecosistémica?
¿Cómo estimar en ellos el valor natural y su contribución a la integridad?
Asegurar un nivel conveniente de conservación en los ecosistemas modificados por el uso humano, es un requisito imprescindible para la integridad ecológica a escala del paisaje.
Para ello es preciso reforzar la capacidad del ámbito agrario para sostener sin degradarse las actividades humanas, lo que hemos denominado su "capacidad sustentante" como uno de los dos componentes del valor natural.
Esta capacidad se asocia a la existencia de procesos ecosistémicos esenciales y no tiene relación con la composición original, sino que se trata de una configuración alternativa.
Los procesos mencionados (productividad primaria, herbivoría, ciclo del agua, recuperación de la fertilidad, reciclado, amortiguación de estreses ambientales) son los responsables de que se mantenga el aporte de servicios para el bienestar humano (Gómez Sal, 2001, 2007).
En esta línea, los agroecosistemas mediterráneos representan un buen ejemplo de que la prestación servicios ecosistémicos no reside sólo ni principalmente en los ecosistemas naturales, sino en paisajes cuya resiliencia óptima se ha logrado con la refuerzo de una acción humana prolongada, sensata y matizada.
Entre las categorías de servicios que a escala mundial se están valorando por parte de la iniciativa de Naciones Unidas, Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (EEM, 2005), podemos destacar en el caso del paisaje tradicional mediterráneo y sus agroecosistemas, los servicios de apoyo (recuperación de la fertilidad, nutrientes, materia orgánica, suelo funcional, producción primaria, herbivoría), regulación (biodiversidad, variedades de plantas y razas de ganado, ciclo del agua, control de la erosión, resiliencia -amortiguación del estrés ambiental y la degradación-), aprovisionamiento (alimento, fibras, materiales de construcción, combustible, agua dulce, etc.) y culturales (conocimientos sobre los recursos, estética, espirituales, educación, recreativos).
La sostenibilidad entendida en su significado exigente (Daly y Cobb, 1994; Carpintero, 1997; Gómez Sal, 2004) implica mantener una cantidad constante de capital natural (Costanza et al., 1997).
Los motivos de degradación de los agroecosistemas pueden estar asociados a la esquilmación del suelo, erosión, pérdida de biodiversidad natural y agrícola, asilvestramiento de exóticas, transgénicos y destrucción de los retículos forestales y setos, pérdida de conocimientos y prácticas adecuadas, etc. (Gómez Sal, 1997; Gómez Sal y Nicolau, 1999).
Con estas ideas la evaluación de la sostenibilidad debe considerar factores internos y externos, ligados al ecosistema mismo y al marco socioeconómico o tecnológico que lo caracteriza (Massera et al., 1999; Taylor et al., 1993; Vélez y Gastó, 1999, Gómez Sal y González García, 2006).
Gligo (1990) plantea la consideración de cinco factores no excluyentes para un desarrollo ambientalmente sostenible: coherencia ecológica, estabilidad socioestructural, complejidad infraestructural, estabilidad económicofinanciera, e incertidumbre y riesgo.
El primero de ellos, la coherencia ecológica, está referida al uso de los recursos naturales en función de la aptitud (capacidad sustentante) de los ecosistemas.
En el modelo multicriterio de evaluación de la sostenibilidad propuesto por Gómez Sal (2001) se incluye el "sistema de producción" como dimensión evaluativa independiente, de las restantes.
Su importancia radica en que es en ella donde reside la característica de la sostenibilidad.
La coherencia ecológica constituye de hecho un indicador de sostenibilidad de los usos del suelo y cuantifica la calidad de la relación entre el sistema de producción y el agroecosistema sobre el que se sustenta.
Desde el punto de vista de la evaluación de integridad ecológica del paisaje, la coherencia constituye una medida complementaria importante por referirse al espacio ocupado por las actividad humana, principalmente las áreas agrícolas.
La falta de coherencia procede de no tener en cuenta la aptitud natural de los ecosistemas respecto a los usos que se pretende implantar y los efectos de empobrecimiento o colapso que los usos inadecuados pueden causar.
En muchos casos la incoherencia no procede de la falta de conocimientos por parte de los usuarios -de hecho la agricultura tradicional contaba con esquemas empíricos sobre coherencia y aptitud obtenidos por la selección de técnicas adecuadas y la eliminación de errores que han dado lugar a un rico legado experiencia-, sino más bien de opciones políticas y de precios, provenientes de instancias de decisión alejadas.
Estos conocimientos fraguados en un contexto de recursos limitados, que obligaba a incorporar el sentido de sostenibilidad exigente -adaptación ecocultural-, pueden constituir una base importante para la planificar el incremento de integridad en los paisajes agrarios.
Un índice de coherencia deberá consistir en evaluar la relación entre la aptitud del ecosistema y la intensidad e idoneidad de los usos.
Estimado a la escala de paisaje, puede incluir variables relacionadas con capacidad de acogida de un determinado ámbito agrícola homogéneo (fragmentos de un determinado tipo o matriz agrícola) y otras relacionadas con la intensidad o grado de artificialización de dicho ámbito.
Con esa perspectiva, la capacidad de acogida fue calculada en el referido ensayo de aplicación que citamos (Vélez Restrepo, 2004) como el producto de tres variables: humedad ambiental, relieve y suelo.
Siendo esta última a su vez, el resultado de características de profundidad, textura e hidromorfismo.
La intensidad y adecuación de los usos, fue calculada, a su vez, como el producto de cuatro variables: riesgo de erosión asociado al nivel de cobertura; cuidados del cultivo; fertilización; biotecnología.
La representación en una matriz de los distintos niveles de capacidad y de intensidad y su categorización posterior en rangos y valores de coherencia, permite calcular un índice para el conjunto del paisaje en función de los valores de cada fragmento agrícola.
Coherencia ecológica de los usos del suelo, es el resultado de enfrentar las variables:
-Capacidad de acogida, determinada en función de: humedad, relieve y suelo; e -Intensidad tecnológica, determinada según la adaptación y consecuencias de las labores agrícolas, riesgo de erosión, prácticas de abonado, control de plagas, biotecnología.
DIMENSIONES DE LA INTEGRIDAD ECOLÓGICA EN EL PAISAJE.
CONSIDERACIÓN CONJUNTA DE INDICADORES
El marco analítico propuesto (Figura 1) define la integridad ecológica a escala de paisaje (IEP) en función de tres dimensiones.
Permite relacionar en una misma figura la integridad espacial (IES), la integridad de los ecosistemas (IECO) y coherencia ecológica de los usos de suelo (CUS).
En la dimensión espacial (IES), se valora la diversidad de fragmentos -representativos de tipos de ecosistemas o hábitats, incluyendo el paisaje agrario y las construcciones e infraestructuras-su distribución y conectividad.
En esta fase un dato importante para la estimación de integridad es la proporción entre superficie ocupada por fragmentos de ecosistemas con estructura similar a los naturales (a los que se aplicará el índice IECO), la ocupada por agroecosistemas (a la que se aplicará el CUS y la que ocupan infraestructuras) (espacio edificado, infraestructuras) que sólo participa directamente en la valoración a través de su cobertura -porcentaje de superficie que ocupa-.
En la práctica este componente puede interferir con el buen funcionamiento de los procesos ecosistémicos a escala de paisaje, por lo que deberá ser incorporado a la hora de valorar la coherencia de los usos del suelo.
En el índice de integridad ecosistémica, el aspecto relacionado con su situación relativa en el contexto geofísico puede también incluir la influencia y limitaciones que las infraestructuras representan para la salvaguarda de integridad.
Cada índice parcial explora un aspecto diferente de la problemática de la integridad, por lo que, en sí mismos, representan una herramienta importante para el conocimiento y manejo del paisaje.
Su consideración simultánea permite visualizar la integridad como característica del conjunto.
En función de los distintos valores que pueden alcanzar los tres componentes, es posible establecer escenarios que faciliten la planificación.
Proponemos para ello un modelo gráfico de tres ejes (Figura 2) en el que el valor de cada índice puede ponderarse como porcentaje respecto al valor máximo.
De esta manera el área total del triangulo sería la integridad potencial en el paisaje analizado, ajustada por las condiciones (físicas, ecológicas, culturales, económicas, tecnológicas) que limitan la expresión de los índices parciales.
El triangulo interior, irregular, cuantifica la integridad real definida por los valores de sus índices (IES, IECO, CUS), frente a la integridad posible.
La configuración del área interior tiene interés para comparar diferentes situaciones de integridad medidas para un mismo tipo paisaje.
El modelo permite también establecer supuestos -en función de los valores que se asignen a los ejes-y comparar la integridad de distintos tipos de paisaje.
Conceptualmente, el modelo expresa una relación entre aspectos valorativos relacionados con la organización estructural y funcional del paisaje y aporta un marco de referencia para estimar con su propio juego de indicadores la dimensión ecológica del desarrollo.
La dimensión ecológica es, junto con el sistema de producción, una de las dimensiones básicas que propone el modelo de evaluación multicriterio del paisaje y el desarrollo, planteado por Gómez Sal (2001Sal (, 2004) y aplicado a distintos ejemplos en Gómez Sal et al. (2003) y Gómez Sal y González García, 2007.
Otras dimensiones son las económica, social, cultural y ética.
Aunque el IEP se centra en la dimensión ecológica, afecta también al sistema de producción -podemos decir que toca la interfase entre ambos-, al incorporar el índice de coherencia.
Así pues, el modelo de evaluación de la IEP conlleva el desarrollo de índices de notable capacidad sintética; que generan un valor único para cada uno de los aspectos analizados.
Los índices y su visualización simultánea ayu-dan a tomar decisiones sobre planificación y protección del paisaje y ordenación territorial -y sus consecuencias para la conservación de la naturaleza-, utilizando un número reducido de indicadores clave.
El modelo amplía la proyección del concepto de integridad, el más vigente en la actualidad para estimar la calidad natural en ecosistemas y lo proyecta hacia una escala de análisis mayor, el paisaje, lo que conlleva incluir los usos y los beneficios de los ecosistemas (servicios, bienestar).
La integridad puede así utilizarse como referencia para la planificación del territorio y constituye un nexo entre éste y las teselas elementales que lo forman (ecosistemas, espacio agrario, espacio urbanizado y construcciones).
La validez de los índices propuestos radica, por una parte, en su correspondencia con los conceptos teóricos que los enmarcan: relación patrones espaciales-procesos ecológicos en el territorio, comparación con ecosistemas de referencia para estimar la naturalidad y estimación de la coherencia confrontando la intensidad y adecuación de usos con la capacidad sustentante del medio.
Consideramos, no obstante, que la selección y combinación de las métricas que componen los índices puede perfeccionarse a medida que se investiga sobre los tres aspectos que se proponen como componentes de la integridad a escala de paisaje.
La principal utilidad del modelo se concibe para paisajes intervenidos en los que parte de la superficie deberá está ocupada por áreas naturales.
Tiene, sin embargo, la flexibilidad suficiente para adaptarse a otras situaciones con mayor presencia de infraestructuras.
Aunque en supuestos que sirvieron de base para la formulación del modelo han sido paisajes agrarios con fragmentos de ecosistemas naturales, el esquema sería adaptable a situaciones de mayor complejidad, siempre que se especifique el ámbito espacial donde se plantea la evaluación de integridad y se preste atención a la existencia de redes de conservación (espacios de suficiente amplitud, adaptados a las características naturales de cada territorio) que aseguren el buen funcionamiento del conjunto.
Una limitación que presenta el modelo está relacionada con el hecho de que no involucra la importancia intrínseca de los agroecosistemas como hábitat para muchas especies, poseedores también, por tanto, de valores de naturalidad.
La coherencia ecológica queda condicionada fundamentalmente al suelo, al riesgo de erosión y de de-
gradación de los elementos que constituyen el paisaje (Gómez Sal, 1997), pero no recoge suficientemente la fuerte interacción entre las áreas naturales y las áreas sometidas a usos agrarios (agricultura, ganadería, usos forestales).
Esta limitación sería subsanable incluyendo indicadores de naturalidad en el índice de coherencia, pero la dificultad es de índole práctico, ya que por lo general la carencia de información detallada sobre los flujos bióticos en el paisaje y sus requerimientos de conectividad dificulta la incorporación de variables en tal sentido.
Dependiendo de la información disponible estas variables podrían incluirse también en los índices de estructura espacial.
El marco teórico para la valoración de integridad del paisaje que hemos presentado es una propuesta integradora de utilidad para orientar las decisiones en materia de planificación ambiental y conservación de la naturaleza.
La aplicación del IEP como herramienta para estimar el valor de los paisajes podría evitar que se excluyan paisajes agrícolas valiosos y zonas estratégicas para la funcionalidad de procesos naturales en los esquemas de ordenación y defensa del territorio.
Precisamente el gran aumento de la presión sobre el espacio (OSE, 2006) y la polaridad creciente en España entre áreas de conurbación, cada vez más extensas y centradas en zonas concretas, y el abandono, descuido y falta de enfoque del desarrollo en el medio rural, exige contar con esquemas sobre el valor y contenidos del territorio -convertido ya en objeto de conservación, como lo demuestra el documento firmado por numerosos profesionales a favor de "una nueva cultura del territorio" (VV.AA., 2006)-, lo suficientemente exigentes e informados como para eliminar el riesgo de ocupación de lugares con alto valor patrimonial.
Así el IEP, al enlazar el concepto de integridad -inicialmente pensado para ecosistemas de alto grado de madurez con preferencia forestales-con los planteamientos de la ecología del paisaje -y en consecuencia la inclusión de la influencia y legado humano sobre los ecosistemas-, supone expandir o reforzar los planteamientos de conservación más allá de los límites de los espacios protegidos e ir agregando territorio y experiencia para la sostenibilidad exigente o ecológica, una propuesta formulada con frecuencia en nuestros días, pero sobre la que aún se cuenta con escasa experiencia en la practica. |
ciencia pensamiento y cultura arbor El Prado es depositario de la mayor colección de cuadros de Rubens que existe en la actualidad, heredada, casi en su totalidad, de Felipe IV, para quién trabajó el maestro de Amberes.
Este hecho nos anima a actuar como un importante centro de estudios de Rubens, a quién hemos dedicado dos proyectos en los últimos años.
En el año 2000 se decidió acometer la restauración de uno de sus cuadros más importantes, La Adoración de los Magos, un cuadro cuyo gran tamaño obligaba a una restauración prolongada.
Esta labor la realizó Herlinda Cabrero del Departamento de Restauración del propio museo.
El cuadro tiene una historia muy peculiar, de la que emana el especial interés que tiene su estudio.
Fue pintado por Rubens en 1609, por encargo del Ayuntamiento de Amberes.
En 1612 el concejo decidió regalar el cuadro a Rodrigo Calderón, embajador del rey Felipe III, que lo trasladó inmediatamente a España.
Con la llegada al trono de Felipe IV en 1621, y tras la condena y ejecución de Calderón, La Adoración pasó a formar parte de la colección real.
En esos mismos años Rubens inició su trabajo diplomático al servicio de la Monarquía Española, y, para informar al rey sobre las negociaciones para un tratado de paz entre España e Inglaterra que había iniciado, se trasladó a Madrid a finales de verano de 1628.
Durante su estancia en la corte, que se prolongó hasta abril de 1629, volvió a ver el cuadro de La Adoración y decidió repintarlo y agrandarlo.
El proceso de restauración de un cuadro implica descolgar la obra de la pared e iluminarla de forma que se pueda observar con un detenimiento y un detalle que no son posibles cuando se expone al público.
En el caso de La Adoración, ello nos permitió comprobar que quedan aun sobre el lienzo numerosas huellas de su peripatética historia, lugares en los que aprecia la textura de la composición original, apenas solapada por las finas capas añadidas por el pintor veinte años después.
La posibilidad de observar con detalle el cuadro nos permite estudiar la transformación del arte de Rubens en los veinte años transcurridos entre la primera y la segunda versión.
RESUMEN: El Museo Nacional del Prado posee una de las colecciones de pintura flamenca de los siglos XV, XVI y XVII de mayor calidad y tamaño que existen, y también es depositario de obras de arte de gran importancia de origen alemán (entre ellas varios cuadros de Durero), holandés (Rembrandt) y de otros países cuyo arte se engloba dentro del Área de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del museo.
Al margen de conservar estas obras y de mostrar al público el mayor número de ellas en condiciones idóneas, también dedicamos una parte importante de nuestra actividad a la investigación.
La calidad superlativa de la colección del Prado nos confiere una gran responsabilidad: tenemos la obligación de ser líderes, a nivel mundial, en el estudio de las cuestiones que plantea la historia del arte respecto de los artistas y los cuadros de la colección.
En las siguientes páginas se explican tres proyectos de investigación desarrollados por el Área de Pintura Flamenca recientemente, que muestran el abanico de proyectos los que trabajamos en el Prado, los criterios que nos guían a la hora de seleccionarlos, y la forma en que se desarrollan.
Historia del arte, Museo del Prado, Rubens, Patinir. revelador de la personalidad creativa de un artista central en la historia europea, decidimos investigar el cuadro en profundidad, y organizar una exposición que presentase al público los resultados de nuestros estudios.
Lo primero que hicimos fue intentar conocer mejor el cuadro de 1609, para evaluar los cambios posteriores.
El Gabinete Técnico del Museo el Prado realizó una radiografía del cuadro.
Los rayos X se han utilizado para estudiar cuadros desde poco después de su descubrimiento en 1895, y sirven para desvelar formas que en ocasiones existen bajo de las capas de pintura que se observan a simple vista, debido a cambios de composición o a retoques posteriores.
Los rayos X penetran de forma diferente la pintura según la densidad de los pigmentos (los pigmentos que contienen plomo son especialmente opacos a los rayos X) y el grosor de la capa pictórica.
Si un artista ha pintado una figura de una determinada forma, y posteriormente ha cambiado su posición, es probable que la figura original pueda verse en una radiografía, dependiendo de los materiales con los que se haya pintado.
En La Adoración de los Magos, la radiografía reveló que algunas formas actualmente invisibles que se atisban en el cuadro del Prado bajo la capa pictórica de 1628-1629, como sucede con la figura original de la Virgen, efectivamente existen debajo de la imagen que se ve actualmente.
Otro documento fundamental para el estudio de la composición en su versión original es una copia del cuadro, seguramente realizada en el taller de Rubens antes de que el original partiese de Amberes hacia España.
Existían noticias en un artículo publicado en 1963 donde se daba noticia de la existencia de una copia de la Adoración.
Nos interesaba encontrar esa copia, y determinar hasta que punto reproduce fielmente el original que Rubens pintó para el Ayuntamiento de Amberes.
Con ayuda de distintos especialistas en Rubens, y fundamentalmente de Gregory Martín, que fue conservador de pintura flamenca de la National Gallery de Londres, localizamos el cuadro en una colección particular en Londres.
Comparándolo con la radiografía, y con la textura de la composición original que subyace en el propio cuadro del Prado, comprobamos que se trata de una copia muy fiel del cuadro que Rubens pintó en 1609.
La National Gallery accedió a que el cuadro se trasladase a su taller de restauración para hacer una fotografía general y otras de detalles que nos sirviesen en el Prado para documentar el aspecto de La Adoración en el momento de su creación original en 1609.
Para ello contactamos con Joost van der Auwera, conservador del museo de Bruselas, que cuando realizaba su tesis doctoral había encontrado documentación relevante sorbe estos temas en los archivos municipales de Amberes.
Van der Auwera consiguió fijar la fecha con más precisión de lo que se había hecho hasta entonces, y mostró el lugar en el que se colgó el cuadro dentro del salón de los estados del Ayuntamiento, y la forma en que Rubens tuvo en cuenta ese lugar a la hora de diseñar el cuadro.
Otro proyecto de investigación reciente del Área de Pintura Flamenca del Museo del Prado concierne también a Rubens, y a sus diseños para una serie de tapices dedicados a la vida de Aquiles.
La diferencia con el proyecto anterior consiste en que en este caso el museo, en lugar de iniciar el proyecto, respondió a una propuesta del Museum Boijmans van Beuningen, de Rotterdam, propietario de varios cuadros relacionados con esta serie, que buscaba nuestra colaboración debido a que otros tres cuadros que tienen relación con los tapices pertenecen al Museo del Prado.
La propuesta interesó al museo, tanto por involucrar obras de la colección como por encajar con nuestra línea de investigación, y decidimos sumarnos al proyecto.
En cada proyecto las cuestiones que se plantean son diferentes, ya sea porque desde un inicio se emprende el estudio de un cuadro o grupo de cuadros buscando respuestas a cuestiones concretas, ya sea porque los propios cuadros plantean cuestiones diferentes.
En este caso, lo que nos interesaba fundamentalmente era hacer un seguimiento de la evolución de las ideas del artista en un tipo de obras cuya creación incluye varias fases, desde las primeras ideas del pintor hasta los tapices finales.
Bajo las capas de pintura de los primeros bocetos realizados por Rubens para esta serie se atisban en algunos casos restos de dibujos realizados con tiza negra.
Para estudiar mejor estos dibujos se utilizó la técnica de la reflectografía infrarroja, una técnica que combina una cámara de fotografía infrarroja con un monitor de video, y que revela algunas capas que subyacen a las que vemos en los cuadros, según los materiales con que estas hayan sido pintadas.
Esta técnica, que se basa en la capacidad de la radiación infrarroja para penetrar algunas capas de pintura, se utiliza fundamentalmente para estudiar los dibujos y bocetos preliminares realizados por un pintor sobre el soporte mismo de un cuadro antes de empezar a pintar sobre él.
El estudio detallado de estos dibujos subyacentes permite conocer las fases inicia-les de la creación de una pintura, y también una faceta de la personalidad creativa de un artista que queda velada cuando termina sus cuadros.
El primer paso dado por Rubens en el diseño de la serie de Aquiles es la creación de los bocetos, en los que primero define la composición en dibujos subyacentes, y después la pinta con capas muy finas de pintura.
Siete de estos ocho bocetos pertenecen al museo Boijmans van Beuningen; se trata de bocetos de una calidad excepcional, que muestran la viveza de la forma de pintar de artista, y su incomparable capacidad para dotar a las historias de la Antigüedad de relevancia y de inmediatez.
El siguiente paso en el desarrollo de la serie es la creación de los llamados modelos, unos bocetos algo mayores y más terminados que los anteriores.
Unas pequeñas marcas que encontramos en el perímetro de los bocetos indican que las composiciones fueron transferidas a los modelos mediante cuadriculas, tramas, posiblemente realizadas con hilos, que se superponían sobre la composición original, y luego sobre el soporte de los modelos, agrandando en ese momento cada uno de los cuadrados en los que se había dividido previamente la composición.
Tres de los modelos para esta serie pertenecen al Museo del Prado (Fig. 1).
Los modelos se realizaban para que los miembros de taller de Rubens encargados de la siguiente fase en la creación de los tapices, que consiste en ampliar las escenas para que los trabajadores de la fábrica los puedan reproducir en sus telares, pudieran hacerlo en base a unas composiciones en las que los detalles y los colores están ya claramente definidos.
Es posible que estos modelos sirviesen también para que los clientes conociesen el aspecto que tendrían los tapices cuando se terminasen.
La comparación de los ocho bocetos y los ocho modelos que permitió la exposición del Museo del Prado fue enormemente reveladora de la forma en que evolucionan las ideas de Rubens sobre el contenido de cada una de las historias de la vida de Aquiles, y sobre la mejor forma de presentarla visualmente.
En algunos modelos se ve la colaboración de Rubens y su taller con una claridad que será muy útil para una cuestión importante para la actividad del Área de Pintura Flamenca del Museo del Prado, como lo es la atribución de otras obras en las que la proporción de participación de Rubens y de su taller ha planteado dudas.
El Museo del Prado y el Museum Boijmans van Beuningen produjeron un catálogo conjunto para esta exposición, en dos ediciones, una en español y otra en inglés 2.
La exposición, sin embargo, fue diferente en Madrid y Rotterdam.
Mientras que en Holanda se incluyeron no solo bocetos y modelos, sino también ocho enormes tapices, en Madrid existían limitaciones de espacio que imposibilitaban mostrar todos los tapices.
Se decidió exponer un solo paño, que permitía observar el tipo de producto al que estaba destinado todo el proceso.
La limitación de espacio nos permitió concebir los objetivos de la exposición de forma diferente, centrándonos en la forma en que evolucionaron las ideas de Rubens desde el boceto al modelo sobre la historia que estaba pintando, y sobre la forma más persuasiva de plasmar esa historia.
Uno de los proyectos en los que el Área de Pintura Flamenca del Museo del Prado trabaja en la actualidad consiste en el estudio de la obra de Joachim Patinir, y la organización de una exposición sorbe el artista (Fig. 2).
Joachim Patinir es un pintor que trabajó en la ciudad de Amberes entre 1515 y 1524, y fue reconocido, ya en vida, como el primer pintor de paisajes.
Su arte fue alabado por figuras muy destacadas de la época (entre ellos Durero), y poco después de su muerte sus cuadros se encontraban en algunas de las principales colecciones europeas (entre ellas la de Felipe II).
A pesar de su fama, sólo existen actualmente 19 cuadros que los especialistas aceptan como de su mano, además de un pequeño grupo de obras discutidas.
Por otra parte, en las últimas décadas, todos los pintores neerlandeses de primera fila de los siglos XV y primera mitad del XVI, desde Van Eyck y Van der Weyden hasta Gerard Daid y El Bosco, han sido objeto de estudios en profundidad, con la excepción de Patinir.
La realización de un estudio sobre este pintor, que aspire a aclarar cuestiones planteadas por su obra y a marcar la pauta para futuros análisis, es un asunto pendiente en la historiografía sobre la pintura flamenca de la época. entre el Área de Pintura Flamenca del Prado y el personal científico de esas dos instituciones, y la proximidad de estas dos obras, son razones adicionales que animan al Prado a acometer este proyecto.
Con la intención de contribuir de forma decisiva al mejor conocimiento del arte de Patinir hemos diseñado un proyecto de investigación y exposición.
La primera fase, ya finalizada, ha consistido en contactar e invitar a Madrid, en noviembre de 2005, a especialistas en este pintor de diversos museos y universidades de Europa y Estados Unidos para compartir sus conocimientos sobre cuestiones como la técnica pictórica de Patinir, la forma de producción de sus cuadros, la interacción del maestro con el taller, su colaboración con Quintín Massys, Joos van Cleve (y tal vez otros maestros), la posible utilización de plantillas o dibujos que explique la repetición de motivos en diferentes cuadros, su mercado, el lugar que ocupa su arte en la evolución de la pintura de paisaje, y el significado que daba a sus temas.
Entre los asistentes a esta reunión se encontraban algunos de los máximos especialistas en arte flamenco de la época, como Maryan Aynsworth (The Metropolitan Museum of Art, Nueva York), Lorne Campbell (National Gallery, Londres), Reindert L. Falkenburg (Universidad de Leiden), Tomas Kren (The J. Paul Getty Museum, Los Angeles), Maximiliaan Maertens (Universidad de Gante), y Cecile Scaillierez (Msueo del Louvre), por citar sólo a algunos.
En esta reunión de dos días de duración todos los participantes compartieron sus ideas sobre el artista y mostraron los análisis que han hecho de los cuadros que guardan en sus respectivos museos.
La cuestión más inmediata a resolver es la de la definición del conjunto de la obra del artista.
En un pintor de la importancia histórica y la escasa producción de Patinir es raro que aun no exista un consenso sobre que cuadros pintó, pero así sucede en este caso.
Nuestra principal labor consiste por tanto en algo tan básico como establecer un corpus de obras cuya atribución pueda considerarse segura.
Todos los cuadros conocidos que se asemejan al estilo de Patinir van a ser estudiadas personalmente para este proyecto.
Se analizarán con rayos X y con reflectografía infrarroja, buscando conocer mejor la técnica del artista, y tener más datos para poder distinguir entre los cuadros realizados por el propio Patinir y otros que son similares.
También se están estudiando todos los soportes sobre los que se pintaron los cuadros mediante la dendocronología.
Esta técnica permite fechar los soportes de los cuadros siempre y cuando estos sean de madera de una misma especie y procedente de regiones próximas, como sucede con la pintura flamenca, que utiliza como soporte la madera de roble procedente de los bosques de la zona del mar Báltico.
Los especialistas en esta técnica han recopilado suficientes datos como para crear grandes secuencias cronologías (llamadas curvas de crecimiento continuo) ante las que se cotejan los datos aportados por los anillos de crecimiento que se ven en los soportes de cada cuadro.
Con estos datos, y teniendo en cuanta la forma de utilizar la madera de los carpinteros de la época, se puede conocer el año en que un árbol fue talado, y establecer con ello la datación más temprana posible para los cuadros.
Calculando el tiempo necesario para el secado de la madera (entre 2 y 8 años en esa región), se llega también a una fecha probable para la realización del cuadro.
Aunque es probable que existan muchos cuadros pintados en la propia época de Patinir por otros artistas que imitaban su estilo, la dendocronología puede permitir descartar algunas obras en base a una datación posterior.
La siguiente fase del proyecto consiste en definir el contenido de la publicación que se va a dedicar al pintor, y que se convertirá en el catálogo completo de su obra.
Los autores serán los mismos que asistieron a la reunión de Madrid, y sus contribuciones se basarán en las ideas que compartieron con sus colegas en dicha reunión.
El "Proyecto Patinir" culminará con una exposición en el verano de 2007, en la que estarán presentes todos los cuadros de Patinir cuyo estado de conservación permita su traslado.
Como todas las muestras que se realizan en un gran museo, tendrá un carácter divulgativo, puesto que permitirá al público comprender y disfrutar de los sorprendentes cuadros de Patinir y de la visión del mundo que ofrecen.
Sin embargo, se trata de una exposición que tiene mucho interés para los especialistas, puesto que permitirá contemplar y comparar, por primera vez, la mayor parte de los cuadros de Patinir que se conservan.
La exposición servirá también para que se restauren los cuadros de Patinir que así lo exijan.
En estas páginas he descrito tres proyectos que sirven para explicar el tipo de actividad científica que se lleva a cabo en el Área de Pintura Flamenca del Museo del Prado.
Uno de ellos, el dedicado a La Adoración de los Magos de Rubens, es un estudio monográfico sobre una obra maestra del museo, motivado por su prolongada restauración.
En otro caso, el del proyecto dedicado a la serie de Aquiles de Rubens, respondimos a una petición de colaboración de una institución extranjera, el Museum Boijmans van Beuningen de Rótterdam.
Por último, el proyecto que actualmente dedicamos a Joachim Patinir responde, de nuevo a nuestra responsabilidad hacia el estudio de artistas de cuya obra el Prado es el principal depositario.
En estos, y en otros casos, nos guía la idea de que el Museo del Prado debe de jugar un papel protagonista en los estudios de historia del arte sobre pintura flamenca y de otros ámbitos del norte de Europa, tanto por los datos como por los planteamientos teóricos que aportamos.
Nuestra investigación debe de alcanzar un nivel de protagonismo internacional dentro de la disciplina de la historia del arte equivalente al que tienen las colecciones del museo. |
Los derechos de propiedad constituyen uno de los pilares básicos de la regulación pública de la gestión de los recursos naturales.
Como afirman Hanna y Munasinghe (1995: 3), "los individuos interactúan con su medio ambiente a través de sistemas de derechos de propiedad que están enraizados en el contexto social, político, cultural y económico.
El resultado de esta interacción afecta a la cantidad y la calidad de los recursos ambientales".
De esta forma, "la mayoría de los problemas ambientales pueden ser vistos como problemas de derechos de propiedad incompletos, inconsistentes o no respetados" Hanna et al. (1995: 15).
Así pues, la cuestión de los derechos de propiedad se erige como central en la ecología política, entendida ésta como el análisis de las condiciones sociales y políticas que rodean las causas, experiencias y gestión de los problemas ambientales (Forsyth, 2002).
En este sentido, "el conocimiento de cómo los regímenes de derechos de propiedad [...] funcionan en relación a los humanos y su uso del medio ambiente es crítico para el diseño y la implementación de una protección ambiental efectiva" (Hanna y Munasinghe, 1995: 3).
Éste es precisamente el punto de partida de este artículo, cuyo objetivo es el de analizar, a través del concepto de derecho de propiedad, la incidencia que tiene la integración de las cuestiones ambientales en las regulaciones públicas de los usos del suelo rural.
Departamento de Economía y Ciencias Sociales
Universidad Politécnica de Valencia
Además, el interés de aplicar este análisis precisamente al espacio rural radica en que los derechos de propiedad no sólo son centrales en el diseño de las políticas ambientales, sino que se sitúan igualmente en el núcleo de los debates académicos y políticos en torno a los procesos de cambio rural.
Así, la teoría de la reestructuración rural 2, una de las corrientes dominantes en los estudios rurales, ha convertido los derechos de propiedad en una "una importante 'ventana' a través de la cual es posible percibir el balance de las fuerzas económicas, políticas y sociales en el campo" (Murdoch et al., 2003: 149), es decir, en el elemento cuya evolución sintetiza en última instancia los cambios que se producen en la estructura de la sociedad rural, los nuevos intereses y las tensiones sobre las vocaciones del espacio.
Estrechamente ligado a este enfoque teórico, el debate sobre una supuesta transición desde una agricultura marcada por los atributos productivistas a otra de carácter posproductivista, ha situado también parte de su atención en los derechos de propiedad sobre la tierra como "marcador" de dicha transición.
En este sentido, Wilson (2001) afirma que uno de los atributos de dicho proceso es precisamente la pérdida de seguridad de los derechos de propiedad privados consecuencia por ejemplo de las regulaciones ambientales.
Este debate sobre las líneas de transformación de la agricultura conecta directamente con el análisis de las políticas.
Mather et al. (2006) afirman que la verdadera esencia de la transición posproductivista es el gradual redireccionamiento de las políticas agrarias y rurales, de forma que los objetivos principales de éstas ya no serían la maximización de la producción de bienes materiales (alimentos, fibras, materias primas), sino otros objetivos "más amplios", que incluirían la provisión de servicios ambientales (p.
Y como veremos más adelante, este redireccionamiento de las políticas se traduce en cambios en los derechos de propiedad.
En resumen, el papel central de los derechos de propiedad en estos debates teóricos y políticos sobre el cambio rural refleja con claridad un hecho: La cuestión de los derechos de propiedad sobre la tierra remite directamente al corazón del concepto mismo de ruralidad.
En cualquiera de las aproximaciones a dicho concepto subyace un sustrato común: el de relación entre las personas y su entorno.
Pues bien, dicha relación no es sino la manifestación de una estructura de derechos de propiedad sobre la tierra.
Por ello, una alteración de los mismos implica también reconfigurar la relación de la sociedad con su entorno.
El artículo está estructurado en dos grandes partes.
La primera (Apartado 2) aborda los fundamentos teóricos del concepto de derechos de propiedad y sus dimensiones, con atención a su vinculación con los problemas ambientales, en especial en relación con la agricultura.
La segunda parte (Apartado 3) analiza las implicaciones que el empleo de distintos instrumentos de intervención (pagos por servicios ambientales, regulaciones directas y permisos negociables) tiene en términos de derechos de propiedad.
Finalmente, se extraen algunas conclusiones derivadas de este análisis.
DERECHOS DE PROPIEDAD Y MEDIO AMBIENTE
Concepto y dimensiones de los derechos de propiedad
Por derechos de propiedad entendemos aquellas instituciones 3, tanto formales como informales, que regulan el acceso a los recursos (por ejemplo la tierra), así como los derechos resultantes que los individuos establecen sobre esos recursos y los beneficios que generan (Wiebe y Meinzen-Dick, 1998).
En otras palabras, son los derechos de propiedad los que determinan quién puede hacer qué con un recurso concreto, tal como una parcela de tierra, así como cuándo y cómo puede hacerlo (Wiebe y Meinzen-Dick, 1998: 203).
Según Eggertson (1990), podemos distinguir tres dimensiones de los derechos de propiedad sobre un recurso: (i) el derecho a usarlo, que define los usos potenciales del mismo (incluyendo su transformación o destrucción) por parte de cada individuo, (ii) el derecho a obtener una renta de dicho recurso y (iii) el derecho a transferir a otros los derechos sobre dicho recurso.
En todo caso, lo que define los derechos de propiedad no es la relación entre el individuo y el recurso, sino la relación entre el titular de un derecho de propiedad y el resto de individuos.
Es decir, el derecho de propiedad regula las diversas formas de interdependencia entre individuos que se producen como consecuencia de la utilización de un recurso.
De esta forma, los derechos de propiedad representan una dualidad en la que se enfrentan los derechos de un individuo con la obligación de
instancia, en una cuestión de derechos de propiedad.
De esta forma, los fallos de mercado generados por la existencia de externalidades o bienes públicos ambientales -que justifican la necesidad de estructuras de gobernanza públicas o privadas-son al final siempre abordables como situaciones derivadas de una mala o inexistente definición de derechos de propiedad sobre los recursos naturales y la calidad ambiental.
Por lo tanto, la elección de los instrumentos de intervención no es neutra en términos de asignación de derechos de propiedad, ya que, como se analizará más adelante, el resultado de dichos instrumentos no sólo depende de la estructura preexistente de derechos de propiedad, sino que incide en ella modificándola.
Hasta aquí el consenso, a partir de aquí la disensión.
¿Cuál es la mejor forma de resolver los conflictos que se derivan del carácter interdependiente de la gestión de los recursos naturales?
Anderson (2004: 447) plantea esta cuestión de forma bipolar: "¿evolucionan los derechos de propiedad mediante la negociación y el contrato con los titulares de los derechos de propiedad existentes para reasignarlos y establecer otros nuevos?, o ¿cambian mediante procesos revolucionarios que cancelan los derechos existentes y los redistribuyen a nuevos individuos y grupos en un intento de satisfacer nuevas demandas?".
Las dos alternativas que plantea Anderson son, obviamente, la vía del mercado y la vía del Estado 4.
Veámoslas con más detenimiento (y en orden inverso).
La vía del Estado es la vía de la regulación directa y del empleo de instrumentos financieros públicos -penalizando con impuestos pigouvianos a los productores de externalidades negativas y premiando mediante subsidios a los productores de externalidades positivas.
Así, el Estado define y redefine continua y unilateralmente los derechos de propiedad de los individuos relativos a la calidad ambiental.
Ésta es la vía de la acción colectiva, en la que el Estado, como representante de la sociedad, modifica los derechos de propiedad relativos a la calidad ambiental como el resultado de una "reasignación de la oportunidad económica" a un segmento diferente de la sociedad (Bromley, 1989).
Es decir, cambios que reflejan nuevas actitudes y preferencias de la sociedad que ponen en cuestión el statu quo establecido.
respetar dicho derecho por parte del resto de la sociedad (ver Bromley, 1989).
En realidad, a la hora de hablar sobre un determinado recurso, es más apropiado hacerlo en términos de "paquete" de derechos (bundle of rights).
Ello se debe a que en la práctica, sobre un mismo recurso pueden existir diversos derechos con distintos alcances y distintos titulares.
En el caso de la tierra, un individuo puede tener el derecho a cultivar ciertos productos (y puede que otros no como consecuencia de una determinada política agraria) bajo ciertas condiciones (limitadas por la política ambiental), mientras que otros individuos pueden tener el derecho a transitar por dicha tierra para acceder a ciertos lugares, y otros pueden poseer el derecho sobre el subsuelo para una explotación mineral.
La composición de ese "paquete de derechos" puede cambiar mediante un proceso que puede ser conceptualmente fragmentado en cuatro partes: definición, separación, asignación y establecimiento de normas de transacción (Hodge y Ortiz, 2007).
En efecto, el cambio empieza por la definición previa y la separación de unos derechos de otros (por ejemplo, el derecho a usar un determinado producto químico o una cierta dosis puede ser separado del derecho a cultivar).
Este nuevo componente del "paquete" de derechos puede ser asignado bien al titular del derecho a cultivar, o bien ser apropiado por otros actores, por ejemplo el Estado.
Una vez asignado, es posible que este derecho sea objeto de algún tipo de transacción entre actores.
Además, todos esos procesos implican una serie de costes, a los que se unen los derivados de hacer valer la estructura resultante de derechos de propiedad, es decir, vigilar tanto que sus titulares no sobrepasan los límites que establecen dichos derechos, como que el resto de individuos no interfiere de forma no consentida en el ejercicio de los mismos.
A todos esos costes se les denomina "costes de transacción".
De esta forma, derechos de propiedad y costes de transacción se convierten en dos dimensiones inseparables de una misma realidad.
Interdependencia y derechos de propiedad
Tal como se indicaba en la introducción de este artículo, la "cuestión ambiental" puede ser traducida, en última
La vía del mercado -la preferida, pues, por los economistas del mainstream-considera inviolable el statu quo de los individuos, de manera que éste sólo habría de ser modificado mediante la negociación voluntaria con los titulares de los derechos 5.
Este planteamiento se sustenta en el denominado teorema de Coase (1960) sobre la superioridad de la solución negociada de las externalidades, y constituye una defensa del fortalecimiento de la propiedad privada de los recursos y los mecanismos de exclusión, así como el empleo de instrumentos de mercado para una resolución contractual de las situaciones de interdependencia entre individuos.
Es más, en línea con esta segunda óptica, algunos economistas cuestionan el mero empleo de la palabra "externalidad", por cuando consideran que plantear los problemas ambientales en estos términos supone un primer paso para defender la vía de la regulación directa por parte del Estado.
Usando la conservación de hábitat como ejemplo, Anderson y McCormick (2004: 294) argumentan que afirmar la existencia de una externalidad positiva es dar por hecho que ya existe un derecho de propiedad por parte de la persona que está produciendo dicho hábitat.
En otras palabras, el mero empleo del término "externalidad", asume implícitamente que ya existe una cierta asignación de derechos y podría sesgar la elección de los instrumentos económicos a emplear para resolver el problema de mercado que dicha interdependencia entre individuos genera.
Según Yandle (2003: 260), "decir sí a las externalidades paraliza la maquinaria de análisis y lleva inevitablemente a una solución de externalidad: la acción del gobierno".
Así, Anderson (2004) propone "expulsar" el término externalidad del vocabulario de los economistas, ya que "no añade nada al análisis y puede incluso complicar la solución potencial al asumir un conjunto de derechos de propiedad que no existe" (p.
De este modo, el papel de los economistas sería abordar el análisis de qué instrumentos de intervención son los más eficientes (los de menores costes de transacción), sin dejarse "distraer" por la existencia de dichas estructuras de derechos implícitos de las que parten otros enfoques.
Aquí, el papel del Estado no sería sino el de velar por los derechos de propiedad privados y vigilar para el adecuado funcionamiento del mercado.
Entre estos dos extremos se situaría el reconocimiento de la legitimidad del Estado de atenuar los derechos de propiedad privados, es decir, de imponer algunos límites y restricciones a los derechos a usar un recurso, a obtener una renta o a transferirlos.
Pero una atenuación que debería ir ligada en todo caso a una compensación justa por la disminución del valor de producción o intercambio de dichos derechos.
En cualquier caso, la elección de los instrumentos de intervención pública para incidir en dichas situaciones de interdependencia ha de tener en consideración dos aspectos estrechamente vinculados: (a) los derechos de propiedad preexistentes (formales o informales, supuestos o reconocidos), y (b) los costes de transacción de las diferentes alternativas posibles, cuya magnitud va a determinar la eficiencia de dichos instrumentos.
La vinculación entre esos dos aspectos es clara: optar por unos instrumentos de intervención que choquen mucho con el statu quo asumido por los titulares de los derechos, aumentará las probabilidades de conductas oportunistas por parte de éstos, y con ellas los costes necesarios para controlar la implementación de dichos instrumentos políticos.
Dicho de otro modo, el funcionamiento eficiente de las instituciones requiere que los individuos compartan el sentido general de las mismas, ya que, de lo contrario, los costes de hacer cumplir las normas pueden llegar a ser demasiado elevados (Ostrom, 2005).
Así, el empleo de instrumentos de regulación que incida en los derechos de propiedad supone reconocer o alterar la forma en la que dichos derechos se encuentran protegidos.
En este sentido, Bromley (1989) distingue entre varias formas de protección:
• Un derecho se ve protegido por una "norma de propiedad" cuando sólo puede ser alterado previo consentimiento voluntario de su titular mediante una negociación ex-ante. • Un derecho protegido por una "norma de responsabilidad" puede, por el contrario, verse alterado sin el consentimiento de su titular, pero dicha alteración genera una obligación de compensación ex-post para éste. • Por último, un derecho protegido por una "norma de inalienabilidad" no puede ser transferido ni modificado bajo ningún concepto, incluso aunque su titular así lo desee.
Estas figuras de protección son pues parte del statu quo de partida, así como del escenario resultante de los cambios.
A ellas haremos referencia en el análisis de los diferentes instrumentos de intervención que aquí se recogen.
Los derechos de propiedad en la relación entre agricultura y medio ambiente
En línea con las dos posiciones indicadas en el anterior subepígrafe, la regulación de los derechos de propiedad sobre la tierra en relación a los efectos ambientales de su utilización permite dos interpretaciones alternativas (Ortiz y Estruch, 2004).
Una primera que plantea que dicha regulación supone una primera y auténtica definición de dichos derechos, es decir, que lo que hace el Estado con dicha regulación es sencillamente proteger a la sociedad de una apropiación no legítima por parte de los titulares de la tierra, por lo que no ha lugar a ninguna compensación por modificar el statu quo.
Dicho de otro modo, se trata de abordar la existencia de externalidades que afectan al conjunto de la sociedad.
Frente a ésta, una segunda interpretación que defiende que dicha regulación supone una modificación unilateral de unos derechos legitimados por la posesión de la tierra y por la tradición histórica, por lo que dicha intervención ha de entenderse como una expropiación en toda regla (con las consiguientes compensaciones a los titulares).
Es decir, se trata de reconocer la legitimidad de los derechos de propiedad privados sobre la tierra y de habilitar mecanismos de intervención que los respeten.
La segunda de esas posiciones se ve respaldada por la fortaleza histórica e ideológica de los derechos de propiedad sobre la tierra, acentuada en el caso de su uso agrario.
Así, como afirman Bromley y Hodge (1990: 198), "los derechos de propiedad sobre la tierra y la producción agraria han sido fuertemente respaldados con la finalidad de hacer frente a las presiones económicas para el incremento de las cantidades de alimentos y fibras", es más, "estos derechos de propiedad tradicionales permanecen prácticamente intactos -y rara vez cuestionados-hoy en día, a pesar incluso de que las condiciones económicas y las escaseces relativas son muy diferentes a aquellas que prevalecían cuando la agricultura moderna empezó a desarrollarse por primera vez".
Según estos autores, esta situación ha llevado a que los agricultores y los lobbies agrarios hayan conseguido capitalizar sus derechos de propiedad sobre la tierra en amplios, y a veces complicados, programas de política agraria.
En este sentido, elemento central de esta "capitalización" es la definición del nivel o punto de referencia que separa, por un lado, el conjunto de derechos del propietario de la tierra y, por otro, los derechos que corresponden al resto de la sociedad (representada por el Estado) (Hodge, 1989).
De esta forma, la posición relativa del statu quo frente a los puntos de referencia que se asumen como adecuados (que pueden ser diversos para distintos individuos) determinará la postura de los actores implicados y los costes de transacción de la implementación.
El continuum de posibles situaciones de distribución de derechos de propiedad entre esos dos actores (titular de la tierra y Estado) y el establecimiento de esos niveles de referencia toman distintas formas en relación a las diversas implicaciones ambientales de la agricultura.
Así, Bromley (2000) tipifica estas implicaciones como: (i) de ocio o visuales (atributos paisajísticos), (ii) de hábitat (provisión de espacio y sustento para plantas y animales que no son parte de la empresa agraria) y (iii) ecológicas (efectos sobre los procesos ecológicos más allá de los límites de la explotación).
A pesar de que se trata de una tipología no mutuamente excluyente, por cuanto hay implicaciones que simultáneamente tienen cabida en más de un tipo, esta diferenciación es útil desde el punto de vista de su consideración y su tratamiento político.
En efecto, según Bromley (2000), las dos primeras (visuales y de hábitat) han sido consideradas por el legislador como vinculadas a los derechos de propiedad de los titulares de la tierra, mientras que las implicaciones ecológicas sí han sido objeto de mayor intervencionismo público por considerar que invadían los derechos de propiedad del resto de la sociedad.
En cualquier caso, lo que sí está claro es que, en última instancia, los intereses, los conflictos, y las tensiones en torno a los derechos de propiedad de los titulares de la tierra respecto a las cuestiones ambientales, se trasladan al ámbito de las políticas.
De esta forma, "los supuestos derechos de propiedad sobre la tierra se convierten, traducidos a lo largo del proceso político, en presuntos derechos adquiridos en la arena política" (Bromley y Hodge, 1990: 199).
En consecuencia, es de crucial importancia la percepción y el posicionamiento de los propietarios de la tierra respecto a las políticas.
En esta línea, Davies y Hodge (2007) encuentran en un estudio en la región de East Anglia en Reino Unido que la mayoría de los agricultores tienen un sistema de valores ambientalista, por lo que las diferencias no están tanto en la existencia o no de una ética ambiental, sino en cómo ésta debe materializarse en la arena política.
Y esta materialización puede tomar formas diferentes en relación a las diversas implicaciones ambientales de la agricultura.
Por ejemplo, en este estudio, Davies y Hodge concluyen que los agricultores están mucho más dispuestos a aceptar atenuaciones de sus derechos de propiedad cuando éstos inciden en la calidad de los recursos naturales que afectan a la capacidad productiva de la agricultura (fundamentalmente suelo y agua).
LA ELECCIÓN DE LOS INSTRUMENTOS DE INTERVENCIÓN Y SUS IMPLICACIONES EN TÉRMINOS DE DERECHOS DE PROPIEDAD
La remuneración de servicios ambientales
El creciente interés de la sociedad por el mantenimiento y fortalecimiento de una serie de atributos ambientales ligados a la agricultura, en conjunción con el paulatino deterioro de los márgenes comerciales de esta actividad, han dado lugar a un cierto redireccionamiento de los estímulos económicos que desde las políticas se trasladan a los agricultores, así como a una mayor atención por parte de éstos hacia nuevas fuentes de ingresos derivados de la valorización de la producción ambiental conjunta.
Este proceso de valorización ha requerido como condición indispensable la definición (más o menos explícita) de derechos de propiedad sobre los diferentes niveles de calidad ambiental (Hodge, 2001).
La consecuencia de estas transformaciones es inmediata: si se desea que las funciones ambientales de la gestión de la tierra no sólo se vean reconocidas como objetivos de las políticas, sino que puedan convertirse en una fuente de ingresos adicional para sus responsables, entonces la definición de derechos imprescindible para la consideración política de la calidad ambiental debe ir acompañada de una posterior asignación de estos derechos a los titulares de la tierra.
Dicho de otro modo, estas políticas (denominadas "multifuncionales" en el ámbito europeo) tienen el efecto derivado de consolidar los derechos de propiedad de la tierra por parte de sus titulares.
Podemos distinguir aquí dos vías a través de las cuales se produce esa valorización de los derechos de propiedad ambientales, una pública (ayudas dentro de los programas agroambientales) y otra privada (acuerdos de custodia del territorio).
En relación a los programas agroambientales, Ortiz y Estruch (2004: 346) concluyen que "el uso de ayudas por acciones consideradas ambientalmente deseadas da lugar, aunque de una manera menos explícita, a un cierto reconocimiento de derechos de propiedad", ya que supone reconocer que el agricultor tiene derecho a no realizar dichas acciones.
De esta forma, estos programas amplían el dominio de elección para los titulares de la tierra (Hodge y Ortiz, 2007), por cuanto se les abre la posibilidad de valorizar un derecho que ha sido previamente definido (p.e. el derecho sobre determinados atributos visuales de la explotación), a la vez que se les ofrece la posibilidad de "vendérselo" al Estado a cambio de los pagos agroambientales.
Junto a esa vía pública de remuneración de servicios ambientales, tiene cada vez más presencia, no sólo en el plano académico 6 sino particularmente en términos de difusión real, la recurrencia a acuerdos contractuales de custodia del territorio.
Esta modalidad de acuerdo se establece privadamente entre el titular de la tierra y otro actor económico no público (una "entidad de custodia").
De esta forma, el primero adquiere una serie de compromisos de conservación ambiental o permite el acceso a su propiedad para diversas actividades (p.e. observación de aves), a cambio de contraprestaciones que van simplemente del asesoramiento ambiental por parte de la entidad de custodia, al pago de una cantidad de dinero (algo así como un pago agroambiental "privado").
Es cierto que, en este último caso no hay alteración de los derechos de propiedad, sino una valorización privada de unas prácticas de gestión.
Sin embargo, lo que se reclama en términos de regulación pública por parte las entidades de custodia, es una serie de cambios normativos dirigidos DIONISIO ORTIZ MIRANDA a reducir los costes de transacción que supone el establecimiento de este tipo de contratos (p.e. en relación a la legislación fiscal) 7.
Las regulaciones directas en las zonas de protección ambiental
Mucho más explícito en términos de derechos de propiedad es el debate en torno a las implicaciones que genera la declaración de figuras de protección ambiental.
En efecto, la declaración de un determinado espacio como "protegido" por parte de los responsables políticos, supone el sometimiento de los propietarios de dicho espacio (públicos o privados) a una serie de nuevas restricciones respecto a la utilización, alteración y transferencia de los derechos de propiedad.
En ocasiones, estas nuevas restricciones se producen no tanto en los derechos de iure como en los de facto, es decir, la declaración conlleva que en la práctica las autoridades controlarán con mayor rigor en dicho espacio el respecto de otras normas que ya deberían estar respetándose.
Se trata además, de un proceso en crecimiento 8.
Tal como señalan Deverre et al. (2002: 228) "asistimos a una verdadera explosión de nuevas zonificaciones territoriales cuyos contornos no siguen salvo excepcionalmente los de las particiones administrativas.
Esta zonificación va mucho más allá de la de los Espacios Naturales Protegidos.
Además, no sólo es mucho más amplia, sino que son entidades pertinentes para la función ambiental que juegan (zonificación, linealidades, retículas...)".
En cualquier caso, lo que sí queda claro, al menos en lo que a la legislación de protección se refiere, es que esta modificación no supone una expropiación que dé derecho a una indemnización a los propietarios.
Y ahí radica precisamente el núcleo del debate interpretativo entre propietarios afectados y el Estado.
Así, la European Landowners' Organisation (ELO), principal lobby europeo de propietarios rurales, ha hecho de la defensa del derecho privado de propiedad uno de sus principales temas de actuación (ver ELO, 1999), con especial atención a su consideración en el desarrollo de la Red Natura 2000 (ver ELO, 1997ELO, y 2006)).
El argumento central de esta posición es el de la necesidad (y la obligación) de que las restricciones que esta norma-tiva impone respecto a la utilización de sus tierras vayan acompañadas de una compensación económica por parte del Estado.
Es decir, no discuten tanto, al menos en el plano conceptual, la existencia de esas restricciones, sino que éstas no reciban la consideración de una "expropiación" que habría de dar lugar a una compensación.
Atendiendo exclusivamente a las legislaciones sobre Espacios Naturales Protegidos (en adelante ENP) europeas y españolas, la ausencia de la obligación de compensar las restricciones a los propietarios de la tierra supone considerar que, en este caso, la sociedad está protegida por una norma de inalienabilidad.
Es decir, la sociedad define y se asigna de manera formal unos derechos de propiedad que no pueden ser objeto de transacción posterior.
Sin embargo, la praxis política ha introducido ciertos elementos de confusión en este sentido, al complementar en ocasiones, de forma más o menos velada, estas restricciones de incentivos financieros positivos.
Así por ejemplo, las autoridades españolas emplearon en torno al 40 % de los pagos ambientales en el período 1993-1999 en zonas que ya estaban sometidas a algún régimen de protección ambiental (Peco et al., 2000).
En estos casos, la normativa europea exige que los compromisos que adquieren los agricultores para percibir estos pagos sean diferentes (vayan más allá) de las obligaciones que impone la normativa de protección.
En la práctica, muchos de estos programas se diseñaron de forma que el respeto de las obligaciones de protección llevase casi automáticamente al cumplimiento de los compromisos agroambientales.
De manera más explícita aún, el Reglamento europeo de Desarrollo Rural para el período 2007-2013 (Reg.
1698/2005) recoge la posibilidad de que se concedan directamente ayudas a propietarios (agrícolas o forestales) afectados por la Red Natura 2000.
Se abre así la puerta a una compensación formal en toda regla, aunque es potestad de las autoridades nacionales (y autonómicas en el caso español) decidir sobre su utilización o no.
En todo caso, la compensación (más o menos explícita) de las restricciones que impone la declaración de ENP modifica la consideración de los derechos de propiedad de los titulares de la tierra.
Aquí, se asume una cierta compensación ex-post por parte del Estado, lo que significa reconocer que el derecho de propiedad del titular está protegido
por una norma de responsabilidad.
Es decir, el titular puede ver cómo el Estado modifica unilateralmente los derechos de propiedad, pero a cambio debe ser compensado por ello.
Ésta es precisamente la posición que estarían defendiendo las organizaciones de propietarios.
Más reciente es el debate sobre el empleo de los permisos negociables como instrumentos de política ambiental y su potencial traslación a los usos del suelo y la conservación de la biodiversidad.
La utilización de estos instrumentos cuenta con un notable apoyo académico en el ámbito económico, por cuanto "parecen estar en armonía con las tendencias modernas en gestión económica: liberando el potencial del mercado de las ineficiencias del control estatal" (Bowers, 2005: 103).
Se trata en definitiva de una intervención basada no en el concepto de externalidad sino en la defensa de la propiedad privada y las soluciones negociadas.
Así, a modo de ejemplo estos permisos negociables pueden estar vinculados a cuotas de pesca o caza o a derechos de transformaciones de los usos del suelo (p.e. desecación de humedales para su puesta en cultivo, plantaciones forestales intensivas).
Sin entrar en consideraciones sobre la mayor o menor eficiencia del uso de estos instrumentos, sus implicaciones en términos de derechos de propiedad sí están más claras.
En primer lugar, se produce una definición formal de derechos de propiedad y una asignación inicial entre los individuos.
Es decir, se determina formalmente a qué cantidad de consumo de calidad ambiental dan derecho los permisos que se asignan a cada titular.
Una vez realizada esa asignación de derechos de propiedad entre un individuo y el resto de la sociedad (en la que se integran igualmente el resto de poseedores de derechos negociables), éstos quedan protegidos en los dos casos por normas de propiedad.
De esta forma, un individuo puede vender parte de sus permisos (p.e. el derecho a plantar N hectáreas de una especie forestal de crecimiento corto) en una negociación voluntaria ex-ante a cambio de un precio con el que él esté de acuerdo.
De la misma manera, el resto de la sociedad (a través de otro titular de permisos) puede transferir nuevos derechos de plantación a dicho individuos de manera negociada.
Tal como afirma Bromley (2000: 136), los derechos de propiedad son una construcción social que es "descubierta" en el curso de la mediación de conflictos por parte del legislativo y/o los tribunales.
Eso hace que ese proceso de gradual definición de derechos vaya teniendo lugar a medida que las divergencias entre los objetivos de los individuos superan un determinado umbral.
En este sentido, los conflictos que emergen entre los titulares de la tierra y el resto de la sociedad se derivan tanto del aumento de los efectos ambientales negativos de la agricultura en los países industrializados, como de la evolución de lo que la sociedad considera como "justo" y "normal" (Bromley y Hodge, 1990).
De las anteriores páginas se desprende que, en efecto, el empleo de diferentes instrumentos de regulación ambiental supone una continua (re)configuración de los derechos de propiedad sobre la tierra.
La siguiente tabla sintetiza dichos efectos en relación a qué tipo de protección de los derechos de propiedad se consideran en cada caso.
Se observa en esta tabla cómo, tal como se indicaba con anterioridad, a excepción de la declaración de ENP sin compensación financiera, el resto de instrumentos de intervención fortalece, de una u otra forma, la posición de los titulares de la tierra respecto a los derechos de propiedad.
A conclusiones similares llega Marsden (1995) cuando afirma que las políticas que están tratando de fomentar el carácter posproductivista de la agricultura tienen el efecto de reforzar la posición de los propietarios de la tierra.
Esta idea choca en parte con lo que afirmaba Wilson (2001) en relación a la pérdida de seguridad de los derechos de propiedad sobre la tierra como consecuencia de las regulaciones ambientales.
Es cierto que estas regulaciones están alterando dichos derechos, pero lo están haciendo en gran parte de manera que se abren nuevas oportunidades de negocio para sus titulares.
De esta forma, como afirman Baptista y Arnalte (2007), la reducción de la función productiva del espacio lleva a una considerable porción de la SAU a un proceso de transición de "tierra agrícola" a "propiedad ambiental".
Además, es frecuente que el aprovechamiento de ese nuevo valor de intercambio que adquiere la calidad ambiental suponga una mayor integración institucional de los titulares de la tierra.
En efecto, organizaciones como las DIONISIO ORTIZ MIRANDA cooperativas ambientales 9, el sometimiento a estructuras de certificación, los acuerdos ambientales públicos o privados, representan todos ellos ejemplos de en qué medida la valorización de esos derechos de propiedad lleva aparejado un mayor grado de cooperación e integración con otros actores económicos y de controles que velen por el ejercicio de esos derechos.
La otra gran cuestión es, dada la diversidad de fórmulas de intervención, decidir cuáles son las más adecuadas en cada caso.
O planteado en términos económicos, cuál es la más eficiente, es decir, la de menores costes de transacción.
Y es aquí donde se sitúa, más allá de las consideraciones sobre legitimidad, justicia o equidad, el núcleo del debate económico, que alcanza incluso a la propia definición del papel del Estado.
La respuesta a esta cuestión es que no hay una única respuesta, algo aparentemente obvio si no fuese por la insistencia de numerosos economistas de apostar siempre por las mismas recetas -especialmente las basadas en los derechos de propiedad exclusivos y las soluciones negociadas-independientemente de la realidad en las que se tratan de aplicar.
Además, el énfasis en el criterio de eficiencia económica puede llevar incluso a decisiones no correctas.
En efecto, los instrumentos de intervención consideran necesariamente una asignación inicial de derechos de propiedad, y la teoría económica nos muestra que esta asignación inicial condiciona el resultado final de la solución negociada -tanto por el diferente reparto de los costes de transacción de la negociación, como por la existencia del denominado "efecto titularidad" 10 -.
Así pues, incluso en el caso de optar por la solución negociada de las situaciones de interdependencia, siguen cabiendo dos posibilidades alternativas entre las que elegir.
Una, la de admitir el carácter intocable de la propiedad privada, lo que obliga a la sociedad a negociar con los titulares de los derechos para tratar de acercarse a sus objetivos ambientales.
La otra, la de dejar que sea la acción colectiva -preferiblemente a nivel local, pero sin obviar un ámbito más amplio en relación a ciertos atributos ambientales-la que determine su nivel óptimo de calidad ambiental, y habilitando mecanismos que permitan a los titulares de la tierra negociar con el colectivo en caso de desear modificar los niveles de referencia.
La elección entre una y otra en cada caso concreto no es una mera cuestión de eficiencia económica, es una cuestión de decidir (subjetiva y colectivamente) qué modelo de relación queremos tener con nuestro espacio rural.
Es decir, algo así como las "reglas del juego" del sistema económico (North, 1990: 3).
4 La forma en la que el propio Anderson expone estas preguntas deja traslucir su preferencia por la primera de ellas.
7 Sobre la custodia del territorio en España, y más concretamente en las regiones mediterráneas, puede consultarse la página web de la Red de Custodia del Territorio en http: //www.custodiaterritori.org.
8 A modo de ejemplo, la Unión Europea se encuentra preparando en el momento de redacción de este artículo una Directiva Europea Marco para la protección del suelo (COM(2006) 232 final) cuyo desarrollo dará lugar a una exhaustiva zonificación de los suelos en relación a sus niveles de degradación, contaminación, erosión, etc. 9 Ver por ejemplo Hagedorn (2002).
10 El "efecto titularidad" implica que los individuos valoran los activos de forma diferente atendiendo a la situación de sus derechos de propiedad (Kahneman et al., 1990).
Dicho de otro modo, los individuos exigen una mayor compensación para renunciar a un activo de lo que estarían dispuestos a pagar para adquirirlo.
TABLA 1: INSTRUMENTOS DE REGULACIÓN Y NORMAS DE PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS DE PROPIEDAD Instrumento de regulación Normas de protección de los derechos de propiedad...... del titular de la tierra... de la sociedad |
El sistema oficial de cuentas de la selvicultura (CES) acepta que el concepto de renta hicksiana es el adecuado para la medición de la renta total del bosque (Eurostat, 1996(Eurostat,, 2000(Eurostat, y 2002)), aunque por el momento no se dispone de una regulación oficial de la valoración económica de los bienes y servicios ambientales y de las ganancias de capital que permitiría el cálculo de esta renta total del bosque (Eisner, 1989; Comisión Europea, 1994; Eurostat, 2002).
Esta inconsecuencia política de la Unión Europea ocurre al mismo tiempo que se han producido notables avances científicos en los métodos de valoración ambiental aplicados a la medición de las rentas ambiental y total sociales de los bosques (Campos, 1999; Nordhaus y Kokkelenberg, 1999; Vincent, 1999; Eurostat, 2002; Caparrós et al., 2003; Lange, 2004; Campos y Caparrós, 2006).
Estos antecedentes muestran el interés público de disponer de una medición de la renta ambiental generada por los bosques europeos, tanto a los ciudadanos residentes en la LA RENTA AMBIENTAL DE LOS BOSQUES nación (beneficiarios locales) como a otros ciudadanos del resto del Mundo (beneficiarios globales).
Las ventajas de conocer la renta ambiental para el diseño de las políticas públicas son claras, especialmente en aquellos aspectos que pueden contribuir a mayores grados de equidad en la distribución de los costes y beneficios de las políticas ambientales en la Unión Europea y a incentivar políticas públicas de preservación de la calidad ambiental de los bosques.
Ambas políticas públicas de equidad y preservación de la naturaleza podrían favorecer a los países del sur de Europa y del norte de África con mayores compensaciones netas procedentes de los países del centro y norte de la Unión Europea (Campos, 2004; Campos et al., 2007a).
Para aplicar estas políticas no se dispone actualmente de información sobre la contribución de la renta ambiental a la renta total de los bosques y, en este sentido, la implantación de una estadística de la renta ambiental de los bosques es ante todo una opción política que trasciende el ámbito nacional (Dasgupta, 2001).
El objetivo de este artículo es presentar una medición de la renta ambiental en dos tipos de bosques privados representativos españoles, como son los alcornocales (Quercus suber L.) del Parque Natural Los Alcornocales (PNA) y los pinares de silvestre (Pinus sylvestris L.) de la Sierra de Guadarrama (PSG).
Con este objetivo también se pretende contribuir a los debates técnico y político sobre la necesidad de que los gobiernos regulen, sin más demora, la aplicación de las cuentas ambientales integradas, al menos, en los bosques europeos.
EL VALOR ECONÓMICO TOTAL DEL BOSQUE
Existe un consenso generalizado entre los economistas especializados en la medición de la renta hicksiana de que la teoría del valor económico total (VET) es el marco conceptual apropiado para la estimación de la renta total (comercial y ambiental) integrada de los bosques (Campos, 1999; Dasgupta, 2001; Campos et al., 2005; Campos y Caparrós, 2006).
La teoría del VET considera todas las fuentes que llevan a los humanos a asignar valor económico a los bienes y servicios escasos que consumen.
La fuente de valor económico más obvia es el consumo activo actual de bienes y servicios (comerciales y ambientales).
Pero también el consumo activo futuro es otra fuente por la que los humanos pueden llegar a asignar valor económico a los bienes y servicios escasos conocidos para garantizar su uso futuro (valor opción), así como también podemos otorgar valor económico al uso pasivo (valor existencia) de los bienes y servicios de hábitats y especies amenazadas o en peligro de extinción, aunque sus funciones de sustento de la vida nos sean hoy desconocidas (Campos, 1999; Dasgupta, 2001).
Los valores de los usos activo y pasivo que componen el VET son aditivos, aunque existe el riesgo de omisión y doble contabilización de los costes y los beneficios.
Este riesgo tiende a ser evitado si se cumplen los criterios de la partida doble aplicando la teoría de las cuentas agroforestales (Campos, 1999; Campos et al., 2001) y la homogeneidad del valor a través de la estimación del valor de cambio de los bienes y servicios ambientales para los que no existe transacción de mercado (Caparrós et al., 2001; Caparrós et al., 2003; Campos et al., 2005; Campos y Caparrós, 2006).
La medición de la renta ambiental agregada debe realizarse tomando en cuenta los valores de oferta y demanda de los mercados simulados de los bienes y servicios ambientales.
En los bosques esta valoración se ve dificultada por la condición de producción conjunta que habitualmente vincula simultáneamente una parte sustancial de los costes comerciales incurridos en la gestión de las múltiples producciones comerciales y ambientales del bosque (Baungärtner et al., 2006).
El pragmatismo al que obliga toda aplicación contable justifica que los costes comerciales que generan producciones conjuntas comerciales y ambientales sean atribuidos a la actividad singular que de forma principal motiva la decisión del gestor de realizar el gasto.
METODOLOGÍA DE LA RENTA AMBIENTAL
Para la medición de la renta ambiental de los bosques, cuando se encuentran en una situación estable es suficiente con recurrir a una cuenta de producción simplificada (Campos y Caparrós, 2006; Campos et al., 2007b).
Esta última omite los valores del crecimiento natural de las producciones leñosas (corcho, madera, leña, etc.) del ejercicio en la producción final (PF) y de las producciones PABLO CAMPOS PALACÍN, ALEJANDRO CAPARRÓS GASS, JOSÉ L. OVIEDO PRO Y PAOLA OVANDO POL (V R ) y el valor de conservación (V C ) de los visitantes de libre acceso, el valor del carbono (C) por el daño evitado de la fijación neta de carbono en los PSG y por el ahorro de emisiones netas de dióxido de carbono en el PNA, y el valor de mercado de las setas recolectadas por visitantes recreativos y la población local (S PU ).
La pesca recreativa es practicada en el río Lozoya en los PSG, aunque ha sido omitida por falta de información.
Las valoraciones ambientales que se presentan para el PNA y los PSG se refieren únicamente a los beneficios ambientales y no se han tenido en cuenta los daños (males) ambientales causados por los bosques, como puede ser la reducción de recursos hídricos disponibles para el uso en otras actividades económicas no-forestales (Gallart y Lloréns, 2003; Castillo, 2003):
Se define la producción intermedia del bosque como aquella que es directamente utilizada en el mismo ejercicio y que se origina para contribuir a la oferta de producciones finales forestales.
La única producción intermedia que se considera en esta ocasión es la originada por la gestión de la Administración pública.
Para medir esta producción intermedia se sigue el criterio del sistema de cuentas nacionales (SCN) de valorarla por el coste total incurrido más el margen normal de beneficio de las empresas contratadas.
Este criterio y el supuesto de estado estacionario del bosque adoptados hacen posible que la producción intermedia (PI GP,A ) y el gasto público (GP A ) coincidan:
Para valorar los servicios ambientales del bosque consumidos por los propietarios privados y los visitantes públicos -de libre acceso a las áreas recreativas y senderos-se ha empleado la técnica de valoración contingente.
Sobre la validez teórica y aplicada del método de valoración contingente para la estimación monetaria de daños y beneficios ambientales puede consultarse Arrow et al. (1993), y en el contexto de la contabilidad ambiental Caparrós et al. (2001Caparrós et al. ( y 2003)).
El valor de la recolección de setas de libre acceso en los PSG ha sido estimado aceptando los datos de precio y rendimiento del mercado de setas en Pinar Grande (Soria).
Para la valoración de la mitigación del efecto invernadero del carbono, aunque se trata de un servicio ambiental para el que existen mercados incipientes, se ha optado por con-leñosas en curso utilizadas de ejercicios anteriores en el consumo intermedio (CI).
Ambas omisiones no suponen la modificación de la cuantía de la renta total cuando el bosque se encuentra en una situación estable.
Una descripción general del sistema de cuentas agroforestales completo, incluyendo los balances de capital puede consultarse en Campos (1999), Caparrós et al. (2001) y Caparrós et al. (2003).
La cuenta de producción simplificada también incluye la depreciación de las inversiones territoriales históricas por cuenta propia (internas) y las inversiones externas en mobiliario mecánico como consumo de capital fijo (CCF).
Estos supuestos permiten expresar de forma sencilla la identidad de la renta total en términos de la renta de explotación o valor añadido neto total social (VAN).
Este último se calcula como la diferencia entre el valor de la producción total (PT) y los costes de los consumos intermedio y de capital fijo:
El VAN puede descomponerse en la suma de la renta comercial o valor añadido neto comercial (VAN C ) a precios de mercado (sin incluir las subvenciones e impuestos ligados a la producción) y la renta ambiental o el valor añadido neto ambiental (VAN A ):
El VAN A se puede estimar mediante una sencilla identidad contable que relaciona el valor de cambio simulado de la producción final de bienes y servicios ambientales (BSA) y el valor de la producción intermedia (PI GP,A ) de las actividades ambientales gestionadas por la Administración pública que se atribuye como un coste intermedio de estos bienes y servicios ambientales (Campos et al., 2007c, Eurostat, 2000):
El coste comercial total incurrido por el propietario privado en la gestión del bosque, así como el valor de la producción intermedia de las actividades comerciales que se ven afectadas por la gestión pública, se atribuyen a los bienes y servicios comerciales.
Los bienes y servicios ambientales finales considerados en los bosques estudiados son el autoconsumo ambiental (A A ) de los propietarios particulares, el disfrute recreativo
siderar el valor del daño evitado del efecto invernadero del dióxido de carbono atmosférico (Campos et al., 2006).
AUTOCONSUMO AMBIENTAL DEL PROPIETARIO PRIVADO
Un ejemplo generalizado de omisión de la estadística oficial de cuentas económicas de la selvicultura (CES) de la Unión Europea (Eurostat, 2000) se refiere a la medición del autoconsumo ambiental del propietario cuando es interiorizado en el precio de mercado de la tierra.
El valor capital del autoconsumo ambiental del propietario tiene una realidad comercial plena en el precio de la finca, que en el momento de su compraventa incrementa su valor por la máxima DAP del comprador por adquirir el derecho de disfrute de los servicios ambientales.
El valor de los servicios ambientales autoconsumidos por los propietarios del bosque se origina en el disfrute que les permite el derecho de exclusión de la entrada a terceros y por la opción de legar sus fincas.
Sin embargo, el propietario del bosque no tiene la opción de elegir la compra individual de los servicios ambientales privados, ya que no puede existir un mercado de tierras diferenciado por usos ambientales debido al carácter de producción conjunta de la renta ambiental.
Es decir, el propietario del bosque ha de comprar todos los derechos de usos privados para garantizarse el disfrute del autoconsumo ambiental.
Existe un grupo de estudios en Europa y en Estados Unidos que muestran la influencia que tiene el autoconsumo ambiental de los propietarios particulares en el precio de la tierra (Smith y Martin, 1972; Pope, 1985; Standiford y En el PNA se han realizado 39 encuestas válidas de la pregunta de la DAP del propietario, que ofrece un valor medio declarado del flujo de renta de autoconsumo ambiental de 209,30 €/ha en 2002 (Campos et al., 2007b).
En los PSG se ha encuestado a tres propietarios de pinares de silvestre en estado estacionario representativos de la Sierra de Guadarrama, y en estos pinares el valor medio declarado del flujo de renta de autoconsumo ambiental es de 432,60 €/ha en 2002 (Campos y Caparrós, 2006) (Tabla 1).
La constatación de la existencia de una DAP del propietario por el autoconsumo ambiental muestra que a la renta de capital comercial privada se ha de añadir la renta de capital ambiental privada para poder explicar el precio de mercado de una hectárea de bosque.
Para estimar el valor del capital ambiental, se les ha preguntado a los propietarios particulares, además de qué valor en venta creen que alcanzaría su finca (sin infraestructuras), cuál es la contribución relativa (porcentual) de los beneficios comerciales y ambientales privados al precio total de mercado declarado de la tierra (Campos et al., 2005):
¿Cuánto dinero cree que podría valer de media una hectárea de su finca sin contar las infraestructuras como edificios residenciales, instalaciones ganaderas, vallas, etc.?.......euros.
Si el precio de su finca (sin infraestructuras) fuera de 100, indique el porcentaje que cada uno de los beneficios abajo indicados explicaría para usted el precio total de 100:
----------La renta de la ganadería:
La recolección de setas: ----------La caza: ----------El disfrute del paisaje: ----------El disfrute de la ganadería: ----------El deseo de disfrutar con familiares y amigos en el campo: ----------Otras (especificar): ----------TOTAL: 100
Debido a la singularidad de los bosques estudiados, el propietario privado del bosque siempre captaría en el mercado, en el momento de la venta, la máxima DAP por el autoconsumo ofrecida en forma de valor capital por el comprador que ofrece el precio más elevado.
En el PNA se han realizado a los propietarios particulares 58 encuestas válidas de la pregunta de distribución del precio de la tierra.
El valor medio del precio de la tierra cuando el alcornocal se encuentra en una situación estable ha sido tomado de Campos et al. (2007b), ya que se ofrece en este último estudio la renta comercial en una hipotética situación del alcornocal en estado estacionario, mientras que las respuestas de los propietarios a la encuesta reflejan el precio de mercado de los alcornocales envejecidos del PNA por un valor de 8.451 €/ha (Campos et al., 2007d).
1 Tonelada de emisión evitada de carbono en el caso del PNA y tonelada fijada de carbono en el caso de los PSG.
Sin embargo, sí se acepta que es válida la distribución del precio de la tierra entre beneficios comerciales y ambientales declarada por los propietarios en la encuesta realizadas en el PNA del 64 % y del 36 %, respectivamente (Campos et al., 2007d).
En los PSG los tres propietarios encuestados de pinares de silvestre representativos de la Sierra de Guadarrama, que sí se acepta que se encuentran en estado estacionario, declararon un valor medio del precio total de la tierra (sin infraestructuras) de 12.601,22 €/ha en 2002, que se distribuye en un 79 % y un 21 % entre el precio comercial y ambiental de la tierra, respectivamente (Tabla 2).
SERVICIOS RECREATIVOS DE LOS VISITANTES PÚBLICOS
La valoración contingente permite estimar la curva de demanda del bien o servicio ambiental consumido, pero es necesario simular el mercado para esa demanda.
Esta simulación, dependiendo del escenario de valoración analizado, implica la estimación de un precio virtual de mercado (precio fijo) y de la cantidad del bien o servicio ambiental que se consumiría dado dicho precio (Caparrós et al., 2001(Caparrós et al., y 2003)), ya que el consumidor individual no puede modificarlo.
Así que en este mercado simulado de visitas recreativas, el resultado de la agregación de la disponibilidad a pagar (DAP) declarada de todos los visitantes recreativos públicos actuales no puede ser considerado como un valor homogéneo con los valores de mercado estimados del bosque y, consecuentemente, la teoría económica de la renta no permite que sea utilizado para estimar la renta ambiental del bosque.
El uso de la DAP total agregada asume que cada consumidor pagaría en el mercado su máxima DAP, supuesto irreal en los escenarios de uso recreativo del PNA y los PSG.
Por ello, los estudios de la renta de capital social del bosque que suman los valores comerciales y el valor agregado de la DAP de todos los visitantes (excedente del consumidor) por el disfrute recreativo declarado carecen de consistencia teórica.
Estos son los casos de las agregaciones de las valoraciones ambientales de servicios recreativos y las valoraciones comerciales de los bosques en España y Andalucía ofrecidas en los estudios del MMA (2003) y Tragsatec (2002).
Estas agregaciones incumplen el criterio de homogeneidad del valor de cambio de la contabilidad nacional para las agregaciones ambientales y comerciales.
En este estudio se ha estimado la demanda de visitas al PNA y los PSG, en las condiciones de la calidad ambiental disfrutada durante el día de la visita, mediante una pregunta de valoración contingente a una muestra de los visitantes de ambos bosques durante los doce meses del año.
La pregunta de la DAP se ha formulado como pago de un incremento del gasto de viaje.
Los trabajos de Caparrós y Campos (2002) Esta pregunta simula un mercado de la visita disfrutada en el PNA y en los PSG donde el visitante tiene que decidir si paga y realiza la visita o no paga y renuncia a la visita en el futuro.
El pago se simula como real (afectaría a la renta disponible del visitante) y el visitante tendría derecho al libre acceso por un día a las áreas recreativas y los senderos por estar situados en el interior de los bosques, a los que no se puede acceder por ley sin autorización del propietario.
Estos mismos criterios de simulación de un mercado con definición clara de los derechos de propiedad y de restricción de renta asociada al pago hipotético del visitante también han sido aplicados a la valoración del disfrute recreativo por los visitantes de bosques gallegos (Prada et al., 2001).
En otros la pregunta de la DAP no permite obtener la demanda de consumo ambiental de los servicios recreativos disfrutados por los visitantes.
Éste sería el caso de Ruiz et al. (2001) y Arriaza et al. (2002) que desean estimar el valor del servicio recreativo actual disfrutado por los visitantes de los espacios naturales protegidos de Córdoba y Jaén sin mostrar las características del mercado hipotético del servicio recreativo valorado.
Otro problema que presenta la formulación de la pregunta de la DAP en estos estudios es que no mide el valor del servicio recreativo que buscan estimar los autores (Arriaza et al., 2002: 157) -"el valor de uso recreativo (valor de uso activo actual)"-, si no que en todo caso la pregunta realizada podría estar midiendo la disponibilidad de los visitantes a contribuir a un aumento de la calidad de la oferta futura de servicios del espacio natural visitado.
Esto es debido a que la pregunta de la DAP está hecha en la forma de "para una mejor conservación del Parque, ¿estaría dispuesto a pagar una entrada por persona por la visita?"
(Ruiz et al., 2001: 264) que no se refiere al pago por el disfrute experimentado el día que se realiza la visita, si no que se relaciona con un potencial aumento del disfrute que podría beneficiar a los visitantes en el futuro con el nuevo gasto que estos últimos financiarían -también en el futuro-para alcanzar "una mejor conservación del Parque".
En el PNA se realizaron 429 encuestas válidas de valoración del uso recreativo a través de las cuales se ha estimado la demanda de uso recreativo (Oviedo et al., 2005; Campos et al., 2007e).
Se ha calculado que el PNA recibe anualmente 0,48 visitas/ha (Oviedo et al., 2005), y, según la demanda recreativa de los visitantes estimada, el 50 % de estos visitantes estarían dispuestos a pagar 21,52 €/visita en 2002 adicionales por acceder al PNA (0,24 visitas/ha).
El precio simulado se ha fijado igual a la mediana (coincidente con la media con la función de demanda estimada) por ser éste el valor que maximiza la renta obtenida con un precio fijo (Caparrós et al., 2003; Campos y Caparrós, 2006).
Así, en el PNA el valor de los servicios recreativos disfrutados por los visitantes que aceptarían un coste de acceso incrementado es de 5,11 €/ha en 2002 (Tabla 1).
En los PSG se realizaron 486 encuestas válidas de valoración del uso recreativo.
Teniendo en cuenta que Caparrós y Campos ( 2002) estiman que los PSG reciben anualmente 29,08 visitas/ha, el número de visitantes que aceptaría el coste de acceso incrementado es de 14,59 visitas/ha (al fijarse el precio igual a la mediana, como ha quedado descrito en el párrafo anterior).
Esto ofrece un valor simulado de los servicios recreativos disfrutados por los visitantes de 191,42 €/ha en 2002 (Tabla 1).
VALOR DE CONSERVACIÓN DE LOS VISITANTES PÚBLICOS
El valor de la conservación del hábitat recoge un grupo de razones que generan bienestar a los ciudadanos, y por ello están dispuestos a pagar una cierta cantidad de dinero para garantizarse la opción del disfrute futuro del bosque (valor opción o de uso futuro) y/o para asegurarse que el conjunto de los valores naturales y ambientales actuales únicos del bosque existirán en el futuro (valor existencia o uso pasivo).
Los valores de opción y existencia no requieren la presencia in situ del público, y por esta razón aquellos que no visitan el bosque también puede tener una disponibilidad a pagar (DAP) por la conservación y preservación de la calidad ambiental futura del bosque (Prada et al., 2005).
Por tanto, el disfrute proporcionado por la conservación en el escenario de valoración planteado únicamente a los visitantes ofrece una subvaloración del valor de conservación.
En el PNA y en los PSG se le ha pedido al visitante
que declare su máxima DAP a través de una contribución (donación) anual voluntaria a un fondo que tiene la finalidad de abordar el incremento de gasto futuro que requiere el mantenimiento (conservación) de la calidad ambiental disfrutada por el visitante el día de la visita (Caparrós y Campos, 2002; Oviedo et al., 2005):
Como usted sabe, además del uso recreativo que usted ha hecho, el PNA/PSG cumple otras funciones ambientales, como la conservación de los animales y las plantas en peligro.
¿Estaría dispuesto a contribuir económicamente a un fondo dedicado exclusivamente a la conservación de este espacio natural?
¿Cuál sería la cantidad máxima anual con la que estaría dispuesto a contribuir periódicamente todos los años? (recuerde que éste es sólo uno de los espacios naturales que le podría interesar conservar).
En este escenario diseñado para el pago por conservación en los casos del PNA y los PSG, el pago total declarado por los visitantes (el excedente del consumidor) sí coincide con su valor de cambio por haberse formulado la pregunta en términos de una contribución voluntaria de los visitantes a un fondo.
La totalidad del excedente del consumidor podría ser recaudado ya que cada visitante contribuiría al fondo con su máxima DAP y no con un precio fijo.
El mantenimiento de la calidad ambiental futura del bosque a través del fondo garantiza que la DAP de conservación es aditiva a su valor del disfrute declarado, no incurriéndose en doble contabilización.
RECOLECCIÓN DE SETAS DE LIBRE ACCESO
En los PSG actualmente las setas son en su mayor parte recolectadas sin control de hecho del acceso al bosque del público por parte del propietario.
Esta recolección actual de libre acceso podría estar dificultando la regeneración natural de las setas, y por tanto podría no ser realista el supuesto de estado estacionario asumido de la cantidad recolectada de setas (Martínez, 2003).
Por otra parte, los visitantes recreativos recolectores de setas tienen como beneficios conjuntos el disfrute de la visita al bosque y el valor de mercado de las setas que recolectan.
Para evitar una doble contabilización, se ha asumido que el valor de las setas está incorporado en la máxima DAP por el disfrute recreativo actual declarada por los visitantes en la encuesta de valoración contingente realizada en los PSG.
Ésta es la razón por la que el valor de las setas recolectadas por los visitantes se ha deducido de la DAP total manifestada, estimándose así un valor neto del disfrute recreativo de las visitas en los PSG (Tabla 1).
La recolección de setas por parte de los visitantes recreativos es de escasa importancia en el PNA, y su cuantía recolectada es desconocida (Tabla 1).
Martínez (2003) dióxido de carbono (CO 2 ) que se consigue por el uso de la leña extraída como combustible sustitutivo de energía fósil (gasoil).
Por el contrario, en los PSG no hay actualmente uso de leña para combustible, pero sí se produce una fijación anual de carbono por el crecimiento anual de la madera no-comercial (por las restricciones ambientales a la corta de pinos singulares y zonas preservadas) que permanece en pie en el pinar al final de cada año.
Aunque el servicio de mitigación del efecto invernadero por la disminución de las emisiones netas de CO 2 puede llegar a ser comercial en un futuro cercano, en la actualidad no se dispone de un precio directamente aplicable por no encontrarse el sector forestal incluido en el sistema europeo de permisos de emisión negociables.
No obstante, el Protocolo de Kyoto sí recoge el sector forestal y probablemente pronto se dispondrá de un precio aplicable a la fijación de carbono, que en la actualidad continúa siendo un valor ambiental público.
Para la valoración de este servicio se ha optado por utilizar una estimación del año evitado tomada de la literatura de 23 € t/C (Frankhauser, 1995), dada la gran volatilidad observadas en los precios del carbono en los mercados emergentes (principalmente la primera fase del mercado europeo).
En el PNA el uso de la leña que se extrae en estado estacionario supone un ahorro anual de emisiones de 0,11 tC/ha y en los PSG la fijación anual permanente de carbono se ha estimado en 0,33 tC/ha. Estas cantidades de carbono, valoradas por el precio arriba indicado, ofrecen unos valores del servicio del carbono por la mitigación del efecto invernadero de 2,58 €/ha y 7,59 €/ha en 2002 en el PNA y los PSG, respectivamente (Tabla 1).
MEDICIÓN DEL VALOR AÑADIDO NETO AMBIENTAL DEL PNA Y LOS PSG
El valor de los bienes y servicios ambientales de los PSG es 3,3 veces superior al del PNA (Tabla 1).
Esta diferencia se justifica en su mayor cuantía por la mayor intensidad de visitantes públicos y el valor más elevado del autoconsumo ambiental privado en los PSG (Tabla 1).
Los bienes y servicios ambientales estimados tienen como único coste considerado el gasto de la administración en la gestión de los visitantes públicos (el resto del gasto público se ha considerado que es debido a la gestión de la administración que afecta principalmente a los bienes y servicios comerciales).
El gasto público ambiental es 10,8 veces superior en los PSG comparado con el del PNA (Tabla 1).
La Tabla 1 desagrega el valor añadido neto ambiental (VAN A ) en privado (propietarios de la tierra) y público (visitantes y sociedad en su conjunto).
Los propietarios privados disfrutan del 97 % y el 66 %, respectivamente, del VAN A del PNA y de los PSG (Tabla 1).
Estas rentas de capital (beneficios) ambientales de los propietarios privados del PNA y de los PSG alcanzan el 53 % y el 63 % respectivamente, de sus rentas de capital totales (Tabla 2), que les suponen unas tasas de rentabilidad ambientales del 2,13 % y 3,43 % con relación al precio total de la tierra (Tabla 2).
Estas tasas de rentabilidad, cuando se agregan a las respectivas tasas de rentabilidad comercial privada del PNA y los PSG, ofrecen a los propietarios privados unas tasas de rentabilidad totales del 5,02 % y 5,46 %, respectivamente (Tabla 2).
Los servicios ambientales públicos pueden haber sido subvalorados en mayor medida en el PNA que en los PSG, debido al bajo número de visitas del PNA que propician una subestimación más acusada del valor de conservación del público no-visitante.
Esto se debe a la localización casi periurbana de los PSG, que facilita un mayor número de visitas y, en consecuencia, se puede haber estimado un valor de conservación en los PSG que incluye a un mayor número relativo de hogares de la población relevante.
No obstante, ambos bosques tienen en común que son los hábitats de especies amenazadas y otras peligro de extinción, por lo que de estimarse la DAP por la conservación de los no-visitantes podría elevarse significativamente el valor de la renta ambiental pública en ambos bosques (Prada et al., 2005).
El grupo de trabajo de Eurostat, que ha venido elaborado en los últimos años las cuentas ambientales integradas del bosque, se ha limitado a proponer mejoras en la cuantificación de la renta comercial en razón de que las valoraciones ambientales "no forman parte de los programas de las estadísticas oficiales [dado que] los métodos y las convenciones usados en los estudios de valoración [ambiental] no están estandarizados, y muchos problemas teóricos y prácticos están siendo todavía debatidos" (Eurostat, 2002: 45).
Aun reconociéndose las insuficiencias de las estimaciones de los precios y cantidades de los bienes y servicios ambientales, de igual modo se reconoce que son incorrectas desde la perspectiva de la teoría económica numerosas estimaciones de servicios públicos imputados que actualmente se incorporan en el sistema de cuentas nacionales (SCN), que son ajenas a los valores de intercambio efectivamente realizados en los mercados reales de la economía (Eisner, 1989: 12).
Éste es el caso, por ejemplo, del consenso político adoptado por los gobiernos que se refiere a que el valor de la producción final de servicios públicos no destinados a la venta se iguala al coste total incurrido por la Administración pública para suministrarlos gratuitamente a la sociedad.
Se ha argumentado en contra de la medición de la renta ambiental que en el supuesto de implantarse un pago real por parte los consumidores públicos de los bienes y servicios estimados, el sistema de precios relativos de la economía nacional podría verse alterado, y con ello se invalidarían las estimaciones ambientales efectuadas, junto con las valoraciones comerciales actuales.
Una forma práctica de afrontar estas limitaciones teóricas del cálculo de la renta ambiental es suponer que se está en presencia de cambios pequeños en los mercados que se verían afectados por la implantación real de los mercados de los actuales bienes y servicios ambientales (Turner et al., 2003: 496; Dasgupta, 2001: 131).
En opinión de los autores, esta causa técnica no parece ser muy relevante para justificar la omisión política en la implantación de la contabilidad ambiental recomendada por la Comisión Europea (1994).
Se podría argumentar que esta ausencia puede deberse en mayor medida a la falta de voluntad política para consensuar el reglamento de la contabilidad ambiental y de aprobar el gasto que requiere la recogida de la información periódica que exigiría el cálculo de la renta ambiental de la nación.
En el caso de los bosques, las insuficiencias de información sobre los crecimientos naturales del arbolado durante el período contable, la relevancia de los valores ambientales y la omisión de la cuenta de balance de capital están en el origen de las deficientes mediciones aportadas por las instituciones estadísticas oficiales de la renta total de los bosques.
AMBIENTAL DE LOS BOSQUES EL RETO POLÍTICO DE LA IMPLANTACIÓN DE LA CONTABILIDAD AMBIENTAL |
Hasta hace sólo dos décadas, en España las políticas de agua se basaban en dos lógicas complementarias: una, hidráulica, y otra, sectorial (agraria), en tanto que su objetivo era crear las infraestructuras necesarias para asegurar la oferta del recurso hídrico, impulsar el crecimiento económico (a partir, sobre todo, de la agricultura de regadío) y mejorar el bienestar de la población.
En consonancia con ese planteamiento, el agua y los asuntos relacionados con su gestión formaban parte o bien de las políticas de obras públicas -en lo relativo a la construcción de las grandes infraestructuras hidráulicas-o bien de las políticas agra-rias -en todo lo relacionado con la instalación y mantenimiento de las redes primarias y secundarias de distribución del agua para uso agrícola y la programación del regadío en las zonas regables-.
Los ministerios de Obras Públicas y de Agricultura definían en buena sintonía sus correspondientes planes de actuación al tener ámbitos competenciales bien delimitados y disponer de eficaces organismos para desarrollarlos (las Confederaciones Hidrográficas y el IRYDA, respectivamente).
Ambos eran los dos pilares de un sistema de gestión de los recursos hídricos que dio excelentes resultados tanto para asegurar el abastecimiento general de la población, como para impulsar el proceso de modernización de la agricultura española en los años REGADÍOS AGRÍCOLAS, TERRITORIO Y DESARROLLO RURAL sesenta y setenta aprovechando tales recursos con fines sectoriales y con criterios orientados al aumento de la productividad agraria.
Hoy las cosas ya no son así, pues el sistema de gestión de los recursos hídricos ha cambiado profundamente.
En primer lugar, ya no es un sistema compartido entre los ministerios de Agricultura y de Obras Públicas, sino que gran parte del ámbito competencial en esta materia ha pasado al ministerio de Medio Ambiente; ello significa un cambio administrativo notable por cuanto que el personal funcionario de este ministerio no está constituido por ingenieros (agrónomos o de caminos y obras públicas, tan frecuentes en aquellos otros dos ministerios), sino por biólogos, ecólogos o especialistas en ciencias ambientales, que muestran una sensibilidad diferente hacia los asuntos relacionados con la gestión del agua.
En segundo lugar, el traslado gradual de competencias sobre agua a las Comunidades Autónomas (CC.AA.) en el marco del proceso general de descentralización política y administrativa del Estado, ha favorecido su integración en los nuevos departamentos regionales de Medio Ambiente e incluso la creación de agencias u organismos especializados en la gestión de los recursos hídricos (como es el caso de la Agencia Andaluza de Agua).
En tercer lugar, la Directiva Marco del Agua fija una serie de principios para guiar las correspondientes políticas de agua en los distintos Estados miembros de la Unión Europea (como el principio de "recuperación de costes"), definiendo como objetivo central la recuperación y conservación del buen estado ecológico de ríos, lagos, lagunas y humedales, y estableciendo criterios restrictivos de uso desde una concepción integral y no sectorial de los recursos hídricos y del territorio circundante.
Y en cuarto lugar, las sucesivas reformas de la PAC (sobre todo, la vinculada a la Agenda 2000 y la más reciente de 2003) imponen un nuevo escenario para la agricultura europea, en el que se combina producción agraria, desarrollo rural y multifuncionalidad, y donde los regadíos se integran en un modelo de desarrollo agrícola más sostenible y menos orientado a la intensificación y al aumento constante de la productividad.
Todo ello implica una nueva forma de concebir la gestión de los recursos hídricos, pasando de ser una concepción sectorial y productivista, a otra territorial y de sostenibilidad.
En ella, la gestión no se plantea desde una lógica de aumento ilimitado de la oferta, sino de una lógica de racionalización de la demanda y de consideración del agua como recurso que tiene la capacidad de satisfacer un conjunto de funciones y usos no sólo económicos, sino también sociales y ambientales (Aguilera, 2001; Garrido-Fernández, 2006).
En tal escenario se manifiestan cambios importantes en el modo como amplios sectores de la opinión pública española plantean sus demandas respecto al buen uso del agua, ejerciendo gran capacidad de influencia en el proceso de formulación de las correspondientes políticas de gestión de los recursos hídricos.
Un primer cambio se debe al hecho de haberse modificado la percepción social de la agricultura, pasando de ser un sector valorado, sobre todo, por su contribución al abastecimiento de alimentos, a ser tratado como una actividad multifuncional, cuya valoración se hace hoy no sólo en términos productivos, sino ecológicos y culturales 1.
Un segundo cambio tiene que ver con la percepción por parte de los ciudadanos de estos países de que el agua es un recurso escaso que debe ser compartido entre varios grupos de usuarios, no siendo ya los agricultores sus destinatarios preferentes.
Esta percepción del agua como problema no se plantea ya en los mismos términos que el problema clásico de la sequía que, por razones climatológicas, afecta en determinados periodos coyunturales a las zonas áridas o subáridas, sino en términos diferentes (Calvo, 2001; François, 2006; Lasserre, 2005; Morales, Gil y Rico, 1999; Moyano, 2006).
Es percibido como un problema crónico de escasez, ocasionado por el aumento ilimitado de la demanda de recursos hídricos por los distintos grupos de usuarios para seguir avanzando en el crecimiento económico de sus respectivos sectores de actividad.
En España, al igual que en el resto de países desarrollados, el agua no es ya percibida como un tema relacionado con el abastecimiento de la población (que suele estar asegurado mediante las inversiones realizadas en pantanos y depuradoras), sino que se piensa en él como un asunto que toca en la línea de flotación del modelo de desarrollo económico 2.
Pensar hoy en el agua como problema, es reflexionar, en definitiva, sobre sus implicaciones económicas, sociales y territoriales.
De ahí que la gestión de los recursos hídricos sea planteada desde una perspectiva basada en la eficiencia (valorando los costes de las inversiones y su buen uso), la racionalidad (optimizando los recursos disponibles) y la sostenibilidad (teniendo en cuenta sus efectos presentes y futuros sobre el medio ambiente y el territorio), que son los tres pilares de lo que ha venido en llamarse la "Nueva FERNANDO E. GARRIDO FERNÁNDEZ Y EDUARDO MOYANO ESTRADA paña, mostrando cómo su extraordinaria diversidad plantea situaciones muy variadas en el escenario actual de la política agraria y desarrollo rural, un escenario donde el nuevo reglamento europeo Reg.
1698/2005 y el fondo FEADER, así como la futura Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural (aún en fase de tramitación parlamentaria), ofrecen instrumentos adecuados para avanzar en los nuevos planteamientos sobre la gestión de los recursos hídricos.
En primer lugar, analizaremos el citado Reglamento de Desarrollo Rural, exponiendo los principios que lo inspiran y el modo como se está aplicando en España, resaltando del análisis aquellos elementos del reglamento europeo que ofrecen oportunidades para promover el buen uso del agua en la agricultura e impulsar una adecuada valoración de las implicaciones territoriales de los regadíos agrícolas.
En segundo lugar, mostraremos, a partir de la realidad de Andalucía, la diversidad de las zonas regables, elaborando una tipología que nos permita clarificar el debate en torno a tales implicaciones y al aprovechamiento de las distintas medidas previstas en el reglamento de desarrollo rural.
Finalmente, se harán unas reflexiones sobre las relaciones entre agua, territorio y multifuncionalidad en el marco de las nuevas orientaciones de la política agraria europea.
DESARROLLO RURAL Y BUEN USO DEL AGUA
Como han señalado diversos autores (Del Moral, 2006; Moyano, 2006; Garrido-Fernández, 2006), la nueva política de desarrollo rural ofrece múltiples oportunidades para avanzar hacia las metas fijadas en la Directiva Marco del Agua (DMA), ya que buena parte de los objetivos del nuevo Reglamento 1698/2005 son coincidentes con los objetivos e instrumentos planteados en dicha Directiva europea.
En opinión de Leandro del Moral, que se aproveche o no esa oportunidad "dependerá, por una parte, de la cooperación entre las administraciones del agua y las agrarias para el diseño de medidas coherentes y complementarias entre los planes de gestión de cuenca y los programas de desarrollo rural, y, por otra, de la evaluación coordinada de las interrelaciones y sinergias de ambos paquetes de medidas, así como de la participación e implicación de todas las partes interesadas, que la DMA enfatiza tan claramente" (Del Moral, 2006).
De ahí el interés de dedicar un apartado a analizar las potencialidades del nuevo reglamento de desarrollo Cultura del Agua" (NCA) (Del Moral, 2006; Martínez y Esteve, 2006) 3.
No obstante, esta nueva forma de tratar los asuntos relacionados con el agua coexiste con una cultura tradicional para la que el agua es un factor imprescindible en el desarrollo económico de muchas zonas, debiendo ser garantizada su disponibilidad sin mayores limitaciones que las impuestas por el nivel de la tecnología y por los recursos públicos necesarios para la financiación de las obras hidráulicas (Madrid, 2006).
Sea como fuere, lo cierto es que hoy el agua, y en general la gestión de los recursos hídricos, se ha convertido en asunto de debate público sobre el que los diferentes actores presentan opiniones, actitudes y comportamientos diversos, y sobre el que se generan conflictos -de ahí que se hable de la cuestión hídrica como antaño se hablaba de la cuestión agraria para referirse al problema de la distribución de la tierra-.
Este conflicto de intereses ha sido planteado con frecuencia como un conflicto "suma cero", en el que los diversos grupos de usuarios (domésticos, productivos, recreativos,...) compiten por recursos escasos, de tal modo que "lo que uno gana, lo pierde el otro".
Sin embargo, hoy el reto de las políticas públicas y de la NCA es transformarlo en una relación inevitablemente conflictiva, pero de "suma positiva", en el que todos los grupos implicados puedan ganar si aceptan unas determinadas reglas de juego, que no son otras que las fijadas a nivel europeo en la ya mencionada Directiva Marco del Agua (DMA).
En lo que se refiere al debate en torno a las implicaciones territoriales de las políticas de gestión del agua, la discusión se centra inevitablemente en los efectos del regadío agrícola, debido a la magnitud de tales efectos en comparación con otros usos 4.
No obstante, "la incidencia de la actividad agraria sobre el sistema hidrológico no se reduce a la presión sobre la cantidad de agua, sino a los impactos sobre su calidad y sobre los cauces y riberas" (Del Moral, 2006), tal como queda demostrado con la contaminación de las aguas por nitratos de origen agrícola -ya sea procedentes de la actividad ganadera o de los fertilizantes utilizados en las explotaciones agrarias-, cuyos efectos alcanzan a la calidad del agua destinada al abastecimiento de la población.
En este artículo trataremos de reflexionar sobre las implicaciones territoriales de la agricultura de regadío en Es-
rural para promover nuevas formas de abordar la gestión de los regadíos agrícolas e incorporar a los agricultores en un modelo más sostenible de agricultura.
Aspectos generales del nuevo Reglamento de Desarrollo Rural
1257/99, integra las concepciones agraria y territorial 5 en torno al segundo pilar de la PAC, un pilar que, ampliado, pasa a convertirse así en el soporte sobre el que descansará la futura política europea de desarrollo rural.
De este modo, se pretende evitar la disociación -observada durante los años de aplicación del anterior reglamento-entre, de un lado, la agricultura y, de otro, el desarrollo rural, procurando recuperar la dimensión territorial de la actividad agraria, e incorporando la dimensión agraria en las estrategias territoriales de desarrollo.
En el marco del nuevo reglamento se crea un fondo específico, el FEADER (Fondo Europeo para la Agricultura y el Desarrollo Rural), cuyos recursos se forman principalmente con parte de los del antiguo FEOGA, a los que se podrán añadir los procedentes de los fondos estructurales FEDER (Fondo Europeo de Desarrollo Regional), FSE (Fondo Social Europeo) e IFOP (Fondo Europeo para la Ordenación Pesquera), lo que da idea de la perspectiva amplia con la que se aborda este tema en el nuevo escenario 2007-2013.
Analizando su contenido, observamos tres ejes en torno a los cuales se articulan las distintas acciones de desarrollo rural, y un cuarto eje (transversal) para promover la metodología ascendente y participativa (enfoque Leader) en el resto de los ejes (ver Esquema n.o 1).
Para cada uno de ellos se fija un porcentaje mínimo de financiación por parte de la UE a través del mencionado fondo FEADER, a la que se unirán los recursos que cada Estado miembro decida destinar (bien de lo obtenido con la modulación de las ayudas del primer pilar de la PAC o de sus propios presupuestos) 6.
El Primer Eje (al que se le fija un porcentaje mínimo del 10 % de los recursos del FEADER) persigue dos objetivos.
El primero es mejorar la competitividad de la agricultura mediante la clásica política de estructuras agrarias dirigida a incrementar el capital físico (es decir, la eficiencia productiva de las explotaciones) y el capital humano (es decir, el nivel de formación y cualificación profesional de los agricultores).
El segundo objetivo es mejorar la calidad de las producciones, promoviendo sistemas de producción basados en la calidad.
Algunos ejemplos de acciones que podrían incluirse en este primer eje son los siguientes: mejora de la eficiencia del regadío en las explotaciones agrarias; modernización de la maquinaria y el equipamiento agrícolas; introducción de nuevas variedades de cultivos o nuevas orientaciones productivas para sustituir las tradicionales en zonas de monocultivos (por ejemplo,
ESQUEMA 1: EJES DE ACTUACIÓN DEL REGLAMENTO DE DESARROLLO RURAL Y PORCENTAJES MÍNIMOS DE FINANCIACIÓN CON CARGO AL FEADER (*) EJES DE ACTUACIÓN OBJETIVOS
• Mejora de la competitividad de la agricultura.
• Mejora de la calidad de las producciones alimentarias.
• Gestión sostenible de las explotaciones agrarias (programa agroambiental,...) y forestales.
(25 % de financiación mínima)
• Gestión sostenible de los territorios (Red Natura 2000).
• Diversificación de actividades económicas.
• Mejora de la calidad de vida en el medio rural.
• Extensión del enfoque Leader a los tres ejes anteriores.
(5 % de financiación mínima)
• Constitución de grupos de desarrollo rural.
(*) Los porcentajes mínimos suman 50 %.
Los gobiernos nacionales pueden elevar esos porcentajes distribuyendo a su criterio entre los distintos ejes el 50 % restante de los recursos asignados por el FEADER a cada Estado miembro.
sustituir el cultivo del algodón por otros de mejores perspectivas comerciales); modernización de las instalaciones ganaderas y del sistema de estabulación; programa de incentivos para la instalación de jóvenes en la agricultura y de ayudas para promover la jubilación anticipada de los agricultores de mayor edad; incentivos para integrar las producciones agrícolas o ganaderas en el marco de una denominación de calidad.
El Segundo Eje (que tiene asignado un porcentaje mínimo de financiación del 25 % de los recursos del FEADER) tiene también dos objetivos.
El primero se refiere la gestión sostenible de las explotaciones agrarias, mediante las acciones incluidas en el programa agroambiental, como la introducción de prácticas más respetuosas con el medio ambiente (cuyos principales ejemplos serían la agricultura ecológica, la agricultura de conservación o la producción integrada) y la introducción de razas ganaderas en peligro de extinción, a lo que habría que unir las acciones de reforestación de las tierras agrícolas.
El segundo objetivo está relacionado con la gestión sostenible de los territorios a través de la Red Natura 2000 (que es la red de espacios europeos donde se imponen ciertas restricciones a su aprovechamiento agrícola y forestal, condicionando la actividad de los propietarios cuyas explotaciones estuvieran ubicadas en el entorno de tales espacios naturales).
El Tercer Eje (con un porcentaje mínimo del 10% del FEADER) se orienta hacia los objetivos de diversificar las actividades económicas en el medio rural (promoviendo actividades no agrícolas, apoyando la creación de pequeñas empresas, protegiendo el patrimonio natural, fomentando el turismo rural,...) y de mejorar la calidad de vida de su población (garantizando servicios básicos y equipamientos).
Es un eje que se inspira en la experiencia acumulada por los "grupos de acción local" del programa Leader, grupos donde se han implementado interesantes proyectos de desarrollo permitiendo la emergencia de iniciativas empresariales a nivel de los territorios rurales.
Con la creación de este eje se institucionaliza lo que eran iniciativas de carácter piloto y experimental propiciadas por la Comisión Europea, integrando la dimensión territorial en la nueva política de desarrollo rural.
La implementación de esos tres ejes se hará siguiendo el enfoque ascendente y participativo que tan buenos
elaborado a partir de los programas regionales, si bien con la posibilidad de fijar algunos criterios de coordinación en un Marco Nacional de Desarrollo Rural (MNDR).
En España, todo ello se viene realizando mediante un laborioso procedimiento, debido a la distribución de competencias entre la Administración central y las CC.AA. en materia de agricultura y desarrollo rural.
En el PEN español (aprobado en abril de 2007) (MAPA, 2007b) se realiza un exhaustivo diagnóstico de la agricultura y el medio rural en España, se fija -a partir de los mínimos establecidos en el Reglamento europeo-una horquilla de porcentajes de los recursos del FEADER destinados a financiar las acciones de los cuatro ejes, y se incluye, además, un Plan específico para la Red Nacional Rural -formada por las dos redes que integran a los grupos de acción local en España 7 -.
Con objeto de orientar el trabajo de los gobiernos de las CC.AA, el MAPA, aprovechando la facultad que concede la Comisión Europea, ha elaborado el correspondiente MNDR, donde se definen las áreas estratégicas actuación, se fijan objetivos prioritarios en cada eje, se establecen seis medidas de carácter horizontal (obligatorias para cada programa regional) y se hacen algunas recomendaciones -como la de aplicar la fórmula de los contratos territo riales de explotación en las acciones previstas para los ejes 1 y 2-.
En los Programas regionales, los gobiernos de las CC.AA. tienen posibilidad de concretar, según sus criterios y preferencias y respetando las directrices del MNDR, las acciones que conforman los cuatro Ejes, definiendo sus estrategias y ampliando los porcentajes de financiación -dentro de las horquillas fijadas en el PEN para cada eje-, bien con cargo a los recursos procedentes del FEADER o bien completándolos con recursos propios -ya sea de los propios presupuestos regionales, de los recursos obtenidos de la modulación, o mediante compromisos fijados en la Conferencia Sectorial entre el MAPA y las correspondientes Consejerías encargadas de la agricultura y el desarrollo rural en cada CC.AA.
Respecto al contenido del PEN y del MNDR, se observa cómo ya en el capítulo de diagnóstico de ambos documentos aparecen con nitidez los elementos clásicos de una concepción agraria del desarrollo, al señalarse que "el sector agrario será el principal elemento sobre el que incidirá la programación de desarrollo rural en España" en el período 2007-2013.
En sintonía con esa declaración programática, se considera que uno de los instrumen-tos fundamentales para luchar contra el problema del despoblamiento de las zonas rurales españolas son las acciones contempladas en el Primer Eje del Reglamento, estableciéndose cuatro medidas horizontales, a saber: la modernización de regadíos, la instalación de jóvenes en la agricultura, el apoyo a la industria agroalimentaria y el establecimiento de servicios de asesoramiento a los agricultores para facilitarles el cumplimiento de los criterios de ecocondicionalidad y ayudarles a mejorar las condiciones ambientales de sus explotaciones agrarias.
Las otras dos medidas horizontales se refieren a acciones del Segundo Eje: una, para la aplicación de la Red Natura 2000 en espacios forestales; y otra, para desarrollar un programa de prevención de incendios forestales.
En consonancia con ello, a la hora de fijar los porcentajes del FEADER para financiar las diversas acciones previstas en el Reglamento, el PEN eleva sensiblemente el porcentaje del eje que concentra las acciones más relacionadas con la agricultura, es decir, el Eje 1 (modernización y competitividad agraria), que se quintuplica (pasando del mínimo del 10 % fijado en el Reglamento, a una horquilla de 50-55 %).
El porcentaje para financiar las acciones del Eje 2 (correspondiente a la Red Natura 2000 y el programa agroambiental) aumenta también, pero en menor medida (del mínimo del 25 % a una horquilla de 35-40 %).
Respecto al porcentaje del Eje 3 (diversificación de actividades), apenas aumenta (sólo pasa del 10 % hasta una horquilla de 10-15 %), mientras que el del Eje 4 (aplicación de la metodología Leader) pasa del 5 al 10 %.
Las medidas relacionadas con el buen uso del agua
Si se analiza el PEN y el MNDR, observamos que el tema del agua se plantea, al menos en su nivel discursivo y programático, desde una concepción multifuncional, observándose expresiones que están en sintonía con el propósito de avanzar en los objetivos de la DMA y en un modelo de agricultura más sostenible en lo que se refiere a la utilización del agua y sus implicaciones territoriales.
En efecto, aunque en ambos documentos se reconoce que "las difíciles condiciones climáticas españolas convierten al factor agua en el principal limitante de la agricultura y ganadería", se admite también la necesidad de hacer sostenible la práctica del regadío agrícola, aconsejándose "orientar la gestión de los recursos hídricos hacia el ahorro de agua, manteniendo la coherencia con el cumplimiento
de la Directiva Marco del Agua".
Se indica, además, que tales objetivos "se concentrarán, por tanto, en optimizar la eficacia y mejorar la eficiencia técnica y económica en la aplicación de los recursos hídricos".
A los efectos del análisis que se realiza en este trabajo, cabe señalar que, de las seis medidas horizontales establecidas en el MNDR, sólo una de ellas merece ser destacada por su influencia directa en la promoción de una agricultura de regadío más sostenible en sus efectos sobre el territorio, a saber: la "gestión de recursos hídricos" incorporada al Eje 1 y destinada al ahorro de agua mediante la modernización de los actuales regadíos -excluyendo de forma expresa la ampliación de la superficie regada-.
Otras acciones contempladas con carácter prioritario en ese mismo eje, como la aplicación de la Red Natura 2000 en las explotaciones agrarias -que incluye la compensación a los agricultores por las restricciones derivadas de las medidas adoptadas en los planes de gestión de cuenca (por ejemplo, la restauración de humedales)-, el desarrollo del programa agroambiental -que incluye la posibilidad de aplicar medidas que promuevan la extensificación agraria y disminuir la presión sobre los recursos hídricos-o las acciones relativas a la aplicación de la DMA o a la restauración hidrológico-forestal, no son contempladas en el MNDR como medidas horizontales, por lo que su inclusión en los programas regionales será facultativa y dependerá de la voluntad de los gobiernos de las CC.AA. Lo mismo ocurre con las acciones previstas en el Eje 3, donde si bien el Reglamento prevé actuaciones dirigidas a la conservación y mejora del patrimonio rural -incluyendo actividades de sensibilización, mantenimiento y mejora del patrimonio natural (restauración de riberas, depuración de aguas residuales en zonas rurales,...)-, su no consideración como medidas horizontales en el MNDR las hará depender también de las decisiones adoptadas por los gobiernos regionales.
En lo que respecta a la citada medida horizontal de "gestión de recursos hídricos", el MNDR justifica su inclusión en el hecho de seguir las orientaciones de la DMA, asegurando tanto el abastecimiento de agua a los cultivos, como la sostenibilidad de los sistemas de regadío, y procurando que todo ello repercuta en la mejora de la calidad del agua de consumo humano, así como en la mejora de la situación ambiental de las explotaciones agrarias y del paisaje vinculado al regadío.
Las acciones previstas en esta medida horizontal son de dos tipos: a) mejora de regadíos en zonas bien dotadas de recursos hídricos, para promover el ahorro de agua y reducir la contaminación por nitratos, actuándose sobre las infraestructuras de las Comunidades de Regantes; y b) consolidación de regadíos en zonas infradotadas, para mejorar las estructuras hidráulicas y las redes de conducción, de modo que se reduzca la demanda de agua y haya menos necesidad de aportaciones adicionales de recursos hídricos.
Entre las acciones previstas se contemplan las siguientes: reparación de las actuales estructuras hidráulicas; modificación de los sistemas de bombeo, transporte y distribución; cambio del sistema de aplicación de agua y mejora de las redes de drenaje; mejora de la capacidad de regulación y almacenamiento de agua; establecimiento de sistemas de control del consumo por parte de los regantes utilizando para ello las nuevas tecnologías de la comunicación; realización de obras de mejora en los sistemas de depuración y reutilización de las aguas regeneradas o desaladas; desarrollo de proyectos de instalación y mejora de las redes eléctricas vinculadas a los sistemas de riego, así como de las redes viarias de las zonas regables.
Vemos, por tanto, que los temas relacionados con el agua y la gestión de los recursos hídricos ocupan un espacio importante en la aplicación en España del Reglamento europeo de Desarrollo Rural, recibiendo tanto en el PEN, como en el MNDR, un tratamiento no sólo agrario, sino multifuncional, con el objetivo final de contribuir a la sostenibilidad de los sistemas de regadío y de velar por sus implicaciones sobre el territorio.
No obstante, y debido a las escasas medidas horizontales que se han incluido sobre este tema en el MNDR (sólo una), resulta que el aprovechamiento real de las potencialidades del Reglamento dependerá del contenido de los correspondientes programas regionales de desarrollo rural y de la sensibilidad de los responsables políticos de cada CC.AA. ante los asuntos relacionados con la gestión sostenible de los recursos hídricos en sus respectivos territorios.
La fórmula de los contratos territoriales de explotación (CTEs) ya utilizada en otros países (como Francia o Reino Unido) (Velasco, 2002), es un buen instrumento para integrar con una visión no sectorial, sino territorial, las acciones incluidas en los distintos ejes.
Concretamente, las acciones relacionadas con el objetivo de alcanzar unos sistemas de regadío más sostenibles desde el punto de vista
económico, ambiental y territorial, podrían tener en esos contratos una vía adecuada para ser integradas en proyectos globales de desarrollo donde la explotación agraria sea contemplada no sólo como una unidad económica, sino como un ámbito de actividad cuyas implicaciones sobre el territorio circundante debieran ser tratados por los agricultores y los poderes públicos como asuntos de interés general, recibiendo por ello una remuneración en forma de pago o de compensación económica de naturaleza dineraria o de otro tipo 8.
Sin embargo, el hecho de que el MNDR no le dé a los contratos territoriales de explotación un carácter obligatorio, sino meramente facultativo, hacen dudar de que estas fórmulas contractuales vayan a ser realmente utilizadas por los gobiernos de las CC.AA. a la hora de aplicar el Reglamento de Desarrollo Rural.
En tal caso se corre el riesgo de que las acciones previstas en los distintos Ejes se apliquen de forma aislada, sin conexión entre ellas, con una visión más sectorial que y sin que se aproveche el potencial innovador del citado Reglamento, que no es otro que el de propiciar una integración entre las concepciones agraria y territorial del desarrollo rural y concretar en la práctica el principio de la multifuncionalidad de la agricultura.
LA DIVERSIDAD DE LAS ZONAS REGABLES EN ESPAÑA
Plantear las implicaciones territoriales del regadío agrícola y explorar las potencialidades del Reglamento europeo de desarrollo rural FEADER en esta materia, exige reconocer previamente la diversidad de las zonas regables en España, donde coexisten áreas modernas de gran eficiencia en la gestión de los recursos hídricos gracias al empleo de las nuevas tecnologías y a una eficaz articulación organizativa de los regantes, junto a otras con sistemas de riego ya obsoletos, deficientes canales de distribución y comunidades ineficaces para asumir la necesaria dirección y liderazgo en el colectivo de usuarios.
Mientras que en el primer caso, el regadío agrícola se convierte en un elemento catalizador del desarrollo económico convirtiendo a la agricultura en un sector competitivo, en el segundo actúa como factor limitante dificultando cualquier iniciativa de modernización y generando, además, serios problemas de sostenibilidad de En la tipología se incluye un primer tipo de comarcas con potencial agrícola, pero cuyo aprovechamiento se ve condicionado por la necesidad de abordar un plan de modernización de los sistemas de riego que permita cambiar su actual sistema de cultivos e introducir nuevas formas de gestión.
Un segundo tipo corresponde a aquellas áreas en las que la superficie de regadío se ve cada vez más reducida por la expansión urbanística de ciudades contiguas a la zona regable, con los problemas que dicha expansión conlleva para una adecuada ordenación del territorio.
Un tercer tipo plantea la pro-
blemática (cada vez más frecuente en zonas regables cercanas a grandes núcleos metropolitanos) de la competencia por el agua entre el sector agrario, el sector industrial y turístico y el abastecimiento general de la población.
Finalmente, se presenta una cuarta problemática, basada no en el agua como factor limitante, sino en todo lo contrario, es decir, en un deficiente aprovechamiento del recurso hídrico disponible debido a razones estructurales.
Tipo I: Zonas con potencialidad de desarrollo agrícola y déficit de modernización
Este tipo de zonas -de las que Guadalcacín, sita en los municipios gaditanos de Jerez y Arcos de la Frontera, es un caso paradigmático-se caracterizan por mostrar un claro potencial de desarrollo agrícola, ya que cuentan con unas adecuadas condiciones climáticas y edafológicas, poseen suficientes recursos hídricos, tienen un tejido social articulado en comunidades de regantes, existen iniciativas de carácter comercial y se encuentran cercanas a grandes núcleos de población.
Su problema consiste en un limitado aprovechamiento de los recursos hídricos debido, por un lado, al mal estado de las redes de riego (tanto principales como secundarias), que ocasionan pérdidas importantes de agua, y, por otro, a la existencia de un sistema de regadío que, al haber transcurrido mucho tiempo desde que se instaló, ha quedado obsoleto, dificultando las iniciativas de los agricultores para introducir reformas en los sistemas de cultivos.
De ahí que las principales demandas en este • Adecuadas condiciones edáficas y climatológicas.
• Mal estado de las infraestructuras de riego.
• Suficientes recursos hídricos.
• Obsolescencia de los sistemas de regadío.
• Tejido social articulado.
Zonas condicionadas por fenómenos de rurbanización y competencia por el territorio
• Proximidad a grandes áreas urbanas en expansión.
• Buenas condiciones edáficas y climatológicas.
• Disminución de la superficie reglable.
• Adecuada estructura agraria.
• Competencia por el territorio.
• Mal estado de las conducciones de riego.
• Cercanía a núcleos de población que demandan usos alternativos del territorio.
Zonas condicionadas por la competencia de usos del agua entre agricultores y otros usuarios (domésticos e industriales)
• Proximidad a áreas urbanas e industriales en expansión.
• Desarticulación y heterogeneidad desde el punto de vista social y paisajístico.
• Deficiencias técnicas en el proceso de transformación en regadío.
• Deficiente calidad del agua y de las instalaciones de riego.
• Cercanía a nudos de comunicación
• Posibilidad de alternaticas de cultivos.
• Presencia de actores sociales con capacidad de articulación.
• Perspectiva de diversificación económica.
Zonas con dificultades para aprovechar la elevada disponibilidad de recursos hídricos
• Características socioeconómicas y estructurales adversas (población envejecida, microparcelación, cultivos tradicionales, malas comunicaciones...).
• Abundancia de agua.
• Zonas con potencialidad ambiental y pasajística.
• Alta dependencia de subsidios sociales.
Fuente: Elaboración propia, a partir de Garrido-Fernández (2006).
tipo de comarcas no sólo sean la mejora de las redes de riego, sino la modernización global del sistema de regadío para posibilitar una reforma integral de la agricultura de la zona.
Asimismo, al ser áreas con potencial de desarrollo, surgen iniciativas de los sectores más dinámicos, como pueden ser los jóvenes o las nuevas cooperativas creadas en torno a sistemas innovadores de producción agrícola, que no encuentran salida por la deficiente articulación existente entre el sector agrario, el sector industrial y los centros de consumo.
Riego, modernización de la agricultura y desarrollo rural son, por tanto, los elementos de una tríada que, en el caso de este tipo de comarcas, forman parte de una misma problemática a la que el nuevo Reglamento de Desarrollo Rural (FEADER) puede aportar soluciones.
En concreto, parece tener un buen acomodo el conjunto de medidas que se incluyen en el Eje 1 de este Reglamento y cuyo objetivo es el "aumento de la competitividad del sector agrario".
Actuaciones comprendidas en el apartado destinado a la mejora del potencial humano, como las relativas a la información y formación profesional de las personas que trabajan en el sector agrícola y forestal, la utilización de servicios de asesoramiento por parte de los agricultores (en materia de comercialización, por ejemplo) o la instalación de jóvenes, servirían para apoyar las iniciativas de los grupos más emprendedores.
Al mismo tiempo, y dentro de ese mismo Eje 1, serían de aplicación en estas zonas las medidas relativas a la "mejora de la calidad de la producción agrícola", que, por medio de actuaciones dirigidas al desarrollo de estructuras comerciales adecuadas o a la integración de las producciones en denominaciones de calidad, se adaptarían bien a las características y problemáticas de este tipo de zonas regables con potencial de desarrollo y modernización.
De especial importancia sería la medida horizontal de "gestión de recursos hídricos", en lo que se refiere a las acciones de mejora y consolidación de los regadíos para facilitar el ahorro de agua, actuando sobre las estructuras hidráulicas y las redes de conducción.
De hecho, en estas zonas casi todas las acciones previstas dentro de esta medida (reparación de las actuales estructuras hidráulicas, modificación de los sistemas de bombeo y distribución, cambios en los sistemas de riego, establecimiento de sistemas de control del consumo,...) podrían ser aplicadas previa la correspondiente declaración de "interés general" de la zona y su inclusión en el Plan Nacional de Regadíos.
Tipo II: Zonas condicionadas por procesos de rururbanización
Para este tipo de zonas parece adecuado combinar las acciones previstas en los tres ejes del Reglamento de Desarrollo Rural, de modo que permitan implicar en el futuro de la zona regable a agricultores y otros grupos de usuarios del agua.
En concreto, resulta pertinente que en estas zonas se aplique la medida horizontal del Eje 1 sobre "gestión de recursos hídricos", para promover la mejora de los regadíos en aquellas áreas donde el grado de deterioro de las redes de conducción así lo aconsejen.
Respecto a las medidas del Eje 2, sería muy oportuna la dedicada a la "gestión sostenible de las explotaciones agrarias",
ya que en ella se contemplan las ayudas del programa agroambiental, que podrían ser apropiadas para impulsar la mejora del medio ambiente y valorar las implicaciones territoriales de la actividad agraria.
Igualmente, este tipo de zonas se perfilan como áreas de potencial aplicación del Eje 3 sobre "diversificación de la economía rural", con actuaciones dirigidas a la diversificación de actividades, fomentando actividades turísticas y de ocio que atrajeran a la población no agrícola de la zona.
Son áreas apropiadas para actuar en ellas mediante la fórmula de los contratos territoriales, tanto al nivel de explotación (según establece el PNDR), como al de toda la zona regable (tal como se contempla en el proyecto de Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural 9 ).
Tipo III: Zonas afectadas por la competencia por el agua entre diversos grupos de usuarios
La situación de este tipo de comarcas -de las que Guadalhorce en las cercanías de Málaga es un buen ejemplo-es el resultado de la influencia de grandes áreas metropolitanas e industriales que compiten con los agricultores no por el territorio, sino por la utilización de los recursos hídricos de la zona regable, convirtiendo el agua en un factor limitante y en objeto de disputa.
Son zonas que presentan deficiencias técnicas por haberse visto desbordada la capacidad de los embalses al aumentar la demanda de la población residente en el área metropolitana circundante o del sector industrial y de servicios.
Todo ello conduce a que los regantes tengan problemas de disponibilidad de agua en épocas de escasez, al ser entonces prioritario el abastecimiento a la ciudad o área metropolitana cercana, provocando como consecuencia no deseada la búsqueda de formas alternativas -y en muchos casos ilegales o incontroladas-de abastecimiento (pozos para aguas subterráneas).
Todo ello tiene graves implicaciones sobre el territorio, pues genera un continuo deterioro de las canalizaciones y una deficiente calidad del agua disponible para el riego, dificultando a los agricultores la introducción de sistemas de riego más modernos.
En estas zonas se plantea la necesidad de alcanzar acuerdos entre los regantes y los demás grupos de usuarios para una mejor utilización de los recursos hídricos.
En este sentido, la cesión, por parte de los agricultores, del agua de los embalses de la zona para usos no agrícolas, a cambio de reutilizar en el regadío el agua residual (debidamente depurada) procedente de las áreas urbanas, podría ser una buena fórmula de cooperación.
Ello exigiría una especie de plan estratégico en el que estuvieran presentes todos los actores existentes en la comarca (sindicatos, comunidades de regantes, administración local, cooperativas, asociaciones de empresarios industriales y de servicios,...), de modo que se pudiera actuar de forma integral para un uso compartido de los recursos hídricos disponibles.
Sería un buen ejemplo de cooperación para transformar un conflicto "suma cero" en otro de "suma positiva".
Las medidas del Eje 1 del Reglamento FEADER relacionadas con la "gestión de recursos hídricos" serían apropiadas para mejorar las canalizaciones deterioradas, así como para mejorar los sistemas de drenaje e instalar nuevos sistemas de bombeo, transporte y distribución de agua.
Al mismo tiempo, las acciones destinadas a mejorar la competitividad de las explotaciones y promover la integración de las producciones agrícolas en denominaciones de calidad, serían muy oportunas, dada la cercanía de grandes centros de consumo vinculados al área metropolitana circundante.
En esta misma línea, acciones del Eje 2, como la promoción de la agricultura ecológica, podría encontrar un nicho interesante de mercado en los grupos de consumidores de mayor capacidad adquisitiva.
Finalmente, según lo previsto en el Eje 3, la diversificación de actividades en la zona regable, complementando la actividad agraria con otras relacionadas con el turismo rural y los deportes de naturaleza, podría ser también una forma idónea de asociar a los regantes con nuevos grupos de usuarios del espacio rural.
Al igual que en las zonas anteriores, la fórmula de los contratos territoriales, tanto a nivel de las explotaciones agrarias (como prevé el MNDR para la aplicación de los Ejes 2 y 3), como a nivel de toda la zona regable (tal como se contempla en el actual proyecto de Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural), podría ser interesante para poner en marcha las distintas medidas de desarrollo rural en estas áreas.
Tipo IV: Zonas con limitaciones para aprovechar los recursos hídricos disponibles
Es cada vez más frecuente encontrar zonas regables -Guadalentín, en Jaén, es una clara muestra de ello-en las que su población vive en una especie de microcosmos donde se ha logrado un cierto equilibrio entre las rentas producidas por la agricultura (generalmente, un monocul-
tivo) y los ingresos procedentes de los subsidios sociales en sus diversas modalidades (principalmente, las pensiones de jubilación, las ayudas asistenciales no contributivas y el subsidio agrario).
Si a ello se le une la circunstancia de disponer en abundancia de un recurso, tan preciado y en otros lugares tan escaso, como es el agua, se plantea un dilema de diferente naturaleza al de las comarcas antes analizadas.
En este tipo de zonas, el dilema que se plantea es si tiene o no sentido realizar inversiones públicas para la modernización o mejora de las infraestructuras de riego, cuando, dadas las características socioeconómicas y estructurales de estas zonas (microparcelación, población envejecida, sistemas de cultivo tradicionales, zonas mal comunicadas), es poco probable que tal inversión impulse el desarrollo de la comarca.
En un debate así planteado pueden observarse varias posiciones.
De un lado, los que piensan que sería mejor no alterar el equilibrio de este tipo de zonas en los términos en que se encuentran ahora y proceder a que el abundanrecurso de que disponen los agricultores pueda ser transferido a otras zonas mediante compensaciones económicas y aprovechando las posibilidades que ofrece la legislación en materia de mercado y bancos de agua (Calatrava Leyva, 2006).
De otro lado, los que consideran que estas zonas están en una situación de equilibrio inestable que puede cambiar en el futuro -una reforma del actual sistema de protección agrícola o una reducción de las ayudas del Estado del bienestar-, y que, por tanto, no sería recomendable desprenderse, aunque sea parcialmente y con compensaciones, de un recurso tan preciado como el agua.
Ante esta situación, y sin descartar el aprovechamiento de las posibilidades que abre la legislación sobre bancos de agua, en este tipo de zonas se abre casi todo el abanico de posibilidades de actuación que ofrece el Reglamento de Desarrollo Rural.
Por un lado, las contempladas en el Eje 1, sobre "gestión de los recursos hídricos" y que recogen acciones para mejorar la eficiencia del regadío, evitando situaciones de despilfarro de agua y grandes pérdidas en la red.
La jubilación anticipada y la incorporación de jóvenes pueden ser también medidas a sopesar en este tipo de zonas, pues las generaciones más jóvenes podrían introducir una nueva dinámica en los sistemas de cultivo de la zona.
Pero también, por otro lado, estos proyectos de mejora de los regadíos debieran ser integrados en proyectos de desarrollo más amplios, que den cabida a actuaciones del Eje 2 (medidas agroambientales y gestión sostenible de las tierras y los espacios agrícolas y forestales) y del Eje 3 (diversificación de actividades económicas en torno al agua en su faceta de ocio y recurso medioambiental, por ejemplo), de tal modo que el conjunto de los grupos sociales lo perciban como elementos que benefician a la comarca y no sólo al colectivo de agricultores, en el marco de los nuevos planteamientos del desarrollo rural, la multifuncionalidad y la diversificación de actividades.
El debate público en torno a la utilización de los recursos hídricos con fines agrícolas ha cambiado profundamente en España, contribuyendo a ello la reforma de la PAC, la aplicación de la Directiva Marco del Agua, la implicación de los departamentos de Medio Ambiente en lo que antes era asunto exclusivo de los ministerios de Agricultura y Obras Públicas, la descentralización político-administrativa, y la creciente competencia entre usuarios por un recurso como el agua percibido hoy en situación crónica de escasez.
Todo ello ha hecho que se pase de una concepción sectorial y productivista en la gestión de los recursos hídricos, a otra territorial y de sostenibilidad, cuya principal consecuencia es el avance de una nueva forma de orientar las políticas públicas en esta materia, menos centrada en asegurar el aumento de la oferta de agua y más preocupada en racionalizar y controlar su demanda por los distintos tipos de usuarios.
En ese contexto de cambios se plantea el debate sobre las relaciones entre regadíos agrícolas, territorio y desarrollo rural, un debate que ha de partir del reconocimiento de la heterogeneidad del regadío en España.
Tal diversidad permite encontrar zonas modernas y competitivas -abiertas a los mercados y en condiciones de aprovechar las acciones previstas en el primer pilar de la PAC-, junto a otras con deficiencias estructurales o de otro tipo, que tendrán que desenvolverse en el marco y de las nuevas políticas de desarrollo rural (segundo pilar de la PAC).
Nuestro trabajo se ha centrado en este último conjunto de zonas, presentando, a modo de tipos ideales, cuatro situaciones que responden a problemáticas distintas y que pueden ser FERNANDO E. GARRIDO FERNÁNDEZ Y EDUARDO MOYANO ESTRADA representativas de la realidad en que se encuentra una gran parte de las zonas regables españolas.
En cada tipo de zona, se han explorado las posibilidades que ofrece el nuevo Reglamento de Desarrollo Rural (FEADER) para impulsar una gestión sostenible de los recursos hídricos y una mejor valoración de las implicaciones del regadío agrícola sobre el territorio circundante.
En este sentido hemos analizado las acciones previstas en los distintos ejes del citado Reglamento y hemos reflexionado sobre la necesidad de que algunas de ellas sean aplicadas en el marco de contratos territoriales, bien al nivel de las explotaciones agrarias o bien al nivel de cada zona regable, ya que es el único modo de avanzar en una concepción integral de las relaciones entre agricultura, regadío, territorio y desarrollo rural.
El contexto social y político parece favorable para este tipo de planteamientos, puesto que el nuevo escenario propiciado por la reforma de la PAC, la Directiva Marco del Agua y el principio de la multifuncionalidad de la agricultura, así los contempla.
Sin embargo, la práctica de la acción política en esta materia genera una fuerte oposición por parte de determinados grupos de intereses (fundamentalmente, los agricultores de regadío) temerosos de que la nueva cultura del agua limite las posibilidades de desarrollo en muchas zonas para las que el regadío agrícola es fuente de riqueza.
Por ello, resulta necesario, como señala Moyano (2006), propiciar un pacto social por el agua que pueda construirse a partir de un sólido partenariado sobre la gestión sostenible de los recursos hídricos en las zonas rurales.
Ese pacto por el agua es hoy más factible que antes, pues la reforma del primer pilar de la PAC -con el desacoplamiento de las ayudas y la aplicación del principio de ecocondicionalidad-, así como la potenciación de su segundo pilar -financiando a través del FEADER acciones estructurales en la dirección de aprovechar con mayor eficiencia los recursos naturales, entre los cuales el agua se erige en un recurso fundamental-inducen a apostar por producciones sanas y de calidad, y a aprovechar más eficientemente los recursos naturales -entendiendo por eficiencia la utilización sostenible de dichos recursos-, lo que ha de acercar inevitablemente a los agricultores a la nueva cultura del agua.
Ese pacto social por el agua ha de trasladarse de forma efectiva en el nivel local de cada área regable, donde los agricultores y sus organizaciones deben participar como protagonistas que son, juntos a otros grupos, del desarrollo de muchas zonas rurales, pero deben huir de las posiciones corporativistas de antaño.
"Sus posiciones deben estar basadas en el sentido común, la sensatez y la cooperación.
Sólo así podrán los agricultores recuperar la legitimidad necesaria para que la sociedad continúe apoyando a un sector y a una profesión cargada de futuro si es capaz de responder a los retos de hoy".
Recibido: 1 de septiembre de 2007 Aceptado: 15 de octubre de 2007 NOTAS 1 En los sucesivos Agrobarómetros de Andalucía que vienen realizándose desde 2003, dos de cada tres andaluces valoran los aspectos multifuncionales de la agricultura, destacando sobre todo la producción de alimentos sanos y de calidad, le generación de empleo y la protección del medio ambiente.
Asimismo, más de la mitad de los andaluces valoran positivamente las nuevas orientaciones de la política agraria hacia la potenciación de funciones distintas de las productivas (IESA, 2005(IESA, y 2007)).
2 Pueden verse los resultados de los Ecobarómetros de Andalucía, donde más de dos tercios de la población consideran que el problema del agua es un problema vinculado al modelo de desarrollo económico.
3 Los elementos fundamentales de la NCA van en la dirección de "entender los valores sociales, culturales y de identidad, tanto territorial como colectiva, de ríos, lagos y humedales, conocer la compleja pirámide de vida que albergan; apreciar la importancia de los equilibrios y funciones del ciclo hidrológico natural y los servicios que nos brindan; recuperar el sentido lú-
REGADIOS AGRÍCOLAS, TERRITORIO Y DESARROLLO RURAL
dico y el valor estético del agua, tanto en la naturaleza como en nuestros entornos urbanos...; y todo ello sin olvidar la necesidad de gestionar con eficiencia las utilidades económicas del agua como recurso productivo" (Manifiesto de la Nueva Cultura del Agua, www.unizar.com 2006).
4 "En España, un total de unos 24.000 Hm 3 /año es agua para riegos, representando alrededor del 80 % de la demanda nacional, mientras que el 20 % restante se distribuye en abastecimiento de poblaciones, usos industriales y otros.
Dicha cifra se corresponde con una superficie regada del orden de 3 millones 500 mil has y una dotación media unitaria que puede variar alrededor de los 5.000 m 3 /ha y año, con unas pérdidas (consuntivas y no consuntivas) (...) comparables al de esas necesidades medias de agua de los cultivos" (Losada, 2006).
El Plan Estratégico Nacional de Desarrollo Rural señala que la producción obtenida en tierras de regadío representa más de la mitad de la PFA (aunque sólo afecte al 15 % de la superficie agraria útil) y que una hectárea regada produce seis veces más que una de secano y genera cuatro veces más de renta (MAPA, 2007a).
5 Sobre las concepciones "agraria" y "territorial" del desarrollo rural, ver Moyano (2005).
En la concepción "agraria" se enfatiza la importancia de la agricultura para el desarrollo de las zonas rurales, en el sentido de considerar que las acciones que promueven las políticas públicas (modernización de explotaciones agrarias, renovación generacional, instalación de jóvenes agricultores, introducción de nuevos sistemas de producción agrícola y ganadera, medidas agroambientales,...) serán beneficiosas para dicho desarrollo en la medida en que lo sean para los agricultores.
En la concepción "territorial", las políticas de desarrollo rural se orientan no a un sector, sino al territorio, y se dirigen no a los agricultores, sino al conjunto de la población rural; en esta concepción, la agricultura ya no es el motor del desarrollo de las zonas rurales al existir otras actividades de mayor relevancia en la generación de empleo y la dinamización de la economía.
6 La reforma intermedia de la PAC propiciada por el comisario europeo Franz Fischler en 2003 da opción a los Estados miembros de reducir en una determinada proporción (hasta un 5 %) las ayudas del primer pilar (mercados) concedidas a los agricultores para que los recursos así detraídos puedan ser destinados a financiar las acciones del segundo pilar recogidas en el nuevo reglamento de desarrollo rural.
Esa reducción es la que concreta en la práctica el principio de "modulación" de las ayudas agrícolas.
7 El programa para la Red Rural Nacional está destinado a potenciar el papel de las dos redes españolas de desarrollo rural, en las que se integran los distintos grupos de acción local: REDR y REDER.
8 Mediante los CTEs se incentiva a los agricultores para que desarrollen un proyecto global en sus explotaciones, introduciendo cambios en el modo de gestionarlas y definiendo sus estrategias productivas dentro de una visión integral de las relaciones entre agricultura y territorio y de acuerdo con las prioridades establecidas a nivel de cada ámbito territorial (una provincia, una comarca, una región).
"Con los CTEs se incorpora la idea de que la agricultura es una actividad que tiene implicaciones territoriales independientemente de cual sea la estrategia productiva del agricultor y que esas implicaciones lo mismo se reflejan en los recursos naturales (suelo y agua), que en el paisaje, el patrimonio cultural, la biodiversidad o incluso el despoblamiento o la calidad de vida en el medio rural" (Velasco, 2005).
9 En ese proyecto de Ley, promovido por el gobierno como complemento de las acciones previstas en el Reglamento FEADER, se propone la fórmula de los "contratos territoriales de zonas rurales" como instrumento para actuar en el territorio con una visión integral. |
La comprensión de lo social
La hermenéutica es una corriente filosófica que está adquiriendo gran importancia en la actualidad llegando a ser, prácticamente, un nuevo paradigma en el sentido kuhniano.
De hecho, si hacemos una pequeña revisión por Internet nos podemos topar con revistas filosóficas o multidisciplinares tales como Analecta Hermeneutica, Hermeneutic, Hermes Analógica, Meta, Alea, Hermenéutica Intercultural, Hermeneia, etc. Como contrapartida a esta relevancia en el ámbito filosófico, en sociología no existe ninguna revista especializada y raramente es considerada como metodología sociológica cualitativa en los textos generales.
Esta disciplina del saber está adquiriendo una gran importancia sociológica en la actualidad, aunque tiene una larga historia, que toma cuerpo en la Grecia clásica y de adquiere especial relevancia en la Edad Media.
Gracias a autores como Schleiermacher, Gadamer, Weber, Mannheim, Schütz, Dilthey o Ricoeur, entre muchos otros, la hermenéutica ha terminado formando parte del conocimiento sociológico actual y de la metodología desarrollada hoy en día.
La socio-hermenéutica, o hermenéutica sociológica, se ha ido configurando y ha logrado tener un lugar en el conocimiento desarrollado en Alemania.
Sobre todo, gracias a autores clásicos como los mencionados anteriormente y, en la actualidad, gracias a expertos tales como los profesores Schnettler, Reichertz, Soeffner, Oevermann, Knoblauch, Raab o Hitzler, entre muchos otros.
Gracias a ellos, y a muchos otros, las propuestas teóricas de la sociología de la comprensión o de la sociología del sentido han logrado cuajar en otras zonas del globo.
No obstante, el saber comprensivo tiene una gran tradición y relevancia en el mundo germánico lo que ayuda a entender la gran relevancia que tiene la hermenéutica alemana.
En España esta disciplina ha pasado por grandes dificultades y todavía presenta alguna de ellas.
Permítannos la referencia de una conversación personal.
Al hablar con sociólogos españoles y explicar el trabajo en socio-hermenéutica los comentarios más habituales provienen de considerar a ésta como una disciplina teórica, y no práctica, o bien por mostrar dificultades de comprensión de la utilidad de la hermenéutica para la sociología.
Pese a esto, en nuestro Estado se han ido produciendo una serie de trabajos en una clara línea hermenéutica proveniente de destacados especialistas tales como Beltrán, Alonso, Beriaín, Sánchez Capdequí, Roche, etc.
Estos autores podríamos encuadrarlos en una corriente más tradicional y comprensiva, propia de la hermenéutica alemana.
No obstante, también existe otro núcleo de investigación hermenéutica más objetivista y con un enfoque netamente semi-cuantitativista.
En esta línea podría enmarcar a todos aquellos que desarrollan análisis discursivo y que a partir de la cuantificación del material analizado establecen lo que se ha dado en llamar "matriz hermenéutica".
Esta perspectiva no será la que nos interese en este monográfico puesto que, a nuestro juicio, lo que se está realizando es un análisis discursivo y no tanto hermenéutico.
Por desgracia, los trabajos que emplean esta metodología tienen ciertas dificultades de admisión por parte de muchas de las publicaciones sociológicas al considerar que este tipo de estudios son subjetivos y que están, por tanto, en el polo opuesto de cualquier posible objetividad.
De ahí que estos temas sean considerados como especulativos y propios de disciplinas no sociológicas.
En este sentido, es habitual que los textos hermenéuticos sean considerados como trabajos filosóficos y no sociológicos.
Este hecho es todavía más notorio si la hermenéutica se aplica de manera práctica y no teórica.
En este sentido, las dificultades se incrementan al considerar que los análisis interpretativos que se puedan producir son, como ya dijimos, especulaciones y opiniones.
Por todo ello, y con el objetivo de evitar esta mala comprensión de la hermenéutica como metodología sociológica se ha procurado contextualizar la investigación hermenéutica dentro del gran paraguas de los análisis cualitativos en ciencias sociales.
Los coordinadores del presente monográfico, así como los autores participantes en él, pretendemos mejorar el conocimiento de este ámbito del saber y de las bases teóricas de la socio-hermenéutica.
Esperamos que con él podamos colaborar en la implementación de la sociología hermenéutica en España y ayudar a que sea considerada como una metodología convencional propia de la sociología o, si se prefiere, de las ciencias sociales.
Agradecemos, por tanto, la confianza que la revista Arbor ha puesto en este proyecto y en la solvencia de los participantes y de las contribuciones.
Deseamos que los lectores encuentren una base epistémica para sus posteriores investigaciones. |
En este ensayo pretendo señalar la experiencia y la práctica de la investigación cualitativa en Iberoamérica.
Al comparar el estado del arte de la investigación cualitativa en diferentes países, este manuscrito es un primer esfuerzo por difundir el debate al que nos enfrentamos en nuestras sociedades de habla hispana en el contexto de la globalización de la academia.
¿Cómo se ve la investigación cualitativa iberoamericana a través de la globalización?
¿Cuáles son nuestras principales preocupaciones acerca de los métodos y enfoques?
¿Está la hermenéutica incluida en nuestra agenda?
En particular, voy a tomar en cuenta el contexto iberoamericano para señalar un conjunto determinado de obstáculos y desafíos de hacer investigación cualitativa en estos países. |
La hermenéutica del sentido de las "cosas sociales"
La realidad social tiene un componente material susceptible de medición (sus dimensiones cuantitativas), y otro inmaterial, el sentido de las "cosas sociales", que ha de ser interpretado y comprendido.
Ambas dimensiones son imprescindibles para describir y eventualmente explicar la realidad, pero durante mucho tiempo ha predominado en las ciencias sociales un planteamiento naturalista, con el que se pretendía su asimilación al modelo de las ciencias físico-naturales.
La atención al componente intersubjetivo del sentido que permea la realidad obliga a tener en cuenta el discurso con el que nos referimos a ella, en el bien entendido de que no se trata de una cuestión lingüística, sino hermenéutica.
Y, claro está, el propósito de la Sociología no se reduce a la comprensión del sentido, sino que pretende conocer la totalidad de la realidad.
LOS DOS COMPONENTES DE LAS "COSAS SOCIALES": LO TANGIBLE Y EL SENTIDO
Una excelente definición de la Sociología como ciencia de la realidad social podría ser la formulada por Misgeld, que la describe como "a combination of hermeneutics, emancipatory reflection and analitycal knowledge" (Misgeld, 1976, 166).
A mi entender, ya la combinación de hermenéutica y conocimiento analítico es de por sí emancipatoria, en la medida en que produce conocimiento de la realidad social, y este, por definición, libera de los idola.
Por ello quizás podría dicha definición simplificarse en la fórmula de "estadística más hermenéutica", que implicaría afirmar que la sociología ha de ser materialista pero no solo positivista, indagadora del sentido pero no idealista, emancipatoria pero no prescriptivista.
En definitiva, que la sociología se sitúa más allá de ser una teoría que busca solo una explicación causal materialista, así como más allá de buscar solo una explicación comprensiva lingüístico-interpretativa, situándose en la exigencia de asumir ambas posiciones de acuerdo con la complejidad de la realidad social.
Pero no vayamos tan deprisa.
La cuestión del sentido que las "cosas" de la vida social tienen para sus actores no es en modo alguno nueva: los antropólogos, por ejemplo, no la han perdido nunca de vista.
Pero para la tradición naturalista y positivista de la Sociología, así como para los enfoques conductistas, la noción de "sentido" se había terminado refugiando en ámbitos muy estereotipados, como el clásico de "definición de la situación".
En la misma limitación incurrió un cierto marxismo que interpretó la famosa frase de La ideología alemana de "lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan" como si ello no fuese más que un subproducto de la vida real, de dudoso o nulo interés por sí mismo.
De hecho, por unas razones o por otras, los sociólogos de buena parte del siglo XX se han formado en el exclusivismo cuantitativo, de suerte que solo si había medición habría ciencia (exclusivismo cuantitativo que intenta cuantificarlo todo, incluso ciertas dimensiones simbólicas problemáticamente cuantificables, como las actitudes y opiniones, por ejemplo, o el análisis de contenido en su versión orientada al recuento de términos).
Pues bien, lo que reaparece hoy con fuerza es la evidencia de que, en expresión de Nicolás Ramiro, somos animales ladinos, simbólicos, y que por ello vivimos en un mundo en el que los componentes materiales de la vida social están inextricablemente mezclados con el sentido que las cosas tienen para nosotros.
Del mismo modo que somos a la vez e inseparablemente biología y cultura (esto es, genes evolucionados heredados y respuestas inventadas aprendidas, todo ello en el proceso de adaptación), la sociedad es a la vez e inseparablemente grupos, estructuras y procesos que han de medirse, y significados y sentidos que han de interpretarse.
Y debe quedar claro que este segundo componente tiene mucho que ver con la fuente de símbolos que es el lenguaje, aunque no se confunda con él.
No se trata, pues, del retorno del sujeto, o del auge de lo subjetivo: tal como yo lo veo, estamos ante un énfasis, por así decirlo, de lo intersubjetivo, que, aunque parezca un juego de palabras, no tiene nada de "subjetivo", esto es, no es algo espontáneo, diferente y autónomo para cada sujeto.
En efecto, lo intersubjetivo es tan objetivo como la tasa de natalidad o la distribución de la renta.
El sentido que tienen para mí las cosas de la vida no lo pongo yo, sino que me viene dado, socialmente puesto: no lo decido yo, no me lo invento, sino que lo he aprendido.
Es, en efecto, un dato para el científico social, ya que se trata, en frase de Sapir, de "los modos de interpretación esencialmente arbitrarios que la tradición social nos sugiere constantemente desde el mismo momento de nuestro nacimiento" (Sapir, 1949, 546).
Se trata, pues, de un ámbito de la realidad en el que se sitúan el lenguaje, el significado, el sentido, la cultura, la interpretación.
No podemos seguir considerando el mundo social como si fuera solo un universo material, sino que es rigurosamente imprescindible tener en cuenta la dimensión cualitativa de la realidad social y esforzarse en conocerla empíricamente.
Piensa Luhmann que los objetos sociales no son simplemente lo que son, sino más bien lo que significan, ya que es esencial para ellos el ser comprendidos, esto es, tener sentido, de modo que "los sistemas sociales son sistemas identificados por el sentido" (Luhmann, 1975, 18): entendemos las cosas de la realidad social porque tienen sentido para nosotros, lo que, obviamente, es fundamental para la sociología, la ciencia que trata de describir y explicar dicha realidad social.
Y para una mayor precisión: la comprensión lingüística lo es del significado, en tanto que la comprensión hermenéutica lo sería del sentido.
El sentido sería el correlato cultural no lingüístico de una situación, por más que pueda manifestarse a través del lenguaje en el marco de sus condiciones materiales.
El que algo carezca de sentido lo convierte en absurdo, lo coloca fuera de control.
Como dice el texto clásico (Macbeth, escena V, acto quinto), algo carente de sentido es:
Otra cosa sería el que algo me parezca ininteligible: tendrá sentido, sin duda, pero no se me alcanza.
El sentido de una cosa da cuenta de su razón de ser, de su finalidad, y es un producto social: se trata de una construcción cultural que forma parte de la Weltanschauung transmitida a los miembros de la sociedad, o a una clase o grupo de ella, en sus procesos de socialización.
Pues bien, la realidad social consiste en el conjunto de las relaciones entre las posiciones sociales; dichas posiciones no están distribuidas al azar, sino articuladas, a modo de organigrama, en un espacio estructurado por factores materiales, constituidos como "cosas sociales" por la articulación sobre ellos de pautas de conducta y atribución de sentido, lo que las hace inteligibles.
Las "cosas sociales" no son sino hechos sociales a los que, como cree Durkheim, es necesario tratar como cosas, con objeto de reivindicar para ellos un grado de realidad análogo al que se reconoce a los objetos del mundo exterior que no son productos de la actividad mental.
Las "cosas sociales" son compuestos de elementos materiales y culturales, así como de prácticas sociales, dotados de un determinado sentido para un determinado conjunto de personas.
Por consiguiente, el sentido de las "cosas sociales" descansa, en último extremo, en los elementos materiales de la estructura y en la praxis que tiene lugar dentro de ella.
De modo que la hermenéutica consiste en la interpretación del sentido de las "cosas sociales", pero el sentido no constituye la totalidad de la realidad social: el conocimiento de esta sobrepasa a la mera hermenéutica.
Las ciencias sociales, y en particular la Sociología, no se reducen a la comprensión del sentido.
El sentido de las "cosas sociales" permite explicarlas gracias a que hace posible su comprensión.
No basta con describir la realidad, sino que hay que intentar explicarla: pero muchas veces es imposible o insuficiente una explicación causal, y se requiere comprender, entender lo que existe o lo que pasa para dar razón de ello.
Tal comprensión se logra a través del sentido que la "cosa" tiene para los actores que forman parte de la situación o participan en el proceso (aunque sea como afectados por sus consecuencias).
Y debe quedar claro que, en mi opinión, el sentido no es algo externo a las "cosas sociales", algo que se les añade y superpone, sino que les es esencial: las constituye y es parte inseparable de su ser social.
Toda la realidad social, todas las "cosas sociales" tienen un sentido socialmente puesto: todas significan algo para quienes se mueven en su seno y a su alrededor.
LA NECESARIA CONSIDERACIÓN DE LOS DOS COMPONENTES
El lingüista Ryle estableció la distinción entre thick descriptions (descripciones "densas", que no se limitan a lo externo y visible, a lo directamente observable) y thin descriptions (descripciones "sumarias", o "superficiales", que se limitan a lo externo y visible, como las que hacían los behavioristas).
Así es recogida la distinción por Clifford Geertz, que identifica la etnografía con la descripción densa, y distingue en las ciencias sociales entre "descripción", que establece la significación que determinadas acciones sociales tienen para sus actores, y "explicación", que enuncia lo que el conocimiento así alcanzado muestra sobre la sociedad a que se refiere (Geertz, 1997, 37).
Pues bien, hay que rechazar la herencia behaviorista de la descripción superficial, y aceptar con Geertz que la adecuada para las ciencias sociales es la densa, que toma en consideración el sentido que tiene para el actor el objeto de conocimiento, descripción que viene seguida por la interpretación, en la que ponemos de manifiesto qué nos dice lo descrito sobre la sociedad de que se trata.
El sentido está detrás de los elementos materiales y de las prácticas sociales (detrás de la superficie), y es consecuencia de los valores, normas y símbolos compartidos.
El sentido no suele ser explícito, pero en ocasiones se explicita fácilmente.
La mayor parte de las veces, sin embargo, es algo implícito, latente, dado por supuesto, e incluso no consciente.
Por ello sus datos, lingüísticos o simbólicos (pero siempre articulables en alguna forma de discurso), han de ser producidos y analizados gracias a la investigación científica.
En una línea análoga a la de las descripciones "densas" habría que situar la posición de Bourdieu, quien propugna que gracias a la noción de campo se supere la alternativa entre una interpretación que ignore las condiciones económicas, sociales e históricas y otra que refiera el sentido solo a ellas.
Bourdieu señala, en su rechazo del estructuralismo, que "la comprensión histórica historiza, relativiza": no arranca el objeto del tiempo, no es una comprensión destemporalizante (Bourdieu, 1995, 452).
En resumidas cuentas, los elementos materiales de la realidad social no pueden ellos solos dar cuenta del sentido, ni este constituye un texto autónomo que pueda ser entendido en sí mismo.
Hay, pues, que intentar la descripción densa de Ryle, o construir el objeto a través de la noción de campo de Bourdieu, de suerte que no se omita la consideración del sentido de las cosas sociales, ni se considere a dicho sentido una mera variable dependiente de los factores económicos o políticos, ni se le analice como una especie de texto autoportante, ni se le interprete al margen de la historia.
Anotado tan ambicioso programa, volvamos ahora a reflexionar sobre las versiones posibles del sentido.
El aprendizaje del sentido a través de la socialización no supone una asimilación meramente pasiva por parte de los socializados, sino que estos lo recrean en cierta medida, con lo que el sentido de que se trate no es idéntico para todos los que lo comparten.
De otro lado, el conflicto social produce sentidos no meramente disímiles, sino incluso contradictorios para quienes se encuentran en posiciones enfrentadas: una determinada "cosa social" no tiene el mismo sentido para jóvenes o para viejos, para ricos o para pobres, etc. Aunque el sentido esté socialmente puesto, esto es, aunque no sea algo subjetivo construido por cada actor, no es sin embargo único para cada "cosa social", aunque alguna de sus versiones puede ser predominante, lo que depende de quién tenga el poder y, por tanto, cuál sea la ideología dominante.
Quienes estén en conflicto con ese grupo no compartirán obviamente el sentido por él atribuido a la "cosa social" de que se trate, sino que esgrimirán su propio sentido.
Naturalmente, en cada sociedad hay distintas visiones del mundo, y desde cada una de ellas cabrá atribuir un sentido diferente al mismo fenómeno o situación, a la misma "cosa".
Las visiones del mundo dependen de la perspectiva con que se le contempla, del lugar social que corresponde a la posición del que mira.
El conflicto que determina la variedad de sentidos es un conflicto de posiciones sociales.
Veámoslo con un ejemplo.
En la fábrica Hawthorne la dirección ofreció a los obreros de la sala de cableado (la bank wiring room) una serie de primas si lograban determinados aumentos en la producción, pero aquellos la mantuvieron sin incrementos; la explicación de su comportamiento es que en la coyuntura de depresión de la crisis de 1929, los obreros interpretaban los incentivos como una argucia de la dirección para producir más con menos trabajadores, con lo que podrían mandar al paro a una parte de ellos (Roethlisberger y Dickson, 1946, 417).
Pero la dirección de Hawthorne jamás pensó semejante cosa, sino que trataba de indagar los factores que afectaban a la productividad.
He aquí, pues, dos sentidos en conflicto, dependientes de la posición objetiva ocupada por los actores sociales (empresa y trabajadores).
En todo caso, y pese a la borrosidad de lo asimilado en la socialización, o a la pluralidad de las versiones conflictivas, el sentido de las "cosas sociales" es intersubjetivo, esto es, compartido por los miembros de las "comunidades de sentido" y, por tanto, objetivo; se trata de un concepto parecido a las communities of discourse, de Wuthnow, que articulan las ideologías (compartidas) con la estructura social (Wuthnow, 1989, passim).
Existe, pues, una parte no material de la realidad social exterior (la parte a la que vengo llamando "sentido") que se impone a los individuos.
Se trata de un sentido socialmente elaborado y atribuido, que cada uno aprende y negocia en la interacción social.
Es verdad que dicho sentido de las "cosas sociales" cambia con el tiempo, y lo hace a través de los cambios de las posiciones sociales y de la interacción social, ya que todo orden social es provisional, y se transforma con mayor o menor velocidad.
El que la identificación del sentido de las cosas sociales que lleve a cabo un investigador pueda ser diferente de la que consiga otro no es cosa que tenga que ver con la tesis del pragmatismo, tan criticada por Durkheim, de que la verdad sea esencialmente variable.
Lo que sucede, en primer lugar, es que un mismo sentido aprendido a través de la socialización puede manifestarse en quienes lo comparten de maneras no rigurosamente idénticas, sino con diferencias más o menos importantes en función de su borrosidad (variedad que, obviamente, será mayor en momentos de cambio cultural).
En segundo lugar, las cosas sociales pueden no tener un único sentido, sino sentidos diferentes como consecuencia del conflicto social, que generará distintas "comunidades de sentido" integradas por quienes a causa de su posición social comparten uno de los sentidos enfrentados.
Yo puedo identificar en mi investigación uno de ellos, incluso sin percatarme del hecho del enfrentamiento, y otro puede ser descubierto por un investigador diferente, siendo ambos empíricamente verificables: ambos sentidos existen, son entendidos como "verdaderos" por quienes los comparten, y ambos son "verdaderos" (estarán verificados) para las ciencias sociales.
Lo que no supone ningún relativismo o variabilidad pragmatista de la verdad, sino que da cuenta del hecho de que la verdad científica acerca del sentido de una determinada cosa social incluye dos versiones diferentes del mismo, o incluso múltiples versiones de un original más o menos borroso.
Con lo que hay que diferenciar, como quería Durkheim, que un determinado sentido sea verdadero desde el punto de vista científico (esto es, que sea, en efecto, el sentido que la cosa tiene para la gente que lo comparte), y que un determinado sentido sea verdadero desde el punto de vista del sentido común (esto es, que quienes lo comparten estén convencidos de su verdad).
En definitiva, y como resumen de la posición durkheimiana, el sentido de la realidad tiene un origen social, su pretensión de verdad procede de la sociedad, y su función es reforzar la conciencia social.
Con lo que se reivindica el racionalismo (al negar la variabilidad de la verdad científica) y se reconoce el convencionalismo aprendido, el origen social que el sentido de las cosas tiene para nosotros.
Y es que Durkheim, "como racionalista convencido que era, no sucumbió a la tentación del relativismo" (Lukes, 1984, 434), y contribuyó así a despejar el camino para la sociología del conocimiento.
SIGNIFICADO DEL LENGUAJE VERSUS SENTIDO DE LAS "COSAS SOCIALES"
En todo caso, la interpretación del sentido por las ciencias sociales no tiene que ver con los métodos de las ciencias físico-naturales: para Habermas, la comprensión interpretativa (interpretive understanding) que la ciencia social lleva a cabo a través de la hermenéutica, es diferente de los métodos propios de las ciencias físico-naturales, adecuados para los componentes materiales de la realidad, y utilizados también por las ciencias sociales para dicho propósito.
Gadamer, por su parte, subraya el papel del lenguaje en nuestra experiencia y comprensión del mundo (y, por tanto, su presencia en el sentido que impregna la realidad social y la hace inteligible), e indica que el lenguaje no se limita a ser un medio de comunicación, sino la vía de alcanzar la comprensión del sentido de las cosas, haciendo posible la racionalidad de los actores sociales.
El lenguaje no es, obviamente, una creación del individuo, sino una herencia cultural que nos llega de otros, y cuya utilización responde a unas reglas controladas por otros.
Por ello mismo, cuando hablo mi discurso no es solo autoexpresión, sino que inevitablemente expreso al mundo en el que vivo: lo que digo, cree Charles Taylor, responde a la realidad en la que estamos situados e incluidos (Taylor, 2005, 64).
Cuando hablo, habla el grupo del que formo parte, e incluso podría decirse, con Heidegger, que quien habla es el propio lenguaje.
En resumen, e insisto en ello a riesgo de ser reiterativo, el lenguaje (sus palabras, sus construcciones) tiene significados, que remiten al sentido de las cosas.
Las cosas tienen sentido para nosotros, y ese sentido puede ser expresado mediante el lenguaje, aunque también desde las actitudes y el comportamiento: no solo desde lo que se dice, sino desde lo que se hace, y desde lo que se dice que se hace (Alonso, 1998, 72).
El sentido se manifiesta tanto en la práctica discursiva como en las prácticas extradiscursivas que se producen en una determinada situación (Martín Criado, 1998, passim).
El sentido que interesa al sociólogo es el compartido, un sentido intersubjetivo que, por tanto, es objetivo.
Este sentido no lo pongo yo, sino que está socialmente puesto: lo compartimos los miembros de una determinada comunidad de sentido, y eso hace inteligible la realidad en que vivimos.
El sentido de las cosas sociales puede expresarse tanto en un discurso específico, no siempre articulable por quienes lo comparten (puede tener aspectos inefables, o cadenas de significación latentes o implícitas), como en unas prácticas concretas: discurso y praxis que deben ser objeto de la investigación empírica adecuada al caso de que se trate.
El sentido puede referirse a una situación (a modo de una escena teatral), a una institución (política, por ejemplo, o familiar), o a un modo de vida (que tenga que ver con el sistema de clases sociales, o con ser joven o viejo, hombre o mujer, etc.).
En todo caso, el sentido no se agota en el discurso (en los discursos) ni en la praxis que pueden explicitarlo.
Para captar el sentido de la realidad social, esto es, para comprenderla (o, si se quiere, para explicarla), es necesario, pues, interpretar el discurso, o los discursos, y los elementos extralingüísticos en que se exprese dicho sentido.
Se trata, pues, de una tarea hermenéutica.
Pero hay que decir inmediatamente que la importancia que el sentido de las cosas sociales tiene para la comprensión de la realidad social no debe llevar a la identificación del sentido con dicha realidad: esta es simultáneamente material, tangible (tiene dimensiones que se pueden contar, pesar o medir), e inmaterial, con sentido (tanto para los participantes como para el investigador).
De modo que no predomina en ella ni lo tangible ni el sentido, sino que ambas cosas están necesariamente unidas: se trata de la inseparabilidad de la significación y de su soporte, como cree Taylor.
Inseparabilidad, si se quiere, de la res extensa y de la res cogitans como caras o aspectos mutuamente necesarios de la realidad.
En todo caso, coexisten la realidad material o externa y la realidad dicha o construida, produciendo una y otra efectos en la vida social.
De aquí que, como se ha apuntado más arriba, en las ciencias sociales haya dos tipos complementarios de explicación: la causal, análoga a la de las ciencias físico-naturales, y la comprensiva, específica de las ciencias sociales.
O por decirlo de manera más simple: la explicación de la dimensión cuantitativa, y la explicación de la dimensión cualitativa.
En todo caso, la explicación causal de los fenómenos sociales parece responder mejor al "cómo" que al "por qué".
Esta última pregunta, la indagación de la causa, es más ambiciosa que la primera, que se limita modestamente a dar cuenta del modo en que se producen los fenómenos.
Pero una cosa es la comprensión del sentido que los actores sociales llevan a cabo en la vida cotidiana, y otra muy diferente la que intentan las ciencias sociales para dar cuenta de la realidad.
En el caso de los actores, lo que se produce según Gadamer es una suerte de "precomprensión", más ontológica que metodológica, que nunca se manifiesta plenamente, y que no es deliberadamente "producida" por el sujeto, sino que surge en su conciencia con la apariencia de espontaneidad y naturalidad con que los elementos de la cultura se le hacen constantemente presentes (Gadamer, 1977, 333 y ss. y 364 y ss.).
En cambio, para las ciencias sociales la hermenéutica es una herramienta metodológica, en concreto analítica, para producir una explicación comprensiva del objeto de conocimiento a través de la interpretación de su sentido.
Como sabemos, el sentido que pueda tener una "cosa social" para un actor no es necesariamente compartido por todos los demás: no estamos ante constantes antropológicas o universales culturales, sino ante elementos fragmentarios de una visión del mundo que refleja la historia y el conflicto social.
De modo que puede haber una variedad de sentidos de la misma situación o fenómeno, lo que permite hablar de "comunidades de sentido" para aquellos conjuntos de personas que comparten un determinado sentido.
Y lo que las "cosas sociales" signifiquen para las ciencias sociales dependerá de la interpretación que de su sentido o sentidos se haga.
Con lo que la hermenéutica no es necesariamente concluyente, no ofrece una solución única y definitiva al problema (como, por otra parte, tampoco la ofrece la estadística en su tratamiento analítico de los elementos materiales de la realidad), sino que sus hallazgos se caracterizan por una cierta ambigüedad.
Entonces, ¿cómo puedo estar seguro de que mi interpretación sea correcta?
¿Qué pasa si alguno de los actores sociales implicados rechaza el sentido que atribuyo a la realidad que estudio?
¿Qué sucede si otro investigador de la realidad no percibe en ella el sentido que yo propongo, o no acepta mi interpretación?
Y no se crea que este sea un problema que afecte solo a la sociología: Heather, en La caída del Imperio Romano señala que "como ha sucedido siempre, los historiadores están muy lejos de alcanzar un consenso general, ya sea en torno a las grandes cuestiones, ya sobre asuntos de detalle" (Heather, 2006, 10).
Pues igual sucede con los resultados de la interpretación sociológica del sentido de las "cosas sociales".
El problema es difícil, pues no me estoy refiriendo a una cuestión de significación lingüística, que podría ser dilucidada de manera más o menos concluyente, sino a una cuestión de sentido: del sentido que la realidad tiene para los actores, y de lo que da sentido a la acción social y al comportamiento de los actores.
De modo que ese componente de la realidad social que es su sentido, se manifiesta no solo en los discursos que puedan formularse al respecto, sino en los comportamientos.
Así que podría decirse que no solo el discurso, sino la acción humana propiamente dicha, esto es, nuestro comportamiento, resulta susceptible de interpretación hermenéutica, de manera parecida a como lo hace Whyte en Street Corner Society: "lo que la gente me dijo me ayudó a explicar lo que había sucedido, y lo que yo observé me ayudó a explicar lo que la gente me dijo" (Whyte, 1955, 51).
He de interpretar, pues, conjuntamente lo que veo y lo que la gente me dice, porque el sentido lo es para los actores sociales, y se pone de manifiesto tanto en su praxis cotidiana como en el discurso que utilizan para hablar de ella.
Y conviene repetir que es un sentido compartido e intersubjetivo, que constituye una parte esencial de la realidad social inseparable de los datos materiales observables.
TRES ENFOQUES: FENOMENOLÓGICO, LINGÜÍSTICO, HERMENÉUTICO
En su "informe bibliográfico" de 1967 sobre la lógica de las ciencias sociales, Habermas incluye un extenso apartado que lleva por título "Sobre la problemática de la comprensión del sentido en las ciencias empírico-analíticas de la acción", en donde plantea que cuando se trata de textos o documentos recibidos, "el 'sentido' que ha de explicitarse tiene entonces el status de un hecho, de algo empíricamente ahí", de modo que hemos de reconstruir sus enunciados, esto es, los generamos de nuevo, con lo que "el pensamiento analítico puede ser contrapuesto con toda razón a la discusión hermenéutica" y, en todo caso, la investigación del sentido ha de llevarse a cabo "sin aceptar la limitación positivista de la metodología a análisis del lenguaje" (Habermas, 1988, 173 y 175).
El autor comienza su argumentación con un examen del enfoque fenomenológico, en el que recoge la opinión de Cicourel acerca de la falta de refinamiento metodológico de las ciencias sociales, llenas de supuestos implícitos de sentido común.
Tal opinión tiene el mérito de poner de manifiesto la necesidad de una teoría que explicite las estructuras del mundo de la vida, de modo que las reglas a las que al efecto recurre Cicourel no son las reglas gramaticales del lenguaje, sino las que gobiernan la acción social, que son las que suministran una base empírica para el estudio de las estructuras básicas del sentido (Habermas, 1988, 189).
Es obvio que Cicourel se apoya en la obra de Schutz, que en la línea de Husserl se abre a una fenomenología del mundo de la vida a partir de la intersubjetividad de las interacciones cotidianas, de suerte que "los hechos del ámbito objetual de la sociología no pueden desgajarse de la intersubjetividad en que se constituyen. [...Pero] la sociología comprensiva no pretende excluir, ni mucho menos, la adecuada medición de los hechos sociales, sino posibilitarla", con lo que cobra "frente a las ciencias físico-naturales y del comportamiento un status propio" (Habermas, 1988, 192 y 194).
Pero, en resumidas cuentas, estos planteamientos fenomenológicos resultan inapropiados para Habermas, pues cree que permanecen dentro de los límites del análisis de la conciencia, lo que impide incluso llegar al análisis del lenguaje, en cuyo tejido se forman -dice- los sujetos.
Tras el enfoque fenomenológico aborda Habermas el lingüístico, del que destaca ante todo el desplazamiento analítico desde la conciencia al lenguaje, de tal modo que las formas de vida responden a las reglas de la gramática de los juegos de lenguaje: aquí ya no se plantean cuestiones de sentido, sino solo el análisis lógico de los significados lingüísticos.
Pues bien, el análisis del lenguaje cobra un significado especial para las ciencias sociales, ya que sus reglas "no pueden ser reglas privadas para un sujeto particular, sino que han de ser intersubjetivamente válidas para una forma de vida": el problema, para Habermas, es que estos planteamientos disuelven la sociología, convirtiéndola en un tipo especial de análisis del lenguaje, con la carga idealista que a su juicio ello implica (Habermas, 1988, 215).
Por último, Habermas presenta como tercer posible enfoque el hermenéutico, que fundamenta sobre los problemas de la traducción y de la historia, pues "nuestra concepción del significado de la vida cambia constantemente" (Habermas, 1988, 246).
Con lo que termina prestando especial atención a los planteamientos de Gadamer, que toma en consideración "el saber aplicativo a que la hermenéutica conduce" (que para Habermas se concreta en una forma de consenso del que depende la acción comunicativa), que tiene que ver con la visión del mundo a que lleva la apropiación de los contenidos de sentido recibidos del grupo por el sujeto (Habermas, 1988, 251).
Pero si dejáramos así las cosas quedaría en la penumbra la rica tradición hermenéutica de las ciencias sociales, y en particular de la sociología.
Sin perjuicio de repetir algo ya dicho o de anticipar lo que pueda decir más tarde, parece el momento de recordar el denso tratamiento que hace del tema Zygmunt Bauman (Bauman, 2002), para quien la comprensión de los fenómenos como objetivo de la hermenéutica ha sido puesta en relación con la historia (sobre todo en los escritos de Marx y Weber), con la razón (en el caso de Parsons), y con el Lebenswelt (en Schutz y la etnometodología).
Aunque bastaría con esta sumaria referencia para poner de manifiesto la importancia de la corriente de reflexión e investigación hermenéutica en la sociología, añadiré de la mano de Bauman algún rasgo notorio de la misma.
En su opinión, la línea de reflexión filosófica abierta por Hegel permitió que Marx y Weber se movieran en el marco de "la historia tendente a comprenderse a sí misma": para Marx, la comprensión de la historia debe llevarse a cabo históricamente, como un problema sociológico, pues entiende "la historia como el progreso de la razón hacia la propia comprensión" (Bauman, 2002, 45).
Weber, por su parte, relaciona directamente la cuestión de la naturaleza científica de la investigación social con la posibilidad de la comprensión objetiva de una realidad esencialmente subjetiva, de modo que "el conocimiento objetivo es el conocimiento racional; por lo tanto, es posible comprender objetivamente las acciones humanas tal cuales son y, hasta donde es posible puedan ser consideradas como acciones racionales" (Bauman, 2002, 18).
Este autor señala que, para Weber, "todos nosotros tenemos necesariamente un conocimiento introspectivo 'interno' de la acción intencionalmente racional", instrumental, que hace las acciones humanas "inteligibles para nosotros, nacidos en la época del mercado racional y de la ciencia": podríamos, pues, decir que la comprensión no es en Weber natural, sino histórica, y concluir con Bauman que "la asunción de la historicidad es indispensable para convalidar el método en su forma weberiana" (Bauman, 2002, 74, 75 y 81).
Y se hace necesario recordar que Mannheim cuestiona el punto central del argumento, esto es, que la acción racional sea el modo de conducta dominante en la sociedad moderna, y sostiene en cambio que la variedad de posiciones en la estructura social genera parcialidad y distorsión, solo superables en el grupo social de los intelectuales, que es el único que puede hacer posible una comprensión objetiva.
Para Bauman, la versión de la hermenéutica que caracterizó al romanticismo debía arriesgar hipótesis respecto del mensaje oculto del texto, pues este solo puede ofrecer al lector la plausibilidad de su interpretación, no una prueba concluyente de que haya sido verdadera o falsa.
Pero este énfasis en el texto coincidió con que en el desarrollo positivista de las nuevas ciencias sociales, ajenas a la idea de intencionalidad, la comprensión, es decir, la captación intelectual de la lógica de los fenómenos, era lo mismo que la explicación, esto es, la demostración de las reglas generales y las condiciones específicas que hacen inevitable que el fenómeno suceda: solo esta clase de comprensión parecía compatible con una ciencia de la sociedad que aspirara a emular los logros obtenidos por las ciencias físico-naturales.
En otras palabras, el científico "comprendía" el fenómeno cuando lograba identificar la variable independiente que podía considerarse como su causa.
Y sin embargo, señala Bauman, "los fenómenos sociales [...] deben ser comprendidos de manera diferente que a través de su mera explicación [...].
Por lo tanto, la comprensión de un acto humano debe ser buscada en el sentido que le confería la intención del actor; una tarea [...] esencialmente diferente de las de las ciencias naturales" (Bauman, 2002, 10 y 11).
Pues bien, es Husserl quien retoma la idea de que la comprensión no se limita al mundo de la historia y de la intencionalidad, sino que es universal y se extiende por tanto al reino de la ciencia físico-natural.
Con ello el discurso hermenéutico reincorpora el legado positivista, diseñado ahora como un planteamiento en el que la historia cede ante una "subjetividad trascendental", una suerte de comunidad de significados accesible por la vía racionalista despojada de su carga historicista.
Por fin, y a partir del énfasis de Heidegger en que la comprensión del sentido solo puede ser llevada a cabo en el marco del Lebenswelt, la posición de Schutz y de los etnometodólogos señala a la sociedad y a la interacción entre sus miembros como el único universo capaz de garantizar la interpretación del sentido, como la posibilidad de captar el significado de la actividad humana.
En el mundo-de-la-vida todo es tomado como sabido por el sentido común, por lo que pasa inadvertido sin intervención de las facultades analíticas de los participantes, que no lo hacen, por tanto, objeto de interpretación.
¿Cómo captar entonces el sentido de la acción humana?
Para Cicourel, no reconstruyendo los procesos mentales, sino ateniéndonos al comportamiento y registrando fielmente su diálogo: el sentido no precede a la experiencia de un acto, sino que es construido retrospectivamente en el curso del análisis.
La sociología no puede pretender que el significado de un fenómeno social sea algo dado, como un objeto en sí, sino que ha de identificarlo e interpretarlo con las herramientas de la hermenéutica para poder comprenderlo, captando así la complejidad de la realidad social: "El sentido de las cosas sociales se encuentra en los discursos, de manera patente o latente; lo que se dice de ellas expresa directa o indirectamente su sentido, esto es, el que les atribuye quien habla, que expresa así una información que él no ha creado [...], sino que ha interiorizado en algún proceso de socialización" (Beltrán, 2003, 207). |
La sociohermenéutica como programa de investigación en sociología
En este artículo hemos tratado de argumentar que la sociohermenéutica es una tradición propia del conocimiento sociológico desde el primer momento de formación de la sociología interpretativa clásica.
Tradición totalmente diferente de la actual deconstrucción postmoderna y de su idea sobre el poder total del texto.
Se revisan críticamente, a continuación, las aportaciones de Bourdieu al conocimiento de las prácticas lingüísticas como prácticas sociales de poder.
Finalmente se define la lógica del análisis sociológico de los discursos —como análisis comprehensivo e interpretativo— como un tipo de trabajo específico que se separa tanto del análisis cuantitativo de contenido como del análisis estructural del texto de origen lingüístico.
"Los actores son actores: reflexionan, actúan, nunca son totalmente adecuados para sus funciones y sus intereses, y la teoría debe poder explicar su actividad, su reflexividad, su crítica cuando tienen que resolver problemas"
"Podemos referirnos a los sentidos y los significados como si estuvieran en cierto modo integrados en las cosas, o como si fueran la naturaleza que cada una de ellas tiene.
Pero en la mayoría de los casos, los sentidos inherentes son simplemente los pedazos de nuestro lenguaje que llegan a lo que hay, a lo que está ahí"
"La sociología no es una ciencia del espíritu [...]
El hecho de que los fenómenos sociales estén mediados por el espíritu, por la conciencia de los hombres, no debe hacernos caer en el error de deducirlo sin más de un principio espiritual"
El enfoque socioherméutico que vamos a tratar de desarrollar en estas páginas, asociado al análisis de los discursos en sociología, lo concebimos no tanto dentro del giro lingüístico del conocimiento contemporáneo, ni siquiera en el más genérico del giro interpretativo de las ciencias sociales contemporáneas (Rabinow y Sullivan, 1987: 15), sino como una tradición inscrita en la evolución de la sociología moderna desde su propia formación frente a la insistencia actual de que la hermenéutica se integraría en la investigación social en un momento postmoderno, de superación del positivismo y de vuelco del estudio de lo social en la deconstrucción de sus relatos y en el dibujo de sus cada vez más débiles identidades (Alvesson, 2002); en estas páginas se defiende un encuentro temprano entre la sociología y la hermenéutica como un auténtico programa de investigación en el sentido de Lakatos (1989), esto es, como un conjunto de reglas metodológicas, heurístico positivas unas y heurístico negativas otras, que nos definen cuáles son los senderos a seguir y cuáles los errores a evitar para la elaboración de nuestras prácticas y protocolos de investigación.
En este programa de investigación nos encontramos con un conjunto de teorías interconectadas, ninguna de las cuales se puede considerar como totalmente autónoma sin hacer referencia al programa de investigación como un todo, lo que ayuda a construir la visión de la realidad que circunscribe el objeto de investigación y las reglas para operar con él.
De esta forma, en este programa de investigación sociohermenéutico se pueden encontrar a lo largo de su evolución elementos principales que se han ido fortaleciendo y enriqueciendo desde su primera formación en el encuentro entre la sociología y la filosofía comprehensiva, así como un denso y creciente cinturón protector de hipótesis interpretativas extraídas de tradiciones intelectuales próximas, pero diferentes y de un conjunto de saberes prácticos acuñados en el campo de la investigación empírica.
El gran Georg Simmel, como es sabido, no encontraba para la sociología ningún nuevo objeto sustantivo, sino que la concebía como un "nuevo modo de observación", como un "punto de vista" o una mirada; una particular disposición de perspectivas gracias a la cual podemos vislumbrar lo significativo entre las, casi innumerables, formas y contenidos que configuran el denso mundo de lo social.
La sociología apelaba, así, a las formas de conocimiento por las cuales el sujeto realiza la síntesis de los elementos que toma por "la sociedad"; pero, es más, si bien la síntesis descansa en el sujeto contemplador.
Este es, a su vez, una síntesis de elementos de la propia sociedad; no es extraño, pues, que el propio Simmel le conceda un papel fundamental al proceso de socialización, como proceso según el cual los individuos establecen una unidad dentro de la que se realizan sus intereses, y que atribuya a la sociología el papel de la investigación de esas acciones recíprocas.
Frente a la tentación individualista o psicologista, Simmel acaba otorgando a la realidad social un carácter interactivo, interpretativo y recíproco que se realiza en el proceso concreto de socialización; y a la sociología, el papel de estudiar, en cada contexto temporal y geográfico, el juego de posiciones y de relaciones sociales que se expresan y se despliegan a diferentes niveles, desde la conciencia individual hasta las estructuras institucionales.
Estos planteamientos se encuentran en el primer capítulo de la monumental monografía que Simmel dedicó a la sociología (Simmel, 1977: 14 y ss.).
En el conocido ensayo: "El ámbito de la sociología", complemento inseparable de su imprescindible "El individuo y la libertad", Simmel se refiere al punto de vista de la producción social que estudia las "figuras que se producen en el marco de la interacción entre los hombres, o en ocasiones también ellas son tales interacciones, figuras que, así pues, no cabe considerar del individuo considerado por sí" (Simmel, 1986: 237).
La sociología es, así, un método genético que se hace consciente de los tipos de producción social y estudia "la producción de fenómenos por medio de la vida social, y ciertamente en un doble sentido, por la coexistencia de individuos interactuantes que produce en cada uno lo que no es explicable a partir de él solo, y por la sucesión de las generaciones, cuyas herencias y tradiciones se amalgaman indisolublemente con la adquisición propia y hacen al hombre social" (ibídem).
El propio Max Weber, contra todo naturalismo, hablaba de comprehender cómo captar la evidencia del sentido de cada actividad y relación —empleando, como bien ha recogido Julien Freund (1986: 85), el término de figura significativa—, e introducía, sobre la base de una subjetividad original, una racionalidad en lo real para poder interpretarlo y comprenderlo; el sentido considerado subjetivamente por los agentes tiene, así, resultados objetivos en el curso de toda actividad concreta.
De este programa weberiano se pueden entresacar consecuencias permanentemente actuales para la sociología, tal como hace, por ejemplo, Miguel Beltrán: "El propósito de la sociología no es inventar el mundo social (lo es precisamente en el sentido latino del término), sino descubrirlo: conseguir que las realidades sociales sean también categorías sociológicas, ya que descubrir algo es sobre todo conceptualizarlo. [...]
Construir conceptualmente la realidad es tanto como elaborar un mapa de la misma, mapa que no es la realidad ni su reflejo, pero que la representa, interpreta y hace inteligible.
Y tal construcción existe siempre: o la hace la ciencia o la hace la ignorancia" (Beltrán, 1991: 60).
Lo anterior nos liga, así, al enfoque del objeto de conocimiento; un objeto que debido, precisamente, al enfoque que propugnamos, se convierte y toma el papel de sujeto dentro de la investigación.
La visión comprehensiva en sociología tiende, así, en primer lugar, a dar cuenta del horizonte de las formas simbólicas en donde se desenvuelven las acciones sociales; formas simbólicas que toman, convencionalmente, apariencia codificada —lenguajes—, pero de cuyo estudio, imprescindible, nos interesa no su gramática o estructura interna, sino su carácter comunicativo de mediador y formador de las experiencias y de las necesidades sociales (Lledó, 1996: 221); y, en segundo lugar, a examinar las producciones significativas de los propios sujetos —discursos, imágenes, relatos, representaciones, etc.—, generadas y construidas por los actores, o en el diálogo directo con ellos, en sus propios contextos situacionales, sociales e históricos; tratando, así, de evitar toda sobrecodificación o simplificación previa de los sentidos de la acción de los sujetos, típica del supuesto "observador objetivo externo".
Sobre esto, Norbert Elias se pronunció, con la brillantez y riqueza de matices que le caracteriza, cuando se refirió al "carácter doble del mundo de nuestra experiencia como un mundo independiente de nosotros, pero que nos incluye y como un mundo del que hace de intermediario para nuestro entendimiento una red de representaciones simbólicas hechas por el hombre, predeterminadas por su constitución natural, que solo se materializa con ayudas de procesos de aprendizaje social" (Elias, 1994: 195).
Elias traza, de esta manera, un vínculo indisoluble que une lo social, lo simbólico, lo individual y hasta lo biológico, tratando de superar, así, cualquier intento de segregación radical de ámbitos; lo que sí parece posible es estudiar la contribución de cada ámbito, en su autonomía relativa, a la producción y a la reproducción de ese todo que consideramos realidad y que, a su vez, tiene tanto una dimensión fáctica, como una naturaleza simbólica construida.
Los símbolos son, por tanto, esquemas de clasificación que las sociedades utilizan para construir un universo inteligible; de ahí que los símbolos vayan más allá de conceptos representacionales que se mueven bien en un horizonte exclusivamente lingüístico —el signo— o informático —la señal—, pues rompe el código cerrado de la lengua o de la convención prefijada para entrar en el mundo humano del sentido.
Lo simbólico es una "apertura de mundo" y, por tanto, otorga igual que recibe el significado de las acciones sociales.
Por esto, coincidiendo con Paul Ricoeur, consideramos que la semántica del discurso envuelve y determina a la semiótica del signo; tomando el hecho mismo de comprender el carácter de una narración que sitúa al sujeto en un tiempo, y relacionándolo con el pasado y con el futuro (Ricoeur, 1991).
Lo que nos interesa es, pues, la praxis intersubjetiva de los actores y no el sistema de la lengua como sistema abstracto; el habla concreta cobra sentido solo cuando se refiere a un contexto y a un juego de acontecimientos que regulan la polisemia de los símbolos y los articulan con acciones situadas.
El discurso es, por lo tanto, algo más que una actualización o concreción de un sistema de signos, es una representación dinámica de la realidad realizada por su sujeto social.
Todo la anterior nos lleva, pues, a una visión sociohermenéutica de la sociología donde la interpretación no se plantea como un sistema hipotético deductivo que permite la verificación o falsación de un conjunto de categorías predeterminadas y codificables, (excluyendo como "ruido" todo lo que no se adapta al modelo de validación), sino como un proceso de captación de productos discursivos reales para tratar de determinar, en ellos, el sentido efectivo de la acción de los sujetos como sujetos sociales.
La percepción, tanto de los actores como del investigador, son, así, elementos fundamentales de la interpretación, y el "ruido", lejos de ser excluido, es una parte de lo real que puede ser fundamental —como síntoma— para el análisis, al ser algo que entra en el campo continuo de lo analógico y que, sin embargo, queda literalmente fuera de las oposiciones binarias (verdadero/falso) de lo digital.
Frente a la orientación fuertemente subjetivista que ha tenido la hermenéutica tradicional, la sociohermenéutica que aquí defendemos no busca tanto intuir o reconstruir el sentido auténtico y último que otorga un sujeto sublimado a sus enunciados simbólicos, sino los efectos reales que los discursos producen.
Jean Phillipe Bouilloud (1997: 247), define la sociología como una hermenéutica de lo real, "en tanto que real social y este real social procede en sí mismo de la interpretación del mundo por los individuos" por ello, considera que la categoría básica de interpretación no es el sentido, sino el efecto del sentido; pues no es únicamente la voluntad de sentido lo que formalmente opera y lo que tiene relevancia en la comprensión, sino su percepción, recepción y retroacción en las interacciones de los públicos concretos.
Berger y Kellner (1985: 59), por otra vía, llegan a una conclusión muy similar cuando aseguran: "no puedo interpretar el significado de otro sin cambiar, siquiera sea de modo mínimo, mi propio sistema de significado".
Lo que en el estilo de hermenéutica preconizado por Charles Taylor viene a eliminar cualquier inflación de subjetivismo individualista, manejando la idea de que todo sentido es interpretable poniendo en relación los significados comunes que involucra en la colectividad (vid. Taylor, 1985: 47).
Apartándose, así, de cualquier dimensión ontológico-existencial, el encuentro entre hermenéutica y ciencias sociales se realiza sobre la idea de que el hecho de comprender no es nunca el comportamiento de un sujeto con un objeto dado, sino el acontecer de una acción histórica.
El horizonte significativo, en el que hay que situar algo que se trata de interpretar en cuanto realidad cultural, no se puede nunca comunicar totalmente, ni agotar en todas sus dimensiones explicables; asimismo, lo interpretado está marcado por su acción en la historia; acción histórica que, a su vez, determina la conciencia del intérprete.
En sociología, por tanto, el círculo hermenéutico toma la forma de un movimiento que comienza por un conocimiento inicial holístico de los sistemas de acción social, que es usado por el investigador, como base para interpretar las situaciones particulares, para luego volver a revisar los planteamientos generales en un proceso de permanente ajuste y diálogo entre las condiciones concretas de producción del sentido, y del sentido general que atribuye el intérprete (Herman, 1983: 58).
Solo podemos interpretar un discurso si anticipamos su sentido en lo social, y esta anticipación será sucesivamente corregida cuando vayamos interpretando y analizando sus condiciones concretas de producción.
La conversación entre los productos textuales y el intérprete es un intercambio de consciencias discursivas y de prácticas que converge en el trabajo de las ciencias sociales.
Como indica Anthony Giddens (1984: 284; 1991: 201-221)), los teóricos sociales deben realizar interpretaciones con sentido de acciones que tienen sentido, pero estas, a su vez, modifican, en diferentes planos, la comprensión que los actores sociales tienen de su realidad social.
La interpretación hermenéutica tiende a la captación de los sentidos latentes y manifiestos de los procesos de interacción social, más allá de sus declaraciones convencionales.
En principio, tales sentidos son la concreción de un proyecto de definición de las estrategias de los actores involucrados en el hecho a investigar, realizado por el propio sujeto investigador, mediador por su cultura, información, situación y percepción del campo social; proyecto de definición que será progresivamente objetivada por su contextualización en el conjunto de fuerzas sociales que enmarcan a los sujetos de la investigación, al investigador y a la investigación.
Las estrategias de los actores, en suma, son inseparables de lo simbólico —un universo preconsciente de significados compartidos—; pues las acciones sociales en una parte sustancial están constituidas comunicativamente y solo comunicativamente pueden analizarse en su complejidad.
Frente a cualquier naturalismo que presupone que las categorías de estudio se derivan del propio objeto de conocimiento, el carácter comunicativo de la interacción social obliga a la construcción concreta y estratégica de categorías que, desde la subjetividad del investigador, sean capaces de captar la subjetividad de los productos comunicativos de los actores, subjetividad que se constituye, finalmente, en intersubjetividad por el hecho mismo de que todo discurso se produce en sociedad y vuelve a ella (Le Moigne, 1995).
SOCIOHERMENÉUTICA, MOTIVOS DE LA ACCIÓN Y RAZONES PRÁCTICAS
El programa sociohermenéutico aspira a una reconstrucción de los motivos que operan en la conducta significativas de los agentes sociales.
Pero eliminando, de entrada, cualquier connotación hipersubjetivista del concepto de motivación, así como cualquier tentación —tan al uso y abuso— de reducirlo solamente a las sobredeterminaciones inconscientes o biogenéticas de un individuo aislado, lo que acaba haciendo siempre, por un camino u otro, caer a este concepto en las ignotas esferas de la personalidad oculta o de la estructura biológica.
Por el contrario planteamos, como es evidente, el concepto de motivación como un conjunto articulado de motivos concretos de acción y, entonces, como ha indicado pertinentemente el filósofo español Manuel Cruz, se produce un acercamiento importante entre la semántica situacional de la acción —típica de posiciones analíticas o postanalíticas— y la tradición hermenéutica de la Verstehen: "El nexo que se está proponiendo, en efecto, no es explicativo.
Los motivos alegados constituyen una forma de interpretar la acción" (Cruz, 1995: 61).
Nexo de unión que hace ya más de cincuenta años, dejó apuntado C. Whrigt Mills en uno de sus tempranos y esclarecedores artículos sobre lenguaje, conocimiento y sociedad.
Artículos un tanto olvidados, pero, hoy, afortunadamente rescatados por su anticipación a temas que la semántica de la acción está desarrollando en estos mismos momentos.
W. Mills (1981) proponía considerar los motivos, antes que como elementos fijados individualmente como términos socialmente preestablecidos con los que los actores sociales proceden a la interpretación de sus conductas.
Abordando con ello la imputación y la declaración de motivos como fenómenos sociales a explicar, y no como el origen interno de ninguna acción externa.
Se distinguirían, así, dos vías alternativas de acometer el tema de la motivación; una, la más convencional, que consiste en explicar las conductas en referencia a las motivaciones —consideradas como resortes subjetivos de la acción—, la otra, la más sociológica, que consiste en analizar los procesos lingüísticos observables de atribución y reconstrucción de motivos en cuanto que fenómenos sociales que deben interpretarse poniendo de manifiesto la relación de los vocabularios de motivos con los sistemas de acción social.
Aparece, por tanto, una concepción social de los motivos.
Concepción que parte de la idea misma de que la explicación ordinaria de los motivos en el marco de las acciones situadas de los sujetos; y ello no es propiamente realizar una descripción de la experiencia personal de la acción, ni interpretar la acción y el discurso como manifestaciones externas de elementos subjetivos, sino buscar la forma en que los motivos socialmente construidos y las acciones tienen su origen en la situación en que los individuos particulares se encuentran.
El elemento fundamental de este tipo de análisis es encontrar cómo se relacionan situaciones tópicas con repertorios de motivos apropiados a las conductas que en tal situación se producen.
Los vocabularios de motivos, entonces, son repertorios lingüísticos diferentes, usados en situaciones diferentes, que varían históricamente y se encuadran en marcos sociales, siendo sus efectos finales hacer justificables las acciones ante los demás y ante el individuo mismo.
La motivación deja así de tener un horizonte interno e individual, para convertirse en un espacio relacional que conecta con el lenguaje —materializado en repertorios y usos sociales concretos—, la subjetividad personal, la objetividad social y la intersubjetividad situacional.
De todas formas, interpretación, motivación y sociología cualitativa han sido, lógicamente, una constante en la tradición sociológica, fundamentalmente en su desarrollo comprehensivo; es el propio Max Weber el que contundentemente aseguraba, ya a principios del siglo veinte: "En el análisis del comportamiento humano, nuestra exigencia de explicación puede satisfacerse de modos cualitativamente diversos, es decir, de modos que dan una entonación cualitativamente distinta al concepto de irracionalidad.
Para los fines de su interpretación podemos proponernos, al menos en principio, no solo 'concebirlo' como 'posible', en el sentido de hacerlo coherente con nuestro saber nomológico, sino también comprenderlo, es decir, reconstruir un 'motivo' o un complejo de motivos concretos 'reproducibles en la experiencia interior' y a partir de ello imputarlo con grados de precisión diversos según el material que dispongamos"(Weber, 1992: 80).
Se trata, pues, de reconstruir en la investigación social cualitativa la intención de los sujetos implicados en la investigación; no se pretende, de esta manera, tomar las conductas como respuestas individualizadas de carácter acumulativo y externo, sino de comprenderlas en su sentido dinámico, como movimiento desde fuera hacia dentro, como interiorización o subjetivización de esquemas que, al estar determinados por las relaciones sociales, están fuera de los individuos o, cuando menos, no pertenecen solo al ámbito de lo individual.
Como dice Pierre Bourdieu, desmarcándose tanto del objetivismo mecanicista como del subjetivismo espontaneísta, las motivaciones operan "como la interiorización de la exterioridad, permiten a las fuerzas exteriores ejercerse, pero según la lógica de los organismos en los que están incorporadas; es decir de manera duradera, sistemática y no mecánica: sistema adquirido de principios generadores" (Bourdieu, 1991: 95-96).
De esta manera, la sociología interpretativa/cualitativa busca y acepta las definiciones y significados del mundo social como dados —y reconstruye la realidad a través de la revelación de lo asumido como válido por los individuos y grupos del lugar—, pero solo a partir de su contextualización en otra dimensión.
La dimensión que se preocupa de la identificación de los significados, no a partir de la descripción fáctica o de la aceptación del sentido común cotidiano, sino en la construcción del sentido de aquello que se observa desde el sistema de relaciones, esto es, entre acciones, palabras e imágenes como fuentes de significados.
La motivación, así, no es un elemento psicológico o interno, sino el sentido de la acción situada en el campo relacional de los comportamientos humanos y por ello convertida en guía de la interpretación.
La interpretación de la motivación reclama, pues, la idea de un campo que ya desde sus versiones teóricas más antiguas —empezando por la de Kurt Lewin (1971), sintetizada allá por los años treinta, arrancando de la tradición gestalt—, supone el paso de un pensamiento en términos de sustancias a un pensamiento en términos de relaciones, lo que implica integrar el hecho de la motivación en el conjunto de las situaciones ambientales vividas por el individuo, así como su encaje en la dinámica de los grupos en los que interactúa (Feertchak, 1996: 104-115).
La motivación, entonces, es más un resultado que un origen, y queda determinada por las relaciones con la estructura de fuerzas de la que forma parte, estando vinculados los cambios que experimenta a las modificaciones que sufren los demás componentes del campo en un espacio-tiempo determinado.
Por su parte, Pierre Bourdieu le ha dado al concepto de campo una dimensión explícitamente sociológica, con mayores propiedades de estructuración objetiva de la acción, hasta convertirlo en campo de producción simbólica, es decir, un sistema de puestos, relaciones y competencias construido por un conjunto de agentes que unifican y legitiman las actuaciones individuales, encerrándolas en una frontera delimitada por la propia práctica de los agentes de ese dominio.
El campo institucionaliza un punto de vista de las cosas y delimita el espacio de la motivación: "el proceso de diferenciación del mundo social, que conduce a la existencia de campos autónomos concierne, a la vez, al ser y al conocer: diferenciándose, el mundo social produce la diferenciación de los modos de conocimiento del mundo; a cada uno de los campos le corresponde un punto de vista fundamental sobre el mundo que crea su objeto propio y que encuentra en él mismo el principio de comprensión y explicación conveniente a este objeto"(Bourdieu, 1997: 119).
Hablar de motivación, pues, implica la posibilidad de aceptar la falta de conciencia explícita y presuponer que la conducta de los actores está determinada, o cuando menos influida, por fuentes no directamente accesibles de la conciencia (Giddens, 1987: 87); lo que nos lleva a la necesidad de utilizar prácticas o técnicas de investigación más abiertas que posibiliten al investigador considerar y evaluar lo no consciente de los sujetos a partir de lo que, con mayor o menor grado de libertad, conscientemente mantienen como sus objetivos e intenciones.
Es decir, mediante el empleo de los métodos y técnicas cualitativas es posible acceder a las formaciones discursivas vivas, concretas y espontáneas, lo que, en último término, implica también entender que las declaraciones de los sujetos no expresan una identidad entre intenciones y acciones, sino que los discursos son una compleja expresión de niveles de la conciencia, donde la interpretación sociológica tiene que encontrar las relaciones entre lo consciente y lo preconsciente, entre lo declarativo y lo intencional, entre las racionalizaciones y las motivaciones, y, en suma, entre lo individual/instrumental y lo social expresivo.
Nos encontramos ante una racionalidad interrogativa e interpretativa —toda proposición tiene más sentidos que su sentido declarativo— que no hace otra cosa que recoger el carácter problemático y problematizador de la realidad social como situación plural y múltiple (Meyer, 1995: 123 y ss.).
De esta manera, la sociohermenéutica se aparta, como programa de conocimiento social, del concepto de texto que maneja la deconstrucción postmoderna por resultar prácticamente inmanejable en las investigaciones sociales concretas.
El texto omnipotente y separado de cualquier anclaje empírico o de referencia social operante, se convierte en el postmodernismo deconstructivista en una entidad inasible que, además se postula, por su capacidad de diseminación y el diferimiento de la significación, como una especie de anti-realidad absoluta y opresora (Eagleton, 2005).
Sin embargo, el discurso, solo tiene sentido en la investigación hermenéutica concreta como una práctica simbólica que se construye en —y construye a— los actores sociales en el juego de representaciones de sus conflictos, intereses y formas de historicidad concretas.
Todo ello nos lleva a las razones prácticas y a los nichos de la vida intersubjetivamente creados, frente a un concepto de texto o incluso metatexto del que nada puede salir y que se convierte —a pesar del radicalismo inicial de la propuesta deconstructivista y de la ironía contra las verdades de la interpretación— en un concepto de tintes autoritarios.
No tanto por sus posibles repercusiones políticas —que las puede tener— como por su incapacidad de dejar cualquier libertad de acción-reacción, interpretación y crítica a los sujetos en sus realidades concretas.
Cargar los tintes como hace la deconstrucción en una lectura que, por ser infinitamente arriesgada, de hecho no tiene el más mínimo riesgo, al poder decir y desdecir todo en un canto a la arbitrariedad absoluta y autocomplaciente, cuyo valor para la investigación social es prácticamente nulo.
Los discursos no son solo palabras, son formas de práctica social que nos remiten a luchas y jerarquías políticas, a contextos pragmáticos, a nichos institucionales, a condiciones materiales y a prácticas no discursivas en un sentido estricto.
Los discursos —y su interpretación— nos remiten, pues, a «razones prácticas», en el sentido que le da a este concepto Pierre Bourdieu (1994 y 1997), es decir, al conjunto de relaciones entre la posición y la toma de posición.
En consecuencia, en sociedad, existen límites de posibilidad de los discursos y límites de sus interpretaciones —límites históricos, políticos, económicos, situacionales, etc.—, de manera que la mayor o menor plausibilidad de los discursos y sus interpretaciones vienen del mayor y mejor reconocimiento contextual de esos límites, aunque sea para superarlos o subvertirlos.
Es evidente que la aportación de Pierre Bourdieu al acercamiento entre la sociología y la lingüística ha sido enorme.
Además, como desde muchos puntos de vista se ha argumentado, la disciplina tradicional de la sociolingüística como marchamo académico regularizado se había venido dedicando más a problemas estrictamente lingüísticos (cambio o variación lingüística, ideolectos y sociolectos, nacionalismo y lenguaje, hipercorrección, habla común, cualquier otro tema de la influencia de lo social sobre el lenguaje) que a temas de corte realmente sociológico.
En este sentido el trabajo de Bourdieu por romper los principios de inmanencia lingüística que se arrastran desde Saussure y que ha lanzado al estudio del lenguaje por una especie de "lingüística del cerebro" (realizada sobre sistemas de oposición y de transformación lógica) ha sido contundente y hasta fascinante, sobrepasando con mucho las posiciones más avanzadas de la etnolingüística y la sociolingüística norteamericanas, fuertemente influidas por el interaccionismo simbólico y, por tanto, mucho más centradas en los procesos de construcción lingüística de la microsituación social que en demostrar, como pretende Bourdieu, que los códigos lingüísticos son parte de un capital simbólico que, a su vez, valoriza, produce y reproduce lo social genérico.
PIERRE BOURDIEU Y SU CRÍTICA A LA HERMENÉUTICA: POSIBILIDADES Y LIMITACIONES
Bourdieu, como se sabe, se opone nominalmente a la tradición hermenéutica por su supuesta resistencia a la objetivación, el canto desbocado del punto de vista —que deprecia los constreñimientos del campo—, su ambivalencia humanística que puede acabar en peligrosas maniobras filosóficas como el caso Heidegger, su acientifismo romántico y literario o su fetichización de la lengua (Bourdieu, 1988).
Y frente a esta representación de la tradición hermenéutica un tanto prejuicial y deformada, el sociólogo francés se sitúa en la tradición prácticamente opuesta del hecho social durkheimiano —objetivo, externo, que se impone sobre los sujetos—, que tanta importancia ha tenido en la propia formación del paradigma estructuralista en la lingüística, aunque Bourdieu haga su teoría en directa oposición a tal visón estructural.
La concepción que presenta Bourdieu del lenguaje (Bourdieu, 1985; Bourdieu y Boltanski, 1975) como mercado lingüístico, o sea, como un sistema de diferencias y valores lingüísticos ordenados en (y por) el campo social de referencia en que los actores plantean sus jugadas de sentido, no deja de funcionar como una especie de capitalismo lingüístico (no hay otra cosa detrás de su noción de mercado lingüístico) con diferencias y valores expresivos ordenados y reproducidos por el sistema de dominación social (Bourdieu y Wacquant, 2005: 211-219); cargándose de una especie de funcionalismo de la dominación y con escasas —por no decir nulas— aperturas a la praxis o al dialogismo.
La inteligente maniobra de Bourdieu, muchas veces más terminológica que real, de atribuir al habitus y fundamentalmente al habitus lingüístico el carácter, no solo de estructura estructurada, sino el de estructura estructurante (es decir, formadora de prácticas), no deja de seguir otorgando un carácter excesivamente reproductivista al plan de análisis social propuesto por el propio Bourdieu (Martín Criado, 2010; Lahire, 2004).
Centrar, como hace nuestro autor, el análisis del discurso casi exclusivamente en la violencia simbólica, planteado como una reconstrucción necesitante, frente a la comprensión participante de, por ejemplo, la hermenéutica contemporánea, nos lleva peligrosamente hacia el monologismo: un monologismo crítico y denunciador de la dominación, pero monologismo al fin y al cabo.
Esta es una crítica habitual que se despliega desde diferentes círculos de orientación hermenéutica; de este modo, nos encontramos con la típica argumentación, entre heideggeriana y liberal, de Luc Ferry y Alain Renaut (1988: 34), donde afirman que Bourdieu corre el riesgo de caer en una caricatura que le incitó a reducir, sin otra forma de proceso, el sentido de toda diferencia comunicativa de una voluntad social de distinción, acabando con cualquier posibilidad de libertad o creación positiva de sentido, hasta el argumento que el propio Gadamer utiliza en respuesta directa a Bourdieu, de que su crítica a la hermenéutica acaba por reducir cualquier diálogo humano, filosófico o existencial a la expresión de una voluntad social de legitimación de la desigualdad o de eufemistización de las estrategias de dominación en el campo cultural (Gadamer, 2002: 341-355).
En la idea de la reconstrucción necesitante (Bourdieu, 1995: 442-443) hay una pretensión de objetivismo y descripción (denuncia) del campo de fuerzas que ha producido las expresiones lingüísticas —los discursos son necesarios en un campo conflictivo—, que deja fuera las capacidades de interpretación de los actores —empezando, como pretende Gadamer (1998: 11-27), por interpretarse a sí mismos en diálogo con sus propios enunciados— o las posibilidades de acción comunicativa del lenguaje de los sujetos sociales, donde no solo se pone en juego un interés instrumental, sino también un interés hermenéutico o incluso un interés emancipatorio.
Abrir el mundo del lenguaje al dialogismo es, sin obviar el marco de la dominación social, apreciar también las capacidades de autoorganización y autorreflexión de los sujetos, de construcción y atribución del sentido por parte de los propios actores y no solo la descripción de cómo los sentidos de los poderosos se imponen a los dominados (Habermas, 1991). ).
Es evidente que el desafío hermenéutico en las ciencias sociales está planteado y, como dice Zygmunt Bauman (2002: 226), "la verdad de la sociología debe ser negociada, de igual manera que lo es el consenso corriente; y las más de las veces no son los sociólogos quienes establecen las reglas de la negociación".
Y es que, aunque se haya pretendido lo contrario —ver por ejemplo Burkitt (1998)—, es este bloqueo de Bourdieu para pensar lo dialógico en todas sus versiones el que genera la imposibilidad estructural de nuestro autor para acercarse, desde sus planteamientos epistemológicos y metodológicos, a conceptos imprescindibles en el análisis sociológico de los discursos como es el de la polifonía o el mundo de la vida cotidiana (Alonso, 1998; Alonso, 2009).
Así, en consecuencia con estos planteamientos, que se arrastran en la obra de Bourdieu desde la época de libros como El oficio del sociólogo (en el que se plantea el conocimiento como una conquista contra el sentido común, una doxa con la que hay que cortar y separase en la crítica (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 1989), todo lenguaje "popular" es considerado como una ausencia de poder, esto es, entendiéndolo por el poder que no tiene, porque en la homología con la economía que aquí se despliega, tienen escaso capital simbólico o lingüístico.
Todo lo contrario al planteamiento de Mijail Bajtin (1982) donde todo acto lingüístico es un acto que necesita al otro, como otro concreto, que implica ideología, pero por eso mismo implica acción, creación y reacción, praxis social que se produce desde todos los espacios de la estructura social.
Ya frontalmente contra Bourdieu, Michel de Certeau (1990, 82-97) se pronuncia contra la imagen de radical pasividad para la creación de sentido que tiene el concepto de práctica en Bourdieu, prisionero del habitus y reducido a usos lingüísticos planteados como supuestas estrategias para ganar poder que, por variados que se presenten, son eternamente reproductivos, calculadores, estratégicos.
Pero de Certeau —y otros autores— nos recuerdan también el carácter gratuito y de don que tienen muchos de nuestros actos culturales y lingüísticos: la comunicación es estrategia, pero también es cooperación y donación; es reproducción, pero también es reconstrucción, reelaboración e incluso invención a partir de materiales preexistentes.
En la condición de sujeto está la condición de productor de narraciones, narración que unifica sustancialmente a prácticas culturales, lingüísticas, sociales, etc. Cada producción, diría de Certeau, es una reelaboración, una redefinición desde la experiencia, que implica no solo aceptación sumisa, sino resistencia creativa.
Bourdieu, por tanto, había planteado muy bien la dimensión dominación simbólica del lenguaje, pero se despreocuparía de la dimensión donación y cooperación o de incluso de la dimensión reconstrucción y resistencia, algo que no se puede dejar fuera en los juegos pragmáticos que toda práctica comunicativa comporta.
Michel de Certeau indica, además, que estas operaciones de utilización o reutilización simbólica corresponden al antiguo arte del "hacer": son usos, designando con ello acciones que tienen sus propias lógicas y sentidos, y que organizan callada y cotidianamente el trabajo del consumo de producción cultural.
Con Bourdieu hemos sabido que el análisis sociológico de los discursos no solo mostrando las relaciones que se mantienen con un sistema o un orden no solo lingüístico, sino también social delimitando las relaciones de fuerza lenguaje y la comunicación, pero también debemos dar cuenta del encaje de sentidos y poderes que no se derivan solo del sistema de dominación sino de la capacidad de los sujetos de activarse e interpretarse, quizás así podamos dar sentido a ese proyecto de democratización de la postura hermenéutica que Bourdieu (1999: 542) quería reivindicar frente a la tradición convencional e hipersubjetiva de interpretar descontextualizadamente los textos literarios o los grandes productos culturales de héroes o antihéroes de la creación formal, sino una lectura comprehensiva de los relatos corrientes de las gentes corrientes.
SOCIOHERMENÉUTICA, TEXTO Y DISCURSO
El mismo concepto de texto, incluso etimológicamente —trama de hilos—, remite a multiplicidad, a un entramado o urdimbre.
Texto es un entramado de palabras entrelazadas, unidas en una disposición regularizada que le proporciona su consistencia comunicativa que representa la materialización social de discursos como líneas de enunciación simbólica que nos remiten a posiciones sociales.
En efecto, en su enfrentamiento con el formalismo lingüístico, Bajtín definió el carácter dialógico e intertextual de todo enunciado: "los enunciados no son indiferentes uno a otro, ni son autosuficientes, sino que saben uno de otro y se reflejan mutuamente.
Estos reflejos recíprocos son los que determinan el carácter del enunciado.
Cada enunciado está lleno de ecos y reflejos de otros enunciados con los cuales se relaciona por la comunidad de la esfera de la comunicación discursiva" (Bajtin, 1982: 264).
El problema, entonces, no es la estructura subyacente de la lengua, sino la significación social del habla, y esta significación es producto siempre de un diálogo, o de un proyecto de diálogo que, desde la propia formación de la mente como proceso psicológico superior —operando en el aspecto simbólico y no solo sobre el sistema de señales—, construye lo humano como social y, por lo tanto, como una conversación o un diálogo de múltiples voces.
En el enfoque sociohermenéutico, por tanto, el lenguaje aparece no como el agente de la creación exclusiva de la realidad social, creación que se derivaría de la potencia constitutiva de sus códigos, sino como el medio de construcción significativa del mundo en una situación concreta, a partir de las experiencia de los actores sociales.
Esta constitución ayuda a crear significados libres, a partir de la interacción de biografías próximas que soportan en su actuación la visión del mundo de biografías remotas, pero encuadradas en el mismo grupo de pertenencia.
Una construcción que se realiza por negociación (Cicourel, 1981, 1982) desde la posición social (de poder) de los sujetos de la enunciación, y no solo por la imposición de códigos.
El trabajo de la sociohermenéutica, entonces, no es un análisis de textos, ni lingüístico, ni psicoanalítico, ni semiológico; no se busca en él la estructura subyacente de la enunciación, ni la sintaxis combinatoria de las unidades significantes, sino es la reconstrucción del sentido de los discursos en su situación —micro y macro— de enunciación.
Más que un análisis formalista, se trata en este enfoque sociohermenéutico —tan cercano a la fenomenología como a la teoría crítica— en el que la reconstrucción de los intereses de los actores nos aparece como modelo de comprensión del texto grupal, en su contexto social y en la historicidad de sus planteamientos.
La tarea interpretativa consiste, pues, en incorporar a la propia interpretación la interpretación del otro; la hermenéutica se hace doble hermenéutica en cuanto que es la reflexión del analizador sobre el actor y del actor sobre el analizador (Giddens, 1984, 1991).
El análisis sociohermenéutico no es, por tanto, el desmigajamiento de un corpus buscando sus unidades de significación elementales; lo que no quiere decir que el corpus no tenga que ser minuciosamente leído y releído, seleccionado y ordenado realizando un recorte en sus sentidos posibles, según los objetivos de la investigación, sino que es la sistematización de ese corpus, por un modelo concreto de representación, lo que le otorga significación a los enunciados.
Modelo que, como Piaget sugirió en su estudio de las estructuras cognitivas (Piaget, 1986), opera por un doble proceso; por una parte de asimilación —integración de los enunciados en el modelo—, y por otra, de adaptación —transformación del esquema en función de los resultados enunciativos—; constructivismo concreto que marca la metodología ad hoc de la investigación social cualitativa, cuando esta es realizada en su dimensión más creativa (Conde, 2010; Ortí, 2000).
Por lo tanto, más que con "el texto", en el análisis sociohermenéutico, trabajamos con nuestras textuales empíricas, que se producen no sobre la hipótesis de aleatoriedad, individualidad e independencia, sino sobre la idea de que el campo discursivo donde los discursos son coherentes con su contexto, a la vez que son, o pueden ser, interdependientes, estratificados, competitivos y conflictivos entre sí.
La labor del investigador social, en este tipo de práctica cualitativa, no es, por tanto, un análisis sintáctico o lingüístico de textos, sino el análisis pragmático centrado en los usos y los efectos y, por ello, de reconstrucción crítica de los procesos ideológicos generadores de esos textos producidos en los contextos sociales de enunciación.
El análisis de los textos producidos en condiciones sociales es siempre sociohermenéutico, puesto no es una simple utilización mecánica de la amplia caja de herramientas heredadas de la metodología lingüística o semiótica, sino el uso estratégico y orientado en su sentido de esas herramientas en el marco siempre concreto, completo y complejo del contexto temático de la investigación social.
El proceso ideológico se asocia, así, al análisis de los productos discursivos propiamente dichos, el análisis no es, por tanto, un análisis "interno" —tal como se ha pretendido desde la semiótica formal—, sino un análisis de articulación de mensajes explícitos, con unas reglas de comprensión y de adecuación que son antes sociales que lingüísticas.
La ideología no se encuentra en la descomposición de la frase — trabajo que Roland Barthes (1981) le atribuía al lingüista—, ni es una función específica del lenguaje, sino que se combina y entremezcla en todas sus funciones para encontrar (o simplemente buscar), un poder social (Rossi-Landi, 1980).
Toda lectura de un enunciado es una interpretación y, por tanto, al igual que cualquier proceso de interpretación es infinito, como se han encargado de recordarnos repetidamente, desde posiciones cercanas a la hermenéutica fenomenológica, autores como Hans-Georg Gadamer o Paul Ricoeur.
El trabajo de lectura y análisis de un grupo de discusión no es un análisis de contenido —un recuento de frecuencias de los términos aparecidos, o bien de los trenes o diferenciales semánticos como modelo externo de asociación y correlación de palabras (Bardin, 1986)—, ni un análisis de texto en el que se busca un modelo abstracto del que se genera, o deduce, la enunciación concreta.
Antes, habría que conceptualizarlo como un análisis estratégico, modulado por los objetivos de la investigación, en el que hay un proyecto de reconstruir, en su contexto concreto, las prácticas significantes de los sujetos de la enunciación.
Proceso que, siguiendo al crítico norteamericano Frederic Jameson (1989: 48), podemos conceptualizar como una reescitura fuerte del texto; pues no es tanto una decodificación como una transcodicicación lo que se hace en la interpretación, ya que lo que se busca con ella no es encontrar la coherencia del texto, sino el lugar que lo comunicativo ocupa en la creación y recreacción de la realidad social de los discursos.
El texto, como producto cultural, cobra relieve cuando se lee en su materialidad social; esto es, cuando se inscribe en los determinantes que están en su génesis, en las relaciones de poderes que lo enmarcan y en los efectos innovadores o reproductores que origina (Wiliams, 1994).
La investigación social siempre y en todo lugar exige un paso hermenéutico, por cuanto que el proceso de entendimiento interpretador que lo anima implica la consideración, tanto de los investigadores como de los investigados como sujetos.
Sujetos, además, en el mismo plano de lo social a lo largo de toda la investigación.
El análisis del discurso no es una técnica objetivo-explicativa, puesto que hay intersubjetividad desde la misma selección del texto, sino una práctica relacional-reflexiva.
El conocimiento aparece como proceso no como resultado.
El investigador se convierte así en instrumento metodológico fundamental.
Es aquí donde la perspectiva cualitativa se encuentra con el uso del concepto de "verstehen" de Dilthey y Weber, como intento del investigador de lograr un conocimiento del sentido de la acción del actor en orden a reconstruir el fenómeno social.
De este modo, esta mirada desde la "verstehen" solo puede tener sentido de interpretación reflexiva; por una parte porque conecta la acción de cada individuo a la de los demás miembros de la sociedad en un doble sentido —en cuanto que los individuos son capaces de participar por la vía de ciertos roles y reflejarlos en el producto de esa participación, pero a la vez quedar reflejados por ellos—; por otra parte porque los investigadores quedan definidos en la misma investigación al puntualizar el sentido de las acciones de los sujetos, desde su propio sentido de la acción.
La interpretación se convierte en necesaria, y por esto no se puede percibir el fenómeno social como un valor inmediato y superficial sino en su interpretación desde su profundización crítica.
El mismo José Ortega y Gasset lo expresaba con rotundidad en su conocido prólogo a "Introducción a las ciencias del espíritu", la "opera magna" de Wilhem Dilthey (1980:24): "La ciencia es el descubrimiento de las conexiones entre los hechos.
En la conexión el hecho desparece como puro hecho y se transforma como miembro de un 'sentido'.
Entonces se le entiende.
El sentido es la materia inteligible".
El conocimiento se transforma por la práctica, tanto como la práctica se ve transformada por el conocimiento.
Esta visión nos introduce directamente en un enfoque crítico-racional de la investigación, donde la aproximación a la realidad social debe llevarse a cabo mediante la introducción, consciente y críticamente orientada, de la esfera de los valores y de los fines sociales en el proceso de investigación; cuestionando, de forma permanente mediante un proceso "autorreflexivo", la aparente neutralidad e inmediatez de los discursos (Habermas 1982: 197 y ss.).
El análisis sociológico de los discursos es imposible que trabaje con un criterio analítico-sistémico; por su propia naturaleza de herramienta metodológica pretecnológica, concreta, intensiva y no estadística tiene una segura vinculación de base con un criterio crítico de investigación en las ciencias sociales.
Esto es fácil de ver claramente, siguiendo a Jürgen Habermas (1973: 117-180), cuando opone los rasgos definitorios de ambas corrientes en lo que se refiere a su concepción del proceso de investigación social.
Frente a la primacía de la determinación y contrastación técnica de hipótesis particulares mediante definiciones operativas (formalizables y medibles por instrumentos técnicos) que propone el método analítico (lo que supone, de hecho, la primacía del método sobre el objeto de conocimiento), el método crítico, contempla la primacía de la comprensión y explicación teórica global de los procesos sociales en movimiento mediante totalidades concretas y representaciones globales tomadas como procesos discursivos; aquí es siempre el objeto particular el que determina y tiene primacía sobre el método.
Los acontecimientos son situados en su lugar histórico, pero no como simple producto derivado, sino a través de la experiencia vivida de sus actores.
La interpretación, a la vez, es cercanía —ponerse en el lugar del sujeto— y es distancia —ponerse en el contexto de enunciación—; no hay modelo objetivo de interpretación, hay siempre subjetividad objetivada y objetividad subjetivada (Gadamer, 1993):
La sociohermenéutica circunscribe el espacio propio para el análisis sociológico de los discursos, separándolo del análisis lingüístico de los textos, o de la sistematización analítica de los mismos, por cuanto que deben de plantearse con lógicas diferentes.
Ignorar estas diferencias lógicas, mezclándolas o queriendo reducirlas todas a una —en el análisis del discurso lo habitual ha sido reducir lo social a lo lingüístico— crea errores de todo tipo; básicamente errores de interpretación, pero errores, al fin y al cabo, que provienen de no asentar de manera correcta los fundamentos epistemológicos del análisis de discurso en sociología.
El lenguaje, desde aquí, toma un sentido polimorfo, activo y convencional, fruto de múltiples acciones humanas, y sus usuarios son los que actúan en el lenguaje, de forma que el significado de un término es sencillamente su uso en un determinado juego del lenguaje que se corresponde con una forma concreta de vida; por eso, en el contexto que justifica el uso, es donde se encuentra la posibilidad de la comprensión, y no en los fundamentos lógicos de las palabras o de las reglas donde se sitúa la producción del sentido en el lenguaje (Wittgenstein, 1988: 33 y ss).
El estudio de los discursos, tal como aquí se plantea, se pregunta lo que hace y busca la gente cuando utiliza el lenguaje —de ahí su dimensión fundamentalmente pragmática—; investiga regularidades sociales y no "leyes" formales; se centra en la tematización más que en la sintaxis significante; encuentra referencias a contextos, más que universales, lingüísticos o antropológicos; opera por analogía e interpretaciones locales y no por digitalización y protocolos genéricos; y, finalmente, el "corpus", lejos de ser la prueba textual o el hecho positivo de la interpretación, es la vía para la comprensión de la función interactiva y comunicativa de los discursos: "el analista del discurso trata su "corpus" como el registro (texto) de un proceso dinámico en el cual el hablante/escritor utiliza el lenguaje como instrumento de comunicación en un contexto para expresar significados y hacer efectivas sus intenciones (discurso).
Trabajando sobre estos datos, el analista intenta describir las regularidades encontradas en las realizaciones lingüísticas que emplea la gente para comunicar esos significados e intenciones" (Brown y Yule, 1993: 47).
Nos encontramos, por tanto, no en el espacio del análisis formal, sino en el de la interpretación; en esa situación mezcla de "sospecha y escucha" que trata de penetrar en el significado para los sujetos de los enunciados, sin subordinar los enunciados a las leyes, sean estas estadísticas o lingüísticas (Ricoeur, 1986:151).
El análisis del discurso como análisis sociohermenéutico es un análisis pragmático del texto y de la situación social —micro y macro— que lo ha generado.
El trabajo sociohermenéutico parte, así, de que no buscamos códigos universales, sino el significado de las acciones de los sujetos sociales.
Vamos del texto a la acción, del enunciado al sentido de lo vivido por los sujetos.
Si el modelo lingüístico se utiliza en el plano de la constitución de los enunciados, el modelo hermenéutico fenomenológico, que estamos diseñando, se coloca en el plano de la fundamentación de los enunciados: intención, motivación, sentido, etc. (Ricoeur, 1988: 133-154).
Fundamentar las acciones conlleva averiguar qué significan para los que las realizan y, con ello, tratar de situarse en el lugar de los sujetos, en este caso de los actores sociales.
Ponerse en el lugar de los actores no significa, por un lado, usurpar el papel de esos actores, ni, por otro, adoptar la posición única de uno de los actores en juego, sino entrar en un campo de fuerzas que no es armonioso sino conflictivo; es un campo comunicativo y, por ello, es un juego de poderes y un juego de lenguajes.
La interpretación sociológica de los discursos, no es, por tanto, un análisis de contenido —tomado este como suma de los significados prefigurados de las palabras que componen el texto—, ni un análisis formal —se realice en el plano sintáctico, morfológico, estilístico, fónico, o semántico—, sino un análisis contextual, donde los argumentos toman sentido en relación con los actores que los enuncian, enmarcados en un conjunto de fuerzas sociales en conflicto que los originan.
El hacer interpretativo, es un querer saber sobre el hacer de los discursos, esto es, una práctica de atribución de sentido de los discursos centrada sobre lo que los discursos hacen en sociedad.
Esto representa, justamente, lo contrario de una lectura analítica de los textos —que trata de encontrar un perfil estructural dividiendo su texto en partes y subpartes—; es una lectura activa, en la que las preguntas que se le hacen al texto se realizan desde una polifonía de las diferentes posiciones sociales que entran en el campo social de referencia.
Toda interpretación se efectúa en un conflicto de interpretaciones, porque toda interpretación se hace en la encrucijada de la pluralidad de sentidos de lo social (Ricoeur, 1995).
Si siguiendo al inolvidable Maurice Merleau-Ponty (1993: 191 y ss.), podemos distinguir la palabra hablada —producto lingüístico sistematizado y cristalizado— de la palabra hablante —manifestación de un lenguaje en su sentido creador— la interpretación sociológica se mueve en este último plano, por cuanto la labor del lenguaje no se estudia como producto final, sino en tanto que vehículo de captación y comunicación de los sentidos referidos al marco social de los mensajes.
La interpretación, por tanto, es el descubrimiento del sentido, pero no de una manera arbitraria, de imposición del yo sobre cualquier realidad —como pretendería cualquier proposición solipsista o nihilista del hacer interpretativo—, sino de encuentro intersubjetivo entre el sujeto como generador de sentido y el mundo de la vida en que se encuentra como límite de los significados: "Esto equivale a decir que nosotros damos su sentido a la historia, pero no sin que ella nos lo proponga" (Merleau-Ponty, 1993: 457).
El camino de la interpretación, de esta manera, no nos debe conducir a ninguna arbitrariedad del autor de dicha interpretación: como viene diciendo Umberto Eco desde hace ya más de treinta años, el lector no puede usar el texto como desee, sino como el texto quiera ser usado (Eco, 1993: 77-82).
Es decir, la interpretación adquiere sentido cuando reconstruye, con relevancia, el campo de fuerzas sociales que ha dado lugar a la investigación, y cuando su clave interpretativa es coherente con los propios objetivos concretos de la investigación; un doble enfoque pragmático —pragmática de los discursos sociales, pragmática de la estrategia de la investigación— que nos aleja definitivamente de cualquier formalismo lingüístico o matemático, como de cualquier anhelo de sobreinterpretación.
Teniendo en cuenta que cuando hablamos, aquí, de sobreinterpretación no estamos usando el concepto en su acepción restringida o técnica, tal como lo viene utilizando, por ejemplo, el psicoanálisis clásico freudiano (Laplanche y Pontalis, 1984: 413), esto es, como una interpretación más profunda o derivada que se desprende, de modo secundario, de una interpretación primera —coherente y completa ya en sí misma—, y que vendría determinada por la superposición de estratos de significación en los procesos y productos de la vida psíquica; procesos en los que la condensación de una sola imagen expresa varias series inconscientes de desarrollo simbólico.
Antes, al contrario, consideramos la sobreinterpretación en su acepción de interpretación insostenible, descontextualizada y excesiva, guiada más por la intención unívoca del receptor que por la postulación coherente de una intención del texto.
De acuerdo con esto, podemos decir, con Umberto Eco, que el mensaje puede acoger una multiplicidad de significados y referentes, pero no tenemos derecho a decir que puede significar cualquier cosa, o mejor, efectivamente, "puede significar cualquier cosa, pero hay sentidos que sería ridículo sugerir" (Eco, 1995: 47).
Interpretación, entonces, que da prioridad a la práctica sobre el código; a la función sobre la estructura; al contexto sobre el texto; a lo latente sobre lo inconsciente; a la intencionalidad del mensaje sobre la arbitrariedad de los signos y, en suma, a la primacía de la comunidad o del contexto histórico social sobre la comprensión de un mensaje, teniendo en cuenta el carácter problemático y conflictivo de ese contexto (Hymes, 1973:4-5).
Todo análisis social en los textos empieza siendo un mapa de posiciones discursivas que trata de representar un campo comunicativo que, a la vez, es un campo de fuerzas sociales.
Las categorías de análisis aparecen, así, no por un proceso de lógica composicional —de determinación de un modelo que se adapta a unas reglas universales—, sino de estructuración prototípica, esto es, una organización global de las propiedades típicas de los discursos que son reconocidas en, y por, los hablantes.
Es una organización cognitiva de categorías que trata de representar las propiedades y atributos más importantes desde el punto de vista social de los enunciados, referidos a una situación real y concreta (Kleiber, 1995:67).
El investigador cualitativo, en tanto que analizador-interprete de discursos es un metodólogo pragmático, despliega su práctica de investigación como si fuera un sistema de estrategias y de operaciones "ad hoc"; llamadas —en todo momento— para conseguir respuestas a determinadas preguntas concretas sobre la agenda de temas que le interesan en su investigación específica (Strauss, 1987: 17; Strauss y Corbin, 2005).
La realidad se reconstruye, no se recoge; se describe o se refleja como si estuviera simplemente ahí fuera, y el investigador la descubriese en su exterioridad absoluta, como pretenden los positivistas o neopositivistas más o menos feroces; ni tampoco se inventa desde la creatividad arbitraria del texto o de la mirada absoluta del observador, como pretenden las diversas corrientes postmodernos al uso y abuso; más bien, hay que decir que toda realidad se construye de manera subjetiva con materiales y con límites que son objetivos.
Esto quiere decir que toda interpretación, por el hecho de serlo, ni refleja, ni traduce "la realidad" —ni mucho menos, a nivel más particular, la naturaleza objetiva del texto—, sino que trata de descubrir, de la manera más completa posible, la trama de significados que reconstruye una realidad a la que el investigador, de manera coherente con su proyecto —objetivos particulares, contextos de acción y posición social— encuentra sentido en cuanto intérprete.
Como dice Gadamer, el mundo de lo humano no es algo dado, no es un objeto explicado por categorías científicas directamente aplicables, sino que es una experiencia vivida en cuanto "horizonte"; mirada que trata de abrir —y también fijar— los límites de la acción: "El mundo es en este sentido para nosotros un espacio sin límites, en medio del cual estamos y buscamos nuestra modesta orientación"(Gadamer, 1997:118) Esto nos lleva al tema del posible subjetivismo de la labor sociohermenéutica, sin embargo, el subjetivismo, antes de considerarlo como un obstáculo para la investigación, hay que estimarlo como una de sus precondiciones necesarias, pues es el sujeto quien atribuye sentido a los hechos y a los textos.
Así, Z. Bauman (2002), en su magnífico texto sobre hermenéutica y sociología, observaba que los contenidos asociados a las prácticas culturales solo se pueden entender en relación a los contenidos de la propia cultura —siempre hay traducción—; lo que se puede entender más como una ventaja que como una desventaja.
Hay que recalcar, de este modo, que la posición creativa del analista es central, aunque esté raramente reconocida y siempre tiene un límite objetivado y objetivador en referencia al campo y los contextos de acción.
Podemos acordar con Paul Ricoeur (1990), que el juicio que se refiere a la interpretación es una conjetura, y que la validación de la interpretación es antes el fruto de su adaptación a una praxis conflictiva, derivada del contexto de la interpretación, que el producto de una lógica universal de la verificación empírica tan aséptica como irreal.
Esta hegemonía del nivel de la interpretación es fundamental si concebimos el trabajo del investigador social no como un simple descriptor de fenómenos sociales puntuales asociados por relaciones externas, sino como un sujeto en proceso que busca en las conductas humanas acciones significativas; acciones cuyo sentido, para el conjunto de actores involucrados en ese campo, trata de extraer conceptualmente.
Si la pretensión analítica es sustituir el estudio de la dinámica de la acción de los agentes por un más o menos minucioso proceso de acumulación de hechos, discretos, convertidos en datos de sus productos, y el deseo estructuralista es el de reducir los acontecimiento a sus invariantes universales, lo importante de esta visión hermenéutica es hallar los mecanismos que vinculan las estructuras a los acontecimientos.
La sociohermenéutica por tanto se ha demostrado como un potente núcleo unificador en tanto que conjunto de teorías que tratan de dar cuenta de la central importancia del sentido, el sujeto, el símbolo y el discurso en la dinámica de lo social —así como en su investigación sistemática—, y que reúnen los logros más notables en ese campo de conocimiento.
Núcleo que ha ido produciendo un complejo cinturón protector de hipótesis auxiliares que han estado reiteradamente sometidas a un contraste permanente con los hechos y las representaciones sociales.
Todo esto ha hecho de este encuentro entre la hermenéutica y la sociología un programa de investigación científico progresivo, gracias a las sucesivas reformulaciones de sus aplicaciones, que han supuesto un aumento de su contenido empírico.
Como cualquier programa de investigación, la sociohermenéutica no tiene una forma perpetua, sino que es provisional y cambiante, podrá ir tanto desembarazándose de hipótesis desgastadas como añadiendo hallazgos heurísticos que lo hagan más eficaz para la investigación social. |
Sociología hermenéutica del conocimiento
Este artículo tiene como objetivo presentar la sociología hermenéutica del conocimiento fuera de la investigación social cualitativa convencional: para delinear sus principios, enfoques y necesidades y sugerir posibles áreas de aplicación. |
S(x) = F(s(t&e(x))) o el eclipse de la función simbólica en la sociedad contemporánea
Mauricio Beuchot y Mircea Eliade han realizado estudios profundos sobre el símbolo, que han abierto una disquisición vinculada a la pervivencia de este en los imaginarios sociales contemporáneos.
El presente trabajo pretende vertebrar tal disputa, recorrer las concepciones del símbolo desde diversos abordajes disciplinares (sociología, estudios culturales, antropología, filosofía y lingüística), transportar la disputa inicial desde los planteamientos materiales a los funcionales y formular una conclusión que constituya una puerta de entrada a la restitución del símbolo en la actualidad.
LA DISQUISICIÓN SOBRE EL ECLIPSE SIMBÓLICO (2)
El célebre aforismo "Gott ist tot", atribuido a la Gaya ciencia y a Así habló Zarathustra de Nietzsche (aunque originario de la Fenomenología del espíritu de Hegel), preludia la discusión acerca de la pérdida de las dimensiones mí(s)tico-religiosas y simbólicas en la contemporaneidad.
Este abandono se reitera en la obra de los románticos, quienes enfatizaron cómo su época era incapaz de alimentar los universos originarios del que bebió la épica clásica de Ulises, Aquiles o Hércules.
Esta circunstancia provoca el sentimiento inherente del romántico: la nostalgia, la cual se identifica, etimológicamente, con el dolor por el regreso tras el viaje épico motivado por la incapacidad para recobrar una instancia primaria.
Este sufrimiento queda patente en el Hyperion de Hölderlin y se instila en la perdida ontológica del ser glosada por Heidegger o en la pérdida de las dimensiones sagradas y divinas explicitadas en De la aurora de Zambrano (Zambrano, 2004:79).
Mauricio Beuchot, hermeneuta mexicano, repite el extravío de lo originario desde la categoría "símbolo", entidad íntimamente vinculado con lo mí(s)tico-religioso: "Estamos en un tiempo indigente, como decían Hölderlin y Heidegger, refiriéndose a la pérdida de los dioses, pero ahora refiriéndonos a los símbolos.
Y es que los dioses acostumbraron a hablar en símbolos.
El mutismo simbólico es resultado de los iconoclastas, aquellos que han firmado la defunción de los iconos y los símbolos, reduciéndolo a su cara física y olvidando su capacidad trascendente (Beuchot, 2007: 2).
De acuerdo con Beuchot, el símbolo posee una naturaleza jánica: la parte visible o metonimica y la trascendental o metafórica.
Así, un crucifijo se distingue tanto por la metonimia de las dos maderas cruzadas como por la metafórica del significado divino que, por ejemplo, hace sacrílego, quemarla; una bandera manifiesta la metonimia de la tela y la metafórica de la identidad nacional y el amor a la patria; una boda se alza sobre la metonimia del acto social (incardinado en un día y lugar específicos) y las inmediaciones metafóricas de la transformación de los cónyuges o de la unidad que trasciende los espacios y los tiempos; por último, el acto sexual podría contener la metonimia de la unión de los cuerpos y la trascendencia del significado amoroso que proyecta desde la interindividualidad a la metafísica de la fusión ajena al tiempo cronológico y el espacio continuo.
El estrago simbólico referido por Beuchot se alista a la devaluación de la dimensión metafórica.
Las maderas cruzadas, la tela pintada con colores y sobre la que se imprimen motivos, los actos de la boda o el coito perduran, debilitándose o pereciendo el significado.
Según Hermenéutica analógica, símbolo, mito y filosofía, "ahora es el tiempo en que se han caído los símbolos, y están rotos, ya no iluminan, ya no guían.
El símbolo se erguía como modelo para que el ser humano anhelase un vuelo que lo sacase de sus fronteras metonímicas.
A diferencia del animal, el ser humano se erige como "pro-yecto" y los símbolos le auxilian en la superación de su "estado de yecto".
El estado de yecto explica como el individuo es arrojado a la realidad sin manual de instrucciones, situación que lo conmina a dos desenlaces: superarse a sí mismo mediante un "pro-yecto" o alejarse de sí mismo, de su esencia, cuando "cae en lo abyecto" (Beuchot, 2007:19).
Regresando a los ejemplos, sin símbolos, la persona es incapaz de alzar la mirada más allá de la inmanencia y manifiesta su insuficiencia para aprehender el sentido profundo de una fe (crucifijo), una ideología (bandera), una unión originaria interindividual (boda) o de la fusión universal que se hospeda en un acto biológico (ayuntamiento marital).
El deceso del aleteo metafórico deriva de nuestra cultura iconoclasta, que ha corroído "nuestro a priori de simbolización" (Beuchot, 2007:13).
Si descendemos a la elocuencia kantiana inserta en los términos, nos apercibimos de la gravedad de la coyuntura.
Si en la obra del pensador de Königsberg las condiciones apriorísticas fundaban la comprensión del fenómeno, las aseveraciones beuchotianas atildan la incapacidad gnoseológica del sujeto para captar y crear símbolos (aun cuando estos permanezcan en el día a día).
El aciago horizonte de Beuchot no coincide con el de Mircea Eliade.
Si las aseveraciones previas fueran reales, ¿no habrían de reducirse los estudios de Filosofía de la Religión de Eliade a literatura o a estudios de entidades pasadas periclitadas?
En primer lugar, el autor de Historia de las creencias y las ideas religiosas encuadra entre los entes simbólicos a realidades con manifiesta pujanza en la actualidad (el cine, la música o la literatura de ficción).
De ello, infiere la negativa a su desaparición.
Los símbolos nunca desaparecen de la actualidad psíquica: pueden mudar de aspecto pero su función continúa siendo la misma.
Solo es preciso quitarle sus [nuevas] máscaras [para reconocerlos].
La más distante "nostalgia" oculta la "nostalgia del paraíso".
Las imágenes "del paraíso oceánico" se multiplican en libros y películas de cine (alguien dijo una vez que el cine era una "fábrica de sueños").
También, se puede analizar en el mismo sentido las imágenes liberadas repentinamente por cualquier tipo de música y, a veces, hasta por la romanza más banal (Eliade, 1979:17)
Aunque el modelo eliadiano es análogo al establecido arriba (la nostalgia de lo perdido se revive a través de los símbolos citados), se ponen de manifiesto diferencias que van más allá de la defensa de que los símbolos mantienen su vitalidad, a saber, su palpitante dinamismo resulta de que el ser humano posee una necesidad ontológica y psicológica de vivir con el símbolo.
Incluso en las trincheras de Estalingrado y en los campos de concentración nazis y soviéticos, la gente sacrificó parte de su comida para escuchar romanzas e historias (Eliade, 1979:20-21).
Equiparar al símbolo con canciones, argumentos fílmicos o narraciones legendarias no implica que cualquier canción o película se convierta, eo ipso, en un símbolo.
Se han de cumplir ciertos requisitos, del que destacamos que "un mito relata acontecimientos que tienen lugar in principio, esto es, en los inicios, en un instante primordial e intemporal, en un lapso de tiempo sagrado" (Eliade, 1979:56).
El dilema Beuchot-Eliade nos conduce a la cuestión básica.
Haya una pérdida parcial o total del símbolo, más que determinar su nivel de devastación hemos de percatarnos en qué consiste el objeto de la pérdida básica: ¿los entes simbólicos, el a priori epistemológico que permite su comprensión, la formalidad que capacita para su generación u otra realidad?
Un estudio de los contornos de este concepto arbitrado desde una perspectiva multidisciplinar iluminaría la naturaleza de este exterminio.
Es más, podría disolver la disquisición en la medida en que el objeto (desaparecido o herido para Beuchot y palpitante para Eliade), quizás, no sea el eje de la disputa sino que el litigio proceda de una entidad previa que favorecedora de la pervivencia eliadiana de los símbolos y la devastación glosada por Beuchot.
Este quehacer nos obliga a aproximarnos la descripción de nuestro tema desde aproximaciones disciplinares politeístas que nos ayuden a armar una perspectiva cabal de su esencia, a saber, la sociológico-lingüística de Norbert Elías, la antropológico-cultural de Ernst Cassirer, la hermenéutica de Beuchot, la místico-religiosa de Eliade y la ontológico-hermenéutica de Ricoeur.
CONCEPCIONES SOBRE EL SÍMBOLO
Sociolingüística del símbolo en Norbert Elías
El último libro de Elías realiza una fenomenología del símbolo desde lo lingüístico-fonético-conceptual.
Lo retrata como una realidad físico-fonética (una palabra pronunciada) que apunta a otra que lo trasciende.
Su Teoría del símbolo dilucida como la palabra apuntan a objetos que no sería posible manejar sin tales referentes.
Así, impulsar a otro sujeto a que nos traiga un útil de escritura requiere frases como "acércame ese lápiz" "cómprame un bolígrafo azul cuando vayas a la papelería".
Las palabras "lápiz" y "bolígrafo" transmiten un contenido sobre el que se opera sin que sea preciso que estén presentes (Elias, 1994:99).
Entre las características del símbolo, se encuentra la adhesión del significante al contexto.
Así, la estructura fonemática "luna" no se vincula antológicamente al significado físico, pues cada lenguaje posee su propia denominación: "moon" en inglés, "lua" en portugués, "mond" en francés, etc. Este contextualismo solo se superaría las onomatopeyas, por ejemplo en el maullido del gato, el rugido del león o el tic-tac del reloj.
La naturaleza contextual de los símbolos lingüísticos no debe hacer concluir que el aprendizaje de la palabra dependa exclusivamente de fenómenos socio-culturales.
Sin el oportuno ambiente cultural, el niño no aprenderá el manejo de estos significantes, tal como han demostrado la aparición de los niños salvajes.
Ahora bien, esas enseñanzas han de producirse en una ventana de tiempo específico tras la cual resulta difícil o imposible tal capacitación, como demuestra el mismo ejemplo del niño o la gran dificultad de los adultos para aprender un nuevo idioma y la plasticidad de la mente infantil para materializar esta tarea.
La bipolaridad jánica del lenguaje (simbólico) fomenta que los sujetos narren relatos y vivencias que distan años o kilómetros: se pueda hablar de la Luna y de la Guerra de la Secesión, del Teide y del nacimiento de Pascal.
Esta potencialidad hace posible la transmisión de conocimiento entre generaciones (Elías, 1994:50, 71) y la creación de tradiciones culturales que se prolongan durante siglos.
Se concluye, pues, que el símbolo es una condición apriorística no solo de carácter utilitarista sino también constitutivamente cultural: no implica un marco de uso sino de ampliación de conocimiento que no siempre plantean una eficacia manifiesta en la sociedad.
El símbolo capacita tanto para proyectar tareas y realizarlas grupalmente como para generar un marco común de historias que forjan la identidad de los pueblos.
El contextualismo lingüístico del símbolo y los mundos que crea une comunidades en torno a ciertas cosmovisiones o worldviews o Weltanschauung.
Las formas de afrontar una comunidad médica un problema de stress se distancia de la óptica del psicólogo conductual o del psicoanalista lacaniano.
Los lenguajes (simbólicos) usados fraguan formas de encarar el mundo y, por ende, mecanismos específicos de abordar las cuestiones.
Idéntica coyuntura aparece si enfrentásemos las respuestas ofrecidas por un ingeniero agrónomo del siglo XXI d.C. y un shamán de una tribu africana del siglo X a.C. ante un periodo de riadas inesperadas y dañinas para los cultivos de la propia comunidad.
En suma, el símbolo concilia con el grupo de pertenencia y separa respecto a los foráneos.
Es más, si el símbolo se equipara con lengua, se traslada a él su condición de capacitar para ciertos discursos e incapacitar para otros, alcanzando a los modos de vida.
En este sentido, destaca la frondosidad adjetivada y vital de la literatura y la vida de las lenguas derivadas del latín frente al pragmatismo de los pueblos angloparlantes, caracteres que se insertan en las formas de hacer filosofía, poesía y, en general, en los intercambios humanos de las comunidades del norte y del sur de Europa.
Cassirer y la antropología simbólico-cultural
A pesar de la capacidad simbólica de Elías para destacar que el símbolo crea culturas, el concepto no despega de hacia universos de articulación compleja: el símbolo queda como la palabra articulada, es decir, se visibiliza, exclusivamente, en el fonema significativo "moon" o "luna" en conexión con el satélite terráqueo.
Cassirer da un paso más allá al caracterizar al ser humano como ser simbólico (Cassirer, 1967:25-27), realidad que lo separa de los animales, y al coronar los productos culturales como el orbe simbólico.
Estos son cuatro: el lenguaje, el mito, el arte y la religión.
Cada uno inaugura dimensiones que se remontan de lo inmediato a lo hiperouránico: el lenguaje vuela desde el fonema al poema (Cassirer, 1971), la muerte del ser querido viaja hasta la creación del tramado mítico o religioso (Cassirer 1967:64-95), el lienzo del museo se convierte en modelos paradigmáticos que nos enseñan la entraña de la vida más allá de las burdas copias de la cotidianidad (Cassirer, 1967:119-147).
La Filosofía de las formas simbólicas apunta que la innovación del símbolo sobre la cotidianidad consiste en el rescate de las formas y arquetipos sobre el que se edifica lo real.
Descendamos a algunos ejemplos.
El arte no es mímesis de lo real, no se restringe a una visión restringida por lo dado físico; por el contrario, su modelo apela a un arquetipo que no existe en el mundo; aun más: el mundo consigue elevarse sobre sí mismo al aspirar a ese modelo.
Pensemos en El beso de Gustav Klimt.
La pintura recoge en una tela una aproximación única al beso de un hombre a una mujer.
Cada detalle de la imagen apunta a una totalidad irrepetible: los tonos dorados rememoran la sacralidad del instante, el rubor en la cara de la amada y la localización donde se deposita el ósculo (en la mejilla) señala la ingenuidad de ella y el respeto religioso de él que intenta no violar tales instancias, la mano posada de la amada sobre la de él destaca cómo, aunque no entregue sus labios, rinde su amor.
El cuadro no representa todas las tipologías de besos, pero, entre todas ellas, el prototipo de uno específico se aloja ejemplarmente en los trazos de Klimt.
La estilización alcanza tal grado en el arte, y en este cuadro, que muchos amantes lo usarán de modelo, pues si lo repiten en la propia acción rozarán las esferas celestes de la que mana la obra de Klimt.
Esta modulación simbólica también se redime en el mito: los relatos del viaje de Ulises, los de la Antígona o Edipo Rey son figuraciones a las que aspira el ser humano de nuestras calles.
La condición espacio-temporal de la persona busca su trascendencia en estos patrones que van más allá de estas fronteras.
En el universo psicoanalítico, esas plantillas fundan los comportamientos de la psique individual en muchas ocasiones, como queda patente en los clásicos complejos de Edipo o de Electra.
Este camino conduce a una conclusión clara: el símbolo es la unidad de comprensión espiritual del ser humano.
La tradición de las ciencias del espíritu (a la que también pertenecía Cassirer aun sin abandonar el kantismo) buscaba la comprensión del individuo más allá de las explicaciones de las ciencias naturales.
Teniendo presente la caracterización del símbolo de Cassirer, la entidad jánica que sin apartarse de lo dado pone de manifiesto las aspiraciones de cada pueblo, esta descubre la cultura que representa el grado sumo de los arquetipos, esto es, los lugares en que la persona se presenta en su propia esencia comprender su espíritu y los moldes en que las sociedades exhiben sus anhelos, temores, aspiraciones o el sentido existencial.
Esta conclusión emana de otra argumentación: el símbolo diferencia al ser humano del animal, "es una parte del mundo humano del sentido" (Cassirer, 1967:32), mientras el animal se mueve por "operadores", la persona funciona por "designadotes".
El caballo interpreta el mundo como un orbe para la consecución de fines operando con cada ente para dar respuesta a sus necesidades básicas; el ser humano excede esta perspectiva utilitarista, ampliando el significado pragmatista.
Una bandera será un trozo de tela para un perro, mientras que para un ser humano puede constituir la razón para dar su vida o contra la que luchar.
En esto, coinciden Cassirer y Elías, la esencia del animal queda vinculada al acceso pragmatista e innatista, mientras que personas con dos universos simbólicos diferentes poseerán naturalezas e identidades diametralmente opuestas, a pesar de compartir casi la integridad del código genético.
Jesús Conill explica en el animal fantástico esta necesidad: sin símbolos, el hombre se pierde, se animaliza (Conill, 1991).
El simbolismo cultural construye al ser humano como persona y su ausencia lo degrada; así, podríamos aseverar que toda antropología conforma la tarea de edificación o de comprensión una ontología simbólica singular.
Con todo esto, cerramos el círculo pues regresamos a la categorización inicial de Cassirer: el ser humano como ser simbólico antes que biológico.
La profundización mí(s)tico-religiosa del símbolo en Mircea Eliade
Aunque el símbolo expresado por Eliade en la disquisición con Beuchot queda incardinado en la esfera artístico-cultural (libros, narraciones, películas), sus concepciones simbólicas proceden de las atmósferas mí(s)tico-religiosas.
De esta forma, el símbolo del agua, el de las conchas, el del centro del mundo y el de la religación con los dioses se alimentan de los relatos, ritos y leyendas de mitos y religiones.
A diferencia de Beuchot o Elías, los estudios de Eliade se centran más en narrar los contenidos simbólicos que en profundizar en la vertebración del concepto "símbolo", circunstancia que criticará más adelante Ricoeur.
A pesar de ello, algunos epígrafes de su obra y las materializaciones simbólicas clarifican el significado de este término desde los lineamientos siguientes.
Por una parte, Eliade asume que no se puede explicar el símbolo, en la medida en que este siempre dice más de lo que las palabras puedes explicar (Eliade, 1979:18).
De ahí que entienda que la comprensión exija su ex-posición antes que de su ana-lisis.
Sus libros prefieren desnudar y contemplar el mito antes que abrirlos en canal, pues igual que el alma no reside en el hígado o en el estómago ni puede escucharse la voz del operado mientras se encuentra en el quirófano, el símbolo solo puede contemplarse in vivo.
Mientras Cassirer enfatizó el símbolo como producto cultural, es decir, sostuvo que cada cultura poseía sus propios símbolos que manifestaban la identidad de cada pueblo, Eliade da un paso atrás al identificar realidades simbólicas transculturales y metaculturales: los mitos orientales contienen "lugares comunes" que se repiten en las religiones occidentales y en las leyendas del norte de Europa.
El paso adelante de Eliade sobre Cassirer es incardinar el contextualismo cultural del símbolo en un ontologismo que trasciende tiempos y espacios.
El símbolo desnuda las modalidades más secretas del ser humano (Eliade, 1979:13) que emergen del ser del sujeto y no de sus determinaciones socio-culturales: cuando Lo sagrado y lo profano alude a la diferencia entre los tiempos profanos y los sagrados (Eliade, 1973:63-100), establece una dicotomía válida para todas las épocas; es más: el mito no es un género literario entre otros sino una constitución ontológica de la palabra, aquella que narra los "acontecimientos ab inicio"(Eliade, 1973:84-88).
En suma, si con Cassirer podemos indicar al hombre como ente simbólico contextualizado, Eliade aseveraría que somos la constitución metafísica simbólica sin más aditamentos o especificaciones.
La suficiencia de la explicación simbólica en Beuchot
La hermenéutica analógica de Beuchot reúne triadas que alcanzan un equilibrio justo entre dos extremos: la analogía entre el univocismo y el equivocismo, la abducción entre la inducción y la deducción, la imagen entre el diagrama y la metáfora, la analogía de proporción entre la analogía de desigualdad y la analogía de atribución impropia o el realismo crítico entre el idealismo y el escepticismo, entre otras.
También, el símbolo ha de guardar una proporción analógica entre lo metonímico, afincado en el signo físico o el significante material y visible, y lo metafórico, que planea en el mundo invisible trascendental.
El sym-bolo, etimológicamente, reúne lo disperso (mientra el dia-bolo, separa y divide).
La vocación unitiva del símbolo se equipara a la del ícono de Peirce, así el símbolo "es el único signo que, viendo un fragmento, nos conduce al todo, nos da la totalidad (...).
Es el signo que, en los fragmentos, nos hace ver el todo, que exhibe la totalidad en los pedazos, incluso en uno solo" (Beuchot, 2000:187).
Esta unidad, según Beuchot, "está cargada de afecto" (Beuchot, 2007:9).
De este modo, la adhesión de las partes no procede de razones lingüísticas como en Elías, ni antropológico-ontológico-culturales como en Cassirer.
Instalados aquí, Beuchot traslada el símbolo desde la objetividad positivista de los imaginarios de Elías y Cassirer a la vida palpitante y a acometidas humanistas y personalistas: el símbolo es "lo que vincula con su grupo, lo que más da sentido de pertenencia (...), lo que lo ata afectivamente a los demás" (Beuchot, 2007:13) y el Tratado de hermenéutica analógica explicar la naturaleza simbólica apelando a términos como "encuentro", "escucha", "acogida", "recepción" y "diálogo" (Beuchot, 2000:190).
La concepción beuchotiana de nuestro término conectada con los ámbitos político-sociales manifiesta una tonalidad más humana que las anteriores: el símbolo "ayuda a conservar la identidad de los pueblos" gracias a la sensación de pertenencia a la comunidad política que genera entre sus miembros (Beuchot, 2004:79).
Lo afectivo-personal antes que lo formal y obligado por un consenso hobbesiano es la clave para entender textos como los de Perfiles esenciales de la hermenéutica: "los símbolos son un ingrediente esencial de cada cultura, porque ellos dan vida, ayudan a conservar la memoria y la identidad de los pueblos" (Beuchot, 2008:67).
Concluyendo, el símbolo "es lo que aleja la angustia, disminuye la depresión, porque hace presente el afecto, conecta con las personas.
Con ello, también el símbolo es lo que da sentido, lo que señala el camino, lo que aporta una esperanza" y evitan el nihilismo al permitir intuir en la realidad sentidos que trasciende lo visible-metonímico (Beuchot, 2011: 87).
La cercanía beuchotiana del símbolo al ser humano le compele a pensar en una forma de captar su esencia de un modo accesible al ser humano y escapar de la evanescencia de la intuición.
Raimon Pannikar, Wittgenstein o Eliade admiten que no es posible explicar el símbolo sino que hay que vivirlo; para el mexicano, es necesario un acercamiento analítico-hermenéutico.
Aunque la explicación del símbolo no exprime todo su sentido, resulta suficiente para comprender su significado.
Los momentos en que se genera la explicación beuchotiana, toma tintes analíticos, es decir, utiliza la comparación, el desglose de sus partes, la indagación en el contexto espacio-temporal y/o histórico para asumir su sentido.
Esto no es óbice para la apertura a otros modos de comprensión simbólicas: no hemos de olvidar que una de las raigambres comprensivas de la hermenéutica analógica es la subtilitas.
La sutileza rinde una aprehensión que no se basa en técnicas analíticas sino que implica la capacitación para intuir o ver desde el posicionamiento adecuado que ofrece la clave de comprensión de cada objeto.
Añádase a esto que nuestro pensador señala que la relación exigida con el símbolo es semejante a la mantenida con el templo, hay que realizar una ascesis específica para desentrañar sus secretos (Beuchot, 2007:19).
La apuesta henchida simbólica en Ricoeur
El camino trazado hasta aquí manifiesta una sutil inconmensurabilidad entre algunos de los rostros simbólicos que se han ido deslizando.
El lenguaje oral como ente simbólico (Elías) dista de los entes físicos (Beuchot).
La expresión fonética de "luna" y un crucifijo expresan una vinculación con lo humano opuesto: el formato simbólico de la primera (relación entre el significante y el significado) es creado por el hombre, el símbolo en la segunda es recibido por el ser humano a partir de una revelación que lo supera.
La cuestión sería indagar en un modo de sellar esta fisura: cuestionarse si es posible intuir sentidos en una palabra que integre y asuma una trascendencia que salte sobre las lindes restringidas del ser humano, que integre metonimia y metafórica en su nacimiento y en su expresión.
El capítulo "El símbolo da que pensar" de Finitud y culpabilidad escrito por Paul Ricoeur cura esta herida.
Lleva a efecto tal objetivo, por medio de una interpretación de la palabra que nos pondrá en contacto, nuevamente, con la nostalgia por lo originario romántico, aunque vertebrado desde una nueva columna vertebral: la apuesta.
Ricoeur critica que Eliade habría desarrollado sus investigaciones dentro del símbolo, es decir, se habría limitado a describir los símbolos, como si de un espejo se tratase: recreándolos y cantándolos "desde dentro" (Ricoeur, 2004: 487-488).
La pretensión de Elías respondería al intento dis-poner o reposicionar al lector u oyente en la situación originaria a la que apelan.
El símbolo allanaría este sendero puesto que "pertenece al movimiento que se dirige al punto de partida" (Ricoeur, 2004: 482).
De acuerdo con Ricoeur, la misión del símbolo es "interpelar" al sujeto (Ricoeur, 2004: 483) y no solo describir la realidad, por lo que Eliade no estaría desencaminado, en principio, en su estrategia.
Situarse en el plano meramente descriptivo o analítico en relación a nuestro concepto es un camino errado, hay que trasladarse del "mito-explicación" al "mito símbolo" (Ricoeur, 2004: 484).
Ahora bien, la disidencia ricoeuriana surge del modo de recuperación de las esferas originarias y del pensamiento de su posibilidad.
Según Finitud y culpabilidad, el primer paso supone abandonar la postura "del espectador distante y desinteresado" (Ricoeur, 2004: 487) y articular una implicación que no solo se disuelva en la inmersión de Eliade sino que capture el hecho desde una nueva síntesis.
Según el pensador francés, hoy no es posible regresar al pasado originario; ahora bien, esto no es óbice para volver a crear lo originario en el presente.
Esta acción demanda dos instancias: la explicativa y la formal.
Ricoeur no se opone a la explicación del mito, si bien ha de materializarse desde una formalidad específica: la apuesta.
Apuesto que comprenderé mejor al hombre y la relación entre el ser del hombre y el ser de todos los entes, si sigo la indicación del pensamiento simbólico.
Esta apuesta se convierte entonces en la tarea de comprobar mi apuesta y de saturarla de inteligibilidad en cierto modo (...), al apostar por la significación del mundo simbólico, apuesto al mismo tiempo que recuperaré mi apuesta en forma de poder de reflexión, dentro del elemento de un discurso coherente (Ricoeur, 2004: 488)
Así, la re-aprehensión del momento originario depende de una saturación de sentidos y de la confianza apasionada en el símbolo como formalidad desde la que comprender, es decir, apostar simbólicamente en la formalidad y fomentar la coralidad hermenéutica de los contenidos en lo material.
El resultado será un discurso coherente, aunque, discurso explicativo, al fin y al cabo.
En síntesis, la comprensión del símbolo acarrea una reintroducción en su entraña y una vivencia apasionada desde la apuesta simbólica, es decir, exponer con palabras el símbolo del crucifijo apostando que esa creencia es cierta o detenerse en el símbolo del Guernica con una asunción de la devastación tal que permita abrir el sentido total de la obra de Pablo Picasso y del sufrimiento de aquellos que perdieron a sus familiares y amigos en el infausto cataclismo.
Concluyendo, la misión es glosar el contenido del símbolo apostando por una veracidad henchida de los significados que destila su entraña.
Conclusión: la función simbólica e simbolizadota o F(s(x))
Los cinco autores que nos han acompañado han descrito entes simbólicos que incursionan en diversas esferas: lingüísticas, culturales, mí(s)tico-religiosas, narrativo-literarias, conceptuales, etc. Cada escritor no bucea solo en una sino que las conexiones de sus concepciones les permitirían aceptar algunas realidades simbólicas no comentadas por ellos.
Entender la desaparición de los entes en la contemporaneidad no conduce a quedar en los objetos simbólicos sino focalizar nuestra atención en la función simbólica.
Una palabra, una sinfonía, una lámina pintada, un icono ortodoxo o una novela adquieren caracteres simbólicos en el imaginario de los sujetos en la medida en que son diseñados en base a la función simbólica.
Así, la Torah puede convertirse en un conjunto de páginas para encender un fuego y calentarse en una fría noche de invierno, asumiendo su carácter metonímico y destruyendo su trascendencia simbólica salvo que exista alguien que descubra sus capacidades simbólicas.
Dos trozos de madera solo se convierten en ente simbólicos cuando el creyente descubre esta potencialidad y el icono religioso es tratado con devoción por el ortodoxo en la medida en que vive su naturaleza jánica que permite conectar su limitación espacio-temporal con la totalidad que le imprime la religión.
Consecuentemente, la cuestión inicial, que apela al carácter fenomenológico y no al nouménico, al gnoseológico y no al ontológico, debería hacernos reflexionar no sobre la subsistencia del ente simbólico (s(x)) sino de la función simbólica [F(s(x))].
Con esto no queremos indicar que el ente simbólico se haya exiliado de nuestra sociedad sino que el carácter fenomenológico inserto en la pregunta hace innecesaria (y quizás imposible) una respuesta nouménica.
En esta línea, consideramos que la relevancia de la pregunta se encuentra en la evidencia de los a priori de simbolización antes que en las esencias simbólicas.
Nótese que estos a priori no transforman la cuestión en un trabajo de psicólogos, puesto que los citados trascienden las épocas y se instalan en las condiciones de posibilidad simbolizadoras del individuo.
Puestas así las cosas, se disuelve la pregunta inicial.
Los crucifijos, los libros, las sinfonías, las esculturas o los mitos permanecen en los templos, bibliotecas y museos, pero, si la función simbólica caduca, la comprensión real-trascendental fenece.
La religión no se destruye devastando los templos, pues las comunidades pueden seguir viviendo en la clandestinidad de las catacumbas, sino socavando la fe de sus miembros y, consecuentemente, para utilizar los símbolos y ritos como medios para el contacto trascendente.
Una vez situado el tema, sería preciso determinar los componentes básicos de la función simbólica (Fs(x)) a la luz de los estudios realizados, es decir, qué transformación opera en los entes para teñirlos simbólicamente y en los sujetos para hacerlos competentes en relación a su comprensión:
- Capacitación aprehensiva (gnoseológica y ontológica) jánica del sujeto para el vuelo trascendental a partir de lo visible metonímico.
Esto catalizará la salida del enclaustramiento inmanente objetivo y aquel que incardina en un tiempo y en un espacio.
Con ello, se logra un a priori o marco de captación trascendental del mundo específico y no válido para todos los seres.
- Tal capacitación facilita la generación de comunidades al detectar entidades simbólicas comunes y permite la creación y vivencias de mundos inaccesibles dentro de los marcos de inmanencia objetiva.
Así, se supera el ego-centrismo y la miopía metonímica mediante la afectividad (Beuchot) o el descubrimiento de las realidades que nos conectan a todos (Cassirer y Elías).
- Esta apertura hermenéutica permite al objeto ser sí mismo, con lo que su significado no es impuesto por el sujeto sino que este queda a su escucha tal como veremos en el siguiente punto.
Asimismo, no deberíamos finalizar el trabajo sin establecer una hipótesis que condujo al deslizamiento de la anorexia metonímica.
A esto, dedicamos el primer epígrafe de la conclusión.
CONCLUSIÓN: LA DESTITUCIÓN DE LA FUNCIÓN HERMENÉUTICA EN LA CONTEMPORANEIDAD
La pérdida del politeísmo hermenéutico debido al raquitismo utilitarista
María Zambrano ha sido testigo de la degradación ontológica de la irisación semántica de la realidad.
La modernidad generó una distancia objetiva con lo real por medio de la ciencia y asumió toda influencia subjetiva como un principio deformador que incapacita para el acceso a la verdad.
El método científico se convirtió en la herramienta por antonomasia para acceder a la verdad.
Su galopante avance degrada cualquier otro conocimiento, así "la poesía no es solo error, es una mentira inventada creada voluntariamente" (Manuscrito, 257: 4), "lo que no responde a la razón es mito, engaño adormecedor; sombra de una sombra moviéndose sin despejarse de la pétrea parada de la caverna" (Manuscrito, 214: 10).
El símbolo, el mito y cualquier género literario que no se adscriba a la esterilidad y pureza de la metodología positivista (observación objetiva, generación y contrastación empírica de hipótesis) corren igual suerte devaluadora.
Esto conduce a la siguiente descripción zambraniana de la contemporaneidad: nos encontramos "desnudos de mitología, ávidos de visión, visionarios en ayunas en pleno eclipse de las religiones habidas" (Zambrano, 2004: 79).
Lejos, queda el "delirio de persecución" delineado en El hombre y lo divino (Zambrano, 1993) que entrañaba un hombre en el tiempo originario inmerso en el mundo, esto es, apegado al universo de las profundidades y de sí mismo.
La gnoseología cientificista pierde parte de lo real, puesto que el método genera un objeto propio y un universo de fenómenos cognoscibles que se apartan de las dimensiones vitales, simbólicas y místicas de lo dado.
La objetividad impuesta frente a la persona y a la vida imposibilita la aprehensión de la misma.
Así, se vulnera el derecho del sujeto a acceder a los orbes más propiamente humanos y palpitantes: aquellos que florecen en géneros literarios como la confesión o la poesía.
En el seno de las Memorias de Rousseau o en las Confesiones de Agustín, se accede a un tipo de saber ajeno a los estudios de las ciencias naturales.
El lector se percata de los movimientos del alma, sus transformaciones, anhelos y creencias y percibe que estos no se parten, únicamente, del intercambio neuronal sino que hay que añadir las motivaciones y razonamientos que forjan la decisión.
En consecuencia, la afección objetivista del positivismo científico hurta al sujeto la posibilidad de comprender ciertos fenómenos humanos debido a los desmanes hegemónicos de la razón científico-positivista.
Dentro de esta marea, Martin Heidegger salta del oleaje antropológico-ontológico aquí esquematizado al ontológico-metafísico.
Según el autor de Ser y tiempo, la modernidad no solo es inicio de un robo epistemológico al ser humano sino una usurpación del propio ser de los objetos y de la naturaleza.
Introducción a la metafísica pormenoriza cómo los entes se envilecen en mero "ser a la mano" con el auge pragmatista científico-técnico.
No solo adquiere un nuevo significado (el utilitarista) sino, aun más grave, la mutación provoca el eclipse de su auténtico ser.
Exponemos dos ejemplos para explicarlo.
Por una parte, se expone la diversa consideración y naturaleza que posee el calzado de campo para la hermenéutica del agricultor y del artista.
Los primeros se encuadran en el siguiente marco: "Las botas campesinas las lleva la labradora cuando trabaja en el campo y solo en ese momento son precisamente lo que son.
Lo son tanto más cuanto menos piensa la labradora en sus botas durante su trabajo, cuando ni siquiera las mira ni las siente" (Heidegger, 2001:23).
El ser que percibe el campesino se asoma desde la funcionalidad.
Esos útiles extravían su naturaleza en el momento en que dejan de ser utilizadas como tales.
En la medida en que cumplen mejor su función, son conceptuadas con mas acuidad como "botas de campesina", esto es, los compañeros tendrán más claro que se yerguen como tales.
Cuando su erosión impida llevarlas al campo, se transformarán en "botas viejas inservibles", es decir, abandonan su, así creída, sustancia previa.
Esta caracterización hace comprender la gravedad y desorientación hermenéutica de esta situación: las botas son tanto más sí mismas en la medida en que se piense menos en ellas, en que menos problemas ofrezcan y en tanto se mantengan más silenciosamente frente a la conceptualización impuesta.
En síntesis, la comprensión percibida por el labriego depende de que sean menos sí mismas, de que se coarte más su propio ser.
El ser pragmático le viene impuesto a las botas.
Se asume que existe otro que no procede de imposiciones extranjeras.
¿Cuál es este ser que le es inherente?
El que aparece en la obra de arte y he aquí que aparece la segunda interpretación: "Ha sido la obra de arte la que nos ha hecho saber lo que es de verdad un zapato" (Heidegger, 2001:23) por dos razones principalmente.
En primer lugar, porque se arranca de la condición foránea gestada por la atmósfera utilitarista.
Quien contemple Par de botas de Van Gogh, que representa un par de botas campesinas, contempla algo más que la utilidad intuida por el labriego.
La pintura deja que sus objetos "abran mundo" delante del espectador e impongan y desvelen el sentido del objeto desde sí mismos (Heidegger, 2001:30-31).
Esta es la segunda razón: las botas en la pintura abren su corazón semántico propio desde sí mismos.
En el arte, el sujeto no imprime en el objeto su ser sino que el artista y el espectador quedan a la escucha atenta de lo que la figura arquetípica explica.
Ella es la que se expone y habla desde sí.
He ahí la razón que explica por qué el arte permite que aprehendamos la verdad de su objeto, la que nace de él.
Desde la consideración cassireriana, el arte ofrecía un arquetipo ejemplar para la vida y al cual aspirará esta.
El arte no solo manifiesta la verdad sino que, siguiendo la clásica definición heideggeriana, es la puesta por obra de la verdad (Heidegger, 2001:40).
Solo después del Romeo y Julieta pudimos entender los arrebatos del amor, solo después del Discóbolo de Mirón comprendimos la belleza del deporte, solo después de los Fusilamientos del 2 de mayo entramos en contacto con el mundo de la injusticia de la muerte, etc. De ahí que visitar un museo no es un acto de entre-tenimiento dominical sino una iniciación a posibilidades existenciales que amplían la capacidad de ver puesto que ofrece objetos arquetípicos elevados que no se encuentran en el trasiego cotidiano.
La deriva de la verdad ontológica al raquitismo positivista ilustra la pérdida de la función simbólica en la contemporaneidad mejor que aquella estampa dilemática donde preguntábamos sobre si la pervivencia de objetos simbólicos.
Si queremos recapturar la propensión simbólica en el objeto hay que revolverse contra su consideración metonímica de "ser a la mano" y hacerle trascender metafóricamente, que él mismo dicta y que conduce al espectados hasta su intimidad auténtica.
Realizada esta ascesis, las alianzas de boda dejan de ser dos aros dorados que sirven para distinguir a los casados de los que no ostentan tal condición y se transforman en medio para cruzar la puerta hacia el mundo de la unidad de dos entidades que se unen solidariamente en fusión ontológica.
Si la condición ajena al símbolo de los anillos permiten que sean intercambiables por cualquier otro ente que cumpla la misma función (por ejemplo, el acta matrimonial), cuando la asunción simbólica de tales objetos impide el mero intercambio, puesto que se descubre que esas entidades no solo pertenecen al orbe anoréxico de una utilidad sino que representan un universo de interrelaciones inabarcable por su prolijidad ontológica.
El segundo ejemplo de la disminución ontológica por el pragmatismo, y, analógicamente, de la quiebra simbólica establecida por Heidegger, se vincula con el metal y se explicitaría en la siguiente frase: "El metal siente añoranza.
Y quiere abandonar las monedas y ruedas, que le enseñan una vida pequeña" (Heidegger, 2001:217).
Nuevamente, un ente (el metal) es acotado dentro de fronteras pragmáticas (aquellas que lo hacen valor de cambio) y se dificulta su "vida grande", aquella que le permitiría ofrecer no solo un cromatismo de funciones y sentidos sino hablar desde sí mismo.
Como apuntamos más arriba, Eliade ha defendido la supervivencia de los entes con potencialidad simbólica y la creación de otros nuevos en la actualidad, la literatura, el cine, la narración de mitos son ejemplos de ello.
Beuchot, a pesar de sus afirmaciones, no podría negar que seguimos rodeados de símbolos: catedrales, mezquitas, tatuajes cultuales, crucifijos, iconos ortodoxos, banderas o estatuas de los guerreros águila aztecas.
El trasvase de muchos de ellos del templo al museo de bellas artes impone una primera modulación del mismo: disminuyen su vinculación con lo sagrado, aunque mantienen su carácter estético-ontológico.
Cuando se trasladan del museo de bellas artes al de historia se opera una segunda postergación: abandonan su sentido ontológico-sagrado para adquirir un significado periclitado manteniendo una utilidad pedagógica.
El abandono del objeto del templo y la entrada en el firmamento denotado como "objeto viejo desechable", o el paso de su valor ontológico al pragmatista, tal como describe Heidegger, sugiere un traslado desde los logaritmos ontológico-simbólicos a los pragmatistas, esto es, F(p(x)) versus F(s(x)).
Los dos ejemplos arquetípicos de este traslado no se contemplan en los objetos simbólicos sino en las condiciones de posibilidad de su aprehensión, es decir, las condiciones apriorísticas del conocimiento según Kant: espacio y tiempo.
El tiempo simbólico se diferencia del profano según Eliade: "el tiempo no es para el hombre religioso homogéneo ni continuo" (Eliade, 1973:63).
El creyente dispone de periodos y días en el año dotados de una cualificación específica.
El tiempo no es una herramienta que responda a una teleología creada por el hombre, sino que es este el ser humano el que respira gracias al mismo.
El hecho de que algunos tiempos adquieran, simbólicamente, el color de la renovación forja una atmósfera de renovación el en individuo y, cuando los tiempos son de lucha, los grupos percibirán la necesidad de prepararse para la confrontación.
Esas densidades temporales no son creadas por el ser humano sino recibidas y leídas en base a las épocas míticas a las que apelan cada época.
Análogas aseveraciones son realizadas con respecto al espacio (Eliade, 1973:25).
Los lugares simbólicos en la ciudad se cargan de una intensidad específica que modulan la esencia del hombre.
Si ambas son las condiciones del saber y presentan una máscara diferente según nos ubiquemos en el cielo profano o en el simbólico-sagrado, se advierte que un mismo objeto adquirirá una configuración específica.
Espacio y tiempo serían, de hecho, partes configuradoras que la función simbólica ejerce sobre los objetos para que estos se hagan símbolos.
En cierta manera podríamos estandarizarlo así S(x) = F (s (t & e (x)))
En todo esto, se ha de tener presente que "el símbolo debe ser escuchado, asimilado, antes que interpretado.
El símbolo no de deja imponer la interpretación; por así decir, exige más ser escuchado que leído, exige más una interpretación pasiva, receptiva, que impositiva" (Beuchot 2000:190).
La función simbólica [F s(x)] cataliza tal aprendizaje.
Su ausencia no destruye al objeto (x), que permanece metonímicamente en el mundo, sino que oculta su grosor simbólico [s(x)] y nos hace creer que el símbolo ha desaparecido.
Sin duda, se exilia del campo de la fenomenalidad del ser humano (en este sentido, consideramos deben ser entendidas las afirmaciones beuchotianas con que comenzamos este trabajo) pero no del universo ontológico del propio objeto.
Por eso, defendemos, desaparece la función simbólica en la contemporaneidad, permaneciendo el objeto simbólico oculto tras la función pragmático-utilitarista.
El daño principal de esta última no es el cambio de un universo por otro, sino la devastación de la potencialidad hermenéutica del sujeto en la medida en que se obstruye la competencia ex-positiva del objeto, es decir, la posibilidad de hablar desde sí mismo.
La recuperación de esta función depende de alumnos que reaprendan la captación de esta función y que se sepan reubicar en los espacios y los tiempos adecuado para conseguir su objetivo.
Asimismo, se precisan maestros que ayuden en la reubicación y apoyen en el trabajo de ascenso que requiere el reposicionamiento.
Esto conlleva una estrategia acorde a la propia naturaleza experiencial del símbolo, que en otro trabajo hemos denominado "canto o proferir filosófico" y que se acerca a la definición de la filosofía dada por Zambrano: "descifrar el sentir originario".
Explicarlo sería largo y quedaría fuera de los objetivos de este trabajo.
Por tanto, solo nos queda un concepto que mencionar en esta investigación: el silencio consumado. |
Encuentros con la alteridad e identidades múltiples
"Sin los monstruos no sabemos lo que somos,
con ellos no somos lo que sabemos"
"Ni el Logos de lo propio,
ni el Anti-logos de la alteridad,
sino el Diálogos de lo propio como alteridad"
Para poder hablar de la realidad del "otro" tenemos que determinar cuáles son las distinciones directrices que determinan la inclusión/exclusión (N. Luhmann, 1995, 237-264) de los individuos dentro de una unidad sociocultural.
En este sentido, podemos distinguir dos tipos de relación: por una parte, la relación "arriba/abajo", y por otra parte, la relación "adentro/afuera".
Para comprender adecuadamente el significado sociológico del "otro" nos es de inestimable ayuda la distinción directriz: arriba/abajo (R. Koselleck, Vol.7, 1992, 145).
En Grecia "Demos" era la comunidad de ciudadanos política y jurídicamente cualificada de una polis, que domina sobre sí misma y al mismo tiempo sobre los infra-estratos no cualificados (esclavos, metecos y extranjeros).
Análogamente, el "populus" romano (también la "gens", "natio", y sobre todo "civitas") es soberano hacia abajo y hacia afuera.
Este tipo de dominación se repite en el Medievo y en la Edad Moderna temprana, aquellas naciones, que por derechos de nacimiento o derechos territoriales son calificadas como "naciones nobles", dominan a las capas y a las poblaciones étnicamente heterogéneas.
En la Edad Moderna legitimada "democráticamente" el concepto de pueblo encuentra su doble en el concepto de "pueblo de señores" (Herrenvolk), el cual tiene aspiraciones de dominación sobre minorías dentro del Estado y sobre otros pueblos fuera del Estado.
El concepto de "pueblo" en este sentido no representa a aquella población gobernada con arreglo a criterios jurídico-políticos democráticos, sino más bien la multitud de gobernados o dominados.
Aquí el pueblo se convierte en "multitud", "masa", "vulgo".
Esta noción de "pueblo" es la que subsiste tanto en el tipo de dominación feudal absoluta como en el tipo de dominación totalitaria de las elites de partido único durante el "socialismo realmente existente".
Para comprender el significado del encuentro con el otro debemos situar tal encuentro, también, en el seno de la distinción directriz: adentro/afuera (R. Kosselleck, Vol.
Este tipo de relación se pone de manifiesto cuando el "pueblo" (Demos) de las ciudades griegas es diferenciado de un "koinon" o de un "ethnoi" de los "Estados tribales" vecinos, o cuando el "populus" romano se diferencia de "gentes" o "nationes" existentes dentro o fuera del Imperio, o cuando en la Edad moderna- como los casos de Prusia o Austria-Hungría-, varias "nationes" según costumbres, lenguaje y cultura son partes de un Estado.
De forma inversa, los daneses y los polacos podrían ser miembros de otros Estados.
La constitución interna y la delimitación externa de un colectivo se consigue a través de la denominación, poniendo nombre al colectivo para configurar su identidad.
Así lo pone de manifiesto Friedrich Carl von Moser cuando afirma en 1766: "Nosotros (los alemanes) somos un pueblo, de un nombre y de un lenguaje" (F. C. v Moser,(1766), 1976, 5).
La asimetría resulta, por ejemplo, de la oposición existente entre el nombre "cristianos" y el nombre "bárbaros" (R. Kosselleck, 1979, 211ss).
Los dioses, los monstruos y los extraños1 representan experiencias de alteridad que nos confrontan con ciertos límites, al subvertir ciertas categorías y esquemas clasificatorios.
Debido a que amenazan lo conocido con lo desconocido, lo extraordinario, lo sublime, lo monstruoso, se experimentan con temor y temblor, exiliándonos al infierno o al cielo o, simplemente, apartándonos de las familiaridades de la comunidad humana, arrastrándonos a países de extraños.
La figura del extraño —que va desde la antigua noción de extranjero (xenos) a la categoría contemporánea del extranjero-invasor, pasando por el "salvaje" como el gran otro moderno2— opera generalmente como una experiencia límite para los humanos, intentando identificarlos frente a otros y contra otros.
Los griegos tenían sus "bárbaros", los romanos sus "etruscos" y los europeos sus exóticos "salvajes de ultramar".
El mito occidental de la frontera supone un epítome de esto cuando el peregrino encuentra al nativo Pequot en Massachussets en el siglo XVII y pregunta ¿quién es el extraño?, no dándose cuenta, por supuesto, de que el nativo está preguntándose lo mismo al encontrarse con el peregrino.
Los extraños, por tanto, son casi siempre otros para uno mismo (y uno mismo no sería sino otro para los extraños).
Los monstruos también señalan la experiencia-límite de un exceso incontenible, recordando al sujeto que nunca es soberano completamente.
Muchos grandes mitos y cuentos son testigos de este aserto: Edipo y la esfinge, Teseo y el minotauro, Job y Leviatán, San Jorge y el dragón, Akab y la ballena, Ripley y el Alien.
Cada narrativa del monstruo nos trae a colación que el sujeto no está seguro nunca en sí mismo, tal como lo introdujo Foucault en El orden del discurso, "existen monstruos que nos rondan, cuyas formas cambian con la historia del saber".
Ellos habitan en los márgenes de lo que puede ser legítimamente pensado y dicho, desafían nuestras normas acreditadas de identificación.
Innaturales, transgresivos, obscenos, contradictorios, heterogéneos, locos, los monstruos son lo que nos mantiene despiertos por la noche, y lo que nos pone nerviosos durante el día.
Nos atemorizan porque también "cuidan" de nosotros.
Ellos sirven como criaturas híbridas que operan en términos de oposiciones binarias estructurales entre la naturaleza (nacido de una, de la tierra, del caos...) y la cultura (nacida de dos, padres humanos, sociedad, familia...), como lo llegó a situar Lévi-Strauss en Antropología Estructural.
Son aquello que puede ser y no ser, son categorías limítrofes, liminoides, en los términos de Víctor Turner.
Y ¿qué representan los dioses, la tercera de las figuras elegidas?
Estos trascienden las leyes del tiempo y el espacio adoptando un estatuto inmortal, pero mientras los monstruos surgen del inframundo y los extraños proceden de un mundo circundante, los dioses generalmente residen en el otro mundo del "más allá".
Cuando hacemos frente a la realidad del extranjero, más allá de las fronteras de nuestro mundo, hacemos frente a la necesidad de efectuar una clasificación del desconocido.
El extranjero en esta situación, así observado por nosotros, cuestiona nuestra propia seguridad, o mejor la seguridad de nuestra clasificación.
La "angustia de lo innombrable" que el extranjero nos provoca la encontramos inicialmente a través de una constatación lingüística: damos al extranjero un nombre, recibe un lugar en una red con marcas, que nos permite hacer diferencias, ordenar el mundo con arreglo a unos contornos visibles.
Como ha visto Simmel, la condición de extranjero resulta de la distancia existente entre nuestra propia posición y la de los otros.
Los "otros" descubiertos en el siglo XV en América -los "indios"- no eran en realidad compañeros, sino el objeto de un contrato (U. Bitterli, 1986, 18).
En la "great chain of being" (A. Lovejoy, 1982), estos extranjeros fueron ordenados en el final más bajo.
No eran ni dioses ni enemigos, sino cosas que se encuentran, se toman en propiedad y se puede venderlas3.
Con el sometimiento de los desconocidos, los cronistas del descubrimiento se retrotraen a la centralidad simbólica de la propia comprensión cristiana del mundo.
La distancia perdida puede ser reconstruida a través de una forma de jerarquización social, que puede ser mantenida por el despliegue de una conexión cultural a través de las misiones.
La construcción social de la distancia experimenta una metamorfosis ya que la distancia horizontal-espacial (natural) que realmente le separa de nosotros (S. Todorov, 1994, 1-90) se transforma en una distancia social-jerárquica.
Sin embargo, la conexión entre "la gran cadena del ser" y el "universalismo cristiano" se manifestará como precaria e inestable.
El encuentro con el "otro" indígena a finales del siglo XV se manifiesta dentro del marco configurado por la "invención del ser asiático de América" (E. Dussell, 1994, 38), en los términos de Enrique Dussell, más que por el descubrimiento geográfico, propiamente dicho.
Este ya había sido realizado por los movimientos de pobladores tempranos que atraviesan el estrecho de Behring 25.000 años a. de Xto. y descienden por las costas noroccidentales de Canadá y Estados Unidos hasta poblar todo el continente4.
Expediciones transatlánticas precolombinas realizadas por la saga nórdica de Erik El Rojo en 985 establecen asimismo colonias en Groenlandia.
Por tanto, ni es tan nuevo el mundo encontrado en 1492 por Cristophorus Columbus ni tampoco es tan descubierto, puesto que existen descubrimientos precolombinos previos5.
Columbus llama a los indígenas "indios" porque pensaba que había llegado a las Indias Occidentales.
Aquí se produce una novedad en la construcción de la alteridad, la "espacialización del otro" propia de la sociedad tradicional, según la cual el "pagano" estaba alejado, lejano, fuera del orden territorial civilizatorio cristiano, como ocurrió en las Cruzadas y antes más en el Imperio Romano, se transforma en "temporalización del otro", según la cual el "salvaje" con el que se encuentra el conquistador español está "atrasado" y no ha alcanzado todavía el estadio de civilización de la Corona Española ni de la iglesia católica.
El "otro" interno extraño –los musulmanes y los judíos- expulsado a finales de la alta Edad Media de territorio peninsular español será substituido por un "otro" externo igualmente extraño y Nueva España-México nace en el siglo XVI como hijo de una doble violencia (Octavio Paz, 1996, 110) imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles.
La decadencia del catolicismo europeo, entonces representada por España, coincide con su apogeo hispano americano, se extiende en tierras nuevas en el momento en que ha dejado de ser creador en la península.
"El mundo colonial era una proyección de una sociedad que ya había alcanzado su madurez en Europa.
Su originalidad es escasa.
Nueva España no busca ni inventa, aplica y adapta" (O. Paz, opus cit, 115).
Es una civilización hecha para durar tal cual es, pero, no para transformarse.
Como afirma Tzvetan Todorov: "Los autores españoles, en el mejor de los casos, hablan bien de los indios; pero, salvo en casos excepcionales, nunca hablan a los indios" (T. Todorov, 1987, 143).
Pero, nunca debemos olvidar que las colectividades no son entidades dadas de forma natural sino entidades simbólicamente construidas y en este proceso de construcción el ser "salvaje" o "atrasado" no es una propiedad inherente a una clase particular de conducta, costumbre y hábitos de un grupo, sino una propiedad conferida a tal conducta por una identidad dominante.
Esta dualidad de la identidad que genera una doble conciencia asimétrica no se superará con la Independencia de las colonias a partir de 1810 ya que el "criollo", el "crioulo", "the colonial", queda "excluido" del mundo peninsular español, puesto que al haber nacido en las Américas, no podía ser un español auténtico, ergo, el peninsular, nacido en España, tampoco podía ser un americano auténtico (B. Anderson, 1993, 92).
Ni la post-independencia y las formaciones oligárquicas que van de 1810 hasta 1900, aproximadamente, ni tampoco el período de formación de las elites capitalistas modernas a partir de finales del siglo XIX lograrán superar esa peligrosa dualidad de la identidad al reproducir un "colonialismo interno" (Pablo González Casanova, 1965) que excluye al indígena y fomenta un régimen de inclusión social claramente discriminatorio con las comunidades indígenas, caracterizado por: una economía de subsistencia predominante; mínimo nivel monetario y de capitalización; tierras de acentuada pobreza agrícola o de baja calidad cuando están comunicadas, o impropias para la agricultura (sierras), o de buena calidad pero aisladas; agricultura y ganadería deficientes (semillas de ínfima calidad, animales raquíticos de estatura más pequeña que los de su género); técnicas atrasadas de explotación, prehispánicas o coloniales (coa, hacha, malacate); bajo nivel de productividad; niveles de vida inferiores a los de las regiones no indígenas (mayor insalubridad, índices más altos de mortalidad general e infantil, analfabetismo, raquitismo); carencia acentuada de servicios (escuelas, hospitales, agua, electricidad); fomento del alcoholismo y la prostitución por los enganchadores y ladinos; agresividad de unas comunidades contra otras (real, lúdica, onírica), cultura mágico-religiosa y manipulación económica (economía de prestigio) y, también, política (vejaciones, voto colectivo).
Estas manipulaciones corresponden a estereotipos típicamente coloniales, en que los indios «no son gentes de razón», son «flojos», «buenos para nada» y en que la violación de las reglas estrictas de cortesía, lenguaje, vestido, tono de voz, por parte de los indígenas provoca reacciones de violencia verbal y física en los ladinos.
EL EXTRANJERO EN EL EXTRANJERO
Cuando la situación es la de los extranjeros que se hallan en el extranjero, nuevas y simétricas codificaciones son necesarias con las que la diferencia pueda ser considerada como diferencia de los de igual rango.
Tal situación ocurre cuando en la corriente de migraciones, varios grupos de extranjeros, por un tiempo limitado, son conducidos en pos de un objetivo común.
Así, los marinos en los puertos del mundo antiguo, los peregrinos medievales en el camino de Santiago de Compostela, los cruzados medievales cristianos en la isla de Malta, los obispos en los cónclaves y en los concilios medievales tardíos (y en los actuales), los estudiantes en las grandes universidades premodernas y modernas, los turistas en el capitalismo tardío actual6La diferenciación entre las diversas "nationes" es aquí el modo normal de (co)existencia.
Esto permite la clasificación de los extranjeros sin distancias espaciales, ni temporales, ni sociales, y describe la diferencia entre extranjeros como innegable.
La condición de extranjero es la condición normal y es en el encuentro internacional donde devienen visibles las diferencias nacionales.
Ellos nos experimentan como nosotros les experimentamos a ellos, y todos los lados conocen el porqué.
El código nacional descubre así la igualdad de las naciones, que extranjeras son entre ellas encontrándose a sí mismas en tal condición de extranjeridad.
El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación junto a las diásporas migratorias del sur al norte y del este al oeste configuran nuevas minorías identitarias que conectadas a Internet se convierten en poderosas mayorías7.
Las revoluciones en las comunicaciones y en el transporte que se dan después de la IIa Guerra Mundial, combinados con el capitalismo postindustrial mundial posibilitan todo un conjunto de migraciones internacionales a una escala que históricamente no tiene precedentes.
Así y ya dentro de un mundo postcolonial, "el trabajador de la construcción marroquí en Amsterdam puede escuchar cada noche las emisiones radiofónicas de Rabat y no tener dificultad alguna en adquirir grabaciones piratas de los cantantes favoritos de su país.
El inmigrante ilegal tailandés que trabaja como camarero, que vive en un suburbio de Tokio y que está apadrinado por la Yakuza, puede mostrar a sus camaradas cintas de video de karaoke recién producidas en Bangkok.
La doncella filipina en Hong Kong puede telefonear a su hermana en Manila y enviar dinero electrónicamente a su madre en Cebú.
El brillante estudiante hindú residente en Vancouver puede permanecer en contacto diario con sus antiguos compañeros gracias al correo electrónico.
El Tercer Mundo ya no se mantiene en un remoto "allá" sino que empieza a aparecer "aquí" (I. Chambers, 1995, 14) y viceversa.
EL EXTRANJERO COMO "OTRO DENTRO" Y LA PROYECCIÓN DE LA SOMBRA
La primera reflexión sociológica explícita sobre el extranjero la encontramos en la obra de Georg Simmel8.
El extranjero aparece como "el que viene hoy y se queda mañana", como aquél oxímoron social en el que confluyen la proximidad y el alejamiento.
Esta con nosotros pero no es uno de los nuestros.
Existen amigos y enemigos y existen extranjeros.
El afuera es la negatividad de la positividad del adentro.
El afuera es lo que no es el adentro.
El extranjero pone en cuestión la posibilidad de interacción social, y lo hace socavando la oposición entre amigos y enemigos como el compleat mapa mundi, como la diferencia que consume todas las diferencias y que no deja nada fuera de ella.
La oposición entre amigos y enemigos es la oposición entre hacer y padecer, entre ser un sujeto y ser un objeto de acción.
La amistad y la enemistad, como apuntó Simmel, generan formas arquetípicas de interacción (de oposición).
El extranjero rompe esta oposición porque no es amigo ni enemigo, y porque pudiera ser ambos.
El extranjero es un miembro de la familia de los indecidibles, de los innombrables, de aquellos (que como afirma Derrida) "no pueden ser ya incluidos dentro de la oposición binaria, resistiéndose y desorganizándola, sin constituir nunca un tertio excluso, sin permitir un desenlace a la manera de la especulación dialéctica" (J. Derrida, 1983, 71, 99).
Podemos afirmar que el extranjero es una realidad liminar (V. Turner, 1969, 94-113, 128-30), una realidad ambivalente, que no es ninguno de los extremos de una oposición binaria, pero que pudiera ser ambos.
El miedo al extranjero es el horror a la indeterminación.
El extranjero aparece como "la sombra" que oscurece los valores instituidos, que no puede ser aceptado como la parte negativa de la propia estructura y por tanto es proyectada su imagen como "afuera-extraño".
Jacques Derrida enumera algunos ejemplos de categorías indecidibles como: a) El pharmakon, término griego (usado por Platón en el Fedro) designa el remedio, la receta, el veneno, la droga, el filtro en relación al katarma, a la enfermedad.
El pharmakon es poderoso porque es ambivalente y es ambivalente porque es poderoso, participa de lo sano y de lo enfermo. b) El hymen designa a la vez membrana y matrimonio, es decir, significa al mismo tiempo virginidad y su violación por la fusión entre uno mismo y otro.
Hymen no es ni identidad ni diferencia, ni adentro ni afuera, ni virginidad ni su ruptura.
Esta situación de liminaridad entre dos mundos, propia del extranjero, la pone de manifiesto también con gran agudeza el sociólogo de la Escuela de Chicago, Robert Park, quien después de haber estudiado con Simmel, a comienzos del siglo XX en Berlín, escribe en 1928 un influyente trabajo: "Human Migration and the Marginal Man", en el que apunta la idea del "ambivalente estar entre dos mundos" 9 del extranjero, precisamente por ser un homo transiens.
Simmel en su Sociología, ya definió al extraño como el "lejano próximo" (Simmel, 1986, Vol.
Énfasis añadido), como aquél que está lejano culturalmente, pero, muy próximo espacialmente, tanto que es nuestro vecino, habita con nosotros, en nuestro mismo edificio.
También se sitúa en esta línea la importante reflexión de Yirmiyahu Yovel con su concepto de "otro dentro" que representa al marrano, al converso judío español del siglo XVII escindido en medio de una identidad liminar y un proceso de modernidad emergente (Y. Yovel, 2009, 58-59, 88).
¿Cómo pudo suceder que los recién llegados al territorio cristiano a finales del siglo xvi y en el xvii, compartieran los viejos círculos, comieran sus alimentos, conservaran sus ritos y simultáneamente frecuentaran la Iglesia?
Los marranos, un vivido paradigma de criptoexistencia, se dispersaron por toda Iberia ejerciendo de conquistadores, damas carismáticas, poetas y artistas, rabinos, artesanos y burgueses, soñadores y herejes, y afrontaron desde dentro los desafíos de una sociedad cristiana que pretendió hermanar a los judíos conversos cuando la realidad inquisitorial les convirtió en sujetos de cautiverio dentro de un clima de miedo y persecución.
Con todas sus dualidades, los marranos aprendieron el valor de una verdad interior disidente en lo más profundo de su ser más que el acto de demostración y la conducta exteriorizada.
Excavaron un mundo interior como algo que no les fue dado sino revelado como un algo propio pero velado por un excesivo y demandante mundo circundante.
Abdelmalek Sayad sitúa la ambivalencia del extranjero en las ilusiones del emigrado y en los padecimientos que experimenta el inmigrado (A. Sayad, 2011).
Pero, esta situación liminar de ambivalencia desaparece cuando "nosotros", los "establecidos" (Norbert Elias, 2003, 104, 220-251), definimos la situación y en ella definimos a "ellos", a los "forasteros", estableciendo una doble conciencia asimétrica.
El carisma y prestigio grupal de los establecidos se construye a partir de los "mejores" atributos de sus miembros, mientras que la imagen grupal de los advenedizos descansa en las "peores" cualidades de su subgrupo más anómico.
Pero, a pesar del "marcado" identitario limitante realizado por los "establecidos", sin embargo, la doble conciencia asimétrica, la "conciencia desgraciada", en los términos de Hegel, persiste en la voz narrativa del "forrastero", algo que pocos autores lo han expresado con más acierto que la reflexión sobre el alma del afro-americano, realizada por William Edgard Burghardt Du Bois en 1903: "¿por qué Dios me hizo un paria y un extraño en mi propia casa?", decía, ¿"por qué se nace con un velo y dotado de doble vista" en "un mundo que no le brinda verdadero autorreconocimiento, sino que solo le permite verse a través de la revelación de otro mundo"?
Creo que podemos entresacar otra situación más extrema cuando se procede a un extrañamiento de lo propio a través de la construcción social del "chivo expiatorio".
Esta expresión se remonta al Caper Emisarius de la Vulgata, interpretando libremente del griego Apopompaios ("que aparta los castigos").
En el texto bíblico hebreo significa: "aquél que está destinado a Azazel" (antiguo demonio del que se decía que habitaba en el desierto).
Todas las sociedades (incluidas las modernas) han creado y utilizado la distinción axiológica que separa el bien del mal y todas las sociedades experimentan más tarde o más temprano una situación de crisis.
En este contexto se puede producir un proceso de "proyección de la sombra" (E. Neumann, 1990, 38ss), es decir, un proceso en el que se proyectan las causas de la crisis en un colectivo de la propia identidad colectiva, presentándolo como una "sombra peligrosa": los indios, los judíos, los negros, los gitanos, los comunistas, los portadores del SIDA, etc. Esta "sombra" que contradice los valores instituidos, no es aceptada como una parte negativa de la propia estructura y es proyectada hacia afuera y experimentada como extraña a la propia estructura.
Es combatida, castigada y extirpada como "lo externo extraño", en lugar de ser considerada, como lo que realmente es, como "lo interno propio", a través de un proceso socialmente construido de estigmatización, de demonización, de deslegitimación (James Aho, 1994, 6; Ehud Sprinzak, 1991, 31, 1, 56).
Algo así detecta Amos Oz cuando afirma que "dentro de la sociedad israelí, los territorios (ocupados) solo son el lado oscuro de nosotros mismos (es decir, de la sociedad israelí)" (A. Oz, 1994, 44).
A menudo, proyectamos en otros, "fuera de nosotros", aquellos temores inconscientes que habitan en nosotros y nos perturban.
Más que reconocer la presencia de la alteridad en nuestro interior, la llevamos fuera creando, irresponsablemente, chivos expiatorios, estigmatizados, rechazando la posibilidad de nuestro auto-reconocimiento como otros.
En casos, muy conocidos, la realización de tales proyecciones recaen en otro considerándolo como extraño, monstruo o Dios.
De hecho, en las hierofanías —espacios socio-simbólicos donde se manifiesta lo sagrado a través de figuras profanas—aparece la doble naturaleza de la alteridad que proyectamos de forma disyuntiva fuera de nosotros.
Rudolf Otto en su obra: Lo santo, escrita en 1917, y que proyectó su influencia en el primer tercio del siglo XX, se detiene en el análisis de las experiencias religiosas y muestra la naturaleza ambivalente de lo divino.
Lo divino muestra su poder fascinante y al mismo tiempo aparece como algo terrible, por tanto, sus dos dimensiones —fascinans y tremendum— combinan ese aspecto sublime y fascinante de lo sagrado con su aspecto tremendo y siniestro que produce miedo.
Muchas culturas han sido conocidas por haber desplegado mitos sacrificiales en los que el extraño pasa a convertirse en un "chivo expiatorio", de esta guisa, atribuyendo a algunos elementos extraños la responsabilidad de ciertas crisis sociales, los "cazadores de brujas" han procedido a confinarlos o a eliminarlos.
Esta estrategia sacrificial fundamentalmente presente en los relatos bíblicos del Viejo Testamento, pero también en el Nuevo Testamento, penetra comunidades enteras con un concepto vinculante de identidad, con el sentido básico de quién es incluido (nosotros) y de quién es excluido (ellos).
El precio a pagar por la construcción de la tribu feliz, con frecuencia, se manifiesta en el ostracismo del marginal: en la inmolación del "otro" en el altar del extraño.
Ulrich Beck en un trabajo intitulado: "¿Cómo los vecinos se convierten en judíos?
La construcción política del extraño en la era de la modernidad reflexiva" (U. Beck, 1996, Vol.
2, 3, 379-396), ofrece una serie de consideraciones acerca de la condición moderna de "extrañeidad" interpretada como desarraigo, con su propensión a provocar las emociones más negativas, el odio y la ira, porque los extraños que han quedado sin lugar pueden "estar lejos (culturalmente) y cerca (físicamente) de cualquier parte" (como ya advirtiera Simmel) y a la vez "no se parecen a nosotros" por lo que con ellos se reactivan viejas estrategias de marcado10 como el "nosotros-natural versus ellos-extraño" y se potencia la conversión del extraño en enemigo (hostis).
Pero, el extraño, en cuanto tal, es una categoría sin opuesto, es una categoría liminar, hay que realizar una labor de enmarcado social y político, de framing, en los términos de Erving Goffman, para convertir al extraño en amigo o en enemigo.
Esto lo explica muy bien Zygmunt Bauman en el famoso segundo capítulo ("La construcción social de la ambivalencia") de su obra maestra, Modernidad y Ambivalencia (Z. Bauman, 2005, 84-110).
A través del tiempo, uno es testigo del recurrente rol de los chivos expiatorios encarnados en las figuras colectivas como los cananitas, los gentiles, los herejes, las brujas, los judíos, los negros, los "rojos", los salvajes11.
Uno piensa en la representación iconográfica de los monstruos y demonios en los frescos medievales, en los murales, mosaicos y pinturas así como en los manuscritos ilustrados y en los ritos litúrgicos.
En esas escenas, las figuras demónicas casi invariablemente tienen rasgos cabríos (cuernos, pelo espeso, barba, pezuñas), tales características no pueden enmascarar el hecho de que los demonios son también, al menos, medio-humanos, es decir, son híbridos.
Estos abarcan una amplia variedad de "indeseables" considerados malvados bajo el Sacro Imperio Romano como herejes e infieles, judíos, sodomitas, transexuales, seres lascivos y tentadores (Lorenzo Lorenzi, 1999, 50).
La mayor parte de estas figuras iconográficas se agruparían en tres imágenes de chivos expiatorios: 1) las representadas en el libro del Levítico; 2) la serpiente y la Caída de Adán y Eva, y 3) Satán, derivado del hebreo He-satan, que significa el "enemigo" o el "acusador": alguien que es portador del conflicto, la tentación y la desunión.
En toda esta serie de miedos apocalípticos, los santos permanecen en su santidad mientras que los extraños son victimizados como chivos expiatorios.
Estas prácticas no acabaron con el surgimiento de los estados nacionales y la secularización implícita en su proceso de formación.
Pensemos en el Terror luego de la Revolución Francesa, en el esclavismo y el racismo junto con la Revolución estadounidense, en la expansión de los juicios sumarios después de la Revolución Rusa y en los más recientes acontecimientos como el Holocausto y otros genocidios.
Todos estos episodios muestran, como afirma Mary Douglas en Pureza y Peligro (2000), que se ha tratado de purificar santos a través de las purgas de chivos expiatorios.
Se debe constatar la existencia de una base antropológica de interpretación según la cual la función clave de las mitologías en las que se inscribe el monstruo sacrificial reside en separar el ámbito sagrado de un mundo profano peligroso en donde se encuentra cualquier extraño, el espacio caótico, los demonios, etcétera.
En línea con la argumentación propuesta por Mircea Eliade se puede decir que lo sagrado revela una realidad absoluta y al mismo tiempo posibilita una orientación, así se constituye el mundo en el sentido de que fija los límites y haciendo esto establece el orden del mundo (Mircea Eliade, [1957] 1985).
Estos monstruos, a menudo, ponen de manifiesto una experiencia de lo sagrado, que, como en muchas religiones está atrapada en tensiones irreductibles sin fin entre el orden y el caos, la orientación y la desorientación, el yo y el otro, el fundamento y el abismo (Timothy Beal, 2001, Introducción).
Todos estos monstruos son seres no-muertos, ellos retornan porque tienen algo que decir o mostrar a los seres humanos sobre lo que son.
Este retorno irreprimible de lo monstruoso tiene razones que la Razón no comprende.
En una serie de escritos controvertidos que René Girard dio a conocer a partir de la década de 1970, como La violencia y lo sagrado (1972), El misterio de nuestro mundo (1978) y El chivo expiatorio (1982), Veo a Satán caer como el relámpago (1999), ha desarrollado y expuesto los mecanismos psico-sociales y antropológicos que estructuran el fenómeno del sacrificio expiatorio rastreándolo en los mitos de culto sacrificial, pero también en el ámbito de la política, la literatura, el derecho y la etnología.
Girard comienza sometiendo las ideologías del sacrificio expiatorio a una hermenéutica crítica de la sospecha exponiendo los significados ocultos tras los aparentes.
Su hipótesis nuclear puede situarse de la siguiente manera: la mayor parte de las sociedades están basadas en el sacrificio ritual de un "otro" maligno.
El consenso fundacional necesitado para la coexistencia social se consigue a través de una proyección colectiva donde un "marginal victimizado" se convierte en el portador de toda la agresión, la culpa y la violencia que sitúa a un vecino contra otro dentro de la tribu, recordándonos ese motto mencionado antes al comenzar el actual trabajo.
Esa victimización del chivo expiatorio-extraño sirve para generar un sentido de solidaridad entre la gente y el pueblo (gens, natio) ahora unificada en torno a un acto compartido de persecución.
De esa manera, la armonía es restaurada en la comunidad que convenientemente olvida su odio inicial al extraño y puede incluso llegar a reverenciarlo (retrospectivamente), en definitiva, la oblación ritual del extraño sirve para salvar a la comunidad de sí misma, de sus fobias, de su miedos, de sus sombras, de sus propias imágenes negadas públicamente.
El chivo expiatorio se convierte en aquél que logra convertir a una sociedad internamente dividida en una sociedad internamente unificada mediante la exclusión por asesinato de uno de sus miembros.
Es interesante hacer notar que la víctima no solo es asesinada sino que a través de un fenómeno de transfiguración viene a ser objeto de reverencia, incluso hasta el punto de convertirse en héroe fundador para la comunidad.
No debemos olvidar que la alteración de los extraños sacrificados, convertidos en "otros" sagrados, se realiza sobre la base de un olvido estratégico, de su estigmatización inicial, es decir, del hecho de que originalmente fueron víctimas asesinadas en un ritual sangriento.
Girard no se centra exclusivamente en el análisis de las sociedades antiguas sino que analiza las tendencias sacrificiales en las sociedades modernas, ya que en estas últimas se reproduce una cierta rivalidad mimética en pos de recursos escasos que, periódicamente, conduce a la construcción social de la categoría de "enemigo", algo de lo cual ha sido magistralmente descrito también por Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto, así como en su anterior Modernidad y Ambivalencia.
Fenómenos recurrentes de este tipo los podemos encontrar en los casos de cazas de brujas, xenofobias, racismos y antisemitismos desplegados como mecanismos para garantizar la así llamada "seguridad nacional".
Tales modalidades de persecución operan sobre la fantasía de que el mal adverso dentro/fuera del pueblo (Volk) envenena los bienes de la comunidad, contaminando el cuerpo político, corrompiendo a la juventud, erosionando la economía, saboteando la paz y, en resumidas cuentas, destruyendo la fábrica moral de la sociedad.
En este proceso, los medios de comunicación de las sociedades modernas juegan un papel central en la construcción y difusión (inmediata) de sucesivas víctimas sacrificiales.
Pero las prácticas sacrificiales expiatorias tienen una contestación y ésta proviene de la propia religión monoteísta, en su versión ya no patriarcal tradicional sino más bien en la versión fratriarcal postradicional del "hijo que se proyecta como hermano" (Jesús), y que supone un vuelco del victimismo sacrificial, ya que, el énfasis no está ya en las masas que persiguen a individuos inocentes sino en las víctimas que padecen la injusticia y la agresión sin ningún tipo de culpa.
Hemos adoptado dos tipos de estrategia a la hora de conducirnos a través de las alteridades monstruosas.
La primera de ellas ya aparecía en la célebre obra de Edward Said, Orientalismo y en una menos conocida de Partha Mitter, Monstruos Malignos, según las cuales el monoteísmo occidental demonizó aquello que contenía un carácter excesivo de alteridad.
En una reacción etnocéntrica se volcó sobre aquello que reconoció como diferente y extraño.
Se ha pretendido en cierta medida demonizar a los monstruos manteniendo a Dios de un lado como es evidente en algunos relatos bíblicos en los que se estigmatiza al monstruo como amenaza al orden divino.
En este sentido, lo monstruoso amenazante se representa como un enemigo de Dios y es exorcizado desde el lado correcto de las cosas enviándolo a una suerte de infierno.
"Nuestro orden" es identificado con lo sagrado frente a un caos diabólicamente monstruoso.
Tal es el destino del monstruo marino Leviatán en el Salmo 74 y en Isaías 2712.
Otra estrategia o forma de responder al monstruo como personificación de la otredad en la mismidad procede a través de la deificación.
Encontramos al demonio aquí siendo divinizado como una manifestación de alteridad sacra.
Su advenimiento al mundo se representa como "hierofanía", esto es, epifanía de lo santo.
El monstruo es un enviado de lo divino o sagrado como radicalmente otro, distinto de nuestro orden establecido de las cosas.
Representa una invasión de lo que podríamos llamar caos sagrado y también una desorientación dentro del sujeto, la sociedad y el mundo.
Si demonizar monstruos (como impuros) mantiene a dios de nuestro lado (como puro), deificarlos supone traernos a una zona de "horror religioso".
Entramos así al ambivalente mundo de "lo sagrado" que Rudolf Otto conectó con la larga tradición de lo sagrado fascinante y terrorífico que procede de las hierofanías del Antiguo Testamento y que arriba a las teorías posmodernas de "lo sublime histérico".
El fenómeno de la crisis sacrificial no está confinado ni al discurso mitológico ni al discurso teológico, existe en nuestro imaginario social actual una obsesión persistente con lo monstruoso que es sintomática del rol que perdura de los sacrificios expiatorios en la cultura contemporánea.
V. BARBARIE MODERNA Y PROCESO DESCIVILIZADOR
La barbarie moderna, porque hay una barbarie moderna, no lo duden, en lo concerniente a la identidad, se basa en la justificación fáctica del dolor del vecino (U. Beck, Vol 2, 3, 1996, 378-396, víctima de acciones crueles ante las que nos hacemos insensibles moralmente.
2, 3, 1996, 354-376) significa una insensibilidad peculiar a la violación de las normas, una indiferencia —"adiaforización" diría Bauman— hacia las pretensiones de integridad y reconocimiento de otras personas.
Esta nueva barbarie se funda en la existencia de una constelación "triangular"(Cl.
Offe, opus cit, 358) compuesta de dos sujetos —no solo los verdugos sino también los espectadores— y de un "objeto" —las víctimas—.
En el ámbito de la moralidad se produce una necrosis de las normas y en el ámbito psicológico se produce un proceso extraño por el que alguien (los espectadores) "deliberadamente olvida algo".
Esta situación de barbarie supone una tolerancia de la violencia destructiva, libre de justificación.
Los actos bárbaros y sus omisiones son el resultado de un proceso descivilizador (S. Mennell, Vol.
5, 2, 1990, 205-223) en el que el "autocontrol" (en los términos de Elias) es abandonado y las interdependencias y afiliaciones cognitivas y morales son ignoradas.
Estos regresus o des-aprendizajes de la civilización contra sí misma están inscritos en la civilización misma, como lo ha puesto de manifiesto la espantosa Shoah.
EL EXTRANJERO INTERNO EN LA MODERNIDAD ACTUAL
Otra situación es la del extranjero en la propia sociedad, donde la distancia horizontal-espacial se ha reducido a cero, sin embargo, los derechos de inclusión social en la comunidad se plantean con mayor intensidad.
Existe una variedad de extranjeros en la propia sociedad: los esclavos en la Edad Media, los judíos presentes en gran parte de Europa occidental y de Estados Unidos, los exiliados políticos y los inmigrantes económicos (M. Walzer, 1983, 56-60) en la Edad Moderna.
No obstante, podemos distinguir de una manera más general, entre aquellos que están de paso y aquellos que se han establecido permanentemente.
Cuando el grupo de extranjeros asentados logra ser "incluido" socialmente, es decir, cuando logra los derechos de propiedad, de contrato y de trabajo en la economía capitalista y los derechos de ciudadano y de cliente de los servicios de la administración burocrática, se ponen de manifiesto dos tendencias, o bien hacia la asimilación, hacia la integración dentro de la cultura dominante, y/o bien hacia el mantenimiento, hacia la protección y hacia el desarrollo de la cultura originaria del extranjero, lo que originará la necesidad de promover una coexistencia de las "thick cultures" en el seno de una "thin multicultural citizenship", en los términos de Will Kymlicka (1995, especialmente el capítulo final: "Ties that Bind").
La adquisión del catálogo de "oportunidades vitales", en los términos de Dahrendorf, no es automática para todos, lo es por el hecho de la contingencia del lugar de nacimiento para los nativos, pero, para el extranjero constituye una conquista social.
Cuanto más diferenciadas son las instituciones de la sociedad más inevitable es el intercambio entre y con los extranjeros.
Las ataduras primordiales son substituidas, como mecanismos de inclusión, por vínculos político-jurídicos (J. C. Alexander, 1980, 5-28).
El nativo tiene unos derechos de inclusión de los que no goza el extranjero.
El proceso de evolución de las sociedades pone de manifiesto que la modernidad occidental despliega un conjunto de nuevas situaciones funcionalmente especializadas, en torno a las que organiza una estructura de roles asimismo especializados para proceder a la inclusión de los nativos.
El rol de ciudadano es el que primero hace su aparición histórica a través de las revoluciones liberales y burguesas, le sigue el rol de trabajador prohijado al calor de la revolución industrial y la sociedad centrada en el trabajo, el Estado Social de Bienestar crea los roles de consumidor y el rol de cliente de la burocracia.
El nativo goza de los derechos de propiedad, de contrato y de trabajo dentro de la economía capitalista, y de los derechos electorales del ciudadano y de los derechos del bienestar como cliente de las burocracias administrativas (J. Cohen, A. Arato, 1989, 502).
La categoría de perteneciente a un estado nacional pone de manifiesto que "todos los contextos funcionales son accesibles a todos los participantes de la vida social: todos (y esto afecta a la diferencia entre clérigos y laicos) tienen la posibilidad inmediata de decidir la propia fe.
Todos son sujetos de derechos; cuáles son los derechos que tengan es algo que se determina exclusivamente según la historia del propio sistema jurídico.
Todos tienen acceso a los cargos políticos y al sufragio, dentro de unos límites funcionalmente inexcusables (edad).
Todos pueden adquirir y enajenar propiedad.
En principio, todos pueden saberlo todo, y los criterios de verdad/falsedad se vinculan a una verificación intersubjetiva.
Todos deben ir a la escuela y también en este campo están apareciendo tendencias, si bien en los últimos tiempos, orientadas a la disolución de las barreras y a la universalización de la responsabilidad pedagógica" (N. Luhmann, 1975, 160).
Este proceso de inclusión implica una transformación de la categoría del laico: Primero, que el laico es considerado de forma generalizada, esto significa que se prescinde de los atributos individuales irrelevantes para resolver un problema funcionalmente específico.
Segundo, que surge el problema de la reespecificación, ya que el estatus del laico se transforma en una variedad de roles complementarios sistémico-funcionalmente relacionados.
Uno no es solo ciudadano, sino que es además trabajador, consumidor y cliente/paciente de las burocracias (R. Stichweh, 1986, 262).
Los déficits de esta rejilla de inclusión del nativo ponen de manifiesto la existencia de una estratificación de las oportunidades de acceso (U. Beck, 1993, 93-95), por ejemplo, en las sociedades tradicionales se produce un acceso jerárquico-estamental indirecto(según se sea esclavo, plebeyo, miembro del clero o señor feudal) al reparto de provisiones y a la toma de decisiones; en las sociedades industriales, aunque el proceso de inclusión es directo, el proceso de asalarización capitalista discrimina negativamente a una buena parte de los estratos más bajos de la población condenándolos a la pobreza.
En los 90 se difundió ampliamente el argumento del "choque de civilizaciones", término acuñado por S. A. Huntington, pero una mirada más detenida nos permite observar que lo que en realidad ha ocurrido y ocurre actualmente son encuentros, difusión, hibridación (N. García Canclini, 1990) entre culturas y complejos civilizacionales.
Como la cultura cristiana tardomedieval europea no acabó con las culturas aborígenes mesoamericanas en el siglo XV, así tampoco ha acabado la civilización moderna con las civilizaciones tradicionales.
Los etnopaisajes13 de las diferentes civilizaciones han dejado de existir como realidades "aquí y ahora" para coexistir como realidades "ahora en todos los sitios", debido a los nuevos desarrollos en las tecnologías de la información y de la comunicación.
Evidentemente, estas modernidades en plural (Eisenstadt S. N. 2000, Vol.
1, 1-31) son iguales solo desde un punto de vista lógico, sin embargo, desde el punto de vista sociológico no lo son.
La asimetría se manifiesta en que esferas como la familia, la sociedad civil, el mercado, la política, no actúan con arreglo a una sincronización global, están diferenciadas en el espacio y en el tiempo.
A mi modo de ver el conflicto actual no emerge de un choque de civilizaciones sino más bien de un choque dentro de las civilizaciones, de las contradicciones y antinomias que produce la emergencia de proyectos de modernidad diferenciados dentro de distintas civilizaciones.
No existe ninguna cultura ni civilización que sobreviva aislada sino en permanente contacto e hibridación con otras culturas.
Empíricamente, podemos afirmar que la tesis del contacto cultural formulada por la Escuela de los Círculos Culturales desarrollada por Gräbner a comienzos del siglo XX en Viena y que tendrá desarrollos posteriores en los estudios de mitología comparada de Franz Boas y en la teoría del intercambio de Marcel Mauss da cuenta con mucho más acierto de la co-existencia de distintos cluster culturales que la teoría del choque cultural.
En el fondo de todo encuentro con el otro anida siempre la pretensión de comprender-se mutuamente asumiendo el rol del otro (G. H. Mead, Espíritu, persona y sociedad, Barcelona, 1982, 272-273), en los términos de Mead, de alcanzar una cierta "fusión de horizontes" (H. G. Gadamer, 1977, 376-377), en los términos de Gadamer, en donde la idea-fuerza no estaría en el Logos del yo, ni en el Anti-logos del Otro, sino el Diálogos del yo como otro.
De hecho, "las culturas están demasiado entremezcladas, sus contenidos e historias son demasiado interdependientes e híbridas, para la separación quirúrgica en oposiciones la mayor parte de las veces ideológicas como oriente y occidente" (E. Said, 1994, xi)o Islam versus occidente u occidente versus el resto del mundo, como pretenden los teóricos del choque cultural, de hecho, ¿qué es occidente sino una exitosa hibridación de Jerusalén, Atenas y Roma?, ¿acaso no proceden las tres grandes religiones monoteístas de un mismo tronco común?
Déjenme finalizar estas páginas con una pequeña historia de hibridación cultural.
Cuenta Benedict Anderson en Spectre of Comparisons (1998), que el 29 febrero de 1920, en la pequeña ciudad del centro de la isla de Java, llamada Delangu, Haji Misbach, piadoso peregrino y ardiente comunista que regresaba de la Mecca, con su rostro moreno, su sombrero estilo Panamá y su traje de lino blanco, en un mitin que tuvo lugar en la región, pronunció las siguientes palabras: "La época actual puede, con toda legitimidad, ser llamada djaman balik boeono (que en antiguo javanés popular significa "era de un mundo transformado"), lo que antes estaba arriba, ahora está abajo.
Se dice que en el país de Oostenrijk (palabra holandesa que significa "Austria-Hungría"), lo que acostumbraba a ser encabezado por un Radja (palabra indonesia que designa "monarca") se ha convertido ahora en una balik boeono ((República en javanés) y muchos ambtenaar (palabra holandesa que designa "funcionario gubernamental") han sido asesinados por la República.
Un antiguo ambtenaar solo tiene que mostrar su nariz para que le corten el cuello.
Por tanto, hermanos, ¡recordad!
El país no pertenece a nadie más que a nosotros mismos" (B. Anderson, 1998, 30).
Llama poderosamente la atención la profusión en el uso de palabras procedentes del javanés, del holandés y del indonesio-malayo, pero esto no nos debe ocultar la idea-fuerza de fondo que se manifiesta en la emergencia de la visible Java frente a la invisible Oostenrijk, precisamente debido a que los lenguajes son transparentes entre sí, se interpenetran y reconfiguran mutuamente sus propios dominios en relación al mundo o mundos a los que dan expresión.
Emerge una nueva forma de ver el mundo en la que el holandés ha descendido de su estatus como lengua del poder colonial y el javanés ha descendido de su posición como lenguaje de la verdad primordial.
La jerarquía ha sido secularizada como principio de orden adoptándose la heterarquía transversal como nuevo principio de orden en el que todos los lenguajes están presuntamente co-implicados. |
Epistemología y Hermenéutica de la ciencia: una visión desde la obra de Kuhn
La intención de este trabajo es mostrar cómo es posible desarrollar una hermenéutica de la ciencia.
Para esto se utilizarán los desarrollos epistemológicos de Kuhn y se desarrollará un análisis teórico de los mismos.
Finalmente se exponen los elementos que condicionan la actividad tecnocientífica.
Este trabajo busca, como conclusión, exponer los elementos que deberían estar presentes en una hermenéutica de la ciencia.
Desde los años 60 encontramos un extenso grupo de teóricos que han presentado críticas a los distintos planteamientos diseñados tanto por el empirismo, como por el falsacionismo.
Los defensores de las múltiples tendencias aparecidas en estos años centraron sus críticas al modelo ortodoxo del método científico, especialmente en la noción y desarrollo del conocimiento científico.
El punto de partida de estos enfrentamientos podemos situarlo en Kuhn quien con su obra La estructura de las revoluciones científicas (Kuhn, 2006) configuró una nueva forma de entender la valoración de las teorías, y expuso de manera sintética sus principales ideas al respecto.
Además su obra supuso una asunción de que los factores sociales pasaban a ser imprescindibles tanto por el poder que había adquirido la ciencia como el progreso en los conocimientos científicos.
Por otra parte, abrió la ciencia a nuevas inferencias metodológicas, entre las cuales, están las interpretaciones de un nutrido grupo de sociólogos de la ciencia.
Como señala Diéguez (Diéguez, 2005: 278) pese a las interpretaciones de algunos sociólogos han dado su obra, Kuhn no admitió nunca que la ciencia pudiera reducirse a causas sociales externas.
De hecho, como historiador, él fue siempre un internalista.
Su preocupación estuvo en el análisis del contexto intelectual de la ciencia, muy en la línea de los trabajos de A. Koyré.
Kuhn muestra grandes diferencias respecto a las tesis popperianas aunque también similitudes.
El punto de encuentro se sitúa en torno a valoración por ambas partes, en favor de la importancia de la historia de la ciencia para el desarrollo científico.
Esta era una de las grandes deficiencias de los positivistas lógicos, porque creían en las grandes concepciones abstractas del pensamiento sin conceder la importancia que tiene la historia en los procesos del progreso de la ciencia.
Kuhn, achacaba a los positivistas, haber tenido que utilizar los análisis de los descubrimientos científicos solo desde la perspectiva de sus resultados finales, tal y como aparecen en los libros de texto; pero esto demuestra tanto la substancia de lo que sucede realmente en la ciencia como los folletos turísticos describen la cultura en la introducción al viajero.
Por otra parte, se enfrentó a Popper en cuanto a que consideraba que las órdenes normativas del falsacionismo no son válidas para el avance de la ciencia, con esto está dando un empujón a la ciencia y valorando el procedimiento histórico con el proceder de la actividad científica.
Así, da un salto cualitativo en la concepción de la nueva ciencia, pues debemos valorar el quehacer de la actividad científica, que oscila entre la reconstrucción lógica de las teorías científicas y el estudio histórico de la ciencia.
La contextualización histórica de la ciencia es indispensable para el desarrollo del progreso científico, de ella, nacerán las pautas de valoración y consolidación de las nuevas teorías científicas.
Esta idea también ha permeado en el ámbito hermenéutico desde el gran desarrollo medieval de la exégesis bíblica, la cual también se debatía entre una interpretación alegórica u otra histórico-gramatical de los textos.
Este debate confluye tanto en el análisis de la metodología y de la actividad de la ciencia, como en el desarrollo hermenéutico.
De hecho, tanto Schleiermacher (1985), como Gadamer (2007) o Dilthey (2000) asumen que la hermenéutica científica tiene que estar basada en la comprensión histórica.
No obstante, como bien afirma Gadamer, la hermenéutica no se desplaza a caballo del desarrollo de la historia efectual sino que la propia hermenéutica reconfigura la historia como parte del proceso comprensivo de tal modo que ser histórico quiere decir no agotarse nunca en el saberse (Gadamer, 2007: 372).
En este punto, la hermenéutica cobra una hondura que la epistemología historicista no tiene, puesto que la primera se apoya en la historia pero se introduce en la tradición como aquel lenguaje recibido en que vivimos (Habermas, 2007: 256).
No obstante, la infraestructura lingüística de la sociedad es el momento de un plexo que está constituido por símbolos interpretables y por coacciones de la realidad.
De ahí que la hermenéutica, al contrario que la visión histórica del conocimiento, busca la comprensión social apoyándose en la historia pero yendo a los procesos sociales internos que condicionan el desarrollo de esta, puesto que la hermenéutica asume la construcción permanente de nuestra propia historia.
Por esta razón, este saber asume la subjetividad buscando también la intersubjetividad como persecución de la máxima objetividad.
Volviendo a Kuhn, para él, las ciencias sociales deberían contar con una serie de paradigmas que entroncasen el desarrollo de las mismas.
Para que esto se produjera era necesario conocer cuáles eran válidos y cuales no. Sin embargo, el principal problema procedía de los teóricos de las ciencias sociales quienes consideraban que dentro de ella no existían paradigmas, como acontecía en la normalización de las ciencias naturales.
En contra de lo que pensaba Popper, el cambio revolucionario –según Kuhn– no es consecuencia de la aparición de elementos falsadores del antiguo paradigma.
Porque, todo paradigma presenta problemas que no pueden resolver, pero estos no se vuelven en su contra hasta que no aparece un nuevo paradigma que pueda sustituirlo.
Rechazar un paradigma sin sustituirlo simultáneamente por otro es rechazar la ciencia misma (Kuhn, 2006: 79).
Estos cambios revolucionarios en las ciencias producían una consecuencia de las actividades de la ciencia normal, debido al procedimiento de sus propias investigaciones, por lo tanto se desvelaban contradicciones dentro del marco general del conocimiento existente.
Una revolución en la ciencia implicaba un cambio en la concepción del mundo, una alteración de la sociedad.
Pero no solo eso, las revoluciones científicas también suponen una modificación en el sentido que le damos a la propia ciencia y a su actividad, a su tradición y al sistema básico de referencia que usaremos.
En base a esto nos encontramos con una transmutación hermenéutica de la ciencia; es decir de su auto-comprensión.
Los rasgos más destacados de la teoría de Kuhn son, por un lado, la diferencia entre ciencia normal y ciencia revolucionaria, distinción que no se mantiene en pie sin la aportación de la psicología y sociología de la ciencia.
La ciencia normal está presidida por un paradigma dominante; y la ciencia revolucionaria responde a tiempo de cambio y crisis, es decir, el cambio de un paradigma antiguo es resultado de su entrada en crisis por la multiplicación de anomalías no explicadas, y su consiguiente sustitución por uno nuevo.
En segundo lugar, por su argumentación que no se encuentra solamente en la significación del progreso científico respecto al talante revolucionario del mismo, sino, a la importancia adquirida por el concepto de paradigma en su concepción de la ciencia y las características sociológicas de las comunidades científicas1.
Toda la literatura conceptual de la ciencia gira en torno al concepto de paradigma, empero no es consecuencia de un proceso de abstracción teórica, sino está conectado a la experiencia vital y desarrollo profesional de su autor como investigador científico.
Los paradigmas sirven para definir los problemas y métodos legítimos de un campo de investigación y, a la vez, son lo bastante incompletos para dejar muchos problemas para ser resueltos.
La diferencia entre ciencia y no -ciencia se encuentra en la existencia de un paradigma aceptado y abierto, que demuestre su solidez para sustentar el trabajo de los científicos, superando el criterio popperiano de falsabilidad.
El paradigma kuhniano desde sus inicios tuvo que ser revisado en varias ocasiones, en origen presentaba mucha ambigüedad, lo cual le llevó a la revisión constante hasta que en 1969 propone el modelo que regirá el comportamiento paradigmático de la ciencia.
Su principal preocupación se hallaba en el marco teórico, y dice al respecto: [el paradigma] es disciplinar porque se refiere a la posesión común de los practicantes de una disciplina particular; matriz porque está compuesta de elementos ordenados de varios tipos, cada uno de los cuales requiere de una especificación posterior (Kuhn, 2006: 28).
En ello habla de la estructura microcomunitaria de la ciencia, y afirma que las revoluciones no son sucesos raros, sino que pueden darse microrevoluciones en el seno de subcomunidades con relativa frecuencia, Esto implica un acercamiento a las tesis de Popper, aunque continúa habiendo diferencias sustanciales, en el modo en el que se produce la elección de teorías.
Mientras no se ha establecido un paradigma para el estudio de cierto género de cosas, la ciencia correspondiente no ha llegado a su madurez; su cultivo es asunto de aventureros geniales dispuestos, cada uno de ellos, a adelantar una teoría original.
Solo cuando una de estas teorías consigue introducir tal orden y claridad en los hechos a que se refiere que elimina a las otras y ofrece una base y un modelo para el trabajo colectivo, cooperativo, de profesionales especializados, empieza en ese terreno lo que Kuhn denomina ciencia normal (Espinoza y Torretti, 2004: 58).
Esto que Kuhn llama ciencia normal no produce por sí misma la resolución de enigmas, y tampoco lleva a descubrir nuevos tipos de fenómenos, pues no es función de la ciencia normal.
La ciencia normal no se ocupa de lo que se está investigando, sino del paradigma que se está utilizando para la continuidad del conocimiento científico.
Esta cuestión debe estar bien clara en la naturaleza del científico, porque será el propio paradigma quien condicione la investigación del científico, al centrar la atención sobre un cuadro pequeño de problemas relativamente esotéricos, el paradigma obliga a los científicos a investigar alguna parte de la naturaleza de una manera tan detallada y profunda que sería inimaginable en otras condiciones (Kuhn, 2006: 53).Porque en periodos de ciencia normal los científicos no tratan de encontrar nuevas teorías sino nuevos tipos de fenómenos, y mucho menos de falsar sus teorías, sino que tratan de encajar cada vez mejor las teorías vigentes con los fenómenos conocidos.
Por tanto, el paradigma establecido no es objeto para la renovación sino para una mayor articulación y especificación en condiciones nuevas.
Es decir, las zonas investigadas por la ciencia normal son minúsculas, la empresa que está siendo discutida ha discutido drásticamente su visión.
Pero esas restricciones nacidas de la confianza en un paradigma, resultan esenciales para el desarrollo de una ciencia (Kuhn, 2006: 53).
La ciencia normal se sitúa en el contexto de una concepción internalista de la ciencia, pues, constituye un modo de racionalización intrapragmática.
El predominio de un paradigma, y su consiguiente tarea de desbroce por parte de la ciencia normal, presupone que la comunidad científica en ningún momento debate su validez en su quehacer cotidiano, más bien se apoya en el bagaje de elementos que aportan la matriz disciplinar para el ejercicio de la razón científica, si bien la ciencia está constreñida a la rutina del paradigma.
La ciencia normal posee un mecanismo interno que siempre que el paradigma del que procede deja de funcionar de manera efectiva, asegura el relajamiento de las restricciones que atan la investigación. [...]
Sin embargo, mientras tanto, durante el periodo en el que el paradigma se aplica con éxito, la profesión resolverá problemas que es raro que sus miembros hubieran podido imaginarse y que nunca hubieran emprendido sin él (Kuhn, 2006: 53).
La ciencia normal está elaborada por una comunidad científica, previa aceptación de los elementos de la matriz disciplinar, que sirven de fundamento para los siguientes pasos a seguir por la actividad científica.
Según la propuesta de Kuhn, el proceso resalta que los científicos deben atenerse a tres mecanismos; el primero, los hechos a la luz del paradigma son esencialmente reveladores de la naturaleza de las cosas y que, por tanto, es conveniente determinar con mayor exactitud y en la mayor variedad de situaciones.
Un segundo camino se inscribe en el lugar de los hechos que permiten contrastar las predicciones derivadas del paradigma.
Por último, los científicos deben encaminar sus prácticas a resolver el grado de incertidumbre desprendida del mismo.
A pesar de estos pasos que deben seguir los científicos, Kuhn era consciente de la problemática nacida con los paradigmas, como el mismo asevera que los científicos serán reacios a aceptar un nuevo paradigma a menos que este no consiga resolver algún problema destacado que no haya tenido solución hasta el momento y que no sea capaz de prometer que conservará una gran parte de la capacidad para resolver problemas que han desplegado los paradigmas precedentes (Kuhn, 2006: 169).
En este punto aparece cierta ambigüedad explicativa-metodológica, puesto que, cuando un paradigma sustituye a otro es consecuencia de un progreso objetivo por el aumento en la capacidad de resolver problemas, y en sentido contrapuesto, manifiesta que, lo que se considere un problema a resolver y una solución adecuada dependerá de cada paradigma.
Desde esta dimensión no se puede hacer un balance comparativo de problemas resueltos desde valores objetivos.
Bird se hace eco de esta ambigüedad: Si lo que cuenta en la resolución de problemas vienen definido únicamente por los ejemplares, es difícil percibir cómo tienen lugar las revoluciones tal y como las describe Kuhn.
Ya que si los nuevos aspirantes son genuinamente diferentes, no puede considerarse que resuelvan ningún problema existente, precisamente porque la resolución de problemas requiere similitud entre los ejemplares existentes (Bird, 2002: 98).
El otro punto desplegado de la visión paradigmática a resolver por Kuhn, es la ciencia inmadura, que se caracteriza por la continua competencia entre concepciones distintas de la naturaleza de los modos inconmensurables de ver el mundo2 y de practicar las ciencias (Kuhn, 2006: 43).
Responsable de llevar a que las cuestiones elementales de la ciencia estén sometidas a debate.
La desesperación de las diferencias se produce por el triunfo de una de las escuelas anteriores al paradigma y para ser aceptada como paradigma debe parecer mejor que sus competidores pero no necesita explicar y, en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se pueden conformar con ella (Kuhn, 2006: 44).
El procedimiento de emergencia sobre el cual está anclada la visión de Kuhn, pone punto final a una situación de debate y polémica constante de los fundamentos de los fundadores de la ciencia, sin olvidar los efectos que proporcionan en la confianza de los científicos en razón al buen quehacer y en la dirección para solucionar las incertidumbres que ocasiona.
Los científicos se rigen por unos comportamientos nacidos del trabajo auspiciado en pro del desarrollo científico, del cual por el propio modus operandi y desarrollo de la ciencia, conlleva la aparición de una serie de problemas.
A razón de esto, la actividad de los científicos consistirá en la reconducción de la teoría con los hechos y poner el pilar de sostenimiento del paradigma, y solucionando el problema de lo inesperado y transformándolo en esperado, y así, se podrá continuar con la investigación con la posibilidad de poder descubrir nuevos fenómenos.
No siempre los científicos se encuentran con que sus teorías y nuevas visiones llevan a desaparición de las anomalías en su observación.
En ocasiones estas a lo largo del proceso van desapareciendo, pero otras veces se instauran ahí, y no existe manera de eliminarlos, es cuando la comunidad científica recurre a mecanismos antiguos y elimina cualquier proceso crítico del mismo.
Esto se puede entender como un mecanismo de no aceptación del cambio, dando píe a la vulnerabilidad del paradigma y aceptándose el mecanismo de amarrarse a sí mismo, para impedir la destrucción del mismo.
Entrando entonces el proceso en crisis.
El crecimiento progresivo de incertidumbres precipita un proceso de cambio, de manera que genera una situación de inestabilidad en la actividad científica que debe ser solucionada.
Inicialmente parece que la comunidad científica lleva a un arrinconamiento de dicho paradigma, para su posible retorno.
Por otra parte, los "Poppes" de la actividad científica se sientan para la resolución de las anomalías que presenta el paradigma, por lo cual genera una política de soluciones de todo tipo llevando a un desentendimiento de la propia comunidad: Las reglas de la ciencia normal se hacen cada vez más confusa.
Aun cuando existe todavía un paradigma, pocos de los que practican la ciencia en su campo están completamente de acuerdo con él.
Incluso las soluciones aceptadas de algunos problemas se ponen en duda (Kuhn, 2006: 137).
Esta problemática da origen a la crisis del sistema científico, ocasionando un profundo malestar científico y una profunda inoperabilidad de la propia comunidad, intentando resolverse con cientos de teorías faltas de consistencia teórica.
La crisis abre el camino a un nuevo paradigma y, a un proceso de cambio teórico propio de la capacidad innovadora de la ciencia todas las crisis concluyen con la adopción de un nuevo candidato a paradigma y con la lucha por su aceptación (Kuhn, 2006: 139).
Volviéndose al principio de la cuestión, pues la comunidad científica desecha el antiguo y comienza a poner las claves del nuevo paradigma y, seguir el procedimiento para su aceptación.
En este proceso de transición la ciencia pasa a un proceso de ciencia extraordinaria.
En este momento de confrontación de mecanismos y de sus leyes, surgen los enfrentamientos entre quienes apoyan el nuevo paradigma y el viejo, pero acaba por imponerse el nuevo paradigma.
Es lo que ha llamado Kuhn, la revolución científica.
Otra de las aportaciones más destacadas de Kuhn, es la introducción del concepto de inconmensurabilidad3 de las teorías.
La tradición que emerge de una revolución científica no solo es incompatible, sino que a menudo inconmensurable con la tradición anterior (Kuhn, 2006: 103).
La tesis de inconmensurabilidad de Kuhn se apoya en tres pilares:
a) La sustitución de una teoría por otra implica un proceso revolucionario, que rompe con la concepción anterior y no procede hablar de acumulación de verdades.
b) La inconmensurabilidad es una interpretación holística del significado de los términos científicos.
Un mismo término puede significar cosas diferentes en el contexto de teorías diferentes.
c) Asume la tesis de la teoría de la observación, es decir, toda observación presupone la validez de una teoría.
En esta teoría de la inconmensurabilidad aparecen lagunas que pueden inducir a error, en el sentido que, dos teorías presentan incompatibilidad lógica.
Kuhn en el intento de clarificar interpretaciones erróneas, manifiesta que, la inconmensurabilidad lógica presupone un lenguaje común: una teoría realiza afirmaciones que otra niega.
Y continúa dos teorías inconmensurables no son contradictorias, porque de lo contrario serían conmensurables.
Por lo tanto, las teorías inconmensurables son compatibles en muchos términos, pues está enfatizando su propuesta en términos de teorías rivales, y para ello hace uso de cinco elementos de comparación: exactitud, coherencia, simplicidad, alcance y fecundidad (Kuhn, 1993).
En ese intento de aclarar las complicaciones derivadas de la inconmensurabilidad de las teorías, Kuhn habla de tres cuestiones en las cuales se mueven estas, semántica, metodológica y ontológica.
La semántica hace referencia a que no existe un lenguaje común, en el que expresar teorías rivales.
Metodológica es la ausencia de normas metodologías para juzgar los paradigmas rivales.
Y la ontológica los paradigmas rivales postulan entidades muy dispares en el mundo.
Vemos que nuevamente existen vinculaciones entre la propuesta epistemológica kuhniana y las concepciones hermenéuticas.
El hecho de que se produzca inconmensurabilidad supone una base lingüística diferenciada entre teorías rivales.
De tal manera que ambas desarrollan comprensiones teóricas e implicaciones sociales posteriores completamente diferentes.
No obstante, como también afirmó Habermas (2007) en referencia a las ciencias sociales comprensivas, las ciencias (sociales) no pueden centrar su comprensión en los procesos lingüísticos, es necesario por tanto (y como bien afirma Kuhn) aproximarse a cuestiones metodológicas y ontológicas.
A este respecto Habermas establece, además, la existencia de una clara relación entre el estudio del lenguaje, sino ampliar el estudio al ámbito comunicativo (lo que supone incorporar también aspectos relativos a la lucha por el poder, el control social, las relaciones sociales, etc.).
Para Kuhn cada paradigma debe ser juzgado desde sus propios enunciados, y por ello son inconmensurables.
Argumenta contra aquellos que desestiman su tesis al manifestar que dos teorías en contextos ontológicos diferentes, pueden ser comparadas aunque no sean susceptibles de traducción a un lenguaje común, neutral y universal.
De hecho, Kuhn expone que Popper necesita este vocabulario para poder comparar la verosimilitud de aquellas teorías contrapuestas o para poder mostrar que una es más amplia que su predecesora.
Asimismo, también muestra que tanto él como Feyerabend han argüido extensamente que no se dispone de ningún vocabulario de este tipo.
En el paso de una teoría a la siguiente las palabras cambian sus significados o sus condiciones de aplicabilidad por vías sutiles (Kuhn, 1993).
En este sentido, Kuhn afirma que la falta de traducción estricta proveniente de la inconmensurabilidad puede ser superada gracias a la interpretación a través del lenguaje intersubjetivo entre ambas.
De hecho, tal y como afirma la hermenéutica, el lenguaje aporta una aproximación a la objetividad que va a posibilitar el diálogo incluso entre teorías inconmesurables.
Dicho proceso sucede, o podría suceder, gracias a un proceso de reducción o de generación de vínculos reductivos (Moulines, 1984).
La inconmensurabilidad valorada por algunos autores como la raíz de las principales desviaciones respecto a los enfoques tradicionales de la filosofía de la ciencia (Pérez Rasanz, 1999: 71), no se ha visto exenta de críticas, siendo una de las más prolíferas la que ha provenido de Putnam.
Este autor pone de relieve que un cambio de significado no conlleva necesariamente una transferencia de referencia.
Aunque una mudanza de teoría vendrá acompañada de un cambio de significado, los referentes de los términos empleados deberán seguir siendo los mismos (Diéguez, 2005: 207).
Putnam traslada la crítica más allá e indica que Kuhn confunde concepto con concepción.
Para este autor, cualquiera que sea la presentación en el análisis de dos teorías, el concepto seguirá siendo el mismo, o que cambiará será la concepción del mismo, que ha ido evolucionando en función de las modificaciones producto del progreso humano.
Es decir, el concepto de paja seguirá siendo el mismo, ahora la concepción sobre la paja ha variado, pues no implica lo mismo para una persona del siglo XVI que para una persona del siglo XXI, al respecto dice Putnam [la palabra] está conectada a un cuerpo de creencias bastante diferente al de hace cien años (Putnam, 1982: 200).
A pesar de todos los enfrentamientos y la exposición clara de su desarrollo conceptual contrario a las metodologías existentes, las tesis de Kuhn no lograron la aceptación completa de su epistemología, es más, generó muchas controversias.
Una de ellas giró en torno a la aceptación del paradigma, pues un sector amplio de teóricos consideró que tal efecto llevaba a una ciencia en constante revolución.
Esta posición crítica está relacionada con el conocimiento científico y la justificación de validez de las teorías científicas, con la implicación por parte de Kuhn sobre la inclusión de la sociología y la psicología como parte importante en el estudio de la historia de la ciencia.
No obstante, del mismo modo que sus planteamientos teóricos generaron controversias, también aparecieron teóricos adeptos a sus planteamientos.
Sus defensores se apoyaron en que los análisis de Kuhn permitían resolver problemas del falsacionismo popperiano.
Sus aportaciones permitían integrar la historia de la ciencia en la metodología y aportar un marco conceptual más adecuado para entender la relación entre teorías y hechos, puesto que, a nuestro juicio, incorpora factores próximos al ámbito comprensivo de la ciencia.
En línea con esto, muchas de las críticas hacia Kuhn recaían sobre la libertad de interpretación de sus tesis, que pueden dar a muchas y enfrentadas interpretaciones.
Curiosamente, esta crítica también es algo recurrente de los sectores próximos al neo-positivismo a la hora de hablar de cierto supuesto de subjetivismo del que adolece la hermenéutica.
De hecho, la asunción de la interpretación intersubjetiva como proceso generador de conocimiento y la reducción del impacto de la objetividad en el mismo, trajo y sigue trayendo consigo la idea errónea que la hermenéutica (bien como metodología, bien como ontología) es sumamente subjetivista y genera un conocimiento no universalizable.
Con el fin de salvar este escollo, uno de los grandes hermeneutas de la actualidad, el profesor Mauricio Beuchot, establece la existencia de lo que el denomina univocismo (propio de corrientes más positivistas) y el subjetivismo (propio de ámbitos posmodernos).
De la interpretación de la tesis kuhniana se puede deducir que los cambios de los paradigmas se producen súbitamente, puesto que en algún momento se debe producir un desplazamiento del paradigma, por otra parte, nos encontramos que la formación del paradigma lleva mucho tiempo, de manera que podrían llegar a coexistir más de un paradigma a la vez.
Empero donde más hincapié se hizo fue en la estructuración intrínseca de sus ideas; concretamente en la valoración descriptiva de sus ideas.
Se consideraba entonces que la teoría de las revoluciones científicas no sería más que una forma, entre otras varias, de abordar la historia de la ciencia relativamente alejada de las preocupaciones de los metodólogos, e incluso desde su propia perspectiva sería cuestionable (Blaug, 1985: 80).
Por otra parte, surgieron críticas a las interpretaciones que desarrollaba Kuhn sobre la ciencia –subjetiva, consensual y objetiva– al considerarse que esta era obstáculo para conseguir una ciencia integradora capaz de objetivar los procesos del conocimiento científico, pues en su esquema hay posibilidad de integrar muchos de los campos considerados ajenos a la actividad científica (Chalmers, 2003: 149).
Precisamente, por esta capacidad de integración Kuhn se aproxima a lo que podríamos denominar como el esbozo de lo que llegaría a ser una concepción comprensiva de la actividad científica.
Otra de las críticas correspondió al tratamiento relativista desprendido de los paradigmas, cuyo discurso consiste en lo siguiente.
Cuando un paradigma nuevo sustituye a un paradigma viejo, y son inconmensurables entre sí (de lo que se deduce la dificultad de una historia de la ciencia poco tradicional), no existen argumentos para afirmar el progreso de la ciencia, por lo tanto, se puede llegar a negar que las propiedades que los sucesivos paradigmas atribuyen al mundo correspondan cada vez más estrechamente con lo que realmente es (Harris, 1985).
Marvin Harris (1985) conecta el relativismo científico de Kuhn con el anarquismo epistemológico de Feyerabend, perdiendo el posicionamiento la ciencia de ese lugar privilegiado que ocupa, pasando a ser otra ciencia del espíritu.
Más que avanzar en el conocimiento científico llegamos a los mismos puntos de partida de siglos anteriores.
Feyerabend está en esta línea, la idea de que un método que contenga principios científicos inalterables y absolutamente obligatorios que rijan los asuntos científicos presenta dificultades al ser confrontado con los resultados de la investigación histórica.
En ese momento, nos encontramos que no hay una sola regla por plausible que sea, ni por firmemente basada en la epistemología que venga, que no sea infringida en una ocasión o en otra (Feyerabend, 1987).
Las propuestas de este autor no están muy desencaminadas, tal y como en ocasiones se han dicho de él, algunos casos como la revolución copernicana y otras, surgieron por la ruptura de las reglas metodológicas establecidas.
La ciencia como tal se encuentra es una combinación de reglas y de error pero este, que depende de la propia motivación del científico, es también un fenómeno histórico y por ello, una teoría del error, habrá ser más una colección de historias que una teoría propiamente dicha y deberá contener una buena cantidad de chismorreos sin propósito de los que cada cual pueda elegir aquello que cuadre con sus intenciones.
Los buenos libros sobre el arte de reconocer y evitar el error tendrán mucho en común con los buenos libros sobre el arte de cantar, de boxear o de hacer el amor (Feyerabend, 1987: 9).
El planteamiento de Feyerabend trata de dar un enfoque más individualista, para él, todo procedimiento humano está condicionado por el quehacer de uno mismo, el propio ser humano quien se ayuda así mismo.
La idea de este es hablar solamente de lo que parece apropiado cuando se considera desde un punto de vista particular y restringido; visiones divergentes y actitudes divergentes darán lugar a juicios y métodos de acercamiento diferentes (Feyerabend, 1987: 29).
Con esto nos lleva a una de las observaciones más criticadas del anarquismo epistemológico por él defendido.
Nos traslada a que todo sistema de reglas y procedimientos, por flexibles que sean, acciona la actividad y práctica científica, de aquí su fe en el carácter revolucionario de la ciencia frente a la rigidez de la ciencia normal, en la cual subyace caer en el monismo teórico y metodológico.
La mejor receta ante esta situación es quebrar las reglas, una vez que la única regla posible es, que se admite todo.
El se posiciona en la defensa que se admite todo, y cualquier desarrollo epistemológico es válido para la ciencia.
En palabras de Mardones, el anarquismo de Feyerabend se resume a: la búsqueda del disenso, contradicción, ruptura [...] no solo desembocamos en la búsqueda de lo que pueda falsar nuestras teorías (Popper), sino en aprovechar todo aquello que puede sugerir y despertar la originalidad.
Ya no hay método, sino métodos; ya no hay núcleos que salvar, sino dogmas que derribar y nuevas teorías que edificar.
Las ideas de Feyerabend han sufrido críticas de diversa índole, pues han considerado sus planteamientos como faltos de consistencia, pues su planteamiento concede validez a cualquier planteamiento teórico.
Blaug (1985: 64) considera el pensamiento de este como una falta de respeto a la ciencia institucionalizada.
Una persona que ha tratado de solventar los enfrentamientos salidos de la ciencia institucionalizada fue Lakatos.
Las posiciones de Lakatos circulan en torno a su desacuerdo con el historicismo derivable de Kuhn, es decir, de esa visión externalista del conocimiento científico y, además, con el esfuerzo teórico centrado en la tentativa de aventajar las objeciones padecidas por el falsacionismo de Popper, recuperando la probabilidad y actitud racional en la interpretación de la historia de la ciencia desde presupuestos metodológicos.
Para acometer este análisis Lakatos parte de tres momentos de la historia del conocimiento científico y cuya base es la obra popperiana.
El primer punto, proviene de la consideración vulgar de las ideas popperianas, es decir, de falta de consistencia teórica, pues, sí en algún momento se pueden aplicar las tesis de la falsación, en ningún momento se podrán utilizar para la demostración de la veracidad.
El segundo espacio de consideración se encuentra en el desarrollo realizado por Popper en la Lógica de la investigación científica, en él se adhiere a un falsacionismo ingenuo que mantiene las tesis de que el objeto de la ciencia es la falsación de teorías de forma independiente.
El último, acomete su crítica a las tesis del conocimiento científico, bajo las claves de estar sometido a las conjeturas y refutaciones.
En consideración al tema dice Lakatos que, en este momento Popper elabora un falsacionismo sofisticado que hace hincapié en el desarrollo científico y traslada el centro de atención de los méritos de una sola teoría a los méritos relativos a teorías enfrentadas, Por tanto, una teoría predominará sobre otra, si es menos falsable y además conlleva la predicción de un nuevo fenómeno (Lakatos y Musgrave, 1975).
La crítica realizada por Lakatos a Popper la acomete en tres puntos sobre el análisis llevado acabo por este en la conceptualización del desarrollo de la ciencia.
Su primera crítica se dirige a la omisión realizada sobre la tenacidad de las teorías científicas.
Y dice: [los científicos] No abandonan una teoría simplemente porque los hechos la contradigan.
Normalmente o bien inventan alguna hipótesis de rescate para explicar lo que ellos llaman después una simple anomalía o, si no pueden explicar la anomalía, la ignorancia y centran su atención en otros problemas (Lakatos y Musgrave, 1975: 12).
El segundo punto discordante está en que el surgimiento de nuevas teorías con más contenido empírico que la precedente ocurre sobre una base común, un problema que los científicos mantienen como orientación de sus investigaciones a lo largo del tiempo, y en torno al cual se constituye un campo de investigación.
Por último, el crecimiento de la ciencia no puede ser explicado (como propone Popper) mediante un simple proceso de refutación que da lugar a un conjunto de teorías aisladas.
Una disciplina supone una serie de teorías conexas que constituyen una problemática, en la que la teoría subsiguiente puede resultar de añadir cláusulas auxiliares a la anterior, de forma que esta nueva supera en contenido empírico a la anterior teoría.
Lakatos para solucionar esta deficiencia encontrada en las tesis popperianas propone una serie de medidas, determinadas por unas reglas metodológicas: unas nos dice qué senderos de investigación hemos de evitar (heurística negativa), y otras qué senderos hemos de seguir (heurística positiva)...Todos los programas de investigación científica se pueden caracterizar por su núcleo.
La heurística negativa del programa nos prohíbe dirigir un modus tollens a este núcleo.[...]
La heurística positiva consiste en un conjunto parcialmente articulado de sugerencias o indicaciones sobre cómo cambiar, desarrollar las variantes refutables del programa cómo modificar, sofisticar, el cinturón refutable de protección (Lakatos y Musgrave, 1975: 245-6).
Las críticas hacia Popper se suceden a lo largo de su obra, pues analiza con rectitud que los programas científicos como eje para el desarrollo de la ciencia están dotados de unas protecciones que impiden caer en la defenestración del avance científico.
De no ser así, la ciencia no progresaría y nos quedaríamos siempre en el mismo lugar, y con un amplio elenco de discusiones sobre cuáles son los caminos y las teorías a continuar, escribe Lakatos: [los programas de investigación] están dotados cada uno de ellos, de un cinturón protector flexible, de un núcleo firme característico pertinazmente defendido y de una elaborada maquinaria para la solución de problemas.
Todos ellos, en cualquier etapa de su desarrollo.
Tienen problemas no solucionados y con anomalías no asimiladas.
En este sentido todas las teorías nacen refutadas y mueren refutadas (Lakatos y Musgrave, 1975: 13).
Toda esta cuestión gira en torno a la heurística negativa que excluye cualquier el núcleo de la posible refutación empírica y lo vuelve infalsable por decisión metodológica.
Entonces cualquier deficiencia en la confrontación de un programa con los hechos observados se atribuirá a cualquier parte de la estructura teórica, pero jamás a su núcleo, su aceptación la construye Lakatos así: en lugar de ello, debemos emplear nuestro ingenio en articular o incluso inventar hipótesis auxiliares que formen un cinturón protector en torno a este núcleo (Lakatos y Musgrave, 1975: 16).
El cinturón protector que postula Lakatos sobre las hipótesis auxiliares debe recibir los impactos de las contestaciones y, para defender al núcleo, será ajustado y reajustado e incluso completamente sustituido.
Estos cambios deben llevar a un incremento de contenido de las teorías, o un progreso teórico inicial, para posteriormente pasar al empírico.
El programa de investigación tendrá éxito si los cambios conducen a un cambio progresivo de la actividad, en cambio fracasará si el cambio es regresivo.
Esto será producto por la inoperancia de no añadir nuevas cuestiones a las teorías y, estén ejerciendo funciones de defensa del entramado y la investigación inicial.
El problema de este planteamiento es que dificulta la inserción de los condicionantes sociales en los procesos de desarrollo científico.
No todo lo propuesto por Lakatos, está estructurado en torno a la negatividad de los programas, también contempla en los programas de investigación científica la presencia de una heurística positiva, la cual consiste en: un conjunto parcialmente estructurado, de normas sobre como cambiar y desarrollar las versiones refutables del programa de investigación, sobre como modificar y complicar el cinturón protector (Lakatos y Musgrave, 1975: 69).
La propuesta de Lakatos para la heurística positiva es que en sí misma establece una secuencia de modelos que simulan la realidad y cada vez se hacen más complejos.
El científico se concentra en estos modelos según las prescripciones de su programa e ignora los contraejemplos y los datos reales: sí un científico cuenta con una heurística positiva rehúsa involucrarse en temas observacionales.
Permanecerá sentado, cerrará los ojos, olvidará los datos.
Por supuesto en ocasiones preguntará a la naturaleza con penetración y resultará estimulado por un sí pero no, defraudado por un no (Lakatos y Musgrave, 1975: 67).
Los programas de investigación diseñados por Lakatos, son progresivos mientras la heurística positiva permita modelos que sean capaces de predecir hechos nuevos y supongan cambios progresivos en la problemática.
Empero, cuando la teoría se atrasa frente a los hechos, y se recurre a integrar anomalías mediante hipótesis ad hoc el potencial heurístico recibe un retroceso y no avanza.
A su vez, Lakatos intuye que un programa que sea regresivo no es motivo suficiente para ser abandonado, esto implica una participación positiva del entramado científico y, el grupo científico debe diseñar un programa que explique el éxito de la teoría rival.
Asimismo, también debe explicar la superación de esta mediante un despliegue adicional de poder heurístico, sin que podamos establecer en términos racionales la imposibilidad de rehabilitar alguna parte del antiguo programa regresivo (Lakatos y Musgrave, 1975).
Esta heurística positiva sitúa a Lakatos en el marco de un epistemólogo que asume el desarrollo acumulativo de la ciencia y que parece que se aleja en cierto modo de la inconmensurabilidad y el cambio entre paradigmas que mencionaba Kuhn.
No obstante, al igual que Kuhn, Imre Lakatos aporta también unos componentes interesantes a nivel hermenéutico.
La propuesta lakatosiana puede ser reconvertida, en parte, en un enfoque hermenéutico de la ciencia.
Es decir, las teorías científicas presentan un cierre hermenéutico negativo y un impulso hermenéutico positivo, de manera semejante a lo propuesto en su heurística.
En este sentido, los procesos externos van a traer consigo un cierre interpretativo que reduce las posibilidades de comprensión total y, por ende, de crítica y cambio.
No obstante, la hermenéutica positiva nos permite generar mecanismos de ahondamiento y profundización en la comprensión de nuestro objeto de estudio.
Esto implica la posibilidad de un cambio al desvelarse la problemática social que puede estar relacionada con lo que estemos estudiando.
Estos aspectos tienen que ser tenidos en cuenta en el desarrollo de una hermenéutica de la ciencia (camino que todavía no ha sido demasiado transitado aunque con algunas excepciones desarrolladas por Ursua y Ortiz-Osés (1982), Moulines (1995), Heelan (1982), Heelan (1983), Heelan (1989), Heelan (1991), además de los firmantes del presente trabajo) que, actualmente, podríamos decir recordando a Kuhn, que está generando un nuevo paradigma comprensivo.
En este se aceptan este doble proceso positivo/negativo de la hermenéutica, al que hemos hecho mención, así como la inserción de la objetividad y la subjetividad de un modo equitativo como parte de la actividad científica (AT).
En este sentido, la AT estará mediada por factores internos (Fi) y externos (Fe) de un modo positivo (permitiendo el correcto avance de esta) o de un modo negativo (impienso un adecuado desarrollo de la misma).
Fi dependen de la interiorización del paradigma tecnocientífico actual en los agentes que desarrollan AT.
En cambio, Fe será función de los condicionantes políticos, sociales, grupales, religiosos, etc. que circundan a la propia AT.
Por lo tanto, de una manera resumida y formalizada podemos afirmar:
En esta formalización simbolizamos la AT como aquel conjunto constituido por los elementos P, S, Ar, Fi y Fe, donde:
AT = Actividad tecnocientífica
S = Sociedad en la que se desarrolla AT.
Ar = Artefactos actuales.
Fi = Factores internos (provenientes de los agentes tecnocientíficos).
Siendo ST = Sistema tecnocientífico.
De este modo tenemos una simbolización formalizada mínima que nos permite delimitar la actividad tecnocientífica y en la que los componentes subjetivos y objetivos toman cuerpo de un modo equilibrado, equitativo y analógico.
En esta concepción, en AT se desarrolla una relación con lo ontológico también analógica, de tal manera que lo óntico se puede convertir en otro Fe y, asimismo, en otro Fi.
No obstante, esta perspectiva también puede quedar limitada al ámbito metodológico, tal y como se hace en los estudios sociológicos, dejándose entonces a un lado cualquier referencia a la ontología.
Por lo tanto, se puede considerar que AT, al igual que otros ámbitos del saber, mantiene una diferencia entre la subjetividad y la objetividad tanto a nivel veritativo como óntico; el cual será tenido en cuenta o no en función de nuestra intención epistémica.
De este modo, se establecen unos lineamientos epistémológicos básicos para el desarrollo posterior de una concepción comprensiva de la ciencia y de su actividad. |
Política, sociedad y ética a través de la hermenéutica analógica
En este artículo intento aplicar la hermenéutica analógica al tema de la política, principalmente a través de la filosofía política.
Así como antes se desconectó la política de la ética, ahora se procura volverlas a conectar.
Se trata de tener un estado legítimo, no solamente legal.
Y la razón es que debe garantizar los derechos humanos para la sociedad civil, la cual ejerce, dentro de ellos, su solidaridad.
La filosofía política es el estudio de las formas de sociedad a la luz de la ética, buscando el modo en que realizan la justicia y logran el bien común.
Por supuesto que hay una forma meramente descriptiva de hacer filosofía política, en la que solo se registra lo que ocurre en el panorama político mundial; pero también es posible una filosofía política crítica, que juzga, precisamente, a partir de una noción de sociedad ideal, en la cual plasma los valores éticos conforme a la idea de hombre que le subyace.
Por lo cual, dicha filosofía política actúa desde una interpretación del ser humano (tanto antropológico-filosófica como, sobre todo, ética), y esto hace que haya de fondo una hermenéutica que construye la filosofía política, y aquí deseamos que sea una hermenéutica analógica, que evite los excesos de una hermenéutica unívoca, la cual daría una idea de sociedad impositiva y totalitaria y los de una hermenéutica equívoca, que daría una idea de sociedad demasiado fragmentada, atomizada en un relativismo que conduciría a la larga a la disolución social.
Por eso hemos de ser muy cuidadosos con la hermenéutica que elegimos para construir nuestra filosofía política, nuestra visión de la sociedad (Beuchot, 2006).
HERMENÉUTICA TRANSFORMADORA, UTÓPICA Y PROFÉTICA
En algún momento, se consideró que la hermenéutica era políticamente neutral.
Lo sostuvo Habermas en relación con Gadamer y Ricoeur.
Con ello acusaba a la hermenéutica de apolítica y conservadora.
Gadamer respondió que la hermenéutica no tenía una función directamente crítica, y lo mismo Ricoeur, diciendo que no hacía crítica de las ideologías (Ricoeur, 1982).
Sin embargo, después, tanto uno como otro aceptarán que la hermenéutica tiene implicaciones políticas; Gadamer, por el reconocimiento de aspectos o ingredientes éticos que lleva implícita la hermenéutica, y Ricoeur, en su libro Ideología y utopía, al reconocer que la hermenéutica tiene que distinguir entre lo utópico que es meramente ideológico y lo utópico que es orientador hacia el bien (Ricoeur, 2001).
Más aún, recientemente se ha hablado de la capacidad crítica (política) que puede tener la hermenéutica.
Si está dedicada a la comprensión, puede dar el paso hacia el juicio, hacia la crítica (krínein en griego significa igualmente juzgar que criticar).
Más aún, en esa línea va la hermenéutica crítica de Adela Cortina y Jesús Conill, que retoma ideas de Apel y Habermas, al igual que de la hermenéutica de Gadamer y Ricoeur.
E incluso se puede hacer una incorporación de la hermenéutica analógica en la hermenéutica crítica, a modo de hermenéutica analógico-crítica de la sociedad y sus instituciones (Arenas-Dolz, 2003).
Resuena en nuestros oídos la tesis 11 de Marx sobre Feuerbach, en la que asienta que los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo, y que lo que hace falta es cambiarlo (Marx, 1963).
¿Será posible una hermenéutica que transforme el mundo además de interpretarlo?
¿Está la hermenéutica condenada a solo interpretar el mundo sin poder nunca transformarlo?
Creo que la hermenéutica puede ayudar a cambiar, sobre todo desde su función de interpretar.
En efecto, no se trata de comprender por comprender, hay que comprender para transformar.
Y la hermenéutica comienza a tener un papel muy importante en ello, pues ¿cómo se va a transformar si primero no se interpreta?
Inclusive se ha hablado de un "giro hermenéutico en la filosofía política" (Warnke, 1993).
Aquí es donde vemos que no se aplica la falacia naturalista (la cual se tipifica como el paso del ser al deber, del hecho al valor, de la descripción a la valoración o prescripción), porque tenemos que interpretar al hombre para poder pensar en la sociedad que le resulta adecuada o conveniente.
Hay que ver el contexto en el que habita, para ver si esa sociedad o una distinta es la que le viene bien.
Pues también podemos criticar la sociedad actual y pensar en una distinta, así sea utópicamente.
Por eso la hermenéutica puede tener un ángulo utópico, es decir, atreverse a proponer, después de la crítica a la sociedad real, una sociedad ideal, en la que el ser humano encuentre las condiciones de posibilidad de su realización plena como ente social.
Y, en ese sentido, es una hermenéutica no solo utópica, porque propone mejoras ideales (Ricoeur, 2001), sino, además, una hermenéutica profética, es decir, que, después de atender a la esencia del hombre, habla en su nombre.
Sobre todo, es profética porque habla de la ética en la política, y de la ética de acuerdo a lo que se considera que es la naturaleza humana.
De esta manera, la hermenéutica puede tener un papel relevante en la filosofía política, porque interpreta al hombre y con ello puede ver qué tipo de sociedad le conviene; y porque interpreta a la sociedad misma, con lo cual puede comprenderla y criticarla, e incluso proponer cambios o una sociedad nueva, con lo cual puede ser transformadora, utópica y profética.
La hermenéutica es, así, un recurso metodológico para la filosofía política.
Además, la hermenéutica puede asumirse como hermenéutica analógica, es decir, que trata de evitar los extremos de la hermenéutica univocista, la cual impone un totalitarismo, y los de la hermenéutica equivocista, que abandona a una atomización relativista de la sociedad en la que acaba por reinar el caos.
Una hermenéutica analógica buscará el bien común, la equidad y la justicia; más aún, tiene el esquema de la justicia, sobre todo el de la justicia distributiva, que es desde antiguo y más todavía recientemente el que se ve como más necesario para la política y la sociedad.
ESTADO DE DERECHO Y DERECHOS HUMANOS
Lo primero que nos muestra una filosofía política vertebrada con la hermenéutica analógica es que la sociedad está formada por un estado y una sociedad civil, proporcionalmente legítimos.
Es decir, que el estado, que es el que gobierna, tiene que estar avalado por su legitimidad, no solamente por su legalidad; es decir, no solo que sea conforme a las leyes, sino a las leyes justas (y, en ese sentido, legítimo por su origen y por su desempeño); y esto involucra la ética en la política (Höffe, 2003).
De alguna manera la modernidad trató de separar la ética de la política, por ejemplo con Maquiavelo, dejando al estado, en este caso al gobernante, por encima de la ley, y con poder más allá de lo moral.
La simple presencia de la ley o el derecho da la legalidad, pero el estar de acuerdo con la ética da la legitimidad, como lo ha señalado Habermas.
Sobre todo, es una sociedad y un estado asentado en los derechos humanos, que se plasman en su constitución como derechos fundamentales, lo que antes se llamaba las garantías individuales.
Eso es lo mínimo con lo que se puede contar, a saber, con un estado justo, que realiza la justicia dando a todos los ciudadanos la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades y la igualdad de atribuciones.
También se tiene que garantizar la libertad de elegir ideales de vida buena, de realización, plenitud o felicidad.
Y esto rebasa lo mínimo.
Por eso Adela Cortina los ha llamado mínimos de justicia y máximos de buena vida.
Mínimos, porque es lo menos que se puede pedir, y es fácil concitar el consenso acerca de ellos (Cortina, 1995).
Máximos, porque son cosas que van más allá de la justicia y pertenecen al bien, y es difícil lograr el consenso acerca de ellos.
Pero tienen que integrarse, ya que son, precisamente, esos máximos de vida buena los que dan sentido a los mínimos de justicia, son los que los hacen apetecibles, se buscan en función de ellos o para ellos.
Es también lo que resulta del contrato social o pacto político, y del consenso traslapado del que habla Rawls (Grueso, 1997).
Es la igualdad que se da en el velo del desconocimiento frente a las diferencias de oportunidades.
Es lo que propicia el equilibrio reflexivo, parecido al juicio reflexionante de Kant y a la phrónesis aristotélica.
Es el ejercicio de la analogicidad, señalado por Hannah Arendt como el sensus communis kantiano, consistente en "ponerse en el pellejo del otro", o de los demás, para entender sus necesidades y deseos legítimos (Sánchez, 2003).
De eso surgirá la solidaridad, virtud eminentemente política, que va más allá de la tolerancia, incluso más allá del respeto, e implica aceptación, se coloca como reconocimiento, del que tanto habla Charles Taylor.
Esa política del reconocimiento requiere que tengamos una actitud abierta, sobre todo frente a lo diverso, lo diferente.
Antiguamente se decía que la sociedad se realizaba en vistas al bien común.
Se realizaba por el logro de la justicia, la cual aseguraba la paz, e incluso el bienestar social.
Pero se ha visto que no basta un estado de bienestar.
Tiene que haber sentido, por eso el estado debe proporcionar lo que posee un papel de donación de sentido en las sociedades, lo que ejerce una función simbólica.
Es decir, el gobernante tiene que saber de la cultura, de las culturas que conviven en un estado, en una sociedad.
Por eso, también, la sociedad debe proporcionar un sano interculturalismo.
Ir más allá del mero multiculturalismo, que solamente permite convivir sin destrozarse, para prever que las culturas interactúen, y que lo hagan bien, enriqueciéndose.
Una muestra del estado de derecho son los derechos humanos, que se plasman en la constitución de dicho estado como derechos fundamentales, lo que antes se llamaba garantías individuales.
Algunos los han visto como derechos naturales, otros como puramente positivos, y otros como derechos morales (moral rights).
Esta consideración de los derechos humanos como derechos morales, intermedia entre la iusnaturalista y la iuspositivista, nos hace ver que se puede llegar a una base o fundamento iusnaturalista de los derechos humanos que no relegue la positivación de los mismos, pero que no haga depender todo su valor de la mera positivación.
De hecho, ya el iusnaturalismo no es tan exigente como antes, ni el iuspositivismo es tan rígido.
Han llegado a una integración, por ejemplo en autores como Dworkin y Atienza.
Ninguno de ellos se llamaría iuspositivista, ambos admiten una validez de los derechos humanos más allá de la sola positivación, pero tampoco llegarán a un iusnaturalismo tan extremo como, por ejemplo, el de la Ilustración (ya que el antiguo era más dinámico y menos rígido, por ejemplo el aristotélico).
Y es que un estado de derecho, es decir, uno asentado sobre la base de los derechos humanos, es el que puede permitir la democracia.
De otra manera nos caerá la imposición univocista de los totalitarismos, o la desestructuración equivocista de los regímenes sin sostén ni límites.
Se requiere un estado analógico para que haya democracia, una democracia basada en los derechos humanos, de modo que haya respeto para el estado y para la sociedad civil, para los ciudadanos.
Allí todos los ciudadanos tienen igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades, e igualdad en la participación política.
Ya que el objetivo de la sociedad política es el bien común, según decía Aristóteles, los hombres se reúnen para satisfacer mejor sus necesidades, tanto materiales como espirituales, y, además, para el amor o la amistad (Aristóteles, 1961).
Pero esto requiere que se cumpla la justicia en la sociedad.
Por eso para la vida en comunidad son necesarias ciertas virtudes, que ya el propio Estagirita señalaba.
En este sentido, se necesita la prudencia o phrónesis, ya que es la virtud que da la sensibilidad para el término medio de las acciones, que es el que da el modus o medida de la convivencia.
Para eso hay una prudencia personal, una doméstica y una política.
En el caso de la prudencia política, hay una prudencia del gobernante y otra del gobernado.
El gobernante es prudente en su relación con los súbditos o gobernados no imponiendo demasiadas cargas, mandando con moderación, etc.; y el gobernado ejerce la prudencia no siendo insolente con el gobernante, y teniendo disposición para colaborar en la construcción del bien común, no solo del individual.
La templanza es aquí, según la interpretación política que le da Bobbio, como la actitud de no querer acaparar todo, de dejar algo para los demás; no tanto contenerse en la satisfacción de las necesidades y los deseos, sino el dejar para los otros elementos que puedan aprovechar oportunidades, bienes, servicios, etc. (Bobbio, 1997).
La fortaleza es la decisión de mantenerse firme y constante en esa templanza, y permanecer en ese camino de la virtud.
Pero sobre todo se requiere la justicia, que es la voluntad estable de dar a cada quien lo suyo, lo que se le debe, lo cual es sumamente analógico, ya que es darle a cada quien la porción que le toca, esto es, su proporción, la proporción analógica que le es debida.
Hay una justicia conmutativa, otra distributiva y otra legal.
La conmutativa es la que se da en la relación de los particulares entre sí, como en los tratos y contratos, las compraventas, etc. La distributiva es la que se da entre el estado y los ciudadanos, en la distribución de los bienes comunes, cargos y cargas, pero también de oportunidades y servicios.
La legal es de los individuos hacia el estado, al cumplir las leyes; pero también del estado hacia los individuos, al administrar bien el derecho y respetar los derechos de cada uno.
Así, la justicia es la corona o culmen de la vida social.
Justicia entre los individuos y los grupos; en las relaciones del estado con los ciudadanos y de los ciudadanos con el estado.
Es lo que posibilita la paz y la felicidad.
Solo si hay el mínimo de justicia podrá haber el máximo de felicidad o buena vida (Williams, 1993).
También es una virtud ser utópico.
Es una magnanimidad del teórico, del filósofo.
No se nos agota nuestro filosofar en la praxis, en un realismo obtuso; llegamos hasta la teoría, y aun en ella nos ponemos como en una atalaya.
En toda filosofía política hay un poco de utopía, tiene un trasfondo de esperanza.
Es verdad que tiene una parte más descriptiva, en la que reflexiona sobre lo que está ocurriendo, pues no nos podemos dar el lujo de cerrar los ojos ante la realidad, de ser demasiado idealistas.
Pero también es verdad que tiene una parte más propositiva, más futurista, que es donde se ubica la dimensión utópica.
Siempre, al hacer filosofía política, pensamos en una sociedad ideal, una ciudad o polis utópica.
Más aún, la utopía cobra mayor presencia al considerar que ha sido fuente de sentido, y ahora estamos en un tiempo demasiado vacío de sentido.
Hay una gran bonanza económica, con la globalización, pero deja de lado a muchos; y, aun a los que incluye, incorpora e integra, no parece darles suficiente sentido.
Es una sociedad consumista, hedonista y ególatra; ésos parecen ser los valores actuales.
Pero tal parece que no dan felicidad (Magallón, 2009).
Por eso, aunque es imprescindible lograr la igualdad ante el derecho o la ley y ante la distribución, eso no es suficiente; es decir, la justicia no basta; hay que añadir las ideas de plenitud, realización y vida buena, o felicidad, que son las que dan sentido a lo otro.
Hay mínimos de justicia y máximos de vida buena, pero son precisamente los máximos de felicidad los que dan sentido a los mínimos de justicia.
Estos mínimos de justicia son como la referencia de la sociedad, y los máximos de felicidad son como el sentido que tiene o puede ofrecer.
Y es que la ilusión que tenemos, al hacer filosofía política, es que esta se lleve a la práctica, que llegue a la praxis, que pase de la teoría a la acción, de lo abstracto a lo concreto, que nuestro teorizar llegue a servir a los seres humanos individuales, existentes, reales, vivos.
En este sentido, la filosofía política tiene un aspecto hermenéutico, y se abre a una hermenéutica analógica, pues se trata de interpretar al ser humano, a la sociedad, para abrirle caminos políticos.
Esta filosofía política crítica tiene como principal trabajo enjuiciar la globalización que nos inunda, la cual es el fenómeno social, político y económico más importante que tenemos en la actualidad.
Como lo han hecho ver muchos estudiosos, entre ellos Enrique Dussel, desde su punto de vista de la analéctica, que usa de la analogía para plantear una postura transmoderna, lo que más hace falta es que la globalización sea incluyente, ya que hasta ahora no lo ha sido (Dussel, 1996).
Deja de lado a los desposeídos, deja a su paso muchos pobres, excluidos de los beneficios que reporta a unos pocos, comparativamente hablando (Dussel, 1998).
Al ser crítica, esa filosofía política está reconectándose con la ética, que es lo que pedíamos para que fuera utópica y profética.
Y esto lo puede hacer desde la analogía, esto es, desde la analéctica y la hermenéutica analógica, ya que la analogía nos hace ver la proporción y la desproporción.
Aquí se cumple lo que pedía Iván Illich, el pensador de Cuernavaca, quien hablaba de recuperar la proporción para la política, para la sociedad.
Y la proporción es la analogía ("analogía" significa en griego "proporción").
Una sociedad proporcional o proporcionada al hombre, para que él encuentre sentido en ella, una sociedad al tamaño del hombre, para que sea habitable para él, esto es, para que sea humana.
Lo transmoderno, planteado por Dussel, no es lo posmoderno, aunque comparte con ello la crítica de la modernidad; pero lo posmoderno ha hecho críticas parciales a la modernidad, y ha dejado pasar de ella, o ha aceptado, errores o males que ella tenía, como la injusticia, la exclusión (Dussel, 2001).
Habermas ha dicho que esto se da porque la modernidad no ha podido cumplir sus ideales de justicia, ya que ha quedado como un proyecto inacabado, incompleto, inconcluso; pero lo cierto es que la modernidad no cumplió esa promesa, como tampoco se halla en la posmodernidad, por lo que alguien tiene que recuperarla, plantearla y cumplirla, y ésa puede ser la transmodernidad.
Esta ética de la no exclusión es un esfuerzo por dialectizar la analogía, por eso Dussel la llama analéctica y a veces anadialéctica (Dussel, 1991).
La dialéctica es la que vigoriza e impulsa la analogía, y por eso puede dinamizar a la hermenéutica analógica, para que no se quede impasible ante los excluidos, los desposeídos.
Tiene que preocuparse por señalar caminos, pautas de acción que resulten de la interpretación de la realidad y de la proyección hacia el futuro, así se superará la mera hermenéutica unívoca de la sociedad real y la sola hermenéutica equívoca de los proyectos descabezados, de las utopías irrealizables; esa hermenéutica analógica conduce a lo que Dussel llama, desde la analéctica, una utopía realizable.
LA LUCHA DE LOS SISTEMAS: MÁS ALLÁ DEL LIBERALISMO Y DEL COMUNITARISMO
La hermenéutica analógica muestra un camino en el que se puede buscar una relación más mesurada y equilibrada entre el liberalismo y el comunitarismo, que son los antagonistas actuales, y que a veces parecen llegar a un impasse (Mulhall, Swift, 1993).
Son tantas las críticas que han recibido los unos de los otros, que se ha llegado a posturas intermedias, proporcionales, esto es, analógicas, en las que ya no se da esa polarización tan grande.
Por ejemplo, el liberal Rawls ha tomado en cuenta muchas críticas que le han hecho los comunitaristas, y llega a un liberalismo moderado.
El comunitarista Taylor ha reflexionado tanto sobre las objeciones que se le han opuesto, que llega a ser un comunitarista moderado (Taylor, 1997).
Por eso conviene evitar el univocismo del liberalismo, que únicamente ve por la libertad, de modo individualista y hasta egoísta, y también evitar el equivocismo de un comunitarismo relativista (pues el relativismo se da, más que de los individuos, de las comunidades).
Hay que ir, de manera analógica, a un liberalismo social, que es la postura que adoptó Rawls al final, por obra de las críticas de los comunitaristas a su liberalismo inicial; o a un comunitarismo patriótico, al que llegó Taylor, que es un comunitarismo no relativista, sino que busca lo que de común se puede alcanzar entre los actores involucrados en la sociedad (individuos y comunidades).
Se busca un equilibrio entre la aplicación seca de la ley, como en el liberalismo procedimental, y la aplicación tan diferenciada que se diluya, en un comunitarismo que se disuelve en las aspiraciones de las comunidades, que introducen diversas interpretaciones de las mismas leyes o de los derechos, incluso de los derechos humanos (Blanco, 2000).
Por ejemplo, se trata de dar a los derechos humanos, que son individualistas, por su origen liberal, un sentido más comunitario y solidario.
Inclusive hay un repunte del republicanismo, que deja lugar a las diferencias.
Cada vez se busca más la manera de integrar las diferencias, pero sin perder la capacidad de incorporar lo universal.
Han sido muy importantes las posturas de género, de minorías y otras, para llamar la atención hacia el reconocimiento de los demás.
Por eso también ha sido importante el problema del multiculturalismo.
Es también un tema de filosofía política.
Kymlicka presenta un modelo de pluralismo cultural más cercano al univocismo, porque pide que se deje convivir a las culturas, pero falta la interacción entre ellas.
Así, Sartori pide que a cada cultura se le deje hacer lo que ha hecho, en un equivocismo que nos impedirá criticar y frenar, por ejemplo ante la lesión de los derechos humanos.
Me parece más adecuado Taylor, más analógico, que nos mueve a permitir las diferencias lo más posible, pero sin perder la capacidad de integrarlas en alguna universalidad (Lazo, 2007).
Tienen como muy importantes las representaciones colectivas, los imaginarios sociales, que luego nos condicionan.
Y hay que crear la posibilidad de dialogar desde ellos.
La parte de las culturas más problemática no es tanto la de la economía y la política, sino la de lo simbólico (religión, costumbres, instituciones, etc.).
Es la convivencia de instituciones distintas, a veces contrarias.
Y todo eso dentro de la globalización actual, que cuestiona a todas las filosofías políticas.
La filosofía política recupera su misión de encaminar a la sociedad a la consecución del bien común.
Ese bien común se alcanza en la justicia, que es equidad, esto es, igualdad proporcional ante la ley, ante las oportunidades y ante la participación política.
Esto nos da una filosofía política crítica, ya que muchas veces nos encontramos con que no se tiene, y ni siquiera se busca, este ideal de justicia.
Por ejemplo, en la actual globalización económica se ve que no es incluyente, sino excluyente, deja a muchos pobres fuera de los beneficios que conlleva, por el hecho de que no pueden participar en esa compra-venta que implica, no tiene competitividad, ni siquiera poder adquisitivo.
Esta filosofía política crítica puede vertebrarse con una hermenéutica, con tal de que sea una hermenéutica crítica.
Y también puede ayudarse de la analogía, como lo hemos visto en la analéctica de Dussel, que intencionadamente quiere ser una filosofía política crítica, y la hermenéutica analógico-crítica, que es la fusión de la hermenéutica crítica de Adela Cortina y Jesús Conill con la hermenéutica analógica, por obra del Prof. Francisco Arenas-Dolz (Arenas-Dolz, 2004).
Es un camino que se está recorriendo, y que promete llevar a un estado mejor de la sociedad. |
I. EVOLUCIÓN JURÍDICA: NACIMIENTO DE LAS ÁREAS
Tradicionalmente, desde una perspectiva geográfica, el área o el espacio metropolitano se concibe como una aglomeración urbana en la que la concentración de la población en un ámbito territorial se caracteriza por un constante movimiento de intercambio entre lugares de residencia, trabajo y ocio de la población que los habita.
Urbanísticamente, se trata de áreas que abarcan varios términos municipales entre los que existen vínculos económicos, sociales y ambientales, siendo fruto del desarrollo de un proceso de crecimiento urbano en el que se hace necesaria la planificación conjunta y la coordinación de determinados servicios que exigen la coordinación de las acciones públicas sobre el territorio 1.
Desde los comienzos del municipalismo español se observa el fenómeno de crecimiento general de las ciudades, y dentro de éste, la formación de la gran ciudad, enorme, como consecuencia de la concentración de la población respondiendo a las necesidades de la intensificación industrial y mercantil.
Así, se conciben las Comunidades Metropolitanas (Posada, 1936: 82) que cubren todo el espacio de una amplia región y absorben centros de población cercana, concentrando la riqueza y la actividad económica.
Se entiende que este tipo de supercomunidad o supermunicipio se organiza alrededor de un foco dominante que comprende una serie de centros diferenciados de actividad, así, la ciudad es centro de una constelación de centros menores, producto del movimiento expansivo de la ciudad principal como consecuencia del influjo del transporte.
Esta concepción tradicional, de gran ciudad, ha sido recogida por el ordenamiento estatal, pues la Constitución española de 1978, aunque diseña la administración local
sobre el esquema de municipios, provincias e islas, reconoce expresamente la creación de otras entidades locales mediante la agrupación de municipios en el marco de los Estatutos de Autonomía.
El artículo 141.3 de la Constitución, integrante del bloque de constitucionalidad establece la posibilidad de crear agrupaciones de municipios diferentes a la provincia.
Con estas previsiones, la Ley reguladora de las Bases del Régimen Local (LBRL) establece una normativa aplicable a las áreas metropolitanas con carácter general al calificarlas expresamente como "entidades locales integradas por los municipios de grandes aglomeraciones urbanas entre cuyos núcleos de población existan vinculaciones económicas y sociales que hagan necesaria la planificación conjunta y la coordinación de determinados servicios y obras" 2.
De esta concepción tradicional pueden extraerse una serie de características propias de las áreas metropolitanas (Mateo, 1988:856), y que son las siguientes:
-contenido pluricompetencial: implica que estas entidades locales pueden desempeñar las funciones, obras y servicios que sean objeto de prestación o realización metropolitana; -virtualidad armonizadora: significa que estas entidades disponen de una vocación planificadora con la finalidad de corregir la dispersión de iniciativas en un territorio en el que el crecimiento urbano ha superado los antiguos límites de la ciudad; -espacio urbano pluricomunitario: las aglomeraciones urbanas suponen la base social y la escala territorial de las áreas metropolitanas, hoy ya no se trata de densas conurbaciones urbanas sino que se componen de un extenso medio urbano del que forman parte distintas comunidades con sustantividad propia, fruto del fenómeno de la contraurbanización (Arroyo, 2001:16); -el sistema urbano: rasgo que elude a las vinculaciones económicas y sociales de los núcleos de población.
Igualmente, hay que señalar que en nuestro ordenamiento, la regulación de las áreas metropolitanas corresponde a las Comunidades Autónomas, competencia que significa que el derecho metropolitano habrá de ajustarse a cada caso a través de un régimen jurídico concreto previsto en una ley autonómica especial que regule todos sus aspectos: mu-nicipios integrados, órganos de gobierno y administración, régimen económico, competencias y potestades.
Como consecuencia de una concepción en la que predomina el peso de la ciudad central en la configuración del área, la LBRL establece los requisitos legales de carácter formal necesarios para diseñar un esquema organizativo centralista: en primer lugar, la reserva de ley autonómica para crear, modificar o suprimir áreas metropolitanas de acuerdo con su estatuto de autonomía; en segundo lugar, la necesidad de previa audiencia de la Administración del Estado y de los municipios y diputaciones afectadas; en tercer lugar, la necesidad de determinar los municipios integrados, que podrán ser limítrofes y pertenecer a una o varias provincias dentro de una Comunidad Autónoma; en cuarto lugar, en sus órganos de gobierno deben estar representados todos los municipios integrantes, así contará con una asamblea, un presidente y un consejo de gobierno; en quinto lugar, la ley establece la condición de participación de todos los municipios en la toma de decisiones; por último, habrá de precisar las obras y servicios de prestación metropolitana, para lo que cuentan con las potestades administrativas de los entes locales territoriales.
A la vista de lo expuesto, cabe señalar que la figura de las áreas metropolitanas ha sido de escasa utilización, pero se aprecian algunas experiencias en Andalucía, Valencia, País Vasco (Bilbao), Galicia y Cataluña (Barcelona).
A pesar de ello, surge de nuevo el debate de recuperar este tipo de estructuras para dar respuesta adecuada a los problemas espacios metropolitanos interrelacionados con evidentes necesidades de planificación de infraestructuras y prestación de servicios (Carro, 2006:p.10).
En este sentido, se observa a escala comunitaria que el área metropolitana evoluciona hacia un conjunto formado por una ciudad muy grande o ciudades importantes policéntricas rodeadas por otros municipios y zonas rurales 3, de manera que hay que buscar un modelo de organización y gobierno adecuado que garantice su desarrollo equilibrado desde el punto de vista económico, social y medioambiental, y que asegure la prestación de servicios de ese carácter.
Igualmente, esta evolución empieza a ser asumida de modo incipiente en el derecho, así por ejemplo, la ley 2/2001, de 11 de mayo, de creación y gestión de áreas metropolitanas de la Comunidad Valenciana, considera no sólo que entre
Igualmente ante la necesidad de una ley autonómica que señale sus funciones, la STC 214/1989, f.jco.4.o en relación a las comarcas, áreas metropolitanas y demás entidades locales, establece que en estas organizaciones se produce un fuerte grado de interiorización autonómica al corresponder en exclusiva a las Comunidades Autónomas determinar y fijar las competencias de las entidades locales que procedan a crear en sus respectivos ámbitos territoriales, circunstancia de conlleva una redistribución de las mismas con el límite de que esa reordenación no puede afectar a la autonomía local que alcanza a las entidades territoriales.
Normalmente pueden desempeñar la planificación, coordinación y gestión supramunicipal de servicios u obras de interés supramunicipal y que se desarrollará mediante un programa de actuación 5.
He aquí la doble vertiente de las áreas metropolitanas: unas entidades prestadoras de servicios municipales, sin que puedan suplantar a los municipios en la totalidad de sus funciones reconocidas en la ley 6, y como unas entidades de índole coordinadora para la coordinación de las distintas políticas sectoriales que afectan a un territorio, por ejemplo para la coordinación de infraestructuras técnicas y sociales que requieren una población suficiente para optimizar el uso del servicio.
Por su trascendencia práctica, las funciones urbanísticas podrían ser parte de las competencias de las áreas metropolitanas pues en ocasiones demandan una visión completa de un territorio que agrupa varios términos municipales desde el punto de vista económico y social.
Dentro de este contexto, pueden actuar con funciones bien en el planeamiento urbanístico sobre todo en la fase de elaboración de los planes para establecer las bases de una más adecuada y racional ordenación territorial, o bien en la disciplina urbanística para la imposición de sanciones derivadas de infracciones que afecten a intereses generales metropolitanos (Barrero, 1993:191).
La atribución de funciones de colaboración de los entes locales en la elaboración de los planes fue asumida por la Entidad Metropolitana de Barcelona, y objeto de recurso contencioso-administrativo en la STS de 29 de mayo de 1998, pues de acuerdo con el Estatuto de Autonomía de Cataluña es posible la agrupación de municipios basadas en hechos urbanísticos 7.
Como consecuencia de su base física compuesta por la población existente en aglomeraciones urbanas propias de las los núcleos de población de los municipios integrantes exista vínculos económicos y sociales sino también vínculos urbanísticos que hacen necesario la planificación 4 y gestión coordinada de ciertas obras y servicios, poniendo de manifiesto la presencia de una red de núcleos poblacionales alrededor de las ciudades policéntricas.
Sin más, es reflejo de que en el área metropolitana se incluyen centros urbanos como núcleos de actividad y lugar de encuentro de otras poblaciones dentro de la conurbación entre los que existen enlaces urbanísticos (infraestructuras o transportes).
La respuesta jurídico-administrativa a esta situación de la realidad geográfica debe concretarse en el marco normativo de las áreas metropolitanas como entidad local, donde habrá que determinar una cuestión de gran complejidad y trascendencia, que no es otra que la delimitación del ámbito competencial metropolitano, concretando qué servicios y qué obras son de realización obligatoria.
SITUACIÓN ACTUAL EN LA LEGISLACIÓN VIGENTE: OBJETIVOS Y FUNCIONES METROPOLITANAS
De acuerdo con el artículo 43.2 LBRL, las áreas metropolitanas se configuran como una entidad con fines específicos a las que se encomiendan actividades determinadas en relación con los servicios y obras de competencia municipal que han de ser objeto de planificación conjunta y de coordinación.
En consecuencia, corresponde a la ley autonómica de creación de dicha entidad la determinación de los servicios y obras de realización metropolitana en el espacio sobre el que ejerce sus competencias, adquiriendo por ello, en ocasiones, un marcado carácter sectorial.
Como indica la STS de 29 de mayo de 1998, f. jco 8.o "la justificación de esta potestad del legislador autonómico está en la constancia de que determinadas necesidades no pueden resolverse o se solucionan peor por los entes territoriales cuya existencia es una exigencia del bloque de constitucionalidad.
Por otra parte debe señalarse que estas agrupaciones supramunicipales no pueden tener fines de carácter general, ya que esto significaría suplantar a los entes territoriales que gozan de garantía institucional, sino que tienen carácter funcional y fines concretos y determinados". ciudades policéntricas, las áreas metropolitanas presentan problemas relativos al sistema de transportes, dotación de espacios verdes, infraestructuras o protección del ambiente en general.
La observación de este fenómeno permite identificar determinados servicios locales aptos para una prestación supramunicipal: a) abastecimiento, saneamiento y eliminación de aguas residuales b) recogida y tratamiento de residuos c) transporte público d) ordenación del trafico de vehículos y personas en las vías urbanas e) prevención y extinción de incendios f) abastos y mataderos.
En todo caso, en lo que se refiere a sus funciones, la tendencia a escala europea se centra de manera más acentuada en los graves problemas de cohesión social y desequilibrio territorial, pues la dispersión del domicilio, centro de trabajo y lugares de ocio supone una necesidad creciente de desplazamiento, e implica que las áreas metropolitanas se convierten en una oportunidad esencial para restablecer ese equilibrio social y territorial mejorando así de forma significativa el nivel de vida de la población puesto que los habitantes de estas zonas tienen una preocupación mayor por la calidad del medio ambiente natural y físico 8.
A este respecto cabe señalar que la necesidad de estar cerca de los servicios acelera la concentración de la población, los municipios triplican su población debido a los nuevos desarrollos residenciales gracias al boom de la construcción, en este sentido, los estudios muestran que la población está cada vez más concentrada pero no necesariamente en núcleos compactos, es el fenómeno que se denomina "urbanización de forma desconcentrada" (Gozalvez, 2007) 9 que trata de evitar la masificación de la población en el núcleo poblacional, beneficiándose las zonas periurbanas de las ciudades, extremo que conlleva problemas medioambientales y de movilidad que requieren una adecuada planificación.
INTENTOS FRACASADOS EN LA CREACIÓN DE LAS ÁREAS METROPOLITANAS
En nuestro ordenamiento, a pesar de su escaso éxito, ha habido intentos de dar mayor protagonismo a las áreas metropolitanas por estar esencialmente configuradas como administraciones de carácter urbano.
Así, ha sido posible desarrollar algunos instrumentos de gobernanza metropolitana con un marco institucional propio y con unas características especiales dependiendo de ámbito de aplicación.
Algunas Comunidades Autónomas han hecho uso de esta posibilidad: un ejemplo práctico en esta materia fue la ley de 31 de diciembre de 1986, de la Comunidad Valenciana por la que se crea el Consejo Metropolitano de la Huerta, suprimido después por la ley autonómica 8/1999, de 3 de diciembre, pues había que buscar fórmulas de gestión más ágiles.
Esta entidad metropolitana sustituía a la vez a la Corporación Administrativa del Gran Valencia, que se ocupaba del control del cumplimiento del Plan General de esa ciudad.
Por esa norma, las competencias urbanísticas se traspasan a los municipios y el área metropolitana de la Huerta, integrada por cuarenta y cuatro municipios, queda entre sus atribuciones específicas las relativas al "ciclo hidráulico, residuos sólidos, urbanismo, incendios, mataderos, transporte e infraestructura".
También se establecen los ámbitos materiales de aplicación, la RAMÓN MARTÍN MATEO Y M.a TERESA CANTÓ LÓPEZ coordinación, planificación y la gestión supramunicipal de las materias de su competencia que debe ejercerse mediante un consorcio o mancomunidad.
Disfuncionalidades en la gestión hicieron que la Ley 4/1995, de 16 de marzo, reconociese que las competencias del Consell Metropolitá de L'Horta son de carácter local, de modo que no puede invadir, excepto delegación expresa, competencias autonómicas o estatales, y en consecuencia, su alcance queda reducido a la prestación asociada de servicios municipales.
Además, en los años noventa y en el arco mediterráneo ha habido intenciones más ambiciosos de consorcios o áreas para gestionar y ordenar desde un Consejo el triángulo de Alicante-Elche-Santa Pola 11, con la finalidad de ofrecer suelo para actividades atractivas para las empresas con el encargo de velar que esa promoción se realice en términos de desarrollo ecológicamente sostenible.
Sin embargo, esta tentativa quedó frustrada y sustituida por la elaboración por la administración autonómica de un plan de acción territorial de carácter integrado del entorno metropolitano Alicante-Elche.
En este caso, el Plan determinará cuáles son las necesidades de infraestructuras, equipamiento, áreas protegidas y espacios residenciales, como se verá más adelante.
Otro ejemplo que no ha cumplido las expectativas de planificación deseadas es el caso de Bilbao 12, integrado por unos 44 municipios y una población cercana al millón de habitantes.
Su desaparición estuvo causada tanto por la falta de una ordenación territorial integrada como por la posición institucional de las diputaciones forales en detrimento de los ayuntamientos.
Para entender esa situación de hecho, es necesario conocer que el área metropolitana de Bajo Nervión sufría una intensa degradación medioambiental fruto de su industrialización que necesitaba de una gestión integrada.
En el plano físico, la ría del Bajo Nervión soportaba una industria pesada a ambos lados donde también se concitaban áreas residenciales, de modo que pronto resultó evidente que se trataba un espacio con gran actividad pero sin una ordenación del territorio, aspecto que motivó aún más la degradación ambiental de ese entorno; contaminación atmosférica, malos olores, congestión de trafico, contaminación de aguas, ausencia de zonas verdes, etc. Por consiguiente, este intento conlleva la desaparición de la Corporación Administrativa del Gran Bilbao, imponiéndose un tratamiento urbanístico integra-do de todo el Área y la atribución de sus funciones a la diputación foral.
Otro caso paradigmático del fenómeno metropolitano, es el caso de Barcelona.
Aquí, la ley de 7 de abril de 1987, del Parlamento catalán, extingue la Entidad municipal metropolitana de Barcelona, creando varias entidades de naturaleza no territorial para regular las actuaciones públicas especiales en la conurbación de Barcelona y en las comarcas comprendidas en la zona de influencia.
Por esta reforma 13, la administración autonómica se reserva la planificación territorial de ámbito metropolitano, la planificación y ordenación del sistema de viajeros y la planificación hidráulica, pero las dos entidades creadas asumen las funciones de transporte para un espacio menor y de tratamiento de residuos para un espacio intermedio dentro de sus límites administrativos.
Más tarde, este sistema metropolitano se regula desde el Plan Estratégico que integra a 35 municipios con una población de más de tres millones de habitantes acompañado de una estructura institucional formada por: un Consejo General, una Comisión Delegada comisiones sectoriales y un consejo de desarrollo estratégico metropolitano.
Ciertamente, cabe destacar, no obstante, un importante grado de similitud en la situación de los espacios metropolitanos pues presentan necesidades comunes que se refieren a un requerimiento de una acción coordinadora en su planeamiento municipal y demandas en la prestación de servicios (Barrero, 1996: p 43).
En este sentido, con un planteamiento innovador, la ley valenciana 2/2001, de 11 de mayo, de creación y gestión de áreas metropolitanas, prevé la posibilidad de crear entidades metropolitanas sectoriales para aquellos flujos urbanos que requieran la prestación de un determinado servicio público, más eficaces, pues dichas entidades contarán con un programa de actuación para el establecimiento y prestación de los servicios correspondientes; por consiguiente, se acentúa así la descentralización territorial y la simplificación de la estructura administrativa de que disponen al contar con una organización operativa (Asamblea, Presidente, Comisión de gobierno y entes instrumentales a su disponibilidad) y unas reglas de funcionamiento que las dotan de agilidad y eficacia.
En cualquier caso, la ordenación del territorio, entendida como una acción pública destinada a conseguir una digna
LA REVITALIZACIÓN DE LOS ESPACIOS
METROPOLITANOS EN LA PLANIFICACIÓN TERRITORIAL
En un principio se advierte que las áreas, o mejor dicho los espacios metropolitanos se han traducido en motores de crecimiento económico con nuevos retos económicos, sociales y ambientales, siendo territorios esenciales para la innovación, tecnología 14, nudos de transporte y centros de investigación, cumpliendo así los objetivos de la Estrategia de Lisboa.
De ahí, que en determinadas ocasiones haya intentos de identificar las áreas metropolitanas en atención a otros criterios 15, como sus funciones ambientales, puesto que uno de sus inconvenientes es la falta de precisión de sus límites.
Por este motivo, en Alemania identifican sus áreas metropolitanas en atención de las funciones atribuidas pero otras veces realizan una regionalización por temas: cultura, deporte, sostenibilidad y paísajes para determinar el territorio en cuestión (región de Nuremberg).
En Reino Unido, se desarrollan bajo una gobernanza de abajo arriba denominada "Northen Way" que se caracteriza porque las decisiones de gobierno quedan incluidas en tres agendas: una agenda de cohesión social, una agenda de competitividad y una agenda medioambiental para mejorar la calidad de vida y preservar los recursos naturales, pues en esta concepción se entiende que las áreas metropolitanas son el nivel más adecuado para realizar estas políticas.
También, Italia ha acogido este sistema de abajo arriba creando tres áreas metropolitanas en torno a Roma, Nápoles y Milán.
En consecuencia, la evolución de tales espacios difiere en las distintas regiones de Europa a diferencia de España, donde las áreas metropolitanas no pueden agrupar municipios de distintas Comunidades Autónomas, en Europa no existen estas limitaciones, cabe citar "Centrope", región integrada por Viena-Brastislava-Brnö-Gjör, situadas en cuatro países diferentes o Copenhage-Malmö (Dinamarca y Suecia), o la Randstad en Países Bajos.
Quizás la dinámica social y económica de la población ha hecho obsoleta la organización político-territorial de ca-rácter estrictamente municipal para gestionar los grandes servicios, de forma que se piensa en la virtualidad de las áreas metropolitanas para armonizar competencias de los municipios en relación con los grandes servicios: transportes, agua, residuos, etc. Sin embargo, si se atiende a las estadísticas de distribución de la población se observa que las zonas rurales cercanas a la ciudad incrementan cada vez más sus habitantes configurando áreas metropolitanas de carácter espontáneo debido a la urbanización desmesurada pero sin ningún reflejo normativo o regulador por parte de las administraciones públicas.
Esta situación provoca determinados efectos en cuanto a la trasformación del paisaje 16, aumento de los riesgos ambientales y contaminación de los ecosistemas, entre otros, y que no son desconocidos desde la ordenación del territorio.
De ahí que recientemente se adoptan mecanismos no formales de gobernanza metropolitana a través de una planificación estratégica sin un marco metropolitano institucional fundamentado en la competencia de ordenación del territorio, exclusiva de las Comunidades Autónomas, como muestra el caso valenciano.
La planificación estratégica desarrolla mediante los Planes de Acción Territorial, para un ámbito territorial concreto o en el marco de un sector específico, los objetivos y criterios reconocidos en la legislación valenciana de ordenación del territorio o de la estrategia territorial de la Comunidad Autónoma.
Así, el ámbito de tales instrumentos puede comprender en todo o en parte varios términos municipales, de modo que se convierten en instrumentos de ordenación supramunicipal que de modo integrado establecen el modelo global de desarrollo y ocupación del suelo.
Respecto de estos planes cabe resaltar la vinculación directa 17 de su normativa y determinaciones para los planes generales de cada municipio.
Dentro de los planes de acción territorial resulta fundamental la definición de los objetivos con un grado de concreción suficiente para orientar la ejecución de las estrategias del plan, aspecto primordial en el caso de los planes de acción territorial integrados de ámbito metropolitano cuyo objetivo esencial consiste en la definición de proyectos metropolitanos.
De acuerdo con la normativa valenciana, se consideran como tales "aquellos proyectos que por su carácter supramunicipal y su ámbito metropolitano, constituyen acciones orientadas a crear o modificar reservas dotacionales e infraestructuras, públicas o priva-
das, de relevante función respecto del área metropolitana objeto del plan de acción territorial integrado" 18.
Hemos señalado más arriba, que estos planes han de ajustarse a los objetivos y criterios fijados en la ley valenciana 4/2004, de 30 de junio, de ordenación del territorio y protección del paisaje 19.
La norma reconoce que los poderes públicos promoverán la mejora de la calidad de vida mediante acciones como la conservación y el aprovechamiento eficiente de los recursos naturales y la mejora de la calidad ambiental, y en consecuencia diseña dos grupos de criterios de ordenación territorial: la calidad de vida de los ciudadanos y el desarrollo sostenible.
El primer grupo comprende acciones para la mejora de entornos urbanos donde se incluyen medidas para lograr la mejora de la calidad ambiental y la integración del paisaje periférico, acciones para accesibilidad, movilidad y transporte urbana, así como equipamientos y dotaciones públicas como la previsión de zonas verdes.
El segundo grupo, los criterios de desarrollo sostenible 20 comprenden los siguientes objetivos: la protección del paisaje, pues éste actúa como criterio condicionante de los nuevos crecimientos urbanos, la utilización racional de los recursos naturales y del suelo, la prevención de riesgos naturales e inducidos (como los incendios), la ordenación del litoral, aprovechamientos minerales, uso eficiente de los recursos hídricos (ecosistemas acuáticos), protección del medio natural, revitalización del patrimonio rural donde se pretende la protección de la Huerta como espacio acreditado de valores medioambientales importantísimos, la mejora de la calidad de los recursos hídricos y el uso sostenible del agua 21.
Junto a esto, cabe considerar que los planes de acción territorial integrados tienen como objeto analizar la información territorialmente relevante en su ámbito de actuación y en concreto la relativa al medio físico, al paisaje, al patrimonio cultural, a los asentamientos de la población, infraestructuras y el sistema productivo 22.
De ahí que los planes de acción territorial coadyuven a la identificación y consolidación de determinados elementos del medio físico, y por ende, también de los entornos metropolitanos.
En particular, el Plan de Acción Territorial del Entorno de Castellón (PATECAS) describe un modelo territorial futuro centrado tanto en la consolidación de las áreas agrícolas (citrópolis) junto aquellas residenciales y de ocio, como en el reforzamiento de los corredores ecológicos que se conectan con las áreas paisajísticas de las sierras y el litoral.
Se trata, básicamente de la conservación del entorno de Castellón en cada término municipal que se desarrolla de modo compatible con las vías de comunicación entre los principales núcleos de población de Castellón, Almazora y Vila-real, los cuales aparecen como fenómenos de conurbación que exigen un planteamiento supramunicipal.
En este ámbito, el Plan de Acción Territorial reafirma su objetivo de aumentar la permeabilidad entre las poblaciones y ordena los espacios intersticiales mediante la creación de un bulevar metropolitano que actúa como eje vertebrador del Entorno.
Por último, el Plan determina un proyecto para el litoral basado fundamentalmente en el desarrollo de infraestructuras y la puesta en valor de las áreas naturales aplicando criterios de sostenibilidad.
También, el Entorno metropolitano Alicante-Elche 23, con una población superior a 6.000.000 de habitantes, constituye un conjunto urbano de gran potencial económico y se concentra principalmente en Alicante y su área de influencia; la actividad industrial se concentra en Elche y Crevillente por lo que resulta esencial articular el territorio.
Se aprecia que el proceso de urbanización ha sido intenso y se ha producido de forma extensiva, aumentando la población de los núcleos intermedios, en detrimento de otras opciones más integradoras y sostenibles desde el punto de vista ambiental.
Este modelo de ocupación del suelo es altamente consumidor de este recurso y el origen de otros efectos negativos como el consumo de agua, la calidad paisajística, infraestructuras, etc. Este Plan de Acción Territorial propone un modelo de desarrollo urbanístico coherente donde se consoliden las estrategias de los grandes núcleos urbanos, se facilite la accesibilidad a los mismos mediante una estrategia de intermodalidad en el transporte y se alcance una concepción de sostenibilidad del territorio, pues apuesta por la protección activa, recuperación y puesta en valor del medio natural mediante actuaciones ambientales sobre el agua, suelo, paisaje y conservación de los recursos naturales.
El Plan de Acción Territorial utiliza el entorno metropolitano para planificar una racionalización del proceso de ocupación del suelo y armonizar las ciudades con el entorno rural.
En este contexto, se fija un objetivo común en cuanto a la revitalización de las áreas degradadas al prever
actuaciones concretas de protección de zonas húmedas, dunas, ecosistemas naturales y medidas de protección frente a riesgos naturales como inundaciones y peligros de deslizamiento; en este sentido, se adoptan medidas de corrección hídrico-forestal como la delimitación y recuperación de cauces de gran potencial ambiental.
En resumen, el modelo territorial previsto por el Plan prevé un sistema integrado vinculado directamente con el medio ambiente, las infraestructuras y la ordenación urbanística.
Con las medidas citadas anteriormente persiguen tanto la transformación de los espacios y el mantenimiento de las medidas limitativas en la protección de espacios naturales para la mejora funcional y conservación de los espacios libres metropolitanos.
Descendiendo a su dimensión ambiental, el Plan apuesta por la instauración de un sistema verde metropolitano constituido por las áreas protegidas, una red de itinerarios ecoturísticos cerrado al tránsito de vehículos y la creación de tres parques metropolitanos 24 para regenerar las zonas periurbanas.
A pesar de estas previsiones, estos instrumentos de planificación no van acompañados de una estructura administrativa propia de las áreas metropolitanas, de modo que la gestión y coordinación de estos espacios en la ordenación territorial queda asumida en gran parte por los municipios a través de sus planes generales en múltiples aspectos: red de infraestructuras, tratamiento medioambiental, turismo, actividades productivas, etc. En este contexto, los entes locales han de respetar un objetivo clave marcado a nivel comunitario 25: la ruptura del vínculo entre crecimiento económico y degradación medioambiental requiere el control, la reducción y estabilización de los flujos de energía, materia y residuos correspondientes que alimentan el sistema económico antes de volver al ecosistema con formas menos aprovechables; esto se traduce en que el porcentaje de regeneración de los recursos renovables sea igual o superior a la suma de porcentajes de utilización de los recursos renovables y que el ritmo de producción de residuos sea menor al de su regeneración por sistemas naturales.
Esto implica que deben ponerse en marca mecanismos para compatibilizar el uso y aprovechamiento de los servicios ambientales con la funcionalidad sociológica del territorio.
Este principio está presente en la dinámica de distintos instrumentos previstos en la ley valenciana 4/2004, de 30 de junio, de ordenación del territorio y protección del paisaje, siendo enteramente aplicable a los planes de acción territorial sobre el entorno metropolitano: a) la utilización racional del suelo y el mecanismo de la cesión de suelo no urbanizable protegido (1 m2s*1m2s) con ocasión de una reclasificación de suelo no urbanizable en suelo urbanizable; así, imperativamente los crecimientos urbanísticos y los proyectos de incidencia territorial significativa deben ser definidos bajo criterios de generación de menor impacto sobre el territorio y menor afección a valores y recursos naturales 26 presentes en el mismo.
Por su parte, también el principio de equilibrio se presenta en los crecimientos urbanísticos, pues el legislador autonómico ha querido que el porcentaje del recurso suelo consumido se regenere en suelo no urbanizable protegido; así, cuando se realice una clasificación de suelo no urbanizable en suelo urbanizable por cualquier medio conforme a la ley urbanística, se tendrá que ceder gratuitamente a la administración pública (local o autonómica) suelo no urbanizable protegido con una superficie igual a la reclasificada de acuerdo con una serie de condiciones establecidas en la ley 27.
Los terrenos cedidos pasan a ser considerados como parque publico natural en el planeamiento general del municipio.
Esta directriz imperativa e instrumento de sostenibilidad del recurso suelo adquiere una mayor relevancia ambiental si cabe al tener en cuenta la clase de terrenos susceptibles para poder reclasificar en atención al orden de preferencia de acuerdo con el principio de jerarquía determinado reglamentariamente 28: aquellos declarados formal y expresamente como suelo protegido en aplicación de la legislación de espacios naturales protegidos y legislación forestal, aquellos terrenos en los que se haya iniciado un procedimiento para declararlos como tal, suelos pertenecientes a entornos de protección, amortiguación de impactos, preparques, corredores biológicos y suelos no urbanizables de protección especial, y finalmente los terrenos declarados como suelo no urbanizable protegido de forma expresa y formal en el planeamiento territorial y urbanístico. b) los propios de la gestión territorial y que tienen por objeto la materialización de los objetivos y criterios de la ordenación territorial, calidad de vida y desarrollo sostenible, definidos en los citados planes, de forma que los RAMÓN MARTÍN MATEO Y M.a TERESA CANTÓ LÓPEZ municipios pueden utilizar ciertos instrumentos para garantizar tanto la protección del territorio y el paisaje como el consumo racional de los recursos, y son los siguientes:
-los programas y proyectos para la sostenibilidad y calidad de vida 29: los ayuntamientos pueden destinar fondos a programas que comprenden la prestación de servicios, a la recuperación medioambiental, paisajística, mejora del medio rural, la agricultura o el patrimonio cultural, entre otros. -los umbrales de consumo de recursos y emisión de contaminantes 30: si los municipios, con las actuaciones previstas en sus planes no deben sobrepasar los indicadores de consumo de recursos, especialmente, agua, suelo, energía y de emisión de contaminantes al suelo, agua o atmósfera fijados por la administración autonómica, ya que en caso contrario deberán contribuir a través de cuotas de sostenibilidad 31 al fondo de equidad territorial y a financiar programas o proyectos para la sostenibilidad y calidad de vida de los propios municipios.
Sencillamente, las cuotas son las aportaciones económicas derivadas de las acciones consumidoras de recursos o emisoras de contaminantes. -los sistemas de coordinación y control del cumplimiento de los objetivos y criterios de ordenación territorial fijados en la ley y los instrumentos de planificación territorial Finalmente, a los efectos de declarar la virtualidad de las áreas metropolitanas como cabe concluir que constituyen una escala adecuada para resolver los problemas ambientales en el territorio en aras de lograr la sostenibilidad tan ansiada, sin embargo la estructura administrativa prevista en la legislación autonómica para esta tipología de entidad local todavía hereda un escollo importante, y que no es otro que la determinación de las funciones y competencias de las áreas metropolitanas en la protección del ambiente, pues hoy por hoy son competencias propias de los entes locales (municipios y diputaciones), y a nivel supralocal de las Comunidades Autónomas.
Este inconveniente pone freno a la articulación institucional de las áreas metropolitanas para los fines de protección del ambiente y del territorio.
No obstante, por encima de todo, la planificación territorial, economía, transporte y medio ambiente forman en armonía (Martín, 1988: p.
18) los elementos indispensables para gestionar adecuadamente el área funcional más allá de las divisiones administrativas, de la titularidad de los servicios y de las formas de prestación de los mismos. |
El análisis de rituales performativos de memoria supone un reto metodológico para la investigación social interpretativa, ya que las interacciones rituales están inscritas en un contexto más amplio, que está determinado por las tradiciones simbólicas y por los acuerdos institucionales que configuran el marco de las ceremonias.
A partir del estudio de ceremonias conmemorativas del Día Internacional de Recuerdo del Holocausto se mostrará la interconexión en el análisis de estos distintos niveles.
Para ello nos basamos en datos videográficos de un proyecto de investigación en curso sobre ceremonias de memoria del Holocausto en Espana y Alemania, que examina la tesis sobre una incipiente "cultura de la memoria global".
En el análisis de los materiales seguimos enfoques metodológicos que provienen de la sociología del conocimiento hermenéutica y la sociología de géneros comunicativos.
Este texto se basa en una conferencia presentada en el Congreso Alemán de Sociología que tuvo lugar en Jena en 2008.
Una versión anterior está incluida en las actas del congreso: Bernt Schnettler, Alejandro Baer, Dariuš Zifonun: "Transnationale Gedächtniskultur?
Ritualablauf des 'Día Internacional de la Memoria del Holocausto y de Prevención de los Crímenes contra la Humanidad', 27. |
La sacralización de la persona: Sociohermenéutica de los valores
Este trabajo analiza los cambios sociales de la religión en nuestras sociedades.
Aunque los sociólogos clásicos anunciaron su desaparición, la religión perdura en la sociedad actual pero con un rostro secular.
Uno de sus símbolos es la persona.
Emile Durkheim habló de la "sacralización de la persona" como una nueva expresión de lo sagrado.
Recientemente Hans Joas aborda el problema de los valores y dialoga con Durkheim para explicar las nuevas formas de lo sagrado.
La persona sería el valor universal que incluye a todos los hombres independientemente de su cultura, género, creencias religiosas, etc. Los Derechos Humanos son la institución que representa la nueva divinidad secular de la persona.
Ha sido una constante en el proyecto científico de la modernidad la alta valoración otorgada al horizonte de los hechos empíricos como fuente de conocimiento incuestionable.
Las lógicas y las regularidades que explican el curso de las cosas y, en especial, el orden natural que las gobierna, solo pueden desentrañarse atendiendo con detalle al discurrir de la experiencia aparentemente caótico e imprevisible.
Los determinismos rectores de la vida natural que proclamó la ciencia natural con el advenimiento de la modernidad fueron incorporados al horizonte de la filosofía y las ciencias sociales decimonónicas.
Bajo el primado de la metáfora de la biología, el objeto propiamente cultural (o social), al igual que el natural, opera desde un mecanismo inexorable que dirige sus procesos y que elimina cualquier tipo de accidente y contingencia en los mismos.
La cuestión hermenéutica del significado de los hechos naturales y los actos humanos se ignora porque el guión, el único guión que relata el curso de los acontecimientos, el de la evolución y la diferenciación funcional, se impone sin dejar espacio a la intervención humana en el entorno que habita.
El componente contingente de la acción y la voluntad humanas queda anulado en un modelo de comportamiento que, en la ciencia natural y social, se reafirma en el afán de control y anticipación del futuro.
Hasta ese momento, al decir de Michel Foucault, "el mundo está cubierto de signos que es necesario descifrar" (1989, 40).
A partir de ahora, el mundo de la experiencia pierde su espesor simbólico y el anuncio profético de desencantamiento del mundo que Max Weber predijo para Occidente se abre paso como el hecho incontrovertible que define el impulso racionalizador y secularizador de la modernidad.
En este contexto cultural definido por la hegemonía incuestionable de los hechos empíricos uno de los datos incontrovertidos es la paulatina desaparición de la religión de los marcos de convivencia social.
En los albores del pensamiento sociológico (A. Comte, H. Spencer, K. Marx, G. Simmel) se anuncian sus últimos días toda vez que la iniciativa humana se hace cargo de la gestión y organización del diseño social.
Las contribuciones de la razón científica constituyen un instrumento de alcance desconocido para penetrar y, así, controlar los misterios más recónditos de la cosas.
El hombre moderno sueña con habitar un mundo transparente en el que nada escapa a su ilimitada capacidad de conocimiento.
Lo sagrado, como núcleo de la experiencia religiosa y límite (hasta entonces) de la razón humana, se constriñe en el escenario moderno secularizado y deja el territorio expedito para la orientación racional y estratégica de los individuos.
El horizonte de experiencia se pliega a la voluntad de conocimiento y el control científico luego de haber despojado de interrogantes de ultimidad y de trascendencia la experiencia humana.
Sin embargo, la misma tozudez de los hechos, que un siglo antes ofrecía una convivencia transida de racionalización, hoy revela la resistencia de la experiencia religiosa a abandonar los actuales modelos sociales.
Ha vuelto o, en realidad, nunca ha dejado de estar.
Si acaso, ha buscado nuevas espacios para expresarse.
Lo sagrado habita la experiencia contemporánea a pesar de su pálpito secular.
El dominio ultraterreno ya no constituye su referencia.
En la experiencia circundante el hombre de nuestro tiempo encuentra señales, signos y símbolos que invitan a la lectura e interpretación de surcos de trascendencia en medio de un entorno secularizado.
Instalada en la dimensión intramundana, la religión se incorpora a la vida individual como foco de experiencias de ultimidad.
La huella de lo divino se hace carne en instituciones, organizaciones y valores transidos de un valor absoluto.
El trabajo hermenéutico se reivindica como tarea indagatoria que interroga a los hechos sociales para ahondar en sus pautas de sentido.
Instituciones de nuestro tiempo como el Tribunal Internacional de la Haya, la ONU y, en especial, los Derechos Humanos, expresan un discurso simbólico cargado de resonancias semánticas evocadoras de un nuevo foco de sacralización, la persona.
Aunque fue Emile Durkheim el que anticipó esta nueva disposición del núcleo sagrado de nuestra sociedad que se expresa en lo secular, como un simbolismo laico (como el jurídico-legal) y en un tono que favorece la inclusión de la pluralidad inherente a la extensa familia humana, es el sociólogo alemán Hans Joas el que, desde un horizonte de pensamiento integrador de los enfoques hermenéutico y neopragmatista, hace suya aquella herencia durkheimiana para entrar en el debate sobre los valores, sus procesos de formación y su articulación social en los modelos sociales actuales cargados de contingencia.
A la base de esta indagación teórica se encuentra el supuesto hermenéutico de que en la convivencia social rige una objetividad al igual que en los procesos naturales, pero con la diferencia de que su origen es social, "resultado de la intersubjetividad" (Alonso, 1998, 28) y sustentada en una interpretación simbólica que galvaniza y selecciona eso llamado "mundo" y "realidad".
En esa interpretación se expresa la dimensión creativa de una sociedad que, en sintonía con el pensamiento nietzscheano, ha infundido valor al desnudo y anónimo horizonte de los hechos empíricos.
Ese valor es la persona.
En ella se siente reconocida la inmensa mayoría de los individuos contemporáneos.
Una vez más, al decir de Miguel Beltrán, "la realidad social exige ser interpretada, hecha inteligible gracias a la indagación de su sentido, un sentido 'socialmente puesto'" (2003, 21).
NUEVOS EPISODIOS DE LO SAGRADO: LA PERSONA
Una de las voces más autorizadas en el pensamiento sociológico, Emile Durkheim, defendía en Las formas elementales de la vida religiosa que lo sagrado no desaparecería en el transcurso del trance moderno porque constituye el elemento desencadenante de las tramas de valor de la vida intersubjetiva.
El texto se publica en 1912, en pleno descrédito del hecho religioso acosado por una atmósfera hostil y adversa ante cualquiera de sus expresiones sociales.
Durkheim advierte que las sociedades no pueden sobrevivir ni cohesionarse sin formas de veneración que convoquen a sus integrantes en una narrativa común.
Necesitan formas simbólicas con las que proyectarse como un horizonte compartido elevado.
En sus propias palabras, "una sociedad no puede crear ni recrear sin crear, a la vez, el ideal.
Esta creación no constituye para ella una especie de acto subrogatorio por medio del cual, una vez ya formada, se completaría: constituye el acto por el que se hace y se rehace periódicamente" (1992, 393).
Esta afirmación cobra especial relevancia para las sociedades modernas debido a su diseño institucional basado en el modelo de la diferenciación funcional y la especialización técnica.
Más que nunca, las sociedades contemporáneas necesitan una argamasa simbólica que reúna en un valor compartido la complejidad funcional y la multiplicación identitaria que las caracterizan.
Se trata del soporte semántico en el que, a pesar de la fragmentación reinante, se reconocen y se identifican los miembros de la sociedad, más allá de sus biografías personales, orígenes culturales y actividades profesionales.
En él perdura el surco de un Nosotros que aglutina al conjunto de los habitantes del planeta en torno a un destino común, a modo de una moral laica y en calidad de un sistema de valor cultural integrador de la variedad del fenómeno humano.
Su proceso formativo responde a la fuerza instituyente de lo sagrado que retorna periódicamente ofreciendo cauce expresivo a los nuevos sistemas de creencias.
Durkheim añade que nuestros modelos de convivencia, como el resto de las sociedades precedentes, integra en su articulación interna la fibra moral de la creencia pero orientándola hacia el horizonte intramundano.
Así las cosas, ideales como la Patria, el Progreso, la Razón científica, la Persona, condensan la capacidad idealizadora que encierra la presencia de lo sagrado.
Las nuevas esperanzas sociales se sitúan entre las cosas pertenecientes a la experiencia empírica y relucen y brillan con especial intensidad porque en ellas, de una u otra forma, se encuentra el poder humano capaz de gestionar su propia biografía y el curso de la historia sin apoyo metafísico ultraterreno.
La religión ha dejado de sacralizar el más-allá del dominio intramundano, pero no por ello se ha esterilizado su capacidad de idealización y condensación simbólica.
Tan solo se ha desplazado su orientación.
Se encarna en instancias y realidades que se confunden con lo más próximo y cercano.
En ellas palpitan intensamente las creencias contemporáneas y se proyectan las esperanzas de la sociedad en un mundo venidero colmado de plenitud.
En la experiencia de lo sagrado tiene lugar la proyección de valor sobre un entorno empírico al que carga de sentido.
Se trata de la interpretación hermenéutica de la vida social que confiere unidad moral y cognitiva al conjunto heteróclito de la experiencia circundante.
De este modo, hechos brutos se convierten acontecimientos significativos y trascendentes: al sacralizarse devienen valor.
Más que un problema reducido a creer o no creer, la experiencia de lo sagrado retorna desatando los valores con los que los actores cubren de sentido los cursos rutinarios y previsibles de su tiempo.
En ellos se juegan sus relaciones de autoidentificación simbólica, los proyectos de una vida significativa y la redefinición de la situación (global) en la que viven.
A juicio de Durkheim, lo sagrado se expresa en una proyección común.
Su mayor contribución al devenir de la vida colectiva consiste en aglutinar en un ideal compartido al conjunto diverso y complejo de la sociedad moderna.
Alza a los actores por encima de los afanes utilitaristas de cada miembro ofreciéndoles un horizonte cargado de sentido que abre la puerta a la cooperación y al entendimiento e infunde valor y orientación a sus proyectos vitales.
Se constituye en pauta de valor porque representa al conjunto que se encarna en cada uno de ellos, porque goza de una autoridad de la que nadie duda, porque genera adhesión afectiva entre las biografías individuales.
En palabras del propio Durkheim, "la sociedad ideal no está por fuera de la sociedad real, sino que forma parte de esta" (Ibid., 394).
A lo largo del trabajo "Individualismo y los intelectuales" (1973), Durkheim indaga en los cimientos hermenéuticos que encarnan los valores rectores de las sociedades contemporáneas.
En el individuo se concentran las características que definen la religión para Durkheim en tanto "cuerpo de creencias y prácticas colectivas revestidas de una cierta autoridad" (Ibid.,51).
Según sus propias palabras, "esta persona humana (personne humaine), cuya definición es la piedra toque que distingue el bien del mal, se considera como sagrado en el sentido ritual de la palabra.
Comparte la majestuosidad trascendente que las iglesias de toda época confieren a sus dioses; se concibe como un ser investido de ese atributo misterioso que crea un vacío ante las cosas sagradas, que las aparta de los intercambio ordinarios y las aísla de la circulación cotidiana.
Y el respeto que inspira procede precisamente de esa fuente.
Cualquiera que intente degradar la vida humana, la libertad humana, el honor humano, nos inspira un sentimiento de horror semejante al que siente el creyente de cualquier credo al asistir a la profanación de su ídolo.
Se trata de una ética que no consiste simplemente en una disciplina higiénica o en una economía prudente de la existencia; es una religión en la que, al mismo tiempo, el hombre es el fiel y el dios" (Ibid., 46).
En el individuo se dan cita las tramas sagradas de la nueva religión contemporánea.
Remite a una realidad situada entre los materiales de la experiencia cotidiana que, por la veneración que despierta en la sociedad, adquiere la condición de acontecimiento extraordinario.
Habita las tramas de la vida cotidiana pero las trasciende porque en ella la sociedad palpa la majestad de lo sagrado.
Ahora, "la humanidad se colma de respeto y es sacralizada" (Ibid., 48).
Se trata del elemento que promueve y explica que los actores "participen del mismo horizonte y compartan una misma fe" (Ibid., 48).
Esta idea de individuo "no supone una glorificación del yo sino del individuo en general.
No surge del egoísmo sino de la simpatía por todos los humanos, de una piedad inmensa ante el sufrimiento, de todas las miserias del hombre, de una imperiosa necesidad de combatirlas y mitigarlas, de un irrenunciable anhelo de justicia" (Ibid., 48-9).
En la sacralización de la persona prende, según Durkheim (Ibid., 53), el legado de la religión cristiana.
Por un lado, esta devoción enseña que el valor moral de los hechos debe analizarse a partir de la intención de la voluntad íntima del individuo que se considera agente soberano de su propia conducta, responsable de sus actos ante sí mismo y ante Dios.
Además, con la separación definitiva entre los dominios de lo espiritual y lo terrenal, el mundo queda en manos del hombre y se abre paso la actividad del científico y el intercambio de conocimientos.
Esto explica el paulatino e imparable progreso del espíritu científico en el entorno cultural occidental marcado por la impronta de la religión cristiana.
LO SAGRADO Y LA FORMACIÓN DE LOS VALORES
Los análisis de Durkheim parten de una circunstancia muy concreta en la que las viejas imágenes trascendentes del mundo se han debilitado fruto de una diferenciación funcional que obliga a los actores a adaptarse a otros ritmos de vida urbanos muy diferentes de los propiamente naturales y a convivir con actores de orígenes culturales muy diversos.
Las rígidas estructuras normativas de las sociedades tradicionales se diluyen dando lugar a modelos en los que los individuos se hacen cargo de las narrativas hermenéuticas de sus vidas en contacto con los nuevos entornos cambiantes en que viven.
Con sus propios términos, la solidaridad mecánica ha dado paso a la solidaridad orgánica al tiempo que la complejidad de la circunstancia contemporánea sirve como espejo para revelar lo mucho compartido por la variedad reinante en el existir humano.
Esta mutación en la dimensión estructural y organizativa de la modernidad se corresponde con un cambio moral de enorme alcance para Durkheim, el de la irrupción del derecho restitutivo que sustituye al derecho represivo de las sociedades tradicionales.
De esta manera, una justicia difusa y sin instituciones especializadas en la que la sociedad venga una falta lesiva para la cohesión social deja espacio a otro modelo de derecho con órganos institucionales claramente diferenciados en los que priman las medidas reparadoras sin carácter expiatorio.
Se trata de un proceso social y jurídico contrario a cualquier forma de despotismo en el que "el individualismo se ha desarrollado en valor absoluto, penetrando en regiones que originariamente le estaban cerradas" (1987, 235).
En el transcurso de la vida moderna se impone el convencimiento moral de que el valor y el ideal de la humanidad expresa un nuevo lugar de encuentro y entendimiento en el que tienen cabida todos los humanos por el simple hecho de serlo: y de serlo sin adjetivos (culturales, políticos, de género, etc.).
Se adivina en la persona un valor que viene a compensar y suturar las muchas y continuas brechas técnicas, económicas y culturales que surgen en un contexto global marcado por la irrefrenable tendencia a la diferenciación (de funciones técnicas, clases económicas y culturas).
Destaca por su alto componente inclusivo e integrador ya que ningún individuo queda fuera de su alcance.
Se reivindica a modo de una moral laica y descentrada basada en el consenso universal de que "necesitamos interpretar el mundo no desde una perspectiva de aquellos con los que ya tenemos establecidos los nexos afectivos, sino desde una perspectiva 'de mayor humildad entre nuestros hermanos y hermanas'" (Joas, 2008, 174).
No se remite a un individuo o grupo concreto, sino "al hombre mismo" (Durkheim, 1973, 52).
Y esto se debe a que "cada conciencia individual contiene algo divino y se encuentra revestido de una cualidad que la convierte en sagrado e inviolable ante los otros" (Ibid., 1973, 52).
Precisamente eso que comparte cada uno de los individuos que pueblan el planeta es la dignidad de la persona.
En este sentido, "la noción de dignidad constituye un valor en sí.
Dicho de otro modo, los llamados valores fundamentales –libertad, justicia e igualdad- no pueden menoscabarse ni restringirse.
Como valor incondicionado su validez no descansa en ninguna condición" (Bohr, 2008, 185).
Este cambio cultural forma parte de una metamorfosis de mayor calado en la que, como advierte Charles Taylor, tiene lugar "la afirmación de la vida corriente" (1996, 230).
Con el protagonismo de la Reforma protestante, se impone la idea de que las obligaciones religiosas en su sentido más pleno son realizadas mejor por laicos en la "profesión" que por el clero en las comunidades monásticas aisladas.
Propiamente esto no supone el declive del clero sino el ensalzamiento de lo laico.
Esta idea coincide más con el diagnóstico de Durkheim que con el de Weber: se estaría más cerca de una sacralización del mundo que de un inexorable desencantamiento de la historia (Joas, 2007, 152).
El valor de la dignidad de la persona no debe ser entendido como habitualmente se ha hecho en fases históricas precedentes cargadas de resonancias religiosas, es decir, fuera del alcance del entendimiento humano y alejado de la experiencia inmediata.
Muy al contrario, el valor de la dignidad se expresa con absoluta claridad y constituye la piedra angular de buena parte de las instituciones políticas representativas de nuestro tiempo que se han hecho eco en sus estructuras normativas y jurídicas del carácter sagrado de la persona.
Desde esta perspectiva, "las reformas de la ley penal y la práctica penal, así como la creación de los derechos humanos a finales del siglo XVIII, son una expresión de un profundo giro cultural, a través del cual la persona humana en sí misma se convierte en un objeto sagrado" (Joas, 2008, 169).
Así las cosas, esta indagación teórica sobre la fibra hermenéutica de las actuales sociedades es más consciente que nunca de la contingencia inherente a toda propuesta de valor en el contexto de una sociedad diferenciada y articulada sobre un pluralismo que exige argumentación y justificación en las decisiones sociales.
Bajo el enfoque de la génesis de los valores, Hans Joas elabora una pauta de reflexión que, lejos de abordar el asunto de los valores desde una preexistencia metafísica o una mera funcionalidad socializadora, incide en su formación histórica cargada de contingencia y sometida, por tanto, a un permanente debate intelectual y político acerca de la posibilidad de integrar bajo una normativa común y universal las muchas y diversas sensibilidades sociales que se reconocen en el valor de la persona.
La propuesta teórica de Hans Joas incide en que los valores nacen como experiencia de autotrascendencia (Selbstraszendenz) en la que los actores se autorrepresentan en el símbolo que comunica y une sus biografías dentro de un relato que perdura más allá de las contingencias históricas del vivir y convivir humano.
En sintonía con las aportaciones de Durkheim, surgen de procesos históricos transidos de una emoción compartida, de una adhesión afectiva generadoras de una visión común y aglutinante.
Lejos de derivar de principios morales abstractos y metafísicos, los valores son deudores de momentos de extraordinaria intensidad emocional en los que los actores se sienten invadidos por una fuerza anónima que incita a la comunión de cuerpos y mentes reafirmando el ideal común como un poder que les cruza y les trasciende.
Liberados del control racional, los individuos suman y funden sus emociones bajo la crecida de la fuerza moral del valor social vigente en ellos.
Sin embargo, sobre la base de estos procesos de adhesión prerracional, los valores se hacen visibles en cuerpos normativos en los que se justifican ante el resto de la sociedad en la búsqueda del reconocimiento universal.
En la sociedad contemporánea las formas de creencia han de homologarse con el universalismo ético imperante en ellas.
Esto solo es posible buscando el consenso del conjunto de la sociedad y, por tanto, reinventando creativamente, y a la luz de determinados problemas concretos, una estructura normativa general que incluya e integre las muchas expresiones de la condición humana.
Este proceso consistente en la generalización de valores, en expresión de Talcott Parsons, pone en evidencia que los valores incluyen en su seno una tensión inexorable entre lo bueno y lo justo, entre ideales, que no son fruto de una elección racional sino de identificaciones afectivas, y estructuras normativas, que deben expresar e incluir las muchas y diversas sensibilidades sociales que las forman y las conforman.
Según Joas, "de acuerdo con esto, nuestra vida se desarrolla siempre en la tensión entre estos dos polos y lo único que podemos hacer es buscar una síntesis armónica entre ellos" (2002, 37).
El valor de la sacralización de la persona no agota el tejido axiológico de nuestras sociedades, pero sí es el único que pretende armonizar y articular un lenguaje común en el que las derivas endógenas y excluyentes de cualquier otro pueden mitigarse.
Compite con, y en ocasiones, padece, la aplicación radical de otros valores seculares que forman parte de la agenda moderna, como son la patria, la razón científica, la cultura, la etnia, etc. Es más, su visibilidad queda en entredicho por la radicalidad identitaria que, en ocasiones y según casos concretos, impera en la adhesión incondicional a estos símbolos.
Sin embargo, sus rasgos constitutivos, ya señalados por Durkheim, como la secularización, el universalismo ético y la racionalización justificativa, imprimen un sello muy singular a sus planteamientos.
No en vano, se trata de un valor que pretende convocar a todos los miembros de la condición humana en torno a un horizonte compartido a partir de lo que les une y no les separa: el carácter absoluto de todo ser humano.
LOS DERECHOS HUMANOS: LA INSTITUCIÓN DE LA SACRALIZACIÓN DE LA PERSONA
Uno de los espacios en los que se expresa la sacralización de la persona es el de los Derechos Humanos entendido como escenario normativo en el que se hace cuerpo lo mucho compartido por la variedad reinante en la condición humana.
El tejido jurídico de las sociedades contemporáneas incorpora esa mutación cultural de los últimos siglos y asume el propósito de velar por su defensa y promoción universal.
Se trata de un logro moral de la civilización que tiende a englobar al conjunto de la humanidad, que no contempla ningún límite de tipo político, religioso, cultural, étnico y que responde al fondo secular y universalista que activa su despliegue.
En palabras de Joas, "la creencia en la dignidad humana y en los derechos humanos nos afecta a todos – y a todos en igual grado.
Sacraliza al joven y al anciano, al inteligente y al discapacitado mental" (2003, 268).
Sin embargo, la paulatina incorporación histórica no se da en el marco de un proceso lineal e irreversible, ni en todos los entornos con procesos sociales semejantes ni con tiempos de desarrollo similares.
Estados soberanos en los que aún persiste la pena de muerte, el castigo físico de los reos, la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres, la ausencia de libertad de expresión, asociación, prensa, etc., constituyen resistencias que impiden su institucionalización social.
Por otra parte, aunque los Derechos Humanos encuentran su inspiración original en episodios filosóficos de la cultura occidental (Kant, Rousseau, etc.), en la sociedad global deben afrontar aún retos pendientes como, por ejemplo, una reformulación intercultural de sus contenidos, una coordinación sistemática de distintas disposiciones jurídicas y una redefinición de las relaciones entre Derechos Humanos, autodeterminación nacional y soberanía estatal (König, 2002, 47).
Son muchas las voces que se inclinan a pensar que la situación moral del presente cabe definirla a partir de conceptos como "liberalización" o "pérdida de valores".
Sin embargo, se dan otras opciones, entre ellas, la que defiende este trabajo y que señala a la sacralización de la persona como fuente de valor universal e integrador.
Este valor nos une más allá de nuestras diferencias.
Se ha constituido en la interpretación simbólica donde se reconocen todos los humanos por el simple hecho de serlo. |
Arquitectura escrita: Lecturas y relecturas sobre Le città invisibili de Italo Calvino1
El presente artículo pretende ser una revisión crítica sobre Le cittá invisibili de Italo Calvino con motivo del cuarenta aniversario de su publicación, centrada principalmente en su inminente valor como tratado arquitectónico y palimpsesto urbano-literario —de corte, como veremos, mayormente visionario y utópico—.
En el año 2012 se cumplirá el cuarenta aniversario de un clásico de la literatura contemporánea universal: Le città invisibili (1972) de Italo Calvino —en adelante IC—2.
Pudiera parecer redundante y poco original comenzar este artículo afirmando que dicha obra se erige como uno de los libros cumbres y con mayor éxito del autor cubano-italiano (Bello, 1997: 38; Manganelli, 2002: 105; McLaughlin, 2002: 59).
Y es que, en efecto, han sido muchos los estudiosos que pusieron en énfasis las peculiaridades de este "delirio narrativo-visual" desde diferentes perspectivas metodológicas y disciplinarias.
Filólogos, musicólogos, arquitectos y urbanistas, historiadores del arte, geógrafos y filósofos posmodernos, han "invadido" este pequeño librito paseándose por sus deliciosas hojas, cual exploradores, en busca de datos y explicaciones que ayudaran a una mejor comprensión de la obra calviniana (Ludovico, 1997: 1-5; Vidal, 2001: 81):
Quizás, sean las innúmeras investigaciones sobre la obra —junto al extraordinario éxito de ventas—, las que hayan coronado a Le città invisibili como un clásico indiscutible de la literatura contemporánea italiana y universal (Ludovico, 1997: 4-10).
Tampoco debiéramos pasar por alto que una de las grandezas más reseñables de este extraordinario ejercicio reflexivo sea el haber transcendido el mero ámbito escritural, enriqueciendo otras disciplinas artísticas, en principio, ajenas o colaterales al hecho literario.
Es evidente que uno de los debates más interesantes y receptivos a este legado extraliterario se ha situado en el terreno de lo arquitectónico y los estudios urbanos.
Lo que sigue, pues, pretende dejar constancia de por qué esta obra ha interesado sobremanera a urbanistas y arquitectos.
Por lo tanto, mi tesis no trata de abarcar la completa relación de la novela con las diferentes disciplinas que la contemplan —algo totalmente inabarcable—, antes bien, solo se pretende la aclaración específica de la obra con la disciplina urbanística y lo físicamente arquitectural.
Se trata de una confluencia artística que ha ido cobrando un interés creciente en los últimos diez años a través de numerosas investigaciones y estudios críticos3.
Para un mejor entendimiento de lo que supuso esta interacción, hemos estructurado el artículo en base a dos epígrafes fundamentales con los que se pretende contribuir a una mejor comprensión de este diálogo interdisciplinar.
LE CITTÀ INVISIBILI COMO AUTOBIOGRAFÍA TESTIMONIAL
Cierto es que la obra de IC surge del ámbito literario, de la no especificidad arquitectónica, pero, andando el tiempo, se convertirá "[...] en un texto crucial en la interpretación del hecho urbano" (Feal, 2005: s/p)4.
Esto no es baladí, pues, los postulados arquitectónicos que caracterizaron gran parte del siglo XX (funcionalismos, mecanicismos y organicismos), se someten ahora a una crítica furibunda perfectamente articulada e incisiva (Giargiani, 2007: 113).
El autor nos invita a una reflexión urbana, donde se vaticina el fin de la ciudad como tal, colapsada por la emergencia de la urbe deshumanizadora, de la ciudad invivible, que es, a todas luces, el germen del que brota la ciudad invisible (Van Montfrans, 2007: 117): "[...]
No debemos olvidar, pues, cuáles eran las intenciones claras y precisas de IC para con Le città invisibili:
Este es el primer vínculo entre lo leíble de la obra calviniana y lo visible del mundo arquitectónico: la clara intención del autor por hacer reflexionar sobre el hecho urbano en la década de los setenta, toda vez subvierte la novela contemporánea, rebajándola en acciones e intensificándola en ricas impresiones visuales (Mejía, 2011: 47): "Credo che non sia solo un ́idea atemporale di città quello che il libro evoca, ma che vi si svolga, ora implicita ora esplicita, una discussione sulla città moderna" (Calvino, 1983: 41).
La incógnita que el autor nos plantea en este librito, surge de dos grandes preguntas entrelazadas: qué es la ciudad moderna y cuál nuestra relación con ella.
Le città invibili es, por lo tanto, un canto a la ciudad ideal en un momento en que la urbe, la megalópolis, se gigantiza para empequeñecer al hombre (Mondello, 1990: 110; Dematteis, 1988: 94).
El significado de ciudad comienza a perderse, porque esta —como entidad urbana independiente— ya no se supedita a las verdaderas necesidades de las personas, sino viceversa: "[...] forse stiamo avincinandoci aun momento di crisi della vita urbana [...]"
Como alternativa a este espacio infernal, el autor propone una "città utópica" e imposible: la città invisibli (Kuon, 2002: 27).
Con atino apostilla Elisabeth Sánchez Garay que la urbe calviniana es "una ciudad diseminada, imposible pero deseada (y buscada), para la cual, no hay puerto de llegada ni ruta a seguir" (2002, s/p).
Solo a través de un camino iniciático e individual puede llegarse a la ciudad utópica con el fin de "[...] que la deshabitada ciudad nos habite a nosotros, evitando así que el género humano provoque su destrucción y perdamos la mínima posibilidad de generar un ligero impulso hacia la felicidad" (Sánchez, 2002, s/p).
Pero Le città invisibili es mucho más que todo esto.
Es también el espejo donde se reflejan las filias y fobias del propio escritor: un exorcismo de su compleja relación con el entorno que le circunda (Calvino, 1969: 14; Bonura, 1972: 5-37; Jurado, 2010: 295), donde, en palabras de Vicenzo Mengaldo, se "enciende" esa "[...] forte polarizzazione simbolica degli elernenti della realtà" (1975: 421).
En este sentido, no tiene desperdicio la carta que IC escribe a Franco Maria Ricci —tres años antes de la publicación del libro que nos ocupa— donde deja constancia explícita de esta búsqueda: "Per lunghi anni soffersi d ́una nevrosi geografica: non riuscivo a stare tre giorni di seguito in nessuna città o luogo" (Calvino, 1969: 1054).
La confrontación entre el mundo campestre-ligure de su infancia y la ansiada ciudad ideal donde tiene lugar "la gran vida déracinée de los intelectuales cosmopolitas", va a suscitar en el autor una reflexión profunda y meditada sobre el hecho urbano (Biamonti, 1988: 67).
Esto, a no dudar, puede avizorarse en gran parte de los escritos autobiográficos preambulares, así como posteriores a Le città invisibili, por lo que, podría concluirse que es una preocupación consustancial a toda su producción literaria, como bien ha apuntado Martin L. McLaughlin en su artículo "Le città visibili di Calvino" (2002: 42) donde relaciona la obra con La speculazione edilizia (1957) y La giornata d ́uno scrutatore (1963).
Turín, Roma, París o New York se convertirán en el objeto de ese "camino de Monsalvat", que pretende mitigar esa neurosis urbana tan perdurable en la obra del escritor, patente, nuevamente, en una segunda carta dirigida a Franco Maria Ricci escrita originariamente en francés:
O también la oda a New York aparecida en su entrevista con Maria Corti meses antes de fenecer:
Pero, quizás, sea su artículo "Eremita a Parigi" (1974) contenido en el libro de ensayos del mismo nombre, uno de los escritos más esclarecedores y autobiográficos del autor.
A tan solo dos años de la publicación de Le città invisibili, IC contrataca con un texto preciso y directo, donde, sin tapujos, incide nuevamente en su obsesión más perdurable (Braffort, 2002: 57-60).
Creemos acertada la reproducción de un fragmento de este magnífico texto por considerarlo esencial para la mejor comprensión de esta "neurosis geográfica":
Por lo tanto, debemos partir del hecho de que Le città invisibili es "un viaje por la arquitectura del sentido de la existencia humana" (Mateos, 2003: s/p) donde, en palabras de Alejandro Adalberto Mejía, "se atestigua un hito en la observación de la condición humana bajo el diseño de un espacio urbano moderno, que alude claramente a la complejidad de la vida y las pasiones en las metrópolis [...] (2011: 9); es decir, las ciudades existen en tanto en cuanto las evocamos y pensamos:
[...] ninguna vida recorre todas las calles de una ciudad.
No le llegan los ojos.
La ciudad siempre prolifera.
Y siempre estamos arribando a su comprensión.
Y siempre, por tanto, descomprendiéndola.
La ciudad es una conversación que tiende a infinito.
Los mensajes rebotan de emisor a receptor y de receptor a receptores y vuelta y otra vez.
Rebotan y se bifurcan y se colapsan.
La verdad de la ciudad no reposa en ningún plano.
Hija de millones de ojos que la portan y la exportan (Mateos, 2003: s/p).
La ciudad visible, por consiguiente, es inasible y, en su dimensión compleja, no puede aprehenderse, por lo tanto, no existe como tal.
La no existencia genera una necesidad de búsqueda, pero esta ha de desarrollarse en base a una exploración individual de la propia espacialidad, tan ecléctica y poliédrica que, siguiendo un principio de invisibilidad, no admite ningún tipo de canon urbano o escuela arquitectónica.
Se trata de las ciudades que comportan el itinerario vital de IC; una urbe utópica, alejada de la ciudad homogenizada, turistizada y globalizada, donde el único modo de conducirse a ella pasa por un viaje discontinuo, donde resultaría del todo infructuoso establecer "una ruta en el mapa", o "fijar una fecha de llegada" (Ainsa, 1996: 81).
Para IC, "[...] la ciudad siempre fungió como espacio que permite descubrir el interior individual y las desconocidas ficciones y tiempos que el humano ha aprendido a habitar" (Mejía, 2011: 58-9).
De ahí, el precisar una ciudad sintiente y humana en sintonía a nuestros anhelos, pasiones y urgencias más intrínsecas.
La ciudad utópica es, entonces, una "alegoría del deseo" que nace tanto de nuestra inadaptación al medio como de la necesidad de una búsqueda espacial satisfactoria; un "labirinto" interior donde se especula con los valores meramente territoriales y urbanos a través de la propia imaginación (Musarra-Schroeder, 1996: 83-97; García, 2006: 147; Barrado, 2009: 275-285).
Esta nueva reformulación del territorio ha sido atendida por Noberto Feal quien, con acierto, explica que: "en las ciudades invisibles se expresa la imposibilidad de fundar cualquier conocimiento sobre la ciudad fuera de su significación [...]" —y sigue—:
Por un lado, la invisibilidad de la ciudad está dada por su aspecto dimensional, pues es imposible de captar en una sola acción o mirada.
La percepción de la ciudad, entonces, no se efectúa en la imagen que recoje el ojo sino en la reconstrucción que hace la memoria con las sucesivas imágenes aglutinadas.
Así hay un aproximación entre ciudad y texto (2005, s/p).
Quizás, esta fuerte permeabilidad entre ciudad y texto, sea el desencadenante de que, gran parte de los especialistas en IC, hayan comprendido la estructura de la novela también como un "juego arquitectural" de connotaciones gematricas (Ossola, 1987: 244; Musarra-Schoeder, 1996: 83-97; Milanini, 1990: 131-44).
CIUDAD PERSONAJE Y ARQUITECTURA PARLANTE
Una de las peculiaridades señeras que ofrece Le cità invisibili, es la construcción de un mundo donde los personajes no son los protagonistas sino la ciudad, es decir; lo inerte cobra vida como elemento protagónico y lo vivo se cosifica.
De hecho, Kublai Khan y Marco Polo —personajes sin ningún tipo de aliento psicológico— no dejan de ser meros soportes sobre los que se sustenta esa descripción concatenada de ciudades utópicas.
Con acierto afirma María Inés García que los personajes calvinianos "[...] son de una extrema ligereza, de una insospechada levedad; más que sujetos, son fantasmas, ánimas [...]" llegando a acuñar el término "ciudad personaje" para referirse al itinerario urbano de Le città invisibili (García, 2006: 138).
En desdoro a los actantes, esta alteración permite al autor desarrollar su propia tratadística de lo urbano y lo arquitectónico.
No sin razón apunta Marcela Labraña: "No resulta extraño, entonces, que la lectura de los textos sobre ciudades de la impresión de haber asistido al cuidado montaje del decorado de una obra que no llegará nunca a representarse" (2009: s/p).
Y es que en efecto, la fuerte presencia de un marco espacial omnipresente, hace pendular la obra entre el relato novelado y una especie de tradadística arquitectónica fuertemente poetizada (Fabbri, 2002: s/p): "Il libro è nato un pezzeto per volta, a intervalli anche lunghi, come poesie che mettevo sulla carta [...]"
En base a esta premisa:
[...] no debiera de resultar extraño que la ciudad utópica emulsione edulcorada de humanidad, personalizada, a través de los atributos propios de una persona: Zemrude necesita que la miren para existir pero nunca es la misma, Aglaura son dos ciudades en una, la primera es legendaria, la otra real, Leonia se renueva todos los días y siempre es diferente, y Eusapia tiene un doble pero no se sabe cuál de las dos es la ciudad originaria (Moure, 2012: s/p).
Y esto es así, en gran medida, gracias a que Le cittá invisibili constituye un ejemplo fabuloso de aquello que milenariamente se ha denominado como Ekphrasis y, andando el tiempo, se convertirá en objeto de Ekphrasis inversa, a través del fecundo juego interdisciplinar entre las artes.
Se trata de un viaje de ida y de vuelta: de la arquitectura a la literatura y de esta nuevamente a la arquitectura.
Le città invisibili forma parte, por lo tanto, de ese sucinto elenco de obras que, partiendo del hecho utópico, ideal y fantasioso, materializarán en propuestas arquitectónicas claramente formales y funcionales.
Durante cuarenta años, se le consideró libro de cabecera en los grandes departamentos universitarios de urbanismo y arquitectura tanto americanos como europeos por su valor fundamental para el desarrollo de la visión espacial y la imaginación tridimensional (Modena, 2011: 184).
Tal es así, que el arquitecto Alberto Ferlenga ha llegado a argumentar que Le città se encuentra citada y referenciada hasta el punto de la náusea (2002: 144).
Las nuevas posibilidades tecnológicas acaecidas en las últimas décadas han posibilitado la corporeización de pretéritos diseños proyectuales convirtiendo los sueños utópicos en reales planteamientos distópicos.
Las propuestas de Guy Rottier o Moshe Safdie son sintómaticas de este empeño por convertir lo visionario en palpable realidad.
Más, no le dedicaré más tiempo a este complejo diálogo —ampliamente tratado— de la literatura hacia la arquitectura, máxime, considerando que acaba de ver la luz el excepcional ensayo de Letizia Modena, Italo Calvino ́s arquitecture of lightnees (2011), que es, hasta la fecha, el mejor y más completo estudio sobre IC y la arquitectura contemporánea.
Antes bien, quisiera profundizar en aquellos referentes artísticos que dejaron una impronta evidente en Le città invisibili y que, extrañamente, no pertenecen al mundo literario sino arquitectónico y artístico delimitando el sendero de una Ekphrásis.
Esto es el estudio de los precedentes de la obra, peligrosamente descuidados, pero fundamentales para la mejor comprensión de un best seller que nace y se gesta en el ámbito arquitectónico, para, desde la literatura, revolucionar el panorama urbanístico de los últimos cuarenta años.
Una de las peculiaridades más interesantes que ofrece la obra de IC es que literaturiza la arquitectura para hacerla crecer tanto en sus límites estructurales como en sus posibilidades espaciales, adelantándose varias décadas a los desarrollos tecnológicos que permitieron su materialización.
Esto me ha llevado a acuñar el término "arquitectura parlante" o si se quiere escrita, al referirme a la obra del autor.
Sabemos que este mantuvo una fructífera relación de correspondencia con gran parte de la intelectualidad italiana del momento.
El caso de su íntima relación con Fausto Melotti y sus "microarquitecturas" es una muestra evidente de que Le città invisibili fue un producto del contexto en el que se desarrolló (Modena, 2004: 217-42).
Obras como Il sogno di Wotan (1958), Canal grande (1963), Città (1963), Scultura G (1967), Il sacco (1969), o toda la serie de Contrappuntos de los años setenta, entre otras, han sido puestas en relación con la obra calviniana por Letizia Modena en su magistral artículo "Mi veniva da scrivere città solttili come le sue sculture: La scultura di Fausto Melotti nelle Città invisibili di Italo Calvino" (2004).
De todos modos, a tenor de la instalación a posteriori de La torri de la città invisibili (1976) del artista, haremos bien en considerar esta interrelación como un fructífero juego interactivo de retroalimentación mutua, antes que una mera herencia artística del escultor hacia el escritor.
El caso de Ekphrasis y Ekphrasis inversa confluyen a un tiempo en la fructífera relación Melotti-Calvino.
Otra de las influencias que no debemos pasar por alto, será la de los arquitectos utópicos florentinos surgidos en la década de los sesenta en torno a los grupos Superstudio y Archizoon, dignos herederos de los primeros visionarios franceses como Ledoux, Boullée, Lequeu o el italiano Piranesi (Bignotti, 2003; Lang, Menking, 2003; Gargiani, 2007).
Al igual que estos, los nuevos arquitectos italianos diseñan proyectos rara vez materializables debido a su inviabilidad técnica —en esto compartirán con IC el carácter visionario de sus propuestas— en la línea experimental de lo que, por entonces, realizaban tanto Guy Rottier como Walter Jonas (Kamimura, 2010: 171).
Ya en 1966 —6 años antes de la publicación de Le città— arquitectos adscritos a Superstudio y Archizoon como Adolfo Natalini, Piero Frasinelli, Cristiano Toraldo di Francia, Andrea Branzi, Gilberto Corretti, Paolo Deganello o Massimo Morozzi, comienzan a promulgar esa idea —tremendamente calviniana— de que la ciudad debe supeditarse al hombre así como servirle en sus necesidades más inmediatas y estéticas, puesto que, como sabemos, es el propio hombre quien la construye para su goce y disfrute (Kamimura, 2010: 149, 173).
Por ello, comienzan a incidir en una serie de postulados urbanos que redundarán en un crítica a la ciudad moderna, toda vez, reivindican una nueva "ciudad interior"; una nueva città invisibili (Branzi, 2005: 182).
Los prototipos habitables son subvertidos a tal extremo que desaparece toda convencionalidad arquitectónica.
La conquista del espacio —en todos los sentidos— lleva a anticipar ciudades imposibles por tierra, mar y aire, similares a las actuales de Jacques Rougerie.
Se trata, pues, de la ciudad imaginada que nace como respuesta a las nuevas demandas de una sociedad en perpetuo dinamismo.
El estatismo muta en espacio móvil, los nuevos materiales permiten nuevas estructuras y los límites de borde desaparecen favoreciendo nuevas tipologías de ciudad.
La revolución visionaria florentina ataca, en definitiva, a todos aquellos aspectos relacionales entre la utilidad propia de la ciudad y la forma específica de su ubicación en beneficio de la conquista de ignotos territorios de asentamiento.
No ha de extrañarnos, por lo tanto, que toda la serie de ciudades ideales llevadas a cabo por sendos grupos —y allegados—, hayan sido la piedra angular sobre la que se asentó la obra calviniana.
Algunos ejemplos palmarios de este fructífero diálogo interdisciplinar entre la obra de IC y sus predecesores utópicos pueden intuirse en las siguientes correspondencias: Octavia (ciudad telaraña) y la Maison pour Arman a Vence (1966) de Guy Rottier, Baucis e Intrapolis (1966) de Walter Jonas, Valdrada y la Macchina per le vacanze (1969) de Cristiano Toraldo di Francia, Eutropia y la ciudad móvil Continuous production conveyor belt City (1971) de Superstudio, o las ciudades sintientes de Zenobia o Rasia —entroncando con aquella "ciudad-personaje" de la que habló María Inés García— y City of the Splendid Houses (1971) propuesta por Superstudio, erigida como la ciudad más independiente, feliz y bella del mundo.
Aunque quizás, sea la irónica City of order (1971) firmada nuevamente por Superstudio, la más calviniana de las enumeradas, pues, en ella, convergen todas las preocupaciones del escritor.
Se trata de una ciudad congelada, inamovible y estática, de hecho, lleva 45 años gobernada por el mismo alcalde gracias al triunfo de una brillante idea: supeditar las necesidades de sus ciudadanos a la invariable City of order.
De nuevo, y de manera recurrente, nos encontramos con la misma crítica socio-urbana con la que abríamos este estudio, recogida, tan solo un año después, por IC en su libro más genial e imperecedero.
El cumplimiento del cuarenta aniversario de la Le città invisibili, permite, a través del filtro del tiempo, una revisión más objetiva y serena de la obra.
Actualmente, sabemos que IC no ahogó el dardo de su crítica en un mero ejercicio literaturizante, sino que hizo diana en el debate arquitectónico acaecido en Europa —y concretamente en Italia— en los años sesenta y setenta.
Oculta bajo esa superposición de capas de irrealidad, se escondía una crítica furibunda y real hacia nuestro modo de relacionarnos con el medio.
La reflexión utópica, la crisis de la modernidad, el caos de la megalópolis y, en definitiva, el fracaso de la ciudad como contenedor de humanidad, siguen siendo un problema en las sociedades tardocapitalistas, acrecentado, cada vez más, por la especulación inmobiliaria y la destrucción desconsiderada de ecosistemas.
Cierto es que el paraguas de exclusividad bajo el que se amparó la obra no fue tal, sino que esta recogió la herencia de unos precedentes artísticos tan claros como definibles.
El carácter rupturista de Le città invisbili, por consiguiente, no obedece tanto a sus planteamientos teóricos —puesto que preambulares como Melotti, Archizoom y Superstudio ya habían incidido en esa problemática—, sino el haber trasladado estos al terreno de la literatura y la práctica de la llamada "arquitectura escrita", para, andando el tiempo, verterla nuevamente al campo de la urbanística.
La ventaja del literato, en comparación con sus predecesores utópicos, radica en que pudo consumar su obra sirviéndose del recurso literaturizado de la "arquitectura escrita", disciplina más autónoma por su vínculo a la ficción, que la arquitectónica, como sabemos, sujeta siempre a estrictas leyes de gravitación.
En plena crisis económica, social y urbana, Le città invisibili, continúa aportándonos nuevos modelos arquitectónicos así como efervescentes tipologías de ciudad, a fin de que eternas problemáticas urbanas, sean finalmente resueltas —o parcialmente resueltas—, mejorando, en la medida de lo posible, nuestros prototipos habitables. |
Campo y ciudad en la España de fin de siglo: Una lectura simmeliana de El árbol de la ciencia (1911), de Pío Baroja11
El objetivo de este artículo es reconstruir la relación dialéctica que existía entre el campo y la ciudad —tomando como ejemplo el caso de Madrid— en la España finisecular a partir de la lectura de la novela de Pío Baroja, El árbol de la ciencia (1911).
Para ello, intento cómo situar al lector en el contexto histórico del período para proceder a continuación con el análisis del punto de vista barojiano sobre la relación campo/ciudad, tomando como caso paradigmático la trayectoria personal de Andrés Hurtado, el protagonista autobiográfico de esta novela.
LA "VIDA MENTAL" EN EL MADRID DE FIN DE SIGLO
De entre todos los autores que durante los primeros años del siglo XX ofrecen su análisis del impacto causado por la "revolución urbana" en Europa, el sociólogo alemán Georg Simmel es quizá quien mejor supo captar la importancia de esta influencia ejercida por la gran ciudad en el individuo moderno del cambio de siglo.
Una preocupación por el fenómeno urbano y por su trascendencia histórica que, si bien se halla presente en varias obras de este pensador, se manifiesta de manera especial en su célebre ensayo "Las grandes urbes y la vida mental" (Die Großstädte und das Geistesleben, 1903), texto fundador de la sociología urbana en el que encontramos la formulación más completa y exacta de la teoría simmeliana sobre la vida urbana.
Lo que acomete dicho autor en el citado ensayo es un análisis profundo –y a la vez con esa finura y sutileza característica de este pensador– de la autoridad que impone la gran urbe sobre cada uno de sus habitantes.
Desde mi punto vista, y aunque el análisis simmeliano toma como ejemplo el caso del Berlín de fin de siglo, las conclusiones a las que llega Simmel en su investigación son perfectamente extrapolables a los casos de todas las grandes metrópolis europeas de fin de siglo.
Salvando las distancias y los matices, y sin llegar a equipararlo –ni mucho menos– con el Berlín estudiado por Simmel, considero que el Madrid finisecular no era en absoluto una excepción a esta norma.
Y para demostrarlo, lo que me propongo en este apartado introductorio de mi texto es repasar una serie de opiniones –referidas ya directamente a la capital de España– que, a mi juicio, confirman de alguna forma la validez para el caso madrileño del planteamiento simmeliano y de las consecuencias que de él se derivan.
Para Simmel, la mentalidad o psicología del individuo moderno que habita las grandes ciudades europeas se caracteriza fundamentalmente por lo que él llama el "acrecentamiento de la vida nerviosa", esto es, la constante actividad mental –en contraste con la mayor relajación y tranquilidad del mundo rural– provocada por "el rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones internas y externas" a que se ve sometido inevitablemente el urbanita.
Esta multiplicación de estímulos, unida a la inserción del individuo dentro de una red de interrelaciones mucho mayor que la que se pueda formar en el campo o en una ciudad pequeña, hacen que la "vida anímica" del hombre urbano privilegie su carácter "intelectualista" por encima de su sensibilidad, puesto que el elemento de racionalidad que caracteriza a la vida económica de la ciudad es mucho más exigente que el del ámbito rural, donde el ritmo de la vida fluye a una velocidad menor y más regular.
Una de las consecuencias inmediatas de este incremento forzoso de la vida nerviosa y de la actividad intelectual del Homo urbanus es, según el análisis simmeliano, la necesaria aparición de la apatía y la indiferencia: "quizá no haya ningún otro fenómeno anímico que esté reservado tan incondicionadamente a la gran ciudad como la indolencia" (Simmel, 1986a, 251).
En efecto, dice Simmel, las grandes ciudades son "auténticos parajes de la indolencia"; de una indolencia que afecta a las relaciones de sus habitantes entre ellos y deriva a la larga en un deterioro generalizado del valor de las relaciones que acaba perjudicando a la propia personalidad de cada uno de los individuos que integran la masa urbana:
En ella [en la ciudad] se encumbra en cierto modo aquella consecuencia de la aglomeración de hombres y cosas que estimula al individuo a su más elevada prestación nerviosa; en virtud del mero crecimiento cuantitativo de las mismas condiciones, esta consecuencia cae en su extremo contrario, a saber: en este peculiar fenómeno adaptativo de la indolencia, en el que los nervios descubren su última posibilidad de ajustarse a los contenidos y a la forma de vida de la gran ciudad en el hecho de negarse a reaccionar frente a ella; el automantenimiento de ciertas naturalezas al precio de desvalorizar todo el mundo objetivo, lo que al final desmorona inevitablemente la propia personalidad en un sentimiento de igual desvalorización (Simmel, 1986a, 253).
Para el caso del Madrid de fin siglo, son varios los autores que han dejado descripciones sobre su forma de vida que encajan perfectamente con esta teoría simmeliana sobre la metrópolis y la vida mental de sus habitantes.
Aunque los términos empleados sean distintos a los del vocabulario simmeliano, parece bastante evidente que hay una coincidencia de ideas entre el marco teórico trazado por este sociólogo alemán y las opiniones sobre Madrid de aquellos escritores y estudiosos que conocieron de primera mano la vida en la capital.
En su clásico estudio sobre la generación del 98, Pedro Laín dedicaba el cuarto capítulo al Madrid finisecular y a su consideración como tema literario.
En su análisis de la vida capitalina, Laín llegaba a la conclusión de que el Madrid de fin de siglo era una especie de mezcla o "mixtura" entre las aportaciones más "castizas" o autóctonas y aquéllas que procedían de ese caudal migratorio al que antes me he referido.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención del médico e historiador español fue "la terrible capacidad disolvente de la vida madrileña" (Laín Entralgo, 1956, 74), en referencia a ese ritmo frenético y antinostálgico que gobierna en la gran ciudad.
En un artículo titulado "Madrid y París" (1901) y publicado en el periódico Las Noticias, el propio Baroja decía de la capital española que era "el pueblo aniquilador por excelencia" (Baroja, 1999, 954)21.
Este mismo año, nuestro autor publica su obra Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox; en esta novela, que es en parte autobiográfica, el protagonista mantiene un diálogo con el personaje de Avelino Diz de la Iglesia en el que ambos hablan en los siguientes términos de la irritación y el agobio inherente a la vida ciudadana, en contraste con la feliz añoranza de la vida en el campo:
Salieron los dos amigos a la calle de la Luna, y por la de la Corredera desembocaron en la calle del Pez.
Iban silenciosos; solo a largos intervalos se cruzaban entre ellos algunas palabras.
- ¡Si viera usted cómo me pesa Madrid! –murmuró Silvestre, apoyándose en la pared de una casa.
- Yo estoy envenenado por este pueblo; necesito salir, marcharme.
- Es un pueblo deletéreo.
- Si ahora estuviésemos en el campo, ¿eh?
Aunque fuera así, sin un céntimo, ¡cuánto mejor no sería!
Encontraríamos alguna casa en donde calentarnos y algún pajar en donde dormir.
¡Vaya usted a pedir eso aquí sin dinero!
En otra novela publicada un año después como La voluntad (1902), Azorín expresa por boca del personaje de Yuste otra opinión sobre la forma de vida del Madrid de la época que nos vuelve a recordar ese elemento nervioso y "febril" subrayado en el análisis simmeliano de la vida mental del hombre urbano:
- Es raro como estos gritos parecen lamentos, súplicas, melopeas extrañas...
- Observa esto: los gritos de las grandes ciudades, de Madrid, son rápidos, secos, sin relumbres de idealidad...
Los de provincias aún son artísticos, largos, plañideros... tiernos, melancólicos...
Y es que en las grandes ciudades no se tiene tiempo, se quiere aprovechar el minuto, se vive febrilmente...
Varias décadas después, en plena Guerra Civil, Antonio Machado escribía una emotiva serie de artículos sobre Madrid que fue publicada en Ayuda, un semanario editado en Valencia por el Socorro Rojo de España (S.R.I.).
En uno de ellos decía Machado de la capital que era el lugar de España donde la supervivencia resultaba más difícil:
Pero la sonrisa madrileña, levemente cínica, marcadamente irónica, es ya una sonrisa a pesar de todo, porque en Madrid es la vida más dura que en el resto de España.
Es en Madrid donde adquieren más tensión los resortes de la lucha social y de la competencia en el trabajo; el lugar de los mayores afanes y los mayores riesgos, donde, a causa de la mucha concurrencia, es más grande la soledad del individuo, donde es más ardua la empresa de salir adelante con la propia existencia y la de la prole (Machado, 1999, 287).
Otra consecuencia del influjo urbano sobre el individuo es para Simmel la adopción por parte del urbanita de lo que él llama "actitud de reserva" frente a sus semejantes; así como el habitante de la aldea o de la pequeña ciudad se puede permitir el contacto y la relación con cada uno de sus convecinos, el individuo de la metrópolis se ve sometido a diario a una multiplicación de estímulos y contactos personales de tal magnitud que cualquier planteamiento de este estilo le provocaría una "atomización interna", precisamente por esta incapacidad para mantener la propia unidad mental frente a tanta excitación procedente del exterior.
El mecanismo de defensa natural del urbanita es la adopción frente a la multitud urbana de una reserva preventiva que, en ocasiones, y sumada a esa indiferencia a la que me he referido, se transforma en "una silenciosa aversión, una extranjería y repulsión mutua, que en el mismo instante de un contacto más cercano provocado de algún modo, redundaría inmediatamente en odio y lucha" (Simmel, 1986, 253).
En relación a esta segunda consecuencia, Baroja dirá que la manera de vivir madrileña es "superficial, externa, poco íntima y poco sincera" (Baroja, 1999, 123), empleando una serie de adjetivos que se acercan mucho a la idea de lo expresado por Simmel en su ensayo.
Pero en mi opinión, la mejor descripción del contraste sufrido por el español de fin de siglo que emigraba –o viajaba circunstancialmente– del campo o de una ciudad de dimensión menor –Salamanca, en este caso concreto– a la capital del Estado nos la da Miguel de Unamuno en un texto no muy conocido, pese a tener un título tan descriptivo como el de "Ciudad y campo (de mis impresiones de Madrid)".
Se trata de un breve ensayo escrito en 1902 (un año antes que el de Simmel, que es de 1903) en el que el filósofo y escritor español realiza un análisis extraordinariamente sutil del impacto psicológico que provoca en sus habitantes la dinámica urbana del Madrid finisecular.
Este retrato lo traza Unamuno con una precisión admirable y unas descripciones en las que encontramos ideas que –expresadas con otro vocabulario– comparten puntos en común con la teoría simmeliana sobre la vida del individuo urbano que he tomado como marco, en una nueva coincidencia que avala la validez del análisis simmeliano para el caso de Madrid.
La cita es algo larga, pero creo que no tiene desperdicio:
Suelo experimentar en Madrid un cansancio especial al que llamaré cansancio de la corte.
Cuando en esta tranquila ciudad de Salamanca salgo de paseo, carretera de Zamora adelante, se me cansan las piernas, seguramente, pero descansa y se refresca mi sistema nervioso.
El camino está franco y despejado, no encuentro en él detención alguna, nada me distrae, mi paso es igual, sin que haya de menester variarlo, y mi vista reposa en la contemplación, ya de la lejana y ahora nevada sierra, que parece un esmalte del cielo, ya en la vasta llanura de la Armuña, en que se tienden algunos pueblecillos, ya, a mi regreso, en la vista de la ciudad, dominada por las altas torres de su Catedral y su Clerecía.
Luego a casa, me siento a trabajar, y a la vez que mis piernas descansan, actívase mi cerebro refrescado por el paseo.
Pero si en Madrid bajo por la calle de Alcalá y paseo de Recoletos "sobre las viejas losas que se han sacado de las canteras para preparar a los pies del hombre una superficie seca y estéril" (Obermann, carta IX) o recorro calles, he de variar constantemente de marcha; una pareja que está en la acera constantemente charlando y me obliga a ladearla, el transeúnte de delante que va más despacio que yo, un coche que se me cruza cuando voy a atravesar una calle, este que me saluda, aquél que me llama la atención, el otro que parece mirarme como a una persona conocida, a cada momento rostros nuevos, conocidos y desconocidos, todo ello exige pequeñas adaptaciones, que convierte mi marcha en un acto mucho menos automático.
Cada una de estas ligeras e insignificantes variaciones parece no tener importancia; pero la serie de ellas es como una descarga continua que acaba por llevarme a cierto estado de fatiga sobreexcitante, casi de irritabilidad.
Yo no sé si eso que llaman neurastenia será una enfermedad especialmente ciudadana, pero si no lo es, merecería serlo.
Lo que sí creo que pueda afirmarse es que las grandes ciudades produzcan lo que podemos llamar cerebralismo.
Y en las ciudades me parece que la serie de las excitaciones sensoriales, que las variadas excitantes que por los sentidos nos entran, menudea tanto y es tan compleja, que apenas nos deja lugar a reponernos de ella lo debido.
Todos estos testimonios nos informan del cambio que supuso para el estilo de vida de las sociedades europeas la aparición de las grandes capitales y, en general, el auge de la urbe como espacio de acogida para esos contingentes de población que emigran del campo a la ciudad en busca de mayores posibilidades.
La consolidación de la ciudad en la Europa de principios del siglo XX irá acompañada de un cambio en la "vida mental" del individuo, que pasa a caracterizarse por ese "cerebralismo" del que habla Unamuno para Madrid y por eso que Simmel llama actitud blasé: la indolencia e indiferencia frente a tanto estímulo externo, frente a una multitud que amenaza con ahogar la personalidad propia.
Sin embargo, es evidente que este cambio en la forma de vida de la España finisecular no se realiza de forma tajante ni radical; al contrario, durante estos primeros años del siglo se produce la convivencia entre un país que todavía es mayoritariamente rural y unos núcleos urbanos que poco a poco van ganando terreno.
Esta coexistencia entre dos mundos, entre dos estilos de vida, provoca irremisiblemente un contraste, un choque en la mentalidad del individuo que transita de uno al otro.
Y este es justamente el caso del personaje de Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia (1911), que pasa de vivir en la metrópolis que es el Madrid de fin de siglo a vivir en un pueblo como Alcolea del Campo.
De las impresiones del protagonista de la novela durante sus años en Madrid y durante los meses que pasó en ese imaginario pueblo de la Mancha inventado por Baroja quiero ocuparme ahora.
EL MADRID DE ANDRÉS HURTADO
La primera reacción de Andrés Hurtado ante el Madrid finisecular de El árbol de la ciencia la encontramos en el segundo capítulo de la primera parte de la novela, cuando Baroja describe las primeras sensaciones del protagonista como estudiante de medicina y la impresión de ciudad apática y estancada que le suscita Madrid:
En esta época era todavía Madrid una de las pocas ciudades que conservaba espíritu romántico.
Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral.
Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador.
El pragmatismo nacional cumple su misión cuando deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas.
En un ambiente de ficciones, residuo del pragmatismo viejo y sin renovación, vivía el Madrid de hace años.
Otras ciudades españolas se habían dado cuenta de la necesidad de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad y sin deseo de cambio (Baroja, 1998, 377).
A través de los distintos personajes de la obra, Baroja nos introduce en los diferentes ambientes de la ciudad: la pobreza de la familia Minglanilla, el personaje de Villasús como encarnación de la bohemia finisecular más degradada o la Venancia como personificación de una aristocracia en declive y venida a menos ante el empuje de la nueva burguesía; prostitutas, mendigos, prestamistas de poca monta y todo tipo de personajes fracasados y marginales que circulan por esos bajos fondos donde transcurren algunos pasajes de la novela.
Como no podía ser de otra forma, el novelista vasco también nos deja una impresión del protagonista sobre esa vida mental de Madrid, sobre ese nerviosismo del individuo moderno en la gran ciudad estudiado por Simmel.
Ese "cerebralismo" que según Unamuno provocaba la vida del Madrid finisecular en sus habitantes también es sufrido por un Andrés Hurtado que, en conversación con su amigo Montaner, se queja de lo agobiante y pesada que resulta cualquier cosa en el contexto de la gran ciudad, donde todo es efímero y precario:
- Es triste todo eso.
Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.
- Sí; esto es un pantano –murmuró Montaner.
Esta "vida sin vida" es la que experimenta el personaje principal de El árbol de la ciencia a lo largo de toda la novela, con la excepción de un momento concreto.
Este episodio sorprendente e inusual, tratándose de un individuo acostumbrado a esa interinidad de la vida urbana y a esa anomia y desorientación vital que le caracteriza, sucede cuando el protagonista de la novela empieza disfrutar de la vida en matrimonio con Lulú y de la independencia de vivir en su nuevo hogar, en medio de una inopinada harmonía.
De hecho, es tanta la extrañeza que hallan en este reducto en medio de la ciudad, que Hurtado compara su situación con la de la vida rural, alejada de esa civilización insufrible:
Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida y de su casa.
Ahora le asombraba cómo no había notado antes aquellas condiciones de arreglo, de orden y de economía de Lulú.
Cada vez trabajaba más a gusto.
Aquel cuarto grande le daba la impresión de no estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en el campo, en algún sitio lejano (Baroja, 1998, 557).
Es tal el asombro experimentado por el personaje ante una situación de paz a la que está tan poco acostumbrado, que incluso duda y recela ante lo que parece un espejismo: no es posible que a un hombre tan desdichado como él y en un ambiente tan infernal como ese Madrid de la "interinidad", descubra que la vida no es obligatoriamente esa desgracia ininterrumpida.
Tristemente, el curso de los hechos confirmará los peores presagios de Andrés Hurtado y esta etapa de tranquilidad será solamente eso: un oasis de paz en medio de una vida de sufrimiento constante, dominada por la neurastenia y culminada voluntariamente con ese suicidio tan comprensible.
Como vemos, el Madrid de Andrés Hurtado es, en muchos aspectos, muy parecido a esas grandes capitales de la Europa finisecular.
Hurtado es ese hombre moderno que vive este nerviosismo de la vida mental urbana, con la diferencia de que, en su caso, a este se unen otros factores que le complican sobremanera la existencia.
Y quizá lo más triste es que la situación que encuentra en el campo durante esa breve estancia de unos meses en el pueblo rural de Alcolea del Campo, no es –ni mucho menos– mejor que la que ya había experimentado en Madrid.
Como voy a tratar de explicar, el ambiente de Alcolea será distinto al de la ciudad, pero igual de asfixiante para él –si no más– que aquel otro que había dejado atrás.
Este contraste entre ambas experiencias es el que nos ilustra la visión que Baroja tenía de esta dialéctica entre el campo y la ciudad española de fin de siglo, y de sus respectivos estilos de vida.
ALCOLEA DEL CAMPO: MICROCOSMOS DE LA ESPAÑA RURAL
El auge de una ciudad como Madrid no nos debe hacer perder de vista una realidad insoslayable: a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, España es un país mayoritariamente rural.
De hecho, y como se puede leer en un manual de historia de España muy reciente, algunos historiadores consideran que uno de los fenómenos que más llaman la atención de la España finisecular es que, en comparación con el marco general europeo de entresiglos, el proceso de urbanización es tardío y limitado a los núcleos de Madrid y Barcelona, que apenas superan el medio millón de habitantes al acabar la centuria, y a un muy reducido grupo de ciudades que llegaba a los cien mil; el resto de población –un 80 por ciento– vivía en localidades que no superaban los 10.000 habitantes (Casanova; Gil Andrés, 2009, 20).
En las siguientes páginas quiero centrarme en la vivencia del protagonista de la novela en Alcolea del Campo, el pueblo creado por Baroja como un microcosmos de ese campo español de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
Alcolea es un pueblo concreto con unas coordenadas espacio-temporales propias y unas características específicas, pero Alcolea es también una sinécdoque, una metonimia geográfica de la España rural definida y descrita por Baroja a partir de una creación ficcional en la que, sin embargo, se dan todos aquellos rasgos que sirven al novelista para reconstruir el estilo de vida rural y nos sirven a los lectores para dar un salto en el tiempo y, a partir de un ejemplo concreto y localizado, conocer la España rural de la mano de Andrés Hurtado.
Lo primero que hace Baroja al iniciar la quinta parte de El árbol de la ciencia es describir escuetamente el pueblo al que acaba de llegar el protagonista de la novela después de obtener una plaza como médico:
Era este un pueblo del centro de España, colocado en esa zona intermedia donde acaba Castilla y comienza Andalucía.
Era villa de importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse en una estación de la Mancha y seguir a Alcolea en coche (Baroja, 1998, 483).
Aunque pueda parecer una descripción aséptica, se percibe la intencionalidad de Baroja en un par de detalles.
Primero, cuando sitúa el pueblo en un lugar concreto y simbólico: pudiéndolo localizar en cualquier lugar de la geografía española, el novelista no busca la periferia o lo excéntrico; al contrario, al situarlo en el "centro de España" le otorga voluntariamente una representatividad y ese valor de metonimia al que ya he aludido.
Lo llama Alcolea del Campo como lo podría llamar de cualquier otra forma; lo importante no es el nombre, sino el hecho de ser un pueblo del centro del país, una especie de encrucijada o lugar de paso donde se concentran todas las características que comparten los pueblos españoles de la época.
En segundo lugar, me parece interesante el dato de afirmar que estamos ante una "villa de importancia", lo cual no deja de ser una contradicción en los términos: la villa no suele ser por definición algo importante, y menos en comparación con Madrid.
Lo que desde mi punto de vista nos quiere transmitir Baroja con este dato de los miles de habitantes de Alcolea es que no estamos ante una aldea insignificante o un pueblucho de mala muerte; en realidad, se trata de un pueblo grande que no llega a ciudad, pero que no por ello carece de interés.
Unas páginas más adelante encontramos un par de descripciones del clima y el paisaje del nuevo hábitat de Andrés Hurtado, hechas siempre por ese narrador con focalización interna que emplea Baroja para transmitirnos la percepción de protagonista.
Ya en el primer día de Hurtado en el pueblo, en pleno verano y a media mañana, esta es la reflexión que le sugiere un ambiente que ya solamente por el clima –sin haber entrado en contacto apenas con la gente del pueblo– empieza a revelarse asfixiante y nada halagüeño: "Hacía un calor horrible; todo el campo parecía quemado, calcinado; el cielo, plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos, y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, a través del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo (Baroja, 1998, 486)".
Uno de los primeros aspectos de la vida cotidiana de Alcolea que empiezan a irritar a Hurtado es el de sus hábitos alimenticios.
Lo primero que hace al llegar a la fonda del pueblo en la que se hospeda es cambiar una dieta que, hasta su llegada, consistía básicamente en carne sazonada con especias picantes.
Como nos dice el narrador, "con aquel régimen de carne y con el calor, Andrés estaba constantemente excitado" (Baroja, 1998, 491).
Poco a poco, los hábitos y las costumbres de Alcolea le van resultando cada vez más insufribles; es tal su incompatibilidad que, al pedir a la patrona de la fonda una serie de cambios en esa rutina a la que no se logra aclimatar, esta concluye de la siguiente forma refiriéndose a la sensación que le produce el nuevo médico del pueblo y huésped eventual suyo: "Con estas advertencias, la nueva patrona creyó que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba mucho" (Baroja, 1998, 492).
Esa imagen, la de un loco extravagante, es la que le sugiere al habitante común de Alcolea su nuevo vecino; la impresión de un extranjero que no se adapta a unos hábitos preestablecidos y que se atreve a cuestionar la dieta y las costumbres seculares más arraigadas.
Y es que, efectivamente, Hurtado lo intenta todo, pero la situación le supera y llega a una conclusión sobre los usos y las prácticas del pueblo que no puede ser más lapidaria: "Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo" (Baroja, 1998, 498).
En este caso es el propio Baroja quien, a través del narrador, se encarga de extrapolar la situación particular de Alcolea al marco general del conjunto del país, verificando así la teoría que he expuesto sobre la función de este pueblo como metonimia de la España rural de fin de siglo.
Otro de los aspectos que más critica el protagonista de El árbol de la ciencia de Alcolea del Campo es algo que también Baroja señaló de la España rural de su tiempo: la absoluta falta del más mínimo sentido social.
Ese sentimiento de comunidad que Émile Durkheim consideraba esencial para el buen funcionamiento de cualquier sociedad, no se encuentra por ningún lugar en Alcolea, la cual cosa tiene como consecuencia la nula capacidad del colectivo para organizarse y reaccionar ante una adversidad coyuntural como fue la crisis de la viticultura que sufrió España a partir de los años noventa, cuando la plaga de la filoxera pasó de afectar Francia a perjudicar a España:
El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva.
No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación.
Los hombres iban al trabajo y a veces al casino.
Las mujeres no salían más que los domingos a misa.
Por falta de instinto colectivo, el pueblo se había arruinado.
En la época del tratado de los vinos con Francia, todo el mundo, sin consultarse los unos a los otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus campos, dejando el trigo y los cereales y poniendo viñedos; pronto el río de vino de Alcolea se convirtió en río de oro.
En ese momento de prosperidad, el pueblo se agrandó, se limpiaron las calles, se pusieron aceras, se instaló la luz eléctrica...; luego vino la terminación del tratado, y como nadie sentía la responsabilidad de representar al pueblo, a nadie se le ocurrió decir: "Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra vida antigua; empleemos la riqueza producida por el vino en transformar la tierra para las necesidades de hoy".
A esta falta de "sentido social" se une la terrible presión que ejerce sobre el pueblo una moral católica represiva y, todo junto, se traduce en una triste sensación de incultura que, en el plano político, tiene la perversa consecuencia de alterar el orden racional de lo que debería ser un buen gobierno.
Una vez más, Baroja emplea el caso de Alcolea como microcosmos de ese todo que es la España rural de fin de siglo; los vicios y la corrupción política de Alcolea son, otra vez, un síntoma de lo que acontece a nivel general en el país durante el período de la Restauración:
[...] cada ciudadano de Alcolea se sentía tan separado del vecino como de un extranjero.
No tenían una cultura común (no la tenían de ninguna clase); no participaban de admiraciones comunes; solo el hábito, la rutina, les unía; en el fondo, todos eran extraños a todos.
Muchas veces a Hurtado le parecía Alcolea una ciudad en estado de sitio.
El sitiador era la moral, la moral católica.
Allí no había nada que no estuviera almacenado y recogido: las mujeres en sus casas, el dinero en las carpetas, el vino en las tinajas.
Andrés se preguntaba: "¿Qué hacen estas mujeres?
¿Cómo pasan las horas de sus días?".
Con aquel régimen de guardarlo todo, Alcolea gozaba de un orden admirable; solo un cementerio bien cuidado podía sobrepasar tal perfección.
Esta perfección se conseguía haciendo que el más inepto fuera el que gobernara.
El cedazo iba separando el grano de la paja, pero luego se recogía la paja y se desperdiciaba el grano.
Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento de la paja entre españoles no era raro.
Por aquella selección a la inversa, resultaba que los más aptos allí eran precisamente los más ineptos (Baroja, 1998, 499).
Cuando su situación en el pueblo se torna insostenible, Hurtado decide dimitir de su puesto de médico sustituto y marcharse de Alcolea, no sin antes sincerarse con Dorotea, a quien confesa los motivos de su marcha y con quien termina consumado un amor que, como todo en aquel contexto de miseria y doble moral, yacía también reprimido en su interior.
Así, de forma algo abrupta, pero totalmente comprensible, acaba la experiencia de Andrés Hurtado en Alcolea del Campo y finaliza también esta incursión de Baroja en la España rural de fin de siglo.
EL CAMPO Y LA CIUDAD: LAS DOS ESPAÑAS DE ANDRÉS HURTADO
El análisis de la influencia del ambiente de Madrid y de Alcolea del Campo en el estilo de vida y la personalidad de Andrés Hurtado me lleva a una primera conclusión clara: por unos motivos o por otros, en las dos Españas –la rural y la urbana– se muestra incómodo; ni en el ámbito de una gran capital europea en desarrollo como era el Madrid de 1900, ni en el de un tranquilo pueblo de la España rural de fin de siglo encuentra su sitio el protagonista de El árbol de la ciencia.
En su ensayo "La ampliación de los grupos y la formación de la individualidad" (Die Erweiterung der Gruppe und die Ausbildung der Individualität, 1908), Georg Simmel exponía una interesante teoría sociológica que se ajusta bastante bien a lo que, desde mi punto de vista, le sucede al personaje creado por Baroja.
Argumentaba Simmel que en un círculo social estrecho, como creo que puede ser el pueblo de Alcolea según lo describe Baroja, la libertad de la que goza el individuo es por lo general menor, de forma que es más fácil distinguirse del resto de miembros que integran ese grupo y que sí que son homogéneos entre ellos; algo parecido a esto es lo que le sucede a Hurtado cuando pasa de vivir en Madrid a hacerlo en Alcolea del Campo.
En mi opinión, Hurtado representa el elemento refinado y heterodoxo que procede del exterior –en este caso de la ciudad– y se introduce en un ambiente cerrado y ortodoxo, rompiendo con ese simple hecho su equilibro natural y, hasta ese momento, incuestionable.
Baroja introduce hábilmente este contraste a través de la reacciones del elemento subversivo que es el protagonista de su novela y del elemento subvertido que es la mentalidad tradicional del pueblo.
En un pasaje que ya he citado, el personaje de Dorotea dice de Hurtado que sus ideas "revolucionarias" le parecen "absurdas".
Frente a esta postura, está la opuesta, la del propio Andrés Hurtado.
Cuando entra en contacto con el otro médico del pueblo, este le cuenta su gran afición a los toros.
Para un espíritu sutil y urbanita como el de Hurtado, esta inclinación de su homólogo por el espectáculo de las corridas ya es suficiente dato para catalogarlo tajantemente: "Esta afición bastó a Andrés para considerarle como un bruto" (Baroja, 1998, 494).
El choque de mentalidades es evidente.
Si esto sucede en un grupo social reducido, cuando se amplía el círculo –argumenta Simmel– sucede justamente lo contrario: la libertad individual es mayor, pero la peculiaridad que representa el individuo decrece proporcionalmente.
Como explica Simmel, un grupo social extenso, como pueda ser el Madrid de fin de siglo en el que vive el protagonista de la novela, permite una mayor libertad de movimientos, justamente por el hecho de que este círculo no se "ocupa" tanto de sus elementos y también exige menos de cada uno de ellos:
[...] el grupo amplio concede mayor espacio a las manifestaciones extremadas y a los abusos del individualismo, al aislamiento del misántropo, a las formas de vida barrocas y arbitrarias, al egoísmo redomado, esto es solo la consecuencia de que el grupo amplio tiene menos exigencias, se ocupa menos del individuo, y por eso pone menos obstáculos al pleno desarrollo de todos los instintos, incluso de los más perversos (Simmel, 1986b, 759-760).
Aceptando que la naturaleza anímica y psicológica del individuo urbano es diferente a la del que se desenvuelve en el medio rural, podemos convenir con Simmel que, efectivamente, y como vemos que le sucede al protagonista de El árbol de la ciencia, el estilo de vida urbano se caracteriza por esa actitud de reserva y distanciamiento frente al entorno, como la que adopta Andrés Hurtado en Madrid, exacerbando su individualidad y no estableciendo lazos afectivos fuertes con nadie: ni familiares, ni compañeros de estudios, ni amigos; la única que consigue romper esa barrera es Lulú.
Según la teoría simmeliana, el individuo que vive en la ciudad "se crea un órgano de defensa frente al desarraigo con el que le amenazan las corrientes y discrepancias de su medio ambiente externo"; este mecanismo de defensa es para este sociólogo alemán "como un preservativo de la vida subjetiva frente a la violencia de la gran ciudad" (Simmel, 1986a, 248).
Para Simmel, la multitud urbana y la actitud de reserva que adopta el individuo frente a ella hace que sea justamente allí en la gran urbe donde el grado de libertad alcanzado sea mayor que el que se podría lograr en el medio rural o en las ciudades más pequeñas.
Sin embargo, esa relación del individuo frente a la multitud amenazadora también provoca que se corra el peligro de que esta libertad pueda derivar en la soledad y el sentimiento de desarraigo que caracteriza al hombre moderno:
[...] el urbanita es "libre" en contraposición con las pequeñeces y prejuicios que comprimen al habitante de la pequeña ciudad.
Pues la reserva e indiferencias recíprocas, las condiciones vitales espirituales de los círculos más grandes, no son sentidas en su efecto sobre la independencia del individuo en ningún caso más fuertemente que en la densísima muchedumbre de la gran ciudad, puesto que la cercanía y la estrechez corporal hacen tanto más visible la distancia espiritual; evidentemente, el no sentirse en determinadas circunstancias en ninguna otra parte tan solo y abandonado como precisamente entre la muchedumbre urbanita es solo el reverso de aquella libertad.
Pues aquí, como en ningún otro lugar, no es en modo alguno necesario que la libertad del hombre se refleje en su sentimiento vital de bienestar (Simmel, 1986a, 256).
Esta teoría general de Simmel es justamente la que Baroja nos demuestra de forma más empírica a través del ejemplo de Andrés Hurtado y de su existencia en una ciudad en la que, pese a la multitud que le rodea, se siente en muchos momentos solo y desorientado.
El problema del protagonista de esta novela de Baroja es que su malestar no desaparece cuando se traslada al pueblo y cambia su estilo de vida; al contrario, al desarraigo que siente en la ciudad se une la impotencia ante una sociedad que le parece inculta y, en muchos aspectos, irracional, incivilizada.
Mientras vive en Alcolea, Hurtado "solo siente malestar y repulsa, y su distanciamiento de la sociedad –donde irónicamente trabaja como médico– se muestra por el aire que adquiere de «extranjero» y por la animosidad creciente de los otros respecto a él" (Martínez Palacio, 1972, 151).
El cambio de la ciudad al campo no le resulta beneficioso en ningún aspecto y lo que hubiera podido ser una experiencia enriquecedora se convierte en un infierno cotidiano de enfrentamientos e incomprensión por parte de sus convecinos.
En cierto modo, Hurtado es un ejemplo del individuo que no es del todo feliz en la ciudad pero que, en cambio, relativiza esa disconformidad cuando se aleja de su hábitat natural y se topa con otros estilos de vida que, al resultarle todavía más extraños, le hacen "reconciliarse" con ese mal menor que es la vida urbana.
En La decadencia de Occidente (1918 y 1922) hay un capítulo titulado "El alma de la ciudad" en el que Oswald Spengler teoriza sobre el cambio que ha supuesto para el individuo moderno este paso de la vida rural a la vida urbana en las grandes ciudades que se forman durante el período del cambio de siglo y primeras décadas del siglo XX.
Analizando el estilo de vida urbano y sus diferencias con respecto al modo de vida en el campo, Spengler llega a una conclusión que se ajusta muy bien a lo que creo que le sucede al protagonista de nuestra novela.
Defiende este filósofo alemán que el individuo moderno que vive en la ciudad hace de ella su patria y le entrega, por así decirlo, su libertad, de forma que cuando este mismo individuo se aleja de ella y se traslada al medio rural, se siente inevitablemente como un extranjero, como un extraño fuera de lugar:
Quien cae en las redes de la belleza pecadora de este último prodigio de la historia no recobra nunca más su libertad.
Los pueblos primitivos pueden desprenderse del suelo y emigrar a remotos países.
El nómada intelectual no puedo hacerlo ya.
La patria para él es la ciudad.
En la aldea más próxima siéntese como en el extranjero.
Prefiere morir sobre el asfalto de las calles a regresar al campo.
Y no lo liberta ni siquiera el asco de esa magnificencia, el hastío de tanta luz y tanto color, el taedium vitae que se apodera al fin de muchos.
El hombre de la gran urbe lleva eternamente consigo la ciudad; la lleva cuando sale al mar; la lleva cuando sube a la montaña.
La llegada de Andrés Hurtado a Alcolea es un caso evidente de este sentimiento de extrañeza que siente el hombre que ya ha interiorizado lo urbano, pero es también un ejemplo del rechazo por parte del mundo rural a un elemento procedente de fuera.
Según Spengler, la irrupción de la gran urbe moderna como forma de vida supone la superación de una fase de la historia dominada por la tradición y el pragmatismo del individuo rural, y la inauguración de una etapa que trae consigo una nueva cultura: la cultura científica.
Obviamente, argumenta el filósofo alemán, todas estas invenciones, ya sean políticas, económicas, intelectuales o artísticas, son acogidas por el hombre rural "con desconfianza y vacilación", esto es, con la misma actitud con la que hemos visto que Andrés Hurtado es recibido en Alcolea.
En la introducción a su estudio clásico sobre la imagen del campo y de la ciudad en la literatura inglesa, el historiador Raymond Williams afirmaba que "el contraste entre el campo y la ciudad, como dos estilos fundamentalmente distintos de vida, se remonta a la época clásica" (Williams, 2001, 25).
Lo que aquí he tratado de argumentar es la concepción que Baroja tenía de esta dicotomía clásica y su expresión a través de una novela como El árbol de la ciencia.
Al hacerlo, mi objetivo ha sido demostrar que existe una relación dialéctica entre campo y ciudad que me permite hablar de una identidad urbana y una identidad rural en el contexto de esas dos Españas que conviven durante el cambio de siglo. |
Reseña del libro "Razón biológica: la base evolucionista del pensamiento.
Colección Razón y Sociedad"
Razón biológica: La base evolucionista del pensamiento.
Colección Razón y Sociedad.
En esta obra Castrodeza analiza y contrasta las clásicas visiones del mundo, esencialista y accidentalista, para mostrar la ambigüedad en que se encuentra la «condición histórica del hombre desde la perspectiva de Occidente» (p.
Reclama a la Filosofía que aclare dicha ambigüedad a través de la razón biológica fundamentada en el estudio de la base evolucionista del pensamiento.
A lo largo del libro, describe la importancia que tiene el individuo modal (clase media) por ser el que más padece la «paradoja» (supervivencia-existencia), debido a su inconformismo y su afán por comprender las cosas emprendiendo caminos nuevos (ciencia y tecnología) para controlar su medio más inmediato, garantizando su supervivencia en «el más acá» y poder dar sentido a su existencia en relación «al más allá».
La polémica está servida puesto que, a todo ser vivo (incluido el ser humano), se le aplican los conceptos de información, conocimiento, adaptación (p.
16) para ser entendidos en su medio y circunstancia, porque es donde se manifiesta la diversidad y pluralidad de los mismos, haciendo que la objetivación resulte cada vez más compleja y, con ello, estén en constante revisión las teorías científicas y las filosóficas porque, según Quine, «la filosofía está en el extremo abstracto y teórico de la ciencia.
La ciencia, en su sentido más amplio, es un elemento continuo que va desde la historia y la ingeniería, en un extremo, a la filosofía y matemáticas puras, en el otro» (p.
La razón biológica afecta al ser humano instintivo y al racional, pero cada individuo tiene su 'clase y condición' dando lugar a castas y/o clases sociales (p.
236), afirmando la ortodoxia más accidentalista que «la selección no actúa directamente a nivel social (de la especie o de la población) por lo que si del beneficio del individuo se deriva un beneficio social esto ocurre a pesar de la acción individual y no por su causa» (p.
Entre todos los modos con los que cuenta para solucionar la supervivencia (mantenimiento y reproducción) y, según Castrodeza, «lo que es preferible lo determinan las circunstancias [...], sobre una base interorgánica absolutamente igualitaria» (p.
17) porque la dicotomía esencialista-accidentalista «no refleja la realidad que se pretende sino, simplemente la situación entre dos grupos de seres humanos que se sienten, respectivamente, más o menos seguros en su medio en función de su propia historia personal y social» (p.
151), formalizándola a través de dos actitudes: instintivista (primer orden) y racionalista (nivel intelectivo de segundo orden) donde «los instintivistas no utilizan las palabras para precisar lógicamente sus ideas, sino más bien para señalar unas vivencias, para plasmar en palabras unas intuiciones que entran mucho más en la expresión artística que en la lógica» (p.
Al final de su exposición, Castrodeza afirma que las tipologías tratadas en su estudio son «el resultado de la interacción del genotipo y el ambiente percibido, es decir, [...] estrategias de supervivencia.
En todo caso, se 'genetizarían', valga el término, aquéllas que facilitaran más la supervivencia a través de los tiempos» siguiendo el proceso de asimilación genética que lanzó Conrad Waddington (p.
En la primera mitad del siglo XIX se imprimió la palabra scientist para diferenciarse de los artist (p.
211) pero, todavía hoy, se cuestiona si esta distinción facilita o entorpece la concepción de nuestra existencia.
Este libro está estructurado de la siguiente manera: Palabra preliminar sobre esta edición (p.
13), Tesis global de esta obra (p.
21), Introducción (para emotivos).
La base evolucionista de la Ilusión (p.
El aspecto 'involutivo' del proceso evolutivo (p.
Estrategias adaptativas y eficacia biológica (p.
¿Para qué sirve la ética? (p.
Hacia una solución biológica al problema de las dos culturas (p.
153), Capítulo V. La diversidad del intelecto y su lógica biológica (p.
La base evolucionista del pensamiento filosófico (p.
235), Epílogo (para flemáticos) (p.
También, ha sido publicado en la editorial Minerva, en el año 1999.
Carlos Castrodeza (Tánger, 1945 – Madrid, 2012) desarrolló su actividad investigadora en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad de Edimburgo, en la Universidad de Helsinki, y en la Universidad de Leeds.
Desde 1985, fue profesor en el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, de la Facultad de Filosofía (UCM). |
Reseña del libro "Responsabilidad por la justicia"
Responsabilidad por la justicia.
Entre la culpa y la responsabilidad
El trabajo de la prestigiosa catedrática de Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago nos presenta, en su obra póstuma, responsabilidad por la justicia, un texto que se distingue por la intensa y eficaz indagación sobre cómo integrar las responsabilidades individuales conjuntamente con los procesos estructurales para lograr alcanzar sociedades más justas.
Para ello desarrolla un nuevo modelo de análisis de las injusticias sociales que está sustentado en las ideas que emergen sobre la diferencia entre "culpa" y "responsabilidad".
Marion Young comienza sentenciando que, en la actualidad, está generalizada la idea de que las causas de la pobreza no son sociales sino personales.
Para justificar esta idea en el primer capítulo analiza el cambio en la percepción de la pobreza que sitúa en los años 80 con la difusión del discurso sobre la necesidad de una mayor responsabilidad de los individuos ante una situación de pobreza.
Al contextualizar su análisis en los Estados Unidos, la autora afirma que en USA, tanto conservadores como liberales, aceptaron que este a priori debería ser la base del nuevo Estado de Bienestar.
Esta uniformidad de pensamiento da lugar a que la responsabilidad compartida de una sociedad en torno a temas como la atención de las personas mayores, los menores de edad, la seguridad en la atención médica y la eliminación de la pobreza están siendo modificadas por el individualismo bajo el paraguas ideológico de la "responsabilidad personal".
Marion Young analiza el concepto de responsabilidad personal desde las aportaciones realizadas por Lawrence Mead y Charles Murray que ella considera erróneas en el sentido de separar las interpretaciones individuales de las estructurales en el desarrollo de las injusticias.
Para la autora hay que reconocer el papel fundamental que juegan las estructuras en la producción de las injusticias sociales pero no se puede olvidar el papel de los individuos en esa misma producción, pues son los individuos quienes, finalmente, desarrollan esas mismas estructuras.
Posteriormente, en el segundo capítulo, la autora analiza el papel de las estructuras políticas, económicas y sociales en la generación de las injusticias.
Para estudiar el papel que juega la estructura básica acude a las tesis de John Rawls, sobre las que la autora está básicamente de acuerdo aunque considera que deben ser ampliadas en el sentido de reconocer la importancia de las relaciones entre las personas.
Para ello los individuos deberíamos juzgar nuestros propios actos en dos sentidos: en cómo tratamos a los demás y en si contribuimos, con nuestras acciones, a que los procesos estructurales creen injusticia.
El núcleo central del libro se encuentra en el análisis de la diferencia entre culpa y responsabilidad.
Gracias a esta disertación la autora desarrolla un modelo, al que denomina "modelo de conexión social", que es el eje sobre el que sustenta su teoría para la mejora de las sociedades hacia arquetipos más justos.
Hannah Arendt es el bastión sobre el que sustenta las distintas conceptualizaciones de culpa y responsabilidad llegando a la conclusión de que la culpa debe ser atribuida a personas que cometen crímenes o agravios.
Por el contrario, la responsabilidad atañe a personas que apoyan, de forma activa o pasiva, a gobiernos, instituciones y prácticas que cometen crímenes o agravios.
Una vez expuesto este principio sobre el que basa su modelo pasa a desarrollarlo en el capítulo cuarto.
El modelo de conexión social significa que "todos los que contribuyen con sus actos a los procesos estructurales que ocasionen alguna consecuencia injusta comparten la responsabilidad de esa injusticia" (pág. 108).
Este modelo posee unas características que lo legitiman ante otros previamente desarrollados sobre el análisis de las injusticias, como son: 1/ No aísla, lo que implica que, a diferencia de la responsabilidad dictada por la ley civil, que busca conocer cuáles fueron los individuos específicos que causaron un daño, este presupuesto implica que habría que culpabilizar también a aquellas personas que indirectamente han causado daño y no eximirlas de responsabilidad.
2/ Juzga las condiciones de fondo, lo que se subraya es que las condiciones basadas en costumbres o mimetismo también han de ser juzgadas en base a la responsabilidad de nuestros actos.
3/Mayor consideración del futuro que del pasado, aunque considera la autora que es imprescindible mirar al pasado para comprender los procesos de producción de justicia, se debe poner el acento en mirar a cómo ciertos actos provocan injusticias en el futuro.
4/ Responsabilidad compartida, Marion Young apunta que todos aquellos que contribuyen a favorecer los procesos estructurales que causan injusticias han de compartir la responsabilidad de los daños causados.
5/ Responsabilidad solo a través de la acción colectiva, en este último apartado la autora pretende dar una alternativa a quienes consideran que debe ser el Estado únicamente quien resuelva las injusticias; ante esta opinión en el libro se propone que los individuos se unan colectivamente para solucionar las injusticias.
La responsabilidad en nuestro contexto debe poseer un ámbito global, no es posible escudarnos en nuestro localismo para eludir las responsabilidades.
En un contexto global una acción en una parte del mundo tiene consecuencias en otro lugar que puede estar geográficamente muy alejado y esta nueva situación geopolítica ha de replantarnos nuestros actos.
Es en el capítulo quinto donde señala este auténtico reto político ya que, además de la importancia de la globalización, señala que la responsabilidad política no debe ser una cuestión únicamente de "los políticos" sino que debería estar basada en la conexión socio-estructural de la responsabilidad.
El descargar toda o parte de la responsabilidad de una injusticia en las instituciones es una de las estrategias para eludir la responsabilidad individual que la autora describe en el capítulo sexto.
Junto a esta estrategia se señalan otras como la de pensar que las cosas ocurren por casualidad o por fuerza natural, también se indica que la idea de la responsabilidad ha de estar ligada a una conexión directa con la persona a la que se le causa daño y en último lugar analiza cómo las presiones del día a día ocupan nuestro pensamiento y no nos pararnos a reconocer las interconexiones entre nuestros actos y la vida de otros individuos.
Finalmente, en el último capítulo, se distinguen, como opuestos, los dos modelos de responsabilidad que se plantean a lo largo del libro: el modelo de conexión social y el modelo de responsabilidad por obligación.
Estos modelos surgen de la diferente conceptualización de culpa y responsabilidad.
Tras este análisis la autora sugiere que el cambio hacia sociedades con mayor nivel de justicia debe darse a través de la mayor implicación de los individuos en relación a sus actos y, desde una postura de mayor pragmatismo, se podría conseguir a través de la organización de actos colectivos, compartiendo la responsabilidad por eliminación de las injusticias.
En el texto se acompaña una introducción de Martha C. Nussbaum en la cual realiza una interesante aportación crítica a alguno de los supuestos que desarrolla Iris Marion Young, como por ejemplo, incluir una definición (clara y compleja al mismo tiempo) del concepto de responsabilidad, lo cual amplía y promueve nuevas interpretaciones conceptuales sobre el análisis de la culpa y la responsabilidad en nuestras sociedades. |
Reseña del libro "Traspasar fronteras.
Über Grenzen Hinaus [Exposición y Catálogo]"
Über Grenzen Hinaus [Exposición y Catálogo].
Es sabido que las relaciones hispano-alemanas se remontan al reinado Carlos I de España y V de Alemania (1519-1558), y que, aunque minoradas por diversas circunstancias, nunca dejaron de existir.
Sin embargo, ¿cuántos españoles, más allá de los especialistas en cada disciplina científica, saben que muchos de nuestros más preclaros mineralogistas, filósofos, médicos, químicos, físicos, matemáticos, filólogos, juristas, pedagogos o arqueólogos debieron parte de su formación a estancias en Alemania, y que gracias a ellos España vivió uno de los periodos más brillantes de su historia cultural?
¿Pero, igualmente, que alemanes expertos en minería y mineralogía colaboraron con el Gobierno español desde mediados del s. XVIII, o que tras la Primera Guerra Mundial científicos alemanes −entre ellos Albert Einstein− impartieron cursos y conferencias en España paliando así las penurias por las que atravesaban en su país?
Sobre estos y otros aspectos arrojan luz la presente Exposición y el Catálogo que la sustenta, poniendo de manifiesto cómo, desde escenarios bien distintos –España, en el agónico declive de su política colonial y Alemania en pujante actividad académico-investigadora−, ambas culturas volvieron a mirarse a mediados del s. XIX y sentaron las bases de una centuria de intercambio científico: de 1910, año en que vieron la luz las primeras instituciones españolas que lo impulsaron, a 2010, el de la primera convocatoria del Premio Julián Sanz del Río otorgado a jóvenes investigadores por la Fundación Universidades.es y el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD).
Veremos, no obstante, que los antecedentes nos llevan a finales del siglo XVIII.
Comisariada por la Dra.
Sandra Rebok y coorganizada por el CSIC y el DAAD, conforman la Exposición 26 paneles de 1,50 x 1,0 m, en los que imagen y palabra conviven armoniosamente.
Pese a emanar de una concienzuda investigación compilada en el Catálogo, el carácter divulgativo y la edición bilingüe la hacen accesible a un amplio público español y alemán, lo cual ha consolidado su vocación itinerante: inaugurada en junio de 2010 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, se ha exhibido en Sevilla, Barcelona, Ciudad Real, A Coruña y Valencia; y, en Alemania, en la Universidad de Regensburg y en las sedes del Instituto Cervantes de Múnich, Berlín y Frankfurt a.
M. –donde, dicho sea de paso, la visitamos en mayo de 2011.
Constituye el Catálogo un espléndido documento (433 páginas), en formato grande (30 x 24 cm) y edición bilingüe.
Prologado por el Presidente del CSIC, Rafael Rodrigo, y el Secretario General del DAAD, Christian Bode, en él intervienen, además de la propia Comisaria (editora científica, autora de dos de los textos, traductora y fotógrafa), un selecto elenco de 18 autores españoles y alemanes, que desgranan los aspectos, las personas, las instituciones, las circunstancias y los hitos históricos de las relaciones científicas hispano-alemanas.
Es, sin duda, una magnífica fuente de información histórica para un amplio abanico de especialistas, pero, igualmente, sumamente útil para centros españoles que enseñen lengua y cultura alemanas o sus homólogos alemanes.
No es esta la primera Exposición de Rebok, cuyas funciones en la Vicepresidencia Adjunta de Organización y Cultura Científica del CSIC incluyen las de prepararlas, editar catálogos y divulgarlas.
Con Puig-Samper, ha comisariado Un viaje del espíritu: Alexander von Humboldt en España, exhibida en las sedes del Instituto Cervantes en Berlín, Múnich, Bremen, Manchester, Londres y Viena, o España explora.
Malaspina 2010, dedicada, fundamentalmente, a la expedición de Alejandro Malaspina a las posesiones españolas de América y Asia en 1789-94.
Especializada en la obra humboldtiana tocante a los vínculos del sabio prusiano con España, Rebok es también autora de valiosos trabajos sobre aportaciones de naturalistas alemanes, p. ej., la edición, con Puig-Samper, del relato del viaje a España entre 1797 y 1801 del botánico Heinrich F. Link (Viaje por España, trad. de M. Fernández, CSIC, Madrid, 2010).
Veamos, pues, por dónde nos lleva Traspasar Fronteras.
Tras la Presentación, los paneles 2-5 nos adentran en los antecedentes de las relaciones científico-culturales en el s. XIX: la fundación en 1840 de la Academia Alemana-Española en Madrid, la estancia de Julián Sanz del Río en la Universidad de Heidelberg (1843-1845), desde donde introdujo el krausismo −doctrina tolerante en lo académico e imparcial en lo político-religioso−, la consolidación del transvase ideológico por la Institución de Libre Enseñanza (ILE), creada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos, y el descubrimiento de Ramón Cajal como científico en Berlín en 1889, que reanimó la alicaída ciencia española.
Aunque desde finales del s. XVIII, autores como Goethe o Schiller habían dedicado obras a asuntos españoles, y naturalistas alemanes investigado en España, fue el contacto de nuestra comunidad científica con Alemania lo que sacó a nuestro país del aislamiento científico en el último cuarto del s. XIX.
Los asuntos de este tramo los bosqueja Rebok y los amplía Puig-Samper en el Catálogo (pp. 21-28 y 29-54), constatando que, en realidad, los intercambios primigenios fueron en la minería, pues desde mediados del s. XVIII hubo expertos alemanes en España, como el primer director de la Escuela de Minas de Almadén, y españoles que estudiaron en la Bergakademie de Freiberg, donde lo hizo A. von Humboldt.
Seguidamente, los paneles 6-11 nos muestran la regeneración científica española a comienzos del s. XX.
Propiciada por la ILE, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), fundada en 1907, con Ramón y Cajal como Presidente y el jurista-pedagogo krausiano José Castillejo como Secretario, catapultó el cambio científico con un proyecto modernizador, materializado a través de la Residencia de estudiantes (1910), que impulsó la estancia de jóvenes en universidades y centros de investigación extranjeros ("ampliación de estudios") con un programa de pensiones (becas), y la Residencia de Señoritas (1915), que hizo lo propio con la mujer.
Desgranan los aspectos de este tercer tramo en el Catálogo S. Rebok (pp. 107-139), J. García-Velasco (pp. 139-167), M. Janué i Miret (pp. 169-191) y A. Gimber, I. Pérez-Villanueva Tovar y S. López-Ríos (pp. 193-213), resaltando que de los 3.150 pensionados entre 1908 y 1936, fueron a Alemania 769 (entre ellos −además de muchos otros mencionados o no en la presente reseña− la pedagoga María de Maeztu −directora muchos años de la Residencia de Señoritas− el filólogo Jordi Rubio Balaguer, el economista Ramón Carande y Thovar, el arqueólogo Antonio García Bellido, los médicos Severo Ochoa y Gregorio Marañón, el fisiólogo y político Juan Negrín, el físico-químico Miguel A. Catalán Sañudo, el físico-meteorólogo Arturo Duperier Vallesa, la museóloga Teresa Andrés Zamora o la genetista Jimena Fernández de la Vega Lombán.
Como contrapartida, por ejemplo, la Residencia acogió a pensionadas alemanas de origen judío que huían del hostil ambiente alemán.
La cooperación desde la otra perspectiva la vemos en el cuarto tramo, donde los paneles 12-13 ilustran la situación de la ciencia alemana en España al finalizar la Primera Gran Guerra y el interés científico-cultural por nuestro país durante la República de Weimar.
La creación de la Notgemeinschaft der deutschen Wissenschaft para impulsar la investigación dentro y fuera del país tras el boicot a la ciencia alemana al finalizar el conflicto, y la neutralidad española sumada a la oposición de investigadores españoles contra la exclusión de los colegas alemanes de los foros científicos internacionales facilitaron la cooperación con España.
Los paneles 14-15 muestran las primeras instituciones alemanas en nuestro país, y los dos siguientes la estancia de Albert Einstein y otros científicos, así como otras iniciativas que posibilitaron el intercambio.
Pormenorizan esta temática S. Rebok y A. Presas i Puig (Catálogo pp. 87-104 y 107-137), relacionando las instituciones impulsoras (p. ej., la fundación Alexander von Humboldt Stiftung) y constatando cómo España aprovechó las circunstancias antes expuestas para acceder a las disciplinas científicas más avanzadas en el modélico sistema alemán −desde mediados del s. XIX había vinculado los laboratorios universitarios a la industria− invitando a impartir cursos o conferencias a científicos alemanes, que atenuaban penurias y aislamiento, y cómo éstos, dada su precaria situación, compensaron a sus colegas españoles con títulos académicos, como doctor honoris causa, o ingresos en sociedades científicas.
El panel 18 nos pasea por la arqueología alemana en España, desgranada en el Catálogo (pp. 329-357) por J. Maier Allende y Th.
Apoyados por instituciones emanadas de la JAE, como el Centro de Estudios Históricos y la Comisión de Investigación Prehistóricas y Paleontológicas, jóvenes arqueólogos −como Pedro Bosch Gimpera, primer pensionado en Alemania entre 1911-1913− orientaron sus estudios en la prehistoria germana.
No obstante, ya en 1836, el Instituto Arqueológico Alemán (IAA) −que a partir de 1943 tuvo departamento permanente en España−, había permitido el ingreso al hebraísta Luis Usoz y Río y, posteriormente, a otros 26 españoles.
Por otro lado, la revista Investigación y Progreso, codirigida por H. Obermeier y A. Zulueta, publicó artículos de arqueólogos alemanes y españoles, y a principios de los años 30, nuevamente españoles realizaron estancias en Alemania y alemanes en la Península.
Ejemplo de la colaboración fue la intervención en la ciudad romana de Manigua −codirigida por Juan de Mata Carriazo y W. Grünhagen.
El quinto tramo (panel 21) recorre el intercambio desde la Guerra Civil hasta la transición democrática; desde la disolución de la JAE y la creación del CSIC en 1939, que heredó la política de intercambios de aquélla, hasta la prosecución de las relaciones a través de nuevas instituciones (p. ej., el Instituto Alemán de Cultura en Madrid y el Instituto de España en Múnich) y el restablecimiento, al terminar la Guerra Mundial, de las anteriores (Sociedad Görres, IAA e Instituto Goethe).
Este periodo lo detalla C. Sanz Díaz en el Catálogo (pp. 359-381), resaltando los vínculos creados por la ayuda alemana a Franco en la Guerra Civil y la rentabilización de Alemania durante la Guerra Mundial promoviendo las relaciones científicas y la lengua alemana, mientras España potenciaba la visita de científicos alemanes a través del CSIC −siendo Secretario José María Albareda, farmacéutico y químico y ex pensionado en Alemania−, del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial y de la Junta de Energía Nuclear.
El sexto tramo (paneles 22-24), cuyos objetivos detallan Ch.
Arndt y B. Göbel en el Catálogo (pp. 385-407), nos muestra el estado actual de la colaboración, en la que destaca la cooperación entre el CSIC (con 128 centros y 7 grandes instalaciones científicas), la Sociedad Max-Planck (con 76 institutos) y la Deutsche Forschungsgemeinschaft, amén de la cooperación cultural promovida recíprocamente con una política de becas por la Fundación Universidades.es y el DAAD.
La penúltima estación (panel 25) presenta el balance de la cooperación científica en los 100 últimos años, resaltando las alentadoras perspectivas que el Espacio Europeo de Enseñanza Superior brinda a ambos países, así como el mayor equilibrio, pese a la persistencia de diferencias.
Finalmente, el panel 26 nos muestra la cronología del intercambio jalonada por 35 fechas: desde la estancia de Julián Sanz del Río en Alemania en 1843-1845, hasta la primera convocatoria, en 2010, del Premio que lleva su nombre, destinado a jóvenes investigadores.
Otros ámbitos que la Exposición toca de pasada los pormenoriza el Catálogo: estudios hispánicos, filosofía, filología, historiografía, genética, física, química, matemáticas o derecho.
D. Briesenmeister (pp. 55-85) nos lleva desde la publicación en Alemania de una Historia de España en 1769 hasta el auge de los estudios hispánicos en la república de Weimar −cuando hispanistas como E. R. Curtius estudiaban la Generación del 98, al tiempo que Ortega y Gasset publicaba en la Revista de Occidente traducciones de filósofos y científicos germanos.
Y entre ambos extremos cronológicos sobresalen hitos como el primer diccionario español-alemán, el primer alemán miembro de honor de la RAE o las traducciones y reediciones en español de la Editorial Brockhaus.
A su vez, C. Roldán ahonda en las relaciones en la filosofía (pp. 217-235), resaltando que aunque el número de pensionados fue menor al de otras disciplinas, su pensamiento fue trascendente en la cultura y política españolas.
Julián Basteiro y Fernández, Fernando de los Ríos Urruti, Ortega y Gasset, Manuel García Morente o Javier Zubiri Apalategui destacaron en una primera generación, y Emilio Lledó, Javier Muguerza, Reyes Mate o la propia Concha Roldán, en una segunda.
El intercambio en la filología, la historiografía y la genética alemanas lo aborda J. M. López Sánchez (pp. 237-265).
Con Ramón Menéndez Pidal, que dirigió el CEH y entró en contacto con eruditos alemanes −p. ej., K. Vossler− alcanzó su apogeo la lingüística histórica de raigambre germánica.
En la fonética experimental destacó, p. ej., Tomás Navarro Tomás, formado en la Universidad de Hamburgo.
Un importante papel en los estudios etimológicos y lexicográficos lo desempeñó la Revista de Filología Española, que tomó como modelo la Zeitschrift für Romanische Philologie.
Finalmente, la genética se abrió paso de la mano de Antonio de Zulueta, ex pensionado en Alemania.
J. M. Sánchez Ron nos adentra en las relaciones en las matemáticas, la física y la química (pp. 291-328), dejando constancia de que esta última fue de las primeras ciencias estudiadas por españoles en Alemania, p. ej., Magín Bonet y Bonfill, a mediados del s. XIX.
Entre los pensionados de la JAE en 1908-1910 destacó Enrique Moles, introductor en España de la enseñanza de la química-física.
A las relaciones con Alemania debieron mucho también el matemático Julio Rey Pastor o el espectroscopista Miguel Antonio Catalán.
De los científicos alemanes que visitaron España destacó A. Einstein, que, en 1923, impartió conferencias en Barcelona, Madrid y Zaragoza.
Finalmente, la labor de la JAE en la formación de juristas la detalla L. Arroyo Zapatero (pp. 269-289), resaltando cómo dos generaciones de estudiosos −en la era guillermina (1890-1918) y en la de Weimar y el periodo hitleriano (1919-1949)− siguieron la encomienda de Giner de los Ríos de que los juristas habían formarse en Alemania.
El contacto de romanistas, como José Castillejo, historiadores, como Eduardo Hinojosa, filósofos, como Felipe González Vicén, civilistas, como Federico de Castro y Bravo, mercantilistas, como Rodrigo Uría, procesalistas, como Emilio Gómez Orbaneja, penalistas, como Luis Jiménez de Asúa o laboralistas, como Gaspar Bayón Chacón, con maestros alemanes fue relevante en la modernización de nuestra ciencia jurídica.
En suma, Traspasar fronteras... nos brinda la primera panorámica sobre las bases históricas de la relación científica hispano-alemana.
Con inusitado esmero recoge la labor de quienes concibieron la recuperación del secular tiempo perdido por España, iniciaron su regeneración importando otra forma de hacer ciencia y academia y contribuyeron al trasvase de nuevas ideas: mediante traducciones de obras alemanas, desde las escuelas que crearon, las cátedras que asumieron, los centros de investigación que dirigieron o, incluso, desde relevantes cargos políticos que ejercieron a su regreso.
Pero igualmente articula el beneficio que del intercambio extrajeron científicos alemanes.
En el difícil equilibrio logrado radica uno de sus muchos méritos, pues aunque las relaciones entre ambos países se tornen cada vez más comunes en el contexto de convergencia europeo, partieron de intereses y situaciones bien dispares.
Se trata, sin duda, de un encomiable trabajo compilatorio, que rescata inestimables informaciones e imágenes sobre uno de los periodos más fructíferos de la historia española, tristemente truncado por la Guerra civil y la Dictadura.
No podemos por menos de felicitar a sus autores y recomendar la visita a la Exposición y la lectura de su Catálogo. |
Licenciado y Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid.
Desde 1984 hasta la actualidad enseña en el Departamento de Sociología de esa misma universidad donde hoy es catedrático.
Ha ejercido docencia internacional en las universidades de Southbank de Londres, París IX (Dauphine), París I (Laboratoire Georges Friedmann), Xalapa (Veracruz, México) y la República del Uruguay.
Especializado en Sociología Económica y en el análisis e investigación sociológica de los fenómenos de acción colectiva y movimientos sociales, ha dirigido investigaciones sobre estos temas en el ámbito de la Unión Europea.
Ha publicado medio centenar de artículos en revistas especializadas y en monografías colectivas.
Libros firmados en solitario son: La mirada cualitativa en Sociología, Madrid, Fundamentos, 1998; Trabajo y ciudadanía: estudios sobre la crisis de la sociedad salarial, Madrid, Trotta, 1999; Trabajo y postmodernidad.
El empleo débil, Madrid, Fundamentos, 2001, La era del consumo, Madrid, Siglo XXI, 2005 y La crisis de la ciudadanía laboral, Barcelona, Anthropos, 2007.
Ha realizado estancias de investigación en las Universidades de París-Dauphine, Nueva York (NYU), Libre de Bruselas, y Cardiff.
Sus últimas publicaciones son Employement Relations in a Changing Society, con Miguel Martínez Lucio (Londres, Palgrave/ Macmillan, nueva edición 2009), Prácticas económicas y economía de las prácticas (Madrid, La Catarata, 2009) y con Carlos Fernández Rodríguez (eds.), La financiarización de las relaciones salariales, (Madrid, La Catarata, 2012).
Sus ámbitos de especialización son la Filosofía aplicada y la Hermenéutica filosófica.
Actualmente investiga la disolución del símbolo en la sociedad contemporánea y las bases de las racionalidades alternativas a las comprensiones modernas; de modo específico, se dedica al saber experiencial como complemento a las dimensiones lógico-argumentales del entender humano.
Ha realizado estancias de investigación en diversas instituciones, destacándose la realizada con Peter Singer en la Universidad de Princeton en 2011 y las culminadas con Mauricio Beuchot en la Universidad Nacional Autónoma de México en los años 2012 y 2013.
Catedrático de Sociología, es Profesor Emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, de cuyo Departamento de Sociología ha sido director.
Premio extraordinario en la Licenciatura y en el Doctorado, es Master of Arts en Sociología por Yale University.
Pertenece al Consejo Editorial de la Revista Española de Sociología y es miembro del Jurado internacional del Premio Europeo Amalfi de Sociología.
Es Associate fellow de la London School of Economics and Political Science y ha sido investigador en el Institut d'Etudes Politiques de París y profesor visitante en distintas Universidades de la República Federal Alemana, Francia, Italia, México, Colombia, Perú, Brasil y Chile.
Su último libro se titula Burguesía y liberalismo en la España del siglo XIX: sociología de una dominación de clase (2010).
Catedrático de Sociología de la Universidad Pública de Navarra.
Doctor en sociología por la Universidad de Deusto y Máster en sociología por la New School for Social Research de Nueva York.
Ha sido Research Assistant en la New School for Social Research de Nueva York, y Visiting Scholar en la Universidad de Bielefeld (Alemania), en la Freie Universität Berlin, en el Center for European Studies de la Universidad de Harvard, en El Colegio de México y en Berkley Center de la Georgetown University.
Es autor de diez monografías entre las que destacan: El sujeto transgresor (y transgredido) (2011), Aceleración y tiranía del presente: Las metamorfosis en las estructuras temporales de la modernidad (2008), Modernidades en disputa (2005) y La lucha de los dioses en la modernidad (2000).
Mauricio Hardie BEUCHOT PUENTE (Torreón, Coahuila, 4 de marzo de 1950).
Filósofo mexicano reconocido como uno de los principales filósofos de Iberoamérica.
Autor de gran cantidad de libros que van de la mano con temas desde Filosofía medieval y novohispana, Filosofía del lenguaje, Filosofía analítica, Estructuralismo y ante todo la Hermenéutica.
Es fundador de la propuesta llamada Hermenéutica Analógica, reconocida hoy en día como una propuesta original y novedosa en el campo de la Hermenéutica filosófica.
Desde 1985 es investigador titular "C" a tiempo completo del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Desde 1990 es miembro de la Academia Mexicana de la Historia, de 1997 a la fecha es miembro de número en la Academia Mexicana de la Lengua y de 1999 a la fecha es miembro de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino.
Es Doctor Honoris Causa por la Universidad Anáhuac del Sur.
Actualmente es coordinador del Seminario de Hermenéutica del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
César A. CISNEROS PUEBLA.
Psicólogo social, con maestría en Sociología y estudios de doctorado en Ciencia política.
Profesor de Metodología en la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Iztapalapa, ciudad de México.
Ha publicado extensamente sobre Computación cualitativa y sus líneas básicas de investigación giran en torno a la identidad social, narrativas visuales, conversación y discurso, fenomenología y fundamentación de teoría.
Entre sus contribuciones recientes se encuentra "CAQDAS-GIS Convergence.
Toward a New Integrated Mixed Method Research Practice?" publicado en el Journal of Mixed Methods Research 3 (4) 2009, 349-370, en coautoría con Nigel Fielding y el libro Análisis cualitativo asistido por computadora.
Teoría e investigación (2011), UAMI- Miguel Ángel Porrúa, México.
Ha sido profesor visitante en el Instituto para la Investigación Cualitativa de la Universidad de Alberta, Canadá (2001-2003) y en el proyecto CAQDAS del Departamento de Sociología de la Universidad de Surrey, UK (2009), además de conferenciante invitado en diversas universidades.
Es el editor para la versión en castellano de la revista en línea FQS (Forum Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research).
Ha colaborado intensamente en el desarrollo de las versiones al español de programas de software cualitativo como MAXqda, ATLAS.ti, QDAMiner y NVivo y sus contribuciones han influido en la instrumentación de algunas herramientas en tales programas.
Su labor como consultor en computación cualitativa es reconocida a nivel internacional.
Profesor de la Universidad de Valladolid.
Director de la Cátedra de Hermenéutica Analógica del Instituto Superior de Filosofía de Valladolid.
Director de la revista Sociología y tecnociencia, así como co-director de la revista Hermes analógica.
Ha escrito numerosos artículos de investigación y varios libros entre los que destacan La comprensión de la tecnociencia (2010) y Exclusión «científica» del otro (2012) en co-autoría con el profesor Valero Matas.
Licenciado en Historia (Premio Extraordinario) y Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Valencia, con una tesis doctoral titulada "España, fin de siglo: El árbol de la ciencia, de Pío Baroja".
Ha sido investigador predoctoral en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia durante el período 2008-2012.
Su principal línea de investigación se centra en la Historia de la cultura española de la Edad de Plata (1900-1936), con especial interés en las figuras de Pío Baroja, Azorín y Julio Camba, escritores a los que ha dedicado distintos trabajos.
Es autor del ensayo de Historia cultural Baroja y España: un amor imposible (de próxima aparición en la editorial Fórcola) y de la edición crítica de dos antologías de textos de Azorín (Ante Baroja, Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2012 y ¿Qué es la historia?, Fórcola, 2012), y de otras dos de artículos periodísticos de Julio Camba (Caricaturas y retratos, Fórcola, 2013 y Crónicas de viajes, de próxima aparición en la editorial Fórcola).
Ha publicado decenas de artículos en revistas especializadas nacionales e internacionales.
Sus investigaciones se caracterizan por la interdisciplinariedad en las artes, especialmente entre literatura, pintura y arquitectura.
El artículo aparecido en el presente número de Arbor se encuadra dentro del proyecto de investigación internacional titulado Laboratorio di Ricerca Sulle Cittá, en el cual numerosos investigadores de diversas nacionalidades y disciplinas científicas (filólogos, juristas, filósofos, arquitectos, historiadores del arte...) analizan las diferentes problemáticas surgidas en torno al tema de la ciudad y su habitabilidad, desde un prisma siempre heterogéneo.
Es, desde 1993, catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Duisburg-Essen.
Ha sido profesor visitante en la Universidad de Viena, así como en el Instituto de Estudios Avanzados de Viena y en la Universidad de St. Gallen.
También ha impartido clases en las universidades de Copenhague (Sociología), Bochum (Criminología), Witten/Herdecke (Investigación en enfermería) y Viena (Sociología).
Jo Reichertz es uno de los principales representantes mundiales de la Sociología hermenéutica del conocimiento y el Constructivismo comunicativo.
Profesor de Sociología en la Universidad Pública de Navarra.
Ha publicado numerosos trabajos en los que aplica la Hermenéutica a cuestiones relativas a la Sociología.
Especialista en Teoría sociológica y Sociología del hecho religioso, ha publicado obras sobre temas como "Imaginación y sociedad", "Las máscaras del dinero" o las paradojas de vida contemporánea.
Profesor de Sociología en la Universidad de Bayreuth.
Ha realizado estudios sobre géneros comunicativos tales como presentaciones visuales asistidas por ordenador, experiencias extraordinarias y las ceremonias de conmemoración.
Recientemente se ha interesado por el análisis secuencial combinado con la interpretación hermenéutica para analizar los datos de videos.
Su investigación sobre la comunicación del conocimiento, la difusión y la visualización se basa en las obras neoclásicas en la Sociología del conocimiento, que ha desarrollado en estrecha colaboración con colegas de la Universidad Técnica de Berlín y de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Sus publicaciones más recientes incluyen Video-Analysis.
Jesús Alberto VALERO MATAS.
Profesor titular de Sociología de la Universidad de Valladolid, es Doctor en Sociología (UCM), Licenciado en Sociología (UCM) y Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración (UCM).
Ha sido profesor visitante en universidades de varios países: Edinburgh University, Auckland University, Colorado School of Mines, UNAM, Polish Academic Nauk y Georgetown University.
Ha publicado numerosos artículos y libros, entre ellos destacan: "Una mirada a la sociología desde las ciencias sociales", "Sociología de la Ciencia", "Las instituciones y organizaciones sociales", "Ética y ciencia" y "Conocimiento y teoría social en la obra de Robert K. Merton". |
Al conducir por una de las autovías que el gobierno murciano ha construido recientemente para conectar sus nuevos polos de desarrollo turístico, se atraviesan paisajes rurales abandonados, con procesos erosivos muy acusados y en un avanzado estado de desertificación.
Tan sólo los techos de plástico blanco de los invernaderos rompen el monótono marrón grisáceo de la tierra seca.
Pero en algún momento del viaje se divisa una neblina causada por el polvo que levanta el trabajo de decenas de máquinas excavadoras, camiones volquetes, grúas, etc. El conductor observa al borde de la carretera una interminable línea de banderas que señalan los límites de un enorme proyecto urbanístico.
Allí, en mitad del desierto que se extiende por el sureste español (López Bermúdez, 2002), surge ante la mirada atónita del conductor un sueño hecho de green y agua.
Un sueño de más de 9 millones de m 2, donde se proyecta la construcción de tres campos de golf de 18 hoyos y un número de viviendas unifamiliares que puede superar las 14.000.
Este sueño pretende conformar un nuevo núcleo urbano que contaría con varios centros comerciales, una laguna artificial con canales, un hotel de 5 estrellas, un hospital y un colegio bilingüe.
El conductor reflexivo puede preguntarse ante la paradoja paisajística que se le aparece delante de sus ojos de dónde surge este sueño, cuáles son las fuerzas que lo crean y cuáles serán sus consecuencias si llegase a cumplirse.
Este sueño es producto del Nuevo Turismo Residencial (en adelante NTR).
La fase más reciente en la evolución del turismo residencial en el Mediterráneo español.
De su evolución, fuerzas impulsoras y de sus efectos sobre el paisaje y las sociedades de acogida trata este artículo.
A partir de la década de los setenta, en numerosos pueblos y ciudades del Mediterráneo -especialmente en las comarcas costeras y más meridionales-se inició un verdadero salto social.
Se produjo una rápida transformación con el paso de una sociedad primaria a otra terciaria sin la transición a la industrialización.
La agricultura y la pesca se convirtieron en actividades casi residuales.
El turismo ha sido el motor principal de ese cambio social que al actuar sobre el territorio ha provocado una transformación radical del paisaje.
Y dentro del turismo, nos vamos a centrar en los efectos ocasionados por una modalidad muy concreta, el turismo residencial.
Primeramente a lo largo de toda la costa mediterránea para luego extenderse sin freno por el interior, se han construido miles de casas para veraneantes del centro y norte de la Península y para jubilados de la Unión Europa, que se han establecido de forma permanente o casi permanente en esta región (Mazón, 2006).
Aunque resulta altamente complicado distinguir entre el impacto del turismo y los procesos generales de cambio social experimentados por la sociedad española desde la década de los sesenta del pasado siglo, el turismo residencial ha sido un agente acelerador primordial en el proceso de transformación social acaecidos en España durante la segunda mitad del siglo pasado y, que ha tenido una especial incidencia en las regiones mediterráneas.
Así, el impacto por la implantación de esta actividad ha alterado la composición demográfica debido a los importantes procesos migratorios que conlleva -tanto residenciales como laborales (Casado, 1999; Rodríguez y Warness, 2002).
Ha transformado la economía con la desaparición casi por completo de las actividades tradicionales (Vera Rebollo, 1992).
Ha hecho aumentar las rentas per cápita y el empleo en esas poblaciones 2.
Ha provocado fuertes convulsiones culturales, ocasionando en algunos municipios la total desaparición de la cultura local y su sustitución por una nueva cultura turística, cosmopolita y global (Torres Bernier, 2003: 65) y de la cultura ambiental que regulaba la forma y modo de relacionarse y de entender la naturaleza (Aledo, 2004).
Por último, ha transformado el paisaje (OSE, 2006a) y ha ocasionado graves efectos sobre el medio ambiente (Almenar y Bono, 2002; Olcina y Rico, 2005).
El territorio es un producto histórico y social y como tal es agente de significados para lo que somos y lo que hacemos (Mandly, 2002).
La desaparición del paisaje y su sustitución por un nuevo entorno turístico conmueve de una forma definitiva nuestras identidades que ahora buscan reconstruirse y expresarse a través de los mitos e ideales que ofrece el espacio turístico (Chadefaud, 1987).
Como afirma A. M. Nogués, se produce un desplazamiento en la producción y reproducción del sentido cultural (2007) creadas por la nueva situación configurada por la relación dialógica entre los grupos sociales, los poderes públicos y la industria turístico-inmobiliaria 3.
En este listado de cambios motivados por el desarrollo del turismo residencial, cabe señalar que sus efectos ambientales no se reducen al territorio de acogida sino que las externalidades ambientales que ocasiona el fenómeno afectan a otros ecosistemas, que pueden distar cientos de kilómetros.
El turismo residencial por sus características de concentración espacial y temporal necesita importar gran cantidad de recursos energéticos e hídricos.
También las contaminaciones que origina se expanden más allá de las zonas costeras y terminan por afectar a otras áreas que sin beneficiarse de los efectos económicos sí padecen las consecuencias ambientales negativas.
Es posible que se haya alcanzado un punto de inflexión en el crecimiento del turismo residencial.
La velocidad que ha adquirido la construcción de viviendas turísticas, el aumento en la escala de las promociones urbanística, la llegada de grandes grupos empresariales foráneos, la aparición de las compañías de bajo coste y, en general, el desarrollo de la globalización (en su fórmula europea) están conllevando la aparición de una nueva fase en el sector turístico residencial (el NTR), que es cualitativa y cuantitativamente distinta a las que se desarrollaron en el período que va desde mediados de la década de los setenta hasta 1994.
Este nuevo período supone la abolición completa de la naturaleza (Blühdorm, 2000: 37) y de su expresión morfológica -el paisaje-y su sustitución por un nuevo territorio turístico o, como denominaremos a partir de ahora, de la naturaleza turistizada.
Las urbanizaciones de miles de viviendas con campos del golf en regiones ANTONIO ALEDO TUR de los ciclos naturales y culturales en los que interviene y sobre los que se conforma.
Suelo en definitiva desnaturalizado y transformado en plano urbano.
Objeto de consumo hasta su total agotamiento.
Por lo tanto, sujeto a otras leyes y a otros significados distintos de los que poseía y otorgaba cuando se entendía como tierra.
El suelo, su posesión y control, se ha convertido en el eje estructurador de estas comunidades.
El suelo es la principal y casi única fuente de riqueza, poder y prestigio.
Y sobre su producción e intercambio se articula la nueva sociedad y cultura que ha surgido en las últimas décadas.
El objeto del turismo residencial no es traer turistas y ofertarles servicios.
Su actividad central es producir suelo urbano, construir viviendas y venderlas.
El proceso turístico residencial consta de cuatro operaciones: 1) la compra de tierra, 2) su transformación en suelo urbano, 3) la construcción de viviendas y urbanizaciones y 4) la venta de las mismas (Aledo et al., 1996).
Como acertadamente denunciaron hace ya más de veinte años algunos sociólogos como Mario Gaviria, Eduard Mira o Manuel Iribas, en la Costa Blanca -y ya se puede extender a muchas otras "Costas"-se ha confundido turismo con construcción.
Este objetivo empresarial define la naturaleza del sector y los efectos que produce sobre el territorio y la sociedad de acogida.
No obstante, la aceptación social del modelo socioeconómico que conlleva el monopolio local del turismo residencial y el apoyo político que ha recibido (Mantecón, 2007) deben de tenerse en cuenta a la hora de entender la expansión del modelo más como el resultado de un complejo proceso dialógico político-social de conflicto que como una imposición por parte de una elite económica.
Desde esta perspectiva, entendemos el turismo residencial como el sector que se dedica a la compra de suelo, a la producción de viviendas y servicios e infraestructuras anexas, y a la venta de las mismas.
El uso de estas residencias puede ser para fines de semana, períodos vacacionales o como residencia semipermanente o permanente (Aledo et al., 2007).
El origen de los usuarios de viviendas turísticas en el litoral mediterráneo español procede de: (a) el entorno cercano a las promociones inmobiliarias, (b) del centro y norte de España y (c) de otros países de UE -principalmente Reino Unido y Alemania.
El Banco de España semidesérticas y, muy especialmente, los nuevos megaproyectos residenciales son las expresiones más evidentes de esa naturaleza turistizada.
En las páginas siguientes vamos a describir este modelo turístico y su reciente evolución en el Mediterráneo español.
Obtendremos datos y ejemplos fundamentalmente de las provincias de Alicante, Murcia y Málaga por los extraordinarios desarrollos turístico residenciales acaecidos en estas provincias.
Pretendemos así participar en el debate que se está llevando a cabo desde diferentes sectores académicos, sociales y políticos sobre sus efectos a nivel local.
La extensión territorial del turismo residencial convierte en socialmente relevante este objeto de estudio.
En España se ha expandido por todas las costas -desde Cadaqués hasta Ayamonte y desde La Guardia hasta Hondarribia.
Las constructoras y promotoras españolas han saltado al norte de África, con megaproyectos en Túnez o Marruecos.
Y cruzando el Atlántico ofertan sus productos turístico residenciales en el Caribe o en el nordeste brasileño.
Los objetivos formales de este trabajo son los siguientes.
En un primer punto se indagará sobre la naturaleza del turismo residencial, para ello ofreceremos algunas cifras para permitir al lector hacerse una idea de la magnitud del fenómeno, aportaremos una definición de partida y describiremos las principales características y sus efectos a escala local.
En un segundo apartado, describiremos su evolución desde las primeras fórmulas de producción de pequeños conjuntos de viviendas turísticas hasta llegar a los megaproyectos que se están levantando en la región murciana.
Por último, se hará referencia a las implicaciones socioambientales de este modelo en sus dos últimas etapas que hemos conceptualizado a través de la idea de la naturaleza turistizada, en su proceso de transformación de la tierra en suelo.
En última instancia, en este artículo subyace una reflexión en torno a la transformación de la tierra en suelo ya que éste es el principal recurso del turismo residencial.
La tierra ha pasado de entenderse como un espacio para la producción agraria a convertirse en deseado suelo urbano o urbanizable.
Ha dejado de ser un medio de producción para convertirse en un bien de cambio y en un objeto de consumo de masas.
El suelo sigue siendo riqueza pero esta vez despojado de sus cualidades ecológicas, desarraigado 2-6-2004).
Desde un enfoque más amplio, entendemos el turismo residencial como un fenómeno relacionado con las nuevas formas de movilidad, residencialidad y ocio propias de la posmodernidad tardía (Aledo y Mazón, 2005a) y de la globalización (Papastergiadis, 2000).
Incluimos en su estudio los impactos demográficos, económicos, sociales y culturales que ocasiona tanto en las poblaciones de acogida como en las de salida.
De esta manera, cuando hablemos del sector nos estaremos refiriendo al complejo económico que construye el producto turístico-residencial y cuando nos refiramos al fenómeno extenderemos el contenido del término a un contexto y a unas causas y efectos más amplios.
La asociación de esta actividad inmobiliaria con el turismo es intensa y se evidencia en los siguientes hechos: primero, porque el producto residencial ocupa y compite por espacios turísticos costeros o paisajes de interior de calidad; segunda, porque los residentes durante el período de ocupación de esas viviendas no realizan actividad laboral y tienen prácticas cuasi-turísticas asociados al ocio y a la búsqueda de bienestar y calidad de vida; tercera, porque una parte importante de los usuarios de este producto son veraneantes, ocupando segundas residencias, bien en propiedad, bien en alquiler o bien en casas de familiares o amigos; cuarta, porque los usuarios de las unidades turístico-residenciales utilizan infraestructuras y servicios turísticos; y quinta, porque los MIR (Migraciones Internacionales de Retirados) poseen motivaciones turísticas en la selección de su nueva, permanente o semipermanente, residencia -lo que O'Reilly ha denominado lyfestyle inmigrants (2007).
La expansión económica y territorial del turismo residencial
Algunas cifras pueden ofrecernos una idea de la potencia de este sector.
Según el Observatorio de la Sostenibilidad en España, en las provincias más activas de la costa mediterránea tales como Alicante, Valencia, Málaga o Murcia y otras que han adquirido recientemente un fuerte impulso como Tarragona, Gerona o Castellón, las Viviendas Poten-ciales de Uso Turístico (VPUT) suponen la mitad de sus parques inmobiliario (OSEb, 2006: 138).
Este intenso crecimiento es uno de los principales factores explicativos de la fuerte artificialización de nuestro litoral.
La costa alicantina, malagueña o el litoral barcelonés muestran una artificialización de la primera línea litoral superior al 30 % (OSEb, 2006: 135).
Centrándonos en última Comunidad, según datos del Instituto Internacional de Economía de la Universitat de Valéncia 229 kilómetros de los 470 de costa que tiene la Comunidad Valenciana son suelo urbano.
Otros 86 son suelo urbanizable.
De los 155 kilómetros restantes, 147 tienen algún tipo de protección y sólo 8 son suelo no protegido y no urbanizable.
Esto supone que cerca de la mitad del litoral valenciano actualmente se encuentra urbanizado y está previsto que se urbanice otra quinta parte del mismo.
Según el último informe de Greenpeace sobre el urbanismo en las costas españolas, los planes urbanísticos previstos en tan sólo nueve municipios costeros alicantinos suman un total de 191.405 nuevas viviendas (Greenpeace, 2007: 76).
En esta escala municipal, Torrevieja, una población con un altísimo monopolio del turismo residencial (García Andreu y Rodes, 2004) muestra unos crecimientos espectaculares.
Los datos históricos del Censo Nacional de Viviendas nos indican la orientación claramente residencialista de este municipio.
Si revisamos ANTONIO ALEDO TUR la catalogación de las viviendas, en 1981 había censadas 15.988 como viviendas secundarias y vacías, veinte años más tarde la cifra ascendía a 80.643, lo que supone el 78,78 % del total de viviendas.
Otras regiones con desarrollos turístico-residenciales más tardíos están experimentando crecimientos espectaculares al amparo del auge generalizado del sector iniciado en 1997.
Un claro ejemplo es la Región de Murcia.
Según el informe de Greenpeace (2007: 163) hay planes para construir 800.000 viviendas en los próximos años y una de cada tres viviendas construidas o aprobadas se sitúa junto a un campo de golf (a pesar del déficit hídrico estructural que padece esta región).
La expansión del sector turístico-residencial está relacionada con el vertiginoso aumento del precio de la vivienda en España desde 1997 y, por ende, con los notables beneficios empresariales conseguidos (Ros, 2003: 83).
Según datos del Ministerio de la Vivienda, en la Comunidad Valenciana el precio de la vivienda libre ha aumentado entre el 2004 y el 2006 una media del 14,1 %, alcanzando el 18,6 % en la provincia del Castellón, siendo la media para el conjunto del país de 11,8 %.
En Murcia el crecimiento ha sido ligeramente inferior, la media anual en los mismos años ha sido del 12,4 %.
Los resultados económicos de las empresas promotoras y constructoras, fundamentados en el tirón de la demanda extranjera, han sido extraodinariamente buenos durante estos años de boom inmobiliario.
Según el diario financiero Cinco Días (17-08-2007), "El valor global del mercado -turístico residencial-, es decir la inversión de compra de viviendas en los mercados nacional y extranjero, sin incluir el gasto de los no residentes y considerando una cifra anual de 150.000 viviendas, supone un valor equivalente a la de los ingresos por turismo en España, unos 45.000 millones de euros".
Las contradicciones económicas del modelo turístico residencial
Este crecimiento no sólo ha beneficiado al sector de la promoción inmobiliaria.
El turismo residencial ha supuesto una lluvia de millones para numerosos municipios costeros en forma de impuestos (IBI) y otras tasas municipales (licencias de obra) (Arrocha, 2005).
El perenne déficit que sufren los presupuestos municipales encuentra un alivio en esta forma de financiación externa (Raya Mellado, 2001).
Así las corporaciones municipales se convierten en agentes impulsores del turismo residencial aunque también ocasiona una dependencia que en ocasiones se vuelve perversa.
Esta situación ha sido denominada en el Informe del Defensor del Pueblo como urbanismo financiero (BOGC, 07/09/2006): "En efecto, el siempre deficitario sistema de financiación de las haciendas locales ha terminado generando una suerte de urbanismo financiero que genera plusvalías públicas y privadas muy considerables, facilita prácticas especulativas y no aporta transparencia en la toma de decisiones en torno al suelo".
En definitiva, el proceso se basa en que para equilibrar sus cuentas los ayuntamientos otorgan licencias de construcción.
Estas nuevas construcciones aumentan los gastos del municipio para los que se otorgan más licencias, entrando en un círculo vicioso que fagocita el territorio, y disminuye la capacidad de las corporaciones locales para reorientar el modelo turístico residencial (Aledo, 2003).
Esta problemática producida por la expansión de turismo residencial y su impacto sobre las haciendas locales permite introducirnos en el análisis de las contradicciones implícitas en el modelo turístico-residencial español.
Así frente a los evidentes beneficios que el turismo residencial genera sobre la economía española y las haciendas municipales, surgen importantes elementos de riesgo tanto para el sector como para las comunidades locales que apuestan por su monocultivo (Aledo et al., 2007; Torres Bernier, 2003).
La propia dinámica de rápido y continuo crecimiento del sector originan factores de insostenibilidad ambiental y económica.
Los impactos sobre el medio natural y social de este ciclópeo proceso constructivo están siendo enormes.
Para comprenderlos en toda su magnitud cuantitativa y cualitativa resulta pertinente describir las características del turismo residencial.
Características y evolución del turismo residencial español
El turismo residencial se ha caracterizado por su estacionalidad y su concentración espacial, por el escaso desarrollo de la oferta complementaria, por salir al mercado fuera de los canales reglados, por generar turistas cautivos, por la escasa o nula planificación de su extensión y crecimiento espacial, por el bajo gasto turístico que ocasiona, por los notables beneficios empresariales que produce, por los ingresos, vía impuestos y licencias de obra, que genera en DE LA TIERRA AL SUELO: LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE Y EL NUEVO TURISMO RESIDENCIAL las haciendas locales pero también por la dependencia que provoca en los ayuntamientos, por los casos de corrupción urbanística ligados a numerosas acciones turístico-residenciales y por los fuertes impactos ambientales que provoca (Aledo y Mazón, 2005a).
Conforme el sector ha ido desarrollándose y el fenómeno ha ido expandiéndose, algunas de estas características han ido reforzándose mientras que otras han visto limitada su relevancia como es el caso de la estacionalidad y la concentración espacial.
La disminución de la estacionalidad está ligada al aumento de los viajes turísticos fuera de temporada así como al alto porcentaje de jubilados entre los usuarios del turismo residencial que residen de forma permanente o casi permanente en estas viviendas turísticas.
En cuanto a la concentración espacial sobre la línea de costa, debido a la casi total colmatación de espacios libres, las empresas constructoras han extendido sus promociones primero hacia municipios de "segunda línea" y más tarde hacia municipios de interior (Aledo y Mazón, 1997).
El fenómeno del turismo residencial en España ha venido experimentando una serie de transformaciones que permiten identificar cuatro etapas en su desarrollo.
En cada fase dominaría un producto, lo cual no implica que las fórmulas anteriores desaparezcan.
La primera etapa iría desde el inicio de la implantación del sector a mediados de la década de los setenta del pasado siglo hasta comienzos de la década de los ochenta.
Sus productos estrella fueron la pequeña urbanización dispersa y los bloques de apartamentos en altura en primera línea de playa La segunda llegaría hasta la crisis de 1991-94, sumándose la macrourbanización compuesta por cientos de bungalows y adosados.
En la tercera etapa que iría desde 1994 hasta el 2002 apareció la exitosa fórmula de macrourbanización con campo de golf.
La cuarta etapa llega hasta hoy en día con un último producto el resort turístico residencial.
A continuación describiremos las tres primeras etapas y sus impactos socioambientales para, en el siguiente apartado, dedicar un análisis más amplio a la etapa actual que se caracteriza por la enorme escala espacial y económica de los proyectos residenciales que se proponen.
Evolución del turismo residencial
Durante la primera fase del turismo residencial en España se ocupó buena parte de la primera línea de costa.
Se desarrolló en altura, mediante la construcción de edificios de apartamentos, para maximizar el valor añadido que otorgaba el paisaje litoral y la inversión en suelo.
Se levantaron verdaderas murallas de cemento y hormigón circundando muchas de las mejores playas del litoral español.
Al mismo tiempo que se levantaban estas torres de apartamentos, se inició la construcción de viviendas aisladas -chalés y villas-, o en pequeños grupos, bien en zonas de costa más abruptas o en áreas algo alejadas del mar.
Conforme se desarrollaba el sector, hacia la segunda mitad del decenio de los ochenta (MUNRES; 1994), los proyectos urbanísticos fueron haciéndose más ambiciosos y pronto apareció un nuevo modelo de enorme éxito copiado parcialmente del urbanismo norteamericano: la urbanización, formada por agrupaciones de chalets, adosados y bungalows, que conforman una unidad urbanística separada de los cascos urbanos tradicionales (Casado, 1999).
Esta segunda etapa llegó hasta la crisis de venta de unidades residenciales padecida por el sector turístico residencial español de 1991 en la que se produjo una espectacular caída de la demanda procedente del Reino Unido (Aledo y Mazón, 2005b).
La tercera etapa: urbanización con campo de golf
El sector no inició su recuperación hasta 1994, año en el que comienza la tercera etapa del turismo residencial.
En esta fase el producto estrella -sin la desaparición de las fórmulas anteriores-fue la macrourbanización, de entre 1.000 a 2.500 viviendas, en torno a campos de golf.
En ocasiones, estos productos van acompañados de un hotel de 4 ó 5 estrellas, también ligado a la explotación del campo de golf.
La fórmula ha ido evolucionando hacia la ampliación de los servicios que ofrece a los residentes.
Por ejemplo, la urbanización Alenda Golf, situado a 15 km de Alicante, además de las casi 2.000 viviendas previstas y el campo de golf de 18 hoyos, se incluye una zona hotelera, una zona escolar, una zona comercial y dos clubes sociales.
De acuerdo con los datos aportados por el sociólogo onubense J. A. Domínguez, en España había a comienzos de 2006, 308 campos de golf de los que tan sólo el 11,3 % tienen un carácter abierto, lo que habla claramente del uso privado e inmobiliario de esta oferta.
Andalucía es la Comunidad Autónoma que cuenta con un mayor número de estas ANTONIO ALEDO TUR instalaciones, 81 a comienzos de 2006, y hay 86 en proyecto pendientes de distintos trámites.
El 80 % de éstos está vinculado a urbanizaciones y al uso de los suelos con carácter residencial.
La aprobación de la totalidad de estos proyectos supondrá un total de 160.000 viviendas de lujo (Domínguez, en prensa).
Se puede señalar tres razones que explican la aparición de esta fórmula de macro urbanización con campo de golf.
La primera es de índole económica, una casa en un "resort" con "green" cuesta hasta un 40 % más que otra sin estas instalaciones (Greenpeace, 2006: 14).
La segunda explicación apunta a que la imposibilidad de encontrar suelo cercano a la costa debido a casi la total colmatación urbanística del litoral.
La tercera causa hace referencia a la descualificación de algunos destinos costeros como consecuencia de la masificación, el déficit de servicios e infraestructuras (Vera Rebollo, 1997) y problemas de inseguridad (Aledo y Mazón, 2005c).
Así el sector turístico residencial ha encontrado en el campo de golf un elemento que otorga un nuevo valor añadido a su producto inmobiliario cuando se ve obligado a alejarse de la primera línea de costa, sustituyendo el azul del mar por el verde del green.
En esta fórmula de macrourbanización con campo de golf destacamos una serie de características que preludian la actual fase del sector turístico residencial en España:
1) Estos proyectos turísticos residenciales se caracterizan por su enorme dimensión espacial y económica.
Por ejemplo, Polaris World, que se anuncia como empresa número uno en turismo residencial, oferta en la zona del Mar Menor (Murcia) seis proyectos turístico-residenciales con un total de 10.266 viviendas, 6 campos de golf y dos hoteles de 5 estrellas, con precios que van desde 180.000 hasta 1.633.000 por vivienda.
2) Debido a las fuertes inversiones que requiere este tipo de desarrollo, se está transformando la estructura empresarial del sector.
Si bien, como afirmaba Josualdo Ros (2003: 72), hasta hace unos pocos años la gran empresa era minoritaria en el sector, la situación está cambiando rápidamente.
La aparición del modelo de macrourbanización que necesita de una fuerte inversión en compra de tierras y desarrollo de las primeras infraestructuras y servicios, junto con los altos beneficios que la actividad produce, han estimulado la entrada en el sector de grandes empresas promotoras.
3) En este sentido, el apoyo gubernamental se hace imprescindible para el desarrollo de estas iniciativas urbanísticas, dada la potencia de estos productos, su capacidad de transformación territorial y las necesidades de infraestructuras y servicios que conllevan.
Podemos distinguir dos tipos de acciones, una de carácter legislativo y otra mediante la promoción de obras públicas.
En el primer caso, podemos citar la controvertida Ley Reguladora de la Actividad Urbanística (LRAU) o la Ley Reguladora de los Campos de Golf (LRCF) ambas de la Generalitat Valenciana.
La LRAU otorgaba amplios poderes a los agentes promotores configurándolos como auténticos planificadores del suelo.
La Generalitat Valenciana se ha visto obligada a modificarla debido a la presión de la UE a través de su conocido Informe Fourtour (Parlamento Europeo 2005).
En cuanto a la LRCF señala en su preámbulo que "La creciente demanda de este tipo de instalaciones, tanto para residentes como visitantes, constituye por tanto una oportunidad que la administración debe encauzar, resultando evidente que el golf, bien regulado y ordenado, puede adquirir un carácter dinamizador y diversificador de la actividad económica".
En esa misma Ley no se duda en afirmar que el golf "puede y debe constituir un instrumento que contribuya a la preservación y mejora de los valores ambientales y paisajísticos del territorio" (DOGV, 2006).
Otro ejemplo del interés de los gobiernos autonómicos en fomentar el turismo residencial lo encontramos en el Gobierno Regional murciano que ha utilizado las Actuaciones de Interés Regional de la ley del Suelo de la Región de Murcia como instrumento de ordenación del territorio de carácter excepcional a fin de dotar de infraestructuras y servicios a los proyectos de desarrollo turístico-urbanístico que se están desarrollando en las zonas costeras de esta región.
En el segundo tipo de apoyo, incluimos el desarrollo de infraestructuras de transporte (carreteras, ferrocarril, y aeropuertos), de energía eléctrica y de recursos hídricos.
Como mostraremos en el próximo apartado, la construcción de nuevas vías rápidas es el primer
DE LA TIERRA AL SUELO: LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE Y EL NUEVO TURISMO RESIDENCIAL
instrumento en el proceso de conversión de la tierra en suelo.
La autovía transforma tierras de secano, con escaso valor, en suelo listo para ser urbanizado, lo que genera altísimas revalorizaciones y favorece los procesos especulativos.
Para hacernos una idea de la magnitud física del proceso, sirva el dato de que en la Comunidad Valenciana entre los años 1987 y 2000 se ha duplicado la superficie ocupadas por autopistas, autovías y terrenos asociados (OSEb;2006: 338) 4) Estos complejos turístico-residenciales se construyen siguiendo un modelo cerrado en busca de una seguridad máxima.
Para ello, se cerca con una valla o muro a modo de perímetro de seguridad, con una entrada a modo de frontera y otras medidas de vigilancia.
Es por tanto un modelo exclusionista, ya que separa estas urbanizaciones del resto de comunidades del entorno.
Al mismo tiempo, es inclusionista; es decir, pretende resolver todas las necesidades de los residentes dentro del complejo ofertando múltiples servicios como supermercados, colegios, empresas de ocio y deporte, etcétera, con el objeto de incentivar el máximo gasto del residente dentro de los servicios ofertados por la propia empresa.
5) La capacidad de deslocalización, de movilidad y traslado es otra propiedad fundamental del sector turístico-residencial (Aledo y Mazón, 2005c) y que ya fue advertida para el conjunto de la industria turística por Butler (1980).
En determinadas localidades costeras el sector turístico residencial ha entrado en la fase de estancamiento como consecuencia de que se ha consumido todo el suelo disponible o de que la calidad del destino ha disminuido -por el propio desarrollo turístico-residencial.
Alcanzado esta fase de desarrollo del ciclo de vida del turismo residencial, las grandes empresas promotoras/constructoras poseen la capacidad de trasladar su campo de operaciones hacia otros lugares inexplorados turísticamente, con más suelo y más barato.
Así está ocurriendo en la provincia de Alicante.
El sector se desplazó a partir de la década de los ochenta desde municipios costeros hacia municipios de segunda línea y desde allí, en la década de los noventa, a municipios del interior y hacia la vecina Región de Murcia.
Un segundo movimiento que se ha iniciado recientemente consiste en la promoción de productos turístico residenciales en el extranjero.
Túnez y Marruecos, el Caribe o el Nordeste brasileño son los nuevos destinos elegidos.
La lógica empresarial se caracteriza por la búsqueda inmediata de resultados económicos, por su capacidad de movilidad/desplazamiento y por la gran cantidad de capital económico y técnico del que dispone.
Con estas condiciones el sector de la promoción inmobiliaria puede sortear o esquivar los límites locales trasladando sus inversiones a otros lugares.
Es una lógica basada en la transferencia de las externalidades ambientales negativas a las comunidades locales que tienen que arrostrar con buena parte de los impactos negativos que ocasiona el modelo, mientras que las empresas se escapan a los mismos mediante el traslado de su campo de operaciones.
La hegemonía en el campo turísticoresidencial de esta lógica permite el crecimiento indefinido -al menos en términos empresariales-de su negocio (Aledo et al., 2007).
6) La introducción de las nuevas tecnologías de la información que se están aplicando tanto en las fases de promoción y venta como en la gestión de la empresa.
No sólo se ha iniciado la venta directa a través de Internet sino que todas las oficinas de venta están conectadas on-line para actualizar la lista de productos disponibles en tiempo real o proporcionar visitas virtuales e infografías.
7) El impulso de la demanda se ha vistor propiciado por la expansión de las compañías aéreas de bajo coste.
Afirmaba John Urry que el sujeto moderno era un sujeto en movimiento (Urry, 1997: 142).
Podríamos decir que la hipermovilidad es la característica del sujeto posmoderno.
Esta hipermovilidad se ve facilitada por las nuevas formas de comunicación e impulsada por la globalización promueve nuevas formas de residencialidad.
Estas nuevas formas de movilidad borran las antiguas diferencias entre hogar y segunda residencia (Urry, 2002), o entre sedentarismo y nomadismo.
El turismo residencial es la consecuencia y, al mismo tiempo, satisface una parte importante de esas nuevas demandas sociales.
Y en este marco posmoderno, las compañías aéreas de bajo coste han comenzado a jugar un papel fundamental en la resolución de las necesidades de hipermovilidad del nuevo ciudadano transnacional (Hannerz, 1998).
8) Las actuaciones urbanísticas del turismo residencial conllevan fuertes transformaciones del territorio, afecciones al paisaje y a los ecosistemas locales, elevados consumos de recursos naturales y fuertes externalidades en forma de Residuos Sólidos Urbanos o por la contaminación edáfica y de aguas hipogeas debido al empleo masivo de fertilizantes y fitosanitarios (Domínguez, en prensa).
Así los impactos ambientales ocasionados por estos desarrollos no se limitan a los que ocasionan la construcción de la urbanización.
Hay que incluir los producidos por las infraestructuras de transporte (carreteras y aeropuertos) imprescindibles para facilitar la accesibilidad de una creciente demanda internacional o las obras e infraestructuras hidráulicas y de producción y distribución energética que aseguren los altos consumos de estos complejos.
El debate en torno al producto de urbanización con campo de golf ha provocado posiciones muy enfrentadas.
Mientras que los promotores y políticos partidarios de los campos de golf como herramienta para el desarrollo local ensalzan sus virtudes ambientales y el uso sostenible que hacen del agua (DOGV, 2006), los críticos denuncian los elevados consumos hídricos, no sólo de los campos de golf si no, muy especialmente, de las viviendas unifamiliares que los rodean y les dan viabilidad económica.
Mientras que el consumo por habitante en un edificio de apartamentos rondaría los 150 litros por habitante y día, en estas urbanizaciones se dispara hasta los 600 litros (Gil Olcina y Rico, 2007).
Veamos en el caso de la provincia de Alicante qué repercusión tiene este modelo en una región semidesértica y con un déficit hídrico estructural cuando se lleven a cabo las propuestas de urbanización con campo de golf que se están proyectando.
En la actualidad hay 15 campos de golf con urbanización en funcionamiento en la provincia y proyectados otros 33 (Del Campo Gomis, 2006).
Si calculamos que un campo de golf en la provincia de Alicante consume 0,5 hm 3 al año y le añadimos el consumo humano de los residentes 4 de la urbanización, otros 0,5 hm 3 aproximadamente, eso supon-dría que cada urbanización con campo de golf consumiría anualmente en torno a 1 hm 3 lo que supondría elevar el déficit hídrico hasta los 183 hm 3.
No obstante y a pesar de lo expuesto, conducir el debate ambiental sobre los efectos del modelo de urbanización con campo de golf hacia la discusión en torno a su mayor o menor consumo de recursos hídricos es un enfoque simplista y que esconde una taimada solución tecnológica.
En última instancia, la estructuración bipolar de este debate pretende reducir la discusión ambiental a una pareja dicotómica establecida entre la prioridad inmediata del crecimiento económico -o desempleo a corto plazo-frente a la futurible amenaza de la crisis ambiental (Aledo y Ortiz, 2006).
La tecnología aparece entonces como la solución capaz de resolver esta aparente dicotomía, bien en su fórmula trasvase o bien con la nueva propuesta de desaladoras.
Así quedan asegurados los recursos hídricos externos de forma indefinida con el objeto final de sostener la utopía occidental del crecimiento ilimitado.
El debate en torno a los campos de golf y demás impactos socioambientales del turismo residencial no debiera quedar reducido a la discusión sobre los recursos hídricos y su procedencia.
De las causas que han impulsado el fenómeno de erradicación de los paisajes tradicionales y su sustitución por nuevos mitos visuales -el campo de golf siempre verde-y de sus consecuencias sociales y ambientales hablamos en el siguiente apartado, que comenzamos por la descripción de la cuarta y última fase del turismo residencial.
Posmodernidad y el Nuevo Turismo Residencial (NTR)
Como señalamos al comienzo de este trabajo, a partir aproximadamente del año 2002 el turismo residencial inicia su cuarta fase de desarrollo en España.
Esta etapa se identifica por la aparición de un nuevo producto, el resort turístico-residencial que suponen un salto en la escala cuantitativa y cualitativa del sector que podemos conceptualizar como el NTR.
El sector ha inventado un nuevo entorno turístico, exclusivo, privatizado y centrípeto.
Los resorts turísticoresidenciales tienen una estructura cerrada, con fuertes medidas de seguridad que impiden el acceso a personas no deseadas.
Poseen una importante dotación de infra- estructuras (energía y depuradoras/desaladoras de agua, autovías y carreteras de acceso) de financiación pública y/o privada.
Con el objeto de satisfacer todas las demandas de los residentes y alargar la relación clientelar con los propietarios de las viviendas más allá de la compra de la misma, la empresa promotora gestiona y proporciona una larga serie de servicios, de salud y atención hospitalaria, fitness, restauración, centros comerciales, enseñanza, seguridad, mantenimiento de las casas y jardines, servicio de alquiler de las viviendas, etc. El objetivo es convertirse en una unidad de ocio residencial privatizada, autónoma e independiente del territorio en el que se instale.
Una nueva burbuja turística que adapta el concepto del hotel-todoincluido al turismo residencial.
El resort turístico residencial participa de las ocho características que hemos enunciado para el modelo anterior de macrourbanización con campo de golf pero además orienta el producto a solventar algunos de los deficit propios del primer turismo residencial (Mazón, 2006) y que han sido mencionados al comienzo de este artículo.
La oferta de golf desestacionaliza la demanda turística clásica ya que su temporada alta es en primavera y otoño a la vez que amplía la oferta complementaria.
La localización alejada del litoral se justifica con el argumento de planear políticamente la expansión de los beneficios del turismo a las zonas de interior y desmasificar la primera línea de costa.
Por último, las empresas desarrollan un complejo sistema de marketing, promoción y venta, apoyado en las nuevas tecnologías, que solventa la desestructuración del sector en sus procesos de venta.
En el surgimiento de esta nueva fórmula distinguimos factores de carácter interno tales como el impulso y crecimiento que el sector obtuvo en la década anterior, que generó enormes beneficios y que se ve mantenido por una fuerte demanda extranjera.
La propia inercia del sistema impela, como explicó Schnaiberg (1980), a una continua expansión de la maquinaria de producción y, por tanto, de venta y consumo.
Estos elementos internos se alían con otros de carácter externo o macrosociológicos y que participan del cambio social que han experimentado las sociedades avanzadas desde inicios de la década de los noventa del siglo pasado.
En las siguientes páginas, nos detendremos en señalar tan sólo algunos puntos de ese proceso de transformación social, cuya selección se justifica por su mayor cercanía a los procesos de producción turístico residencial y a los efectos socioambientales que ocasiona.
Siguiendo esta línea de reflexión, analizaremos el NTR a partir de los siguientes elementos.
En primer lugar, trataremos el proceso de desaparición del paisaje y su sustitución por la hiperrealidad de la naturaleza turistizada, mediante el paso previo de transformación de la tierra en suelo.
En segundo lugar, se estudiarán las causas macrosociológicas que impulsan estos cambios.
Entendemos que el NTR es expresión sociomorfológica de los valores neomaterialistas posmodernos emanados del riesgo y la incertidumbre propios del macroproceso globalizador tecnomercantilista en el que nos encontramos.
Por último, indagaremos sobre las consecuencias que puede provocar sobre los paisajes y comunidades de acogida.
Téngase en cuenta que estos desarrollos supone la configuración de una nueva morfología urbanística que condiciona y moldea los procesos y fenómenos sociales y ambientales que allí acontecen.
Somos conscientes que dejamos fuera de esta reflexión, por el interés en centrarnos en los aspectos de transformación socioespacial, elementos centrales para el NTR como son 1) los nuevos y variados modelos de residencialidad y de movilidad (Hannerz, 1998; Urry, 2000, Iyer, 2000; Timothy, 2004); 2) las nuevas formas de interacción social entre una comunidad de acogida fragmentada (los múltiples anfitriones) y una comunidad de residentes multicultural (los invitados) o 3) los flujos de inmigración laboral que levantan y construyen el entorno turístico (Aledo, 2005).
La desaparición del paisaje
El NTR se construye sobre un espacio "vaciado", resultado de la erradicación del paisaje rural y suplantado por un paisaje sin historia.
En toda España y, muy especialmente, en la Comunidad Valenciana y en la Región de Murcia se ha producido desde 1987 un elevado crecimiento de las superficies artificiales.
Este desarrollo se ha hecho, principalmente, a expensas de las tierras agrícolas de secano (OSE, 2006b).
No obstante, también las zonas ricas de huerta situadas en valles o cercanas a la costa están siendo amenazadas por la expansión del urbanismo.
En Murcia, en concreto en el Campo de Cartagena y en torno al Mar Menor se está produciendo una dura competición por el suelo entre una agricultura bajo plástico que comenzó a desarrollarse en la década de los ochenta y los actuales ANTONIO ALEDO TUR desarrollos turísticos residenciales.
Como hemos descrito en otro lugar (Aledo, 1999), la expansión del urbanismo y, en concreto, del turismo residencial es un potente motor del proceso de artificialización del suelo que impulsa la expansión de la desertificación.
La baja productividad de las tierras de secano y el descenso de las rentas agrícolas, junto con el proceso de modernización social acaecido en España en las últimas décadas del siglo XX, han provocado el abandono del campo.
Una vez encontrado suelo potencial, el siguiente paso es facilitar el acceso de la demanda global mediante la construcción de las necesarias infraestructuras aéreas y terrestres.
Alcanzados este punto, se produce la conversión, mediante la planificación legislativa, de tierra de cultivo en suelo listo para ser explotado urbanísicamente.
Estas intervenciones conllevan toda una serie de profundos impactos que ya han sido descritos por la bibliografía especializada (Vera Rebollo, 1992; Gadner, 1997, Aledo, 1999).
Este paisaje vaciado y desposeído de sus connotaciones ambientales, culturales y sentimentales se sustituye por una hiperralidad (Eco, 1990), la naturaleza turistizada.
Para ello la tierra se desbroza, se allana, se nivela, se compacta.
Se convierte en una superficie plana destruyendo cualquier cualidad ecológica e histórica anterior, puesto que éstas no son ya necesarias.
Al nuevo espacio hiperreal se le dota de nuevas cualidades ecológicas artificiales y de nuevos significados culturales.
Sobre esta superficie sin matices y sin historia ya se puede levantar el sueño del promotor.
El nuevo territorio es, definitivamente, un producto de la civilización turística.
Estamos ante lo que McKibben (1990) definió como la muerte de la naturaleza y Goldsmith (1999) como la producción de una segunda naturaleza; en este caso turistizada, ya que es un producto del sector turístico-residencial.
Una naturaleza más perfecta que la real donde experimentar los sueños burgueses de calidad de vida material y máxima seguridad.
La simulación que construye la hiperrealidad del nuevo entorno turístico se hace más "real", "auténtica" y "verdadera" (Baudrillard, 1988) al contrastarse con la degradación que rodean estos enclaves residenciales como consecuencia de la desertificación o del efecto de la producción agrícola intensiva bajo plásticos.
Sólo las moscas cruzan libremente la frontera que se levanta entre la perfección del escenario turístico residencial con su campo de golf siempre verde y sus lagunas interiores de agua reciclada y la degradación paisajística de su backstage.
Las fuerzas que impulsan este proceso de construcción de un nuevo paisaje hiperreal no se reducen a las ansias de ganancia económica del sector turístico residencial.
Los sociólogos explican los fenómenos sociales haciendo referencia a otros fenómenos sociales.
Entendiendo la expansión del turismo residencial como un fenómeno social deberemos ampliar la explicación de este fenómeno mediante variables sociológicas.
La sociedad, el tiempo y el espacio de la posmodernidad se caracterizan por una intensa degradación ambiental de escala global, por la amenaza de todo tipo de riesgo sociotecnológico y por la incertidumbre y desasosiego ocasionados por la globalización económica y cultural (Roche 2007).
Esta situación de incertidumbre y fragilidad cotidiana junto con la muerte de las grandes narrativas del siglo XX y la desaparición de las certezas de la modernidad han provocado la descomposición y desorientación de la identidad individual.
Los referentes modernos han desaparecido y las personas necesitan sustituirlos por nuevos puntos cardinales que orienten la definición del yo social y personal.
La globalización propone el consumismo como único constructor de identidades (Verdú, 2005).
El objeto comprado no sólo ofrece una serie de utilidades prácticas -probablemente esto sea lo menos importante-sino que otorga unos significados que el comprador pretende incorporar a su identidad.
De esta manera, el mercado proporciona identidades.
Dado que el mercado necesita para su supervivencia estar en continuo crecimiento, los significados que ofrece tienen que ser obligadamente perecederos, frágiles, fluidos, evanescentes, lights, para que pronto queden desfasados, sin sentido, y tengan que ser sustituidos por nuevos productos.
En este proceso de construcción de identidades posmodernas a través del consumo pocas cosas nos definen tantocomo nuestro hogar.
La vivienda cobra una especial relevancia en un mundo dominado por la incertidumbre y el riesgo.
La burbuja doméstica es el lugar donde nos sentimos seguros y también el significante máximo de lo que queremos ser.
El producto del NTR es, ante todo, un emisor de mensajes.
En definitiva, felicidad vestida de verde y celebrada por la mano constructora del mercado.
(2002), los valores de la tradición modernista de inclusión social, de promoción de lo colectivo sobre lo privado, de racionalidad y de desarrollo personal se han visto sustituidos por la exclusión social, la privatización, la eficiencia y el consumismo.
En definitiva, el triunfo del neomaterialismo y el neoautoritarismo que se expresan en el hiperconsumo y en la búsqueda de la seguridad total.
En otras palabras, el NTR es la respuesta del sector a las necesidades posmodernas de seguridad e identidad propias de una sociedad dominada por los valores neomaterialistas.
Así se propicia la producción material y simbólica de un mundo sustituitorio que oferta la experiencia de una hiperrealidad a salvo de riesgos.
La empresa promotora promete un entorno "seguro, cómodo, sano y divertido" que otorga mediante sus múltiples propuestas de consumo nuevas cualidades identitarias a sus clientes.
El NTR consigue hacer realidad estos sueños neomaterialistas y neoautoritarios 1) exportando espacial o temporal de las externalidades ambientales que origina; 2) construyendo espacios de alta seguridad y protección; 3) facilitando su acceso global a una clientela de alto standing; 4) produciendo socioespacios fuertemente segregados; 5) sustituyendo el paisaje por un "escenario turístico"; 6) privatizando el espacio social; y 7) sustituyendo al estado como agente proveedor por la empresa promotora.
En definitiva, construyendo y organizando un espacio exclusivo, privatizado, seguro, segregado y artificial.
Para finalizar este trabajo, detengámonos un momento en las consecuencias socioculturales de la desaparición del paisaje y su sustitución por la naturaleza turistizada.
El paisaje es resultado de la interacción histórica entre cultura y natura.
Por ello es productor de significados, de identidades y de pertenencias.
Su erradicación produce dramáticas alteraciones de las estructuras culturales al desaparecer el espacio visual de referencia, el escenario que dotaba de un significado propio a los fenómenos que allí acontecían.
En otras palabras, nuestro yo, lo que somos y lo que mostramos socialmente está construido, en buena parte, de recuerdos.
Nuestra memoria nos aporta unidad, al dotarnos de la necesaria continuidad entre el pasado y el presente.
Se ha prestado escasa atención al componente espacial en los recuerdos.
Generalmente es la variable temporal la que se destaca al estudiar el tema de la memoria; no obstante, nuestros recuerdos se enmarcan siempre en un paisaje, un paisaje cultural o si prefieren un paisaje psicológico, pero siempre hay un contexto que ofrece un escenario sobre el que suceden y se reproducen los episodios que recordamos.
El paisaje tiene un efecto sentimental sobre nosotros porque lo integramos a través de los recuerdos y pasa a formar parte de nuestro yo (Durán, 1998).
Tal vez sea ésta la razón por la que nos inquieta tanto las rápidas transformaciones que el proceso de modernización ha ocasionado sobre nuestros paisajes.
La transformación o desaparición de los paisajes de nuestra infancia destruye esos escenarios en los que se desarrollan nuestros recuerdos, nos quita la continuidad física y nos produce inseguridad.
Los seres humanos establecemos una fuerte relación con los escenarios naturales en los que crecimos, en los que se desarrollaron las etapas básicas de nuestro período formativo.
La destrucción del ecosistema, la desaparición de bosques, montañas, valles o playas y la aparición en su lugar de urbanizaciones, carreteras, presas u hoteles nos afecta profundamente, porque con ellos desaparecen, también, una parte importante de lo que nos daba significado, de lo que nos definía y de lo que fuimos.
Construir nuevos paisajes sentimentales en urbanizaciones con campos de golf, con códigos urbanísticos nuevos o desconocidos no es una tarea fácil e incrementa la sensación de discontinuidad y fragilidad característica de la vida posmoderna.
Recibido: 18 de septiembre de 2007 Aceptado: 15 de octubre de 2007 NOTAS 1 Agradezco a los profesores Antonio Miguel Nogugés (UMH) y José Andrés Domínguez (UHU) la revisión y comentarios de este trabajo.
2 La importancia de la edificación residencial orientada al turismo se traduce en el peso que alcanza el sector de la construcción en la economía alicantina (10,3 % del VAB y el 10,9 % del empleo provincial) (COCA, 2005) 3 A. M. Nogués, comunicación personal.
4 El cálculo del consumo humano de los residentes se hace de la siguiente manera.
Una media de 1.500 viviendas por urbanización, con 2,4 habitantes por vivienda, con una tasa de ocupación anual del 70 % y un consumo por habitante de 600 litros/día, nos da un total de 0,51 hm 3.
DE LA TIERRA AL SUELO: LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE Y EL NUEVO TURISMO RESIDENCIAL calcula
DE LA TIERRA AL SUELO: LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE Y EL NUEVO TURISMO RESIDENCIAL No |
RESUMEN: La literatura sobre género y medio ambiente se ha desarrollado intensamente durante 30 años con enfoques y propósitos muy diversos.
Más allá de los ecofeminismos clásicos, se han explorado recientemente las condiciones materiales del contexto que favorecen que las mujeres tengan una relación más directa con el medio y sus problemas.
Estos análisis hacen evidente que las mujeres no son una categoría homogénea, sino que se encuentran ubicadas en diferentes situaciones, sometidas a una variedad de presiones sociales y motivadas por distintas consideraciones.
En este trabajo se argumenta que atender a esta diversidad es requisito para una comprensión más adecuada de los factores que influyen en la relación humana con sus medios naturales y para la identificación de campos y estrategias de acción.
No obstante, la peculiar situación de cada mujer se desarrolla sobre el trasfondo de una ideología de género que resiste sutilmente los cambios sociales y los intentos de construcción de identidades individuales propias, por lo que se defiende asimismo la pertinencia del enfoque de género para dar cuenta de las actitudes y comportamientos ambientalistas.
PALABRAS CLAVE: Género y medio ambiente, ecofeminismos, actitudes y conductas proambientales.
La pregunta por el género del espacio, la reflexión teórica y empírica acerca del modo en que los factores de género afectan a los usos humanos de los diferentes espacios que habitamos, está lejos de ser una pregunta sin sentido.
Desde los años ochenta, y de igual modo que se ha rastreado el género en la literatura, la historia, el arte o la ciencia, también se han analizado las "desigualdades socioespaciales y ambientales derivadas de los diferentes roles sociales asignados a hombres y mujeres" (García Ramón, 1989: 10).
Así como la historia universal, la literatura universal, el arte universal o la ciencia universal han mostrado, bajo el análisis feminista, estar marcadas por la parcialidad de un sexo, una raza, una clase social o un ámbito geográfico, también las teorizaciones sobre los espacios humanos, naturales o construidos, y las prácticas desarrolladas en los mismos, han sido criticadas en lo últimos 30 años por haber convertido en invisibles las relaciones de género.
Formular la pregunta por el género del espacio es quizá, de hecho, especialmente natural.
Numerosos estudios han analizado las diferentes formas que los cuerpos masculinos y los cuerpos femeninos tienen de ocupar el espacio y de negociar con los espacios personales ajenos.
Por otra parte, la división sexual de las sociedades humanas se hace especialmente visible en la desigual distribución de No 116
hombres y mujeres en los espacios públicos y los espacios privados.
Desde las reconstrucciones paleoantropológicas de las primeras sociedades humanas en las que las mujeres ocupan el ámbito próximo y reducido del hogar y sus aledaños mientras los hombres exploran el mundo más amplio en sus tareas de caza hasta la organización actual de nuestras ciudades, viviendas y lugares de trabajo, es posible identificar diferencias significativas en los modos de habitar y utilizar el espacio entre mujeres y hombres, en lo convencionalmente deseable y lo estadísticamente frecuente para unas y otros.
La limitación de la universalidad en la concepción del espacio humano construido se ha hecho patente en los últimos años a través de las críticas de arquitectas, urbanistas e interioristas que han observado el diseño de ciudades, viviendas, lugares de trabajo y ocio desde una óptica de género.
De este modo, se han identificado sesgos de género en la estructura y disposición de las ciudades, en la distribución de los espacios domésticos y laborales, en la ingeniería y el diseño industrial.
El análisis de género del espacio humano construido ha hecho posible el trabajo de comenzar a diseñar espacios habitables que sean sensibles a las necesidades de grupos humanos hasta el momento desantendidos 1.
Joan Rothschild (1998) lamentaba a finales de los noventa que los estudios sobre mujeres hubieran prestado mucha más atención a la relación del género con el espacio natural que con el espacio construido.
Aunque casi diez años más tarde la queja puede haber dejado de tener sentido, el análisis y trabajo feminista sobre el espacio natural ha sido, en efecto, amplia y profunda desde los años setenta.
La cuestión de las mujeres y el medio ambiente ha desencadenado una extensa literatura de discusiones teóricas y estudios empíricos.
Mientras los trabajos empíricos identificaban diferencias entre los sexos en la relación que establecen con el medio ambiente, en las tareas y ocupaciones que desarrollan en el mismo, en las actitudes y comportamientos medioambientales, en el sufrimiento de las consecuencias de las crisis ambientales..., en el plano teórico se debatía y continúa debatiendo sobre los orígenes de las diferencias y la validez de las categorías de análisis en disputas paralelas a las discusiones feministas alrededor del sistema sexo/género, los enfoques de la igualdad frente a la diferencia, y el valor téorico y práctico del constructo "mujer".
El propósito de este trabajo es revisar estos debates teóricos en el marco de las investigaciones sobre género y medio ambiente en dos contextos específicos: el de las críticas a las versiones ecofeministas de la relación entre las mujeres y el medio natural en los países en desarrollo, y el de la investigación sobre diferencias sexuales en actitudes y conductas proambientales en los países industrializados.
A partir de esta revisión se discute la vigencia y pertinencia actual del enfoque de género en la investigación y la política sobre el medio ambiente.
DEL ECOFEMINISMO AL AMBIENTALISMO FEMINISTA
La segunda ola del feminismo en los años sesenta y setenta surge al tiempo que otros movimientos sociales como el ecologismo, las propuestas de tecnologías alternativas y de una "ciencia para el pueblo".
La implicación de las feministas con la conservación del medio natural plasmó las diferencias dentro del movimiento y tuvo escaso eco entre aquellas que reivindicaban el acceso de las mujeres a los espacios públicos y de poder.
El feminismo liberal, que denuncia la injusta distribución de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres y busca la corrección de tales desigualdades, veía sin duda un peligro en la asociación de los movimientos de mujeres con los movimientos ecologistas, ya que la mayor cercanía de las mujeres a la naturaleza había sido utilizada a menudo como argumento para mantenerlas relegadas a sus roles tradicionales.
No obstante, la segunda ola del movimiento feminista es también el momento en el que aparecen nuevas formas de pensar el feminismo: el feminismo radical y su evolución hacia el feminismo cultural.
Al teorizar el patriarcado como una estructura de dominación y opresión masculina presente en todos los contextos de la vida, públicos y privados, estas feministas pudieron ir más allá en el reconocimiento de otras formas de dominación ejercidas sobre la naturaleza 2.
Para el feminismo cultural, que reivindica la diferencia sexual a partir de trabajos como los de Chodorow (1978) o Gilligan (1982), el pensamiento relacional de las mujeres las lleva a sentirse más vinculadas con la naturaleza y con otros seres vivos que los varones.
Es en este contexto en el que se desarrollan las primeras manifestaciones del ecofeminismo, expresión utilizada por primera vez en 1974 por MARTA I. GONZÁLEZ GARCÍA El movimiento Chipko en los Himalayas de Garhwal, en la India, es uno de los ejemplos más representativos y citados de esta conexión especial entre las mujeres y la defensa de la naturaleza.
Las diferentes elaboraciones del movimiento y el papel de las mujeres en el mismo dan cuenta de la diversidad de teorizaciones de la relación entre las mujeres y el medio ambiente.
El movimiento Chipko nace a principios de los años setenta promovido por los habitantes de las aldeas (especialmente mujeres) para frenar la tala de árboles autóctonos que estaban siendo sustituidos por especies de crecimiento rápido como pinos y eucaliptos.
Las activistas Chipko se abrazaban a los árboles (Chipko significa "abrazar" en hindi) para evitar su tala en una defensa de las economías de subsistencia de las aldeas y del trabajo de las mujeres, que obtenían forraje y combustible de los árboles.
Según Vandana Shiva (1989), en un principio, hombres y mujeres lucharon juntos, pero sus intereses entraron en conflicto ya que los hombres estaban más interesados en la explotación comercial del bosque que posibilitaban las repoblaciones, mientras que las mujeres pretendían preservar los usos tradicionales y prevenir la erosión de los terrenos.
El movimiento Chipko fue inspirador de algunas ecofeministas, como la propia Shiva, para quienes las mujeres, especialmente las mujeres de las zonas rurales de los países pobres, tienen un papel predominante en la defensa del mundo natural por la importancia que este tiene en sus vidas cotidianas (Mellor, 1997: 34ss).
Pero Shiva va aún más allá al afirmar que las mujeres de los países en desarrollo se encuentran integradas en la naturaleza, y que su lucha, al mismo tiempo feminista y ecologista, es también una lucha por rescatar el "principio femenino" de la cosmología india tradicional violentado por el modelo de desarrollo occidental impuesto por los procesos coloniales (Agarwal, 1992).
A partir de los años ochenta, la idea de que las mujeres están "más cerca de la naturaleza" porque se ocupan de la tierra, el agua y los bosques caló con profundidad en la literatura académica, el discurso de las organizaciones no gubernamentales y de la política para el desarrollo (Leach, 2007).
Las mujeres, bajo la experiencia de la explotación del patriarcado, son especialmente sensibles a la explotación de la naturaleza, pero no únicamente por su capacidad para ubicarse en la posición subordinada.
En los países pobres, las mujeres son víctimas directas de la degradación ambiental, ya que la destrucción de Françoise d'Eaubonne para subrayar las conexiones históricas, biológicas y sociales entre la naturaleza y las mujeres, y defender que la explotación y opresión de ambas es consecuencia del dominio del hombre y del orden patriarcal.
Especialmente influyente fue la publicación de The Death of Nature (1980), donde Carolyn Merchant examina los orígenes de la ciencia moderna, que legitimó al mismo tiempo la explotación de la naturaleza y la subordinación de las mujeres.
A partir de análisis como los de Merchant, las ecofeministas sugieren que la conciencia que tienen las mujeres de la dominación patriarcal puede dar lugar a una actitud diferente hacia la naturaleza y los animales, en la que se rechazan las ideologías jerárquicas responsables de la subyugación tanto de las mujeres como de la naturaleza y se aboga por el establecimiento de relaciones no jerárquicas e igualitarias entre ambos sexos, entre las distintas especies y entre las diferentes formas de vida.
Identificar y subrayar la especificidad y relevancia de las perspectivas de las mujeres ha contribuido en numerosos casos a la corrección de sesgos haciendo evidente que los universales humanos son a menudo construidos bajo el patrón masculino, pero el énfasis en las peculiaridades derivadas del sexo de los sujetos desencadena inevitablemente la discusión acerca del esencialismo.
Los enfoques ecofeministas son, de hecho, quizás los ejemplos más representativos de este tipo de ambivalencia.
Las primeras elaboraciones ecofeministas contaron con el potente aparato teórico desarrollado por el feminismo de la diferencia para analizar el patriarcado y su lógica, pero también encarnaron la alianza con los riesgos de esencialismo que el feminismo de la igualdad trataba de evitar.
El feminismo cultural recupera la identificación patriarcal entre la mujer y la naturaleza para invertir su valoración tradicional.
Lejos de justificar su inferioridad y subordinación, su cercanía a la naturaleza dota a las mujeres de mayor sensibilidad y compromiso con la preservación de la vida en su conjunto.
Mientras la cultura masculina dominante ha sometido, colonizado y explotado a la naturaleza, agotando sus recursos e imponiendo el estado de guerra sobre la Tierra, el ejercicio de la ética femenina del cuidado significaría el triunfo de la sensibilidad ecológica, el pacifismo y las virtudes maternales.
En este ecofeminismo originario se insiste en la diferencia entre hombres y mujeres, pero para ensalzar las mismas características de emotividad, intuición e instinto que el pensamiento occidental había siempre devaluado (Agra, 1997; Mellor, 1997; Puleo, 2000).
los bosques, la erosión, la sequía y la destrucción de habitats naturales en general afecta de manera especial a las tareas, tradicionalmente hechas por mujeres, de procurar agua y madera para el sostenimiento del hogar, y de cultivar las tierras para la alimentación de la familia.
Es precisamente su dedicación a estas tareas la que las hace también "expertas" conocedoras y conservadoras de los recursos naturales, frente al desconocimiento y la ignorancia de científicos, políticos y empresarios que dictan y ejecutan desde la distancia, e incluso frente a los hombres de sus propias comunidades que, al no tener el mismo tipo de trato íntimo con la naturaleza, se rinden con demasiada facilidad a su comercialización y aprovechamiento intensivo.
De este modo, el ecofeminismo académico, en el que se ensalzaba la especial relación de las mujeres con la naturaleza frente a la lógica occidental masculina de su dominación, y la reflexión y acción política en el marco del desarrollo se beneficiaron mutuamente.
De acuerdo con Melissa Leach (2007), el discurso académico ecofeminista y la orientación sobre "Mujeres, ambiente y desarrollo" (WED-Women, Environment and Development) en los organismos internacionales se retroalimentaron en un momento en el que los principales problemas ambientales detectados: desertización, deforestación... estaban en relación directa con las actividades de las mujeres.
Para el ecofeminismo, en efecto, la esperanza de un uso de los recursos sensible con la naturaleza reside en la recuperación del modo femenino de relacionarse con la misma, respetuoso con la interdependencia de los seres humanos con su entorno.
El discurso ecofeminista y los objetivos de la política sobre medio ambiente y desarrollo convirtieron a las mujeres en pieza clave de la historia de la "gobernanza ambiental" a nivel internacional (Sabaté, 2000).
Cuando, en 1972, las Naciones Unidas organizaron en Estocolmo la primera cumbre "global" sobre medio ambiente (el Congreso Internacional sobre Ambiente Humano) con el propósito de examinar los problemas que mejor podían resolverse mediante una estrategia de cooperación internacional, las mujeres no aparecían explícitamente citadas en la declaración resultante.
Una de las principales consecuencias de esta primera cumbre fue la creación del Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas (UNEP-United Nations Environment Programme).
Es en los años ochenta cuando las mujeres comienzan a hacerse visibles dentro del UNEP, que coordina una sesión especial sobre mujeres y medio ambiente en la III Conferencia Internacional sobre la Mujer de Nairobi, en 1985.
En 1991 coorganiza asimismo la Asamblea Global sobre Mujeres y Desarrollo en Miami, como parte de la preparación de la segunda cumbre global de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, la Cumbre de la Tierra, que se celebraría en Río de Janeiro el año siguiente.
La Declaración de la Cumbre de Río ya menciona explícitamente el papel de las mujeres, en su principio 20: "Las mujeres desempeñan un papel fundamental en la gestión del medio ambiente y en el desarrollo.
Es, por tanto, imprescindible contar con su plena participación para lograr el desarrollo sostenible".
Este primer ecofeminismo ha sido justamente criticado por su universalismo esencialista.
Parece asumir la homogeneidad de todas las mujeres por medio de su naturaleza maternal, olvidando las diferencias entre ellas y los riesgos de una inversión evaluativa que supone ensalzar las virtudes asociadas a las mujeres bajo el yugo patriarcal (Mellor, 1997).
Desde el ecofeminismo originario de los años setenta, sin embargo, el movimiento se ha desarrollado y fragmentado en múltiples direcciones que hacen difícil una caracterización general definida por un universalismo esencialista, y entre las que podemos encontrar perspectivas espiritualistas junto a enfoques socialistas y materialistas (Agra, 1997; Cavana et al., 2004; Mellor, 1997; Puleo, 2000; Velayos et al., 2007).
Entre la diversidad, las principales divergencias se dan en el análisis sobre las causas y las consecuencias de que hombres y mujeres se relacionen de formas distintas con el medio ambiente.
En particular, mientras que los primeros ecofeminismos consideraban inherente a la naturaleza femenina su mayor sensibilidad con la naturaleza, reivindicando los valores maternales y la "cultura femenina", enfoques posteriores defienden que las mujeres adquieren la capacidad de empatía con "lo otro" a través de procesos de socialización y asimilación de estereotipos socioculturales.
Más recientemente, se ha criticado que los ecofeminismos consideren a las mujeres como una categoría única, sin distinción de clases, castas, razas, religiones, etnias y edades, cuando "ser mujer" se hace en la práctica, en la relación con los otros en escenarios particulares y en combinación con MARTA I. GONZÁLEZ GARCÍA otras construcciones identitarias.
Esta autocrítica desde dentro del feminismo y los estudios de género propició el giro hacia un tipo de análisis que considerara la diversidad entre las mujeres y sus experiencias.
Frente a la concepción esencialista de la mujer y su vínculo con la naturaleza, los nuevos enfoques entienden el género como una relación, y la vinculación entre mujer y naturaleza como construida en la práctica en contextos específicos.
Así, tanto la elaboración teórica de la relación especial de las mujeres con la naturaleza como los programas políticos implantados en los países en desarrollo para paliar los problemas ambientales focalizando las acciones en las actividades de las mujeres fueron fruto de duras críticas desde el propio feminismo por sus implicaciones de género.
El punto central de la crítica radica en que se asume como estática y de algún modo "natural" la relación de las mujeres con la naturaleza, de tal manera que se invisibilizan los factores relacionales, de dinámicas sociales y de poder que, en cada caso, dan lugar y mantienen tal relación especial.
La peculiar conexión mujeres/naturaleza no es fruto de los sentimientos maternales, de un modo de pensar específicamente femenino o de la conexión con la madre tierra; ni siquiera pueden universalizarse las experiencias de socialización femeninas que harían común esta conexión para todas las mujeres.
La fuente del vínculo se encuentra más bien en las circunstancias materiales que obligan a las mujeres a recoger leña, autoabastecerse de sus huertos o transportar agua; circunstancias que remiten a las relaciones de género asimétricas en las que se encuentran atrapadas y que impiden su acceso a recursos, propiedades y poder.
En efecto, dirigir los programas de conservación en los países de desarrollo especialmente hacia las mujeres puede ser ventajoso para su éxito, pero resulta perjudicial en la medida en que las encasilla en los roles subordinados adquiridos que perpetúan su estatuto de inferioridad.
De hecho, la participación activa de las mujeres en los programas puede explicarse frecuentemente más bien por los beneficios esperables en términos de ayudas de las organizaciones internacionales, antes que por su especial sensibilización respecto a los problemas ambientales (Leach, 2007).
Durante los 30 años de existencia de esfuerzos transnacionales para abordar los problemas ambientales, tanto las estrategias como los problemas mismos han ido cambiando.
En un principio el interés se centró en la conservación de recursos naturales, pero nuevos problemas como el agujero de la capa de ozono o el cambio global hicieron su aparición durante ese periodo, junto a nuevos modelos de participación pública y evaluación integrada (Kanie y Haas, 2004).
Todo este proceso ha venido acompañado de un aumento gradual en el número y diversidad de los actores implicados, de tal modo que, en la actualidad, la gestión medioambiental trasciende a los estados para dejar paso a nuevas "fuerzas emergentes": instituciones internacionales, empresas, científicos, organizaciones no gubernamentales y movimientos sociales, cuyo papel en la "gobernanza ambiental global" es ahora fundamental.
El discurso de la participación enfatiza la necesidad de "empoderamiento" y "agencia" de los actores menos favorecidos, entre los que las mujeres ocupan un lugar importante.
Sin embargo, las mujeres en estos nuevos escenarios aparecen a menudo como representantes de los problemas a los que se enfrentan de modo general los grupos humanos menos privilegiados, debilitándose las referencias a las especificidades de género (WEDO y REDEH, 2002).
El paso del énfasis de los problemas ambientales locales, como la sequía o la desertificación, que afectaban de forma más directa a las mujeres, a los problemas globales, como el cambio climático, significó también una atemperación del discurso que vinculaba a las mujeres con la solución de los problemas ambientales, al tiempo que las críticas desde dentro del feminismo reivindicaban la adopción de nuevos enfoques para abordar las cuestiones de las mujeres, el desarrollo y el medio ambiente (Leach, 2007).
Enfoques como el "ambientalismo feminista" (Agarwal, 1992), la ecología política feminista (Rochelau et al., 1996), género, ambiente y desarrollo (Leach, 1992), o los "estudios sobre ecogénero" (Banerjee y Bell, 2007) proponen, a partir de los años noventa, conceptualizaciones alternativas del nexo que, reconociendo y subrayando que las mujeres son víctimas de la degradación ambiental de formas específicas de género y que son agentes activas en los movimientos de protección del medio ambiente, se centran más en cuestiones de justicia, acceso a los recursos, propiedad, participación..., en definitiva, en las circunstancias que sostienen tal conexión especial, en lugar de celebrar la unión femenina con la madre naturaleza.
En la formulación de Agarwal (1992: 120), mientras que el ecofeminismo describe la conexión entre las mujeres y la naturaleza en términos ideológicos: basada en un sis-
tema de representaciones, valores y creencias que coloca a las mujeres y el mundo no humano en inferioridad con relación a los hombres, las propuestas alternativas buscan describir esa conexión en términos materiales.
El ambientalismo feminista de Agarwal, por ejemplo, explica las diferencias entre los sexos en su relación con la naturaleza en función de la división del trabajo y la distribución del poder y la propiedad según el género y la clase social.
Los efectos de la degradación ambiental y el conocimiento del medio presentan diferencias de género debidas a estas divisiones de trabajo, poder y propiedad.
Los focos de acción desde el ambientalismo feminista son así tanto los significados como los recursos, mientras que en los ecofeminismos más clásicos se apuesta por el cambio a partir de las transformaciones de los significados asociados a los géneros.
No se trata únicamente de diferentes respuestas a la pregunta de cuál es el origen de la especial relación entre las mujeres y la naturaleza.
Los ecofeminismos que evitan el esencialismo biológico de ligar la conexión a la sensibilidad femenina y el instinto maternal recurriendo a los roles sociales de género culturalmente adquiridos y la solidaridad entre diferentes opresiones continúan incurriendo en diversas formas de universalización de la experiencia de las mujeres e invisibilizando las diferencias entre ellas y sus contextos.
Los nuevos enfoques representan la relación que las mujeres tienen con el ambiente como originada en el contexto social de relaciones dinámicas de género, sin asumir que las mujeres tengan alguna relación especial a priori con el medio natural.
El vínculo especial que las mujeres de Garhwal en la India, las de Love Canal en Nueva York, las de Greeham Common en Gran Bretaña o las keniatas involucradas en el Green Belt Movement tienen con los espacios naturales que habitan requiere una explicación en términos de desigualdades entre los dos sexos.
La celebración de la diferencia, sea cual sea su origen, puede, de hecho, ser contraproducente y contribuir a fijar los roles de las mujeres en estas posiciones de inferioridad.
El movimiento Chipko, por ejemplo, se ha interpretado a la luz de estas críticas en términos muy diferentes a los de Vanda Shiva.
Lejos de ser una evidencia de la cercanía de las mujeres con la naturaleza, se presenta ahora como una lucha por el acceso a los recursos en un contexto en el que las mujeres tienen unas oportunidades mucho más limitadas que las de los hombres.
Despojada su historia del romanticismo de la versión ecofeminista, las mujeres Chipko aparecen ahora incluso defendiendo su posición subordinada dentro de un movimiento que era, fundamentalmente, de campesinos desposeídos, entre los cuales las mujeres destacaron en su empeño por su mayor vulnerabilidad (Leach, 2007: 75).
Los informes y declaraciones de organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales de los últimos 10 años han abandonado el discurso ecofeminista de la celebración del vínculo entre la mujer y la naturaleza.
Los problemas de la participación, la propiedad, el acceso y el control de los recursos son ahora prioritarios.
Sin embargo, por el camino puede haberse perdido también la perspectiva de género.
Recuperarla a la luz de la reflexión académica que explora con mayor complejidad las interacciones entre el género y los espacios naturales en los países en desarrollo, incidiendo en la dinámica de las relaciones de poder entre los sexos que originan y mantienen las desigualdades es una importante tarea para el futuro tanto de las mujeres como del medio ambiente.
MUJERES Y COMPROMISO AMBIENTAL EN LAS SOCIEDADES
La literatura sobre ecofeminismo se ha centrado de forma muy especial en las relaciones de las mujeres de los países en desarrollo con sus ambientes naturales.
Es en las comunidades rurales de los países pobres donde el trabajo cotidiano de las mujeres con los recursos naturales se hace más evidente por su radical dependencia de los mismos.
En el extremo opuesto del espectro encontramos los emplazamientos urbanos de las sociedades occidentales, donde la relación directa con el mundo natural es en ocasiones inexistente y donde la dependencia de sus recursos queda oculta por multitud de inermediaciones.
También en estos espacios la preocupación ambiental ha sido objeto de análisis de género, fundamentalmente en el contexto del trabajo acerca de las actitudes y comportamientos ecológicos (aquellos que buscan conscientemente minimizar el impacto negativo de las actividades humanas en el medio ambiente) y su variación en función del sexo.
Los estudios que han evaluado las diferencias sexuales en valores y conductas ambientalistas ofrecen resultados a MARTA I. GONZÁLEZ GARCÍA menudo contradictorios o no concluyentes.
Sin embargo, una buena parte de ellos indica que las mujeres manifiestan mayor preocupación ambiental y más conductas proambientales en la esfera privada que los hombres, especialmente en los países más industrializados (Dietz et al., 2002; Hunter et al., 2004; Stern et al., 1993; Tindall et al., 2003; Zelezny et al., 2000).
Por otra parte, cuando se trata de evaluar si existen diferencias entre hombres y mujeres en participación en organizaciones ambientalistas, encontramos también estudios escasos y evidencias poco firmes (Caiazza y Barreto, 2003; Mohai, 1992; Togler y García-Viñas, 2006).
Pese a esto, y a la gran cantidad de variables involucradas (países, nivel educativo, clase social, tipos de organizaciones, ámbito de actuación...), la tendencia general parece indicar que las mujeres participan menos que los hombres en estos ámbitos públicos de defensa del medio ambiente.
Los estudios empíricos y la discusión sobre la mayor incidencia de conductas proambientales en las mujeres y sobre la descompensación entre la sensibilidad ambiental y el activismo señalada por Mohai (1992) nos devuelven, en una ubicación radicalmente distinta, al tipo de discusiones entre las ecofeministas y sus críticas respecto a la naturaleza del vínculo entre mujeres y medio ambiente en los países en desarrollo.
En este sentido, resulta sorprendente la forma en que Ozanne y sus coautores (1999) consideran resuelta la paradoja de Mohai.
La paradoja, tal y como la formula Mohai (1992), deriva de identificar que las mujeres manifiestan una mayor preocupación por los problemas ambientales, pero una menor implicación en las conductas proambientales medida por su participación en organizaciones ecologistas y conservacionistas.
Para Ozanne, simplemente, Mohai tomó una medida incorrecta de la conducta proambiental ya que, en su trabajo, las mujeres se mostraban más dispuestas a comprar madera certificada que los hombres.
La inclinación hacia el "consumo verde" como medida de la conducta proambiental resolvía la paradoja de Mohai y es ratificada por otros trabajos, pero deja la pregunta originaria sin explicar: ¿por qué las mujeres participan menos en las organizaciones ambientales?
Y, más aún, deja también sin explicar las razones por las cuales las mujeres de los países occidentales parecen preocuparse y también ocuparse más del medio ambiente que los hombres.
Pese a su recurso a temas clásicos del ecofeminismo, como la mayor conciencia de las mujeres de las interrelaciones y las consecuencias de las acciones personales, el análisis de género está ausente en las interpretaciones de los datos ofrecidos.
Otros autores y otros estudios, desde la psicología y la sociología, han recogido evidencia empírica del mayor compromiso ambiental de las mujeres en forma de conductas proambientales en su vida diaria (reciclado, consumo verde, uso de transporte público, ahorro energético y de agua...) y han especulado sobre las causas de esta diferencia en base a argumentos cercanos al ecofeminismo.
Stern et al. (1993), por ejemplo, encuentran en su estudio que las diferencias en las actitudes proambientales entre mujeres y hombres derivan de que las mujeres aceptan más que los hombres las informaciones sobre el deterioro ambiental y sus posibles consecuencias.
Argumentan que las mujeres son socializadas para percibir el mundo interconectado y para ser sensibles a las necesidades de su entorno y que, por tanto, pueden prestar más atención a las relaciones entre los problemas ambientales y la salud, en especial la de sus hijos y su familia.
Estos mismos autores, casi diez años después, vuelven sobre el tema y apuntan como causas más relevantes las diferencias entre hombres y mujeres en socialización y experiencias vitales, que convierten a las mujeres en más "altruistas" que los hombres (Dietz et al., 2002).
La experiencia estructural de la opresión es también aducida como causa de la mayor sensibilidad medioambiental de las mujeres.
Este tipo de intentos de dar sentido a los datos chocan con el problema fundamental criticado desde las nuevas perspectivas sobre género y medio ambiente: entienden a las mujeres como un grupo homogéneo con relaciones de género estáticas que modelan sus actitudes hacia el medio ambiente.
Además, insisten en la pregunta de qué es lo que hace a las mujeres más "proambientales", olvidando cuestionarse qué es lo que hace a los hombres menos "proambientales" en sus comportamientos.
Atender al modo en que las actitudes y conductas proambientales se dan en mujeres y hombres en interacción, a las diferencias entre distintos grupos de mujeres, y a los factores que condicionan las conductas proambientales también en los hombres, puede arrojar nueva luz sobre el problema planteado.
Algunos ejemplos concretos, en los que el análisis de género se aplica con enfoques distintos, ayudarán a ilustrar esta consideración.
Tindall et al. (2003) retoman el problema de Mohai para insistir en la mayor implicación de las mujeres en comportamientos ambientales en el contexto doméstico, pese a
su menor participación en activismo ambiental.
Sus argumentos, sin embargo, se centran en las condiciones contextuales que condicionan las diferencias entre los sexos: en este caso la menor disponibilidad de tiempo libre para las mujeres explicaría para estos autores la menor participación política.
Un hallazgo interesante de este estudio es que el activismo en cuestiones ambientales resulta predecir mejor la conducta proambiental en los ámbitos privados en las mujeres que en los hombres.
Por qué esto es así requiere a su vez de indagación, no sólo para dar cuenta de la mayor inclinación hacia la consistencia entre actitudes y conductas en las mujeres, sino especialmente centrándose en la inconsistencia que se identifica en los hombres.
La explicación de los autores, en términos una vez más de la generalización sobre la mayor preocupación ambiental de las mujeres, que daría cuenta de su mayor empeño en adoptar conductas consistentes con sus creencias sobre el medio ambiente, resulta insatisfactoria y revela las limitaciones de un análisis en el que los factores de género solamente se predican de las mujeres, presuponiendo que el género de los hombres no requiere identificación y cuestionamiento y que los aspectos de género que tienen que ver con la masculinidad son inexistentes o irrelevantes.
La recomendación final se dirige hacia las asociaciones ambientalistas para que promuevan la participación de las mujeres en las mismas, dado que una mayor implicación de las mujeres beneficiaría tanto a la igualdad de género como a la conservación del medio ambiente.
Sin embargo, nada se dice sobre la necesaria promoción de las conductas proambientales entre los hombres.
La referencia a las diferencias entre los sexos en los usos del tiempo en las sociedades occidentales, donde las mujeres tienen a menudo que emplearse en una doble jornada en su trabajo remunerado y el cuidado del hogar y los hijos representa un intento de explicación en términos de las desigualdades producidas en la práctica por relaciones de género asimétricas, y es en este sentido un avance frente a las explicaciones en términos de caracterización general de los atributos (adquiridos) de hombres y mujeres.
Sin embargo, se continúa sin hacer justicia a las diferencias entre las mujeres, ya que sus negociaciones de género, disponibilidad de tiempo y razones para no involucrarse en el activismo pueden ser, de hecho, muy diversas.
También Ellen Matthies et al. (2002) en su trabajo sobre los hábitos de transporte en Alemania intentan dar cuenta de las diferencias sexuales en función de las condiciones y relaciones contextuales de hombres y mujeres.
Según los datos que citan, las mujeres usan el transporte público en una mayor proporción que los hombres para acudir a sus trabajos (el 69 % de los hombres y el 49 % de las mujeres utilizaban el coche privado para sus desplazamientos al trabajo a finales de los años ochenta).
¿A qué se debe esta diferencia?
Las posibles causas que apuntan van de lo ideológico a lo material (en términos de Agarwal, 1982): podría ser que las mujeres tuvieran menos posibilidades que los hombres para disponer de un coche para ir a su trabajo (en los hogares con un solo coche, éste sería utilizado fundamentalmente por el varón); también es posible que las mujeres presenten, en efecto, una mayor preocupación por los problemas ambientales y una mayor disposición a cumplir las normas de conducta ecológica; o, finalmente, el motivo puede ser que las mujeres simplemente tengan menos arraigado el hábito de utilizar el coche que los hombres.
Los autores concluyen que tanto el cumplimiento de las normas ecológicas como el hábito de uso del transporte público inciden en que las mujeres presenten conductas más respetuosas con el medio ambiente en sus desplazamientos que los hombres, pero que es especialmente el hábito lo que tiene una influencia más directa sobre la conducta (frente a la norma, cuya influencia es mayor sobre la intención de la conducta).
De este modo, son las condiciones contextuales de las mujeres, en este caso, su menor costumbre de recurrir al coche como medio de transporte las que explican su mayor implicación en la reducción de emisiones.
Dado que el propósito del estudio es identificar factores que favorecen el uso del transporte público, el factor del hábito resulta lo suficientemente útil como para que los autores se detengan aquí y recomienden medidas que tiendan a debilitar el hábito del uso del coche particular y fortalezcan y faciliten el recurso al transporte público en la población en general.
Desde el punto de vista de género, no obstante, queda sin responder a qué se debe el menor hábito de las mujeres del uso del coche particular.
Se apunta como posible causa el acceso restringido que puedan haber tenido a conducir un coche, lo que provoca que la conducta no se arraigue con tanta intensidad incluso cuando ya dispongan permanentemente de uno.
La explicación basada en las circunstancias concretas a través de las cuales hombres y mujeres adquieren la costumbre de recurrir al coche particular nos remite una vez más a las relaciones de género y su construcción en la práctica, al acceso a recursos, y a los este-reotipos y roles socialmente sancionados.
Para llegar hasta el fin de su discusión, no obstante, los autores han debido realizar un ejercicio de reconstrucción de la categoría "mujer" adecuado al problema y el planteamiento propuesto (y también implícitamente de la de "hombre").
Han tenido que separar de las "mujeres" a las que se refiere su trabajo a aquellas sin permiso de conducir, y también a las que aun conduciendo no disponen de la posibilidad de utilizar un coche.
Se trata de un conjunto particular de mujeres, pero que tampoco resulta homogéneo, ya que las condiciones de su acceso al recurso, la consolidación del hábito y la práctica misma del transporte dependerán también de otros factores además del hecho de ser mujer, como la edad, la clase social, el lugar de residencia y trabajo, los hijos dependientes, las relaciones no explicitadas con sus parejas o con quienes compartan el uso del coche...
Dentro del grupo de mujeres consideradas, las motivaciones para el uso del transporte público o el privado presentan, sin duda, importantes diferencias.
Y lo mismo sucede en el caso de los hombres: tampoco ellos constituyen un grupo homogéneo con conductas regidas por los mismos patrones.
Atender a la variabilidad entre los grupos de mujeres y de hombres puede proporcionarnos una idea más clara de las relaciones y motivaciones que se encuentran detrás de las conductas, lo que resultaría de gran utilidad tanto para el análisis de género como para identificar las mejores estrategias de promoción del uso del transporte público u otras conductas proambientales.
El último ejemplo está tomado del ámbito de la agricultura ecológica u orgánica, que ha sido también objeto de análisis reciente desde la perspectiva de género.
Aunque la literatura sobre el tema no es aún abundante, la feminización de la agricultura ecológica se ha explicado aduciendo también tanto a factores ideológicos (su carácter descentralizado, holístico y de respeto a la naturaleza) como materiales (se trata de explotaciones de menor tamaño, que requieren una inversión menor de capital y más mano de obra Martínez y Sabaté, 2004).
Análisis como el de Pedersen y Kjaergård (2004) hacen suyas las críticas del feminismo más reciente e insisten en la importancia de no asumir que las mujeres, en este caso las "granjeras ecológicas", son una categoría homogénea, desgranando la variedad de razones que llevan a las mujeres de su estudio a ponerse al frente de explotaciones agrícolas y ganaderas de este tipo.
Factores como las ventajas de la vida en el campo, el contacto con la naturaleza y los animales, la autonomía económica, disponer de un lugar apropiado para criar a los hijos y de alimentos saludables... son, de hecho, en ocasiones, tanto o más importantes que el compromiso con el medio ambiente a la hora de establecer una granja orgánica.
También subrayan cómo la construcción de la identidad de estas mujeres no se basa en factores de sexo/género, sino en su pertenencia al grupo de "granjeros ecológicos" frente a los "granjeros tradicionales".
No obstante, los aspectos de género, no por no ser formulados por las propias mujeres resultan inexistentes.
En los casos analizados, cuando se trata de explotaciones familiares, las mujeres continúan asumiendo en mayor medida que los hombres las tareas del hogar y cuidado de los hijos que corresponden a su rol de género, y algunos tipos de "granjeras ecológicas" se muestran más vulnerables a los cambios promovidos por la modernización en marcha de la agricultura y la ganadería ecológicas.
De este modo, Pedersen y Kjaergård realizan un meritorio trabajo de reconstrucción de la "granjera ecológica" y sus diferentes subtipos que, no obstante, deja clara la importancia de la perspectiva de género a la hora de evaluar los riesgos que la extensión de la producción y comercialización a gran escala de los productos de la agricultura y la ganadería ecológica tiene para las mujeres, para determinadas mujeres, en estos sectores.
Abordada desde una perspectiva de género, la paradoja original de Mohai queda disuelta: la mayor preocupación ambiental de las mujeres tiene su correlato principal en su mayor implicación en conductas proambientales en la vida cotidiana.
Los estudios que revelan que las mujeres se implican más en comportamientos ecológicos en el hogar: ahorro energético, reciclado de residuos, uso racional del agua, consumo verde... aducen como explicaciones la mayor dedicación en general de las mujeres a estas tareas y su mayor preocupación por las cuestiones de salud y bienestar en sus familias.
La relativamente escasa participación de las mujeres en comparación con los hombres en las organizaciones ambientalistas está relacionada con la menor representación de las mujeres en política en general y con su menor disponibilidad de tiempo por su mayor ocupación en las tareas del hogar y el cuidado de los hijos.
Estas afirmaciones, no obstante, requieren investigación más detallada, ya que ocultan la falta de consistencia entre activismo y conducta proambiental en los hombres o por qué las mujeres sin cargas familiares tampoco participan en igual medida que los hombres en
Atender a las diferencias entre las mujeres y al género en los hombres permite una comprensión más adecuada de los fenómenos y la posibilidad de identificar problemas y estrategias de cambio más adecuadas, evitando al tiempo hacer recaer sobre las mujeres la responsabilidad en el cuidado de la naturaleza, lo mismo que continúa recayendo a menudo el cuidado de la familia.
GÉNERO Y MEDIO AMBIENTE: RETOS FUTUROS
La literatura sobre género y medio ambiente se ha desarrollado intensamente durante 30 años con enfoques y propósitos muy diversos.
Se trata de un campo multidisciplinar en el que la filosofía, la sociología, la geografía, la psicología, los estudios culturales... han contribuido con estudios empíricos, estrategias metodológicas y reflexiones teóricas.
Más allá de los ecofeminismos clásicos, con su énfasis en el pensamiento maternal y la cultura femenina como claves del vínculo especial de las mujeres con el medio ambiente, el trabajo más reciente ha explorado las especificidades de este vínculo en las condiciones materiales del contexto que favorecen que las mujeres tengan una relación más directa con el medio y sus problemas: tareas cotidianas en los países en desarrollo (recolección de madera para combustible, búsqueda de agua, cultivo de autoabastecimiento...) y en los países desarrollados (reciclado, salud, compra y preparación de alimentos...).
En el curso de este trabajo se hace evidente que las mujeres no son una categoría homogénea, sino que se encuentran ubi-cadas en diferentes contextos, sometidas a una variedad de presiones sociales y motivadas por distintas consideraciones.
Atender a esta diversidad es requisito para una comprensión más adecuada de los factores que influyen en la relación humana con sus medios naturales.
Por otra parte, las explicaciones contextuales y la atención a la diversidad son útiles también para identificar campos de acción, pero pueden invisibilizar de nuevo los factores de género que el ecofeminismo había subrayado.
Las mujeres somos, desde luego diversas, pero las circunstancias materiales del contexto, la peculiar situación de cada mujer, lo es con el trasfondo de una ideología de género que resiste sutilmente los cambios sociales y los intentos de construcción de identidades individuales propias.
El enfoque de género sigue siendo necesario a la hora de analizar los factores que influyen en las actitudes y comportamientos ambientalistas, teniendo en cuenta, por ejemplo, que su promoción ha de procurar involucrar más a los hombres en el ámbito privado y más a las mujeres en el ámbito público.
En este último sentido, se hace preciso politizar el cuidado (incluyendo el de la naturaleza) que, a través de la pervivencia de los estereotipos de género, se sigue asociando a las actividades femeninas, tanto en los países en desarrollo como en las sociedades altamente industrializadas.
Se trata esta de una tarea que, como afirma Sherilyn MacGregor (2004), se beneficiaría de una ciudadanía feminista y ecologista que demande el reconocimiento público del cuidado como un ideal político para la sociedad en su conjunto, rechazando que las mujeres sean las únicas responsables de su puesta en práctica.
2 Y también sobre otras especies de animales: antropocentrismo y androcentrismo se entendieron como caras de una misma "lógica de la dominación", y algunas feministas vieron un nexo irrenunciable entre ambas causas.
Feministas radicales y culturales como Constantia Salamone, Carol Adams, Laurel Holliday, Marti Kheel, Aviva Cantor y Gena Corea analizaron de forma conjunta las opresiones sufridas por el otro sexo (sexismo), las otras opciones sexuales (homofobia), los otros colores de la piel (racismo) y los otros animales (especismo). |
rural, unos procesos que se establecen hacia 1970 y se aceleran después del acceso a la UE.
Sólo recientemente, algunas de las características de los antiguos sistemas agrarios son reevaluadas, a la luz de los negativos impactos ambientales de algunos modernos estilos agrarios.
En este artículo, el paisaje rural de Grecia todavía se presenta en relación a los estilos agrarios que lo han formado, tanto "tradicional" como "moderno".
Algunos de los cambios más importantes son discutidos en el marco de una gestión ambiental, mediante algunos ejemplos clave: gestión forestal y laboreo en las montañas, cultivos mixtos y olivar en las islas y sur de Grecia; y tierras de labor en las llanuras.
Este artículo presenta los impactos ambientales y visuales de los cambios en los estilos agrarios y discute brevemente posibles tendencias futuras.
Los impactos son evaluados mediante trabajo empírico, especialmente en el caso de los paisajes de cultivos mixtos y olivar y por la literatura.
Las conclusiones indican que los estilos agrarios "tradicionales" suponen impactos ambientales positivos comparados con los "modernos" y actualmente algunas de sus características pueden ser usadas para la gestión sostenible del paisaje rural. |
La Geografía rural es una subdisciplina de carácter espacial, pero en la literatura internacional especializada cada vez es más habitual que el espacio quede sustituido por categorías de análisis como la naturaleza, la cultura y su relación con unas determinadas normas de relación o actuación social, que no sólo incluyen las relaciones entre personas, sino que también abarcan a las relaciones entre instituciones.
Uno de los principales rasgos que se ha querido ver en las aproximaciones post (modernas, modernistas) es la riqueza de la diferencia, de la ruptura de moldes, de transgredir lo establecido, de dotar de significado al matiz, ello conduce en el marco de la geografía rural a admitir la generación de microespacios condicionados por nuevos procesos de marginalidad, no únicamente espaciales, sino también sociales y culturales.
El tema de la despoblación y sus repercusiones espaciales y ambientales ha sido objeto de atención desde distintos puntos de vista y en países como España esta literatura tiene una cierta tradición, la mayor de las veces de una forma positiva, ligada a datos demográficos.
Pero, existen diversos planos que se pueden considerar en las áreas despobladas, lo que esta asociado, a su vez, a distintos niveles en la conceptualización y papel de estas áreas en los países desarrollados y en especial en aquellos con una extensa base geográfica.
De esta forma es posible explorar el nuevo significado de los espacios despoblados de una manera nacional, en cuanto a su significado simbólico, pero también es posible analizar estos espacios despoblados en su dinámica más micro, ligada a fenómenos de carácter más comarcal o municipal y condicionada por nuevos procesos de tipo social o espacial a este nivel micro.
En el contexto expuesto el principal objeto de este artículo es analizar como las identidades y valores asociados a un determinado espacio pueden adquirir muy diversas formulaciones y están notablemente confundidos con la dimensión ambiental de un determinado espacio y como los procesos de construcción, reconstrucción o
deconstrucción cultural-ambiental-identitarios ligados a comunidades pueden entrar en conflicto con los espacios delimitados administrativamente y con las racionalidades políticas.
Esto es sobre todo evidente en los espacios del interior de España, donde el notable proceso de despoblación desmanteló estructuras sociales, condicionó la gestión de las políticas públicas y transformó las estructuras político-administrativas, que se encuentran en un proceso de recomposición.
Así, el espacio puede funcionar a dos niveles por una parte un nivel ligado al poder y otro nivel ligado a comunidades, valores e identidades, cada uno de estos dos niveles produce nuevos espacios o microespacios.
COMUNIDAD, CULTURA Y LUGAR EN LA CONFORMACIÓN DE ESPACIOS RURALES
El debate en geografia sobre el espacio en muchas ocasiones se etiqueta como un debate sobre el lugar.
Pero, la categoría de lugar es tremendamente cambiante, dado que establece relación con un sistema de valores dominante en la sociedad y con su uso, también cambiante de cada día, etapa histórica o grupo social.
De esta forma también es posible considerar puntos de vista minoritarios sobre el lugar.
Todo el espacio puede ser distribuido en lugares diferenciados entre ellos, pero esta distribución no es permanente, ni siquiera en términos de simultaneidad espacio-temporal.
Sería posible establecer tres aspectos relativos al lugar a nivel general, como indica Agnew: 1) el sentido de localización, 2) el sentimiento de local y 3) el sentido de lugar (Agnew, 1987).
El sentido de localización hace relación a un lugar respecto a otro, ello implica conocimiento del medio, no sólo circundante, sino también más lejano, pero también implica un sentido de diferencia de un sitio respecto a otro.
El sentimiento de local, que se establece respecto a otros en el marco de un lugar concreto hace relación a un sentido de posesión del lugar y también de diferenciación social.
Este sentido de local también se establece en relación a un determinado paisaje típico de un lugar concreto.
El sentido de lugar se establece en relación a la formación de relaciones humano-espaciales en torno a un determinado sitio, tiene en consecuencia un carácter de tipo emocional y subjetivo.
El lugar sería un sitio donde se desarrolla la vida.
Este concepto de desarrollo de la vida sería el diferenciador respecto al de espacio.
Otro concepto que habitualmente aparece ligado al lugar es el de paisaje, en todo caso el paisaje es la expresión formal visible de un determinado lugar, con el que se relacionan los habitantes que en él viven.
En todo caso el lugar ha tenido una evolución larga en el marco de la Geografía Humana, lo que remarca su importancia en términos epistemológicos, incrementada por los muchos flecos que tiene el concepto.
Como se ha apuntado las aproximaciones al lugar vienen desde variadas tendencias de la Geografía, ello como luego comprobaremos, influye en el estudio del lugar en la propia Geografía Rural.
Así, se podría decir que los geógrafos adoptan un acercamiento en relación al estudio del lugar.
El lugar no es único, ni tampoco lo es la perspectiva en su estudio.
Un mismo lugar puede ser analizado desde diversos planteamientos teóricos y de esta forma el propio investigador juega un papel relevante en la coproducción de conocimiento.
El desarrollo del concepto del lugar tendrá un hito decisivo en relación a la geografía humanística.
Influida por las corrientes de la filosofía existencialista o fenomenológica, hará especial hincapié en los espacios particulares, vividos o sobre la experiencia sobre el espacio.
La cuestión no es diferenciar lugares, sino establecer las asociaciones entre las experiencias en el espacio y el espacio abstracto o no vivido.
De esta forma se puede establecer una clara continuidad espacial entre la articulación de espacios vividos y no vivido.
De ello se deriva que un lugar no puede ser concebido únicamente como una localización.
Es preciso "singularizar" adecuadamente el lugar.
Dicha singularización vendrá sobre todo de su visualización (en forma de un determinado paisaje), del sentido de comunidad o finalmente del tiempo vivido (en forma de recuerdo de transformación del espacio).
La clave de esta interpretación del lugar esta en condensar la esencia del lugar que determina el sentido de pertenencia al mismo y las categorías básicas dentro del lugar y fuera del lugar.
Estas dos categorías se definen en el espacio humano frente a un espacio abstracto.
Esta característica tendrá una notable relevancia en todas las geografías posmodernas y en la propia geografía humana ambiental y rural (también en las aproximaciones desde la sociología ambiental y rural) más contemporánea.
entre estructuras dominantes (móviles) y las estructuras espaciales (fijas) serían hasta cierto indiferenciadas de las convenciones institucionales o sociales y en consecuencia, -en una interpretación propia-serían repetitivas en distintos sitios del mundo.
Pero este punto de vista no es ni mucho menos unánime.
Así, Doreen Massey, que en cierta medida contesta a Harvey, fundamenta su tesis en tres elementos: la conexión entre un lugar y un determinado sentido de identidad; la autenticidad de un lugar en un contexto histórico; la necesidad de un claro sentido de separación entre el lugar y el resto del mundo.
Estas características plantean que el lugar es un proceso, que el lugar se define también desde fuera, que el lugar reúne múltiples identidades e historias y, por último, que la singularidad del lugar se define por múltiples interacciones (Massey, 2005).
Pero, detrás de estas líneas maestras el pensamiento de Massey, reúne algunas características de cierta relevancia en el estudio del espacio rural.
Desde su punto de vista se deduce, lo que constituye una apreciación propia, que no se puede hablar de categorías rurales y urbanas, más que como agregación de múltiples lugares e identidades rurales, en el marco de una consideración post del espacio.
Para su análisis se fundamenta en el análisis binario de la realidad espacial-social, que permite la coproducción del conocimiento.
Admite la existencia de numerosos discursos para la exploración del espacio, que se ligan a tres grandes características o esferas: la heterogeneidad del espacio en la relación de los elementos que participan en la coproducción de dicha heterogeneidad, la esfera de las relaciones de poder en todas sus formas, que tiene una consideración principalmente social y política; la esfera de la coevaluación.
En este punto es interesante como Massey resuelve el problema de los procesos globales y la realidades ligadas al lugar, que en nuestra opinión, es donde se diferencia de los (neo) estructuralistas: plantea, recurriendo al pensamiento de Escobar (2001) y Dirlik (1998), la interactuación.
Es decir, el lugar no sería un elemento pasivo en la recepción de los procesos globales, ni tampoco sería una simple victima (en relación a la aparición de espacios neutros), sino que existirían procesos de retroalimentación, y en todo caso cada lugar podría incorporar elementos de defensa del lugar (en la terminología elaborada por Escobar).
Estas estrategias de defensa o de resistencia del lugar, pueden ser estructuradas de diferente forma en cada lugar (Massey, 2005: 103), y también tendrían diferentes Como en toda la discusión del lugar, un aspecto esencial son los bordes del lugar geográfico.
En la discusión de los mismos, se ha llegado a argumentar que el verdadero lugar es el hogar (en su sentido amplio, pero también más íntimo).
La sociología rural ha desarrollado notablemente este concepto alrededor de la denominación dwelling, ligada a la adquisición de un lugar en el espacio rural, que ha sido incorporada al pensamiento geográfico (Cloke, Jones, 2001).
A menudo se llega a establecer una asociación entre hogar y lugar, uno ligado al espacio poseído y otra al espacio comunitario o construido, esta dicotomía o asociación también será muy utilizado en la geografía y sociología rurales.
La propia interacción hogar rural-personas para singularizar los lugares, tendrá notable relevancia en los estudios rurales.
Desde el estructuralismo, también se utilizará la noción de lugar, pero de una manera muy diferente a la establecida por la geografía humanística (Johnston, 1991).
El lugar se establece como categoría de exclusión de unos grupos sociales respecto a otros.
Además el propio significado del lugar evoluciona de una manera muy rápida bajo los procesos de compresión espacio-temporal, la acumulación flexible y los procesos más típicos de la post modernidad.
Desde este punto de vista el lugar forma parte del capital fijo que entra en conflicto con otras formas de capital móvil.
Una buena parte del pensamiento del geógrafo Harvey parte de este supuesto y de las posibles fórmulas para engranar la parte fija y móvil de los procesos globales del reciente capitalismo.
El pensamiento de David Harvey se mueve entre dos grandes parámetros, por una parte las tensiones alrededor del lugar, como elemento fijo en el marco de un capital móvil; por otra parte, el lugar como elemento de exclusión o de diferenciación de unos grupos sociales respecto a otros en forma de jerarquías espaciales (p.e.
Las directrices de Harvey incorporan algunos elementos aprovechables al argumento de la presente contribución, en especial las relaciones que genera entre medio ambiente, lugar y espacio rural y urbano.
Harvey plantea que la distinción entre medio ambiente rural y urbano no es más que una convención, establecida de una forma arbitraria, fruto en definitiva de una posición ideológica de lo que es rural y lo que es urbano.
Así, cuando hablamos de medio ambiente rural o urbano lo hacemos en relación a un entorno más o menos inmediato, pero nunca como categoría analítica de consideración científica (Harvey, 1996: 118-119), de esta forma las tensiones (Massey, 2005: 141), pero en el pensamiento de Massey quedan ligadas sobre todo a relaciones de conflicto.
Al admitirse un comportamiento diferencial de cada lugar, se admite una "constelación de trayectorias" de los lugares, dentro de un marco natural y cultural.
Estas trayectorias en definitiva no tendrían un final claro, dado que se encuentran en un estado permanente de inestabilidad que en cada momento trata de ordenarse mediante procesos yuxtapuestos de negociación.
La defensa del lugar, competencia, consenso y disenso sobre los valores culturales
A finales de los años ochenta, muchos geógrafos inician una línea de trabajo alrededor de la teoría social y los cambios culturales.
En este contexto, el lugar adquiere una validez como transgresión.
La expresión dentro del lugar o fuera del lugar hace referencia a grupos sociales, clases sociales, etnicidad..., unas personas con más poder que otras establecen lo adecuado para un determinado lugar.
No aceptar lo adecuado para un lugar, significa ponerse fuera de las normas establecidas del lugar y por tanto comportarse como fuera del lugar.
Utilizando una expresión de Bordieu, el lugar conforma un "estilo de vida" dominante.
Este punto de vista ha tenido un notable arraigo en los espacios rurales.
Esta perspectiva de los geógrafos culturales críticos hace que asocien el lugar, su medida y las relaciones de poder de una forma compleja.
El lugar en definitiva se entendería a través de conflictos culturales y sociales, perspectiva que también ha tenido una notable influencia en el desarrollo último de la geografia rural.
En todo caso, el lugar no es un producto de las relaciones sociales, sino que constituye un elemento, relevante en la creación, mantenimiento o transformación de las relaciones de dominio en un lugar.
A través de este punto se establece la relación con las corrientes críticas más tradicionales en la geografía.
En definitiva, en la actualidad es posible indicar que el debate alrededor del lugar se sitúa entre el lugar como producto social y el constructivismo del lugar, y la propia Geografia rural no escapará a esta tendencia.
Que el lugar es un producto social es, de esta forma, la principal aserción de los geógrafos humanos críticos, lo que la aleja de su aspecto natural.
Entiende hasta cierto punto que la relaciones lugar-sociedad adquieren un sólo sentido y que las relaciones sociales (edad, sexo, clase) condicionan la creación del lugar.
Respecto a esta postura cabe situar el constructivismo social, que acepta una mutua interacción entre el lugar y las relaciones sociales, y en consecuencia advierte que el lugar antecede a las propias relaciones sociales y la propia construcción y medida del espacio.
Las relaciones sociales no pueden concebirse sin un lugar o un espacio.
Pero este punto de vista, como pondremos de manifiesto, puede ser contestado, sin duda.
Diversas vías intermedias o híbridas han sido reconocidas en el actual debate sobre el lugar, una de ellas es la de Soja (1996) quien a fines de los años ochenta e inicios de los noventa, habla de un tercer espacio (vivido), con distintas dimensiones, que refleja el tránsito entre un espacio percibido y las prácticas espaciales.
Esto constituye una crítica hacia la geografía de las relaciones binarias, pero en cambio apoya, parcialmente, una vía de análisis centrada en múltiples planos superpuestos, en la que centraremos nuestro análisis.
La consideración de múltiples espacios estructurados o regulados y la pervivencia en paralelo de otros no regulados, con múltiples relaciones entre ambos niveles.
En todo caso, aun con la notable tradición de los estudios sobre el lugar, en el marco de los estudios sobre procesos sobre globalización tiende a diluirse o a presentar problemas analíticos, como tienden a expresar todos los estudiosos del lugar.
¿Qué valor tiene el lugar en la actual geografía (rural o ambiental) -lo que también se podría extender a la sociología?
La combinación de los medios de comunicación masiva, la sociedad del consumo, una notable movilidad, tiende a homogeneizar el espacio.
Muchos de los espacios en los que desarrollamos nuestra vida se repiten en el espacio y constituyen realidades territoriales al margen del entorno.
De esta forma dentro de las corrientes posmodernistas en geografia se plantea el concepto de no lugar, ligado a todos los hitos espaciales que se repiten en el territorio, como puede ser una carretera, un hotel.
El campo de la geografía del turismo ha puesto de manifiesto notablemente la dualidad entre lugares y no lugares y en su marco se ha desarrollado el concepto de autenticidad, que deriva notablemente de la identidad con un espacio y su estado más o menos natural o más o menos transformado.
Esta última dicotomía entre lugar y no lugar realza su valor en los estudios rurales, al abordar espacios en general poco transformados o ligados a actividades culturales que asociamos a la tradición o a la historia de una determinada zona.
En este debate último sobre el lugar se pueden observar dos niveles:
Un acercamiento constructivista social al lugar.
Pone su énfasis en la relevancia de los actores sociales en la construcción del lugar.
Este enfoque es seguido sobre todo por los acercamientos de género y posestructuralistas.
Un acercamiento fenomenológico al lugar, que se funda en la vivencia del lugar y en vivir en un lugar "único" y no repetible.
En realidad en la geografia rural se reproducirán, si cabe con más avidez, los debates generales de la geografia sobre el lugar y sobre su validez como categoría de análisis en el mundo actual.
Pero, ¿cómo hacer operativo el análisis del lugar, en el marco de espacios despoblados del centro de España?
Una de las principales características que se pueden asignar al lugar es su carácter de proceso.
La reiteración en el discurso y en la (re) utilización del lugar es lo que confiere tal carácter a un sitio.
Desde tal perspectiva los lugares nunca están terminados, dado que se construyen por su utilización diaria, tanto en términos de una aproximación realista como constructiva.
Así, la construcción del lugar y sus bordes tendrían notable importancia en la generación de identidades sociales.
En todo caso, el lugar ha servido para establecer la exclusión habitual de ciertos grupos sociales.
Las investigaciones sobre el lugar conceden una notable relevancia al poder de los individuos en la generación del lugar a un micronivel de análisis, donde se realiza una utilización efectiva de la idea de lugar, sin aclarar con precisión si se trata de agrupaciones de individuos, de un individuo tipo o de los procesos de individualización de las sociedades posmodernas.
Así, habitualmente el lugar ha sido asociado en relación a lugares pequeños.
Entonces, el diseño del lugar a otras escalas geográficas de análisis puede conferir una identidad política a las mismas, una región o un estado, puede ser concebido como un lugar.
Así, el lugar puede jugar un notable papel en el mundo posmoderno caracterizado por la hipermovilidad, al cualificarlo.
De esta forma el lugar puede
El objetivo de esta investigación es establecer el peso de los factores culturales y propiamente ambientales en los procesos de rearticulación espacial y social en el centro de España, sobre un caso de estudio, el valle del río Riaza.
En concreto se trata de establecer el peso de la comunidad en los procesos de rearticulación espacial fundados en factores de tipo cultural y ambiental.
Se acepta que los procesos de desmantelamiento social y en consecuencia los procesos de reconfiguración de las estructuras comunitarias afectan de una forma notable, los procesos de rearticulación espacial y, en especial, el papel que en este proceso de rearticulación espacial cobra la gestión de los recursos culturales y naturales.
Las zonas despobladas, pero con notables procesos de recuperación no sólo en los factores más tangibles, sino también en los más intangibles son un buen instrumento de estudio de la emergencia de nuevos espacios.
La generación de microespacios ligados a procesos comunitarios puede generar (o estar fundada en) una relación de conflicto, pero también de competencia o de colaboración, con las estructuras establecidas.
Metodología y descripción del área
El valle del río Riaza es una zona situada en el extremo sureste de la provincia de Segovia y que comprende en una relativa corta distancia áreas de montaña, campiña o piedemonte y una zona más tradicional de páramo.
En ella están comprendidos municipios de alto valor monumental, declarados conjuntos histórico-artísticos como Ayllón o Maderuelo o zonas de alto valor cultural como la zona de los pueblos rojos.
Esta zona, como otras muchas del interior de España, se ha visto afectada por un grave problema de despoblación, que ha ido parejo a una desaparición de municipios y absorción por los núcleos de población de mayor tamaño, principalmente Ayllón y Riaza.
Pero este proceso de concentración administrativa también ha supuesto la (auto) marginación de algunos municipios, como Maderuelo, a pesar de un notable patrimonio monumental.
En estos dos sitios, la existencia de un notable patrimonio, estará en la base de su reemergencia en el contexto del área de estudio.
En el marco del valle del río Riaza el análisis se ha centrado principalmente en dos áreas: 1) Maderuelo, un pueblo medieval amurallado que siempre ha tenido categoría de municipio y que se ha resistido a formar parte de mancomunidades, rodeada por un parque natural, el parque natural de la hoces del río Riaza, con una de las colonias de buitres más importantes de España; y 2) la Sierra de Ayllón, un área de montaña que administrativamente depende de Riaza y Ayllón, pueblos de origen medieval.
Se trata de un área caracterizada por los denominados pueblos rojos, una zona de arquitectura singular, que hasta los años sesentasetenta constituían municipios independientes, pero que fruto del proceso de despoblación fueron absorbidos por las cabeceras provinciales.
A su vez cada área considerada se encuentra en una zona geográfica diferente, desde el páramo castellano, y un área de montaña media.
La distancia entre estas dos áreas es de unos 25-30 kilómetros.
La metodología ha consistido en desarrollar un programa de entrevistas con un guión preestablecido a personas señaladas en distintos sitios de la zona, habitualmente también con responsabilidad administrativa o asociativa.
Se ha buscado que los entrevistados tuvieran diferente extracción social y representaran diferentes generaciones.
También se ha realizado un vaciado de la revista comarcal "El Noreste de Segovia" y se han seleccionado noticias o eventos relativos a proceso de diferenciación espacial y social.
Asimismo se ha realizado un análisis documental fundado en los textos o informes generados principalmente por las instituciones municipales o (supra) municipales del área de estudio.
DISCURSOS SOBRE EL VALLE DEL RÍO RIAZA
En la presente contribución, como se exponía, sólo se trata de analizar la multiplicidad de discursos paralelos a nivel de lugar o microlugares en un mismo área, que trata de romper, a la vez que concretar, la relación binaria lugarglobal, los del lugar-no lugar, por otra visión más múltiple y compleja.
Como se indicaba en secciones previas en la presente contribución se admite un nivel oficial o regulado en la configuración del espacio, que habitualmente está en los agentes y actores institucionales y que es posible ÁNGEL PANIAGUA seguir a través de sus discursos, tanto escritos como narrativos.
En todo caso, aun considerando sólo los agentes institucionales comarcales y municipales, no es posible indicar que todos tengan un discurso que podríamos considerar oficial, dado que es posible admitir: discursos dominantes y discursos secundarios.
Los discursos dominantes y oficiales son aquellos generados por actores públicos o semipúblicos que conforman las directrices esenciales de actuación en el área.
Dentro de ellos habría que considerar discursos gregarios, de los dominantes, caracterizados por su ausencia de creatividad o señas de identidad propias.
Los discursos no oficiales o secundarios son aquellos que forman parte, principalmente, de agentes de base municipal con una posición que no participa de las directrices generales para el conjunto del área.
Entre ellos, también es posible considerar un discurso espontáneo o no regulado, que gira alrededor de asociaciones o de diversos actores (incluso individuales) cualificados dentro del área.
La posición entre estos dos discursos evidencia asimismo la posición de los actores que los sustentan en relación al espacio y hacia diversos lugares más concretos.
Esta posición es variable dado que depende tanto de cambios en las relaciones entre agentes, como de coaliciones entre ellos, fruto de la aparición de nuevos intereses y de la generación de nuevas expectativas.
Discursos oficiales sobre el valle del río Riaza
El discurso dominante agrupa a los principales ayuntamientos, junto a agencias de tipo subprovincial, pero también incluye el de algunas personas consideradas pioneras en los signos actuales de identidad de la zona.
Este discurso dominante engloba varias áreas: 1.
Una visión multifuncional del valle del río Riaza, como expresión de un espacio de vida, de ocio, de trabajo y de una elevada calidad ambiental, concretada en la existencia del Espacio natural protegido de las Hoces del río Riaza y de diferentes masas de vegetación.
Una perspectiva de marginación espacial, tanto en el contexto nacional, como regional o provincial, que también se manifiesta dentro de la zona en términos espaciales y sociales.
La existencia de es-pacios construidos de carácter singular a nivel nacional o regional, como el área de los denominados Pueblos Rojos o Pueblos Negros, en un área de notable calidad ambiental y más características de la zona y de algunos notables conjuntos históricos monumentales, uno de los más característicos es el de Maderuelo.
La existencia de un espacio con bordes delimitados históricamente mediante las comunidades de Villa y Tierra, como la de Maderuelo o Ayllón (Cuadro 1).
La visión multifuncional del espacio del valle del río Riaza, es uno de los principales ejes del discurso.
Esta visión multifuncional, no esta sólo ligada a actividades, sino que abarca los distintos aspectos de la vida social: el trabajo, la residencia y el ocio.
De esta forma se advierte que se trata de un espacio donde es posible generar nuevo empleo, donde existen notables posibilidades para establecerse y vivir y por último, con un notable potencial para el ocio.
Fundado en este carácter polivalente del espacio se pretenderán desarrollar políticas de carácter social, como es la recuperación de la población y su asentamiento en un entorno espacial de calidad.
En este contexto se admite la llegada de nuevos pobladores, consecuencia de una demanda laboral no cubierta en la propia zona en empleos ligados a la agricultura-ganadería, la construcción y la hostelería, pero que incorpora también la llegada de nuevos pobladores más cualificados.
Algunos eslóganes, como "En Ayllón lo tienes todo", resumen este punto de vista.
La delimitación del área del valle del río Riaza no aparece de forma clara entre todos los agentes, en algunos aparece ligado a la zona de valle del río Duratón, como ocurre en el caso de la agencia CODINSE, asociado a las parecidas características entre ambas zonas.
Pero en el caso del resto de agentes si que se establece alrededor únicamente del valle del río Riaza, o incluso a alguna parte del mismo únicamente: la sierra, el valle o el páramo, pero siempre se advierte un sentido de clara delimitación.
A ello contribuye también la pervivencia en los usos y costumbres de delimitaciones de tipo histórico, como son las comunidades de Villa y Tierra.
En esta delimitación del valle del río Riaza como conjunto cobran notable relevancia las delimitaciones administrativas, como conjunto periférico en la región de Castilla y León y en la provincia de Segovia, como área de transición o borde con las regiones de Madrid y Castilla-La Mancha, o como área de claro tránsito respecto a otras provincias de la propia región, como las de Soria, principalmente, o de Burgos, de forma secundaria.
En todo caso, una buena parte de este discurso oficial sobre el valle del río Riaza, queda ligado a su vez con el discurso y los objetivos relativos a los espacios rurales de la administración pública de Castilla y León, y en consecuencia, no se trata de un discurso independiente.
Se coincide sobre todo en lo relativo a la valorización del patrimonio natural y cultural y el mantenimiento de la población y propiciar la aparición de nuevos residentes en el medio rural.
Esta estrategia de nuevos pobladores tiene dos claras vías: la población urbana y la integración de inmigrantes, en relación a lo cual está el problema de la vivienda y las nuevas tecnologías.
El eslogan oficial del área "vive, trabaja y disfruta", y que incluye una mayor calidad de vida y la tranquilidad, trata de trasladar hacia el exterior una identidad en positivo, por el atractivo del área y sus posibilidades de todo.
La apertura de la zona incluso en el marco nacional sería uno de los objetivos.
Se pone como ejemplo, que incluso la gente mayor es la que está más de acuerdo, "dado que tenía 'pena' de los pueblos vacíos y les gusta la gente que viene de fuera y el progreso de nuestros pueblos" (MP, Ayllón, agosto de 2006).
Algunos de los municipios más relevantes del área también presentan un discurso parecido, alrededor del significado de la arquitectura popular, el patrimonio cultural y el propio paisaje.
Sin duda en este contexto municipal, uno de los ejemplos más notorios es el ayuntamiento de Maderuelo, antigua cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra de su nombre.
Municipio que liga el proceso de éxodo rural a la creación del pantano de Linares, y que, en tal contexto, concede una notable relevancia a los que no migraron en una zona de débil población.
Uno de los ejes de recuperación de la identidad es la promoción medieval de la villa: "Maderuelo siglo XII es de todos", que trata de establecer un "viaje a la edad media" de este pueblo de:
"dos calles paralelas donde se apiñan 150 vecinos en vetustas casas de piedra y adobe, las fachadas llenas de capiteles, estelas, lápidas y símbolos de ignotos orígenes y significados; bajo ellas corre, de punta a punta del caserío, un pasadizo soterrano donde la conseja sitúa el tesoro nunca hallado de don Álvaro de Luna, que fue el octavo señor de esta villa..." (periódico elpaismayo2004'escapadas/maderuelo).
Así, el patrimonio cultural tanto en relación a tradiciones, como en relación al conjunto arquitectónico, constituyen las señas de identidad de este municipio, que plantea una estrategia al margen del conjunto del área.
En todo caso, la identidad ligada al medioevo, en forma de recuperación de identidades, pero también de puesta de relieve de un patrimonio arquitectónico, también se advierte en Ayllón, con su fiesta estival "Ayllón Medieval".
La marginalidad espacial ligada a su posición geográfica de límite en las delimitaciones administrativas, apa-
rece como un componente básico en los discursos sobre el valle del río Riaza, que engloba diversos procesos de tipo socioeconómico, natural e incluso de tipo legal, en todo caso este concepto de margen tiene sobre todo una vertiente espacial, que engloba un plano espontáneo, junto a otro que supone la construcción de jerarquías en la práctica, pero que no enlaza al menos de una forma directa con ningún tipo de marginación social.
La "sensación de abandono" tendría eminentemente un componente espacial.
A ello contribuye un poblamiento denso, con una distancia media entre municipio inferior a los cuatro kilómetros, ligada a algunos núcleos de mayor tamaño.
Esta densidad en el poblamiento, con muchos pueblos alrededor de 50 habitantes, compensa la notable pérdida de población producida durante las décadas de 1960 y 1970, a lo que contribuye también un notable tejido asociativo cultural.
En todo caso, la despoblación también aparece notablemente ligada al sentimiento de marginación, con la "no identidad", o con una transformación de la identidad ligada "a los que se fueron y ahora vienen de Madrid".
Estos procesos sociales de transformación de las identidades tendrían, por tanto, varias fases: 1) su arranque hace unos 30 años, ligado a un proceso de notable despoblación, con una emigración selectiva de jóvenes y mujeres.
Ello conduce a una negación del propio espacio ligado a "un estado de ánimo de depresión" o "de imposibilidad de vivir de la zona".
La emigración principalmente tiene como destino Madrid, "el que no vale es el que se queda y el que vale a Madrid", pero también estaban mal vistas las personas que venían de fuera; 2) en los últimos 15 años, junto al fenómeno de la despoblación existen otros, como el de nuevos pobladores y sobre todo "gente convencida de la zona", lo que se asocia con un mayor dinamismo: "La verdad, los que estamos aquí somos los que hemos sido capaces de crear" (MMM, Campo S. Pedro, agosto 2006), en el plano socioeconómico coincide con una cierta crisis de la agricultura y ganadería y un mayor dinamismo de otros sectores; 3) un fenómeno más reciente, de los últimos siete u ocho años es la llegada de inmigrantes extranjeros, especialmente en el núcleo de Riaza, mientras que la influencia de Madrid es de "paso y de fin de semana".
La gente más dinámica de la zona o bien nunca se fue o nunca rompió los lazos, los procesos de cambio se asocian "a la gente que esta aquí", a los del valle: "la gente se queda aquí, por vocación".
Cada vez más la zona es considerada como un lugar óptimo para el inicio de la actividad profesional.
De cualquier forma se insiste que "no existe debate sobre la identidad de la zona (ligado a la despoblación), quizás debido a aquello que somos menos y tocamos a más."
En esta última fase la profesión de agricultor adquiere prestigio, en el marco de una sociedad más plural.
En ciertos casos, la marginalidad es advertida dentro del contexto regional, pero no en el marco provincial, donde aparece asociada a una zona de transición o bisagra entre la propia provincia de Segovia a la que pertenece y la de Soria, con la que es colindante.
A veces se establece "una sensación de frontera".
La prestación de servicios especializados, sobre todo los sanitarios, no favorece la identidad del área tampoco, dado que están dispersos en la provincia de Burgos, Valladolid, Segovia e incluso Madrid.
En cualquier caso se advierte que la propia extensión geográfica de Castilla y León, limita la generación y utilización de recursos.
La existencia de valores naturales y culturales es otro componente importante del discurso oficial.
En efecto, un eje del discurso oficial es la existencia de áreas de protección natural, en concreto la Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) de las Hoces del Riaza y la Reserva Natural de las Hoces del Río Riaza, declarada en septiembre de 1987, sobre una extensión de 6.540 has., y que afecta sobre todo a los municipios de Maderuelo y Montejo de la Vega de la Serrezuela.
En abril de 1992, se inició el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Espacio Natural de Hoces del Río Riaza.
Este espacio se ha incluido en la Red Natura 2000.
También se ha incluido en la Red Natura 2000, concretamente en agosto de 2000, como Lugar de Interés Comunitario, la Sierra de Ayllón, sobre una superficie de 15.770 has.
Respecto a la conciencia ambiental, en este discurso oficial se advierte que "... existe una percepción de que en el medio rural se cuida el medio ambiente y por tanto no son necesarias medidas especiales para protegerlo, (los espacios que) sufren un deterioro, causado por la falta de uso de estos territorios..."
En consecuencia las actuaciones en relación al medio ambiente se pone de manifiesto que deben estar dirigidas hacia la promoción cultural, al mantenimiento del patrimonio arquitectónico y a la conservación del patrimonio cultural y también natural.
En tal sentido, el bagaje cultural y ambiental constituirían las claves de identidad de la población y serían el elemento clave en la diferenciación (respecto a otras) de la propia área del valle del río Riaza.
En esta forma se llega a apreciar un discurso que dualiza la realidad urbano-rural, y advierte que la simple declaración de área protegida, atrae "hordas de gente" que ponen en peligro la propia conservación del espacio natural (¿Parques naturales o parques de atracciones?
En cualquier caso, esto no queda exento de un cierto funcionalismo ligado a la naturaleza, y en concreto al principal espacio natural de la zona y la necesidad de que genere empleo en el área (Opinión, Nordeste, abril de 2005, p.
En términos sociales, las localidades más monumentales y con mayor patrimonio cultural, quedan ligadas a una cierta selectividad social, al ser donde se han asentado las familias tradicionales y más representativas de la zona.
Ello genera también una dinámica social ligada a los intereses de "mi pueblo", también en sitios más pequeños; con comunidades cerradas en su entorno social y con poca interacción con otras áreas del valle.
La existencia de unos límites históricos, un notable proceso de anexión de municipios y la generación de las intra identidades en el valle del río Riaza.
Dentro de la zona del valle del río Riaza, la existencia de unos límites históricos en relación a las comunidades de villa y tierra, generó unas notables identidades dentro del área, polarizadas sobre los núcleos más grandes.
Esta polarización de identidades, estableció rivalidades espaciales notables, hasta el inicio del proceso de despoblación.
Con posterioridad, se reconoce que "nos entendemos bien entre los pueblos" (JIA-C.
Ahora, "la identidad se crea sola, por la influencia histórica de las comunidades de villa y tierra, el peso de la historia y la identidad espacial" (MMM, Campo S. Pedro, agosto 2006).
En todo caso, el espacio del valle del río Riaza, no se puede considerar de una forma homogénea, existe una fragmentación de las identidades dentro de esta área por pueblos o por pequeñas comarcas, que se asocian, a la vez que están diferenciadas, con los núcleos más grandes, bien sea el propio Riaza o Ayllón.
Incluso a un nivel más micro se podrían deslindar tres identidades: los pueblos de Riaza, donde vive gente importante, más elitista; Ayllón, con un proceso de recuperación sobre todo cultural; y, por último, Maderuelo, que es un proceso más incipiente.
En este proceso influye la anexión de municipios que se produce alrededor de En la actualidad el discurso se establece sobre la conveniencia del notable proceso de creación de mancomunidades de municipios alrededor de Riaza (mancomunidad de Valle de Riaza), Ayllón (mancomunidad de Nordeste) y Campo de San Pedro (mancomunidad de Nuestra Señora de Hornuez), con la notable excepción del municipio de Maderuelo.
Este proceso de creación de mancomunidades refleja, a su vez, la organización del espacio del valle del río Riaza.
Discursos espontáneos sobre el valle del río Riaza
Entre los discursos espontáneos sobre el valle del río Riaza cabe distinguir: 1) aquellos generados por agentes intermedios entre el plano oficial y no oficial, compuestos por presidentes de asociaciones de pueblos absorbidos administrativamente y por algún alcalde pedáneo y 2) aquellos totalmente espontáneos por personas con liderazgo o representativas en la comunidad.
Normalmente se producen en las áreas más marginadas del valle y que han sido absorbidas administrativamente por otros municipios.
Estos discursos están dominados por: 1) por el sentimiento de la identidad perdida, por una sensación de vacío y una notable distancia institucional e incluso geográfica respecto al resto del área.
En algunos casos incluso se asocia a la "sensación de muerte del lugar" o de falta de salidas: "se encuentran lejos de la humanidad".
2) Pero, también por la preocupación por el proceso de recuperación de las señas de identidad, que se ligan sobre todo a identidades físicas o paisajísticas y al patrimonio cultural, fundado en el valor ÁNGEL PANIAGUA de la arquitectura popular, esto ocurre sobre todo en la zona de la Sierra de Ayllón.
De esta manera no existiría una identidad común a todo el valle del río Riaza, con una clara división entre la zona llana y la zona de sierra.
Pero esta división a su vez encierra una escasa interacción entre los diversos pueblos, que se resume en la frase: "cada uno tira para su pueblo, lo que significa no compartir" (PMO, Negredo, agosto 2006).
3) Una visión de conflicto espacial y ambiental, que queda asociada a las demandas de mayores servicios e inversiones en los pueblos que fueron absorbidos administrativamente y que compensen los propios ingresos que genera la utilización de sus recursos.
Un ejemplo sería el pueblo de Grado de Pico en la Sierra de Ayllón, donde se instalan molinos de viento que generan ingresos al municipio de Ayllón, sin reinvertirse -o advertirse su reinversión-en el propio pueblo (Nordeste, mayo 2006, p.
Otro caso sería el discurso del Fondo de Refugio de Aves respecto a las actuaciones en el espacio protegido derivadas de su calificación de espacio natural desplegadas el poder regional (Nordeste, febrero 2006, p.
Incluso dentro de áreas con una notable identidad paisajística o arquitectónica popular, se establece una división de las identidades en relación a su composición social.
Es decir, la diferenciación social, es un elemento secundario en la identidad, pero que sirve para generar microidentidades sobre todo en relación a pueblos concretos.
Un caso de notable interés es el pueblo de Madriguera en la Sierra de Ayllón respecto al resto de los pueblos de la misma Sierra, todos ellos absorbidos administrativamente principalmente por Riaza.
Madriguera, un pueblo donde han adquirido vivienda rústica personas señaladas en la vida pública de Madrid, queda señalado como un pueblo "fantasma", de "nuevos ricos", donde no existe una integración real de las personas que allí tienen casa con su entorno social o físico.
Ello incide también en una cierta diferenciación funcional, así por ejemplo Madriguera sería el núcleo comercial, mientras que el resto de los pueblos de la Sierra de Ayllón tendrían todavía una base agrícola y ganadera.
Algunas iniciativas como el turismo en sus distintas modalidades son las que están generando una identidad conjunta.
En todo caso, la relación de pertenencia o de identificación con un espacio mayor (establecido oficialmente) no es nunca respecto al municipio de referencia administrativa, sino respecto a la provincia o la región.
De esta forma, no existe una cadena clara de identidades, al saltar del pueblo a la provincia o comunidad autónoma.
A ello también contribuyen algunos casos de demandas de gestión administrativa de poblaciones reducidas, como es el caso de Siguero en el municipio de Santo Tomé.
Pero esta identidad en relación a microáreas también se advierte que está ligada a un proceso de carácter temporal, es decir que tiene una estructura temporal, con tres claras fases: 1) en los años sesenta, donde nunca se aglutinaron esfuerzos, cada municipio tenía una dinámica independiente; 2) en los años setenta, hay "una ausencia de gente en la zona, con la mili se iban a la ciudad para no volver", sólo se quedaron los ganaderos; 3) en la actualidad, no existe un retorno al pueblo, la mujer se va y el hombre cuando contrae matrimonio con una mujer de otro pueblo, finalmente se marcha al de ella.
La gente de fuera sólo viene en verano.
Ello apunta un cierto problema comunitario entre "los del pueblo de toda la vida" y "los nuevos".
Esta división social, esconde una nueva diferenciación socioeconómica más compleja entre el grupo de agricultores y el resto, que se puede establecer en cuatro subgrupos: 1) agricultores y ganaderos; 2) personas dedicadas a pequeños servicios y comercios; 3) personas "de Madrid" que montan negocios, de notable volatilidad; 4) profesionales liberales, sobre todo profesores de instituto o médicos.
Entre estos cuatro grupos existen notables cambios en la concepción del lugar y ello genera disensos de una cierta complejidad, donde en ciertas ocasiones se contraponen las razones legales (los de fuera) y las costumbres (los de toda la vida).
Existen así dos procesos paralelos, la pérdida o transformación de identidad social y una mayor exigencia de servicios Esa generación de nuevas identidades y de demanda de nuevos servicios presenta dos perspectivas principales:
1) Las poblaciones de mayor permanencia en la zona, los de toda la vida, que demandan más servicios, no sólo de atención, sino de tipo lúdico, que concedan más vida al pueblo, sobre todo en los meses de invierno.
2) Las poblaciones ex urbanas en muchos casos fracasan en su objetivo de desarrollar alguna actividad en la zona:
"Que bonito es venir a vivir en el pueblo, y qué mentira tan grande es ver la realidad.
Una cosa es pasar un fin de semana o los meses de verano en el medio rural, y otra muy distinta vivir el día a día.
En un principio la idea era atractiva, vivir en el campo sin atascos, sin ruidos, con calidad de vida (...).
Desde fuera parece muy bonito, de venir los fines de semana a vivir a diario cambia, pero un abismo, y no me refiero a la calidad de vida, que es impresionante e inmejorable, me refiero a los servicios que se ofrecen a estas poblaciones desde los distintos organismos (Castro, Nordeste, junio 2005, 5).
Los acercamientos al lugar son diversos dentro de la geografía humana y reflejan posiciones tanto teóricas como propiamente ideológicas en el estudio del espacio.
Habitualmente estas posiciones se han trasladado al estudio de los espacios despoblados o a los espacios rurales, con diversas adaptaciones.
El acercamiento constructivista al espacio es uno de los pilares de la nueva geografía crítica, pero este acercamiento ofrece una notable diversidad de interpretaciones del papel de los diversos actores en la construcción del espacio.
Como fundamento teórico de la presente contribución se ha escogido la utilización de niveles paralelos de estudio del lugar, a partir de la obra de Escobar y Dirlik.
Se acepta que existe un nivel de construcción del lugar de carácter oficial y otro de tipo más espontáneo, ambos generados en la propia área, entre los que existirían no sólo relaciones de conflicto, como habitualmente se ha considerado, sino también de colaboración.
En el primer nivel se pueden establecer diversos planos, entre los que cabe destacar: el carácter multifuncional del espacio, asociado a un entorno espacial de calidad, donde se incluye parcialmente la diferenciación del lugar y la diferenciación entre lugares; una sensación de marginalidad espacial, como espacio de tránsito y de frontera, no sólo administrativa, sino también física; la relevancia en la identidad de los valores tanto naturales como culturales del área, generados los primeros por el proceso de creación de áreas protegidas y los segundos más arraigados en la identidad tradicional; por último, la existencia de unos límites históricos aceptados, y la influencia en la nueva identidad de los lugares del proceso de anexión de municipios y de gestación de nuevas mancomunidades.
En el plano más espontáneo el discurso esta dominado por la sensación de la pérdida de identidad a favor de los lugares que concentran el poder del área, pero también por el proceso de rearticulación del espacio ligado a movimientos de recuperación de las identidades perdidas, con una base más política-asociativa en algunos casos y de base más cultural en otras.
ESPACIO, CULTURA, NATURALEZA Y LUGAR EN EL PROCESO DE REESTRUCTURACIÓN DE LAS ÁREAS RURALES EN LA ESPAÑA DEL INTERIOR ritmos temporales
ESPACIO, CULTURA, NATURALEZA Y LUGAR EN EL PROCESO DE REESTRUCTURACIÓN DE LAS ÁREAS RURALES EN LA ESPAÑA DEL INTERIOR OBJETIVOS, METODOLOGÍA Y ÁREA DE ESTUDIO |
EL PAISAJE, CARÁCTER Y PERCEPCIÓN DEL TERRITORIO.
LA CONTRIBUCIÓN DEL CONVENIO EUROPEO DEL PAISAJE
El paisaje atraviesa hoy una situación paradójica y crítica.
El deterioro de conjuntos paisajísticos valiosos, la pérdida de tramas construidas del pasado y su sustitución por configuraciones repetidas y banales, sin integración en el espacio heredado, o la difusión en la publicidad y en los medios de comunicación de soberbios escenarios sin nombre y sin lugar, imágenes de consumo de una globalización desterritorializada, coinciden con una demanda social creciente de paisajes de calidad y con la reivindicación cada vez más extendida del derecho a vivir en entornos paisajísticamente dignos.
Ciertamente el aumento del interés ciudadano por el paisaje hay que incardinarlo en el avance general de la conciencia ambiental; pero el eco que la cuestión paisajística está alcanzando en los últimos tiempos tiene mucho que ver con la creciente importancia de los problemas territoriales, no sólo porque el deterioro del paisaje va estrechamente unido al consumo abusivo e imprudente del territorio, sino porque -con palabras de Roberto Gabino-"no se salva el paisaje si no se salva el 'país'" (Gambino, 2002: 56).
La territorialización del paisaje, es decir, el reconocimiento de que cada territorio se manifiesta paisajísticamente en una fisonomía singular y en plurales imágenes sociales, hace del paisaje un aspecto importante de la calidad de vida de la población; porque el paisaje es, ante todo, resultado de la relación sensible de la gente con su entorno percibido, cotidiano o visitado.
Por eso mismo, el paisaje es también elemento de identidad territorial, y manifestación de la diversidad del espacio geográfico que se hace explícita en la materialidad de cada paisaje y en sus representaciones sociales.
Se trata de una diversidad que resulta de la articulación de lo físico, lo biológico y lo cultural en cada lugar, un patrimonio valioso y difícilmente renovable, que no debe quedar eclipsado por esa otra diversidad, la biológica, políticamente más asumida hasta ahora e integrada en el todo paisajístico.
Desde el punto de vista de la acción pública, el emergente entendimiento territorial del paisaje implica, frente a planteamientos pasados que asociaban su tratamiento y defensa de modo casi exclusivo a iniciativas de protección de la naturaleza, un compromiso político con todos los paisajes, con los más notables, singulares o exóticos, pero también con paisajes más habituales, con los paisajes rurales, con los periurbanos, con ese amplio repertorio de "paisajes ordinarios", como se los ha llamado recientemente (Dewarrat y otros, 2003), que constituyen el escenario de la vida cotidiana de millones de ciudadanos.
De ahí que no pueda disociarse la salvaguarda de los valores del paisaje del gobierno del territorio; de ahí también la importancia, para el futuro de los paisajes, de la incorporación de criterios y objetivos paisajísticos en la planificación territorial y el urbanismo (Zoido Naranjo, 2002), que, a distintas escalas, tienen encomendada la misión de formular modelos territoriales en los que sean reconocidos y gestionados los valores del paisaje en sinergia con las actuaciones sectoriales.
La territorialización del paisaje así entendida es, desde el punto de vista político y jurídico, un hecho relativamente reciente.
La Estrategia Territorial Europea (ETE) (Comisión Europea, 1999), acordada por los ministros responsables de ordenación del territorio de la UE en 1999, constituye un paso importante en el proceso de apertura del interés social y político por el paisaje a espacios cada vez más extensos.
Cuando la ETE trata de las "amenazas sobre los paisajes culturales" y de la necesidad de una "gestión creativa" de los mismos como objetivo y opción política para el territorio de la Unión, está refiriéndose de hecho a muchos de los paisajes rurales y urbanos de Europa, y no sólo al catálogo de los más notables o mejor conservados.
Sin embargo, la Estrategia no entiende todavía el paisaje como una cuestión que implica a todo el territorio.
Es la Convenio Europeo del Paisaje (CEP) (Conseil de L' Europe, 2000) el que asume plenamente el sentido territorial de la cuestión paisajística, es decir, la idea innovadora desde el punto de vista jurídico y político, de que todo territorio es paisaje, de que cada territorio se manifiesta en la especificidad de su paisaje, independientemente de su calidad y del aprecio que merezca.
Paisaje es, según el Convenio, "cualquier parte del territorio, tal y como es percibida por las poblaciones, cuyo carácter resulta de la acción de los factores naturales y humanos y de sus interrelaciones".
Se trata de una definición basada en preocupaciones a la vez ambientales y culturales, con una motivación eminentemente social y que, implícitamente, plantea la necesidad de superar los desencuentros disciplinares inherentes a la polisemia del paisaje -concretamente los derivados de la contraposición objetivo-subjetivo-, de aprovechar todas las potencialidades de una noción abierta e integradora, y de avanzar desde un instrumento jurídico como es el Convenio hacia la construcción de un proyecto transdiciplinar que responda al derecho al paisaje de la gente y al compromiso político con la acción paisajística.
La definición de la CEP se refiere en primer lugar al territorio, a "cualquier parte del territorio".
El paisaje tiene, pues, una base material concreta, referida no a nociones más abstractas como espacio, área o suelo, sino a territorio, es decir, al espacio geográfico entendido como marco de vida, como espacio contextual de los grupos sociales.
Asimismo, como hecho territorial el paisaje tiene también escalas diferentes, que afectan tanto a su estudio, como al sentido y alcance de las determinaciones de ordenación y de proyecto paisajístico.
La política de paisaje que el Convenio preconiza incumbe además a todo el territorio, a "cualquier parte" del mismo.
Ahí reside de hecho la innovación mayor del CEP y las implicaciones que se derivan para la política del paisaje, una política que no puede reducirse ya a la protección y a la tutela de lo notable, sino también a la gestión de los cambios y a la ordenación de tantos paisajes no sobresalientes.
Por eso mismo el Convenio no define lo que es bello o feo, y no asocia, como ha escrito Ricardo Priore (Priore, 2002), paisaje a una experiencia estética necesariamente positiva.
Las diferencias con la consideración del paisaje en las normas de conservación de la naturaleza vigentes o en la propia legislación urbanística saltan a la vista.
Como evidente resulta también la capacidad de intervenir con objetivos de calidad paisajística en los territorios llamados "intermedios", es decir, en las dilatadas extensiones de suelo comprendidas entre lo protegido y la ciudad, ámbito hoy de los cambios territoriales más intensos y de la experiencia paisajística cotidiana de buena parte de la población.
Aquí radica probablemente la potencialidad mayor de este concepto de paisaje para un diagnóstico crítico de los procesos insostenibles de consumo de suelo y para una política comprometida con RAFAEL MATA OLMO pero también y por lo mismo, a la participación social como vía para conocer -dice el Convenio-"las aspiraciones de las poblaciones" en materia de paisaje y la formulación de los denominados "objetivos de calidad paisajística".
No se trata con ello de una frívola propuesta de elaboración de paisajes a la carta.
No es cuestión tampoco, como ha escrito Michel Prieur, de "ceder a la moda (...).
Si la Convención de Florencia insiste tanto en la cuestión participativa -dice Prieur-es para traducir jurídicamente la especificidad del 'paisaje' del mejor modo posible.
El paisaje no existe más que a través de lo que se ve.
Una política que implicase exclusivamente a los expertos y a la administración, produciría un paisaje soportado por la gente, al igual que en el pasado pudo ser producido por y para una élite.
La democratización del paisaje no está sólo vinculada al nuevo campo de acción introducido por la Convención de Florencia, sino que se expresa a través de esta apropiación colectiva e individual de todos los paisajes, que necesitan para su transformación, para el seguimiento de su evolución y para la prevención de su destrucción desconsiderada, una participación directa de todos en todas las fases de decisión" (Prieur, 2002).
La participación social, desde las iniciativas de consulta sobre caracterización, uso y valoración del paisaje, hasta la toma de decisiones, constituye un aspecto esencial de un concepto territorial de paisaje orientado a la acción y una de las aportaciones fundamentales del CEP.
Supone sin duda una renovación para la política de paisaje, allí donde ésta cuenta ya con cierta tradición, como en Italia (Zanchini, 2002).
Requiere reflexión y esfuerzos para diseñar las formas de consulta más pertinentes y la implicación de la población y de los agentes sociales en los procesos de toma de decisiones.
Y es también, a nuestro juicio, un camino para la democratización de las iniciativas de planificación territorial en general (no sólo de las paisajísticas), por todo lo que el paisaje tiene de consciencia y conciencia social del territorio (Tort, 2006), y por sus posibilidades para la lectura y el debate colectivos sobre el territorio percibido y el territorio deseado.
La última parte de la definición de paisaje propuesta por el Convenio señala que el carácter de cada paisaje es resultado de la acción de factores naturales y humanos y de sus interrelaciones.
Esa concepción, que supone la síntesis de distintas tradiciones disciplinares, tiene consecuencias un uso prudente del territorio en su conjunto, y no sólo en las áreas sustraídas a la urbanización por sus altos valores de naturalidad.
Pero el territorio del paisaje no es sólo su configuración material, su fisonomía; es la relación sensible, la percepción sensorial (principalmente visual, aunque no sólo) del territorio observado por el ser humano, o, en palabras del ecólogo Fernando González Bernáldez, "la percepción multisensorial de un sistema de relaciones ecológicas" (González Bernáldez, 1981).
En este aspecto radica la diferencia esencial y, al mismo tiempo, la proximidad entre territorio y paisaje.
El paisaje es el territorio percibido, con toda la complejidad psicológica y social que implica la percepción, desde los aspectos simplemente visuales a los más profundos relacionados con la experiencia estética de la contemplación reflexiva y el estudio consiguiente de "las variables relevantes para la explicación del juicio estético de los paisajes", que ha interesado particularmente a la psicología (Corraliza, 1993).
Esa noción de paisaje como territorio percibido, que el Convenio de Florencia asume, constituye un ámbito de convergencia conceptual y metodológica para diferentes enfoques disciplinares e implica, además, compromisos muy importantes para la política paisajística.
El paisaje como territorio percibido constituye un punto fundamental de encuentro entre objeto y sujeto, entre el ser y su visibilidad.
Entre una posición subjetivista y estetizante, que pone el acento en el papel constituyente de la mirada, y otra realista, que destaca la existencia de algo más allá de la representación, cabe -como dice el filósofo Jean-Marc Besse-un concepto que sintetiza la tensión entre, "por una parte, la actividad del espectador y, por otra, el hecho de que hay algo que ver, algo que se ofrece a la vista" (Besse, 2000: 100).
La definición propuesta por el Convenio, en sintonía con la experiencia de algunos estudios de caracterización y ordenación paisajística del último decenio (Countryside Commission, 1998), reconoce que el paisaje corresponde al orden de lo visible, pero se refiere al mismo tiempo a la materialidad de "cada parte del territorio" y, en la última parte de la definición, al carácter que resulta de las interrelaciones entre factores naturales y humanos.
La percepción en el concepto de paisaje remite, pues, a la relación sensible de la población con el territorio,
importantes también para las tareas de identificación y caracterización, y reclama al mismo tiempo la convergencia de saberes y técnicas de conocimiento paisajístico.
La palabra "carácter", como la de territorio, es significativa en la definición de la CEP.
"Carácter" es, según el Diccionario de la Lengua Española, "señal o marca que se imprime, pinta o esculpe en algo" y, asimismo, "conjunto de cualidades o circunstancias propias de una cosa, de una persona o de una colectividad, que las distingue por su modo de ser u obrar, de las demás".
De hecho "character" es el término que la Countryside Agency inglesa utiliza para denominar a sus unidades de paisaje (character areas) y para referirse a la diversidad paisajística de su territorio: The Character of England (Countryside Commission, 1998).
El sentido de carácter como seña o marca que se imprime en algo -en este caso en el espacio geográfico-, está muy próximo a la idea de "huella" que Jean-Marc Besse ha destacado recientemente en su ensayo sobre la aportación geográfica al entendimiento del paisaje como fisonomía del territorio explicada ambiental e históricamente (Besse, 2000: 104-106).
El paisaje es, en su configuración formal, la huella de la sociedad sobre la naturaleza y sobre paisajes anteriores, la marca o señal que imprime "carácter" a cada territorio.
De aquí arranca justamente el entendimiento del paisaje como patrimonio, un hecho que tanto aproxima hoy, como veremos, a las políticas paisajísticas y de patrimonio cultural.
La referencia a las relaciones entre lo natural y lo humano como configuradoras del carácter de cada paisaje incorpora implícitamente otro aspecto esencial tanto para la interpretación del hecho paisajístico (realidad material y percibida), como para su ordenación.
Me refiero al carácter dinámico del paisaje (porque dinámicas son tales relaciones) y a la necesidad de considerar el tiempo, histórico y reciente, en la compresión de la diversidad paisajística y en las propuestas para su gestión.
Los paisajes aparecen ante el observador como un magno documento territorial para ser leído e interpretado, herencia transmitida a lo largo del tiempo y memoria de cada lugar (Schama, 1995).
El contenido histórico del paisaje, es decir, el hecho de que cada paisaje es lugar de lectura del mundo en su complejidad -"el espacio donde contemplar nuestra historia"-, tiene además implicaciones estéticas relevantes.
Como ha señalado Venturi Ferraiolo (1999) y recuerda Lionella Scasozzi (2002), los valores estéticos que reconocemos hoy en cada territorio están estrechamente ligados a la posibilidad de contemplar y leer en sus paisajes la complejidad de la historia del mundo que se expresa estéticamente en el sentido de cada lugar.
En los paisajes -señala Venturi Ferraiolo-"son individualizables las mutaciones sociales, la modificación de los modos de producción, de las formas urbanas, de los modos de vida, de la actividad laboral y económica, sobre todo de la visión del mundo y de la vida" (Veturi Ferraiolo, 1999: 59).
Pero junto al papel decisivo del tiempo histórico en la configuración paisajística, asumir la naturaleza dinámica del paisaje supone también dirigir nuestra atención a los procesos recientes, que hacen del paisaje un sistema funcional en permanente movimiento, en el que circulan flujos de materiales, de energía, de organismos vivos -incluyendo a los seres humanos-y de información.
Este entendimiento sistémico y funcional, decisivo en la formulación de una ciencia moderna del paisaje (BOLÓS, 1992), es el que sustenta la aproximación ecológica al conocimiento del paisaje.
Para la Ecología "el paisaje no es tan sólo una estructura determinada -la foto fija-que cambia con el tiempo, sino un sistema funcional en el que se dan flujos resultantes de procesos naturales o antrópicos" (Rodà, 2003: 43).
La concepción patrimonial del paisaje a la que nos hemos referido antes, implica al mismo tiempo su entendimiento como recurso, como elemento "valorizable" en las estrategias de desarrollo territorial (Ortega Valcárcel, 1999; Sanz, 2000).
Éste es otro aspecto esencial del concepto de paisaje para la gestión sostenible del territorio que defendemos aquí.
En esa línea se manifiesta explícitamente la Estrategia Territorial Europea cuando se refiere a la "gestión creativa de los paisajes culturales".
La Estrategia destaca que los paisajes culturales contribuyen "a través de su singularidad, a la identidad local y regional", pero a renglón seguido se señala su interés como elemento de atracción turística, hasta el punto de que "la conservación de estos paisajes es importante, pero no puede obstaculizar en exceso o incluso hacer imposible su explotación económica".
En una posición similar se sitúa el Convenio Europeo, que en su Informe Explicativo incardina la política de paisaje dentro de los objetivos de desarrollo sostenible de RAFAEL MATA OLMO la Conferencia de Río de 1992, y considera el paisaje, justamente por su carácter de patrimonio natural y cultural, reflejo de la identidad y la diversidad europea, un recurso económico creador de empleos y vinculado a la expansión de un turismo sostenible.
CONOCER EL CARÁCTER DE LOS PAISAJES
PARA DEFENDER SUS VALORES Y GESTIONAR LOS RECURSOS PAISAJÍSTICOS
Los plurales sentidos del paisaje, sus distintas escalas y la diversidad de objetivos de los proyectos paisajísticos explican el carácter muy abierto de la metodología de análisis del paisaje y la variedad de instrumentos, explícita o implícitamente paisajísticos, destinados a la defensa de sus valores y a la ordenación de sus dinámicas y transformaciones 1.
Es difícil marcar con precisión la frontera entre los aspectos teórico-metodológicos y los instrumentales y operativos, cuando el estudio del paisaje se concibe como parte de un proceso que debe conducir del conocimiento a la acción.
Mis consideraciones sobre métodos e instrumentos de ordenación del paisaje se sitúan, pues, en el ámbito de la investigación aplicada comprometida con la intervención, y son consecuentes con el concepto de paisaje territorial e integrador (en su contenido y en la convergencia de saberes que lo abordan) que he planteado con anterioridad.
Un repaso de la trayectoria reciente de la cuestión paisajística en el entorno europeo desde el punto de vista metodológico permite concluir, a mi juicio, dos hechos importantes y estrechamente relacionados entre sí: por una parte, la formulación y lenta implantación de una política paisajística, con voluntad de integrar los múltiples sentidos del paisaje, vinculada sobre todo a la sostenibilidad territorial y a la calidad de vida de la población; por otra, la constitución, paulatina también, de una comunidad científica y técnica, no homogénea y muy lejos aún de su consolidación, pero comprometida con la tarea del conocimiento, la divulgación y la intervención paisajística, y con el desarrollo de una metodología interdisciplinar y operativa.
En esa trayectoria se afianza la idea del paisaje como carácter del territorio, tanto en las fases de estudio como en las de elaboración de propuestas de actuación (Wascher, 2005).
La experiencia británica a lo largo de los últimos tres decenios resulta reveladora en ese sentido.
Durante bastantes años, especialmente durante los setenta, en el Reino Unido se centró la atención en la "evaluación del paisaje" (landscape evaluation 2 ), es decir, en la medición de aquello que hace a un paisaje mejor que otro.
El énfasis en las aproximaciones supuestamente objetivas, "científicas" y a menudo cuantitativas para la determinación del valor del paisaje (landscape value), que llegaron a estar muy de moda 3, provocaron un alto grado de desilusión con este tipo de trabajos y fueron muchos los que consideraron inadecuado reducir algo tan complejo como el paisaje a una serie de valores numéricos y fórmulas estadísticas (Swanwick, 2003b).
Los cambios en la forma de hacer de la Countryside Commission se advierten ya en la década siguiente, de modo que a mediados de los ochenta se formula la herramienta del landscape assessment con un conocido estudio piloto en Mid Wales Upland y otros posteriores, en los que adquiere un creciente protagonismo la tarea de descripción y clasificación del carácter del paisaje (landscape character), es decir, de lo que hace a un área distinta o diferente de otra (y no necesariamente más valiosa que otra).
La experiencia adquirida en esos años se concretaría en un documento metodológico y práctico en Escocia (Countryside Commission for Scotland, 1992) y en otro algo posterior de la Countryside Commission inglesa (1993).
En el último decenio se ha fortalecido la idea de landscape character como concepto central del análisis y la acción paisajística a todas las escalas, emergiendo y consolidándose como principal instrumento paisajístico el Landscape Character Assessment (LCA), debiendo entenderse este último término, a veces utilizado o traducido al castellano como "evaluación", como el proceso que permite formarse una opinión fundada sobre el carácter del paisaje tras haber sido estudiado cuidadosamente.
De la consolidación del LCA en la práctica actual de la Countryside Agency quisiera destacar cinco aspectos principales en los que fundamentar un método extrapolable a otros territorios, aunque atento siempre a sus peculiaridades:
-El interés por el "carácter del paisaje" (de cada paisaje), es decir, por lo que hace a un paisaje diferente de otro, y la necesidad de su estudio en profundidad.
-El establecimiento de relaciones estrechas entre el carácter y la dimensión histórica del paisaje.
-La vinculación del estudio y caracterización del paisaje a la emisión de juicios y toma de decisiones, aunque con plena autonomía de la primera fase analítica del proceso.
-El énfasis en el potencial de uso del paisaje a diferentes escalas.
-La necesidad de incorporar a los agentes sociales implicados en la construcción y el uso del paisaje.
Los métodos de estudio del paisaje para la acción paisajística, tanto los dedicados a la ordenación y gestión de sus valores, como los de naturaleza más proyectiva o de diseño -tradicionalmente asociados a la arquitectura del paisaje-coinciden hoy en la necesidad de leer y entender el carácter de cada paisaje.
La lectura comprensiva se lleva a cabo a través del conocimiento de los componentes y las reglas que rigen su materialidad evolutiva -reglas históricas en muchos casos-, y mediante la identificación y caracterización de las configuraciones que expresan, a diferentes escalas, la diferencia de un paisaje respecto de sus vecinos.
La tarea de caracterización, en la que debe sustentarse cualquier proyecto de paisaje, adquiere, pues, un papel central, porque la intervención paisajística ha de velar por el mantenimiento, la mejora y el realce del carácter de cada paisaje, y, en el caso de una actuación creativa, concebirla y desarrollarla sobre la base del conocimiento profundo de los mecanismos de producción y de transformación de los paisajes afectados (CEPAGE, 2004: 20).
El énfasis en el carácter del paisaje como objeto de la acción paisajística, de todo aquello que hace a cada parte del territorio distinta de otra y le otorga identidad, está promoviendo estudios sistemáticos de caracterización del paisaje.
En este aspecto la escala condiciona grandemente la naturaleza del estudio paisajístico.
A escalas pequeñas, para el tratamiento de territorios grandes, los métodos están dirigidos, preferentemente, hacia la identificación, caracterización y expresión gráfica y cartográfica de la diversidad paisajística del territorio.
Por su escala, son estudios habitualmente realizados por equipos de especialistas, basados sobre todo en el conocimiento experto, en el manejo de bases cartográficas y de datos, y en el trabajo sistemático de campo, pero con dificultades obvias para incorporar la consulta pública e, incluso, para un tratamiento exhaustivo de las dinámicas y de la calidad del paisaje.
La Countryside Agency ha reconocido, en relación con la propuesta tipológica de The Character of England, que se trata de estudios top-down (de arriba a abajo), pero con la virtualidad de ofrecer una panorámica de la diversidad paisajística para un gran territorio y de servir de marco a estudios de identificación de mayor detalle, concretamente a los Landscape Character Assessments de las demarcaciones subregionales y locales (The Countryside Agency-Scottish Natural Heritage, 2002, capítulos 2 y 6).
Un procedimiento similar ha guiado la obra Regional Distribution of Landscape Types In Slovenia (Marusic, J. y M. Jancic 1998) o el Atlas de los paisajes de España (Mata Olmo y Sanz Herraiz, 2003)
Este último, publicado por el Ministerio de Medio Ambiente tras un trabajo de varios años de identificación y caracterización sistemáticos del paisaje del conjunto del territorio español permite, a la escala adoptada (1:200.000 para la Península y 1:50.000 para los archipiélagos), una lectura sistemática de la diversidad del paisaje de España.
La caracterización y clasificación paisajística del Atlas se construye de abajo a arriba, es decir, a partir de las 1.262 unidades de paisaje o simplemente paisajes, que se han identificado y cartografiado.
Esas "unidades" se definen, a la escala de trabajo adoptada, por su homogeneidad relativa (que no excluye en numerosos casos, sobre todo en los paisajes de montaña, cierta heterogeneidad morfológica y funcional internas) y sus diferencias con respecto a los paisajes contiguos.
La singularidad es, por ello, su rasgo más característico y resulta de las relaciones particulares que se establecen en cada caso entre las comunidades locales y su territorio.
Ese millar largo de paisajes se agrupan en "Tipos de paisaje" -el segundo nivel de la taxonomía-, de los que se han identificado, cartografiado y descrito un total de 116.
Cada Tipo resulta de la agrupación de unidades cuyas estructuras se repiten en el territorio.
A la escala de trabajo del Atlas y teniendo en cuenta sus objetivos, los tipos aportan
una lectura sintética, pero suficientemente matizada, de las grandes configuraciones paisajísticas de España.
En la tarea de identificación y caracterización de los tipos, el hecho regional, entendido como proceso de construcción paisajística a partir de distintas historias territoriales, ha resultado en la mayor parte de los casos decisivo.
Justamente por esa razón, los tipos de paisaje se restringen, con pocas excepciones, a dominios regionales, no porque, a priori, se haya buscado una tipología de base regional, sino porque buena parte de los cuadros paisajísticos a esta escala responden a procesos de larga duración, que han tenido lugar en el marco de territorios históricos de ámbito autonómico en la actualidad.
En el nivel más elevado de la taxonomía se han definido "Asociaciones de tipos de paisaje" -un total de 34-, que agrupan tipos próximos por su configuración topográfica, por sus características bioclimáticas y por semejanzas en los grandes rasgos de organización de los usos del suelo.
Este nivel supera, en la mayoría de los casos, el ámbito regional y da protagonismo a los hechos fisiográficos del territorio, proporcionando un mapa relativamente abstracto en relación con la realidad del paisaje, pero útil como expresión cartográfica general y sintética.
A mayores escalas, para ámbitos geográficos más reducidos y en general en estudios explícitamente orientados a la ordenación territorial, la diversidad del paisaje se manifiesta en un mosaico de unidades o áreas paisajísticas sensiblemente mayor, porque emergen entonces elementos y patrones del paisaje diluidos en aproximaciones más generales y sintéticas.
Por ejemplo, la Huerta de Murcia, que en el Atlas de los Paisajes de España es un paisaje, se descompone en más de una decena de unidades paisajísticas a escala 1:25.000, en el Estudio y directrices de paisaje para el área metropolitana de Murcia (Región de Murcia, 2002) elaborado para el gobierno regional (Mata y Fernández, 2004).
Diferencias internas en la forma y tamaño del parcelario rural, en la disposición de los caminos rurales y redes de acequias, o en la densidad y morfología del sistema de asentamientos, junto al significado paisajístico local de determinados elementos naturales (meandros del río Segura, conos de deyección y abanicos aluviales, frente a la llanura de inundación, etc.) justifican la diversidad de configuraciones paisajísticas dentro de un paisaje como la Huerta murciana, que a una determinada escala resulta rotundo e indiscutible. ta en valor, divulgación e interpretación del patrimonio paisajístico.
La participación pública debe desempeñar en este aspecto un papel fundamental, sin que por ello deba entendérsela como un mero enunciado de preferencias o un buzón de sugerencias, sino como un proceso más rico y complejo en el que las aspiraciones de la gente ponen también de manifiesto contradicciones e incoherencias que es preciso contrastar con el juicio experto (Fernández Muñoz y Mata Olmo, 2004).
La escala y el tipo de documento en el que ha de plasmarse el proyecto de paisaje son, como acabamos de decir, decisivos a la hora de concretar el desarrollo de los objetivos de calidad paisajística.
No interesan aquí los instrumentos de naturaleza territorial y urbanística, especialmente los de ámbito subregional y municipal, sin perjuicio de los de carácter sectorial (por ejemplo, los de ordenación de los recursos naturales o defensa del patrimonio cultural).
La escala subregional, más o menos próxima según comunidades autónomas a las comarcas histórico-naturales o a las áreas funcionales, ha sido consagrada por todas las normas de ordenación del territorio autonómicas como ámbito de planificación territorial entre la comunidad autónoma y el municipio.
Desde el punto de vista de la ordenación del paisaje, constituye una escala adecuada para la concreción de objetivos de calidad y de líneas de actuación (con el alcance normativo que corresponda en cada caso), entre otras razones porque es a esa escala a la que suelen fraguarse las identidades paisajísticas y a la que es pertinente actuar con coherencia, por encima de los límites en general más arbitrarios de los municipios.
Por su parte, los ayuntamientos tienen también atribuida en la tradición urbanística española la misión de ordenar sus respectivos territorios municipales a través de planes urbanísticos; el paisaje ha sido, desde la primera Ley de Suelo de 1956, objeto de atención por parte del legislador con un objetivo eminentemente proteccionista y un contenido sobre todo morfológico y visual, de aplicación tanto al espacio urbano como al suelo rústico o no urbanizable (Martínez Nieto, 1993).
Junto a las normas de aplicación directa, la legislación urbanística establece también desde 1956 la planificación especial; tanto las normas directas como las especiales han dado poco juego hasta la fecha, pese a que uno de los objetivos de los Planes Especiales es justamente "la protección del paisaje, para conservar determinados lugares y perspectivas".
En la escala subregional, la corta experiencia española y la más extensa de algunos países europeos de nuestro entorno, muestran dos maneras de proceder; una, a través de instrumentos específicamente paisajísticos -con desarrollo normativo en algunos casos-y destinados, en general, a integrar sus objetivos y determinaciones de paisaje en los instrumentos reglados de ordenación del territorio subregionales y sectoriales.
Así han venido funcionando distintos tipos de Landscape Character Assessments en el Reino Unido con respecto a diferentes figuras de planificación territorial y urbanística, o las Cartes Paysagères en Francia en relación con la planificación de los parques naturales regionales y otros espacios supramunicipales.
La política catalana del paisaje parece optar también por esta vía, mediante la incorporación con carácter normativo de las denominadas Directrices de Paisaje a cada uno de los siete Planes Territoriales Parciales, así como a los Planes Directores Territoriales, a partir de los resultados analíticos y proposititos de los llamados Catálogos de Paisaje; los Catálogos son definidos por el artículo 9 de la Ley de 2005 como "documentos de carácter descriptivo y prospectivo que determinan la tipología de los paisajes de Cataluña, identifican sus valores y estado de conservación y proponen los objetivos de calidad que han de cumplir".
Lo interesante -y lo positivo-de la opción catalana es que se garantiza la coordinación y la integración del instrumento paisajístico -el Catálogo-en la figura reglada de planificación subregional -el Plan Territorial Parcial-en forma de Directrices de Paisaje; se le reconoce especificidad a la ordenación del paisaje, pero dentro de y a la misma escala de la planificación territorial integral, con una proyección muy necesaria también hacia las políticas sectoriales de incidencia territorial a través las recomendaciones paisajísticas para los Planes Directores Territoriales.
La otra posibilidad es abordar el análisis y la ordenación del paisaje dentro de los instrumentos reglados de planificación territorial de ámbito subregional.
Así se ha hecho, por ejemplo, en los planes territoriales de Andalucía (hay aprobados hasta el momento un total de cinco y otros nueve en fase de redacción), o en los Planes Territoriales Insulares de las Illes Balears, como el ya mencionado Plan Territorial Insular de Menorca, y al que ahora me referiré, o en algunos de Canarias 5.
Aunque hay diferencias en los RAFAEL MATA OLMO métodos y en el alcance normativo del tratamiento del paisaje, debido tanto a razones técnicas como de marco jurídico, la inclusión del paisaje en este tipo de documentos presenta a mi modo de ver, y sobre el papel al menos, ventajas significativas.
Los planes territoriales tienen teóricamente la posibilidad de superar la controversia entre planteamientos estructurales o "de fondo" en materia de salvaguarda de los valores del paisaje y planteamientos de carácter más formal o epidérmico.
Me he referido ya a este asunto en otro lugar (Mata Olmo, 2006a), recogiendo la polémica entre quienes piensan que no hay problemas exclusivamente paisajísticos, porque el paisaje es el resultado morfológico de factores y procesos subyacentes, y quienes defienden la necesidad de una acción específicamente paisajística para intervenir sobre la apariencia del paisaje sin necesidad de alterar su base funcional.
Un plan territorial tiene en su mano la capacidad de orientar y controlar muchos de los procesos que provocan la pérdida del carácter y de la calidad del paisaje, y, al mismo tiempo, de sobre sus aspectos más fisonómicos o epidérmicos.
Esta ha sido nuestra experiencia en el PTI de Menorca, y es la que se advierte también, no sin problemas (Sánchez Biec, 2002), en algunos planes andaluces o italianos (PCT SIENA, 2000).
¿Cómo se formulan y se concretan en estos casos los objetivos paisajísticos del plan?
Seguiremos brevemente el procedimiento adoptado en el PTI de Menorca, que presenta semejanzas con algunos de los instrumentos antes citados.
Las propuestas de paisaje del Plan Territorial Insular de Menorca
El paisaje constituye en el Plan de Menorca un argumento central, tanto del análisis y diagnóstico territorial como de sus propuestas (Mata Olmo, 2006d).
Se partía en este caso de un reconocimiento explícito de los valores del paisaje como objeto de ordenación por parte de las DOT de las Illes Baears (DOTIB); a ello se unió el hecho de que en el primer proceso de participación pública del PTI (un Delphi ambiental) el paisaje resultó ser el aspecto más valorado, junto al litoral.
El compromiso cívico con los valores del paisaje y el acuerdo entre el Consell Insular y el equipo técnico redactor sobre la defensa del carácter del paisaje como prioridad del Plan se correspondía además con las metas del Plan de Ordenación de la Oferta Turística (integrado en el propio PTI), para el que el patrimonio paisajístico constituía un recurso esencial sobre el que basar una oferta turística renovada, diferenciada y de calidad.
La normativa del PTI incluye entre sus "objetivos generales" la salvaguarda, gestión y mejora del paisaje, y la "utilización prudente de los recursos paisajísticos" (artículo 2.o).
Asumido este objetivo, un plan de ordenación del territorio integral como el de Menorca desarrolla dicho objetivo a través de tres vías: a) Con medidas de ordenación sectoriales con incidencia positiva sobre los valores del paisaje. b) Mediante la declaración de determinado tipo de suelos rústicos de protección especial por razones paisajísticas. c) A través de iniciativas y líneas de actuación específicamente paisajísticas.
A diferencia, pues, de otros instrumentos de ordenación del paisaje que plantean, con diferente alcance normativo, criterios y medidas paisajísticas para ser incorporadas a la planificación territorial (por ejemplo, a las Directrices de Ordenación del Territorio de ámbito comarcal en el caso de la Región de Murcia o a los Planes Territoriales Parciales en Cataluña) y a las políticas sectoriales (agraria, forestal, industrial, energética, de infraestructuras, etc.), el Plan incluye ya la defensa de la calidad del paisaje en sus propuestas de carácter sectorial, con sinergias positivas entre modelo territorial y paisaje.
Se recogen a continuación algunas de las propuestas sectoriales de repercusión más clara sobre la calidad del paisaje.
La clasificación de suelos rústicos de especial protección por sus altos valores ecológicos y paisajísticos y buen estado de conservación
Además de incorporar y de diferenciar internamente, conforme a la DOTIB, las Áreas Naturales de Especial Interés (ANEI) y las Áreas Rurales de Interés Paisajístico (ARIP), declaradas por la Ley 1991, al PTI le ha correspondido la fundamental tarea de definir una serie de categorías de suelo rústico de especial protección (artículos 58 a 61; norma de inmediata, directa y plena aplicación) y la ordenación urbanística de las mismas.
De las cuatro categorías definidas, dos son las más importantes tanto desde el punto de vista territorial como paisajístico, a saber:
-Las Áreas Naturales de Interés Territorial (ANIT), establecidas para la salvaguarda de los valores ecológicos del paisaje y la conservación de la biodiversidad: teselas forestales, conectores ecológicos y márgenes de espacios naturales protegidos (tanto de ANEI, como del Parque Natural de S'Albufera des Grau).
-Las Áreas de Interés Paisajístico (AIP), referidas a configuraciones rurales de singular valor y aprecio social, así como a algunos elementos destacados del relieve, no incluidos en uno y otro caso en ANIT.
Algún comentario merece desde el punto de vista metodológico la consideración de la calidad del paisaje como cri-terio para la declaración de suelos rústicos o no urbanizables protegidos.
La normativa urbanística y de ordenación del territorio del Estado y de las comunidades autónomas señala el paisaje, sin excepciones, como razón declarativa de aquel tipo de suelo, siguiendo ya una tradición de la legislación urbanística española de los últimos decenios, bien es cierto que muy poco utilizada.
En el caso de PTI se han establecido, como ha quedado dicho, unas "Áreas de Interés Paisajístico" (AIP) entre los suelos rústicos de especial protección.
Este tipo de suelo requiere una aclaración para comprender su real significado en el contexto más amplio de los suelos rústicos protegidos del Plan y su relación con otras iniciativas paisajísticas.
Leídas fuera de contexto, las AIP podrían hacer pensar que sólo ellas integran los suelos con méritos paisajísticos de conservación desde el punto de vista territorial.
ALGUNAS PROPUESTAS SECTORIALES DEL PTI DE MENORCA CON INCIDENCIA POSITIVA SOBRE LA CALIDAD DEL PAISAJE
Racionalización y control en el tiempo y en el espacio del crecimiento residencial y turístico:
-Techo de crecimiento de plazas turísticas en diez años y programación del proceso edificatorio y de uso del suelo (Título VI)
-Delimitación y régimen de las Zonas Turísticas (Títulos VI y VIII)
-Acotamiento de los procesos extensivos de ocupación turística del suelo -Ordenación de los aprovechamientos en las Zonas Turísticas atendiendo a criterios de calidad de la oferta turística (POOT) y de conservación de los recursos paisajísticos -Consideración de los valores ecológicos y paisajísticos en el régimen especial de la ordenación de las Áreas de Reconversión Territorial (Esponjamiento y Reordenación) (Título VIII)
-Directivas sobre sostenibilidad ambiental de las actuaciones urbanísticas (Título V, cap. 2)
Movilidad sostenible e infraestructura viaria adecuada a los valores ecológicos y paisajísticos (Tít.
-Criterio general: mantenimiento y mejora del trazado existente, frente a nuevas carreteras.
-Prevalencia de la seguridad vial y conservación del paisaje sobre "ganancia de velocidad en los trayectos".
-Criterios funcionales especiales para las "carreteras de interés paisajístico".
Regulación y control de los denominados "Núcleos rurales" y "Huertos de ocio" (Tít.
RAFAEL MATA OLMO lejos de la realidad.
El PTI ha creado también, como se ha dicho, un tipo de suelo rústico protegido al que ha denominado "Áreas Naturales de Interés Territorial" (ANIT), que desempeña el fundamental papel de conexión de ANEI, de protección urbanística de sus entornos y de mejora de sus límites originarios.
Esas ANIT albergan a un tiempo notables valores ecológicos y paisajísticos, por lo que, como se destaca en la memoria y normativa del Plan, los méritos del paisaje (si se quiere, aquí en su dimensión más ecológica) están presentes en la determinación de las mismas.
El PTI ha tratado específicamente como "Áreas de Especial Interés Paisajístico" (junto a las ANIT), sobre todo algunas configuraciones rurales de notable calidad y aprecio social, emplazadas al norte de la isla y que no contaban con otros méritos ecológicos para su salvaguarda.
Pero, insistimos, eso no supone negar, sino al contrario, méritos paisajísticos en otras partes del territorio.
Por ello, en el mismo artículo que define las AIP, se señala que "la clasificación en la categoría a que se refiere el párrafo anterior (AIP) se entiende sin perjuicio de la tutela de los valores paisajísticos concurrentes en los terrenos de la misma clase incluidos en Áreas Naturales de Especial Interés y Áreas Naturales de Interés Territorial" (artículo 61.1).
Propuestas y acciones específicas para la gestión y mejora del paisaje y para el fomento de su contemplación e interpretación
Junto a las propuestas de carácter sectorial implicadas en la calidad del paisaje, y al establecimiento de suelos rústicos de protección de base explícitamente paisajística, un plan de ordenación del territorio puede y debe plantear objetivos, estrategias y acciones específicas sobre el paisaje.
Así lo ha hecho el PTI, partiendo de un principio u objetivo general dirigido a los Planes de Ordenación Urbanística (incluidos los Planes Especiales) y enunciado en la normativa en los siguientes términos: "Establecimiento de la propia ordenación desde la perspectiva global del mantenimiento de la calidad y diversidad paisajística y de la imagen de Menorca y la consideración del paisaje como patrimonio, recurso y seña de identidad" (artículo 62, 1.a).
La propuesta del Plan en esta materia, dentro de sus posibilidades y teniendo muy presente la carga paisajística que presentan ya otras de sus determinaciones sectoriales, se han dirigido sobre todo a la gestión y mejora de ámbitos concretos o elementos de alto significado paisajístico, a la indicación de criterios para la integración de determinados usos (concretamente de infraestructuras de telefonía y energéticas), y a fomentar el acceso al paisaje.
Sintéticamente tales propuestas, que figuran en la Memoria y la Normativa del Plan, se resumen como sigue: a) Minimización del impacto de los equipamientos e infraestructuras:
• Elaboración de un Plan Especial de Antenas de Telefonía Móvil (aprobado).
• Ordenación especial de instalaciones radioeléctricas y de comunicación del Monte Toro (Plan Especial con aprobación definitiva).
• Apoyo a las energías alternativas (eólica, solar) a pequeña escala y limitación de grandes implantaciones en ANEI, ANIT, AIP.
Hasta el momento, sólo se ha autorizado uno de los parques eólicos, de los varios propuestos, en un área relativamente degradada al norte de Port Maó y con carácter experimental para medir su grado de aceptación social.
• Soterramiento de infraestructuras generales en red como criterio general.
b) Conservación y mejora de elementos valiosos de la trama rural y fomento de la actividad agropecuaria con objetivos de calidad de la producción y gestión del paisaje rural:
• Incorporación al PTI de los objetivos y líneas de actuación de la Iniciativa LEADER +, Programa Agroambiental de Baleares y de programas sectoriales en materia de agricultura del Consell Insular.
• El paisaje rural, un destino preferente de la fiscalidad ambiental o de otras vías recaudatorias (tasas sobre infraestructuras, actividad edificatoria, subasta plazas hoteleras).
• Indicación desde el PTI de la áreas y aspectos de preferente orientación de la política sectorial agropecuaria y forestal con objetivos de calidad ambiental y paisajística.
c) Mantenimiento de la calidad de las fachadas urbanas y de los entornos más representativos y frecuentados:
• Regulación de actividades, infraestructuras y equipamientos de incidencia paisajística, con objeto de evitar apantallamientos, contaminación visual y banalización del paisaje.
• Establecimiento de medidas específicas de ordenación de los frentes urbanos y de sus entornos que eviten la transformación, el deterioro o el empobrecimiento de los valores paisajísticos.
• Desarrollo de criterios y normas de actuación que permitan la integración de elementos o actuaciones en el entorno de los núcleos.
• Tratamiento paisajístico del tejido periurbano de los núcleos, orientado a la recualificación formal de dichos espacios.
• Establecimiento de medidas específicas de ordenación para las edificaciones aisladas en medio rural y para la conservación de las ya existentes según criterios de integración paisajística y mantenimiento de la tipología constructiva tradicional.
d) Fomento del acceso al paisaje y de la sensibilización social a través del conocimiento y la divulgación:
• Integración de las iniciativas de recuperación de la red de caminos rurales en el diseño de itinerarios de interés paisajístico (Camí de Cavalls, Camí d'en Kane y Camí de Ferreríes, entre otros): Plan Especial del Camí de Cavalls (aprobado).
• Creación de un centro de estudio e interpretación u observatorio de paisaje, enfocado a los paisajes mediterráneos y vinculado a las líneas de actuación de la Reserva de la Biosfera.
• Elaboración de un Plan de Paisaje, con inclusión de criterios específicos de gestión y buenas prácticas paisajísticas, y una guía interpretativa.
Ésta es una manera de aprovechar las potencialidades de un plan territorial para velar por los valores del paisaje e integrar sus cambios en el carácter del territorio.
La ordenación de los procesos y de las formas no se excluyen, sino que se refuerzan en el común objetivo de proyectar un territorio de calidad.
La escala local: un Plan Especial para la defensa del paisaje como "entorno" del conjunto patrimonial de los molinos de Campo de Criptana 6
La escala municipal constituye, como se ha dicho, otro ámbito de interés para la defensa y puesta en valor del patrimonio paisajístico.
La normativa urbanística, tanto general como especial, lo permite y propicia.
Resumimos a continuación nuestra experiencia derivada de los estudios previos y de la propuesta de ordenación del paisaje en el entorno de un Bien de Interés Cultural, que por su alto valor patrimonial constituye a la vez un recurso de desarrollo territorial para la localidad y la comarca en la está emplazado.
En el corazón de La Mancha, la Sierra de los Molinos de Campo de Criptana (Ciudad Real) alberga un conjunto patrimonial de singular interés, constituido por tres molinos de viento históricos rehabilitados, que conservan su estructura arquitectónica y parcialmente su maquinaria original, y por otros siete molinos completamente reconstruidos en el decenio de 1960.
El conjunto ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC), con la categoría de Sitio Histórico (Decreto 63/2002).
El emplazamiento de los molinos junto al núcleo urbano y su integración en un entorno rural característico de la llanura manchega, de notable pureza formal y funcional, configuran un paisaje cultural con entidad propia de acuerdo con la doctrina contemporánea en materia de patrimonio y con el Convenio Europeo del Paisaje.
Este conjunto se identifica además con los molinos que inspiraron a Miguel de Cervantes la aventura del capítulo octavo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha.
De los treinta o cuarenta molinos a que se refiere el relato cervantino, y que aparecen documentados en los siglos XVI (Relaciones Topográficas de Felipe II) y XVIII (Catastro del Marqués de la Ensenada), a mediados de 1950 sólo permanecían en pie tres; y en un lamentable estado de conservación, tanto de su estructura arquitectónica como de su maquinaria.
La pérdida de funcionalidad y escaso
interés por su mantenimiento propiciaron esta situación de abandono y ruina.
Tal situación actuó como revulsivo, según se refleja en ámbitos intelectuales y medios de comunicación.
A partir de esta fecha, y ante el peligro de desaparición del patrimonio molinero manchego, comienza una labor de conservación, que en buena medida se transforma en una reconstrucción de la imagen tradicional.
El marcado carácter identitario de los molinos de La Mancha, apoyado en la obra cervantina, está en el centro de este proceso.
CEP-que subyacen en la forma y el carácter de los paisajes.
Se pretende así interpretarlos como documentos cargados de historia, en un proceso de complementariedad y de sinergia entre los denominados bienes de interés cultural y sus entornos territoriales; unos entornos entendidos como paisajes, de los que forman parte y en los que adquieren todo su sentido interpretativo los elementos singulares de interés patrimonial.
No es exagerado afirmar que el extenso término municipal de Campo de Criptana constituye una valiosa síntesis de los paisajes de La Mancha central.
En su territorio están presentes los distintos elementos del paisaje de la planicie manchega que, articulados en el espacio geográfico, configuran al menos cuatro grandes unidades de paisaje, cuatro expresiones morfológicas y funcionales distintas dentro de ese mundo aparentemente monótono de la planicie manchega: la Sierra de los Molinos, donde está emplazado el BIC; los viñedos de los llanos del Záncara; las labranzas latifundistas y laguna del Salicor; y los llanos de Miguel Esteban.
Por otra parte, al pie de la Sierra existe una zona, por la que se accede a los molinos, formada por un conjunto urbano de casas populares encaladas, estrechas calles, con tramos de fuerte pendiente, resuelta en algunos casos con escalinatas; las viviendas son pequeñas, de una o dos plantas, con patios y corrales.
Aquí se sitúan también unas típicas viviendas-cueva, que dan singularidad al conjunto.
El indudable interés etnográfico de este conjunto urbano junto a sus valores escénicos en relación con el Sitio Histórico justifican el interés que los estudios previos del Plan Especial le han prestado, analizando su evolución genética, y su actual configuración morfológica y funcional, y elaborando un "Estudio tipológico de casas-cueva".
Pero el paisaje, además de morfología y de modelado histórico del territorio sobre la naturaleza, es también visión, percepción individual y colectiva de las fisonomías -así lo señala acertadamente el Convenio de Florencia-.
La aproximación perceptiva que este Plan Especial adopta para el tratamiento, gestión y salvaguarda del entorno paisajístico del Sitio Histórico de la Sierra de los Molinos no es, por ello, meramente visual, interesado sólo por la "visión" de los molinos, sin perjuicio de la necesidad de velar por las vistas.
El objetivo del Plan en lo paisajístico es además, y sobre todo, contextual e interpretativo, es decir, garante de la capacidad que el paisaje rural y urbano tiene de integrar y de contribuir a la lectura del hito molinero.
La organización y características de la visión del conjunto patrimonial de la Sierra de los Molinos y de su entorno urbano (barrio del Albaicín) son el resultado, por una parte, de la configuración topográfica de la Sierra y del emplazamiento concreto de los elementos citados en relación con el relieve; por otra, de la disposición y frecuentación de las vías de comunicación, sobre todo carreteras, pero también caminos rurales, más habitualmente utilizadas para la visita, el paseo o, simplemente, para desplazarse por el entorno de la Sierra.
Sobre estas bases, el Plan Especial ha definido el entorno del Bien de Interés Cultural con finalidad y criterios paisajísticos.
Garantizando unas posibilidades de crecimiento urbano razonable para la villa manchega, y asumiendo los principios y objetivos del Convenio Europeo del Paisaje, el instrumento urbanístico establece criterios de protección y de gestión para un sector del casco urbano estrechamente ligado al conjunto monumental de los molinos, pero también -y ahí reside su novedad y su compromiso con una nueva cultura del territorio-para una parte significativa del espacio rural contiguo al perímetro urbano por el hecho de constituir el contexto paisajístico (histórico-cultural y visual) en el que se integra, se percibe y se interpreta el monumento ya protegido.
Junto a la ordenación específica, de naturaleza eminentemente urbanística, que se establece para cada una de las zonas integrantes del entorno, el Plan Especial constituye también una oportunidad para plantear acciones positivas y una estrategia para la puesta en valor del conjunto que forman el área molinera y el paisaje.
Las acciones se concretan, en primer lugar, en la intervención material sobre los molinos -el núcleo del BIC-, así como en la ordenación de los accesos y de la movilidad interna (un aspecto importante de la experiencia turística), y en el tratamiento vegetal y ajardinamiento del área molinera.
Pero el documento urbanístico lanza también y diseña las líneas básicas de un Plan Estratégico de gestión integral del Plan Especial, en el que se incluyen así mismo iniciativas para explotación económica y turística, y para la generación de alianzas con otros productos y servicios turísticos de la región o del entorno inmediato a Campo de Criptana.
Se trataría con ello de potenciar el descubrimiento de un territorio histórico marcado por la pluralidad de sus manifestaciones culturales y la riqueza de su medio natural, expresadas en el paisaje.
El lema del mismo, prosiguiendo iniciativas de la corporación municipal, podría ser "Tierra de Gigantes: un paisaje cultural para la Humanidad", partiendo del activo más representativo y reconocible de este territorio como es el de los molinos de viento y su vinculación a Don Quijote de La Mancha.
El Plan estratégico pretende promover un nuevo modelo socioeconómico en el que la cultura se constituya en uno de sus ejes vertebradotes.
Además de cualificar el destino y la experiencia turística de la visita a Campo de Criptana, dotándola de adecuados equipamientos y servicios, el Plan deberá potenciar la calidad y la identidad, no ya sólo del rico patrimonio municipal, sino de algunas actividades productivas vertebrales de Campo de Criptana, en concreto la vitivinícola, comprometida desde hace años con la calidad y la vertiente cultural del paisaje del viñedo y de los vinos.
En esa línea de promoción del patrimonio cultural y paisajístico, sobre la base de la explotación de los recursos turísticos y la modernización de la producción vitivinícola, una iniciativa importante debiera ser la de un Centro de interpretación del paisaje manchego -del que carece la región-, asociado a una red de itinerarios de interés paisajístico.
Todas estas acciones, sustentadas en el compromiso de salvaguarda y mejora del patrimonio y el paisaje que encierra el Plan Especial, harán de Campo de Criptana una pieza fundamental de la candidatura de La Mancha como Paisaje Cultural de la UNESCO, presentada por la Junta de Comunidades.
Este caso "local" es un buen ejemplo -y en cierto modo también, una conclusión del texto-de las implicaciones positivas que la defensa y gestión de los valores del paisaje tienen para las iniciativas de desarrollo territorial.
El paisaje, elemento importante de calidad de vida, tal y como lo entiende el Convenio de Florencia, constituye al mismo tiempo la síntesis de los valores patrimoniales del territorio, justamente por su capacidad de integrar naturaleza y cultura a través de la percepción social.
Sobre el conocimiento profundo de su carácter deben fundamentarse las actuaciones públicas conducentes a la defensa y mejora de sus valores, y al aprovechamiento sostenible de los recursos paisajísticos. |
Sus investigaciones se centran en el análisis de las relaciones entre medio ambiente, entorno construido y turismo.
Ha realizado trabajo de campo en el Mediterráneo español, Louisiana, México, Panamá y Brasil.
De su participación en más de una decena de investigaciones I+D, destacan las siguientes publicaciones: Aledo, A. et al., "Socio-cultural influences on water utilization: a comparative analysis" (2006); Peña, J., Bonet y Aledo, A.
y muchos artículos en teoría y práctica de la ecología política, los actores en la gestión ambiental, así como sobre la historia y la actualidad de los procesos de cambio ambiental en el Sudeste asiático.
Actualmente investiga la historia de la madera de teca y la ecología política de los ricos y famosos.
Pablo CAMPOS PALACÍN (Extremadura, 1951) es Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense.
Desde 1986 es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas donde ha realizado su labor investigadora en el análisis económico de los bosques mediterráneos y madereros ibéricos.
Ha sido distinguido con el premio Vida Sana 1980 de la asociación catalana del mismo nombre y con el premio Lucas Mallada de Economía y Medio Ambiente 2002 del Ministerio de Medio Ambiente español.
En los últimos años ha publicado diversos artículos en revistas internacionales, entre las que destacan Environmental and Resources Economics, Ecological Economics, International Forestry Review y Journal of Leisure Research.
(Madrid, 1970) M.a Teresa CANTÓ LÓPEZ es Profesora Contratado-Doctor de Derecho Administrativo en la Universidad de Alicante.
Doctora en Derecho y Máster en Urbanismo y Ordenación del Territorio por esa Universidad es autora de varias publicaciones relacionadas con la agricultura, la tutela ambiental, la ordenación territorial y sus implicaciones en el paisaje; así destacan sus trabajos sobre la ordenación ambiental de la agricultura y el régimen la vivienda familiar aislada en el suelo no urbanizable.
Miguel Ángel DÍEZ ROJO es Ingeniero Agrónomo por la Universidad Politécnica de Madrid, ha trabajado en el Departamento de Agroecología del Centro de Ciencias Medioambientales (CSIC) en el manejo agroecológico de los nematodos del suelo en sistemas extensivos, cultivos hortícolas protegidos y viñedo.
En la actualidad está redactando su tesis doctoral bajo la dirección de los Profs.
A. Bello y P. Urbano en el estudio de alternativas agroecológicas para el manejo de nematodos parásitos de plantas que sean económicamente viables y respetuosas con el medio ambiente.
Tiene varias publicaciones y libros sobre su tema de investigación, debiendo destacar un libro sobre "Los nematodos fitoparásitos encontrados en Catilla y León.
Alternativas no químicas de control".
Avelino GARCÍA ÁLVAREZ es Doctor en CC.
Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en ecología del suelo, ha trabajado durante 24 años en el Antiguo Instituto de Edafología y Biología Vegetal y en el Centro de Ciencias Medioambientales (CSIC), sobre temas relacionados con el impacto de los sistemas de manejo del suelo en la biodiversidad edáfica.
Ha participado en el proyecto "Mediterranean Desertification and Plant Use" (MEDALUS) durante una estancia de dos años en la Universidad de Ámsterdam, estudiando la dinámica de los suelos en proceso de desertificación.
Actualmente desarrolla su actividad científica en el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), trabajando en la conservación y recuperación de suelos mediante la aplicación de criterios ecológicos.
Fernando E. GARRIDO FERNÁNDEZ es Dr. Ingeniero Agrónomo por la Universidad de Córdoba en la especialidad de Economía, Sociología y Política Agrarias.
En la actualidad es Científico Titular del CSIC en el Instituto de Estudios Sociales Avanzados de Andalucía (IESA) y coordina la Unidad Técnica de Estudios Aplicados de este Instituto.
Sus líneas de trabajo se han centrado en temas relacionados con el desarrollo sostenible, el desarrollo rural y las políticas agroambientales en Europa, así como en estudios sobre cooperativismo, acción colectiva y articulación de intereses en la agricultura española y europea.
Correo electrónico: [EMAIL] Antonio GÓMEZ SAL es Catedrático de Ecología de la Universidad de Alcalá.
Ha sido Investigador Científico del CSIC, actualmente en excedencia y Director del Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC Zaragoza y Jaca, 1990-94.
Los objetivos de su actividad investigadora están relacionados con la ecología de sistemas humanizados considerando distintas escalas de análisis (comunidades de pastizal, agroecosistemas, paisaje y territorio).
Trabaja también en aspectos ecológicos de la gestión de recursos naturales, la planificación ambiental y la evaluación del desarrollo y la sostenibilidad.
Ha realizado proyectos en en distintos países de América.
Ha dirigido 12 tesis doctorales y cuenta con unas 160 publicaciones en libros y en revistas especializadas.
Dirige el Programa de Doctorado con mención de calidad sobre Cambio Global y Desarrollo Sostenible.
Ha sido fundador y Presidente de la Asociación Española de Ecología Terrestre y miembro Consejo Científico de la Federación Europea de Ecología (EEF), Secretario del Comité Español del Scientific Committee of Problems of Environment (SCOPE) y Vicerrector de Campus y Calidad Ambiental en la Universidad de Alcalá.
Propuso e impulsó la creación en la Universidad de Alcalá del Observatorio de la Sostenibilidad en España y la actualidad es Presidente de su Comité Científico.
Marta I. GONZÁLEZ GARCÍA es Doctora en Filosofía por la Universidad de Oviedo.
Ha sido investigadora en la Universidad Técnica de Budapest, la Universidad de Minnesota y la Universidad Complutense de Madrid.
Actualmente es Científica Titular en el Instituto de Filosofía del CSIC.
Su trabajo aborda, dentro del campo CTS (ciencia, tecnología y sociedad), cuestiones de filosofía y estudios sociales de la ciencia, historia de la psicología, participación pública en controversias ambientales, y género y ciencia.
Es autora AUTORAS Y AUTORES criterios ecológicos en la gestión de sistemas hortícolas, así como en la replantación y reconversión de suelos de viñedo.
D. Ramón MARTÍN MATEO es Catedrático Emérito de
Derecho Administrativo de la Universidad de Alicante, Premio Jaime I de Medio Ambiente y Doctor Honoris Causa por varias universidades españolas y extranjeras.
Experto de reconocido prestigio, nacional e internacional, en Derecho Administrativo y Derecho Ambiental, es autor de casi un centenar de publicaciones entre libros, investigaciones, estudios y artículos en revistas especializadas, entre los que destacan tanto aquellos dedicados al análisis de la administración municipal y la figura de las áreas metropolitanas como el Tratado de Derecho Ambiental.
Rafael MATA OLMO es Catedrático de Geografía en la Universidad Autónoma de Madrid, en la que ha ocupado diversos cargos de responsabilidad.
Experto de reconocido prestigio en el campo del análisis del paisaje y la Geografía Rural, materias sobre las que tiene un amplio currículo de publicaciones y asesoramientos.
Actualmente es presidente de la Asociación de Geógrafos Españoles.
Eduardo MOYANO ESTRADA (Puente Genil, Córdoba, 1953).
Doctor Ingeniero Agrónomo (Sociología Rural) por la Universidad de Córdoba (1982).
Licenciado en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (1983).
Desde 1992 forma parte de la plantilla investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científica (CSIC) como Profesor de Investigación (catedrático) en el área de Humanidades y Ciencias Sociales, ocupando el cargo de Vicedirector del Instituto de Estudios Sociales Avanzados de Andalucía (IESA) en Córdoba.
Ha participado como profesor de sociología rural en los programas de doctorado de las universidades españolas de Córdoba, Sevilla, Granada y Autónoma de Barcelona; en las brasileñas de Uberlandia, Campinas y Santa María, y en el Instituto Superior de Agronomía de Portugal.
Sus trabajos de investigación versan sobre acción colectiva y articulación de intereses desarrollando análisis comparados a nivel internacional de las organizaciones de naturaleza representativa (sindicatos, asociaciones patronales y profesionales, federaciones de cooperativas,...) y su participación en la formulación de las políticas públicas (especialmente, en la agricultura, el desarrollo rural y el medio ambiente).
Ha publicado un (con J. A. López Cerezo y J. L. Luján López) del libro Ciencia, tecnología y sociedad (Madrid: Tecnos, 1996) y también en colaboración con José A. López Cerezo, Políticas del bosque: expertos, políticos y ciudadanos en la controversia del eucalipto en Asturias (Madrid: Cambridge University Press/OEI, 2002). e-mail: [EMAIL] Thanasis KIZOS es profesor titular en Geografía Rural en el Departamento de Geografía de la Universidad del Egeo (Atenas, Grecia), donde imparte clases sobre desarrollo rural y análisis del paisaje.
Su investigación tiene como objeto el desarrollo rural, los agricultores y el cambio en el paisaje.
En relación a la misma ha publicado artículos sobre cambios en el paisaje, paisajes "tradicionales" griegos, desarrollo rural e islas del Egeo, insularidad y turismo rural.
Javier LÓPEZ-CEPERO JIMÉNEZ es Ingeniero Agrónomo por la Universidad de La Laguna, su actividad profesional ha estado centrada fundamentalmente en el sector primario de Canarias, tanto a nivel de producción como de asesoramiento y gestión.
Ha trabajado y dirigido diferentes Cooperativas de producción de plátanos y tomates ecológicos.
En la actualidad es Coordinador del Departamento Técnico de Coplaca, la mayor Organización de Productores de Plátanos de Canarias, además, es profesor asociado de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agraria de La Laguna, donde imparte las materias de Agricultura Alternativa y Producción Agrícola Certificada.
Está redactando su tesis sobre el manejo agroecológico de los sistemas de cultivos protegidos de las Islas Canarias.
Tiene varios trabajos sobre agroecología de los sistemas hortícolas protegidos, así como cultivos tropicales como la platanera.
J. Antonio LÓPEZ-PÉREZ es Doctor en CC.
Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid; ha trabajado en el Dpto. de Agroecología del Centro de Ciencias Medioambientales (CSIC) con la Dra.
M. Arias en la caracterización agroecológica de nematodos del suelo transmisores de virus y sobre alternativas no químicas a los fumigantes del suelo con el Prof. A. Bello, así como en el Dpto. de Nematología de la Universidad de Riverside (UCR, California) con el Dr. A. Ploeg en alternativas agroecológicas como la biofumigación, mediante el uso de materia orgánica, y en el diseño de sistemas agronómicos de manejo.
Pertenece al Centro Agrario de Marchamalo (Guadalajara), Consejería de Agricultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, donde trabaja en la aplicación de AUTORAS Y AUTORES centenar de trabajos entre libros y artículos en revistas españolas y extranjeras, habiendo recibido el premio Arco Iris (1996) al mejor estudio sobre cooperativismo por su trabajo sobre las federaciones de cooperativas en la agricultura europea, y la Orden del Mérito Agrícola de la República Francesa (2001).
En 2006 fue elegido miembro correspondiente de la Academia Francesa de la Agricultura en su sección de sociología rural.
Es director de la Revista Internacional de Sociología (editada por el CSIC) y miembro del Consejo Editorial de varias revistas internacionales, entre ellas Sociología Ruralis (editada por la European Society for Rural Sociology).
Dionisio ORTIZ MIRANDA es Doctor ingeniero agrónomo por la Universidad de Córdoba, es actualmente Profesor Titular de Escuela Universitaria en el Departamento de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Politécnica de Valencia, donde imparte materias relacionadas con las políticas agrarias y rurales.
Su labor investigadora se centra en el análisis de la relación entre la actividad agraria y su inserción en el medio rural, así como la incidencia de las políticas públicas en dicha relación, cuestiones sobre las que ha publicado diversos trabajos a nivel nacional e internacional.
Una parte importante de estos trabajos se enmarcan en el ámbito teórico de la economía institucional.
Paola OVANDO POL (Bolivia, 1974) es agrónomo por la Escuela Agrícola Panamericana (Honduras), ingeniero de agroempresas por la Universidad de San Francisco de Quito (Ecuador) y Master of Science en Economía Ecológica por la Universidad de San Simón (Bolivia).
Desde 2001 realiza su labor investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas centrada en el análisis de las rentas del uso múltiple de sistemas agroforestales mediterráneos y el análisis de económico de la renovación y extensión del arbolado de monte mediterráneo.
Previamente ha trabajado como consultora, centrándose en el análisis económico de diferentes alternativas de uso del suelo en bosques nativos andinos.
Durante su período de investigación predoctoral ha contribuido con publicaciones en la Revista Española de Estudio Agrosociales y Pesqueros, International Forestry Review y Ecological Economics.
José Luis OVIEDO PRO (Cádiz, 1977) es Licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Alcalá de Henares y estudiante de doctorado en la Universidad de Cádiz.
Desde 2003 realiza su labor investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas teniendo previsto finalizar su tesis doctoral en octubre de 2007.
Sus principales líneas de investigación se centran en el diseño y análisis de métodos de preferencias declaradas para la valoración ambiental y en el análisis de la renta comercial y ambiental generada por sistemas agroforestales mediterráneos.
Durante su período de investigación predoctoral ha contribuido con publicaciones en la Revista Española de Estudio Agrosociales y Pesqueros, Journal of Leisure Research y Ecological Economics.
Ángel PANIAGUA (Santander, 1963) Luis Anibal VÉLEZ RESTREPO es Ingeniero Forestal (Universidad Nacional de Colombia).
Profesor de la Universidad Nacional de Colombia (sede Medellín) en la Escuela de Planeación urbano-regional.
Se ha Doctorado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Alcalá (España) y ha obtenido la Maestría en Planeación Urbana (Universidad Nacional de Colombia) y la Especialización en Ordenación Rural en Función del Medio Ambiente (Instituto Agronómico Mediterráneo de Zaragoza, España). |
Con este número Arbor recupera lo que ha sido una larga tradición de nuestra revista: dar acogida a aquellos artículos de máximo interés y estar abierta a todos los científicos que deseen publicar en nuestras páginas.
Publicación pues abierta en la que únicamente los criterios de calidad establecen limitaciones.
Fiel a su encabezamiento, Arbor.
Ciencia, Pensamiento y Cultura hemos tratado en estás páginas de cubrir su triple planteamiento.
Los tres primeros artículos tienen carácter general dentro de la política científica y la sociedad del conocimiento.
José Luis Mateo ha sido vicepresidente del CSIC y José Elguero presidió el organismo en 1983.
Ambos son figuras sobresalientes en el campo de los materiales poliméricos y la química orgánica, respectivamente.
Francisco Sacristán Romero es profesor de la UCM y experto en temas relacionados con la I + D y las comunicaciones.
Ernesto Curiel es profesor en la Universidad Central de Venezuela y experto en el análisis del impacto de la arquitectura y el medio ambiente.
José Luis Maldonado pertenece al CSIC y cultiva la historia de la ciencia, y en concreto de la botánica.
Tanto Ricardo Noguera como Rosaura Ruiz son profesores e investigadores de la UNAM de México y expertos en biología evolutiva.
Barca desarrolla su investigación sobre historia de la ciencia y de la técnica en el Centre de Recerca per a la Historia de la Técnica en la Univertsitat Politècnica de Catalunya.
José Luis González Quirós es un notable investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, experto en temas cajalianos y en transmisión de los conocimientos.
Antonio Santamaría Pargada es un brillantísimo recién licenciado en Filosofía por la UAM e inicia ahora sus estudios de doctorado.
Está especialmente interesado en la vinculación de Filosofía y Literatura.
Vicente Raga es investigador y profesor del Departamento de Metafísica i Teoría del Coneixement de la Universitat de Valéncia.
Y, finalmente, Miguel Salmerón es profesor de Estética y Teoría de las Artes de UAM.
Hemos recuperado también para Arbor las recensiones y críticas de libros, buscando una cierta coherencia con los artículos de cada número y tratando de hacer llegar a nuestros lectores un conjunto de recientes publicaciones del máximo interés.
Esperamos con este número de Arbor establecer una comunicación permanente con la comunidad científica y trasladar a nuestros lectores aportaciones valiosas que susciten su interés. |
Al hablar de Éticas aplicadas, pensamos casi siempre en Bioética y, cuando nos referimos a ésta, tenemos en mente algunas cuestiones de Ética médica.
Sin embargo, las éticas especiales van mucho más allá de este marco, tanto por sus objetivos como por los métodos que utilizan; el análisis bioético tampoco se limita a las cuestiones que surgen de la práctica clínica, sino que tienen un amplio registro.
De hecho, resulta difícil entender el origen de la Bioética, sus principales objetivos y su actual expansión hacia otros campos y en otros contextos culturales sin tener en cuenta el papel que siempre ha desempeñado la Ética de la investigación.
Es más, la metodología y los resultados de la disciplina han estado definidos por el imperativo de proteger los derechos de los agentes, a fin de garantizar su salud y el respeto por las libertades fundamentales, ante los riesgos que pudieran derivarse del uso indebido de los avances científicos y técnicos.
Por tanto, el horizonte de la práctica profesional, de los ensayos y de los proyectos de investigación ha de estar dentro del marco normativo, elaborado a lo largo de las últimas décadas a partir de los Derechos Humanos.
A comienzos de los años setenta del siglo pasado, Van Ransselaer Potter estableció el programa inicial de la Bioética, con el claro propósito de "tender puentes" entre los valores morales y la cultura científica, entre el presente y el futuro.
Este programa iba a contribuir a la reflexión sobre asuntos decisivos para la existencia humana, sobre la vida, la muerte, así como sobre los intereses fundamentales de la especie.
La Bioética comenzó, entonces, con una visión integral del progreso científico y de sus consecuencias, tanto las que afectan en modo directo a los seres humanos como las que inciden de forma negativa sobre el medio ambiente, debido a la intervención humana.
Ahora bien, este modelo derivó en poco tiempo hacia temas relacionados con la Medicina y con la Biología, por influencia de A. Hellegers y de su entorno, en el Kennedy Institute de Georgetown.
De esta forma, pasaron a un segundo plano los temas referentes a la supervivencia de la especie y al medio ambiente, hasta el punto que el discurso bioético se fue especializando en el "bioámbito", aun manteniendo su carácter plural e interdisciplinar.
Desde entonces, el análisis bioético ha estado centrado casi siempre en los avances de la Biomedicina, sobre todo en los problemas -técnicos, morales, jurídicos, sociales-derivados de la práctica clínica.
Por ejemplo, se espera de la Bioética la ponderación acerca del correcto uso de nuevas técnicas para intervenir al principio y al final de la vida, los procedimientos que podrían contribuir a la salud y al bienestar de los pacientes, las condiciones apropiadas para hacer uso de las técnicas de reproducción asistida, la aplicación de los procedimientos de consentimiento informado, y otras cuestiones parecidas.
La reflexión moral sobre las fronteras de la investigación, así como sobre el futuro de la especie humana o el de las demás especies, quedan, al parecer, para otros especialistas y para otras éticas especiales.
Los comités de ética, las instituciones sanitarias y los grupos de expertos -los nuevos "bioéticos"-siguen, por lo general, esta misma orientación, con un claro predominio del "bioámbito", de lo "biojurídico", etc. Sólo que los principios básicos que han vertebrado la disciplina -respeto por la autonomía, justicia, beneficencia-no surgieron de los debates entre especialistas, ni siquiera de la cultura moral y política liberal, dominante en Estados Unidos cuando se afianzó la Bioética.
Los principios fundamentales, la primacía de los derechos de los pacientes y de los sujetos que intervienen en los proyectos, el respeto por las libertades derivan, en realidad, de la práctica de la investigación.
Mejor dicho, el interés por los derechos y las garantías procede de experiencias negativas, de las malas prácticas y de los abusos cometidos en nombre del progreso científico, en Europa y en Estados Unidos.
El Código de Nürnberg fue la respuesta a los experimentos médicos PRESENTACIÓN criminales, cometidos en Alemania durante los años treinta y cuarenta; para que esto no vuelva a ocurrir nunca más, la experimentación ha de ser realizada siempre con el consentimiento de los sujetos.
Respeto por la autonomía, beneficencia y justicia, los principios definidos en el Informe Belmont, en 1979 -después de la Nacional Research Act de 1974-fueron el resultado de malas prácticas, toleradas y fomentadas por la Administración, las universidades, los grupos de investigadores, los hospitales.
Los abusos fueron cometidos durante décadas, en Estados Unidos.
Por necesidad, la investigación ha estado en el centro de los debates bioéticos y, también, en los debates sociales y políticos, ya que las instituciones nacionales e internacionales han contado, por fin, con las condiciones para proteger los derechos de los sujetos participantes en la investigación sólo cuando han adoptado los principios de buen gobierno; es decir, transparencia, participación, responsabilidad ante los ciudadanos.
Desde 1949, las normas internacionales han ido regulando las actividades de los investigadores, las condiciones a reunir por los centros, los requerimientos éticos de los proyectos, los procedimientos para salvaguardar los derechos de los participantes, entre otros aspectos.
Desde la Declaración de Helsinki y las directrices de la CIOMS, hasta el Convenio de Oviedo, el consenso en torno a los requisitos para la investigación ha ido ampliándose.
Se trata de que la legislación sea coherente con marco normativo pero, ante todo, se trata de definir y de fomentar las buenas prácticas.
En la Unión Europea, los investigadores que acudan al Programa marco -ahora el 7.o Programa-, han de acompañar a su solicitud el correspondiente informe ético, caso de que trabajen con material biológico de origen humano, tejidos de embriones o de fetos, datos sensibles, agentes biológicos que pudieran representar un riesgo para la salud, animales u organismos modificados genéticamente.
La Ley española que regula la investigación biomédica (Ley 14/2007, de 3 de julio) ejemplifica la complejidad que ha alcanzado la ciencia biomédica y, a la vez, el alto grado de protección que se ha de ofrecer a todos los participantes en la investigación.
Poco antes, el Real Decreto 1201/2005 indicaba que las buenas prácticas se han de extender a la experimentación que se realizan con animales, utilizados con fines científicos.
En ese mismo año, la declaración de la UNESCO demostraba que, en efecto, la agenda bioéti-ca debe ampliarse, para que la libertad de investigación sea compatible con el respeto por la diversidad cultural y con la justicia global.
Bioética quiere decir, entonces, respeto por las libertades fundamentales y, además, responsabilidad social y justicia; derechos humanos y buenas prácticas.
De algún modo, la Bioética retoma su impulso inicial como "ética interdisciplinar", como "tercera cultura" que establece un puente entre las ciencias y las humanidades, confluyendo las mencionadas dos interpretaciones clásicas de esta reflexión ética, la restringida al ámbito de la medicina (Hellegers) y la más global-ambiental (Potter), en la medida en que ambas acaban considerando la interconexión entre las cuestiones de salud pública y las de bienestar individual.
Más aún, el vínculo entre investigación, práctica biomédica, protección medioambiental, justicia social y derechos humanos implica una "politización" de la Bioética que ha de afrontar las desigualdades radicales en su ámbito de reflexión: el círculo crónico de la enfermedad y la pobreza para millones de personas; el sesgo androcéntrico y la discriminación de género en las prácticas e investigaciones biomédicas; la desigualdad y discriminación social originada por las tecnologías genéticas (genoísmo); y el prejuicio antropocéntrico en nuestro trato con los otros animales y con la biosfera en general.
Esta dimensión política que cobra con especial actualidad la Bioética remite indefectiblemente al ámbito jurídico de las regulaciones de la investigación y los ensayos clínicos antes mencionadas y en otros sectores jurídicos directamente vinculados con la práctica científica y sus productos, como es el de la propiedad industrial e intelectual.
Por todo ello, este número monográfico sobre ética de la investigación contempla aspectos generales de la producción y manejo del conocimiento científico: "Éticas aplicadas e investigación ¿Dualismo hombre-naturaleza o copertenencia?"
(José M.a García Gómez-Heras); "Las dimensiones éticas de la producción y gestión del conocimiento científico" (Emilio Muñoz); "Ética de la investigación.
Las buenas prácticas" (M.a Teresa López de la Vieja).
Asimismo remitimos a elementos más concretos de la práctica científica, como los ensayos clínicos y las relacio-M.a TERESA LÓPEZ DE LA VIEJA Y TXETXU AUSÍN farmacéutica en el contexto de la salud pública mundial: "Propiedad intelectual privada frente a la investigación como servicio público" (Lorenzo Peña); "Conflicto de valores en la investigación farmacéutica: Entre la salud pública y el mercado" (Txetxu Ausín).
Si en los años noventa del pasado siglo el replanteamiento de los fines de la medicina supuso un revulsivo para la Bioética (The Goals of Medicine: Setting New Priorities, Hastings Center Report 26, 1996), cabe hoy plantearse la importancia de la nueva agenda de la Ética que se ocupa de la investigación y de sus aplicaciones técnicas y que hemos querido presentar en los artículos aquí recogidos, en la documentación aportada en los Anexos, en la bibliografía seleccionada por David Rodríguez-Arias y en las reseñas de dos libros dedicados a temas recientes de Bioética.
Como coordinadores de este número de Arbor, deseamos expresar nuestro agradecimiento a Alberto Sánchez Álvarez-Insúa por su apoyo y estímulo para culminar esta compilación.
Salamanca y Madrid, septiembre de 2007 nes investigador-participante: "Ensayos clínicos e interés general: Cómo la política precede a la bioética" (David Teira); "Asimetría en las relaciones investigador-participante y médico-paciente" (Manuel Triana).
Igualmente, se abordan algunos temas específicos en el ámbito de la investigación biomédica, como el del consentimiento informado ante los biobancos, la identidad genética, la problemática de la farmacogenómica, los comités de ética o los animales modificados genéticamente: "El consentimiento informado ante los biobancos y la investigación genética" (Antonio Casado da Rocha y Arantza Etxeberria); "¿Existe un derecho a la identidad genética?"
(Íñigo de Miguel Beriain); "Revisión ética de protocolos de investigación en farmacogenómica" (Miguel Moreno Muñoz); "Clinical Ethics Consultation: Attention to Cultural and Historic Context" (Stuart Youngner); "Animales genéticamente modificados, primates no humanos.
(La visión europea)" (Carmen Velayos).
Por último, se analizan las cuestiones de la propiedad intelectual y la investigación como servicio público, atendiendo también al caso concreto de la investigación |
Frente a las culturas asiáticas, la forma mental occidental padece una enfermedad endémica: el dualismo.
Éste piensa alternativamente el problema del hombre con los binomio alma-cuerpo, articula dualísticamente la realidad con el par espíritu-materia, contrapone dos esferas de moralidad con el binomio vicio-virtud e, incluso, canaliza la experiencia estética en la dualidad belleza-fealdad...
Y en la construcción del conocimiento se deja guiar por el esquema sujetoobjeto, que en opinión muy generalizada desde Descartes a Husserl, sirve de soporte al concepto moderno de ciencia.
Las religiones del cercano Oriente siempre aspiraron al contacto inmediato con la divinidad mediante la iluminación y el conocimiento intuitivo.
Ya la especulación gnóstica, plena de símbolos y alegorías, pretendía penetrar en los secretos de los misterios tanto de la divinidad como del cosmos.
La literatura mágico-astrológíca oriental, la religiosidad persa y siríaca, el hermetismo caldeo, la cabalística hebraica y posteriormente la tradición neoplatónica alejandrina abundaron en creencias gnósticas, que algunas corrientes cristianas aceptaron gustosas para interpretar la propia fe no sin agrias polémicas entre ortodoxos y heterodoxos.
El contexto espiritual de una época plena de angustias y expectativas apocalípticas, debido a la crisis de la cultura clásica, proporcionó caldo de cultivo a la gnosis como oferta de salvación en los comienzos de la era cristiana.
A todas las corrientes gnósticas fueron comunes la iluminación iniciática como acceso a la verdad y a la salvación, y el dualismo exacerbado expresado en contraposiciones como luz-tiniebla, espíritu-materia, alma-cuerpo, naturaleza-sobrenaturaleza, inmanencia-trascendencia...
En tales alternativas se resituaron conceptos metafísicos y morales como el ser, la nada, Dios, el mundo, el bien, el mal... entreverados en un cosmos generado por emanación desde una divinidad inefable y organizado por un Demiurgo eficaz.
La perdición y la salvación tanto de la naturaleza como del hombre se encajaron en procesos de rechazo de la materia, sede del mal, y de expansión del espíritu, sede del bien.
La naturaleza, en cualquier caso, se asoció a la materia y consecuentemente a la encarnación del mal.
De origen, pues, extracristiano, el dualismo gnóstico ha contaminado los planteamientos epistemológicos y mora-
ÉTICAS APLICADAS E INVESTIGACIÓN¿DUALISMO HOMBRE-NATURALEZA O COPERTENENCIA? les de la cultura occidental y no es de extrañar que haya sido contemporáneamente recordado por la reflexión medio ambientalista, en especial por H. Jonas, para explicar algunos prejuicios antinaturalistas de la filosofía moderna La ciencia moderna, al diseñar su modelo epistemológico, padeció también las secuelas de aquel dualismo, vertebrándose en torno a la polaridad sujeto cognoscente-objeto conocido como estructura básica del conocimiento.
Descartes explicitó aquel esquema en la famosa dualidad res cogitans-res extensa, Kant lo aceptó acríticamente en su tipología de la razón y Husserl lo utilizó con brillantez para construir su diagnóstico sobre la crisis de las ciencias.
En tal encuadre encajan cuestiones concernientes a las relaciones entre el hombre y la naturaleza, tales la estructura del conocimiento, el concepto de libre decisión o la de la psicología de las inclinaciones.
Todo lo no-humano queda confinado a la categoría de objeto y, en cuanto, tal reducido a materia fungible y manipulable.
La ciencia moderna y la técnica se construyen sobre la alteridad sujeto-objeto, la cual, aplicada a las relaciones hombre-naturaleza sirve de presupuesto para convertir a ésta en materia carente de valores y sometida al dominio y a la explotación.
Despojada la naturaleza de calidad axiológica, queda reducida a producto condenado a la cosificación y mercantilización.
El ensayo medioambiental, incluso aquel que se distancia de monismos de impronta mística, recela de la forma mental dualista que desde Platón tan profundamente gravita sobre la filosofía.
Las metamorfosis del dualismo gnóstico en el judeocristianismo, en san Agustín, Lutero o en Kant, rezuman aquel maniqueísmo que percibe la realidad bajo el imperio de dos principios: luz-tiniebla, bien-mal, Diosdemonio, redención-perdición...
El debate ecológico ha enderezado sobre todo sus críticas contra el dualismo hombre-naturaleza, asignando a este gran parte de las culpas de los malentendidos ecológicos.
Articulada la ética medioambiental, y en su caso la bioética, sobre aquella antítesis, la reflexión se topa con aporías insolubles, al absolutizar uno de los extremos, demonizando a su opuesto.
INCIDENCIA DEL DUALISMO EN LA EPISTEMOLOGÍA
Los dualismos con que la filosofía occidental acostumbra a interpretar las cosas generan tensiones e intentos de absorción y colonización sea de la cultura por parte de la naturaleza sea de ésta por parte de la cultura.
El fenómeno afecta a los correspondientes pares historia-naturaleza, valores-hechos, ética-ciencia.
La dualidad razón teóricarazón práctica establecida por Kant y las correspondientes alternativas libertad-necesidad, hechos-valores, cienciaética reflejan adecuadamente el problema.
Pero el dualismo de la concepción kantiana del mundo pendulando en alternativas como las de inclinación-deber, fenómenosnoumenos en lugar de sortear las conocidas antinomias generan dificultades inesperadas.
De ellas se resentía ya una larga tradición desde el pensamiento antiguo en los enfrentamientos habidos entre sofistas y Sócrates, Platón y Demócrito asi como en las tensiones entre la metafísica clásica y la religiosidad cristiana.
Los riesgos de que el dualismo genere una cultura esquizofrénica son potenciados en el pensamiento contemporáneo mediante la alternativa epistemológica ciencias de la naturaleza-ciencias del espíritu o ciencias-humanidades.
A la base del problema se encuentra la vieja contraposición naturaleza-cultura operante en el pensamiento occidental y que a partir de la segunda mitad del s. XIX es reformulada, con amplias resonancias kantianas, por científicos naturalistas de un lado y filósofos historicistas por otro.
Ciencias naturales y ciencias culturales o humanidades se enfrentan desde bien parapetadas trincheras.
Éstas se extienden desde los territorios de la metodología, donde positivistas, dialécticos y hermeneutas disputan, hasta sectores mas específicos del saber como son la psicología, la sociología o la antropología.
Corrimientos de frente e intentos de absorción y de colonización recíprocos no faltan.
Basta con recordar los nombres de Comte, del Círculo de Viena o de la Escuela de Fráncfort.
Pero los antagonismos se mantienen sobre todo en aquellos sectores más sensibles a la libertad como son la ética, la estética, la religión o el derecho y en general lo que solemos significar con la palabra cultura.
A decir verdad, los inmensos avances de las ciencias naturales durante los siglos XIX y XX impulsaron una suerte de imperialismo científico-natural que no tuvo empacho alguno en pretender colonizar los diferentes regiones del saber humano.
Asi las cosas no fue de extrañar que una pléyade brillante de pensadores adscritos primeramente al Historicismo: W. Dilthey, M. Weber, E. Cassirer, J. Ortega y Gasset,... y posteriormente a la Fenomenología: Husserl, JOSÉ M.a GARCÍA GÓMEZ-HERAS considerados como prejuicios obstaculizantes del progreso tecnológico y científico.
Al amparo del progreso tecnológico, la razón práctica tiende a identificarse con el éxito y la eficacia y ambos se convierten en criterios de validez y legitimidad.
La tradición artesanal incrementó sus posibilidades con ayuda de la técnica y de la ciencia y ensanchó su radio de acción hasta límites insospechados.
Pero disueltos los vínculos entre la ética y la praxis científico-tecnológica, se rompe la simultaneidad del progreso tecnológico y del progreso moral.
Las diferentes formas de la razón técnicocientífica y las de la razón ético-axiológica marchan por sendas diferentes.
Aquéllas acaparan los espacios de la vida pública y éstas son remitidas al ámbito de las convicciones personales y de los intereses de las conciencias.
La consecuencia es un proceso de privatización de la ética con una contrapartida inaceptable: la renuncia a valores intersubjetivamente revalidables, que posibiliten unos imperativos y deberes universalmente reconocidos.
La ciencia tradicional de la naturaleza había diseñado imágenes del mundo, sin que el autor de aquellos diseños, el hombre, apareciera por parte alguna en el mundo por el diseñado.
Se tratada de cosmologias (Weltbilder) carentes de humanismo y, por ello, como Husserl denunció, avocadas a crisis de sentido.
Es de recordar, a este propósito, la anécdota del papá que muestra a su familia las fotografías de los bellos paisajes alpinos recorridos durante la última excursión.
Como era de esperar el papá, apasionado fotógrafo, no aparece en ellas.
La benjamina que las contemplan no sale, sin embargo, de su desilusión y asombro, al no descubrir en ellas al protagonista de sus afectos.
De ahí que pregunte desilusionada: Papá, ¿pero dónde estás tú?
La ingenuidad de la pregunta infantil se torna grave cuestión epistemológica.
El que el hombre que crea una determinada manera de ver al mundo este ausente del mismo, predetermina el método y resultados de la investigación.
El mundo resultante de un proceso científico no es solamente producto de la imposición empirista del dato sino también de juicios de valor y decisiones de la libertad, operantes en las estrategias de construcción del saber.
El modelo científico se diseña en función de lo que parece relevante para ser sabido.
El constructor de la imagen del mundo es sujeto que constituye el objeto como objeto de su investigación.
Dar por válida tal tesis equivale a reconocer mucho de lo que la modernidad dijo de sí misma y todo lo que Kant subsumió en su método trascendental, fijando las condiciones de posibilidad de la ciencia y de la ética.
Heidegger, Gadamer, Rickert.... o a la dialéctica como los Francfortianos y Habermas, enfatizaran aquel dualismo como estrategia para justificar la autonomía de la cultura respecto a la ciencia natural.
Bajo presión de las regiones del saber más sensibles al problema de los valores, es decir, el arte, la ética, la religión.... se aspiraba a mantener la especificidad de las ciencias del espíritu frente a los intentos de colonización de las mismas por parte de la investigación científico-natural.
En la trinchera opuesta, entiéndase la de quienes defienden la anulación de los dualismos y una absorción y colonización de la vida cultural y social por parte de la ciencia natural, destacaron las figuras de Comte o Darwin, con secuelas de largo alcance en la ética y en la biología.
A este propósito resulta si no jocoso sí al menos chocante la evolución de Comte.
En su opinión se trataba, de superar los desvaríos idealistas, tanto religiosos como metafísicos, mediante una reducción del método sociológico al positivismo imperante en la ciencia natural.
La naturaleza, en su versión físico-matemática, pasaba a ser soporte de una nueva visión de las cosas, la cual, mediante el método positivo, atento únicamente a los hechos, erradicara los estadios religioso y metafísico de nuestra pasada historia.
El saber residiría en el prever y este recurriría a la técnica para salvar a la humanidad.
Paradójicamente Comte en su etapa senil derivó hacia una modalidad de religión sucedánea, o soteriología secular en la que sus nuevos dogmas y santorales transformaron su revolución metodológica en fantasía jocosa.
De hecho, a partir de Bacon, la modernidad transforma en profundidad el concepto de razón.
Éste, vinculado hasta entonces ya a la metafísica ya a una teleología inmanente a la naturaleza misma, pierde sus referentes axiológicos al rechazar ambas.
Apuntalada la nueva racionalidad por los hallazgos epocales de Galileo y Descartes, el progreso humano se hace consistir en cálculo, dominio, explotación y transformación del mundo que rodea al hombre.
Despojada de valores y reducida a cálculo de medidas y pesos, el suelo, la biosfera y la materia inorgánica son entregados a la voracidad de explotadores sin escrúpulos.
La razón práctica, pérdida su vinculación a fines y valores morales, rompe sus vínculos con la ética y deriva hacia una mera racionalidad instrumental..
A pesar de los esfuerzos de Kant por mantener la unidad de la razón bajo la égida de la razón práctica, la nueva forma de praxis instaurada por la técnica adquiere autonomía y soberanía sobre el propio campo y, con ello, los principios éticos pasan a ser
No otra cosa significa posteriormente el afán de la Fenomenología al enfatizar el protagonismo del sujeto en la constitución del objeto del conocimiento.
Lo cual muestra que no existe objetividad pura ni hecho axiológicamente neutral.
El sujeto cognoscente no se reduce a mera res cogitans cartesiana que en la polaridad sujeto-objeto se enfrenta con extrañeza ante algo ajeno que tiene ante sí.
La copertenencia implica connaturalidad y coimplicación en los procesos epistemológicos.
¿DISOCIACIÓN O COPERTENENCIA DEL PAR HOMBRE-NATURALEZA?
El hombre apareció desde siempre a la reflexión occidental como un enigma.
Su peculiar condición, a medio camino entre la materia y el espíritu, le situaron en la zona ambigua, de quien puede reivindicar ya un lugar privilegiado, ya un puesto de mediador en el mundo natural o también de convertirse en víctima de los extremismos.
La antropología tradicional, desde Platón y san Agustín, tematizó sus contenidos en torno a la dualidad alma-cuerpo y en la alternativa ética vicio-virtud.
El mito platónico del alma prisionera del cuerpo, la contraposición gnóstica espíritumateria o la alternativa cristiana inmanencia-trascendencia condicionan nuestras formas de pensar.
Aceptado el modelo dualista, la racionalidad práctica en las éticas aplicadas se ve forzada a tomar opciones unilaterales.
La primera podría denominarse reduccionismo antropológico del mundo moral, según el cual, lo ético queda confinado al ámbito exclusivo del hombre mientras todo el resto de seres, animales, plantas, organismos, naturaleza... carecerían de relevancia moral.
Factores esenciales de aquella racionalidad práctica, tales como la razón, la voluntad, la libertad, la conciencia, la emotividad o el lenguaje tienen su asentamiento en el hombre y, por lo mismo, la imagen que se posea de éste, determina el concepto que se tenga de moralidad.
De ahí que sea pertinente la pregunta de si la ética medioambiental y la bioética requieren también una antropología alternativa a la dualista convencionalmente aceptada.
Cuando el hombre y la naturaleza se copertenecen, su relación no se centra en la idea de dominio sino en la de reconocimiento y reconciliación.
Un modelo integrador, aunque no monista, de las relaciones hombre-naturaleza implica que el fundamento de las mismas se haga consistir en la copertenencia al mismo mundo.
Tal fundamento crea un horizonte hermenéutico homogéneo para las preguntas y las respuestas.
La naturaleza, en ese caso, aparece como mucho más que mero objeto bruto, carente de valores e, incluso, más que entorno ambiental donde el hombre encuentra gozo y placer.
El mundo natural no sólo rodea al hombre como circunstancia, según la conocida fórmula de Ortega y Gasset, sino como factor consustancial de un mismo ser.
La naturaleza en tal hipótesis no está puesta a disposición utilitarista del hombre sino reconocida como comparsa que comparte ser y destino.
Resulta esta convicción mendrugo harto duro de roer para el consumismo industrial y mercantil que impera en la sociedad presente.
Pero se precisa reconocer que la naturaleza no esta ahí como objeto de manipulación por parte del hombre sino como quien convive con él.
Cada uno a su manera, hombre y naturaleza, se integran en el modo de ser de ese mundo que para ambos es destino y libertad, evolución y cultura.
Para la naturaleza evolución azarosa e indeterminada, siempre abierta a los infinitos juegos de una combinatoria emergente y las más de las veces imprevisible.
Evolución que, en el caso del hombre, se vive en forma de historia construida sobre aventuras de la libertad.
Evolución e historicidad casan mal con el modelo mecanicista clásico dominante en las concepciones vulgares de la ciencia y de la técnica.
Ese mundo natural, donde campean el azar y la libertad, es capaz también de cobijar mayores cotas de modestia intelectual.
No todo en él se puede demostrar apodícticamente ni sus certezas poseen la exactitud y claridad de las matemáticas cartesianas.
Ni sus mutaciones se inscriben en una secuencia causal de fenómenos regidos por el determinismo mecánico y, por ende, pueden ser controladas y dirigidas por poder tecnológico.
Porque el acontecer del mundo de la naturaleza al que el hombre está adscrito chirría cada vez que padece clausura o cerrazón determinística.
La contraposición entre los intereses del hombre y los intereses de la naturaleza se vio radicalmente cuestionada por la doctrinas evolucionistas que triunfaron en biología y geología.
La teoría de la evolución modificó profundamente el modo de percepción que los hombres tenían de sí mismos.
Hoy en día la biología molecular muestra de modo convincente la base común de todo viviente.
Desde el siglo XIX la vida comenzó a ser vista como un organismo JOSÉ M.a GARCÍA GÓMEZ-HERAS global regido por principios inmanentes a la vida misma y sometida a una transformación interrumpida hacia formas más complejas de existencia.
Los hombres, pues, evolucionan con la naturaleza porque son naturaleza.
Los dualismos usados por la tradición occidental se resienten cuando el cosmos es visto como totalidad en proceso evolutivo.
Una visión holista ha ido ganando terreno y la relación hombre-naturaleza se describe con categorías que resaltan el parentesco y afinidad entre ambos.
Aquellas muestran la copertenencia del hombre y de las diferentes formas de vida natural.
Desde tal coimplicación entre hombre y naturaleza no resulta impertinente el preguntar si la destrucción de la naturaleza no destruye una dimensión esencial del mejor humanismo.
Pero la irrupción del naturalismo, en su versión moderna o científico-natural en la historia hecha por el hombre, es decir en la cultura, afectó no sólo al problema del método con el que se abordan los problemas científicos, triunfando el positivismo, en calidad de método científico-natural para el estudio de la historia cultural, sino a la estructura de la cultura misma al establecer leyes constantes de su historia y a una explicación causal-mecánica de sus acontecimientos.
Una categoria más amplia, sin embargo, que la de historia o la de ciencia natural logró abarcar ambas en una visión genética de la naturaleza: la de evolución.
Ya los grandes sistemas del Idealismo alemán con Hegel a la cabeza habían reaccionado contra la sensibilidad científico-naturalista de la Ilustración.
Pero los impulsos a favor de una visión genética de las cosas van a proceder no sólo de la dialéctica del espíritu en su despliegue temporal sino tanto o más de los datos empíricos aportados por el desarrollo de la vida.
A comienzos del siglo XIX Lamark explicaba la evolución de los organismos a partir de un principio vital mediante la combinación de herencia y adaptación al medio.
La concepción fijista de la naturaleza como reproducción de esencias inmutables quedaba tocada de ala.
A la explicación evolucionista de Lamark, Darwin añade un dato fundamental: la evolución mediante selección natural.
El desarrollo de la naturaleza implica un componente de lucha por la existencia a tenor del cual los organismos, situados en la tensión entre lo que necesitan y lo que la naturaleza ofrece para su satisfacción, cumplen la siguiente ley: quien mejor se adapta pervive y quien no desaparece.
La teleología como ley del progreso es, en ese caso, sustituida por el mecanicismo de la capacidad de adaptación al medio.
El naturalismo apa-recía, pues, como una nueva forma, que parecía conciliar la naturaleza y la historia bajo la categoria de progreso.
Con todo, cuando este naturalismo se transfiere al terreno peculiar de la cultura, de la ética y de la vida social se topa con el problema de siempre: que la naturaleza, para ser materia moral, había de ser contemplada como un reino de valores y no solamente como un reino de hechos.
Es decir: que de homologar la evolución y el progreso de la humanidad, la naturaleza debería ser portadora de valores.
De ser asi la naturaleza también poseía historia y la historia avanzaba de consuno con la naturaleza.
Con esta conciliación de hechos y valores Kant se hubiera dado por satisfecho, dado que la disociación entre fenómenos naturales y noumenos habría sido desplazada a favor de un sistema de la razón presidido por los ideales reguladores de la ética y de la estética, tal como la tercera Crítica pretendía.
Sin embargo, ya con su fino olfato de profeta, Nietzsche, impactado por las teorías darwinianas y las consecuencias de las mismas para una nueva idea del hombre, se percató de que, absorbida la antropología por la biología, la humanidad tiende a deslizarse por la pendiente resbaladiza de un naturalismo en cuyo fondo anida el nihilismo.
Si el hombre desciende del pedestal de imagen de Dios en el que le colocó el cristianismo y emparentándose con los simios se convierte en comparsa de los animales: ¿dónde queda la dignidad peculiar que le otorgan su libertad, su saber, su técnica, su lenguaje y su mundo simbólico?
Si en la interpretación galileano-cartesiana de la mundo, el hombre se reduce a la res cogitans que cuantifica, domina y explota una naturaleza ante la que siente extraño, ambos perecen.
Consciente de ello el pensamiento ecológico le otorga una posición que le convierte en colaborador de una naturaleza a la que pertenece.
Pero sin que, en ningún caso, implique aquella copertenencia una renuncia al puesto que la misma naturaleza le asigna tras millones de años de evolución.
El hombre, inscrito en la evolución de la naturaleza, sintetiza en sí mismo el fenómeno más amplio de la evolución, marcando un salto cualitativo en la misma.
El hombre comparte múltiples rasgos con los seres naturales no humanos: sociabilidad, instintos, necesidades, estructuras genéticas... pero a la vez, posee rasgos específicos y diferenciales.
Entre ellos destacan su racionalidad, su libertad y su lenguaje, estructuras que posibilitan aquella peculiar estructura de las acciones humanas, de la que forman parte el razonamiento, la deliberación, la decisión libre, etc., que sirven de soporte al mundo moral.
el universo de valores que su razón y su libertad filtran, encuentra sentido la humanidad y su historia en la responsabilidad moral de un mismo destino compartido.
Porque aunque la copertenencia del hombre y la naturaleza a un mismo mundo deja pendientes venerables cuestiones que los dualismos unilateralmente respondieron, menos problematicidad reporta una tesis reiteradamente formulada a lo largo de estas páginas: que nuestra sociedad y nuestra cultura no encontratarán salida a su crisis de sentido mediante opciones unilaterales a favor del antropocentrismo o del fisiocentrismo o tolerando una guerra entre ambas posiciones.
Sí, en cambio, recuperarán sentido cuando el mundo de los valores morales se convierta en la instancia mediadora y en el lugar donde el hombre y la naturaleza se copertenecen.
Una palabra, no carente de pretenciosidad pedante, pero que proporcionaría placer al mismo Kant, podría expresar la idea: ethocentrismo.
Rizando un poco más el rizo, desde que la Fenomenología situó el término de mundo en el centro de sus reflexiones, mundo de la vida (Husserl), ser-. en-el-mundo (Heidegger), el concepto de mundo se ha deslizado desde un significado local/circunstancial a un significado cosmológico y social.
La carga semántica de la palabra evolucionó desde el mundo circunstancia (Umwelt) (Ortega y Gasset) a mundo compartido (Mitwelt).
Pero el mundo como circunstancia accidental resulta insuficiente para quienes creen necesaria no sólo una nueva relación del hombre con lo que le rodea sino sobre todo una transformación de la misma imagen del hombre.
Éste debería comprenderse no como alguien que se relaciona con un entorno que circunstancialmente le afecta sino como ser natural que comparte sustancia y destino con el mundo.
Se trataría de evitar toda contraposición dualista y acentuar, en cambio, la identidad entre el hombre y la naturaleza.
Sustituir el significado de mundo como entorno por mundo como copertenencia implica cambios profundos en las relaciones hombre-naturaleza.
Quiebra el esquema dualista con que la reflexión occidental opera y con los metodos y modos de construir la ciencia.
Hombre y naturaleza comparten ser y destino y, en consecuencia, los mismos intereses.
La relación hombre-naturaleza, en ese caso, dejará de ser la del explotador-explotado, para asumir la forma de cooperación en el logro de los mismos fines.
Hubo en la historia de la reflexión un viejo concepto, el de connaturalidad para explicar procesos originarios previos a la transformación artificiosa del mundo a manos de la técnica.
Tales estratos originarios fueron recuperados por la psicología fenomenológica con el término "empatía" para expresar el pathos emotivo compartido entre el investigador y lo investigado.
El dualismo quiebra también aquí y las versiones dualistas a que tan aficionada es la reflexión moral para encajar conceptos como vicio-virtud, espíritu-materia.... pasan a ser sospechosas para rehabilitar aquellas conexiones que la vida natural conlleva.
Son aspectos que la biología ha permitido resaltar con su doctrina de la evolución y que la ecología aprecia como actitudes elementales básicas.
HACIA UNA NUEVA IMAGEN DEL HOMBRE: EL PRINCIPIO DE COPERTENENCIA
Ya a lo largo del siglo XX se había venido pergeñando una nueva imagen del hombre contrapuesta a la diseñada por Descartes con su binomio res cogitans-res extensa, sujeto-objeto.
Una reflexión reiterativa en el debate ecológico mantiene la convicción de que frenar el proceso de destrucción de nuestro mundo requiere como presupuesto una nueva imagen del hombre, construida sobre la idea de que el hombre es una parte cualitativa de la naturaleza y no su colonizador voraz.
Pero pocos podrían imaginar que el tipo de hombre que pone en peligro a la humanidad es el mismo homo faber a quien tanto Galileo como el mismo Hobbes profesaban tanta admiración.
El debate ecológico ha desenmascarado al ancestral homo homini lupus bajo la formula el mayor peligro para el hombre es el hombre.
Y exige un cambio en la antropología.
El lastre de la historia al respecto no ayuda en la empresa.
La antropología dualista diseñada por la metafísica platonizante tiende a modificarse profundamente a partir de la Ilustración.
Las relaciones hombre-naturaleza se regulaban en un esquema antropocentrista en el que aquel aparecía como fin y señor de la misma.
La naturaleza era contemplada en cualquier caso como contrincante a subyugar y tierra a colonizar.
El procedimiento para conseguirlo consiste en aplicar la ciencia y la técnica como instrumentos colonizadores.
Pero a ello no es ajeno el individualismo burgués cuando diseña un hombre sustentado sobre las ideas de autonomía y libertad.
Ya la tradición marxiana había opuesto al hombre autosuficiente burgués un hombre que no es producto de si mismo sino de la sociedad en la que vive.
El hombre no es monada sino relación.
La biología completará está idea JOSÉ M.a GARCÍA GÓMEZ-HERAS desde una perspectiva diferente: insertando el hombre en la naturaleza y diseñando un nuevo sistema de relaciones.
Al analizar las relaciones entre el hombre y la naturaleza, el antropocentrismo se pregunta básicamente por el puesto del hombre en el cosmos.
Se trata más de un problema antropológico que cosmológico.
Las tradiciones religiosa y metafísica habían ya adelantado sus respuestas.
Tanto los relatos judeocristianos del paraíso como la antropología clásica sugerían respuestas cuyo rasgo común era acentuar la diversidad entre ambos para, a renglón seguido, acentuar el protagonismo del hombre, atribuyéndole funciones de señor y dominador del medio natural.
La modernidad no modifica en sustancia el esquema básico de tal relación sino que lo acentúa en dos dimensiones: asignando al hombre un mayor protagonismo teórico, al dotarle de un saber sobre el cosmos, la física clásica, y al poner en sus manos un instrumental de largo alcance, la técnica.
Ambos capacitan al hombre para realizar su pretensión de dominio y explotación de la naturaleza.
Pero dado que las últimas responsabilidades de la crisis ecológica apuntan al hombre, urge preguntarse por el tipo de hombre que genera la crisis y si es posible construir un nuevo concepto de hombre que excluya aquellas consecuencias.
La filosofía del siglo XX prescindió del dualismo cartesiano y prefirió articular la antropología en torno a la cuestión del puesto del hombre en el cosmos.
A este respecto son conocidos los nombres de H. Plesner, A. Gehlen y M. Scheler.
Sobre tales pautas la imagen del hombre cambia especialmente en dos dimensiones: en lugar de ser vista en perspectiva esencialista y estática, es percibida en perspectiva evolutiva y dinámica.
Y la visión espiritualista y antinaturalista tradicional, tiende a ser moderada con su incorporación al mundo natural.
El discurso antropológico, en este caso, modifica su estructura dado que sus contenidos no responden a clichés esencialistas sobre qué sea o deje de ser el hombre sino a cómo se realiza el hombre en el mundo al que pertenece: la naturaleza.
La moralidad en este caso, deja de ser considerada como dimensión exclusiva del ser humano para tomar en consideración aquellos valores que posibilitan el que el hombre llegue a ser plenamente humano en el mundo al que pertenece: la naturaleza.
La revalorización de la naturaleza implicada en la actitud ecológica presupone, pues, una fuerte crítica al antropo-centrismo individualista de la filosofía tradicional y la rehabilitación de un cierto naturalismo ético.
Los partidarios del antropocentrismo han de tomar buena nota de que mientras la naturaleza puede existir sin el hombre, el hombre no puede vivir sin la naturaleza.
La interdependencia no es recíproca en igualdad y la balanza se inclina a favor de la naturaleza.
A este respecto, sin embargo, es necesario precisar que el hombre en quien se piensa cuando se critica el antropocentrismo no es ni el homo sapiens del humanismo occidental ni siquiera las formas presapienciales del mismo, sino en el homo technicus et oeconomicus, que convertido en protagonista de la civilización de consumo, abunda en abusos hacia la naturaleza.
Y tampoco es de olvidar que las modalidades de ciencia y de técnica que son objeto de crítica no son solamente aquellas que, declarándose axiologicamente neutrales, operan como si los valores morales no existieran, sino sobre todo aquellas que, sometidas a la servidumbre de un modelo injusto de sociedad y de humanidad, son utilizadas como instrumentos de poder o de dominio por parte de individuos o de grupos.
Son aquellos tipos de técnica y de ciencia que carecen de respeto a las personas y se sienten solidarias con la injusticia.
UN PROYECTO ÉTICO EN CAMINO
Construir una hermenéutica del mundo en el horizonte de la copertenencia hombre-naturaleza sitúa en primer plano de la reflexión aquellos valores que convierten al mundo en relevante moralmente para el hombre.
Con otras palabras: convertir a la ética en instancia normativa de la construcción de la ciencia.
Lo cual es principio general aplicable a la investigación científica y a sus procedimientos metodológicos.
En primer lugar, abordar al mundo como sistema y no como fragmento.
Frente al análisis fragmentario que prefiere el empirismo atomista, una visión globalizadora u holista, tal como compete a la complementariedad de las interacciones hombre-mundo.
En segundo lugar, que el determinismo de la naturaleza imperante en la física clásica, ha de ser modificado dando cabida no sólo a la libertad y teleología que imperan en las decisiones humanas, sino también a la indeterminación y al azar que preside una evolución abierta a las múltiples posibilidades de una combinatoria imprevisible.
El nacimiento de la cultura como estadio de la evolución continua proporcio-
nando cavilaciones sin cuento.
Cómo surgen el espíritu, la razón y la libertad en el mundo fue problema que no lograron resolver ni los relatos de la mitología clásica ni las especulaciones de los filósofos.
¿Es ya reconocible una brizna de libertad en el mundo de la ameba?
La disociación entre dos mundos, el de la ciencia y el de la ética, espada de Damocles cerniéndose sobre las críticas kantianas, y el consecuente abandono de la naturaleza al determinismo de la necesidad, justificaría el antropocentrismo del poder y del dominio sobre la naturaleza.
Pero impediría reconocer a la naturaleza misma como cultura.
Recuperar, en tercer lugar, la experiencia de los límites de la razón y la sensibilidad para el misterio de la vida.
Cualquier ciencia compartida o con-ciencia (Mitwissen) implica predicciones y pronósticos inciertos a causa de la indeterminación de los factores emergentes y las veleidades azarosas de la evolución.
La ciencia, en este caso, recupera algo que nunca debió perder: la humildad.
El antropocentrismo moderno, a partir principio de autonomía del sujeto que piensa y decide, transformó profundamente el concepto del mundo moral.
La ética, previo rechazo de cualquier valor o norma que provenga de la transubjetividad de un ser metafísico o de un hecho histórico, situó sus instancias fundantes en la subjetividad del hombre y éste se convierte en principio de legitimación del querer y del obrar.
La razón práctica entró en una fase en la que la cosmología científica desmitologiza al mundo y la racionalidad técnico-instrumental lo desencanta.
Desaparece, con ello, las conconvicción de una normatividad transubjetiva y las conexiones de la misma con la naturaleza.
Pero el hombre ilustrado también pagó su peaje.
Permaneció largos decenios hipotecado al individualismo egoísta de los propios intereses.
De ahí la urgencia de corregir las dos granes lastres de la Ilustración: el subjetivismo individualista de la filosofía clásica alemana y el objetivismo mostrenco de la tradición técnico-científica.
Es lo que se pretende con la vía social de la reconstrucción de la ética y con la devolución de la dignidad a la naturaleza.
A sabiendas de que cualquier intento de corregir las lacras de la modernidad ilustrada excluye los regresos a la premodernidad científica.
Porque denunciar el vacío dejado por el desencantamiento del mundo a manos de la razón técnico-instrumental o por el debilitamiento de la metafísica y de la religión no implica intentar regresos arcaizantes a una mística irracional de la naturaleza o a un emotivismo neorromántico.
El camino para resolver los problemas traídos por la crisis ecológica no consiste en recalentones sentimentales o místicas de la naturaleza.
Un retorno a idealismos neorrománticos es capaz de producir bella literatura e incluso seductoras escenificaciones ecológicas del espacio, al estilo de Gaudí o de César Manrique.
Pero no responsabilidad moral o eficacia política.
La ética, y su prole de éticas aplicadas, se pondrán en camino hacia un modelo axiológico a la altura de nuestro tiempos si toman en consideración tanto el mundo de la vida social como el mundo de la vida natural.
Es decir, un mundo regido por el principio de copertenencia.
Este proyecto, construido sobre un nuevo sistema de relaciones entre el hombre y la naturaleza, trasciende el concepto de deber como apremio de una razón formal encarnada en la universalidad de la norma (Kant) para buscar sus asideros en los valores que permiten al hombre ser hombre real y a la naturaleza ser naturaleza.
Lo primero, ser hombre, ateniéndonos al concepto de dignidad de la persona elaborado por la modernidad, desde la perspectiva ética, equivale en el ámbito personal a madurez de la razón, libertad responsable, gratificación emotiva y corporeidad madura.
Y en la esfera social equivale a justicia, solidaridad y democracia.
Todo aquello que el rótulo Derechos humanos se esfuerza por canonizar en sus progresivas formulaciones.
Lo segundo, ser naturaleza, implica reconocimiento y respeto hacia la dignidad de la naturaleza y a los valores intrínsecos a la misma, tal como su poder autocreador y su evolución muestran.
El mundo moral trasciende, por tanto, las fronteras de la tradición deontológica kantiana, la cual, siendo asumida como una de las fases más excelsas de maduración de la conciencia moral, amplia las fronteras del deber a lo axiologicamente relevante de la naturaleza.
Añejos conceptos, por tanto, de la tradición filosófica occidental, tales el ser del hombre o el ser de la naturaleza, continúan reivindicando poder normativo sobre las conciencias personales y los comportamientos sociales.
Porque la naturaleza, en modo alguno se reduce a la facticidad bruta tal como el empirismo metodológico trata de explorar o la fisico-matemática cuantificar.
No todo en ella es explicable como hecho empírico cuantificable y explicable según la normatividad imperante en su desarrollo.
La naturaleza se nos muestra como tendencia y posibilidad de ser mejor, que a veces se logra y a veces se frustra.
En este sentido, también a la naturaleza es inmanente un JOSÉ M.a GARCÍA GÓMEZ-HERAS deber ser físico a cuya realización el hombre esta llamado a colaborar de modo responsable.
Lo cual implica que el hombre, tanto en su dimensión social como natural, se contemple a sí mismo bajo el apremio de reconstruir una imagen moral del mundo.
La convencionalmente legada por la tradición se encuentra, como ya dijimos, lastrada por dualismos platonizantes y por pesimismos gnósticos en cuanto a sus dimensiones y funciones corpóreo-naturales.
La definición clásica del hombre como animal racional, habida cuenta de su indeterminación, posee mayor poder integrador que posteriores reconstrucciones de la misma de impronta idealista o existencial.
El ser debido al hombre se despliega, en consecuencia, en múltiples dimensiones: reflexión, decisión, comunicación, naturaleza,... a través de formas de vida y corporeidad compartidas.
Con la naturaleza, en cualquier caso, el hombre esta llamado a la copertenencia en aquello que le es más propio como es el pensar, el decidir, el transformar, supliendo, incluso, aquellas deficiencias que a la naturaleza la resultan inalcanzables en el espacio y el tiempo.
Siempre, desde luego, en sintonía con los valores y normatividades de naturaleza, en consenso con la cual, desarrolla una historia de la humanidad encuadrada en una historia de la naturaleza..
Lo cual supone añadir, a estructuras peculiares de los seres humanos, tales la cultura, la socialidad y la subjetividad, aquella cuarta dimensión que reivindica la reflexión medioambiental: la naturalidad.
La investigación científica que se deja orientar por la ética, no puede ser construida, en cualquier caso, desde posiciones dogmáticas, unidimensionales o rupturistas.
Por lo que a cuestiones de ética medioambiental y bioética respecta, aquel dualismo se traduce en una contraposición hombre-naturaleza que sirve de encuadre de las relaciones entre ambos.
Pero pensar dualísticamente ese problema arriesga escoramientos impuestos por el par antropocentrismo-fisiocentrismo.
Se parte de visiones contrapuestas y virtualmente conflictivas de la realidad, que permiten escorar la pregunta cientifica desde perspectivas o antropocentricas o fisiocéntricas, generando tensiones e intentos de colonización/absorción de un extremo por el otro.
En nuestro asunto, la ética medioambiental y la bioética, se genera una tensión entre hechos y valores, que perturba con frecuencia planteamientos y respuestas claras a los problemas.
En época de globalización, el principio a seguir es el de complementariedad.
Según éste, la racionalidad ético-humanista asume competencias normativas sobre la racionalidad técnico-instrumental en orden a que la naturaleza no se vea privada de sus valores y se eviten desequilibrios.
Los fantasmas vitandos de turno no son otros que el nihilismo axiológico rampante que planea tanto sobre las ciencias sociales como sobre las ciencias naturales.
No fue otra la opción implicada en el concepto de racionalidad práctica de Kant, de Husserl o de los pensadores francfortianos.
Por tanto, la intención profunda de Kant, recomponer la unidad y universalidad de la razón humana bajo la égida de la razón moral continúa siendo una tarea y una urgencia.
El enfoque ético de las reflexiones precedentes sintoniza con el diagnóstico de una serie de maestros del pensamiento contemporáneo sobre nuestra situación cultural.
Con su proyecto fenomenológico, Husserl, en época de hegemonía de la Wissenschaftstheorie (Teoría de la ciencia), centró sus análisis en el método que se impone en la construcción moderna del saber y detectó un desvío que desembocaba en crisis de la ciencia a causa de la pérdida del mundo de la vida del sujeto.
La marginación axiológica practicada por el objetivismo científico dejaba a la ciencia en total desamparo y con él a la ética, a la política y a la cultura.
Unas décadas antes, Nietzsche y Max Weber habían efectuado diagnósticos más radicales con sus conocidas tesis sobre el advenimiento del nihilismo y el desencantamiento del mundo, respectivamente.
Que a continuación Martin Heidegger, en medio de las experiencias trágicas del ocaso del mundo burgués, contemplara nuestra historia como proceso de olvido del ser y encontrara en la técnica la última metamorfosis de la metafísica, remachaba, desde su peculiar perspectiva, la intensidad de una reflexión empeñada en poner en conceptos lo que durante el siglo XX estaba aconteciendo.
Cuando los francfortianos Horkheimer y Adorno, replantearon el problema de nuestra cultura en el horizonte de los dos grandes tipos de racionalidad, axiológico-social y técnico-instrumental, enfrentadas en las sociedades posindustriales, reformulaban, desde otra perspectiva, las intuiciones de Husserl y Weber.
A saber: que a lo largo de la modernidad, se debilitan los anclajes de la ética tradicional, amenazando con destruir los soportes de la convivencia humana.
Que el fenómeno se perciba en perspectiva metafísica, religiosa, epistemológica o sociológica, testimonia la amplitud del fenómeno.
Pero aquel debilitamiento corre parejo con la implantación de otro tipo de racionalidad, la técnico-instrumental, que, de proclamarse exenta de valoraciones y soberana en sus
ámbitos respectivos, avocaba a un tipo de humanidad plena de patologías, desequilibrios e injusticia.
Es éste, en el fondo, el entramado de ideas que utiliza Habermas en nuestros días para construir su proyecto de macrosociología, y en el que enfrenta dos tipos de sociedad: la inhumana resultante de los procesos de colonización y desacoplamiento producidos por la razón funcional y la ético-humanista urgida por la razón comunicativa y las exigencias de justicia.
La maraña de textos y que Habermas baraja, abruma por su erudición -alguien le ha comparado a un retablo barroco-sin que su exuberancia y frondosidad logren ocultar un esqueleto de ideas simple y reiterativo, cuyas intenciones básicas son a) poner patas arriba, imitando la estrategia seguida por Marx respecto a Hegel, a Max Weber, trastocando el concepto de acción social de éste desde el horizonte subjetivista weberiano al horizonte social de tradición marxiana.
La idea rectora no es otra que acuñar los valores y las normas a la medida de una ética social sustentada sobre las ideas de solidaridad, libertad y justicia.
Ésta, y no otra, ha sido la pauta sobre la que hemos querido leer el problema de la construcción del saber en Ecología y Bioética, apelando a pensadores, que, como H. Jonas, han pensado en profundidad el problema, desde una ontología de la naturaleza, sin duda cuestionable, pero no por ello menos seductora.
Una ciencia y una técnica ayunas de valores morales arriesgan un gran fracaso a pesar de sus éxitos en la sociedad del bienestar.
También la investigación científica puede morir de éxito.
Solamente la recuperación de los valores del mundo de la vida natural y social permitirán superar un sistema perverso de relaciones entre el hombre y la naturaleza y, con ello, posibilitar la pervivencia de la humanidad amenazada. |
En un contexto de profundos cambios sociales, económicos y políticos, la investigación científica y técnica ha evolucionado en sus reglas e instituciones para transitar desde una dinámica de autonomía a otra en la que intervienen un mayor número de actores.
Este tránsito ha conducido a nuevos conceptos como el de modo 2 de producción de conocimiento o modelos como el tecnocientífico.
De acuerdo con este cambio contextual, las cuestiones éticas han cambiado desde aproximaciones internas (intraética o deontología ) a orientaciones holísticas (interéticas ).
Surgen así nuevos retos éticos relacionados con la producción de conocimiento y su gestión para los que se propone una actuación ética basada en la responsabilidad que se proyecta sobre todos los actores, desde los que dirigen y ejecutan la investigación en el laboratorio, hasta los que intervienen en los procesos de evaluación de los resultados y en los de transferencia de conocimiento.
La referencia al caso de las ciencias de la vida, sirve como ejemplo de esta nueva situación de responsabilidad social con dimensiones éticas de gran alcance para la gestión del conocimiento.
Situación que reclama las aplicaciones de importantes relaciones éticas (interéticas ).
PALABRAS CLAVE: Producción de conocimiento, intraética, deontología, interéticas, nuevos modos, transferencia de conocimiento.
LA IMPORTANCIA DEL CONTEXTO
En este apartado introductorio se recogen aspectos tratados en una contribución anterior (Muñoz, 2007a).
Desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII, se ha asumido que la tecnología basada en el desarrollo científico y técnico conduce automáticamente al progreso y a la mejora de las condiciones de vida de los seres humanos en lo que se relaciona con su condición de colonizadores del planeta Tierra.
Estas ideas alcanzaron su máxima popularidad tras la Segunda Guerra Mundial en el imaginario del mundo occidental con la consagración del poder norteamericano como líder y ejemplo.
Estas circunstancias condujeron al reconocimiento del valor estratégico de la Ciencia que inició de este modo el disfrute de una relación extraordinariamente favorable con el Poder.
Sin embargo, el último tercio del siglo XX ha sido testigo de una serie de crisis de diversa índole (Barbour, 1993).
Al mismo tiempo se constata que muchos de los efectos perversos del uso tecnológico provienen de las operaciones habituales en la agricultura, la pesca, la industria que inciden negativamente sobre la sostenibilidad de los recursos y sobre la calidad del medio ya que contaminan el aire, el agua y la tierra.
Diariamente, estamos siendo advertidos a través de publicaciones de acreditada seriedad de los problemas que se nos vienen encima por el efecto depredador de los seres humanos (cambio climático, pérdida de recursos marinos, modi-
ficaciones en los registros de las enfermedades infecciosas y parasitarias) Estos importantes procesos de concienciación coinciden con dos grandes evoluciones: la social y la científicotécnica.
En el ámbito social transitamos desde una sociedad industrial hacia una sociedad de servicios; desde una sociedad articulada en parcelas hacia una sociedad globalizada, en la que paradójicamente lo local, lo próximo se hace cada vez más relevante.
Toda esta dinámica social afecta de modo evidente a los sistemas de producción y distribución de alimentos, cuestiones que agudizan las profundas diferencias económicas, políticas y culturales que existen en una sociedad que se califica como globalizada.
Esta segunda evolución no ha sido menos impresionante.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el avance científico técnico se produce de modo exponencial con un especial protagonismo en el campo de las llamadas tecnologías emergentes: las tecnologías de la información y las comunicaciones y las tecnologías basadas en las ciencias de la vida y las ciencias biomédicas.
Estos desarrollos no apaciguan las preocupaciones por el medio ambiente ni por otros bienes colectivos, subjetivamente de mayor importancia como son la salud y la educación, sino que los agudizan.
La progresiva constatación de la realidad del cambio climático que junto con la nítida reaparición del problema energético, plantean nuevos retos científico-técnicos y tecnológicos que deben transitar por terrenos menos convencionales y más difíciles de gestionar con arreglo a los patrones tradicionales ya que se basan en aproximaciones inter y multidisciplinares.
Este giro radical supone importantes cambios en las formas de analizar los mecanismos que conducen a la producción de conocimiento.
Se habla así de nuevos modos de la producción de conocimiento, se reflexiona acerca de los procesos de transferencia e intercambio de conocimiento, se plantean la eficacia y validez de los indicadores tradi-cionales, ya que aflora la importancia de factores como el capital humano, el capital social.
De ahí que se haga precisa la revisión de los modelos explicativos de la relación entre ciencia y tecnología (Nature Insights, 2001).
La confluencia e intersección de estas dos interesantes dinámicas evolutivas da origen a un profundo movimiento intelectual, social y político que empieza a cuestionarse las bondades del desarrollo científico y tecnológico por sus consecuencias a veces difícilmente previsibles.
Este complejo movimiento se articula en diferentes planos: político, social, intelectual y con una multiplicidad de actores, aunque curiosamente hay coincidencia en el origen temporal que se puede situar entre 1970 y 1980.
Es conveniente recordar que este movimiento guarda una interesante relación con la irrupción de los grandes accidentes tecnológicos, ya mencionados anteriormente, y que ponen de manifiesto la falibilidad de los seres humanos, al menos parcial y coyunturalmente, cuando se lanzan a empresas de superior alcance y que, por lo tanto, son la tecnología y el optimismo tecnológico los principales blancos de los objetivos críticos de los actores proponentes de estos movimientos.
No es tarea fácil ofrecer el panorama de todas las propuestas teóricas y prácticas suscitadas alrededor de la conveniencia de reflexionar acerca de las consecuencias del desarrollo científico y tecnológico, que es objeto en si mismo de un programa de investigación y muy probablemente de varias y diversas publicaciones.
Trataré de ofrecer, a título simplemente ilustrativo, algunos ejemplos o casos en los diferentes planos: a) Plano político -Creación de las Oficinas Parlamentarias de Evaluación de Tecnologías, iniciativa que comienza en los Estados Unidos y que continúa en diversos países europeos con suerte varia, aunque en general con poco éxito. -Generación y desarrollo de las Organizaciones no Gubernamentales (ONGs) con el objetivo de abordar la
LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA Y EL CONOCIMIENTO.
La investigación científica y técnica es una actividad reconocida como profesión que, precisamente en estos momentos en que se habla de que estamos en una sociedad del conocimiento, merece especial atención ya que se revela que la producción de conocimiento científico y técnico es un factor decisivo que hay que considerar como resultado de esa actividad del hombre para avanzar, indagar en el conocimiento de la naturaleza.
Ha sido tradicional la inmersión de las humanidades y las ciencias sociales en el proceso de desarrollo científico y técnico: sociología, economía, estadística, ciencia política, han tratado de comprender los procesos inherentes a la actividad investigadora, a la producción de conocimiento y a su gestión.
Son, sin embargo, la reflexión filosófica y el análisis histórico los instrumentos básicos para avanzar de forma más integrada en la comprensión de esos procesos.
En este sentido cabe citar la reflexión del brillante y malogrado sociólogo Esteban Medina.
En la presentación de su libro Conocimiento y sociología de la ciencia, publicado por el CIS (Medina, 1989) reconocía que la obsesión por la compartimentalización entre disciplinas, estrategias en la que prima el enfoque frente al objeto de estudio, y la defensa de los intereses corporativos en el ámbito académico, limitan la posibilidad de avanzar en los análisis de cuestiones complejas como es el caso de las ciencias y del conocimiento.
A este respecto, Medina invocaba la declaración de John Ziman (Ziman, 1968) quien se oponía a la distinción entre diferentes conceptos de la ciencia: la ciencia como cuerpo de conocimiento, la ciencia como lo que hacen los científicos, la ciencia como institución social.
Ziman proponía que "antes de que se pueda distinguir separadamente la dimensión filosófica, psicológica o sociológica de la ciencia, se debe de alguna manera haber tenido éxito en caracterizarla como un todo".
Esta propuesta se orienta a afirmar que no se puede entender adecuadamente la estructura cognitiva de la ciencia independientemente de su estructura institucional y social.
Esta aproximación es en la que me he situado a lo largo de las dos últimas décadas en las que, desde una visión defensa de los bienes comunes y con el afán de llegar a ser contrapoderes. -Revisión del papel de las instituciones internacionales; en particular las que se desenvuelven bajo el amparo de Naciones Unidas: UNESCO, FAO, OMS.
b) Plano social e intelectual
Estos dos planos se complementan y retroalimentan ya que las humanidades y las ciencias sociales se convierten en el altavoz de las preocupaciones tanto académicas como ciudadanas.
De hecho, el modelo cibernético con el que se conectan estos dos planos se proyecta hasta el primer plano con el establecimiento de los procesos normativos de los que se ha dotado el mundo desarrollado.
Entre los ejemplos más notorios a nuestro alcance cabe mencionar:
-El posmodernismo y sus objeciones al imperativo tecnológico, con las consecuencias de valorar y contraponer las moralidades privadas con los riesgos públicos con autores como Max Black, Jacques Ellul, Ulrich Beck (véase Bauman, 1993, en su capítulo 7 para una visión panorámica de esta cuestión). -La aparición en el ámbito filosófico y sociológico de las corrientes de análisis y evaluación de tecnologías que surge en los Países Bajos y que deriva en los estudios sobre las relaciones entre Ciencia, Tecnología y Sociedad o movimiento CTS, que alcanza una notable proyección en educación para una ciudadanía adaptada a su tiempo, así como en la investigación y reflexión filosófica sobre el sentido de la ciencia y la tecnología en la sociedad actual.
Es preciso señalar que todo este proceso no ha estado exento de un continuo debate. -Introducción de los conceptos de sociedad de la información y sociedad del conocimiento, que se encuentran todavía en una situación difusa, cuya definición y delimitación requiere esfuerzos de análisis y reflexión. -Preocupación por la democratización de las ciencias y las tecnologías, articulada alrededor de los movimientos, esencialmente anglosajones, del "public understanding of science" y del "scientific literacy".
Estos procesos han permitido desarrollar estudios sobre la percepción social sobre diversos aspectos de la ciencia y la tecnología, incluyendo los estudios sobre las actitudes ante las nuevas tecnologías o tecnologías emergentes.
evolucionista, he tratado de analizar el desarrollo científico y tecnológico en España, buscando siempre la referencia comparada a los procesos experimentados en los países avanzados, y tratando al mismo tiempo de cotejar la dinámica de esos procesos con las iniciativas políticas que los han hecho posibles o, por el contrario, los han dificultado como resultado de un efecto "boomerang", es decir, consecuencias no deseables de unas medidas o instrumentos aplicados y utilizados sin una base cognitiva sólida.
Consideraciones sobre la naturaleza de la ciencia y de su producto
A lo largo de estos trabajos he entrado en relación con los problemas éticos que derivan de las dificultades que entraña una actividad que combina su propia dinámica con reglas y patrones de actuación establecidos por la comunidad científica con la constatación de la creciente influencia que sobre la misma ejercen el contexto social, político y económico.
Aunque no haya sido la razón fundamental de la colusión entre mis investigaciones y reflexiones acerca del desarrollo de la actividad científica y técnica y el ámbito ético, esta constatación ha reforzado mi convencimiento de que la única aproximación al problema es la holística en la línea de lo que la cita anterior de Ziman señalaba.
Me parece imprescindible apuntar que en un interesante proceso de "convergencia desplazada", tanto desde el punto de vista epistemológico como desde el plano temporal, he encontrado, en una relectura reflexiva y reciente de la obra de Medina, sólidas bases para aportar justificación teórica a mi aproximación empírica al análisis prospectivo de la investigación científica, de sus criterios y pautas, de sus condicionantes y de sus consecuencias.
Este proceso convergente me ha conducido a otras dos constataciones que estimo esenciales para una propuesta de análisis ético de la actividad científica y técnica.
Por un lado, hay que señalar la inadecuación de mantener la separación entre filosofía y sociología de la ciencia.
Para ello me parece pertinente traer a colación las declaraciones del citado autor en la presentación de su libro: "Que el estructural funcionalismo haya constituido hasta muy recientemente el paradigma fundamental de la sociología, y que la sociología de la ciencia haya nacido precisamente en su seno, no ha hecho sino marcar poderosamente y delimitar de modo riguroso las atribuciones y campos de competencia de tal sociología, la aspiración a la racionalidad positiva".
En esta posición se han situado muy gustosamente los seguidores del ethos mertoniano y sólo tendencias actuales de sociólogos de la ciencia para posicionarse en otros paradigmas parecen ayudar a romper esta tradición.
La vieja sociología de la ciencia ha asumido que la conducta de los miembros de un grupo está determinada por las normas y valores a los que el científico o el grupo se adhieren, es decir, el campo de competencia de la comunidad científica a través de: la "estructura social de la ciencia" (Merton, 1977), "la ciencia como sistema social" (Storer, 1966); el "papel del científico en la sociedad" (Ben David, 1974) o la "dimensión social de la ciencia" (Ziman, 1968).
Esta visión hegemónica sobre la que se desarrolló la sociología de la ciencia hasta el último tercio del siglo XX no parece sostenible para explorar sus condicionamientos éticos a la luz del desarrollo científico y técnico de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo en el ámbito de la biología y la biomedicina.
Por otro lado, en el plano epistemológico el positivismo ha ejercido, a partir de la segunda mitad del siglo XX, una posición preeminente con críticas al racionalismo de Descartes, Espinoza y Leibniz y excluyendo una posible integración o convergencia con la sociología a pesar de que ésta buscó una clara identificación con el positivismo.
La búsqueda de una racionalidad negociada
En el marco de una programa amplio sobre ciencia, tecnología y sociedad en el que se engrana un programa de investigación sobre "filosofía de la política científica", he tratado de comprender la dinámica de la producción de conocimiento, los condicionantes que configuran ese proceso y los factores que intervienen en su gestión.
Para ello, como ya se anticipaba, he seguido una aproximación holística combinando enfoques, métodos y estrategias de un conjunto de las consideradas tradicionales disciplinas como la historia, la filosofía, la sociología, la ciencia política e incluso la economía.
El objeto esencial de ese programa de investigación ha sido analizar el discurso que penetra el fomento y la producción del conocimiento científico para cotejarlo con las acciones y sus resultados, es decir tratar de identificar y caracterizar los estímulos, principios y normas que operan, impelen y regulan la producción de conocimiento científico y técnico.
En el curso de esta trayectoria intelectual se han identificado quiebras en el discurso relacionado con la promoción y la ejecución de la actividad científica, se han hecho esfuerzos para caracterizar conceptos básicos; se han revisado críticamente los modelos que, desde la economía de la innovación, han tratado de explicar las relaciones entre conocimientos científicos, tecnologías e innovaciones y se ha analizado la emergencia (o reaparición) de conceptos como los de gobernanza de la ciencia y la tecnología, o los espacios de conocimientos (Muñoz, 2005(Muñoz,, 2007b)).
Convergencia con la nueva sociología del conocimiento
Volviendo a retomar la convergencia que debe darse entre filosofía y sociología de la ciencia a tenor de lo que vamos averiguando acerca de la producción y transferencia de conocimiento en un nuevo contexto social y político como el que vivimos -sociedad globalizada, sociedad de la información y del conocimiento, relevancia del capital social, análisis de los espacios de interacción entre actores diversos y diferentes niveles estratégicos-parece lógico mencionar algunas de las perspectivas planteadas por E. Medina en el libro repetidamente citado.
Señala el autor que una epistemología que trate de superar el positivismo y sus herederos debe restituir la razón, incorporar los valores (es decir, los intereses humanos), y establecer la verdad como resultado de la acción social práctico-racional orientada por los intereses humanos.
La investigación y el desarrollo (tecnológico) de ciertos aspectos que tienen que ver con la naturaleza, cuyas consecuencias pueden ser desfavorables o incluso destructivas para la humanidad, constituye en este contexto socio-político que he delineado una realidad que no se puede eludir.
Pero en palabras de Medina "el problema no es negar la racionalidad instrumental, ni su autonomía ni eficacia para lidiar con la relación hombre-naturaleza sino establecer los campos de acción a dicha racionalidad social y práctica orientada a la defensa de los intereses humanos".
En este contexto, complejo, difícil de poder ser desarrollado -participación de todos los seres humanos en el debate para reducir al mínimo la irracionalidad y la manipulación por parte de los grupos de interés-es donde tiene sentido plantear un programa de análisis y desarrollo (social-práctico) de ética de la investigación científica y técnica.
Nuestra propuesta se ajusta al siguiente esquema:
Investigación científica y técnica: definición y gestión
La investigación científica y técnica es una actividad orientada a la producción de conocimiento científico y técnico sobre la base de hipótesis/teorías que se someten a contrastación, o dirigida a la obtención de datos a partir de experimentos que deben ser objeto de riguroso control y contraste, y que pueden conducir a su vez a la elaboración de otras teorías.
Los productos de la investigación científica y técnica son, sobre todo, el conocimiento científico y técnico, con algunos corolarios como métodos, técnicas o equipos, que están sujetos a procesos de retroalimentación, ya que sirven para la generación de nuevos datos, para la contrastación de la hipótesis/teoría de partida, o para formular nuevas hipótesis/teorías.
La gestión del conocimiento comprende una serie de actividades y procesos que han ido evolucionando tanto para emerger como para influir.
Entre estos procesos están:
1) La diseminación: circulación del conocimiento entre la propia comunidad experta.
Para cumplir con esta función se ajusta a reglas e instrumentos operativos y analíticos.
Las reglas son propias, internas; los instrumentos son: las publicaciones, los congresos, las conferencias; mientras que entre las disciplinas para el análisis cabe mencionar: la sociología y la filosofía de la ciencia, la filosofía de la tecnología y las políticas de, para y por la ciencia (Muñoz y Sebastián, 2007).
Por otro lado, los criterios de valoración son: validación por otros, reconocimiento experto y ética, deontología como requisito (intraética)
2) La transferencia del conocimiento para su aplicación y con ella intentar contribuir al desarrollo productivo, prestando atención en lo posible a las dimensiones sociales y políticas que conlleva.
Obedece a reglas y recurre a diversas fuentes analíticas y criterios que se recogen a continuación:
CAMBIO DE MODELOS Y CONTEXTOS
El desarrollo del conocimiento científico y técnico en estrecha vinculación como producto de la investigación guarda a su vez una más directa relación con la participación social.
Ésta es una de las señas de identidad de lo que se ha dado en llamar "nuevo modo de producción del conocimiento" (modelo 2 según la terminología de Gibbons y colaboradores, 1994).
Estos cambios han determinado asimismo la creciente importancia de los normativos y regulatorios que acompañan al desarrollo de la investigación científica y técnica.
Surge así la llamada ciencia postnormal o regulatoría ligada a nuevas dimensiones de la actividad experta.
Entre otros aspectos hay que destacar la relevancia que adquiere la ética y de modo especial la ética aplicada..
La ética aplicada es un producto de las relaciones entre los seres humanos y de éstos con otros seres vivos y los sistemas en que se desarrollan para adecuar sus actividades y comportamientos al respeto de los derechos de la mayoría.
Cabe por lo tanto concluir que la práctica ética es una actividad social que integra por lo tanto el capital social.
Su ejercicio guarda asimismo importantes conexiones con la existencia de jerarquías: quienes disponen de mayor nivel de conocimiento (expertos), de poder (políticos, empresarios), o de influenciar (los que toman las decisiones) deben actuar de acuerdo con patrones éticos.
Otra aproximación a estas nuevas formar de producir y gestionar el conocimiento científico y técnico con el ejercicio de la investigación científica es la que ha propuesto y desarrollado Javier Echeverría a través del concepto de "tecnociencia" (Echeverría, 2002(Echeverría,, 2003)).
LA ÉTICA EN LA INVESTIGACIÓN: SU COMPLEJIDAD
La investigación es una actividad o profesión que requiere elevados niveles de pericia y que en el contexto de una sociedad altamente tecnologizada y globalizada adquiere grados crecientes de relevancia.
Tradicionalmente, la investigación científica ha guiado sus pasos de acuerdo con una ética interna (que llamo intraética y que se puede asociar estrechamente con la deontología).
Merton (1977) estudió y marcó los principios de esta actividad basada en la libertad, la independencia o autonomía y el altruismo.
La asunción y práctica de estos principios se han venido haciendo más complejas a la luz de las importantes transformaciones socio-políticas que vienen ocurriendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, proceso en el que seguimos inmersos en este siglo.
Nos encontramos ante nuevos contextos caracterizados por importantes cambios que son determinantes en los procesos de evolución social y evolución política, todos los cuales han repercutido y repercuten en la evolución de la actividad científica respecto a los modos de producción y gestión del conocimiento, así como en su relación con las políticas, dinámica que ha dado lugar a la emergencia (o reaparición) de conceptos como los de "gobernanza" y "espacios", aplicados a la política científica y tecnológica (Muñoz, 2005).
LOS DESAFÍOS ÉTICOS EN LA PRODUCCIÓN DE CONOCIMIENTO
Planteado el conflicto generado por el tránsito entre la actividad científica gobernada por el ethos mertoniano a una situación en la que la ciencia y su práctica están conectadas al poder por sus implicaciones en la consecución del desarrollo económico y social, vamos a focalizar nuestra atención en este encuentro en una serie de desafíos atinentes a la generación del conocimiento científico y técnico, que se establecen a lo largo de todos los procesos e implican a los sectores envueltos en su generación.
Estos retos afectan a la producción en el laboratorio, a la diseminación de los resultados entre la comunidad experta, a la difusión a otros agentes (socioeconómicos, políticos) interesados en los potenciales beneficios económicos y sociales que se puedan derivar de la aplicación de los avances obtenidos; y, por último, pero no menos importante a tenor de lo que apuntábamos en la introducción, a la difusión hacia la sociedad como usuaria final de esos avances y los productos derivados, así como de los eventuales problemas y riesgos asociados.
Existe además un conjunto de problemas éticos específicos que surgen de los nuevos modos de producción de conocimiento que conviene señalar antes de entrar en el análisis de los problemas éticos específicos en cada una de las etapas de producción de conocimientos y que han llevado a aumentar el reconocimiento de la importancia y necesidad de comportarse de acuerdo con prácticas éticas.
-Búsqueda desordenada de la competencia (la excelencia como meta pero a ¿qué precio?) -Los errores científicos (retractación o retirada de artículos publicados) -Los fraudes científicos -La "impactolatría" (adoración por el impacto de las publicaciones científicas) como fuente de problemas tanto en las estrategias para publicar como en los procesos de revisión de los trabajos (las actuaciones de los pares en el sistema conocido como "peer review") -Conflictos de intereses en la práctica científica (conocimiento prohibido, conocimiento como mercancía).
PROPUESTA DE ACTUACIÓN BASADA EN LA RESPONSABILIDAD
Se propone una actuación ética que debe penetrar en todos los elementos del proceso de producción del conocimiento y que descansa en la responsabilidad, trasciende de las éticas principialistas (asociadas a los deontologías o deontologismo) y consecuencialistas (utilitaristas, más propias de situaciones y hechos determinados, representadas por el análisis caso por caso) o de la práctica de profesiones que se guían por éticas internas.
RESPONSABILIDAD EN EL LABORATORIO
a) Para los ejecutores de investigación 1) Producir resultados contrastados y reproducibles-Fiabilidad de la investigación realizada.
2) Asumir el compromiso de la máxima transparencia en los cuadernos de laboratorio (seguimiento de los protocolos y los resultados).
3) Controlar los resultados y asegurar que su explotación permanece en los confines de de la institución en la que se ejecuta la investigación y bajo el control de quien la financia.
4) Reconocer la inexistencia de intereses ajenos a la institución y al laboratorio, o bien si tales intereses existen o pudieran existir, dejar claramente expuesta la situación de potencial conflicto de intereses.
b) Para los directores de la investigación
1) Dirigir con seriedad y rigor controlando las actividades y los resultados del personal que trabaja en el laboratorio.
2) Atribuir los méritos de cada uno de los integrantes del grupo de modo adecuado sin minusvalorar ni sobrevalorar los resultados obtenidos por los componentes del mismo.
3) Actuar con generosidad y justicia al presentar los resultados del laboratorio.
1) Actuar con mentalidad abierta, estando dispuestos a aceptar trabajos rompedores, innovadores.
2) Alcanzar la capacidad de separar los logros presentados por otros de los logros e intereses científicos personales 3) Superar por quienes son escogidos como jueces por su veteranía o acreditada autoridad, los sesgos del lugar de origen de la publicación y falta de experiencia de los autores, sin que ello suponga predisposición en su contra.
4) Asumir la renuncia a juzgar un trabajo cuando se reconozca que existen conflictos de interés o la incapacidad para superar prejuicios frente a los autores o a la temática del trabajo que está en discusión.
RESPONSABILIDAD EN LOS PROCESOS DE DIFUSIÓN Y DIVULGACIÓN (TRANSFERENCIA DE CONOCIMIENTOS)
a) Para los que transmiten (investigadores, expertos)
1) Presentar los datos/hechos científicos como lo que son ("verdades evolutivas"); no hay dogmas ni verdades absolutas) 2) Evitar las hipérboles/huir de una publicidad excesiva.
3) Transmitir los procesos de la investigación, no centrarse sólo en los resultados.
b) Para los intermediarios
1) Comprender la naturaleza de la ciencia 2) Abandonar la idea de que la ciencia hace milagros 3) Procurar conocer y comprender los procesos que hay detrás de la investigación científica y técnica.
4) Buscar las fuentes apropiadas/contrastar opiniones.
-Establecer Oficinas de Seguimiento de la Integridad en la práctica de la Investigación (OSII) de modo análogo a las ORI de su nombre en inglés. -Desarrollar un gran debate acerca del sistema de evaluación que conduzca a nuevas propuestas para su puesta o en práctica y sobre todo para valorar sus resultados. -Aplicar formas de gobernanza con participaciones de los diferentes actores en la gestión y valoración de la producción de conocimiento. -Expandir el espacio de investigación para hacer accesible su modo de funcionamiento y sus estrategias a la ciudadanía no experta. -Comportarse con prudencia en todos los niveles de actuación dentro del espacio de investigación.
EL CASO DE LAS CIENCIAS DE LA VIDA
Las ciencias biológicas o biociencias, tanto en el ámbito de la investigación básica como en el de sus aplicaciones: biomedicina, biotecnología, biología de sistemas, son el reflejo más claro de la compleja situación que acabamos de dibujar en lo que respecta a la práctica de la investigación de acuerdo con la ética de la responsabilidad.
Entre las razones para que ello sea así, cabe mencionar las siguientes:
-Son las ciencias que se encuentran en el auge del avance científico y tecnológico y de sus posibles consecuencias para bienes tan apreciados, en una feliz combinación de los intereses colectivos con los individuales, como son la salud, el medio ambiente, la alimentación, y en conceptos con amplia resonancia social, aunque no sean fácilmente comprendidos como la sostenibilidad, el cambio global, la biodiversidad.
Se repite insistentemente que el siglo XXI es, será, el siglo de la biología. -Inciden de modo directo en la comprensión de los procesos vitales así como en su potencial alteración.
Su directo entronque con los problemas de la vida suscitan esperanzas y temores. -No son ciencias exactas por lo que las controversias científicas son frecuentes y plausibles, mucho más que en otros dominios de las ciencias experimentales. -Muchos de sus resultados atraen la atención mediática aunque el tratamiento en los medios de comunicación no se lleva a cabo con el rigor, la seriedad y la imparcialidad que debería. -Algunas de las potenciales aplicaciones de los avances y logros científicos entran en colisión con el terreno de la fe y las creencias. -Muchos de los avances en biología necesitan o surgen a partir de grandes avances técnicos lo que añade nuevas perplejidades al imaginario colectivo.
Hay un sorprendente, no siempre fácil de comprender, maridaje entre biociencias e ingeniería.
Las puertas de la ciencia ficción se abren de par en par ante los responsables de la difusión y divulgación de los avances científicos (periodistas y comunicadores) para elaborar discursos no siempre sustentados en la realidad o racionalidad científico-técnica.
Para el caso de la dinámica de la ética en la gestión del conocimiento producido por la actividad de la investigación científica y técnica no se puede hablar de una ética, sino de éticas en plural que responden a la pluralidad de los sujetos, lo que convierte cualquier relación con un tema, un objeto, en una relación social: los programas de investigación, los discursos científicos y su construcción, el reconocimiento de la validez de los principios y de las creencias son producto de la interacción entre los distintos tipos de actores, en suma, entre los hombres.
De ahí que tenga pleno sentido el término de "interéticas" -contrapuesto al de "intraética" que correspondería al ámbito de la deontología profesional-y que acuñamos hace unos años quizá intuitivamente, pero que ahora sostengo con mayor carga argumental. |
Bioética y fronteras de la vida.
Naturalmente, siempre habrá fronteras, pero las fronteras deben servir para superarlas, convertirse en lugares de paso.
Y si muchas fronteras se convierten en puertas, entonces, con los valores de justicia y tolerancia que haremos pasar a través de ellas, tal vez lleguemos a una colectividad de las sociedades humanas que pueda ponerse de acuerdo sobre lo que es importante hacer
Los avances científicos y tecnológicos en el campo de las ciencias de la vida no solo han incrementado la capacidad humana para conocer el ambiente natural, sino que también han desarrollado su poder para transformarlo.
La envergadura de los cambios acontecidos es tal que afecta a nuestra forma de entender la naturaleza de lo vivo.
Así, el significado de ciertas categorías biológicas, tradicionalmente poco problemáticas, se ve ahora puesto en cuestión, alterado y sometido al examen de la ciencia y de las humanidades.
Si la ciencia ha permitido el descubrimiento de formas de vida anteriormente insospechadas, la biotecnología ha dado lugar a la creación de nuevas realidades biológicas.
Los descubrimientos en genética, por ejemplo, ponen de manifiesto que el ser humano comparte con el chimpancé el 98% de su código genético.
¿Cómo explicar en términos científicos la disociación tajante entre los reinos animal y humano en los casos en que la ciencia sugiere que lo que une a ambos es más que lo que los separa?
El incremento del poder tecnológico genera nuevos fenómenos fronterizos, como los ciborgs, que desafían la dicotomía clásica entre lo humano y la máquina; la biología sintética, que cuestiona la distinción entre natural y artificial; o la muerte cerebral, que pone en tela de juicio el carácter dicotómico de la distinción tradicional entre la vida y la muerte.
La existencia de nuevas entidades que no se encuentran claramente a ninguno de los lados de la línea que marca una frontera, sino en la frontera misma, evidencia el carácter simplificador de las categorías al uso y su limitado alcance para dar cuenta de la gradualidad y matices que caracterizan esas nuevas expresiones de vida.
Otro ejemplo de esto último lo constituyen los embriones y las personas intersexuales.
Cualquiera de los fenómenos citados muestra con elocuencia que la naturaleza se comporta sin saltos cualitativos abruptos, y que somos los humanos quienes, por intereses prácticos —derivados muchas veces de la necesidad de manejar la complejidad— optamos por establecer líneas divisorias discretas donde, en realidad, no las hay.
Reconocer que el lenguaje común —dicotómico— es excesivamente simplificador no conduce necesariamente a la conclusión de que es preciso dinamitar el status quo epistemológico de nuestras categorías, pues, de forma general, siguen siendo funcionales.
Con todo, y por excepcionales que sean, los fenómenos fronterizos contienen un enorme poder teórico y heurístico al evidenciar los límites del lenguaje ordinario y sugerir la oportunidad de matizarlo o ampliarlo.
La expansión de los límites previos del conocimiento y el desarrollo biotecnológico exigen una profunda reflexión sobre estas nuevas configuraciones de las fronteras de la naturaleza y del artificio humano.
Pero también constituye una oportunidad para mirar hacia dentro, hacia los mecanismos que orientan el discurso humano a diferenciar categorías, establecer clasificaciones, y delinear fronteras terminológicas.
Este trabajo parte de la hipótesis de que la configuración de las fronteras relacionadas con la vida se ve influida por consideraciones de tipo normativo que, por su propia naturaleza, son inestables y provisionales.
El carácter cada vez más borroso de ciertas categorías clásicas en biología, así como la aparición de nuevas realidades fronterizas afecta al fundamento de una serie de distinciones normativas (morales, jurídicas) de justificación presumiblemente naturalista, pero trazadas sobre la base del supuesto carácter dicotómico de esos fenómenos: salud/enfermedad, mujer/hombre, humano/máquina, vida/muerte.
El hecho de que el pensamiento jurídico se haya basado en una visión dicotómica y no gradualista de la sexualidad, por ejemplo, explica que toda persona intersexual sea necesariamente considerada por la ley como mujer o como hombre.
La asunción de este pensamiento binario da cuenta de por qué los gorilas o los chimpancés —a pesar de poder realizar tareas típicamente humanas y compartir con nosotros muchas capacidades— no suelen ser objeto de consideración moral.
La posibilidad de crear quimeras y ciborgs, ¿acaso no desafía también el actual paradigma normativo?
El cuestionamiento de esta visión dicotómica de los fenómenos biológicos y de sus implicaciones normativas, a pesar de no ser nuevo, ha tomado un nuevo impulso en las últimas décadas a raíz del surgimiento y del interés creciente generado por la bioética.
La bioética tiene por vocación comprender y anticipar los problemas morales que surgen a raíz de los progresos biotecnológicos.
Problemas que son tanto de tipo teórico como práctico.
Por un lado, la redefinición de las fronteras en biología exige replantear algunos presupuestos teóricos (epistemológicos, morales) como la dicotomía entre hechos y valores o la neutralidad axiológica de la ciencia.
La línea que separa a la vida de la muerte o a la salud de la enfermedad, ¿se descubre o se construye?
Por otro lado, las entidades fronterizas son reales y sus casos exigen respuestas concretas.
¿Qué tratamiento se debe dar a los individuos en muerte cerebral?
Los dos volúmenes en que se divide este monográfico de Arbor titulado Bioética y fronteras de la vida tratan, respectivamente, las cuestiones teóricas y las aplicadas.
En este primer volumen —Desde la teoría— se analiza el modo en que se constituyen las categorías biojurídicas y se demarcan fronteras biológicas.
Los capítulos que lo componen estudian el origen psicológico y el fundamento filosófico y legal de las fronteras conceptuales relativas a la vida.
Describen, además, la función que desempeñan estas categorías en las sociedades modernas.
En el artículo que lo abre, "Los cinco sexos: o cómo establecemos fronteras categoriales en un mundo difuso y continuo", Antoni Gomila aborda, desde la filosofía analítica, la cuestión epistemológica central que inspira este volumen.
José María García Gómez-Heras ofrece una caracterización de la bioética como un saber de frontera, en la que la vocación de pensar un futuro más justo y bueno configura el carácter tentativo de su reflexión sobre la actividad técnica del ser humano ("Frontera.
Una categoría del pensamiento al borde del tiempo").
Mar Cabezas ("Juicios morales y fronteras biológicas: más allá de la frontera razón/emoción") analiza la relación entre fronteras biológicas, juicios morales y emociones, y argumenta a favor de las conexiones entre razón y emoción con el fin de mostrar los posibles beneficios de reemplazar el modelo dualista por uno relacional.
Txetxu Ausín, desde la lógica jurídica, sienta las bases sobre las que se podría aplicar una lógica gradualista a los asuntos bioéticos ("Gradualismo y ficciones legales.
Un enfoque lógico-gradualista para la bioética").
Luciano Espinosa ofrece una lúcida panorámica del contexto sociopolítico actual y muestra cómo, más que nunca, las condiciones de vida de las personas se determinan por medio de estrategias biopolíticas ("Biopolítica: Naturaleza como fuente de normatividad y poder").
Por último, Luis Balsebre relaciona los cambios sociales de la llamada posmodernidad —en particular, el carácter cada vez más borroso de las fronteras sociales— con la aparición y evolución de ciertas patologías mentales.
Este conjunto de artículos pretende ofrecer una reflexión plural e interdisciplinar sobre el fenómeno de las fronteras biológicas, el modo en que se conceptualizan, y sus implicaciones en las sociedades contemporáneas.
El propósito es identificar los problemas en juego y ayudar a deliberar sobre ellos.
Como interrogación sobre el fundamento de ciertas categorías asumidas acríticamente por la tradición, este volumen constituye una invitación a tomar conciencia del carácter provisional de los conceptos y una oportunidad para actualizar el pensamiento en su constante tentativa de dar cuenta de la complejidad y matices de la vida, el artificio humano, y la progresiva integración orgánica de ambos.1
David Rodríguez-Arias, Mar Cabezas Hernández, y Carmen Velayos Castelo |
Los cinco sexos, o cómo establecemos fronteras categoriales moralmente relevantes en un mundo difuso y continuo
Generalmente se considera que el realismo moral exige un mundo bien determinado, para que las valoraciones también puedan estarlo.
Desde este punto de vista, los dilemas morales genuinos, donde no pueda establecerse la opción moralmente correcta porque haya razones igualmente poderosas para ambas alternativas, constituyen un desafío al realismo moral.
En este trabajo argumento en contra de este tipo de ataque al realismo moral.
Partiendo del carácter continuo y gradual de los criterios constitutivos de nuestros conceptos, muestro cómo cabe esperar precisamente casos límite, en los que aparentemente está indeterminada la verdad.
Que existan fronteras conceptuales borrosas no significa que no puedan ser cruzadas (que no sean útiles, que no capten diferencias o aspectos relevantes desde el punto de vista de la estructura causal de la realidad y su inteligibilidad), al contrario: sirven para establecer diferencias moralmente relevantes.
De hecho, la posibilidad de una comunidad con prácticas conceptuales compartidas depende de la existencia de los casos paradigmáticos, prototípicos, centrales, de ejemplificación de un concepto, y de valoración moral.
BIOÉTICA: PROBLEMAS DE FRONTERAS
Al dedicar este volumen a una discusión sobre las fronteras biológicas y los límites legales, sus promotores han focalizado nuestra atención en una cuestión fundamental a la que se enfrenta la Bioética: el de la justificación de las propuestas normativas que se plantean en un determinado ámbito.
Un modo de justificarlas, a primera vista natural, consistiría en basarlas en distinciones propiamente biológicas, o en general, naturalistas: cosas diferentes deben ser tratadas —juzgadas— de modo distinto.
Un modo de enfrentarse a este tema, por tanto, consiste en plantear si las decisiones normativas deben basarse única o exclusivamente en consideraciones naturalistas (acerca de cómo son las cosas), o bien si hay otras fuentes de normatividad que deban ser tenidas en cuenta (religiosas o trascendentales, por ejemplo).
Una segunda aproximación posible consiste en plantear si, dadas o reconocidas ciertas diferencias naturales, tales diferencias tienen relevancia moral o normativa en general, puesto que claramente no todas las diferencias "fácticas" tienen relevancia normativa.
Así, por ejemplo, actualmente rechazamos que de las diferencias entre hombres y mujeres, diferencias étnicas o ideológicas, se sigan diferencias en derechos o en estatus legal (y mucho menos del color del pelo, o del número de pie).
Es desde este punto de vista que surge la vieja advertencia humeana de la diferencia lógica entre el ámbito descriptivo y el normativo, y la necesidad de no derivar un "debe" de un "es" alegremente.
Aunque se ha sostenido, y suele darse por supuesto que ese salto es siempre lógicamente incorrecto (la llamada "falacia naturalista"), la advertencia de Hume no iba tan lejos, y solo alertaba del salto lógico y reclamaba explicitar la justificación de tal salto, si tal cosa es posible; hay quien cree que sí es posible tal justificación: derivar un "debe" de un "es" puede verse como un entimema, un argumento donde la premisa normativa, que establece la relevancia normativa de esa diferencia natural, está implícita.
La derivación es falaz, por tanto, solamente si esa premisa implícita no puede ser explicitada y justificada (Rabossi, 2002).
En el caso de la justificación del aborto, por ejemplo, se puede defender que el aborto está permitido en las primeras semanas de gestación (conclusión deóntica) a partir de la constatación fáctica de que no se ha constituido todavía una persona, en el supuesto implícito de que las restricciones normativas se aplican solo a las personas y no a los blastocitos.
O el rechazo a las corridas de toros (debe) por el dolor que experimentan estos mamíferos en el curso de ese espectáculo (es), presupone la premisa de que está mal causar dolor para divertirse.
La derivación normativa puede justificarse si justificamos en primer lugar la premisa normativa implícita.
Nótese que en estos casos puede ser objeto de discusión tanto la consideración descriptiva, como la premisa normativa que justifica la inferencia normativa.
En efecto, se puede discutir si realmente los toros pueden experimentar dolor; por ejemplo, a través de una caracterización muy restrictiva e intelectualizada de la capacidad de sentir dolor, que pueda dejar fuera de su extensión a todos los animales (a costa de dejar fuera también a algunos humanos), estrategia que sigue, por ejemplo, Carruthers (2005).
O bien se puede discutir si ciertamente está mal causar dolor para divertirse, o si puede estar justificado cuando esa diversión tiene un carácter ritual, por ejemplo.
En cualquier caso, quisiera advertir a quienes suelen aceptar como axiomática la falacia naturalista que deberían, para ser coherentes, eliminar las consideraciones de hecho (por ejemplo, sobre si los animales pueden o no sentir dolor) en su reflexión moral, y asumir, al modo de Moore, la existencia de una facultad de "intuición" como origen del conocimiento moral.
Pero la propuesta de este volumen puede verse también desde el punto de vista más preciso y concreto: aun aceptando una posición naturalista y realista sobre las normas, se plantea la dificultad de que las fronteras "naturales" pueden resultar insuficientes para establecer diferencias normativas, por la posibilidad —meramente hipotética, quizá, o derivada de las nuevas capacidades técnicas en el campo de la biomedicina— de encontrarse con casos límite, casos cuya mera descripción no resulta obvia, y que, por ende, resulta todavía menos clara su calificación normativa.
Este es, al menos, el problema que trataré de afrontar en este trabajo, a partir del reconocimiento del fenómeno de la borrosidad y tipicidad de nuestros conceptos.
Es decir, trataré de situar el fenómeno de los casos límite, que nos piden considerar los editores, como un caso particular del fenómeno general de la vaguedad e indeterminación de las condiciones de uso de nuestros conceptos.
Según trataré de mostrar, este aspecto de nuestras capacidades cognitivas no puede atribuirse exclusivamente a la falta de precisión de nuestro sistema conceptual "de sentido común" (frente a la esperable precisión del conocimiento científico, por ejemplo), o a una limitación de nuestro lenguaje (su falta de precisión, reformable con ayuda de la lógica, por ejemplo), sino que tiene que ver también con el carácter dinámico y continuo de nuestro mundo.
Tras describir la naturaleza de los casos límite y su relevancia normativa (sección 2), e ilustrar el modo habitual de enfrentarse a tales casos con el ejemplo del sexo, como un intento paradigmático de evitar tal borrosidad (sección 3), ofreceré una breve presentación del fenómeno de la borrosidad conceptual y la indeterminación semántica en el marco de las ciencias cognitivas contemporáneas (sección 4).
Situaré a continuación, y trataré de ilustrar, en la siguiente sección, las fuentes de la indeterminación semántica en el caso de los conceptos morales, y discutiré su relevancia respecto a la cuestión del realismo moral (sección 5).
Por supuesto, al señalar la ubicuidad de la borrosidad conceptual y la indeterminación semántica no pretendo cambiar el modo en que se desarrolla la Bioética (tratando de perfilar las fronteras biológicas relevantes y determinar los límites normativos válidos), sino más bien calmar cierta ansiedad metafísica: la que alienta tras el supuesto, compartido tanto por los realistas deterministas como por los anti-realistas, de que solo cabe hablar de realismo (moral) en un mundo perfectamente determinado y definido.
BORROSIDAD, CASOS LÍMITE Y DILEMAS MORALES
La existencia de casos límite, de casos borrosos, donde no es fácil establecer cuándo deja de ser aplicable un concepto y cuándo se ejemplifica mejor otro, o en que una misma situación puede ser conceptualizada de modos distintos, no es exclusiva del ámbito moral, sino que es una característica general de nuestro sistema semántico-cognitivo (Kamp & Partee, 1995).
Si bien tradicionalmente este problema se reconoció solamente en relación con los predicados unidimensionales, como calvo o alto, que remiten a propiedades que varían de manera continua (pelo a pelo, centímetro a centímetro), pero para los que no es posible determinar el punto exacto de transición (cuándo uno empieza a ser calvo, o a partir de qué altura alguien es alto), actualmente se da por supuesto que todos nuestros predicados presentan una estructura gradual (una aplicación de más a menos, un gradiente de tipicidad) que se convierte en borrosidad cuando nos acercamos a los límites de la clase de referencia.
La idea, para ser más precisos, no es que haya predicados borrosos, sino casos para los que puede no ser claro, o determinado, si satisfacen o no un predicado dado.
No es que "calvo" sea un predicado borroso, sino que aplicado a mí, por ejemplo, puede convertirse en un caso borroso, límite, dando lugar a una proposición indeterminada (al menos, de momento; llegará un día en que "AG es calvo" será un proposición perfectamente determinada y verdadera).
Como veremos, esta propiedad resulta de la estructura prototípica de nuestros conceptos, que determina que ciertos casos sean más típicos de este concepto que otros (un canario ejemplifica mejor "pájaro" que un pingüino; una rosa ejemplica mejor "flor" que una coliflor), hasta un punto de borrosidad fronteriza, en que ya no está claro si un caso satisface el concepto o no (¿un tomate es una fruta?).
Este carácter continuo, gradual, de los criterios constitutivos de nuestros conceptos posibilita el surgimiento de los casos límite, casos en los que aparentemente está indeterminada la verdad, o donde no parece posible escoger entre varias descripciones de la misma situación.
En el caso de los predicados unidimensionales como "calvo", consistirá en aquellos casos en donde no hay evidencia para establecer si "x es calvo", para elegir entre esta afirmación y "x no es calvo".
En el caso de los predicados morales podemos encontrarnos con problemas análogos, como el de cuánto cerebro hace falta para que exista una persona (con casos como el de los anencefálicos, o dicefálicos, pero también casos hipotéticos, o experimentos mentales, que nos permiten imaginar la indeterminación), o cuánta actividad cerebral debe darse para poder seguir afirmando que alguien está vivo (la muerte cerebral como criterio de muerte).
La borrosidad de la situación genera la indeterminación semántica en tales casos: son los casos límite (Shafer-Landau, 1995).
Los casos límite, por tanto, sirven para plantear dilemas éticos (Sorensen, 1991): la posibilidad de los dilemas éticos depende de este margen de ambigüedad acerca de la caracterización adecuada del caso límite, compatible con consecuencias normativas distintas, en función de la relevancia de principios distintos, según la caracterización del caso que sea más acertada.
Así, por ejemplo, ante el caso de una persona mayor con riesgo de gangrena si no es intervenida rápidamente, pero de la que hay que obtener consentimiento informado previo, el médico puede encontrarse ante obligaciones en conflicto, en función del grado de gravedad y de incapacidad (y ese grado puede variar de manera continua).
Es la posibilidad de grados lo que lleva al dilema, al menos en el plano hipotético, pues podemos "modificar" convenientemente el caso para que el "peso" de cada una de las consideraciones morales sea el mismo, y por tanto, aparezca el dilema.
El médico puede estar, al mismo tiempo, obligado a intervenir (sin esperar el consentimiento), y obligado a no intervenir (hasta disponer del consentimiento).
La repercusión que este tipo de situaciones supone a nivel normativo puede verse como la necesidad, y la dificultad, de "imponer" límites regulativos estrictos donde parece no haberlos en el plano biológico o natural.
O bien, la necesidad de modificar el modo establecido de fijar las distinciones naturales, introduciendo nuevos elementos descriptivos, que puedan tener relevancia normativa.
En efecto, podemos encontrarnos una continuidad de situaciones a primera vista análogas, para las que nos parece que debería haber un tratamiento normativo diferenciado, pero cuya justificación de tales diferencias no resulta obvia.
Desde este punto de vista, creo que adquiere pleno sentido la afirmación de que el dominio de la Bioética es el de las fronteras.
O más precisamente, el de determinar en qué lado de la frontera (normativa) cabe situar adecuadamente un caso particular, que desde el punto de vista biológico parece borroso.
Bien sea el caso de establecer cuándo alguien está muerto, y si la muerte cerebral constituye el limes decisivo para el cambio de estado, así como determinar cuándo se ha producido; bien sea el de proponer un criterio para la existencia de vida humana, en base al cual podamos juzgar casos particulares,... los problemas de la Bioética parecen tener que ver con establecer distinciones dentro de un continuo, y fijar la ubicación de los casos dentro de ese continuo1.
Por eso no es de extrañar que una de las formas argumentativas más recurridas en este ámbito sea el de la "pendiente deslizante": a partir de aceptar un punto de partida compartido, se argumenta que otros casos son como el de ese punto de partida en algún aspecto relevante, y por lo tanto, deben tratarse igual.
Resistirse a tal "pendiente deslizante" requiere poder establecer una frontera, una diferencia fáctica, normativamente relevante.
Una indicación de la relevancia de este modo de considerar las cosas se obtiene al observar que los mismos problemas de indeterminación se plantean al nivel de los predicados normativos.
Es decir, que sería erróneo pensar que es únicamente en el plano biológico, o natural, donde ocurren los casos límite, donde tenemos fronteras borrosas, mientras que en el normativo disponemos de conceptos bien afilados y determinados.
Al contrario, también en este ámbito se plantean casos donde puede haber razones igual de poderosas para calificar los casos que se plantean de modos distintos.
Es lo que sería de esperar si la borrosidad y vaguedad semántica es una característica general de nuestro sistema conceptual, y no una molesta rémora que debe y puede ser eliminada con un poco de esfuerzo de precisión y definición.
Desde este punto de vista, podría decirse que, al enfrentarse a los casos límite, y a los dilemas morales que tales situaciones pueden plantearnos, la Bioética suele adoptar una vía de búsqueda de mayor precisión normativa y casuística: de aclarar las pequeñas diferencias que pueden resultar relevantes desde un punto de vista normativo, de introducir nuevas distinciones y clasificaciones no tenidas en cuenta en la descripción inicial del caso, que puedan inclinar la decisión en un sentido o en otro.
Sin cuestionar el valor que tiene este modo de proceder, creo que también puede ser útil reflexionar sobre el por qué se plantean las cosas en estos términos en primer lugar; en particular, por qué son posibles tales casos límite —y el por qué esas resoluciones pueden desembocar en nuevos casos límite, como suele ocurrir—.
Esto es lo que me gustaría proponer en este trabajo, adoptando una perspectiva semántico-cognitiva, que sitúe este fenómeno de los casos límites morales en el contexto más amplio de la vaguedad de nuestros predicados.
Planteada así la cuestión, sería posible sugerir, en la línea del primer tipo de problemática planteada, que en realidad no es acertado buscar la justificación de las fronteras normativas en fronteras biológicas, puesto que estas últimas no están bien definidas, o su establecimiento depende a la vez de valores (epistémicos, sociales), por lo que las decisiones normativas no pueden tener otra base que el acuerdo, la convención; o en una versión menos social, la pura decisión, la preferencia emocional, la arbitrariedad de la voluntad.
Se trataría de adoptar alguna variante de constructivismo o decisionismo normativo, o de expresivismo, que asuma un antirealismo en el ámbito metaético.
Volveremos sobre esta cuestión de las implicaciones del reconocimiento de la vaguedad conceptual al final.
La opción predominante, no obstante, sigue siendo la realista, que trata de buscar o establecer una nueva distinción, una nueva frontera, en el plano biológico, y basar en ella la diferencia moral, su relevancia normativa, y por tanto, la posibilidad de parar un argumento de pendiente deslizante (o en negar su relevancia).
Y esta aproximación dominante concibe esta tarea en términos de razones, de corrección, de tener en cuenta cómo son las cosas.
Un ejemplo notorio, aunque difícil de plantear sin prejuzgarlo, es de nuevo el del aborto.
La posición antiabortista parte de que matar a un persona está mal; y sostiene que no hay ninguna diferencia relevante entre un bebé y un blastocito, por lo que si alguien acepta que se puede matar a un blastocito también debe aceptar, para ser coherente y racional, que se puede matar a un bebé (por pendiente deslizante).
Una línea de defensa de la aceptabilidad ética y jurídica del aborto consiste en tratar de establecer una diferencia constitutiva entre los blastocitos y los bebés, que bloquee la pendiente deslizante.
Si se prefiere un caso de menor carga emocional, piénsese en el papel que se concede en el ámbito jurídico al grado de intencionalidad de una acción para calificarla penalmente, o al sentido de las atenuantes o las eximentes en el ámbito jurisdiccional: diferencias en el plano descriptivo de la acción modifican la consideración normativa del caso.
Ilustraré a continuación la naturaleza y las limitaciones de esta estrategia con un caso paradigmático desde el punto de vista biológico, pero que presenta también cierta relevancia bioética, como es el de los sexos.
Este caso nos mostrará que la cuestión de los casos borrosos no se resuelve simplemente enriqueciendo nuestras taxonomías con nuevos conceptos y clases, pues el problema se reproduce en un segundo nivel.
En 1993, Anne Fausto-Sterling publicó un artículo en la revista The Sciences, titulado "The five sexes", en el que defendía que el sistema universal de distinguir dos sexos no es adecuado para abarcar todo el espectro de la sexualidad humana.
Exponía como base para tal conclusión su estudio de la prevalencia de casos de los que no es obvio afirmar si se trata de un varón o de una mujer, por la combinación diversa de características masculinas y femeninas que puede darse.
Por ello, sugería modificar la clasificación dicotómica tradicional universal (que el estructuralismo de Levi-Strauss tomó como piedra angular de su concepción de lo humano), introduciendo nuevas categorías, además de varón y mujer:
- "herms", para los verdaderos hermafroditas, personas con testículos y ovarios;
- "merms", para los pseudohermafroditas masculinos, personas nacidas con testículos y que desarrollaron algunos aspectos de la genitalidad femenina; y
- "ferms", para los pseudohermafroditas femeninos, que tienen ovarios, en combinación con algunos aspectos de la genitalidad masculina.
No hace falta detenernos en este punto en la relevancia normativa de la propuesta, en la que podemos estar de acuerdo sin problema: lo que motivaba a Fausto-Sterling era reivindicar el reconocimiento de unas realidades humanas que eran forzadas a encajar en las categorías sociales dicotómicas establecidas, generando graves daños en la vida de l afectad, al ser sometid a cirugía temprana e irreversible.
Aun ahora que tales prácticas están en remisión, las personas que no encajan en los géneros reconocidos puede seguir padeciendo discriminaciones y acoso (Amnistía Internacional, 2006).
Lo que nos interesa del caso es hacer notar, en primer lugar, lo que genera el "problema": la existencia de diferentes criterios para establecer cuál es el sexo de alguien, y la aparición de casos en que tales criterios no coinciden.
El criterio genotípico, cromosómico, para ser un varón consiste en tener un cromosoma X y uno Y, mientras que las mujeres tienen un par de cromosomas X. A nivel fenotípico puede haber varios criterios: a nivel anatómico-fisiológico, varones y mujeres difieren en sus genitales y en sus gónadas; a nivel hormonal, las diferencias sexuales se acaban manifestando, tras la pubertad, en diferentes características sexuales secundarias (pelo en la cara, musculatura, voz más grave,... en los varones; mamas en las mujeres).
Pues bien, una mutación genética, relativamente frecuente entre los esquimales Yupik, por ejemplo, puede dar lugar a la Hiperplasia Adrenal Congénita, dominante cuando se hereda de ambos padres, que consiste en contar con dos cromosomas X, unos genitales externos masculinos, y órganos reproductivos internos femeninos potencialmente fértiles.
¿Cuál es el sexo de tales personas?
Por supuesto, el problema real que se plantea en este tipo de casos, y de ahí el entrecomillado anterior, no es puramente terminológico, de cómo denominarlos, sino el práctico de cómo tratarlos: aceptando la variabilidad de la realidad, o negándola y sometiéndola al corsé de las posibilidades reconocidas, varón y mujer, con sus implicaciones legales, sociales, de género, que esa asignación comporta.
El artículo de Fausto-Sterling, así como el movimiento de los "intersexuales", liderado por Cheryl Chase (Intersex Society of North America), han abogado por modificar la pauta médica establecida de someter a cirugía "normalizadora" a los bebés que presentaban algún caso de genitalidad mixta en el momento del nacimiento, para "desambiguarlos sexualmente", en la creencia de que la identidad sexual es completamente maleable en los primeros 18 meses.
Frente a esta pauta establecida, se han propuesto nuevos criterios de no urgencia y no irreversibilidad respecto a la cirugía temprana, dejando que cada persona encuentre su identidad sexual en la pubertad (para lo cual puede ser necesario apoyo psicológico, y quizá a partir de ese momento, cirugía irreversible o tratamiento hormonal complementario).
Aunque los objetivos de tal reivindicación me parecen adecuados (el caso de Chase es el de alguien que fue sometida a cliteridectomía con la intención de "hacerlo un hombre"), creo que la propuesta de introducir una nueva nomenclatura, una reforma taxonómica de los sexos, ilustra bien esta inquietud ante los casos borrosos, los límites mal definidos, y la reacción típica de tratar de convertirlos en precisos y bien delimitados, mediante una ampliación de la clasificación.
Ciertamente, si se adoptara el sistema clasificatorio propuesto por Fausto-Sterling, algunos de los casos que resultaban indeterminados, dejarían de serlo.
Pero me gustaría hacer notar dos cosas: que las nuevas categorías son construidas en base a las de varón y mujer, por lo que se trata en realidad de un intento de precisificación de segundo orden, que presupone la determinación del primero; y ello hasta el punto que el efecto práctico de la propuesta radica en no precipitar la desambiguación sexual, en permitir que pueda ser cuestión de decisión individual, de ajuste psicológico, pero dándose por supuesto que la intersexualidad biológica va a acabar resolviéndose en uno de los dos sexos-géneros; y segundo, que por ello mismo, su propuesta es susceptible de nuevas indeterminaciones, en las nuevas fronteras que pretende fijar (así, ¿cómo cabría clasificar un caso de trisomía XXY, o XYY? ¿o unos genitales a medio camino entre una vulva y un pene? etc.)2.
En la medida en que la frecuencia de tales casos sea baja, no obstante, y los estudios realizados hablan de una prevalencia del 1,7%, aunque con gran variabilidad poblacional, y no aparezca un tercer género, no se ve la ventaja de modificar el sistema clasificatorio tradicional para intentar ser más precisos, al menos desde el punto de vista de la economía cognitiva.
De hecho, la propia Intersex Society of North America recomienda asignar provisionalmente cada niño a un género, masculino o femenino, en función del pronóstico de cómo va a sentirse cuando crezca, en lugar de reivindicar la introducción de un "tercer sexo/género".
Según se afirma, "el intersexo no es, ni será nunca, una categoría biológica discreta, más de lo que hombre o mujer lo son, y porque tal asignación traumatizaría innecesariamente al infante" [URL].
(De todos modos, resulta fascinante imaginar la posibilidad de una sociedad que estableciera más de dos categorías de sexo-género, donde las relaciones no fueran solo homo y heterosexuales, etc.).
CONCEPTOS, TIPICIDAD Y BORROSIDAD
La discusión del caso anterior nos lleva a la conclusión de que la borrosidad de nuestros conceptos no es una característica que pueda ser eliminada o superada introduciendo mayor precisión, pues en este nuevo nivel puede aparecer de nuevo la borrosidad.
Ciertamente, el programa logicista, desde Frege, sueña con un esquema conceptual perfectamente bien definido y determinado, en un mundo bien determinado.
Pero esta visión está actualmente en retroceso.
La idea de que nuestros conceptos no contienen "esencias ocultas", que captan las propiedades ónticas de la realidad, sino que se constituyen en prácticas simbólicas sociales, basadas en semejanzas de familia, constituye el punto básico de las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein.
A partir de los años 70, este planteamiento filosófico dio lugar a un programa de investigación cognitiva sobre la naturaleza de las categorías y los conceptos, impulsado principalmente por Eleonor Rosch (Rosch & Mervis, 1975).
Su contribución principal consistió en mostrar el fenómeno de la métrica gradual de pertenencia a la extensión de un concepto, lo que se denomina tipicidad.
Se trata de que no todos los miembros en la extensión de un concepto son considerados igual de buenos representantes del concepto, sino que hay miembros más típicos de la clase que otros.
Así, plátano es un caso típico de fruta, melón, intermedio, castaña es poco típico (aunque típico de la clase "fruto seco"), y tomate es borroso: hay razones para considerarlo una fruta, pero también para considerar que no lo es (como los calabacines, a pesar de ser una cucurbitácea como el melón).
No está tan clara la explicación de esta estructura gradual de pertenencia.
Para Rosch, se debe a que nos representamos los conceptos como prototipos, esto es, como una combinación de características más o menos comunes a todos los miembros de la extensión.
Este es el modo como Rosch concreta la idea de Wittgenstein de los parecidos de familia: no hay una esencia, expresada mediante la definición, del concepto.
La intensión consiste en una serie de características, que pueden satisfacerse en diferentes grados, pero cuya importancia también puede ser variable, que determinan grados diferentes de pertenencia y, en algunos casos, borrosidad, vaguedad, dudas sobre la propiedad de aplicar el predicado a tal caso.
La indeterminación de la extensión, por tanto, se debe a la multiplicidad de criterios de pertenencia de la intensión.
Un ejemplo analizado en detalle (Lakoff, 1987) es el de madre.
El concepto de madre incluye una dimensión genética (la persona que aportó el óvulo), gestacional (quien tuvo el embarazo y parió), cuidadora (quien se encarga de atender las necesidades del bebé), jurídica (quien tiene o comparte la tutela).
Quien satisface todas estas características sería una madre típica, pero es posible satisfacer solo algunas de ellas (madre de alquiler, madre biológica, madre adoptiva), e incluso casos en que esté indeterminado si puede aplicarse o no el concepto de madre (algunas madrastras que hacen honor a su fama de cuento), sobre todo teniendo en cuenta la restricción de que "madre no hay más que una".
Es objeto de discusión si es así como efectivamente se representan nuestros conceptos.
En particular, para los categoriales (conceptos que podemos aplicar perceptivamente) resulta especialmente difícil acceder a las características que conforman el prototipo (o el modelo cognitivo idealizado, como también se ha llamado).
Una alternativa teórica sugiere que los conceptos estarían representados en base a un ejemplar, un caso particular de referencia, junto a una métrica de la semejanza.
Así, reconocer un caso como instancia del concepto dependería de juzgarlo suficientemente parecido, en los aspectos relevantes, al ejemplar de referencia.
Si solo hemos conocido un finlandés, la idea es que aplicaremos el concepto de finlandés a cualquier que nos resulte suficientemente similar a nuestro amigo (en los aspectos relevantes).
Desde el punto de vista explicativo, la diferencia clave es que este segundo enfoque no requiere la representación explícita de las características relevantes para pertenecer a la extensión, lo que resulta más coherente con el énfasis actual en los procesos implícitos en general, para los que no disponemos de evidencia introspectiva.
Esta concepción, además, ha sido implementada con cierto éxito con modelos conexionistas, especialmente apropiados para reflejar la dependencia contextual de nuestros conceptos, la modulación de su valor semántico en función de con qué otros términos aparecen (dependencia contextual que caracteriza, como ya avanzamos, nuestros predicados típicamente graduales, como "alto", que permite entender la posibilidad de afirmar, tanto de Pedro, un chico de 10 años, que mide metro cuarenta, como de Gasol, con sus 2,18, que son altos: como si la extensión de "alto" no pudiera especificarse en términos de altura en centímetros).
Pero más allá de si la representación es explícita o implícita, y del modo correcto de explicar la dependencia contextual de la semántica de nuestros predicados, ambos enfoques coinciden en el modo en que explican la aparición de casos borrosos: cuando un caso satisface una de las características pero no otra, o satisface en algún grado una característica poco típica pero escasamente una muy típica, etc. Como hemos visto en el caso de los sexos, se puede satisfacer el criterio genético pero no el hormonal, o a la inversa.
O hacerlo en mayor o menor medida.
En algunos casos, además, conocidos como de percepción categorial (Harnad, 1987), encontramos no varias características combinadas, sino una segmentación de una única variable física en categorías psicológicas.
Se trata de un mecanismo más básico de categorización de nuestra experiencia, que establece fronteras psicológicas categoriales donde no hay sino una magnitud física continua, pero que tiene el efecto de reducir la discriminabilidad de las diferencias dentro de la categoría y de acentuar las diferencias entre categorías.
El caso de los fonemas, o de los colores, es representativo de este mecanismo cognitivo.
No obstante, también en estos casos se plantean los mismos problemas de límites borrosos, de puntos de transición ambiguos, o cuya interpretación cognitiva depende del contexto.
En tales casos, aunque solo haya un aspecto relevante, también se admiten grados, un continuo de grados de satisfacción del predicado.
Más allá de estas diferencias, lo importante de esta concepción contemporánea es el énfasis en los aspectos funcionales y pragmáticos de nuestro sistema conceptual, más que en la pretensión logicista-racionalista de encontrar en nuestros conceptos un reflejo de la estructura ontológica básica de la realidad.
Así, desde esta concepción se insiste en el principio de economía cognitiva que impulsa nuestras abstracciones conceptuales, en el sentido de poder captar las contingencias robustas en nuestra experiencia (y por tanto, ignorar, abstraer los detalles de menos interés), en base a las cuales poder anticipar expectativas y predicciones, así como basarlas en nuestros patrones de interacción significativa con lo que nos rodea (en lugar de adoptar un punto de vista "divino", independiente de nuestra propia perspectiva como sujetos).
Por supuesto, estos aspectos robustos de nuestra experiencia pueden necesitar de la transmisión social de conocimiento, del aprendizaje supervisado y la transmisión lingüística, más allá de la confrontación individual con el medio.
Estas consideraciones pragmáticas se han visto reforzadas por el desarrollo reciente de la perspectiva "incorporada" de la cognición, que defiende la necesidad de basar el contenido de nuestros conceptos en nuestras interacciones en último términos sensoriomotoras con nuestro entorno (físico o social).
Sin duda el lenguaje proporciona un repertorio conceptual mucho más amplio, y distanciado de constancias perceptivas estrictas, pero la idea es que su significatividad debe basarse en tales interacciones, así como en los procesos sociales de transmisión, que son concebidos asimismo como interacciones en último término sensoriomotoras (Gomila, 2008).
De ahí la robustez general del fenómeno de la dependencia del contexto: un niño puede ser alto si mide metro y medio a los ochos años, pero con esa altura no diríamos que un jugador de baloncesto es alto (caso de que existiera un caso así).
En conjunto, desde este punto de vista, la vaguedad, la borrosidad, la indeterminación semántica en algunos casos deja de ser vista —como la ha visto siempre el logicista— como un defecto del que adolece nuestro lenguaje, que debe ser eliminado introduciendo mayor precisión y determinación semántica, sino como la consecuencia de nuestra arquitectura cognitiva y de la estructura continua y dinámica de la realidad3.
Sin embargo, es preciso insistir en que la indeterminación semántica no depende de la borrosidad del predicado por sí mismo, sino del caso particular al que se aplica (aunque podría darse también el fenómeno del predicado borroso por inespecífico).
Para volver con el ejemplo anterior: "alto" puede ser un concepto borroso, y dependiente del contexto, pero "Pau Gasol es alto" tiene un valor de verdad perfectamente determinado, en virtud de las características prototípicas de "alto" que Gasol ejemplifica en grado sumo.
Que las fronteras sean borrosas no significa que no puedan ser cruzadas (que no sean útiles, que no capten diferencias o aspectos relevantes desde el punto de vista de la estructura causal de la realidad y su inteligibilidad).
Al contrario, la posibilidad de una comunidad con prácticas conceptuales compartidas depende de la existencia de los casos paradigmáticos, prototípicos, centrales, de ejemplificación de un concepto.
BORROSIDAD EN LOS CONCEPTOS MORALES Y REALISMO MORAL
Las ideas principales de la sección anterior se pueden resumir diciendo que nuestros predicados, por su estructura interna, se articulan en ejes graduales, de más o menos, en función de la tipicidad de los ejemplares, hasta el punto de la vaguedad o borrosidad de los casos límites.
Y que la estrategia de combatir este fenómeno introduciendo nuevos conceptos, nuevas distinciones, para ser más precisos y eliminar tales casos límite, no puede tener éxito, porque solo se consigue reproducir la borrosidad para esos nuevos predicados, o en un segundo nivel.
Por supuesto, esto no significa que debamos dar por buenos los predicados y distinciones heredados sin más, o que nunca tenga sentido revisar nuestros conceptos y su aplicación (puede ocurrir que descubramos inconsistencias en nuestras prácticas, u otros tipos de conflictos).
Al contrario, parte del progreso moral puede tener que ver con entender mejor las diferencias relevantes y el modo de establecerlas.
Se trata, no obstante, de oponernos al supuesto implícito de que en realidad no pueden darse casos borrosos, que los hechos deben estar perfectamente determinados, al margen de nuestra manera de concebirlos.
En esta sección, trataré de mostrar que los conceptos morales también presentan el mismo fenómeno de tipicidad y estructura graduada, y por tanto, también deben darse casos borrosos, y argumentaré que tal situación no tiene por qué resultar incompatible con el realismo moral, del mismo modo que el fenómeno general de la tipicidad de nuestros conceptos categoriales no es incompatible con el realismo en general.
Los casos límite en la aplicación de los conceptos morales que hemos revisado anteriormente pueden surgir por las mismas razones que surgen en general.
En particular, quisiera mencionar cuatro en concreto: puede darse el caso de que un concepto dependa de un criterio cuya satisfacción puede ser gradual; puede ocurrir que un concepto se articule en torno a más de un criterio, o concepción, que pueden divergir en su aplicación a algunos casos; también puede ocurrir, en casos de diversos criterios constitutivos, que esos criterios puedan satisfacerse también de manera gradual, tal como hemos visto en el caso del sexo (Shafer-Landau, 1995); y finalmente, es posible que una situación, un caso, permita conceptualizaciones diversas (en términos del concepto de libertad frente al de igualdad, por ejemplo).
En cualquiera de estos casos, es esperable que puedan darse casos borrosos, o que podamos imaginar situaciones que constituyan casos límite de la aplicación de los conceptos involucrados.
Así, por ejemplo, el concepto de responsabilidad ilustra el caso de una propiedad gradual.
Como se puede ser más o menos responsable, podemos imaginar —o encontrarnos en la vida real— un caso donde no resulta posible establecer si el protagonista de la situación era responsable de sus actos.
"Honrado" podría ser un ejemplo de un concepto con varios criterios de aplicación, que pueden no converger en algún caso, sin que sea obvio establecer cuál de ellos debe tener el máximo peso.
Así, consideramos honrado a quien no roba, y también a quien da a cada cual lo suyo, lo cual puede llevar a la indeterminación de la proposición "Robin Hood es honrado": se satisface un criterio pero el otro no. Incluso puede ocurrir que esos varios criterios presenten también grados de satisfacción, se pueda ser más o menos honrado, en función de cada criterio, lo que abre otra fuente de indeterminación.
Por último, es posible que un caso genere un conflicto en torno a su mejor descripción en términos morales (en un caso de venganza puede no ser obvia la adjudicación de los papeles de víctima y de verdugo).
Es posible que los casos habituales no presenten tal borrosidad, pero como hemos visto antes, en la Bioética tales casos aparecen por nuevas posibilidades técnicas, o a través de situaciones hipotéticas, experimentos mentales, que ponen a prueba igualmente nuestras prácticas conceptuales.
Por supuesto, no es preciso para que la aplicación de un predicado sea gradual que se refiera a una magnitud continua.
Por la raíz metafórica de nuestro sistema conceptual, el eje más-menos articula muchas de nuestras polaridades conceptuales, sin solución de continuidad, lo que nos lleva a distinguir grados, y casos típicos.
Como se ha señalado anteriormente, esta gradualidad podría derivarse del modo en que se produce la transmisión social de las prácticas conceptuales: a través de la aplicación de los predicados a casos paradigmáticos (Wittgenstein, 1953), que constituyen el punto de referencia para la métrica de la semejanza: la semejanza siempre se da en grados, y depende del contexto.
Por tanto, hay buenas razones para considerar los conceptos morales como iguales a los categoriales en lo que se refiere a su estructura gradual y, por tanto, a la posibilidad de que su aplicación en algunos casos resulte borrosa, dando lugar a proposiciones indeterminadas.
Por lo menos no hay razones para tratar de modo diferente a este respecto a un tipo de afirmaciones o predicados frente al otro.
Como también hemos avanzado, la indeterminación semántica suele ser rechazada en razón del supuesto de que la realidad debe ser determinada.
Este es el supuesto compartido tanto de los realistas como de los antirealistas.
Los primeros, no obstante, la rechazan, mientras que los segundos son antirealistas precisamente en base a la existencia de tales proposiciones indeterminadas.
No obstante, creo que puede aceptarse el realismo sin comprometerse con que todas las proposiciones deben tener un valor de verdad determinado.
Si uno considera el caso de la descripción de la realidad, resulta cada vez más claro que ni siquiera en el plano de la descripción fundamental de la realidad vamos a encontrar satisfacción para esa aspiración racionalista.
En esas teorías encontramos conceptos como el de campo, o espectro, o isótopo, que implican continuidad y cambio dinámico, por no hablar de la indeterminación de Heisenberg.
En otros niveles de explicación ese mismo carácter continuo y dinámico de la realidad se acepta sin problema, a pesar de las dificultades que eso puede generar a la hora de describirla.
Y ya ha quedado suficientemente claro el fenómeno de la tipicidad y borrosidad con respecto a nuestros conceptos de sentido común.
Mi sugerencia es que esa misma comprensión realista de nuestras prácticas en el discurso moral es igualmente posible, a pesar de que ocasionalmente nos encontremos con indeterminaciones, y con dilemas morales.
El realismo está comprometido solamente con que la verdad de nuestras proposiciones morales no depende de nuestras propias decisiones, preferencias, actitudes, o prácticas, sino que depende de una realidad independiente (Dummett, 1982)4.
El realismo hace justicia al modo en que utilizamos el lenguaje normativo (con pretensión de verdad, de corrección, de justificación), y, además, en la versión defendida aquí, es compatible con la indeterminación semántica en casos borrosos.
Además, permite explicar la existencia de desacuerdos y de dilemas éticos, frente a quienes sostienen que constituyen la mejor prueba a favor del antirealismo.
El realismo moral también nos lleva a tratar de mejorar nuestro conocimiento de la realidad, por su relevancia moral, sin tener que suponer que tal realidad esté perfectamente determinada.
Lo cual hace recomendables los criterios de prudencia en los casos borrosos. |
Frontera: una categoría del pensamiento al borde del tiempo
Este artículo pretende caracterizar a la bioética como un saber que acontece en la frontera del tiempo.
Se trata de un saber de frontera, ubicado del lado del acontecer, por su carácter tentativo y abierto.
Existen dos modos de dar contenido a los relatos bioéticos: la memoria que recuerda y la esperanza que anticipa.
La frontera es aquello que marca el acá y el allá o separa el ahora del después.
Puede tratarse de una frontera política para los políticos, de una frontera geográfica para quienes diseñan mapas, de una frontera del riesgo para los aventureros, o de una frontera temporal para los historiadores.
Nuestra situación sociocultural es necesariamente un lugar y una época de fronteras.
Tiempo de tentativas en la filosofía, de hallazgos sorprendentes en la ciencia, de innovaciones en la técnica, de continuas innovaciones en el arte, de rupturas generadoras de abismos o de ensamblajes que construyen puentes.
El acá y el allá de nuestro mundo, en cualquier caso, y el ahora y el después de nuestra historia nos ofrecen hoy en día una sociedad plena de procesos homogeneizantes impuestos por las migraciones donde los linderos marcados por las tradiciones desaparecen y se difuminan los confines de costumbres en la aldea global.
La función clásica de la frontera —marcar límites entre naciones o estados, diferenciar culturas y tradiciones, defender territorios o mercados— es ahora una función declarada superflua.
La figura clásica del derecho internacional, la violación de fronteras o los episodios llamados incidentes de frontera —aunque aún existan excepciones— tiende a desaparecer en los espacios o tiempos en los que se intercambian o amplían conocimientos, valores, normas, usos y costumbres.
También la bioética, como saber, comparte esa condición de frontera, no solo por estar convocada a clarificar aquellos problemas morales generados por una civilización en situación de cambio acelerado, sino por su propia vocación transdisciplinar, o de puente entre la cultura de las ciencias "duras" y las humanidades.
No es por lo tanto esta disciplina una que guste de dibujar fronteras.
Más bien se hace hueco entre saberes, tendiendo puentes en lugares fronterizos.
Así lo señaló el creador del término, el oncólogo R. Potter, para quien la bioética es, o debe ser, un puente hacia el futuro y entre disciplinas (Potter, 1971).
Hacia el futuro porque la supervivencia misma de la vida queda amenazada sin la ética.
Entre disciplinas, porque de lo que se trata es de hermanar y enriquecer recíprocamente las dos culturas de las que habla Snow (Snow, 1987), permitiendo que las ciencias de la vida se nutran de valores, y las humanidades de fundamentos empíricos.
Pensar los problemas generados por el progresivo impacto de las tecnologías en la medicina y el medio ambiente en territorios limítrofes produce un tipo de reflexión que transcurre entre límites y confines.
Surgen entonces espacios adecuados para los encuentros y los desencuentros, para la controversia y la argumentación, para el disenso y el consenso.
La bioética es por ello un pensamiento eminentemente transgresor y enfrentado, aunque no en el sentido peyorativo de quien viola un precepto o contrapone beligerancias irreductibles, sino en cuanto que la reflexión traspasa enclaves y rebasa tiempos, desarrollándose al borde de estados de cosas fluctuantes y lábiles y por ello exige aquella agilidad que percibe los cambios y capta la novedad de lo que emerge y se gesta en los confines y en los márgenes.
Las cuestiones bioéticas que desfilan en el presente volumen son cuestiones fronterizas que atañen a la vida.
Se sitúan en límites y confines marcados por decisiones, convicciones y reflexiones.
Su adscripción al pensamiento de frontera las adorna con la aureola de la novedad.
Practican escucha atenta de los ruidos de lo que acontece en el ahora y se distancian de lo extemporáneo, de lo anacrónico que se aleja con el tiempo.
Es por ello pensamiento interino y provisional.
El pensamiento de frontera es reflexión resbaladiza, quizás tendencial.
Pretende, en todo caso, avanzar, y por ello aspira a correr fronteras desde el acá y ahora al allá y al mañana.
Por ese camino promueve crecimiento de la bioética1.
Pero situar la bioética en zonas limítrofes o tiempos contiguos exige reflexionar sobre la categoría epistemológica de frontera, término noble al que el hombre cargó de connotaciones negativas al hacerle culpable de posesiones, ambiciones, divisiones, guerras y conflictos en un mundo dominado por la segregación o el egoísmo totalitario.
Y, sin embargo, se trata de una categoría que remite al mismo tiempo a situaciones de fecundidad creadora porque cerca de ellas acontece la cercanía entre las personas, el encuentro entre lo diverso, la convivencia entre lo próximo, la tolerancia entre lo diferente.
Estos tiempos que corren y que marcan las fronteras del nuevo siglo traen consigo corrimientos de fronteras entre el ser humano y la máquina, entre el saber de ayer y el del mañana, entre la vida y la muerte, entre sociedades extemporáneas y contemporáneas, entre las leyes actuales y las leyes del futuro, encuadrado todo ello en un proceso axiológico in fieri.
La bioética se gesta en ese tiempo como saber adolescente que se sabe sometido a lo que avanza hacia la mayoría de edad.
Nuestra frontera aquí es frontera de la reflexión y del diálogo.
Aquella cuya raya delimita el espacio en el que deambula el pensamiento nuevo.
Este se interesa por dos rasgos distintivos de nuestra época, dos aspiraciones humanas que conviven en tensión.
Por un lado, el quehacer técnico: para que cualquier progreso humano se cumpla precisa de instrumental que la facilite.
En ese caso interviene el universo tecnológico tan abundante en nuestras sociedades.
El ars inveniendi se despliega en el invento y el triunfo de la inventiva productora de innovación.
Las barreras tecnológicas devienen retos.
Con una alarma constante: que los medios no suplanten a los fines y la técnica no evacúe a la ética.
Y por otro lado, la búsqueda ininterrumpida de felicidad.
Que la actividad humana aporte vida gratificante, saludable en cuanto que la salud, la integridad de nuestras vidas y las de otros seres, forma parte de la vida feliz deseada.
El dolor y la enfermedad contradicen a la vida, puesto que son hechos aferrados a un presente deficitario y en los que recuperar la salud forma parte de futuro feliz.
La praxis médica tiene aquí su tarea.
La acción moral de que habla la bioética clínica aspira a poner fin a un presente: la enfermedad.
Y avanzar hacia un futuro gratificante: la salud.
Pero la bioética en un sentido más amplio aspira también a derribar el dolor que emerge de nuestra histórica separación de la naturaleza, que ha conducido al sobreuso y explotación de la misma y a poner en riesgo la vida entera sobre la Tierra.
Y también, posiblemente, a la alienación del ser humano cuando deja de entenderse a sí mismo como natural, limitado y ecodependiente.
FRONTERA EN EL ESPACIO Y FRONTERA EN EL TIEMPO
Al toparse con límites y al actuar entre confines, el hombre se encuentra con dos tipos de frontera: la que acota espacios entre un más acá y un más allá y la que separa tiempos entre un ahora y un después.
La primera es la frontera que limita superficies; la segunda es frontera entre tiempos.
En esta no se cruza hacia nuevas tierras sino hacia nuevos acontecimientos.
Se yuxtaponen dos fases diferentes del acontecer en las que algo cambia y que, por ello, son diferentes e incluso contrapuestas.
Es esa frontera en la que el ahora y el hoy, con su respectivo aquí, marcan distancias con el después y el mañana.
La frontera del tiempo puede indicar retornos y restauraciones en el pensamiento, dando lugar al fenómeno del tradicionalismo, en donde la historia se repite, pero más a menudo demarca avances y novedades, siendo por ello calificada de fecunda.
Es el instante en el que algo entra en efervescencia como cuando el mosto se transforma en vino.
La fe en el progreso cree que en la frontera del tiempo se anticipa un futuro mejor en vivencias y en ideas.
Así han surgido las grandes reformas en la historia, marcando fronteras entre épocas diferentes.
Es de esta sobre la que versan las siguientes reflexiones, porque es en ella donde acontecen las experiencias básicas del mundo moral contemporáneo y de la bioética.
Tales experiencias son aquellas que están acompañadas de lo que nombramos con palabras como libertad, deliberación, decisión, responsabilidad, compromiso... entre otras.
Como disciplina en tránsito hacia lo mejor, sin metas ni optimismos previos, la bioética se constituye en una reflexión que se interesa por el futuro; y el cambio presupone conceder prioridad al tiempo sobre el ser y centrar su interés más en lo que acontece cada jornada que en la esencia que permanece para siempre.
Es pensamiento itinerante, reflexión en camino y peregrinación hacia un futuro.
Imita al diálogo socrático concebido al modo de peregrinación hacia la idea.
En el caso del enfermo o del paciente, ese itinerario es historia personal, puesto que algo acontece para uno mismo y a la vez es uno mismo el que acontece.
El modelo básico del pensamiento moderno, el esquema sujeto-objeto, queda evacuado al ser subsumido en la vida del sujeto, en nuestro caso el paciente o enfermo, que vive aquello que sucede.
En tal situación a la persona le va todo: su vida, su salud, su felicidad y, por ello, no existe neutralidad de valores o indiferencia moral.
La vida se convierte en tarea y creación tendenciales hacia un fin —tal como lo describe la teleología aristotélica (Aristóteles, 1999)— y la vida transcurre como pasatiempo con preocupaciones y ritmos variados.
Escalonada en episodios que apuntan a un futuro gratificante.
La manualística académica convirtió en tópico filosófico la existencia de dos mentalidades contrapuestas, con fronteras impermeables y a las que asignó padres rivales.
Aquella para la que el pensamiento refleja ser y cuya paternidad correspondería al eléata Parménides y aquella que narra acontecer y cuya paternidad se asignó al oriental Heráclito.
La bioética, que acontece en la frontera del tiempo, se sitúa más del lado del acontecer, por su carácter tentativo y abierto.
Es curioso, porque su situación fronteriza acerca también a la bioética a la mentalidad científica de la medicina, la biología o las ciencias ambientales, pero ya no es a esa ciencia parmenídea, sino a la ciencia también itinerante y en contacto con disciplinas humanísticas, abierta al diálogo y a la provisionalidad.
Las mentalidades del ser y del acontecer se construyen con sendas lógicas contrapuestas: la lógica de la esencia y la lógica de la posibilidad.
De prevalecer la segunda, en lugar de la categoría ser pasa a primer plano la de posibilidad.
El lenguaje de la primera se corresponde con la lógica de la identidad, de la esencia, de lo que es de forma estable y contundente.
Habla de lo eterno e inmutable y, por esa razón, se formula en dogmas.
La lógica de la segunda es la lógica de la posibilidad.
Razona sobre lo que aún no es pero avanza hacia serlo.
Su principio básico no es el principio de identidad (S = P, el sujeto es su predicado) sino el de la posibilidad (S ≠ P).
El sujeto no es aun su predicado pero puede y se aspira a que lo sea: debe serlo.
Lo cual posee enorme relevancia para la ética, porque sustituye la frontera de la perfección ya poseída y su verdad, por el límite entre el ser y el deber, entre el ahora vicioso y el después virtuoso.
La acción moral se concibe menos afirmación que tendencia, adquisición de perfección mediante adquisición de virtud.
Es el tiempo en el que la virtud avanza desplazando y haciendo arcaico al vicio.
La ética de la identidad blinda los conflictos entre lo inmutable y lo cambiante, mientras que la ética de la posibilidad genera diálogo y tolerancia, reconocimiento.
Existen diferentes fronteras del tiempo: la que cierra un periodo de tradición y la que abre un futuro esperado.
Entre ambas existe un intervalo de provisionalidad en el que, sin embargo, se gesta algo.
La bioética es fecunda al interesarse por la frontera delantera, la que está situada al borde del acontecer, la que delimita el ahora con el después, el presente con el futuro y en la que campean la posibilidad y el compromiso.
Es la delantera del Norte que orienta, donde se dan cita la novedad, la sorpresa, el riesgo de lo inédito...
A esta frontera, la sociología cultural la denominó vanguardia.
Un término que ha perdido sus connotaciones bélicas para adquirir rasgos de innovación y progreso.
Sus confines abundan en aporías de lo irrealizable, pero también en esperanzas de lo posible.
En todo caso, es frontera sombreada por la ambigüedad de los intervalos deslizantes del tiempo que acelera.
A pesar de todo, sin embargo, es la frontera donde la moralidad adquiere tonalidades intensas, al ser en ella donde se concretan las elecciones, las decisiones y los compromisos.
Es el territorio donde campea el principio de responsabilidad (Jonas, 1995).
El que prescindamos, aunque en modo alguno por irrelevantes, de la frontera de atrás donde perdura la tradición (o de la de al lado, donde existen eventos contemporáneos), no implica menosprecio del pasado o de lo coetáneo.
No. Se trata, sin más, de efectuar epoché fenomenológica para comprender en estado puro el significado de la categoría lógica de frontera al borde del tiempo (Husserl, 1987)2.
De igual manera que llamamos umbral a la entrada en una estancia, la entrada en una nueva época se sitúa en el umbral del tiempo, que delimita épocas.
El ensayo sociocultural ha atribuido tal rasgo a los inicios del siglo XXI.
En esa frontera del tiempo transcurren los diálogos socráticos de que se ocupan los ensayos aquí reunidos.
Sus temas están escenificados en lapsos limítrofes del razonar en donde este avanza, progresa o retrocede a impulsos de la reflexión.
Son asuntos de frontera, traídos por la llegada de una civilización tecno-científica, dispuesta a colonizar el mundo en que vivimos, mundo creado por ese animal, el ser humano, que es simultáneamente faber, simbólico y moral, y por ello, mantiene y transmite cultura depositada en los valores sobre los que se sustenta la ética, el derecho, la estética y la religión.
Reflexionar en la frontera del tiempo impone a todo pensamiento una condición: la modestia de lo transitorio.
Lo exige la naturaleza de la cosa.
La reflexión se percibe como quehacer en devenir, sometido, como el diálogo socrático, a su avanzar dialéctico.
Las sendas que cruzan la frontera del tiempo tienen mucho de los heideggerianos senderos en el bosque y más aún de los machadianos caminos que hace el andar en lo desconocido y aún carente de indicadores.
Son, por ello, sendas del caminante que avanza a tientas.
El pensamiento bioético es un pensamiento puntual y provisorio, ajeno a pretensiones dogmáticas.
Se desarrolla de un lugar donde las sombras se entrecruzan con las luces, manteniendo tanto la perplejidad de la duda como la seducción del misterio.
El razonamiento, en tal situación, se sabe incompleto y abierto.
La reflexión es proceso, no tesis: búsqueda, a veces hallazgo y otras veces fracaso.
Los datos que aporta el presente son arranque y despegue para una nueva frontera.
Eso significa bioética en el frente delantero de la frontera.
No sentirse prisionero de una herencia moral recibida sino entenderse como tarea tendencial al investigar en el presente las posibilidades de futuro.
El presente pierde su referencia al ahora para convertirse en futuro latente, motivado por la esperanza de un progreso moral, y por el compromiso de contribuir a alcanzarlo.
ESPERANZA DOCTA Y CONCIENCIA MORAL
La reflexión y la ciencia generan conciencia.
Saber reflejo en el que el médico o el paciente obtienen una imagen de su propia personalidad moral o física.
Reconocerse a sí mismo es una de las capacidades del espíritu humano.
El enhebrar razonamientos o el acumular datos genera a menudo pesimismo cuando refleja un ahora lesionado y roto que produce dolor y angustia.
Uno se descubre a sí mismo en proceso de perderse.
La perplejidad, en esa situación, desdobla al pensamiento y a la acción en dudas y contradicciones.
La conciencia, en estos casos, se rompe y desgarra.
La frontera del tiempo la modula bajo un deseo dominante: la necesidad de salvación.
Con resonancias gnóstico-religiosas, Hegel calificó a esa representación de sí mismo con el rótulo conciencia infeliz (Hegel, 1952), a la manera de producto de un demonio maligno que exacerba la lucha y la culpa.
Tal forma de conciencia, sin embargo, está llamada a ser corregida en la frontera del tiempo cuando aparece la esperanza que sustituye al pesimismo existencial por el optimismo militante.
No son Freud, ni Heidegger ni Sartre quienes en esa situación marcan la frontera delantera del tiempo.
El primero porque evoca trapos sucios arrinconados en la sordidez del inconsciente y que causan traumas y neurosis.
El segundo porque agobia con angustia y preocupación al anticipar la muerte como destino.
El tercero porque amarga la vida mediante las experiencias de la náusea o del absurdo.
Ninguno de ellos habita en el pensamiento de la frontera delantera.
Restan varados en la reflexión de la caducidad y de la nada.
La esperanza confiada del paciente y del médico transforma la conciencia.
El ahora del enfermo se disuelve en el horizonte más amplio de un futuro posible.
La esperanza se torna docta cuando la reflexión arroja luz cognitiva sobre las posibilidades de un futuro mejor.
La relación médico-enfermo, en ese caso, se colorea de optimismo y complacencia.
De suyo, la esperanza originaria se adscribe a estados psicológicos adscritos a las emociones y pasiones, como son el deseo o la tendencia hacia el bien futuro.
La esperanza, en ese sentido, tal como E. Bloch la tematizó, constituye el instinto fundamental del acontecer humano (Bloch, 2006, Gómez-Heras, 1977) y por ello la raíz de una experiencia optimista de la vida.
La conciencia moral adopta entonces la forma de conciencia anticipatoria, construida con conocimientos que aportan esperanzas, y comprometida con la consecución de lo que ellas contienen.
Es entreacto en el que dialogan la ciencia y la ética.
El profesional sanitario acuña la conciencia del paciente y el consentimiento informado es un instrumento que sirve para ejercer la prudencia en la deliberación y la decisión.
La bioética se entiende no solo como narración de un pasado acontecido sino sobre todo como aspiración a un futuro por acontecer.
Es lo que la esperanza aporta al deseo y a la pulsión.
La modalidad de conciencia moral fundamentada sobre la docta spes se asemeja a la concepción aristotélica y tomista de la adquisición de perfección mediante el crecimiento en la virtud.
Crecimiento que afecta tanto a la parte cognitiva del ser humano como a las dimensiones volitiva y emocional (Aquino, 2012, Aristóteles, 1999).
Se trata, por ello, de una conciencia gradual, en donde la ética abandona el inmovilismo que aportan las definiciones y los dogmas ideológicos, en el sentido primigenio que lo utilizara el propio Marx, como falsas conciencias, para adquirir una estructura ascendente en la que abundan los matices y las interinidades.
La esperanza puede fallar tanto como la reflexión puede errar.
Pero manteniendo siempre su vocación de verdad y perfección.
Funda un modelo de ética dinámica, en donde el agente moral tiende hacia su télos o entelecheia, como estado de excelencia y perfección y, por ello, de felicidad.
La ética, en ese caso, se convierte en peregrinaje intelectual, compromiso militante y ejercicio ascético, pero también en camino para la felicidad.
Mientras Platón vinculó tal proceso a la dialéctica del eros, en cuanto pulsión impelente hacia el reino de las ideas, Aristóteles lo reformula con el modelo teleológico del obrar humano, que tiende hacia un fin supremo (eudaimonía) a través de fines intermedios (Aristóteles, 1999, Platón, 2002)3.
El pensamiento medieval mantuvo ese mismo esquema formal si bien lo rellenó de contenidos teológicos: el itinerarium mentis in Deum o camino de la mente hacia Dios (Buenaventura de Bagnoregio, 1259)4.
La ética, a diferencia de la tradición, prioriza el tiempo de la esperanza.
Es, en cualquier caso, una conciencia de talante optimista y reformador.
Descripción científica, reflexión especulativa y conciencia moral se viven tanto del pasado, como del presente y del futuro, pero cada una de ellas enfatiza una dimensión diferente.
La ciencia se interesa fundamentalmente por los datos del pasado —la experiencia acumulada— y del ahora —la facticidad de los hechos brutos—.
En función de esos elementos especula hipótesis hacia el futuro, pero su método es el empírico-positivista que se preocupa de describir lo que es, las situaciones fácticas, no lo que debería ser.
Configura una conciencia aferrada a lo existente, una conciencia de lo que acontece en el más acá cercano.
Abunda por ello en angustia y escasea en aquello que la afectividad y el deseo imaginan.
En ella, el dato prima sobre la perspectiva.
Aporta elementos realistas y pragmáticos, veracidad objetiva que encorseta la decisión moral al dato.
Carece de proyección narrativa y duración expectante.
La reflexión especulativa, por su parte, posee una mayor profundidad en su exploración del tiempo futuro.
Se alarga hacia el tiempo futuro y conecta con aquellas ideas de que habla Platón en el mito de la caverna (Platón, 2009).
Sin embargo, adolece de inoperancia abstracta a causa de su insensibilidad para lo concreto, de aquello que, en la bioética, trae al caso el pie de cama.
Esta actitud aqueja a idealistas y metafísicos proclives a la especulación.
La conciencia moral fundamentada sobre la esperanza, por el contrario, es tendencia hacia fines que orientan, valores que se aprecian y virtudes que se adquieren a individuos concretos.
La actividad médica adquiere las características de un compromiso militante en donde se pone a prueba lo mejor posible.
El mundo, en ese caso, tiende a convertirse en un laboratorium possibilis salutis.
EL LENGUAJE Y EL ESTILO DE LAS FRONTERAS DEL TIEMPO
Cualquier tipo de pensamiento tiende a construir su forma peculiar de lenguaje.
La vida se plasma en idea, y esta en palabras.
La substancia acuña la forma, y la fachada deja traslucir la interioridad.
El lenguaje de Nietzsche es un ejemplo: se trataba de levantar acta de la ruina y desintegración del mundo burgués.
Por eso el aforismo es la forma de reflejar aquel mundo astillado y contradictorio en el que había desaparecido la unidad.
Es el camino que recorre el pensamiento en la búsqueda de su lenguaje peculiar.
Lo cual obliga a la reflexión a pensar tendencialmente, a hacer camino al andar, según la ya recordada fórmula machadiana.
Solamente la filosofía de epígonos se aferra a un pasado que repite hasta que este cae en el olvido.
Al buscar su propio lenguaje, el pensamiento itinerante y provisorio, el estilo adquiere aquella forma que determinan las pulsiones y fuerzas motrices de la vida.
Fondo y superficie tensan sus propias exigencias para permitir que la palabra no traicione a la idea ni esta al contenido.
La tracción de la vida arrastra al pensamiento, aunque este remolonee y arriesgue atascos.
Platón (Fedro, 247 y ss.) escenificó este rasgo del pensamiento en el galope veloz de los caballos del carro alado en el mundo de los dioses (Platón, 1998).
Quien establece fronteras que acotan espacios se hipoteca a un juego de lenguaje muy diferente del de quien reflexiona y dialoga en las fronteras de lo que acontece.
Entran en escena sendos juegos de lenguaje.
Aquel se puebla abigarradamente de nombres, adjetivos y adverbios de lugar que denotan estabilidad y firmeza.
Se trata de un lenguaje sustantivo en el que predomina el objeto y la cosa y cuyos verbos preferidos son ser y estar.
Es lenguaje de la identidad, en el que las esencias actúan a la manera de rocas inamovibles y las definiciones aspiran a dogmas.
La evolución, el cambio o la tolerancia le son ajenos.
La frontera del tiempo, por contra, configura un acontecer flexible y resbaladizo, apto para la duda, la skepsis y el riesgo.
Por eso su cualidad es la transgresión, en el sentido arriba indicado.
La narración sustituye a la definición y el lenguaje se puebla de verbos que anuncian que algo nace, acontece y puede que camine a la desaparición.
La frontera del tiempo denota la interinidad de lo pasajero, el entreacto entre secuencias, el episodio de la narración inacabada.
Es intervalo e interludio.
Sus certezas se alojan en paréntesis con límites, épocas de prisas, de cuestiones etiquetables de extemporáneas o contemporáneas, de sucesos que al acontecer son ya antiguos en su pretensión de modernos.
El lenguaje pugna por ajustarse a una conciencia moral y a un sujeto agente, que intenta lo posible y progresa con la historia que crea, conjuntando la frontera que marcan la memoria y el recuerdo de un antes y el pronóstico y compromiso con un después.
El lenguaje y la reflexión en los entreactos de la historia se convierten en pasatiempo lúcido, en interludio gratificante.
Boecio, en la frontera temporal entre Antigüedad y Medievo, calificó aquella actividad como consolatio philosophiaee (Boethius, 2012).
A todo mundo vivido, por tanto, corresponde su propio juego de lenguaje, según nos enseñó el Wittgenstein tardío de las Investigaciones Filosóficas (Wittgenstein, 2003)5.
Es dato también confirmado cuando transitamos por las fronteras del tiempo.
El pensamiento gestado en los confines y límites de lo que está aconteciendo vive sus vivencias, piensa en sus categorías y se expresa en sus palabras.
Son los estados de cosas que marcan la salida hacia otras épocas o periodos.
De suyo se trata de eventos emergentes que a la manera de puntas de iceberg anuncian que algo más pesado discurre bajo la superficie.
Configuran a su modo tierra nueva que no quiere ser repetición de lo ya conocido.
Llega a ser en nuestra biografía.
Son categorías y experiencias en las que se expresa el proceso de la historia.
La frontera temporal es el entreacto propio de la posibilidad.
Donde el horizonte se abre al tiempo que comienza y donde prevalecen las incertidumbres sobre las certezas.
El agente moral arriesga entonces decisiones y, por ello, es espacio propio de los compromisos responsables.
La bioética comprometida no es pasatiempo especulativo sino laboratorio de supervivencia, salud y bienestar posibles.
Por eso la frontera es el espacio de la aventura.
Pero con una experiencia del tiempo antiheideggeriana porque la vida no conduce a la muerte.
La frontera, en nuestro caso, marca el límite que acota el ahora deficitario y abre la puerta a lo que emerge en un futuro mejor.
Por eso es el espacio donde domina la esperanza.
Las fronteras del tiempo poseen sus propias categorías y metáforas.
La reflexión moral centrada sobre lo posible esperado coloca en su centro a la idea de progreso.
Cuando tal reflexión discurre por las fronteras en el tiempo utiliza categorías específicas, y todas ellas arraigadas en el tiempo.
Entre ellas destacan las siguientes: novedad, juventud, creatividad, avance, transición, último...
Con ellas se señala el segmento delantero del acontecer que denominamos frente, con el que se abre un periodo de la vida mediante lucha del futuro con el pasado.
La novedad aparece en la raya o instante fronterizo en el que aquello hacia lo que el acontecer camina anticipa un fragmento.
Lo nuevo en un presente deficitario se anuncia como lo otro esperado al traspasar la frontera.
La juventud es metáfora biológica que añade algo peculiar de la frontera: la vitalidad y la inmadurez.
Pero precisamente por ello, es la aptitud que capacita para la creatividad innovadora, el atravesar la frontera mediante trabajo creador.
Lo último se cubre de incognoscibilidad aunque adquiera el rango de telos aristotélico y su conocimiento corresponde tanto al deseo como a la sospecha.
Se expresa más a través de vivencias de tipo cuasi-religioso que de enunciados cognitivos.
La arquitectónica de los conceptos se torna frágil ante la búsqueda que renuncia a claridades cartesianas, porque el futuro no se clarea en los ocasos sino en los amaneceres.
El discurrir biológico y cosmológico del tiempo proporciona las metáforas más expresionistas de la frontera del tiempo: renacer para la frontera que reproduce un pasado viviente, amanecer para el tiempo que comienza, ocaso para el día que termina.
El amanecer de algo se proyecta sobre brumas y contornos difusos.
Solamente se hace claridad cuando irradia la luz y el horizonte se despeja.
Tanto en el amanecer como en el anochecer se entrelazan las luces y las sombras.
La bioética se desarrolla en esas horas de perplejidades y dudas, de tanteos y riesgos.
Si las fronteras locales se ensanchan con espacios conquistados o colonizados, las del tiempo lo hacen con sucesos.
El tiempo carece de cortinas que cierren o prolonguen épocas.
Sus fronteras son paréntesis e intervalos, entretiempos o interludios.
Lo que está llegando por el lado delantero de la frontera se anuncia con un lenguaje diferente al que nos describe situaciones locales o acota espacios.
El léxico del tiempo prioriza la acción sobre la teoría, la ética sobre la metafísica.
El verbo y el adverbio asumen el rol y función del sustantivo.
Los conceptos llegan con retraso a la razón que reflexiona.
Llegan antes las metáforas y las imágenes.
Lo cual se intensifica cuando se narra la propia vida.
Si el análisis precisa conceptos, la narración recurre a la fábula y a la metáfora.
La historia reencarna el espíritu de la odisea, aunque no como retorno a Ítaca sino como encuentro gratificante con Penélope.
Se trata de engarzar datos o experiencias en un relato con sentido.
A ellos se encomienda concretar la cercanía o distancia en el tiempo, la presencia de un ahora inminente con su carga de temores y de esperanzas.
La narración, sea recuerdo sea anticipación, abunda en imágenes.
En ellas la imaginación refleja la distancia entre los hechos y los deseos.
Pero su función prioritaria es reforzar la conciencia de los fines.
También la insuficiencia de los conceptos y de las palabras para dar cuenta de los estados de cosas.
Las fronteras del tiempo marcan épocas y fases del acontecer.
En ellas domina la atmósfera del cambio y el tránsito de eventos.
Los sentimientos de la vida y los horizontes de la conciencia propios de la narración de fronteras pueden adquirir fuertes matices expresionistas.
Expresionismo es el estilo que prescinde de conceptos abstractos y prefiere manifestar con viveza y propiedad las vivencias y los afectos.
Por eso sacrifica la corrección de la forma en ventaja de la expresividad del trazo brusco.
Como en El grito de Munch.
Es el género peculiar de la biografía agobiada en la que la historia es narrada por quien la vive con intensidad, aunque la vida, a diferencia del pasado, impida ser asida y fijada.
El pasado se recuerda pero ya se ha ido.
El futuro permanece en la indeterminación del acontecer.
La expresión es el procedimiento indirecto que intenta fijar lo que acontece (Dilthey, 2006).
Así en la pintura, en la literatura, en el teatro o en la música cuando se objetiva lo que fluye y pasa.
Se trata no de conceptualizar la vida sino de narrarla en un horizonte cuya exégesis corresponderá a la hermenéutica de la subjetividad.
La expresión, por tanto, se sitúa a medio camino entre la vivencia y el concepto.
Lo cual implica una indudable devaluación de la razón y un predominio de los estados de ánimo.
La vida recurre a categorías que no coinciden con las de la razón.
Están referidas más a la experiencia que a la especulación.
Dilthey, y Ortega y Gasset a su zaga, tematizaron algunas de ellas: vivencia, presencia, ausencia, temporalidad, nexo, significado, permanencia, desarrollo, progreso, efecto, resultado (Gadamer, 1977).
Todas ellas se diferencian profundamente de los sistemas categoriales de Aristóteles y de Kant, que son estructuras del ser o del sujeto trascendental y conceptualizan la vida con dificultad.
Aquellas, en cambio, son expresiones que pertenecen a la interioridad de la vida misma (Bollnow, 1967).
NARRAR RECUERDOS Y NARRAR ESPERANZAS
De un tiempo a esta parte ha hecho fortuna la palabra narratividad.
La narración presupone historia y esta tiempo.
La temporalidad es una estructura de la vida que se expresa en lenguaje narrativo (Ricœur, 1999).
Su éxito y notoriedad proviene sobre todo del sector de la estética literaria.
De aquí se ha trasladado a otros ámbitos, entre ellos a la praxis médica y con ella la salud y la enfermedad se identifican con una persona que vive y narra su propia vida (Charon and Montello, 2002, Hunter, 1994).
Lo cual aporta cercanía entre personas cuando se informan o dialogan sobre lo que a ambos concierne.
La ética narrativa, en cuanto que modifica la presentación del paciente, o del ser humano contemporáneo en época de profunda crisis civilizatoria y ecológica, implica una actitud novedosa en la relación médico-enfermo o en la descripción científica de los problemas que nos acechan como especie.
El enfermo o el refugiado climático, por ejemplo, dejan de ser un objeto en un mundo cuantificado por la tecnociencia para convertirse en sujetos que sienten, sufren o gozan.
Aquí sus virtualidades abundan para la bioética por sustentar (a) una reflexión en la que se recuperan aquellos aspectos de la praxis médica en los que se refleja el mundo intransferible del enfermo frente al anonimato de la medicina estandarizada; y (b) una visión-perspectiva necesaria del mundo en que queremos vivir.
El tiempo aporta sus propios contenidos que no son conceptos o definiciones sino vivencias y acontecimientos, que por ser personales, configuran una biografía.
Mientras que una reflexión en la que prime la identidad de lo que somos priorizará la definición, la ética en las fronteras del tiempo hará prevalecer la narración.
El paciente como protagonista de un relato construye su identidad con experiencias y eventos personales.
Es historia narrada que ofrece más una trama que un dato.
La bioética en la frontera del tiempo sitúa su experiencia de la enfermedad en lo cercano acontecido y en la imaginación de lo próximo por acontecer.
El relato y la reflexión sobre el mismo generan conciencia teórica y moral.
En el relato, el enfermo se reconoce a sí mismo como agente que puede emprender algo testimoniando su autoestima o su menosprecio (Ricœur, 1996).
No existe identidad narrativa sin una historia que la configure.
Una identidad, por tanto, de la que el paciente es el autor.
Autor y personaje de la historia coinciden.
A veces con los otros, en el interior de una comunidad que acuña aquella identidad como hecho social (MacIntyre, 2013).
En este caso, el sentido del relato deriva de la contextualización del mismo en un horizonte narrativo delimitado por la vida personal y social del paciente, en su situación en la vida (Sitz im Leben).
Si Platón concibió el saber como recuerdo (anamnesis), al repetir nuestra reflexión un mundo anterior de ideas que se recuerdan (Platón, 2004), o si Freud trazó caminos de regresión de un mundo dado con anterioridad en el inconsciente, la frontera delantera del tiempo maneja la anticipación o prolepsis, donde naturaleza y razón se avalan, según doctrina conocida de los estoicos (Sandbach, 1996).
De ser ello así, la frontera del tiempo tiene mucho de despedida y por ello de final de un episodio que enlaza la narración con una escena que inaugura un acto nuevo.
La herencia ni se ignora ni se niega.
Se reconstruye en un futuro deseado y esperado.
Las tradiciones se asumen en cuanto eran portadoras de progreso e innovación.
El pasado y la tradición se aprecian en tanto contribuyen al progreso, a la manera como la espiritualidad tardomedieval mediante redescubrimiento de la interioridad impulsó la eclosión del sujeto moderno.
Mirar lo ya acontecido no quiere decir repetir el destino de la mujer de Loth, convertida en sal al contemplar el pasado siniestro.
Existen, por tanto, dos modalidades de dar contenido a los relatos: la memoria que recuerda y la esperanza que anticipa.
Entre ambos media la frontera delantera del tiempo.
Se corresponden con la enfermedad vivida y con la sanación posible esperada.
En un caso se narran recuerdos; en el otro esperanzas.
Las fronteras del tiempo en la praxis médica tensan al paciente, al sanitario y a la relación clínica entre ambas situaciones: la enfermedad que oprime y la esperanza que libera.
Están coloreadas por las vivencias y sentimientos de lo inmediato que abre posibilidades a través de la imaginación creadora.
Son estados de ánimo que abundan en el lapso de tiempo que precede al quirófano.
Los ritmos de la vida, en ese caso, se aceleran.
Coexisten al borde de la frontera del tiempo la salvación esperada y la angustia de un presente incierto.
Son los momentos en que puede hacer acto de presencia la religión con su carga de abnegación y de solidaridad.
Por eso, in extremis, aparecen en escena las situaciones que borran las fronteras del tiempo: el más allá, el siempre, el nunca, la eternidad. |
Juicios morales y fronteras biológicas: más allá de la frontera razón/ emoción
Construimos fronteras con supuesta base biológica y derivamos juicios morales de ellas.
Asimismo, suponemos que fueron nuestras emociones —el miedo, el asco o la rabia— las que nos llevaron a tal error, especialmente cuando nos damos cuenta de la inconsistencia lógica de derivar juicios morales de dichas fronteras.
En consecuencia, solemos identificar emociones con prejuicios, creencias u opciones falaces de las que más nos valdría librarnos.
Sin embargo, como se tratará de argumentar a continuación, las emociones no son la causa del problema.
Primero, porque el marco conceptual clásico dicotómico en el que razón y emoción son dos polos opuestos regidos por una tensión irreconciliable es a su vez cuestionable.
Segundo, porque las emociones, en cuanto alarmas transmisoras de información relevante, pueden ser un elemento tremendamente útil en la identificación y superación de las discriminaciones surgidas de las fronteras dicotómicas.
Así, el objetivo de este trabajo es analizar la relación de estos tres elementos, a saber, fronteras biológicas, juicios morales y emociones y, finalmente, argumentar a favor de las conexiones entre razón y emoción, mostrando los posibles beneficios de remplazar el modelo dualista por uno relacional.
Hamlet, Acto I, Escena V
¿QUÉ SON LAS FRONTERAS BIOLÓGICAS?
La filosofía moral ha estado dominada en su tratamiento de problemas prácticos, tanto en el pasado como en el presente, por clasificaciones morales de base supuestamente ontológica/biológica, a saber, las fronteras biológicas.
Asimismo, es fácilmente constatable que, aún hoy, se construyen fronteras basadas en diferencias biológicas en multitud de casos.
Quizás las más relevantes o visibles sean las de la especie, el sexo, la etnia e incluso la cultura en los casos en los que es comprendida como un organismo vivo que funciona como una unidad al margen de las demás.
Del mismo modo, se encuentran fronteras al inicio y al final de la vida, entre lo natural y lo artificial, entre lo humano y lo no humano, etc.
Igualmente, estas conceptualizaciones de lo real se mueven en una lógica dual —p. ej. humano/animal, hombre/mujer, cultura/naturaleza, razón/emoción—, dicotómica, valorativa, jerarquizante y sobre todo excluyente al subordinar una de las dos caras de la disyunción a la otra.
En este sentido, como fronteras valorativas, no son sino formas de discriminar.
Efectivamente, dado que implican una valoración de lo real respecto del esquema dual previo, influyen en el tratamiento de los problemas morales y legales.
Dicho de otro modo, y siguiendo las tesis de K. J. Warren (1990), la construcción de las fronteras biológicas asume un marco conceptual dualista y dicotómico, basado en una tensión irreconciliable entre ambas partes de todo, en el que uno de los polos se convierte en el término privilegiado (A) frente al defectuoso (no-A), y en el que la subordinación se justifica como moralmente inherente a la relación entre A y no-A.
En este sentido, se puede afirmar que las fronteras biológicas se asientan en una estructura argumentativa dicotómica identificada por distintas autoras como la "mentalidad del muro de Berlín" (Prokhovnik, 1999, 21), la "lógica de dominación" (Warren, 1990, 127) o la "lógica de la colonización" (Plumwood, 1993, 41).
Al mismo tiempo, las fronteras biológicas son, pues, construcciones humanas cuyo fin principal es clasificar y sistematizar la viscosa y escurridiza complejidad de la realidad.
No obstante, que sean construcciones humanas no implica negar la existencia de diferencias biológicas en las que se asientan las mismas, ni siquiera implica entrar en el grado de realidad biológica u ontológica de tales diferencias.
Por el contrario, simplemente supone llamar la atención sobre dos ideas a veces entremezcladas, a saber, 1) que del grado de realidad biológica de las diferencias no se deriva necesariamente el mismo grado de realidad biológica de las fronteras y, 2) que la realidad es un continuo, una amalgama de procesos y relaciones, siendo el ser humano el que analiza, clasifica y pone límites.
Dicho de un modo más simple, vemos las diferencias, pero no las fronteras.
Incluso si se pensase que no son construidas por el ser humano y que existen de hecho, esto solo demostraría que son naturales, pero no "morales," por lo que, en un sentido estricto, no encerrarían ningún juicio de valor en sí y por sí mismas.
Por tanto, se parta de la cosmovisión que se parta, más o menos naturalista o constructivista, se podría admitir que las fronteras son construcciones, pues encontrar en la realidad una diferencia entre A y no-A no implica encontrar en la realidad una frontera entre ellas.
En palabras de S. Pinker, "algunas distinciones (...) pueden tener algún grado de realidad biológica, aunque no sean unas fronteras exactas entre unas categorías fijas" (Pinker, 2003, 219).
Estas clasificaciones se pueden construir de diversas maneras, como de hecho ya ha ocurrido: bien por eliminación, prescindiendo o ignorando aquello que complicaría la misma, ya sea por conocimiento o por desconocimiento, bien por asimilación, interpretando lo desconocido según los patrones de nuestra clasificación con el fin de que encaje en esta (Charo, 1999, 277-292).
En suma, las fronteras biológicas son formas de clasificar, ordenar y simplificar la realidad que afectan a tres dimensiones vitales para el ser humano: la ontológica (ser), la epistemológica (saber) y la moral (hacer).
Canalizan la información sobre nuestra identidad, sobre el mundo, y sobre nuestros actos.
Así, son un modo de acercamiento a la realidad mediante el que construir la propia identidad en relación a "lo otro," lo que no se es.
Son una manera simple de conocer lo que quizás sea más complejo y son límites de lo normal, pues tanto la frontera en sí misma como todo lo que cae dentro de ella se mueve en el eje de lo conocido, convirtiéndose finalmente en criterio de acción.
Bajo este esquema, habitar a un lado de la frontera implica ser natural, respetable o estimable y normal, esto es, implica estar dentro de la normatividad, siendo lo que está en el otro polo lo antinatural.
Sin embargo, no se puede dejar de recordar que existen casos fronterizos, casos que no encajan en esta conceptualización dual de la realidad, que no son ni A ni no-A, bien por compartir características de ambos lados de la frontera, bien por estar más allá de estos pares, bien por ser graduales, bien por ser más complejos de lo que este esquema permite.
Por lo tanto, no será descabellado sospechar que algo falla en los cimientos de las fronteras biológicas.
¿POR QUÉ CREAMOS FRONTERAS BIOLÓGICAS?
Ante todo aquello que es creado y que, por tanto, podría no haber sido, cabe preguntarse por su razón de ser.
Una de las muchas explicaciones que se pueden dar al respecto es el hecho de que las fronteras constituyen una fuente de seguridades para el ser humano, seguridades sobre quiénes somos, sobre cómo es el mundo y sobre qué hacer.
Las fronteras biológicas surgen de la necesidad humana de clasificar y sistematizar, afán bajo el que se encuentra un deseo de simplificar.
Así, estas fronteras evitan que la complejidad de lo real haga tambalear nuestras seguridades al mismo tiempo que nos protegen ante lo desconocido, ante todo aquello que hemos decidido —por alguna razón— colocar más allá de la frontera.
En efecto, son límites de lo "normal" que nos evitan una vida llena de ansiedades y nos permiten actuar superando un posible estado de incertidumbre o duda constante, el cual llevaría a la inacción plasmada en la imagen del famoso asno de Buridán.
¿Acaso no estarían nuestras vidas teñidas de cierta angustia o, al menos, inseguridad si no contáramos con una frontera, tan clara como circunstancial, entre la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, lo normal y lo marginal, el niño y el adulto, el animal y el ser humano, entre la nada y la existencia, entre lo respetable y lo indiferente?, ¿cómo podríamos actuar sin partir de unos supuestos?
Es más, ¿acaso actuaríamos o estaríamos más bien avocados a la apatía?
¿Qué haríamos ante los casos complejos y graduales?, ¿cómo trataríamos a los demás?...
Piénsese solo en lo angustioso que sería para cualquiera tener que vivir sin alguno de estos supuestos.
Una posible razón que justifica la necesidad de estas fronteras y seguridades no es otra que el miedo a lo desconocido y a lo distinto.
Si necesitamos seguridades, implica que existen miedos, incertidumbres, etc.; por lo que las fronteras biológicas remiten, al menos, a una emoción.
En efecto, las fronteras biológicas y los argumentos de pendiente resbaladiza que se utilizan cuando la frontera parece quebrarse remiten a muy diversos miedos, a saber, al miedo a lo desconocido, a lo distinto, a lo extraño, a lo antinatural y a llegar a situaciones o contextos que hemos etiquetado de tal modo.
Si hemos construido lo que somos respecto de lo que no somos, ver que el límite no es tan claro o que se puede traspasar, implica ponernos a nosotros mismos en duda.
Sin estas seguridades nos sentimos vulnerables, pues el miedo no es sino una señal que informa de no estar preparados para afrontar una amenaza, sea esta real o no.
Se trata, por tanto, de un miedo en muchos casos a vernos igualados a todos aquellos individuos o situaciones que hemos rechazado.
Se trata del miedo a una pérdida de la identidad, a perdernos a nosotros mismos al perder aquellos límites que nos definían, como en el caso de las fronteras étnicas, sexuales y de especie.
Así, el miedo a lo nuevo entendido como miedo a lo/s extraño/s explica que hayamos construido fronteras biológicas unidas a juicios morales en las que se deja fuera todo lo distinto.
En segundo lugar, el miedo a todo lo que representa una amenaza para la supervivencia explicaría las fronteras de especie y del final de la vida, pues son peligros evolutivos especiales.
"Cuando una situación determinada es con frecuencia responsable de la muerte de una parte considerable de los miembros de una especie, durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo (a escala evolutiva), cabe esperar que los individuos de dicha especie desarrollen un temor innato hacia alguno de los estímulos característicos de tal situación, con el fin de evitarla" (Gray, 1993, 32).
Esto explicaría, en parte, por qué no es tan fácil desdibujar las fronteras relativas a la consideración moral de los seres de otras especies, o la frontera entre vivo y muerto en relación con el miedo a los cadáveres.
Del mismo modo, este miedo a que lo nuevo sea un peligro para la supervivencia queda patente en los argumentos a favor de estas fronteras, pues tirar tal barrera sería un hecho novedoso, un cambio que nos dejaría conceptualmente desnudos.
Parece claro, entonces, que lo que estos argumentos intenta decir a gritos es que "lo que excede a la capacidad de previsión aparece también como un peligro" (Marina y López Penas, 1999, 245).
Por lo tanto, bajo un supuesto principio de prudencia, se ocultaría un miedo a lo inesperado, a lo distinto, a lo desconocido, a lo extraño y al error humano, lo que demuestra: 1) lo peligroso que es hacer depender de las fronteras biológicas nuestro trato con los demás y nuestros juicios morales, pues nos deja en una minoría de edad constante, y 2) la creciente desconfianza moral hacia nuestros propias capacidades y decisiones cuando no contamos con el respaldo de una fuente externa, entrelazándose así un miedo a renunciar a creencias profundamente arraigadas y plasmadas en nuestra cosmovisión dualista con un miedo a que una moral autónoma tenga unas bases poco sólidas.
Así las cosas, se podría aventurar que necesitamos seguridades para vivir y hoy las buscamos en la ciencia y en las interpretaciones que hacemos de ella.
Como afirma Warnock, "cuanto más secular se hace una sociedad, más necesarias para su seguridad se hacen las regularidades del mundo natural" (Warnock, 2004, 93).
De este modo, si se entienden las fronteras como derivaciones de interpretaciones de la biología, se entiende que la ciencia sea tratada como una nueva fuente de normatividad, "como algo sagrado" (Bloor, 2003, 90).
DE LAS FRONTERAS BIOLÓGICAS A LOS JUICIOS MORALES
De lo dicho hasta el momento se puede concluir que, en tanto que las fronteras ofrecen seguridades, son útiles.
Así, se podría defender que las fronteras biológicas, ficticias o reales, construidas o naturales, se podrían justificar en tanto que son ventajosas vital, psíquica y epistemológicamente.
Esto es, existiría una justificación funcional de las mismas.
Sin embargo, nada de esto aporta ninguna pista relevante sobre la in/justificación de derivar juicios morales de ellas.
Es decir, afirmar que funcionan porque apaciguan los miedos y aportan seguridades, no es afirmar que sean una fuente legítima, por sí mismas, de juicios y prescripciones morales; pues que sean útiles no implica que sean moralmente relevantes, siendo este salto el verdaderamente peligroso.
De este modo, se podría justificar funcionalmente la existencia de fronteras contingentes, sabiendo que son provisionales y que el avance en los conocimientos las hará móviles, pero no se podrá justificar moralmente su papel como fuente de normatividad.
De hecho, el intento implica ya un salto cuestionable al otorgar autoridad moral a un constructo epistémico.
Al realizar este salto, se está suponiendo que la existencia y utilidad de algo es suficiente justificación como para convertirlo en coordenada o criterio moral, confundiendo así la realidad ("A es") con la funcionalidad ("A es útil") y con la moralidad ("A es bueno").
Sin embargo, "A es útil" es una proposición fáctica y, por ende, amoral por sí misma, de igual naturaleza que otras proposiciones fácticas como "A existe", "A es natural" o "A es verdad."
Todas pertenecen a la esfera del ser, la cual no es identificable con la esfera del deber ser ni con las proposiciones prescriptivas, pues los criterios de veracidad y falsedad no son en ningún caso análogos al criterio de bondad y maldad ni son, en último término, fuente de moralidad.
Ciertamente, algunas de las fronteras biológicas creadas pueden ser una quimera, pero ninguna, veraz o no, es moralmente buena o mala en sí misma.
El problema es, pues, que al marcar una frontera de valor hayamos tenido que crear o buscar una frontera ontológica/biológica y viceversa, que al crear o encontrar una frontera de hecho hayamos considerado que también era una frontera de valor.
Sin embargo, si se separan ambos campos, el epistémico y el moral, se ve que la interpretación de las fronteras biológicas, no solo como límites de lo normal, de lo conocido o de lo seguro, sino como límites, garantes y generadoras de lo bueno, nos han puesto ante encrucijadas morales.
Hemos identificado la frontera con el límite del bien y lo conocido con lo bueno, aún siendo la funcionalidad irrelevante como argumento moral en el caso de la relación entre fronteras biológicas y juicioso morales.
En definitiva, si se otorga relevancia moral a las fronteras biológicas se estará cometiendo el salto del "es" al "deber" que Hume ya denunció:
"En todo sistema moral de que haya tenido noticia (...) de pronto me encuentro con la sorpresa de que, en vez de las cópulas habituales de las proposiciones: es y no es, no veo ninguna proposición que no esté conectada con un debe y no debe. (...)
En efecto, en cuanto que este debe o no debe expresa alguna nueva relación o afirmación, es necesario que esta sea observada y explicada y que al mismo tiempo se dé razón de algo que parece absolutamente inconcebible, a saber: cómo es posible que esta nueva relación se deduzca de otras totalmente diferentes" (Hume, 2005, 633-634).
Así, Hume denunciaría lo que ha dado en llamarse falacia naturalista.
Sin embargo, por su relevancia para el asunto de las fronteras biológicas y juicios morales, no querría quedarme únicamente con la interpretación clásica de la injustificación del paso del "ser" al "deber ser".
Por el contrario, me gustaría incorporar los matices que pueden aportar dos reinterpretaciones para el caso de las fronteras biológicas, a saber:
1) La reinterpretación como bicondicional.
La falacia naturalista se ha leído habitualmente como un condicional —el ser implica el deber ser— en el que es erróneo derivar la conclusión de la premisa.
Sin embargo, y si se admite que este salto es falaz, debería leerse también en la otra dirección y denunciar que es igualmente erróneo intentar encontrar un origen natural, ontológico o biológico a todo aquello que se considera bueno, correcto o moralmente prescriptible.
Ambos casos se dan en la relación entre fronteras biológicas y juicios morales: intentamos que nuestros juicios morales encajen en las fronteras admitidas, (por ejemplo, que ningún ser humano quede desprotegido aunque no encaje en la definición de persona) y derivamos de aquéllas derechos, prerrogativas, etc. En palabras de Pinker, "la falacia naturalista lleva de inmediato a su opuesta, la falacia moralista: si un rasgo es moral, se ha de encontrar en la naturaleza.
Es decir, el "es" no solo implica el "deber ser", sino que el "deber ser" implica el "es"" (Pinker, 2003, 245).
En definitiva, se trata de defender, con E. Guisán, que,
"no existe nada menos filosófico que mantener que la virtud es igual a lo natural y el vicio a lo no natural, ya que si entendemos por natural lo que se opone al mundo de la magia y los milagros, tanto el vicio como la virtud son igualmente naturales; si, por otra parte, entendemos natural como lo opuesto a lo no habitual, posiblemente la virtud sea una de las cosas menos habituales o más inusuales, y por último, si natural se opone a aquello que se crea mediante artificio, tanto la virtud como el vicio son creaciones humanas"(Guisán, 1986, 186).
2) La reinterpretación empirista.
Es necesario, en lo relativo al método y los presupuestos, recoger la interpretación neonaturalista que se puede hacer de Hume, pues esta muestra que lo que se critica es "cierto tipo de naturalismo, en especial el metafísico y el teológico, pero no toda forma de naturalismo" (Tasset, 1999, 103).
Así, se podría ser empirista en la aplicación del método científico —inductivo— al estudio de la moral, sin restar así peso a la ciencia en la labor de comprender qué somos y sin tampoco caer por ello en este tipo de falacia.
Limitar el valor de las fronteras biológicas no implica, o al menos no es la intención de estas páginas, negar cualquier tipo de presencia de la ciencia en el estudio de la moral.
Más bien, en la línea de Hume, se pretende reinterpretar el naturalismo, no como base de una moral heterónoma, sino afirmando simplemente que la fundamentación de la moral necesita unos cimientos empíricos, los cuales no deben confundirse con las fronteras dicotómicas anteriormente criticadas.
Como señala J. Turner, "somos homínidos en nuestro corazón (...) [y] no podemos, por tanto, desarrollar teorías (...) sin tomar en consideración el legado biológico de nuestros ancestros en tanto que continúa influyendo en la acción y la interacción humana"(Turner, 2000, 1).
En pocas palabras, de la ciencia no se pueden derivar juicios morales, sino conocimiento sobre la moral.
Por todo lo dicho habría que cuestionar la tendencia a identificar lo conocido, lo útil y lo bueno, más que las mismas fronteras, pues lo peligroso no son ellas, sino las interpretaciones que se pueden hacer de las mismas.
Los problemas morales, las discriminaciones y los abusos relacionados con estas fronteras, no los crean ni los solventas ellas, simplemente los hacen visibles.
En este sentido, del mismo modo que no es justificable derivar juicios morales de la simple funcionalidad de algo, tampoco sería necesario cerrar los ojos ante la naturaleza ni eliminar todas nuestras clasificaciones, pues "reconocer la falacia naturalista solo implica que los descubrimientos sobre la naturaleza humana, por sí mismos, no dictan nuestras decisiones" (Pinker, 2003, 248).
EMOCIONES BAJO LAS FRONTERAS
Derivamos juicios morales de fronteras biológicas y construimos dichas fronteras motivados, entre otras cosas, por emociones tales como el miedo.
De esto se podría inferir que la incorrección de derivar juicios morales de estas fronteras se debe a las emociones, siendo estas el origen de toda esta maraña, de las valoraciones y de las consiguientes discriminaciones y abusos surgidos de estas clasificaciones biológicas.
Sin embargo, algo falla en esta argumentación, pues, ¿cómo es posible que aquellos juicios, valoraciones y, en muchos casos, discriminaciones que primero se justificaban como correctos lógica y normativamente, como conclusiones de argumentos racionales sustentados en verdades biológicas u ontológicas, pasen a ser fruto de nuestras emociones cuando ya no creemos en ellos?
¿Cómo es posible que afirmemos de un mismo juicio que está sustentado en la razón cuando nos convence y pase a estar fundado en las emociones cuando descubrimos que hay algo erróneo en él?
Es cierto que tras las fronteras se encuentran emociones pero, ¿son acaso ellas responsables de los juicios morales discriminatorios que hemos derivado de dichas fronteras?
Mi respuesta es negativa.
Las emociones no son las responsables —o al menos no únicamente ellas— de los resultados no queridos derivados de las fronteras biológicas, por dos razones, que a continuación desarrollaré:
1- porque estas afirmaciones o acusaciones asumen a su vez la existencia de otra frontera hoy cuestionable, a saber, la establecida entre razón y emoción; y
2- porque no tienen en cuenta el valor cognitivo de las emociones.
La frontera entre razón y emoción
La idea de que las emociones son juicios errados, prejuicios o turbaciones de la razón no es nueva.
Tradicionalmente, al menos en occidente, las emociones han sido tratadas como reacciones pasivas, instintos o ideas falsa, contrarias a la razón, en un sentido lógico y normativo.
Esto ha tenido varias implicaciones: 1) la conceptualización de las emociones "a expensas de la razón" (Casacubierta, 2000, 9), 2) la constante confusión o identificación de lo emocional con lo supuestamente bajo, desechable, negativo o devaluado, y 3) la idea, en relación con la moral, de que las emociones son la causa de los comportamientos y acciones irracionales, que en este contexto se traduce en moralmente reprobables.
Ejemplos de lo dicho se encuentran en definiciones de las emociones como "enfermedades del alma" (Lactancio, 1996, 132), "deformaciones de la razón y juicios errados de la misma" (Temistio, 1996,130), "impulsos ciegos y violentos" (Séneca, 1986, 75) o "pensamientos confusos" (Descartes, 1951, 232), así como en consejos tales como "seguir las razones que sean contrarias a las que la pasión presenta" (Descartes, 1972, 133).
Por tanto, considero que no es nada aventurado afirmar que el menosprecio de las emociones en el campo cognitivo y moral ha sido la tónica imperante en la filosofía occidental, al menos en el pasado.
En efecto, la tradición filosófica occidental ha supuesto y asumido como algo dado, primero, un dualismo excluyente, un antagonismo irreconciliable entre el par razón-emoción, siendo la emoción lo no racional y viceversa, y, segundo, ha identificado la corrección lógica, y con ella la racionalidad, con la corrección moral.
A su vez, el dualismo excluyente que este modelo clásico implica necesariamente escoger uno de los dos polos que conforman el par, lo que, unido a los supuestos asociados a la razón, "lleva normalmente a la gente sensata a rechazar la emoción y a verla como una categoría inapropiada" (Barbalet, 2002, 1).
Partiendo de esto supuestos es comprensible que las emociones hayan sido vistas como una especie de enemigo interior a combatir, como un intruso que no deja pensar, ver y decidir con claridad, o, en definitiva, como aquel elemento ciego, farragoso o turbulento de la psiche humana.
Por ello mismo es también comprensible que en la relación entre fronteras biológicas, juicios morales y emociones se haya pensado que estas últimas a) son las causantes de nuestros juicios erróneos y b) no tienen nada que decir respecto de la moral, pues no son sino un obstáculo que coartaría la capacidad de decisión libre al cegarnos y acabarían con el requisito de universalidad de los juicios morales.
En palabras de Hume, "nada es más corriente en la filosofía, e incluso en la vida cotidiana, que el que, al hablar del combate entre pasión y razón, se otorgue ventaja a esta última, afirmando que los hombres son virtuosos únicamente en cuanto que se conforman a los dictados de la razón"(Hume, 2006, 558).
Sin embargo, si vamos más allá de la concepción clásica en la que razón y emoción se relacionan como eternos enemigos, se pueden encontrar conexiones relevantes entre estos elementos, de manera que quizás habría que reconsiderar nuestra imagen del ser humano como un individuo esquizofrénico.
Siguiendo la idea de Prinz, "preguntar cómo se relaciona la una con la otra puede llevarnos a descubrimientos que no haríamos si no hubiésemos formulado la pregunta" (Prinz, 2004, p.41).
De hecho, formular esta cuestión puede llevarnos, en un primer acercamiento, a ver que los límites y las fronteras entre razón y emoción no son tan nítidos.
De hecho ninguna definición dada comúnmente sobre la razón agota todo el sentido de este término en todos los casos: o bien incluyen demasiado, o bien demasiado poco.
Así, si se entiende razón, en relación con la funcionalidad y la coherencia, como la capacidad de adecuar medios a fines, como la capacidad de calcular, entonces nos encontramos con que las emociones también son funcionales y también adecuan medios a fines, pues ¿qué hay más racional, funcional o lógico que reaccionar huyendo, en el caso del miedo, cuando algo es valorado/percibido como una amenaza para los fines del sujeto?
De hecho, cuanto más complejo es el asunto al que nos enfrentamos, cuanto más compleja es la decisión a tomar, menos racional se vuelve el proceso.
Piénsese en que diferente es el proceso de decisión implicado en la acción de echarse a un lado para evitar chocar con un objeto, por ejemplo, y el proceso propio de cualquier dilema moral, interpersonal, etc.
Si, por otro lado, se entiende la razón relacionada como la capacidad de pensar, entonces no hay que olvidar que también pensamos emociones; si la entendemos como un proceso mental, las emociones también son proceso mentales, si entendemos la razón como un proceso mental consciente, entonces habría que señalar, primero, que la razón también se compone de proceso inconscientes, y segundo, que no todo lo consciente es identificable con la razón, así como también que podemos ser conscientes de nuestras emociones.
Si, por último, entendemos la razón como universal, habría que señalar que las emociones también son universales, pues al menos en un sentido estructural y más allá de los contenidos, aplicaciones y diferencias culturales y contextuales, todo ser humano está dotado de racionalidad y emocionalidad en un mismo sentido.
De manera, que, a primera vista, parece que la frontera entre razón y emoción es no solo erosionable, sino quizás también revisable.
Efectivamente, en primer lugar, más allá del modelo dicotómico, se puede encontrar una relación inclusiva desde una perspectiva evolutiva o temporal entre "cognición" y "emoción" o, si se quiere, entre el cerebro racional y el emocional, pues no se puede pasar por alto el hecho y las implicaciones de que "el cerebro emocional (sea) muy anterior al racional, [siendo este] una derivación de aquel" (LeDoux, 1999, 45).
Ambos repiten el modelo de muñeca rusa, en el que cada nuevo paso supera e incluye al anterior como fase previa necesaria para su aparición.
Este tipo de relación de muñeca rusa entre ambos sistemas vendría, pues, a sintetizar dos máximas de la evolución, a saber, que 1) "la evolución rara vez desperdicia cosas" (De Waal, 2007, 46) y 2) que "lo viejo siempre está presente en lo nuevo" (De Waal, 2007, 48).
Así, del mismo modo que la parte está en el todo, el sistema emocional está implicado ya en el racional o, si se prefiere, "los ordenes inferiores de nuestro organismo están en el bucle de la razón elevada" (Damasio, 2006, 11).
Por otro lado, la frontera entre razón y emoción es también horadable en un sentido funcional.
Si se entiende emoción y cognición como procesos mentales, y no ya en un sentido neurológico, entonces emoción y cognición serían más bien un constructo teórico (Ekman y Davidson, 1994) donde las fronteras reales son posiblemente borrosas o graduales.
Es decir, si se entiende la cognición como el procesamiento de información, entonces las emociones también son en algún sentido cogniciones pues implican un procesamiento, consciente o inconsciente, de información.
En un sentido más estricto, si se entiende por cognición aquellos procesos con base en el neocórtex o el hipocampo, se podría entender la emoción y la cognición como dos maneras de procesar información bien diferenciadas, identificando la primera con una forma de valorar con efectos directos en la conducta, y la segunda con una razón más elevada.
Sin embargo, en ambos casos, "deberíamos recordar que la mente [y no el cerebro] humana no conoce ninguna línea divisoria entre el pensamiento y el sentimiento" (De Waal, 1997, 105), pues incluso en el segundo caso, la emoción necesitaría de unas bases cognitivas mínimas para poder procesar la información sensorial que encierra, independientemente de que el sujeto sea o no consciente de que tiene emociones o de que estas implican información Al mismo tiempo que la emoción tendría un papel en relación a ala razón en tanto que centra la atención en aquello que es valorado como relevante por y para el sujeto, motiva el razonamiento y ayuda a poner en perspectiva esa amalgama de información percibida.
Por otro lado, la razón también afecta o influye de algún modo en el sistema emocional, pues "una vez que los procesos superiores de ordenación existen, modifican los procesos de la base" (De Waal, 2007, 49).
Por lo tanto, no es aventurado sostener la hipótesis de la interacción, de un bucle de lo emocional a lo racional y de lo racional a lo emocional, en definitiva, de una retroalimentación entre ambas dimensiones, la cual debería afectar y modificar la concepción de un sujeto moral compartimentalizado.
De hecho, un modelo relacional, no dicotómico, explicaría que en algunos casos los procesos cognitivos y los emocionales lleven a una misma solución.
Pues "según la psicología evolucionista, la selección natural "diseñó" las emociones humanas para servir a los intereses estratégicos de los individuos de la especie humana" (Wright, 2007, 119).
Asimismo, el sistema emocional interactuaría con el racional y, en concreto, en una faceta de este, a saber, la deliberación —moral o no— y la toma de decisiones.
Así, los últimos estudios en neurociencia avalan la hipótesis de que el sistema emocional interviene en la deliberación tradicionalmente entendida como exclusivamente racional.
Pero esto no queda aquí, pues no solo se está afirmando que intervenga o tenga cierta influencia en la toma de decisiones, sino que dicha intervención es inherente al propio proceso deliberativo.
De hecho, como De Waal afirma, "las emociones favorecen el razonamiento humano.
Los neurocientíficos han descubierto que, por mucho que las personas razonen y reflexionen, si no hay emociones implicadas en las diferentes opciones de que disponen, nunca se alcanza una decisión" (De Waal, 2007,43).
Esto modificaría la perspectiva tradicionalmente asumida sobre la racionalidad y el sistema emocional, pues esta influencia no significaría una intervención inevitable en un sentido negativo como un defecto de la racionalidad, sino como un elemento necesario del proceso mismo.
Esta idea se hace patentemente cuando estos científicos señalan qué pasaría en los casos en los que el razonamiento fuera "puro", esto es, estuviera exento de esta influencia emocional, bien por un déficit de la misma, bien por una eliminación hipotética de dicha dimensión:
"en la concepción de la razón elevada, uno separa los distintos supuestos y (...) efectúa un análisis de costes/beneficios de cada una de ellas. (...)
Ahora bien, (...) si dicha estrategia es la única de la que disponemos, la racionalidad, como se ha descrito antes, no funcionaría (...) en el mejor de los casos, nuestra decisión tomará un tiempo excesivamente largo, mucho más de lo que sería aceptable si aquel día hemos de hacer alguna otra cosa.
En el peor de los casos, puede que incluso no acabemos tomando una decisión, porque nos habremos perdido en los desvíos de nuestro cálculo" (Damasio, 2006, 202-203).
En suma, lo que se sugiere con esto es que quizás sea más conveniente partir de una concepción no antitética del sistema emocional y el racional, pues entre ambos sistemas parece darse una relación de ida y vuelta, a saber, de la emoción a la razón y de la razón a la emoción.
Como señala LeDoux, "en este momento de nuestra historia evolutiva las conexiones que comunican los mecanismos emocionales con los cognitivos son más fuertes que las que comunican los mecanismos cognitivos con los emocionales" (LeDoux, 1999, 21-22).
Así, si se admite cierta interacción entre razón y emoción, carecería de sentido culpar solo a las emociones de las consecuencias negativas de la construcción de fronteras mientras felicitamos a la razón por lo positivo o funcional que en ellas encontramos, pues también para simplificar, seleccionar información y decidir cuál es valorada como relevante para el sujeto se necesita disponer de un sistema valorativo, a saber, las emociones.
El valor cognitivo de las emociones
Descubrir que las fronteras biológicas nos pueden llevar a abusos y discriminaciones, por un lado, y descubrir que aquellas fronteras están construidas sobre una base emocional podría llevarnos a pensar que las emociones son un error de fábrica, incluso más allá de los límites de la especie.
Sin embargo, desde las teorías evolucionistas, parece que no tendría mucho sentido hablar de errores de fábrica, pues si las emociones fueran una especie de falla, la evolución no habría perpetuado esta dimensión, de manera que, de nuevo, quizás no sea un elemento tan disfuncional como en principio parecería.
Por el contrario, parece más adecuado modificar nuestra óptica sobre las mismas.
En este sentido, las emociones pueden definirse como "mecanismos cerebrales programados por la evolución" (LeDoux, 1999, 414), como respuestas neuronales a estímulos relevantes, que implican 1) una evaluación de la situación inicial, del objeto y de sus consecuencias para la supervivencia y bienestar del sujeto, 2) una modificación psicosomática del sujeto y 3) una reorientación de la acción, según el repertorio específico de cada emoción.
Esto es, una emoción sería un proceso psicosomático universal1 consistente en una respuesta o reacción neuronal espontánea,2 de corta duración, a un estímulo que implica un estado mental-afectivo en el que se evalúa la situación inicial respecto del sujeto, sobre el sujeto y para el sujeto que la experimenta.
Son, por tanto, respuestas funcionales que permiten la adaptación inteligente —pues adecuan unos medios para llegar a unos fines—, y "nos preparan para tratar con los acontecimientos más importantes de nuestra vida, con o sin haber pensado qué hacer" (Ekman, 2004, 120).
En pocas palabras, como bien afirma R. Levenson, "las emociones representan modos de adaptación a las demandas cambiantes del entorno (...), sirven para establecer nuestra posición vis-a-vis con nuestro contexto (Levenson, 1994, 123).
De lo dicho se desprende, y esto es lo relevante respeto del origen de las fronteras biológicas, que toda emoción, incluida el miedo o el asco, remite a una causa, un objeto cuya presencia desencadena esa reacción, y un origen, a saber, una valoración (consciente o inconsciente) de se objeto como posible amenaza para nuestro bienestar.
De este modo, el miedo, al igual que el resto de emociones, tendría una función informadora, de alarma, en este caso del desajuste entre la amenaza y nuestra capacidad para responder a aquella.
Esto a su vez implica que detrás de cada emoción subyace 1) una creencia o valoración, a saber, "X es peligroso," y 2) un deseo, normalmente la supervivencia y el bienestar.
Como afirma Damasio, "incluso cuando la reacción emocional tiene lugar sin conocimiento consciente del estímulo emocionalmente competente, la emoción significa no obstante el resultado de la evaluación de la situación por parte del organismo" (Damasio, 2005, 56).
Por tanto, y aunque las fronteras biológicas remitan a emociones, no son estas su origen, sino las valoraciones que se han hecho previamente de la realidad y han llevado a considera, por ejemplo, X como peligroso o como una amenaza, pues es esta creencia asociada al objeto la que desencadenará la emoción del miedo.
Como afirma M. Nussbaum, "las emociones representan no solo maneras de ver un objeto, sino creencias —a menudo muy complejas— sobre el objeto" (Nussbaum, 2006, 28).
Así, aunque bajo las fronteras subyazcan emociones, el problema no son estas, pues toda emoción remite a una causa, sino más bien una mala aplicación de la emoción a un contexto dado.
En efecto, esta mala aplicación se debe a una creencia incorrecta o inexacta respeto de la situación, fruto de una inadecuada valoración de esa circunstancia.
Dicho de otro modo, las emociones no son más que herramientas cuyo éxito, fracaso o conveniencia depende en parte de la utilización que el sujeto haga de ellas, del contexto al que se aplique y de la herramienta concreta —la emoción— que se desencadene, según las creencias previas.
Así, desencadenar una reacción de alegría ante un francotirador no muestra la disfuncionalidad de las emociones, sino el desconocimiento por parte de ese sujeto del poder letal de las balas o el deseo del mismo de no seguir viviendo.
Del mismo modo, cuando ante casos fronterizos desencadenamos una reacción de miedo o asco, habrá que cuestionarse qué creencia o valoración de los mismos subyace en aquella emoción.
Por lo tanto, en el caso de las fronteras biológicas y los juicios morales, cabría afirmar que lo incorrecto o lo cuestionable no es sentir miedo o asco, por ejemplo, ante lo distinto, sino creer que lo distinto es en sí mismo una amenaza y derivar unas prerrogativas de dicha idea.
Como bien afirma Hume, "una pasión deberá ser acompañada de algún falso juicio para ser irrazonable; e incluso, para hablar con propiedad, no es la pasión lo irrazonable, sino el juicio" (Hume, 2005, 563).
En efecto, de esto no se deduce que las emociones sean disfuncionales,3 sino más bien que pueden ayudar a caer en la cuenta, a modo de alarmas, de que algunas creencias y presupuestos son cuestionables y revisables.
En palabras de R. Joyce, "todos tenemos la capacidad de tener miedo, pero qué temer (...) es algo que aprendemos de nuestro entorno, el cual incluye especialmente, lo que aprendemos de otros humanos" (Joyce, 2006, 7).
De lo dicho se deriva, para concluir, que 1) quizás sería necesario una ampliación o un cambio en el concepto clásico de racionalidad de manera que tuviera cabida la idea aquí señalada, a saber, "que, en lugar de ser la antítesis de la racionalidad, las emociones favorecen el razonamiento humano" (De Waal, 2007, 43); y 2) que la racionalidad necesita de lo emocional, de manera que ni la razón es tan fría, ni la emoción es tan irracional como podría pensarse.
En consecuencia, lo relevante aquí es señalar que la creencia de que los juicios morales "incorrectos" en algún sentido son fruto de la emoción y los "correctos" de la razón deja de tener sentido, pues razón y emoción van de la mano y son ambas condición necesaria de cualquier juicio moral.
Así, tan pronto como reconsideremos 1) el marco conceptual en el que se asientan nuestras clasificaciones, 2) el dualismo excluyente y 3) el intelectualismo moral derivado de la tensión y la jerarquización del par razón/emoción, los problemas derivados de un paradigma dicotómico, tales como la discriminación, la instrumentalización y homogeneización de lo considerado inferior, podrían atenuarse.
En efecto, vernos no como animales esquizofrénicos, sino como seres formados por una red de dimensiones interconectadas ayudaría a comprender las emociones como un elemento integrado en nuestra naturaleza, a entender que la aparente responsabilidad única de las emociones ante las discriminaciones derivadas de las fronteras viene de la tendencia propia del intelectualismo moral de identificar condiciones de posibilidad (razón) con criterios de normatividad (racionalidad).
Del mismo modo, una relación no dicotómica entre razón y emoción nos ayudaría a ver que la frialdad emocional puede llevar a la frialdad moral, y con ella, a la indiferencia ante los posibles daños morales que otro individuo pueda padecer como consecuencia de los juicios morales derivados de las fronteras biológicas. |
Un enfoque lógico-gradualista para la bioética
Prácticamente cualquier propiedad o estado de cosas implicado en el debate bioético —así como en la vida cotidiana y en la mayoría de las ciencias— posee unos límites difusos y comprende casos fronterizos, sin unas líneas de demarcación precisas, como sucede con la eutanasia, el aborto, la investigación con embriones, los híbridos, la experimentación con animales, etc. Sin embargo, existe una profunda discordancia entre una realidad continua y gradual, caracterizada por los matices y las transiciones, una realidad en grises, y una lógica, un análisis descriptivo de esta realidad, bivalente, cifrado entre la verdad absoluta y la completa falsedad, en términos de "todo-o-nada", blanco o negro.
Como alternativa a este 'principio de bivalencia' que caracteriza en general el análisis estándar de la realidad y, en particular, de la bioética, sostenemos el 'principio de gradualidad' según el cual todo es cuestión de grado, por lo que un enfoque lógico-gradualista sería el método apropiado para la bioética.
Ser o no ser, es la cuestión.
Más bien, esa es una cuestión; porque también es una cuestión no baladí la de ser más, o menos.
¿Qué sentido tiene hablar de 'lógica' para la bioética?
Uno puede hacerse esta pregunta inicial ante la propuesta de este ensayo de un enfoque lógico-gradualista para la bioética.
La lógica a la que nos referimos es un tipo lógica específica, a veces llamadas 'lógicas extendidas', denominada 'lógica deóntica' 1 o 'lógica de las normas'.
Esta rama de la lógica tiene por objeto analizar las relaciones formales que se establecen entre obligaciones, permisos y prohibiciones.
Para ello, el lenguaje de la lógica se suplementa con un nuevo vocabulario que consiste en tres operadores que se refieren a las mencionadas calificaciones deónticas: O (obligatorio, debido), P (permitido, lícito) y V (vedado, prohibido).
La expresión 'Lógica deóntica' (...) pretende cubrir hoy, de un modo general, todos los estudios sobre la peculiar estructura lógica de los sistemas de normas de cualquier tipo o, si se quiere, sobre los juegos de valores, leyes y reglas de deducción que rigen en esos sistemas.
Muchas cuestiones de esta clase surgen a la hora de reflexionar sobre el entramado de calificaciones deónticas o normativas que atraviesan todas las relaciones humanas, incluidas las que se refieren a las cuestiones de la bioética.
Si es una obligación votar por cualquier partido político, entonces ¿está permitido hacerlo?
Si tengo derecho a circular por la comunidad europea, ¿está prohibido que me lo impidan?, ¿es un deber que se faciliten los medios para tales desplazamientos?
Si estoy sometido a la obligación disyuntiva de hacer esto o lo otro, ¿cómo cumpliré ese deber, satisfaciendo lo primero, o lo segundo, o ambas prescripciones?
¿Son las consecuencias causales de una acción permitida, por ejemplo la sedación profunda, igualmente lícitas?
¿Cómo se interpreta la obligación condicional de, si un paciente padece dolor severo y hay por su parte una petición consciente de alivio, entonces se le debe proporcionar un alivio farmacológico?
También nos encontramos con situaciones complejas como las siguientes: Obligatoriamente, en la medida en que se aplica un tratamiento médico ha de recabarse el consentimiento del afectado; pero también es lícito que, en la medida en que se atienda a una situación urgente, acompañada de la inconsciencia del paciente, se intervenga médicamente presumiendo el consentimiento futuro del afectado.
En un escenario de recursos limitados para la decisión de un trasplante, tenemos que es un deber hacer el trasplante si el paciente lo precisa pero, a la vez, está permitido no realizarlo si existe muy poca esperanza de vida (por ejemplo, al tratarse de un enfermo de edad muy avanzada).
Y así todo un cúmulo de cuestiones normativas que surgen en el ámbito de la bioética.
Las expresiones que contienen calificaciones así son normas (morales, jurídicas) cuya estructura y relaciones inferenciales trata de esclarecer la lógica deóntica.
En suma, podemos decir que la lógica deóntica es la teoría de las inferencias normativas válidas, el análisis de las condiciones y reglas en las que resulta correcto un razonamiento que incluya calificaciones de prohibición, deber o permiso.
Así planteada, la lógica deóntica constituye una herramienta importante a la horra de clarificar los debates que surgen en el ámbito de la bioética, las complejas relaciones entre permisos, prohibiciones y obligaciones en ese ámbito de la moral y del derecho que tiene que atender a situaciones complejas —como las mencionadas anteriormente—, a agentes diversos con intereses contrapuestos y a principios que pueden entrar en contradicción (no-maleficencia, beneficencia, autonomía, justicia).
Asumimos, por tanto, que se dan relaciones estructurales entre expresiones que incluyen calificaciones como obligatorio, prohibido, permitido, derecho, deber, etc. Esto es, que existe un principio de ilación entre las normas de modo que, a partir de un conjunto estructurado de normas, cabe establecer inferencias deductivas (consecuencias lógicas).
De este modo, tratamos las normas como entidades semejantes a las proposiciones, que pueden ser negadas y combinadas mediante conectivas lógicas y cuantificadores, asumiendo claramente la tesis de la posibilidad de una lógica de las normas (Ausín, 2005).
Sin embargo, este ejercicio de metaética, de análisis inferencial del lenguaje moral, fructifica cuando lo enfrentamos con los problemas filosóficos reales y sustantivos que plantea la bioética, orientando la tarea de análisis y definición conceptual.
Como afirma Hare, estudiando el lenguaje moral y sus propiedades lógicas se clarifica enormemente la discusión práctica, de modo que "la teoría (lógica, ética) es relevante para la práctica".
Más aún, analizando la lógica deóntica subyacente a los razonamientos bioéticos, podemos reconsiderar muchos de los planteamientos actuales en bioética y en derecho biomédico, deudores de una determinada concepción lógica y, por ende, ontológica.
EL ANÁLISIS LÓGICO ESTÁNDAR DE LAS NORMAS
No es este el lugar para hacer una presentación detallada y prolija de los sistemas convencionales de lógica deóntica pero sí debemos, en cambio, analizar algunos de sus presupuestos y fundamentos en tanto en cuanto van a determinar un modo de afrontar el análisis lógico de las normas que condiciona el razonamiento normativo y, por tanto, el debate bioético.
Son básicamente tres estos presupuestos: la concepción modal de la lógica deóntica (idealidad), la separación entre hechos y normas (no-cognitivismo/separatismo) y la bivalencia.
Vamos a analizar cada uno de ellos.
El paradigma modal en lógica deóntica
Una de las constantes en todas las propuestas deónticas convencionales es la de considerar la lógica deóntica como un trasunto de la lógica modal alética, de la lógica de la necesidad y la posibilidad.
Así, las calificaciones deónticas de obligación, prohibición y permisión no serían sino los equivalentes normativos de la necesidad, la imposibilidad y la posibilidad aléticas.
Este paralelismo se ha dado desde los primeros estudios lógicos de las inferencias normativas en los escolásticos tardíos y claramente en Leibniz:
Por tanto, todas las complicaciones, transposiciones y oposiciones de los Modos demostradas por Aristóteles y por otros en sus Tratados Lógicos pueden ser transcritas no sin utilidad a nuestros Modos del Derecho.
Leibniz definió lo permitido, lo lícito, como lo que le es posible hacer a un hombre bueno; y lo obligatorio, lo debido, como lo que le es necesario hacer a un hombre bueno (Leibniz, 1671[1991], 83).
Tal identificación se heredará acríticamente en los modernos sistemas de lógica deóntica que surgen simultáneamente en la década de los cincuenta (Kalinowski, von Wright, Becker, García Máynez y Castañeda).
Este paralelismo —isomorfía— no es una cuestión arbitraria o baladí: parece entenderse que, cuando hablamos de obligaciones, de deberes, nos estamos refiriendo a lo que es "necesario" moral o jurídicamente.
Por tanto, la obligatoriedad se interpreta como una suerte de necesidad, en concreto de necesidad normativa.
Expresado en los términos de las semánticas kripkeanas al uso para las lógicas modales, una acción o conducta es obligatoria si se da en todos los mundos alternativos relativos al nuestro; es decir, lo obligatorio es lo verdadero en todo mundo posible normativo.
Por tanto, se entiende el deber como lo necesario normativamente, como un género de necesidad: para que 'Op' sea verdadero en un mundo 'm', debemos comprobar si 'p' se da en todas las alternativas de 'm'; es decir, algo es obligatorio si ocurre en todos los mundos normativos relativos al tomado como referencia —que normalmente es el actual—.
Quiere decir esto que algo obligatorio se da en todo mundo, en todo contexto o situación normativa —lo cual, dicho sea ya, es una visión idealizada y maximalista de lo normativo—.
En este marco, se admite de modo incuestionable la llamada 'regla de cierre', según la cual las consecuencias lógicas de las obligaciones son asimismo obligatorias.
Regla de cierre (RC), ya que significa que la obligación está cerrada bajo el condicional lógico: (RC) p ⊃ q/Op ⊃ Oq
Su importancia radica en que expresa un principio normativo importante; a saber, que uno está comprometido con las consecuencias lógicas de sus obligaciones.
La separación entre hechos y normas
Una de las cuestiones más controvertidas sobre los argumentos deónticos (éticos, jurídicos) es si las afirmaciones de deber o de derecho pueden ser inferidas de afirmaciones de hecho.
La mayoría de los filósofos, al menos desde Hume, se han inclinado por una respuesta negativa a esta cuestión, alegando que las obligaciones o los permisos no están implicados por hechos y que ninguna combinación de hechos puede conllevar un deber o un derecho.
Es la llamada tesis de la separación radical (separatism) entre hechos y normas, tal que las expresiones deónticas constituyen un tipo especial de aserto cuyo contenido nada tiene que ver con el de las afirmaciones fácticas.
De acuerdo con esta tesis, las expresiones fácticas se refieren a estados de cosas que existen o no en este mundo mientras que las expresiones deónticas se refieren a un tipo peculiar de entidad —un derecho, una obligación— cuya existencia u obtención sería independiente de la existencia o realización de hechos o estados de cosas.
Esta posición se vincula al llamado no-cognitivismo ético (emotivismo, precriptivismo):'bueno' no es una propiedad de X;'X es bueno' no es una expresión descriptiva; las calificaciones deónticas no aportan 'conocimiento' nuevo sobre X.
Este enfoque para la lógica deóntica es una consecuencia de la anterior mencionada isomorfía que se establece entre la lógica modal alética y la lógica deóntica convencional en términos de las semánticas de mundos posibles.
Ya hemos dicho que, desde esta perspectiva, A es obligatorio si y solo si cada mundo posible normativo contiene A (correlativamente, B está permitido si y solo si al menos un mundo posible normativo contiene B).
Pero no existiría ningún vínculo inferencial entre el contenido de esos mundos posibles normativos (ideales) y el contenido el mundo real o actual.
En consecuencia, se da una obligación (alternativamente, una permisión) al margen de que las condiciones fácticas sean así o asá.
Lo que es obligatorio y lo que es lícito no cambiaría aunque hubiera cambios en los hechos del mundo real o actual.
El análisis lógico-deóntico convencional constituye, como hemos dicho, una suerte de lógica suplementaria, extendida al ámbito de lo normativo, mediante la introducción de los operadores deónticos que se refieren a las calificaciones de permiso, deber y prohibición (Haack, 1978 [1982]).
Sin embargo, no se trata de sistemas lógicos alternativos a la lógica clásica (ni divergentes), en la medida en que no cuestionan ninguno de sus axiomas ni teoremas.
Concretamente, por lo que aquí nos interesa, la lógica deóntica estándar asume la concepción bivalente de la lógica clásica, heredada de Parménides y Aristóteles, según la cual solo cabe considerar dos valores de verdad: lo (enteramente) falso y lo (enteramente) verdadero, siendo imposible que algo sea y no sea a la vez; esto es, entronizando como principio básico el llamado'principio de no-contradicción': no es verdad que A y no A: ~(A & ~A).2
Ni es menos (allí)... ni [es posible] un Ente que tuviese de Ente aquí más, allá menos...
[principios generales de la demostración] es necesario afirmar o negar una cosa; una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo.
(Aristóteles, Metafísica III, 3).
(...) es imposible que el mismo atributo pertenezca y no pertenezca al mismo sujeto (...) es imposible que en el mismo ser se den al mismo tiempo los contrarios (...) dos pensamientos contrarios no son otra cosa que una afirmación que se niega a sí misma, [...] es evidentemente imposible que el mismo hombre conciba al mismo tiempo que una misma cosa es y no es.
El principio de no-contradicción ha sido, desde la antigüedad griega hasta la actualidad, el más evidente de todos los principios de la lógica.
Los lógicos medievales, herederos de la tradición griega, le confirieron suprema importancia, ya que estaban convencidos de que la razón no podía aceptar contradicciones; por ello, una teoría contradictoria era nula ipso facto.
La contradicción tendría tales efectos desastrosos que, cuando se da, la razón pierde el control sobre sí misma y, en particular, sobre los procesos deductivos, de modo que cualquier cosa podría suceder.
Así, se sostiene que un sistema o teoría que acepte aseveraciones contradictorias como válidas no permitiría diferenciar en modo alguno entre lo verdadero y lo falso, en la medida en que estaría aceptando como verdaderos dos enunciados de los cuales, si uno es verdadero, el otro tiene que ser falso.
Por ello, un sistema así sería trivial en tanto en cuanto a partir de una contradicción se puede deducir cualquier cosa.3 Este es el llamado principio de Pseudo-Escoto (Cornubia) (ex contradictione sequitur quodlibet), que se puede formular de diferentes maneras:
Más allá de otras consideraciones lógicas, ontológicas y epistemológicas, este principio de bivalencia ha favorecido una visión dicotómica de la realidad y una propensión similar en todo análisis, debate o argumentación, como así sucede en el ámbito de la bioética.
Esto es, se ha favorecido un tipo de enfoque para la bioética y el derecho biomédico en términos de todo-o-nada, de modo que las estipulaciones, definiciones y calificaciones normativas en general,4 y jurídicas en particular, han recibido un tratamiento en términos tajantes, abruptos y dicotómicos.
Recuérdese que 'dicotomía' significa dividir en dos, de manera disjunta o excluyente, según se posea o no una determinada propiedad.
Así, por ejemplo, en bioética se habla de modo mutuamente excluyente de medios ordinarios y medios extraordinarios, de proporción y desproporción en las intervenciones médicas, de acciones y omisiones, de intenciones y previsiones.
DEFICIENCIAS DEL ENFOQUE LÓGICO CONVENCIONAL
Si en el capítulo anterior hemos descrito las características esenciales del enfoque lógico convencional de las normas, sus fundamentos y presupuestos, vamos a analizar a continuación sus deficiencias y limitaciones, especialmente relevantes para la argumentación en bioética.
En primer lugar, destacaremos la enorme relevancia de las normas condicionales y, en concreto, de las obligaciones sobrevenidas o de mal menor, siendo la lógica deóntica convencional incapaz de dar cuenta de las mismas —dando lugar a un cúmulo de paradojas—.
En segundo lugar, analizaremos la cuestión, crucial para la bioética, de la gradualidad de lo real y la necesidad de un tratamiento lógico-filosófico acorde con esa realidad.
Las obligaciones condicionales y sobrevenidas (mal menor)
No cabe duda de que muchas situaciones fácticas dan lugar a prescripciones que no se darían si no se hubieran dado esos hechos en primer lugar.
Se reconoce que un buen número de normas tienen un carácter condicional; permiten, prohíben u obligan en la medida en que se dan determinados hechos y circunstancias.
Y su importancia práctica es clara: en la medida en que las condiciones fácticas de una norma condicional se realizan o se satisfacen, nos encontramos con una norma incondicional —en la medida en que el embarazo produzca un perjuicio grave e irreparable para la madre gestante, está autorizada la interrupción del embarazo—.
Este tipo de normas condicionales son muy abundantes y ejemplifican claramente la conexión indefectible entre hechos y normas:
La abundancia de normas condicionales exige que un tratamiento lógico adecuado de las normas contemple una regla de eliminación fáctica del condicional de modo que, en la medida en que se den las circunstancias de hecho recogidas en el antecedente de la norma condicional, se pueda inferir la obligatoriedad, permisión o prohibición del consecuente.
Sin embargo, en los sistemas convencionales de lógica deóntica no es posible inferir 'Oq' a partir de 'p' y'O(p ⊃ q)',5 lo cual constituye una grave insuficiencia de estas representaciones del razonamiento normativo con relación a nuestras intuiciones deónticas naturales.
Pero más aún, con relación a las obligaciones condicionales, se produce un fenómeno muy importante: el de las obligaciones sobrevenidas o deberes de mal menor.
Muchas obligaciones —todas las implicadas de algún modo en las conocidas como 'paradojas de la lógica deóntica'—6 son de índole reparacional en el sentido en que se dan cuando se ha incumplido, de hecho, otra obligación previa.
Los deberes de mal menor significan que lo obligatorio no lo es en cualquier mundo posible —frente a la versión idealizada de las lógicas deónticas al uso—, ya que se dan obligaciones reparacionales en unos determinados contextos y no en otros: no es un deber asesinar indoloramente; solo lo es si de hecho se asesina.
Podríamos decir que es un principio general de la moral y del derecho que si se actúa mal, al menos, hay que actuar cometiendo el mal menor.
Pero, en la medida en que se comete el mal menor, se comete el mal y, por la regla de cierre RC (o regla de Husserl), tenemos entonces que hay que hacer el mal —lo que he llamado,'paradoja del mal menor' (Ausín, 2005):
(1) No hay que hacer el mal (moral o jurídicamente).
(2) Si se hace el mal (si se viola una obligación, si se ejecuta lo prohibido, etc.), entonces hay que hacer el menor mal posible.
(4) Hay que hacer entonces el menor mal posible.
(5) En la medida en que se hace el menor mal, se hace el mal.
(6) En la medida en que hay que hacer el mal menor, hay que hacer el mal.
(7) Hay que hacer el mal.
Formalmente, en el lenguaje de la lógica deóntica estándar (y otras muchas pretendidamente heterodoxas):
(2) p ⊃ Oq premisa: la obligación sobrevenida, reparacional
La gradualidad de lo real
Un asunto crucial para un adecuado análisis lógico de las normas es que en la realidad hay propiedades y conjuntos difusos, sin unas líneas de demarcación totalmente definidas y tajantes, y que pueden dar lugar a sorites, esto es, a cadenas lógicas de enunciados de la forma A es B, B es C, C... es Z, entonces A es Z. El ejemplo original de Zenón es el siguiente:
Piénsese en un montón de arena.
¿Todavía es un montón?
Sígase quitando granos y haciendo la pregunta anterior (bivalente).
Se acabará sin granos y sin montón; el montón se habrá convertido en un no montón, pero no se podrá echar la culpa a ninguno de los granos: ¿Qué grano de arena convierte al montón en un no montón, convierte A en no A?
Y no son casos ni situaciones aisladas pues podemos encontrarlos en la historia, la lingüística, la biología, la botánica, la geografía,... el derecho y la ética.
Así, casi cualquier término —referido a propiedades o a estados de cosas— que aparece involucrado en el quehacer normativo —como en la vida cotidiana y en la mayoría de las ciencias— es susceptible de casos limítrofes y bordes difusos (franjas y no líneas precisas de demarcación): voluntario, perjuicio, resistencia, coacción, amenaza, dolor, engaño, advertencia, visible, aliviar,...
Que una propiedad o un conjunto sean difusos significa que hay grados de posesión de la misma o de pertenencia a dicho conjunto —de modo que la relación de pertenencia de un miembro a un conjunto varía en diferentes medidas, lo mismo que una propiedad se puede poseer o carecer de ella en medidas diversas—.
Son propiedades difusas las de ser calvo, rojo, rápido, alto, grande, rico, caliente, joven, duro, ruidoso, instruido, enfermo, cortés, versado en leyes, generoso, etc. La teoría de la evolución muestra que hay grados en el pertenecer a una especie o género: en el ser vertebrado, mamífero, primate, hombre.
Hay muchísimos grados de ser seca o húmeda una tierra, fértil o árida, de ser montuosa o llana, de estar cerca del mar, etc. Hay grados diferentes de pertenencia de diversos acontecimientos a una época; de diferentes estados a una confederación; de diferentes comarcas a una región.
Muchas de las nociones que se manejan dentro de la filosofía también son susceptibles de aplicarse en una medida mayor o menor.
Hay grados de posibilidad y necesidad, de simultaneidad, anterioridad y posterioridad, de convicción, creencia y justificación, de obligatoriedad, etc. (Vásconez y Peña, 1996, 31).
Esta gradualidad de lo real se manifiesta en dos tipos de construcciones del lenguaje corriente:
- Los adverbios de intensidad o de atenuación: bastante, poco, mucho, enteramente, un tanto,...
- Las construcciones comparativas: de inferioridad, superioridad, igualdad, similaridad.
(Piénsese, por ejemplo, en el importante recurso argumentativo en el ámbito jurídico y normativo que es la 'analogía').
Se da así una profunda discordancia entre una realidad gradual, plagada de matices y transiciones, una realidad en gris, y una lógica (un análisis y descripción de la misma) bivalente, entre la verdad y la falsedad totales, en blanco y negro.
Así, frente al principio de bivalencia que impregna el análisis lógico de la realidad en general y del ámbito de lo normativo en particular, contraponemos el principio de gradualidad, que afirma que todo es cuestión de grado.
Cabe recordar aquí también una veta diferente en el pensamiento occidental con respecto a la consideración de la gradualidad de lo real, a pesar de la enorme influencia de Aristóteles.
Se trata de un camino que lleva desde algunos presocráticos como Heráclito y Anaxágoras, pasando por Platón, San Agustín, Escoto Eriúgena, Nicolás de Cusa, Suárez, Spinoza y Leibniz,8 llega a los desarrollos de las lógicas multivalentes a principios del siglo XX (Lukasiewicz) y a la teoría de conjuntos difusos (fuzzy) de Zadeh.
Ello además sin obviar que el gradualismo se puede rastrear fácilmente en el pensamiento oriental, desde Lao-Tse al moderno zen del Japón.
Ambas posiciones, la bivalente y la gradualista, pueden resumirse en el siguiente cuadro comparativo:
A o totalmente no A A y no A
exclusión de situaciones multiplicidad
todo o nada en algún grado (más o menos)
verdadero o falso infinitos valores de verdad
Tampoco habría que confundir, como muchas veces se hace (Sadegh-Zadeh, 2001), la gradualidad con la vaguedad, bien considerada en términos de indeterminación (la cuestión del tercio excluso) bien como falta de precisión.
Por un lado, que una propiedad sea difusa no significa que no se pueda determinar que ciertos entes la posean (Vásconez y Peña, 1996).
La gradualidad no es indeterminación ("indiferencia"; valor de verdad indeterminado), sino determinación de otro tipo: por grados, no excluyente ni tajante, con transiciones y bordes más o menos difusos.
Por otro lado, la vaguedad es un rasgo pragmático consistente en vehicular menos información de la que demandan ciertas reglas de uso del habla; esto es, hacer imprecisa la comunicación.
Sin embargo, los términos difusos dan una visión de mundo mucho más precisa que la ofrecida por sus correlatos nítidos y tajantes —que la dan más simple y más simplista—.
Podemos dar cuenta de ello atendiendo al éxito que se obtiene en la comunicación que emplea términos difusos, que nos acerca más y mejor a la realidad.
Por ello, la tarea de la 'precisificación' no parece plausible (rico, alto, viejo).
Como dice uno de los principales investigadores en inteligencia artificial y medicina, Kazem Sadegh-Zadeh, "todo en medicina es fuzzy", de modo que toda la disciplina es dominio de aplicación de la teoría de conjuntos difusos (Sadegh-Zadeh, 2001, 19 ss).
Una consecuencia inmediata del reconocimiento de la gradualidad de lo real es que entraña contradicciones, en la medida en que se daría el caso de que algo o alguien es (así o asá) en alguna medida y, a la vez, no lo es.
Por ejemplo, que Juan está enfermo y no enfermo, que es adulto y no adulto, que su contrato de trabajo es nulo y válido, que ha obrado con buena o con mala fe, que su acción ha causado y no causado dolor,...
Esto es, el cúmulo de propiedades y conjuntos difusos da lugar a contradicciones que, como ya dijimos, desde el punto de vista de la lógica clásica son inaceptables, ininteligibles y absurdas, hasta el punto que trivializan un sistema lógico que las contenga —de modo que toda fórmula se convierte en un teorema (inconsistencia fuerte de Post; delicuescencia)—.
Más aún, en el ámbito de lo normativo y, especialmente, en lo jurídico, se dan inevitablemente contradicciones debido a las siguientes causas: la multiplicidad de fuentes normativas; la dinámica de los sistemas normativos (derogaciones, revisiones); la indeterminación sintáctica y semántica del lenguaje normativo ('título'), unida a la gradualidad de muchos términos y propiedades ('igualdad','prejuicio moral','coacción','engaño',...); la protección de intereses en conflicto, en contextos sociales complejos (reglas y excepciones); y las lagunas normativas (la falta de previsión normativa ante un determinado caso o situación).9
LA LÓGICA DEÓNTICA GRADUALISTA (JURISPRUDENTIAL LOGIC)
Exponemos someramente a continuación la lógica deóntica gradualista que ha venido desarrollando, cultivando y aplicando el equipo JuriLog del Instituto de Filosofía del CSIC, formado inicialmente por Lorenzo Peña y Txetxu Ausín.
Esta lógica tiene tres características:
Admite la presencia de contradicciones, es decir de colisiones o conflictos normativos que desde esta perspectiva no trivializarían el sistema de normas.10 Por tanto, rechaza el principio de Pseudo-Escoto que, de admitirse, haría del Derecho y de cualquier conjunto de normas con contradicciones algo absurdo e inútil, ya que a partir de un conflicto de deberes se derrumbarían todas las distinciones normativas, cualquier resultado se podría inferir, obteniéndose que todo es obligatorio y, por tanto, nada es permisible, por ejemplo.
Sin embargo, los sistemas de normas, como el Derecho, contienen inconsistencias y no por ello son 'triviales' o 'delicuescentes'.
Para reconocer grados de vigencia; grados de licitud (o de prohibición); y grados de realización de los supuestos de hecho.
Vamos a extendernos un poco en esta característica que responde a la cuestión de la gradualidad de lo real antes comentada.
Al hablar de grados de vigencia nos referimos a la diferente fuerza y efectividad normativa que poseen las normas en cada momento.
Esta idea tiene que ver con lo que algunos (Gärdenfors, 1988) han llamado 'fiabilidad normativa' (normative entrenchment).
La idea es que una norma no aplicada mantiene un grado de normatividad que irá menguando en la medida en que no sea utilizada; esto es, en su relación dialéctica con su uso en la práctica —recursos de revisión por contradicción en el Tribunal Supremo—.
(También se consideran grados en la nulidad y anulabilidad de las normas).
Cuando hablamos de grados de licitud, de obligatoriedad y de prohibición aludimos a la necesaria modulación de las calificaciones normativas en tanto propiedades que también se darían por grados.
Una conducta puede tener un grado mayor o menor de licitud y, en la medida en que no sea totalmente lícita, tendrá también algún grado de ilicitud.
Esta gradación de las calificaciones normativas se da en virtud de la jerarquía normativa, de la diferente protección constitucional de los derechos, de la dialéctica entre reglas y principios,11 de la cronología, la especificidad, la costumbre, de las consideraciones de lege ferenda y de la realización de los supuestos de hecho implicados en la norma.
A esto último, precisamente, alude el tercer postulado gradualista de esta lógica pues se refiere a los diferentes grados de realización de los supuestos de hecho que, como hemos sostenido, están conectados con las afirmaciones normativas (por ejemplo, dolor, conciencia, voluntariedad,...).
Reconoce postulados deónticos que —en virtud de la axiología fundante del propio sistema lógico-jurídico— se siguen de cualquier conjunto de preceptos normativos.12
Tomamos como signo primitivo 'v' (de 'vedado') para marcar la prohibición.
Expresa un operador proposicional, una función cuyo campo de argumentos está formado por estados de cosas y cuyo campo de valores funcionales también está formado por estados de cosas (la prohibición de A es un estado de cosas diferente de A, en general).
Definimos "op" como "v~p" (la obligatoriedad de un estado A es la prohibición de no-A) y "ap" como "~vp" (la licitud de una conducta es su no prohibición).
Añadimos un operador diádico de impedimento 'κ' y otro 'α' de causa.
La conyunción'&' es una conyunción sensible al grado del conyunto derecho e insensible al del conyunto izquierdo.
En cambio'∧' es la conyunción estándar (que resulta en el menor valor veritativo de los conyuntos) y 'w' es la disyunción estándar (que resulta en el mayor valor veritativo de los disyuntos).'⊃' es el mero condicional (que solo toma en cuenta las alternativas de verdad y de falsedad total); al paso que'→' es la implicación, que requiere que el grado de verdad de la apódosis no sea inferior al de la prótasis.
Hay un operador monádico H que significa la plena realización de un estado de cosas.
Tendremos los siguientes postulados:
— Principio de proporción (corte deóntico): o(q→p)⊃.p→oq
— Principio de corte de la permisión: a(q→p)⊃.p→aq
— Ley de limitación (conversa al anterior): o(p→aq→a(p→q))
— Ley de exequibilidad: o(op→ap)
— Ley de salvaguardia: o(pκq&ap→vq)
— Ley de efectividad: o(pαq&vq→vp)
— Ley de desdoblamiento: o(v(p∧q)→.vpwvq)
— Ley de equidad: o(ap→aap)
— Regla de equivalencia: Si ├p↔q, entonces ├vp↔vq
— Regla de libertad: Si no ├vp, entonces ├ap
Algunos principios y leyes de esta lógica serán especialmente relevantes en el estudio de cuestiones éticas clásicas, como la conexión entre hechos y normas, y también en el análisis de problemas morales concretos (bioética, derechos humanos):
- Principios de corte deóntico: expresan la conexión entre hechos y normas (eliminación fáctica del condicional en los deberes condicionados expresados in toto).
En el caso del corte deóntico para la obligación, se expresa una idea de proporcionalidad ya que si un curso de acción debe llevarse a cabo en la medida en que se da cierta condición entonces, en tanto en cuanto la condición se satisface, el curso de acción deviene obligatorio (tal es el caso de muchas obligaciones sobrevenidas que implementan situaciones de mal menor).
- Ley de exequibilidad: en tanto en cuanto una conducta está prohibida, es lícito abstenerse de tal conducta.
(Es una versión de la llamada ley de Bentham, formulada también por Leibniz, según la cual lo obligatorio está permitido y lo ilícito es no-obligatorio —debitum est iustum o 'principio de subalternación deóntica'—).
- Ley de salvaguardia (no-vulneración/interdicto prohibendi): si algo es lícito, está prohibido impedirlo.
- Ley de efectividad (efecto ilícito): lo que causa un efecto ilícito, está prohibido.
- Expresan relaciones básicas de no-impedimento que son la alternativa a la regla de cierre de las lógicas deónticas estándar, según la cual uno está obligado a hacer todas las consecuencias necesarias de la realización de cualquiera de sus obligaciones.
Pero ya hemos destacado que esta regla falla en el caso de las obligaciones sobrevenidas o de mal menor y que, en consecuencia, es preciso considerar leyes alternativas que regulen las consecuencias de nuestras acciones en relación con los derechos, deberes y prohibiciones.
- Ley de desdoblamiento: significa una obligación de no prohibir un par de conductas más que cuando, en las circunstancias de cada caso en particular, quede de hecho prohibida una de ambas conductas.
(Alternativamente es la obligación de permitir la realización conjunta de por conductas en la medida en que se autorice la de cada una por separado).
Es un deber que se impone al propio legislador también para que reine un mínimo de congruencia en el ordenamiento jurídico.
- Ley de equidad: es obligatorio que lo que es lícito sea lícitamente lícito.
Es decir, el legislador está obligado a prohibir cualquier curso de acción que no deba permitir, de modo que no puede haber ni arbitrariedades ni privilegios.
- Regla de equivalencia: si dos actos son necesariamente equivalentes, entonces es equivalente la prohibición de uno a la del otro.
Esto es, la prohibición de un acto implica la de cualquier otro que le sea necesariamente equivalente (en el sentido de una elemental proporcionalidad).
- Regla de libertad: la ausencia de prohibición de una conducta entraña la existencia de una norma permisiva, y ello por el derecho básico a la libertad.
Esto es, una conducta es lícita cuando no podemos demostrar que está prohibida.
Se trata de una versión reforzada del principio de permisión según el cual lo no prohibido está permitido.
Esta regla es lo que Leibniz denominó actio praesumitur licita.
A diferencia del principio de permisión común, no se trata de una mera tautología, sino que da lugar a una genuina extensión de nuestro cuerpo de afirmaciones normativas ya que establece que, siempre que un corpus normativo no incluya la prohibición de cierta conducta, ese corpus está lógicamente comprometido a contemplar esa conducta como lícita.
ALGUNAS CONCLUSIONES PARA LA BIOÉTICA
La consecuencia principal que este enfoque lógico-gradualista tiene para la bioética es que puede brindar una aproximación menos desgarradora, traumática y arbitraria a miles de dilemas que se suscitan en su ámbito, de modo que conductas o situaciones muy similares no reciban un tratamiento normativo absolutamente dispar y hasta inconmensurable.
Un elemental principio de justicia exige que ninguna permisión ni obligación ni prohibición sea arbitraria sino que han de estar fundadas en buenas razones, como exigen la ley de equidad de nuestra lógica y los principios de proporcionalidad.
Así, dos supuestos de hecho que son parecidos deben recibir también un tratamiento normativo (moral, jurídico) parecido.
Claro está que tomarse en serio este principio conlleva rechazar como inadecuada buena parte del corpus legislativo vigente, donde se practican cortes bruscos estableciéndose líneas de demarcación absolutas y sin fundamento objetivo.
Conductas muy similares reciben así tratamientos jurídicos absolutamente distintos.
Piénsese, por ejemplo, en todo el debate moral y jurídico sobre los confines de la vida (aborto, eutanasia), que presuponen una definición tajante y precisa del inicio de la vida y de la muerte y que conlleva calificaciones normativas y tipos penales absolutamente dispares para hechos muy similares.13
Este enfoque de las calificaciones deónticas conlleva dos consecuencias particularmente significativas:
La graduación da un margen de flexibilidad que permite que, en una línea más próxima a la common law anglosajona, la jurisprudencia juegue un papel mucho mayor frente a la tendencia preponderante en el derecho continental contemporáneo (statutory law), donde se pretende fijar de manera tajante y nítida qué es lo legal y qué lo ilegal.
En particular, nuestra propuesta se basa en la tesis de que dos fallos pueden ser ambos justos, aunque uno de ellos lo sea más que el otro —como así sucede de hecho en el caso de la resolución judicial de conflictos normativos.14
Este planteamiento supone una modificación legislativa que atenúe los cortes tajantes para adecuar, hasta donde se pueda, la graduación continua del tratamiento judicial a la graduación continuada de las situaciones reales (los supuestos de hecho).
En cambio, lo que se está produciendo es una "juridificación" en negativo del debate bioético, asumiendo los postulados jurídicos más positivistas y antigradualistas —en aras de una pretendida mayor seguridad jurídica pero que merma, notablemente, la proporcionalidad y la justicia—.
Se hace preciso entonces, reequilibrar el garantismo con la justicia en el contexto del derecho de la bioética y, con más motivo si cabe, no renunciar a un análisis más fino, más preciso —gradual— de las cuestiones que atañen a la bioética.
En definitiva, este principio de graduación demanda que dos supuestos de hecho similares tiendan a recibir un tratamiento deóntico también similar; es decir, que en la medida de lo posible, se eviten los saltos, las rupturas que hacen que situaciones de hecho muy parecidas reciban tratamientos radical y trágicamente dispares y opuestos. |
¿PRECEDE LA POLÍTICA A LA BIOÉTICA DE LOS ENSAYOS CLÍNICOS?
¿Ha servido la bioética para aislar la medicina de la política?
Un caso ejemplar para quienes piensan que sí sería el de los ensayos clínicos.
Cuando un paciente da hoy su consentimiento informado acepta un protocolo experimental que le impide negociar con el médico cómo se desarrollará su tratamiento.
Así solía suceder antes de 1950, cuando los ensayos clínicos no obedecían a un diseño estadístico (la aleatorización) que, desde entonces, condiciona buena parte de la intervención médica.
A partir de los años 1960, serán las Institutional Review Boards las que determinen si el diseño del experimento es normativamente aceptable -su cientificidad se supone-y si en su desarrollo prevalece el interés del paciente (Levine, 1986, pp. 322-363).
El análisis ético reemplazaría así a la negociación.
Sin embargo, cuando los pacientes se organizan y exigen negociar su tratamiento con independencia del protocolo experimental, la medicina recupera su dimensión política.
Así sucedió, por ejemplo, con los enfermos de SIDA esta-dounidenses en los años ochenta: exigieron a la agencia reguladora (la Food and Drug Administration) que les diese acceso a una medicación que consideraban prometedora (el AZT) antes de que concluyese su verificación experimental, prescrita por la legislación estadounidense (Epstein, 1996).
Hace cien años estas movilizaciones eran frecuentes.
Los partidarios de un medicamento se movilizaban para obtener apoyo público para su causa y que el Estado lo permitiese o subsidiase.
Los médicos tenían, además, amplia libertad para probarlos y prescribirlos (e.g., Cox-Makximov, 1997, pp. 24-93).
De ahí el interés del proceso que condujo a la adopción de la metodología estadística en los ensayos clínicos.
¿Qué pudo convencer a médicos y pacientes para que renunciasen a la negociación y optaran por delegar en una comisión externa el diseño y supervisión del experimento?
La respuesta más generalmente aceptada apela a la autoridad de la ciencia: nadie puedo negar la superioridad de la metodología estadística sobre las técnicas de prueba anteriormente empleadas, y de ahí su inmediata aceptación (Yoshioka, 1998, p.10).
No obstante, sabemos hoy que probablemente no ocurrió así 1.
Para empezar, muchos de los ingredientes de esta metodología (en particular, la aleatorización) eran ya conocidos en la experimentación médica antes de que se utilizasen en el ensayo pionero de la estreptomicina, publicado en Gran Bretaña en 1948.
Por otro lado, quienes participaron en este ensayo apenas entendían la justificación matemática de la metodología adoptada y si la admitieron fue por la autoridad científica de sus defensores (en particular, los estadísticos Ronald Fisher y Bradford Hill).
Es más, al analizar las circunstancia en las que el gobierno británico decide efectuar este ensayo se descubren muchos otros intereses particulares igualmente determinantes [URL]., la gestión de un suministro escaso de estreptomicina).
La adopción de los ensayos clínicos aleatorizados como patrón experimental sería así el producto de una negociación constitucional entre intereses particulares.
Una vez aceptado este patrón, los participantes en un ensayo sólo podrán dar su consentimiento, sin negociación alguna (Levine, 1988, p.
Aislada así la medicina de la política, los comités de bioética suplirían argumentos normativos para justificar esta ausencia de diálogo 2.
El propósito de este artículo es cuestionar esta interpretación mediante un análisis del valor normativo de los intereses que confluyeron en la decisión de ensayar la eficacia clínica de la estreptomicina conforme a un protocolo estadístico en el Londres de 1946.
A partir de una revisión de algunos estudios recientes sobre las circunstancias de este ensayo, trataremos de analizar qué intereses manifestaron los distintos actores implicados ( §2).
Después, discutiremos en qué medida cada uno de estos intereses contenían intuiciones normativas justificables a partir de la metodología del ensayo ( §3).
Intentaremos mostrar que, aun cuando la mayoría de los participantes en el proceso no entendiesen bien su articulación estadística, percibían en cambio propiedades normativas de interés general en la metodología adoptada, que decidieron su aceptación.
Estas propiedades -fundamentalmente, la equidad y la imparcialidad-bastarían para justificar políticamente la adopción de esta metodología, por servir como garantes de unos intereses por los que debe salvaguardar cualquier ensayo.
Aceptada la legitimidad normativa del protocolo experimental, los comités de bioética velarán por su cumplimiento.
Como en cualquier proceso constitucional, el cierre de la negociación no implica el abandono de la política: su ejercicio continúa por otros medios.
EL ENSAYO CLÍNICO DE LA ESTREPTOMICINA EN GRAN BRETAÑA
A principios del siglo XX, la tuberculosis era la principal causa de muerte en el Reino Unido: en las ciudades podían producirse de 200 a 400 muertes anuales por cada 100.000 habitantes -totalizando unas 50.000 en todo el país.
Era ya catalogada como una enfermedad infecciosa y para su curación se recomendaba aislar al paciente en sanatorios (públicos y privados) donde se les prescribían distintos remedios.
Algunos aparentemente prometedores, como fue el caso de la tuberculina, una vacuna generada a partir de la propia bacteria de la tuberculosis por Koch en 1890 que estimularía la producción de las defensas que el organismos genera naturalmente contra ella.
El principio resultaba controvertido pero la expectativa de curación cautivó al público británico, incluyendo a muchos médicos convertidos en abogados de la tuberculina.
Se planteó entonces un dilema de política sanitaria: ¿debía desviarse parte de la inversión pública en sanatorios a dispensarios que administraran tuberculina a los pacientes en su propio lugar de residencia?
Para resolver la cuestión el gobierno británico promovió algunos estudios para comprobar la eficacia tanto de la tuberculina como del internamiento en sanatorios 3.
Respecto a la primera, entre 1914 y 1919 se desarrolló un estudio de sus efectos en los pacientes internados en un sanatorio en Surrey, juzgando su efectividad mediante la comparación de su tasa de mortalidad con la de la población general, sin que se observasen efectos positivos (Bardswell, 1919) El MRC pretendía poner los medios para ello: una vez asegurada la composición de los medicamentos, quedaba por comprobar sus efectos terapéuticos como paso previo a la autorización de su distribución comercial.
Como indica Benjamin Toth, la prueba de la eficacia de un compuesto consistía por aquel entonces en "mostrar que se comportaba de acuerdo con leyes y principios científicos que pudieran establecerse con un microscopio, un tubo de ensayo o en un animal de laboratorio" (Toth, 1998, p.
De ahí la novedad de la iniciativa del MRC al recibir de la Universidad de Toronto, en 1922, los derechos sobre la recién descubierta insulina, aparentemente una cura milagrosa para la diabetes.
En vez de ponerla inmediatamente a disposición del público, como muchos exigían, el MRC se propuso primero comprobar su eficacia terapéutica, en un proceso ampliamente publicitado en la prensa.
Se argumentó nuevamente que, al verificar la eficacia del compuesto, se protegía el interés general de los consumidores, más allá de las opiniones particulares de dical Research Committee), pero sus objetivos se amplían de inmediato: encargada de coordinar la investigación médica militar durante la Primera Guerra Mundial, asume después su propia personalidad institucional en 1920 y pasa a denominarse Medical Research Council (MRC) sin restricción ya sobre su objeto de estudio.
Sus responsables tenían un elevado sentido moral de su misión: tal como mostró Desirée Cox (Cox-Makximov, 1997, pp. 96-182), se trataba de poner la investigación médica al servicio del bienestar público, y esto exigía un compromiso personal totalmente desinteresado.
Por un lado, tenemos, por tanto, el problema de administrar fondos públicos para la investigación en aras del interés general.
La NHIA instituyó un seguro por enfer medad pagado conjuntamente por el asegurado, su empleador y el Estado.
Al convertirse en proveedor de asistencia médica, el Gobierno británico se convierte en un masivo comprador de medicamentos, incrementando de año en año su gasto farmacéutico.
En 1919, se crea el Ministerio de Sanidad, justo ante el inicio de una crisis económica que obliga a sus responsables a plantearse controlar ese gasto.
Se pretendía seleccionar los medicamentos más eficientes, mediante la inspección farmacéutica y la creación de una oficina que juzgase la efectividad de los compuestos.
No obstante, el Ministerio se encontró con la resistencia de los distribuidores, que cuestionaban la calidad de la inspección y temían tanto sus posibles consecuencias legales, como la publicidad adversa.
En 1927, ante la creciente presión de los costes (dos millones de libras aquel año), el ministerio recibe un informe de su Chief Medical Officer urgiendo a mejorar la eficiencia de la prescripción.
En 1929, una comisión asesora se plantea elaborar una lista de medicamentos recetables a los asegurados.
El problema principal era decidir qué sustancias constituían un medicamento 5.
El MRC se venía ocupando ya de verificar que los productos farmacéuticos tenían una composición normalizada con un principio activo reconocible.
Se pretendía así proteger la salud pública, promocionando los medicamentos seguros por oposición a los todavía muy populares remedios secretos, preparados con presuntas propiedades terapéuticas de composición no revelada -para proteger la patente de su fabricante.
Todavía a principios del XX, a los fabricantes de estos remedios secretos les bastaba con El marco normativo se renovaba: en 1946 se crea el National Health Service, el primer sistema de cobertura sanitaria universal (desvinculada de las cotizaciones) promovido en plena posguerra por el Gobierno laborista conforme al espíritu del denominado Informe Beveridge.
El Ministerio de Sanidad se comprometía así a que todos los británicos tuvieran acceso gratuito al medicamento, cosa imposible de cumplir inicialmente en el caso de la estreptomicina, dada la escasez de suministros y su gran demanda 10.
Ante este dilema, el Ministerio decide encargar al MRC la or-ganización de un ensayo clínico -en julio de 1946-para verificar la eficacia terapéutica de la estreptomicina.
Aun cuando en privado los funcionarios británicos se mostraban optimistas, en sus declaraciones públicas insistieron en la incertidumbre sobre sus posibles beneficios con el propósito de reducir las expectativas de los pacientes y justificar así la distribución de la estreptomicina disponible conforme a un criterio científico: para evitar malgastarla, sólo se usaría para aquellas afecciones en las que se demostrase beneficiosa 11.
Para justificar ante el Ministerio de Economía la compra de la cantidad de estreptomicina necesaria para el ensayo, A. Landsborough Thomson, subsecretario del MRC, apelaba, en efecto, a la necesidad de adquirir "conocimiento sólido" de su eficacia terapéutica a través del ensayo para explicar la adjudicación de toda la estreptomicina británica al MRC, evitando así conflictos sobre su distribución (Toth, 1998, pp. 240-241).
En julio de 1946, el MRC celebra dos sesiones en las que se decide la organización del ensayo, que se limitaría a comprobar la eficacia de la estreptomicina en cuatro tipos de tuberculosis.
En particular, se decidió estudiar sus efectos en la bronconeumonia tuberculosa en pacientes de edades comprendidas entre los 15 y 25 años conforme a un diseño experimental que incluye grupos de control y asignación aleatoria de tratamientos.
La escasez del medicamento justificaba a ojos de los participantes la aleatorización 12.
El MRC gestionó la adquisición de estreptomicina y aprobó la relación de Hospitales participantes en el ensayo, según el mismo principio de confianza en sus responsables aplicado en ocasiones anteriores -añadiendo ahora el control sobre su ejecución que imponía el protocolo experimental.
Comenzó a desarrollarse de inmediato y sus resultados se publicarían en octubre de 1948 en el British Medical Journal y, de inmediato, en la prensa 13.
¿Cumplió el ensayo clínico su propósito?
Se verificó que los pacientes tratados con estreptomicina mejoraron más que los del grupo de control, a quienes sólo se prescribió reposo.
No obstante, esta efectividad ya se presumía y el ensayo pretendía obtener resultados específicos sobre los tipos de paciente que más se podían beneficiar del medicamento.
Los resultados del análisis de los distintos subgrupos de pacientes, a juicio de Toth (1998, p.
247), resultaron algo menos concluyentes, pero esa incertidumbre no resultaba entonces tan preocupante.
La estreptomicina se producía ya industrialmente y en 1949 el Ministerio de
Sanidad autorizó su prescripción en todo el país.
Pronto aparecieron, además, tratamientos alternativos (Toth, 1998, pp. 250-51), de modo que su ensayo clínico se recuerda hoy más por su novedosa metodología que por la importancia de sus resultados.
INTERESES NORMATIVOS EN LA ALEATORIZACIÓN
Enumeremos los distintos intereses que aparecen asociados a los ensayos clínicos en nuestro análisis.
Tenemos, por una parte, el interés por parte del Ministerio de Sanidad británico de justificar, según el resultado del ensayo, su política farmacéutica: en qué tipo de tratamientos se invierte para cuidar de la salud pública.
Por otro lado, está el interés de médicos y pacientes en que se comprueben los efectos de cada medicamento, para justificar su prescripción y adquisición.
Finalmente, con los ensayos las compañías farmacéuticas pretenden corresponder a esta demanda asegurando la calidad de sus productos como medio para aumentar sus ventas.
Estos intereses operan en un contexto normativo más amplio.
El Ministerio debía regir su actividad por ciertos principios de justicia.
Debía también mostrarse imparcial en sus decisiones respecto a los intereses de los pacientes (como en la polémica sobre la tuberculina) y también respecto a los de las farmacéuticas (como en la organización del TTC).
Se articulan, además, puntualmente con múltiples intereses coyunturales (como la gestión de la escasez de estreptomicina o el ansia de los enfermos por acceder a un tratamiento).
Además, frente a las distintas instancias ministeriales (e.g., el MRC), los médicos británicos confiaban en su juicio personal respecto al diagnóstico y pronóstico de cada paciente y consideraban su deber aplicarlo por encima de cualquier protocolo experimental.
Así, los ensayos clínicos tienen que dar respuesta a deseos enfrentados.
Sus conclusiones deben ser suficientemente poderosas como para justificar las decisiones ministeriales frente a las demandas de médicos y pacientes, cumplir con las expectativas de estos respecto a la seguridad y eficacia de los compuestos y satisfacer, finalmente, las urgencias comerciales de las farmacéuticas.
Todo esto cumpliendo con algunos principios normativos generales y contando con múltiples circunstancias particulares.
Podemos preguntarnos, en primer lugar, en qué medida las distintas metodologías aplicadas a los ensayos clínicos resultaban convincentes a la luz de tales exigencias.
Que el diseño estadístico se impusiese al juicio médico o la prueba fisiológica pudo obedecer inicialmente a las circunstancias que alumbraron los ensayos de la estreptomicina, pero tuvo que responder, de algún modo, a los intereses de todas las partes implicadas, para prevalecer en el tiempo 14.
La explicación del éxito de la metodología estadística en el diseño de los ensayos clínicos suele apelar a una distinción de Ted Porter: el triunfo de la autoridad general del método frente a la autoridad individual del experto -e.g., Marks 1997, p.
Se opondría así, según Porter, una política de la objetividad, en la que las decisiones se obtienen aplicando reglas estadísticas, a los procesos deliberativos de agregación de juicios particulares.
La adopción de una metodología estadística en los ensayos clínicos se debería, por tanto, al éxito de un argumento de autoridad: políticos, pacientes e investigadores admitieron la superioridad del cálculo matemático sobre el razonamiento informal, aun sin acabar de entender cómo se justificaba aquél (e.g., Marks, 1997, p.
Hay evidencia de que las virtudes metodológicas de la aleatorización eran desconocidas para buena parte de los actores implicados en nuestro proceso.
Lo eran, desde luego, para los políticos y pacientes, pero también para la mayor parte de los médicos implicados en el ensayo de la estreptomicina.
Todos ellos confiaron en el juicio del comité de expertos del MRC cuando opta por un diseño estadístico 15.
La mejor prueba a este respecto la encontraríamos en el análisis que realizó Alan Yoshioka (1998, p.
177) de los archivos del MRC sobre el ensayo de la estreptomicina: no hay una sola mención de la palabra aleatorización.
Es decir, es probable que la metodología del ensayo se aprobase sin discusión alguna, confiando simplemente en la autoridad de los cuatro miembros del comité que lo propuso.
Pero ¿por qué tendría que imponerse su criterio sobre todos los intereses enumerados al principio?
¿Basta con invocar su cientificidad para contentar a todas las partes?
Quizá, pero caben otras respuestas que apelan a los principios normativos implícitos en el método, directamente relevantes para los intereses (generales y particulares) de
todas las partes implicadas en los ensayos.
Para empezar, como indica el propio Yoshioka (1998, pp. 178-79), al menos los miembros del MRC, pero también muchos médicos, supieron percibir una dimensión normativa de la aleatorización: proporcionaba un mecanismo impersonal de asignación del medicamento, con el que se podía justificar la exclusión de cualquier paciente del grupo tratado con estreptomicina 16.
El principio normativo aquí invocado es que todos los pacientes admitidos al ensayo tendrían igual oportunidad de recibirlo 17.
Desde luego, no se trata de un principio universal, como parece indicar la negativa de los investigadores de la Administración de Veteranos norteamericana a incluir un grupo de control en sus ensayos sobre la estreptomicina apenas unos meses antes 18.
Pero la evidencia disponible en los archivos indica que a los pacientes británicos les resultó aceptable (Yoshioka, 1998, pp. 178-179) y, en cualquier caso, resultó lo suficientemente convincente como para que se acabase incorporando a los protocolos de evaluación ética de cualquier ensayo clínico (e.g., Levine, 1998, pp. 185-212).
Por tanto, la aleatorización le permitía al Ministerio de Sanidad británico cumplir con el espíritu normativo del informe Beveridge y justificar sus negativas ante las demandas de los pacientes de recibir estreptomicina con independencia del protocolo experimental.
Bradford Hill, uno de los principales promotores de la aleatorización en el Reino Unido, advirtió también desde un principio sobre una segunda dimensión normativa en la aleatorización: eliminaba sesgos subjetivos, al impedir que el investigador asignase tratamientos a los pacientes según sus preferencias personales (su medicamento favorito a los pacientes con mejor pronóstico, por ejemplo) 19.
Esto permitía asegurar la comparabilidad estadística entre los resultados de ambos grupos (las diferencias observadas corresponderían únicamente a los efectos de ambos tratamientos más el azar), pero también garantizaba la imparcialidad (respecto a los intereses de médicos y fabricantes) de las conclusiones del ensayo.
Este argumento normativo a favor de la aleatorización permanece aún vigente (García Alonso & Teira, 2006).
Y, como veíamos antes, esta imparcialidad era necesaria para los intereses de todas las partes.
El Ministerio debía arbitrar imparcialmente ante las demandas de las compañías farmacéuticas y los consumidores de medicamentos.
Aquellas pretendían, además, una evaluación imparcial de sus productos para poder publicitarlas.
La aleatorización ofrecía, por tanto, equidad en la asignación de tratamientos e imparcialidad en su evaluación, y estas propiedades normativas eran percibidas por los actores en el proceso que analizamos, con independencia de sus virtudes metodológicas.
Estas propiedades normativas se derivan, no obstante, de la propia articulación matemática de los ensayos clínicos: la equidad dimana de la equiprobabilidad de la asignación y esta misma equiprobabilidad imposibilita la manipulación (Berry y Kadane, 1997).
La aleatorización nos asegura, en efecto, que todos los pacientes en un ensayo tienen la misma probabilidad de recibir ambos tratamientos, con independencia de sus propias preferencias o de las del médico que les trata.
Por tanto, en este caso, la política de la objetividad que condujo a la adopción de la aleatorización en Gran Bretaña no se impuso sobre un mero argumento de autoridad científico, sino también sobre principios éticos aceptables para todas las partes.
La pregunta que podemos plantearnos es si la autoridad individual de los expertos, tal como venía operando en ensayos anteriores resultaba normativamente tan satisfactoria como la propia autoridad del método.
Podemos pensar que no. Hoy sabemos que sólo de acuerdo con un protocolo estadístico muy riguroso es posible incorporar el juicio experto a un ensayo clínico salvaguardando la imparcialidad de las conclusiones (e.g., Kadane, 1996).
En ausencia de tales cautelas estadísticas, no podemos esperar, por principio, conclusiones insesgadas de la negociación entre expertos.
Es una cuestión de confianza entre los propios participantes en el proceso.
Con independencia de si los miembros del MRC desconfiaron justificadamente o no de los médicos que debían participar en el ensayo de la estreptomicina al imponerles el diseño estadístico del experimento, no podemos corregir su juicio (Toth, 1998, p.
Por lo tanto, desde un punto de vista normativo, la adopción de la aleatorización supuso un progreso basado en algo más que la autoridad o los intereses particulares.
En suma, al preferir el diseño estadístico de los ensayos clínicos al juicio del experto sobre la eficacia de un medicamento el gobierno británico pudo apoyarse en principios normativos todavía hoy válidos, con independencia del grado en que comprendiese los argumentos estadísticos en los que se apoyaba su decisión.
La autoridad normativa del experto no podía competir con la autoridad normativa del método.
Hemos propuesto aquí un ejercicio retrospectivo de bioética: explicamos desde qué punto de vista normativo una decisión del pasado resulta justificable.
La adopción de una metodología estadística es explicada por el sociólogo como el objeto de un consenso entre intereses particulares.
Sin negar su efectividad, queremos mostrar cómo algunos de estos intereses incorporan intuiciones normativas que van más allá de las circunstancias en las que se produjo tal negociación.
Allí donde el Estado deba arbitrar entre los intereses de pacientes, médicos y farmacéuticas sobre el método para decidir la eficacia de un medicamento podemos esperar que se observen los principios generales de equidad e imparcialidad en la asignación de tratamientos que satisface la metodología propuesta por Ronald Fisher y Bradford Hill.
El acuerdo se funda pues en una perspectiva contractualista.
Partimos de la existencia de intereses particulares enfrentados: el acuerdo sólo es posible cuando las partes se comprometen con un principio general de imparcialidad para juzgar sobre la eficacia de un medicamento.
La aleatorización nos proporciona aquí el velo de la ignorancia respecto a esos intereses: nadie puede optar por la terapia que más le favorece, y el resultado del experimento será así independiente de los intereses de quienes lo realizan.
Aceptado este consenso político sobre la elección del método, su aplicación en cada caso particular no será ya negociable conforme a los intereses de las partes.
Se velará solamente sobre los derechos de los pacientes participantes.
La bioética opera, por tanto, sobre un acuerdo constitucional.
CÓMO LA POLÍTICA PRECEDE A LA BIOÉTICA in |
Variaciones biopolíticas sobre naturaleza y vida
Necesitamos nuevas narraciones para entender un poco más nuestro caótico y muy complejo mundo.
En este caso es útil recordar algunos modelos históricos de las relaciones generales entre naturaleza y vida, que están en la base de la biopolítica: a) el tradicional, basado en la ley natural y en los valores de la vida; b) el técnico, basado en la voluntad de poder y en los valores de la libertad; c) el alternativo, basado en la cooperación ecológica entre todos los seres vivos y en ambas clases de valores.
Para sobrevivir en esta crisis de civilización hace falta mucho coraje y solidaridad frente a la indiferencia que mata.
"Librar del miedo al ser humano es mucho más importante que proporcionarle armas o proveerle de medicamentos.
El poder y la salud están en quien no siente miedo"
Vivir en una época de extraordinaria complejidad como la actual a menudo implica confusión, ya que no es fácil elaborar una explicación de conjunto que articule tantas relaciones y dimensiones como sería necesario.
Sin embargo, es imprescindible vincular las diferentes lecturas del presente para entender mejor y actuar en consecuencia, pues tan perjudicial resulta el viejo metarrelato totalizador como el hoy omnipresente fragmento a la hora de lograrlo.
Michael Ignatieff señala que hay dos grandes narraciones actuales, la globalización por un lado y la impresión de caos generalizado por otro, entendidos como fenómenos coherentes y contradictorios a la par, pero también genéricos e insuficientes.
De ahí que sea preciso construir nuevos esquemas de comprensión, entre otras cosas para evitar la sensación de desbordamiento y la tendencia creciente a la "repugnancia moral" ante un mundo que parece enloquecido e ingobernable, dado que "el asco es un pobre sustituto del pensamiento" y que lo urgente es proporcionar "la base racional del compromiso ético" universalista a largo plazo, mediante la inteligencia de lo que sucede (Ignatieff, 2002, 40 y 137 s.)1.
Es obligado, pues, abordar el actual torbellino económico, ecológico, geopolítico, socio-cultural, biotecnológico, etc., desde múltiples perspectivas y recordar al menos algunas genealogías para mitigar la pérdida de referencias.
En nuestro caso, ello supone aportar al pensamiento sobre las nuevas fronteras ontológicas y legales en los seres vivos el estudio de los nexos entre las nociones de naturaleza y vida, bajo los diferentes aspectos del poder y el deber, con la intención de contribuir a generar sentido en una época de oscuridad.
La cosmovisión de fondo troquela aspectos varios de la existencia, como es bien sabido desde los presocráticos, y en ese cruce de planos se dan cita intuiciones espirituales, intereses pragmáticos y proyectos sociales de todo tipo que conviene examinar.
Por otra parte, el tema debe insertarse más que nunca en una suerte de vida global, dada la integración superlativa de ámbitos (ecológicos, técnicos y simbólicos) a escala planetaria que es propia del presente, lo que sin duda reclama una bioética y una biopolítica de gran alcance (Espinosa, 2007a).
A su vez, este complejo multidimensional conlleva una ampliación de los campos de análisis: por ejemplo, a propósito de las conexiones de naturaleza y poder es adecuado tratar la gran revolución en marcha de las biotecnologías, pero también las circunstancias político-económicas de países no occidentales, en especial cuestiones tales como la soberanía alimentaria, la contaminación, los problemas asociados a los "agrocombustibles", la gestión pacífica de la grave escasez de agua o la "biopiratería" (es decir, el robo institucionalizado mediante "biopatentes" industriales), etc., pues en estos asuntos se ejerce un dominio creciente -directo e indirecto- sobre la vida que no desmerece de otros considerados canónicos.
Aquí no cabe ocuparse de todo ello, pero sí es posible delinear cierto tronco histórico e ideológico común, a través del contraste de tres modelos heurísticos que no son puros ni se suceden linealmente en el tiempo, sino que se mezclan y coexisten en grados diversos, lo que incluye el antagonismo y la complementariedad.
A la hora de dar cuenta de las intrincadas relaciones entre lo llamado natural y lo cultural en torno a la vida, es útil seguir un hilo conductor: el paso progresivo desde la creencia en un gran designio inherente a la naturaleza (patente en los ciclos y/o fines cosmológicos, en la pertenencia de los seres a ciertos tipos invariables, la existencia de una moral y derecho naturales...) hacia un enfoque más constructivista y de diseño técnico, tanto en relación a lo humano como al medio ambiente.
De hecho, algunos hablan ya del antropoceno para nombrar nada menos que una nueva era planetaria, supuestamente capaz de subsumir -por medios biotecnológicos- la vieja oposición de naturaleza y cultura en un proyecto unitario de renovado e imprevisible poder genesíaco.
Pues bien, a modo de esquema guía cabe mencionar un modelo tradicional (de corte religioso), otro tecnológico (secularizado y hoy dominante) y un tercero alternativo (apenas asentado), centrados respectivamente en la primacía de lo dado, de lo construido y de lo integrador.
En forma paralela y correlativa, hay que referirse entonces a un cosmos cuasi sagrado del que se depende y en el que se confía en clave metafísica (con la consiguiente heteronomía práctica); a un mundo recreado por el artificio y sometido a imperativos humanos, desde cierta independencia al menos parcial (en un marco de autonomía); y a una patria planetaria a la que todos los seres pertenecen, concebida desde la auto-hetero-determinación ecosistémica (llámese internomía práctica).
Cosmos, mundo y planeta son términos —usados sucesivamente— que ya denotan un tránsito evidente en el discurso.
Sobre este trasfondo emergen las distintas concepciones de la vida humana, a menudo híbridas, pero tensadas alrededor de la perenne pugna entre libertad y necesidad, o, en su vertiente menos abstracta, emancipación y dominio.
Es oportuno recordar, pues, algunos elementos básicos de las relaciones entre naturaleza, vida y poder, así como de los desplazamientos en el tiempo de sus respectivos límites y puntos de encuentro.
Pero siempre desde el presupuesto básico de que todo ello es creación humana según la unión íntima entre ser e interpretación que Castoriadis ha llamado la "institución imaginaria de la sociedad": es el ejercicio permanente de la elección y del juicio a lo largo de la historia el que define el "mundo real" a través del "magma de las significaciones" (Castoriadis, 1998, 115 s., 181 s., 187)2.
El caso es que para afrontar las grandes perplejidades y peligros del presente necesitamos nuevos significados y es obvio que no hay red de seguridad ni garantías de solución, por lo que conviene la humildad responsable del que asume la incertidumbre y la soledad metafísica.
Lo que sigue es un pequeño equipaje conceptual de cara a esa urgente reflexión.
Con evidente espíritu de síntesis, puede hablarse de una posición (mayoritaria en la historia del pensamiento) o conjunto de presupuestos fundamentales desde los que se parte: la naturaleza es entendida como fuente ontológica de verdad, valores y normas, en la medida en que obedece a un diseño providente, es decir, a una perfección superior de la que deriva todo sentido y legitimación ético-política.
Hay en ello propósito, inteligencia y cuidado —no importa ahora si el modelo es trascendente o inmanente— que lo diferencia tanto del caos azaroso como del falible artificio humano, de manera que semejante plan intrínseco queda reflejado en la unidad y armonía del conjunto natural, y se enuncia en la metáfora del artesano que la habría modelado con sabiduría (Glacken, 1996, 49 y 648).
Se trata de la disposición coherente y eficaz de las partes, de la regularidad de sus ciclos, de su belleza e idoneidad para la vida y, en fin, de todo cuanto asegura que las cosas son como deben ser.
Al margen de las discrepancias sobre si esa impronta proviene o no de un creador personal, o sobre si prima la causalidad eficiente o la final, muy pocos han discutido la existencia de un orden totalizador y estable.
El axioma de fondo que sustenta la cosmovisión es el isomorfismo entre physis-nomos-logos, o, si se prefiere en otro plano, la correspondencia y reciprocidad entre ser, pensar y decir, de la que derivan las construcciones culturales particulares.
A partir de ahí, el mundo natural resulta inteligible, lo que proporciona seguridad y confianza, además de considerarse bueno y digno de imitación e incluso de obediencia.
Esa especie de legalidad de vasto alcance cosmológico, epistémico, moral y jurídico queda bien resumida en los adagios clásicos que rezan "Natura agit rationaliter", "Natura semper est recta" o "Suprema decreta Dei, Natura", cuya contundencia habla por sí sola.
En segundo lugar, no puede extrañar que la concepción o imagen efectiva de lo real responda a motivaciones físico-teológicas (en la naturaleza hay pruebas de lo divino), por un lado, y a exigencias propias de una teología política que funda la organización social y el comportamiento (público y privado), por otro.
Sea en el marco del holismo organicista y cíclico de la antigüedad o de la historia lineal y escatológica del cristianismo, lo que importa es atenerse a la Justicia cósmica que debe impregnar la vida humana en todas sus manifestaciones, cual vínculo entre lo macro y lo microscópico: por ejemplo, la "ley común" que menciona Heráclito atañe tanto al empeño intelectual como al plano político, pues ambos deben remitirse a lo divino que los origina (cf. frag.
1143), de modo que ese ajustamiento expresado a través de la proporción y la medida será el cimiento ontológico de los iusnaturalismos ulteriores.
Es cierto que habrá en estos una clara evolución desde la idea de ley encarnada formal y materialmente en la naturaleza hacia la abstracción intelectual que solo aprecia una ley racional no empírica, pero permanece siempre un imperativo universalizador.
Valga ahora una de las formulaciones sincréticas de esta matriz: "La verdadera ley es la recta razón, conforme a la naturaleza universal, constante y eterna (...) una sola ley eterna e inmutable que gobernará a todos los pueblos en todos los tiempos, y un solo Dios será el guía y señor de todos: él, precisamente, que ha concebido, redactado y promulgado esta ley" (Cicerón, De rep.
Late por debajo una intención emancipadora en virtud de la igualdad atribuida a todos los hombres, pero también un papel legitimador de lo dado mediante la sanción expresa de las instituciones y códigos romanos que sirven de modelo dominante.
Ambas cosas muestran el tránsito desde la mera visión metafísica hacia el control positivo de la vida, a través de la legislación correspondiente sobre contratos, relaciones de parentesco, propiedades, obligaciones de toda índole, gobierno de los placeres, etc. El resultado es que lo socialmente convenido se hace pasar por natural y lo adquirido por innato, toda vez que naturaleza, razón y ley parecen tener una misma raíz y van de la mano sin cuestionarse su origen ideológico.
Con el añadido no menor de que lo habitual es poner todo ello al servicio del orden establecido, como bien ejemplifica el propio caso del estoicismo, donde prima la aceptación resignada y/o la huida desde los irreductibles antagonismos y conflictos mundanos hacia la armonía superior (Puente Ojea, 1979, 30-35, 110, 115, 233).
El cristianismo suscribe lo esencial de esta cosmovisión, aunque añade al Creador como vértice decisivo, claro está.
Baste recordar que Tomás de Aquino solo entiende el mundo desde "la unidad de orden" (S. Th., I, 47, 3), con una estructura y jerarquía definidas en función del finalismo dictado por la providencia (S. Th.
I, 22, 1), que no es otro que la orientación hacia el bien (S. Th., I, 93, 6).
Luego la física vuelve a desembocar en la moral, una vez que en la naturaleza ya están unidas por medio de la ley natural que todo lo gobierna y a todos concierne.
El hombre está llamado a captarla con su propia razón, justamente porque participa de ella (S. Th., I-II, 90, 4 y 91, 1 s.), de manera que la conexión entre lo universal y lo particular está ya impresa y asegurada en él.
Lo interesante aquí es el papel que se reserva al apetito para dar el paso efectivo entre instancias, entendido como el resorte orgánico que moviliza a la razón aún antes que a la voluntad, y parece ser la infraestructura de ambas: es el apetito dirigido genéricamente al bien (S. Th.
I, 6, 1 y De malo, 8, 2), que después se desarrolla en diferentes planos y actividades, con lo que abre el campo de las tendencias, propensiones y deseos primordiales, de obvia importancia para definir la vida humana.
En definitiva, la naturaleza (en conjunto y en cada individuo) es la plataforma básica desde la que se programan los derechos y los deberes, y por extensión las instituciones de toda índole, lo que desemboca en una suerte de recurrente control remoto sobre la historia, en cuanto que esta tiene por misión dar cumplimiento a los planes ínsitos en aquélla4.
De ahí que, en tercer lugar, sea obligado referirse a la intención práctica subyacente en todo lo anterior, donde el ser se desenvuelve como un querer y un deber que gira en torno a valores.
El locus clásico de "vivir conforme a la naturaleza" lo resume bien, aunque a menudo quede la impresión de circularidad o de que no resulta explicado por completo en qué consiste.
Dice Séneca, por ejemplo, que la naturaleza es guía y que la razón la "observa y consulta", lo cual conduce a la felicidad siempre que los sentidos sean mero lugar de paso y no haya servidumbre respecto a las cosas externas; esto es, desde otro registro, que solo hay virtud mediante la autarquía, incompatible con las zozobras de todo signo (Séneca, De vita beata, par.
Y es que se supone que la razón es nuestra genuina naturaleza, una vez desplegada la disposición que nos es propia (oikeiosis), pero cómo dar cauce adecuado a esta (lo previo) sin la racionalidad misma que nace de ella (lo derivado)...
Además, hay otras paradojas, pues solo el esfuerzo y la constancia traen el éxito, pero igualmente hay que aceptar de buen grado lo que el destino depare.
Por otro lado, es virtuoso quien actúa como conviene a cada caso —incluido en ello el importante cariz estético de la conducta—, pero justamente lo difícil es precisar la relación concreta entre naturaleza eterna, razón y variable circunstancia.
Habrá que aceptar entonces que en eso estriba el arte (moral) de vivir...
Algo que el sujeto precristiano —a pesar de sus temores y llamadas crecientes a la austeridad— puede realizar como cuidado de sí, no aplastado todavía por la omnipresente voluntad divina, la "caída" universal y la necesidad de purificación ascética (Foucault.
En cualquier caso, la naturaleza conserva en el paganismo mayor peso y concede mayor autonomía a la hora de construir la subjetividad.
La situación posterior viene definida por el hecho de que el cristianismo inicial convierte a su Dios en un soberano absoluto (Pantokratorikós), quien decide el destino del mundo en el contexto de la lucha apocalíptica del bien y del mal, estando este por vez primera interiorizado en los individuos en forma de pecado y rebelión (Meeks 1994, 160 y 124, 129).
La consecuencia inmediata es que lo natural, tanto en el plano cósmico como humano, queda postergado cuando no denigrado por corruptible, y que el antiguo ideal de convertirse en un hombre nuevo ahora solo es posible por la gracia divina.
Sin embargo, junto a la sobrenaturaleza, ya consta que el tomismo rehabilitará los impulsos naturales porque afirma que los preceptos de la ley natural concuerdan con "el orden de las inclinaciones", lo que se expresa en los conocidos apetitos de conservación, procreación, conocimiento y vida en sociedad (S. Th.
Estas variantes de la libido parecen limitar así tanto el voluntarismo como el intelectualismo moral, en tanto que actúan como condición de posibilidad del resto de facultades.
Por otra parte, el vínculo entre cosmología y esta suerte de antropología traspasa la moral y llega al derecho y a la política, pues todas las leyes positivas derivan de la ley natural (S. Th.
I-II, 95, 2), con lo que ese supuesto tiñe los asuntos pragmáticos más variados de la existencia.
Una vez más, lo descriptivo deriva sin solución de continuidad en lo prescriptivo (expresión de la falacia naturalista y límite obvio a la libertad), dentro de un marco perfectamente clasificado y siempre opuesto a lo considerado antinatural, tanto en sentido ontológico como práctico.
La naturaleza, según el modelo tradicional, es vista como algo bien compartimentado y jerarquizado, donde cada individuo ocupa su lugar y cumple su función, ya se trate de la teoría del "lugar natural" de los cuerpos en Aristóteles (Fís.
II, 199 b; III, 205 a) o de las tres clases de alma en Platón, con los rangos y deberes sociales correspondientes (Rep.
441 e- 442 a), por poner dos ejemplos célebres de transposición de lo cosmológico a lo físico y a lo social.
La vida humana es definida entonces por nítidas fronteras ad intra y ad extra, lo que se traduce también en una diferencia de tipos naturales y en una noción del poder como dar de sí lo que uno es, a su vez desde el axioma de que lo inferior se subordina a lo superior en todos los ámbitos.
De ahí la unidad de la legitimación cosmo-onto-lógica y la simbólico-política de la autoridad, así como de las desigualdades de cualquier clase y de la dominación sobre la vida y la muerte de los sometidos, lo fueran por convicción o por fuerza.
El ejemplo más claro del tamiz religioso que impregna la tradición occidental es la atribución de poder a la Iglesia católica como intérprete exclusiva de tales designios, algo que ella ha sabido ejercer de forma tan refinada como implacable en múltiples registros (Puente Ojea 1992, 3 s., 154 ss., 177 ss., 204).
Lo que no solo es una vigorosa ilustración histórica de nuestro tema, sino un trasfondo vigente en las discusiones bio-ético-políticas actuales.
Y es que el llamado orden natural de las cosas nunca ha desaparecido de la palestra como gran recurso, y resulta especialmente socorrido en épocas de cambio e incertidumbre como esta.
Es conveniente empezar con algunos datos históricos y culturales que permitan bosquejar los elementos de continuidad, a la vez que de transición, entre los paradigmas.
Así, la visión de un mundo estático perdura con el nacimiento de la ciencia moderna, cuyo mecanicismo cinético adolece de la misma visión atemporal y a veces de una peculiar referencia a la religión.
Baste recordar la física del gran Newton, cuya teoría unificadora del cosmos parece compatible con la mención directa del "Señor del universo" y su voluntad soberana, siendo esta la única capaz de introducir variación en la ciega necesidad de la materia y bajo cuyo estricto dominio están todos los seres (Principia, Escolio general).
Luego las leyes físicas son trasunto todavía —aunque formuladas bajo otros parámetros epistémicos— de las leyes divinas, y ambos tipos constituyen el patrón universal e inflexible del gobierno político de los individuos, los cuales están siempre sometidos a un orden superior y ajeno a ellos, lo que los impide toda iniciativa y vida espontánea: tal parece la correlación profunda entre lo físico, lo teológico y lo político, tanto en el plano de las fuerzas como en el de las leyes, es decir, en el paso solapado de la vis al imperium (Escohotado, 1999, 30, 116 s.).
El modelo cosmológico se proyecta de nuevo —directa o indirectamente— en la vida humana, como cumplimiento de la voluntad divina que ha establecido una mecánica ordinaria del universo para todos los niveles y aspectos.
Aunque el creador se reserva la capacidad de intervenir y modificar en algo el orden necesario, bien para programar la materia o para salvaguardar la moralidad, lo que se impone poco a poco, sin embargo, es una suerte de automatismo de la naturaleza, más propio del deísmo secularizador que del teísmo.
Por otro lado, esta rigidez de lo que se considera un orden lineal asoma igualmente en la biología, como atestigua el ejemplo notable de Linneo: su doctrina del fijismo supone afirmar una taxonomía intemporal, dado que la causa divina es inmutable y solo puede crear reinos y especies definitivos, sin cabida para las funciones o rasgos novedosos y mucho menos para los cambios sustanciales (Sist. de la Nat., Observaciones sobre los tres reinos de la naturaleza; Fundamenta botanica, V, afor.132).
Visto en conjunto, el armazón de lo real permanece, de manera que el orden natural, el del conocimiento y el de la acción son correlativos en un mundo que se entiende dado de una vez para siempre, con su aparente salvaguarda de la inteligibilidad y de las instituciones de toda índole.
Como es sabido, las revoluciones políticas del XVIII–XIX, por un lado, y el evolucionismo darwiniano, por otro, alteran drásticamente ese cuadro inmóvil de la vida social y biológica, pero no debe olvidarse la previa labor de zapa de escépticos e ilustrados.
El caso de Hume es muy revelador en términos filosóficos porque cuestiona de raíz el paralelismo entre el ordenamiento físico y moral del mundo, y vale la pena recordarlo: de entrada sostiene que desconocemos "la economía del universo" como un todo, y que esta bien puede provenir de la autoorganización de la materia, sin recurrir a planes externos a ella; y añade que deberían considerarse sin disimulos las muchas imperfecciones de lo real, especialmente la existencia del mal y de la infelicidad generalizada.
En consecuencia, hay argumentos para pensar que la naturaleza es ciega e indiferente al bien y al mal, ante lo que solo cabe esforzarse con la industriosidad humana para paliar el dolor y satisfacer las necesidades de la mejor manera posible (Diálogos sobre religión natural, X y XI).
Se abre así paso el espíritu ilustrado que proclama la autonomía humana y la transformación de lo dado sin cortapisas religiosas, lo que a su vez creará el marco conceptual e ideológico adecuado para el avance de la técnica que el propio autor reclama.
No es posible detallar esta vía racionalizadora, pero el hecho histórico es la evidente reciprocidad del desarrollo científico-técnico y del capitalismo, lo que define la edad contemporánea con sus tremendos éxitos y sus nuevas alienaciones.
Para ceñirnos a nuestro tema, hay que constatar que las supuestas leyes económicas que gobiernan la vida de la humanidad parecen solaparse con las leyes naturales que rigen el mundo, en la medida en que adquieren sus rasgos de universalidad y permanencia.
La ideología del progreso es la quintaesencia en la que convergen todas ellas, en tanto expresión del curso inexorable de las cosas, de modo que el viejo naturalismo del aevum eterno deja su lugar al historicismo del tempus, pero aún se conserva la apelación a la necesidad común a ambos y también algunas pautas en el tránsito de lo descriptivo a lo normativo.
Una de las variantes destacadas de esta alianza entre naturaleza, economía e historia es el darwinismo social, hoy redivivo, que sirve para legitimar una vez más la desigualdad (como en su día lo hizo con el colonialismo) en la medida en que distingue entre superiores e inferiores, ricos y pobres, etc., en razón de variables biológicas.
Además, lo paradójico es que, junto al optimismo cientifista de las reformas y avances constantes, siempre ha coexistido un pesimismo antropológico muy conservador preocupado por dominar o al menos contener a la fiera humana, tanto en sentido político como orgánico.
En ese contexto tiene cabida la utilización de supuestas medidas eugenésicas (tales como la esterilización), o profilácticas (como el encierro clínico), a menudo dictadas por "criterios de clase y de raza" en el seno de una ideología que pretende reducir hechos sociales a causas biológicas (Open University, 1983, 80 s.).
Ese modelo socio-económico y médico que consagra el triunfo de los más fuertes (practicado en diverso grado por las democracias y llevado al extremo por los nazis) ha resultado tan eficaz y productivo como despiadado.
No se pueden negar los cambios que en las últimas décadas han tenido lugar en las sociedades liberales, tales como la ampliación de la sanidad, la relativa redistribución de la riqueza o cierta movilidad social respecto a épocas pasadas, pero ello no deja de basarse en la explotación indiscriminada de la naturaleza y del hombre por el hombre, lo que opone límites estructurales a cualquier empresa radicalmente emancipadora.
Lo significativo es que el biologismo retorna hoy con otros ropajes, pues la naturaleza ya no solo es -como antaño- fuente normativa y/o materia prima en la producción de riqueza (lo que supone una clara esquizofrenia a la hora de valorarla, por cierto), sino también el objeto de una definitiva remodelación, una vez que ha sido reducida técnicamente a la pura información que parece desmaterializarla y hacerla mucho más dúctil.
El ápice del asunto es el acceso a las entrañas genéticas del ser, lo que convierte finalmente a la vida en categoría tecnológica (antes incluso que animal y social), susceptible de ser redefinida en su esencia y manejada a capricho.
Todo ello debe entenderse como el más reciente salto cualitativo en el proceso de apoderamiento de la vida surgido a partir del siglo XVIII, algo que ocurre —como ha enseñado Foucault— en términos orgánicos, sexuales, productivos, etc., a través de las variadas instituciones que normalizan y disciplinan a la población (fábricas, hospitales, escuelas, prisiones, cuarteles...), lo que hace preciso hablar de una "biohistoria" en la que insertar una "biopolítica" (Foucault, 1978, 168-173).
Sus efectos siguen vigentes y pueden sintetizarse en que la corporalidad es en cierto modo rehén del poder, pero hay que insistir en que este actúa no solo como represor, sino como generador de saberes y deseos que invaden y dirigen la subjetividad, en el marco de toda una "política de la verdad" y del sentido (Foucault, 1980, 106 s., 156, 179, 189).
Tal es la tupida malla de prácticas y seducciones que amplían el alcance del "biopoder", hasta el punto de hacer que el enemigo esté ya en casa, por decirlo así, bien interiorizado.
Sin embargo, estas aportaciones ya clásicas requieren algún complemento, al hilo del desarrollo histórico ulterior ya introducido que el filósofo francés hubiera sido el primero en atender.
Junto a su enfoque de corte físico (mandan las fuerzas en juego), es preciso añadir una intensificación de la sutileza del poder a escala antes desconocida: sea en forma de un estilo de vida expandido y por completo ligado al consumo; en el hecho de traspasar el campo de la sexualidad hasta llegar a la manipulación genética y psicosomática en general; en la globalización de los procesos planetarios allende los estados; o, en otro plano, en la fulgurante reaparición de la santa alianza entre religión y política...
Por otra parte, la normalización social adquiere hoy una difusa pátina estética y se instituye en un curioso proyecto universalista en virtud del cual todos los individuos se creen únicos y distintos, de modo que la desigualdad real de la que nace todo poder se traviste de libertad solo potencial y de juego de apariencias (simbólicas, de imagen, mediáticas, virtuales), en perfecto juego de camuflaje y engaño respecto a la limitada autonomía efectiva de los sujetos.
Esta red de la dominación obliga a ir mucho más allá de los antiguos poderes fácticos para entenderla, lo que supone incluir al mercado como institución central del entramado sociológico, la progresiva judicialización de la vida en muchos aspectos, el peso enorme de los medios de (des)información, de la publicidad o hasta de los fondos de inversión...
Además del obvio economicismo que todo lo invade y de la marea especulativa que se ha provocado en su seno, es interesante reparar en el poder singular de "crear, difundir e imponer códigos de información" para influir en una sociedad saturada y llena de ruidos, en la que la resistencia política es cada vez más difícil ante la impersonalidad múltiple y global de las fuerzas rectoras (Estefanía 2007, 192 y 70).
La proliferación, metamorfosis e hibridación reciente de los poderes supone un bombardeo sobre los sujetos, envueltos en un haz de viejas y nuevas modalidades entremezcladas.
De ahí que algunos invoquen otra vez el perenne "orden natural" para afrontar un devenir vertiginoso, en el que la vida humana está sometida a estímulos y requerimientos dispares y apremiantes que no sabe asimilar, por lo que a menudo aparece dislocada o inconsciente.
Detrás de todo ello podría haber —según algunos autores— un cambio cualitativo, apreciable por ejemplo en el avance del llamado modelo digital en la sociedad del control (mucho más sofisticado que la analógica sociedad disciplinaria), conducido por una forma biotecnológica del poder que abarca todo el cuerpo social (Hardt y Negri, 2002, 39 y 43).
Lo que sí debe concluirse es que la fusión plena de tecnología, economía y política permite dirigir mucho más a los sujetos, incluso suavizando los procedimientos, hasta colonizar la vida entera y fagocitar los brotes de disidencia como una variante más del consumo.
Para retomar el hilo conceptual de nuestro tema, habría que decir que ya no rige la posición naturalista, sino un artificialismo en el que no hay fronteras nítidas (entre la vida y la muerte, lo natural y lo artificial, lo orgánico y lo inorgánico, etc.), capaz de recombinar diversos planos y de diseñar otros aún inéditos.
La nueva forma de la razón instrumental cuestiona las delimitaciones tradicionales del tipo que sean y se erige en la tecnología más potente nunca lograda: "La ingeniería genética es, quizá, el `agrandar el poder humano ́ sobre la vida por antonomasia" (Rifkin, 1998, 211).
Jamás se había llegado a una capacidad de intervención y transformación —¿no es eso el poder?— tan radical, con sus muchas ventajas y peligros, por eso el hecho básico que aún debe reglarse es la manipulación de los códigos últimos del ser vivo.
La pregunta elemental pero obligada —en línea con los frankfurtianos— se refiere a si este es o no otro paso en la reducción de la existencia a cosa, es decir, a mero objeto de cálculo y de negocio sin cortapisas.
Por otro lado, semejante potencial demiúrgico, que hace saltar por los aires de manera definitiva la idea de una naturaleza acabada e independiente, replantea con vigor las relaciones entre seres, hechos y valores, dado que la distancia entre ellos se acorta y aparecen circunstancias y creaciones ontológicas desconocidas.
En este marco constructivista, "El `deber ser ́ se deduce del `poder ser ́ (el imperativo tecnocrático).
La vida se convierte en la `principal categoría política ́ en cuanto objeto de destrucción, conservación, reproducción o incluso de producción" (Garrido Peña, 2004, 166).
Desde programarla, tanto en sentido orgánico como conductual, hasta llegar a generar vida sintética, se abren expectativas ilimitadas que también alteran la vieja oposición entre libertad y necesidad: la acción biotecnológica crea espacios de autonomía antes impensables frente a lo necesario, pero igualmente puede impedir el comportamiento libre.
En una palabra, el derrumbe creciente de las barreras ontológicas presenta desafíos inauditos y se corre el riesgo, a tenor de los precedentes históricos, de subordinarlo todo a una voluntad de poder sin freno, no menos temible y acaso más arbitraria que el viejo soberano de la naturaleza.
Respecto a la concepción genérica del mundo, en segundo lugar, parece claro que los medios técnicos mencionados refuerzan de modo superlativo el papel de la economía política: baste mencionar la gigantesca capacidad productiva y de diseño, o que la globalización se funda en el comercio y la especulación financiera (ajena a la generación de bienes y servicios, que solo representan el 5% del movimiento mundial de capitales).
No extraña, en fin, que se hable de la mercadolatría o nueva "metafísica económica que absolutiza el mercado como panacea de todos los problemas" (Estefanía, 2007, 120), en cuyo ámbito hay que situar la vida cotidiana a todos los efectos, antes y después de la tremenda crisis actual.
Las formas de poder mencionadas se condensan y articulan en torno a este núcleo mercantil, cuyo paradigma es el —provisionalmente denostado— neoliberalismo (privatización generalizada, desregulación total, recorte de la inversión pública, pérdida de derechos laborales, deslocalizaciones de empresas, etc.), de manera que el sujeto abandona y somete buena parte de su existencia a aquel ente casi hipostasiado, bajo la promesa de futuros beneficios para todos.
Por no hablar del casino bursátil a escala planetaria, el gran autómata impersonal de las transacciones financieras electrónicas que se ha convertido en el nuevo dios ante el que nada se puede hacer, salvo pagar sus estropicios y abusos criminales.
No es momento de insistir en la hipocresía fundamental del modelo (la libre competencia a menudo conduce al oligopolio, el Estado carga con las pérdidas y apenas puede ocuparse de la protección social, desigualdad creciente...), sino de apuntar que las llamadas fuerzas económicas se han convertido en la nueva naturaleza y definen el resto de variables hasta extremos desconocidos.
Así, las grandes multinacionales se han convertido en los agentes públicos de la vida colectiva por antonomasia (al menos en pie de igualdad con los estados), como indica el hecho de que algo más del 50 % del PIB mundial está en manos de las 500 corporaciones más importantes.
Añádanse a la globalización neoliberal las penúltimas convulsiones geoclimáticas, militares, terroristas, sanitarias, etc., o la creciente descomposición de las sociedades y la proliferación de los llamados señores de la guerra en muchos lugares, para comprender el surgimiento de ciertas organizaciones del poder.
Por eso se habla de una vuelta al "sistema feudal", en el que los "cosmócratas" corporativos hacen un uso estructural de la violencia (en alianza con esos reyezuelos) para establecer una suerte de nueva "cosmogonía", no tanto ordenadora como explotadora (Ziegler, 2006, 17 y 44)5.
Luego es obligado ampliar el enfoque biopolítico para incluir estos aspectos, dado que la vida de millones de personas depende en gran medida de esta combinación calculada y mortífera de elementos biológicos y financieros.
Citemos al menos dos palancas respectivas de dominación, que bien merecen el nombre de "armas de destrucción masiva": el hambre que mata e incapacita en todos los órdenes a un número creciente de personas (más que las guerras) y la denominada deuda de los países pobres, en virtud de la cual envían más fondos al Norte de los que reciben como ayuda; con el resultado de que ambas cosas convierten en víctimas y en rehenes a gran parte de la población mundial (Ziegler, 2006, cap. VI y VII).
Apreciar bien las consecuencias fisiológicas, sociales y políticas de todo ello requeriría un análisis muy extenso, pero es fácil calificarlas como implacables y tremendamente eficaces en términos de control de la vida.
Haya o no voluntad criminal expresa en tales o cuales actos económicos y geopolíticos de los poderosos, la evidencia es el abuso que arrasa con todo una vez que solo se busca el beneficio ilimitado a toda costa.
En relación a la naturaleza, ya se apuntó el afán por privatizar recursos antes gratuitos como el agua, o la creación de patentes de seres vivos modificados (semillas, organismos...), en el marco de un proyecto de más vasto alcance: "Organizar la escasez de los servicios, de los capitales y de los bienes es la actividad prioritaria de los señores del imperio de la vergüenza (...)
Hoy podemos decir que la miseria ha alcanzado un nivel más horroroso que en ninguna otra época de la historia.
Así es como más de 10 millones de niños de menos de 5 años mueren cada año de desnutrición, epidemias, contaminación de las aguas e insalubridad" (Ziegler, 2006, 35).
Ante una situación de crisis generalizada, la estrategia es controlar todo lo que es vital y producir los consiguientes efectos de dominación, de momento con mucha más crudeza en los países del Tercer Mundo.
Por muy repartidas que estén las responsabilidades (incluidas, por supuesto, las corruptas élites locales), hay una conexión insoslayable entre la riqueza del Norte y la pobreza del Sur, así como en la expansión de los modos de vida de los primeros a costa de los segundos.
La gestión biopolítica de instituciones, saberes y deseos que tanto ocupa a los bien alimentados teóricos occidentales debería apreciarse a esta luz, poniéndolo en relación con la mera supervivencia de aquellos desposeídos y analizando los instrumentos de poder específicos en cada caso, incluido el soborno masivo de las conciencias mediante un bienestar nacido en gran parte de la explotación.
Entonces tendrán cabida los problemas y alienaciones de los relativamente privilegiados, en la doble vertiente del llamado poder duro (nuevos medios de vigilancia y control, sin descartar la represión directa) y del más escurridizo poder blando sobre la vida.
Es cierto que el primero se fortalece hoy en unas democracias devaluadas y adquiere tintes amenazantes, pero el segundo cala mucho más en la versión del consumismo como fenómeno omnímodo que resume y concentra otros aspectos:
"Los gestores cambiaron de la `regulación normativa ́ a la `seducción ́, de la vigilancia policial diaria a las relaciones públicas, y del imperturbable, excesivamente regulado y rutinario modelo panóptico del poder a la dominación por medio de la incertidumbre difusa y desenfocada, la precariedad y la caprichosa alteración de las rutinas.
Y luego vino el desmantelamiento gradual del marco de servicios estatales en el que se solían desenvolver los aspectos primordiales de la política de la vida, así como el desplazamiento/deriva de dicha política de la vida hacia un terreno presidido por el mercado de consumo" (Bauman, 2006, 79 s.).
Esta coyuntura puede entenderse como un proceso multidimensional: se desmantelan servicios públicos básicos (crisis del Estado del Bienestar, erosión de derechos adquiridos, etc.), a la vez que aumentan e incluso se estimulan las ansiedades e incertidumbres de la población (precariedad laboral y económica, peligros globales, migraciones), con la consiguiente demanda de seguridad en detrimento de la libertad; mientras que son ofrecidos y aceptados hipotéticos consuelos o evasiones, lo que pasa indefectiblemente por las múltiples seducciones del mercado y a la postre desemboca en la privatización general de la vida.
Por eso el mayor problema no es el ejercicio tradicional del poder (modelo panóptico denunciado por Foucault), sino la interiorización complaciente o resignada de estas pautas, casi de modo subconsciente, y la compraventa de la autonomía personal que resulta de ello.
Ahora la "política de la vida" se rige por un "síndrome consumista" (que incluye actitudes y juicios de valor, preferencias y modelos de felicidad, etc.) que impregnan el Lebenswelt en su conjunto, particularmente a través de la presunta satisfacción de necesidades que no dejan de aumentar (Bauman, 2006, 112, 120 y 123).
La red está echada y muchos dejan de ser ciudadanos para convertirse en simples consumidores, incapaces de practicar y reclamar en la esfera pública la solidaridad y el ejercicio de sus derechos.
Nada más eficaz en este tipo de sojuzgamiento que apoderarse del cuerpo, como es bien sabido, pero no a la vieja usanza más o menos violenta, sino haciendo valer su condición siempre doliente o descontenta, llena de deseos, necesitada de cuidados y símbolos de estatus...
A todo ello responde bien —dando un paso más allá— el llamado capitalismo de ficción (posterior al de producción y al de consumo), cuyo objetivo no es tanto abastecer de productos cuanto proporcionar buenas sensaciones psicofísicas a los clientes, hasta llegar a crear nada menos que una "segunda realidad o realidad de ficción con la apariencia de una auténtica naturaleza mejorada, purificada, puerilizada"; y lo hace con tanta solvencia en la simulación que al final el capitalismo "se esfuma como artefacto de explotación para convertirse en mundo a secas" (Verdú, 2003, 10 s.).
No se puede pedir más en la prestidigitación del poder: la masiva capacidad técnico-simbólica está en camino de convertir lo real en virtual y viceversa, donde nada parece lo que es ni es lo que parece, pero resulta manipulable casi a capricho.
Además, el mundo se asemeja a un gran parque temático a disposición de quienes pagan y quieren divertirse, mientras que la degradación imparable de la naturaleza o la infantilización de la subjetividad solo son efectos colaterales.
Sin embargo, la presente crisis económica y social (la vertiente funeral del capitalismo, según el propio Verdú, 2009) sirve al menos para anular ese enmascaramiento y mostrar la verdadera cara de las cosas por un tiempo.
Lo que no se sabe es cuál será el grado de destrucción asumible y hasta dónde llegará la lucidez; o, dicho a la manera de Lampedusa, si se cambiará algo para que todo siga igual...
Corresponde hablar —por último— de la intención práctica que subyace en lo anterior, ya esbozada, pero que aún cabe matizar a través del examen de cierto tratamiento de los cuerpos y las almas.
A modo de titular, podría enunciarse como la pérdida de la responsabilidad personal, bien sea en tanto que vuelta a la minoría de edad precrítica o como imposición al individuo de una determinada idea del bien común.
Esta falta de autonomía se ejemplifica de forma paradigmática en el terreno de la salud: así, la actitud lúdica permitida al consumidor debe compatibilizarse, no obstante, con el nuevo mandato universal de llevar una vida sana, lo que a menudo tiene un ribete obsesivo y hasta puritano, no muy lejos por cierto del viejo ideal de disciplina y eficiencia.
Lo curioso es que la ocultación de la muerte, el miedo excesivo a cualquier sufrimiento, la búsqueda ciega de la eterna juventud, la hipertrofia del deporte o una hipocondría más o menos difusa en la sociedad... son expresiones indirectas de un profundo malestar oculto en el mejor de los mundos posibles (hasta hace poco), a su vez ligadas al consumo creciente de productos y servicios sanitarios.
En términos específicamente biopolíticos es obligado citar la emergencia del Estado clínico, no solo guardián de la salud pública al modo tradicional, sino atento vigilante de su mejora material y simbólica en todos los órdenes.
En él debe conjuntarse la tarea del buen gestor que racionaliza recursos y gastos con la del buen pastor que salva al sujeto de los desvaríos de sí mismo: "Se potencian los contenidos pastoriles con la legitimación instrumental de la gestión eficaz, y se amanceban lo utilitario y lo teológico, el rendimiento y la moralina.
No hay noción más ideológica que esta y por tanto se presenta disfrazada de obviedad de sentido común" (Savater 1990, 130).
Hay que cuidarse por el bienestar físico, mental y económico de todos, podría resumirse, y si no se obedece se ejercerán las formas de presión correspondientes6.
Ahora el interés por la salud orgánica (en este sentido amplio) sustituye a la antigua preocupación por la salud espiritual, pero conserva tonos imperativos semejantes, hereda en cierto modo el carácter de una ley natural (y del llamado sentido común) y cuenta con una burocracia sanitaria dispuesta a hacerla respetar.
Sin olvidar, claro está, el sentimiento de culpa que a menudo estimula la autoridad -ahora por esta vía- como forma de autocensura.
La libertad responsable de cada cual queda relegada en aras del nuevo bien absoluto, considerado superior e incluso ajeno a la decisión personal informada, bajo el supuesto de que los sujetos necesitan tutela de un tipo u otro y son incapaces de asumir las consecuencias de sus actos...
Si uno no tiene derecho a decidir sobre su vida (aunque no dañe a terceros), menos aun podrá hacerlo respecto a su muerte, como prueba el empantanado y cínico debate sobre la eutanasia, por citar solo un ejemplo, donde los expertos y los autoproclamados defensores de la vida saben mejor lo que a ese uno le conviene.
Para completar el asunto debe mencionarse el renovado proyecto de crear un tipo de individuo más que sano, un auténtico súper o posthumano.
Lo paradójico es que las nuevas biotecnologías así orientadas pretenden trascender el cuerpo mortal y falible para llegar a un tipo de sujeto inorgánico: el viejo ideal ético, religioso o político de transmutarse en el hombre nuevo se convierte ahora en el objetivo de crear el hombre biónico, potencialmente invulnerable al paso del tiempo y a la enfermedad.
Se supone que este "procesará" su vida a partir de los datos genéticos y su posterior modificación, en el más puro estilo de la programación informática y robótica, lo que en términos colectivos de largo alcance abrirá una era que se ha llamado "postevolutiva" o "metadarwiniana".
De modo que "la nueva tecnociencia parece ofrecer los elementos necesarios para realizar un sueño largamente añorado: modelar los propios cuerpos y almas, y así generar los más diversos resultados a gusto del consumidor (...)
Una vez debilitadas las restricciones impuestas por la primitiva naturaleza, con sus severas leyes puestas en jaque, el sujeto contemporáneo se ve suavemente incitado a administrar su propio destino, tanto en el ámbito individual como en la escala de la especie" (Sibilia, 2005, 182).
Es el triunfo del modelo fáustico de tecnociencia que traspasa fronteras ontológicas, frente al tradicional modelo prometeico que buscaba mejoras dentro de ciertos límites, es decir, un salto cualitativo a lomos del constructivismo ya referido y del afán eugenésico que lo legitima.
Los beneficios médicos están claros, otra cosa son los riesgos que se corren y las no pequeñas incertidumbres, amén de las diversas objeciones éticas7.
La respuesta ilustrada al asunto no puede ser una vuelta a la supuesta e idealizada ley natural ni el rechazo de los evidentes progresos técnicos en la calidad de vida, pero sí hay que preguntarse si esa promesa implícita de mayor autonomía será cumplida por encima de otros intereses, incluidos los económicos y políticos.
El caso es que hay motivos y antecedentes para dudarlo: por un lado, solo unos pocos podrán pagarse tales servicios, mientras que el negocio será fabuloso para algunos; y, por otro, los datos genéticos o los implantes biónicos también podrán usarse para manipular a las personas.
Además, la noción misma de humanidad es cuestionada de raíz desde distintas posiciones por ser considerada tan imperfecta como díscola o peligrosa —intratable en definitiva—, y la respuesta que algunos dan es convertirla en un producto más para procurar su optimización psicofísica, una vez logrados los recursos biotecnológicos necesarios.
Todo lo cual bien podría conducir, por ejemplo, a que haya seres humanos de primera, de segunda, etc., en función de las mejoras incorporadas.
Así, la biopolítica del futuro está marcada por la posibilidad de crear menús ontológicos a la carta en todos los órdenes de la vida y con esa radical ambivalencia habrá que lidiar, aunque no sepamos bien cómo hacerlo.
En resumen, nos hallamos en un tiempo lleno de contradicciones que se plasman en diferentes registros del estilo de vida: globalizado pero rebosante de nacionalismos y particularismos, recreado por la tecnociencia que no acepta barreras pero apegado a esencias de corte étnico o racista, liberador del cuerpo en muchos aspectos a la vez que lo convierte en objeto e imagen (sexual, de estatus, publicitaria...).
Por otra parte, la clásica tensión entre naturaleza y autonomía personal, entre valores de la vida y valores de la libertad, se resuelve aparentemente en un artificio que los integra tecnológicamente, pero a costa de negar tanto el universalismo naturalista de la tradición como el de corte histórico de la Modernidad, esto es, se suprime lo común en beneficio de la diferencia discrecional.
Escasean los vínculos de unión y eclosionan los grupos, tipos e identidades diversas (sexuales, raciales, de intereses...), sumidos en una feroz competencia simbólica, económica y mediática.
Crece no solo el justo reconocimiento de los oprimidos y un pluralismo tolerante, sino también la pugna entre derechos universales más abstractos y particularismos más corpóreos, por decirlo así, o entre una política de clases y otra biopolítica, etc. (Heller y Feher, 1995, 19, 26, 44, 88, 109).
A medio camino de un mundo que se va y de otro por llegar, los sujetos se enriquecen con distintas identidades y pertenencias, sí, pero también aparecen perplejos y fragmentados, atravesados por tantas relaciones de poder y de sentido que no es fácil orientarse ni promover la solidaridad.
HACIA UN MODELO ALTERNATIVO
Llegados a este punto no es fácil avanzar, ya que los proyectos alternativos están cuajados de problemas y resistencias.
Resulta más fácil, como siempre, decir lo que no se quiere que concretar medios viables a corto plazo, especialmente ante el gravísimo calentamiento global.
Lo único seguro es la necesidad de crear estructuras políticas y económicas más igualitarias y participativas para defender los Derechos Humanos, la capacidad para autodeterminarse de todos y la sostenibilidad ecológica.
En otras palabras, la tarea de encauzar las perennes relaciones de poder a través de mecanismos cada vez más democráticos es tan ardua como imprescindible.
Sirva aquí un breve apunte de algunas líneas de reflexión, que a la vez sea un balance de lo anterior por contraste.
De entrada, la más elemental enseñanza de la historia moderna afirma que la naturaleza no puede ser ya una instancia normativa, casi sagrada, ligada además a una razón apodíctica y monolítica que la conoce; pero la actual crisis de civilización también muestra que no debe ser reducida a mero objeto de explotación o de pura re-creación tecnológica, en función de los diversos estadios de la voluntad de poder y de su razón instrumental.
Laicismo y autonomía personal, reflexión crítica sobre los límites teóricos y prácticos, sentido de la complejidad, conciencia ecológica efectiva, autocontención y responsabilidad... son algunos de los muchos elementos que respaldan este sencillo punto de partida y que ahora hay que dar por supuestos.
La posición más coherente frente a esos dos polos recién rechazados (la esquizofrenia entre la subordinación y el dominio respecto a la naturaleza) es considerarla el hogar común y el soporte básico de la vida, aunque hasta ahora la sociedad no sea consecuente con un principio geobiológico tan claro en la versión profunda del término.
Esta propuesta no es de un romanticismo trasnochado, sino la plena constatación de la interdependencia global, bien porque el gran ecosistema de sistemas muestra una autorregulación evolutiva que no puede ser perturbada impunemente, bien porque la cooperación (intra e interespecífica, cada una en su plano) es obligada en esa gran eco-organización, máxime ante hechos históricos de alcance planetario.
Las razones y las emociones más clarividentes —que diversos pensadores y artistas han articulado— confluyen por tanto en una actitud respetuosa en términos morales, admirativa en sentido estético y conservacionista en clave pragmática.
Eso significa, entre otras cosas, asumir la necesidad de un "copilotaje" entre ser humano y naturaleza, en el marco de "la comunidad de destino terrestre" (Morin, 1993, cap.9), pues la llamada sostenibilidad no es otra cosa que un acto de inteligencia y sensatez propio de quienes saben que viajan en la misma nave, y aúnan así la convicción y el interés.
Nada de eso significa confundir y amalgamar los distintos niveles del tema en la concepción derivada: es obvio que hay procesos naturales en los que rige un tiempo cíclico y prima la vida biológica, del mismo modo que hay proyectos humanos ineludiblemente antropocéntricos en los que rige un tiempo lineal y prima la conciencia.
Los conflictos entre ambos planos son patentes y es absurdo hablar de armonía (noción complementaria de la de progreso, con pretensión ideológica semejante), pero lo que sí cabe es la convivencia, a pesar de las distinciones cualitativas de planos y de las difíciles elecciones que realizar.
La vida humana resulta de la decantación de los dos aspectos, es decir, de su especificidad y de la unión con el resto, de la dependencia y la independencia respecto al medio natural, que siempre es también cultural.
Por eso es preciso mantener y confiar en ciertos equilibrios ecosistémicos fundamentales y generar a la vez espacios propios de libertad, conscientes de vivir en un marco de amenazas terribles (cambio climático, contaminación y agotamiento de recursos, guerras...) e interconectadas, de modo que los cambios en las actitudes y conductas ecológicas, sociales y ético-políticas se refuerzan mutuamente.
La idea clara de pertenecer al planeta como un conjunto bio-cultural integrado favorece la mejor conciencia de todos los registros de nuestra humanidad, y viceversa.
De ahí nace una visión del mundo alternativa y más compleja en los campos de la ciencia, la economía y la sociedad, que tiene consecuencias innovadoras de toda índole en la medida en que desencadena procesos sinérgicos en lugar de destructivos (Capra, 2003).
Es preciso, pues, construir esos puentes de comunicación entre campos distintos y cuidar la vida en el planeta cuanto sea posible con unas perspectivas biopolíticas revolucionarias y convergentes.
La intención que deseamos destacar retoma la antigua idea de la concordia discordante, más allá de los antagonismos enquistados y de las lecturas pesimistas: se trata de pergeñar una visión ecológica (también ética y política) que coordine aquellas variables, con el empeño de someter los delirios tecnocráticos de toda laya a una visión humanista renovada.
Eso implica luchar, claro está, contra la falsa ideología del crecimiento ilimitado en una biosfera finita y la cosificación de lo real (apoyada solo en términos cuantitativos en vez de cualitativos), que equipara sibilina o groseramente autonomía y consumo, mientras condena a la exclusión a la mayoría de habitantes de la Tierra y reduce la vida a una categoría biotecnológica susceptible de ser manufacturada.
No cambiar esta situación resulta sencillamente criminal y suicida, cuando la prudencia es más necesaria que nunca con la puesta en marcha contemporánea de procesos impredecibles e incontrolados.
A modo de síntesis, digamos que Jorge Riechmann ha identificado algunos de los conflictos esenciales (problema de escala en un mundo "lleno"; tecnosfera mal diseñada; derroche e ineficiencia generalizados; descontrol fáustico de la tecnociencia y creciente desigualdad) y ha propuesto ciertas vías (principios de precaución, de solidaridad sincrónica y diacrónica, de participación social y política, autocontención, biomímesis y ecoeficiencia) para lograr una "vida buena dentro de los límites" (Riechmann, 2006, 41 ss., 165-176).
Perseguir algún tipo de simbiosis generalizada solo es posible desde la sobriedad de los deseos en una línea epicúrea, se dice, lo que propiciará una sabiduría del gozo y de la amistad.
Algo verdaderamente imprescindible para enfrentarse una vez más —añadimos— al eterno enemigo de la vida que hoy se ha reforzado, el miedo.
En un mundo más agonístico que de costumbre si cabe, desgarrado por divisiones y amenazas de todo tipo, el miedo surge espontáneo, pero también se fomenta y se gestiona en la más pura tradición biopolítica del control, por lo que es condición previa afrontarlo y resistirlo mediante una maduración interna y un compromiso público (Espinosa, 2007b).
En relación a nuestro tema, recordemos al menos tres grandes variantes del miedo: a la escasez (de agua y alimentos, de combustibles fósiles, etc.); a la inseguridad (peligros globales, terrorismo, epidemias...); y, en definitiva, a la ansiedad e incertidumbre generalizada y a no saber vivir adecuadamente (resolución de conflictos privados y públicos) en un entorno muy complejo y en ebullición.
Junto a la frivolidad y la inconsciencia de una huida hacia delante, persiste el temor ante el aceleramiento de una historia que a veces parece desbocada.
Estas son algunas de las caras recientes de eso que siempre se ha llamado el mal, ante cuya presencia la reacción más frecuente es desear ser salvados y protegidos..., aunque sea a cambio de obediencia y sumisión.
Hoy se apela, por un lado, al optimismo de los poderes casi taumatúrgicos del mercado y de la tecnología, y, por otro, reaparecen viejas nociones teológico-políticas que aseguran la restauración del bien y del orden natural de las cosas, aun al precio pesimista de cierto apocalipsis como escarmiento purificador.
En definitiva, hay motivos para temer nuevas variantes, no ya del populismo, sino del fascismo (con barniz tecnocrático) y del darwinismo social más cruento, cuando las cosas se pongan realmente difíciles.
De hecho, aprovechar los desastres de todo tipo —o provocarlos directamente— parece ser una de las estrategias favoritas del capitalismo salvaje para realizar cambios políticos y socio-económicos drásticos, aún más despiadados, cuando la gente no puede reaccionar por el estado de shock y el miedo que los embarga (Klein, 2007, 30 ss.)8.
El ejemplo más cínico y actual es el intento de aprovechar la crisis económica para llevar a cabo reformas laborales y ajustes brutales a costa de quienes no la han provocado, pero sí la padecen.
Junto a las consecuencias materiales para la mayoría de la población, en casos anteriores se han convalidado en sentido legal esas prácticas de latrocinio, así como el uso del terror para responder al terror, es decir, para ejercer la dominación y/o la defensa ante circunstancias especiales.
No hace mucho, por ejemplo, hemos asistido al gravísimo retroceso que consiste en poner en cuestión y/o derogar los grandes logros biopolíticos de la Modernidad: el hábeas corpus y la prohibición de la tortura.
Esa es la novedad de los guantánamos del mundo, de las medidas extraordinarias y de tanto estado de shock que podría llegar a convertirse en estado de sitio, real y simbólico.
No son estos precisamente los modelos alternativos a seguir y acaso debamos ser más humildes a la par que radicales en las propuestas de cambio (Riechmann, 2009).
En términos conceptuales, hay que concluir que la antigua y tranquilizadora regularidad de la naturaleza deja paso definitivo a lo excepcional, que se convierte en paradójica norma de la historia e incluso de la misma naturaleza (cambio climático, catástrofes diversas), cuya consecuencia biopolítica es el sobresalto continuo y su instrumentalización amenazante.
Lo cierto es que la normalización institucional de la barbarie —legitimar el hecho con el derecho— sí que daría el triunfo a los fanáticos y desalmados de cualquier clase, por lo que nos vemos abocados a muy difíciles y necesarios debates sobre cómo limitar los daños y conseguir al menos... el mal menor (Ignatieff, 2005), no solo frente al terrorismo sino también ante los graves desequilibrios ecológicos.
Remitirse al mal menor es síntoma y compendio de los tiempos (lúcidamente post-utópicos dirán unos, conformistas según otros), acorde con los riesgos y perplejidades que nos asedian, donde antes que nada parece obligado defender la supervivencia de la especie y los logros adquiridos de la libertad.
Tal es la tarea biopolítica previa, la condición de posibilidad para luego seguir adelante hacia otras cotas de emancipación.
Y es que, en último resumen, parece que este es el mundo al revés: lo natural se transmuta en artificial y la excepción se convierte en regla, tanto en clave biotecnológica como histórica y política.
Por eso las fronteras de toda índole se difuminan para una vida humana que se siente tan llena de posibilidades como náufraga.
En verdad hay mucho por pensar y por hacer, sin rendirse nunca, para revertir una situación harto difícil... |
En este artículo se analizan los cambios sociales derivados de la llamada Posmodernidad y su relación con las patologías psíquicas emergentes.
El declive de los valores, el cambio en las categorías de tiempo y espacio, los cambios en los sentimientos de pudor y vergüenza, la pérdida de la función de autoridad junto con la adultización del niño y la infantilización del adulto, el fenómeno del consumo, el riesgo como factor de vida y la primacía de la emoción, los cambios en la estructura familiar y la función social de los hijos, son algunos de los puntos analizados.
Dichos factores determinan la aparición de nuevas patologías así como cambios de prevalencia de diversos cuadros clínicos.
INTRODUCCIÓN: BORROSIDAD Y POSTMODERNIDAD
La borrosidad que la época posmoderna ha generado en muchos aspectos sociales ha tenido su efecto en las maneras de sufrir, en la aparición de nuevas patologías emergentes y en la desaparición de otras habituales.
Ya Hipócrates en su obra De los aires, las aguas y los lugares, alertaba de la importancia de conocer los entornos del enfermar y del sanar.
Y de esta importancia da cuenta el hecho siguiente, referido a nuestro contexto histórico.
Hablaba yo hace poco con unos colegas recién jubilados que comentaban estas opiniones y me confirmaban que la patología que ellos habían tenido que atender era uniforme, de fácil taxonomía y filiación pero que, a partir de los ochenta, el perfil de los pacientes comenzó a cambiar hasta el punto de resultar en ocasiones inclasificable.
Algunos autores, como Guillermo Rendueles, habla de la proliferación de OPNIS, esto es, de objetos psiquiátricos no identificados.
Así que junto con "el fin de la historia" como ha identificado Fukuyama al momento actual, parece que asistimos al declive de aquellas entidades expuestas en los envejecidos tratados y manuales de psicopatología, y vemos cada vez más entidades borrosas, nuevas terminologías y nuevos tipos de pacientes.
Tal pareciera que la sociedad y los sujetos se han transformando mucho más rápidamente que nuestra capacidad para pensarlos, y que nuestras teorías han llegado tarde a la transformación apresurándose, también ellas, a cambiar, adaptándose, adecuándose a la misma fragmentación, desarrollando sistemas clasificatorios como el DSM IV (Asociación Americana de Psiquiatría, 2002), obligadas a clasificar y reclasificar incesantemente la realidad psicopatológica; olvidándose de que el mapa no es el territorio y que las clasificaciones ordenan, pero a veces nada dicen de lo ordenado.
Los siguientes son algunos datos epidemiológicos relevantes1:
· 15% de prevalencia de depresión mayor y 5% para distimias.
· 10% de la población sufre o ha sufrido de ansiedad generalizada.
· 7% de los jóvenes tendrán un intento de suicidio antes de los 25 años.
· 15% de la población presenta trastornos de personalidad (10 veces más que la esquizofrenia y los trastornos afectivos y casi igual que los cuadros de angustia/ansiedad)
· Los fármacos ansiolíticos son los más consumidos por la población3.
· El 43% de los jóvenes entre 14 y 18 años consumen alcohol el fin de semana.
· El promedio de edad en el inicio del consumo es de 13,5 años.
· La cantidad de jóvenes que consumen alcohol aumento un 20% en los últimos diez años.
· España ocupa el segundo lugar del mundo en tasa de alcoholismo juvenil.
· En Galicia 100 jóvenes menores de 16 años cumplen medidas judiciales por agresión a los padres.
· El 10% entre 3 y 18 años incurren en violencia Filio-parental.
· El 29% en hogares monoparentales maternos4.
· El 40% de los jóvenes de 24 años no entienden el Editorial de un periódico5.
· El 30% de los estudiantes NO acaba secundaria, y el 50% abandona la Universidad6.
Trataré ahora de ensayar una explicación de estos datos desde el nivel de realidad sociocultural, siguiendo el modelo de etiopatogenia del síntoma psíquico desarrollado por el Dr. Santiago Lamas Crego (Lamas Crego, 1988) en el que se entiende la enfermedad mental desde la complejidad que abarcan los diferentes niveles de realidad (biológico, intrapsíquico, relacional familiar, sociocultural...) desde los que puede generarse el sufrimiento psíquico y que interactúan de forma recursiva entre sí.
La variación en la prevalencia de las diferentes patologías psiquiátricas constatada epidemiológicamente en los últimos cuarenta años y su comprensión desde los cambios socioculturales que supuso la época posmoderna, se propone desde la selección de los que consideramos los rasgos que más claramente evidencian dicha relación.
Cabría desarrollar muchos otros, pero en aras de la brevedad nos ceñiremos a los que a nuestro juicio ejemplifican mejor su influencia en la práctica clínica diaria de la psiquiatría y la psicología clínica.
La sociedad contemporánea constituye un ambiente inestable y exigente para la constitución de la subjetividad.
Enfrentamos el peligro de destrucciones mucho más extensas y "globales" que en el pasado: ya sea de carácter bélico, ecológico o financiero.
El mundo, gracias a la informática, se ha empequeñecido y somos más conscientes de cómo los acontecimientos próximos dependen de los ya-no tan lejanos.
La literatura actual sobre los efectos de estas modificaciones sociales es enorme, pero la mayoría de los estudios coincide en que todo se mueve, nada permanece, no hay futuro ni pasado que sirvan como referentes.
El tiempo y el espacio se han modificado, la vergüenza y la culpa han trastocado su lugar tradicional, y cada día hemos de vivir decidiendo cómo queremos vivir al día siguiente.
¿Cómo construirse en todo ello?
¿Cómo adaptarse a este vértigo?
La exigencia resulta desmesurada.
La angustia deviene entonces un estado más o menos permanente.
Las transformaciones sociales que vamos a ver a continuación nos llevan a la constitución de un "yo posmoderno" que Gergen (Gergen, 1992) considera como el producto de las tecnologías y la saturación social.
Los mails, móviles, televisión, aviación, etc. nos conectan con miles de personas en miles de lugares, recibiendo información inmediata de todo el mundo al momento.
Inmerso en múltiples relaciones cambiantes, para este yo actual, todo se tambalea.
Lo duradero se vuelve efímero; lo estable inestable.
Las pautas de relación se vuelven plurales, múltiples y muchas veces virtuales desarrollándose un nuevo entorno de relación a través de la red de internet.
Este yo posmoderno, flexible, adaptable y polimorfo, tiene también algunos inconvenientes.
En concreto, es frágil, quebradizo, fragmentado y narcisista.
Con la saturación social nos convertimos en depositarios de múltiples personalidades ocultas, de varias voces interiores.
Nuestro yo se convierte en una pauta de relaciones.
La saturación se traduce socialmente en superabundancia vacía, —como señala Lipovetsky (Lipovetsky, 1986)—.
Se trata de superabundancia de información, de servicios y de bienes de consumo.
Curiosamente, esta disponibilidad infinita conduce a un estado característico de nuestra cultura posmoderna: el aburrimiento y la desilusión.
Pero no se trata del aburrimiento romántico y melancólico, sino de un aburrimiento integral al que se llega por el hecho de poder hacerlo todo; por el hecho de haber recorrido en poco tiempo todo el espacio que ocupa un proyecto voluntario.
Podríamos decir que la de hoy es una acción sin objetivo concreto porque los objetivos básicos están cubiertos y los superfluos son tan fáciles como cambiantes.
Las peores expresiones conductuales del aburrimiento por saturación las encontramos en dos fenómenos nuevos: la violencia desalmada de adolescentes que manifiestan llevarla a cabo "porque se aburren", y el aumento de adultos saturados de estímulos sexuales que devienen consumidores de pornografía infantil a través de Internet.
El perfil de este cibernauta que ya no sabe que consumir para estimularse, no tiene nada que ver con la parafilia de siempre descrita en nuestros tratados de psicopatología.
La pérdida de puntos sólidos de referencia, así como la desaparición de los viejos ritos y de hábitos duraderos crea una intranquilidad difícil de sobrellevar, de aquí que muchos consideren a esta tensión o "stress", junto con la depresión, como la principal problemática de salud de nuestro tiempo.
Otros señalan al aumento de la violencia intrafamiliar y social, las adicciones y los trastornos adaptativos como las consecuencias de la dificultad de adaptarse a todos estos cambios.
Hoy estamos obligados a adaptarnos de forma constante a las nuevas tecnologías, a nuevas formas de ocio, de vida, de familia, de moneda, de normas y hasta de estructura social, hecho insólito en la humanidad que tardaba siglos en cambiar una estructura.
La revolución del'68 supuso el paso de una sociedad postfigurativa, en la que los hijos aprendían los modos y maneras de vivir de los adultos, a otra configurativa en la que los hermanos pequeños aprendían esos modos de sus hermanos mayores.
De esta estructura se pasó, con la caída del muro de Berlín, a una estructura prefigurativa en la que son los adultos los que adoptan los modos y maneras de los jóvenes.
Es el boom de los yuppies, los jasps, los liftings, lo ligtht, la cirugía estética, la dieta; en definitiva, el cuerpo y las maneras jóvenes como valor social predominante.
En el campo de la ciencia dura (hard science) se ha puesto también de manifiesto esta concepción del pensamiento.
La inestabilidad que caracteriza el mundo de hoy abarca también la materia física.
El universo mecanicista de Newton ha dejado paso a un universo mucho más inestable.
Eso ponen de manifiesto los trabajos sobre sistemas en desequilibrio y termodinámicos de I. Prigogine.
Él viene a decir que cuando un sistema pierde su equilibrio se comporta de forma extraña y de ningún modo sigue un comportamiento mecanicista, de tal manera que un pequeño estímulo puede producir grandes consecuencias y viceversa.
El azar entra en circulación.
No hay sistemas cerrados, sino que estos interactúan constantemente; cuando su inestabilidad es mayor es cuando más sensibles se vuelven a las fuerzas interactivas y al azar, de manera que los resultados pueden ser impredecibles.
Un ejemplo claro de esto lo constituye la polémica sobre una simple caricatura de Mahoma7, que fue capaz de crear un efecto de consecuencias planetarias.
Partiendo de este encuadre general, intentaré señalar algunos de los cambios que a mi juicio nos han influido más.
El término Posmodernidad es ambiguo y borroso.
En cualquier caso, no se puede hablar de postmodernidad sin definir antes en qué consiste su antecesor, la Modernidad.
La Modernidad es un conjunto de formas simbólicas que se encarnan en Europa a partir del Renacimiento y que comienzan a debilitarse con la muerte de Nietzsche en 1900.
La Modernidad abarca desde el siglo XV hasta finales del XIX.
En ella destacan dos periodos especiales: el Renacimiento, en el que se revive la tradición grecorromana poniendo al Hombre como valor fundamental, y la Ilustración —seguida de la Revolución Francesa, la Revolución industrial y el Positivismo— con el valor de la Razón por bandera.
Es la época de las grandes esperanzas de futuro para la humanidad, de los grandes ideales de paz y progreso.
Poco a poco este espíritu va a ir alterándose.
Europa va paulatinamente a ir desencantándose de sus ideales: triunfan el capitalismo, el imperialismo, la globalización, los antagonismos (nazismo y comunismo), la exterminación de masas, dos guerras mundiales, el terrorismo, la corrupción política, el consumismo, la producción, el ocio, la tecnología...
El hombre deja de creer en los ideales de progreso, la felicidad y su redención, propios de la Modernidad, mirando con escepticismo la fe en la razón.
Europa abandona así sus convicciones y transita hacia la Posmodernidad.
La verdad acaba siendo el resultado de una interpretación de interpretaciones, perdiendo consistencia.
La razón se disuelve, la opinión pública sustituye a la voluntad general de Rousseau.
En lugar del pueblo, encontramos ahora a las masas; en lugar del ciudadano aparece el consumidor y el usuario.
La Posmodernidad se diferencia de la Modernidad en que no acepta la existencia de realidad alguna que se presente como absoluta, trátese de Dios, del Hombre, de la Ideología, o de la Razón.
En lo postmoderno se mueven dioses, ideologías, razones intercambiables.
Si tuviéramos que definir los rasgos fundamentales de este ambiente posmoderno destacaríamos los siguientes:
EL DECLIVE DE LOS VALORES TRADICIONALES
Hasta hace poco sustentaban nuestra civilización: el esfuerzo, el valor del trabajo, la autoridad, respeto patriarcal y su sucesiva atomización en múltiples valores, a veces contradictorios entre sí.
Así como el hombre moderno vivía según un discurso racional sobre el mundo y en términos de una verdad única y absoluta; una vez perdida su confianza en cualquier tipo de metanarración, de gran relato, vive en medio de una pluralidad de narraciones relativas o de verdades proclamadas sin certeza en los diversos contextos del saber.
De esta manera, no solo carece de una única verdad, sino que la idea misma de verdad ha perdido para él todo sentido.
Es decir, ha entrado en crisis no solo aquella razón que se había arrogado el derecho y la tarea de dar fundamento a todos los valores, sino la razón como tal, con todas sus capacidades.
A partir de este momento, el hombre posmoderno tendrá que buscar su propia mística, su propia razón y su propia verdad.
Esto puede ser alentador en algunos aspectos, como la libertad y evolución civilizada del hombre, pero en otros resulta más complejo.
La posibilidad de una elección individual de valores ante la ausencia de valores socialmente predefinidos implica una elección narcisista, individual, que en ocasiones choca frontalmente con las del otro, complejizando las relaciones sociales y determinando la proliferación (con muchos más casos de los que nunca hemos visto antes) de individuos "curiosos" como señala Millon (1999); "anormales" como definía Schneider, y con trastorno de personalidad como diagnosticamos todos.
El hombre posmoderno está obligado a la elección permanente sin otra referencia que uno mismo y la lógica predominante de la novedad y el cambio como valores en uso.
Podría decirse que el gusto por lo nuevo ha desembocado en el gusto por lo efímero, como señala Lipovetsky.
Debemos elegir —y renunciar— en todos los aspectos: desde el canal de televisión al culto religioso; desde el tipo de familia al estilo de alimentación; desde el modelo de teléfono móvil al tipo de sexualidad; desde el estilo de ropa (se acabaron las tendencias) a los estudios de posgrado.
Y todo ello, insisto, de forma rápida y sin referente ni absolutos en los que poder orientarse.
Nuestra vida estaría, así, sometida a la permanente angustia del acierto en la elección y a la frustración por la renuncia o la incapacidad de elegir.
No es de extrañar, entonces, que los cuadros de angustia/ansiedad se hayan multiplicado por cuatro en los últimos diez años.
EL CAMBIO DE LAS CATEGORÍAS DE TIEMPO Y ESPACIO
Dichas categorías están mediadas sobre todo por la tecnología informática y por las nuevas comunicaciones.
Estas hacen del tiempo algo inmediato y del espacio algo soslayable sin dificultad.
Dichos cambios implican la anulación de la función psicológica de la espera, que es crucial para introducir un tiempo de comprensión entre el instante del deseo y el de su conclusión.
Todo esto lleva a una disminución —en nuestra sociedad— de la tolerancia a la frustración generalizada, antesala de la violencia y de las conductas en "acting-out" o corto-circuito, que constituye un rasgo nuclear en la mayoría de los trastornos de conducta y personalidad.
La vivencia actual del tiempo y del espacio es pues más transversal que longitudinal: se vive más que nunca en el "aquí y ahora".
El tiempo psíquico deviene veloz y fugaz, la conducta y la comunicación instantánea y dispersa.
No es extraño ver a gente en el cine comentando algo con el del al lado y al mismo tiempo enviando mensajes.
Estos rasgos de aceleración, fugacidad y dispersión de la atención son típicos de los cuadros hipomaníacos.
La sociedad posmoderna es maníaca y, por tanto, propensa al repunte de todos los trastornos de tipo afectivo que se han multiplicado por diez en todas sus variantes clínicas, así como a los llamados trastornos de hiperactividad o déficit de atención.
Otro tanto ocurre con los ritmos biológicos, así el del sueño/vigilia o el ritmo hambre/saciedad.
Muchos ciudadanos y ciudadanas se ven "obligados" a engañar el hambre en aras de la prisa o de la estética con frugales tentempiés o galletitas energéticas.
Aparte de las alteraciones biológicas que esto pueda suponer, aparece la alteración psicológica de los trastornos de la alimentación, hoy día tan de moda, tan emergentes.
Tocar este reloj, alterar el ritmo, puede llevar a la indiferencia diabólica frente al comer en forma de anorexia, o al asalto nocturno a la nevera de un ejército de bulímicos acosados por su propia trasgresión al ritmo.
El rito de la comensalidad cuando se vuelve borroso o se transgrede, se transforma en el ritual del comensal.
El ritmo biológico del sueño/vigilia también ha sufrido sus alteraciones.
Hoy se puede hacer de todo, a todas horas.
Esto está bien, pero le ha roto los ritmos y los nervios a mucha gente.
El insomnio es también una de las patologías en auge.
La alteración del sueño se corrige con píldoras para dormir, y la resaca de las mismas con píldoras para espabilarse o litros de café.
En suma, estamos poniendo el reloj biológico en manual cuando es, naturalmente, automático.
EL SENTIMIENTO MORAL DE LA VERGÜENZA Y EL PUDOR
De ser un signo de humanidad, estos sentimientos han dado lugar a una desinhibición (de nuevo otro rasgo hipomaníaco) que elude cualquier tipo de represión, haciendo de lo otrora motivo de culpa, un elemento de exhibición y espectáculo, como podemos comprobar a diario en los reality shows.
La culpa y la vergüenza por algo ya no son contenidos habituales de represión en el inconsciente; por el contrario, parece que son sustituidos por la angustia por nada como síntoma posmoderno primordial.
La solución religiosa que proponía una felicidad más allá de este mundo, cargando las tintas en la culpa y la vergüenza como mecanismos simbólicos de autocontrol, ha sido reprimida en la Posmodernidad, como lo fuera la sexualidad en la época victoriana —tesis defendida por el pensador británico John Gray (Gray, 2002)—.
Pero como Freud ya explicó muy claramente, lo reprimido siempre regresa y lo hace bajo forma de síntomas.
Síntomas que aparecen como una proliferación de nuevas "religiones" a la carta de las cuales la ciencia es la más representativa.
Igual que aquellas, esta promete la salvación, solo que no lo hace bajo la forma de una resurrección gozosa, sino de una especie de inmortalidad y seguridad terrena que para nada parece confirmarse.
El fin de la historia que preconizaba Fukuyama, haciendo referencia a que la tecnología y la globalización supondrían el fin de las revueltas mundiales, o las ideas de Keynes acerca de la superación de la amenaza de escasez de recursos una vez desarrollada la era industrial, se están demostrando completamente equivocadas.
Después de la deflagración histórica que supusieron las luchas políticas del siglo XIX o las ideológicas del siglo XX, nos vemos abocados de nuevo a viejas confrontaciones que creíamos superadas: el conflicto por los recursos (la guerra de Irak es buen ejemplo de ello) y la religión.
Ambas suponen causas típicamente medievales.
Por otra parte, nuestro bienestar posmoderno choca frontalmente con otras civilizaciones que, no disfrutando del mismo, mantienen la religión como valor e ideal que aglutina voluntades y arremete contra el bienestar del otro lado.
Europa es el 17% de la población mundial, un continente viejo y rico que debe convivir rodeado de gentes pobres y jóvenes.
Terrorismo e inmigración son dos grandes amenazas del bienestar posmoderno que tendrán sus consecuencias psíquicas, como se expondrá más adelante.
DE LA JERARQUÍA A LA HORIZONTALIDAD DE LOS VALORES
La jerarquía de los valores personales, sociales y familiares ha dado paso a una horizontalidad donde los límites devienen borrosos, siendo cada vez más difícil ocupar cualquier lugar simbólico de autoridad, sea familiar, laboral o social.
La sociedad tecnológica ha abierto, entre otras muchas cosas, la posibilidad del acceso permanente de los niños y adolescentes a los mismos circuitos de ocio e información que los adultos.
Ya no existen lugares, imágenes o informaciones restringidas al adulto de forma exclusiva.
Ello ha derivado en una progresiva "adultización" del niño, que puede acceder a los mismos contenidos que el adulto.
El universo de lo que hasta ahora entendíamos como la edad de la inocencia, se desmorona.
Podríamos hablar sin demasiada exageración de una especie de "muerte de la infancia".
No es de extrañar que los niños y los adolescentes estén protagonizando sucesos violentos hasta hace poco insólitos a esas edades.
Paralelamente a esta adultización del niño, se está produciendo una progresiva "infantilización" del adulto.
Es decir, está ocurriendo una especie de difuminación de los límites entre ambos mundos.
La infancia y la adolescencia postmoderna están sufriendo un retroceso al periodo comprendido entre los siglos XIII y XV, en el que el niño era contemplado como "un adulto pequeñito", capaz de razonar, juzgar o decidir como un adulto.
El discurso creado en torno al niño se ha inflado de tal modo que se reivindica su "derecho al goce ilimitado".
Cualquier acto de frustración del deseo del niño es vivido con culpa por unos padres borrosos (generalmente culpabilizados por no disponer de tiempo suficiente para estar con el niño), que cada vez se muestran más incapaces de administrar ese deseo.
Se difuminan así las referencias claras de lo que debe ser un padre que asuma la función simbólica de autoridad, es decir, del personaje nutriente que cuida, protege y premia; pero que también castiga, frustra, administra y castra el deseo cuando es necesario.
Esta falla primaria para el niño, necesaria para la construcción de una conciencia moral y de capacidad de autocontrol, es la que más tarde conducirá a un cuestionamiento generalizado de toda Autoridad (con mayúsculas), y de la Ley (también con mayúsculas).
Las conductas "retadoras", violentas e impulsivas, son ya hoy un latido emergente en nuestra clínica y en la sociedad, siendo solo un ejemplo el del desafío de los macrobotellones.
La autoridad pierde su referente en el adulto, produciéndose la infantilización del mismo que se expresa por un desvanecimiento de las diferencias entre ambos (en el vestir, en el comer, en el hablar, en los horarios, en el ocio...).
Nos encontramos frente a unos adultos que son una especie de "jovencitos perpetuos" generalizados.
La diferencia fundamental entre un niño y un adulto está en que el adulto lo es porque se hace responsable de su deseo y de sus actos y asume las consecuencias.
Cada vez hay menos gente adulta porque cada vez el sujeto de la Posmodernidad actúa más, pero no se responsabiliza de sus actos.
Cada vez se vive más bajo la premisa del "dejadme en paz y ocuparos de mis asuntos".
Se puede así fumar y pedir responsabilidades por las consecuencias a la tabacalera; envenenarse con todo tipo de drogas y "exigir" su cura y control a los poderes públicos.
Curiosa posición esta en que las conductas voluntarias reclaman un control externo a uno mismo, al contrario que los síntomas.
Ningún diabético exige que se cierren las pastelerías.
A este adulto posmoderno se le disculpa todo.
Se le disculpa porque, como a los niños, no se le considera responsable.
La disculpa viene generalmente por la vía de la conversión de la responsabilidad en una enfermedad.
La diferencia entre un síntoma y una conducta está en que los síntomas son, por definición, involuntarios.
Se reformulan las conductas como síntomas y el sujeto queda exculpado: de ser un jugador, un mujeriego o un chulo pasa a ser un ludópata, un adicto al sexo o a la violencia de género.
La sociedad así lo juzga: "no puede ser normal, tiene que estar enfermo".
Y por esta razón, cada vez hay más psicópatas que se ponen la máscara de sufridor con el fin de perpetuar sus conductas, con la absoluta buena conciencia de ser unos canallas inocentes, como señala Pascal Brukner (Bruckner,1996).
El siguiente paso es arrojar estos sujetos a las profesiones de ayuda que "entienden" de enfermedades y exigir su cura.
Y como consecuencia de este paso, el siguiente lo constituye nuestra impotencia terapéutica frente a quien no reconoce responsabilidad alguna en su sufrir.
Por su parte, el niño posmoderno, adultizado, pierde el referente de lo que es un padre (un adulto) porque este también está borroso.
¿Quién sostiene entonces la autoridad para poner y señalar los límites?
¿Quién encarna el modelo adulto?
¿Quién asume la responsabilidad?
La palpitante polémica sobre la violencia en las aulas y las quejas desesperadas de la gente de la enseñanza es una consecuencia de lo dicho.
Tampoco el aula es un referente de autoridad.
Los derechos ilimitados del alumno impiden la interposición de un límite.
El alumno no será cuestionado mientras se apela a sus derechos o a que "tiene problemas" (de nuevo un síntoma).
Los docentes se quejan, afligidos, de algo que ya pronosticara Lacan en torno a la segregación: los estados modernos lanzados a una política de supresión de las diferencias, reciben en lo real la respuesta: son los propios sujetos los que se segregan en función de su deseo particular.
Así, tenidas por progresistas unas medidas no segregativas se llega a no eliminar a los repetidores y a colocar en una misma aula a alumnos extremadamente diferentes; grupos de alumnos a los que interesa poco el saber se convierten así en los reyes de las aulas y, a través de la violencia, dictan la ley de su deseo particular.
Es la reintroducción perversa de la necesaria diferencia que la estupidez homogeneizadora pretende borrar.
Al adulto postmoderno que concede todos los derechos y responsabilidades al joven de la Postmodernidad, le responde este tomándose el único derecho que le importa profundamente: el de su satisfacción; un goce que se va a manifestar en un auge de la violencia en los centros de enseñanza.
Allí donde hay violencia hay un déficit de palabras.
La cultura posmoderna es una cultura de la imagen; allí donde había palabras, ahora hay imágenes.
Pero se predica el "diálogo", del mismo modo que el niño desarrolla actividades en solitario con el microondas, la video niñera, las videoconsolas, y demás actividades mudas y solitarias.
Están carentes de adultos que actúen como "terroristas semióticos", según dice Umberto Eco; adultos que filtren, interpreten y maticen la realidad que observan los niños, que introduzcan un cierto "orden" en todo ese caos informativo.
Al desaparecer la conciencia del límite, aparece el consumo y el placer desordenado y, en definitiva, el culto a las apariencias como forma posible de realidad.
Nos encontramos con el culto al cuerpo y a la imagen, el culto al envoltorio (el valor del regalo se mide por el envoltorio); el culto a la información (pero entendida como archivo, no como memoria, otra palabra clave que ha perdido su significado).
Es en esta época posmoderna en la que asistimos al fenómeno del consumo generalizado.
El hombre posmoderno consume, luego existe.
La lógica implantada del consumo nos ha hecho dejar de desear lo que necesitamos, para pasar a necesitar lo que deseamos, y todo es una permanente propuesta de oferta y seducción:
- Consumo de bienes materiales como símbolo de rango social.
El sujeto pasa de ser la persona que compra a ser lo que compra; pasa del "yo soy el que compra" al "yo soy lo que compro".
- Consumo médico: presenciamos la paradoja de sujetos con una resistencia frontal a la medicina oficial que recurren a todo tipo de remedios alternativos, junto a la forma sutil de subversión que supone una generalización del consumo excesivo, indomable, de la medicina, con pánico a las amenazas de su salud.
Supone una escalada fantástica del consumo médico que desafía completamente los objetivos y finalidades de la medicina, además del presupuesto farmacéutico y la atención de urgencias.
- Consumo de amor rápido, alejado de sentimientos y auténtico erotismo; consumo de amor aséptico y virtual a través de chats y ciberidilios.
- Consumo de información sin límites, sin posibilidad de ser transformada en conocimiento a través de la reflexión, ya que los medios deben ser más rápidos que los contenidos.
- El consumo de drogas se ha vuelto un verdadero problema, ya que es el emergente más doloroso y brutal del estilo de vida posmoderno.
Lo peor es la trivialización del consumo, que ha llevado a considerarlo algo "normal" en una amplia franja de edad.
- Consumo de todo tipo de místicas: secularizada la religión del progreso, vuelve a abrirse el espacio de lo genuinamente místico.
Lo místico ya no tiene por referencia a Dios, la ciencia, la patria o la clase obrera.
Lo místico hoy es el presente.
Ocurre que el viejo relato único de la Modernidad se ha quebrado en mil minúsculos relatos.
Estoy de acuerdo con Salvador Paniker (Paniker, 2000) en su idea de que cada cual ha de inventar su propia leyenda, inventar su propia mística.
Pero dotarse de una mística particular se hace muy complicado cuando no existen valores absolutos de referencia.
Se corre entonces el riesgo de la afiliación a la mística más preponderante, la mística del consumo, de objetos y de sustancias, del trabajo sin pausa y a veces sin razón, la mística de la agenda, la cartera llena y, quizás, la vida vacía.
Las soluciones que la medicina ofrece a este reto son las propias del momento, soluciones rápidas: tecnológicas y químicas.
Son eficaces pero parciales, incompletas, poco duraderas y con efectos secundarios.
En lugar de "aclarar" al sujeto, de "señalarle" la necesidad de una vida íntima, más importante que la privada y la pública para poder cultivar esa mística individual aclaratoria, la medicina opta (y el sujeto elige mayoritariamente) por el adormecimiento o la exaltación química, por la enajenación en vez del ensimismamiento.
No es de extrañar, el cultivo de la vida íntima requiere como elementos imprescindibles el silencio y la reflexión, algo de cultivo ecológico para una gran mayoría de nuestra sociedad.
Para el yoga, sin silencio no hay aliento; sin aliento no hay vida.
Para la meditación tántrica, el silencio es la propia identidad, porque solo en el silencio se puede ser.
Para Pascal, la receta para la salud mental del hombre estaba en su capacidad de permanecer media hora diaria solo y en silencio.
EL RIESGO COMO FACTOR DE LA VIDA
Nuestra época ya no es la que describe Stefan Zweig en sus memorias (Zweig, 2002), ya no hay seguridades previas.
La carencia de cobijo bajo grandes ideales y metarrelatos (Dios, patria, ideologías), a la par que la globalización que hace que todo influya sobre todos, deriva en una necesidad de prevención en todos los ámbitos de la vida que hipertrofia la angustia, generando un repunte de todos los cuadros clínicos asociados a ella, e incluso la aparición de algunos nuevos como lo que Fernández Blanco denomina como el síndrome de stress pre-traumático (2004) y que aparece como angustia anticipatoria ante acontecimientos sociales como los atentados, la amenaza de nuevas infecciones, el sufrir todo tipo de patologías o el no llegar a tener hijos sanos.
El terror que salpica desde dentro y fuera de los medios de comunicación lleva la experiencia extrema a la vida cotidiana; salir de casa se convierte para muchos en toda una aventura plagada de amenazas.
Como consecuencia, la demanda de libertad de la modernidad se ha sustituido por la demanda de seguridad posmoderna.
Con todo lo extrema que parece la vida, nunca antes se ha temido más a la muerte, la vejez o la invalidez que en los últimos tiempos.
Esta negación de la edad y de la muerte es otra manifestación del desprendimiento de la temporalidad y de la desrrealización: la vida como objeto de ficción, justo ahora cuando la vida no pertenece a Dios, no pertenece a la patria, no pertenece a la revolución, sino que nos pertenece a cada uno.
El hombre de hoy ya no puede apelar al destino, a Dios ni al azar para explicar sus temores, él es el único responsable de su cuidado, lo que le lleva a la angustia permanente de la prevención (colesterol, mamografías, revisiones periódicas, amniocentesis, consejo genético...).
Todo debe ser prevenido.
No es de extrañar el repunte de los cuadros fóbicos, en especial la hipocondría y los llamados trastornos somatoformes experimentado en los últimos años.
7.DEVALUACIÓN DEL PENSAMIENTO Y PRIMACÍA DE LA EMOCIÓN
El peso del saber y el pensamiento como un valor fundamental ligado a la tradición y a la formación de la persona se han devaluado en beneficio de un saber instrumental y de la búsqueda de emociones como ideal predominante.
Sin la consistencia clásica, este saber es frágil, expuesto a la controversia, lo que se traduce en una desconfianza del sujeto ante los repetidos cambios de criterio científico, en una demanda de una segunda opinión, en la proliferación de ilustrados de Internet, de derivación a otros saberes alternativos, de manuales de autoayuda y de una progresiva "rappelización" de la sociedad.
Marina (Marina, 2000) afirma que el posmodernismo nos ha contagiado el síndrome de inmunodeficiencia mental que aniquila nuestras defensas racionales haciéndonos vulnerables a cualquier idea por débil que esta sea.
El remedio según Marina es estudiar y pensar más.
En medicina, el lugar del sujeto —supuesto saber imprescindible para la cura— ha sido sustituido por el del objeto —supuesto saber encarnado en la tecnología y las nuevas "máquinas"—, hecho de consecuencias devastadoras en la estructura de la relación médico-enfermo.
El código ético ha sido sustituido por el código penal.
En cuanto a las emociones, si la Modernidad valoró y colocó en un lugar de privilegio a la razón como único criterio de verdad, la Posmodernidad ha optado por absolutizar los sentimientos.
El "pienso, luego existo" de Descartes ha sido sustituido por el "siento, luego existo".
Las grandes concentraciones posmodernas, salvo contadas excepciones, no son motivadas por ideas o proyectos, sino por la búsqueda de sensaciones colectivas, como en el caso del botellón, el fútbol o los conciertos de rock.
Solo en un escenario así, puede proliferar un tipo de individuo permanentemente cuidadoso de su salud pero que arriesga su vida en todo tipo de deportes de riesgo y aventuras.
Está hiperinformado, pero es cada vez más permeable a todo tipo de esoterismos, curanderos, adivinadores y gurús.
Relajado respecto al saber y las ideologías, pero perfeccionista en el bricolaje.
Alérgico al esfuerzo, las normas coercitivas y la autoridad, no deja de imponérselas a él mismo con crueles regímenes dietéticos y esfuerzos deportivos desproporcionados.
Discreto y contenido frente a la muerte, consume vorazmente todo tipo de terapias "psi "en las que poder gritar, llorar, insultar y maldecir en la intimidad.
CAMBIOS EN LA ESTRUCTURA FAMILIAR Y LA FUNCIÓN DE LOS HIJOS
El cambio en las estructuras familiares obedece a múltiples factores, como el acceso de la mujer al trabajo y el control de la natalidad, el aumento de la expectativa de vida, el alargamiento de todas las fases del ciclo vital de la familia o el número de divorcios, que en nuestro país pasó de 15.000 en 1982 a 40.000 en 2001.
Pero quizás sea el proceso de transición de una sociedad rural a una postindustrial, dónde se produce una substitución de las familias por los individuos como unidades centrales en la vida social.
Con ello culmina el proceso de individualización y se pasa de las estrategias colectivas a las individuales propias de la Posmodernidad.
En nuestro país, el cambio de una estructura familiar clásica de tipo compleja, nuclear, en la que convivían dos o tres generaciones, ha sido evidente a favor del aumento exponencial de hogares unifamiliares, monoparentales y reconstituidos, equiparándose cada vez más al resto de Europa Occidental, dónde son mayoría hace décadas.
En Paris, por ejemplo, alrededor del 70% de los hogares son de solitarios.
En este sentido, sociólogos como Coleman (Coleman y Torsten, 1989) entienden que al cambio familiar que acompaña al proceso de modernización, se sucederán tres modelos consecutivos de familia:
Pre-Moderno: demanda "cantidad" de hijos en función de considerarlos "fuente de rentas" o "bienes de producción", capaces de "devolver" lo invertido en ellos y de ocuparse de los padres en su ancianidad.
El caso más extendido es el de la familia campesina.
Moderno: tras la llegada de la revolución industrial y del consiguiente fenómeno migratorio a la ciudad, se generaliza (sobre todo en la burguesía urbana) este modelo, que ya no demanda cantidad, sino "calidad" de hijos, porque los considera "bienes de inversión".
Aquí ya no se trata de explotar a los hijos, sino de invertir en ellos a fin de asegurarles un mejor y más brillante futuro.
Post-moderno: tras la consolidación de la sociedad de consumo y del Estado del Bienestar, aparecería, sobre todo en los nuevos profesionales urbanos, este nuevo modelo, que continuaría demandando calidad y no cantidad de hijos, pero ya considerados como meros "bienes de lujo o de consumo ostentoso".
Por otro lado, parece claro que la familia moderna dejó a un lado importantes funciones económicas y educativas para convertirse en algo parecido a una agencia dispensadora de servicios afectivos como apunta Miguel Requena (Requena, 1996).
De la carencia afectiva de los hijos en las familias premodernas, se ha pasado a la hiperprotección de los mismos en las familias posmodernas.
Una y otra presentan sus patologías.
La que nos ocupa hoy día determina unos sujetos frágiles e inseguros, que pueden llegar a dudar de su capacidad para enfrentarse a un mundo cuyos peligros, amenazas y dificultades están pronta y puntualmente resueltos por los padres.
Entiendo que algo de este orden está determinando el creciente número de adolescentes que cuelgan sus estudios porque "se agobian" hasta el punto de presentar cuadros de ansiedad sintomáticos.
La clínica psiquiátrica constituye un observatorio privilegiado de la realidad social.
El sufrimiento psíquico plasma de forma inequívoca los malestares que acechan al ser humano en cada momento de su historia y evolución.
Lo expuesto en esta breve reflexión no es más que la constatación de unos hechos y el ensayo de alguna explicación.
La conclusión lógica de estas ideas sería el apunte de alguna solución o medida capaz de mitigar los malestares diagnosticados, tarea que quizás escapa a la formación de un médico psiquiatra; no obstante intentaremos anotar algunas reflexiones al respecto.
La plasticidad del cerebro humano para resolver problemas y adaptarse al medio es extraordinaria, pero los tiempos de adaptación son también muy lentos.
Los cambios descritos y operados en nuestro entorno han sido lo suficientemente rápidos como para que aún hoy, no solo no nos hayamos adaptado, sino que tampoco podamos saber a través de qué cambios estructurales de nuestro cerebro se llevarán a cabo.
Cambios no solo de impacto filogenético y ontogénico a nivel individual, sino también relacional, colectivo y social.
Reza un proverbio Zen: "no se puede cambiar la trayectoria de la flecha cuando esta está en el aire".
Podemos dar cuenta de los cambios pero no podemos saber hacia dónde nos llevan.
Teniendo en cuenta esta incertidumbre en la que tampoco es desdeñable la intervención del factor de azar que señala la física cuántica, sí podemos identificar algunas señales del sentido del cambio.
En lo tocante a la crisis de valores propios de la época posmoderna parece observarse un incipiente alumbramiento de nuevos valores tales como la Ecología, el laicismo integrador de diferencias, la igualdad de géneros o la justicia social entendida desde postulados menos ideológicos o políticos y más pragmáticos derivados de la actual crisis económica mundial.
La transformación de la vivencia del tiempo y la devaluación de los sentimientos de pudor y vergüenza han supuesto el cambio de lo que antes era un sufrir principalmente mediado por el pensamiento —la culpa, la vergüenza o el remordimiento— por la patología derivada del acto —trastornos impulsivos, de personalidad, de alimentación— y la ansiedad.
Al igual que ocurre en la clínica individual, es posible que estemos asistiendo a una desaceleración del tiempo psíquico propia del final de las fases hipomaníacas e inicio de las normotímicas.
Es función de los políticos y de todos los agentes sociales creadores de opinión, el favorecer y fomentar la vuelta a un tiempo más humano en el que los momentos de silencio, de ensimismamiento, de contacto con uno mismo y la naturaleza vayan abriéndose camino entre la actual aceleración enajenada.
Las múltiples voces que cada día más y desde todos los ámbitos reclaman una intervención decidida sobre la educación y las aulas, albergan la esperanza de la aparición de una nueva Ley que devuelva con claridad la posición jerárquica a los agentes que deben simbolizar la autoridad y aquellos a quienes tienen el deber y la necesidad de reconocerla.
Se hacen necesarios nuevos planteamientos políticos y sociales sobre la lógica del consumo que ha regido las últimas décadas.
La crisis económica mundial, las diferencias y al mismo tiempo el empequeñecimiento de las distancias entre los diferentes mundos cada vez más grandes, apuntan a la necesidad de un cambio de modelos económicos y productivos mucho más globales y sostenibles.
La necesidad de libertad debe auparse sobre la actual obsesión por la seguridad y la única manera de conseguirlo es la puesta en valor de un mundo más justo y equitativo.
Finalmente, la familia humana, deberá encontrar nuevos equilibrios que favorezcan la adaptación psicológica de sus vástagos a las nuevas estructura.
Probablemente los cambios evidenciados en las estructuras familiares llevarán a un proceso de ensayo y error —como en su tiempo ocurrió con el ensayo de la convivencia en comunas— que decante aquellas fórmulas exitosas para el desarrollo humano.
Muchos de los actuales modelos se demostrarán inviables y otros harán valer su oportunidad. |
Una lectura funcional de Diario de un poeta reciencasado
El Diario de un poeta reciencasado o Diario de poeta y mar puede entenderse como expresión simbólica de la temática del mar desde una vertiente esencialista.
En este trabajo se muestra cómo en nuestro objeto de estudio se asienta definitivamente esa abstracción o interiorización simbólica de carácter esencialista en detrimento de la correspondencia social-axiológica de raíz indudablemente romántica.
Juan Ramón Jiménez reedita en 1948 su Diario de un poeta reciencasado como Diario de poeta y mar, condescendencia simbólica que, como veremos, avanza en ese proceso que convierte el mar literario en símbolo de todo menos de sí mismo, camino iniciado ya en el Romanticismo decadente de mediados del XIX español y que le arrastra hacia el esencialismo, la abstracción o interiorización simbólica en detrimento de la correspondencia social-axiológica.
La edición del Diario de un poeta reciencasado que fundamentalmente manejamos es la de 1995 de Antonio Sánchez Barbudo, en cuya Introducción se ofrece un acertado seguimiento sobre las reediciones y modificaciones de la obra y que reproducimos aquí por su interés y capitalidad a la par que subrayamos los aspectos para nosotros importantes:
Ediciones del "Diario": Ed.
Madrid, Calleja, 1917, 281 págs: es la que sirve de base para la nuestra [esto es, para la de Visor que manejamos]; Ed.
Juan Ramón sólo cambió, que sepamos seguro, el título; e hizo además algunos añadidos en la prosa última; Ed.
Se anuncia como versión "definitiva", con textos "revisados por el autor"; pero también se dice, al final, que el autor no hizo sino "una sola modificación", que resulta ser la del título; L. P., Diario de un poeta reciencasado, incluido en Juan Ramón Jiménez, Libros de poesía, Madrid, Aguilar, 1957 (se ha reeditado en 1959 y 1967): por "indicación expresa" de Juan Ramón Jiménez, en esta edición se vuelve a emplear el título original, pero juntando en una palabra las dos finales (reciencasado).
Este es, pues, el título definitivo de la obra [...].
Esta es la única edición completa del Diario que aparece con la ortografía peculiar de su autor (Jiménez, 1995, 52).
La necesidad de ubicar nuestro objeto de estudio contextualizado desde el referente general de la obra del autor de Moguer, hace necesario que nos detengamos en el asunto de las épocas literarias de Juan Ramón Jiménez, adelantando ya la conclusión que compartimos: este diario, de poeta y mar, marca el inicio de la etapa de plenitud en la poesía de Juan Ramón Jiménez con una funcionalidad singular definida por divergencia respecto al conjunto de su producción literaria.
Así, a propósito de tal cuestión de las etapas o épocas de la poesía juanramoniana, habremos de saber, primero:
En la extendida producción de Juan Ramón Jiménez hay, como sabemos, una vuelta constante del autor sobre sus poemas anteriores para lograr, a partir de cierto momento, una expresión más depurada [...].
Sin la ingenua pretensión de poner punto final a este transitado tópico de las "épocas" o ciclos de Juan Ramón Jiménez, me decido, finalmente, por la más escueta partición en dos etapas.
Partición, en última instancia, no alejada de la que en cierto momento (1945) propuso el propio poeta, urgido por la brevedad [...]: 1) Etapa de crecimiento y afinación.
De la naturaleza exterior, de la identificación entre el paisaje y sentimiento, de la vida y la muerte, y el panteísmo.
De la ornamentación, y las correspondencias pictórico-musicales (modernismo y postmodernismo).
2) Etapa de plenitud, y de la desnudez expresiva.
De la poesía sobre el arte y la poesía, y de ramificaciones metafísico-religiosas [...].
Igualmente consideramos lo que Ángel González expresa sobre la misma cuestión:
Si entendemos la obra en marcha de J. R. J. como un desarrollo lineal, veremos que hay dos puntos en su discurrir en los que las relaciones con el contexto son decisivamente importantes: el momento de pre-formación, que llega hasta 1901, en el que el poeta debe todo lo que es a la obra de los otros; y el momento de plenitud, que se hace visible a partir de 1916, cuando el poeta, dueño al fin de su voz más personal, altera su nuevo contexto, determina la obra de los demás [...].
Entre el momento que califiqué de 'preformativo' y el de plenitud, la poesía de J. R. J. pasa por un tiempo intermedio muy interesante, en el que las interfluencias entre su obra y la de sus grandes compañeros de promoción, sin ser desdeñables, resultan menos significativas al lado de las discrepancias puestas de relieve sobre un también muy visible entramado de coincidencias.
La obra de J. R. J. se inscribe en cada uno de esos tres tiempos en un contexto peculiar; su función dentro de ellos también es diferente (González, 1981, 44-45).
Otros autores como Lupiáñez (1975), Wilcox (1982) o Florit (1957) asientan en sus respectivos estudios una parcelación equivalente de la obra en marcha a las anteriores.
Junto a esto, nosotros establecemos que, partiendo de una inevitable "prehistoria" poética o período de formación que llegaría hasta 1901 (Urrutia, 1991) y tras el tipo de sentimentalismo melancólico próximo al decadentismo de sus primeros libros, al que sigue la serie eglógica de las composiciones inmediatas (Figueira, 1968), la poesía de Juan Ramón Jiménez recorre la teórica senda definida desde el simbolismo francés —Verlaine, Samain, Rimbaud—, Bécquer y Rubén Darío, para luego buscar un modo de expresión poética en el que la forma "lujosa" del modernismo le hará inclinarse por el verso alejandrino —las Elegías puras (1908), Elegías intermedias (1908) y Elegías lamentables (1910) por ejemplo, y gran parte de la obra publicada entre 1907 y 1913—, cumpliendo así su primera etapa señalada tradicionalmente hasta 1916.
Inmediatamente después iniciará su interminable recorrido de obra en marcha, concepto que matizamos ahora:
La obra literaria de Juan Ramón Jiménez es una y múltiple, con variedad formal y temática, pero reducible siempre a la unidad.
Por eso él hablaba de la obra como un todo orgánico, y en algunos momentos de su vida escribió la Obra, con mayúscula como un nombre propio.
La multiplicidad de formas estilísticas es lógica por cuanto se fue realizando a lo largo de unos cincuenta y cinco años de vida, entregada a la creación y corrección de lo creado (Villar, 1981, 89).
Y en el mismo sentido se expresa Hernández Alonso, quien, además, otorga carácter dialéctico a ese proceso de creación/corrección en la obra de Juan Ramón Jiménez (Hernández, 1984).
Es evidente que ese recorrido de obra en marcha se encamina hacia la pretendida poesía desnuda, de lo que numerosos estudiosos, ya clásicos en cierto modo, han dejado constancia precisa en esos mismos términos (Rojas, 1973; Sotelo, 1987; Palau, 1981; Miró, 1976).
En este sentido, de especial relevancia es el trabajo de Arturo del Villar (1976), pues en él se reúnen las composiciones metapoéticas de Juan Ramón.
Con esto, Arturo del Villar ha cumplido con uno de los proyectos del poeta de Moguer: "publicar un libro en el que se recogieran sus poemas sobre su poesía o sobre la poesía" (Garfias, 1976, 4).
En los primeros vagones de ese tren poético de la depuración se ubica el Diario de un poeta reciencasado, el cual, desde esta perspectiva de la obra global de Juan Ramón Jiménez, supone, como sabemos, un punto de inflexión en la susodicha trayectoria poética: "el Diario de Juan Ramón da entrada —como su propio autor dijo en 1952— a toda una nueva época de su poesía" (Sánchez-Barbudo, 1995, 9).
Entre otras cosas, con este libro Juan Ramón Jiménez "se adentra en el verso libro, territorio que no había sido cultivado en la poesía española" (Cuenca, 2006, 4), momento crucial de madurez "que cambiaría el rumbo de la poesía española" (Vázquez, 2008, 12) con influencia decisiva en otras obras clave de la poesía contemporánea como Poeta en Nueva York García Lorca (Vázquez, 2008): en efecto, es fácil hallar en él la originalidad requerida para el establecimiento de una nueva cota de segmentación en esa linealidad de la obra en marcha.
Y será precisamente el lugar donde radica tal originalidad nuestro punto de partida para abordar la lectura funcional que pretendemos, ya que lo novedoso de este texto de Juan Ramón estriba en la propuesta de la inmediatez en el poema o, mejor aún, la propuesta de la inmediatez en el acto mismo de la escritura, porque el poeta abandona su función creadora para convertirse en un simple descodificador de sensaciones del aquí y ahora a través de una pretendida desnudez que ha de entenderse correctamente, esto es, desnudez que concierne a los dos niveles del lenguaje: "la forma externa es determinada por la fuente interna de la idea.
La externalización verbal de una experiencia revela la forma del significado de la misma, lo más cercanamente posible; sin obstruirlo, embelesarlo o empañarlo" (Rojas, 1973, 44).
En efecto, "sucede que al hablar de 'desnudez', absoluta o no, en la poesía del Diario, se piensa sobre todo en la apariencia del poema [...].
Pero se olvida el dentro, el carácter mismo de lo que el poema expresa, lo que en él se dice, o sea el carácter de la experiencia que con el poema se quiso reproducir, fijar [...].
Y esta es la diferencia con otro tipo de poesía, por ejemplo, con la de Juan Ramón anterior al Diario" (Sánchez-Barbudo, 1995, 11).
En definitiva, se trata del carácter de mundo del instante que prevalece a lo largo del poemario y que le otorga la condición de diario a nuestro objeto de estudio.
En el prólogo que el propio autor incluyó en el libro con fecha 3 de septiembre de 1916, se lee: "En este álbum de poeta copié, en leves notas, unas veces con color solo, otras sólo con el pensamiento, otras con luz sola, siempre frenético de emoción, las islas que la entraña prima y una del mundo del instante subía a mi alma" (Jiménez, 1995, 61).
La vaguedad del párrafo puede entenderse sin demasiados problemas en el sentido específico de conciliación entre "vida" y "literatura" que Isabel Paraíso ha interpretado como "la salvación poética de la temporalidad biográfica" (Paraíso, 1990, 39).
Por tanto, abandonamos por ejemplo la opción de entender el Diario de un poeta reciencasado como dialéctica entre lo carnal y lo espiritual cuya sinergia conduce a la divinidad anhelada por un "alma a la búsqueda de su Esposo" (Herrera, 1993, 267) que nos remite a los símbolos de un determinado misticismo: "La necesidad de superación de las contradicciones que cuando marchaba hacia América a encontrarse con su mujer le asaltaron, se iba a concretar en una dialéctica entre un concepto espiritual y otro carnal del amor que el poeta trata de aunar armoniosamente en lo que intuye va a ser su destino desde el Diario" (Herrera, 1993, 263).
No es esa la dirección que queremos señalar al observar el libro como un juego entre "vida" y "literatura" en el que —precisamos— no hay finalidad o meta, o, mejor aún, en el que la finalidad o meta no es otra más que el juego en sí mismo, de tal modo que ni siquiera se posibilita la complicidad con el lector requerida para obtener la confidencialidad necesaria en cualquier diario íntimo (Paraíso, 1990, 38-41).
Porque el Diario de un poeta reciencasado muestra una actitud del autor ante la vida en la que el yo aparece forzado en una suerte de desdoblamiento (Villar, 1981, 49) en el que "todo lo interioriza el poeta y, así, todo le pertenece [...].
Toda la existencia del poeta se debate en esas antimonias del 'yo' y lo 'otro', del 'dentro' y el 'fuera', de la inmanencia y la trascendencia" (García, 1981a, 430-431).
Es precisamente este "existencialismo" juanramoniano lo que hace a todas luces necesaria la concreción política e ideológica del moguereño, lo que abordamos, amén de la cala bibliográfica expuesta sobre el asunto por Antonio Campoamor González (1999), a partir del texto siguiente:
En los archivos de la Sala Zenobia-Juan Ramón, del Recinto Universitario de Río de Piedras, se encuentran, cuidadosamente recopilados por Juan Ramón Jiménez, los documentos de que pensaba servirse para la composición de una de las muchas obras que dejó por hacer [...]: Guerra en España.
No cabe duda [...] de que si este libro se hubiese realizado y publicado habría puesto fin a varios malentendidos y a no pocas reticencias relativos, unos y otros, a la actitud del Andaluz Universal ante la guerra civil española [...].
Preguntado por su actitud política, Juan Ramón declara: "Tengo un profundo pesimismo y una gran desilusión de este momento de la vida española...
La República me ha defraudado...
Estas vergüenzas del 'straperlo' no tienen nada que envidiarles a las de la monarquía...
Estos hombres del nuevo régimen son más o menos como los del viejo...
Reconozco la probidad de Azaña...
Pero no son estos los hombres que salvarán a España... algún día habrá que educar a ciertos hombres exclusivamente para la política..."
"¿Es usted comunista, Juan Ramón?", le dispara de repente Suero: "Sí, —responde el poeta—.
Yo creo que el comunismo vendrá, como todo.
Yo soy comunista individualista..."
Juan Ramón desarrollará más adelante su teoría del comunismo poético, tan platónica como la de educar para los políticos, pero lo interesante de esta respuesta es que no dudó un momento en clasificarse entre los izquierdistas en unos momentos en que las pasiones políticas exigían de todos los españoles que se definiesen (Crespo, 1981, 11).
Sin embargo, es de obligada referencia señalar que, frente a esto, Adolfo Sotelo Vázquez viene a despolitizar, por su parte, la intención del proyecto del libro Guerra en España y a resaltar el elemento metapoético por encima del compromiso social (Sotelo, 1985).
Por su parte, Urrutia destaca que el entorno socio-cultural influyó directamente en la maduración del pensamiento del individuo, lo que "se manifestaba a través de distintos discursos deudores de sendos conceptos del mundo y de su organización [...].
Sus antecedentes familiares, o el niño que acudiese al colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María" (Urrutia, 1982, 208) son significativos.
Para Gilbert Azam, "la grandeza de Jiménez consiste en su tentativa para poner la unión transformadora del hombre y de la poesía al alcance de sus conciudadanos más humildes, enseñándoles una vía aristocrática hacia la plenitud del ser humano" (Azam, 1981, 378).
García Rey también reflexiona sobre el asunto en su trabajo "Juan Ramón Jiménez y una elección inevitable: la libertad", según la tesis que sostiene y que pretende radicalizar la separación de dos campos indisolubles amparado en argumentos esteticistas: literatura e ideología (García, 1981b, 620-625).
Y Luján Atienza, por su parte, matiza, a propósito del Diario que aunque "muchas veces se ha calificado la poesía de Juan Ramón Jiménez de evasión en un sentido peyorativo, ahora podemos insistir en que se trata de una fuga, pero no de la realidad o de responsabilidades sociales, sino que su fuga es mucho más profunda: la fuga total como creación de forma poética y el medio de convertir el poema en conciencia individual" (Luján, 2009, 22).
En cualquier caso, las conclusiones que se extraen de estas referencias son evidentes y más que suficientes para nosotros.
No obstante, resaltamos, por un lado, esa idea del Juan Ramón Jiménez que no se involucró en responsabilidades laborales ni sociales, al menos hasta los aledaños de 1936, y, por otro, el hecho de su condición de terrateniente o el dato puntual mas suficiente que supone conocer que en 1911 el poeta podía disponer de "40 duros mensuales durante unos cuantos años" (Gullón, 1961, 109).
DISFUNCIONALIDAD DE LA TEMÁTICA DEL MAR
Decíamos que el Diario de un poeta reciencasado no era un diario íntimo debido a la parcialización e idealización que suponía la mirada desde el yo absoluto.
La oposición entre lo íntimo y lo concerniente a la pluralidad social ya no se establece: todo es íntimo y, por tanto, ya no lo es nada.
Además, ese vivir en la obra que en apariencia "confiere a ésta una trascendencia y una humanidad enormes" (Paraíso, 1990, 40) se vuelve en el libro que estudiamos contra sí mismo en tanto que ya no existe posibilidad de transcendentalización más allá de la propia figura del poeta sujeto.
Y con certeza que el libro funciona así ante el lector, pues no se hace patente la universalización supuesta en lo transcendental, debido quizás a que la afectación del yo poeta impone un prisma no creíble, no compartible para ningún lector, aun formando parte de la inmensa minoría.
Incrustado en ese prisma fatuo del escritor moguereño aparece un elemento que se resiste a ser poetizado con calificativos del tipo "rosa fresco, puro celeste, malva / amable" (Jiménez, 1995, 118): es el mar.
Y no ha de resultar accesoria esta referencia al color, pues sabemos que "la voluntad creativa es la gran lección, inútil decirlo, del poeta y podemos seguir la realización de la misma a través de un elemento, digamos externo: el del color" (Capechi, 1981, 227).
Sin embargo, y es lo que realmente nos interesa, ocurre que en nuestro objeto de estudio los colores que predominan no son precisamente los de un paisaje marino, pues "en Diario de un poeta reciencasado, Jiménez, a la vez que poetizar, pinta no los testimonios de la vida, sino la vida sólo, la ciudad monstruo, la ciudad 'cartellone' [...] y la dibuja como una postal en blanco y negro.
Descubramos por fin en qué lugar de la jerarquía de intereses coloca Juan Ramón Jiménez al mar:
En diversas ocasiones Juan Ramón se refirió a la importancia que el mar ejerció siempre en su obra [...].
En abril de 1931, Juan Ramón, conversando con Gerardo Diego y Juan Guerrero Ruiz para tratar de seleccionar lo más significativo de su obra con destino a la Antología de Gerardo Diego, decía que lo mejor de su obra poética estaba en la serie sobre el mar.
Pocos meses más tarde, en julio del mismo año, el poeta reconocía que lo mejor de su poesía metafísica estaba en los poemas del mar que hay en el Diario y que expresaban el verdadero hallazgo del mar.
Años después, en 1953, Juan Ramón diría a Ricardo Gullón que el Diario, un libro "metafísico" y su "mejor libro", está determinado por el mar (Amigo, 1984, 27-28).
A partir de aquí convenimos en afirmar que, el mar del Diario de un poeta reciencasado supone para Juan Ramón Jiménez una temática poética de capital importancia en tanto que, al margen del discurso metafísico y metapoético que posibilita, también es valedera para la consecución de la referida poesía desnuda.
Y sin embargo no es este el único mar hallado en los textos de Juan Ramón.
Jorge Rodríguez Padrón, por ejemplo, señala la existencia de tres mares distintos según las tres épocas en que se divide la poesía juanramoniana.
Según Rodríguez Padrón, el mar de la segunda época, es decir, el mar del Diario de un poeta reciencasado o segundo mar, se caracteriza, entre otras cosas, por la identificación del mismo con el sentido absoluto de la vida (Rodríguez, 1981, 3-24), clave a la que recurriremos en nuestras conclusiones.
Otro mar posible es el mar "atemporal, que le asegurará la permanencia del 'antes y del después', que le conducirá al 'más allá' que su espíritu anhela" (Pérez, 1980, 151).
E igualmente puede hallarse un nuevo mar juanramoniano como "símbolo de la conciencia creadora" (Correa, 1981, 248), según la tesis de que "la poesía de Juan Ramón Jiménez es esencialmente una poesía de conciencia, en la cual el poeta se acerca paulatinamente a la formulación de su propio proceso creador" (Correa, 1981, 241).
Sin embargo, aunque aquel mar suficiente ante la poesía, valedero en su desnudez para la poesía, no sea ciertamente el único posible, sí que es —al menos para nosotros— el que nos concede la posibilidad de establecer la autenticidad de la dimensión del mar tangible, infinito y contemplado del crucial poema XXIX: "En ti estás todo, mar, y sin embargo, / ¡qué sin ti estás, qué solo, / qué lejos, siempre, de ti mismo!".
Se trata del poema "Soledad", perteneciente a la segunda parte del libro que Juan Ramón Jiménez titula "Hacia el mar" y que, según Sánchez-Barbudo, fue incluido en la antología de 1933 Soledad en prosa y verso con el título de "Soledad marina" (Sánchez-Barbudo, 1995, 90).
Este poema es, sin duda, el resultado de una absorta e inquieta contemplación.
Los tres primeros versos sobre todo, aunque contradictorios y en apariencia vagos, son estupendamente certeros.
Con ellos resume su visión y sentimiento.
Y ello no es tal vez muy diferente de lo visto y sentido —aunque sea de un modo oscuro— por muchos contempladores del océano a través de los siglos.
Hay aquí admiración ante esa grandiosa indiferencia del mar, esa gran soledad; mas también hay como un temor —que se pondrá de manifiesto más claramente en los poemas que siguen— ante esa ciega inconsciencia de las aguas.
Inconsciencia a pesar de esa movilidad, ir y venir de las olas, ese palpitar que asemejan el mar a un ser vivo, por lo cual el poeta se dirige a él como persona —"Eres tú, y no lo sabes..."—.
Lo inmenso, eterno, indiferente del mar, hace aún más patente la pequeñez, finitud, temor de quien lo contempla (Sánchez-Barbudo, 1995, 90).
El efecto que este mar "no consciente de sí" (Sánchez-Barbudo, 1962, 62) produce en el contemplador desde el imperativo de la inmediatez, nos da como resultado, en principio, un posicionamiento concreto: "El mar del Diario es, ante todo, un mar que se destaca por su fuerza vital [...].
En él, el poeta descubre la esencialidad y belleza de la realidad toda que le rodea, no sólo en una valoración admirativa del ser, sino en una auténtica relación de comunión con la naturaleza" (Amigo, 1984, 29).
Sin embargo, afirmamos ya que en Juan Ramón Jiménez el mar está a priori obligado —como todos los elementos temáticos de la obra de Juan Ramón— a ponerse al servicio de lo que Antonio Sánchez-Barbudo ha convenido en llamar tema central: "esas impresiones y sentimientos que constantemente reaparecen, tienen entre sí estrecha relación, son como partes de un mismo tema.
Y es que muchos poemas parecidos o distintos de un mismo libro, y también de diferentes libros suyos, responden a un mismo anhelo: ansia de eternidad, salvación de la muerte.
Pues ocurre que "el tema aparece de un modo insistente en los poemas sobre el mar del Diario" (Sánchez-Barbudo, 1962, 15) y ocurre además que la mudanza que el poeta impone a su creación poética a partir del Diario de un poeta reciencasado 1916 (Gullón, 1981), está condicionada también por ese intento de circunscribirse al mismo tema central (Sánchez-Barbudo, 1962, 50-61).
Por ello, el mar hurtado a su propia naturaleza, el mar contemplado fue en 1916 la opción por la que se decantó Juan Ramón Jiménez para escribir unos poemas con los que expresar su "anhelo creciente de totalidad" a partir de un determinado modo de construcción poética: la propuesta de la desnudez.
Ya no se trata de un mar malva, rosado, etc., pues se resiste a ello; tampoco hallamos un mar prestado a una determinada implicación social —próximo al Romanticismo—, a pesar de la posterior definición política e ideológica del autor sobre su "comunismo individualista"; sabemos además que el mar ofrecido en el texto estudiado es un elemento interiorizado y devuelto al mundo después con plena consciencia por parte del escritor, un mar proyectado, arrojado más bien, sobre el poema desde una omnisciencia radicalizada.
Es en definitiva un mar desmaterializado, esencializado desde la potestad de un dios deseado y deseante, lo que supone una inversión de los términos con los que Sharon Keefe Ugalde resumía la metapoética juanramoniana: "Perfecto e imperfecto como la rosa.
Con estas palabras Jiménez sugiere el carácter paradójico de su arte: la necesidad de expresar lo inexpresable, mediar entre lo humano y lo divino, de transformar lo absoluto en realidad concreta..." |
"Horae canonicae", España y los dos auden
"Horae canonicae", la serie de poemas incluida en The Shield of Achilles con el Gólgota por tema central, constituye una de las piezas más importantes del Auden de los años cincuenta.
La crítica ha situado habitualmente este conjunto en el contexto del cristianismo ulterior del poeta y su evolución ideológica hacia un tibio conservadurismo, tras unos años de juventud en los que coqueteó con el izquierdismo revolucionario.
No obstante, "Horae canonicae" contiene algunos elementos sumamente enigmáticos sobre los que conviene llamar la atención, y que permiten leer el texto como una suerte de palinodia cuyo intertexto serían poemas como el célebre "Spain".
UNA VISIÓN DEL GÓLGOTA
Como anuncia el propio título, el tema de Horae canonicae es un recorrido por las horas del día —el good Friday que adelanta en su último verso una de las secciones, apoyándose en la anfibología— a través de las horas del oficio divino: "Prima", "Tercia"... hasta las "Completas" y los "Laudes" que cierran la serie.
Lo interesante aquí es que en ese recorrido Auden propone una intersección entre el acontecimiento histórico y único de la Crucifixión y el presente, en una jornada cualquiera en el mundo moderno: la muerte de Cristo sería el centro de la Historia humana, supondría la abolición definitiva de una "infancia" en la que podía aún creerse en la propia inocencia y permanecer en una visión lúdica de la vida.
Tras la agonía de la víctima en el Calvario, en cambio, los verdugos saben que ese mundo ha concluido, y que allá donde estén ellos seguirá acechándoles el recuerdo del Crucificado, de su propio crimen:
Esta carne mutilada, nuestra víctima,
explica demasiado desnuda, claramente,
el hechizo del jardín de espárragos,
el fin del juego de tiza; sellos,
huevos de pájaros, no son ya lo mismo, tras la maravilla
de los caminos de sirga y las callejas hundidas,
tras el arrebato en la escalera en espiral,
del acto al que conducen, bajo
el juego de la persecución y la captura,
bajo la carrera y la pelea y el chapoteo,
bajo el jadeo y la carcajada,
siempre escucharemos el grito y la calma
que le sigue; allá donde el sol brille
y corra el arroyo, se escriban libros,
siempre estará esta muerte.1
Es decir, que puede decirse que Horae canonicae contiene no tanto una recreación o un relato de la Crucifixión cuanto una interpretación cristiana de la Historia, esto es, una visión del acontecer humano como drama, en el que hay víctimas y verdugos y en el que se plantean cuestiones como la imputación de la culpa y la expiación.
De hecho, la sección titulada "Vísperas" subraya de modo muy particular esta centralidad del sacrifico de la Cruz, junto con las dos primeras de aquellas consecuencias que traía consigo la restauración de la interpretación ortodoxa, a saber, que en ella Cristo —y con él todo mártir, calificado como alter Christus— es inocente y que toda sociedad y toda civilización poseen un origen religioso.
Se trata de un poema en versículos, que describe una escena alegórica: el encuentro entre el "Utópico" y el "Arcádico" en las calles de la ciudad, cuando la noche ha caído ya sobre ella.
¿Quiénes son estos personajes?
Muy pronto se definen, el primero como un individuo de carácter aristocrático, con una visión estética de la vida, apegado a algún tipo de religiosidad fundamentalmente privada, y el segundo como un partidario de las ideas ilustradas, practicante de las virtudes racionales y del igualitarismo, que sueña con una revolución que invierta las estructuras de poder.
Significativamente, Auden habla en primera persona desde el punto de vista del Arcádico, es decir, se identifica con lo que podríamos considerar como un liberal aferrado a sus placeres privados y escéptico ante toda posibilidad de mejorar el mundo, que contempla con horror el fanatismo unilateral y severo de los utópicos y prefiere no imaginar el empobrecimiento del mundo que se produciría si ellos lo gobernasen por entero.
O sea, que si el Auden de los años cincuenta toma en principio partido por el Arcádico, bien puede pensarse que el Utópico encarna el fantasma de su propia juventud.
Entre ambos parece existir un antagonismo irresoluble: los dos personajes se espían a distancia, se contemplan bajo sospecha, no se dirigen la palabra.
No obstante, el final de "Vísperas" introduce una novedad, que resuelve ese encuentro fortuito con una sugerencia que viene aquí muy al caso:
¿Fue (como parecerá a cualquier dios de las encrucijadas) simplemente una intersección fortuita de trayectorias vitales, fieles a distintas mentirijillas?
O quizá también un encuentro entre dos cómplices que, pese a sí mismos, no pueden evitar verse / para recordarse el uno al otro (¿acaso, en el fondo, desean ambos la verdad?) esa mitad de su secreto que preferiría olvidar,
forzándonos así, por una fracción de segundo, a recordar a nuestra víctima (pero por él yo podría olvidar la sangre y por mí él podría olvidar la inocencia),
sobre cuya inmolación (llámesele Abel, Remo, como se quiera, es un mismo ofrecimiento) se fundan nuestras arcadias, nuestras utopías, el vejestorio de nuestra democracia.
Pues sin un cimiento de sangre (ha de ser humana, ha de ser inocente) ningún muro secular se tendrá en pie.2
Como es habitual en Auden, "Vísperas" introduce un juego de equivalencias entre arquetipos: Abel y Remo son intercambiables en la medida en que ambos suponen una prefiguración de Cristo; es decir, ambos son esa primera víctima sobre cuya muerte se construye toda una civilización, el mundo hebraico y luego cristiano en el primer caso y el Imperio romano en el segundo.
Así, que el Arcádico y el Utópico sean, sin proponérselo, cómplices, significa que cualquier civilización, con independencia de su estructura política, de algún modo hunde sus raíces en un sustrato religioso.
Es más, Auden subraya con una extraña insistencia que ese sustrato es de índole sacrificial: la sangre derramada ha de ser humana e inocente, dice, para sostener esa civilización.
O sea, que la Historia se erige invariablemente sobre el basamento de las víctimas.
Ahora bien, no conviene perder de vista que quien habla en el poema no es exactamente Wystan Hugh Auden sino el Arcádico: en plena guerra fría, Auden opone las utopías de signo totalitario a las democracias liberales y declaradamente imperfectas, recuerda su origen hasta cierto punto común y desenmascara —cínicamente, si se quiere— tanto sus errores de juventud al adherirse a las grandes causas públicas desde las posiciones de la izquierda como su opción de madurez, en la medida en que esta última supondría la asunción de una actitud escéptica y "reaccionaria".
El Arcádico y el Utópico, en principio tan irreconciliables, son a la postre complementarios, las dos mitades de cada hombre moderno: ambos comparten la misma condición, es decir, el hecho que su existencia viene posibilitada por ese momento fundacional de la civilización, el sacrificio de Cristo.
Y lo que los distingue, en último término, inevitablemente nos lleva a pensar en las cuestiones teológicas que suscitaron la conversión de Auden y en los acontecimientos que atestiguó durante su visita a la España en guerra: el Utopista preferiría que el Arcádico dejara desapercibida la sangre, esto es, la violencia, la naturaleza insoslayablemente cruenta de ese sacrificio, mientras que el Arcádico quisiera que el Utopista olvidara la inocencia de la víctima.
Es decir, que tanto el Utópico como el Arcádico son proclives a un relato interesado de los acontecimientos, marcado por un sesgo ideológico capaz de desoír los escrúpulos morales: que el Utopista prefiera que ignoremos la sangre derramada en el sacrificio significa que pretende dirigir nuestra atención sobre la promesa del beneficio que supuestamente ocasiona ese sacrificio y así distraer nuestra mirada del precio que ha costado; es decir, pretende simplemente justificar la violencia revolucionaria al calificarla como acto sacrificial.
Por su parte, el Arcádico quisiera que el Utópico olvidara la inocencia de la víctima, o al menos se reconoce capaz de hacerlo, esto es, de hacer oídos sordos a las injusticias que se producen en el mundo y permanecer encerrado en sus universos privados, en una actitud insolidaria que resuelve toda perplejidad, toda incomodidad, mediante la vieja imputación arbitraria de la culpa: como los judíos ante Job, el Arcádico siente constantemente la tentación de pensar que quien padece en este mundo se ha hecho merecedor de ese padecimiento y por tanto no se le debe auxilio alguno, lo que le permite continuar cómodamente instalado en su muelle existencia.
No obstante, lo más revelador de este "cinismo" de Auden en Horae canonicae es algo tan simple como la persona gramatical: tanto en los versos ya citados de "Vísperas" como en "Tercia" y "Sexta", las alusiones a la Crucifixión se hacen desde una significativa primera persona del plural.
Es decir, que Auden adopta el punto de vista de los verdugos, en una perspectiva irónica y éticamente perturbadora.
¿Pretende acaso despertar nuestra empatía, hacer que comprendamos las motivaciones que los han llevado a cometer semejante crimen?
LINCHAMIENTO EN EL GÓLGOTA
Un vistazo a "Tercia" ofrece algunas claves:
Lo que sabemos imposible,
aunque una y otra vez predicho
por eremitas, chamanes y sibilas
que parlotean en trance,
o revelado a un niño en la inesperada rima
de azar y matar, sucede
antes de que nos demos cuenta.
la facilidad y la velocidad de nuestro acto,
nos incomoda: son apenas las tres,
media tarde, y la sangre
de nuestro sacrificio ya se seca
para un silencio tan temprano y repentino;
el día es demasiado caluroso, claro, detenido,
demasiado siempre, el muerto sigue siendo demasiado nada.
¿Qué podemos hacer hasta la noche?
Ha cesado el viento y hemos perdido nuestro público.
La muchedumbre sin rostro que siempre
se reúne cuando un mundo va a naufragar,
saltar hecho pedazos, incendiarse, desquebrajarse,
abismarse, partirse en dos, verse hecho trizas,
de los que yacen, durmiendo tranquilamente,
a la sombra de los muros y los árboles,
inofensivos como corderos, podría recordar
por qué ni de qué gritaba
tan alto esta mañana, al sol;
si se les preguntara, responderían:
"Fue un monstruo de un solo ojo rojo,
una multitud quien lo vio morir, no yo".
El verdugo ha ido a lavarse, los soldados a comer;
estamos solos con nuestra hazaña.
La Virgen del pájaro carpintero,
la Virgen de la higuera,
la Virgen junto a la presa amarilla,
retiran la mirada de nosotros
y nuestros proyectos en construcción,
miran sólo en una dirección,
fijan sus ojos en nuestra obra ya completa:
el martinete, la hormigonera,
la grúa y la piqueta esperan que las usemos de nuevo,
pero ¿cómo podemos repetir eso?
Al sobrevivir a nuestro acto, permanecemos en pie,
cualquiera de nuestros artefactos descartados,
como guantes rasgados, teteras oxidadas,
ramas abandonadas, ruedas de molino
torcidas e inservibles, devoradas por ortigas [...]
Pronto una fresca tramontana agitará las hojas,
las tiendas volverán a abrir a las cuatro
el autobús vacío en la plaza vacía
se llenará y partirá: tenemos tiempo
mitificar, utilizar este acontecimiento,
mientras bajo una cama de hotel,
en prisión, en una mala racha, su significado
Antes de lo que quisiéramos,
el pan se fundirá, el agua arderá
y empezará el gran sofocamiento, Abbadon
levantará su triple cadalso
ante nuestras siete puertas, y el gordo Belial
obligará nuestras mujeres a bailar desnudas; mientras tanto
sería mejor irnos a casa, si tenemos una casa,
descansar, en cualquier caso.3
Creo que Horae canonicae, y en particular "Tercia", no se pueden comprender adecuadamente si no se recuerda, tras este Auden cristiano de los años cincuenta, al escritor político de los treinta: el relato de "Tercia" podría resumirse como una caracterización del Gólgota como linchamiento, esto es, una sanción moral —de saldo negativo— de un brote de violencia contra un individuo al que una muchedumbre ha tomado momentáneamente como chivo expiatorio.
De hecho, el relato atraviesa las distintas fases que se sucederían en un acto de violencia de este tipo, adoptando el punto de vista de los verdugos desde un "nosotros" que contiene una apelación a la conciencia del lector.
Primero, la furia que se ha desatado justo antes de que comience el poema, y que explica que la víctima yazga exangüe, inofensiva, extrañamente insignificante incluso, como si sus verdugos se preguntaran de pronto qué había en ella que pudiera justificar su propio acto.
Después, algo tan banal como la simple curiosidad morbosa, que es lo que en primera instancia ha reunido a la muchedumbre.
Más tarde, la sorpresa ante su propia acción, como si ese estallido de violencia hubiese obedecido a una psicosis transitoria, a ese enardecimiento de los ánimos que tiene lugar por replicación, ósmosis o retroalimentación, en una muchedumbre: todo sucede antes de que los propios verdugos "se den cuenta", y el narrador queda atónito ante la "velocidad" y la "facilidad" de su crimen; los asesinos casi no recuerdan por qué ni cómo llegaron a cometer su asesinato, en una dislocación de la personalidad que intentaría eludir la responsabilidad moral.
En cuarto lugar, esta actitud elusiva se enuncia a las claras mediante una estrategia que Auden conocía al dedillo: la disolución de la responsabilidad del individuo en el anonimato de la masa, el "monstruo de un solo ojo rojo" que, preguntados, alegarían todos que dio muerte a la víctima.
Finalmente, y como resultado de esta culpa ineludible pese a todo, se quiebra la relación de inmediatez, de intimidad o de comunión entre los hombres y el mundo: el sueño de una vida inocente, libre de toda culpa, queda truncado y los juegos infantiles resultan ya imposibles, los juguetes quedan abandonados.
Por último, lo que encuentra entre sus manos el hombre, tras esa misteriosa muerte, es precisamente tiempo "para distorsionar, justificar, negar, / mitificar, utilizar este acontecimiento, / mientras bajo una cama de hotel, / en prisión, en una mala racha, su significado / espera nuestras vidas".
Es decir, para perderse en tergiversaciones y eludir la mirada directa, para esquivar nuestra propia participación vicaria en el crimen y hacer oídos sordos a su motivación última: la charitas hasta las últimas consecuencias que se ha manifestado en la Encarnación, y que Auden pone aquí en relación con el mandato supremo del amor y con las obras de misericordia.
Todo hombre necesitado de ayuda, se podría resumir, es otro Cristo, siguiendo el pasaje evangélico de las obras de misericordia.
Es decir, que nuestra solidaridad debería ser con la víctima, y no con el verdugo.
Caracterizar el acontecimiento del Gólgota como un linchamiento equivale a restaurar el significado ortodoxo del cristianismo, en la medida en que de este modo queda subrayada la inocencia de la víctima.
Pero, como he sugerido arriba, esa caracterización nos devuelve a un tema recurrente en la literatura de los años treinta, cuyo tratamiento explica el cambio de signo en la evaluación de la violencia revolucionaria por parte de Auden: los comportamientos de las masas.
Nunca antes el escritor había sido tan consciente de que la vida urbana era la vida de las masas, de que aquel monstruo de mil cabezas era el verdadero protagonista del presente: el diagnóstico precoz de Ortega —cuya Rebelión de las masas se había editado en inglés en 1932— se revelaba como uno de los signos de la época, y escritores como Henry Green en su novela Living o J. B. Priestley en The Good Companions describían el comportamiento de la muchedumbre abigarrada de un estadio de fútbol en un domingo, en una celebración de la vida moderna.
A comienzos de la década, las novelas de Grassic Gibbon, Sommerfield y James Barke Grey Granite, May Day y Major Operation empezaron a dotar de contenido político a este tema y pronto los escritores de izquierda comenzaron a apropiarse de él.
Por ejemplo, en su "Hymn" (1933) Rex Warner arengaba así a los lectores: "Venid pues, compañeros.
Esta es la primavera de la sangre, / el día del corazón, el movimiento de las masas".
Auden, que alude al conocido ensayo de Ortega en algunos artículos de su etapa neoyorquina y que reseñó la edición en inglés de Hacia una filosofía de la Historia, no dejó de advertir lo crucial del fenómeno orteguiano, como muestra la tercera parte de su Carta de Año Nuevo.
Con el tiempo, esta recreación de la masa como sujeto infalible, como encarnación pura de la voluntad popular, recibiría las inevitables objeciones.
Spender, por ejemplo, había desconcertado a uno de sus amigos alemanes al hacerle ver que él mismo era uno de esos seres mezquinos y desleales que merecían el exterminio, si había que ser coherente con las consignas que unos minutos antes había voceado él entre la muchedumbre.
Otros eran menos comedidos: Julian Bell afirmaba en su "Carta abierta a Cecil Day Lewis" que las masas no son más que muchedumbres y que "las muchedumbres son estúpidas por definición"; Herbert Read oponía las facultades excepcionales del artista a la indiferenciación de la masa; Edwin Muir observaba que los escritores de izquierda corrían el peligro de deshumanizar la literatura al no ver lo humano "si no es en una gran masa"; y el primer número de New Verse, en enero de 1933, deploraba una victoria de las masas que tendía a "vulgarizar" las artes.
En muchos de estos casos, los sucesos ocurridos en la Alemania del Tercer Reich o el espectáculo de los discursos de Nuremberg habían resultado decisivos, en la medida en que mostraban a los ojos de unos jóvenes germanófilos la vertiente más siniestra del comportamiento de una masa.
Del mismo modo que un Fritz Lang, huido de Alemania en 1933, sabía lo que se hacía cuando en Furia (1939) retrataba el comportamiento criminal de una masa iracunda, que tomaba a Spencer Tracy como chivo expiatorio en un linchamiento, los jóvenes escritores británicos de los treinta no podían engañarse al respecto, hacia el final de la década.
De hecho, creo que la objeción de Spender —de sangre parcialmente judía— tiene mucho que ver con la que Auden empezó a madurar durante su estancia en la España de la guerra, y que no es casual que en su caso esa revisión de sus ideas viniera motivada por su disgusto ante la violencia antirreligiosa.
La inercia terrible de la masa en movimiento, su ilusión de irresponsabilidad moral, su autojustificación en el simple número, la convertían en un monstruo capaz de soslayar el hecho de que la víctima elegida es inocente.
Y, con el tiempo, eso valdría tanto para el judío o el marxista perseguido tras la Noche de los Cristales Rotos como para el sacerdote católico fusilado en la Guerra Civil Española.
Haber comprobado in situ el terrible desenlace de uno de esos arrebatos más o menos espontáneos de violencia colectiva serviría para que Auden realizase uno de los descubrimientos que marcarían el resto de su vida y su obra: la conciencia individual y su obligación de revisar constantemente sus deberes morales, contra la fácil exoneración de ese deber que permitiría fundirse con la muchedumbre en una terrible unanimidad.
Porque lo más aterrador de la masa —y en esto Auden coincidirá con su amiga Hannah Arendt— es que propicia que se cometan las mayores atrocidades sin que en cada uno de los individuos que la conforman tenga lugar un acto pleno de deliberación, un odio consciente y meditado; basta con que se dejen arrastrar por la corriente general.
Y eso, a la altura de 1950, se había comprobado sobradamente: la autojustificación de los verdugos del Gólgota en "Tercia" —"no fui yo", "fue la muchedumbre"— recuerda de cerca las que empezaron a oírse a partir de 1945 desde Nuremberg hasta Berlín, en un argumento que a Auden, residente en la Alemania de Weimar entre 1928 y 1933, no podía satisfacer.
Ampararse en el "Todos lo hacían" o el "Sólo cumplía órdenes" suponía precisamente eso, buscar una disolución de la responsabilidad ética individual mediante una incorporación ciega a la masa.
La tercera sección de "Sexta" desarrolla —de nuevo en un irónico tono laudatorio, casi hímnico o triunfalista— una revisión sobre el tema de la masa:
Dondequiera que vayas, en cualquier lugar
sobre esta Tierra de amplio pecho, dadora de vida,
en cualquier lugar entre sus partes secas
y el Océano impotable,
la multitud permanece quieta, en pie,
con sus ojos (que parecen uno solo) y sus bocas
sin expresión, completamente en blanco.
La multitud no ve (como ve cualquiera)
un combate de boxeo, un accidente de tren,
cómo se bota un destructor,
ni se pregunta (como todo el mundo se pregunta)
quién ganará, qué bandera ondeará,
cuántos se abrasarán vivos,
nunca se deja distraer
(como todo el mundo se distrae)
por un perro que ladra, un olor a pescado,
un mosquito sobre una calva:
la multitud sólo ve una cosa
(que sólo la multitud puede ver),
una epifanía de aquello
que hace cuanto se haga, lo que sea.
Sea cual sea el dios en quien alguien cree
y sea cual sea el modo en que cree en Él
(no hay dos iguales),
en cuanto parte de una multitud cree
y sólo cree en aquello
en lo que sólo hay un modo de creer.
Pocas personas se aceptan los unos a los otros
y la mayoría no harán nunca nada a derechas,
pero la multitud no rechaza a nadie, unirse a ella
es lo único que pueden hacer los hombres.
Sólo por esa razón podemos decir
que todos los hombres son nuestros hermanos,
superiores, debido a esto,
a sus exoesqueletos sociales.
han ignorado ellos a sus reinas,
detenido por un segundo su trabajo
en sus ciudades de provincias, para adorar
al Príncipe de este mundo como nosotros,
este mediodía, sobre esta colina,
con ocasión de esta muerte?4
Durante años, esta observación ética de la masa fue una constante en Auden.
En uno de sus ensayos recogidos en The Dyer's Hand estableció una perspicaz distinción entre sociedad, comunidad y masa, caracterizando ésta como una pura cantidad aritmética, un agregado sin articulación ni jerarquía que se produce de modo efímero.
Y en "El poeta y la ciudad", al estudiar la diferencia entre "El Público", una categoría ideada por Kierkegaard, y "la muchedumbre", permitiría que en sus ideas resonasen casi literalmente algunos versos de este pasaje de Hora canonicae: cuando un hombre pertenece al público, dice allí, "no es nada más"; cuando pertenece a una muchedumbre, ésta "puede transformarse por obra de la oratoria demagógica en una turbamulta que se comporta de una manera de la que ninguno de sus miembros, tomados por separado, sería capaz" (2007, 441).
Y que Auden no pensaba sólo en el mundo de Shakespeare cuando escribía estas líneas se comprueba al leer la siguiente frase.
"Este fenómeno, desde luego, nos es familiar", añade discretamente, con una reticencia que a la altura de 1960 no requería de mayores concreciones.
Cuando, en las páginas siguientes, alude a la muchedumbre que "apalea a un negro o conduce a unos judíos a la cámara de gas", o cuando describe una multitud que, al contemplar una demolición, "queda fascinada por una prueba más de que la fuerza física es el Príncipe de este mundo" (2007, 442), Auden asocia imágenes históricamente muy específicas con su interpretación cristiana de la Historia, pero además se remite literalmente a algunos versos de Horae canonicae.
En suma, al focalizar nuestra atención sobre la muchedumbre, sobre la masa, Horae canonicae supone un puente o un eslabón entre el joven revolucionario de los años treinta y el moralista cristiano de los cuarenta, cincuenta y sesenta.
Contra la crítica que separa tajantemente ambos momentos, como si se tratase de dos escritores distintos, cabe proponer una interpretación más continuista, en la que el Auden de madurez simplemente regresaría a los mismos temas y a reflexiones muy cercanas a las de su juventud.
Sólo que en él —en su visión de las cosas y en su propia persona— se produciría un vuelco, casi una inversión completa de muchos puntos de vista en lo que se refiere a la naturaleza y el destino de la civilización, al origen del mal y a la Historia.
Su experiencia en la España de la Guerra Civil se encuentra en el centro de algunas de esas reflexiones, en la medida en que le permitió contemplar directamente el verdadero rostro de la revolución a la que invocaba en algunos de sus versos.
No es descabellado pensar que los temas de Horae canonicae remiten a algunas de las cuestiones de una de las piezas más célebres —y más controvertidas— de Auden: "Spain".
De hecho, puede decirse que Horae canonicae es en parte una palinodia con "Spain" como subtexto o punto de partida implícito.
Creo que si se yuxtaponen ambos poemas es posible advertir una línea de continuidad entre ambos Auden, y que lejos de un cambio de rumbo caprichoso o aleatorio, o de la actitud pusilánime del poeta que se bate en retirada de la escena pública, en la evolución de madurez de Auden pesa un argumento decisivo.
Más que oposición, lo que existe entre los dos Auden es la articulación de dos rostros, las dos caras de una misma moneda, o que, como ha señalado David Garrett (2004, 4), en realidad ambos Auden son uno y el mismo, sólo que el segundo ya no busca el cambio social ni expresa sus inquietudes éticas subido a la palestra sino "desde dentro de sí mismo y cada uno de nosotros".
No es preciso reproducir aquí las primeras estrofas de "Spain", sobradamente conocidas: "Ayer todo el pasado...".
Si el primer tercio del poema arroja un saldo de optimismo y confianza en la civilización, el segundo sugiere una suerte de restauración previsible del orden: un mundo sosegado, que transcurre bajo la mirada tutelar de una Libertad, con inicial mayúscula.
El regreso a la vida privada, la alegría fecunda de los ritos familiares, los pequeños placeres domésticos, el bienestar material planeado científicamente, los procedimientos tal vez lentos pero gratificantes de la democracia.
Entre un momento y otro, entre ese pasado lineal y progresivo y esa promesa apacible del futuro, se encuentra el presente.
Y el presente se caracteriza como un instante decisivo en el curso de la Historia.
El presente es, ante todo, la guerra de España, que Auden resume del siguiente modo:
Hoy el aumento deliberado en el peligro de muerte,
la aceptación consciente de la culpa en el crimen necesario.
Hoy el desperdicio de las fuerzas
en el panfleto efímero y el tedioso mitin.
Hoy el consuelo momentáneo del cigarrillo compartido,
las cartas en el granero, a la luz de una vela, y el concierto horrísono,
Hoy el abrazo vacilante
e insatisfactorio, antes de hacer daño.
Las estrellas han muerto.
Los animales no miran,
estamos solos ante la batalla, y el día es breve,
y a los derrotados la Historia quizá puede
Auden entregó todo el dinero que se recaudó de la primera edición de "Spain" al Comité de Ayuda Médica a España.
Ese gesto, junto con la disposición para trabajar como conductor de ambulancias que lo condujo a Valencia en enero de 1937, supuso entre otras cosas una realización efectiva de la misma apelación moral a la que daba voz con su poema.
Su granito de arena, su pequeño acto individual en el gran drama colectivo.
Pero, si se quiere elucidar la creciente incomodidad de Auden con esta pieza, conviene echar un vistazo a su historia editorial: "Spain", efectivamente, se publicó por primera vez en Faber & Faber en mayo de 1937, apenas dos meses después de regresar su autor de España; en 1939 fue incluido, sin alteraciones significativas, en Los poetas del mundo defienden al pueblo español, la antología preparada por Nancy Cunard y Pablo Neruda; ese mismo año sufrió algunas revisiones cuando Auden lo incluyó en Another Time; posteriormente fue reimpreso en los Collected Poems de 1944 y durante los años de la Segunda Guerra Mundial alcanzó cierta notoriedad, al formar parte del repertorio habitual que se leía en muchos mítines y reuniones prorrepublicanos; no obstante, en el ejemplar de Another Time que obraba en poder de Cyril Connolly, en algún momento Auden escribió al margen de los versos finales de "Spain": "Esto es mentira"; después el poema fue eliminado para siempre, en los Selected Poems de 1957; y, por fin, en el prólogo a Collected Shorter Poems de 1966, Auden ofreció una explicación de los motivos que, a la vuelta de los años, le habían llevado a rechazarlo:
He eliminado algunos de los poemas que he escrito y, desgraciadamente, publicado, porque eran insinceros, o maleducados o aburridos.
Un poema insincero es uno que expresa, aunque lo haga muy bien, sentimientos o creencias que su autor no ha tenido nunca.
Por ejemplo, en una ocasión yo expresé cierto deseo de "nuevos estilos arquitectónicos", pero nunca me ha gustado la arquitectura moderna.
Prefiero los viejos estilos, y uno debe ser sincero incluso con sus propios prejuicios.
También, y para mi vergüenza, escribí una vez
Y a los derrotados la Historia quizá puede
Ofrecer un lamento, pero no ayuda ni perdón.
Decir eso es equiparar bondad y éxito.
Ya habría resultado perverso de por sí que yo sostuviera alguna vez semejante doctrina, pero expresarla simplemente porque me pareciera retóricamente efectiva es bastante imperdonable (1966, 15).
Creo que no sería exagerado decir que "Spain", y la historia de "Spain", o de la relación entre el poeta y su poema, son una clave para entender la evolución de las ideas de Auden sobre el lugar público y la función social que pudiera tener el poeta.
Es más, España, y "Spain", supondrían el punto de inflexión decisivo en la biografía de Auden y en la historia de sus convicciones éticas y estéticas fundamentales.
"Nunca he sido realmente comunista", explicó a Alan Ansen (1990, 48) diez años después de escribir el poema que nos ocupa, "y aunque una vez estuve al borde de serlo, mi viaje a España me hizo abrir los ojos".
Sin el precedente de "Spain", las imágenes sacrificiales de Horae canonicae perderían parte de su sentido.
En particular, una de las experiencias españolas de Auden lo encaminaría por esa senda ética que transitó durante el resto de su vida.
Como es sabido, a su paso por Barcelona encontró que no había sacerdotes y que la mayoría de las iglesias habían sido incendiadas o estaban cerradas.
"Para mi sorpresa", comentó más tarde, "esto me conmovió y me perturbó profundamente.
No pude evitar el darme cuenta de que, por mucho que hubiera rechazado e ignorado a la Iglesia durante dieciséis años, la existencia de los templos y de lo que sucedía en ellos había sido muy importante para mí durante ese tiempo" (1986, 306).
Así, la explicación de la evolución de Auden, o de la tajante distinción entre los dos Auden que ha establecido gran parte de la crítica, sería sumamente sencilla, en apariencia: el Auden que regresó de España estaba ya a las puertas de su conversión al cristianismo, y por tanto no podía comulgar ya con aquella visión materialista, ni con el progresismo más o menos milenarista que contenía "Spain", en la medida en que semejante visión de la Historia supone una secularización de lo escatológico inaceptable para el poeta que se había reencontrado con su fe en la trascendencia.
En realidad, más que una conversión súbita, la de Auden fue un largo proceso.
Un proceso, además, que suponía un camino de vuelta a la comunión episcopaliana en la que se había educado.
Si se siguen los testimonios de los años 1925-1940, su itinerario aparece jalonado de contradicciones, hasta el momento decisivo de su llegada a Nueva York.6 Lo que me gustaría subrayar, y lo que constituye el tema fundamental de este artículo, es que la explicación mediante el recurso a la fe religiosa, siendo en líneas generales válida, contiene un significado muy particular y decisivo cuando se trata de "Spain" y de las convicciones más profundas de Auden, entreveradas con su propia relación con este poema.
De hecho, si bien en su prólogo a los Collected Shorter Poems de 1966 Auden se refería a los últimos versos para explicar su rechazo, lo cierto es que otras partes del poema se revelaron también problemáticas durante la historia editorial que he resumido unas páginas atrás.
Fundamentalmente, el verso sobre "la aceptación consciente de la culpa en el asesinato necesario", que motivó en primer lugar una acerba crítica de George Orwell en Inside the Whale.
Pese a considerar "Spain" como "una de las pocas cosas decentes que se han escrito sobre la guerra de España", el miliciano, empeñado en ostentar sus heridas ganadas en el frente y arrojarlas al rostro de los MacSpaunday, no dudaría en llamar la atención sobre la frivolidad o la ligereza moral que contienen estos versos.
La expresión "asesinato necesario" sólo la podría escribir, argumentó, una persona "para la que el asesinato es casi una palabra; yo, personalmente nunca hablaría tan a la ligera del asesinato, porque sucede que he visto los cadáveres de cientos de asesinados [...]
El amoralismo del señor Auden sólo es posible cuando eres el tipo de persona que siempre está en otra parte en el momento en que se aprieta el gatillo" (1961, 146).
O, quizá, cabría añadir, cuando eres parte de esa muchedumbre, o de ese público kierkegaardiano, que apartaba la mirada mientras se asesinaba a un inocente.
Este tipo de críticas explica que Auden cambiara pronto el verso por "la aceptación consciente de la culpa ante el hecho del crimen", y que no obstante esa versión siguiera sin satisfacerle.
De ahí los sucesivos cambios introducidos en el poema, hasta su eliminación en los Collected Shorter Poems de 1966.
En definitiva, desde su cristianismo de madurez, más o menos ortodoxo, Auden veía a restaurar un significado de la violencia diametralmente contrario al que había apuntado en "Spain": los escritores británicos podían tal vez caracterizar la violencia antirreligiosa de los españoles como un sacrificio ritual, esto es, un fenómeno religioso en sí, pero no engañarse por mucho tiempo añadiéndole el adjetivo de "cristiano".
Es más, en la medida en que se revolvía contra el mito fundamental de su generación, el mismo que él había erigido con "Spain", puede decirse que entonaba su personal palinodia y arremetía contra uno de los pilares de la ideología revolucionaria de quince años atrás, desenmascarándola como un relato interesado y falaz.
No en vano, en "Sexta", tras la consumación del martirio, el verdugo dice que "tenemos tiempo para distorsionar, justificar, negar, / mitificar, utilizar este acontecimiento".
Eso mismo, desde la perspectiva madura de Auden, habían hecho escritores como Bates, Pitcairn o, en menor medida, Orwell.
Con Horae canonicae, al caracterizar la Pasión como un linchamiento y a su víctima como un chivo expiatorio, Auden restauraba entre otras cosas una idea ortodoxa del sacrificio y del cristianismo, que contradecía su juvenil justificación de la violencia revolucionaria.
Había corrido demasiada sangre. |
Estudio y composición de nueve estatuillas chinas y japonesas del Museo Nacional de Ciencias Naturales aportadas por D. Juan de Cuellar en el siglo XVIII
Se presenta un estudio histórico y de caracterización química y molecular por técnicas no destructivas, ESEM-EDS y Raman, de nueve esculturas de pequeño tamaño, fabricadas en esteatita, antigua denominación de minerales blandos y untuosos como talco y pirofilita, conservadas en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN).
Se concluye que dos especímenes son de pirofilita y procedentes de Japón, mientras que las otras siete son de talco con ornamentación de procedencia China.
Las muestras de talco de China tienen calcita con algo de cobre, típica de metamorfismo de dolomías, mientras que las pirofilitas tienen Pb, Fe, Cl, As, P, S, Na y Ca, elementos químicos de origen hidrotermal de rocas félsicas más característico de Japón.
Las estatuillas fueron aportadas al RGHN desde Filipinas, en el siglo XVIII, por D. Juan de Cuellar, expedicionario y botánico español, de quien se incluye un recorrido por su biografía y actividades científico-económicas.
Estas piezas son la expresión de la tendencia al coleccionismo de objetos orientales imperante en la época de la Ilustración.
Definiciones de esteatita, talco y pirofilita
La etimología de la palabra ESTEATITA según el Diccionario de la Real Academia Española proviene del griego στέαρ, στέατος traducido como sebo, grasa sólida y definido como "Mineral de color blanco y verdoso, suave, y tan blando que se raya con la uña.
Es un silicato de magnesio, empleado como sustancia lubricativa, y, con el nombre de jabón de sastre, sirve para hacer señales en las telas".
Dentro del sistema anglosajón, el término esteatite se traduce como piedra jabón (soap-stone) y la definen como talco, sin más detalles.
Sin embargo, es evidente que algunas definiciones de palabras antiguas como "esteatita" aluden a propiedades físicas sencillas como "grasa sólida" que cumplen minerales diferentes, con composiciones químicas diferentes, estructuras cristalinas diferentes y orígenes geológicos diferentes, aunque sus texturas de grano fino, su untuosidad, su aspecto y muchas de sus aplicaciones sean las mismas.
Es el caso de la esteatita-talco y de la esteatita-pirofilita.
En España, la esteatita es talco porque casi no existe pirofilita, pero en Japón, es probable que ocurra lo contrario, y la esteatita sea pirofilita, porque, allí hay poco talco y mucha pirofilita.
Desde el punto de vista de la mineralogía científica el TALCO es un silicato de magnesio hidratado de fórmula Mg3Si4O10(OH)2 con estructuras trilaminares de iones Mg2+ en coordinación trioctaétrica y simetría monoclínica (2/m) con grupo espacial C2/c formado por alteración hidrotermal de silicatos magnésicos no aluminosos [URL].
La PIROFILITA es un silicato hidratado de aluminio de fórmula Al2Si4O10(OH)2 con estructuras trilaminares de iones Al3+ en coordinación dioctaétrica y simetría triclínica (ī) con grupo espacial Pī formado por magmatismo félsico con alteraciones hidrotermales de rocas compuestas por cuarzo y sericita, como en el caso de Nagano, Japón [URL] (Deer et al., 1976).
Origen geológico, producción, yacimientos, usos y reservas
Desde el punto de vista de su origen geológico los yacimientos de talco de interés comercial más comunes están asociados: (1) a rocas dolomías afectadas por metamorfismo o (2) a rocas ígneas ultrabásicas alteradas hidrotermalmente.
En el primer caso, podemos imaginar de forma simplificada estratos de dolomía CaMg(CO3)2 y de cuarzo SiO2 reaccionando a bajas temperaturas junto con agua caliente, mediante la siguiente reacción química: 3CaMg(CO3)2 (dolomía) + 4SiO2 + H2O Mg3Si4O10(OH)2 (talco) + 3CaCO3 + 3CO2.
En el segundo caso, podemos imaginar unas rocas ultrabásicas alteradas, o sea serpentina de fórmula Mg3Si2O5(OH)4 reaccionado con el burbujeo de CO2 del agua caliente hidrotermal mediante la siguiente reacción química: 2 Mg3Si2O5(OH)4 + 3CO2 → Mg3Si4O10(OH)2 (talco) + 3 MgCO3 (magnesita) + 3 H2O (García Guinea, Martínez Frías, 1992).
Estos modelos geológicos son muy comunes en la Naturaleza proporcionando muchos afloramientos de talco, por ejemplo en USA, Finlandia, Francia, Italia, Austria, China, India, España, etc. España produce unas 50.000 toneladas de talco al año con tres empresas mineras situadas en las provincias de León, Gerona y Málaga.
Ibérica de Talcos (IBETASA) extrae talco en Puebla de Lillo (León) y lo transforma y microniza en su planta de tratamiento de Boñar (León).
Su producción va destinada a las industrias papeleras, pinturas, plásticos y fertilizantes.
La producción de talco en España aproximadamente se distribuye de la siguiente manera: Cargas 27,8%, Exportación 6,6%, Cerámica 40,6%, Absorbentes y decolorantes 8,8%, Química Básica 4%, Alimentarias 1,6%, pigmentos 2,5%, Fertilizantes 4,8%, Cosmética 3,3% (Figura 1).
Existen fuertes variaciones de cifras de producción, cambios de usos y apertura y cierre de minas.
La producción mundial de talco y pirofilita llega a los 9 millones de toneladas, con una distribución aproximada de China 26%, Japón 15%, USA 11%, Corea del Sur 9%, Brasil 6%, Rusia 5%, India 4%.
Las producciones de Japón y Corea corresponden mayoritariamente a pirofilita.
Japón es el primer productor del mundo de pirofilita y el primer importador del mundo de talco.
El talco y la pirofilita se usan principalmente como materia prima cerámica, porque permiten mayores temperaturas de cocción y procesos más rápidos produciendo productos acabados más blancos.
En la industria de pinturas se utiliza como cargas y en la del papel aporta más peso y opacidad produciendo papel de muy buena impresión y una textura superficial de gran calidad.
En cosméticos y farmacéuticas necesitan los talcos de mayores calidades para garantizar suavidad, tacto agradable, buen color y estabilidad química, sin impurezas.
También se utiliza para papel alquitranado, en plásticos y cauchos.
Las mayores reservas mineras de talco y pirofilita están en Estados Unidos (36%) y Japón (35%).
Roseta de aplicaciones de las esteatitas.
Modificado y traducido de un original de Robertson RHS (1960)
Biografía y expedición de D. Juan de Cuellar
Juan José Ruperto de Cuellar y Villanueba (Aranjuez, 1739, Ilocos, Filipinas, 1801) regentó una farmacia desde 1760 en la calle de Atocha de Madrid, esquina a la calle Concepción Jerónima, y fue miembro del Colegio Real de Farmacéuticos, aunque en 1781, no pudo mantener su establecimiento por razones financieras.
En el Real Jardín Botánico de Madrid tomó clases de 1783 a 1784, en el marco de un programa para aumentar los conocimientos científicos de los farmacéuticos.
En Cádiz, se ocupó del reparto de los materiales aportados por la expedición de Hipólito Ruíz López y José Pavón, y José Dombey a Perú y Chile (1777-1778).
Fueron Ruíz y Pavón los que en agradecimiento a su trabajo, le homenajearon con la dedicatoria del género Cuellaria, en la Flora Peruviana y Chilensis (Steele, 1982; Gracia, Puerto, 1995).
El 2 de mayo de 1785, la Real Sociedad de Medicina de Sevilla le nombró catedrático de botánica en el Jardín Botánico de Sevilla, plaza, a la que se había presentado (Bañas, 2000), y a la que renunció para ocupar el puesto de botánico de la expedición a las Islas Filipinas (Puerto, 1988: 228-232).
Esta expedición tuvo sus orígenes administrativos el 10 de marzo de 1785, cuando el rey Carlos III firmó, por consejo de José Patiño, una Real Orden por la que se constituía la Real Compañía de Filipinas, con la finalidad de investigar y explotar los recursos naturales de las Islas.
Era una sociedad político-mercantil que serviría, según Francisco Cabarrús, de nexo desde Filipinas, al comercio español entre América y Asia.
Esta Real Compañía solicitó un investigador de la flora del Archipiélago a José de Gálvez, ministro de Indias.
Gálvez recurrió al director del Real Jardín Botánico de Madrid, Casimiro Gómez Ortega, quien nombró a Juan de Cuellar Botánico Real y Naturalista de las Islas Filipinas, pero sin sueldo..., el 19 de noviembre de 1785, al servicio de la Compañía de Filipinas.
Por lo tanto, Juan de Cuellar había sido contratado por una compañía privada, pero con título oficial y encargos del Jardín Botánico y del RGHN (Puerto, 2008).
Las circunstancias de esta expedición y su desenvolvimiento han sido explicitadas con gran precisión (San Pío Aladrén, 1997; Díaz Trechuelo, 1997; Bañas, 2000; Puerto, 2008), por lo que basándonos en estos autores, y de forma muy sintetizada, podemos referirnos a los siguientes datos:
En enero de 1786, Cuellar se embarca en Cádiz a bordo del Águila Imperial con destino a Cavite y en agosto está en Manila.
Recorre diversas zonas de las Islas e investiga los cultivos de interés para la Real Compañía, como el algodón, añil, cacao, café, moreras, entre otros.
Además envía varios cajones a España con producciones naturales, curiosidades y objetos muy variados de Filipinas y de otras partes de Asia.
Iban destinadas al RGHN, dirigido entonces por D. Pedro Franco Dávila (1711-1786), que solicitó a Cuellar esos envíos para su museo y elogió, ante el conde de Floridablanca, su valía como botánico, minerólogo y zoólogo, hasta conseguir que Cuellar fuera un corresponsal del RGHN.
En palabras de Dávila, se "confía plenamente en su inteligencia para remitir y adquirir todo lo raro que se encuentre en aquellas islas."
Sin embargo, por Real Orden de enero de 1788, Cuellar tendrá que centrar su actividad en el fomento de las plantaciones de canela y nuez moscada.
A este respecto, el hacendado español Francisco Xavier Salgado era propietario de una plantación de canelos en sus propiedades de Calavang.
La intención era acabar con el monopolio holandés de estos productos, pero los obtenidos en Filipinas no tenían la calidad de los producidos por los holandeses.
Los boticarios apreciaban mucho esta especia, por sus aceites esenciales.
Comúnmente, se tomaba con cacao y se bebía el chocolate con espuma, cosa inviable con la canela filipina, porque cortaba la bebida por un exceso de mucílagos o babaza, por lo que si se pretendía utilizar, esos defectos deberían subsanarse, según Puerto.
No pudo obtener beneficios de las plantaciones de canela, no se atendió su propuesta de realizar una expedición botánica por todo el Archipiélago filipino y tampoco su proposición en 1788, de organizar un Jardín Botánico.
No le aumentan la disponibilidad económica porque, según la Compañía, sus resultados no han supuesto utilidad para ella.
Sin embargo le ponen al frente de un terreno para plantar especies con fines comerciales.
La Real Compañía, ambigua institución privada, pero proveedora de la Corona, le tiene como asalariado, siendo enviado real sin salario, y desde 1789 prácticamente no solicitó sus servicios y se desinteresó por él, si es que estuvo interesada alguna vez.
Esta ambivalencia de la Corona y de la Real Compañía distaba de favorecer los intereses de ambas y, desde luego, no favorecía tampoco los de Cuellar.
Durante ese tiempo recibió la visita de la expedición de Alejandro Malaspina, cuyas corbetas Atrevida y Descubierta, fondearon en Cavite el 24 de marzo de 1792, y recibió información de Cuellar relacionada con los recursos naturales filipinos.
En 1793 la Real Compañía decidió no continuar con el mantenimiento de las plantaciones de Calavang y el 19 de junio, una Real Orden suprimía la Junta de Gobierno de la Real Compañía en Manila.
Cuellar fue destituido, por lo que protestó ya que era el enviado real oficial para las investigaciones botánicas, y su expulsión parecía contradecir las intenciones reales.
Se buscó una solución para él por parte del Gobernador de Filipinas, que le nombró en 1797 comisionado del alumbrado público de Manila, después se le encargó la alcaldía de Ilocos para que fomentase el cultivo de algodón, lo que indica una cierta protección por parte del ministerio.
La Compañía le nombró su representante en Ilocos y superintendente de las fábricas de lonas.
En estos cargos estudió la geografía de la provincia, lo que facilitó su reorganización por el gobierno.
Este gran naturalista del denominado Siglo de las Luces, motor de la expedición botánica a las Islas Filipinas, víctima de aquellas administraciones y empresas, falleció en Illocos a finales de 1801.
Envíos de las esculturas de esteatita al RGHN
Como continuación de la antigua y amplia tradición del coleccionismo real, nobiliario y eclesiástico (Gaya Nuño, 1955; id. 1969; Checa, Morán, 1985; Sanz Pastor, 1990; Bolaños, 1997), en Europa occidental, a finales del siglo XVIII, se estaban aumentando las grandes colecciones históricas que hoy llenan los museos, si bien en el marco de la Ilustración para la que primaba el coleccionismo científico, aunque los monarcas y otros coleccionistas continuaban siendo importantes mecenas (Hernández, 1994).
Tanto los objetos que recopilaban los viajeros del Gran Tour por Europa, como los envíos de las compañías de indias sobre todo inglesas, francesas y holandesas, proveían a las colecciones de cuadros, esculturas, materiales naturales, artes decorativas y producciones impresas.
En España, se inserta en este ámbito el RGHN que parte de la colección de su primer director, D. Pedro Franco Dávila, adquirida por el rey Carlos III (Villena, Sánchez Almazán, Muñoz, Yagüe, 2008).
Por el discurrir de los acontecimientos históricos (González-Alcalde, Izquierdo, Sánchez Chillón, Velasco, 2011: 57-64), es casi un milagro que el MNCN conserve algunos de estos productos llegados de Oriente, testimonio de unas formas artísticas inspiradas en las tradiciones asiáticas, pero pensadas sobre todo para su venta a comerciantes y viajeros foráneos.
El centro de producción más importante de estos objetos era el sur de China, donde se conectaban las rutas comerciales abastecedoras de cerámicas y otros objetos suntuarios a Europa y zonas de Asia, como Indonesia, India y Japón que también tenían una demanda importante para los materiales creados en China (VV.AA., 2003; VV.AA., 2009).
En este contexto, Cuellar (Calatayud, 1984: 226- 233) realizó envíos muy variados con destino al RGHN, actual MNCN, de dibujos y producciones de la Naturaleza, como conchas, minerales, resinas, semillas, entre otras.
Sin embargo, los materiales herborizados por Cuellar fueron escasos, pero superó este handicap adquiriendo productos de diversa índole y manufacturas, y enviando cajones con producciones asiáticas que podrían calificarse de "rarezas", teniendo en cuenta que lo demandado en un principio desde España eran las producciones naturales.
Constan como enviadas en 1791 a bordo de la fragata Placeres.
A este respecto consta un oficio, firmado en Palacio, de 20 de julio, del conde de Floridablanca al vicedirector del RGHN, para que reciba cinco cajones, remitidos desde Filipinas por Cuellar y que envía desde Cádiz Manuel González Guiral, el cual notifica en Cádiz, a 5 de agosto, a Josep Clavijo la remesa que va a recibir con el carromatero Francisco Cerdá, con factura para que abone los gastos de 382 reales y 25 mrs. de vellón.
La factura fue entregada por Juan Berton, y firmada por Manuel González en nombre de Francisco Cerdá el 22 de agosto.
Sin embargo, el 23 de agosto se escribe al conde de Floridablanca desde el RGHN explicándole que es excesiva la cantidad de figuras de esteatita enviadas por Cuellar y que habría sido mejor enviar dos o tres como muestra de cómo trabajan en China la esteatita.
Además no parece que gustaron en el RGHN porque en el escrito se indica que se le notifique a Cuellar que procure no remitir sino cosas realmente curiosas por su naturaleza o novedad respecto a España o por la antigüedad (Calatayud, 1984, no. 478: 231).
El RGHN de 1791 presentaba la problemática de las frecuentes ausencias de su director Eugenio Izquierdo de Rivera y Lazaún, sucesor de Dávila, desde su nombramiento el 24 de mayo de 1786 por el conde de Floridablanca.
Estas ausencias se debían a las actividades políticas de Izquierdo, secretario del Duque de Alcudia (Manuel Godoy).
Quien dirigía realmente el RGHN era el vicedirector Josep Clavijo (M. C. Velasco, comunicación personal).
No parece que Clavijo entendiese las variadas lecturas que podrían hacerse con estas piezas.
Dávila, en cambio, sí tenía muchísimo interés en este tipo de producciones, como consta en la carta de 21 de noviembre de 1785, que dirige a Cuellar con la memoria que, de orden del conde de Floridablanca, ha formado en relación a los objetos que debe adquirir en Filipinas y enviar a Madrid.
Se documenta la llegada de esta clase de piezas, como consta en la carta fechada en San Ildefonso el 29 de agosto de 1777, en la que Almerico Pini se dirige a Dávila y le indica que entre las piezas procedentes de Filipinas, han llegado muy fragmentadas dos figuras chinas (Calatayud, 1987, no. 452: 166), a la que le responde Dávila que las dos figuras chinas han sido arregladas y quedan colocadas en el Gabinete (Calatayud, 1987, no. 458: 167).
MUESTRAS Y TÉCNICAS DE CARACTERIZACIÓN
En este trabajo se han estudiado nueve estatuillas pequeñas y medianas, trabajadas en esteatitas-talco procedentes de China y esteatitas-pirofilita procedentes de Japón con las típicas características de los filosilicatos de grano fino de esteatita, es decir muy blandos, ligeros, suaves, untuosos, jabonosos al tacto y fáciles de rayar con la uña (Figura 2).
Las estatuillas fueron analizadas de forma no destructiva en un equipo de ESEM-EDS de marca FEI Quanta operando a bajo vacío que permite analizar a alta resolución haciendo análisis químicos por EDS de muestras no conductoras a los electrones como las esteatitas.
El equipo tiene un detector de electrones retro-dispersados (BS) y un espectrómetro de energía dispersiva de rayos X (EDS) para análisis químicos puntuales.
El estudio por espectroscopia micro-Raman se realizó en un Microscopio ThermoFischer DXR Raman, que permite analizar con resolución espacial de una micra.
Ambos microscopios, electrónico y óptico-Raman disponen de cámaras de trabajo relativamente grandes suficientes para analizar las estatuillas.
Los productos de lapidarios históricos procedentes de Asia se presentan muy puros con colores blancos y también coloreados por óxidos cromóforos de hierro, cobre y plomo de colores verdes, rojos, amarillos y marrones (Tabla I y Tabla II).
Nueve estatuillas procedentes de China y Japón
(a) Anciano sedente con peinado recogido, barba larga y bigote. (b) Figura estante con gorro historiado y túnica, representativa de las altas clases sociales chinas. (c) Figura estante con túnica y collar largo, representativa de las altas clases sociales chinas. (d) Figura estante que sujeta un objeto redondo en su mano izquierda y en la derecha un recipiente parecido a un frutero con una botella y una escudilla en su interior. (e) Figura masculina estante con zapatos puntiagudos y brazos cruzados sobre el pecho. (f) Paisaje con árboles y pequeñas construcciones. (g) Recipiente decorado con un lagarto. (h) Pez con dos orificios en la aleta superior y en la inferior, con posible función para colgar o sujetar. (i) Posible pared rocosa con nubes o humo y dos figuras con un loto en las manos.
Análisis químicos por EDS-ESEM de las figuras de composición talco
Análisis químicos por EDS-ESEM de las figuras de composición pirofillita
Los análisis químicos de las estatuillas se realizaron por energías dispersivas de rayos X (EDS-ESEM) (Tablas 1 y 2) y desde el punto de vista molecular, mediante espectroscopia Raman (Figura 3).
Espectros Raman de minerales de algunas estatuillas
(a) Calcita bien cristalizada de la figura de esteatita-talco con collar, (b) Talco de la figura de esteatita-talco con collar, (c) Talco de la figura de brazos cruzados, (d) Talco de la figura con cesto, (e) Pirofilita de la figura de dos hombres con flor de loto, (f) Pirofilita de la figura con árboles (pico a 262 cm-1).
Las figuras presentan temas usuales de la cultura china: la flor de loto, paisajes idealizados, peces dragón, lagarto y, destacando dentro del conjunto, esculturas que representan figuras masculinas y femeninas ataviadas con trajes exóticos y aderezos decorativos.
Las figuras tenían añadidos elementos que es de lamentar no se hayan conservado, realizados en otros materiales, posiblemente metálicos, que incrementaban el valor iconográfico de estas obras: pipas de fumar, coronas, bastones, entre otros.
Representan una figura masculina, aparentemente un anciano sedente y apoyado con el codo del brazo derecho en una roca, con peinado recogido y bigote y barba largos, afeitado en el centro de bigote y barbilla, que sujeta dos objetos, uno en cada mano (MNCN 14846, Fig. 2a); una figura estante vestida como las altas clases sociales chinas, con gorro historiado y túnica que le tapa las manos juntas a la altura del pecho (MNCN 14828, Fig. 2b); una figura estante con la cabeza cubierta y vestimenta de las altas clases sociales chinas, con túnica sobre la que figura un pañuelo, lleva pendientes, collar largo hasta más abajo de la cintura y las manos tapadas por las mangas, se lleva la mano derecha a la altura del corazón y el brazo izquierdo hacia abajo paralelo al cuerpo (MNCN 14832, Fig. 2c); una figura estante con la cabeza cubierta o con un peinado irregular, con vestido largo, que sujeta con su mano y brazo izquierdos un objeto redondo y con la mano derecha el asa de una especie de recipiente parecido a un frutero con una botella y una escudilla en su interior (MNCN 14827, Fig. 2d); una figura masculina estante con bigote, los brazos cruzados y las piernas separadas para sujetarse, usa gorro, camisa sujeta con una tela anudada, pantalones hasta las rodillas incluidas y zapatos con la punta hacia arriba (MNCN 14833, Fig. 2e); un paisaje con rocas árboles y posiblemente una pequeña construcción (MNCN 14843, Fig. 2f); un recipiente decorado con un lagarto (MNCN 14845, Fig. 2g); un pez con dos orificios practicados en la aleta superior y en la inferior, con posible función para colgar o sujetar (MNCN 14844, Fig. 2h), y una posible pared rocosa triangular con nubes o humo y dos figuras humanas con una flor de loto en las manos (MNCN 795, Fig. 2i).
Los análisis químicos realizados por energías dispersivas de las figuras de esteatita (a, b, c, d, e, g, h) (Tabla 1) muestran elevados contenidos de silicio (promedio 29%) y de magnesio (promedio 18%) lo que apunta hacia talco con cantidades accesorias de cobre (0,30%), aluminio (1%) y calcio (1%).
El calcio se corresponde con calcita procedente de una antigua dolomía metamorfizada y con los mejores yacimientos de talco, muy probablemente de China.
El cobre quizás pueda explicar unas manchas de tonalidades verde azuladas en estos talcos.
Sin embargo los análisis químicos de otras dos estatuillas de esteatita (f-árboles e i-dos hombres con flor de loto) (Tabla 2) muestran mayores contenidos en silicio (aprox.
14%) y casi nada de magnesio (0,3%) lo que apunta hacia pirofilitas.
En las zonas de tonos rojizos, los análisis químicos muestran enriquecimiento en plomo (4%), hierro (0,7%) que seguramente actúan como elementos cromóforos explicando los colores marrones rojizos.
También tienen otros elementos como Cl, As, P, S, Na, Ca, etc., atribuibles a un origen hidrotermal de rocas félsicas muy abundantes en Japón.
El estilo artístico, la composición química y las propiedades organolépticas de ambas estatuillas (f, i) apuntan hacia tallas de pirofilita procedentes de Japón.
Sin embargo las figuras de esteatita-talco (a, b, c, d, e, g, h) muy probablemente proceden de China.
Los análisis por espectroscopia Raman de las estatuillas (Figura 3) refuerzan estas hipótesis, por ejemplo, los espectros 3-a y 3-b son de calcita y de talco de la muestra b-collar tratándose de una muestra limpia y grande, de probable procedencia China.
El resto de las esteatitas-talco inferidas por los análisis químicos por EDS, efectivamente ofrecen espectros Raman de talco, por ejemplo los que se muestran en las Figuras 3-c y 3-d, y finalmente, los espectros 3-e y 3-f son de pirofilita con su característico pico de vibración Raman a 262 cm-1 (Figura 3). |
Reseña del libro "Arte poética.
Introducción, traducción, notas y comentario de Juan Antonio González Iglesias."
Introducción, traducción, notas y comentario de Juan Antonio González Iglesias.
UNA EDICIÓN EJEMPLAR DEL ARS POETICA DE HORACIO
Si hay un país en que el genio horaciano ha sido más amplia y devotamente comprendido ese es, sin duda, España.
El nunca suficientemente alabado don Marcelino Menéndez y Pelayo dedicó los dos volúmenes de su Horacio en España (Madrid, 1885) a probar dicha afirmación.
Infinidad de traducciones de la obra completa o parcial del poeta latino, además de un interminable catálogo de imitaciones, dan fe de su presencia en las letras españolas a través de los siglos.
Horacio ha sido interpretado en cada época de forma diferente, pero su poderosa y sugestiva personalidad ha superado esclavitudes cronológicas para sobrevivir a todo particularismo y a los dogmatismos estéticos y epistemológicos de sus hermeneutas.
De todos y de nadie, Horacio sigue ahí, fundacional y libre, más de dos mil años después de su muerte, en su nube perpetua de artificio genial, invitándonos a descubrir en él nuevas combinaciones poéticas y a mirarnos en el espejo mágico de palabras que aún refleja su rostro: la cara de alguien que no ha envejecido ni un ápice con el paso del tiempo, el rostro de un contemporáneo.
Quinto Horacio Flaco (65-8 antes de Cristo) nació en Venusia, ciudad de Apulia.
Su padre era un liberto de escasos medios económicos, pero supo sacrificarse para dar a su hijo una educación esmerada en Roma y Atenas.
Mientras estudiaba filosofía en esta última ciudad, llegó allí Bruto, asesino de César, en busca de soldados para su ejército.
Horacio se alistó, participando en la batalla de Filipos, donde se dio a la fuga para conservar el pellejo.
Vuelto a Roma, se vio en la pobreza, y fue precisamente en la miseria cuando empezó a componer versos.
Virgilio (animae dimidium meae lo llama el Venusino en el carmen tercero del primer libro de sus Odas) fue el primero en descubrir su talento poético, presentándolo, a principios del año 38 antes de Cristo, a su protector Mecenas, en cuyo círculo fue admitido.
En lo sucesivo, el poeta no tendría ya problemas de subsistencia, pues Mecenas le regaló una hermosa finca en las montañas sabinas donde residiría la mayor parte de su vida, redactando en ocioso sosiego sus poemas.
En sus primeras Sátiras (conocidas también como Sermones) y en sus primeros Epodos, Horacio, lleno de rencor por la precaria situación personal a que lo había conducido la guerra civil, arremete contra la sociedad en tonos agrios y violentos.
Su estilo es todavía artificioso y retórico, y su filosofía, un epicureísmo con ribetes escépticos.
Una segunda etapa de su producción la constituye el resto de sus Sátiras y Epodos.
Horacio ha conseguido, a través de su Doppelgänger Virgilio, la amistad de Mecenas, y con ella la serenidad de ánimo que lo acompañará a partir de entonces.
No emplea ya el modo agresivo de sus primeras composiciones, sino la agradable sonrisa y una ironía placentera.
Su epicureísmo inicial se tiñe de elementos estoicos.
El estilo se torna más sencillo y equilibrado.
Se diría que el poeta se ha aburguesado un tanto en su lujosa villa de la Sabina.
Pero sus versos ganan en profundidad y en belleza.
La tercera fase está representada por los cuatro libros de las Odas o Cármenes (Carmina), sin duda la obra maestra del Venusino.
En las Odas, Horacio se propone trasplantar a suelo romano el canto de los primitivos líricos griegos, en especial de Alceo, Safo y Anacreonte.
La empresa entraña, entre otras dificultades, la de adaptar las formas métricas de la monodia helénica a los moldes rítmicos latinos, pero el poeta logra salir airoso de la difícil prueba, trascendiendo ampliamente la dependencia en que se encuentra en relación con sus modelos y alcanzando un grado inigualable de originalidad en los resultados.
Las Epístolas clausuran la producción poética de Horacio.
Se trata de divagaciones, compuestas en un estilo espontáneo, acerca de cuestiones de índole filosófica, estética y moral.
Entre ellas está la famosísima Epistula ad Pisones, también llamada Ars poetica, que tanta influencia habría de ejercer en la literatura posterior, singularmente en los períodos renacentista y neoclásico, en los que adquiriría una vigencia canónica.
La Epistula ad Pisones o Ars poetica horaciana es la única poética de la Antigüedad que ha llegado completa a nuestros días.
Juan Antonio González Iglesias, profesor de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar una edición bilingüe de la misma en la benemérita colección "Clásicos Linceo" de Cátedra.
No cabe pedir más a una tarea como la suya: basándose en el texto fijado por Brink, nos ofrece el texto latino, impecablemente anotado al pie para facilitar la lectura del estudiante de lenguas clásicas (destinatario principal de la colección, que viene a llenar un preocupante hueco en la bibliografía española actual); presenta una traducción que es, probablemente, la mejor que existe en castellano hasta la fecha, pues a la pericia técnica del filólogo añade González Iglesias la sensibilidad del poeta, dado que Juan Antonio es uno de los poetas españoles actuales más brillantes; redacta una modélica introducción en la que se abordan todos los temas susceptibles de ser tratados antes del texto, como la estructura del mismo, sus contenidos, sus loci memorabiles, la recepción del Ars poetica, etc., y lleva a cabo un comentario al final del libro (páginas 141-174) que resulta hiperatractivo, pues se refiere a la vigencia del poeta latino entre diferentes tipos de lectores de hoy mismo —y escribo estas líneas el 25 de enero de 2013—, tanto poetas como novelistas, dramaturgos y guionistas cinematográficos, pero también pintores, músicos y escultores, e incluso periodistas, publicistas, blogueros y tuiteros; un índice de nombres y de temas redondea la labor del estudioso, que se me antoja punto menos que impecable.
Esta edición bilingüe del Arte poética de Horacio es un verdadero hito en la historia de este tipo de ediciones de carácter escolar.
Quien quiera conocer la Poética horaciana, auténtica Carta Magna de la literatura universal, tiene en este libro de J. A. González Iglesias una inmejorable posibilidad de hacerlo. |
Reseña del libro "Historia cultural de la psiquiatría"
Quien conozca la trayectoria investigadora del autor puede fácilmente imaginar que la presente obra es el resultado —el decantado, diría yo— de treinta años de investigación en la historia de la psiquiatría.
Su título es sumamente explícito, y la consulta de su índice confirma las expectativas del lector avisado; el último capítulo propone "otra historia para otra psiquiatría".
No se trata, pues, de una investigación sobre uno o varios temas concretos, sino de una reflexión acerca del modo de estudiar la historia de la que es posiblemente la más controvertida de las especialidades médicas reconocidas, acompañada de una militante reivindicación: dicha propuesta no se cierra sobre sí misma, sino que se proyecta sobre su materia de estudio; se ofrece como instrumento "para otra psiquiatría".
En los capítulos que conducen al mencionado final Huertas analiza los diferentes modos de abordar el estudio de la psiquiatría desde los primeros pasos de la historiografía correspondiente hasta la actualidad, pero no solamente describiendo con minucia el estilo de cada autor, y detectando sus "debilidades y fortalezas", como a menudo escribe, víctima tal vez del lenguaje institucional tomado del business management al que se ve forzado todo aquél que tiene o ha tenido responsabilidades institucionales; no se limita, digo, a ello desde la mera lectura de dichas obras, sino también desde el contraste de cada una de dichas estrategias y tesis con sus propias experiencias de investigación.
Y esto es lo que hace especialmente interesante su trabajo: no se conforma con ofrecer una lectura reflexiva e inteligente; ésta se completa con la opinión fundamentada de quien sabe de qué habla, pues él mismo se ha adentrado en el campo cultivado por los autores a quienes se refiere.
Es muy de agradecer que Huertas advierta desde las primeras páginas que la objetividad a la que aspira no deja de ser un ideal, lo que por otra parte le conduce a comportarse de manera responsable e indulgente en su valoración de los diferentes estilos sobre los que reflexiona en su obra; en ningún momento su estudio decreta que tal historia es "buena" y tal otra "mala".
Todos los abordajes "tienen una carga ideológica evidente" que nace "de la afortunada dificultad para separar [en las ciencias humanas] lo objetivo de lo subjetivo"1.
Por ello no parece casual que el primer capítulo esté dedicado a reflexionar sobre las muy debatidas tesis de Michel Foucault y sobre la historiografía dependiente de ellas.
Reconociendo, como no podría ser de otro modo, lo acertado de las objeciones metodológicas planteadas al filósofo francés, el autor advierte que difícilmente la historia de la psiquiatría habría llegado a ser lo que es sin la agitación producida por su obra entre los historiadores.
La opinión de Huertas, que me parece acertada, es que la Histoire de la folie à l'âge classique vino a representar lo que una piedra lanzada en mitad de un estanque; un estanque habitado por individuos capaces de hacer algo más que simplemente alborotarse.
Entre paréntesis, y no creo ser el único, ni el primero, en pensar esto, creo que si en el futuro la obra de Foucault se descarta definitivamente de la historia de la psiquiatría será para alcanzar todo su valor a la hora de pensar y comprender la época toda en la que fue escrita.
Si la interpretación foucaultiana convertía en cuestión de "orden y desorden psiquiátricos", título del primer capítulo, o de mero poder, la historia de la psiquiatría (que no de la locura), la reacción frente a este reduccionismo encabezada por Gladys Swain y Marcel Gauchet es el tema del segundo, "el sujeto de la locura"; ese personaje que quedaba difuminado, cuando no plenamente elidido, en el mundo "sincitial" (admítaseme tan peregrina metáfora) del biopoder foucaultiano.
Cuestión de puntos de vista, desde luego, pero también, como acertadamente señala Huertas, del material analizado; en este caso, el pensamiento de alienistas de segunda y tercera generación, si así puede decirse, como Royer-Collard y Leuret.
Más allá, o más acá de la institución, existió la voluntad de comprender al alienado; una voluntad que conduce, como Huertas señala, hacia dominios que trascienden la obra de Swain anunciando un objetivo de investigación más reciente: la constitución de la subjetividad contemporánea.
El tercer capítulo, "Conocer, organizar, persuadir", está dedicado en su primera parte a la perspectiva, a la vez "internalista", según una vieja terminología, y socioprofesional, que tan buenos resultados ha dado a Jan Goldstein y, a través de sus trabajos, a la historia de la psiquiatría; un método, como señala Huertas, que conjuga "una historia intelectual, una historia social y una historia política", que pone de relieve las estrategias de legitimación social de la nueva disciplina y las "políticas de patronazgo", que significan algo más que la mera adscripción a una escuela de pensamiento.
El último apartado del capítulo, orientado por los estudios de Georges Lantéri-Laura, ilustra acerca de la relevancia del "espacio de observación" como inevitable sesgo de la doctrina surgida de la experiencia clínica.
"La locura construida", cuarto capítulo de la obra, informa acerca de las aportaciones realizadas desde la teoría del constructivismo social.
Rastreando sus orígenes, en lo que a la historia de la psiquiatría se refiere, el autor se remonta hasta el clásico Madness in Society (1968), de Georg Rosen, aunque el ejemplo más concreto de esta orientación lo encuentra en dos libros de Ian Hacking, Rewriting the Soul (1995), sobre la "invención", históricamente condicionada, de la llamada "personalidad múltiple", y Mad Travelers (1998), donde la súbita (y local) emergencia de "locos viajeros" le sirve como modelo para las que denomina "enfermedades mentales transitorias", calificativo este último que no me deja del todo satisfecho, pues puede dar a entender que son transitorias en el paciente, cuando la tesis es que aparecen y desaparecen en el curso de la historia.
En todo caso esto es algo que Huertas señala en las primeras líneas del apartado a ellas dedicado, lo que revela que tampoco a él le parece muy acertado.
La impresión que se deduce de la lectura de este capítulo es que su autor parte del juicioso refrán que sostiene que una golondrina no hace verano, aunque apunta lo valioso de este enfoque para complementar los que, a su juicio, son más enjundiosos.
El siguiente se ocupa del valioso intento de Germán Berrios y de lo que podría denominarse "Escuela de Cambridge" de "historiar el síntoma", iniciativa que sin duda procede de la formación clínica del profesor peruano.
Su método supone una ruptura casi total con cuanto venimos viendo, en parte por su deliberada intención de partir de la clínica y de los actuales conocimientos y técnicas de la neurología, y en parte por su deuda metodológica con una filosofía del conocimiento basada en la filosofía del lenguaje británica.
Los trabajos de Berrios y de algunos de sus discípulos se proponen reconstruir, con la ayuda de tan compleja metodología, la historia de los síntomas mayores de las enfermedades mentales; pero más allá de lo concreto, lo que Huertas valora sobremanera en la propuesta británica es el énfasis puesto en la coordinación de la investigación histórica "pura" (con todos los matices que este calificativo exige, tal como venimos viendo) con las aportaciones de la clínica contemporánea y las neurociencias.
El capítulo sexto se centra en una de las orientaciones más novedosas, y más sugerentes para quien esto escribe: aquella que se propone "escuchar al loco, leer el delirio", propuesta ésta última que rinde homenaje a un conocido libro de Juan Rigoli (2001).
La metodología puesta al servicio del cumplimiento de esas consignas conjuga la clásica propuesta de Laín Entralgo en La historia clínica (1950) con la que caracteriza la historia de la medicina "desde el paciente" (Schipperges) o "from below" (Porter): el trabajo en los archivos de los hospitales para enfermos mentales, manejando desde los historiales clínicos realizados por los médicos hasta los escritos, cuando existen, de los pacientes, pasando por cualquier otra documentación manuscrita que pueda dar cuenta de la realidad cotidiana en el interior de la institución.
También en este campo tanto el autor como muchos de sus colaboradores y discípulos están realizando una tarea que permite a Huertas hablar con autoridad acerca del inestimable valor de tal método y tales fuentes.
Y de nuevo encuentra aquí la ocasión para orientar la historia de la psiquiatría hacia esa naciente historia de la subjetividad a la que me he referido antes.
Por fin, el séptimo y último ofrece una reflexión, que me atrevería a calificar de magistral, en la medida en que está rigurosamente basada en lo desarrollado en los precedentes, acerca de lo que ha sido y lo que puede (¿lo que debe?) ser la historia de la psiquiatría de aquí en adelante.
Magistral también porque no se limita a resumir, sino que se atreve a proponer; no en vano el título del mismo es "Otra historia para otra psiquiatría".
En él puede leerse esta declaración que, a mi entender, confiere todo su sentido, y todo su valor, a esta Historia cultural de la psiquiatría: "El DSM es pretendidamente "ateórico", pero sin duda alguna es "ahistórico" y me atrevo a decir que esa es una de las causas —no la única desde luego— de su frágil andamiaje conceptual".
Las "disciplinas psi", denominación de la que gusta el autor y que utiliza con frecuencia en su estudio, se quejan a menudo de la sospecha, cuando no el descrédito, que respecto de ellas detectan en el mundo científico.
La psiquiatría ha conseguido situarse bajo el paraguas de la medicina, que no empezó a hacerse respetar hasta el siglo diecinueve, aunque los críticos más perspicaces de aquella tienen claro que su estatuto epistemológico no es comparable al del resto de disciplinas médicas.
No parece, pues, la mejor manera de reclamar credibilidad dejar de lado la reflexión histórica, cuando las ciencias más duras proclaman que la historia de la ciencia es parte inalienable de la ciencia misma.
A todo lo anterior hay que añadir el mérito de la amena redacción del texto y la abundante y selecta bibliografía que incorpora el volumen, imprescindible herramienta para quien desee plantear un estado de la cuestión con el necesario rigor, aparato que no resta placer a su lectura.
En suma, este libro de Rafael Huertas resulta sumamente valioso desde el punto de vista de la historiografía psiquiátrica, de la epistemología de tan importante parte de la medicina, y como anuncio de nuevos territorios por explorar a partir de la copiosa y brillante experiencia acumulada en este campo. |
Reseña del libro "Ciencia y sabiduría del amor: una historia cultural del franquismo (1940-1960"
El amor en los tiempos de Franco
Aunque no he podido conseguir el dato fehaciente, tengo para mí que de todas las obras que han conseguido el prestigioso "Premio Anagrama de Ensayo" en sus ya treinta ediciones, una de las más conocidas y seguramente la más vendida (la última, de 2010, es la decimosexta edición, si no me equivoco) es la que obtuvo el citado galardón en el 1987.
Dicho año, Carmen Martín Gaite sorprendió al jurado del premio con un sugerente y delicioso ensayo sobre las relaciones de amor entre hombres y mujeres durante los primeros años del franquismo que, ironías de la vida, contribuyo más que ninguna de sus novelas a que esta escritora salmantina se diese a conocer entre el gran público.
Usos amorosos de la posguerra española (1987) planteaba una tesis que, sin ser del todo nueva, sí se explicaba por primera vez de una forma clara y convincente.
Tras estudiar varias fuentes del período, prestando una especial atención a la prensa cercana al Movimiento, la autora llegaba a la conclusión de que las dos palabras clave —restricción y racionamiento— que habían dominado el vocabulario de uso común en España durante los duros años de la Guerra Civil, no desaparecieron del todo con el final de la contienda.
Según Martín Gaite, esta disciplina de la austeridad que se adueñó de la mentalidad de los españoles pasó del ámbito económico a la esfera de la moral y los sentimientos, de manera que ambas palabras "sufrieron un desplazamiento semántico, pasando a abonar otros campos, como el de la relación entre hombres y mujeres, donde también constituía una amenaza terrible dar alas al derroche".
Tratar de entender cómo vivieron las generaciones educadas en el franquismo estas consignas de contención del ímpetu amoroso juvenil y de canalización de esas energías hacia la institución familiar fue el objetivo fundamental de un libro que, sin llegar a ser un trabajo académico en el sentido purista del término, sí ha sido —y sigue siendo— una obra de referencia para el estudio de la llamada "historia del género" o "historia de la mujeres" en la España de Franco.
Como explica la profesora de Historia de la Medicina en la Universidad de Granada, Rosa Medina Doménech en el prólogo a su reciente monografía Ciencia y sabiduría del amor: una historia cultural del franquismo (1940-1960) (Iberoamericana-Vervuert, 2013), el libro de Martín Gaite le sirvió a ella misma como "libro de cabecera" e "inspiración metodológica" a la hora de iniciar su propia investigación sobre el amor en los tiempos de Franco.
No obstante esta reconocida influencia, y como argumenta la propia Medina en ese texto liminar a su monografía, más allá del contexto histórico —las dos primeras décadas del franquismo— en el que se enmarca el objeto de estudio, que sí es el mismo para ambos casos, existen notables diferencias de forma y de contenido entre ambos libros.
Quizá la más significativa de ellas es que, mientras Martín Gaite realizó su análisis del modelo de mujer y de relación amorosa elaborado por el Estado y la Iglesia franquista nutriéndose básicamente de las publicaciones afines al régimen, Medina propone —sin renunciar en absoluto a esas fuentes hoy más trabajadas que entonces— una nueva perspectiva que permita "poder hablar por fuera del franquismo", a través del uso de herramientas teóricas y materiales distintos a los empleados tradicionalmente.
Entre los testimonios que conforman ese "archivo contracorriente" del que se sirve la autora están "la inexplorada obra de la feminista sevillana María Laffitte, las cartas escritas a consultorios amorosos por mujeres jóvenes de toda la geografía del país, algunas canciones populares, novelas de escritoras como Carmen Laforet, Mercedes Formica, Lilí Álvarez, Elena Soriano o Carmen de Icaza o memorias de mujeres como Carmen de lirio, además de algunas fotografías de la época" (p.
La idea que está en la base de Ciencia y sabiduría del amor es que, si bien no existió un discurso único sobre el amor durante el franquismo, sí existió, sin embargo, un discurso hegemónico en el sentido gramsciano del término; un discurso potenciado por el poder y avalado por los expertos del momento: Marañón, López-Ibor, Vallejo-Nájera, Brachfeld, y otros médicos de enorme prestigio.
Frente a este punto de vista sobre la naturaleza biológica de la mujer y sobre las relaciones entre los sexos, Medina propone el análisis de lo que podríamos llamar discursos periféricos o "antidiscursos": saberes alternativos generados por grupos subalternos cuya voz —silenciada durante siglos por la "historia oficial"— ha sido rescatada por los estudios poscoloniales y por la historia cultural realizada "desde abajo", como proponía E. P. Thompson en su celebérrimo ensayo sobre la clase obrera inglesa.
A esta declaración de principios expuesta en el prólogo, se añade otro loable propósito que guía el conjunto de esta original investigación: la necesidad de no confundir —como propuso con su habitual buen ojo el historiador francés, Roger Chartier— lo que son "representaciones", entendiendo por estas ciertos constructos culturales que influyen en la mentalidad o el imaginario colectivo de la sociedad en una época determinada, de lo son que las "prácticas" o acciones concretas a través de las cuales cada individuo se desempeña.
En definitiva, se trata de que la cultura popular desarrollada durante estos años centrales del siglo XX español se convierta "en un lugar para la extracción de saberes y no en una mera receptora de los mismos", dotando a esas voces subalternas del lenguaje necesario que nos permite convertir la sabiduría popular en conocimiento.
El primero de los tres grandes bloques —"La ciencia del amor"— en los que la profesora Medina estructura su obra, que también es el más extenso (ocupa 122 páginas, más de la mitad del total), se centra en establecer el contexto social y cultural en el que debemos leer e interpretar esas nuevas fuentes investigadas por la autora.
Mediante el estudio de los textos escritos por médicos y psiquiatras de la época, la autora demuestra que esas ideas sobre el amor que circulaban durante los cuarenta y los cincuenta iban dirigidas a acabar con aquellos posibles modelos de feminidad que surgieran como alternativa o respuesta a ese modelo oficial y omnipresente de la mujer concebido por la Iglesia y las instituciones de la dictadura.
Así, vemos como durante estas décadas se produjo un deliberado intento de frenar el inevitable impacto de esa modernidad que a través de la cultura de masas visual lograba rebasar nuestras fronteras ideológicas para cuestionar ese ideal de mujer definida por sus "naturales" funciones biológica y social, ligadas a la maternidad y al cuidado de la familia en el ámbito del matrimonio.
Una vez analizado el contexto y reflejadas todas las opiniones de los expertos que conforman ese discurso hegemónico al que he aludido, Medina dedica el segundo capítulo de su ensayo a interpretar y sacarle todo el jugo a la obra de María Laffitte y Pérez del Pulgar, La secreta guerra de los sexos (1958), una obra —hoy olvidada— escrita, según Medina, contra el discurso misógino de autores que, como hicieron José María Pemán y otros, defendieron la radical separación de los sexos en todos los ámbitos de la vida, reduciendo la función de la mujer a mero objeto sexual del hombre, sin ningún tipo de interacción en el seno de la pareja.
Frente a este discurso diferencialista, nos enteramos —gracias a la lectura que hace Medina de su obra— de que Laffitte proponía un modelo mujer diametralmente opuesto en el que "la relación mujer/hombre debía ser un flujo mutuo de influencias para una auténtica transmutación, hasta el punto de iniciar un camino para la desestabilización de los rígidos roles asignados a los géneros —dentro del marco de la heterosexualidad— al cuestionar que feminidad/masculinidad fueran dos espacios (o esferas) irreconciliables e impermeables de identidad" (p.
El tercer y último bloque del libro tiene como objeto la formulación de una justificada propuesta teórica y metodológica: para ampliar nuestro conocimiento de los usos amorosos de la posguerra española debemos ir más allá de ese discurso oficial sobre el modelo de "la mujer madre y esposa" propugnado por el establishment nacional-católico.
Para ello, lo que hace Medina en estas páginas es lo que debería hacer todo buen historiador: convertir en fuentes para su investigación materiales (canciones de la época, consultorios amorosos escritos por mujeres, etc.) que, por haber sido elaborados en "espacios textuales desautorizados" o por sujetos históricos que no gozan del prestigio y la autoridad que si concedemos a los "expertos", jamás han merecido este estatuto.
Como explica la autora, las jóvenes españolas de la posguerra combatieron el mito del "amor romántico" a través de una serie de aportaciones individuales que cobran todo su sentido cuando se las ve en conjunto como un proceso —al que Medina da el nombre de "orquestación del amor"— de creación de un conocimiento paralelo al establecido o regulado por el poder; una sabiduría popular ajena —y muchas veces, opuesta— a la ciencia del amor: a ese discurso hegemónico que nunca llegó a ser único, pues, como diría Natalie Zemon Davies, siempre hubo mujeres que se movieron en los márgenes.
En las conclusiones a su monografía dice Rosa Medina haberse fijado como objetivo el de "convencer a lectores y lectoras de que las aportaciones contenidas en cartas, recuerdos y canciones son mucho más reveladoras y notables que las que contenían los libros y artículos científicos de la época" (p.
Desde mi humilde punto de vista como lector e historiador, debo decir que el libro no solo logra cumplir con ese ambicioso cometido sino que invita, además, a una reflexión tan urgente como necesaria.
Ciencia y sabiduría del amor es una de esas contadas contribuciones a la historiografía española que deberían pasar de la lista de novedades bibliográficas a la de las obras de lectura ineludible para todos aquellos quieran saber de qué hablamos cuando hablamos —muchas veces sin ton ni son— de "historia de las emociones" o "historia de los sentimientos".
Si el movimiento se demuestra andando, no se me ocurre mejor manera de acercarse a esta corriente historiográfica de escasa —y muy reciente— implantación en nuestro país (la propia profesora Medina es una de las personas que más están contribuyendo a su difusión entre nosotros) que a través de esta investigación ejemplar.
Una documentada y argumentada monografía que servirá para dar a conocer en España una forma distinta de hacer historia que, en contra de lo que suele ser habitual entre los historiadores más ortodoxos, prefiere pasar de lo objetivo a lo subjetivo, fijándose para ello no tanto en lo cuantitativo de las fuentes, sino en lo cualitativo.
Y es que, como reza la máxima atribuida a Blaise Pascal, "el corazón tiene razones que la razón no entiende". |
Txetxu AUSÍN DÍEZ es Científico Titular en el Instituto de Filosofía del CSIC y desarrolla su actividad en el Grupo de Estudios Lógico-Jurídicos (JuriLog: www.jurid.net/jurilog).
Sus líneas de investigación son la lógica de las normas, éticas aplicadas (bioética, buen gobierno, comunicación), Derechos Humanos y justicia global y escritos jurídico-políticos de Leibniz.
Dirige el proyecto de investigación KONTUZ!
[URL] Los límites del principio de precaución en la praxis ético-jurídica contemporánea (MINECO FFI2011-24414).
De entre sus publicaciones destacan Entre la lógica y el Derecho: paradojas y conflictos normativos (2005), Valores e historia en la Europa del siglo XXI (con R. Aramayo, 2006), Los derechos positivos.
Las demandas justas de acciones y prestaciones (con L. Peña, 2007) y Ética y servicio público (con O. Diego y L. Peña, 2010).
Es editor de Dilemata: Revista Internacional de Éticas Aplicadas [URL].
María del Mar CABEZAS HERNÁNDEZ es Doctora en Filosofía y Licenciada en Filosofía (Universidad de Salamanca y estancia en la Universidad de Colonia).
Su línea de investigación principal se centra en el estudio del papel de los sentimientos morales en el discurso de la ética contemporánea.
Ha sido becaria predoctoral de la Fundación Universitaria Oriol-Urquijo y ha realizado su tesis doctoral entre la Universidad de Manchester y Salamanca (El papel de las emociones en la justificación de los juicios morales: una propuesta "emocentrista") financiada por una beca de investigación de la Universidad de Salamanca.
(Universitas Philosophica, 2009) y el capítulo "Ética y emociones: de la educación emocional a la educación moral" en Avances en el estudio de la Inteligencia Emocional (2010).
Luciano ESPINOSA RUBIO es Profesor Titular de Filosofía en la Universidad de Salamanca.
Su trabajo de investigación se ha ocupado de tres temas principales: una reinterpretación del pensamiento de Spinoza, al que ha dedicado múltiples artículos y un libro, Spinoza: naturaleza y ecosistema (1995); la Antropología, desde una óptica interdisciplinar, con trabajos como "La naturaleza bio-cultural del ser humano.
El centauro ontológico", "Carácter, destino y emociones", "Por una eco-antropología de lo común" o "La ética como imprescinible ficción antropológica"; y, por último, la Filosofía de la naturaleza, al hilo del Paradigma ecológico y de la complejidad, con artículos como "Razón, naturaleza y técnica: Ortega y la Escuela de Frankfurt," "La evolución como síntesis de naturaleza e historia," "Filosofía de la naturaleza y ecología social," "Pensar la naturaleza hoy" o "Filosofía de la naturaleza y ética: una aproximación".
Además, ha colaborado en varios libros colectivos y participado en diversos congresos nacionales e internacionales.
Luis FERRER i BALSEBRE es Doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha sido Jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña (1996-2008) y del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela.(2008-2013).
Profesor Asociado al Departamento de Medicina de la Universidad de A Coruña y de Santiago de Compostela.
Académico Numerario de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia.
Presidente Fundador de la Asociación Gallega de Terapia Familiar y de la Asociación Galega de Saúde Mental.
Su campo de investigación se ha situado principalmente en la Anorexia Nerviosa: "Las fronteras del Enigma: Ensayo etiopatogénico sobre Anorexia Nerviosa" (2001); y las toxicomanías: "El Secreto de la Paradoja: ensayo médico-antropológico sobre toxicomanías" (1993).
Autor de varios textos docentes entre los que desataca "Mapas para la relación médico/enfermo" (2000) y varios capítulos en el Manual de Formación en Psicodrama y Técnicas Grupales de la Asociación Española de Psicodrama (2010).
Ga GÓMEZ-HERAS ha sido profesor y Catedrático de filosofía en las universidades de Salamanca, Córdoba y Complutense de Madrid.
Sus investigaciones versan sobre filosofía contemporánea, especialmente en su variante fenomenológica, sobre ética fundamental y aplicada, sobre historia de las ideas morales y sobre filosofía de la religión.
De entre sus libros cabe destacar: Sociedad y utopía en E. Bloch (1977); Historia y razón, (1985); Religión y modernidad.
La crisis del individualismo religioso de Lutero a Nietzsche, (1986); El a priori del "mundo de la vida".
Fundamentación fenomenológica de una ética de la ciencia y de la técnica, (1989); Ética del medio ambiente (coord.) (1997); La dignidad de la naturaleza.
Ensayos de ética medioambiental, (2000); Ética y hermenéutica.
Ensayo sobre la construcción moral del "mundo de la vida" cotidiana (2000); Ética en la frontera (coord.) (2002); Teorías de la moralidad.
Introducción a la ética comparada (2003); Cultura, política y religión en el choque de civilizaciones (coord.) (2004); Tomarse en serio la naturaleza.
Ética ambiental en perspectiva interdisciplinar (coord.
Perspectivas emergentes y nuevos problemas (2005); Debate en bioética.
Identidad del paciente y praxis médica (2012) y Bioética y ecología.
Los valores de la naturaleza como norma moral (2012)
Javier GARCIA-GUINEA trabaja con dedicación exclusiva en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) adscrito al Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) con la categoría profesional de Profesor de Investigación del CSIC.
Es responsable científico de laboratorios de microscopías electrónicas y espectroscopias del MNCN y de las Colecciones de Geología del MNCN.
JGG es Doctor en Ciencias Geológicas dentro de la especialidad de Mineralogía.
Desde el punto de vista bibliométrico tiene unos 150 artículos científicos publicados en revistas incluidas en el listado del Science Citation Index; unas 130 comunicaciones a congresos nacionales e internacionales, unos 20 libros y capítulos de libros, 5 años de estancia en el extranjero (3 en USA y 2 en UK), 5 acciones de cooperación internacional en Bolivia, Ecuador, Argentina y Uruguay, dirección de 3 tesis doctorales y 3 tesinas o DEAs, 2 patentes, 1 placa de honor de la Asociación de Científicos de España (2002), 1 Cargo de Vice-director del MNCN-CSIC (Colecciones).
Antoni GOMILA BENEJAM es Catedrático de Psicología Básica del Departamento de Psicología de la Universidad de las Islas Baleares, donde enseña Psicología del Lenguaje y del Pensamiento.
Forma parte de los grupos de investigación "Evolución y Cognición Humana" y "Enfoques alternativos al simbólico en Ciencia Cognitiva".
Su investigación se articula en torno a los problemas de fundamentación de la Psicología (significado, conciencia, intersubjetividad, arquitectura de la mente).
Julio GONZÁLEZ-ALCALDE es Doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid.
Funcionario del Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos.
Conservador de las colecciones de Bellas Artes y Arqueología Industrial del Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Ha trabajado en el Museo Arqueológico Nacional, Museo Nacional de Artes Decorativas y Museo Nacional de Reproducciones Artísticas.
Investiga los rituales de iniciación ibéricos en cuevas-santuario.
Autor de numerosas publicaciones científicas, además de otros trabajos en medios de comunicación.
Ponente y conferenciante en congresos internacionales y nacionales y reuniones científicas.
Gabriel INSAUSTI (San Sebastián, 1969) es escritor y traductor.
Ha publicado una cincuentena de libros, así como trabajos académicos en revistas científicas y poemas, entrevistas, reseñas y artículos en publicaciones culturales o literarias como Nueva Revista, Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos, Nuestro Tiempo, Turia, Ciudadela, Renacimiento, Clarín, Litoral...
Ha hecho también crítica cinematográfica y ha sido incluido en algunas antologías.
Es Doctor en Filología Hispánica y en Filología Inglesa y Master of Arts en Historia del Arte y en Filosofía.
Ha sido visiting scholar de las Universidades de East Anglia y Aberdeen.
Ha recibido varios premios, como el Rabindranath Tagore, el Gerardo Diego y el Arcipreste de Hita de poesía y el Ateneo Jovellanos de novela.
En 2002 fue finalista del Nacional de Literatura.
Eugenio MOYA es Catedrático de Filosofía en la Universidad de Murcia.
Desde 1995, enseña Filosofía de la Tecnología y Teoría del Conocimiento en la Facultad de Filosofía, donde ha desempeñado diversos cargos: Vicedecano de Posgrado, Coordinador de Máster y Doctorado, etc. Actualmente es editor de la sección de epistemología de la revista internacional de Filosofía Daímon y coordinador de la colección editorial Editum Scientia.
Entre sus publicaciones se encuentran los libros: La disputa del positivismo en la filosofía contemporánea (Murcia, 1997), Crítica de la razón tecnocientífica (Madrid, 1998), Conocimiento y verdad.
La epistemología crítica de K.R. Popper (Madrid, 2001), ¿Naturalizar a Kant?
Cuenta, por otra parte, con publicaciones y colaboraciones en revistas especializados sobre las relaciones de la tecnociencia con la naturaleza y la sociedad.
Cabe destacar, en este sentido, sus trabajos "La ética hacker y el espíritu del informacionalismo.
Wikileaks como caso paradimático" (2012) y "La emergencia del pronet.
Revisión crítica del concepto habermasiano esfera pública" (2013).
Aurelio NIETO CODINA es Licenciado en Geografía e Historia y doctor en geografía.
Perteneciente al Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos y, en la actualidad, responsable de la colección de Geología del Museo Nacional de Ciencias Naturales – CSIC (Madrid).
Profesor Asociado de Geografía de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Ha publicado trabajos en revistas nacionales e internacionales sobre temas culturales y científicos.
Participante en congresos nacionales y europeos de diversa índole, impartiendo además conferencias en su ámbito académico.
María Pilar NÚÑEZ DELGADO es Profesora Titular en el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Granada, con docencia de posgrado en el Máster de Estudios Literarios y Teatrales de la misma universidad, entre otros.
Responsable del grupo de investigación "Étimo", ha coordinado distintos proyectos de investigación e innovación sobre la enseñanza de la literatura y de la lengua.
Es autora de numerosos artículos y varias monografías sobre lectura y literatura y participa a menudo como ponente en cursos de formación del profesorado sobre este tema.Ha sido profesora visitante y ha impartido seminarios en las universidades Sorbona, Toulouse, Lorreine, Metz, Nancy, Estrasburgo, Bolonia, Roma III, Cassino, Sapienza, Coimbra, Riga, Ginebra, Aquisgrán, DistritalFco.
J. de Caldas (Bogotá) y Bío-Bío (Chile).
Currículum completo en: http://www.ugr.es/~ndelgado/
José RIENDA es Doctor por la Universidad de Granada, es profesor en el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura, con docencia de posgrado en el Máster de Estudios Literarios y Teatrales de la misma universidad, entre otros.Ha sido profesor visitante y ha impartido seminarios en las universidades de Sorbona, Columbia (N.Y.),Toulouse, Estrasburgo, Bolonia, Roma III, Cassino, Sapienza, Coimbra, Riga, Ginebra, Aquisgrán y Distrital de Bogotá.
Autor de numerosos artículos y varios libros de ensayo y creación literaria, sus investigaciones se circunscriben fundamentalmente al ámbito tematológico de la literatura comparada y a la especificidad epistemológica de la didáctica de la literatura.
Es miembro numerario de la Academia de Buenas Letras de Granada. |
Drawing on the parallels between the doctor-patient and the researcher-participant relationships, clinical practice and research are compared from an ethical point of view....Venían con ellas otras personas de la casa farmacéutica patrocinadora de la investigación.
Escucharon el motivo de la convocatoria al Consejo de Investigaciones.
Quien fungiría como investigadora principal en el país de un estudio multicéntrico, mostró sus calidades profesionales.
Sin duda, un personaje en su especialidad.
Más de 20 años en la medicina, 12 en la especialidad, 5 en la subespecialidad.
Sin embargo, ninguna publicación.
Ninguna participación en investigaciones, ni como investigadora principal, ni como investigadora asociada.
El médico que la asistiría hizo una defensa de su colega, y de sí mismo.
No podía creer que el reconocido prestigio de ambos en cuanto especialistas, no valiera como argumento para realizar la investigación.
El personal de la casa farmacéutica comenzó por apoyarlos.
Luego reconoció que otros médicos con experiencia en investigación contactados, no habían podido hacerse cargo, por lo que habían recurrido a los presentes en la reunión, dadas sus calidades profesionales.
¿Ser un profesional de la medicina de reconocido prestigio, es garantía suficiente para realizar investigaciones en que se prueban nuevos medicamentos?
La primera respuesta que se puede imaginar es afirmativa, habida cuenta que el médico tiene un bagaje de conocimientos y experiencia fundamentales para la investigación.
Sin embargo, la comparación del acto médico y el de la investigación, al mismo tiempo que permite aceptar parcialmente la respuesta, muestra, además de lo que tienen en común ambos actos, diferencias que invitan a pensar en lo que hace falta.
El propósito de este escrito es comparar las dos formas de relación indicadas en el título, es decir, la relación médico-paciente de tipo terapéutico (en adelante RM-P) y la relación investigador-participante (en adelante RI-P), teniendo como trasfondo, desde una ética cívica, la asimetría entre los agentes implicados en las dos formas de relación.
Entendemos por ética cívica, la ética de la convivencia en el marco de una democracia.
Aunque a lo largo del artículo se explicitan algunas de sus características, aplicadas según los temas, podemos adelantar que en la ética cívica se conjugan los grandes valores inspiradores de la democracia moderna (igualdad, libertad y solidaridad), los cuales se constituyen en criterios éticos para juzgar la moral vivida y, en este caso particular, las relaciones entre los profesionales sanitarios y los pacientes.
Por otra parte, hemos preferido la noción de asimetría a la de desigualdad por tratarse de su aplicación a relaciones interpersonales.
La tendencia a la simetría en las relaciones es una manifestación de la igualdad y de la libertad, así como de la solidaridad de las personas implicadas.
Por otra parte, como se verá, no se trata de desconocer las obvias diferencias entre las condiciones de las personas que se relacionan como profesional y demandante de un servicio profesional, sino de buscar el reconocimiento de su dignidad como agentes morales.
Una aplicación más de la noción de asimetría, aunque de orden muy diferente, es la que nos sirve para indicar las diferencias que se pueden apreciar entre las relaciones del tipo médico-paciente y las del tipo investigadorparticipante, con lo cual responder también al problema formulado.
En mi acercamiento al mundo sanitario costarricense, he podido apreciar que estas dos formas de relación (RM-P y RI-P) son tema cotidiano en diversos ámbitos y niveles.
Además, he podido constatar su radical importancia en la comprensión de los temas bioéticos de la rama sanitaria, por constituir un núcleo fundamental.
También por el hecho de reflejar, de cierta forma, la vida social.
De lo último puede pensarse en un aporte mutuo entre la Bioética y una ética cívica.
Voy a ayudarme en la consecución de los propósitos mencionados con el pensamiento del filósofo francés Paul Ricoeur.
Él mismo se acercó a la Bioética con el bagaje de un pensamiento muy elaborado.
Tal acercamiento le llevó a hacer unos ajustes importantes en su forma de ver la ética 1.
El "giro aplicado" que le suscitó abordar temas bioéticos, le significó cambiar el punto de partida en la ética, de una ética discursiva, a otra, en la cual se parte de lo que se vive y sus circunstancias, de procurar comprensión de los problemas, para luego ver la posibilidad de aplicar el lenguaje ético para expresarlos.
Entre sus escritos se encuentra precisamente uno en que pone el pensamiento ético filosófico al servicio de la comprensión de la relación médico-paciente: Les trois niveaux du jugement médical.
Este texto nos servirá de base y, sobre lo que en él se afirma, partiremos para plantear la relación del investigador y el participante.
A. LA ASIMETRÍA EN LA RELACIÓN CLÍNICA TERAPÉUTICA
La llamada "rebelión de los pacientes" no ha logrado concertar del todo la diferencia en la relación médi-co-paciente.
La simetría en las relaciones implicada en la democracia no ha logrado encontrarse en aquélla, igual que en otros tipos de relaciones en muchos países latinoamericanos, particularmente en Costa Rica.
Ciertamente, las relaciones entre aquellos que prestan servicios de salud y quienes los demandan guardan diferencias que las hace naturalmente asimétricas, dado el mayor conocimiento de los primeros.
Pero bajo otra perspectiva, esta asimetría tiende a ser cada vez menos aceptable.
Nos referimos a la perspectiva del derecho de los demandantes de servicios a la información y a la decisión personal sobre sí mismos.
Esto no sólo para la medicina de ricos, sino también para la de los trabajadores, quienes, cada vez en mayor número dejan de verse solamente como beneficiarios de asistencia social pública, y se perciben más como personas con derecho a la salud y a una atención digna (Lázaro y Gracia, 2006, 8).
El desvelamiento del paternalismo médico, de larga tradición, ha traído algunos frutos en la defensa de estos derechos.
Sin embargo, tales frutos en América Latina son insuficientes.
Muchos médicos han comenzado a comprender que la asimetría en las relaciones clínicas tiene un factor circunstancial, a saber, su condición profesional, lo cual no le da prerrogativa para desconocer, como señala D. Gracia, al sujeto personal, lingüístico y biográfico, del paciente a quien atiende (Gracia, 2006, 9).
Pero faltan todavía muchísimos profesionales sanitarios con estas convicciones 2.
Por otra parte, encontramos la generación del extremo opuesto al paternalismo, el "autonomismo" (como lo llama Francesc Torralba, 1999, 19).
Éste es potenciado por un narcisismo en quienes demandan servicios médicos, que se alimenta de la idea de la salud en el marco de la calidad de vida de la sociedad del bienestar.
La medicina se aprecia en este contexto social, como parte de la tecnociencia a la que los ciudadanos pueden demandar no sólo alivio del sufrimiento, o curación, sino también prevención genética, cambios estéticos, crioconservación, etc. Como señala A. J. Jovell, hay un cambio en la motivación de quien demanda servicios específicos, no necesariamente ligados con la enfermedad, a profesionales sanitarios.
Tales personas no lo hacen por necesidad, como en el caso de la medicina asistencial, sino en cuanto consumidoras que eligen lo que desean y pagan por ello (2006,87).
Esto tiene efectos en MANUEL TRIANA ORTIZ públicos y privados que implican un mayor riesgo, o que son invasivos del cuerpo o la vida privada.
Esto podría tener dos motivos: aceptación poco consciente del paternalismo médico, o, en el mejor de los casos, apelación a la confianza.
La RM-P es, por lo general, una relación entre extraños; de allí la necesidad de observar siempre formalidades y procedimientos (y el consentimiento informado es una formalidad idónea) que deben estar muy claros para seguridad de los implicados.
Por ello esta relación debe guardar más el carácter de una relación contractual 6.
Ricoeur tiene una perspectiva diferente a la de MacIntyre.
No siempre las RM-P deben ser vistas como contratos.
El pensador francés presenta tres niveles del juicio médico en la RM-P: prudencial, deontológico y reflexivo 7.
En el nivel prudencial, la base la da la confianza mutua entre los dos agentes.
Los dos niveles restantes implican una situación que supone la necesidad de recurrir a factores implicados en la relación, que se deben sobreponer por exigencias de las situaciones.
Tomar como punto de partida la perspectiva de Ricoeur no significa soslayar ni lo señalado por los esposos Emmanuel, ni lo indicado en la obra de Beauchamp y Childress.
No vamos a enfocar las RM-P desde la dinámica de su relación, como lo han hecho magistralmente los esposos Emmanuel (1999) 8.
Tampoco la enfocaremos en la perspectiva de la ética biomédica de Beauchamp y Childress 9.
En los párrafos siguientes, y teniendo en cuenta lo señalado, nos ha parecido importante preguntarnos con Mainetti (2001, 75), si la RM-P terapéutica debe verse como fiduciaria (basada en la confianza entre las partes) o necesariamente contractual.
En la segunda parte del presente escrito aplicaremos el criterio de los niveles de juicio a las relaciones de investigación (RI-P).
Tanto en el primero como en el segundo apartados presentaremos el criterio, pero no los llamaremos niveles sino dimensiones, para expresar que no se dan necesariamente en forma secuencial, sino que pueden estar simultáneamente presentes.
En la exposición de la segunda parte, podremos ver la asimetría, ya no solamente en las relaciones personales, sino entre una y otra formas de relación, la RM-P y la RI-P. la relación clínica, pues tiende a hacerla más simétrica, aunque en un sentido de relación comercial en la que el ámbito de los derechos es diferente 3.
En el péndulo que va del paternalismo al autonomismo, no se ha logrado ajustar la relación clínica.
Prueba de ello son las diferentes metáforas con las que se busca simbolizar esta relación 4.
Entre ellas se encuentran las que hacen referencia a la guerra, a la negociación, al comercio y a la asociación.
Igualmente hay diferentes maneras de llamar a quien demanda la atención: enfermo, paciente, usuario, cliente...
No se ha podido reflejar al mismo tiempo la confianza sin la verticalidad del paternalismo, junto con la autonomía del paciente, entendida de tal forma que permita dar el lugar al juicio del médico.
En otras palabras no se ha podido manifestar la relación entre dos agentes que no pierden ni su autonomía moral, ni el reconocimiento de la autoridad que da la competencia profesional.
La valoración de la autonomía se ha expresado en la relevancia del consentimiento informado.
Sin embargo, las dificultades que éste presenta, cuando se implementa, tienden a reducir la participación de los actores.
A uno, el que sabe e informa, y al otro, el que decide.
El rol del paciente como "decididor" bajo diversas circunstancias no se concierta entre una posición de quien elige como comprando en un supermercado (Jovell, 2006, 87) o quien no elige, con lo cual acepta el "todo por el paciente, todo sin el paciente" del paternalismo.
La implementación del consentimiento no ha ayudado a lograr la forma óptima de esta relación, llamada por los esposos Emmanuel (1999) la forma deliberativa.
Por otra parte, la decisión que implica el consentimiento informado, puede ser utilizada como una forma de exoneración de responsabilidades, bien del facultativo, bien del cuerpo médico, o bien, de la institución sanitaria.
Falta formación en los dos agentes, el médico y el paciente, para que la relación permita una deliberación en la que los dos se entiendan, tanto en lo tocante a la información técnica, como en la comprensión y respeto de las diferencias culturales y de valores personales 5.
Por otra parte, no se firma un consentimiento informado en toda RM-P (al menos es así en Costa Rica y otros países).
Tal acto se realiza especialmente en tratamientos y procedimientos brindados en centros hospitalarios
Dimensión prudencial y de confianza
En esta dimensión, la relación entre el profesional y el paciente se basa en una confianza que sostiene un pacto de cuidados.
Ahora bien, en el pacto, generalmente implícito, hay un compromiso de los dos agentes, el facultativo y el paciente.
El segundo para llevar a la palabra su sufrimiento, describiendo y narrando lo que le aqueja, en demanda de alivio o posible curación.
Bajo esta confianza, se supone que la palabra de quien demanda atención médica no esconde intenciones ajenas (por ejemplo, validarse a sí mismo en una supuesta condición de enfermo).
Al mismo tiempo se da la promesa, también implícita, de observar el tratamiento que el médico propone.
El médico por su parte acepta al paciente, hace diagnóstico, prescribe el tratamiento, de todo lo cual informa a quien ha solicitado sus servicios.
Éste, por su parte, confía en la competencia profesional del facultativo, así como en la veracidad de la información que le brindará.
También confía en que no revelará información confidencial que lo perjudique personal, social o laboralmente, y en que respetará su autonomía e intimidad 10.
Finalmente pondrá su confianza en que las palabras y acciones del médico no esconden segundas intenciones, ajenas a la recuperación de su salud o a mitigar su dolor y sufrimiento 11.
Podemos enfatizar con Ricoeur que los dos agentes son activos.
El paciente o la paciente no se limitan a decidir, en el mejor de los casos, sino que tienen responsabilidades: cuidar de sí, observando el tratamiento, o colaborando con quien se lo administre, en caso de no poder hacerlo por sí mismo.
También se debe enfatizar la promesa implícita de cada protagonista.
El pacto de cuidados, con la responsabilidad asignada a cada agente, se constituye en una alianza contra la enfermedad.
Teniendo en cuenta la presencia de los agentes, sus intenciones, acciones y compromisos correspondientes a cada uno, se muestra una tendencia a la simetría en la participación en la RM-P.
A diferencia de la ética médica que atiende el comportamiento del médico y sus compromisos gremiales, la RM-P es objeto de la Bioética puesto que las acciones deliberadas sobre la vida no son únicamente del facultativo(a) sino también del solicitante 12.
Ahora bien, el pacto no asegura la distensión en la RM-P.
Hay factores que lo hacen frágil, y generan tensiones en cada agente.
Particularmente se puede resaltar la desconfianza en la presuposición de que el o la paciente pueden tener del abuso de poder de parte del cuerpo médico.
También la sospecha de que el tratamiento no logrará lo esperado, a menudo mucho más de lo que la medicina puede dar.
El médico, por su parte, tiene como limitaciones la atención que debe guardar para que sus acciones no rayen en desmesura de la aplicación de técnicas biomédicas, las cuales cada vez más tienden a independizar el cuerpo de la persona.
La ambigüedad del cuerpo como objeto que puede ser estudiado, al mismo tiempo que encarnación de la persona, le representa al facultativo un reto que da también debilidad al pacto por las tensiones que tal ambigüedad implica.
Igualmente el profesional tiene que equilibrar el nivel individual del sufrimiento del paciente y el nivel público de la salud.
Ya aquí se comienza a presentar la dimensión deontológica, con deberes que protegen el pacto como lo son el secreto profesional y la información de la verdad al paciente.
Por otra parte, estos deberes no obligan de manera irrestricta, pues precisamente el equilibrio señalado ha de tomar en cuenta el riesgo de la salud pública en el caso del secreto profesional.
En el caso de la verdad, aunque los mejores argumentos y las experiencias apoyan informar, no mentir ni engañar, conviene sopesar decir la verdad frente al impacto de la información en el enfermo y en su entorno social y familiar 13.
Ahora bien, en los dos casos, el secreto y la veracidad, está de por medio la confianza entre el facultativo y el enfermo.
Difícilmente alguien querría ser atendido por un médico del cual se sabe que revela impúdicamente información de sus pacientes, u otro que no dice toda la verdad, o engaña.
La confianza implica entonces tanto su competencia profesional, en lo que respecta a la información técnica, así como la discrecionalidad en el manejo de esta información, y la confidencialidad de los datos del paciente.
En la salvaguarda del pacto, hay unas orientaciones que no son todavía normas sino más bien preceptos: el trato singular a cada paciente, el trato personal, y, finalmente la lucha por salvaguardar su estima de sí.
Debemos insistir en esta última orientación.
La estima ocupa un lugar principal en la dimensión personal.
Ya lo había señalado Aristóteles, para quien ser amigo de sí es fundamental.
Se proyecta y retroalimenta en las relaciones inter-subjetivas y en la amistad civil (algo semejante al sentimiento de pertenencia a la comunidad política).
Bajo esta perspectiva MANUEL TRIANA ORTIZ las relaciones humanas y, particularmente en las que las personas somos más vulnerables, es imprescindible aprobar la propia existencia y saberse aprobado en su existencia por los otros.
Esto es especialmente importante cuando se trata de aceptar las nuevas condiciones y limitaciones que impone la situación de enfermedad.
El cuidado de sí está íntimamente asociado con semejante estima.
Procurar ésta, constituye una tarea permanente, en la que no hay un logro definitivo.
Su contrario, que tiene diferentes grados, desde el menosprecio hasta el odio a sí, no requiere esfuerzo: hay siempre una pendiente resbaladiza hacia él.
Cuanto mayor sea el sentimiento de confianza en otro, sin confianza en sí mismo, el peligro de rodar por la pendiente es mayor.
Por otra parte, la metáfora de paternalismo para referirse a la actitud del médico no es la mejor.
Hay que tener en cuenta que, en la idiosincrasia de la cultura latinoamericana, el padre ha sido tradicionalmente figura autoritaria, frente a la cual se dan formas de escape, como la rebelión y la mentira.
Tales formas generan sentimientos encontrados, de independencia pero al mismo tiempo de culpabilidad.
Éste último es fuente importante para lastimar la amistad consigo mismo.
Ahora bien, en las circunstancias en que se desenvuelve la RM-P hay muchas oportunidades en que el trato afecta al tácito pacto de cuidados, y sus implicaciones.
De estas circunstancias se destaca la que se da en los hospitales, donde los pacientes están más expuestos precisamente a un trato menos individual, se tiende más a segmentarlos en sus aspectos biológico, psicológico o social, todo ello con impacto en la estima de sí.
Además se da en momentos en que el sentimiento de fragilidad es mayor, hay un cambio radical en la cotidianidad con respecto a la vida normal, lo cual implica especialmente mayor dependencia de otros, personal muy variado.
En Costa Rica, además de los profesionales contratados para atender a los pacientes, la cantidad de personas que tienen acceso a ellos se ha multiplicado en la medida en que han proliferado las universidades con carreras de ciencias de la salud.
Los enfermos atendidos en hospitales del servicio social se ven sometidos a ser "atendidos" por profesores y estudiantes provenientes de las diversas casas de enseñanza, pues éstas no cuentan con hospitales universitarios.
La verticalidad propia del paternalismo es un aliado en estas circunstancias para actuar sin el permiso de los pacientes y, todavía más cuando los centros de salud o los hospitales son de seguridad social.
Tal vez más que en otros niveles de atención, en el hospitalario es donde más tendencia hay a los conflictos en la RM-P.
De allí la importancia que cobran sus normas y procedimientos.
No está de por medio solamente el cuidado del enfermo, sino también su seguridad... y evitar conflictos que trasciendan cualquier forma de RM-P...
Precisamente, no los que se dan en los hospitales, sino, en general la que se puede presentar en cualquier RM-P, igual que en la vida social, los conflictos y su prevención dan relevancia a la dimensión deontológica.
Es un tanto paradójico -señala Ricoeur-que, siendo los conflictos los que llevan a las normas, éstas no expresen siempre ser resultado de aquéllos.
Tal vez ello se deba a que las normas pretendan disolver tensiones.
En los Estados de derecho su obligatorio acatamiento descansa sobre una universalidad que supone una igualdad democrática, pero que enfrenta desigualdades vividas.
Cuando se impone apelar a las normas porque algún conflicto eleva las tensiones por encima de un juicio prudencial, la obligatoriedad lleva la RM-P del pacto al contrato, del cuidado a la justicia (Feito, 79), y de la prudencia a la obligación.
La dimensión deontológica, según Paul Ricoeur, presenta dos aspectos que son como dos caras de una moneda: la norma y el deber.
Si la norma es su expresión objetiva en esta dimensión, el deber lo es de la subjetividad en cuanto expresa motivos.
Ahora bien, el acatamiento de la norma se puede hacer por distintos motivos, entre ellos la convicción.
Ricoeur interpreta la autonomía del agente como la conjunción de los aspectos subjetivo y objetivo: auto hace referencia al sujeto, nomos a la expresión objetiva.
El sujeto se imputa una acción o actividad y la justifica.
Como podemos ver algunos de los conceptos señalados a propósito de la dimensión deontológica forman parte de aquellos con los que está tejida la ética kantiana.
Ahora bien, entre el pacto y las leyes generales de varios países, entre ellos C. R., hay instancias que emiten pautas de conducta para el desempeño profesional.
Se trata de los colectivos de profesionales en cada ramo.
Estas pautas tienen carácter normativo porque obligan, prohíben y se aplican
para arbitrar conflictos, y sancionar cuando se incumple su mandato.
Sin embargo, como lo señala Pablo Simón Lorda (1999, 90), la deontología médica tiende al paternalismo.
Se enfoca en el principio de beneficencia, por lo que las normas de estos colectivos son insuficientes para la solución de conflictos en las RM-P.
De allí la importancia de una bioética clínica que dirige su atención hacia los derechos, necesidades y deberes de los pacientes y complemente así tal normativa, al tomar en cuenta otras voces morales.
Obviamente, los profesionales, en este caso los médicos y otros expertos del campo de la salud, también están sometidos a reglas administrativas que rigen la salud pública, así como a las leyes constitucionales del país.
En lo concerniente al desempeño profesional en general en todas las profesiones, pero especialmente en el caso de la medicina, es la misma medicina la que decide finalmente sobre sus conductas.
Así lo hacía, cuando su conducta se regía solamente por los códigos deontológicos propios 14.
Pero, igualmente, cuando un conflicto trasciende el colectivo profesional y, por ejemplo llega a los tribunales de justicia, ante una demanda en que se vea implicado el ejercicio profesional de un médico u otro experto de la salud, el juez se va a ver necesitado de la evaluación de otros médicos o profesionales sanitarios.
Para prevenir conflictos de tribunales judiciales conviene complementar los códigos deontológicos con otros instrumentos que atiendan derechos y deberes de los pacientes.
En algunos países, se utilizan en este sentido las Cartas de Derechos de los Pacientes.
Sin embargo, estos instrumentos suelen ser escasamente conocidos por la población, como es el caso de Costa Rica.
Además de las dimensiones prudencial y deontológica, hay otra que reviste características peculiares, dado que la igualdad se convierte en diferencia en las sociedades democráticas.
Cada uno es igualmente independiente para tener sus propias convicciones, desde las cuales dar significado a la vida, la salud y la enfermedad, así como a la corporalidad.
Esta dimensión también expresa de manera especial la subjetividad de los agentes, en cuanto se refiere a aquello que le orienta en sus acciones, y su fidelidad a grupos que lo identifican y lo distinguen.
D. Gracia señala muy bien cómo el médico ya no se debe limitar a hacer el bien al paciente, "porque antes de hacerlo hay que preguntarle si tiene la misma idea del bien" que tiene el profesional (2006,9).
Por otra parte, se debe tomar en cuenta que según la noción de bien, se generan los motivos que pueden llevar a las personas a demandar o no atención médica.
Vamos a llamar con Ricoeur a ésta, la dimensión reflexiva.
La RM-P se ve también afectada por lo señalado en el párrafo anterior.
En esta dimensión, además, las tensiones tienden a permanecer.
Las convicciones están íntimamente vinculadas con aspectos fundamentales de la vida en las que puede haber diferencias radicales entre médico y paciente, como lo que tiene que ver con el inicio de la vida, la muerte, el sentido de la sexualidad y del mismo sufrimiento, entre otros aspectos.
Ahora bien, de la misma forma que los médicos deben respetar convicciones del paciente, también los pacientes deben respetar las del médico, y demás profesionales del sector salud.
Más aún, no sólo los pacientes.
También las instituciones sociales que sirven de marco a la atención sanitaria.
En el ejercicio privado es prerrogativa del médico aceptar la demanda de servicios que le hace una persona en condiciones que no sean de emergencia, en que la vida o la salud están en riesgo evidente.
Pueden mediar razones de competencia profesional (especialidades médicas, por ejemplo).
Pero igualmente pueden mediar convicciones religiosas, morales o éticas.
En concordancia con ellas puede aceptar o no solicitudes de tratamientos específicos, ordenados o tolerados por la autoridad.
Otro es el caso de los médicos asalariados que trabajan en instituciones privadas o públicas (clínicas y hospitales por ejemplo).
Lo usual en instituciones que no han tomado en cuenta el pluralismo moral de la sociedad es recurrir a las prácticas entre colegas médicos y profesionales, en las que se solicita a compañeros atender tratamientos específicos cuando se tienen motivos de conciencia religiosa y ética para no administrarlos.
Por otra parte, cuando se toma en cuenta que la convivencia democrática implica convivir con otros que tienen convicciones diferentes, se apela a una figura ético-jurídica que permite contemplar en la organización estas diferencias.
Se trata de la objeción de conciencia.
Esta figura hace operativo en el ejercicio de las profesiones un artículo MANUEL TRIANA ORTIZ constitucional presente en casi todos los países referente a las libertades fundamentales de los ciudadanos, particularmente la libertad de conciencia.
En la circunstancias del ámbito sanitario reviste características particulares, pues está de por medio -como señalamos-la vida y la salud de quienes solicitan servicios.
Por ello las desviaciones de la intención para recurrir a la objeción de conciencia como el extremo, que sería la intolerancia, o los abusos tales como tomarla de excusa para no colaborar, o para rechazar un tipo de pacientes, revisten serias consecuencias.
El recurso a la objeción de conciencia suele ser fuente de conflictos en diferentes niveles: con el paciente mismo, con los colegas, con la autoridad.
Y todos ellos revisten mayor importancia cuando el médico es funcionario de una institución, y, todavía más, si se trata de la seguridad social.
De allí la importancia de diálogo y reflexión para que estos conflictos puedan ser previstos, de tal suerte que cuando se presenten las diferencias de convicciones y afloren los conflictos se pueda actuar con respeto entre todos los agentes comprometidos.
Resultado de la previsión puede ser la regulación de la objeción de conciencia en las instituciones.
O, incluso, a nivel de leyes nacionales.
Algunos Estados lo han hecho.
La dificultad radica en que tal regulación no puede ser meramente formal, pues, por una parte, los avances técnico-científicos generan continuamente cuestionamientos éticos a las diferentes perspectivas, y, por otra, el pluralismo moral y ético es amplio.
De allí que, donde se ha regulado, se tengan que contemplar asuntos específicos, como los relacionados con el aborto, la anticoncepción, y las investigaciones con embriones, debiendo dejar a discrecionalidad de instituciones, de instancias deliberativas y de las relaciones entre colegas muchos otros aspectos.
La Bioética se ha visto dirigida regularmente a atender conflictos de la dimensión reflexiva.
El impacto y la curiosidad que despiertan hacen de este su lado espectacular.
Sin embargo, la reflexión bioética de temas atractivos, como los que lo son menos, permite mantener el diálogo así como proyectar formas de enfrentar circunstancias en las que el pluralismo moral se haga presente.
Bajo el enfoque de la ética cívica se puede apreciar que la democracia abierta al pluralismo se muestra como una forma de vida social en que tan fundamental como el acuerdo, es aceptar los desacuerdos, las diferencias, sabiendo convivir con ellos.
La asimetría de las relaciones humanas, incluidas las RM-P, implica la posibilidad de regirse por convicciones diferentes.
Pero apelar a la tolerancia sin diálogo, sin reflexión, puede conducir a que los conflictos tengan mayor dificultad para solucionarse.
En esta dimensión reflexiva como en la deontológica, el respeto mutuo tiene un papel análogo al cuidado en la dimensión prudencial.
Pero, igual que el cuidado requiere información, el respeto requiere reflexión.
¿Es fiduciaria o contractual la RM-P terapéutica?
Nos preguntamos al inicio.
Sin embargo, también es contractual y por ello deontológica, en el sentido de poder ser ordenada, tolerada y juzgada bajo normas profesionales, administrativas y jurídicas.
Ahora bien, la dimensión contractual se sobrepone a la fiduciaria cuando afloran los conflictos, o cuando se impone preverlos.
También la tercera dimensión igualmente sale a la superficie por conflictos.
En la dimensión deontológica el respeto a los otros se asocia con el respeto a la norma.
En la reflexiva el respeto se dirige directamente a la persona del otro o de la otra, que se manifiesta en sus convicciones, y a quien se debe conocer en su bagaje cultural.
B. LA ASIMETRÍA EN LA RELACIÓN CLÍNICA DE INVESTIGACIÓN
La Rebelión de los pacientes mencionada antes también ha tenido que ver con las relaciones de investigación (RI-P).
Desde la exigencia del elemental derecho a saber cuándo se es sujeto de investigación, hasta la demanda de recibir beneficios de los resultados, esta otra relación busca ajustarse en busca de simetría, bajo la exigencia democrática de igualdad de los agentes, en lo que tiene que ver con la autonomía y los derechos humanos.
Para comprender lo que ha pasado en esta relación, es necesario hacer referencia a la RM-P.
¿Cómo cambia la relación médico paciente de la una a la otra, de la RM-P terapéutica a la RI-P?
Aliviar el sufrimiento y la posibilidad de la cura siguen siendo fines en las dos formas de relación (RM-P y RI-P).
Ahora bien, este parentesco ha originado una confusión que se refleja en las dos orientaciones históricas 15 de su vínculo:
-la investigación se realiza en el marco de la RM-P; -la investigación es independiente de la RM-P.
La primera orientación exige que se mantenga siempre como primer fin de la RM-P el beneficio del paciente particular.
La investigación es un fin secundario.
Así lo entendió hasta hace poco la Declaración de Helsinki.
La investigación de un nuevo procedimiento diagnóstico o terapéutico debía ofrecer esperanzas de salvar la vida del paciente concreto en una RM-P -quien por ello era participante-, aliviar su sufrimiento u ofrecer posibilidades de curación.
Con el avance de las investigaciones se necesitó recurrir no sólo a enfermos, sino también a personas saludables.
Entonces se planteó la exigencia de distinguir la investigación que se hace con pacientes que padecen la enfermedad contra la cual se busca probar la eficacia del producto, la tolerancia y la dosificación, por una parte, y, por otra, la investigación en la que los participantes son personas sanas, o padecen alguna enfermedad con la que el producto en estudio no guarda relación alguna.
El segundo tipo de participante puede sacar la motivación de su generosidad y abnegación, aceptando ofrecer su organismo, es decir, de ofrecerse al riesgo implicado en la prueba.
Pero una cantidad amplia de estos participantes tienen como motivo el pago ofrecido directamente por casas farmacéuticas, o por empresas intermediarias 16.
Los participantes del primer tipo, es decir quienes padecen la enfermedad contra la cual se prueba el medicamento tienen usualmente la esperanza del alivio o la cura, y éste es el motivo que les impulsa a ser participantes en la investigación.
Finalmente, si bien las distinciones tienen valor para la investigación, las relaciones de investigación en general son vistas como independientes de las relaciones terapéuticas, y tienen procedimientos y normativa propios, independientes a las de las relaciones clínicas terapéuticas.
Los conflictos que se han presentado en las investigaciones médicas, en las que se estudian tratamientos de diversos tipos, alimenticios, y farmacológicos, de técnicas quirúrgicas, han sido espectaculares.
La indignación que ha representado el abuso de personas y grupos humanos ha movilizado en varias latitudes a personajes, grupos civiles, la prensa e, incluso a Estados.
Fácilmente se encuentra en la memoria colectiva, entre otros, los casos de los experimentos de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, así como de estudios de la sífilis en la población negra en Tuskegee, de los niños en el hospital de Willowbrook, entre otros.
En Costa Rica, fue muy importante la denuncia presentada por el Dr. Trejos Willis sobre las pruebas indiscriminadas de unas vacunas en niños de escuelas públicas.
Tal situación tuvo como reacción mediata la inclusión del consentimiento informado en la Ley General de Salud de mediados de los años setenta.
Tales abusos representaban y representan una forma de manipulación de las personas, aprovechando, casi siempre, su situación de vulnerabilidad.
Por ello, la dimensión preponderante para referirnos a las relaciones investigador-participante es la deontológica.
Sin perder de vista que la dimensión de la confianza en esta relación es fundamental, debemos reconocer que en la RI-P, el punto de partida es la seguridad de los participantes, quienes están expuestos a riesgos poco previsibles o incluso desconocidos.
A diferencia de la investigación en la RM-P, en la RI-P no terapéutica, el alivio y la posible curación son fines que pasan a ser mediatos.
El propósito radica en extender el conocimiento para mejorar la atención médica 17.
Entonces hay claridad y distinción en que con este propósito se recurre a personas saludables, así como a personas que padecen enfermedades no relacionadas con el fármaco en estudio, que se ofrecen a sí mismas para realizar pruebas con el fin de validar tratamientos con fármacos o procedimientos diagnósticos, quirúrgicos, etc.
Las guerras son situaciones en que se presentan condiciones para manipular a las personas, por ejemplo haciendo con ellas experimentos de índole variada.
En el campo médico un ejemplo ya señalado lo fue la segunda guerra mundial, y, no muy lejano en el tiempo, la guerra del Golfo Pérsico donde se hicieron pruebas de vacunas y tratamientos experimentales no "con", sino "en" soldados.
Por otra parte, una guerra de muy "baja intensidad" respecto de las anteriores, metafóricamente hablando, es la "guerra" comercial.
Semejante guerra no deja de plantear motivos de preocupación.
Un ejemplo de ello se da en el nivel de los MANUEL TRIANA ORTIZ médicos que hacen pruebas clínicas.
Éstos deben competir a nivel nacional e internacional por entrar en proyectos investigativos multicéntricos, y luchan "batallas" contra el tiempo para hacer aprobar los protocolos en sus países por instancias ético-científicas, cuando hay normativa al respecto.
Igualmente compiten en el reclutamiento de los participantes, lo cual a veces también resulta ser otro tipo de "batallas", especialmente si se trata de pruebas de medicamentos para pacientes de una enfermedad específica 18.
Bajo tal claridad y distinción entre la investigación y la RM-P terapéutica, toma mayor importancia la dimensión deontológica.
El paciente o persona sana participante en tales investigaciones ofrece (se supone) conscientemente su singularidad al servicio de la universalidad del conocimiento.
La sobreposición de la dimensión deontológica hace que las RI-P tengan un carácter semejante al contrato.
Ello se nota en una mayor presencia del Estado ejerciendo controles, con lo que se exige conocimiento claro y transparente en aplicación de normas y procedimientos, así como de supervisión en el apego estricto a ellos.
Igual claridad debería haber sobre objetivos, financiamiento, conflicto de intereses que se pueda dar, beneficios esperados y riesgos potenciales.
Pero tal presencia estatal es todavía una meta a mediano plazo en muchos países de América Latina, pues son muy pocos en los que se ha reglamentado la investigación en la que se incluyan todos estos aspectos.
De allí la importancia, ya no científica sino legal, que cobran el protocolo y el consentimiento informado, así como la idoneidad de los investigadores.
Sobre estos tres aspectos la legislación debe contemplar diferentes instancias que deben tener competencia para aprobar y supervisar las investigaciones.
El consentimiento informado es expresión de la autonomía del participante.
Como en la RM-P terapéutica, cuando se recurre al consentimiento informado, no se produce un traslado de la responsabilidad al paciente, sino una relación de responsabilidades compartidas entre el médico y quien demanda el servicio, en la RI-P hay igualmente responsabilidad compartida entre investigador y participante.
El hecho de compartir responsabilidades equilibra un poco la asimetría en la relación investigador-investigado.
En contrapartida al paternalismo, que también se hizo presente en las relaciones de investigación, las responsabilidades compartidas suponen que médico-investigador y participante son agentes, el segundo no sólo por consentir, sino también porque adquiere compromisos, e igualmente derechos, los cuales son especificados en el documento de consentimiento informado y en el protocolo.
El consentimiento informado en la investigación puede verse de cierta forma como expresión de una relación contractual.
Sin embargo reviste características particulares.
El participante ofrece objetivación de sí mismo a los fines de la ciencia en beneficio de otros.
Se compromete, bajo una dimensión fiduciaria, a observar procedimientos, ahora no tan sólo para su curación como en la RM-P, sino para que el conocimiento que se genere permita cura o alivio a muchas otras personas.
Ciertamente, en el caso de los enfermos se tiene la esperanza de obtener alivio o posible cura de su padecimiento.
Por otra parte, tiene la libertad de interrumpir su participación en cualquier momento de la prueba.
Tanto el grupo de investigadores, como el Comité Ético Científico, como los médicos que hacen los ensayos clínicos, son personas en quienes reposa la confianza de la sociedad y de los participantes.
A pesar de que el consentimiento informado exprese sus compromisos, son muchas las posibilidades que tiene para actuar, en las que cabría la opción de no decir toda la verdad, o de engañar, con serio riesgo de daño para los participantes y potenciales usuarios del producto en prueba.
De allí la necesidad de atender la posibilidad de conflictos de intereses que podrían ser motivo para faltar a la confianza, y generar normas y procedimientos que se puedan anteponer a los daños.
Precisamente por lo anterior, la idoneidad de los investigadores, el celo en su nombramiento por los patrocinadores y la aceptación por las instancias competentes debe darse el cuidado de contar con los mejores.
Pero no en menoscabo de las oportunidades para que se dé la formación y el entrenamiento en la experiencia de nuevas generaciones.
Una tensión que se vive en este contexto se da cuando un médico cree que por su experiencia profesional puede pasar a ser investigador sin práctica como tal, como es el caso expuesto al inicio de este escrito.
Sin duda esta experiencia le da una ventaja comparativa frente a quienes no la tienen.
Pero la investigación reviste condiciones particulares en las que es preferible que se haya recibido entrenamiento supervisado.
Conviene pensar también si la mayor importancia de la dimensión deontológica sobre la fiduciaria aconseja que los participantes no sean elegidos entre los pacientes de la RM-P terapéutica de la labor profesional del médico que al mismo tiempo hace investigación.
No es fácil cambiar el trato de confianza de esta relación a un trato que reviste un carácter de mayores formalidades.
Hemos señalado anteriormente que los pacientes atendidos en el nivel hospitalario están bajo condiciones que los hacen muy frágiles.
En la historia relativamente reciente de Costa Rica, y muy probablemente de otros países latinoamericanos, la sospecha generalizada de abusos en las investigaciones con pacientes (más que participantes) en hospitales de la seguridad social, denunciados por algunos médicos, generó un rechazo a las investigaciones entre la población, que tuvo eco en los directivos de la institución.
El efecto inmediato fue la prohibición a la realización de pruebas clínicas y estudios en los hospitales.
Una consecuencia mediata, a su vez, fue el recurso a los médicos que ejercen liberalmente su profesión para que hicieran pruebas clínicas e investigaciones por parte de los patrocinadores.
Igualmente fue consecuencia mediata la creación de instancias privadas que comenzaron a fungir como comités de ética de investigación, exigidos por la normativa internacional así como, regularmente, en los países de donde proceden los protocolos de investigación y de pruebas clínicas 19.
Pasados los momentos más críticos del conflicto, se ha reintentado abrir de nuevo la posibilidad a la investigación en hospitales, para lo cual se ha procurado una regulación que sirva de base.
No ha sido fácil llegar a un acuerdo para establecer la normativa (en menos de 10 años se han dado promulgado cuatro reglamentos).
Son muchos y variados los aspectos que se deben tomar en cuenta.
De ellos el más importante, sin duda, es el respeto debido a las personas hospitalizadas.
El estado de dependencia de estos pacientes los coloca en una situación de asimetría paradigmática, la cual los presenta como una población apta y fácil para realizar pruebas y estudios.
De allí la necesidad de tomar todas las previsiones reglamentarias posibles para no caer en prácticas dañinas, no sólo contra la salud de las personas, sino contra su integridad personal y la privacidad de su información confidencial.
Ello implica una estricta supervisión del cumplimiento de las exigencias científicas y éticas presentes en un protocolo debidamente aprobado por instancias competentes e independientes.
En esta clase de investigaciones es insoslayable lo que significa el consentimiento informado del paciente en todos sus extremos.
Su firma lo convierte en participante y, por ello en un agente moral.
Si bien esto sirve de paliativo a la asimetría, solamente el autocontrol de los investigadores, junto con la vigilancia y supervisión pueden dar alguna garantía en el respeto debido a estas personas.
De la misma forma que en la RM-P, en la RI-P se hace necesaria la intervención de profesionales para esclarecer aspectos técnicos en caso de conflictos que lleguen a tribunales de justicia.
No deja de ser muy interesante que parte de la normativa internacional sea un auxilio que prestan organizaciones médicas científicas en términos de orientación para hacer moral y ético el campo de la investigación.
Por otra parte, es posible la existencia de colectivos de investigadores en los que, como los colegios profesionales, certifiquen la idoneidad de las personas que se puedan dedicar a actividades de investigación.
Sin embargo, es más procedente el reconocimiento por parte de instituciones del Estado, así como por otras organizaciones no estatales como los comités de ética de la investigación.
Tal idoneidad debe contemplar la formación profesional sólida y experiencia, formación en investigación propiamente tal, conocimientos de ética de la investigación, de bioética y de bioderecho y, finalmente, reconocida probidad moral.
Junto con la idoneidad de los investigadores debe tenerse en cuenta la idoneidad de los participantes, no por la relación entre su situación de salud y el producto en estudio.
Su nivel de educación es un factor cada vez más relevante para investigadores y casas farmacéuticas.
Grupos de personas con buen nivel educativo son potenciales participantes más conscientes y vigilantes en el cumplimiento de normas y procedimientos, e igualmente críticos.
Todo ello favorece la investigación.
Pero ello no debe ir en detrimento de favorecer a población marginal por razones de nivel educativo.
Incluso, tanto para estas poblaciones como para los grupos con niveles de mayor educación, la participación en investigaciones puede ser una oportunidad educativa a propósito de la "alfabetización sanitaria" y la "alfabetización cívica" mencionadas antes (ver nota 5).
Por otra parte, a pesar de la inversión de la relación entre singular y universal -pues en la RM-P terapéutica va de lo universal a lo singular y en la investigación lo singular se pone al servicio de lo universal-, hay una exigencia de salvaguardar a toda costa la individualidad de la persona en la protección de la identidad civil del participante, así como no exponer su identificación genética, y cuidar que el material biótico (tejidos) que se le tomen de muestra no sean utilizados con fines ajenos a la investigación, sin clara y completa información y consentimiento.
Este último punto merece además no sólo decisiones individuales, sino también políticas estatales.
En estudios en que se involucre la genética, cabría la posibilidad de encontrar casos en que se detecten problemas genéticos en el material biótico que, por la anonimización se han independizado de los participantes.
Este descubrimiento podría ser importante tanto para la persona a quien se le extrajo la muestra como para su familia.
Ello hace pensar en la posibilidad de romper con la anonimidad, y conservar de alguna forma la identidad de los participantes.
Tenemos aquí un conflicto de valores, entre la importancia de la información para la salud, por una parte, y por otra, la protección de la identidad por razones laborales, o ante empresas aseguradoras, por ejemplo.
Ante esta situación podría pensarse en una forma de volver sobre el procedimiento en el cual se llegue no directamente al individuo, sino a un grupo de personas, para dar la información y dejar a su criterio someterse o no a otros exámenes para determinar su situación.
En todo caso debe medirse siempre el peligro de estigmatizar, no sólo a las personas que podrían presentar los problemas genéticos, sino también a los que no los tienen.
Dimensión prudencial en la relación investigador participante (RI-P)
En general, toda RI-P, como toda RM-P, tiene un carácter fiduciario.
Incluso ante el Estado y la sociedad, la confianza reposa sobre el autocontrol de los médicos-investigadores.
Ello implica la prerrogativa a los médicos de hacer pruebas en pacientes, contando siempre con su consentimiento.
Por su parte, los participantes también son agentes activos.
El pacto de cuidados encierra ahora un mayor significado: lo que haga o deje de hacer relacionado con el pacto de cuidado de sí aporta un conocimiento que puede ser aprovechado por muchísimas personas.
La participación en las RI-P puede ser por ello un motivo para mayor estima de sí.
Aunque no se debe olvidar el peligro de que haya personas que participen movidas más bien por baja estima o incluso por odio a sí mismos, y que lo que busquen sea exponerse a los riesgos de una investigación.
Y esto tanto para participantes enfermos como para participantes sanos.
Situaciones especiales: a) En muchos países la confianza es el único apoyo en las RI-P, pues no tienen regulaciones para la investigación con seres humanos o tienen controles muy débiles.
De cierta manera ocurre en C. R. y en otros países centroamericanos.
Ello ha atraído y aún atrae a la realización de ensayos clínicos que forman parte de investigaciones multicéntricas 20 de transnacionales farmacéuticas o de otro tipo de instituciones que en sus países de origen deben cumplir regulaciones muy estrictas 21.
Afortunadamente, la cultura en ética de la investigación -y la prevención de conflictoshan llevado a grandes empresas farmacéuticas a acatar las directrices internacionales de acuerdos y declaraciones internacionales cuando hay ausencia de regulación o es difusa.
Muchas de estas grandes empresas han entendido que asumir pautas éticas es parte del negocio, en un mundo en que cada vez hay más vigilancia y supervisión sobre la investigación, tanto por parte de los Estados y de la sociedad civil, así como de la misma competencia entre las empresas.
Por otra parte, existen otros aspectos positivos de la investigación dentro de la RM-P: tanto la posibilidad que se da en países del tercer mundo para entrenar personal médico en este tipo de investigaciones, como el hecho de que pacientes, a veces en gran número, tengan solamente este recurso como esperanza de alivio o de cura.
Se debe añadir también que la disciplina y los cuidados a los cuales deben someterse los participantes les son beneficiosos 22. b) Bajo la motivación de la esperanza de alivio o cura, se presenta una modalidad de administrar medicamentos en investigación llamada el "acceso expandido".
Esta modalidad se distingue de la relación de investigación, como se ha expuesto hasta aquí, por el hecho de que se administra el fármaco a una persona que sufre de la enfermedad, no por un médico investigador, sino por el tratante, bajo condiciones de haber descartado otros medicamentos acep-
tados por las instancias reguladoras por no surtir ningún efecto.
Las compañías farmacéuticas piden a cambio un reporte de la evolución del paciente.
El escenario es un poco complejo, pues, si bien existe una posibilidad de cura, o de alivio, cuando no de aumento del tiempo de vida, el paciente está expuesto a riesgo por tratarse de un medicamento que no está registrado ni en el país, ni en ningún otro, no está respaldado por un protocolo en manos de un equipo de investigación local, ni tiene tampoco un seguro que cubra los riesgos de la situación.
El médico tratante no tiene la misma responsabilidad, ni recibe el salario de un investigador, aunque sí se le pide información que puede ser muy valiosa.
Pero, por otra parte, cabe la posibilidad de que el medicamento surta efectos beneficiosos para el paciente.
Aunque ya hay países que han aceptado esta modalidad, basados en la confianza tanto en lo que señalan las empresas farmacéuticas, como en el médico tratante, no debe dejarse a ninguna persona en situación de riesgo sin protección alguna, incluida la posibilidad de abuso.
No deja de haber beneficio por la información que puede aportar esta modalidad, a un costo mínimo para las empresas.
Aceptar sin más esta modalidad puede desvirtuar casos de excepción y convertirlos en un mecanismo cotidiano, en el cual se aprovechen las situaciones límite con mayor beneficio para la investigación que para el enfermo.
Pero el rechazo generalizado hace que se pierda una posibilidad para el paciente, y una fuente de información que favorecería a otras personas.
Lo aconsejable parece ser permitir a los médicos investigadores y tratantes, actuar con discrecionalidad, y con la ayuda deliberativa de un comité de bioética asistencial y/o de investigación.
Lo que no se podría dejar de cumplir es el consentimiento informado, en el que el paciente, o quien esté autorizado expresen su decisión de aceptar o rechazar la modalidad, o de retirarse de la terapia en cualquier momento.
Finalmente, desde la perspectiva de la dimensión reflexiva conviene señalar dos aspectos.
El primero, la atención que el participante debe prestar a las exigencias implicadas en las pruebas, tanto desde el punto de vista de las condicio-nes físicas como de las convicciones morales personales.
Aquí también cabe "la igualdad de la diferencia", posibilidad de hacer valer convicciones.
El cuidado de sí implica todo lo que afecte la estima de sí, aunque ello genere tensiones.
De allí que el participante deba ser informado no sólo de los aspectos técnicos de la investigación y lo que debe hacer, sino de las implicaciones de lo que se le pide, cuando hay evidencia de choque con los valores de su cultura, o sospecha de los que están implicados en sus convicciones personales.
El participante debe tener la oportunidad de comprender lo que se le informa y de contrastarlo con su visión de la vida, sus creencias, sus valores, antes de asumir el compromiso.
Ahora bien, tanto las tensiones de la investigación, como también las que se dan en la RM-P no dejarán de estar presentes mientras no haya posibilidad de hablar libre y públicamente de todo lo que está en juego, entre ellos los aspectos económicos, financieros e industriales, así como las diferentes visiones de la salud, el sufrimiento y la corporalidad.
Como se ha señalado en diferentes oportunidades, es necesaria una cultura ética de la investigación, para la cual se necesita, junto con la posibilidad de información y diálogo, otros factores como la convicción de su necesidad en función de conocimientos para mejorar el cuidado, iniciativas con apoyo económico, apertura del Estado y pertinente regulación, oportunidades educativas y libertades básicas e instrumentales (A. Sen).
En otras palabras, condiciones todas que generen una mayor simetría en los aspectos pertinentes de la relación entre investigadores y participantes.
Muchas de estas condiciones son todavía metas a mediano y largo plazo en países del tercer mundo.
El sobredimensionamiento del prestigio del experto, la falta de regulación y las diferencias educativas y culturales lo ponen en una relación asimétrica con sus conciudadanos.
Por ello las tensiones generadas en grupos que adversan la investigación con los que la favorecen son tan tirantes que tienden a paralizar iniciativas, actividades, proyectos.
Este es el otro camino fácil, propio de una actitud también paternalista.
Pero las consecuencias son nefastas.
Sin investigación la medicina no puede avanzar.
Además, en una sociedad prohibitiva, suelen ser muy comunes las actividades clandestinas.
La investigación en medicina no es MANUEL TRIANA ORTIZ excepción.
El camino aconsejable es el de la regulación y la transparencia.
Pero este camino es el difícil, pues exige cambios en la mentalidad de profesionales y de la sociedad mediante la educación y el consenso.
Factores que traen consigo mayor simetría, ya no sólo en las relaciones de investigación y en las clínicas, sino en la vida civil y política de la sociedad.
De allí que el reto de la Bioética sea tan grande, como apasionante.
Nos preguntábamos al inicio de este escrito si ser un profesional de la medicina es garantía para realizar investigaciones en que se prueban medicamentos nuevos.
Con base en la pregunta nos propusimos una comparación entre las relaciones clínicas terapéuticas, es decir, las relaciones médico-paciente, y las relaciones que se dan entre investigador y participante.
Enfocamos las relaciones, a su vez, bajo la perspectiva de una ética cívica con la inquietud por la simetría o asimetría entre los actores, unida a la pregunta de si estas relaciones son fiduciarias o contractuales.
Seguimos en la respuesta la propuesta del filósofo Paul Ricoeur acerca de los tres niveles (dimensiones las llamamos aquí) del juicio médico.
Si bien hay una asimetría insalvable, cual es la de que el médico como el investigador tienen conocimientos y experiencia que el demandante de servicios, así como el participante no tienen, lo cual, ade-más, es base de la relación, ello no implica asentir a una relación paternalista.
En las tres dimensiones y para las dos formas de relación (RM-P y RI-P) pudimos señalar criterios para el avance de un paternalismo asimétrico hacia una simetría democrática.
Tal avance se fundamenta en la consideración de agentes morales a los actores implicados en las distintas formas de relación, con responsabilidades, deberes, obligaciones y posibilidad de convicciones propias, que encierran tolerancia y respeto mutuos.
En respuesta a la pregunta, señalamos una diferencia fundamental, cual es que en la relación médico-paciente la dimensión preponderante es la fiduciaria (prudencial siguiendo a Ricoeur), mientras que en la relación investigador-participante lo es la deontológica, íntimamente asociada a la contractual.
Este cambio hace pensar en la necesidad de tomar en cuenta una idoneidad propia del médico investigador, no sólo compatible sino, además basada en la del médico, pero diferente.
Indicamos al respecto que, junto con la formación profesional sólida como médico y la experiencia en su campo, el investigador debe tener conocimientos de ética de la investigación, de bioética, nociones básicas de bioederecho, además de formación en investigación propiamente tal.
A propósito del caso inicial, la visita de quienes se encargarían de las pruebas clínicas de una investigación fase dos, la cual era la primera que harían en su vida, la doctora que fungiría como investigadora principal entendió la decisión del Consejo de Investigaciones.
El médico asistente de la investigación... no tanto.
Recibido: 30 de junio de 2007 Aceptado: 30 de septiembre de 2007 NOTAS 1 Lineamientos básicos de su ética de la intención, llamada por él la pequeña ética, tienen aplicación valiosa.
Así lo ha mostrado por ejemplo León Correa (2006) para interpretar el concepto de autonomía en el ámbito de prestación de servicios de salud.
2 No deja de ser llamativo que incluso en hospitales del primer mundo, parte de la propaganda con que se promocionan sea acompañada de "ganchos" publicitarios relativos al trato humanitario, "caring manner and to treat the patient as we would want our family member treated", se lee en una revista comercial de una empresa aérea.
3 Esta percepción de la medicina corresponde a estratos sociales y económicos de altos niveles de ingresos, hacia los cuales se dirige especialmente el ejercicio de la profesión médica en centros privados.
La posibilidad de que países en desarro- Esto influye en la simetría de esta relación, lo cual se ve corroborado por el matiz paternalista que permea toda la obra.
10 Debe tenerse en cuenta que la confidencialidad y la intimidad son vulnerables no por acción del médico, sino también de personal que le asiste a él, así como por otros profesionales.
Esto supone procurar sistemas de seguridad efectivos sobre esta información.
Tales sistemas pueden ser más efectivos en el sector privado que en el público.
La cantidad de médicos y de otro personal sanitario que tienen acceso a los expedientes, suele ser menos numerosa en la atención privada.
Igualmente la cantidad de pacientes.
Ello influye en que en el sistema público haya un trato más impersonal en todo lo relacionado con el paciente, precisamente en lo relacionado con su información personal.
11 Beauchamp y Childress (1999,414 ss.) señalan dos tipos de conflictos de intereses opuestos, propios de la situación socioeconómica en que se desenvuelve el acto médico: 1) que la lealtad del profesional con la empresa o institución para la cual trabaja le conduzca a restringir tratamientos necesarios; 2) en sentido opuesto, puede darse lealtad del médico a una empresa que ofrece incentivos para prescribir tratamientos innecesarios.
Ejemplo de esto último se da cuando se trata de empresas en las que el mismo médico tiene acciones o algún tipo de propiedad.
A estos dos tipos de conflictos de lealtades se puede sumar uno que las incluye, presente en países latinoamericanos: trabajar de tal manera que en el sector público se deteriore la atención a los pacientes, para forzarlos, en la medida de sus posibilidades, a recurrir a la medicina privada o a servicios, equipos y medicamentos del mercado.
12 Se ha de tener en cuenta igualmente como agentes a otras personas que prestan sus servicios a la RM-P, a saber, médicos, farmacéuticos, microbiólogos, etc. Sus roles cobran cada vez mayor importancia, y, con ellos, sus responsabilidades.
14 D. Gracia afirma a propósito de este punto que no la profesión médica sino también las otras profesiones tradicionales, al regirse por un código deontológico, tenían capacidad legislativa, ejecutiva y judicial, autónoma (2006,11).
15 Una de las primeras veces que se hizo la distinción en un documento de carácter oficial entre relaciones terapéuticas y relaciones de investigación, se llamó a la segunda "experimentación humana".
Se trató de una circular del Ministerio del interior del Reich en 1931: "Guías para la experimentación en seres humanos y nuevas terapias".
16 Ejemplos de estas empresas son la SFBC que lidera un sector de mer-MANUEL TRIANA ORTIZ cado con un movimiento de 14.000 millones anuales en EE.UU. Como ésta otras empresas ayudan a parte de los 3,7 millones de habitantes de EE.UU. que reciben pago por prestarse como participantes de investigaciones y pruebas clínicas.
Buena parte la constituyen inmigrantes pobres que encuentran en ello una fuente para paliar su situación económica.
Por otra parte, debido a la mayor vigilancia y supervisión que se ha establecido en países del primer mundo, hay una tendencia a trasladar estas investigaciones y pruebas a países tercermundistas.
Un caso de esto lo constituye la India, donde se ha dado un aumento vertiginoso en participantes pagados.
En este caso, como en el de la mayoría de países del tercer mundo el monto del pago es muy tentador, pues a pesar de ser desproporcionado respecto del que recibiría un participante que sea habitante del primer mundo, en estos países correspondería a una suma elevada.
(Revista de Bioética y Derecho: SOS de las cobayas humanas p.
17 Por este motivo, se puede pensar que las corrientes éticas que tienen como punto de partida el sistema ético kantiano fácilmente se cuestionan si es correcto participar en estas investigaciones, pues quien lo haga se mediatiza ante un fin ajeno a sí mismo, a su persona.
Efectivamente, en la Metafísica de las Costumbres, Kant juzga con dureza a los médicos que se aprovecharían de convictos condenados a muerte, para realizar en ellos pruebas científicas.
Aunque el juicio kantiano no se hace tanto por la mediatización de los convictos, sino por no cumplir con la condena a muerte, la cual en su perspectiva sería ir contra el derecho, pues sería vender la justicia penal, al precio de los conocimientos (Kant, 1994, 167-168).
Por otra parte, a partir de esta misma obra, se puede pensar que, participar por propia voluntad en una investigación, movido por la benevolencia activa práctica (proponerse como fin el bien y la salud del otro), hace moralmente correcta la decisión (1999,(321)(322).
18 En esta guerra "la carne de cañón" la conforman los millones de personas que tienen en su participación pagada en pruebas clínicas, un recurso de sobrevivencia.
19 En buena parte de la primera década del nuevo siglo, la mayoría de la investigación en Costa Rica está supervisada en primera instancias por entes privados, supervisados por una instancia estatal adscrita al Ministerio de Salud, conocido como el CONIS (Consejo Nacional de Investigaciones en Salud).
20 No debe confundirse la investigación con los ensayos clínicos.
Beauchamp y Chidress definen los ensayos como "instrumentos científicos que pretenden proteger a los pacientes actuales y futuros frente al entusiasmo y a las corazonadas médicas, sustituyéndolas por tratamientos de validez comprobable" (1999,426).
Las pruebas o ensayos clínicos forman parte de la investigación, pero no son investigaciones en sí mismas.
Como instrumentos están al servicio de la investigación propiamente tal.
21 Se puede mencionar, como ejemplo, las condiciones del espacio físico destinado para realizar las investigaciones, especialmente cuando se requiere toma de muestras.
Estas condiciones superan, la mayoría de las veces, las que pueden ofrecer los consultorios médicos.
22 Aunque no tanto como para publicitar la participación de voluntarios en investigación como un privilegio, tal como se ha hecho en países latinoamericanos. |
En julio de 2007 entraba en vigor la ley que regula la investigación biomédica en España.
Entre otros temas, la norma se ocupa de uno de los asuntos más controvertidos durante los últimos años, el uso para la investigación de células troncales, células humanas.
De acuerdo con la Ley 14/2007, sólo serán autorizados aquellos proyectos que cumplan determinados requisitos, como el respeto de los principios éticos, que los investigadores y el centro en que "... se prohíbe expresamente la constitución de preembriones y embriones humanos con fines de experimentación y se autoriza la utilización de cualquier técnica de obtención de células troncales humanas con fines terapéuticos o de investigación, incluida la activación de ovocitos mediante transferencia nuclear, que no comporte la creación de un preembrión o de un embrión..."
se realice el proyecto estén debidamente cualificados, que la autoridad haya dado su autorización, que existan informes favorables del comité de ética y de la comisión de garantías para la utilización de tejidos; además de esto, el equipo cederá las líneas celulares a otros investigadores, los donantes de los preembriones han de dar su consentimiento y, ante todo, los proyectos de investigación deben tener una finalidad terapéutica.
No podía ser de otro modo en un país de la Unión Europea, en la cual los proyectos son evaluados tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista ético.
Un investigador que pretenda realizar ensayos con seres humanos, que vaya a utilizar tejidos de pacientes o tejidos de embriones y de fetos, que acceda a datos personales sensibles, que, además, se sirva de agentes biológicos que pudieran poner en riesgo la salud humana, la de los animales o la de las plantas, en todos estos casos necesitará un informe favorable del correspondiente comité de Ética.
Los proyectos que requieran el uso de organismos genéticamente modificados (OMGs), o bien la experimentación con animales habrán de cumplir este mismo requisito, contar con una evaluación ética favorable.
¿Cómo se realiza esta evaluación?
Los principios generales que han de guiar a los investigadores se encuentran, por ejemplo, en el Convenio 1 de 1997, sobre derechos humanos y Biomedicina, también en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, del año 2000, y antes aún en la Declaración de Helsinki.
Es más, a partir del Código de Nürnberg, de 1949, los acuerdos, códigos, declaraciones, convenios han tenido un único objetivo: la protección de los derechos fundamentales de los sujetos que participan en la investigación.
Un modelo de ciencia responsable antepondrá siempre los intereses y las necesidades de los individuos al interés de la sociedad, guiándose por algunos principios básicos, como son el respeto por la integridad y la dignidad de los pacientes o los sujetos de la experimentación.
Una cuestión tan debatida como es la clonación con fines terapéuticos ha merecido una especial atención en los países de la Unión Europea, desde 1998, con la Resolución del Parlamento a propósito de la técnica de clonación de seres humanos; por tanto, la legislación española sobre el tema -la Ley 14/2007-sigue los criterios que están siendo aplicados en algunos países del mismo entorno.
Sigue también la tendencia a ampliar la responsabilidad de la ciencia, promoviendo la calidad 2 y, en suma, la difusión de las "buenas prácticas".
Es decir, más allá del respeto por los derechos individuales, está también el compromiso de los investigadores y de las instituciones con algunos estándares que garanticen la calidad de los procedimientos y de los resultados.
Estos estándares serán científicos y, a la vez, morales; por ejemplo, la eficacia en la investigación debería ir acompañada de otros principios, como son la seguridad y la igualdad de oportunidades, con objeto de que todos tengan acceso a los beneficios de los ensayos o de los tratamientos resultantes.
La Ley 14/2007 ejemplifica la integración de los requerimientos éticos en la investigación científica, ya que la norma mantiene la idea básica de respeto por los códigos de conducta, por los derechos y por la dignidad y, a la vez, se hace eco de nuevas demandas, como son la calidad y la transparencia en la actividad científica.
Tal y como se ha hecho en otros países, la ley española presta atención a los comités de Ética, ya que éstos favorecen la intervención de la sociedad civil en la toma de decisiones.
La deliberación en los comités es una muestra del enfoque multidisciplinar y plural que requiere la investigación biomédica; además, contribuye prácticas transparentes y, en una palabra, hacia el "buen gobierno" en la actividad científica.
Ésta, la ciencia es una institución que, como otras instituciones, ha de estar abierta al escrutinio de los ciudadanos, los afectados por los beneficios y los riesgos de la experimentación.
En las páginas siguientes se analiza el papel constructivo que desempeña la Ética en el ámbito de la investigación; su función básica consiste en definir principios morales, con objeto de trazar la línea divisoria entre las malas y las buenas prácticas.
Además, la Ética defiende la el responsabilidad y, en general, buen gobierno o "gobernanza" en la actividad científica.
(1) Los principios morales son la base de un marco normativo que ha sido construido a lo largo de varias décadas, a partir de 1947, de forma laboriosa y, casi siempre, tras circunstancias dramáticas.
Su objetivo ha sido, es, asegurar el respeto por los derechos fundamentales de los sujetos de experimentación; el consentimiento informado forma parte de este enfoque, ya que pretende garantizar la autonomía de los sujetos que deciden intervenir en la experimentación.
En este aspecto, todavía están en la memoria los daños causados por una forma opuesta, y letal, de entender la investigación; tanto la Declaración de Helsinki, en sus distintas versiones desde 1964, como el Informe Belmont, M.a TERESA LÓPEZ DE LA VIEJA la protección de derechos, aunque también valora el nuevo papel a desempeñar por los comités éticos.
En suma, la eficacia sigue sendo un criterio fundamental para evaluar los resultados de la ciencia, pero han de contar también la responsabilidad, la justicia, y, en suma, el buen gobierno en todos las fases de la investigación.
En la Unión Europea, entre los requisitos de buen gobierno o gobernanza están la eficacia, la coherencia, la participación de los ciudadanos, la transparencia: dar cuenta es algo obligado.
La intervención de los Comités de Ética y, en general, la mirada ética sobre la investigación responden a este propósito, fomentar una deliberación pública, abierta y transparente, sobre de las decisiones que conciernen a la investigación y, ante todo, a la legitimidad democrática de las políticas científicas.
Según establece la Ley 14/2007, cualquier investigación que emplee tejidos u órganos de preembriones sobrantes de las técnicas de reproducción asistida -hasta 14 días desde la fecundación 3 -requerirá, ante todo, del consentimiento escrito de los donantes; además, la donación carecerá de de finalidad lucrativa, el proyecto ha de contar con un informe favorable de la Comisión de Garantías para la Donación y, en todos los casos, éste tendrá un propósito diagnostico o terapéutico 4.
Los controles han de ser más exigentes, si cabe, en este tipo de proyectos, debido a su complejidad y, ante todo, por las notables repercusiones éticas e ideológicas que tiene el tema.
En esto, la norma ha seguido los criterios generales que deben valer para toda investigación en el ámbito biomédico: la protección de los derechos individuales y, además, la prevención de riesgos o daños 5.
Es posible que éstos, los riesgos, hayan cambiado o sean más importantes que en 1964, cuando la Asociación Médica Mundial adoptó por vez primera la Declaración de Helsinki; aun así los principios básicos siguen siendo los mismos, ya que el objetivo fundamental de todo investigador no puede ser otro que la protección de la vida, la salud, la dignidad de los sujetos humanos.
sin embargo, los principios que deben guiar la investigación se refieren de forma prioritaria a los humanos, a su salud 7 y a su bienestar.
El diseño de los experimentos, la competencia científica que deben tener los investigadores, la correcta evaluación de riesgos y beneficios, la relevancia de los objetivos, el tipo de información que se ha de ofrecer a los participantes, todos los principios contenidos en esta Declaración -veintisiete principios básicos-, incluso el respeto por la integridad, están destinados a proteger a los sujetos humanos, por encima de cualesquiera otras consideraciones.
Por idéntica razón, los proyectos tendrán en cuenta la literatura científica, toda la información que sea relevante en cada caso y, de haberlos, los resultados obtenidos de la experimentación con animales 8, algo que resulta bastante significativo.
El papel asignado al principio de confidencialidad de la información o al respeto por la intimidad 9 indica que, efectivamente, el progreso del conocimiento ha de estar en función de los intereses de los pacientes, seres humanos.
El interés de la ciencia, el de la sociedad u otros se subordinarán al bienestar humano, de manera que los protocolos de los ensayos han de ser supervisados por un comité de Ética.
A su vez, éste deberá ser independiente con respecto a los investigadores, con respecto también a quienes financien o tengan alguna influencia sobre los proyectos.
Es decir, el compromiso con los sujetos humanos no sólo obliga a valorar los riesgos y beneficios para la salud que puedan tener los ensayos, integrando criterios morales en cada etapa del trabajo científico, sino que, además de esto, ha de ser un compromiso inequívoco con el bienestar y con la integridad de los sujetos, a todos los niveles.
En los ensayos, el interés por el avance de los conocimientos debe ser compatible, por tanto, con la protección de los derechos individuales, lo cual implica, por ejemplo, que los sujetos han de prestarse voluntariamente a participar, pudiendo retirarse o negar su consentimiento en cualquier fase de la investigación.
En esta misma línea, la Declaración 10 ha tenido en cuenta las circunstancias de aquellas personas especialmente vulnerables, bien por edad -los menores-, por incapacidad o por otros impedimentos; en todo caso, será necesario el consentimiento de los representantes legales o de las personas que cumplan esta función.
Ningún ensayo ha de estar al margen o en contra de los derechos de los pacientes; de acuerdo con esto, en situaciones de necesidad habrá que recabar el consentimiento en cuanto sea posible o, en su defecto, se dejará constancia de ello en el protocolo a disposición de un comité de Ética.
La protección de los sujetos y la evitación del daño están, pues, en el origen de la primera Declaración de Helsinki, al igual que habían sido una prioridad en el Código de Nürnberg, de 1949.
Este documento fundacional, con diez principios básicos para la ciencia y la Medicina contemporáneas, pretendía que quedara definitivamente atrás un pasado de experimentos criminales, a gran escala, perpetrados por un número elevado de profesionales que habían hecho suya la política del control total, del Estado totalitario 11.
En adelante y para impedir que los experimentos lleguen a producir sufrimientos o daños innecesarios, será preciso que el riesgo no sea superior al problema que se desea resolver, que los investigadores estén cualificados para llevar a cabo el proyecto, que el experimento se base en datos previos, incluidos los datos procedentes de la experimentación con animales.
Aun así, lo decisivo era -y es todavía-el consentimiento voluntario de los sujetos, libres en todo momento para concluir el experimento, de tener alguna razón para ello.
La línea divisoria entre el pasado y prácticas que sean más acordes con la Ética no fue, al parecer, lo suficientemente nítida, aún existiendo ya Código y la Declaración de 1964.
En 1979, el Informe Belmont reiteraba que la experimentación ha de seguir varios principios, como son el respeto por la autonomía personal, la beneficencia -y no causar daño-, la justicia.
Sin olvidar la necesidad de contar con el consentimiento informado 12.
Dicho esto en Estados Unidos, como respuesta ante abusos y malas prácticas en la experimentación, que habían sido aceptados por los investigadores y por las agencias oficiales a lo largo de varias décadas, siendo apenas conocidos por los ciudadanos y, aún peor, por los afectados.
Treinta años más tarde, en los noventa, se pudo conocer por fin el verdadero alcance que había tenido el problema 13; por primera vez, las victimas o sus allegados fueron "visibles" y se los tomó en consideración.
A partir de entonces, las declaraciones internacionales, informes, códigos, convenios suscritos a propósito de esta materia insisten en el papel del consentimiento.
Es más, el procedimiento suele ser algo más estricto para el ámbito de la investigación con seres humanos que para la practica clínica, con la intención de mejorar la protección de los derechos y, en definitiva, la seguridad de quienes contribuyen de forma voluntaria al avance del conocimiento científico.
El Convenio de 1997 es una muestra de la especial atención que se ha de prestar a los temas relativos a la investigación, dada la situación de vulnerabilidad en la que se hallan quienes participan en los ensayos y en los proyectos.
La forma de regular el consentimiento indica que, efectivamente, en el Convenio la protección de los derechos tiende a ser aún más rigurosa, si cabe, en la investigación que en la práctica clínica.
El documento establece varios requisitos, empezando por la formalidad del procedimiento, la implicación de distintos agentes, además de los sujetos de la investigación, el tipo de valoración de los proyectos para que sean aceptables desde el punto de vista científico y ético, y, por último, el respeto por la legislación que esté vigente en cada uno de los países 14.
Puede decirse que, cuando se trata de investigación, la esfera privada y la esfera publica han de ser complementarias, de modo que el consentimiento individual no será suficiente, por libre e informado que sea.
Por ejemplo, hay medidas adicionales para proteger a quienes no están en condiciones para dar su consentimiento, además de las ya previstas para las intervenciones clínicas.
Tal vez por eso, el Protocolo Adicional al Convenio, del año 2004, insistía en las situaciones y en los agentes que requieren una especial protección, así como en el papel reservado a los comités de ética 15, comités independientes.
1) La regla general del Convenio 16 dice que toda intervención que afecte a la salud necesitará del consentimiento de la persona afectada.
El consentimiento será libre, una vez haya recibido la información apropiada sobre los riesgos y posibles consecuencias de la intervención.
Se entiende que el interesado podrá también retirar en cualquier momento su permiso, si así lo decidiera.
Para aquellas personas que no tengan la capacidad de consentir, sólo están previstas intervenciones que les puedan beneficiar en modo directo 17; será tenida en cuenta la opinión de los menores de edad, según su grado de madurez y, además, será preciso el consentimiento de su representante legal o persona designada a tal efecto.
Está previsto un procedimiento similar para aquellos adultos que no tengan capacidad para aceptar las intervenciones, bien por enfermedad o por alguna causa parecida, por tanto, los representantes legales recibirán la información pertinente antes de dar su autorización.
Para los enfermos mentales, las intervenciones habrán de servir para tratar sus trastornos, siempre y cuando no hacerlo sea un riesgo mayor que sí hacerlo, ajustándose a lo establecido en la legislación.
El Convenio tiene un planteamiento análogo sobre las situaciones de urgencia 18, permitiendo intervenciones en beneficio de la salud.
2) Los requisitos aumentan cuando de investigación se trata.
El Convenio de Oviedo contempla una protección adicional para los sujetos 19: el consentimiento será consignado por escrito, podrá ser retirado en todo momento y, además, los experimentos tendrán que cumplir determinados requisitos.
Sólo será aceptado aquellos experimentos para los cuales no haya todavía un método alternativo, en caso de que exista proporción entre los posibles beneficios y los riesgos; el proyecto tendrá que ser evaluado desde el punto de vista científico y según sean sus objetivos, si éstos son o no relevantes, la autoridad con competencias en la materia tendrá que aprobar el proyecto, etc. Para mayor seguridad, las personas que vayan a intervenir en la experimentación han de ser previamente informadas sobre sus derechos, también sobre las garantías previstas en cada legislación.
Es de destacar que el Convenio tenía en cuenta a quienes no puedan dar su consentimiento, aceptando sólo aquellos experimentos que redunden de manera directa en su salud, o en la salud de personas que se hallen en circunstancias parecidas; aun así, en algunos casos no será posible realizar la investigación a pesar de que los sujetos estén en situación de consentir 20.
La regla general afirma que es necesario el consentimiento; además de esto, deben darse ciertas condiciones y, por descontado, el proyecto ha de ser conforme a la ley.
3) Los casos que están en una frontera incierta, como es la experimentación con embriones -embriones in vitro, procedentes de las técnicas de reproducción asistida-demuestran que cada país tendría que regular el modo de proceder a este respecto.
El Convenio de 1997 remitía a las leyes nacionales sobre el tema, caso de haberlas, dejando claro, no obstante, que se debe prohibir la creación de embriones humanos, destinados únicamente a la experimentación 21.
Sin embargo, el Protocolo Adicional 22 al Convenio, del año 2004, era neutral en esta cuestión, el uso de embriones in vitro, centrándose en la investigación con fetos y con embriones en vivo.
4) En cambio, el Protocolo Adicional se ocupaba expresamente de un asunto controvertido, la investigación con El Protocolo Adicional volvía sobre el tema del consentimiento a propósito de las personas que se hallan en situación de emergencia 26, para reiterar que el proyecto en cuestión deberá contar con la autorización correspondiente, además la investigación ha de ser más efectiva en ese contexto que en las situaciones habituales, la persona afectada no tendría que haber manifestado antes una opinión contraria, el ensayo tendría que aportar algún beneficio a esa persona o a otras, con enfermedad parecida y en condiciones similares; en cualquier caso, el estudio ha de tener pocos riesgos e inconvenientes para la salud.
Quienes se encuentren privados de libertad tendrán una protección similar, según el Protocolo, cuyo principal objetivo era garantizar a todos, sin discriminación 27 alguna, que la investigación biomédica respete la dignidad y la integridad personal.
MALAS PRÁCTICAS, BUENAS PRÁCTICAS
Los problemas de discriminación y su incidencia sobre la actividad investigadora estaban ya entre las pautas elaboradas por la CIOMS, en el año 2002.
Por seguir con el ejemplo anterior, el documento 28 se refería a las mujeres en edad fértil y a la tendencia generalizada a excluirlas de los ensayos clínicos, alegando los riesgos que éstos tendrían para la salud o la vida del no nacido.
La posibilidad de quedar embarazadas ha servido, entonces, para restringir la participación de las mujeres en los experimentos y las pruebas, con evidentes consecuencias para su salud; a pesar de que se podrían realizar los tests correspondientes antes o durante el ensayo -o la aplicación de tratamientos, medicamentos, vacunas, etc.-, a pesar de que los medios anticonceptivos estarían al alcance de aquellas mujeres que fueran a intervenir en la experimentación.
Incluso cuando se alegan motivos legales o religiosos para no hacerlo así, siempre cabe la posibilidad de incluir en la investigación a mujeres que estuvieran en otras circunstancias.
Por tanto, no es correcto considerarlas siempre como un grupo especialmente vulnerable, para excluirlas.
Es evidente que los mismos factores que generan discriminación en todas las sociedades, han intervenido, una vez más, en detrimento de la salud de las mujeres, privándolas de los beneficios derivados de los ensayos, o de información actualizada sobre la eficacia de terapias y de vacunas.
Es decir, las mujeres en edad fértil tienen menores oportunidades que los hombres de valorar por sí mismas los riesgos a los que podrían someterse.
La conclusión es que esta práctica discriminatoria tendría que ser erradicada y, en todo caso, la decisión de participar nunca debería ser "autorizada" por la pareja o el marido de la interesada.
Las pautas de la CIOMS significaron un avance, pero seguían el modelo centrado en los derechos, según él cual es imprescindible el consentimiento de los sujetos.
Es decir, seres humanos, con competencia para tomar decisiones sobre su salud y su bienestar.
El problema es que ni estas ni otras condiciones están aseguradas y entonces, ¿podría hablarse de criterios morales universales?
¿Habrá dos tipos de ciencia, dos tipos de ética?
El enfoque "minimalista" -o liberal en un sentido estricto-estaba también en la Declaración de Helsinki y en el Convenio de 1997; fiel a esta línea, el documento de la CIOMS prestaba, sin embargo, alguna atención a los casos límite, que no son sólo los sujetos más vulnerables 29, los niños y menores de edad, las personas con enfermedades mentales, las mujeres embarazadas, etc. Ahora bien, la CIOMS no tuvo en cuenta que las desigualdades sociales o políticas terminan siendo relevantes para el resultado de la investigación 30.
Así por ejemplo, las pautas de 2002 se referían a los
"estándares éticos" 31 que las autoridades y los comités del país anfitrión han de asegurar, a fin de cumplir con los mismos requisitos exigidos para la investigación en el país o en la organización que promueve el estudio.
Sólo que muchos de los países anfitriones carecen a menudo de comités con responsabilidad en esta materia y, lo que es peor, carecen de las mínimas condiciones para atender las necesidades de sus ciudadanos.
Es cierto que el problema de los países o comunidades con recursos limitados sí estaba presente en el documento de la CIOMS 32, en el cual se dice que los promotores de la investigación han de asegurar que ésta responda a las necesidades y a las prioridades de la población en la cual se vaya a realiza.
Sin embargo, concluía más adelante que los conocimientos o productos desarrollados a resultas de la investigación deberían estar "razonablemente disponibles" para la población en la cual se había realizado el estudio.
Esto significa que el gobierno del país anfitrión carece de los recursos apropiados para la investigación, por eso precisamente acepta que los ensayos se realicen con ciudadanos; pero esto no debería eximirle de desarrollar una infraestructura -solicitando incluso ayuda internacional-para ofrecer a la población los medicamentos y los tratamientos que realmente necesita 33.
Pero esto ¿es realmente así?
¿Qué significa que los medicamentos han de estar "razonablemente disponibles" 34?
La Declaración de la UNESCO planteaba en el año 2005 35 la idea de un consentimiento más amplio; sin sustituir nunca al de los interesados, éste ha de ser respaldado también por los representantes del grupo o de aquella comunidad en la que se lleve a cabo la investigación.
Además de esto, la Declaración proponía que los beneficios del conocimiento científico sean compartidos por toda la sociedad y por la comunidad internacional, dando así un paso significativo hacia la responsabilidad social en todo lo relativo a la promoción de la salud, el acceso a los tratamientos y al conocimiento en beneficio de los países en vías de desarrollo.
De este modo, el documento respondía, además, a la tendencia iniciada en los últimos años: hay que respetar las diferencias culturales 36, las desigualdades sociales son un tema a considerar por la Ética de la investigación.
A la vista de lo anterior, se puede decir que en este momento existen al menos dos maneras de entenderla: Ética centrada en la protección de los derechos fundamentales y, a la vez, Ética que vincula conocimiento científico y justicia social.
La primera ha tenido en cuenta los precedentes, un pasado de malas prácticas, de crímenes y, en consecuencia, reclama el respeto por los derechos individuales en el marco de la investigación biomédica.
Por la misma razón, sitúa al principio de autonomía en el centro de todos los debates sobre qué son las buenas prácticas científicas, que técnicas se pueden aplicar, hasta dónde llegar con la investigación, etc. La segunda exige responsabilidad a los investigadores, a las instituciones y a todos los agentes implicados en la investigación, ya que ésta sigue sus propias reglas, técnicas, pero no ha de estar al margen del entorno ni de las condiciones sociales y políticas.
Según esto, el principio de autonomía y el de justicia han de ser complementarios, pues las responsabilidades morales van más allá de la protección de los sujetos frente a posibles daños y a malas prácticas en la investigación.
La Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea responde bastante bien al primer modelo, centrado en los derechos que prenden garantizar la integridad y la dignidad individual 37.
El documento se refiere de forma expresa al ámbito de la Medicina y de la Biología, por tal razón, se ocupa del consentimiento informado de las personas afectadas; en cambio, prohíbe tanto la clonación reproductiva de seres humanos como las prácticas eugenesicas 38 con objeto de seleccionar a las personas.
La referencia a estos temas en un documento que pretendía definir los derechos básicos para los ciudadanos de la Unión, está justificada por los desastres que fueron provocados por un uso indebido de los conocimientos científicos; los hechos están aún vivos en la memoria de algunos países europeos.
Algunos de estos países han tenido que asumir las lecciones negativas de la Historia reciente 39; en Alemania, siguen siendo bastante frecuentes las manifestaciones adversas 40 hacia la aplicación de las últimas tecnologías biomédicas, hacia los avances en Genética en especial, con argumentos que mezclan información contrastada con posiciones ideológicas.
Las malas prácticas del pasado influyen todavía en la voluntad de marcar límites a la investigación científica; ahora bien, junto a este modelo de derechos y garantías, que sigue vigente -así lo demuestra la normativa española sobre investigación biomédica, la Ley 14/2007-está también el modelo que tiene más en cuenta los riesgos del futuro que el recuerdo de etapas negativas.
La Declaración de la UNESCO del año 2005 y, antes aún, el Informe Nu-
ttfield dejan constancia de las nuevas responsabilidades y del compromiso con las necesidades de los agentes.
La Ética de la investigación ya no se limita a defender la integridad y el bienestar de los sujetos, a fin de protegerles frente a eventuales malas prácticas -a pesar de que esto sea todavía un aspecto fundamental-, sino que pretende definir un marco completo de actuación.
Sin olvidar que la difusión y aplicación de estándares o de buenas prácticas científicas no sólo beneficiarán a los sujetos de la investigación, los sujetos humanos, sino también a otros -no humanos-y a otros grupos.
Grupos que antes eran invisibles o casi irrelevantes para la comunidad científica.
Es más, este segundo enfoque vincula las pautas éticas en la ciencia a políticas responsables, a la "buena política" 41, introduciendo una idea amplia de protección de los derechos.
Esta perspectiva sobre la investigación se hace cargo también a las prácticas de carácter transnacional, tal como hacía la Recomendación del Consejo de Europa 42 sobre proyectos con material biológico de origen humano.
Este documento de 2006 se refería expresamente a los códigos de buenas prácticas 43, en sintonía con otras declaraciones que han presentado los códigos de conducta como catálogos de recomendaciones o directrices, más que como obligaciones, con la intención de fomentar actitudes cada vez más responsables en los investigadores.
Buena muestra de ello es el informe del Medical Research Council (MRC) 44, del año 2005, que revisaba algunos de los estándares, desde la conservación y la protección de los datos, la comercialización de los resultados, incluida la forma de publicarlos, hasta los problemas derivados del conflicto de intereses o del mal uso.
No se olvidaba tampoco de los principios generales, como son la integridad, la objetividad, la apertura, honestidad y la disposición de los investigadores a dar cuenta de su trabajo.
El documento reflejaba la tendencia a buscar mayor precisión en el marco normativo, mayor complejidad también, a fin de que la ciencia pueda adecuarse a las necesidades y al contexto.
Las necesidades de otros sujetos de la investigación, en un entorno de prácticas trasnacionales; se puede decir, entonces, que los prejuicios antropocéntricos y los prejuicios eurocéntricos que antes tuvo una parte de la comunidad científica, ahora carecen de justificación.
Desde 1986, la Unión Europea ha tratado de aproximar las posiciones y la normativa de los distintos países sobre el uso de animales para la experimentación científica.
El principal objetivo ha sido evitar sufrimientos innecesarios, limitando el empleo de animales y, al mismo tiempo, promoviendo el uso de otros métodos que pueden ser eficaces en el campo de la investigación.
El mismo criterio ha de valer para la docencia.
De acuerdo con esto, así como con lo establecido en el Convenio europeo de ese año, la legislación española se ha ido adaptando a la nueva sensibilidad sobre el bienestar animal y los procedimientos para garantizarlo.
El Real Decreto 1201/2005 45 regulaba numerosos aspectos, relativos tanto al alojamiento, al traslado de animales, a los cuidados apropiado, la manipulación, sin olvidar la documentación y los libros de registro que han de llevar los centros.
Los animales -seres vivos, vertebrados no humanos-que vayan a ser utilizados e la experimentación serán anestesiados; es significativo que el término para referirse a la eutanasia o sacrificio con el mínimo sufrimiento -físico y mental-sea "método humanitario" 46.
De manera general, se espera que los investigadores adapten sus actividades a la estrategia de "las tres erres" 47: reducción, refinamiento, reemplazo.
Es decir, emplearán el menor número de animales, intentarán reducir o aliviar su sufrimiento, buscarán técnicas alternativas al empleo de animales.
En otros países europeos, en Inglaterra 48 por ejemplo, se recomienda un número reducido de animales y, a ser posible, aquellos que sean menos sensibles al dolor.
El grado mayor o menor de sufrimiento es un argumento significativo para quienes adoptan posiciones de "antropomorfismo critico" 49.
Lo cierto es que, en este momento, las alternativas existen, son técnicamente posibles; por este motivo, el Informe Weatherall 50, de 2006, recomendaba el desarrollo de otros procedimientos que no requieran el uso de primates en la investigación.
Desde una postura aun más clara al respecto, la Declaración 51 del Parlamento Europeo, en el 2007, abogaba por lo mismo, que los primates dejen de ser utilizados en los experimentos de laboratorio.
Los métodos alternativos pueden ser incluso más fiables, como sucede con la resonancia magnética, la modelización por ordenador, etc. La similitud genética con los humanos no justifica, por sí sola, que ciertos métodos prosigan como hasta ahora; en último término, los resultados han de estar basados en investigación con seres humanos a fin de ser concluyentes.
Sea como sea, los investigadores que soliciten un proyecto dentro del Programa marco de la Unión Europea 52 han de especificar los objetivos, el procedimiento y los posibles beneficios del empleo de animales.
También cuando se trate de organismos modificados genéticamente (OMGs) 53, cuyo uso se ha ido extendiendo en los últimos años.
La valoración de las prácticas científicas ha ido cambiando en la última década.
Hace apenas unos años, en 1997, el Medical Research Council (MRC) 54 del Reino Unido presentaba sus conclusiones sobre buenas prácticas en los ensayos clínicos.
Se ocupaba, entre otros, de la cuestión de las instituciones anfitrionas, que tienen la responsabilidad para mantener los estándares apropiados, los protocolos y una supervisión de los proyectos, de carácter independiente.
Poco después, en el año 2004, el MRC 55 se centraba en las de aquella investigación con seres humanos que se realiza en las sociedades en vías de desarrollo; el informe señalaba con claridad que la situación económica o social no debería ser un inconveniente para que se respeten los derechos y los intereses de los participantes.
Esto es, esos países han de asegurar el equilibrio entre riesgos y beneficios y, por descontado, los cuidados sanitarios para el grupo de control, los mejores cuidados que el sistema nacional de salud pueda ofrecer.
Dicho de otro modo, no debe haber diferencias en la calidad, ni en los estándares morales; los ensayos han de ser aceptables desde el punto de vista ético, en el país anfitrión como en el país de origen.
Esto no significa pasar por alto la singularidad de las costumbres o las tradiciones de cada sociedad; sin embargo, los comités de ética locales han de estar compuestos siempre por personas cualificadas e independientes, eso sí, sensibles a los valores culturales y morales de la comunidad.
El objetivo es asegurar que los principios fundamentales para la investigación con seres humanos sean incorporados de igual manera a escala nacional e internacional 56.
Parece claro que los comités de ética pueden desempeñar un papel determinante al respecto, a pesar de que en los países en vías de desarrollo las circunstancias sean mucho menos favorables para su trabajo que en los demás países.
Sin duda, las desigualdades económicas y sociales dificultarán la tarea de los integrantes de un comité de ética, algunas formas de entender las tradiciones provocarán, quizás, algunas tensiones.
Pero, tal y como observaba el Nuttfield Council on Bioethics 57, estos problemas pueden afectar también a los comités éticos de los países desarrollados.
"El Comité de Ética de la Investigación correspondiente al centro ejercerá las siguientes funciones: a) Evaluar la cualificación del investigador principal y la del equipo investigador así como la factibilidad del proyecto.......... f) Desarrollar códigos de buenas practicas de acuerdo con los principios establecidos por el Comité de Bioética..." 58.
La Ley 14/2007 pretende garantizar el respeto por la dignidad y la integridad en la investigación relacionada con la salud 59, incluidos los procedimientos invasivos, así como la donación de preembriones y tejidos, el tratamiento y almacenamiento de muestras biológicas, el funcionamiento de los biobancos y, en general, todo los aspectos relevantes en la investigación biomédica.
En la norma predomina el enfoque de los derechos, aún así presta atención a actividades de carácter trasnacional; por ejemplo, cuando regula 60 el uso de células troncales procedentes de otros países, los de la Unión Europea y los extracomunitarios.
Parece evidente que el legislador ha tenido en cuenta los riesgos que podrían derivarse del uso de conocimientos y técnicas biomédicas -por eso sigue el principio de precaución 61 -; esto explica por qué la norma insiste en la protección de personas y de datos, en el tema de los controles, los requisitos de calidad, incluso en el tema de las sanciones a quienes incumplan sus obligaciones.
Al mismo tiempo, la ley admite que los comités éticos de investigación pueden tener un papel destacado, más allá de la supervisón y el control de los proyectos.
Entre sus funciones estaría ponderar los aspectos legales y morales de los proyectos, requerir datos complementarios, realizar informes sobre el método a seguir, la relevancia de los objetivos, el modo de tratar los datos, al difusión de resultados, etc. Hay también tareas más constructivas o "positivas", como es desarrollar los códigos de buenas prácticas y coordinar su actividad con la de otros comités.
Es decir, el marco normativo ya no se limita a recoger principios, derechos y, en su caso, sanciones para proteger a quienes participan en la investigación.
La complejidad define hoy a la ciencia, en especial a la ciencia biomédica.
Complejo es también el entramado de relaciones en torno a la investigación, entre agentes que participan en los ensayos y los centros e institutos que los promueven, entre los responsables de los proyectos y las instituciones, entre países que financian y países anfitriones en los cuales se realizan algunos de los ensayos.
Según esto, el respeto por Tal vez sea éste un buen momento para que la Ética de la investigación despliegue su potencial constructivo, en dos direcciones: la calidad y la gobernanza.
Para empezar, la Ética y, en particular, los comités éticos pueden formar preferencias o "educar" -si así se puede decir-en favor de la calidad.
Cabe explicar, entre otros aspectos, que las buenas prácticas representan un valor añadido, un indicativo de que los proyectos buscan realmente la excelencia, a todos los niveles; calidad en la investigación significa también que ésta respeta en todo momento los derechos de los sujetos humanos, y los de los no humanos.
Los estándares morales han de valer, además, en todo tiempo y en todo lugar, por tanto la distribución de las cargas y beneficios de la investigación ha de ser equitativa, justa a escala nacional e internacional.
Según esto, la búsqueda de la calidad respondería a criterios técnicos, a criterios morales y, en buena medida, a criterios políticos.
En segundo lugar, las buenas prácticas dicen mucho sobre el contexto, sobre si existen o no las condiciones para asegurar la salud y el bienestar de los ciudadanos.
Esto es, las buenas prácticas son un indicativo de buenas -o malas-políticas públicas.
Es claro, entonces, que la investigación científica ha de estar abierta al escrutinio público, ha de ser transparente, aparte de eficaz.
"Dar cuenta" es una parte de la actividad de los investigadores, no sólo por el tipo de financiación que reciben la mayoría de los proyectos, sino por su responsabilidad con la sociedad civil, de la cual forman parte.
A modo de ejemplo, las actividades que vayan a realizarse dentro del Programa marco de la Unión Europea 62, necesitarán el informe cuando éstas impliquen a menores de edad, personas sin capacidad para dar su consentimiento, datos personales de carácter sensible, muestras y tejidos e origen humano, uso de células embrionarias, información genética, animales de laboratorio, organismos modificados genéticamente (OMGs), primates no humanos, el acceso a determinados recursos locales, etc. Además de esto, será preciso indicar si el proyecto afectaría a cuestiones militares o relacionadas con el terrorismo.
"Desarrollar códigos de buenas prácticas de acuerdo con los principios establecidos por el Comité de Bioética..."
La legislación española se hace en parte eco de la complejidad que ha ido adquiriendo el marco normativo que regula la investigación, desde la protección de derechos fundamentales a la promoción de estándares de calidad.
Los comités éticos tienen y tendrán un papel central en la búsqueda de la excelencia, comprendida en sentido cada vez más amplio.
Parece claro, entonces, que la supervisión de los ciudadanos 63 no es tan sólo control, implica también que éstos puedan participar, interviniendo en la definición de las buenas prácticas.
Sólo que han de darse varias condiciones para ello, para que la comunidad científica rinda cuentas de su actividad y para que la sociedad civil tome parte en la política científica.
Desde hace algunos años y en el ámbito de la Unión Europea, se emplea el termino "gobernanza" 64 para referirse a esto mismo, a criterios idóneos para valorar los procesos y las formas de actuar: Los principales criterios son: apertura, participación, efectividad, coherencia, dar o rendir cuentas.
LAS BUENAS PRÁCTICAS mujeres
LAS BUENAS PRÁCTICAS la |
A fines de los años noventa del pasado siglo se empezaron a llevar a cabo varios proyectos de reunir grandes bases de datos para la investigación biomédica en genética.
Aunque antes ya existían colecciones de muestras biológicas en hospitales y departamentos de patología, las perspectivas abiertas por la investigación en medicina, epidemiología y farmacología han generado un nuevo interés por los denominados "biobancos" 1, que serían colecciones de muestras de sustancias corporales (como células, tejidos o sangre) asociadas potencialmente con datos personales o información sobre sus donantes.
Su tamaño varía desde las pequeñas colecciones de hospitales o departamentos universitarios a los grandes bancos nacionales (Cambon-Thomsen, 2004).
Su objetivo es investigar en la estructura y funcionamiento del DNA o del genoma completo; tienen un doble carácter de colecciones de muestras y de datos, pues las secuencias investigadas no se guardan sólo en forma informática, sino que se conservan la propia sangre o tejidos como tales; además, las muestras pueden llevar asociada otra información sobre el individuo al que pertenecen, aunque no siempre sea accesible para los investigadores concretos que trabajen con ellas.
En este trabajo abordamos algunos problemas éticos derivados de la posible reutilización de las muestras depositadas en los biobancos, teniendo en cuenta los modelos de consentimiento informado propuestos para su obtención.
La mayor parte de los problemas provienen de la natura-
leza misma de este recurso, ya que la necesidad práctica de reutilización de las muestras almacenadas genera conflictos para establecer un modelo de consentimiento informado adecuado para la recolección de las mismas.
De hecho, puede decirse que el modelo clásico ha entrado en crisis a raíz de este tipo de investigaciones, algo que se constata tanto en los trabajos teóricos sobre la mejor forma de resolver y anticipar los posibles conflictos éticos que surjan, como en la propia redacción de las leyes que regulan este tipo de iniciativas.
Por otro lado, en diversos ámbitos a menudo prevalece una percepción errónea del papel biológico del DNA, que otorga a esta molécula un carácter determinista, informador de la constitución de los organismos, que no se corresponde con el conocimiento más reciente.
Así, se asume acríticamente la excepcionalidad de esta información con respecto a otros tipos de datos personales o médicos (Murray, 1997; Etxeberria & García-Azkonobieta, 2004), y se considera que puede revelar el pasado, presente y futuro de las condiciones de salud de los individuos a los que pertenecen.
La realidad es que poco se puede saber a partir de la secuencia desnuda, y que para que la investigación genética logre resultados efectivos es necesaria una confluencia de diferentes tipos de datos sobre las personas.
De hecho, parece que los grandes biobancos "de propósito general" (utilizables por diferentes líneas de investigación) sólo serán útiles si están unidos a ingentes bases datos complementarios trazables desde las muestras; es ahí, por lo tanto, donde debería orientarse la reflexión ética sobre estas cuestiones, que se caracterizan por grandes cambios en el ámbito científico y en el marco normativo en un breve período de tiempo.
Ante un escenario tan cambiante queda todavía mucho trabajo por hacer; como punto de partida, en este artículo nos proponemos tres objetivos, correspondientes a cada una de sus secciones principales: 1) Describir la quiebra del modelo tradicional de consentimiento informado (CI), una pieza clave de la ética de la investigación científica que no encuentra su encaje con las prácticas actuales en genética humana, sobre todo en lo referido a la utilización de biobancos.
2) Discernir hasta qué punto las cuestiones percibidas como problemas éticos derivados de esas prácticas están basados en una visión excesivamente reduccionista y determinista de la genética.
3) Valorar a partir de lo anterior la materialización normativa del debate sobre los diferentes modelos de consentimiento informado, en particular en lo referido a la legislación española.
ÉTICA DE LA INVESTIGACIÓN EN GENÉTICA
Proteger a los participantes es uno de los objetivos básicos en ética de la investigación.
En las cuatro últimas décadas se ha avanzado mucho para hacer realidad ese objetivo, sobre todo después de escándalos (como el de Tuskegee) que sacaron a la luz las prácticas abusivas de ciertas investigaciones médicas y sociológicas sobre poblaciones enfermas y analfabetas.
Ahora bien, un número considerable de autores considera que el sistema de protección implantado a partir de esos casos ya no es suficiente en el mundo actual (NBAC, 2001, 1).
Si bien prácticamente todos los grandes códigos internacionales exigen que los investigadores obtengan el CI de los humanos participantes, existen grandes divergencias acerca de la naturaleza del CI, de su fundamentación ética y de su aplicación clínica (O'Neill, 2002; Simón, 2000).
Pocas ciencias han cambiado tanto la investigación biomédica como la genética, cuyo nacimiento y desarrollo convirtió al siglo XX en "el siglo del gen" (Keller, 2000).
Tal vez buscando distanciarse de las prácticas eugenésicas (López de la Vieja, 2006), el debate ético contemporáneo en Europa y en los EE.UU. se ha centrado en las implicaciones de la genética para los individuos (derivando en el así llamado "asesoramiento genético"), más que en las implicaciones para las sociedades o los grupos humanos (desarrollamos más esta cuestión en la sección 2).
En consecuencia, los principales asuntos a debate han sido los presentados por el diagnóstico prenatal y presintomático de enfermedades monogénicas raras 2.
En la literatura este debate suele abordarse desde tres principios prima facie.
El primero es el de respeto a la intimidad (privacy): toda persona tiene derecho a la intimidad, a que no sea revelada información sobre su genotipo y/o historia clínica.
El segundo principio es el de consentimiento (consent): para ser revelada, la información genética de una persona sólo puede obtenerse con su consentimiento genuino.
Finalmente, el principio de confidencialidad (confidentiality) estipula que, una vez revelada, esa información es de carácter privado y está sujeta a un deber de confidencialidad por parte del personal científico-médico que la manipula; no puede ser comunicada a otros o reutilizada para otros propósitos sin un nuevo acto de consentimiento (Thomas, 2004, 287-8).
ANTONIO CASADO DA ROCHA Y ARANTZA ETXEBERRIA AGIRIANO condiciones.
El caso fue muy discutido porque los derechos exclusivos de uso de la triple base fueron otorgados a una compañía privada y, por tanto, los archivos de un sistema público de salud se convirtieron en un instrumento importante para la investigación de una empresa comercial (en detrimento, por ejemplo, de los investigadores de las universidades del país).
Desde entonces, han aparecido otros proyectos de grandes bases de datos, por ejemplo en Estonia (Estonian Genome Project) o en el Reino Unido (UK Biobank).
Tanto en el caso islandés como en los más recientes, la discusión ética y el debate han girado principalmente en torno a la mejor manera de regular el uso de este recurso de investigación para salvaguardar, por un lado, la privacidad de los donantes de muestras, y, por el otro, el libre acceso a la información por parte de la comunidad científica.
Por lo menos desde el Código de Nürnberg (1947) se considera que un CI genuino es condición necesaria -aunque no suficiente-para la investigación éticamente aceptable con sujetos humanos, pero el CI no es un documento (el Código de Nuremberg no habla de documentos).
El CI se trata, más bien, de un proceso, de una acción comunicativa, aunque esto tan simple siga siendo olvidado por los investigadores y los clínicos (Annas, 2001; Simón, 2000) 3.
La Declaración de Helsinki -el documento de mayor autoridad moral en lo que se refiere a investigación médica con seres humanos-establece en su artículo 22 que mediante ese proceso cada participante potencial "debe recibir información adecuada acerca de los objetivos, métodos, fuentes de financiamiento, posibles conflictos de intereses, afiliaciones institucionales del investigador, beneficios calculados, riesgos previsibles e incomodidades derivadas del experimento."
Es decir, la Declaración rechaza todo CI (o mejor: niega carácter informado I a todo consentimiento C ) que no esté directamente relacionado con una investigación concreta y específica, cuyos detalles han de ser comunicados al sujeto participante en términos que pueda comprender.
Este "modelo tradicional" del CI tiene hoy que afrontar los nuevos desafíos que han traído consigo los avances en la tecnología de investigación biomédica, en particular los asociados a la creación de biobancos de propósito general (Chadwick, 1999).
En este nuevo contexto es difícil pro-La protección de la intimidad y la confidencialidad, así como la necesidad de un consentimiento genuino y de un justo reparto de los beneficios de la investigación, pueden considerarse obligaciones y virtudes que emergen de principios tradicionales de la bioética como los de no-maleficencia, justicia, beneficencia y respeto por la autonomía (Beauchamp & Childress, 2001, 327).
Sin embargo, este catálogo de principios resulta insuficiente para hacerse cargo de todos los problemas éticos que pueden surgir en el establecimiento y uso de los biobancos para la investigación en genética.
El más evidente tiene que ver con la dificultad de obtener un consentimiento genuino cuando se contempla la posibilidad del uso futuro (y por lo tanto impredecible en sus detalles) de las muestras almacenadas.
Por ello, algunos autores se han preguntado si la nueva genética hace necesario un nuevo marco ético (Chadwick, 1999).
La investigación en genética depende del acceso a muestras biológicas y a otra información sobre condiciones de salud y estilo de vida de los individuos a las que pertenecen.
La polémica base de datos de Islandia fue uno de los proyectos pioneros de constitución de un biobanco para investigación (Etxeberria & Casado, 2001;Árnason, 2004; Casado, 2004; Casado & Etxeberria, 2004), y alertó sobre algunos de los problemas éticos que surgen en la puesta en marcha y utilización de estas bases de datos.
El caso islandés fue bastante peculiar por el modo en el que se estableció: a partir de un acuerdo parlamentario, vinculante para todos los ciudadanos, se concedió a una empresa privada (deCODE genetics) el uso exclusivo de los datos médicos de toda la población islandesa mediante la informatización del sistema nacional de salud.
Ése era, por así decir, el primer paso en la construcción de una triple base constituida por, además de dichos datos médicos, el árbol genealógico de la población (sobre el que existe un conocimiento muy detallado en Islandia, que deCODE también informatizó) y muestras genéticas puntuales (que se recogerían con el debido CI y a medida que hicieran falta).
Es importante recordar que el mayor conflicto no se generó por el establecimiento de la base genética (de muestras), sino por la cesión de los datos médicos, que la empresa obtuvo en base a un consentimiento "presunto" que no requería corroboración individual, aunque los individuos retuvieran el derecho de retirar sus datos bajo ciertas
porcionar a los sujetos información sobre la investigación, ya que estos biobancos están diseñados para ser usados por muchos investigadores y por muchos proyectos presentes y futuros.
En otras palabras, son un recurso que está esencialmente abierto a muchos fines de investigación, y la pregunta entonces es obvia: ¿cómo informar de esos fines aún desconocidos?
Ante esta situación, algunos analistas tratan de salvaguardar los intereses de la ciencia y de los investigadores.
Así, por ejemplo, Ants Nomper (2005) considera que la Declaración de Helsinki es insuficiente porque los biobancos la han convertido en papel mojado, de facto y de iure.
De hecho, Nomper sostiene que la Declaración no es ni puede ser respetada en la práctica científica actual, y considera que es suficiente (tanto desde el punto de vista práctico como legal o moral) con otorgar un "consentimiento abierto" (open consent) que no detalle el proyecto de investigación al que serán destinados los datos.
Mediante este consentimiento abierto, los sujetos aceptarían proporcionar muestras y datos para investigaciones futuras, cuyos detalles (fines, riesgos, beneficios) no pueden especificarse en el momento en el que se da el consentimiento, bajo un conjunto de salvaguardas o condiciones que deben cumplirse bajo cualquier circunstancia, y que constituyen las "reglas del juego" bajo las cuales muestras y datos serán utilizados.
Otros autores, no obstante, se enfrentan a este problema desde el punto de vista de los riesgos potenciales para el donante.
Por ello, y aun ampliando estas nuevas reglas del juego, Jane Kaye (2004) se manifiesta en contra de ceder información o muestras sin conceder a los donantes cierto control sobre lo que se haga con ese material en el futuro.
Como mínimo, habría que implementar la posibilidad de retirarse del biobanco a título individual, así como medidas dirigidas a aumentar la confianza pública.
Empieza a ser evidente que el cambio de marco ético motivado por la puesta en marcha de recursos como los biobancos trae consigo otras consideraciones próximas pero distintas a las del consentimiento informado.
Hay cuestiones importantes que tienen que ver más con la decisión de ceder una muestra para la investigación que con las condiciones en las que se puede solicitar una.
Una de ellas afecta a los posibles beneficios procedentes de la investigación, tanto económicos (Chadwick, 1999, 444) como médicos; otra a la existencia de razones de solidaridad que nos obliguen prima facie a participar en la investigación que pueda avanzar la medicina.
No obstante, y dado que los avances en genética no benefician a toda la población por igual, los individuos podrían desear ceder sus muestras con vista a esos posibles resultados del tratamiento, incluso con el argumento de que las características de una muestra individual podrían inclinar la investigación en la dirección que les interesara más (por ejemplo, incidiendo en que el tipo de Parkinson estudiado por un laboratorio sea aquel del que individuo es portador).
Ante este panorama, una vía de salida interesante es la apuntada por Jane Kaye al sugerir la necesidad de que la población se comprometa con la investigación como coparticipantes, en lugar de como simples "sujetos" de investigación.
En este mismo sentido argumentan autores como Hansson (2006), quien sostiene que los "sujetos" tienen intereses no sólo como participantes en la investigación, sino también como posibles usuarios de su producto final.
Por esta razón, Hansson considera que si el acceso al biobanco está restringido, se garantiza la confidencialidad de los datos y los procedimientos de gestión están bajo control público y democrático, entonces sería legítimo permitir que la mayor parte de la investigación en biobancos se realice a partir de un único acto de consentimiento abierto, basado en la información general disponible en el momento de obtener la muestra.
Si estos autores apuestan por promover la convergencia entre todos los participantes en la investigación científica, es porque lo habitual en el análisis (y posiblemente en la realidad) es encontrar cierta dicotomía de intereses (de los investigadores y de los sujetos investigados), riesgos o beneficios (para el donante, para los científicos, para la investigación en general y potencialmente para la humanidad).
En general, aparecen dos tipos de demandas opuestas entre sí.
Por un lado, buena parte de la comunidad científica y bioética sostiene que los datos genéticos que supongan una contribución a la ciencia deben ser considerados un bien común (Knoppers & Fecteau, 2003).
Esta posición es la suscrita por la UNESCO en su Declaración Internacional sobre los Datos Genéticos Humanos, aprobada el 16 de octubre de 2003, y refleja la idea de que las ciencias dependen de la capacidad de observar, aprender y someter a prueba los resultados.
La empresa científica se desarrolla en un contexto de prácticas y tradiciones que requieren el acceso a los datos, materiales y publicaciones, pero recientes estudios muestran una tendencia ANTONIO CASADO DA ROCHA Y ARANTZA ETXEBERRIA AGIRIANO preocupante en sentido contrario: el secreto industrial, las patentes, la creciente complejidad de las licencias para la transferencia de datos y materiales, han hecho mucho más difícil ese flujo abierto de información del que depende la ciencia.
Según un estudio (Campbell et al., 2002), un 28 % de investigadores en genética declararon que, al no tener acceso a los datos, no podían confirmar resultados publicados en revistas científicas.
Por otro lado, los datos genéticos llevan asociadas ciertas obligaciones éticas (y, como veremos, también legales) que exigen la confidencialidad de esos datos.
La resolución de este conflicto depende en buena parte de esa convergencia de intereses entre investigadores y sujetos, y en particular de las garantías institucionales que puedan ofrecerse a los donantes a cambio de un consentimiento abierto para reutilizar sus muestras.
Una solución tradicional consiste en "anonimizar" los datos, de forma que los científicos puedan investigar con las muestras sin necesidad de saber a quien pertenecen.
Pero también se ha apuntado que esta vía puede entorpecer la investigación (a veces es necesario conocer quién es quién para poder comprobar una hipótesis), e impedir el eventual reparto de beneficios que para algunos autores es tan importante.
En pocas palabras, anonimizar los datos protege al sujeto de los posibles daños, pero también de los posibles beneficios.
En realidad, la anonimización no es la única alternativa para tratar la relación entre la muestra y la identidad del donante.
Por ejemplo, Cambon-Thomsen (2004, 869) considera la siguiente tabla de combinaciones entre la muestra y la información asociada:
• Identificable: la identidad (mediante nombre u otro dato, como el número del DNI) del individuo está directamente ligada a los datos o muestras. • Trazable o codificada: se les adjunta un código; la correspondencia entre código e identidad está físicamente separada de los datos o muestras.
Un número limitado de personas puede asociar el código a la identidad. • Encriptada: es un nivel adicional de protección, en el que el código se convierte en una cadena alfanumérica que se asocia al código mediante un tercero.
La intervención del tercero es necesaria para trazar la identidad individual. • Anonimizada: se elimina de manera irreversible el vínculo entre muestra o datos y la identidad individual de la que proceden.
• Anónima: nunca se ha podido relacionar la muestra o los datos con una persona.
Con todo, si bien las propuestas de prescindir del CI clásico y optar por formas de consentimiento abierto parecen motivadas por el deseo o la necesidad de facilitar el trabajo de los investigadores, también es cierto que muchos de los temores sobre los posibles peligros de ceder muestras a los biobancos no tienen mucho fundamento biológico, ya que, como veremos a continuación, en la práctica es poca la información relevante sobre un fenotipo individual que se puede extraer partir de una mera muestra.
LA MUERTE DEL EXCEPCIONALISMO GENÉTICO
A fines del siglo pasado, junto con los proyectos de secuenciación del genoma humano se crearon órganos para discutir los aspectos éticos, legales y sociales de la investigación en genómica (es la llamada perspectiva ELSI: Ethical, Legal and Social Issues).
El tipo de problemas que se percibieron entonces estaba ligado a una visión marcadamente reduccionista y determinista de la información genética.
Así, una cuestión muy debatida fue la posible excepcionalidad de la información genética (Murray, 1997), que vendría motivada por la creencia de que el DNA, y la información que puede derivarse de esta molécula, tiene rasgos únicos que originarán asuntos éticos y sociales distintos de los relacionados con otros materiales biológicos.
Esta opinión se ve reflejada en muchos documentos oficiales: por ejemplo, la Declaración Universal sobre el Genoma y Derechos Humanos (aprobada por la UNESCO el 11 de noviembre de 1997) afirma que el genoma humano es "patrimonio de la humanidad" al constituir "la base de la unidad fundamental de todos los miembros de la familia humana y del reconocimiento de su dignidad y diversidad intrínsecas" (art. 1).
Tras la finalización del Proyecto Genoma Humano, la "genetización" de la cultura científica y sanitaria actual ha dado un cierto giro.
En muy poco tiempo se ha pasado de usar el término genética (ligada al gen) al de genómica (y otros terminados en "ómica", como "proteómica" o "metabolómica"), y más recientemente al de "biología de sistemas" o "biología sistémica" 4 (O' Malley et al., 2007).
El principal cambio que conlleva este giro es el abando-
no de la idea de que el genoma contenga información estática y aislable en secuencias concretas ("genes") que se corresponden con los diferentes rasgos fenotípicos.
Se deja así la metáfora del genoma como "libro de la vida" o lenguaje, para adoptar una imagen del papel del genoma y del organismo que subraya la complejidad de los procesos orgánicos, que no pueden reducirse a las propiedades de las partes o de las moléculas.
Por ello, el enfoque sistémico en biología atempera considerablemente el determinismo más radical e implica que ningún factor, ni interno (genes y otros componentes metabólicos) ni ambiental (alimentación, educación, polución), tiene un carácter privilegiado sobre los otros en la construcción del organismo, la salud y el mantenimiento de la vida, dado que las propiedades orgánicas no descansan en secuencias estáticas, sino que emergen de la interacción compleja de muchos componentes, tanto a nivel molecular como superior.
Se pasaría así de un enfoque estático, geocéntrico, a uno dinámico, que considera que el genoma no sólo influye en otros procesos, sino que también es afectado por ellos.
Como consecuencia de ello, las cuestiones éticas relacionadas con la identificación, la privacidad y la discriminación a partir de la información genética cambian: si el DNA no dicta el estatus de salud ni es biológicamente excepcional, deberá reconsiderarse el marco de discusión moral y el tipo de regulación que proteja los intereses individuales.
Así, un problema social y ético como la discriminación por parte de seguros o empleadores de personas portadoras de secuencias que se hayan asociado a riesgos de sufrir ciertas enfermedades podría llegar a disolverse por el conocimiento de que las pruebas genéticas nos dicen en realidad muy poco sobre los mecanismos y los procesos orgánicos.
En el contexto teórico de la biología de sistemas el excepcionalismo genético es una falacia (O'Malley et al., 2007, 70).
Ahora bien, que no haya base científica para la discriminación en base a pruebas genéticas no es garantía de que la sociedad renuncie a esas prácticas (de igual modo que la falta de fundamento biológico para decir que hay diferentes razas humanas no nos vacuna contra el racismo), pero reconocer que la visión determinista y reduccionista constituyen "mala ciencia" podría ser el primer paso para su prevención.
Otro ejemplo que requiere este tipo de reinterpretación epistemológica sería la creencia de que la identidad depende del DNA, o de que (para decirlo con los términos de la UNESCO) en el genoma reside la "unidad fundamental" de la especie humana y "el reconocimiento de su dignidad y diversidad intrínsecas".
Mientras en el enfoque estático, o genocéntrico, se piensa que el DNA es un marcador de los ancestros o de la identidad, en la reinterpretación dinámica el DNA es sólo uno más de los constituyentes de la configuración biológica (O'Malley et al., 2007).
En definitiva, muchos problemas éticos podrían simplemente proceder de una epistemología equivocada: la adopción de una perspectiva más cercana a la biología de sistemas cambia matices significativos de la discusión ética.
Se podría decir que el debate anterior se ha basado en una comprensión hasta cierto punto equivocada de la biología, y que las discusiones éticas, legales y sociales ligadas con el genoma deben reajustarse a una imagen que permita considerar los problemas en su complejidad real.
Por esta razón, algunos autores proponen ya el desarrollo de una bioética (o socio-ética) de sistemas (Robert et al., 2006;O'Malley et al., 2007).
A continuación, esbozaremos algunas de las consecuencias que este cambio de enfoque tendría para el análisis de los problemas éticos de los biobancos.
Aplicación a los biobancos
La biología sistémica desafía algunas presuposiciones acerca de cómo han de estudiarse las implicaciones del desarrollo científico.
Como mínimo, creemos que su adopción tendría como consecuencia cambios en la orientación de la discusión de los aspectos éticos y legales de los biobancos.
Aquí nos limitaremos a aplicar el esquema de análisis de O'Malley y colaboradores para esbozar algunas consideraciones a propósito del establecimiento de biobancos de propósito general.
El problema bioético o social que se presenta es el de cómo donar muestras biológicas sin que pueda otorgarse un CI genuino, en el sentido de la Declaración de Helsinki.
La interpretación genocéntrica (excepcionalista) consideraría que, dado que el genoma de un individuo revela todos sus "secretos", el individuo quedaría expuesto a posibles violaciones de su privacidad.
Sin embargo, desde la reinterpretación dinámica el DNA no puede revelar mucho sobre la identidad de las personas, que son producto de interacciones en múltiples niveles y de propiedades emergentes que no descansan en las secuencias aisladas (aunque, naturalmente, sí permitiría descubrir relaciones de parentesco biológico y consanguinidad).
Esta reinterpretación tiene varias consecuencias interesantes desde un punto vista socio-ético.
Los primeros biobancos, como el de Islandia, se pusieron en marcha con la esperanza de resolver muchos problemas de índole médico o farmacéutico con base a un mayor conocimiento de las secuencias específicas "responsables" de enfermedades.
El enfoque de la biología de sistemas, que considera que los procesos son más complejos y que en ellos intervienen muchos más factores, no va a truncar la utilidad del estudio de secuencias, pero ciertamente rebajará algunas de las esperanzas depositadas en ellas.
Los biobancos de propósito general tienen una utilidad muy reducida si no se combinan con otros datos personales o médicos de los donantes.
La accesibilidad futura de los investigadores a esas muestras está regulada por la ley, pero no está claro qué se va a hacer con la accesibilidad a otros datos que pueden resultar cruciales para la investigación, sobre todo a medida que se vayan conociendo de qué manera los diferentes factores se entrelazan en los procesos que tengan que ver con partes del genoma.
Por ello, tal vez únicos biobancos de utilidad para el futuro sean los de propósito específico, es decir los recogidos a donantes que reúnan ciertas características comunes y concretas, como, por ejemplo, padecer cierta enfermedad.
De hecho, los biobancos generales deberán estar acompañados de una ingente documentación adicional sobre las personas, que presumiblemente causará más problemas a la privacidad que la mera información obtenible de la muestra biológica.
Cabe preguntarse, pues, hasta qué punto las alarmas éticas basadas en una concepción excepcionalista de la información genética han perjudicado a la comprensión de lo que realmente está en juego.
Curiosamente, el excepcionalismo fue abrazado tanto por los defensores de la investigación en genética, que popularizaron la imagen del genoma como "libro de la vida", como por sus detractores 5.
La perspectiva que se abre sobre la información genética desde las críticas al excepcionalismo y desde la biología de sistemas reduce algunos miedos sobre los posibles atentados a la privacidad que se puedan generar con el uso de muestras en la investigación en genética, en el sentido de que está claro que, más allá de la identidad de la persona o ciertas relaciones de parentesco (algo de indudable interés para la investigación policial y forense), condiciones complejas como la salud y la enfermedad no pueden simplemente deducirse o predecirse a partir de la secuencia de DNA.
En suma, la biología sistémica nos podría ayudar a reconducir el debate hacia donde verdaderamente pueden residir los riesgos, esto es, hacia la obvia necesidad de que los investigadores dispongan de información adicional sobre los donantes de las muestras, y hacia los mecanismos de control existentes para que se respeten la integridad, confidencialidad y calidad de toda esa información.
Esto tiene una importancia creciente si observamos la reciente legislación española, que implanta un modelo en el que es posible acceder a datos y muestras anteriormente almacenadas sin el consentimiento de los donantes, un modelo cuyo funcionamiento va a generar mucha carga de trabajo para los Comités de Ética de la Investigación; un modelo, en definitiva, de "consentimiento abierto" para el futuro.
Como veremos a continuación, si cumplir con el requisito tradicional de CI para recoger o reutilizar información o muestras supone un "esfuerzo no razonable" por parte del investigador, la nueva Ley de investigación biomédica (art. 58) permite, con ciertas cautelas, que la investigación se lleve a cabo sin obtener el consentimiento de la persona que proporcionó esos datos.
Dada la necesidad de información adicional para que los biobancos sean de interés científico, es previsible que esa clase de situaciones dejen de ser una excepción para convertirse en lo normal.
En un informe titulado Genómica y salud mundial, la Organización Mundial de la Salud ( 2002) advierte que en el campo de la investigación genómica y de sus aplicaciones médicas, cuestiones éticas habituales (como por ejemplo el CI, la confidencialidad o la lucha contra la discriminación y la estigmatización) adoptan formas diferentes como consecuencia tanto de la naturaleza de la información genética como del contexto social y económico específico de los distintos países.
Aunque esta advertencia peca en cierta medida del "excepcionalismo" criticado en el epígrafe anterior, la OMS propone que se debatan detenidamente esas cuestiones, "para que los países puedan establecer su propio marco ético y unas estructuras de reglamentación basadas en principios acordados internacionalmente" (art. 15).
Para ello, a continuación examinaremos breve-
mente el marco jurídico esencial sobre estas cuestiones, tanto estatal como internacional.
Desde el 4 de abril de 1997, fecha en la que se firma el Convenio para la protección de los derechos humanos y la dignidad del ser humano, con respecto a las aplicaciones de la Biología y la Medicina, más conocido como "Convenio de Oviedo", se viene constatando la creciente importancia de respetar los derechos de los pacientes como eje básico de las relaciones clínico-asistenciales.
El Convenio dedica todo un capítulo al CI, e insiste en la demanda "tradicional", estableciendo que una intervención sólo podrá efectuarse después de que la persona afectada haya dado su consentimiento libre e informado, y que dicha persona deberá recibir previamente una información adecuada acerca de la finalidad y la naturaleza de la intervención, así como de sus riesgos y consecuencias.
La ya citada Declaración Universal sobre el Genoma y Derechos Humanos afirma que toda persona debe tener acceso a los progresos de la biología, la genética y la medicina en materia de genoma humano, añadiendo que las aplicaciones de la investigación en estas disciplinas "deben orientarse a aliviar el sufrimiento y mejorar la salud del individuo y de toda la humanidad" (art. 12).
Por otro lado, la Declaración Internacional sobre los Datos Genéticos Humanos de la UNESCO sienta las bases para que las instituciones y personas interesadas dispongan de pautas sobre prácticas idóneas en estos ámbitos.
De su preámbulo pueden extraerse los siguientes criterios o guías, útiles para analizar los proyectos de investigación en genética molecular:
• La información genética forma parte de los datos médicos.
Su recolección, tratamiento, utilización y conservación son necesarios para el progreso de las ciencias de la vida y la medicina. • El creciente volumen de datos personales recolectados hace cada vez más difícil lograr una disociación verdaderamente irreversible de la persona de que se trate. • Los datos genéticos humanos tienen una creciente importancia en los terrenos económico y comercial. • Los intereses y el bienestar de las personas deben primar sobre los derechos e intereses de la sociedad y la investigación. • Sobre los datos genéticos hay que aplicar rigurosas exigencias de confidencialidad con independencia de la información que aparentemente contengan.
Hasta hace poco, el marco normativo para estos problemas en el ámbito español se encontraba en dos leyes (Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica; Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de protección de datos de carácter personal) y dos sentencias del Tribunal Constitucional (STC 290/2000 y STC 292/2000, de 30 de noviembre).
Como resultado, la Constitución y la jurisprudencia del Tribunal Constitucional reconocen o garantizan por lo menos dos derechos fundamentales: 1) El derecho a la intimidad, que otorga al titular una capacidad defensiva para evitar intromisiones en su intimidad, y obliga a terceros a un deber de confidencialidad o secreto profesional.
Este derecho protege la esfera privada, pero no los datos que no sean de carácter íntimo (el nombre, por ejemplo), y que sí son cubiertos por: 2) El derecho a la protección de datos personales, que otorga al titular una capacidad activa de control sobre sus datos ("autodeterminación informativa") para poder conocerlos, ser informado y consentir a su uso, u oponerse a él.
Además del deber de confidencialidad, genera en terceros un deber "de calidad", entendido como el deber de actuar de manera lícita, leal y diligentemente con esos datos.
Ese marco de protección iusfundamental de los datos genéticos (Seoane, 2002;2003) incluye más derechos fundamentales aplicables a estas situaciones: dignidad (un concepto notablemente ambiguo, que más que un derecho fundamental puede considerarse como el fundamento formal de todos los derechos), libertad (aunque no existe con tal denominación en nuestro sistema jurídico) e igualdad.
Asimismo, en relación con la confidencialidad y la intimidad nuestro Tribunal Constitucional (STC 254/1993, de 20 de julio) acuñó la llamada libertad informática; pero, de acuerdo con Seoane, los derechos a la intimidad y a la protección de datos personales engloban todas las características de esta, por lo que se puede prescindir en la práctica de ella.
En suma, el estatuto ético jurídico de los datos de salud en nuestro ordenamiento establece los siguientes principios para la obtención y almacenamiento de datos: 1) Genuino consentimiento del usuario como requisito imprescindible (el consentimiento es genuino cuando es libre, previo, expreso, preciso, inequívoco, específico e informado).
2) Finalidad determinada, explícita, clara, legítima y única de los datos.
3) El dato va indisolublemente unido a un deber de confidencialidad.
ANTONIO CASADO DA ROCHA Y ARANTZA ETXEBERRIA AGIRIANO de calidad en el tratamiento.
5) Proporcionalidad o razonabilidad como principio metodológico, estableciendo que la toma de decisiones ha de seguir criterios de racionalidad práctica (abierta, flexible, contextualizada, prudencial y deliberativa).
Estos dos primeros principios, genuino consentimiento y finalidad de los datos, están firmemente anclados en lo que hemos llamado aquí "modelo tradicional" del CI y la ética de la investigación en general.
No obstante, y por razones no ajenas a nuestro tema, el marco normativo se ha visto obligado a actualizarse, y en España el panorama ha cambiado considerablemente a partir de la aprobación de la Ley de investigación biomédica (LIB).
A pesar de que el debate público sobre esta Ley ha girado en torno a otros temas, su tratamiento del CI con respecto a los biobancos no deja de ser ilustrativo.
Aunque la LIB establezca que "la libre autonomía de la persona es el fundamento del que se derivan los derechos específicos a otorgar el consentimiento y a obtener la información previa" y se presente como "un régimen intermedio y flexible" entre un consentimiento completamente genérico o bien específico sobre el uso de la muestra (Preámbulo, II), es fácil constatar que el marco jurídico ha cambiado notablemente.
Alejándose de la demanda tradicional, que vincula necesariamente el CI genuino con la información sobre la finalidad a la que se destinarán las muestras o datos, la nueva Ley establece que, mediante un único acto de consentimiento, el donante puede consentir a otros usos posteriores, en "otras líneas de investigación relacionadas con la inicialmente propuesta, incluidas las realizadas por terceros", pero sin finalidad expresa (LIB, art. 60.2).
Más aún: el grado de relación entre las líneas queda abierto a la interpretación de cada biobanco, que cederá las muestras almacenadas en él a proyectos de investigación biomédica que cuenten con el visto bueno de los comités científico y ético del banco (LIB, art. 69.2).
A la hora de interpretar ese grado de relación hay al menos dos posibilidades generales: 1) En sentido estricto, dos líneas de investigación están relacionadas cuando son en efecto "líneas" que parten del mismo equipo de investigación, compartiendo un mismo marco teórico y buena parte de la base empírica; sólo cambiaría ligeramente la hipótesis a explorar.
2) En sentido amplio, dada la velocidad de los avances en genética y el amplio espectro de hipó-tesis que pueden surgir y podrían estudiar un biobanco, y teniendo en cuenta que estos son costosas herramientas cuyo rendimiento ha de ser amortizado (Shickle, 2006, 510), podría asumirse que el mero hecho de necesitar las mismas muestras es suficiente para probar una relación entre dos líneas dispares.
Si la relación entre líneas se entiende en este sentido amplio, lo que la Ley implanta a efectos prácticos es un modelo de consentimiento abierto o genérico, en el que los investigadores van a poder acceder a muestras almacenadas en un biobanco para finalidades no contempladas por los donantes.
Esta tendencia a rebajar los criterios tradicionales del CI se aprecia también en el artículo 58.2, que permite "de forma excepcional" el tratamiento de muestras con fines de investigación biomédica sin el consentimiento del sujeto fuente, "cuando la obtención de dicho consentimiento no sea posible o represente un esfuerzo no razonable" (esto es, cuando requiera una cantidad de tiempo, gastos o trabajo desproporcionados).
En este caso es necesario un dictamen favorable del Comité de Ética de la Investigación correspondiente, el cual deberá tener en cuenta, entre otros factores, que la investigación se lleve a cabo por la misma institución que solicitó el consentimiento para la obtención de las muestras originales.
Además, el consentimiento puede otorgarse con posterioridad a la obtención de la muestra (LIB art. 60.1).
Finalmente, la Ley prevé un régimen transitorio respecto a las muestras biológicas obtenidas con cualquier finalidad con anterioridad a su entrada en vigor, "con el propósito de no entorpecer su uso para la investigación, velando al mismo tiempo por los intereses de los sujetos fuente de aquéllas" (LIB, Preámbulo, III).
De nuevo, el requisito de obtener el consentimiento del sujeto fuente puede ser eliminado cuando su obtención represente un esfuerzo no razonable y el Comité de Ética de la Investigación conceda su aprobación, pero en este caso no se requiere que las líneas de investigación estén relacionadas en absoluto (LIB, Disposición transitoria segunda).
Hemos visto cómo el modelo tradicional de defensa de los derechos de los sujetos de investigación mediante el
CI ha entrado en crisis con el establecimiento de biobancos de muestras genéticas, porque o bien el objetivo del biobanco no se puede cumplir o bien el CI no es genuino.
La tendencia actual, tanto en el análisis de los problemas éticos como en su desarrollo jurídico, parece dirigirse hacia relajar o reinterpretar en un sentido menos ambicioso los requisitos del CI (Manson & O'Neill, 2007).
Estamos asistiendo a una progresiva legitimación del establecimiento y uso de biobancos para diferentes líneas de investigación, algunas aún desconocidas, alejándonos de la posición tradicional con respecto al CI, que en rigor debería llevar a su rechazo (o a la hipocresía de mantenerlos sin cambiar el marco normativo).
A menudo esta demanda de relajación del CI va acompañada de ciertas promesas de anonimización de las muestras.
En el límite esto significaría libre acceso a las muestras biológicas pero sin posibilidad de acceder a otros datos personales de los individuos a quienes pertenecen.
Ésta no parece una opción demasiado realista, ya que, como hemos visto, la investigación en genética no puede avanzar demasiado sin tener en cuenta muchos otros factores internos y ambientales de los individuos.
Por ello, a pesar de ciertas metáforas sobre su naturaleza y función, el genoma es sólo una parte de las células que componen el organismo, una parte por supuesto compleja y cuya investigación es útil y necesaria, pero cuyo estudio no implica el descubrimiento de secretos personales (a no ser los que tienen que ver con la relación familiar entre individuos).
Por la misma razón, el que el estudio del genoma traiga consigo avances biomédicos va a depender de que se tenga en cuenta su relación con otros factores (recogidos en historias clínicas o en encuestas sobre estilo de vida) que constituyen datos que merecen especial protección.
De ahí que la necesaria asociación de los datos genéticos con otros datos personales sea un aspecto que debe ser incluido en el debate ético-jurídico sobre la investigación biomédica, pues parece que los grandes biobancos de propósito general (utilizables por diferentes líneas de investigación) sólo serán útiles si están unidos a ingentes bases de datos complementarios y trazables desde las muestras.
Este debate, que en España aún se encuentra en su fase inicial, no debería darse por cerrado con la aprobación de la LIB.
La ética de la investigación necesita ese marco jurídico, pero no puede ni debe ser sustituida por él. personas decidan ejercerlo (Taylor, 2004, 138, 146).
3 Como dice Annas, para proteger a los sujetos participantes la primera pregunta ante cualquier aspecto de la investigación debería ser "¿cómo beneficia esto al sujeto?" y no "¿cómo beneficia esto al investigador?" 4 Este término no es novedoso, ya que tiene antecedentes muy avanzados en la biología del siglo XX de von Bertalanffy, Needham, etc. 5 Por ejemplo, Habermas (2002) |
A lo largo de los últimos años, hemos asistido atónitos a la consecución de una serie de descubrimientos científicos que han cambiado radicalmente las circunstancias en las que han de desenvolverse ciencias como la medicina, la biología, o la genética.
La aparición de una circunstancia como la clonación celular, o el logro de hitos del calibre de la elaboración del primer mapa del Genoma Humano, o el desarrollo de técnicas tan prometedoras como las que hacen posible las terapias génicas han modificado sustancialmente muchas de nuestras ideas acerca de lo que es posible y lo que no lo es, siendo así que cada día resulta más complicado distinguir la realidad de la ciencia-ficción.
Esta revolución científica ha generado nuevos y sorprendentes escenarios para la vida humana, siendo así que no es exagerado, a nuestro juicio, decir que el hombre se halla, a principios del siglo XXI, en una situación decididamente compleja.
De un lado, las enormes posibilidades que se abren ante nuestros ojos son motivo de alegría y optimismo.
De otro, surge inevitable la inquietud hacia los posibles desastres a los que podría abocarnos una mala interpretación de los valores en juego o, simplemente, un uso inadecuado de estos nuevos conocimientos y de las tecnologías que surgen a su sombra 1.
La conciencia de esta situación ha llevado, inevitablemente, al nacimiento de dos nuevos saberes, la Bioética y el Bioderecho, que podrían definirse como las ramas de la Ética o del Derecho que se ocupan de las ciencias de la vida 2.
El nacimiento de estas nuevas disciplinas, se debe, por tanto, a la necesidad de afrontar nuevos retos.
Así, la Bioética se dirige tanto a la resolución de problemas éticos hasta ahora desconocidos como a la necesidad de reconsiderar algunas de nuestras construcciones conceptuales más complejas.
Para el Bioderecho, en cambio, la cuestión clave se centra en la posible aparición de nuevos derechos subjetivos o la elevación de según qué bienes a la categoría de bienes jurídicos.
El objetivo del presente artículo trata de aportar algo en la construcción de estos saberes a través del estudio de uno de esos bienes, la intimidad genética, que, todo sea dicho, es uno de los que muestra en mayor medida cómo los nuevos descubrimientos científicos pueden alterar nuestra concepción del Derecho.
Piénsese, en lo que a ello respecta, que el bien que ahora nos ocupa ha existido durante tanto tiempo como el propio ser humano.
Sin embargo, no teníamos la menor conciencia de su existencia e importancia hasta que los genetistas fueron capaces de comprender cómo funcionaba el complejo mecanismo del ADN humano.
Tampoco tuvimos conciencia real de que fuera necesario defenderlo, desde luego, hasta ¿EXISTE UN DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA? que los desarrollos de la ciencia, incluyendo entre ellos, por supuesto, el nacimiento de Dolly, no fueron capaces de ponerlo en peligro.
Desde entonces hasta ahora, son muchos los que han empezado a insitir en la importancia de este bien, siendo así que ha entrado a formar parte del elenco de bienes jurídicos que, se supone, debería defender el Bioderecho.
El objetivo del presente texto consiste en analizar detenidamente todo lo relacionado con la identidad genética, siempre desde una óptica crítica que nos sirva para perfilar adecuadamente sus contornos.
Con tal fin, comenzaremos por estudiar el concepto en sí mismo, trazando sus rasgos esenciales.
A continuación, probaremos a estudiar cuáles son los motivos por los que habitualmente se considera que ha de ser incluido en el catálogo de los bienes jurídicos y, más aún, de los derechos subjetivos.
Llegados a ese punto, intentaremos mostrar las razones por las que disentimos de la opinión expresada por la mayor parte de nuestros juristas, especialmente los estudiosos del Derecho penal.
En compensación, intentaremos ofrecer nuevas y, esperamos, estimulantes propuestas, que sirvan para superar el marco jurídico actual.
Por último, terminaremos con algunas conclusiones y observaciones finales que permitan sintetizar todo lo expuesto en el presente texto.
Esperemos que sean realmente útiles para salvar los obstáculos que ahora mismo encontramos en nuestros marcos normativos.
¿QUÉ SIGNIFICA IDENTIDAD GENÉTICA?
La idea misma de identidad genética es compleja.
Hay que señalar, a este respecto, antes que nada, que existe una cierta confusión acerca del significado de la voz "identidad" en el ámbito biomédico.
La descripción habitual del término, de acuerdo con la Real Academia, hace referencia a una gran similitud entre dos elementos.
Sin embargo, el sentido del que dotamos a la expresión en el contexto actual no tiene que ver con esta primera acepción, sino con la noción de "ser uno mismo" o, más exactamente, con "la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás", como muy bien ha expresado el profesor Romeo Malanda 3.
El derecho a la identidad, por tanto, puede definirse aquí como el derecho a ser uno mismo.
La confusión, no obstan-te, acecha si tenemos en cuenta que son muchos quienes consideran que la forma de violar este derecho consiste en clonar seres humanos, esto es, en crear seres humanos genéticamente idénticos, término que, en este segundo contexto, quiere decir "muy similar".
Los juegos de palabras nos gastan aquí una mala pasada que, sin embargo, se evita si pensamos que la idea de "ser uno mismo" tiene como requisito primordial diferenciarse de los demás y es, precisamente, esta capacidad la que se puede llegar a vulnerar a través de una práctica que nos haga genéticamente idénticos a otros seres humanos.
Hecha ya esta primera aclaración, conviene añadir una segunda, esta vez referida a la idea de similitud.
Algunos autores han apuntado, de forma correcta, que es muy complejo, si no imposible, crear seres humanos genéticamente idénticos, al menos mediante algunas de las técnicas que habitualmente se emplean para efectuar una clonación 4.
Así, por ejemplo, alguien conseguirá, tal vez, en un futuro 5, crear un clon humano mediante la transferencia del núcleo de una célula adulta 6.
Sin embargo, el ser clónico nunca llegará a compartir el 100 % de la dotación genética del clonado, ya que el núcleo de una célula contiene, desde luego, el ADN nuclear, pero no el mitocondrial, por lo que seguirá existiendo una diferencia entre ambos 7.
Lo que es más, los cambios que acompañan inevitablemente a toda gestación harán que ambos seres se vayan distinguiendo, incluso antes del nacimiento 8.
Ahora bien, estos hechos, con ser relevantes, no son, no obstante, a nuestro juicio, decisivos para concluir que hay que abandonar el debate sobre la clonación porque su objetivo, esto es, crear seres humanos idénticos, es irrealizable.
Antes bien, conviene destacar que, dado que la constitución de un ser humano se debe, en una proporción aplastantemente favorable, a su ADN nuclear, antes que al miticondrial, bastaría con copiar el primero para crear dos seres humanos sustancialmente iguales, sin que fuera necesario hacer lo mismo con el segundo 9.
De ahí, por tanto, que concluyamos ahora que para considerar a dos sujetos genéticamente idénticos basta con que éstos compartan su ADN nuclear.
Y de ahí, también, que consideremos que la clonación de un ser humano no sea, ni mucho menos, imposible.
Intentando ahora sintetizar todo lo dicho en este punto, concluiremos que por identidad genética debe entenderse
se halla en juego: si de verdad hablamos de una condición para la propia libertad del ser humano, entonces parecen existir pocas dudas acerca de la necesidad de preservar la identidad genética de todo ser humano.
De ahí, por tanto, que parezca a primera vista congruente hacer de esta cualidad no ya sólo un bien, sino un bien jurídicamente protegido, en cuanto que engarza con bienes que consideramos fundamentales.
A pesar de ello, el Derecho positivo ha encontrado ciertas dificultades a la hora de delimitar el marco jurídico de la identidad genética.
Tanto es así que, en el caso concreto de nuestro país, la mayor parte de los autores han procedido a enlazar la idea de identidad genética con la de identidad personal, extendiendo así el derecho al libre desarrollo de la personalidad, proclamado en el art. 10.1 de nuestra Carta Magna, a esta materia en concreto 15.
Claro que esta extensión ha llegado a conectar, incluso, la identidad genética con la dignidad de la persona 16, lo cual, como veremos, no deja de ser un asunto espinoso.
De lo que en cualquier caso parece haber pocas dudas es que, más allá incluso de la consideración de la identidad genética como bien jurídico, el Derecho la ha concebido como un derecho subjetivo, esto es, como un interés jurídicamente protegido 17.
Ni que decir tiene que ello no supone sino un cambio de perspectiva, que sitúa en la esfera del individuo el ámbito natural de la identidad genética: el motivo fundamental de la prohibición de la clonación estriba en una protección del interés de todo ser humano en poseer un ADN original.
Nos encontramos, al fin, con que todo lo dicho en el presente epígrafe podría sintetizarse diciendo que la identidad genética constituye un bien jurídico protegido, y, en cuanto que supone un presupuesto previo para el libre desarrollo de la personalidad e, incluso, para la posesión de una dignidad humana, ha de situarse dentro de la esfera de los derechos subjetivos.
De ahí, por supuesto, que la mayor parte de los ordenamientos legislativos occidentales hayan incluido en sus normas los mecanismos necesarios para impedir que alguien sea privado de esta, al parecer, valiosísima cualidad.
Dicho esto, dedicaremos, a partir de aquí, los próximos epígrafes a estudiar cómo se puede vulnerar, en la práctica biomédica, ese derecho a la identidad genética, comenzando por una de las prácticas que, indudablemente, privan de su identidad genética al ser humano: la gemelación artificial. la conciencia de ser uno mismo, diferente de los demás, circunstancia que, a su vez, surge de la posesión de un ADN original.
Como tal se ha de entender un ADN sustancialmente distinto al que posea cualquier otra persona, esto es, un ADN que difiera del ADN nuclear de otro ser humano, y no sólo del mitocondrial.
De lo contrario, nos tememos, estaríamos dando demasiada importancia a unos factores que, de por sí, no servirían para preservar la identidad genética como bien.
LA IDENTIDAD GENÉTICA COMO BIEN JURÍDICO Y COMO DERECHO SUBJETIVO
Determinado ya lo que es la identidad genética, será éste el momento de delimitar, en primer lugar, por qué se considera habitualmente que es un bien, esto es, algo que "es susceptible de contribuir al bienestar y perfeccionamiento físico o psíquico de la persona" 10.
La cuestión, por consiguiente, que nos ocupará en este momento será la de analizar la forma en que la identidad genética está relacionada con nuestro propio bienestar.
En este sentido, cobra especial relevancia decir que, en general, la mayor parte de los autores consideran que la exclusividad genética, esto es, la posesión de un ADN original, es, como tal, un bien, porque es bueno que un ser humano sea único, irrepetible y diferente a otros seres vivos preexistentes, estén vivos o muertos 11.
Esto, desde luego, no significa que la posesión de un ADN único y la identidad genética, tal y como la hemos definido, sean lo mismo.
De hecho, es perfectamente posible que dos personas que posean un mismo ADN no se sientan por ello, en absoluto, idénticas 12.
Al fin y al cabo, ninguno de nosotros es, exclusivamente, lo que sus genes dictan, sino que en la constitución de nuestro ser influyen también factores ambientales, educacionales o biológicos de lo más variado, siendo así que cualquiera de estas fuerzas son, de por sí, suficientes para trazar profundas diferencias entre unos y otros 13.
Ello no obstante, caben pocas dudas de que la conformación genética de cada uno es una de las bases de nuestra irrepetibilidad, siendo así que algunos autores han llegado, incluso, a considerarla como una condición previa para la protección del libre desarrollo de la persona 14.
A la luz de lo que acabamos de decir, no debería resultar demasiado complejo entender la importancia del bien que La partición de embriones (embryo splitting) constituye una práctica biotecnológica sobradamente conocida por la mayor parte de los especialistas en fecundación in vitro.
Consiste, básicamente, en la separación de las células que conforman un embrión durante sus primeros días de vida, esto es, la etapa que abarca desde la fecundación hasta la constitución de la mórula o, incluso, el blastocisto temprano.
De este modo, se crean dos seres humanos iguales entre sí, pero diferentes a sus progenitores.
Es decir, que lo que sucede en el laboratorio es que se reproduce la misma situación que da lugar de forma natural a los gemelos monocigóticos.
Por este motivo, algunos estudiosos han propuesto utilizar para este supuesto la denominación de gemelación artificial 18.
Su utilidad se deriva, básicamente, de la posibilidad que ofrece de aumentar el número de los embriones generados artificialmente en los casos en los que no es fácil obtener de una mujer el número de óvulos necesario para el buen funcionamiento de la fecundación in vitro 19.
Evidentemente, la partición de embriones crea dos seres genéticamente idénticos entre sí.
A partir de ahí, desde luego, cabría concluir, directamente, que esta práctica atenta contra el bien jurídico que es objeto de nuestro estudio, esto es, la identidad genética de los seres creados gracias a ella.
Sin embargo, y desde estas páginas, defenderemos la hipótesis contraria, esto es, que la gemelación artificial no supone ninguna merma de la identidad de un ser humano.
Las razones de esta aseveración son varias, y algunas de ellas coincidentes con las que expondremos a la hora de hablar de la transferencia de núcleos celulares.
Sin embargo, la que nos parece especialmente interesante en este punto es la que se basa en que, como ya hemos expresado antes, el hecho de compartir un mismo ADN con otra persona no significa necesariamente una pérdida de identidad genética.
Piénsese, en este sentido, que lo que hace que una persona pueda sentirse privada de su libertad, o de su dignidad, o de cualquier otro de los bienes de los que hablábamos más arriba no es compartir un mismo ADN con otro ser humano, sino verse reflejado en él, conocer de antemano su propia historia, sentirse como la prolongación de otro, etc. Pero todos estos factores no concurren cuando uno posee el mismo ADN que un ser humano creado en el mismo momento que él.
He aquí una vital diferencia entre la creación de gemelos, aunque sea artificialmente, y la clones.
El clon procede de un adulto.
Los gemelos surgen simultáneamente.
Por eso mismo, y como confirma nuestra experiencia, no sufren de ninguna de las taras que, se supone afligirían a los clones.
Y es que, si fijamos una mirada atenta sobre la cuestión, nos daremos cuenta rápidamente de que el problema real no es el de compartir un mismo ADN con otro ser humano, sino el de compartirlo con una persona que vive en un intervalo temporal diferente.
De este modo, cobra sentido, a pesar de que, con loables excepciones 20, no se haga la distinción entre los conceptos de individualidad genética, que consiste en la posesión de un ADN único, originalidad genética, que implica la posesión de un código genético diferente al de cualquier otro ser humano nacido en un momento temporal diferente, y el de identidad genética, ya descrito como el hecho de ser uno mismo.
Siguiendo esta distinción es más sencillo entender por qué creemos que la partición de embriones no atenta contra la identidad genética de los gemelos creados gracias a ella.
Dado que la identidad genética, como tal, se halla relacionada con la idea de originalidad genética, pero no, en cambio, con la de individualidad genética, es obvio que la gemelación artificial no supone una amenaza contra la identidad genética, ya que lo que crea son seres genéticamente idénticos entre sí, pero dotados de ADN original, como acabamos de señalar.
Hay, con todo, que hacer una salvedad a este aforismo general, que tiene que ver con la posibilidad de congelar algunos de esos embriones.
En tales casos, esto es, en los casos de transferencia de embriones gemelos en intervalos temporales diferentes, tendríamos que remitirnos a lo que a continuación diremos sobre la clonación de seres humanos ya nacidos.
¿ES POSIBLE ATENTAR CONTRA LA IDENTIDAD GENÉTICA A TRAVÉS DE LA CLONACIÓN?
EL DERECHO A LA ORIGINALIDAD GENÉTICA DE UN SER HUMANO ADULTO La clonación de un ser humano adulto puede llevarse a cabo de dos formas.
La primera de ellas consiste, básicamente, en producir varios embriones mediante partición, tal y como acabamos de explicar.
A continuación, se transferirían algunos de ellos al útero de una mujer, crioconservando el resto.
Años después, bastaría con introducir uno de ellos en un programa de fecundación in vitro para crear,
si el procedimiento llegase a buen término, un clon perfecto del ser humano que habría nacido de los previamente transferidos.
El segundo método de clonar un ser humano es el que denominamos habitualmente transferencia de núcleos celulares, esto es, el método que dio origen a Dolly, y del que ya hemos hablado antes 21.
Ambos procedimientos, si bien sujetos a diferencias fundamentales, comparten, no obstante, una característica común, como es la de privar a un ser humano de su originalidad genética, ya que los dos acaban generando una persona que compartirá su ADN con otra que ya existía previamente.
Ahora bien, ¿supone la clonación, en consecuencia, un atentado contra la identidad genética del ser humano, una quiebra de su derecho subjetivo a poseer dicha cualidad?
La mayor parte de los autores que se han ocupado de este tema parecen albergar pocas dudas de que, efectivamente, así es.
Opinión que, desde nuestro punto de vista, resulta sin duda certera si nos centramos en el ser humano clonado.
A fin de cuentas, el ser humano adulto del que se extrae la célula madre que origina el clónico, o la persona que ve nacer un gemelo artificial, sufrirán, de modo inevitable la pérdida de su originalidad genética.
De ahí, por tanto, que el Derecho deba protegerles penalizando las conductas relacionadas con la clonación de seres humanos, al menos mientras ésta se produzca en contra de su voluntad.
¿Qué sucedería, sin embargo, si, en los casos en los que resulta imposible reproducirse de otro modo, el ser humano adulto diera su consentimiento a ser clonado?
Evidentemente, ello implicaría una renuncia a su identidad genética, sin duda un bien, a cambio de obtener otro todavía mayor, al menos a juicio del afectado, como la posibilidad de reproducirse.
En tales circunstancias, es más que dudoso que el Derecho tuviera que imponerle la conservación de uno de los dos bienes en perjuicio del otro.
Más bien, lo que debería hacer es aceptar su renuncia al derecho subjetivo a la identidad como forma de preservar su derecho subjetivo a la reproducción, de la misma forma que, en el caso en que una amputación resulta necesaria para continuar con vida, el Derecho ampara la vulneración de un bien jurídico tan importante como la integridad física en defensa de otro superior, como la existencia.
De lo que, por cierto, sólo cabe deducir que, aun siendo cierto que la clonación supone un atentado contra la identidad del ser humano clonado, también lo es que ello no implica que el Derecho deba, necesariamente prohibirla.
O, dicho con otras palabras, que, a salvo de que alguien demuestre que la identidad genética es un bien de tal calado que no cabe renunciar a él ni siquiera para asegurarse la posibilidad de la reproducción, nuestros sistemas normativos sólo deberán proteger la identidad genética del ser clonado, penalizando la clonación, cuando no medie renuncia a ese bien jurídico, esto es, cuando se clone a un ser humano contra su voluntad.
Ello no obstante, nuestros ordenamientos han adoptado, precisamente, la postura opuesta, impidiendo en la práctica que nadie pueda renunciar a su originalidad genética.
De este modo, hemos acabado por hacer del derecho a la identidad genética, antes que un derecho, propiamente hablando, un derecho subjetivo irrenunciable, esto es, un derecho-deber, construido sobre la base de la existencia de un bien jurídico al que no cabe renunciar.
La cuestión clave aquí se centra, desde nuestro punto de vista, en que esta limitación no se ha establecido sobre la base de una presunta ilegitimidad del acto de renuncia, sino sobre la necesidad de respetar los derechos de una tercera persona, el ser humano clónico y, más concretamente, el derecho de éste a poseer una identidad genética, lo cual, a nuestro juicio, es muy difícil de sostener, como tendremos ocasión de ver a continuación.
EL DERECHO A LA IDENTIDAD DEL CLON, ¿LÍMITE A LA LIBERTAD DEL SER HUMANO ADULTO?
Hemos concluido el apartado anterior con una desconcertante evidencia: a pesar de que resultaría completamente coherente desde un punto de vista estrictamente jurídico aceptar la renuncia a la originalidad genética en aras a la concreción del derecho a la reproducción, lo cierto es que nuestros ordenamientos han optado por prohibir esta posibilidad, estableciendo una sanción sobre esta clase de conductas.
¿Cuál es la razón que ha llevado a una conclusión como la que mencionamos?
¿Un exceso de celo en la protección de la identidad genética del ser clonado?
Mucho nos tememos que no. De hecho, en el debate teórico sobre este tema, no se ha llegado a platear en ningún momento un enfoque de este tipo.
El deber de todo ser humano adulto a conservar su originalidad genética apenas si se ha considerado, ni tampoco se ha hablado de la necesidad de protegerle frente a las traumáticas implicaciones que podría acarrearle una renuncia de este tipo 22.
¿A qué obedece entonces el motivo de la sanción?
¿EXISTE UN DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA?
Si nos fijamos atentamente en los comentarios realizados al efecto por nuestros más eminentes penalistas quedarán pocas dudas de que el bien jurídico que se ha opuesto a la libertad de renuncia del ser humano adulto ha sido el deseo de preservar el derecho subjetivo del ser humano clónico a poseer una identidad genética original.
Nuestro objetivo en el presente epígrafe será tratar de demostrar que esta postura doctrinal resulta palmariamente errónea, a no ser que asumamos que existe un derecho subjetivo a la no existencia.
La razón de esta afirmación, probablemente sorprendente, radica en un hecho inevitable: un clon nunca podrá poseer identidad genética, de lo que se deduce que la única forma de proteger su originalidad será evitar que exista.
De lo cual, como se ve sólo cabe deducir que si posee algún derecho subjetivo será el derecho a no existir, por extraño que ello parezca.
El principal motivo por el que creemos que nuestro sistema jurídico yerra en este punto consiste en que quienes sustentan la defensa de un derecho subjetivo a la identidad genética caen en la profunda tergiversación de creer que clonar significa robar la identidad genética al clon, cuando, en realidad, el ser en cuestión sólo surge a través de esa clonación, que, como tal, acarrea irreversiblemente verse privado del bien que nos ocupa, con lo cual carece de todo sentido pensar el problema en términos de atentado contra derechos subjetivos, a no ser que hablemos de un derecho subjetivo a la no existencia, como ya hemos dicho.
La concepción de la que parten quienes sustentan la prohibición de la clonación sobre el argumento de que roba algo a un ser humano es indiscutiblemente cierta desde la perspectiva del ser humano clonado, como ya hemos dicho, porque, en el caso de éste, existe un bien jurídico, la originalidad genética, que se pierde y que podría no haberse perdido de no haberse producido la clonación.
Desde la perspectiva del ser clónico, no obstante, las circunstancias son completamente distintas, porque, en su caso, no hay ninguna posibilidad de preservar su identidad genética ni el derecho subjetivo que a ella se refiere: o llega a surgir privado de ella o no surge, en cuyo caso tampoco existirá nunca el bien jurídico.
La diferencia entre ambos casos tal vez se comprenda mejor a través de otro ejemplo: imaginemos una pareja de seres humanos, en la que ambos de sus componentes padecen una grave enfermedad hereditaria.
Si se decidieran a tener un hijo, sería inevitable que éste heredase la patología de sus padres.
¿Significaría eso que los padres estaban atentando contra la salud de su hijo por el mero hecho de traerlo al mundo?
A nuestro juicio, una respuesta positiva a esta pregunta sería, desde un punto de vista jurídico, completamente absurda, ya que lo que sería científicamente imposible sería crear un ser humano libre de esa patología, de modo que no podría, en ningún caso, preservarse la salud del niño.
Pero si no hay posibilidad de preservar el bien jurídico, ¿qué sentido tiene penalizar la conducta?
Otra cosa, no obstante, sería dilucidar o no si esa patología sería lo suficientemente grave como para desaconsejar que esas personas procrearan.
Pero, en términos de derechos subjetivos, una recomendación en contra nunca defendería el derecho a la salud del niño así concebido, sino, en todo caso, su derecho subjetivo a no existir.
Todo lo que acabamos de decir habrá servido, esperemos, para entender que la perspectiva del derecho a la identidad genética que aplicábamos en el caso del ser humano adulto no tiene demasiado sentido a la hora de centrarnos en el ser clónico que surgirá como consecuencia de la clonación.
En esta ocasión, el hecho mismo de clonar no causa, por sí mismo, un perjuicio a los derechos subjetivos de un ser humano clónico, ya que éste, como tal, sólo llega a existir, precisamente, a través de ese acto, con la salvedad, desde luego, de ese derecho subjetivo a la no existencia del que estamos hablando.
De ahí que sea un tanto absurdo enfocar el tema desde la idea tradicional de los derechos humanos subjetivos, en cuanto que estos tienen como epicentro la misma idea de la existencia de la persona, que presuponen como base sobre la que construir todo su entramado.
Pero cuando el dilema no afecta a uno de sus atributos, sino al mismo hecho de existir como tal, nuestras concepciones encuentran serias fallas, que conviene rellenar desde otras perspectivas.
EL TRASFONDO QUE SE ESCONDE DETRÁS DEL DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA DEL CLON: LA NECESIDAD DE ACEPTAR LA PREFERENCIA POR LA NO-EXISTENCIA
Lo que acabamos de decir no significa, necesariamente, que la clonación, como tal, no pueda suponer un perjuicio a un derecho subjetivo del ser humano.
De hecho, lo único que hemos concluido hasta aquí es que no tiene el más mínimo sentido decir que la clonación atenta contra
un derecho a la identidad genética del clon, pero eso no significa, necesariamente, concluir que no existe perjuicio alguno contra alguna forma de interés.
Antes bien, lo que es seguro es que la clonación impide que un ser humano llegue a poseer un bien jurídico concreto que el resto de nosotros sí poseemos.
Se trataría, por tanto, de lo que los economistas denominan un "coste de oportunidad" que el ser clónico tendría que pagar como peaje para entrar en este mundo, lo cual, inevitablemente, afectaría a un interés.
La cuestión que ahora nos ocupa es la de dilucidar si este interés es la puerta de entrada hacia un derecho subjetivo y, en caso de que así sea, tendremos que descubrir cuál es.
Problema que, a su vez, puede ser resuelto de manera más eficaz si cambiamos nuestra perspectiva habitual e introducimos, como variable para el análisis, la posibilidad, ya reiterada, de que la no existencia sea, también, un derecho subjetivo.
Claro que responder a esta cuestión supone tanto como plantearse si puede haber circunstancias en las que es mejor no llegar a vivir que vivir bajo ciertas circunstancias.
Ésta, y no otra, es la gran pregunta que subyace bajo las apariencias en el caso de la clonación y el presunto derecho a una identidad genética, porque, por suerte o por desgracia, la única forma de impedir que exista un ser sin identidad es, sencillamente, impedir que llegue a existir.
La clonación de un ser humano es, desde la perspectiva del clon, un juego de todo o nada: o se permite que exista, con las características que le son propias, incluida la falta de originalidad genética, o se prohíbe su creación.
Los caminos intermedios son irrelevantes.
De ahí, por tanto, que todos aquellos que dicen defender los intereses de un ser humano cuando presionan a favor de la prohibición de la clonación están, inevitablemente, diciendo, en el fondo, que el mejor interés de ese ser humano es el de no llegar a nacer 23 y que ese interés es lo suficientemente importante como para que el Derecho deba protegerlo aun a costa de privar a un ser humano de su derecho a reproducirse.
Lo que, desde luego, implica, desde nuestra perspectiva, un reconocimiento del derecho subjetivo a la no existencia, siendo el interés jurídicamente protegido ese interés por no existir.
Claro que esto es sumamente discutible.
Centrémonos, en este sentido, en el presupuesto de partida de todo el argumento, la preferencia por la no existencia.
¿Supone esta constatación alguna dificultad desde un punto de vista teórico?
A nuestro juicio, la respuesta a esta interro-gante es compleja.
De hecho, son muchos los autores que defienden el punto de vista de que siempre es mejor vivir que no llegar a vivir 24.
Nuestros mismos ordenamientos jurídicos, en general, suelen sostener esta misma idea 25.
De ello, por supuesto, no se deduce necesariamente que esto deba ser así, pero sí que nos obliga a pensar que, en caso de sostener esta hipótesis general, dejaría de tener sentido pensar que la clonación debe ser prohibida.
A fin de cuentas, si uno cree que vivir es mejor que no vivir, sean cuales sean las circunstancias en las que surge esa vida, no tiene demasiado sentido que se oponga a la clonación sólo porque priva al ser clónico de un bien jurídico como su identidad genética, dado que, a cambio, le proporciona un bien jurídico claramente superior, como es la propia vida.
Tampoco tendría, por descontado, ningún sentido, desde esta perspectiva, aceptar la coherencia de un derecho subjetivo a la no existencia, dado que nadie tiene derecho a lo que no se considera un bien, sino un mal.
Volviendo de nuevo al ejemplo de la amputación, la creación de un ser humano a través de las técnicas de clonación sería, con todas las salvedades necesarias, un supuesto equiparable a aquel del médico que, con tal de conservar la vida de un paciente, ha de seccionarle uno de sus miembros.
Evidentemente, toda posible responsabilidad por atentar contra un bien jurídico, la integridad física del paciente, debería ceder ante la evidencia de haber optado por un bien superior, como la vida, al menos si el paciente no había declarado previamente que el orden de bienes era, en su opinión, justo el inverso 26.
En la práctica, no obstante, parece que el Derecho ha decidido obviar esta forma de pensamiento, que en buena medida supone un reflejo jurídico de la llamada doctrina de la "santidad de la vida humana" 27.
Como hemos dicho ya, nuestros ordenamientos se han decantado por una prohibición general de la clonación que puede, en determinados casos, implicar una mutilación del derecho a la reproducción del ser humano, en función de la protección del interés del ser humano clónico.
Lo cual, desde luego, no es ni mucho menos incoherente, siempre que uno asuma el postulado lógico sobre el que debe asentarse racionalmente: que es mejor no llegar a existir que existir privado de un ADN original, lo que implica, si queremos sostener la idea de protección de un derecho subjetivo del ser clónico, el reconocimiento del derecho subjetivo a la no existencia.
El problema, a nuestro juicio, es que todavía no hemos incorporado a nuestras estructuras mentales, a ¿EXISTE UN DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA? nuestra forma de pensar en lo jurídico toda esta clase de consideraciones, lo cual provoca profundas contradicciones en nuestra forma de contemplar este tema, tal y como mostraremos a continuación.
LOS PROBLEMAS QUE EL DERECHO
A LA IDENTIDAD GENÉTICA CREA AL DERECHO.
ALGUNAS INCOHERENCIAS LATENTES EN NUESTROS
Como ya hemos tenido ocasión de adelantar y es, de todos modos, sobradamente conocido, la inmensa mayoría de los ordenamientos jurídicos que han contemplado la clonación de seres humanos, han decidido establecer sobre ella alguna forma de sanción.
La razón de este veto estriba, al menos en opinión de nuestros penalistas, en salvaguardar el bien jurídico que representa la identidad genética del ser clónico y su derecho subjetivo a poseerla.
Hemos apuntado ya que esta conclusión entraña la creencia, de por sí dura de masticar, de que es mejor no existir que existir sin una identidad genética propia.
Sin embargo, nuestros ordenamientos jurídicos no son, creemos, en modo alguno conscientes ni de las profundas contradicciones teóricas que incluye esta asunción, ni de los problemas que pueden llegar a surgir como suya.
Pensemos, en este sentido, que, pese a las precauciones adoptadas cabría que, en un futuro, alguien fuera capaz de crear un embrión clónico in vitro.
¿Qué debería hacer el Derecho en tales casos?
¿Velar por la vida del embrión o proteger sus intereses destruyéndolo?
Todos los países en los que se han elaborado normas al efecto han optado por la segunda vía, esto es, la que implica dejar morir al embrión.
¿Cuál puede ser la justificación de esta decisión normativa?
Si seguimos al pie de la letra el razonamiento trazado en este texto, nos daremos cuenta de que sólo hay dos formas posibles de encontrarle una razón de ser: o aceptar que existe un derecho subjetivo a la no existencia o bien concluir que la clonación atenta contra intereses sociales que son más importantes que el valor que podamos atribuir a la propia existencia del embrión.
En el caso de países como España, en los que no existe una tradición de protección amplia a la vida del embrión, es perfectamente posible pensar que la segunda razón es lo suficientemente poderosa como para explicar el desarrollo legislativo.
Sin embargo, en países que como Alemania o Italia, han hecho de la protección de la vida del embrión humano uno de los pilares básicos de sus ordenamientos 28, es difícil aceptar otra justificación de su postura que no sea la primera.
Pero ello implica, desde luego, aceptar que el derecho promueve la eutanasia no voluntaria de dichos seres, en un afán por proteger su interés a no nacer privados de identidad genética.
Mas si de ello se trata, ¿por qué no se dice explícitamente?
¿Por qué nos obstinamos en negar al existencia de ese derecho subjetivo a la no existencia?
Vayamos, no obstante, un paso más allá.
Imaginemos que, a pesar de las prohibiciones, uno de estos embriones se transfiere al cuerpo de una mujer, y acaba dando lugar a un clon.
Esta situación nos crearía importantes incógnitas, que tendríamos que dilucidar llegando, nos tememos, a soluciones mucho menos tremendistas de lo que aducen los opositores a la clonación de seres humanos.
Para empezar, es obvio que el clon tendría la misma dignidad que cualquier otro ser humano, a menos que estemos dispuestos a vulnerar la Declaración de Derechos Humanos de la ONU.
Así pues, la primera consecuencia de ese nacimiento sería la de dejar, bien a las claras, que toda alusión a una lesión de la dignidad del ser clónico no tendría sentido alguno, derribando, de paso, toda conexión entre dignidad e identidad genética 29.
Hay, no obstante, una segunda consecuencia todavía más difícil de afrontar.
Pensemos, por un instante, que nuestro protagonista decide, siguiendo los argumentos de los opositores a la clonación de seres humanos, que su extraño origen le ha causado un grave perjuicio.
¿A quién debería demandar y por qué?
Imaginemos que demanda a su o sus progenitores.
¿No sería muy fácil para éstos defenderse diciendo que ellos le han dado la vida, que es un bien jurídico superior a la identidad genética y, lo que es más, que si le han privado de este segundo bien ha sido sólo porque era la única forma de otorgarle el primero?
Nuestro protagonista podría, desde luego, aducir que sus padres deberían haber intentado preservar ambos bienes generando su vida de otra forma.
Sin embargo, y a no ser que compartiesen algunas hipótesis metafísicas de difícil aceptación, como las sostenidas por Iacub 30, sería sencillo para sus progenitores responderle que, en tal caso, hubiera nacido otra persona, no él.
Esto es, que él sólo podía venir a este mundo de la forma en que eligieron hacerlo.
Con lo que, salvo que el ser clónico sostuviera que él valora más su identidad
genética que su vida, difícilmente cabría sostener que ha sufrido un perjuicio.
Imaginemos, no obstante, rizando el rizo, que se produjera esta hipótesis, un tanto difícil de creer, de otro lado.
Pensemos, siquiera por un momento, que el ser clónico sostuviera que para él hubiera sido mejor no existir y que su propia creación supuso una vulneración de su derecho a una identidad genética y, a partir de ahí, de su derecho a no existir.
En tales casos, desde luego, parecería, a primera vista, que, dado que en tales circunstancias el ser en cuestión habría sufrido un daño injusto, tendría a obtener una reparación.
Ahora bien, ¿cuál sería esa reparación, esto es, qué compensación tendría derecho a exigir nuestro hombre?
La respuesta a esta pregunta ya no es tan sencilla.
A primera vista, la mayoría de nosotros, seguramente, acudiría a la idea de una compensación económica 31.
Sin embargo, si analizamos detenidamente la naturaleza de la demanda es complicado concluir que ésta pudiera ser una solución correcta.
A fin de cuentas, lo que el demandante estaría sosteniendo, llegado el caso, sería que su falta de una genética le habría supuesto un perjuicio de tal mesura que preferiría no vivir.
O, dicho con otras palabras, que su creación en esas circunstancias habría vulnerado su derecho a la no existencia.
Si una demanda que le reportara ciertos ingresos cambiase esa apreciación, entonces es que la hipótesis inicial no era verdadera 32.
De hecho, si fuera cierto que la vida le resultaba insoportable por un perjuicio como la falta de identidad genética propia, que nunca cabría solucionar en el estado actual de la ciencia, la única demanda coherente que interpondría nuestro protagonista sería una demanda de suicidio.
Con lo que, en último término, un sistema jurídico que no fuera contradictorio en sí mismo, tendría que asimilar que prohibir la clonación significaría inevitablemente, estar dispuestos a legalizar no ya la eutanasia, sino el suicidio asistido 33.
Es, nos tememos, la única conclusión lógica del caso.
Difícil de aceptar, desde luego, pero la única que nos resulta coherente, desde un punto de vista lógico.
¿ES NECESARIO RENUNCIAR A PROTEGER EL DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA?
A la vista lo dicho en el apartado anterior, habrá, desde luego, quienes estén ya pensando que, si ésta ha de ser la conclusión a la que nos llevará la prohibición de la clonación, es casi mejor no llegar a sancionarla, impidiendo así la necesaria aceptación de un derecho subjetivo a no existir.
Ello no obstante, creemos que es posible llegar a posicionamientos más interesantes enfocando la polémica desde otro punto de vista, que obvie toda invocación a los intereses del ser humano clónico y a su derecho subjetivo a la identidad genética.
Antes bien, a lo que habría que aludir, al menos desde nuestra opinión, es a un interés mucho más general: el interés que tenemos todos en que las personas se comporten de un modo que sea aceptable para el resto de la sociedad.
O, dicho con otras palabras, que respete el bien común.
Y lo que el bien común dicta en este caso es que tenemos, como seres morales, una obligación de no causar daño, al menos si éste es evitable.
Esta creencia, en conjunto, justifica que se prohíba la clonación de seres humanos, al menos en los casos en los que éstos sean capaces de reproducirse a través de otros métodos que den lugar a seres dotados de su propia identidad genética 34.
Lo cual, desde luego, no implica, ni mucho menos, una autorización a la interrupción del curso vital de las personas creadas mediante procedimientos relacionados con esta finalidad.
Téngase en cuenta, en este sentido, que, una vez ya creado el ser humano, es obvio que sus intereses deben prevalecer sobre los del conjunto de la sociedad.
Dicho esto, no obstante, resulta necesario añadir que antes de que llegue ese clon llegue a existir, incluso como embrión, las premisas del problema son diferentes, precisamente porque sus intereses no existen 35.
Así, los intereses que se hallan en conflicto a la hora de tomar la decisión de reproducirse 36 son los de la persona que desea reproducirse y los de la sociedad en su conjunto, esto es, lo que hemos denominado el bien común.
En estos casos, a diferencia de lo que ocurre en el conflicto entre la vida del ser clónico y el bien común, sí que existe una posibilidad de poner límite a un derecho individual a la reproducción en favor de un bien colectivo.
Porque el derecho a la reproducción no es, desde luego, un derecho ilimitado de todo ser humano a transmitir la vida por cualquier medio y a cualquier precio, sino, simplemente, un derecho a que nadie impida el ejercicio de la paternidad si no es por un motivo realmente sólido 37.
Visto desde el lado contrario, esta afirmación inicial nos lleva a considerar que toda persona tiene prima facie, un derecho a utilizar los medios que considere adecuados para su reproducción, incluyendo, desde luego, los ¿EXISTE UN DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA?
métodos que permiten la clonación de un ser humano 38, pero también que este derecho es susceptible de limitación si hay buenos motivos que así lo indiquen.
A nuestro juicio, éste es, precisamente, el caso: la defensa del bien jurídico que hemos denominado identidad genética significa que es posible obligar a unos futuros progenitores a que, de entre varios métodos posibles de reproducción, escojan aquellos que no atenten contra este bien, en lugar de los que sí lo hacen.
De este modo, y siempre que exista la posibilidad de acudir a las técnicas habituales de FIV en lugar de a las que producen la clonación de un ser humano, la obligación general de no causar daño debería ser motivo más que suficiente para compeler a los progenitores a seguir el procedimiento que permite crear una persona con su identidad genética propia en lugar de aquel que origina una desprovista de ese bien.
Por tanto, resulta posible, en nuestra opinión, defender una prohibición de la clonación sobre la base de la defensa de la identidad genética de un ser, pero siempre que coloquemos nuestro enfoque sobre los intereses generales, y no los del ser que específicamente se crea 39.
Ahora ¿qué cabe decir en los casos en los que no existe otra posibilidad de reproducción que la de utilizar los métodos que acaban generando un ser humano clónico?
La decisión, en este caso, es mucho más difícil de adoptar, sobre todo teniendo en mente, exclusivamente, el bien jurídico que aquí estamos analizando.
Téngase en cuenta que, en tales circunstancias, la decisión ya no es si utilizar un método que respeta la identidad genética del ser creado u otro que no lo hace, sino la de crear un ser sin identidad genética o no crear nada.
De ahí, por tanto, que los factores a considerar en este caso sean un tanto diferentes, ya que, junto al interés de los progenitores por reproducirse y el interés de la sociedad a que lo hagan de la forma que cause menos daños, podrían introducirse, a su vez, ideas como la del interés del ser humano clónico, que probablemente preferiría existir a no existir.
La cuestión clave aquí, por consiguiente, consiste en dilucidar cómo puede afectar la privación de la identidad genética a los distintos intereses que se hallarían en conflicto en este punto.
O, formulando el problema en términos más puramente utilitaristas, si el mal que causaría la llegada al mundo de un ser clónico sería superior o no al que causaría a un ser humano verse privado de su derecho a la repro-ducción.
Dar una respuesta a este dilema desde un punto de vista moral es, desde luego, sumamente compleja.
Lo suficiente, desde luego, como para que, al menos, merezca de un debate previo.
Cosa que, por desgracia, no ha tenido lugar en nuestras sociedades, donde nos hemos limitado a prohibir la clonación y olvidar el tema, lo que, al menos desde nuestro punto de vista, no es demasiado justo.
Privar a una persona de su derecho a la reproducción es un asunto lo suficientemente serio como para que, por lo menos, podamos ofrecerle motivos sólidos por los que exigirle ese sacrificio 40.
Lo que es más, creemos sinceramente que basar todo nuestro argumento sobre la idea de identidad genética sería poco convincente.
Mucho menos, desde luego, que introducir en el debate otros bienes jurídicos, como la salud, en general, del ser humano clónico, a la que probablemente, afectaría la cuestión de la identidad genética, al menos en lo que se refiere a la salud mental, pero que tampoco la agotaría.
Las propias taras que conllevan las técnicas actuales, al menos en el caso de la transferencia de núcleos celulares serían, probablemente, mucho más convincentes en este sentido.
El problema, naturalmente, es que eso implicaría hablar de otro bien jurídico, y de otro artículo distinto.
Permítasenos dejar, por tanto, la discusión anclada en este punto.
Volvamos, a la hora de concluir esta aportación, a la pregunta que nos formulábamos al principio: ¿existe un derecho a la identidad genética?
Y volvamos para, después de tan largos devaneos, responder de una forma sencilla: sí, existe.
Pero es un derecho que sólo posee el ser humano capaz de ser privado de ese bien.
Esto es, el ser humano susceptible de ser clonado.
El clon, en cambio, no tiene este derecho, no puede tenerlo, por cuanto su renuncia es condición necesaria de su existencia.
Sencillamente, un clon podría definirse como un ser humano que surge sin identidad genética.
Nunca podría llegar a tenerla.
De ahí que hablar de derecho subjetivo a la identidad genética en este contexto sea absurdo, tan absurdo como hablar de un derecho subjetivo de los gemelos a poseer un ADN único.
Cuestión distinta será, desde luego, la de analizar si cabe prohibir la clonación en atención a un derecho subjetivo concreto.
Desde aquí hemos intentado razonar que esta
¿EXISTE UN DERECHO A LA IDENTIDAD GENÉTICA? 4.
LA PARTICIÓN DE EMBRIONES: ¿UN ATENTADO CONTRA LA IDENTIDAD GENÉTICA? |
DEL PROYECTO GENOMA HUMANO A LA MEDICINA
La información derivada del Proyecto Genoma Humano, sumada al trabajo desarrollado en los últimos cinco años en otras áreas de la biotecnología, la bioinformática y la genómica, ha posibilitado avances sin precedentes en la comprensión del papel de los polimorfismos genéticos en la variabilidad de la respuesta individual a las moléculas terapéuticas más utilizadas en terapia cardiovascular, oncológica, psiquiátrica, antiinfectiva y analgésica 1.
En convergencia con otros desarrollos tecnológicos recientes en farmacogenómica, ha permitido a la industria farmacéutica comenzar a usar este conocimiento en el desarrollo de fármacos más específicos y seguros 2.
Adquiere así plausibilidad al concepto de "medicina personalizada", entendida como el tratamiento correcto, para la persona adecuada, en el momento oportuno 3.
Este enfoque de la asistencia sanitaria se caracteriza por la posibilidad de combinar diagnósticos moleculares, perfiles genéticos y datos clínicos para conseguir mejoras significativas en la eficacia y seguridad de los tratamientos farmacológicos.
Prescripciones y seguimiento individualizado en función del genotipo pueden contribuir a reducir de manera importante los riesgos de toxicidad y reacciones adversas severas asociados a las "medicaciones de talla única" convencionales 4.
Frente a la farmacogenética clásica, basada en la observación de fenotipos y orientada a investigar las variaciones en los genes que se consideran candidatos relevantes para el metabolismo de fármacos, la farmacogenómica
surge como disciplina relativamente nueva, resultado de la combinación de tecnologías en genómica molecular y bioinformática, especializada en estudiar los polimorfismos (variaciones en la secuencia de ADN entre individuos) relacionados con las diversas respuestas a moléculas terapéuticas o reacciones adversas severas a fármacos.
Se tienen evidencias de que la variabilidad en los polimorfismos genéticos de individuos y poblaciones puede ir asociada a diferencias farmacocinéticas y farmacodinámicas, por lo que el manejo de consideraciones étnicas y el recurso a la caracterización genómica (genotipado) en los ensayos clínicos será cada vez más frecuente, si no rutinario.
Las mejoras en el diseño racional de medicamentos suelen traducirse en ahorro de costes y tiempo durante las fases de desarrollo y ensayos clínicos, pero también en mayores garantías de seguridad y eficacia.
En el nivel actual de conocimientos, sin embargo, la estratificación o clasificación de sujetos de investigación en función de su genotipo podría llevar a una representación injusta o poco equitativa en los ensayos clínicos, metodológicamente sesgada y eventualmente lesiva de los beneficios que algunos participantes podrían obtener.
En sentido amplio, la aplicación de estos criterios de selección podría comprometer la validación de los tratamientos asociados a pruebas genéticas y dificultar la apreciación de validez analítica y utilidad clínica a los miembros de los comités de ética de la investigación 5.
Si la selección de candidatos para participar en ensayos clínicos constituye un motivo de preocupación creciente para los comités de ética, lo será mucho más en los protocolos de investigación farmacogenómica que proponen el genotipado como criterio prioritario de elegibilidad.
Se proyectan así sobre un nuevo escenario los problemas éticos clásicos de justicia, proporcionalidad, confidencialidad, intimidad, autonomía personal y riesgo de discriminación social que habían sido intensamente debatidos desde mediados de los años ochenta y al inicio del Proyecto Genoma Humano.
Otras consideraciones relevantes para la evaluación ética surgen de las dificultades para aplicar criterios claros de coste-efectividad a los tratamientos derivados de la investigación farmacogenómica y su posible efecto parcelador en el mercado farmacéutico.
Mi aportación tiene como objetivo delimitar criterios útiles para situarse en el debate científico, ético y social sobre el potencial clínico de la farmacogenómica y la medicina personalizada, destacando el nexo entre esta línea de in-vestigación y los valores sociales predominantes.
Pretendo, además, desarrollar sus implicaciones para la evaluación de protocolos en los comités de ética de la investigación.
¿UN ENFOQUE REVOLUCIONARIO DE LA ASISTENCIA
Numerosos autores reconocen el potencial de la farmacogenómica como herramienta de investigación para facilitar el descubrimiento de moléculas terapéuticas eficaces en el tratamiento de individuos con perfiles genéticos determinados y acelerar el desarrollo de una nueva generación de medicamentos, más seguros y efectivos por su mayor especificidad sobre segmentos bien definidos de una población.
Frente a los tratamientos convencionales, centrados en medicamentos de talla única o iguales para todos, con márgenes amplios de baja o nula efectividad y reacciones adversas graves en porcentajes significativos 6, se espera que la farmacogenómica contribuya al desarrollo de nuevos fármacos más efectivos y selectivos.
Previsiblemente, la información genómica puede acortar el tiempo necesario para identificar dianas terapéuticas, reduciendo así el período de tratamiento y acelerando los ensayos clínicos, realizados sobre una población de metabolizadores adecuados.
En última instancia, la farmacogenómica puede contribuir a reducir significativamente los costes de la atención sanitaria, a evitar los tratamientos fútiles y a mejorar los resultados clínicos 7.
A efectos clínicos, lo presuntamente revolucionario de la estrategia farmacogenética estaría en pasar del enfoque genérico clásico (que parte del diagnóstico, continúa con el tratamiento de los síntomas y puede incluir ajustes sucesivos de la medicación, con ensayos y errores costosos) a promover un enfoque personalizado (iniciado con medidas preventivas tras un diagnóstico genético de predisposiciones y detección temprana de la relación entre marcadores moleculares y síntomas de la enfermedad, al que le sigue la prescripción directa del fármaco adecuado y un tratamiento rápido y efectivo).
El segundo enfoque tendría como balance global una atención sanitaria de más calidad y menos costosa.
Desde el punto de vista de la investigación, los datos genéticos pueden acelerar el hallazgo de dianas terapéuticas y reducir la fase de ensayos clínicos porque son útiles para
demostrar tanto la validez analítica (cómo la prueba mide la propiedad o característica para la que se diseña, en términos de sensibilidad, especificidad y reproducibilidad de la medición) como la validez clínica (precisión con que una prueba predice la presencia o ausencia de cierta enfermedad o predisposición, basada tradicionalmente en la solidez del estudio epidemiológico y expresada en términos de sensibilidad, especificidad o valor predictivo -positivo o negativo-del test para un resultado clínico concreto).
Determinar la validez analítica requiere garantías complementarias sobre el tipo y calidad de la muestra, los reactivos y equipamiento utilizados, el protocolo de análisis y la pericia del personal que lo realiza.
La escasez de datos publicados en relación con los ensayos en que se basan los instrumentos comercialmente disponibles de diagnóstico mediante perfiles genéticos, unida a la dificultad para establecer estándares consensuados en este terreno, comprometen notablemente su validez analítica.
Muchas pruebas genéticas no resultan clínicamente válidas debido a sesgos en los estudios de poblaciones, a la baja penetrancia del genotipo (o expresividad variable) y a una todavía deficiente comprensión de los modificadores fenotípicos u otros factores clínicos implicados 9.
Si tomamos en consideración los muchos factores genéticos y no genéticos que, en conjunto, determinan la manifestación clínica de una enfermedad, las variantes genéticas asociadas con las enfermedades más comunes tendrán probablemente un valor predictivo escaso.
Los equipos interdisciplinares responsables de evaluar protocolos de investigación farmacogenómica tendrían que extremar sus cautelas para determinar la fiabilidad (validez analítica) de pruebas basadas en estudios de asociación entre genes y enfermedades que no incluyan datos clínicos consistentes y estimaciones de factores de riesgo adicionales 10.
Las exigencias de rigor y cautela en los protocolos que impliquen el recurso a pruebas genéticas se justifican doblemente, puesto que algunos laboratorios que comercializan métodos de caracterización genómica han decidido no hacer públicas las variantes genéticas que incluyen en sus perfiles, lo que impide evaluar la validez clínica de sus tests 11.
Se precisan, pues, informes estandarizados que detallen tanto lo que se conoce como la incertidumbre relacionada con la validez analítica y clínica, en orden a determinar la utilidad clínica y prever las implicaciones éticas, sociales o legales de las nuevas pruebas genéticas.
Mientras tanto, el seleccionar pacientes en función de su posible respuesta.
El conocimiento de las variantes genéticas puede ayudar a descartar desde el comienzo a los bajos metabolizadores.
La prescripción de fármacos combinada con diagnósticos moleculares se perfila como el instrumento fundamental para prescribir los tratamientos a la población más adecuada y minimizar posibles reacciones adversas severas.
En oncología, el diagnóstico genético podría exigirse como prueba rutinaria para tratar con más eficacia los tumores detectados en estadios iniciales (mama, próstata, ovario, colorrectal, etc.), reducir en lo posible las dosis de quimioterapia y mejorar el porcentaje de supervivencia.
El diagnóstico molecular podría mejorar también el seguimiento y la prevención de enfermedades como la aterosclerosis, y ayudar a prevenir o reducir los casos de enfermedades presintomáticas que pueden provocar muerte repentina.
En investigación, podría facilitar el desarrollo de fármacos paralizados durante los ensayos clínicos en fase II o III, combinándolos con diagnóstico molecular de predisposición a posibles efectos adversos.
DIFICULTADES PARA LA VALIDACIÓN ANALÍTICA Y CLÍNICA DE LAS PRUEBAS GENÉTICAS
El reconocimiento de potencial significativo a la investigación farmacogenómica no implica dejar en segundo plano las incertidumbres que otros autores consideran inherentes a la medicina personalizada de raíz farmacogenómica 8.
En primer lugar, porque suele presentarse en contraste con una praxis médica tradicional muy acostumbrada también a personalizar los tratamientos mediante el ajuste de dosis y combinaciones de fármacos en función de diversos parámetros (reacciones y efectos observados en los pacientes, estilos de vida, dieta y otros elementos apreciados durante un seguimiento prolongado), con resultados clínicos satisfactorios en términos generales.
En segundo lugar, porque la confianza en el sistema vigente de ensayos clínicos dependía de las garantías asociadas a la amplitud y representatividad de la muestra de participantes escogidos para las fases de ensayos clínicos, más susceptible de confirmación y replicación de resultados que el manejo de perfiles genéticos limitados a poblacionales muy específicas.
Y, en tercer lugar, por la publicidad y contrastabilidad que debía caracterizar a los estudios de validación, para
personal sanitario que pudiera involucrarse en su manejo y los pacientes o usuarios que pudieran beneficiarse de ellos deberían extremar sus precauciones en relación con la fiabilidad científica de cada prueba genética 12.
VALIDEZ Y UTILIDAD CLÍNICA
La utilidad clínica de una prueba genética se refiere a la probabilidad de que su empleo contribuya a mejorar el estado de salud de un paciente.
Dependerá de la disponibilidad, seguridad y efectividad de las medidas preventivas o terapéuticas que puedan ofertarse a los individuos con resultados positivos.
Cuando una mutación predice un incremento de riesgo que podría reducirse significativamente mediante cambios en el estilo de vida, la utilidad clínica del test dependerá fundamentalmente de la voluntad de tales personas para modificar su estilo de vida, siguiendo indicaciones médicas coherentes con la caracterización genética.
Los individuos con resultados negativos tendrían, previsiblemente, menor motivación para elegir estilos de vida más saludables, aunque todos pudieran beneficiarse en diversos grados de cambios saludables en su dieta, un menor consumo de alcohol o tabaco y más ejercicio físico.
Sin embargo, parece ser que la información genética sobre riesgos y predisposiciones contribuye más bien poco, si es que lo hace, a modificar hábitos y estilos de vida.
Mucho menos, en todo caso, que la persuasión a partir de evidencias concretas sobre las consecuencias negativas de ciertas conductas en la salud 13.
Incluso en las unidades de asesoramiento genético que cuentan con personal especializado para garantizar la calidad en los procesos de información y comunicación del riesgo genético y de su posible efecto en la salud, la utilidad clínica de las pruebas genéticas queda muy limitada a aquellos casos en los que, por otros indicadores familiares, se sospecha que algunos individuos tienen una alta predisposición a enfermedades para las que existen medidas preventivas y de monitorización eficaces.
En consecuencia, es bastante reducido el número de pruebas genéticas cuya validez analítica y clínica, así como su utilidad clínica, ha quedado demostrada (en la predisposición al cáncer de mama, ovario o colorrectal, p. ej.).
Las actuales lagunas de conocimiento sobre el efecto combinado en la salud de las interacciones entre genes, procesos epi-genéticos y entorno invitan de momento a la cautela y a seguir enfoques de caso-por-caso en las evaluaciones de protocolos que requieran la obtención de perfiles genéticos, incluso cuando se tengan elementos para establecer una asociación consistente entre genotipo y enfermedad pero se desconozca cómo rentabilizarla clínicamente 14.
Su inclusión en los servicios médicos dependerá de evidencias complementarias aportadas por estudios observacionales y ensayos clínicos, y su prescripción debería obedecer a criterios precisos (historia familiar, sintomatología, etc.) que ayuden a ponderar razonablemente su coste, validez, utilidad clínica y repercusiones sociales 15.
ASPECTOS ÉTICOS DE LA FARMACOGENÓMICA Y LA MEDICINA PERSONALIZADA
Como es relativamente frecuente ante los nuevos desarrollos tecnológicos y sus aplicaciones, algunos autores reclaman una nueva ética para la medicina personalizada y la investigación farmacogenómica.
Sostienen que las limitaciones inherentes a los enfoques de la ética biomédica tradicional se acrecientan cuando se proyectan en el nuevo marco de posibilidades abierto por la investigación genómica.
Sustentada sobre el paradigma de la protección y sus principios básicos -autonomía, beneficencia, no maleficencia, justicia-la bioética tradicional parece poco apta para un contexto donde las cuestiones éticas acuciantes surgen de la tensión entre los intereses individuales y colectivos, sobre todo en la obtención de datos referidos a poblaciones y su empleo en la investigación.
Los datos del fenotipo, combinados con el desarrollo de nuevas tecnologías de secuenciación, harán probablemente rutinaria la disponibilidad de información sobre perfiles genéticos personales y su relación con determinados parámetros de salud.
Para su incorporación a la biología de sistemas como marco general de interpretación, requerirán flexibilidad en el proceso y aproximaciones creativas 16.
Al parecer, el paso de la genética mendeliana a los mapas de secuencias para estudiar en el nivel del genoma la variación genética natural en humanos supone mucho más que cruzar un umbral científico: tendría también la virtualidad de producir, en la reflexión ética, un cambio de énfasis orientado hacia los principios éticos de reciprocidad, solidaridad, ciudadanía y universalidad 17.
nunca se enfatiza bastante la importancia de la solidaridad, la reciprocidad y la ciudadanía universal, aunque sea por el impacto que tienen en la salud pública mundial las muchas iniciativas -u omisiones-políticas, tecnológicas y económicas que apuntan en dirección opuesta.
Sin embargo, aplicados en un contexto donde la obtención y manejo de perfiles genéticos personales tiende a convertirse en procedimiento rutinario, podrían distorsionar inaceptablemente las ponderaciones entre intereses personales y colectivos que tan a menudo surgen en el desarrollo de la investigación biomédica.
Es preferible, en mi opinión, seguir prestando la máxima atención a la posibilidad de que los participantes en la investigación farmacogenómica reciban un trato inadecuado en lo relativo a las garantías de confidencialidad en el almacenamiento de información genética personal en bancos de ADN o biobancos informatizados, con el fin de asegurar una ponderación razonable de beneficios y riesgos que posibles repercusiones sociales y legales.
Sin caer en el excepcionalismo genético que otorga a la información genética personal un valor especial frente a otros datos personales obtenidos en el marco de la asistencia sanitaria, el carácter predictivo y las ramificaciones comunitarias o familiares de los datos genéticos personales presionan a favor de extender inclusivamente las máximas garantías a toda información médica de carácter personal para evitar usos indebidos (en contexto laboral, asegurador o forense, p. ej.), especialmente cuando resulten accesibles en redes informáticas.
Los miembros de CEIC que puedan verse involucrados en la revisión de protocolos de investigación en farmacogenómica deberían familiarizarse con las peculiaridades del tratamiento de los temas bioéticos clásicos (selección de participantes, participación en los beneficios, no discriminación, etc.) en este nuevo contexto, sin descuidar las cuestiones previas relativas a la validez analítica y clínica de las pruebas genéticas requeridas, su utilidad y las implicaciones económicas de su uso 18.
Las cuestiones éticas clásicas relacionadas con el uso del genotipado en la investigación clínica orientada al desarrollo de fármacos no han sido objeto aún de una reflexión detenida.
Previsiblemente, tampoco merecerán un tratamiento alternativo como efecto de su tinción con los principios de reciprocidad, solidaridad, ciudadanía y uni-versalidad que parecen más apropiados para promover el desarrollo de la investigación farmacogenómica.
Se tomen como referencia valores bioéticos tradicionales centrados en el paciente o criterios de interés público, reciprocidad y solidaridad, la incertidumbre sobre la identificación del fenotipo válido en la respuesta de los pacientes a fármacos y los criterios de elegibilidad de los participantes en la muestra sobre la que se realizará el ensayo lastrarán el desarrollo de cualquier investigación biomédica ulterior y sus aplicaciones clínicas.
Los criterios de elegibilidad para participar en ensayos clínicos son con frecuencia motivo de debate en los CEIC, pero lo son a fortiori en la investigación farmacogenómica actual o futura que haga uso del genotipado en los ensayos clínicos.
En el marco actual de conocimiento, no resulta fácil justificar de manera convincente la selección de un grupo específico de individuos, en función de su genotipo, para un protocolo de investigación.
El genotipado constituye ya un criterio específico de elegibilidad según el cual se estratifican o clasifican sujetos de investigación.
Su aplicación puede traducirse en una representación injusta (es decir, no equitativa ni suficiente) en los ensayos, algo que podría sesgarlos e implicar pérdida de los beneficios que algunos participantes podrían obtener.
Una selección basada en grados elevados de incertidumbre no sólo aumenta la complejidad de las preocupaciones éticas, sino que implica desafíos nuevos para las políticas sanitarias y puede minar la confianza del público en los beneficios clínicos potenciales de la farmacogenómica.
RAZA Y ETNIA EN LA INVESTIGACIÓN
La selección de sujetos para investigar la respuesta a un fármaco en función de su perfil genético podría reducir indebidamente el número de participantes enrolados y comprometer tanto la validez externa del estudio como su aplicabilidad en contexto clínico.
Supone un desafío para la comprensión actual de lo que es el diseño de un ensayo clínico y puede condicionar negativamente la percepción pública de los beneficios que pudieran derivarse de la investigación en farmacogenómica clínica, sobre todo la mejora de la seguridad, eficacia terapéutica y reacciones a fármacos asociadas a rasgos de poblaciones.
La utilidad clínica de la farmacogenómica está en función de la capacidad de los investigadores para recopilar datos genéticos de un gran número de participantes en ensayos a gran escala.
Pero la justificación ética de la investigación farmacogenómica basada en poblaciones no puede sustentarse en el éxito de otros programas de cribado genético masivo en salud pública (para la fenilcetonuria neonatal, p. ej.).
Es de sobra conocido que la información genética es, por su naturaleza, intrínsecamente personal y, al mismo tiempo, familiar y comunitaria, por lo que su manejo conlleva riesgos potenciales serios de discriminación y pérdida de confidencialidad, que requieren políticas preventivas y garantías jurídicas contra posibles daños.
En consecuencia, el valor científico de recurrir a familias en ensayos farmacogenómicos debe ponderarse con los posibles efectos discriminatorios de tales estudios en la dinámica y significado social de los participantes.
El reclutamiento y la participación de subgrupos o etnias en estos estudios afecta también a la relación tradicional entre quienes prestan asistencia médica y pacientes, basada en los principios de respeto a la intimidad, confidencialidad y beneficencia 19.
La investigación farmacogenómica para comprender el papel de los polimorfismos genéticos implicados en la variabilidad de la respuesta a fármacos entre miembros de comunidades étnicas (entre judíos Ashkenazi, o en grupos de personas con genotipos apolipoproteína E asociados con Alzheimer, p. ej.) demanda especial cautela por parte de los responsables de políticas sanitarias, cuyos equipos interdisciplinares (científicos, médicos, expertos en ética, abogados, asistentes sociales, etc.) deberían colaborar estrechamente con los miembros y representantes autorizados de las comunidades o etnias implicadas.
Una prueba genética a partir de un solo gen podría revelar información sobre más de una condición o dejar en segundo plano la acción combinada de otros genes implicados (fenómenos de pleiotropía y poligenia), con diversas consecuencias sociales en función de la disponibilidad o no de tratamientos.
Aunque no figure en el elenco bioético clásico, el criterio de "respeto a las comunidades" podría sugerir exigencias normativas no contempladas por los tradicionales, más allá del deber de no-discriminar.
La ponderación beneficio-riesgo es un componente estándar en toda revisión ética de un protocolo de investigación clínica.
La investigación farmacogenómica introduce aspectos novedosos en la evaluación ética, directamente ligados a la posibilidad de establecer un balance favorable entre beneficios potenciales y riesgos para poblaciones o etnias específicas.
Entre sus ventajas a largo plazo se incluye el potencial para personalizar medicamentos, dirigidos a subpoblaciones de pacientes bien definidas en los que aumentaría o estaría garantizada su eficacia terapéutica.
Un menor riesgo de reacciones adversas incrementa la seguridad y la tolerancia durante las fases de prueba, reduciendo el coste general de los tratamientos y su desarrollo.
Pero los riesgos asociados a la prescripción de fármacos basada en la raza puede ilustrarse a propósito de la comercialización de fármacos como el BiDil (un compuesto que combina el antihipertensivo hidralazina y dinitrato de isosorbide, vasodilatador), indicado específicamente para afroamericanos con fallo cardíaco congestivo.
Rechazado por la FDA estadounidense en 1997, fue aprobado en 2005 como primer fármaco de prescripción basada en la raza a partir de un estudio que demostraba que la mortalidad de los pacientes tratados con la nueva combinación se reducía en un 43 % y su hospitalización en un 39 % 20.
A pesar de la incertidumbre sobre la etiología subyacente para la respuesta al fármaco en esta población diana y sobre la única base de que los afroamericanos respondían menos efectivamente a los tratamientos convencionales que los caucásicos, se comienza a prescribir un nuevo tratamiento a pacientes autoidentificados como afroamericanos y sin garantías más precisas para la selección de posibles beneficiarios.
Los primeros datos preliminares sugiriendo que posibles diferencias étnicas en la síntesis del óxido nítrico podrían explicar las diferencias en la respuesta a BiDil aparecieron mucho más tarde, pues sólo en 2007 los estudios genéticos han comenzado a elucidar los mecanismos de tales diferencias.
Sin garantías para desarrollar criterios de selección más precisos con los que identificar a los pacientes con más posibilidades de beneficiarse de un tratamiento farmacogenómico, personal sanitario y pacientes o usuarios de los servicios sanitarios tendrían que informarse y analizar con cautela la introducción de fármacos como el BiDil, único tratamiento estándar para una amplísima población de afectados pero considerado por algunos más un desarrollo comercial que un logro científico o médico 21.
Reconociendo que las desigualdades en salud tienen que ver fundamentalmente con otras disparidades en cultura, estatus socioeconómico, dieta, acceso a aten-
ción sanitaria y entorno saludable, es innegable que los factores genéticos tienen también su efecto en la salud y de modo variable entre grupos.
Pese a la incertidumbre que aún persiste por la escasez de estudios rigurosos sobre muchas poblaciones, no es descabellado pensar que la frecuencia de muchas variantes genéticas diferirá notablemente entre distintas partes del mundo y también estarán desigualmente distribuidas aquellas que confieren susceptibilidad a enfermedades.
Pero la determinación precisa y rigurosa de los factores de riesgo para una enfermedad no se establece mediante correlaciones de etnia o raza (autopercibidas) y estados de salud, sino mediante estudios a gran escala en múltiples poblaciones, donde la selección de datos genéticos y ambientales debe responder por igual a criterios científicamente bien establecidos.
Como afirma Collins, si únicamente se toman en consideración factores genéticos, sólo se descubrirán factores genéticos 22.
La investigación farmacogenómica incorpora un considerable potencial clínico, aunque en su desarrollo actual muchos la consideran una herramienta de investigación básica sumamente útil.
Las incertidumbres que lastran las asociaciones entre genotipos y variación en la respuesta a fármacos aconsejan adoptar un enfoque caso-por-caso para la revisión tanto de la validez analítica como de la utilidad clínica de los protocolos de investigación en farmacogenómica que implican el uso de pruebas genéticas.
Para los miembros de comités de ética de la investigación, la farmacogenómica supone un nuevo contexto donde entender y evaluar el alcance de las garantías tradicionales en ética de la investigación, con desafíos concretos relativos a la fiabilidad y utilidad de las pruebas utilizadas, los criterios de selección de los participantes y el manejo de la información genética específica de grupos étnicos. |
Vivimos, hoy, en la denominada Sociedad del Conocimiento, expresión que se oye ya con frecuencia en nuestro país y que es un hecho aceptado y asumido, desde hace varias décadas, por las poblaciones de los países más avanzados; ello no quiere decir, sin embargo, que en dichas poblaciones el ciudadano medio sepa con claridad de que se trata y comprenda su verdadero significado, así como sus implicaciones en el quehacer humano, en la dirección, en la economía y en la política.
Si bien la moneda, el consumo, la producción y los términos derivados de los mismos, tales como renta per capita, producto interior bruto, valor añadido, etc., son parámetros claramente asimilados, incorporados e utilizados de forma común en la sociedad, así como sus implicaciones en la calidad de vida y en el desarrollo, el conocimiento, a pesar de ser clave en la sociedad actual no resulta fácil de comprender con claridad, en buena parte porque no puede tocarse, ni tampoco medirse con la facilidad de los términos antes referidos.
Este artículo pretende dar contenido a la expresión "sociedad del conocimiento", tratando de explicar: a) la importancia creciente del conocimiento como conductor de la prosperidad económica y de la calidad de vida, b) la importancia de los dos pilares -enseñanza e I + D + i -en los que se sustenta la sociedad del conocimiento, y c) la estructura y organización de la nueva sociedad.
EL CONOCIMIENTO COMO PIEZA CLAVE DE LA SOCIEDAD ACTUAL
Aunque definir y concretar un concepto tan amplio como Sociedad del Conocimiento no resulta fácil, sin embargo, el hacerlo, aunque sea sin acierto completo, puede facilitar su comprensión y permitir hacer referencias posteriores sobre aspectos diversos del mismo.
Pues bien, en términos generales, dicha expresión quiere decir, nada más y nada menos, que el saber y el conocimiento son los parámetros que gobiernan y condicionan la estructura y composición de la sociedad actual y son, también, las mercancías e instrumentos determinantes del bienestar y progreso de los pueblos.
El término mercancía es, sin duda, adecuado para referirse al conocimiento, por cuanto ambos son objeto de compra y venta, sobre todo el nuevo conocimiento, el cual se compra o vende, de forma directa, como patentes, licencias, royalties, acciones, etc., permitiendo a la entidad
Instituto de Ciencia y Tecnología de Polímeros
Ex vicepresidente del CSIC.
[EMAIL] compradora producir bienes y servicios haciendo uso del conocimiento adquirido o, en forma indirecta, como parte del precio del producto, bien o servicio a que el conocimiento da lugar.
El término económico, de fácil comprensión, de bien o servicio de alto valor añadido, realmente responde a un bien o servicio que incorpora en mayor o menor grado conocimiento avanzado, mayor valor añadido, esto es mayor precio cuanto más conocimiento innovador incorpora.
Por otra parte, a diferencia del capital y de la mano de obra, la información y el conocimiento tienen muchas de las características de lo que los economistas llaman bienes o mercancías públicas.
Una vez hecho público el conocimiento puede compartirse a bajo costo y su valor no se reduce por el consumo; en realidad, el valor social y económico de la información y del conocimiento aumenta a medida que se comparte y usa por otros.
El conocimiento, en la práctica, se transforma o convierte en productos, procesos, servicios, máquinas, aparatos, medicamentos, alimentos, organización, marketing, telecomunicaciones, informática, imagen, sonido, etc, etc.
¿Esto del conocimiento y su importancia determinante en la sociedad es algo totalmente nuevo de las últimas décadas?
Es nuevo en cuanto a la velocidad con que se genera y a la rapidez con que se transmite y, consecuentemente, a los efectos que ello origina en la sociedad actual.
En realidad, el conocimiento siempre ha jugado un papel destacado en la evolución y en el progreso de la sociedad.
Si retrocedemos a las edades prehistóricas: edad de la piedra, del bronce, del hierro, realmente, aunque con una lentitud enorme, con estos nombres nos estamos refiriendo a cambios muy profundos que afectaban a los modos de vivir, trabajar, etc., como consecuencia de la aparición de nuevos conocimientos.
El pulido y tallado de la piedra, la preparación de metales y aleaciones, la construcción de nuevos utensilios, armas, menaje, etc suponen avances en el conocimiento y, consecuentemente, cambios en la forma de vida de la sociedad.
La imagen del hombre blanco, en épocas más recientes, cambiando chismes de colores o rifles a los indios por oro, pieles etc., nos puede servir, por una parte, para evaluar el valor del conocimiento como mercancía y, por otra, para ver la capacidad de abuso que tiene el que posee el conocimiento.
Hoy en día ese peligro de abuso del conocimiento está presente en no pocas ocasiones.
Afortunadamente, algunos Estados promulgan leyes que tratan de evitar y penar esos posibles abusos.
El conocimiento, pues, siempre ha jugado un papel destacado, si bien el ritmo de la generación del mismo, es lo que, sin duda, marca diferencias importantísimas de unas épocas a otras.
Con cierta frecuencia se denomina a nuestra sociedad actual como la sociedad del aprendizaje y, sin duda, dicha denominación responde a la realidad, si bien es conveniente matizar o añadir que ello es consecuencia, en buena parte, de la rápida producción y generación de conocimientos que obliga a un aprendizaje continuo para no quedar obsoleto en la materia en cuestión.
La sociedad del aprendizaje es, pues, una consecuencia de la sociedad del conocimiento.
Dicho de otro modo, los profesionales de la última o últimas generaciones y de las venideras no dejarán de ser estudiantes nunca.
Hace cincuenta o más años, un médico, un ingeniero, un físico o un economista, podía ejercer su profesión durante años con el bagaje aprendido en la Universidad y prácticas posteriores.
Hoy eso no es posible, ya que el alto ritmo de producción y generación de nuevos conocimientos obliga a reciclarse de forma continua si se quiere mantener el nivel, al menos, inicial.
El conocimiento es, pues, en la actualidad el recurso llave.
La propiedad más valiosa e importante es hoy la propiedad intelectual.
Los trabajadores a todos los niveles en la sociedad del conocimiento del siglo XXI necesitarán ser estudiantes, prácticamente, toda la vida.
La incidencia del conocimiento es determinante en todas las actividades por muy sencillas y simples que parezcan.
Se entiende a la primera que sectores, tales como nuevos materiales, informática, telecomunicaciones, robótica, etc., sean dependientes claros de la creación continua de nuevos conocimientos, de mejoras tecnológicas, ya que estamos acostumbrados a su continua evolución y mejora; resulta común oír hablar de bienes o servicios de primera, segunda o tercera generación.
Sin embargo, también lo son sectores, tales como el agrícola, que en un principio y a primera vista se encuentran lejos de las aportaciones científicas y tecnológicas.
Recientemente se publicaba que España exportaba productos hortofrutícolas por un valor superior al billón de pesetas (sesenta mil millones de euros), cifra muy respetable y que da idea de la importancia de este sector para la economía española.
En la misma publicación se preguntaba a responsables de las corporaciones correspondientes sobre los problemas del sector.
Coincidían en señalar que el problema fundamental era la baja dedicación e inversión en investigación y desarrollo, lo que conducía a tener que comprar a empresas extranjeras las semillas, arbustos, abonos, maquinaria y otros productos indispensables para el cultivo, produciéndose, como consecuencia de ello, un descenso importante en los beneficios del sector, pudiendo incluso peligrar los mismos.
Son, sin duda, esas empresas innovadoras las que se llevan la mayor parte del león.
Otra forma de ver y explicar en que consiste la nueva sociedad en la que vivimos sería la de incorporar el peso y la dependencia del conocimiento a la clásica división sectorial de la economía, asignándole valores económicos a las acciones derivadas del conocimiento.
Así, esta quedaría ampliada con un nuevo constituyente, el sector cuaternario.
Recordemos que el primero de los sectores viene caracterizado por la producción o la apropiación de bienes con el consenso de los reinos animal, vegetal y mineral.
En él se encuadran la agricultura, la ganadería, la pesca y la minería.
El sector secundario se caracteriza por la transformación de una materia prima en un producto susceptible de ser utilizado; la actividad dominante es la industria.
El sector terciario viene caracterizado, esquemáticamente, por la ejecución de actividades que, en el conjunto de la economía, tienen una función auxiliar; su actividad dominante es la prestación de servicios.
El sector cuaternario, se caracteriza por las acciones de concebir, crear, interpretar, organizar, dirigir y transmitir con la ayuda y soporte del conocimiento científico y técnico.
Su actividad dominante es la creación.
Es el sector de la mente, del conocimiento y de la organización.
Si se toman a título de ejemplos dos parcelas del sector cuaternario, tales como las aplicaciones tecnológicas y la gestión dirigente, cabe constatar la función que el sector puede desempeñar en el conjunto de la economía.
La transición desde una economía de productos a una economía de conocimientos se producirá como una consecuencia natural de la cada vez mayor actividad del sector cuaternario.
Las teorías del desarrollo preconizan, en general, que el paso de la fase de país subindustrializado a la de desarrollo organizado se realice, paulatinamente, en progresión aritmética.
Pero, dada la facilidad enorme de las comunicaciones y la universalización de los conocimientos, cabe avanzar según una progresión geométrica apoyada en la presencia del sector cuaternario como clave del progreso, acelerando su desarrollo a través de la incorporación a dicho sector de un mayor porcentaje de la población activa y haciendo que los instrumentos del desarrollo estén coordinados por un poder político que fije los fines y los medios y establezca la organización y la planificación a largo plazo necesarias.
Finlandia, Irlanda y Corea del Sur son países que podrían servir de ejemplos como seguidores de esa vía de crecimiento acelerado del sector cuaternario.
Muchos logros, avances y actividades del hombre presentan una doble cara, una buena y la otra mala, y el conocimiento, resultado de los avances científicos y tecnológicos, quizás con más claridad que ningún otro, presenta esa doble faceta.
A este respecto vienen bien las palabras de Plinio el Viejo, pronunciadas hace unos 2000 años y que decían lo siguiente: Hace, pues, 2000 años ya se apreciaba claramente la doble cara que los logros y avances tecnológicos de la humanidad presentaban.
Es bueno recordarlo, sin olvidar los beneficios que el conocimiento ha generado a la humanidad y que generará en años venideros y que no es el conocimiento en sí quien produce los efectos negativos, sino el mal uso del mismo por el hombre.
Hay que absolver a la Naturaleza, como decía Plinio, de un cargo que en realidad solo al hombre debe achacarse; no es el conocimiento en si mismo quien produce el mal, sino el mal uso hecho por el hombre.
La ciencia es, por el momento, una de las pocas aventuras humanas que, aunque llena de riesgos y tropiezos, todavía merece ser continuada.
ENSEÑANZA E INVESTIGACIÓN-DESARROLLO E INNOVACIÓN (I +D +I)
El conocimiento se asienta en dos pilares fundamentales, uno es investigación, desarrollo e innovación (I + D +i), que crea nuevos conocimientos y mejoras en otros ya establecidos y el otro la Enseñanza que transmite los conocimientos existentes.
La Enseñanza y la calidad de la misma es pieza crítica y clave en la evolución y desarrollo de toda sociedad.
Repercute directamente en el comportamiento de los ciudadanos, en el nivel de formación y destreza de los trabajadores, en la competitividad de la economía, en la capacidad de atracción de inversiones, tanto del interior como del exterior, que se producen donde existe mano de obra experta y adiestrada, entre otras.
Los rankings de países por nivel de desarrollo y por calidad y gastos en Enseñanza son, prácticamente, idénticos.
La formación continua es hoy pieza también fundamental para poder adaptarse a los cambios frecuentes que la sociedad del conocimiento impone y exige.
Aquí también el paralelismo entre nivel de desarrollo y económico y porcentajes de ciudadanos que reciben formación continua es total.
Suecia, Finlandia, Dinamarca, Austria y Luxemburgo entre las europeas tienen tasas de participación en formación continua superiores al 70%, entre ciudadanos de entre 25 y 64 años.
En España solo el 25% de esos ciudadanos recibe formación continua; la media comunitaria es del 42%.
El otro pilar en el que asienta la sociedad del conocimiento es el de la creación de dichos conocimientos.
Hasta el siglo pasado el conocimiento se generaba, principalmente, en Universidades y en Instituciones sin fin de lucro.
Durante este pasado siglo, la generación de conocimientos se industrializó, creándose verdaderas fábricas de producción de conocimientos, de tecnología, que si bien no se llaman así, se les suele llamar Centros o Institutos de Investigación y Desarrollo, se dedican de forma organizada y programada a crear conocimientos con fines bien establecidos dentro de empresas industriales o de "holdings financieros".
La humanidad a lo largo de su historia produjo conocimientos en forma de tecnología de manera asistemática, espontánea y casi amateur.
El cambio hacia una producción sistemática y profesional tuvo lugar, probablemente, con Edison (1880), a quien se puede considerar como el primer "fabricante de tecnología", en el sentido presente del término.
Su laboratorio de Menlo Park (EEUU) fue organizado con disciplina casi fabril para la manufactura de tecnología eléctrica y en él se realizaron centenares de inventos (el regulador de voltaje, varios tipos de dinamo, la lámpara eléctrica de filamento, el medidor de Kw-h, llaves, interruptores, gramófono, etc, etc) Desde Edison hasta la fecha, este sistema de fabricar Tecnología a voluntad mediante el uso sistemático y premeditado del método y de los resultados de la investigación científica se difunde y extiende a todos los sectores de la actividad humana, produciéndose una verdadera explosión en el campo de la producción de tecnología, como lo demuestran los millonarios presupuestos que se destinan a ese fin en todos los países y la introducción y uso de expresiones tales como industrias basadas en ciencia, industrias de investigación intensiva, etc. Precisamente, esa cantidad y velocidad de creación de nuevos conocimientos es lo que marca esa gran diferencia entre las últimas décadas y los periodos anteriores y, en definitiva, lo que permite denominar, a esta última época, con acierto y respondiendo a la realidad, como sociedad del conocimiento.
La creación de nuevos conocimientos y la capacidad para manipular, almacenar y transmitir grandes cantidades de información de forma económica, lo que permite facilitar e intensificar la aplicación del conocimiento a la actividad económica, constituye, hoy, el factor predominante en la creación de riqueza, de tal forma que se considera que del 70 al 80% del crecimiento económico se debe al nuevo y mejor conocimiento.
Los términos aquí utilizados -conocimiento, ciencia y tecnología, investigación y desarrollo, enseñanza, bienes y servicios -, todos ellos interrelacionados podríamos plasmarlos en el siguiente esquema: El conjunto de estas actividades plasmadas en el esquema en el orden temporal señalado constituye lo que se conoce con el nombre de innovación, que, además de los elementos puramente científicos y técnicos, incluye elementos económicos y sociales.
La investigación y el desarrollo (I+D) son los elementos creadores de la innovación y, por consiguiente, necesarios para originar aquella, si bien no suficientes en cuanto a asegurar el éxito en el dominio práctico e industrial.
Es necesaria la existencia de una estructura capaz de utilizar los conocimientos generados, bien en las Universidades y Centros de Investigación, bien en las empresas, y transformarlos por medio del desarrollo tecnológico y de elementos socioeconómicos, tales como la prospección, la gestión, el marketing, la producción, etc. en bienes y servicios.
La participación de la empresa en la I + D + i en porcentajes bien por encima del 60% del total resulta imprescindible, si se quiere alcanzar una estructura y organización capaz de transformar conocimiento en producto interior bruto.
Por lo general, cuanto más I + D tiene una innovación, mayor valor añadido tiene el producto o servicio final.
Innovaciones que comprenden, principalmente, nuevos bienes y servicios a través de la mejora de procesos y productos ya conocidos pueden, en algunos casos, lograrse sin la participación de la investigación.
En consonancia con todo lo indicado, Europa, en el Consejo Europeo de Lisboa, Marzo 2000, marcó un objetivo o meta para el año 2010: llegar a ser la economía basada en el conocimiento mas competitiva y dinámica del mundo, capaz de un crecimiento económico sostenido con más y mejores trabajos y con una cohesión social mayor, para lo cual resulta imprescindible alcanzar un gasto en I + D del 3% del PIB, del que 2/3, al menos, debe corresponder al sector empresarial.
Desgraciadamente esa importante meta está lejos de lograrse.
Sólo Suecia y Finlandia, que por otra parte representan un porcentaje muy pequeño de la población europea, la alcanzan.
La media europea (Europa de los 15) mantiene un gasto en I + D de alrededor del 2% del PIB con una participación del sector empresarial por debajo del 60%.
España no supera apenas el 1%.
Como resumen de los indicado se puede decir que la transmisión de conocimientos a través de la enseñanza y la información, que permite crear profesionales de calidad y capacita al trabajador del conocimiento a realizar su función (administrativo, ayudante, técnico, especialista, abogado, economista, médico, etc.), por una parte, y la creación de nuevos y mejorados conocimientos y su incorporación, como bienes y servicios, por otra, son, pues, las dos vías que caracterizan y determinan lo que se viene llamando Sociedad del Conocimiento.
Las diferentes clases de conocimiento que se manejan y son importantes en la sociedad actual se pueden agrupar en cuatro tipos, a saber: El conocer-qué se refiere al conocimiento acerca de "hechos".
Se adquiere a través de la enseñanza, cursos, libros, bancos de datos, etc. Según el nivel del trabajador del conocimiento de que se trate requerirá mayor o menor cantidad de ellos y, prácticamente, en todos los casos una actualización de los mismos.
Conocer-por qué se refiere al conocimiento científico de los principios y leyes de la naturaleza y sirve de base al desarrollo tecnológico y a los avances en productos y procesos en la mayoría de las industrias.
Son conocimientos que se desarrollan en Universidades y Centros de Investigación, bien estatales o empresariales.
Para tener acceso a este tipo de conocimiento es frecuente el establecimiento de programas y actividades conjuntas entre empresas y centros de investigación.
Conocer-cómo, esto es el "know-how", término que se utiliza internacionalmente para referirse a este tipo de conocimiento, se refiere a la capacidad de hacer algo, saber como hacer un producto, un proceso, una máquina, como organizar o desarrollar una actividad de cualquier clase, como evaluar y organizar la penetración de un nuevo producto o sistema, etc. Este tipo de conocimiento se desarrolla y mantiene dentro de los límites de una empresa determinada, que puede cederlo a otra empresa bajo condiciones diversas (royalties, licencias, participación en el accionariado, etc).
Conocer-quién comprende información acerca de quien conoce que y quien conoce como hacer que.
Es un tipo de conocimiento interno a la organización al más alto nivel e implica la creación de relaciones con centros e instituciones de investigación y con científicos y tecnólogos que hagan posible el apoyo de los mismos en nuevos desarrollos.
La empresas muy innovadoras realizan con frecuencia investigación básica, lo que les permite estar en la vanguardia del desarrollo de la Ciencia y tener acceso a las redes de expertos y científicos académicos, crucial para su capacidad de innovar.
Aprender a dominar las cuatro clases de conocimiento tiene lugar a través de diferentes canales.
Mientras que conocer-qué y conocer-por qué se pueden conseguir a través de libros de lectura, conferencias, cursos y accediendo a bases de datos, las otras dos clases de conocimiento surgen, primariamente, de la experiencia práctica; conocer-como es fruto de las actividades de I + D + i desarrolladas en empresas, en primer lugar, y en centros de investigación estatales (Universidades y Organismos de Investigación).
En la sociedad del conocimiento, los recursos que determinan ventajas competitivas dependerán, de forma cada vez mayor, de la innovación basada en el conocimiento.
La consecuencia clara de esto es que no hay alternativa a la prosperidad que no sea el aprendizaje y la creación de conocimiento, con el nuevo enfoque de la innovación científica y tecnológica a través de la investigación y el desarrollo.
La innovación no es responsabilidad de un sector determinado de la economía o de la sociedad.
El éxito en la sociedad del conocimiento significa que la innovación debe llegar a ser un negocio de todos -gobierno, empresas e individuos -permitiendo nuevos caminos de hacer cosas y de hacer nuevas cosas.
ESTRUCTURA Y ORGANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO
El siglo pasado, el siglo XX, ha sido, sin duda, único en la historia de la Humanidad en cuanto a la rapidez y profundidad de los cambios y transformaciones sociales y económicas que tuvieron lugar, como consecuencia de la rápida y continua creación de conocimientos y transmisión de los mismos.
En las primeras décadas del siglo XX, hasta la primera guerra mundial, la sociedad en todos los países desarrollados aún mantenía una estructura similar a la de hace varios miles de años, cuando los humanos comenzaron a ser granjeros y colonos.
Este grupo de granjeros y colonos era el más populoso a principios del siglo XX en la mayoría de los países civilizados, seguido por el de sirvientes domésticos, pequeños comerciantes, artesanos y sus aprendices y empleados.
Entre 1880 y 1914 creció muy rápidamente el número de obreros de la industria, de la minería y del transporte, si bien, todavía en 1914 estos constituían una parte relativamente pequeña de la fuerza de trabajo, por debajo del 20% de la masa laboral, y eran los únicos, prácticamente, que trabajaban para una organización como decimos en la actualidad.
Las cuatro quintas partes de la fuerza del trabajo trabajaban, bien para ellos mismos y por ellos mismos, bien para un dueño, amo o ama de casa.
El término "empleado", prácticamente, no se utilizaba.
Los agricultores no suponen, hoy, como ocupación, más del 5-7% de la masa laboral en países desarrollados.
Por otra parte, los pequeños comerciantes y artesanos independientes, si bien crecieron durante el siglo pasado, aunque lejos del crecimiento de la población y del total de la masa laboral, suponen en la actualidad, proporcionalmente, menos de la mitad que hace noventa años.
Los obreros crecieron de forma muy acusada en la primera mitad del siglo pasado -fábricas, minas, transporte, etc.suponiendo en los años cincuenta más del 50% de la masa laboral en países desarrollados.
En los últimos cincuenta años han declinado también rápidamente, primero en proporción al total de la masa y a partir de los años ochenta en números absolutos.
Sin embargo, la producción industrial crece realmente en todos los países desarrollados.
Estos son cambios sin precedentes que afectan la estructura social, la comunidad, la economía y la política.
El grupo de trabajadores del conocimiento que sustituye a los trabajadores tradicionales referidos y a los de la sociedad industrial está siendo ya o llegará a ser pronto, según los países, el grupo mayor de la masa laboral de la sociedad post-industrial e imparte su carácter, su liderazgo y su perfil social a la sociedad actual.
En primer lugar, es fundamental destacar que el trabajador del conocimiento logra el acceso al trabajo y una posición social a través de la educación formal.
La cantidad y clase de conocimiento formal que requiere el trabajador del conocimiento varía de forma importante de unos casos a otros, si bien aunque el conocimiento exigido sea muy limitado, solo la educación formal permite el acceso a dicho trabajo.
La primera conclusión a la que se llega es que la educación es la base y la llave de la sociedad del conocimiento y los centros de educación -escuelas, institutos, universidades, centros de formación continua en empresas y entidades diversas, etc -son las instituciones clave de la sociedad del conocimiento.
Por consiguiente, la realización o "performance" de un individuo, una organización, una industria o un país dependerá de la capacidad para adquirir y aplicar conocimiento.
La sociedad del conocimiento es más competitiva que cualquier otra sociedad conocida por la simple razón de que el conocimiento es universalmente accesible; la denominación de países pobres debiera cambiarse por la de países con muy bajo bagaje de conocimientos o, de una forma más dura, por la de países ignorantes.
Además de la transformación de la estructura laboral y social a la que ha dado lugar la sociedad del conocimiento, en la que el nuevo trabajador del conocimiento ha pasado a ser el mayor y más importante de la masa laboral, es de interés hacer hincapié en otros aspectos socioeconómicos de relieve, tales como, el carácter aplicado y especializado de ese conocimiento y la relación entre el trabajador y la organización en la que trabaja.
En la sociedad del conocimiento el nuevo trabajador aplica los conocimientos adquiridos a través de las enseñanzas recibidas, bien sean limitados -ayudantes clínicos, auxiliares de laboratorio, oficiales administrativos, etc. -bien sean más avanzados -cirujanos, investigadores de mercado, planificadores de producto, gerentes, investigadores científicos y técnicos, etc -y cada uno en un área o sector determinado y específico.
La aplicación y la especialidad son, pues, dos características determinantes del conocimiento en esta nueva sociedad, sea cual sea el sector en el que se muevan.
El conocimiento aplicado es, además, más efectivo cuanto más especializado es.
El hecho de que el saber en la sociedad del conocimiento tenga que ser altamente especializado para que sea productivo implica, por una parte, que los trabajadores del conocimiento trabajen en equipos y, por otra, que tengan que acceder a una organización -hospital, banco, universidad, empresa, departamento ministerial, etc -lo cual significa que tienen que ser empleados de dicha organización, que proporciona, por otra parte, la continuidad básica que los trabajadores necesitan para ser efectivos.
Por si mismo, en la mayoría de los casos, el conocimiento especializado no alcanza objetivos, si no participan diversos especialistas, esto es un equipo: el cirujano para ser efectivo requiere un diagnosis anterior y un tratamiento posterior realizado por otros especialistas; los investigadores de mercado, por ellos mismos, solo producen datos y requieren, para ser efectivos y alcanzar los objetivos propuestos, la contribución de personal de marketing, de ventas, de producción, etc.; la educación requiere de especialistas de diversas ramas, etc.,y todo ello dentro de una organización que es quien marca funciones y objetivos.
La sociedad del conocimiento es una sociedad de organizaciones y también una sociedad de empleados.
En la sociedad tradicional el trabajador, principalmente, trabajaba para un dueño, como sirviente, como oficial, como aprendiz, como asistente de tienda, como vendedor para un comerciante, etc. En la etapa industrial, hasta finales del siglo XIX los obreros trabajaban, principalmente, también para un propietario o dueño; más tarde comenzó a ser la factoría el empleador del obrero en lugar del dueño y sólo ya en el siglo XX es cuando la organización o la corporación, más que la factoría se convierte en el empleador.
Sólo pues en el siglo XX es cuando se produce el cambio del dueño por el jefe, quien, en el noventa y nueve por ciento de los casos, es también un empleado que tiene a su vez otro jefe.
Todas las cuestiones referidas anteriormente sobre la sociedad del conocimiento son, prácticamente, hechos constatables.
Quedan, sin embargo, interrogantes de carácter socioeconómicos y éticos que pueden prestarse a discusión y a interpretaciones varias.
Entre otras, ¿cuáles serán las implicaciones de la sociedad del conocimiento para las condiciones de vida y de trabajo?; ¿se incrementarán las diferencias en niveles de desarrollo entre naciones?; ¿será la sociedad más democrática y transparente?
¿Quizás un premio excesivo al creativo, al que rinde más y muestra mayor ímpetu conduce a diferencias tan grandes entre empleados de similar nivel de formación que llevan, con frecuencia, a tensiones importantes y a marginación?
Si bien la sociedad del conocimiento emergente crea, sin duda, oportunidades sociales sin precedentes, la creación y la trasmisión de conocimientos por si solos no son suficientes para resolver los problemas e interrogantes antes mencionados. |
Los ciudadanos europeos creen que se necesita hacer algo más para mejorar el nivel de bienestar/protección de los animales que son utilizados en experimentos.
En los últimos años, se ha hecho cada vez más evidente que la legislación actual para la protección de los animales utilizados en experimentación (Directiva 86/609(EEC) necesita ser revisada para promover mejoras en el bienestar de los animales de laboratorio, así como para facilitar el desarrollo de métodos alternativos.
La consulta de ciudadanos europeos ha recibido el tercer número más alto de respuestas que ha tenido jamás una consulta de la Comisión por internet.
Desde 1986, ha habido importantes progresos en ciencia y hay nuevas técnicas disponibles, como la utilización de animales transgénicos, los xenotrasplantes y la clonación.
Dichas técnicas requieren una atención específica que la Directiva actual no procura.
Como tampoco está regulada específicamente la investigación con animales con el más alto grado de sensibilidad neurofisiológica, como los primates no humanos.
Este trabajo quiere reflexionar sobre experimentos con primates y animales transgénicos desde la perspectiva de la ética institucional europea.
PALABRAS CLAVE: Ética, investigación, animales transgénicos, primates, grandes simios, Proyecto Gran Simio, Unión Europea.
LA SITUACIÓN EUROPEA RESPECTO A LA INVESTIGACIÓN CON PRIMATES Y CON ANIMALES TRANSGÉNICOS
Una Directiva y su revisión
Según el Informe COM(2005) 7 final de la Comisión Europea, en 2002, el número total de animales de experimentación utilizados en los Estados miembros de la Unión Europea fue de 10,7 millones (los datos de Francia se refieren al año 2001).
La Directiva 86/609/CEE relativa a la protección de los animales utilizados para experimentación y otros fines científicos es el principal instrumento legislativo que permite hoy en día proteger a los animales utilizados en experimentos en la Unión Europea.
La Directiva, de 1986, pretende mejorar los controles de utilización de
(B. Russell, 1932) ANIMALES GENÉTICAMENTE MODIFICADOS, PRIMATES NO HUMANOS animales de laboratorio y establece normas mínimas sobre alojamiento y cuidado, así como sobre formación del personal que se ocupa de los animales y supervisión de los experimentos.
La Directiva tiene asimismo por objeto reducir el número de animales utilizados en experimentos, prohibiendo su utilización cuando existan otros métodos y fomentando en general el desarrollo y validación de métodos alternativos.
Por otra parte, la Directiva exige que todos los experimentos con animales se realicen de forma que eviten la angustia y el dolor o el sufrimiento innecesarios en los animales de experimentación, que utilicen el menor número de animales, que afecten a animales con el grado más bajo de sensibilidad neurofisiológica, y que causen el menor dolor, sufrimiento, angustia o daño duradero. (...) si los objetivos están justificados desde el punto de vista ético y si las condiciones en que se llevan a cabo los trabajos son tales que quedan garantizados el bienestar de los animales y el respeto de los principios de la biodiversidad.
Pasados veinte años, la Comisión Europea ha reconocido, sin embargo, que la Directiva 86/609 está seriamente anticuada, quedando fuera de ella amplias áreas de uso de animales en laboratorios, como la llamada "investigación básica" (que incluye buena parte de la investigación médica).
También reconoce que "han aparecido nuevas técnicas tales como el uso de animales transgénicos, el xenotrasplante y la clonación.
Se trata de aspectos que deben contemplarse concretamente, lo cual no es posible en la versión actual de la Directiva, como tampoco se regula de manera específica la utilización de animales con un grado superior de sensibilidad neurofisiológica, tales como los primates no humanos" (ICI, 2007).
El presente trabajo se centra particularmente en dos de los focos de trato al animal no humano que no han sido contemplados específicamente en la Directiva mencionada.
En concreto, nos acercaremos al debate moral sobre los ensayos con primates no humanos, que están promoviendo desde hace décadas un debate apasionado sobre la necesidad de su eliminación o al menos de su regulación específica.
En segundo lugar, afrontaremos desde una perspectiva ética los límites de los ensayos a partir de animales genéticamente modificados.
Lo cierto es que la sociedad europea está cada vez más comprometida con el bienestar animal.
Por eso, quizás, la respuesta a la Consulta que elaboró la Comisión europea el año pasado, y destinada a valorar la pertinencia de una revisión de la Ley del 86, fue la tercera más amplia que jamás ha tenido la Unión Europea, con cuarenta y dos mil seiscientos cincuenta y cinco cuestionarios recibidos.
La preocupación por los animales no humanos no es ya minoritaria, como pudo serlo en el pasado.
A ello han contribuido varios factores, siendo quizás el más importante el avance en la educación moral sobre este particular.
Muchos autores hablarían sin pudor de progreso moral, como Peter Singer.
El progreso consistiría en la extensión pública de la mirada de los agentes morales hacia los animales no humanos.
Pergeñada con dificultades desde finales del siglo XIX, dicha extensión es inédita respecto a cualquier momento anterior de la tradición ética occidental, en la que sólo ocuparía momentos excepcionales.
Con todo, y pese a la indiscutible mayor preocupación popular, y no sólo bibliográfica, por los animales no humanos, nunca hemos asistido, como ahora, a una artificialización tan severa y cruel de su vida.
En esta paradoja se sitúa nuestra praxis, que aparentemente abre y cierra al mismo tiempo las puertas de la Casa moral al animal no humano.
Tenemos más leyes que se preocupan de su cuidado y bienestar.
Hemos institucionalizado prácticas de cuidado y de justicia, como los Comités que evalúan la buena praxis en los experimentos con animales.
Las encuestas muestran con claridad que nos preocupa su bienestar.
Sin embargo, también hemos consolidado -o lo estamos haciendo-prácticas que lo instrumentalizan desde el principio, abocándole a servirnos sin ningún espacio para hacer su vida.
Como señala Kepa Tamames, a la mayoría de los animales de experimentación "se les hace nacer para eso y ése es su único fin en la vida" (Tamames, K., 2007, p.
En este terreno viscoso que nos llena de barro las botas, donde chocan inevitablemente varios fines (el progreso científico y la preocupación por los animales), cabe situar la problemática moral de la experimentación con animales no humanos.
La mencionada consulta pública sobre la Directiva 86/609/CEE, tenía por objeto permitir que la Comisión conociera el punto de vista de los ciudadanos euro-
espacio internacional una mayor conciencia del bienestar y protección animal, en particular en relación con los experimentos con animales.
El objetivo global de la revisión es alcanzar una utilización armonizada y controlada de los animales en procedimientos científicos y la aplicación de prácticas transparentes en todos los Estados miembros.
Más allá de la Directiva, el Tratado de la UE contempla formalmente desde 1997 requisitos de bienestar de los animales.
En un sentido muy parecido a como se expresaría el Artículo III-121 de la que habría de ser nuestra Constitución Europea, el Protocolo sobre protección y bienestar de los animales, anejo al Tratado, establece lo siguiente: "(...) la Comunidad y los Estados miembros tendrán plenamente en cuenta las exigencias en materia de bienestar de los animales, respetando al mismo tiempo las disposiciones legales o administrativas y las costumbres de los Estados miembros relativas, en particular, a ritos religiosos, tradiciones culturales y patrimonio regional" (1997).
Este artículo es algo ambiguo porque marca dos direcciones distintas de atención: la protección y el bienestar de los anímales por un lado, y las costumbres y tradiciones de los Estados miembros.
En el caso de la investigación, las dos direcciones que colisionan son el progreso científico y la búsqueda de fines universales como la salud, por un lado, y, en segundo lugar, el bienestar animal.
Coincidiendo con la revisión, un reciente "Plan de Acción" de la Comisión sobre protección y bienestar animal, quiere contribuir a la mejora de la legislación especifica y ayudar a favorecer la segunda dirección, es decir, el bienestar animal y la validación de métodos de ensayo alternativos.
Se destaca "el compromiso que la Comisión tiene contraído con los ciudadanos de la UE" (COM (2006) 13 final).
Sus principales ámbitos de acción son: (1) hacer más estrictas las normas mínimas de bienestar animal;
(2) promover la investigación y establecer un Centro Europeo de bienestar animal;
(3) indicadores estandarizados de bienestar animal.
Etiquetado; (4) información de personas en contacto con los animales y de los consumidores;
(5) apoyo a las iniciativas internacionales y apoyo a los países en vías de desarrollo.
peos en torno a la utilización de animales en experimentos.
La consulta finalizó el 18 de agosto de 2006 y se dirigió tanto a los ciudadanos interesados como a los especialistas en experimentación con animales.
Por consiguiente, constó de dos cuestionarios: uno dirigido a todos los ciudadanos y otro a especialistas en bienestar de los animales, ensayos con animales, ciencias naturales y los aspectos jurídicos y económicos de todos estos ámbitos.
Una vez la Comisión haya adoptado una propuesta, ésta se presentará al Parlamento Europeo y al Consejo a fin de someterla al procedimiento legislativo de adopción de la nueva Directiva.
El proceso, que ha comenzado a principios de 2007, terminará probablemente en un plazo de dos años.
Desde un punto de vista democrático, este tipo de consultas a la ciudadanía resultan enormemente relevantes.
Señala a las instituciones lo que es importante para la población -o no-y en qué medida lo es.
En este caso, dado el carácter ético de buena parte de las cuestiones planteadas, la Comisión europea ha contado con un buen instrumento de conocimiento acerca de las intuiciones, valores y las creencias éticas de los ciudadanos europeos respecto a una práctica polémica como es la experimentación con animales no humanos.
Es obvio que, a pesar de las deficiencias y sesgos que posee un tipo de consulta como ésta 1, a la que contestarán predominantemente ciudadanos muy interesados en el tema de consulta, la ciudadanía europea no parece tener una impresión positiva de cómo se están haciendo las cosas en este ámbito.
De hecho, el 93 % de los ciudadanos consultados contestaron "sí, ciertamente" o "sí, probablemente" a la pregunta "¿crees que se necesita hacer algo más para mejorar el nivel de bienestar/protección de los animales usados en experimentos a nivel de la Unión Europea?"
El 79 % de los consultados contestaron "no, ciertamente no" o "no, probablemente no" a la pregunta "¿cree que hay suficiente inversión pública en la Unión Europea (i.e. en el Programa Marco de investigación de la UE) dentro del desarrollo y validación de métodos alternativos para reemplazar los experimentos con animales?".
Un 92 % de los consultados opinaron que la UE debería jugar un papel de liderazgo a la hora de promover en el
La demanda europea a favor de que cualquier ensayo con primates, en concreto con grandes simios, sea prohibido, es cada vez mayor.
En la Consulta realizada a los ciudadanos europeos por parte de la Comisión europea, el 88 % de los mismos declararon que era muy importante mejorar el bienestar de los grandes simios.
Varias peticiones al Parlamento Europeo en el sentido de solicitar la prohibición de los ensayos con primates 2, han merecido una comunicación conjunta de la Comisión de la que quisiera resaltar su compromiso para considerar dicha prohibición.
Contamos con estudios y consultas de expertos al hilo de un creciente debate moral al que nos acercaremos más adelante.
El resultado de todo ello es que nuestros hermanos, los grandes simios, están protagonizando un espacio de atención política y ciudadana inusitada.
De hecho, en el momento en que escribo, está presentada para votación en el Parlamento Europeo una declaración Escrita (0040/2007) sobre los experimentos científicos con primates.
ÉTICA Y EXPERIMENTACIÓN CON ANIMALES
Como he señalado en otro trabajo (Velayos, 2005), la ética institucional europea es antropocéntrica.
Según esto, sólo los seres humanos son miembros de la comunidad moral en el doble sentido de (a) agentes y de (b) objetos de consideración moral (moral status).
La moralidad no aparece en el ser humano de golpe y ex nihilo.
Sin duda, tiene sus raíces en la naturaleza animal no humana.
Algunas de las habilidades, facultades, destrezas o capacidades que constituyen la estructura moral humana, cuentan con sus raíces en el comportamiento de otros animales.
No obstante, sólo los seres humanos son distintiva y específicamente morales.
Desde el punto de vista europeo, la ética es, pues, antropocéntrica, en cuanto antropogénica.
Sólo los seres humanos pueden elaborar juicios morales que incluyan a cualquier otro.
Por eso, la ética como argumentación imparcial y universal es un producto humano.
Con todo, esta aseveración puede ser tomada en dos sentidos diferentes:
(i) el sentido más débil implica que la naturaleza no es moral y, por tanto, nunca puede ser fuente directa de valor moral, requiriéndose siempre la mirada reflexiva de los agentes morales sobre ella. (ii) El segundo sentido es más restrictivo y, creo que responde a la interpretación institucional europea.
Según esto, la ética surge del seno de comunidades concretas de ciudadanos, en este caso, de los europeos.
Si dichos agentes morales llegaran a tener en cuenta al resto de los animales como sus iguales, la ética traspasaría el límite del antropocentrismo, pero esto no ha sucedido.
La regla de la universalización moral no los incluye por el momento.
Y no lo hace porque ni los animales son agentes y, por tanto, participantes en los discursos morales (ii), ni los agentes han extendido universalmente su consideración moral hacia ellos.
Y, sin embargo, hay algo evidente.
Miles de personas en Europa creen que podríamos hacer algo más para garantizar el bienestar de los animales en la experimentación.
Un sector de la ciudadanía cree, incluso, que deberíamos prohibir todo ensayo dañino con animales y buscar métodos alternativos.
Mientras tanto, la legislación y las políticas europeas parecen estar dando pasos continuos en esa dirección bienestarista.
En suma, la ética institucional va transitando hacia una ética menos antropocéntrica.
Y quizás hay un modo de conciliar el antropocentrismo filosófico moderno (que inspira la legislación y las políticas europeas) con las nuevas demandas morales a favor del bienestar animal.
Creo que el análisis de Teresa López de la Vieja podría servir como descripción de hacia dónde parece avanzar, de hecho, la ética institucional europea.
Esta nueva visión irá reconociendo los derechos de los animales siempre que éstos se entiendan como "una responsabilidad que recaerá invariablemente sobre la especie humana, como agentes racionales y competentes.
Por todo ello, parece obvio que estos derechos se refieren en realidad a los "deberes" de la especie humana" (2005, p.
Otra cosa son los "derechos" como obligaciones que dependen de una pretensión anterior.
En este segundo sentido hablamos de "deber moral", apuntala López de la
Tales deberes exigen una comunidad de iguales, bajo la regla de la imparcialidad moral.
Si los animales tuvieran derechos morales en el sentido que tiene los derechos en la legislación europea, la experimentación con animales tendría que estar prohibida, como lo está en los seres humanos.
Sin embargo, las cifras con las que empezamos este ensayo muestran a las claras que hay diversos fines humanos que en la actualidad son priorizados frente al bienestar animal.
Los animales no son considerados como portadores de derechos en el sentido universalista e igualitarista moderno.
No obstante, el tipo de protecciones del animal no humano que se están debatiendo, podrían ser entendidas como deberes morales en un sentido distinto y abierto a la graduación.
No son demandas anteriores al ejercicio de la subjetividad moral, sino protecciones posteriores, pero de carácter moral.
Creo que la legislación europea protege a los animales por ellos mismos (en vistas a sus necesidades e intereses), aunque ello requiera pasar tal pretensión por el filtro de la agencia moral humana, convirtiendo la salvaguarda de los intereses de los animales en un interés humano.
Parece que la positiva respuesta de la ciudadanía ante la posibilidad de poner al día nuestra praxis de experimentación con animales no humanos, señala que para buena parte de la población europea, los animales son ya entendidos como objetos de consideración moral.
9), esto supone, como poco, que no valdría cualquier cosa que se les hiciera, o que las acciones referidas a los mismos pueden llegar a tener un significado moral, sobre todo si afectan de un modo negativo o positivo a sus necesidades, intereses o bienestar.
Así las cosas, coincido plenamente con Gerard Vilar cuando afirma que "la filosofía debe intentar dar cuenta del núcleo racional que pueda haber en todos estos hechos de una forma más rigurosa y productiva que las que ha estado intentando hasta el presente.
Y para ello debe intentar pensar al menos alguno de los aspectos de nuestro trato con los animales como una cuestión de justicia y no meramente como un asunto de ética personal o comunitaria" (2004, p.
Así, este autor defiende un modelo de los intereses generalizables corregido, que podría llevar a justificar la norma "debemos evitar el sufrimiento innecesario a todo animal que sienta dolor" (ibíd., p.
93), y podría llegar a inspirar una legislación aprobada por una mayoría.
Tenemos, en consecuencia, deberes -universalizables-hacia los animales que pueden ser justificados con independencia de su condición amoral.
Así, por ejemplo, la Declaración de Derechos de los animales de la UNESCO (1978) o determinadas leyes de protección animal constituyen una buena expresión de una serie de deberes morales y directos hacia los animales cuyo reconocimiento no está -ni debe estar-ligado a concepciones particulares de lo bueno.
Por el contrario, responden a exigencias morales reconocidas intersubjetivamente y basadas en razones que hoy podrían ser reconocidas como universalizables.
El Proyecto Gran Simio defiende la extensión legal de la comunidad de los iguales a los chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes, así como la garantía de los derechos a la vida, a la libertad y a la no-tortura.
El objetivo del PGS es conseguir una Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Grandes Simios Antropoides.
El paso siguiente será defender el establecimiento de territorios protegidos para que puedan vivir en libertad.
Paralelamente al desarrollo del Proyecto Gran Simio, las Naciones Unidas han asumido el Proyecto Supervivencia del Gran Simio evitar la extinción en el mundo de los grandes simios.
Según un informe de 2005 de Naciones Unidas, si no actuamos pronto, pueden extinguirse en una generación humana algunas poblaciones de grandes simios, especialmente el orangután de Sumatra y los gorilas de las Montañas y de Cross River.
Para ello se debe evitar la deforestación que ha destruido los hábitats de los grandes simios, luchar contra el cambio climático que afecta estos lugares y tomar medidas más drásticas contra la caza ilegal.
En 2006, se debatía en el Parlamento español una "Proposición No de Ley" por la que se instaba al Gobierno a adherirse al Proyecto Gran Simio y garantizar la protección
de estos animales ante "el maltrato, la esclavitud, la tortura, la muerte y la extinción".
Ya en octubre de 1999 el Parlamento de Nueva Zelanda había aprobado una ley ("Ley de bienestar animal") que prohíbe el uso de "homínidos no-humanos" en investigación, ensayos y docencia, excepto en los casos que beneficie a las propias especies (Artículo 85 de la Ley).
Y en Europa hay instrumentos legislativos que ponen -todas o muchas-restricciones a la investigación con primates.
En concreto y por oponer sólo un ejemplo, está prohibida la experimentación con primates en xenotrasplantes según el artículo 11 de la Rec ( 2003) 10.
¿Igualdad más allá de la humanidad?
Una de las hipótesis vertidas por Gerard Vilar en el trabajo citado, es la de que incluso desde la base de una ética antropocéntrica (en su caso, un pragmatismo poskantiano), podría llegarse a matizar su punto de partida fuertemente antropocéntrico (op. cit., p.
En concreto, y para empezar, sostiene que se podría matizar el rígido límite que cierra el círculo de la moral en el ser humano.
Y podría llegar a incluirse a los simios -apuesta-como un caso especial, parecido al de las situaciones especiales humanas: esos seres humanos que no pueden comunicarse con nosotros acerca de sus intereses, como un bebé, un enfermo con demencia senil avanzada, etc.
De hecho, advierte Vilar que con un chimpancé podríamos comunicarnos sobre cuestiones sencillas.
Advierte que, quizás, pudieran llegar a comprender preguntas como si tienen derecho a no ser maltratrados.
Creo, no obstante, que el hecho de que no lo hicieran no restaría valor a la propuesta de Vilar.
Basta con que nosotros, conocidas sus experiencias, necesidades etc., consideremos que sus intereses deben ser tenidos en cuenta y que deben serlo como los intereses de un igual.
¿Es ahí hacia dónde nos dirigimos?
La ética institucional europea no parece ser una mera respuesta a las opiniones de sus ciudadanos ante un problema moral (encuestas, consultas), sino la respuesta a la opinión informada, considerada, argumentada (grupos de trabajo, consultas a expertos, informes específicos) de los mismos.
Cuentan, pues, las razones, los juicios considerados.
¿Por qué los primates?
¿Por qué los primates y, más en concreto, los grandes simios?
Parece que los chimpancés realizan mejor que los humanos ciertas tareas donde está involucrada la memoria inmediata (Noble Wilford, 2007).
Ni esta sorprendente capacidad ni que compartan con nosotros más del 99 % de los genes son por sí mismas relevantes para que merezcan ser considerados "iguales" y portadores de derechos.
Lo que se viene debatiendo es, en concreto, si estos animales son más vulnerables al daño que otros animales, hasta el punto de poder llegar a merecer -como nosotros-una limitación objetiva a nuestras conductas como es el derecho a la vida.
Algunos primates son sorprendentemente sensibles a los problemas de otros.
Chimpancés, que no saben nadar, se han ahogado en fosos de zoológicos por intentar salvar a otros.
Franz de Waal sostiene que estos y otros comportamientos sociales son los precursores de la moralidad humana.
Así, explica en su último libro Primates and philosophers.
How morality evolved, cómo se dio cuenta de que, después de luchas entre dos combatientes, otros chimpancés consolaban al perdedor.
Descubrió que la consolación era universal entre los grandes simios.
Para consolar a otro, sostiene Waal, se necesita empatía y un nivel de conciencia de uno mismo que sólo los humanos y los simios parecen tener.
Por ello, el Proyecto Gran Simio extiende el concepto de persona a todos los grandes simios, pues el valor ligado a este concepto normativo es un valor moral, no cognitivo ni ontológico.
Lo más relevante para concluir que los primates pueden ser personas según una definición amplia de persona, sería, según Antoni Gomila, la capacidad de éstos para atribuir estados mentales tanto a los demás como a uno mismo, o capacidad metarrepresentacional, aunque no lingüística.
Entonces se trataría de ver si los grandes simios pueden determinar su conducta no en función de la conducta ajena, sino de los estados mentales que atribuyen a los demás.
Las evidencias de engaño táctico, por ejemplo, pueden servir como prueba, aunque no hay unanimidad entre los especialistas.
Para Gomila, como filósofo de la mente y del lenguaje, los grandes simios son seres intencionales, que elaboran planes y desarrollan medios instrumentales para obtener sus fines, en base a complejas expectativas representacionales sobre su medio.
Gomila reconoce que la discusión sigue abierta respecto a su capacidad lingüística.
En su medio natural, estas especies carecen de comunicación lingüística.
La desarrollan tras procesos de aprendizaje y refuerzo y sólo en los simios criados en cautividad.
Además, parece que las emisiones de estos animales no son propiamente lingüísticas, al carecer de estructura gramatical.
Por lo demás, queda la duda de que utilicen propiamente símbolos, esto es, signos convencionales que constituyan un código, en base a que los intercambios comunicativos se restringen únicamente a sus cuidadores, y no a cualquiera que intente comunicarse.
"Basar la consideración personal en este tipo de evidencias constituye un argumento muy débil" (2000, p.
"si les exigimos para ser persona el ser capaces de formar metarrepresentaciones, como representaciones de representaciones, estados mentales cuyo contenido son otros estados mentales (propios o ajenos), entonces -advierte Gomila-probablemente nos encontremos que estos seres no satisfagan este criterio (...)
Sin embargo, sí creo que puede reconocerse cierta capacidad mentalista de participar en interacciones intersubjetivas, cara cara, en las que se accede a los estados mentales del otro, en la misma medida en que éste capta la de uno.
Pero no como la atribución de estados internos privados, sino como el reconocimiento del 'valor' mental de ciertas configuraciones expresivas, sobre todo del rostro, pero también del cuerpo y de las manos -del mismo modo en que se habla de la intersubjetividad primaria en los niños prelingüísticos (...)
Se trata, por tanto, de una comprensión intersubjetiva práctica, no intelectual, desde una perspectiva involucrada en la 'segunda persona' y no objetiva de tercera' (ibíd., p.
¿Incompatible con el humanismo europeo?
Algunos creen que el verdadero humanismo nos aleja de la posibilidad de reconocer moralmente a los grandes simios porque ellos representan aún hoy la naturaleza amoral e instintiva de la que el programa humanista invitaba a alejarnos en aras a la consecución de la virtud y la dig-nidad humana.
De hecho, siempre resultó demasiado fácil identificar el humanismo con la marcación de distancias -ontológicas y también morales-entre el ser humano y el primate.
Tanto al exagerar su lado fiero, cruel y bestial como al ridiculizarlos como seres humanos degradados, la comunidad moral occidental aplica inexorablemente una lógica de la mismidad, que exige a cualquier entidad ser como nosotros para merecer reconocimiento.
Afortunadamente hoy sabemos que no son tan bestiales ni tan irracionales.
Las diferencias estrictas entre ellos y nosotros son cada vez más difíciles de justificar.
Ni la cultura ni el uso de herramientas constituyen ya diferencias justificables.
Sabemos, por ejemplo, que hay chimpancés que utilizan lanzas preparadas para dirigirlas contra otros pequeños primates, para cazar.
Y las distintas comunidades de chimpancés tienen diferentes pautas aprendidas a la hora de cazar hormigas o de hacer uso de las hojas de los árboles (para construir almohadas en el caso de los de Costa de Marfil, o como toallas en el caso de los de Gombe).
Lógicamente, una de las tareas de un humanismo contemporáneo es afrontar la mirada hacia nuestros parientes evolutivos y reconocer su dignidad específica.
Lo que no es ni mucho menos evidente es que ningún humanismo pueda elevarse arbitrariamente por encima de los animales hasta justificar su sometimiento con respecto a lo humano.
La humanitas nos insta a asumir nuestra diferencia -como únicos seres morales en sentido estricto-y a comprometernos con los que no pueden reclamar sus intereses.
Un verdadero humanismo nos lleva a dejar de ser sus amos para ser sus representantes.
Quizás desde ahí debería debatirse la posibilidad de justificar para los primates un tratamiento específico.
INVESTIGACIÓN A PARTIR DE ANIMALES
Hasta 1980, la Oficina de Patentes de Estados Unidos había prohibido patentar organismos vivos.
éstos no podían ser considerados nunca como "inventos", sino como "productos de la naturaleza".
Todo cambió cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló a favor de una apelación que negaba la patente de una bacteria "come aceite", disponiendo que la diferencia fundamental no es entre seres vivos e inanimados, sino entre seres vivos y seres vivos fabricados por humanos.
En éstos sí podrían aplicarse las patentes.
Desde entonces, la transgénesis animal se ha desarrollado sin demasiada trascendencia pública frente a la (que ha tenido la) que afecta a los cultivos y organismos vegetales.
Una de las razones puede tener que ver con que el uso limitado y aún experimental de la transgénesis animal no tiene, en principio, los mismos riesgos para la población humana que la transgénesis vegetal, al menos si los animales no se crean para consumo humano ni se liberan al ambiente, pudiéndose entonces reproducir y afectar a todo el sistema ecológico.
Es curioso que el impacto moral que desencadenaron en los medios las imágenes de la oveja Dolly y de Tracy, la primera oveja transgénica, que vivió entre 1991 y 1998, fue más un impacto derivado del miedo a que esas técnicas se aplicaran pronto a los humanos que de consideraciones en torno a la dignidad o al bienestar animal.
Sin embargo, y de nuevo atendiendo a la consulta elaborada por la Comisión europea, un altísimo número de europeos, en concreto el 72,9 %, considera que habría que mejorar el nivel de bienestar de los animales genéticamente modificados en la Unión Europea.
Aquí, la Directiva 98/44/CE, de 6 de julio de 1998, relativa a la protección jurídica de las invenciones biotecnológicas, establece que no serán patentables las razas de animales, que sólo podrían obtenerse por procedimientos biológicos.
Junto a la reacción de quienes se oponen a la posibilidad de patentar la vida, en este caso animal (por ejemplo los Países Bajos 3 ), hay que contar otras reacciones más concretas a algunas de las patentes concedidas por la Oficina Europea de Patentes.
Así ocurrió con la patente concedida a la empresa Seabright por la creación de un pez transgénico, lo que originó una pregunta escrita a la Comisión por parte de un miembro del Parlamento Europeo.
Los animales transgénicos son artefactos, híbridos entre la naturaleza y la cultura, que sobrevienen al como fruto de un interés antropocéntrico.
En 1981, se creaba un ratón transgénico más grande de lo normal en la Universidad de Ohio.
Se le había transferido un gen de b-globina de conejo a un ratón.
Más tarde se transfirió uno humano.
La historia de la transgénesis animal había comenzado.
Según la EIBE, las principales aplicaciones de la transgénesis animal en investigación son los modelos de enfermedad, la mejora del ganado y la producción de medicamentos moleculares.
Parece que un 54 % de los animales patentados sirven como modelos de enfermedades.
Se trata de introducir genes mutantes de humanos en los animales, provocando así que padezcan enfermedades humanas para poder ensayar después un posible tratamiento a las mismas.
Un ejemplo muy conocido es el de los ratones transgénicos utilizados en la investigación contra el cáncer o contra el Alzheimer.
En 1998, la Universidad de Harvard patentaba a su famoso oncorratón, que después se patentaría también en Europa y Japón.
La mejora del ganado o de los animales que consumimos es la segunda gran aplicación.
Obviamente, una mirada crítica requiere pararse en la expresión utilizada.
Así, en 1994 se creaba el salmón transgénico, que podía llegar a tener en un año un tamaño once veces mayor de lo normal.
¿Por qué se habla de mejora?
La modificación genética de un animal no es mejora atendiendo al animal en sí mismo ni tampoco a la ecosfera en su conjunto.
No es mejor un animal por tener menos grasa o contener un gen que le haga nacer sin pelo.
Tampoco lo es una vaca por producir más cantidad de la proteína caseína en la leche.
Sólo son mejores respecto a un fin humano que a ellos no les afecta necesariamente.
Por último, hay que contar con la aplicación consistente en la producción de medicamentos.
Los animales de cría se utilizan para crear medicamentos o nutracéuticos.
ovejas, vacas y cabras actúan como biorreactores para producir proteínas humanas en la leche.
Mansa es una ternera argentina que nació en 2002.
Fue la primera ternera clonada y transgénica.
Produjo la hormona de crecimiento humana en la leche.
Se ha conseguido que la leche de las hembras transgénicas contenga también otras proteínas terapéuticas humanas que pueden luego ser fácilmente separadas de las restantes proteínas propias del animal.
Las primeras granjas farmacéuticas fueron establecidas por compañías biotecnológicas.
Algunos grupos de investigación son partidarios de la utilización de las granjas de cerdos transgénicos dado su corto tiempo de gestación, el intervalo generacional y el mayor tamaño de las camadas, teniendo en cuenta además que una cerda lactante produce unos trescientos litros de leche al año.
Otras aplicaciones (a) Transgénesis artística
Alba es una coneja cuyos genes han sido modificados con proteína verde fluorescente (GFP), una sustancia extraída de las medusas, con el fin de que brille en la oscuridad, dando como resultado un mamífero fluorescente.
La obra de Eduardo Kac ha desatado una enorme polémica.
Pero el nacimiento de Alba no el final del proyecto.
Para Kac, la obra no consistía en crear un ser transgénico sino en convivir con él y provocar un gran debate alrededor de su existencia.
Mientras intenta conseguir su "liberación" el artista brasileño trabajaba en una nueva obra, un ecosistema transgénico.
(b) Transgénesis en mascotas
En Singapur se están creando peces decorativos con colores y diseños que no existen en la naturaleza usando la GFP, la misma proteína que hace a Alba fluorescente.
En Nueva York se investiga la creación de gatos que no produzcan alergias.
Los muslies son mezcla genética de gatos, perros y zorros y se venden a particulares como mascotas.
El debate moral sobre los animales transgénicos
Algunas de las cuestiones que son actualmente objeto de debate desde un punto de vista moral son las siguientes:
(a) si el daño posible al animal está justificado.
Entre los ciudadanos europeos, las posturas son, a este respecto, muy diversas: desde las que sostienen (algunas formas de pathocentrismo o de animalismo) que la creación de animales transgénicos es mala, pues supone en sí misma un daño inaceptable, hasta las que mantienen que casi cualquier creación vale.
Las primeras se encuentran con el problema de cómo justificar que la transgénesis supone siempre un daño al animal, sobre todo porque el animal modificado no ha sufrido ningún daño, ha nacido siendo lo que es y nunca fue otra cosa antes.
En este sentido, se suele objetar que el supuesto daño infligido lo es más respecto a un "animal posible que pudo ser" que respecto a él mismo (ver Parfit, D., 1983).
En todo caso, incluso aunque el animal no conozca otro estado o forma mejor de ser, la elección -nuestra-de una vida dolorosa frente a una mejor, podría ser objetable desde un punto de vista moral y requeriría una justificación.
Por otra parte, estas posturas se encuentran con otro escollo que salvar.
El animal transgénico, pongamos por caso un pez fluorescente, no tiene por qué sufrir ningún padecimiento especial debido a esta modificación.
Si ese fuera el caso, la afirmación de que cualquier modificación es mala para el propio animal podría quedarse sin sustento, a no ser que reposara en razones naturalistas según las cuales de lo que se hablaría es del daño a la "naturaleza" del animal.
Y eso, de nuevo, es problemático, como veremos más adelante.
Respecto al otro extremo, la justificación de cualquier manipulación genética del animal sólo puede reposar en un antropocentrismo especista y desconsiderado con la vida animal que no es mucho menos el que inspira a las instituciones europeas.
Es más, desde razones puramente antropocéntricas, la transgénesis puede y debe ser vista como un posible riesgo, ya que podría tener importantes consecuencias ecológicas y para la salud humana.
Entre medias de estos dos extremos, Europa trata de contestar a la creación de animales transgénicos desde un punto de vista precautorio.
Ante los daños posibles, la aplicación del Principio de Precaución, servirá para adelan- Por todo ello, se echa de menos una mayor regulación, que podría ser superada con la revisión prevista de la Directiva o con alguna más específica.
Entre los daños al animal que han sido generalmente propuestos están los siguientes:
-manipulación hormonal de las hembras cuyos ova se requieren. -posibilidad de abortos en los embarazos de animales transgénicos o nacimientos con problemas en las primeras fases de la creación. -sufrimiento inherente a la propia creación animal, sobre todo en la fase en ensayos previa a la patente.
De hecho, no es fácil conocer el resultado hasta que el animal no nace.
Qiuero recordar aquí a los ya famosos cerdos de Beltsville o Schwarzenager que, hasta que la técnica fue domeñada, padecieron el sobrepeso en forma de artrosis, úlceras e imposibilidad de moverse normalmente sobre sus patitas.
Los especialistas nos advierten, sin embargo, que un animal patentado no tiene por qué sufrir más que un animal natural salvo si es un modelo de enfermedades, por ejemplo.
Pero dado nuestro poco conocimiento de la naturaleza, ¿podemos estar realmente seguros de que las modificaciones realizadas no les ponen en dificultades desconocidas, sobre todo en algunos casos?
Por último, la utilidad generalmente perseguida con la creación transgénica, hace de estos animales un medio para conseguir una serie de fines que no sólo requieren la modificación inicial, sino una vida vivida de una manera determinada, por ejemplo en un laboratorio.
El sufrimiento inherente a la vida de los cerditos knockout, por ejemplo, deriva de su vida en un espacio esterilizado mientras son sometidos a pruebas continuas antes de morir para que sus órganos sen trasplantados.
(b) si podemos -y hasta dónde-manipular a la naturaleza.
También hay un sector de la población que estima que la naturaleza se merece un respeto en sí misma y que no deberíamos ocasionar cambios sustanciales en ella si no es con una muy buena razón.
Dado el carácter antropogénico de la ética institucional europea, este tipo de apelación naturalista fuerte no inspira ni las políticas ni la regulación, pues la naturaleza no es entendida como fundadora de los criterios de actuación.
Además, se entiende que ésta es ya necesariamente artificial, manipulada por el ser humano de manera inevitable.
Lo que requiere discutirse es, pues, la manera de ejercer la manipulación.
(c) si podemos generar daños ecológicos o sanitarios El impacto ecológico de un animal transgénico puede ser muy alto si éste es liberado al ambiente, pudiendo acabar, incluso, con las variedades naturales.
Según el Protocolo de Cartagena sobre biotecnología, suscrito en 2000 por más de doscientos países y ratificado por la unión Europea, el hecho de que no se tenga certeza científica de los posibles efectos adversos de un organismo vivo modificado en la conservación y utilización sostenible de la diversidad biológica, no impedirá evitar o reducir al mínimo esos posibles efectos adversos (art. 8, p.
Respecto al impacto sobre la salud humana, también se han establecido condiciones de bioseguridad, de modo que se garantice que ningún animal transgénico pueda afectar negativamente a la salud humana, privada y pública, ya sea mediante el consumo, un posible xenotrasplante, etc. |
¿Pueden ser objeto de dominio jurídico los productos de la ideación humana (o sea, las obras del espíritu, las creaciones de la mente, volcadas o plasmadas en algún medio o soporte)?
O ¿es mera confusión cualquier habla acerca de la propiedad intelectual?
De ser válida esa noción, ¿cómo articularla?
¿Qué objetos son los así dominados y en qué consiste la dominación, la calidad de dueño, o sea la titularidad dominical?
¿Es deseable que se mantenga esa noción jurídica, o es, más que nada, una fuente de conflictos, embrollos y enigmas que se haría bien en eliminar o en reemplazar por nociones mejor delimitadas?
En este artículo voy a estudiar la propiedad de los bienes intelectuales, entendiendo por tales aquellos bienes que pueden expresarse con palabras; dejo de lado las creaciones artísticas (gráficas o auditivas), y los hechos consistentes en la representación o ejecución [URL]. la lectura pública de una obra científica o literaria).
Con relación a los productos de la actividad intelectual así circunscrita -o sea, la investigación, el estudio, el pensamiento y la autoría literaria-se plantean muchos problemas filosóficos.
Entre los fundamentales cabe enumerar éstos cinco:
1.o ¿Qué relación jurídica se da entre esos entes y ciertos individuos o grupos humanos, particularmente sus inventores o descubridores (o productores, si se quiere)? 2.o ¿Es justo que se dé la relación jurídica que de hecho se da o sería más justo que se diera otra? 3.o Aceptando la relación de propiedad intelectual, ¿es justo que esté configurada como ahora lo está? 4.o ¿De qué índole son tales productos o entidades?
(Eso constituye una cuestión ontológica.) 5.o ¿Cómo se puede mejorar la regulación de la propiedad intelectual para que cumpla la función social que a toda propiedad corresponde en nuestro ordenamiento jurídico-constitucional? 1
Tras ocuparme de los tres primeros problemas, abordaré la cuestión ontológica (problema 4.o) y, para finalizar, las consideraciones de lege ferenda, o problema 5.o
En diferentes sociedades ha habido diversas relaciones jurídicas en lo que atañe a los bienes del espíritu; nuestra concepción moderna es una de ellas.
El problema que hemos de abordar es el de si de hecho se da, en nuestra sociedad, una concreta relación jurídica, la de propiedad, entre un individuo o un grupo -el titular de tal relación-y el objeto o término de la misma, aquel contenido intelectual del cual sería dueño -en virtud de tal relación-su titular.
En este particular, hay tres posturas definidas en la bibliografía: el enfoque sintético, el recusativo y el reductivo (que será aquel por el cual nos decantaremos).
La primera postura, la más común, adopta el sintagma consagrado "propiedad intelectual", haciéndole corresponder un elenco de derechos y deberes establecidos en las leyes y en los tratados.
A tal postura podemos denominarla "el enfoque sintético", para el cual se trata menos de analizar o descomponer la locución "propiedad intelectual" en sus notas componentes -un género, la propiedad, y una nota específica, intelectual-que de ver la locución global como una frase hecha, que, sin duda, tiene una etimología, pero que hoy funcionaría como un bloque para describir una determinada situación jurídica impuesta por la ley -cualesquiera que puedan ser las similitudes y las diferencias entre esa situación y las que se refieren a bienes tangibles o intangibles.
El enfoque sintético está lógicamente implicado por la tesis dualista sobre los derechos de propiedad intelectual, a saber: la que escinde al cúmulo de derechos entrañados por la misma en dos grupos radicalmente separados: por un lado, los pecuniarios o económicos (mal llamados "patrimoniales"); y, por otro, los morales; y es que, donde se da una mera yuxtaposición de dos colecciones de derechos esencialmente heterogéneos entre sí -y a los que sólo aunaría, circunstancialmente, el mandamiento legal-no hay un pedestal común a ambos, que sería una sola relación jurídica.
Por otro lado, aunque el enfoque sintético no implica, de suyo, esa tesis dualista, viene -en el contexto de la normativa vigente-a acarrearla como una derivación pragmática o hermenéuticamente plausible, o como una explicación de por qué la propiedad intelectual no es en rigor una propiedad, sino un algo jurídicamente irreducible -sin que pueda decirse, en sentido estricto, que la tesis dualista sea una consecuencia jurídica del enfoque sintético.
El enfoque sintético tiene la ventaja de que es una postura pragmáticamente adecuada, que soslaya las disquisiciones jusfilosóficas.
Elude cuestionar de qué bienes se trate y cuál sea el fundamento objetivo para hablar de un "propietario" o de un "dueño".
De hecho, los adeptos de ese enfoque pueden aducir que -pese a la enorme significación económica de lo que convencionalmente se llama "propiedad intelectual" y pese a la movilización político-legislativa para imponer su protección a toda costa-, poco o nada se suelen usar las expresiones "propietario intelectual", o "dueño", ni se suele decir -en los textos de doctrina jurídica sobre esta materia-que esa propiedad consista en una relación de dominio.
Al revés, un importante sector doctrinal -hoy tal vez superado-descartó firmemente toda referencia a una propiedad intelectual; tal sector doctrinal hacía estribar los derechos de autor, o copyright, sea en los derechos de la personalidad sea en un tertium quid, al margen de los derechos personales y de los reales.
Frente a ese sector doctrinal, y por la misma época (fines del siglo XIX y comienzos del XX), otra tendencia -principalmente jurisprudencial-insistió en tratar a la propiedad intelectual como genuina propiedad, lo cual llevaba a entender que, en la comunidad de bienes matrimonial, la propiedad intelectual de un cónyuge se incorporaba a la masa común, de suerte que, en caso de divorcio, podía entrar incluso en el lote del no-autor, aunque los derechos morales -por su carácter personalísimo-permanecieran vinculados a la persona del autor.
La doctrina actualmente mayoritaria procede a una síntesis de esos dos extremos: resignándose al uso, hoy generalizado, de la expresión "propiedad intelectual", rehúsa, empero, ver en tal situación jurídica una genuina propiedad 2.
Aducen los adeptos de este enfoque que, mientras en la propiedad a secas se determina (aunque sea con dificulta-
El enfoque recusativo tiene hoy bastantes adeptos entre los cultivadores y difusores de las nuevas modalidades de acceso libre a contenidos intelectuales; podemos mencionar: los seguidores del copyleft; los usuarios de las licencias de creative commons y otras emparentadas; el movimiento del open content, que propugna poner a disposición del público el contenido intelectual, sin trabas.
Son ramificaciones de esa amplia corriente, surgida inicialmente -por iniciativa del informático Richard Stallman-al margen de la doctrina jurídica, en la cual ha prosperado a duras penas.
Incluso quien aparece como su más afamado adalid jurídico, Lawrence Lessig, en realidad expresamente asume la noción de propiedad intelectual.
Para muchos de quienes actúan por principios inspirados en ese enfoque recusativo, valga lo que valiere el concepto jurídico de propiedad intelectual, lo que procede es descomponerlo en el haz de derechos asociados al mismo, poniendo en la balanza esos derechos con los derechos del público (o sea de los individuos humanos en general) a acceder libremente a los contenidos intelectuales.
Ese enfoque recusativo suele asociarse a movimientos antilucrativos 5.
Veamos el argumento preferido de quienes abrazan el enfoque recusativo propiamente dicho 6: los derechos de autor no constituyen una propiedad, porque una propiedad es un objeto que queda en manos de su dueño o propietario 7.
Los derechos de autor constituirían, en cambio, un monopolio; su origen histórico fue la decisión de los poderes públicos de otorgar a los autores ese monopolio de explotación, por tiempo limitado, para incentivar la creación científica, literaria y artística.
Para responder a ese argumento hay que señalar dos cosas.
La primera es que el verdadero cuadro histórico del origen de la noción de propiedad intelectual es, en realidad, mucho más complicado; ellos parecen tener en cuenta sólo una parte de la prehistoria legislativa del asunto (y concretamente la más de relieve en el ámbito de Norteamérica).
Inicialmente la noción de propiedad intelectual surge a fines del siglo XVII como la titularidad de los impresores o editores, un bien que ellos habrían adquirido comprándolo a los autores y que merecería la misma duración y protección que cualquier otra adquisición legal.
En el siglo XVIII -gracias a la obra de Denis Diderot 8 y otros pensadores-ese derecho irá, poco a poco, siendo atribuido a los autores y justificado en el derecho a apropiarse del fruto del trabajo que uno realiza.
des) cuál es el objeto dominado -atribuyéndose al dueño unos derechos reales sobre el mismo-3, todo el contenido de lo que -como un bloque-se llama "propiedad intelectual" se agotaría en la enumeración de unos deberes ajenos de abstención, que serán unos en el caso de las patentes y las marcas y otros en el caso del copyright; los derechos del titular se limitarían a uno: el de exigir que los demás cumplan esos deberes de abstención (o, en casos contados, deberes de acción) y, cuando se infrinjan, percibir una indemnización adecuada (daños y perjuicios).
Para el enfoque sintético, dar a ese cúmulo -o más bien a esa conyunción-de peculiares relaciones jurídicas la denominación de "propiedad intelectual" y estudiarlo -en el Derecho Civil-dentro del capítulo de las propiedades especiales, eso es fruto contingente de circunstancias históricas.
Holgaría, pues, tanto discurrir sobre la naturaleza de los bienes objeto de tan especial propiedad cuanto elucubrar acerca de las semejanzas y las diferencias entre la propiedad intelectual y la propiedad de un inmueble, de un reloj, de un título de la deuda pública, de una reputación mercantil.
La segunda postura, el enfoque recusativo, descarta usar tal locución, aduciendo que no se puede analizar correctamente en un género próximo -el de la relación jurídica de propiedad-más una diferencia específica -la de lo intelectual.
Al no poderse acudir válidamente a tal análisis, al tratarse de un mero elenco inanalizado de derechos y deberes -que se derivan del mandamiento legal y nada más-, sólo sería aceptable mantener el uso válido de la locución si, por lo menos, ese elenco fuera unívoco, e.d. si todos los objetos dominados por la "propiedad intelectual" entraran, con respecto al (presunto) dueño en una relación idéntica o similar; vamos a decirlo de otro modo 4: cabría mantener la locución si, al menos, el elenco de derechos y deberes involucrados en la situación denominada "propiedad intelectual" fuera el mismo en todos los casos.
No es así a juicio de los adeptos de esta segunda postura, sino que, bajo tal nombre, se perfilan en realidad dos situaciones radicalmente dispares: la propiedad industrial (derecho de patentes y de marcas) y los derechos de autor (copyright).
Sea como fuere, esa cuestión de la génesis conceptual histórica no puede servir para apuntalar ninguna postura, ni en un sentido ni en otro.
(Tal vez esa invocación histórica tenga más fuerza en el marco del originalismo jurídico norteamericano, en el cual no cabe entrar aquí.)
Lo segundo que hay que responder es que cualquier propiedad constituye un monopolio.
La propiedad de un bien tangible, mueble o inmueble, estriba en un derecho exclusivo del titular a usar el bien (ius utendi), disfrutar o beneficiarse de él (ius fruendi) y deshacerse de él -o disponer de él-(ius abutendi).
Tal derecho exclusivo comporta una prohibición a los demás de estorbar, perturbar o impedir ese uso, ese disfrute o ese acto de disposición; y, por lo tanto, comporta un monopolio dominical de tales uso, disfrute y disposición 9.
La asociación con el monopolio no es, pues, ningún distintivo de la propiedad intelectual respecto de las demás.
Es verdad, sin embargo -y en eso daremos la razón a los libertarios opuestos a la propiedad intelectual-que se produce una colisión entre la propiedad del autor de una obra y la del comprador de un ejemplar de la misma.
En la medida en que éste último es dueño de esa copia, le es lícito usarla, aprovecharse de ella y hasta disponer de ella (destruyéndola o enajenándola), más la propiedad intelectual del autor limita esos derechos.
Por otro lado, también la propiedad intelectual del autor está limitada por la propiedad del adquirente del ejemplar: al haber accedido a la distribución y reproducción de su obra, y al legitimar la compra de ese ejemplar, el autor ha consentido en una limitación de su propio derecho exclusivo de uso y disfrute de la idea expuesta en la obra.
Y es que hay una intersección entre el bien intangible y el tangible, ya que los entes inmateriales sólo se nos manifiestan en sus materializaciones.
PROPIEDAD INTELECTUAL Y LA DE OTROS BIENES
La tercera posición -que será la nuestra-es el enfoque reductivo o analítico, para el cual la propiedad intelectual es simplemente el dominio de unos determinados bienes intangibles, que son entes de lo que provisionalmente podemos llamar "el reino de las ideas".
Esa relación de dominio o de propiedad es una situación jurídica establecida por la ley, en virtud de la cual se otorgan al dueño de esos bienes intangibles unos derechos sobre los mismos que acarrean unos deberes correlativos de abstención para los demás.
La relación es idéntica al dominio de otros bienes materiales o inmateriales 10.
No se trata de una creación arbitraria del legislador, aunque tampoco hay que sostener forzosamente que la propiedad (privada) sea un derecho natural, ni la de estos bienes ni la de ningún otro.
A diferencia de las dos posturas hasta aquí consideradas -la sintética y la recusativa-, el enfoque reductivo o analítico tiene en cuenta la enorme semejanza (en verdad, identidad) entre la titularidad dominical de un bien tangible y la de un bien intangible, que es igualmente un objeto potencial de uso, disfrute y disposición, aunque con particularidades 11.
Si un autor descubre o inventa una idea 12, mientras sólo él la conoce, sólo él puede usarla y disfrutar de ella.
Puede también eliminarla 13 -lo cual no obsta a la posibilidad de que otros hagan el mismo descubrimiento independientemente-; también puede deshacerse de ella traspasándola, p.ej. comunicándola a otros antes de someterse a ese tratamiento psíquico.
Será más o menos factible; será lícito o ilícito; pero es posible 14.
El autor tiene la posibilidad física de hacer partícipes a otros del uso y disfrute de esa idea, igual que el dueño de un terreno puede compartir con otros su uso y disfrute.
La diferencia estriba en que, aparentemente, cuando el dueño de un predio invita a otros, puede terminar la invitación, volviendo entonces a quedar en posesión exclusiva del predio, mientras que no se ve cómo un autor que ya ha comunicado su idea a otro u otros puede luego hacer que dejen de usarla o de disfrutar de ella.
Sin embargo, esa disparidad es parcial; el autor podría comunicar su idea con la condición de que los interlocutores ni la comunicaran a terceros ni grabaran o escribieran el contenido intelectual que les transmite el autor, o que, de hacerlo, lo hicieran bajo determinadas condiciones.
Lo único que es imposible es exigir que esos destinatarios de su mensaje borren de su memoria el contenido intelectual 15.
Hay, pues, más parecido de lo que se suele creer entre el uso, disfrute y disposición de un bien material -mueble o inmueble-y el de un bien intangible inmaterial, como una LORENZO PEÑA idea -en el sentido de un contenido intelectual, sea de la índole que sea.
Y, si el dictum de la propiedad material es similar al de la propiedad intelectual, no cabe aducir como objeción a esta última noción jurídica que su contenido sería radicalmente dispar del de la propiedad de bienes materiales; y es que el contenido de una propiedad, el dictum de esa relación jurídica, no es el objeto dominado, sino el hecho de la dominación, la cual estriba en el uso, el disfrute y la disposición del objeto.
Si al autor de una obra o idea se le atribuye la situación jurídica de dueño de la misma, entonces a los demás les estará vedado perturbar ese uso, ese disfrute o ese acto de disposición; por lo cual únicamente podrán usar la obra o idea o disfrutar de ella cuando lo consienta el autor y en las condiciones que él estipule.
No es que esa profunda semejanza esté exenta de dificultades; pero no parecen tan insolubles que vengan a resultar dirimentes, al paso que, renunciando a la noción de propiedad intelectual, se pierden de vista esas hondas similitudes.
CADUCIDAD DE LOS DERECHOS ECONÓMICOS
El enfoque analítico o reductivo reduce la propiedad intelectual a la propiedad -en sentido llano-de bienes intelectuales o ideales.
Este enfoque se funda en la analogía o similitud profunda entre la titularidad del dueño intelectual y la del dueño de un bien material o de bienes intangibles de otra índole.
Sin embargo, frente al enfoque reductivo yérguese una formidable objeción, a saber: la propiedad intelectual está sujeta a dos fuertes limitaciones: en cuanto a los derechos económicos, es de duración finita; y en cuanto a los derechos de titularidad estrictamente dichos -o sea, a los derechos llamados "morales"-es irrenunciable e inalienable.
¿No marcan tales rasgos una diferencia sustancial a tenor de la cual no podría darse una misma relación jurídica, la de propiedad, en el caso de los bienes intelectuales y en el de los bienes materiales?
No; las diferencias no impiden la existencia de la común relación jurídica dominical, en ambos casos.
Empecemos por la caducidad de los derechos económicos.
Ésta significa que tiene un plazo de expiración el derecho exclusivo del autor (o de aquellos a quienes el autor los haya transferido -por herencia o por contrato-) a beneficiarse de su obra, una vez publicada, haciendo pagar a los demás un precio o canon por cualquier uso o disfrute de la misma.
Al vencerse ese plazo, la obra entra en el "dominio público" (pero luego veremos que esa expresión es inadecuada en este contexto).
Los períodos de duración de esos derechos se han ido alargando y hoy pueden abarcar la vida de cinco o seis generaciones 16; pero no son perpetuos.
Se objeta que eso no sucede con ninguna propiedad.
La propiedad de las superficies tiene también plazo de caducidad: el dueño de un edificio levantado en terreno ajeno pierde la propiedad del edificio al cabo de un tiempo prescrito por la ley (y por el contrato La caducidad de los derechos económicos inherentes a la propiedad intelectual significa una servidumbre de uso inocuo a favor del público en general a partir del transcurso de un tiempo desde la publicación -igual que la ley puede estipular sobre terrenos en determinadas zonas que el dueño sólo podrá exigir un pago por su uso inocuo hasta una fecha.
La terminación o caducidad de los derechos económicos no despoja, pues, al dueño de su propiedad intelectual, sino que simplemente lo constriñe a consentir que otros hagan un uso inocuo de ese bien intelectual sin pagarle nada a cambio.
Hay un problema que no ha precisado la legislación positiva en materia de propiedad intelectual: al vencimiento de ese plazo de caducidad, ¿se terminan también los derechos del dueño del bien intelectual en cuestión a exigir, por el uso ajeno del mismo, el cumplimiento de ciertas condiciones que no consistan en contraprestación pecuniaria?
No cabe duda de que el dueño de un edificio (un museo privado, p.ej.) puede permitir a cualquiera visitarlo a cambio del cumplimiento de una condición no pecuniaria [URL]. ir vestido de determinada manera, pronunciar en el atrio una fórmula ritual, o estampar su firma en el libro de visitas).
El dueño de un bien intelectual puede permitir el acceso al mismo bajo condiciones que no sean de contraprestación económica 18.
¿Subsistirá ese derecho cuando se extingan los derechos económicos? 19
LA INALIENABILIDAD DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
Pasemos a la segunda particularidad jurídica de la propiedad intelectual: su inalienabilidad.
El dueño puede enajenar los derechos económicos 20; no puede, en cambio, traspasar su condición de dueño intelectual, salvo por un acto mortis causa 21.
Saltan a la vista las dificultades que encierra esa prohibición legal.
Mas el principio jurídico está claro, al igual que lo está la ratio legis.
La inalienabilidad de la propiedad intelectual constituye, sin duda, una fuerte anomalía en el ámbito de las relaciones dominicales.
Sin embargo, en el pasado estuvieron extendidísimas las vinculaciones patrimoniales 22.
En otra época era corriente que unos bienes materiales fueran inalienables, no pudiendo salir del patrimonio de un propietario o de sus descendientes primogénitos (mayorazgos) 23.
Todavía hoy hay bienes inalienables o cuya enajenabilidad está sujeta a trabas: patrimonio históricoartístico, casas de protección oficial, domicilios recibidos en herencia que se han beneficiado de una desgravación tributaria -sin hablar ya de los fideicomisos y de ciertos bienes del patrimonio de las fundaciones.
También está limitada la facultad de disposición por derechos ajenos de tanteo o retracto y por la legislación preservadora de ciertos tipos de bienes.
Todas esas prohibiciones y restricciones de disponibilidad implican limitaciones del derecho de propiedad, más no su anulación.
La propiedad es una conyunción de los tres derechos de uso, disfrute y disposición; restringir o condicionar uno o varios de ellos implica limitar la propiedad.
Pero toda propiedad está y ha estado siempre limitada.
LA PECULIARIDAD DE LOS BIENES INTELECTUALES
Hemos visto en los dos apartados anteriores que las dos particularidades jurídicas de la propiedad intelectual no obstan a que sea una propiedad, igual que la peculiar índole del objeto sobre el que recae no impide que se trate de la misma relación jurídica, la de propiedad.
Mas, si la relación jurídica es idéntica (a saber: es la relación dominical de una persona -individual o colectiva, pública o privada-con respecto a un bien, material o inmaterial), lo que mayores dificultades suscita es la acusada diferencia entre los bienes tangibles y los intangibles.
Un primer rasgo de los bienes intelectuales que hace problemático verlos como objeto de dominio es su indefinición, e.e. su difícil individuación.
Notemos, sin embargo, que tampoco los bienes materiales objeto de propiedad están siempre perfectamente definidos.
Una finca es un trozo de materia, pero son muy problemáticas las condiciones necesarias y suficientes de su individuación, porque no basta una delimitación en un espacio bidimensional; persiste la indeterminación de hasta dónde se extiende por abajo y por arriba; además la propiedad de bienes materiales, incluso inmuebles, comporta complicaciones enormes: propiedad horizontal, propiedad por turnos 24, copropiedad.
Si, en tales casos, es muy difícil delimitar el objeto, todavía más lo es con respecto a derechos reales que no son estrictamente tangibles: un valor mobiliario, un derecho de usufructo, una hipoteca genérica 25, un fondo comercial -que incluye un derecho de clientela; en tales casos se podrá discutir si estamos ante derechos reales o ante derechos personales de crédito, pero algunos ordenamientos jurídicos han tendido a tratar esos derechos como reales.
El segundo rasgo de los bienes intelectuales que plantea dificultades en este contexto es el de su inaprensibilidad, justamente porque se trata de bienes intangibles.
Ahora bien, parece que lo primero que se puede exigir de un bien para que esté dominado es que pueda ser poseído, que pueda estar en poder de un dueño, en sus manos, bajo su control.
¿Cómo va a estarlo un bien intangible?
Éste es expansivo y difusivo: transmitido a otros, sin que el transmisor pierda nada, los receptores de la transmisión acceden igualmente a ese bien intelectual (a esa idea).
Sin embargo, el descubridor o inventor de una idea tiene cinco modos de asegurarse el control de la misma:
-El primer modo es el de abstenerse de comunicarla.
Claro que ello no impide que otros lleguen, por su propio camino, a esa misma idea; hasta que eso suceda, el inventor o descubridor habrá podido seguir monopolizándola. -El segundo modo es el de transmitir la idea en una versión codificada; eso es lo que sucede con los programas informáticos privativos (o no-libres), en los cuales se transmite al usuario sólo el resultado de compilar el código fuente, el cual permanece secreto; otras variantes de la transmisión codificada se dan en la difusión de emisiones encriptadas -que sólo se pueden descifrar con un aparato alquilado por la compañía emisora-, en la puesta a disposición pública de ficheros utilizables sólo en ciertas condiciones y en el recurso a los DRM 26 (púdicamente traducidos en nuestra legislación como "medidas tecnológicas eficaces").
Todo eso estará bien o mal, será fácil o difícil de eludir -como también pueden saltarse las vallas, palanquearse las puertas, forzarse las cerraduras, falsificarse las llaves.
Pero no dejan de ser procedimientos físicamente factibles de control del uso y disfrute ajenos de una idea o de un necesidad intelectual. -El tercer modo es patentar la idea.
Desde luego, la patentabilidad está sujeta a tres restricciones legales:
(1.a) sólo son patentables las invenciones de cierto tipo (industrialmente aplicables); (2.a) la patentabilidad decae en el caso de que el inventor no explote la idea (directa o indirectamente); (3.a) la patente prescribe al cabo de cierto tiempo.
Dentro de esas tres restricciones, la idea patentada sólo pueden usarla los demás en las condiciones impuestas por el inventor; ni siquiera les será lícito usarla o aprovecharla (salvo en el ámbito puramente privado y no-lucrativo) aunque ellos mismos la inventen independientemente. -El cuarto modo es el de registrar la idea como marca.
Esto sólo afecta a ideas expresables en breves locuciones o en gráficos 27; y comporta unas obligaciones.
Mas es legalmente posible y, dentro de su ámbito restringidísimo, garantiza ese control. -El quinto modo es proteger la idea con derechos de autor.
Los títulos quedan amparados casi como marcas; y -una vez expresada o grabada en una partitura, en un escrito, en una obra plástica, sonora o de cualquier otra forma perceptible-la idea en su conjunto estará, en su uso y disfrute ajeno, sujeta a las cláusulas que imponga el inventor o descubridor (dentro siempre de las limitaciones legales).
De nuevo tales cláusulas podrán ser violadas -en transgresión de la ley, que manda cumplirlas o abstenerse de usar esa idea-, pero eso sucede también con respecto a un bien de cualquier tipo 28.
Si, por consiguiente, no es absolutamente imposible controlar el uso y el disfrute ajenos de una idea, tampoco es siempre fácil asegurarse del control de un bien tangible: predios agrestes que, por lo escarpado, recóndito o anfractuoso del terreno, sean difíciles de vallar o de vigilar; animales mal domesticados, que tiendan a escapar del control del dueño; riquezas subterráneas movedizas [URL]. acuíferos); y así sucesivamente.
Por lo tanto, no hay una disparidad absoluta entre los bienes materiales y los intelectuales en lo que se refiere
a su controlabilidad, como tampoco se aprecia una fundamental e insalvable discrepancia entre el título jurídico por el cual al inventor de una idea le es legalmente lícito controlarla y aquel por el cual el dueño de un bien tangible está autorizado a monopolizarla, o sea: poseerla de manera exclusiva.
Hay diferencias pero son de grado y de modo, y no afectan a lo esencial.
De todo lo cual podemos concluir que la noción de propiedad intelectual es sólida y viable.
Otra cosa es que sea justa.
JUSTIFICACIÓN GENÉTICA DE LA APROPIACIÓN DE LA OBRA POR SU AUTOR
Que la propiedad intelectual es justa y que ha de pertenecer al autor es una tesis aceptada por la mayoría doctrinal y hoy consagrada en la legislación de todos los países -incluidos los que han optado por economías no-mercantiles.
La paradójica aplicación de esa atribución dominical al autor, sin embargo, consiste en que los verdaderos beneficiarios acaban siendo, las más de las veces, ciertos noautores: las compañías que los contratan como asalariados y que se arrogan la presunta autoría colectiva; los editores y publicadores; las sociedades corporativas gestoras; los impostores.
A pesar de esos efectos perversos, hay que plantearse ahora el problema de la legitimidad y justificabilidad de la propiedad intelectual y de su atribución a los autores.
Luego consideraremos los problemas prácticos.
A favor del reconocimiento de la propiedad intelectual de los autores se ha esgrimido un primer argumento basado en la adquisición por el trabajo.
Según tal punto de vista, la más legítima apropiación que un ser humano puede realizar de un bien es la que lo convierte en dueño del producto de su propio trabajo, lo cual sucede máximamente con la labor de creación intelectual.
Fue Locke el originador de esa teoría, según la cual la apropiación por ocupación es legítima cuando se cumplan varias condiciones, entre las que figura que el bien ocupado haya sido trabajado por el adquirente, mezclándose así en él un elemento natural preexistente con el esfuerzo derramado por el dueño.
Para Locke, la doble condición a respetar es que se deje otro tanto y de igual calidad para la apropiación ajena y que no se echen a perder los bienes de los que uno se apodera, sino que se les dé un uso para la utilidad de uno mismo o de los demás.
Ese argumento de Locke fue aplicado por Denis Diderot a la apropiación, por el trabajo -el estudio, la investigación y la creación-, de bienes intelectuales, los cuales constituyen la obra misma del inventor o creador sin usar una materia prima preexistente que hasta ese momento haya sido de otro o haya estado previamente en el patrimonio común.
Ahora bien, ese argumento de legitimación de la propiedad intelectual por la labor de descubrimiento o creación sólo es compatible con una determinada concepción de la naturaleza de los bienes intelectuales, a saber: la visión conceptualista, la cual entiende que esos bienes son entes que nacen a la existencia con la obra del autor y que, por lo tanto, radican en la mente individual de éste -o tal vez después asimismo en la mente colectiva, o en un cúmulo de mentes individuales-.
Y es que, para que tales bienes sean efectivamente un producto de la labor intelectual del hombre, es menester que no sean entidades preexistentes; que sean entes cuyo ser se inicia con la obra creadora y que dejarán de existir cuando cese la relación intelectual humana con ellos.
La visión conceptualista está sujeta a objeciones tan fuertes que resulta muy difícil dilucidar la verdadera naturaleza de los bienes intelectuales desde esa perspectiva.
¿Qué pasa si nos volvemos hacia la visión realista (que defenderé más abajo, en el apartado 14), según la cual los bienes intelectuales son entes ideales preexistentes a la labor intelectual humana (entes que van a ser descubiertos por el científico, por el estudioso, por el escritor o por el artista)?
Entonces deja de darse la pureza de la creación intelectual, porque en rigor no se trata de creación alguna.
Es más, desde la visión realista, ni siquiera podemos decir que el trabajo espiritual transforma los bienes intelectuales igual que el trabajo manual transforma los bienes materiales.
La tierra laborada es diferente de la tierra virgen y silvestre, pero, en cambio, la secuencia de pasos demostrativos que llevan de los postulados de una geome-
tría euclídea al teorema de Pitágoras es una concatenación lógica que no viene configurada ni modificada en lo más mínimo por la obra de los matemáticos, sino que éstos se limitan a explorarla y descubrirla -como el navegante que, desde su barco, descubre un continente o un archipiélago sin hollarlo ni alterarlo.
La justificación de la propiedad intelectual sobre la base de la creación espiritual es, pues, un argumento tributario de la visión conceptualista de los productos de tal creación, una visión que nos parece errada.
Por otro lado, en general la teoría lockeana de la legitimidad de la apropiación por el trabajo ha sido sometida a una fuerte objeción por Nozick.
Aunque el hombre sea dueño de su trabajo, y aunque éste se mezcle con la materia prima para formar un producto elaborado, tal mezcla sólo autoriza a ese hombre a adueñarse de tal producto si dicha materia le pertenecía previamente, o al menos si le era lícito adueñarse de ella para trabajarla.
El mero hecho de la mezcla no basta para fundar la licitud de esa apropiación.
En la apropiación intelectual, o bien no hay materia prima (visión conceptualista de los bienes intelectuales), o bien no hay alteración alguna de los mismos por el trabajo intelectual (visión realista).
En el primer caso, el argumento de Locke permitirá fundar la propiedad intelectual del creador, pero ya no se tratará de justificar (como sucedía en Locke) la adquisición privada del dominio sobre un bien previamente perteneciente a todos en mancomún.
En el segundo caso, el argumento de Locke no sirve para justificar la apropiación intelectual del individuo que hace el descubrimiento.
Todo ello nos lleva a rechazar el argumento lockeano a favor de la apropiación de los bienes intelectuales creados o descubiertos por el autor.
Además, hay todavía otras dos objeciones contra la justificación de la propiedad intelectual por el trabajo de estudio o creación.
La primera objeción al intento de justificar la apropiación intelectual privada en virtud del trabajo de creación o de investigación es que nos falta un eslabón argumentativo para pasar de la premisa de que el individuo Equis descubre o crea el producto intelectual Zeta a la conclusión de que Zeta debe pertenecer a Equis.
El tesoro hallado no pertenece al inventor 29.
Ni siquiera es válido apropiarse de tesoros hundidos en alta mar, lo cual constituye más bien un acto de piratería 30.
Lo único que pertenece al descubridor es el derecho a que se le reconozca su contribución al descubrimiento.
Es un derecho personal, no real.
¿Qué es lo que permite atribuir a los descubridores la propiedad de los bienes intelectuales o espirituales, que son entes intangibles?
La justificación genética no responde a esa pregunta.
La segunda objeción requiere un tratamiento más pormenorizado.
Vamos a examinarla en el apartado siguiente.
La segunda objeción al intento de justificar la apropiación privada de la obra intelectual por su autor es que cualquier labor individual o colectiva de investigación o creación literaria o artística trabaja con ideas previamente elaboradas por otros humanos como se trabaja con una materia prima.
Esquilo, Sófocles y Eurípides repiten temas, personajes, argumentos, tramas, aunque cada uno modifique las ideas heredadas, afectándolas de su particular sello personal.
Muchas de esas ideas serán retomadas, siglos después, por Séneca, por Racine, por Voltaire y por muchos otros.
El más genial dramaturgo de todos los tiempos, William Shakespeare, plagia masivamente personajes, títulos, argumentos, situaciones y peripecias de otros autores.
Son también enormes las imitaciones de unos músicos barrocos respecto de otros; hoy estaría prohibido componer música de ese modo; es de temer que tal prohibición nos privaría, a la postre, de esas obras grandiosas -y, a fin de cuentas, originales (cuando se ven un su conjunto)-que constituyen la obra de Bach, la de Vivaldi, la de Haendel, la de Arcangelo Corelli, la de Henry Purcell, la de Lully, la de Domenico Scarlatti, etc.
Si pasamos al campo de la teoría, de la ciencia y del ensayo, podríamos decir que el escritor más ocurrente e imaginativo, el inventor más intrépido, el descubridor más afortunado deben a los demás un 99 % de lo que hacen, ya sea porque trabajan con ideas previamente desarrolladas, ya porque las suyas propias las elaboran en mayor o La objeción ahora considerada tiene su principal alcance en el tema que ha motivado el presente artículo: la investigación científica desarrollada en el marco de las instituciones académicas de titularidad pública.
Cada uno de nosotros trabaja merced a lo que recibe de la sociedad:
1.o gracias a las competencias investigativas que adquirió en su formación universitaria y que ha ido perfeccionando después en las propias instituciones en las que ha ido trabajando; 2.o utilizando el instrumental que pone a su disposición la sociedad, sea los utensilios de observación o análisis, sea el fondo bibliográfico o documental o cualquier otro;
3.o pudiendo dedicar a esa labor el tiempo suficiente gracias a la remuneración percibida; 4.o obteniendo de la institución en que se encuentra -en unos casos más, en otros menos-un lugar adecuado no sólo para que sus investigaciones alcancen visibilidad en la comunidad científica sino también para recibir las retroalimentaciones intelectuales que impulsen ulteriormente su trabajo.
Por todo lo cual puede parecer abusivo atribuir al investigador individual la titularidad dominical de los bienes intelectuales que él hace accesibles a los demás.
El jardinero que arregla el parque municipal no se convierte en su amo; ni los obreros de la fábrica de acuñación de monedas adquieren la titularidad de las mismas.
¿Por qué el investigador científico va a tener el privilegio de adueñarse del producto de un trabajo que efectúa por encargo de la sociedad, percibiendo remuneración de ésta y gracias a unos recursos materiales e intelectuales que la sociedad le ha proporcionado?
Así pues, falla la justificación genética de la propiedad intelectual, la que motiva esa propiedad por la legitimidad de su peculiar modo de adquisición, a través exclusivamente del propio trabajo.
Pasemos a considerar una segunda justificación, la teleológica: la sociedad se ha dado cuenta de que, atribuyendo a los autores la propiedad de los bienes intelectuales que ellos descubren (sea ese descubrimiento un trabajo de investigación, sea de "creación" artística, literaria, ensayística o filosófica), se incentiva la labor de descubrimiento.
Estaríamos ante un fenómeno como el de la repoblación en la Reconquista española o la colonización del Oeste norteamericano: la avidez de incremento patrimonial empujará a mucha gente a ir y posesionarse de esas tierras que se quieren ocupar -o, en nuestro caso, a entregarse a un trabajo de creación o de investigación, a sabiendas de que las ideas que produzcan serán de su propiedad.
Este argumento sólo es convincente si, o bien se comprueba empíricamente que esa atribución dominical de la obra No hay prueba alguna de que el incremento de la producción intelectual en los últimos tres siglos se haya debido a la propiedad intelectual, ni de que haya habido correlación alguna entre el reconocimiento de ésta y la actividad intelectual de un país.
El componente pecuniario de la propiedad intelectual puede ser un aliciente.
Pero eso en la práctica sólo favorece a una parte de la producción intelectual, y a menudo a una parte de escaso valor científico o artístico, al paso que mucha labor intelectual de gran valor científico o artístico se desarrolla sin que el autor pueda albergar esperanzas razonables de lucro alguno gracias a su trabajo.
En cuanto al componente moral, hay en él rasgos (como el afán de renombre) que pueden verse satisfechos aun sin propiedad intelectual; en todo caso una parte del mejor trabajo científico se ha realizado siempre por otros motivos, o al menos por una combinación de motivos mezclados.
Para salir de dudas sobre esta justificación teleológica de la propiedad intelectual habría que ensayar las alternativas, en una escala suficientemente amplia, lo cual no se ha hecho nunca.
Ni siquiera las sociedades no-capitalistas del siglo XX rompieron con el paradigma de la propiedad intelectual (aunque no inscribieran esa locución en sus textos legislativos).
Fracasados el argumento genético y el teleológico, ¿qué nos queda como justificación de la propiedad intelectual?
Podríamos decidir no justificarla de ningún modo, sino sencillamente tomar nota de que ésta existe en nuestra sociedad y limitarnos a buscar su articulación más justa o más socialmente conveniente.
P.ej., podemos estudiar cómo la propiedad intelectual ha de ajustarse a los parámetros que nuestro ordenamiento jurídico establece para la propiedad en general, como su función social.
Entre la justificación absoluta y la no-justificación, hay una vía media, que es la de justificar la propiedad intelectual privada con relación a nuestro sistema de propiedad.
Sería exagerado decir que vivimos en un sistema de propiedad privada.
Es ésa una visión ideológica que no corres-
ponde a los hechos, cuando la mitad del PIB se administra públicamente.
Aunque la mayor parte del suelo sea de propiedad privada, y aunque lo sea, en general, más de la mitad de la riqueza inmobiliaria, no lo es la mayor parte de la riqueza anualmente producida, puesto que legalmente la mitad es de titularidad pública.
Y de todos modos es dudoso que la mayor parte de la riqueza estable esté en manos privadas.
Lo que sí es verdad es que nuestro sistema jurídico se presenta ideológicamente como uno de propiedad privada y de economía mercantil, y que tal presentación ideológica cuenta hoy con el respaldo mayoritario de la opinión pública.
También es cierto que una gran parte de la riqueza social está en manos privadas, y que lo está de manera enormemente desigual (por países y por estratos sociales).
Siendo ello así, es legítimo que los individuos en general, y los menos afortunados en particular, aspiren a tener su propiedad privada.
En países donde prevalece la vivienda en propiedad, la gente desea una casa de su propia titularidad 33.
Ninguna persona normal renunciará a su piso en propiedad.
No por afán de ser propietario, sino porque las cosas están así organizadas, aunque otros sistemas serían más racionales.
En el marco de la organización social actual, el creador y el descubridor de obras intelectuales tienen una legítima pretensión a ser dueños de esas obras.
Tal vez sea una propiedad un tanto platónica muchas veces, pero es aquella a la que pueden optar.
El autor de una obra 34 realiza un esfuerzo, aunque muchas veces sea un esfuerzo agradable y que encierra su recompensa en sí mismo (como la virtud según los estoicos).
Ese esfuerzo puede significar una aportación al bien común de la sociedad.
No siempre hay tal aportación, evidentemente.
Igual que no todo trabajo material es socialmente útil; a veces es socialmente nocivo.
Un ingeniero que produzca planos inviables o condenados al fracaso, un lógico que elabore sistemas axiomáticos delicuescentes, un autor de películas de violencia que causen conductas agresivas seguramente están brindando al público obras que hacen más mal que bien 35.
Sin embargo, los efectos positivos o negativos de las obras intelectuales no son fáciles de determinar según criterios sencillos, ni a corto plazo.
Por ello, la única solución jurídica es ver en todos ellos, sin discriminación, potenciales contribuciones al bien común llevadas a cabo por el autor.
Desde luego el autor trabaja con una materia prima espiritual que es fruto de quienes lo han precedido; además, trabaja frecuentemente con el respaldo de una institución o empresa, o en interacción con una comunidad académica o literaria, con la crítica, con el público; por lo cual su obra no es nunca total y exclusivamente suya.
Pero el hecho es que lo hace.
Y lo hace en el marco de un sistema que proclama la propiedad privada como un principio de su ordenamiento jurídico.
Si lo hiciera en un sistema sin propiedad privada de los bienes materiales, posiblemente no tuviera la misma pertinencia el problema de si, con su creación intelectual, adquiere la titularidad dominical de la región de ideas que ha explorado o cuyo conocimiento hace accesible a los demás.
En el marco de una sociedad sin propiedad privada material (ni de bienes intangibles de otro tipo), los derechos del autor podrían -tal vez deberían-conceptualizarse de otro modo, sin acudir a la relación jurídica de propiedad.
Pero estamos en la sociedad en que estamos, en la cual los individuos y los colectivos son dueños de casas, herramientas, máquinas, vehículos, fincas, bancos, cosechas, títulos, almacenes, hoteles, emisoras y así sucesivamente.
En esta sociedad -en la cual se va incrementando el patrimonio de cada uno en la medida en que se lo permite la ley-, si las obras intelectuales pasaran, según se fueran creando o descubriendo, a ser de todos o de nadie (res omnium o res nullius), el autor estaría desincentivado de su esfuerzo intelectual, ya que, no conduciendo a un incremento patrimonial, se vería en desventaja con respecto a otros esfuerzos que sí acarreasen tal incremento.
Asimismo los descendientes u otros herederos de un autor fallecido, al continuar, en cierto modo, la personalidad de éste, pueden hallar en la perpetua e inalienable propiedad intelectual que heredan (aunque temporalmente limitada en cuanto a derechos económicos), un privilegio, pero un privilegio que puede ser lo único que les quede en una sociedad en la que otros heredan, de generación en gene-
ración, predios rústicos o urbanos, paquetes de acciones u otras riquezas.
La propiedad intelectual puede ser un premio de consolación, un título en sí casi nominal, como los nobiliarios (en nuestra sociedad actual).
La analogía puede profundizarse.
Un título nobiliario, el marquesado de Huibralgo, p.ej., es hoy, en rigor, una propiedad intelectual, la propiedad de una idea, que se expresa en un nombre.
Sólo el titular puede hacer ciertos usos de ese bien, como el de adjuntar a su nombre y apellidos la denominación de "marqués de Huibralgo".
Puede disfrutar de las satisfacciones y los honores que (en círculos aristocráticos) se tributen a los individuos de ese rango -de lo cual está privado quien carezca de un marquesado.
Posiblemente ese bien sea inalienable.
En suma, estamos en presencia de una figura jurídica bastante similar a la de los herederos de un autor; a unos y otros les es lícito continuar y transmitir a sus herederos respectivos glorias pasadas.
Sucede algo parecido con cualquier título que uno haya adquirido por su esfuerzo, por su apariencia o incluso inmerecidamente -aunque en tales casos nuestro ordenamiento jurídico no hable de propiedad-: un título universitario, la dignidad de académico, la de campeón deportivo de una disciplina en determinada circunstancia [URL]. ganador de una vuelta ciclista a España en 1950), la de agraciado con una distinción o condecoración en tal fecha (Miss Europa 1960, Gran Cruz de Isabel la Católica).
Son bienes intangibles, en verdad ideales, con relación a los cuales se otorgan al titular unos derechos exclusivos de uso (de un uso determinado) y de disfrute; son propiedades vinculadas, en las que el dueño carece del derecho de disposición (nadie puede vender su doctorado en ciencias matemáticas).
La semejanza tiene sus límites, porque las dignidades que estamos ahora considerando son personalísimas y absolutamente intransferibles, al paso que la propiedad intelectual se transmite por herencia.
Sea como fuere, todos esos bienes son entes ideales, y por lo tanto intangibles.
En algún caso puede que ni siquiera sean eso, sino meras ficciones, entes quiméricos.
Lo que sí nos importa es saber si una propiedad así, una titularidad que, en sí misma, puede carecer de significado económico, podría darse con relación a bienes tangibles.
Y la respuesta es que sí.
Hemos hablado de los descubridores de astros o de zonas del espacio.
No habría jurídicamente inconveniente en que adquiriesen la propiedad de tales bienes, aunque esa propiedad no tendría ningún efecto práctico (menos aún efectos económicos).
Que el planeta Plutón perteneciera a la viuda del difunto Clyde Tombaugh, su descubridor, -y, tras su muerte, a sus herederos-no impediría la exploración científica ni le otorgaría en la práctica ninguna ventaja; mas habría un uso reservado.
Sin embargo, al llegar a ese punto, está claro que el bien tangible se nos hace prácticamente intangible, y que lo que queda en realidad es una idea, la idea del planeta Plutón, más que el cuerpo material de cuya calidad de planeta estuvieron debatiendo los astrónomos el año pasado.
Poco cuesta a la sociedad otorgar la propiedad intelectual al autor 36, siempre que vaya acompañada de unas limitaciones para garantizar la función social de tal propiedad.
La legislación sobre la propiedad intelectual impone una serie de restricciones a los derechos dominicales para asegurar esa función social: limitación temporal de los derechos económicos 37; limitación del derecho de no-difusión de los herederos; prohibición de uso abusivo de los derechos morales; derechos de copia a favor de terceros en ciertos casos (derechos de copia privada y de cita); obligación de indemnización en caso de ejercer el derecho a retirar la obra.
En suma, con las cautelas que establece la ley -y acaso con otras adicionales que recomendaremos de lege ferenda-el derecho a la propiedad privada de los bienes intelectuales a favor de sus descubridores o creadores es una medida de política legislativa razonable en una sociedad con vocación de mantener la propiedad privada.
Naturalmente, la propiedad privada es una institución históricamente surgida y cuya existencia no viene requerida por la convivencia social, sino que caben otros sistemas de relaciones jurídicas.
En ellos sería justo que a los autores se les reconocieran ciertos derechos que nosotros subsumimos en el de la propiedad intelectual, aunque tuvieran otra conceptualización jurídica.
Mi argumento minimalista a favor de la propiedad intelectual tal vez sería preferible reformularlo así: estamos en un ordenamiento jurídico que otorga la propiedad de bienes intelectuales a sus descubridores o creadores, dentro de una política legislativa general que preserva la propie-
Ésa es la situación existente.
Pasar de esa situación a otra implicaría un cambio.
Cualquier cambio ha de ser justo, o sea motivado por razones justificadas, ponderado en sus efectos, cauteloso para evitar agravios comparativos y suave en sus ritmos para minimizar los efectos perversos o las consecuencias no deseadas.
Conque, antes de emprender una modificación de la política legislativa que suponga reemplazar la propiedad privada de los bienes intelectuales por otro sistema, sería menester elaborar -con tino y prudencia-esa alternativa, sopesarla y experimentarla; y, a la postre, si acaso introducirla con todas esas cautelas.
Mientras no se produzca eso, los autores siguen estando amparados en su legítima aspiración de ser los dueños de las regiones del espíritu o del mundo de las ideas que ellos descubren o exploran.
LA CONCEPCIÓN LINGÜÍSTICA DE LOS BIENES
Habiendo, en los apartados precedentes, abordado ya los problemas 1.o, 2.o, y 3.o anunciados en nuestra introducción, ha llegado el momento de habérnoslas con el más difícil, con el 4.o, que es, en verdad, una cuestión metafísica: ¿cuál es la naturaleza ontológica de los bienes sobre los cuales ejerce su dominio el propietario o dueño intelectual?
Ya más arriba (apartado 8) estuvimos considerando las dificultades de una visión conceptualista, según la cual los entes sobre los que se ejercería el título jurídico que denominamos "propiedad intelectual" empezarían a existir en el momento en que son pensados por el creador científico o literario.
Si no empiezan a existir con el acto de creación/ descubrimiento, es que preexisten.
Y, entonces, ¿qué son?
En España la respuesta legislativa la dio D. Gumersindo de Azcárate cuando se debatía la ley de 1879 38: el ente cuya propiedad inmaterial viene legalmente atribuida al autor es la expresión lingüística de una creación del espíritu, no la creación en sí misma ni su contenido ideológico, que es un patrimonio común una vez inventado, creado o descubierto.
Llamemos a esa solución "la ecuación lingüística"; podemos parafrasearla diciendo que el objeto de propiedad intelectual sería un ente lingüístico, aunque objetivo, el contenido de un acto de habla (o más bien de un mensaje de escritura) que, una vez expresado por vez primera, es susceptible de repetición en otras prolaciones o actos de escritura.
Hay cinco dificultades en torno a la ecuación lingüística.
-En primer lugar, esa caracterización lingüística de la obra (como el contenido lingüístico objetivo de un acto de escritura) impide entender cómo es que el dominio del autor abarca también a las traducciones a otros idiomas. -En segundo lugar, esa caracterización determina que el autor pasa a ser propietario de un mensaje, de una secuencia de palabras; sin embargo, las secuencias de palabras son de todos los hablantes del idioma.
Así, ningún hablante, ningún grupo de hablantes del español es dueño de una palabra ni de una frase ni de un párrafo, ni de una serie de párrafos.
Un ente lingüístico, una ristra de oraciones de nuestro idioma, es un bien de todos y de nadie, que está al alcance de quien lo quiera usar.
Antes de ser un elemento de habla (parole, en el sentido de Saussure), es un elemento de lengua (langue).
Cada ristra de oraciones constituye un mensaje potencial que preexiste a su eventual prolación individual, si es que ésta llega a efectuarse 39.
Parece un poco difícil entender que de ese haber o acervo colectivo se desgajen ciertas ristras de oraciones y sean adjudicadas como propiedad a quienes las hayan proferido por primera vez. -En tercer lugar, esa entidad lingüística plantea un problema de existencia e individuación.
Generalmente pensaríamos que una obra científica o literaria empieza a existir en el momento en que la crea su autor; se suele entender que esa creación es un invento genuino, y no un descubrimiento.
Sin embargo, la ristra de oraciones que constituiría el Quijote preexistió a Cervantes 40.
La caracterización lingüística de una obra científica o literaria explica bien que ésta tenga una existencia que depende de lo humano, mas no que tenga una que depende del autor y de su acto de creación. -En cuarto lugar, si ya a mediados del siglo XIX se planteaba el problema de la propiedad de obras dramáticas y musicales no impresas, a eso se añade el hecho de que, al dejar de ser la escritura el único modo de difundir ideas 41, se ha visto que también las exposiciones verbales son creaciones del espíritu que merecerían igualmente venir consideradas como objetos de propiedad intelec-LORENZO PEÑA tual; con lo cual la expresión en que adquiriría existencia la obra habría de ampliarse para ser cualquier acto de habla o escritura.
Aunque la mera idea intramental no fuera objeto de propiedad intelectual, sí lo sería cualquier expresión lingüística oral o escrita [URL]. una conferencia pronunciada o una lección magistral impartida).
Sin embargo, una vez que damos ese paso surge el problema de si, cuando uno profiere en voz alta una serie de consideraciones sin que lo escuche nadie, está ya dando plasmación (y por lo tanto existencia) a una obra del espíritu; ¿por qué iba a requerirse la presencia de un oyente?
¿Y si éste no entiende lo que oye?
Mas del monólogo en voz alta pasamos al monólogo en voz baja, y de éste al mero pensamiento, al habla mental de uno consigo mismo. -En quinto y último lugar, la propiedad intelectual así entendida sólo concede al autor el dominio sobre ese ente lingüístico que es el contenido textual de un acto de escritura, mas no el resultado de someter a ese contenido a transformaciones, acortamientos, alargamientos, alteraciones sintácticas.
La del producto así dominado vendría, pues, determinada por la identidad lingüística estricta, lo cual ciertamente reduce en la práctica a casi nada la significación de tal propiedad, pues bastará a cualquiera añadir una palabra para que se trate de otra obra 42.
A esta quinta dificultad podemos añadirle una consideración adicional: la protección que otorga la ley al creador de la obra literaria o artística en algunos casos trasciende claramente lo lingüístico.
El detallado decreto de 1880 que contenía el reglamento de aplicación de la ley de 1879 venía a atribuir al creador de una obra dramática o musical la propiedad exclusiva de los personajes, el argumento y el plan de la obra.
No se extendía esa protección a las obras impresas, siendo un tema técnico-jurídico controvertible el de en qué medida sean propiedad intelectual del autor los personajes que éste crea (o inventa o descubre), o el argumento de una novela.
POR QUÉ LA PROPIEDAD INTELECTUAL ES PROPIEDAD DE IDEAS
Si el ordenamiento jurídico otorga (al menos a veces) la propiedad de un personaje o de un argumento al autor (como en el caso de obras dramáticas), claramente estamos ante una propiedad literaria que no tiene un objeto lingüístico, sino más bien uno que sería algo así como una idea (no subjetiva).
Que el ordenamiento jurídico es parsimonioso a la hora de reconocer una propiedad literaria de esa índole (sobre argumentos y sobre personajes) parecen probarlo las sentencias que han zanjado sonados juicios de estos últimos años en torno a novelas famosas, como El nombre de la rosa y El código da Vinci.
Sin embargo, hay que huir de conclusiones precipitadas, porque en esos (y otros) casos se interponen intereses de tal peso que quizá pleitos similares de menor cuantía podrían arrojar resultados judiciales diversos.
Sea como fuere, nuestra consideración apunta sólo a que se da -al menos en algunos casos-una atribución al autor de titularidad dominical sobre contenidos de su ideación o creación espiritual que no pueden fácilmente cifrarse en entes lingüísticos 43.
No sólo eso, sino que la propiedad intelectual implica la prohibición de escribir desarrollos o continuaciones de una obra, al menos cuando impliquen modificaciones de la misma; la libertad de modificar la obra, o no hacerlo, es un atributo que integra la propiedad intelectual del autor.
Es un tema polémico el de si esa atribución forma parte de los derechos pecuniarios o de los morales; mi opinión es que, al menos en ciertos casos, es un derecho moral, inalienable y perpetuo.
La cuestión se ha debatido en el ámbito judicial con una serie de sonadas querellas; p.ej. la que ha enfrentado, años atrás, a la editorial Feltrinelli y a Alexander Mollin, autor de La hija de Lara presentada como continuación del Doctor Zhivago de Boris Pasternak.
Otra de ellas ha sido el litigio entre la editorial parisina Plon y los descendientes de Victor Hugo.
No puedo entrar aquí en los detalles 44, mas sí señalar que, en general, es dudoso que las segundas partes de una obra literaria sean meras adaptaciones.
Una adaptación -en la medida en que lo sea-respeta, a grandes rasgos, la integridad de la obra adaptada, y sólo cambia su adecuación a un medio expresivo (cine, teatro, radiodifusión, etc.) o a un público (como una obra científica adaptada para su divulgación entre los no especialistas).
En cambio una continuación de una obra puede alterar el contenido.
Se puede defender la libertad de publicar continuaciones de obras ajenas; pero esa libertad es incompatible con la propiedad intelectual de los herederos; no con los derechos pecuniarios, sino con el derecho moral, que es el núcleo de la propiedad intelectual.
Seguramente lo razonable sería que, en una serie de casos, la propiedad intelectual dejara de ser privada para ser un patrimonio público; que se hiciera propiedad colectiva de la nación 45, cuyos representantes culturales tuvieran la potestad de autorizar, o no, las reelaboraciones, en función del interés nacional y del de la humanidad, y en atención a todas las circunstancias de cada caso 46.
Sea como fuere, la jurisprudencia prueba que lo que se ventila en la propiedad intelectual no es la mera expresión de ideas, sino las ideas expresadas 47.
Todavía más se refuerza esa consideración en el caso de la propiedad industrial.
Aunque el ordenamiento jurídico español distinga lo que denomina "propiedad intelectual" de la propiedad industrial, es un distingo técnico que tiene poca relevancia en el mundo de hoy, en el cual el sintagma inglés "intellectual property" designa a ambos géneros de propiedades de bienes inmateriales o intangibles.
La propiedad industrial abarca el derecho de marcas, el de patentes y otros similares.
El derecho de patentes es el dominio de una idea práctica, prohibiéndose a cualquiera, sin el permiso del titular de la patente, aplicar esa idea aunque la haya descubierto independientemente 48.
LOS BIENES INTELECTUALES COMO CÚMULOS DE POSSIBILIA
Ante la necesidad de superar la visión expresivista de la propiedad intelectual y de verla como la propiedad de un contenido intelectual (no de la mera forma expresiva), podríamos tratar de entender los objetos de la propiedad intelectual como entes culturales sui generis, inspirándonos en la teoría popperiana del tercer mundo, o Mundo 3.
Ese enfoque no nos retrotrae al conceptualismo subjetivo que hemos criticado más arriba, porque ahora defenderíamos un conceptualismo colectivo 49.
Popper sólo marginalmente abordó en su tratamiento del Mundo 3 problemas de índole jurídica 50.
Su foco de atención lo constituían las teorías científicas, o -más en general-los elementos objetivos de la actividad científica: los problemas, las soluciones, los argumentos, las coyunturas teoréticas, entes que integrarían un conocimiento o pensamiento no subjetivo, que empezarían a existir con una cierta actividad mental de sujetos humanos, mas que seguirían existiendo aunque dejara de haber tales sujetos.
Esos entes serían un poco como Formas o ideas platónicas, entes inmateriales, carentes de ubicación espacial, de volumen, de composición (como la composición atómica), mas no de determinación temporal, al menos por el extremo de su comienzo temporal 51.
La característica especialmente popperiana estriba en su dependencia de lo humano, al paso que los habitantes ideales de la ontología de Hartmann parece que están ahí para que accedan a ellos, si se tercia, otros seres reales diversos de los humanos 52.
Ese enfoque tendría la ventaja de que -adaptándonos oportunísticamente a las particularidades de los diferentes productos-podríamos ver a algunos de ellos como objetos lingüísticos [URL]. las marcas y los títulos de obras) pero ver a otros como constituidos por ideas (no subjetivas), y tal vez a otros más como mixtos.
A pesar de su indudable atractivo, el enfoque popperiano de ese Mundo 3 afronta dos objeciones.
- Don Quijote de la Mancha será un habitante de una serie de mundos posibles en los que se desarrollen secuencias de acontecimientos que guarden similitud con los de la obra cervantina.
Similarmente una teoría científica presenta un estado de cosas conyuntivo que se realiza en un cúmulo de mundos posibles 56.
Persiste el problema de qué hacer con aquellas teorías delicuescentes que carecen de modelo (teorías absolutamente inconsistentes que se aplican a todo o a nada).
Esa dificultad se deja apuntada como un problema abierto.
Tales entidades preexisten a la creación humana.
Esa creación es un descubrimiento, un acceso mental a tales entidades.
El Quijote como entidad objetiva es un entramado de acontecimientos en un mundo posible o en una familia de mundos posibles.
Propiamente no empieza a existir con Cervantes; el gran escritor nos lo hizo accesible; así, lo que es verdad es que, para nosotros, sí empieza a existir a comienzos del siglo XVII.
El autor de una obra literaria es el descubridor de un entramado o agregado de hechos que existen en un cúmulo de mundos.
El autor de una obra científica es el descubridor de un agregado de hechos que existen en una familia de mundos que (presuntamente) abarca a nuestro mundo.
Los hechos que forman ese agregado están unidos por unos nexos internos.
Al descubridor de ese acervo de possibilia (e.d. de ese entramado de hechos) le otorga el ordenamiento jurídico una relación de titularidad dominical similar a la que une al dueño de un objeto material con el mismo.
La base de la atribución es semejante a la que se reconoce en la adquisición originaria de una propiedad material (o sea por un título no transmisivo), como el hallazgo, la ocupación o la fabricación.
LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
Ya vimos en el § 11 cómo la legislación vigente establece una serie de cautelas con vistas a garantizar la función social de la propiedad intelectual.
Y ése es el buen camino.
En el marco de nuestras instituciones jurídicas (y sin que ello obste a los intentos de reforma), lo juicioso y razonable es propiciar medidas graduales que vayan asegurando una creciente función social de la propiedad, sin que ello sea óbice para preconizar la nacionalización en los casos en que se justifique.
Como cualquier propiedad, el dominio de bienes intelectuales sufre limitaciones legales, y más en un sistema jurídico como el nuestro donde toda propiedad ha de desempeñar una función social acorde con la peculiaridad de su objeto y con el contexto.
Igual que sucede con la propiedad material, el dueño de una propiedad intelectual es titular de los derechos exclusivos de uso y disfrute y, a fuer de tal, beneficiario de una obligación ajena de no-perturbación o no-impedimento.
Claro que la perturbación ajena no puede ser igual en lo tocante a un bien material y a un bien intelectual.
No hay estricta identidad, pero sí suficiente similitud para que el ordenamiento jurídico haya aplicado aquí ese concepto normativo de la propiedad (y de las obligaciones ajenas que de ella dimanan).
Mas, además de las obligaciones voluntarias que contrae el dueño de un bien, material o intelectual, con respecto a otras personas a las que autorice ciertos usos o disfrutes
de ese bien, están las servidumbres.
Las servidumbres son derechos reales, no personales, porque van vinculados al bien mismo, de suerte que la transmisión de la propiedad acarrea la de la carga o servidumbre.
Sin embargo, en el caso de bienes inalienables parece que cualquier obligación contractual que los afecte se convierte en una servidumbre.
Al margen de las servidumbres voluntarias están las que tienen vigencia por mandamiento de la ley, como lo son las que afectan a menudo a los predios (luces, tránsito, aguas, medianería, etc.)
La ley también impone servidumbres sobre la propiedad intelectual a fin de asegurar su función social.
Así, las patentes y marcas 57 tienen plazos de prescripción y son condicionales, caducando por no utilización.
Las publicaciones están sujetas a derechos limitados de reproducción ajena [URL]. el derecho de cita).
Cuando los textos legislativos afirman (erróneamente) que no pueden ser objeto de propiedad las ideas, las teorías, las demostraciones, lo que en realidad está queriendo decir el legislador (sin conseguirlo del todo) es que cualquier propiedad intelectual ha de soportar unas servidumbres de utilidad social; entre otras, las que obligan al autor de una obra científica publicada a consentir que otros usen la teoría que él ha propuesto, que retomen o hasta modifiquen sus pruebas y argumentos, que manejen y reelaboren sus ideas.
Tal es la finalidad legítima de esas declaraciones; en su literalidad son erróneas, porque anularían la propiedad intelectual privada y son incompatibles con la titularidad dominical de contenidos intelectuales esenciales de una obra, como la trama o el argumento y los personajes; y es que, en una obra de carácter científico, la trama o el argumento es el contenido ideal, la teoría misma, al paso que los personajes son los ingredientes intelectuales de esa teoría, las nociones elaboradas o inventadas por el estudioso -nociones de índole jurídica, filosófica, física, sociológica, etc. En suma, lo que quiere evitar el legislador con las fórmulas que estoy criticando es que, si un estudioso propone una teoría física, p.ej., quienes la reelaboren o discutan tengan que pagar por ello regalías a ese estudioso, o que sólo puedan escribir sobre el asunto con su autorización.
El estudioso que publica un trabajo está, pues, legalmente obligado a permitir usos ajenos que son inocuos, a fin de que avancen el debate y el conocimiento.
Cualquiera tiene el derecho a reutilizar sus conceptos, sus demostraciones, sus teorías.
¿Es lícito hacerlo sin citar al autor?
De otorgarse ese permiso, se anularía la propiedad intelectual.
Ésta se reduciría al estricto copyright en su acepción más obtusa y enclenque.
El reconocimiento de la propiedad intelectual del autor obliga a quienes usen su obra para fines científicos a citar adecuadamente al inventor de la teoría.
Lo que no sea eso constituirá un plagio, un ilícito civil caracterizable como apropiación indebida, que podrá asimilarse en ciertos casos a una falta -o a un delito-de hurto (aunque nuestro código penal no aplique esa denominación).
No vale argüir que con el plagio al autor no se le quita nada, que no se perturba su uso y disfrute de la obra que ha creado.
Sí, se perturba un aspecto de ese disfrute exclusivo, que consiste en que cualquier uso ajeno se haga dando al autor el debido crédito.
El disfrute aquí involucrado es una cuestión de fama o nombre científico 58.
Variarán según un número de parámetros qué crédito haya que dar y cómo hacerlo 59.
Un litigio se ha planteado ante la jurisdicción española sobre un proyecto de investigación universitario.
Al parecer se había producido un plagio.
El juez prohibió a los plagiarios seguir usando las ideas contenidas o expuestas en el proyecto de autoría ajena.
La situación jurídica así declarada por el juez no consiste sólo en obligar a los plagiarios a cesar en su pretensión de originalidad y a retirar el fruto del plagio, sino también a abstenerse en el futuro de usar esas ideas de ningún otro modo.
Eso significa que nuestro ordenamiento prohíbe a los no-creadores todo uso o disfrute del ente intelectual descubierto por otro, salvo que: o bien (1) deriven un título legítimo de uso del consentimiento de ese otro -que es el auténtico creador o, mejor, descubridor-; o bien (2) hagan uno de los usos que expresamente otorga la ley con respecto a obras ya divulgadas (pero no con relación a obras inéditas), a saber: cita directa o indirecta, acompañada del crédito correcto según los usos científicos y académicos.
La ley no lo dice todo; hay que acudir a las normas consuetudinarias, que son las que delimitan la noción de plagio a tenor de la realidad social, cultural e intelectual, de las exigencias del progreso, de los cánones de razonabilidad y proporción, etc. Se trata de servidumbres legales (como las de tránsito forzoso en un predio.)
La propiedad intelectual de los investigadores científicos se alcanza en un contexto laboral o mercantil específico.
El investigador indaga y elabora teorías o bien gracias a un mecenas -en una relación que quizá podamos asimilar a un arrendamiento de obra (obligación de resultado) o de servicios (obligación de medios)-, o, si no, como trabajador por cuenta ajena 60.
Por ello surge la pregunta de si la propiedad intelectual ha de corresponder al autor del invento o del descubrimiento (o, si se quiere, más modestamente de la propuesta doctrinal) o a su patrón o patrocinador o a ambos.
La legislación tiende -con algunas limitaciones-a atribuir la propiedad científica ("derechos de autor") al científico individual -o eventualmente al equipo-, pero la propiedad industrial al empleador.
Siendo un tema técnicamente complejo, entrar en él desbordaría los límites de este artículo.
Baste con señalar que, de modo general, nos parece más justo que sean los autores los dueños del bien intelectual, aunque esté sujeto a servidumbres legales o contractuales.
Es inquietante la tendencia actual a que una parte sustancial de la propiedad intelectual (las patentes) no sea reconocida como una titularidad dominical de los científicos inventores sujeta a la función social de uso al servicio del pueblo (velar por lo cual es tarea del Estado), sino que venga considerada como propiedad de la empresa o institución para la que trabaja el investigador, la cual la transmite luego a una empresa privada, a cambio de una subvención para la investigación.
Lo que resulta de ahí suele ser un contrato leonino.
Las instituciones académicas erigidas por el Estado para el bien común se ven sometidas a una penuria causada por la sequía presupuestaria; los investigadores no vienen remunerados como espera estarlo el personal de su nivel de preparación universitaria y de su carrera profesional 61.
Para colmar esas deficiencias, la institución y el académico son empujados a acudir a la financiación privada, lo cual significa vender de antemano la propiedad intelectual a cambio de aportaciones muchas veces secundarias.
Eso es perjudicial para los intereses públicos.
Todavía mayor es la lesión para pueblos de países pobres, a los que se priva así de beneficiarse de los descubrimientos, mientras que, si la propiedad intelectual se quedara en manos del autor (un empleado o funcionario de una institución pública) o de la entidad académica, se sujetaría a los principios de nuestro derecho público: uso para el bien común tanto nacional como de la humanidad en general.
La huida del Derecho Administrativo que los juristas han denunciado se traduce, en este particular, en una privatización de los beneficios de la investigación mucho más que de los gastos de la misma; siendo desproporcionada, es contraria a la equidad, y no pocas veces acaba siendo lesiva para derechos fundamentales del hombre recogidos en la Declaración universal de los derechos humanos [URL]. el derecho al sustento o a la salud).
Eso no sucede del todo en el ámbito de los llamados "derechos de autor" (o sea la propiedad intelectual de las ideas expuestas en obras científicas o literarias).
Pero sí ocurre otro fenómeno de privatización, a saber: la obra escrita por un investigador que trabaja para una institución académica pública sólo se reconoce debidamente si es publicada por ciertas editoriales o revistas de titularidad privada, las cuales o bien se adueñan del copyright o, más usualmente, acaparan el beneficio económico de la publicación, ya sea reclamando a la institución un honorario, ya sea vendiendo los ejemplares a alto precio a las bibliotecas académicas y así condicionando, indirectamente, la publicación a la suscripción (aunque eso no se diga así).
El resultado inmediato es que las Universidades pagan a las empresas dueñas de esas publicaciones para que sus investigadores alcancen su adecuada promoción académica.
Las empresas, en reciprocidad, designan a algunos de esos académicos como miembros de sus consejos asesores o de las juntas de redacción, con la retribución correspondiente; tales designaciones, evidentemente, se efectúan según el libre criterio del empresario privado y no vienen sujetas a ningún control de la institución académica (salvo tal vez en un implícito sobreentendido).
Pero también hay otros efectos perversos, aunque sean mediatos.
Los empresarios de esas editoriales privadas pasan a constituir un poder académico en la sombra, interesado en imponer el elitismo y en no perder su atributo de árbitros de la excelencia académica.
De ahí se deriva un maltusianismo académico, la caza de las publicaciones a corto plazo en las revistas de postín, la preterición de los esfuerzos de largo aliento, la quiebra de la busca científica
desinteresada o sosegada, la competición y hasta rivalidad a muerte entre los académicos, un clima insano, frenético, que destruye la calidad de vida, a la cual tienen derecho los investigadores como todos los demás seres humanos.
Y, lejos de que todo eso beneficie a la sociedad, provoca un estrangulamiento de la vida académica regido por consideraciones de rentabilidad crematística de intereses privados.
Es hoy particularmente aberrante e injustificado ese circuito de las publicaciones científicas, ya que la técnica moderna lo ha convertido en una atávica reliquia, que sólo se mantiene por una combinación de intereses creados, influencias, inercias e imitaciones ciegas de lo que se hace fuera.
Para que se respetara la función social de la propiedad intelectual en tales casos, sería menester que se atribuyera exclusivamente al autor, o a los autores, y que se propiciaran medios de difusión no lucrativos, que son hoy perfectamente posibles.
El negocio de las publicaciones científicas debería dejarse atrás, como se dejó en el Renacimiento el de la copia de manuscritos.
De hecho, ya hay movimientos académicos que trabajan en esa dirección.
La propiedad intelectual es la de bienes que no están (sólo) en este mundo; se parece a la que (si hubiera razones para ello) podría otorgar el ordenamiento jurídico sobre parcelas de otros astros del universo a los que de momento no podríamos acceder más que cognoscitivamente 62.
Estriba la propiedad intelectual en el derecho exclusivo del descubridor de unas ideas a usarlas y a disfrutar de ellas 63, junto con un derecho inalienable, irrenunciable y perpetuo a la autoría e integridad de su descubrimiento.
No nos parece que esté bien planteado el problema de la propiedad intelectual en los ordenamientos jurídicos que se han centrado en el copyright, como el de los Estados Unidos, donde la cuestión se ha heredado de la vieja temática de los monopolios de impresión.
Copiar una obra (reproducirla, fijarla en otro soporte) y difundir las copias o facilitarlas a terceros son tan sólo algunos de los hechos de use y disfrute de un agregado de ideas plasmadas en la obra.
Han visto mejor de qué se trata aquellos ordenamientos jurídico-civiles que -como el francés y el español-han evolucionado (no sin tropiezos) a la noción de propiedad intelectual en el sentido pleno que hoy se maneja en nuestro derecho.
Es eso lo que nos lleva a no suscribir las propuestas del copyleft.
Parten éstas de unos subyacentes derechos naturales de todos a compartir las ideas (y a que los demás las compartan con nosotros), así como a usarlas y modificarlas libremente; las prescripciones legales sobre copyright -o monopolios temporales de reproducción y difusión-serían excepciones al ejercicio de esas libertades naturales; extinguido dicho monopolio por el transcurso del tiempo, el producto intelectual sería un bien mostrenco, que cualquiera podría usar como le diera la gana.
En la visión jurídico-civil de la propiedad intelectual, ésta no gira en torno a las prohibiciones de copia no autorizada, sino que es un derecho perpetuo e irrenunciable de titularidad junto con un derecho exclusivo de uso y disfrute de las ideas descubiertas a salvo de la función social de la propiedad.
Lo que nos parece erróneo en la actual legislación europea y española sobre la propiedad intelectual es la dicotomía entre derechos morales y derechos de explotación 64.
La propiedad ha de ser una titularidad dominical inextinguible 65.
En lugar de estipularse una caducidad de los derechos mal llamados "patrimoniales" (los de explotación) de los herederos del dueño (70 años después de su muerte), lo que debiera establecerse sería un derecho de todos, al cabo de un tiempo, a copiar y distribuir la obra sin pagar ninguna compensación económica; cualquier derecho adicional que se quiera otorgar (como el de unas segundas partes) debería fijarlo claramente la ley, al paso que hoy el art. 41 de nuestra Ley actualmente vigente abre un horizonte indefinido sobre qué sea lícito y qué sea ilícito respecto de las obras de autores que fallecieron hace más de 70 años.
En lo tocante a las obras científicas, la ley tiene que perfilarse mejor para asegurar el respeto al principio de inalienabilidad a favor del autor, a la vez que regular más claramente las servidumbres legales a fin de que se cumpla la función social de esa propiedad intelectual.
A LORENZO PEÑA la vez, las instituciones académicas deben propiciar medios de difusión científica sin ánimo de lucro y no seguir pagando tributo a intereses privados, que distorsionan la vida académica.
No deja de sorprender que, cuando -en las esferas mercantiles y políticas-tanto se habla hoy sobre la importancia de la propiedad intelectual (y cuando, efectivamente, el comercio de productos intelectuales constituye uno de los rubros más voluminosos del tráfico económico internacional), el ordenamiento jurídico siga desconociendo la producción intelectual, a la que a duras penas logra -por vericuetos retorcidos-meter con cuña en alguna clasificación económica.
Nadie ignora que el derecho de marcas es uno de los componentes esenciales del derecho de la propiedad industrial, que a su vez es una de las dos grandes ramas del derecho de propiedad intelectual.
Mas, a su vez, el derecho de marcas se adapta la visión jurídica de la actividad económica, para articular la clasificación las marcas de manera no arbitraria, ajustadamente a las clases en que quepa dividir racionalmente esa actividad.
Es el Arreglo de Niza sobre la clasificación de bienes y servicios a efectos de registro de marcas, de 15 de junio de 1957, el que preside la normativa aplicable en 147 países -incluida España.
En virtud de ese Arreglo se constituyó un organismo internacional, la Unión de Niza -que abarca actualmente a 79 países-, cuyo comité de expertos revisa periódicamente la clasificación, en el marco de la WIPO (organización mundial de la propiedad intelectual), con sede en Ginebra.
La versión original del Arreglo desconocía por completo la noción de producto intelectual o inmaterial, de suerte que había que ir introduciendo casuísticamente diversos tipos de materializaciones de tales productos en los géneros adecuados de sus soportes: los tratados y otros textos científicos, las novelas, los ensayos, los textos de divulgación etc. entraban como impresos -una subclase de la clase 16, la de artículos de papel; las películas entraban como artículos de celuloide en la misma clase 16.
Más recientemente se modificó la clase 9, la de aparatos e instrumentos, para que incluyera los programas de software, acudiéndose así a la ficción jurídica de concebir a esos productos intelectuales o inmateriales como objetos materiales.
No voy a enumerar los asendereados avatares que ha sufrido la incorporación de productos intelectuales, varios de los cuales han ido y venido de unas clases a otras; así los libros y las revistas digitales descargables se incluyeron en la clase 9, y los no descargables -sino sólo accesibles en línea-en la clase 41.
Hoy, sin embargo, es posible a cualquier productor de bienes intelectuales cobijar su marca o nombre comercial en la clase 41 (servicios de educación, formación, esparcimiento y actividades culturales), porque, en sus últimas versiones, vienen clasificados en esa clase estos "servicios": publicación de libros (410024); escritura de textos (410184); publicación de textos (410016); producción de programas de radio y TV (410026); producción
PROPIEDAD INTELECTUAL PRIVADA FRENTE A LA INVESTIGACIÓN COMO SERVICIO PÚBLICO menor |
UN FANTASMA RECORRE EL MUNDO...
Las tres grandes plagas de nuestro tiempo, el SIDA, la tuberculosis y la malaria, afectan a más de 460 millones de personas en el mundo y se cobran 5,6 millones de vidas al año.
Cada 30 segundos, el paludismo acaba con la vida de un niño.
Por otro lado, enfermedades como la anquilostomiasis, la filariasis linfática, el gusano de Guinea, la "ceguera de los ríos", atacan inclementemente a millones de personas en los países pobres y en vías de desarrollo.
El conjunto de estas enfermedades, las que causan más muerte y más sufrimiento en el mundo, son especialmente "selectivas" en sus objetivos 1.
Algunas de estas enfermedades se deben a parásitos, como el anquilostoma o los gusanos que causan la esquisto-miasis y la oncocercosis ("ceguera de los ríos"), y existen fármacos antiparasitarios eficaces.
Sin embargo, éstos no protegen contra una reinfección que, inevitablemente, se produce por las malas condiciones de salubridad e higiene y la carencia de suministros limpios de agua.
Así, millones de personas en el mundo permanecen atrapadas en el círculo crónico de la pobreza y la enfermedad.
Hasta aquí la descripción de una situación pavorosa que se ve agravada por el hecho de que dos mil millones de personas no tienen acceso regular a los medicamentos esenciales que les podrían salvar la vida o mejorar su calidad ampliamente.
Y en cuanto a la asistencia médica, las ratios también son estremecedoramente elocuentes: 50.000 habitantes por médico en el África subsahariana, frente a los 220 en Holanda, pasando por los 400 en Australia, los 900 en Brasil y los 1.700 en la India.
Este cuadro de la vergüenza constituye el marco de nuestra reflexión sobre la investigación farmacéutica y los problemas para el acceso universal a los medicamentos esenciales.
De entrada, son varios los obstáculos que surgen para un acceso generalizado a los medicamentos esenciales que, como hemos indicado, podrían salvar la vida de muchísimas personas y mejorar notablemente su bienestar.
Algunos podemos calificarlos de problemas "externos", ya que se refieren al proceso de producción, distribución y aplicación de los fármacos y pueden englobarse bajo el epígrafe general de "problemas de corrupción".
Otros atañen directamente a la investigación farmacéutica y a la apropiación de sus resultados: son las "enfermedades huérfanas" y el sistema de patentes.
LA CORRUPCIÓN EN EL ÁMBITO SANITARIO
La corrupción en el sector de la salud asciende a tres billones de dólares al año y, si bien la mayoría de los empleados del sector desempeñan sus funciones con diligencia e integridad, hay evidencia de sobornos y fraudes en los servicios de salud, desde pequeños robos y extorsiones a distorsiones masivas de la política y la financiación alimentadas por comisiones ilegales a funcionarios, tal y como ha denunciado en un reciente informe la organización Transparencia Internacional 2.
Este fenómeno se agudiza en los países en desarrollo, donde el riesgo de muerte es mayor por estas prácticas y donde los mecanismos de control de la gestión pública son débiles, hasta el punto que representantes gubernamentales y ciudadanos entrevistados por el Banco Mundial identificaron el sector de la asistencia sanitaria como el más corrupto, por delante de las aduanas y la policía 3.
No obstante, la corrupción también está a la orden del día en los países desarrollados; recuérdese, por ejemplo, el caso de 19 pacientes italianos que fallecieron por válvulas cardíacas defectuosas; los dos médicos involucrados estaban recibiendo pagos de compañías que fabrican y suministran ese equipamiento.
La incompetencia y la corrupción no son privilegios únicamente de los países pobres, como recoge el mencionado informe de Transparencia Internacional.
Existen varias modalidades de corrupción en los sistemas de prestación sanitaria:
-La explotación privada de recursos públicos.
-Los sistemas de compra y suministros poco claros.
-Los aranceles por servicios gratuitos y los gravámenes altos a las medicinas y al equipamiento sanitario.
Los aranceles pueden llegar a ser del 18,3 % en Marruecos y de más del 50 % en Irán; asimismo, Sudáfrica impone un impuesto de venta del 14 % sobre todas las medicinas. -La malversación de fondos públicos que, en los países pobres, proviene especialmente de ayudas externas 4. -Técnicas de mercadotecnia agresivas de las empresas farmacéuticas para "comprar" el apoyo de médicos a medicamentos específicos.
Por ejemplo, médicos de USA recibieron pagos de 400.000 dólares por consultas durante ocho días de trabajo. -Las falsificaciones y productos subestándar, que presentan poca o ninguna atención a las buenas prácticas en la fabricación.
Ante esta situación, se recomienda la transparencia como elemento fundamental para evitar la corrupción en los sistemas de salud:
-Los donantes y gobiernos beneficiarios de asistencia deberían garantizar un fácil acceso a la información sobre proyectos, presupuestos y políticas de salud. -Los presupuestos deberían estar disponibles para todo el público a través de Internet y sometidos a auditorías independientes. -Los trabajadores de la salud y las compañías proveedoras también deberían aplicar códigos de conducta y someterse a entrenamiento contra la corrupción. -Establecer normas sobre conflictos de intereses y habilitación de licencias para ejercer profesiones sanitarias. -Los procedimientos de compra de suministros deben ser competitivos, abiertos y transparentes. -Aplicación rigurosa de las leyes acompañada de normas de protección a los denunciantes de irregularidades.
Como se recogía en el mencionado Informe sobre la Corrupción 2006, el precio de la corrupción en los servicios de salud se paga con el sufrimiento humano:
La corrupción socava la confianza del público en la comunidad médica.
Las personas tienen derecho a esperar que los medicamentos de los cuales dependen sean auténticos.
Tienen derecho a creer que los médicos ponen el interés de los pacientes por encima de sus propios beneficios.
Y por TXETXU AUSÍN mientos de enfermedades de pobres, como algunas de las mencionadas, en la medida en que afectan a poblaciones con bajo poder adquisitivo.
De este modo, la investigación y el desarrollo se orientan hacia una producción que maximiza por encima de todo los beneficios, sin entrar en consideraciones de salud pública mundial, tan sangrantes como el enorme número de afectados por dolencias como la malaria o la anquilostomiasis.
Un informe de la Organización Mundial de la Salud en 1996 indicaba que menos de un 10 % de la investigación sanitaria, tanto pública como privada, se dedica a las enfermedades que afectan a más del 90 % de la población mundial (la conocida como "brecha 10/90").
El dato no se ha modificado un ápice: Un estudio aparecido en mayo de 2006 en The Lancet concluyó que sólo un 1,3 % de las 1.556 medicinas nuevas desarrolladas entre 1975 y 2004 fueron tratamientos para estas enfermedades olvidadas.
Además, como han denunciado especialistas en salud pública, muchos medicamentos no se adaptan a las condiciones de trabajo en los países destinatarios.
Aparte de ser caros, sobre lo que volveremos más adelante, resultan largos, complejos y, además, pueden requerir recursos materiales de los que se carece (como frigoríficos para conservación, equipamiento sanitario especializado, etc.).
EL SISTEMA DE PATENTES
También sucede que hay males que afectan tanto a los países desarrollados como a los países pobres, para los cuales las empresas farmacéuticas desarrollan productos y tratamientos (típicamente, enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes).
Un caso paradigmático es el SIDA, que en los países desarrollados se ha "cronificado", de modo que los nuevos medicamentos han permitido a los afectados vivir más y mejor.
La cruz de la moneda es el alto coste encima de todo, tienen derecho a creer que la industria de los servicios de salud está pensada para curar, no para matar".
(David Nussbaum, Director Ejecutivo de Transparencia Internacional.)
Ya hemos hablado del enorme impacto que enfermedades como la anquilostomiasis, el gusano de Guinea, la oncocercosis, la malaria, el SIDA o la tuberculosis tienen sobre millones de personas.
Sin embargo, muchas de ellas han sido abandonadas por la medicina moderna.
Si en los años sesenta del siglo pasado se acuñó el término "medicamentos huérfanos" para referirse a fármacos potencialmente útiles y efectivos pero no disponibles en el mercado por no ser lucrativos o ser usados en enfermedades "raras" y minoritarias, hoy se ha extendido el concepto para aplicarlo a la carencia de investigación y medicamentos para tratar enfermedades preponderantes en los países pobres.
Esta "orfandad" es doble.
Por un lado, se refiere tanto a la distribución de medicamentos ya existentes pero que han desaparecido del mercado porque no son rentables comercialmente, dada su escasa o nula utilización en los países desarrollados.
El caso de la tuberculosis es representativo de esta situación.
Se trata de una enfermedad causada por bacterias y que tiene cura desde el descubrimiento de los antibióticos.
Prácticamente erradicada en los países desarrollados, en el mundo en desarrollo es un problema de enormes proporciones y que sigue en aumento, afectando a más de 14,5 millones de personas en todo el mundo.
Sin embargo, empresas farmacéuticas como Bayer disponen de nuevos antibióticos, como el moxifloxacin, muy efectivo contra la tuberculosis, pero que la empresa busca comercializar para combatir la neumonía, ya que el tratamiento para la tuberculosis no genera beneficios.
Se da el caso así, como denunciaba Richard Chaisson, profesor de Salud Pública de la Universidad John Hopkins, de que un fármaco efectivo y disponible contra una enfermedad que afecta a millones de personas, se encuentra en el almacén de una compañía farmacéutica 5.
Por otro lado, se ha producido un insuficiente y casi abandono de la I+D para nuevos medicamentos y trata- de estos tratamientos, sometidos a régimen de patente e inaccesibles en los países pobres -donde se concentran ahora la mayoría de los enfermos (9 de cada 10 afectados por el SIDA viven en África, Asia y Latinoamérica).
Las patentes fijan la irreproducibilidad de un procedimiento o una fórmula, estableciendo una situación de monopolio y de explotación unilateral, normalmente durante al menos 20 años.
Esto permite a las empresas fijar los precios de esos productos de modo unilateral, lo que ha convertido al sector farmacéutico en uno de los más rentables y prósperos de la economía mundial, hasta el punto de que la industria farmacéutica obtiene más beneficios que cualquier industria legal del mundo, y el valor combinado de las "cinco grandes" empresas farmacéuticas es superior al PIB de toda el África subsahariana.
Los Acuerdos de la Organización Mundial del Comercio sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (OMC-ADPIC) certificaron en 1994 esta protección de las patentes de los medicamentos y de sus respectivos procesos de producción.
Esto último no es baladí pues, como recordaba el escritor John Le Carré:
En el caso de los medicamentos esenciales, las patentes limitan extraordinariamente su acceso, por la elevación de sus precios y por la promoción de líneas de investigación y producción centradas exclusivamente en enfermedades "rentables".
Normalmente, se aducen modificaciones (pequeñas y no relevantes en realidad) para ampliar y perpetuar las patentes de los medicamentos e impedir la fabricación de genéricos -según un informe de la Alianza Farmacéutica India de los 7.000 "nuevos" productos presentados entre 1995 y 2005 sólo 250 eran realmente nuevos 7.
Más aún, los obstáculos a la producción de medicamentos genéricos se completan con las políticas de exclusividad de datos, que consisten en el impedimento a otras compañías para utilizar los resultados de las pruebas ya existentes a la hora de demostrar que sus medicamentos son equivalentes a los patentados; prohibición de 5 años en USA y de 10 años en la UE.
Esta limitación implica que deben repetirse innecesariamente pruebas clínicas, retrasando y elevando el coste de los medicamentos genéricos.
Un ejemplo reciente de esta presión contra los medicamentos genéricos ha sido el proceso de la multinacional Novartis contra India en el caso del medicamento Glivec, un fármaco crucial para los pacientes que sufren leucemia, tumores estomacales y otras afecciones.
Según la sección 3(d) de la Ley India de Patentes, los medicamentos que existían con anterioridad a 1995 o son modificaciones de medicamentos existentes, no pueden obtener una patente.
Esto ha permitido a las empresas indias continuar produciendo versiones genéricas del medicamento por 2.700 dólares USA al año, frente a la versión patentada de Novartis con un precio aproximadamente diez veces mayor (27.000 dólares USA al año).
Un tribunal de Chennai, India, ha desestimado la petición de la multinacional recientemente.
También Pfizer acaba de perder un juicio similar: Como Novartis en India, Pfizer quiso impedir que otro laboratorio produjera un derivado (una sal) de un fármaco propio, el amilodipino, componente básico del fármaco Norvasc.
Las autoridades de USA no le han dado la razón.
EL CONFLICTO ENTRE MERCADO Y SALUD PÚBLICA
No cabe duda de que el origen del problema del acceso a los medicamentos esenciales se encuentra en la doble condición de los mismos.
Por una parte, en tanto que mercancía y producto industrial, sometido a régimen de propiedad intelectual e industrial, objeto de comercialización, con un concreto y muy rentable valor de cambio y sustento, como hemos dicho, de una de las más florecientes industrias a nivel mundial, la químico-farmacéutica.
Por otra parte, en tanto que bien público y social, como elemento indispensable para cualquier programa de sa-
lud pública dirigido a reducir la morbilidad y mortalidad, especialmente en los países en desarrollo, como herramienta para el tratamiento de enfermedades y dolencias, vinculado al ejercicio de derechos fundamentales como la atención sanitaria y, por ende, la vida.
Atendiendo al valor de la propiedad (intelectual e industrial), se suele aducir que las compañías farmacéuticas han realizado una enorme inversión para que un producto farmacéutico salga al mercado.
No sólo financiando investigaciones, sino también costosas pruebas, ensayos clínicos, preclínicos, autorizaciones, etc. etc. Escasamente 1 molécula de cada 100.000 que se ensayan tiene posibilidades de servir de fármaco por lo que el coste de sacar un nuevo fármaco al mercado es muy elevado.
Y sin embargo, las farmacéuticas han proporcionado unos productos que antes no existían, prestando un servicio público a la sociedad, del que se beneficia mucha gente.
Por todo esto, es razonable y justo que exista un régimen de propiedad (las patentes) que permita a estas empresas recuperar y rentabilizar las inversiones y el esfuerzo realizado ya que estas fórmulas y sus procesos constituyen el principal activo de estas empresas.
Si suprimimos este sistema de propiedad intelectual e industrial, estamos expropiando a las farmacéuticas del mismo modo que si a una empresa le expropian su maquinaria o sus instalaciones.
En definitiva, las patentes constituirían el principal de motor de innovación y creatividad para el sector farmacéutico que garantiza que la explotación del producto cubrirá los enormes gastos en I+D. En última instancia, se aduce que si los fármacos no fueran desarrollados por las farmacéuticas, no existirían.
Más aún, no sólo el derecho a la propiedad privada está reconocido como un derecho humano (art. 17 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948) sino que, más específicamente, el artículo 15.1c del Pacto Internacional por los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 reconoce la protección del copyright: "Beneficiarse de la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora".
Vamos a analizar ahora los argumentos de ambos cuernos del dilema, empezando por los últimos, referidos al valor de los fármacos como mercancía.
Limitaciones al derecho de propiedad y a las patentes
En la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 ya se recogía la propiedad como un derecho sagrado e inviolable pero se permitía la expropiación mediante una indemnización justa y previa cuando así lo exigiera la necesidad pública.
Igualmente, en nuestros días, puede decirse que el derecho de propiedad privada es una libertad típica, reconocida en declaraciones, pactos y convenios internacionales de derechos humanos, pero que no es absoluta; está sujeta a impuestos, limitada por cuestiones de salud pública y medioambientales, restringida por la disponibilidad forzosa de terreno para usos de interés general, etc. Así, el Primer Protocolo del Convenio Europeo de Derechos Humanos dice en su artículo 1: "Nadie podrá ser privado de su propiedad más que por causa de utilidad pública y en las condiciones previstas por la Ley y los principios generales del derecho internacional.
Las disposiciones precedentes se entienden sin perjuicio del derecho que poseen los Estados de poner en vigor las Leyes que juzguen necesarias para la reglamentación del uso de los bienes de acuerdo con el interés general o para garantizar el pago de los impuestos u otras contribuciones o de las multas".
No cabe duda de que la empresa privada es un instrumento esencial para proveer de bienes de interés público a la sociedad, como son el transporte, la alimentación, la educación,... o los medicamentos.
Pero precisamente, al gestionar bienes de interés público, están sometidas a la acción política que se ocupa de las necesidades de la gente en dichas materias y no podrán hacer lo que les venga en gana para obtener una maximización de la rentabilidad -ya hemos mencionado los enormes beneficios netos de las corporaciones farmacéuticas.
Por ello, en la mayoría de los países existen controles de la actividad privada en sectores de interés general e incluso servicios de ese tipo están gestionados por empresas estatales y públicas (piénsese, por ejemplo, en el transporte público en muchas ciudades, en los sistemas de canalización y distribución de agua potable, en la construcción y gestión de vías de comunicación, etc.).
En España, como en otras autodenominadas "economías sociales de mercado", se contemplan explícitamente esos límites a la propiedad privada, como hace la Constitución de 1978 en su artículo 128: "1.
Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere 2001), ratificada por los 142 países adscritos a la OMC, reconoció que los ADPIC pueden y deben ser interpretados y puestos en práctica de manera que apoyen el derecho de los miembros de la OMC de proteger la salud pública y, en particular, de promover el acceso de todos a los medicamentos.
De este modo, se apoyaba la tesis que sostendremos aquí, la de la prioridad del derecho al cuidado sanitario frente al derecho de propiedad representado por las patentes.
Precisamente, la Declaración de Doha propugnaba un mayor período de transición de los países menos desarrollados para otorgar patentes farmacéuticas y dos mecanismos de flexibilización de los ADPIC: la licencia obligatoria y la importación paralela.
La licencia obligatoria (art. 31 de los ADPIC) es una salvaguarda que permite a un gobierno levantar la protección de una patente, sin el consentimiento del propietario, otorgando licencia para que empresas locales produzcan el medicamento o éste se importe de terceros países en forma de genérico.
Se trata de una cláusula incluida por la mayoría de los países en sus legislaciones nacionales sobre patentes.
La importación paralela (art. 6 de los ADPIC) autoriza a procurar el medicamento de marca más barato en el mercado global.
Sin embargo, los acuerdos de Doha han venido incumpliéndose sistemáticamente: Desde países con una poderosa industria químico-farmacéutica, como USA, se ha impulsado la firma de convenios bilaterales (ADPIC plus -Tratados de Libre Comercio, sic) que establecen normas de propiedad intelectual más estrictas, otorgando mayor protección a las patentes farmacéuticas y, consecuentemente, provocando un retraso en la disponibilidad de genéricos.
Por ejemplo, USA está presionando a Tailandia para acordar un Tratado de Libre Comercio que endurezca las normas de propiedad intelectual, poniendo en peligro el exitoso, según el propio Banco Mundial, programa nacional de Tailandia para el tratamiento del SIDA, que ha conseguido proporcionar medicamentos a bajo precio al 90 % de la población que lo necesita.
Estas políticas han sido denunciadas en el Informe de la Organización Mundial de la Salud sobre propiedad intelectual, innovación y salud pública de abril de 2006 8.
Allí se afirma que la OMS debería ayudar a los países a aplicar los ADPIC y facilitar el uso de las licencias obligatorias y de la importación de fármacos producidos bajo esas licencias cuando los países no cuenten con la suficiente capacidad de fabricación -según decisión de la propia OMC, incorporada a los ADPIC en diciembre de 2005.
Hasta hace muy poco ningún país se había atrevido a utilizar esta salvaguarda; Brasil abrió la veda en 2007 cuando decidió romper la patente del Efavirenz, un medicamento para tratar el SIDA producido por el laboratorio Merck Sharp & Dhome.
Para ello adujo razones de salud pública ante la crisis sanitaria que supone la galopante extensión del SIDA en Brasil; y ello a pesar de las enormes presiones recibidas en contra 9.
Precisamente, el informe de la OMS sobre propiedad intelectual ha destacado que los ADPIC no han promovido de manera significativa la I+D farmacéutica pues, si bien ha aumentado el gasto de la industria farmacéutica, la innovación ha disminuido, con un descenso del número de nuevas moléculas químicas y el aumento de los medicamentos "yo-también" (me-too) -fármacos que, como hemos dicho, son ligeras modificaciones de otros ya existentes.
En otro orden de cosas, podemos reconocer que es legítimo recuperar los costes que las empresas farmacéuticas realizan para desarrollar un nuevo fármaco.
Lo es también obtener un beneficio por el riesgo y la inversión realizada.
No lo es en cambio maximizar de forma abusiva ese beneficio a costa de la salud pública de millones y millones de personas.
En primer lugar, recuperar los costes de la investigación no es el objetivo de las empresas farmacéuticas, sino
rentabilizar al máximo sus productos, aunque sea patentando cada paso, cada elemento del proceso de producción y comercialización, aunque sea introduciendo mínimas modificaciones no esenciales en sus productos para perpetuar las patentes y dificultar así el libre acceso a los medicamentos, como hemos comentado ya.
Más aún, estudios independientes confirman que el gasto de sacar al mercado "nuevos" medicamentos no es tan elevado como aducen las compañías farmacéuticas; por ejemplo, no suelen incluir en esa contabilidad las múltiples y generosas deducciones fiscales que estas empresas reciben por dedicarse a la investigación y el desarrollo 10.
En segundo lugar, es un sarcasmo que las multinacionales farmacéuticas aleguen que la fabricación de genéricos, las importaciones paralelas y las licencias obligatorias ponen en riesgo la investigación farmacéutica y su propia viabilidad empresarial, amenazando incluso con despidos y cierre de instalaciones.
Basta con señalar que, de hecho, la industria farmacéutica gasta más inversiones en publicidad y relaciones públicas (lobby) 11 que en la propia vestigación; aproximadamente un 30 % de sus ingresos se invierten en marketing y administración.
Según un estudio de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston, los fabricantes de fármacos de marca en USA emplean un 81 % más de personal en sus departamentos de comercialización que en los de I+D. Y a mayor inversión en publicidad, más alto es el precio de los medicamentos. -Todo esto sin entrar a valorar las técnicas publicitarias utilizadas por las empresas farmacéuticas, agresivas, manipuladoras, poco veraces y tendentes a la "medicalización" de la vida cotidiana 12.
Además, la mayor parte de publicaciones sobre salud subsisten gracias a la abundancia de beneficios procedentes de los anuncios; por ejemplo, al Journal of the American Medical Association le proporcionan siete millones de dólares al año.
En tercer lugar, hay que señalar que muchas de las innovaciones que se atribuye la industria farmacéutica son producto de años y años de investigación básica y aplicada realizada en instituciones públicas de investigación, como las universidades, financiadas con fondos públicos y cuyos beneficios finales sólo contribuyen a incrementar las cuentas de resultados de esas grandes empresas, en detrimento de su rentabilidad social, universal y pública.
Así que, en el complejo proceso de investigación e inno-vación, la industria farmacéutica debe mucho de su éxito a la inversión pública.
En cuarto lugar, hay estudios sociales de la ciencia y la tecnología que indican que el sistema de patentes está frenado el flujo de conocimiento y, en ese sentido, supone una rémora para la investigación y la innovación en vez de un estímulo 13.
Así lo constata también el premio nobel de economía Joseph Stiglitz para quien el problema con el sistema de patentes es la limitación del uso del conocimiento 14.
La utilización estratégica de las patentes para impedir o retrasar la competencia de los genéricos ha llevado a los ya mencionados fármacos "yo-también", que buscan la renovación de patentes mediante variaciones minúsculas o triviales de los productos existentes.
Como reconoce Carlos Correa, uno de los miembros de la comisión de la OMS sobre propiedad intelectual, el sistema de patentes no juega un papel significativo en el acceso a los medicamentos que los pobres necesitan ya que sólo sirven cuando hay mercados que puedan dejar beneficios.
En un reciente Workshop dedicado a la innovación y las patentes 15, la conclusión general de los expertos fue que el régimen de patentes provoca, contrariamente a su intención inicial, el aumento de los costes que supone la innovación, reduciendo los incentivos para invertir en la misma y, por tanto, disminuyendo el nivel de innovación a nivel colectivo.
Si atendemos al conocimiento como un valor fundamental de capital humano, los derechos sobre la propiedad intelectual son una barrera para la circulación de este capital en el mercado.
En definitiva, cuando las barreras de circulación del conocimiento son menores, aumenta el nivel de innovación.
Por el contrario, desde que se fortaleció el sistema de patentes, ha aumentado la inversión en patentes pero este incremento no está acompañado de un aumento similar en la inversión en I+D.
El derecho humano a los medicamentos esenciales
Aunque pueda parecer ocioso recordarlo, el derecho a la asistencia sanitaria y al cuidado de la salud es un precepto recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en su artículo 25, y desarrollado en el Pacto Internacional por los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 (art. 12):
Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental.
Entre las medidas que deberán adoptar los Estados Partes en el Pacto a fin de asegurar la plena efectividad de este derecho, figurarán las necesarias para: a) La reducción de la mortinatalidad y de la mortalidad infantil, y el sano desarrollo de los niños; b) El mejoramiento en todos sus aspectos de la higiene del trabajo y del medio ambiente; c) La prevención y el tratamiento de las enfermedades epidémicas, endémicas, profesionales y de otra índole, y la lucha contra ellas; d) La creación de condiciones que aseguren a todos asistencia médica y servicios médicos en caso de enfermedad.
Ya hemos analizado en otro lugar la importancia de los derechos sociales 17, como la atención sanitaria primaria, en el marco general de los derechos humanos, en línea con la doctrina de las Naciones Unidas sobre la indivisibilidad e interdependencia de todos los derechos humanos, civiles, políticos, sociales, económicos y culturales.
Pero en el caso del cuidado sanitario, su relevancia es aún más evidente y palmaria -como lo muestran claramente todas las encuestas y los sondeos de opinión pública que recogen que el servicio público de mayor interés para las personas es la sanidad, por delante de la vivienda, la educación y la seguridad.
En primer lugar, el cuidado sanitario constituye una necesidad básica, fundamental y prioritaria; lo que precisamos para sobrevivir, para evitar el daño y para funcionar adecuadamente, garantizando una mínima calidad de vida que es necesaria para la autorrealización humana, independientemente de las diferentes concepciones personales de la vida buena.
En segundo lugar, la atención sanitaria está vinculada a una serie de "capacidades funcionales", usando la terminología de Martha Nussbaum y Amartya Sen 18, como la vida, la salud y la integridad corporal, cuya deficiencia supone no sólo deterioro físico sino también privación de libertad real, incapacidad para elegir y disminución de posibilidades.
Así, salud y libertad están vinculadas en la medida en que se precisan unas condiciones dignas y suficientes que hagan posible el ejercicio de la libertad y la misma acción humana 19.
En tercer lugar, puede afirmarse -como hacen algunos juristas-que el derecho a la atención sanitaria primaria es un derecho con personalidad jurídica propia, universal y, por tanto, exigible y sujeto a protección jurídica, del que es titular el individuo, destacándose así el valor individual que tiene el cuidado de la salud, aparte de su valor social 20.
Dicho todo esto, no cabe ninguna duda de que los medicamentos esenciales son la base para cualquier programa
de salud pública dirigido a reducir la morbilidad y la mortalidad, especialmente en los países en desarrollo.
Esto es, el acceso a los medicamentos esenciales es un derecho humano fundamental en la medida en que es un corolario del derecho humano a la atención sanitaria primaria y, por lo tanto, constituyen un bien público a nivel mundial.
Así, la Conferencia de Alma-Ata sobre la atención sanitaria primaria incluyó el suministro de medicamentos esenciales entre las actividades comprendidas en el derecho humano fundamental al cuidado de la salud (art. VII, Declaración de Alma-Ata, 1978, OMS/UNICEF):
Comprende [la atención sanitaria primaria], cuando menos, las siguientes actividades:
-la educación sobre los principales problemas de salud y sobre los métodos de prevención y de lucha correspondientes; -la promoción del suministro de alimentos y de una nutrición apropiada, un abastecimiento adecuado de agua potable y saneamiento básico; -la asistencia materno-infantil, con inclusión de la planificación de la familia; -la inmunización contra las principales enfermedades infecciosas; -la prevención y lucha contra las enfermedades endémicas locales; -el tratamiento apropiado de las enfermedades y traumatismos comunes; -y el suministro de medicamentos esenciales.
La prioridad de la salud pública frente a la propiedad
Llegados a este punto nos vemos obligados a recapitular sobre el conflicto de valores que se concreta en el caso de los medicamentos.
Un conflicto que se refiere, por un lado, a su condición de productos industriales, de mercancías, sujetas a un régimen de mercado y a reglas comerciales; por el otro, como acabamos de comentar, los medicamentos están indefectiblemente unidos al derecho humano a la asistencia sanitaria primaria y constituyen, por ello, un bien público esencial.
Dicho de otro modo, cabe preguntarse si la salud pública y la investigación farmacéutica pueden estar únicamente sometidas a intereses comerciales, como una mera extensión del mercado, sin atender, en definitiva, al derecho humano a la asistencia sanitaria y a criterios de justicia distributiva internacional.
La respuesta ya se ha dejado entrever en los parágrafos precedentes pues, como interpreta el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el derecho más fundamental, más básico, más incontrovertible, el derecho a la vida, nada es sin unas condiciones de atención sanitaria básicas.
Condiciones cuya realización exige la intervención de muchos otros sectores sociales y económicos, además del de la salud (art. 1, Declaración de Alma-Ata, 1978, OMS/UNICEF).
Esto es, el derecho al cuidado sanitario depende no sólo de la intervención en el ámbito estricto de la salud sino también, como hemos visto, en lo que se refiere a la investigación biomédica y farmacéutica así como en recursos alimenticios, agua potable, medio ambiente, educación, etc. La conferencia de la OMS sobre promoción de la salud (Ottawa, 1986) destacaba las condiciones y recursos que son requisitos previos necesarios para la salud: paz, vivienda, educación, alimentos, ingresos, una economía estable, recursos sostenibles, justicia social y equidad.
Más aún, desde una posición egoísta y autointeresada, la investigación y producción farmacéutica en enfermedades olvidadas empieza a ser una exigencia para los mismos países desarrollados, donde el fenómeno imparable de los movimientos migratorios está provocando la aparición de enfermedades típicas de países pobres o que ya se consideraban erradicadas, como es el caso de la tuberculosis.
En definitiva, la prevalencia de la salud pública frente a una investigación y producción farmacéutica únicamente centrada en el mercado constituye una cuestión política de índole global, ya que la salud es un fenómeno social cuyos determinantes no pueden separarse de otros factores sociales y económicos.
La salud es un proceso social y político complejo que requiere la toma de decisiones no sólo a escala sectorial, como ha mostrado la decisión de Brasil.
Por ello, la bioética no puede obviar por más tiempo las cuestiones medioambientales y de justicia global 21.
La falta de conocimientos científicos no es el obstáculo más importante para el desarrollo de medicamentos: se sabe más sobre biología, inmunología y genética de la leishmania y los tripanosomas que de ningún otro parásito.
La laguna tampoco está en la tecnología, que se ha beneficiado enor-
memente de los adelantos recientes.
Al parecer, el mayor obstáculo para que este conocimiento se traduzca en un beneficio real para los pacientes es de índole política (Zumla 2004, pp. 29-30).
Desde este enfoque, una bioética para el mundo contemporáneo deber propiciar la confluencia de las dos interpretaciones clásicas de esta disciplina, la restringida al ámbito de la medicina (Hellegers) y la más global-ambiental (Potter), en la medida en que ambas acaban considerando la interconexión entre las cuestiones de salud pública y las de bienestar individual.
En este contexto, la bioética ha de experimentar una necesaria "politización" en tanto en cuanto la injusticia subyace a la enfermedad y, en consecuencia, su tratamiento requiere decisiones políticas en un entorno global 22.
Por ello, la bioética ha de reforzar el olvidado principio de justicia como una precondición para los demás principios bioéticos clásicos (no-maleficencia, beneficencia y autonomía), a riesgo de convertirse en una "bioética de ricos" centrada en los últimos avances biotecnológicos y en una medicina del deseo 23.
Si atendemos al asunto que aquí nos ocupa, la economista norteamericana Jean O. Lanjouw lo expresa de manera sencilla y clara:
RETOS Y PROPUESTAS PARA LA INVESTIGACIÓN
La situación descrita hasta aquí ha mostrado a una industria farmacéutica centrada en las enfermedades rentables y anclada en un rígido sistema de patentes que ni facilita la innovación, ni promueve el acceso a los medicamentos esenciales que necesitan los programas de salud pública, especialmente en los países en desarrollo 25.
Ante este panorama, ya hemos defendido la prioridad del valor de la salud pública, del derecho a la asistencia sanitaria básica, frente al valor del mercado y a los derechos de propiedad intelectual e industrial.
Sin embargo, cabe ir más allá y preguntarse cómo conciliar la rentabilidad empresarial de las farmacéuticas, necesaria para su viabilidad, con las políticas de salud pública en los países en desarrollo; cómo promover la investigación y la innovación, especialmente en lo que se refiere a las enfermedades olvidadas 26.
Ya se están proponiendo algunas estrategias para alentar la investigación más allá del sistema actual de patentes que, en todo caso, no sería reemplazado sino complementado y modulado, atendiendo a los criterios de salud pública e interés general antes comentados.
Políticas de precios equitativos
Un principio elemental de justicia y proporcionalidad exigiría que los precios de los medicamentos no fueran iguales en todos los países.
Los precios deberían ser similares entre los países con unos patrones de demanda similares y parecidos niveles de renta.
En consecuencia, los países pobres deberían pagar, como mucho, precios próximos al coste marginal o, incluso, recibir los fármacos de modo gratuito 27.
Subyace a este principio una idea de "proporcionalidad" de modo que situaciones de hecho profundamente dispares y diferentes, como las que se dan entre los países desarrollados y los países pobres, han de recibir también tratamientos distintos.
En términos de la teoría política de algunos epígonos de John Rawls (como Charles Beitz, Brian Barry o Thomas Pogge) 28, no cabe sino extender el principio rawlsiano de diferencia a nivel global: "se debe procurar el máximo beneficio de los miembros menos favorecidos de una sociedad", más allá de las fronteras del estado-nación.
Las oportunidades básicas en la vida de una persona no deberían quedar a merced del hecho de haber nacido en un determinado país; un hecho contingente equiparable a la clase, la familia, la riqueza, la raza o el género.
En definitiva, el precio de los medicamentos ha de ser asequible para una población pobre y para el sistema de salud que los sirve, atendiendo a un elemental principio de equidad que busca una "distribución" del bienestar entre el mayor número de personas y países.
En esta línea se enmarca la propuesta de Jean O. Lanjouw y William Jack de modificar las legislaciones de patentes de los países desarrollados de modo que las empresas, a cambio de tener protegida la patente de fármacos que afectan tanto a ricos como a pobres (enfermedades cardíacas, cáncer, diabetes) en los mercados desarrollados, renuncian a ella en los países con una renta per cápita baja
-por ejemplo, inferior a mil dólares al año-, permitiéndose la producción e importación de medicamentos genéricos 29.
Esto permite mantener los incentivos para desarrollar nuevos fármacos, en la lógica coste-beneficio que supone el sistema de patentes y que algunos consideran crucial para desarrollar la investigación farmacéutica.
Estímulo de la investigación para las enfermedades huérfanas
Ya hemos dicho que las limitaciones establecidas por el régimen de patentes no son el único obstáculo para el acceso a los medicamentos esenciales de la mayoría de la población mundial.
La brecha 10/90 claramente el olvido en la investigación de las enfermedades de los pobres, para las que no existen ni fármacos adecuados ni sistemas eficientes de diagnóstico.
Para atajar esta situación se están empezando a desarrollar marcos legales y fiscales que estimulan la I+D en enfermedades tropicales, de modo similar a lo establecido en los países desarrollados para los "medicamentos huérfanos" utilizados en enfermedades raras y poco comunes.
En este sentido, los gobiernos de los países desarrollados y la investigación financiada con fondos públicos tienen una especial responsabilidad en el desarrollo de estos tratamientos, en aras de la mayor utilidad pública.
Otra propuesta para el estímulo de la investigación en enfermedades huérfanas es la de Joseph Stiglitz, quien aboga por un fondo de premios médicos que recompense a quienes descubran curas, vacunas y nuevos fármacos, de modo que la innovación no se dirigiría únicamente a las enfermedades rentables, las enfermedades que afectan a los habitantes de los países ricos, y los beneficios de ese conocimiento se repartirían lo más ampliamente posible 30.
Dado que los gobiernos ya pagan, directa o indirectamente, el costo de gran parte de la investigación farmacéutica a través de los beneficios por prescripción, podrían financiar el fondo de premios que otorgaría los mayores a quienes desarrollaran tratamientos o prevenciones de enfermedades que afectan a cientos de millones de personas.
Un panel científico podría establecer un conjunto de prioridades al evaluar la cantidad de personas afectadas y el impacto sobre la mortalidad y la morbilidad.
En realidad, el sistema de patentes también es un sistema de premios, basado en un poder monopólico temporal que conlleva precios elevados y acceso restringido a los beneficios que se pueden obtener del nuevo conocimiento.
Sin embargo, Stiglitz define su propuesta como un sistema de premios basado en los mercados competitivos, que hacen bajar los precios y propician que los frutos del conocimiento estén al alcance de la mayor cantidad de gente posible.
A ello habría que añadir incentivos mejor dirigidos con más inversión en investigación para enfermedades importantes y menos dinero para marketing inútil y distorsionado.
Partiendo del hecho de que las compañías farmacéuticas no van a invertir dinero en investigar, probar y comercializar tratamientos para enfermedades huérfanas, se están ensayando nuevos modelos de empresas que, usando financiación pública y privada 31, desarrollan medicinas para estas enfermedades -tal es el caso del Instituto OneWorld Health.
Este tipo de empresas sin ánimo de lucro han propiciado la reanudación de producción de medicamentos útiles que ya existían pero que estaban abandonados por su casi nulo uso en los países desarrollados.
Así ha sucedido con la paromomicina, que funciona contra el kala azar o leishmaniasis visceral.
Asimismo, tres cuartos de los representantes del gobierno entrevistados en Bosnia-Herzegovina afirman que un empleo en el sector de la salud pública exige un soborno.
En Ghana, el 25 % de los puestos de trabajo del ámbito sanitario están "a la venta".
4 En Costa Rica, el 20 % de un préstamo por 40 millones de dólares para equipos de salud terminó en "bolsillos privados".
13 El caso del software libre es un caso bastante elocuente de innovación y desarrollo en un entorno abierto, de propiedad compartida y trabajo colaborativo.
Pero lo mismo sucede otros ámbitos dispares, como el de la seguridad y la inteligencia.
Los últimos estudios en este sector mantienen que guardar la información bajo llave, las políticas de secretismo y ocultación de datos, no protegen de los ataques y, por el contrario, evitan que los expertos y analistas encuentren nuevas soluciones a nuevas debilidades que se presenten en el futuro, haciendo que gobiernos y empresas tengan menos alicientes para desarrollar medidas preventivas y de seguridad (Shapiro 2007) 2007.htm [consultado el 30-09-2007].
23 Puyol y Rodríguez, eds.
25 Aunque muchas de estas corporaciones farmacéuticas apelan a la llamada "responsabilidad social de las empresas", los resultados de estas políticas -muchas veces elementos de marketing-en cuanto a la investigación y al acceso de las poblaciones pobres a los medicamentos esenciales es todavía muy exiguo.
26 Todo ello sin entrar a valorar la responsabilidad histórica de las potencias coloniales con muchos de los países actualmente empobrecidos y la deuda que se tiene con ellos.
27 Las grandes industrias farmacéuticas están intentando mejorar su imagen pública a través de programas de donaciones y tratamientos gratis para países en desarrollo.
Sin embargo, el acceso a los medicamentos esenciales no puede ser una cuestión de caridad y de buena voluntad de las grandes empresas farmacéuticas.
Las donaciones no pueden reemplazar a la producción de genéricos que es la forma más sostenible para asegurar que la mayoría de las personas accedan a los medicamentos que necesitan. |
Principios éticos para las investigaciones médicas en seres humanos Adoptada por la 18.a Asamblea Médica Mundial Helsinki, Finlandia, junio 1964
La Asociación Médica Mundial ha promulgado la Declaración de Helsinki como una propuesta de principios éticos que sirvan para orientar a los médicos y a otras personas que realizan investigación médica en seres humanos.
La investigación médica en seres humanos incluye la investigación del material humano o de información identificables.
El deber del médico es promover y velar por la salud de las personas.
Los conocimientos y la conciencia del médico han de subordinarse al cumplimiento de ese deber.
La Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial vincula al médico con la fórmula «velar solícitamente y ante todo por la salud de mi paciente», y el Código Internacional de Ética Médica afirma que: «El médico debe actuar solamente en el interés del paciente al proporcionar atención médica que pueda tener el efecto de debilitar la condición mental y física del paciente».
El progreso de la medicina se basa en la investigación, la cual, en último término, tiene que recurrir muchas veces a la experimentación en seres humanos.
En investigación médica en seres humanos, la preocupación por el bienestar de los seres humanos debe tener siempre primacía sobre los intereses de la ciencia y de la sociedad.
El propósito principal de la investigación médica en seres humanos es mejorar los procedimientos preventivos, diagnósticos y terapéuticos, y también comprender la etiología y patogenia de las enfermedades.
Incluso, los mejores métodos preventivos, diagnósticos y terapéuticos disponibles deben ponerse a prueba continuamente a través de la investigación para que sean eficaces, efectivos, accesibles y de calidad.
En la práctica de la medicina y de la investigación médica del presente, la mayoría de los procedimientos preventivos, diagnósticos y terapéuticos implican algunos riesgos y costos.
La investigación médica está sujeta a normas éticas que sirven para promover el respeto a todos los seres humanos y para proteger su salud y sus derechos individuales.
Algunas poblaciones sometidas a la investigación son vulnerables y necesitan protección especial.
Se deben reconocer las necesidades particulares de los que tienen desventajas económicas y médicas.
También se debe prestar atención especial a los que no pueden otorgar o rechazar el consentimiento por sí mismos, a los que pueden otorgar el consentimiento bajo presión, a los que no se beneficiarán personalmente con la investigación y a los que tienen la investigación combinada con la atención médica.
Los investigadores deben conocer los requisitos éticos, legales y jurídicos para la investigación en seres humanos en sus propios países, al igual que los requisitos internacionales vigentes.
No se debe permitir que un requisito ético, legal o jurídico disminuya o elimine cualquiera medida de protección para los seres humanos establecida en esta Declaración.
B. PRINCIPIOS BÁSICOS PARA TODA INVESTIGACIÓN
En la investigación médica, es deber del médico proteger la vida, la salud, la intimidad y la dignidad del ser humano.
La investigación médica en seres humanos debe conformarse con los principios científicos generalmente aceptados, y debe apoyarse en un profundo conocimiento de la bibliografía científica, en otras fuentes de información pertinentes, así como en experimentos de laboratorio correctamente realizados y en animales, cuando sea oportuno.
Al investigar, hay que prestar atención adecuada a los factores que puedan perjudicar el medio ambiente.
Se debe cuidar también del bienestar de los animales utilizados en los experimentos.
El proyecto y el método de todo procedimiento experimental en seres humanos debe formularse claramente en un protocolo experimental.
Éste debe enviarse, para consideración, comentario, consejo, y cuando sea oportuno, aprobación, a un comité de evaluación ética especialmente designado, que debe ser independiente del investigador, del patrocinador o de cualquier otro tipo de influencia indebida.
Se sobreentiende que ese comité independiente debe actuar en conformidad con las leyes y reglamentos vigentes en el país donde se realiza la investigación experimental.
El comité tiene el derecho de controlar los ensayos en curso.
El investigador tiene la obligación de proporcionar información del control al comité, en especial sobre todo incidente adverso grave.
El investigador también debe presentar al comité, para que la revise, la información sobre financiamiento, patrocinadores, afiliaciones institucionales, otros posibles conflictos de interés e incentivos para las personas del estudio.
El protocolo de la investigación debe hacer referencia siempre a las consideraciones éticas que fueran del caso, y debe indicar que se han observado los principios enunciados en esta Declaración.
La investigación médica en seres humanos debe ser llevada a cabo sólo por personas científicamente calificadas y bajo la supervisión de un médico clínicamente competente.
La responsabilidad de los seres humanos debe recaer siempre en una persona con capacitación médica, y nunca en los participantes en la investigación, aunque hayan otorgado su consentimiento.
Todo proyecto de investigación médica en seres humanos debe ser precedido de una cuidadosa comparación de los riesgos calculados con los beneficios previsibles para el individuo o para otros.
Esto no impide la participación de voluntarios sanos en la investigación médica.
El diseño de todos los estudios debe estar disponible para el público.
Los médicos deben abstenerse de participar en proyectos de investigación en seres humanos a menos de que estén seguros de que los riesgos inherentes han sido adecuadamente evaluados y de que es posible hacerles frente de manera satisfactoria.
Deben suspender el experimento en marcha si observan que los riesgos que implican son más importantes que los beneficios esperados o si existen pruebas concluyentes de resultados positivos o beneficiosos.
La investigación médica en seres humanos sólo debe realizarse cuando la importancia de su objetivo es mayor ANEXOS de edad, el investigador debe obtener el consentimiento informado del representante legal y de acuerdo con la ley vigente.
Estos grupos no deben ser incluidos en la investigación a menos que ésta sea necesaria para promover la salud de la población representada y esta investigación no pueda realizarse en personas legalmente capaces.
Si una persona considerada incompetente por la ley, como es el caso de un menor de edad, es capaz de dar su asentimiento a participar o no en la investigación, el investigador debe obtenerlo, además del consentimiento del representante legal.
La investigación en individuos de los que no se puede obtener consentimiento, incluso por representante o con anterioridad, se debe realizar sólo si la condición física/mental que impide obtener el consentimiento informado es una característica necesaria de la población investigada.
Las razones específicas por las que se utilizan en la investigación que no pueden otorgar su consentimiento informado deben ser estipuladas en el protocolo experimental que se presenta para consideración y aprobación del comité de evaluación.
El protocolo debe establecer que el consentimiento para mantenerse en la investigación debe obtenerse a la brevedad posible del individuo o de un representante legal.
Tanto los autores como los editores tienen obligaciones éticas.
Al publicar los resultados de su investigación, el investigador está obligado a mantener la exactitud de los datos y resultados.
Se deben publicar tanto los resultados negativos como los positivos o de lo contrario deben estar a la disposición del público.
En la publicación se debe citar la fuente de financiamiento, afiliaciones institucionales y cualquier posible conflicto de intereses.
Los informes sobre investigaciones que no se ciñan a los principios descritos en esta Declaración no deben ser aceptados para su publicación.
C. PRINCIPIOS APLICABLES CUANDO LA INVESTIGACIÓN
MÉDICA SE COMBINA CON LA ATENCIÓN MÉDICA 28.
El médico puede combinar la investigación médica con la atención médica, sólo en la medida en que tal inves-que el riesgo inherente y los costos para el individuo.
Esto es especialmente importante cuando los seres humanos son voluntarios sanos.
La investigación médica sólo se justifica si existen posibilidades razonables de que la población, sobre la que la investigación se realiza, podrá beneficiarse de sus resultados.
Para tomar parte en un proyecto de investigación, los individuos deben ser participantes voluntarios e informados.
Siempre debe respetarse el derecho de los participantes en la investigación a proteger su integridad.
Deben tomarse toda clase de precauciones para resguardar la intimidad de los individuos, la confidencialidad de la información del paciente y para reducir al mínimo las consecuencias de la investigación sobre su integridad física y mental y su personalidad.
En toda investigación en seres humanos, cada individuo potencial debe recibir información adecuada acerca de los objetivos, métodos, fuentes de financiamiento, posibles conflictos de intereses, afiliaciones institucionales del investigador, beneficios calculados, riesgos previsibles e incomodidades derivadas del experimento.
La persona debe ser informada del derecho de participar o no en la investigación y de retirar su consentimiento en cualquier momento, sin exponerse a represalias.
Después de asegurarse de que el individuo ha comprendido la información, el médico debe obtener entonces, preferiblemente por escrito, el consentimiento informado y voluntario de la persona.
Si el consentimiento no se puede obtener por escrito, el proceso para lograrlo debe ser documentado y atestiguado formalmente.
Al obtener el consentimiento informado para el proyecto de investigación, el médico debe poner especial cuidado cuando el individuo está vinculado con él por una relación de dependencia o si consiente bajo presión.
En un caso así, el consentimiento informado debe ser obtenido por un médico bien informado que no participe en la investigación y que nada tenga que ver con aquella relación. tigación acredite un justificado valor potencial preventivo, diagnóstico o terapéutico.
Cuando la investigación médica se combina con la atención médica, las normas adicionales se aplican para proteger a los pacientes que participan en la investigación.
Los posibles beneficios, riesgos, costos y eficacia de todo procedimiento nuevo deben ser evaluados mediante su comparación con los mejores métodos preventivos, diagnósticos y terapéuticos existentes.
Ello no excluye que pueda usarse un placebo, o ningún tratamiento, en estudios para los que no hay procedimientos preventivos, diagnósticos o terapéuticos probados.
A fin de aclarar más la posición de la AMM sobre el uso de ensayos controlados con placebo, la AMM publicó en octubre de 2001 una nota de clarificación del párrafo 29 disponible en esta página.
Al final de la investigación, todos los pacientes que participan en el estudio deben tener la certeza de que contarán con los mejores métodos preventivos, diagnósticos y terapéuticos probados y existentes, identificados por el estudio.
El médico debe informar cabalmente al paciente los aspectos de la atención que tienen relación con la investigación.
La negativa del paciente a participar en una investigación nunca debe perturbar la relación médico-paciente.
Cuando en la atención de un enfermo los métodos preventivos, diagnósticos o terapéuticos probados han resultado ineficaces o no existen, el médico, con el consentimiento informado del paciente, puede permitirse usar procedimientos preventivos, diagnósticos y terapéuticos nuevos o no comprobados, si, a su juicio, ello da alguna esperanza de salvar la vida, restituir la salud o aliviar el sufrimiento.
Siempre que sea posible, tales medidas deben ser investigadas a fin de evaluar su seguridad y eficacia.
En todos los casos, esa información nueva debe ser registrada y, cuando sea oportuno, publicada.
Se deben seguir todas las otras normas pertinentes de esta Declaración.
Nota de Clarificación del Párrafo 29 de la Declaración de Helsinki
La AMM reafirma que se debe tener muchísimo cuidado al utilizar ensayos con placebo y, en general, esta metodología sólo se debe emplear si no se cuenta con una terapia probada y existente.
Sin embargo, los ensayos con placebo son aceptables éticamente en ciertos casos, incluso si se dispone de una terapia probada y si se cumplen las siguientes condiciones:
-Cuando por razones metodológicas, científicas y apremiantes, su uso es necesario para determinar la eficacia y la seguridad de un método preventivo, diagnóstico o terapéutico o -Cuando se prueba un método preventivo, diagnóstico o terapéutico para una enfermedad de menos importancia que no implique un riesgo adicional, efectos adversos graves o daño irreversible para los pacientes que reciben el placebo.
Se deben seguir todas las otras disposiciones de la Declaración de Helsinki, en especial la necesidad de una revisión científica y ética apropiada.
Nota de Clarificación del Párrafo 30 de la Declaración de Helsinki
Por la presente, la AMM reafirma su posición de que es necesario durante el proceso de planificación del estudio identificar el acceso después del ensayo de los participantes en el estudio a procedimientos preventivos, diagnósticos y terapéuticos que han resultado beneficiosos en el estudio o el acceso a otra atención apropiada.
Los arreglos para el acceso después del ensayo u otra atención deben ser descritos en el protocolo del estudio, de manera que el comité de revisión ética pueda considerar dichos arreglos durante su revisión.
La Declaración de Helsinki (Doc.
17.C) es un documento oficial de la Asociación Médica Mundial, organismo representante mundial de los médicos.
Nota de Clarificación del párrafo 29, agregada por la Asamblea General de la AMM, Washington 2002.
Nota de Clarificación del párrafo 30, agregada por la Asamblea General de la AMM, Tokio 2004. |
París, 11 de noviembre de 1997 La Conferencia General proclama los principios siguientes y aprueba la presente Declaración:
A. LA DIGNIDAD HUMANA Y EL GENOMA HUMANO Artículo 1
El genoma humano es la base de la unidad fundamental de tu os los miembros de la familia humana y del reconocimiento de su dignidad y diversidad intrínsecas.
En sentido simbólico, el genoma humano es el patrimonio de la humanidad.
Artículo 2 a) Cada individuo tiene derecho al respeto de su dignidad y derechos, cualesquiera que sean sus características genéticas. b) Esta dignidad impone que no se reduzca a los individuos a sus características genéticas y que se respete su carácter único y su diversidad.
El genoma humano, por naturaleza evolutivo, está sometido a mutaciones.
Entraña posibilidades que se expresan de distintos modos en función de entorno natural y social de cada persona, que comprende su estado de salud individual, sus condiciones de vida, su alimentación y su educación.
El genoma humano en su estado natural no puede dar lugar a beneficios pecuniarios.
B. DERECHOS DE LAS PERSONAS INTERESADAS
Artículo 5 a) Una investigación, un tratamiento o un diagnóstico en relación con el genoma de un individuo, sólo podrá efectuarse previa evaluación rigurosa de los riesgos y las ventajas que entraña y de conformidad con cualquier otra exigencia de la legislación nacional. b) En todos los casos, se recabará el consentimiento previo, libre e informado de la persona interesada. si ésta no está en condiciones de manifestarla, el consentimiento o autorización habrán de obtenerse de conformidad con lo que estipule la ley, teniendo en cuenta el interés superior del interesado. c) Se debe respetar el derecho de toda persona a decidir que se le informe o no de los resultados de un examen genético y de sus consecuencias. d) En el caso de la investigación, los protocolos de investigaciones deberán someterse, además, a una evaluación previa, de conformidad con las normas o directrices nacionales e internacionales aplicables en la materia. e) Si en conformidad con la ley una persona no estuviese en condiciones de expresar su consentimiento, sólo se podrá efectuar una investigación sobre su genoma a condición de que obtenga un beneficio directo para su salud, y a reserva de autorizaciones y medidas de protección estipuladas por la ley.
Una investigación que no represente un beneficio directo previsible para la salud sólo podrá efectuarse a título excepcional, con la mayor prudencia y procurando no exponer al interesado sino a un riesgo y una coerción mínimos, y si la investigación está encaminada a redundar en beneficio de la salud de otras personas pertenecientes al mismo grupo de edad o que se encuentren en las mismas condiciones genéticas, a reserva de que dicha
investigación se efectúe en las condiciones previstas por la ley y sea compatible con la protección de los derechos humanos individuales.
Nadie podrá ser objeto de discriminaciones fundadas en sus características genéticas, cuyo objeto o efecto sería atentar contra sus derechos y libertades fundamentales y el reconocimiento de su dignidad.
Se deberá proteger en las condiciones estipuladas por ley la confidencialidad de los datos genéticos asociados con una persona identificable, conservados o tratados con fines de investigación o cualquier otra finalidad.
Toda persona tendrá derecho, de conformidad con el derecho internacional y el derecho nacional, a una reparación equitativa del daño de que haya sido víctima, cuya causa directa y determinante aya sido una intervención en su genoma.
Para proteger los derechos humanos y las libertades fundamenta es, sólo la legislación podrá limitarlos principios de consentimiento y confidencialidad, de haber razones imperiosas para ello, y a reserva del estricto respeto del derecho internacional público y del derecho internacional relativo a los derechos humanos.
C. INVESTIGACIONES SOBRE EL GENOMA HUMANO Artículo 10
Ninguna investigación relativa al genoma humano ni sus aplicaciones, en particular en las esferas de la biología, la genética y la medicina, podrán prevalecer sobre el respeto de los derechos humanos, de las libertades fundamentales y de la dignidad humana de los individuos o, si procede, de los grupos humanos.
No deben permitirse las prácticas que sean contrarias a la dignidad humana, como la clonación con fines de reproducción de seres humanos.
Se invita a los Estados y a las organizaciones internacionales competentes a que cooperen para identificar estás prácticos y a que adopten en el plano nacional o internacionales las medidas que corresponda, para asegurarse de que se respetan los principios enunciados en la presente declaración.
a) Toda persona debe tener acceso a los progresos de la biología, la genética y la medicina en materia de genoma humano, respetándose su dignidad y derechos. b) La libertad de investigación, que es necesaria para el progreso del saber, procede de la libertad de pensamiento.
Las aplicaciones de la investigación sobre el genoma humano, en particular en el campo de a biología, la genética y la medicina deben orientarse a aliviar el sufrimiento y mejorar la salud del individuo y de toda la humanidad.
D. CONDICIONES DEL EJERCICIO DE LA ACTIVIDAD
Las consecuencias éticas y sociales de las investigaciones sobre el genoma humano imponen a los investigadores responsabilidades especiales de rigor, prudencia, probidad intelectual e integridad, tanto en la realización de sus investigaciones como en la presentación y explotación de los resultados de éstas.
Los responsables dé la formulación de políticas científicas públicas y privadas tienen también responsabilidades especiales al respecto.
Los Estados tomarán las medidas apropiadas para favorecer las condiciones intelectuales y materiales propicias para el libre ejercicio de las actividades de investigación sobre el genoma humano y para tener en cuenta las con-ANEXOS internacional del saber científico sobre el genoma humano, la diversidad humana y la investigación genética, y a este respecto favorecerán la cooperación científica y cultural, en particular entre países industrializados y países en desarrollo.
a) En el marco de la cooperación internacional con los países en desarrollo, los Estados deben velar por que: Se prevengan los abusos y se evalúen los riesgos y ventajas de a investigación sobre el genoma humano; Se desarrolle y fortalezca la capacidad de los países en desarrollo para realizar investigacio nes sobre biología y genética humanas; Los países en desarrollo puedan sacar provecho de los resultados de las investigaciones científicas y tecnológicas a fin de que su utilización en pro del progreso económico y social puedan redundar en beneficio de todos; Se fomente el libre intercambio de conocimientos e información científicos en los campos de la biología, la genética y la medicina.
b) Las organizaciones internacionales competentes deben apoyar y promover las medidas adoptadas por los Estados a los fines enumerados más arriba.
F. FOMENTO DE LOS PRINCIPIOS DE LA DECLARACIÓN Artículo 20
Los Estados tomarán las medidas adecuadas para fomentar los principios establecidos en la Declaración, a través de la educación y otros medios pertinentes, y en particular, entre otras cosas, mediante la investigación y formación en campos interdisciplinarios y mediante el fomento de la educación en materia de bioética, en todos los niveles, en particular para los responsables de las políticas científicas.
Los Estados tomarán las medidas adecuadas para fomentar otras formas de investigación, formación y difusión de la información que permitan a la sociedad y a cada uno de secuencias éticas, legales, sociales y económicas de dicha investigación, basándose en los principios establecidos en la presente Declaración.
Los Estados tomarán las medidas apropiadas para fijar el marco del libre ejercicio de las actividades de investigación sobre el genoma humano respetando los principios establecidos en la presente Declaración, a fin de garantizar el respeto de los derechos humanos, las libertades fundamentales y la dignidad humana y proteger la salud pública.
Velarán por los resultados de esas investigaciones no puedan utilizarse con fines no pacíficos.
Los Estados reconocerán el interés de promover, en los distintos niveles apropiadas, la creación de comités de ética independientes, pluridisciplinarios y pluralistas, encargados de apreciar las cuestiones éticas, jurídicas y sociales planteadas por las investigaciones sobre el genoma humano y sus aplicaciones.
E. SOLIDARIDAD Y COOPERACIÓN INTERNACIONAL Artículo 17
Los Estados deberán respetar y promover la práctica de la solidaridad para con los individuos, familias o poblaciones expuestos a riesgos particulares de enfermedad o discapacidad de índole genética.
Deberían fomentar, entre otras cosas, las investigaciones encaminadas a identificar, prevenir y tratar las enfermedades genéticas o aquéllas en las que interviene la genética, sobre todo las enfermedades raras y las enfermedades endémicas que afectan a una parte considerable de la población mundial.
Los Estados deberán hacer todo lo posible, teniendo debidamente en cuenta los principios establecidos en la presente Declaración, para seguir fomentando la difusión
sus miembros cobrar mayor conciencia de sus responsabilidades ante las cuestiones fundamentales relacionadas con la defensa de la dignidad humana que puedan ser planteadas por la investigación en biología, genética y medicina y las correspondientes aplicaciones.
Se comprometen, además, a favorecer al respecto un debate abierto en el plano internacional que garantice la libre expresión de las distintas corrientes de pensamiento socioculturales, religiosas y filosóficas.
Los Estados intentarán garantizar el respeto de los principios enunciados en la presente Declaración y facilitar su aplicación por cuantas medidas resulten apropiadas.
Los Estados tomarán las medidas adecuadas para fomentar mediante la educación, la formación y la información, el respeto de los principios antes enunciados y favorecer su reconocimiento y aplicación electiva.
Los Estados deberán fomentar también los intercambios y las redes entre comités de ética independientes, a medida que sean establecidos, para favorecer su plena colaboración.
El Comité Internacional de Bioética de la Unesco contribuirá a difundir los principios enunciados en la presente Declaración y a proseguir el examen de las cuestiones planteadas por su aplicación y por la evolución de las tecnologías en cuestión.
Deberá organizar consultas apropiadas las partes interesadas, como por ejemplo los grupos vulnerables.
Presentará, de conformidad con los procedimientos reglamentarios de la Unesco, recomendaciones a la Conferencia General y presentará asesoramiento en lo referente al seguimiento de la presente Declaración, en particular en lo tocante a la identificación de prácticas que pueden ir en contra de la dignidad humana, como las intervenciones en línea germinal.
Ninguna disposición de la presente Declaración podrá interpretarse como si confiriera a un Estado, un grupo o un individuo, un derecho quiera a ejercer una actividad o realizar un acto que vaya en contra de los derechos humanos y libertades fundamentales, y en particular los principios establecidos en la presente Declaración. |
Esta selección bibliográfica ha sido realizada en julio de 2007 mediante una búsqueda en la base de datos electrónica Philosopher's Index, cruzando las siguientes palabras clave (opción "cualquier campo"):
Un total de 183 entradas fueron halladas.
De ellas, sólo se seleccinaron las publicaciones posteriores a 1996 relacionadas con 5 subtemas: consentimiento informado, comités de ensayos clínicos, conflicto de intereses, selección de sujetos de investigación y poblaciones vulnerables e investigación biomédica en países en vías de desarrollo.
Esta selección fue completada con referencias que no aparecieron en la primera búsqueda, por tratarse generalmente de fuentes no filosóficas.
Para ello se realizó una búsqueda complementaria (similares palabras clave) en las bases de datos del CSIC (sección Filosofía) y Pubmed, de Medicina.
Debido a la excesiva cantidad de referencias encontradas, sólo se seleccionaron aquellas que, de acuerdo con el criterio del compilador, parecieron más relevantes.
En la bibliografía aparecen por orden alfabético las entradas correspondientes con cada uno de los campos temáticos citados.
Al final de la selección, se incluyen dos apartados: "Monografías", que contiene referencias encontradas a través de una búsqueda en Philosopher's Index (límité "monografías"), y en los sitios de Internet de bioethics.net y Amazon; y "Referencias clásicas", -apartado que incluye algunos textos fundacionales de la ética de la investigación biomédica.
Consentimiento informado en investigación biomédica
ELLIOT, D. y STERN, J. (eds.) (1997): Research ethics. |
Modelos para la investigación con embriones
Los modelos son relevantes para la teoría y para la práctica de la investigación con embriones.
La Ley del año 2007, de investigación biomédica, ejemplifica la posibilidad de regular este tipo de investigación y, al mismo tiempo, establecer condiciones para autorizar proyectos y prácticas.
Por un lado, el modelo gradualista considera que el desarrollo tiene diferentes etapas y, por lo mismo, ha de tener distintos grados de protección.
Por otro, el modelo no gradualista rechaza este tipo de investigación, al defender la protección de la vida humana, desde sus inicios.
Los desacuerdos en torno al tema demuestran que se trata de una cuestión que sigue siendo polémica, en la Unión Europea y en otros países.
El artículo defiende que, en sociedades pluralistas, el respeto por todos los enfoques y modelos llevará a regular la investigación biomédica, no a prohibir prácticas acordes con una determinada noción de la vida humana.
"En el capítulo primero de este título se prohíbe expresamente la constitución de preembriones y embriones humanos con fines de experimentación y se autoriza la utilización de cualquier técnica de obtención de células troncales humanas con fines terapéuticos o de investigación."
En el año 2007 entró en vigor la Ley de Investigación Biomédica, para regular temas tan controvertidos como el uso de las técnicas genéticas, el acceso a datos genéticos de carácter personal y la utilización de células troncales para la investigación.
Se permitirá cuando esta tenga una finalidad terapéutica; en general, la norma establece condiciones y garantías para acceder a innovaciones técnicas que han sido objeto de numerosas controversias a lo largo de los últimos años.
En cierto modo, la legislación ha cruzado una frontera que parecía insalvable poco tiempo antes, ya que los temas de los cuales se ocupan han generado tensiones en la opinión pública, en casi todos los países.
Cabe pensar que la legislación anterior sobre aspectos biomédicos —en especial, la Ley 14/2006 que regula técnicas de reproducción asistida, desde la inseminación artificial, la fecundación in vitro hasta la transferencia de gametos— fue la ocasión para comprobar que pueden haber garantías suficientes para ampliar las posibilidades técnicas y, a la vez, respetar la autonomía de los individuos.
La investigación con embriones in vitro es, tal vez, uno de los temas más sensibles y, por lo mismo, requiere marcos normativos claros.
Esto es, por un lado existen importantes diferencias sobre los avances en investigación biomédica —diferencias e incluso tensiones morales, políticas o ideológicas—, por otro lado estos avances han de ser compatibles con el respeto por las libertades y los derechos fundamentales.
Aun así, el peso que tengan las diferencias y el grado de protección de tales derechos dependerán de la forma de entender el comienzo de la vida.
En este artículo se argumenta que la probabilidad de llegar a acuerdos básicos en torno a la investigación biomédica, y sus límites, dependerá en gran medida del enfoque general, teórico, sobre el desarrollo de la vida humana, gradualista o no gradualista.
(1) La legislación nacional parece haber adoptado el modelo gradualista y, por ello, contempla la protección de la vida, solo que se trata de un tipo de protección acorde con el nivel de maduración.
Las posiciones contrarias a la aplicación de ciertas técnicas biomédicas responden a un modelo completamente distinto, no gradualista y de protección absoluta; este modelo ha sido adoptado en algunos países, los menos, con consecuencias importantes.
En el tema de la investigación con embriones in vitro confluyen, pues, ambos enfoques y con resultados prácticos bien distintos.
En tal sentido, el carácter diagnóstico o farmacéutico de la investigación sería secundario, lo fundamental es el modo de entender y de valorar el desarrollo embrionario.
(2) Los informes, las recomendaciones de expertos y comités, así como la legislación de varios países registran las tensiones entre ambos modelos teóricos.
Teniendo en cuenta el contexto de los debates, el pluralismo que caracteriza a la cultura moral y política contemporánea, no cabe pensar en una protección absoluta de la vida ni en prohibir determinadas técnicas, de lo contrario ¿cómo tomar en serio diferencias y enfoques opuestos?
Es decir, seguirán existiendo discrepancias ideológicas y creencias que puedan llevar a valoraciones encontradas sobre el uso de los conocimientos biomédicos, sobre los límites de la técnica al comienzo o al final de la vida, así como sobre las fronteras de la existencia y la dignidad individual o sobre el significado de la salud y de la muerte.
(3) Con todo, las normas que a todos obligan deberían ser equidistantes o, al menos imparciales, aun sin ser neutrales en origen.
La legislación nacional sobre estos temas confirma que el modelo gradualista no obliga —el modelo no gradualista sigue siendo posible— si bien crea un espacio definido para la investigación con embriones.
No ocurriría lo mismo si solo se atendiera al modelo no gradualista, ya que este excluiría varias técnicas o usos de estas técnicas, en aras de la protección absoluta de la vida.
La conclusión sería, entonces, que las discrepancias entre gradualistas y no gradualistas no han de impedir que se regulen las condiciones generales para la investigación con embriones, contribuyendo a la transparencia y a la seguridad.
No cabe duda de que el tema sigue suscitando tensiones ideológicas, entre la demanda de protección completa y, por otro lado, las garantías proporcionales al nivel de desarrollo.
Ahora bien, tal vez estas tensiones pudieran dar paso a otros debates sobre riesgos y beneficios, sobre motivos reales y motivos aparentes de inquietud, sobre posibles abusos y las garantías necesarias para impedir cualquier probable exceso en el ámbito de la investigación.
Un pluralismo consecuente no puede ignorar creencias e ideologías en liza, pero tampoco eliminará las condiciones que hacen posible la coexistencia de diferentes formas de entender la vida, la salud, la muerte y el uso de los conocimientos.
"«Preembrión»: el embrión constituido in vitro formado por el grupo de células resultante de la división progresiva del ovocito desde que es fecundado hasta 14 días más tarde."
Desde el año 2006, la legislación española regula el uso de preembriones conservados y, por tanto, no empleados tras la aplicación de técnicas de reproducción asistida.
Al margen del interés por distinguir entre embriones y preembriones —hasta catorce días después de la fecundación1—, la normativa especifica las condiciones para el uso y, en su caso, para la donación de estos o de tejidos crioconservados.
La cesión a otros del preembrión con finalidad reproductiva y la cesión a equipos que investigan han de contar siempre con el consentimiento informado de la donante o de la pareja, si la hubiera.
Es más, este procedimiento ha de ser renovado cada dos años, de forma que ningún centro podrá disponer de los preembriones, a menos que demuestren la imposibilidad de obtener la correspondiente autorización de los interesados, incluso cuando haya pasado el plazo establecido para renovar el consentimiento2.
Se entiende que este será siempre por escrito, libre e informado3.
Los requisitos marcados por la ley se refieren también a otros aspectos, como son la mayoría de edad de las donantes, el carácter altruista, no lucrativo de la donación, la confidencialidad del procedimiento y la posibilidad de revocar la decisión tomada por los donantes4.
Los centros en los cuales se realicen las técnicas de reproducción asistida, así como los centros responsables de la conservación de gametos, también aquello en los que tenga lugar la investigación, todos han de contar con la autorización de los organismos competentes.
Lo mismo cabe decir de los equipos biomédicos y de los proyectos5, ya que han de cumplir determinadas condiciones y han de estar supervisados por la Comisión Nacional de Reproducción Asistida.
La autorización es también preceptiva para aquellos centros que practiquen técnicas para la detección de enfermedades hereditarias, como es el diagnóstico preimplantacional, ya que este implica la selección embrionaria6.
La legislación establece, por tanto, varias condiciones y requisitos, a fin de asegurar el respeto por las decisiones de los pacientes y de los afectados, en una línea claramente garantista.
Desde 19887, fecha en que entró en vigor la primera ley sobre el tema, el objetivo básico ha sido impedir el uso encontrado, el tráfico o transporte no autorizado de gametos y óvulos fecundados.
Desde entonces, en España está prohibida la fecundación de óvulos con fines distintos a la procreación8.
Tampoco se permite la donación de gametos y preembriones con fines comerciales9; sin embargo, la existencia de un marco normativo claro para la investigación que pueda afectar a la integridad de los embriones humanos no parece suficiente para quienes defienden el valor absoluto de la vida humana.
En consecuencia, estos rechazan cualquier procedimiento, cualquier práctica que la ponga en riesgo.
A ese respecto, no es significativo que se trate de preembriones, de embriones o de no nacidos, tampoco que haya propósito diagnóstico o terapéutico en la investigación.
Resulta evidente que el debate sobre el uso de embriones10 se ha agudizado desde finales de los años noventa, a raíz de los avances en genética, si bien la raíz de las diferencias sobre el principio y el final de la vida está en el modo de entender el desarrollo humano.
La normativa vigente en España ha seguido el criterio de protección no absoluta de la vida humana, un criterio que han aplicado también varios países del entorno europeo; por tanto, la legislación nacional sobre reproducción asistida y sobre investigación va en la misma dirección que varias recomendaciones e informes elaborados en la Unión Europea.
Existe también continuidad entre la legislación reciente —de 2006 y de 2007— y las normas anteriores sobre esta materia, normas nacionales e internacionales.
Aún así, las últimas leyes han sido cuestionadas por quienes entienden que la vida tiene el mismo valor (Glover, 1999) y merece el mismo respeto en todas las etapas, desde el momento de la fecundación.
En cambio, los enfoques gradualistas insisten en las diferencias entre el ser humano en estado potencial y el seres humanos, por tanto, la experimentación con preembriones (Singer, 1999) es una práctica aceptable, correcta.
Las tensiones han sido y son, pues, evidentes.
Ahora bien, con independencia de las diferencias ideológicas en torno a esta cuestión, el debate sobre estas cuestiones prueba que el modelo gradualista y el no gradualista se basan en premisas opuestas.
- El modelo gradualista ha sido tenido en cuenta en varios documentos, elaborados y suscritos en la Unión Europea, que tratan en forma diferenciada la protección de la vida humana en el ámbito biomédico.
Los matices se aprecian, sobre todo, en el Informe CDBI de 2003 (Steering Commitee on Bioethics, 2003) que se ocupaba de la protección de embriones, reconociendo la existencia de posiciones morales diferentes y la distancia entre seres humanos potenciales y personas.
En consecuencia, adoptaba el modelo gradualista.
En el Informe SEC sobre células troncales (Commission of the European Communities, 2003) estaba también la distinción entre preembriones y embriones, considerando su donación para los proyectos de investigación.
La dificultad para llegar a consenso en la materia era reconocida por la Opinión del GEE —Grupo Europeo de Ética— del año 1998 (Commission Européenne, 1998) sobre aquellos proyectos en la Unión Europea que empleen embriones; por un lado admitía la pluralidad cultural, la diversidad de concepciones morales, por otro recomendaba transparencia en la investigación, aceptando la definición estándar de "preembriones" y las legislaciones nacionales que permitan investigar con ellos.
El tema de los derechos y la protección eran los objetivos del Convenio de Oviedo, de 1997, para el ámbito de la medicina y de la biología.
La traducción normativa del modelo general no ha sido igual en los países europeos; en Francia, la ley 2004-80011 prohíbe la investigación con embriones, si bien admite algunas excepciones, como el consentimiento de la pareja o la finalidad terapéutica.
En cambio, el Informe de 2005 sobre ciencia y tecnología de la House of Commons (2005) distinguía claramente la vida humana con plenos derechos de los estadios anteriores, que requieren otro tipo de protección.
El documento recomendaba que el Reino Unido adoptase una legislación flexible sobre estos temas, pero seguía considerando que la clonación es aun una técnica poco segura y que, además, plantea cuestiones de tipo ético.
No eludía temas controvertidos, como la creación de embriones con fines de investigación (House of Commons, 2005) o la clonación reproductiva, pero mantenía serios reparos con respecto al uso de esa técnica, por sus posibles aplicaciones.
Este informe mantiene el enfoque adoptado años atrás por la Human Fertilisation and Embryology Act (British Parliament, 1990) que, a su vez, seguía de cerca la posición defendida con anterioridad en el Informe Warnock, de 1984 (Committee on Human Fertilisation and Embryology, 1984).
En este, quedaba muy claro el enfoque general, de tipo gradualista, para los temas relativos a la investigación biomédica.
Más allá del espacio europeo, otros países han aceptado también este modelo, asumiendo la tesis de etapas de desarrollo en la vida humana, como demuestran los argumentos empleados por el Advisory Panel on Research del año 2005, en Canadá, para aceptar la investigación con embriones, y rechazar su creación con estos fines o para obtener híbridos (Government of Canada, 2005).
El hecho de que la legislación francesa admita excepciones, que los informes británicos hagan recomendaciones para cada una de las técnicas, que la opinión de los expertos canadienses se refiera a los preembriones y a los embriones, todo ello indica que la protección no absoluta es compatible con la investigación con embriones, siempre que esté regulada y cuente con las garantías apropiadas.
En cualquier caso, la tesis general es que el preembrión y el embrión no tienen el mismo estatus que el nacido (Tauer, 1997); la protección habrá de ser también distinta (Klinkhammer, 2000).
- El modelo opuesto, no gradualista, es la base de normas y documentos restrictivos en esta materia, cuyo objetivo es garantizar la protección absoluta.
En Alemania, la ley de 1990 —Gesetz zum Schutz vom Embryonen (EschG)— pretendía asegurar este aspecto, siendo aún más precisa la normativa del año 2002 sobre investigación con células troncales12, siendo esta aceptable solo bajo ciertas condiciones y con la correspondiente autorización.
En el 2001, la opinión expresada por la Deutsche Forschungsgemeinschaft era aún minoritaria, ya que la opinión más común se parecía bastante a las tesis defendidas por el entonces presidente J. Rau.
El cuestionaba en modo abierto este tipo de investigación y, en general, el uso de las nuevas técnicas al comienzo de la vida; lo hacía en nombre de un progreso científico a medida de los seres humanos.
Con todo, la tesis de que la dignidad de la vida humana no está amenazada por el uso de las técnicas biomédicas ha tenido también defensores en Alemania, como sucede con el jurista y escritor B. Schlink (Schlink, 2002).
Otros autores han interpretado que los desacuerdos éticos en este campo son apenas una muestra del pluralismo alcanzado por la sociedad alemana (Kieckbush, 2002).
En esos mismos años y en Estados Unidos, el President ́s Council daba a conocer sus conclusiones sobre la reproducción asistida, en una línea similar.
El informe de 2004, Reproduction and Responsibility: The Regulation of the New Biotechnologies13, se ocupaba de la investigación con embriones, de las células troncales y de otros temas polémicos en este campo.
Autores como J. Childress han llamado la atención sobre las discrepancias osar técnicas que implican destrucciones de embriones (Childress, 1999).
En una línea similar, P. Lauritzen ha cuestionado la orientación individualista de la investigación que sigue un marcado enfoque liberal, así como el predominio del lenguaje de los derechos en este debate (Lauritzen, 2003).
En cambio, M. Sandel no apreciaba dificultades morales especiales en este tema, la investigación con embriones (Sandel, 2005).
Desde el año 2001, el entonces presidente G.W. Bush ha expresado sus opiniones sobre los embriones in vitro y sobre el uso de las células troncales, así como sobre el valor propio de la vida humana, en todas sus fases (President's Council on Bioethics, 2001).
El argumento de la dignidad intrínseca y del respeto debido a la vida humana potencial ha sido el eje fundamental de las criticas más conocidas de la Iglesia católica hacia los avances biotecnológicos.
A partir de 1987, la Congregazione per la Dottrina della Fede ha llevado está posición doctrinal al debate sobre el uso de células troncales y sobre la investigación con embriones.
Es significativa a este respecto la intervención de arzobispo J.L Tauran en la Pontificia Accademia per la Vita, en el año 2000, ya que sintetizaba bien la posición del Vaticano sobre la experimentación con embriones y el pleno respeto al patrimonio genético (Pontificia Accademia per la vita, 2000).
En los años posteriores se han afianzado algunas de estas tesis sobre la investigación biomédica (Pontificia Accademia per la vita, 2003) y sobre el bien de la vida humana, entendida como unidad personal14.
Es claro que estos principios no son compatibles con el uso de embriones o de preembriones, sea cual sea su finalidad científica.
Las consecuencias de esta doctrina de la Iglesia han sido extraídas en algunos países como Costa Rica.
Desde el año 2000, a resultas de la sentencia de Corte Suprema de Justicia, —Sala Constitucional en San José (Tribunal Constitucional de Costa Rica, 2000)— está prohibida en ese país la fertilización in vitro, por respeto a la vida y a la dignidad humanas.
En este caso y en otros análogos, se entiende que el valor propio de los seres humanos y el respeto riguroso por los derechos fundamentales obligan a fijar límites claros para la investigación que implique a los humanos, sea cual sea el potencial terapéutico de técnicas y de conocimientos.
Los seres humanos no han de ser manipulados ni tratados como productos ni conviene hacer uso de técnicas de consecuencias imprevisibles, abriendo así la caja de Pandora (Tighe, 1999), por así decirlo.
En este modelo, la protección de la vida ha de ser completa15 —para nacidos y no nacidos—, sin excepciones.
Para el modelo gradualista son asimismo fundamentales el respeto por los derechos y el reconocimiento de la dignidad, sin embargo, no se reconoce un momento especial para lo humano (Warnock, 2002).
Según esto, el tratamiento de la vida potencial ha de ser distinto al que corresponde a la vida real.
Se entiende que no procede una consideración idéntica de etapas diferenciadas, ni la protección de los preembriones será como la de los embriones, los fetos, los nacidos.
Por tal razón, admite niveles de protección no absoluta, una tesis que empiezan a asumir países antes reticentes a la investigación con embriones y, en conjunto, al modelo gradualista, como Alemania (Zentralen Ethikkommission, 2001; 2006).
Están, además, las cuestiones ideológicas como trasfondo del debate, estando en el origen de las divergencias sobre el comienzo de la vida; los documentos e informes sobre el tema indican, sin embargo, que el desencuentro comienza con el modelo sobre el que se asientan leyes, interpretaciones y tradiciones.
"Los embriones humanos que hayan perdido su capacidad de desarrollo biológico, así como los embriones o fetos humanos muertos, podrán ser donados con fines de investigación biomédica u otros fines diagnósticos, terapéuticos, farmacológicos, clínicos o quirúrgicos."
La Ley 14/2007 permite investigar con embriones, con finalidad terapéutica y siempre que se cumplan determinadas condiciones.
A este propósito la norma, remite a las sentencias del Tribunal Constitucional que avalaban el enfoque gradualista en este ámbito.
Consecuente con ello, la norma rechaza la creación de embriones con destino a la investigación, al tiempo que acepta el uso de células troncales cuando los proyectos satisfagan determinadas condiciones y estén debidamente autorizados.
Siguiendo este criterio, la ley regula más temas polémicos, como el cribado genético y otras técnicas que implican selección de embriones16, zanjando así algunos de los debates sobre la nueva eugenesia y sobre los abusos que se pueden cometer con la manipulación genética.
Una norma anterior, la Ley 14/2006 (artículo 12), autorizaba el diagnóstico preimplantacional y la selección embrionaria, con el propósito de evitar enfermedades hereditarias y, a su vez, la norma modificaba la legislación precedente —el Real Decreto 2132 del año 200417 y la Ley 42/ 199818—, sobre investigación y sobre reproducción asistida, lo cual indica que el interés por los derechos de los posibles afectados ha prevalecido sobre el rechazo a las técnicas de reproducción y a los ensayos con embriones in vitro.
En todos los casos, la finalidad ha sido la protección de la dignidad y de la integridad de los sujetos de la investigación biomédica, en la línea marcada desde hace algunos años por los informes nacionales19 e internacionales y por las recomendaciones de la Unión Europea, si bien se ha hecho en términos distintos a los de la legislación adoptada en otros países europeos.
Lo cual demuestra que los acuerdos son posibles en el modelo gradualista, siempre que se respeten espacios para la diferencia con otras versiones sobre la vida y su desarrollo.
La Ley 14/2007 regula aspectos básicos, como es la donación de los embriones, la de ovocitos, el modo de obtención de las células embrionarias y los requisitos para realizar cualquier investigación en este campo.
Lo mismo cabe decir sobre las normas anteriores, como la Ley 14/2006, que también establecía varias condiciones para donar y utilizar preembriones, procedentes de las técnicas de reproducción asistida y crioconservados en centros autorizados para ello, y de la primera ley del año 1988.
Ninguno de los procedimientos será posible sin el previo acuerdo de los interesados, la donante y, si fuera el caso, también el de su pareja, asegurándose, además, la confidencialidad de la información sobre todo el proceso y el carácter no lucrativo, altruista, de la cesión de los preembriones a otra pareja o a los centros de investigación.
El consentimiento libre e informado habrá de ser renovado cada dos años20, lo cual indica que la autonomía de los donantes debe prevalecer sobre otro posible interés.
Estas y otras restricciones están destinadas a evitar cualquier tipo de transacción comercial y, en especial, las posibles irregularidades en la donación de tipo internacional21.
En tal caso, quienes procedan de otros países estarán sujetos a las condiciones establecidas por la ley española.
Esto mismo vale para los centros e instituciones extranjeras, evitando así abusos con donantes, como los que fueron descubiertos en centros de Rumania e Inglaterra.
La clonación reproductiva está prohibida en la legislación nacional.
En cambio, la nueva ley sí permite la clonación con fines terapéuticos22.
Con respecto a lo primero, la normativa española sigue el criterio general de la Unión Europea desde 1998 y, sobre todo, desde la Carta de Niza del año 2000.
Tal vez haya que esperar años antes de contar con un espacio integrado para la investigación y para la reflexión bioética en los países europeos, pero algunos temas biomédicos, como este, indican que se han dado pasos para construir acuerdos sobre la materia.
Las diferencias siguen existiendo, la posibilidad de acuerdos también.
Se puede observar, en cambio, opiniones más abiertas sobre este tema en otras tradiciones, judías y musulmanas (Barilan, 2006; Eich, 2006).
La legislación española está, por lo tanto, dentro de este marco que se va construyendo en distintos países, para clarificar los procedimientos y para garantizar las libertades de los ciudadanos.
Por ejemplo, las leyes nacionales y la ley francesa del año 200423 mantienen idéntico criterio sobre la clonación, también en cuanto a la necesidad de prohibir las prácticas eugenésicas.
Ahora bien, no existe tal acuerdo en lo que se refiere a la investigación con embriones, ya que la legislación francesa no la admite, a pesar de que acepte algunas excepciones cuando exista el consentimiento de la pareja.
Esto sucede de nuevo con la procreación asistida, que tiene un tratamiento distinto en las leyes españolas, desde 1998 hasta 2006, y las aprobadas en Francia.
El análisis comparativo indica que, en efecto, hay materias o aspectos en los que es posible alcanzar acuerdos y, al mismo tiempo, hay que admitir soluciones distintas, plurales en otros temas.
La clonación terapéutica es uno de ellos, ya que solo está regulada en algunos países.
Desde esta perspectiva, se puede constatar que la legislación española sobre investigación con embriones mantiene la posición defendida en varios países de la Unión Europea, en torno a cuestiones debatidas como la donación de embriones o la clonación terapéutica y reproductiva.
Solo hay que comparar lo establecido por la Carta de Derechos, del año 2000, sobre protección en temas biomédicos, los argumentos defendidos en el Informe CDBI de 2003 sobre protección de embriones, el Informe SEC sobre el uso de células troncales, así como la Resolución del Parlamento Europeo, del año 2005, en materia de investigación.
Por tanto la regulación nacional parece coherente con enfoque general —pero no unánime24— que se está dando a los temas biomédicos en países de Europa.
Por último, demuestra que el modelo gradualista implica prohibir ciertas técnicas y, al mismo tiempo, aceptar otras que tengan una finalidad terapéutica25, incluida la clonación.
"...la Ley se construye sobre los principios de la integridad de las personas y la protección de la digitad e identidad del ser humano en cualquier investigación biomédica que implique intervenciones sobre seres humanos"26.
El marco normativo que, en algunos países, regula la investigación con embriones —por ejemplo, las leyes españolas de 2006 y de 2007— pretende proteger a los sujetos y garantizar la transparencia de los procedimientos.
Parece, además, el modo más adecuado para definir cuál es el uso legítimo de determinadas posibilidades técnicas y, además, fomentar el desarrollo de buenas prácticas en el campo de la investigación.
Esto es, prácticas que sean eficaces, transparentes y, ante todo, de las que se pueda dar cuenta ante los ciudadanos (López de la Vieja, 2005).
Por el momento, en Europa y en otros contextos culturales, sigue habiendo diferencias significativas en torno a la investigación con preembriones y cómo regularla de la manera más adecuada.
Sin embargo, una mayor información sobre los aspectos técnicos, jurídicos, sociales y morales del tema ha permitido que los argumentos vayan más allá de la aceptación simple o de la crítica ideológica, atendiendo a las razones de quienes valoran la situación de otra forma.
La consideración de la vida humana o el significado que se atribuya a cada una de sus etapas es la clave para llegar a acuerdos más o menos duraderos sobre la protección que merece la vida humana (Hoester, 2002).
Ahora bien ¿y si no hubiera acuerdos?
Es posible, algo habitual en sociedades pluralistas.
Hay que admitir, entonces, que existen aún profundas discrepancias morales, religiosas e ideológicas a propósito de estos temas.
No hay, es probable que no haya una base común (King, 1997) para llegar a acuerdos duraderos.
Pero el pluralismo significa que un modelo no puede excluir a otros.
En tal sentido, hay que subrayar que las versiones gradualistas, que acepan el empleo de preembriones, reconocen que es necesario protegerlos de forma suficiente27.
No obligan, sin embargo, a investigar con preembriones, si las propias convicciones lo impidieran.
En cambio el no gradualismo y la protección absoluta, llevados a la legislación, dejarían poco espacio para otro tipo de convicciones y, ante todo, para otro tipo de investigación.
En suma, el pluralismo —moral, político, ideológico— es un rasgo característico de las sociedades actuales, siendo un primer paso para forjar determinados acuerdos, por mínimos y provisionales que estos sean.
Pero quizás suficientes para regular este tipo de investigación, ofreciendo opciones y garantías que, sin la correspondiente legislación, no existirían en este campo.
Tener en cuenta los modelos básicos, las tipologías, ayuda, sin duda, a separar los elementos ideológicos de los argumentos sobre derechos y sobre usos legítimos de las técnicas.
Las tipologías son siempre generales, aun así ayudan a entender ciertas diferencias.
La versión gradualista reconoce la dignidad de la vida humana potencial y, por tanto, su valor intrínseco.
Al mismo tiempo, establece diferencias relevantes entre la vida real y la vida potencial, de modo que los estadios de desarrollo —preembrión, embrión, feto, etc.— son significativos a la hora de determinar el tipo de garantías o de protección a establecer.
Una protección no absoluta.
En cambio, el enfoque no gradualista concluye que la protección de los embriones y preembriones ha de ser absoluta, habida cuenta de que la vida humana posee dignidad, valor intrínseco, en todas sus fases y, por tanto, merece siempre respeto.
Las variantes religiosas de este modelo refuerzan la idea de que la dignidad o santidad de la vida obliga a la protección sin restricciones.
En este contexto, "vida humana" y "persona" pueden funcionar como sinónimos, quedando todavía más claro que no ha lugar a practicas que supongan daño o riesgo para los seres humanos28, en cualquier etapa.
Por consiguiente, los embriones merecen toda la protección y no deberían autorizarse procedimientos que afecten a su integridad o a su vida.
Sobre estas bases, el acuerdo29 puede ser difícil, aunque no imposible —si se acepta el pluralismo30 como un hecho y como un desiderátum—, una vez se haya asumido que la investigación debe tener una finalidad terapéutica.
Esto es, no se permitirá la clonación con fines reproductivos, las técnicas genéticas han de ser usadas en determinadas condiciones y siempre que se cumplan ciertos requisitos y, en fin, siempre y cuando, se respete la decisión de los agentes afectados, sin cuyo consentimiento no se aplicarán las técnicas.
La primera condición es, por tanto, que los agentes y las instituciones tomen en serio el pluralismo, aunque las doctrinas "omnicomprensivas" —como explicaba J. Rawls (Rawls, 1993, XIII-XXIV)— no favorezcan este tipo de acuerdos, provisionales o por "superposición".
Solo que las doctrinas de este tipo han de compartir espacios y tiempos con las que no tienen la pretensión, de ser omnicomprensivas.
En tal sentido, los valores liberales de la autonomía y la tolerancia resultan más constructivos —no superiores ni inferiores— que los valores absolutos, seculares31 o no seculares.
La investigación con embriones es uno de los temas que mejor ejemplifica las dificultades que tienen los enfoques no pluralistas y no gradualistas para crear acuerdos (Kass, 2004), al dejar poco margen para quienes adoptan diferentes visiones de la vida y de lo real, pluralistas y gradualistas.
En temas biomédicos, el Convenio de Oviedo indica cómo abrir vías para algunos acuerdos provisionales, razonables.
Este documento del año 1997 tiene como objetivo fundamental la protección de los derechos y la dignidad humana, en lo que se refiere a la aplicación de los nuevos avances en medicina y en biología.
Por un lado, el Convenio prohíbe la creación de seres humanos con el único propósito de investigar32.
Por otro, este mismo documento acepta la posibilidad de que la investigación con embriones sea regulada en los países que así lo decidan33, a condición de que aseguren una protección adecuada de los derechos (Council of Europe, 1997).
Visto en conjunto, el Convenio sigue una línea de argumentación que puede parecer ambigua34, al soslayar los inconvenientes de las doctrinas fuertes.
Así pues, cabe pensar que las diferencias, por justificadas e importantes que sean, no tienen por qué cerrar espacios para acuerdos sobre temas que suscitan menos controversia, como son el consentimiento de los donantes, la donación con fines reproductivos35 e incluso la autorización para los proyectos y los equipos responsables de la investigación con preembriones in vitro, procedentes de las técnicas de reproducción asistida.
En definitiva, esta modalidad de investigación con preembriones suele ser valorada de manera muy diferente, pues algunos autores y algunas instituciones entienden que la vida humana potencial y real merece siempre consideración.
Pero la consideración y la protección han de ser proporcionales a su desarrollo.
En cambio, otros autores e instituciones entienden que los seres humanos tienen valor intrínseco y, por tanto, merecen respeto, respeto y protección absolutos.
Nada ni nadie ha de impedir la expresión de opiniones encontradas sobre esta cuestión, tanto si son favorables como si son desfavorables al uso de determinadas técnicas, no cabe duda al respecto.
Sin embargo, las opiniones y creencias personales no tienen por qué traducirse, sin más, en legislación ni en políticas públicas que se decanten por una visión de lo real, una única visión; los individuos tampoco son, sin más, ciudadanos con derechos ni la esfera privada coincide, sin más, con la esfera pública, dos ámbitos relacionados pero bien diferentes36.
Es decir, leyes y políticas públicas han de garantizar que todas las visiones del mundo tendrán cabida, en su correspondiente esfera y sin eliminar alternativas.
La distancia entre regular y prohibir es, pues, considerable, en este como en otros temas controvertidos.
Por último, hay que recordar también que la diversidad de puntos de vista, valores y creencias no tiene por qué ser, por principio, una invitación a la controversia y a tensiones sin fin, sino un rasgo valioso de la cultura, la lengua, las creencias de los europeos, tal y como reconocía el Tratado de Ámsterdam en el año 1997. |
Introducción: Fronteras morales importantes en bioética.
¿Pueden guiarnos nuestras emociones?
El problema de las fronteras morales aparece desde los primeros escritos religiosos y filosóficos hasta las actuales guerras culturales en Estados Unidos y en otros países.
Traspasar, eliminar o incluso desdibujar ciertas fronteras morales se considera frecuentemente como algo incorrecto o pecaminoso.
La bioética se ocupa de las fronteras morales que aparecen en la esfera de la medicina y la ciencia biomédica.
No siempre se puede establecer una equivalencia entre las fronteras morales y las fronteras físicas, biológicas, sociales y legales con las cuales aquellas están asociadas.
En bioética, un ejemplo de este tipo de fronteras lo constituye la línea que distingue al hombre de la mujer, al humano del animal, al humano de la máquina, la vida de la muerte, lo natural de lo artificial, al sí mismo del otro, la salud de la enfermedad y al matar del dejar morir.
Los autores de este monográfico analizan algunas de estas fronteras.
Me gustaría plantear estas discusiones examinando en primer lugar en qué consiste la categoría general de las fronteras e interrogando el modo en que son definidas y mantenidas.
En segundo lugar, exploraré brevemente los motivos potenciales que se pueden ofrecer, tanto para transgredir como para respetar las fronteras.
Tal vez esta taxonomía pueda contribuir a la discusión general sobre las fronteras que tendrá lugar en los capítulos que siguen a esta introducción.
Terminaré argumentando que las fronteras en gran medida son construcciones sociales, que pueden constituir importantes puntos de referencia normativos, aunque no necesariamente.
Al establecer mi taxonomía, ofreceré varios ejemplos breves.
Para responder a la cuestión acerca de cuándo traspasar una frontera constituye también una trasgresión moral, ubicaré mi punto de vista en las democracias liberales, pluralistas y, en el mejor de los casos, comprometidas con ambas cualidades.
Al asumir este punto de vista, rechazaré los argumentos puramente religiosos y también los procedentes de la llamada ley natural, razonando que el discurso racional y secular y la consideración de las pruebas empíricas son los únicos modos sensatos de llegar a acuerdos ante cuestiones acuciantes de biopolítica.
También debemos tener en cuenta el campo en expansión de la sociobiología evolutiva, que ofrece toda una nueva visión sobre cómo las fronteras pueden haberse formado y por qué son mantenidas.
Ahora bien, aunque no debamos postrarnos ante ningún dogma, superstición, tradición fundamentalista ni ante la simple y llana ignorancia, toda creencia debe ser tenida en cuenta cuando lo que está en juego es la construcción de una política social prudente.
¿Cómo se dibujan y se mantienen las fronteras?
La palabra "frontera" generalmente evoca una imagen geográfica —alguna línea física o muro que separa esta parte de aquella—.
Las fronteras geográficas son físicas y las establecen la tradición, los tratados y la ley.
Puede tratarse de fronteras entre países, provincias, ciudades o barrios.
Aunque las razones para establecer este tipo de fronteras pueden ser controvertidas —como, por ejemplo, las fronteras entre Israel y Palestina— existe una línea que los cartógrafos, con la ayuda de instrumentos de medida, fotos de satélite y sistemas GPS, pueden identificar con precisión.
Ellos son los expertos y esta una cuestión científica.
(Por supuesto, una cuestión bien diferente es dónde debería estar la frontera entre Israel y Palestina).
¿Cómo se identifican y localizan específicamente las fronteras no geográficas?
¿Quiénes son los expertos merecedores de la confianza para "vigilar" esas fronteras?
¿Cómo localizan esos expertos exactamente el lugar en que esa frontera se encuentra, para que los demás podamos determinar con precisión a qué lado de la misma nos encontramos?
Si somos informados, podemos decidir no pisar una frontera o, suponiendo que ya la hemos cruzado, volver atrás.
En este punto las cosas no están tan claras, sino que varían dependiendo de cada tipo de frontera que nos ocupe.
La "pericia" que sirve para delinear una frontera tal vez no sea la misma capaz de explicar por qué cruzarla es correcto o incorrecto, aunque aquella pueda ser usada para manipular este último aspecto: relocalizar una frontera suele servir para resolver o agravar dilemas morales.
¿Es la ciencia médica la "guardiana de las fronteras"?
En un momento en el que la ciencia, en particular la ciencia médica, ofrece tantos modelos explicativos para entender el mundo que nos rodea, no sorprende que confiemos en la ciencia para dibujar muchas fronteras importantes y relevantes para la bioética.
Algunos ejemplos de ello lo constituyen la frontera entre la vida y la muerte, entre el hombre y la mujer, entre lo humano y lo animal o entre el humano y la máquina.
Aquí, la ciencia parece ofrecer la más rigurosa de las metodologías.
El conocimiento de la genética, podría pensarse, ofrece un método definitivo para diferenciar las especies —por ejemplo, los humanos de otros animales—.
Pero en realidad, nuestro conocimiento de la genética podría más bien cuestionar la idea de que las fronteras entre las especies tan siquiera existen.
Otro ejemplo lo constituye la frontera entre la vida y la muerte.
A la mayoría de las sociedades modernas les gusta pensar que la ciencia puede identificar una línea clara en este punto.
Sin embargo, nuestra experiencia con la muerte en cuidados intensivos —donde los pacientes conservan varias funciones mientras que han perdido otras que les son mantenidas con máquinas— nos indica lo contrario.
La mayoría de los investigadores que han tratado la cuestión han llegado a la conclusión de que localizar el momento de la muerte en una unidad de cuidados intensivos es ante todo una tarea filosófica o religiosa.
La ciencia médica es secundaria porque mide, y a menudo con extrema precisión, qué funciones se han perdido y cuáles permanecen.
Sin embargo, solo la filosofía o la religión pueden responder la pregunta fundamental: cuáles de esas funciones son esenciales, es decir, cuáles son aquellas cuya pérdida indica la transición del ser humano al cadáver.
Las implicaciones de la línea que separa la vida de la muerte no son en ningún otro contexto más importantes o controvertidas que en el de los trasplantes de órganos, puesto que extraer órganos vitales podría matar a los donantes "vivos".
De ahí que la frontera biológica entre la vida y la muerte interactúe con otra frontera importante: la que separa al matar del dejar morir.
Esta es una frontera descriptiva u ontológica.
Una vez que se ha localizado la frontera entre matar y dejar morir (lo cual no es una tarea fácil, como se verá), la mayoría de las sociedades está de acuerdo en que las personas no deberían ser asesinadas al y para obtener sus órganos.
No sorprende por lo tanto que, en el proceso de pérdida progresiva de las unidades funcionales del ser humano, las instituciones médicas de todo el mundo hayan querido identificar la muerte cuanto antes, pero tratando de preservar simultáneamente tantas funciones como sea posible para facilitar el trasplante.
Esto último lo justifican, bien sea con argumentos filosóficos, bien sea con argumentos científicos, dependiendo de cuáles sean los que con mayor probabilidad acepte su audiencia.
Por ejemplo, mientras que los bioéticos han usado una argumentación filosófica para defender o atacar la integridad del concepto de muerte cerebral, la Academia Pontificia de las Ciencias delegó esa tarea en los expertos neurólogos —en gran medida, porque toda tentativa de encontrar bases teológicas para defender esa idea los habría expuesto a un amargo conflicto sobre la muerte cerebral en el seno de la Iglesia Católica—.
¿Es la filosofía analítica la guardiana de las fronteras?
Algunas líneas fronterizas en bioética no pueden ser delimitadas por la ciencia, porque son esencialmente conceptuales.
Un ejemplo lo constituye el límite entre matar y dejar morir.
La mayoría de las sociedades consideran importante establecer una distinción clara entre ambas prácticas, y muchos filósofos han dedicado grandes esfuerzos para justificar esa distinción, aunque han acabado zozobrando con ella en el horizonte de la alta tecnología médica aplicada al soporte vital.
Cuando la vida es mantenida por máquinas y sofisticados medicamentos, el razonamiento es a menudo reduccionista porque los motivos y la intención de los protagonistas —los pacientes, los familiares y los profesionales de la salud— son frecuentemente ocultos, inconscientes, contradictorios o múltiples.
Otra línea divisoria, definida y defendida por los filósofos, es la que separa lo natural de lo antinatural o artificial.
Aunque el comportamiento humano está enraizado sin lugar a dudas en nuestra estructura genética, en la biología, en la evolución y en el condicionamiento social, la decisión sobre la esencia de la naturaleza humana, y sobre cuáles de nuestros actos son "artificiales" a menudo ha recaído en manos de los filósofos.
¿Son la religión, la tradición y la fe ciega en la autoridad las guardianas de las fronteras?
Durante mucho tiempo la religión ha servido como guardiana de fronteras.
El Mandamiento "no matarás" sigue teniendo un poderoso influjo en la sociedad (a pesar de que casi todas las religiones han avalado el homicidio para sus propios fines).
La ley natural, que condena ciertos actos por ir "contra la naturaleza" tiene sus raíces profundamente enterradas en creencias religiosas.
Sin embargo, la creencia religiosa tiene sus limitaciones —en particular en las sociedades seculares, multiculturales y pluralistas—.
Si mi dios sabe lo que es correcto y el tuyo no, tenemos un problema.
La fe ciega en la autoridad y la tradición también han ejercido de protectoras de las fronteras de forma omnipresente a lo largo de la historia.
Pero la Historia también está llena de ejemplos de cómo esas demarcaciones han causado grandes sufrimientos e injusticia a las mujeres, los homosexuales y a cualquier raza o grupo étnico que tuvo la desgracia de encontrarse en el lado equivocado de la frontera en un mal momento.
Lo que en otra época fue justificado como fronteras cuasi-sagradas, en la actualidad es identificado como sexismo, homofobia o racismo.
¿Por qué querríamos cruzar una frontera?
Varias razones pueden llevar a las personas a querer cruzar una frontera.
Una es la simple curiosidad humana y el amor a la aventura.
Cruzar una frontera puede ser emocionante y también peligroso.
En ocasiones, las personas quieren cruzar una frontera porque se encuentran en el lado equivocado de la misma —por ejemplo, las mujeres que buscan trabajos más atractivos o roles sociales que todavía siguen perteneciendo al "territorio" de los hombres—.
Otras veces, las personas quieren cruzar fronteras para autorrealizarse —por ejemplo, cuando a un hombre le gustan los hombres y solo puede ser feliz siguiendo una forma de vida homosexual—.
Para la bioética, la razón para cruzar fronteras, como ocurre con el uso de las células madre o con la creación de quimeras para la investigación, es curar enfermedades que nos causan a nosotros o a nuestros semejantes grandes sufrimientos.
Los capítulos de este volumen analizan diferentes fronteras: conceptuales, religiosas y biológicas.
A medida que los vaya leyendo, ponga atención a sus propias reacciones cuando se cruce alguna frontera.
Cuando perciba incomodidad u ofensa, examine las razones que le conducen a sentirlas.
Sobre todo, al defender su propia posición, o cuestionar las de los autores que escriben aquí, intente emplear un lenguaje y conceptos que vayan más allá de visiones religiosas o culturales.
Una forma posible de tratar los dilemas contemporáneos de bioética consiste en atrincherarnos en nuestras estrechas comunidades, intentar imponer lo que "sabemos" que es correcto a los demás —a menudo con una actitud de autovalidación moral—.
Una forma mejor de hacerlo es apelando a la beneficencia, la libertad personal y la justicia social como el marco de toda deliberación moral.
Si emprendemos este camino, tendremos la oportunidad de servirnos de pruebas empíricas para refrendar o abandonar nuestras posiciones.
Podemos formular cuestiones que tienen respuestas en el mundo real, como por ejemplo: ¿Se daña o, por el contrario, se ayuda a las personas al transgredir las fronteras tradicionalmente establecidas?
¿Gracias a ellas, los individuos se encuentran realizados, o más bien sometidos?
Que no confiemos en los textos escritos hace miles de años por personas que pudieron ser inteligentes pero que con seguridad ignoraban el mundo que les rodeaba por su miedo y su superstición; que no defendamos ciegamente las tradiciones antiguas, muchas de las cuales resultarán ser, en el crisol de la historia, erróneas y gratuitamente crueles, tampoco implica que debamos apresurarnos ciegamente en alcanzar "un mundo feliz".
Más bien, deberíamos servirnos de las preocupaciones heredadas de nuestros ancestros así como de nuestras intuiciones, para formular preguntas complicadas, reunir pruebas, y deliberar juntos sobre qué daños o beneficios reales podría implicar introducir cualquier cambio en el status quo.
NOTA: este número monográfico de Arbor forma parte de las actividades desarrolladas en el marco del proyecto Kontuz!: Los límites del principio de precaución en la praxis ético-jurídica contemporánea (Plan Nacional de I+D+i, Subprograma de Proyectos de Investigación Fundamental no Orientada - FFI2011- 24414). |
Los desarrollos científicos de nuestro tiempo han enfatizado la continuidad entre los humanos y nuestros parientes antropoides.
Por supuesto, los seres humanos parecen diferentes a los animales no humanos, pero tales diferencias son más bien relativas y no absolutas.
Muchos autores tratan, desde hace tiempo, de rellenar la separación discursiva y artificial entre humanos y animales, separación que ha servido a su vez para justificar la relación de dominio y control sobre los segundos.
Sea como fuere, la progresión de las pruebas no ha resultado siempre convincente.
Seguiremos el camino contrario.
Analizaremos algunos de los argumentos más transitados a la hora de justificar la frontera ser humano-animal y trataremos de mostrar su debilidad, así como la necesidad de avanzar hacia un mundo que sustituya la frontera por criterios prácticos de responsabilidad.
Es obvio que los humanos somos distintos de todos los animales,
como también lo es que hasta en el más mínimo detalle de nuestra
anatomía y estructura molecular constituimos una especie de grandes
Esta contradicción es la característica más intrigante de la
especie humana y, pese a ser de todos conocida, aún nos resulta difícil
comprender cómo ha llegado a producirse y qué significa.
(Jared Diamond, El Tercer chimpancé)
En su instalación Ein Haus für Schweine und Menschen (1997), las artistas performance Rosemarie Trockel y Carsten Höller, aprovechan el potencial crítico y transformador de la obra de arte para enjuiciar la relación hombre-animal.
La construcción aloja a cerdos vivos y también a los espectadores humanos de la instalación, que se convierten en parte del proceso artístico.
Todos comparten un mismo hogar.
Sin embargo, una pared de cristal divide a los seres humanos de los cerdos y permite que los primeros vean a los segundos, pero no al revés.
Además, dentro de la casa, solo pueden verlos, no interactuar con ellos.
La casa dividida de Trockel y Höller representa la barrera artificial entre el animal no humano y el humano.
Al otro lado del cristal nos sentimos seguros.
Es el lugar de los derechos, del observador aparentemente distanciado de su objeto; un lugar, en suma, que justifica una relación de dominio hacia quienes quedan fuera.
Solo hace falta un leve cambio de perspectiva, sin embargo, para ver al observador y al observado formando parte de un hábitat común.
Es más, fuera de la casa, las barreras no existen y los humanos pueden ya tocar y acariciar a los animales.
La instalación nos recuerda que la justificación ontológica de nuestra especificidad con respecto al animal no humano, es una construcción cultural y, como tal, convencional.
La naturaleza no sabe de fronteras, ésas las creamos nosotros.
Aunque abierta a modificaciones históricas, la construcción ontológica y práctica dominante de la relación hombre-animal ha sido siempre la de la rígida frontera entre ellos.
Esta tiene un carácter doble.
Por una parte, es una escisión abierta en el orden de la naturaleza tal y como es concebido por las diversas cosmovisiones históricas.
Por otra, es también una escisión práctica que legitima el dominio y la instrumentalización humana del animal, entendido como un extraño.
Todavía en la actualidad seguimos operando con dos modelos ontológicos diferentes en lo que hace a la distinción humano-animal y a sus implicaciones normativas.
El primero sigue insistiendo en la relevancia de la tesis clásica del salto cualitativo entre el animal no humano y el humano.
El segundo establece, sin embargo, que entre los animales no humanos y los humanos solo existen diferencias gradativas o cuantitativas: solamente hay distintos tipos de animales, entre los que están los humanos.
La tesis de este artículo es limitada.
En el contexto de los dos volúmenes de la revista Arbor destinados a revisar varias fronteras ontológicas convencionales, acogeremos el tratamiento de una de las más quebradizas —aparentemente— de nuestro momento histórico.
Se insistirá en la necesidad de problematizar la tesis del salto ontológico cualitativo entre animales no humanos y animales humanos analizando algunos de los argumentos y criterios más populares para seguir justificando dicho salto y, en consecuencia, la frontera hombre-animal.
No se pretende, sin embargo, tratar las consecuencias normativas de la negación de la misma, lo que nos llevaría a escribir un ensayo diferente.
Pero sí propondremos una serie de cambios "primarios" de corte evaluativo-actitudinal que se desprenden necesariamente del derribe de la frontera y que afectan a la actitud general de los sujetos morales frente a otros animales.
Se insistirá en que no existe un salto cualitativo entre la naturaleza no humana y la humana que la ciencia pueda justificar.
¿Por qué se mantiene aún la tesis del salto cualitativo entre un pequeño grupo de mamíferos (los humanos) y el resto de animales?
Existen varios tipos de razones:
En primer lugar, existen razones proteccionistas, en concreto, el miedo, para justificar la separación estricta de lo humano respecto a lo animal no-humano.
Como señalan Ma Mar Cabezas (2013) y Stuart Youngner en la introducción a este volumen, destruir las fronteras afianzadas histórica y socialmente no es fácil.
Según Mar Cabezas, por ejemplo:
"las fronteras biológicas surgen de la necesidad humana de clasificar y sistematizar, afán bajo el que se encuentra un deseo de simplificar.
Así, estas fronteras evitan que la complejidad de lo real haga tambalear nuestras seguridades al mismo tiempo que nos protegen ante lo desconocido, ante todo aquello que hemos decidido —por alguna razón— colocar más allá de la frontera."
Seguramente, nos costaría, mucho más de lo que ya nos cuesta, transitar por un mundo simbólico-cultural en el cual no fuera posible más que la alusión a la continuidad ontológica.
Seguramente eso multiplicaría los problemas a la hora de crear normas jurídicas e, incluso, obligaciones morales.
Porque es evidente que las fronteras no solo demarcan espacios ontológicos diferentes sino, a la larga, obligaciones e, incluso, derechos diferentes y bien compartimentados y correlacionados con cada grupo de seres.
Como argumenta Ma Mar Cabezas, resultaría angustioso carecer de fronteras para distinguir entre lo marginal y lo normal, la enfermedad y la salud o el niño y el adulto, entre otros; porque esas fronteras terminarán siendo la base sobre la que justificar otras nuevas delimitaciones, esta vez normativas, entre lo respetable y lo indiferente, entre ciertas obligaciones y su ausencia o entre lo permisible y lo sancionable.
No obstante, la utilidad o el miedo no podrán justificar este tipo de artificios convencionales.
Por supuesto, las fronteras o, si se quiere, las demarcaciones, pueden ser necesarias, pero solo bajo razones suficientes que vayan más allá del temor a lo desconocido.
De no existir razones aparentes para justificar una frontera conceptual, podríamos estar incurriendo en un tipo de dicotomía debe-es.
Tal dicotomía resulta falaz en cuanto omite las razones relevantes para llegar a poder concluir que los deberes mantienen una relación relevante con los hechos.
La dicotomía consistiría en afirmar que algo es así (en este caso, la separación ontológico-normativa entre seres humanos y animales no humanos) porque debe serlo ya que, de lo contrario, el mundo sería ingobernable.
Esta parece ser la manera de razonar de Fukuyama cuando afirma que las consecuencias de derribar la frontera serían difíciles de asumir prácticamente (Fukuyama, 2000).
Razones identitarias en negativo
Las razones identitarias en negativo avalan el rechazo a lo animal como lo humano fracasado, deteriorado o caricaturizado.
Según los argumentos en negativo, la animalidad no es otra cosa que un mal sucedáneo de lo humano.
Horkheimer y Adorno expresaron una contundente crítica al intento filosófico de expresión de nuestra dignidad y especificidad a través de la negación de los rasgos animales:
"La idea del hombre se expresa en la historia europea en su diferencia respecto al animal.
Mediante la irracionalidad del animal se demuestra la dignidad del hombre."
Este tipo de abruptas demarcaciones ha servido para apoyar los valores de lo humano a través de la comparación de determinados rasgos de nuestra especie con su ausencia o con su presencia mermada.
Así, por ejemplo, el humanismo hercúleo contrastó la dignitas humana con la ferocitas animal.
El camino vital del hombre era el que distaba entre la irracionalidad instintiva (la ferocitas) y la racionalidad humana (la humanitas) que solo algunos individuos estaban dispuestos a ejercer.
El problema era, sin embargo, que la dicotomía era tan sesgada como injusta.
De hecho, ser racional no es lo contrario a ser "un animal no humano", sino lo contrario a "ser irracional" pudiendo realizar la razón, esto es, siendo humano.
El animal no humano hace lo propio a su naturaleza.
Es el hombre el que —según el humanismo— se aleja de su destino cuando rehúye el estudio o la práctica de las virtudes, por ejemplo.
Tratar de demostrar la dignidad humana en negativo, esto es, anunciando lo que el ser humano no debe ser pero otras especies son, cuenta con problemas argumentativos serios.
En primer lugar, porque el ser humano no puede evitar ser racional, solo abandonar su uso, mientras que otros animales no requieren los razonamientos para sobrevivir y su valor, belleza o estatus es compatible con no tener de forma estándar aquello que no necesitan.
Como señalara Montaigne en su Carta a Raimundo Sanbiunde, bajo esa misma lógica, podríamos compararnos con todas esas cualidades positivas que otros animales poseen y nosotros no. Pero no lo hicimos.
Optamos por ridiculizar a otros seres en cuanto copias degradadas de la humanidad, como cuando se sigue afirmando que "alguien es una bestia" o "un bruto".
Pero, ya lo sabemos, si alguien es irreflexivo o imprudente no es una bestia, sino un ser humano irreflexivo o imprudente.
Las bestias (antiguo sustantivo para todo animal no humano) son perfectas en lo que son y no necesitan ser degradadas a copias deficientes de ser humano.
Razones identitarias en positivo
En tercer lugar, ha sido frecuente el intento de autodefinirnos positivamente como especie, caracterizando nuestra identidad como excluyente y única.
El mérito inherente a nuestra supuesta esencia específica ha tenido consecuencias éticas y sociales evidentes desde tiempos inmemoriales.
Aún hoy sigue teniéndolas cuando muchas de nuestras conductas hacia los animales podrían seguir estando apoyadas —al menos en parte— en cómo somos unos y otros.
Por ejemplo, experimentamos médicamente con casi todos los animales, pero no con los humanos, a no ser en ensayos que no requieran más que males menores para nosotros, estén consentidos autónomamente, y tengan consecuencias importantes para la investigación.
Por supuesto, rechazamos el canibalismo mientras se justifica aún mayoritariamente la alimentación a través de carne animal.
En tercer lugar, incluso muchos de los actores y grupos concernidos con el bienestar de los animales no humanos, justificarían la posesión responsable de animales domésticos, como gatos, perros o caballos, pero rechazarían la de cualquier humano, incluso con consentimiento.
¿Podría decirse, en suma, que hay razones derivadas de propiedades exclusivas de nuestra especie que estén sirviendo para justificar las diferencias de trato entre humanos y no humanos?
Eso parece, aunque de por sí las propiedades físicas u ontológicas no devengan, sin más, en razones éticas.
Pero la razón, el lenguaje o la conciencia han servido históricamente como soportes o bases para argumentos éticos que pudieran consentir el "uso" de animales no humanos y el "no uso" de los humanos.
No es, con todo, objeto de este breve trabajo profundizar en la evaluación de los argumentos éticos a favor de diversas conductas antropocéntricas, entre otras cosas porque estos argumentos son generalmente más complejos —y diferentes— a la explicitación de diferencias ontológicas entre diversos seres.
Más bien haremos lo contrario.
Nos acercaremos a algunos argumentos biológicos, ontológicos o antropológicos que apoyan la exclusividad humana y exploraremos su debilidad implícita.
Por último, señalaremos brevemente cómo la fronterización ontológica, sobre todo cuando esta está apoyada en determinadas propiedades que pudieran fácilmente traducirse en intereses o en la ausencia de ellos, pone más fácil la fundamentación del dominio.
Por contra, la dificultad para marcar fronteras absolutas dificulta al mismo tiempo la de justificar intereses o vulnerabilidades exclusivas del ser humano.
Efectivamente, y como bien señala Dupré, hay rasgos que son únicos en algunas clases de animales.
Por ejemplo, el castor es el único mamífero capaz de digerir madera y el ornitorrinco es el único mamífero venenoso (Dupré, 2007, 105).
Pero, como el mismo autor sugiere, que un rasgo único esté restringido a una sola especie refleja la carencia de diversidad filogenética de su linaje, no el carácter único y especial de dicha especie:
"Probablemente en algún momento solo había una única especie de murciélagos con capacidad de localización acústica, o radar.
Es posible imaginar que, en el futuro distante, habrá muchas especies de mamíferos parlantes y pensantes derivados de nuestra especie."
Además, parece que tenemos más y más evidencia sobre la existencia pasada de varias especies de homínidos, habiéndose encontrado incluso la que parece ser una nueva especie "humana" coetánea a neandertales y sapiens (Krause, 2010).
El pensamiento occidental ha hecho gala de ingentes esfuerzos por justificar cuáles sean nuestros rasgos específicos frente a los "animales", considerados estos como una categoría diferente a la humana.
Significa esto que la filosofía occidental ha postulado que un mosquito, una cigala y un gorila pertenecen a un mismo grupo de seres, a pesar de sus diferencias.
En suma, significa que comparten una esencia que los separa de nosotros y que carecen de otra que solo pertenece a la especie humana.
La "esencia" humana ha sido, pues, caracterizada a partir de una serie de rasgos específicos entre los que destaca la racionalidad, la autoconciencia, el lenguaje, o la cultura.
Como señala Antonio Diéguez, la tesis de la esencia remite a los filósofos de la biología y a los biólogos a la hora de avalar que "hay alguna propiedad poseída desde siempre por todos y cada uno de los miembros de una especie y solo por ellos (se supone que algo así debe ser un requisito básico de cualquier supuesta esencia) (Diéguez, 2005).
El mismo autor también se hace la pregunta de un modo más laxo en el sentido de si hay alguna característica que singularice de una forma cualitativa a la especie humana frente a otras especies animales.
La pregunta es ahora si existe una condición humana, una naturaleza humana, como conjunto de rasgos genotípicos y fenotípicos propios de nuestra especie.
Múltiples autores consideran que sería la cultura y su transmisión en forma de historia la que marcaría la frontera entre humanos y animales.
Y, sin embargo, puede que esta diferencia esté difuminándose y perdiendo sus límites abruptos.
Así lo evidencia la ingente bibliografía surgida sobre todo en la última década sobre el particular.
Sabemos, por ejemplo, que las distintas comunidades de chimpancés tienen pautas diferentes y aprendidas a la hora de cazar hormigas o de hacer uso de las hojas de los árboles (para construir almohadas en el caso de los de Costa de Marfil, o como toallas en el caso de los de Gombe).
Dominantemente, sin embargo, se ha mencionado la autoconciencia como rasgo específico que no solo nos permitirá experimentar el mundo sino saber que lo hacemos.
Entre las múltiples caracterizaciones de la autoconciencia, la de Moltmann es altamente ilustrativa:
"Una vaca siempre será una vaca.
No pregunta ¿qué es una vaca?, ¿quién soy yo? solo el hombre pregunta así."
Algunos estudios muestran, sin embargo, que algún grado de autoconciencia puede existir en algunos chimpancés, orangutanes y delfines (McLean, 2001; Diéguez, 2005, 2).
Esto no significaría que fuesen capaces de reflexionar sobre ellos mismos o sobre su individualidad (reflexividad).
Para algunos autores que defienden cierta autoconciencia animal no humana, los menos exigentes, bastaría con constatar que algunos animales podrían reconocerse en un espejo.
Tanto chimpancés como orangutanes —parece que también los delfines— realizan conductas que —para ser explicadas— requieren reconocimiento de sí mismos —por ejemplo inspeccionan partes de su cuerpo normalmente ocultas a sus ojos, como los genitales, o las muelas; se acicalan, etc. Incluso se sospecha que podrían reconocerse en una foto—.
A la chimpancé Viky se le pidió que se colocara junto a un montón de fotos de chimpancés u otro de humanos y se colocó junto a los humanos (Gärdenfors, 2003).
Tanto elefantes como periquitos gray africanos usan los espejos como ayuda para encontrar objetos (Wise, 2000, 269).
De un modo más exigente, se puede tratar de atribuir cierto grado de autoconciencia en un animal a través de otros indicios más estrictos que el autorreconocimiento corporal.
Así, autores como Antoni Gomila solicitarían que se probase que otros animales poseyeran una teoría de la mente (Gomila, 1997, 2000), es decir, que pudieran comprender los estados mentales de los demás desde un plano intencional, y por tanto, pudieran formarse estados de segundo orden1.
Algunos autores piensan que un síntoma de la existencia de una teoría de la mente en un animal consiste en la atención visual conjunta o la interpretación intencional de engaño.
La atención visual conjunta consiste alternativamente en cruzar miradas con otros y dirigir las miradas a un objeto.
Hay casos que sugieren la intención de engañar, como cuando la chimpancé Viki criada por los Hayes (1951) evitó el castigo del experimentador deteniéndose de repente y fijando su mirada en algo situado a la espalda de este como si observara una persona aproximándose.
Hayes se giró cuando en realidad no había nadie y Viki pudo así escapar (Gomila, 1997, 199).
Más allá de la conciencia en este sentido, podría hablarse de la conciencia moral como capacidad de discriminar entre el bien y el mal.
Jorge Riechmann, entre otros, encuentra en este rasgo (la capacidad ética), junto con nuestra capacidad tecnocientífica (que nos permitiría destruir mundos), nuestra diferencia específica (Riechmann, 2000, 135-42).
Dicha diferencia no obsta para que el propio Riechmann reconozca la continuidad ontológica entre todos los animales.
De hecho, no todos los humanos pueden discriminar entre el bien y el mal, ya por su edad, por accidente o por enfermedad.
La constatación de la diferencia no parece, además, estar reñida con la evolución natural de las mismas, o con una explicación evolutiva de la moralidad o de la capacidad técnica.
En este sentido, la interpretación antes vista de A. Gomila lleva implícita la atribución de cierto tipo de pre-subjetividad moral o de personidad a los grandes primates.
Cabe preguntarse, a este respecto, si todas las conductas altruistas presentes en otras especies animales (en cuanto disminuyen la eficacia biológica del organismo en beneficio de la de otro u otros) tienen explicación biológica (por ejemplo en relación con la supervivencia de la especie).
De hecho, ciertas investigaciones primatológicas, como las de Frans de Waal, o la propia Jane Goodall, entre otros (Waal, 1997, 2008; Goodall, 1986) parecen apoyar la evolución de una tendencia a la simpatía.
Hay animales que, aparentemente, mueren de pena después de perder a un ser querido.
También existen conductas que no pueden explicarse fácilmente si no es apelando a cierta forma de percepción —no mediada por razones evolutivas— de las necesidades del otro y a la respuesta que estas suscitan.
Así, algunos primates ayudan desinteresadamente a algún otro paralítico o lisiado.
Junto a estas conductas hay otras terribles por su violencia o ausencia de preocupación por el otro.
La comprensión de los demás a través de una especie de espejeo neuronal (neuronas espejo) que permite a los primates esa especie de imitación que capta las emociones de otros, deviene un dato fundamental para explicar el origen de la simpatía (Rizzolatti, 2006).
En último término, ¿por qué el que ellos no sean morales —como tampoco lo son algunos humanos en situaciones especiales— les dejaría fuera del alcance de nuestra responsabilidad?
¿Abandonamos a un enfermo sin capacidad moral al destino de la naturaleza?
Aunque no es el cometido de este breve ensayo analizar estrictamente la relación entre ciertas capacidades y el estatus moral (como mérito para ser reconocido como objeto de nuestra responsabilidad), sí que dejaremos constancia de que la capacidad moral no parece condición necesaria para merecer dicho estatus (Velayos, 1996, 2001, 2005, 2008).
¿Y qué decir del lenguaje?
Sabemos que las abejas se comunican a través de su vuelo indicando dónde están las flores para libar.
Parece que tienen incluso dialectos, aunque determinados genéticamente.
Los pájaros disponen de distintos cantos y gritos de alarma, así como de cortejo o de demarcación del territorio.
Los delfines emiten silbidos específicos para identificar objetos concretos.
Y estos son solo algunos ejemplos de formas de comunicación animal.
Incluso si nada parecido al lenguaje humano, es decir, gramatical, pudiera ser encontrado espontáneamente en otras especies, cosa que está aún abierta a la discusión con los últimos hallazgos en comunicación en delfines o chimpancés, esto no significaría nuestra exclusividad.
De hecho, hay humanos que piensan y no pueden hablar, cosa que la filosofía del lenguaje mayoritaria ha renunciado a explicitar.
Steven M. Wise señala a este respecto el caso de su hija Siena quien, con seis meses de edad, podía sumar y restar los números 1, 2, 3 sin conocer una sola palabra (Wise, 2000, 159).
Y es que, en su opinión, "el lenguaje no es necesario para ser consciente", premisa ampliamente defendida en el pasado.
Ahora, prosigue, se sigue sosteniendo como mucho que el lenguaje está tan íntimamente ligado a la conciencia que ambos parecen inseparables.
Pero incluso esta última aseveración puede incurrir en un error lógico, según Wise.
Este admite que sin conciencia no hay lenguaje y que una mente que habla no es igual que una que no habla.
Pero si la conciencia es necesaria para tener lenguaje, el lenguaje no lo es para tener conciencia (Wise, 2000, 158).
Hay humanos que han vivido años sin capacidad de hablar.
Oliver Sacks recuerda entre otros el caso de Joseph, un niño sordo de once años y sin capacidad lingüística.
Sacks constató que Joseph podía dibujar, hacer puzzles visuales y resolver problemas que requerían categorización mental.
No es que no tuviera mente, sino que no la usaba en su totalidad2.
De todos modos, ningún animal no humano parece tener lenguaje en un sentido estricto, si por estricto entendemos el lenguaje gramatical humano, ni capacidad para aprenderlo.
A pesar de los intentos de enseñar lenguajes humanos a chimpancés, bonobos y orangutanes, estas especies carecen de comunicación lingüística en su medio natural, no la desarrollan espontáneamente en un contexto de interacción con humanos, sino solo a través de programas de refuerzo y aprendizaje controlado, y solo en el caso de animales criados en cautividad.
Mientras que respecto a la intencionalidad existen menos dudas a la hora de atribuírsela a los primates, no ocurre así con el lenguaje (Gomila, 1997, 2000):
"Sus emisiones no son propiamente lingüísticas, señala Gomila, en la medida en que carecen de estructura gramatical.
Finalmente se ha puesto en duda que los medios de comunicación desarrollados utilicen propiamente símbolos, esto es, signos convencionales que constituyan un código, en base a que los intercambios comunicativos se restringen únicamente a sus cuidadores, y no a cualquiera que intente comunicarse."
En todo caso, el estudio sobre el lenguaje en otros animales, primates o no primates (como los delfines, por ejemplo), seguirá ofreciéndonos claves importantes para reinterpretar el conocimiento sobre nuestros hermanos evolutivos y las capacidades comunicativas específicas de las distintas especies.
Pero también para acercar a ciertos animales a nuestra frágil condición, ya que el lenguaje, de nuevo, es producto de una larga evolución.
Un chimpancé reconoce signos y combina parejas de ellos.
El bonobo Kanzi, criado a la vez que un niño, era capaz incluso de obedecer órdenes para las que no había sido entrenado.
Sin embargo, la sintaxis, una propiedad emergente, no es una propiedad del lenguaje animal no-humano de acuerdo con el conocimiento actual del mismo.
Blasco resume por qué es importante la sintaxis: "la sintaxis permite hacer autorreferencias; una frase puede componerse de sujeto-verbo-predicado pero a su vez el sujeto y el predicado pueden expandirse en una frase completa cada uno; por ejemplo, > puede pasar a ser >.
La recursividad es la posibilidad del lenguaje de utilizar frases dentro de frases (Blasco, 2011, nota 4, 43).
Pero ni siquiera el lenguaje con sintaxis es un elemento demarcador del ser humano frente al animal.
Hay humanos, como autistas o personas con el "trastorno pragmático del lenguaje" que tienen alterada la sintaxis o no logran ni siquiera hablar.
Por último, y aunque esto no pueda ser desarrollado en esta ocasión, la ausencia de lenguaje no supone para un animal la ausencia de vulnerabilidad ante las interferencias en sus intereses.
En mi opinión, un animal es vulnerable al daño en cuanto es consciente de ese daño, no porque atribuya intencionalidad a su autor, sino simplemente porque lo padezca.
Una rígida frontera ontológica entre el animal y el ser humano es característica de determinados credos religiosos que se han visto cuestionados continuamente por los movimientos de liberación animal.
La tradición de la Iglesia católica, por ejemplo, ha mantenido históricamente que la realidad espiritual del ser humano no se puede explicar por mera reducción a la materia.
Según esto, la espiritualidad no sería un mero epifenómeno de la materia, sino el resultado de un acto creador de Dios.
Esta tesis no es incompatible con la evolución, es decir, con procesos evolutivos desde la vida inorgánica a la vida orgánica y de esta hasta el ser humano.
De hecho, Dios mismo habría sido el impulso y la causa de este proceso evolutivo.
La Iglesia católica acepta la evolución como teoría, no como una mera hipótesis.
Lo que no acepta el catolicismo es la interpretación de la complejidad humana como reducible a la materia.
De ese modo, se niega que el ser humano sea solo un organismo con diferencias cuantitativas —de grado— respecto a otras criaturas.
Lo espiritual no surge de la materia viva.
En suma, y como afirma la Encíclica Humani Generis de Pío XII en 1950, la evolución se acepta en el catolicismo respecto al cuerpo, no respecto al espíritu.
El Papa Juan Pablo II en un mensaje a la Academia Pontificia (Juan Pablo II, 22 Octubre 1996), ratifica su apoyo a la teoría de la evolución y afirma casi en los mismos términos que Pío XII que "si el cuerpo humano tiene su origen en el material viviente que lo precedió, el alma espiritual fue inmediatamente creada por Dios."
Es aquí donde cierta forma de frontera surge en el conjunto de las criaturas de Dios.
Por un lado, está el ser humano que, como imagen de Dios, es portador de una serie de dimensiones espirituales creadas por Dios.
Por otro lado está el resto de las criaturas y el propio cuerpo del hombre, que desaparecerá con su muerte, no así su espíritu.
Esta frontera queda bien expresada por Juan Pablo II en el punto 6 de su mensaje a la Academia pontificia de ciencias.
Allí se refiere a "una diferencia de orden ontológico", a "un salto ontológico".
Esta "discontinuidad ontológica" no reniega de la continuidad física entre los animales y los seres humanos.
Ocurre, sin embargo, que el momento del paso a lo espiritual no es objeto de ninguna observación, advierte el Pontífice:
"La experiencia del saber metafísico, la de la conciencia de sí y de su índole reflexiva, la de la conciencia moral, la de la libertad o, incluso la experiencia estética y religiosa, competen al análisis de la reflexión filosóficas, mientras que la teología deduce el sentido último según los designios del Creador."
Juan Pablo II admitió que "los animales poseen un soplo vital recibido por Dios".
Otra cosa es reconocerles un alma espiritual.
Eso sí, dentro de la Iglesia católica hay quienes, como Mario Canciani, el párroco de San Giovanni, no solo ha insistido en la idea del alma de los animales sino en que, como los humanos, también ellos van al cielo (Canciani, 1990).
No obstante, esta frontera entre el ser humano y el resto de las criaturas no tiene por qué ser entendida de manera que suponga un trato utilitario de los animales no humanos por parte de la humanidad porque esa diferencia es compatible con la hermandad en cuanto criaturas de Dios.
Para el catolicismo, la especificidad humana ha de ponerse al servicio del cuidado, no del desprecio o del maltrato de la naturaleza.
Cuando Dios crea al hombre, le encomienda cuidar a la naturaleza, hacerse cargo de ella.
Solo una interpretación precipitada de los textos bíblicos puede hacer valer la imagen del dominio como opresión y arbitrariedad.
Como afirma Xavier Pikaza, como intérprete de los textos bíblicos, "el hombre es rey de los animales como delegado de Dios.
No ejerce un poder arbitrario, no puede actuar a nivel de capricho o sadismo."
Si el catolicismo hubiera hecho valer la interpretación más ajustada de los textos, quizás no hubiera prevalecido la interpretación que hemos visto en autores cristianos posteriores.
Es a esto a lo Christopher Derrick se refiere en su libro La creación delicada (Derrick, 1972, 35).
Según Derrick, a pesar de que el cristianismo (en sentido amplio) estaba preparado para la veneración de la naturaleza no humana, siguió una dirección diferente.
Con esto caería en la "herejía maniquea" que habría prevalecido -según él- en el cristianismo histórico.
Un mundo teñido y bendecido por la mano de Dios, como es el cristiano cuando no se rinde a la influencia maniquea y a su desprecio hacia la materia, invita —para Derrick— a la piedad cósmica.
Posiblemente la tensión entre la afirmación de la dignidad de todo lo creado y una rígida lectura antropocentrista que enfatiza la frontera ontológica entre el ser humano y el animal, está presente en toda la historia del catolicismo.
No podemos olvidar, con todo, que el Catecismo de la Iglesia Católica reconoce que "el dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto (...) exige un respeto religioso de la integridad de la creación (CA 37-38)".
IMPLICACIONES PRÁCTICAS GENERALES DE ROMPER LA BARRERA
La frontera ontológica entre los humanos y los no humanos ha ido en Occidente de la mano de la formulación ética y jurídica de una frontera práctica.
Seguramente por eso, una labor importante de éticos animalistas como Peter Singer, Tom Regan, Gary Francione o Ursula Wolf, haya consistido en refutar que los animales (o muchos de ellos) no sean capaces de sentir, de sufrir o de tener algún tipo de conciencia, como la implicada en poseer deseos, por ejemplo.
Pero los éticos antropocentristas no dispuestos a que las cosas cambien mucho en cuanto a nuestras prácticas (solo lo suficiente para evitar la crueldad innecesaria), solo han tenido que seguir la estrategia tradicional de fronterización u "otrización" situando la frontera en otro sitio.
En lugar de la capacidad de sentir, pasan a ser relevantes la capacidad lingüística (J. Habermas), el sentido de la justicia (J. Rawls) u otras capacidades o facultades exigentes.
Tanto estos autores como otros anteriores que dibujaron fronteras, señalarían que la frontera no significa la ausencia de una ética animal.
Recordemos que Kant dibujó la frontera entre personas y cosas, pero reivindicó la no-crueldad respecto a los animales no personales: o que Sto.
Tomás, forzado por una visión teleológica finalista, consideró a las criaturas no racionales como ordenadas al ser humano, pero no creyó en que a estas se las pudiera hacer lo que uno quisiera.
Creo, sin embargo, que la frontera hombre-animal termina suponiendo problemas a la construcción de una ética para los animales no humanos, así como creo que —en el caso de las éticas antropocéntricas actuales—, la otrización respecto a los seres no lingüísticos o no morales, termina suponiendo también problemas para la construcción de una ética per se.
Los exigentes criterios de inclusión en la comunidad moral de la mayoría de éticas del siglo XX-XXI ponen en dificultades a las mismas para explicar por qué tenemos deberes hacia los niños, lo que choca con las intuiciones morales más arraigadas de la humanidad.
Por tanto, creo que la justificación de una frontera ontológica entre el ser humano y el animal de la que se puedan extraer consecuencias éticas relevantes (sin necesidad de incurrir en falacia naturalista), sí tiene consecuencias prácticas.
Implica, como poco, una actitud, llamémosla de dominio, de superioridad, de "te lo doy, pero no porque tú me lo puedas exigir", que hace muy difícil la consolidación de una verdadera responsabilidad hacia los animales.
Se conoce como "otrización" a la separación del hombre respecto a la naturaleza (Plumwood, 1993).
Está claro que, salvo en determinadas cosmovisiones, para las cuales el respeto deriva del reconocimiento de aquello respetable como un "otro" (Reed, 1989), la estrategia más común para dominar a un grupo de seres consiste en separarlos respecto al conjunto de los sujetos que mantienen relaciones entre ellos.
Una de las claves de la construcción de esta separación o frontera entre los humanos y la naturaleza, como si los primeros no fueran naturales, es la identificación, tal y como la define K. Burke (1969, 264).
Consiste en un acto simbólico o retórico de agrupamiento.
Y, según Burke, la consustancialidad juega un papel determinante en la manera cómo los individuos se identifican con el otro o los otros (Sowards, 2006, 48).
De una manera arbitraria ya superada a nivel de lo teórico, algunas "éticas" tribales justificaban los límites del respeto a partir de la pertenencia a la tribu.
Por otra parte, la ética occidental en diversos momentos excluyó a las mujeres, los indígenas o los esclavos por entender erróneamente que no eran propiamente racionales.
Con la Modernidad, la ética da un salto teórico importantísimo al apostar por la universalidad y al reconocer a todo ser humano como digno de respeto.
Desde entonces, la ética justifica de diversos modos la exclusión del otro animal de la comunidad moral y el agrupamiento de los humanos en torno a una característica común suficientemente importante como para dibujar los límites de los derechos y del reconocimiento moral.
Esta característica suele ser en la actualidad la agencia moral y, según otra versión, el ser persona.
El problema es, sin embargo, que no es tan fácil que dichas características se reconozcan sin problema a toda la especie humana en todas sus situaciones (como, por otra parte, resulta intuitivo) sin que puedan reconocerse también —en algún grado— en otros seres evolutivamente cercanos, como los grandes primates.
En terminología de la ecofeminista Karen Warren (1998), se trataría de una lógica de la dominación.
Toda lógica de la dominación establece una separación dualista ente categorías (varón/mujer; ser humano/naturaleza).
Dicha separación cobra la forma de jerarquía, siendo la primera categoría superior a la segunda y justificando esa superioridad el dominio sobre la segunda.
De todos modos, esta lógica que ha marcado el devenir de nuestras relaciones con los animales en Occidente (así como también en el pasado la exclusión de las mujeres o los humanos negros de la comunidad moral), no es la única posible.
Pensemos por un momento en aquellas cosmovisiones con implicaciones éticas, como la de determinados indios norteamericanos.
Las diferencias entre hermanos animales (humanos y no-humanos) no marcan en absoluto las diferencias de respeto.
¿Por qué habría de ser mejor la razón que el adorado vuelo del pájaro, por ejemplo?
En estas cosmovisiones, la identificación se extiende a toda la naturaleza animal e incluso no animal. solo la necesidad de sobrevivir justifica para ellos la muerte de un jabalí u otro animal.
Y, entonces, se realiza un ritual en señal de perdón cada vez que se mata a un hermano animal.
Según Warren o Plumwood, lo esencial de la postura mayoritaria en Occidente es la construcción de una frontera estricta y vertical entre los seres superiores y los inferiores.
La capacidad para construir racionalmente nuestras vidas sería la característica atribuida históricamente a los seres superiores (hombres o seres humanos) frente a los inferiores.
Más allá de esta postura, el animalismo desarrollado en Occidente a partir sobre todo del siglo XIX, va a insistir en nuevas características de entrada al club moral, en concreto la capacidad de sufrir (P. Singer, por ejemplo), o la de tener creencias y deseos y sentido del futuro (T. Regan, en concreto).
La posibilidad de identificación ha aumentado, pero ¿ha variado necesariamente la lógica del reconocimiento?
Creo que sí, sobre todo porque el animalismo ha requerido la naturalización del animal humano.
En todo caso, la lógica reinvindicada aquí no es dualista (el mundo es heterogéneo y repleto de valores diferentes) ni jerárquica (pues no hay características naturales mejores ni peores per se ni seres superiores ni inferiores).
¿De dónde proceden las diferencias de trato hacia seres diferentes, pues?
Es evidente que la ética, sobre todo a partir de la Modernidad, constituye un quehacer específico y diferente con respecto a la ontología u otro tipo de argumentos sobre el ser.
Y es precisamente el origen subjetivo de la ética (aunque no desgajado de los hechos) el que convierte a los sujetos morales en los únicos soportes de la ética.
Los criterios ontológicos son posteriores y no anteriores (fundantes, determinantes) a la comunidad moral.
Estas razones, por su parte, se refieren a características (capacidad de sentir, de sufrir, de tener emociones primarias, de autonomía, de relación, etc) en cuanto llevan aparejadas la posibilidad de tener intereses, necesidades, o un vulnerabilidad/dignidad.
Por otro lado, no son fácilmente atribuibles a tipos de seres de forma específica, pues evolucionan y no aparecen ex nihilo en la naturaleza.
Esto complejiza la labor del reconocimiento moral de otros seres.
Así, pues, uno de los méritos de la ética ecofeminista, entre otras, es haber enfatizado que las razones del posible reconocimiento moral de otros seres (como los animales) no derivan de la superioridad ontológica de los seres reconocidos frente a otros (plantas, etc.).
Surgen del reconocimiento, a través de la empatía y de la razón, de otros animales debido a su vulnerabilidad y a la posibilidad —nuestra— de sentir con ellos.
Pero también emergen de la comprensión de sus necesidades, intereses o valor.
En este sentido, algunas características de algunos animales, como (1) que puedan establecer diferencias entre ellos mismos —y lo que les sucede— y otros individuos distintos, o (2) que puedan sentir placer y dolor, son claves para que los agentes morales podamos empalizar y reconocer su vulnerabilidad elocuente ante nosotros.
Pero no hay "rasgos absolutos", surgidos ex nihilo en el ser humano; más bien acontecen importantes parecidos de familia entre nosotros, sofisticado polvo de estrellas, en suma, y otros seres maravillosos con los que compartimos una atmósfera y un planeta verde y azulado.
A partir de aquí, deberíamos empezar a hablar de una ética amplia, interespecífica y no solo humana, entre cuyas mimbres se encuentra una ontología continuista.
Ese cometido, sin embargo, supera los objetivos de este trabajo. |
Ni vivo ni muerto, sino todo lo contrario.
Reflexiones sobre la muerte cerebral
Determinar el momento exacto en que tiene lugar la muerte siempre ha sido un problema de difícil resolución.
Las propuestas tradicionales y contemporáneas para justificar los criterios legales de determinación de la muerte se han visto condicionadas por intereses sociales —en particular, recientemente, relativos a los trasplantes de órganos—.
Los criterios legalmente aceptados para declarar la muerte siguen careciendo de soporte conceptual o científico.
En este contexto de ausencia de consenso sobre la demarcación exacta de la frontera entre la vida y la muerte, estas son algunas de las preguntas que abordo en este artículo: ¿Cómo podemos definir la muerte?
¿Es la determinación de la muerte una tarea basada únicamente en hechos, o también en juicios de valor?
¿Equivale la muerte cerebral a la muerte humana?
¿Qué papel le corresponde a la bioética en los debates relativos a la determinación de la muerte y la obtención de órganos?
El lenguaje común y la ley asumen que vida y muerte son dos fenómenos claramente diferenciados y opuestos.
A pesar de ello, muchos de quienes han observado la muerte de cerca describen que el límite que separa al existir del no existir no siempre está tan claro.
Así como la vida no irrumpe de forma abrupta, la muerte tampoco es un suceso puntual, sino que tiene lugar tras un proceso gradual.
En efecto, desde un punto de vista estrictamente biológico, la muerte tiene lugar en algún punto a lo largo de un continuo de degeneración celular.
En los seres humanos, como en la mayoría de los animales, el proceso degenerativo de muerte celular no comienza en la vejez, sino que tiene lugar desde el nacimiento.
Por otro lado, las células humanas resisten la degradación por falta de oxígeno durante tiempos variables en función del tipo de que se trate, siendo posible trasplantar exitosamente córneas de un fallecido incluso siete días tras haber sido declarado muerto (Slettedal, Lyberg, Ramstad, Beraki and Nicolaissen, 2007).
Tomarse en serio el carácter gradual del proceso de morir vuelve complicado identificar un momento en ese proceso degenerativo en el que un organismo dejaría de estar vivo para pasar a ser un cadáver.
Algunos han querido sortear este problema sugiriendo que la muerte comienza cuando los procesos degenerativos superan en número o proporción a los generativos1.
Sin embargo, lo más importante no parece ser cuándo alguien comienza a morirse, sino cuándo está (definitivamente) muerto.
La muerte y el derecho
"La muerte del individuo podrá certificarse tras la confirmación del cese irreversible de las funciones cardiorrespiratorias o del cese irreversible de las funciones encefálicas"
"[...]a efectos de la certificación de muerte y de la extracción de órganos, será exigible la existencia de un certificado médico firmado por tres médicos, entre los que debe figurar un Neurólogo o Neurocirujano y el Jefe de Servicio de la Unidad Médica donde se encuentre ingresado, o su sustituto"2.
La ley española, como la de la mayoría de los países, asume y alimenta una percepción abrupta del fenómeno de morir, al no reconocer ningún estatus vital intermedio entre la vida y la muerte3.
Por otro lado, adjudica a la medicina un papel fundamental para identificar el momento de la muerte, asumiendo implícitamente que el diagnóstico de la muerte es una tarea objetiva que los expertos pueden realizar sin que les aparezcan dudas.
Y en cierto sentido, la medicina tiene esa capacidad.
En la mayoría de los casos, la capacidad de la medicina para determinar cuándo alguien está vivo y cuándo muerto no es puesta en cuestión.
En otros, sin embargo, la demarcación de la frontera entre la vida y la muerte plantea dudas: así ocurre en el diagnóstico de muerte cerebral.
La muerte cerebral es una de las condiciones clínicas que la ley asimila a la muerte humana.
Se corresponde con el cese irreversible de todas las funciones encefálicas (whole brain death).
Con la ayuda de la tecnología de soporte vital, quienes se encuentran en muerte cerebral pueden mantener la respiración, el latido cardíaco y la temperatura corporal durante días, semanas, meses e incluso años (Shewmon, 1998).
Se han descrito casos de mujeres embarazadas en muerte cerebral mantenidas hasta que el feto alcanzó un nivel de desarrollo suficiente para ser extraído con vida del útero de su madre, legalmente fallecida meses atrás (Lane et al., 2004; Nelson, 1994; Siegler and Wikler, 1982; Spike, 1999).
Una parte del público, al referirse a la muerte cerebral, no tiene nada claro que esos pacientes sean cadáveres (Herpin and Paterson, 2000; Siminoff, Burant and Youngner, 2004).
En un conocido artículo publicado en 1989 se demostró que casi uno de cada tres profesionales estadounidenses involucrados en el cuidado de pacientes en muerte cerebral desconocía que están legalmente muertos (Youngner, Landefeld, Coulton, Juknialis and Leary, 1989).
¿Cómo interpretar estas dudas?
¿Constituyen un caso de ignorancia por parte de la población, susceptible de ser paliada con información?
¿O más bien se deben a que el concepto es en sí mismo confuso y el estatus vital de la muerte cerebral opinable?
La medicina puede determinar con objetividad cuándo un individuo presenta una pérdida total de sus funciones cerebrales, pero no tiene competencia para asimilar ese estado a la muerte humana.
Para sostener que un individuo está muerto al haber perdido las funciones cerebrales —a pesar de conservar otras, como el latido cardíaco— sería preciso explicar por qué las funciones cerebrales tienen una importancia especial para la vida.
Y esto último ningún argumento médico lo puede demostrar.
Al asumir que la muerte cerebral equivale a la muerte, la ley ha tomado una decisión de significación4.
En este trabajo trataré de mostrar que, aunque a la población se le puede enseñar cuál es el estatus vital que las leyes de su país asignan a quienes se encuentran en muerte cerebral, no se le puede exigir que esté de acuerdo.
ORIGEN DE LA MUERTE CEREBRAL
La idea de "muerte cerebral" surgió a final de los años 60 como resultado del progreso en las técnicas de reanimación cardiopulmonar.
La muerte cerebral nunca habría existido si los respiradores automáticos no se hubieran aplicado a pacientes con el cerebro severamente dañado por un traumatismo o un accidente cerebral.
Puede resultar sorprendente que un progreso técnico haya conducido a una revisión de los criterios clásicos para diagnosticar la muerte humana.
¿Cómo fue esto posible?
Tradicionalmente, se consideraba que las únicas funciones responsables de la vida eran la circulación y la respiración.
El cese circulatorio acarreaba irremediablemente el cese respiratorio y viceversa.
Cualquiera de esas pérdidas era irreversible y significaba la muerte.
Además, cuando las medidas de reanimación todavía no se aplicaban, las personas que padecían un daño cerebral severo automáticamente perdían sus funciones cardiorrespiratorias.
Eso hizo que el funcionamiento del corazón y los pulmones pareciera estar necesariamente ligado al funcionamiento del cerebro.
Los métodos de reanimación cardiorrespiratoria vinieron a demostrar que eso no era cierto.
Por un lado, gracias a la reanimación cardiaca se demostró que muchos paros cardíacos podían revertirse.
Por otro lado, gracias a la respiración mecánica, la función respiratoria podía mantenerse artificialmente en pacientes con el cerebro destruido.
El resultado fue la aparición de pacientes irreversiblemente inconscientes y con el organismo funcionando (gracias al mantenimiento asistido de la función respiratoria).
A principios de 1959, Wertheimer, Jouvet y Descortes describieron por primera vez este estado y lo caracterizaron como "muerte del sistema nervioso" (Escalante, 1996).
Ese mismo año, dos neurólogos franceses describieron 23 casos de lo que ellos conceptualizaron como "coma dépassé".
Definieron este diagnóstico en los siguientes términos:
"[E]s el coma en el que, a la abolición total de las funciones de la vida de relación, no de las perturbaciones, se añade una abolición total de las funciones de la vida vegetativa" (Mollaret and Goulon, 1959, 4).
Aunque estos autores llegaron a plantearse la dificultad de determinar "las fronteras últimas de la vida", su discurso todavía asimilaba ese estado a una forma de supervivencia.
Estimaban que los casos de pacientes mantenidos con un respirador pero irreversiblemente inconscientes constituían un triste precio a pagar (rançon) por la capacidad adquirida para reanimar a ciertos pacientes que en condiciones normales habrían muerto:
"Un precio —señalaban—, pues la supervivencia en el coma dépassé impone esfuerzos crecientes a los equipos de cuidados intensivos y prolonga un espectáculo cada vez más doloroso para la familia" (Mollaret and Goulon, 1959, 4).
Los autores no soslayaron la cuestión sobre si se debía permitir morir a esos pacientes.
Pero rechazaron esa posibilidad.
A finales de los años 60, la limitación del esfuerzo terapéutico no era una práctica común al ser asimilada a una eutanasia.
Esta es probablemente la razón por la que Mollaret y Goulon reconocieron "no haber podido, ni querido, consentir [para este tipo de pacientes] el gesto del pollice verso"5.
LOS TRASPLANTES DE ÓRGANOS
La aparición de los primeros pacientes en coma dépassé coincide históricamente con el desarrollo de los primeros trasplantes de órganos.
Los trasplantes de riñón se llevaban haciendo desde hacía años, pero con donantes vivos o con cadáveres declarados muertos de acuerdo con el criterio clásico —cardiorrespiratorio— de la muerte.
Los órganos procedentes de estos cadáveres presentaban el inconveniente de su deterioro, producido por la pérdida de riego sanguíneo tras el paro circulatorio.
La isquemia6 provocaba rechazos del órgano trasplantado en el receptor, lo que hacía que los índices de supervivencia de los receptores se contaran en horas, días, o como mucho, semanas.
En junio de 1963, el médico belga Guy Alexandre tuvo la audacia de extraer un riñón de un paciente en coma depassé, antes de que su corazón dejara de latir, para trasplantarlo en otro paciente con insuficiencia renal.
Su intención era reducir el tiempo de isquemia y evitar el rechazo.
Y en gran medida lo consiguió.
El receptor de aquel riñón vivió casi tres meses (Machado, 2005).
En 1966, durante un congreso de trasplantes, Alexandre manifestó haber practicado para entonces 9 extracciones de riñón de pacientes en coma dépassé.
Algunos afamados trasplantadores, como Thomas Starlz, expresaron sus dudas sobre la licitud de ese procedimiento: "Dudo que alguno de los miembros de nuestro equipo de trasplantes pueda aceptar que una persona esté muerta si su corazón sigue latiendo" (Machado, 2005, 1940).
Starlz estaba planteando si es aceptable emplear a pacientes vivos como fuentes de órganos para trasplante.
¿Es lícito extraer órganos de un paciente vivo?
Esta cuestión se planteó en toda su radicalidad cuando se obtuvieron los primeros éxitos en los trasplantes de órganos impares (necesarios para la vida), como el corazón.
¿Es lícito causar la muerte al extraer órganos?
El primer trasplante exitoso de corazón lo practicó el doctor Christian Barnard en Sudáfrica en 1967.
El corazón procedía de Denise Ann Darvall, una mujer que había sufrido un traumatismo craneal durante un accidente de tráfico en Ciudad del Cabo.
El propio Barnard certificó su muerte, aparentemente después de que tuviera lugar una parada cardiaca, tras interrumpirse el respirador automático.
El receptor de aquel corazón, Louis Washkansky, vivió durante dieciocho días.
Este caso testimoniaba algo extremadamente paradójico: ¿cómo podía ser que el corazón por cuya parada había muerto Darvall pudiera salvar la vida de otra persona?
La esperanza generada por el caso no acalló ciertas voces de preocupación ante la eventualidad de que se estuvieran sacrificando prematuramente algunas vidas para el beneficio de terceros (Lock, 2002, 82-3).
Cada vez parecía más claro que el desarrollo exitoso de las políticas de trasplante iba a depender de la confianza social en los trasplantes de órganos y en el sistema médico.
En 1968, una comisión de expertos a la que se le encomendó la tarea de redefinir la muerte humana, estimó que la confianza del público solo podría preservarse evitando la sospecha de que a los donantes se les mataba al serles extraídos sus órganos.
Esto es lo que más tarde se ha denominado la regla del donante fallecido (dead donor rule) que establece que no se debe matar al extraer órganos, o que solo se pueden extraer órganos vitales de cadáveres (Robertson, 1999).
EL COMITÉ AD HOC PARA LA MUERTE CEREBRAL DE HARVARD
Los pacientes en coma dépassé planteaban a finales de los años 60 dos problemas.
Por un lado, a pesar de que nunca recobrarían la conciencia, estaban siendo los destinatarios de unos recursos caros y limitados.
Por otro, no podían ser donantes de órganos impares, —como el corazón— sin que a los cirujanos extractores se les pudiera acusar de homicidio.
El comité de expertos reunido en la Escuela de Medicina de Harvard para redefinir la muerte encontró una solución para no malgastar las camas de cuidados intensivos, promover la donación de órganos de pacientes en coma dépassé y disolver simultáneamente las preocupaciones sociales con respecto a la integridad profesional de los cirujanos extractores.
La solución del Comité Ad Hoc para la muerte cerebral de Harvard consistía en considerar que los pacientes en coma dépassé ya estaban muertos.
Llamando al coma dépassé "muerte cerebral" y asimilando esta a la muerte humana, se favorecía la limitación del esfuerzo terapéutico eludiendo el debate sobre la eutanasia, y se "evitaban controversias al extraer órganos" de aquellos pacientes que eran candidatos ideales para la donación, al no violarse la regla del donante fallecido (no se mata a quien ya está muerto).
Con el paso del tiempo, la "redefinición de la muerte" operada en Harvard ha resultado ser extremadamente eficaz como estrategia para promover la donación de órganos y la limitación del esfuerzo terapéutico en pacientes irreversiblemente inconscientes.
Pero ha creado nuevos problemas, tanto teóricos como prácticos.
Defenderé a continuación que gran parte de los problemas que plantea la muerte cerebral tienen su origen en la falta de distinción entre dos cuestiones de índole diversa: 1.
¿Cuándo está muerta una persona? y 2.
¿Cuándo es éticamente aceptable realizar una extracción de órganos?
La primera cuestión tiene en principio más que ver con consideraciones fácticas (con juicios de hecho) que la segunda, que es una cuestión eminentemente normativa (tiene que ver, fundamentalmente, con juicios de valor).
De todas formas, se verá que la distinción misma entre hechos y valores es en sí misma muy problemática.
Lo que de momento me interesa señalar es el modo en que el Comité Ad Hoc de Harvard presentó una cuestión genuinamente moral bajo el aspecto de una cuestión meramente fáctica.
Al hacerlo, el Comité de Harvard escamoteó el debate sobre cuestiones bioéticas relacionadas con la asignación de camas de cuidados críticos, la limitación del esfuerzo terapéutico y la regla del donante fallecido.
Algunos se han preguntado hasta qué punto es válida la estrategia de redefinir un problema para resolverlo.
(Singer, 1997) ¿En qué medida las necesidades prácticas de liberar camas de hospitales y obtener órganos para trasplantes son el tipo adecuado de razón para decidir sobre el estatus vital de pacientes?
El Comité para la muerte cerebral de Harvard no ofreció ninguna razón de tipo científico para asimilar la muerte cerebral a la muerte.
Su principal motivación la constituían las ventajas de racionalizar unos recursos sanitarios escasos —no desperdiciar órganos que podían salvar vidas si eran trasplantados— sin generar controversia social (Ad Hoc Committee of the Harvard Medical School to Examine the Definition of Brain Death, 1968).
¿Es esta una justificación aceptable?
EN BUSCA DE UNA JUSTIFICACIÓN: EL MODELO DEFINICIÓN, CRITERIOS, TESTS
Hasta 1981, no se ofreció un argumento científico a favor del criterio de muerte cerebral.
Tal argumento llegó de la mano de un neurólogo, un psiquiatra y un filósofo, cuya contribución sigue constituyendo el principal apoyo teórico de la asimilación legal de muerte cerebral a la muerte (Bernat, 1999; Bernat, Culver and Gert, 1981).
Culver y B. Gert se propusieron paliar el déficit de legitimación científica de la muerte cerebral a través de una definición de la muerte.
Poco más tarde, una comisión presidencial norteamericana a la que se le encargó analizar los problemas relacionados con la definición de la muerte y ofrecer una definición unitaria para una ley federal asumió las conclusiones de Bernat y sus colaboradores (1981).
La propuesta señalaba la necesidad de distinguir tres aspectos en toda formulación sobre la muerte humana: una definición de la muerte, unos criterios para identificarla, y unas pruebas para determinarla empíricamente.
Bernat, Culver y Gert consideraban fundamental establecer, en primer lugar, una definición con la que volver explícito el significado de la muerte.
Entendían que esa es una labor fundamentalmente filosófica, aunque creían que esa definición debía aproximarse al concepto "común" u ordinario de la muerte7:
"Creemos que una comprensión adecuada del significado ordinario de la palabra o del concepto de muerte debe desarrollarse antes de que se elija un criterio.
Debemos decidir qué es lo que comúnmente se entiende por muerte antes de que los médicos puedan decidir cómo medirla" (389).
En segundo, lugar, y como deducción lógica de la definición escogida, entendían que es preciso determinar unos criterios operativos para identificar en la práctica la muerte, tal y como había sido definida.
Elegir unos criterios —consideraron Bernat, Culver y Gert—, es una tarea principalmente médica.
En tercer y último lugar, una vez que se dispone de unos criterios de la muerte, había que elegir unos tests o pruebas clínicas o instrumentales que indiquen cuándo el criterio se ha satisfecho.
La Comisión Presidencial para la Determinación de la Muerte consideró: 1.
Que la muerte podía definirse como la pérdida del funcionamiento integrado del organismo como conjunto; 2.
Que los criterios en los que tal definición se cumple son, o bien la pérdida irreversible de las funciones de todo el cerebro, o bien la pérdida irreversible de las funciones cardiorrespiratorias; y 3.
Que las pruebas para constatar los dos criterios anteriores son aquellas que permiten evidenciar una pérdida irreversible de las funciones cardíacas (electrocardiograma plano, etc.) o una pérdida total e irreversible de las funciones del cerebro (electroencefalograma plano, ausencia de reflejos del troncoencéfalo, evidencia de falta de riego al cerebro...8).
LA TAREA DE DEFINIR: ASPECTOS LINGÜÍSTICOS
El modelo definición, criterios, tests avalado por la President's Commission se apoya en una concepción clásica (aristotélica) del lenguaje, de acuerdo con la cual los conceptos cumplen la función de captar la esencia de los objetos o, lo que es lo mismo, su diferencia específica (Chiong, 2005).
Parte de un presupuesto metafísico esencialista: todos los individuos que caen bajo un mismo concepto tienen en común algo que los identifica entre sí y los distingue de los demás individuos.
Suponiendo que los individuos "A", "B", "C" y "D" están muertos, la esencia de la muerte quedaría constituida por las características que todos tienen en común y que solo los muertos presentan.
La definición debería recoger esas características y solo esas.
La propuesta de la President's Commission implica que la muerte humana puede determinarse siguiendo un doble estándar (criterio): la muerte cerebral (o whole brain death) o la muerte cardiorrespiratoria (Capron, 1999).
Excluye de la categoría de "muertos" a los pacientes que tienen una pérdida parcial de las funciones del cerebro, como los pacientes en estado vegetativo permanente.
Este enfoque, pese haber sido asumido por las legislaciones de casi todos los países del mundo, ha recibido dos tipos de objeciones.
Según algunos autores, es demasiado restrictiva, ya que otros pacientes, como los pacientes en estado vegetativo o los bebés anencefálicos, también deberían considerarse muertos (Veatch, 1999; Gervais, 1986).
Estos autores tienden a pensar que no es necesario que muera todo el cerebro para considerar que una persona está muerta: bastaría una pérdida irreversible de las funciones corticales, responsables de la conciencia y de la cognición, que son, para muchos, las capacidades específicas del ser humano (este criterio ha venido a conocerse como higher brain death) (Green and Wikler, 1980).
Otros estiman que el doble estándar es excesivamente laxo, pues solo el cese irreversible de la circulación indica una pérdida del funcionamiento integrado del organismo como conjunto (Shewmon, 2001)9.
El criterio cardiorrespiratorio, como criterio suficiente de muerte humana, plantea el problema de determinar su irreversibilidad (tras varios minutos de paro circulatorio, se dan casos de pacientes que recuperan el ritmo cardiaco), y levanta sospechas al plantear como posibilidad que se declare muerto a alguien sin haber objetivado una pérdida total de sus funciones cerebrales (Bernat, 2010; Bernat, 2013; Munjal et al., 2013; Rodriguez-Arias and Deballon, 2012).
Estas objeciones desafían la oportunidad del criterio cardiorrespiratorio por dos motivos: 1. casi nadie está dispuesto a admitir la posibilidad de la resucitación (la muerte se asume como un estado irreversible) y 2. nadie aceptaría que alguien está muerto si puede conservar alguna forma, por precaria que sea, de conciencia (Youngner, Arnold and DeVita, 1999).
Por otro lado, el criterio de muerte cerebral ha sido cuestionado, no solo por parecer a muchos contraintuitivo (el cuerpo de pacientes en muerte cerebral está caliente y su corazón sigue latiendo) (Siminoff, Burant, 2004), sino por haberse demostrado que el cerebro no juega un papel tan determinante en el funcionamiento del organismo como se creyó durante buena parte del siglo XX (Shewmon, 2001).
Estas constataciones enfrentan a los partidarios de la muerte cerebral a un dilema: o bien tienen que radicalizar su criterio (exigir que, además de las funciones cerebrales, se haya perdido toda actividad cerebral), o bien deben abandonar su pretensión de justificar la muerte encefálica en nombre del supuesto papel regulador del cerebro en el funcionamiento del organismo como conjunto.
Para sortear todas estas dificultades, los partidarios del criterio higher brain han propuesto abandonar la pretensión de hacer basar el diagnóstico en una concepción biológica de la muerte —lo que implica considerar que la muerte de los seres humanos no coincide con la pérdida de sus funciones orgánicas, sino con la pérdida de las capacidades que son más representativas de su esencia: la conciencia y la cognición, la personeidad (personhood) (Gervais, 1986) o la identidad personal (personal identity) (Gomila, 1999; Green and Wikler, 1980).
Esta propuesta —que nuevamente asume el planteamiento esencialista del que parten Bernat et al.— conduce a considerar muertos a todos los pacientes con pérdidas del funcionamiento del cerebro lo suficientemente graves como para haber desaparecido las capacidades necesarias para el comportamiento humano, lo que incluiría, también, a los pacientes en estado vegetativo permanente y a los bebés anencefálicos.
Tal vez la mayor objeción a esta propuesta es que, si la asimilación de la muerte cerebral a la muerte ya resulta contraintuitiva, más lo resultaría la idea de la muerte cortical, en la que no solo hay un mantenimiento espontáneo del latido cardiaco, sino también de la respiración.
CUESTIONES SOBRE EL ESTATUTO EPISTEMOLÓGICO DE LA MUERTE CEREBRAL.
Las dificultades que genera la determinación de la muerte tienen su origen en cuestiones —todavía irresueltas— relativas al estatuto ontológico y epistemológico de la muerte.
Me refiero a cuestiones cuyas respuestas aclararían a qué tipo de entidad se refiere uno cuando afirma de alguien que ha muerto (de quién o de qué se dice que muere) o cómo estar seguro de que así ha sucedido (quién tiene autoridad para constatar la muerte y por qué medios): ¿Qué tipo de entidad es la que muere, un organismo o una persona?
¿Determinar la muerte es una forma de constatar un hecho, o equivale a emitir un juicio de valor?
¿Es la muerte un fenómeno natural, o una construcción social?
¿Sobre qué bases debe proponerse una definición de la muerte?
Si los médicos no tienen capacidad para asimilar la muerte cerebral a la muerte humana, ¿quién tiene autoridad para hacerlo?
Una posible clasificación de las propuestas de definición de la muerte humana es la que las separa entre naturalistas y normativistas.
La tesis defendida por quienes comprenden la muerte humana desde un enfoque naturalista es que a los pacientes en muerte cerebral se los considera como muertos porque están muertos.
Entienden que la muerte es un hecho biológico cuya constatación nada tiene que ver con valoraciones ni con decisiones humanas.
Quienes, como James Bernat, Culver y Gert, abrazan esta concepción, estiman que lo que muere es un organismo y no una entidad metafísica, como la persona.
La presencia o ausencia de la capacidad de integración, entiende Bernat, es algo objetivo y no sujeto a decisiones: simplemente se constata.
Frente a esta opción se sitúan los defensores de una concepción normativista de la muerte (Veatch, 1999).
Para ellos, los pacientes en muerte cerebral están muertos porque se los considera muertos, y no al revés.
La muerte es en este caso entendida como una construcción social dependiente de valores, no como un hecho biológico.
Está muerto aquel que en un momento y lugar determinados está socialmente aceptado como tal.
Es decir, es la sociedad, y no la naturaleza, quien decide cuándo alguien está vivo y cuándo deja de estarlo.
Analicemos con más detalle cada una de estas concepciones, así como las respectivas críticas que han recibido.
LA MUERTE COMO HECHO OBJETIVO: EL ENFOQUE NATURALISTA
El argumento de Bernat, Culver y Gert y asumido por la Pressident's Commission constituye un caso del enfoque naturalista.
Su planteamiento puede resumirse en cuatro puntos:
Presupuesto teórico: la muerte es la pérdida definitiva del funcionamiento integrado del organismo en su conjunto.
Afirmación empírica: el cerebro es el órgano regulador del funcionamiento de todo el organismo.
Pronóstico: Los pacientes en muerte cerebral dependen del respirador automático pero aunque este se le mantenga, necesariamente terminan por padecer un colapso cardio-respiratorio en un plazo breve.
Conclusión: La pérdida de las funciones cerebrales equivale a la pérdida de la vida.
A este planteamiento biológico se le han dirigido objeciones que denuncian su incoherencia interna.
Partiendo del mismo presupuesto naturalista y biológico, estas objeciones acaban demostrando la inconsistencia entre la definición de la muerte y los criterios que Bernat y sus colaboradores han propuesto para determinarla.
Las críticas señalan: 1. que ciertas funciones integradoras no radican en el cerebro10; 2. que el cerebro de pacientes correctamente diagnosticados en muerte cerebral conserva funciones integradoras11; y 3. que los pacientes en muerte cerebral puede llegar a "sobrevivir" durante varios años si se les sigue manteniendo conectados a un respirador automático12.
Estas objeciones enfrentan a Bernat y los partidarios de la justificación oficial de la muerte cerebral a un dilema: o abandonan su definición de la muerte, o aceptan que los criterios para determinarla se vuelvan más exigentes (hasta el punto de que muchos de los pacientes actualmente diagnosticados en muerte cerebral deberían ser considerados como vivos).
La alternativa explorada por los autores normativistas, consiste en abandonar la pretensión de definir la muerte desde presupuestos biológicos.
LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA MUERTE: EL ENFOQUE NORMATIVISTA
La medicina puede demostrar cuándo un cerebro ha dejado de estar irrigado y también cuándo un corazón ha dejado de tener actividad.
Puede inferir a partir de esas constataciones cuándo el cerebro de un paciente haya dejado de funcionar en su totalidad.
Sin embargo, no puede deducir de ello que ese paciente ha muerto.
Para dar ese paso lógico es preciso adoptar lo que Karen Gervais denomina una decisión de significación.
Puesto que en el cuerpo de pacientes en muerte cerebral sigue manteniéndose mucha actividad metabólica, la ciencia debería explicar por qué las funciones del cerebro son esenciales para la vida y no otras que se mantienen en el organismo de esos pacientes.
La respuesta de Bernat, Culver y Gert, es que el cerebro se encarga de la integración del resto del organismo.
Sin embargo, como se ha visto, esa tentativa de hacer consistir la vida en la capacidad de integración, y en justificar el criterio de la muerte cerebral en esa definición, ha fracasado.
Y no por motivos metafísicos o morales, sino por motivos científicos: los pacientes en muerte cerebral siguen teniendo un funcionamiento integrado.
Se sigue de esto que, si la ciencia desea asimilar la muerte cerebral a la muerte puede hacerlo, pero para ello deberá recurrir a presupuestos extracientíficos.
A la inconsistencia conceptual cabe añadir el hecho de que ese concepto naturalista no es expresión de la idea que toda la sociedad tiene de la muerte.
La definición de la vida propuesta por la medicina no es compartida por quienes entienden que estar muerto para una persona significa haber perdido la conciencia y la cognición, o para quienes creen que se está muerto al haber perdido la identidad personal, o para quienes creen que lo que marca el paso de la vida a la muerte es la separación del alma con respecto al cuerpo.
Si no puede demostrarse la verdad de ninguna de estas definiciones de la muerte; si en toda definición de la muerte intervienen creencias filosóficas y valores culturales y religiosos; si la asimilación de la muerte cerebral a la muerte carece de fundamento científico, ¿por qué la mayoría de las leyes establecen sin dejar lugar a ninguna objeción que la muerte cerebral equivale a la muerte?
¿Por qué una definición, de tantas posibles, se ha impuesto sobre las demás?
¿Por qué debería imponerse?
Robert Veatch y Alireeza Bagheri (Bagheri, 2007; Veatch, 1999) han defendido que las leyes deberían reconocer a las personas un derecho a elegir, entre ciertas opciones, la definición de la muerte que se les debería aplicar.
Entienden que, puesto que existen varias definiciones posibles de la muerte y ninguna ha demostrado ser más válida que las demás, ninguna definición "oficial" de la muerte debería imponerse contra la autonomía de los individuos.
En una sociedad pluralista, estiman, las personas deben poder elegir qué definición se les debe aplicar en caso de encontrarse en algún estado fronterizo entre la vida y la muerte.
Bagheri ofrece el ejemplo de Japón, como el país que más cerca está de aceptar este pluralismo13.
HECHOS, VALORES Y PLURALISMO
En una sociedad pluralista existe una presunción a favor de respetar la autonomía de las personas y se necesitan razones —generalmente de orden público— para no hacerlo.
Muchas decisiones que se toman en la relación clínica comportan una dimensión normativa, lo que obliga a considerar, no ya solo los aspectos técnicos relativos a la dimensión biológica de una patología, sino también la dimensión subjetiva o biográfica del paciente.
Reconocer que varias visiones sobre lo que es correcto o incorrecto pueden ser igualmente válidas tiene sentido dado el carácter genuinamente irreconciliable de las diferentes propuestas de fundamentar lo que es bueno y lo que es correcto (Rorty, 2000).
Por supuesto, pueden aducirse razones pragmáticas y de interés común para rechazar el pluralismo en algunos casos, pero de forma general este se reconoce en aquellas cuestiones que son de carácter genuinamente moral, como la de si se debe o no interrumpir un respirador automático o si se debe o no proceder a extraer los órganos de un individuo14.
Ahora bien, la decisión sobre si alguien está vivo o muerto ¿acaso forma parte de este tipo de decisiones?
Estar vivo o muerto: ¿hasta qué punto se trata de una cuestión normativa y en qué medida es un asunto fáctico?
El enfrentamiento entre posturas naturalistas y posturas normativistas da cuenta de lo controvertido de este punto.
Con independencia de la comprensión conceptual que se tenga de la muerte, aceptar que las personas puedan decidir cuándo están vivas o muertas de acuerdo a sus propios valores plantea algunos riesgos.
Si el criterio último para decidir cuándo alguien está vivo o muerto es su propia creencia sobre lo que significa estar vivo o muerto, entonces las personas que disfrutan típicamente de una perfecta salud física y psíquica podrían acabar teniendo derecho a que se las considerase muertas.
En sentido contrario, algunos podrían llegar a exigir de forma anticipada que, cuando su cuerpo se encontrase en estado de descomposición, se le siguieran reconociendo los derechos de que disfrutan los vivos, incluido el de recibir tratamientos y cuidados.
Bagheri es consciente del riesgo de relativismo que comporta su propuesta, por lo que restringe su pluralismo "a las opciones socialmente aceptadas".
Desgraciadamente, no ofrece muchos detalles sobre lo que entiende por "socialmente aceptado" (Molina, Rodríguez-Arias and Youngner, 2008).
Esto hace que su argumento para escapar al riesgo de relativismo resulte débil.
Por un lado, si lo "socialmente aceptado" es el criterio determinante para establecer qué condiciones son asimilables a la muerte y cuáles no, la sociedad nunca podría equivocarse al considerar a un vivo como muerto.
Por otro, ese razonamiento conduce a consecuencias claramente contraintuitivas: si una sociedad lo aceptase, un paciente con demencia pero consciente y con buena calidad de vida aparente podría ser considerada muerta por el simple hecho de que lo hubiera pedido mientras era competente.
En contra de lo que sugiere Bagheri, lo socialmente aceptado no equivale necesariamente a lo éticamente aceptable.
SUPERANDO LA DICOTOMÍA ENTRE HECHOS Y VALORES
De lo dicho hasta ahora se sigue que tanto las propuestas naturalistas como las normativistas son controvertidas.
A la propuesta naturalista le falta consistencia conceptual por no ser capaz de engranar con coherencia la definición que enuncia, los criterios aceptados para explicitar esa definición, y las pruebas exigidas para identificar en la práctica el cumplimiento de los criterios.
Por otro lado, las propuestas normativistas dan lugar a consecuencias teóricas y prácticas inaceptables.
Refiriéndose a otro concepto borroso, el de "enfermedad", Peter Schwartz sostiene que la clasificación entre definiciones naturalistas y normativistas resulta poco operativa, al no permitir categorizar aquellas definiciones para las que lo patológico puede depender simultáneamente de consideraciones fácticas y valorativas (Schwartz, 2007).
Entre quienes han teorizado sobre la muerte, algunos como Youngner y Arnold han planteado precisamente que se trata de un fenómeno con un pie en la naturaleza y otro en la cultura (Youngner and Arnold, 2001).
¿Cuál es exactamente la relación entre hechos y valores, cuál la implicación de la naturaleza y de la cultura en la determinación de la muerte humana?
¿Hasta qué punto la muerte se descubre, y hasta qué punto se decide cuándo alguien ha muerto?
Comúnmente se asume que hechos y valores son dos cosas dicotómicas: los hechos son objetivos, los valores subjetivos; los hechos se constantan, sobre los valores se opina.
Hilary Putnam15 ha argumentado en contra de la creencia de que existe una dicotomía absoluta entre hechos y valores.
También niega la conclusión que toda la tradición empirista, desde Hume hasta Carnap, deduce de ella, a saber, que los enunciados morales no son verdaderos ni falsos16.
Al principio he sugerido que el éxito del informe del Comité Ad Hoc para la Muerte cerebral de Harvard consistió en haber encubierto estratégicamente una serie de preguntas genuinamente morales (si es o no éticamente aceptable dejar morir a personas en coma dépassé al interrumpir el respirador automático y si es éticamente aceptable causar su muerte durante la extracción de sus órganos para trasplante), presentándolas como —y reduciéndolas a— una cuestión de hecho ("el coma dépassé es la muerte").
Al señalar esto no pretendo insinuar que hechos y valores sean absolutamente independientes.
Muy a menudo, los asuntos normativos dependen de circunstancias fácticas.
Por ejemplo, el hecho de que durante los 10 primeros días después de la concepción el embrión humano pueda convertirse en dos gemelos (y que por lo tanto todavía no se puede decir que sea un individuo) es relevante en una discusión sobre si es o no éticamente correcto emplear ciertos métodos anticonceptivos, como la píldora postcoital17.
En otro sentido, si rechazo moralmente el racismo es (al menos en parte) porque sé que no existe ninguna superioridad racial entre las personas pertenecientes a distintos grupos étnicos.
De manera que los juicios morales no están completamente desvinculados de enunciados descriptivos, y estos pueden condicionar a aquellos.
Si no son independientes, ¿puede decirse que los juicios morales son más objetivos de lo que habitualmente suele entenderse?
H. Putnam defiende una forma de cognitivismo moral, puesto que cree que los enunciados morales pueden ser verdaderos o falsos18.
La noción putnamiana de conceptos éticos densos resulta útil para comprender hasta qué punto el lenguaje puede ser simultáneamente descriptivo y normativo.
Todas ellas tienen esa doble lectura: Si mi pareja me califica como alguien "celoso", puede ser que esté juzgando mi comportamiento, y también puede ser que lo esté describiendo.
A pesar de que no exista ningún hecho empíricamente constatable que señale el momento de la muerte humana, tampoco parece que su determinación sea un juicio de valor puro.
Si en el diagnóstico de la muerte incurren simultáneamente constataciones y valoraciones, tal vez tenga sentido decir que "muerto" es otro ejemplo —insólito quizá— de concepto ético denso.
EL ABANDONO DE LA DEFINICIÓN
La mayoría de quienes se han preocupado por el fundamento de la muerte cerebral han creído que en la secuencia definición-criterios-tests estaba la clave para resolver los problemas de justificación de la muerte cerebral.
Al hacerlo, han aceptado por completo el modelo clásico y esencialista del lenguaje que opera a través de definiciones en términos de condiciones necesarias y suficientes19.
Una minoría de autores entiende, sin embargo, que los problemas de coherencia entre la definición, los criterios y las pruebas no pueden resolverse cambiando de definición ni afinando los criterios y los tests requeridos para que aquella se cumpla (Stoecker, 2012).
Creen más bien que esas dificultades tienen precisamente su origen en la pretensión de resolver el problema de la justificación a través de una definición20.
Por ello, consideran oportuno abandonar por completo el modelo que Chiong ha dado en llamar la letanía definición-criterios-tests (Chiong, 2005).
Estos autores adoptan una concepción wittgensteiniana del lenguaje, alternativa a la clásica, de acuerdo con la cual el significado de un concepto no capta unos rasgos comunes a todos los objetos que constituyen la referencia de ese concepto.
Wittgenstein señala que la mayoría de los conceptos al uso, como el de "silla", permiten a las personas entenderse a pesar de carecer de una definición clara y compartida de lo que es una silla (Wittgenstein, 2004).
La aportación de Wittgenstein consiste en señalar cómo, para ser operativo, al lenguaje le basta con relacionar objetos a través de simples "parecidos de familia".
Los parecidos de familia no son rasgos que todos y cada uno de los miembros de una familia de objetos compartan.
Piénsese en el concepto de "silla": hay sillas con cuatro patas, pero también con tres, con una pata, e incluso sin patas.
Los parecidos de familia no son por lo tanto rasgos "esenciales" (necesarios), sino características contingentes.
Por supuesto, en toda familia de objetos hay individuos que presentan todos o la mayoría de los atributos característicos de esa familia: son los casos centrales o paradigmáticos.
Pero también hay individuos que solo comparten algunos parecidos de familia y que son, por lo tanto, casos periféricos.
Cuando son muy pocos los rasgos que comparte un individuo con el caso paradigmático, podemos estar ante un caso fronterizo.
La muerte cerebral y el estado vegetativo permanente pueden verse como casos fronterizos entre la vida y la muerte.
La concepción wittgensteiniana del lenguaje puede explicarse a través de la metáfora del racimo (cluster).
Los individuos de una misma familia o racimo de individuos comparten algunas propiedades.
Sin embargo, no hay ninguna propiedad que todos los miembros del racimo comparan.
El hecho de tener alguna propiedad o parecido de familia simplemente hace que un individuo del racimo tenga más probabilidades de compartir otras propiedades con otros individuos del mismo racimo o familia.
Esta es la razón de que los miembros de una misma familia se ejemplifican recíprocamente, pero de un modo que no es necesario (tampoco arbitrario), sino contingente.
Piénsese en la familia García Sánchez.
Julio y María han tenido dos hijos: Roberto y Alberto.
A su vez, Alberto ha tenido otros dos hijos, Lucía y Jorge, (nietos de Julio y María).
Obsérvense los rasgos fisonómicos de cada uno de sus miembros:
Alberto (padre de L y J)
Muchas características fisonómicas son predominantes en el grupo.
Sin embargo, no hay ni una sola característica que todos compartan.
Los hermanos Jorge y Lucía no comparten ni un solo rasgo.
¿Acaso impide eso categorizarlos como hermanos?
En absoluto: bastará conocer a su padre para reconocer su parentesco.
Jorge no tiene la nariz chata —rasgo que presentan los demás miembros de su familia—.
¿Acaso suscita eso la sospecha de que Alberto no sea su padre biológico?
Antes bien, los amigos de la familia le repetirán "¡cómo has salido a tu padre!" o "tienes los mismos ojos que tu abuelo paterno".
Algo similar le sucede a otras familias de objetos, como las que reúnen conceptos como "droga" 21 o "secta" 22: aparte de los casos centrales o paradigmáticos que claramente ejemplifican la idea al poseer todas o la mayoría de las características típicas de esa familia de objetos, hay casos limítrofes que no comparten con el paradigma ni una sola característica pero sí con algunos parientes del paradigma, lo que los hacen merecedores de la misma denominación.
El concepto de "muerte" podría pensarse de este modo: no existe ninguna condición (ni el funcionamiento integrado del organismo como conjunto, ni la cognición, ni la identidad personal...) cuya pérdida implique necesaria y suficientemente la muerte.
Tan solo hay condiciones cuya presencia en un individuo le hace más susceptible de pertenecer a la familia de los muertos.
El caso paradigmático presentaría todas ellas: pérdida de la conciencia, pérdida de la respiración espontánea, pérdida del latido espontáneo, pérdida del funcionamiento integrado, pérdida de la capacidad de reproducción, pérdida de la temperatura corporal, pérdida de la capacidad para resistir a la entropía...
Un cadáver en descomposición sería el paradigma de la muerte, mientras que un niño jugando durante la hora del recreo podría ser un paradigma de vida.
Entre ambos casos, hay individuos que participan en diferentes grados de la idea de muerte: un individuo en muerte cerebral, un paciente en parada cardiaca, un paciente con una insuficiencia respiratoria crónica, un individuo en estado vegetativo permanente, un individuo con síndrome de locked-in23, un varón estéril...
Según Chiong, no es necesario tener todos los rasgos típicos de los cadáveres para ser considerado como muerto.
Esto justificaría por qué la muerte cerebral, a pesar de ser un estado compatible con la capacidad de reproducción, con la conservación de algunas funciones integradoras, con el latido espontáneo, etc. se asimila a la muerte.
Resististencia a la entropía
LOS PACIENTES EN MUERTE CEREBRAL NO ESTÁN MUERTOS PERO DEBE PERMITIRSE LA EXTRACCIÓN DE SUS ÓRGANOS
Me gustaría terminar este artículo exponiendo mi propia propuesta para afrontar los problemas relativos a la definición de la muerte.
Consiste en desvincular claramente la cuestión sobre el estatus vital de la muerte cerebral de la cuestión sobre la licitud de la extracción de órganos en ese tipo de pacientes, para discutir abiertamente la regla del donante fallecido.
Gomila recuerda que somos los humanos, no la naturaleza, quienes necesitamos saber cuándo un paciente está vivo y cuándo muerto (Gomila, 1999).
Una razón por la que las sociedades quieren estar al tanto cuanto antes del momento en el que un paciente deja de estar vivo es que la muerte ha marcado históricamente el comienzo de toda una serie de prácticas sociales, como el duelo, las autopsias, la inhumación o, más recientemente, la extracción de órganos.
Prácticas que las intuiciones morales más comunes impedirían realizar si se creyera que el paciente sigue estando vivo.
Resulta interesante que, en el caso de la muerte cerebral, no ocurre que el diagnóstico legal de la muerte marque el pistoletazo de salida para que comience la mayoría de esas prácticas.
Casi todas se realizan solo después de que se le interrumpe el respirador automático al individuo y su actividad cardiaca cesa.
Por ejemplo, nadie entierra a un paciente en muerte cerebral mientras su corazón late y conectado a un respirador...
La extracción de órganos constituye en este sentido una excepción: comienza tan pronto como se certifica la muerte y se obtiene la autorización de la familia.
La necesidad de extraer los órganos mientras están siendo perfundidos por el corazón hace que no se pueda esperar hasta la parada cardiaca.
Esta fue una de las razones que llevaron a la Comisión de Harvard a proponer un criterio de muerte que fuera compatible con la permanencia del ritmo cardíaco.
Otra razón fue la necesidad de interrumpir los respiradores automáticos para liberar las camas de esos pacientes y evitar medidas fútiles sin que los médicos pudieran ser acusados de causar la muerte de sus pacientes (Arnold and Youngner, 1993).
Afortunadamente, las leyes han evolucionado desde los años 70 hasta permitir que los tratamientos fútiles puedan ser interrumpidos en los pacientes antes de que mueran: ya no es necesario que alguien esté muerto para que sea lícito interrumpirle un respirador automático.
Un mismo tipo de razonamiento puede conducir a la siguiente interrogante: ¿acaso es necesario considerar que un paciente en muerte cerebral está muerto para que sea legítimo extraerle sus órganos?
Asimilar legalmente la muerte cerebral a la muerte puede servir para que quienes consideran que siempre es ilícito causar la muerte secunden las extracciones de órganos de los pacientes con el cerebro irreversiblemente destruido.
Llamar "muerto" a un paciente en muerte cerebral es una forma eficaz de encubrir el propósito utilitarista que impulsa a toda política de trasplantes de órganos.
La asimilación de la muerte encefálica a la "muerte" ha conseguido escamotear el debate bioético sobre la regla del donante fallecido.
Pero llamar "muerto" a un individuo en muerte cerebral no ha servido ni para proteger a los pacientes, ni para respetar su autonomía personal.
Menos aún para fomentar un debate público en el que las diferentes concepciones de la muerte que articula la sociedad puedan ser escuchadas.
Quienes han propuesto repensar la regla del donante fallecido han sugerido que lo que justifica la extracción de órganos de pacientes que han perdido la mayoría de sus funciones encefálicas no es la pretensión de que esos pacientes están realmente muertos, sino otra de carácter moral.
Sería según ellos aceptable obviar esa regla cuando el donante, al tener severamente afectado su cerebro, ya no pudiera ser dañado, y solo si hubiera dado por anticipado y de manera explícita su consentimiento para la extracción (Miller, Truog and Brock, 2010).
En la práctica, la regla del donante fallecido podría admitir excepciones en aquellos casos en los que el paciente se encuentre más allá de todo daño posible24.
La muerte cerebral, el estado vegetativo permanente y la anencefalia son tres diagnósticos en los que existen altas probabilidades de que esta circunstancia se cumpla (Council on Ethical and Judicial Affairs, 1995; Machado, 1999; The Multi-Society Task Force on PVS, 1994a; The Multi-Society Task Force on PVS, 1994b)25.
Con la excepción del diagnóstico de anencefalia, en el que no se puede obtener el consentimiento previo del donante —lo cual exigiría obtener una autorización de los responsables legales— en los demás casos la donación sería aceptable si el propio paciente hubiera dado su consentimiento explícito.
Las nociones morales de daño y de consentimiento informado forman parte del tipo apropiado de argumento para justificar las políticas de trasplante de órganos al plantear con franqueza el debate en términos morales.
Resulta esto más conveniente que hacerlo de acuerdo a una distinción de pretendido carácter natural, aparentemente sólida, pero conceptualmente ruinosa.
Por otro lado, se evita de este modo recurrir a criterios arbitrarios, como lo "socialmente aceptado", para distinguir a los muertos de los vivos.
CONCLUSIONES Y PREGUNTAS NO RESPONDIDAS
La propuesta que he defendido en este artículo asume el carácter borroso e incierto del estatus vital de los pacientes en muerte cerebral a la vez que reconoce el valor moral y político del pluralismo.
Sin embargo, deja abierta la cuestión sobre el alcance y los límites de ese pluralismo.
Habilita un espacio para el pluralismo en lo concerniente a la decisión sobre la extracción de órganos, pero niega la oportunidad de que la línea que traza una separación entre la vida y la muerte se decida por consideraciones morales camufladas con un discurso científico.
Al mismo tiempo, reconoce que la muerte tiene un carácter gradual, que la muerte encefálica guarda cierto parecido de familia con el paradigma de la muerte y que su diagnóstico depende tanto de juicios descriptivos como de juicios normativos.
Esto puede parecer contradictorio.
En realidad, mi propuesta deja sin responder la pregunta de cuándo alguien ha muerto y, si bien me he pronunciado en contra de la asimilación de la muerte encefálica a la muerte humana, solo lo he hecho sobre la base de los intentos fracasados de establecer tal ecuación a partir de premisas biológicas.
En último término, se sugiere qué no es la muerte, pero no se señala qué condición sí lo es.
La cuestión sobre el diagnóstico queda pospuesta ante una reconocida incapacidad por establecer objetivamente una frontera dicotómica en el continuo de degradación celular y pérdida progresiva de funciones en que consiste el morir.
Mi propuesta sí ofrece, en cambio, una justificación moral de la extracción de órganos, basada en las nociones de daño y de consentimiento.
Diferenciar lo permitido de lo prohibido sobre la base de un criterio moral, evidentemente, plantea riesgos y retos.
Una posible objeción a este planteamiento es que todo fundamento moral resulta tan endeble como uno de tipo pseudocientífico.
Sin embargo, la fragilidad de este tipo de propuestas es al menos lo suficientemente explícita como para evitar que el debate se cierre antes de que haya tenido lugar. |
El enfermo imaginario en tierra de nadie
¿Es la frontera entre lo normal y lo patológico una realidad o una ficción?
¿Es la enfermedad solo una cuestión de hecho o también de valores?
Presentamos aquí algunos ejemplos de cómo supuestas enfermedades pueden ser inventadas y difundidas con fines de lucro (disease mongering) o por la propia dinámica de la investigación médica.
Mostramos cómo la frontera entre la salud y la enfermedad es borrosa y está bajo la influencia de representaciones individuales y sociales, de modos de categorización relativos a cada cultura, y del grado de medicalización de la sociedad.
Ahora bien, estas consideraciones no le restan realidad sino que le añaden complejidad, porque las construcciones sociales y las experiencias individuales, por ser subjetivas, no son menos reales.
Concluimos que la salud y la enfermedad pertenecen simultáneamente a diferentes tipos de realidad, tanto objetivos como subjetivos, y que lo ficticio puede ser real.
Existe en filosofía de la medicina un viejo debate entre naturalistas y normativistas sobre los conceptos de salud y de enfermedad.
Los primeros, como Claude Bernard o, más recientemente, Christopher Boorse (1975), dicen que es posible definir la enfermedad sobre una base estrictamente científica, por ejemplo à partir del funcionamiento normal del organismo.
Los segundos, como Georges Canguilhem (1966) o H. Tristram Engelhardt (1975) afirman que la noción de enfermedad tiene una dimensión axiológica y que la distinción entre lo normal y lo patológico entraña un juicio de valor1.
Las dos posturas no son necesariamente incompatibles y algunos autores han propuesto soluciones mixtas (Ereshefsky, 2009; Wakefield, 1992).
En cierta medida, aunque no necesariamente, este debate refleja una discusión epistemológica más amplia entre el objetivismo y el constructivismo (Hoffman, 2001; Murphy, 2009).
Los primeros dirían que el concepto de enfermedad descansa sobre hechos empíricos contrastables relativos al cuerpo (o la mente) de un individuo, y que implica por tanto un juicio descriptivo.
Los segundos, al contrario, alegarían por ejemplo que la salud y la enfermedad, tanto en general como en sus distintas manifestaciones, son construcciones sociales e implican juicios normativos relativos a un determinado sistema de valores.
Por ambas partes, los ejemplos son fáciles de encontrar.
En el siglo XVII, Thomas Sydenham, conocido como el Hipócrates inglés, pensaba que las enfermedades son independientes del observador, que existen en la naturaleza misma, listas para ser descubiertas y clasificadas como clasificamos a las plantas y a los animales.
En el siglo XIX, la medicina realizó grandes avances en la comprensión científica de las enfermedades a partir de tres perspectivas o mentalidades diferentes —anatomoclínica, fisiopatológica y etiológica— que comparten una concepción naturalista, es decir, la idea de que la enfermedad es una alteración observable en la estructura y/o funcionamiento normal del organismo y que sus causas son estrictamente naturales.
Gracias a esos avances, la medicina moderna es infinitamente superior a la de cualquier época pasada.
Son sus propios éxitos los que avalan la postura naturalista-objetivista: en efecto, la medicina empezó a diagnosticar y a curar exitosamente cuando se centró en el estudio científico de la naturaleza, dejando a un lado las creencias irracionales y los juicios morales.
Por otro lado, es difícil negar que en algunos casos la frontera entre lo normal y lo patológico no preexiste y que las normas relativas a la salud y la enfermedad son definidas de acuerdo con nuestros intereses.
Michel Foucault (1961) diría que esa clasificación es una herramienta de control social.
En efecto, los "locos", antes de ser considerados como enfermos e internados en manicomios, compartieron la misma suerte que los leprosos, los enfermos venéreos, los "depravados", los pobres y los delincuentes.
Todo eso formaba una categoría un tanto difusa que mezclaba la enfermedad con el pecado y la exclusión social.
Más adelante, en el siglo XIX, en Estados-Unidos, los esclavos negros que tenían ansias de libertad eran considerados como enfermos mentales, afectados por un trastorno llamado "drapetomanía".
Del mismo modo, hasta los años ochenta, en la Unión Soviética, los disidentes políticos eran declarados enfermos mentales e internados en hospitales de alta seguridad.
Y hasta 1992, para la Organización Mundial de la Salud, los homosexuales eran clasificados como enfermos mentales2.
De entre los muchos aspectos y asuntos abordados en el debate, la cuestión que nos preocupa aquí especialmente es saber si existe realmente una frontera entre lo patológico y lo no-patológico; o, dicho de otro modo, si esa frontera es una realidad o una ficción.
No se trata de encontrar una definición general para los conceptos de enfermedad y de salud.
No nos interesa saber si todas las enfermedades tienen algo en común ni nos preocupa que sea un género natural.
Obviaremos el problema de su explicación y admitiremos sin reparos su carácter multidimensional (biológico, psicológico, social, religioso, etc.).
En este sentido, nos parece oportuna la distinción anglosajona entre disease, illness y sickness que remiten respectivamente a los aspectos biomédico, personal y social.
Lo que sí queremos averiguar en este artículo es de qué madera está hecha la frontera que separa una persona enferma de una que no lo está, y si la respuesta a esa pregunta depende del tipo de enfermedad.
De acuerdo con Ian Hacking (2001), hablar de la construcción social de algo significa que ese algo se da por supuesto y aparece como inevitable cuando en realidad no lo es, sino que podría ser de otro modo y no está determinado por la naturaleza misma de las cosas.
A menudo se usa para decir que algo no es real, que no existe''de verdad''.
Decimos por ejemplo que las razas humanas son construcciones sociales porque esa clasificación de la humanidad no tiene fundamento biológico.
Aplicado a la distinción entre salud y enfermedad, el constructivismo social podría llevarnos a la misma conclusión.
Sin embargo, una construcción social también puede ser real en otro sentido.
El dinero, la pobreza, el fútbol, el idioma español, el Estado y las fronteras entre Estados... son cosas que sí existen precisamente porque han sido construidas y son mantenidas por la sociedad.
Hoy en día, se escuchan cada vez más voces que acusan a las empresas farmacéuticas de inventar y promocionar enfermedades a escondidas de la sociedad3.
Según ellos, muchas enfermedades serían ficciones creadas por la industria para vender medicamentos a gente que no los necesita.
En la primera parte del artículo, veremos que algunas enfermedades son ejemplos claros de ficciones patrocinadas por la industria.
Pero, como trataremos de matizar en la segunda parte, la creación y manipulación de enfermedades obedece a mecanismos más complejos, y no sería posible sin la participación de los profesionales de salud, de los enfermos y de la sociedad en general.
Esas consideraciones llevarán a situar la frontera entre lo normal y lo patológico en esa tierra de nadie que separa la realidad de la ficción.
La noción de disease mongering puede traducirse como tráfico o promoción de enfermedades e incluye tanto su invención como su comercio.
En los últimos años han ido acumulándose numerosos hechos y argumentos, algunos ya bastante conocidos, que apuntan hacia la responsabilidad de la industria farmacéutica.
Cabe señalar que los industriales no son los únicos actores responsables de esta situación, pero los hechos que se les reprochan están bien documentados y son muy llamativos, por lo que permiten entender claramente el proceso de fabricación de enfermedades y enfermos.
Hace unos treinta años, Henry Gadsden, director de Merck (una de las mayores empresas farmacéuticas mundiales), confió a la revista Fortune su desesperación al ver que el mercado potencial de su empresa estaba confinado solo a los enfermos.
Declaró que soñaba con producir medicamentos destinados... a los sanos, para poderlos "vender a todo el mundo" como si fueran chicles (Cassels & Moynihan, 2005).
Tres décadas más tarde, el sueño de Henry Gadsden se hizo realidad.
Un documento publicado en 2003, destinado a los dirigentes de la industria farmacéutica, indica que la capacidad de esa industria para crear mercados de enfermedades nuevas se traduce en ventas que alcanzan billones de dólares, y que los años venideros serán testigos privilegiados de la creación de enfermedades patrocinadas por la industria (Coe, 2003).
Entre los años 2000 y 2003, casi todas las grandes compañías farmacéuticas pasaron por los tribunales de EEUU, acusadas de prácticas fraudulentas; ocho fueron condenadas a pagar más de 2,2 billones de dólares de multa y cuatro de ellas reconocieron su responsabilidad por actuaciones criminales que han puesto en peligro la salud y la vida de miles de personas (Angell, 2005, pp. 217-236).
En 2004, el Real Colegio de Médicos de familia británico acusó a la industria farmacéutica de poner en peligro los sistemas públicos de salud al inventar enfermedades y fomentar la prescripción indebida de medicamentos costosos para incrementar sus ventas.
Maureen Baker, secretaria honoraria del colegio, "siempre es difícil trazar una línea sencilla entre lo normal y lo patológico, pero la industria tiene interés en trazar una línea que incluya la mayor parte posible de la población en la categoría de los enfermos.
Después de todo, cuanto mayor sea ese grupo más medicamentos podrán vender."
El Colegio cita las formas leves de hipertensión, colesterol alto, osteoporosis, ansiedad y depresión como ejemplos de condiciones donde la industria trata de mover las líneas para vender medicación a gente que no la necesita.
En 2005, un comité del Parlamento inglés publicó un informe sobre la influencia de la industria farmacéutica donde denuncia los efectos perversos de una mercadotecnia que antepone los resultados económicos a la salud de las personas (House of Commons Health Committee, 2005).
Según este comité, la industria ejerce una influencia excesiva sobre los médicos, los investigadores, las agencias reguladoras, las asociaciones de enfermos, los medios de comunicación y los representantes políticos.
Las consecuencias principales de esta situación son, por un lado, los riesgos para la salud que entraña un consumo excesivo de fármacos4 y, por otro lado, la creciente medicalización de la sociedad.
Los riesgos que entraña el consumo de fármacos son bastante conocidos por la multiplicación reciente de los escándalos.
Uno de ellos es el Vioxx®, un anti-artritis de la compañía Merck antes citada.
Se estima que provocó hasta 140.000 infartos y decenas de miles de muertos en EEUU, a los cuales hay que sumar los de otros países.
Este medicamento, que se vendió por miles de millones de dólares anuales, fue recetado indiscriminadamente y a gran escala por los médicos, después de una campaña de promoción muy intensa.
Los estudios que mostraban la toxicidad del fármaco fueron ocultados por la compañía.
En cuanto a la creciente medicalización de la sociedad, es decir, según el comité, la creencia de que cada problema puede ser resuelto con fármacos: "una pastilla para cada problema", el informe del parlamento inglés señala que esa tendencia no ha sido creada por la industria farmacéutica, pero sí incentivada por ella.
La industria, dice el informe, actúa como''traficante de enfermedades'' (disease-monger), con el propósito de clasificar un número creciente de individuos como''anormales'' que deben ser tratados con fármacos.
Cuanta más gente se vea a sí misma como aquejada de algún problema médico, mayor será el mercado y mayores los beneficios económicos.
Esto es especialmente claro, dice el informe, en el caso de los antidepresivos.
Solamente el 5% de los antidepresivos son recetados para casos de depresión severa, y dos de cada tres son recetados a personas que simplemente se sienten tristes o que sufren por situaciones y circunstancias difíciles.
Pero la tristeza, recuerda el informe del comité, forma parte del abanico de las emociones humanas, no es una enfermedad.
En 2006 fue organizado en Australia el primer congreso internacional sobre disease mongering cuyas actas fueron publicadas en un número temático de la revista PloS medicine.
El artículo introductorio (Moynihan & Henry, 2006) menciona tres formas principales de "tráfico": (1) medicalizar aspectos de la vida cotidiana (como la menopausia); (2) presentar problemas leves como si fueran enfermedades serias (como el síndrome del colon irritable); (3) identificar factores de riesgo con enfermedades (como el colesterol alto y la osteoporosis).
La primera de esas estrategias es quizás la más rentable ya que permite salirse del ámbito restringido de la terapia, teóricamente limitado a los enfermos, para abordar el ámbito de la optimización, abierto al conjunto de la población.
El ejemplo más conocido es el Viagra®.
Pfizer consiguió que lo que debía haber sido un tratamiento para hombres con disfunción eréctil causada por la diabetes o por una intervención quirúrgica se convirtiera en un producto consumido por el conjunto de la población masculina (Lexchin, 2006).
Pfizer afirmaba que más de la mitad de la población masculina mayor de 40 años tenía dificultades para alcanzar o mantener una erección y que el Viagra® podía ayudarles, independientemente de las causas e independientemente de la frecuencia del problema.
Es decir, que frente a un fallo ocasional causado por los nervios, el cansancio, el estrés laboral o las preocupaciones familiares, la mejor o la única respuesta según Pfizer era la medicación.
Ahora bien, los usuarios de Viagra® no se limitan a los mayores de 40 años ni a aquellos que sufren problemas de erección.
Entre 1998 y 2002, el mercado de mayor crecimiento era el de los hombres con edades comprendidas entre los 18 y los 45 años (Delate, Simmons, & Motheral, 2004) que no querían tratar una disfunción sino mejorar lo "normal".
Rápidamente, los industriales se movilizaron para que las mujeres pudieran disfrutar de un "tratamiento" similar, pero les faltaba la enfermedad correspondiente.
Un año antes de que Viagra® saliera al mercado, la industria farmacéutica liderada por Pfizer financió una serie de congresos para definir una enfermedad nueva: la disfunción sexual femenina (Forcades i Vila, 2006; Moynihan, 2003).
En 1997, 9 compañías farmacéuticas organizaron y financiaron un encuentro cuyo tema era la ausencia de una definición para ese trastorno.
La mitad de los asistentes eran representantes de farmacéuticas, y solamente fueron invitados aquellos investigadores que tenían experiencia o interés en colaborar con la industria.
Dieciocho meses más tarde, en Boston, tuvo lugar la primera conferencia internacional para la elaboración de un consenso clínico sobre la disfunción sexual femenina.
La conferencia fue financiada por ocho compañías farmacéuticas y 18 de los 19 autores de la nueva definición tenían relaciones económicas o de otro tipo con un total de 22 farmacéuticas.
Un año más tarde, en 1999, otra conferencia organizada en Boston era financiada por 16 farmacéuticas; la mitad de los participantes tenía vínculos con la industria.
Ese mismo año, un estudio afirmaba que el 43% de la población femenina de EEUU padecía el trastorno nuevamente definido (Laumann, Paik & Rosen, 1999).
Dos de los tres autores de ese estudio tenían vínculos con la industria.
Para identificar la "población enferma" se utilizó un cuestionario con una lista de siete síntomas o problemas críticos.
Cada uno de ellos era suficiente para diagnosticar la disfunción sexual si una mujer lo había experimentado durante dos meses o más en el último año.
Es decir que las mujeres que no tuvieran deseo sexual durante al menos dos meses quedarían automáticamente etiquetadas de''disfuncionales'', independientemente de si estaban de luto por la muerte de su pareja, agobiadas por el trabajo, atrapadas en una relación insatisfactoria o gozando de una etapa de plenitud interior.
En cuanto a los otros "síntomas", relacionados con la insatisfacción sexual, tampoco se contempló que el problema pudiera ser debido a su pareja.
En 2004, la comercialización del primer medicamento contra la disfunción sexual femenina, un parche de testosterona de la compañía Procter & Gamble, fue rechazada por la agencia del medicamento de EEUU (Moynihan, 2003).
Incluso antes de que fuera evaluado, Procter & Gamble ya había gastado cien millones de dólares en una campaña de promoción que debía aparecer como de sensibilización y de educación sanitaria antes que como propaganda para un producto pendiente de comercialización.
Su estrategia estaba enfocada hacia los profesionales de la salud, los medios de comunicación y el público en general, con el objetivo de moldear su percepción de los problemas sexuales femeninos y del modo de tratarlos.
Según la psiquiatra Leonore Tiefer (2006), el producto que realmente estaba vendiendo la compañía en esa etapa no era el medicamento sino la enfermedad.
Las técnicas utilizadas por la industria farmacéutica para fabricar enfermedades se pueden ordenar en tres ejes:
1) Representación: cambiar la representación que la gente tiene de sí-misma y de los demás, en su cuerpo y su comportamiento; alterar la percepción de lo normal y lo anormal, lo aceptable y lo inaceptable; promover el auto-diagnóstico.
La representación implica el conjunto de la sociedad: los profesionales de la salud, los pacientes, y todos los demás.
2) Categorización: crear definiciones nuevas, modificar las antiguas, y desplazar la frontera entre lo normal y lo patológico.
La categorización es competencia exclusiva de la medicina, pero está bajo la influencia de las representaciones sociales.
3) Medicalización "Una pastilla para cada problema": fomentar la resolución farmacológica de los problemas; alterar la relación terapéutica promoviendo la auto-medicación y la prescripción sistemática (convertir los médicos en proveedores de fármacos).
Antes de seguir adelante es conveniente matizar varios puntos.
En primer lugar, muchas de esas técnicas tienen una cara positiva que nos permite disfrutar de un estado general de salud bastante bueno.
Financiar campañas de sensibilización y de reconocimiento, o fomentar la educación sanitaria y el autodiagnóstico, no son actividades reprobables en sí.
Al contrario, contribuyen a la detección precoz de enfermedades como el cáncer de mama o el cáncer de la próstata.
Por otro lado, la formación destinada a los médicos es muy importante para la actualización de sus conocimientos, tanto a nivel diagnóstico como terapéutico.
La medicalización de los factores de riesgo puede tener un interés preventivo.
Y el "tratamiento" de los pequeños problemas cotidianos responde a una demanda de la sociedad.
En segundo lugar, la disminución de los umbrales de tolerancia es una consecuencia de la elevación de los niveles de vida y de salud de la población.
Según Amartya Sen (2002), la percepción de la enfermedad está en relación directa con el nivel de salud y de educación de la población: en EEUU y en las regiones ricas de la India, la gente tiene una mayor percepción de la enfermedad que en las regiones más pobres de la India.
Según el premio Nobel, parece incluso haber una fuerte correlación con la esperanza de vida: la gente se siente más enferma cuando su esperanza de vida es más elevada.
Cuando hay menos problemas graves de los que preocuparse, se presta mayor atención a los problemas pequeños, y la tolerancia al dolor y al sufrimiento disminuye.
Una continuación lógica de ese movimiento es la voluntad de optimización.
Todo eso no sería posible si no fuera por el éxito extraordinario de las farmacéuticas en inventar moléculas realmente eficaces.
En tercer lugar, si bien es cierto que la industria tiene interés en incentivar ese fenómeno social, echarle toda la culpa encima solo sirve para disimular la responsabilidad de los demás actores.
La industria produce fármacos, pero los médicos los recetan, y la sociedad los exige.
Ian Hacking (2004) cuenta que en 2002 se constató una "epidemia" de autismo en la Silicon Valley de California.
Un médico, dice, propuso una explicación convincente del fenómeno: los niños afectados son casi todos hijos únicos de padres treintañeros o más que se mueven en un ambiente compuesto mayoritariamente por jóvenes, técnicos o ingenieros, que no tienen hijos.
Al no tener contacto ni familiaridad con el mundo de los niños, esta comunidad carece de normas, le faltan referencias.
Por consiguiente, cuando el comportamiento de un niño resulta molesto para los padres, creen que no es normal y lo llevan al psiquiatra.
En otro contexto, los padres dirían que el niño es pesado o difícil, pero no irían a consultar.
Vemos aquí, según Hacking, cómo la representación subjetiva de lo normal puede interferir con un diagnóstico médico supuestamente objetivo.
Este ejemplo es especialmente interesante porque a pesar de que la categorización del autismo ha variado con el tiempo, alternando entre una y varias5, podrían existir factores biológicos detrás de algunas de sus manifestaciones.
Si hay un marcador biológico, sea genético o neurológico, entonces parece haber un hecho empírico independiente que permite confrontar el diagnóstico, e incluso la categoría misma de autismo con otra cosa que la opinión de los expertos.
Podría entonces darse el caso que algunos de los que fueron en su día clasificados como enfermos dejen de serlo de acuerdo con los nuevos criterios.
Para un naturalista, el ejemplo del autismo muestra claramente que existe una diferencia entre la realidad —en este caso la distinción entre lo normal y lo patológico— y nuestras normas y representaciones de la misma.
Pero ¿qué pasa cuando la categorización y el diagnóstico de una enfermedad no pueden apoyarse en una base biológica?
Es lo que ocurre con muchos trastornos mentales, como la depresión.
Philippe Pignarre (2001) explica con bastante detalle el proceso de categorización de ese trastorno y cómo ese proceso es en gran parte responsable de su crecimiento exponencial en los países desarrollados.
El autor cita tres explicaciones clásicas para ese fenómeno.
La primera es social: la multiplicación de los casos de depresión sería un reflejo y una consecuencia de la evolución de la sociedad, cada vez más inhumana, cruel y estresante.
La segunda explicación es médica: los depresivos tendrían una predisposición orgánica que se diagnostica cada vez mejor.
La tercera explicación es analítica: los depresivos tendrían una predisposición psicológica, por culpa de un trauma infantil, lo cual supone que los problemas familiares también deberían estar en aumento.
A esas tres explicaciones se puede añadir una cuarta, que ya conocemos, según la cual la industria farmacéutica manipula la opinión para vender sus antidepresivos.
Philippe Pignarre propone otra explicación que apunta hacia la psiquiatría moderna, la metodología de investigación farmacológica, y los propios pacientes.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM), que recoge el consenso alcanzado por diferentes grupos de psiquiatras norteamericanos, es una herramienta que sirve para que en un mismo individuo reciba el mismo diagnóstico6.
Ese manual define la depresión por sus síntomas, no por sus causas, porque no hay consenso sobre las causas.
Por consiguiente, según Pignarre, el DSM no nos dice de qué sufren realmente los pacientes (las causas de su trastorno), sino cuáles son los criterios que permiten clasificar a una persona en la categoría "depresivo".
Esa confusión sobre el alcance de las herramientas de diagnóstico es la primera condición de la epidemia.
Otras dos condiciones son la ausencia de un marcador biológico fiable, por un lado, y la existencia de medicamentos eficaces, por el otro.
Esto es muy importante, explica Pignarre, porque la ausencia de un marcador biológico fiable permite que sean los propios medicamentos los que definan la enfermedad.
En efecto, según otros autores, la epidemia de depresión podría ser una consecuencia del descubrimiento de los antidepresivos.
El motivo es el siguiente.
Cuando los investigadores desarrollan una nueva molécula y la prueban sobre grupos de pacientes para ver cuáles son sus efectos, todos los sujetos del ensayo clínico no reaccionan igual.
Entonces los investigadores pueden y deben hacer variar las características del grupo de pacientes, es decir, los criterios de inclusión, hasta que el grupo "responda" satisfactoriamente a la molécula candidata.
De este modo, a medida que cambian los criterios de inclusión de los pacientes, se va dibujando el conjunto de síntomas sobre los cuales la molécula es eficaz.
Eso significa que el trastorno que padecen los pacientes de ese grupo viene a ser definido como aquello sobre lo que actúa el antidepresivo.
Por consiguiente, cuando se descubre una nueva familia de fármacos, aparece al mismo tiempo una nueva categoría de depresión.
El número de sujetos que participan en los ensayos clínicos aumenta progresivamente entre las fases I, II y III de la experimentación hasta alcanzar miles e incluso decenas de miles de personas.
En efecto, son las estadísticas las que aportan la prueba de la eficacia de un fármaco.
Ahora bien, los ensayos de fase III no tienen lugar en un laboratorio aislado de la sociedad sino en la vida real.
Es decir, que mientras recogen información farmacológica los ensayos clínicos instalan la enfermedad, definida por los criterios de inclusión, en la vida cotidiana de miles o decenas de miles de personas.
Después, cuando el tratamiento ya ha sido aprobado, hay todavía estudios de farmacovigilancia (fase IV) que implican esta vez a cientos de miles de personas.
Paradójicamente, parece ser el propio proceso de investigación el que contribuye a difundir la enfermedad a medida que descubre los fármacos para tratarla.
El caso de la depresión muestra que la ausencia de un marcador biológico fiable no permite distinguir entre descubrimiento e invención, o entre realidad nosológica y ficción científica.
¿A qué corresponden pues las categorías psiquiátricas: a diferentes tipos de patología, o a diferentes clases de fármacos?
En otras palabras, cuando se clasifica a una persona como depresiva, ¿qué es lo que se está diciendo: que esa persona tiene un trastorno mental, o que esa persona se sentirá mejor tomando antidepresivos?
Desde luego no es lo mismo.
En un caso la persona está enferma y en el otro no. Sin embargo, el sufrimiento es idéntico, y los efectos del tratamiento también.
Sufrir una pulmonía y estar enfermo no es exactamente lo mismo.
La diferencia tiene mucho que ver con el conjunto de prácticas y de representaciones sociales con los que va asociada la etiqueta "enfermo".
El hecho de estar enfermo, es decir, el hecho de ser clasificado como tal, puede aportar grandes ventajas y graves inconvenientes.
Además de la simpatía y de la conmiseración de la gente, la enfermedad le puede evitar a uno ser condenado en los tribunales, ser enrolado en el ejército, o tener que ir a trabajar.
Al darse de baja por enfermedad, uno se sigue beneficiando de un salario fijo, puede recibir compensaciones del seguro, y tiene acceso a ayudas y servicios denegados a los sanos.
Desde un punto de vista individual, uno puede encontrar en la enfermedad una explicación para su sufrimiento.
Y las actitudes tanto personales como sociales frente a un determinado problema tampoco serán las mismas según que ese problema se considera o no como enfermedad.
No es lo mismo ser un vago que tener el síndrome de "déficit motivacional".
No es lo mismo ser un borracho que tener "dependencia patológica al alcohol con predisposiciones biológicas".
El lado negativo de ser un enfermo, es que uno puede sufrir rechazo, exclusión social, discriminaciones de todo tipo, e incluso privación de libertad.
Para las farmacéuticas, la medicina y el sistema de salud en general también hay ventajas e inconvenientes de categorizar un problema como patológico.
Cada enfermedad nueva supone una nueva carga para los sistemas de sanidad que garantizan el acceso a los tratamientos.
Al contrario, para la medicina y las farmacéuticas, eso puede resultar muy lucrativo.
Si una molécula es autorizada como tratamiento para alguna enfermedad, como la disfunción sexual femenina, entonces las farmacéuticas reciben cuantiosas subvenciones indirectas del Estado cada vez que este reembolsa el fármaco a los supuestos enfermos.
Además, disponen con los consultorios médicos de una red de distribución muy extendida y extremadamente eficaz para difundir sus productos entre el público y constituirse una clientela fiel.
Por otra parte, sin embargo, el control que tiene la medicina sobre sus productos puede constituir para las farmacéuticas una limitación.
Para vender drogas recreativas o moléculas de confort (lifestyle drugs), como el Viagra®, la industria tiene interés en dirigirse directamente al consumidor, sin pasar por la mediación de la medicina.
Pero, ¿es realmente necesaria la categoría de enfermedad?
Germund Hesslow (1993) afirma que no. De ser así, si abandonáramos la distinción entre salud y enfermedad, los laboratorios no podrían ni necesitarían vender enfermedades para vender sus fármacos.
Se evitaría de ese modo la manipulación y la instrumentalización de las categorías y representaciones de la salud en nombre de intereses económicos, políticos y sociales, aunque probablemente aparecerían nuevos problemas.
La medicina también perdería gran parte de su poder de control social.
En efecto, la competencia exclusiva que tiene para decidir sobre temas de salud y enfermedad, dibujando fronteras y estableciendo clasificaciones, constituye para la medicina una fuente de poder fabulosa.
La vida cotidiana de millones de personas depende de ese tipo de decisiones.
Hemos comprobado en la primera parte que existen muchas maneras de manipular la frontera entre la salud y la enfermedad.
Nos hemos centrado en el problema del disease mongering porque presenta ejemplos claros de ficciones patrocinadas por la industria.
Pero quienes han creado esas ficciones para las farmacéuticas, esto es, la comunidad médica internacional (a través de algunos de sus miembros), son quienes a la vez detienen la máxima autoridad para decidir, en materia de salud, qué enfermedades son reales y cuáles no. Y esa autoridad les es concedida por la sociedad en su conjunto.
Por consiguiente, desde una postura constructivista, deberíamos admitir que las llamadas "enfermedades ficticias" son a la vez enfermedades reales en la medida en que han sido reconocidas como tales por quienes las han creado.
En la segunda parte, hemos visto que la producción de "ficciones" médicas obedece a mecanismos más complejos, algunos de ellos inconscientes e involuntarios.
Por un lado, el hecho de que existan moléculas eficaces para tratar algunas dolencias, así como el propio proceso de la investigación clínica, influyen en la categorización de aquello que curan.
Y en ese proceso intervienen tanto los médicos investigadores como los pacientes.
Por otro lado, la existencia de una enfermedad, más allá de los hechos en los que eventualmente se sustenta, depende de un conjunto de representaciones en las que intervienen todos los actores.
En el caso de los trastornos mentales, cuando no existe una base biológica, las representaciones lo son casi todo.
Desde la postura constructivista fuerte, donde no hay realidad más allá de aquello que nos representamos como tal, deberíamos pues reconocer que esas enfermedades son plenamente reales.
¿Pero de qué realidad estamos hablando?
Un quark, una bacteria, un préstamo hipotecario y una enfermedad no son menos reales unos que otros, pero pertenecen a diferentes tipos de realidad.
La enfermedad tiene a menudo un componente biológico, y por lo tanto físico, pero también un componente social y cultural, así como un componente psicológico que es la experiencia subjetiva propia de cada uno.
La contribución respectiva de lo biológico y lo cultural en la experiencia subjetiva será más o menos grande en función del individuo y en función del contexto, pero esa experiencia no se reduce estrictamente a sus condicionantes objetivos, cuando los hay. |
El rápido desarrollo y la expansión de la Bioética se deben, entre otros motivos, a su marcado carácter interdisciplinar.
La reflexión moral sobre las aportaciones del conocimiento científico y de las aplicaciones técnicas, en especial las de las técnicas biomédicas, ha logrado interesar tanto a especialistas de diferente formación y como a la opinión pública.
Uno de los mayores atractivos de la disciplina radica precisamente en su enfoque abierto, plural, no sólo en la incuestionable relevancia de los temas que aborda, sean éstos las expectativas abiertas por las nuevas tecnologías, las posibles terapias, o las intervenciones al principio y al final de la vida, desde la asistencia a una muerte digna hasta la investigación con células embrionarias.
Sagols mantiene este punto de vista, plural, reflexivo, buscando en todo momento el equilibrio entre posturas, algunas en exceso favorables a la innovación técnica, otras más vinculadas a la heurística del temor, y, por tanto, dispuestas a cuestionar en modo radical aquellos avances que pongan en riesgo la dignidad e incluso la naturaleza humana.
En el volumen, la afortunada imagen de la Bioética como "interfaz" sugiere que hay fuertes debates internos, asuntos especialmente controvertidos y difíciles en este campo, pero, a la vez, hay dialogo y espacio suficiente para valorar los problemas desde una "tercera vía" (p.15).
Esto significa, por ejemplo, que es preciso convivir hoy con las tecnologías, sin dejar por ello de señalar sus límites.
El capítulo dedicado a los problemas éticos de la eugenesia (pp. 97-114) muestra que esto es posible, dejando atrás los prejuicios, con objeto de examinar las posibilidades de mejora que estén al alcance de los agentes.
L. Sagols defiende la tesis de que el incremento de las capacidades ha respetar siempre la libertad individual y la justicia, a fin de que las técnicas estén siempre al alcance de todos.
Ahora bien, la distribución equitativa representa tan sólo un aspecto de las preguntas suscitadas por el uso -un uso correcto-de las biotecnologías.
En la selección genética, en la investigación con células embrionarias, en la clonación, están en juego nada menos que la existencia y la dignidad de los seres humanos.
Por esta razón, el libro defiende que la perspectiva ontológica es insoslayable en Bioética (pp. 9-20), siempre y cuando se acepte que el ser humano es diversidad y, ante todo, es un ser libre, cambiante, indeterminado, temporal (pp. 21-50).
Dignidad y libertad son las principales atribuciones de los seres humanos, una vez aceptado el hecho de que están entre lo físico-neuronal y lo simbólico, siendo individuos con valor intrínseco y, a la vez, agentes que participan de una extensa red de relaciones, con otros ciudadanos y con otros seres vivos.
Desde esta perspectiva, L. Sagols analiza los dilemas que suscitan por el momento las técnicas de clonación -más la clonación reproductiva que la terapéutica (pp. 79-95)-, así como la investigación con células troncales (pp. 51-78).
En conjunto, el libro presenta el discurso bioético como un ejercicio de reflexión critica, para deliberar y para dar razones -la Bioética es, entonces, mucho más que "ética aplicada" (p.
17)-, en favor de la responsabilidad y de la precaución, no sólo de los principios básicos, como la autonomía y la justicia.
En estas coordenadas ha de situarse el discurso bioético, por tanto es interfaz que mira hacia el futuro, siempre y cuando éste sea un "futuro humanizado" (p.
Por M.a Teresa López de la Vieja
En la Bioética han confluido varias perspectivas y disciplinas, la Ética, la Medicina, la Biología.
Las posibilidades abiertas por las técnicas biomédicas han polarizado, en bastantes ocasiones, el debate especializado y no especializado.
Sin embargo, el uso apropiado de estas técnicas es más bien una cuestión moral, política y jurídica.
El libro de S. Bauzon recuerda que las nuevas expectativas obligan a reflexionar a fondo sobre algunos temas que continúan siendo fundamentales -y no sólo para la Bioética-, como son la naturaleza humana y los derechos de la persona.
Desde una perspectiva filosófica y jurídica bien definida, el autor aboga por una noción fuerte de dignidad y de persona, entendida ésta como ser con "densidad ontológica" (p.14, 60).
Las posibilidades de esta opción teórica no siempre han sido contrastadas en el libro con otras versiones, aunque son muy claras y sistemáticas.
Esta toma de postura sobre temas de Bioética queda de manifiesto en uno de los capítulos, dedicado a las técnicas de reproducción asistida ("L 'acharnement procreatif", pp. 155-161); en él se pone en cuestión un uso irrestricto de éstas, ya que, para ser exactos, no hay un "derecho" a tener hijos, sino relaciones que no deberían romperse, seres y cuerpos que no han de ser cosificados.
La noción de "persona biojurídica" se apoya en la consideración de los agentes como titulares de derecho y, sobre todo, en la integración de lo biológico, lo jurídico y lo cultural (pp. 25-33, 183-184).
Esta tesis del autor implica, por ejemplo, que la dignidad ha de ser el foco principal de los debates bioéticos sobre el final de la vida (pp. 57-69), el tratamiento de menores nacidos con malformaciones (pp. 95-102), el modo en que se defina el estatuto del embrión (pp. 103-120), el alcance de la responsabilidad de los profesionales de la medicina (pp. 71-81), incluso la vigencia que deberían seguir teniendo el Código de Nürnberg y sus principios (pp. 83-91).
Entendido así lo biojurídico, tampoco será ajeno a la Bioética el debate sobre los usos que obligan a la mujer musulmana a actuar y a presentarse de una forma determinada.
¿Se trata de una elección de tipo cultural?
¿Responde a una visión reducida de la libertad?
El autor no considera a estos usos como un deber de tipo religioso.
Las diferencias culturales inciden asimismo en la valoración hecha de la normativa holan-desa sobre la eutanasia, del año 2002, o la regulación emprendida en varios países de los documentos de voluntades anticipadas (pp. 103-120).
La validez de los derechos del hombre, más allá de su realidad jurídica, es analizada en el libro desde una perspectiva universalista, compatible, en todo caso, con la evolución de los derechos fundamentales, de primera generación, seguidos por los derechos sociales, de segunda generación, y, en un tercer momento, aquellos derechos dirigidos a la protección del medio ambiente (pp. 35-45).
A lo largo de todo el libro, la noción fuerte, ontológica, de persona, justifica tanto las críticas de S. Bauzon a las prácticas eugenésicas, a la comercialización de la salud a través de Internet y a la clonación humana, como, por otro lado, el lugar que debería ocupar el principio de precaución en las deliberaciones de los ciudadanos sobre los OMGs y, más en general, sobre los riesgos asociados a las biotecnologías (163-182).
Por M.a Teresa López de la Vieja Universidad de Salamanca
La personne biojuiridique La tercera parte está dedicada al control de las enfermedades con el mismo criterio de clasificación seguido en el capítulo anterior.
El diagnóstico antenatal, seguido de la interrupción del embarazo, los tratamientos a partir del nacimiento y los controles en el momento inmediatamente posterior a la vida uterina son perfectamente descritos.
En el análisis de las enfermedades de la pobreza repasa el volumen las condiciones del Tercer Mundo y aspectos como el tratamiento y la prevención de las enfermedades tropicales.
En el caso de las enfermedades de la riqueza se contemplan cuestiones como la alimentación, el alcoholismo, el tabaquismo y la falta de ejercicio físico, así como los riesgos ambientales o los problemas surgidos de las condiciones de vida en el hogar.
En contraportada leemos la siguiente valoración de la revista Medicinal History: "este libro es un tesoro para cualquiera que busque un análisis agudo, escéptico y -¿por qué no decirlo?-sabio de la historia de la salud y la enfermedad humana", una opinión que suscribimos plenamente.
Los orígenes de las enfermedades humanas A través de ocho capítulos el volumen realiza un recorrido histórico exhaustivo que da comienzo con "Conocimiento pro-bable en la comunidad científica y médica parisién durante la Revolución francesa", para continuarse en el siguiente siglo: "El "método numérico" de Pierre Louis en la medicina parisiense del siglo XIX.
La retórica de la cuantificación", seguir con las "Críticas en el siglo XIX a las ideas de Jules Gavarret sobre el cálculo de probabilidades en el ámbito de la medicina", y analizar "El legado de Pierre Louis y la pujanza de la fisiología.
Dos puntos de vista opuestos sobre la "objetividad" médica", en el que describe el impacto breve pero importante que supuso la creación de la Société Médicale d'Observation en 1832, y finaliza el análisis de los procesos decimonónicos con "La escuela biométrica inglesa y la bacteriología: La creación de Major Greenwood como especialista en estadística médica".
Nos parece que esta obra es imprescindible para entender el proceso de búsqueda de la certeza dentro de la ciencia y de la práctica médicas.
Lo sano y lo malsano.
Historia de las prácticas de la salud desde la Edad Media hasta nuestros días ¿Combatir la enfermedad, una vez aparecida?
Todos estos interrogantes marcan la evolución del pensamiento y la práctica médica desde el inicio de los siglos hasta nuestros días.
La curación de la enfermedad y la práctica higiénica corren parejas en las recomendaciones de los sanadores.
La sabiduría popular española está cargada de paremias que evidencian varios extremos.
El primero de ellos, que es la propia naturaleza del paciente la que asegura una mejor salud.
Se podrían aquí aquellos refranes de divertido componente escatológico relacionados con las funciones excretora y defecatoria, por ejemplo: "Mear claro y con buen color / y una mierda para el doctor".
Los segundos evidencian que la prudencia y la práctica higiénica son mucho más aconsejables que el concurso de los médicos: "Más mató cena / que sanó Avicena", como nos recuerda el Doctor Iván Sorapán de Rieros, médico extremeño de Logrosán, como Mario Roso de Luna, y familiar del Santo Oficio, que en 1616 nos obsequió con su obra Medicina Española, contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua.
De RESEÑAS dicha recopilación resulta paradigmático el refrán XX, que cifra en tres los pilares de nuestra salud: la dieta, entendida tanto en la ingesta como en el comercio sexual, los enemas, como coadyuvantes de una correcta evacuación, y de nuevo la continencia venérea, aspectos que el refrán resume así: "La dieta, y la mangueta, y los siete nudos a la bragueta".
El libro de Vigarello arranca en su primera parte, "Obedecer al Cosmos", de los siglos XIII al XVI.
Atrás ha quedado la enorme evolución médica llevada a cabo por Avicena, que ilustrará todo el orbe conocido.
El autor nos habla en ella de leyendas e identificaciones.
Así, la enfermedad se cura por el contacto con la pureza.
La sangre de una virgen es capaz de curar la lepra o de conjurar el paso del tiempo y prevenir el envejecimiento.
Esto último debió pensar al final de ese período la Condesa Bathory, que sacrificó a más de seiscientas muchachas para bañarse en su sangre.
La valoración de los humores del cuerpo prácticas tan extendidas como la sangría.
La corrupción de los humores lleva a la enfermedad y la muerte, cuestiones que se identifican con el infierno y con el mal.
Para prevenirlo están objetos más menos mágicos como los amuletos y las joyas: el oro y las perlas adquieren, pulverizados, propiedades curativas.
El inicio de la farmacognosia, de la mano de brujería y de la magia, acumula especias y plantas aromáticas, muchas de las cuales, la pimienta, la nuez moscada o el anís, tienen, además, propiedades purgativas, regeneradoras y "lujuriosas", dado su carácter ardiente.
Mezcladas con vino, el llamado Hipocrás, junto con el aguardiente y la triaca, que incorpora veneno de víbora, se convierten en los licores esenciales de la salud y evitan la putrefacción de los humores.
"El orden del mundo", capítulo que sigue, marca la moderación en la dieta, ya señalada por Arnau de Vilanova en El régimen de Salerno.
La influencia de los planetas es otro de los componentes esenciales.
Pero frente a la austeridad, hay también exegetas de la sobrealimentación, panegiristas de la glotonería.
El temor a las pandemias, en concreto a la peste, y la preocupación por la pureza del aire son componentes de este período.
El cuerpo es "poroso" a la enfermedad y una nueva plaga hace su aparición a finales del siglo XV: la sífilis.
Aparecerán también los primeros controles de la calidad y salubridad de los alimentos y la lucha contra la obesidad.
El hombre empieza a ser su propio médico.
La parte segunda, "Evacuar los humores", contempla la práctica médica en el siglo XVII y agrupa dos apartados: "Mecánica corporal y evacuación" y "Plantas depuradoras y consumos de placer".
En el primero se describe las prácticas de la sangría, las purgas y la sudoración forzada.
La preocupación por los alimentos continúa y se buscan aquellos ligeros procedentes de animales jóvenes o recién destetados, junto con la leche y con los huevos.
Hasta Descartes se implica en el planteamiento de una dieta saludable capaz de asegurar una longevidad notable.
En el siglo XVII la dieta era admitida y sólo criticada cuando se la consideraba "exagerada", y aparecen evidentes casos de anorexia como el de Madame de Gondran.
Por otra parte, si los siglos anteriores fueron los del uso de las especies fuertes, éste es el siglo de la liviandad en sabores y perfumes.
El sabor azucarado se va imponiendo y aparecen las compotas y los jarabes, junto con la utilización de las "plantas espirituales" como el café, el té y el tabaco, entendido en la doble vertiente de planta suministradora de placer y también medicinal.
Recordemos que Crusoe cura sus fiebres con sahumerios de tabaco.
La parte tercera, "Resistir y endurecer", revisa el siglo XVIII.
Da comienzo con una información poco conocida: la práctica de la inoculación voluntaria de la viruela durante los primeros años de vida.
Ese mal que asola Francia e Inglaterra es casi inexistente en el Imperio Otomano gracias a este tipo de protovacuna como describe Lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador inglés.
La viruela asola Europa y sus secuelas inevitables son la muerte y, caso de sobrevivir, la fealdad.
La viruela no entiende de clases: mueren ricos y pobres, plebeyos y monarcas, como el Delfín de Francia, el emperador José I y Luis XV.
Pero los médicos se ponen en pie de guerra contra los inoculadores.
La respuesta de éstos es la estadística.
No obstante, pasarán muchos años, hasta 1774, para que la inoculación se imponga, aunque su aplicación siguirá siendo limitada.
Aparecerán también nuevos avances, a caballo de algunos descubrimientos recientes como la electricidad, que Jallabert en 1747 aplica a un cerrajero paralítico para superar con éxito su incapacidad.
Los humores ya no son capaces de explicarlo todo.
Por primera vez se cuestionan las antiguas categorías de Hipócrates y Galeno, y la enfermedad comienza a considerarse como consecuencia de una debilidad particular.
Aparecen las enfermedades "de los nervios" y da comienzo una cruzada contra los excesos sexuales, el onanismo y el consumo de alcohol.
"Endurecer" es la consigna, fortalecer el cuerpo; y el ejercicio físico empieza a adquirir una gran importancia.
Todo lo que sea debilitar es proscrito, y entran en esta descalificación viejas prácticas médicas como la sangría y la purga; el frío, endurecedor, se opone al calor, se mejora la obstetricia, aparece la posología a la hora de administrar los medicamentos, se airean las habitaciones y la respiración de aire puro se convierte en una preocupación constante, tanto en el hogar como en los edificios públicos, asociada a la enorme preocupación que provoca la tuberculosis; y en 1794 se crea la primera cátedra de
Higiene que ocupa Hallé y se describen las primeras enfermedades sociales generadas por la fatiga y exceso de trabajo, dando comienzo la medicina preventiva.
La parte cuarta, "La fuerza de sí mismo, la fuerza de los otros, siglo XIX", se inicia con "Espacio íntimo y espacio público".
A comienzos del XIX, durante la epidemia de cólera de 1832, las grandes preocupaciones son los efluvios y las miasmas.
También lo será la consideración de los pobres como vectores de las enfermedades.
Según Blanc, "Fueron esos hombres de blusa y harapientos los que abrieron esa horrible marcha de París hacia la muerte".
Los pobres ocupan el lugar de los prisioneros españoles de 1809 a los que se responsabilizó de la epidemia de tifus de Périgueux.
Se demanda en este y en otros casos la intervención del Estado, que deviene así en "Estado higienista".
Este primer tercio del siglo es también el de las encuestas sobre las condiciones y esperanza de vida de colectivos marginales, los llamados "desperdicios morales de la sociedad": estibadores, alcantarilleros, traperos y prostitutas, sobre los que actuaría el higienismo estatal.
La protección propia y la del prójimo lleva, tras el descubrimiento de Jenner en 1796, a una vacunación masiva que sustituye totalmente y con ventaja a la inoculación.
Por otra parte, el descubrimiento de Régner en 1805 del dinamómetro permite medir la fuerza muscular.
Se descubre así que los europeos son mucho más fuertes que muchos aborígenes y a esa medida de la potencia muscular se añaden otras como la talla, el peso y la esperanza de vida.
Nada de raro tiene que eso lleve a vigorizar el cuerpo, y en 1820 la gimnasia, inspirada en los gestos geométricos, adquiera un estatus oficial.
Diez años más tarde, la palabra "confort" se enseñorea de los textos de arquitectura, mientras que en la dieta se predica el consumo de carne, frente a una dieta pobre campesina basada en patatas, vegetales y legumbres que no sólo alimentan de forma insuficiente, sino que generan obesidad e indolencia.
Esa obsesión por el consumo cárnico lleva a la invención de un extracto, el "osmazomo", para usar en forma de polvos y comprimidos y potenciar caldos y sopas.
El capítulo II, "El invento de la energía", describe cómo en el último tercio del siglo aparece el "espectro de la degradación", cuya expresión sería el aumento de las enfermedades físicas y mentales.
La raza degenera, y el resultado son seres enfermizos y enclenques.
Este debilitamiento, se dice, viene propiciado por una herencia malsana, propiciada, entre otras cosas, por el consumo de alcohol.
El control autoritario de la sociedad apunta a colectivos como el de las prostitutas para frenar la propagación de enfermedades venéreas.
De nuevo se vuelve la vista a la alimentación: la eficacia en el trabajo se considera ligada a la ingesta de carne.
La de equino, antes ignorada, se adueña del mercado.
La ciudad se drena y las aguas limpias fluyen mientras las residuales se eliminan.
Tónicos, elixires y panaceas aparecen en las páginas de publicidad de los diarios.
El hierro, como elemento fijador del oxígeno en la sangre, se ofrece en forma de aguas ferruginosas y sales, asociado al arsénico y el fósforo, mientras que el vino, o mejor, los vinos, adquieren una dimensión terapéutica.
El capítulo III nos habla de los descubrimientos de Pasteur y de la renovación de las prácticas preventivas.
Ha dado comienzo la lucha contra los microbios y una nueva ingeniería sanitaria impide el contacto con materias mefíticas y peligrosas.
Un invento tan simple como el sifón de los inodoros revoluciona la higiene doméstica.
Dan comienzo también las prácticas y la filosofía naturistas y surgen los primeros seguros médicos.
La V y última parte, dedicada al siglo XX, lleva un significativo título, "¿Un óptimo bienestar?", y aborda de forma casi absoluta el tema del sida, la nueva peste del siglo XX.
Esta nueva pandemia genera oleadas de terror, pero pronto se demuestra que el sida no es la peste, sino el sida, y que el mismo se desplaza a los colectivos de riesgo, por más que aparezcan contagios asociados a malas prácticas, como en caso de los hemofílicos.
La terapia avanza y la pandemia asola fundamentalmente... a los pobres, entendiendo como tales a individuos marginales y pueblos enteros.
Paralelamente, la salud va a convertirse en un producto de consumo, que se vende y conforma un estilo de vida.
Aparecen a la vez nuevos desafíos políticos y conflictos de libertades como aquellos relacionados con el tabaquismo.
La demanda social de un "óptimo bienestar" dispara las cifras del gasto sanitario y la prolongación de la vida genera problemas graves como las necesidades asistenciales de una población envejecida, familiar y socialmente dependiente.
El libro concluye con el capítulo "Procesamientos, reformas, responsabilidades.
Los interrogantes de nuestros días", que analiza profusamente el caso de la sangre contaminada que tan gran repercusión política y sanitaria tendría en Francia.
El apartado "Conclusión" resume la evolución de las prácticas defensivas y da cierre a una obra básica para la comprensión histórica del hombre, "en la salud y en la enfermedad". |
Locos entre cuerdos, cuerdos en ambientes patológicos
La Salud Mental se mueve en un territorio con límites imprecisos: la consideración de un comportamiento como sano o enfermo depende del momento histórico, de la sociedad y la cultura en la que se produce o, sencillamente, de la ideología del profesional que califica ese comportamiento.
Desde la perspectiva del Constructivismo Radical se exploran estos límites entre la locura y la cordura y se cuestionan los criterios de clasificación al uso en los Servicios de Salud Mental a través de una serie de ejemplos, que ponen de relieve la inestabilidad de estos y la oscuridad de los mismos.
La idea que atraviesa este debate es que la autonomía de los pacientes cobra protagonismo, precisamente, en la relatividad del diagnóstico en Salud Mental, ya que, aunque "locos", tienen igual derecho que los cuerdos a decidir sobre su propia existencia y su propio estilo de vivir.
El título de este artículo1 se inspira en el libro de Lauren Slater, "Cuerdos entre Locos: Grandes experimentos psicológicos del Siglo XX".
La autora selecciona un grupo de diez experimentos psicológicos que, desde su punto de vista, han supuesto cambios, tanto en el campo de la salud mental, como en el de la vida cotidiana.
Los presenta de una manera controvertida, valorando las luces y las sombras de cada uno de los experimentos que relata (Slater, 2006).
Uno de los elegidos es el de David Rosenhan (1973), psicólogo americano que en los años 70 quiso comprobar el fundamento de los diagnósticos que utilizan los profesionales de Salud Mental para clasificar a los pacientes que tratan.
Se le ocurrió la idea de reunir a un grupo de colegas y amigos que no tuvieran nada mejor que hacer en aquel octubre de 1972 y proponerles que se hicieran pasar por locos.
Quería saber si los profesionales que tienen la responsabilidad de curar a los que enloquecen eran capaces de distinguir bien entre locos y cuerdos.
Les propuso que acudieran a un dispositivo de salud mental cualquiera y simularan un único síntoma: oír una voz.
Se apuntaron ocho: un pintor, un ama de casa, un estudiante de postgrado, un pediatra, un psiquiatra y tres psicólogos, uno de los cuales era el propio David Rosenhan.
Para evitar interpretaciones adicionales y facilitar la homogeneidad de los síntomas entre los ocho pacientes fingidos decidieron que todos iban a decir escuchar una voz que dice "zas".
Un sonido sin ningún sentido, ni significado para dar las pistas mínimas sobre el diagnóstico.
No debían fingir ningún otro síntoma y debían responder a todas las preguntas que les hicieran con veracidad.
Excepto en lo referente al nombre y a la profesión para no ser identificados.
Los resultados fueron contundentes: los ocho fueron ingresados.
Todos, menos uno, fueron diagnosticados de esquizofrenia.
El otro fue diagnosticado de psicosis maniaco-depresiva.
A partir de que consiguieron su propósito de ser ingresados dejaron de manifestar el síntoma.
Cuando eran interrogados respondían que ya estaban bien, que ya no oían la voz.
Su estancia media en el centro hospitalario fue de 19 días —7 el que menos y 52 el que más—.
Durante su vida en el hospital fueron sumisos, obedientes y buenos cumplidores.
Pasaron la mayor parte del tiempo haciendo anotaciones en un cuaderno sobre la vida hospitalaria y el comportamiento de locos y profesionales.
Al cabo de este tiempo fueron dados de alta por "remisión temporal de los síntomas".
Ninguno fue considerado curado al final, de la misma manera que ninguno fue considerado sano al principio.
Este experimento levantó una gran polémica.
Un hospital lo retó a repetirlo y enviar durante los tres meses siguientes tantos pacientes falsos como quisiera, para demostrarle que serían puntualmente reconocidos por los profesionales de salud mental de ese hospital.
Al final del tercer mes el hospital informó que había detectado 41 falsos pacientes de 193 casos recibidos (21%).
Rosenhan no había enviado ninguno.
Este experimento suscita múltiples reflexiones.
El autor subraya cómo el diagnóstico en Salud Mental se hace mucho más fijándose en el contexto que en la persona.
Y, sin embargo, el tratamiento se le ofrece a la persona porque, desde la perspectiva clásica2, se dice que son las personas las que enferman.
Es a las personas a las que se les dice que se tomen tal o cual medicación, a las que se les propone tal o cual cambio de actitud o comportamiento.
Y con independencia de la validez que se le quiera otorgar, lo que sí parece dejar claro es que el límite entre la cordura y la locura es borroso; que los profesionales harían bien en tomarse con prudencia los juicios clínicos que hacen, porque los diagnósticos condicionan el significado que se atribuye al comportamiento de las personas que los portan.
Las Unidades de Larga Estancia de Ingreso Hospitalario para Enfermos Mentales —así se llama ahora a los antiguos manicomios— están llenos de personas y no de contextos.
Contextos solo hay uno y unifica el sentido del comportamiento de los que allí están ingresados: los locos, locos son y cualquier cosa que hagan es una locura.
Y si no, ¿cómo se explica que estén ahí ingresados?
Para ilustrar de qué manera los contextos condicionan el comportamiento y la interpretación que los profesionales hacen del mismo, propongo un ejemplo de la vida real y otro tomado de una ficción.
En el Cuadro 1 se incluye el documento que firman los pacientes que ingresan en una Unidad de Hospitalización (U.D.H.) para enfermos mentales que, aunque se encabece con el título de "consentimiento informado", parece más una simple nota informativa.
Documento de consentimiento para el ingreso en una Unidad de Agudos
Resulta llamativo que una institución de ingreso voluntario esté "permanentemente cerrada".
Es curioso que a los locos se les exija respeto a los horarios, a las instalaciones y a los pacientes, participación en las actividades y actitud de colaboración...
¿Cuánto tiempo tienen que portarse así para que dejen de ser considerados locos?
Al mismo tiempo, se les prohíben las llamadas telefónicas y se les obliga a someterse a cuantos controles se consideren necesarios...
¿Es acaso una sumisión tal compatible con la cordura?
Finalmente, el incumplimiento de estas normas supone la expulsión por seis meses...
¿Significa esto que niega el tratamiento a quien sigue estando loco?
¿O más bien que la rebeldía es señal de cordura?
Y un ejemplo de ficción.
En los años 80 y coincidiendo con la Reforma Psiquiátrica, uno de cuyos logros más importantes y controvertidos fue la desinstitucionalización de los pacientes que estaban ingresados en condiciones escasamente terapéuticas, Carles Mira dirigió una película —"Con el culo al aire"— en clave de humor, sobre la vida en los manicomios.
El siguiente extracto corresponde a un pasaje de esa película en el que un interno veterano hace la acogida de un recién ingresado.
PAPA LUNA (Un loco disfrazado de Papa).
Siéntate a mi lado y presta atención.
¿No pensarás que el único cuerdo aquí eres tú?
Te he estado observando y he llegado a dos conclusiones: que se puede confiar en ti y que necesitas ayuda.
Se sale cuando ellos quieren, no hay reglas fijas.
Ya te lo he dicho, cuando ellos quieren.
De aquí se sale sin prisas.
Son muchos años practicando.
Ya soy un hombre nuevo y cualquier día me sueltan.
Pero yo no quiero ser Papa.
Claro, te falta vocación.
Pero tampoco querías tragarte las pastillas y te las has tragado.
Hummm, y a mí también.
Y sin embargo, yo no me las has tragado (Hace un esfuerzo y va escupiendo las pastillas).
Ya lo has visto, sin prisas.
Aquí tienes tiempo y motivos suficientes para aprender a vomitar.
Solo se sale de aquí cuando ellos creen que eres un hombre nuevo.
Y hemos descubierto que imitando a ciertos personajes históricos te llega antes la libertad.
AGUSTINA DE ARAGÓN (otro loco disfrazado de Agustina de Aragón).
Cuanto mejor representes el momión escogido mejor te tratan.
O sea, que aquí nadie es lo que parece, ni nadie se cree nada, ni nada de nada.
Aquí hay de todo como en la viña del Señor.
Pero vosotros no sois ni el Papa Luna ni Agustina de Aragón.
Un momento, que yo sí soy Agustina de Aragón.
¿O es que no se nota?
Escucha, Juan, no te líes.
Aquí no se trata de lo que nosotros creamos o dejemos de creer, sino de lo que ellos crean.
Y si ellos creen que tú crees que eres uno de sus momiones estás salvado, si no, caput.
¡Pero cómo se lo van a creer!
Se nota que no los conoces.
Sí se lo creen, hijo mío, sí se lo creen ¿No ves que están locos?
El pasaje es suficientemente elocuente de la locura de los contextos que los profesionales promueven como terapéuticos.
¿La película ya no refleja la realidad de las modernas "unidades de larga estancia para enfermos mentales" del siglo XXI?
El experimento de Rosenhan levantó ampollas y recibió múltiples críticas.
Uno de sus detractores más furibundos fue Robert Spitzer (Slater, 2006), famoso psiquiatra que tiene el mérito de haber sido el Presidente del Comité de Intervención de Nomenclatura y Estadística del DSM-III (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales).
En esa tercera versión (de 1980) fue donde, definitivamente, la homosexualidad quedó desclasificada como trastorno mental.
En el DSM-II la homosexualidad aparecía como una enfermedad mental más.
En 1973 fue sustituida por "trastornos en la orientación sexual" y en 1980 se codifica como enfermedad solo la homosexualidad egodistónica, es decir, cuando el homosexual está insatisfecho con su orientación sexual y desearía cambiarla y hacerse heterosexual.
En el DSM-III se argumenta así:
"El punto crucial que determina si la homosexualidad per se puede ser considerada o no como un trastorno mental no reside en la etiología de esa condición, sino en sus consecuencias y en el modo en que se defina el trastorno mental.
Una importante proporción de homosexuales están aparentemente satisfechos con su orientación sexual y no muestran signos ostensibles de psicopatología (a no ser que la homosexualidad en sí misma sea considerada psicopatológica), siendo capaces de actuar social y laboralmente sin ninguna dificultad.
Si se emplea el criterio de malestar o incapacidad, la homosexualidad per se no es un trastorno mental.
Si se recurre al criterio de desventaja inherente, no está claro en absoluto que la homosexualidad constituya una desventaja en todas las culturas o subculturas."
El comentario más inteligente que puede hacerse al respecto es el de Paul Watzlawick: "Eso ha constituido el mayor éxito jamás alcanzado, pues millones de personas se curaron de golpe de su enfermedad" (Watzlawick, 1995, 63).
Robert Spitzer, no conforme con esta repentina curación de tanta gente, en la Reunión Anual de la APA (American Psychological Association) de 2001 presentó un trabajo en el que presumía de tener a su disposición un tratamiento para cambiar de forma eficaz la orientación sexual de las personas (Spitzer, 2003).
De homosexual a heterosexual, por supuesto.
La APA se apresuró a desaprobar el trabajo de Spitzer, arguyendo que no había suficientes pruebas para afirmar que el tratamiento propuesto por Robert Spitzer fuera eficaz para cambiar la orientación sexual.
Más recientemente y más cerca, un psiquiatra y catedrático de Psicopatología de la Universidad de San Pablo-CEU3 compareció el 20 de junio de 2005 a petición del Partido Popular ante la Comisión de Justicia del Senado para informar en relación con el Proyecto de Ley por la que se modificaba el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio y, en particular, sobre los efectos que tiene en el desarrollo de los menores la convivencia con parejas homosexuales.
En su ponencia, citando estudios de otros autores y basándose en su propia experiencia, afirmó que los homosexuales declaran haber tenido un padre hostil, distante, violento o alcohólico y una madre sobreprotectora.
Precisó más: la madre es percibida por el hijo homosexual como necesitada de afecto, fría y muy exigente y por las hijas lesbianas como emocionalmente vacía.
Y continuó afirmando que estos niños y niñas pueden haber sufrido en la temprana infancia abuso sexual o violación por parte de padre, madre o algún familiar.
Sostuvo que en su ejercicio profesional el 30% de los homosexuales que habían pasado por su consulta habían sufrido estas experiencias.
El autor no ofreció ninguna explicación del hecho de que estos hijos homosexuales y estas hijas lesbianas hubieran nacido en familias presumiblemente heterosexuales.
Pero donde se pronunció más claramente fue al referirse a la comorbilidad, que él mismo describía en los siguientes términos: "Cuando dos trastornos patológicos diversos coinciden sincrónicamente en una misma persona sin que se conozcan a fondo cuáles son los grados de implicación respectiva —a veces la hay, pero otras no— entre ellos."4.
En los siguientes párrafos del discurso ante el Senado, abundó en comentarios que se referían a la homosexualidad como una patología que lleva asociada otras, como la depresión mayor, el trastorno obsesivo-compulsivo, las crisis de ansiedad generalizadas, el consumo de drogas, los trastornos de conducta y de la personalidad, con una propensión especial al trastorno de personalidad narcisista (Comisión de Justicia del Senado, 2005).
De forma análoga a lo ocurrido con Spitzer, la Universidad Complutense se apresuró a sacar un comunicado enmendando la plana a la ponencia diciendo que en la actualidad no era profesor de esa universidad y que rechazaban sus opiniones sobre la homosexualidad por considerarlas inaceptables y carentes de base científica5.
De igual manera, la Sociedad Española de Psiquiatría y la de Psiquiatría Biológica emitieron también un comunicado asegurando que la comunidad científica no reconoce ningún tipo de carácter patológico en la homosexualidad.
En definitiva, de lo expuesto hasta aquí se desprende, por un lado, que para calificar a alguien como loco o cuerdo es necesario tener en cuenta la situación en la que se produce el comportamiento que se pretende calificar.
Lamentablemente, el comportamiento, una vez clasificado, es considerado como propio y característico de la persona e independiente del contexto en el que se produce.
Este error en la lógica del razonamiento supone una imprecisión en el juicio diagnóstico que afecta de manera trascendente a la vida de la persona que lo sufre.
Si Clemente Domínguez Gómez, fundador de la Iglesia Católica Palmariana en el Palmar de Troya (Sevilla), autoproclamado Papa en 1978 con el nombre de Gregorio XVII, no hubiera convencido a un pequeño grupo de incondicionales a los que nombró obispos y a un número nada despreciable de fieles creyentes, la sociedad le hubiera considerado un loco y como tal lo habría tratado.
Por otro lado, se sigue de lo expuesto que la consideración de alguien como loco o cuerdo depende del momento histórico y de las creencias y del criterio que utilice el profesional que lo valora y califica, al menos tanto como del comportamiento de la propia persona.
Machado de Asís, en su novela "El Alienista", cuenta cómo en un pueblo de ficción —Itaguaí— el alienista —hombre de ciencia, estudioso y reflexivo— abrió una casa de locos —la Casa Verde— porque entre todas las enfermedades, consideraba que la enfermedad mental era la más desconocida.
Al principio fue ingresando a quienes más o menos lo necesitaban, pero con el tiempo y fruto de sus reflexiones, llegó a la conclusión de que "la razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; fuera de esto insanía, solo insanía".
Con este criterio ingresó a cualquiera que manifestaba el más pequeño defecto, que era tomado como signo de locura: los que se empobrecen y los que se enriquecen, los aduladores y, por supuesto, los críticos que se oponían a su criterio científico de locura, que era el verdadero.
La Casa Verde se llenó de locos: "Todo era locura.
Los cultivadores de enigmas, los fabricantes de charadas, de anagramas, los difamadores, los curiosos de la vida ajena, los que ponen todo su cuidado en su acicalamiento, algún que otro funcionario engreído (...)
Respetaba a las enamoradas, pero no dejaba a las enamoradizas."
El alienista siguió reflexionando y, en un refinamiento mayor de sus capacidades diagnósticas, llegó a la conclusión de que la perfección, la ausencia de defectos, era precisamente aquello en lo que consistía la verdadera locura: "... la verdadera doctrina no era aquella, sino la opuesta, y por lo tanto que debía admitirse como normal y ejemplar el desequilibrio de las facultades y como hipótesis patológicas todos los casos en que el equilibrio fuese ininterrumpido" (Machado de Asís, 1977, 100).
Siguiendo esta nueva directriz, puso fuera a todos los locos ingresados en la Casa Verde porque sus defectos eran la mejor prueba de cordura y empezó a ingresar a todos los ciudadanos que llevaban una trayectoria de vida ejemplar, en los que no fue capaz de descubrir defecto alguno.
Y permanecían ingresados hasta que daban muestra de alguna debilidad.
Esto es una novela, pero refleja de forma preocupantemente fiel la historia de varios diagnósticos de supuestos trastornos mentales, como la homosexualidad, la esquizofrenia o el déficit de atención e hiperactividad.
Los criterios que siguen quienes deciden si una persona está loca o cuerda cambian con el tiempo o en función de circunstancias e intereses, no de acuerdo a evidencias científicas.
Recientemente se ha publicado en Estados Unidos —aún no en Europa— el DSM-56 que trae algunas novedades interesantes.
En Estados Unidos ya son enfermos mentales los que comen desmesuradamente —trastorno por atracón—, o los niños que se enfadan de manera incomprensible para los adultos —trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo— o las personas que utilizan la fuerza y la coacción para obligar a otra persona a practicar sexo —trastorno parafílico—7, que han dejado de ser delincuentes para convertirse en enfermos mentales.
En España y en Europa los individuos que se comportan de esa manera aún no son considerados locos, pero previsiblemente lo serán dentro de unos meses, cuando las sociedades europeas de salud mental validen el DSM-5, a no ser que se sigan utilizando los criterios CIE, en cuyo caso habrá que esperar a que se publique la CIE-11 para saber cuál es el criterio consensuado para decidir quién está enfermo y quién no.
Todas estas consideraciones tienen importancia y afectan a la práctica clínica diaria.
Hace algunos años acudió a mi consulta, derivado de otros servicios de salud mental, Vicente, un muchacho que quería ganar el Tour de Francia porque quería demostrar a todo el mundo que era capaz de hacer algo importante en su vida.
Vivía con sus padres y sus dos hermanas menores en un valle de Cantabria rodeado de montañas.
Desde los 17 años entrenaba todos los días, subía el Portillo de la Sía y el de la Lunada.
Competía en campeonatos juveniles, pero sus resultados no eran todo los buenos que a él le gustaría.
Su mejor puesto fue un tercero en una carrera local.
Leía libros de ciclismo; se interesaba sobre todo por la preparación física de los grandes campeones, como Lance Amstrong, que fue durante años —antes de que confesara sus prácticas ilegales de dopaje— un ejemplo de superación personal: había sido capaz de ganar seis Tours de Francia seguidos justo después de haber superado un cáncer de testículo.
Vicente aprendió en la literatura sobre ciclismo que se solía desaconsejar a los grandes campeones mantener relaciones sexuales dos días antes de las carreras por la pérdida de energía que, supuestamente, se produce con las eyaculaciones.
Vicente dedujo que sus poluciones nocturnas podían ser las responsables de su rendimiento insuficiente.
Encontró argumentos para amputarse un testículo, y lo hizo.
Otros colegas de mi gremio calificaron su comportamiento y el razonamiento que lo soportaba como propio de un esquizofrénico.
Se decidió ingresarlo en una Unidad de Agudos y se le puso tratamiento farmacológico con neurolépticos.
Quince días más tarde fue dado de alta con el calificativo de "esquizofrenia desorganizada" y una pauta farmacológica para toda su vida.
Pero Vicente, como la mayoría de los grandes campeones, era tozudo, persistente y disciplinado.
Desde el primer momento se manifestó contrario a tomar la medicación —aunque la tomaba— porque le impedía rendir sobre la bicicleta y porque pensaba que los psiquiatras no habían comprendido bien las razones de su acción y por eso le habían diagnosticado erróneamente.
Su psiquiatra negoció con él para que tomara la medicación durante dos años y valorarlo de nuevo al cabo de este tiempo para ver los resultados.
Pasó los dos años diciendo que no estaba enfermo, que no quería tomar fármacos y que estos eran los responsables de no tener un rendimiento adecuado sobre la bicicleta.
Al final de ese periodo Vicente decidió que ya no tomaría más medicación.
Que él había cumplido su parte del trato y ahora era el psiquiatra el que tenía que cumplir la suya.
Al dejar la medicación todo el mundo esperaba que se produjera un nuevo brote en cualquier momento al cabo de unas semanas.
Vicente estuvo trabajando duramente en el campo, ayudando a su padre en labores agrícolas y lo único reseñable de su evolución en ese período desde el punto de vista psicopatológico es que se hizo muy religioso.
Tal vez excesivamente beato, pero ¿cuándo ha sido ese un motivo suficiente para catalogar a alguien como loco?
A la vista de este resultado, los psiquiatras le quitaron el calificativo de esquizofrénico desorganizado y le pusieron el de pensamiento obsesivo con un nivel intelectual límite.
Gastó montones de dinero en adquirir una bicicleta propia de un corredor profesional.
Encargó un cuadro a su medida, luego unos pedales a su medida, más tarde un sillín a su medida y un manillar, por supuesto; pero los resultados seguían sin llegar.
A veces, la frustración era tan grande que renunciaba a su objetivo y, en un arrebato, vendía su bicicleta perdiendo dinero.
Unos meses más tarde volvía a comprar otra aún mejor, para ver si así conseguía su propósito.
Durante esa época fue rechazado por varios equipos y varios entrenadores, de manera que tuvo que hacerse su propio programa de entrenamiento, para lo que siguió leyendo libros especializados en el tema.
Cuando se hizo con una bicicleta perfectamente adaptada a sí mismo y los resultados seguían sin llegar, se dio cuenta de que él mismo tenía una serie de defectos físicos que le impedían rendir adecuadamente.
Tenía el tabique nasal desviado, lo que dificultaba una respiración óptima en momentos de pleno esfuerzo; los pies planos y demasiado abiertos como consecuencia de una evidente rotación del fémur —inequívocamente confirmada por más de un traumatólogo—, por lo que la posición del pie sobre el pedal tampoco era óptima; y el pecho hundido —pectus excavatum—, un examen cardiológico confirmó que por este motivo tenía el corazón ligeramente desplazado, lo que no le impedía hacer deporte y una vida normal.
¿Pero quién ha dicho que un ganador del Tour pueda hacer vida normal?
La solución para los pies planos fue hacerse unas plantillas que permitieran que el pie apoyara de forma óptima sobre los pedales.
Como pedía unas plantillas con un puente exagerado, en la ortopedia se negaron a modificar más sus plantillas, diciéndole que no podían hacer las plantillas que él pedía.
Para la rotación del fémur la solución era quirúrgica y a base de perseverancia encontró un traumatólogo dispuesto a hacerle la operación, quien le informó de las escasas garantías del resultado y del elevado riesgo de quedar peor tras su paso por el quirófano.
Pero él, con tal de ganar el Tour, estaba dispuesto a asumir cualquier riesgo.
También encontró un cirujano dispuesto a operarle el pecho.
El cirujano pensaba que era un problema de autoimagen y que esta mejoraría una vez que el defecto, por lo demás ostensible, fuera corregido.
Y para la nariz se puso en la lista de espera de la Sanidad Pública, aunque difícilmente podía soportar la espera, ya que para ganar el Tour hay que empezar el entrenamiento adecuado en la edad adecuada, y ya tenía 21 años.
En resumen, después de hacerse una bicicleta a medida, comprando cada componente en la mejor tienda del país, tenía que hacer un cuerpo a la medida de un ganador de Tour: pies, piernas, pecho y nariz.
El asunto es: ¿Todos estos razonamientos son locos o cuerdos?
Porque si son locos, no puede permitirse que una persona que no está en su sano juicio tome decisiones potencial y probablemente dañinas para su salud física y también mental.
Pero si son razonamientos propios de una persona cuerda, entonces ¿qué derecho tiene nadie a sustraerle la posibilidad de someterse a las intervenciones quirúrgicas que él desee y que haya, al menos, un profesional que considere que tal operación es posible y no contraria a las normas de buena práctica clínica?
Cuando se me pidió que evaluara la capacidad del paciente, consulté al cirujano sobre el riesgo de la intervención para corregir el pectus excavatum.
Él era favorable a realizarla, argumentando que "así, el chaval se sentiría mejor".
Le pregunté si podía garantizar que Vicente ganaría el Tour de Francia.
Si se afirma que estos razonamientos son propios de un esquizofrénico entonces se le quita la capacidad de decidir en base a ellos.
Si, por el contrario, se considera que Vicente no está loco, entonces hay que permitir que haga con su cuerpo lo que autónomamente quiera.
Por supuesto: hablar y negociar.
Pero para hablar y negociar es tan imprescindible tener clara la propia posición, como comprender y aceptar la posición del interlocutor.
Es decir, negociar no es una forma de llevarse el gato al agua y demostrar que la razón está de parte de uno.
Al contrario, negociar significa saber reconocer las razones del otro para que este, a su vez, sepa reconocer las nuestras y llegar a una solución de consenso, no necesariamente en un punto intermedio.
El Constructivismo Radical, cuya tesis central es que la "Realidad" es una construcción en cierto modo inventada por quien la observa (von Foerster, 1991; Watzlawick, 1988) ofrece algunas soluciones.
Desde una perspectiva constructivista se distingue entre Realidad de Primer Orden: "Los sentidos nos proporcionan una imagen de la Realidad que es factible comparar con aquella percibida por otras personas, para descubrir sorpresivamente que son idénticas" (Watzlawick, 1988) y Realidad de Segundo Orden: "la que nos impide captar en forma pura sin hacer inferencias de categorizaciones, la que transforma el acto de conocimiento en subjetivo."
La primera no es negociable: el acuerdo entre los observadores viene dado por la naturaleza y características del observador.
Las personas perciben que el cielo es azul porque los ojos —los receptores— transforman el estímulo en un impulso eléctrico que cuando llega al cerebro, es interpretado de forma que todas las hablantes del español dicen: azul.
No hay un solo desacuerdo.
El mundo de estímulos físicos conforma la Realidad de Primer Orden.
La segunda solo cobra entidad —¿realidad?— cuando es compartida por, al menos, dos observadores.
Solo "existe" lo que es validado por otra persona.
Por ejemplo, un color se pone de moda cuando muchas personas quieren vestirse con ropa de ese color.
El color se corresponde con una Realidad de Primer Orden, el que se ponga de moda es un acuerdo tácito de muchas personas: Realidad de Segundo Orden.
Este reconocimiento explícito de que una parte importante de lo que las personas perciben se corresponde con realidades de segundo orden es el fundamento del respeto y de la tolerancia, tanto como de la incomprensión y el desencuentro.
A la vez, deja sin cabida al totalitarismo ideológico, a la dictadura de la razón y a cualquier otro tipo de totalitarismo o dictadura; porque unos y otros suponen que "Realidad" no hay más que una: la que ellos ven, defienden e imponen.
En el caso de Vicente: el pectus excavatum, el tabique nasal desviado, la rotación del fémur y los pies planos, corresponden a realidades de primer orden que pueden verificarse con las oportunas pruebas de imagen, o a simple vista, y que cualquier profesional especialista es capaz de diagnosticar sin probable desacuerdo en el diagnóstico.
Ahora bien, hasta qué punto cada uno de esos defectos es o no incapacitante y la valoración que Vicente hace de los mismos, tiene que ver con su propia biografía y sus planes de vida.
Se corresponde, por tanto, con una Realidad de Segundo Orden, donde caben diversas opiniones derivadas de los diferentes puntos de vista que se pueden adoptar frente a cualquier situación.
¿Hay argumentos para decir que el punto de vista de Vicente es patológico?
¿Y el de Clemente Domínguez Gómez?
¿Habría que haber ilegalizado su Iglesia Cristiana Palmariana?
De esta manera, tiene que ser Vicente quien interprete autónomamente la vida que quiere vivir y cómo quiere vivirla.
Deberá ser él quien valore la importancia de los riesgos y si estos compensan o no los beneficios que se esperan.
Es obligación del profesional de Salud Mental asegurarse de que Vicente cuenta con la información necesaria para fundamentar sus razonamientos; podrá opinar sobre si estos son lógicos y prudentes, si conoce y sopesa las consecuencias de sus decisiones y si está en condiciones de asumirlas.
Además, para que sus razonamientos puedan no ser considerados locos estaría bien que consiguiera que alguien más los comparta —como hizo el Papa del Palmar—, los comprenda, los asuma; en definitiva, los dé por válidos.
Podría ser un entrenador que esté dispuesto a seguir con él un programa de preparación física o un club ciclista que contrate sus servicios, o un cirujano, traumatólogo, ortopedista u otorrinolaringólogo que esté dispuesto a afirmar que las peticiones de Vicente están dentro de lo que la especialidad de cada uno considera buena práctica clínica.
O también un profesional de Salud Mental que informe que Vicente está en condiciones de competencia mental para decidir sobre su meta y sobre los medios que propone para conseguirla.
La valoración de la competencia8 de una persona es un tema estudiado y controvertido (Simon, 2008; Appelbaum, Appelbaum y Grisso, 1998; Appelbaum 2007; Drane, 1985; Roth, Meisel y Lidz, 1977) y a día de hoy no hay, ni parece probable que haya, un instrumento de medida que evalúe la capacidad de una persona de una manera objetiva; es decir, al margen o con independencia del observador que la evalúa.
Es más, desde la perspectiva del Constructivismo Radical tal objetividad, ni es posible, ni es deseable.
Y esto por varias razones: 1) la competencia de una persona no se puede valorar como una cualidad independiente del contexto en el que desarrolla su actividad; 2) la competencia de una persona no es una cualidad o capacidad propia, sino que solo cobra sentido cuando se valora en relación al objeto a que se destina; y 3) como se ha venido sosteniendo en este artículo, la competencia de una persona también depende de cuál sea el criterio, el punto de vista, en el que se sitúe el observador que la califica o valora.
En definitiva, no se puede hablar de que una persona es o no competente en términos absolutos y permanentes, sino que su competencia solo cobra sentido cuando se dice: "es o no es competente para...".
Sí es cierto que los expertos han llegado a algunos consensos razonables para valorar la capacidad de las personas.
(1977) proponen cinco criterios escalonados para valorar la capacidad, que van de menos exigentes a más exigentes: 1o) La persona es capaz de hacer y expresar una elección; 2o) la persona toma una decisión razonable; 3o) la persona toma una decisión razonable basada en argumentos racionales; 4o) La persona comprende los beneficios, riesgos y alternativas a un tratamiento; y 5o) la persona comprende todos los aspectos relevantes de la decisión a tomar y consiente de forma libre y estando bien informada.
El problema es quién valora cada uno de estos cinco criterios: quién decide que una decisión es razonable, quién que está basada en argumentos racionales, quién que la persona comprende la situación...
Desde esta perspectiva, cuando una persona elige una opción en contra de la opinión del profesional que la atiende, la probabilidad de que se considere una decisión poco razonable es alta y, por tanto, de que se le declare incapaz.
Y otra de las aportaciones importantes a este campo es la escala móvil de Drane (Drane, 1985).
Desde esta perspectiva se reconoce de forma explícita que la capacidad es algo que está en relación directa con la decisión concreta que hay que tomar.
En la valoración de la capacidad de una persona se tiene en cuenta el balance riesgo/beneficio de una opción.
De esta manera se exige un grado alto de capacidad tanto para aceptar una opción que tiene más riesgo que beneficio, como para rechazar una opción que tiene más beneficio que riesgo.
Y al contrario, se pide un bajo nivel de capacidad tanto para aceptar una opción que tiene más beneficio que riesgo, como para rechazar algo que tiene más riesgo que beneficio.
La perspectiva del Constructivismo Radical se sitúa en el polo opuesto del "todo vale", más propio del relativismo.
Si bien cualquier punto de vista de la Realidad es "no-real", es inventado, esto no significa que dé lo mismo construir una u otra Realidad o que cualquier punto de vista de la Realidad sea igualmente válido.
Algunos puntos de vista se revelan eficaces para determinados propósitos y otros, en cambio, ineficaces.
Algunas construcciones de realidad guían a buen puerto, otras confunden y embarrancan.
Desde esta perspectiva, no es necesario oponerse a los deseos de Vicente.
Bastaría con darle la oportunidad para que consiga demostrar que su punto de vista puede considerarse razonable dentro de los límites, muchas veces borrosos, característicos de estos tiempos por los que transita.
A modo de conclusión, y tomando prestadas las palabras de Paul Watzlawick, si una persona decide vivir su vida desde una perspectiva constructivista, se convertirá en una persona ante todo tolerante porque "el que llega a comprender que su mundo es su propia invención debe acordar lo mismo a los mundos de sus semejantes. (...)
Además, se sentirá responsable en un sentido profundamente ético, responsable no solo de sus sueños y yerros, sino también de su mundo consciente. (...)
Y plenamente libre, porque quien tiene plena conciencia de que es inventor de su propia Realidad conoce la posibilidad siempre presente de forjarla de otra manera".
Y podría añadirse... y absolutamente seguro de que el suelo que pisa es tan inestable como él mismo quiera construirlo. |
El concepto de género como hermenéutica de la sospecha: de la biología a la filosofía moral y política
Este artículo trata sobre el concepto de género como un caso paradigmático de frontera entre lo biológico y lo cultural.
Examina los orígenes históricos olvidados de la idea de género como construcción social durante la Ilustración, su definición en el siglo XX por oposición a lo biológico y su influencia en la elaboración de leyes orientadas hacia la igualdad entre mujeres y hombres.
Atiende también a la creciente absorción del concepto de sexo por el de género en los debates más recientes.
Para finalizar, plantea la necesidad de que la hermenéutica de la sospecha de género continúe utilizándose para implementar políticas de igualdad y, al mismo tiempo, sirva para desvelar el sesgo androcéntrico en la cultura.
A más de cien años del nacimiento de la filósofa existencialista Simone de Beauvoir, me parece de toda justicia elegir como epígrafe de estas líneas la frase más famosa de su libro El Segundo Sexo.
Aunque esta obra de 1949 no incluya el término género, incorporado más tarde a las ciencias sociales y humanas, plantea claramente el significado de construcción cultural que "género" tiene actualmente.
Es más, puede decirse que, con ella, se inaugura el debate del siglo XX sobre lo biológico y lo cultural en la diferencia de los sexos.
Una polémica que no se reduce al plano teórico sino que ha tenido, y conserva, un enorme poder de transformación de las leyes y de la sociedad.
Como se sabe, Paul Ricoeur calificó de "maestros de la sospecha" a Nietzsche, a Freud y a Marx.
Los tres habrían cultivado una "herméneutique du soupçon".
El calificativo de hermenéutica de la sospecha hace referencia a aquellas teorías que suponen que, por debajo de nuestra aparente racionalidad y voluntad libre, hay elementos que dirigen nuestra acción sin que lo advirtamos.
Aun cuando no aceptemos totalmente las teorías psicoanalíticas, deberemos reconocer que Freud supo señalar que no siempre nuestras conductas son conscientes.
Tanto él como sus discípulos estudiaron las fuerzas que dirigen nuestra acción y que en su teoría reciben el nombre de libido.
Nietzsche, otro gran maestro de la sospecha, planteó que por debajo de nuestra conducta y del desarrollo civilizatorio subyacía la Voluntad de Poder como una corriente subterránea fundante de toda realidad.
Su crítica a la cultura se encaminó a la búsqueda del pudenda origo de los valores.
Emprendió su genealogía de la moral como una tarea desmitificadora y liberadora.
Por su parte, Marx denunció la ideología como falsa conciencia y nos enseñó a mirar, analizar y preguntarnos hasta qué punto nuestros prejuicios, nuestros pensamientos, nuestras actitudes y las grandes realizaciones del mundo simbólico no tenían un origen de clase.
Independientemente del fracaso de la propuesta política marxista, la idea de que la pertenencia de clase configura la subjetividad es una aportación definitiva del materialismo dialéctico a las ciencias sociales.
¿Podemos asimilar la teoría de género a una hermenéutica de la sospecha?
¿Qué nos permite descubrir el concepto de género?
¿Cuál es la sospecha que plantea?
Su sospecha es que la asignación social de sexo tiene que ver con la forma en que pensamos, sentimos y actuamos.
En una palabra, se trata de otra contribución a la certeza de que no somos tan libres, originales ni racionales como se suponía en el inicio de la Modernidad.
Pero su interés no se reduce a esta constatación.
El concepto de género facilita también elementos para una hermenéutica de la sospecha que nos permite desestabilizar nuestras identidades, mirar críticamente la organización de la sociedad por sexos y plantearnos su transformación.
UN CASO PARADIGMÁTICO DE FRONTERA ENTRE LO BIOLÓGICO Y LO CULTURAL
El concepto de género se define en el mundo anglosajón a mediados del siglo XX para designar las actitudes, características y roles esperados por el entorno en un niño o niña a partir de la identificación de su sexo según sus caracteres anatómicos externos.
Así, mientras sexo se refiere a los elementos biológicos, gender aludirá a lo adquirido, a lo proveniente de la educación, entendida esta en un sentido muy amplio.
Es sabido que la categoría de género ha ido ganando importancia en las últimas décadas.
Gracias al análisis social que ha permitido esta herramienta conceptual, se han desarrollado las políticas de acción positiva que tuvieron su origen en EEUU y se han extendido a gran número de países (Osborne, 2008).
En 1999, el Tratado de Ámsterdam consagró la igualdad entre los sexos como un objetivo de la Unión Europea que han de procurar las políticas comunes y de los estados miembros.
Este principio, así como las Directivas europeas posteriores de 2002 y 2004 (referidas a la aplicación del principio de igualdad de trato en el acceso a la formación, al empleo, a las condiciones de trabajo, a la promoción profesional y a los bienes y servicios), son recogidas en nuestro país por la Ley Orgánica para la Igualdad efectiva entre mujeres y hombres de marzo de 2007.
Hay leyes que incluso incorporan el término género en su denominación misma.
Este avance del concepto crítico de género no se ha producido sin encontrar resistencias.
Una de las numerosas dificultades a las que se enfrentó la Ley Integral contra la Violencia de Género fue justamente una fuerte oposición a la utilización de los conceptos de género y violencia de género.
Durante su elaboración, tuvo lugar un encendido debate en los medios de comunicación.
Ante el anuncio del Proyecto de Ley, la Real Academia se manifestó indignada contra lo que consideraba una mala traducción del inglés cuando se tenía una palabra como "sexo" que, supuestamente, designaba lo mismo.
Para la institución encargada de preservar la lengua española, se trataría simplemente de un barbarismo.
En su informe especial con motivo de la preparación de la Ley, sostiene que debería llamarse Ley contra la violencia doméstica, admitiendo solo que, en todo caso, se podría agregar "y por razón de sexo" para incluir los casos en que el agresor no conviviera con la mujer.
Al promulgarse la ley, se oficializó el uso común del término fuera del ámbito del feminismo y de las ciencias sociales que ya lo habían adoptado mucho tiempo antes.
Sin embargo, obedeciendo a la Real Academia y por ignorancia del significado del nuevo término, los periodistas suelen resistirse aún a hablar de violencia de género y, a menudo, prefieren seguir empleando la expresión violencia doméstica11.
Yo he sostenido en otro lugar (Puleo, 2008) que ese debate no era realmente un debate lingüístico, sino un debate político en el sentido amplio de "política" como relaciones de poder en todos los niveles de la sociedad.
Porque el concepto de género tiene un componente crítico que lo hace peligroso para quienes no desean cambios en la organización sexuada de la sociedad.
De ahí tanta indignación por un supuesto atropello a la lengua española, al tiempo que se acepta multitud de palabras tomadas del inglés para referirse, por ejemplo, a la informática.
Hasta el término gay es aceptado y comienza a ser incluido en los diccionarios.
En cambio, género solo lo ha recogido el Diccionario de María Moliner.
Atento al uso y la evolución de la lengua junto con la sociedad, en su tercera edición, presentada en septiembre de 2007, añadió una sexta acepción a la palabra género: "Sexo.
Referido especialmente a las diferencias sociales o culturales motivadas por el sexo de las personas: discriminación por razones de género.
Esta no es una casualidad, es un caso de violencia simbólica en el sentido definido por Pierre Bourdieu.
La violencia simbólica consiste en privar al grupo oprimido de los instrumentos conceptuales que le permitirían analizar su opresión.
A menudo, conscientes de que el término feminismo se halla injustamente estigmatizado, convertido en significante que, en el imaginario popular, generalmente remite a voluntad de invertir la dominación, prepotencia hembrista2, histeria y exceso, quienes realizan investigación o formación en torno a la desigualdad entre los sexos se limitan a hablar de género, categoría que tiene la ventaja de remitir a las ciencias sociales.
Aducir que no existe en la lengua castellana, resistirse a su introducción es más que un problema lingüístico.
Considero que esta polémica oculta lo que realmente está en juego: la eliminación de categorías de impugnación de un antiguo orden patriarcal que distribuye los roles de sexo según un modelo estratificado.
El concepto de género, como lo que es construido frente a lo que es recibido, fue asumido por los movimientos feministas en el siglo XX, dando lugar a un cambio espectacular en las sociedades occidentales.
Quizás hemos perdido la perspectiva histórica y no lo percibimos, pero si pensamos cómo era Occidente en el siglo XIX, veremos que se trata de una transformación impresionante consistente en la salida del colectivo femenino de la reclusión doméstica para comenzar a ocupar, aunque sea parcialmente, el espacio público de los estudios superiores, las profesiones liberales y la política.
La conquista de los derechos fundamentales, de la igualdad formal y la actual reivindicación de equidad en el acceso a los recursos y al reconocimiento (Rubio, 1997; Fraser, 1997) han sido y son el objetivo de ese movimiento social llamado feminismo.
Sus demandas han pasado a la agenda política internacional: "En la actualidad, la crítica a la desigualdad sexual se ha convertido, gracias a las luchas feministas, en un elemento central de la cultura política de Occidente" (De Miguel & Cobo, 1997: 204).
Este espectacular avance en la igualdad democrática se ha logrado, entre otras razones, gracias a la utilización del concepto de género que ha permitido desnaturalizar las características adscriptivas femeninas y masculinas, facilitando la deconstrucción de lo que parecía ser un destino biológico ineluctable.
Comparando, incluso, la sociedad europea actual con la de hace cincuenta años, podemos decir que los papeles sociales de hombres y mujeres son hoy mucho más permeables, mucho más fluidos.
Ambos sexos han ganado en libertad porque hoy reconocemos que hombres y mujeres somos, al menos parcialmente, producto de una construcción social.
Indudablemente, el caso del género es paradigmático de la relación de frontera entre lo biológico y lo cultural.
LOS ORÍGENES FILOSÓFICOS OLVIDADOS DE UN CONCEPTO REVOLUCIONARIO
Si buscamos los orígenes lejanos del concepto de género, veremos que posee una larga historia.
He sostenido que se encuentra ya prefigurado en algunos pensadores ilustrados (Puleo, 1991).
Desde finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII, se plantea un gran debate sobre qué es lo adquirido y qué es lo natural en los papeles de hombres y mujeres.
Esta polémica surge por diversas causas.
Por un lado, se alimenta del conocimiento de otras culturas aportado por los relatos de misioneros y viajeros de la época que describen las costumbres de Oriente y del Nuevo Mundo.
Las sociedades europeas comienzan a mirarse en el espejo del Otro, sea este la milenaria China, los pueblos polinésicos o los indígenas americanos (Puleo, 1996).
En el debate de la incipiente antropología encontrará un lugar privilegiado la especulación acerca de lo que es femenino y masculino por naturaleza.
No en vano es el momento de gestación de las ciencias naturales y sociales.
Pero paralelamente se desarrolla la reflexión filosófica que pondrá los fundamentos de las democracias modernas.
¿Quién va a ser ciudadano?
¿Cómo va a estar distribuido el poder?
Este debate no puede separarse de la polémica sobre lo propio de la feminidad y de la masculinidad.
El Rousseau de El Contrato Social (1762), filósofo político, no puede ser desvinculado del Rousseau pedagogo que escribe el Emilio (1762), delineando los roles de hombres y mujeres en la sociedad que está por llegar, la sociedad democrática que hemos heredado.
Amparándose en una supuesta ley natural de todos los tiempos pero siendo consciente de la necesidad de un adiestramiento específico, dice: "Toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres.
Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia" (Rousseau, 1998, 545).
La división moderna de lo doméstico y de lo público era también una distribución de esferas de actuación de ambos sexos.
Esta división guiará a los diputados jacobinos cuando, en plena Revolución Francesa, decreten el cierre de los clubes políticos de mujeres en nombre de las leyes de la Naturaleza.
Dentro de la Ilustración, podemos distinguir dos corrientes opuestas de pensamiento sobre la diferencia sexual.
Una de ellas tiene que ver con el interés por el conocimiento biológico del ser humano y verá en todas las costumbres y papeles de cada sexo una expresión de la naturaleza.
Los llamados médicos-filósofos, desde Pierre Roussel al ideólogo Cabanis, explicarán todas las actitudes y funciones de hombres y mujeres desde una perspectiva biologizante que legitimará la exclusión de las mujeres de los estudios superiores, de la política y, en general, de la esfera pública (Fraisse, 1991).
Sostendrán que el cerebro y los músculos de la hembra humana son más blandos que los del varón y, por lo tanto, inaptos para un esfuerzo excesivo o prolongado.
La función natural de las mujeres, en sus teorías, será exclusivamente la procreación.
Siguiendo los consejos de la Higiene, ciencia emergente, el colectivo femenino, afirman los médicos decimonónicos, debe cumplir su misión particular consistente en la mejora de la especie, y dejar a los varones la que les es propia: el perfeccionamiento de la civilización.
La otra corriente se apoya en la convicción ilustrada del poder de la educación para mejorar la sociedad.
Encontraremos, por lo tanto, pensadores y pensadoras que insistirán en el carácter social y construido de la desigualdad3.
Se llega incluso a pensar que las diferencias físicas están determinadas por la civilización.
Así, Madame d'Epinay considera que no solo puede decirse que las costumbres varían y son construidas social e históricamente, sino que modelan los cuerpos.
La fortaleza de las indígenas americanas le lleva a pensar que la fragilidad y debilidad corporal de las europeas de su tiempo no es más que el efecto de su encierro y de las perniciosas limitaciones a sus movimientos.
Olympe de Gouges, dramaturga y pensadora profundamente igualitarista, gran amante de los animales, sostenía en su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1790) que ninguna hembra de otras especies está tan limitada en su libertad por el macho como lo está la hembra humana.
En la comparación entre Naturaleza y Cultura, la humanidad parecía salir mal parada.
Más tarde, esta observación daría lugar a especulaciones antropológicas sobre el origen del patriarcado.
Del otro lado de la Mancha, con Vindication of the Rights of Woman (Londres, 1794), Mary Wollstonecraft dirige duras críticas a su admirado filósofo Rousseau en lo que concierne a su conceptualización de la mujer.
Ve en la deficiente y deformante educación recibida por las niñas el origen de las características femeninas reprobables: "Los hombres se quejan, y con razón, de la insensatez y los caprichos de nuestro sexo, cuando no satirizan con agudeza nuestras impetuosas pasiones y nuestros vicios serviles.
Debería responder: ¡he ahí el efecto natural de la ignorancia!
La mente que solo se apoya en prejuicios siempre será inestable y la corriente avanzará con furia destructiva cuando no haya barreras que rompan su fuerza."
En su Defensa de las mujeres (Madrid, 1726) incluida en el Teatro Crítico Universal, el fraile benedictino Benito Jerónimo Feijoo sostiene que la aparente falta de inteligencia de las mujeres se debe a la carencia de instrucción y a que, encerradas en el hogar, no están acostumbradas a participar en conversaciones doctas (Feijoo, 1726).
En el último tercio del XVIII, la ilustrada zaragozana Josefa Amar y Borbón insiste en la capacidad de la educación para erradicar los defectos que se observan en las mujeres: "No hay cosa que no se pueda enseñar en este estado, ni virtud que no se hiciese común, si los que tienen el cargo de la educación supiesen aprovecharse" (Amar y Borbón, 1994:58).
No excluirlas de la instrucción redundará, asegura, en la felicidad de todos y el buen orden de la sociedad.
Esta tendencia feminista ilustrada, de la que solo he citado algunos representantes, cuestiona, con diferentes matices de intensidad, el carácter innato de las diferencias entre los sexos para defender la universalización de derechos.
Interpreta la igualdad de todos los hombres como la igualdad de todos los seres humanos.
Por el contrario, la corriente mayoritaria de la Ilustración entenderá hombres solo como varones, por lo que la igualdad de todos los hombres será, para Rousseau (Cobo, 1995), Kant (Roldán, 1995) y muchos otros, la igualdad de todos los varones.
A principios del siglo XX, esta línea desemboca en la teoría psicoanalítica freudiana sobre la incapacidad de juicio moral en las mujeres.
Dado que, según esta teoría, el súper yo se forja en el niño por temor a la castración, la falta de pene impediría a la niña la completa internalización de los valores parentales.
La mujer no puede sentir el miedo a perder algo de lo que se sabe desposeída, por lo tanto, tampoco alcanzaría la firmeza de las ideas morales propia del hombre.
Para el fundador del psicoanálisis, las reivindicaciones de igualdad feministas provienen, o bien del error y la ingenuidad de pensadores como John Stuart Mill, o bien de un desarrollo inadecuado de la subjetividad en mujeres incapaces de renunciar a la fantasía de ser hombres (Freud, 1967, 490-491).
La justificación de la discriminación sexual del siglo XIX toma, con el psicoanálisis, un rumbo más complejo pero no menos eficaz.
Introduce la mediación de la mente y de la historia individual entre lo biológico y lo social, intentando explicar, de esta forma, el creciente descontento con respecto a la estricta división de roles de género.
El sufragismo había encontrado sus modernos detractores.
LA OPOSICIÓN GÉNERO/SEXO EN EL SIGLO XX
Si trazamos una genealogía que llegue hasta el siglo XX, la línea igualitaria nos conduce a Simone de Beauvoir, que publica en 1949 El Segundo Sexo.
En este clásico del feminismo, la autora sostiene que las mujeres sufren una injusta subordinación.
Como pensadora existencialista, entiende la vida humana como proyecto, como elección y libertad.
Su afirmación de que "no se nace mujer, sino que se llega a serlo" es una denuncia del Eterno Femenino como mistificación opresiva.
Al observar la riqueza de opciones vitales permitidas a los varones y compararla con la maternidad concebida como único destino de las mujeres occidentales de su época, llega a la conclusión de que la sociedad construye la feminidad impidiendo a la mitad de los seres humanos el pleno desarrollo de sus potencialidades.
Hoy en día, desde la enorme cantidad de estudios feministas y de género realizados en más de medio siglo, añadiríamos que tampoco se nace hombre.
Tanto hombres como mujeres somos construidos por una serie de mandatos y modelos, por un mundo de lo simbólico en el que estamos todos inmersos.
La subjetivación se realiza a partir de elementos que nos son dados.
En ocasiones elegimos, otras veces (las más numerosas) repetimos modelos inconscientemente.
El concepto de género nos ayuda a descubrir que hay una parte social fundamental en la elaboración de nuestra identidad.
Y si miramos este resultado del condicionamiento social desde una perspectiva crítica, puede suceder que algunos de sus aspectos nos disgusten, nos parezcan injustos y queramos cambiarlos.
La antropología ha descrito el sistema de supremacía masculina o patriarcado como aquella sociedad en que los puestos clave de poder (políticos, económicos, militares y religiosos) están ocupados mayoritaria o exclusivamente por varones (Divale & Harris, 1978).
Pero se supone que, en tanto ciencia, debe limitarse a describir, absteniéndose de calificar moralmente.
En cambio, desde una perspectiva ética, el pensamiento feminista ha juzgado este sistema y ha considerado que la estratificación por sexos era inadecuada.
Esta ha sido la larga lucha de la teoría y la praxis feminista (Amorós y De Miguel, 2005).
Veamos ahora cómo se produjo el encuentro de esta teoría y praxis con el concepto de género creado en el ámbito clínico.
El término gender fue utilizado por primera vez a mediados de los años cincuenta por el médico estadounidense John Money, investigador de casos de hermafroditismo, en el marco de la asignación social de sexo a niños con órganos sexuales inciertos.
Sostuvo que, a pesar del sexo genético, gonadal y hormonal, un individuo se comportará según el sexo que le asigne el medio familiar en el que se desarrolla.
La teoría de Money ha sido muy criticada porque, aunque no niega lo biológico, le da un peso decisivo a los elementos culturales de la subjetivación.
Su concepto de rol de género hacía referencia a las actitudes, gestos, conductas, formas de hablar, o moverse y temas preferidos de conversación y juego característicos de las identidades masculina y femenina.
Money sostuvo que la fijación de la identidad de género se produce en torno a los dieciocho meses de edad y es el resultado de un proceso en el que intervienen factores biológicos y sociales.
En la década siguiente, el término gender será progresivamente incorporado por las ciencias biomédicas y las ciencias sociales, abriéndose nuevos horizontes de investigación.
Robert Stoller, profesor de Psiquiatría de la Universidad de California, fue el primer psicoanalista en adoptar la distinción sexo/género, desarrollando las nociones de identidad de género y núcleo de la identidad de género para estudiar los aspectos psicológicos y ambientales de la masculinidad y la feminidad en los casos de transexualidad (Stoller, 1968).
A finales de los sesenta, las teóricas del feminismo de la llamada "segunda ola" hacen suyo este concepto de gender como una clave que devela relaciones de poder en la organización social a nivel macro y micro.
En Política sexual (1969), Kate Millett cita los trabajos de Money y Stoller, como "pruebas positivas del carácter cultural del género, definido como la estructura de la personalidad conforme a la categoría sexual" (Millett, 1995, 77).
Al combinar la categoría clínica de género con la noción de política en el sentido frankfurtiano de relaciones de poder, estas pensadoras lo convertirán en arma contra la desigualdad y la opresión.
Con él realizarán una dura crítica a la exclusión y marginalización del colectivo femenino.
Tanto K. Millett como S. Firestone contrastarán la condición de género con las de clase y raza (Puleo, 2005a).
La participación de esta generación de jóvenes en el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos y en la New Left facilitará la puesta en correlación de la raza y el género al entender que ambas categorías de estatus, a diferencia de la clase, se apoyan fraudulentamente en una marca corporal que no se puede borrar.
Cuando el concepto de género se desarrolla en la Sociología y en el pensamiento político feminista, la identidad sexuada será solo uno de los componentes de un complejo mecanismo de retroalimentación.
Como organización social, el sistema de género remite a distintos elementos.
Uno de ellos es la división sexual del trabajo.
Como se puede constatar transculturalmente, toda sociedad tiende a distribuir tareas según el sexo.
Esta segregación suele coincidir con la división de espacios entre una esfera de lo público y otra de lo doméstico, declaradas complementarias pero dotadas de poder y reconocimiento asimétricos.
Las sociedades del capitalismo tardío son más fluidas en ese sentido pero ambas esferas continúan altamente generizadas.
Tradicionalmente, el ámbito doméstico es el femenino.
En él se realizan las labores de mantenimiento de la vida y de reproducción de la fuerza de trabajo y de la especie.
Aún hoy, gran parte de la gente vive en hogares tradicionales donde son mujeres las que realizan todas esas tareas de infraestructura que permiten a los individuos estar listos para actuar en el mundo del trabajo asalariado y de la cultura: preparación de la comida, mantenimiento de la ropa, crianza de los niños, apoyo afectivo, etc. (Murillo, 1996).
Las tareas del ámbito doméstico incluyen el cuidado de niños, enfermos y ancianos.
Por ello, la Ley de promoción de la autonomía personal y atención a personas en situación de dependencia (BOE no 299 de 15 de diciembre de 2006) no solo está dirigida a asegurar la dignidad y bienestar de las personas dependientes.
Su objetivo son también las mujeres cuidadoras.
Como han mostrado los estudios de género, a pesar de los cambios recientes en los roles, todavía el cuidado altruista de enfermos y ancianos en el hogar queda mayoritariamente a cargo de las mujeres4.
La identidad sexuada es el aspecto psicológico del género fomentado por la división de roles al tiempo que funcional para esta.
¿Qué sentimientos, actitudes y formas de pensar y de actuar caracterizan a los sexos en términos estadísticos5?
Durante mucho tiempo la Psicología ha intentado sistematizar y establecer listados de características opuestas de uno y otro sexo, considerándolas reflejo de la naturaleza interna de cada uno de ellos.
Competitividad, valentía, agresividad, entre otros rasgos, definían a los varones frente a las mujeres, consideradas innatamente más emocionales, tiernas, inseguras y temerosas.
En cambio, los estudios de género, impulsados por el feminismo, han enfatizado las causas sociales de las diferencias.
En algunos países, incluso hoy en día, transgredir las reglas de género puede acarrear la muerte o por lo menos, un duro castigo.
En los grupos de pares de cualquier cultura, es común que estas transgresiones sean sancionadas con la burla o el aislamiento.
En cuanto al código de la moral sexual, puede afirmarse que todavía hoy es diferente según el género incluso en las sociedades más desarrolladas.
En todo caso, puede afirmarse sin lugar a dudas que la bipolarización de la identidad sexuada resultaría en su mayor parte de un fuerte condicionamiento ejercido desde la infancia a través de mecanismos de internalización, imitación, coacción y recompensa.
El cultivo de los sentimientos se ha reservado históricamente a las mujeres y se ha reprimido en los varones, lo cual explicaría la tendencia "relacional" femenina.
La construcción de la masculinidad gira en torno al poder y la competencia.
Con su estudio sobre "la producción de los grandes hombres", premiado por la Académie française, el antropólogo Maurice Godelier ha mostrado cómo se forjan los guerreros en sociedades etnológicas por medio de procedimientos que podríamos llamar "tecnología del género" (Godelier, 1986).
Actualmente, los imperios siguen construyendo guerreros.
Se trata de una interesante cuestión que, a mi juicio, merece ser examinada en profundidad6.
Otro componente del sistema de género es el estatus o rango de género que establece la superioridad de los varones y de lo considerado masculino.
Aunque ya no se proclame abiertamente como hace un siglo, sigue presente en nuestras actitudes cotidianas de manera inconsciente y atraviesa el conjunto de la cultura.
Finalmente, como elemento de la organización social de género, cabe mencionar los discursos de legitimación.
Pueden ser mitológicos, religiosos, filosóficos, científicos o artísticos y sirven para justificar las desigualdades entre hombres y mujeres.
El Derecho, la Filosofía, la Religión, la Literatura, las Artes... han apuntalado el sistema de género a través de normas, sanciones, estereotipos y discursos que organizan y jerarquizan el mundo.
La hermenéutica de la sospecha de género practica dos formas de revisión de este mundo de lo simbólico.
En un primer momento, examina los aspectos discriminatorios que pueda contener.
La negación a las mujeres de los derechos reconocidos a los hombres7 y la escasez o nula presencia de mujeres en el corpus de la filosofía, la literatura o las artes8 son ejemplos del sexismo que los estudios de género han ayudado a poner en evidencia.
En un segundo momento, la crítica al mundo de lo simbólico ha advertido un aspecto más oculto e insidioso de la discriminación: el androcentrismo.
El prejuicio sexista opera en los mismos criterios de selección de lo excelente, de forma que el problema no reside solo en la exclusión de las mujeres de las actividades prestigiosas de los hombres sino en la clasificación jerarquizada y generizada del mundo.
El que ha nombrado y ha definido a los seres, sus cualidades y sus espacios correspondientes ha impuesto también sus propios patrones de evaluación.
El androcentrismo impregna la cultura, constituyendo un serio obstáculo para la plena integración de las mujeres.
El estatus de género que hace que tendamos inconscientemente a dar más importancia a los hombres, también afecta nuestra evaluación de los objetos y las actividades.
Los temas, estilos, costumbres y gustos femeninos son considerados inferiores a los masculinos.
Este sesgo de género se encuentra presente en todos los niveles de la cultura y llega a afectar a la misma investigación científica, estableciendo prioridades y distribuyendo de manera desigual el reconocimiento del mérito.
A partir de los años noventa, por efecto del constructivismo radical reinante en el pensamiento postmoderno, el concepto de género tiende a diluir y reemplazar el de sexo.
Por su artículo La pensée straight, publicado por primera vez en 1980 en la revista Questions Féministes, Monique Wittig es hoy considerada pionera de esta corriente.
Wittig afirmaba que la lesbiana no es una mujer, puesto que mujer es una categoría relacional resultante de la heterosexualidad obligatoria.
La lesbiana, afirmaba, es una cimarrona, aludiendo a los esclavos que huían de las plantaciones del Caribe.
Se iniciaba, así, una teorización radicalmente constructivista centrada en la sexualidad que conectará con el saber-poder disciplinario foucaultiano.
Heredera del perspectivismo nietzscheano, esta línea de investigación sostiene que no hay realidad que no sea ya interpretada, razón por la que no cabría hablar de sexo como realidad biológica independiente del género.
Así, por ejemplo, Thomas Laqueur emprende una detallada historia de las transformaciones de la percepción del cuerpo sexuado en Occidente, buscando mostrar su carácter construido (Laqueur, 1994).
En Gender Trouble (1990), Judith Butler aplica al género la noción de performatividad de la teoría de actos de habla de Austin.
El género aparece como el resultado de la repetición que actualiza la norma que la precede, ocultando su carácter de norma e inscribiéndose en los cuerpos como "natural".
Desde este enfoque asumido por la llamada teoría queer, el concepto de género no se referiría únicamente a hombres y mujeres.
No remitiría a una dualidad, sino a una multiplicidad, por lo que se propone la proliferación paródica de los géneros disruptivos (Butler, 1990).
Los individuos en los que el sexo, el género y la opción sexual no coinciden serían los nuevos sujetos revolucionarios que permitirían avanzar hacia una sociedad post-género.
Aunque está teóricamente vinculado a los planteamientos feministas de la construcción social del género, el objetivo del movimiento queer es otro.
La adaptación de un insulto homofóbico (queer) como denominación ha sido entendida como voluntad de mantenerse fuera de la redefinición de la normalidad.
Butler ha llamado "performatividad queer" a la capacidad de inversión de las posiciones de enunciación hegemónica que posee la cita descontextualizada en la autodenominación de los "cuerpos abyectos" que se expresan reclamando su propia identidad.
La teoría y el movimiento queer no buscan la emancipación de las mujeres, ni la integración normalizada de los gays, sino la abolición del concepto de normalidad a través de la afirmación de las disidencias sexuales más estigmatizadas, como el incesto, y de todos los marginales de las sociedades opulentas (Despentes, 2006).
En palabras de Beatriz Preciado, se autocalifica de "post feminista", separándose nítidamente del feminismo "blanco y de clase media" que buscaría la igualdad para las mujeres.
La teoría contra-sexual de Preciado "define la sexualidad como tecnología y considera que los diferentes elementos del sistema sexo/género denominados "hombre", "mujer", "homosexual", "heterosexual", "transexual", así como sus prácticas e identidades sexuales no son sino máquinas, productos, instrumentos, aparatos, trucos, prótesis, redes, aplicaciones, programas, conexiones, flujos de energía y de información, interrupciones e interruptores, llaves, leyes de circulación, fronteras, constreñimientos, diseños, lógicas, equipos, formatos, accidentes, detritos, mecanismos, usos, desvíos..."
De Foucault y Wittig a Butler y Preciado, pasando por Donna Haraway, se completa la desnaturalización del género iniciada con la Ilustración.
En este principio del nuevo milenio, conviven y polemizan dos formas diferentes de entender y aplicar la hermenéutica de la sospecha de género a la sexualidad: la crítica feminista a la unión de Eros y Thanatos9 y la reivindicación queer de las prácticas transgresivas.
Un interrogante sobre las consecuencias políticas de la disolución total del sexo en el género: el movimiento queer pide la desaparición de la mención del sexo en los documentos de identidad.
Esta demanda, en principio, me parece coherente con la afirmación del individuo frente a la obligatoriedad de identificarse con un sexo.
Pero ¿cómo se podría articular con las políticas de acción positiva?
¿La disolución del par hombre/mujer, tal como es propuesta por la teoría queer, es favorable a las mujeres que, al fin y al cabo, siguen existiendo?
APUNTE FINAL SOBRE NATURALEZA Y CULTURA
Me he referido al androcentrismo como el sesgo patriarcal de la cultura vinculado al rango de género.
Todo lo que se considera masculino es más valorado, y lo femenino, asimilado a la Naturaleza, es menos apreciado.
La crítica al androcentrismo es una crítica a nuestra cultura en tanto producto de una historia de dominación masculina.
Insisto en que no se trataría de una esencia masculina, sino de una historia en la que los varones han ocupado permanentemente una posición hegemónica por causas sobre las que los especialistas aún discuten.
Se ha observado que la noción de hombre forjada en la Grecia clásica estaría vinculada a la existencia de la esclavitud, ya que esta institución se alimentaba de los prisioneros conseguidos en las acciones bélicas.
La exaltación del espíritu por encima de la materia, de lo masculino sobre lo femenino, que encontramos en Platón sería, según Nancy Hartsock, una legitimación involuntaria de la guerra.
Animaba a arriesgar la vida a los varones griegos y consolaba de su posible pérdida (Hartsock, 1985).
Una ideología que sostiene la inferioridad de la Vida, de la Naturaleza y del Cuerpo es altamente funcional en una sociedad patriarcal guerrera.
Nuestra especie comenzó a conceptualizarse a sí misma sin dar cabida a las mujeres y a sus experiencias en el proceso.
El concepto de ser humano (hombre) que hemos heredado está históricamente relacionado con sistemas de dominación de seres humanos (esclavos), mujeres y Naturaleza (Puleo, 2005b).
Aristóteles afirma en su Política que el hombre libre tiene su propio fin en sí mismo.
En cambio, sostiene, los esclavos, las mujeres y los animales no poseen un fin en sí mismos.
Dárselo corresponde al hombre libre.
En su clasificación ontológica piramidal, la naturaleza aparece vinculada a las mujeres, los esclavos, las emociones, el cuerpo, los animales.
El Hombre es un fin en sí porque es intelecto, dominio racional legítimo de los seres inferiores.
Nuestros conceptos de Naturaleza y Cultura han sido históricamente construidos y provienen de una historia "impura" de dominación y explotación que ya es hora de revisar.
Una de las aportaciones más interesantes de la teoría ecofeminista reside en la puesta en relación del análisis del androcentrismo con el antropocentrismo.
La arrogancia con respecto a los demás seres vivos y la ilusión de que nuestra especie puede sobrevivir aunque destruya la Naturaleza es un ejemplo de lo que se ha llamado "la lógica del dominio" o "la lógica del Amo".
Hoy, la teoría y la praxis ecofeministas apuntan a horizontes regulativos emancipatorios para otro mundo posible de libertad, igualdad y sostenibilidad (Puleo, 2011).
Querría cerrar estas líneas, pues, insistiendo en que las aportaciones de la teoría crítica de género no se reducen a mostrar la desigualdad y a exigir que las mujeres accedan a puestos de decisión en las mismas condiciones que los hombres, o a que las identidades sexuales disidentes sean reconocidas.
La hermenéutica de la sospecha de género nos lleva mucho más allá.
Las personas de buena voluntad podrían aprovechar la ocasión para transformar la sociedad.
Muchas voces llaman a esta tarea, pero habremos de desconfiar de todas las que resten importancia a la demanda de igualdad o reintroduzcan un discurso mistificador (Amorós, 2005).
Idealizar en este tema no es ni conveniente ni correcto.
Podríamos, incluso, volver a la vieja discusión medieval y renacentista que enfrentaba a misóginos y defensores de las damas en torno a cuál era el sexo excelente (Puleo, 2000).
Las mujeres no somos maravillosas pero quizás podamos aportar algo desde nuestra experiencia de los márgenes, por ejemplo, la ética del cuidado (López de la Vieja, 2004).
Es posible incorporar elementos descuidados o devaluados sin necesidad de hipostasiar o exagerar las virtudes del colectivo femenino; y, al mismo tiempo, pedir la igualdad (López de la Vieja, 2000).
Tenemos que reclamar que continúen y se intensifiquen las políticas de acción positiva dirigidas a superar la situación de desventaja del "segundo sexo", un proceso que, según cálculos de expertos, al ritmo actual tardará unos cuatrocientos años en consumarse.
La implementación de la categoría de género, en tanto tematización feminista de las relaciones entre los sexos, ha facilitado que, por primera vez en la Historia, el Derecho se haya marcado por objetivo avanzar hacia la igualdad entre mujeres y hombres.
También ha permitido una clara mejora de la condición legal y social de las minorías sexuales.
Si a estos extraordinarios logros sumamos la posibilidad de una profunda revisión de nuestro mundo de lo simbólico y de nuestra visión de la naturaleza, podemos concluir que se trata de una de las nociones de frontera entre lo biológico y lo cultural más revolucionarias de los últimos tiempos. |
Utopías dicotómicas sobre los cuerpos sexuados
Hermafroditas, intersexos, andróginos, transexuales u homosexuales simbolizan el lugar de la fisura, de la frontera, de la disidencia en relación a los cuerpos sexuados, los géneros y las sexualidades.
Constituyen a su vez un espacio discursivo privilegiado desde donde recorrer algunas de las certezas que se han ido produciendo y reproduciendo desde los distintos campos de conocimiento y poder a lo largo de la historia de Occidente.
El análisis de categorías médico-sociales como el "hermafroditismo", la "intersexualidad", o la más recientemente conocida como "DSD/ADS", nos descubre un panorama complejo y a la vez controvertido, pero con el potencial suficiente para indagar en el carácter performativo de las categorías sociales.
Además, nos permite adentrarnos en un debate bioético más amplio sobre los límites de las prácticas médicas, las cuestiones relativas al control y la normalización de cuerpos, o sobre la incorporación de nuevas tecnologías en la conformación de cuerpos e identidades.
Al acercarnos al territorio fronterizo del sexo, son muchas las señales que nos indican la dirección correcta a seguir.
Muchas señales hacia opciones que, sin embargo, son más bien escasas.
Uno de los casos mediáticos que podría introducir la discusión sobre los estrechos y sospechosos márgenes de ese confín conocido como "sexo", sería el de la atleta sudafricana Caster Semenya, medalla de oro en los mundiales de Berlín en los 800 metros.
Semenya, al igual que otras deportistas de élite como Santhi Soundarajan (El Mundo, 2006; El País, 2006) y María José Martínez Patiño (Fausto-Sterling, 2006), encarna una verdad que desestabiliza y pone en cuestión uno de los grandes pilares de la sociedad occidental: el "dimorfismo sexual", o la creencia en dos únicas posibilidades corporales sexuadas que se corresponden con identidades y deseos concretos.
Quizás una apariencia musculada y robusta, una voz grave y dos segundos de ventaja frente a su rival inmediata, le bastaron a la IAAF (Federación Internacional de Atletismo) para someter a Semenya a las pruebas conocidas como "tests de género o de feminidad" 1 tras su victoria.
En ellos se desvelarían cromosomas XY, ausencia de útero y ovarios, posibles testículos en el interior del abdomen y niveles de testosterona superiores a los esperados (Hurst, 2009).
Estos parámetros biológicos serían prueba suficiente para justificar la superioridad de Semenya respecto a sus compañeras, para retirarle la medalla y para suspenderla de la competición.
La autoridad científica anulaba automáticamente la voluntad y la subjetividad de la atleta, redefiniendo su identidad de género en base a resultados de laboratorio (Ginnane, 2011).
Mientras tanto, y a pesar de que la deportista manifestara abiertamente y en repetidas ocasiones que ella era una mujer, la prensa internacional se disputaba la exclusiva2, y Sudáfrica, indignada, la llevaba a la primera página de su revista You (2009) vestida con un vaporoso traje de noche, mucho maquillaje, extensiones de pelo y de uñas, bisutería y zapatos de tacón, para demostrar al mundo que Semenya era una verdadera mujer3.
El caso de Semenya muestra el imponente artefacto social y cultural que divide la humanidad en dos mitades y en dos únicas posibilidades de ser y estar en el mundo, construyendo dualidades excluyentes y complementarias.
El cuerpo de Semenya, el de Soundarajan4, el de Martínez Patiño5 o el de cualquier persona con una "diferenciación sexual atípica" (DSA) constituye un espacio discursivo privilegiado desde donde podemos recorrer algunas de las certezas que se han ido produciendo y reproduciendo en los distintos campos de conocimiento y de poder a lo largo de la historia de Occidente.
Un lugar estratégico desde donde contemplar y cuestionar los movimientos sociales, legales y médicos que nos han constituido como hombres, como mujeres, o como todo lo contrario.
¿Cuáles han sido esas verdades dictadas sobre los sexos?
¿Quiénes han sido legitimados para nombrarlas?
"HERMAFRODITISMOS" E "INTERSEXOS" EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA DIFERENCIA SEXUAL
Para deconstruir la diferencia sexual será necesario que nos movamos entre los diferentes "regímenes de verdad" que a lo largo de la historia han ido produciendo categorías y respuestas alrededor de los sexos, las sexualidades y las relaciones de género.
Supone atender a las más variopintas explicaciones sobre qué y cómo se determina el sexo, cómo se produce la diferencia sexual, cómo se materializa el género en los cuerpos, o cuáles han sido las diferentes desviaciones de la norma sexuada.
La historia de la "desviación sexual" —anatómica, fisiológica, psicológica y/o social— respecto a las normas vigentes en nuestro contexto occidental europeo, ha manejado una amalgama de categorías que se han ido superponiendo e intercalando a lo largo del tiempo.
En la actualidad nos parece clara la separación y la distinción entre las que se refieren a la identidad sexual o de género —"transexualidad"—, las que responden al deseo —"heterosexualidad/homosexualidad"— o las que hablan de la anatomía sexual y su funcionamiento —"intersexualidad"—.
Pero si contemplamos estas categorías desde un punto de vista histórico, comprobamos que términos como el de "travestismo", "intersexualidad", "homosexualidad", "sexo cromosómico", "hipospadias" o "pseudohermafroditismo" se confunden y solapan.
De la misma forma que ha mudado el abanico de situaciones y de personas incluidas bajo el paraguas de estas categorías, también lo ha hecho el trato/tratamiento médico y social que las mismas han recibido.
Así, por ejemplo, el periodo histórico comprendido entre el siglo XIX y principios del XX fue una etapa de gran preocupación por las "perversiones sexuales" y de cierta obsesión por el hermafroditismo.
Durante este periodo la medicina y la psicología armonizaron con lo que se entendía como falta de correspondencia entre sexo biológico, cuerpos y prácticas sexuales.
El término "hermafrodita" no era utilizado específicamente para referirse a personas que nacían con unos genitales inusuales, sino que se consideraban hermafroditas aquellas personas que hoy son clasificadas como travestidas, transexuales, homosexuales o feministas (Dreger, 1998a; De Gabriel, 2010).
De la misma manera, veremos cómo lo que en la España de los años 30 se consideraba una forma de intersexualidad, en los años 60 se asoció con la homosexualidad.
De hecho, incluso términos que actualmente solo nos remiten a una DSA, como "hermafroditismos", "pseudohermafroditismos", "hipospadias", "estados intersexuales", o los recientemente acuñados "DSD (Disorders of Sex Development)/ADS (Anomalías de la Diferenciación Sexual)" (Lee et al., 2006), también encierran significados y fronteras distintas en función del periodo histórico.
Así, los "vicios de conformación" 6 que en la España de 1905-1915 se hicieron llamar "hipospadias", una década después perdieron vigencia para volver a catalogarse bajo alguna forma de "pseudohermafroditismo".
Efectivamente, comprobamos cómo las categorías de las "intersexualidades/ADS" de las que parte este trabajo no tienen mucho que ver con las que planteaba Marañón en sus exitosas teorías de los años 30.
Para el "Darwin español" 7, los "varones criptórquidos e hipospádicos, las mujeres hirsutas y aquejadas de insuficiencia ovárica, los hermafroditas con ovotestis, andróginos y ginandros, eunucos y eunucoides, ginecomastas, mujeres viriloides, homosexuales y un sinfín de personajes quedarían clasificados en el vasto espectro de los estados intersexuales" (Vázquez y Cleminson, 2011, 185).
Pero, ¿a qué se debe este afán por nombrar y renombrar lo que se escapa a la norma?
¿Qué intereses esconden tan exhaustivas clasificaciones?
Cualquier incumplimiento de la "norma sexuada" —ya sea en la apariencia, en los roles, en los deseos o en las prácticas sexuales— ha sido sistemáticamente clasificado y vigilado, para a continuación poder ser disciplinado e incluso borrado por las agencias expertas.
Tal y como apreciaría Alice Dreger (1998a), el hermafroditismo provocó más confusión de lo que pudiera parecer, porque —como veremos una y otra vez— el descubrimiento del cuerpo "hermafrodita", elevó dudas no solo sobre un cuerpo particular, sino sobre todos los cuerpos.
En este sentido nos parece interesante recrear —en el sentido de "iteración" de Judith Butler (2002)—, cuáles han sido y son las fronteras definidas para los cuerpos sexuados, sus medidas, sus formas y sus funciones; las instituciones socialmente legitimadas en cada momento y lugar para dictar lo que es "normal" y "anormal" en relación a los sexos/géneros y a las sexualidades; cómo esas fronteras han definido y organizado el modelo de vida sexual que preconcebían como sano y equilibrado; así como las etiquetas, definiciones y percepción social que se han generado y otorgado a esos márgenes.
De la elección del "sexo estamental" a la invención de la "monosexualidad"
El término "hermafroditismo" es el más antiguo que encontramos para referir la anatomía sexual atípica y el primero que empezó a utilizar la biomedicina (Dreger, 1998a; Reis, 2009).
Exótico, monstruoso, temido e incluso deseado, el cuerpo hermafrodita alertaba de una existencia sexuada más allá de los márgenes previstos.
Una existencia peligrosa que debería ser controlada para no poner en peligro el orden moral de la época.
Sin embargo, durante el periodo medieval, el "hermafroditismo" era posible.
Esta posibilidad quedó inscrita tanto en las teorías sobre la diferencia sexual como en las prácticas administrativas y legales.
Precisamente, en la representación de la teoría medieval de la generación, la matriz quedaba escindida en tres cavidades y el acto generador consistía en una pugna entre los sémenes del macho y de la hembra.
Si el semen masculino vencía en el torneo, cayendo en la cavidad de la derecha, se engendraría un niño de rasgos viriles.
Si el semen femenino se declaraba victorioso y se derramaba en el mismo lugar, se obtendría un varón afeminado.
Una argumentación análoga pero referida a la cavidad izquierda explicaba la generación de hembras.
El "hermafrodita" era resultado de una justa indecisa, por la cual los sémenes se mezclaban en la cavidad central de la matriz (Laqueur, 1994).
En este sentido, el "hermafrodita" era una posibilidad dentro del "orden natural" de los seres.
Foucault (1985) dirá que en la Edad Media se aceptaba la existencia hermafrodita, pero solo bajo la consideración de seres o "monstruos" con los dos sexos sobre los cuales recaía todo un dispositivo legal y médico.
Pero reconocer la existencia de ambos sexos en el mismo individuo, no significaba la aceptación social de un "tercer género" como pudiera ocurrir en otras culturas con mayor "variancia" de género.
Esa persona con los dos sexos debía optar por uno, el "sexo determinado" (Vázquez y Moreno, 1995), y cumplir con ciertos preceptos como la fijación de la identidad en el bautismo, en el matrimonio, en las sucesiones hereditarias, en la testificación ante los tribunales, en la unción sacerdotal y en la interdicción de la sodomía (ibíd.).
Concretamente, las reglas del derecho canónico y civil regulaban cómo en estas situaciones el padre o el padrino debían ser los encargados de determinar, en el momento del bautismo, el sexo que iba a mantenerse en la persona.
Sin embargo, en la edad adulta, cuando se aproximaba el momento de casarse, el "hermafrodita" era libre de decidir por sí mismo si quería continuar siendo del sexo que se le había atribuido o prefería el otro.
La única condición impuesta era la de no cambiar nunca más y mantener hasta el fin de sus días lo que entonces había declarado, bajo pena de sodomía (Foucault, 1985).
Según Vázquez y Moreno (1995, 99), la hechura monstruosa, excluida del cuadro de los sacramentos, era purificada en el hermafrodita por el acto de escoger un "sexo determinado" a través de la imposición de nombre.
En definitiva, "la verdad del cuerpo y de su existencia no derivaba de una exégesis médica: era el efecto perlocucionario de una ceremonia de elección y juramento (antes de casarse el individuo se comprometía a continuar con el sexo escogido hasta el final de sus días)" (ibíd.).
Nos hallamos ante un régimen de verdad que no era médico, sino el efecto de una ceremonia de elección y juramente, es decir, una decisión social-legal.
A pesar de esta aparente flexibilidad, el cuerpo hermafrodita seguía representando un peligro frente al orden social imperante, ya que de alguna forma poseía el potencial para materializar conductas sexuales aberrantes.
Porque, tal y como Foucault (1985, 14) enunciara, "las fantasmagorías de la naturaleza pueden promover los extravíos del libertinaje", y lo "anormal" en el orden de lo biológico anunciaría el desorden social.
Pero la gestión "social" de este potencial desorden no tardaría en ceder su sitio a un "nuevo orden de jurisprudencia exclusivamente médica" que proscribía la duplicidad sexual en nombre del "sexo verdadero" (Vázquez y Moreno, 1985).
La naturalización del "monstruo" por la teratología y el desarrollo de la medicina legal
El nuevo estado liberal de principios del siglo XIX ya no definía la identidad social de los individuos por su nombre y sus relaciones externas, sino a partir de su "interioridad".
Entramos de lleno en la era de una "racionalidad biotécnica" que desplaza al derecho y que se superpone a la autoridad jurídica para decidir acerca de la identidad de los sujetos (Vázquez y Moreno, 1995, 109).
Pero este proceso requería la introducción del monstruo en la ciencia teratológica y en el mundo natural de las cosas.
Existían dos sexos, y bajo esa aparente duplicidad de los sexos, solo podía haber malformaciones genitales más o menos monstruosas.
La "racionalidad biotécnica" va a llegar acompañada de nuevos agentes sociales definidos por su capacidad "experta", es decir, con capacidades específicas para leer la interioridad.
Hablamos de un periodo que coincide con el desarrollo de la medicina legal y en el que destacan las ideas del cirujano Plenck (1796), que desarrolló los cinco problemas importantes que planteaba el hermafroditismo: el nombre con el que bautizar a los niños; la legitimidad de los matrimonios, que solo eran posibles entre un hombre y una mujer; la determinación del sexo de los esposos si ambos son hermafroditas; la licencia para realizar ocupaciones de hombre o mujer o la clase de vestimenta que debería llevar (Vázquez y Cleminson, 2010).
La expulsión del "hermafrodita" y la consolidación del "dimorfismo sexual"
La conciencia pública general de los cuerpos hermafroditas se fue desvaneciendo lentamente en las sociedades occidentales europeas en la medida en que la medicina se apropió gradualmente de la autoridad para interpretar —y gestionar— la categoría que con anterioridad había sido conocida ampliamente como "hermafroditismo" (Dreger, en Chase, 2005:88).
Resumiendo, la desaparición de la categoría del "hermafroditismo verdadero" coincidirá con el asentamiento del modelo de los "dos sexos" desarrollado por Laqueur (1994).
En la medida en que ya no es posible la existencia de dos sexos en un mismo individuo, desaparece el mito de los tres sexos posibles: "A cada uno su identidad sexual primera, profunda, determinada y determinante; los elementos del otro sexo que puedan aparecer tienen que ser accidentales, superficiales o, incluso, simplemente ilusorios" (Foucault, 1985, 13).
Son varios los factores que precipitaron el cambio de paradigma que venimos describiendo: por una parte, el crecimiento del sector médico y de sus especialistas (especialmente ginecólogos), con el progresivo aumento de la población medicalizada y la implantación de un "régimen biomédico de la vida" (cada vez más personas consultaban al médico); por otra, el aumento de la ansiedad social ante la recién etiquetada homosexualidad y ante la agitación de un número de mujeres cada vez mayor reclamando igualdad de derechos en sus profesiones y universidades.
Estas aspiraciones de cambio en los roles de género contribuyeron sin duda a que los estamentos de poder se esforzaran por detectar "anomalías" en quienes no ocupaban el lugar previsto para ellos.
No es casual la efervescencia de trabajos que en este periodo indagaban aspectos relacionados con el sexo, la sexualidad y las recién estrenadas identidades político-sexuales.
El proyecto modernizador de finales de siglo XIX protegía a los ciudadanos "normales" y clasificaba a los que no lo eran: es decir, a los locos, los degenerados, los perversos, los anormales o los iluminados.
Ello significaba "inmovilidad, fijación, control, vigilancia, territorialización del espacio, archivos de las identidades, de los pensamientos, de las tentaciones utópicas" (Cleminson y Medina, 2004, 15).
El conocimiento biomédico fue configurándose como brazo ejecutor del orden imperante, clasificando, fijando y normativizando las identidades sexuales en una irrefrenable carrera hacia una hiperespecialización e hipercategorización en cuestiones de sexo/género.
Cleminson y Medina (2004) entienden esta categorización progresiva, basada en la construcción de diferencias entre sexos y géneros, como el lugar de racionalización de la desigualdad mediante su naturalización y su corporeización.
Dentro de este orden, la conducta hermafrodita se va a vincular a la "peligrosidad sexual".
Para Dreger (1998a), esa ansiedad y la inestabilidad propia de este periodo se resuelven en lo que ella rotuló como la "definición gonadal del sexo".
La difusión de la clasificación del "sistema de Klebs" 8 a finales del siglo XIX marcará un punto de inflexión en este proceso de tecnificación y especialización del sexo, así como en las bases para asignar el sexo verdadero y definitivo en las personas.
Este momento histórico forma parte de lo que Dreger (1998a) denominó "la edad de las gónadas" 9, es decir, la jurisdicción médica dedicada a la determinación del verdadero y único sexo sobre la base del criterio gonadal.
Dentro de este paradigma, el "sexo verdadero" no se basaba en características como la voz, el andar, la idoneidad para la cópula o el tamaño del pene o del clítoris, sino que se basaba en la existencia de gónadas sexuales que se suponían la clave corpórea de la fecundidad y la reproducción, por tanto, de la identidad de sexo de la persona (Cleminson y Medina, 2004, 25).
La creencia médica en esta definición del sexo gonadal fue tan fuerte que "en la Inglaterra del momento el "problema" de una mujer con testículos fue resuelto en ocasiones extirpándole los testículos, mientras que en Francia se imploraba a esos pacientes que abandonaran sus uniones "homosexuales" con hombres" (Dreger, 1998a, 9).
En este nuevo saber, el "hermafrodita" como figura engañosa, era sustituido por el "pseudohermafrodita".
El "sexo verdadero" del pseudohermafrodita se escondía en su interior, invisible a la mirada inexperta.
Dentro de este esquema, tanto los rasgos físicos como los psíquicos considerados monstruosos en el pasado, cambiaban la consideración social para pasar a ser "anomalías", "alteraciones" o "trastornos".
Las memorias de Herculine Barbin, encontradas en el apartamento de París donde se suicidó en 1868, dejan constancia de este periodo de apropiación progresiva sobre los cuerpos sexuados por parte de la medicina.
Alexina Herculine Barbin, educada como mujer según los cánones típicos de la época y dedicada a la docencia en un internado de mujeres, fue reasignada10 como hombre tras visitar a un médico por dolores abdominales y descubrirse que poseía unos testículos en proceso de descenso y un clítoris demasiado grande como para ser considerado como tal.
No obstante, tanto Medina, como Cleminson y Vázquez expondrán cómo la conocida como "edad de las gónadas", en España tuvo que competir con un nuevo estilo de pensamiento introducido hacia 1913: las hormonas invocadas como responsables últimas de la identidad sexual del individuo.
La edad de las gónadas abría un periodo que remitía a la materialidad del sexo, "una cosa, las gónadas"; pero al entrar en la era de las secreciones internas, se producía un proceso de fractura biológica y química, "la diferenciación sexual producida por la compleja dinámica de las secreciones internas" (Vázquez y Cleminson, 2011, 181).
Fausto-Sterling (2006) diferencia la "edad de las gónadas", empeñada en la búsqueda del "verdadero sexo", y la "edad de la conversión", empeñada en eliminar a la gente nacida con sexo mixto para transformarla en varones o mujeres.
En España encontramos dos figuras que marcan ese punto de inflexión hacia la "edad de la conversión": el endocrinólogo Gregorio Marañón y el ginecólogo José Botella Lusiá.
Ambos rompieron con el canon médico del momento respecto a las concepciones de sexo/género y dispusieron las bases del actual modelo de abordaje médico en situaciones intersexuales.
Para el endocrinólogo la diferencia entre sexos se establecería como una escala de gradaciones dentro de la cual nos situamos la mayoría de nosotros:
"Casi ningún humano presenta los signos sexuales en toda su pureza (...) la observación minuciosa descubrirá, casi sin excepción, la huella del "otro sexo", que perdura en un grupo de rasgos, morfológicos (la distribución del vello y del cabello, el desarrollo de la laringe, las proporciones del esqueleto, etc.) o funcionales (libido, conducta social, carácter, sensibilidad, voz, etc.)"
Pero lo que en apariencia pudiera parecer en Marañón un modelo de apertura y de ruptura de los clásicos dualismos, una mirada más profunda nos descubrirá que su idea de "continuo" no tenía otra utilidad que la de identificar problemas dentro de esa escala de gradaciones.
En realidad, esta descripción del sexo más "fluida" le va a servir como base teórica para la posterior definición de las "desviaciones", los "defectos", las "anomalías" o los diferentes "problemas" que se establecen en la diferenciación sexual y que en definitiva originan lo que el nombró como "estados intersexuales".
Los diversos estados intersexuales serían entonces el resultado de perturbaciones en la acción del sistema glandular" (ibíd.).
En concreto, Marañón entiende por estados intersexuales "aquellos casos en que coinciden en un mismo individuo —sea hombre, sea mujer— estigmas físicos o funcionales de los dos sexos; ya mezclados en proporciones equivalentes o casi equivalentes; ya, y esto es mucho más frecuente, con indiscutible predominio del sexo legítimo sobre el espúreo" (Marañón, 1930, 4).
El colofón de las teorías del endocrinólogo culminaba en una detallada clasificación de las intersexualidades en dos grandes grupos: las "intersexualidades permanentes" y las "intersexualidades transitorias".
Dentro de las primeras incluyó la "homosexualidad", el "travestismo" y la "transexualidad".
Entre las que denominó "intersexualidades transitorias", encontramos las "intersexualidades gravídicas" 11, la "homosexualidad episódica" en los hombres12 y las bautizadas por él como "intersexualidades críticas", es decir, la "intersexualidad feminoide en los hombres púberes" 13, la "intersexualidad viriloide en el climaterio y en la vejez" 14, etc. En esta clasificación descubrimos que la concepción marañoniana de intersexualidad incluía cualquier grado de incumplimiento de la norma sexuada en cuanto a aspecto físico, roles, prácticas sexuales, y/o deseos y expectativas (Marañón, 1928).
En la medida en que se fueron desarrollando nuevas categorías nosológicas y otras sofisticadas clasificaciones, el criterio para definir y determinar el sexo también se tornaba más complejo, difuso e imposible de concretar sin el uso de las más avanzadas tecnologías de diagnóstico.
Teresa de Lauretis (1989) llega a la conclusión de que las tecnologías médicas empleadas —tanto materiales como discursivas— contribuyeron a la configuración de un conocimiento médico que producía —y hacía posible con su repetición—, ciertas concepciones fijas acerca del sexo y de lo que nosotros ahora definiríamos como género.
En la misma línea, Laqueur (1994) matizaba cómo ese perfeccionamiento tecnológico, cada vez más preciso para definir y clasificar el sexo, no ha significado cambios en las concepciones y en la construcción social del sexo/género/sexualidades:
"Ningún descubrimiento singular o grupo de descubrimientos provocó el nacimiento del modelo de dos sexos, precisamente por las mismas razones que los descubrimientos anatómicos del Renacimiento no desplazaron al modelo unisexo: la naturaleza de la diferencia sexual no es susceptible de comprobación empírica.
Es lógicamente independiente de los hechos biológicos, porque una vez incorporados éstos al lenguaje de la ciencia constituyen también el lenguaje del género, al menos cuando se aplican a una interpretación culturalmente importante de la diferencia sexual.
En otras palabras, casi todas las afirmaciones relativas al sexo están cargadas desde el principio con la repercusión cultural de las mismas propuestas.
Pese al nuevo estatus epistemológico de la naturaleza como sustrato de las distinciones y pese a la acumulación de hechos sobre el sexo, la diferencia sexual no fue más estable en los siglos que siguieron a la revolución científica de lo que antes había sido.
Dos sexos inconmensurables eran, y son, productos culturales, en la misma medida que lo era, y es, el modelo unisexo15."(Laqueur, 1994, 265).
De hecho, Vázquez y Cleminson (2011) recordarán cómo la batalla por definir los límites del hermafroditismo que tuvo lugar en España en el primer tercio del siglo XX, no solo fue resultado de la teoría marañoniana de la intersexualidad, sino que, como ya hemos avanzado, fue consecuencia de un proceso de definición de los sexos mucho más vasto en el que algunos médicos y comentaristas sociales quisieron reafirmar la diferencia entre los sexos, a la luz de lo que comúnmente se percibía como "un confusionismo de los géneros auspiciado por las feministas" (p.
Nuestra actualizada construcción del sexo, avalada por la tecnología y por la férrea creencia en la neutralidad y la objetividad científica, acabará configurándose como una de las estrategias más efectivas para hacer pervivir la creencia en dos únicas posibilidades de cuerpos, con sus correspondientes identidades y roles de género.
En esta construcción, el conocido como "sexo" combina una serie de parámetros biológicos de lo que podríamos reconocer como el "cuerpo visible" y el "cuerpo no visible".
Ese "cuerpo visible" se relaciona con la apariencia corporal externa, es decir, la distribución de la grasa y del vello, la estructura ósea y muscular, así como el aspecto de los genitales externos.
El "cuerpo no visible" representa todos aquellos resultados de laboratorio o de exámenes radiológicos producto de tecnologías médicas, es decir, gónadas, cromosomas, hormonas, enzimas o cadenas de genes.
Se trata de una micro-corporalidad inteligible únicamente para un reducido grupo de iniciados en leer e interpretar resultados de laboratorio, ecografías o escáneres.
El resultado de "hombre" o "mujer" no es más que el cumplimiento de un esquema de coherencia entre todos estos parámetros biológicos propuestos por la biomedicina.
El hombre y la mujer son el resultado de lo que se entiende por una "diferenciación" y un "desarrollo sexual normal".
La "incoherencia" se paga con medicalización.
Una medicalización violenta en la que las tecnologías médicas —fármacos, hormonas y cirugía— modelan un sexo que "simula" la dualidad perfecta, sin fisuras.
La concepción de "sexo verdadero" se transformaba, gracias a las tecnologías médicas, en una de "sexo conveniente o simulacro" (Cleminson y Vázquez, 2011).
Cualquier desajuste o falta de correspondencia a partir de este constructo, conduce irremediablemente hacia la lista de los no aptos, es decir, aquellos que deberán ser nombrados, controlados y corregidos.
PROTOCOLOS, PRÁCTICAS Y TECNOLOGÍAS DE "NORMALIZACIÓN" DEL SEXO
El proceso de superespecialización y superdiferenciación médica, unido a la aparición de las teorías que en los años 50 distinguieron entre "sexo biológico" y "género psicosocial" (Money y Ehrhardt, 1972; en Cleminson y Medina, 2004, 25), conforman el paradigma contemporáneo en el diagnóstico y tratamiento médico de la DSA.
Para Suzanne Kessler casi toda la literatura publicada sobre el manejo de casos de niños intersexuales habría sido escrita o co-escrita por un solo investigador: John Money (en Kipnis y Diamond, 1999).
El famoso y polémico pediatra endocrinólogo diseñó en 1952 unos protocolos para determinar el sexo en recién nacidos con genitales ambiguos.
A partir del experimento que le valió la fama con los gemelos John/Joan (Money y Ehrhardt, 1972; Money, 1973; Colapinto, 2001), Money desarrolló una teoría en la que defendía que la identidad de género es neutral en el nacimiento y en la infancia temprana —hasta los dos años—, determinándose posteriormente por los genitales y la crianza.
Es decir, que la identidad de género sería exclusivamente el producto de la educación y la socialización.
Según esta teoría, la mente del niño sería como una pizarra en blanco ausente de características inherentes de personalidad.
Un poco más tarde, en los años 60, los avances de la cirugía plástica combinados con esta teoría de "Genitales + Crianza = identidad de género", aportaron una racionalización teórica que condujo a los médicos a recomendar la cirugía "correctiva" en recién nacidos con condiciones intersexuales.
La idea era que una vez fuera asignado médicamente el sexo del bebé, se reconstruyeran los genitales para que se vieran estéticamente correctos, ya fuera de niño o de niña, y luego criarlo en su correspondiente género, con la convicción de que crecería con esa misma identidad de género (Money, Hampson y Hampson, 1955; Dreger, 1998a; Fausto-Sterling, 2006; Reis, 2009; Gregori, 2008).
Sin embargo, con la difusión años más tarde del fracaso del ensayo con los gemelos John/Joan de mano de sus detractores, el biólogo Milton Diamond y el psiquiatra Keith Sigmundson (Diamond y Sigmundson, 1977; William y Smith, 1980), y junto con la "teoría biosocial de la interacción" de Diamond16 (1965, 1968), se abría una nueva etapa en la cual se volvía a reforzar la idea de un género anterior al cuerpo.
Esto significaba una vuelta a la creencia en una identidad de género, mujer o varón, presocial, biológicamente determinada, y marcada neurológicamente y en el cerebro durante el periodo embrionario y fetal.
Si revisamos la literatura existente en el contexto español, la versión española del "sexo conveniente o sexo simulacro" de John Money se materializa en el ginecólogo José Botella Llusiá.
Según sugieren Vázquez y Cleminson (2011), los criterios que propuso Botella eran muy afines a las pautas que recomendaba y aplicaba la comunidad médica internacional entre los años 50 y 60.
Aun así, conviene recordar que al tiempo que Money exponía sus teorías y experimentos, en España todavía vivíamos las consecuencias de un tardofranquismo que sin duda tendría una influencia decisiva en la consideración de la intersexualidad (ibíd.).
Desafortunadamente no hemos podido encontrar un trabajo exhaustivo que recoja las bases epistemológicas y las prácticas clínicas acerca de la intersexualidad en nuestro país y que comprenda el periodo histórico desde el inicio de la democracia hasta el momento actual.
Ante este vacío, el análisis que exponemos a continuación avanza algunos resultados del trabajo de campo que venimos realizando desde el 2004 hasta la actualidad17, junto con las referencias bibliográficas que manejan hoy los equipos de expertos médicos españoles, ya sean desde investigaciones propias de su experiencia clínica o desde fuentes o consensos internacionales.
Cuando "hay que" asignar uno de los dos sexos
Tanto en la bibliografía revisada de los diez últimos años como en lo expresado en cada entrevista o encuentro personal con expertos médicos españoles, se repiten los mismos parámetros a considerar a la hora de decidir el sexo a asignar a un recién nacido con una DSA.
Estos son: la genética, la anatomía, la funcionalidad, los resultados endocrinológicos, la opinión de los cirujanos en cuanto a posibilidades de reconstrucción anatómica, la decisión de los padres y las experiencias en casos anteriores18.
Aunque parezcan muchos los elementos a tener en cuenta, realmente los podríamos resumir en tres factores decisivos: La "probable identidad de género futura", la "potencial fertilidad" y la "capacidad funcional de los genitales externos".
Merece la pena detenernos por un momento en los entresijos de estas decisiones, por las implicaciones personales y políticas que contienen.
Por un lado comprobaremos los presupuestos o expectativas culturales —sobre los cuerpos, los sexos/géneros, las sexualidades o el parentesco— implícitas en cada evaluación; por otro lado podremos intuir las consecuencias que tienen estas decisiones en la vida de las personas con una DSA y en su entorno.
Así, por ejemplo, y en lo que se refiere a la probable identidad de género futura de la persona, nos preguntamos: ¿cómo saber el género con el cual un recién nacido se identificará cuando sea adulto?
No es hasta la publicación del conocido "Consenso de Chicago" cuando se estandarizan las respuestas sobre qué identidad de género se desarrollará para cada síndrome concreto (Lee et al., 2006).
Aquí no se duda al recomendar reasignar el sexo femenino a personas con Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos Completa (CAIS), en el síndrome de Mayer-Rokitansky (MRKH), en el Síndrome de Turner, o ante una Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC) con cariotipo XX y con potencial fertilidad —cuando hay estructuras internas como útero y ovarios—.
Tampoco se titubea para reasignar el sexo masculino en el síndrome de Klinefelter o en casos de hipospadias.
Sin embargo, la futura identidad de género sigue siendo el talón de Aquiles ante diagnósticos como el Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos Parcial (PAIS), la HSC o en determinadas deficiencias enzimáticas o en disgenesias (Lee et al., 2006; López Siguero, 2008).
En estos últimos diagnósticos esos terrores de género se relacionan con la potencial influencia incontrolable de los andrógenos sobre el desarrollo de género, es decir, sobre la identidad, el comportamiento y el deseo (Bradley et al., 1998; Hines et al., 2003; Meyer-Bahlburg, 2005; Zucker, 2005, Mazur, 2005; Cohen-Kettenis, 2005; Hines, 2011).
Los andrógenos se presentan como responsables, tanto de los cambios de sexo como de la homosexualidad en, por ejemplo, niñas con HSC (Dessens et al., 2005; Wong et al., 2011)19.
En definitiva, las estructuras o conformaciones cerebrales y neuronales serían el resultado de la acción de los andrógenos (Wilson, 2001) durante el periodo o vida fetal, con lo cual volvemos a un nuevo convencimiento esencialista sobre la localización orgánica de la identidad sexual: el cerebro y en el sistema neuronal, pero esculpidos por los andrógenos20.
Este nuevo paradigma convive en la actualidad con la incapacidad tecnológica para conocer los entresijos de la impregnación hormonal del cerebro durante el periodo embrionario y fetal.
Esta limitación técnica nos descubre las contradicciones y paradojas de un modelo en el que conviven unos presupuestos teóricos fuertemente biologicistas, con una práctica clínica que respondería más a los postulados de un modelo ambientalista homófobo y tránsfobo que se consuela con la fórmula del "sexo conveniente o sexo simulacro".
Así, cuando nuestros informantes médicos referían durante las entrevistas a "equivocaciones" y "errores" al reasignar a un bebé intersexual, situaban ese error en un lugar que escapa a su control y a una praxis médica correcta.
Cuando un profesional decía que el resultado había sido "desastroso", querían decir: o que la identidad de género con la cual se identificó esa persona fue distinta al género que le asignaron médicamente, o que era homosexual (Gregori, 2006).
Partiendo del principio básico de que siempre se intentará conservar la fertilidad de los individuos, y de que la potencial fertilidad debería ser el elemento primordial para resolver el sexo definitivo, el último factor decisivo a la hora de asignar el sexo en casos de DSA se refiere a la capacidad funcional de los genitales externos.
Esta expresión remite a la forma y al tamaño de los genitales y a su capacidad para funcionar en un tipo de prácticas sexuales centradas en el coito heterosexual.
Existe un consenso sobre la forma, el tamaño y las funciones que debe tener un cuerpo para ser considerado "normal".
Muy lejos de lo que la naturaleza nos presenta, en nuestro imaginario cultural existen pocas posibilidades morfológicas para hablar de genitales normales.
Esta escasez se materializa a través de gráficas, escalas consensuadas y estándares biomédicos con los que se diseña el margen de cuerpos posibles.
Una amplia variedad de términos y cifras delimita los márgenes de lo normativo y patologiza las variables que no se ajustan a este constructo.
Entre ellas encontramos gráficas sobre morfologías, tamaños y disposiciones de órganos sexuales internos y externos —penes, clítoris y vaginas—; escalas para evaluar el desarrollo de mamas, de genitales externos o del vello pubiano en la pubertad —estadios de Tanner (Parera et al., 2001)—, así como clasificaciones en donde se exponen los diferentes grados de "variabilidad" —en medicina se habla de "ambigüedad"— de morfologías genitales, como son las escalas de Prader o la clasificación de Lucks para genitales ambiguos (Lucio y Ábrego, 2003).
Siguiendo esta lógica, un micropene se convertirá en clítoris hipertrofiado en el instante en el cual la reasignación de sexo se incline hacia lo femenino.
Tal y como sugería Laqueur (1994), estas escalas, estándares y medidas, más que demostrar empíricamente alguna esencia fundamental sobre las diferencias entre sexos y géneros, nos devuelven reflejada una imagen ya conocida: la necesidad de perpetuar las mismas concepciones de complementariedad entre sexos con un modelo de sexualidad heterosexual y coitocéntrico.
Por "capacidad funcional" en una mujer se entenderá su capacidad para embarazarse y parir, así como para reproducir una práctica sexual heterosexual convencional.
Debe, por tanto, disponer de una vagina con un diámetro y longitud suficientes para albergar un pene.
Por lo que respecta al clítoris, se intentará conservar en la medida de lo posible para que esa mujer sea capaz de obtener una respuesta placentera.
Sin embargo, el criterio del resultado estético —"un clítoris que no se vea"— estará por delante de la posibilidad de experimentar placer a través de él.
En el caso de los varones, el valor simbólico que nuestra sociedad atribuye a las cualidades y funciones del pene, se traduce en protocolos que priorizan su respuesta sexual y funcional, a saber: tener un pene con capacidad de erección y de penetración.
Sin duda hablamos de una funcionalidad dirigida hacia una reproducción social y biológica, es decir, la (in)capacidad para reproducir determinadas funciones biológicas asociadas a la feminidad o a la masculinidad y que se manifiestan en menstruaciones ausentes, vaginas impenetrables o (pa)maternidades imposibles.
Una vez valorada la posible identidad de género futura, la potencial fertilidad y la capacidad funcional de los genitales externos, las posibilidades de reconstrucción quirúrgica de esos genitales sigue siendo determinante.
Ante limitaciones tecnológicas —como en la cirugía de faloplastia—, la decisión última continúa inclinándose hacia lo femenino; ya que, en palabras de expertos, "no existen a día de hoy cirugías correctivas adecuadas para reconstruir penes mal inervados o demasiado pequeños".
Únicamente en situaciones concretas, como es el caso del déficit de 5-α-reductasa o la deficiencia de 17-β-HSD en los cuales se espera que exista una virilización espontánea en la pubertad, se plantea una reasignación de sexo masculina (Lee et al., 2006; López Siguero, 2008).
Los cuerpos considerados "ambiguos", "deformes", "anómalos", "ofensivos", o los que potencialmente puedan desarrollarse de forma atípica, se vigilarán y se modificarán con tecnologías médicas, tratamientos farmacológicos21, tratamiento hormonal sustitutorio (THS) o con las intervenciones quirúrgicas conocidas como "cirugía genital correctora de genitales ambiguos" —clitoridoplastias, vaginoplastias o faloplastias—.
Ahora bien, el sometimiento a alguno de estos tratamientos no está exento de riesgos para la salud, de infecciones, de cicatrices, de pérdidas de función, de disminución o pérdida de sensibilidad; en definitiva, de cronicidad.
A pesar de ello, la lógica biomédica considera que el daño emocional producto del rechazo social a causa de una anatomía genital atípica o de una apariencia corporal sexuada poco habitual, es mucho mayor que el posible daño físico derivado de efectos iatrogénicos de la cirugía plástica y superior a los efectos secundarios de tratamientos farmacológicos.
Es por ello que la DSA se sigue considerando una "urgencia" y un peligro para el desarrollo psicológico de la persona:
"El nacimiento de un niño con ambigüedad sexual constituye un problema muy serio y una urgencia, no solo médica sino sociofamiliar, por la angustia que genera en los padres del recién nacido y por los problemas judiciales que se derivarían en caso de un error diagnóstico, con el consiguiente cambio de sexo a nivel administrativo-judicial (...).
Es preciso no escatimar esfuerzos a la hora de realizar de forma rápida un diagnóstico exacto, decidir una asignación correcta de sexo y planificar los tratamientos médicos y quirúrgicos necesarios para conseguir un individuo sano, con unos genitales anatómica y funcionalmente correctos que le permitan vivir una vida adulta identificado física y psíquicamente con el sexo asignado."
Como Kessler declarara (1998), la intervención médica está justificada a favor de producir individuos socialmente ajustados, donde "un problema social se 'cura' médicamente".
Asegurando la generización a través de la experiencia corporal
En realidad, el aspecto por el cual se ha popularizado la "intersexualidad" ha sido por el de unos genitales atípicos en recién nacidos y por las cirugías que se les practica para "normalizarlos".
De hecho, cuando escuchamos la palabra "intersexualidad", inmediatamente pensamos en bebés de los cuales no se ha podido decir si es niño o niña al nacer.
Pero lo cierto es que eso que hemos ido conociendo como "intersexualidad" 22 no siempre se diagnostica al nacimiento, y en ocasiones se detecta más tarde, en la adolescencia o en la edad adulta.
Para aquellas personas con una DSA que nunca entraron en circuitos institucionales médicos, su DSA nunca se convertirá en etiqueta diagnóstica.
Las causas por las cuales llegan a diagnosticarse estas situaciones son diversas: unos genitales inusuales que no se habían descubierto anteriormente, una hernia inguinal en una niña, una pubertad retrasada o incompleta, la virilización en una mujer —como el crecimiento de barba—, una amenorrea primaria —ausencia de la primera menstruación—, el desarrollo de pechos en chicos o la hematuria cíclica y ocasional en un niño —sangrado abundante mensualmente— (Sánchez-Planell, en Martínez-Mora, 1994; Lee, 2006).
A excepción de la hernia en la niñez, este listado de descubrimientos médicos se traduce en la ausencia de determinados signos de desarrollo masculino o femenino en el sentido esperado, o en la aparición de rasgos físicos que se asocian al sexo contrario.
Son esos marcadores de género que aparecen durante la explosión hormonal de la adolescencia, momento en el cual los caracteres sexuales secundarios dibujan nuevos paisajes corporales.
Dentro de este registro cabría añadir la esterilidad, un motivo de consulta muy habitual en hombres que terminan siendo diagnosticados con un síndrome de Klinefelter, o en mujeres que acaban con una etiqueta de CAIS o de Síndrome de Rokitansky.
En estos casos, la cirugía será la mediadora en ese "proceso de generización" al que hacía referencia Mauro Cabral (2005): un "simulacro" de reproducción biológica según el cual, a pesar de que determinadas personas, por ejemplo, nunca podrán ser fértiles (por no poseer las estructuras internas necesarias para esa función), igualmente se les construirá una vagina.
Una neovagina que posibilitará un coito heterosexual —en el que un pene penetra una vagina— como una práctica que permite el acceso a la heteronormatividad en una teatralización de la fusión y complementariedad entre los sexos.
Según esto, la posibilidad de "encarnar" una práctica sexual reproductiva, bastaría para garantizar la pertenencia a uno u otro sexo.
Pero como ya advertimos, la cirugía tiene límites.
Las hormonas sintéticas o determinados tratamientos farmacológicos acaban siendo el complemento perfecto y necesario a una "cirugía correctiva", porque como apuntaba Moisés Martínez (2005) para casos de transexualidad, "ellas son las verdaderas responsables de la transformación física".
Los efectos de la química hormonal se sobrevaloran en tal medida, que no solo tienen la capacidad de "crear" mujeres u hombres, sino que además se considera que esas mujeres y esos hombres pueden representar ideales de feminidad o masculinidad.
Tal y como afirmaba un profesional médico respecto al resultado del tratamiento con estrógenos de una paciente a la que se le habían extirpado sus gónadas testículos, "es guapa, rubia y de pelo largo".
Por otro lado también se espera de ellas que eviten las "sorpresas inesperadas" de los cuerpos en crecimiento.
Con esta expresión los profesionales médicos remiten a lo que en una ocasión un endocrinólogo llamaría "la madre del cordero cuando llega la pubertad"; esto es, que después de haber asignado un sexo a un recién nacido, al llegar a la pubertad las gónadas pueden entrar en funcionamiento y dirigir el desarrollo físico hacía el sexo contrario al esperado.
Nos atreveríamos a afirmar que las hormonas, o lo que se espera de ellas, son en parte las responsables de la creencia en la identidad de género.
El cuerpo vivido, esculpido a golpe de hormonas, huele diferente, cambia el tono de voz, hace crecer pelo en la cara o los pechos cuando se toma testosterona o estrógenos sintéticos.
Probablemente ese mismo cuerpo también experimente cambios de humor, mayor o menor energía o fuerza física, más o menos libido, etc. Esos cambios corporales unidos al efecto simbólico que otorgamos a las hormonas sexuales —especialmente a la testosterona—, seguramente cambien nuestras relaciones cotidianas; tal vez nos transporten en poco tiempo a un cuerpo nuevo, a una nueva identidad.
La hormonoterapia o la administración de hormonas en dosis cada vez más altas, acaba siendo el mejor seguro de vida para una identidad verdadera, única y estable.
VISIBILIZACIÓN Y POLITIZACIÓN DE IDENTIDADES TRANSGRESORAS: ACTIVISMOS Y MICRORESISTENCIAS
En la actualidad, los protocolos de atención a las personas con una DSA están siendo revisados minuciosamente.
Este escrutinio no es arbitrario, sino más bien la consecuencia de todo un movimiento político de visibilización de la intersexualidad que comenzó en los años 90, principalmente en el contexto norteamericano.
Volviendo de nuevo atrás sobre las memorias de Alexina Barbin, comprobamos que la crueldad y el dolor descritos por la autora no fueron el resultado de un supuesto error de asignación al nacimiento, sino el producto de las experiencias y las decisiones que se derivaron de sus encuentros médicos.
Barbin recordaba así su encuentro con el doctor T., al que visitó por primera vez por los fuertes dolores que experimentaba en su ingle izquierda:
"Las respuestas que di a sus preguntas resultaban para él un enigma en lugar de aportar algún rayo de luz.
Sabemos que de cara a un enfermo un médico goza de ciertos privilegios que nadie osaría discutir.
Durante esta operación, le oía suspirar como si no estuviera satisfecho de su examen (...)
De pie, junto a mi cama, el doctor observaba con una atención cargada de interés.
Se le escapaban sordas exclamaciones del tipo:'¡Dios mío, será posible!'."
Veremos cómo este fragmento de mitad de siglo XIX con las memorias de Barbin no está tan alejado de los primeros testimonios que, principalmente a través de Internet, visibilizaron y denunciaron un siglo después las conocidas como "prácticas de normalización" sobre las personas con una DSA.
Nos atreveríamos a decir que estas memorias constituyen el texto fundacional de lo que se ha conocido como "movimiento político intersex" 23.
El hecho excepcional de que Barbin relatara su vida y sus reflexiones en primera persona constituye un antes y un después en las narrativas de la "intersexualidad".
Sus palabras sellan la entrada en un nuevo paradigma en el cual los sujetos "expertos" pasan a ser esos "otros pacientes", hasta el momento pasivos y asustados.
Algunas de estas voces reivindican públicamente su existencia "intersexual" o "hermafrodita" y denuncian los procesos médicos, sociales y tecnológicos a los que fueron sometidos para hacer encajar su cuerpo en un modelo binario.
Sus reflexiones íntimas cuestionan las prácticas médico-tecnológicas sin consentimiento de los afectados, y problematizan la conocida como "matriz heterosexual" de Butler (2001) o el marco normativo que relaciona el sexo, el género y la sexualidad, estableciendo una cadena causal entre ellos24:
"Nací con genitales ambiguos.
Un doctor especializado en intersexualidad deliberó durante tres días —sedando a mi madre cada vez que preguntaba qué problema había con su bebé— antes de concluir que yo era un varón con micropene, completa hipospadias, los testículos sin descender, y una extraña apertura extra detrás de la uretra.
Se cumplimentó para mí un certificado de nacimiento de varón y mis padres comenzaron a educarme como un chico.
Cuando tuve un año y medio mis padres consultaron con un equipo diferente de expertos [...]
Juzgaron mi apéndice genital como inadecuado como pene, demasiado corto para marcar efectivamente estatus masculino o para penetrar a mujeres.
Como mujer, sin embargo, sería penetrable y potencialmente fértil."
Mientras hablo, yo sé que para mi cirujano formo parte de su pasado, de un pasado nebuloso de pacientes que van y vienen.
Mientras yo viva él no podrá formar parte del mío: llevo las marcas de sus ideas sobre el género y la sexualidad grabadas en el cuerpo para siempre.
Convivo con ellas todos los días, forman parte del paisaje cotidiano de mi piel, están ahí para ser explicadas cada vez que me desnudo, responden con el silencio de la insensibilidad que su práctica instaló en mi experiencia íntima de lo corporal."
En este contexto han ido surgiendo algunas organizaciones activistas intersex o de defensa de los derechos de las personas con una DSA, entre las que destacan la Intersex Society of North America (ISNA)25 de 1993 o la Organisation Internationale des Intersexués (OII)26 de 2003, cada una con objetivos y agendas bastante divergentes y en ocasiones enfrentadas.
La principal crítica aportada por la ISNA recae sobre las "cirugías de normalización de genitales ambiguos", argumentándose que con las mismas se dañan la función sexual (por retirar tejido conectivo con capacidad sensitiva) disminuyendo la respuesta erotosexual.
A esta objeción añaden que los resultados de la reconstrucción cosmética no son casi nunca satisfactorios, reclamando para sí el derecho a la autodeterminación para decidir por ellas mismas si en algún momento desean o no, pasar por una intervención quirúrgica de sus genitales (Nieto, 2003, 81).
Una de las aportaciones más insólitas de estos colectivos fue la elaboración de categorías propias que, en ocasiones parodiando la terminología médica, criticaban un modelo de atención médica en la DSA patologizador y paternalista (Carter, 1998; Chrysalis, 1998).
En este trabajo de contestación, uno de los mayores esfuerzos se volcó en la disolución de términos como "patológico", "síndrome", "malformación", "errores" o "quimeras", y su sustitución por expresiones tales como "variaciones de la mujer y el hombre estándar" (Dreger, 1998b).
En la misma línea, Suzanne Kessler (1998) hacía una crítica a las rebautizadas como "intervenciones quirúrgicas de normalización de genitales":
"lo que la medicina llama 'avances en corrección quirúrgica' es denominado por las personas intersexuales 'mutilación genital'.
Es más, lo que para la profesión médica, antes de la intervención quirúrgica, es un genital 'deformado', para un intersexual es un genital 'intacto'; lo que para la medicina, en el momento de la intervención, es 'crear', para los intersexuales es 'destruir'; y, finalmente, lo que para los cirujanos, después de la intervención, es un genital 'corregido'/'normal', para los intersexuales es un genital 'dañado'/'artificial'."
Aunque estas críticas se apoyaron de todo tipo de estudios y disciplinas, parte de las justificaciones se nutrieron de trabajos antropológicos o etnografías que ofrecen ejemplos de variabilidad cultural en relación a los sexos/géneros/sexualidades.
En ellos descubrimos diferentes reacciones a la DSA, así como sociedades que reconocen la existencia de personas con un "tercer sexo" y en las que se crean las correspondientes estructuras, funciones y roles de género para ubicarlas27.
Otros trabajos que compararon las cirugías de normalización de genitales occidentales con las prácticas conocidas como rituales de mutilación genital femenina (MGF) que se realizan en determinadas culturas, argumentaron que los discursos anti-MGF que desde occidente critican estos rituales, parten de presupuestos etnocéntricos.
Para Wairimu Ngaruiya Njambi (2004), estos discursos olvidan las prácticas y tecnologías que se aplican sobre los cuerpos considerados ambiguos en Occidente, simplemente porque parten de la consideración de ser "médicamente necesarios".
La proliferación de estos trabajos y testimonios no dejaron indiferente a la comunidad médica, de manera que en el año 2006 aparecía el Consensus statement on management of intersex disorders (Lee et al., 2006), un consenso médico internacional para gestionar la DSA, elaborado entre profesionales médicos y algunas personas "afectadas" 28 y familiares de estas.
Este documento, el "Consenso de Chicago", inauguraba toda una serie de controversias, conflictos y alianzas que perduran entre la comunidad médica, pacientes y familiares desde dentro y fuera de grupos de apoyo (GA) de condiciones concretas y entre los movimientos políticos internacionales por los derechos sexuales y humanos de personas intersexuales, transexuales o transgénero.
Una de las primeras controversias resultantes de este consenso giró en torno al efecto performativo de las categorías médicas.
El consenso sustituía el término "intersexualidad" o "hermafroditismo" por el acrónimo "DSD/ADS".
Para unos, esta sustitución permitiría crear alianzas con la comunidad médica a fin de evitar o retrasar intervenciones quirúrgicas y tratamientos innecesarios.
Además conseguiría desestigmatizar y desidentificar a muchas de las personas que no se identifican con esa recién estrenada identidad intersex.
Para otros, los términos "anomalía", "alteración" o "disorder", suponían una vuelta atrás en el logro identitario que entrañaba el término "intersex", además de eliminar su potencial para un cambio en el sistema fuerte de sexo/género (Morris, 2006; Simmonds, 2006; Gregori, Gallego, García-Dauder, 2007; Dauder y Romero, 2012).
Es cierto que, en gran medida, la subjetividad de las personas etiquetadas en posiciones fronterizas respecto al sexo/género está atravesada por la interpelación que supone el diagnóstico, y tal y como relata Bernice Hausman (1998), la transexualidad, al igual que la intersexualidad es una subjetividad literalmente creada o posibilitada por las tecnologías médicas y los constructos que estas mantienen acerca del género y del sexo.
Sin embargo, en este juego de apropiaciones identitarias, de resignificaciones y reinterpretaciones, se abren importantes debates sobre las exclusiones que se generan con el uso de unas u otras categorías sociales.
Coincidimos con Dauder y Romero (2012) cuando afirman que cualquier acto de nombrar se puede considerar un ejercicio político con efectos psicosociales.
Cada término o categoría nosológica arrastra una carga ideológica y moral que (re)produce realidades bajo un efecto performativo.
Mientras unos términos hablan de fluidez en los cuerpos y los sexos, otros refuerzan el dimorfismo sexual y las convenciones de sexo/género/sexualidad.
Para unos, las luchas son personales y privadas; para otros, sociales y políticas.
Unos reclaman derechos humanos y sexuales; otros, soluciones médicas.
En unos y en otros casos, e independientemente de que los conocimientos surjan desde acciones más politizadas por parte de grupos activistas intersex o desde la experiencia cotidiana y acciones colectivas de GA29, siempre se hace un uso estratégico de las categorías en base a intereses particulares y a una ideología o moral.
Así, por ejemplo, acudir a una consulta médica rutinaria —por un simple resfriado o para una revisión— desvelando una ADS, puede suponer interminables horas de espera, pruebas analíticas y radiológicas innecesarias, así como exponerse a los diferentes desfiles —parades— de especialistas30.
En situaciones como estas, algunas personas afectadas aprovechan su conocimiento de las instituciones médicas y del discurso biomédico y eligen estratégicamente términos más generales e inespecíficos como el de "hipogonadismo" 31 —falta de función en los genitales—, para ahorrarse tiempo e inconvenientes.
Otro ejemplo de ello es el rechazo que han expresado algunas asociaciones al término "transexualidad" optando por el de "síndrome de Harry Benjamin" (SHB), que definen como una condición intersexual en la cual la diferenciación sexual a nivel neurológico y anatómico no se corresponden32.
Entre sus argumentaciones critican la asociación que se hace de esta "condición intersexual" con corporalidades y movimientos transgénero y que, en su opinión, guardan relación con movimientos sociales radicales (movimientos LGTB o queer), con situaciones de marginalidad (prostitución) y con identidades y cuerpos ambiguos o poco definidos.
Por otra parte, en el contexto sanitario español, la posibilidad de ser reconocidos como intersexuales podría suponer estratégicamente muchas ventajas.
Por un lado, se evitarían los costosos e injustos exámenes psiquiátricos que en nuestro país se realizan a personas transexuales.
Por otro, si lo cubriera la sanidad pública, tendrían acceso gratuito y rápido a intervenciones quirúrgicas, si fueran deseadas.
En cualquier caso, la redefinición y la contestación a los discursos y categorías médicas por parte de las personas interpeladas ha supuesto una reapropiación del conocimiento "experto" en un firme gesto de autodeterminación.
Entrábamos de lleno en el periodo que Alice Dreger (1999) bautizó como The Age of Consent —La Era del Consentimiento—, y que estrenaba una serie de exigencias por parte de "afectados", "pacientes" o "activistas".
Estos exigirían que se les diera toda la información sobre su condición —completa y en positivo—, que no se les expusiera a los desfiles médicos y que se utilizaran una terminología y unas imágenes no patologizadoras —especialmente la de niños desnudos sobre cuadrículas y bandas negras sobre los ojos y las de intervenciones de genitales—.
Igualmente, solicitarían una moratoria de las intervenciones quirúrgicas con fines estéticos, al menos hasta que los afectados pudieran dar el consentimiento informado o hasta que los profesionales médicos completaran exhaustivos estudios retrospectivos en los que se probara que los resultados de intervenciones pasadas habían sido positivos (Kipnis y Diamond, 1999).
Por último, se reclamaría la realización de estudios a largo plazo sobre satisfacción y calidad de vida en pacientes (Preves, 2003).
La suma de todas esas quejas y luchas condujo a una "crisis del paradigma de atención médica" (Tamar-Mattis, 2008), de manera que muchos profesionales reconocieron que un nuevo paradigma de tratamiento de la intersexualidad se estaba empezando a imponer.
Concretamente Bruce Wilson y William Reiner (1998) aseguraron que el viejo modelo de tratamiento tecno-céntrico estaba empezando a sustituirse por uno nuevo, éticamente informado y centrado en el paciente.
El viejo paradigma era insostenible ya que contradecía uno de los axiomas médicos: "Ante todo, no dañar" (Primum, non nocere) (Kipnis y Diamond, 1999; Ford y K-K, 2001).
Entre las principales premisas de este nuevo modelo se incluía la de ofrecer información completa y honesta tanto a padres como a pacientes, fomentar el encuentro y el apoyo entre iguales —derivando a GA—, proporcionar apoyo profesional y limitar las cirugías tempranas en la medida de lo posible (Diamond y Sigmunson, 1997).
DIATRIBAS EN LA "ERA DEL CONSENTIMIENTO"
Las evidencias de cambio también se reflejan en el aumento del número y variedad de publicaciones que abordan cuestiones como el consentimiento informado, la composición de los equipos multidisciplinares, la necesidad de resultados de investigaciones a largo plazo, los derechos de los padres a la hora de tomar decisiones sobre las cirugías en sus hijos.
Cuestionan también si se debe intervenir quirúrgicamente a los niños para que encajen en las normas de la sociedad que conciben el género solo en términos binarios estereotípicos.
Las respuestas a todas estas cuestiones no son simples porque comprometen la estructura y el funcionamiento de los respectivos sistemas sanitarios, jurídicos y educativos; además de nuestras propias construcciones sociales y culturales de cuerpo, género, parentesco o familia.
Pero el futuro va a seguir haciéndonos preguntas cada vez más complejas.
Con el perfeccionamiento de las tecnologías de diagnóstico y tratamiento para producir cuerpos "estándar", sin complicaciones ni infecciones, o con la investigación exhaustiva en diagnóstico genético preimplantacional (DGP) se plantean nuevos interrogantes: ¿quién tiene el derecho de decidir sobre nuestro propio cuerpo?
Si contamos con la baza tecnológica para reconstruir perfectamente un ideal utópico de naturaleza humana, ¿quién necesita cambiar lo social y lo cultural —creencias, mitos, prejuicios—?
La multipremiada película XXY (2007) de Lucía Puenzo fue uno de los primeros largometrajes de ficción que planteó al gran público la complejidad y las contradicciones implícitas en las condiciones de existencia de una persona intersexual.
Su protagonista, Alex, una adolescente de quince años con una DSA, resolvía con sencillez lo que hasta el momento no han conseguido sofisticadas clasificaciones y explicaciones sobre la naturaleza del sexo, del género y de la sexualidad.
En la película se nos hace saber que, al nacimiento de Alex, sus padres decidieron no someterla a ninguna intervención quirúrgica, esperando que más adelante ella pudiera decidir por sí misma.
Llegada la pubertad, Alex se muestra reacia a seguir tratamientos hormonales de por vida mientras sus padres —y también el espectador— esperan el momento de "su elección", es decir, el momento en el cual se decante por una identidad de género como mujer o como varón y desvele el pulso de su deseo.
La inesperada respuesta de Alex resulta desconcertante: "¿Y si no hay nada que elegir?". |
En este artículo queremos mostrar mediante una revisión de algunos diagramas en forma de árbol, que el hecho de que Darwin escogiera la metáfora de un árbol para representar relaciones evolutivas entre los organismos no resulta enteramente sorpresivo, ya que la figura arbórea ya guardaba una posición importante en la tradición iconográfica europea.
En la revisión de algunos usos del "árbol" para representar diferentes clases de relaciones en la época pre-darwiniana, queremos ilustrar dos cuestiones fundamentales.
Una particularmente importante es que Darwin tuvo la brillantez de incorporar una variedad de símbolos y metáforas que ya estaban siendo usadas para representar diferentes aspectos del mundo vivo, en su propia teoría de la evolución, particularmente la metáfora general de la ramificación y re-ramificación.
La otra es que cuando Darwin publicó El Origen de las especies en 1859, la gente ya estaba familiarizada con el tema del "árbol" para representar genealogías.
Esto pudo haber sido importante para sentirse familiarizado con los diagramas evolutivos y para aceptarlos como entidades reales, también para asociarlos fuertemente con metáforas religiosas. |
Más allá del modelo instrumental en la pedagogía
Argumentamos que las teorías pedagógicas basadas en epistemologías modernas de tipo racional instrumental no son totalmente adecuadas para abordar la educación.
Esto es así porque el hombre y la relación educativa manifiestan una enorme complejidad y una profundidad que ha de captarse interpretativamente, con una inteligencia hermenéutica o táctil, que se relaciona con la phronesis griega, o sabiduría práctica.
Es preciso un esfuerzo por comprender lo que no puede ser jamás plenamente comprendido ni iluminado, como algo de naturaleza simbólica, ambigua, oscura, singular, contingente.
La razón científica que pretende iluminar plenamente y dominar resulta un medio ciego y hostil a los matices de esta realidad humana que llamamos educación.
INTRODUCCIÓN: HACIA UNA ALTERNATIVA AL MODELO INSTRUMENTAL
En la actual investigación educativa debemos plantearnos si lleva a buen puerto el paradigma epistemológico instrumental con su clásico desdoblamiento entre una razón teórica que piensa y abarca desde un punto privilegiadamente neutro ese otro lugar llamado "práctica".
O sea, se trata de replantear el papel de la razón en la forma en que esta es utilizada asépticamente para analizar una realidad objetivada.
Este asunto es hoy un tema candente ya que este paradigma típicamente moderno subyace al modelo de las competencias, que puede venir a ser, en sus distintas versiones, el del sujeto capacitado para operar en un mundo a su disposición, el del sujeto que adquiere técnicas para desenvolverse en un medio que lo desafía y es capaz de afrontar los problemas planteados por la supervivencia en dicho medio.
Filosóficamente, esto se vincula con un modelo instrumental de razón en el que esta es un medio para conseguir fines, una suerte de útil que emplea el sujeto para sobrevivir y medrar en el medio ejercitando su dominio sobre el mismo.
Tal vez en el discurso de las competencias exista un abanico de posibilidades mayor que el representado por las posibilidades específicas contenidas en una mera razón instrumental y técnica objetivante.
Pero si no fuese así, estaríamos ante una nueva versión del clásico mal de la modernidad ya tantas veces diagnosticado, consistente en una reducción de la razón que obliga asimismo a una reducción del sujeto y, como en toda reducción, a una serie de olvidos, mutilaciones e invisibilizaciones de distinta índole, que se han señalado abundantemente en la historia de la filosofía contemporánea.
La dialéctica de una razón instrumental, que tiende a ejercer su dominio contra el propio sujeto que se vale de ella para dominar el mundo, sería uno de los señalados peligros (Horkheimer y Adorno, 2001).
Por un lado, esta reducción epistemológica muestra, a mi juicio, un déficit en la comprensión del hombre, y por otro lado, también implica un empobrecimiento existencial, en la medida en que como indicaba el subtítulo de una conocida obra de Adorno, la vida resulta dañada (Adorno, 2003).
De hecho, en no pocas ocasiones desde la propia pedagogía se ha venido criticando los excesos de un modelo empírico explicativo de corte restringidamente positivista en el estudio científico de la educación (Gordillo, 1992, 182-184).
Como afirma Pérez Luna con clarividencia: "La pedagogía que se sometió a las directrices de la razón instrumental atentó contra la libertad, se hizo pedagogía silenciosa, pedagogía sin voz, por ella hablaba un proyecto de reducción del hombre y de toda idea emancipatoria" (Pérez Luna, 2003, 94).
Un recomendable artículo de José Antonio Zamora (2009) diagnostica certeramente lo que está ocurriendo en el mundo de la enseñanza, teniendo como referencia la filosofía de Adorno.
"La formación reducida a cualificación profesional se orienta unidimensionalmente a la promoción de aquellas capacidades y talentos que prometen una utilidad económica actual.
Y las instituciones educativas son evaluadas por el mismo criterio, es decir, según sirvan o no al proceso productivo, a aumentar la competitividad de la economía o a mejorar las oportunidades de ingreso y ascenso de quienes pasan por ellas" (Zamora, 2009, 39).
Suscribimos plenamente los temores de Zamora de que "La iniciativa individual y la libertad de investigación puede verse muy mermada por la tendencia observable en esa estructura a la estandarización y el control, la planificabilidad y la comparabilidad" (Zamora, 2009, 41).
La constante exigencia de cumplir con los requisitos del mercado laboral y de una preparación técnica frenética para no sufrir la exclusión, tiene, afirma Zamora, un efecto devastador: "supone el triunfo de la ideología economicista neoliberal en el plano de la automercantilización de los individuos, que han de estar dispuestos a relativizar sus rasgos personales o incluso a no formar ninguna personalidad en el sentido clásico para adaptarse flexiblemente a las condiciones rápidamente cambiantes del mercado" (Zamora, 2009, 43).
Frente a este somero diagnóstico, creo que la pedagogía debería cumplir una función de resistencia a estas dinámicas mercantilistas que echan mano de modelos instrumentales de racionalidad.
De hecho, la pedagogía sería más útil si no se centrara tanto en ofrecer respuestas, sino en interrogar(se), en sospechar de sus propias explicaciones y en introducir elementos discrepantes y marginales en su discurso.
Así cabría entender una pedagogía y por ende una escuela y universidad comprometidas con la sociedad, en la medida en que actuaran como instancias críticas.
En este trabajo deseo traer a colación una alternativa a este paradigma instrumental de la modernidad instalado implícitamente en parte de la pedagogía actual.
Para ello hay que atender a la filosofía, como propone a los educadores el profesor Joaquín Esteban (2002).
Éste expone una concepción de la pedagogía inspirada en la filosofía hermenéutica de Gadamer que, entre otras implicaciones, permite una conexión entre teoría y práctica en la pedagogía, como se ha señalado en algún otro artículo (VanderVen, 2009).
Recordemos que el pensamiento de Gadamer (2002 y 2003) es un intento de, como se ha dicho, "urbanizar la provincia heideggeriana", es decir, dotar de un cierto contenido lo que en Heidegger queda sólo en el aire como mera "facticidad".
Se trata de ese fondo desde el que el Dasein emprende su autocomprensión y la comprensión de aquello que se revela oblicuamente, impresentemente presente, como es el Ser.
El hombre, sujeto o, más propia y heideggerianamente, "Dasein", es el pastor del Ser, el ente que trata con el Ser, en cuyo trato con el Ser le va su ser.
Así, Heidegger retrotrae la filosofía (y la existencia) a un sobrecogedor nivel ontológico, a una sima, en la que Gadamer halla que la interpretación y la auto-comprensión se hace como inmersión en tradiciones que dotan de horizontes de sentido, de fines, de perspectivas.
El hombre está condenado a carecer de los antiguos fundamentos sólidos de un Ser descrito como un ente que, en el platonismo, explicaba y orientaba la existencia del propio hombre.
Ya no hay más que una sucesión de relatos, historias que ciertamente nos explican y orientan pero débilmente, o sea, con un cierto velo, con un aire difuso, veteado de nada y de incertidumbre.
Obviamente, la ontología débil, entendida como hermenéutica del sujeto y relacionada con una existencia que se auto-interpreta y que se sitúa en un contingente contexto (comunitario), rechaza la epistemología que era capaz de establecer sentidos y órdenes firmes en el mundo y en lo humano.
Esta epistemología, que puede funcionar bien para la ciencia, es un peligro, por reduccionista, si la intentamos aplicar a la comprensión del hombre-sujeto y de la existencia.
Sencillamente, la epistemología basada en un método apriorístico que analiza, establece leyes y deduce, no puede decir nada sobre la existencia.
Pero todavía más, la propuesta del profesor Joaquín Esteban (2002) es que dicha epistemología y dicho paradigma moderno tampoco valen para educar de manera efectiva o por lo menos para entender qué hacemos cuando educamos.
Este autor se sitúa en un término medio, entre el mencionado racionalismo fuerte de la modernidad o del platonismo y otro exceso: el relativismo.
Según Esteban (2002), el educando iría insertándose en su medio al ser educado por este mismo medio o por el educador-mediador, pero nunca como agente capaz de distanciarse y dominar al modo instrumental su propio medio lejos de todo prejuicio.
Educarse es impregnarse de un entorno, de una atmósfera que nutre las preguntas y orienta el pensamiento, previa a todo uso instrumental de la razón y a toda apuesta por una epistemología de raigambre cartesiana.
Así que el profesor Joaquín Esteban valora el papel de la memoria en la educación, pero no una memoria entendida como instrumento técnico, como cúmulo de datos e instrucciones, sino como ese entorno o tradición en el sentido que estamos indicando.
Educarse sería tomar contacto con esa materia, hacerse cada vez más uno con ella y desde ella hacer brotar las preguntas y la teoría.
Toda toma de distancia reflexiva presupone esta previa hermenéutica, como tarea anterior de comprensión y de adquisición-construcción del sujeto.
En las palabras empleadas por Esteban, educar sería entrar en contacto con la cultura y con la historia como algo complejo, inasible del modo reduccionista con que trata de hacerlo el paradigma moderno de comprensión de la historia o de la pedagogía.
Esto implica que el educador debe ante todo desarrollar un estar en sintonía, un "talante" o "tacto" pedagógicos, no tanto como empleo de métodos a priori o de técnicas didácticas, sino como diálogo con el educando y el medio común (cultura, historia) que arranque siempre a posteriori, tras la inmersión en la práctica.
La palabra educación nos remite a un tiempo humano, concreto, dual; a un acontecer que se nos impone en nuestro trato con un Otro que se cuela en nuestro mundo, en nuestra firme seguridad, en nuestras certezas.
El niño introduce un más allá, un futuro de posibilidades y novedad-natalidad (Bárcena, 2002), y simultáneamente un presente singularísimo.
La relación previa a todo estudio teórico emprendido por la pedagogía, entendida como ciencia o reflexión que los padres establecen con los niños, es una relación de cuidado, de acogida, de receptividad.
La cara del niño con sus grandes ojos exige al adulto que vele por él y de su rostro emana, como diría Levinas, una suerte de imperativo ético que siendo universalizado y extendido al género humano, se manifiesta en el mandato "no matarás" (Levinas, 1977).
Es una ley sin palabras, porque se alza previa a la palabra creadora, como condición de la misma.
Ésta es la teoría a la que apunta la cara del niño, la obligación de velar por su vida y, todavía más, por su futuro.
Cuando se está con un niño se está también con su futuro; un futuro propio al que sin embargo no se debe sacrificar el presente.
En el niño, de hecho, se concretizan dos tiempos: futuro y presente, el futuro por hacer y el singularísimo instante.
Ambos inciertos y requeridos de protección y cuidado.
Una consecuencia de este enraizamiento de lo educativo en lo más personal y concreto del niño es que nunca deberíamos perder de vista lo concreto en la reflexión teórica o en la enseñanza universitaria que se da a futuros maestros.
Me refiero a que, aunque se enseñen métodos, didácticas, técnicas de enseñanza, hay una cualidad esencial que es en sí lo más específicamente pedagógico o educativo, como un tacto.
Es una sensibilidad que consiste en la buena lectura que uno hace de ese momento práctico, de ese ambiente concreto, de esa situación de educación y del estado del niño.
Hay que advertir que la psicología ayuda pero eso no implica que reduzcamos este tacto al conocimiento y método específicos de la psicología.
Es más que eso, porque estamos hablando de la capacidad de ser demandado por la llamada que es en sí el Otro y de preocuparse por su presente y su porvenir.
Es un ponerse en la situación de hacerse cargo del destino del niño como persona que va, que se hace, que está siendo, que requiere un porvenir y que tiene unas posibilidades por conquistar.
Hay en esta relación educativa un obvio desnivel, porque el educador tiene autoridad, auctoritas, ganada día a día y concedida por el niño (la autoridad del adulto se la da el niño y el adulto se la gana).
Estas ideas son desarrolladas, a partir de ejemplos prácticos, con imágenes concretas, por el catedrático de educación de origen holandés Max van Manem (1998).
Su objetivo es abandonar los abundantes enfoques psicologistas en pedagogía y acudir a una visión más próxima a la filosofía, de raigambre hermenéutica y fenomenológica, en la medida en que se elude la ontología de lo factual (positivismo) para ir, por el contrario, a lo fáctico, al mundo de la vida, a la inmersión en el contexto difícilmente captable con la mirada positivista y los instrumentos del psicólogo.
No hay un rechazo, por supuesto, de la psicología con sus métodos habituales, sino un adentrarse más hondo de lo que resulta posible para ella con dichos métodos.
De este modo, el pedagogo de formación o inspiración filosófica se sumerge en ese tiempo que he calificado al principio como "humano", "concreto", "dual", ese lugar singular en el que hay que situarse y estar para comprender el proceso educativo.
Advirtamos que ello no se opone a la disposición de una cierta racionalidad u objetividad dada sobre el terreno, sobre la marcha, similar a la del actor que sopesa su actuación mientras hace su papel en la obra de teatro.
Así se ha destacado no sólo por Manem sino por algún otro autor (Clark, 2005).
Hay, por tanto, razón y captación racional de lo que ocurre, pero no al modo objetivante propio de la ciencia positivista que, según Manem, no llega al todo que constituye el proceso o acto educativo.
De hecho, el educador reflexiona, pero lo hace inmerso en su tarea y a partir de lo que le ocurre en ella.
Hay una prioridad de lo práctico en el pensamiento pedagógico, porque la pedagogía es un saber teórico que es sin embargo eminentemente práctico (es "teoría práctica" podría afirmarse, aunque suene contradictorio).
El conocimiento pedagógico se encarna en lo que Manem llama "tacto pedagógico" que es una suerte de sensibilidad situacional, dada en una situación educativa, de la que se extraen consideraciones para una acción prudente, equilibrada, eficaz, encaminada a obtener un bien en el niño.
Es lo que para Manem suple a las técnicas cuando estas son entendidas en un sentido de razón estratégica.
El tacto no es una racionalidad estratégica, de medios-fines, que pueda planificar en función de unos objetivos claros, aunque presuponga una cierta reflexión en la inmersión práctica y previa, anticipadora.
Lo bueno que espera obtenerse para el niño viene dado por una tradición y por ejemplos anteriores que están en la memoria (en gran parte inconsciente y corporal) del maestro.
De hecho, el modo en que se aprende y ejercita el tacto es mediante ejemplos y situaciones únicas, que es como, precisamente, estructura su libro Manem (1998), como un enorme cúmulo de elocuentes ejemplos que expresan sin definiciones cerradas lo que es el tacto, mostrando el tacto en acción.
Vemos que lo que se pone en marcha es una especie de inteligencia interpretativa, intuición moral práctica, sensibilidad y receptividad hacia la subjetividad de los niños y capacidad de improvisación en el trato con ellos.
Debemos resaltar, en este sentido, que recientemente se ha publicado un artículo que describe una aplicación creativa del modo fenomenológico de comprensión interpretativa y "táctil" de la realidad por parte del educador en un caso concreto, propuesto por Manem, que puede ser leído y valorado paralelamente a lo que aquí vamos desarrollando a un nivel más especulativo (Ayala, 2011).
La razón objetivante y técnica se nos torna impotente para comprender la pedagogía en última instancia porque lo que sucede en una clase resulta casi imposible que sea descrito en sus términos, porque resiste toda conceptualización.
Es decir, si intentamos describir o explicar lo que sucede en el aula con la distancia propia de la reflexión convencional, ya no estamos en el nivel propio de la situación pedagógica y no podemos captar su tiempo.
Se requiere una cierta reflexión semejante a una consciencia, dice Manem, a un estar consciente en dicha situación.
La clase, desde la perspectiva del profesor, es una "consciencia" que sin llegar a ser plenamente distancia reflexiva, ya que se halla inmersa en lo que allí está sucediendo, es un continuo anticipar, ajustarse, modificar, que podemos llamar, acaso en un sentido muy amplio, "diálogo".
Se trata de un pensamiento el que el profesor desarrolla durante la clase, pero un pensamiento concreto, móvil, en acción.
Para lograr esta habilidad o sensibilidad, se requiere una inmersión previa en los ejemplos, en la praxis educativa, en la tradición y por supuesto una cierta reflexión tanto a posteriori como anticipativa.
Esto último es lo que se desarrolla en una programación, es decir, una anticipación de las posibles situaciones en un aula, un curso de una asignatura o materia, (que en los niveles más superiores de la enseñanza reglada constituiría un tercer elemento fundamental, de los que participarían en el tiempo pedagógico).
De hecho, como ocurre en el teatro o la música, el guión hay que prepararlo bien y cuanto más concienzudamente preparado esté, la improvisación requerida por la flexibilidad consustancial a lo contingente y temporal de la situación pedagógica será más justa, el tacto pedagógico funcionará mejor.
Esa suerte de inteligencia práctica que ya algunos griegos describieron como Phronesis (Aristóteles), como una reflexión veloz, sobre la marcha, en la doxa, inmersa en la vida, requiere, en una aparente paradoja, una previa estructuración y entrenamiento1.
LO SIMBÓLICO COMO SUSTRATO DE LO EDUCATIVO
Como hemos señalado, la educación implica una acción difícilmente conceptualizable porque entronca con la compleja realidad humana, con la realidad humana educativa que es una re-creación constante.
Pero no confundamos lo nuevo con lo nacido de la nada y el propio Manem aludía al papel de mediador que hace el profesor, entre una tradición y el niño.
El niño es niño, como en general el hombre es hombre por mediación de una influencia, siendo dicha influencia lo que propiamente denominamos "educación".
Esa invisible atmósfera, que sin embargo resulta activamente operante, ese hálito de vida, que nos rodea e impregna, entrañablemente, viene exhalado por quienes apenas son ya polvo.
Ese fondo es el que el profesor Joan-Carles Mèlich investiga en alguno de sus trabajos (2004a).
Un fondo que no puede ser alcanzado con armas conceptuales porque está más allá de lo conceptual.
En palabras de Mèlich, se trata de un universo simbólico y no sígnico que, contra lo que pretendiera Freud, no puede ser interpretado en un sentido positivista.
Uno debe sumergirse en él, como en la literatura o en los mitos, y probar hermenéuticas aproximativas.
Mèlich (2004a) valora, sobre todo, la hermenéutica emprendida por Girard, que encuentra fructífera en cuanto clave para entender acontecimientos en el aula.
Se trataría de estudiar la escuela y la educación en general como lo haría un antropólogo que se sumergiera en la vida de los otros, capaz de trastocar su mundo propio y desdoblarse viendo con los ojos de los otros.
En realidad, filosóficamente nos ubicamos en lo iniciado por el Husserl tardío, con su noción de "mundo de la vida", por la cual entendía ese sustrato precientífico, preconceptual, dador de sentidos, de horizontes, previo a toda significación y a todo lenguaje, en el que nos hallamos inmersos de hecho, arrojados, de algún modo arrastrados, como en una corriente, y que determina contextualmente, no causalmente, a modo de atmósfera el mundo de la claridad que llamamos ciencia, razón o verbo.
La educación es también algo simbólico, ambiguo, referido a esa penumbra incierta.
La palabra que podemos emplear además, conectando con la perspectiva de Gadamer, es "tradición".
Hay pues una tradición, pero por tradición debemos entender una cosa antes oscura que clara, y, siguiendo a Mèlich, antes simbólica y mítica que sígnica y conceptual.
No se trata de un régimen de ideas, sino de palabras en cuanto condensaciones o campos de connotaciones, constituyendo aperturas antes que cierres de significados.
Es el mundo del poeta.
Un mundo de creación, amplitud y ramificaciones.
Un mundo que se desdobla, de espejos que se reflejan en otros espejos.
En el fondo una nada.
Pero una nada que aunque se sustenta en una nada, nos da la sensación de ser algo.
Pero necesitamos creer que somos algo.
Y para creer eso necesitamos las complejas construcciones y los espejismos de la tradición de símbolos que se desdoblan y que en el fondo, lo decía Borges y parece que Girard apunta a lo mismo según Mèlich, llegan a unos pocos arquetipos.
Ese origen, ese centro, esos centros, nos dan la sensación de estar en algún sitio, de saber dónde estamos, de conocer a dónde nos dirigimos.
Mèlich lo evoca y también alude al drama de nuestra época en la cual los centros ahora parecen ser muchos.
Esta tensión vertebra la escuela.
La necesidad de un centro del laberinto.
Borges decía en alguna entrevista que el horror no era que en el centro de todo hubiera un infierno o un dios malo, sino que sencillamente no hubiera centro.
Eso es lo que peor puede soportar el hombre y por eso mismo creamos mitos y somos simbólicos.
Esa es nuestra noche y nuestra penumbra, que, según Mèlich, gran parte de la pedagogía ha eludido.
Él reivindica un reencuentro con esta naturaleza simbólica nuestra, que puede hallarse en la literatura fácilmente, en grandes novelas y autores (Mèlich, 2003).
Todo esto no supone una vuelta a un extremo irracionalista, advierte, sino que asumimos otro modo de razón, otra racionalidad, una razón simbólica que busca pensar connotativamente, pensar lo ambiguo, lo inseguro, lo incierto, de un modo vibrante.
Se trata de que ampliemos nuestra noción de razón, de manera que abordemos las zonas de la realidad que, con el modo restringido positivista, debíamos dejar de lado.
Ahora se trata de asumir que en efecto somos en gran parte seres simbólicos que no pueden vivir sin relatos, relatos que nos motivan e implican afectivamente, compuestos de símbolos, con ritos, de mitos al fin y al cabo.
Creo que ese subsuelo está y estará siempre y no pertenece como muy bien recuerda Mèlich, contra Levi Strauss y otros, a una infancia de la humanidad.
Pero la madurez sí existe, a mi juicio.
La madurez de la humanidad sería la capacidad de cribar, comparar, analizar, sopesar, valorar y extraer las consecuencias de los distintos relatos, de las distintas tradiciones que nos constituyen y sustentan.
Es una labor ardua y casi imposible, ya que como decía Gadamer para pensar necesitamos prejuicios y tal vez sea así, y no exista la posibilidad de esa ilustración ingenua, cartesiana, de un pensar neutro, absolutamente exterior.
Pero sí es posible una comparación, un trabajoso sopesar.
Se vive en la relación y se cambian o matizan las perspectivas y las posiciones, porque siempre estamos en lugares relativos, que aun siendo relativos, pueden cambiar y ampliar (o reducir) perspectivas y miradas.
PEDAGOGÍA DE LA FINITUD
Cabe, pues, esbozar una pedagogía de la finitud, consecuente con el carácter finito, contingente, inacabado de la existencia humana.
El profesor Mèlich acude a lo antropológico para sustentar en ello, en su incierto suelo, una vacilante praxis pedagógica que es poética, literaria, narrativa en un sentido que conecta con planteamientos filosóficos próximos a Gadamer y sobre todo a Ricoeur (Kemp, 2006, 174-177).
En la literatura se encuentran claves, según Mèlich, para el encuentro con las limitaciones espacio temporales del hombre, que sirvan para exorcizar la demonización que ocurre cuando lo relativo es elevado a absoluto, cuando lo relativo es, inapropiadamente, absolutizado, perdiendo su carácter contingente y pasando a ocupar como un todo el conjunto de lo real.
Mèlich (2002) subraya la temporalidad y la memoria como parte de una pedagogía que resitúe en la metamorfosis a las personas.
La literatura, en particular, nos reconcilia con nuestra consustancial finitud si aprendemos que hay tantas lecturas como lectores, que son posibles innumerables lecturas de un mismo texto porque el texto es algo inacabado, no logrado, finito, que nos transmite, por tanto, ese carácter antimetafísico que podemos extrapolar a la ética como relación con los otros, relación en perpetua reconsideración, como reconstitución con la alteridad desafiante (Mèlich, 2011).
En este discurso que enfatiza el desafío de la alteridad exteriorizante, lo que se señala es el papel de una negatividad impugnadora como tensión, el lugar de una dialéctica que pone el énfasis en lo no logrado, de lo que resta, de lo que no está, de lo ausente.
Así, en una teoría del lenguaje, cobraría mayor importancia, por ejemplo, lo no dicho que lo dicho.
Hay en el mundo, en la palabra, en la memoria, una serie de vacíos, de no lugares, que son también constituyentes, como magnitudes negativas, como densidades o presentes impresencias que una pedagogía de la finitud habrá de considerar y que, en términos morales, tienen que ver con la experiencia del mal, cuyo punto de máxima densidad ha sido Auschwitz (Mèlich, 2004b).
Como afirma el profesor Reyes Mate: "Lo sorprendente de la memoria es que nos hace ver que de la realidad forma parte también algo que no existe" (Mate, 2003, 23).
Esta negatividad es la que se narra en el libro bíblico del Apocalipsis.
En él el profesor Pérez Tapias encuentra expresada la necesidad de una radical solidaridad con los débiles, la lucha contra el mal y "el anhelo de que la muerte no obtenga la victoria, de que la injusticia no sea la última palabra" (Pérez Tapias, 1999a, 87).
Concluye el mencionado autor en el artículo al que nos referimos que "En esa tarea de un humanismo antiidolátrico debemos converger, desde la apuesta esperanzada en favor del hombre, en una historia tensa —¿trágica sin remisión?— y siempre abierta" (Pérez Tapias, 1999a, 88).
Este mismo autor, en un artículo posterior propone retomar la concepción benjaminiana de la memoria y la recuperación del rostro del Otro maltratado, para relanzar el pensamiento utópico, tras su cuestionamiento en nuestros días de crisis de la Modernidad.
Se trata de que a partir de lo fragmentario, retomemos una utopía abierta, sin afán de totalidad, que no sacrifique a los individuos a una identidad totalizante recayendo en totalitarismos (Pérez Tapias, 1999b, 206-209).
El hombre concreto se hace en un movimiento centrípeto, por el que la tradición acude originando un centro que lo dota de una identidad, de la consistencia de ser Uno, sujeto o self.
Esta tradición de símbolos y relatos es una alteridad fundante que ha cubierto la tiniebla original.
Bien es cierto que esta tradición es ardua, compleja y enrevesada, y que aunque ofrece respuestas, también genera dudas y nuevos interrogantes.
Pero todo ello puebla, habita, llena, ocupa, pesa.
Por otro lado, con la instantaneidad de los acontecimientos puede ocurrir ese otro momento pedagógico del ver como por primera vez, del hacer una epojé de lo que se venía aceptando como normalidad y ser casi deslumbrados.
Realmente, estos instantes provienen de algún contexto, de ese núcleo de la tradición.
Porque nada surge del vacío, ninguna mirada humana mira en el vacío.
Pero aun así se puede dar esa forma de ser deslumbrado en la que parece haber irrumpido una casi absoluta alteridad desafiante, algo que cuestiona, que como una fuerza centrífuga nos impulsa para abandonar el céntrico núcleo de la plena satisfacción (Mèlich, 2009, 142-144).
Este segundo movimiento "educativo" nos retrotrae a la precariedad inicial, a la vaciedad del origen, a un espacio por descubrir, a lo previo a la natalidad, poniéndonos de bruces ante la nada en la cual nos sustentamos y en la cual penden nuestras existencias.
Nos arranca de lo céntrico, de lo denso, de lo grave.
Nada de esto ocurre, obviamente, fuera del mundo, de la historia y de la materia.
Hay que comprenderlo como dinámicas internas a los mismos, dadas dentro de ellos, en sus márgenes; no estamos hablando de un trascender en términos literales, aunque sí puede imaginarse una cierta anticipación analógica con lo que hipotéticamente llamaríamos lo sobrenatural.
Es decir, hay en todo esto una cierta vitalidad, una energía, un avance, no necesariamente bueno ni malo en términos absolutos, sino un sencillo abandonar la falsa creencia de que todo empezaba y acababa en uno mismo.
Así pues, tenemos involucrado en la educación esto que hallamos en toda antropología: símbolos, relatos, finitud, alteridad, tiempo, historia, realidad.
Pero ese instante crucial, reordena nuestro self.
Ocurre como si se reestructurara lo que somos en unos segundos cruciales y entonces se ataran cabos sueltos.
Una narración o persona brilla para nosotros como no brillan las demás, una vida nos impacta como ninguna otra, una historia habla con voz penetrante, imponiéndose.
Se establece la mímesis creativa a la que se refiere Kemp en el colofón de su excelente artículo (2006, 183-184), la impronta que deja la auctoritas del maestro, fenómeno registrado y relatado a lo largo de nuestra tradición, que la filosofía hermenéutica recoge, como este autor indica en su trabajo.
En esos aconteceres reveladores, cuando podemos trazar una infalible lógica sobre el relato que uno viene siendo, cuando uno traza un argumento, cuando uno crea, somos verdaderamente educados.
Nos alzamos sobre la tradición que somos y podemos analógicamente referirnos a una cierta forma de natalidad o infancia que el profesor Bárcena estudia y desarrolla en algunos trabajos desde una perspectiva propia y vinculada a la filosofía de Hannah Arendt (Bárcena, 2002).
Es el momento poético por excelencia, el nacimiento de lo que podemos llamar más ahora que nunca "sujeto", que se hace, poéticamente, novedosamente, de este modo naciente, con los demás, vivos y muertos.
CONCLUSIÓN: HACIA UNA PERSPECTIVA HERMENÉUTICA
Recuerda el profesor Fernando Bárcena (2005, 16-18) la diferencia griega establecida entre praxis y poiesis2.
Praxis, dice, como una actividad que se agota en sí misma, tiene su límite en sí misma y no implica una superación o trascendencia cualitativa alguna respecto a la propia actividad en sí.
La poiesis, es una producción de algo nuevo, de un objeto cualitativamente diferenciado de la actividad que lo produce, creado, producido como un desbordamiento o como una superación del límite de la propia acción.
La educación sería una praxis (actividad) productiva, en un sentido poético, de producción de algo nuevo, algo que viene a ser desde una no presencia, desde una previa impresencia, desde una nada originaria.
Este acto creativo es lo que considera lo propiamente poético en la educación, la educación como donación de novedad, o como acontecer de novedad.
Así lo entienden, creo, Mèlich y Bárcena.
El peligro positivista que denuncian y en lo que yo, en general, les doy la razón, es la confusión de este proceso de donación de novedad o actividad poética, creativa, con una tecnología o procedimiento o metodología (un cómo) de constitución de un producto (el resultado final, llámese educando, objetivos o competencias o sujeto competente).
Hay una reducción instrumental de algo que es una actividad de naturaleza poética en un sentido originariamente griego de poiesis, de producción de algo nuevo que se hace presente, que irrumpe, que llega a estar con otros en la historia.
Señala Bárcena, más adelante, que lo que hay de novedad en ese acto creador es traicionado cuando se reduce a un mero aplicar un método establecido a priori, o sea, previamente a toda experiencia de la realidad dual, temporal, dinámica, singular como es propio del tiempo educativo.
Un método no es ya un parto desde una cierta nada o impresencia, al estilo de una poiesis, una creación poética, sino que actúa como una cortina, velo o capa de ceniza que cubre la misteriosa singularidad que sucede o acontece en toda relación pedagógica.
Hay una cegadora luminosidad que tapa la oscura ambigüedad de donde emerge el sujeto, donde se fabrica, poéticamente, el sujeto.
Esto hay quien lo entiende como si uno retrocediera a un ámbito pre-científico o anticientífico, lo cual no es cierto.
Debe haber ciencia en la pedagogía, pero en el lugar que le corresponde, sin extralimitarse, sin ocupar ese tiempo previo, ese intervalo o espacio de la constitución creadora, del diálogo que se desarrolla en un hondo sentido más allá de lo meramente lógico, como algo en lo cual se juegan elementos muy serios, tales como la existencia del educando, su ser, su presencia pálida, en un mundo humanizado, acogida en la tarea de humanizar el mundo, de nombrar el mundo, de poetizar el mundo.
Nada de esto se opone a que como parte de ese poetizar, como algo interno al poetizar, se haga ciencia.
La ciencia en sí es también una pálida esfera, un deseo y un precario anhelo.
Por esto, el estudioso de la educación puede y debe conocer científicamente lo que la ciencia sea capaz de decir de la educación, pero manteniendo esa humildad metafísica que estamos sugiriendo.
El problema que denunciamos es, por tanto, no que se aborden aspectos de la educación escolar o la educación en sí a partir de la ciencia, sino que la educación se reduzca a un proceso descriptible y abordable por métodos estrictamente positivos.
Permanecer en un ámbito nihilizante manifiesta un cierto pathos, también, de lo etéreo que incluso a veces se asocia con dinámicas sociales de tipo burgués o intelectualistas.
Pero esto no se resuelve con la minuciosa microdescripción positivista de datos que desmenuza la realidad, atomizándola y, a mi juicio, desactivando la crítica que muchas veces se pretende ejercer con la teoría.
La mirada proletaria, precisamente hoy, no es la del bombardeo del dato que halla contradicciones en la realidad o entre ella y la teoría, pues su efecto de hecho desactiva todo punto arquimédico desde el cual efectuar el movimiento de palanca de la crítica global.
Así, a pesar del riesgo que también implica, no debemos perder un cierto aire "intelectual" y "teorizante" en la pedagogía, para entender lo que sucede cuando educamos.
Insisto que la educación es un acontecimiento, lo cual quiere decir que es siempre singular, inasible, personal, complejo, temporal, contingente.
Y esto no es captable empíricamente en su totalidad, no es posible comprenderlo de una manera que lo agote, sino que hay que probar distintas formas de hermenéutica, comprensivas, interpretativas, siempre abiertas e incluso literarias.
Al menos así creemos que es, ciertamente, un sugerente modo de aproximación a lo que ocurre cuando educamos.
La educación ostenta muchos elementos simbólicos y míticos, narrativos, en sus componentes y en su desarrollo, como algunas investigaciones recientes han sabido poner de manifiesto (Mateos y Núñez, 2011) o hace algún tiempo ha excelentemente expuesto algún trabajo teórico (García Amilburu, 2002).
Las complejas relaciones humanas que constituyen lo que llamamos educación hay que interpretarlas, captarlas en su multidimensionalidad; no son fácilmente explicables, son parte de un universo humanísimo de contagios, de símbolos y elecciones, de proyectos vitales; o sea, de algo muy serio, que, en su conjunto, llamamos educación o, tal vez, diría Martha Nussbaum al estilo estoico, "florecimiento" (Nussbaum, 2003).
No todo ello es consciente, sino que en realidad es un proceso de situarse, de un colocarse en un "estar con", en un "donde", en un ámbito o mundo de la vida que se va originando y que orientará la propia existencia, un submundo que en gran medida será esa oscuridad ambigua e incierta que vamos siendo cada uno. |
Las prohibiciones históricas de la fiesta de los toros
En el siguiente artículo trataremos de analizar en el tiempo las diferentes prohibiciones que se han producido a lo largo de la historia contra la que, para García Lorca, es la fiesta más culta del mundo.
Prohibiciones de las que, unas más severas que otras, la Fiesta siempre ha logrado salir adelante y las cuales hemos de tenerlas en cuenta en los difíciles tiempos actuales en que esta se encuentra.
Lo decía Ortega y Gasset: "No puede comprenderse bien la historia de España sin haber construido la historia de las corridas de toros".
Por tanto, el análisis que a continuación se detalla no hace más que resaltar la enorme importancia que, desde tiempos inmemoriales, esta tradición ha tenido para el pueblo español y, a pesar de las prohibiciones, no consiguieron acabar con su celebración debido a su profundo arraigo en las raíces de España.
PRIMERAS DISPOSICIONES CONTRA LA FIESTA DE LOS TOROS
La expansión y difusión de los espectáculos taurinos, ya consolidados a partir del siglo XIII en aquellos territorios de la península bajo dominio cristiano, va íntimamente ligada a los continuos intentos de prohibir los mismos.
Así, en el mismo siglo XIII encontramos lo que podemos denominar la primera disposición (no prohibitiva, pues es meramente condenatoria) contra la celebración de estos espectáculos.
Pero debemos matizar este punto, ya que el texto del que hablamos no es otro que el Código de las Siete Partidas, del monarca castellano Alfonso X el Sabio (1221-1284).
Ahora bien, este documento hemos de entenderlo en el contexto en que se fraguó, dentro de las pautas del Concilio de la Edad Media o, lo que es lo mismo, el IV Concilio Ecuménico de Letrán (1215), que en los cánones 14-17 se encarga de las irregularidades del clero, como la incontinencia, ebriedad, caza, asistencia a farsas y exhibiciones histriónicas.
Dentro de las exhibiciones podemos incluir los espectáculos taurinos y es por ello, por ser considerados estos como espectáculo, como juego heredado de los antiguos ludi romanos, por lo que son condenados en las Siete Partidas.
Veamos pues, qué dice el texto sobre los toros.
En la Partida I, Título V, Ley 57, se establece lo siguiente:
"Que los perlados non deven deyr a ver los juegos, ni jugar tablas nin dados, nin otros juegos, que los sacassen del sossegamiento...e porenden no deven yr a ver los juegos: assi como alançar, o bohordar, o lidiar los Toros, o otras bestias bravas, nin yr a ver los que lidian..."
Vemos como la "prohibición" si podemos denominarla de tal manera, únicamente va dirigida al clero, quedando excluidos los hombres de a pie, a los que también condena, especialmente a los "toreros" de la época:
"Como aquel que lidia con bestia brava por precio quel den non puede ser bozero por otro, si non en casos señalados...non puede ser abogado por otro, ningund ome que recibiesse precio, por lidiar con alguna bestia..."
Como vemos, solo es condenatoria a aquellos que lidian a cambio de dinero, pero entendido esto dentro de la moralidad de la época, donde aquel capaz de lidiar contra bestia brava a cambio de dinero, su ética era cuestionable y, cuanto menos, era considerado una persona indigna y no honorable.
Por tanto, podemos considerar que las corridas de toros eran unas diversiones permitidas a los laicos, pero prohibidas a los clérigos, por la mera razón de considerarlas las autoridades eclesiásticas impropias para su estado.
Relacionado con todo ello, tres siglos más tarde, encontramos disposiciones provenientes de diferentes sínodos españoles, pudiendo destacar el de Burgos de 1503, el de Sevilla de 1512, el de Orense de 1539 o el de Oviedo celebrado en el año1553 (Badorrey Martín, 2009, 4-6).
Todos ellos comparten el mismo trasfondo, la prohibición hacia los clérigos de participar o ver corridas de toros, además de otras actividades consideradas impropias para ellos, como bailes, cantes, etc.
Como respuesta a las reformas protestantes que, desde principios de siglo se expandían a lo largo y ancho de Europa, la Iglesia decidió atajar el problema mediante la denominada Contrarreforma, la cual tuvo en el Concilio de Trento su máximo exponente.
Aunque pareciese novedoso, en él no se trataron más que los problemas que el clero arrastraba desde la Baja Edad Media, ya señalados anteriormente y, entre ellos, el problema de los toros, contra el que algunos obispos españoles expresaron su deseo de prohibirlas.
No obstante, en el Concilio no se determinó nada al respecto, quedando bajo arbitrio de los obispos españoles tal decisión.
Ya en la península, únicamente en tres concilios se trataría el tema de la prohibición de las corridas de toros: Toledo, Granada y Zaragoza en 1565 y 1566.
Respecto al tema que nos interesa, las prohibiciones de los toros, no son muy distintas a las disposiciones de sínodos españoles promulgadas apenas medio siglo antes, "ningún clérigo de orden sacro ande en el cosso ni salga dissimulado a toros ni a juego de cañas ni a otro juego público...".
Vemos pues, como se seguía condenando la participación del clero en los toros, entendidos estos como juegos, tal y como se venía haciendo desde las Partidas del rey Sabio tres siglos atrás.
LOS TOROS EN LAS CORTES DE CASTILLA
El tema de las prohibiciones no vino únicamente de la mano de la Iglesia y, en los mismos años que se sucedieron las disposiciones conciliares anteriores, se fue desarrollando una campaña antitaurina que llegó incluso a las mismas Cortes de Castilla.
En las Cortes de Valladolid de 1555 se acordó pedir al rey que "fuera servido de mandar que no se corran los dichos toros, o que se dé alguna orden para que si se corrieran no hagan tantos daños".
En las Cortes de Madrid de 1567 (mismo año que se publicará la bula de Pio V, como veremos a continuación), se vuelve a poner sobre la mesa el mismo asunto visto en Valladolid, donde se pedía al monarca "que en estos reynos no se corran los dichos toros".
A lo anterior, el monarca Felipe II contestó:
"A esto vos respondemos que en quanto al daño que los toros que se corren hazen, los Corregidores y Justicias lo provean y prevengan de manera que aquel se escuse de quanto se pudiere, y que en quanto al correr de los dichos toros, esta es una antigua y general costumbre destos nuestros Reynos, y para la quitar será menester mirar más en ello, y ansí por agora no conviene se haga novedad".
En 1587 se discute nuevamente el tema en las Cortes del citado año, pero esta vez, atacando a los espectáculos taurinos con alicientes económicos (que será una constante en el siglo XVIII debido a la influencia de la Ilustración).
El resultado de todo ello fue negativo para las proposiciones antitaurinas, pues las corridas de toros siguieron celebrándose.
No obstante, en esos años recibiría la fiesta la mayor y más dura de las prohibiciones por parte de la Iglesia en toda su historia, las cuales a continuación analizaremos (Cossío, 2007, 516-519).
Es interesante resaltar que la prohibición dio el salto a Nueva España y, en Perú, a partir de 1551, se decretó la prohibición de los clérigos a ver o participar en las corridas de toros.
Pero no solo en Perú, sino también en Nueva España (México) fue prohibida esta práctica.
Así, se celebraron hasta cuatro concilios provinciales en 1555, 1565, 1585 y 1769 (este último en tiempos de Carlos III), donde se reiteraba lo mismo que se analizó en España en los concilios postridentinos, la definitiva regulación de los aspectos relativos a la vida y honestidad de los clérigos, prohibiendo, como se ha dicho, la asistencia y participación de estos en las corridas de toros (Badorrey Martín, 2011, 485-491).
Pues bien, en el año 1567 el pontífice Pío V promulgó la bula De Salute Gregis, con la cual excomulgaba ipso facto a todos los príncipes cristianos que celebrasen corridas de toros en sus reinos.
Pese a la magnitud de la disposición, en España, bajo Felipe II (rey que, aunque no manifestara su amor a los toros, si lo tenía hacia su pueblo) continuaron organizándose corridas de toros.
Creo conveniente traer a colación un documento, extraído de la obra de Santiago Esteras Gil, La fiesta de los toros y sus tristes verdades, que dice lo siguiente:
"En un artículo de ABC aparecido en 1960 con el título 'La prohibición de las corridas de toros'... se hablaba de Felipe II en relación con la prohibición contenida en la Bula Papal.
- Decidnos-dijo el Rey dirigiéndose a los nobles.- ¿Qué dispone la Bula?
- Prohíbe señor que se corran los toros.
- Pues a fe que os podéis divertir sin contrariar la decisión de nuestro Santo Padre.
Siguiendo con las disposiciones papales, seguiría a la de Pío V la de su sucesor, Gregorio XIII en 1575, con la promulgación de la bula Exponis nobis, en la cual levantaba la excomunión inmediata de su predecesor1, dejando la excomunión únicamente a los clérigos que participasen en las corridas de toros.
Además, mandaba que no se celebrasen corridas en días de fiestas, así como se evitaran a toda costa las desgracias.
El nuevo pontífice, Sixto V, volverá de nuevo a poner en vigor la bula de Pío V y, finalmente, el Papa Clemente VIII, en 1596, con la bula Suscepti numeris, será quien liberará definitivamente de condenas a los participantes y organizadores de las corridas de toros.
De la pugna entre la Santa Sede y la Monarquía española se llegó a la conclusión de que no se corrieran toros en días de ferias, por evitar desgracias debido a la aglomeración; ahora bien, esto hemos de entenderlo bajo el contexto eclesiástico de que esos días eran religiosos y, por tanto, la ausencia de corridas los haría brillar con luz propia (Asín, 2008, 73-78).
LAS PROHIBICIONES CIVILES DEL SIGLO XVIII
De unos monarcas claramente taurinos como fueron los Austrias, el siglo XVIII da paso a su antítesis, los Borbones que, fruto de su tradición ilustrada francesa, no compartieron la afición de sus predecesores por la fiesta de los toros.
En el siglo XVIII, siglo en que se afianza el espectáculo, sufre las mayores críticas, siendo sus máximos detractores los ilustrados, quienes se basan en las nefastas consecuencias de la celebración de corridas de toros para la economía del país (disminución del ganado boyal, encarecimiento de las carnes, etc.), así como el absentismo laboral provocado y la imagen negativa que España transmitía al extranjero (Badorrey Martín, 2009, 26).
Se inicia el siglo ilustrado con la prohibición de celebrar corridas de toros en Madrid y alrededores, aprobada por Felipe V en 1704.
Esta prohibición estuvo vigente hasta 1725, año en que el propio rey, por razones desconocidas, volvió a restablecer la celebración de corridas de toros.
Fernando VI prohibiría nuevamente la fiesta de los toros en 1754, con la excepción de cuando se organizase con fines benéficos, aunque dicha prohibición sólo duró un lustro, hasta 1759.
Sin embargo, las disposiciones más serias y de mayor relevancia serán las dictadas por Carlos III y Carlos IV.
Así, Carlos III, influenciado por el Conde de Aranda, a través de una Real Orden de 1778 prohíbe nuevas concesiones de fiestas de toros y "mandando que el Consejo vea de subrogar con otros arbitrios las que están concedidas con fines piadosos".
Pero el paso definitivo será la Real Pragmática Sanción de 1785, por la que prohíbe "las fiestas de toros de muerte en todos los pueblos del Reyno, a excepción de los en que hubiere concesión perpetua o temporal con destino público de sus productos útil o piadoso...".
Pese a ello, se continuaron festejando corridas, por lo que el mismo rey tuvo que dictar una Real Orden en 1786 en la que ordenaba que cesasen todas las licencias, manteniendo como excepción la de Madrid.
Las Reales Ordenes y la pragmática continuaban sin cumplirse, ante lo cual, su sucesor, Carlos IV, primero con la promulgación de una real provisión en 1790 (donde prohibía correr novillos y toros de cuerda por las calles) y, posteriormente, mediante Real Pragmática de 1805, "prohíbe absolutamente en todo el Reyno, sin excepción de la Corte, las fiestas de los toros y novillos de muerte".
Debemos señalar que el monarca hispano actuó bajo la influencia de Godoy, el Príncipe de la Paz, quien en sus memorias escribe lo siguiente:
"Al mismo año de 1805 pertenece la abolición de las corridas de toros y novillos de muerte...
Si bien tuve mucha parte en la adopción de esta reforma, no por esto fue obra de capricho mío.
Este asunto fue llevado al Consejo de Castilla, y tratado en él y madurado largamente.
Arribados mis enemigos a la plenitud del poder, restablecieron estos espectáculos sangrientos...
No se dio pan a nadie, pero se dieron toros... las desdichadas plebes se creyeron bien pagadas" (Vidart, 1887, 94).
En esta línea, el más firme detractor de los ilustrados fue José Vargas Ponce quien, en su obra Disertación sobre las corridas de toros, nos señala el propósito de la misma:
"La presente, pues, tendrá por objeto y única materia las corridas de toros que se daban en España porque son frecuentes las equivocaciones acerca de su origen y multiplicados y graves efectos, como ellas lo eran por nuestra desgracia; y de ponerlas en su verdadera luz me persuado que, haciendo algo por nuestra ilustración y desengaño, abogo la causa de la Humanidad".
Crítica absoluta contra la celebración del espectáculo nacional desde sus mismos orígenes; para el autor, su celebración no produce otra cosa que "una juventud atolondrada, falta de educación como de luces y experiencias, los preocupados que la encarecieron sin hacer uso de la facultad de pensar, los viciosos por hábito, hambrientos siempre de desórdenes y, en una palabra, la hez de todas las jerarquías" (Vargas Ponce, 1807).
Sin embargo, las palabras de Vargas Ponce, así como de numerosos escritores dedicados a tratar sobre la fiesta de los toros durante los siglos XVIII y XIX han sido desmontadas así como demostrado que sus escritos no eran sino una falacia fruto de los intereses de determinados grupos contrarios a la Fiesta (García Añoveros, 2011).
En la misma línea, también se ha tratado el tema de la licitud del espectáculo entre los moralistas y escritores de la época anterior, la de los Austrias, ahondando más si cabe la licitud moral de las corridas de toros, desarmando por completo a Vargas Ponce, quien falsea documentos, recorta textos a su antojo e interés, etc. (García Añoveros, 2007).
DEBATE Y PROHIBICIONES EN LOS SIGLOS XIX Y XX
No debe extrañarnos cómo el asunto de los toros llegara a las Cortes de Cádiz, iniciadas en 1810 hasta 1812.
Creo conveniente señalar cómo esta ciudad podría denominarse entonces como "antitaurina", pues ya desde el siglo XVIII sufre un fuerte acoso por parte de la iglesia gaditana.
Incluso en el año 1780 se publicó el "Auto de buen gobierno... por el excelentísimo Señor Capitán General Gobernador de Cádiz, previniendo... que no se corran por las calles bacas ni novillos con guindaleta por las desgracias que puedan ocasionar".
Recordemos que no será hasta 1790 cuando el rey Carlos III dictará la Pragmática de la prohibición de correr novillos y toros, por tanto, encontramos que ya, diez años antes, la ciudad gaditana se había adelantado a la Pragmática real.
En 1813, como consecuencia de un incidente producido en la plaza de toros de Cádiz (lo que muestra que se seguían practicando corridas de toros), provocó la nueva reacción municipal contra la fiesta.
El problema estaba en que, el propietario de la plaza, Don Francisco de la Iglesia Darrac, había comprometido las ganancias de las corridas en una contrata con el gobierno; por tanto, pese a la petición popular, la plaza de Cádiz quedó dispensada de la prohibición de las corridas de toros por el tiempo necesario hasta cumplir dicha contrata (Orgambides Gómez, 2003).
Destacar que, como hemos visto, siendo el gobierno español quien había prohibido (o no cesaba en su afán de hacerlo) las fiestas de los toros, José I Bonaparte, en su breve reinado en la península, favoreció las mismas, siendo su proclamación como rey celebrada con dos corridas de toros.
Por tanto, una vez finalizada la Guerra de la Independencia, aunque el Decreto de 1805 nunca fue derogado, en la práctica, como se ha visto, no tenía aplicación alguna y no volvió a tenerse en cuenta.
A partir de entonces no encontramos más tentativas de prohibir los toros (hasta la prohibición actual de Cataluña) y la actitud hacia la misma fue de "simple tolerancia" (Badorrey Martín, 2009, 41-43).
Esta actitud de tolerancia aparece claramente plasmada en la Instrucción de los Subdelegados de Fomento, publicada por Javier Burgos en 1833, donde establece:
"...De los espectáculos mencionados hay uno en que arriesgan hombres, se destruyen animales inútiles...La autoridad administrativa debe indirectamente acelerar este beneficio, rehusando a esta clase de espectáculos otra protección que una simple tolerancia..."
Sin embargo, como todas las disposiciones prohibitivas anteriores, no fue tenido en cuenta, y menos aún a principios del XIX cuando el espectáculo estaba arraigándose aún más en el pueblo y comenzaba a regularse de forma oficial.
Pese a predominar la actitud tolerante por parte del sector antitaurino español, el siglo XIX daría lugar a más controversias.
Así, en la década de los sesenta, debido a la muerte de Pepete, el tema fue de nuevo tratado en el Parlamento.
Muy a tener en cuenta sería una proposición de ley del año 1877, del marqués de San Carlos, donde se abogaba por la supresión de las corridas de toros, así como "...las carreras, lidias y funciones de reses vacunas dentro de las poblaciones", como también "las algaradas o diversiones de acosar toros con vara larga en campo abierto o en el monte"; en la misma, como puede observarse, no solo se refería a las corridas de toros sino a todos los festejos taurinos; se prohibían la construcción de nuevas plazas de toros y la reedificación de las que se encontrasen derruidas, así como sería potestad del Gobierno la supresión de las corridas de toros de muerte dentro de un plazo de tiempo prudencial.
Ocho años más tarde, el marqués de San Carlos volvió a la carga de nuevo, siendo ambas veces la propuesta retirada (Fernández de Gatta, 2009b, 80-81).
De nuevo, debido a la grave cogida de Frascuelo en 1876 y a la muerte de el Espartero de 1894, se levantó un nuevo revuelo contra la fiesta; incluso se presentó ante el Congreso una enésima propuesta contra su prohibición; propuesta que, como sus antecesoras, corrió su misma suerte (Cossío, 2007, 619-622).
Un último hito importante en contra de la fiesta de los toros serían las celebraciones producidas, a partir de 1875, en la ciudad de Cádiz, bajo el mecenazgo de la Sociedad Protectora de los Animales de Cádiz, donde en el citado año se celebró un concurso sobre trabajos contrarios a las corridas de toros.
Fueron muchos los trabajos escritos, sin embargo, lo que nos llama la atención es que la misma sociedad elevó una "Instancia a S.M. el Rey D. Alfonso XII en demanda de que suprimiese las corridas de toros acordadas para celebrar su enlace con S.S.I. la Archiduquesa María Cristina de Austria" (Orgambides Gómez, 2003).
El siglo XX será muy diferente en cuanto a prohibiciones se refiere, pues apenas encontramos alguna a lo largo del mismo.
Aunque el siglo comenzará con la prohibición de las corridas de toros mediante Real Orden de 1900, repitiéndose en 1904 y 1908, la fiesta seguiría adelante, produciéndose a lo largo de este siglo su institucionalización jurídica, pues verán a la luz los diferentes reglamentos oficiales que regulan los toros.
Es interesante resaltar la Real Orden de junio de 1928, por la que "quedan absolutamente prohibidas las capeas, cualquiera que sean las condiciones y edad del ganado que en ellas hubiere de lidiarse" (Fernández de Gatta, 2009b, 88).
Durante el breve periodo de tiempo de la Segunda República Española (1931-36), se promulgó una Orden (1931 y 1932) que trataría de terminar con esta clase de espectáculos, así como el Reglamento de Policía y Espectáculos Públicos de 1935.
El gobierno republicano basaba su prohibición en "razones de humanidad y porque el Gobierno de la República tiene que cumplir una misión de cultura"; también autorizaba a los Gobernadores Civiles a destituir a aquellos alcaldes en cuyas localidades se celebrasen corridas de toros.
Sin embargo, a partir de enero de 1932, una nueva disposición permitiría celebrar corridas de toros y novillos en plazas provisionales, siempre que la lidia corriese a cargo de toreros profesionales, prohibiendo "en absoluto que se corran toros y vaquillas ensogadas o en libertad por las calles y plazas de las poblaciones".
A su vez, el mencionado Reglamento de Policía y Espectáculos Públicos reiteraba la disposición de dos años antes, en la que "queda en absoluto prohibido que sean corridos toros, novillos ni vaquillas, ensogados o en libertad, por las cales y plazas de las poblaciones" (Claramunt López, 2006).
Incluso en el reglamento de 1962, el "Texto Refundido del nuevo Reglamento de Espectáculos Taurinos", se prohíbe que se "corran toros o vaquillas ensogados o en libertad por calles y plazas de las poblaciones", permitiendo exclusivamente los encierros de Pamplona, debido a su carácter tradicional, así como otros de características similares, como los de Cuéllar, en Segovia, o Ciudad Rodrigo, en Salamanca (Fernández de Gatta, 2009b, 90-96).
LA POLÉMICA ACTUAL: PROHIBICIÓN DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN CATALUÑA
Como por todos es bien conocido, tras cincuenta años de apoteosis de la Fiesta en nuestro país, hemos de hablar, por desgracia, de la iniciativa catalana, la cual ha conseguido prohibir las corridas de toros en esta comunidad a partir de este año en que nos encontramos.
Hemos de señalar que no ha sido la única iniciativa llevada a cabo, puesto que a la actual le precedieron otras en 2004 y 2005; no obstante, será la Proposición de Ley sobre la modificación de la Ley de Protección de los Animales, a expensas de la ILP catalana, de noviembre de 2008 la que consiga terminar con las corridas de toros en Cataluña.
Dicha proposición fue aceptada por el Pleno del Parlamento en diciembre del 2009, iniciándose la correspondiente tramitación, que terminó en 2010 con la votación en el Pleno, con 68 votos a favor por 55 en contra, y 9 abstenciones.
¿Cómo es posible que, en un país de denotada tradición taurina como el nuestro, hayamos llegado a esto?
Buena culpa de ello la tiene la ausencia en la Carta Magna de un artículo sobre la fiesta nacional, ya que la materia relativa a la Fiesta de los Toros (espectáculos públicos, en general) no aparece ni como competencia exclusiva del Estado, ni entre las competencias que puedan asumir las Comunidades Autónomas (arts. 148 y 149).
Al no mencionarse los espectáculos taurinos en el art. 149, los Estatutos de Autonomía podían asumir la competencia correspondiente, materia que no fue asumida homogéneamente por todas las Comunidades.
Así, debido a ello, a la multiplicidad de Reglamentos existentes, las denominadas tauroautonomías, (Ramón Fernández, 1987; 2011), podemos hablar de una verdadera encrucijada jurídica de la Fiesta.
Ahora bien, de nosotros depende, no sólo taurinos, sino defensores de la libertad en un estado teóricamente democrático, de aunarnos y no permitir que el efecto de lo acontecido en Cataluña salpique otros puntos de nuestro país aunque, por desgracia, esto no es así, puesto que a día de hoy tenemos constancia de que el próximo año una plaza como San Sebastián no celebrará toros, ya que Bildu, el gobierno local, no ha renovado la contrata con la plaza de Illumbe para la próxima temporada.
Como bien sabemos, lo que en Cataluña comenzó con una ley contra el maltrato de los animales, estaba enfundada en un matiz totalmente político, con afán de eliminar lo español, lo nacional de Cataluña como es la fiesta de los toros.
Si no fuera así, ¿de qué manera podríamos entender que, a un mismo tiempo que se prohíben las corridas de toros, se blinda el espectáculo popular de los correbous?
Un espectáculo en el que, por cierto, los animales sufren un estrés similar o mayor que en la plaza y que, no contentos con ello, se ha admitido hace relativamente pocos días una propuesta para que el tiempo de los toros embolados sea mayor y, por ende, mayor el sufrimiento del animal, un animal cuya protección fue el eje de partida para la prohibición de las corridas de toros.
¿Se habrán parado a pensar los catalanes abolicionistas las consecuencias que esta prohibición va a acarrear para su economía?
Al prohibir las corridas de toros, la Generalitat se enfrenta a dos cuestiones: por un lado el daño emergente y, por otro, el lucro cesante.
Teniendo en cuenta que la Barceloneta es uno de los cosos con mayor capacidad de todo el país y que en la temporada 2007 pasaron por sus asientos más de 111.000 espectadores, a una media de 40 euros localidad, nos encontraríamos con una facturación anual por parte de la empresa de casi cuatro millones y medio de euros.
Por tanto, como daño emergente, la Generalitat habría de abonar a la empresa daños tales como indemnizaciones por despido de los trabajadores, la cláusula de rescisión del contrato de la propiedad con la empresa gestora del coso, entre otros (esto supondría entre 50 y 150 millones de euros).
Por otro lado, en cuanto a lucro cesante, se refiere a los derechos individuales que se verán afectados por la prohibición, contabilizando estos a 99 años vista, según el derecho civil catalán; nos encontramos entonces que, a 4 millones de euros anuales, multiplicados por 99 años, son casi 400 millones de euros que la Generalitat ha de abonar a los perjudicados.
O, lo que es lo mismo, cada uno de los siete millones de catalanes, tendrán que pagar unos 57 euros para sufragar el coste que la prohibición de las corridas de toros ha supuesto para su gobierno y el bolsillo de los ciudadanos.
Esperanzadora es, qué duda cabe, la iniciativa popular surgida desde al taurinismo a raíz de la mencionada prohibición y que, hilando todo lo anterior, no intenta sino aunar las tan dispares competencias normativas de la Fiesta de los Toros.
En lugar de hablar de diferentes reglamentos para las comunidades que así lo contemplan, ¿por qué no hablar de una única Ley Taurina que legislase todo?
Por tanto, iniciativa cuyo objetivo último es la declaración de la Fiesta como Bien de Interés Cultural para, de esa manera, frenar el despropósito catalán así como evitarlos en un futuro próximo.
Por tanto, hemos visto como han sido múltiples y muy serias las tentativas de prohibir la Fiesta desde la Edad Media hasta nuestros días.
Más de setecientos años de propuestas de ley, reales decretos, pragmáticas... que no han hecho sino reforzar una fiesta tan significativa para la historia y cultura de nuestro país.
Decía Ramón Pérez de Ayala que "el nacimiento de la Fiesta coincide con el nacimiento de la nacionalidad española y con la lengua de Castilla... así pues, las corridas de toros son una cosa tan nuestra, tan obligada por la naturaleza y la historia como el habla que hablamos".
Si el pueblo español ha superado las tentativas papales en el XVI, reales a finales del XVIII y principios del XIX, ¿se va a dar por vencido porque una minoría pretenda suprimir esta Fiesta que tanto significa para España?
¿Estamos dispuestos a perder algo tan nuestro, tan arraigado en nuestra cultura?
Terminaremos el artículo como lo hemos empezado, esta vez con palabras del genio García Lorca, para quien "el toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar; creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo".
Por último, a aquellos deseosos de prohibir una Fiesta tan culta y tan nuestra, les diría aquello del filósofo Francis Wolf: "a quienes son ajenos al mundo de los toros, esperando que vislumbren la universalidad de un arte singular...". |
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