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Un incendio ocurrido durante la noche del 24 de diciembre de 1734, destruyó violentamente el antiguo Alcázar o Palacio de los Austrias, en Madrid. Este hecho obligó a Felipe V a planear la construcción de una nueva residencia regia. El suceso, que no pudo ser más inesperado y fortuito, marcó una nueva fase en la evolución de las artes en España, sobre todo en la escultura, con la entrada de nuevos artistas extranjeros, que fueron llamados por los Monarcas Españoles para trabajar en las obras del Nuevo Palacio. No cabe duda de que el arquitecto encargado de la edificación del Palacio Nuevo, Sacchetti, tenía en mente dotarle de algunos adornos escultóricos ideados por él mismo, pero estos ornatos eran convencionales e iguales a los de cualquier obra arquitectónica lujosa y regia. El Palacio Madama de Turin, con sus figuras alegóricas, constituía un modelo a seguir. La primera noticia de un programa unitario es la orden cursada, en 1742, al escultor Juan Domingo Olivieri ^, que proporcionó algunas ideas sobre las esculturas para decorar el Palacio, ofreciendo varias opciones para que el Rey eligiese la más adecuada. Pero las propuestas no fueron aceptadas, por comprender ideas demasiado generales que tanto convenían al Palacio de España como al de otra cualquiera Nación ^. Desconocemos el contenido de este primer proyecto del que podemos hacernos una idea a través de las remodelaciones posteriores, así como de otro mencionado en el que interviene Sacchetti. Tanto este primer proyecto como el segundo se mezclan de una forma tan confusa, y las alusiones son tan poco claras, que no podemos conocer con certeza hasta qué punto se desarrollaron uno y otro. Indirectamente los Padres Fèvre y Sarmiento suministran algunas noticias de cómo eran estos primeros proyectos al redactar los suyos propios, ya que en buena medida partieron del mismo punto. El Doctor Plaza Santiago dio a conocer una serie de dibujos donde podemos contemplar la decoración propuesta en el proyecto de 1742. Los «trofeos», muy abundantes, se colocarían en los remates de las fachadas de las torres y en los cuatro machones de la fachada principal, bajo el balcón. Igualmente, se insiste en la colocación de, 52 cabezas de máscara, mitad de una figura y mitad de la otra, que han de servir de ornato a los frontispicios de las ventanas del cuarto principal. Sin embargo, se plantea un problema con el número de esculturas para la balaustrada. Según el Padre Sarmiento, Olivieri había contemplado un total de cincuenta y dos posibles estatuas para que el Rey eligiera las veintiséis que fueran más de su agrado ^. Además de los relieves, Olivieri también había dispuesto dieciséis estatuas de bulto completo para las balaustradas del patio, cuyos temas eran doce alegorías de Virtudes que repetirá el Padre Sarmiento -Gratitudine, Liberta, Historia, Concordia, Obediencia, Obligo, Gioia, Liberta, Tranquilitá, Perfeccione, Chiarezza, Armonia, Amicizia-y las cuatro mujeres fuertes de la Biblia. Para la Escalera Principal proponía los retratos del Rey y de la Reina, y ocho virtudes de ambos: Giusticia, Fortaleza, Temperanza, Prudenza, Magnanimité, Magnificenza, Forza, Valore. Ya hemos comentado que estas ideas merecieron críticas por su carácter excesivamente general y por su poca adaptación a la significación concreta del edificio al que se destinaban, de forma que buscaron proyectos más adecuados. El proyecto del Padre Fèvre El jesuíta francés hizo también un proyecto de decoración, probablemente, en las mismas fechas que el Padre Sarmiento, pero su desarrollo se conoce mal. Los únicos documentos de primera mano que se pueden consultar son los pocos papeles de 1745, conservados en el Archivo Histórico Nacional ^. En ellos se detalla la ornamentación relativa a la Escalera Principal y se expresan opiniones de gran interés, ya que sirven, indirectamente, para conocer el primer programa decorativo del escultor y del arquitecto principales. Para la Escalera Programa iconográfico para la decoración escultórica.... acepta los retratos de los Reyes, pero propone que las estatuas de las virtudes que aluden al Rey, sean sustituidas por otras cuatro que reflejen los acontecimientos más destacados de su reinado, sin embargo, respeta las que representan las virtudes de la Reina, adaptándolas más estrechamente a su condición de esposa y madre. Otra opción sugerida consistía en colocar las imágenes de todos los miembros de la Familia Real, cuyas representaciones deberían hacerse tanto de bulto como en medallones circulares de relieve. Para la balaustrada exterior era partidario de ubicar esculturas de los principales Reyes y Estados de la Corona Española, anticipando lo que se hizo posteriormente. Por último, para la balaustrada del patio, en su afán de buscar temas peculiares de la Historia de España, ofrecía situar personajes ilustres del pasado: Escipión, Aníbal, Pompeyo, Trajano, Teodosio, El Cid, El Gran Capitán, El Cardenal Cisneros, Colón, Hernán Cortés y Alejandro Farnesio. Sobre la puerta principal, debería ir una inscripción latina con el nombre del Rey, que permaneció hasta la colocación de la medalla de la España Armígera, en 1749-50. Los proyectos del Padre Sarmiento Desechadas las memorias presentadas por Olivieri, Sacchetti y el Padre Fèvre, el erudito benedictino pontevedrés. Padre Sarmiento ^, presentó varias memorias, primero, en 1743 a Felipe V, y, después, en 1747 a Fernando VI. Los «pliegos» donde se expone el sistema de adornos para el Palacio Nuevo, se reparten entre el Archivo General de Palacio ^, la Biblioteca Nacional, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Archivo Histórico Nacional y el Museo Británico de Londres. El sistema de adornos propuesto por el Padre Sarmiento se centró en. Un sistema de adornos dignos de tan magnífica obra y que no desagrade a S. M. Ni concite la censura de los curiosos.,.; en la más alta y última coronación de las paredes exteriores... se colocarán las estatuas de todos los Reyes de España, como sucedieron unos a otros, desde su primer Rey Ataulpho asta oy, dejando algunos sitios para los futuros. Fernando VI aprobó este plan y el 29 de febrero de 1748 el Secretario de Estado, don José de Carvajal y Lancaster, dirigió una expresiva comunicación al Padre Sarmiento en la que manifestó: El Rey ha leído literalmente el sistema de ornamentos de escultura que Y. Rma. ha inventado...se ha servido aprobarlo y aplaudirlo y manda que se ponga en ejecución en todas sus partes. El erudito benedictino había aplicado su vasta cultura literaria e histórica, con paciencia y entrega, a la detalladísima plasmación, en materiales capaces de vencer la acción destructora del tiempo y desplegados sobre los muros de un edificio destinado a durar eternamente, de un mensaje dirigido a las generaciones de un remotísimo fiíturo, en el que quedase para siempre memoria de las glorias de la Monarquía Hispánica: su entronque con el Imperio Romano; sus soberanos; sus hechos más sobresalientes en lo político, lo científico, lo militar y lo religioso; su vinculación con la Iglesia; incluso, la presdestinación cósmica de su brillante porvenir abocado a la grandeza, al dominio y a la más perfecta armonía en el fimcionamiento de su gobierno ^. La idea fimdamental de todo el proyecto la señala él mismo: siendo el fundamento y base de todo mi sistema de adornos...La Historia Sagrada de Dios, Salomón, Hiram y la Reina de Saba. Es decir, trató de hacer de todo el sistema interpretativo una gigantesca metáfora que comparaba el Palacio, al menos en su aspecto religioso, con el templo de Salomón puesto bajo el signo de Aries, leído como el Cordero místico, y protegido por la Mujer Apocalíptica. Estatuas de la Balaustrada Para la decoración de este lugar se impuso, finalmente, la serie cronológica de los Reyes españoles, godos, asturianos, leoneses y castellanos. No fue fácil reducir a una sola línea el complejo panorama de las sucesiones, uniones y separaciones de reinos. El Padre Sarmiento se mostraba escéptico acerca de la fidelidad de los retratos existentes de los Reyes anteriores al final de la Edad Media, sin embargo anotó alguna de las series que conocía y que podían servir de orientación a los artistas: la del Salón del Trono del Alcázar de Segovia; la reproducida en la Historia del Padre Mariana, editada en Holanda en 1729; y la que ornamenta la orla del mapa del geógrafo de Felipe V, Nicolás de Fer. La iconografía de las estatuas fue fijada por Sarmiento teniendo en cuenta el perfil histórico de cada Monarca, y combinando elementos simples y comunes: tocado de morrión, corona o diadema; barba larga o corta; escudo a la derecha o la izquierda; calzado abierto o cerrado; espada ancha o cuchillón. Estas indicaciones no fueron seguidas con rigor por parte de los artistas, con el consiguiente enfado del Padre Sarmiento, manifestado en alguno de los documentos. Repartidas por la geografía española, estas esculturas no han dejado de llamar la atención de viajeros y estudiosos, que las juzgaron de Programa iconográfico para la decoración escultórica. muy distinta forma ^. Alguna vez se cita en el proyecto del Padre Sarmiento que el conjunto de la escultura de Palacio debería formar un enorme libro de mármol en el que el pueblo pudiera aprender a conocer su historia. En junio de 1749 se pidió parecer a los dos directores de escultura, Olivieri y Castro, sobre la forma y material en los que habría de realizarse esta serie de noventa y cuatro esculturas: el material elegido fue la piedra de Colmenar, en vez de mármol, y sobre la ejecución de una vez o varias piezas, se decidió efectuarlas en dos piezas unidas por grapas en la espalda. Carlos Antonio Bernasconi ^ fue el encargado de desbastar la mitad de los bloques necesarios, ciento catorce, para las cincuenta y siete estatuas primeras. El ajuste de las esculturas se hizo en varias veces, teniendo en cuenta que las condiciones de ambos dos directores -cantidad de piezas, calidad de las mismas y número de oficiales-, fuesen análogas para evitar rencillas. Primeramente se contrató la ejecución de treinta y cinco estatuas, diecinueve bajo la dirección de Olivieri y dieciséis bajo la de Castro; correspondían a los últimos Reyes de la serie, desde Bermudo III hasta Luis I inclusive, todas ellas se destinaron a la fachada oeste, cuyas obras iban muy adelantadas. Este reparto se hizo antes de que el Padre Sarmiento escribiese sus pliegos dando instrucciones concretas sobre los atributos e iconografía de cada Rey. No ha de extrañar, pues, que sus normas no se siguieran al pie de la letra. El 6 de abril de 1750 se hizo otro reparto de veintiocho Reyes dirigido por Olivieri, y el 17 del mismo mes otro de veintiuno por Castro. De las ocho que faltan para completar la serie, cinco fueron repartidas sin que conste la fecha exacta y tres quedaron sin identificar ^°. Tbdas ellas estuvieron colocadas en orden cronológico rodeando el contorno de la planta de Palacio, en sentido contrario al de las agujas del reloj y comenzando por la fachada principal, en el cuerpo saliente denominado «Torre de la Reina», en la línea del Arco de Santiago. El Padre Sarmiento, el 7 de julio de 1749, propuso que, los cetros, espadas, lanzas y bastones de los reyes se hagan de bronce o latón, y tan bruñido que parezca oro. Pero los adornos no se hicieron. Algunas estatuas llevan cetros de piedra añadidos recientemente. El modelo seguido para estos atributos se tomó de los Reyes del Patio del mismo nombre del Monasterio de El Escorial. Para tener una idea aproximada del efecto que se pretendía lograr, basta con contemplar las estatuas que coronan la fachada principal del Palacio de Aranjuez, realizadas en las mismas fechas. Pedro Martinengo ^^ se encargó de sacar sus bloques, en 1751. El ritmo de ejecución fue rápido. En muchos casos a los artistas se les daba un plazo de tres meses para realizar hasta tres piezas, por tanto, el acabado de las mismas no siempre fue satisfactorio. En junio de 1751 todas las piezas tenían que estar terminadas, puesto que entonces se contrataron las de los ángulos de la planta noble. En esta gigantesca labor colaboró un equipo de casi treinta profesionales, entre los que se encontraban figuras de auténtica categoría: Castro, Olivieri, Dumandré, Michel, Alvarez, Mena y Salvador Carmona, cuyos trabajos destacan por encima del resto, junto a otros que apenas habían sobrepasado el nivel de oficiales de cantería. El precio que se pagó por cada una de ellas fue el mismo: once mil reales. Actualmente sólo podemos contemplar en su lugar original algunas esculturas. El 8 de septiembre de 1760, Carlos III dio la orden de bajar y almacenar las estatuas. Son varias las hipótesis formuladas para explicar esta decisión, descartándose la de amenaza para la seguridad del edificio, aunque muchas veces se le reprochó a Sacchetti el excesivo grosor de los muros y la solidez exagerada del mismo. Más bien debe insistirse en el cambio de gusto del nuevo Monarca, que va abandonando la pompa ornamental del tardo barroco para dejar paso a la austera limpieza del neoclasicismo ^^. La orden del Rey fue comunicada a Elgueta, Intendente de las Obras de Palacio, por el Marqués de Esquilache en estos términos: El Rey manda que se quiten del nuevo real Palacio todas las estatuas que están en la circunferencia de sus cuatro fachadas, tanto sobre la cornisa superior de su fábrica como las del medio de ella y que se depositen y guarden por ahora en las piezas inferiores del mismo Palacio que parecieron a V. S. más a propósito para el intento, en el Ínterin que S. M. delibera situarlas en otro paraje más decente ^^. A partir de 1787, fueron saliendo de los almacenes, paulatinamente, para ser colocadas en diferentes ciudades y pxintos de España, cuyos ayuntamientos las solicitaban para embellecer sus calles y paseos: Madrid, Burgos, Vitoria, Pamplona, Tbledo, Logroño, cuentan con esculturas procedentes del Palacio Nuevo ^^. Estatuas del Piso Principal En los ángulos de los muros, al nivel de la planta noble, existían catorce pedestales de planta casi circular y de altura semejante a la de los plintos y basas de las columnas, donde Sacchetti había previsto colocar trofeos de guerra de bulto redondo. Desechado el plan del arquitecto, el religioso benedictino ideó representaciones más adecuadas. Programa iconográfico para la decoración escultórica. En un primer momento se juega con el número doce: los trabajos de Hércules, los meses del año, los signos del Zodíaco, los dioses del Olimpo, etc, pero fiel al criterio de vincular la Historia de España con símbolos de carácter universal, se inclinó por colocar héroes o Reyes Españoles. Tras descartar cuatro ternas de Reyes y condes de Galicia, Aragón, Navarra y Castilla, terminó por elegir parejas de Monarcas, y así dar cabida a Portugal en homenaje a la Reina Bárbara de Braganza, y a los caudillos de la América conquistada como Moctezuma y Atahualpa. De esta forma se contaba con doce personajes a los que se unieron, para los ángulos de la capilla, San Millán de la CogoUa y Santiago, particularmente queridos por el Padre Sarmiento como gallego y benedictino ^^. Una vez elegidos los personajes, el 2 de junio de 1751, se dictaron las normas sobre su iconografía, indumentaria y fiíentes en las que los escultores tenían que buscar información gráfica. Moctezuma, una de las piezas más bellas del conjunto, parece derivar de la representación de América, hecha por el francés Thierry, para los jardines de San Ildefonso; para el rey Juan V de Portugal se usó como modelo un retrato de Ranc; y para los condes de Castilla, las pinturas del Arco de Santa María de Burgos. Como estas esculturas estarían más al alcance de la vista que las de la balaustrada, se puso especial interés en su acabado. Olivieri y Castro dieron, cada uno, siete nombres para adjudicar las esculturas, cuyos artífices trabajaron bajo la dirección del maestro. Pedro Martinengo fue, de nuevo, el encargado de sacar y suministrar las piedras para las esculturas y el precio en el que se tasó cada una se estimó en unos 15.000 reales, según la calidad de las mismas. La mayoría quedaron por debajo de esta cifra y solo una, Juan V de Portugal ejecutada por Salvador Carmona, rebasó el precio establecido de 18.500 reales. Sufrieron los mismos cambios que las esculturas de la balaustrada, pero en 1972 se volvieron a colocar en el piso principal, donde actualmente se contemplan ^^. Son las únicas esculturas que han permanecido siempre a la vista en Palacio, aunque tampoco se ubican en su emplazamiento original, puesto que sólo permanecieron seis años en su lugar de origen: sobre las cuatro columnas que sustentan el balcón principal. El Padre Sarmiento al idear estas efigies, tuvo presentes los Reyes del Patio de Entrada a la Basílica del Monasterio de El Escorial: tengo idea de que en la entrada de la iglesia del Escorial hay imágenes de Reyes sagrados. Por no repetir, y por la similitud, me parece vendrían bien en la entrada de un Real Palacio cuatro estatuas de Emperadores españoles, colocadas en las cuatro basas que están ya prevenidas. Digo pues, que deben efigiar cuatro estatuas atlánticas, o de estatura de coloso, que representen a los cuatro Emperadores romanos, y españoles de nación, en la disposición siguiente: Arcadio, Trajano, Theodosio y Honorio ^^. El 16 de junio de 1751 se hizo el reparto de estas obras: para Olivieri las esculturas de Honorio y Ifeodosio, y para Castro las de Trajano y Arcadio. Surgieron diferencias entre estos dos maestros en cuanto a la calidad de la piedra que se proporcionó a uno y a otro, Castro se quejó diciendo: A Olivieri como tengo ciertas noticias se le sacaron las mejores piedras que ha habido en la cantera; a mí, no sólo no me las sacaron buenas, pero ni me las han querido sacar, y así, o ha de ser con armas iguales la competencia o no la puedo admitir ^^. Así pues, en este ambiente de tensa rivalidad, Olivieri y Castro trabajaron sus esculturas poniendo en ellas toda su habilidad y todo su talento. A través de la documentación sabemos que todavía no estaban terminadas en 1753, al menos las de Castro, que el 23 de abril de ese año todavía percibió dinero a cuenta por ellas. Las monedas antiguas y los bustos de emperadores romanos que adornaban algunas estancias del antiguo Alcázar o jardines como los de Aranjuez, sirvieron de inspiración para realizar estas esculturas. A ello hay que añadir los conocimientos adquiridos por los propios escultores durante su período de aprendizaje. Es evidente la semejanza entre la coraza del Trajano de Felipe de Castro, y la de la estatua colosal de Constantino en el nártex de San Juan de Letrán, donde Castro trabajó con Filippo della Valle ^^. Estas esculturas destacan por su finura, maestría y acabado en comparación con el resto, especialmente, con las del cornisamento. Actualmente se encuentran colocadas en el Patio del Príncipe bajo cuatro arcos. Las dos de Castro en el lienzo norte, lugar privilegiado al estar frente a la entrada, donde reciben luz, las de Olivieri en el lienzo sur. Quizá se consideraron mejores las del escultor español. Los Reyes Legendarios y Los Héroes Mitológicos Sobre cada uno de los frentes de las cuatro torres. Sarmiento proyectó una serie de personajes, que acentuarían, aún más, la armonía general del conjunto. Los personajes elegidos fueron cuatro Reyes legendarios Programa iconográfico para la decoración escultórica.... de España, de los citados en las fuentes más antiguas, y cuatro dioses o héroes remotísimos que fueron adorados o famosos en nuestra patria. Los dioses irían en las fachadas norte y sur, y los Reyes en las de este y oeste en la forma siguiente. Fachada sur: Hércules y Osiris; fachada norte: Endovélico y Netón; fachada este: Habidis y Gárgoris; Fachada oeste: Gerión y Argantonio. De nuevo serán las monedas ibéricas de la Real Biblioteca la fuente de inspiración para la representación. En este caso se siguieron al pie de la letra las instrucciones del Padre Sarmiento y como no podían hacerse de cuerpo entero, se fabricaron bustos cuya silueta se recorta airosamente contra el cielo. Debajo de cada uno aparecen una serie de trofeos que se corresponden con el origen y cualidades de cada héroe: bajo Hércules las dos columnas en forma de aspa y una piel de león; bajo Netón, asimilado a Marte, dios de la guerra, una honda, un martillo, una flecha y un carcaj; bajo Gerión, considerado rey de Tartessos y personificación del mismo río, el rostro de un buey y un perro, pues también fue pastor de bueyes; bajo Habidis, el rey que enseñp el arte de la agricultura, un arado y un manojo de espigas; bajo Gárgoris, descubridor de la apicultura, un panal con cuatro abejas volando; bajo Endovélico, dios lusitano asociado al amor, un arco y unas flechas como Cupido; bajo Argantonio, delfines cruzados y un martillo; bajo Osiris elementos relacionados con la agricultura ^^. El diseño de estas piezas se debe a Olivieri y sus autores fueron Pedro Lázaro, Miguel Jiménez y Pedro Martinengo, quienes se obligaron a executar de mano y de piedra blanca los cuatro trofeos para los frontis de las torres de Rey y reina en 1.200 reales cada uno. Estos ocho bustos no sufrieron el desalojo de 1760, se respetaron y quedaron aislados del resto de las esculturas. Sin embargo, uno de ellos desapareció al construirse el ala oriental de la ampliación prevista por Sabatini: se trata del busto de Osiris, que aparece en el cuadro de Brambilla titulado. Vista de la fachada principal del Real Palacio de Madrid ^\ El adorno de las fachadas El aspecto actual de la fachada sur o fachada principal de Palacio es fruto de un largo proceso, aunque ya desde 1747, el Padre Sarmiento tuviese clara su decoración. Cita los cuatro emperadores nacidos en España y luego añade: En el nicho medio, entre Trajano y Theodosio, y superior a ellos, se debe colocar, o en estatua, o en relieve, una matrona majestuosa que represente a España, o según la pintaron los romanos puramente, o añadiendo a esa pintura algún nuevo adorno, y no sería impropio que tuviese un timón en su derecha y que el timón rodase entre dos globos, o dos mundos, puestos al pie, y el texto de Claudiano hablando de España Contulit Augustos o el inmediato Haec generat qui cuneta regant, o el antecedente Principibus foecunda piis. La preferencia del Padre Sarmiento por Claudiano es patente a lo largo de sus escritos. Este poeta latino había nacido en Alejandría, pero vivía en Roma, y en su Laus Serenae, escrito hacia el 404, hace un canto de España de donde están tomadas las citas propuestas para las inscripciones. En el poema exalta la riqueza del país en caballos, frutas y metales y también alude a los emperadores que habían nacido en España. Las palabras de Claudiano fueron fielmente reproducidas en piedra, y así, en el relieve de la fachada sur aparece la representación de España, dividida en dos partes. La parte superior tiene una «medalla» ovalada con el relieve de España encarnada por la figura de una matrona sentada rodeada de atributos de guerra, armada con coraza y casco, y portando en la mano izquierda una lanza de hierro, que es a la vez caduceo de Mercurio por las serpientes enroscadas en ella; con la mano derecha sostiene un timón que parece apoyarse en dos hemisferios representados sólo en parte; a los pies hay un conejo, alusión a la supuesta etimología fenicia de España, país de conejos, y en la banda que sirve de pedestal y cierre de la composición la leyenda, Pretiosa metallis. Bajo la España armígera y Gobernatriz, como se cita frecuentemente en los documentos, una figura masculina, desnuda y barbada, se recuesta sobre un cuerno del que brotan monedas; tras él aparecen dos ovejas, un toro y un caballo; con la mano izquierda levantada, el hombre parece señalar a la figura femenina que está sobre él ^^. Este conjunto ocupa la altura del entresuelo y parte del segundo piso; está enmarcado por una moldura mixtilínea que incluye dos volutas adornadas con guirnaldas de flores y frutos y rematada por un fi^ontón incompleto que se apoya en dos mútulos. En la parte inferior de esta moldura van las frases de Claudiano antes citadas ^^. La medalla elíptica es de un solo bloque, la alegoría de la parte baja, de dos, y el material utilizado, mármol blanco de la Sierra de Macael. Los relieves los hizo personalmente Olivieri para ser colocados el 24 de agosto de 1751. La tasación de la obra se le encarga a Castro, que trató con dureza a su compañero, diciendo que, si no estuvieran llenas de remiendos merecería el Artífice treinta mil reales de vellón; pero habiendo yo notado que la, figura de la España tiene cuatro grandes remiendos: que son toda la cabeza con el cuello, y parte del pecho; los dos brazos Programa iconográfico para la decoración escultórica... del codo adelante y el cabo del timón o governalle..., digo que merece once mil rs. de vellón ^^. Tras varios proyectos y discusiones, se optó por colocar sobre la medalla un Zodíaco recorrido por el sol en torno a un león coronado. La decoración constaba de dos partes bien diferenciadas: una de relieve con la representación de un arco sembrado de estrellas con un sol en el centro y un castillo coronado debajo, que prolongaba los dos paneles laterales; y sobre este relieve de fondo, una segunda parte de bulto redondo con un león en actitud de reposo, aprisionando un globo terráqueo entre sus patas delanteras, cargado con los atributos de la realeza y las columnas de Hércules con la leyenda. El león fue ejecutado por Castro en piedra de las canteras de San Agustín, de una sola pieza, y fue colocado en el ático el 4 de octubre de 1752. Pero al igual que piezas anteriores, duró poco en el lugar para el que fue pensado, porque el 21 de marzo de 1764 se bajó de la fachada. De todo ello hay documentos gráficos y su destino final pudo ser la cabecera del Canal del Manzanares, si nos atenemos al grabado que ilustra el Diccionario de Madoz, en el que también aparecen las columnas. El paradero actual, como otras muchas piezas, es desconocido, a pesar de que son muchos los estudiosos que no desesperan en localizar estas obras de tan complicada y curiosa historia ^^. La bajada del león significa un paso más en el despojo al que fue sistemáticamente sometido el Palacio en los primeros años del reinado de Carlos III. El móvil inmediato fue el deseo de instalar el reloj que hoy podemos ver en este lugar. Este reloj estaba en el Palacio del Buen Retiro y el encargado de su traslado al Palacio Nuevo fue Guillermo Boiston. Para la fachada norte, donde se sitúa la Capilla, el Padre Sarmiento eligió como fuente de inspiración el Apocalipsis de San Juan y el signo de Aries, en alusión al Cordero Místico, en vez del león que representaba la Monarquía en el paño sur. Esta fachada tenía un carácter eminentemente religioso, y, al colocar este adorno, se exaltaba la figura de Cristo, comparándola al sol, que, por otra parte, era señal de Justicia. Ambas fachadas debían tener un paralelismo, y, si en la sur estaba la medalla de la España Armígera, én la norte iría una medalla de la Virgen acompañada de los dos copatronos de España, San Andrés y Santiago. El relieve del Cordero Místico fue diseñado por Olivieri y realizado en piedra de Colmenar: se representa un cordero sobre un libro de siete sellos y siete ojos, estrellas y otros adornos como una lira a la izquierda, un vaso de perfumes a la derecha, el sol, el zodíaco y ráfagas. Para la medalla de la Virgen se eligió mármol de Badajoz, y para los relieves de San Andrés y Gedeón la piedra de Colmenar. La elección de estos dos santos no es gratuita: ambos personajes están vinculados con la Orden del Toisón de Oro, fundada por Felipe el Bueno de Borgoña, y relacionados, a su vez, con el Vellocino de oro. San Andrés, como santo patrono de Borgoña, lo fue automáticamente de la Orden, y las grandes reuniones solemnes de la misma se celebraban el día de su festividad, 30 de noviembre; aparece en pie con la cruz en aspa, característica de su martirio. En cuanto a Gedeón, uno de los jueces hebreos, es muy conocida la historia de los milagros realizados con una piel de cordero; aparece en pie, con una pequeña vasija en la mano derecha, mientras que con la izquierda sujeta una piel de cordero; a sus pies un altar adornado con el collar del Toisón y un cordero encima. Estos relieves se venían atribuyendo a Pablo Martínez y Antonio Dumandré, pero investigaciones actuales asignan el San Andrés a Alonso de Grana, que, en 1753, recibió un libramiento para terminar de pagarle los 7.500 reales que importa la obra de piedra blanca de Colmenar de Oreja, que ha ejecutado para la misma fachada. Sin embargo no hay libramientos referentes al Gedeón de Dumandré, aunque cobró la misma cantidad en esta fecha, y ambas son análogas en tamaño y técnica. Se tasaron a la vez en la misma suma por Olivieri y Castro ^^. El encargo de la medalla de la Virgen se le hizo a Castro, en 1749, y el mármol elegido fue el de Badajoz. En 1758 todavía no se había hecho nada, e, incluso, se cambió el escultor escogido, asignándole a Olivieri su ejecución, pero no se esculpió nunca. Como remate de la cúpula de la Capilla de Palacio el Padre Sarmiento había previsto colocar una estatua ecuestre de Santiago, en bronce. La documentación sobre este asunto es bastante copiosa, sin embargo, no llegó a realizarse. De nuevo fue Olivieri el encargado de elaborar el diseño y con ello se pretendía ofrecer la visión de uno de los episodios más notables de la Reconquista española con la batalla de Clavijo. La silueta de este grupo, lamentablemente eliminado, recortada sobre el cielo y dominando el conjunto de la Capilla, conseguiría un impacto decorativo difícil de igualar. Los arquitectos desaconsejaron poner este adorno por razones de peso, y, al final, la cúpula se remató por una bola y una cruz de bronce dorado, en cuya peana se labraron cuatro cabezas de león y ocho festones en piedra blanca. En todas las fachadas se mandaron esculpir escudos sostenidos por grifos en piedra de Tamajón, localidad próxima a CogoUudo (Guadalajara), que, al ser de calidad muy fina, con frecuencia se le llama mármol en los documentos. Al final se realizaron en piedra de Colmenar, Programa iconográfico para la decoración escultórica. a pesar de que se habían sacado ya las piezas precisas para ellos. Las armas grabadas en estos escudos son las del Rey Fernando VI, que ocupaba entonces el trono de España: las lises de los Borbones están rodeadas por un doble collar, el de la Orden del Espíritu Santo y el del Toisón de Oro, colocados sobre una espadaña o peineta que sobresale por encima de la balaustrada. El de la fachada de oriente cobra una mayor prestancia por su riqueza en atributos militares y por los dos grifos que lo escoltan en actitud rampante. Los diseños de los escudos fueron realizados por Olivieri y la ejecución corrió a cargo de un equipo numeroso de tallistas, donde se encontraban Diego Martínez, Pedro Martinengo, Silvestre Soria, Lucas del Corral o José Pérez, que los tenían terminados en marzo de 1750. El de la fachada de occidente, colocado entre leones y palmas, se hizo un año antes, en 1749, ya que esta parte del edificio iba más adelantada ^^. Otras piezas de escultura decorativa Los huecos del piso principal, con excepción de los tres centrales del sur y el del medio de la fachada norte, están cobijados por frontones alternados en cuyos tímpanos se alojan adornos de escultura consistentes en cabezas de máscara, en los triangulares, y veneras, en los curvos. Comenzaron a hacerse en piedra de Tamajón, pero, en 1744, se decidió que este material no era lo bastante noble y que habrían de ser de mármol de Urda. Se necesitaban cuarenta y dos cabezas para los frontones triangulares y treinta y ocho conchas para los curvos. Finalmente se hicieron en piedra de Colmenar y se pagaron a 1.020 reales cada pieza. Se ajustaron, en 1746, conservándose referencias exactas de su número y medidas, de los escultores que las realizaron, y de la cantidad hecha por cada uno. Dumandré, Boiston, Carmena, Grana, Olivieri, Villanueva o del Corral son algunos de los escultores que realizaron estos adornos ^^. Para el aumento del ala sur de Sabatini se necesitaron diez conchas y diez máscaras más, realizadas por el escultor Manuel Adeva Pacheco, que las terminó de cobrar en 1781. En la fachada sur, sobre la balaustrada superior, podemos contemplar catorce jarrones adornados con flores que fueron diseñados por Sacchetti y esculpidos por Miguel de Jeregui, Silvestre de Soria, Diego Martínez y Juan Bautista, que fueron pagados el 16 de julio de 1749 por catorce jarrones de la referida piedra blanca de Colmenar para la sobrebalaustrada ^^. En algunas de las claves de los arcos, distribuidos por todo el edificio, podemos ver el elemento decorativo predilecto del arquitecto de palacio: cabezas de león. Los relieves de la galería En los pliegos firmados el 30 de agosto de 1747, el Padre Sarmiento expone una vasta concepción para el adorno de los cuatro paños de la galería, en torno al patio. Cada uno de ellos tiene un significado general, que después detalla y matiza en temas concretos. El lado sur es el lado político, porque en él se encuentra el salón de Embajadores y el Balcón Principal con su decoración alusiva a la gloria de la Monarquía Española. El lado norte es el lado religioso, porque en él se ubica la Capilla y la representación del Cordero Místico como triunfo de la Iglesia. Los lados este y oeste son los militar y científico, respectivamente, sin que haya razones tan visibles que lo justifiquen. A cada uno de estos lados se abren once huecos con sus espacios reservados para relieves, y frente a ellos los nueve correspondientes a los arcos que se abren al patio ^^. De los cuarenta y cuatro huecos proyectados en principio, quedaron, después, treinta y siete, ya que se suprimieron las sobrepuertas de la Capilla. El trabajo estaría dirigido por Olivieri, que diseñó las formas que habían de tener los relieves; el material elegido fue el mármol de Badajoz, aunque en algunas ocasiones se utilice el de Valencia. El programa iconográfico fue seguido al pie de la letra y el lugar donde se labraron fue la Casa de Rebeque, cercana al Palacio ^^. El 31 de julio de 1752 se pidió a Olivieri que hiciera el reparto de las medallas, como se denominan en los documentos. Los escultores se eligieron entre los mismos que habían trabajado en las estatuas de la balaustrada. Los relieves se fueron ejecutando a partir de esas fechas con lentitud, por lo que a la llegada de Carlos III no estaban hechos todos. El nuevo Rey ordenó que se recogieran todos los relieves, incluso los no terminados, y que la labor se detuviera por completo. Carlos III quería un Palacio con la menor cantidad posible de escultura monumental. El 14 de septiembre de 1760 los escultores recibían la orden de no trabajar más en ellos. Sabatini proponía que los relieves sin terminar fueran rematados por Olivieri y Castro que, al mostrar su disconformidad y resistencia, recibieron amenazas de supresión de sueldo. Programa iconográfico para la decoración escultórica.. Se pensaba que, aunque no se colocasen en el lugar previsto, una vez acabados por los escultores principales, podría encontrarse un nuevo destino para ellos. Pero Olivieri murió sin que se hubiera tomado una última decisión y Castro olvidó por completo el encargo. En general los relieves acusan diferencias en su ejecución y técnica, dado que fueron muy distintos los autores que los realizaron. Son muy característicos los anacronismos en la indumentaria. Hay algunos de hábil ejecución y movimiento elegante, como los de Carlos de Salas o Roberto Michel, pero en la mayoría la composición es monótona y convencional. Algunos tienen un cierto interés iconográfico como el que representa la Tbma de Toledo, de Huberto Dumandré, por la vista de la ciudad, o la Alegoría de la Música, de Antonio Dumandré, en el que los personajes asomados a un balcón en último término a la derecha, pudieran ser retratos de miembros de la Familia Real. El relieve de La batalla del Salado ofrece una habilidad superior para la gradación de los términos; fue ejecutado por Felipe de Castro, y se guarda en la Academia de San Fernando. Actualmente, de los relieves completos e inacabados, se conservan veinticinco en el Museo del Prado, algunos expuestos en las salas del piso alto dedicadas a la pintura del siglo XVIII, llegados en 1862; y seis en la Sala de Juntas de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, colocados en 1928. A pesar de sus deficiencias y particularidades, si se hubieran situado en su lugar original, la serie habría conferido mayor riqueza al ambiente de la galería. A la altura de las sobrepuertas, siempre resultarían vistosos, y la galería alcanzaría un realce decorativo del que carece en la actualidad. El ideal de la creación artística propuesto por la Academia se manifestó de forma expresiva en estos relieves. A fin de cuentas, los temas de los ejercicios de los concursos que se celebraban con periodicidad no diferían esencialmente de los utilizados aquí: estampas de la Historia de España evocadas a través de los prejuicios del ambiente en que se estaba gestando la aparición del Neoclasicismo.
El Palacio Real de Madrid constituye el conjunto decorativo más sobresaliente de cuantos forman parte de las Residencias Reales Españolas. Marco suntuoso e inigualable de las ñm.ciones de representación de la Soberanía, estuvo, al mismo tiempo, destinado a ser lugar de residencia para el Rey y la Real Familia. Desde los inicios de su construcción se pensó en la conveniencia de hacer llegar a la Corte de Madrid a los más prestigiosos artistas procedentes de otras cortes europeas, para acometer la ingente tarea de decorar las estancias del Palacio Nuevo. Estos artistas de reconocido renombre, especialmente Giaquinto y Mengs, dejando aparte a Tiepolo, ejercieron una labor formativa sobre los pintores españoles, cuya labor se desarrolló en el ámbito de la decoración del Palacio. Estos artistas fueron, a su vez, acreedores de los puestos más altos en la dirección de El programa iconográfico B. Bartolomé ^ en un estudio sobre el pintor Francisco Bayeu, a propósito de una exposición de sus obras y en relación con su papel de decorador de los Sitios Reales, aborda el problema de la existencia de un programa iconográfico en las pinturas de, las bóvedas, integrado en el marco arquitectónico y escultórico. Según este supuesto programa, las numerosas alegorías que pueblan los techos, el lugar que ocupa cada una, y el destino dado a las salas donde se representan, unido a la decoración escultórica y mobiliaria, deberían cumplir una ñmción determinada y desarrollarían un programa previo. Las noticias que se conocen sobre el programa iconográfico del Palacio Real de Madrid se refieren, principalmente, a la decoración escultórica que se venía forjando, de manera paralela, a la construcción del edificio. No obstante, debemos situar en esta primera fase la previsión sobre los temas que habrían de constituir la decoración pictórica de sus bóvedas. En sus investigaciones sobre el proceso de construcción del Palacio, Plaza menciona y comenta los documentos relacionados con los programas decorativos. Cita, como primera noticia de un programa unitario, la orden cursada, en 1742, al escultor Juan Domingo Olivieri para que proporcionase algunas ideas sobre las esculturas que debían decorar el Palacio ^, pero ninguna de ellas fue aceptada. Menciona las remodelaciones posteriores de este proyecto con la intervención del arquitecto principal, Sacchetti, a las que hay que añadir los proyectos presentados por el jesuíta Padre Févre, y por el benedictino Fray Martín de Sarmiento ^, redactados, ambos, por las mismas fechas, y en buena medida, como adaptaciones de los primeros. Tanto Bottineau ^ como el citado Plaza ^ hacen referencia a los documentos redactados por el Padre Févre, en los que detalla la ornamentación relativa a la Escalera Principal, gracias a la cual se pueden conocer aspectos del primer programa decorativo ideado por Olivieri y por Sacchetti. Aunque escultor y arquitecto discreparon en algunos aspectos, existe coincidencia en que debería dedicarse la Escalera a los Reyes, Felipe V e Isabel de Farnesio, insistiendo en los acontecimientos políticos más destacados en el caso del Rey, y en las Virtudes en el de la Reina. Otra opción sugerida fue el colocar retratos de todos los miembros de la Familia Real: para la balaustrada exterior de Palacio, Févre proponía colocar esculturas de los principales Reyes y Estados de la Corona Española, con lo que se anticipaba a lo que, efectivamente, se hizo; para la balaustrada del Patio optó por colocar Las decoraciones murales en la planta principal del. una serie de personajes ilustres con los que, preferentemente, pretendía exaltar las glorias militares de la Historia de España ^. Sánchez Cantón publicó parte de los escritos del Padre Sarmiento custodiados en la Real Academia de San Fernando, concretamente, en la Introducción, recogía la noticia acerca del encargo para aportar ideas sobre las pinturas que habían de realizarse en los techos ^. Bartolomé ha vuelto sobre este extremo señalando la colaboración que existió entre Sarmiento, Olivieri y Giaquinto a la hora de abordar el ornato pictórico de la Real Capilla, así como la incomprensión, e, incluso, el rechazo que despertaron en Mengs, tanto el monje benedictino como el programa de adornos que ideó ^. No cabe la menor duda que, aunque en ningún momento se siguieron al pie de la letra los escritos de Sarmiento, en muchos casos las complicadas alegorías que pueblan las bóvedas pueden proceder de su erudita imaginación ^°. Las pinturas de la «Doble Escalera» y de la capilla El reinado de Fernando VI constituye la época en la que, prácticamente, llegó a término la obra de construcción del Palacio Nuevo, y se inauguró el ciclo de los grandes pintores de decoraciones murales. En un primer momento fueron pintores llegados de Italia, como el napolitano Cerrado Giaquinto, que enlazaba con el brillante barroquismo de Lucas Jordán. Aunque la actividad de Giaquinto abarcó, también, la producción de cuadros de altar y la elaboración de cartones para ser tejidos en la Real Fábrica de Tapices, su papel más importante fue el de decorador de las grandes bóvedas del Palacio Nuevo. Esto le granjeó una reputación, a nivel europeo, como el más grande pintor fresquista después de Tiepolo. Su labor en Madrid tuvo una influencia decisiva en pintores españoles como Antonio González Velazquez y Francisco Bayeu, ambos especializados en pintura mural, también en José del Castillo, y, más notablemente, en Francisco de Goya ^^. El proyecto inicial de Sacchetti preveía la existencia de dos escaleras simétricas que partirían del lado sur del edificio; una de ellas estaría a la derecha de la entrada principal, y otra, idéntica, a la izquierda. La escalera de la derecha coincide con la actual y está decorada con el tema de, España rindiendo homenaje a la Religión y a la Iglesia. Por otro lado, el Salón de Columnas decorado con. La Alegoría del Nacimiento del Sol, constituyó la caja de una antigua escalera que Carmen Díaz Gallegos conducía al Cuarto del Rey ^^. Del proyecto de Sacchetti solamente se llegaron a hacer las cajas de ambas escaleras. La decoración de la bóveda de la actual Escalera Principal consta de un tema central y de medallones con alegorías situados en los correspondientes ángulos, a lo largo de la cornisa, en los arcos y en las dos sobrepuertas de los extremos. Como muy acertadamente señala Fávre en su interpretación de las alegorías del Palacio, El argumento de la pintura principal es el triunfo de la Religión y de la Iglesia, a quienes España, acompañada de sus virtudes características, ofrece sus producciones, trofeos y victorias. Las figuras alegóricas de la cornisa y de las sobrepuertas representan, la Liberalidad^ la Felicidad pública, la Magnanimidad, la Paz, la Victoria -entendida en muchas ocasiones como victoria sobre el poder sarraceno-, la Victoria constante y Hércules arrancando las columnas ^^. Alegorías que tienden a poner de relieve las virtudes personales del Rey, y a manifestar los logros y victorias de su reinado, de forma que, tanto el Monarca como sus acciones de gobierno, aparecen puestas al servicio de la Fe Católica y de la Iglesia. Estas consideraciones nos llevan al comentario sobre las pinturas de la Capilla Real, obra de Giaquinto, dedicada a la. Coronación de la Virgen por la Santísima Trinidad en Gloria. Este conjunto constituye un nuevo alegato de la condición de «Monarquía Católica» de la Casa Real española. En las pechinas que sostienen la cúpula con la Gloria, están representados cuatro insignes santos españoles; San Leandro, San Hermenegildo, San Isidro y Santa María de la Cabeza^ En el atrio de entrada, Giaquinto representó, la Batalla de Clavijo, uno de los episodios considerados principales en la lucha de los Reyes de Castilla contra la invasión musulmana, en cuya victoria intervino, según la tradición, la aparición milagrosa del Apóstol Santiago ^^. En el Salón de Columnas nos encontramos con la última obra y más bella pintura mural realizada por Giaquintq en España, para la que se eligió el tema, estrictamente profano, de El Nacimiento del Sol y la alegría de la Naturaleza ^^, con la presencia del dios Baco, los signos del Zodiaco y otros elementos alegóricos. El conjunto de las decoraciones murales de Giaquinto quedó terminado en 1759, antes de la muerte del Rey. Han llegado hasta nosotros numerosos bocetos preparatorios para las decoraciones murales de Palacio, en los cuáles está patente la magistral soltura de su pincelada y su brillante colorido. Presentan un especial interés los bocetos de las alegorías de la Escalera Principal y de la Real Capilla pertenecientes a las colecciones patrimoniales ^^. El veneciano Giambattista Tiepolo había llegado a Madrid en junio de 1762, acompañado de sus hijos y ayudantes, Giandomenico y Lorenzo, con el encargo de pintar al fi:'esco el Salón del Trono o Salón del Besamanos en el Palacio Real de Madrid. Giambattista Tiepolo traía consigo un boceto al óleo de, La Gloria de España con sus estados y sus provincias, con todos los elementos que habrían de figurar en la obra definitiva. El tema representado suponía la glorificación de la nación española que, en el curso de los siglos precedentes, había llegado a ser una de las más poderosas del mundo. A través del lenguaje de las alegorías se ponía, también, de relieve la nueva orientación política introducida por la Casa de Borbón en España, la cual alcanzaría su máximo desarrollo durante el reinado de Carlos III. Así se unía la idea de la glorificación de la Monarquía Española, inmersa, de lleno, en la corriente europea de la Ilustración, con su no menos glorioso pasado ^^. La composición que Tiepolo desarrolla en el Salón del Besamanos, supone una síntesis de los elementos decorativos empleados por Giambattista Tiepolo en obras anteriores, como la Villa Cordellina de Montecchio Maggiore, la Residencia Arzobispal de Würzburg, y la Villa Pisani en Strá. Tiepolo representa la Monarquía Española entronizada sobre la esfera terrestre entre Minerva y Apolo; debajo de la Monarquía, la Fama acompañada de personificaciones de la Justicia, la Clemencia, la Abundancia y la Moderación. Aparecen, también, las tradicionales representaciones de las divinidades del Olimpo junto a alegorías próximas a la Iconología de Ripa, incluyendo la Fe. Se completa el conjunto, a lo largo de la cornisa, con personificaciones de las provincias españolas y de los territorios de ultramar adscritos a la Corona Española. Se da por supuesto que los dos hijos trabajaron como ayudantes de Giandomenico en la ejecución de la pintura del Salón del Trono. Ambos sabían que debían trabajar siguiendo las pautas de su padre, en una labor conjunta que, necesariamente, tendría como resultado un estilo uniforme. Sobre este punto debe destacarse un aspecto nuevo Carmen Díaz Gallegos dado a conocer en un reciente trabajo por la Doctora Catherine Whistler, en el que la autora descubre la auténtica personalidad de Lorenzo como ejecutor de decoraciones murales ^^. Según Whistler, la especial capacidad de Lorenzo para realizar retratos y cabezas expresivas debe servir como punto de partida a la hora de diferenciar su intervención en el conjunto del techo. Eran ya notorias las aptitudes de Lorenzo para el dibujo, puesto que simultaneó el encargo de pintar al pastel al Príncipe y a los Infantes, en 1763, con la ejecución del techo del Trono. Whistler señala que existen una serie de rasgos distintivos en las figuras pintadas por Lorenzo: por ejemplo, la presencia de trazos de dibujante con elementos caligráficos que crean una sensación de profundidad en la capa pictórica, y de sombreado en los rostros, en contraste con el suave modelado del color en sutiles gradaciones cromáticas característico de Giambattista. En las figuras de Lorenzo aparecen características próximas a muchos de sus dibujos, como las facciones del rostro, claramente dibujadas con trazos que marcan, especialmente, la zona de los ojos y la boca con labios muy carnosos ^^. La gama de expresiones de las figuras exóticas que representan a las Indias Orientales situadas a la derecha del Trono, y los tipos populares que se asoman a la cornisa llevan, indudablemente, el sello personal de Lorenzo. En cuanto a estas figuras, es muy probable, que tuvieran como modelo los diversos tipos que poblaban las calles del Madrid de entonces y fueran, a su vez, el punto de partida para empezar a pintarlos singulares pasteles con personajes populares, masculinos y femeninos, conservados en el Palacio Real de Madrid y en colecciones particulares ^^. De Giandomenico nos ocuparemos más adelante al comentar su intervención en las habitaciones de la Reina y del Príncipe. En la Antesala del Salón del Trono, actual Saleta Oficial, Gianbattista Tiepolo pintó, La Apoteosis de la Monarquía española. La composición, inscrita en un ovalo y enmarcada por estucos, muestra la personificación de la Monarquía Española entronizada entre nubes y coronada por Mercurio. Sobre la Monarquía puede verse a Apolo junto al carro del Sol, y, más arriba, la representación de Júpiter, padre de todos los dioses. Bajo la Monarquía la representación de Castilla, la más emblemática de las regiones españolas junto a Venus y Marte. Además, aparecen figuras alusivas a los cuatro continentes y Hércules arrancando las columnas que expresaban el término de sus expediciones ^^. La decoración de la Sala de Guardias o Sala de Alabarderos se debe, también, a Gianbattista Tiepolo y sus hijos y en ella se representa. La Apoteosis de Eneas. La composición hace alusión al legendario origen de la Monarquía Española que señala al príncipe troyano como su fundador. En el fresco Eneas aparece como un héroe militar, acorde con el uso de la sala, porque este era el lugar donde permanecía la guardia personal de los Reyes ^^. Para decorar el resto de las habitaciones destinadas al Rey, Carlos III hizo venir a la Corte de Madrid a Antonio Rafael Mengs, artista al que había conocido durante su estancia en Italia. En Roma, Mengs había formado parte de selectos grupos de intelectuales y arqueólogos y fue amigo del gran teórico Winckelmann. Mengs unía a sus cualidades de fresquista, cuyo dominio del dibujo y de la composición resultan innegables, las de exacto y elegantísimo pintor de retratos. Del mismo modo que hiciera Corrado Giaquinto, Mengs ejerció una importantísima labor docente, tanto como Director de la Academ.ia, como a través de su intervención en la decoración mural del Palacio Real. Dichas enseñanzas impregnaron por completo el panorama artístico español del último tercio del siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XIX. Fueron sus principales discípulos y ajoidantes, Francisco Bayeu, Mariano Salvador Maella y Zacarías González Velazquez, que asimilaron a la perfección las enseñanzas del maestro y adoptaron sus métodos de trabajo. Este método, considerado lento aunque escrupuloso y atento, comenzaba por un primer planteamiento de las composiciones mediante dibujos que se aproximaban a las líneas generales del tema; a estos bocetos les seguían estudios pormenorizados de las figuras y paños. Una vez formada la idea de los componentes que habrían de constituir el conjunto, las distintas figuras eran transferidas a una cuadrícula. Antes de intervenir en el muro se hacían bocetos con estudios sobre los colores para, finalmente, ejecutar la pintura al fresco sobre una superficie, también compartimentada en cuadrícula, donde se encajaban los distintos elementos de la composición mediante patrones ^^. La Primera Saleta o «Pieza donde el Rey come» fue decorada, en 1764, por Mengs con el tema. Apoteosis del Emperador Trajano, emperador español descendiente de una familia de Bética, cuyas virtudes y victorias le conducían a la inmortalidad. Aquí se quisieron representar, aunque ocultas por el velo de la alegoría, las virtudes de Carlos III y de su buen hacer en los asimtos de Estado'^^. A esta pieza le sigue la Antecámara o «Pieza donde el rey cena» con, la Apoteosis de Hércules ^^, también obra de Mengs acabada en 1764. Hércules aparece reiteradamente en los techos del Palacio, aludiendo al origen mítico de la Monarquía Española y como personificación de la virtud heroica y ejemplo para Reyes y Príncipes. Otras dependencias destacables de Palacio con decoraciones murales de época de Carlos III son, la Pieza de las Reliquias y la Biblioteca del Rey. La Pieza de las Reliquias, pequeño espacio al lado del Coro de la Capilla Real, constituyó la primera intervención de Mariano Salvador Maella en la decoración del Palacio, en 1765; el tema elegido fue. La adoración del Cordero Místico, desarrollando una visión de la Gloria con el Cordero y los símbolos de los cuatro Evangelistas ^^. La Biblioteca de Carlos III constaba de varias piezas de las que sólo cinco llegaron a pintarse al fresco. La primera sala está decorada con el tema. Alegoría del Buen Consejo, obra de Francisco Bayeu de 1786. En el segundo techo Maella pintó, el Triunfo de la Virtud, representada por la figura de Hércules descansando de sus trabajos. En el tercer techo vemos la representación de. La Verdadera Gloria, de Maella. El cuarto techo es obra de Francisco Bayeu fechado en 1786; el argumento es, Apolo protegiendo las Ciencias. El quinto techo muestra una pintura de Maella con. La Historia escribiendo sus memorias sobre el Tiempo. De estas salas, que ocupan la ampliación realizada por Sabatini en el ala sureste del Palacio, las cuatro primeras formaron parte de las habitaciones privadas de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y la sala quinta pasó a ser Salón de Consejos ^^. Las habitaciones destinadas a formar el Cuarto de la Reina nunca llegaron a ser habitadas por María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, puesto que falleció antes de que fuera posible instalarse en el Palacio Nuevo. Dichas habitaciones fueron adjudicadas, entonces, a la Reina Madre Isabel de Farnesio, y cuando, murió en 1766, se trasladó a esta zona la Infanta María Josefa de Borbón. Para acceder a estas habitaciones desde el Cuarto del Rey, debían recorrerse dos antecámaras que conducían a la Sala de Comer y Besamanos de la Reina en cuya bóveda Francisco Bayeu pintó, en 1763, La rendición de Granada. Fue éste el primer techo de Francisco Bayeu en el Palacio Nuevo tras su llegada a Madrid, en mayo de 1763 ^^. Antonio González Velazquez pintó para la Cámara de la Reina, en torno a 1763-65, otro asunto de la Historia de España, Cristobal Colón ofreciendo el Nuevo Mundo a los Reyes Católicos ^^; en los cuatro lados de la composición hay otros cuatro medallones representando a Chile, México, Perú y Filipinas. A propósito de estos temas Checa señala que pueden ser considerados precedentes de la pintura de historia que se desarrolla a lo largo del siglo XIX, abandonando el complicado mundo alegórico, notablemente simplificado, por otra parte, en las composiciones murales de Mengs ^°. Por último, en el Dormitorio nos encontramos con. La Aurora, acompañada de las Horas y precedida por el Lucero de la Mañana, aparece sobre el Horizonte disipando las tinieblas y anunciando a la tierra la proximidad del Sol. En torno a esta composición existieron otras representaciones, como los cuatro elementos, en medallones, y otras figuras alusivas al devenir del tiempo marcado por el astro solar, las partes del día y las cuatro estaciones del año ^^. Tras la reforma llevada a cabo, en 1880, por José Segundo de Lema, arquitecto de Alfonso XII, estas tres habitaciones pasaron a formar el actual Comedor de Gala. Así, con el fin de crear espacios uniformes, se reprodujo en el techo de. La Aurora, el esquema de los estucos que enmarcan en el extremo opuesto. La Rendición de Granada, desaparecieron, con ello. Los cuatro elementos y Las estaciones del año; asimismo, fueron retiradas las pinturas de las sobrepuertas ejecutadas sobre lienzo con exquisitas figuras de refinado acento neoclásico, que conserva, actualmente, el Patrimonio Nacional en el Palacio de la Moncloa^^. Queda registrado en testimonios de la época ^^ que, en un gabinete contiguo al Dormitorio de la Reina, ahora llamado Sala Amarilla, existió una pintura de Domenico Tiepolo con el tema de. Juno en su carro ^' ^ que, debido al cambio de gustos artísticos experimentado en el siglo XIX, fue sustituida por otra de Luis López. Los cuartos del Príncipe y la Princesa Los cuartos de los Príncipes ocuparon, durante el reinado de Carlos III, la zona sureste del Palacio. En la primera de estas salas, conocida como Pieza de Trucos o del Billar, y actual Antecámara Oficial, Domenico Tiepolo representó, la Conquista del Vellocino de Oro o Alegoría del Toisón de Oro ^^, tema inevitable al hacer referencia a la historia mítica de la Monarquía Española, que ya tratara Lucas Jordán en el Palacio del Buen Retiro 36. En la sala que fuera Comedor del Príncipe, actualmente Cámara Oficial, estuvo representada, la Apoteosis de Hércules, es decir. Hércules en su carro tirado por centauros con las musas y las gracias celebrando su victoria. No hemos encontrado referencias sobre esta pintura de Domenico Tiepolo en los documentos de archivo, pero aparece registrada en testimonios de contemporáneos como Antonio Ponz ^^ y Richard Cumberland ^^. La composición, según Whistler ^^, estaría enmarcada por estucos e inscrita en un óvalo de manera acorde con el resto de las salas contiguas. Aquí Domenico Tiepolo combina Carmen Díaz Gallegos elementos del fresco pintado por él mismo en el Palacio de San Petersburgo, y de la composición sobre el mismo tema hecha por Giambattista en el Palacio Canossa de Verona. Estas dos pinturas, muy similares, fueron realizadas en 1761. En la colección Thyssen-Bornemisza se conserva un boceto al óleo preparatorio para la pintura mural del Comedor del Príncipe ^°. Tras la subida al trono del Príncipe Carlos, la sala fue utilizada corao Sala de Vestir, época en la que se sustituyó el tema de Hércules por, La Apoteosis de Adriano, de Mariano Salvador Maella. En uno de los inmediatos gabinetes del Príncipe existió otro techo de Domenico Tiepolo mencionado por los contemporáneos' *^, que también desapareció con las reformas efectuadas tras la subida al trono de Carlos IV: se trataba del tema de, Diana cazadora ^^. La Pieza de Vestir del Príncipe, hoy denominada Salón de Armas, está representado, Hércules entre la Virtud y el Vicio, obra realizada por Maella en 1765-66. El conocido asunto aparece claramente como el ejemplo que ha de seguir el Príncipe en su trayectoria juvenil, presentando a Hércules joven antes de comenzar sus trabajos. Ante el Héroe está la Virtud bajo la apariencia de una mujer joven señalando el Templo de la Inmortalidad, y, a su izquierda, el Vicio personificado por Volupias, haciendo ademán de ofrecer al joven Hércules una corona de flores ^^. Existe un boceto preparatorio para este tema en una colección particular madrileña ^^ y un dibujo en la Hispanic Society de Nueva York, procedente de la Colección Hieresmann ^^. También en la Biblioteca Nacional de Madrid, y procedente de la Colección Carderera, se conserva un dibujo identificado por Junquera con el tema del fresco ^^, se trata de Minerva que, en el contexto de la composición, significa la Sabiduría descendiendo para socorrer al hombre al que, en vano, tratan de seducir los placeres. Iniciamos el recorrido a través de las habitaciones de la Princesa por un Gabinete conocido, actualmente, como Antecámara de la Reina María Cristina, en cuya bóveda está representado. El Tiempo descubriendo la Verdad, obra de Mariano Salvador Maella fechada en 1765. Aparece aquí la alegoría de la Verdad entre un gran resplandor, sentada sobre nubes, cubriendo su cuerpo con un manto blanquísimo. Junto a la Verdad se encuentra un genio sosteniendo uno de sus atributos, un espejo. La figura del Tiempo, acorde con la iconografía tradicional y tomada por Maella de Ripa, se presenta como un anciano con grandes alas, que expresan la celeridad, y con la guadaña, que todo lo destruye; el Tiempo toma un extremo del paño que cubre el cuerpo de la Verdad; a su lado aparece otro de sus atributos, el reloj de arena. En los extremos de la bóveda pueden verse alegorías de las cuatro estaciones ^' ^. En el Las decoraciones murales en la planta principal del. Brooklin Museum se encuentra un boceto al óleo preparatorio para este techo; también se conserva el dibujo de unos «putti», estudio parcial preliminar para uno de los detalles del firesco ^^. El techo de la Segunda Antecámara de la Princesa, ahora Saleta de la Reina M^ Cristina, ensalza a los Príncipes como mecenas de las ciencias y de las artes a través del tema, Apolo y Minerva premiando los talentos, obra de Antonio González Velazquez fechada hacia 1763 ^^. Apolo y Minerva aparecen asistidos por Mercurio en el momento de coronar a una Musa, símbolo de la Ciencia, mientras aguardan su turno el Valor y la Fidelidad. Esta escena central está enmarcada por estucos, al igual que los cuatro lunetos de los lados que, poblados de genios, muestran símbolos de las artes, de la música, de la ciencia y del arte militar. En la Biblioteca Nacional se conservan dibujos preparatorios para algunos de estos genios ^^. En la Pieza del Besamanos de los Príncipes o Comedor de Diario, Bayeu pintó, en 1764, La caída de los Gigantes, cuyo significado no duda en definir Févre como emblema de los atentados de la rebelión ^^. En el Tocador de la Princesa, o bien. Salón de Espejos, también pintó Bayeu, entre 1768-79, Hércules en el Olimpo ^^, y en 1764, para el Dormitorio de los Príncipes, hoy Salón de Tapices, Las Ordenes de la Monarquía Española ^^. Habitaciones de los Infantes El Infante Don Luis, hermano menor de Carlos III, ocupó un grupo de habitaciones situadas en la zona noroeste de Palacio. El Infante fue especialmente sensible a las nuevas corrientes de la Ilustración, caracterizadas por un creciente interés hacia a las Ciencias de la Naturaleza. Antonio Ponz se refiere a las habitaciones ocupadas por Don Luis, en Palacio, en los términos siguientes: En muy poco tiempo ha formado su alteza un gabinete de Historia Natural, con que ha llenado cinco piezas, las tres de aves, una de insectos, y otra de cuadrúpedos. La parte mineral des este gabinete, y la vegetal se va formando ^^. En una de estas piezas destaca un fresco que representa, Un grupo de pájaros: se trata de un auténtico despliegue de pájaros de brillantes colores, unos en vuelo y otros posados alrededor de la cornisa sobre un friso con sirenas, medallones y cabezas de perfil a modo de camafeos; cada uno de ellos corresponde a un tipo determinado de ave, siendo así que podemos hablar de una versión en pintura mural del contenido del álbimoL con figuras de pájaros pintados a la aguada por Luis Paret ^^. Un estudio de De la Mano ^^ demuestra, documentalmente, cómo este techo, fechado en 1768, se debe exclusivamente a Lorenzo Tiepolo, y no a Domenico como se había afirmado en alguna ocasión ^^. Según relata Ponz, en 1772 todavía no había bóvedas pintadas en el cuarto del Infante Don Antonio, pero en el del Infante Don Gabriel estaba ya hecha la Antecámara por Francisco Bayeu, y de acuerdo con este testimonio, la composición es de figuras alegóricas que representan la Religión, Virtudes y otras cosas ^^. El Infante Don Gabriel ocupó las habitaciones del torreón noroeste, antes utilizadas por Don Luis: en la Sala de Comer, actual Sala de Instrumentos Musicales, podemos ver. La Providencia presidiendo las virtudes y facultades del hombre, pintado entre 1770-71, por Francisco Bayeu ^^; en la Sala de Vestir, La Recompensa al Mérito y la Fidelidad, de Antonio González Velazquez ^°; para la pieza siguiente, en una de las habitaciones de la Infanta María Ana Victoria, pintó Maella, en 1786, Las Virtudes Cardinales ^^. Otras pinturas de los cuartos destinados a Don Gabriel y María Ana Victoria son Alegoría de la Felicidad Pública y Alegoría de la Virtud, de Francisco Bayeu, ejecutadas en 1786. La primera de estas alegorías está presidida por la Felicidad Pública sentada en un sitial sobre una nube y apoyando un pie en un almohadón; tiene en su mano un caduceo, símbolo de unión y concordia, y en la otra la cornucopia de Amaltea. La segunda se adorna en el centro de la composición con la alegoría de la Virtud, representada como una figura femenina sentada en un trono de nubes; con una mano sostiene una corona de laurel y con la otra una lanza; brilla en su pecho el sol y está rodeada de varios niños, uno de los cuales, sostiene una filacteria con el lema. En los extremos de la bóveda pueden verse cuatro medallones con alegorías de, la Liberalidad, la Sinceridad, la Afabilidad y la Felicidad ^^. Las primeras ideas para estas dos composiciones se encuentran en el Museo de Zaragoza como depósito del Museo del Prado ^^. Debemos señalar cómo, en 1789, Carlos IV ordenó condenar la única escalera del Palacio que se mantuvo con Carlos III, según diseño de Sabatini, sustituyéndola por la actual y de cuya tarea se hizo cargo el mismo arquitecto. La finalidad de este cambio era la de acercar el acceso principal del Palacio a sus propias habitaciones situadas en el torreón sureste; de esta manera, el recorrido ceremonial para acceder Las decoraciones murales en la planta principal del. al Salón del Trono se hizo en sentido opuesto, girando a la izquierda en vez de a la derecha. Con, La Apoteosis de Adriano, de la Sala de Vestir se vuelve sobre la idea de utilizar la imagen de un emperador romano glorificado para proclamar la excelencia del Monarca reinante y los logros de su mandato, al tiempo que se tributa honores a uno de los cesares imperiales de origen hispano ^^. Existen varios bocetos preparatorios para este asunto, uno de ellos, «de presentación», en maqueta de cuatro piezas ensambladas, fue un obsequio del propio Maella a la Academia de San Carlos de Valencia. Dicha obra había sido presentada con anterioridad por el artista al Rey, en Aranjuez, donde se encontraba el 2 de mayo de 1796 ^^. Durante este periodo Maella pintó el techo del Oratorio de Damas con el tema de. La Asunción de la Virgen. La composición data de 1790, y, según la decisión del Capellán Real ^^, incluye la Asunción de María y ángeles alrededor portando filacterias. La Biblioteca del Palacio Real de Madrid guarda cuatro dibujos con diversos planteamientos previos para esta pintura ^^. Carmen Díaz Gallegos mansión del sueño ^^, ejecutada en 1829. Como ya hemos dicho, la composición de López debía sustituir a otra de Domenico Tiepolo con un tema similar. La diosa Juno en su carro' ^^. Con estas composiciones pueden darse por acabados los ciclos decorativos del Palacio Real de Madrid; tanto en los últimos años de Fernando VII como en reinados posteriores, se consideran agotados los temas «historiados» y se pasa al predominio de los elementos puramente ornamentales, ya sean elementos arquitectónicos de tradición pompeyana, motivos de inspiración romántica o temas extraídos del mundo oriental ^^. ^^ Con relación a los trabajos de Giaquinto como fresquista en el Palacio Real de Madrid, ver: ClOFFl, L (1992): ^^ Sobre la evolución del proyecto de construcción del Palacio y las modificaciones introducidas en la distribución de sus dependencias, ver: SANCHO (1991): pp. 25-35.
La Description des tableaux du palais de S.M.C. redactada por Frédéric Quilliet al final del reinado de Carlos IV, es el más interesante de cuantos documentos y publicaciones reflejaron la inaudita riqueza pictórica del Palacio Real de Madrid, antes de que el rey José hiciera su equipaje incluyendo en él piezas capitales que nunca fueron recuperadas. El manuscrito, en francés, está fechado el 27 de junio de 1808, y presentado con exquisito cuidado, ya que está dedicado al propio monarca napoleónico, de cuyas manos pasó a la Real Biblioteca de Cámara en el propio Palacio, donde continúa ^. Tan interesante obra, hasta ahora inédita, no sólo merece ser publicada íntegramente, aún con mayor razón que los inventarios de 1793 y 1811 y que los no impresos de 1772 y 1815, pero bien conocidos por los especialistas, sino que exige un comentario tan extenso que aquí será preciso limitarlo a una introducción breve. Lo que se trata de esbozar no es la cuestión específica sobre el estado decorativo del Palacio Real en el reinado de Carlos IV, sino otra más general: el papel que cumplían los cuadros (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es José Luis Sancho 84 en la ornamentación del Palacio, hasta el punto de convertirlo en un proto-Museo de pintura. Dicho de otro modo: cómo el Palacio constituía una Real Galería avant la lettre, precediendo funcionalmente la existencia del Museo del Prado. La percepción de la Colección Real como un conjunto pictórico impresionante y unitario en función de sus orígenes y características, fue muy bien resumida, en aquellos mismos años, por Maule: «Dos mañanas desde las nueve hasta la una me he detenido en el examen de estas pinturas; a la verdad es poco tiempo respecto del gran número de cuadros. Lo que no tiene duda es que el palacio encierra tan soberbia colección de pinturas, que si a ella se reunieran las del Escorial y las más singulares de los reales palacios de Aranjuez, Granja y Retiro se formaría uno de los primeros museos del Universo» ^. Muchos otros viajeros se hicieron eco de parecidas impresiones en la segunda mitad del XVIII; y para ello no carecían de cierto material informativo, pues los libros de Pon2 y de Cumberland servían como guías, y, al menos, empezaron a difundirse imágenes grabadas de los cuadros ^. Las actuaciones napoleónicas y fernandinas actuaban sobre ideas ya bien asentadas en los medios cultos. Ciertamente las colecciones de los Austrias, y las de Felipe V e Isabel de Farnesio en La Granja, habían sido objeto de grandes alabanzas, pero la comprensión del conjunto de las pinturas de la Corona como un todo orgánico, su carácter potencialmente museístico y, también, en parte, funcional, así como el papel central que correspondía al Palacio Real de Madrid, en este nuevo concepto, se articula durante el reinado de Carlos III bajo la dirección de A.R. Mengs, y así se mantiene bajo Carlos IV. La continuidad de los criterios «museísticos» a lo largo de cincuenta años en el Palacio de los Borbones Españoles, así como sus variaciones concretas, pero significativas, están atestiguadas en los escritos, tanto de quienes lo visitaban como de los encargados de su custodia, hasta llegar a la Description de Quilliet, en quien ambos papeles se sucedieron con rapidez y consecuencias vertiginosas. Cuando en 1808 no es ya un Borbón, sino un Napoleón, quien ocupa el Trono y el Palacio, el propio Quilliet empezó a dirigir una nueva ordenación de los cuadros con criterios diferentes, que terminó en 1811, y fue recogida en el inventario brillantemente publicado por el Dr. Luna ^. Por último, el inventario de 1815 tiene un carácter de epflogo, o balance final, de cuanto había supuesto para la Colección el turbulento lustro previo. El periodo que nos interesa está comprendido entre 1760 y 1808, y culmina con este manuscrito, de modo que para (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es La Colección Real.. entenderlo es preciso analizar, primero, la actuación de Mengs y los acontecimientos ocurridos desde su marcha, en 1772, hasta la llegada de Quilliet. Mengs y el Palacio como sede central de la Colección Regia La decisiva participación del pintor A.R. Mengs en la decoración del Palacio Real, no sólo se limitó a la realización de numerosas obras al fresco y al óleo ^, y a la dirección de los fresquistas, sino que, además, estuvo encargado de la ornamentación de las paredes con los cuadros antiguos. Aunque a primera vista la disposición suntuaria de los cuadros no podría ser considerada como una ordenación con ciertas intenciones museográficas, el análisis de las intenciones y el efectivo funcionamiento del resultado demuestra que, en amplia medida, actuó como tal, de modo que cabe entender el Palacio Real como la Galería Real avant la lettre, antes de que Fernando VII materializara el programa ilustrado, con el mismo retraso que en otros aspectos. El primer rasgo que diferencia una colección de un museo es el de su accesibilidad para el público; teniendo en cuenta que Carlos III no pasaba en el Palacio de Madrid más de ocho, o todo lo más, diez semanas al año, según afirma su biógrafo Fernán-Núñez y confirman las cuentas de la Casa ^, el resto del tiempo el Palacio era practicable para todas las personas «de calidad» que quisieran visitarlo, de acuerdo con el trámite que seguía vigente durante el reinado de Fernando VII, mantenedor en esto como en casi todo de las normas de su abuelo: «el conserje o aposentador mayor que vive en el mismo Palacio proporciona el ver todas estas curiosidades cuando Sus Majestades están ausentes» ^. Abundan las referencias de los viajeros dieciochescos a este régimen de visitas ^: algunos ofrecen curiosos detalles sobre sus limitaciones, como Mackenzie, mientras otros, con influencias más altas, como Beckford, podían permitirse el lujo de visitar las estancias regias, incluso, hallándose en Madrid el Soberano. Con tantas alusiones inglesas es inevitable encontrar similitudes entre el ánimo que debía guiarles a Palacio y el descrito por Jane Austen cuando un grupo de «gente bien» visita una gran country house en Pride and prejudice. En suma, el público pasaba por un cedazo fino, pero el criterio selectivo de admisión no dejaba de corresponder al férreo y efectivo clasismo imperante, ni de ofrecer las fisuras suficientes para que una persona muy interesada, pero de clase media, no encontrase imposible el acceso. Conviene recordar que los meses "óptimos" para tal visita eran los de verano, desde Semana Santa, 85 cuando se «ponen las piezas de verano» ^ hasta noviembre, cuando se amueblaba de invierno para el primer diciembre, coincidiendo con el regreso de la Corte de El Escorial. Las limitaciones horarias no deben ser comparadas con las de las instituciones actuales, sino con las contemporáneas; por ejemplo, cuando Napoli presentó su proyecto de Galería Real a Fernando VII, en 1814, ceñía la visitaba plenamente pública a treinta días anuales ^^. Algunos efectos estaban calculados para un sector determinado del público, el que venía a «hacer la corte» a las Personas Reales y podía acceder hasta las salas donde comían solos y en público; los cuadros colgados eran los que podían verse con más facilidad, en particular los de las antecámaras, que por ello estaban tratadas como verdaderas «galerías» en miniatura donde los cuadros nunca eran sustituidos por tapices, porque las Personas Reales no pasaban en ellas el tiempo suficiente como para abrigar las paredes. Este era, al menos, el gusto de la Reina Farnesio, heterodoxa en este punto respecto a la práctica general en el palacio de su hijo ^\ el carácter de las antecámaras salta a la vista en las del Rey, donde Mengs dispuso lo que bien definió Maule como «una bella colección de cuadros del Ticiano y otra de Rubens». -^^ La colocación de las pinturas por Mengs en el Palacio Real constituyó una realización sólo aproximada de su ideal ilustrado, pero al cabo era la única que las circunstancias permitían bajo Carlos III, como el propio primer pintor raanifestó al comentar las más bellas obras aquí expuestas: «Desearía yo que en este Real Palacio se hallasen recogidas todas las preciosas pinturas, que hay repartidas en los demás Sitios Reales, y que estuviesen puestas en una galería, digna de tan gran Monarca, para poder formarle a vmd., bien o mal, un discurso que desde los pintores más antiguos de que tenemos noticia guiase el entendimiento hasta los últimos, que han merecido alguna albanza, con el fin de hacer comprehender la diferencia esencial que hay entre ellos, y hacer con esto más claras mis ideas; pero no habiendo pensado. jamás la Corte en formar serie de pinturas, hablaré con interrupción de los artífices de diversos tiempos, empezando de los mejores autores -españoles, por estar colocadas sus obras en las principales piezas de éste Real Palacio». -^^ Frente al ideal ilustrado de la Galería Real, la realidad fue la disposición de los cuadros en el Palacio, el único museo posible bajo Carlos III y su sucesor. Bien que le pesara, nada más pudo hacer Mengs, que en sus citadas palabras pone de manifiesto la principal deficiencia de tal ordenación desde el punto de vista museístico: el Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real... dominio del criterio decorativo sobre el didáctico. Para paliar esa carencia educativa, la Carta... de Mengs está concebida para que el visitante clasifique intelectualmente la conñisa sensación que había de producirle la mezcla de periodos y escuelas, pero resulta significativo que comience por la pintura española del XVII, la escuela más destacada y ordenadamente dispuesta en el Palacio, puesto que su presencia es determinante en la principal hilera de salas, a lo largo de la crujía meridional, en los cuartos del rey y del príncipe. Es evidente que para Mengs una cosa era una galería, y otra el adorno de un palacio con cuadros; tanto él como su círculo expresaron, en más de una ocasión, lo deseable que sería la creación en Madrid de un Museo Real público e independiente de las ñmciones residenciales y representativas; pero una cosa son los ideales ilustrados, y otra lo que Mengs pudo hacer. El modelo de ornato palaciego, al que respondían los gustos de Carlos III y de su entourage italiano, apuntaba en la misma línea que las exigencias propagandísticas del Soberano: la legitimación del poder reformista y absoluto mediante las bellas artes dignas de rodear al príncipe, pero alusivas, también, a las mecánicas, que florecen a los rayos de ese nuevo Apolo, protector de las Musas. El modelo decorativo del Palacio es italiano y no financés, salvó en un campo secundario y específico donde siempre «reina la moda», las telas, en las que el modelo galo fiíe seguido con tanta sumisión a la práctica versallesca, como deslealtad a los fabricantes lioneses que, velis nolis, proporcionaron los modelos ^^. Versalles, donde pocos cuadros adornaban los salones de aparato, ni había sido pisado por Mengs, ni aparecía en la imaginación de Carlos III. El gran ducado de Toscana era lo que le había fascinado, y en Florencia está el obvio modelo decorativo del Palacio Real madrileño: el Pitti, donde los salones de representación, ya consolidados desde el primer tercio del siglo como «quadreria» ^^, constituyen la perfección de la fórmula decorativa prototípica del barroco italiano, con los cuadros cubriendo, absolutamente, toda la pared bajo las bóvedas ricamente adornadas con estuco y al fresco. Que tal esquema resultase obsoleto en los ambientes cosmopolitas bajo la influencia anglofrancesa, no importaba, y ni siquiera penetraba en el sistema de valores carolino, cuya adhesión a las formas decorativas del barochetto napolitano, es todo un emblema de las limitaciones del programa ilustrado posible en España bajo tal Soberano ^^. El mensaje de la Monarquía como protectora de las Artes aparece con insistencia machacona, no sólo en las bóvedas de este Palacio, sino en las de El Pardo que, cansado de recibirlo el espectador, podría reaccionar planteándose si, en esos otros palacios donde Carlos III pasaba la mayor 88 José Luis Sancho parte del año, se daba tanta importancia a la pintura, o más bien a su comodidad. Lo obvio es que la residencia oficial, la menos habitada, adquirió todo el carácter de un símbolo en este sentido. Entre los muchos cometidos que Mengs hubo de cumplir como primer pintor de cámara desde que llegó, en 1761, fue la elección de pinturas para el Nuevo Real Palacio, y no sólo entre cuantas existían en la Colección Real, ya procedentes del Alcázar, ya extraídas a propuesta suya de los Sitios, sino entre las que ofrecía el mercado ^^. No hay que olvidar que, desde 1752, el Pintor de Cámara Andrés de la Calleja -especializado en este tipo de labores de cuidado y conservación de las pinturas reales desde que hubo realizado parte del inventario de Felipe V-fue encargado de «Seleccionar junto al marqués de Villafranca, mayordomo mayor de Palacio, y entre las obras existentes en El Pardo, la Zarzuela y la Torre de la Parada, los cuadros que deberían ornar el Nuevo Palacio de Madrid» ^^. Pero parece que Mengs escogió pinturas entre las del Palacio del Buen Retiro, aconsejó la compra de otras, y, finalmente, estableció los criterios generales para que Calleja, ducho en estos menesteres, efectuara su colocación. De modo que, sin duda, hay que adjudicar a Mengs la responsabilidad general, aunque contase además con la efectiva ayuda de Sabatini, según resume de manera elocuente un oficio enviado a éste por el mayordomo mayor muy poco antes de la primera instalación del Rey en Palacio, apremiándole para que hiciera colgar las pinturas en la primera antecámara de cada cuarto de Persona Real en Palacio, según los dibujos que el propio arquitecto había hecho, y con aprobación de Mengs ^^. También Sabatini era quien debía ocuparse de dirigir la colocación de los cuadros al quitar los tapices, y colgar el Palacio con las tapicerías de verano y los cuadros encima ^^. Que Mengs se sentía orgulloso con su intervención en Palacio respecto a las pinturas, se manifiesta en el informe que elevó al mayordomo mayor en 1768, donde, entre otras cosas, postula «...que formen nuebo Ynventario de todas las Pinturas que existen y pertenecen a S.M. tanto en el Palacio Nuebo como en los Sitios del Buen Retiro y otros, anulando los Inbentarios antiguos para evitar toda confusión y también Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real. para mi descargo y a fin que tome cuenta y razón el Señor Aposentador mayor encargándose de todas las Pinturas del Rey como muebles del Real Palacio, considerándose en la explicación del Nuebo Imbentario todas las Pinturas de los Sitios Reales como cosas pertenecientes al nuebo Real Palacio de Madrid entregados solamente como de prestado a los respectivos Sitios donde hoy se hallan... de modo que en todos tiempos que S.M. fuese servido formar Galería de Pinturas en este Real Palacio se puedan recoger con más facilidad los diversos Quadros excelentes de los Sitios y depender en esto de un solo Gefe» ^^. A estas premisas responde, exactamente, el inventario de 1772, realizado por Calleja durante là estancia de Mengs en Italia, es decir, una vez dado por definitivo todo el movimiento de obras, y en virtud de lo ordenado por su superior jerárquico. Pocos años después, cuando en 1777 preparaba su marcha a Roma, de donde ya no volvió, el primer Pintor de Cámara elevó otro informe que cabría llamar su «testamento», por lo que a este asunto se refiere, y en el que manifestaba el orgullo que sentía por lo que había realizado como «conservador» de la Colección Real: «He tenido la consolación que según varias proposiciones mías protegidas por V.E., S.M. se ha dignado mandar unir, componer y exponer a la pública vista las excelentes pinturas que estaban negligentadas en los Reales Palacios y aumentarlas con la adquisición de barias colecziones que se hallaban en manos de particulares. La magnificencia de S.M. y la bondad de V.E. han franqueado estas alhajas al provecho de los Pintores, a fin que las estudiasen, con que se ha logrado de ver esta coleczión de Pinturas de S.M. servir a la correspondiente magnifizencia del Rey y no menos a la utilidad de sus basallos, lo que hará siempre más apreciable esta coleczión. Esta es hoy tan numerosa que no se pueden colocar todas las pinturas en el Real Palacio Nuevo, y aunque se han dispuesto allí las más preziosas queda aún gran número de excelentes en el Real Palacio del Buen-Retiro, que bastarían para adornar una espaziosa Galería o muchas salas...» ^^ En suma, Mengs consideraba la Colección Real como un conjunto unitario y la gestión que proponía consistía en considerarla perteneciente al Palacio Real, aunque estuvieran, de hecho, depositadas en las otras residencias, de modo que así todo dependiera de una dirección única. No consiguió que se instituyera este concepto, que no deja de asemejarse a la actual «dispersión» del Prado, pero sí el inventario, instrumento básico por donde debía comenzar semejante política, como en cualquier museo moderno. El Retiro constituía, a la vez, un «fondo de reserva» y un museo público a modo de galería de estudio, y los criterios que 90 José Luis Sancho estima convenientes para su disposición manifiestan que, incluso, en un contexto donde no había que considerar el resultado suntuario, la agrupación «museográfica» por temas no resultaba muy ajena a la organización de los cuadros en Palacio, donde, más bien, es el contraste entre las maneras de ver un mismo tema por maestros diferentes lo que dictaba la colocación ^^. Su propuesta para crear una plaza de conservador, o «custode», que continuaría su labor, no fue tenida en cuenta, de modo que fueron sus discípulos españoles, y sucesores como primeros pintores de cámara, quienes, una vez fallecido Calleja en 1785, continuaron dirigiendo este ramo como ya era práctica secular; pero tal intención no sólo prefigura de modo directo el rol de Quilliet y el de los directores decimonónicos del Museo del Prado ^^, sino que enlaza con la «atención al público» más selecto entre los visitantes: «asimismo deberá tener el encargo de enseñar las Pinturas de S.M. a los Señores Extranjeros de Rango que deseasen berlas, siendo notorio en todas las Cortes de Europa que además de los Cuadros del Escorial, S.M. tiene magnífica colección de pinturas en Madrid, con cuyo motivo todos los Ministros Extranjeros preguntan por ellas, y no dejan de extrañar que no ayga en la Corte una persona destinada para enseñarlas, y dar cuenta de sus autores y escelenzia particular de ellas: a lo que no pueden servir los mozos de oficio o de Furriera, que hoy las enseñan» ^^. Esta preocupación por una óptima manera de mostrar la Colección, como también su destacado papel en la designación de copistas para quienes podían permitirse encargarlas, enlaza con el aspecto más trascendente del despliegue de las pinturas en Palacio: la difusión europea de la pintura española del siglo de oro, y en particular de Velazquez, durante el último tercio del siglo XVIII. «Es asentado principio que no se puede amar lo que no se conoce», y durante treinta años los aficionados sólo podían apoyarse en la fe -en Palomino-para apreciar las extraordinarias pinturas que habían existido en el Palacio antiguo de ]|/[adrid, que no se sabía bien si estaban a salvo, y que empezaron a cobrar renovada fama una vez colgadas en el Nuevo. Cuando Quilliet quizá no había pasado aún la frontera, comentaba Locker a propósito de Velazquez que, «Los méritos de este gran maestro no pueden ser valorados con justicia a partir de las pinturas suyas que ya han llegado a Inglaterra» ^^. Una forma elitista para la difusión de este patrimonio eran las copias; otra, de mucho mayor alcance, la estampa, en la que según Lord Grantham tenía gran interés Carlos III; pero no es posible exponer aquí las concordancias entre los resultados efectivos, relativamente Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real... muy modestos, de tales intenciones -entre los que destacan los grabados de los retratos ecuestres de Velazquez por Goya-y la palabra impresa, pero ésta -^y aunque en medida mucho menor también la hablada, a la vuelta de viaje-constituyó el vehículo esencial para la fama creciente de Velazquez. La relación entre el embajador inglés Lord Grantham, las pinturas en Palacio y Mengs es un episodio especialmente revelador en todos los aspectos ^^. Una de las cuestiones más interesantes es la peculiarísima relación, que podría calificarse de amor/odio, de Mengs hacia Velazquez, pues lo cuelga en los lugares de honor aunque, según su jerarquía de los géneros, no era su ídolo; más paradójica aún resulta la actitud de sus discípulos españoles que rayan en la esquizofirenia, en especial Bayeu, pues mientras se esñierza con acierto en imitar la belleza ideal en uno de sus firescos más logrados, el del Tocador de la Princesa, incluye no menos de tres citas o guiños de las obras del maestro sevillano, y una de ellas -el Esopo-nada menos que como emblema del arte en la Alegoría de la pintura. En este sentido Goya es mucho más claro ya desde sus estampas. Una ironía más de la evolución histórica es que el aprecio demostrado por los viajeros ingleses hacia la Colección que Mengs había ordenado sube, mientras su desdén hacia las obras del primer pintor de Carlos III desciende con una pendiente cuyas principales inflexiones están enunciadas por Cumberland, Beckford y Quilliet. Los inventarios de las pinturas en Palacio entre Mengs y Quilliet No cabe entrar en detalles sobre cuántas conclusiones es posible extraer de la comparación entre todas las referencias a la Colección en Palacio, desde 1772 hasta 1808, pero conviene establecer las bases mínimas al respecto ^^. El advenimiento de Carlos TV supuso un verdadero «terremoto» en la distribución de las* funciones que cumplían las salas del cuarto principal, porque el nuevo Rey decidió continuar habitando la mitad oriental del edificio, en lugar de mudarse a la occidental, y dada la simetría que guardan en lo esencial las crujías, esta alteración no causó, en realidad, tanto un trastorno completo cuanto una inversión de piezas: lo que estaba a la izquierda pasa a la derecha. Insisto en este aspecto, porque en gran medida los cuadros siguieron el mismo camino que la función a la que estaban adscritas las salas donde estaban colgados, mientras que otros permanecían en ellas: así, la disposición que Mengs había dado a las pinturas, ligada en cierto 91 92 José Luis Sancho modo con el uso de los espacios, persiste tras la «revolución decorativa» de 1789, como si viéramos el Palacio de Carlos III reflejado en un espejo cóncavo. El «Espacio del Rey» experimenta en Madrid una convulsión que, paradójicamente, nada cambia en el fondo, a diferencia del continuo proceso de acomodación, no siempre positivo, que a lo largo del XVIII experimentó Versalles ^^. Por ello la distribución de las habitaciones resulta esencial para comprender la presentación mengsiana o borbónica de la Colección en el Palacio, y para entenderla es preciso relacionar, visualmente, los documentos escritos con los planos donde he reconstruido la distribución de la planta principal ^°. Ala planta de Carlos III corresponde un inventario, el de 1772, felizmente complementado con dos descripciones famosas: la de Antonio Ponz en el tomo VI de su Viaje de España, cuya primera edición data de 1776, y la «cmdadosa y detallada» publicada en 1787 por Ctimberland ^^. Sin estos dos libros, completados por los relatos de muchos viajeros extranjeros ya citados, el contenido efectivo sería una mera lista de más de la mitad de obras del inventario de 1772, porque el estado que describe es el de invierno, cuando la mayor parte de las salas del cuarto de Rey, muchas de los Príncipes y algunas de los Infantes no tenían sus paredes cubiertas con cuadros, sino con tapices ^^. Durante esa estación los cuadros quedaban almacenados en dos salas del trascuarto de la Infanta María Josefa, en los pasillos que por el medio de las crujías van hacia las tribunas de la Real Capilla, y en otras piezas menores; lo que se describe en 1772 bajo el epígrafe de, «paso de tribuna y trascuartos», es el increíble almacenaje invernal de cuantos cuadros adornaban las salas más importantes, de modo que éstas ni siquiera son nombradas en el inventario, porque sólo se indica el nombre de aquellas donde nunca se ponían tapices, sino que conservaban su ornato pictórico colgado, permanentemente in situ, a lo largo del año. Las precisiones que aportan Ponz y Cumberland han de ser tenidas muy en cuenta. Sólo lo que el inglés calla merece más atención que lo que dice, porque todo tiene interés, tanto por lo que se refiere a los cuadros, como a las bóvedas. Por ejemplo, atribuye ya la bóveda de los pájaros a Giandomenico Tiepolo, y no describe todavía la de La Verdad descubierta por el Tiempo de Maella. Pero estudiar la evolución del ornato pictórico del Palacio bajo Carlos III con detalle, exige más espacio, así que valga aquí la leyenda del plano de distribución de Carlos III, con las especificaciones que al respecto ofrecen los citados autores. El llamado inventario de Carlos III, porque su redacción obedeció a las formalidades de la Testamentaría, recoge, efectivamente, las pin-Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real... turas que el difunto Monarca había reunido, sin embargo describe la reordenación de los adornos consecutiva al acomodo de Carlos IV en Palacio, pues al realizarse en 1793 y no concluirse hasta febrero del año siguiente, lo que recoge es el nuevo estado de la residencia real ^^. A diferencia de lo que sucedía en 1772, ahora se refleja la disposición de todos los cuadros en los respectivos «cuartos» de las Personas Reales, tal como estaban en 1793. Sin embargo, caben algunas incertidumbres en cuanto a la función de algunas salas, porque las descripciones redactadas por viajeros en esta época, no son tan detalladas como las de sus predecesores, ni mucho menos como las de Ponz y Cumberland. Por si fuera poco, el conde de Maule, que es el más explícito, visitó Palacio en 1798, cuando por razones familiares se había operado una paradójica reorganización de las habitaciones, de modo que era, a la sazón, la Infanta D^ M^ Isabel, quizás porque se le quería dar importancia a la vista de su proyectada boda con el príncipe heredero de las Dos Sicilias ^^, quien ocupaba el antiguo cuarto del Rey Carlos III, donde, con toda lógica, el Príncipe de Asturias estaba instalado en 1793, y volvería a estarlo poco después -como señala Quillietsin duda a raíz de su boda en 1802 ^^. Maule, sin embargo, confirma y precisa algunos puntos oscuros del inventario de 1793, y en general parece bastante fiable, puesto que incorpora correctamente las aportaciones decorativas sabatinianas de los años noventa en el Dormitorio, Tocador, Comedor y Oratorio de la Reina, así como en el del Rey ^^. Maule da la impresión de que el «amateur» Carlos IV estaba llevando la decoración de su residencia oficial al punto de perfección descrito por Quilliet pues, aunque su texto es breve, las coincidencias con la situación al cabo del reinado advierten que iba tomando forma un ornato global, y en particular la «pequeña galería» constituida por las piezas de la «obra nueva» -el Ala de San Gil-, donde Carlos IV atesoraba algunos de los más apreciados cuadros de gabinete de la antigua Colección Real, o sus nuevas adquisiciones que respondían a ese mismo formato y tono de gabinete. Maule ya cita aquí el George Legge, por Batoni ^^; pero será Quilliet el primero en señalar la existencia en Palacio no sólo de éste, sino del otro retrato de este pintor que conserva el Prado, el de Francis Basset, primer barón de Dunstanville, ambos recientemente identificados en un interesantísimo estudio ^^. La comparación entre los inventarios revela que el número de cuadros no había cesado de aumentar desde 1772 (643, sin contar las obras almacenadas) hasta 1808 (1289), pero había disminuido notablemente en 1811, pues entonces apenas pasaban de mil cien, y eso incluyendo en la numeración las pinturas que se habían 93 94 José Luis Sancho traído de El Escorial y las esculturas. Responsable, en buena parte, de tal menoscabo fue Quilliet. Frédéric Quilliet y su descripción de las pinturas del Palacio Real Frédéric Quilliet es un personaje bien conocido por sus textos sobre historia de la pintura, y por su actuación como comisario artístico del gobierno napoleónico en España, especialmente, por lo que se refiere a la extracción de cuadros de El Escorial y a la fundación del Museo Josefino ^^. Tanto en uno como en otro aspecto la Description es crucial, pues su atento estudio de las colecciones contenidas en el Palacio Real reforzó los conocimientos que, durante la Restauración, le permitieron escribir tres diccionarios de artistas -españoles, italianos, y extranjeros en general-que habían dejado obras importantes en nuestro país ^^. En efecto, durante los últimos años del reinado de Carlos IV, al parecer desde 1800, Quilliet había estado estudiando con todo detenimiento, socorrido por facilidades gubernamentales, las Colecciones Reales, y en especial las de El Escorial y Madrid, pero pronto pasó de visitarlas a dirigirlas, pues fue nombrado Inspector artístico de la Corona apenas José Napoleón hubo sido instalado en el trono español por su hermano el emperador. Ignorada hasta ahora su actuación en el Palacio de Madrid, salvo referencias de paso, la que llevó a cabo en El Escorial ya fue destacada por los historiadores decimonónicos de aquel Monasterio, otorgándole rasgos luciferinos y apocalípticos ^^. Sus conocimientos le valieron el más relevante papel en la dirección artística del Patrimonio de la Corona bajo el Gobierno Intruso, cuando la Real Casa, dirigida por el conde de Mélito con el título de superintendente general, se organizó mediante diferentes secciones, entre las cuales la «administration générale du mobilier de la Couronne», o «Administración general del Real Menage», comprendía todo lo relativo a la decoración y mobiliario de los Palacios Reales ^^; dentro de ella Quilliet era el jefe de la sección Peintures, como «conservateur des tableaux», con un sueldo equivalente al del inspector Malvoisier, segundo en la línea jerárquica por debajo del administrador general Féraud ^^. Por si no resonara ya con grandeza suficiente su cargo, que él mismo evocó años después al firmar como «Anclen conservateur des Monuments des Arts dans les palais royaux d 'Espagne» ^^, y que en algún documento se había amplificado a «conservador general de las pinturas del Reino» ^^, el objeto de su competencia se extendía, verdaderamente, a todo lo relativo a las Bellas Artes en los Palacios Reales, de las que surgen referencias tanto en la Description como en sus obras impresas ^' ^, llegando hasta el control absoluto de toda la decoración en el caso de la Casa de Campo, que años después recordaba cariñosamente como «jolie habitation» ^^. Su papel fiíe determinante en la creación del Museo Josefino en el Palacio de Buenavista ^^\ pero se vio truncado porque el rey José le destituyó el 21 de julio de 1810, antes, incluso, de proceder «al reconocimiento de las que existen en la actualidad en los Reales Palacios para entregarlas al Museo»; no queda claro si se le continuó considerando como un asesor o si permaneció completamente al margen de la gestión napoleónica durante los años siguientes ^^. Puesto que la competencia de Quilliet queda ñiera de toda duda, y dado que no consta ningún enfi:'entamiento personal, cabe pensar que algún cargo grave de malversación fiíese la causa de tan misterioso cese; su temperamento no parece haber sido el más propicio para inspirar confianza ^^. La pérdida de sus papeles explica que ni publicase nunca la Description, ni hiciese observaciones muy precisas sobre el Palacio de Madrid en sus obras impresas, en las que, sin embargo, no deja de traslucir cuánto conservaba en su memoria del esplendor de las obras de Tiepolo y el peso de las de Mengs ^^. Las obras y hechos de Quilliet dieron lugar a un mejor conocimiento del arte español en el extranjero; este es el objetivo expHcito de su Dietionnaire, «Mon but es de familiariser les amateurs et les artistes de ma patrie avec ceiix d 'un pays aussi vraiment illustre que l' Espagne» ^^. Pero esta declaración retrospectiva de buenas intenciones no le ha librado 95 96 José Luis Sancho de la valoración negativa que merece su responsabilidad como técnico de la rapiña napoleónica ^^. Sin embargo, la extracción de obras del país proporcionó, en el siglo XIX, a la escuela española una fama mundial que no hubiera alcanzado sólo con las publicaciones, y como él mismo comentó en una de las suyas -que no son nada desdeñables-, cuando se decía que un cuadro «... ebbe gli onori del trasporto a Parigi, qui vuol dire, che quest 'onore prova il mérito del dipinto» ^^. Igual que en El Escorial, en el Palacio de Madrid Quilliet empezó haciendo detenidas visitas y a tomar cuidadosas notas antes de 1808. Colofón de esos estudios y trampolín para su carrera cortesana tan extraña, la Description refleja el estado del Palacio bajo Carlos IV, o más exactamente, durante su último lustro, tras la boda de los Príncipes de Asturias con la instalación en Madrid de los reyes de Etruria, y culminadas todas las obras decorativas llevadas a cabo bajo la dirección de Sabatini en los años noventa. Desde nuestra perspectiva, da cuenta del final de una evolución, la de la ornamentación pictórica del Palacio Real de Madrid bajo los Berbenes. Para Quilliet tal vez era eso, pero también un punto de partida, el de la reordenación de la Colección, a cuyo frente conseguía estar, gracias, fundamentalmente, al mérito de este estudio que había elevado al rey intruso. Se diría que la Description está concebida como una guía de la Colección para el soberano José I: esboza una breve reseña biográfica de cada artista importante o recurrente, cuando aparece por primera vez, y sigue un orden topográfico de acuerdo con un recorrido no sólo posible, sino el más lógico: en cada sala trata primero de la bóveda, si está pintada al fresco, y luego de los cuadros; enuncia el autor y el título, o tema, precedido de los números de inventarios antiguos, aunque no indica dimensiones puesto que no se trata de un inventario, pero incluye lo que éstos nunca hacen: un juicio lacónico, pero muy justo en general, acerca de casi todas las obras, incluyendo consideraciones sobre el estado de conservación. Esta última característica, por sí sola, le otorga un interés capital, tanto por lo cultivado de su gusto, puesto al día, como por ser la primera vez que se citan algunas obras maestras, y además se valoran. Quilliet aprecia mucho el arte de Goya, inaugurando así la fértil relación entre el genio aragonés y los críticos franceses decimonónicos [números]; pero este aspecto da lugar a tales consideraciones que exige tratamiento aparte ^^. Por el contrario, Quilliet fustiga con su desprecio a Bayeu y a Maella, cuyas obras, por lo general, califica como «costras», o sea bodrios, y manifiesta el alejamiento que el gusto del nuevo siglo experimentaba respecto a Cuando el Palacio era el Museo Real. Mengs como pintor de cuadros, aunque aprecia mucho sus frescos. En sus obras impresas se mostró mucho más cauto ^^. Definir la Description como una guía ad usum regis para que José I supiera apreciar las bellezas que encerraba su palacio es justo; ironizar al respecto, entendiendo que le serviría para escoger lo que le conviniera llevarse, seguramente no, porque en 1808 un francés del círculo oficial en España no debía ver la situación con excesivo pesimismo. Pero su valoración debió pesar en el entorno josefino, y por tanto hubo de influir en la selección de las obras que emigraron con el «equipaje» del rey, desviadas por la batalla de Vitoria a manos de Lord Wellington ^^. Su cometido oficial, sin embargo, consistió en discernir lo que debía continuar adornando el Palacio del Rey de España bajo la nueva dinastía, lo que debía desaparecer de sus paredes, y lo que debía añadirse que, significativamente, fiíeron algunas de las más escogidas pinturas de El Escorial ^^. Pero cuando Quilliet dejó de ser el conservador a mediados de 1810, y aunque pueda admitirse que sus opiniones continuaron siendo tenidas en cuenta, empezaron a intervenir otros juicios que no conocemos, de modo que su idea de cómo debían estar dispuestas las pinturas en Palacio no se refleja con nitidez en el inventario de 1811. Este registro es el testimonio de unos cambios tan rápidos como fiígaces, aunque históricamente llenos de interés; recogió, forzosamente, muchas alteraciones operadas durante los meses transcurridos desde la exoneración del conservador, unas debidas a causas menos definibles, otras, consecuencia infalible de cuanto motivaba ese proceso que convertía la puesta en escena palatina borbónica en otra napoleónica, con la general desaparición de toda la iconografía regia de la destronada dinastía. Por otra parte, este documento administrativo no pudo ser ya dirigido por el conservateur, sino elaborado por personal español que si tenía especial formación artística no demuestra ganas algunas de emplearlas, y por tanto carece de la riqueza de juicio artístico que muestra el trabajo de Quilliet. Aunque el cambio entre 1808 y 1811 supuso significativas alteraciones en la disposición de los cuadros, muchos permanecieron en el mismo lugar, tal y como permiten comprobar los números del inventario napoleónico que hemos añadido a las obras respectivas. Lo que se alteró esencialmente con el advenimiento del Bonaparte, fue la función de las salas de la residencia regia, y esto salta a la vista comparando los respectivos planos de distribución, pero sobre la base esencial de cada uno de los inventarios, el que corresponde a la Description lo publiqué en 1991, ahora añado el de 1811, de modo que el marco de la corte napoleónica puede entenderse con plena nitidez. José Luis Sancho el inventario de 1815 es en realidad un balance de lo conservado y perdido, y desde una perspectiva histórica adquiere carácter de epflogo, pero apenas ofrece datos sobre el marco físico y ceremonial de la vida de Corte tras la Restauración. Una lectura cuidadosa de la obra de Quilliet demuestra la relativa persistencia de los criterios «museográficos» de Mengs durante el reinado de Carlos III, especialmente, por lo que se refiere a la colocación de las obras de Velazquez, alabadas de una manera creciente por los viajeros europeos que las veían en estas salas, y a cuya vista palidecían, cada vez más, las obras del pintor de Carlos III. Goya, su sucesor en el cargo al cabo de veinte años, puede decirse que le aventajó a los ojos de Quilliet, quien apreció en este mismo «Museo», por vez primera, las obras del sevillano y las del aragonés como no podría hacerse hasta medio siglo más tarde en el Prado. A la vista de todo lo expuesto y del gusto decimonónico, no puede extrañar que, frente a las detalladas descripciones que del Palacio Real hicieron los viajeros dieciochescos, los del XIX apenas tuvieran ojos más que para la Galería Real de Pintura y Escultura. Quilliet protagonizó un momento clave de transición para este edificio, tan italiano en todo hasta entonces, pero que, paradójicamente, iba a ser decorado por el Borbón Restaurado con el nuevo gusto galo que proscribía de las paredes las pinturas, porque.«les tableaux dans les appartements font l 'effet catafalque», como decía un afrancesado príncipe napolitano, según evocaba un escritor que, como Quilliet, también sirvió en la administración de una corte bonapartista -^italiana-y ha transmitido como nadie la atmósfera del Imperio y de la Restauración: Stendhal ^^. ^ Agustín Esteve a Lord Grantham, 27 de abril de 1779: «La copia de Murillo la tengo bastante adelantada aunque en esta semana he podido trabaar poco en ella, por el motivo de que en el palacio están de desestero y van a poner las piezas de verano, y me precisa huir el polvo...» London, 34-35; su informador era Maella, a quien dedica un párrafo de agradecimiento notable, y de elogio como artista, en p. 13, y que según lo que dice en el advertisement es el verdadero autor de esta descripción. ^^ MORALES, J. L. (1994): Documentos inéditos para la Historia del Arte en España. Pintores de cámara del siglo XVIII. Real Academia de San Fernando. En ese mismo año Calleja «Encargado de elegir y recoger entre los diversos palacios las obras más idóneas para el ornato del Palacio de Madrid», obtuvo una nueva revisión de sus honorarios, aumentándosele otros 6.000 rs. el 22.9.1752. Las pinturas destinadas a este efecto debieron ir siendo acumuladas en la casa de Rebeque, donde tuvieron su estudio Calleja, Mengs, Bayeu, Maella y Quilliet. Tras su fallecimiento en 1785 la restauración de pinturas quedó encomendada a Bayeu y Maella (id., p. 171), ayudándoles Jacinto Gómez Pastor que luego quedó al cargo de esta especialidad (id., p. ^^ Informe de Mengs al mayordomo mayor, marqués de Montealegre, 2 de enero de 1777. Mengs abandonó definitivamente Madrid el 27 del mismo mes. Propone «colgar las pinturas de modo que formasen una especie de galería, poniendo las mejores en sus marcos correspondientes a los de palazio Nuebo a fin que en caso de necesitar alguna para este Palacio pudiesen permutarse con mayor decenzia, y por cuanto fuera posible sería bien de juntar todos los géneros en piezas separadas como sería todos los retratos en una...» 2^ Informe citado de 1777. Lo justificaba con una exigencia específica de la vida palatina: «Más expuestas veo las pinturas del Real Palazio, cada vez que se mudan para poner las colgaduras de tapizes... donde pareze sería nezesario destinar un sujeto con el carácter de custode a quien fuese encargado de cuy dar las Pinturas, teniendo en los Palazios Reales para este efecto, las facultades de Ayuda de Furriera, este debería ser persona la más inteligente que se pudiera hallar y lo mejor sería fuera Facultatibo...» 26 Cfr. nota 8. ^^ GLENDINNING, HARRIS Y RUSSELL, Cfra. Supra, n.9, ofrece una referencia concreta sobre la voluntad regia para que se formase compañía para grabar los cuadros: «...The King... told me he would have all the Pictures in ye Palace engraved», escribía Lord Grantham en junio de 1778; p. Reales Sitios 109, y Palacio Real de Madrid. Ningún plano, ni en AGP ni en archivo alguno, facilita indicaciones siquiera parciales a este respecto, ni durante el siglo XVIII, ni hasta fines del Reinado de Alfonso XII. Sobre otros aspectos arquitecónicos me remito a la bibliografía contenida en mi libro La Arquitectura de los Sitios Reales. Catálogo histórico de los palacios, jardines y patronatos reales del Patrimonio Nacional. 2^ Ordenado el inventario por el mayordomo mayor el 9 de marzo de 1772, y terminado antes del 14 de julio, hubo de hacerse mientras la Corte estaba en Aranjuez, y antes, o en parte durante, la mudanza general de tapices por pinturas que solía hacerse en abril. Transcripción de Fernando Fernández-Miranda y Lozana. Madrid T. I, 13-79, firmado en febrero de 1794 por Francisco Bayeu, Francisco de Goya y Jacinto Gómez. ^^ Maule destaca aquí dos Murillos, La imposición de la casulla a San Ildefonso y el San Bernardo; y no olvida el perdido fresco del Nacimiento, por Mengs, en el oratorio que fue de Carlos IIL ^^ Se refiere ya a la bóveda de Bayeu La alegoría de la Religión y las Ordenes de la Monarquía española en el dormitorio real (que el llama de la reina ya); a los cuatro grandes espejos (que hoy dan nombre a la sala) en su tocador; a la decoración fija («medallones de relieves con bellas alusiones», etc.) en la de comer de la reina (hoy «de diario»), al lienzo de Vaccaro en su oratorio, y al cuadro de Bayeu en el oratorio del rey. ^^ «MAULE, op, cit., «Quinta sala de la obra nueva un inglés registrando un mapa, del Batoni». Obras de arte de una presa inglesa. Discurso leído por el académico electo, el día 28 de mayo de 2000 con motivo de su recepción. Real Academia de BB.AA. de San Fernando. Madrid, 24- ^^ QUEVEDO, J. (1849): Historia del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Madrid, 216: «El año de 1807 se había presentado en el Sitio y permanecido largo tiempo en él un viajero bastante conocedor en bellas artes, llamado Federico Quilliet. Este hombre hipócrita y embustero, desatándose continuamente en dicterios contra el Emperador, y con la publicación de un folleto que intituló Napoleón sin máscara, había logrado captarse el cariño y la amistad de algunos monjes que le creyeron de buena fe. Con este motivo le habían proporcionado cuantas riquezas de todo género encerraba el monasterio, y él lo apuntaba todo con cuidadosa puntualidad, con el pretesto de su afición a las artes. Apenas ocuparon los franceses la capital había desaparcido, y en 1809 se volvió a presentar con una Real orden, por la que se le confería el encargo de trasladar a Madrid todos los efectos preciosos que contenía el Cuando el Palacio era el Museo Real. Escorial, escepto las alhajas. Arrojada entonces la máscara hipócrita con que la primera vez se había presentado, comenzó a desempeñar su comisión del modo más bárbaro y atroz que puede imaginarse...» y continúa con sañudo detalle hasta la p. Entre ambas estancias Quilliet efectuó otra en 1808, cuando buscó refugio en El Escorial al* abandonar José I, por primera vez, Madrid. Cuenta Alcalá Galiano que estaba allí «muy bien visto y agasajado por los monjes, y él bastante satisfecho en su casi prisión, por tenerla en medio de tantos primores de las Artes». Cfra., comunicándome las disposiciones que se ha servido dar en cumplimiento del decreto de S. M. de 22 de este mes, tengo el honor de participar a V. E. qu por mi parte he dispuesto que se reconozcan y ejecuten las obras necesarias para habilitar el Palacio de Buenavista, destinado para museo de Pinturas. Al mismo tiempo con arreglo al art*" 4** del referido Rl. Decreto he comisionado a los profesores D. Francisco Goya y D. Manuel Napoli para que asociados con D. Federico Quilliet, conservador de pinturas de S. M., con previo conocimiento de los cuadros depositados 104 José Luis Sancho en el Rosario, designen en el Palacio de Buenavista los que puedan servir para completar las series o colecciones de las diferentes escuelas de pintura, según las sabias y generosas intenciones de S. M. a ñn de que si fuese de su Real Agrado la elección y escogimiento que hicieren no sea necesario repetir las traslaciones de las pinturas, pues no ignora V. E. cuánto padecen en estas ocasiones, a pesar de la mayor diligencia y esmero. A este fin espero que V. E. tendrá a bien mandar que se fi'anquee a los referidos profesores el Palacio de Buenavista.» Madrazo, (cfra. supra.N. 17, cap. XIX, 283-302) no menciona a Quilliet a propósito de la formación del Museo josefino Su participación ha quedado aclarada en los estudios citados en nota 39. ^^ AGP, Gobierno intruso, C^ 1. 1.9.1810, Mélito a Romero, sobre la creación del Museo: «En cuanto a... la elección de las pinturas... según la intención de S. M. expresada en el art" 4"" está concedido el permiso de tomar no sólo del de Buenavista, sino de los demás Rs. Palacios las que falten para completar las colecciones de las diferentes escuelas. Por consiguiente no puedo menos de rogar a V.E. se sirva acceder a la propuesta que le hice en mi oficio de 27 de dicho mes de agosto, de pasarme una lista de las pinturas que faltan al intento. Sin esta lista no se puede disponer se proceda al reconocimiento de las que existen en la actualidad en los Reales Palacios para entregarlas al Museo.... Después me pondré de acuerdo con V. E. para el reconocimiento de que se trata [tachado: en el que; añadido: advirtiendo que en él por parte del rey] no tendrá intervención el sr. Quilliet, supuesto que no se le [tachado: puede; añadido: debe] considerar en el día como conservador de pinturas de S.M., habiéndose suprimido su empleo, según [su] soberana determinación de 21 de julio de este año, pero asistirá la persona que S. M. tenga a bien comisionar a este efecto, con los profesores que V. E. ha designado». ^^ No he podido comprobar la veracidad del cargo que Quevedo le hace como panfletista antinapoleónico, pero de ser cierto quizá provocase el desapego de José. 104 ^^ El inventario de 1811 recoge este aporte, que también fue destacado por viajeros ingleses, seguidores de su ejército ya victorioso, como Locker: «La célebre colección de pinturas estaba intacta, y aumentada con algunas que habían sido traídas del Escorial». ^^ STENDHAL, Atribuye estas palabras al marqués de Santapiro en Rome, Naples, Florence (1987). Nota para el Apéndice La Description incluye los números antiguos de inventario que eran a la sazón visibles sobre la superficie de los lienzos; pero no ofirece numeración alguna que aynde a su manejo, como tampoco lo hacían los inventarios de 1772 y 1793. Para facilitar su consulta entendimos oportuno numerar las piezas correlativamente, a la izquierda, con criterio semejante al adoptado en la publicación de los inventarios de 1789 y 1811. A partir de ahora nos referiremos a las obras citando entre corchetes la cifra que le corresponde. En esta numeración se incluyen las pinturas al fresco, cuya presencia es uno de los rasgos diferenciadores de la Description respecto a los documentos administrativos anteriores y posteriores, y uno de los más útiles para identificar las salas sin posibilidad de error. La mayor parte de los cuadros citados pertenecen al Museo del Prado, pero no todos; el Dr. Luna ya especificó el paradero de la mayor parte cuando publicó el inventario de 1811, y como éste constituye el más inmediato término de comparación res- pecto al que nos ocupa, ha parecido lo mejor insertar, al final de cada entrada, el número que le corresponde en la publicación del Dr. Luna, tanto para así evitar la inclusión de referencias más complejas como para relacionar ambos documentos, tan cercanos cronológicamente. Por lo demás se ha respetado la extensión íntegra y la ortografía del manuscrito. Las pinturas de la Capilla de la Casa del Tesoro fueron evacuadas tras la demolición ^. Descripción de las bóvedas y cuadros del
La creación de la Real Armería, como Colección, tiene su origen en las disposiciones testamentarias de Felipe II, quien en su testamento de 1594 y en el codicilo de 1597, ordenó que la Armería no pudiera ser vendida después de su muerte, según era costumbre, para pagar las deudas terrenales y espirituales del difunto. El 6 de marzo de 1594 Felipe II ordenó en su testamento que al príncipe Felipe se de libremente vn diamante Rico que yo auia dado a su madre y de todo lo demás que me pertenesçe y dexare fuera de lo del Armería cauallos y pinturas y otras cosas ordinarias que quedaren puestas en las casas que también le doy libremente... paresciendo que serán buenas para el servicio del Principe Don Phelipe mi hijo y de nuestros sucessores le sean dadas y las pueda tomar en su precio y valor moderado a arbitrio de mis testamentarios. Con ello vinculó la Armería al futuro Felipe III y a sus sucesores, evitando que la Colección pudiera ser vendida en almoneda pública. El 23 de agosto de 1597 confirmó su última voluntad en el codicilo de su testamento, pero en esta ocasión se especificó el contenido de la Armería como «todo lo que en ella se hallare de la misma manera que esta puesto en su sala en Madrid y con los aderesços de cauallos tanto Jaezes déla gineta como guarniciones déla brida cubiertas y lo demás que entrambas sillas tocare que esta en el guadarnés». Estas disposiciones, y el haber sido respetadas por sus descendientes, implicaron que la Colección fuera considerada como inalienable de la Corona de España. La decisión de Felipe II de mantener unido todo este conjunto de armas se debe a dos motivos: en primer lugar la Armería tenía un gran valor simbólico y sentimental, tanto por ser una representación dinástica de la Casa de Austria, como por contener las armas de su padre, a quien admiraba; en segundo lugar, se trataba de una Colección excepcional de armas de lujo, de un gran valor material, que debía ser conservada apropiadamente. Sus sucesores fueron enriqueciéndola con parte de sus armerías personales y otras armas de diversa procedencia. Con todo, no se trata de una colección dinástica en sentido estricto, ya que en ella no se han preservado todas las armas pertenecientes a los Monarcas Españoles ni había una voluntad determinante de que así sucediera. La historia de la Colección está jalonada por entradas y salidas de objetos, resultado de las más diversas circunstancias, como las dos armaduras de Carlos V y Felipe II regaladas por este último al Archiduque Fernando del Tirol, para su famosa «Armería de los Héroes» del castillo de Ambras, en Innsbruck. El hecho de existir cierta continuidad en la representación, más o menos precisa de los diferentes reinados, le ha conferido cierto carácter dinástico derivado de su formación a lo largo del tiempo, no porque hubiera una clara voluntad o una norma que así lo indicara. La decisión de otorgar un trato preferente a la Armería se remonta, al menos, al fallecimiento de Carlos V, acaecido el 21 de septiembre de 1558. Afínales de 1559 ya se había hecho saber a los testamentarios del Emperador la decisión del nuevo Rey de tomar para sí la Armería. El precio final se fijó en 12.000 ducados, cifra claramente ventajosa para Felipe II. La armería del Emperador había llegado, en su mayor parte, desde Bruselas a España a través del puerto de Laredo, en septiembre de 1556, desde donde pasó a Valladolid. A su muerte sus armas se encontraban dispersas entre Valladolid, tanto en la nueva armería situada en las casas que fueron del Comendador Cobos como en el Convento de San Pablo, en la fortaleza de Simancas, y, en menor medida, en el Monasterio de Yuste, y, posiblemente, en el Alcázar de Madrid. El establecimiento de la Corte en Madrid explica que, en el mes de julio de 1562, Felipe II ya hubiera decidido que se hiciera en Madrid vna muy buena armería sobre las cauallerizas q agora están hechas para que se puedan traer a ella las armas que están en uallid. y poner las demás que acá tiene Su magd, determinación que pudo haber sido, sin embargo anterior. La construcción del edificio que se conocería como «la Armería» fue decidida, al parecer, en 1553, para dotar al Alcázar de unas nuevas Caballerizas ^. La concepción del mismo se debe, probablemente, al propio Felipe II a juzgar por un croquis de su puño conservado en el Archivo General de Simancas. El edificio fundacional era rectangular, de dos plantas, con un tejado a dos aguas abuhardillado y frontones escalonados en ambos testeros. La planta La Real Armería de Madrid inferior, destinada a caballerizas, tenía tres naves, mientras que la planta superior, donde se instaló la Armería, era completamente diáfana. Estaba encalada y decorada con un zócalo de azulejo de Talavera procedente del alfar de Juan Florez. Las armas se custodiaban dentro de grandes «cajones» de madera, es decir, grandes armarios parecidos a guardarropías. La distribución de las armas en la sala fue pensada concienzudamente. Las armas de mayor categoría se guardaron dentro de los cajones. Las armas de fuego, la ballestería, y, en menor medida, algunas armas blancas y las de asta pequeñas, en lanceras sobre las ventanas. Las restantes armas de asta ocuparon los testeros de la sala y de los cajones. En el testero occidental destacaban dos pequeñas piezas de artillería y cuatro trineos con las guarniciones de sus tiros. Los criterios de distribución y ordenación interior de los cajones fueron más complejos. El primer criterio de distribución atendía a los propietarios de las armas. Las de Carlos V ocuparon, fundamentalmente, los ocho primeros cajones situados en lateral meridional, mientras que las de Felipe II se guardaron frente a las de su padre en la pared septentrional. De acuerdo con el segundo criterio, determinados cajones albergaron el conjunto de armaduras, piezas de refuerzo, arreos y vestidos que constituían cada uno de los arneses de Carlos V y Felipe II. El tercer criterio, más amplio, respondió a los tipos de objetos, tanto desde un punto de vista formal como material. De esta manera se establecieron cajones que guardaban un sólo tipo de armas, dedicados por ejemplo a armas blancas, a cotas de malla, u otros objetos con rasgos comunes como era su técnica decorativa en el caso de las armas decoradas en ataujía. Otros cajones custodiaban armas de especial interés para la dinastía, como el dedicado a los trofeos de Mülhberg y Pavía, o el que agrupaba armas de personajes legendarios o de cierta importancia simbólica, como el estoque de ceremonia de los Reyes Católicos, el estoque enviado por Clemente VII a Carlos V, las armaduras enviadas a Felipe II por el shogun Toyotomi Hideyosi, o las espadas atribuidas al Cid, al Gran Capitán, a Roldan y a Boabdil. El núcleo principal de la Colección actual se corresponde con la armería custodiada por Felipe II cuando estableció la Corte en Madrid, compuesta por su armería personal, pero sobre todo por la de su padre, el Emperador Carlos V, quien a su vez había conservado armas pertenecientes a su propio padre, el Rey Felipe I de Castilla y a sus abuelos, Fernando el Católico y el Emperador Maximiliano I de Austria. Dentro de este conjunto sobresalen las armaduras de Carlos V y de Felipe II como conjunto de mayor importancia y núcleo sobre el que se fundamenta el resto de la Colección. Junto con él destacaban otros conjuntos significativos del proceso de formación de la Colección actual, a pesar del incremento irregular de sus fondos desde el siglo XVI al XIX: entre ellos se encuentran las armas medievales procedentes del Tesoro del Alcázar de Segovia; las armas de fuego de Carlos V y Felipe II; las armaduras de los Príncipes e Infantes de España siendo niños; los trofeos militares; y los regalos diplomáticos y familiares como los enviados por las siguientes personas: el Duque de Mantua a Carlos V; el shogun Toyotomi Hideyosi a Felipe II; Cario Manuel I de Saboya y Jacobo I de Inglaterrra a Felipe III; la Infanta Isabel Clara Eugenia y el Cardenal Infante Don Fernando a Felipe IV; o el sultán de Turquía a Carlos III entre otros. El último conjunto de especial importancia dentro de la Colección, lo constituyen las armas de fuego forjadas en Madrid para las actividades venatorias de la corte, de gran reputación en todo el continente. La riqueza y variedad de los fondos de la Colección permiten también diversas lecturas de la misma ya que, a través de sus fondos, se puede ilustrar, parcialmente, la Historia de España de un periodo, el contexto cortesano para el que fueron creados, y la evolución decorativa, tipológica y funcional de las armas de lujo para la Corte española desde el Renacimiento hasta el siglo XIX ^. El remado de los Reyes Católicos y la introducción de la casa de Austria Los fondos medievales y de transición al Renacimiento, constituyen un conjunto de gran importancia por su significado, a pesar de su exiguo número y su diversa procedencia. Una parte se encontraba en la armería de Carlos V, quien había heredado las armas de su padre, de sus abuelos y de algunos de sus contemporáneos. Un segundo conjunto procede del Tesoro Real del Alcázar de Segovia, trasladado a la Armería de Madrid por orden de Felipe II. Un tercer grupo está compuesto por diversas compras, donaciones y traslados de preseas reales efectuadas entre los reinados de Fernando VII hasta Alfonso XII. Destaca la representación de los emblemas de los Reinos de Castilla, León y Aragón, presentes en los acicates y el manto de Fernando III, procedentes de su enterramiento de la Catedral de Sevilla, y en la cimera del Drac Alat atribuida a Martín I el Humano. Junto con ellos sobresalen el estoque real de los Reyes Católicos, utilizado como espada de ceremonia en la Corte Española hasta el siglo XVIII. El reinado de los Reyes Católicos y el armamento de fines del medievo, también está representado por armas de diversa procedencia que enmarcan la actividad desarrollada en este periodo. Se conservan armas de guerra contemporáneas a la toma de Granada, compuestas por piezas defensivas ilustrativas de los talleres españoles, italianos y alemanes; así como dos de las armas de fuego portátiles más antiguas conocidas en España, aún deudoras en ciertos aspectos, de la ballestería que suplantarán con el tiempo. Dentro de este grupo merecen especial mención los capacetes y las piezas de armadura asociados a una peculiar producción peninsular de gran prestigio, cuyos talleres no han sido aún identificados, aunque se suponen de procedencia aragonesa. El propio sultanato nazarí está presente mediante una exigua pero importante muestra de su panoplia, ya que se conserva un ejemplar de cada uno de los tres tipos de armas de creación granadina: una jineta procedente de la colección del Cardenal Infante Don Fernando; una adarga de cuero conservada en la armería de Carlos V; y una daga de orejas asociada a un cinturón con escarcela y una funda para un Corán, estos últimos capturados en la batalla de Lucena a Muhammmad XII, Boabdil, y presentados a Alfonso XIII por el Marqués de Viana como parte del legado Villaseca. La Colección conserva armas relacionadas con algunos de los hechos y personajes destacados del Reinado de los Reyes Católicos por medio de sus armas, como es el caso de la espada de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, o las armas del Emperador Maximiliano I de Austria, concretamente, una testera de caballo, una coracina y dos bardas. Las primeras aluden a su poder y dinastía por medio de una decoración de carácter heráldico y alegórico en la que priman los emblemas imperiales. Estas armas proceden de la colección de Carlos V, donde también se custodiaban las armas de su padre, el Rey Felipe I de Castilla, el Hermoso, representativas de las alianzas matrimoniales entre los Reyes Católicos y Maximiliano. La armería de Felipe el Hermoso se encuentra actualmente dividida entre la Hofjagd und Rüstkammer de Viena (Kusthistorisches Museum) y la Real Armería de Madrid, donde fundamentalmente se encuentran las armas utilizadas desde su matrimonio con Juana de Castilla, entre las que destacan, una espada de dos manos con su mote personal, y celadas y testeras de procedencia flamenca, alemana e italiana; entre éstas, dos celadas del taller milanos de Negroli, y tres armaduras que responden a dos ejemplos únicos en la producción flamenca y española del periodo. Las Armerías de Carlos V y Felipe II Las armerías de Carlos V y Felipe II constituyen el núcleo fundamental de la Colección, sobre todo en lo que respecta a la armería imperial. Por su parte las armas de Felipe II no pueden estar disociadas de las de su padre, dadas las estrechas relaciones existentes entre ambas, y por su procedencia alemana o italiana dentro de un mismo periodo cronológico. De hecho, la mayor parte de las armaduras de Felipe II fueron forjadas en vida de Carlos V, coincidiendo, en ocasiones, en su elaboración con las del Emperador. El conjunto de las armaduras de Carlos V y Felipe II fue forjado entre 1519 y 1560, en pleno Renacimiento, durante el momento de esplendor del arte de la armadura. La complejidad y la gran riqueza de ambas armerías impide abordar una panorámica completa, aunque fuera de manera elemental. Por ello nos limitaremos a tratar algunos de sus rasgos y componentes fundamentales en forma de somera introducción a las mismas. El primer concepto a tener en cuenta, es que nos encontramos ante una Colección de armas cuyo uso debe ser encuadrado en el mundo cortesano contemporáneo. No se trata, esencialmente, de un conjunto de armas de guerra, sino de una colección de armas de lujo como representación del poder, destinadas a ser usadas en los diferentes eventos de la Corte: justas, torneos, paradas militares, juegos de cañas, etc. La mayor parte de las armaduras de Carlos V y Felipe II fueron forjadas siguiendo el concepto de guarnición de armadura inventado por Maximiliano I: consistió en una armadura de base dotada de piezas de refuerzo o complemento, decoradas uniformemente, de manera que el intercambio de las distintas piezas que la componen, podía dar lugar a la formación de diversas figuras destinadas al combate a pie, a la justa y al torneo ecuestre, a la guerra en sus diferentes variantes o a la parada. La Colección Real española sobresale, entre otras colecciones afines, por haber conservado gran parte de estas piezas auxiliares y un alto número de bardas o armaduras de caballo, asociadas, en algunos casos, a dichas armaduras. En este tipo de armas se valoraba especialmente la perfección técnica y constructiva, el diseño formal y la decoración, siendo esta última rica en connotaciones de todo tipo, desde lo caballeresco hasta el reflejo de las ideas y los temas del Humanismo mediante motivos alegóricos, religiosos, heráldicos y/o dinásticos, o recreando la tradición clásica de época romana ^. La ejecución material de la decoración se realizaba mediante técnicas destinadas a mostrar o realzar la belleza y riqueza La Real Armería de Madrid de las piezas, gracias a superficies grabadas al agua ñierte, leves repujados, superficies doradas o plateadas, pavonados, ataujía de oro y plata, etc. Por ello en toda Europa las armas de lujo sólo podían ser forjadas y decoradas en un limitado número de talleres altamente especializados. Los más importantes estaban situados, por razones históricas y geográficas, en Alemania y en el norte de Italia. En el caso de Carlos V destacan los talleres de Kolman y Desiderius Helmschmid de Augsburgo, y de Filippo Negroli y hermanos de Milán. En el caso de Felipe II, Franz y Wolfgang Grosschedel de Landshut, Desiderius Helsmchmid y Antón Peffenhauser de Augsburgo. Estos armeros son objeto de una predilección especial, pero tanto Carlos V como Felipe II poseyeron armas procedentes de otros talleres de alto nivel, como el de Mattheus Frawenbrys, Caremolo Mondrone, o Bartolomeo Campi, bien por ser encargos concretos, o por haber sido piezas presentadas por diversos personajes relacionados con la Corte Española ^. En cualquier caso, es de gran importancia resaltar que estos talleres se encontraban situados en territorios dependientes de la Monarquía Española, a la que dedicaron lo mejor de su producción. La aristocracia española, austríaca e italiana siguió en parte el gusto de Carlos V y de Felipe II. Los cambios en los gustos personales y las circunstancias históricas condicionaron el auge o decadencia de los diferentes centros productores. Es el caso de la decisión de Felipe II de primar la producción de Landshut en detrimento de Augsburgo, o del declive de los centros alemanes y la consolidación de los italianos, entre otros motivos, por la pérdida de poder específico en Alemania de la Monarquía Hispana. Alemania continuó siendo un centro de gran importancia, pero no recuperó el prestigio que disfrutó gracias al patronato de la Corona de España. Entre las armas de Carlos V y Felipe II también destaca un reducido, pero importante, conjunto de armas de fuego compuesto por pistolas y arcabuces que responden a los primeros modelos de armas de rueda conocidas. Estas pistolas pueden ser lisas o decoradas con placas o piezas de hueso embutidas. Al igual que en el caso de las armaduras proceden de centros armeros alemanes e italianos, con especial mención a los arcabuceros Peter Pech de Munich, y a la familia Marcuarte originaria de Augsburgo. Cabe reseñar, también, un pedreñal considerado como una de las primeras armas conocidas de la producción catalana de Ripoll. Entre las armas blancas destacan el estoque imperial y diversas espadas a juego con las armaduras, para acompañar al traje civil o destinadas a la caza. Relacionadas con esta última actividad, funda-mental en el mundo cortesano contemporáneo, se conservan diversas ballestas y saetas a la moda española para caza mayor y volatería; dos cerbatanas con sus ñindas pertenecientes a Felipe II; y una excepcional armadura para lebrel, incompleta, procedente de la armería de Carlos V y destinada sin duda a un animal muy apreciado: se trata de dos piezas metálicas rígidas para los flancos, con decoración grabada alusiva a la caza del jabalí que indica su verdadera finalidad. Las armerías de Carlos V y Felipe II, al igual que las de sus sucesores, muestran, parcialmente, el contexto cortesano y político en el que se inscriben. En ellas se custodiaban armas de gran importancia simbólica para reflejar el poder de la dinastía, por ejemplo los trofeos procedentes de las principales campañas militares como Pavía, Mühberg y Lepante. También custodiaban bellas armas procedentes de regalos por motivos familiares y/o diplomáticos: son los casos de los regalos enviados en 1534 y 1536 por el Duque de Mantua a Carlos V; la armadura a la romana de Bartolomeo Campi regalada por el Duque de Urbino a Felipe II; o las armas japonesas enviadas por el shogun Toyotomi Hideyosi y presentadas a Felipe II en 1584, regalo en el que, sobre todo, debió pesar su condición de Rey de Portugal. Mención especial merecen las espadas o estoques benditos consagradas el día de Navidad por los Pontífices romanos, en señal de amor a los príncipes más escogidos de la Cristiandad, para que acrecentasen la fe católica y defedieran la sede apostólica. El estoque significaba la infinita potencia de Dios y la soberana potestad temporal de su vicario en la tierra. La Real Armería conserva el mayor conjunto preservado, compuesto por nueve estoques pontificios, a pesar de que la mayor parte de éstos no han llegado completos hasta nuestros días. El conjunto abarca, desde el enviado por Eugenio IV a Juan II en 1446, hasta el regalado por Paulo V a Felipe IV en 1618. La Corte está representada por las armas asociadas a personajes como Juan de Austria, Hernán Cortés, Alejandro Farnesio, Francisco de Pizarro o Hernán Cortés, estos últimos presentes gracias a ingresos de época más reciente. Los fondos de la Real Armería datados en el siglo XVII se caracterizan por la desigual importancia de los conjuntos en los que se dividen. Constituyen, además, una sección de la Colección que ha sido eclipsada La Real Armería de Madrid por la fama, en todos los aspectos, de las armerías de Carlos V y Felipe II, pero en realidad debe ser considerada como uno de los conjuntos más importantes existentes sobre el periodo, con obras de gran calidad o importancia histórica y artística, que merecen una consideración diferente a la que tradicionalmente se le ha dado. Ello es, en parte, debido a una feliz concurrencia de diversos ingresos en la Colección, que continuó enriqueciéndose con armas pertenecientes a la Familia Real y con regalos diplomáticos, que constituyen un conjunto de gran interés representativo del armamento de lujo procedente de diversos centros europeos. Esta época marca un momento de transición y supone un cambio importante en la historia del arte de la armadura. La producción de armas de lujo contempla, a principios de siglo, el ocaso del manierismo para dar paso a los nuevos usos y modas que se impusieron a raíz de la guerra de los Treinta Años. Paradójicamente, cuando las armas de fuego se impusieron sobre las armaduras, éstas recuperaron el principio de funcionalidad, con arneses para la guerra sencillos y prácticos destinados a la nueva caballería que dominó los campos de batalla. En el reinado de Felipe III pueden diferenciarse cuatro grupos, claramente definidos, que hacen de este conjunto uno de los más ricos del periodo. El primero está compuesto por las armas encargadas para su servicio y el de sus hijos, entre las que destaca la peculiar producción de Eugui, centro creado en 1595 por Felipe II en las cercanías de Pamplona con armeros milaneses, con el fin de dotar a la Corte Española de un centro de producción propio ^. Eugui no fue, sin embargo, efectivo hasta el reinado de Felipe III, durante el que sobrevivió un corto y agitado periodo de tiempo: su producción es, lógicamente, deudora de su origen milanos, pero destaca por estar dotada de una personalidad propia, por su elegancia y por la alta calidad técnica y decorativa de sus piezas, como muestran las dos armaduras conservadas de Felipe III; las pertenecientes al Príncipe Felipe, futuro Felipe IV; las de los Infantes Don Carlos y Don Fernando siendo niños; un arcabuz regalado a Felipe IV, Príncipe; y un juego de borgoñota y rodela actualmente incompleto. Las armaduras de niño destinadas a los Infantes y las propias armaduras regaladas a Felipe III niño por los Duques de Terranova y Saboya, constituyen uno de los conjuntos más destacados de la Colección, completado con otras armaduras infantiles de procedencia incierta y una exquisita guarnición posterior para Don Baltasar Carlos. Las armaduras infantiles no deben ser consideradas como un juguete, sino como armas dotadas de un alto valor de representación al igual que las destinadas a los adultos. Un segundo grupo está compuesto por las armas compradas por el Rey para enriquecimiento de la Colección. Se componen por un rico juego de parada y armas de asta adquiridos a Andrés de Loidi de San Sebastián. Junto con él destaca la compra de un importante lote de ballestas de caza, rodelas, y armas blancas y de fuego al Licenciado Ramírez del Prado. El tercer grupo está integrado por regalos propios de las relaciones diplomáticas y familiares, no siempre diferenciadas con claridad. En él también se podrían haber incluido las armaduras de niño presentadas por los Duques de Saboya y Terranova, contenidas en el primer apartado sólo por razones de conveniencia formal en tanto que son armaduras de niño. Destacan por su significación los regalos enviados en 1604 y 1614 por Jacobo I de Inglaterra, compuestos por armas de fuego y ballestería, ricamente decoradas, en las que sobresalen las llaves snaphance de diseño inglés ^. Dentro de este grupo también podría considerarse un pequeño conjunto incompleto de armas de parada compuesto por una gola y jaeces para caballería datados hacia 1604-1621, y asociados al Archiduque Alberto de Austria. Aunque se desconoce su procedencia, la atribución de propiedad al Archiduque se debe a que, el dorso de la gola, representa el asedio de Ostende mantenido por sus tropas entre 1601 y 1604, con el victorioso resultado de la toma de la plaza. El frente de la gola destaca por una magistral composición del espacio que permite la respresentación minuciosa, muy dinámica, de diversos cuerpos de ejército sobre un paisaje relacionado con la batalla de las Dunas. La toma de Ostende, cuya planta fue representada en la gola con gran fidelidad, ha sido considerada como la victoria más importante del Archiduque. Dentro de la armería de Felipe III, y del resto de la Colección en general, brilla con luz propia el suntuoso regalo enviado, en 1603, por su cuñado el Duque Cario Manuel I de Saboya con motivo de la venida a la Corte madrileña de sus tres hijos ^. El regalo, espléndido, se conserva en su mayor parte en la Real Armería, salvo algunas piezas de armadura con las que fue enterrado el Príncipe Don Carlos en El Escorial, y un pequeño lote de piezas en colecciones francesas e inglesas. En la actualidad se conservan una armadura ecuestre de parada con dos bardas a juego, dos celadas a la oriental con sus respectivas golas, dos escudos de parada y un sable ricamente guarnecido. Curiosamente pueden ser datadas hacia 1585, por lo que se ha considerado el carácter anticuario del regalo. Una de las bardas ha sido felizmente recuperada por el Patrimonio Nacional en fecha reciente tras haber sido robada de la Real Armería, en 1838, y subastada en la venta Oxenham de Londres en 1843. La armería de Felipe III custodiaba, por tanto, obras de procedencia española, inglesas e italianas en virtud de los encargos personales y de los regalos recibidos. El contexto político del reinado supuso el predominio de los centros italianos en la comisión de armaduras para la Corte, sobre todo las procedentes de Milán dada la tradición armera de la ciudad y su importancia política para la Corona Española. Esta circunstancia se ilustra claramente en un cuarto grupo compuesto por las armaduras pertenecientes a diversos personajes de la Corte, que realzan la preponderancia de Milán en la comisión de este tipo de objetos, y constituyen, a la postre, un núcleo muy significativo de los principales talleres activos a finales del siglo XVI e inicios del XVII. Son los casos de las armaduras de Don Antonio de Zúñiga y Velasco, quinto Conde de Nieva, y de Don Juan Fernández Pacheco y Acuña, quinto Duque de Escalona; esta última, obra de Pompeo della Cesa datada hacia 1595. En este círculo también se deben destacar las forjadas por el Maestro del Castello para Emanuel Filiberto de Saboya, hacia 1606, y para Don Pedro Franqueza, Conde de Vilalonga y Secretario de Estado de Felipe III, hacia 1610, que debió pertenecer con anterioridad a D. Pedro Enriquez de Acevedo, Conde de Fuentes y ex gobernador de Milán. Durante el reinado de Felipe IV las armaduras perdieron toda la importancia que habían tenido en épocas anteriores. Durante la primera mitad del siglo continuaron siendo valiosos objetos de representación, pero el perfeccionamiento técnico de las armas de fijego provocó su desaparición a lo largo de la centuria. De este último momento de esplendor del arte de la armadura, datan dos valiosos regalos enviados, respectivamente, por la Infanta Isabel Clara Eugenia a su sobrino Felipe IV, en 1624 y 1626, y por el Cardenal Infante Don Fernando siendo gobernador de Milán. Los regalos de 1624 y 1626 fueron enviados cuando Felipe IV contaba diecinueve y veintiún años ^. Consistían en dos conjuntos de armaduras conservados, en mayor o menor medida, incompletos en la Real Armería de Madrid. Los elementos restantes, o bien han desaparecido, o se encuentran dispersos en colecciones europeas y americanas. Los regalos se produjeron, paradójicamente, en un momento en el que las armaduras comenzaban a perder la importancia que habían tenido en épocas anteriores, debido en gran parte, al avance de las armas de fuego. En la primera mitad del siglo XVII tuvieron lugar las últimas producciones continentales de importancia. En ellas se volvió a valorar, por lo general, la funcionalidad y sencillez de las primeras armaduras, sin que supusiera renunciar a guarniciones ricamente decoradas. Los regalos de Isabel Clara Eugenia destacan dentro de este contexto por su opulencia y sofisticación, tanto desde el punto de vista técnico como estético, a pesar de tratarse de armaduras concebidas, funcionalmente, para la guerra. Constituyen uno de los conjuntos más importantes conservados del último periodo de importancia en la historia del arte de la armadura. El primer regalo constaba de dos guarniciones compuestas cada una por dos armaduras con sus complementos, obra de un armero flamenco anónimo, de probable origen francés, conocido como el «maestro del MP» en referencia a su marca: un escudete coronado con tres flores de lis en el campo, flanqueado por las iniciales M/P Las dos guarniciones responden a una misma concepción al estar compuestas por sendas armaduras de guerra completadas con testeras de caballos que, básicamente, reproducen un mismo número y tipología de piezas. Las celadas destacan por tener en la vista un monograma calado con el nombre «Ysabel» bajo corona real. Este monograma se ha interpretado, tradicionalmente, como una alusión a Isabel Clara Eugenia o a Isabel de Borbón, pero probablemente aluda a esta última por ser la esposa de Felipe IV y por estar asociado a la Corona Real. El regalo de 1626 también estaba compuesto por cuatro armaduras con algunos elementos de complemento o refuerzo. Se diferencian del anterior porque no se dividen en dos guarniciones, sino que cada una de estas armaduras está decorada de diferente manera, es decir, no son guarniciones compuestas por más de una armadura decorada a juego. Tipológicamente guardan, sin embargo, una analogía clara con el regalo de 1624, tanto desde el punto de vista formal como conceptual, ya que también se trata de cuatro armaduras de guerra, dos de ellas específicas de infantería. Las armaduras de este regalo destacan y se diferencian del anterior por una rica y sofisticada decoración basada en follajes grabados de distintas hechuras, inscritos o no por patrones geométricos, que ocupan toda la superficie de las piezas. Ninguna de las piezas del regalo de 1626 conservadas en la Real Armería muestra la marca del maestro del MP, por lo que la atribución de su autoría no está documentada. Salvo la cuarta armadura del regalo, las tres primeras se conservan en la Real Armería muy incompletas, por la determinación de Felipe IV de regalar dos de ellas a Don Juan José La Real Armería de Madrid de Austria y al margrave Federico Darmstadt. Por su parte, la tercera armadura del regalo fue entregada a Don Juan José de Austria con todas las piezas que tenía en 1647. Se ha señalado que la entrega de estas armas, en 1647, coincide con la salida hacia Ñapóles de Don Juan José cuando contaba dieciocho años, un año antes de que Juan Melchor Pérez realizara, en 1648, el busto de bronce del joven general conservado en el Museo del Prado. Consistió en una rica armadura milanesa pavonada guarnecida con medallas de plata, una armadura de caballería, y una exquisita armadura, también de caballería, para el Príncipe Baltasar Carlos siendo un niño de cuatro o cinco años. Las dos últimas estaban decoradas de manera análoga por haber tenido o conservado superficies pavonadas lisas y estrechas bandas doradas siguiendo los bordes de las piezas. Junto con estas armaduras destinadas al servicio real es digno de reseñar un pequeño grupo de armaduras de asedio a prueba de arcabuz que, históricamente, ha venido pasando desapercibido por haber estado disperso entre los fondos de la Colección. Tras la muerte del Cardenal Infante en 1643, ingresó en la la Real Armería una parte de sus armas, entre las que se conservan una rodela milanesa a prueba de arcabuz, y una pistola de Brescia firmada por Angelo Lazarino Cominazzo. En la Real Armería ingresaban también las armas dotadas de una especial significación, como los trofeos militares por ser objetos relevantes para mayor prestigio de la Corona Española. Entre ellos se encuentra una espada de caballería de Wilhem Wirsberg de Solingen, tomada, en 1634, a Bernardo, Duque de Weimar, durante la batalla de Norlinga, siendo General en Jefe del ejército sueco. Los ejércitos al mando del Cardenal-Infante Don Fernando, y las fuerzas del Imperio y Baviera mandadas por Fernando de Hungría y el general Matthias Gallas, derrotaron a los suecos y a los sajones mandados por Gustav Horn y Bernardo de Weimar. La desaparición de las armaduras durante el siglo XVII centró la producción europea de armas de lujo en las armas blancas, y, especialmente, en las de fuego, cuya producción había crecido de forma notable en todo el continente desde mediados del siglo XVI. Con todo, este tipo de armas no debía perder la alta calidad técnica y artística exigida a cualquier objeto de lujo. En la primera mitad del siglo XVII se incrementa, notablemente, el número de fondos relativos a armas de fuego y armas blancas. Entre las primeras cabe destacar un claro predominio de las pistolas y arcabuces de procedencia italiana, sobre todo de Brescia, con firmas tan prestigiosas como las de la familia Cominazzo o la de Giovanni Battista Francino. La producción española está representada por dos arcabuces de Felipe IV siendo Príncipe; el primero de claro influjo italiano por proceder de Eugui; y el segundo con llave firmada por Juan Salado y cañón procedente de Brescia. Los reinados de Felipe III y Felipe IV han supuesto una notable aportación a la colección de armas blancas. Destacan las forjadas por espaderos toledanos, a pesar de no haber conservado, por lo general, sus empuñaduras originales, y de ser un centro productor cuya historia necesita ser revisada, ya que sólo está claramente documentado, como centro de importancia continental, desde el segundo tercio del siglo XVI hasta el segundo cuarto del siglo XVII. Toledo está representado en la Real Armería con firmas de prestigio como las de Sebastián Hernández, Hortuño de Aguirre, Tomás de Ayala o Pedro Belmonte. En el contexto europeo merecen mención especial una espada con cazoleta decorada según un grabado de Antonio Tempesta, y la producción de Solingen, como centro competidor de Toledo, representado en la Colección por un número reducido de espadas que, sin embargo, ostentan firmas como las de Clemens KuUer, Jacob y Clemens Brach, Johan Tesche o Wilhem Wirsberg para la ya citada espada del Duque de Weimar. Curiosamente, la segunda mitad del siglo XVII, coincidente en su mayor parte con el reinado de Carlos II, es el único periodo del que casi no existe representación, casi interrumpiendo la continuidad cronológica y dinástica en la historia de la Colección desde el reinado de los Reyes Católicos. Con el mencionado reinado se relacionan un arcabuz y una espada de supuesta atribución a Carlos IL La Guerra de Sucesión, y por tanto el cambio dinástico, es representado, testimonialmente, por dos moharras de estandarte de Carlos VI. La subida al trono de Felipe V en 1700 abre un segundo periodo en la historia de la Real Armería. En primer lugar, la definitiva desaparición de las armaduras cambiará el carácter de la Colección que, desde entonces, se compondrá, ñmdamentalmente, por armas de fuego. En segundo lugar, el cambio de época, las nuevas circunstancias políticas y las modas fi: ancesas promovidas por la Casa de Borbón, propiciaron un cambio en el gusto de la Corte, pero se mantuvieron los encargos La Real Armería de Madrid a Italia, que todavía se encontraba dentro del ámbito de influencia de la Corona Española. Los ingresos en la Colección continúan estando relacionados con el servicio de la Familia Real y la acción exterior de la Monarquía, bien por medio de trofeos militares con objetos de prestigio, como la indumentaria, las armas blancas y las armas de fuego capturadas en la toma de Oran, de 1732, por Felipe V, o bien por medio de regalos diplomáticos. Entre estos últimos destacan las escopetas recibidas por Carlos III del sultán de Marruecos, en 1766; del sultán de Turquía, en 1787, algunas de ellas guarnecidas con llaves catalanas de Ripoll; las escopetas presentadas por el Bey de Argel, en 1770; y las pistolas recibidas por Carlos IV del Bey de Túnez. En su mayor parte se corresponden con espingardas decoradas según los patrones extendidos por gran parte de los territorios islámicos en esta época, que pervivirán, en gran medida, durante todo el siglo XIX, es decir, decoración profusa según diversas combinaciones de cañones damasquinados, cajas con piezas gutiformes de coral, marfil, nácar o carey embutidas, y chapas y abrazaderas de plata grabadas o pedrería. Durante el reinado de Carlos II los fabricantes de armas de fuego españoles habían adquirido un profundo conocimiento de la tecnología y la decoración francesas relativas a la fabricación de armas de fuego. Sobre esta base, la llegada al trono de Felipe V propició el desarrollo de una manufactura de armas de fuego de lujo en Madrid, destinada a satisfacer las necesidades cinegéticas de la Corte. En este sentido recordamos el importante papel de la caza en la vida cortesana, especialmente en Madrid, villa elegida desde el siglo XVI como sede de la Corte, entre otras razones, por sus posibilidades cinegéticas. Madrid se convirtió en uno de los principales centros europeos dedicados a la fabricación de armas de lujo. La arcabucería madrileña constituye un hito dentro de las artes industriales y decorativas españolas, por la gran calidad técnica de sus cañones y por la riqueza ornamental de los ejemplares más señalados. Su producción fue, sin embargo, limitada, ya que los arcabuceros madrileños centraban su carrera con la esperanza de trabajar para el servicio real. La reputación internacional de las escopetas madrileñas del siglo XVIII estaba basada en la belleza del conjunto del arma, en la fiabilidad de sus llaves o mecanismos de ignición, y en la calidad de los cañones, motivo de falsificación en el resto de Europa. Las escopetas madrileñas se caracterizaban por montar cañones pavonados decorados con motivos vegetales, geométricos o figurativos en oro, acompañados por la firma y marcas del arcabucero. Las llaves seguían la tradición española, o la moda francesa, y solían estar ricamente grabadas y doradas albergando motivos mitológicos, alegóricos o cinegéticos. La caja podía estar puntualmente tallada o embellecida con alambre de acero o de plata, mientras que sus guarniciones metálicas, como la culata o el guardamonte, eran decoradas a juego con la llave. El conocimiento de esta manufactura es limitado a pesar de su importancia. No existen tratados contemporáneos que expliquen los sistemas de forja, o que recojan el testimonio de los arcabuceros más conocidos en cuanto a técnicas constructivas y decorativas. Sólo se conoce el famoso Compendio de los arcabuceros de Madrid, de Isidro Soler, publicado en 1795, cuando esta industria ya se encontraba en su ocaso. En ella se hace breve reseña del inicio de la arcabucería madrileña, de los sistemas de forja y de los principales arcabuceros habidos hasta su tiempo. La elaboración de estas escopetas para el servicio real recaía en el arcabucero del Rey, título que sólo alcanzaban los mejores artesanos, tras superar pruebas de maestría y presentar un arma de excepcional calidad que atestiguara su valía. El arcabucero tenía una serie de privilegios, como disponer de uniforme y de una pensión, que le permitía trabajar en exclusiva para el Rey. Su trabajo era atestiguado con marcas localizadas en la recámara de los cañones y sobre las platinas de las llaves; los punzones empleados eran custodiados en la Real Armería para evitar usos indebidos. Desde un punto de vista decorativo se distinguen dos tipos de arcabuces: unos modelos muy sencillos sin decoración, eminentemente funcionales; y otros, mucho más elaborados de aparato, muy escasos y que, posiblemente, correspondan a encargos especiales, o a las armas que el arcabucero debía hacer para mostrar su valía cuando entraba al servicio del Rey Generalmente era el propio arcabucero el encargado de la decoración del arma, pero se conoce un caso en el que se solicita el concurso de un profesor de la Real Academia de Bellas Artes, concrétamete, la colaboración de Jacques Lavau y Salvador Cenarro para un juego de escopeta y dos pistolas destinadas a Carlos IIL La decoración de las escopetas madrileñas es tributaria de los repertorios de diseños publicados en París a finales del siglo XVII e inicios del siglo XVIII, como los de Claude Simonin, Laurent Le Languedc, DeLacoUombe y Demarteau. El fin de Madrid no es bien conocido, pero a juzgar por Soler, ya estaba en decadencia a finales del siglo XVIII. Es posible que el golpe de gracia a esta decadencia lo ejecutara la propia invasión napoleónica, pero nada se puede asegurar. En cualquier caso, parece ser que las antiguas técnicas perduran, al menos, hasta el segundo La Real Armería de Madrid tercio del siglo XIX, según lo atestigua una escopeta de caza de Francisco Lopez fechada en 1833, y recientemente adquirida por el Patrimonio Nacional: híbrido entre la modernidad y la tradición de la escuela, por el cañón en dos órdenes, con abrazaderas y damasquinado al uso. Junto con la arcabucería madrileña, la Real Armería conserva un conjunto de armas de fuego contemporáneas de procedencia italiana, francesa, portuguesa y alemana, entre las que se encuentran ejemplares de interés técnico por tratarse de armas de aire comprimido y repetición. Sobresalen dos escopetas de la Real Fábrica de Ñapóles, manufactura establecida en 1757 por el futuro Carlos III de España, firmadas y fechadas por Michèle Battista en 1772, considerado como la principal figura de esta manufactura. Los años finales el siglo XVIII son importantes para la historia de la Colección ya que, en 1793, se lleva a cabo un inventario general de la misma, que fue publicado por Ignacio de Abadía en Madrid bajo el título. Resumen sacado del inventario general histórico que se hizo en el año de 1793 de los arneses antiguos, armas blancas y de fuego, con otros efectos, de la Real Armería. Dicho título constituye la primera publicación de un catálogo de la Colección, a pesar de ser una versión resumida del inventario realizado el citado año. destinadas a la Guardia Real. Lo más destacado es, sin embargo, el trabajo desarrollado en el seno de la Colección, bajo la condición de Armeros Reales, por Plácido y Eusebio Zuloaga. Entre las actividades, no siempre afortunadas, de estos armeros, se debe reseñar la labor de estudio y reinterpretación de la panoplia renacentista, con nuevas creaciones para la Corte, así como otras armas para el uso personal de Isabel II o de Francisco de Asís. Los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII se caracterizan por el ingreso, casi exclusivo, de armas de fuego de caza y armas blancas de gala para su servicio. Las armas conservadas demuestran una gran variedad en los encargos por estar representadas las principales firmas europeas del momento. Uno de los hechos más destacados del siglo XIX fue la publicación de las principales obras documentales y catalográficas existentes sobre la Colección, con especial mención a 1^ labor de Achille Jubinal y Gaspard Sensi, {La Armería Real ou collection des principales pièces de la galerie darmes anciennes de Madrid), Martinez del Romero (Catálogo de la Real Armería mandado formar por S.M. siendo director general de la reales caballerizas, armería y yeguada, el Excmo. Señor Don José María Marchesi^ Madrid, 1849); y del Conde Viudo de Valencia de Don Juan. En 1884 un incendio destruyó, parcialmente, la Armería construida por Felipe IL Sin reparar en gastos Alfonso XII, ordenó la construcción de un nuevo edificio que constituye sú sede actual. La temprana desaparición del Monarca impidió que viera culminada su obra, que se terminó finalmente, por voluntad de la Reina Doña María Cristina de Habsburgo. La planta noble del nuevo edificio fue concebida como una gran sala de armas decorada con tapices y panoplias en la que se instaló toda la Colección. La nueva instalación, inagurada en 1893, marcó un hito, a todos los efectos, en la propia historia de la Colección, condicionando, desde entonces, hasta el presente la imagen de la misma. ^ Sobre las circunstancias que rodearon el traslado de la Coleccción a Madrid y su instalación en la nueva armería ver: SOLER DEL CAMPO, A. (1998): «La armería de Felipe II». ^ En 1898 se publicó el último catálogo general de la Colección por el Conde Viudo de Valencia de Don Juan. Este catálogo está, en gran parte, superado científicamente, pero sigue plenamente vigente como guía de referencia para el estudio de la misma. En la fortuna crítica de este trabajo no se detallarán cada una de las
considerarse una de las mayores del mundo, gracias al patrocinio de los Monarcas que enriquecieron el patrimonio de la Corona con sucesivas adquisiciones y a la custodia ejercida por el Real Oficio de la Tapicería. Medidas excepcionales que permitieron la pervivencia de una colección tan rica en calidad y en cantidad, paradigma de las colecciones europeas, fueron las disposiciones testamentarias de los Monarcas de la Casa de Austria cuya progresiva evolución, desde Carlos V a Carlos II, vinculó las tapicerías al servicio de los príncipes herederos y las imprimió un carácter de bien afecto representativo de la autoridad de la Corona. Los tapices, en las disposiciones testamentarias de Isabel la Católica y sus antecesores, habían figurado como parte del caudal testamentario de los Monarcas. Así, la Reina dispuso en sus últimas voluntades que se pagasen todas las deudas hereditarias con sus bienes muebles, considerados reserva del erario público, motivo por el que la Colección de Tapices reunida por Isabel se desperdigó en la almoneda que, al año de su muerte, se celebró en Toro. Aunque Carlos V determinó, siguiendo el ejemplo de su abuela Isabel, que sus deudas fuesen pagadas con los bienes muebles, propuso que las alhajas, en especial la tapicería rica y demás parte preciosa del mobiliario de los Palacios, no saliesen 164 del poder de su sucesor el Príncipe Don Felipe. Sólo a partir de las disposiciones testamentarias de Felipe II, estos bienes dejaron definitivamente de ser considerados como un conjunto de bienes de familia, expresándose de modo terminante, tanto en su testamento como en el codicilo, otorgado en San Lorenzo, el 23 de agosto de 1597, la prohibición de enajenar cosa alguna de las pertenecientes a la Corona, y la obligación de velar por la conservación del Patrimonio Real. Felipe III y Felipe IV refirendaron estas disposiciones testamentarias, y Carlos II las amplió vinculando las tapicerías a los Palacios que adornaban, lo que fiíe de nuevo confirmado por Felipe V, primer Monarca de la Casa de Borbón, en su testamento, unido al acta de su renuncia y abdicación, fechados el 10 de enero de 1724. A la muerte de Carlos II, último Monarca de la Casa de Habsburgo en España, la Colección Real de Tapices contaba con un singular número de obras maestras procedentes de los telares dirigidos por los más renombrados maestros flamencos. El Alcázar de Madrid, residencia principal y habitual del Monarca, mereció en su testamentaría, elaborada entre 1700 y 1709, un inventario por materias y dependencias entre las que se encontraba el Oficio de Tapicería. La redacción del inventario de las alhajas de la Real Tapicería corrió a cargo del Tapicero Mayor, Felipe de Torres y Salazar. La Colección de Tapices, asentada en ciento nueve partidas, la heredó íntegra Felipe V, siendo buena prueba de la ejemplar custodia ejercida por el Oficio de Tapicería para su conservación y enriquecimiento ^. La custodia de la colección: El Real oficio de tapicería Los jefes del Real Oficio de Tapicería, con sus mozos y oficiales, eran los encargados de la custodia de tapices y colgaduras de verano e invierno, además de las alfombras, tapetes, almohadas, camas, doseles y sitiales que, en los cuartos destinados al oficio, se conservaban doblados en cofres y cajas, bien cerrados y seguros para evitar robos y deterioros. El oficio se encargaba del cuelgue y descuelgue de los paños en los aposentos reales según las estaciones, del traslado de las tapicerías en las jornadas a los Reales Sitios, de armar los doseles, y de colgar las fachadas de Palacio en funciones señaladas como entradas y juramentos reales, o en procesiones como la del Corpus. Las etiquetas generales, aprobadas en 1647 por Felipe IV, enumeraban como tareas correspondientes al Jefe del Oficio de Tapicería, las de redactar los inventarios de las alhajas a él encomendadas, re-La Colección de Tapices de la Corona de España. conocer la historia representada en los tapices, expresar los materiales con que estaban tejidos, valorar la calidad y textura del tejido, recontar el número de paños que conformaban cada una de las tapicerías, medir la corrida y la caída de los paños, tasarlos económicamente, y dar las indicaciones pertinentes sobre sus diferentes emplazamientos en Palacios y Sitios Reales. Pero, ante todo, debían tener particular cuidado para que estuvieran bien tratados y limpios, y presenciar cómo los ayudas, sotoayudas y mozos del Oficio los desdoblaban, sacudían y limpiaban. La recompostura de las tapicerías, es decir, el arreglo y mantenimiemto de las piezas, los procesos de costura, aderezo y forrado para mantener en uso los paños, fue tarea encomendada en el Oficio a los maestros retupidores. Requisito indispensable para ocupar el empleo de ayuda del Oficio de Tapicería, era el ejercicio de retupidor, lo que demuestra cuál era el fin esencial del mismo. La plaza de retupidor, establecida en la Real Casa desde el 11 de julio de 1560, debía recaer en personas de habifidad, aplicación y graduación en el arte de la tapicería. El primero que entró a servirla fue Cornelio Juanes, natural de Bruselas, como aderezador de la tapicería del Rey Felipe II. La plaza tuvo gran importancia desde 1673, año en que la Reina Mariana de Austria (1634-1696), segunda esposa de Felipe IV y madre de Carlos II, nombró maestro retupidor a Enrique Jestelein, al que sucedió su hijo Bernardo Jestelein hasta 1699, año de su muerte. Carlos II hizo venir de Flandes a Esteban Vandenberch, por ser uno de los mejores maestros en aquellos países, llegando a Madrid en noviembre de 1700. Felipe V mantuvo en la plaza a su hijo, Francisco Vandenberch, aunque a partir de 1750 encomendó las importantes labores de recomposición y aderezo de las tapicerías de la Colección Real a los hermanos Vandergoten, maestros de la Real Fábrica de Tapices establecida en Madrid ^. Tesoro de devoción de Isabel la Católica y Juana la Loca Los dos paños más antiguos conservados en la Colección de Tapices de la Corona de España, el Nacimiento de Jesús, paño en forma de retablo con escenas basadas en los relatos profetices de Miqueas e Isaías, y la Misa de San Gregorio, paño de devoción eucarística inspirado en la Leyenda Dorada, formaban parte de la espléndida colección reunida por Isabel la Católica y desperdigada, sin embargo, al ser puesta en almoneda en la ciudad de Toro, a principios de 1505. El Nacimiento de Jesús fue recibido por Sancho de Paredes, camarero de la Reina, en la villa de Alcalá de Henares, el 2 de abril de 1492, de manos de Hernán Núñez Coronel, y fiae asentado en el libro de cuentas de dicho camarero como un paño grande de ras con oro, que está en lo alto del. Dios Padre, cercado de serafines y ángeles, y debajo el nasçimiento e Josepe con una candela en la mano, que tiene de cayda quatro varas e una tercia, de largo quatro varas ^ Al no figurar entre los 128 relacionados por el contador Juan Velazquez en la almoneda de Toro, de 1505, se libró de pasar a manos particulares y en definitiva de su desaparición. Dos paños de la Misa de San Gregorio, probablemente tejidos por el mismo cartón, figuraron asentados entre los bienes de la Reina. Uno adquirido al tapicero y comerciante flamenco, Matís de Guirla, en Medina del Campo, por el que se pagaron, en 1494, cincuenta y seis mil dosicentos cincuenta maravedises, y que más tarde Isabel enviaría a su hija doña María de Portugal, y un segundo paño de la Misa de San Gregorio que le regaló su hija doña Juana, y que Fernando el Católico, a la muerte de Isabel, ordenó le fiíera devuelto. La más completa descripción iconográfica de este último paño, tejido en la manufactura bruselense de Pierre van Aelst y conservado en la Colección Real, nos la ofirece la combinación de las descripciones correspondientes a ambos paños redactadas, una por Sancho de Paredes, camarero de la Reina, y otra por el contador Juan Velazquez. La escena principal del paño adquirido a Matís de Guirla -en lo alto nuestro Señor con las plagas y la escalera y la lança con todos los misterios de la Pasión, e debaxo del, San Gregorio vestido diziendo Misa, e a la parte derecha, detrás del, un diácono con un alva verde que alca la casulla de San Gregorio en la mano, e de la otra parte, a la mano yzquierda, un cardenal con otro diácono, con una cruz en la mano, e detrás del un obispo e dos pajes ^-tapiz regalado, más tarde, por Isabel a su hija, María de Portugal, es la misma escena tejida en el paño regalado por Juana. La descripción minuciosa de las escenas secundarias y la transcripción de las leyendas latinas de la Misa de San Gregorio, regalada por Juana de Castilla a su madre, Isabel la Católica, redactadas por Juan Velazquez, enumeran los pasajes de la Pasión de Cristo que enmarcan la escena central -tiene a la parte derecha en lo más alto, un crucifixo con Nuestro Señor puesto en la Cruz, e Nuestra Señora e San Juan a los lados, e debaxo cómo lleva Nuestro Señor la cruz a cuestas, y en la parte esquierda, en lo alto, cómo está Nuestro Señor orando en el huerto, e debaxo cómo le prendieron, San Pedro con la La Colección de Tapices de la Corona de España... oreja del judío en la mano por ponergela, y en lo haxo, a la parte esquierda, David profeta con un rótulo en la mano que dize «Panent Angelorum manducavit omo», y en la parte derecha, Sant Agustín con un rótulo que dize «Sacramentum ex posibilis gracia visibilis forma» ^. Sólo tres paños más de la colección de Isabel, han podido ser identificados en colecciones extranjeras al encontrar claras correspondencias iconográficas con los asientos de los inventarios de la Reina, transcritos por Sánchez Cantón. Los paños titulados Redención de la humanidad por la encarnación y muerte de Cristo y el Triunfo de la Fama, se conservan en el Metropolitan Museum of Art, de Nueva York ^, y el titulado Maximiliano y María de Borgoña jugando al ajedrez'', asentado desde 1503 en el tesoro del Alcázar de Segovia como un paño de unas figuras grandes francesas, unos encasamentos e tiene en medio dos figuras de un ombre e una muger que juegan al axedrez, vendido a la marquesa de Moya en la almoneda de Toro, en 1505 ^, se conserva actualmente en la Stiftung Abegg, de Riggisber (Berna). Las adquisiciones de Juana de Castilla, hija de Isabel, enriquecieron la Colección Real con la incorporación de importantes tapices del período renacentista flamenco. La manufactura de Pieter van Edinghen o Pierre van Aelst ñie una de las más afamadas de Bruselas. Nacido hacia 1450, cerca de la ciudad de Alost, fue nombrado en 1502 «valet de chambre et tapissier» de Felipe el Hermoso, a quien en ese mismo año, acompañó en su viaje a España. Este tapicero tejió numerosos paños de devoción para la Reina Juana, todos ellos con escenas entresacadas de las Sagradas Escrituras, relacionadas con la salvación y redención del mundo por el sacrificio del Hijo de Dios. El carácter alegórico-bíblico de los paños respondía a una finalidad eucarística y apologética, y reflejaba el contenido de los textos contemporáneos de padres y predicadores de la Iglesia. Herencias de Margarita de Austria y de María de Hungría Margarita de Austria (1480-1530), hermana de Felipe el Hermoso y gobernadora de los Países Bajos, contribuyó a engrandecer la colección al disponer que algunos de los tapices que habían decorado su palacio en Malinas fueran entregados a su sobrino predilecto. Por las dispo-Concha Herrero Carretero 168 siciones de su testamento, Carlos se convirtió en heredero de tapicerías de gran calidad y significación iconográfica, como la Pasión de Cristo, o el llamado Dosel de Carlos V, tejidos en Bruselas, entre 1518 y 1524, por Pieter Pannemaker, fimdador de una de las dinastías de tapiceros más representativa de la producción bruselense ^^. Bajo el gobierno de María de Hungría (1505-1558), hija de Felipe el Hermoso y de Juana de Castilla, Flandes atravesó uno de sus momentos de mayor esplendor artístico, debido al mecenazgo y protección de artistas ejercido, no sólo por la Gobernadora, sino también por las ciudades, corporaciones, altos dignatarios y miembros de la Corte. Las ricas tapicerías que adornaron el palacio de María de Hungría en Bins o Binche, de extremada fineza, hechas de seda, oro y plata, con maravillosas figuras, como las describió Calvete de Estrella, eran fiel reflejo del mundo flamenco, mezcla de costumbres tradicionales y de la cultura clasicista y manierista irradiada desde Italia. A María de Hungría debemos que la Colección Real de España cuente con importantes series heredadas por Felipe II, al disponer en su testamento que ñieran entregadas a su sobrino. Entre ellas figuraba la misma tapicería de los Siete Pecados Mortales que había decorado la cámara real preparada para recibir al Príncipe y al Emperador, en el palacio de Binche. Los siete paños, fi: uto de la colaboración artística del pintor Pierre Coeck van Aelst y del tejedor Wilhelm Pannemaker, fiíeron heredados por Felipe II según indicación marginal del inventario redactado por Rogier Patie, tesorero de la Reina. Otras tapicerías ricas, heredadas por Felipe II de su amada tía, fiíeron la Historia de Hércules, la Historia de Dido y Eneas, la Historia de Escipión, la Historia de Venus, dos tapicerías de Moisés, la Historia de Tobías y la Historia de San Pablo, todas ellas conservada en la Colección Real ^^. Adquisiciones de Carlos V y Felipe II Al Reinado de Carlos V y a su gusto por las tapicerías, se debe la adquisición de grandes series tejidas en los telares bruselenses de Pierre van Aelst o de la familia Pannemaker. Pierre van Aelst, a partir de 1510, gozó del cargo de Aynda de Cámara y Tapicero de la Corte de Carlos de Habsburgo, para el que tejió la tapicería conocida como Los Honores o La Fortuna que conmemoraba su coronación como Emperador en Aix-la-Chapelle, el 23 de octubre de 1520. La iconografía de los nueve paños que ilustraba las virtudes y vicios que el soberano debía practicar o evitar, respondía a la establecida para celebrar las La Colección de Tapices de la Corona de España... suntuosas entradas de reyes y príncipes en las ciudades de los Países Bajos 12. La Conquista de Túnez, otra de las grandes series encargadas por Carlos V, realizada entre 1548 y 1554 por Wilhelm Pannemaker, fue la crónica tejida que ilustró la campaña del Emperador contra Solimán, príncipe de los turcos, según composiciones de Jan Cornelisz Vermeyen. Este pintor fue llamado en 1534 por el Emperador para asistir, como pintor e ingeniero, de la toma de Túnez, durante la que ejecutó los croquis que, más adelante, le sirvieron de modelo para los cartones de la tapicería ^^. En 1548, Carlos V mandó llamar a su hijo Felipe para hacerlo jurar por heredero y sucesor en los Estados de Flandes. Juan Calvete de Estrella, como criado del Príncipe, le acompañó en su viaje a Flandes, y con él asistió a las fantásticas y sorprendentes fiestas con que la gobernadora María de Hungría obsequió a su hermano el Emperador, y al Príncipe, su sobrino. Principal objeto de admiración y de descripción en su viaje, fueron las tapicerías y los arcos de triunfo, ornato de las ciudades que jalonaban el itinerario y señalaban la importancia de Bruselas y de su floreciente industria tapicera. Al reinado de Felipe II (1555-1598) correspondió la adquisición de ricos tapices tejidos en los telares del maestro Wilhelm Pannemaker, el hijo más sobresaliente de Pieter Pannemaker, tapicero de la corte de Margarita de Austria, al que sucedió en la dirección como maestro de la manufactura bruselense donde se tejieron las tapicerías más grandiosas del momento. La espectacular serie del Apocalipsis, basada en cartones atribuidos a Bernard van Orley, inspirado en las estampas de Alberto Durero, fue rehecha por Wilhelm Pannemaker, junto con la Historia de Noé, al desaparecer ambas tapicerías en el naufragio de la escuadra que conducía al Rey a Laredo, el 8 de septiembre de 1559. Finalizada la labor, Pannemaker se encargó personalmente de transportar a Madrid los paños por él tejidos, más los salvados del desastre de 1559, con los monogramas del maestro Guillaume Dermoyen y llamados desde aquel entonces Los ahogados. Jan Vermeyen, el pintor de la Conquista de Túnez, también entregaría a la manufactura de Wilhelm Pannemaker los cartones de la tapicería de asunto mitológico, los amores de Vertumno y Pomona, asunto mitológico inspirado en el poema de Ovidio, «Las Metamorfosis». Los paños que relatan las sucesivas transformaciones del dios Vertumno hasta vencer la indiferencia amorosa de la diosa de los frutos, ya Concha Herrero Carretero 170 sorprendieron gratamente a Felipe II, en 1549, cuando contempló la tapicería que ornaba el cuarto real dispuesto por María de Hungría como alojamiento del Emperador y del Príncipe en su palacio de Binche. Felipe II mandó tejer una serie por los mismos cartones a su tapicero Pannemaker, para decorar con ella los muros del Alcázar de Madrid. Por primera vez, en los inventarios de tapices de Felipe II, se asentaron, entre sus alhajas, nueve paños de seda y lana, de la Historia de los Apóstoles -tejidos por Johann van Thiegen y Nikolaus Leyniers, según los cartones encargados por León X a Rafael y a su discípulo G. F. Penni, il Fattore-y una Historia de Ciro, de diez paños, tejidos con hilo de oro y plata por los mismos maestros bruselenses, sobre cartones atribuidos a Marten van Heemskerk, inspirados en los «Nueve libros de la Historia» de Herodoto de Halicarnaso ^^. Tapices de los Archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia En el siglo XVII, Bruselas asistió a un nuevo renacimiento del arte del tapiz, bajo la protección de la Infanta Isabel Clara Eugenia (1566-1633), hija de Felipe II e Isabel de Valois. A su gobierno en los Países Bajos, desde 1599 a 1633, correspondió el gran florecimiento artístico unido al nombre de Pieter Paul Rubens quien introdujo una concepción barroca que unía naturalismo, suntuosidad y reminiscencias clásicas, y cuyos cartones, realizados al óleo, supusieron una complicación considerable, al enfrentar a los tapiceros con modelos que, concebidos pictóricamente, no tenían en cuenta los numerosos detalles de orden técnico a los que los antiguos cartonistas les tenían acostumbrados. La Apoteosis de la Eucaristía o Los Triunfos de la nueva Ley de la Iglesia y el Sacro Evangelio, abatido el Gentilismo y todos los Ritos Antiguos, excepcional serie de tapices del siglo XVII, fue encargada en 1625, por Isabel Clara Eugenia para el Convento de Descalzas Reales, de Madrid ^^. Los cartones realizados por Rubens durante su estancia en Bruselas, entre 1625 y 1626, se encontraban en el convento de dominicas recoletas de la Purísima Concepción en la villa de Loeches, en 1742, como describe Antonio Palomino y Velasco en su Vida de pintores y estatuarios eminentes españoles. Hoy se encuentran repartidos entre el Museo del Louvre y el Ringling Museum of Art de Sarasota. Los tapices fueron tejidos en la manufactura de Jan Raes en colaboración La Colección de Tapices de la Corona de España... con los talleres dirigidos por Jakob Geubels, Jacques Fobert y Jan Vervoert, como demuestran los monogramas que aparecen tejidos en los orillos de los paños. Isabel autorizó, el 14 de julio de 1628, la salida de dos carromatos cargados con la tapicería en dirección a España •^^. El 1 de diciembre de 1633, Isabel moría en Bruselas, y nueve meses más tarde, Felipe IV dio la orden de que se eligieran sus mejores tapices con destino al Alcázar de Madrid. Entre ellos se encontraban siete paños de las Batallas del Archiduque Alberto, tapicería regalada por el magistrado de la ciudad de Amberes al Archiduque Alberto (1559-1621), con motivo de su feliz entrada en la ciudad, en diciembre de 1599. La realización de los bocetos y cartones había sido encomendada a Octavio van Veen y a Jan Snellinck el Viejo, pintores de la corte de los Archiduques, y el tejido de la tapicería a la manufactura del maestro Martín Reynbouts, durante los últimos cuatro años del siglo XVI. Los siete paños aparecerán asentados por primera vez en el inventario de las Tapicerías de Felipe IV, de 1666, como las Batallas y Sitios de los triunfos del Archiduque Alberto ^^. Series adquiridas por Felipe IV para el Palacio del Buen Retiro El reinado de Felipe IV (1621-1665) se caracterizó por haberse llevado a cabo una de las empresas de coleccionismo a gran escala mejor organizadas y puestas en práctica de todo el siglo XVII. Entre 1633 y 1640, diferentes tapices fueron adquiridos, encargados o confiscados por el Rey y su valido, el Conde Duque de Olivares, para la decoración del Palacio del Buen Retiro. Entre las series adquiridas para tal fin se encuentran algunas de las más famosas tapicerías tejidas en la manufactura bruselense de Jan Raes, basadas en composiciones del pintor Antoine Sallaert, como la Historia de Tkseo; la tapicería alegórica de vicios y virtudes, conocida en los inventarios del Oficio de Tapicería de Palacio como Historia de la Vida del Hombre ^^, o la serie metamórfica de la Historia de Faetón, tejida en la Arazzeria Medicea, según cartones del pintor de la escuela florentina Alessandro Allori 19. Las relaciones comerciales entre España y los Países Bajos fueron declinando a lo largo de la segunda mitad del siglo XVII, hasta que a comienzos del siglo XVIII, las relaciones con los grandes talleres flamencos quedaron bloqueadas como consecuencia de la Paz de Utrecht 172 que desvinculó los Países Bajos de la Corona de España y dio por finalizada la Guerra de Sucesión. El mecenazgo de la Casa de Borbón: El gusto por la tapicería antigua Felipe V, nieto de Luis XIV, inició en España la dinastía borbónica tras la muerte de Carlos II, el último Habsburgo español. Aconsejado por su primer ministro, Giulio Alberoni, decidió, en 1719, establecer una manufactura de tapices en Madrid, y suplir con ella el tejido de tapices efectuado hasta entonces por los talleres flamencos que habían atendido los encargos reales de la Casa de Austria. La Colección de Tapices reunida por la Casa de Habsburgo, heredada por Felipe V, quedó consignada en el inventario redactado en 1747, tras la muerte del Monarca, como testimonio del vínculo entre aquella y la incipiente colección de los Borbones. Además de las tapicerías antiguas que figuraron en los documentos sucesorios de Carlos II, quedaron asentadas nuevas adquisiciones flamencas, las tapicerías confiscadas tras la Guerra de Sucesión, y las llamadas tapicerías nuevas realizadas en las manufacturas de la Casa de Santa Bárbara y de la Casa de Santa Isabel, de Madrid, establecidas en la Corte desde 1720. La predilección por las tapicerías flamencas o tapicerías antiguas se reflejó tanto en la decoración del Buen Retiro, residencia de los Monarcas de Borbón durante los treinta años que transcurrieron hasta la finalización del Nuevo Real Palacio, como en la compra de series flamencas de los siglos XVI y XVII, durante los reinados de Felipe V y su sucesor Fernando VI. En la testamentaría de Felipe V figuran, por primera vez, la Historia de Petrarca, ocho tapices que habían pertenecido al Duque de Abrantes, y la Historia del Cónsul Dedo Mus, doce paños tejidos hacia 1625 en la manufactura bruselenses de Jan Raes y Jakob Geubels, según cartones de Pieter Paul Rubens, que fueron entregados al Oficio de la Tapicería por Bernardo de Loeches. Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe de Borbón, durante su estancia en Sevilla entre 1730 y 1734, compró una tapicería de ocho paños de la Historia de Escipión y Aníbal, tapicería que aparecerá asentada en la testamentaría de su hijo Carlos III, con cenefas de vicios y virtudes, tejida con hilo de oro en la manufactura de Henry Mattens a fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, sobre los La Colección de Tapices de la Corona de España. mismos cartones de Giulio Romano utilizados para tejer la serie de María de Hungría, heredada Felipe II. Más importantes aún fueron las compras de tapices flamencos efectuadas, entre 1752 y 1753, durante el reinado de Fernando VI. Por real orden de 18 de febrero de 1752, Nicolás Manzano, jefe del Oficio de Tapicería, adquirió la serie mitológica de veintiocho paños de la Fábulas de Venus y Adonis, Diana y Apolo, procedente de los bienes testamentarios de José de la Quintana. Los paños inspirados en los hexámetros del libro décimo de las Metamorfosis de Ovidio, fueron tejidos en la segunda mitad del siglo XVII según cartones de Jan Boeckhorst, discípulo de Jakob Jordaens, en la manufactura bruselense de Guillem van Leefdael. Otra importante adquisición por consejo y proposición del Marqués de Villafranca fue la compra, para la casa de Su Majestad, de la Historia de la Gran Cenobia, reina de Palmira, Nicolás de Francia, tesorero mayor, pagó cincuenta y un mil reales a Mateo Barquero por doce tapices, cuatro sobreventanas, cuatro sobrepuertas y cuatro entrepuertas de seda fina y muy buenos colores. Se trata de la tapicería tejida por Geerard Peemans sobre cartones de Justus van Egmont (1601-1674), inspirados en la obra de Jean Tristan de Saint Amant, «Conamentaires historiques contenant l' histoire générale des Empereurs, Cesares et Tyrans de l 'Empire Romain» (1644). Tres tapicerías más fueron adquiridas un año después, en 1753, la Historia de Dido y Eneas, con cenefas de flores, angelotes y pavos reales; la Historia de Ciro, seis paños tejidos en Amberes, en el siglo XVI, sobre cartones atribuidos a Michiel Coxcie (1499-1592) y que fue denominada en los inventarios del Oficio de Tapicería como Ciro chico para diferenciarla de la Historia de Ciro, de Felipe II; por último, la Historia de Marco Antonio y Cleopatra, con cenefas de columnas salomónicas y guirnaldas de frutos con corona dorada en lo alto, tapicería tejida según cartones de Karel van Mander (1579-1623) ^^. Las tapicerías nuevas y la decoración de los Reales Sitios en el siglo XVIII El establecimiento de la manufactura de tapices madrileña durante el reinado de Felipe V acrecentó la colección de la Corona de España con el tejido de grandes series de tapicería -Cacerías con escudos. Historia de don Quijote, Historia de Telémaco, Conquista de Túnez e Historia de Ciro-con un claro programa iconográfico, Concha Herrero Carretero 174 continuación de las directrices flamencas vigentes durante los siglos XVI y XVII. Estas tapicerías mantuvieron el carácter de series mitológicas, históricas o heroicas, propio de la producción flamenca a lo largo de los siglos XVI y XVII. Las réplicas de la Conquista de Túnez o de la Historia de Ciro demostraron el valor asignado a las tapicerías originales de Carlos V y Felipe II, que fueron preservadas así del uso continuado a que eran sometidas. Un ampuloso y erudito programa decorativo ideado por el Padre benedictino fray Martín Sarmiento para realizar la «Tapicería de las más famosas Acciones del Rey Padre», con la que Felipe V y Fernando VI idearon vestir las principales piezas del primer proyecto del Palacio Nuevo, fue desechado por Carlos III. El inventario redactado tras el fallecimiento del Rey, el 14 de diciembre de 1788, prueba que sólo cuatro de las principales piezas que integraban el Cuarto del Rey fueron vestidas con tapices: la «pieza de vestir», con la tapicería Estaciones del año, tejida durante el reinado de Fernando VI sobre cartones de Santiago Amiconi; la «pieza de cenar», con la tapicería de la Historia de José ^^; la «pieza donde comía S. M. difunto», con la tapicería de la Historia de David, Salomón y Absalón, ambas por cartones de Cerrado Giaquinto y José del Castillo; y, por último, la «pieza dormitorio de S.M. difunto», con la Colgadura de adornos, flores y frutas, cuyos ejemplares fueron iniciados por Guillermo Anglois y continuados por José del Castillo quien, desde 1765 y bajo la dirección de Antonio Rafael Mengs, primer pintor de Cámara de Carlos III, entró al servicio real, y, por tanto, al servicio de la Real Fábrica de Tapices ^^. Aunque el reinado de Carlos III mantuvo la tradicional copia de originales de David Teniers como modelo de los tapices que habían de tejerse en la Fábrica para vestir los cuartos reales, la dirección artística de Antonio Rafael Mengs supuso la ruptura de la hegemonía flamenca en la composición de ejemplares para tapices. Bajo su inmediata dirección, José del Castillo realizó, entre 1776 y 1777, los cartones al estilo de las pinturas de Herculano, por cuyo modelo se tejieron los tapices del Gabinete de la Princesa de Asturias, en los Palacios de El Pardo y de San Lorenzo. El acontecimiento cultural más importante de todo el reinado de Carlos III, las excavaciones iniciadas en 1738 en las tres ciudades destruidas por la erupción del Vesubio del año 79 -Herculano, Pompeya y Stables-quedó de esta manera reflejado en las tapicerías tejidas en la Fábrica de Madrid, bajo la dirección artística de Mengs. Sin embargo, el principal cambio de modelos compositivos se produjo a partir de 1770 con la recepción de los trabajos realizados bajo la La Colección de Tapices de la Corona de España. dirección de los pintores de cámara, Francisco Bayeu y Mariano Salvador Maella, y con el nombramiento de Ramón Bayeu y Francisco de Goya como pintores del Real Servicio, destinados a surtir de pinturas para imitar en los tapices que debían tejerse en la Fábrica ^^. Los tapices dejaron de ser colgaduras para convertirse en decoraciones murales fijas, enmarcadas en las piezas de los cuartos reales por fidsos y molduras de madera. Los asuntos jocosos y agradables, obras de invención, que según las reglas del decoro debían ornar los Palacios de recreo de El Pardo y El Escorial, tuvieron su más claro exponente en los ejemplares entregados, a partir de 1775, por Francisco de Goya. Su trabajo como cartonista dio carácter propio a la producción de la Real Fábrica de Tapices de Madrid diferenciándola de la producción dieciochesca del resto de las manufacturas europeas. Escenas campestres de descanso y bienestar rural, relacionadas con la periferia de la capital, y escenas lúdicas de juegos y pasatiempos típicos de la vida de esta zona, fueron destinadas por Francisco de Goya a seis habitaciones del Palacio de El Pardo -Comedor de los Príncipes (1776( -1778( ), Dormitorio (1778( -1779)) Los últimos ejemplares realizados por Goya, en 1791, para la tapicería del Despacho de Carlos IV en San Lorenzo de El Escorial, le fueron exigidos tras las quejas presentadas por Livinio Stuyck al tener paradas las obras en la Fábrica por la falta de diseños y dibujos para tapices que estaba obligado a entregar, entre otros, Francisco de Goya. Su salud debilitada, su falta de interés por los adornos -dibujos de hojas, tallos y flores-y el diseño de alfombras que se le exigían, además de sus otras obligaciones no sólo como Pintor del Rey sino como primer Pintor de Cámara, le alejaron definitivamente de la labor de cartonista ^'^. La célebre Colección de Tapices reunida por los Monarcas de España a lo largo de tres siglos conserva más de quinientos paños flamencos de los siglos XVI y XVII, y más de ochocientos tapices españoles, tejidos durante el siglo XVIII en la Real Fábrica de Tapices de Madrid. La elaboración del primer inventario o registro histórico, fue encomendada por Alfonso XII al Conde Viudo de Valencia de Don Juan, disponiendo el Monarca que la casa Laurent fotografiara los paños seleccionados. Resultado de ambas tareas fue la publicación, en 1903, del primer catálogo ilustrado con excelentes reproducciones en blanco y negro de 135 piezas señaladas de la producción flamenca ^^. Una segunda publicación, encomendada por Alfonso XIII a los profesores Elias Tormo y F. J. Sánchez Cantón, vio la luz en 1919. En ella se incorporó un aparato crítico y bibliográñco del que carecía el album fotográñco de 1903, y se recogieron noticias sobre un mayor número de tapicerías, haciendo especial hincapié en el necesario estudio de la producción española del siglo XVIII ^^. Los trabajos de investigación sobre la Colección Real de Tapices se han sucedido a lo largo del siglo XX, permitiendo la publicación, en 1986, de dos catálogos sobre la colección flamenca de los siglos XVI y XVII, y el inicio de un amplio proyecto de catalogación de la tapicería de producción española. La reciente edición del catálogo de los tapices tejidos en la Real Fábrica de Madrid, bajo el reinado de Felipe V, forma parte de este proyecto ^^. La pervivencia de los paños de devoción adquiridos por Isabel la Católica y Juana de Castilla, las sucesivas herencias de las colecciones de Margarita de Austria y María de Hungría, las adquisiciones de los Monarcas de las Casas de Habsburgo y Borbón, así como el cuidado ejercido por el Oficio de Tapicería de Palacio y por los maestros de la Real Fábrica de Tapices de Madrid, permiten considerar la Colección de Tapices de la Corona de España como un tesoro textil único en el mundo. Sus paños y colgaduras reflejan, no sólo la historia de las mejores manufacturas flamencas, sino también, la evolución del estilo de los cartones para tapices, desde las creaciones de los primitivos flamencos hasta las novedosas composiciones barrocas del círculo de Rubens y las invenciones de Goya para la Real Fábrica de Tapices, donde el artista mostró el talento e ingenio que le hicieron sobresalir por encima de sus contemporáneos. A través de la Colección se puede seguir, no sólo, el desarrollo de programas iconográficos de exaltación de la Monarquía, reflejo de las ideas y corrientes literarias del momento, sino también, el cambio de gusto y de planteamientos decorativos introducidos, a lo largo de cinco siglos, en los cuartos de Palacios y Residencias Reales de la Monarquía Española.
Las artes textiles, y, especialmente, las artes sederas jugaron un papel fundamental en la decoración de los Reales Sitios, tanto en los grandes Palacios con sus espaciosas y solemnes estancias, como en las Casas de campo de recoletas y pequeñas habitaciones, haciendo más confortables las jornadas de sus moradores, al tiempo que las vestían de lujo y esplendor. Para la realización de estas decoraciones, artistas y artesanos de la tejeduría y el bordado, así como operarios especializados en la confección y tapizado de paredes y mobiliario, estuvieron al servicio de los diferentes Monarcas, encauzando sus trabajos a través del Oficio de Tapicería. A grandes rasgos, los distintos oficios que servían al Rey se estructuraban en tres grandes grupos. Los Oficios de Boca eran los encargados de todo lo relacionado con la alimentación del Soberano, destacando los de Ramillete, Panetería, Guardamangier, Potagier, Sausería, Cava o Frutería. Los criados dependientes de la Cámara eran los responsables de la atención de los aposentos privados del Rey y de todo lo relacionado con su servicio personal. A su fícente estaba el Sumiller de Corps al que asistían en sus cometidos los Gentiles hombres de Cámara y, en segundo grado, los Ayudas de Cámara. En esta estructura, se encuadraban el Oficio de Guardarropa, los Médicos de Cámara y los Secretarios de Cámara y Estampilla. Finalmente, en los Oficios de Casa, figuraban, entre otros, los de Cerería, Guardajoyas, Furriera y Tapicería ^. El gobierno y dirección de todo el complejo entramado que conformaba la vida palatina, incumbía al Mayordomo Mayor que era nombrado directamente por el Rey. Según las Etiquetas Reales de Palacio, mandadas redactar en el año 1649 ^, el Oficio de Tapicería contaba con un total de doce plazas que incluían un jefe, cuatro ayudas, dos sotayudas, cuatro mozos y un retupidor. El jefe del Oficio tenía a su cargo todos los «ordinarios, sitiales, almohadas, bancos de la Capilla, Tapicerías de invierno y colgaduras de verano, guadamecíes, reposteros, alfombras, camas, colchas, colchones, frazadas, pabellones, sobremesas, catres y demás cosas de esta calidad». De todas ellas debía entregar inventario, así como las cuentas pormenorizadas de todo lo que se compraba y de los gastos ordinarios. Como máximo responsable de las piezas del Oficio, no le estaba permitido prestar ninguna de ellas, teniendo siempre cuidado de que todas estuvieran a punto para ser utilizadas, limpias y bien ordenadas. Igualmente organizaba el trabajo de todos los oficiales, tanto dentro de Palacio, como en los lugares a los que el Rey acudía de jornadas. Era el encargado de «hacer recoger, cuando S. M. Camina, los reposteros que llevaren las acémilas en las partes que estuvieran algunos días de asiento, para tenerlos guardados, limpios y bien tratados, para cuando S. M. Volviera a salir». Si acudía en presencia del Rey, debía de «entrar en el Aposento con capa, sin espada ni sombrero», y de la misma manera, «llevar la almohada en las procesiones». Los dos ayudas tenían que «asistir de ordinario en el aposento de S.M. para lo que allí se ofreciere de su servicio, poner, quitar y limpiar las colgaduras y cortinas de la Cama que sirviere y la de respeto, sobremesas, reposteros y alfombras que estuvieren en la Cámara». Normativas similares a estas o más simplificadas, también habían venido rigiendo en las casas de las grandes familias. En la Real Bi-El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid blioteca, se conserva un curioso manuscrito con las normas para la casa del Obispo de Patti, y Presidente de Castilla, Antonio Mauriño de Pacos, redactadas por su mayordomo ^. En la obra, tras identificar el orden del mundo con el arte de gobernar y regir las naciones, se describe cómo debe organizarse el gobierno de una casa comparándolo con el orden de la creación y estableciendo las reglas básicas de cada oficio. Entre ellas, alude a las obligaciones del Guardarropa que, a diferencia de lo establecido en las etiquetas de la Real Casa, se ocupaba, no solo de la vestimenta de su señor, sino también de todo lo relacionado con lo que en Palacio asumía el Jefe del Oficio de Tapicería, es decir, la ropa de la casa y todos los enseres textiles que servían como elementos de decoración. Las ordenanzas regias de 1649 fueron modificándose a lo largo del siglo XVIII, resultando fundamentales las ya mencionadas de 1761^ que constaban de cincuenta y un artículos. En ellas, tras establecerse la planta general y los sueldos de todos los Oficios, se amplía a dieciocho personas el número de empleados del Oficio de Tapicería. Esta evolución en la legislación dio como resultado la publicación de unas nuevas Instrucciones, por Real Decreto, el 17 de enero de 1823, diferenciadas y publicadas por separado para cada Oficio. Las concernientes a la Tapicería ^ contaban con un total de trece artículos, en los que las normas eran mucho más precisas, completas y ordenadas. A lo largo del siglo XVIII, los diferentes personajes que ocuparon el cargo de Jefe del Oficio de Tapicería adquirieron cierta independencia, llegándose a incumplir la normativa de una forma tan evidente que, a comienzos del XIX, hubo que tomar serias medidas encaminadas a restituir el buen gobierno del Oficio. En efecto, en una comunicación fechada el 26 de enero de 1801, destinada en última instancia al Jefe del Oficio de Tapicería, el marqués de Santa Cruz, como Mayordomo Mayor de Palacio, notificaba a Francisco Antonio Montes, Intendente Contralor General de la Real Casa, la necesidad de hacer, cumplir la Real Orden, dada quince días antes, en la que se «manifiesta haber reconocido el Rey la urgente necesidad de restablecer sin obstáculos el buen orden, la exacta cuenta y todas las formalidades prescritas en los reglamentos, aumentando las que la experiencia ha hecho precisas para que al mismo tiempo que se halle atendido el Real Servicio con la puntualidad y decoro que corresponde, no se cometa el menor exceso en los gastos y en el uso de los muebles y efectos del mencionado Oficio» ^. Esta Real Orden había sido propiciada por el flagrante incumplimiento del entonces Jefe del Oficio, Agustín de la Cana, que había sido «separado del empleo» unos días antes, el 11 de enero, y Pilar Benito García 196 sustituido por Juan Miguel Grijalva, que cumplió fielmente con su nuevo cometido. Debido a que una de las misiones principales del Oficio de Tapicería era el correcto almacenamiento de todo los enseres textiles, ya fueran nuevos o en uso, actualmente se conservan en el almacén de telas del Palacio Real de Madrid -enclavado en una de las zonas en la que antaño estaba establecido el antiguo Oficio de Tapicería-una rica colección de tejidos y bordados. La industria sedera, la Corona de España y el Oficio de Tapicería A pesar de la grave crisis que la industria sedera española había experimentado durante el siglo XVII, la llegada al trono español del primer Borbón, a finales de 1700, y las medidas adoptadas bajo su Reinado supusieron un relanzamiento que obtendría sus verdaderos resultados bastantes años después, principalmente, con el espectacular despegue de las manufacturas de Toledo y Valencia. El Monarca, con la ley de 4 de septiembre de 1705, favoreció el «aumento de nuevas fábricas y restablecimiento de las antiguas» ^, y en 1718, prohibió la introducción de los tejidos extranjeros ^. En lo referente a las técnicas de fabricación, en 1728 ^° abolió los privilegios de algunos centros de producción, quedando todos sometidos a las mismas ordenanzas, las citadas de 1684, que estuvieron vigentes hasta tiempos de Carlos III quien, por Real Cédula de 8 de marzo de 1778, otorgó «tolerancia a las fábricas de seda del reino, en la marca, cuenta y peso de sus texidos», permitiendo la imitación de tejidos extranjeros en lo que a calidad se refiere ^^, siendo un primer paso para una total liberalización de la producción. Las manufacturas sederas suministraban todo tipo de género a la Corona a través del Oficio de Tapicería, para el arreglo y adorno de las estancias reales de uso cotidiano y de representación, para jornadas ordinarias y extraordinarias, y para todo tipo de acontecimientos que tuvieran lugar en la Corte como nacimientos, bodas, visitas de otros monarcas o príncipes, recepciones, o, incluso, en las defunciones de las Personas Reales con la ceremonia de la exposición pública del cadáver ^^. El suministro de ricos tejidos para las decoraciones regias se realizaba, bien por medio de proveedores intermediarios, o bien mediante encargos directos a fabricantes, como el caso de comisiones especiales expresa-El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid mente destinadas al adorno de salones concretos. A lo largo de todo el siglo XVIII, la firma que mayor número de sederías sirvió para estos menesteres ñie, posiblemente, la regentada por la familia de comerciantes Merino. Es fácil documentar a Manuel Merino que ya suministraba sedas en tiempos de Felipe V y que fue sucedido al frente del negocio por su hijo Vicente y seguidamente por su nieto Baltasar sucesivamente. La categoría de estos proveedores fue de tal envergadura que, incluso, Vicente Merino fue requerido como tasador para intervenir en la redacción de la testamentaría de Carlos III, valorando un pequeño lote de tejidos en pieza. ^^ Aunque de mucha menor importancia, otros comerciantes de tejidos, que proveían de sedas a la Corona, eran los hermanos Salvador y Jacinto López García, mercaderes de paños y de sedas, que tenían su comercio en la Puerta de Guadalajara de Madrid •^^; Cristóbal Antonio Alapont, nombrado mercader de seda supernumerario de la Real Casa qué juró su cargo en Valencia el 27 de julio 1742 ^^; o, ya iniciado el siglo XIX, Manuel y Francisco de la Peña Rodrigo, que fueron nombrados «Proveedores de Cámara del Rey para surtido de tejidos y demás géneros para la Real Guardarropa y la Real Servidumbre», y juraron su cargo el 31 de mayo de 1801. Las principales manufacturas españolas, de las que se surtió la Corona a lo largo de los siglos XVIII y XIX, estaban enclavadas en los centros productivos de las provincias de Valencia y Toledo, mientras que fuera del territorio español, no se puede olvidar la manufactura lyonesa de Camille Pernon que proveyó gran cantidad de género durante el Reinado de Carlos IV. En Toledo hubo varias iniciativas para favorecer el comercio en la zona, y, con el fin de promocionar la producción industrial, y mejorar su distribución y venta, se creó, en 1748, la Real Compañía de Comercio y Fábricas de Toledo, encontrándose, entre sus fundadores, el sedero Vicente Díaz Benito, que se había especializado en la realización de tejidos a imitación de los franceses. La compañía comercial se unió al año siguiente a la Real Compañía de Extremadura, creada un año antes, para regular la extracción y comercio de la seda en rama de algunos pueblos, que la vendían de forma fraudulenta a Portugal ^^. Pero, sin duda, el acontecimiento más importante para la región dentro del ámbito textil, fue la creación, en 1748, fruto del reformismo ilustrado borbónico, de la Real Fábrica de Tejidos de Seda, Oro y Plata de Talavera de la Reina, erigida por expreso deseo Fernando VI, y, sin duda, una de las manufacturas de sedas de mayor renombre Pilar Benito García 198 de cuantas han existido en España ^^. Este establecimiento atravesó varias etapas más o menos afortunadas. En un primer momento, la gestión la ejerció directamente la Real Hacienda, encomendándose su dirección al francés, Juan Ruliere. En 1762, se cedió su explotación a la compañía Uztáriz, que estaría a su frente hasta 1780, fecha en la que volvió a depender de la Secretaría del Despacho de Hacienda, bajo la dirección de Dionisio Fernández Molinillo; cinco años más tarde, volvió, nuevamente, a cederse su explotación, esta vez a los Cinco Gremios Mayores de Madrid, compañía que la mantuvo durante dos etapas bien diferenciadas, en lo que a gestión económica se refiere, hasta la fecha de su cierre definitivo, en 1851. A lo largo de ese siglo de existencia, la fábrica sirvió sederías para la decoración de todos los Palacios Reales, confección de ornamentos litúrgicos de capillas y oratorios de los diferentes Sitios Reales, y realización de vestidos de Reyes, Príncipes e Infantes. Varias piezas tejidas en la manufactura talaverana se conservan en el almacén del Palacio Real de Madrid, como por ejemplo, los restos de la «colgadura color caña, con flores, figuras blancas y perfiles morados mandada fabricar... para la pieza de corte de la Reyna (María Luisa de Parma), en el sitio de San Lorenzo» ^^, o la colgadura del dormitorio de Isabel II en el Palacio Real de Madrid. Esta última que constaba de «100 varas de canalé blanco, labor dorada, todo de seda» con el que se confeccionaron, en el Oficio, una bella sobremesa en la que se bordó el escudo de la Reina y el resto de los elementos necesarios para vestir la habitación, se encargó en 1847, al mismo tiempo que un «raso carmesí con labor de terciopelo negro», que muy bien pudiera corresponder a varios fragmentos conservados, igualmente, en los almacenes del Palacio Real de Madrid, con decoración imperio de coronas y estrellas ^^. La mayoría de los restantes talleres toledanos se especializaron en el tejido de sedas para la confección de ornamentos litúrgicos de alta calidad, destacando, entre todos ellos, las manufacturas familiares de Medrano y Melero que también tejieron sedas para decoración, como la colcha nupcial que, en 1765, realizó la fábrica de Melero para Carlos IV y María Luisa de Parma ^^, o los damascos que se hicieron para satisfacer las necesidades surgidas con motivo del viaje a Barcelona, en 1802, para celebrar los dobles esponsales del Príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, y de su hermana, la Infanta María Isabel con los príncipes de Ñápeles. La jornada ocasionó unos cuantiosísimos gastos y un espléndido despliegue de medios con el fin de impresionar al vecino Napoleón ^^. En aquella ocasión, también sirvieron damascos El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid la Real Fábrica de Talayera, la Real Casa de la Caridad de Toledo, la madrileña compañía de Yruegas e Ibarra, así como las manufacturas valencianas de los Cinco Gremios Mayores y de Miguel Gay. En la región de Valencia, tenía una gran importancia la organización gremial de origen medieval regida por el «Gremio de Vellutiers». Elevado por Carlos II al rango de «Colegio del Arte Mayor de la Seda», en 1686, agrupaba a los tejedores que habían superado las pruebas o exámenes pertinentes de tejeduría, obteniendo así permiso de fabricación como maestro tejedor. A partir de la creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, fundada por Carlos III, los tejidos valencianos de calidad vieron incrementada la amplitud de modelos, pues uno de los estudios que se incluyeron fue el de flores, ornatos y otros diseños adecuados a los tejidos, supervisado por un maestro conocedor de las técnicas necesarias para adaptar los dibujos a las operaciones de los telares ^^. La segunda mitad del siglo XVIII fue el periodo de mayor esplendor y dinamismo de la sedería valenciana, dando comienzo con la implantación, en 1753, de la Fábrica de Tejidos de Seda Oro y Plata por parte de la compañía comercial de los Cinco Gremios Mayores de Madrid. Esta empresa jugó un papel relevante en la expansión de esta industria en la zona, y al estar favorecida con la protección real, sirvió de importante estímulo para los fabricantes y comerciantes de Valencia ^^. Durante los reinados de Fernando VI y Carlos III, el Intendente General del Reino de Valencia actuaba, habitualmente de intermediario entre la Corona y los fabricantes, localizando las telas que solicitaban los Monarcas, encargando los tejidos necesarios, o dando ordenes para su fabricación, por lo que es difícil saber quiénes eran los verdaderos fabricantes. Sin embargo, sí se conocen los nombres de notables fabricantes valencianos del reinado de Carlos IV, y de diversas obras de importancia tejidas en sus manufacturas, o por diversos maestros independientes que trabajaban a su servicio. Entre todos ellos hay que mencionar a Joaquín Manuel Fos, introductor en España de la técnica del moaré, que llegó a ser Inspector General de las fábricas valencianas, destacando, entre su producción, la dirección del tejido de una colgadura para la Casa del Príncipe de El Escorial. También fueron importantes las manufacturas de Claudio Bodoy, Miguel Gay o Juan Antonio Miquel ^^, que sirvieron géneros de seda de excepcional calidad para las decoraciones textiles, tan estimadas por Carlos IV y María Luisa de Parma y que aún pueden contemplarse, en todo su esplendor, en las Casas de Campo de El Escorial y El Pilar Benito García 200 Pardo, así como en la Casa del Labrador de Aranjuez, verdaderas joyas de la decoración textil ^^. En el almacén del Palacio Real de Madrid, se conserva una buena cantidad de estos tejidos valencianos que no llegaron a utilizarse, como la colgadura de seda brochada en oro, plata y colores tejida en la manufactura valenciana de Juan Antonio Miquel, que recrea motivos arquitectónicos y es, probablemente, uno de los conjuntos sederos más bellos, ricos y originales de cuantos del Reinado de Carlos IV han llegado intactos hasta nuestros días ^^. Otros, por el contrario, se usaron mucho tiempo después de ser creados pues, al estar disponibles en el Oficio, sirvieron para decorar algunas habitaciones del Palacio Real de Madrid. Tal es el caso de la sedería de arcos y cestos de flores, tejida, también, por Miquel a principios del XIX que, en época de Alfonso XIII, se empleó para vestir el Salón del Desayuno de la Reina Victoria Eugenia. Otro ejemplo de obra de gran empeño, tejida en talleres Valencianos, fue el conjunto de piezas para colgaduras y tapicería de mobiliario a juego con el dosel, bordado por Juan Carito, para el Salón de María Luisa de Parma en el Palacio Real de Madrid. Al igual que el raso liso utilizado de base para el dosel, los restantes tejidos fueron realizados en la manufactura de Carlos Iranzo. Desde la tela específica para la guarnición de la pantalla de chimenea adornada con la forma del mueble hasta las sobrepuertas pasando por las sobremesas y las colgaduras que debían cubrir los muros, fueron hechas a medida y en exclusiva, en raso color verde claro, muy vivo, espolinado en hilos de oro tirados en el taller de García Suelto y compañía. Los motivos decorativos son idénticos a los que aún pueden contemplarse en los espejos y en la pantalla de chimenea de la Saleta María Cristina del Palacio Real de Madrid y consisten en candelieri, esfinges y tondos, ampliándose con motivos de roleos y flores en las cenefas. El trabajo fue de lenta ejecución debido a la complejidad del mismo, y, aunque fue encargado en 1785, cuando Carlos IV y María Luisa eran Príncipes de Asturias, no se pasó la factura hasta nueve años después ^^, ascendiendo el coste total de los tejidos, incluido el raso para bordar el dosel, a la nada despreciable suma de 199.540 reales. Desde un primer momento se debió de prever lo difícil de la obra y se trató de organizar todo lo mejor posible. Con este fin, se dio orden al Intendente de Valencia, Pedro Lerena, para que «auxilie a D. Carlos Iranzo con los socorros de precisar a cualesquiera Maestro u Oficial del Arte de la Seda a que trabaje bajo de la dirección de su fábrica abonándoles sus jornales correspondientes y que la orden se pase a El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid D. Antonio Maria de Cisneros, Jefe de la Real Tapicería para que ese pueda remitirla a Iranzo que sin esta diligencia no se puede dar cumplimiento a lo que los príncipes han mandado» ^^. Posiblemente, tanta tardanza fuera la causante, o, al menos, influyera de forma importante para que estos tejidos no se llegasen a utilizar nunca, conservándose, actualmente, en un perfecto estado en el almacén de telas del Palacio Real de Madrid. A medida que avanzó la industrialización textil en España, la decadencia de las manufacturas de Toledo y Valencia se fue agravando paulatinamente, pasando a ser Cataluña el núcleo de producción más relevante. En este sentido, una de las fábricas que colaboró con el Oficio de Tapicería en la decoración de reales habitaciones, fue la perteneciente a la familia Malvehy. En 1880, Benito Malvehy sirvió el brocatel carmesí para el entelado de los muros y el tapizado de cuatro grandes divanes de la Saleta del Rey ^^. Pocos años después, en tiempos de la regencia de María Cristina, José Malvehy proveyó 128 metros de «tela raso azul de 136 cm. de ancho con objeto de reparar las cortinas y muebles del salón llamado de Espejos», 204 metros de glacé gris para el «forrado de muebles del cuarto de baño» de la Reina y peluche corinto, viso blanco y encajes para el tocador ^°. Curiosamente, de esta misma manufactura se conservan en la Real Biblioteca dos retratos tejidos en seda de la Reina Isabel II. Este tipo de obras se puso de moda, siendo realizados por diferentes fábricas de tejidos y escuelas de tejeduría europeas, como muestras del virtuosismo técnico que se podía llegar a alcanzar con la maquinaria Jacquard. Los dos retratos citados están basados en una fotografía de la Reina que se conserva en el Palacio Real de Aranjuez ^^, y son idénticos, puesto que una vez montado el telar con los cartones correspondientes, la labor de tejido no resultaba excesivamente difícil para un tejedor experto. Posiblemente, la presentación de estos dos retratos tuviera la intención de conseguir algunos encargos de importancia, objetivo, como se ha visto, finalmente logrado. En las escuelas de tejeduría catalanas se continuaron haciendo retratos de este tipo hasta bien avanzado el siglo XX. Otra muestra de estas peculiares obras es la que realizó la Escuela Industrial de Sabadell, en 1912, con la efigie de Alfonso XIII. Actualmente se conserva en el Palacio Real de Madrid, y está basado, igualmente, en un retrato fotográfico, obra de Kaulak, en el que el Monarca aparece vestido con uniforme de Húsares de Pavía ^^. Para los pequeños Casinos de Campo ya mencionados, al igual que para los Palacios, también se compraban tejidos a fabricas ex- Pilar Benito García tranjeras de Ñapóles y, muy especialmente, de Lyon, ciudad francesa donde desarrolló su actividad comercial la manufactura más relevante de la Europa de la época: Camille Pernon ^^. El fabricante trabajó, desde finales del Reinado de Carlos III y durante todo el Reinado de Carlos IV, para la Corona de España, colaborando, incluso, en ocasiones, con las fábricas de Valencia para la creación de las más bellas decoraciones textiles del momento. A pesar de que la manufactura lyonesa pasó, sucesivamente, por varios propietarios hasta transformarse en la actual Tassinari et Chatel, nunca dejó de tener como cliente a la Corona de España, destacando los encargos realizados bajo los Reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII, así como los retejidos de sederías antiguas efectuados, recientemente, para llevar a cabo trabajos de restauración en diferentes palacios reales españoles. Es muy interesante la provechosa relación comercial que existió entre el fabricante lyonés, Camille Pernon, su diseñador preferido, Jean-Démosthène Dugourc, y su agente comercial en Madrid, François Grognard ^^. En el almacén del Oficio de Tapicería se guardaron diversas sederías debidas a esta estrecha colaboración. Aún se conserva, sin estrenar, una bellísima cenefa neoclásica en colores celeste y blanco adornada de palmetas que simulan estar hinchadas por el viento. El mismo modelo, pero más estrecho y en marrón, verde y anaranjado, fue el utilizado en la decoración de la saleta 83 de la Casa del Labrador. En el libro de patrones del fabricante puede verse el diseño con la anotación manuscrita, «S.M. le roi d 'Espagne» ^^. Este diseño de Dugourc, tejido por Pernon, debió de resultar un éxito, ya que también se elaboró en dos tonos de rosa y amarillo, conservándose un fragmento en el Musée Historique des Tissus de Lyon ^^. Entre las piezas almacenadas, una vez retiradas de su emplazamiento original, el almacén del Oficio de Tapicería conserva, entre otras piezas del fabricante francés, un bellísimo raso color marfil espolinado de grandes palmetas dobles en verde y oro, que decoró el Palacete de la Moncloa ^^. El modelo, al igual que en el caso anterior, también se debía a la colaboración entre Dugourc y Pernon, siendo tejido en un damasco-grodetour blanco para el Salón María Luisa y el Gabinete Platino de la Casa del Labrador ^^, y en violeta, del que se conserva un pequeño fragmento en el almacén del Palacio Real de Madrid. El volumen de géneros que comerciantes y fabricantes servían a la Real Casa fue cuantioso, lo que hizo que las facturas presentadas fueran, igualmente, elevadas, existiendo, en ocasiones, serias dificultades para cobrarlas. Como ejemplo curioso, se puede mencionar como. El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid en 1733, Manuel Merino se quejaba amarga y tajantemente, en una súplica al marqués de Scotti, para que se le abonara una deuda de 239.506 reales de vellón contraída hacía cinco años: «yo no se como no se cansa v.e. de oírme, ni tampoco se como no estoy ya fatigado de explicarme, pero sin duda que la necesidad y el ahogo en que me hallo me dan nuevo animo para reclamar a v.e., diciéndole que absolutamente estoy resuelto a no buscar género alguno que se me pida para los serenísimos señores infantes» ^^. Los Bordadores de Cámara y Casa y el Oficio de Tapicería. En ocasiones, los tejidos de seda lisos o labrados se alternaban en la decoración de las estancias con relevantes obras bordadas que acrecentaban la belleza y riqueza textil de los diferentes Palacios y Palacetes. Para la realización de estas piezas, la Corona contaba con los Bordadores de Casa. De entre todos los artistas que ocuparon este cargo, a lo largo del siglo XVIII, destacan dos excepcionales y únicos en su género: Antonio Gómez de los Ríos y Juan López de Robredo, ambos, pertenecientes a dinastías de artífices cuyos miembros acapararon en esta época, casi por completo, los nombramientos tanto de Bordador de Casa, como de Bordador de Cámara ^^. En numerosas ocasiones una misma persona ostentaba los dos puestos, ya que de esta forma trabajaban, indistintamente, en el adorno con bordados de elementos de decoración y de indumentaria de las Personas Reales. La primera obra de empeño que se conoce de Antonio Gómez de los Ríos, es el conjunto de cuadros bordados con escenas del Quijote que realizó, entre 1738 y 1741, para el entonces Príncipe de Asturias, futuro Fernando VI. Pero, sin duda, su obra más relevante fue el bordado de un pontifical para la Capilla del Palacio Real de Madrid durante los Reinados de Fernando VI y Carlos III, labor únicamente comparable a las realizadas, dos siglos antes, por el Obrador de Bordados de El Escorial, gracias a la iniciativa de Felipe II. Dentro de sus trabajos para decoración es necesario reseñar el bordado de la colgadura del dormitorio de Carlos III, en Aranjuez en 1762, para la cual aprovechó una de las escenas del Quijote que había bordado muchos años antes' ^^ y que actualmente se conserva en el almacén de telas del Palacio Real de Madrid. En la segunda mitad del siglo XVIII, Juan López de Robredo fue el Bordador de Casa y Cámara más destacado y el único que firmaba Pilar Benito García 204 sus obras. Luchador nato, no cesó en su empeño hasta lograr la plaza que había dejado vacante su padre, lograr que, en lugar de cobrar por las obras realizadas, se le asignara un sueldo fijo, se le nombrara ayuda de Cámara o se le adjudicasen todas las obras de bordado de Palacio. En 1798 solicitó que se le permitiera usar uniforme de bordador similar al de pintores, escultores y diamantistas de Cámara, para el cual presentó un dibujo específico con el que aparece en el retrato que le hiciera Goya ^^. Entre sus trabajos figuran vestidos para todos los miembros de la Real Familia, cortinas, colgaduras, tapicerías de mobiliario para un gran número de estancias de los distintos Palacios y Casas Reales, y una de las camas realizadas para las jornadas de Barcelona de 1802. Entre todas sus obras, destacan el magnífico dosel bordado con el escudo real y grandes cenefas con candelieri sobre terciopelo de seda rojo, firmado y fechado en 1793, y los treinta y tres cuadros bordados de la Casa del Príncipe de El Escorial, firmados y fechados en 1797, para los que tomó como modelos cuadros flamencos de las Colecciones Reales. También se debe a su ingenio y al de sus colaboradores la colgadura de la pequeña sala de la Casa del Labrador, contigua a la Galería de Estatuas, realizada a principios del siglo XIX en estilo imperio. También se conservan obras firmadas por Robredo en el almacén de telas del Palacio Real de Madrid, como el precioso conjunto de ocho hojas de cortina que el bordador realizó en, 1793, para el Oratorio de María Luisa de Parma en el Palacio Real de Madrid' *^. El tejido que sirvió de base para los bordados de Robredo, fue un gro moaré de color crudo servido por la Real Fábrica de Talavera, el forro de tafetán entredoble se compró a Vicente Merino, y el delicado «fleco peñasquino de seda fina blanca con sus flores labradas de varios matices de seda» y las abrazaderas, fueron una preciosa labor del cordonero Bernabé Arroyo. Robredo compuso su magnífico bordado a base de variados candelieri, en alternancia con mascarones y tondos con pequeños paisajes en el interior, todo ello en tonos lilas, rosas y blancos, circunscribiéndolo, solamente, a las anchas cenefas perimetrales de las cortinas, según la moda de la época' *^. Sin embargo, en los almacenes del Oficio de Tapicería se conservan piezas bordadas de gran importancia que no fueron realizadas por bordadores de Cámara. Tal es el caso del espléndido dosel bordado por Juan Caraltó para María Luisa de Parma, ya mencionado. Al igual que ocurrió con los tejidos, en el campo de los bordados también intervino Camille Pernon. A la manufactura lyonesa se deben El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid dos colgaduras bordadas de la Casa del Príncipe de El Pardo, las de las Saleta Pompeyana y la del Gabinete de las Fábulas ^^, conservándose cortinajes de ambas estancias en el almacén del Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid. También son obra de bordadores de Lyon, los paisajes y escenas que completan las colgaduras tejidas del Salón de Billar y del Salón de María Luisa de la Casa del Labrador, de la que el fabricante presentó factura, en Madrid, el 11 de octubre de 1803 ^^. Aunque el Oficio de Tapicería resultaba en todo independiente de la Real Capilla, los almacenes de tapicería sirvieron, también, para guardar piezas de carácter litúrgico que, por sus dimensiones, no tenían cabida en las sacristías de las capillas de los diferentes Palacios. Además, para la instalación de este tipo de piezas era necesario el trabajo del personal del Oficio de Tapicería, por lo que tenerlas almacenadas en sus propias dependencias, facilitaba las labores de transporte e instalación. Tal es el caso, por ejemplo, del magnífico sitial realizado para la Capilla Real de Aranjuez en 1798, del que, hasta el momento, se han localizado dos piezas en el almacén de telas del Palacio Real de Madrid. El trabajo de «inventiva y dirección de este lucido y esencial mueble» fue encomendado a Pedro Cancio que, aunque era tan solo Mozo del Oficio de Tapicería, se le reconocía «su habilidad en el dibujo». Los tejidos utilizados para la realización del sitial fueron servidos, una vez más, por la Real Fábrica de Talavera, mientras que el encargado de ejecutar la labor de bordado fue Bernardino Pandeavenas, «Dependiente de la Guardarropa de la Reyna Ntra. Y Bordador Honorario de Cámara de SS. El ebanista José López fue quien talló la silla, los trabajos de dorado fueron hechos por Ramón Melero, Ensebio Bravo y Nicasio Burgos. Por su parte Rufino Arroyo realizó la pasamanería, y Andrés Ximenez la confección final de las piezas. El total de piezas textiles que componían el sitial eran un paño de reclinatorio, un sobrepaño, la almohada, la tapicería de la silla y la alfombra. En el almacén de Palacio se conservan la alfombra y uno de los paños, mientras que la almohada estuvo, durante el reinado de Alfonso XIII, sirviendo como adorno en la banqueta del piano de la Sala de Música de Victoria Eugenia. Las piezas estaban realizadas con tejidos de seda de diferentes colores ensamblados por medio de la técnica de repostero, completándose el adorno con el bordado a matiz en sedas de colores. Entre los miotivos decorativos destacan las imágenes de las virtudes y los adornos tipo abanico, tan de moda en época. La alfombra era la pieza más compleja de realizar y no dio Pilar Benito García 206 tiempo para que el Rey la pisara en la celebración del Corpus de 1798 sienso usada por primera vez, al año siguiente. Como se ha puesto de manifiesto, el buen hacer del personal del Oficio de Tapicería de la Casa del Rey dio como resultado que una buena parte de los trabajos de tejedores y bordadores se conservaran en perfecto estado, formando una de las colecciones textiles de mayor variedad y calidad de cuantas existen en Europa. Gracias al celo y profesionalidad de aquellos que a lo largo de dos siglos dedicaron sus esfuerzos al cuidado de estas obras, almacenadas en el Palacio Real de Madrid, podemos disfrutar, hoy, de su toda su belleza. Notas ^ Sobre la organización de la Casa Real, es obligada la consulta del estudio de GÓMEZ-CENTURIÓN, C. La herencia de Borgoña: Casa Real Española en el siglo XVIII. ^ Ibidem. ^ Biblioteca Nacional, manuscritos 4495 y 4496: Etiquetas Reales de Palacio, vol I, fols. Aunque esta obra ha sido citada por algún autor como «Oñcios de Casa Real que tiene por título Gobierno de Familia», no es en ningún caso una normativa regia sino totalmente privada, redactada para la casa de un particular. ^ Un Jefe, Cuatro ayudas, ocho mozos, dos entretenidos y tres colgadores. 507: «Planta Original de la Real Casa de 19 de febrero de 1761», transcrito en RODRÍGUEZ GIL, M.: La nueva planta de la Real Casa. Los oficios de Contralor y Grefier General. Madrid, 1989, 92- Pilar Benito García 210 con la puntualidad y decoro que corresponde, no se cometa el menor exceso en los gastos y en el uso de los muebles y efectos del mencionado oficio, mandando S.M. que se entreguen todas las existencia de él a el nuevo Jefe que nombre, bajo el más exacto inventario que se le haga saber y a los dependientes sus cargos, responsabilidad y sujeción que previenen la Planta, los Reglamentos y Reales Ordenes posteriores y mediante hallarse vm. ya nombrado Jefe de Tapicería, y haber jurado y tomado posesión de su nuevo empleo, le comunico dicha Real Resolución para su puntual cumplimiento en la parte que le toca, haciéndole además para mejor inteligencia las prevenciones siguientes: Debe hacerse cargo vm. de todas las existencias que resulten en el inventario que se está formando y deberá firmar con vm., el Grefier General de la Real Casa a quien por su indisposición o ausencia le substituya, y lo mismo los cargos de todo lo que entre en el Oficio desde el día que ha tomado vm. Posesión, de modo que no se ha de pagar cuenta de género ni mueble alguno sin que preceda esta formalidad como previene la instrucción del Contralor Grefier que se expidió al mismo tiempo que el último reglamento del año 1761. En cada año, se deberá hacer un reconocimiento y reseña general de todas las existencias con la misma intervención del Grefier, rectificándose el Inventario con los aumentos y bajas que hubiesen ocurrido, mediante las justificaciones que deben preceder, conforme se advierte en el artículo 22 del citado Reglamento y en el siguiente 23 en que se expresa ser la voluntad de S. M. Que este Oficio y el de Furriera se sirvan en la conformidad que los demás de la Rl. Casa cargo de sus Jefes, y que estos sean responsables con las formalidades necesarias. Además de lo que en los artículos 25 y 26 del mismo Reglamento se previene sobre que no tengan los Reales muebles otra aplicación ni uso que el que les corresponde, ni se de por deshecho cosa alguna sin las formalidades que allí se prescriben, debe tenerse presente que en Real Orden de T de julio de 1794, mandó S. M. que no se de Adorno, Mueble, Esterado ni Utensilio alguno de ninguna especie a los Jefes, Dependientes y Criados que vivan fuera del recinto de Palacio sin excepción de Personas; todo lo que debe observarse mientras S. M. expresamente no mande otra cosa. Se procurará que en el Oficio haya siempre los surtidos necesarios de todo lo que pueda necesitarse para las Rls. Servidumbres pero se evitarán los repuestos crecidos que la experiencia ha hecho conocer no ser conveniente, especialmente los de géneros en pieza que a toda hora se hallan en las tiendas de los Proveedores o Almacenes de esta Corte, y de todo se ha de dar justificada salida, y razón puntual a las Oficinas de qualquiera variación que se haga en los muebles para que notándose en su lugar en el Inventario, conste con claridad y se evite toda duda, y confusión en las comprobaciones y reseñas que se hagan. Para el mismo fin y la mejor conservación de los muebles y ropas conviene se arregle su colocación en el Oficio con el mejor orden, y separación de clases, según el objeto de su destino, estableciendo puntuales asientos de quanto entre y salga para las Rls. Servidumbres, de modo que conste siempre con toda claridad y justificación el paradero de los efectos del Rey. Correspondiendo privativamente a el empleo de Mayordomo Mayor, como Primer Jefe de la Real Casa, el Gobierno y dirección de ella con facultad de disponer quanto pertenezca a la Real Servidumbre según conviniere, obedeciéndose sus ordenes por todos los criados, e individuos de la Misma Rl.Casa sin excepción de persona, ni clase como expresa el Reglamento en los artículos F y 2** debe dárseme cuenta de El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid todo cuanto ocurriese en las Rls. Servidumbres, y se necesitase para ellas, teniendo también presente una Rl. Orden de 21 de septiembre de 1798, en que se manda observar el mismo Reglamento, y no hacer gasto alguno de consideración sin formar antes el presupuesto de su costo, y obtener la Real Aprobación; estando así mismo mandado que todos los gastos ordinarios y extraordinarios de los oficios se hagan con mi acuerdo y que las cuentas de estos gastos se presenten por los interesados al Contralor GraL, no admitiendo este las que no estuvieren regladas a las ordenes que se hubiesen dado y que el mismo Contralor haga también con mi acuerdo todos los ajustes y provisiones para la RL Casa, visitando los oficios y celando el cumplimiento de los dependientes como el que se evite todo gasto superfino, y observe el mejor orden. En consecuencia, siempre que ocurran gastos de alguna consideración ya sean ordinarios o extraordinarios en el Oficio de Tapicería me lo hará vm. presente para que aprobándolo o dado cuenta a S. M. según la entidad y naturaleza del asunto se proceda a la disposición conveniente conforme a las reglas preescritas. Por lo que toca a los gastos menores ordinarios del Oficio como lavados, y hechuras de ropas y otras que siempre han estado al cuidado inmediato de los Jefes, presentará vm. la cuenta de ellos en cada mes, distinguiendo los que se causen en Madrid y en los Sitios como está en práctica al Intendente Contralor General; para que hallándola conforme, se libre su importe en la Relación de Gastos mensuales de la Rl. Casa; pero convendrá que con la brevedad posible, procure vm. establecer en dichos Gastos menores ordinarios el arreglo que necesitan, dándome cuenta luego que lo hubiese efectuado y lo mismo respecto a los Mozos Colgadores extraordinarios, y de continuo trabajo que se emplean en el Oficio y reduciendo su número y jornales a lo que sea justo y preciso con proporción a lo que se practica en los otros oficios, de modo que se corten enteramente el abuso y arbitrariedad con que anteriormente se ha procedido en este particular; teniendo entendido que en el número que se fije han de quedar incluidos los tres extraordinarios que se sirven con particular aprobación por no haber producido su establecimiento el objeto que se propuso, ni ser necesario que halla más que una clase de estos Individuos, y que tanto estos como los quatro de Planta ha de asistir a cuanto se les mandare así en los Rls. Cuartos como en el Oficio subiendo y bajando los muebles, y servidumbres y prestándose sin excusa a los demás trabajos que puedan, y deben hacer, observándose por regla general en el establecimiento de tales Mozos extraordinarios lo que previene el artículo 19 del Reglamento. Es muy considerable el gasto de Carruajes que se causa en los transportes de los enseres del Oficio de Tapicería, y convendrá mucho que procure vm. con su celo y prudencia minorar este gravamen en cuanto se pueda ya evitando los abusos y disponiendo que queden en los sitios bajo de la debida custodia todos aqueltes efectos que puedan conservarse en ellos y no sea preciso transportar. En los papeles del Oficio encontrará vm. las providencias comunicadas a su antecesor sobre el Gasto de Esterado, y otros diferentes particulares, dirigidas a que en todo se observe el mejor orden, y prudente economía, y también las reglas con que se maneja la Rl. Fábrica de Tapices para el abono de las obras que ejecuta para la Real Casa, con la Certificación del Jefe de Tapicería. Todos los dependientes jurados y no jurados del Oficio de Tapicería deben estar a las ordenes de vm. y obedecerlas puntualmente y de cualquiera falta de subordinación o exceso que notare y no pudiese remediar por si. me dará vm. cuenta para la providencia 212 Pilar Benito García que sea conveniente, pues siendo vm. el Prl. Responsable de las servidumbre de su Oficio y depositario de todos los Muebles, Ropas y Efectos que existen en él, no debe tolerarse nada que exponga aquellas a la menor falta, ni los efectos del Rey a los menoscabos y perjuicios que se originan de no manejarse con el cuidado, inteligencia, y buen celo que corresponde. Para el mejor acierto, y el más completo logro de las Rs. Intenciones de S. M. manifestadas en la última Rl. Orden de 11 de este mes, podrá vm. conferir con el Intendente Contralor General sobre las dudas que puedan ofrecérsele, a fin de proceder de acuerdo y precaver, cualquier falta o atraso en las Rs. Servidumbres; y el Intendente Contralor, que en observancia de su instrucción debe concurrir al mismo fin como queda prevenido, conferirá y tratará también con vm. lo que advierta y entienda conveniente para el mejor servicio de S. M. y para el remedio de cualquiera abuso o desorden, dándome desde luego cuenta de todo aquello que exija mi noticia o providencia. Lo que participo a vs. Para su inteligencia y cumplimiento en la parte que le toca. El Marqués de Santa Cruz» al «Sr. D. Francisco Antonio Montes».
Entre las grandes colecciones históricas que alberga el Palacio Real de Madrid, quizás ninguna sea hoy tan desconocida como la de Carruajes, herencia material recibida de las Reales Caballerizas, que era una de las principales dependencias al servicio de la Corona mientras el Palacio fue la sede habitual de los Monarcas. Esta relativa oscuridad se ha debido, tanto a la magnificencia de otros conjuntos, tapices o armaduras, como a la falta de estudios serios sobre un tipo de objeto cuya naturaleza se sitúa entre su función utilitaria y su valor como obra de arte. Los escasos textos españoles sobre este tema se dividen por igual entre aproximaciones nostálgicas al pasado (Soler, 1952; Ramos, 1977), textos divulgativos muy pocos monográficos (Turmo, 1969), y la mayoría, encuadrados en el marco de estudios más amplios (Navas, s.a.; Calvert, 1907). En consecuencia apenas contamos con un único catálogo para piezas en colecciones públicas españolas (Rodrigo, 1991). Sin embargo, no siempre fue así. Desde las últimas décadas del siglo pasado, las Caballerizas se abrían al público con un cierto sentido museístico, que fue ganando carta de naturaleza con el tiempo, de modo que podemos decir que, junto con la Real Armería, las Caballerizas constituyeron el primer Museo de los Palacios Reales españoles, fermento de la actividad mantenida por el Patrimonio Nacional. En algún texto coetáneo, tanto de viajeros extranjeros (Doré y Davillier, 1984), como de artículos redactados por personal de la propia Casa Real, se le consideraba uno de los museos más populares de Madrid. Siempre se ha estimado a los espacios de servicio, dentro de los Palacios Reales, como zonas de valor muy inferior a los grandes salones donde el Monarca desarrolla su vida y representación cotidianas. Sin embargo, y a pesar del escaso interés que ha despertado su estudio, no cabe duda que, en el caso concreto de las Caballerizas, nos encontramos ante un departamento de importancia crucial para el desarrollo de la función real. En efecto, y de cara a la mayoría de sus subditos, la manifestación del poder del Rey se limitaba a la decoración externa de sus Palacios y a la proliferación de los blasones reales en las fachadas de los edificios públicos o en la moneda. La vida palatina y cortesana se desarrolla de puertas hacia dentro, allí donde la generalidad del pueblo no tiene nunca la ocasión de acceder siquiera de visita. El Salón del Trono, la Cámara de Gasparini o los Gabinetes de Porcelana, que hoy visitamos, estaban reservados a una fracción muy reducida de la sociedad. Cuando de verdad el pueblo tiene la ocasión de ver al Rey y apreciar directamente su poder, es en las contadas ocasiones en las que abandona su palacio y atraviesa las ciudades y pueblos de su reino con motivo de un viaje, una entrada triunfal o el desarrollo de alguna ceremonia política o religiosa. Pues bien, el departamento encargado de organizar, mantener y prestar el servicio necesario para que esas salidas pudieran realizarse con el esplendor necesario, eran las Caballerizas Reales. Hasta su desaparición en 1931, y en sus diferentes ubicaciones, las Caballerizas se fueron encargando de un creciente número de funciones dentro de la Casa Real, absorbiendo, aunque sin mezclar entre sí, ni anular su propia personalidad, servicios tan diferentes como la Armería, la Casa de Caballeros Pajes, la Ballestería o las Reales Yeguadas de Aranjuez y Córdoba, además de la red de establecimientos y depósitos de ganado, carruajes y alojamientos para el personal, necesarios en los diferentes Reales Sitios a los que la Corte se desplazaba, periódicamente, desde el siglo XVIII. Las Caballerizas constituyen, al menos desde la reorganización de la Casa Real de Castilla por Felipe el Hermoso, según el modelo de Borgoña, una de las grandes divisiones funcionales de la misma. El Caballerizo Mayor, a cuyo cargo se encontraban, era uno de los tres grandes cargos palatinos, junto al Mayordomo Mayor y al Sumiller de Corps. Es por ello que, a lo largo de su historia fuera un puesto De las Reales Caballerizas a la Colección de Carruajes... ocupado por miembros de la alta nobleza, aun cuando nunca llegase a ser hereditario, como prácticamente sucedió en la Francia borbónica. En el siglo XVIII, cuando Felipe V adapta la estructura de la Casa Real Española al modelo francés de Luis XIV, se refuerza esta posición palatina, y el servicio de Caballerizas se vuelve más importante, porque los Reyes comienzan a desarrollar un sistema anual de desplazamientos o «jornadas» entre las Residencias Reales que rodean la capital. Este hábito implicaba la necesidad de un enorme volumen de movimientos coordinados de la Corte, que se traslada con los Monarcas, requiriendo gran número de animales, carruajes y personal de servicio, así como equipajes y provisiones para las personas y el ganado, junto con alojamiento y pago de salarios extraordinarios. A ello se añade el problema del mantenimiento de los caminos que los enlazaban y las necesidades de todo tipo que tan gran número de población flotante causaba en cualquier pequeña población de la época.Todo ello, junto con la frecuencia de desplazamientos alcanzado a lo largo del siglo XVIII, culminó en una independencia funcional de las Caballerizas respecto de otros servicios de la Casa Real, consumiendo un elevado presupuesto propio que incluía la realización de obras por separado de la dirección de obras generales de la Casa Real. Además, del Caballerizo Mayor dependía un complejo entramado de servicios, algunos directamente vinculados al Palacio Real de Madrid, y otros periféricos. A la cabeza de esta administración estaba el Veedor General que era interventor y contable de los gastos de la Caballeriza. Después se configuraban una serie de departamentos denominados cuarteles que incluían, el de caballos de monta, denominado «Regalada», los de caballos y muías para tiro de coches, el Guadarnés general, y los Picaderos. Paralelamente se agregaban los empleados relacionados con los cortejos y actos ceremoniales cuya organización se vinculaba a las Caballerizas, Reyes de Armas, maceres, timbaleros y clarineros; la Armería Real; la Ballestería; la institución de la Casa de Caballeros Pajes; y, finalmente, las Yeguadas de Aranjuez y de Córdoba que fueron dependencias más o menos directas según las épocas del Caballerizo Mayor. El conjunto fue generando una plantilla que no dejó de crecer y modificarse durante los dos últimos siglos. En esta evolución resulta interesante ver, cómo en principio, abundan los dependientes y criados mientras que los artesanos, denominados «oficios de manos», son personal externo a la plantilla de las Caballerizas, profesionales gremiales que realizaban contratas con las Caballerizas y trabajaban fuera de éstas. Sin embargo, a lo largo del siglo XIX, estos artesanos se van integrando en las plantillas y acabarán por establecer una línea de profesionales que han llegado hasta nuestros días, integrados en el Patrimonio Nacional, y que constituyen, en mi opinión, uno de sus mayores lujos cuya pérdida debiera evitarse a toda costa. Esta organización tuvo un brusco final al proclamarse la Segunda República. No sólo por la disolución de la organización palatina en la que estaba integrada y por la pérdida de su función, sino por la propia desaparición física del inmueble en el que radicaba, y que formaba parte indisoluble del Palacio Real de Madrid, tal como Carlos III y su arquitecto Sabatini proyectaron acabarlo. Sólo las personas de mayor edad podrán recordar el enorme edificio que albergaba las Caballerizas, en cuyo solar se encuentran ahora los Jardines de Sabatini. El edificio fue cedido por el Gobierno de la República al A3m.ntamiento de Madrid, en 1932, y demolido dos años después, con el fin de rectificar y mejorar el trazado de las Calles de Bailen y de la Cuesta de San Vicente, a la vez de permitir la mejor contemplación de la fachada norte del Palacio (Fernández, 1993). Polémicas y segundas lecturas aparte, este derribo puso de manifiesto la urgencia de crear un Museo que como tal contuviese la Colección de Carruajes de gala reunidos por la Corona a lo largo de varios siglos. Los primeros proyectos ya fueron planteados durante el periodo republicano, aunque quedasen abandonados con el comienzo de la Guerra Civil. Hemos comenzado la historia por el final, y el edificio de Sabatini bien merece un comentario más detallado. Como es sabido, cuando Carlos III llega a Madrid, la fábrica del Palacio Real Nuevo está ya muy avanzada, aunque todavía no sea habitable. No es, desde luego, el Palacio que el nuevo Rey habría deseado, y por eso se plantea hacer numerosos cambios. Entre las necesidades, aún sin resolver, se encuentra la de la ubicación de las Caballerizas, hasta ahora dispersas entre los viejos edificios supervivientes del entorno del Alcázar de los Austrias y de las instalaciones del Palacio del Buen Retiro. Fernando VI, dado lo reducido de su familia, apenas se había preocupado del tema, pero por el reglamento de 18 de Marzo de 1749, había diseñado unas Caballerizas muy reducidas, suficientes para sus necesidades y las de la Reina. Carlos III inicia, rápidamente, la búsqueda del emplazamiento y tamaño idóneo para sus Caballerizas. Desde 1760 hay documentación De las Reales Caballerizas a la Colección de Carruajes. en el Archivo General de Palacio sobre la adquisición de terrenos, la edificación y reparación de diversos edificios en El Pardo, Viñuelas, Buen Retiro y los alrededores del propio Palacio para alojar caballos, personal y carruajes. El 11 de Septiembre de 1761, una nueva reglamentación de las Caballerizas aumenta, notablemente, su volumen, como reflejo de las nuevas necesidades de la familia tan numerosa del Rey, para la cual el propio Palacio resultaba pequeño. La decisión final sobre la ubicación de las Caballerizas se demoraría aún varios años, quizás porque su creación se concebía como parte de un proyecto mayor de urbanización del entorno del Palacio Real, que sólo parcialmente se vería realizado. Sea como fuese, se optó por la funcionalidad frente a la estética, por un edificio de gran capacidad y de gran sobriedad hacia el exterior. Esta solución, opuesta por ejemplo a la adoptada en Versalles, un siglo antes (Massounie 1998; Roche 1998), permitió que, en su siglo y medio de existencia, apenas sufriese una ampliación significativa, con la edificación de un pabellón para los carruajes denominado, el «Cocherón de Palacio», en tiempos de Fernando VIL Conocemos relativamente bien estos edificios, tanto por los planos del propio Sabatini depositados en el Archivo General de Palacio (Sancho, 1993), como por las descripciones coetáneas a su existencia (Eguren, 1847). Era una gran construcción irregular, articulada en torno a cinco patios internos, cuyas crujías estaban destinadas a los diferentes servicios, destacando el espacio para el ganado, tanto de monta como de tiro, con capacidad para unos quinientos animales. Asimismo había una gran nave ocupada por el Guadarnés general, espacios para distintos talleres y alojamientos en la parte superior. Además integraba dos picaderos para los ejercicios de monta de la Familia Real y los caballeros pajes. Uno de ellos constituyó, hasta su derribo, el último vestigio del Alcázar de los Austrias, que fue aprovechado en el proyecto de Sabatini (Plaza, 1975; Blasco, 1988). El Cocherón antes citado se añadió, entre ambos picaderos, para cubrir la carencia de espacio y albergar los numerosos carruajes de la Casa Real, que habían dispuesto de espacio en el Palacio del Buen Retiro hasta su destrucción, pero para los que las instalaciones previstas, originalmente, por Sabatini resultaban ya pequeñas. Con el tiempo, a la población equina se fue sumando una colonia humana cada vez más numerosa, que alcanzaría los quinientos moradores según algunas fuentes (Turmo, 1969). Personal en su mayor parte de las propias Caballerizas, pero también de otras dependencias de la Real Casa. Sin duda, el desalojo y diaspora de estas familias. como el de los habitantes de las plantas superiores del propio Palacio, constituye uno de los aspectos más desconocidos de los cambios que trajo consigo la instauración de la Segunda República en relación con los bienes de la Corona. Por lo que respecta a las Caballerizas, supuso su total desarticulación y, sumado a los efectos de la posterior Guerra Civil, la pérdida total de personal cualificado para mantener en buen estado el conjunto de vehículos y guarniciones heredados del periodo anterior. Una colección con historia propia A diferencia de lo que suele suceder con las colecciones de nuestros Museos, compuestas por sucesivas aportaciones que las han ido enriqueciendo, las del Patrimonio Nacional pueden leerse mejor al contrario: desde la perspectiva de las sucesivas crisis que, a lo largo de la Historia, han ido mermando, paulatinamente, su volumen. En la mayor parte de los casos esta merma ha servido para desarrollar nuevas instituciones museísticas, desde el Museo del Prado hasta el Museo Arqueológico Nacional o el Museo de América. Sin embargo, en lo referente a los carruajes puede hablarse de pérdida sin paliativos, de tal forma que la Colección actual es el resultado de la supervivencia parcial de un conjunto muy superior. Vamos a plantear esta visión desde el punto de vista de los momentos críticos en la existencia de las Reales Caballerizas, sin intentar hacer de ello un lamento por las piezas desaparecidas, sino como herramienta para explicar la forma en la que un conjunto, aún hoy excepcional, ha devenido en colección de museo una vez perdida su función original. De esta forma habrá que referir cuatro momentos cruciales en la existencia de las Caballerizas que explican su situación y sus efectivos actuales: el incendio del antiguo Alcázar de los Austrias en 1734; el convulso periodo de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y sus consecuencias; la etapa entre el destronamiento de Isabel II y la Restauración de Alfonso XII (1868-1875); y, naturalmente, la caída de la Monarquía en 1931 y la desaparición física de las Caballerizas. Antes que nada, debemos referirnos a las Caballerizas anteriores al advenimiento de los Borbones en 1700. Las noticias que conservamos son parciales y muy dispersas, en buena medida, porque los desplazamientos largos eran difícilmente realizables en carruajes, dada la naturaleza de los caminos de la época. Se aprovechaba, siempre que era posible, la navegación fluvial o costera antes que el azaroso viaje De las Reales Caballerizas a la Colección de Carruajes.. terrestre (Uriol, 1990). Y no sólo los caminos eran malos, sino que a menudo faltaban infraestructuras para garantizar el paso de ríos y otros accidentes geográficos: por ejemplo, Felipe IV en su viaje a Andalucía, al poco de acceder al trono, estuvo a punto de ser llevado por la corriente del Guadiel en su carruaje (Herrera, 1624). A pesar de todo una carroza de este periodo ha sobrevivido casi intacta hasta nuestros días, como joya del Museu Nacional dos Coches de Lisboa. Se trata del carruaje, de segura fabricación española, en el que Felipe III de España (II de Portugal) visitó, en 1619, su otro reino peninsular. Lujosamente decorado, como corresponde a un vehículo real, este coche es un magnífico ejemplo de los vehículos de madera y cuero que predominaron en España hasta finales del siglo XVII, y uno de los escasísimos ejemplares, anteriores al siglo XVIII, que han llegado hasta nosotros. Uno de los mayores lujos de la Colección del Patrimonio Nacional, es, precisamente, el de disponer de dos piezas del siglo XVI que pueden considerarse únicas en su género, aunque ninguna de ellas sean, estrictamente, carruajes. La primera es la litera del Emperador Carlos V que se custodió, durante siglos, en la Real Armería, y que corresponde a un tipo de vehículo que dominó los difíciles caminos de Europa hasta bien entrado el siglo XVII. La segunda es la silla de manos expresamente construida para Felipe II durante sus últimos años, para desplazarle con el mínimo de incomodidad, y que es el precedente directo de las piezas homologas con profusa decoración del Barroco y Rococó. Con Felipe V llegaron a España, con mucha más fuerza que hasta entonces, las influencias francesas en todos los ámbitos. El desarrollo en el uso del carruaje, como medio de transporte cortesano, data, indudablemente, de este reinado, y caben pocas dudas de que a él debemos atribuir la incorporación de la Carroza Negra, el carruaje más antiguo que conservamos correspondiente al estilo de los vehículos de gala de la corte de Luis XIV, en la segunda mitad del siglo XVII. Pese a su cronología, esta pieza no se cita nunca en los inventarios correspondientes a la época de Carlos II, y, dado su diseño típicamente francés, hay que pensar que llegase a Madrid como parte de los bienes del primer Borbón. Aún hoy impresiona la talla que cubre completamente la caja, realzada por el color negro brillante que sugirió su atribución, en los antiguos inventarios, como el «Coche de Juana La Loca», con el que ya fue conocida en publicaciones desde el siglo XIX, como en La España Artística y Monumental, de Pérez Villaamil y Escosura. En la Navidad de 1734 se produce el famoso incendio que acabaría con el Alcázar dando lugar a la construcción del Palacio Real actual. El hecho de que sólo se haya conservado la Carroza Negra, entre los vehículos anteriores a esta fecha, ha dado alas a la extendida idea de que la mayor parte de las Caballerizas sucumbiría en dicho incendio (Turnio, 1969: 34). Sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues los edificios y servicios periféricos del Alcázar apenas se vieron afectados por el fuego. Hay que tener en cuenta el hecho, ya mencionado, de que muchos de los carruajes de la Casa Real se albergaron, durante todo el siglo XVIII, en el Buen Retiro y en otras localizaciones alquiladas, según las necesidades de cada momento, a falta de un establecimiento centralizado, cuyo papel no podían cumplir las Caballerizas de Felipe II, por sus pequeñas dimensiones, a pesar de los añadidos. Carruajes de este momento siguen siendo citados por los registros de la época de Carlos III, lo cual, indirectamente, nos informa sobre su supervivencia. Así pues, nos encontramos ante un pequeño espejismo historiográfico que conviene olvidar en el futuro. El resto del siglo XVIII conocerá una extraordinaria evolución en el uso del carruaje, dentro y fuera de la Corte, tanto en su uso ceremonial como en el diario, desplazando, finalmente, a las literas que habían conocido su mayor desarrollo en la centuria anterior (Madrazo, 1984; Soler, 1952). A la vez tendrán su apogeo otros vehículos para desplazamientos cortos, como las sillas de manos que, del uso para transporte de enfermos, pasarán a cubrir las necesidades de movimientos urbanos, y se convertirán en objetos de lujo insustituibles en las Cortes europeas a partir del Rococó. Es la época de las grandes carrozas cubiertas con profusas molduras talladas y doradas, ornadas con tableros pintados a menudo con temas mitológicos o alegóricos, y vestidas, interiormente, con ricos terciopelos, que aparecen en las numerosas pinturas y descripciones de la época. Los inventarios del reinado de Carlos III reflejan la existencia simultánea de hasta dos centenares de carruajes y sillas de manos en las Caballerizas de Palacio. Sin embargo, prácticamente, nada queda de esta gran época en la actual Colección del Patrimonio Nacional, con la excepción de dos sillas de manos de extraordinaria calidad, siendo casi segura la atribución de los paneles de una de ellas, a la mano de Cerrado Giaquinto (Jiménez, 1977) Esta carencia, que justificaremos a continuación, ya era sentida a comienzos del siglo XX, cuando las exposiciones internacionales comenzaban a exhibir muestras de un arte que el automóvil amenazaba con desplazar al olvido (Belloni, 1901), y, sobre todo, a partir de la De las Reales Caballerizas a la Colección de Carruajes... creación del Museu dos Coches Reais de Lisboa en 1905 (Bessone, 1993). Quizás por ello el Marqués de Viana, Caballerizo Mayor de Alfonso XIII, se ocupó de conseguir para la Colección Real española un vehículo de esta época con el que cubrir este notable vacío. Fue ésta una berlina procedente de la Casa de los Marqueses de Alcántara, en Écija, adquirida en 1913, que ha pasado a ser conocida como la Berlina Dorada: es un carruaje típico del segundo tercio del siglo XVIII. Hay que señalar lo difícil del empeño, incluso, en aquella época, pues hoy sólo podemos citar, en España, otros dos vehículos de cronología y calidad semejantes, uno en Navarra perteneciente a los Marqueses de San Adrián, y otro en Valencia que fue de la casa de los Marqueses de Dos Aguas (Rodrigo, 1991). Nuevamente tendremos que mirar hacia Lisboa para encontrar carruajes salidos de las Caballerizas Reales Españolas y conservados en la actualidad, como algunos de los que llevaron las Infantas casadas con príncipes portugueses a lo largo de la centuria: María Ana Victoria, en 1729 (Lozano, 1991) y Carlota Joaquina, en 1785 (Herrera, 1786; Botto, 1909). La segunda mitad del siglo XVIII es, sin duda, el gran momento del carruaje, tanto en su evolución técnica copio en su calidad artística. Se suceden las innovaciones, en cuanto a la suspensión, con la incorporación de los resortes de muelles, las ruedas que añaden las llantas de una pieza fijadas en caliente, y la disminución de volumen en los juegos, que permite una mayor elegancia formal, a la vez que facilitan el giro de las ruedas delanteras. En consecuencia se multiplica el número de carruajes y la ostentación de los privilegiados a través de su riqueza decorativa y en los tiros de caballos. En este ambiente se suceden las pragmáticas reales destinadas a prohibir estos excesos y a separar a la Casa Real del resto de la sociedad. La Pragmática-Sanción de 9 de Noviembre de 1785, reservaba a los miembros de la Familia Real los tiros de más de dos caballos o muías, así como la importación de animales de tiro, imponiendo severas penas a quien no lo observase. Hay que decir, sin embargo, que estas normas no se seguían en la práctica y que la propia reiteración de regulaciones casi idénticas es una clara muestra de su ineficacia. Otra muestra del desarrollo alcanzado por los carruajes, en este periodo, la proporciona el crecimiento en la Corte de los gremios más vinculados a la fabricación de vehículos y atalajes para caballos, es decir, los de maestros de coches y de guarnicioneros (Capella, 1963). Los primeros mantuvieron una larga polémica con el Gobierno sobre la instalación, en la Corte, de maestros extranjeros, autorizada por Real Cédula de 30 de Abril de 1772 (López, 1986), en la que se añadía, al corporativismo innato a la organización gremial tradicional, un sentimiento generalizado de infi: avaloración respecto a las importaciones procedentes del extranjero, y en particular, de Londres y París. Este es el panorama que se deduce de dos pequeños textos de este momento (Anónimo, 1786a y 1786 b) que describen y glorifican a los artífices de un lujoso coche realizado para M^ Luisa de Parma, entonces aún Princesa de Asturias, cuyo acabado y estilo en nada desmerecerían de los procedentes de los mejores talleres europeos. Será, precisamente, bajo el reinado de Carlos IV cuando los carruajes alcancen el extremo del lujo y refinamiento posibles. Aunque los encargos a los talleres madrileños son abundantes, la Corte sigue mirando a París para la realización de las berlinas de gala con las que el Rey se muestra en público en ocasiones ceremoniales. Este es un periodo de gran creatividad en la Francia revolucionaria, de la que los monarcas españoles atraen a personajes de la talla de Jean-Démosthène Dugourc, que se habría encargado de dirigir la decoración de algún coche, en París, según cita en su propia autobiografía antes de viajar a España, en 1800 (Junquera, 1979: 28). Sin duda a este periodo corresponde el conjunto de vehículos más espectacular que conservan las Colecciones del Patrimonio Nacional: cinco berlinas de gala datables entre 1790 y 1810, que muestran un compendio de elementos decorativos típicos de los estilos Directorio, Consulado e Imperio, entre los que destacan las cajas cubiertas de placas de verre eglomisé, tan de moda en el mobiliario de los años finales del siglo XVIII. A la vez que se encargan en París estos vehículos, la Reina confía a artesanos afincados en Madrid la construcción de tres sillas de manos, destinadas a su uso personal en los distintos Sitios Reales. Destaca la que está completamente cubierta de taracea de maderas finas, cuya calidad en nada desmerece al más delicado de los muebles del periodo, y como tal debió apreciarla la propia Reina, puesto que pagó por ella, en 1795, la exorbitante cantidad de 190.000 reales. Son años de un cambio de gustos que se refleja en la decoración de los propios Palacios de la Monarquía. Tal vez por ello, se hacen muchos encargos nuevos, a la vez que se arrinconan los grandes coches de gala tallados y dorados del reinado anterior, algunos de los cuales son dados de baja en las Caballerizas a partir de los primeros años del siglo XIX. A esta variación en el gusto se unirá otra circunstancia que acabará por hacer desaparecer el importante volumen de carruajes dieciochescos de las Caballerizas: es el estallido de la Guerra de la De las Reales Caballerizas a la Colección de Carruajes... Independencia, con la abdicación de la dinastía reinante y la entronización de José Bonaparte. En 1808, al inicio del conflicto, las Caballerizas Reales aún conservan la mayor parte de los coches de gala citados en los inventarios de Carlos III. Sin embargo, cuando Fernando VII ocupa, nuevamente, el trono a partir de 1814, la práctica totalidad de los mismos ha desaparecido. No es ajena a esta situación la partida de, al menos, veintiséis coches en las diferentes comitivas de Personas Reales que marcharon a Bayona en 1808 (Tarmo, 1969: 18), de los cuales prácticamente ninguno habría de regresar. Algunos desparecerían en los diferentes traslados forzosos a los que se vio obligada la Corte de José I, según los avatares de la guerra, hasta su retirada final. Otros puede que se perdiesen en el incendio del Buen Retiro, aunque carecemos de documentación fiable sobre este extremo. En resumen, aquí está la explicación real de la carencia de piezas de esa época en. la Colección actual. Fernando VII tuvo que dedicar, desde el primer momento, parte de sus maltrechos recursos a recomponer sus esquilmadas Caballerizas. En un primer momento las circunstancias le obligaron a hacer economías, hasta el punto de adquirir vehículos, incluso de gala, de segunda mano. De esta forma llegó a las Colecciones Reales el denominado Coche de Tableros Dorados, adquirido a los herederos del Marqués de Branciforte en 1816, y que no fue, como pretenderían luego los inventarios posteriores, un regalo del Marqués a Carlos IV durante su mandato como Virrey en Méjico. Con el tiempo la situación mejoró notablemente, y en las postrimerías de su reinado, Fernando VII hizo numerosos encargos de coches a la moda, tanto para su uso cotidiano como para el ceremonial. Son estos últimos los que se han conservado, constituyendo un verdadero «tren» o comitiva regia, compuesta por tres carruajes. En primer lugar, un lando de gala servía como coche de apertura de desfile, y era ocupado por los gentiles-hombres del Rey o por los Reyes de Armas según las circunstancias del ceremonial. Después, otro coche de gran gala denominado, «de Caoba», estaba destinado al respeto, esto es, ir vacío delante del coche del Monarca, con su mismo tiro y servicio, por si a éste le sucedía algún percance. Y, finalmente, un coche de gran gala denominado, «de la Corona Real», era el vehículo oficial del Rey, y mantendría esta función hasta 1931 (Pineda, 1902). Es importante señalar un notable cambio de actitud, a la hora de realizar estos coches, respecto a los artífices nacionales. Ahora los coches de ceremonia van a ser encargados a maestros asentados en Madrid, y los carruajes, realizados entre 1829 y 1833, van a tener una personalidad común que va más allá de sus semejanzas decorativas. Probablemente esto sea debido a las estrechas relaciones entre los pocos talleres de la Corte que podían asumir encargos de este nivel. Los maestros carroceros, Fernando Rodríguez, Julián González y F. Duran, cuyos nombres aparecen asociados a la realización de estos coches, debieron trabajar muy cerca, unos de otros, para producir un resultado de tal homogeneidad. A pesar de los avatares políticos, el segundo tercio del siglo XIX será un período de crecimiento y de expansión en las Reales Caballerizas. Se adquieren numerosos carruajes, a la vez que se diversifican sus tipos, especialmente los descubiertos, destinados al paseo como una actividad social de la mayor importancia en todas las capitales europeas del momento. París sigue siendo el centro de referencia y allí son frecuentes los encargos, en especial, los de berlinas y carretelas de gala, aunque también se recurre a los talleres madrileños, algunos de los cuales han evolucionado hasta convertirse en auténticos centros industriales, como el Gran Taller de Recoletos (Capella, 1963: 654-55). También a esta época corresponden los grandes coches de viaje o sillas de postas, destinadas a los desplazamientos largos antes del desarrollo del ferrocarril, que se produciría, paulatinamente, a lo largo del reinado de Isabel II. La Revolución de 1868 y la caída de Isabel II, así como los acontecimientos que se sucedieron vertiginosamente en apenas seis años hasta la Restauración de Alfonso XII, apenas debieron causar alteraciones significativas en las Caballerizas ni en el conjunto de carruajes existente. Sin embargo, sus consecuencias se sintieron recién comenzado el nuevo reinado. Muchos de los carruajes existentes fueron descartados y se inició una nueva política de adquisiciones, tanto de vehículos nuevos, encargados, en su mayoría, a los principales carroceros parisinos, como Binder o Ehrler, por lo que comenzaron a recibir la denominación genérica de coches de París. Algunos fueron adquiridos, también, de segunda mano para servicios menos importantes. Los nuevos coches seguían una línea muy similar, que podríamos definir como elegante y discreta. Los juegos se uniformizaron en color encarnado y las cajas en azul oscuro y negro. El único elemento de resalte eran las armas reales pintadas en las puertas. El brillante colorido de la etapa anterior, con sus tonos guinda, limón, café y lacre, desapareció por completo. Este cambio de color puede parecer algo trivial, pero es la manifestación de un cambio de estilo que se mantendría en adelante, y que trajo consigo la eliminación de aquellos vehículos que, por su estructura o tipología, no tenían cabida en el nuevo diseño de las Caballerizas, y con ello una nueva ruptura, esta vez natural, en el proceso de gestación de la actual Colección de Carruajes. Este proceso de unificación formal se desarrolló, principalmente, entre los años 1875 y 1877, y, aún hoy, es perceptible en la Colección Real Española. Su resultado puede apreciarse claramente en la serie de cromolitografías que Sabater dedicó al cortejo nupcial de Alfonso XII y M^ Cristina de Habsburgo, que tuvo lugar en 1879, y que han sido editadas varias veces desde entonces. Los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX, sólo aportaron algunos coches de uso diario al conjunto heredado de reinados anteriores. El número total de vehículos era bastante elevado, en torno a los ciento treinta, pero su uso fue decreciendo a la par que se imponía el de los vehículos a motor. Alfonso XIII sentía pasión por los automóviles, demasiada incluso, de acuerdo con la opinión de la Corte. Posiblemente por ello, a partir de 1916, no figuran nuevas incorporaciones de coches de caballos a las Caballerizas. Mientras tanto, el número de automóviles crece sin cesar, hasta el punto de ser necesario dividir el Cocherón para habilitar una parte del mismo como garaje. Con ello llegamos al momento final de las Caballerizas Reales. Ya desde el mismo año 1931, la República se planteó el destino tanto del edificio como de su contenido. Adoptada la decisión de su desaparición, se procedió a dividir los bienes en dos categorías: por un lado quedarían los carruajes, sillas de montar, guarniciones, etc. que se considerasen de valor histórico o artístico, con el fin de constituir un nuevo Museo, posiblemente junto a las colecciones de tapices; por otro, los bienes de uso común que podrían ser vendidos en pública subasta o destinados a otros servicios. Con este criterio se propuso la venta pública de setenta y tres carruajes, fundamentalmente, los vehículos de diario tales como landos y berlinas, así como los de servicio: jardineras, char-à-bancs y omnibus. No todo el conjunto llegaría a ser vendido, posiblemente, por la escasa utilidad que los coches de gala, o algunos especiales como los infantiles, tendrían para los ciudadanos interesados. Otros objetos como la pequeña Biblioteca o los ornamentos sagrados de la Capilla de San Antonio Abad, revertirían en los servicios paralelos existentes en el Palacio Real de Madrid. Durante los escasos años de vida de la Segunda República se esbozaron varias ideas destinadas a la definitiva conversión de los carruajes en colección museística (Sancho, 1993; Fernández, 1993). De todos ellos no llegaron más que a trazarse los planes, puesto que la Guerra Civil los volvió inútiles. Habría que esperar una década, tras la guerra, para que se plantease la puesta en servicio, nuevamente, de un reducido servicio de Caballerizas, destinado, exclusivamente, a cubrir la ceremonia de acreditación de embajadores. Serían necesarios, casi treinta años, para que, en 1967, se inaugurase el Museo de Carruajes situado en la parte baja del Campo del Moro. Conforme a su nueva realidad museística, la Colección se benefició de diversas adquisiciones que incrementaron su valor y diversidad. Destaca, en primer lugar, el conjunto de vehículos oficiales de las Cortes Españolas, una serie de berlinas de gala, incluida la del Presidente del Congreso de los Diputados, y un lando que es el único carruaje de fabricación inglesa que poseemos. También se adquirieron una silla de manos del siglo XVIII y un trineo de comienzos del XIX. Además se trajeron, como depósitos, una calesa popular perteneciente al Museo Municipal de Madrid, y, posteriormente, la berlina en la que fue asesinado el General Prim, acompañada del automóvil en el que sufrió un ataque mortal el Presidente del Gobierno, Eduardo Dato. Antes de estas compras la Colección adquirió, tras la Guerra Civil, dos berlinas cupés de gala pertenecientes a sendas casas nobiliarias, procedentes del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. A ellas se ha sumado en los últimos años otro carruaje similar, donación del Marqués de Mondéjar. Actualmente, el Museo de Carruajes está cerrado, en tanto se realizan los trabajos para su nueva instalación en el Museo de las Colecciones Reales, cuyas obras se encuentran a punto de iniciarse. Allí se podrá disponer de espacio para una presentación acorde con la calidad de una Colección Real que puede, sin ningún problema, equipararse a las de cualquier casa real europea (Carnelli y Coppola, 1992; Kugler, 1977; Lierneux y Rommelaere, 1989; Saule, 1997). Hasta aquí su pasado como servicio y su presente como entidad museística. Su futuro está aún por escribir.
Una de las claves para analizar las llamadas filosofías de la diferencia es sin duda el uso que éstas realizan de la noción freudiana de pulsión de muerte asociada al de repetición. Se podría decir sin exagerar que buena parte de lo que en esos pensamientos está en juego se mide con la lectura del capítulo más filosófico de Freud. Tanto, que la posición que se tome respecto de esa agresividad primordial influirá en la construcción de un espacio político. Freud había dado el pistoletazo de salida de este enjambre de problemas cuando en El porvenir de una ilusión dictaminó la defunción de la validez religiosa como freno de los instintos asociales. La re-ligación de lo social requería otros métodos, pues el pulso de Dios hacía tiempo que había dejado de latir, quizás vencido también por esa pulsión silenciosa. El futuro de la humanidad dependía pues de una clínica distinta para superar una especie de neurosis colectiva que amenazaba con desarticular lo social una vez desaparecida la salvaguarda de la ilusión cristiana. Pero esa nueva edad de oro no sería la de una civilización libre ya de las pulsiones asociales. Su imposible erradicación apelaba a una, en palabras de Freud hacia Einstein, "dictadura de la razón". Las pulsiones nunca desaparecen, tan sólo se desvían. Ese era el axioma antes de los intentos de eugenesia actual. El super-yo no hacía otra cosa que canalizar la pulsión de muerte para volcarla sobre el yo, lo que generaba un desconsuelo y dolor enorme. Cuanto más cultura, más malestar... Ahora bien, tanto Deleuze como Derrida van a tratar de extraer la ganga de beatitud de la pulsión de muerte para ver allá un nuevo porvenir y no una mera ilusión. Si analizamos los textos en los que Derrida y Deleuze han escrito acerca de Más allá del principio de placer encontraremos que se da entre ellos una divergencia que quizás elucida dos praxis distintas. Los del deconstructor parecen asumir algo de lo que allá se hace. Por el contrario, Deleuze, aunque lo califica de "obra maestra" (Deleuze, 1967, 96), y sin menospreciar el "gran giro del freudismo" (Deleuze, 1968, 27) que allende se da 1, escribe que Freud, en lo que dice, "malogra el instinto de muerte" (Deleuze, 1968, 149) 2. Una oportunidad se había abierto para comprender a Tánatos, pero el padre del psicoanálisis, en el momento mismo de vislumbrarlo, la frustra... Tras haber descubierto el ámbito de la producción deseante, los objetos parciales y los flujos, Freud -escribían los esquizoanalistas-sepulta todo bajo el idealismo de Edipo (Deleuze y Guattari, 1972, 31). Para Deleuze, Más allá del principio de placer es una reflexión propiamente "filosófica", consistente en la pes- quisa de un trascendental que sin contradecir ni oponerse al principio de placer, sin ser su excepción, es heterogéneo e irreductible a él. Por el contrario, Derrida piensa que la marcha de Más allá no "dejará concluir" ni en la exposición científica ni en la filosófico-teórica. Las "tesis" que allá se exponen no sólo no son definitivas, sino que se da una imposibilidad esencial de pararse en cualquiera de ellas, una irresolución que recuerda en parte a la docta ignorantia del cusano, como si un nuevo infinito (actuvirtual) se colara otra vez en filosofía. Detrás de cualquier apariencia de final siempre se esconde un continuará..., un espaciamiento del capítulo y un retraso del acabóse siempre pospuesto; un tropiezo que hace posible el desvío, pero también una corrección que impide la caída. Las tesis se exponen a lo largo del texto, sí, pero a algo que las supera y parece asediarlas. Aquello que se insinúa en el escrito es lo inexponible, lo atematizable. Las tesis van caminando a trancas y barrancas a través del texto, mas, a medida que avanzan, comienzan a vacilar y a encenagarse. Hay algo que impide el cierre, la figuración de la forma y la intuición, la pose perfecta frente al espejo. Pero también, la horizontalidad de la caída. Nada más comenzar "Especular -sobre 'Freud'", escribe Derrida: "quisiera dar a leer la estructura no posicional de Más allá..., su funcionamiento a-tético en última instancia" (Derrida, 1980, 279). Derrida, más que una tesis, busca un tema, un ritmo 3. La posición erguida y recta de la figura tética es desestabilizada por esa cosa que la inclina y la hace cojear. Derrida quiere leer esta especulación freudiana, no como se había llevado a cabo anteriormente, esto es, mediante lecturas académicas y canónicas, sino resaltando esa impotencia de concluir en alguna de las "tesis" que la especulación (la reflexión como pensamiento, pero también la apuesta a fondo perdido frente a un espejo deformante) había producido a lo largo y ancho del texto 4. Las tesis, al principiar su andadura, quedan casi encalladas. Tropiezan pero no caen. Derrida apuesta, por lo tanto, sobre algo que Freud hace en Más allá del principio de placer, sobre una estructura de retorno que se repite a sí misma. Nunca juega sobre seguro, especulando y apostando en una postura poco fiable y desestabilizada. Una silenciosa a-tesis en el paso quebrado, en la marcha impedida del texto, una cojera demoníaca llamada allá compulsión de repetición, aparecía en escena sin salir no obstante de entre bastidores. Deleuze, en Diferencia y repetición -al contrario que en Presentación de Sacher-Masoch, donde como ya hemos indicado incluía la distinción monista, dualista y de diferencia de ritmo para comprender las diversas repeticiones que se jugaban en Freud-, había zanjado el asunto demasiado rápido, se había inclinado lo suficiente como para caer de bruces sobre una de las tesis más extrañas, si acaso la más llamativa. "La concepción freudiana del instinto de muerte, como retorno a la materia inanimada, permanece inseparable a la vez de un término último, del modelo de una repetición material y desnuda, del dualismo de conflicto entre la vida y la muerte" (Deleuze, 1968, 137). Según Deleuze, Freud había instituido una repetición calcada sobre un modelo representacional: siempre había en último término un origen repetido a través de diversas máscaras, o un trauma que se repetía disfrazándose pero que incluía un elemento desnudo como fin de la cadena, in puris naturalibus. ¿Qué relación había entre la repetición y los disfraces (la condensación, el desplazamiento, la dramatización)? ¿El trabajo del sueño y del síntoma recubría un elemento desnudo atenuándolo, haciéndolo más vivible y plausible?, a saber, y esta es la pregunta que formula Deleuze: ¿se repite porque se reprime?, ¿o, más bien, lo desnudo se producía a través de una repetición sin fin, como si fuese un excedente de los disfraces infinitos que nos hacen soñar con una presencia final, esto es, se reprime porque se repite? La asunción y aserción de la primera pregunta por parte de Freud lo anclaba a una lógica tradicional del sentido puro separado del significante, de la presencia metafísica, si hablamos como Derrida. Si Freud había malogrado el instinto de muerte era precisamente por frustrar una repetición originaria, un eterno retorno que produce la ilusión del último y del primer término e incluso la tesis de un "querer la nada". Aquello que Derrida ve y escucha repetirse en el texto, Deleuze lo deniega ya en Diferencia y repetición. Sin duda alguna, la pulsión de muerte freudiana inercial era afín a esa voluntad de nada del hombre reactivo que Deleuze denunció a través de su Nietzsche. Freud no habría llegado ni tan siquiera al último hombre, a Bartleby, a una nada de voluntad. Deleuze pretende llegar más allá de Jenseits, a lo que se encuentra "por encima" de lo humano, a un querer dionisiaco que es el del eterno retorno. La vida, se decía en Más allá -era La Tesis principal del texto freudiano-, se había producido en un pasado debido a JULIO DÍAZ GALÁN fuerzas inimaginables, inconcebibles, y su pulsión consistía en regresar a la materia inanimada. Aunque Freud no hable de Edipo en este escrito, se podría inferir que el deseo de filtrarse subrepticiamente entre las sábanas maternas y empujar al suelo a papá, franquear ese límite imposible, podría no ser sino una máscara y un rodeo de esa pulsión todavía más ancestral, a saber, la inmersión y disolución en el líquido amniótico, al modo del pene-pez de Ferenzci. Edipo, expresado así, no constituiría un último término, sino el comienzo o la primera repetición desplazada de un original. Ya que no puedo asumir mi propia pulsión mortal la tiño de incesto. Pero como tampoco puedo asumir mi propia pulsión incestuosa, pinto la Gioconda... Se repite porque se reprime. En otras palabras, el deseo de acostarse con la madre no es lo principal, sino más bien la primera forma que adquiere la pulsión inercial. No resolver Edipo suponía sumergirse en la indiferencia absoluta, silencio absoluto del sin-límite. Escribe Deleuze junto a Guattari: "Edipo nos dice: si no sigues las líneas de diferenciación, papá-mamáyo, y las exclusiones que las jalonan, caerás en la noche negra de lo indiferenciado" (Deleuze y Guattari, 1972, 93). Configurar o morir son las únicas consignas válidas y admitidas para el psicoanálisis freudiano, ayudante del capitalismo a la hora de colorear de incesto, de desplazar el deseo revolucionario anedípico, el "verdadero" querer... La familia, según Deleuze y Guattari, será el agente en quien la producción social represiva delegue la tarea reprimente de desplazar la producción deseante, esto es, hacerla aparecer como deseo de madre, quiero decir, de nada. Volvamos a Más allá... La oposición entre vida formalizada y muerte informal se refuerza con la pareja de Eros y Tánatos. Pero lo vital, por otra parte, no era otra cosa que una especie de inercia irreprimible hacia el reposo más absoluto. "Si como experiencia, sin excepción alguna -señala Freud-, tenemos que aceptar que todo lo viviente muere por fundamentos internos, volviendo a lo inorgánico, podremos decir: la meta de toda vida es la muerte" (Freud, 1992, 38), la borradura total de la diferencia. La característica principal de la vida consistía en una disminución de la excitación, de la tensión, que podía provenir de diferentes lugares. El segundo principio de Boltzmann que ya Claussius había comenzado a ventilar se alojaba en lo más íntimo del organismo al modo de una inclinación hacia la nada, de indeterminación y nivelación total 5. Al otro lado residía la determinación de las figuras parentales, el mundo de la cultura. El principio de placer no era sino una tendencia al servicio de una función encargada de despojar de excitaciones al aparato anímico, de volver a lo inorgánico. La primera vez que la vida eclosionó -escribía Freud-no tuvo demasiados problemas para regresar al punto de partida. Pequeñas diferencias de tensión se producían en una materia inanimada; bosquejos de células aparecían tímidamente, pero rápidamente se deshacían o estallaban cual burbujas de jabón. Apareció así la primera pulsión: la de volver a lo inanimado. Las fuerzas que impedían el retorno de la materia a su estado inicial eran aún débiles. El comienzo de la vida había sido un simple accidente de y en la muerte primigenia, en la nada primordial. Mas ese asomo de vida volvía a surgir nuevamente debido a las mismas fuerzas (que eran posiblemente, apostaba Freud, las que después habían hecho aparecer la consciencia), pero, debido a esas mismas potencias externas cada vez más acuciantes -seguía Freud especulando-la materia tenía que dar rodeos más complejos y extravagantes para poder llegar a buen puerto. "Decisivos influjos externos se alteraron de tal modo que forzaron a la substancia aún sobreviviente a desviarse más y más respecto de su camino vital originario, y a dar unos rodeos más y más complicados, antes de alcanzar la meta de la muerte" (Freud, 1992, 38). Estos rodeos conservados, quizá -escribe Freud en plena vena filogenética y rozando peligrosamente el monismo de Jung, la mismísima herejía-, retenidos por las pulsiones conservadoras, son lo que hoy nos ofrecen el cuadro de los fenómenos vitales. De esta forma, las pulsiones de conservación no serían quizás sino caminos "parciales" destinados a asegurar una determinada vía hacia la ansiada muerte y a alejar cualquier posibilidad no inmanente de muerte. Las pulsiones de conservación, de la vida, serían las mortíferas a otro ritmo distinto. Pero, rápidamente, Freud dará un frenazo ante semejante idea... "¡Esto no puede ser así!", y argumentaba: no todos los organismos están expuestos a esas fuerzas exteriores. Muchos de los organismos que hoy se conocen mantienen la misma forma que hace millones de años (no han tenido que dar rodeos que lo luego se incorporaran a su capital pulsional), y sin embargo se conservan en su estado inferior. Las pulsiones conservadoras deben proceder por lo tanto de otro ámbito diferente. Freud se saca de la manga, en este instante, las pulsiones sexuales, contrarias y en oposición a las de Aunque la sexualidad apareció tarde, seguramente, continúa Freud, ya estaba ahí desde el mismo principio en que la vida surgió. Por un lado, los instintos de muerte, por el otro los sexuales, de vida; destrucción de Tánatos y construcción erótica que mantiene unido todo lo animado. En una materia laminar se había producido una tensión, una diferencia que había de subsanarse, nivelarse. HACIA UN INCONSCIENTE DIFERENCIAL-VITAL Deleuze calificó a Freud y a Marx como el alba de nuestra cultura, de la memoria, pero Nietzsche representaba para él sin lugar a dudas el alba de la contra-cultura y de la revolución, de un olvido positivo y de una repetición en el comienzo. El papel que juega la "muerte" en la filosofía de Deleuze va remitiendo a medida que se sacude el polvo freudiano de los primeros años (a pesar de haberle dado a uno de sus textos más importantes el subtítulo de novela psicoanalítica), por lo que es preciso delimitar rigurosamente los escritos si no se quiere caer en contradicción. Si en Diferencia y repetición habla favorablemente del instinto de muerte (no entendido al modo de Freud), en El anti Edipo salva tan sólo una "experiencia de la muerte". Pero en Mil mesetas será LA VIDA la que ocupe el puesto principal, con la mayoría de los caracteres del instinto de muerte de Diferencia y repetición, pero borrada la palabra "muerte" e "instinto". Las huellas del inconsciente deleuziano no han de buscarse tanto en los escritos de Freud como en la veta leibniziana-nietzscheana. La hormigueante noción de uneasyness lockeana o las contribuciones de Fechner -explicaba Deleuze en sus clases sobre Leibniz-son también importantes a este respecto. No hablamos de un inconsciente de oposición y conflicto con la consciencia sino de un inconsciente diferencial, huérfano, inocente y productivo; de unas pulsiones (expuestas en parte en Más allá bajo el nombre de proceso primario) que no se caracterizarán por su deseo nirvánico, sino, contrariamente, por la resistencia a la parada del juego, otra noción distinta de deseo que no contempla la carencia. "Las pulsiones son tan sólo las propias máquinas deseantes" (Deleuze y Guattari, 1972, 42). Lo que quiere la pulsión ahora, a diferencia de la expuesta por Freud, no es su cese ni su ligadura y resolución, sino volver y resistir. Las pulsiones resisten tanto la figuración parental como también el impulso hacia lo inanimado. Lo que Freud había malogrado no era otra cosa que la idea de una voluntad de poder y de su expresión: el eterno retorno. Al principio de su carrera, cuando Deleuze salve aún cierta imagen de la muerte para su filosofía, hablará de una muerte doble. Por un lado, aquella que coincide con la anulación de la gran diferencia extensa, de lo diverso. Boltzmann y Freud son los grandes teóricos de esta imagen surgida de la Gran Depresión del 73'. Por otro lado, un instinto de muerte que es una liberación de las pequeñas diferencias intensas, de lo dispar. La muerte para este Deleuze "no se reduce a la negación, ni al negativo de oposición ni al negativo de limitación. No es ni la limitación de la vida mortal por la materia, ni la oposición de una vida inmortal con la materia las que dan a la muerte su modelo. La muerte es más bien la forma última de lo problemático" (Deleuze, 1968, 148), de lo irresoluble. Esta última muerte está calcada sobre lo dionisiaco, libre de cualquier resto olímpico. Deleuze nunca podrá asumir la "Tesis" de Freud, y si en sus primeros escritos intentaba salvar cierto instinto de muerte como forma vacía del tiempo, lo hará bajo la forma de esta energía del proceso primario desvinculado de cualquier deseo nirvánico. Según el Deleuze de Diferencia y repetición, no se pueden confundir los dos tipos de muerte: 1.a: "La muerte se encuentra inscrita en el je y en el moi como la anulación de la diferencia en un sistema de explicación, o como la degradación que viene a compensar los procesos de la diferenciación" (Deleuze, 1968, 333). Ésta es la muerte de lo extenso, de lo entitativo o incluso de la naturaleza naturada, si utilizamos términos ya caducos. Y 2.a: "simultáneamente la muerte adquiere una figura radicalmente distinta, esta vez en los factores individuantes que disuelven al yo [moi]: ella es entonces como un 'instinto de muerte', potencia interna que libera a los elementos individuantes de la forma del yo [je] o de la materia del yo [moi] que los aprisionan. Se equivocaría quien confundiese las dos caras de la muerte, como si el instinto de muerte se redujese a una tendencia a la entropía creciente, o a un retorno a la materia inanimada" (Deleuze, 1968, 333). La tradición siempre había embrollado los dos tipos de muerte, y Freud también, pues realiza un uso trascendente de las síntesis del inconsciente, desoyendo el "clamor del ser". Como decíamos, en El anti Edipo la terminología va a cambiar. Para ello, Deleuze y Guattari toman de Blanchot no sólo la noción de afuera, sino también la de experiencia JULIO DÍAZ GALÁN de la muerte, que no muerte empírica. De esta forma se distingue entre "el modelo de la muerte" y "la experiencia de la muerte". Dicha experiencia es "lo que no cesa y no acaba de llegar en todo devenir" (Deleuze y Guattari, 1972, 395). No se cesa y no se acaba de morir escribía Blanchot. Por el contrario, el modelo de la muerte parece pertenecer a la ley de los grandes números, a la estadística, a la aniquilación de la intensidad... Hay una gran diferencia entre decir "se desea la muerte" que gritar "la muerte desea"... Si en los textos anteriores a El anti Edipo Deleuze aún podía rescatar el término "instinto de muerte", ya no le otorga ninguna concesión. El instinto de muerte aparece a la par que el capitalismo más despiadado. La pregunta que se hacen los dos esquizoanalistas es la siguiente: ¿Cómo es posible que el capitalismo, afín a los flujos del deseo, promueva la represión más brutal? La respuesta es instinto de muerte: Al mismo tiempo que la muerte es descodificada, pierde su relación con un modelo y una experiencia y se vuelve instinto, es decir se expande en el sistema inmanente en el que cada acto de producción se halla inextricablemente mezclado con la instancia de antiproducción como capital. Allí donde los códigos están deshechos, el instinto de muerte se apropia del aparato represivo y comienza a dirigir la circulación de la libido. Ahora bien, ¿cómo distinguir entre la muerte y las líneas de fuga de Mil mesetas? ¿Cómo no ver en el cuerpo sin órganos un análogo de la muerte, pues en El anti Edipo era presentado como la instancia de antiproducción? La respuesta, si no más convincente sí más clara, se encuentra en la sexta meseta. En realidad podemos leer su título de la siguiente forma: "Cómo hacerse un cuerpo sin órganos sin devenir un zombi y sin caer en el fascismo". De las formas de fabricación del CsO, las del yonqui, del esquizo, el masoca, hay algunas más peligrosas y otras que necesariamente llevan a la catatonia. Lo importante no es sólo hacerse un CsO, sino que algo (las singularidades nómadas) lo recorra. Llevar a cabo esta experimentación ya no es posible con las cargas explosivas de El anti Edipo. Es necesaria una extrema prudencia, pues si el CsO se construye demasiado rápido, podemos caer en la noche más indiferenciada, en un ápeiron sin salida alguna donde se confunden las dos caras de la muerte. La experimentación no consiste en tener experiencias, sino en experimentar, manipular y usar las líneas de fuga para no caer en el fascismo molecular ni que las líneas desemboquen en segmentos totalitarios. Hay que deshacer el yo, el organismo, la significancia, la subjetivación, pero prudentemente, a través de una línea volcánica en pos de un inconsciente diferencial libre de lo familiar. ¿Pero qué diablos busca el masoquista? No busca el dolor, escribe Deleuze. No intenta diferir el placer para aumentar el placer final. El masoca construye un CsO y después lo puebla con ondas doloríferas. Nada de pulsión de muerte, ni deseo alguno de paz final. Lo que pretende el masoca es separar el deseo del placer; el deseo, de la carencia. Y para ello rellena su CsO, su plano de inmanencia, de dolor intenso. Ejercicio peligroso, pues "el masoquista, el drogata rozan esos perpetuos peligros que vacían el CsO en lugar de llenarlo" (Deleuze y Guattari, 1980, 189). El CsO es el campo de inmanencia virtual poblado por demonios de Maxwell impidiendo una nivelación estadística. Podrá estar indeterminado, pero no indiferenciado, pues esto supondría la muerte y la parada del juego dionisiaco. La línea del afuera deleuziana es precisamente lo que resiste a toda apropiación, tanto por arriba como por abajo, la de los estratos, a saber, la de las bellas formas parentales, pero también la de la indiferencia, la de la pulsión de muerte nirvánica: por un lado, una limitación asfixiante parental-estatal; por el otro, una deslimitación mortal. El plano de consistencia es un campo político de deseo puro, sin carencia ni búsqueda de placer, mucho menos de muerte. "Se inventan autodestrucciones que no se confunden con la pulsión de muerte. Deshacer el organismo nunca ha significado matarse, sino abrir el cuerpo a conexiones que suponen todo un dispositivo [agencement], circuitos, conjunciones, escalonamientos y umbrales, pasajes y distribuciones de intensidad, territorios y desterritorializaciones medidas a la manera de un agrimensor" (Deleuze y Guattari, 1980, 198). Al CsO se llega deshaciendo el organismo, la subjetivación y la significancia, "la prudencia es el arte común de las tres [experimentaciones]" (Deleuze y Guattari, 1980, 198). Pero hay algo peor que la estratificación, que permanecer estratificado: si se intenta liberar el CsO mediante un acto demasiado violento puede ocurrir la catástrofe, el hundimiento suicida o demente, la caída en un agujero negro. Pero esta pulsión de muerte no era la única que había que tener en cuenta. En el nivel de los estratos también se producía un tejido canceroso, una metástasis propia de los estados devenidos fascistas, por Por un lado, el peligro del retorno a lo indiferenciado, al líquido amniótico materno expresado por Freud. Un CsO vacío, demenciado. Por el otro, el CsO canceroso del fascista, y multiplicación de estrato. La creación política y revolucionaria sólo sería posible arrostrando dichos peligros, teniéndolos en cuenta, actuando parsimoniosamente, con cautela; la lima y no el martillo. El caso de Derrida es distinto al de Deleuze. El espacio político del primero no va a ser el del deseo puro. Desde Fuerza y significación engloba su "proyecto" deconstructivo entre lo dionisiaco y lo apolíneo, más cercano si acaso a un primer Nietzsche (Derrida, 1967, 47). Deleuze trata de buscar la consistencia en la pura inmanencia de lo intenso, mientras que Derrida hablará de lo transinmanente. Aunque los dos filósofos son pensadores del acontecimiento, Deleuze se situará en el plano de lo virtual-maquínico improbable, y Derrida hablará del acontecimiento imposible entre una repetición originaria y otra mecánica. Por otra parte, la deconstrucción siempre habrá sido de la familia, pero en la familia. Derrida no pretende salir fuera de ésta sino descubrir la autoinmunidad que la asedia desde siempre. Se podría decir a grandes rasgos que Derrida trata incluso de deconstruir la oposición entre inconsciente y consciente. La différance es todo eso. Decíamos que a Derrida no le interesaba tanto lo que en Más allá se decía (sin olvidar que se encuentra bastante atraído por la tesis que hace de la vida un Umweg, una différance entre la vida y la muerte) sino lo que se hacía, o aquello que ocurría en la marcha diabólica del texto, su cojera repetitiva. Si el fort/da nunca ha ocupado un motivo central en la filosofía de Deleuze, salvo en la breve referencia del ritornello en Mil mesetas, en Derrida se ha repetido invariablemente a lo largo de sus escritos como uno de los motivos más obsesivos, casi compulsivamente. Podríamos incluso especular y decir que su filosofía es una especie de fort/da, una especie de estribillo, de donde las ambigüedades que a veces se le achacan a Derrida. Si Deleuze veía en Más allá una clara contraposición entre vida y muerte, Derrida lee, more deconstructivo, la vie la mort. "Esto, Freud no lo dice, no lo dice presentemente aquí, ni incluso en otra parte bajo esta forma. Ello [Ça] (se) da a pensar sin ser jamás dado ni pensado. Si Deleuze descubría un claro dualismo expresado en dicho texto 6, Derrida, quizá más atento al ruido de la marcha del texto, al silencio rítmico, puede si no inferir, al menos oír cómo el dualismo se deconstruye, como el juego nunca cesa de repetirse. Si en este texto no hay tesis definitiva es porque la vida nunca consigue la parada de muerte que es la tesis (determinación) ni la parada de muerte de la indiferenciación. Sólo hay un trauma o un juego que se repite para poder dominarlo, un fort que ningún da puede colmar ni cerrar en un fin de partida. Freud mismo está jugando a ello en la estructura del texto, señala Derrida. Derrida recuerda que Freud repite un gesto a lo largo del escrito: alejar aquello, hacer desaparecer (fort) eso que parece poner en cuestión el principio de placer. Y después atraerlo de nuevo (da) para despedirlo posteriormente. El abuelo que es Freud también se enfrenta al espejo deformante del niño... Los ejemplos del trauma y de la neurosis son aquí muy importantes. Al soñar -dice Freud-, se recrean escenas traumáticas que contradicen la interpretación general de los sueños, aquella que consiste en verlos como una realización de deseos que en la vida normal no han podido llevarse a cabo, una expresión del principio de placer que realiza los deseos del día no conseguidos y anula las tensiones no satisfechas durante la vigilia. ¿Por qué soñar con esas situaciones desagradables y volver a recrear el trauma una y otra vez, se pregunta Freud? ¿Qué función del aparato anímico revela tal actitud? Aquí, éste distingue, adelantándose al Nietzsche de Heidegger, entre miedo, angustia y terror. El primero es producido por un objeto determinado y conocido; la segunda, ante lo indeterminado. Los traumas serían provocados por fuerzas exteriores, excitaciones, a saber, lo desmesurado que ha logrado romper, invadir el dique de protección que el organismo le contrapone, y provocar el trauma. La angustia funciona como el último batallón desplegado ante ese afuera que se filtra a través de la frontera exterior. Un organismo aterrado es aquél que ni tan siquiera ha podido angustiarse ante la invasión exterior y tan sólo ha podido lanzar un grito de desesperación ante la irrupción, la catástrofe acaecida. Pero además de esta energía externa que puede invadirnos, escribe Freud, nos las tenemos que ver con pulsiones internas, esa carga libremente móvil que, de no ligarse, también puede producir cuadros traumáticos. "El fracaso de esta ligazón provocaría una perturbación análoga JULIO DÍAZ GALÁN a las neurosis traumáticas. Sólo tras una ligazón lograda podría establecerse el imperio irrestrictivo del principio de placer (y de su modificación, el principio de realidad" (Freud, 1992, 35). Si el sueño recrea repetidamente este tipo de situaciones terroríficas, escribe Freud, es para poder dominarlas incorporando la angustia que en el momento del trauma faltó. Estas excitaciones, ya provengan del exterior o del interior, bajo la forma de procesos psíquicos primarios, han de ligarse, y rápido; sólo después puede intervenir el PP. El juego repetido del niño con la bobina no tiene otro sentido, dice Freud: el alejamiento repetido del juguete reproduce el abandono de la madre, la situación traumática que aún no ha podido superarse y dominarse, como quien sueña y reproduce una situación dolorosa. Incluso, el niño puede arrojarse a sí mismo, desapareciendo del espejo, saliendo fuera y volviendo. Hay una zona media, escribe Derrida, que aunque no está en oposición al PP es independiente de él. Un duty free (había escrito Derrida al comienzo de "Especular...") entre los dos polos ideales (e ideal quiere decir mortífero), el del pp -desligazón total en la que Deleuze quiere morar y consolidar su caosmos revolucionario-y el del PP -ligazón extrema-. No está ni ceñida ni desceñida, como un lazo desatado. Una zona a dos ritmos y a dos repeticiones, una doble banda de repetición gomalazo, que separa y une, que dice fort y que dice también da. Un pie que falla y otro que corrige, eso es la cojera, una repetición en différance, la vida-la-muerte. Indiferente al placer y al displacer. La ligazón del pp prepara el terreno para el PP, tendencia de una función inercial; pero en el texto de Freud ocurre algo no esperado: una "irresolución". La Bindung no cesa de entrelazar, de atar, más hay algo que impide el orgasmo final, el cese de tensión, y que promueve un continuará, una diferición de la parada final inorgánica. "La irresolución pertenece a esta lógica imposible. Es la estrictura especulativa entre la solución (no ligazón, desencadenamiento, aflojamiento absoluto: la absolución misma) y la no-solución (estrechamiento absoluto, vendaje paralizante)" (Derrida, 1980, 428). Como cuando un libro ya está terminado y de repente aparece un "se ruega insertar" que lo despoja de sus pretensiones de finitud. Ya en su célebre conferencia, Derrida se explicaba: ¿Cómo pensar a la vez la différance como rodeo económico que, en el elemento de lo mismo, pretende siempre reencon-trar el placer en el lugar en que la presencia es diferida por cálculo (consciente o inconscientemente) y de otra parte la différance como relación con la presencia imposible, como gasto sin reserva, como pérdida irreparable de la presencia, desgaste irreversible de la energía, como pulsión de muerte y relación con lo completamente otro interrumpiendo aparentemente toda economía? Es evidente -es la evidencia misma-, que no se puede pensar juntos lo económico y lo no-económico, lo mismo y lo completamente otro, etc. (Derrida, 1972, 9). Volviendo a Más allá, podemos decir que parece como si el trauma lo hubiese padecido el propio Freud, aterrado por una especie de Gorgona. Éste trae para sí una hipótesis, un más allá que lo ha aterrado, y después, seguidamente, lo despide. Y repite incansablemente la operación, como un adulto que se comportara infantilmente. Repite la repetición, que es el sujeto del juego, escribe Derrida. Una repetición que ya no es la de un original, derivada y segunda, sino que "es 'originaria', e induce -señala éste-por propagación ilimitada de sí una deconstrucción general: no solamente de toda la ontología clásica de la repetición [...] sino de toda la construcción psíquica, de todo lo que sostiene a las pulsiones y a sus representantes, y asegura la integridad de la organización o del corpus (psíquico o de otra especie) bajo el dominio del PP" (Derrida, 1980, 428). Ya no es la repetición derivada, incluso la de ese estado anterior que coincidía con la indiferencia mortal, sino otra repetición, parecida a la repetición-goma (pero también a la repetición-lazo) que Deleuze había vislumbrado en el texto de Freud. Éste es el neurótico que sufre ahora la compulsión de repetición. Como el niño, juega con su bobina, acerca la situación que lo aterró, la irrupción de lo real en lo cotidiano, diría Rosset, y vuelve a despedirla. Trae para sí (da) aquello que impide todo rassemblement, toda figuración, todo da; acerca el fort que no puede ligarse. Lo que vuelve es lo que no tiene solución ni ligazón posible, "una transferencia no liquidada, como una deuda no liquidada" (Derrida, 1980, 375). Si Freud ha quedado espantado no es por la plácida tesis de que la vida está impulsada hacia el nirvana, sino porque ha descubierto algo que no se dice en el texto, que trabaja en él sin que sea percibido, todavía más horrendo, una repetición sin origen: excitaciones líquidas que no pueden ligarse ni disolverse, singularidades libres y anárquicas, escribirá Deleuze, que no se dejan atrapar ni sellar por Edipo. El problema radica pues en cómo oír esa pulsión, ese ritmo. O bien como un interior cargado, a punto de explotar, que busca un exutorio para relajar tensiones, y si es posible lograr el apaciguamiento absoluto. O bien escuchar el incesante murmullo de una fuerza inagotable, de una minusvalía insuprimible, de un tiempo que sigue corriendo cuando todos los relojes se han parado 7. La pulsión de muerte es un Mal de archivo, escribe Derrida, un diabólico impulso de destrucción que habita todo archivo, una pulsión anárquica silenciosa que sólo es perceptible cuando se tiñe de algún tinte erótico. Pero el archivo es indisociable de la repetición, y ésta, como había sugerido Freud en Más allá, es expresión de la pulsión de muerte. "El archivo -afirma Derrida-tiene lugar en el lugar del desfallecimiento originario y estructural de dicha memoria. No hay archivo sin un lugar de consignación, sin una técnica de repetición y sin una cierta exterioridad. La misma ley de destrucción del archivo es también la de su posibilidad: "el archivo se hace posible por la pulsión de muerte, de agresión y de destrucción, es decir, tanto por la finitud como por la expropiación originarias [...] la destrucción anarchivante pertenece al proceso de la archivación y produce aquello mismo que reduce" (Derrida, 1995, 146). Si hay afuera del archivo es porque el texto que "no tiene afuera" es el afuera del archivo, el afuera que recorre todo archivo. El texto es el afuera, la pulsión de muerte que da lugar al archivo y que también lo asedia desde siempre, su condición de imposibilidad: La repetición misma, la lógica de la repetición, e incluso la compulsión a la repetición, sigue siendo, según Freud, indisociable de la pulsión de muerte. Por lo tanto, de la destrucción. Consecuencia: en aquello mismo que permite y condiciona la archivación, nunca encontraremos nada más que lo que lo expone a la destrucción, introduciendo a priori el olvido y lo archivolítico en el corazón del monumento. En el corazón del "de memoria [par coeur]" mismo. El archivo trabaja siempre y a priori contra sí mismo (Derrida, 1995, 27). Más allá del más allá de la oposición entre la solución y las ataduras absolutas está la transacción, el convenio, la mediación imposible, la différance, el duty free, el ritmo diabólico de una cojera (Derrida, 1980, 435). El "dar la muerte" derridiano no se concilia con Bartleby, sino con Abraham, con aquél que debe sacrificar lo familiar sin dejar de amarlo. Como vemos, Derrida se coloca en un lugar distinto que Deleuze. La zona del duty free será el lugar imposible de una democracia por-venir que se encuentra entre aquello que para Deleuze eran los estratos extensos y la materia intensa. Derrida cojea entre las dos, entre la vida la muerte, deconstruyendo la última y la primera oposición metafísica... Sin duda, si comparamos la filosofía de Derrida con la de Deleuze encontraremos un acercamiento del primero a Freud, aunque siempre con reservas, envíos y relevos. El texto de Estados de ánimo del psicoanálisis es a este respecto uno de los más claros en donde se deja ver una política en différance, un ritmo que se escucha en Jenseits y más allá del principio de muerte: Si la pulsión de poder o la pulsión de crueldad es irreductible, más vieja, más antigua que los principios (de placer o realidad, que son el fondo el mismo, como preferiría decir, en différance), entonces ninguna política podrá erradicarla. Sólo podrá domesticarla, diferirla, aprender a negociar, a transigir, indirectamente pero sin ilusión, con ella, y es esta indirección, esta vuelta diferante, este sistema de relevo y de plazos diferanciales la que dictará la política optimista y a la vez pesimista, valientemente desengañada, resueltamente desilusionada de Freud (Derrida, 2001, 35). Con todo, la musiquilla de estos dos estribillos ha resonado de forma pesimista junto con ese otro que postulaba la muerte de Dios, que no de lo divino. Sobre la relación entre termodinámica y psicoanálisis Derrida realiza un breve apunte en "Especular...": "La fuente común de Breuer y de Freud es la distinción propuesta por Helmholtz entre las dos energías, teniendo en cuenta el principio de Carnot-Clausius y de la degradación de la energía. La energía interna constante correspondería a la suma de energía libre y de la energía ligada, la primera tendiendo a disminuir a medida que la otra aumenta. Laplanche sugiere que Freud ha interpretado muy libremente, con una 'tremenda irreverencia', los enunciados que toma prestados, especialmente al cambiar el 'libre' del 'libremente utilizable' por 'libremente móvil'" (Derrida, 1980, 299). 6 Se escribía en El anti Edipo: "La aventura del psicoanálisis es bastante curiosa. Debería ser un canto de vida, aun a riesgo de no valer nada. Prácticamente, debería enseñarnos a cantar la vida. Pero de él emana el más triste canto de muerte, el más deshecho: eiapopeia. Freud, desde un principio, por su dualismo obstinado de las pulsiones, no dejó de querer limitar el descubrimiento de una esencia subjetiva o vital del deseo como libido. Pero cuando el dualismo se convirtió en un instinto de muerte contra Eros, ya no fue una simple limitación, fue una liquidación de la libido" (Deleuze y Guattari, 1972, 396). 7 Esta es la voz que, cuenta Sloterdijk, aparecía en boca de Critón cuando Sócrates quería darse muerte antes de la hora señalada: así que no te apresures, aún hay tiempo, le decía el peor de los discípulos al apremiado maestro. Sócrates había encontrado un atajo para no tener que dar más rodeos; Critón -continua Sloterdijk-fue el primero que detectó el síntoma de la pulsión de muerte: la prisa. Critón le recuerda la demora, el Umweg que siempre nos queda. "Veo la fuerza de Nietzsche en que libera a la posición intimidada de Critón de su ingenuidad mundana y la asienta en un punto espiritual metafísico de dignidad propia. Argumenta como si quisiera dar a la petición de Critón'Así que no te apresures, aún hay tiempo' el rango de un axioma. Escucha por boca de Critón hablar a la 'vida misma', así como cree percibir por la de Sócrates una morbidez que se llama sabiduría a sí misma. Para Nietzsche, la vida parece ser la encarnación del critonismo. [...] Donde quiera que hay un hálito de deseo de esfumarse, allí habría, según Nietzsche, motivos para suponer un foco de enfermedad; y, al contrario, donde puede suponerse la continuación del juego, allá corren las líneas de éxito del estar bien en una novela por entregas llamada eternidad" (Sloterdijk, 1998, 203-204). No es quizás aventurado calificar el diferir derridiano de critonismo.
Antecedentes de la Real Botica La Real Botica, como cualquier otra institución, momento histórico, la propia vida, es un conjunto de sueños y realidades y así debemos contemplarla. En cada una de sus actuaciones, a lo largo de sus cuatrocientos años de existencia, se dejarán sentir connotaciones objetivas y veremos ilusionados proyectos que no se alcanzarán. La salud y la vida son, por su condición efímera, uno de los valores más preciados para el ser humano. Las personas de la Familia Real, por su circunstancia peculiar, tienen un riesgo añadido, que hace su vida aún más frágil, llevándoles a la necesidad de tener que confiar plenamente en los custodios de su salud: por ello, la elección de estos profesionales debía ser rigurosa; su vigilancia, extrema; y su calidad científica, exquisita. Las primeras noticias sobre boticarios que atendieron a los Reyes Españoles son escasas y breves en el tiempo. Corresponden a personas al servicio de algunos Monarcas de los diversos Reinos que conformaban la península ibérica e islas adyacentes, quedando constancia documental, en casos muy puntuales, de su denominación como boticario del Rey Se tiene información algo más precisa y continuada desde el Reinado de los Reyes Católicos cuando, en fecha 20 de junio de 1475, nombran al boticario aragonés, Maese Jaime Pascual, su boticario personal. Maese Jaime Pascual pertenecía al séquito de Fernando el Católico a quien (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) del Heredero de la Corona. La atención continuó para la Infanta doña Juana hasta 1552 en que contrajo matrimonio con el Príncipe Heredero de Portugal. El boticario de la Casa de Sus Altezas tenía asignado un sueldo anual por la atención farmacéutica, y para el abono de las preparaciones que se dispensaban se dispuso que, en cada ciudad donde se fijase la residencia regia, el gobernador de la Casa nombraría supervisor de las cuentas a un boticario privado al que se tomaba juramento de que tasaría las medicinas, bien y fielmente^ para no agraviar a Sus Altezas ni al boticario Real ^. La Casa del Príncipe don Felipe, en su inicio, tuvo una estructura parecida a la de las Infantas: un médico, un boticario, y un barbero. El boticario, elegido personalmente por el Emperador, fue Jean Jacques d'Arigon -con el tiempo se castellanizó su nombre y apellidos, apareciendo en los documentos como Juan de Arigón-. Permaneció en este servicio durante más de cincuenta años, y en su nombramiento se le encomendaba abastecer de medicamentos al Príncipe, a sus criados, y a dos hospitales: el de Corte, y el de Guarda ^. La tasación de las medicinas proporcionadas la realizaban dos médicos del Emperador y el médico del Príncipe; además en las ciudades donde residió temporalmente intervinieron en la tasación boticarios del lugar ^. Respecto a la organización y protocolo cortesano, la Corte Española se regía por los usos y costumbres del Reino de Castilla, que imponía unos modos muy austeros procedentes de la Corte Visigótica. Cuando el Emperador accedió al trono de España, el ceremonial de la Casa de Castilla se vio desplazado por la etiqueta vigente en la corte de Sajonia -ceremonial de la Casa de Borgoña-, donde el nuevo Rey se había educado. En 1523 y 1528, con motivo de la celebración de Cortes en Valladolid y Madrid, respectivamente, se reivindicó que las Casas Reales se rigieran por las normas de Castilla y estuvieran servidas por castellanos. Se aceptó el último punto, pero no el ceremonial. Por fin, el 15 de agosto de 1548, tras seis meses de ensayos, se introdujo el ceremonial de la Casa de Borgoña en la Casa del Príncipe. Trece años antes, en 1535, cuando se estableció la primera Casa del Príncipe, el Emperador pidió información sobre los usos y costumbres que se seguían para la formación de un Heredero Real de la Casa de Castilla. Para ello solicitó información a Gonzalo Fernández de Oviedo, que había sido instructor del Infante don Juan, primogénito de los Reyes Católicos; pero cuando en 1547 recibió el informe de Oviedo, el Emperador se había decidido por la etiqueta de Borgoña, María Esther Alegre Pérez más rica en magnificencia y ostentación, y a su juicio, más acorde con la importancia de la vasta Corona iba a heredar su hijo ^. Con motivo de la grave enfermedad padecida en 1548, en Augsburgo, mandó llamar a su hijo, y ordenó a la Corte Castellana, a través de su Mayordomo Mayor y Capitán General, el Duque de Alba, que pusieran el estado de la Real Casa del Príncipe a la forma y uso de la Casa de Borgoña, como la tenía el Emperador, su padre ^. Como ya hemos indicado, el 15 de agosto de 1548 se inició el servicio de uso borgoñón. De nuevo las Cortes de Valladolid manifestaron su protesta. El servicio sanitario que acompañó al Príncipe a sus territorios alemanes fue: primer médico, que atendió personalmente al Príncipe; médico de familia, encargado de la asistencia al séquito y servidumbre; y un cirujano. La preparación de medicamentos siguió a cargo de Juan de Arigón, su ayuda Diego de Burgos, y un mozo de oficio. Arigón debía llevar la cuenta detallada de todos los gastos, y para su aceptación tenía que obtener el visto bueno del sumiller de corps y del primer médico, avalado por su firma. Este método se mantuvo durante el viaje que discurrió por Italia, Alemania y Flandes, hasta su regreso a España, en 1551. El Príncipe Felipe volvió a Flandes requerido por su padre, en 1554, pero Juan de Arigón solicitó quedarse en España, y fue su hermano, José de Arigón, el que asumió el servicio hasta el regreso definitivo de Felipe II, en 1559. Fundación de la Real Botica. Su actividad en el reinado de los Austrias Tras la instalación definitiva de la Corte en Madrid, en 1561, la asistencia sanitaria se extendió a todo el personal del Real Servicio y a aquellos particulares o instituciones a los que el Rey concedió derecho a médico y botica. Por este motivo la Casa Real se dividía en cuarteles, y cada cuartel tenía asignados dos médicos de familia y un cirujano ^. La asistencia farmacéutica se estructuraba en dos ámbitos: la Botica del Rey y la Botica del Común. La Botica del Rey, instalada en el Alcázar, estaba destinada a dispensar medicamentos a la Familia Real. Los boticarios encargados del servicio eran Juan de Arigón como boticario principal, y Diego de Burgos como Ajaida. La Botica del Común, instalada en la Villa de Madrid, de propiedad privada, era contratada para dispensar medicamentos a los criados Reales. En ese momento Rafael de Arigón fue Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. nombrado boticario principal, Bartolomé de Sejo, ayuda, y Pascual López, mozo de oficio. En los desplazamientos de los Reyes y la Real Familia, la Botica del Rey tenía que constituir la botica del camino, compuesta por cofires acondicionados para transportar simples y compuestos que se necesitarían en el desplazamiento. Esta Botica estaba bajo la responsabilidad de un boticario del Real Servicio. Aparte de estas boticas, cada vez que se constituía la Casa de los Herederos, era firecuente nombrar un boticario para su atención farmacéutica. Así ocurrió a la llegada de Felipe II, en 1559, de su viaje por Europa, al nombrar a José de Arigón, que le había acompañado en el viaje como boticario de su hijo Carlos, sirviéndole hasta el fallecimiento del Príncipe ^. En abril de 1586 la Corte regresó a Madrid tras el viaje a Monzón, y el Rey encargó a Sebastián de Arenzano que se hiciera cargo de la atención en medicinas para los criados de Sus Altezas. Arenzano, que no tenía botica pública en Madrid, se estableció con toda rapidez, y el día primero de agosto de 1586, inició el servicio en su botica contando con un ayuda ^°. En 1589 se tramitó, a instancias del protomédico, Francisco Valles, una modificación de pesas y medidas de uso en boticas. El origen del sistema ponderal usado en España se fundamentaba en el sistema romano, cuyas adaptaciones corrieron a cargo de Alfonso X el Sabio, y de los Reyes Católicos. Los orígenes de la legislación específica de pesas y medidas farmacéuticas en España no son, actualmente, bien conocidas. Sabemos que, en 1513, Fernando el Católico y su hija Juana, ordenan al platero real, Diego de Ayala, hacer las pesas de botica según las empleadas en Salerno. La diferencia entre el sistema romano y el salernitano consistía en que la base de éste era decimal y la onza equivalía a un peso de nueve dracmas, mientras en el romano era a ocho. Esta norma se ratificó en 1543, por Carlos V, que ordenó al marcador real, Juan de Ayala, hacer las pesas de botica según las de Salerno ^^. Este sistema de pesas perdurará hasta 1591, cuando Felipe II ordene restaurar el sistema ponderal romano. La pragmática real enfrentó a Valles con los boticarios madrileños y originó el primer roce con los boticarios Reales. Al no modificarse la tarifa de tasación de los medicamentos, los boticarios se consideraron perjudicados en sus intereses económicos y comenzaron a no atender con la debida diligencia a los criados del Real Servicio; las denuncias formuladas por los afectados se sucedieron, y, consecuentemente, se abrió un proceso judicial contra los boticarios Reales. Arenzano falleció en 1592, continuando, en el Real Servicio, los hermanos Arigón, pero generaron todo tipo de problemas. Desde 1590, Felipe II tenía sobre su mesa varias sugerencias del Protomedicato como respuesta a su consulta sobre la actitud adoptada por los boticarios Reales. Una de ellas proponía la instalación de una botica en dependencias palaciegas y la contratación de boticarios con dedicación exclusiva para atención del Real Servicio, con la prohibición de tener botica propia. A principios de 1593 el Rey decidió adoptar ese sistema de atención y se iniciaron los preparativos para implantar la Real Botica. Su ubicación fue la Casa del Tesoro. La nueva botica constaba de dos dependencias: una, para la que se aprovechó la instalación ya existente, destinada a los medicamentos del Rey y su Familia; y otra, la de los oficios, para atender a los criados de Casa y Cámara, cuyas instalaciones comenzaron a prepararse en la primavera de 1593. En los documentos fundacionales de la Real Botica se insiste en una serie de puntos concernientes al gobierno y administración de la misma: personal cualificado, abastecimiento de drogas y simples, normas de dispensación y su control. La plantilla fundacional consistía en: un boticario mayor o principal, tres ayndas y tres mozos de oficio, todos ellos boticarios examinados; además dos peones se encargaron de las labores de limpieza. Los boticarios debían residir lo más cerca posible de Palacio, incluso, se piensa que el boticario mayor residiera en él. Se estableció un sistema de guardias nocturnas, tanto en la Botica del Rey como en la de oficios -del común-, disponiéndose camas con su ajuar. Nada quedó a la improvisación. La iluminación de las guardias se dispuso de esta forma: en la sala principal de la Botica habría un candil con dos o tres mechas, una de las cuales debía arder toda la noche; en la botica del común tendría que haber cuatro velas, una para la mesa de la pieza principal, otra para la trasbotica, otra para la chimenea, y la cuarta para cuidar el oficio. Diariamente se darían seis velas de sebo en invierno, y cuatro en verano para la guardia nocturna; las velas serían de cera en caso de enfermedad del Rey y se darían todas las necesarias. La Real Botica dispondría de 100 ducados para el gasto ordinario, y, tanto éste como el extraordinario se librarían por la despensa real. Las compras las haría el Boticario Mayor de acuerdo con el médico de Cámara más antiguo; las hierbas medicinales se traerían de la Casa de Campo, la Huerta de la Priora, y los jardines de Palacio; en tiempo de rosas e hierbas se podría contratar otro peón. En lo concerniente a utensilios e instrumentos, sería el Boticario Mayor el en-Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. cargado de reponerlos y mantenerlos, los de plata y oro debería encargarlos al Guardajoyas, y los de cobre e hierro, el Bureo ^^. Cada cuatro meses, los médicos por turnos, harían visitas a cada botica. Las medicinas atrasadas -tres meses-de la Botica del Rey pasarían a la botica del común, y las atrasadas de esta última se eliminaban, descargándose de las cuentas finales. Las medicinas de la botica del común sólo podrían dispensarse por receta debidamente firmada por los correspondientes médicos. También se aprueban las recetas de los cirujanos reales: los cirujanos de familia podían recetar ungüentos, emplastos y aceites; y los cirujanos del Rey también podían recetar purgas y jarabes. Todos los criados reales, sus esposas e hijos solteros tenían derecho a botica. El Bureo se encargaba de hacer las listas nominales de este personal, entregándolas a médicos y boticarios. La dispensación de medicinas por limosna debía hacerse por receta de médico, avalada por el médico de Cámara más antiguo, y con fe del cura de la parroquia a la que perteneciera el enfermo, para acreditar que vivía de limosna. También el Bureo se encargó de elaborar una lista donde se recogían las medicinas que no se podrían dispensar. Respecto al sistema de control de la Real Botica, se encargó a un médico de Cámara que, anualmente, revisase el libro de cargo y el libro de menudo. En el libro de cargo se asentarían las medicinas que se comprasen, indicando fecha, cantidad, peso y precio; en el libro de menudo se reflejarían las cosas compradas por menudo indicando la cantidad, así como la razón de la compra, precio y fecha. Con estas instrucciones se inició la andadura de la Real Botica. El 20 de diciembre de 1594 cesaron los servicios de los hermanos Arigón ^^. Como Boticario Mayor fue nombrado Antonio de Espinar. En un principio sólo se nombraron dos Ayudas: Pablo Ximenez, y Pascual López; y los tres mozos de oficio: Benito de Campelo, Alonso de la Peña, y Martín Pastor. Se indicaba, también, la creación de un laboratorio de destilación, e, incluso, se preveía el nombramiento de Vicenço, a quien ayudaba su hijo, y por lo que ambos tenían ya un salario. Los individuos de la Real Botica ayudarían al destilador en sus ratos libres. Cuando, entre 1601 y 1606, la Corte madrileña se trasladó a Va-Uadolid, a los criados del Alcázar y Reales Sitios que permanecieron en sus puestos, se les dispuso atención de medico y botica para que no carecieran de ello ^^. En 1606 la Real Botica continuó su actividad en las dependencias de la Casa del Tesoro. En octubre de 1616 falleció Antonio de Espinar, sucediéndole en el cargo Pascual López, que asumió María Esther Alegre Pérez el gobierno de la Botica hasta su fallecimiento, en 1628; con este motivo fue nombrado Boticario Mayor, Juan Cazador, que permaneció en el cargo hasta su fallecimiento, en 1641. El reinado de Felipe IV se caracterizó por el elevado número de reformas económicas y administrativas introducidas. Las primeras reformas, fechadas en 1624, iban encaminadas a reducir el número de criados reales, incrementado notablemente durante el reinado de Felipe III, porque las rentas reales estaban empeñadas y existía una notable falta de hacienda. En las normas que se adoptan, se ordenaba a los médicos reales que recetaran con moderación y cumplieran las normas establecidas. No obstante, a finales de 1630, Juan Cazador elevó un informe al sumiller de corps, exponiendo la necesidad de aumentar el ordinario librado cada mes a la Real Botica pues, el aumento de precio de las materias primas y el incremento en el número de beneficiarios, hacía imposible cubrir los gastos. Consultado el Frotomedicato, se emitió un informe favorable indicando: por ser este gasto el mas forcoso y lucido que V. Majestad tiene en su Casa, Aprovechando el buen informe, los individuos de la Real Botica rogaron un incremento de sus sueldos, pues seguían percibiendo los establecidos por Felipe II. El incremento salarial se concedió, para percibirlo, a partir de 1631 ^^. Sin embargo, la situación económica no experimentó mejoría, los libramientos se retrasaron infinitamente, y, a comienzos de 1638 se debían 8.000 ducados a proveedores. Al fallecer Cazador, le sucedió en el cargo Diego de Cortavilla y Sanabria, que fue adelantando de su propia hacienda diversas partidas para no carecer de lo más urgente en la Real Botica. Pese al esfuerzo de Cortavilla, José de Ontiveros, proveedor de la Botica entre 1639 y 1643, y al que se adeudaban 883.000 maravedíes por quiebra de los ordinarios, decidió dejar de abastecer a la Real Botica. En estas circunstancias, Diego de Cortavilla, en diciembre de 1644, envió un escrito al sumiller exponiendo que, en los últimos trece meses, no se había pagado el ordinario de la Real Botica, que ésta carecía ya de algunos géneros necesarios, y que si no faltaban los imprescindibles era por que él había puesto de su hacienda 5.000 reales, pero ya no podía dar al Rey más que su vida. Con fecha 3 de junio de 1647, apareció una nueva Instrucción del Frotomedicato para el buen gobierno de la Real Botica: es la primera vez que se redactaron desde las instrucciones fundacionales. En ella se determinó que la Real Botica debía estar compuesta por un Boticario Mayor, cuatro ayudas, y cuatro mozos de oficio; se especificaron sus cometidos y responsabilidades, y el funcionamiento general de la Real Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. Esta Instrucción no aporta ninguna novedad respecto a lo indicado en la fundacional, únicamente, se añade una orden para que el Alcaide de la Casa de Campo, y los jardineros y hortelanos del resto de heredades, que servían a la Real Botica, no dispusieran de rosas ni violetas hasta que ésta no estuviera abastecida, con el fin de evitar comprarlos a drogueros y herbolarios. Además, el aguardiente que se necesitase se traería del destilatorio de Aranjuez como se hacía con las demás aguas medicinales ^^. En 1650, se jubiló Diego de Cortavilla, fiíe, sin duda, la figura más relevante, desde el punto de vista científico, profesional y humano, de todos los boticarios de la Real Botica, desde su fundación hasta el siglo XVIII. El Rey le estimaba, y es muy probable que se debiera a su influencia la Real Cédula de 13 de marzo de 1650 -un poco antes de la jubilación de Cortavilla-, firmada por el Rey, declarando la Farmacia Arte Científica. Publicada, inicialmente, para los boticarios madrileños, se hizo extensible a toda España. Se trata de la principal norma legal de la época, según la cual, los farmacéuticos dejaban de ser miembros de los gremios menores artesanales, quedando exentos de ciertos impuestos y servidumbres. A partir de la jubilación de Cortavilla, fue Martín Martínez el nuevo Boticario Mayor, cargo que ejerció hasta su fallecimiento, en 1666. Los beneficiarios de la Real Botica aumentaban año tras año, y, al igual que la asignación se quedaba corta -^más el retraso-, los géneros que se facilitaban desde la Real Cámara a la Botica ya no se podían prever; tradicionalmente, con el gasto del año se calculaba el ejercicio del siguiente, pero en esta década nunca se llegó a final de ejercicio. El personal de la Botica también resultaba insuficiente, por ello, en 1661, encontramos seis ayudas. Coincidiendo con el inicio del reinado de Carlos II, la Real Botica pasó, en 1666, a ser regida por Simón García (1666-1668); tras su fallecimiento le sucedió Juan Bautista Matute (1668-1670); seguidamente vino Jerónimo Izquierdo (1670-1671); y, a su muerte fue nombrado Diego Martínez Pedernoso que ocupó el cargo hasta que, en 1689, es jubilado como consecuencia de una inspección que se gira a la Real Botica en la que se informa sobre su estado de salud -ciego, enfermo y falto de memoria-, pero debido a sus buenos servicios, a su sucesor, Juan de Moya Salazar (1689-1701), se le nombró Boticario Mayor con la condición de seguir con su sueldo de a5ruda hasta que falleciera Martínez Pedernoso. Una de las primeras actuaciones de Martínez Pedernoso fue recibir, con fecha 13 de septiembre de 1671, la nueva Instrucción para la Real Botica, que no aporta novedades y sigue manteniendo la obligación del protomédico más antiguo de visitar la Botica una vez por semana -evidentemente no se cumplió pues hubieran reparado antes en su lamentable estado de salud-. Martínez Pedernoso consiguió que, de algunas rentas del Rey -como eran las de la nieve, el aguardiente, y otros-, al momento de su cobranza, se derivase una parte para la Real Botica. No obstante, siguieron los problemas económicos pues, según el memorial que presentó en 1688, el gasto en la Botica era muy elevado debido al gran número de conventos que se atendían, a lo que se daba por limosna, y a la asistencia de la Casa del Rey, de la Reina, y de la Reina Madre. Los años que gobernó la Botica Moya Salazar, tan cargados de penuria como los anteriores, son los más interesantes de esta etapa. La precaria salud del Monarca hará que, en ella, se crucen las más extremas situaciones científico profesionales y, en algunas de ellas, Moya estuvo fuera de lugar. Boticas temporales excepcionales, para atención de Reales personas en la etapa de los Anstrias Como hemos indicado, desde el establecimiento de la etiqueta borgoñona en la Corte Española, las Casas Reales eran, fundamentalmente, dos: la Casa del Rey, y la Casa de la Reina, con la consiguiente duplicación de los servicios. Por las investigaciones realizadas hasta este momento, observamos que, sólo las Reinas de origen francés disfrutaron de su propio servicio farmacéutico, independiente del establecido. También se dispuso este servicio para la Reina Viuda, Mariana de Austria, durante su destierro en Toledo; y, para las Infantas, Ana de Austria, hija de Felipe III, y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, con motivo de sus esponsales. Botica de Isabel de Valois Con Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, apareció el primer servicio farmacéutico, diferente del habitual, destinado a una Reina de España. Durante su viaje a España desde Francia, venía acompañada por un séquito de más de trescientas personas, entre las que figuraba un médico, un boticario y un barbero o sangrador. Una vez instalada en Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. España, Felipe II dispuso unas etiquetas para el gobierno de la Casa de su esposa, integrada, en su mayoría, por el séquito francés que trajo consigo, y de éste, setenta y cinco sirvientes -entre ellos el médico y el boticario-quedaron con Isabel por expreso deseo de su madre la reina Catalina de Medicis. Este séquito aparece citado en la documentación que genera, coloquialmente, como la familia francesa. En el apartado dedicado al personal sanitario aparecen las órdenes destinadas al boticario agrupadas bajo el epígrafe de Boticaria. Están divididas en dos apartados: uno contiene todas sus obligaciones; y el otro detalla los gajes y raciones que les corresponden ^^. Las obligaciones consistían en: Abastecer medicinas a la Reina, su Casa y criados con mujeres e hijos. Firma de las recetas por los médicos de Cámara y Familia. Revisión de las cuentas de medicinas cada fin de mes por el médico real para, una vez aceptadas por éste, entregarse al mayordomo mayor, para que las pase al Bureo. Libranza de la cuenta de estas medicinas por Furriera. Formación de una botica del camino entre el boticario y el médico, cada vez que la Reina saliera de jornada El boticario que asumió el servicio de Isabel de Valois fue Jacques Bobusse, que llegó con ella desde Francia, en 1560, y estuvo a su servicio hasta su fallecimiento, en 1569. Botica de Ana de Austria La Reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II, dispuso de servicio farmacéutico propio asignado por su esposo. El nombramiento recayó en José de Arigón, que juró su plaza el 3 de diciembre de 1570, y atendió a la Reina desde esa fecha hasta el fallecimiento de ésta en 1581. Arigón recibió el título de boticario de Su Majestad y Sus Altezas con encargo de abastecer medicamentos a la Reina, sus hijos, así como su Casa y criados. Desde febrero de 1576 contó con là colaboración de Sebastián de Arenzano como ajmda ^^. Desconocemos en qué momento fue nombrado, pero por las cuentas que presentó a cobro, sabemos que también atendió a los criados de la Reina el boticario Juan de Espinar. Al morir la Reina, este boticario realizó una relación de gastos en medicinas bajo el título: Estas son las medicinas que se han dado a los oficiales de manos de la Casa de la Reina N,^ S.^ que esté en el cielo desde el principio del año María Esther Alegre Pérez 1571 hasta el fin de diciembre de 1581. Esta cuenta fue pagada a Espinar en marzo de 1589 ^^. Botica de Isabel de Borbón Una vez creada la Real Botica, ésta se encargó de servir los medicamentos de ambas Casas Reales y sus respectivos criados. El matrimonio del Príncipe Felipe -^más tarde Felipe IV-con la Princesa francesa, Isabel de Borbón, originó la aparición, por primera vez desde la creación de la Real Institución, de lo que podríamos llamar un servicio paralelo al de la Real Botica, conocido como Botica de la Reina. Esta merced especial del Monarca hacia su esposa, sólo nos consta que existiera durante la vida de esta Reina y la de su compatriota, María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II. La Princesa Isabel de Borbón en su viaje de París a Madrid venía asistida por dos farmacéuticos: Jean Gabaux, en calidad de boticario de la Princesa, y Louis de Gras, como ayuda. En principio, la misión de ambos farmacéuticos consistía en abastecer de medicamentos a la Princesa y su séquito mientras durase el traslado, pero no obstante, dicha asistencia se prolongó por espacio de tres años, de 1615 a 1618. Gabaux recibió el título de boticario de la Princesa, y las cuentas que presentó fueron tasadas por un ayuda de la Real Botica ^^. A partir de 1618, Gabaux, ya castellanizado como Juan Gabeo, pasó a servir medicinas, exclusivamente, a la Princesa Isabel; las damas y demás criados venidos de Francia se abastecieron de la Real Botica ^^. En 1621, falleció Felipe III, y heredaron el trono su hijo Felipe y su esposa, con lo que Gabeo recibió el título de Boticario Mayor de la Reina. A partir de este momento, la tasación de las medicinas dispensadas por él fue hecha por el Boticario Mayor del Rey. Gabeo, cuyo sueldo se pagaba por la despensa de la Reina, empezó a tener problemas en el cobro de su asignación, razón por la que elevó numerosos memoriales solicitando el abono de los atrasos y rogando que hubiera menos dilación en los abonos anuales ^^. Tal vez por esta circunstancia, el Boticario Mayor de la Reina decidió abrir botica en Madrid. Estamos ante una clara infracción de las normas establecidas para los boticarios del Real Servicio que tenían terminantemente prohibido tener botica. A partir de ese momento sus gajes, que eran 7000 reales anuales, se vieron reducidos a 1200 reales. En 1638, Gabeo escribió un memorial manifestando que sus gajes eran de 1200 reales, pero como no se le pagaban, había ido cubriendo el gasto de la Casa de la Reina con su propia hacienda, estando, por ello, embargado y desacreditado. Para obrar en consecuencia, solicitó un informe sobre el proceder con los anteriores boticarios de las Reinas; se le contestó diciendo que, desde 1570, en que se puso Casa a la Reina Doña Ana, no había existido boticario para ellas ^^. En 1644, tras fallecer la Reina, Gabeo solicitó pasar a servir a la Infanta Juana en calidad de boticario mayor. Trasladada su petición al Bureo, éste informó de la inconveniencia de tal decisión, pues la Real Botica había abastecido, tradicionalmente, a toda la Real Familia y no se consideraba oportuno innovar nada. A cambio, se le ofreció recibir el título honorífico de Boticario Mayor de Sus Altezas, y abastecer, por cuenta del Rey, a diferentes pobres, particulares y conventos, tal y como lo hacía en vida de la Reina. En 1650, solicitó que se le diera por el Bureo un certificado de lo que le adeudaban. Gabeo falleció el 23 de octubre de 1655 ^\ 251 Botica de María Luisa de Orleans La Reina María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II, vino a España acompañada por el mismo número y categoría de personal sanitario que, más de medio siglo atrás, había traído Isabel de Borbón: un médico de cámara, un cirujano, y un boticario. El boticario parisino que vino al Servicio Real fue Raymond Verdier. Tras la llegada de la Reina a Madrid, se dispuso que toda su Real Casa, y ella misma, se abastecieran de medicinas de la Real Botica, tal y como se hacía habitualmente. Pero la Reina, tras los meses iniciales, llamó a Verdier para hacerle su Boticario Mayor. Al igual que hiciera Juan Gabeo, Verdier estableció botica en Madrid, dispensando en ella las medicinas a la Reina; pero, a la muerte de la Soberana, en 1679, Verdier preparó su marcha a París, en 1680. El Rey le concedió 30 doblones de ayuda de costa para el viaje. No satisfecho con ello, el boticario elevó un memorial al Monarca informándole de los muchos gastos que había tenido en Madrid, desde su entrada en la Corte hasta su regreso a Francia. El rey atendió su memorial y le concedió una cadena de oro de peso cien doblones, y cien doblones más en dinero ^^. Botica de la Reina Madre Mariana de Austria Durante el destierro de Mariana de Austria, madre de Carlos II, en la ciudad de Toledo, se estableció un nuevo Servicio Farmacéutico para ella, y otro para los criados que la sirvieron en dicha ciudad. Las primeras noticias que aparecen en los documentos de la Real Botica están fechadas en febrero de 1677. El Protomedicato estableció que la asistencia en medicinas para Mariana de Austria corriera a cargo de La Real Botica; desde Madrid se le enviaron todos los medicamentos necesarios, junto con un ayuda de la Real Botica. El abastecimiento de medicinas para la Casa de la Reina Madre se hizo de la botica de Miguel de Bustos, boticario toledano aceptado por el Protomedicato para tales servicios, a instancias de la propia Reina Madre 2^. Inmediatamente se notificaron estas decisiones al Boticario Mayor del Rey, Diego Martínez Pedernoso, que quedó encargado, también, de establecer la Botica transitoria en Aranjuez, hasta el establecimiento definitivo de la Reina en Toledo ^^. Durante los dos años que duró el destierro. Bustos no sólo se hizo cargo de abastecer a los criados reales, sino también a todos los enfermos, hospitales y conventos que la Reina situó bajo su protección. Estando la Reina en Madrid, en 1683, se encargó a Bustos suministrar las medicinas del convento de Carmelitas Descalzas de Toledo ^^. Boticas de jornada de las Infantas Ana de Austria, y María Tkresa de Austria Las Infantas Españolas que se desplazaban a otro país para contraer nupcias, iban acompañadas por una Casa Real creada, especialmente, para esa situación. La documentación consultada nos ofrece datos, en este periodo, sobre dos viajes nupciales de Infantas: Ana de Austria, hija de Felipe III, para su matrimonio con Luis XIII de Francia, y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, para su matrimonio con Luis XIV de Francia. El personal sanitario establecido para esta circunstancia estaba compuesto por, un médico de cámara, un sangrador, un boticario, y un mozo de oficio. Este es el cuadro facultativo que acompañó a Ana de Austria; cuando la Infanta María Teresa partió para Francia, y debido a la reducción de personal del Real Servicio dispuesta por Felipe rV, no figuró en su séquito el mozo de oficio. Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. el personal farmacéutico encargado del servicio ñieron boticarios examinados que ejercían en la Villa de Madrid con botica abierta al público. Hasta el momento desconocemos el criterio de selección utilizado para estos nombramientos, pero sí tenemos constancia de los emolumentos asignados, y que la elección llevaba aneja el nombramiento de los elegidos como personal de la Real Botica. Los individuos que iban con la categoría de boticarios mayores, juraban como ayudas de la Real Botica, y los que iban con categoría de ayuda o mozo de oficio, juraban como mozo de oficio de la Real Botica; por ello, una vez finalizado el servicio, podían hacer uso de su nombramiento. En 1615, la ñitura Reina de Francia, Ana de Austria, iba acompañada de las tres categorías de servicio. Su séquito regresó al año siguiente, y los tres boticarios ingresaron en el servicio de la Real Botica ^^. En 1660, la comitiva que acompañó a María Teresa de Austria hasta Francia, tenía, entre sus componentes, dos boticarios cuyas condiciones de contratación eran las mismas. A su regreso, en 1661, el boticario nombrado como boticario mayor falleció al poco tiempo ^^; sin embargo, Antonio de Mora, que fiíe en calidad de ayuda, no pudo incorporarse como mozo de oficio de la Real Botica por incompatibilidad con su botica particular. Cinco años más tarde vendió su botica en 8778 reales, que estaba situada fi: ente a la Iglesia de Santa Cruz, e ingresó en la Real Botica, donde sirvió hasta su fallecimiento en 1681 ^^. Terapéutica en tomo a la precaria salud de Carlos II Carlos II nació en el Alcázar madrileño el 6 de noviembre de 1661. Fue el último hijo de Felipe IV habido con su segunda esposa. Cuando sucedió a su padre contaba tan solo cuatro años de edad, y actuó como Reina Regente su madre, Mariana de Austria. Carlos II protagonizó dos situaciones insólitas: con él llegó la primera regencia existente desde la unión de las Coronas Castellana y Aragonesa, así como el final de los Austrias en España, al no tener descendencia. La salud del pequeño Rey fue una constante preocupación para la Corte Española y las chancillerías europeas con pretensiones sobre la Corona Hispánica. Las numerosas referencias a sus enfermedades quedaron reflejadas en la correspondencia de los embajadores franceses y alemanes. Desde su concepción se podían suponer las desgraciadas circunstancias quç se darían en él: una trayectoria de matrimonios consanguíneos en sus antepasados, y un padre de avanzada edad casado con una sobrina carnal. Su infancia fue enfermiza, estaba aquejado María Esther Alegre Pérez de raquitismo, y no se pudo mantener en pie hasta pasados los cuatro años. A los seis, superada la lactancia y los últimos trastornos gástricos de su infancia, padeció un sarampión que cursó benigno y curó en dos semanas, pero poco después sufrió unas viruelas que pusieron en serio peligro su vida. La infancia de Carlos II fue sobrevivida gracias a los desvelos de su madre y de su haya, la marquesa de los Vélez. Junto a la medicina tradicional y a la medicina innovadora, se utilizó todo aquello que pareció positivo para restaurar la salud de Carlos II. Entre sus devociones figuraba San Diego de Alcalá, aquel fraile del siglo XV con reputación de milagrero, cuyo cadáver hizo traer Felipe II, en 1562, desde el convento de los franciscanos, a la cabecera de su hijo Carlos. Felipe IV lo haría llevar a palacio durante la enfermedad de su hijo Felipe Próspero, en 1661; el propio Felipe rV estuvo acompañado por el santo en su última enfermedad, en 1665, y lo mismo se hizo con la Reina Mariana de Austria, en 1691. A petición del Rey, San Diego viajó a Palacio en innumerables ocasiones. También se vio acompañado el Rey por el cuerpo de San Isidro y las imágenes de la Virgen de Atocha, y de la Soledad. El año 1696 sembró de tristeza e inquietud a la Familia Real y su entorno: fallecía la Reina Madre, y Carlos II y su esposa estuvieron gravemente enfermos. El fallecimiento de la Reina Madre ocurría a finales de mayo de un carcinoma de mama. Sólo dos meses antes la Reina comunicó a los médicos reales su situación indicando que, desde hacía mucho tiempo, se había observado una protuberancia en el pecho izquierdo, pero lo había ocultado por la repugnancia que sentía de mostrar su cuerpo a un hombre aunque fuese médico. El examen facultativo reveló que la Reina tenía un tumor de magnitud y tamaño de la cabeza de un recién nacido. El parte médico, fechado a primeros de abril, proponía el empleo de medicamentos atenuantes y evacuantes, esperando que se eliminasen los humores fibrosos. Se buscó algún especialista eminente en Viena, Dusseldorf o Bruselas, y desde la corte imperial, los médicos de Leopoldo I determinaron lo irremediable de la situación. Aún así, se enviaron afamados cirujanos y un no menos afamado médico que llegaron cuando la Reina ya había fallecido. Carlos II, desde comienzo de año, estaba padeciendo un recrudecimiento de su enfermedad, en primavera presentó fuertes accesos febriles y un fuerte ataque a mediados de septiembre. La gravedad fue tan extrema, que se reunió el Consejo de Estado decidiendo que el Rey firmara un testamento. La ineficacia de los tratamientos habituales y la insistencia de la Reina, decidió a los médicos reales Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. a hacer un uso de la quina en el tratamiento del enfermo, aunque eran reacios a ello. La insistencia de la Reina se debía a los consejos del médico alemán. Christian Geleen, que había venido a España en la comitiva que acompañaba a Mariana de Neoburgo en calidad de médico personal. Cuando Mariana quedó viuda de Carlos II, instaló su residencia en Bayona (Francia) y allí continuó Geleen a su servicio hasta 1710, en que falleció ^^. Una vez administrada la quina, el Monarca experimentó cierta mejoría, pero en octubre se produjo una recaída, que Geleen achacó a una mala aplicación del tratamiento por el desconocimiento de los médicos españoles. A principios de diciembre el Rey estaba libre de tercianas, pero como seguía débil y en cama, se hizo, nuevamente, uso de la quina. La lenta recuperación de los procesos febriles sufridos entre 1696 y 1697, abocaron a los médicos a recomendar una cura ferruginosa y purgas suaves. También se convino en un cambio de aires. La alimentación prescrita se centraba en la carne de víbora para vigorizarle, que se administraba pulverizada a través de pollos cebados con ella. El encargado de suministrar la carne de víbora era el Boticario Mayor, que se vio obligado a solicitar un aumento en su asignación pues, agotadas sus existencias, se veía precisado a comprarlas ^^. La salud de Carlos II se deterioraba día a día. Desde septiembre de 1700 el Rey entró en un proceso irreversible. Se trajo de Ñapóles uno de los mejores médicos, Tommaso Donzelli, y de Sevilla, al paladín del movimiento novator, Juan Muñoz y Peralta. A finales de septiembre, Carlos II no retenía ningún alimento ni medicina, fue sacramentado el día 28, y el día 2 de octubre hizo testamento. El 24 de octubre comenzó una agonía que se prolongó hasta el día de su fallecimiento, 1 de noviembre. El Real laboratorio químico, consecuencia de la crítica situación en la salud del Rey Las etiquetas de 1649 destinadas al Gobierno de la Real Botica, concretamente, en el punto número 11, dicen que sólo el boticario mayor elaborará los medicamentos químicos. En España esos medicamentos eran poco utiHzados ya que los médicos fundamentalmente los que dirigían la profesión, no eran partidarios de los mismos. La medicina tradicional era la única oficialmente reconocida en la última década del siglo XVII, y los médicos reales constituían la elite de la profesión. procedentes, en su mayoría, de las Universidades castellanas. Los médicos de Cámara eran los candidatos para acceder a los puestos de dirección en el Protomedicato o tribunal que ejercía el control en la selección de los profesionales llamados a ejercer como médicos reales. Esta circunstancia ocasionaba una situación de servidumbre, donde la penetración de ideas que renovaran la terapéutica era prácticamente imposible. La aparición de los medicamentos químicos en Europa se remonta a la primera mitad del siglo XVI, y está ligada a la figura de Paracelso (1493-1541), médico suizo influido por las creencias alquímicas medievales. Paracelso defendía una terapéutica química basada en arcanos, la quintaesencia, la parte más pura de cualquier sustancia obtenida por destilación. Esta nueva tendencia trajo como consecuencia la aparición de unos nuevos laborantes de la terapéutica, los espagíricos, que utilizaban la parte material, y, por supuesto, técnica de la alquimia en la obtención de medicamentos. España inició la asimilación de las quintaesencias a la terapéutica con los destiladores de Felipe II, y la actuación de Lorenzo Cozar como catedrático de la breve Cátedra de medicamentos químicos de la Universidad de Valencia. Durante todo el siglo XVII, la terapéutica española vivió de espaldas a las nuevas corrientes europeas; tan sólo en el último tercio de siglo, surgió un grupo intelectual que denunció el atraso de la ciencia española: fueron los novatores ^^. En el cuidado de la precaria salud del Rey, purgas, sangrías, y vomitivos, fueron los remedios habituales. Sólo en los últimos años de su vida, y ante la situación cada vez más alarmante de su salud y del destino de España, se incorporaron nuevas terapias en el entorno Real. En la primavera de 1693 una epidemia de tercianas asoló Madrid. Entre las víctimas de la epidemia se encontraba el duque de Pastrana, sumiller de corps del Monarca. La vida del Rey, también aquejado de tercianas, peligró seriamente durante dieciocho días; y el tratamiento aplicado consistió en purgas drásticas, purgas suaves, sangrías -se le practicaron tres-y repetidos enemas. El inesperado fallecimiento de Pastrana hizo que se nombrara como sustituto temporal al gentilhombre de Cámara más antiguo, el conde de Monterrey, reconocido partidario de las terapéuticas renovadoras y mecenas de Juan de Cabriada, defensor del movimiento novator, que ya, en 1687, había propuesto la creación de un Laboratorio Químico Real como los existentes en las grandes monarquías europeas. Tenemos conocimiento de que el Monarca superó este trance gracias a los cuidados médicos recomendados por Monterrey ^^. Tras su recuperación, el Monarca encomendó a su nuevo sumiller, el conde de Benavente, la creación del Real Laboratorio Químico en una estancia aneja a la Real Botica. Esta nueva institución, de marcado carácter renovador, motivó que se congregaran en derredor de Carlos II una serie de afamados médicos de tendencia claramente renovadora, tales como Dionisio de Cardona, que diseñó magistralmente la fundación del Real Laboratorio; Juan de Cabriada, elevado al cargo de médico de cámara; Juan Muñoz y Peralta, y Tomas Donzelli, promovidos, ambos, a médicos de Cámara en los últimos meses de vida de Carlos II. Todos protagonizaron las nuevas terapias a administrar al Rey. En el entorno Real no se encontraba la persona capacitada para elaborar los nuevos medicamentos del Monarca. Benavente inició sus contactos, y, a través del duque del Infantado, primo del conde de Santisteban en ese momento Virrey de Ñapóles, le encargó la búsqueda de un boticario instruido en artes químicas. Consultados los más afamados médicos napolitanos, propusieron a Vito Cataldo, boticario ejerciente en Ñapóles, miembro del Colegio de boticarios, examinador y visitador de boticas, e instruido en química y galénica ^^. Cataldo partió hacia España, el 24 de septiembre de 1693, provisto de productos químicos y recipientes que consideraba necesarios para su ciencia y, sin duda, difíciles de conseguir en España. También le acompañaban dos ajndantes, igualmente instruidos en la química. El 25 de enero de 1694, Benavente notificó al Rey el asiento en la Real Botica de Vito Cataldo como manipulante de la medicina química. Entre sus obligaciones se incluía el encargo de «instruir» a médicos y boticarios de Cámara en la terapia química. En ese momento surgió el primer roce de Cataldo con el Protomedicato. El tribunal argumentó que cualquier médico, cirujano o boticario que pretendiera ejercer la profesión en la Corte, tenía que examinarse ante el Protomedicato ^^, por ello consideraba imprescindible el examen de Cataldo. Benavente se opuso alegando el desconocimiento químico del citado Tribunal. Haciendo uso de su condición de jefe de la Real Cámara, el sumiller impuso al Protomedicato la renuncia a dicho examen a cambio de una disertación de Cataldo ante el Tribunal y los médicos de Cámara. Cataldo juró su cargo el 29 de enero de 1694, en compañía de sus dos ayudantes. Benavente indicó a los médicos y boticarios de Cámara que asistieran, en la medida de lo posible, a las manipulaciones del boticario napolitano, y al Boticario Mayor, Juan de Moya Salazar, que le atendiera en todo lo que necesitara. Nadie cumplió lo indicado por el sumiller. En el verano de 1694, el conde de Benavente tuvo conocimiento de los hechos María Esther Alegre Pérez y decidió tomar consejo de alguien entendido, para ello encargó a Dionisio de Cardona la preparación un documento en la forma que considerara conveniente. Cardona envió al sumiller un memorial espléndido, que puede considerarse un auténtico manifiesto novator, en el que propone la creación de un Real Laboratorio Químico, independiente económica y jerárquicamente, del Boticario Mayor, y llevando cuenta detallada de todos los gastos a imagen y semejanza de lo practicado en la Real Botica. Entre las recomendaciones de Cardona figura: • Nombramiento de un médico filósofo químico que actuara como Superintendente y Director. • Custodia bajo llave de los remedios y productos por el propio Manipulador Mayor. • Obligación de asistir a la instrucción a los oficiales de la Real Botica, cuando lo proponga el Director y Manipulador. • Publicación de un libro impreso con todos los remedios practicados en el Real Laboratorio, sus descripciones, calidades y dosis. • Propuesta de venta a precio justo y moderado a los boticarios particulares para no causar mayores gastos a la Real Hacienda. • Clausura del Laboratorio de Destilación de Aranjuez considerado superfino, en caso de crearse el Real Laboratorio Químico. Una vez examinado el memorial de Cardona, el sumiller de corps dispuso las Ordenanzas del Real Laboratorio Químico, que quedaron registradas en los libros de Contaduría y Veeduría con fecha 21 de septiembre de 1694. En ellas se recogen casi todas las recomendaciones de Cardona: • Independencia económica de Vito Cataldo. • Nombramiento de directores y superintendentes del laboratorio, a los doctores Andrés Gámez, médico de Cámara, y Dionisio de Cardona. • Obligación del personal sanitario de recibir lecciones. • Confección de un libro donde se incluya todo lo realizado en el laboratorio químico. La ubicación del laboratorio se hizo en dos habitaciones de la Casa del Tesoro que pertenecían a la Real Botica, pero que no estaban siendo utilizadas. Se presupuestaron las obras y Benavente solicitó la libranza del dinero, pero pasados dos años, las obras no se terminaban por falta de provisión económica. Cansados de su inactividad, el 31 de marzo de 1687, los ayudas de Cataldo elevaron un memorial al sumiller pidiendo permiso para regresar a Ñapóles; éste se concedió el día 8 de mayo ^^. Un año más tarde, fue Vito Cataldo quien solicitó Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones. regresar a Ñapóles; el Rey le concedió el permiso el día 21 de junio de 1698 ^^. En el verano de 1697, el conde de Benavente, recibió un raemorial del boticario aragonés, Juan del Bayle, solicitando una plaza en el Laboratorio Químico, dados sus conocimientos de química. El sumiller lo puso en conocimiento del Protomedicato y se solicitaron informaciones sobre Bayle, resultando, sumamente satisfactorias. El Protomedicato le sometió al preceptivo examen, que superó con excelencia, así al menos se desprende del informe que emitió Benavente para que se efectuara el nombramiento: dize el Protomedicato que aviendo parecido en su Audiencia expuesta al examen de Boticario racional y spagírico, Teórico y Practico halla en el ser no solo suficiente, sino es Docto en cada cosa de por si, de suerte que el por si solo puede hazer escuela aparte ^^. La propuesta que hizo Benavente consistió en que ingresara como ayuda supernumerario de la Real Botica. Cuando Cataldo regresó a Ñapóles, Bayle ocupó su plaza de manipulante químico, solicitando que se consignara en los libros de la real Casa su situación. El Real Laboratorio Químico no llegó a funcionar, pero su espíritu siguió vigente a la muerte de Carlos IL La llegada de Luis Riquer como boticario de Felipe V, hizo que este interés quedara en el olvido, hasta que, en 1721, por real orden, fue absorbido por la Real Botica sin llegar a funcionar. Riquer acaparó en su persona los tres cargos que, cuando él llegó, ocupaban personas diferentes: boticario mayor, spagírico mayor, y destilador mayor. Alquimia al servicio de la salud de Carlos II En el verano de 1698 llegó a Madrid, procedente del Reino de Ñapóles, Roque García de la Torres de ascendencia valenciana. Este personaje envió al sumiller de corps un memorial de siete folios de extensión, en el que exponía las características y conocimientos que hacían de él la persona adecuada para tratar al Monarca, motivo por el cual se había trasladado desde Ñapóles a Madrid. Decía poseer las notas necesarias para fabricar un remedio capaz de prolongar la vida del Rey y hacer posible su sucesión natural. El sumiller envió este memorial al Protomedicato para que lo examinara y emitiera su opinión sobre el mismo. El Tribunal contestó a Benavente que no podía responder a su pregunta sobre la idoneidad de García de la Torre, porque no pertenecía a ninguna de las profesiones María Esther Alegre Pérez que estaban bajo su jurisdicción. Recomendó que fuera Juan del Bayle quien lo examinara pues él era el entendido sobre la materia del manuscrito. El dictamen emitido por Bayle se debatió en sesión conjunta del Protomedicato y los médicos de Cámara. Finalmente, se aceptó la propuesta de Roque García de la Torre. Conscientes de lo que suponía tener un alquimista trabajando para el Rey, se tomaron toda clase de precauciones. Se le instaló en una casa de la calle de Leganitos, frente de la Alcantarilla: ni en la Real Botica, ni en el Laboratorio Químico. Fue asistido por Juan del Bayle. Estaba bajo las órdenes directas del conde de Benavente. Se le pagaba por el Bolsillo Secreto del Rey. La comunicación de Bayle con Benavente era directa. En la casa de la calle Leganitos se acometieron obras para preparar la residencia de García de la Torre, así como un horno filosófico para su laboratorio. Se le dotó de una importante suma de dinero que él se encargó de dilapidar, pues, aparte de comprar vestuario para su persona, contrató dos criadas y pagó unas deudas que tenía atrasadas. Bayle se instaló en el laboratorio de Leganitos para asistirle en lo que necesitara pero, apenas habían trascurrido seis meses, cuando Bayle transmitió a Benavente su creencia de que García de la Torre era incapaz de elaborar el remedio prometido. Se amonestó al alquimista y se le puso como fecha límite para cumplir su compromiso, el mes de abril de 1699, pero llegado el momento el remedio no estaba elaborado. Desesperado, Bayle regresó a la Casa del Tesoro. Al verse solo, la situación de García de la Torre se volvió crítica, y consciente de su incapacidad, escribió al sumiller pidiendo que se traspasara todo su experimento a Bayle, pues confesó que él entendía mejor. El sumiller no aceptó la propuesta, y, puesto que Roque en su escrito indicaba que solo restaban dos meses de trabajo, le indicó que lo terminara. Así se expresaba Benavente: no doi lugar a eso sino que D. Roque lo trabase esos dos meses y trate de cumplir lo que tiene ofrecido que aquí no lo buscamos se nos vino ofreciendo acería y si no ubiera puesto contingencias no se le hubiera oido ^^. El 11 de septiembre de 1699, indicando que dejaba los experimentos por hallarse enfermo: «Haviendo procedido mi Indisposición de haver Travaxado en el asunto que estubo a mi cargo, por recibir los átomos que la materia exalava», Roque promete que, si recupera la salud, se pondrá a trabajar allí donde esté y si consigue la meta, la pondrá al servicio del rey. Un año más tarde falleció Carlos IL Su entorno había intentado todo por salvar su persona y lo que ésta representaba: la continuidad de la dinastía de los Austrias. Algunas consideraciones sobre los boticarios mayores La plantilla de la Real Botica estaba constituida, como hemos visto, por boticarios examinados, a excepción de las personas contratadas como peones. Compuesta, en un principio, por un boticario jefe que se denominaba boticario mayor, le seguían dos categorías: ayudas y mozos de oficio compuestas por un número variable de individuos, en función de las necesidades de servicio en cada momento. El paso de una categoría a otra se hacía por orden de antigüedad en la escala jerárquica, produciéndose, lo que en los documentos aparece denominado como «ascenso regular». En los momentos de reducción de plantilla no se cubrían vacantes hasta equilibrar el\ número de individuos deseado. Con la llegada de la dinastía Borbón se incluyó una categoría en los boticarios del Real Servicio: la de entretenido, que era la última en consideración jerárquica. A mediados del siglo XVIII se introdujo el acceso a la última plaza de entretenido, vacante tras el preceptivo ascenso regular, y originada por ampliación de plantilla, mediante el sistema de concurso-oposición -cuando hasta ese momento era por designación-, exigiéndose a los aspirantes una serie de condiciones entre las que figura, no tener ningún accidente que haga desgraciada la persona. Aparte de esta consideración, puramente anecdótica, durante los reinado de Carlos III y Carlos IV, entre otras circunstancias, se exigió, además de ser boticario examinado y no tener botica establecida, acreditar pureza de sangre mediante un informe de «buena vida y costumbres», que debía extender el alcalde o el párroco de su localidad; y ser soltero. La condición de célibe se debía a la obligación que tenían los Entretenidos de vivir en la Real Botica, considerándose que el matrimonio supondría un impedimento para cumplir esta obligación., Durante el reinado de Carlos III, por influencia de su boticario mayor y a instancia del resto de la plantilla, se modificó la denominación de este personal para igualarla a la de los médicos del Real Servicio: las tres categorías de individuos pasaron a denominarse; boticarios de Cámara de primera categoría; boticarios de Cámara de segunda categoría; y, boticarios de Cámara de tercera categoría. La restauración borbónica en la persona de Fernando VII supuso una drástica reducción en la antigua plantilla, que en el momento de la caída de Carlos IV contaba con ocho individuos en cada categoría. El Rey quería contar con individuos totalmente fieles a su persona. De la antigua plantilla al servicio de su padre, algunos habían fallecidos. María Esther Alegre Pérez otros habían abierto botica, y otros fueron considerados afectos al intruso. Con estas premisas la primera plantilla al servicio de Fernando VII la constituyeron, tan solo, tres individuos; a partir de este momento se eliminó, en los concurso-oposición, la obligatoriedad de ser soltero pues, entre otras circunstancias, con el derribo durante el periodo Bonapartista de la Casa del Tesoro, el Servicio de Botica solo disponía de un reducido espacio en el que tan solo estaba prevista la pernocta para cubrir las guardias. Sin embargo se añadió una condición: «fidelidad a la Corona». El puesto de Boticario Mayor, suponemos, satisfizo a quienes lo ocuparon por la consideración social que llevaba aparejada, pero en modo alguno por la remuneración, porque exigía una gran dedicación, los sueldos eran escasos, y nunca se cobraba en la fecha establecida. El citado retraso afectaba a la asignación económica correspondiente al oficio, y, para evitar desabastecimiento en la Real Botica, los que pudieron, adelantaron de su bolsillo el pago de las provisiones. Esta situación llevó a muchos boticarios mayores a morir endeudados, y en los documentos que hoy se conservan, se acumulan memoriales de sus viudas y herederos reclamando lo que se adeudaba a su esposo o padre, respectivamente. Todos los boticarios mayores tuvieron una característica común: el celo y la dedicación con que sirvieron a la Corona, así como el interés que mostraron en aprovechar su posición en la Corte para beneficiar a su profesión: la Farmacia. A modo de ejemplo en estos puntos, podemos citar cómo Antonio del Espinar ideó un jarabe destinado al Monarca que denominó, Syrupo Regis Philippi Magistrale, -^hecho con agua cocida de anís y sen-, con el que purgó a Felipe II, y resultó tan efectivo, que alcanzó gran fama en todo el Reino de Castilla. También podemos destacar a Diego Cortavilla y Sanabria, que compaginó su ejercicio de Boticario Mayor de Felipe IV con su dedicación al estudio de la botánica. En un pequeño huerto que poseía en Madrid, cultivó plantas raras, herborizó la sierra del Paular, y escribió dos obras dedicadas al estudio de las culebras. En lo concerniente a la profesión, en época de Diego Cortavilla se obtuvo la consideración de la Farmacia como, «Arte Científica». Durante el periodo Borbón, fueron tres boticarios, fundamentalmente, los que obtuvieron mayores el acierto de convencer a los Reyes, Carlos III y Carlos IV, para que tomaran una serie de resoluciones decisivas para la profesión, que marcaron la Historia de la Farmacia Española. Estos boticarios fueron: José Martínez Toledano, Juan Díaz, y Francisco Rivillo. A ellos se debe el inicio del autogobierno de la Los orígenes de la Real Botica y sus actuaciones.
Con la abdicación del Rey Carlos IV, la Monarquía española y su administración están sumidas en un auténtico caos, que no se remedia ante la indolencia y debilidad de Fernando VII y la altivez de la Reina. Esta situación queda bien reflejada en la administración de los Reales intereses que desde antiguo se entremezclan con los del Estado, originándose por ello continuos litigios entre el Estado y La Real Casa. Los gastos reales se confunden con los de la Familia Real, sin tasas ni consignaciones fijas, dando origen a un enorme despilfarro al que hay que poner coto. Este caos administrativo hacía que el mismo asunto fuera tramitado a la vez en diferentes oficinas. Antes de 1814 tres eran las Dependencias que despachaban los negocios de la Real Casa y Patrimonio: Estado, Hacienda y Gracia y Justicia, pero sin determinar muy claramente las competencias de cada una, y originando por ello continuos pleitos sobre competencias. Cada Secretaría guardaba en su propio Archivo los documentos y expedientes, confusión que advertimos en los envíos de documentos a Simancas, donde hoy se encuentran custodiados documentos que deberían estar en el General de la Corona. Pero los dos oficios que en realidad englobaban todos los asuntos de la Casa del Rey, y a los que se les comunicaban las órdenes emanadas desde las Secretarías, eran los del Greffier y el Contralor. Al no haber, antes de Fernando VII, ninguna Dependencia con el nombre de Archivo, era en estas oficinas, de origen borgoñón, donde se custodiaba la documentación. Con la llegada de José Napoleón, y sus ideas modernistas, se comienza a llevar a cabo una sistemática reforma administrativa, no sólo de la Real Casa, sino de las Oficinas de la Nación. El 25 de julio de 1808, se dicta un Real Decreto solicitando la entrega de toda la documentación, para poder hacer un inventario de los gastos generados por la Real Casa en años anteriores. Otro Real Decreto del 23 de septiembre de 1808, dado en Vitoria, crea el cargo de Superintendente General de la Real Casa, y entre las funciones que tiene asignadas se encuentra la custodia de Los Archivos de la Corona, siendo éste el primer documento en el que aparece el título de Archivos de La Corona. Poco a poco vamos a ir conociendo dictámenes y órdenes que hacen referencia a la documentación. El 9 de enero de 1809 el Conde de Melito pide al Ministerio de Hacienda, con el fin de centralizar todos los asuntos relacionados con la Real Casa y Patrimonio, se envíen a la Superintendencia todos los papeles y expedientes de su Departamento relacionados con los Reales Sitios. Con el aumento de la documentación las Oficinas del Greffier y del Contralor se trasladan a la Casa denominada de los Consejos, lugar en que se quedaron mientras duraron los disturbios que por esos años se produjeron. Con la llegada de las Tropas Napoleónicas la Casa de los Consejos quedó cerrada y sellada, librándose de los expolios que sufrieron las Oficinas de Palacio. Los diferentes Reglamentos y Etiquetas que los Reyes Españoles fueron dictando, desde Felipe II, para el gobierno de su Real Casa, obvia la palabra Archivo, y no aparece una clara disposición de custodia documental, así muchos de estos documentos quedaban en casa de los Jefes de las Oficinas. Para evitar esta dispersión, Felipe V suprime la Casa de Castilla y ordena que la documentación allí guardada pase a engrosar la del Greffier y del Contralor. En años posteriores se siguen dictando órdenes con el mismo espíritu, «archivar los documentos en estas oficinas». En cumplimiento de estas disposiciones la Oficina del Greffier se constituyó de hecho en Archivo General, sin que en realidad se le diera dicho nombre. Fernando VII, a la vuelta de su exilio, y ante la caótica situación de la Administración, se propone llevar a cabo las reformas, que comenzó a hacer José I, y que la premura de tiempo se lo impidieron. El Real Decreto de 22 de marzo de 1814 varió la Organización de la Real Casa, idea que en realidad partió del Marqués de Sales, quien en las Cortes de 15 de enero de 1815 expuso el abandono del Patrimonio Real, y la necesidad de separar el gasto generado por la Real Casa del de la Hacienda Pública. Este Decreto sienta las bases de la nueva administración en la Casa Real, disponiendo que el Mayordomo Mayor entienda en todo lo relativo a dicha Casa, junto con la de los Palacios, Archivo General de Palacio Bosques, Jardines Reales, Servidumbres, Sumillería, Caballerizas y Capilla. En esta ocasión no se olvida el Rey de crear nuevas Dependencias del Archivo particular, donde puedan custodiarse y conservarse los papeles, libros y documentos que a la sazón estaban diseminados, revueltos y confundidos en diferentes oficinas. Y para esta labor, el 15 de junio nombra al primer «Archivero General de la Real Casa, Capilla, Cámara, Caballerizas y Patrimonio Real», honor que recayó en el Grefier D. Ignacio Pérez. Para organizar un Archivo tan confuso y de nueva creación, el 27 de junio por Real Orden comunicada se establece la primera plantilla, que en ese primer momento estaba compuesta por un Archivero, cinco oficiales, dos escribientes y dos porteros. Además el Rey manifiesta desde el primer momento el deseo de convertir el Archivo General en una oficina de primer orden, y para ello ordena la instalación en una dependencia estable, y en un local espacioso, cómodo, independiente, ventilado y seguro. La búsqueda del lugar se le encomienda el 19 de julio al Conserje General de Palacio y al Archivero. Como piezas idóneas se eligieron las ocupadas por las Compañías de Guardias Españolas, en la Plaza de Armas, al mediodía en el lugar conocido como «Arcos Nuevos». Primero se habilitó la planta baja, añadiendo según fue necesario los otras dos de Depósitos. Tanta importancia dio el Rey a estas instalaciones y a la labor de su Archivero, que en el mes de agosto dispuso que el Archivero se hiciera cargo también del Guardajoyas, instalándolo en alguna de las piezas del Archivo. Poco a poco fueron llegando las documentos a las nuevas Dependencias desde el resto de las oficinas del Palacio Real, así como de otras partes donde fueron depositados a lo largo de tantos años de desórdenes. De esta forma llegan un número muy elevado de expedientes desde el Banco Nacional en 1815, después de ser revisados por el Archivero y varios oficiales, los depósitos allí existentes. La lentitud de la clasificación de los documentos reunidos en el Archivo desesperaba al Monarca, así Fernando VII, creyendo que se arreglaría con más personal, aunque no fuera cualificado, trasladó algunos soldados para la realización de dichas tareas. En 1817 se publica un verdadero Reglamento para el Gobierno de la Real Casa, y allí ya se tiene en cuenta el Archivo General. A propuesta del Secretario del Despacho de Estado, el Rey dispuso que se trasladasen a Simancas todos los documentos de las Secretarias, Consejos, Tribunales y Dependencias de Gobierno hasta 1750, quedando en el Archivo de la Corona los concernientes a las Reales Servidumbres y los del Patrimonio Real. Sería largo enumerar todas las diferentes y sucesivas disposiciones que se fueron dando, y que dentro de la administración de la Real Casa y Patrimonio hacían referencia al Archivo de la Corona. Así, en 1820, tras los graves acontecimientos políticos ocurridos en España, se desmembra la administración de la Real Casa y Patrimonio, ordenándose que los asuntos concernientes al Reino de Aragón se vean en la Secretaría del Despacho de Hacienda, y que los expedientes sin concluir pasen a dicha Dependencia, sin embargo, los documentos de las cuentas, escrituras, etc de los Reales Patrimonios de Valencia, Cataluña y Mallorca, así como los de las Reales Fábricas, Pinares de Valsaín y Riofrío, y los de las casas que poseía el Real Patrimonio -Turco, Alcalá, etc-deberían quedar en el Archivo hasta que fueran demandados, cosa que gracias a Dios no sucedió. La subida al Trono de la Reina Isabel II dio origen a años de inestabilidad en todos los Gabinetes, y a un gran desorden administrativo que por supuesto se refleja en la vida del Archivo, que vio desaparecer su organización. Por circular de 30 de octubre de 1835 entran en el Archivo gran número de legajos, sin orden, obligando a los funcionarios a proceder a la clasificación urgente de tanta remesa. Los expedientes remitidos en tan confusa mezcla pertenecían a la Real Casa, la Acequia del Jarama, Casa de Campo y Real Casino, a las administraciones de Aranjuez, Sevilla, San Fernando, y a la Inspección de boca y víveres En 1836, por Real Orden, se redistribuye la planta del Archivo y se separa el oficio de Guardajoyas, que desde Fernando VII estaba encomendada al propio Archivero Mayor, anexionándose a la Alcaydía del Real Palacio; en esa pieza quedaron custodiados, entre otros, los documentos de los Títulos de Propiedad de las fincas que constituían el Real Patrimonio, junto con los pleitos del extinguido Juzgado privativo de la Real Casa. El año 1848 fue dramático para el Archivo, Isabel II decidió instalar dentro del recinto de Palacio el Teatro Palatino, y para buscar local idóneo dio el encargo a su Arquitecto Mayor, D. Narciso Pascual y Colomer, quien encontró en los locales del Archivo General el lugar más apropiado y «con menos coste» para la instalación. El 29 de diciembre de ese año por Real Orden «...que sin excusa ni pretexto de ningún género, por plausible que pareciese, se trasladase el material del Archivo a las habitaciones que actualmente ocupaba en el piso bajo del Real Palacio S.A. el Infante D. Fernando». Fue tal la precipitación en cumplir la Orden, que según cuenta el Sr. Güemes, ni tiempo dio para sacar la documentación de forma ordenada. Las con-Archivo General de Palacio secuencias de esta precipitación fueron las previstas: rotas las cuerdas que ataban los legajos y los papeles, se mezclaron unos con otros destruyendo en poco tiempo la labor realizada durante todos estos años. Fue corto el tiempo que ocupó el Teatro ya que por Real Decreto de 12 de julio de 1851, se dispuso la clausura del mismo, volviéndose a instalar el Archivo por Real Orden de 24 de julio de 1857. A partir de esta fecha, el Archivo ha visto incrementado su acerbo documental con continuas y periódicas remesas, que sería muy farragoso enumerar, y que han conformado la división de los fondos documentales del actual Archivo General de Palacio. El Archivo General de Palacio es un archivo eminentemente histórico por la categoría de su documentación, pero además también adquiere la categoría de archivo intermedio, por la documentación que, periódicamente, llega al mismo procedente de las diferentes Oficinas del Patrimonio Nacional, así como la procedente del Palacio de la Zarzuela, que se integra en el fondo del Reinado de Juan Carlos I. El Archivo es de titularidad estatal y pública, y de acceso libre con tarjeta de investigador. En la actualidad, el Archivo está dividido en Secciones, teniendo en cuenta la procedencia de la documentación. La documentación está clasificada siguiendo la moda tradicional del siglo XIX: por materias. Es de los fondos más amplios, y consta de 1.400 legajos. La documentación se remonta al Reinado de Felipe II y corresponde a la administración del Patrimonio Real, sobre todo a la gestión económica de los bienes de las Personas Reales. Son numerosas las series que conforman esta Sección por lo que citaremos algunas: Son interesantes los documentos sobre los 272 Margarita González Cristobal viajes de aguas de Amaniel, Fuente del Berro, el arroyo del Abroñigal, o la traída de aguas del Canal de Isabel IL Bellas Artes: (1554-1925) Serie que agrupa la documentación con todos los ramos de las Bellas Artes: escultura, pintura, arquitectura, literatura, orfebrería y fotografía, relaciones de mecenazgo de la Casa Real, compras y adquisiciones, restauraciones, traslados, etc. Beneficencia: (1579-1928) Serie voluminosa de la relación que la Casa Real tiene con diferentes comunidades, instituciones religiosas, hospitales, colegios, etc, por la que se conceden diversas ayudas y limosnas. Bolsillo Secreto: (1675-1930) Cuentas de compras y gastos particulares de los Monarcas e Infantes Fábricas: (1700-1914) Documentación de las Reales Fábricas de Tapices, Cera, Gas y Porcelana. Este fondo constituye el verdadero núcleo documental del Archivo. Está compuesto por los expedientes que se generaron en los diferentes Reinados, siendo cada uno de ellos independiente del otro. Está subdividido por las oficinas expendedoras de documentos, y, en su defecto por materias. Casa: Entendía en los asuntos relacionados con la Casa del Rey, su servidumbre, oficios, etc. Las materias más significativas son las relativas a la contratación de personal, tramitación de gasto ordinario o espectáculos. Archivo General de Palacio Cámara: Los temas que en ella se tramitan eran muy variados, podríamos destacar entre otros, las Ceremonias Palatinas (comidas, conciertos, tés, audiencias, besamanos, coberturas de grandes,). Etiquetas y Reglamentos con la organización de la Real Casa. Expedientes sobre Bodas Reales, Nacimientos y Fallecimientos y Exequias, Convocatorias de Cortes, Juras. Importante es el volumen documental relativo a las concesiones de condecoraciones y grandes cruces (Carlos III, Damas de la Reina M^ Luisa, Toisón de Oro). Secretaría: Oficina que entiende de los asuntos personales de los Monarcas: Correspondencia familiar, regalos. Bureo: Oficina de Gobierno y Administración y Tribunal de la Real Casa. Sus asuntos de carácter jurídico, tanto civil como criminal, entendiendo también en Apelación. Capilla Real: Donde se tramitan todo lo relacionado con la Iglesia; Sermones, Misas, Ofrendas, etc. Caballerizas: En esta Oficina se tramita todo lo relacionado con el ganado, carruajes, viajes, etc. Patrimonio: Entiende en la Administración de los Sitios Reales En esta Sección se agrupan aquellos fondos que corresponden a las diferentes administraciones delegadas encargadas de la organización de los Sitios Reales o Posesiones de la Corona, muchas de ellas ya no pertenecen al Patrimonio Nacional porque fueron enajenadas de éste en diferentes épocas, y por distintos motivos, pasando a integrarse en sus municipios o provincias. Las materias de todas ellas son casi idénticas, con las pequeñas diferencias, en razón del fin para el que fueron creadas. Estas Administraciones o Reales Sitios son las que se detallan a continuación. Primero ofrecemos la lista de las que permanecen como Delegaciones actuales del Patrimonio Nacional: Cuenta con la documentación de los Pinares de Valsaín, y la documentación de Linajes Nobles de Segovia, que vendieron dichos Pinares a la Corona. También cuenta con la importante Serie documental de la Real Fábrica de Cristales (1747-1834) con dibujos de los cristales, cuentas, estudios sobre la forma de grabar, etc. Gran colección de Bulas originales desde la de Alejandro IV que en 1256 concede por privilegio la construcción del Hospital, memorias de fundaciones, ingresos de enfermos, tratamientos de enfermería, gastos. Como Parroquia de Palacio, que lo fue durante mucho tiempo, son de gran valor histórico los Libros de Bautismo, Confirmaciones, Matrimonios y Defunciones. Iglesia Hospital de Nra. Hospital fxmdado para asistencia de los catalanes que vivían en la Corte, siendo fundador Juan I. Es interesante la colección de testamentos de los que queda como beneficiado el Hospital. Gran Fundación Monástica de Castilla la vieja, erigida por el Rey Alfonso VIII. Guarda una importante colección de privilegios reales en pergamino, muchos de ellos coloreados, con donaciones, pleitos, homenajes, bulas, etc. Del Hospital del Rey se conservan 3.000 volúmenes sobre medicina, enfermería, y farmacia desde el s. XVII. Convento fundado por Pedro I de Castilla. Extendía su poder por privilegios ganados a los Reyes por las provincias de Zamora, Avila, Segovia y Soria. Entre los privilegios citaremos el cobro del portazgo de Zamora y Avila, y el uso y disfrute de las Salinas de Añago. Es importante el volumen documental sobre los Baños Arabes y su reconstrucción. Fue fundado por Felipe II en 1567, al que se anexionó un pequeño convento cercano, eL Monasterio de Farraces, y con él se incorporó su rico Archivo con documentación del año 1148. El Archivo del Monasterio de El Escorial, junto con el de Parraces, es el más numeroso de cuantos se conservan en Palacio. Está dividido por el carácter de los expedientes: reales, los que emanan directamente de la autoridad real; eclesiásticos, de la autoridad eclesiástica; y particulares, donaciones, compras, pleitos de particulares con el Monasterio. Contiene la Carta de Fundación con encuademación típica escurialense, el testamento y codicilo del Fundador, la correspondencia de éste con los cuatro priores que intervinieron en las obras, pintores, arquitectos y demás artistas que hicieron posible la construcción del Monasterio, las memorias Sepulcrales, los libros de Reliquias que diferentes Monarcas entregaron para ser custodiadas en el Monasterio. Todo ello, como pequeña muestra, junto con los planos de la construcción, y las demás reformas que se fueron haciendo a través de los años, hacen que esta documentación sea de las más solicitadas por los investigadores. Hay muchos más Patronatos que, de una forma u otra, y por un tiempo determinado estuvieron vinculados a la Corona; de ellos se conservan algunos docimientos, pocos, pero dar el listado de todos ellos sería extenso por lo que remitimos a los que se conservan en el propio Archivo Capilla Real Su documentación se remonta a la época de Juan II, del que contamos con las disposiciones más antiguas sobre la Real Capilla. Es un fondo de Archivo General de Palacio un gran valor histórico por el contenido del mismo, entre los que descaremos. Bulas, Breves y Letras Apostólicas de Pontífices y Prelados que establecen la jurisdicción y atribuciones de la CapiUa Palatina, así como la documentación generada por ésta en relación con otras iglesias y fundaciones. Mención especial nos merecen los Libros Parroquiales, con registros de Bautismos, desde 1647, Matrimonios, desde 1646, Confirmaciones desde 1648 y Defunciones, desde 1756, no sólo de Personas Reales sino también de nobles que celebraron dichos sacramentos en la Real Capilla o de particulares en los que fueron padrinos los Reyes. La documentación está dividida entre la Sección Administrativa y la de Real Capilla, trasladada al Archivo en 1940. En la Administrativa nos encontramos con el Archivo Musical, que custodia una interesante colección de 2360 partituras originales de música sacra de los siglos XVII-XIX. Hasta 1815, fecha en que se creó la Junta Suprema Patrimonial de Apelaciones y la Junta de Gobierno, estuvo funcionando la Real Junta del Bureo, como organismo máximo de administración y gobierno de la Real Casa, así como Tribunal de Justicia. Entre 1820 y 1823 dejaron de funcionar todos los juzgados existentes en Palacio, y en 1836, por Real Orden, todos los asuntos judiciales que tenían Fuero de la Real Casa fueron a parar a la Justicia Ordinaria. En esta Sección se conservan los pleitos y causas que se veían en el Bureo y en los restantes juzgados de la Real Casa, además de los protocolos de las Escribanías de la Junta de Obras y Bosques. Entre otras materias destacan: autos y pleitos por deudas, despojos, estafas, agresiones, robos, violaciones, testamentarías, abintestates, censos, arrendamientos, permisos para obras, subastas, etc. En ella se custodian 73.750 expedientes de cargos palatinos de todas las épocas. Cada expediente cuenta, en unos casos, con una documentación muy variada, que puede ir desde el nombramiento hasta su cese, pasando por licencias, aumentos de sueldos, gratificaciones. etc; aunque en otros sólo encontraremos el nombramiento o la minuta del mismo. Por citar algunos ejemplos encontraremos expedientes personales de su relación con la Real Casa de, Velazquez, Goya, Bayeu, Madrazo, Olivieri, Saquetti, Juvara, etc, entre los artistas de las Bellas Artes, y los de Agustín Arguelles, Olózaga, etc, entre los políticos, amén de un sin número de nobles que sirvieron en algún cargo palatino. Se trata de una Sección que complementa las restantes del Archivo y por lo mismo las materias son variadísimas: copiadores de Reales Ordenes, Cédulas Reales, libros de actas, memoriales, roles, libros de contabilidad, rentas, libros becerros, protocolos de escrituras. Real Estampilla, testamentarías reales, inventarios de bienes de los diferentes Palacios y Sitios Reales, registro del Toisón de Oro. Es una Sección que se organizó con fondos procedentes del resto de las Secciones del Archivo y en especial de los legajos del servicio de obras. Hasta la fecha hay catalogados 7.000 planos, en su mayoría de edificios, jardines y obras públicas. Se ha dividido en cuatro grandes grupos: Madrid: Palacio Real (1617-XX) Madrid: Capital (siglos XVII-XX) Madrid Provincia (siglos XVII-XX) Provincias españolas y Extranjero (siglos XVIII-XX) Es un fondo de reciente incorporación al Archivo, que procede de diferentes Dependencias del Patrimonio Nacional: Biblioteca Real, Departamento de Conservación de Bienes Muebles, de los Reales Sitios y Patronatos. Cuenta con representación de todos los procesos fotográficos, desde el daguerrotipo hasta el papel Archivo General de Palacio baritado, y todos los formatos; así como el testimonio gráfico de todos los fotógrafos importantes de la época. Constituye, por tanto, una serie fundamental para la historia de la fotografía en España. Es imposible hacer repaso, en tan pocas líneas, de todos los temas que vamos a encontrar ya que son variadísimos, y los Reyes utilizaron la fotografía como elemento propagandístico de primer orden para dar a conocer los logros de sus Reinados. Uno de los primeros fotógrafos que aparece es Charles Clifford con los reportajes de los viajes que la Reina Isabel II hace por toda España, así como las magníficas reproducciones de los Reales Sitios. Mención especial merece el álbum de calotipos que con motivo del nacimiento de la Infanta realiza en 1852. Son abundante los retratos oficiales de los Monarcas realizados por prestigiosos fotógrafos: Debas, Barcia y Viet, Franzen, Resines, Kâulak. Contamos también con los trabajos realizados por un fotógrafo de excepción y de la Familia Real: el Infante Sebastián Gabriel. Sobre las diferentes contiendas en Africa se conservan fotografías de Fació, Alfonso, Ortiz Echagüe, etc. Y numerosa es la colección de fotografías sobre Cacerías, Regatas e inundaciones. Hay que destacar unos 6.000 positivos sobre la primera Guerra Mundial y 12.000 negativos en placas de vidrio, magníficamente conservadas, pertenecientes al Inventario de Bienes Muebles que por encargo de Alfonso XIII se comenzó en 1916, terminándose durante la República. Archivo del Infante Don Gabriel Este fondo documental ingresó en el Archivo procedente del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde estaba depositado, en 1964. Se trata de un Archivo familiar encabezado por el Infante Don Gabriel, hijo de Carlos III, continuado a través de cuatro generaciones. La vinculación del Gran Priorato de San Juan de Castilla y León a dicho Infante, bajo la forma de Mayorazgo-Infantazgo otorga a esta documentación una importancia mayor que la estrictamente privada o familiar. Es muy interesante para el estudio de La Mancha, con documentación de numerosas poblaciones de Toledo y de Ciudad Real como Alcázar de San Juan, Consuegra, Argamasaba, Manzanares, etc. Esta dividido en las siguientes subsecciones: Administración en general, alcaidías. Visitas, correspondencia, inventarios, cartas pueblas, pruebas de ingreso en la Orden de San Juan, etc. Sobre gobierno y administración de estos lugares, privilegios, docxmaentación del Gran Maestre de Malta, etc. Contaduría: (1231-1839). Cuentas, testamentarías, órdenes, informes, compras, etc. Títulos de Propiedad, mapas, pleitos, encomiendas, contratos matrimoniales, etc. Asamblea de San Juan de Jerusalén, administración de fincas, testamentarías, fes de vida, audiencias, etc. Encomiendas del Infante Don Antonio Pascual Es el archivo privado de dicho Infante compuesto por la documentación de la administración del Priorato de las Ordenes Militares que llevó el Infante Don Antonio Pascual, cuarto hijo de Carlos III, así como la conservada anteriormente en el archivo de dicho Priorato o de las localidades incluidas en sus encomiendas. Estos documentos son interesantes, principalmente, desde el punto de vista económico y se refieren en su mayoría a la administración, correspondencia con los administradores, estados de frutos y caudales, impuestos, subastas, arrendamientos, obras, nombramientos, títulos de propiedad, instrucciones y reglamentos, libros de tesorería y contaduría de las diferentes encomiendas, visitas. Entre las Encomiendas, que son muchas, citaremos: Castelnovo, Corral de Almaguer, Fresneda, Manzanares, Mayor de Alcañil, Piedrabuena, Villahermosa y Zalamea. En este pequeño repaso de las Secciones del Archivo y sus fondos, podemos observar cómo la documentación es muy variada. Estamos ante un Archivo de carácter administrativo y familiar, pero también político, ya que es el Archivo del Rey, como máxima autoridad política de la Nación. Los expedientes de carácter personal son muy ilustrativos para el conocimiento de las Personas Reales, por ellos adivinaremos sus estados de ánimo, sus pensamientos más íntimos, sus vivencias, enfermedades, etc. De esta documentación citaremos algunos ejemplos: autógrafo de Felipe II de 1593 sobre propuesta de «recogimiento de mugeres mocas perdidas», además de testamento y codicílo, ya nombrados. De Felipe V, original de su Thstamento con numerosas correcciones de las cláusulas testamentarias. De Carlos IV y la Reina M^ Luisa, la correspondencia con Godoy dentro de los Papeles Reservados de Fernando VIL De este Monarca son interesantes la correspondencia mantenida con sus Archivo General de Palacio cuatro mujeres cuando eran sus novias, o las Poesías de la Reina M" Amalia, recopiladas por el Rey. De Isabel, II la correspondencia desde París, en el exilio, con el Marqués de Novaliches, o la correspondencia particular de la Infanta D"" Eulalia. De la Reina María Cristina de Austria contamos con muchos recuerdos personales entre los que cabe citar, la colección de flores disecadas recogidas en dos volúmenes y con una pequeña explicación de su puño y letra, o los cuadernos de pintura. De Alfonso XIII, contamos con su Diario y una magnífica colección de postales que la Reina D^ Victoria Eugenia le envió cada día desde que partió para España hasta contraer matrimonio. De gran valor documental son los libros de Farmacia, con las matrices de las recetas que, día a día, por consejo médico se suministraban a la Cámara Real. Estado Actual e Instalaciones Por lo que se refiere al estado actual de los fondos documentales, están inventariados y cuentan con ficheros convencionales organizados por Secciones, materias y cronológico. También hay algunos manuscritos de referencia, siempre de carácter individualizado. En los últimos años se está comenzando a informatizar. Se trabaja con un ordenador central «SPARC 10» con sistema operativo SOLARIS y gestor de bases de datos BRS. La base de datos del Archivo se denomina CLIO y aún contamos con pequeñas series documentales, dentro de los Secciones informatizadas, salvo la de Personal y Fotografías que lo están al completo. La ubicación es la misma que dio Fernando VII, aunque se han ido incorporando nuevas superficies. Está en la Plaza de la Armería, en los Arcos Nuevos. Su superficie actual es de aproximadamente 3.000 m2, dividido en tres plantas. Sótano y Planta Superior, destinadas exclusivamente a Depósito documental, y la Entreplanta o Principal, además de Depósito con estanterías de madera, -se conservan las originales mandadas hacer por Fernando VII-, están instalados las Despachos de Trabajo y la Sala de Lectura. Los depósitos están equipados con estanterías metálicas, salvo los del piso principal que son de madera, con plataforma intermedia para aprovechar mejor la altura y de armarios compactos. donde la superficie lo permite. Los planos y fotos de gran tamaño se almacenan en plañeres horizontales, y unos armarios especiales, hechos a medida, para las placas de vidrio. Todas las estancias de los depósitos tienen puertas metálicas, cortafuegos, alarmas y detectores de incendios con bombonas de gas halón. La Sala de Lectura cuenta con terminales informáticos, uno con CD y dos para visualizar imágenes digitalizadas, y lectores-impresores de microfilm. Existe un moderno servicio de Reprografía, con varias Cámaras para Microfilmar tanto en película convencional de rollo, como en microficha o ficha de apertura. En la actualidad se está procediendo a la digitalización de determinados documentos. Para ello se cuenta con dos Scaners planos y una máquina de vídeo digital, e impresoras de alta resolución. Se ha comenzado por digitalizar las fotografías y los planos, aunque también se han grabado documentos que por su importancia merecían dicho tratamiento.
No es frecuente que las bibliotecas tomen la palabra. Incluso como licencia poética, el que el ámbito del silencio se decida a hablar, debe considerarse algo excepcional. Sin embargo, al iniciarse el mes de diciembre de 1764, la Real Biblioteca es la encargada de pronunciar el discurso encomiástico con el que el Palacio Nuevo recibe al Rey Carlos III ^. Superviviente del incendio que destruye el Alcázar en la Navidad de 1734, la Real Biblioteca, que se reivindica hija de Felipe V, es, por la composición de sus fondos bibliográficos, el enlace de Austrias y Borbones y se ha convertido en el mejor testigo del profundo cambio que la nueva Casa Real ha dado al sentido de la cultura escrita en España. Los fondos de incautación del partido austracista -los libros del Duque de Terranova, los del Marqués de Mondéjar, las librerías de Folch y Cardona, arzobispo de Valencia y la del Duque de Ucedase han unido a los fondos reales procedentes de la Torre Alta del Alcázar y a los libros que el Rey Felipe V se ha traido de Francia. Juntos, formando un conjunto que auna procedencias reales de las dos Casas y nobiliarias, los libros comparten el espacio que Teodoro Ardemans acondiciona, en un pasadizo anejo al Alcázar, en 1711. Un edificio de tres plantas, fachada de soportales con arcos de medio punto, decoración con figuras de escritores y amueblada con armarios finos, que se abre en 1712 2. Hierro y mármol, sólo, combinados contra el poder del tiempo y el olvido, son las bases del actual Palacio del Rey. Ni duro roble ni cedro peregrino. Nada que pueda volver a desaparecer consumido por el fiíego. El oro que hace resplandecer los jaspes en muros, cornisas, bóvedas y fiñsos se añade, como expresión de esplendor, a una marmórea voluntad de permanencia. Dentro de este recinto, ejecutado con el propósito de durar para siempre, se encuentra otra colección de libros impresos y manuscritos. Son la que los Reyes consideran suyos particulares. Los que por razones de Estado, de afecto o de capricho han decidido tener siempre a su alcance. Forman la Real Biblioteca Particular o de Cámara. A diferencia de la Pública, que como institución pública necesita formalizar su creación con un documento legal, la Privada, como bien personal de los Reyes, no ha necesitado ningún acto administrativo que la justifique. Tras una obligada estancia en el Buen Retiro, donde se alojaron los libros mientras duraron las obras, finalizadas en 1761, se encuentran ahora, como el Rey, aposentados en este soberbio edificio que «sobre una colina edificado/ goza de ayres más puros y mas limpios». Si es Carlos III quien la aloja en el Palacio Nuevo, es su hijo Carlos IV quien la instala en un recinto específico y diferenciado. La Librería de Cámara ocupará, a partir de este Rey, el lugar que se le destina en el nuevo edificio, planta principal del ala sureste del edificio, el llamado «aumento de San Gil» proyectado por Sabatini. Hablar de la esta Librería obliga a comentar el lugar que ocupa porque el espacial es uno de los elementos más expresivos de la definición de sus funciones ^. Elegir un espacio ha de entenderse como un acto de designación. Nunca es una acción gratuita decidir qué lugar se ocupa pero, si esta elección se efectúa dentro de un microcosmos donde el orden tiene una lectura de rango -como es el caso de un recinto destinado a ser escenario y sede de la vida del Rey-la elección espacial se convierte en un acto simbólico de concesión de estado. La ubicación de la Librería de Cámara dentro del Palacio Nuevo traduce las funciones que se le tienen acordadas con relación al Rey y a la Corte. Como en tantas otras cosas en este periodo, se ha seguido el modelo francés para instalarla junto a los cuartos privados del Rey en un espacio lujoso en el que, bajo la protección de los dioses que la custodian desde las bóvedas, una colección bibliográfica excepcional de raanuscritos, incunables, impresos antiguos y otros materiales, se despliega vestida con caprichosas encuademaciones. Frédéric Quilliet al describir para José Bonaparte los cuadros de Palacio hace el recorrido valorando las pinturas y nos permite, así, reconstruirla ^. Se extiende entre el dormitorio de Carlos IV y el de la Reina y cuatro de sus salas tienen bóvedas decoradas por Bayeu y Maella, fíceseos de factura correcta, acordes al academicismo imperante. La Historia escribiendo sus memorias sobre el Tiempo, Apolo protegiendo a las Ciencias, La verdadera Gloria y La Virtud Heroica, temas clásicos del repertorio iconográfico ligado al libro y la bibliografía que también inspirarán temas decorativos de cabeceras y viñetas grabadas en los libros ilustrados. Años más tarde, en 1829, Francisco José Fabre publica la Descripción de las alegorías pintadas en las bóvedas del Real Palacio de Madrid. En el tiempo transcurrido, la Librería de Cámara ha ganado nuevos espacios de igual categoría arquitectónica. El que ñiera Dormitorio de Carlos IV en el inventario de Quilliet es ahora parte de la Biblioteca. Themis ducit Magna recuerda su bóveda, a través de los pinceles de Bayeu, para que el Rey tenga constancia de que la Justicia gobierna las grandes acciones. En la testamentaría de Fernando VII, habrá una sala más dedicada a Biblioteca Numismática y otra, la mencionada décimo séptima, en la que se conseva la cartografía. Aparte de los cuadros, detallados ya por Quilliet y entre los que están, entre otras, telas de Velazquez, Tintoretto, Rubens, Durero, Pompeo Battoni, Giaquinto, Teniers, en la testamentaría se tasan más objetos suntuarios que conviven con los libros: esculturas, relojes, muebles, espejos, draperías. En ese recinto de opulencia y fasto permanecerá la Librería hasta que al morir Fernando VII su viuda, M^ Cristina de Borbón, la somete a un traslado forzoso, y, en aquel momento, degradante. Confinada en el ala noroeste del Palacio, la Biblioteca de Cámara, expresa con este alejamiento del ámbito privado del Rey, el cambio definitivo de mentalidad y el diferente entendimiento del papel de la Corona; en suma la quiebra del Antiguo Régimen y el agotamiento de un concepto de Librería Particular ligado a los principios de la Ilustración española. La dinámica del tiempo ha jugado, sin embargo, en favor de la Librería y, hoy no podemos sino agradecer que a M^ Cristina de Borbón le sobrasen los libros y le faltase el espacio. El ángulo noroeste del Palacio es el mejor lugar, desde el punto de vista de la conservación: el más frió, el más resguardado de la luz solar y el que, mirando a la Sierra y a los jardines de Sabatini, está menos expuesto a la contaminación. También hay que subrayar que durante la Restauración, bajo Alfonso XII, Remón Zarco del Valle, Bibliotecario Mayor del Rey, consiguió devolverle, bajo los principios estéticos decimonónicos, el esplendor del que se la había despojado en 1837. En la actualidad, la Real Biblioteca es una de las más hermosas bibliotecas históricas. Expresión del proyecto ilustrado de los Berbenes Mayores, la Librería Particular, consolida durante el reinado de Carlos IV sus funciones como espacio de representación y como depósito de la cultura y el progreso nacionales. Con este rey, formado por su padre en un modelo de educación en el que el libro, material e intelectualmente, ha tenido la mayor importancia, vive la biblioteca el momento de mayor esplendor. Criado en una política libraría ilustrada, como Príncipe de Asturías, Carlos rV ha asistido a los progresos de la imprenta y ha sido testigo de los logros alcanzados gracias al fomento de las artes del libro y al apoyo a la cultura literaria. La Real Biblioteca Particular es producto y testimonio de una educación príncipesca dirígida por los factotum de la renovación de la enseñanza en España. El concepto de Rey y de Príncipe han variado profundamente a lo largo de un siglo en el que una Revolución que termina con la Monarquía en Francia, es la fecha que indica el cambio de Época. Ni la lectura en el desierto, donde se ingresaba por la Filosofía y se salía por la Teología de la Regia Escurialense, ni la librería o el studiolo de la Torre Alta del Alcázar, formada por Francisco de Rioja para Felipe IV, con sus sobrías encuademaciones en pergamino, eran modelos que podían asistir al sentido que el libro tiene para el Príncipe en el siglo XVIII ni a las necesidades de representación que exige de su colección libraría ^. El Rey es ahora el exponente máximo del hombre de gusto y necesita un espacio propio donde enmarcar ese nuevo mundo cultural que le construye ante sus subditos como el representante de una nueva cultura. Su Biblioteca debe conjugar los valores imperantes: el gusto, el lujo, el cosmopolitismo. Su colección de libros tiene que expresar las premisas en las que se ha apoyado el cambio de la Monarquía ilustrada española: la renovación de la dignidad de la nación en artes, ciencias y letras. La imagen del Rey que ahora se encarga de construir la Biblioteca es la del Monarca que une los valores del mejor del pasado históríco con las inquietudes de un enciclopedismo «políticamente» correcto. Los libros del Rey son una de sus colecciones objetuales y por ello tienen como finalidad escenificar valores de su figura ligados a aspectos suntuarios y de imagen; pero manuscritos e impresos, mapas, grabados o dibujos, son, al mismo tiempo, testimonio, escrito o gráfico, de actuaciones concretas de la Corona española; su objetivo, entonces, es ser y servir de memoria histórica del Estado. Así, la Biblioteca particular funciona como herramienta de propaganda y sirve, como conjunto bibliográfico, para transmitir una determinada imagen intelectual de su figura, porque una selección de libros tiene, en última instancia, la posibilidad de configurar a su posesor. Las lecturas crean un tipo de propietario ideal; este es un principio que subyace en Bibliotecas como la de Cámara en las que, de forma evidente, una parte del fondo bibliográfico se selecciona porque se considera que es ese, y no otro, el conjunto de libros propios de ella. En la Librería del Rey están las lecturas curriculares, las propias de la «educación del príncipe» según el modelo dieciochesco. Reúne fondos bibliográficos canónicos, que no guardan estrecha relación con elecciones personales, y que responden ala función de representación intelectual del Monarca ilustrado. Esto explica la coherente formación de una parte del fondo bibliográfico que hoy forma la Real Biblioteca, porque durante un largo periodo del siglo XVIII, la selección bibliográfica fue responsabilidad de la elite intelectual que formaba al Príncipe de Asturias y elegía sus lecturas y de la que se hacía cargo de su Librería de Cámara y decidía qué libros y qué colecciones eran los propios de una biblioteca regia acorde a los principios ilustrados. Quienes se ocupan de formar las lecturas del Príncipe y de seleccionar los libros para esta Librería Particular son quienes están propiciando la renovación nacional. Son el «milieu» intelectual que actúa junto con el gobierno -a veces también forman parte de él-proponiendo y desarrollando proyectos característicos del dirigismo educativo y cultural de los Reinados de Fernando VI y Carlos III, a los que tan magníficamente sirve la imprenta dieciochesca. Estos hombres dirigen y trabajan dentro de las fundaciones reales de investigación y estudio trocando los papeles que les proporcionan sus cargos. El Preceptor real o el Bibliotecario real -Pérez Bayer y Mayans y Sisear, por citar dos conspicuos representantes de las nuevas ideas-son grandes implicados en el cambio de los estudios y a la vez personas cercanas -en el caso del manteista-y al frente -en el del erudito de Oliva-de las colecciones librarías principescas y reales. El resultado de todo esto es que el fondo de la Librería de Cámara es un estupendo ejemplo de biblioteca dieciochesca, conectada a las corrientes avanzadas de las ideas europeas. Su carácter enciclopédico recoge todas las disciplinas del momento: historia natural, historia de las costumbres, economía política, oficios, libros de viajes, derecho natural. No está, es evidente, el Contrato social pero no faltan ninguno de los libros de Derecho Natural que Rousseau maneja para escribirlo, como la obra de Emer Vattel que figura entre los libros personales de Carlos IV en los años de Príncipe de Asturias. Los índices de las librerías de los Infantes, de los Príncipes de Asturias y de la del Rey son los que permiten reconstruir estas colecciones. El índice la Biblioteca de Carlos III lo realiza el reputado librero madrileño Francisco Manuel de Mena en 1760; en él se registran ochocientas veinticuatro obras. Veintidós años después se le añade un Suplemento al Catálogo de la Librería que tiene para su Real Uso el Rey Nn Sr D. Carlos, en el que su autor, Gabino de Mena, Administrador de la Real Imprenta, refleja el aumento de más de quiniento títulos. Ordenados alfabéticamente y empleando la tinta roja para señalización onomástica, estos catálogos de factura neoclásica, reflejan una librería de 8 cuerpos con 6 estantes por cuerpo. En ella se encuentran ya obras destacadas como el manuscrito iluminado a la acuarela que Alfonso Taccoli ofrece al Rey con las divisas y uniformes de los cuerpos militares de Europa, y que es una fuente imprescindible para estudios de historia militar en el siglo XVIII ^. Pieza que con la representación de más de dos centenares de figuras uniformadas tiene, como es evidente, un enorme interés iconográfico. Pero es durante el reinado de Carlos IV cuando la Librería de Cámara consolida la importancia de su contendió. El catálogo general de la Biblioteca lo realiza, entre 1799 y 1801, uno de sus encargados, José Ángel Alvarez Navarro. Lo hace siguiendo el orden de las piezas. Los cuatro volúmenes manuscritos marcan ya la distancia con el que al Rey, su padre, le hicieran los Mena y nos ponen ante una colección libraria particular que hay que contar en miles. Si durante el Reinado de Carlos III se hacen ingresos importantes, por ejemplo el de los fondos relativos a lenguas indígenas de Celestino Mutis, es con su hijo cuando se incorporan las bibliotecas particulares y los fondos institucionales más destacados. El ingreso de la biblioteca del Conde de Mansilla y la de Francisco de Bruna, Oidor de la Audiencia de Sevilla, amigo personal de Jovellanos, que reúne una magnífica biblioteca de carácter humanístico ^. En 1806, muere el Bibliotecario Real de la Particular, Fernando Scio de San Miguel, un escolapio que, junto a su hermano Felipe, ha servido a la casa desde el Reinado anterior. Pasa entonces a ocuparse de los libros Felix Amat y Pont, abad de San Ildefonso y Arzobispo in partibus de Palmira, confesor real. Hombre importante en la controversia religiosa, regalista y filojansenista es un buen representante de la cultura eclesiástica española renovadora. Su influencia es decisiva para la formación de la colección privada del Rey. La compra de la librería del Conde de Gondomar, el ingreso de los fondos de los Colegios Mayores de Salamanca, Valladolid, los libros de la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias -entre los que se encuentran los de Francisco de Zamora, Areche, Juan Bautista Muñoz y los de José Ayala-a raíz de la Real Orden de 20 de febrero de 1807 por la que se afectan los manuscritos de los establecimientos públicos, se producen durante su mandato. La trascendencia de estos ingresos de fondos va más allá de su cuantificación y de su valor material, con ser éste mucho. Creo que lo más importante es el hecho de que se produzca y el sentido que tiene el que sean esas y ño otras las colecciones que se incorporan a los libros privados del Rey. Su significación como conjuntos librarlos y documentales de hombres de estado, bibliotecas y archivos que son las fuentes de la política internacional y americanista de España es notoria. La Colección es también en este periodo el testimonio fiel de la labor de la que podemos llamar «Imprenta de las Luces»: Imprenta Real, establecimiento emblemático del de las letras y de la industria del libro, y las particulares de Joaquín Ibarra, Benito Monfort, Antonio Sancha y la de Giambattista Bodoni, el impresor de la Corte de Parma a quien Carlos IV otorga el nombramiento de Impresor Real. En este hecho debemos ver no sólo el afán de juntar las preciosas ediciones que se producen sino la voluntad de que la Librería Particular del Rey sea el depósito que atestigüe los progresos tipográficos. Por los mismos motivos se constituye la Biblioteca en depositarla de una magnífica colección de encuademaciones. El fomento de las artes del libro pasa por la creación de un taller vinculado a Palacio y de unos empleos de Cámara, en oficios de mano, para quienes se dedican al arte de encuadernar. Aparte de su función representativa, como objeto artístico, las encuademaciones que salen del Juego de Pelota son la confirmación del progreso de ese oficio que la Corona ha dotado de medios y ha estimulado con becas, y del que ella misma se enorgullece de ser su primera consumidora y su garantía testimonial. Hasta la que en la actualidad es Real Biblioteca, un centro de investigación en el que los fondos del patrimonio histórico del Patrimonio Nacional pueden consultarse a través de ordenador y que cuenta con una Sala de Investigadores abierta a todos, la Librería de Cámara fue recogiendo la peculiar impronta de cada uno de los Reinados y supo conservar la riqueza bibliográfica, gráfica y documental que dejaron en ella las aficiones de la Familia Real: la música, el arte, la hípica, la caza o la numismática. Los tres álbumes de dibujos que Salvador Maella confeccionó para Fernando VII, en los que se encuentran grandes piezas del dibujo español desde el siglo XVI hasta el XVIII, las Trazas de El Escorial dibujadas por Juan de Herrera, compradas por Alfonso XIII, las cincuenta y cuatro acuarelas que los monárquicos catalanes regalaron a este Monarca ejecutadas por Anglada Camarasa, Mir, Nonell, Meifren, Rusiñol y Casas entre otros, son parte de un acervo artístico que se inicia con el magnífico repertorio visual de las miniaturas del Libro de Horas de Juana Enríquez, conocido como Libro de Horas de Isabel la Católica, La conocida pasión de Bárbara de Braganza por la música es indesligable de la figura de Farinelli y de uno de los más bellos manuscritos de esta Biblioteca, el de Las fiestas reales. El músico, responsable además de la organización y escenografía de los eventos palaciegos durante el reinado de Fernando VI, describe las que se llevaron a cabo en Aranjuez y en las que la escuadra del Tajo era la gran protagonista. Desde el interés de Fernando VII por el arte ligatoria, el inicio de la fotografía con Isabel II, hasta el desarrollo industrial de la España de Alfonso XIII, sus fondos, que remontan su antigüedad al siglo XII, con el manuscrito Homiliae in quattuor Evangelios, son el camino que conduce a la reconstrucción del libro y de la lectura en el entorno privado de la Casa Real española durante tres siglos.
presentación En el timbrai de un nuevo siglo «Arbor» abre en esta ocasión sus páginas a la historia madrileña. Disponemos de revistas consagradas a este campo, la más joven, «Madrid», que edita la Comunidad, pero parece conveniente que alguna vez una revista cultural de arco abierto vuelva los ojos a su circunstancia -por decirlo en términos orteguianos-, convirtiéndose en cátedra para el análisis de su entorno social e histórico. Recordemos el número doble que dedicó la «Revista de Occidente» en 1983 a «Madrid: Villa y Comunidad», Se trataba de un número distinto del que ahora presentamos, pues en él colaboraban políticos, filósofos y escritores al lado de geógrafos e historiadores para interpretar la realidad madrileña, de la capital y la provincia, en un vuelo cronológico que iba desde los orígenes de la capitalidad y la provincia de Madrid hasta la andadura autonómica. Frente a este arco de siglos el número de «Arbor» se ciñe a un momento muy concreto de la historia madrileña, el que remonta la última curva de nivel del siglo XIX, alcanza la cresta divisoria de dos centurias e inicia el descenso en los primeros años del novecientos, y se ha tejido con las aportaciones exclusivas de historiadores de plural especialización. Podría argüirse que el guarismo redondo del 900 ofrece más incentivos a la imaginación que significación real en el desarrollo de la ciudad, pues en efecto tendemos a atribuir simbolismos a determinadas cifras, aniversarios o centenarios que en ocasiones poco significan, mas aunque así fuera no podría negarse que en la tradición popular se celebran los cambios de año y ^con mayor motivo de siglo con un entusiasmo de fiesta y esperanza que ya constituye en sí un fenómeno social, no obstante no fue el año 1900 sólo un guarismo de ceros incitador, porque el paso del siglo XIX al XX vino acompañado además por una procesión de cambios que proporcionaron a los IX Presentación X hombres de entonces la imagen del inicio de una edad nueva. En pocos años los hombres aprendieron a encender bombillas, circularon en automóviles, volaron en máquinas casi milagrosas que parecían desafiar el reino de los pájaros, bucearon y aprendieron a desplazarse en el seno de las aguas oceánicas, escucharon el gramófono, contemplaron las imágenes móviles del cine, triunfaron sobre ciertos microbios, se asomaron al subconsciente. Esa edad prodigiosa encontró su protagonista en la electricidad. Desde los años 80 se practicó la religión de la electromanía. Los descubrimientos realizados acerca de este fluido misterioso e invisible recorrieron las páginas de novelistas como Julio Verne y Zola y animaron los discursos de los estadistas. La fantasía enriqueció el imaginario social. Las Exposiciones Universales, entre ellas la de París de 1900, demostraron la supremacía de la electricidad sobre su competidor, el gas. En un texto de 1901 se profetizaban muchas conquistas por desgracia utópicas: «Navios eléctricos harán en dos días el viaje desde América a Inglaterra... Corrientes eléctricas aplicadas al suelo aumentarán el volumen de las legumbres y de las frutas y destruirán las malas hierbas». Aunque no alcanzaran sus virtudes el carácter taumatúrgico que los ingenuos esperaban, la iluminación nocturna aumentó el atractivo de las ciudades y contribuyó a acelerar el éxodo rural, la huida de los hombres de las regiones dominadas por la noche. Al mismo tiempo acusó más todavía los contrastes centro-periferia, pues fueron los barrios del centro los que primero disfrutaron de este progreso mientras los humildes del extrarradio habrían de contabilizar la oscuridad nocturna o la penumbra de las lámparas antiguas en el capítulo de carencias de servicios públicos. En París se iluminaron con lámparas eléctricas los Grandes Bulevares en 1889; en 1903 se instaló en Saint Denis la central que proporcionaría energía para el Metro, En tanto la sociedad francesa concedía prioridad a las conquistas sociales de la electricidad, en Alemania se prefería aprovechar su condición de fuerza motriz, potenciando la capacidad de producción fabril. En Madrid se inició en 1891 la electrificación de los tranvías, que arrumbó los vetustos coches arrastrados por muías; en enero de 1900 se inauguró la iluminación eléctrica de varias calles céntricas. El final de siglo se vivía en la Villa con los ojos abiertos a la energía milagrosa y a todos los avances de la época, entre ellos el cinematógrafo. La primera proyección pública de una película en España tuvo lugar el 11 de mayo de 1896 en Madrid, como parte de una función de circo promovida por Erwin Rousby, quien utilizó un aparato denominado animatógrafo para cautivar con sus imágenes a los estupefactos espec-Presentación tadores, y sólo cuatro días más tarde, en el programa de celebraciones de San Isidro, Alexandre Promio, enviado de la casa Lumière, repetía el espectáculo en el bajo del Hotel Rusia, en la Carrera de San Jerónimo. Pronto se dispondría, en el emplazamiento del cinema Doré, en la calle de Santa Isabel, de una barraca dedicada a tan fascinante experiencia de ludismo colectivo, hasta que en 1923 Críspulo Moro construyera con la aportación decisiva de Anasagasti el cine que es en la actualidad sede de la Filmoteca Nacional. A diferencia de lo ocurrido en el año 2000, cuando las urgencias comerciales de las cadenas de centros de venta, llamadas de manera gráfica por la vastedad de sus establecimientos «grandes superficies», denominación tradicionalmente más propia de la geografía o de la agricultura que de la actividad vendedora, consiguieron adelantar doce meses el calendario, fijando el tránsito de centuria y milenio en el despegue del 2000, los madrileños de 1900 tuvieron claro que vivían el último año del siglo XIX y que hasta el 1 de enero de 1901 no tendrían la posibilidad de observar en los relojes la primera hora del siglo XX. En sintonía con el calendario, los grandes rotativos madrileños eligieron ese día auroral para ensayar un balance del siglo XIX o presentar los horizontes de España después de la crisis de 1898. «El Imparcial» afrontó esta prospección con las firmas de algunos de los periodistas y escritores más ilustres, pues consiguió reunir las de Mariano de Cavia, Ortega Munilla, Sinesio Delgado, Pardo Bazán; «La Correspondencia de España», el más popular y durante años el de mayor tirada, solicitó la colaboración de los políticos, entre ellos Silvela, Pidal, Moret, Romero Robledo, Eduardo Dato, Gumersindo de Azcárate; «Heraldo de Madrid» realizó un despliegue de nombres menos sonoros pero que le permitieron presentar una imagen de todo el siglo XIX a manera de balance de cierre de centuria. También fue ese día el elegido para inaugurar en la plaza de María de Molina el monumento a Cánovas, con asistencia de la Familia Real y discursos del Presidente del Senado y de Romero Robledo, inauguración que implicaba un compromiso de mantenimiento del modelo político de la Restauración en un periodo en el que se acercaba la mayoría de edad de Alfonso XIII, y cuyo simbolismo ocupó la atención de «La Época», vocero del procer conservador hasta su trágico final. Podríamos deducir que en ese momento los intelectuales y los políticos miraban tanto hacia atrás como hacia adelante, en una posición exigida por el valor simbólico que el año de parto de un siglo implica. Esa ventana del tiempo invitaba a la ciudad a mirar también en las dos direcciones, por lo que el lector XI Presentación XII encontrará en la serie de artículos fenómenos decimonónicos, de continuidad, y el inicio de los que calificarían la nueva era, en la cual, como en la percepción de los catecúmenos, sólo se vislumbraban promesas y todavía no se atisbaban las sombras de una centuria que tendría en la capital episodios violentos y capítulos trágicos. Para algunas ciudades el camino que cruzó la cresta de dos siglos constituyó una etapa decisiva. Se podría hablar de ciudades en estado de gracia, tanto por los cambios urbanísticos como por la renovación cultural impulsada por pensadores, escritores y artistas. Fue el caso de Barcelona. Entre la Exposición Universal de 1888 y la Exposición Internacional de 1929 la ciudad experimentó una metamorfosis asombrosa. Al mismo tiempo que Madrid, la Ciudad Condal incorporó la iluminación eléctrica, impulsó con los tranvías eléctricos el transpone público y descubrió el cine. Pero los fenómenos más profundos no se referían a la simple asunción de los avances de época. La nómina excepcional de arquitectos modernistas configuró en la Diagonal y el Paseo de Gracia conjuntos urbanos en los que se casaban la arquitectura y las formas orgánicas de la naturaleza y que constituyen hoy uno de los emblemas de orgullo de la ciudad. Tras la renovación de la construcción, la decoración y el mobiliario que el modernismo aportó al arte de vivir de los burgueses barceloneses, el noucentismo, propuesto por Eugenio D'Ors («Xenius»), sumergió la cultura catalana en un baño de cultura europea. Que dos movimientos tan originales como el modernismo y el noucentismo convergieran en 1900 demostraba la potencia de los grupos cultos. Nonell, Picasso, Carner, suscitaban a su alrededor un latido de fiebre creadora. Una fiebre que tuvo sus templos, como la tertulia artística de «Els Quatre Gats», y, sobre todo, el nuevo símbolo de la ciudad, la creación más genial del máximo artista del modernismo, el templo gaudiniano de la Sagrada Familia, descrito por Pijoan como el eco de los «gemidos comprimidos del alma catalana». No fue tan decisivo el tránsito de siglo para el Londres Victoriano. La Reina Victoria moría el 22 de enero de 1901, dejando como herencia las glorias del imperio, pero también en Londres una capital dual de esplendor y miseria. En términos cuantitativos lo fue en cambio para Berlín, que aumentó de los 800.000 habitantes de 1870 a los 2 millones de 1912, auge que correspondía al paso de capital de Prusia a capital de un imperio. A partir de 1900 se sacrificaron extensas superficies boscosas para ampliar un caserío que demandaba la acelerada escalada demográfica, y en 1902 comenzaban los trabajos del Metro, que Siemens había propuesto en 1880. Más importancia tuvo el final de siglo en Presentación XIII París. La nueva época se reflejó en el crecimiento de la gran industria y en la rápida configuración de la red de transportes, no obstante ofrecían mayor relevancia los fenómenos de carácter cultural. París había mantenido su cetro de capital artística de Europa a lo largo del siglo XIX, desempeñando un papel que en otras épocas históricas habían representado Florencia, Venecia y Roma, y aun intensificó ese carácter en los inicios del siglo XX, según atestiguan figuras tan revolucionarias en los rumbos del arte como Debussy, Proust y Gide, aunque la primera evocación debería dedicarse a los nombres gloriosos de tantos pintores de todas las latitudes que acudían a saborear la intensa e incitante vida nocturna de la «Ciudad de la Luz», y que llegaron a ser ingrediente del espíritu de la capital francesa. La misma combinación de renovación arquitectónica e impulso cultural que hemos señalado en Barcelona habría de ser reconocida a la Viena de 1900, comprobable en el sugestivo libro de Cari E. Schorske: «Viena Fin-de-Siècle». El impacto en el paisaje urbano de los maestros del «Art Nouveau» fue decisivo. De Otto Wagner, su máximo representante, elogia Schorske «su capacidad de elevar la uniformidad a monumentalidad». La «Ringstrasse» señalaría la apoteosis de sus diseños. Y bastarían los nombres de Freud, Klimt, Kokoschka y Schoenberg para acreditar cuanto significó la capital del imperio austro-húngaro en los nuevos caminos de la medicina, el arte y la música en el tránsito de las dos centurias. Época, pues, de grandes retos y enormes posibilidades para las ciudades. El pulso de la vida social madrileña tuvo un cronista puntual en Melchor Almagro San Martín: «Biografía del 1900», libro que le ha servido de guía a Francisco Villacorta en su artículo para realizar un penetrante análisis de la sociabilidad madrileña. La misma imagen festera del novecientos es la captada por Federico Carlos Sáinz de Robles, quien describe una Villa donde se divertían las clases populares en concurrencias verbeneras, reían los espectadores con las gracias de Arniches, se oían en plazuelas las notas de organillos chulones y daban las primeras patadas a un balón sendos equipos de mozos en un descampado. Esta imagen de paz pública un tanto castiza era sólo la espuma de procesos más profundos que no deberían pasar desapercibidos. Aunque sin el esplendor artístico de Barcelona, la arquitectura madrileña incorporó diversas corrientes, insertas en el espíritu «revival» de los historicismos, como el neoplateresco y el neomudéjar, sin dejar de prestar atención a los estilos contemporáneos del modernismo y el racionalismo. Adaro, Arbós y Grases Riera, los arquitectos más destacados en la intersección de los dos siglos, fueron seguidos por los Presentación XIV que iniciaron su carrera en torno a 1900, como Antonio Palacios, López Sallaberry, Eduardo Reynals o Pérez VillaamiL El Ministerio de Fomento ( 1893), hoy Ministerio de Agricultura (seguramente la mejor solución -en ningún momento barajada-para la ampliación del Museo del Prado), el Banco Hispano Americano ( 1895), el edificio de «Blanco y Negro en la calle Serrano (1899), el Palacio Longoria (1902, actual sede de la Sociedad de Autores), el Palacio de Comunicaciones (1904) o el Casino (1905) fueron creaciones relevantes que respondían a las pretensiones de monumentalidad de las grandes urbes contemporáneas. Para el viandante actual un paseo por las calles Almagro y Miguel Ángel le depara la oportunidad de comparar los extraordinarios edificios de los primeros lustros de siglo con los más seriados, de menor personalidad, surgidos posteriormente sobre los solares de inmuebles que deberían haber sido protegidos. Si los edificios además de una función directa de utilidad a sus propietarios o usuarios desempeñan otra de expresión colectiva de la vitalidad de una urbe, no menor atención ha de prestarse a la nómina de escritores y artistas que vivían en Madrid, procedentes de todos los rincones de la geografia peninsular, y que se convirtieron en la savia de la sensibilidad y las conexiones nerviosas de la reflexión intelectual de la sociedad madrileña. Gómez de la Serna señalaba como rasgo propio de Madrid la síntesis de ideas, estilos y gentes que convivían estimulándose mutuamente y contribuyendo a vivificar el carácter de la ciudad. «Al contrario de lo que con otras ciudades suele ocurrir no nos integramos en Madrid, Madrid se integra en nosotros», apuntó Tierno Galván. En los cafés podían encontrarse todos los hombres del 98, desde Unamuno y Azorín a Baroja, Machado, Maeztu y Valle Inclán, congregación de plumas de procedencia geográfica tan dispar que justifican la caracterización en tono trágico que Antonio Machado adscribió a Madrid durante la guerra civil de «rompeolas de todas las Españas». Y a su lado, los jóvenes que cubrirían la nómina de la generación del 14 con Ortega a su cabeza. En las tertulias comparecían Echegaray, Campoamor, Núñez de Arce, Menéndez Pelayo, Pardo Bazán, Juan Ramón Jiménez, Ramón y Cajal, practicantes de un ocio verbal de intercambios cultos que en sus respectivos centros de sociabilidad ejercían políticos y aristócratas perorando sobre cuestiones más mundanas. Detrás de esta fachada de esplendor, que tuvo su exponente en la almendra bancaria, dibujada entre Sol, Cibeles y Neptuno, con los rutilantes edificios del Hispano Americano, Urquijo, Banesto o las casas de Seguros, entre las que descollaba «El Fénix Español», la ciudad Presentación ocultaba un espacio fuertemente jerarquizado, en el que contrastaban las opulencias de algunos distritos, fundamentalmente Centro, Congreso, Buenavista y Hospicio, con los proletarios del Sur: Latina, Hospital e Inclusa, y del Norte: Universidad y algunos barrios de Chamberí. Baraja, al igual que Martín Santos medio siglo más tarde, sería el notario de los bolsones de miseria y superstición, que se mantenían sin alteración desde la época de la denuncia galdosiana de «Misericordia». Las contradicciones londinenses del West End y el East End tenían su réplica madrileña en la contraposición entre el ambicioso intento de vertebración axial a lo largo de la Castellana, con su cohorte de espléndidos palacios, y las humildísimas corralas y viviendas de corredor, donde se hacinaban las capas ínfimas de la pirámide social. La simbiosis de lo opulento y lo miserable, y de lo viejo y lo nuevo, podía descubrirse en todos los órdenes. Porque si la economía capitalina iniciaba un proceso de protoindustrialización subsistían al mismo tiempo pequeñas fábricas y sectores sometidos a las rutinas de la producción artesanal, y permanecían y aun se incrementaban los elementos de ruralidad. La leche que se consumía en Madrid, un artículo esencial, se producía en un porcentaje alto dentro del recinto municipal, en granjas del extrarradio y en ocasiones situadas en zonas más céntricas del mapa urbano, en una cuasiconvivencia de inquilinos y reses. Una ciudad en transformación, donde era posible disfrutar de los avances que ofrecía el nuevo siglo o asomarse al pasado en la mugre de pobreza y atraso de algunos distritos, contrastes que seguramente subrayó enérgicamente la luz eléctrica al magnificar el esplendor de las áreas más suntuosas, tuvo en un alcalde, Alberto Aguilera (en tres ocasiones, entre 1901 y 1910), el visionario diseñador de operaciones de gran calado que situarían la Villa en un nivel de dignidad compatible con sus altas funciones de representación como capital del Estado. El parque del Oeste y los bulevares prestaron al paisaje urbano esa mezcla de urbe y jardín que habían soñado los urbanistas más utópicos del siglo XLK. Se consagra la serie de artículos de este número al análisis de un Madrid dual en la circunstancia del cambio de siglo. No es nuestro propósito anticipar el contenido, pero como guía del lector anotaremos sumariamente la ordenación y objetivos de los trabajos. Los dos primeros se dedican al espacio y la población. El de José Carlos Rueda examina los cambios del paisaje urbano, señalando los retos a que respondió y las principales operaciones: la Gran Vía y los XV (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Presentación XVI ensayos de urbanización del Extrarradio, El artículo del autor de esta Presentación estudia el modelo demográfico, en el que subsistían algunos arcaísmos, y los problemas sanitarios que escalafonaban los distritos y barrios según su nivel social. Los dos siguientes se ocupan de la condición de Madrid como capital económica. El elaborado por Antonio Gómez Mendoza analiza los inconvenientes de la posición central de Madrid y su superación al articularse una red ferroviaria y convertirse en centro de las redes telefónicas y telegráficas, y más tarde aéreas. Sus sugestivas apreciaciones coinciden con las de José Luís Garda Delgado, quien valora el papel polarizador de la capital y acredita el proceso de diversificación del tejido productivo. La consolidación del sector industrial se reflejó en la potencia instalada, diez veces mayor en 1905 que en 1885. La política, tercer campo de observación, está atendida en otros dos artículos. Aunque el de Manuel Espadas Burgos traspasa esta frontera, puesto que la vibración de la guerra cubana en el pulso de la ciudad, reflejada en los debates públicos y los artículos periodísticos, e incluso en los coros de zarzuela o en las corridas de toros, nos introduce en el territorio de la historia social. En el siguiente artículo Amparo García López examina la dinámica electoral en las circunstancias del establecimiento del sufragio universal, que propició el éxito republicano de 1893, no obstante la recuperación gubernamental se produjera ya en la siguiente convocatoria. La relación entre la condición social de los electores de los distritos y el voto es una de las más interesantes deducciones de su meticuloso estudio. Aparece en este último trabajo el tema de la composición social de Madrid, que exigiría un espacio más amplio que un monográfico, pero que es atendido en dos puntos menos frecuentados por la publicística: la clase obrera por Santiago Castillo, la situación de la mujer por Gloria Nielfa, Con un enfoque novedoso Santiago Castillo demuestra la estrategia reformista del movimiento socialista en Madrid, que en muchos casos converge con el intervencionismo estatal en el momento de la elaboración de las leyes sociales de principios de siglo. Una lectura atenta merece el trabajo de Gloria Nielfa, porque el dualismo social que en otros artículos se reflejaba en las diferentes condiciones de los espacios urbanos y en las ostentosas diferencias de clase se extiende aquí a otra división, la de género, que situaba globalmente a las mujeres como un colectivo marginado. La vida cotidiana es argumento de dos trabajos. El método de análisis de Francisco Villacorta extrae todas las posibilidades heurísticas del grabado y la fotografía para el conocimiento de los espacios de sociabilidad y el calendario de celebraciones colectivas, así como para percibir la condición interclasista de los ámbitos religiosos y de algunos parajes de fiesta populan Por su parte Carmen del Moral pasa revista a los hábitos de ocio y esparcimiento, desde los paseos y los lugares de la palabra hasta las diversas manifestaciones de los géneros dramáticos. Las tres últimas colaboraciones están dirigidas a la esfera cultural, Estíbaliz Ruiz de Azúa presenta las principales instituciones científicas y los ensayos de renovación, antes de examinar el mundo de la educación en sus niveles, desde la enseñanza primaria a la universidad. El poder de atracción que ejercía Madrid sobre los científicos y educadores parecía gemelo al que en el orden económico desempeñaba en su condición de centro de la red rutera. Todo confluía en Madrid: trenes, teléfonos, científicos y catedráticos, Jesús Timoteo Alvarez abre su enfoque a las posibilidades de análisis de la prensa, empezando por la consolidación de un nuevo sector industrial, pasando por la función salvífica de los rotativos a lo largo de la crisis del 98, y rematando con una presentación de los debates acerca de la significación cultural del periódico, para lo que propone una relectura de los diarios después del desastre con algunas puntualizaciones temáticas. El número se cierra con el estudio de Jesús Martínez sobre el trascendental tema de la lectura: editores, encuadernadores, libreros, tasas de alfabetización. Que en Madrid se publicaran 23 periódicos diarios y 4 no diarios además de 235 títulos científicos y literarios de un total de 483 registrados en España vuelve a mostrarnos el carácter de epicentro que Madrid desempeñaba en el umbral del nuevo siglo. Cela terminaba su semblanza de Madrid (1966) diciendo que si en vez de ser de Padrón fuera del castillo famoso que al rey moro quita el miedo podría rematar su libro con una laude matritense, pero al ser foráneo habría «de conformarse con el piropo de la gratitud». No pertenecientes los autores al Parnaso, recinto reservado a los inmortales, sino al más temporal y menos cumbreño del mundo académico, ha respondido cada uno con su trabajo al mismo sentimiento de correspondencia por una Villa en la que desenvuelven su siempre inacabada tarea de esclarecimiento del pasado histórico de Madrid, Antonio Fernández García
En contadas ocasiones el tiempo simbólico -el cambio de década, el ecuador de un siglo, el paso de una a otra centuria-adquiere una verdadera relevancia histórica. Más allá del acontecimiento singular, el tiempo histórico se nutre por procesos cuya temporalidad superan una fecha específica. Esto es especialmente evidente si nos aproximamos a los tiempos que convergen en la ciudad. Su escenario es el producto del solapamiento entre transformaciones y pervivencias sometidas a muy distintos ritmos. Además, la definición de su espacio no es sólo la resultante de una suma de alteraciones y cambios materiales lineales, ni su paisaje se reduce sólo a una sucesión de infaestructuras, equipamientos e inmuebles. La ciudad es, ante todo, el producto de unas relaciones sociales, de unas actividades productivas y de unas prácticas políticas. Es más, el cambio de siglo parece situarse, si lo interpretamos como punto de inflexión hacia la contemporaneidad, en torno a la segunda década de la centuria. Es alrededor de los años de la Gran Guerra cuando se perfilan con nitidez unas coordenadas demográficas, urbanísticas o productivas más próximas a las que presentan otras capitales europeas ^. Pero la cronología que pauta el paso de Madrid de Corte a Metrópoli es lenta. Sus límites extremos podrían situarse entre la crisis del Antiguo Régimen y la II República. Desde mediados del XIX se irá advirtiendo el impacto urbano de la desamortización y de la vertebracion de un mercado nacional cuyo epicentro se encuentra en la capital del estado liberal. A lo largo de la primera mitad de la década de 1930, el definitivo afianzamiento de la ciudad de las masas. La urbe que agrupa nuevos servicios públicos -comerciales, administrativos-, el núcleo donde, por fin, despuntan algunas concentraciones industriales dignas de tal nombre, y que aspira a su ñitura planificación, es prácticamente coetáneo al Madrid circunscrito entre el 14 de abril y el 18 de julio ^. En 1929 el Ayuntamiento de Madrid publicaba las Bases para un Concurso Internacional dirigido a planificar el ñituro Madrid ^. El Premio del Concurso quedó desierto. No obstante, de aquel esñierzo se derivaron dos textos básicos para entender los perfiles de la ciudad. Por un lado, el anteproyecto presentado por los arquitectos Secundino Zuazo y Hermann Jansen, un estudio que pretendía una completa reforma de la urbe, una profimida revisión de su sentido como «comunidad económica, social y política» ^. Esta reflexión supuso la culminación en un esfiíerzo por redéfinir Madrid y sus pautas de crecimiento. Un esfiíerzo teórico y técnico que se había desarrollado a lo largo de los tres decenios anteriores, donde participaron nombres como Soria, López Sallaberry, Núñez Granes, Salvador, Aranda, Lorite o Anasagasti. Por otro lado, gracias a la convocatoria del Concurso la Oficina Municipal editó una ambiciosa Información sobre la ciudad ^. Este voluminoso trabajo resultó mucho más que una foto fija del Madrid de finales de los años veinte. A partir de una recopilación exhaustiva de diversos materiales, recogió pormenorizadamente los rasgos presentes en la evolución demográfica, productiva, urbanística o cultural a lo largo de todo el primer tercio del siglo XX. La Información fue, por tanto, un compendio de los problemas urbanos heredados y, asimismo, de las realizaciones espaciales y de sus contradicciones a lo largo de dicha etapa. Podríamos estimar que aquel texto reflejaba los trazos históricos de una ciudad que se había caracterizado por la transición, inconclusa y desajustada, hacia la modernidad. El Madrid de 1900 debe interpretarse a la luz de ese proceso. La capital era, en el cambio de siglo, muchas cosas: la residencia de la Corona, de sus elites de poder y de su maquinaria administrativa; la población donde convivían los oficios tradicionales y una fragmentada trama mercantil; el puerto de llegada para una emigración creciente, una verdadera legión de futuras criadas u obreros de la construcción... Pero la ciudad estaba perfilando también -en sus actividades y espacios, en sus ámbitos culturales y de esparcimiento, en las actitudes y los comportamientos públicos y privados-el alumbramiento de la sociedad de masas. Alumbramiento que no será sinónimo de pleno aquilatamiento de clases compactas. Y que tampoco resultará un obstáculo para la pervivencia de una La imagen de la ciudad y el paisaje urbano estructura social heterogénea, donde confluyen grupos, actividades y mentalidades diversos, y, con ellos, dialécticas muy distintas que incidirán, y se verán condicionadas, por el escenario urbano. Este trabajo se aproxima a dos dimensiones desde donde podemos situar las claves que conforman la imagen y el paisaje de la ciudad en 1900. Por un lado, repasaremos esos rasgos -demográficos y habitacionales, productivos, simbólicos, políticos...-que condicionan las características de la trama urbana y sus contradicciones. En segundo lugar, nos acercaremos a algunos aspectos que nutren la política urbanística en torno al cambio de siglo y oponen la reforma del casco interior con la planificación de su futura expansión. Ambas líneas se encarnan, respectivamente, en los proyectos de la Gran Vía y del ordenamiento del Extrarradio. Madrid, 1900: las dialécticas del paisaje urbano Madrid, en torno a 1900, ofrecía, al menos, cinco retos urbanos que se verán agudizados en los decenios siguientes: el generado por las pautas dictadas por el incremento demográfico, el que se deriva de su heterogéneo universo social y de su reparto en el espacio urbano, el relativo al impacto de las actividades productivas sobre el paisaje, el derivado de la inexistencia de referentes simbólicos y, finalmente, la contradicción establecida entre los objetivos regeneracionistas y los límites impuestos por la política municipal. No es éste el lugar para señalar pormenorizadamente las claves demográficas del Madrid de 1900. Recordemos, tan sólo, que en los primeros años de siglo pervive un crecimiento vegetativo negativo, sólo corregido por la recepción de un abultado contingente de emigrantes. Este segundo factor apunta un rasgo que no hará sino amplificarse durante todo el primer tercio del siglo: el del espectacular incremento de su población, que duplicará su volumen, y alcanzará el millón de almas en 1930. Además, en 1900, se mantienen las características tradicionales de dicho éxodo. Está nutrido básicamente por población rural, por cohortes dirigidas al servicio doméstico o a la construcción, que proceden de las provincias limítrofes -Guadalajara, Toledo, Segovia...-, y que con frecuencia se afincan en la capital de forma estacional. Su repercusión sobre el caserío es clara, dado que aporta, en buena medida, el componente humano que habrá de concentrarse en las barriadas incontroladas de la periferia ^. Aunque se ha señalado un equilibrio en la ratio habitantes por vivienda entre 1900 y 1935 -en tomo a im 4 '6 y 4' 2 para las dos fechas citadas-, y im incremento paralelo entre la relación de habitantes y viviendas por inmueble ^, es indudable que desde 1900 también se agudizaron las diferencias por barrios. Así, por ejemplo, dos distritos del Interior como Centro y Latina manifestaron tendencias contrarias. El primer caso es el del único distrito que ofirece xm crecimiento poblacional negativo, disminuyendo el número de sus vecinos en 7.464 personas entre 1910 y 1930. El distrito de Latina, que incluye alguna de las barriadas más deprimidas del caserío madrileño, sufre, por el contrario, un incremento de más de 20.000 vecinos entre 1905 y 1920, mientras que el número de viviendas (15.105 y 15.865 respectivamente) se mantiene inalterado^. En torno a las barriadas extremas de Latina encontraremos en 1900 al lumpen madrileño. No obstante, el universo social en la ciudad está muy lejos de su articulación mediante clases puras, y su complejidad dota de sentido a una segunda dialéctica urbana. Es más, si bien podemos hablar de un Madrid burgués y definido en torno al Ensanche -en los distritos de Buenavista o Congreso, en los barrios de Almagro y Salamanca-, esta dimensión no es sino un componente peculiar respecto a una estructura social donde aún se mantienen, dominantes, los trazQs protoindustriales presentes treinta o cuarenta años antes: una base popular sobredimensionada, un sólido apartado de funcionarios y militares, un volumen raquítico de profesionales, los omnipresentes estratos de pequeños y medianos comerciantes o fabricantes... Una trama social muy alejada, en definitiva, de un hipotético escenario que pueda ser sometido a rígidas pautas de zonificación. A estos epígrafes hay que sumar, desde luego, el dispar capítulo de propietarios, categoría que engloba desde el noble de viejo cuño hasta el burgués rentista. Y debe recordarse la figura del casero madrileño, que en su praxis histórica encarnará una verdadera antítesis del promotor inmobiliario. No debemos olvidar, en este sentido, frente a las ideas recogidas en el Anteproyecto para el Ensanche de Carlos María de Castro (1860) -la expansión urbana planificada, la introducción de criterios de segregación residencial, productiva y «buen gusto»-, el fracaso empresarial del Marqués de Salamanca, tras la profunda crisis abierta en el negocio de la construcción en 1866 ^^. El Ensanche creció lenta y desordenadamente a lo largo del último tercio del siglo XIX. Por otro lado, el Plan Castro se vio tan profundamente alterado que requirió ser revisado por un nuevo plano formulado en 1900. En este texto, que por fin adquirió la categoría de proyecto, los arquitectos municipales Francisco Andrés Octavio y Eugenio Jiménez Correa incluyeron distintas alteraciones introducidas desde los años sesenta y revisaron su trazado. Además, todavía en este año de 1900, el caserío madrileño de nueva planta dependía, casi abrumadoramente, de iniciativas personales atomizadas -^muchas veces pendientes de prácticas especulativas a corto plazo-, y no de proyectos de promoción inmobiliaria de carácter sistemático. Como excepción únicamente podrían recordarse, en torno a estos años del cambio de siglo, empresas caritativas de desigual fortuna, como las promovidas por La Constructora Benéfica, la Sociedad Benéfica Española, el Montepío General o La Vivienda Mutualista. Y, por supuesto, el empeño aislado de Arturo Soria y su Ciudad Lineal. En 1894 Soria constituyó la Compañía Madrileña de Urbanización como marco empresarial para promover su proyecto urbanístico de una ciudad lineal. Contemporánea a las enseñanzas de Sitte, y cercana a las ideas de ciudad-jardín de Howard, Soria establecía unos planteamientos de crecimiento y ordenamiento radicalmente contrarios a las pautas dictadas por el urbanismo finisecular más ortodoxo. Su ciudad se configuraría a partir de un eje viario ilimitado. Esta idea llevaba consigo no sólo el esñierzo de promoción inmobiliaria más importante en el Madrid intersecular, sino que además superaba los límites técnicos, ideológicos y, por supuesto, urbanísticos, sobre los que se apoyaban las directrices municipales relativas a la cuestión de la ñitura expansión de la capital española ^^. Por otro lado, Soria se hacía eco de irnos criterios que se acabarán convertiendo en verdaderos parámetros de su proyecto. La racionalidad como emblema de la modernización urbana, las necesidades de salubridad e higiene, la lógica dictada por la ñmcionalidad, el lograr un óptimo equipamiento en infi:-aestructuras y servicios... Todo ello son los ejes para una empresa alejada de rígidas pautas zonificadoras. «La posibilidad de que todos, ricos y pobres, vivan en terreno y casa de su propiedad, suntuosa en unos casos, modestísima en otros» es el horizonte del proyecto. Un horizonte que, desde luego, está conformado por los mitos cooperativistas finiseculares, por los ideales democráticos dirigidos a que «la clase obrera (obtenga) los medios de habitar y adqimir la propiedad de ima casa mediante el concurso del trabajo individual, del ahorro y de la previsión ^^. La Compañía Madrileña de Urbanización promovió en estos años un abanico diversificado de servicios. La sociedad inmobiliaria se implicó en organizar el transporte y el suministro eléctrico a la barriada, y disponía de una imprenta donde se publicó La Ciudad Lineal, el periódico de la compañía, infatigable proselitista de sus bondades sociales y de la innovación urbanística. No obstante, esta diversificación tocará fondo en 1914, momento en que la creciente acumulación de gastos fijos apenas se equilibra ya por unos ingresos dubitativos. Bastará una contracción en estos últimos, provocada por algunas retiradas de capital en la Caja de Ahorros de la C.M.U., para que todo el entramado se resienta y se fuerce la suspensión de pagos. Una tercera línea de tensión que incide sobre los perfiles del paisaje urbano se descubre a partir del difícil acoplamiento que tienen en la ciudad las diferentes actividades productivas. Paradigma de ciudad imperial, tal y como la definiera en su día Jan de Vries, Madrid mantiene en 1900 su impronta como núcleo administrativo. No obstante, es en los decenios interseculares cuando podemos apreciar la definición de áreas industriales que apenas, eso sí, salpican desordenadamente algunos puntos del Ensanche, en torno a Cuatro Caminos o, sobre todo, en los aledaños de las estaciones de Atocha, Delicias e Imperial •^^. Tampoco hay, tampoco puede haber, un diseño urbanístico que planifique decididamente la diferenciación espacial según criterios de especialización económica. Otro tanto ocurrirá, incluso, con la traumática oposición que enfrentará, a partir de 1910, los nuevos servicios localizados en la Gran Vía y el universo secular de espacios y actividades nucleados en torno a la Puerta del Sol. En efecto, la nueva arteria actuará como pantalla, tras la cuál pervive un tejido urbano tradicional, muy anterior a los nuevos usos terciarios que se irán emplazando en la arteria. Evidentemente Madrid no era ni Londres ni Manchester. Pero, no obstante, si bien hemos de hablar de un paisaje económico que asiste a lentas transformaciones, han de señalarse también los efectos inducidos por su caracterización como capital económica del estado liberal a partir del segundo tercio del siglo XIX. Capitalidad económica que, desde luego, se traduce en su impronta como punto de convergencia, intercambio y consumo dependiente de una red de transportes y comunicaciones paulatinamente más integrada. Red abierta hacia el exterior, que se completará con el diseño, a lo largo del cambio de siglo, de sus transportes interiores ^^. En efecto, en 1899 se constituyeron en París las dos sociedades que explotaban las empresas madrileñas de tranvías (Este, Estaciones y Mercados, General, Madrileña y Norte). La imagen de la ciudad y el paisaje urbano Y si bien habrá que esperar hasta octubre de 1919 para asisitir a la apertura de la primera línea del metropolitano, las ideas sobre un ferrocarril subterráneo se multiplicaron desde la década de los noventa. Incluso los primeros bosquejos elaborados por Mendoza, González Echarte y Otamendi se habían fechado ya en torno a 1904. Una cuarta dimensión desde donde hemos de interpretar el paisaje urbano del Madrid de 1900 es la referida a la articulación de espacios simbólicos. La revolución liberal trae consigo el Ateneo y la Universidad. Madrid es capital cultural y periodística indiscutida a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX ^^. Pero es incapaz de articular espacios representativos capaces de resumir formalmente, y sacralizar, su nueva impronta capitalina. Desde una perspectiva peculiar -^la del liberalismo democrático-, Ángel Fernández de los Ríos había valorado sobremanera este componente en su Futuro Madrid. Ya en la Restauración, y muy particularmente alrededor del cambio de siglo, casi todos los empeños por dotar a Madrid de los rasgos simbólicos que se considera han de escenificar al nuevo régimen se verán abocados al fracaso. En este sentido, no es exagerado apuntar que la capital española acaba constituyendo un verdadero contrapunto al París del II Imperio o a la Viena fin de siglo. Recuérdese, por ejemplo, la extrema lentitud, y definitivo abandono, de las obras de la Catedral de la Almudena. Y el olvido de las diversas intervenciones previstas sobre el centro de la ciudad, en los aledaños de Palacio, como el proyecto presentado en 1903 por Miguel Mathet con el propósito de realizar un bulevar entre las calles de Mayor y Arenal ^^. Otro tanto ocurrirá con la construcción del nuevo templo de Atocha. A pesar de tratarse de una idea impulsada en 1890 por la Regente, la nueva basflica -que debería haberse convertido en el recinto sacro y político por excelencia de la capital-no se levantará hasta años después de la guerra civil. De todos los proyectos barajados en torno a 1900 únicamente se realizarán dos obras: el Panteón de Hombres Ilustres, que debió ser claustro neobizantino de la nueva basflica de Atocha, obra de Fernando Arbós (1897-1899); y el grupo monumental en honor a Alfonso XII, presentado en 1901 y finalmente erigido en el Retiro. La definición de estos espacios simbólicos con innegable carga política convergieron, en los años interseculares, con otros propósitos mucho más vastos. En efecto, la necesidad de transformar Madrid fue una idea omnipresente para higienistas, políticos o periodistas. Además, siempre se presentó mediante un lenguaje y unas propuestas derivadas de lo que podríamos interpretar como una lógica regeneracionista. No era extraño, por tanto, que la reforma urbana se inscribiese en un contexto de mejora integral, donde debían ligarse otras transformaciones complementarias, tanto en el plano espacial como en el habitacional o el higiénico ^' ^. Tales propuestas ocasionalmente superaron los límites marcados por la Ley Municipal de 1877, texto que hacía de los A5mntamientos el último peldaño en la organización territorial de un Estado centralista articulado en clave m.oderada ^^. El fomento de las mejoras viarias, la urbanización de los suburbios, la política de casas baratas o respecto al abastecimiento de artículos de primera necesidad, se constituyeron en objeto de estudio y, puntualmente, en materia de iniciativa legal. Pueden recordarse, en este sentido, desde la Ley de mejora y saneamiento de 1895 hasta las primeras disposiciones sobre casas baratas dictadas en 1911. Y es en este marco donde se debe localizar también el debate sobre la municipalización de servicios urbanos y la revisión de las competencias económico-administrativas cedidas al Consistorio. Abogando por las ideas retóricas de la regeneración urbana, confluyeron argumentos de muy distinto tinte (liberalizadores, intervencionistas, cooperativistas;..), en lo relativo a cuestiones como el «industrialismo mimicipal» o el fomento de iniciativas mimicipalizadoras ^^. Por otro lado, a la altura de 1900 el repertorio de problemas urbanos era, en buena medida, similar en las principales capitales europeas. Su relación era amplia: problemas de degradación del habitat, un crecimiento humano desmedido, encarecimiento y carestía de las viviendas o la sucesión de crisis y conflictos donde se combinaba desde el motín a la huelga. Semejantes tensiones indujeron, incluso de manera espontánea, a la alteración de sus fisonomías. También a la reafirmación acerca de la necesidad de una intervención guiada desde los poderes públicos que transformase los núcleos históricos y dictase sus futuras expansiones. El cambio de siglo supo articular un referente común para los elementos que incidieron en los distintos debates urbanos. Éste fue el de la modernidad. No es casual que Antonio Pedrini presentase en 1905 un trabajo titulado La cittá moderna como compendio de las bondades sociales de la «ingenieria sanitaria» y de la técnica, claves que consideraba como auténticas impulsoras de las mejoras de la urbe. Tampoco lo es que Otto Wagner reivindicará en su Arquitectura Moderna (1895) racionalidad y funcionalidad como premisas para ordenar un ámbito que surgía como consecuencia de los cambios sociales. Mucho antes del decenio de los noventa se había reiterado en la urbanística europea la necesidad de un Plan General como exposición coherente de las pautas de intervención. Entre 1858 y 1862 se estableció un primer estadio de la información y el debate urbano a la sombra La imagen de la ciudad y el paisaje urbano del Plan Regulador de Berlín de Hobrecht. Y antes de que arrancase la nueva centuria, se habían concitado diversas propuestas -^recuérdese los nombres de Huber, Faucher, Broch, Dohna-Poninski, Fritsch, Orth, Eberstadt o Wolf-, y se habían multiplicado los planos generales en varias ciudades alemanas. Empero, la mejor síntesis de lo producido en venticinco años de reflexión teórica y de práctica urbana vio la luz en 1890, gracias a la pluma de Joseph Stübben. Der Stadteban se convirtió, hasta la Primera Guerra Mundial, en el tratado por excelencia. Supo resumir las pautas que guiaban la reforma y racionalización de la ciudad. Y constituyó el mejor reflejo de ese cientifismo social que asumía a la ciudad como globalidad y como resultante de problemas en buena medida autónomos, pero interrelacionados. Figura ambivalente del escenario político -cabeza visible en la renovación del liderazgo del Partido Liberal; encarnación, del arribismo gracias a las maniobras y a las fidelísimas clientelas políticas-, Alvaro de Figueroa ocupó la Presidencia del Ayuntamiento en 1898. Un buen ejemplo de este perfil lo encontramos en la defensa retórica del proyecto de la Gran Vía. Para Romanones, la gran avenida que alteraría la fisionomía del Interior se justificaba por «las demandas reiteradas de la opinión pública». Con esta obra no se trataba sólo de mejorar las comunicaciones y sanear parte importante del entramado viario de la ciudad. El Ayuntamiento facilitaría con ella una «provisión de obras» a largo plazo que paliaría «la gran crisis económica» que afectaba «a las clases obreras en su expresión más rudimentaria, a todas las artes, todos los oficios y todas las industrias» ^^. Miembro del Partido Liberal, formó parte de la clientela política de Moret y ocupó un buen número de cargos durante el Sexenio y la Restauración: diputado en Cortes, varias veces Gobernador Civil -de Madrid entre 1898-99-y Ministro de Gobernación en el Gabinete Sagasta de 1894. Aguilera defendió la necesidad de un ambicioso proyecto de reformas durante su paso por el Consistorio de la capital. Un programa que no sólo incluiría una relación de obras públicas, sino la argumentación de que, desde los poderes públicos, podía incidirse en la mejora social: en el «embellecimiento de la población», en «el mejoramiento y la baratura de los artículos para la vida» y en el «aumento de trabajo para las clases obreras» ^^. Todas estas propuestas chocaron con los límites, políticos y presupuestarios, del Ayuntamiento madrileño. Esta última dialéctica también condicionó, por supuesto, los rasgos del paisaje urbano de 1900. La dependencia respecto al Gobierno de cada Alcalde de la Villa y Corte, la mala administración, los abusos ante los vecinos, la falta de un programa de intervenciones realista, las poderosas tramas conformadas por los intereses y dependencias surgidas del caciquismo urbano... Todo ello son elementos que limitan la eficacia municipal ^^. No es extraño, por ejemplo, que en la resolución publicada en 1896 por el Consejo de Estado a raíz de las denuncias presentadas por varios propietarios del Ensanche contra el Consistorio, dictaminase la anulación de expedientes, apuntando incluso que «es tal el número de infracciones legales cometidas, que puede afirmarse son tantas como actos ejecutados por la Comisión y Corporación Municipal». A todos estos problemas habrá que añadir, por supuesto, las trabas presupuestarias. Las cuentas ordinarias de 1901 apenas si superaron los treinta millones de pesetas. Cantidad insuficiente no sólo ya para emprender ningún programa extraordinario de reforma, sino siquiera para ejecutar una relación sumaria de obras. Las partidas dedicadas a obras públicas presentaban un precario porcentaje «en torno a un diez por ciento del total de gastos previstos», con lo cuál únicamente podrían cubrirse trabajos de mantenimiento. Por el contrario, una importantísima proporción de los ingresos presupuestados habría de dirigirse a cubrir los intereses y la amortización de cargas, como la deuda municipal y el contingente provincial. Un ejemplo emblemático de la desidia e incapacidad municipal lo encontramos en el fracaso para ejecutar los trabajos de canalización y saneanúento del río Manzanares. Los primeros pasos encaminados a convocar un concurso de proyectos con tal fin tienen lugar en 1900, durante el mandato del Duque de Santo Mauro. Tan sólo se presentará un trabajo, el del arquitecto Mauricio Jalvo. En él se recogían ya las ideas referidas al encauzamiento, la urbanización de un paseo ribereño y la construcción de presas de compuertas. El texto fue aprobado en julio del año siguiente. Las dificultades para contratar las obras fuerzan un nuevo proyecto, y en enero de 1904 el Consistorio acuerda provisionalmente la concesión de obras al propio Jalvo. Apenas doce meses después Arraga, Mariano Belmas y el ingeniero británico C.S. Meilk dirigen al Ayuntamiento un proyecto alternativo sin presupuesto. Y en enero de 1906 se opta por la convocatoria de un segundo concurso. Jalvo, con el apoyo del Marqués de Santillana, propondrá un nuevo texto. No obstante, la Corporación nunca emitió dictamen. En julio de 1908 un grupo de diputados madrileños presentarán al Congreso una Proposición de Ley para solicitar al Gobierno que costease las obras. La imagen de la ciudad y el paisaje urbano Se convocará un tercer concurso, que quedará desierto. Estamos en pleno conflicto eléctrico en la capital, en el momento en que se enfrentan los intereses de Hidráulica Santillana y el Canal de Isabel IL Finalmente, en Consejo de Ministros celebrado en febrero de 1910 se resolvió encargar a la recién creada Jefatura de Canalización del Manzanares un proyecto definitivo. A mediados de 1914 se subastaron los trabajos de canalización, y a la altura de finales de los años veinte únicamente se habían instalado dos colectores generales y se había procedido a algunas obras de encauzamiento. Reforma versus expansión: la Gran Vía y el proyecto de urbanización del Extrarradio. En 1882 el Ayuntamiento madrileño confeccionaba un primer borrador de intenciones acerca de la apertura de una o varias grandes vías en Madrid, orientadas ñmdamentalmente a mejorar la comunicación interior en la ciudad y sus condiciones higiénicas. El arquitecto municipal Pedro Domínguez presentó un proyecto muy vago sobre dos posibles vías interiores en dirección norte-sur, con un coste aproximado de venticinco millones de pesetas. Veinte años antes, el Municipio madrileño ya había aprobado la realización de obras para el ensanche en la calle de Preciados. Por su parte, en 1886 el arquitecto Carlos Velasco publicó las líneas básicas de un anteproyecto para una Gran Vía Transversal que, con tres alineaciones, uniría la Corredera Baja de San Pablo con la calle del Alamo y la de Leganitos. Para ello preveía la expropiación de un total de 312 inmuebles ^^. Podemos considerar estos tres proyectos como los antecedentes directos de la Gran Vía madrileña, la obra más emblemática realizada en Madrid a comienzos de siglo. La apertura de grandes arterias en el centro de la ciudad constituye uno de los rasgos característicos en la urbanística europea de la segunda mitad del siglo XIX, trasladando la idea del grand boulevard como eje descongestionador sobre el viejo emplazamiento urbano. Representa, por tanto, una formulación complementaria a los criterios decimonónicos de expansión planificada de la urbe, aún encarnados, en el caso madrileño, en la parsimoniosa y discontinua ocupación del Ensanche. Incluso se argumentará que la gran vía puede interpretarse, como principio, en forma de ensanche viario, materializándose por ejemplo mediante la ampliación de ejes longitudinales ya existentes, como los paseos de Delicias, Prado, Recoletos y Castellana ^^. No obstante, la dilatadísima tramitación del expediente de la Gran Vía -entre 1898 y 1910-, y el inicio definitivo de los derribos a partir de la última fecha suponen también una operación económica que se llevará a cabo en detrimento de otras opciones manejadas por la política municipal. El espaldarazo final al proyecto contrasta vivamente así no sólo con la incapacidad consistorial para emprender, en paralelo, la ingente tarea de sanear y proyectar la urbanización del Extrarradio. También con la posibilidad de formular un Plan General de Reforma que pueda ser financiado a corto plazo, y donde se recoga una amplísima relación de operaciones urbanísticas y de mejora funcional. En marzo de 1895 se había promulgado la Ley sobre obras de saneamiento y mejora interior para las poblaciones con más de 30.000 habitantes. En este texto mejoraban las condiciones de concesión y se ampiaban los terrenos susceptibles de ser expropiados. Al mismo tiempo, se contemplaba la posibilidad de que los Consistorios recurriesen a fondos extraodinarios para la financiación de los trabajos. Este marco legal, y el interés municipal entre 1897 y 1906, permitieron la definitiva formulación del proyecto de la Gran Vía. Dos técnicos municipales, José López Sallaberry y Francisco Andrés Octavio, fueron encargados de revisar y ampliar el trazado previsto en 1862 para el ensanche de Preciados. Pero, en realidad, su idea recuperaba buena parte de la concepción de Carlos Velasco, y concluía en una ambiciosa operación por la cual se reformaba la prolongación de la calle Preciados, se enlazaba con Callao y ésta, con Alcalá ^^. Después de una dilatadísima tramitación, por medio de las Reales Ordenes dictadas en agosto de 1904 y enero de 1905, se procedió a la definitiva sanción gubernamental del trazado. Este se resolvía mediante una gran avenida, dividida en tres secciones (Alcalá-Red de San Luis-Callao-San Marcial), con un ancho de entre 25 y 35 metros en su tramo central y un largo definitivo de poco más de un kilómetro. El alcance de la remodelación repercutiría profundamente sobre el trama viaria del Interior de la urbe: iban a expropiarse y demolerse 358 fincas, desaparecerían 19 calles, otras 32 alterarían parte de su trazado y, entre 1910 y mediados de los años cincuenta, se edificarían 83 nuevos inmuebles. Hasta el ecuador de la primera década del nuevo siglo el proyecto de la Gran Vía formaba parte, asimismo, de un abanico de operaciones de saneamiento y mejora del Interior que, como idea general, nunca fue llevado a cabo. Cómo se ha señalado en páginas precedentes, Alberto Aguilera fue su mejor valedor. Además de algunas obras puntuales previstas en el distrito Centro, como el proyecto de Miguel Mathet de 1903, el Municipio consideró que el futuro programa de reformas La imagen de la ciudad y el paisaje urbano habría de incluir también otras intervenciones, como las relativas a la construcción de la Necrópolis del Este, el saneamiento del alcantarillado, el colector para el Manzanares, la ampliación y adecentamiento de mercados y mataderos, o la mejora de las casas de socorro, centros escolares y otras dependencias municipales. La presentación, en 1905, de un Anteproyecto de Plan General de Reforma de Madrid parecía llamado a cubrir tales expectativas y culminar incluso proyectos previstos desde finales del XEX, a pesar de que todavía no se trataba de un plan sistemático de actuación. El texto, sin embargo, nunca ñie aprobado por el Consistorio. Durante la segunda presidencia de Aguilera, en 1906, se insistió de nuevo en fijar un Plan General dedicado a «atender las líneas del Madrid del porvenir». Además, se preveía una provisión extraordinaria de fondos susceptible de impulsar el inicio de las obras. El coste global de la operación sumaba alrededor de cincuenta millones de pesetas, cuantía imposible de cubrir desde las cuentas mimidpales ordinarias ^^. Dos de los trabajos técnicamente mejor perfilados, y que habían encontrado ya una mayor resonancia entre la opinión pública -^la Gran Vía y la Necrópolis del Este-, no se incluyeron en este fallido plan de financiación. El elemento esencial que provocó la dilación en el comienzo de las obras había sido el relativo a las dudas financieras que arrastraba el proyecto. Esta cuestión resultó un aspecto omnipresente en el debate que, durante los primeros años del nuevo siglo, se mantuvo en los medios madrileños acerca de la conveniencia de iniciar los trabajos de la nueva arteria. El cálculo y pago del coste de las expropiaciones -estimadas en cerca de 42 millones de pesetas-, y el abono por parte del Consistorio de la diferencia prevista en el presupuesto entre los ingresos y los gastos, valorada en la misma fecha en cerca de nueve millones de pesetas, entorpecieron la concesión de los trabajos. Tras tres subastas infructuosas, y agotados los plazos legales para su contratación, el Ayuntamiento madrileño se embarcó en 1908 en una ambiciosa operación de endeudamiento con la que se asegurarían poco más de quince millones de pesetas ^^. Trasgrediendo la mecánica de concesión prevista por la Ley de 1895, en diciembre de aquel año se verificó una cuarta subasta, adjudicándose provisionalmente la contrata de las obras al industrial y periodista guipuzcoano Rafael Picavea. El abandono de Picavea antes de la concesión definitiva desbarató la posibilidad de comprometer capital español en el proyecto y forzó una revisión técnica y financiera del pliego de condiciones ^°. Sin em-bargo, antes de la renuncia de Picavea el Ayuntamiento madrileño había recibido una proposición del banquero francés Martin Albert Silber sobre la base de alterar la forma de adjudicación. El Municipio se haría cargo del coste total de las expropiaciones y se convocaría, no una quinta subasta, sino un concurso público ^^. Aceptadas las condiciones, en el verano de 1909 Silber ingresaba una fianza provisional en el Credit Lyonnais, garante del acuerdo. La cantidad tipo del concurso se fijó en treinta millones de pesetas, manteniendo el cálculo previsto respecto a las expropiaciones. Estas se abonarían mediante los ingresos extraordinarios previstos en el empréstito municipal de 1908 y gracias a un anticipo cedido por el concesionario. Finalmente, en abril de 1910 se iniciaron los derribos, tras una solemne ceremonia que contó con la presencia de Alfonso XIII. Nicolás de Peñalver -alcalde de la capital entre octubre de 1907 y octubre de 1909, impulsor del empréstito extraordinario y representante del adjudicatario desde noviembre de aquel año-, dará su nombre al primer tramo de la nueva arteria. El mismo año del inicio de las obras de la Gran Vía, el técnico municipal Pedro Nuñez Granes hizo público su proyecto para la urbanización del Extrarradio, el espacio circunscrito entre el casco urbano y los límites del Municipio. Este trabajo formará parte de un dilatado debate, que en puridad se trasladará hasta los años treinta, referido a los contenidos e instituciones que debían comprometerse en el saneamiento y urbanización de este área, donde se encontraban los emplazamientos marginales más importantes de la capital. A la altura de 1915 se estimaba en 50.000 personas el volumen de residentes en el Extrarradio, que carecía de planificación viaria y disponía de unos servicios urbanos muy precarios. Pero, paradójicamente, el Ayuntamiento concedía licencias de construcción en la zona. En torno a 1900 podemos considerar que un tercio de las edificaciones madrileñas estaban emplazadas en esta área. No obstante, el proyecto de Nuñez Granes iba a tener un final muy distinto al de López Sallaberry y Andrés Octavio. No fue aprobado por el Ministerio de Gobernación hasta 1918, y quedó desestimado por el propio Municipio al elaborarse, ya en 1923, un nuevo Informe sobre la urbanización del Extrarradio por parte de los arquitectos López Sallaberry, Aranda, Lorite y García Cáscales. Sin embargo, las primeras iniciativas intervencionistas sobre el Extrarradio habían sido muy anteriores. Ya por Real Orden de agosto de 1888 se había establecido la necesidad de que el Ayuntamiento estudiase el trazado de las futuras vías en la zona. Y en 1896 se propuso que «con sujección a la vigente Ley de Ensanche interior de La imagen de la ciudad y el paisaje urbano las grandes poblaciones, (se dispusiera) que la junta de Urbanización estudie un plan de reformas del interior de Madrid, teniendo presente las aprobadas por el Ayuntamiento, y otro de urbanización de su término municipal sobre la base del plano del Ensanche en un radio que no exceda de ocho quilómetros, a partir de la Puerta del Sol» ^^. Después de sucesivos informes infructuosos, el Ayuntamiento constituyó en junio de 1906 una Comisión Especial encargada de los preliminares para lo que debía ser «un plan general para la urbanización del Extrarradio y un proyecto de Ley para el mismo que le diera una reglamentación análoga a la del Ensanche». Por fin, en 1908, acordó la creación de una Sección especial encabezada por el ingeniero Pedro Nuñez Granes, director de Vías Públicas. Y entre ese año y finales de 1909 fue redactado el proyecto, convirtiéndose desde entonces, y hasta los primeros años veinte, en el referente inexcusable de una polémica que va a enfrentar concepciones divergentes acerca del propio concepto de la ciudad ^^. El proyecto de Nuñez Granes preveía la urbanización de una superficie de aproximadamente 466 hectáreas, circunscrita entre los límites del Ensanche -que se veía rectificado en algunos puntos-y una «Gran Vía-Parque» de un largo de 27 kilómetros y de cien metros de anchura. La primera estimación de las expropiaciones a cubrir por el Municipio alcanzaba los tres millones y medio de pesetas. El trazado de la misma se resolvía a partir de una estricta acotación del terreno en cuatro grandes zonas de actuación, en las que debía tenerse en cuenta las condiciones topográficas y climáticas, las barriadas preexistentes y la posibilidad de prolongar algunas vías que arrancaban del interior de la población. Las zonas previstas se distribuían en un área norte (comprendida por el Hipódromo, la carretera de La Coruña y los límites de la ciudad), sur (circunscrita por Pacífico, las Rondas y el Manzanares), este (entre el Paseo de Ronda y Pacífico), y la oeste (limitada por la carretera de Extremadura, la carretera de Castilla y el Manzanares, entre Puerta de Hierro y el Puente de Segovia). El tratamiento de las cuatro zonas resultaba muy diferente según fueran las condiciones de habitabilidad y la proximidad a los nudos de transporte. Así, la zona norte comprendería una urbanización residencial basada en casas unifamiliares en la Dehesa de la Villa. Toda la zona oeste sería ocupada por la Casa de Campo. Tanto la zona este como la sur parecían ofrecer, en cambio, óptimas posibilidades para el asentamiento de barriadas obreras y de «grandes fábricas y almacenes». El área de Pacífico, las colonias de Fristch y de California, y, en general, los terrenos comprendidos al sur de Delicias, Peñuelas, Gasómetro, Imperial, Marqués de Comillas y San Isidro reafirmarían, pues, su naturaleza como primer cinturón industrial de la ciudad. Se ha señalado la continuidad de criterios expresados en este texto y la idea que guió la materialización del Plan Castro desde mediados del siglo XIX. Recalcando la importancia del tejido viario -^ya sea definido por grandes vías, vías radiales y secundarias o por el paseo límite-, se establece como eje del proyecto la necesidad de facilitar los accesos entre el interior y los márgenes del término municipal. El entramado resultante se presenta, así, compacto y ordenado de manera uniforme. En este sentido, y más allá de apreciaciones puntuales, podríamos considerar que plantea un auténtico ensanche desde el cierre del Ensanche ^^. No obstante, hemos de valorar también las innovaciones respecto a lo sugerido cincuenta años antes. No es sólo un mero sistema de alineamiento. En palabras de Ramón López de Lucio se trata del primer plan madrileño de estructura y gestión, donde se desechan además las ortodoxias zonificadoras. Núñez Granes otorga asimismo nuevos contenidos a la propiedad y al Municipio. Aquella debe comprometerse con las urbanizaciones de las vías secundarias. Este debe promover una expropiación general y urgente. De este modo, el proyecto ha de enmarcarse en una nueva idea de la ciudad, capaz de plantear -a pesar de sus limitaciones-una opción alternativa de gestión frente a los conflictos generados por una suburbanización no regulada ^^. Por otro lado, el Proyecto también tenía evidentes fines higienistas. En el prólogo firmado por el General José Marvá, maestro de Nuñez Granes, se explicitaba la relación entablada entre este principio y la modernización de la capital, en cuanto fuera capaz de trasladar las «calidades y apariencias de ciudad europea», obteniendo con ello «la cohesión armónica de los diferentes elementos sociales» ^^. En este sentido deben entenderse también los comentarios de prensa publicados en estos meses. Según el cronista José de la Corte, el proyecto de Nuñez Granes favorecería, no tan sólo la edificación de «multitud de barriadas estéticas, cómodas y baratas», sino también el perfil de un futuro «refugio (para) la castigada clase media madrileña, verdadera y única víctima de nuestras luchas sociales» ^^. La urbanización del Extrarradio permitiría, asimismo, rebajar las tensiones generadas por la crisis de la construcción. El Heraldo de Madrid, en julio de 1910, no dudó en relacionar el proyecto con la idea de un «futuro Madrid» donde se resolvieran de manera automática «la higienización (...) de nuestra Metrópoli», «las llamadas crisis obreras» y «la cuestión de las viviendas baratas». Dos años La imagen de la ciudad y el paisaje urbano más tarde se seguía resaltando la beneficiosa incidencia que el trabajo de Nuñez Granes -entonces ya en vías de tramitación gubernativahabría de tener ante «las míseras condiciones de la vida de Madrid», «la falta de trabajo» y el enquistado conjunto de proyectos parciales planteados desde inicios de siglo ^®. ^ Por motivos de espacio hemos optado por reducir al máximo las referencias bibliográficas. En cualquier caso, a partir de la consulta de las obras citadas el lector podrá ampliar los títulos dedicados a este capítulo de la historia urbana madrileña. J. C. Rueda Laffond, «Historia social, historia urbana. Aproximación a un modelo de trabajo: la modernización de Madrid en el contexto finisecular, 1890-1914», en Cuestiones de metodología. Como obras generales donde establecer los ritmos históricos del Madrid contemporáneo, A. Bahamonde y L.E. Otero (coords.) Historia de Madrid, Madrid, UCM, 1993, pp. 401 y ss.; y S. JuHá (dir.), D. Ringrose y C. Segura, Madrid. Historia de una capital, Madrid, Alianza, 1994. Por su parte, los aspectos abordados en estas páginas han sido analizados con mucho más detalle en nuestra Tesis Doctoral Madrid, 1900. Proyectos de reforma y debate sobre la ciudad, Madrid, UCM, Servicio de Publicaciones, (en prensa). 4 Ayuntamiento de Madrid, Concurso de anteproyectos para la urbanización del Extrarradio y estudio de la reforma interior y extensión de la ciudad. Sobre el Concurso pueden consultarse también «Programa mínimo a recomendar a los concursantes». La Construcción Moderna, 15-IV-1929, o «Informe del Sr. P. Bonatz, miembro del Jurado en representación de los concursantes extranjeros», Arquitectura, XII-1930. Anteproyecto del trazado viario y urbanización de Madrid, s.L, s.f. (pero Madrid, 1930). El entrecomillado pertenece al extracto de una conferencia pronunciada por Zuazo en la Casa del Pueblo de Madrid en el verano de 1931; Arquitectura, IX-1931. ^ Ayuntamiento de Madrid-Oficina de Información, Información sobre la ciudad, Madrid, 1929. ^ Respecto al comportamiento demográfico, A. Fernández, «La población madrileña entre 1876 y 1931. El cambio de modelo demográfico», en La sociedad madrileña..., I, pp. 29-75. El marco secular de la emigración a Madrid, puesto de manifiesto en D.R. Ringrose, Madrid y la economía española, 1560-1850. Ciudad, Corte y país en el Antiguo Régimen, Madrid, Alianza, 1985. ^ A. Gómez Mendoza «La industria de la construcción residencial en Madrid, 1820-1935», en Moneda y Crédito, Madrid, num. La imagen de la ciudad y el paisaje urbano ^^ «Informe del Conde de Romanones», en Ayuntamiento de Madrid, Proyecto de la apertura de una Gran Vía que partiendo de la calle de Alcalá termine en la plaza de San Marcial, Madrid, 1898, pp. 3-6 IX-1905, pp. 258-260. La expansión del eje Delicias-Prado-Recoletos-Castellana, en J. Grases Riera, Gran Vía Central de Norte a Sur. La mejor calle de Europa en Madrid. Ensanche, higiene, comodidad y belleza, Madrid, 1901. ^^ El proyecto inicial en Ayuntamiento de Madrid, Proyecto de la apertura de una Gran Vía que partiendo de la calle de Alcalá termine en la plaza de San Marcial, Madrid, 1898, pp. 3-6. Su posterior concreción, en J. López Sallaberry y F. Andrés Octavio, Mejoras en el interior de Madrid. Memoria del proyecto de saneamiento parcial denominado reforma de la prolongación de la calle de Preciados y enlace de la plaza del Callao con la calle de Alcalá, Madrid, 1904. 2^ Ajomtamiento de Madrid, Proyecto de unificación de deudas y obras de saneamiento y mejora de Madrid formulado por el Excelentísimo señor D. Alberto Aguilera y Velasco, Alcalde-Presidente, Madrid, 1906. ^^ Ayuntamiento de Madrid, Antecedentes y documentos que comprende el empréstito de liquidación de deudas y obras públicas de treinta y siete millones de pesetas, Madrid, 1908. ^^ El proyecto definitivo puede consultarse en Ayuntamiento de Madrid, Escritura y adjudicación de las obras de reforma y prolongación de la calle de Preciados y enlace de la plaza del Callao con la calle de Alcalá, Madrid, 1910.
Desde el punto de vista de la demografía histórica el cambio de siglo se significó en España por la multiplicación de los recuentos de población. A partir de la obra de Malthus y Riccardo todos los pensadores sociales del siglo XIX habían reconocido la trascendencia de los fenómenos poblacionales para el conocimiento analítico y prospectivo de las sociedades, tesis que habían influido en la obra de Fermín Caballero y de Manuel Colmeiro ^ y contribuido a la fundación de institutos especializados, entre otros la Junta de Estadística del Reino y el Instituto Geográfico y Estadístico, y a la realización de censos nacionales periódicos, de elaboración teóricamente decenal pero que en la línea divisoria de las dos centurias se apretó con la edición de los Censos nacionales de 1897 y 1900. Sucesivos empadronamientos madrileños, en 1885, 1886, 1895, varias revisiones del padrón, el estudio de la población española entre 1886 y 1892 efectuado por el Instituto Geográfico y Estadístico y la aparición en los años noventa de Boletines y Anuarios estadísticos y demográficos proporcionan al historiador de la población un repertorio que se califica por la fiabilidad y minuciosidad de los datos. Aclaremos que más allá de la exactitud de las cifras escuetas nos interesará destacar las vertientes sociales deducibles de los indicadores demográficos, sobre el supuesto de que constituyen un signo preciso de la calidad de vida de los individuos. A lo largo del siglo XIX la evolución del censo de la Villa había pasado por cuatro fases ^. Partiendo en 1800 de una población que oscilaba, según los diferentes recuentos, entre los 176.000 y 200.000 324 Antonio Fernández García habitantes, hasta 1845 Madrid no creció en términos censales, frenada por los mismos factores que paralizaran la evolución de la población peninsular y por alguno específico, que hemos indicado en otra ocasión; entre 1845 y 1860 experimentó un ritmo de crecimiento notable, propulsado por la formación de una red articulada de transporte y por el desarrollo del aparato estatal propio del régimen liberal; en los años 60 se produjo una sorprendente parálisis y una pequeña contracción provocada por las crisis política, financiera y agraria de los últimos años del reinado isabelino; desde 1869 a 1900 la capital vivió tres décadas de crecimiento sostenido aunque de menor gradiente que el de los años 50, hasta alcanzar los 539.835 habitantes que el Censo de 1900 le reconocía. La denominada revolución demográfica había aparecido en estrecha relación con la revolución industrial, de donde se infiere que la tardía y geográficamente localizada industrialización española se interrelaciona con el retraso en la modernización del modelo demográfico. De los indicadores propios del ciclo demográfico moderno ninguno ofreció tanta trascendencia como la contracción de las tasas de mortalidad y de manera especialmente influyente la reducción, si bien tardía, de la mortalidad infantil. «La combinación de una tasa de fecundidad alta y continuada con una mortalidad infantil decreciente dio lugar en Inglaterra a la familia victoriana», escribió Wrigley ^, autor de estudios clásicos sobre la población inglesa y londinense. Si tomamos como referente el modelo inglés hemos de concluir que el madrileño presentaba arcaísmos que no nos permiten hablar de un modelo de transición hasta los primeros años del siglo XX ni de modernización demográfica plena hasta los años veinte. Cinco rasgos definían el modelo madrileño fin de siglo: superiores tasas de mortalidad con respecto a la natalidad, persistencia de una mortalidad infantil elevada, desniveles acusados en las tasas de mortalidad diferencial, flujo inmigratorio continuo como elemento compensador del crecimiento vegetativo negativo, e intermitentes crisis de sobremortalidad. Este modelo arcaico, correspondiente a una época protoindustrial, comenzaría a entrar en crisis en los años posteriores a 1900, si bien todavía ataques epidémicos intermitentes -el de mayor envergadura, la gripe de 1918-1919-y mortalidad infantil alta frenaran el paso al ciclo moderno. El crecimiento vegetativo negativo es el indicador clave, el que traduce las difíciles condiciones de vida de parte de la población. «Madrid, ciudad de la muerte», así la calificó Revenga ^ en un trabajo de principios de siglo, calificación ampliada en editoriales y artículos de fondo de los principales rotativos, especialmente «El Imparcial», que Modelo demográfico y problemas sanitarios dedicó una serie a este fenómeno de la supremacía de la muerte en una época histórica en la que las naciones más adelantadas habían conseguido rebajar sus índices. En 1890, cuando Madrid sufrió el embate de una doble epidemia de gripe y viruela ^ además de un amago amenazador del vibrión del cólera, perdió en el diferencial de natalicios y óbitos 4.743 habitantes. En los años siguientes la situación comenzó a mejorar, pero todavía la mortalidad tendría potencia para frenar el crecimiento censal de no mantenerse el flujo migratorio. Veamos el balance que ofrecía en la Villa el engranaje de la natalidad y mortalidad en los años inmediatos a 1900. Aunque en este cuadro recogemos las estimaciones más favorables, se percibe que en bastantes años de esta serie -1895, 1896, 1897, 1899, 1900, 1901-los óbitos superan a los nacimientos, si bien a partir de 1902 ^, a pesar de las oscilaciones de la mortalidad, se produce un cierto equilibrio y el inicio del despegue relativo de la natalidad. La pérdida biológica de población no constituía un fenómeno singular de Madrid, puesto que durante las primeras fases de la revolución industrial todos los centros urbanos la experimentaron en diverso grado, hasta el punto de que se denominó a las ciudades «sepultureras de hombres», pero antes del final de siglo las grandes ciudades europeas habían salido de esa peligrosa situación mediante la aplicación de 326 Antonio Fernández García políticas de higiene social. En 1884 informes del doctor Recio y trabajos de «El Imparcial» constataban que la tasa de mortalidad de 3,14% de Madrid era únicamente rebasada por la de 4,19% de Alejandría, en un periodo en que se citaba el puerto egipcio como centro focal de las plagas, y superaba el 2,46 de Lisboa, 2,24 de París, 1,41 de Londres, 1,19 de Berlín, 1,09 de Roma, y otras ciudades en mejor situación, como Amsterdam, cuya tasa no excedía, creemos que circunstancialmente, el 0,76%. Más meticulosas fueron las estadísticas elaboradas en 1892 por el Instituto Geográfico y Estadístico, que calculaban para Madrid durante el septenio anterior, una tasa de 3,28%, superior a la de 2,64 de Budapest, 2,42 de Viena, 2,26 de Glasgow, 1,95 de Berlín ^. Incluso Hamburgo, cuyas condiciones sanitarias quedaron en evidencia en la terrible epidemia de cólera de 1893, había ofrecido en el septenio el envidiable índice de 1,68. Habría de ser sometida a revisión crítica cada una de las tasas de mortalidad de estas ciudades, sin embargo para nuestro propósito baste constatar la mala situación comparativa de Madrid, no sólo señalada por las tablas estadísticas sino además por la prensa, revistas y publicaciones especializadas de la época. El 10 de abril de 1898, en horas inciertas ante el rumbo de las relaciones con los Estados Unidos, que abocaban a una guerra inexorable, se abría en Madrid el IX Congreso Internacional de Demografía e Higiene. Trece secciones, diez consagradas a temas de higiene y tres a demografía, se repartieron el temario de conferencias y debates. Las malas condiciones higiénicas de la Villa sede salieron a relucir en varias ocasiones. La estabilización de un cv de signo positivo la mayoría de los años nos permite afirmar que a partir de 1902 se produjo la entrada en un ciclo de transición. La superioridad de la natalidad con respecto a la mortalidad nos sitúa ante una población dotada biológicamente de poder de avance, capaz de crecei por sí misma, a pesar de que sin los flujos migratorios el despegue hubiera sido todavía titubeante. Y decimos de transición porque persistían arcaísmos demográficos, como hemos indicado, tanto por lo que a la mortalidad infantil se refiere como por las crestas de sobremortalidad de carácter epidémico. Para el conocimiento de la sociedad madrileña ofrece mayor relevancia la comprobación de la convivencia de varios modelos demográficos correspondientes a diferentes espacios urbanos ^. En los distritos humildes, con índices altos de natalidad y mortalidad y mayor incidencia de la mortalidad catastrófica, se dibujaban modelos demográficos más arcaicos que en los distritos donde residían las capas superiores de la pirámide social. Es un aspecto sobre el que vamos a insistir. El cruce de dos tendencias: inmigración y mortalidad infantil El signo negativo del crecimiento vegetativo requería que la inferioridad de la natalidad se viera compensada con aportes de población foránea; en este juego la inmigración aparece como el factor compensador y dinamizador en la evolución de la población madrileña. Los sucesivos empadronamientos, en los cuales se consigna la procedencia de los habitantes, nos permiten medir este fenómeno, que en el siglo XX alcanzaría un ritmo todavía más acelerado no obstante fuera a lo largo del último cuarto del siglo XIX cuando había resultado decisivo para corregir la erosión de la alta mortalidad. Por los Censos y padrones sabemos que invariablemente era superior el número de habitantes nacidos fuera de la Villa. El Censo de 1877 fue el primero que incluyó la procedencia por provincias y edades, indicando las proporciones de inmigrantes en cada distrito, datos que apuntan a las zonas más marginadas, ya que en términos globales la población recién llegada formaba bolsones de pobreza. Frente a este flujo continuo se alzaba un dique, que frenaba la dilatación del censo. La mortalidad infantil ofrecía un carácter estructural, pues sus índices dependían de condiciones generales de higiene social y de los niveles de vida de las familias. Su clasificación por clases sociales fue medida para Barcelona por el doctor Comenge; esta diferenciación por niveles en relación a las condiciones del hogar se puede comprobar para Madrid a través de los libros de defunciones del Registro civil. A partir del listado de difuntos por edades hemos podido corroborar que en 1901 la mortalidad infantil era más alta en los distritos proletarios que en los que albergaban las viviendas de las clases con superior capacidad adquisitiva. En enero de 1901, en un mes crítico para determinadas patologías de la infancia, de los 191 fallecidos en el distrito de Palacio 80 no rebasaban los cuatro 328 Antonio Fernández García años mientras en Universidad del total de 262 la cifra comprendida entre los O y 4 años alcanzaba 130 nombres, con lo que comprobamos que Universidad, distrito de calles estrechas y viviendas vetustas sufría una mortalidad infantil del 50% de la total, en tanto Palacio, donde coexistían al lado de barrios humildes otros de amplios espacios verdes y habitantes de elevado nivel, quedaba por debajo de esa cota. A pesar de que el juego de los índices demográficos comenzó a dibujar una tendencia positiva a partir de 1902, persistían altas cotas de mortalidad infantil, que preocupaban a las autoridades sanitarias ^^. En la Memoria demográfico-sanitaria de 1904 se decía: «La sombra de Heredes parece vagar satisfecha por las calles de 1 § Villa», y en la del año siguiente, al producirse un incremento de los índices, se exclamaba con expresión más propia de editorialista escandalizado que de estadístico académico: «Madrid es un pueblo infanticida» ^^. Algunas patologías de la infancia aumentaban su potencia. El equipo que elaboró las estadísticas demográficas no dejó de advertir que el factor determinante era el nivel económico de las familias. La proporción de recién nacidos fallecidos en las casas particulares, donde las familias pudientes recibían las atenciones médicas necesarias, se situaba en el bienio 1904-1905 en un 27,37 por mil; en los establecimientos hospitalarios, a los que acudían quienes carecían de medios, se elevaba al 127,36 por mil, lo que suponía una tasa cerca de cinco veces más alta. Si examináramos este indicador en cada uno de los diez distritos de Madrid nos encontraríamos con una situación compleja, que requeriría un espacio del que no disponemos para su análisis. Pero si descendemos a la escala de los barrios y nos reducimos a una sola enfermedad, la disentería, comprobamos que se cebaba preferentemente en los niños de la clase menesterosa, pues siendo la mortalidad general por esta patología de un 35,47 por mil, casi la doblaba el barrio de Bellas Vistas (69,03), seguido por Hipódromo (53,24), Apodaca (49,18), Guindalera (48), que dibujaban áreas oscuras en el mapa urbano, mien-Modelo demográfico y problemas sanitarios tras Huerta del Bayo, Cuatro Caminos, Humilladero, se movían en torno a la media, y barrios de distritos distinguidos, casos de Almirante (5,32), Cañizares (5,13), Colón (4,39) o Fernando el Santo (4,05), señalaban espacios donde la higiene social, la calidad del urbanismo y la vivienda y el nivel de vida acomodado de las familias ofrecían a los niños una seguridad de la que carecían en otras zonas de la ciudad ^^. A lo largo de la primera década del siglo, mientras otros índices demográficos y sanitarios ofrecían una mejora clara de la situación, la mortalidad infantil oscilaba con tenacidad en torno a la cota del 40 por mil, y sólo mediada la segunda década pudo percibirse una flexión a la baja de una tasa tan indicativa de la calidad de vida de las familias. A la altura de 1910 Madrid se situaba en este problema en el tramo medio en una tabla de capitales de provincia, en la cual Zamora, Salamanca, León, Orense, Falencia, ocupaban los peores lugares, y el área mediterránea, con Barcelona, Valencia, Alicante, Gerona, Tarragona y Baleares, señalaba la situación más favorable ^^. Geografía social: los distritos A pesar de que Madrid ingresó en el siglo XX sin culminar el paso del artesanado a la industria no quedó inmune a la revolución que en el urbanismo supuso la industrialización, que derivó en una distribución dual del plano urbano, dibujando un mapa de barrios burgueses, herederos del urbanismo barroco, suntuoso y dotado de espacios que abrían plazas y viviendas a la contemplación del horizonte distante, y barrios proletarios, donde se acumulaban las lacras de la ciudad industrial, de diseño raquítico y carente de servicios colectivos. Esta dualidad se reflejó nítidamente en las tasas demográficas y en el potencial de las enfermedades que embestían endémica o epidémicamente a la población de la Villa. Durante el último cuarto de la centuria podían clasificarse los diez distritos en tres niveles: opulentos (Buenavista, Congreso y Centro), medios (Palacio, Audiencia y Hospicio) y pobres (Universidad, Hospital, Latina e Inclusa), geografía social que coincide con la señalada en el estudio médico social de Hauser para el periodo anterior al año 1900, si bien es preciso descender a la escala de barrio porque dentro de una demarcación administrativa podían distinguirse en calles vecinas diferencias ostentosas de nivel de vida y calidad sanitaria. Empero, aunque tienda a la generalización, la escala distrital permite comprobar 330 Antonio Fernández García el modelo segregacionista del Madrid decimonónico y su pervivencia en el umbral del nuevo siglo. Si volviéramos la vista treinta años atrás comprobaríamos que según el empadronamiento de 1871 Universidad, Latina e Inclusa comparecían como distritos de efectivos humanos más nutridos, si bien Centro los superaba en densidad, pero ya en los años 80 Buenavista había pasado a ocupar el primer lugar en el censo de habitantes. Tras la divergencia de las gráficas se ocultaban realidades sociales en relación con los espacios del Ensanche, calificados por los servicios y el trazado amplio del callejero, proceso que convirtió Buenavista en el más atractivo para las familias que podían permitirse la compra o alquiler de vivienda en su recinto, mientras los distritos del Sur evolucionaban hacia áreas de repulsión poblacional, castigadas por la estrechez de los inmuebles y la carencia de servicios tan fundamentales como el agua corriente y el alcantarillado. Esta dicotomía, propia de la ciudad industrial, no podía dejar de reflejarse en los indicadores demográficos y sanitarios. Las áreas de pobreza del mapa madrileño se atenían a un modelo demográfico más arcaico, con superiores cotas de natalidad y mortalidad, y se veían afligidas por tasas más elevadas de mortalidad infantil y embestidas más severas de mortalidad catastrófica. Los distritos del Sur, Latina, Inclusa, Hospital, además del de Universidad, señalaban su falta de modernización y la condición humilde de sus habitantes en cada uno de los indicadores; frente a ellos, en las condiciones más favorables del mapa madrileño, se destacaban los distritos de Buenavista, Congreso y Centro. Esta era la situación en los últimos años del siglo XIX y así se mantenía en los primeros del nuevo siglo. Tasas de natalidad que se aproximaban al 4% en Latina e Inclusa se encontraban muy por encima de las consideradas normales en la Europa industrializada fin de siglo, y contrastaban con las que apenas rebasaban el 2% en Centro y Congreso. Los problemas de hacinamiento y promiscuidad, un vector de la frecuencia de los nacimientos, se reflejaban en otro indicador de tipo social reafirmador de la problemática situación de los distritos de menor nivel económico. Estos contrastes re-Modelo demográfico y problemas sanitarios sultaban todavía más sensibles si se desciende a escala de barrio. Observemos que Peñuelas, en el distrito de Latina, centro focal de la epidemia de cólera de 1885, descrito siempre en tonos sombríos por médicos, higienistas y urbanistas, superaba la tasa de su distrito, con 115 nacimientos ilegítimos frente a 377 legítimos, pero a pesar de ello no ocupaba el primer lugar en esta tabla problemática, porque en el barrio próximo de Embajadores nacieron en 1900 368 hijos ilegítimos frente a 95 legítimos, y sobre todo Provisiones, donde 721 niños no nacidos de matrimonio suponían 5,5 veces la cifra de los 136 nacidos de matrimonio. Thompson ^^ había dedicado atención al problema del hacinamiento al estudiar las condiciones de vida del proletariado en su clásico estudio sobre la clase obrera inglesa, pero su análisis se centra en otra etapa de la industrialización europea, en el primer tercio del siglo XIX; Madrid ofrecía un panorama similar en algunos de sus barrios setenta años más tarde. Había llamado la atención sobre la concentración de población en espacios raquíticos el Instituto Geográfico y Estadístico al describir el Madrid de los años ochenta, y repitieron datos y descripciones para los primeros años del siglo XX el estudio de César Chicote y artículos de García Ormaechea, en los cuales denunciaba el «hacinamiento espantoso» en corredores, corralas y viviendas de patio ^^. Por otra parte los distritos pobres se singularizaban por sus tasas superiores de mortalidad, señalando diferencias que alcanzaron proporciones de dos a uno, lo que nos lleva a concluir que la duración media de la vida del madrileño dependía del distrito o barrio en que residía, aunque, es obvio, no constituyera el vector determinante el dato geográfico sino el social del nivel económico de las familias y su consecuencia inmediata, la calidad de la vivienda. No deja de resaltarlo Hauser, y es tema al que hemos dedicado atención al examinar la Información abierta por la Comisión de Reformas Sociales de 1883 ^^. Podríamos insistir con cifras en las variables que repercuten en las tasas de mortalidad: servicios urbanos, superficie y calidad de la vivienda -^perceptible en los precios de los alquileres-, nivel económico y educativo de las familias, pero creemos que Hauser fue capaz de resumir todas las vertientes del problema en un solo párrafo: «No es siempre la gran densidad de población de un distrito por sí solo lo que es perjudicial a la salud de sus habitantes sino el hacinamiento de éstos en locales desprovistos de luz y de la cubicación de aire necesaria, pues los distritos del Centro y del Congreso, a pesar de su gran densidad de población, tienen una mortalidad mínima de 23,8 y 22 por 1.000, mientras que los distritos del Hospital y de la 332 Este hecho, aparentemente paradojal, tiene su explicación en las circunstancias siguientes: los primeros están habitados por la clase de población más acomodada, que come bien, viste bien y ocupa habitaciones espaciosas, y la falta de superficie de terreno del distrito se halla compensada por la altura de las casas, constituidas por varios pisos, mientras que los últimos están habitados en su mayor parte por la clase obrera y empleados de poco sueldo, con una alimentación y calefacción deficientes en el invierno, y que apiñada en habitaciones sucias, estrechas, mal ventiladas y caldeadas en el verano, ofrece menor resistencia vital a los gérmenes de las enfermedades infecciosas» ^^. La tuberculosis, el mayor desafío Congresos internacionales y revistas especializadas dedicaban sus sesiones y sus páginas a estudiar la amenaza que suponía el bacilo de Koch, embate cuya nota relevante era la prevalencia de circunstancias sociales en su etiología. Si la «Revista de Higiene y Tuberculosis», fundada por Chabás en París y editada en castellano en Valencia, y que incluía colaboraciones de Comenge en Barcelona y de Carracido, Rector de la Universidad Central, y Verdes Montenegro, director del Dispensario Antituberculoso, en Madrid, se orientaba hacia los aspectos médicos, otras publicaciones, como «La Salud Pública» y «La Medicina Social Española», reconocían a esta vertiente de las circunstancias sociales una importancia primordial. En el XIV Congreso Internacional de Medicina (1903) Guerra y Cortés enmarcaba en su ponencia «La tuberculosis del proletariado en Madrid» ^^ la enfermedad en parámetros como el salario y la vivienda, concluyendo: «Que el mal tiene su origen, además de en las pésimas condiciones generales en que se encuentra la población, en la deficiencia de higiene con que viven las clases proletarias por su falta de instrucción y sus escasos recursos pecuniarios, así como por la absoluta carencia de medidas puestas en práctica oficial e individualmente para evitar el contagio». En su estudio sobre la clase obrera inglesa señalaba E.P. Thompson ^^la tisis como enfermedad del proletariado. En torno a 1900, ya lo habían anticipado para el Madrid de fin de siglo autores como Espina y Capó, Verdes Montenegro o Alvarez R. Villamil ^^. Si el contagio y la difusión de la enfermedad dependían de circunstancias sociales un mapa urbano tan claramente diferenciado como el madrileño tenía por fiíerza que reflejar en el embate del bacilo de Koch las condiciones sanitarias y el nivel de vida de los diferentes distritos. Se desprende de este cuadro estadístico la indefensión de los tres distritos proletarios del sur, Hospital, Inclusa y Latina, ante el ataque del bacilo. Hospital, en situación media en el año 1903, rebasó la alta cota del 5 por mil los dos años siguientes; Inclusa mantuvo en el trienio la segunda plaza, alcanzando su cota de letalidad máxima en 1904. Latina se ubicó en el primer lugar en el ranking de la mortalidad tuberculosa en 1903 y pasó al tercero los dos años siguientes, pero con un mayor tributo de fallecimientos. En esta situación problemática confluían las circunstancias topográficas de un distrito situado en cotas bajas y próximas al río con un urbanismo depauperado de calles estrechas y habitantes de menor poder adquisitivo, que ocupaban viviendas reducidas, lo que imposibilitaba el aislamiento del enfermo, y cuyos residentes por añadidura se alimentaban peor. La Memoria demográfica de 1905 expresaba su pesimismo acerca de la posibilidad de erradicar la enfermedad; «dedúcese la amarga consecuencia de que no hay redención posible para esas demarcaciones, en las cuales, por desgracia suya, se juntan en fatal consorcio la situación topográfica, mucho más baja que la del resto de la población, y la posición económica de sus moradores; la estrechez de calles, la insalubridad de casas, la aglomeración de familias en espacio inverosímil, la ignorancia, el de-Antonio Fernández García 334 saseo, la insuficiencia de alimentación, la imposibilidad de atajar los progresos de la morbosidad cuando ésta se presenta» ^^. En situación media se encontraban los distritos de Universidad y Chamberí. En algunos de sus barrios se hacinaba población proletaria que vivía en condiciones similares a las de los distritos del mediodía, pero en otros barrios vecinos vivían familias de nivel superior, y por otra parte podían señalarse en su recinto calles anchas y arboladas, plazas y una mejor orientación hacia la sierra con la consiguiente ventaja de una ventilación y una insolación más adecuadas. Centro, Congreso, Hospicio y Palacio disfrutaban de la ventaja de la satisfactoria condición de las familias, y aunque en zonas de sus demarcaciones perduraba un urbanismo reñido con la higiene otras disfrutaban de todas las ventajas de los servicios municipales adecuados, entre ellos la extensión del alcantarillado, las viviendas holgadas y un diseño urbano idóneo, aunque no alcanzaran las ventajas del distrito de Salamanca, descrito en la Memoria demográfica con «casas acomodadas a todas las exigencias científicas; la ventilación de ellas es grande y en su barrio más importante, el antiguo de Salamanca, los patios son espaciosos», ventajas de la vivienda que se multiplicaban por datos urbanos como la anchura de los viales y el arbolado abundante, amén de las condiciones sociales de los vecinos: «júntase lo selecto del vecindario muy ilustrado en su mayor parte, con la afición al baño, familiarizado con el aseo, con capacidad para elegir alimentos y con medios de fortuna para escogerlos sanos, nutritivos y abundantes» ^^. Modelo demográfico y problemas sanitarios Hemos comprobado que a escala de distrito se infería la relación entre el potencial de una enfermedad contagiosa, el nivel de vida de las familias y las estructuras urbanas, no obstante es preciso descender a escala de barrio porque el espacio administrativo de los distritos resultaba demasiado grande para albergar una muestra social homogénea. Aunque al menos desde el último decenio del XIX podría seguirse la implantación de la patología año a año, centraremos nuestra atención en el año 1905, en el que se elaboró una Memoria especialmente detallada. La tasa media de mortalidad en Madrid por tuberculosis fue en esa fecha del 3,57 por mil, ampliamente rebasada, como hemos apuntado, en los cuatro distritos más castigados. Diez barrios proporcionaron en 1905 el contingente mayor de víctimas ^^: Doctor Fourquet, Cabestreros, Quiñones, Aguas, Santa María de la Cabeza, Quintana, Las Mercedes, Rastro, Huerta del Bayo y Lavapiés. Tanto en los años anteriores como posteriores, con ligeros intercambios de situación, comparecen en las listas de barrios en peor situación sanitaria por lo que a la tuberculosis respecta. Varios de ellos, casos de Santa María de la Cabeza y Huerta del Bayo, figuraban como los de hogares más humildes si nos atenemos al precio de los alquileres facilitado por el Ayuntamiento, y entre sus residentes se integraban bolsones de trabajadores foráneos recién llegados a la Villa. A la cabeza en una clasificación por letalidad. Doctor Fourquet alcanzaba un 13,35 por mil, cuadruplicando casi la media de la ciudad, en lo que influía la proximidad del hospital pero también la humilde condición de viviendas e inquilinos. Aclaremos que la estadística municipal clasificaba los fallecidos en establecimientos benéficos en relación a sus domicilios, no contabilizando donde morían sino donde vivían, en consecuencia las tasas recogían la mortalidad de cada distrito sin las alteraciones que podrían introducir los establecimientos asistenciales. No se encontraba en mejor situación el barrio de Cabestreros, del distrito de la Inclusa, que perdió ese año el 11,27 por mil de sus vecinos ante el ataque de una sola enfermedad. Por tanto un barrio de Hospital y otro de Inclusa aparecían como dos manchas negras más intensas en el mapa de la tuberculosis, flanqueados por otros barrios en situación no mucho más favorable. En el distrito de Hospital, los barrios obreros de Santa María de la Cabeza con un 7,03 y Lavapiés con un 6 duplicaban el promedio de Madrid. En Inclusa, lejos de la punta dibujada por Cabestreros, el Rastro con 6,50 y Huerta del Bayo con 6,35, dos barrios obreros y artesanos como se comprueba en el padrón, eran pasto del bacilo. En el tercer distrito proletario del mediodía, Latina, con una tasa de mortalidad tuberculosa de un 4,34 por mil, aproximadamente un dígito por encima de la media madrileña, presentaba entre los mortíferos el barrio de Aguas, con un índice de 7,04 por mil, y a cierta distancia Humilladero (5,12), Calatrava (5,07) y Alfonso VI (5,01). No deseamos insistir en la condición humilde de los vecinos de estas zonas, pero digamos que Humilladero aparece con frecuencia como barrio de agudos problemas sociales en la documentación de la época y que Calatrava se destacaba por el índice de nacimientos ilegítimos, uno de los indicadores del hacinamiento, que afectaba tanto a la moral como a la profilaxis. En los distritos de Universidad, Palacio y Chamberí aparecían áreas con tasas bastante diferentes, y su análisis nos permitiría certificar que se mantenía una relación inversa entre la calidad del barrio y la gravedad de la mortalidad y morbilidad tuberculosa. Ante la imposibilidad de un examen tan detallado elijamos un barrio. En el distrito de Chamberí, cuya tasa general fue de 3,28 por mil, el barrio de Dos de Mayo se distinguió por la exigua de 0,96. Dos calles anchas, la de San Bernardo y la de Fuencarral, lo selecto de sus vecinos, la circunstancia de que bastantes inmuebles de San Bernardo y calles aledañas dispusieran de jardín y lo que para el Madrid de entonces suponía «como pulmón saludable la anchurosa plaza que le da nombre» -descripción que hoy no nos parecería ajustada al Madrid actualconfluían en este fenómeno de un nivel envidiable de salud. Entre los distritos saludables disfrutaba de la primera posición Buenavista, cuyo trazado de viales anchos y perpendiculares, los característicos del Ensanche, el elevado número de palacios con jardín y el poder adquisitivo de sus habitantes les dotaban de una batería de defensas ante los ataques de la enfermedad, pero incluso en este distrito óptimo la escala de barrio permite apreciar diferencias significativas, porque siendo su tasa global de un 2,49 por mil, la multiplicaban los barrios de Las Mercedes (6,72), Goya (4,11) y Prosperidad (3,71), mientras otros seis barrios, Almirante, Biblioteca, Monasterio, Fernando el Santo, Conde de Aranda y Guindalera, presentaban índices salutíferos o bajos que oscilaban entre el 1,09 y el 1,83 por mil de mortalidad por tuberculosis. Hemos insistido en la vivienda y la calidad urbanística de los barrios, pero en el arraigo de la considerada plaga del proletariado influían asimismo las condiciones de trabajo. En las discusiones en el Senado acerca de la ley de Sanidad en 1899 Maluquer empleó estadísticas elaboradas por el sindicato de obreros guanteros, donde se consignaba Modelo demográfico y problemas sanitarios que de cada 12 obreros fallecidos, diez lo eran a consecuencia de la tisis. «El Socialista» iniciaría una campaña a lo largo de bastantes años para denunciar lo que llamaba «vivero de tuberculosos». En 1905, las estadísticas de deñmciones según profesión que elaboró el Ayuntamiento, nos permiten saber que en la clase etiquetada «jornaleros» fallecieron 1.918 individuos, de ellos 378 por tuberculosis pulmonar, a los que habrían de sumarse 3 por menigitis tuberculosa y 41 por otras variedades de tuberculosis, totalizando 422 y doblando los 213 fallecidos por neumonía y bronconeumonía que le siguen en tabla ^^. La imposibilidad de evitar contactos y las aglomeraciones definían los grupos más expuestos, entre ellos las sirvientas, cuyo tributo a la tisis suponía el 25% del total de fallecimientos, en opinión de los redactores de la Memoria demográfica porque se inscribían en el grupo de edad crítico, en nuestra opinión porque además señalaban la vanguardia del trato con los enfermos y con sus ropas en los hogares acomodados, y en situación comparable las religiosas, con casi el mismo porcentaje, y, sobre todo, las colegialas, que alcanzaban un índice explosivo del 90,9%, exponente elocuente del riesgo de las aglomeraciones, lo que convertía a los colegios en cuarteles de la enfermedad ^^. No cambió la clasificación de los grupos sociales más expuestos a lo largo de los años siguientes, porque la Estadística Demográfica de 1916 señalaba que para los oficios y artes mecánicas la mortalidad por tuberculosis pulmonar suponía el 20,39% del total, superando a las otras causas y marcando un índice más elevado que el que la tuberculosis suponía para las profesiones y artes liberales (14,89) o el 12,32 de los ciudadanos dedicados a la agricultura, industria y comercio ^^. Las amenazas a la salud de los madrileños El bacilo de Koch era de forma endémica el enemigo número 1 de los barrios proletarios de Madrid, pero otras enfermedades tenían el rango de huéspedes incómodos, y en los años de mortalidad epidémica, en retirada el cólera, alguna patología heredaba las estrategias invasoras de la «gran muerte negra», como había denominado Chateaubriand al vibrión del Ganges. Valgan unos apuntes sucintos sobre las principales amenazas. Remitimos al minucioso estudio de Hauser sobre las del último decenio del XIX, si bien los Anuarios estadísticos de estos dos lustros y los correspondientes a los dos primeros del siglo XX hacen posible un seguimiento cuantitativo de bastantes enfermedades y un 338 Antonio Fernández García análisis por barrios de la índole del que hemos presentado con respecto a la tuberculosis. Hemos estudiado la triple epidemia del año 1890, durante la cual la gripe y la viruela recogieron un tributo de 6.000 víctimas mortales, en coincidencia con un amago del cólera, que se limitó a trastornar el comercio más que a sembrar de luto los hogares. En 1896 y 1900 la más virulenta de las enfermedades infecciosas, la viruela, en este último año causante de 1.284 óbitos, señalaría otras dos puntas de sobremortalidad. La elevada mortalidad habitual de la fiebre tifoidea y la difteria venían a continuación en la estadística. Las condiciones urbanísticas que hemos comentado se convertían en el principal inconveniente para la lucha contra estas enfermedades. Hauser comenta que no existían en los hospitales madrileños pabellones destinados al aislamiento de los enfermos infecciosos y resultaba casi imposible la lucha en las viviendas humildes: «los enfermos pobres asistidos a domicilio por enfermedades infecciosas, viviendo en habitaciones pequeñas, estrechas y sucias, no obtienen beneficio alguno con una desinfección ilusoria, pues en este caso no es posible desinfectar los efectos ni la habitación» ^°. Tanto las mejoras en la potabilidad del agua como en el saneamiento del suelo habían significado en diferentes ciudades europeas una clara mejora sanitaria, que en Madrid apenas se había iniciado en el umbral del nuevo siglo. La gripe, que se convertiría en la mayor plaga al finalizar la primera guerra mundial, se mantuvo en los años del cambio de siglo sin puntas agudas de sobremortalidad, aunque su presión continua sobre la población fue comentada irónicamente por Hauser: «la grippe ha llegado a adquirir derecho de domicilio en Madrid» ^^. Todos los años los Anuarios indicaban los porcentajes de fallecidos según enfermedades, lo que hace posible realizar una tabla de intensidades, si bien nos limitaremos a un solo año. Elegimos, por la meticulosidad de la Memoria, 1905, aunque los datos ^^ apenas varían con respecto a los años anteriores o siguientes. Ese año la principal causa de fallecimiento fue la tuberculosis, que supuso alrededor del 13% del total de óbitos, en una evolución que trazaba una línea ascendente desde 1900, cuando no había alcanzado el 12%. Al 11% se aproximaban las bronquitis y al 9% la bronco-pneumonía y la pneu-Modelo demográfico y problemas sanitarios monía. Las diarreas provocaron una mortalidad de en tomo al 7% en los menores de dos años y en torno al 3% en los mayores. La meningitis se acercaba al 7%. Estas eran las grandes parcas, por delante de las afecciones del corazón (5,52). Frente a estos embates la preparación de la Villa ya no en el terreno del urbanismo sino incluso en el de los establecimientos asistenciales no era la adecuada. Al describir el hospital provincial Hauser se quejaba de que se alzara en una de las cotas más bajas del terreno urbano, que el edificio no estuviera separado de la calle por un jardín, que se ubicase próximo a la estación del Mediodía -^un inconveniente en circunstancias de epidemia-, que careciese de pabellones de aislamiento, entre otros inconvenientes que el meticuloso médico se detuvo en anotar. Si tales insuficiencias se observaban en el más importante centro asistencial público debemos pensar que los recursos de que se había dotado la Villa para la lucha contra la enfermedad, la rebaja de las tasas de mortalidad y la modernización de su modelo demográfico, eran insuficientes y que la capital de la nación carecía de una política sanitaria moderna. A modo de conclusiones desearíamos destacar tres fenómenos sobre los que hemos aportado datos en las páginas precedentes. Madrid ofrecía en el año 1900 un modelo demográfico caracterizado por una serie de arcaísmos: altas tasas de natalidad y mortalidad, crecimiento vegetativo negativo, elevada mortalidad infantil, emergencias intermitentes de las enfermedades epidémicas. Pero sería más adecuado hablar de modelos demográficos en plural, porque estos rasgos no podían aplicarse a la totalidad de los distritos y de los barrios. A partir de 1902 se iniciaría un cambio hacia un modelo de transición. El dualismo de la ciudad industrial, en este caso protoindustrial, con su alternancia de áreas distinguidas y deprimidas, tenía un testigo fidedigno en la disparidad de las tasas biológicas. Dos distritos, Buenavista y Latina, resumían dos modelos urbanos y sociales antípodas, que derivaban inevitablemente en dos situaciones demográfico-sanitarias diferentes. La calidad de vida del madrileño dependía en primer término de la posición social de la familia, pero ésta se expresaba no sólo en términos de nivel de renta sino además en circunstancias urbanas como los servicios del distrito en que residía, o la anchura y ventilación de las calles y espacios públicos, que señalaban diferencias ostensibles de modernización incluso a escala de barrio. Algunos desafíos debían afrontar en ese momento las autoridades municipales y las sanitarias. Ninguno de mayor envergadura que el Antonio Fernández García 340 de la tuberculosis, porque si la difusión del bacilo dependía de circunstancias sociales por añadidura resultaba imposible una lucha eficaz contra la enfermedad sin afirontar una política urbanística y de protección social que tuviera en cuenta las condiciones de trabajo. Ocho décadas más tarde, el Plan que el A5runtamiento presentó en 1982 bajo el título «Recuperar Madrid» se proponía entre sus objetivos «hacer habitable la ciudad para todos los ciudadanos» ^^.
Con la excepción de Madrid, todas las capitales de la Unión Europea están emplazadas a escasa distancia del mar o a orillas de un gran río navegable. El aislamiento geográfico de Madrid marcó su evolución histórica y el de su entorno. Como capital del Imperio, su emplazamiento en el corazón de la península ibérica le impidió añadir a su fimción política y administrativa el barniz de un gran emporio mercantil •^. Frustrado el intento ilustrado de abrir un canal de navegación a través de la Sierra del Guadarrama, lo que habría puesto en contacto a Madrid con el canal de Castilla y, por ende, con Santander, arrieros, acémilas y carromatos deambularon por los caminos polvorientos en larguísimas recuas, convirtiéndose en estampas habituales del paisaje castellano. La conducción de personas y mercancías por esos medios de sangre sobrecargó los precios finales con el consiguiente efecto negativo sobre la demanda de los madrileños. En un intento por mitigar las consecuencias de esa desventaja locacional, las autoridades recurrieron a un sinfín de artificios administrativos que han sido estudiados magistralmente poi: David Ringrose ^. A través de los tiempos, la supervivencia de la Villa pendió del hilo de un complejo sistema de privilegios y subsidios que premiaron a los arrieros y carreteros implicados en el suministro de las subsistencias, materias primas y artículos de consumo. En el Informe sobre la Ley Agraria, Jovellanos abogó por la unión de los grandes ríos peninsulares mediante una red de canales, caminos y carreteras mejoradas para llenar de «abundancia y prosperidad tantas y tan felices provincias» ^. Con idéntica contundencia, denunció los acentuados contrastes de los precios de las subsistencias en los mercados 344 Antonio Gómez Mendoza del interior y del litoral. Sin embargo, los escasos avances en la técnica de transporte no ayudaron a satisfacer las ingentes exigencias de una ciudad de las características de Madrid. Alejada de los centros fabriles que surgieron en la periferia, Madrid nunca proporcionó ese gran mercado capaz de garantizarles su continuidad. Lejos de formar una unidad armónica, el mercado español permaneció fragmentado en una yuxtaposición de células con débiles intercambios entre sí. En el largo plazo, aquella desunión lastró el progreso económico en las regiones del interior peninsular pues carecían de la opción exportadora que la vía marítima brindaba a las áreas del litoral. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, su situación comenzó a mejorar con la puesta en servicio de las grandes arterias de ferrocarril. Al nuevo medio de transporte, se añadieron pronto otros sistemas igualmente eficaces para movilizar a bajo coste personas, mercancías e incluso información. En las páginas que siguen, encontrará el lector un breve comentario sobre las oportunidades de expansión demográfica y económica que brindó a la Villa y Corte el hecho de ser el centro de una red de comunicaciones en su sentido más amplio (carreteras, ferrocarriles, locomoción aérea, telégrafos, teléfonos y electricidad) en el tránsito del siglo XIX al XX. El capítulo se divide en dos partes. En la primera, analizo el abanico de beneficios que extrajo Madrid de su posición en el corazón de la red de caminos de hierro. El enlace directo por vía férrea con las regiones agrícolas y los núcleos fabriles que le abastecían en alimentos, materias primas y manufacturas, abarató sustancialmente los costes. Es más, los madrileños accedieron al viaje en tren, relegando a un segundo plano a la diligencia. En el siguiente epígrafe, me ocupo de otros cinco adelantos técnicos aplicados a las comunicaciones que, a diferencia del ferrocarril, fueron hijos de la segunda industrialización: motorización, locomoción aérea, telégrafo, teléfono y electricidad. En cada uno de esos casos, la Villa y Corte volvió a ocupar el centro de sus redes. Aquella confluencia de caminos en la capital de España, emulando el conocido dicho sobre Roma, deparó unas formidables perspectivas de crecimiento en el primer tercio del siglo XX. Madrid dejó de ser un poblacho depredador para convertirse en una capital moderna, sede de importantes industrias e instituciones mercantiles. En las conclusiones, argumento que aquellos adelantos técnicos habidos en las postrimerías del siglo XIX borraron los costes que, por espacio de tres siglos, implicó la mal calculada elección de Madrid como capital de España. Madrid, centro de la red de comunicaciones Madrid, epicentro de la red férrea Por ser conocidos los benéficos efectos del ferrocarril para el desplazamiento de personas y enseres a largas distancias, no es menester insistir en ellos aquí ^. Indicaré tan sólo que, junto a la mayor baratura de sus tarifas, el ferrocarril aportó una forma de viajar que, en razón de su regularidad, rapidez, seguridad y comodidad, era inédita para la España de mediados del siglo XIX. Redujo considerablemente la duración de los viajes en comparación con el medio alternativo más rápido. Para evaluar las ventajas de la vía férrea, basta considerar que el tren acortó en 2/3 la duración del viaje a Sevilla por medio de las mensajerías aceleradas ^. Al acortar las distancias, el ferrocarril abrió nuevos mercados lo que permitió una mayor división del trabajo y, por ende, una mayor especialización. Ello redundó en una mayor productividad y, en definitiva, en una mejora del bienestar material de los españoles. Quienes se hallaban más perjudicados por las dificultades orográficas -lo que les sucedía a los habitantes del interior peninsular-, se beneficiaron en mayor grado de aquel cambio. Sin embargo, ninguna ciudad aprovechó mejor que Madrid las ventajas del tren. De ahí que no sea exagerado afirmar que la aplicación del vapor a la locomoción terrestre contribuyó a cambiar su faz, convirtiéndola al fin en una plaza financiera, mercantil e industrial de primera entidad. Los primeros compases de esa metamorfosis tuvieron lugar en el primer tercio del siglo XX. Más allá de las beneficios inmediatos que le deparó el nuevo modo de transporte, Madrid extrajo especiales ventajas de la legislación ferroviaria y, en particular, de la Ley de Bases del Ferrocarril promulgada el 3 de Junio de 1855. Esta importante disposición legislativa que alumbró el tendido de vías férreas a gran escala en nuestro país, otorgó prioridad a las líneas que, partiendo precisamente de Madrid, terminasen en las costas o fronteras del Reino (Art. Al tratarse de líneas de primer orden y de servicio general, fueron las primeras en ser tendidas por las compañías concesionarias contando para ello con el apoyo del Estado. En sólo diez años, esas líneas formaron una red radial de tipo arborescente con un punto nodal en Madrid. No viene al caso analizar si una red con otra configuración habría satisfecho mejor las necesidades reales de tráfico de la economía española en la segunda mitad del siglo'XIX ^. En esta ocasión, interesa subrayar simplemente que Madrid se convirtió en la ciudad española conectada por vía férrea con el mayor número de entidades de población. En 1900, los madrileños podían viajar sin la necesidad de efectuar penosos trasbordos a todas las capitales de provincia, a los principales puertos de mar y a las fronteras y desde allí podían proseguir viaje a Lisboa y París. Un cuarto de siglo bastó para dar cumplimiento a lo aprobado en 1855 por las Cortes. A la posibilidad real de efectuar los desplazamientos por vía férrea, se añadió el acortamiento de las distancias gracias a la importante reducción de los precios del transporte. Por idéntico importe, una tonelada de mercancías podía recorrer una distancia ferroviaria doce veces superior a la efectuada por carretera ^, Tamaño abaratamiento de los precios abrió inmensas oportunidades de crecimiento para la economía de Madrid. De las cinco grandes redes de vías férreas que se tendieron en España durante la segunda mitad del siglo XIX, Madrid fue cabecera de tres de ellas: la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España (NORTE), la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid, a Zaragoza y Alicante (MZA) y la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Cáceres y Portugal (MCP). En conjunto, esas compañías prestaban servicio en unos 7.730 kilómetros de vías férreas, un 70 por ciento de la red española en 1900. Disponían de tres grandes estaciones término en el casco urbano destinadas al servicio de viajeros: Príncipe Pío para NORTE, Atocha para MZA y Delicias para MCP. A partir de los años 1880, varias remodelaciones permitieron su ampliación. Para carbones y materiales de construcción, NORTE habilitó unos embarcaderos especiales en la estación del Paseo Imperial, popularmente conocidos como la estación de Las Pulgas. Las restantes mercancías llegadas a Madrid eran descargadas en una veintena de pequeños apartaderos situados a lo largo de la línea férrea de enlace entre las estaciones de Atocha y Príncipe Pío. Las estaciones de Madrid ocuparon las primeras posiciones del escalafón ferroviario por la importancia de su tráfico de llegada de viajeros y de mercancías. Varias razones lo explican. Primero, Atocha, Delicias y Príncipe Pío-Pulgas se vieron favorecidas por el hecho ya expuesto de ser Madrid la confluencia de las líneas troncales de la red férrea lo que les puso en conexión directa con los principales centros fabriles, puertos de mar y puntos fronterizos por los que se producían los intercambios con el exterior, tal como se observa en el Mapa 1. Segundo, el ferrocarril deshancó con relativa facilidad al tráfico carreteril en la conducción de las mercancías destinadas al mercado madrileño en razón de su propia naturaleza. Con relación al tonelaje, combustibles, materias primas y alimentos, por este orden, representaban el grueso (91 por ciento en 1901 para el caso de NORTE) de las mercancías destinadas a las estaciones madrileñas^. Por su bajo valor añadido, esos tres grupos de mercancías resultaban especialmente vulnerables al precio del transporte. Ante una rebaja de éste último, los medios de sangre dejaron paso a la tracción de vapor,, siendo más rápida esa sustitución en los recorridos largos que en los cortos, es decir en aquellos que conformaban el grueso del tráfico con destino a Madrid. A pesar del sobresalto que causaban los accidentes y a pesar de los frecuentes incumplimientos de los horarios, el ferrocarril popularizó el viaje en la segunda mitad del siglo XIX. En precio, rapidez y comodidad, no tuvo rival. La variedad de servicios ofrecidos por las compañías ferroviarias permitió satisfacer el amplio espectro de la demanda en cada tramo de poder adquisitivo. Por idénticas razones a las apuntadas más arriba, el ferrocarril deshancó al coche de colleras, a la diligencia y a la galera a la hora de movilizar a los viajeros. Al igual que sucedió con las mercaderías, la alta velocidad, que estaba reservada a las personas, sus equipajes y al correo, colocó a las estaciones madrileñas en las primeras posiciones del ranking español por la intensidad de su tráfico. Al confluir sobre Madrid las líneas troncales de la red férrea, el número de localidades madrileñas con servicio de tren era comparativamente elevado. Por idéntica razón, el número de localidades de alguna entidad que, sin disponer de estación ferroviaria, se encontraban a corta distancia de un apeadero, era igualmente elevado. No menos de 48 localidades madrileñas se hallaban a menos de diez kilómetros de una estación de ferrocarril; otras 34 distaban una veintena de kilómetros. Por contra, en 22 ocasiones los potenciales viajeros habían de recorrer una distancia superior a 50 kilómetros para abordar un tren ^. Aunque las estadísticas ferroviarias son poco explícitas, el tráfico de viajeros presentó tres señas características que le diferenciaron de la pequeña velocidad. Primero, hubo equilibrio entre el tráfico de entrada y de salida de viajeros, en comparación con el predominio abrumador de las mercancías llegadas a Madrid sobre las que partían de las estaciones de la Villa. Segundo, el grueso de los viajeros procedían o se dirigían a estaciones relativamente cercanas a Madrid. En 1901, por ejemplo, 4,5 de cada 10 viajeros que se embarcaron en los trenes de la estación de Príncipe Pío, viajaron a las localidades de Pozuelo, Las Rozas, Villalba y San Lorenzo del Escorial. Otros tantos hicieron el viaje en sentido contrario ^°. La mayoría (2/3) pagó billete de 3^ clase. Con una mayor presencia de viajeros de 1^ y 2^ clase. El Escorial, San Sebastián y Santander constituyeron destinos preferidos para los veraneantes madrileños. Y, por último, el movimiento de viajeros presentó rasgos de mayor estacionalidad que la pequeña velocidad. El ferrocarril permitió, en efecto, a los madrileños la asistencia a romerías, corridas de toros y procesiones que se celebraban en poblaciones cercanas a la capital. De no haber sido posible viajar en tren, es seguro que, tan sólo una minoría de los asistentes a esos eventos de carácter extraordinario, habría afrontado los sinsabores de un viaje por carretera. En suma, el ferrocarril brindó nuevas oportunidades a la economía y sociedad madrileñas al relajar el cuello de botella que impedía su expansión en el medio plazo. No es difícil prever las implicaciones de un escenario hipotético en el que hubiera faltado el servicio ferroviario. De haber sido ese el caso, el volumen de transporte exigido por la alimentación y necesidades generales de los 458 mil nuevos habitantes que engrosaron la población de la Villa y Corte entre 1869 y 1920 con un espectacular aumento anual de un 1,9 por ciento -cuadruplicando la tasa de crecimiento demográfico española entre esos mismos años-, habría obligado a movilizar un formidable ejército de hombres y animales de carga y de tiro. De haber persistido el viejo modelo de transporte basado exclusivamente en el acarreo de sangre que, por Madrid, centro de la red de comunicaciones cierto, era incompatible con la extensión del cultivo que siguió a las sucesivas desamortizaciones de la tierra, el lastre secular impuesto por Madrid al resto de la economía española habría empeorado. Por ello, no es exagerado afirmar que la expansión económica del primer tercio del siglo XX, estudiada por García Delgado en su capítulo, habría estado seriamente amenazada. Madrid, émulo de Roma Si el ferrocarril arrinconó a los medios de transporte tradicionales, no los eliminó por completo ni en Madrid ni, por supuesto, en el resto de la península ^^. Gran número de arrieros con sus acémilas y sus arcaicos vehículos de transporte continuaron cruzando los fielatos madrileños en plena era del ferrocarril. En realidad, ambos sistemas de transporte fueron complementarios pues cada uno atendió las necesidades de una parte concreta de la demanda global. A ello no sólo contribuyeron los vacíos que dejaron las mallas de vía férrea en muchas regiones españolas sino que lo propició, tal como he explicado, la composición del tráfico de mercancías. Mientras que el tren acaparó los flujos de mercancías pesadas y de bajo precio en los largos recorridos, la tracción de sangre siguió acarreando manufacturas y productos poco voluminosos e imperecederos. En las distancias cortas, en cambio, la carretera e incluso las simples veredas no tuvieron rival. Además de ahorrar los gastos de carga y descarga y el desplazamiento hasta la estación de ferrocarril más cercana, muchos labradores dedicaron gustosos su tiempo libre y sus bestias de carga a transportar mercancías en los meses en los que las faenas agrícolas eran menos intensas. Por consiguiente, los bajos índices de productividad agrícola permitieron sobrevivir al mismo modelo de transporte que había asegurado el abastecimiento de Madrid durante tres siglos. A ello contribuyó igualmente el hecho de que Madrid fuera el epicentro de una red caminera con marcado carácter arborescente. El Decreto de 1761 sentó las bases de un mapa radial con seis ejes principales que se correspondieron con otras tantas carreteras generales. Por medio de una red de eaas características, los legisladores borbónicos intentaron satisfacer objetivos administrativos (correo e información), militares y de orden público (abastecimiento de Madrid). Dejaron a un lado cuestiones de índole puramente económica como la baratura y regularidad de los acarreos ^^. Dando la razón a quienes entonces criticaron el plan por ser excesivamente ambicioso, la penuria presupuestaria del Estado prolongó su ejecución más allá de lo esperado. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las sucesivas leyes Arteta, Moyano y Toreno permitieron completar a trancas y barrancas la red de carreteras, si bien con menor lujo del planeado inicialmente. Mal diseñadas y peor conservadas por la estrechez presupuestaria que afectó a la Dirección General de Obras Públicas, las seis carreteras nacionales que fueron proyectadas en 1761, pusieron a Madrid en comunicación directa con las capitales de provincia, puertos de mar y fronteras ^^. Resulta innecesario reproducir aquí un mapa de carreteras en torno a 1900 pues su configuración era casi mimética del trazado de la red férrea. En los albores del nuevo siglo, el efecto combinado de la culminación de ese ambicioso proyecto de obras públicas y de la aplicación de un gran avance técnico fruto de la segunda industrialización, brindó a Madrid nuevas oportunidades para mitigar su desventaja locacional. En efecto, quince años antes (1887), dos ingenieros alemanes, Gottlieb Daimler y Karl Benz, demostraron al mundo, a pesar de trabajar por separado, las virtudes del motor de combustión interna o motor de explosión para la tracción mecánica. Su gesta impulsó un desarrollo imparable de la automoción que conoció elevadísimas tasas de crecimiento en los países más industrializados. El número de matrículas muestra que la motorización progresó en España con cachaza. Al igual que ocurrió en otros muchos países, arraigó en los años de entreguerras. En efecto, la contienda mundial demostró el potencial del vehículo de motor de explosión para el transporte de tropas, pertrechos y material de guerra. Antes de 1914, la demanda de automóviles se limitó a su vertiente para el sport, por lo que estuvo sólo al alcance de personas con un alto nivel de renta. Siendo esa la pauta general de lo acaecido en España, explicar los distintos comportamientos regionales obliga a buscar factores específicos. En lo concerniente a la motorización, Madrid quedó pronto rezagada frente a Barcelona y a otras capitales de provincia. En efecto, la primera matrícula de Madrid correspondió a un automóvil marca Panhard en el verano de 1907. En el bienio anterior, 71 y 192 automóviles fueron matriculados respectivamente en el conjunto del país. A mayor abundamiento, el primer fabricante español de automóviles. Hispano Suiza, inauguró sus instalaciones en 1904 en la ciudad condal. Otros talleres (Elizalde y Hereter) siguieron su ejemplo. Sin embargo, hubo que esperar a la posguerra civil para ver una fábrica de camiones en las inmediaciones de Madrid. Ese doble retraso madrileño respondió a dos factores. Por un lado, la escasa presencia Madrid, centro de la red de comunicaciones de talleres mecánicos y metalúrgicos en la capital, en contraste con el caso barcelonés más rico en estas manifestaciones por su larga tradición en el sector textil, explicaron, sin duda, la debilidad de los estímulos para crear industrias vinculadas al automóvil en Madrid. Por otro, el sempiterno alejamiento de los puertos de mar dificultó el abastecimiento de las gasolinas de importación sin las cuales no podían funcionar los motores de explosión. A pesar de esos comienzos tan azarosos, el automóvil abrió unas perspectivas insospechadas para desterrar al pasado los inconvenientes geográficos de Madrid. Para ello, se requerían dos procesos adicionales aún en ciernes a comienzos del nuevo siglo XX. Primero, una comercialización de productos petrolíferos que se tornó en realidad inmediatamente después de acabada la guerra mundial. Y segundo, una mejora del estado de las carreteras a lo que contribuyó de forma decisiva la creación en 1926 del Circuito Nacional de Firmes Especiales. Madrid figuró entre las ciudades con itinerarios que fueron declarados preferentes ^^. La aplicación del motor de explosión a la navegación aérea ofreció idénticas perspectivas de un futuro libre de las cortapisas implícitas en el alejamiento madrileño respecto de los pulmones industriales del país y de los lugares de asueto de los vecinos de la capital. El 17 de diciembre de 1903, los hermanos Orville y Wilbur Wright lograron la increíble hazaña de elevar del suelo una máquina voladora. Aquel primer vuelo motorizado y controlado de la historia duró una docena de segundos, lo suficiente para que su ingenio volador recorriese cuarenta metros a una escasa altitud. En los años siguientes, los avances logrados por la aeronáutica se sucedieron a un ritmo trepidante. Buena parte de la explicación responde al hecho de que, en paralelo con lo ocurrido con el automóvil, los militares acertaron a comprender las posibilidades del avión para la guerra moderna. Si bien la participación del avión fue minoritaria durante la conflagración mundial, los duelos aéreos conmocionaron a la opinión pública de los contendientes. Los militares españoles no quedaron a la zaga. La primera promoción de pilotos de guerra data de 1911. Cuando, dos años más tarde, se constituyó el Servicio de Aeronáutica Militar, España disponía ya de 37 aparatos en estado de vuelo. Para su potencial económico, esa flota aérea no desmerecía de la existente en otros países. En los círculos castrenses, existía el convencimiento de que el «aeroplano [sería] el crucero de los países pobres» ^^. En su versión española, el tándem aeronáutica-ejército convirtió a Madrid en un centro aeronáutico de primer orden. Por razones de estrategia militar, su emplazamiento en el corazón de la península carecía de los inconvenientes expuestos más arriba, por no estar sometido al temor de un bombardeo. El aeródromo de Cuatro Vientos que había albergado al Servicio de Aerostación desde comienzos de siglo XX, se convirtió en un centro dinamizador de la incipiente industria aeronáutica española. En sus inmediaciones, se ubicaron dos importantes fabricantes -Construcciones Aeronáuticas (CASA) y Lóringen los años 1920. Madrid, centro de la red de comunicaciones Los estrechos lazos de la industria aeronáutica con la demanda militar y la preferencia del ejército por Madrid como base de sus operaciones en este terreno explican por qué Madrid se erigió en un importante punto nodal de la red aérea española. En clara simbiosis con los proyectos de red caminera y ferroviaria del siglo XIX, el Directorio Militar clasificó las líneas de comunicación aérea en dos grupos, según fueran de servicio general o particular. Imbuida de la doctrina nacionalista propia del momento, la Comisión Interministerial creada por R.O. de 21 de junio de 1924 defendió que el trazado de las líneas aéreas fuera competencia exclusiva del Estado -^^ A ese respecto, los comisionados establecieron un total de diez líneas aéreas. Según se puede observar en el Mapa 2, cuatro de esas líneas debían cruzar el espacio aéreo de Madrid. La primera'de esas líneas -^ABCDEF-partía de San Sebastián y vía Madrid tenía por destino Sevilla. Pretendieron las autoridades españolas dar a la navegación aérea una proyección internacional al contemplar dos prolongaciones más allá de los límites fronterizos españoles. Hacia el norte, la línea permitiría conectar Madrid con París y Londres; hacia el sur, cruzando el Estrecho de Gibraltar, debía poner en comunicación a Madrid con las localidades marroquíes de Larache, Mogador y Cabo Juby y, desde allí, con las Islas Canarias y Fernando Poó. La segunda línea -GCHIJ-compartía la proyección internacional. Desde sus dos puntos extremos, Cáceres y Barcelona, Madrid se conectaría con Lisboa, Genova y París. A diferencia de esas dos líneas, las dos restantes con escala en Madrid estarían dedicadas exclusivamente al tráfico aéreo doméstico. El tercer eje -PCXYZ-debía enlazar Valencia con La Coruña vía Cuenca, Salamanca y Vigo. Desde la capital del Turia, se establecería una prolongación a las Islas Baleares. La cuarta y última línea con escala en Madrid -^bdehC-debía cubrir el servicio aéreo en la submeseta norte enlazando entre sí Valladolid, León, Oviedo y Gijón. De la comparación de los mapas 1 y 2, se desprende que la red de comunicaciones aéreas debía combinar cuatro líneas radiales centradas en Madrid con seis líneas transversales. Por consiguiente, la navegación aérea consiguió un equilibrio territorial del que carecieron la red viaria y la red de caminos de hierro. A pesar de que la Ley General de Ferrocarriles de 1877 promovió el tendido de líneas transversales, las dificultades económicas que conocieron las compañías concesionarias, situación a la que se añadió la falta de recursos del erario público, impidieron su construcción. Por esa razón, los usuarios del avión pudieron volar de Barcelona a Sevilla o a La Coruña sin la necesidad de hacer escala en Madrid. Peor suerte les cupo a los usuarios del tren obligados a efectuar trasbordos en las estaciones de Madrid por estar servidos esos destinos por compañías distintas. Aunque los contemporáneos auguraron a la locomoción aérea un «porvenir vastísimo e insospechado hasta por los mismos genios a quienes se debía la conquista del aire», lo cierto es, no obstante, que la aviación tardó en arraigar en nuestro país ^^. El atraso general de la economía española impidió un rápido despegue del nuevo medio de comunicación. Amén de su aplicación militar ya comentada, la aviación civil quedó restringida al transporte de correo y, en menor medida, a manifestaciones deportivas. Fue decisiva, a ese respecto, la acción pionera del Estado al establecer el Servicio Postal Aéreo por Real Decreto de 17 de Octubre de 1919. Con relación a la transmisión de correspondencia y, en sentido más amplio, a la transmisión de la palabra y de la información, Madrid sacó provecho a su situación central en las redes telegráfica y telefónica españolas, tal como lo afirma Ángel Bahamonde ^^. Al igual que en los casos expuestos anteriormente, el gobierno progresista dotó de una estructura radial a la red telegráfica. Tras el éxito obtenido por la entrada en servicio de la línea Madrid-Irún inaugurada en 1855, las Cortes promulgaron una ley general con el propósito de construir un sistema de líneas radiotelegráficas capaz de poner en comunicación a la Corte con todas las capitales de provincia y departamentos marítimos así como con las fronteras de Francia y Portugal. En tan sólo ocho años, se tendió la estructura básica de esa red que formaron diez mil kilómetros de hilos de cobre y 194 estaciones. En paralelo con lo sucedido en el ferrocarril, Madrid volvió a suministrar el grueso del tráfico con cerca de un tercio de los telegramas emitidos y recibidos. Lo que significó una ventaja indudable para los madrileños por el acortamiento de las distancias telegráficas, se convirtió en un serio inconveniente para las restantes poblaciones. En efecto, la falta de un enlace directo obligó a los telegramas expedidos desde ciudades como Barcelona, La Coruña o Sevilla a transitar por Madrid. A comienzos del siglo XX, la red sufrió las consecuencias derivadas de una fuerte intensificación del flujo telegráfico. El aporte de nuevos recursos públicos evitó caer en un cuello de botella pues se tendió una red de malla para complementar la red radial que había sido construida en la segunda mitad del siglo XIX. A diferencia del notable éxito que alcanzó el telégrafo gracias a la prontitud con la que se abrió su red, el teléfono se vio prisionero Madrid, centro de la red de comunicaciones de una turbia batalla política entre liberales y conservadores. Mientras los primeros se declararon firmes defensores de la naturaleza privada de las concesiones telefónicas, los segundos, en cambio, se mostraron proclives a reservar la explotación del servicio al Cuerpo de Telégrafos. En 1891, Silvela zanjó el conflicto mediante la implantación de un sistema mixto según el cual el Estado se comprometía a construir las líneas que serían concedidas a particulares. Para ello, dividió el territorio en cuatro zonas delimitadas por otros tantos haces que irradiaban desde Madrid en dirección a los cuatro puntos cardinales. Tan salomónica solución no dejó completamente expedito el camino y el proyecto no cuajó ^°. Sin embargo, aquel fracaso no impidió la creación de algunas compañías de renombre. En 1894, se constituyó la Compañía Peninsular de Teléfonos. Tras la adquisición de varias redes urbanas, entre ellas la madrileña controlada hasta entonces por la Sociedad de Teléfonos de Madrid, la Peninsular formó una nueva empresa -Compafiía Madrileña de Teléfonos -^para su explotación en 1895. Con esa operación, la Peninsular inició un ambicioso programa de interconexión de redes urbanas que le permitió en 1907 enlazar Madrid con la zona norte y levantina ^^. La difusión del telégrafo y, en mayor medida, del teléfono exigió una adecuada alimentación eléctrica. A falta de una batería central, cada aparato telefónico debía disponer de pila y magneto, lo que encarecía la instalación y dificultaba su empleo ^^. De ahí la importancia que entrañó para la economía y sociedad madrileñas del cambio de siglo la llegada a su mercado de grandes masas de fluido eléctrico en condiciones atractivas de precio. Por supuesto, la trascendencia de la electricidad sobrepasó ampliamente los estrechos márgenes del transporte de palabras por hilos telefónicos y telegráficos pues significó ni más ni menos una liberación respecto a una dependencia secular de los combustibles fósiles y vegetales. Recuérdese que carbones minerales y leñas constituyeron una de las principales partidas del tráfico de entrada en la Villa y Corte por vía férrea. Al tratarse de productos baratos, su precio final en el mercado resultaba excesivo por los costes del transporte, razón por la cual su demanda progresó a ritmo relativamente bajo. A principios de los años 1890, vieron la luz las primeras empresas eléctricas en Madrid -La Compañía General Madrileña de Electricidad y The Electricity Supply Company for Spain Ltd-, ambas con capital extranjero. Se les unieron poco después otras pequeñas generadoras. A caballo del nuevo siglo, se desató una fuerte competencia entre esas empresas lo que redundó en provecho de los consumidores. Por ser todas esas empresas termoeléctricas, sus exigencias de combustible fósil no aliviaron en absoluto los problemas del transporte ferroviario hacia la capital. La situación no comenzó a cambiar hasta 1907 con la creación de dos empresas hidroeléctricas -Sociedad Hidroeléctrica Española y Salto de Bolarque-para aprovechar la energía hidráulica de varios saltos en los ríos Jucar y Tajo en su confluencia con el Guadiela ^^. La llegada de la hidroelectricidad provocó convulsiones de hondo calado en la economía madrileña. Como es natural, el traslado de la electricidad implicó el tendido de las primeras líneas de transporte a larga distancia. Aunque hubieron de transcurrir muchos años antes de ver completada una red eléctrica a escala nacional, lo cierto es que la red de Madrid con sus ramificaciones hacia el sureste fue, en opinión acertada de Albert Carreras, el «fragmento que más se pareció a un atisbo de red nacional» ^^. Madrid, centro de la red de comunicaciones perpetuó su doble función como centro administrativo y político. Por la peculiaridad de su relieve y de su clima, España quedó al margen de la primera fase de la revolución del transporte. En nuestros vecinos del norte, triunfó la navegación interior gracias a la construcción de una tupida red de canales durante el último tercio del siglo XVIII. La situación fue radicamente distinta a mediados del nuevo siglo. En su segunda fase, esa revolución del transporte consistió en aplicar el vapor a la tracción, un adelanto que resultó compatible con la situación española. En virtud de su capitalidad y de la tradición centralista heredada de los reformadores ilustrados, Madrid sacó doble provecho a la llegada del camino de hierro. A la posibilidad inédita de sustituir recursos orgánicos por combustibles fósiles, añadió la ventaja de ocupar el mismísimo centro de la red férrea. Por esa razón, el ahorro de recursos productivos que facultó el ferrocarril, se acrecentó en el caso de Madrid. Durante la tercera fase de la revolución del transporte acaecida en las postrimerías del siglo XIX, los nuevos adelantos basados en la electricidad y en el motor de explosión volvieron a ser especialmente complacientes con la Corte. No sólo la palabra viajó a velocidades fantásticas gracias a las redes telegráficas y telefónicas sino que, además, se sentaron las bases para un desarrollo inospechado del transporte por carretera de personas y mercancías. Una vez más, el progreso técnico se alió con la política e hizo que sus efectos beneficiasen a la capital en mayor grado que a otras ciudades españolas. Y es que Madrid volvió a ser el centro de una serie de redes de comunicaciones modernas que expandieron su potencial de crecimiento sin provocar por ello rendimientos decrecientes. El sueño de Felipe II de crear una capital moderna y dinámica comenzó f)or fin a tomar cuerpo.
Con menos de un 2 por 100 del territorio nacional, pero dando cobijo al 13 por 100 de la población y generando el 16 por 100 del producto interior bruto total, Madrid, en el centro de la superficie peninsular ibérica y con un nivel de renta por habitante igual a la media de la Unión Europea, es, al cerrarse el siglo XX, no sólo la indiscutida capital económica de España, sino también una pieza estratégica y un componente de primer orden de la total estructura económica española: el resultado de un proceso cuyo arranque definitivo puede fecharse precisamente hace unos cien años, en el tiempo intersecular a caballo del ochocientos y del novecientos. Resulta por eso incitante volver sobre los factores y los hechos que explican ese lugar prominente que va a alcanzar Madrid en los primeros compases de la centuria ahora clausurada. Una mirada hacia atrás -como la que quieren facilitar estas páginas-que tiene la ventaja, a la hora de interpretar el curso de la historia, de conocer la realidad en que éste desemboca. No estará de más, por ello, como prólogo de lo que después se dice, subrayar ahora los rasgos y funciones que acaban definiendo la condición de Madrid como capital económica de España conforme ha avanzado el siglo XX. En el marco del crecimiento económico moderno en España, y particularmente a lo largo del siglo XX, Madrid, en efecto, no ha dejado de subir peldaños hasta colocarse a la cabeza del conjunto nacional, y no sólo atendiendo a los niveles comparados de bienestar material, sino también a las oportunidades de progreso y prosperidad que, hasta donde es razonable prever, el futuro puede brindar. Dicho de otro modo: ha sido la economía de Madrid la que, en el conjunto español, acaso mejor ha sabido adaptarse a las cambiantes circunstancias que han (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) prevalecido a lo largo de la centuria del novecientos, poniendo de manifiesto una alta capacidad de cambio, de metamorfosis, incluso, aprovechando las condiciones nuevas creadas en cada momento para desempeñar funciones complementarias y diferentes en los engranajes de toda la economía de España. De suerte que su trayectoria, la trayectoria que describe la economía de Madrid a lo largo del último siglo, aunque no rectilínea y sin discontinuidades, acaba ofreciendo, probablemente más que ninguna otra en el mapa español, un perfil ascendente, afirmado con fuerza tanto en los decenios de 1950 y 1960 como en los dos que cierran el siglo, en el marco de la democracia y de las recuperadas libertades; trayectoria que está demostrando renovado brío, especial intensidad de nuevo durante el lustro con el que el novecientos ha dado la última vuelta de su camino. Hay que subrayar esa capacidad adaptativa y de cambio del Madrid contemporáneo, porque en ella reside tal vez uno de sus rasgos identificadores. En la España decimonónica, la que contempla el rezagado arranque y luego el desigual desarrollo de la primera revolución industrial, Madrid, comenzará ya, aunque con tono moderado, a dar señales de cambio y remoción de situaciones heredadas. Y así, en los últimos compases del siglo XIX, superadas viejas barreras para la ampliación del suelo urbano, para el aprovisionamiento de agua, para los abastecimientos de energía, y con una red ferroviaria que ha completado sus ejes radiales con abundantes tramos complementarios y de enlace entre aquellos, Madrid, capital estatal y centro neurálgico del transporte interior modernizado, se configura como un espacio abierto que cumple funciones de cohesión en el plano nacional, y tanto políticamente en el difícil proceso de construcción del Estado liberal -se ha escrito con acierto-cuanto económicamente, al reforzar su papel de nudo estratégico para el abastecimiento y la circulación de productos, para potenciar, en definitiva, los intercambios mercantiles en un mercado interior en formación, que sólo entonces comienza a organizarse unitariamente a escala peninsular. Durante el despliegue de las siguientes fases de la industrialización -con la electricidad y las industrias químicas y de automoción como estandartes adelantados-, Madrid, desde fechas tempranas del siglo XX, diversificará su tejido productivo, con la multiplicación de iniciativas fabriles y comerciales, al tiempo que contempla el nacimiento de las entidades financieras que, avanzado el novecientos, le otorgarán la condición indiscutida de capital financiera de España. La economía de Madrid reforzará así ahora su poder polarizador en el mapa nacional, principalmente sobre un amplio conjunto de provincias de toda la España Madrid, Capital económica interior, en un movimiento que acaba discurriendo, a partir de la segunda mitad de la centuria, en doble sentido: la capital y su contorno absorben y atraen recursos e inmigrantes, pero también animan e impulsan el desarrollo de lugares y poblaciones en círculos de radio creciente, en una progresiva ampliación de los límites de influencia de la aglomeración urbana madrileña. Espacio abierto y centro polarizador: las funciones que con ello ha desempeñado y cumple la economía de Madrid en el conjunto nacional se ampliarán al compás del proceso de internacionalización de la economía española y de su integración en Europa. Las ventajas geográficas y administrativas que de antiguo han cimentado el desarrollo de la economía de Madrid, se revelarán, en el nuevo y ampliado escenario, como nuevas oportunidades logísticas y empresariales. Y Madrid puede cumplir una auténtica función vertebradora del territorio español, en lo económico como en lo geográfico, en lo institucional como en lo cultural. Es el desenlace -debe repetirse-de un proceso que en torno a 1900 cobra un impulso decisivo. Desde una doble perspectiva es ésta una afirmación comprobable. Entonces adquirirán perfiles mejor dibujados los principales rasgos que desde épocas anteriores han ido decantando la especialización funcional y productiva de la ciudad; y en los decenios interseculares también toda una amplia serie de iniciativas financieras y realizaciones empresariales marcarán con fuerza las líneas de la evolución de la economía de Madrid a lo largo de todo el siglo XX. No resulta hoy difícil resumir lo fundamental en una y otra vertiente, aprovechando lo expuesto ya en otras ocasiones*. Tres son los factores que, combinadamente, explican la importancia que alcanza la economía de Madrid en el mapa urbano de la España contemporánea; y los tres avanzan en su efectiva influencia alrededor del tiempo aquí acotado. El primero de dichos elementos no es otro que la situación geográfica que Madrid ocupa en el centro geométrico del territorio peninsular, constituyendo un nudo natural que interconexiona gran parte del resto del territorio. El secular centrifuguismo en la localización de la población española (y portuguesa) desde el siglo XVIII no hará sino contribuir, paradójicamente, a realzar las posibilidades de Madrid, en tanto que centro de una estructura estrellada,, cuyas puntas más pobladas se fijarán desde entonces en Barcelona, Valencia, Sevilla-Cádiz, Lisboa, Vigo-La Coruña y Bilbao: los seis vértices de un hexágono cuyo núcleo central es polo de atracción, a su vez, de la población de sus anchísimos contornos inmediatos, formados por una docena de provincias. Como es obvio, cuando las líneas y los medios de transporte interior comparativamente mejores -^por seguridad, rapidez y capacidad el ferrocarril supone en su momento cambios de proporciones inéditas, no se olvide-se superpongan a los radios que esa figura dibuja, las ventajas que la situación crea a favor de Madrid para articular todo el mercado nacional se harán patentes, y con especial notoriedad a medida que el proteccionismo conceda prioridad a los intercambios comerciales en el propio ámbito nacional. No otra cosa ocurre, ciertamente, en la España de 1900, cuando la red ferroviaria se encuentra, no sólo muy ampliada respecto de la de un tercio de siglo atrás, sino también -^repítase-mejor interconexionada merced al reimpulso constructor de los decenios de 1880 y 1890, y cuando la reciente «demanda social» de protección consiga ganar posiciones duraderas. La capitalidad político-administrativa constituye el segundo factor explicativo de lo que ha alcanzado a ser la economía de Madrid. Es cierto que durante mucho tiempo -acaso hasta la España de la Restauración-ese atributo de Madrid no se traducirá en realizaciones económicas de alcance, permaneciendo muy igual a sí misma la ciudad que es más corte que capital de la monarquía hispana, burocrática, rentista, consumidora, sin capacidad de generar impulsos modernizados de cierta fuerza tanto dentro de sus límites cercados como en las comarcas y regiones circundantes. Pero no pueden infravalorarse las posibilidades que ello crea desde el principio. La capitalidad económica, por supuesto, no puede resolverse por decreto, ni tiene por qué acompañar a la principal sede cortesana; pero el emplazamiento de ésta en el centro del territorio peninsular no sólo contribuye a realzar las posibilidades de la situación de la villa que la acoge; por sí misma se revelará, y de modo creciente con el paso del tiempo, como un potencial de oportunidades. Con otras palabras: para la economía de Madrid es determinante su elección como capital de la burocracia pública con competencias en todo el territorio nacional. Así, la capitalidad estatal, ofreciendo servicios de la Administración y generando otros requerimientos muy diversos, desde los educativos a los comerciales, desde los personales a los colectivos, desde los financieros a los de hostelería, desde los inmobiliarios a los de transporte, es la razón del predominio que en la estructura productiva de Madrid ostentará siempre el sector terciario; pero también la capitalidad es factor de atracción de muchas instalaciones fabriles, desde la vieja fábrica de moneda y sello, hasta las empresas suministradoras de material y equipos eléctricos. Por lo demás, esa condición de Madrid marcará igualmente su propia fisonomía urbana: todo un territorio metropolitano marcado por la capitalidad, un rasgo que se acentuará precisamente al despuntar el siglo XX, al compás del reforzamiento de la tendencia hacia la centralización estatal. Los dos mencionados resortes del destino de Madrid acabarán por decidir el tercero, ya sugerido: el sistema radial de transporte y comunicaciones interiores, al que responden básicamente los trazados postal, ferroviario y de carreteras (y del tráfico aéreo regular, más tarde). Sistema que, en todo caso, durante los decenios inter seculares va traduciendo en hechos las oportunidades que desde antaño brindaban la situación y la capitalidad, esto es, tanto desde la perspectiva de la integración del mercado nacional, como desde la de la efectiva unificación administrativa del Estado. Más aun: situación, capitalidad político-administrativa y estructura radial de transportes y comunicaciones generan a través de sus múltiples interacciones otras posiciones ventajosas para la economía de Madrid. Eso es lo que permite entender que la capital concentre la mayor parte de las entidades bancarias con proyección suprarregional, así como el domicilio de un elevado número de grandes sociedades mercantiles, muchas de las cuales no realizan su actividad productiva en la región madrileña. Dicho de otro modo: que la plaza madrileña se convierta desde que el siglo XX inicia su camino en la capital financiera de España y que, simultáneamente, desde los comienzos de esta centuria pueda considerarse a Madrid con propiedad como capital o primer centro decisorio empresarial, no es sino una consecuencia de la suma de oportunidades que ofrecen los tres factores básicos aludidos. Doble capitalidad añadida que intensificará, a su vez, la atracción de nuevas iniciativas e inversiones productivas, hasta desencadenar un proceso acumulativo y autoalimentado de polarización de actividades económicas. La suerte estará entonces definitivamente echada: Madrid, capital económica de España, en sentido pleno y en términos estrictos. Ininterrumpido proceso, por lo demás, que acaba por conformar un complejo entramado económico cuyos aspectos más característicos pueden agruparse a su vez en dos puntos: por un lado, la preeminencia de Madrid como gran núcleo productor de servicios; por otro, la importancia que también adquiere el sector industrial. Un primer rasgo distintivo es, en efecto, el predominio del sector terciario. Supremacía del sector terciario que comenzó basándose en los servicios burocráticos, domésticos y comerciales que requería la corte y la demanda de consumo, para afianzarse después sobre modernizados servicios a la producción, administrativos y sociales. Esto caracteriza diferencialmente la pauta del crecimiento madrileño -^tanto en lo que se refiere a la composición del producto obtenido como en lo que atañe a la distribución sectorial del empleo-firente a las seguidas por otros núcleos de actividad que han protagonizado la industrialización española; acercándola, en cambio, al patrón de estructura sectorial que es compartido por una buena parte de las capitales occidentales europeas (Romas, Bruselas, Amsterdam, París, Londres). Sin que, por lo demás, eso exprese análogos procesos históricos de desarrollo ni iguales fiínciones económicas a lo largo del tiempo. La consolidada importancia del sector industrial es un segundo rasgo identificador de la economía de Madrid, especialmente desde que comienza el siglo XX. En efecto, desde el inicio mismo de esta centuria, sin las restricciones infiraestructurales de antaño -suelo, agua, transportes-, con nuevas posibilidades de suministros energéticos -comenzando por la hidroelectricidad-, y ampliada también la disponibilidad de recursos financieros, la industria de Madrid se expande, ganando poco a poco posiciones en el conjunto nacional. Así, ya desde los primeros quinquenios del novecientos ofirece un buen ejemplo de esa España que no llega tarde a la cita de la segunda revolución tecnológica, caracterizada por la utilización de la energía eléctrica, la diñisión del motor de combustión interna y la modernización de la industria química. Es entonces también cuando la estructura interna del sector comienza a ajustarse a los moldes que han llegado hasta hoy: relativa diversificación, con los únicos grandes vacíos de la industria básica y de la textil, destacada presencia de una amplia gama de sectores manufactureros de segunda transformación y ligados a la demanda final, que es en gran medida la del propio mercado madrileño, y presencia también notoria de actividades intensivas en capital y tecnología avanzada; además, claro está, de una nutrida muestra de industrias de la construcción, con algunas de las mayores empresas de ámbito nacional y con una pléyade de pequeñas empresas poco cualificadas. La economía de Madrid alrededor de 1900 conoce, como ya se ha anticipado, una amplia serie de novedades que contribuirán poderosamente a definir las líneas principales del desarrollo productivo de Madrid, Capital económica la capital a lo largo de todo el siglo XX. Es entonces, conviene dejarlo de nuevo anotado, cuando comienza a dejarse atrás un Madrid aún predominantemente cortesano y rezagado en las transformaciones que trae consigo durante el ochocientos la producción fabril y los nuevos horizontes en las relaciones mercantiles, dándose paso con el inicio del novecientos a muy apreciables cambios que conformarán pronto las bases socioeconómicas de Madrid como capital económica de España. Por lo pronto, se trata de una economía que termina el siglo XIX habiendo salvado inveterados obstáculos para su expansión. Efectivamente, al tiempo que con el ferrocarril se elimina el estrangulamiento del tráfico interior de mercancías (objetivo que con la segunda fase intensiva de la construcción de la red, ya se ha dicho, alcanza mayor virtualidad, al realizarse enlaces secundarios que facilitan el acceso y la utilización de aquélla), también se moderniza el transporte marítimo y la comunicación telegráfica, y comienzan a realizarse las primeras instalaciones de teléfonos. Simultáneamente a todo ello, además, se dan pasos decisivos para superar otras limitaciones básicas que constreñían o atenazaban la expansión de la ciudad y de su economía: a saber, la falta de abundante agua para usos domésticos y fabriles, lo reducido del propio casco urbano y la carencia de energía con posibilidades tecnológicas y económicas competitivas. Desde 1858 el abastecimiento de agua ha quedado asegurado, una vez construido el canal de Isabel II. Desde 1868, año en que se derriba la cerca construida con propósitos fiscales casi doscientos cincuenta años antes, la disponibidad del suelo urbano adquiere proporciones inéditas. Y los últimos quinquenios del siglo XIX comenzarán a anticipar la nueva era de la electricidad y el amplísimo horizonte de innovaciones productivas que la misma permitirá. Nuevas dotaciones de trabajo y capital en la economía de Madrid coincidirán asimismo en los últimos tramos del ochocientos. El crecimiento de la población es muy marcado a lo largo de casi toda la segunda mitad de ese siglo, gracias a una creciente capacidad receptora de emigrantes (durante todo ese tiempo en torno al 45% de la población censada en Madrid es originaria de otra provincia, proporción que dobla ampliamente las correspondientes a Barcelona y Vizcaya); dinamismo inmigratorio, podría decirse, que sin duda guarda relación con todas las novedades en el desarrollo de la ciudad y también, claro está, con las fuerzas de expulsión que actúan sobre la población de muchas zonas rurales, en particular sobre las familias campesinas más negativamente afectadas por la desamortización de bienes comu-nales, desde los años cincuenta, y por la crisis agropecuaria de los ochenta y primeros noventa, después. Junto a ello, durante los años finiseculares se intensificarán también los flujos de capital con el trasvase de capitales formados en América y con nuevas y ampliadas inversiones procedentes de varios países europeos. Para la economía de Madrid, la suma de todo ello no puede ser sino beneficiosa. Antes de que finalice el siglo, en efecto, los avances son sensibles no sólo en la industria de la construcción y de materiales y equipamientos con ella relacionados -durante décadas enteras nervio de la economía de Madrid-, sino también en varias ramas industriales de importancia creciente en el proceso de modernización económica: la metalurgia, la de artes gráficas y prensa e incluso una naciente industria química, propiamente dicha. Claro que sigue siendo muy alto el peso de las industrias alimentarias, la mayor parte de ellas aún de reducida dimensión y equipamientos tradicionales; y que se hará cada vez más patente el raquitismo de la industria textil en la estructura manufacturera y fabril de la economía del Madrid de la época. Con todo, las condiciones son paulatinamente propicias para la apertura de nuevas empresas y líneas de actividad. Y es bien conocido el brillo madrileño en la estadística que recoge la creación de sociedades mercantiles en los años interseculares, ocupando Madrid siempre el primer o segundo puesto en las series que registran por provincias la cuantía de los capitales asociados y el número de sociedades anónimas. Entre estas últimas, la constitución del Banco Hispano americano y del Español de Crédito, en los albores mismos del novecientos, cuando también comienza a ser perceptible cierta predilección del Banco de España por las actividades industriales y comerciales, señalará la importancia de las finanzas madrileñas, cuya hegemonía en ese sentido, aunque apuntada ya bastantes decenios atrás, será a partir de entonces incontestada. El panorama al concluir el siglo es, en suma, no poco prometedor. La tensión entre lo viejo y lo nuevo es quizá entonces especialmente intensa: «luz fuerte al lado de sombra obscura», verá Baroja en su trilogía sobre el Madrid de esos años. La lucha por la vida, Pero, en todo caso, la situación es ya muy distinta a la de años atrás. Si bien mediado el siglo XIX todavía las transformaciones fundamentales ligadas a la Revolución industrial estaban por llegar a la economía de Madrid, Capital económica Madrid, hacia 1900 la urbe ha conseguido superar limitaciones estratégicas para el surgimiento de actividades productivas de corte fabril y del terciario moderno; y es una ciudad que, consolidada como capital financiera de país y centro ahora también de la red modernizada de transportes y comunicaciones, refiíerza su atracción para multiplicadas sociedades mercantiles. En una palabra, en la coyuntura finisecular la economía de Madrid está presta para concurrir provechosamente a la cita de las novedades tecnológicas y las sendas de crecimiento que se impondrán con el nuevo siglo. De ahí que pocas fases de la evolución económica y social del Madrid contemporáneo presenten tanto interés para el estudio como las que se suceden durante el primer tercio del siglo. El entramado económico de la ciudad crece, se espesa y diversifica. Se multiplican las instalaciones industriales: ya en 1905, un recuento oficial suma una potencia instalada en la industria madrileña diez veces superior a la que se calculaba para 1885 (26.078 caballos de vapor frente a 2.500). Se desarrollan las ramas en que existía una tradición apreciable, por ejemplo, artes gráficas, metalurgia y alimentación; y despuntan con fuerza sectores representativos de los nuevos tiempos: química y, sobre todo, industria eléctrica, en cuyo dominio se asiste a partir de los años diez al desplazamiento de los motores térmicos por la hidroelectricidad. Aparecen también con cierto dinamismo las primeras empresas del sector de la automoción, tanto de automóviles, óranibus y camiones, como de aviones y motores de aviación. Por su parte, la construcción y las industrias derivadas conocen un fuerte ritmo de crecimiento, con un auténtico boom durante el decenio de 1920. Década en que se define ya con nitidez un espacio fabril en el Sur, en torno a Arganzuela y a lo largo del ferrocarril de circunvalación, que con la apertura de la estación intermedia de Peñuelas en 1914 (la Imperial es de 1881, cuando se enlaza también la de Delicias) verá multiplicarse en su corto tendido casi dos docenas de apartaderos industriales y de apeaderos de expedición y descarga de mercancías al pie de multiplicadas empresas. El sector terciario también se expande y renueva. El auge de los servicios financieros es no poco espectacular, situándose Madrid desde los años de la primera guerra mundial en posiciones hegemónicas en el marco nacional, hecho que se acentuará asimismo durante el decenio de 1920, cuando los grandes Bancos establecidos en la capital procedan resueltamente a la apertura ininterrumpida de sucursales por todo el país, unificando con ello de modo efectivo el mercado financiero nacional, con drenaje del ahorro de las más diversas regiones, provincias y localidades, y la colocación de esos recursos en los centros y unidades de producción con más elevadas exigencias de financiación ajena. En esa misma década el desarrollo y modernización de la red y de los equipos de telefonía marca un hito en la evolución de la economía de la ciudad, como también lo hacen las mejoras y novedades en el transporte urbano, con la generalización de los tranvías eléctricos y la inauguración del ferrocarril metropolitano, el Metro, en 1919. Incluso en un ámbito tan resistente al cambio como el del comercio minorista, los cambios comienzan a ser apreciables, con la introducción de empresas de carácter capitalista en el comercio madrileño y la aparición de algunos grandes almacenes, aunque desde luego siga dominando la atomización. Todavía otro hecho sobresaliente puede citarse en este otro corto muestreo: es también en el curso del primer tercio del novecientos, con especial intensidad en los años veinte, cuando Madrid se incorpora al nuevo modelo demográfico, con reducción de las tasas generales y, en particular, las de mortalidad total y mortalidad infantil, registrando entonces la población un crecimiento vegetativo moderado -frente a las tasas negativas de años atrás-, que se añade a las cuantiosas ganancias de habitantes que la acrecida inmigración proporciona (el holgado medio millón de habitantes de 1900 se ha multiplicado por dos en vísperas de la guerra civil). Población numéricamente duplicada cuya residencia urbana -con una cada vez más marcada zonificación social de la ciudad: barrios burgueses, zonas y viviendas obreras-mejora también sus equipamientos básicos, dejando atrás aquel deplorable estado sanitario que todavía en 1902 pudo denunciar Ph. Hauser tras un minuciosos análisis. Ni «ímpetu imperial» -^la expresión es de Santos Julia-ni voluntaristas políticas discriminatoriamente ventajosas antes o durante el franquismo: Madrid asienta y fortalece su condición de capital económica de España a lo largo del siglo XX como consecuencia del despliegue de oportunidades que durante la España moderna y el siglo XIX han creado un conjunto de condiciones y factores singulares. Oportunidades que -actuando tal vez el ferrocarril como desencadenante último-comenzarán a materializarse con especial notoriedad al despuntar la centuria del novecientos. Es, desde luego, más un «movimiento natural» -otra vez Santos Julia-que un empeño forzado o artificioso. Algo que también puede decirse, por cierto, de lo cultural -desde la Madrid, Capital económica creación artística a la investigación científica, desde la presencia de intelectuales al desarrollo de centros tecnológicos-, esa otra dimensión de la capitaHdad de Madrid que con el novecientos cobra especial fuerza. No cabe sino concluir así, en efecto, al contemplar con ánimo sólo de estudio la exitosa trayectoria de Madrid a lo largo del novecientos, y no sólo con el encuadre que proporciona la España del siglo XX, sino también situándola en el contexto del crecimiento y la modernización de buena parte de la Europa occidental contemporánea. Tal vez también por eso -^permítase este renglón final-Madrid ha sido durante los pasajes más cruciales de la centuria ahora concluida el corazón de España, como proclamó el verso de Alberti dedicado a la capital resistente en la Guerra Civil. * Dos son los trabajos, separados, por un decenio, que está en la base de lo que aquí se expone. Uno es el incluido en la obra de Jordi Nadal y Albert Carreras (dirs.), Pautas regionales de la industrialización española, Ariel, Barcelona, 1990, páginas 219 a 256. El otro es el que abarca los dos primeros capítulos de José Luis García Delgado (dir.), Estructura económica de Madrid, Cívitas, Madrid, 1999, páginas 3 a 48. A ambos se remite para cotejar las referencias bibliográficas que dan sustento a estas reflexiones.
El centenario de la crisis de 1898, sin duda una clara divisoria para una comprensión histórica de la España contemporánea, ha originado una amplia reflexión que se ha manifestado tanto en la forma de un mantenido debate historiográfico como en un estímulo de la investigación y en una copiosa y, como es de suponer, desigual producción bibliográfica. Debate historiográfico y, sobre todo, nuevas investigaciones, desde la serena perspectiva que permite un horizonte de cien años, han modificado sustancialmente la visión que se tenía de aquella crisis y, sobre todo, han contribuido a superar y, en ocasiones, arrumbar algunos de los tópicos y de los clichés que se habían perpetuado a raiz de una particular apreciación de aquellos acontecimientos y de sus consecuencias, rebajando en gran medida los perfiles de un dramatismo histérico que, si en individualidades o en sectores muy concretos existió, no se podía atribuir a sectores mayoritarios y menos aún al conjunto de la sociedad española. El Madrid de 1898 es, esencialmente, el Madrid de la Restauración, una ciudad que tanto en lo demográfico como en lo urbanístico se encontraba en claro proceso de transformación y de superación de los caracteres, aún muy propios de antiguo régimen, que la habían definido durante la monarquía isabelina. En lo demográfico, es cierto que aun a fines de siglo Madrid pudiera todavía tenerse como una ciudad donde los problemas alimentarios, la situación de la higiene pública y los frecuentes brotes epidémicos, como de forma muy aguda había sido el cólera de 1885, se mostraban como causas de una adversa realidad demográfica ^. Y aunque la población madrileña creciese en números absolutos, la consulta de los censos de esos años finales del siglo muestran cómo el número de los nacidos fuera de la Villa superaba al de nacidos en Madrid. Precisamente la inmigración iba a ser uno de los factores más importantes de crecimiento del Madrid finisecular, primer foco nacional de atracción migratoria, empezando naturalmente por la procedente de las provincias limítrofes, dirigida especialmente hacia el sector de los servicios. El año que cierra el siglo, la población de Madrid es de 539.835 habitantes, de los cuales un 50% habían nacido fuera de Madrid. Con Barcelona, también importante foco de atracción migratoria, Madrid marcaba la tendencia que caracterizaría a la población española del fin de siglo, el crecimiento de las zonas urbanas, de los municipios con más de diez mil habitantes en detrimento de la España rural y con tasas muy superiores a la media de crecimiento demográfico nacional. Son los años en que, como consecuencia de ese aumento de población, los problemas de la vivienda se agudizan y se convierten en tema de preocupación para gobernantes y partidos políticos. Son los años del ensanche de Madrid, al norte con la expansión de los distritos de Hospicio y Universidad; al sur, por el distrito de Hospital, creándose una zona de ocupación de proletariado industrial que venía a sumarse a la anterior población artesanal situada en torno al eje de la calle de Atocha. Al tiempo, los distritos de Latina e Inclusa iban albergando una también creciente población obrera, mientras el distrito de Centro se convertía en el núcleo comercial y burocrático de la ciudad. Ya en 1883 había escrito La Época: «Ya ha pasado Madrid de la Castellana por el norte; de la estación de Atocha por el sur; de la plaza de toros por el este y de Chamartín por el oeste». El de Madrid coincide con el «ensanche» de otras ciudades españolas, consecuencia del crecimiento demográfico, de la diversificación de funciones sociales, del desarrollo industrial y de unos nuevos modelos urbanísticos. Son los años en que se trazan las nuevas avenidas, generalmente sobre los ejes históricos de la ciudad o bien, abriendo otros nuevos, la época en que se introducen los estilos arquitectónicos y decorativos que triunfan en Europa, pero también aquella en que se resucitan viejos estilos que se consideran representativos de un «arte nacional» enraizado con el ser histórico de España. Así, Madrid se llena de «neogóticos» y de «neomudéjares», tanto en edificios religiosos como civiles. La «Gran Via», sobre proyecto del arquitecto municipal Carlos Velasco Peinado aprobado en 1887, es el símbolo de ese nuevo Madrid que cruza la frontera de 1900, si bien hasta 1910 no se inaugurasen oficialmente las obras, que habían supuesto, entre otras cosas, el obligado derribo de 339 inmuebles. Sin duda, el otro modelo de la transformación urbanística de Madrid sería «la ciudad lineal», reflejo en La sombra del 98 España de otros modelos europeos de «ciudades lineales», que entroncaba de un lado con el crecimiento demográfico de Madrid pero, de otro, con los planteamientos de una nueva conciencia social. En el pensamiento de su creador, Arturo Soria, muy representativo de la mentalidad propia de los hombres de la Institución Libre de Enseñanza y de la recién creada Comisión de Reformas Sociales, estaba la idea de que muchas de las lacras sociales que vivía la época, entre ellas la violencia o la delincuencia, desaparecerían en cuanto el hombre se sintiese situado en un ambiente menos agresivo. «Para cada familia una casa. En cada casa, una huerta y jardín» era el lema del proyecto de aquella nueva ciudad, convencido Soria de que «hacer una nueva ciudad es mucho mejor y más barato que remendar una vieja», con lo cual criticaba el polémico trazado de la proyectada Gran Via. No sería solamente la «ciudad lineal» la respuesta a los problemas de vivienda. Los últimos años del siglo abren una política de «casas baratas», ejemplo de la cual serían entidades como «La Constructora Benéfica», que levantaría un reducido número de viviendas en los barrios de Pacífico y de Cuatro Caminos; o «El Porvenir del Artesano», una constructora mutua que edificó junto a la carretera de Francia. Muy a comienzos del nuevo siglo, la celebración en varios países europeos de congresos internacionales de casas baratas tuvo especial incidencia en España. Fruto de ello fue la creación en 1905 del Servicio de Empadronamiento Sanitario de las Viviendas, fuente de información a partir de la cual el Ayuntamiento pudo conocer en qué condiciones se encontraban las barriadas más pobres y abandonadas. La Puerta del Sol seguía siendo el corazón de la ciudad. A los extranjeros que visitaban Madrid les asombraba su bullicio, su continuo ir y venir de gentes. Uno de ellos, el ruso Nemirovich -Dancheko, escribía en 1898: «Aquí se entera uno de las noticias, se hacen amistades, aquí nace y crece el chisme» ^. Desde el punto de vista de su composición social, la población de Madrid la seguían formando una nobleza mezcla de los restos de la vieja aristocracia del Antiguo Régimen y de la nueva oligarquía surgida al hilo del asentamiento del régimen liberal, junto a una ascendente clase media estratificada de industriales, negociantes, especuladores, funcionarios militares y civiles, y unas amplias clases populares, con un artesanado degradado, heredero de los antiguos gremios, un amplio componente dedicado al servicio doméstico y un incipiente proletariado industrial. Los intereses coloniales habían desempeñado un importante papel en el proceso de ascenso y asentamiento social de la burguesía española, en este caso, de la madrileña, a los que tampoco fueron ajenos los intereses del estamento nobiliario madrileño. Pongamos los casos, entre otros, del marqués de Vinent, ligado al Banco de Castilla y al Hispano Colonial; de don Juan Manuel de Urquijo, agente de cambio y bolsa, para terminar convertido en cabeza de una de las bancas más importantes del Madrid contemporáneo; o del marqués de Manzanedo y duque de Santoña, quizá el hombre más representativo de los intereses esclavistas coloniales, que llegaría a ser el primer contribuyente madrileño por propiedad urbana; o, por último, de don Antonio López y López de Lamadrid, primer marqués de Comillas, el promotor y propietario de la compañía «Trasatlántica» que aseguraba el transporte, sobre todo el de tropas, con Ultramar. Pero, sobre todo, el Madrid que traspasa el cambio de siglo es el Madrid de funcionarios y menestrales, el que admirablemente recogieron algunos de los «Episodios Nacionales» de Galdós o describieron plumas como Pedro de Répide, Emiliano Ramirez Angel, Emilio Carrere o Ramón Gómez de la Serna; el Madrid popular y provinciano que frecuentaba los teatros, que se emocionaba con el «Juan José» de Joaquín Dicenta, estrenada en octubre de 1895, una obra de «tema social» cuyo desarrollo transcurría en la taberna y en la cárcel; el Madrid que aplaudía en el teatro «Apolo» y desde su estreno en febrero de 1894 «La verbena de la Paloma» o «la Revoltosa», estrenada en el mismo teatro en noviembre de 1897, cuando ya la última de las guerras cubanas entristecía la vida española desde hacía casi dos años. El Madrid en que, junto a informes como los emitidos por la Comisión de Reformas Sociales, pocos han descrito sus contrastes y sus miserias como lo hiciera Pió Baroja en su trilogía «La busca», «Mala hierba» y «Aurora roja», sobre todo al describir sus barrios marginales: «El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza y de incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La Corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro; vida africana, de aduar, en los suburbios» ^. Desde hacia dos años, la guerra venía pesando sobre la vida madrileña, especialmente en el ámbito de las familias que no disponían de recursos para pagar la redención en metálico de sus hijos llamados a filas. La primavera de 1898 se manifestó también en la vida económica madrileña en los sobresaltos que el alza de los cambios exteriores produjo entre la clientela de los bancos. Tanto en Madrid como en Barcelona fueron frecuentes, desde mediados de abril, las colas para La sombra del 98 cambiar billetes contra metal. Este miedo se vio también reflejado en el rechazo que algunos establecimientos comerciales determinaron contra los billetes de banco. Eran síntomas, como escribe Carlos Serrano, de un mal más profundo, la baja de la moneda, visible desde años atrás, que evidenciaba el hecho de que «antes de que se hundiera la flota en Cavité, se estaba hundiendo la peseta en Madrid». Paralelo a ello y no siempre como su consecuencia inmediata fue el fenómeno del alza de los precios, especialmente sensible para los artículos de primera necesidad, como el pan, que originó en las ciudades españolas una serie de motines populares, al grito de «pan barato» y, como tantas veces en la memoria histórica de las ciudades, de «abajo los consumos». Bien es verdad que tal descontento social se hizo más patente en las pequeñas capitales de provincia y en las poblaciones muy dependientes del ámbito rural y se mostró con mucha menor intensidad en los grandes núcleos como Madrid o Barcelona. En el citado artículo, Carlos Serrano los atribuye fundamentalmente a factores de tipo coyuntural, en este caso, la guerra, y otros de tipo estructural, esto es el movimiento decenal, ya subrayado por Nicolás Sánchez Albornoz para la economía española del ochocientos. Iniciado el conflicto con los Estados Unidos, en realidad último capítulo de una guerra impopular que venía pesando sobre la sociedad española, y de forma más contundente sobre sus sectores más deprimidos, la indiferencia fue, en Madrid como en otras ciudades, la nota dominante. Otra cosa era el entusiasmo más o menos sincero y con fundamento, que mostrasen algunos órganos de la prensa. Contrastaba indudablemente con aquellas manifestaciones callejeras de un patriotismo exaltado cuando las campañas de África en la década de los sesenta. Gabriel Maura recordaba que solo «algunos centenares de manifestantes recorrieron las calles y teatros de Madrid en son de jarana nocherniega más vociferadora que imponente; y este holgorio que se prolongó durante una semana, y la mayor procacidad periodística, fueron los únicos síntomas del temple del espíritu público» ^. Para observadores como Ramiro de Maeztu, la opción del pueblo estaba clara: «Si consultamos las redacciones de los periódicos, no encontramos más que partidarios de la guerra; pero, seamos francos, si consultamos a las clases sociales que envían sus hijos a la guerra, las cuatro partes de España optarán por la paz (...) Cansados de dar sus hijos para defender una isla en la que ni tiene ascensos que conquistar ni empleos que conseguir» ^. Ha indicado un especialista en la historia del teatro como Andrés Amorós que «no se ha estudiado suficientemente -creo-la huella de la crisis noventa y ochista en el mundo de la zarzuela y el género chico». Pero quizá porque sus efectos no fueron tan grandes como los que, en principio e interpretados a un siglo de distancia, cabría atribuirle. Sabemos que, en esos años dramáticos de la guerra, continuaba el éxito que, desde su estreno, venían teniendo obras como «La Verbena de la Paloma», estrenada en 1894. Si alguna obra se puede vincular directamente con el clima patriótico característico de esos años fue la zarzuela «Cádiz», subtitulada «Episodio nacional cómico -^líricodramático», estrenada en el teatro Apolo el 20 de noviembre de 1886. Y lo era especialmente por la famosa «marcha» que, del teatro, pasaría a los desfiles militares, a la despedida de las tropas que embarcaban o a cualquier acto que, directa o indirectamente, tuviera relación con la guerra. El crítico teatral «Chispero» lo resumía así: «El éxito de Cádiz fue clamoroso. El libro gustó mucho y la música muchísimo más. El desfile final del primer acto con la briosísima «marcha de Cádiz», que luego fue histórica en los anales españoles, puso al público en pie y la ovación con que se premió la salida a escena, montando brioso corcel blanco, del liberador de Cádiz, enardeció a todos los espectadores, muchos de los cuales enronquecían vitoreando a España» ^. Pero, sin duda, el espectáculo que diariamente congregaba a los madrileños de un amplio abanico social era el teatro, dado el número de salas, de muy distinto nivel tanto en instalación como en calidad de las obras ofirecidas, que había en Madrid. En el más representativo de las clases superiores de la ciudad, el Tkatro Real, el recuerdo de la guerra estuvo presente en las llamadas «funciones patrióticas», cualquiera fuese la obra representada siempre que la recaudación estuviera destinada a los combatientes que en los dos alejados escenarios de la guerra, el Pacífico y el Caribe, luchaban por España. Casi siempre estas funciones contaron con la presencia de la propia Reina Regente o de otros miembros de la Familia Real, que pagaban su palco con crecidas sumas. En el amplísimo repertorio que tanto la zarzuela como el «género chico» ofrecían diariamente en Madrid fueron muy varios los espectáculos que, en su argumento central o en escenas ocasionales, estaban dedicadas a la lucha en que España tenía combatientes. Aunque, como hemos indicado, continuaba representándose con mucho éxito una obra estrenada en 1894, «La verbena de la Paloma», dos fueron las obras más significativas de aquel año. Pocas escenas habrán sido a lo largo de los años más representativas de la vuelta a la patria de los combatientes que el coro de los repatriados de «Gigantes y Cabezudos», obra de Miguel Echegaray y de Fernández Caballero. Ebro famoso» ha despertado, cuantas veces se ha rememorado la guerra de Cuba, la emoción patriótica de los espectadores. Esta obra, junto a «El santo de la Isidra», de Arniches y López Torregrosa, fueron los estrenos más aplaudidos en el panorama teatral madrileño del 98. Pero si el teatro, desde las óperas o los conciertos del Real a las salas de barrio donde se daban sainetes o piezas del género chico, fue una de las manifestaciones del impacto de la guerra en la sociedad madrileña, el gran espectáculo era la que se tenía como «fiesta nacional», las corridas de toros. En numerosas ocasiones durante el conflicto colonial se había celebrado «corridas patrióticas» cuya recaudación iba dedicada a los combatientes en Ultramar. Estas, naturalmente, acentuaron su ritmo de celebración a partir de 1896, cuando la lucha y sus dramáticas consecuencias incidieron con mayor rigor sobre la sociedad española. La prensa y, en concreto un periódico, «El Liberal», contribuyó de forma muy activa a tal finalidad de búsqueda de recursos benéficos con destino a los soldados. Destaquemos, por ejemplo, la corrida celebrada el 13 de noviembre de 1896, en que de forma totalmente generosa torearon tres figuras del arte taurino del momento, como «Guerrita», «Bombita» y «Reverte», mientras que otros dos nombres ya muy famosos. Lagartijo y Frascuelo, ocupaban como asesores el palco presidencial. A tal corrida fueron invitados aquellos soldados «que se encontrasen en Madrid recuperándose de sus heridas en el sanatorio de la Cruz Roja», quienes, terminada la corrida «de pie y al descubierto, se despidieron del público que les saludó con fuertes aplausos y vivas al ejército» ^ Entre los donativos llegados desde diversos niveles de la sociedad y las instituciones españolas, cabe recordar las tres mil pesetas que, desde su exilio parisino, envió la reina Isabel IL En total, se recaudaron con aquella iniciativa 115.804 pesetas. Ya en plena guerra con los Estados Unidos, el 12 de mayo, se celebró otra gran corrida, que comenzó a las dos de la tarde pues, a los diez toros que se debían lidiar, se sumaban otros dos de rejones con los que comenzó la fiesta. Diez toreros ocuparon aquella tarde el ruedo: Mazzantini, Valentín Mariis, Guerrita, Tbrerito, Lagartijillo, Minuto, Reverte, Fuentes, Bombita y Villita. En el palco presidía el conde de Romanones, alcalde de Madrid, y el maestro Federico Chueca dirigía las tres bandas militares que, entre otras composiciones, naturalmente interpretaron la «marcha de Cádiz» ^. Como era de esperar, los brindis de los toreros mantuvieron también el tono patriótico, del que puede ser ejemplo este: «Brindo por Usía, por el público en general, por el Ejército y la Marina, y por que no quede un yanqui en el universo». Terminada la guerra, quedaba un capítulo especialmente dramático como era el de la repatriación de los miles de combatientes que en los dos escenarios del Atlántico y del Pacífico habían sido los más directos protagonistas del conñicto. Fue un problema que se dejó sentir en todas las tierras de España, sobre todo en aquellas que por sus condiciones económicas sufrieron en su carne el peso de la guerra, al no poder redimir más que a un reducidísimo número de los mozos llamados a filas. Ese había sido uno de los mayores y más dramáticos contrastes entre la España rural y la España urbana, entre las regiones deprimidas, la mayoría, y las social y económicamente más poderosas. Naturalmente el problema se dejó sentir en Madrid, paso obligado de muchos de los combatientes que volvían a sus hogares. El debate en torno a problema tan grave como el de la repatriación tuvo, como era de esperar, su presencia en la vida parlamentaria. Numerosas fiíeron las voces en torno a cuestión tan candente. Famosa fiíe, entre otras, la intervención de Vicente Blasco Ibáñez el 6 de septiembre de 1898, aquella que contenía estas palabras: «Es realmente bochornoso y contrista el ánimo con impresión dolorosa el espectáculo que estamos ofireciendo a Europa con el regreso de los soldados repatriados (...) Los trasatlánticos que a nuestras playas los han conducido, no han sido para ellos un buque de la Patria, sino la barca de Carente, que los conducía a un infierno de miserias, de desvíos y de penalidades (...) Nosotros no cometeremos la injusticia de exigir responsabilidades o de acusar al gobierno por la mortalidad de los repatriados en cuanto es consecuencia de los rigores del clima y de las penalidades de la campaña, pero sí podemos acusarle de imprevisión, de descuido, de olvido de los soldados. Bien se conoce que la carne de pobre va barata y os importa poco que mueran esos soldados». No fiíe Blasco Ibáñez el único que pronunciara duras palabras hacia el gobierno por esta grave cuestión. Otros diputados sumarían su voz a esa denuncia con similares palabras, con firecuencia basadas en testimonios muy vivos. En la sesión del 9 de septiembre, José Canalejas recordaría «el espectáculo de aquella triste mañana en la que un oficial fiíe con unos cuantos jóvenes famélicos paseando por las calles de Madrid como Cristo camino del Calvario (...) Yo he presenciado uno de esos vergonzosos espectáculos; no encuentran auxilio; están el gobernador militar de Madrid y el capitán general ocupados; no hay un arranque, un impulso para venir en socorro de aquellos desgraciados; La sombra del 98 no hay nadie». Un año después, Rafael Gasset podía afirmar en el Congreso de los Diputados: «Hoy ya nadie se ocupa de los repatriados». Estas denuncias proliferaron, tanto en la escena parlamentaria como en la prensa, donde se podía leer noticias como ésta que publicaba «El Socialista»: «en las primeras horas de la mañana llegó a la estación del Norte un tren especial conduciendo un convoy de repatriados (...) El espectáculo que ofrecía la Cuesta de San Vicente partía el alma. Infelices soldados caían al suelo por no poder continuar la marcha. La gente madrugadora presenciaba estas escenas con verdadera lástima. No viendo a esos infelices esqueletos no es posible formar un concepto de su estado. A estas horas los ha visto ya mucha gente por esas calles y Madrid ha debido sentir ya toda la influencia del suceso» ^^. Ante comentarios como éste, la medida del gobierno fue la de evitar, en lo posible, el paso de las tropas repatriadas por Madrid y establecer los puntos de trasbordo por ferrocarril en otros nudos ferroviarios. Evitando la visión directa de la tragedia, se evitaba la posible reacción social. Así, como escribía «El Imparcial», «lo que se quiere, sin duda, es que la capital de la monarquía no presencie el triste cuadro que oñ^ecen esas legiones de desgraciados y no advierta la inhabilidad con que los medios oficiales atienden a la comodidad del triste viajero» ^^. Entre las páginas tristes de la repatriación se intercalaban otras con homenajes al heroísmo demostrado en aquella guerra por hijos del pueblo de Madrid. Quizá su mejor ejemplo fuese el de Eloy Gonzalo, el popular «héroe de Cascorro», cuya estatua, en la plaza donde comienza el Rastro, sigue siendo uno de los enclaves más conocidos y castizos del Madrid de nuestros días. Eloy Gonzalo reunía todos los caracteres de un héroe del pueblo. Origen humilde, depositado en la Inclusa de Madrid y adoptado por un guardia civil destinado en el cercano pueblo de Chapinería. Ingresado en el cuerpo de Carabineros, procesado por insubordinación y amenazas a un superior y condenado a prisión en Valladolid, que él mismo evitaría cumplir, al amparo del decreto de 25 de agosto de 1895, alistándose en el ejército que combatía en la isla de Cuba, adonde llegaría el 9 de diciembre de ese mismo año, formando parte del primer batallón del regimiento de Infantería «María Cristina», destinado en Puerto Príncipe. La hazaña que le elevaría a la condición de héroe es muy conocida. El 18 de abril de 1896, a la primera compañía de aquel batallón se le encomendaba la protección de Cascorro, una pequeña localidad a 63 kilómetros de Puerto Príncipe, defendido por tres fortines. El 22 de septiembre de 1896, una ofensiva cubana al mando del comandante general en la provincia de Oriente, Calixto García, con cinco mil hombres puso en desesperada situación a los 171 de la posición de Cascorro. Tomada una casa a cincuenta metros del fortín donde estaba Eloy Gonzalo, éste se ofreció a aproximarse a la citada casa para incendiarla, cumpliendo su propósito y volviendo a su posición. En el parte de aquella acción se recordaría que, a petición propia, iba atado a una cuerda para que pudieran «tirar de él y no quedar en poder del enemigo en caso de morir». Defendida heroicamente la posición de Cascorro, sería liberada el 6 de octubre por las tropas al mando del general Jiménez Castellanos, comandante general de Camaguey. La acción de Gonzalo sería recompesada con la cruz de plata del Mérito Militar con distintivo rojo, pensionada con 7,50 pesetas mensuales con carácter vitalicio. Como era muy común en aquella lucha, cuyo principal enemigo eran las enfermedades, Eloy Gonzalo, que había salido ileso de su arriesgada acción, moría el siguiente 18 de junio de una enterocolitis ulcerosa. Repatriados sus restos en el vapor «San Ignacio», el 7 de diciembre de 1898 eran multitudinariamente recibidos en Madrid y llevados a la catedral de La Almudena para posteriormente depositarlos en el mausoleo destinado a los soldados caídos en Cuba y en Filipinas. Pero, en el conjunto de las páginas dolorosas sigue pesando, como reflexión sobre el postnoventa y ocho, la que Carlos Seco calificaba de «atonía estupefacta de los gritadores de la víspera de la derrota», la de aquellos que fundamentalmente desde la prensa habían animado a la solución bélica, a la que no se pudo resistir el gobierno de Sagasta ^^. No pocos extranjeros, observadores de cómo reaccionaba la sociedad española española, se extrañaban de la indiferencia que se había adueñado de un considerable sector de aquella. Se extrañaban del comentario que en muchas calles de Madrid o de otras ciudades escuchaban sobre la suerte de las colonias: «Es preferible haberlas perdido». Parecía como si ni las derrotas de aquel verano ni las onerosas condiciones de los posteriores tratados de paz hubieran llegado a oídos de muchos españoles. Era la forma de entender la guerra de muchos de aquellos que no la habían tenido como «su guerra», de quienes descansar «era su apetencia más fuerte» ^^. El cambio del modelo demográfico», en La sociedad madrileña durante la Restauración, Madrid, Alfoz, 1989, vol. I, pp. 25-77.
La creación de arquetipos que al tiempo que exaltan, simplifican la trama de las cosas concretas, es un hábito inevitable de la mente humana. Pareciera que de esta manera los hombres logran imponerse a la caótica realidad. Semejante hábito se aplica a la mayoría de las indagaciones sobre la cuestión nacional. Así, cualquier propósito de determinación de esta cuestión olvida que se trata más de una praxis que de una conceptualización. Lo primero a reconocer es que la idea de nación es una convención política y literaria, un acto de delimitación geográfica e imaginativa que presupone una unificación histórica, por veces inexistente. Para exaltar las gestas de los hombres y dar una cierta unidad, se inventan fronteras, himnos nacionales, aniversarios patrióticos, placas y edificios conmemorativos, veneraciones heroicas e historiográficas. Se busca modificar ligera o profundamente el pasado, procediendo por una selección de hechos representativos que simbólicamente son verdaderos aunque históricamente pueden no serlo. Por lo demás las naciones son inseparables de las ficciones que se construyen sobre ellas. Por veces la realidad no puede competir con las ficciones nacionales. Historia y relatos de y sobre la nación se confunden. De allí la fuerza simbólica de la literatura que sustenta la cuestión nacional iberoamericana. Imaginación y excesos dramáticos del mármol, del bronce y de las letras son, pues, los mecanismos de invención de lo nacional. Esto se nos hace bien claro para el caso de las naciones iberoamericanas, donde letras e imaginación impiden que lo nacional sea algo desvaído e insípido. Son testimonios de un imaginario ordenado más en torno a biografías que a fuerzas sociales. En consecuencia, se ha hecho muy común entender la nación en términos de un dispositivo político y cultural, construido con el perfil de una comunidad imaginada. Pero no interesa tanto a nuestro tratamiento de lo nacional iberoamericano, resaltar el carácter imaginado del concepto de nación. Interesa más la exploración de ciertos espacios espirituales vinculados a la literatura, a la ficción y a la historiografía. En estos espacios cobra cuerpo y sentido la existencia individual y la memoria colectiva. Acaso historiografía -es decir, historia y escritura-y literatura nos permitan acentuar el registro de regiones íntimas y desconocidas de la experiencia nacional: la pugna dilatada por rechazar moldes preestablecidos e impuestos a un sujeto colonizado, la tendencia a resistir ante prácticas sociales que imponen posturas mentales y religiosas, la inveterada búsqueda de la emancipación de estructuras políticas y económicas que poco liberan y mucho someten. En ese universo es bien sabido que no bastó la Independencia como experiencia continental para liberar el artefacto político y cultural. La herencia colonial persistiría hasta asediar lo nacional finisecular. Persistencia que llevó a sujetos "Al hablar, pues, de americanidad... quiero hablar de aquellas cualidades espirituales, de aquella fisonomía moral -mental, ética, estética y religiosa-que hace al americano americano..." PRESENTACIÓN: LETRAS DE LA ILUSIÓN NACIONAL perspicaces y apasionados de la estirpe de un José Martí, a escribir en 1881: "(...) se tallan sobre las ásperas y calientes ruinas de las épocas pasadas, perdidos los antiguos quicios, andamos como a tientas en busca de los nuevos". La relación entre historiografía y literatura es más trascendente de lo que parece. Los trabajos de Luis de Mussy o de Germán Carrera Damas -incluidos en este volumen-son muy renovadores de toda una discusión historiográfíca sobre lo nacional, en la medida en que leen la historia desde una perspectiva experimental-poética. Es bien conocida aquella tendencia a leer la historia como literatura. El libro de Hayden White 2, por ejemplo, fue apenas un intento pionero de aplicar una teoría del género a la escritura literaria. Sin embargo, White (como el mismo Benedict Anderson 3 ) estaba sujeto a un conocimiento literario relativamente cifrado en la academia norteamericana y, especialmente, en Norton Frye. Muchos autores han pensado la historia como literatura, especialmente ligada a la novela. Pero existe otra propuesta, particularmente la de Luis de Mussy, quien sobre la base de una amplia formación literaria, editor de la obra poética del chileno Jorge Cáceres HACIA UNA POÉTICA DE LO NACIONAL Así las cosas, digámoslo de una vez. Lo nacional se encuentra de antemano atrapado en un cuerpo múltiple, en una cierta dualidad, en un duelo cultural que busca opacar diferencias bajo el maquillaje de la homogeneidad y de lo permanente, de la unidad y de lo que nos es propio. Lo nacional, y a su lado la nación, no puede ya borrar las diferencias que lo constituyen sin borrarse a sí mismo. De allí que lo nacional y la nación se compongan de numerosos pliegues. La nación iberoamericana se nutre de la idea de un espacio sociopolítico y cultural permanentemente en construcción, notablemente renegociado y reimaginado. No se puede leer la nación sin leer su imaginario narrativo e historiográfico, sin percatarse de la persistente noción de extravagancias semánticas, de metáforas experimentales, de trasposiciones pictóricas, de versos rítmicos, de ficciones cromáticas y de narraciones ordenadas en el tiempo por la escritura y por ciertos intereses dominantes. Llega entonces el momento de extender las fronteras de la nación iberoamericana y ajustar sus rostros literarios e historiográficos a una nueva óptica para incluir expresiones y representaciones que recontextualicen o deconstruyan ficciones fundacionales en torno a la nacionalidad. Si queremos entendernos, si queremos saber de qué hablamos en torno a un tema verdaderamente común, tenemos ante nosotros dos tipos de grandes problemáticas. Por una parte, podemos preguntarnos qué significa en Iberoamérica el discurso común que se apoya en la nación. Y entonces tendremos que hacer un trabajo de arqueología semántica que proyecte toda una jerga o una gramática de los significados. Pero, por otra parte, podemos pensar, presuponiendo un saber implícito y práctico en cuanto a lo nacional, y apoyarnos en una historia vivida y narrada, que a fin de cuentas todos los sujetos entienden bien de lo que trata. Acaso las variaciones de la palabra nación son solamente contextuales y ninguna oscuridad esencial llega a ofuscar el discurso sobre ella. Intentaríamos de esta manera deslindar las cosas de las palabras, separar las voces de los ecos, separar lo sutil de lo espeso con rigurosa aplicación y cruces de categorías. Presupondríamos que no puede haber ningún malentendido en cuanto al contenido y al destino del mensaje literario e historiográfico de la nación. La unidad del material presentado en las páginas que el lector tiene entre sus manos, la unidad del tablero de las LUIS RICARDO DÁVILA Y JULIO RAMOS diferentes secciones y trabajos que componen este volumen, estaría asegurada por la estructura representativa del tablero mismo. Bajo la diversidad de las palabras y de los temas, arropados por las diversas experiencias nacionales, bajo la diversidad de los contextos, de los anhelos y sentimientos, el mismo referente, el mismo contenido representativo, se conservaría una suerte de identidad inalienable. La nación no es ni presentable ni representable y la entrada en ella no llega quizás sino transgrediendo la figura de toda representación posible. Algo difícil de concebir, por supuesto, según esta lógica de los arquetipos que simplifican y exaltan, como difícil es concebir cualquier cosa que esté más allá de la representación. Pero acaso este ejercicio intelectual nos obligue a pensar completamente la realidad de otro modo. En este sentido, pareciera innecesario formular una representación de la nación iberoamericana sin fusionar sus proyectos sociales, políticos y estéticos; sin concebir éstos como una sola expresión del sujeto; sin entender que diversas estrategias discursivas: un discurso de la emancipación, unas ficciones nacionales, ciertas narraciones historiográficas, en fin, sin ver que existe toda una poética de la nación inscrita en el marco de la llamada cultura nacional. Además, en la construcción de la teoría y literatura de la nación iberoamericana, o en la escritura de su historia, como diría Andrés Bello 4, se genera al mismo tiempo un discurso sobre la formación, composición y definición de la nación, lo nacional y las nacionalidades. Esto se hace claro, por ejemplo, en aquellas producciones modernistas fundacionales, luego de 1870, donde se evidencia un anhelo colectivo acompañado por un cierto discurso del deseo referido al concepto de una comunidad nacional, sin realizar, pero que aparece en el horizonte como sociedades por venir; a través de la puesta en marcha de una moral nacional, contenida en "los pupitres de la escuela", como lo argumenta Rodrigues-Moura para el caso de Brasil. En esta lectura que proponemos, revisionista, si se quiere, no limitamos mirar la cuestión nacional a través del prisma de la representación, evocando una literatura ensayista o los escritos canónicos del pensamiento iberoamericano. Procedemos ex professo de otra manera. Tal como ya había sido observado en la obra de un Juan María Gutiérrez 5, entre otros, desde 1830, o sea desde la fundación republicana, y sospechamos que la tendencia continuó durante largo tiempo, las letras y la nación iban de la mano, historiografía y poesía no eran discursos ajenos sino por el contrario complementarios. O como lo escribió más cercano a nosotros Hugo Achugar 6: los parnasos fundacionales a lo largo y ancho del siglo XIX iberoamericano incluían letras, nación y Estado. Presentamos al lector, en consecuencia, el rostro de lo nacional más allá de las fórmulas jurídicas, de las definiciones constitucionales o de los códigos legales de los novísimos Estados. Preferimos acercarnos desde aquellas ficciones que no sólo han expresado el imaginario de nuevas lógicas hegemónicas, sino también "la miseria de los infelices"; aquellas que han puesto a hablar a los sectores minoritarios, a los elementos marginales e híbridos de la nacionalidad (mujeres, indios, gauchos, niños, llaneros, crioulos); al igual que aquellas lógicas que muestran ciertos procesos institucionales como el proyecto hispano-católico de la unificación nacional colombiana. Acaso de esta manera se ofrezca a los lectores una aproximación más íntima a los imaginarios nacionales iberoamericanos y a sus respectivos cruces entre lo historiográfico y lo literario. Lenguaje e imaginario social se funden para delinear la raíz y el rostro de una poética de lo nacional.
A partir de la ley electoral de 1890, el distrito electoral único de Madrid se dividía en 227 secciones encuadradas en los diez distritos administrativos tradicionales y cada uno de ellos compuesto de diez barrios ^. De acuerdo a su población electoral ^, a Madrid le correspondían ocho diputados, pudiendo elegir el votante un máximo de seis nombres. Los distritos del Sur eran los de Latina, Inclusa y Hospital, estando delimitados los dos primeros por las calles de Lavapiés, Ronda de Valencia y Paseo de las Delicias por el Este, mientras que el Paseo de los Melancólicos, con las Cambroneras, era su límite Oeste; en su vértice Norte, Plaza de la Cebada o el Rastro, confluían una serie de ejes radiales que constituían las principales arterías viales de los distritos: Comadre, Amparo, Mesón de Paredes, Embajadores, Ribera de Curtidores, delimitación perpendicular entre Inclusa y Latina, y Toledo, límite con el distrito de Audiencia. En este gran espacio convivían capas de mediana burguesía, ubicadas cerca de Progreso y en la calle de Atocha donde tenía su emplazamiento un sector de profesionales de farmacia y medicina en relación con el Hospital General que da nombre al distrito ^, sectores populares que subsistían en condiciones deplorables en torno a la Plaza de Lavapiés, al lado de pequeños negocios familiares artesanales, alrededor de Antón Martín; con ellos, obreros de las nuevas industrias madrileñas y marginados de toda condición que, a duras penas, sobrevivían. De las cuatro secciones que componían el distrito de Audiencia, en torno a la calle y Plaza Mayor, es sin duda Constitución la más rica de todas ellas y muchos de sus habitantes son propietarios y ricos comerciantes domiciliados en los alrededores de la Plaza Mayor. En el extremo contrario, se sitúa el Humilladero, en las proximidades de la Plaza de la Cebada; está domiciliada en el distrito alguna figura ilustre como el duque de Osuna y del Infantado, aunque la mayoría de su población es pequeña burguesía, dedicada al comercio y la artesanía; otro tanto cabría decir del Barrio de Cava donde figura como vecino D. Manuel Becerra Bermúdez, senador y ex ministro, y del de Estudios, entre las plazas de Cascorro y Progreso, en la que tenía su vivienda el Ministro Manuel García Barzallana. La presencia de un elevado contingente de capas populares y un sector importante de empleados de escalas bajas de la Administración, presenta un distrito desigual en donde residen con los sectores señalados, una representación de ricos propietarios. Con Audiencia, el distrito de Centro, en torno a la Puerta del Sol y la calle Arenal y el de Hospicio, articulado por el ángulo de las calles Fuencarral y Hortaleza, constituyen el núcleo del casco urbano, asiento de clases pudientes, ricos comerciantes y profesiones liberales en el que se siguen manteniendo clases altas y bajas hasta bien avanzado el S. XIX; la reordenación del suelo urbano le convertirá en núcleo comercial, elevará su valor y obligará a buscar alojamiento en el extrarradio a un contingente importante de habitantes, reduciéndose con ello la densidad de población, especialmente en Centro. Hospicio es un distrito rico aunque no uniforme, con un número elevado de propietarios, tiendas de consumo caro, un sector de empleados, menos significativo que el de Palacio, y bolsones de población de extracción popular como las ubicadas en la sección de Escorial, mientras que las de Fuencarral y Santa Bárbara albergan la mayor representación de contribuyentes y capacidades ^. En el Norte de la ciudad, los distritos de Congreso y Buenavista se articulan en torno a dos ejes aristocráticos, el formado por la Castellana y la calle de Serrano con la red de vías adyacentes perpendiculares y paralelas y el ángulo ordenado por el Paseo del Prado y el Retiro. Viven en esta zona los contribuyentes más adinerados, al lado de las figuras de mayor prestigio económico, industrial y político, presencia de empleados de la Casa Real en la sección de Retiro y militares acuartelados y trabajadores de la Administración en la calle de Alcalá. Los distritos de Universidad y Palacio, se extendían a uno y otro lado de las calles de Ferraz y Princesa, en los alrededores del Palacio Elecciones en Madrid en el cambio de siglo Real, con heterogénea población integrada por gente adinerada y capacidades ilustres que viven en las citadas calles, al lado de numerosos empleados, personal doméstico de la Casa Real y un grupo de militares acuartelados. Por el Sur de Universidad se extiende una zona de clases medias, mientras el Norte crecía notoriamente ante el asentamiento de numerosa mano de obra que retrocede ante el suelo revalorizado del corazón de la ciudad. La distribución de la población en los distritos electorales madrileños a finales del siglo XIX, nos presenta unas zonas populares en Universidad, Hospital, Inclusa y Latina, mientras las clases acomodadas viven en Buenavista, Congreso, Palacio y Hospicio en torno a los ejes de Alcalá, Serrano, Castellana, Recoletos-Paseo del Prado, Princesa-Palacio de Oriente, Fuencarral-Hortaleza-Almagro; en el distrito de Centro, están ubicadas en Arenal-Sol y Carrera de San Jerónimo y en el de Audiencia en la calle Mayor-Sol, aunque en ambos se mantiene la presencia de ricos y pobres, debilitada al acercarnos a la liquidación de la centuria. El fin de siglo presenta a Madrid entre la continuidad y el cambio: anclado aún en el modelo antiguo demográfico pero con síntomas de despegue poblacional, pervive todavía el trabajo artesanal y se inicia la industrialización ^, mantienen su presencia^ los partidos turnantes de la Restauración aunque comienzan a ofi:'ecer señales de agotamiento, mientras las nuevas ñierzas políticas intentan incorporarse al nuevo marco electoral del sufiragio universal. El sufragio universal en Madrid Las elecciones a diputados en Madrid, en donde las listas de candidatos recogían las figuras mas señeras de las formaciones políticas, nos hablan del desajuste que el sufiragio general produjo en el control del electorado durante los comicios de 1891 y sobre todo en los de 1893. A lo largo de la última década del siglo, la situación irá deteriorándose, como se deduce de los procesos electorales celebrados. En la primera de las fechas mencionadas (1 de febrero de 1891, bajo gobierno conservador de Cánovas), la variedad y el número elevado de candidaturas (un total de diez entre las dos turnantes, conservadora y liberal, dos republicanas, una de coalición y otra zorrillista, la heterodoxa romerista, una socialista y cuatro independientes), supera todas las expectativas y plantea la incógnita de los apoyos financieros a personajes como Isaac Peral (retirado en última instancia por presiones del Partido Liberal) o Felipe Ducazcal, empresario de teatro y compañero de fatigas de Romero Robledo, que se presenta al margen de la candidatura de su benefactor. Por primera vez, la candidatura oficial conservadora no irá encabezada por Cánovas del Castillo y el honor le corresponde a un silvelista, arquitecto de profesión, el marqués de Cubas; otro arquitecto, tres títulos nobiliarios y un conocido industrial madrileño, Carlos Prast, que ya había representado al partido en 1886, completan la candidatura conservadora. El Partido Liberal de Sagasta compone su lista con dos hombres templados del liberalismo tradicional, dos figuras indiscutibles del progresismo liberal, José Canalejas y Segismundo Moret y dos representantes de la vida madrileña como el industrial Joaquín Angolotti, activo promotor de la Cámara de Comercio de Madrid. Romero Robledo, personaje del lobby cubano por su enlace matrimonial con la hija de Zulueta, encabeza candidatura propia, la Liberal Reformista, con su incondicional Alberto Bosch y Fustegueras y otros cuatro personajes relacionados con el mundo de las finanzas o pertenecientes a la Junta Provincial, encargada de elaborar el nuevo censo del sufragio universal masculino. Los distintos grupos republicanos ^ consiguen ofrecer dos listas: una con los progresistas seguidores de Ruiz Zorrilla que irá encabezada por el médico José M^ Esquerdo e integrada, entre otras figuras, por el comandante Emilio Prieto, director de la Correspondencia Militar, que invita al ejército y a los funcionarios a respaldar la oferta electoral a través de sus páginas. Los federales, centralistas y posibilistas conforman coalición, la Unión Republicana, con dos nombres de cada grupo, entre los que figuran Pi y Margall y Salmerón como elementos principales al lado de la representación posibilista del médico Ángel Pulido y Federico Ortiz y López, miembro del Círculo de la Unión Mercantil ^. El partido conservador será refrendado en Palacio, Buenavista y Hospicio y sus bajos porcentajes proceden de Inclusa, Hospital y Audiencia. José Canalejas obtiene casi un empate con el primero de la lista conservadora y sus votos provienen de Centro, Audiencia y Hospital, distritos de heterogénea composición social y sectores de mediana y pequeña burguesía progresista. Los mejores resultados republicanos proceden de Inclusa, Universidad y Latina y son significativos en Centro para Nicolás Salmerón, además de Hospital y Audiencia para el médico José M^ Esquerdo. En todo Madrid los votos conservadores, a pesar de ser los ministeriales, solo aventajan a los liberales en escaso porcentaje y arrojan Elecciones en Madrid en el cambio de siglo una buena calificación republicana en ambas candidaturas, con lo que, de haber ido coaligadas, el resultado espectacular de 1893 se hubiera adelantado. La quiebra del partido conservador, dividido entre canovistas y romeristas, a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta, ñie una circunstancia que aprovechan los republicanos para introducirse en las minorías electorales, a pesar de que el censo elaborado para el primer sufiragio universal deja mucho que desear. Los resultados indican, por otra parte, la dificultad para controlar un electorado urbano movilizado por partidos republicanos, ante las expectativas del nuevo sufiragio universal. Si es que existieron coacciones, y así parecen indicarlo algunas denuncias, la inclinación del voto en Madrid es clara; en muchas ocasiones, «a pesar de ellas» y aunque ningún candidato republicano obtuvo aquí escaño, los resultados generales a nivel del Estado llevaron al Congreso a una treintena de diputados que decidieron construir una Nueva Unión Republicana. El sufiragio universal cataliza el voto emergente de los sectores populares de la zona sur de Madrid y se perfila como el feudo geográfico de la fiítura conjunción republicano-socialista, pero la inclinación republicana del voto en Centro y Audiencia, dibuja todavía la presencia de amplias clases medias identificadas con el proyecto liberal del sexenio. Romero Robledo no consigue imponer a ninguno de sus hombres a pesar de las fijas clientelas del antiguo ministro de Gobernación, e irrelevantes son los resultados del Partido Socialista con una lista que encabeza el tipógrafo Pablo Iglesias acompañada de cinco trabajadores de la construcción^. Los postulados obreristas del partido, la ascendencia de la Internacional bakuninista de Fanelli en el republicanismo federal y la especial idiosincrasia de las clases populares madrileñas, con predominio de organización gremial, mas las dificultades añadidas por la carencia de medios para realizar la campaña electoral, retardarán la implantación del partido hasta el inicio del siglo XX ^. Serán proclamados diputados los seis representantes del Partido Conservador y Canalejas y Moret por el Partido Liberal. La participación general ha subido notoriamente respecto a las últimas elecciones de 1886 celebradas todavía por sufragio censitario y en ningún distrito es inferior al 50 por ciento; Universidad con Hospicio ofrecen los índices mas bajos frente a Congreso que es el mas elevado de Madrid, seguido de Audiencia, con lo que concluimos que el sufragio universal influyó en la movilización del electorado ante la concurrencia de nueve candidaturas, en esta primera consulta de la década final de siglo. Triunfo republicano en Madrid Las elecciones celebradas el 5 de marzo de 1893 consiguen un vuelco electoral en Madrid. El fraccionamiento ostensible del Partido Conservador con la vuelta de Romero Robledo y los puntos de vista políticos de Silvela, radicalmente distintos, traerán la dimisión de Cánovas como Jefe de Gobierno, después de someterse a una votación de confianza en el Parlamento y sufrir los resultados del amplio abstencionismo silvelista. Sagasta configura nuevo gabinete el 11 de diciembre de 1892 y disuelve las Cortes conservadoras el 5 de enero de 1893, fijándose la celebración de elecciones para el 5 de marzo. En esta ocasión, se presentan en Madrid cuatro candidaturas: la Liberal-Dinástica con hombres nuevos del partido, conocidos en Madrid por su participación en la corporación municipal como Cándido Lara y Ortal que volverá a estar presente en las listas liberales de 1898, propietario y uno de los doscientos mayores contribuyentes de Madrid ^^, modelo de nueva biu-guesía especuladora, en este caso utilizando los contratos de limpieza y riego del Ayuntamiento; su fortuna se forjó con el suministro de acémilas del ejército del Norte en la segunda guerra carlista ^^; con él, representantes del Círculo de la Unión como Ramón Elecciones en Madrid en el cambio de siglo Saínz o Federico Ortiz y López, hombre de Castelar a raíz de la integración de los posibilistas en el fasionismo. Los republicanos ofrecen lista conjunta bajo la denominación de Unión Republicana y en ella van los progresistas Manuel Ruiz Zorrilla y José M^ Esquerdo, dos federales y dos centralistas. Por último, se presenta el Partido Socialista con seis nombres entre los que cabe destacar la incorporación del médico Jaime Vera y una Candidatura Católica del mismo número de aspirantes bajo el patrocinio del arzobispo de la diócesis, para agrupar «en un solo haz» las fuerzas católicas separadas de todo partido poKtico ^^. El Partido Conservador se abstiene de participar en la contienda y su presencia en la campaña electoral se limitará a la recomendación de Cánovas a los votantes conservadores para que apoyen la candidatura liberal en Madrid, «porque el triimfo de los republicanos en la capital será el triunfo de la República» ^^. La coalición republicana consiguió imponer los nombres de sus seis candidatos, siendo el más votado José M^ Esquerdo que recibe su apoyo de Inclusa, Latina, Hospital y Universidad, aunque también es significativo el número de votos de Audiencia y Hospicio, mientras ha desaparecido el Centro como bastión republicano. La candidatura liberal obtiene dos actas de diputados y los mejores porcentajes provienen de Palacio, Buenavista y Congreso, seguidos de los de Centro. El júbilo de los resultados electorales se traduce en el triunfalismo de los comentarios editoriales de los periódicos repubUcanos, dando la bienvenida al advenimiento de la República en Madrid que se hará extensiva a todo el Estado, en clara alusión a la idea de que la «toma de la capital» era prioritaria en la estrategia electoral de todos los partidos políticos •^^. La candidatura católica integrista, con menor pero significativo porcentaje en todo Madrid, será refirendada en los distritos ministeriales de Buenavista y Congreso, superados por el de Centro donde serán mas votados. La asociación del catolicismo con el partido conservador preconizado por Süvela, tuvo que conformarse en este caso con la movilización del electorado en pro de im^a candidatura confesional y, a pesar de sus modestos resultados, son el inicio de una militancia expresa antirrepublicana, bajo la bandera de la regeneración política. El número de votos del Partido Socialista es inferior al de la anterior elección y provienen de Inclusa, Hospital y Universidad •^^, siendo Centro, Audiencia y Congreso los distritos de menor votación socialista. Éstos resultados acrecientan las críticas republicanas, al día siguiente de las elecciones: «... Nunca nos ha movido animosidad contra los obreros del llamado Partido Socialista, ni aún cuando con mas saña y mas groseros epítetos han combatido a los partidos republicanos. Hoy, después del fracaso de la candidatura socialista en Madrid, después del ridículo éxito que han logrado quedando por debajo de la candidatura católica, no habíamos de amargar mas aún su derrota con frases de censura... La mayor parte de los obreros han votado la candidatura republicana, y prueba de ello, es que han tomado parte en la votación el 60% de los electores inscritos en el Censo» ^^. La rivalidad por el voto obrero es evidente entre ambas formaciones hasta que aparezcan las futuras candidaturas republicanosocialistas. La denuncia de coacciones electorales se producirá también, en esta ocasión, en dos de los sectores sociales mencionados en todas las consultas. La minoría republicana representada en el Ayuntamiento y en la Diputación Provincial desde 1892, hace pública la presión que ciertos empleados ejercen entre sus compañeros para inclinar el ánimo a votar la candidatura ministerial. Los otros dos colectivos, sensibles a las influencias institucionales, serán los funcionarios de las instituciones de Beneñcencia y las clases pasivas, a las que su Junta Directiva envía una circular recomendando la candidatura ministerial, con la promesa de Sagasta de equiparar los descuentos de sus haberes a los de los empleados activos. Otra forma de engaño a los electores es la falsiñcación de papeletas republicanas en las que se suprime el nombre de uno de los candidatos y se sustituye por el de alguno liberal, mientras un periódico conservador comenta el triunfo republicano con la editorial titulada «El Cunero», aplicando su denominación a los republicanos ^^. Elecciones 1893 Elecciones en Madrid en el cambio de siglo La recuperación del tumo Desde finales de 1894 el gobierno liberal de Sagasta estaba encontrando serias dificultades por el incremento del gasto público que acarreaban los territorios ultramarinos y que inevitablemente repercutían en la opinión pública. El partido había integrado a un sector de republicanos posibilistas y, ante el ataque realizado por jóvenes cuadros del Ejército a las oficinas de redacción de los periódicos «El Resxmaen» y «El Globo», ofendidos por los comentarios vertidos en ellos, Sagasta defiende la libertad de expresión frente a actitudes benevolentes de altas jerarquías del ejército. La Regente le retira su confianza y Cánovas forma gobierno conservador el 23 de marzo de 1895, acordando con Sagasta y la Reina la continuación de las Cortes liberales de 1893 hasta la aprobación del presupuesto económico. Esta curiosa situación se prolongará durante casi un año. Sin embargo, graves incidentes van a producirse de nuevo por la administración municipal a propósito de que Romero Robledo fuese nombrado ministro del Gobierno con dos de sus leales, uno de ellos el ex alcalde Bosch y Fustegueras, causante de la caída conservadora de 1892. El marqués de Cabriñana denunciará públicamente a los administradores mimicipales romeristas por haber intentado sobornarle a propósito de imios terrenos de su propiedad incluidos en un proyecto de ordenación urbana. La imponente manifestación de protesta organizada en Madrid por silvelistas, liberales y republicanos, provoca el cese en el gobierno de los romeristas y Cánovas se apresura a disolver las Cortes ante un posible voto de censura. El Decreto está firmado el 28 de febrero de 1896 y se convocan elecciones para el 12 de abril en medio de un ambiente de expectación ante las graves noticias que venían de Cuba. A la altura del mes de abril de 1896, con el trasfondo de la guerra cubana, el panorama electoral nos habla de crisis profunda de la Monarquía Constitucional. En esta ocasión, la candidatura conservadora en el gobierno, refuerza el carácter nobiliario en el que se funden la vieja y la nueva cuna: tres títxalos como el duque de Bailen integrado en la Liga de Propietarios ^^ que recogía a unas 250 familias, incluido a última hora en las listas, al lado del banquero Benito Rolland dedicado a la adquisición de terrenos para su conversión posterior en rentas inmobiliarias ^^ y el industrial Tbodoro Bonaplata también beneficiario de la gran especiilación del suelo que poseía en la Plaza de Sta. Bárbara, donde, por cierto, tenía también su vivienda, el anterior candidato ^^. Los liberales dinásticos de Sagasta presentan únicamente tres nombres que figuraban ya en 1893; uno de ellos Federico Ortiz y López, tendrá como contrincante a un personaje «independiente», Julio Urbina, marqués de Cabriñana, que se presenta apoyado por un sector del mismo Círculo y por Silvela que aspira a conseguir la consolidación de su Unión Conservadora firente a la ortodoxia Canovista. Es aupado por una prensa sensacionalista que destapa las corrupciones del Ayuntamiento de Bosch y Fustequeras, socio indispensable de Romero y Robledo ^^. Mientras tanto, Silvela reafirma su postura antigubernamental sosteniendo que el conflicto cubano «tiene, a su entender, un aspecto más político que militar». La campaña electoral gris y aburrida destaca por las continuas alusiones a la guerra colonial y sus implicaciones en la estabilidad política, en el turno de partidos, y en última instancia, en la de la Monarquía que sustentaban. Destacamos el siguiente comentario: «la cuestión de Cuba es para España la primera de nuestras cuestiones nacionales... El poder público se encarna en una bien establecida Monarquía y en gobiernos fuertes y duraderos... Ni el soberano, ni sus ministros tienen que preocuparse de vivir un día, una hora, un minuto más» y en días posteriores, pone al descubierto su temor por el posible descrédito de la Corona ante la sangría de la guerra cubana. «No se diga que el retraimiento es im.a protesta contra la obra de la monarquía» ^^. Para asegurar los ocho escaños que a Madrid le corresponden, el Partido Conservador presenta cinco nombres y tres el liberal, siendo proclamados finalmente los ocho como diputados. Ahora bien, si los partidos turnantes pudieron ganar con impunidad se debió, en parte, a la inhibición de las organizaciones republicanas, enfirascadas en luchas internas a la hora de definir desgastadas tácticas y estrategias de lucha, mientras muchos de sus jefes prestaban decidido apoyo a la guerra contra el «separatismo cubano» ^^. Sin embargo, la ausencia de enfrentamientos entre los grupos institucionalizados durante toda la campaña electoral es claro síntoma de la necesidad que tienen ambos para frenar el ascenso de los que iniciaban su andadura política y habían demostrado en anteriores consultas gran capacidad para moviUzar a las masas. El partido del gobierno obtuvo un amplio refrendo con casi el sesenta y ocho por ciento de votos y un porcentaje de participación del sesenta y dos por ciento, el más alto de los registrados hasta la fecha. Acompañado del retraimiento republicano, resulta altamente sospechoso, máxime cuando los mayores índices son compartidos por Latina, bastión popular pero con clientelismo romerista y Palacio reducto gubernamental por excelencia. Los ridículos resultados republicanos y el descenso de votos al Partido Socialista, a pesar de la popularidad y prestigio de sus tres candidatos, indican que las clases populares han seguido la llamada a la abstención republicana ^^, ya que la agrupación socialista madrileña había lanzado un manifiesto condenando el retraimiento electoral a la vez que pedía el inmediato final de la guerra de Cuba, entre otras razones porque la quinta de 25.000 hombres que Cánovas había decretado, pese a que el Capitán General de Cuba afirmaba no necesitar más soldados, con el propósito de provocar una afluencia de reducciones en metálico ^^ centraba toda la atención de una población que se quedaba sin mano de obra en sus hogares. La guerra, mas que las elecciones, tenía también especialmente ocupados a fiíertes sectores coloniales y financieros, tradicionales apoyos del Partido Conservador. La descomposición del partido no sólo era el resultado de la disidencia silvelista. El caciquismo gubernamental es más notable en estas elecciones, incluso en Madrid, en donde el Alcalde presidente impone la obligatoriedad del voto a los ñmcionarios del Ayuntamiento; el control de la capital se realiza además empleando los mecanismos que brinda la ley electoral de 1890, como son los de colocar «fieles interventores en las diminutas secciones en que se ha dividido el distrito único de Madrid» ^^. El doctor Esquerdo, republicano zorriUista que ñie el hombre más votado en 1893, comentando las cifiras electorales, denuncia que el gobierno estaba obUgado a fingir ese resultado escandaloso por razones de interés monárquico para demostrar que el retraimiento acordado por los republicanos no influía en la vida nacional «... Pero con ello, concluía, se ha realizado un flaco servicio a la Monarquía avergonzada de tanto atropello... necesitándose la revolución como única salvación de la patria» ^^. Elecciones en tiempo de guerra Las medidas extremas que el gobierno conservador de Cánovas impuso a propósito de la política colonial y en aras de la permanencia de la soberanía española en los territorios coloniales (presupuestos especiales, envío de soldados, procesos dudosos de anarquistas, realizados por tribunales militares que incluyeron cinco penas de muerte), desembocaron en un clamor de las clases populares por las medidas que atentaban contra los trabajadores. La primera respuesta sería el asesinato de Cánovas en 1897, por la mano de un anarquista italiano y, con su desaparición, se acelera la crisis del sistema. Después de la interinidad conservadora del general Azcárraga, la Regente llama a Sagasta a formar gobierno, tarea que realiza entre el 2 y el 4 de octubre. La campaña electoral pasa a lugar completamente secundario ante el ambiente de guerra y sentimientos ultrapatrióticos que hacia respirar la clase política del Régimen y proporciona a los socialistas un excelente instrumento de propaganda en un momento en que el partido tenía en su organización un total de diez mil federados después del V Congreso de la UGT celebrado en Valencia en 1896. Como Pi y Margall, se oponía a la guerra y censuraba a los anarquistas su activismo y «propaganda de hecho». En la circunscripción de Madrid se presentan para ocupar los ocho escaños del Congreso de Diputados los siguientes aspirantes: Los liberales dinásticos repiten nombres de las listas anteriores de 1896 y 1893, y añaden, hasta un total de cinco, dos significativos personajes de la vida madrileña, relacionados con el Círculo de la Unión Mercantil como Ramón Saínz y Pablo Ruiz de Velasco. El último apellido de una saga de comerciantes (Bonifacio: candidato conservador en 1879 era dueño de una importantísima casa de tejidos en la calle Postas) participará en su fundación, pertenecerá además a la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio, a la Asociación de Fincas Urbanas y a la Cámara de Comercio de Madrid desde donde defendía el librecambismo ^^. Los conservadores de Silvela presentan dos personajes del moderantismo, antiguos carlistas integrados en el partido conservador, pero es de nuevo la candidatura «independiente» del Marqués de Cabriñana, la que fustiga a Romero y Robledo y su grupo cubano con el aval de otro sector del Círculo de la Unión y el de Silvela. Los republicanos tienen dos candidatos, ausentes hasta ahora en las Elecciones en Madrid en el cambio de siglo listas electorales; uno de ellos, el centralista Constantino Rodríguez, era hermano de Gabriel, candidato en 1879, impulsores ambos de la Institución Libre de Enseñanza y dueños de unos conocidos almacenes de curtidos y artículos de tapicería, pagando trescientas pesetas de contribución. En calidad de comerciante local pertenece al Círculo de la Unión Mercantil y también a la Liga de Contribuyentes y Propietarios, siendo concejal en las elecciones municipales de 1887 por el distrito de Centro. Rodríguez Hermanos aparece en la lista de Bancos, banqueros y comerciantes más importantes en 1895 ^^; fue Senador por Puerto Rico y colaboró en la Sociedad Abolicionista. Por el Partido Socialista van los dos candidatos conocidos de anteriores elecciones, Pablo Iglesias y Jaime Vera. La persistente idea que subyace en los comentarios de prensa de la campaña electoral expresa la necesidad de mantener un normal funcionamiento de las instituciones para salvar la prioritaria, la Monarquía, dañada por el interminable conflicto de Ultramar. Bajo esta perspectiva, Carlos Serrano publicó en 1984 un libro en el que expone la sugerente hipótesis en boca de Woodford, a la sazón embajador norteamericano en España, según la cual los ministros de la Regencia preferían «las probabilidades de una guerra, con la seguridad de perder Cuba, al destronamiento de la dinastía» ^^. La suya no es una opinión aislada, ni carente de verosimilitud si recordamos otras visiones historiográficas del Desastre ^^. Los resultados de las elecciones, de confirmación confiesa a través de los datos suministrados por el Ministerio de Gobernación y la prensa coetánea, son los siguientes: el más votado será el cabeza de lista liberal, que obtiene acta de diputado, seguido por los otros aspirantes de partido con apenas cuatrocientos votos de diferencia entre cada uno de ellos. La cifra desciende algo más con el Marqués de Cabriñana, que también es proclamado vencedor con uno de los conservadores y un republicano. Como en las elecciones de 1896, vuelve a repetirse la jugada gubernamental, en este caso liberal, con la proclamación de sus cinco candidatos presentados y añade una variante en las tres actas restantes: el partido conservador obtiene una de los dos nombres presentados, mientras se hace con el sexto puesto el candidato independiente, marqués de Cabriñana, que se había quedado en puertas en la elección anterior, consiguiendo además escaño uno de los dos republicanos. La clave del «anómalo» resultado hay que buscarla en los enfrentamientos internos de organismos influyentes de la vida económica madrileña, como son el Círculo de la Unión Mercantil y la Cámara de Comercio. La lista liberal contiene dos significativos miem-bros de ambas, en especial la del prestigioso Pablo Ruiz de Velasco que representa a un importante sector de todas las actividades económicas de la ciudad, burguesía madrileña dispuesta a competir con las emergentes de la periferia, pronto organizadas en partidos nacionalistas, por el nuevo reparto económico español y mundial que se vislumbraba en el fin de siglo, uno de cuyos síntomas era la guerra que se libraría con los EE.UU. en suelo cubano; igualmente este es el caso del diputado republicano. Frente a su modelo de dirección y orientación económica, otro sector del Círculo opta por apoyar al Marqués de Cabriñana, a quién respaldaba también Silvela, ahora al frente del Partido Conservador, desaparecido Cánovas del Castillo, y en competencia con el activo lobby cubano al que Romero Robledo pertenecía ^^. El Partido Socialista proclama por primera vez que han sido despojados de sus actas representantes de su formación política. A propósito de los atropellos gubernamentales, comenta el periódico liberal-progresista El Imparcial: «No fue grande la animación electoral en Madrid, tampoco parece que haya sido extraordinaria en provincias... Las elecciones no habrían presentado rasgo especial... sin la conducta inexplicable de los agentes del gobierno con los electores de oposición en Vizcaya. Nadie acierta los motivos que hayan podido inducir al ministerio del Señor Sagasta a procederes de arbitrariedad y de violencia, graves siempre y gravísimos en las circunstancias actuales...»^^. «Indiferencia y corrupción», titulaba la editorial de El País a propósito de la jornada electoral ^^, mientras destacaba las responsabilidades de los partidos políticos en cuanto que unos no habían expuesto lo que pensaban acerca de los difíciles problemas planteados y los más habían buscado, por el atajo del influjo oficial, lo que no eran capaces de conquistar por el camino de la opinión pública. «En Madrid el gobierno se desentendió de las elecciones, cuya dirección dejó encomendada al Alcalde, que ha hecho toda clase de esfuerzos para proteger no a los ministeriales, sino a los dos candidatos de la Unión Conservadora...por quiénes ha demostrado el cuerpo electoral un desdén rayano en el desprecio... La Candidatura Republicana no despertaba entusiasmo, ni siquiera cariño. Tenía el pecado de origen de haber nacido para entorpecer la Candidatura Nacional y además ha servido únicamente para aumentar la discordia entre los republicanos. Decididos los más por el retraimiento, la candidatura de fusión ha tenido la virtud de aumentar el número de aquellos con muchos fusionistas. Con los federales que siguen al Sr. Pi y Margall los cuáles, por poderosas razones, no podían votar a esos candidatos. Y lo que ha pasado en Madrid es reflejo de lo sucedido en toda la Nación...». Las últimas elecciones del siglo Las nuevas Cortes se abren el 20 de abril con un mensaje de la Corona en un ambiente de patética expectación. Nadie ignoraba ya que la guerra estaba virtualmente declarada y, ante los graves acontecimientos, serán suspendidas desde el 14 de septiembre junto con las garantías constitucionales, hasta el 20 de febrero de 1899. Sagasta planteará la crisis liberal a la Regente por la disidencia de Gamazo y sus 88 parlamentarios. La Reina encargará a Silvela, nuevo jefe conservador, la formación de gobierno quién se hará cargo del poder ejecutivo el 4 de marzo de 1899, convocándose nuevas elecciones para el 16 de abril del mismo año. La crisis colonial ha dejado también su huella en el edificio de la Restauración. El descrédito y agotamiento del Partido Liberal era evidente después de configurar un Estado liberal de Derecho entre 1881 y 1890. Durante la década de los noventa le tocaría liquidar los errores de una política ultracolonialista al ceder a las exigencias conservadoras y a los voraces intereses de distintos grupos de presión a los que, por otra parte, pertenecían algunos de los cabeza de lista de su propio partido político. Este hecho, sin duda, impidió la necesaria renovación de su aparato ideológico y la avanzada edad de Sagasta abría la lucha por la jefatura del Partido sin alternativa independiente de la oligarquía dominante, con excepción de la inquietante figura de Canalejas ^^. El primer gobierno conservador de Silvela iniciaba su andadura con la convicción de que, contando con las figuras de Polavieja y Duran y Bas en las Carteras de la Guerra y Justicia respectivamente, la orientación descentralizadora permitiese, a través del proceso electoral, englobar el problema catalán a la vez que atraía a la derecha católica, desengañada del carlismo, a raíz del fallido levantamiento dirigido por el marqués de Cerralbo, delegado del pretendiente y con apoyos de sectores del ejército; con esta maniobra, el partido adquiriría una carga integrista y pretendidamente integradora, enarbolando la bandera de la moralidad política «española». Las oleadas crecientes de regeneracionismos, regionalismos y nacionalismos que corrían también por Europa no insertan al naciente movimiento obrero, ni hacen frente a las necesidades sociales que conlleva una actividad económica de mayor vitalidad. Las tensiones entre las Cámaras Agrícolas de Gamazo y Costa, las Cámaras de Comercio que no llegarán a organizarse como partido y el autonomismo catalán, burguesía periférica que pierde mercados ultramarinos y está dispuesta a defender sus intereses sin intermediarios que considera ineptos, cuan-do no nocivos, son claro exponente de unas clases censitarias enfrentadas entre sí, a la vez que intentan contener a la clase obrera. En este ambiente político, se presentan en Madrid dieciséis candidatos a diputados ^^. Los cinco del partido conservador son, en su mayoría, títulos nobiliarios, siguiendo la tendencia de la anterior convocatoria además del villaverdista Mariano Muñoz Rivero. El Partido Liberal lleva tres nombres en la lista: el Conde de Garay, uno de los mayores contribuyentes, dueño de tres casas. Concejal del Ayuntamiento, tres veces Teniente de Alcalde y otras tres Diputado además de Senador, cargo que ostentará posteriormente con carácter vitalicio, además de obtener título nobiliario; le acompañan Joaquín Ruiz Jiménez, Senador, dueño de cuatro casas y Diputado en Madrid y el conocido Ramón Saínz. La Unión republicana ofrece al centralista Constantino Rodríguez, que ha ido ya en 1898, y dos republicanos federales, que «recomiendan ayudar a los candidatos del Partido Socialista» ^^. Esta formación repite de nuevo con los anteriores aspirantes, además de aparecer también un socialista independiente. Atención especial dedican los principales periódicos ^^ a la actuación de las Cámaras de Comercio que acababan de celebrar una Asamblea en Zaragoza y habían hecho públicas sus demandas al nuevo gobierno «Que se les gobierne con acierto y se les administre con fraternal interés. Que la Hacienda entre en orden y los tributos se repartan con equidad. Que no haya presupuestos amañados y que los gastos públicos se reduzcan a la cantidad que la nación pueda soportar sin violencia. Que no se falte al sufiragio para que la corriente sana de los electores vuelva a la vida pública». Uno de sus mas insignes representantes, Ruiz de Velasco que se había presentado en la anterior consulta, se baraja como posible candidato con Ortueta y Ramón Saínz para ser apoyado por los liberales ^^; solo el último aparecerá finalmente en las listas. El gobierno considera que sus demandas son razonables pero generales y pueden ser suscritas por la clase comercial o por cualquier otra de la sociedad española. Respecto a su firme decisión de no aspirar a gobernar sino únicamente a la de «marcar a los gobiernos legal y honradamente el camino que deben seguir para evitar nuevas desdichas» ^^, el Sr. Silvela contesta que sus deseos están llevándose a la práctica por el actual ejecutivo por lo que no considera justificada su desconfianza extensible a todos los políticos, conviniendo en que si bien las Cámaras profesionales no deben ser un partido político, ya que «no hay partidos políticos sin políticos profesionales», sí deben tomar parte en las elecciones, movilizando al electorado y apoyando a aquellos candidatos que acepten sus programas y lleguen a sentarse en las Cortes para «hacer país». Los resultados ^^ confirman la tendencia de anteriores elecciones, siendo proclamados los cinco conservadores con un número de votos similar en todos ellos, y los tres liberales con la mitad de los primeros. Los apoyos mayoritarios para los ocho candidatos provienen de Buenavista. Palacio y en menor medida de Congreso y Audiencia. Los republicanos, que comienzan a igualarse con el Partido Socialista (Pi y Margall y Pablo Iglesias obtienen cerca de cinco mil quinientos en Madrid), son mas votados en Universidad, Hospital e Inclusa. La lenta implantación de los socialistas comienza a ser motivo de atención de la prensa conservadora ^^ y, a pesar de que el independiente Ensebio Blasco merma un puñado de votos a su candidatura, denuncian que «... en Madrid, un candidato socialista debió obtener acta... pero los agentes del gobierno repartieron sus votos a los demás candidatos... Si existiese pureza electoral, el Partido Socialista tendría a lo menos seis representantes en las Cortes». Serán más votados en Inclusa y Universidad. De cualquier forma, y a pesar de los propósitos de Silvela de realizar unas elecciones limpias, movilizando su propio electorado con las nuevas generaciones conservadoras, el abstencionismo en Madrid volvió a alcanzar ciñras superiores al sesenta por ciento y aunque estas nuevas Cortes serían las de «la paz», la amenaza carlista, las díscolas clases medias organizadas en partidos políticos y los desórdenes sociales no parecen conjurarse en este primer intento del regeneracionismo conservador, a pesar de que los grandes de España ocupasen páginas de los periódicos con discursos enaltecedores de la Patria. Las secuelas de la guerra en Filipinas, los haberes de los repatriados y los prisioneros de las islas, coinciden en los titulares de prensa con la noticia sobre el final de la cuestión Dreyfiís ^^. Primeras elecciones en el nuevo siglo La última etapa del gobierno conservador de Silvela, caracterizada por la aprobación de leyes presupuestarias y tributarias y las primeras medidas de carácter social, promovidas por Eduardo Dato en Gobernación ^^ no parecen adecuadas a sectores de la burguesía catalana provocando la dimisión de los ministros catalanes y la conversión de los polaviejistas en catalanistas con lo que, en 1900, el regionalismo político catalán se lanzará por separado a la arena política. Igualmente firacasará el intento de integración liberal, con la presencia en el gabinete conservador del director de «El Imparcial» Rafael Gasset y de García Alix como Ministros de Fomento y de Instrucción Pública respectivamente. Las maniobras militares de los generales Linares, Ministro del Ejército y Weyler, nombrado capitán general de Madrid, sin conocimiento del Consejo, originará la dimisión fulminante de Gasset y Dato y con ella, la caída de Silvela. Durante el ministerio puente del General Azcárraga, el matrimonio de la princesa de Asturias, hermana del rey Alfonso con el hijo de un eminente carlista, concita el problema religioso ante el creciente poder de las órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza y la respuesta anticlerical de las fuerzas políticas, incluido el Partido Liberal. En última instancia, el gobierno llevará a efecto la suspensión de garantías constitucionales y la declaración del Estado de Guerra, restablecidas por el nuevo gabinete liberal de Sagasta y Moret en el mes de marzo de 1901. El gobierno convoca elecciones para el 19 de mayo, con dificultades electorales añadidas, ante el giro inquietante adoptado por el regionalismo de la Unión Nacional de Paraíso y Costa y el alumbramiento del anarcosindicalismo en el campo andaluz y Cataluña a raíz del Congreso anarquista celebrado en Madrid en el mes de octubre de 1900. Los aspirantes a ocupar los ocho escaños que a Madrid le corresponden son los siguientes: el Partido Liberal presenta seis nombres, conocidos algunos en anteriores elecciones y ligados la mayoría a los centros económicos del Círculo Mercantil y la Cámara de Comercio, entre los que cabe destacar a Mariano Sabas Muniesa, que figura entre los mayores contribuyentes de la ciudad, pagando alrededor de seis mil pesetas anuales. Concejal del Ayuntamiento y Primer Presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid; profesor mercantil, se dedica a las finanzas a través de la Banca Muniesa en Preciados 84. Su arraigo en la vida industrial y comercial de Madrid queda claramente expuesta al serle encargado en 1906 el apartado de «Madrid industrial y comercial» para la redacción de la Guía de Madrid'^^. Silvela únicamente ofrece dos candidatos, uno de ellos el villaverdista Mariano Muñoz Rivero que estaba en las anteriores elecciones de 1899. Romero Robledo que preside la Junta Provincial del Censo ^^, confecciona una lista de seis aspirantes bajo la denominación de Coalición Democrática Nacional que él mismo dirige. De nada ha servido el intento de agrupamiento conservador-liberal de finales de siglo: el inicio del nuevo ofrece una lista liberal pura y la ruptura de los conservadores en romeristas y silvelistas. Hasta 1903 no encontraremos configuradas electoralmente las Uniones Monárquicas con candidatura conjunta de conservadores y liberales. De igual modo, seis nombres van por la Coalición republicana, última a la que concurrirá Francisco Pi y Margall, antes de su muerte. La Unión Nacional ^^ tiene en Madrid dos candidatos, Juan Clot y Sebastián Maltrana Novales, éste último conocido como independiente en las elecciones de 1884 en las que reclamaba su puesto en la política ^^, comerciante adscrito al gremio de la papelería, miembro activo del Movimiento Asociativo de Comerciantes madrileños desde los años ochenta, socio del Círculo de la Unión y Presidente del Sindicato de la Industria y del Comercio de Madrid en 1882. Ocupaba igualmente un puesto directivo en la Sociedad de Comisionistas y Viajantes y será Vicepresidente de la Asamblea de Cámaras celebrada en Barcelona en 1904, teniendo el sillón presidencial de la Cámara de Comercio e Industria entre 1905 y 1908 ^^. De nuevo los nombres de Pablo Iglesias y Jaime Vera por el Partido Socialista. Los titulares de prensa comentan los discursos republicanos de candidatos conectados con las Sociedades de Amigos del País que movilizan al electorado en los distritos de Latina, Inclusa, Universidad y Hospicio; la reclamación de Maltrana ante el Ayxmtamiento por las exclusiones del censo de un significativo número de votantes y la posible candidatura de Paraíso, representando en Madrid a la Unión Nacional; finalmente, el destacado dirigente viene a la capital a cerrar la campaña electoral en apoyo de los dos citados aspirantes. La dificultad de configurar la definitiva lista liberal es mencionada en comentarios que aluden a la posible huelga de los ministeriales mientras la declaración del Estado de Guerra y suspensión de garantías en Barcelona con la prohibición de un periódico catalanista en Madrid y la noticia de la huelga de mineros, destacan la tensión social y política que acompaña al período electoral. ^^ La desmovilización y la apatía son, sin duda, los ganadores de esta jornada que obtiene cifras de participación parecidas a las de la anterior de 1899. El panorama político y económico ha repercutido en proñmdidad y el desasosiego de las clases medias les conduce al abstencionismo, mientras los liberales se siguen negando a la entrada en el Parlamento de los socialistas y hubiesen preferido que los regionalistas no llegasen a él. Serán proclamados diputados los seis aspirantes liberales; los silvelistas obtienen un escaño, con cinco mil ochocientos votos para Mariano Muñoz Rivero, mientras los romeristas no consiguen sentarse en el Parlamente por la capital, pues su candidato mas votado, Juan Correcher con cuatro mil seiscientos votos, se queda por debajo de Pi y Margall con cinco mil cuatrocientas cincuenta y casi a la altura de los cuatro mil cuatrocientos de Pablo Iglesias; en cambio tiene acta de diputado José Clot por la Unión Nacional, con seis mil ochocientos votos, en parte por el prestigio y respaldo que acompaña a su reciente cargo al frente del Aynntamiento de Madrid (de 1897 a 1899) ^\ Sin embargo, el fracaso electoral general del partido llevará a la Unión Nacional a abandonar la batalla de las urnas y así, el otro candidato, Maltrana, integrará la candidatura monárquica de 1905 por los liberales. Los comentarios de prensa acerca del transcurso de la jornada electoral no pueden ser mas desalentadoras, con urnas que apenas reunían una treintena de votos y a los que el presidente del colegio añadía unos pocos más, en ausencia de algún interventor republicano; los lázaros resucitan de nuevo en Latina y es Universidad la que ofrece algún altercado de mayor transcendencia, denunciado por interventores republicanos y socialistas «que en este distrito tiene un indiscutible fuerza» ^^. Una vez mas la intervención gubernamental preside estos comicios, influyendo notablemente en sus resultados. El nuevo parlamento de mayoría liberal se abre con un número significativo de minorías, mas divididas que en ningún otro de la Restauración ya que una parte de los llamados independientes son regionalistas de distinta procedencia. Alfonso XIII juraría la Constitución un año después. El estudio de periodos electorales requiere en Madrid atención primordial en dos aspectos derivados del hecho de su capitalidad. La composición sociológica de su electorado y la personal de los aspirantes a diputados, figuras relevantes de la política local pero coincidentes en ocasiones, con representantes notorios de ámbito nacional, debe de tener correspondencia en la confección de listas que combinen ambos extremos. El sector del comercio y la industria, numéricamente significativo en una ciudad especializada en el consumo de amplias capas de la población, pero variado en cuanto a la complejidad de sus negocios, se compone del grupo de ricos comerciantes, concentrado en la Puerta del Sol y aledaños, y el pequeño comercio e industria, diseminados por la geografía madrileña del recinto mas vetusto de la ciudad. Ellos son el claro exponente de que la política de Madrid no es el resumen de la nacional. En el comportamiento electoral del sector se observa una evolución significativa desde sus primeros apoyos al régimen recién instaurado con una amplia votación al partido conservador en 1876 Elecciones en Madrid en el cambio de siglo y en las siguientes elecciones, celebradas tres años mas tarde, la integración en la candidatura conservadora de dos de sus representantes, relevantes por su vinculación con sectores del Círculo de la Unión Mercantil, parecía asegurar una clientela importante durante los próximos años. El inicio de la década de los ochenta vendrá acompañado de los primeros síntomas de desavenencias; el Partido Conservador perfila su lista con hombres ligados a Romero Robledo y son los intereses cubanos los que se afianzan en el seno de su familia. Tampoco el Partido Liberal ofirece un panorama alentador, y en 1881 un significativo comerciante irá acompañado de dos banqueros, un síndico de la Bolsa y el Marqués de Campeo, nobleza caracterizada por la escasa cuantía de sus inversiones en actividades empresariales ^^. La batalla por la supresión de obstáculos para el desarrollo de la actividad mercantil llevará ese año a Gabriel Rodríguez, Presidente de la Asociación Librecambista y al industrial que estaba al fi: ente del Círculo Mercantil, a intentar la representación en el Parlamento a través de su electorado comerciante, ofireciendo una opción alternativa a las dos turnantes, malograda por las maniobras de los partidos institucionales que vaciaron la candidatura mercantil, integrando a uno de ellos en la lista liberal y sin puesto en el Congreso ^^. La misma operación tiene lugar en 1884, dejando a Sebastián Maltrana sin el resto de sus compañeros de lista; ello unido a la drástica reducción del censo que afectó, principalmente a sus asociados, se traducirá en 1886 en el retraimiento de un sector de comerciantes a la hora de apoyar a tres destacadas figuras del gremio, insertos en las candidaturas conservadora y liberal, mientras otro grupo refirendaba las de Coalición Republicana con altos porcentajes en Puerta del Sol y Arenal. El pulso entre élites institucionalizadas y ñierzas vivas locales está en su momento álgido y, probablemente, finito de la negociación fiíe el escaño obtenido por Salmerón en el Congreso. Las elecciones censitarias demuestran en Madrid el pacto permanente de los partidos oficiales con los únicos organismos capaces de plantear batalla electoral, bien desde los partidos del turno o a través de la oposición republicana. Ese año se creará la Cámara de Comercio e Industria de Madrid que en unión de otros organismos de representación económica, como el Círculo de la Unión Mercantil será polo de atracción de importantes intereses y lugar de permanentes enfirentamientos a las decisiones gubernamentales procedentes de presiones oligárquicas y monopolísticas. El acuerdo es posible gracias a la diversidad de los componentes del sector y a su especial idiosincrasia, entre el paternalisme gremial y el miedo a los excesos revolucionarios vividos durante el sexenio. Al llegar a la década de los noventa, la eclosión del voto popular refrendará a la coalición republicana entre la que estaban incluidos los intereses del grupo a través de Federico Ortiz y López, candidato republicano en 1891. Por otra parte, la lista liberal de ese año ofrecía en Madrid lo mejor del progresismo integrado en sus filas, como son las figuras de Canalejas y Moret ligadas a los centros culturales de la villa que, como el Ateneo, eran también «escuela de diputados de esa minoría liberal llamada a servir de pilar del sistema constitucional» ^^; incluía asimismo una figura liberal tan representativa de los intereses comerciales como Joaquín Angolotti y Merlo que presidía la Cámara de Comercio de la que había sido uno de sus promotores,.además de ostentar el cargo de Director General de Hacienda en el Ministerio de Ultramar, ser diputado por la provincia de Puerto Rico y consejero del Banco Hispano Colonial hasta su muerte, dos años mas tarde. A partir de ese momento, el temor al desbordamiento de las bases electorales, difícilmente conjugable con su programa, llevará a integrar a Federico Ortiz con otra figura significativa como Ramón Saínz en la candidatura liberal de 1893, a raíz de la integración del republicanismo posibilista de Castelar en el fusionismo; el refrendo electoral a la lista liberal se vuelve unánime como demuestran los resultados obtenidos en la Puerta del Sol a favor de los candidatos. Pero otros intereses, los antillanos, priman en las esferas de poder y los representantes de las fuerzas vivas de la villa, no identificados con ellos, comenzarán a fraguar alternativas políticas al margen del turno institucionalizado, aunque el Partido Liberal intenta mantener las bases electorales de estas clases censitarias, ofreciendo a las mencionadas figuras hasta el final de siglo, con Pablo Ruiz de Velasco en la de 1898, sin olvidarnos de Mariano Sabas Muniesa, que estaba en las de 1901, mientras otros representantes de la vida económica madrileña integrados en el Círculo, optarán por la alternativa republicana de Constantino Rodríguez en las dos últimas elecciones del siglo, en momentos especialmente delicados, tanto para el Partido Liberal, como para el edificio de la Restauración ya que, en plena crisis colonial, las Ligas Agrarias de Gamazo le dejaban sin apoyo en el Parlamento y algunas clases medias madrileñas aspiraban a hacer oír su voz, en liz con las burguesías periféricas, al margen de los partidos del turno. Es la hora breve de la Unión Nacional madrileña cuyos nombres terminarán integrando candidaturas de las Uniones Monárquicas, opción conjunta de los partidos institucionales, bien por los liberales, como el citado Maltrana, o en nombre del Partido Conservador. El progresivo desencanto de amplias capas sociales cuyas aspiraciones no coincidían «con los lindes de los partidos que favorecían una reforma social moderada, porque compartían la creencia en la función ética del Estado...» ^^ desembocará en su inhibición ante el poder al no ser éste capaz de hacerlas partícipes de él. La proposición de Ley presentada por los diputados a Cortes de la provincia con el respaldo de los afiliados a la Cámara de Comercio, entre cuyos firmantes se hallaba el conocido Ramón Saínz, para exigir de la corporación municipal una retirada del impuesto de consumo en 1897 y 1898 ^^ es ejemplo ilustrativo del Madrid parlamentario del periodo analizado. Este hecho pone de relieve la importancia extrema del Ayuntamiento de la ciudad, foro de contiendas entre los organismos representativos de la «Villa», que pugnan por emerger, y una Capital que le utilizará como plataforma de lanzamiento a otras esferas de poder mientras afianza sus fortunas, en gran medida provenientes de la desamortización, con el afán de integrarse en la ansiada élite especulativa. Los componentes de este grupo irán en las listas de los partidos institucionales, en el Partido Conservador desde el principio y en el Liberal después, muchos de ellos ligados a los fabulosos negocios antillanos que ampliarán sus beneficios a través de los sillones del Parlamento, imponiendo las directrices del gobierno y serán los distintos intereses de las diferentes familias que configuran los partidos políticos los que tendrán en el Ayuntamiento uno de los escenarios de pugna. El presidido por el marqués de Cubas iniciará una investigación de la gestión de su antecesor, el conocido romerista Bosch y Fustegueras que le costará la jefatura de Gobierno a Cánovas; el inicial episodio de la batalla de Silvela por afianzarse en el partido frente a Romero Robledo, se consolidará a propósito de las elecciones parlamentarias de 1896 y 1898 en Madrid, a través de un extraño personaje, el marqués de Cabriñana que presenta su candidatura como independiente, quedándose a las puertas del triunfo en el primer intento hasta que consigue acta de diputado en la segunda ocasión. Es la carta silvelista en el momento de reorganizar el partido bajo su jefatura y preparar la alternancia de Sagasta bajo la bandera de «regeneración nacional». El relevo generacional que, en la década de los noventa, se producirá en el interior de las familias liberales dejará a Santiago Ángulo fuera del encasillado de los diputados, procurándose el retiro en la alcaldía de Madrid. El grupo de jóvenes liberales que conforman las listas de esa década se mueven entre los negocios especulativos municipales y el afán de control de los díscolos organismos que, como el Círculo o la Cámara, daban muestran de desapego. Buena muestra de la mentalidad que conforma los objetivos de algunos de los candidatos será el hecho de que, viviendo en Madrid, han conseguido establecer su cacicato fuera de la capital obtenido en el trasiego desamortizador y pertenecen a uno de los sectores que condicionó la vida política madrileña de esa época, el de los propietarios del suelo y sus pingües beneficios especulativos, obtenidos con los planes de remodelación del espacio urbano, motivo de la denuncia de Cabriñana en 1898 y que provocará en Madrid la gran manifestación de «hombres honrados». Afincados en el Ayuntamiento, dictarán normas que expulsarán paulatinamente a amplios núcleos de población fuera del recinto de la villa. Fuertes monopolios industriales y comerciales, intereses especulativos de la Banca y el desarrollo urbanístico del suelo alejan lentamente a las bases electorales de unos partidos institucionales en los que no creen tener cabida. Emilio Valverde: Plano y guía del viajero de Madrid, Madrid 1885, p. Ante una población incrementada en 116.760 habitantes respecto al censo de 1877, el número de electores ha aumentado en sólo 12.214 en relación a las anteriores elecciones de 1876 celebradas también por sufragio universal, lo que hace suponer que más de una reclamación quedó sin atender a la hora de confeccionar las listas. La manipulación del censo es una constante habitual observada en todos los comicios. ^ En el distrito de Hospital tiene fijada su residencia Fernando Corradí, propietario y candidato moderado en 1876 (calle Lope de Vega, 45), Guillermo Escriba de Romaní (C/. Atocha, 36) y Romualdo Céspedes (C/. Magdalena, 4).' * Viven en ellas José Cánovas del Castillo (C/. Horno de la Mata, 16), Manuel Tamayo y Baus (C/. Horno de la Mata, 7, en las proximidades de Arenal, Antonio Cánovas del Castillo (C/. Fuencarral, 4 hasta su traslado a la ñnca de la Huerta, a raíz de su boda con Joaquina Osma), Juan Utrilla, candidato independiente de 1876 y Teodoro Bonaplata, candidato conservador en 1896, el primero en Plaza de Santa Barbara, 2 y en Habana, 5, el segundo. La sección de Escorial alberga algún rico comerciante, como el industrial chocolatero Matías López y López (C/. Sorprendentemente aparecen mas infladas en el periódico conservador La Época 5 de marzo con un total de 159.640 votos republicanos. Ello induce a aceptar la tesis de los que ven en el triunfo republicano de Madrid una complicidad conservadora, empezando por su inhibición electoral, en aras del descalabro del Partido Liberal. 2^ Carlos Serrano, «Final del Imperio. ^1 El 23 de junio de 1898, Romero Robledo exigía al Gobierno en el Congreso la defensa de los sagrados intereses de la Patria, llevando a cabo una guerra a la desesperada. Diario de Sesiones del Congreso, pp. 1652 a 1654, en García Escudero, José M^: «De Cánovas a la República». «Colección de documentos referentes a la escuadra de operaciones de las Antillas ordenados por el Almirante Cervera». Dicha colección había podido ser publicada por D. Pascual Cervera y Topete, el 30 de agosto de 1899, al perder su carácter secreto. Muestra la subordinación y aceptación de un deber impuesto con disciplina y lealtad. Véase, asimismo, Alberto Risco, P.: «Apuntes biográficos del Excmo. Rodríguez Martínez, Félix: «Los desastres y la regeneración de España». ^2 Buen ejemplo de ello es que la escuadra de Cervera llevaba cinco cruceros auxiliares facilitados por la Trasatlántica. La Compañía era propiedad del marqués de Comillas como concesión de Romero y Robledo desde el gobierno. El Marqués estaba emparentado con los Güell y Ferrer y compartían con los Girona la hegemonía
Es precisamente a finales de siglo cuando se aprecia un incremento sustancial en ambas estructuras comenzando lo que hemos denominado el tránsito hacia la mayoría de edad que, creemos, se adquiere tanto por el socialismo como por el movimiento obrero español en general en la segunda década del XX ^. ¿Cuál había sido el desarrollo del socialismo madrileño dentro de esta evolución? El tejido asociativo del Madrid de finales de siglo no era muy amplio ni tupido en cuanto a organizaciones propiamente obreras y, dentro de ellas, menos a las dedicadas a la resistencia. En todo caso en tal panorama, el asociacionismo socialista venía pugnando por adquirir un protagonismo que sólo con el cambio de siglo iba a ser determinante. Es, por demás, conocido el papel relevante de los fimdadores madrileños en el inicio del socialismo español: Desde la escisión de la P Internacional, 1873, hasta la creación del primer núcleo del partido, 1879; en las negociaciones de los primeros programas con los societarios catalanes, 1880-82, y su enfi:-entamiento a las tácticas anarquistas; al aglutinar después a los grupos dispersos a través de un semanario. El Socialista, 1886, hasta conseguir constituir un partido político y una Unión sindical, ambos de ámbito nacional, 1888, por muy exigua que fiíese su implantación... ^. No insistiremos, aquí, en tales temas. Nos centraremos en algo que suele ser menos conocido: al par que realizaban las labores descritas, ¿cómo les ñieron las cosas en el ámbito concreto de la capital del Estado? Realizaremos tal aproximación en torno a un indicador poco utilizado: la capacidad de creación de Centros Obreros y su mantenimiento. A través de los Centros podremos ir dibujando ese largo trayecto recorrido en la recluta de adeptos. Desde el no muy gran éxito obtenido en sus primeros años, hasta el inicio de tiempos mejores en las postrimerías del siglo. El periplo iba a ser largo. En sus prolegómenos podemos considerar aquella reducida habitación, alquilada por 15 pesetas, en un tercer piso de la calle Salitre, donde uno o dos armarios, algunos bancos y una mesa componían la sede de una Asociación del Arte de Imprimir que desde 1874 pasaría diferentes vicisitudes: afirontar una situación de recesión de afiliados; vender la imprenta cooperativa y reactivar la caja de resistencia... Es decir iniciar un proceso de consolidación como sindicato reivindicativo y solidario que pasaría por recuperar la afiliación y luego afianzarse. Con momentos culmen como cuando, en junio de 1880, se aprobaba -no sin reñida pugna-el envío de 1.500 pesetas de sus arcas a los tipógrafos huelguistas milaneses ^. Dos ideas básicas subyacen en este texto. Los años 1900-1904 marcan el inicio en España de un proceso sistemático de promulgación de textos normativos en materia laboral y de creación de instituciones y cauces para su aplicación. Es decir, comienza el intervencionismo legal del Estado en la cuestión obrera. Coincidiendo con el cambio también se detecta, en el movimiento socialista español en general y en el madrileño en particular, la cristalización de una estrategia reformista coincidente con el inicio de un significativo despegue en cuanto a su implantación. A la puesta en relación de ambas cuestiones dedicaremos las siguientes páginas. Notas sobre el socialismo madrileño Partamos de algunas consideraciones genéricas. Es sabido que el socialismo español en su doble vertiente política y sindical tuvo un desarrollo muy precario durante el XIX ^. Como hemos descrito en otro lugar, el lento tejer y destejer de núcleos del PSOE conlleva el que de las 22 agrupaciones existentes en el Congreso ñmdacional se llegue a fin de siglo con 53 ^. El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. Pequeño espacio el de esta sede que era testigo de todo un gran vuelco: una organización obrera transitaba de una visión armonicista prevalente, a la solidaridad en el conflicto de clases. Y lo hacía pilotada por un granado equipo de personas procedentes en gran parte de la proscrita Internacional, cuya dirección asumía un joven tipógrafo llamado Pablo Iglesias. Los Sedaño, Gómez Latorre, Nafarrete, García Quejido, Bermejo y algunos otros que, al par que reorientaban un sindicato, fundaban en la clandestinidad, en 1879, el primer núcleo del futuro PSOE y seguían en su mayoría en activo en ambas estructuras a ñnales del XIX. Esos mismos dirigentes se habían de plantear en 1882 la búsqueda de nueva sede para un Arte consolidado en torno a los 1.000 afiliados y algunas pequeñas asociaciones -carpinteros, trabajadores en hierroque nacían al calor de la huelga tipográfica mantenida ese año. Se ubicarían en un principal algo más espacioso que, por doble precio que el anterior, se alquilaba en la calle Amor de Dios., Serían años de paciente y continuada actividad. Discusiones con el anarquismo en las Escuelas Pías de San Antón a fines de 1883 y principios de 1884. En ellas habrían de emplearse a fondo Abascal, García Quejido, Aparicio, San Miguel, Gómez Crespo y, por supuesto. Iglesias, contendiendo en torno a qué organización debía adoptar la clase obrera para su emancipación. Mayor trascendencia a la opinión pública tendrían sus informes orales y escritos ante la Comisión de Reformas Sociales, 1884-5. Actuaciones como las de Quejido y Gómez Latorre, también las de Abascal, Sedaño, Pauly, Nafarrete, Serna o Perezagua por las entidades sindicales junto a la de Iglesias en nombre del partido, tendrían amplia resonancia. Como ya indicamos hace tiempo, para el corto número de adeptos sobre los que influía, el socialismo madrileño había sabido rentabilizar las informaciones obreras actuando con unidad y método' ^. Asistimos, pues, a las primeras salidas a la luz, de forma constante, de los líderes socialistas en su vertiente de críticos del sistema, organizadores sindicales y competidores de otras opciones obreras, como el anarquismo. Su papel se verá reforzado por el traslado obligado del Comité Central de la Federación Nacional Tipográfica de Barcelona a Madrid en diciembre de 1884. Al año siguiente, Iglesias con García Quejido se responsabilizarían de dicho Comité y de la organización tipográfica a escala nacional ^. Y es precisamente al final del 85 cuando se producirá un hecho que marcará drásticamente el futuro. Nos referimos a la huelga de la Casa Ribadenejrra en Madrid. La derrota obrera provocará una amplia diaspora de tipógrafos socialistas en busca de trabajo por toda España: Alarcón, Quejido, Alvaro Ortiz, Abascal... Su emigración significaría un amplio impulso a la implantación de las estructuras sindicales y del partido en diversos lugares. Aunque, para el caso madrileño, fuese a corto plazo una dura sangría, máxime en un momento en que se buscaban nuevos horizontes en otra sede -por 83 pts. mesen la calle Jardines 32, piso 1°. No obstante, los oficios asociados en la nueva sede, se verían pronto apoyados por un semanario, El Socialista,1886, que aún residiendo, como la agrupación socialista, fuera del Centro, eran propiedad de accionistas que también estaban afiliados a sus sociedades. El periódico iba a tener un papel fundamental en el desarrollo de un socialismo que acababa por configurarse con la constitución definitiva del PSOE y la UGT, en agosto de 1888 y su vinculación a la IP Internacional en el Congreso fundacional de Paris del año siguiente con la consiguiente entrada en la dinámica de los 1°^ de mayo ^. La escala del socialismo madrileño obviamente iba en aumento y parecía llegado el momento de abandonar la etapa de sedes en pisos o locales en alquiler donde ubicar las secretarías de las sociedades. En 1892 la situación se vivía ya como angustiosa. Tras los efectos de los 1° de mayo, en el local de la calle Jardines no cabían las sociedades existentes. Pese a que los trabajadores en hierro y los doradores tenían su sede fuera, la decena de secretarías allí ubicadas se hallaban hacinadas en reducido espacio... Las doce sociedades más el Montepío de Tipógrafos y el Comité Central Tipográfico necesitaban nuevo espacio. Tras amplia búsqueda por todo el Madrid popular, la solución se hallaría en la misma calle Jardines. En el n° 20, se había detectado la existencia de dos locales -el principal derecha y el izquierda. Si ambas piezas se unían podría diseñarse un nuevo Centro. La aquiescencia del casero se tenía. Sólo quedaba derribar y mover tabiques, con el trabajo gratuito de los albañiles asociados. El empapelado posterior sería cosa de los decoradores. Los carpinteros se afanarían en levantar un estrado y construir los bancos para el salón de reuniones... El primer Centro Obrero digno de tal nombre, se inauguraría, así, en julio de 1892 ^^. En setiembre ya servía de sede a im Congreso obrero de ámbito nacional: el VI° de la Federación Tipográfica. Dos años después, se desarrollaría allí el IV° Congreso del PSOE, primero de los celebrados por el partido en la capital de España. Allí permanecerían hasta noviembre de 1898, en que otra vez por desbordamiento de efectivos, habría un nuevo cambio. El Centro de Sociedades Obreras pasaba a radicar entonces en la calle de la Bolsa, 14 principal. Aunque el proceso de fuerte crecimiento del asociacionismo iba a hacer que su vida fuese efímera. Al año, los sociaUstas contaban con más de 10.000 trabajadores asociados en su esfera de influencia -6.500 ya en la UGT-véase cuadro n° 1, y la expansión del asociacionismo no hacía sino comenzar. Este somero recorrido por la historia de los Centros Obreros, permite observar el salto de magnitud en el socialismo finisecular madrileño. Era un fenómeno apreciable en todo el país, como ellos mismos constataban con esperanza, a comienzos del 99: «Hasta aquí las ñierzas El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. socialistas han aumentado con mucha lentitud; a partir de este año crecerán rápidamente» ^^. Y ciertamente, sería en 1899, sobre todo una vez restablecidas las garantías constitucionales y levantado el estado de guerra vigente en todo el país, cuando el crecimiento se aprecie de forma muy significativa en toda España. Y dentro de esa onda expansiva del movimiento obrero organizado en general, el socialismo madrileño era, como hemos indicado, por su magnitud un caso relevante. Algunos oficios de la capital de España despegaban de forma drástica. Iniciaba así una trayectoria que le haría ser el alma mater de la constitución del siguiente Centro Obrero ya en propiedad que sería la Casa del Pueblo en 1908 ^^. Pero esa es ya otra etapa del asociacionismo madrileño, inmersa a su vez en una no menos novedosa andadura del socialismo español que superaba la fuerte crisis de afiliación de los años 1906-7 e iniciaba su definitivo despegue. Retornemos a nuestro final de siglo. En 1899, al par que se daba, como hemos dicho, el arranque de los crecimientos significativos, un nuevo hecho revalorizaría aún más el papel de Madrid en el sindicalismo socialista. La ubicación en Madrid del Comité Nacional de UGT La doble estructura -sindical y política-del socialismo, había cristalizado desde sus inicios en una dualidad de sedes de sus órganos rectores. El Comité Nacional del PSOE radicaba en Madrid y el de la UGT en Barcelona. Tal situación variaría, sin embargo, en 1899, cuando el VI Congreso de UGT acordaba el traslado de su Comité Nacional a la capital de España. Los delegados que tomaban tal acuerdo por práctica unanimidad no desconocían, sin duda, la cualidad de Barcelona como centro industrial por antonomasia en España y, por tanto, en teoría, el lugar más idóneo para la residencia del órgano rector de una central obrera. De hecho, allí habían radicado su sede fimdacional manteniéndola en sucesivos congresos. Pero a la altura de fin de siglo difícil era no aceptar, como habían afirmado los Forjadores y Martilladores de Vizcaya, que Madrid había devenido «el punto más conveniente para dirigir la organización obrera». Porque en un momento de despegue de la central socialista, su Comité Nacional debía tener una infiraestructura de apoyo de cierta solidez para poder gestionar el sindicato con unos mínimos de efectividad, y en Barcelona éstos comenzaban a escasear. Cotizando a la UGT sólo había, en los momentos del VI congreso, 759 afiliados en la provincia de Barcelona, cifi:'a que en febrero del año siguiente descendía a 706. De ellos, sólo cinco sindicatos con un total de 155 afiliados en la capital donde venía residiendo el Comité. El socialismo barcelonés, por otra parte, no sólo era exiguo, además estaba dividido ^^. En la capital del Principado había dos Centros Obreros de advocación socialista y dos organizaciones del partido con duplicidad de liderazgo. En la situación en que la Unión se hallaba, el lugar más idóneo para el Comité Nacional era a todas luces la capital de España, tanto por el elevado número de afiliados -^recordemos que a poco de finalizado el congreso, Madrid contaba con 6.500 afiliados-, como por los cuadros disponibles. De variar la situación, en próximos congresos cabía modificar la decisión. Y la situación variaría..., pero en la línea de imi deterioro progresivo de la implantación socialista barcelonesa a la par que Madrid se constituía en el bastión más importante de afiliación ugetista. Como ya hemos indicado, la expansión del asodacionismo -^más de 10.000 afihados a la UGT-obHgaba, en enero de 1900, a la búsqueda de un nuevo Centro Obrero en la calle Relatores. Madrid contaba entonces con el 69% del total de efectivos de la central sindical. En Relatores, se ubicaría también el nuevo Comité Nacional elegido tras el Congreso, formado por P. Iglesias, presidente; Vicente Barrio, fontanero, vicepresidente; M. Gómez Latorre, tesorero; Baldomero Huetos, vicetesorero; Antonio García Quejido, secretario; Cipriano Rubio, albañil, vicesecretario. El Comité se iría complementando con un vocal elegido por cada sociedad madrileña afiliada. Entre ellos, por los estuquistas, estaría Francisco Largo Caballero, que en noviembre sustituía como vicetesorero a Huetos. TDdos los citados pertenecían al PSOE. Cuatro de ellos (los tipógrafos Gt5mez, Iglesias, Huetos y Quejido) desde la época de fundación del partido y de transformación del Arte de Imprimir, veinte años antes. Dos compartían su presencia en los máximos órganos de partido y sindicato -Iglesias y Largo Caballero-, y otros dos -Quejido y Gómez-dejaban cargos en el Comité Nacional del PSOE para asumirlos El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. La imbricación de personas en ambos organismos era patente. Con posterioridad, como es sabido, seguiría siéndolo ^^. El asociacionismo madrileño estaba, pues, en expansión y añadía en sus líderes la representación poKtica y sindical nacional del socialismo. Planteamientos y actitudes del socialismo finisecular madrileño Aunque los objetivos últimos del socialismo eran la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la instauración de una sociedad sin clases, desde sus primeras declaraciones doctrinales, el PSOE establecía la reivindicación de diversas reformas políticas y sociales consideradas como necesarias para el logro de sus aspiraciones últimas. Entre ellas, algunas remitían a la necesidad de su establecimiento por ley. Así, en el programa constituyente del partido (1888) figuraban, entre las políticas, los derechos de asociación, reunión, o el sufragio universal... y, entre las sociales, la jornada legal de ocho horas, la prohibición del trabajo de los niños, el salario mínimo legal e igual para trabajadores de ambos sexos... ^^ Recordemos también que, desde su fundación, la obtención de legislación laboral se decantaba asimismo como elemento central del sindicalismo ugetista. Según los dos primeros artículos de sus estatutos, el «objeto» fundamental de la UGT -organizar la clase obrera y luchar por mejorar sus condiciones de trabajo-habría de lograrse «apelando a la huelga bien organizada y recabando de los poderes públicos cuantas leyes favorezcan los intereses del trabajo, tales como la jornada de ocho horas, fijación de un salario mínimo, igualdad de salario para obreros de uno y otro sexo, etc.» ^^ Los sindicatos, según los socialistas, podían conseguir mejoras en determinadas ocasiones y circunstancias, fuese por la presión de la huelga o por la negociación, si ésta era posible. Pero, para generalizarlas a todos los trabajadores o para que no se perdiesen en un futuro ante una adversa relación de fuerzas, era necesario que las mejoras cristalizasen en leyes y que se impidiese a los patronos conciilcarlas. Junto a la acción sindical, pues, había que «acudir al terreno político.» De la solidez de tales principios da muestra el que, aunque desconfiasen de que existiese voluntad de afrontar reformas por los gobiernos de la Restauración, las dos primeras campañas emprendidas por los socialistas madrileños, 1885-7, con pretendido ámbito nacional, fueran precisamente ligadas a la obtención de legislación social. La primera de dichas campañas la iniciaba el Arte de Imprimir para conseguir la aplicación de la única ley laboral por entonces vigente -^la Ley Benot sobre el trabajo de los niños-^^. En agosto de 1885 dirigían en tal sentido una solicitud a todos los dueños de talleres tipográficos y de encuademación y a las empresas periodísticas. En septiembre repitieron el envío. Con los datos que tenían, presentaron denuncias contra varios industriales en los juzgados municipales. Aún darían otro paso. El 22 de diciembre se entrevistaban con Montero Ríos, ministro de Fomento. Este les prometió ocuparse de inmediato del asxmíto. También el gobernador civil de Madrid daría la callada por respuesta. La Comisión de Reformas Sociales, por su parte, contestaba con evasivas: «Era un tema planteable». Agotados estos cauces, el Arte explicaba en un mitin su fracaso y elevaba el 25 de abril del 86 una exposición al presidente del Consejo de Ministros. Al escrito se adherían importantes entidades obreras catalanas: el Centro Obrero de Barcelona y otras 22 sociedades de aquella ciudad y sus contornos. El 21 de mayo, representantes de varios sindicatos entregaban a Sagasta la exposición con las firmas de las sociedades que las apoyaban. Sagasta prometió ocuparse del asunto y... nunca más se supo. Los socialistas habían mostrado, trámite a trámite durante casi un año, el nulo interés de las autoridades por aplicar una ley vigente. De ahí que no se alarmasen por el fracaso de su segunda campaña, al año siguiente, en pro de im.a ley que impusiera las ocho horas como jornada de trabajo pese a seguir teniendo amplios apoyos catalanes ^^. Dos campañas que no obtendrían éxito, dada la parvedad numérica del socialismo entonces, a la que se unía la total desidia, cuando no rechazo, de las fuerzas políticas democráticas y republicanas de la época y el desinterés del Estado por la aplicación de la ley vigente o por el planteamiento de la que, con carácter nuevo, se pedía. Lejos de cambiar de estrategia, los socialistas se reafirmarán en mantener la acción sindical y la lucha por la legislación social como elementos complementarios en un proceso más o menos largo en función de la capacidad de presión obrera que se fuese obteniendo. Nada tiene, pues de extraño que tanto PSOE como UGT apoyasen desde sus inicios las manifestaciones del 1 de Mayo, en los términos fijados en el Congreso de 1889 en París, del que surgía la II Internacional Socialista. El objetivo de tales manifestaciones era claro: que «los trabajadores emplacen a los poderes públicos ante la obligación de reducir legalmente El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. a ocho horas la jornada de trabajo y aplicar las demás resoluciones del Congreso Internacional de París». Los socialistas españoles, para cumplirlo no tenían más que ampliar retocando su propio programa reivindicativo. La efemérides se entendía desde un principio, para los socialistas, como una forma de «presentar ante los ojos de la burguesía el inmenso ejército obrero que ha tomado por bandera la jornada legal de ocho horas y las otras resoluciones» del Congreso de París. De ahí que fuese conveniente facilitar a todos la participación en el acto. Allí donde hubiese fuerza se realizaría el mismo 1 de mayo. Donde, por las causas que fuere, no fuese posible, la festividad más próxima. En tal planteamiento, lo primordial no era la huelga, sino dirigirse al Estado, en demanda de una serie de leyes que favorezcan a toda la clase obrera. De ahí, su oposición tajante a intentar que los 1° de mayo se tradujesen en intentos de huelgas generales al modo anarquista. Con el transcurrir del tiempo, la propuesta socialista -manifestación y peticiones pacíficas-acabaría imponiéndose a otras opciones. Pero en algunos lugares, -^y este es el caso de la capital del Estadotriunfaba desde su inicio. En Madrid, el domingo 4 de Mayo de 1890, unos 2.000 trabajadores asistían, en el Liceo Ríus, al mitin presidido por Gómez Latorre y Antonio Torres, con Huetos y Cermeño, como secretarios. Todos ellos tipógrafos en representación del Comité local de la Agrupación socialista. Los oradores sindicales serían José Villares por El Porvenir, de los trabajadores en hierro, Hipólito González por La Unión, de los de la madera, Saturnino González por los albañiles de El Trabajo, Juan J. Morato por el Arte de Imprimir, F. Diego por el Montepío de Tipógrafos, José Castillo, por los Curtidores. Cerraba los discursos Pablo Iglesias en nombre de la Agrupación. Tras el mitin, unos 30.000 manifestantes acompañaban el cortejo, presidido por Iglesias, a entregar en la Presidencia del Gobierno las peticiones obreras para su traslado al Parlamento «para que fuesen traducidas en leyes». Era, desde luego, xm. primero de muyo relevante por muchos motivos. Entre ellos el de la manifestación. A partir de 1891, la dura actitud represiva de los sucesivos gobiernos conservadores y fusionistas, llevaba a la prohibición estricta de las manifestaciones del 1° de mayo en la calle. En años siguientes, los socialistas iban a ir creando un patrón de actuación prontamente perfilado: Cese del trabajo, si había fuerza suficiente. TVaslado de la conmemoración al festivo -domingo-más próximo allá donde no hubiera fuerza como para cesar el trabajo el nnsmo uno ^^. Aimque, pronto, siguiendo las directrices de los Congresos internacionales se insistiría en la conveniencia de celebrarla el mismo día 1°, dándole carácter de Fiesta. Actos en locales públicos, en función de las posibilidades. En Madrid, pronto se añadían las idas y venidas por los paseos de la ciudad -el del Prado, por ejemplo-en pequeñísimos grupos con un lazo, obviamente rojo, en la solapa y, luego, las celebraciones en el campo, dada la prohibición gubernativa de manifestaciones, hasta 1903 en que, por conjunta actuación de partido y sindicatos, conseguirían imponer el derecho de manifestación en la calle ^^. Y junto a esto, o más bien arropándolo, acrecentamiento del carácter cada vez mayor de Fiesta del Trabajo o de la Paz con la puesta en pie de actividades que en más de una ocasión acabarán generando tradiciones de amplia aceptación y largo alcance. Por ejemplo, las meriendas madrileñas en el campo, la Fuente de la Teja, donde tortillas, arroces, chuletas... comidas al son de organillos, gaitas y guitarras fueron práctica iniciada por los panaderos y rápidamente asumida y trasformada en tradición colectiva por el resto. La actitud y comportamientos de los socialistas madrileños y/o españoles no divergía en esto de los de sus correligionarios de otros países con quienes estaban en estrecha vinculación desde el principio. Tampoco se diferenciaban grandemente en sus anhelos de construcción de un sindicalismo de servicios que sirvisiese para disminuir o paliar la situación de precariedad en que se hallaban los trabajadores en un país carente, por entonces, de legislación social alguna. A tal impulso obedecían iniciativas madrileñas como la constitución de la denominada Aglomeración Cooperativa Casa del Pueblo ^^. La idea se planteaba a finales del 97. Bajo la fórmula de cooperativa obrera -sustentada por las sociedades del Centro-, se buscaba impulsar la acción socialista, al ejemplo de otros correligionarios como los belgas. La concepción era ambiciosa, se pensaba en abordar todo tipo de servicios contando con los medios que surgieran de la práctica de la cooperación de consumo y de las utilidades y beneficios que ésta pudiera proporcionar. Entre los servicios que podrían ponerse en marcha se contaba, por ejemplo, con los de asistencia facultativa médica o los de instrucción, entre otras cosas con escuelas para niños.... Un programa muy detallado y pergeñado con personas capacitadas para llevar a cabo su gestión, como Quejido o Gómez Latorre, fundadores del partido en el 79. Pero en el período aquí considerado, las cristalizaciones no serían muy exultantes. En efecto, el 18 de marzo del 99, la Casa del Pueblo instalaba en el Centro Obrero una sección con Café-Comestibles-Librería, a los que pronto se uniría la venta de artículos de vestir y El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. calzado así como de combustión e iluminación. Al año siguiente, con el paso al nuevo Centro de Relatores, la Cooperativa renovaba enseres y ampliaba servicios..., pero no pasaba de los objetos de consumo y los beneficios no permitían plantearse nuevas iniciativas. Las razones distaban más de ser por falta de empeño, como a veces se ha insinuado, que de posibilidades reales de llevarse a cabo, como ponían en evidencia las dificultades de montar desde diversos sindicatos -^singularmente los albañiles-prestaciones de socorro y servicios ^^. La situación de precariedad de medios de vida obrera, limitaba drásticamente los diversos intentos socialistas de constituir sistemas sindicales de previsión. Morato lo pondría en evidencia en múltiples ocasiones. Un sistema de socorros para trabajadores suponía, en Madrid, unos costes mucho mayores que en capitales de otros países. A más bajo nivel de vida, razonaba Morato, corresponde «mayor mortalidad, mayor morbosidad, edad más temprana para la invalidez, más inutilidades y éstas más prematuras», además los salarios cortos presuponen inseguridad en el trabajo, con lo que el socorro de paro forzoso es sumamente difícil. Y lo ilustraba con dos ejemplos de singular y emblemática significación: los tipógrafos y los albañiles madrileños, incluso en fechas en que el movimiento obrero estaba empezando a consolidarse. Por ejemplo, en 1909, constataba Morato, que los tipógrafos disponían ya de «fondo de resistencia, socorro de viático, de invalidez, en la enfermedad, en la defunción y asistencia médico-farmacéutica para su familia», pagando 96,80 ptas al año, lo que representaba un 8,06% de su salario. Pero, según sus cálculos, esto en Londres, le suponía a un tipógrafo asociado sólo un 2,77% del suyo. Similar era lo que acontecía con un oficial albañil madrileñcf que para fondo de resistencia, socorro en los accidentes y asistencia facultativa para él y los suyos pagaba 52,6 pts., es decir el 5, 84% de su salario, o sea 3,07% más que el tipógrafo londinense ^^. La construcción de un sindicalismo de servicios tenía íntima relación con la cuantía y regularidad de los salarios y las condiciones de trabajo y de vida, -^por cada 16 defunciones o 160 enfermos en Londres-, se daban 29 y 290 en Madrid, por ejemplo. Conscientes de esas dificultades para poner en marcha tales servicios desde cada sindicato, se plantearían nuevas iniciativas a escala de Centro Obrero, Por ejemplo la constitución de La Mutualidad Obrera Cooperativa médico-farmacéutica y de enterramientos de trabajadores asociados que empezaría a funcionar en 1904 con el fin de cumplir los objetivos de Asistencia Facultativa -dispensario médico quirúrgico, servicio médico a domicilio. servicio especial de partos y farmacia-que ya figuraban como deseables en los estatutos de la Casa del Pueblo en 1897 ^^. Como vemos, el socialismo madrileño se encontraba a finales de siglo en una encrucijada. Por un lado, su afán de conseguir reformas en las condiciones de trabajo. Por otro, su deseo de construir paralelamente una red de servicios médicos y de previsión social ante los infortunios: enfermedad, accidente, paro, invalidez... en un país en que la condición obrera estaba en una precariedad extrema. En realidad los madrileños no hacían sino reñejar la actitud general del socialismo español de finales de siglo. No en vano allí residían sus Kderes nacionales, principales artífices de la reelaboración de principios doctrinales y de prácticas que, como ya hemos reiterado en otras ocasiones, se aprecia en el PSOE y la UGT desde mediados los noventa ^^. Partiendo de la situación económica de atrofia del capitalismo español, adentrándose en análisis del contexto de fuerzas políticas en él existentes y de las clases sociales que actuaban como sus soportes, los socialistas replantean su pensamiento sobre ISL posibilidad-necesidad de reformas. Reinterpretando para ello su propia praxis y discursos anteriores ^^. Las líneas generales del nuevo discurso podrían resumirse así: la tarea prioritaria en España es la remodelación del capitalismo. Es imprescindible acelerar y civilizar su desarrollo para ampliar el número de obreros y mejorar sus condiciones de vida. Tales mejoras significan, por otra parte, el incremento del número de obreros revolucionarios. Porque, por la experiencia acumulada, para los socialistas, quienes pueden hacer la revolución en este nuevo contexto, son «los obreros más conscientes, los más enérgicos y los menos explotados y oprimidos». Sólo éstos podrían oponerse a ser vejados, tener tiempo para sus tareas societarias, no estar a merced de presiones sobre venta del voto, etc. La conclusión era evidente y clara, no se puede ir a la revolución con un proletariado famélico e inculto, «Por eso importa mucho disminuir la jornada de trabajo, elevar el salario, dar la mayor instrucción posible a los trabajadores y hacerles tomar parte en la vida política». «Como programa para que el país salga del presente estado», señalaba Quejido en el mitin del Salón Novedades de Madrid, «la instrucción, la purificación del sufragio y la legislación obrera, en la que figuran como puntos principales la disminución de horas de trabajo y el salario mínimo» ^^. Y en esto, la praxis socialista seguía jugando un importante papel. La acción reivindicativa en su doble vertiente de consecución de leyes El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. y de práctica cotidiana en las empresas era el eje básico para la transformación industrial del país. PSOE y UGT habían entrado, por tanto, en una estrategia reformista clara: no renunciaban a la transformación del sistema capitalista, pero durante un período previsiblemente largo, consideraban que debían concentrar sus fuerzas en lograr la existencia de masas obreras de las que poder hacer surgir un ejército «nimaeroso, instruido y disciplinado», capaz, en simia, de llevar a cabo la revolución en el futuro, incluso, según Morato, sin obligación de un proceso traimiático final. Los socialistas saben, escribía Morato en 1899, que la libertad plena no existe sin desaparecer la desigualdad económica. Pero, aun así, añadía: «los socialistas estiman que con el solo ejercicio del derecho pueden conseguir mejoras en la situación material de los obreros, alcanzar el respeto de los Poderes a las leyes, propagar sus ideas, y axm, entreven, allá en las lejanías de su ideal, la posibilidad de realizar la hondísima y radical revolución a que aspiran por medios estrictamente legales» ^^. que, por decreto, acabará aprobando otro gobierno, esta vez conservador, en 1903 ^l Ambos partidos del turno acababan por aceptar la modificación del cuadro jurídico del liberalismo económico estricto que regía hasta entonces. Se entraba, pues, en una nueva etapa. Asumida la práctica de una política laboral permanente desde el Estado, se crearán instituciones de investigación, a la vez que de preparación de su función normativa. A medida que esta última progrese, se exigirían nuevas funciones de control de su efectividad y cumplimiento, que cristalizarán en instituciones, como la. Inspección de Trabajo, en años inmediatamente posteriores... España entraba, pues, no sin un cierto retraso, por el camino del intervencionismo científico, a comienzos de siglo. Se había producido una profunda mutación de actitudes. Desde luego, los móviles del cambio serán muy distintos. Se mezclará el interés de parar la revolución desde arriba para evitar su realización por sectores radicalizados, con el de intentar «integrar» a organizaciones obreras dispuestas al diálogo persiguiendo, además, la modernización del país, sentida como necesaria tras el Desastre de 1898. En todas las hipótesis, desde el prisma de los partidos de gobierno, el intervencionismo podía ser un preciado útil para evitar males mayores a un sistema cuya esencia había que preservar a ultranza. Desde la óptica socialista significaba, como ya hemos visto, un positivo paso en el camino previsto hacia la radical transformación del mismo. De ahí que el socialismo, sin renunciar, por supuesto, a su propia actividad reivindicativa, paralela y múltiples veces enfrentada a la actitud del Estado en los conflictos, se involucrase de inmediato en el proceso abierto por fin por el Estado, participando, como es sabido, desde un principio en el funcionamiento de instituciones como el 1RS ^^ Y esto, aunque sus logros se viesen en gran medida aminorados por la estrechez y deficiencia de los canales en que iría cristalizando tal proceso de reforma. Porque, como señalaría el propio Morato, el proceso de reforma social no acabaría de inscribirse en un proyecto mínimamente profundo de reformas generales que conllevasen la integración del movimiento obrero en el sistema ^^, que implicase, pues, entre otras cosas, el respeto y fomento de las prácticas democráticas en general, y en particular por los poderes políticos. «Legalizar» al movimiento obrero, estimulando y fomentando la ampliación de los sectores organizados del mismo que propugnasen la integración de sus reivindicaciones en un proceso de creación de ciudadanía. Faltando esto, a no muy largo plazo, los socialistas madrileños, al igual que El socialismo madrileño hace un siglo: Un anhelo. el conjunto de sus correligionarios españoles verían, como en otro lugar hemos indicado, su anhelo de reforma en gran medida frustrado ^^. Pero esto sería en un futuro. El Madrid del cambio de siglo, hallaba un movimiento socialista tan deseoso de reformas como presto a colaborar en ellas. ^ Sobre ello hemos escrito de forma amplia en Castillo, S., Historia del socialismo español, 1870-1909. F de Historia de la Unión General de Trabajadores. Las de afiliados a la UGT, de 15.000 a 55.000 en el mismo período. ^ Castillo,S.,Historia...,opus cit.,y Hacia la mayoría...,opus cit., ^ Para todo lo referente a este período, Morato, Juan José, La cuna de un gigante. Historia de la Asociación General del Arte de Imprimir Madrid, 1925[Reed. facsímil, con Estudio preliminar de S. Castillo, Madrid, Ministerio de Trabajo, 1984].' ^ Para todo lo referente a este asunto: Castillo, S., «Estudio Introductorio», pp. XXVII-CLXIV, del vol. 1°, de la reedición facsímil, Madrid, 1985, Ministerio de Trabajo, de Reformas sociales. ^ Los barceloneses habían perdido más de la mitad de sus efectivos entre el F y IF congresos. La Federación estaba en precariedad manifiesta. Vide Castillo, S., «Los orígenes de la organización obrera en España: de la Federación de Tipógrafos a la Unión General de Trabajadores», en Estudios de Historia Social, Madrid, 1983, n*» 26-27, pp. 19-94. ^ El periódico servía también para poder radicar en Madrid, como su director, a uno de los huelguistas de Ribadeneyra a punto de emigrar, Pablo Iglesias. Para la labor del periódico. Castillo, S., «La travesía del desierto. Madrid, 1987, pp. 471-518. ^^ La efemérides se plasmaría en una lápida con el nombre de las sociedades que contribuyeron a su creación. Lápida que pasaría a figurar con posterioridad en el Hall de la Casa del Pueblo de Madrid donde estaría, al menos, hasta los primeros años 30. Los asociados al inaugurarse el Centro rondaban los 2.500. Para esta nueva sede véase De Luis Martín, F. y Anas
El objetivo propuesto es el análisis de las relaciones de género en Madrid en torno a 1900, a través del examen de algunos aspectos, como la educación, el trabajo, la forma en que se combinan género y clase en la vida social, el debate ideológico, y todo ello atendiendo tanto a los modelos que se difur^den como al funcionamiento de la realidad social. Se ha tratado dé captar los rasgos que definen un momento determinado, el del cambio de siglo, si bien sólo adquieren todo su sentido considerados dentro de la evolución de un proceso histórico. Analizar las relaciones de género que se desarrollan en una sociedad es penetrar en uno de los aspectos esenciales de la civilización en esa etapa histórica, en este caso la transición intersecular, tal como ha sido definida por Jover ^. Encontraremos así elementos que permitirán medir el grado de modernización de la sociedad madrileña en ese período. Algunas notas de demografía Madrid, ciudad de inmigración, presenta un mayor desequilibrio entre las cifi: as de su población femenina y masculina que el conjunto español, y que otras capitales de provincia. Gloria Nielfa Cristóbal España. No ocurre así en la edad infantil, pues vemos que las cifras de «niños sin profesión por razón de su edad» son casi iguales para niños y niñas, con ligero predominio de los primeros: 40.054 y 39.876, respectivamente. Ese desequilibrio también varía mucho de unos distritos a otros: Buenavista, Centro y Congreso serían los distritos más feminizados, con menos de 80 hombres por cada 100 mujeres, hecho que, junto a otros factores, seguramente hay que poner en relación con la abundancia en ellos de servicio doméstico, mayoritariamente femenino ^. Una pauta típicamente urbana, como es el retraso en la edad de matrimonio, es claramente apreciable en el caso madrileño (en 1900 sólo están casadas un 24% de las mujeres comprendidas entre los 16 y los 30 años, frente a un 34,5% en Barcelona y un 40,1% en España). Muchas mujeres que trabajan fuera del hogar posponen el matrimonio, ya que éste significará en muchos casos, dados los modelos de género vigentes, el abandono del empleo. Claro que las necesidades económicas obligarán a muchas de esas mujeres, una vez casadas, a contribuir con el producto de su trabajo al sostenimiento de la economía familiar, además de ocuparse del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos, aspecto sobre el que se volverá más adelante. Retenemos, pues, por el momento, el mayor número de mujeres, y la elevada presencia de solteras ^. Roles de género y su transmisión por la educación La sociedad liberal ha puesto especial énfasis en la construcción diferenciada de lo masculino y lo femenino. La teoría de las dos esferas, al establecer una rígida separación entre lo público, considerado como ámbito masculino, y lo privado, que atribuye a las mujeres, trata de naturalizar una determinada división de funciones, de espacios de actuación, y también de valores. Se exaltan la maternidad y la domesticidad como únicos polos de la vida de las mujeres, que aparecen siempre definidas a través de sus relaciones con los varones. La familia, considerada célula de la sociedad, es una unidad regida por la autoridad del marido y padre. Estamos ante un discurso sancionado por las leyes, como podemos observar a través del Código Civil de 1889, del Código Penal de 1870 o del Código de Comercio de 1885. De este modo, algunos de los cambios más importantes del siglo XIX, la ciudadanía y la extensión de la educación, al aparecer impregnados de esas pautas Las relaciones de género: Imágenes y realidad social de género, han agrandado la distancia social entre varones y mujeres, respecto a épocas anteriores ^. Los valores de género se trasmiten a través de la educación. Considera Emilia Pardo Bazán en 1892 que en España son mayores las diferencias que las semejanzas entre la educación de hombres y mujeres, a pesar de las afinidades de métodos y programas de enseñanza, por «el sentido diametralmente opuesto de los principios en que ambas educaciones se ñmdan»: la masculina, en el postulado optimista, o de fe en la perfectibilidad de la naturaleza humana; la femenina, en el pesimista, según el cual existe una contradicción entre la ley moral y la ley intelectual, cediendo en daño y perjuicio de la moral cuanto redunde en beneficio de la intelectual. Así, «la intensidad de la educación, que constituye para el varón honra y gloria, para la hembra es deshonor y casi monstruosidad». Pero observa asimismo en la sociedad civilizada una tendencia a invertir esos dos datos: que se camina a reducir las diferencias y aumentar las relaciones. Veamos en qué punto de esa evolución se encuentra el caso madrileño ^. En el Madrid de 1900, saben leer y escribir el 76% de los varones y el 59% de las mujeres; si nos ceñimos a los mayores de 10 años, los porcentajes son del 88 y del 66,7%, respectivamente, según los datos de A. Tiana. Se trata de niveles muy superiores a los del promedio español, dadas las mayores oportunidades educativas que la capital ofrece, si bien alejados de los que se registran en países de Europa occidental y nórdica. Todavía una encuesta publicada en 1900 mostraba la existencia de la idea de que aprender a leer y escribir abría las puertas de la seducción y de que las mujeres no necesitaban educación para servir a Dios y cumplir con su obligación doméstica ^. Con datos de 1895, Hauser puso de manifiesto la mayor presencia de niños que de niñas en el conjunto de las escuelas públicas madrileñas, frecuentadas sobre todo por hijos de las clases populares, en las que las madres retenían a las niñas a su lado para contar con su aynda en la casa, mientras que en las escuelas privadas era más elevado el número de niñas, al enviar las familias acomodadas a la escuela a todos sus hijos, niños y niñas. Las cifras de alumnos de primera enseñanza que figuran en el Censo de 1900 (entiendo que referidas a la enseñanza pública) están bastante igualadas entre niños y niñas, con un ligero predominio de los primeros. Manteniéndose la separación de sexos, ya que los sectores conservadores consideraban la coeducación como fuente de promiscuidad y como un atentado al pudor de las niñas, la medida de aproximación entre la enseñanza masculina y femenina fue el Real Decreto de 26 de Octubre de 1901, que fijó las Gloria Nielfa Cristóbal materias de estudio en la Enseñanza Primaria Pública, con carácter común, excepción hecha de las labores en el caso de las niñas' ^. Al ascender a otros niveles del sistema educativo es cuando el desequilibrio en función del género se hace más patente. El apartado del Censo que engloba a «estudiantes de segunda enseñanza, Facultad y carreras especiales», arroja, para la capital, una cifra de 10.824 varones y 1.125 mujeres. Resulta difícil desagregar dichas cifras, pero está claro que, a diferencia de lo que sucedía con los varones, la presencia de mujeres en Bachillerato y en Facultades universitarias era meramente testimonial, por las razones que más adelante se expondrán. En cambio, los estudios de Magisterio habían venido siendo, a lo largo de las cuatro décadas anteriores, los de más alto nivel intelectual abiertos a las mujeres en España, al prepararlas para ejercer la enseñanza primaria de las niñas, tarea acorde con las funciones sociales que se les asignaban. A ello se añade, en nuestro caso, la importancia de la Escuela Normal Central de Maestras, centro donde se formaba el profesorado de las otras Escuelas Normales, si bien desde la reforma de 1889 bastaba con estudiar en ella el último curso para obtener el título de maestra Normal. En cuanto a la equiparación de los planes de estudios de maestros y maestras, excepto en lo que se refiere al mantenimiento de una asignatura de Fisiología, higiene y ginmasia para ellos, y otra de Labores y Corte para ellas, procede de las reformas de 1898 y 1900 ^; Junto a la enseñanza oficial, es necesario mencionar la existencia de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, presidida a la altura de 1900 por Gumersindo de Azcárate, tras la muerte en 1898 de Manuel Ruiz de Quevedo, continuador en su día de la obra de Fernando de Castro. Desde 1893 se hallaba instalada en un edificio financiado por suscripción pública en la calle de San Mateo. Cuando empieza el siglo, y a pesar de las dificultades económicas que la Asociación había venido atravesando en los últimos años, seguía sosteniendo una serie de Escuelas pioneras en un terreno tan abandonado como el de la preparación profesional de las mujeres. Se trataba de la Escuela de Institutrices, que sirvió de modelo e impulso para la transformación de la propia Escuela Normal Central de Maestras, y que entró en declive a partir de 1900; de la Escuela de Comercio, que hasta 1897 había contado con el apoyo económico del Círculo de la Unión Mercantil, apoyo que se interrumpió cuando el Círculo decidió crear sus propias enseñanzas; y, desde el curso 1895-1896, de la Escuela de Bibliotecarias y Archiveras. A ellas se unían desde los años 80 una Escuela Primaria Elemental, a la que asistían niñas y niños, y otra Preparatoria; una Escuela de Las relaciones de género: Imágenes y realidad social Segunda Enseñanza creada en 1894, y las llamadas clases especiales: Idiomas, Dibujo, Música, Corte y Confección. Conviene recordar que desde los años 80, la Asociación colaboraba con el mtinicipio, admitiendo en sus Escuelas con matrícula gratuita a cincuenta alimañas procedentes de las escuelas públicas mimicipales, convirtiéndose así en delegada del Ayuntamiento hasta que éste pudiera llevar a cabo su aspiración de crear un Centro Superior Femenino. También recibía el apoyo de instituciones públicas y privadas de la vida madrileña, si bien con interrupciones, que obligaban a ciertos reajustes. En total, a principios de siglo, son unas 7.000 las alumnas que han pasado por sus aulas, y la iniciativa se ha extendido a diferentes ciudades españolas. Pocos años después, en 1906, establecerá un convenio con la Unión Iberoamericana para la creación del Centro Iberoamericano de Ciiltura Popialar Femenina^. Dentro de lo que se pueden llamar enseñanzas profesionales, es especialmente numerosa la presencia de mujeres en el Conservatorio de Música y Declamación, si bien para muchas no tiene precisamente ese carácter profesional, sino el de cultura de adorno, tan querido para sus hijas por las clases medias y acomodadas: «Siendo el matrimonio y el provecho que reporta la única aspiración de la burguesa, sus padres tratan de educarla con arreglo a las ideas o preocupaciones del sexo masculino...transigen y hasta gustan de los idiomas, la geografía, la música y el dibujo, siempre que no rebasen del límite de aficiones y no se conviertain en vocación seria y real» ^^. En cambio, las mujeres que acuden a las Escuelas de Artes e Industrias sí lo hacen guiadas por una finalidad práctica, teniendo en cuenta la necesidad que se deja sentir en sectores de la clase media de preparar a sus hijas para una futura integración en el mercado laboral. Además, haber obtenido premio en Dibujo en la Escuela de Artes y Oficios era un requisito para las alumnas que querían acceder al examen de ingreso en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, algo que no se exigía a los alumnos. Dentro de la educación artística es interesante considerar el caso de esta Escuela Especial de Escultura, Pintura y Grabado, que en el curso 1902-1903 cuenta con 150 alumnos y 17 alumnas. Ya se ha aludido al papel de la pintura y el dibujo como parte de la educación de adorno que se consideraba apropiada para una señorita. Al mismo tiempo, las mujeres habían venido estando excluidas de la clase de dibujo del natural, considerada básica en la formación de los grandes artistas, al entender como indecorosa para ellas la copia de desnudos. «Pintar platos, decorar tacitas, emborronar "un efecto de luna", bueno; frecuentar los museos, estudiar la naturaleza, copiar del modelo vivo, malo malo» ^^. No cabía así la dedicación a la pintura de historia; se imponía la de flores, paisajes y animales. La asignatura de Anatomía Pictórica no admitió a mujeres hasta el último lustro del siglo XIX, y la primera alumna que obtuvo un diploma en ella, Adela Ginés, en 1894, lo hizo examinándose por libre, cuando ya era una pintora conocida y profesora de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer ^^. Otros estudios, cuya finalidad es el ejercicio de una profesión socialmente aceptada para las mujeres, son los de Matrona, si bien presentan el inconveniente de que se requiere la mayoría de edad para comenzarlos, dejando así un intervalo demasiado largo desde el final de la enseñanza primaria. Por otra parte, en el seno del Instituto Rubio del Hospital de la Princesa se creó en 1895 la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría, con alumnas externas e internas. Una institución modelo para Tolosa Latour, y que ha sido considerada como iniciadora de la moderna enfermería en España, si bien sus pautas arrancaban de una concepción del sacrificio como un rasgo esencialmente femenino •^^. En cuanto al Bachillerato, el nivel que en el caso de los varones agrupa a la mayoría de los estudiantes de enseñanza media, cuenta solamente con ocho alumnas en la provincia de Madrid en 1900. Se trata de unos estudios considerados como antesala de la Universidad o medio de preparación para empleos cualificados, y que deben realizarse en los institutos públicos, de carácter mixto, ya que los centros privados todavía no los ofrecen a las estudiantes. Se puede recordar el testimonio que aporta E. Pardo Bazán en el Congreso Pedagógico de 1892, tratando de vencer las resistencias a la coeducación en la sociedad de la época, y que al mismo tiempo deja constancia del peso que en ella tenían: «Mi hija mayor cursa el bachillerato en el Instituto del Cardenal Cisneros y sólo gratitud debe a los dignos profesores que la han rodeado de la mayor consideración y protección, y a los alumnos que jamás la han molestado ni con la más leve inconveniencia» ^^. Por lo que se refiere a la Universidad, se puede afirmar que hasta 1910 sus puertas estarán solamente entreabiertas para las mujeres. En efecto, no será hasta ese año cuando se suprima el requisito que obligaba a las estudiantes que deseaban realizar matrícula oficial a Las relaciones de género: Imágenes y realidad social solicitar im permiso individualizado, tras lo cual se pedían informes a los profesores sobre si se consideraban capaces de mantener el orden en las axilas, a pesar de la presencia femenina, informes que en todos los casos fiíeron afirmativos. Sabemos de alumnas que asistían acompañadas por sus padres o hermanos, o que se sentaban en clase junto al profesor. Esta era la situación en el curso 1900-1901, en el que tres mujeres estudiaban carreras en la Universidad Central: dos en Filosofía y Letras, y una en Farmacia. Hasta entonces, en dicha Universidad, cinco mujeres habían conseguido la Licenciatura en Filosofía y Letras (dos de ellas, examinándose por libre, tras haberse preparado en el Instituto Internacional de San Sebastián, dirigido por Alice Gordon Gulick, y que en 1903 se instalaría en Madrid), y dos en Farmacia, de las que también xana procedía del Instituto Internacional. El Instituto, antiguo Colegio Norte Americano, tuvo su origen en la labor de educación femenina impulsada por ima misionera protestante, la señora Gulick, que trató de implantar en España el modelo educativo de los colleges femeninos norteamericanos. Por otra parte, a la altura de 1900 eran cinco las mujeres que habían obtenido el Doctorado: tres en Medicina y dos en Filosofía y Letras. En cuanto a las Escuelas de Ingenieros, todavía eran im ámbito exclusivamente masculino ^^. Hemos podido seguir hasta aquí la forma en que el prejuicio hacia la enseñanza conjunta, en unas mismas aulas, de hombres y mujeres, empujó a éstas en distintos niveles de estudios hacia la enseñanza libre, con las consiguientes desventajas económicas y de preparación: «La que suscribe desea matricularse con carácter oficial...pues su condición de hija de viuda no la consiente hacer los grandes gastos que supone la enseñanza privada, cuando con tanta economía puede seguir los cursos oficiales y participar al mismo tiempo de las ventajas que reportan al alumno las explicaciones orales y el material científico de los centros sostenidos por el Estado» ^^. Todo ello en una sociedad, en que, como decía Concepción Arenal, las personas honestas de ambos sexos se encontraban en los teatros, en los templos y en las corridas de toros. El hecho ha llevado a R. M^ Capel a preguntarse si lo que realmente se temía, más que la convivencia en un mismo espacio, era la demostración de que las capacidades podían ser equiparables: «En última instancia, no se temen tanto los "males" del mutuo contacto físico como el reconocimiento de la igualdad en sus capacidades intelectuales, aptitudes y fines que llevaba implícita la educación conjunta» ^^, Trabajo y familia ¿incompatibilidad o interdependencia? Conocer las actividades productivas en que hombres y mujeres se ocupaban por entonces en Madrid requiere algunas consideraciones previas. En primer lugar, la necesidad de tener en cuenta tanto las que se realizan en el ámbito del mercado como otras, relacionadas con la reproducción biológica y social. Los cambios introducidos por la industrialización habían afectado a la organización de la producción y al sistema de reproducción y, por tanto, al modelo social de género, dejando también su huella en las clasificaciones ocupacionales. Así, una primera aproximación a la distribución por actividades de la población es la que nos ofrecen los Censos, si bien presenta importantes limitaciones. Junto a problemas generales de clasificación, hay que señalar la invisibilidad de muchas actividades económicas realizadas por mujeres, y la forma en que el avance del discurso de la domesticidad lleva a la ocultación de una parte importante del trabajo femenino ^^. En el Censo de 1900, a diferencia de los anteriores, y de acuerdo con los criterios adoptados por el Instituto Nacional de Estadística, hay un apartado para «Miembros de la familia, dedicados a trabajos domésticos», pero en los resúmenes provinciales y de capitales se engloba con el de «individuos sin profesión y de profesión desconocida», dando así, como ha señalado P. Pérez-Fuentes, un sentido de improductividad al trabajo realizado por las mujeres en los hogares y que en realidad abarcaba facetas relacionadas con la subsistencia de la familia -^trabajo doméstico-, con la reproducción -cuidado de los hijos-y con el mercado -el llamado trabajo a domicilio-. Figuran en él más de 83.000 casadas y de 29.000 viudas, que podemos considerar amas de casa, aparte de que también lo sean las que realizan otra actividad fuera del hogar. El trabajo de estas amas de casa proporcionaba un conjunto de bienes y servicios, que se acentúa cuando escasean los recursos con que adquirir esos bienes en el mercado, es decir, en la clase trabajadora, y en épocas de crisis. Además, conviene recordar la existencia en Madrid, a la altura de 1900, de barrios en los que todavía w se han producido algunos de los avances en higiene urbana y equipamiento que han eliminado algunas de las tareas más penosas que se realizaban en los hogares en épocas anteriores; vemos así, en la zona sur de los distritos de Hospital, Inclusa y Latina, casas que carecen de agua y hay que ir a buscarla a la fuente; barrios como los de La Prosperidad y La Guindalera que carecen de alcantarillado, y donde la inexistencia Las relaciones de género: Imágenes y realidad social de retretes obliga a verter aguas sucias y materias fecales fuera de casa, según el testimonio de Hauser. Por otra parte, si recordamos que la tasa media de natalidad en Madrid está en un 30 por mil en 1905, y la persistencia de una importante mortalidad infantil (con grandes diferencias por distritos y barrios en ambos factores) vemos cómo embarazos, partos, lactancia y cuidado de los hijos ocupan un tiempo importante en la vida de muchas mujeres. Más llamativa resulta la presencia de casi 68.000 solteras en ese apartado. En el caso de Barcelona, con un contingente de población prácticamente igual al de Madrid, son mucho más reducidas las cifras de solteras y viudas en este epígrafe, 51.000 y 19.000, respectivamente, y también la de casadas, 78.000, es inferior a la madrileña; una natalidad más baja y una diferente estructura productiva deben ser tenidas en cuenta a la hora de valorar el hecho ^^. La asimetría por razón de género es también la nota dominante en el renglón del Censo que sitúa a quienes se definen por la posesión de propiedad territorial y urbana. Si bien en los resúmenes de capitales aparece este concepto englobado con agricultura, cría de animales, pesca y caza, lo que le da un carácter confuso, cabe pensar que el mayor peso numérico corresponda a las cifras de propietarios de suelo. La comparación con el caso barcelonés, que registra cifras más altas en ambos casos, muestra sobre todo una gran diferencia en el caso de las mujeres, con predominio de casadas y solteras, lo que sin duda debe relacionarse con el sistema legal del matrimonio y de la herencia en el caso catalán. Un apartado, minoritario en la época por razones demográficas y de ausencia de política social, y cuya distribución entre hombres y mujeres hay que entender en relación con los modelos de género vigentes respecto a la actividad profesional, es el de «Retirados y pensionistas»: 2.215 varones y 4.399 mujeres. Mientras que casi el 67% de los varones son mayores de 60 años, y más de la mitad casados, las mujeres que lo integran se reparten entre solteras y viudas, con predominio de estas últimas, y menos del 22% alcanzan la citada edad de los 60 años. Se trata, por tanto, de retirados en el primer caso, y en el de las mujeres, de pensionistas por razón de orfandad y viudedad. Como antes señalaba, los censos no dan cuenta de toda la actividad femenina, ni siquiera de toda la actividad femenina dirigida al mercado que se realiza en la capital. La existencia de mercados sumergidos de bienes y servicios a cargo de las miyeres en las ciudades es un hecho conocido: lavanderas, planchadoras, costureras, vendedoras ca-llejeras, patronas de huéspedes, etc., que conocemos a través de otras ñientes: literarias, de prensa, gráficas. En esas actividades se ocupaban, sin duda, muchas mujeres que el Censo cataloga como dedicadas a trabajos domésticos, o como pensionistas, dada la escasa cuantía de las pensiones. La documentación municipal informa de la existencia de 77 lavaderos en la capital en 1903, situados en su mayoría a lo largo del Manzanares, principalmente en el distrito de Palacio, y en menor medida, en el de Latina, siendo numerosos los testimonios gráficos que han mostrado la extensión que llegaron a ocupar en la zona cercana al río; otras veces, se trata de edificios con pilas de cemento situados en la zona de las Rondas. En la mayor parte de los casos figura un varón al firente del lavadero, si bien es un oficio desempeñado por mujeres. La autobiografía de Arturo Barea nos permite, a través de la figura de su madre, acercarnos a la vida de una de esas lavanderas, cuya actividad, básica para su sustento y el de sus hijos, escaparía muchas veces a la estadística. «Cuando murió mi padre, éramos cuatro hermanos y yo tenía dos meses. Le aconsejaban a mi madre -según me ha contado-que nos echara a la Inclusa, porque con los cuatro no iba a poder vivir. Mi madre se marchó al río a lavar ropa. Los tíos nos recogieron a mí y a ella; los días que no lava en el río hace de criada en casa de los tíos y guisa, fiiega y lava para ellos; por la noche se va a la buhardilla donde vivo con mi hermana Concha» ^^. Asimismo encontramos información en la prensa, a menudo en artículos de tono costumbrista, que muestran una importante realidad laboral, que contradice ciertos patrones muchas veces repetidos: «Parece increíble que esas mujeres puedan soportar un trabajo tan rudo y persistente. Cierto es que las enfermedades harán muchas bajas en ellas. Pero ¡qué diablo! más bajas hace el hambre, podríamos decir parodiando la frase del infortimado matador de toros Espartero. Por el género de vida a que las sujeta su profesión, las lavanderas -^y hablo en tesis general-viven fuera de su casa. El lavadero es su taller y su morada. Allí comen, interrimapiéndose a veces porque sopla viento fuerte y ha hecho que se enganche alguna prenda ó que vuele (...) Allí, en el lavadero, se puede aprovisionar de todo. La fiadora que va todos los días o todas las semanas á cobrar el perro chico ó el real del pañuelo, de la toquilla, de la falda o del mantón dado a rédito hace propaganda entre las que todavía no ha logrado ver entre Las relaciones de género: Imágenes y realidad social sus garras (...) Lavada ya la ropa y tendida, el sol y el aire se encargarán de secarla. Si el sol falta, la ropa entrará mojada en los sacos, y las lavanderas tendrán que tenderla en su casa (...)» ^"' ^. Entre las actividades remuneradas que figuran en el Censo, el servicio doméstico es una de las más numerosas en Madrid y la que ocupa a más mujeres: 32.100, firente a 7.200 varones. (En Barcelona, con porcentajes más altos de población dedicada a la industria y al comercio, las cifiras son 17.011 y 2.161 respectivamente). El bloque mayoritario lo forman las solteras (más de im 80% de las sirvientas), procedentes en muchos casos de la inmigración rural y en otros de los barrios populares de la ciudad. El análisis del servicio doméstico a través de fuentes cualitativas, en este caso unas memorias, ha permitido observar la diferenciación de tareas y de salarios que se establece entre criados y criadas, el mayor prestigio social que supone para los amos el contar con personal masculino, y la doble moral mantenida en las familias burguesas en relación con las sirvientas, que presenta especiales características en el caso de las nodrizas. La seducción de la criada por parte del «señorito» y su indefensión legal es algo a lo que se alude en los chistes de la prensa ^^. En las diferentes industrias, el citado Censo registra un total de 35.337 varones, muy numerosos en edificación, artes gráficas, etc., y 10.084 mujeres, si bien la Memoria del Ministerio de Fomento de 1905 eleva al 30% la proporción que representan las mujeres en profesiones industriales y en artes y oficios en la ciudad de Madrid, citando las siguientes profesiones: bordadoras, bruñidoras, camiseras, cigarreras, lavanderas, sastras, corbateras, corseteras, modistas, guarnecedoras de sombreros, guarnecedoras de calzado, floristas, costureras, gorreras, guanteras, tapiceras, fabricación de sobres y de cajas de cartón, encuadernadoras, sombrereras, etc. ^^ Una buena parte de las actividades que se acaban de citar se engloban dentro de la industria del vestido y tocado, la confección, realizada en talleres y a domicilio, muchas veces por encargo de las camiserías y tiendas de ropa blanca. El trabajo a domicilio, defendido como beneficioso para la familia obrera por la presencia de la madre en el hogar, ofirecía notables ventajas para los empresarios, por el ahorro de instalaciones, de amortización de capital fijo, de funciones de organización y vigilancia del personal, así como por quedar a salvo de reivindicaciones obreras, a pesar del pago de jornales ínfimos. Para las obreras, dichas condiciones se traducían en la necesidad de realizar jornadas agotadoras, aun para conseguir salarios de hambre, eUminando así la teórica posibilidad de compaginar el trabajo con el cuidado de la familia. Un ejemplo de ese trabajo a domicilio es el que presenta Blasco Ibáñez, en La horda, publicada en 1905, a través de la figura de Feli, la muchacha que tras haberse ido a vivir con su novio, y encontrándose embarazada, no se atreve a volverla la fábrica de gorras donde trabajaba antes. Acuciada por la necesidad económica, toma la decisión de trabajar para un taller, haciendo ñores para corsés y emballenándolos. «Maltrana, al despertar, veía a Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente (...) Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía que hacer grandes esfuerzos para que se acostase. -Déjame acabar esta docena-decía sin levantar la cabeza, tenaz en el trabajo, deseosa de no perder un segundo (...) FeU percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas si trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas» ^^. Un modelo distinto es el que representan las 3.700 trabajadoras de la Fábrica de Tabacos. Un 70% de las empadronadas en 1900 había nacido en Madrid y la mayoría residían cerca de la fábrica, con especial concentración en los barrios de Huerta del Bayo, Cabestreros, Peñuelas y Miguel Servet, en el distrito de Inclusa, lo que se explica por la tradición artesanal del oficio. Predominan en ese momento entre las cigarreras las mujeres maduras, la mayoría viudas, muchas casadas; un 37 % se declaran «jefas de familia». Su salario es central en el presupuesto de sus familias, y sus responsabihdades domésticas representarán un factor clave en su permanencia en la fábrica. Por ello, en sus luchas obreras veremos al mismo tiempo la importancia de las reivindicaciones salariales, y las de aquellas que podemos considerar familiares, como las de exigir espacios y tiempo para atender a sus hijos en el horario de trabajo. Es conocida la existencia de la Escuela-asilo para hijos de cigarreras, en la calle de Embajadores, y del Colegio de San Alfonso, contiguo a la fábrica. <Así, en su comportamiento y compromiso colectivo...se mezclan asuntos públicos y privados, rasgos preindustriales y modernos, reivindicaciones laborales y domésticas, es decir, el taller y la casa como dos caras del mismo imiverso». ¿Cuáles eran las posibilidades, para el resto de las obreras, de dejar atendidos a sus hijos pequeños durante su jornada de trabajo, aparte de las redes de solidaridad establecidas por las propias mujeres. Las relaciones de género: Imágenes y realidad social en la familia o en la vecindad? Debemos a Hauser la información sobre el tema. Aludiendo a lo que en Francia se denominaba crèche, institución destinada al cuidado de los lactantes mientras sus madres trabajan, menciona la existencia del Asilo para hijos de lavanderas, sostenido por Patrimonio Real, cerca de la estación del Norte, destinado a niños destetados, a partir de cinco meses; y como verdadera crèche, el establecimiento fundado por los marqueses de Aledo en 1893, cerca de la plaza de la Cebada y que dio origen a una sociedad que a la altura de 1900 sostiene cuatro asilos gratuitos (a diferencia del modelo francés, donde las obreras pagan una pequeña cantidad), con un total de 200 plazas, situados respectivamente en la plaza de la Cebada y en las calles de los Artistas, de Zurita y de Santa Feliciana. Para que se multiplique el número de establecimientos de este tipo, Hauser señala como factores necesarios la iniciativa particular, el apoyo del Estado (por medio de subvenciones y de leyes que deban cumplir los Ayuntamientos), y la propaganda por parte de las sociedades protectoras de la primera infancia ^^. En el comercio, el modelo predominante es el de la pequeña tienda de carácter familiar, con raíces en el mundo artesanal, donde en muchos casos se hace invisible, a efectos estadísticos, el trabajo desarrollado por la esposa y por los hijos e hijas. Se trata de una actividad que se desenvuelve bajo la jerarquía familiar y aún no se ha producido un aumento importante en el número de dependientes. En esas condiciones, la distribución por estado civil de la población registrada como dedicada al comercio es claramente asimétrica en lo que se refiere a las mujeres y a los varones. Entre las primeras es notorio el predominio de las viudas; en 1900 el porcentaje que representan supera no sólo al de las casadas, sino incluso al de las solteras, lo que se debe al elevado número de mujeres que continúan al frente del negocio familiar tras la muerte de sus maridos. Una actividad, la comercial, que las mujeres casadas sólo podían ejercer con autorización marital, según el Código de Comercio de 1885. En esa época el número de mujeres que figuran como dedicadas al comercio en Madrid representa menos de un tercio de las que lo hacen en Barcelona, lo que nos habla de la forma en que se combinan factores legales con otros de tipo socioeconómico y relativos a los valores asumidos por las distintas capas sociales. Según datos de 1903, las mujeres aparecen al frente de pequeños establecimientos de los sectores de alimentación, bebidas y combustible: fruterías, lecherías, cacharrerías, tabernas, carbonerías, así como mercerías, lencerías, tiendas de novedades ^^. Como es sabido, la Ley de 13 de marzo de 1900, sobre trabajo de las mujeres y de los niños, marca el inicio de la legislación laboral en España, estableciendo un descanso obligatorio, no pagado, de tres semanas tras el parto, con reserva del puesto de trabajo; también permite a las madres trabajadoras la interrupción de su actividad durante una hora diaria para la lactancia, sin descuento de jornal. Esta Ley estableció asimismo la creación de las Juntas Provinciales y Locales de Reformas Sociales, que tenían por objetivo la inspección y vigilancia del cumplimiento de la Ley. Tres años más tarde se celebró un mitin de obreras en los Jardines del Buen Retiro, presidido por una planchadora, Josefa Ramos, en el que se pidió el nombramiento de inspectores del trabajo, a propuesta de las asociaciones, y retribuidos por el Gobierno, así como que se organizaran las Juntas de Reformas Sociales mal constituidas. Para ese momento sabemos de la existencia en Madrid de cuatro Sociedades de obreras, dirigidas a la resistencia al capital, que agrupan a unas trescientas mujeres: son la de Lavanderas, Planchadoras y Similares, desde 1902; la de Sobreras, la de Escogedoras de trapos (muy numerosas en los almacenes del Rastro), y la de Sastras; todas ellas han realizado ya alguna huelga con éxito, según explica Morato; otras doscientas mujeres están agrupadas en sociedades de carácter mixto, tales como las de zapateros, encuadernadores, constructores de cajas de cartón y fabricantes de bujías ^^. Dos semanas después de la celebración del mitin citado, el ministro de la Gobernación, Antonio García Alix, encargó la formación de esas Juntas. En el caso madrileño, la provincial no se había constituido, y la local solamente se había reunido cuatro o cinco veces ^^. La escasez de trabajo, los bajos salarios femeninos, la falta de instrucción y los patrones de género vigentes daban como resultado la existencia de un número considerable de prostitutas, a pesar de que en el Censo la cifra de mujeres en el apartado «Mendigos, vagabundos y prostitutas» sea de 319. Al igual que en la reglamentación de otros países europeos, antagonismos y prejuicios de clase y de género impregnaban todo lo relativo a la inspección sanitaria establecida. En a^utobiografías como la de Corpus Barga son numerosas las referencias, desde el punto de vista del cliente, a las casas de prostitución en el centro de Madrid a principios de siglo, situando las más caras en el barrio de Barquillo, como la de la Granadina, o las que se escondían en una casa elegante, bajo una placa de modista, y aludiendo a otras de condiciones míseras, por ejemplo. Las relaciones de género: Imágenes y realidad social en Postigo de San Martín, pasando por las de Horno de la Mata o de la Corredera ^°. Respecto al fenómeno del paro, podemos comprobar a través de diversas fuentes que su intensidad, tanto para los hombres como para las mujeres, era mucho mayor que la reflejada en el Censo, en el apartado de «Individuos momentáneamente sin ocupación»: 2.054 varones y 16 mujeres. Pero además, la exigüidad de la cifra en el caso de las mujeres, que no guarda proporción con su presencia en el mercado del trabajo, creo que merece algún comentario. Estamos observando la segmentación de ese mercado, y la presencia mayoritaria de las mujeres en el servicio doméstico, en el trabajo a domicilio, el recurso a la prostitución como fuente de ingresos. Cuando en 1899, el Ayuntamiento abre un Registro del Trabajo, del que me he ocupado en otro lugar, como medio de facilitar empleo a los parados, se apuntaron en él 631 personas, todos varones. Ninguna mujer de las que sin duda se encontraban en paro parece que se sintiera aludida en aquella convocatoria a los trabajadores para «facilitar las relaciones de aquéllos con los patronos, dar a conocer el número operarios disponibles...», del mismo modo que no habíamos encontrando mujeres que informaran ante la Comisión de Reformas Sociales, en los años 80, a pesar de que en el cuestionario se dedicaban unas cuantas preguntas al trabajo que aquéllas realizaban y a las condiciones en que lo hacían. Se diría que el concepto de parado se construía en masculino en el discurso, del mismo modo que estaba sucediendo con el concepto de trabajador, y el concepto de mujer trabajadora se concebía como problemático, y objeto de discusión para los varones. Aparte de las 6 solteras, 8 casadas y 2 viudas que figuran en las cifras censales, ¿cuántas de las 180.416 mujeres más arriba mencionadas como miembros de la familia estarían momentáneamente sin ocupación, es decir, en paro? ^^ Como pertenecientes a las órdenes religiosas, figuran 2.450 mujeres y 510 varones, aparte de los 840 integrantes del clero secular. Los establecimientos de la Beneficencia Pública en Madrid estaban a cargo de religiosas, principalmente de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul. También, en el cambio de siglo, las Hijas de la Caridad de Santa Ana atendían el Hospital de San Juan de Dios, y la Congregación de las Siervas de María se dedicaba a la asistencia domiciliaria a los enfermos. La Fuerza Pública (Ejército, Armada y Cuerpos de policía) supone un contingente masculino de casi 17.000 personas, número elevado que debe relacionarse con las funciones de Madrid como capital, puesto que en Barcelona la cifra es inferior a la mitad. La administración pública es un sector en el que aparecen censados 10.598 varones y 39 mujeres. Estas últimas son las pertenecientes a los servicios de Correos, Telégrafos y Teléfonos, únicos abiertos hasta el momento a la participación femenina. Si el ejemplo del empleo de mujeres en correos y telégrafos en otros países impulsó su puesta en práctica en España, su techo profesional quedó establecido en la categoría de «auxiliares temporeras» en 1884 (aspirantes terceras interinas desde 1896). La imposibilidad para las mujeres de alcanzar niveles más elevados llevó al cierre, en 1886, de la Escuela de Correos y Telégrafos que la Asociación para la Enseñanza de la Mujer había abierto en 1882. Las demás ramas de la Administración serán exclusivamente masculinas hasta el Estatuto de Funcionarios de 1918: «Caso notable: las luchas por sostener el derecho de una mujer a regir el Estado, ensangrentaron a España dxirante medio siglo; en el momento presente, otra mujer ciñe la corona; la mujer, por consiguiente, puede en España, hacer y deshacer ministerios, declarar la guerra y sancionar la paz, pero no despachar un expediente en una oñcina» ^^. La enseñanza engloba 1.193 varones y 826 mujeres, con una desigual distribución entre los distintos niveles educativos. Las maestras representan el grupo profesional cualificado más importante dentro de la actividad femenina, colectivo que en 1883 consiguió la equiparación salarial con los maestros y que jugará un importante papel en la reivindicación de mejoras educativas para las mujeres. En la cúspide se encuentran las profesoras de Escuela Normal, de especial relevancia en el caso madrileño por la primacía de la Escuela Normal Central; se trata del grupo de mujeres con un mayor reconocimiento académico en la España del momento, si se tienen en cuenta las condiciones de excepcionalidad que todavía acompañan su acceso a la Universidad. Distinto significado tendrán las Escuelas Normales de Maestros, habida cuenta de la gama mucho más amplia de posibilidades culturales y profesionales abiertas a los varones. La discriminación salarial, en el caso de las Escuelas Normales, llegará hasta nuestro siglo, pese a las reclamaciones planteadas por las profesoras ^^. Veremos a continuación la disparidad en las cifras censales de hombres y mujeres en otras profesiones que requieren un elevado nivel de instrucción. Lo que en el Censo se llama «profesiones médicas» es un colectivo de 2.265 varones y 35 mujeres. El contingente femenino está compuesto por matronas, alguna enfermera (los hospitales estaban atendidos por religiosas, como ya se ha señalado), y de forma excepcional. Las relaciones de género: Imágenes y realidad social alguna médica. Es el caso de Concepción Aleixandre, ginecóloga que desde 1891 trabajaba en el Hospital de la Princesa, que al año siguiente consiguió romper la oposición a su ingreso en la Sociedad Ginecológica Española, y en 1902 fue nombrada Médica de Beneficencia Provincial en la Casa de Maternidad e Inclusa, manteniendo además una consulta privada. También ejercía la Medicina en el Madrid de 1905 (y quizá antes) Manuela Solís, otra ginecóloga, que había completado sus estudios en el Instituto Rubio del Hospital de la Princesa, y en París; trabajó en la Real Hermandad de la Esperanza (conocida como «del Pecado Mortal»), que asistía «sigilosamente a mujeres embarazadas de ilegítimo concepto», y en los Asilos la «Cuna de Jesús». Vemos aquí la forma en que se insertan profesionalmente en la sociedad española las ginecólogas, pues desde los mismos presupuestos que se esgrimían para impedirles el acceso a la Universidad y al ejercicio profesional, se estimaba muy recomendable que las mujeres fueran asistidas por otras mujeres. Por su parte, Trinidad Arroyo, la primera oftalmóloga española, desarrolló su actividad en el Consultorio de Niños de Pecho, en el Instituto Rubio y en el Asilo de Santa Lucía ^^. Dos espacios cuya configuración es, y seguirá siendo durante décadas, exclusivamente masculina, son el de las profesiones judiciales, con una larga tradición, y el de Arquitectura e Ingeniería, de desarrollo reciente y que ofrece por entonces en Madrid oportunidades de trabajo a los nuevos profesionales; en 1900 agrupan, según el Censo, a 2.600 y 495 personas, respectivamente: «Madrid abre ahora un amplio mercado a nuevos profesionales como los ingenieros y arquitectos, que encuentran trabajo en la construcción de viviendas y edificios oficiales» ^^. El ámbito intelectual, literario y periodístico reviste en Madrid una particular importancia, como centro político del país y como sede editorial y de publicación de periódicos y revistas; además, es preciso mencionar la aparición de los «intelectuales» considerada como un hecho ligado precisamente a ese fin de siglo. En términos estadísticos, las cifras censales nos hablan de 371 varones y 8 mujeres dedicados a la literatura. Cabe pensar que muchas de las mujeres que escriben en ese momento en Madrid no aparecen registradas como tales. Una rúbrica mixta en su composición es la que agrupa a «copistas, estenógrafos y traductores», y que supone 655 varones y 10 mujeres ^^. El examen de las relaciones de género que se desarrollan entre quienes escriben presenta un doble interés, ya que además de un sector de actividad, es un núcleo de elaboración de discurso. Es conocida la existencia de un gran número de escritoras durante el siglo XIX, ya que para ello no se requieren unos títulos o una contratación previa; si seguimos a Virginia Woolf, lo que imia mujer necesita para poder escribir novelas es «tener dinero y una habitación propia», en un momento en que otras puertas profesionales se le cerraban. Si como señala P. Aubert, «para entender mejor el papel de los intelectuales, la significación y el alcance de su discurso y de su protagonismo en la vida pública, no puede separarse el análisis de las mentalidades del de sus lugares y sus medios de producción», parece oportuno considerar la influencia que el marco general de relaciones de género ejercía sobre la posición respectiva de escritoras y escritores dentro del mundo intelectual, lo que obliga a cuestionar las fronteras de lo público y lo privado ^^. En el campo artístico se observan algunas transformaciones: «El último tercio del siglo XIX ve surgir todo el sentido moderno del mundo del arte. La burguesía, como clase en ascenso, entra en el mercado artístico potenciando una serie de iniciativas privadas con una finalidad última: vender la obra» ^^. En ese contexto, vemos cómo, a pesar de la vigencia de las ideas que conciben el genio como masculino y la repetición como femenina, un número creciente de mujeres trata de abrirse camino en el campo del arte, especialmente de la pintura, pasando del diletantismo a considerar su trabajo artístico como un modus vivendi. Así, se observa la presencia de obras pintadas por mujeres en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y en otras de tipo privado, como las del Círculo de Bellas Artes, y los catálogos nos informan de los precios que ponían a sus obras. Respecto a la acogida por parte de la crítica, Estrella de Diego ha mostrado cómo en muchos casos se movía entre el paternalisme galante y el miedo a la competencia que las pintoras podían representar. Si en el Censo de 1900 figuraban 658 varones y 5 mujeres dedicados a Artes Plásticas, tenemos noticias de la celebración, en 1903, de una «Exposición de Pintura Feminista», en el Salón Amaré, que reunió a cuarenta expositoras, entre profesionales y aficionadas: «En un país como el nuestro, lleno de preocupaciones y de prejuicios, donde pocas mujeres asisten a las clases y donde todavía se toman a broma los adelantos del feminismo, cuarenta mujeres que llevan sus trabajos a una exposición es im buen número» ^^. Las relaciones de género: Imágenes y realidad social No sabemos a quién correspondió la iniciativa de la exposición, ya que, a diferencia de lo que sucedía en ese momento en distintos países europeos y americanos, no tenemos noticia de la existencia en España de asociaciones de mujeres artistas ^°. El mundo del espectáculo ocupa, según el Censo que vengo citando, a 1.036 varones y 242 mujeres. El teatro es una profesión más aceptada que otras para las mujeres en la sociedad española del XIX, a pesar de las dificultades de conciliación con la vida del hogar. Así, en la prensa, son frecuentes las alusiones elogiosas a actrices como María Guerrero, María Tubáu, Rosario Pino, Carmen Cobeña, Loreto Prado, o a sopranos como Adelina Patti, María Barrientos. «Todavía a principios de siglo, ser actriz es la profesión más brillante a que la mujer puede aspirar. Salir de la estrechez económica y del anonimato, afrontar la opinión pública, captar su atención y tal vez pasar a la posteridad no es una aventura trivial para nadie. Y la escena es desde ima vocación a un escaparate» ^^. Relaciones de género y clases sociales La clase social y el género marcan el lugar ocupado por los individuos en la sociedad, lo que se traduce en diferentes espacios y pautas de sociabilidad. M. Perrot ha señalado la calle, el mercado y el lavadero como los lugares clave de sociabilidad femenina urbana en las clases populares. Recordemos la existencia en el Madrid de principios de siglo de un gran número de puestos callejeros en los alrededores de los mercados, que prolongan la venta de los artículos alimenticios en un amplio espacio. La calle de la Corredera Alta, cercana al mercado de San Ildefonso, o la de la Ruda, próxima a la plaza de la Cebada, son ejemplos de ese ambiente donde se desarrollan lazos de unión entre las verduleras, y conflictos con los agentes de la autoridad, que a veces saltan a las páginas de la prensa ^^. «las vendedoras...vendían toda clase de verduras, se apretaban en las aceras y desbordaban en el arroyo dejando libre sólo un sendero por donde desfilaban los transeúntes en fila india» ^^. Ambiente popular también entre las compradoras, pues «las señoras en Madrid por muy pobres que fiíesen no iban a la compra» ^. A diferencia de las tabernas, lugares de sociabilidad obrera masculina por excelencia, los cafés cuentan con un público más variado. AIK se dan cita gentes de todas las clases sociales, y, aunque predominan los varones, también encontramos tertulias de tipo familiar, como las referidas por Arturo Barea en el café Español ^^. Por otra parte, es una época de masiñcadón de los espectáculos, y de proliferación de cabarets y cafés cantantes. Serge Salaün ha señalado que «el cabaret responde a una demanda sexual masiva (masculina, exclusivamente), imaginaria o concreta. La ópera y la zarzuela facilitaban una «galantería» en beneficio exclusivo de las clases altas. El cabaret amplía el consumo sexual a todas las clases» ^^. El mismo autor sitúa el hecho en el marco de las diferencias de educación entre hombres y mujeres con respecto al sexo. Esas diferencias que llevan a celebrar la precocidad en las relaciones sexuales de los hijos (con prostitutas o con mujeres de clase social más baja), mientras se vigila cuidadosamente a las hijas para evitar el más mínimo desliz: «No había pasado desapercibida en el magín del guitarrero la precocidad de Jaime con las mujeres...se sentía, como buen padre, muy gozoso con las hazañas que sospechaba de su hijo...»^^. La doble moral lastraba las relaciones entre los jóvenes de uno y otro sexo. C. Barga, refiriéndose al Madrid acomodado de principios de siglo, alude a esas «señoritas cuya única tarea en la vida consistía en buscar, siguiendo las reglas sociales, el hombre con que se pudieran casar» ^^. Y presenta a lo largo de su autobiografía el lugar que en la vida de esos hombres ocupaban las casas de prostitución, que constituían una forma habitual de iniciación en el sexo: «Enrique lo notó y habló a solas con su amigo: "Te está interesando demasiado Marta", yo no quiero ser en lo más mínimo un obstáculo; a mí ni Marta ni ninguna mujer me influirá en mi trabajo: ¿para qué está la casa de la Granadina? Ven conmigo \m día y verás cómo tomas la costumbre de ir y no te importa tanto Marta» ^^. En la misma obra aparece e3q)resada la desconfianza que ese entramado de relaciones provoca en xma muchacha de clase trabajadora, educada en al trabajo social propiamente dicho, analizando los factores que lo dificultaron. En distintos países, esa «maternidad social» puso en contacto a mujeres de distinta procedencia social y fue el germen en que brotaron las iniciativas de nimierosas reformadoras sociales ^^. Se ha aludido al debate que sobre el alcance de la educación de las mujeres se había desarrollado en la sociedad española en las últimas décadas del siglo XIX, a través de los Congresos Pedagógicos. Esa sigue siendo, en el cambio de siglo, una de las cuestiones clave en la situación de las mujeres en España. Dentro de ella, la posibilidad de una educación en valores laicos, que escape al control de la Iglesia católica, es el objetivo prioritario para algunas librepensadoras, que consideran la formación de una conciencia libre como algo indispensable para la emancipación de las mujeres ^^. Hay que tener en cuenta que la etapa finisecular se inscribe dentro de lo que C. Fagoaga ha llamado el período formativo del feminismo en España, previo a la fase sufragista. Resulta fundamental en esos años la acción de laicistas y librepensadoras, que se mueven en los círculos del republicanismo y las logias masónicas, enfrentándose muchas veces a los propios códigos de la masonería, en relación con el lugar de las mujeres. Los núcleos básicos de esta coordinación se sitúan en Valencia, Barcelona y Andalucía, pero en Madrid, en la época que nos ocupa será fundamental la figura de la dramaturga librepensadora Rosario de Acuña, primera mujer que ocupó la tribuna del Ateneo y del Fomento de las Artes, la segunda que estrenó en el Teatro Español (sólo la había precedido Gertrudis Gómez de Avellaneda); es al mismo tiempo una mujer que se ha separado de su marido, tras descubrir la infidelidad de éste, algo que choca con las pautas habituales de comportamiento en la época. Colaboradora de Las Dominicales del Libre Pensamiento, desde cuyas páginas se apoya a la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, perteneció a la sociedad librepensadora «Los amigos del progreso», y la encontramos en la inauguración en Madrid de la logia femenina «Hijas del Progreso», en 1888. Al año siguiente, se produce el apoyo público desde Madrid, por parte de un grupo de diecisiete mujeres, a la carta firmada por cincuenta librepensadoras valencianas-en defensa de la libertad de conciencia, en un conflicto que las enfrenta a la jerarquía eclesiástica ^^. Las relaciones de género: Imágenes y realidad social Que el problema de la desigualdad entre hombres y mujeres preocupaba a algunos intelectuales en la España de finales de siglo, es algo sobre lo que ha insistido recientemente G. Gómez-Ferrer. En ese marco sitúa la obra de Emilia Pardo Bazán, como intelectual de fin de siglo, perteneciente al núcleo madrileño, uno de los que reflexionan sobre los problemas que entorpecen el proceso de modernización en España. No es posible resimair aquí el contenido de su pensamiento, pero sí qxiiero mencionar su participación en algunos debates que se desarrollaron en aquellos años en la sociedad española en relación con el género, aparte de la cuestión educativa, ya aludida. Me refiero a temas como la posibilidad del ingreso de las mujeres en las Academias, que intentó deslindar de su caso personal y centrar en la cuestión del reconocimiento de los méritos de las mujeres, con la propuesta de Concepción Arenal para la Academia de Ciencias Morales y Políticas; la reclamación de la independencia económica a través del trabajo y la denuncia del matrimonio como única vía respetable para la mujer, a través de los modelos propuestos en sus novelas de los años 90; la existencia de la^doble moral, la reclamación de una justicia no discriminatoria, en relación con los firecuentes asesinatos de mujeres relatados en la prensa. Y todo ello, sin olvidar la difiasión en España de la evolución del problema en otros países, tanto a través de la traducción de la obra de Stuart MU, como de sus artículos sobre Congresos y reuniones feministas de carácter internacional ^^. Una escritora que se sitúa en la corriente regeneracionista y que desde 1901 forma parte de la vida intelectual madrileña, a través de sus libros y su continua actividad periodística, es Carmen de Burgos, almeriense que ese mismo año obtuvo una plaza de profesora en la Escuela Normal de Maestras de Guadalajara. Primera mujer redactora de un periódico en España, con su columna diaria desde 1903 en Diario Universal, y colaboradora de ABC desde ese mismo año, con su pseudónimo Colombine, desarrolla en ambas publicaciones un tipo de artículos que tratan de dar a conocer aspectos de las actividades de las mujeres en distintos países, junto a comentarios de actualidad, y temas considerados femeninos, como higiene y belleza, moda, a través de los cuales toma partido en contra de la tiranía del corsé y de cosméticos peligrosos: «Una de las principales bellezas está en la naturalidad. Una joven, sana y hermosa, se convierte en ima enferma pálida y demacrada por el abuso del corsé, creyendo aumentar su belleza al disminuir algunos centímetros su talle. Una señora de tez fresca y satinada, se convierte en una anciana de piel rugosa y amarillenta por querer aparecer con un tono más blanco y rosado del que le dio la Naturaleza» ^^. Las relaciones de género: Imágenes y realidad social rural y respecto a otros grandes núcleos urbanos españoles, como es el caso de Barcelona, y por otra parte, respectQ a lo que sucede en el momento en otras grandes ciudades europeas. El retraso educativo español respecto a otros países del entorno hace que en 1900 todavía el género y la clase social sean factores decisivos en cuanto a las posibilidades de acceso a la educación; en ese contexto, Madrid, por su condición de capital, ofrece unas oportunidades educativas mayores que en el resto de España, si bien las diferencias de género no desaparecen. Hay que tener en cuenta que el impulso más fuerte para reducir esas diferencias corresponderá a décadas posteriores al momento analizado. Las condiciones antisanitarias de la vida en Madrid, estudiadas por Hauser, que redundan en una elevada mortalidad, especialmente infantil, y el mantemmiento de una natalidad que trate de compensar dichas pérdidas, unidas a la insuficiencia de hospitales, a la carencia de centros de convalecientes, están en relación con una importante dedicación de las mujeres a las tareas de reproducción, es decir, a la maternidad, pero también al cuidado de niños y enfermos, y a tareas domésticas destinadas a suplir la falta de equipamientos. Nos encontramos ante una economía que conserva aún rasgos de tipo tradicional, en la que el servicio doméstico es y seguirá siendo durante décadas el renglón más importante de trabajo del sector servicios, y es ahí donde encaja esa elevada proporción de mujeres y su crecida tasa de soltería; la modernización del terciario en su composición todavía tardará en producirse en Madrid. Las pautas de género vigentes, y el bajo nivel de instrucción de las mujeres, producto de esas mismas pautas, dan lugar a un mercado de trabajo fuertemente segregado desde el punto de vista ocupacional y salarial, y a la existencia de un importante volumen de actividad no reconocida. No se ha desarrollado aún un sistema de protección de la maternidad, y el trabajo a domicilio se muestra inadecuado como fórmula para conciliar el trabajo de cuidado de la fanúlia que realizan las mujeres con el que llevan a cabo para conseguir unos ingresos. No es preciso decir que el modelo teórico de varón «ganador del pan» y mujer ama de casa en exclusiva no es posible para amplias capas de la clase trabajadora, por razones económicas, y que la necesidad obliga incluso al trabajo vergonzante de las mujeres en ciertos sectores de las clases medias. En ese contexto general se explica la importancia que alcanzan en Madrid las instituciones de beneficencia de todo tipo, ante la carencia de unos sistemas de protección social. Y si es notable la presencia femenina entre quienes se dedican a las tareas benéficas, porque se trata de actividades socialmente aceptadas para las mujeres de clases altas y porque disponen de tiempo, también vemos cómo los bajos salarios femeninos y la falta de protección a la maternidad hacen aparecer a muchas mujeres como destinatarias de esas ayudas. Madrid, por su papel en la vida política e intelectual española, será lógicamente uno de los núcleos clave para seguir la evolución del debate feminista en el cambio de siglo. El cuestionamiento de las relaciones de género vigentes aparece impulsado más por la suma de una serie de iniciativas de pequeños núcleos, en los que destaca la labor de ciertas escritoras que tratan de hacer oír su voz en distintos foros, que por la acción de un movimiento feminista fuerte. La cuestión del sufragio saltará a la prensa unos años después, en 1906. Así pues, podemos concluir afirmando que el tipo de relaciones de género que regían la vida madrileña de principios de siglo no favorecía la modernización social, si bien se observan síntomas de cambio en sectores todavía minoritarios. ^ JOVER, J. M^: «Aspectos de la civilización española en la crisis de fin de siglo», en FUSI, J. P. y NIÑO, A. (eds.): Vísperas del 98. Orígenes y antecedentes de la crisis del 98, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997, pp. 15 y 17. ^ Una diferencia importante entre las cifi'as citadas en el texto, obtenidas a partir del Censo, y las que ofrece la Rectificación del empadronamiento hecha en diciembre de 1899, A.V.S., 12-474-6, es la que afecta al distrito de Palacio, que según el Censo de 1900 cuenta con 97,6 varones por cada 100 mujeres, y según la fuente municipal de 1899, con 74,3, lo que le situaría en uno u otro extremo de la lista, dependiendo de la fuente utilizada. ^ Los datos sobre la proporción de casadas en MIGUEL, A. de: «La población de Madrid en los primeros años del siglo». Revista Española de Investigaciones Sociológicas, n° 19, jul.-sept. 1982, pp. 55-71. ^ «...en el aprecio que en el Derecho positivo de nuestro pueblo se hace de las facultades propias del hombre, según los sexos, para determinar las funciones propias del varón con las limitaciones que de su sexo nacen, se atiende muy cabalmente a su naturaleza: lo único que el hombre no puede hacer, aun en la plenitud jurídica de su personalidad, es lo que la misma naturaleza no ha querido que haga; prescindiendo de la maternidad, en el hecho fisiológico y en sus necesarias y directas consecuencias jurídicas, el hombre puede hacer cuanto socialmente hace la mujer. En cambio, ésta no puede hacer muchas cosas que no dependen de la paternidad, pero que la costumbre, los prejuicios, el ideal corriente de la vida, conceptúan impropias del sexo femenino», A. POSADA: Feminismo, (ed. de O. Blanco), Madrid, Cátedra, 1994, pp. 208-209 (ed. original, 1899). ^ Los entrecomillados en PARDO BAZÁN, E.: «La educación del hombre y de la mujer. Sus relaciones y diferencias» (Memoria leída en el Congreso Pedagógico de Las relaciones de género: Imágenes y realidad social un medio anarquista, cuando el protagonista, hijo de un senador y miembro de una familia acomodada, la coge en brazos y la tumba en el suelo: Carmen de Burgos sitúa la cuestión en sus coordenadas sociales: «La mujer quiere siempre agradar...en nuestras sociedades donde aún suele asignársele como única carrera el matrimonio,... necesita para conseguirlo la gracia y la coquetería» ^^. Un debate que Carmen de Burgos suscitó desde las páginas del Diario Universal, en diciembre de 1903, fue el relativo a la cuestión del divorcio en España. Pidió sus opiniones a intelectuales y políticos, y asimismo llegaron las cartas de numerosos lectores y lectoras, reuniendo posteriormente todo este material en un libro, que permite seguir el carácter de los argumentos esgrimidos a favor y en contra: «El deseo de perpetuar en el libro los primeros pasos para él planteamiento de esta mejora social, nos impulsa a recopilar en un volumen todo lo dicho en el plebiscito y que no se pierda con la rapidez vertiginosa de la hoja periodística, lo que puede ser una semilla de progreso lanzada al viento, pero que en su día germinará» ^^.
La sociabilidad, se suele repetir con frecuencia desde que tal concepto ha entrado con fuerza en la historia académica, saca su substancia de la historia social clásica, que pone el acento en las estructuras materiales condicionantes de la vida social, de la historia moderna de las relaciones sociales y de la más reciente historia cultural de lo social. Se contabiliza bajo estos parámetros una forma de atraer al campo histórico determinados fenómenos individuales y colectivos de carácter ritual, representativo y lúdico, no siempre bien comprendidos por la historiografía clásica, que involucra, como veremos a continuación, a los espacios sociales, las relaciones entre los grupos y las representaciones colectivas que rigen la identidad y los comportamientos de los individuos. Comencemos por algunas notas descriptivas que nos facilita la técnica moderna de la fotografía, recurso documental en absoluto accesorio puesto que tal fue, al menos hasta los años 20 del siglo XX, el papel más evidente reservado a este medio.. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales 463 La Equitativa, Alcalá/Sevilla, a comienzos del siglo XX Demos la espalda a este cuadro y avancemos escasos centenares de metros por la calle Alcalá hasta situarnos ante un nuevo cuadro. El centro de la perspectiva se encuentra ahora dominado por el edificio imponente de La Equitativa, en la confluencia de las calles Alcalá y Sevilla. Como en el caso anterior, ñguras humanas, jardineras, simones y milords entrecruzan sus trayectorias. Una larga hilera de éstos esperan ante la fachada derecha en sombra del ediñcio, a lo largo de la calle Alcalá. Si el fotógrafo hubiese logrado ampliar un poco la perspectiva hasta las inmediatas esquinas de las calles a derecha e izquierda hubiera logrado captar la imagen de dos de los más célebres cafés del Madrid ñnisecular: el Fornos y el Suizo ^. Continuemos el camino hasta llegar a la encrucijada presidida por la diosa Cibeles. Aquí la instantánea nos sitúa a la entrada del paseo de Recoletos. A la derecha se perfila el recién concluido Palacio de Linares, el único edificio claramente destacado en la amplia panorámica dominada hasta el horizonte por las tupidas copas de Francisco Villacorta Baños las hileras de árboles del paseo. Algún escaso vehículo -un tranvía eléctrico y un simón-destacados en un primer plano del ancho panorama y contadas figuras esparcidas aquí y allá completan el cuadro. Giremos ciento ochenta grados para afrontar un escenario no muy diferente al anterior: el Salón del Prado. Visto desde su vertiente sur, de espaldas a la fuente gemela de Neptuno, el ampho panorama de la instantánea se estratifica en tres segmentos que forman el cielo, las negras copas de la tupida arboleda, sobre las que solo se destaca nítidamente el edificio del Banco de España, y el macadam de primer plano. A veinte años de distancia y con una profundidad de campo aún más lejana, que incluye a la propia fuente de Neptuno, otra instantánea ratifica el protagonismo absoluto del ancho paseo arbolado en el que las figuras, y hasta los edificios, son como minúsculas figuras esparcidas por doquier. Retornemos a la calle Alcalá, dejemos atrás a la derecha, en el espacio del actual Palacio de Comunicaciones, el frondoso remanso de los Jardines del Buen Retiro tan celebrados por los noctámbulos del estío madrileño del último tercio del siglo, y sigamos hasta encontrar, más allá de la Puerta, el ingreso que nos conduce al Paseo de Coches del Retiro. Desde 1874, por iniciativa del duque de Fernán Núñez, una amplia avenida fue desarbolada para dar a la buena sociedad madrileña la satisfacción de oficiar sus ceremonias sociales desde lo alto de sus carruajes de paseo. Una instantánea de hacia 1895 nos muestra, en efecto, la amplia perspectiva del paseo escoltada hasta el horizonte por frondosos árboles. En el centro mismo del cuadro un solitario carruaje, de uniformado cochero, parece desafiar las convenciones rituales que regían los hábitos gregarios tanto en la exhibición pública como en el repliegue privado de los grupos sociales ^. Reemprendamos la marcha por el antiguo camino de Alcalá hasta llegar a los arrabales. AlH, antes de llegar al puente de las Ventas del Espíritu Santo, el fotógrafo ha encontrado un motivo adecuado. La instantánea panorámica nos muestra a la derecha, en el primer y medio plano de un horizonte vertebrado por el camino alcalaíno y sus edificios de escolta, un pequeño edificio de dos pisos, el superior ocupado por un amplio salón en forma de galería acristalada. En su alero, el rótulo La Gloriosa, nombre de uno de los merenderos ubicados en la calle Almería descendente hacia el valle del arroyo Abroñigal. A la derecha, un pequeño pórtico da entrada al establecimiento. Al lado de aquél siguiendo la calle, apenas entrevisto en la instantánea, un segundo local del mismo tipo: Los Andaluces. Los figurantes, de evidente aspecto condición popular, esperan expectantes el milagro de la resolución de la cámara ^. Merendero La Gloriosa, en Ventas, hacia comienzos del siglo XX Trasladémonos desde estos arrabales a los que se emplazan en el eje del río Manzanares, en dirección al Pardo. Ahora la instantánea nos muestra, precedido de un pórtico emparrado y rodeado de firondosos árboles que escoltan todo el recinto, la perspectiva de un edificio de dos plantas con la fachada cubierta de reclamos publicitarios. En uno de sus paños, el rótulo: Viveros de la Yill% nombre de uno de los más celebrados merenderos durante la primera mitad del siglo XX. Al fondo, sobre la derecha, la elegante verja de entrada al patio, que enmarca el paso de un carro por el exterior, sobre un fondo, de nuevo, de arboleda ®. Si, dando la espalda a la verja, avanzásemos unos centenares de metros por la frondosa vereda encontraríamos, en la misma vertiente, un edificio no muy diverso del anterior. La instantánea nos lo muestra en perspectiva a la izquierda, empequeñecido por la imponente silueta de la arboleda que se pierde, hacia el fondo, hasta el horizonte. En el frontispicio, el nombre indicativo de la misma ocupación y popularidad que el descrito más arriba: Campo de Recreo. Hacia el centro del cuadro, en primer plano, un solitario simón avanza hacia el espectador. Imaginemos ahora por un momento que las estáticas figuras, sorprendidas en un instante de sus ocupaciones cotidianas, de los cuadros descritos se ponen en movimiento y comienzan a agruparse conforme a los diversos núcleos de polaridad que constituyen su clase, su profesión, sus inquietudes culturales, sus aficiones, sus apetitos festivos, sus tendencias bohemias. Puede darse el caso, además, que el cuadro se encuentre en ese momento coloreado por los diversos acontecimientos religiosos, lúdicos o patrióticos que sacuden rítmicamente el pulso vital de la ciudad. O que bajo el protector resplandor de la iluminación callejera eléctrica inaugurada en enero de 1900 en algunas calles céntricas comience a difuminarse la ancestral alternancia entre sueño y vigilia de los ritmos naturales del tiempo, de forma que -parafraseando las palabras Antonio Flores sobre la imaginaria madrugada de 1899-desde que esa invención ha permitido «que la noche se eche el alma a la espalda, trocando sus negras tocas de viuda modesta y recogida por el esplendente ropaje de doncella alegre y enamorada, no hay medio de sorprender al alba en paños menores dentro de las grandes capitales» ^^. Cuando todas estas circunstancias se producen los escenarios se repliegan ante el protagonismo de las figuras, impulsadas por algunas necesidades elementales de relación a través de la que se afirman las identidades sociales, se intercambian intereses, afectos y aficiones y se satisface la compulsión de reconocimiento público. Todos esos recursos se ponen en juego, en definitiva, en la dimensión sociable de lo social que es el primero de los pilares sobre el que queremos construir estas páginas. Ante ellos, el documento positivo fijado por la cámara, como aquellos que acabamos de describir, deja paso a las modulaciones cualitativas de la vida social. El segundo pilar es el de Madrid en torno a la fecha gozne de 1900. Sobre ambos datos, escenario y vida de sociabilidad, que hemos venido poniendo sobre la mesa, es posible construir la biografía social de un año, con la pretensión, como la que tenía el autor del libro bajo el que se cobija el rótulo de este epígrafe y que nos servirá de guía en todo momento, de que por el hueso de los trescientos sesenta y cinco días sea posible reconstruir el esqueleto entero de un período histórico ^^; de que por las rendijas de las aparentemente frivolas e intranscendentes reuniones festivas, celebraciones y efemérides lúdicas se entrevea el espectro complejo y problemático de las relaciones sociales. Tenemos por delante, pues, una «lectura de los signos», que cada uno de Francisco Villacorta Baños esos escenarios contiene, a través de la que, según dice Raphael Samuel, «el historiador ha sido capaz de tomar en serio la parte lúdica de la cultura himiana y la vida social» ^^. Madrid -se podría decir de forma general y por descontado en el campo que nos ocupa-es en el cambio de siglo un organismo híbrido, en plena evolución entre lo viejo y lo nuevo. Sería aventurado decir que en esta coyuntura concreta la vida social del todo Madrid ha cambiado de forma significativa respecto al floreciente cortesanismo isabelino y a la pujante ostentación burguesa de la primera Restauración y la Regencia. Los viejos rituales de sociabilidad en torno a la Corte y al gotha aristocrático se mantienen en apariencia inalterables. Tomemos como guía las descripciones en primera persona de la mencionada biografía madrileña del 1900. El joven estudiante de derecho, meritorio del ministerio de Estado y aprendiz de escritor y sus alegres amigas aristócratas, las Laguna especialmente, son un ejemplo paradigmático de la vida social de ese medio. Tienen abiertas, en primer lugar, por su propia posición o por sus relaciones, las puertas del núcleo central de irradiación simbólica de la representación social: el Palacio Real. Allí asisten, como protagonistas o espectadores, «enmarcados en la gloria del resplandor real» (p. 25) a los viejos rituales cortesanos vinculados a las onomásticas y celebraciones religiosas o laicas, que «han conservado toda su etiqueta antigua» (p. 33): la capilla pública del 6 de enero y del domingo de Ramos, el santo del Rey el 23 del mismo mes de enero, el lavatorio de los pies el día de Jueves Santo, el baile chico («cogollo aristocrático», frente a la mezcla de aristocracia y burguesía del «baile grande», p. Al amparo de este centro legitimador se cobija una todavía pujante vida de sociabilidad de los medios aristocráticos y altoburgueses. A lo largo del año, con el pretexto de idénticas efemérides de la vida individual, religiosa y colectiva, se teje una tupida red de relaciones personales y de hábitos culturales sobremanera definitorios de la identidad de una clase social. Sigamos algunos de ellos cronológicamente según el agudo relato del libro que nos ocupa. El paseo es uno de los rituales universales de la sociabilidad, en que el autor sorprende a sus personajes tanto en verano como en invierno (p. 20), a pie como en carruaje, por el Retiro, la Casa de Campo (p. 30), el Prado, Recoletos o por la Castellana, que ha ido pasando al primer plano de la moda conforme se urbanizaba y conforme sus predecesores, el Prado y Recoletos, se han visto relegados en su función selectiva y diferenciadora por la propia atracción de su éxito mundano. La primera de ellas recoge la apiñada procesión de personajes de diversa condición social por el paseo de Recoletos todavía en plena temporada invernal. Caminando bajo el amplio arco de los árboles del paseo, en circuito de ida y vuelta, con predominio de gabanes y sombreros hongo ellos, gruesos talares y sombreros ellas, o bien detenidos en el lateral izquierdo en la contemplación del tránsito humano, consustancial al fenómeno mismo del paseo, dejan al otro lado varias abigarradas hileras de sillas, ahora vacantes, a la espera de mejores condiciones climáticas/^. Y esto es lo que recoge la segunda de las instantáneas. Bajo la tupida fronda de la arboleda grupos diversos de personas en traje veraniego hacen tertulia o simplemente contemplan con placidez el paso del tiempo sentados en las sillas del paseo, mientras el cobrador del alquiler, a la izquierda, se apresta a cobrar el óbolo ^^. El Paseo de Recoletos, a comienzos del siglo XX En febrero se emprende la tarea, tan ardua «como la de formar un gobierno», de emparejar «la lista grande» de los jóvenes herederos que bailarán en el palacio de Villahermosa la dieciochesca pavana organizada por la ambiciosa marquesa de Squilache (pp. 98-99 y 102-110), uno de esos personajes omnipresentes, en su búsqueda compulsiva de un lugar entre los grandes del gotha aristocrático, de la vida social madrileña en las décadas de cambio de siglo. Casi de inmediato comienzan las celebraciones de carnaval: el desfile de carrozas y máscaras Francisco Villacorta Baños organizado por el A5amtamiento de Madrid con el Paseo de Coches del Retiro, su punto de partida, como selecto centro de exhibición, con tribunas reservadas para el Jurado, la familia real, la Gran Peña, el Casino, el Nuevo Club, amén de otras reservadas a quienes tengan capacidad para pagar las veinticinco pesetas del palco; la batalla de confetis y serpentinas del lunes de Carnaval en Recoletos; los bailes de máscaras en el Circo de Colón, en el Teatro Nuevo, en la Embajada de Italia, en el Teatro Real organizado por el Círculo de Bellas Artes; el goyesco entierro de la sardina el miércoles siguiente en la Pradera del Corregidor. El Casino, la Gran Peña, el Nuevo Club, los tres centros selectos de Madrid cuya importancia como signo de identidad social resulta incuestionable por su comparecencia institucional en la mayor parte de actos de representación pública, lo que hace que pueda no conocerse la identidad individual de las personas acogidos a su sombra, pero que no exista duda alguna acerca de la social: «chicos de la Peña y del Nuevo Club» de los Jardines del Buen Retiro (p. 223), los «jóvenes del "Nuevo Club"» que imponen la moda de quedarse en mangas Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales de camisa en los toros (p. El Casino, el más antiguo, data de 1837 y acoge desde entonces a buena parte de la sociedad adinerada de Madrid a la búsqueda de relaciones interpares, una proyección identitaria pública y un cobijo seguro para los atrapados por la fascinación de los juegos de azar. La Gran Peña, a continuación, tertulia de militares nacida en el café Suizo en 1869, instalada después en sede independiente en la calle de Alcalá, justo al lado del Suizo antes de abordar, ya en la segunda década del siglo XX, el proyecto de casa propia. El Nuevo Club, finalmente, nombre definitivo del Veloz Club, selecta reunión aristocrática de orientación alfonsina nacida en 1873 en torno a deportiva afición por el velocípedo ^^. La fiesta pagana da paso sin solución de continuidad a la religiosidad mundana de la cuaresma y semana santa. Se habla de los predicadores y ejercicios espirituales más «chic» (p. 124); se aprovechan los oficios religiosos y la visita a las estaciones para exhibir por la calle de Alcalá los empavonados trajes de gala -^mantilla, peineta y vestidos de seda negra ellas; uniformes de gala militar, levitas y sombreros de copa, talares de las órdenes militares ellos-«las mismas personas del «foyer» del Real», con «otro indumento» y con una alegría en apariencia impropia de la efemérides religiosa (pp. 163-167). Por entonces está a punto de romper la primavera y con ella llegan los días más felices de los paseos cotidianos de coches alrededor del Ángel Caído en el Retiro, aquellos en que los carruajes, rebosantes de mujeres jóvenes, se abren al sol y se engalanan de flores. Son la celebración suprema del gusto morboso de la aristocracia por su propia contemplación. Comienza la procesión de carruajes hacia las cuatro de la tarde formando una especie de larga línea de tribunas «desde las cuales se puede, con toda comodidad, mirar y ser mirado». A la caída de la tarde, de repente, todos ellos se dirigen hacia la Castellana, donde se repiten las escenas del Retiro y todavía al anochecer la procesión emprende la marcha, calle Alcalá adelante, hacia el corto y estrecho trayecto de la carrera de San Jerónimo entre las cuatro calles y Sol, donde las aceras se pueblan de «gomosos, que, a su vez, contemplan ávidamente a las bellas» (pp. 193-197), en tanto que los protagonistas aprovechan para pasar un momento por Lhardy para degustar una copa de jerez antes de retirarse al calor del hogar. Todo lo mencionado mientras el paso del tiempo va punteando los días con hábitos y relaciones que densifican la urdimbre de ese universo cultural: la dedicación o asistencia a los tradicionales deportes aristocráticos -el tiro de pichón, las carreras de caballos, cuya procesión de carruajes a la salida del hipódromo de la Castellana se convierte en sí misma en un espectáculo público amparado por el Ayuntamiento (pp. 200-202)-o a los nuevos deportes a la moda: el polo, que es «el más chic de los, deportes» (p. 139), lo que quiere decir fundamentalmente el más caro, ya que exige la capacidad para mantener una cuadra de jacas. («Hasta ahora solo juegan Jimmy Huesear (Alba), el duque de Arión, Justo San Miguel, Valentín Menéndez (hijo de los condes de Vilches), algún diplomático de la embajada británica y pocos más», p. 140), la bicicleta, el novísimo automóvil o el «tennis», recién importado de Inglaterra (p. 214); la tertulia cotidiana del marqués de Miraflores en el palacio Martorell de la carrera de San Jerónimo, los salones de la marquesa de Mérito y de la duquesa de Bailen, las recepciones de los príncipes de Wrede, recién establecidos con gran estrépito mundano en Madrid, el santo de la marquesa de Ivanrey, la interminable ronda de felicitaciones el día de San José, el Santo de la Pardo Bazán el 5 de abril, otro de esos personajes ávidos de vida y representación social en el Madrid de cambio de siglo (pp. 158-161) ^^. Una composición de estudio nos muestra a la Pardo Bazán en el centro de una de estas reuniones domiciliarias: las damas de elegante atuendo sentadas en semicírculo en torno a una mesa y escoltadas por un coro de caballeros de pie, atentos la mayoría al movimiento de la cámara, bajo un fondo, todos ellos, de un convencional rincón familiar, con foto de familia y reloj de pared ^^. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales Con la bonanza metereológica cunde al mismo tiempo un compulsivo afán de fiestas y celebraciones: San Isidro, baile en casa de Bailen, bailes en Palacio, fiestas de San Fernando en Aranjuez, nuevos bailes en casa de la Squilache, corridas de toros, baile en la Embajada de Inglaterra, verbena en casa de la Bermúdez de Castro (la «falsa reina», por su parecido con María Cristina). Así hasta que la corte se desplaza a San Sebastián para el veraneo. Los rituales permanecen aunque los escenarios sean ahora la Concha, el boulevard, las sidrerías o el Casino. Pero este es solo una de las posibilidades, porque el veraneo se ha estratificado conforme se ha hecho más general: Biarritz y el extranjero para los círculos más selectos; San Sebastián para los patriotas y cortesanos meritorios, que la convierten, en verano, en una ciudad «rematadamente cursi» (p. 231); La Granja después y por último los pueblos del Guadarrama, «con el mesocrático Escorial a la cabeza» (p. Para los que permanecen en Madrid, por un tiempo o durante todo el verano, es el momento dorado de los Jardines del Buen Retiro en el esquinazo del Prado y Alcalá. Su éxito reside, según el autor, no sólo en la frescura nocturna de su floresta, sino en «el prestigio que guarda en España la aristocracia», porque los Jardines permiten que «el olimpo se ponga en contacto con los mortales». Allí coinciden al fresco de la noche las diosas de la elegancia, los políticos más renombrados, «los tenores y primeras tiples de la zarzuela social», como toreros de paso, cupletistas y cronistas de sociedad, con las inquilinas de los «terceros sin ascensor». Allí se pasea interminablemente alrededor de la pista, se hace tertulia en las sillas que la rodean, se asiste al teatro allí levantado por Ducazcal y a otros espectáculos al aire libre, se baila y, en general, se da curso al comentario de actualidad, al ingenio elegante y a la maledicencia (pp. 219-223) ^^. Los jardines del Buen Retiro son únicamente uno de los más celebrados escenarios de la vida social al aire libre entre 1876 y 1905. Junto a ellos, de entre todos los acondicionados con diversa fortuna a lo largo del XIX, perviven en el ñnal de siglo los Jardines de aclimatación de la calle de Ferraz, el Parque de Rusia o Madrid Moderno, en torno a la actual avenida de los Toreros, junto a la plaza de las Ventas; el de Salamanca en el barrio homónimo. Todos ellos, para diferenciarlos de los paseos y escenarios públicos ya mencionados, como el Prado-Recoletos-la Castellana, el Parque del Retiro o la Casa de Campo, combinan el disfrute de la naturaleza con espacios de ocio de carácter gratuito o de pago, como juegos de entretenimiento, conciertos, tiro al blanco, columpios, exhibición de animales domésticos. fondas, pistas de baile y de patinaje, espectáculos circenses, canales navegables, cafés, etc.. El propio año de 1900 se abren algunas de las atracciones de un ambicioso proyecto -que finalmente terminará fracasando-de unos Nuevos Campos Elíseos en la Quinta de la Fuente del Berro, en sustitución de los existentes desde 1861 a la entrada del actual barrio de Salamanca, desaparecidos veinte años atrás ^^. Hasta prácticamente octubre-noviembre no se reanuda el curso de la vida social madrileña. Lo hace con la presentación de las novedades teatrales, la reapertura del año político y el retorno de las recepciones en casas particulares. La primera solemne del año es el 4 de noviembre, día de San Carlos, casa del barón de Castillo de Chirel, donde se repasan las recientes jornadas estivales y se hace recuento de lo último en chismes y en moda extranjera (pp. 248-251). La Squilache retoma a continuación sus viernes de tresillo. Se celebra el santo de la marquesa de la Laguna y hasta el de un personaje a la vez tan ajeno y tan necesario al escenario de la representación mundana, el cronista social Montecristo, el que, junto con los otros a la moda, Madrizzi y El Abate Faria, proyecta sobre el espacio público, a través de un codificado discurso que reparte calificativos de belleza y elegancia conforme a la tarifa mundana del momento, la jerarquía simbólica de las posiciones sociales (pp. 255-261). Que no son pocas ni fácil de discernir convenientemente. Hay -dice el autor al respecto-personas a cuyas casas se puede ir, pero a quienes no se debe recibir en casa; otras a quienes es posible frecuentar durante el veraneo, fuera de Madrid, pero no en la capital; algunas con quienes se puede tratar en el restaurante, pero no en el domicilio particular; otras con las que no es posible trato alguno y, finalmente, aquellas de las que se codician todas las combinaciones mundanas, aunque ellas habitualmente no lo permitan: los Alba, Medinaceli, Fernán-Núñez (pp-150-151). Y en fin, se prepara a conciencia el último de los actos religioso-mundanos del año: la misa del gallo. La más elegante de todas tiene como marco la iglesia de las Calatravas, que atrae lo más granado de la nobleza ataviada para la ocasión con sus galas más representativas. Pero también se ofician celebraciones particulares en la capilla de Palacio, en los palacios de Cervellón, Liria, Denia, Santo Mauro, en las casas aristocráticas de Squilache, Arguelles, Villalba, Somosancho, Linares, Pardo Bazán, Castillo de Chirel, Xifré y otros, seguidas de suntuosos ágapes escapados por los pelos de los rigores de la preceptiva vigilia del día 24. Pero este cuadro social no quedaría, sin embargo, completo si no captásemos, al mismo tiempo que sus peripecias, el discurso crepuscular en que se encuentra descrito, al que no son ajenos ciertamente los Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales mecanismos selectivos con los que al cabo de más de cuarenta años transcurridos la memoria opera sobre los sucesos vividos: un discurso distanciado y sardónico de registros varios de una juventud plenamente interesada en las posibilidades de sociabilidad de su medio social, pero al mismo tiempo asumiéndolas como un repertorio de gastados rituales, hasta cierto punto ajenos, a los que convierten ocasionalmente en riptus, a veces ingenioso, a veces escéptico, a veces irónico, y en ejercicio de la distinción social transmutada en una nuevas fórmulas de diferenciación simbólica no convencionales, como la extravagancia. Señalemos tres ejemplos significativos. Cuando Blanca, la hija menor de los marqueses de la Laguna y otras amigas de ilustre cuna -nos cuenta el autor-pasean en los primeros días de enero por la Castellana lo hacen, a pesar del frío, por el andén de sombra para dar en la cabeza a las cursis del andén de sol, que poco a poco, ante esta extravagancia del poder y del prestigio social, comienzan a sentirse ridiculas (p. Otro ejemplo: aprovechando su hábito de mezclar los sucesos del día con la reseña de los actos sociales, el autor se vale de la preocupación cojnntural por una plaga de langosta aparecida de aquel verano del 900 para arremeter cáusticamente contra la que por las mismas fechas arrasa la cubertería real en el garden party del Campo del Moro (p.211). Pero sin duda nada ilustra mejor este clima crepuscular de una época dorada de la representación social que el cuadro con que el autor describe la última visita a Madrid de la princesa Rattazzi, una de las más célebres animadoras de la vida social y literaria de las capitales-corte europeas durante las últimas décadas del XIX, y el banquete de despedida de su grupo de adeptos madrileños. Allí, en un cálido ambiente de despedidas, el descontrol de las emociones hace caer literalmente la máscara del afeite y la representación para dejar al descubierto el rostro de la decadencia física y de la premonición de la cercana muerte, que efectivamente alcanzará a la princesa apenas año y medio más tarde (pp. 40-46) El segundo universo de sociabilidad sugerido en nuestro libro-guía es el que tiene que ver con las aficiones literarias de su autor. En la anotación del 12 de febrero nos trasmite sus impresiones de la tertulia modernista del café de la Montaña (en la puerta del Sol, esquina a Alcalá, en los bajos del Hotel París, en parte del espacio antes ocupado por el café Imperial ^°) de la que son los más asiduos Aben-Humeya, Llanas Aguilaniego, Valle Inclán, Benavente, Camilo Bargiella, el grafista Ricardo Marín, el editor Bernardo Rodríguez, el actor bohemio Barinaga, Henry de Cornuty, un parisino omnipresente entre más arrastrada bohemia del Madrid finisecular, Bernardo G. de Cándame y el segundo de los hermanos González Blanco, Pedro, entre otros (pp. 91-98). Poco después, igualmente introducido por Aben-Humeya, lo hace de la tertulia del café de Madrid, un local lóbrego y tristón comparado con el anterior, aunque tal vez más «denso» de ideas, emplazado en la carrera de San Jerónimo, de la que son pontífices máximos Pío Baroja y José Martínez Ruiz. Son habituales allí los hermanos Fuxá, el inevitable Cornuty y un suizo políglota llamado Pablo Schmitd. De ambas tertulias resulta además asiduo Santiago Rusiñol, en sus estancias en Madrid (pp. 110-115) ^^. En ambas semblanzas, así como en las corrientes anotaciones sobre las novedades literarias, especialmente las teatrales, se desvela la rudeza de la pugna, bien conocida por lo demás, entre continuidad y cambio dentro de ese mundo: el aprecio común por Rubén Darío y el rechazo de los viejos valores de la novelística realista y del neoromanticismo teatral. Echegaray es, entre los viejos, el principal motivo de escarnio, mientras que, en algunos casos, se reitera un aprecio distante por Galdós, Valera y la Pardo Bazán. Pero el cambio está en el candelero de todos los ambientes literarios, aunque sus protagonistas pasen comunmente todavía, como los antiguos románticos, por «melenudos, afeminados, Uoricones y grotescos» (p. Hay en estas pinceladas impresionistas de la vida literaria del Madrid finisecular algo que pertenece genéricamente a la sociología de la cultura moderna y algo que tiene que ver más particularmente con el proceso de renovación del mundo literario español de comienzos del XX. En efecto, este tipo de reuniones hunde sus raíces, especialmente a partir del romanticismo, en las necesidades de afirmación psicológica y social del artista que ha roto sus vínculos con lo que podríamos llamar modo de producción artística del Antiguo Régimen y que emprende el camino hacia el nuevo campo de ejercicio institucionalizado de la creación artística de tipo moderno. Estas reuniones cumplen, así, las funciones de afirmación colectiva en los nuevos cánones artísticos y de comparecencia común ante los nuevos públicos. El círculo, el cenáculo, la reunión de escuela, la bohemia son características sociológicas de la creación y difusión artísticas desde el romanticismo, aquellos fenómenos que se encuentran, a pesar en ocasiones de su apariencia anodina y frivola, en el centro mismo de la oposición entre academicismo artístico e innovación, que resume genéricamente la dinámica del arte moderno. Sobre estos datos se superpone la coyuntura específica de transformación radical del campo artístico español de cambio de siglo, que Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales refuerza sus rasgos de sociabilidad informal y heterodoxa. Se podría decir que si los predecesores son en su gran mayoría hombres de salón -^los Campoamor, Núñez de Arce, Pelayo, Valera, que no daban abasto a las peticiones que se les dirigía para recitar sus versos inspirados por la viril prosa española, señalaba literalmente la princesa austríaca conocida por el pseudónimo de comte Paul Vasili ^^-los modernistas y hombres del 98 son hombres de café, de calle, de tribuna pública como el Ateneo, ya en esta época más cultural que política, más intelectual que mundana. «El café era gabinete de trabajo de los escritores, taller de los dibujantes» -señala Ricardo Baroja-«Desde las dos de la tarde hasta las horas de la madrugada iban de un café a otro. Asomaban de vez en cuando por la redacción de algún periódico para colocar artículos, versos, monos» ^^. Del café de la Montaña y del de Madrid, sus centros de operaciones más habituales, una facción, encabezada por Benavente, pasó a sentar sus reales en la Cervecería Inglesa, en la esquina de la carrera de San Jerónimo con Echegaray; otra, más revoltosa y bohemia, con Valle y Manuel Sawa como pontífices máximos, pasó a la Horchatería Candela en la calle Alcalá, frente al ministerio de Hacienda. Poco después, hacia 1903, literatos y artistas plásticos encontraron acomodo definitivo en el café musical Nuevo Levante, en la acera izquierda de la calle Arenal, y allí permanecerán hasta su dispersión en los años de la primera guerra europea. El papel de este cenáculo artístico en la innovación creativa española de los primeros años del siglo XX ha sido justamente ponderada: «El café de Levante -son palabras de Valle-Inclán-ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneos que dos o tres universidades y academias». Y en eciprocidad con esa oposición -añade Ricardo Baroja-«los acadé-\cos, los consagrados, los profesores de los centros de enseñanza oficial arte nos temían como a la peste» ^^. ^1 Ateneo de Madrid es otro de los centros donde la efervescencia ^actual del cambio de siglo se vive de forma intensa ^^. Por el lado de la agitación política la figura de Joaquín Costa, ateneísta cotidiano, resulta la más representativa del complejo entramado intelectual del final de siglo. Pero en general el Ateneo de esta época es un microcosmos de todo lo que se mueve en esa coyuntura. Nadie lo ha expresado mejor que el, sin duda, más agudo observador de la vida ateneísta, Manuel Azaña: «el impulso dado al Ateneo y el giro que lleva desde hace treinta años -escribe en 1930-expresan la mudanza sufrida en la conciencia pública. El Ateneo, enteco y casi arruinado, merced a su gravedad en tiempos anteriores, se hizo numeroso, bullicioso y Francisco Villacorta Baños 480 libre como nunca. Roto el acatamiento a lo consagrado perdió aquí prestigio cuanto las instituciones de la sociedad española encumbran y avaloran» ^^. El ambiente ateneísta de estos primeros años del siglo XIX lo recoge Azaña, entre bromas y veras, en un artículo publicado en la revista Gente Vieja, de 20 de marzo de 1903. Bermúdez, hombre joven de ambiciones políticas, se ve en el compromiso de actuar de cicerone de uno de los caciquillos más influyentes del distrito por el que aspira a convertirse en madatario. En esto recalan en el Ateneo. -«Aquí encontrará usted, amigo don Pablo -decía Bermúdez al entrar en la Docta Casa-además de un excelente café y confortables salones, grata compañía, amena e instructiva conversación, novedad en las ideas, tolerancia para las opiniones ajenas y en los grandes torneos del salón de sesiones, un plantel de maestros de la oratoria, cualidades todas que conquistan para esta sociedad gloriosa el cariño y el entusiasmo de sus miembros» ^^. Una vez dentro, le enseña la biblioteca, «oficina de intoxicación mental y física, donde quien no se aturde con la filosofía se marea con el cok. Todo es uno y lo mismo, que dijo el filósofo»; a continuación el gabinete de lectura, después la Cacharrería, «centro vital del Ateneo, punto de reunión de lo más selecto de esta casa... Ahí el ingenio se desborda, la ciencia despliega su vuelo de águila sin ostentación pedantesca; se miente para pasar el rato, se murmura sin mordacidad, se hace política sin trascendencia, y finalmente se arregla el mundo y se da un orden al universo entre dos sorbos de café y dos chupadas de cigarro, constituyendo uno de los rincones más curiosos y característicos de este Madrid tan digno de ser estudiado». En la Cacharrería, el viejo Echegaray mordiéndose la perilla para sofocar el enojo por alguna impertinencia mal sufrida, por ejemplo, la de aquel joven «de aventajada estatura, melena abundante y cuidadosa, espléndido cuello planchado, escasísima corbata y un manojo de violetas en el ojal». Pasan a continuación por un pasillo «cruzando frente a un grupo de muchachos de extravagante aspecto»: -«Esos que ahí estaban son unos chicos modernistas que juegan a la poesía y a la genialidad... ¡Más buenos son todos que un pedazo de pan¡». Asisten a continuación a la cátedra de un estupendo antropólogo y criminalista (Salillas) y escapan de ella ante la indignación del caciquillo por unas apreciaciones del profesor «poco lisonjeras para los Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales habitantes de una provincia castellana, precisamente la del cacique que le escuchaba». Todavía antes de salir del Ateneo tienen ocasión de contemplar a un grupo de sirvientes del Ateneo que rodeaban a un señor, ya viejo, escuchando atentamente la lectura de un periódico y comentándola entre murmullos de aprobación: «tratábase de un discurso pronunciado por un docto catedrático en que se exponían el origen, desenvolvimiento, filiación y porvenir de las ideas socialistas». «En otro debate característico vinieron a desfogarse los impulsos de rebeldía -^recordará también en el discurso de 1930-Formaban pina en el Ateneo algunos sociólogos, de quien no me queda tiempo para escribir los buenos ratos que les debimos. El tema de la discusión sería el socialismo o el anarquismo, no recuerdo bien. Los sociólogos aportaron su dictamen. Junto a ellos concurrían los militantes: Pablo Iglesias, Jaime Vera y otros socialistas, el doctor Madinaveitia, intelectual anarquista; Federico Urales y su mujer, Soledad Gustavo, encargada de leer los discursos del marido; el ñituro duque de Maura, tocado de diletantismo socializante; y entre Urales y la Gustavo, un joven entrerubio, rasurado, impávido, que si lo aludía un adversario erguíase en el escaño y, abiertos los brazos, exclamaba: ¡Yo soy un hombre de acción, no de palabra¡. El hombre de acción, de pocas palabras, era don José Martínez Ruiz, todavía sin seudónimo» ^^. Pero fuera de estas implicaciones específicas de tipo intelectual y artístico se puede extraer de las anotaciones de la biografía madrileña del 1900 que estamos glosando una categoría general expresiva de la forma en que se vertebran en España los diferentes espacios de la vida nacional en el gozne entre los dos siglos: es la de una concepción centrípeta de la vida nacional, que gravita sobre Madrid, y otra igualmente centrípeta de la sociabilidad madrileña, especialmente de la artística, que se aglutina en el espacio formado por la Puerta del Sol y sus alrededores. Sería descabellado atribuir a la capital una particular identidad que hiciese de la tertulia un rasgo específico de madrileñismo castizo, de forma que, como recuerda Mariano Tudela, hasta las reuniones provinciales del mismo género no fuesen más que ensayos generales en los que el tertuliano se preparaba «para su salto a Madrid, tal vez a la conquista de la Puerta del Sol» ^^. Sin duda, no es por ahí por donde van los tiros. Pero no cabe duda de que determinadas corrientes profundas de la vida nacional del siglo XIX tienen como efecto secundario un reforzamiento en la capital de estas formas rituales y lúdicas de las relaciones sociales. En concreto, que la vida social se distribuye en torno en líneas de fuerza guiadas por el centro gravitatorio de la Corte y de las nuevas instituciones del gobierno repre-482 Francisco Villacorta Baños sentativo, de forma que durante el siglo XIX buena parte de las antiguas noblezas locales y de las nuevas burguesías económicas y especialmente políticas pasan a residir en Madrid; que, igualmente, la vida académica nacional está trazada desde el vértice de la capital y que en el campo artístico ejerce una poderosa fascinación para la febril inquietud creadora de los jóvenes provincianos. «Es el sueño dorado del poeta de provincias -observa Pérez Escrich-Desde el rincón de su modesto hogar, contempla a través de un prisma fascinador una sociedad y unos hombres que admira sin conocer» ^°. Tbdavía en esta época -y sobre la llamada generación del 98 se ha puesto de relieve con frecuencia ^^~ Madrid sigue contando de forma decisiva como centro de formación y de consagración artística, a pesar de que en Cataluña el movimiento cultural equivalente, el noucentisme, tenga ya como uno de sus signos distintivos el de nnrar hacia otro lado -^hacia París especialmentepara no toparse con el rostro provinciano de la capital. No cabe duda en consecuencia que por todo ello las características universales de la relación social se encuentran aquí considerablemente reforzadas. Unamuno, habitante de una típica ciudad media española, como Salamanca, decía temer Madrid por esta especial intensidad de su vida de relación: «es decir, me tengo miedo a mí mismo cuando voy allá. Cuando estoy en la Corte, cada noche me retiro a casa pesaroso de haber ido a la reunión o tertulia a que fui y haciendo propósito de no volver a ella, para reincidir al día siguiente» ^^. No es ciertamente solo el café, aunque ésta sea la institución más representativa de una forma de sociabilidad universal y democrática: «la única asociación verdaderamente libre, igualitaria y limpia de dogmatismo y oligarquía, la institución más independiente, los modernos senato-consultos, donde se reúnen los españoles en secciones sin presidencia ni objeto», en palabras de Ramón Gomez de la Serna ^^. La tertulia es en general el líquido amniótico de múltiples actividades cotidianas, ordinarias o lúdicas: las tiendas, las fuentes, las salas de armas, las reboticas, las redacciones de los periódicos, las librerías. De estas últimas Espina nos menciona para el final de siglo la de Femando Fé, en la carrera de San Jerónimo, con Campoamor, Manuel del Palacio, Eugenio Sellés, Núñez de Arce, Castro y Serrano, Tamayo y Baus, Ricardo de la Vega, Peña y Goñi, Navarrete, Joaquín Dicenta, el conde de las Navas y a veces Castelar»; y la de Murillo, en la calle de Alcalá a la que acuden Menéndez Pelayo, Barbieri, Colmeiro, Fernández Duro y, ocasionalmente, Cánovas, hasta su muerte, Silvela, Pidal y al marqués de la Vega de Armijo» ^^. Y por supuesto, la taberna, centro básico de sociabilidad de los ámbitos sociales populares, aunque también en este final de siglo, según Espina, iniciase su andadura por los terrenos de las musas, a iniciativa de Manuel Paso, Pedro Barrantes, J. Dicenta, los actores Riquelme y Ontiveros y otros, hasta formar escuela entre la más arrastrada bohemia literaria ^^. Primera: un grabado coloreado de Casariego (Museo Municipal de Madrid) nos muestra el escenario del café de Levante en 1875. En un imponente escenario de altos espejos murales, arcadas y llamativas luminarias se agita un hormiguero humano sin apenas resquicios: hasta el fondo de la perspectiva, hombres de pie, tocados los más con sombreros de copa, en animada discusión con otros también de pie o sentados en las apiñadas mesas, entre los que se mueve algún agobiado mozo de servicio. Segunda: una estudiada composición del fotógrafo Christian Fanzen plasma la redacción de la revista Blanco y Negro hacia 1893. En torno a una mesa central cubierta de papeles varios periodistas parecen afanados en sus ocupaciones profesionales. Ibdo en derredor, de pie en su mayoría, se distribuyen cuidadosamente varias figuras en actitudes diversas. A la izquierda, en distinto plano, dos tríos hacen tertulia. A la derecha otras parecen concentrarse en su trabajo. En primer plano, a la izquierda, una figura sentada fuerza la pose fotográfica. Todo ello dentro de un escenario de maderas nobles y cornucopias, en el que hace de referencia central una enmarcada portada de la revista de grandes dimensiones ^^. Redacción de la revista Blanco y Negro, hacia 1893 Todos estos espacios se emplazan en un perímetro urbano que tiene como centro físico y simbólico la Puerta del Sol. Pocos cambios hay en esto entre las descripciones que nos dan cuenta de ella en el siglo XIX y las que, por poner un testimonio bien conocido, nos proporciona Cansinos Asséns para las primeras décadas del XX: en todos los casos, una encrucijada, si ya no física desde que la reforma la convirtió en plazuela, de las costumbres, celebraciones, sucesos, acontecimientos políticos, clases sociales, bohemias de todo el país^'^; «una especie de agora donde pululaban literatos bohemios y filósofos cínicos», lugar de desembocadura donde se forman corrillos perennes, día y noche, mentidero y patio de Monipodio ^^. En cada esquina de su contorno se asienta un café, que pervive o cambia de nombre, pero siempre fiel a su función y a su medio: el Lorenzini-de las Columnas-Puerto Rico-Londres, el Oriental, el Universal, el Levante, el Imperial-de la Montaña, el Correo, el Comercio-Lisboa, el Colonial. En las inmediaciones, en un corto radio, el Pombo, en la calle Carretas, todavía en este final de siglo un sórdido cafetucho sin la historia literaria que le dará Gómez de la Serna; el Madrid en Alcalá/carrera de San Jerónimo, Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales la Iberia, y la Cervecería Inglesa, en esta misma calle, el Diván-Salón y el Gato Negro, en la calle Príncipe, el Nuevo Levante, en Arenal, el Fornos y el Suizo, fronteros, en el cruce de la calle Alcalá con Peligros y Sevilla respectivamente, repletos ambos de historia tertuliana. El Fornos sería, de todos ellos, el café madrileño por excelencia: escenario general de la vida y de la múltiple condición humana ^^ En el Suizo pervive aún por estos años de final de siglo la peña formada por el periodista Manuel del Palacio antes de la revolución del 68. Su reforma del momento ha sido un reservado selecto, el Suicillo, destinado a «verdaderas señoras y caballeros» escolta, pero no a hombres solos, por lo que todas las noches se forman, a la salida de los teatros, varias tertulias aristocráticas (de señoras, la mayoría con trajes de noche, para tomar un chocolate con ensaimadas) (p. En un radio más amplio, el del Prado, favorito de Ramón y Cajal, y la Luna, en las calles homónimas, este último, centro de operaciones de Eduardo Barriobero, Zamacois y Ernesto Bark y más delante de la arrastrada bohemia bautizada por Carrere como la Cofradía de la Pirueta ^^; el Platerías, en la calle Mayor/Herradores, el Progreso y el musical El Vapor en la plaza del Progreso, el también musical Español, en la calle Carlos IIIA^ergara, evocado por Arturo Barea en las primeras páginas de su Forja de un rebelde, y, en fin, el de San Millán, junto al mercado de la Cebada, uno de los más periféricos, en la frontera ya de un territorio de tabernas, aprovechando el tirón de los tratantes, comerciantes, almacenistas, transportistas, que llegan por una de las arterias nutricias de Madrid, la calle de Toledo. Solo una selecta relación, no obstante, del casi centenar de cafés de tertulia del Madrid de la época: noventa y dos menciona Espina para 1880; setenta y cinco para 1914, al tiempo que se multiplican los «tupis», pequeños cafés de paso, sin mesas ni divanes, y comienza el imperio de los bares ^^. Retornemos al libro-lazarillo que nos guía por la biografía social del Madrid de 1900. Es posible discriminar en él un tercer ámbito de sociabilidad que, aun encarnado en fenómenos sociales y en espacios físicos concretos, que señalaremos a continuación, se incardina propiamente en mecanismos identitarios y en formas de diálogo simbólico de reconocimiento-extrañamiento en las relaciones entre distintos grupos sociales. No son pocas las anotaciones al respecto y con ellas es posible construir una estructura arquetípica de esas relaciones y de los canales culturales de comunicación interclasista de la España del momento. Tal arquitectura podría ser acotada desde una vertiente por el concepto de casticismo aristocrático, que tantas veces, al menos desde el siglo XVIII, ha empañado a ciertos observadores, y no sólo extranjeros, la percepción exacta de las diferencias sociales en España. Podría abordarse, por otra, desde la percepción de una sociedad regida aún por pautas de comportamiento antiguo en las relaciones entre las clases sociales. La fina observación de A. Espina sobre el intenso sentido convivencial del Madrid del siglo XIX, que favorecía, a pesar de sus enormes diferencias, una fuerte «infiltración» entre las clases sociales, una infiltración regida por un agudo sentido «doméstico», puede servir como marco de referencia de buena parte de las fórmulas de reconocimiento simbólico que nos proponemos esbozar. En el fondo, siguiendo la imagen utilizada por este autor, la circunferencia nacional tenía como centro común de referencia el puchero del cocido. Aunque la calidad de sus ingredientes variase considerablemente, «todo eran garbanzos» ^^. Tal sentido doméstico impregna buena parte de los antecedentes de relación interclasista presentados en el texto y los criterios de percepción social del otro. En este sentido, transciende la frontera de la relación cuasifamiliar específica a que hace referencia para convertirse en una categoría general indicativa del tipo de relaciones predominantes entre la clases sociales de aquel momento. En términos generales, buena parte de esta sociabilidad interclasista tiene su momento en las celebraciones del Madrid religioso y festivo. Es el momento en que la comunidad eclesial convoca umversalmente a los fieles a la comunión espiritual y, ya de paso, a su apéndice pagano, aunque éste termine por contaminar de su sentido lúdico la severidad de la liturgia religiosa. En mayo es el cuadro goyesco de la pradera de San Isidro, vibrante de colores y músicas, en el que se introduce a media tarde, en medio del entusiasmo popular, la Infanta Isabel acompañada de la condesa de. Días más tarde, «medio Madrid popular y parte del aristocrático» se dan cita en Aranjuez para asistir a la fiesta de su patrono San Fernando,. El doce de junio es la verbena de San Antonio, junto a la ermita de la Florida, con la presencia de nuevo de la Infanta Isabel, junto a la marquesa de Nájera y Alonso Coello (p. Otro canal de comunicación se despliega en torno al mundo de las relaciones amorosas. El autor nos narra la bohemia de salón de algunos de sus amigos aristócratas que han alquilado una guardilla, que llaman El Parnaso (p. En realidad, a tenor de sus descripciones, resulta un mero pretexto para, fingiéndose Rodolfos, recrear en el dorado ilusionismo de la bohemia literaria un espacio accesible de relaciones amorosas con su Mimí de turno, alternativa a la rigidez de los hábitos sexuales intraclasistas de los grupos dominantes, algo, por otra parte, bien conocido Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales en las descripciones de la literatura burguesa de la época y que ha dado lugar a algunos arquetipos literarios femeninos bien conocidos: la chulapa y modistilla española, la grisette y lorette parisina, la susse Màdel vienesa. De hecho, ni siquiera este enmascaramiento literario de los impulsos sexuales juveniles resulta estrictamente necesario. El autor observa en sus anotaciones de enero el escándalo público producido en aquellas fechas por la juerga alcohólica de algunos aristócratas, primero en la calle y después en los burdeles de las calle de la Libertad y San Marcos, sin que la autoridad, dada la alta representación social de los interesados, fuese capaz de calmar los ánimos ni poner remedio. Aunque excepcional por su magnitud -añade nuestro autor-el escándalo no resulta diferente de otros de la misma índole, que suceden en una serie de «tascas», de garitos y casas de mal vivir, donde «al socaire de un andalucismo de pandereta se reúnen en bacanal las Venus de cartilla y hospital con los Bacos de morapio, muchas veces de "Carta blanca" y algunas de la "Viuda"» y que continúan su juerga hasta el amanecer, bien en los merenderos de los arrabales, si es verano, bien en los reservados del Fornos o en los sótanos del Casino que llaman «la cueva» (pp. 58-63). Los merenderos son a los arrabales lo que las tabernas al extrarradio urbano y a los barrios populares: centros básicos de sociabilidad de las clases populares (fonda, restaurante, salones de baile, juegos, atracciones, a veces baños), que ocasionalmente sirven de exótico refugio para las aventuras galantes de los señoritos desocupados. Se emplazan por todo el arrabal madrileño, aunque con preferencia en torno a algunas zonas. Una de las de mayor arraigo es la de Ventas y sus calles de descenso hacia el arroyo Abroñigal. Allí se localizan por el final de siglo el Ángulo, El Partidor, las Ventas del Espíritu Santo, el Tío Barriga, La Gloriosa, Los Andaluces, Liberto y Conejo, El Toledano. Pero sin duda la zona preferida de los madrileños se localiza en las riberas del Manzanares, en la salida por el camino del Pardo en lo que hoy es el parque de La Bombilla, donde se asientan un buen número de ellos: Los Cipreses, Casa Juan, Los Viveros de la Villa o Casa Lázaro, el Campo de Recreo, La Bombilla, el Cantarranas, El Recreo Madrileño, el Niza, el Santiago Pérez (en el camino de la Fuente de la Teja), el Mariano del Álamo. Hay además otras zonas de menor concentración de establecimientos: la del Puente de Vallecas (El Paraíso, El Manchego, El Numancia, El Pilonero, el Comercio), la de la Fuente del Berro (el Chirumba), la del Sur, entre las actuales calles de Cáceres, Batalla del Salado, Embajadores y Palos de Moguer (La Manigua, El Paraíso, La Parra, El Fundidor), la de Cuatro Caminos (Canuto) y otros numerosos dispersos por toda la geográfica del arrabal madrileño ^^. Los toros son otro de los hábitos de sociabilidad tradicional en que se ritualiza la proximidad física y cultural entre las clases. Espectáculo ritual por excelencia, la fiesta pauta rítmicamente el calendario lúdico desde el domingo de Resurrección, que inaugura la temporada, hasta el otoño con la especial electricidad vital que acomete a «ese ser híbrido al que llamamos colectividad» ante la aventura del riesgo y el espectáculo de la muerte. Belleza, colorido, arte, valentía, símbolo, rito antropológico son algunas de las convenciones culturales del género, cuando se desarrolla conforme a ciertos cánones sociales que hipostasian lo real en lo simbólico, no en otro caso, como más adelante veremos. Las caravanas de carruajes por la calle de Alcalá antes y después del festejo son en sí mismas un espectáculo para aquellos que no pueden acceder al núcleo de esa expresión del «alma social». Confundidos los simones del pueblo con los milores y landos de la aristocracia y con las jardineras de los toreros marchan todos «en una especie de apoteosis» a la vez de la comunión colectiva y de la diferenciación social: «carniceras de Lavapiés y las Rondas», «prenderas de la Ribera de Curtidores», «ninfas de picos pardos», trotaconventos y celestinas, floristas y chiquillería al lado de los nombres propios de las beldades oficiales del momento: las marquesas de Alquibla y Portazgo, la condesa de San Luis, la señora de Castellanos, la marquesa de Bolaños, la chica del duque de Almodovar... (pp. 169-173). Todo ello se repite asiduamente en los meses de bonanza meteorológica. Incluso la amistad antigua, socialmente desigual, del autor con un ahora triunfante espada, Lagartijillo Chico, le permite completar el cuadro desde el propio centro del escenario: la tensa espera antes de la corrida con su cohorte de allegados, incluido un «marqués taurino», la procesión hacia la plaza, el triunfo, la apoteosis callejera, la invitación del marqués en el Casino, las felicitaciones de algunos socios: Mariano Benlliure, Pepito Sabater, Natalio Rivas, el duque de la Roca, Melquíades Alvarez, Gerardo Laucara y Bermúdez de Castro, Perico San Ginés, el pintor López Mezquita; a continuación asistencia a la cuarta de Apolo y el final en la Bombilla, en el merendero Casa Juan, bailando schotis y pasodobles con unas peripatéticas encontradas a la salida del teatro (pp. 177-190). Rito antropológico, mezcolanza social y un cierto sentido doméstico en las relaciones entre las clases están también en otro interesante apunte de final de año: la asistencia del autor a un baile, de los Madrid 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales antiguamente llamados de candil, invitado por El Niño de la Cleta, hijo, ya mozo, de una antigua cocinera de la familia. El baile tiene lugar en la «Rosa Blanca», un local de la calle de Tudescos, semejante a otros muchos del mismo género («La Costanilla», en la Costanilla de San Pedro, el Olimpo y el Lucientes en el barrio de Tabernillas, el del Norte, cerca de Noviciado, el Morrongo, nombres de menciona el autor, p. 290) y todo allí parece ritualizado conforme a esa máscara de casticismo y flamenquería que ha quedado plasmado en las piezas más convencionales de la comedia española y del género zarzuelero: los alias castizos, la habanera y el schotis ceñidos, la sangría de tintorro con melocotón, la retórica teatral del intercambio convivial y una estética de capas, mantones, pañoletas y farolillos venecianos. El baile es uno de los recursos más universales de la sociabilidad desde Palacio a la más humilde verbena. Contamos afortunadamente con el documentado estudio tantas veces citado sobre el qué, el cómo y el dónde bailaban los madrileños a lo largo de los dos siglos precedentes, a partir del cual lo correcto sería preguntarse más bien dónde no lo hacían cuando la causa y el momento resultaban propicios para ello. El repertorio de espacios de esta actividad resulta, en definitiva, el mismo que el de los espacios de la vida social, en general: la corte y los salones privados, los teatros (en el final de siglo, el Alhambra, La Zarzuela, el Apolo, el Madrid-Barbieri), las verbenas y romerías, los merenderos, los jardines de recreo y, por supuesto, los salones y sociedades específicamente dedicados a este arte, numerosos en todo Madrid y en todas épocas. Sobre el reverso de estas manifestaciones del viejo rancio casticismo nacional puede entreverse también en la biografía madrileña del 900 que comentamos el impacto de las nuevas relaciones sociales, es cierto que no siempre de forma muy explícita, aunque sin duda con un inequívoco sentido de extrañamiento social: lo expresa a su pesar el paradójico «Madrid intransitable y muerto», con que el joven aristócrata protagonista despacha la reseña de la fiesta del trabajo el primero de mayo, después de sugerir la manifestación obrera y las alegres celebraciones de las clases populares en las riberas del Manzanares (p. Pero la percepción de ese mundo es esencialmente el del impacto físico y moral del inframundo de la suciedad y la pobreza: el contrapunto social y urbano de la escenografía brillante de los salones, los paseos, los teatros, el ministerio, la universidad o el similor romántico de la bohemia literaria, que son los que frecuenta; un mundo que adquiere, en virtud de esta operación de acercamiento/extrañamiento una nueva categoría de visibilidad que establece las condiciones de Francisco Vülacorta Baños 490 percepción de las identidades colectivas y de las relaciones entre los grupos sociales. Dos apuntes son muy significativos al respecto, ya que encadenan toda esa nueva percepción a dos discursos tradicionales extraordinariamente arraigados de la relación desigual y de la singularidad premoderna: el discurso de la caridad y el del exotismo romántico. En el primer caso se trata del episodio que lleva a nuestro protagonista a compartir unas horas con las clases populares en solidaridad, espectáculo taurino incluido, para con las familias de tres obreros muertos, dos de ellos sacrificados infiructuosamente en la tentativa de salvación del tercero. La descripción del escenario -del mísero barrio de Tetuán de las Victorias y sobre todo del propio espectáculo taurinohace visible la realidad primordial oculta tras las convenciones culturales que gobiernan en otros contextos esas representaciones de la «lucha bestial» a muerte entre seres vivos -de hombre a hombre, de hombre a bestia-y el propio destino colectivo que lo ha reproducido en la historia y la cultura de la nación: «que el débil, el pobre, el enfermo, es vencido por el fuerte, el rico, el sano»; que esta «terrible, pero saludable lección se funde... con todo el realismo del arte español, el desencanto amargo del Quijote, el desprecio por el dolor y la muerte de los españoles, la filosofía acre de Quevedo y Gracián, los monstruos velazqueños, las carnes torturadas, la epopeya de América», y en definitiva, con el «problema del destino histórico universal y glorioso de la raza» (pp. 68-69). En el segundo apunte el protagonista acompaña a Federico de Madrazo y dos amigas francesas de la más rancia aristocracia por los bajos fondos madrileños a la búsqueda de un exotismo apache y romántico entrevisto en la literatura francesa desde Mérimée a Louys y Tallón. Lo que entreveía como excitante viaje literario por escenarios misteriosos, hembras fatales, estética decadente, picaresca literaria y amores satánicos se desvela en definitiva como un puro y simple «descenso a los infiernos» de la miseria, la suciedad el hedor y la delincuencia. «Ustedes sólo concebían -^les reprocha finalmente el cicerone-el Madrid de la duquesa de Alba, el de la plaza de toros, el del Museo del Prado; pero no esta España de aguafuerte, en cuyo seno acaso se está incubando algo atroz» (pp. 293-297). Y si tales apuntes tienen sentido más allá de la anécdota concreta que les sustenta es porque este desvelamiento, este derrumbe de las máscaras rituales y literarias resulta, en definitiva, la experiencia primordial de todo el año y así se expresa sintomáticamente en el prólogo y el epílogo de la obra, como si se tratasen de las piezas maestras
En las culturas agrarias tradicionales, donde las acotaciones temporales venían marcadas por las épocas de siembra y recolección, quedaba a lo largo del año un segmento de tiempo en el que el campesino dedicaba sus horas -su tiempo libre, fuera de las faenas propiamente agrícolas-a actividades que sin ser necesariamente ociosas, porque a veces no presuponían ocio o desocupación, se apartaban de la producción y le permitían acceder a otro tipo de relaciones, sentimientos y experiencias. Si el tiempo en lo esencial venia determinado por las ocupaciones agrícolas lo que quedaba fuera de estas había sido organizado por la Iglesia o los poderes públicos y el margen de libertad del individuo para apropiarse de él era muy limitado. Por ello, la contraposición entre vida pública -^vida colectiva y vida privada -^tiempo libre es una noción que nace en las sociedades urbanas modernas, que emergen en Europa a partir del siglo XIX, y evoluciona a medida que estas se desarrollan y consolidan. En el centro de este tema se perfila la idea de «ocio», de creación y organización del mismo como una alternativa a la vida profesional y a la vida privada. Como una respuesta a una nueva demanda social que requiere la creación de nuevos espacios públicos y de nuevas formas de sociabilidad ^. La ciudad europea decimonónica es el escenario, el laboratorio donde se gesta el fenómeno. Lo impulsan la expansión y crecimiento demográfico de las urbes y las formas resultantes van a generar una cultura del entretenimiento, de la diversión y del placer. Como en todo proceso creador no todos los elementos son nuevos: a cimientos innovadores se añaden formas ya existentes que evolucionan. Se mezclan, sincretizan, revisten lo tradicional de nuevos ropajes y el resultado final es original y adaptado a otros anhelos e inquietudes sociales. De esa forma se explica el éxito del teatro ligero de zarzuelas cortas en el Madrid de fines del ochocientos. Según los críticos de la época el teatro estaba en crisis y esas piececillas cortas, con música o sin ella, que se inspiraban en los entremeses del Siglo de Oro y en los saínetes dieciochescos, ajustadas a las nuevas demandas sociales, entusiasmaban al público madrileño y mantenían viva la afición teatral. Por los mismos años en Italia los cafés-conciertos, importados de Paris, se injertaban en una larga tradición meridional de gusto por el canto y el espectáculo ^ y cautivaban en las ciudades con su éxito fulgurante. El nacimiento de una cultura urbana tiene, por tanto, mucho que ver con la expansión de las ciudades modernas, con la idea del ocio ciudadano como contrapartida del tiempo laboral -^tiempo del taller, la fabrica, la tienda-y con el deseo y las aspiraciones colectivas de dedicar ese tiempo libre a actividades u ocupaciones que distraigan, relajen, diviertan y permitan formas de sociabilidad alternativas a la vida familiar y privada. Es por ello una expresión cultural más civil, más laica, de lo que había sido la cultura tradicional rural. Está estimulada por el crecimiento de las capas medias sociales, que serán en las décadas finales del siglo XIX y en las primeras del XX los agentes más dinámicos de la vida urbana: los principales artistas, creadores, empresarios y consumidores de ocio cultural. En un proceso abierto de democratización esa cultura pasara insensiblemente de las capas medias a las capas populares en los mediados del XX hasta alcanzar los niveles actuales de cultura de masas. Lo que en un esquema general resulta fácil de sintetizar se convierte en un problema complejo a la hora de pasar al análisis concreto de formas de ocio y diversión de la ciudad de Madrid en la bisagra entre los siglos XIX y XX. Puede decirse que hasta muy entrada la década de los veinte nada es en Madrid claramente moderno. En la ciudad coexisten antiguas y nuevas formas de ocio: funcionan los viejos modelos aristocráticos de diversión y las nuevas pautas burguesas, emergen apropiaciones de los mismos que pueden considerarse populares, en el sentido moderno de cultura de masas. Hay una mezcla de tradición y de innovación, de fiestas religiosas y de distracciones civiles. Madrid presenta la imagen de una ciudad en tránsito hacia la modernidad que se divierte simultáneamente con los paseos urbanos, en los cafés, en la taberna, en las clásicas corridas de toros, en los Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 tradicionales carnavales, con las originales y modernas formulas del teatro ligero o con el recién estrenado cinematógrafo. Un panorama intrincado y dual para una ciudad que en lo cultural, como en tantos otros aspectos de su historia social o política está a caballo entre el antiguo y el nuevo Régimen. Que sigue siendo una corte y empieza a ser una metrópoli moderna. Los paseos urbanos: de paseante en corte a ciudadano madrileño Pasear la ciudad era una de las ocupaciones favoritas de los habitantes de Madrid. El pueblo madrileño encontraba en la calle, generalmente dentro de las acotaciones físicas del barrio, un escenario propio donde tenían lugar las formas de la sociabilidad cotidiana.Era ésta un ámbito público donde se entrelazaban las ocupaciones laborales, la vida social y las diversiones. Los talleres artesanos, los oficios, una gran parte de la actividad comercial transcurría en ella y la parte de tiempo libre que toda esa actividad conllevaba se dedicaba a la relación social, a la charla animada, al intercambio de saludos, a la contemplación de las infinitas distracciones que pululaban alrededor: desde los famosos «gritos de Madrid», al ir y venir de aguadores, buhoneros, cocheros, faroleros, traperos, mendigos, coplas de ciego o música de los organillos que repetían incansablemente las canciones más populares del momento. La calle era un escenario lúdico que invitaba a la evasión. Un «paseante en corte» era sinónimo de un desocupado que invertía su tiempo en la contemplación y paseo por la ciudad. La villa tenia un olor y un color intensos que atraía por igual a propios y a extraños. En las descripciones que nos han dejado los viajeros extranjeros finiseculares solo parecen aventajar en ambiente callejero a Madrid las ciudades del sur de España. Es cierto que casi todos ellos, con la excepción de Edmundo de Amicis, resaltan el carácter arcaico de ese encanto, si la comparan con las metrópolis europeas (Londres, Paris...), pero se dejan ganar por la vida y variedad de sus calles y plazas. Los numerosos inmigrantes que llegaban por esos mismos años a la ciudad resaltaban sus defectos pero no permanecían indiferentes a su rumor, barullo, tráfago. Galdós se fascinó enseguida por las calles de Madrid al llegar en 1862 con diecinueve años. Nunca renunciaría a esa sincera vocación callejera, uno de sus entretenimientos favoritos. Deambular por la ciudad no necesitaba justificación previa, era como para Isidora en La desheredada un «salir por salir, por ver aquel Madrid tan bullicioso, tan movible, espejo de tantas alegrías, con sus calles llenas de luz, sus mil tiendas, su desocupado gentío que va y viene en perpetuo paseo» ^. Unos años más tarde el mismo interés y curiosidad suscitaran las calles y barrios madrileños en el joven Baroja; en Azorin, que escribirá un ensayo sobre la ciudad, en Unamuno, Valle Inclán y en los diversos escritores y poetas bohemios que transitan por las páginas de recuerdos de Cansinos Asséns. Para ellos la vida en la calle fue un estilo de vida y la ciudad un tema recurrente ^. Es indudable que los escritores citados, todos ellos llegados a Madrid a finales del siglo desde diversos lugares de España, pueden tomarse como individuos singulares y su afición a callejear como una particularidad igualmente excepcional. Sin embargo, desde 1875, con la restauración de la monarquía, la ciudad, su suelo, su fisonomía son igualmente objeto de interés para los poderes públicos y para el capital privado. La burguesía madrileña se dispone a continuar los proyectos urbanísticos que habían quedado aplazados por la experiencia revolucionaria de 1868 (Plan del Ensanche de Castro, continuación del barrio de Salamanca, del barrio de Arguelles) así como a levantar barriadas modestas nuevas en el extrarradio (barrios de Prosperidad, la Guindalera, Cuatro Caminos...), o proyectos de gran alcance urbanístico como la Ciudad Lineal de Arturo Soria. El ferrocarril se convierte en una pieza central en la vida y actividad de la urbe. Entre 1888 y 1892 se construye la espléndida nave de hierro y cristal de la estación de Atocha, se aborda la construcción de un edificio representativo para la estación del Norte o de Príncipe PÍO, igualmente trazada con hierro y cristal, y se acondicionan todas las estaciones del sur ( La Imperial, y las de Goya, Niño Jesús, Delicias), estrechamente vinculadas a la industrialización de las zonas meridionales de la ciudad. Igualmente se percibe un deseo de modernidad en la construcción de los mercados, casi todos desaparecidos, pero como en el caso de las estaciones símbolos de una arquitectura funcional semejante a la arquitectura publica europea de esos años. El Estado liberal asume la tarea de elaborar una imagen de la ciudad que sea un compendio y reflejo de su poder. La zona elegida es el eje norte-sur de la ciudad, prolongando el paseo del Prado con el de Recoletos y el de la Castellana, donde se levantan toda clase de edificios singulares de carácter representativo (Ministerio de Fomento, Bolsa, Real Academia de la Lengua, Banco de España, Biblioteca Nacional, Palacio de Exposiciones). Es un nuevo espacio, creado fuera de lo que hasta entonces había sido la realidad física de Madrid, que Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 privilegia esa zona para el futuro desarrollo urbano y convierte sus edificios y paseos en el emblema del nuevo poder político y social. Como advierte Fernando de Ibrán el Madrid de la Restauración canovista «sin grandes opciones urbanísticas nuevas se transforma velozmente en ese último cuarto de siglo, creciendo sobre si misma, extendiéndose sobre la retícula del Ensanche y adquiriendo los nuevos elementos necesarios para convertirse en una ciudad de 500.000 habitantes a final de siglo» ^. Ello quiere decir que la ciudad se remodela y sus viejos y nuevos habitantes (la mayor parte, puesto que para estas fechas la ciudad tiene un crecimiento vegetativo negativo y más del 50% de su población no ha nacido en ella) no la conocen bien, ya sea porque ha cambiado demasiado deprisa o porque acaban de instalarse en ella. Para esta serie innumerable y anónima de ciudadanos recién incorporados o de madrileños castizos, que apenas se movían de sus propios barrios, los paseos urbanos son casi una necesidad inexcusable. El Prado y Recoletos son una invitación al placer, a la distracción ciudadana y...al conocimiento de la ciudad. Emulando seguramente los modelos parisinos del boulevard del Segundo Imperio -modelos muy admirados por nuestra burguesía que copia la arquitectura francesa en los edificios emblemáticos de esa zona-dichos paseos madrileños son espacios públicos donde se mezcla una multitud abigarrada que cumple muy exactamente con sus roles sociales. Damas y caballeros elegantes pasean por la calzada central en coche. Se citan, se encuentran entre si, se reconocen y se dejan admirar por una multitud, que a pie, desde las aceras, presencia el paso ceremonioso y elegante de los caballos, las evoluciones de los cocheros, los atuendos y belleza de las señoras. Es un espectáculo de la aristocracia y de la burguesía para «el honrado pueblo» de Madrid. Un paseo urbano que si uno no mira minuciosamente parece más hecho para subditos que para ciudadanos. Sin embargo, los paseos del Prado y de Recoletos disponen durante la Restauración de una organización comercial del placer y el divertimento ciudadanos que tiene ya perfiles más modernos, democráticos, y populares. Existen kioscos con mesas, aguaduchos para tomar una bebida a pie y seguir caminando, aguadoras, que pregonan a precios irrisorios las bebidas tradicionales (el agua y los azucárenlos popularizados en los saínetes). Se pasea bajo la firondosidad de los árboles centenarios, se contempla la gente, se sienta uno en una silla -que se alquilaban a precios muy módicos-, se toma una bebida refirescante... Es decir, a través de esas formas de consumo popular se produce una apropiación de ese espacio como área de ocio al alcance de gran parte de los madrileños. Carmen del Moral Ruiz Ambos paseos son a finales del siglo el centro de atracción de todas las clases sociales y la presencia de un público masivo impulsa formas comerciales de organización del ocio que ya son modernas. Me refiero a las instalaciones de tipo recreativo que se localizaron en esta zona. Debido a las características del entorno fueron casi todas proyectadas para divertir a la multitud durante la temporada estival y creadas desde mediados del ochocientos. Las vacaciones de verano empezaban a ser una costumbre entre la aristocracia y la alta burguesía y en la ciudad que crecía, los largos y calurosos meses del verano imponían nuevos hábitos ciudadanos. El primero de estos proyectos había sido el parque de Recreo de los Campos Elíseos, enclavado frente al Retiro, al comienzo de la calle de Velazquez, antecedente inmediato de lo que serian durante la Restauración los Jardines del Buen Retiro. Estos, junto a los teatros de verano -a los que me referiré posteriormente-fueron dos creaciones comerciales pensadas para el ocio madrileño masivo y popular y estaban en las inmediaciones del Prado y Recoletos. Los Jardines del Buen Retiro estaban situados en la parte de la calle de Alcalá que quedaría arrasada por el desarrollo urbano de principios del siglo XX. En su lugar se construyó el edificio de Correos, el Ministerio de Marina y la calle Montalbán. Eran un conjunto armonioso de jardín con grandes árboles, paseos boscosos entre follaje, un café y un teatro estable construido en 1880 con un escenario de grandes dimensiones ^. Se dieron en él muchos tipos de espectáculos pero el principal fue la opera, una opera representada a precios módicos durante el verano. Los bajos precios de las entradas eran posibles porque en la temporada estival se montaban las obras con los mismos elementos del teatro Real -orquesta, coros, partiquinos, concertadores-que se contrataban al terminar la temporada oficial por menos dinero para no quedarse sin trabajo. Aunque los cantantes, actores y danzantes eran de segunda o tercera categoría, en ocasiones algunos de ellos, tanto españoles como extranjeros, podían ser buenos pero todavía escasamente conocidos ^. Su repertorio musical se ampliaba con la opereta y la zarzuela española. En general la calidad de las representaciones era muy aceptable, aunque no fueran de primera,y lo que los Jardines acreditan es que había para esos años en Madrid un público numeroso que gustaba de las obras musicales y podía verlas representadas en circuitos comerciales que estaban fuera del caro y elitista teatro Real. De los Jardines del Buen Retiro el testimonio más evocador de su ambiente lo ha dejado Pió Baroja^. El novelista señala que los Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 Jardines eran un lugar estratégico para la burguesía madrileña pero lo más destacable de su descripción es el carácter cambiante y socialmente heterogéneo que ofrecían sus espectáculos y paseos. Antes de producirse el éxodo de la gente rica a la costa cantábrica -en los meses de junio y primeros de julio-los Jardines tenían aire de gran gala, nos dice. Después, ya durante la canícula veraniega, «se corrían las escalas de la sociedad, de la buena y de la mediana, y la burguesía grande y pequeña se acercaba a la aristocracia antigua y moderna, a la de los títulos pomposos y a la plutocrática, de valores más substantivos... La aristocracia se creía triunfante y se dejaba ver. La burguesía modesta... los empleados y los estudiantes conocían, por lo menos de vista, a las damas de la alta sociedad tanto como a las tiples, a los cómicos, a los toreros y a los políticos de fama» ^. En los días de fiesta -sigue diciendo-a los espectadores habituales se añadía un público numeroso, «gente oscura de comercio y de tiendecillas de barrios bajos y hasta otra más próxima a la plebécula... Eran menestrales, unos alborotadores y otros un poco cohibidos como gallinas en corral ajeno. Esto daba al paseo un aire plebeyo... Los abonados, los de siempre, miraban con cierta indiferencia irónica a los domingueros»... Estos nuevos paseantes indican que el ocio programado en los Jardines también estaba pensado para ellos. Venidos de todas partes de la ciudad, de los distritos de Inclusa, Latina, barrios populosos y saturados -^los llamados vulgarmente como dice el novelista «barrios bajos» de Madrid-o de las nuevas barriadas populares del extrarradio se acercaban a los paseos públicos el domingo como un día propio para conocer la villa y disfrutar de las diversiones ciudadanas. Todos los especialistas han destacado el lugar preferente que «domingos y domingueros» ocupan en la creación de formas de ocio populares en las ciudades burguesas europeas finiseculares ^^. En el Madrid burgués de la Restauración los domingos estivales a través de paseos, parques y bulevares las clases sociales mezcladas, pero no revueltas, se encontraban en un espacio común y propio que era la ciudad. El tiempo de la palabra: el café, la tertulia, la taberna Sobre la afición madrileña al café y a las tertulias de café en el cambio de siglo se sabe bastante porque la información es copiosa. Recuerdos y evocaciones literarias, imágenes en la pintura, el grabado, la fotografía, testimonios de los viajeros extranjeros... Los años que Carmen del Moral Ruiz 502 van de la Restauración al final de la Regencia de Maria Cristina son momentos de apogeo de esta forma de sociabilidad urbana que parafraseando a Bonet Correa puede decirse que era a la vez «un lugar de reunión y de encuentro, de conversación e intercambio social. Un espacio público y ciudadano» ^^. Si abundantes son los testimonios sobre los cafés madrileños es igualmente profusa la añoranza por su desaparición en los tiempos contemporáneos. No suele resaltar nunca esta literatura nostálgica que esa forma de relación solo se explica en un contexto social determinado. Los cafés lograron resistir hasta los años cincuenta del siglo XX porque la vida cotidiana madrileña en algunos aspectos permaneció bastante inalterable. Los cambios que se introdujeron en las formas de vida y en los usos culturales a partir de la década de los sesenta hicieron prácticamente imposible la pervivencia de los mismos y de sus conocidas tertulias. El café evolucionó lentamente en Madrid desde el siglo XVIII hasta adquirir en las décadas finales del XIX y las primeras del XX su peculiaridad. Se configuró como propio de una ciudad en la que las formas de comunicación social primaban la palabra; la cultura oral por encima de la escrita. Para esas fechas ya la prensa empezaba a ser un vehículo moderno de trasmisión de ideas, de información y de elaboración de una opinión. La ley de imprenta de 1883 permitió desarrollar y consolidar una prensa nacional que se expresó en la creación de una serie de periódicos, revistas, y otros órganos de difusión. Las actividades ligadas a la cultura y al mundo del periódico empezaban a crear un nuevo sector profesional dinámico y moderno. Pese a ello, y a que la prensa trataba ya de utilizar técnicas de captación del publico lector (rigor en la información, selección de los colaboradores literarios, amenidad en la exposición, deseo de independencia y libertad en los juicios críticos) no tuvo suficiente fuerza ni implantación social y cultural como para desplazar a la palabra hablada. Los progresos en la alfabetización serian muy notorios en las ciudades españolas a partir de las primeras décadas del siglo XX, debido en parte a las ideas regeneracionistas y al énfasis que las mismas pusieron en la educación elemental como una manera de sacar a la nación del atraso secular. Los hábitos propios de una cultura Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 oral, todavía muy intensa entre poblaciones urbanas que acababan de acceder al manejo y utilización de la escritura, explican ese gusto por la conversación y el intercambio de ideas a través de la charla. Creo que a ello se añadía una tradición cultural propia de los países de la Europa meridional, basada en la comunicación informal en la vía pública y en la plaza muy viva aun, pese al despegue de los procesos de industrialización y de urbanización subsecuentes. Por ello la costumbre de ir al café estaba tan generalizada en el Madrid del cambio de siglo. Fernández de los Ríos al escribir su Guía (1876) de la ciudad señala el nombre y la dirección de todos los establecimientos de ese tipo que había en Madrid. Lo hace como lo haría hoy el autor de un libro de esa clase, para reseñar lugares de ocio y de esparcimiento ciudadanos extendidos a lo largo y ancho de la villa que el habitante de Madrid o el visitante debían de conocer. Las Guías modernas de la ciudad, todo un género literario del que ésta es una de las primeras y más importantes, parten del supuesto de que la urbe es-en palabras de Edward Baker -no solo un centro de poder burocrático sino también un objeto de delectación y de conocimiento ^^. Los lectores accedían a través de sus paginas a una información sobre el pasado de la capital que explicaba su presente En este último ningún autor agudo, observador y perspicaz -como lo fue Fernández de los Ríos-podía olvidar consignar los cafés si lo que pretendía era captar y transmitir algo de su aliento, su vida. A los innumerables cafés que se diseminaban entre la Puerta del Sol y la glorieta de Atocha acudían religiosamente todos los días las mismas personas. El Fornos, situado en una esquina en chaflán de las calles de Alcalá y Peligros era muy frecuentado por los políticos. En el Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la Puerta del Sol, solían darse cita los jóvenes escritores de la generación del 98 y en él perdió su brazo en una disputa Valle Inclán; en el Universal, situado en la Puerta del Sol, estaban preferentemente Antonio Machado y Alejandro Sawa; al Suizo, entre Alcalá y Arlaban, no faltaba Ramón y Cajal, que presidía allí una tertulia de médicos ^^; en el Café del Prado, en la calle del mismo nombre, sentaba cátedra José Echegaray y el Colonial, centro de la vida bohemia de la capital, recibía a «la salida de los teatros, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguían con una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salían atestados de gente...a un público heterogéneo, pintoresco y ruidoso» •^^... Los cafés capitalinos desarrollaron todo un estilo en la decoración y en el ambiente. Es necesario advertir que muchos de sus clientes Carmen del Moral Ruiz 504 buscaban y encontraban en sus confortables y cálidos salones una atmósfera que estaba muy lejos de lograr la vivienda burguesa de la restauración alfonsina. A partir de los años setenta la arquitectura del café empezó a emplear el hierro y consiguió que las salas fueran más amplias y luminosas. Todos los cafés del cambio de siglo utilizaron esbeltas y delgadas columnas de hierro fundido y altos techos con artesonados de escayola. Los espejos, su principal elemento decorativo, y la abundante luz de gas, sustituida a fines de siglo por el alumbrado eléctrico, agrandaban extraordinariamente el espacio. Amplios ventanales, con enormes lunas de cristal, permitían atisbar el espacio exterior desde la calle y en el interior los clientes, cómodamente instalados en divanes generalmente rojos o en torno a veladores rectangulares o redondos de mármol y hierro, rodeados de sillas funcionales, podían entretenerse con las innumerables incidencias del trafico callejero ^^, Los cafés, como los bancos, las oficinas comerciales, los grandes almacenes, se convirtieron en emblemas públicos y estéticos de la vida urbana moderna. Esa modernidad les erigió en símbolos de una nueva manera de ser y de sentirse ciudadano. Por ello ningún testigo atento de la vida madrileña podía dejar de frecuentar sus salones. Junto al café elegante y cómodo del centro urbano estaban los cafés de barrio. Como desde mediados del siglo los cafés habían dejado de ser lugares frecuentados exclusivamente por hombres con mucha frecuencia en este tipo de locales se reunían a media tarde las familias a tomar una merienda y pasar unas cuantas horas en un lugar mas agradable, sobre todo en temperatura y confort, que las modestas y deplorables viviendas de la clase trabajadora madrileña. Este tipo de cafés solía estar abarrotado de gente diversa, correspondiente al tipo de población que pululaba por las calles. Dice Antonio Espina que el café del Vapor, situado en la plaza del Progreso esquina a Mesón de Paredes, era un «café barriobajero», es decir, «un lugar donde confluían el menestral, el hortera y el oficinista modesto» ^^. Como tenia música, piano y violin, ésta atraía a los bohemios y artistas y en el se produjo una atmósfera especial cuando durante un tiempo actuó el joven Chueca tocando al piano pasacalles, polcas, tangos y habaneras. Con frecuencia en estos cafés populares se interpretaban también breves escenas cómicas por actores principiantes. Igualmente popular era el café de San Millán, frente al mercado de la Cebada, o el café de San Isidro, en la calle de Toledo. Del primero nos ha quedado una evocación elocuente en colorido y detalle de Gutiérrez Solana ^^, a través de la que se percibe el mundo plebeyo y menestral del barrio mezclado con arrieros, comerciantes ambulantes, tratantes de ganado, campesinos Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 de los pueblos cercanos y otras gentes que desde tiempos preindustriales trajinaban sus mercancías y sus negocios en este punto de la ciudad. Debido a la importancia que la música empezó a tener como producto cultural de consumo urbano muchos de estos cafés tenían música: en un pequeño estrado se instalaba un pianista -el caso citado del novel Chueca del Vapor-un violinista, o una pequeña orquesta que deleitaba a la concurrencia. Se interpretaban fragmentos conocidos de obras clásicas y muchas piezas cortas de obras y autores del momento. El sistema permitía la reproducción de éxitos nacionales y extranjeros. A través de esa vía se multiplicaba extraordinariamente la audiencia. Sin duda alguna estos cafés -concierto o cafés con música-, que pervivieron hasta muy entrados los años treinta de este siglo, popularizaron en Madrid la zarzuela grande y pequeña, la canción ligera posterior, el cuplé, y también instruyeron musicalmente a la clientela y contribuyeron a enriquecer a compositores, músicos y letristas que por estos canales percibían unos derechos de reproducción nada desdeñables. Es decir, los circuitos modernos de una oferta cultural masiva que solo es posible en el marco de la ciudad y tiene como espacio de encuentro el café. Cafés de todo tipo, lujosos para los elegantes y de barrio para las capas medias. Todo el mundo iba al café durante la Restauración. En el se charlaba, se citaba a los amigos, se encontraba a los conocidos, se oía música y se disponía de unas condiciones de comodidad y ambiente que la mayor parte de las viviendas madrileñas no tenían. En tanto que el café se convertía en el lugar de ocio de la burguesía se fue definiendo la taberna como el espacio de sociabilidad propio de las capas populares. Abiertas veintiuna horas al día despachaban bebidas alcohólicas y solían tener una tipología muy definida: muros cubiertos de azulejos o chapados de madera y un mostrador también de madera recubierto de zinc. Los clientes bebían y charlaban de pie frente al mostrador. En algunos casos había algunas mesas de madera dispuestas con bancos corridos para propiciar la tertulia sentada. Había tabernas por toda la ciudad y eran especialmente frecuentadas en los barrios populares o del extrarradio. La afición del trabajador madrileño a la taberna fué especialmente combatida por los reformadores sociales, los higienistas y los partidos políticos, desde los conservadores hasta los socialistas y anarquistas. Desde distintos enfoques y puntos de vista todos parecían estar de acuerdo en que la taberna propiciaba el alcoholismo entre los obreros y era un nido de perversión y malas costumbres sociales ^^. En la taberna además de hablar se solía jugar a las cartas, al dominó y otros juegos de azar. La imagen del obrero 506 Carmen del Moral Ruiz saliendo beodo de la cantina, tras haberse jugado el jornal, fue muy utilizada en los discursos morales de reformistas sociales y políticos para subrayar su maldad física y moral. Sin embargo, lo cierto es que la taberna en la literatura o simplemente en la experiencia cotidiana tenia otro aspecto mucho más positivo. Era un espacio de sociabilidad popular en el que los hombres -en la taberna no están bien vistas las mujeres, si aparecen son mendigas, borrachas o prostitutas, es decir marginadas sociales-entretenían su ocio y practicaban también la charla y la comunicación amistosa. Era un espacio muy libre, muy propio, lejos de la influencia familiar, de la mujer, del patrón, del cura y de los dirigentes obreros. Se podía hablar con toda libertad -era conocido el lenguaje indecoroso y blasfemo que los hombres usaban en la taberna-y podía hacerse sin temor a ser juzgado. No puede olvidarse que la sección madrileña del partido socialista obrero español se fundo en una taberna de Madrid a la que acudían con mucha frecuencia Pablo Iglesias y sus compañeros. Desde luego la taberna inducía a la bebida pero también propiciaba la conversación fluida y espontánea, el intercambio de ideas y eran muchos los obreros abstemios que la frecuentaban porque en sus usos sociales ir a la taberna era tan normal como para las capas acomodadas frecuentar el café. Este hecho diferencial duró hasta bien entrado el siglo XX. Otra vez Antonio Espina ^^ nos recuerda cómo a finales del «siglo XIX» el albañil, el zapatero remendón, el mozo de cordel, el vendedor ambulante, el «guindilla» o guardia municipal, el organillero, el cochero de punto y, a veces, al lado de estas honradas gentes, otras que no eran tanto -^los «golfos» en sus múltiples variedades-constituían la clientela propia de las «tabernas». La pasión por el baile Junto a la charla y el paseo una afición compartida por una gran parte de la sociedad madrileña era el baile. Se baila en todas partes, en cualquier época del año, hay sitios exclusivos para cada clase social, aunque durante el Carnaval y en las Verbenas las clases aparentemente se fusionen y toda la ciudad o un determinado barrio de la misma se entregue por igual al placer de la danza. El chotis, la mazurca, la polca y el pasodoble son los reyes de las fiestas, seguidos de la habanera y el vals. Todos ellos han implantado una nueva manera de bailar, el «agarrao», forma moderna de comunicarse y relacionarse con la pareja. Los tres primeros son de origen Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 extranjero y llegaron a los salones españoles hacia mediados del siglo XIX. El chotis se bailo en España por primera vez en un sarao celebrado en el Palacio Real de Madrid con el nombre de «polca alemana». Con los años este baile ceremonioso, cortesano y galante se fue democratizando hasta convertirse en un baile popular que se madrileñizó y elevó a símbolo musical de la ciudad. La habanera es de un origen confuso. Según una teoría es una danza española que llevada a América regresó a Europa influida por la música negra, otra añrma que es de raíz afrocubana. En realidad es una contradanza criolla muy popular durante todo el siglo XIX. El vals fue la imagen y esencia de la Viena ñnisecular. La temporada de baile empezaba en el otoño, con los llamados bailes de sociedad organizados por las Asociaciones de baile, que llegaron a ser en Madrid hasta 145 ^^. Estas disponían de locales propios pero con ocasión de la apertura de la temporada, o durante el Carnaval, solían alquilar salones de mayor cabida para solemnizar la fecha. Eran lugares en los que en general se guardaban las formas y a los que acudían las jóvenes solteras acompañadas de sus carabinas y frecuentemente las familias. Unos eran más elegantes que otros y solían tener un fin recreativo aunque a veces existiese una organización o empresa de por medio. Entre ellos destacó el de Capellanes, utilizado por numerosas sociedades, que compartía clientela con el Circo de Paúl en la organización de bailes populares. Muchos contemporáneos criticaban a ambos salones por su masificación, derivada de los módicos precios de sus entradas. Durante el invierno el gran festejo danzante se correspondía con las fechas del Carnaval, que tenia una duración de varios días y terminaba el domingo de piñata. Los bailes de Carnaval eran de disfraces y en Madrid había muchos de los llamados de trajes, mascaras o caretas. Las asociaciones rivalizaban para organizar mascaradas y se habilitaban teatros para atender a la demanda creciente. Al teatro de la Zarzuela acudía la clase media alta, deseosa de bailar al ritmo de diversas orquestas y coros. Al Real solo asistía la élite de la sociedad madrileña encabezada por la familia real. Solo podían entrar en este último local 3.500 personas. El precio de la entrada era alto y la decoración suntuosa. Se podían bailar hasta altas horas de la madrugada polcas, chotis, valses, habaneras... algunas especialmente compuestas para la ocasión, y se celebraba un sorteo dotado con un buen premio en dinero. El Circulo de Bellas Artes inició la tradición del baile de Carnaval en 1891 en el teatro de la Comedia y con este motivo Cecilio Plá pinto el cartel anunciador. Dicho baile se organizó en diversos teatros antes de celebrarse en la sede propia de la casa en la calle de Alcalá ^^. Al llegar el buen tiempo, en primavera y muy especialmente durante el verano, crecía la practica del baile entre los ciudadanos madrileños. Era el momento en el que se iniciaba en la ciudad el ciclo anual de las Verbenas que tenían una advocación religiosa a un patrón o patrona y se habían transformado en una fiesta urbana, con firecuencia propia de un barrio o zona determinada de la ciudad. La más antigua era la de San Juan y San Pedro y a ella se ñieron sumando la de San Antonio de la Florida, Santiago y el Carmen, San Cayetano, San Lorenzo y la Paloma. En todas ellas el baile formaba parte esencial del rito. A la verbena se solía acudir al caer la tarde -^la literatura costumbrista ha dejado fiel reflejo de ello-en familia, en grupos de muchachas solas, acompañado por los amigos o vecinos si se era varón... Se charlaba, se bebía... y se bailaba: parejas mixtas de toda edad y condición, mujeres con mujeres, niños y niñas. El cuadro exacto de una fiesta popular. En los barrios estamentales del antiguo régimen, en los que habitaba una gran parte de la población madrileña, convivían en los mismos inmuebles personas de los distintos estamentos sociales ordenadas según la altura de los pisos. Así, se codeaban y divertían juntos en la tarde y noche verbeneras el boticario y el cajista de imprenta -aludiendo inevitablemente a la Verbena de la Paloma (1894) de Ricardo de la Vega y el maestro Bretón-. El prestigio de algunas de estas verbenas atraía además a habitantes foráneos, que no eran del barrio, que venían de otras zonas de la ciudad a divertirse y disfrutar con la fiesta urbana popular. Para no cesar de bailar en la canícula madrileña se completaba la oferta danzante con las salas de verano. Distribuidas por las afueras de la ciudad resultaban una propuesta tentadora al combinar en la sequedad estival madrileña la temperatura fresca con el baile. Estaban al aire libre, en jardines localizados en la zona comprendida entre la plaza del Rey, Colon, Puerta de Alcalá y Botánico, áreas idóneas por su todavía escasa urbanización. Fueron numerosas: El Ariel, Jardín Recoletos, Jardines Apolo, Jardines Tivoli, Jardines Paraíso y el Eliseo Madrileño, el más conocido, situado en el paseo de Recoletos, con una oferta muy variada de baile y espectáculo. El gusto popular por el baile en espacios abiertos de la ciudad tiene un aroma rural. Muchos de los clientes de estos bailes eran jóvenes criadas y muchachos recién llegados a la ciudad. La pirámide demográfica de Madrid en las décadas finiseculares da un perfil en los tramos juveniles que se corresponde exactamente con este hecho. Estos jóvenes de ambos sexos eran sin duda consumidores gustosos de este género de ocio. En una descripción de un baile en el barrio Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 de Tetuán, donde se localizaban muchos merenderos con baile que funcionaban en verano e invierno, destaca una escena de este tipo. En un grupo de criadas, que bailan entre ellas, «bailan todas las mozas que han venido a Madrid a servir: las de la Mancha, las de la Alcarria, las extremeñas y las gallegas... Estas criadas tienen las manos rojas, las uñas largas y negras, y los dedos con ronchas, rasguños, mataduras del estropajo y cortaduras de la cocina. Sus parejas, los bailarines, son horteras, carniceros que llevan puesto el delantal y los manguitos verdes, chicos de tiendas de ultramarinos, soldados». Es decir, los oficios y ocupaciones que permitían sobrevivir en Madrid a cualquier joven recién llegado. «Cae la tarde -concluye el autor de ese fi-esco de gran riqueza visual-hay un campestre ambiente de aldea; la gaita suena jovial y otras veces melancólica, como en las bodas de los pueblos. Algunas criadas, que les ha dicho el amo que tienen que estar pronto en casa, se despiden de sus amigas dándose un beso en cada carrillo y diciendo:» Hasta el domingo que viene; «otras se van cogidas de la mano» ^^. La afición teatral: los teatros por horas y el género chico En Madrid el teatro solía compatibilizarse frecuentemente con el café: de ocho a diez horas se asistía al café y a las diez la concurrencia empezaba a clarear y varios contertulios se iban al teatro. Algunos de ellos, los noctámbulos empedernidos, volvían al café al salir de aquel y las tertulias nocturnas solían ser una institución entre las gentes del mundo de la cultura -escritores, periodistas, pintores, bohemia literaria-. Los salones de algunos teatros madrileños combinaron sutilmente la afición teatral y la literaria e imprimieron un sello muy característico a la vida intelectual de la ciudad hasta muy entrados los años treinta del siglo XX. Durante la Restauración asistir al teatro era algo ya introducido en las costumbres de la burguesía madrileña y el repertorio de los principales teatros de la ciudad se nutria de lo que se llamaba el teatro en verso o de declamación; es decir, todo lo que no era cantado, ya fuese en verso, como eran las obras del teatro clásico, o prosa, forma que empezó a prevalecer en dramas y piezas menores a partir de las ultimas décadas del siglo XIX. Los críticos teatrales del momento hablan de su «crisis». Cuando se penetra más a fondo en sus crónicas se percibe que lo que estaba en crisis era precisamente el teatro en verso, que tenia ya en Madrid muy pocos cultivadores. Terminando Carmen del Moral Ruiz 510 el siglo ya no parecían tan del agrado del público las obras del teatro clásico y los dramas románticos. A medida que el gusto por el teatro se fue extendiendo los escritores, actores y gentes del medio teatral buscaron la manera de lograr una formula que atrajese a un tipo de espectadores más numeroso y heterogéneo. De sus intentos salió como modelo nuevo el teatro por secciones u horas. La innovación consistió en representar en un mismo teatro, en espacios horarios distintos, tres o más obras, de duración breve, con música o sin ella. La creación de este tipo de teatros se debió a una iniciativa de tres jóvenes actores que en 1868 trabajaban juntos en una pequeña sala madrileña: el Recreo ^^. Parece que su objetivo era encontrar la manera de atraer al público proponiéndole obras ligeras y breves a un precio asequible. A lo largo de una misma jornada y por el precio de un real los cómicos citados, en su teatro de la calle de la Flor Baja representaban todo tipo de obras cortas: saínetes, revistas, juguetes cómicos... Su oferta cuajó y un año después la ponía en practica el teatro de Variedades, mucho más amplio, situado en la calle de la Magdalena, muy implantado en el barrio con una clientela popular muy fiel. Lo que parecía en principio un negocio marginal se convirtió pronto en un gran éxito por la afluencia de publico. La novedad fundamental del Recreo y Variedades fue la escenificación de piezas breves, con música o sin ella, escritas para ser representadas por secciones u horas. El apunte, el boceto escrito, debía acoplarse a la música y ambos formar una síntesis. En un principio ninguno de estos dos elementos tenía una categoría que primase sobre la otra, era esencialmente un saínete acompañado de música. La fusión entre música y palabras se fue logrando poco a poco, aunque la palabra nunca perdió su valor expresivo. Actores e interpretes fueron sobre todo comunicadores de palabras a través de una música que las hacia más directas, nostálgicas y accesibles. En los primeros tiempos fueron actores, no cantantes, los que dieron a conocer las obras. En resumen piezas breves, generalmente en un acto, rara vez en dos, para ser representadas con música: «género chico», algo diferente en el panorama teatral madrileño finisecular. Los observadores y críticos de la época resaltan siempre, para explicar el éxito y difusión de los teatros por horas y de las obras líricas cortas el bajo precio de las entradas. Creo que es determinante en la implantación de cualquier espectáculo popular el abaratamiento de su precio pero no puede considerarse este el único factor de su éxito social. No existe información suficiente a este respecto, se dispone de recuerdos fragmentados e inevitablemente sujetos a error. Hasta donde Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 yo he podido comprobar, siempre referido a los años finales del siglo XIX, la oferta teatral en Madrid fue variada en espectáculos y precios. La diferencia entre los grandes teatros del genero lírico y los dedicados al género chico era notable. En estos además los precios variaban mucho de una a otra localidad con lo que la oferta se multiplicaba. El Apolo y la Zarzuela al pasarse al género chico en 1899 bajaron el precio de sus entradas. Por ello creo, que aunque el factor económico fue importante, no fue el único para explicar el alcance del fenómeno cultural. Fueron los precios baratos, las ofertas diversas y las funciones múltiples, una suma de factores, lo que contribuyo notablemente al éxito del teatro chico como nueva forma de ocio urbano. En un principio el carácter innovador de los teatros por horas y su impacto popular contribuyeron a dar al género chico un cierto carácter marginal. Los críticos señalaban que ese tipo de teatro además de ser un peligro para el teatro tradicional era también un impedimento para representar a los autores clásicos porque quedaba fuera de su repertorio todo el teatro antiguo y «cuantas obras maestras en tres o más actos habían proporcionado modernamente gloria y esplendor a la dramática española» ^^. Para la critica oficial las obras que se representaban en los teatros normales eran el verdadero arte, un arte elevado, la buena literatura. Por el contrario, en los teatros por horas nada era arte sino un simulacro de teatro cuyo numen era el afán de lucro que «reavivaba en la muchedumbre las malas pasiones, la rebeldía y la critica al orden establecido» ^^. La multitud, la muchedumbre, la mayoría del público, son vocablos que evidencian el respaldo masivo que los teatros por horas tenían en Madrid hacia los años ochenta del siglo. El matiz despectivo alude a la supuesta falta de calidad literaria de las obras cortas. A*Manuel Cañete, critico de La Ilustración Española y Americana, le parecían obras de una vulgaridad insoportable, carentes de toda inspiración dramática, que no merecían ni una sola línea de su pluma. Eran lo que el llamaba atinadamente, escandalizado, «literatura industrial». Es decir, un producto cultural que nacía a impulso de una demanda creciente y muy rápida de ocio y suponía un nuevo teatro popular y masivo. En efecto, los teatros se multiplicaron. Su crecimiento coincidió, como resalta Fernández Muñoz ^^, con la figura del empresario teatral que trataba de rentabilizar sus inversiones explotando al máximo la capacidad de las salas. La arquitectura de los nuevos edificios supuso la desaparición de las divisiones espaciales y su sustitución por una gradación en el precio de las entradas. Al diversificarse la oferta se Carmen del Moral Ruiz 512 rompió con la costumbre, hasta entonces minoritaria, de ir al teatro. El espectáculo se dirigía a una sociedad de clases que aceptaba como inevitable la admisión de un publico numeroso que compartía y asistía al espectáculo desde una localidad a precio asequible. Después de esa fecha no decae la afición al teatro pero con el nuevo siglo empieza a competir con un enemigo poderoso: el cinematógrafo. En total, entre aperturas, rehabilitaciones y conversiones de espacios escénicos privados en otros de uso público entre las fechas citadas se abren 24 teatros en la ciudad. Hablan de esa renovada y extendida afición teatral. Su apertura coincide con el despegue del género chico y algunos de ellos se dedicaron especialmente a su exhibición. Solo un teatro muy relacionado con la historia del mismo -el teatro de Variedades-se había inaugurado antes, en 1850. La mayor parte estaban ubicados en el centro de la ciudad, entre la plaza de Antón Martín, la calle del Barquillo y el barrio de Maravillas. Puntos consolidados de la. villa, con una densa población que ocupaba sus salas. Su público natural, la garantía de su supervivencia. Los empresarios no se atrevían a alejarse mucho de esa zona porque la vida nocturna y lúdica de la ciudad se encerraba en esos limites. Al abrirse el teatro Apolo en 1873 pasó una larga temporada de crisis y dificultades debido en parte, según casi todos los contemporáneos, al hecho de estar situado en un punto excéntrico de la ciudad. La concentración favorecía el tránsito de unos a otros y junto con los espectadores locales atraía a los forasteros, a la población flotante, a los turistas, que pasaban por Madrid con ocasión de fiestas o celebraciones especiales y cumplían con el rito de «ir al teatro». La información copiosa y precisa que las Guías de la ciudad suministran sobre los teatros y espectáculos iba dirigida a esos visitantes o, como señalé anteriormente, a tantos recién llegados a la ciudad que la conocían superficialmente. En el proceso de implantación de las obras líricas cortas jugaron igualmente un papel especial los llamados Teatros de Verano, fenómeno peculiar dentro del panorama teatral del momento. Eran salas que abrían solo en verano y como en el caso citado de los Jardines del 3uen Retiro funcionaban como espacios de ocio urbano, con ofertas comerciales organizadas durante la temporada estival. Solían estar construidos en madera y podían ser trasladados de un solar a otro. Se agrupaban alrededor del paseo del Prado y de Recoletos, zona que como ya se vio, empezaba a concentrar la oferta lúdica veraniega. Fueron el Teatro Recoletos, el Felipe, el Tivoli, Eldorado, el Prado, el Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 Recreo de la Castellana. La masiva afluencia de público permitía a todos ellos recoger espectadores de la gran fiesta urbana estival. El más conocido de todos ñie el Felipe, emplazado en el terreno que hoy ocupa el palacio de Comunicaciones, junto a los Jardines del Buen Retiro, donde estuvo instalado hasta 1892.Su etapa de esplendor fiíe del 84 al 91, año de la muerte inesperada de su promotor y empresario, Felipe Ducazcal. Este dedicó el teatro a partir de 1885 al cultivo del género chico y en él se estreno La Gran Vía en 1886. El éxito de esta obra convirtió el local en el teatro de verano más acreditado y firecuentado de la capital. Costaba la butaca dos reales y disponía de un ambigú donde se podían tomar bocadillos de jamón y un vaso de vino por una peseta ^^. No cuesta imaginar el público popular que en las noches calurosas de Julio y Agosto utilizaría este moderno servicio. Entre la firescura del entorno y lo adecuado de los precios las obras iban entrando y fijándose en una audiencia cada vez más amplia. Porque El Felipe, si bien es cierto que después de La Gran Vía estreno otras obras menos conocidas de autores y músicos de gran éxito, lo que hacia sobre todo durante el verano era divulgar, para un público más popular, las obras ya estrenadas y aplaudidas en invierno en Apolo, Eslava, Martín... Su propietario, Felipe Ducazcal, inmortalizó su nombre con la construcción del teatro pero sobre todo ñie un promotor moderno que supo estar atento a las necesidades de ocio y cultura que demandaba una sociedad en expansión como la madrileña de fines de siglo. La adopción de precios asequibles para una mayoría de espectadores y la dependencia directa de los mismos presuponía una reorganización total del mundo del espectáculo. Se partía del siguiente planteamiento: los mismos actores, el mismo teatro, casi los mismos decorados, vestuario simple... para cuatro obras cortas representadas por horas. Con el mismo desembolso inicial, los mismos gastos, o casi los mismos, posibilidad de duplicar los beneficios. Planteamiento capitalista del más puro estilo. Los empresarios teatrales de estos años tuvieron fama de ser hábiles gestores de capital y condujeron sus teatros con mano hábil y competente, cómo Aruej y Arregui el teatro Apolo o Ducazcal el Felipe. Los teatros dedicados al género chico, con la excepción de el Apolo, no exigían una instalación costosa, ni unas condiciones especiales de escenario, decorado, orquesta... Los coliseos de verano aun eran más sencillos. Si resultaba fácil su instalación y mantenimiento aun menos costosa era toda la red de servicios que va unida a un^ empresa teatral: decorados, vestuario, luminotecnia. La escenografia estaba muy poco desarrollada porque el espectáculo, como ya advertí, se basaba en el Carmen del Moral Ruiz 514 libreto, la palabra, apoyada en la música. Cuenta Deleito y Piñuela que los teatros dedicados al género chico se alumbraban todavía con gas en las apoteosis finales y los efectos especiales de luz se lograban «quemando entre bastidores luces de bengala rojas, blancas o verdes» ^^. De hecho los verdaderos artífices del género eran los actores, los músicos y los libretistas. Todo el trabajo se apoyaba en ellos por lo que un sistema de organización empresarial más eficiente se tenia que basar en la utilización a fondo de ese trabajo por repetición del mismo a lo largo de una misma jomada teatral. A las mismas causas obedece la exhibición de una obra durante un largo lapso de tiempo. El éxito empieza a medirse por lo que dxira una obra en cartel. Ello no solo significa acogida del público, respaldo social, sino también mayores ingresos partiendo de im.a misma inversión inicial. Idéntico espíritu de empresa preside las iniciativas, como la citada anteriormente de Ducazcal en el Felipe, que tienden a prolongar la temporada teatral mas allá de los meses tradicionales de Octubre a Junio. Las salas de verano de Madrid mantenían entretenido con el teatro a un publico numeroso que solía prescindir de esa clase de diversión durante el año. Para el empresario resultaba económicamente rentable mantener la cartelera con las obras del repertorio invernal, sin variaciones substanciales, sustituyendo actores de primera por otros menos conocidos, pero ello permitía prolongar la inversión inicial y mantener el interés social por la clase de espectáculo que promovía. Ducazcal, personaje popular en el Madrid que va de la Gloriosa a la Restauración, partidario acérrimo de Prim y de Amadeo de Saboya, amigo después de Romero Robledo y de Alfonso XII, conocido personal de Pablo Iglesias, al que cedió en más de una ocasión sus salas teatrales para celebrar reuniones políticas, fue un empresario teatral de este corte. Sus negocios crecieron al calor de la estabilidad canovista y fue animador social, mantenedor e impulsor de empresas creadoras de ocio en la ciudad de la primera expansión moderna. Como gestor de muchos teatros madrileños, de las más diversas modalidades (género chico, variedades, obras dramáticas), mantuvo unas empresas con otras. El éxito de El Felipe y de otros teatros populares le servia para alimentar «las matines aristocráticas y benéficas» de la Comedia, una función elitista de gran calidad. Dirigió El Apolo después de trece años de crisis y logró remontar el teatro y colocarlo en posición de iniciar su etapa de expansión. Llevó unos años El Español y consiguió -parece que a través de sus buenas relaciones políticas-el arriendo de los Jardines del Buen Retiro, manteniéndolos en competencia con el género chico del Felipe, con opera, opereta, zarzuela grande y conciertos hasta el fin del siglo. Para completar sus iniciativas difundía las obras de Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900 los principales autores teatrales del momento a través de una editorial, la Imprenta Ducazcal, que edito muchos libretos del género chico. La impronta que su obra dejó en el mundo de la empresa teatral se eclipsó por efecto de una muerte imprevista y prematura. Su figura, muy conocida y querida en la ciudad, se convirtió en un mito exaltado por sus contemporáneos. En los Episodios Nacionales de Pérez Galdós aparece Ducazcal formando parte del friso de personajes reales de la cambiante sociedad madrileña. El empresario entra y sale en España Trágica, Amadeo I, en Canovas ^^. Toda su trayectoria vital está llena de ese olfato característico de los hombres de las primeras empresas capitalistas. Para mejor equipararse con ellos fue también un niño madrileño, de origen modesto, hijo de un pequeño impresor de la calle de los Caños. De la nada a la cumbre. La imagen misma de la sociedad del éxito, sin duda alguna el modelo ideológico de la Restauración. En el desarrollo del género chico, junto a teatros, público y empresarios tuvo una importancia singular un ultimo punto: la producción masiva y continuada de obras capaces de ser devoradas por un ocio en expansión. No hubo en aquellos momentos en Madrid autores ni obras tan difundidas como las del género chico. Las obras de éxito pasaban de las cien representaciones, después iban a provincias, donde permanecían un cierto tiempo en cartel en las principales ciudades, para continuar después la gira por Hispanoamérica ^^. Dejando a un lado la difusión más eficaz pero más difícil de controlar -^la de la ejecución parcial de las obras en cafés, calles, bailes, circos, plazas de toros..-^^, lo que interesa destacar es que el genero chico fue un fenómeno cultural que se propagó y difundió a ritmos entonces nuevos y exigió de los autores una producción acelerada y en serie. Los autores teatrales más aceptados por la sociedad finisecular tienen un copioso repertorio de obras, e igual sucede con los músicos. Una somera referencia estadística de algunos de los más conocidos puede avalar lo que digo: El éxito del género engendró una demanda continua de obras literarias y musicales que fue haciendo a éste autosuficiente. Algunos de sus autores se convirtieron en personajes conocidos, muy populares en Madrid, como parecen probar la multitud de anécdotas que se cuentan sobre Chueca. El reconocimiento público, el éxito social, iba ligado a estrenos periódicos de los autores afamados y a una producción muy intensa de los menos conocidos, que sostenían el industrialismo del que hablaba el critico antes citado. Ello hacia posible el nuevo sistema teatral. Una parte importante del mismo se apoyaba en esta fecundidad literaria, ya que el numero de obras por autor del género era muy elevado. Los escritores empezaban así a actuar como verdaderos profesionales de la pluma, figura nueva en el panorama literario madrileño. Su oficio y la supervivencia del mismo dependían de un mercado de lectores, en este caso mas bien de espectadores teatrales. Todo ello denota la modernidad del teatro chico como fenómeno cultural. Al mismo tiempo nos habla del arduo camino emprendido por los autores españoles para encontrar unos lectores y acceder a la posibilidad de vivir con dignidad del oficio de escribir. La tarea no seria fácil y desde luego larga. Casi todos los autores teatrales finiseculares, conocidos y desconocidos, escribieron obras del genero chico en algún momento de su vida simplemente con objeto de ganarse la vida o para hacerse más conocidos entre el gran público. Aun así la carrera literaria se hizo muy áspera en el Madrid del cambio de siglo. La metrópoli que empezaba a pergeñarse, sede de los principales periódicos, revistas, editoriales... no tenia todavía espacio para tantos profesionales de la cultura como llegaban a sus puertas hacia 1900. Por ello muchos engrosaban las filas de la hambrienta bohemia literaria y Cansinos Asséns, Baroja, Espina y sobre todo Valle Inclán nos han dejado un testimonio lúcido y dramático de la misma^^. 3 B. Perez Galdós, La desheredada, Madrid, Aguilar, 1960, O. C, IV. Carmen del Moral Ruiz 518 2^ La Ilustración Española y Americana, 30 Agosto, 1887. ^"^ La Ilustración Española y Americana, 22 Septiembre, 1887. ^^ Fernandez Muñoz, op,cit, ant, cap. III.,Fágs.,. ^^ Los bocadillos de jamón, de grandes proporciones, eran denominados popularmente «Felipes». Autobiografía., Madrid, Aguilar Editor, 1949, Págs.;1201-2. ^^ Deleito y Piñuela, op, cit. ant, Pág., 121. ^^ De los hechos relativos a Felipe Ducazcal que Galdós recoge el que relata con más abundancia de datos es su duelo con Paúl y Ángulo, escritor y periodista, director de El combate, al que el empresario retó durante el gobierno de Prim. El duelo le costó una herida de bala en una oreja que tuvo para él funestas consecuencias. También en Deleito Y Piñuela, op. cit. ant., Pág., 63. ^^ La acogida del género chico en la América hispana era enorme, especialmente en Cuba, Argentina y Méjico. La Habana, Buenos Aires, llegaron a tener teatros dedicados exclusivamente a él. La zarzuela arraigo tanto en Cuba y Filipinas que después de la independencia de 1898 se creó \in género propio de inspiración española. Cf.: M. García Franco y R. Regidor Arribas, La zarzuela, Madrid, Acento Editorial, 1997, Pág., 90. ^^ Este renglón fue un segmento importante a la hora de liquidar los derechos de autor a músicos y escritores, pero sobre todo tuvo un efecto multiplicador en la audiencia de incalculables dimensiones.Yxart, el critico teatral catalán, supo calibrarlo al hablar en sus artículos del género chico. Al tiempo que rechaza a autores y obras por su escaso valor literario, los niega estéticamente, analiza con penetración e inteligencia inusual en la época su capacidad de comunicar con las multitudes. J. Yxart, El arte escénico en España, Barcelona, Imprenta de La Vanguardia, 1896, vol. II. ^^ Datos elaborados a partir de obras y autores del Catálogo del Teatro Lírico español en la Biblioteca Nacional, Madrid, Ministerio de Cultura, 1986-1991, 3 Vols. El número de zarzuelas cortas lo da Deleito y Piñuela, en la obra ya citada. ^^ La bohemia supuso un estilo, una forma de vida pero creo que muchos artistas españoles no tuvieron demasiada libertad de elección. Una visión completa de la misma obliga a contar con el precario desarrollo cultural, educativo y económico de España en esos años. Un país atrasado, de incipiente modernización, que no contaba ni siquiera en ciudades como la capital, Madrid, con público y lectores suficientes para mantener una industria cultural. La profesionalización del escritor tiene mucho que ver con todo ello. Cf.: D. Castro Al fin, «Intelectuales, escritores y bohemios» en Catálogo España fin de siglo 1898, cit, ant, Págs.;198-207.
Introducción: La atracción de Madrid en el mundo académico En abril de 1892, después de unos ejercicios de oposición que duraron varios meses, llegó a Madrid Santiago Ramón y Cajal para ocupar la cátedra de Histología normal y Anatomía patológica que había dejado vacante el fallecimiento del doctor Aureliano Maestre de San Juan. Llegar a la Universidad Central era en aquel tiempo el ideal de todo catedrático de provincias. Ramón y Cajal había ganado en 1883 la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia, y de allí pasó a la Universidad de Barcelona, a cuyo claustro perteneció durante cerca de cinco años. Con «verdadera pena -escribirá más adelante-hube de abandonar a tan excelentes amigos y con ellos a una ciudad donde encontré ambiente singularmente favorable para la ejecución y publicación de mis trabajos científicos»; en la ciudad condal pasó también «ratos inolvidables» gracias a la tertulia de la Pajarera de la que eran asiduos, entre otros, algunos profesores universitarios que en breve harían el mismo traslado a la capital del Estado, como García de la Cruz, el cubano Villafañé, y Castro Pulido. Para Ramón y Cajal, ser catedrático de la Central «cor^stituía entonces la única esperanza de satisfacer con cierta holgura mis aficiones hacia la investigación y de aumentar mis recursos». Madrid ofrecía, en efecto, a sus profesores un plus nada desdeñable en concepto de residencia, así como la industria del libro de texto y los derechos de examen, cosas ambas que resultaban tan lucrativas en la Villa y Corte como precarias en provincias. Además, Madrid era la residencia habitual Estíbaliz Ruiz de Azúa 520 de los principales capitalistas del Estado, clientela potencial de abogados, médicos y farmacéuticos, y particularmente de los catedráticos universitarios, que por ostentar ese título ya eran reconocidos como los profesionales más sabios de la ciudad, y así era frecuente que estos profesores compaginaran la actividad docente con el ejercicio social de su profesión. En el caso de Ramón y Cajal, sin embargo, sólo en la «decorosa industria del libro de texto» entreveía él «el áurea mediocritas» capaz de garantizarle «el bien supremo de la independencia de espíritu» ^. Pero Madrid significaba mucho más que privilegios económicos. Era la capital del Estado y, por serlo, era también la capital de un sistema educativo que, diseñado en la Ley de Instrucción Pública (Ley Moyano) de 1857 con criterios centralistas, gravitaba sobre las instituciones instaladas en la Villa y Corte. Madrid era la sede de ta Universidad Central, y sólo en ella se cursaban a comienzos del siglo XX casi todas las carreras y todas las secciones de las licenciaturas oficiales del Estado, y el doctorado, por lo que se hacía necesario estudiar en la capital si se aspiraba a una determinada titulación o a culminar la carrera con el grado de doctor. Esa exclusiva académica era sin duda una de las razones de la atracción centrípeta que ejerció la capital sobre alumnos y profesores en aquel tiempo, pero también la causa de que se cortara en las demás Universidades «toda posibilidad de mantener grupos de trabajo investigador»^. Los centros educativos de la capital (Institutos, Escuela Normal, de Artes y Oficios, de Comercio, etc., además de la Universidad) se clasificaron de primera categoría, tras de los cuales venían ordenados los restantes del país. Las oposiciones para ingresar en el Profesorado se celebraron siempre en Madrid, no alterándose la norma hasta 1900 y sólo en los casos de provisión de escuelas elementales y superiores en la enseñanza primaria^. En Madrid estaban además las sedes de las Academias, las sociedades científicas, financieras, periodísticas y culturales de mayor proyección en el país, los Ministerios, el Parlamento y las agrupaciones políticas que tejían precisamente desde la capital sus poderosas redes clientelares ^. Por todo ello, el catedrático que ejercía en la capital del Estado tenía abiertas posibilidades de trascender la función docente, y de alcanzar una representación social y política en mayor medida que los restantes profesores de provincias ^. Así, por poner algunos ejemplos, el Consejo de Instrucción Pública se reorganizó nada más crearse el nuevo Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1900, llevando a formar parte del mismo, según dejó escrito el primer titular de la cartera, García Alix, «lo más notable del Profesorado Madrid 1900. La capital del sistema educativo residente en Madrid» ^; la representación corporativa en el Senado de cinco de las diez Universidades entonces existentes recayó en 1900 en otros tantos catedráticos de la Central, y en la plantilla madrileña del personal docente de aquel mismo año figuraron tres profesores que habían sido Ministros durante el Sexenio y ocho que lo serán a partir de 1900, amén de otros, que sin llegar a serlo, hicieron una brillante carrera política, como parlamentarios, subsecretarios, directores generales, etc ^. Finalmente, en el ámbito puramente educativo y científico, Madrid ñie el escenario de las dos iniciativas más prestigiosas que se dieron durante la Restauración: la Institución Libre de Enseñanza (1876) y la Junta de Ampliación de Estudios (1907). Por este motivo, no tenía nada de sorprendente que entre el profesorado del claustro madrileño se contaran bastantes nombres vinculados con la I.L.E., y que casi todos los miembros de la primera Junta directiva de la J.A.E. pertenecieran al citado claustro. Hacia 1900 precisamente Giner de los Ríos cambió la estrategia que había seguido hasta entonces de difundir la Institución por provincias, por la de concentrar en la capital del Estado las minorías selectas afines al espíritu institucionista, produciéndose así en los años inmediatos la llegada a la Universidad Central de eminentes figuras ligadas a la Institución^. El propósito de este trabajo es mostrar la situación escolar (enseñanza primaria, secundaria y universitaria) existente en Madrid en 1900, y verificar la validez del supuesto de partida: que la Universidad Central resultó ser, como la Villa y Corte que le servía de asiento, una Universidad de aluvión, a la que concurrieron alumnos y profesores de todos los rincones del Estado para cursar unos estudios o para continuar una tarea docente que en la mayoría de los casos se había iniciado en provincias. El padrón municipal, por otra parte, permitirá adentrarnos en el ámbito social y conocer, en su caso, las formas de instalación en la villa madrileña de los catedráticos de su claustro^. La enseñanza primaria: un nivel abandonado desde el poder a la iniciativa privada Madrid era a comienzos del siglo XX una ciudad que carecía de plazas docentes en la enseñanza primaria. La población en edad escolar, según el censo de 1900, daba un total de 62.057 niños-as de edades comprendidas entre seis y doce años de edad, mientras que la oferta de plazas fue sólo de 40.160 (12.960 en los establecimientos públicos y 27.200 en los privados), de modo que algo más de la tercera parte Estíbaliz Ruiz de Azúa de esa población (21.897) no podía materialmente acceder a un puesto escolar en los establecimientos (públicos o privados) de la ciudad. En 1918, ese porcentaje había bajado a la mitad ^^. En cualquier caso, dos observaciones parecen desprenderse de las cifras expuestas: primera, el porcentaje elevado de niños-as sin escolarizar (37,5 por 100 en 1900, 27,4 por 100 en 1918), porcentaje que, sin embargo, era inferior al del conjunto nacional (41,5 por 100 en 1908); y segunda, el predominio de la escuela privada en la enseñanza primaria madrileña. El Ayuntamiento de Madrid (del que dependió económicamente, como en el resto de los municipios españoles, la enseñanza primaria hasta [1900][1901][1902] no se esforzó en exceso por cimiplir las exigencias de la Ley Moyano, razón por la cual en la capital hubo siempre menos escuelas públicas que las necesarias. Esa circunstancia no fue, sin embargo, privativa de Madrid, sino bastante común a comienzos del siglo XX, sobre todo en las grandes capitales, como Barcelona, Valencia, Cádiz, Sevilla, Zaragoza y Murcia, donde las escuelas privadas suplían en muchas ocasiones a las públicas ^^. Si en el conjunto del Estado la oferta pública era, en este nivel de enseñanza, la dominante con gran diferencia (entre otras cosas, porque no había otra en la inmensa España rural), lo contrario sucedía en los grandes núcleos urbanos, donde residían habitualmente familias de clases medias/altas que requerían para sus hijos una educación más esmerada que la que se impartía en la escuela pública. Esta quedó reservada en las ciudades prácticamente a las clases populares y, en el caso de Madrid, al menos, ni siquiera a la totalidad de aquéllas por la baja tasa de cobertura que la escuela pública tuvo, como se ha dicho, en esos años. En consecuencia, Madrid era también uno de los municipios que menos gastaba proporcionalmente en educación ^^, dedicando a esta función únicamente el 4 por 100 del gasto municipal total. El desglose de aquel gasto evidenciaba las diferencias que entonces existían entre la capital del Estado y las capitales de provincias, por Madrid 1900. La capital del sistema educativo lo menos, en dos conceptos: 1) el gasto en personal (un maestro en Madrid cobraba 2.750/3.000 pesetas al año, según fuera de escuela elemental o superior, lo que les convertía en los maestros mejor pagados del país con sensible diferencia); y 2) el gasto en transferencias (aquéllas que en los presupuestos de provincias aparecían destinadas al Instituto de segunda enseñanza, a la Escuela Normal, de Artes Oficios, de Comercio, etc., eran transferencias que el Ajruntamiento madrileño se ahorraba al estar financiadas esas instituciones prácticamente por el Estado, si bien en Madrid se subvencionaba con fondos municipales a los colegios de San Fernando y de San Antonio Abad, y a la Asociación para la enseñanza de la mujer). La mayoría de las escuelas públicas (en menor proporción las privadas) estaban ubicadas en locales alquilados, lo que, aparte de constituir un campo de influencias y favores entre los gestores municipales de la enseñanza y los propietarios de las casas, suponía un gasto enorme para el Ayuntamiento, y limitaba considerablemente la eficacia de la práctica educativa al ser lugares (pisos de los inmuebles, en muchas ocasiones) nada adecuados para esa finalidad. Su distribución por la ciudad presentaba asimismo anomalías destacadas: mientras los distritos de Centro y Congreso contaban con las escuelas necesarias, en todos los demás había falta de centros públicos, pero era en el distrito popular de Inclusa y en Hospital donde el problema resultaba más acuciante porque en ellos también escasearon las escuelas privadas ^^. Se trataba, por otra parte, de escuelas unitarias (las graduadas empezaron a funcionar en Madrid a partir de 1903), cuya dotación de enseres era harto insatisfactoria. «Malos, malísimos son la mayoría de los locales -confesó el delegado regio de Madrid Ruiz Jiménez (cargo restaurado en 1902 para mejorar la enseñanza pública en las grandes capitales)-; pero el material fijo, excepciones muy contadas, es aún peor, existiendo mucho que cuenta veinticinco y treinta años de uso» ^' ^. Así, la situación pedagógica de aquellas escuelas públicas de 1900 se podría caracterizar, según Tiana Ferrer, como de apertura teórica a las nuevas corrientes, junto a una práctica por regla general trasnochada y poco renovadora ^^. La imagen que presentaban las escuelas privadas no resultaba muy distinta de la arriba descrita. Salvo en algunos centros, como la Institución Libre de Enseñanza, las Escuelas Pías y pocos más, los métodos de enseñanza eran anticuados y me- Estíbaliz Ruiz de Azúa morísticos en exceso. Según la confesión religiosa, aquellas escuelas se clasificaron en 346 católicas, 18 de otras confesiones, y 4 laicas. Había, pues, una abrumadora mayoría de escuelas católicas, de las cuales únicamente 52 estaban regentadas por congregaciones religiosas (12 de varones y 40 de mujeres). El escaso número de centros laicos podría deberse a «la ausencia de organizaciones anarquistas, impulsoras de la escuela a-o antirreligiosa, y la acción limitada de grupos librepensadores o masones» ^^. Las deficiencias escolares señaladas no impidieron que la población madrileña ofreciera unas elevadas tasas de alfabetización que contrastaban con las del conjunto nacional. La presión social y las exigencias del mercado de trabajo fueron, sin duda, factores importantes para la extensión de la alfabetización, y en ese proceso la escolarización formal representó una de las vías, cada vez más consolidada, sin que ello supusiera merma alguna del predominio ejercido por la escuela privada ^°. Estudiantes y Profesores de Bachillerato Un simple vistazo a los edificios que albergaron los dos institutos que existían en Madrid en 1900 revelaba claramente que sus alumnos no pertenecían a las clases populares. La carrera escolar, aquélla que comprendía los estudios de Bachillerato y de Universidad, se había concebido en Europa y en España (aquí desde 1836) como algo destinado casi exclusivamente a las clases medias y altas de la sociedad. Ese carácter elitista, que seguía imperando a comienzos del siglo XX, se manifestó en muchos aspectos, también en los locales destinados a la docencia. Si para establecer una escuela primaria sirvió en la España del siglo XIX cualquier local, los institutos, en cambio, se instalaron en edificios que, pese a no ser en la mayoría de los casos de nueva planta, daban prueba externa de solidez. En Madrid, el de San Isidro tuvo su origen en un Colegio fundado por los jesuítas en 1566, convertido luego en Colegio Imperial en recuerdo de la emperatriz doña María de Austria (hermana de Felipe II y bienhechora de la Compañía), y más tarde, tras la expulsión de los jesuítas en 1767, en Reales Estudios que se denominaron de San Isidro al ser trasladados a la iglesia del Madrid 1900. La capital del sistema educativo Colegio los restos del patrono de Madrid; y el Cardenal Cisneros se instaló en el antiguo Noviciado de la Compañía de Jesús (de ahí, el nombre que ostentó en el siglo XIX), un caserón de la calle Ancha de San Bernardo, donde también se ubicará la Universidad ^^. En el primitivo Colegio Imperial se situaron en el siglo XIX, además del instituto, la Escuela de Arquitectura, una de las secciones de la de Artes y Oficios, la clase de Química de varias Facultades (recordada por Pío Baroja en El árbol de la ciencia), y la biblioteca de Filosofía y Letras (cuyos 80.742 volúmenes de 1900 procedían, en parte, de la antigua biblioteca de los jesuítas) ^^ Todo aquel espacio formaba un complejo arquitectónico algo destartalado, pero monumental, en el que lucía sobre todo el magnífico patio del instituto, obra de Melchor de Bueras, «uno de los pocos barrocos que perduran en Madrid y que por sí solo dignifica todo el edificio» ^^. La matrícula en el Bachillerato, supeditada a factores de índole económico y social, creció muy poco entre 1875 y 1900. Si el número de matriculados aumentó sólo en la misma proporción que la población en su conjunto (en una y otra fecha se contaron 17 estudiantes por cada 10.000 habitantes), la distribución del alumnado, en cambio, varió sustancialmente, produciéndose un retroceso considerable de la enseñanza pública y el avance espectacular de la privada ^^. Ese era el estado numérico de la enseñanza media en España a comienzos del siglo XX, que provocó la reacción de García Alix y, en especial, de Romanones, artífice de una política reformista que tuvo como principal objetivo rescatar para la enseñanza pública el alumnado que había perdido ^^. La situación en Madrid era algo distinta a la del Estado. En la distribución de la matrícula, las diferencias de Madrid con respecto al promedio nacional eran de orden cuantitativo, con la salvedad cualitativa de que la enseñanza privada en la capital fue siempre superior numéricamente a la pública durante la Restauración. Estíbaliz Ruiz de Azúa 526 Madrid contaba en 1900, aparte de los dos institutos, con 98 colegios incorporados (92 dirigidos por seglares y 6 por religiosos) donde poder cursar el Bachillerato. De las tres modalidades de matrícula existentes (oficial, privada y libre), los padres de familia optaron mayoritariamente por la enseñanza privada, que llegó a representar en ese año casi el 66 por 100 de la matrícula total (43,8 por 100 los seglares y 22 por 100 los religiosos, de jesuítas y escolapios, principalmente). Razones de diversa naturaleza, entre las cuales las sociológicas no fueron pequeñas, justificaron aquella elección. Llevar a los hijos a un determinado centro (por ejemplo, el de Nuestra Señora del Recuerdo de Chamartín, regentado por los jesuítas) constituía un signo de identidad y un elemento más de cohesión de las clases acomodadas de la sociedad madrileña. Cierto era que en aquellos colegios de élite se atendía con más solicitud que en la enseñanza oficial a la educación artística, la música, el dibujo, los deportes, los viajes culturales, en algunos centros también a la formación religiosa, en todos a la disciplina. En los institutos, por lo general, los profesores cumplían su misión con sólo explicar en las horas asignadas las materias en las que eran especialistas, sin que se llegara a establecer «la verdadera fraternidad que debe haber entre el alumno y el profesor» ^^. En los colegios privados, esa «fraternidad» tampoco era que se alcanzara de manera general, pero sí había una vigilancia mucho más enérgica que en los institutos sobre el alumnado y su proceso de aprendizaje. Así, aquellos profesores de la enseñanza privada (de los que sólo tenían título académico algo menos de la mitad, y ninguno de los religiosos ^^), preparaban a sus alumnos fundamentalmente para los exámenes oficiales, en los que solían conseguir buenos resultados. Un centro privado excepcional fue la I.L.E., que ya en el curso 1880-1881 apostó por la fusión definitiva de la primera y la segunda enseñanza (algo que ha recuperado la L.O.G.S.E de 1990), una propuesta renovadora que fue aplicada por un profesorado de notable calidad. Los principios que orientaron la obra educativa de Giner de los Ríos, absolutamente válidos igualmente para nuestro tiempo, podrían reducirse, siguiendo a Carlos París, a los cuatro siguientes: 1) el ideal de libertad; 2) la comprensión vital del acto educativo; 3) la unidad metodológica de todo el proceso de enseñanza; y 4) el carácter integral, profundamente humanista, de la educación ^°. (Con aquellos príncipios comulgaron también bastantes profesores de la enseñanza pública de comienzos del siglo). La capital del sistema educativo alumnos del Bachillerato, lo mismo de colegios incorporados que libres, debían examinarse en los centros públicos para validar sus cursos. Esa exigencia académica, y el nivel intelectual que tenía el profesorado oficial, conferían a los institutos de entonces un prestigio grande, y a sus catedráticos una alta consideración social. En San Isidro ejercían en el curso 1899-1900, entre otros, Elias Alfaro Navarro (Latín y secretario del instituto), Ricardo Becerro de Bengoa (Química), Manuel Burillo de Santiago (Matemáticas), José Ceruelo Obispo (Matemáticas y director del centro). Urbano González Serrano (Psicología, Lógica y Filosofía moral), Eugenio Méndez Caballero (Latín), Francisco Navarro Ledesma (Retórica y Poética), Federico Requejo Avedillo (Agricultura; pasó en noviembre de 1899 al Cardenal Cisneros), Demetrio Fidel Rubio Alberto (Historia Natural), Justo Sales Esteban (Francés), y Mariano Tortosa Picón (Agricultura), (Manuel Zabala se incorporó en 1900-1901 para ocupar la vacante de Geografía e Historia); y en el Cardenal Cisneros, Fernando Araujo Gómez (Francés), Narciso Campillo Correa (Retórica y Poética), Serafín Casas Abad (Historia Natural), Francisco A. Commelerán Gómez (Latín y director del Instituto), Antonio López Muñoz (Psicología, Lógica y Filosofía moral), Mario Méndez Bej araño (Francés), Manuel Merelo Calvo (Geografía e Historia de España), José Muro López-Salgado (Geografía e Historia de España), Rodrigo Sanjurjo Izquierdo (Física y Química y secretario del centro), Enrique Serrano Fatigati (Física y Química), Emeterio Suaña Castellet (Latín), e Ignacio Suárez Somontes (Matemáticas) ^^. Aquellos catedráticos de 1900 respondían a las señas que siguen: habían nacido entre 1827 (Merelo) y 1869 (Navarro Ledesma), la mayoría en una capital de provincias (15 incluidos 4 de Madrid), eran mayoría relativa los de la región castellano-leonesa (7), predominaban los de edades comprendidas entre 41 y 50 años de edad, casi la mitad había realizado otra carrera y alcanzado el título de doctor, se habían hecho catedráticos por oposición antes de los 35 años (y la mitad antes de los 30), estaban cargados de años de servicio (14 con más de 25 años de servicio), habían llegado a los institutos de Madrid mayoritariamente por concurso y después de 1886 (pero dos ocupaban ya la cátedra desde los años 1850-1860 y tres más desde el Sexenio). Como catedráticos, cobraban sueldos comprendidos entre 4.500 y 7.500 pesetas anuales, vivían en pisos por los que pagaban alquileres mensuales de 75 a 150 pesetas, tenían 1 ó 2 sirvientas, y lógicamente (dado el sueldo oficial) desarrollaban otras actividades, además de la docente ^^. Casi todos habían escrito 527 Estibaliz Ruiz de Azúa al ráenos una obra de texto, algunos además eran autores de monografías (científicas/divulgación) referidas a su especialidad, a la educación o a la cuestión social (González Serrano, Becerro, Gemelo, Casas, Serrano Fatigati, Navarro Ledesma, Rubio, Araujo, Méndez Bejaraño). Algunos habían ejercido cargos en la Administración (Merelo y Muro, por ejemplo, eran ex ministros del Sexenio, y el primero además jubilado del Consejo de Estado), y la mayoría había formado parte de comisiones diversas. En aquella plantilla había en 1900 parlamentarios (Muro y Requejo en el Congreso, y Merelo -^vitalicio-y Commelerán -por Segoviaen el Senado), consejeros de instrucción pública (Becerro, López Muñoz, Araujo), académicos (Commelerán, de la Española; Becerro, de Ciencias y correspondiente de la de Historia junto a Muro y Araujo), y en 1902 Requejo llegará a subsecretario de Instrucción Pública (a gobernador civil de Madrid más tarde), y Antonio López Muñoz ejercerá de ministro a partir de diciembre de 1912; en la prensa escribieron muchos, pero quien destacó realmente fue Navarro Ledesma (1869Ledesma ( -1905)), que a su faceta de catedrático unió la de archivero (ayudante de segundo grado con licencia reglamentaria en 1900), divulgador cervantista de éxito, y periodista de diversas publicaciones, la más importante El Globo, de la que fue redactor clave tras la compra del periódico por Romanones ^^. La Universidad Central, término de la carrera escolar y docente La Universidad de entonces seguía respondiendo al modelo burocrático-administrativo, centralista y uniforme, impuesto por los liberales en el siglo XIX, un modelo (mala copia del francés) que acabó con la autonomía de la Universidad y limitó su función «a una preparación para los diplomas, cerrándose a toda investigación desinteresada o desentendida de dicho objeto» ^^. En ese modelo, la Central ocupaba, como se dijo, la cúspide del sistema, la que monopolizó la enseñanza del doctorado y la única que dispuso de todas las secciones de licenciatura, que se implantaron en España tras la reforma de Madrid 1900. La capital del sistema educativo García Alix en 1900. De ahí, aunque no sólo por eso, la mayor concentración de estudiantes en la capital del Estado. En España, y también en Madrid, los estudiantes universitarios se matricularon mayoritariamente en la enseñanza no oficial (8.262 oficiales y 8.968 libres en España; 2.130 oficiales y 2.667 libres en Madrid); sólo en aquellas Facultades en las que se suponía teóricamente el carácter práctico de sus estudios, como Medicina, Farmacia y Ciencias, fue superior la matrícula oficial a la libre. La distribución de aquel alumnado presentaba en la capital, lo mismo que en el conjunto nacional, unas características que ya venían de atrás: predominio de los estudiantes de Derecho (relativamente más en la capital) y de Medicina (en Madrid algo menos que en el resto, no obstante lo cual significaron en el curso de referencia la cuarta parte del total), y alza creciente de la matrícula en Ciencias y, en menor medida, en Filosofía y Letras, mientras que la de Farmacia permaneció prácticamente estancada. Las Facultades madrileñas estaban situadas en medio de la ciudad. Medicina se hallaba en la calle Atocha, en el antiguo Colegio de Cirugía de San Carlos y junto al Hospital General, Farmacia en la calle de su nombre, y las tres restantes. Derecho, Ciencias y Filosofía y Letras, en la calle de San Bernardo, que era la sede central de la Universidad. La escasez de locales y laboratorios dificultaba seriamente la actividad docente de aquella Universidad. De todas las Facultades, la de Ciencias resultaba probablemente la más afectada por esa carencia, sus clases se impartían en San Bernardo, otras en el instituto de San Isidro, otras en el Museo de Ciencias naturales (radicado desde 1895 en el edificio de la Biblioteca Nacional) o en el Jardín Botánico. Un informe firmado por el claustro de esa Facultad en febrero de 1898 afirmaba que «las circunstancias y condiciones relativas a los locales destinados a cátedras y laboratorios son extremadamente deplorables» ^^, y el estudio de Fernando Araujo publicado cinco años más tarde hacía hincapié en que lo que le faltaba a la Universidad en España (también a la Central), y ahí radicaba «la verdadera causa de la frecuente esterilidad de la labor docente», era «material de enseñanza (locales y material fijo y móvil) y organización adecuada de las Prácticas en las clases experimentales» ^^. La localización de la Universidad en lugares céntricos de la capital contribuyó en alto grado a alterar la morfología 529 530 Estíhaliz Ruiz de Azúa de aquellas calles y la vida de sus residentes. Se fueron instalando casas de huéspedes, tiendas de libros, academias preparatorias, cafés y billares, y los alrededores de la Universidad se convirtieron prácticamente en un espacio dominado por los estudiantes, escenario de múltiples trifulcas por los motivos más dispares (en 1900, contra la boda proyectada de la princesa de Asturias con el segundogénito del general carlista y pretendiente a la corona de Ñapóles, conde de Caserta), que cada vez estorbaban más la vida pacífica del vecindario ^^. Por esa razón, y también porque era necesario ampliar los edificios destinados a Facultades, se empezó a pensar por esos años en construir un campus universitario alejado de la ciudad; el proyecto, sin embargo, no prosperó hasta 1927, comenzándose al año siguiente las obras (bajo la dirección del arquitecto López Otero) de lo que pasados unos años será la Ciudad Universitaria, sede de varias Facultades de la actual Universidad Complutense ^^. La Central venía a ser por esos años, como ya se indicó, la Universidad que mejor representaba, por el número y la procedencia de sus estudiantes y profesores, al conjunto de España. Unos y otros llegaron a la capital no sólo porque en ella se impartían todas las licenciaturas y el doctorado, sino también porque Madrid, capital del Estado, ofrecía mayores oportunidades vitales a los recién graduados, y posibilidades infinitas a los profesores para poder desarrollar otras facetas de su personalidad, además de la docente. De los 379 alumnos que recibieron el grado de licenciado en el curso 1901-1902 habían nacido en Madrid 97 (25,6 por 100), y 50 más (13,2 por 100) en las provincias del distrito universitario; eran, por consiguiente, mayoría los 232 (61,2 por 100) que procedieron del resto de España, entre los que abundaron los de Castilla-León (sin contar Segovia, incluida en el distrito universitario de Madrid, sumaron 56), Andalucía (34), y Extremadura ( 27), pero los hubo también de la región valenciana, del País Vasco, Aragón, Murcia, Asturias, Navarra, Baleares y Canarias, Galicia, Logroño, Cataluña, y el extranjero (2 de Francia, y 6 de Hispanoamérica y Filipinas). (En conjunto, 170 venían de las capitales y 209 de sus respectivas provincias). Madrid fue lógicamente la Universidad que más licenciados aportó (42 alumnos) a la graduación de doctor que en 1902 alcanzaron 159 estudiantes; le seguían los licenciados por Barcelona (29 alumnos), Valencia (18), Valladolid (16), Zaragoza (16), Salamanca (11), Santiago (8), Sevilla (8), Granada (6), Oviedo (4), y la privada de Sacro Monte (1) ^^. La coincidencia en la Universidad de jóvenes de distintas clases y procedencias constituía una vía inmejorable para conocer otras culturas, y para formarse una idea de Madrid 1900. La capital del sistema educativo lo que era la vida provinciana. En las aulas universitarias se podía aprender lo fundamental de cada disciplina, pero el frecuentarlas, como recordará Romanones, servía además, y en no poca medida, «para comenzar a conocer la vida y los hombres; pues no hay nada más provechoso para esto que el trato y la amistad entre estudiantes» ^^. El personal docente de la Universidad de Madrid en 1900 estaba formado, según la Guía oficial de España, por 90 catedráticos (15 en Filosofía y Letras, 19 en Medicina, 26 en Ciencias, 9 en Farmacia, y 21 en Derecho), y un número de auxiliares y ayudantes (no aparecían en la Guía) que no sería superior a 40 ^^. Era entonces Rector de la Universidad (el mandato duró de 1895, en que sucedió a Pisa Fajares, hasta 1903) Francisco Fernández González (1833González ( -1917)), catedrático de Estética en la Facultad de Filosofía y Letras desde 1864; y enseñaban en ella, entre otros, Menéndez Pelayo, Morayta Sagrario, Nicolás Salmerón, Antonio Sánchez Moguel, Manuel M^ del Valle (Filosofía y Letras), Ramón y Cajal, Calleja, Jiménez García, Alejandro San Martín, Federico Olóriz (Medicina), Gumersindo Azcárate, Giner de los Ríos, Montejo Rica, Piernas Hurtado, Santamaría de Paredes (Derecho), Eduardo Torreja, Ignacio Bolívar, Muñoz del Castillo, Octavio de Toledo, Miguel Vegas (Ciencias), Lázaro e Ibiza, Rodríguez Carracido (Farmacia). La aplicación de las reformas de García Alix en las Facultades de Filosofía y Letras y Ciencias, con el aumento de secciones y de asignaturas, se tradujo en un incremento de la plantilla de Madrid, que en el curso 1901-1902 ya era de 105 catedráticos (23 en Filosofía y Letras, 34 en Ciencias, 20 en Derecho, 19 en Medicina, y 9 en Farmacia) y 50 auxiliares y ayudantes. Entre los recién incorporados figuraban, por ejemplo, Manuel Sales y Ferré (el primer titular de la nueva cátedra de Sociología), Juan Catalina García, Antonio Hernández Fajarnos, Ramón Menéndez Pidal (Filosofía y Letras), Cecilio Jiménez Rueda, Eduardo Lozano Fonce de León (Ciencias) ^^. Madrid reunió, pues, en torno a la cuarta parte de los catedráticos de la Universidad española; Barcelona, la segunda Universidad en España por el número de sus alumnos, resultaba proporcionalmente menos dotada (55 catedráticos en 1900), hasta el extremo de que su Facultad de Ciencias, con una matrícula 44 por 100 más elevada que la madrileña, contaba con menos de la mitad de los catedráticos de la Central. La superabundancia de catedráticos en Madrid tenía una razón académica (la exclusiva del doctorado), pero se debió en mayor medida al desdoblamiento de determinadas asignaturas de la licenciatura, que se practicó, en ocasiones infundadamente, con el argumento de una matrícula excesiva. Así, reconocerá Santiago Alba en 1918, cuando defendía en el Estíbaliz Ruiz de Azúa 532 Congreso su decreto sobre jubilaciones y amortizaciones, «mediante la división, sin sumisión al régimen general de cátedras, se traía a quien el Ministro quería traer a Madrid», llegando a afirmar (y entonces era Alba el ministro de Instrucción) que «en la mayor parte de los Centros de enseñanza de Madrid, muchas cátedras no se han creado en los últimos años mirando a los intereses pedagógicos del país, sino mirando a las conveniencias de unos cuantos señores a quienes convenía ser catedráticos en la Corte»' *^. Los catedráticos de Madrid en 1900 presentaban las señas que siguen ^^: habían nacido entre 1826 (fecha de nacimiento de Juan Manuel Ortí y Lara -dejará la docencia al terminar el curso 1899-1900) y 1874 (Faustino Archilla SaUdo, llegado a Madrid en el curso [1900][1901], predominando los nacidos entre 1841 y 1860, por tanto, los que contaban en 1900 entre 40 y 59 años de edad; el lugar de nacimiento, por orden de importancia numérica, era Madrid (16 de 68 casos), Castilla-León, y Andalucía, pero los había de todas las regiones españolas (más de las capitales que de las provincias); la mayoría había obtenido la cátedra de Madrid a partir de 1886, y después de una estancia más o menos larga en las Universidades de provincias; sus sueldos como catedráticos estaban comprendidos, según dejaron constancia en el padrón municipal, entre 4.500 pesetas al año (Lázaro e Ibiza, por ejemplo) y 11.000 (Rojas Caballero-Infante), siendo los más frecuentes los de 6.000 (Salvador Calderón Arana), 7.000 (Matías Barrio Mier), 7.500 (Amallo Gimeno), y 8.500 (Gumersindo Azcárate, Francisco Giner de los Ríos). (A los sueldos de catedráticos, habría que añadir, en su caso, otros ingresos como los procedentes del ejercicio social de la profesión, y/o las rentas derivadas de la propiedad urbana/rústica -que algunos profesores indicaron indirectamente en el padrón, incluyendo la cuota abonada por contribución industrial/territorial-y/o del capital mobiliario, además de los derechos de examen y los de autoría de libros) ^^. La forma en que aquellos catedráticos estaban instalados en Madrid también presentaba diferencias, en algunos casos muy notables. Una minoría vivía como decía Ramón y Cajal que lo hacían algunos de los catedráticos recién llegados a la Corte, «a lo dentista americano», esto es, «gastando sus modestos ahorros en costearse coche, habitación y mueblaje, en espera de una clientela opulenta que no se digna comparecer»; el padrón dio razón de semejante conducta mediante unos alquileres de pisos principales que superaban las 225 pesetas mensuales y un servicio doméstico que estaba compuesto por tres o cuatro personas cualificadas (criados, doncellas, cocineras, nodrizas). La capital del sistema educativo el contrario, se instaló en viviendas que costaban menos de 70 pesetas de alquiler, y sin servicio doméstico, en unas condiciones excesivamente modestas que alguna gente «hinchada» calificaba de «impropia de un príncipe de la toga académica» ^^. Pero la mayoría de aquellos catedráticos residía en los distritos de Congreso, Buenavista, Centro, y Hospicio, pagaba entre 90 y 150 pesetas de alquiler y contaba con una o dos sirvientas. Pertenecían a la nobleza Andrés del Busto y López (marqués del Busto), catedrático de Obstetricia, Francisco J. González de Castejón y Elío (marqués de Vadillo), catedrático de Derecho natural y ministro en varias ocasiones a partir de mayo de 1900, y Francisco de P. Jiménez y Pérez de Vargas (marqués de la Merced), llegado a la Central el curso 1901-1902 para ocupar la cátedra de Economía política en la Facultad de Derecho (al desdoblarse la que regentaba José M^ Olózaga); y serán más tarde ennoblecidos Calleja (1912), Gimeno (1920), Santamaría de Paredes (1920), el catedrático de instituto López Muñoz (1920), y Ramón y Cajal (1952). Muchos más serán concesionarios por «los relevantes servicios prestados a la cultura nacional» de premios, como la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII, pero de los profesores de aquel claustro quizá ninguno como Santiago Ramón y Cajal había sido capaz de desarrollar para 1900 una carrera científica de relieve internacional. En ese año (después de haber sido ya objeto de varias dintinciones en Europa) recibió Cajal el premio Moscú otorgado por el Congreso Internacional de Medicina, reunido en París; la concesión de ese importante premio sirvió no sólo para consagrar oficialmente a Cajal en España (Gran Cruz de Isabel la CatóHca, Gran Cruz de Alfonso XII, prensa), sino también para que el Gobierno aprobara la creación de \m Laboratorio de Investigaciones Biológicas, que se inauguró en 1901, instalándose provisionalmente en la calle Ventura de la Vega, y definitivamente desde 1902 en un edificio contiguo al Museo Antropológico (fundación del doctor Pedro González de Velasco), en la caUe Atocha. (En la carrera creciente de éxitos científicos y de reconocimientos de Cajal, otra fecha clave fue 1906, año en el que compartió el Premio Nobel con Gamillo Golgi). La multiplicidad de facetas fue característica bastante común de los catedráticos de 1900. Limitándonos a la información contenida en la Guía oficial de España, en 1900 figuraban catedráticos en el Parlamento, en el Gobierno civil, en el Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, en las Academias y en el Consejo de Instrucción pública. En el Senado: eran vitalicios Eugenio Montero Ríos y Augusto Comas; por las Universidades: Alejandro San Martín (Madrid), Felipe Sánchez Román (Granada), Eduardo Hinojosa (Santiago), Madrid 1900. La capital del sistema educativo más de atender a sus clases. De ahí, que la crítica suscitada a raíz de 1898 hiciera también hincapié en la figura del profesor: entre otras cosas, se les recordará a los catedráticos que ejercían la abogacía o la medicina, y a los que se dedicaban a la política o a cualquier otro asunto «que ante todo y sobre todo» eran catedráticos, «y si alguna vez lo olvidan, la Administración debe recordárselo empleando severos correctivos, sea quien quiera el culpable» ^^. ^ Santiago Ramón y Cajal: Recuerdos de mi vida: Historia de mi labor científica, Madrid, Alianza Editorial, 1981, pp. 128-131; sobre la consideración social de los catedráticos de la Central, Marcelo Rivas Mateos, catedrático de Farmacia y discípulo de Lázaro e Ibiza, Discurso leído en la solemne inauguración del curso académico de 1912a 1913: El Profesorado Universitario, Madrid, Imp. 25. ^ Mariano Hormigón: «Las Matemáticas en España en el primer tercio del s. XX», en José Manuel Sánchez Ron (éd.): Ciencia y sociedad en España: de la Ilustración a la Guerra Civil, Madrid, El Arquero, CSIC, 1988, p. 273. ^ R.D. de 18 de mayo 1900; Antonio García Alix: Disposiciones dictadas para la reorganización de la enseñanza, Madrid, Imprenta del Colegio Nacional de Sordomudos y de Ciegos, 1900, p. ^ En las redes caciquiles estuvieron integrados también algunos de los profesores de Madrid, distinguiéndose en esa actuación por encima de todos Federico Requejo y Avedillo, ingeniero agrónomo, catedrático del Instituto de San Isidro, y heredero liberal del distrito de Bermillo de Sayago (Zamora); y en el ámbito universitario, Julián Calleja y Sánchez, decano y catedrático de la Facultad de Medicina, que ejercía una influencia al parecer «omnímoda e irresistible» en la provisión de cátedras de Medicina. ^ Francisco Villacorta Baños: «Instituciones culturales, sociedad civil e intelectuales en el Madrid de la Restauración», y Paul Aubert: «Madrid, polo de atracción de la intelectualidad a principios de siglo», ambos publicados en Ángel Bahamonde Magro y Luis Enrique Otero Carvajal (eds.). ^ M* Dolores Gómez Molleda: Los Reformadores de la España contemporánea, Madrid, CSIC, 1966, cap. XIII. Estíbaliz Ruiz de Azúa ^ En el padrón municipal de 1900 he podido encontrar las hojas correspondientes a más de la mitad del profesorado (de Instituto y de Universidad) que figura en la Guía oficial de España. ^^ Los datos sobre escolarización proceden de Alejandro Tiana Ferrer: «Alfabetización y escolarización en la sociedad madrileña de comienzos del siglo XK, 1900-1920», en Á. 215; del mismo autor: Maestros, misioneros y militantes. ^^ Los comentarios se han hecho sobre los datos de Alejandro Tiana («Alfabetización...,op. cit.,p. El autor señala con razón dos advertencias a la hora de tratar el problema en sus términos cuantitativos: la precaria exactitud de las fuentes estadísticas de aquel tiempo, y la imprecisión en la que se puede incurrir al fijar las cifi'as de escolarización al existir un número de alumnos de 10-12 años cursando estudios de Bachillerato. ^^ Tiana, Maestros...,op. cit.,p. 138; en adelante, las referencias se remiten siempre a esta obra. Para el conjunto nacional, Estíbaliz Ruiz de Azúa: «La escuela pública liberal», en Antonio Fernández García (coord.): Los fundamentos de la España liberal. La sociedad, la economía y las formas de vida, Madrid, Espasa Calpe, 1997, tomo XXXIII de la Historia de España. Menéndez Pidal-Jover Zamora, p. ^^ Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes: Censo escolar de España, Madrid, Imp. del Instituto Geográfico y Estadístico, 1904. ^^ Jimeno Agius, La Instrucción primaria en España. Un análisis comparado de los presupuestos en Vitoria y en Madrid», en Luis Miguel Villar (éd.): 25 años. Facultad de Filosofía y Letras. 171; en la misma página se indica que el presupuesto trimestral para material ascendía a 101 pesetas por clase en 1903, y en él se incluían el pago de la limpieza y la calefacción, y la compra de libros, papel, plumas, tinta, y otros enseres escolares. ^^ Tiana, op. cit.,pp. 172 ss. ^^ Tiana, op. cit.,p. Como dice el autor, el estudio de la enseñanza privada en Madrid en aquellos años está prácticamente todavía a medio investigar. ^^ Datos de la situación en los años 1980, Francisco Bosch y Javier Díaz: La educación en España. Una perspectiva económica, Barcelona, Ariel, 1988, p. ^^ Ramón Ezquerra Abadía: Recuerdos del Instituto de San Isidro, (Aula de Cultura del Ayuntamiento de Madrid), Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1984; Ramón de Mesonero Romanos: El antiguo Madrid. Paseos histórico-anecdóticos por las calles y casas de esta Villa, Madrid, ed. facsímil, 1981, pp. 296-297; el calificativo de Ancha aplicado a la calle de San Bernardo se suprimió en 1865 (Hilario Peñasco de la Puente y Carlos Cambronero: Las calles de Madrid. Noticias, tradiciones y curiosidades, Madrid, ed. facsímil de la editada por vez primera en 1889, p.
La consolidación de un nuevo sector industrial La historia del periodismo en el periodo de la Restauración está oficialmente muy acabada. Probablemente es aún -en competencia ahora con los años de la guerra civil-el periodo más conocido y con una interpretación consolidada en la que están de acuerdo la mayor parte de los historiadores (Sánchez Aranda/Barrera, 1992; Fuentes/Fdz Sebastian, 1997). La novedad más importante del cambio de siglo es la consolidación de un nuevo sector industrial, el de la prensa. Desde muchos puntos de vista, de los que a continuación citaremos los más importantes, los periódicos eran un valor minoritario y secundario antes de 1875, dentro de una sociedad y un sistema en el que apenas tenían interés (Timoteo,1981), mientras que en torno a 1900 nos encontramos ya con un sector industrial desarrollado y consolidado, con agentes conocidos que, los más notables, han atravesado el siglo XX español como sagas industriales definidas: nos referimos a La Vanguardia y los Godo y al ABC y los Luca de Tena, pero también a los Gasset-Ortega con El Imparcial'El Sol-El País y a diarios cabeceras de región como El Heraldo, El Correo Español, Las Provincias y el Mercantil Valenciano-Levante, La Voz, El Correo de Andalucía, etc. Los nervios sobre los que ese sistema industrial se consolida son, básicamente, los que siguen. En primer lugar el establecimiento de un régimen legal definido en torno a la ley de 1883. Con todos los inconvenientes conocidos, la ley, que formalmente se mantendrá hasta la segunda República, constituye el marco de referencia en torno al Jesús Timoteo Alvarez 542 cual se desarrolla la nueva prensa, la que Mainer definía como «empresa» en contraposición a la prensa de partido, y que coincidía con la generalización en las primeras ciudades del mundo de la primera oleada del «nuevo periodismo» o periodismo de masas. En segundo lugar la industrialización de las materias primas, la producción, la distribución y las ventas: la modernización de la imprenta con la composición mecánica de textos y la producción masiva de ejemplares, la producción industrial de papel y de tinta, la posibilidad de una distribución relativamente rápida a través de la red de ferrocarriles ya terminada en toda Europa, la operatividad también terminada de la red mundial de telégrafos y correos, el establecimiento de fórmulas de venta alternativas (subscripciones y venta callejera). En tercer lugar la transformación del producto. El periódico aumenta el número de páginas, diversifica los contenidos y los organiza en secciones, se especializa, incluye el diseño con aires de cartel en la portada y contraportada sobre todo e incluye fotografías, aligera el texto, define titulares y ladillos, populariza el estilo, incluye viñetas, incluye servicios e informaciones de interés general, define una política de captación y precios de publicidad, etc. En cuarto lugar la profesionalización de los empresarios y de los periodistas. En tomo a 1900 o poco después nacen las escuelas de periodismo, comienzan a aparecer y a conocerse balances y cuenta de resultados de los periódicos y se clarifica una mentalidad de negocio en la que las fuentes abiertas de ingresos (ventas y publicidad) queden claramente marcadas. Es lógico así que los grandes diarios arrastren la aparición de sectores industriales afines y dependientes como la publicidad, la imprenta, la distribución y sus componentes (hoy logística) (Gtómez Mompart, 1989). En quinto lugar -aunque en lógica clásica sea la primera-la evolución general, social y económica, de España: el trasvase de población del campo a las ciudades, la industrialización, la generalización de la enseñanza, el crecimiento en todos sus ámbitos. En estadísticas recientemente publicadas, Julio Alcaide (2000) («La renta nacional de España y su distribución. Fundación BSCH-Flaneta, 2000) presenta una tasa del 2,24 por ciento de crecimiento acumulativo anual entre 1898 y 1935, tasa -aunque inferior al 4% de media para el periodo 1935-200-que, como media anual, es considerada como impresionante y muy difícil de mantener en opinión de Velarde. En realidad estaba teniendo lugar una radical transformación en las cabezas de los ciudadanos occidentales ( en torno a 1900) que iba Redentores irredentos. Los diarios madrileños a definir, por encima probablemente de cualquier otra consideración política y económica, al individuo del siglo XX, encuadrado en una sociedad de masas. Me refiero, por una parte, a la aparición de un «hombre nuevo», («no sabemos que nos pasa: eso es lo que nos pasa» de Ortega), el «hombre sin atributos» y «sin fimdamentos» que ha perdido las referencias axiológicas de una sociedad agraria tradicional y burguesa tradicional (Timoteo, 1987) y, por otra parte, al nacimiento de una mentalidad de compra-consumo de bienes y servicios como exigencia vital prioritaria, como definidora de estatus y situación social, como elemento identificador del individuo y como demostración de vitalidad, supervivencia, personalidad y estilo, vida. La ansiedad individual transformada en exigencia colectiva y la necesidad de consumir definen el siglo XX. Esas necesidades forzaron la reorganización de la estructura social entera, de los partidos políticos y de los Parlamentos, de toda la producción y el comercio, a la invención del marketing y de las cadenas y de las grandes superficies, y de la popularización de la banca, etc., y obliga al desarrollo de la industria de la publicidad y a la popularización de los medios de información y comunicación, que naturalmente se convierten poco a poco en rentables, en importantes negocios. Este nuevo sector industrial nace en todo occidente y también en España. Los exponentes más llamativos y conocidos de esa consolidación industrial de la prensa o del sector de los medios de comunicación son: el «trust» de El Liberal, La Vanguardia, el ABC, la Editorial Católica y El Sol. Cada uno de estas sociedades y medios están suficientemente analizados. Todos ellos supusieron, en una instancia evidente, estrategias empresariales que implicaron inversiones y capitalización, equipos profesionales, perspectivas a largo plazo, objetivos de negocio, etc.. El Liberal contaba en 1901 con una economía suficientemente saneada como para crear cuatro diarios con el mismo título en Barcelona, Bilbao, Sevilla y Murcia, éste último como transformación de Las Provincias, comprar también El Defensor de Granada y El Noroeste (Gijón) y sobre todo constituir en 1.906 la «Sociedad Editorial» conocida como «el trust» y a la que se incorporan El Imparcial y El Heraldo. La Vanguardia, nacida años atrás (1881) como diario vinculado al Partido Liberal y movido después a posiciones conservadoras, se consolida como empresa desde 1897 con la llegada a la dirección de Ramón Godo y domina el mercado barcelonés desde 1.903. Jesús Timoteo Alvarez 1920 era un saneado negocio y uno de los primeros diarios españoles. El ABC, cuya empresa arranca en 1891 con la creación de la revista Blanco y Negro (incorporó novedades importantes a la edición como el fotograbado, el color y la foto en color), nace en 1903 instalado ya en un amplio y notable edificio en la calle Serrano y se confirma en 1909 con la creación de la sociedad Prensa Española (tres millones de capital inicial de la época). En 1915 reconoce ingresos por publicidad de SOO.OOOpts, una tirada diaria de 73.000 ejemplares y beneficios saneados. La prensa católica, siguiendo las recomendaciones de León XIII, arranca con El Correo de Andalucía (1899), continúa con La Gaceta del Norte (Bilbao) en 1901 y culmina con la aparición de El Debate (Madrid, 1910) y de La Editorial Católica (1912). El Sol arranca en 1917 con la idea clara de crear un gran grupo de comunicación desde el principio: precedido por la experiencia de Urgoiti hijo en Estados Unidos, Nicolas de Urgoiti pone en marcha dos diarios (El Sol y La Voz), una revista (Voluntad), una agencia de noticias (Febus), una editorial (Calpe-Espasa), una agencia de publicidad (Urgoiti, Salas y Porrero) y todo ello con el apoyo de Papelera Española y con sociedades vinculadas (Prensa Gráfica, editora de Mundo Gráfico, Nuevo Mundo y La Esfera, ofrecidas en suscripción combinada con El Sol). Es evidente que pensaba en un poderoso grupo económico. En una primera impresión parece, pues, que, a la altura de 1920, existía en España, Madrid sobre todo y Barcelona, un sector informativo industrializado y consolidado con, al menos, los citados cinco grupos editores en plena actividad y resultados. La situación, sin embargo, era más compleja porque estos grupos constituidos eran y estaban obligados a ser más que empresas o tal vez menos que empresas, en cualquier modo algo distinto. Ejercieron conscientemente un papel de redentores de la sociedad española, con un alto precio empresarial para quienes se empeñaron de lleno en la función. El gen misionero o la función salvífica de la prensa española de 1900 La sociedad española vivió con una generalizada sensación de vacío histórico y fracaso los años que van de 1897 (asesinato de Cánovas) a 1902 (mayoría de edad de Alfonso XIII) con el desastre colonial de Redentores irredentos. Esa frustración sé tradujo en una profunda crisis de confianza como prueba irrefutable de la decadencia nacional: mientras el resto de las metrópolis ampliaban su poderío colonial, España perdía sus últimos territorios en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La frustración consecuente con la derrota de 1898 se popularizó gracias sobre todo al entusiasmo informador y provocador de los diarios, quienes, emulando a los grandes diarios sensacionalistas de Nueva York, implicaron a los españoles en la contienda. Igual que en Nueva York, en Madrid se intentaban vender más diarios (el caso de El Liberal y sus cifras es el más conocido) y, para ello, imitando a los americanos, se intentó llevar a cabo aquí un primer ensayo de propaganda masiva organizada (Timoteo, 1987). Incluso el movimiento literario del 98, inevitablemente unido a los conceptos de decadencia y pesimismo, nace y se desarrolla en torno a Los Lunes de El ImparciaL «La generación del 98 es fundamentalmente una operación de marketing, un movimiento social creado desde y por los periódicos y un claro ejemplo de la función de agentes sociales que los medios de comunicación adquieren en el siglo XX» (Timoteo, 1989). Esa concepción generalizada de que la prensa podía alcanzar extraordinarias influencias sobre las mentes y los comportamientos de las masas terminó por hipnotizar a los agentes (periodistas, directores, empresarios y políticos) del sector y por reorientar los fines y objetivos, racionalmente empresariales, hacia otros objetivos más políticos y con toda seguridad menos rentables a corto plazo. Sucedió en todo Occidente pero en España esta capacidad de los periódicos para crear conciencia fue tan generalizada y temida que marcó de modo decisivo las primeras décadas del siglo XX. «Los curas campesinos maldicen desde el altar a todos los suscriptores de los periódicos rotativos. La revolución se considera aquí como una vasta difusión de Imparciales», La cita de Julio Camba en 1916 recoge esa consciencia, como la recogen Cansinos-Assens o Corpus Barga o como Anton del Olmet presimie de haber creado la figura de Maura: «Así pinté yo a Maura. Al cabo de escasos dos años de acción, realizada desde el primer diario español, con el prestigio que yo tenía entonces, media España era maurista». En la conciencia popular de entonces, los periódicos eran responsables de lo bueno y de lo malo, del 98 para unos, de la capacidad de recuperación del espíritu para otros, eran en definitiva los primeros instrumentos de una hipotética educación popular, imprescindibles en una hipotética regeneración de la sociedad y de la política española. Y como los movimientos más llamativos del fin de siglo, abocados al pesimismo y al decadentismo y por tanto al regeneracionismo, coincidían con objetivos de ñierzas sociales emergentes (socialismo, anarquismo) en la necesidad de reconquistar las mentes y de forjar hombres nuevos, el resultado parece inevitable. Prácticamente toda España se vuelve misionera, empeñada en recuperar para sus propios ideales y fines a todos los demás y absolutamente seguros de que el periódico propio es el instrumento decisivo en esa conquista. Apoyando movimientos educadores, por supuesto. La salvación de España es una cuestión pedagógica, un problema pedagógico y la pedagogía social es el primer problema política (slogan de Ortega en su famosa conferencia del 12 de mayo de 1910). Regenerar: Costa, Ganivet y Maeztu, Primo de Rivera, la segunda República, Polavieja, Silvela, Maura, Canalejas, Alba, militares, colegios profesionales, institucionistas, católicos, anarquistas, socialistas, intelectuales del 98 y del 14 en Madrid, Barcelona, Comillas, Deusto, El Escorial, etc., todos intentaron transformar a la sociedad española y a las masas por medio de la educación política y la propaganda, es decir y sobre todo, por medio de los periódicos. «En España la cultura está muy atrasada, sobre todo, está muy poco extendida. Son poquísimos los lectores de libros. El periódico empieza a leerse bastante. Los obreros, los humildes, buscan con avidez el impreso barato...y alimentan su espíritu con lo que les dan.En España empieza a haber ahora una gran tribuna para la enseñanza popular y no se aprovecha: el periódico, tanto como el maestro, que pone el medio, el saber leer, importa el periodista, que pone el fin, lo que el pueblo debe leer (Clarín, «Los periódicos»: El Español, 2811011899). «Ante los enormes estragos de la prensa anticristiana urge darse cuenta de la gran catástrofe que nos amenaza y disponerse para la defensa.Urge levantar la prensa católica a la altura que le corresponde, tal, que infunda respeto a nuestros propios adversarios. Urge organizar una cruzada de la Buena Prensa, si es que no queremos que la nación de Pelayo y San Fernando, la nación de la Inmaculada, la nación católica, sufra el terrible castigo de que el sol de la fe se eclipse de su purísimo cielo» («Asamblea Nacional de la Buena Prensa» edit. Son dos testimonios entre los muy Redentores irredentos. Los diarios madrileños abundantes que pueden recogerse de esa generalizada consciencia y de esa época, la de una pasión redentora no fácil de entender en nuestros, días. Es en ese ámbito donde se desarrollan las nuevas empresas periodísticas. Con mayor o menor implicación, los grupos informativos industriales y específicamente los cinco grupos a que más arriba hemos hecho referencia, se implicaron de lleno en la regeneración de España. Específicamente y sobre todo la Editorial Católica con El Debate y el grupo de Urgoiti con El Sol como cabecera líder. Ambos grupos jugaron muy fuerte, implicándose de tal manera que su bien organizada estructura fue devorada por los avatares de la historia política inmediata. Junto a esos grupos grandes, conocidos en la época como «prensa industrial», mantenían el afán misionero todo tipo de hojas periódicas de organizaciones socialistas y anarquistas, sí, pero también de organizaciones cristianas, de librepensadores, de naturistas, de sectores profesionales. España era, a la altura de 1900-1914 una inmensa tierra de misión donde todos estaban empeñados en regenerar al resto, a todos los demás. Sol, como es exacta la comparación entre grandes metrópolis en onda expansiva en un mundo colonial y España en retroceso. A partir de esos y similares datos (niveles de población urbana, niveles de industrialización, etc.) todos los seguidores del pesimismo histórico han culpado a la burguesía española de no ser capaz de moverse al mismo ritmo que la europea en el desarrollo industrial, dominada por el interés individual y mezquino e incapaz de poner en pie un régimen político solvente. Una buena parte de los escritores del 98 amplían esa responsabilidad a toda la sociedad española carente de pulso colectivo. Los analistas sobre la prensa en el cambio de siglo se han encontrado desde el primer momento con esa situación: ¿eran los diarios españoles realmente retrasados respecto a los coetáneos del resto de Europa? ¿estaba la razón en que no existía en España una sociedad de masas y por tanto no era posible la existencia de diarios de masas? ¿era culpa de la burguesía española, incapaz de adecuarse al ritmo de los tiempos y de generar grupos empresariales acordes con los de París o Londres o era culpa de la sociedad española visceralmente atrasada y sin interés en adecuarse a los tiempos nuevos? El debate se vivió con intensidad entre los expertos a lo largo de los 80: Desvois, Almuiña, Seoane, Timoteo, Moreno Sarda, Gomez Mompart, Treserras, Guereña, etc. (Gomez Mompart, 1989) y la conclusión parece, en cuanto a nuestro país se refiere, bastante aceptada: cuantitativamente hablando (por tirada e ingresos), los grandes diarios de Madrid no alcanzaron las cifras de los grandes diarios de París, Nueva York o Londres, pero cualitativamente hablando se dieron en España periódicos diarios con muchas de las cualidades y, sobre todo, objetivos y funciones de los medios de masas. Esta conclusión, sin embargo, es exclusivamente técnica y no resuelve o se salta el dilema sobre reparto de culpabilidades (¿la burguesía incapaz o la sociedad que se niega a evolucionar?) y traslada el debate teórico a otros ámbitos: tal vez no exista culpabilidad sino complejo o tal vez los análisis sobre la realidad española han estado demasiado influidos por el espíritu autista característico de sociedades atormentadas. Por eso la polémica ha iniciado un salto importante, que considero ausente de complejos y con gran futuro. Por ejemplo, Jaume Guillamet, catedrático de Historia de la Comunicación en la Universidad Pompen Fabra de Barcelona, define en su Memoria de Cátedra (2000) «Factores de Progreso y Atraso» como metodología básica para el análisis de la historia del periodismo español y catalán. O, por ejemplo y en el ámbito más general de la teoría de la Comunicación, se están moviendo los Redentores irredentos. Los diarios madrileños investigadores en torno a la adecuación de los medios a las diversidad de las sociedades, es decir, en torno al problema de si los medios son algo más que productos de mercado, agentes con funciones específicas en las sociedades del siglo XX. La propuesta de Guillamet es muy interesante. Arranca de la puesta en duda del principio anglosajón de que el periodismo es un invento americano y plantea un análisis comparado de las principales tradiciones periodísticas «en base a la interacción de un conjunto de factores de progreso y de atraso, como vía de explicación de los distintos elementos de estabilidad, continuidad, alteración, aceleración o desactivación de los procesos evolutivos». Naissance de la presse moderne a la fin du XIX siècle, Olon, Paris, 1993; PIZARROSO, A., Historia de la Prensa, C. Ramón Areces, Madrid, 1994) pero presenta un proyecto bastante definitivo con una caracterización de las principales tradiciones periodísticas de las que extraer una indicación de factores definitorios de progreso y atraso. Se refiere a Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, España y Estados Unidos y enumera como líneas de análisis las siguientes: Factores de progreso: 1. Actuación de los gobiernos de acuerdo con el espíritu de las épocas y tipos de régimen. Ritmos avanzados de instauración del liberalismo político y económico. Procesos de crisis y revolución política. Desarrollo económico y social. Relación industria-medios de comunicación. Posiciones de influencia internacional, imperial y colonial. Estructuras políticas territorialmente próximas o descentralizadas. No Intervención de los gobiernos en los modelos audiovisuales. Actuación de los gobiernos contraria al espíritu de la época y tipos de régimen. Obstáculos a la instauración del liberalismo político y económico y al desarrollo económico y cultural. Efecto directo de las guerras y de los regímenes totalitarios. El esquema nos lleva a una investigación comparada de singular interés para el conocimiento de la historia del periodismo y de la comunicación en España, excesivamente autista o sometida a la comparación con sistemas informativos más próximos (el francés) o dominantes (el norteamericano), sin una posición propia en el ámbito occidental en su conjunto. Así por ejemplo, dice Guillamet, «la influencia en la formación de las tradiciones periodísticas de las antiguas colonias de América sería (para España) un factor de progreso que no se da con el mismo alcance en Francia ni mucho menos en Italia o en Alemania». Espero con mucho interés los resultados de este trabajo, que, dada la capacidad de Guillamet, no tardaremos en tener disponibles. En un ámbito paralelo conviene considerar las aportaciones metodológicas que la postmodemidad aporta a nuestro campo de actividad, el de la Historia de la Comunicación. José Luis Pinillos concluye su detallado análisis de los pensadores y del pensamiento postmodemo {En el corazón del laberinto. Madrid, 1998) con una muy adecuada sentencia: «...el hecho es que no hay ya teorías unitarias, como en su tiempo fueron la mecánica de Newton o el evolucionismo de Darwin, capaces de dar razón a la complejidad del mundo en que vivimos.. El problema estriba en que, a pesar de todo, sigue siendo necesario encontrar un cierto equilibrio entre la Ubertad y el orden. Mal que bien las democracias liberales habían resuelto a su modo la cuestión, hasta que el advenimiento de la sociedad de masas, la descolonización, las nuevas tecnologías y otros factores por el estilo acabaron por desequihbrar la situación... Ahora...ha surgido una cultura postmodema que defiende tenazmente el pluraHsmo porque se halla persuadida de que el ser y la experiencia son ambiguos, se dicen de muchas maneras... Al mundo moderno le ocurre que son dos las almas que hay en él... Una es la razón encargada de que cada individuo ocupe su lugar exacto en el sistema. La otra no es sino un corazón que aspira a latir en Hbertad. Si hay algo que se haya puesto de relieve en el debate de la postmodemidad es que un alma ha crecido a expensas de la otra y que la himianidad necesita de las dos». Traducir estos principios a la metodología de la Historia de la Comunicación significa jugar con factores contradictorios: ¿es posible el análisis con resultados de procesos complejos e inabarcables? ¿es posible comparar realidades sociales solo analógicas y procesos de comunicación que no se identifican -en contra de las historias nacionales dominantes hasta hace nada-con países sino con ciudades y ámbitos de influencia de las metrópolis (no hubo medios de masas en Oregon sino en Nueva York ni en Tburs sino en París)? Vamos a intentar resumir a continuación los componentes de este debate. Opino que son propuestas de trabajo valientes y que recogen muy bien los campos en que las teorías analíticas de la Comunicación deben, en mi opinión, moverse. I. La comunicación define lo propio y específico, vertebra los grupos, integra y sistematiza lo complejo. El axioma, que es casi universal desde Habermas, se puede hacer postmoderno a partir de una cierta teoría de redes, muy querida en nuestros ámbitos por Moreno Sarda (1998) y según la cual el mundo de la comunicación carece en nuestros días de centros de referencia como lo fueron en su momento París, Londres o Nueva York, a medida que el peso en el Cartel de Agencias se desplazaba de una a otra de las citadas ciudades. Cada uno, individualmente, cada medio, cada grupo, cada sistema, arrancan el día como centro de una red mundial ( y no sólo a través de la www) desde su propio territorio específico, con capacidad para explícitamente aceptar o rechazar valores externos y con capacidad para promocionar los propios. El juego se define así en un campo de poder diluido, donde cada agente está obligado a buscar alianzas (consenso) con otros agentes para que sus posiciones tengan posibilidades de ser conocidas, primero, y atendidas o rechazadas. Es evidente que la capacidad y el poder de los agentes es muy dispar: no es lo mismo el peso específico en ese espacio de consenso y de poder diluido de un Estado o de una Corporación mundial que el de un grupo de presión local o de una asociación de ecologistas, pero es igualmente evidente que lo importante no es el poder de partida sino la capacidad de alianzas y que los grandes agentes pueden, si no consiguen apoyos adecuados, verse excluidos y expulsados, temporalmente al menos, del control de las decisiones. En contraposición clara al axioma anterior, los medios y la comunicación están obligados a acomodarse a la diversidad de las sociedades. Los ámbitos en que el poder diluido se juega no están definidos ni horizontal ni verticalmente. Al contrario, son inestables, se mueven casi en cada ocasión y sólo son previsibles por cálculo estadístico, por 552 Jesús Timoteo Alvarez probabilidad sobre experiencias anteriores. Los modelos, en consecuencia, no sirven de mucho. Los medios de comunicación, ante esa realidad, han optado por operar en diferentes planos, muy en línea con los modos de hacer del resto de las grandes industrias. En un plano dominante, más próximo, de mercado, han intentado segmentar las audiencias, especializar (tematizar se dice ahora) las informaciones y los programas, diversificar los contenidos por tiempos y espacios, poner a la vista una «oferta mosaico». Hay un plano menor, de carácter interior, en cuyo espacio los diferentes grupos de interés que configuran el medio o grupo pugnan por imponer su «libro de estilo» y que paraliza la evolución, tiende siempre al conservadurismo. Tadas las organizaciones, por supervivencia de sus grupos dominantes, vuelven la vista hacia atrás, son esencialmente conservadoras. Y hay un tercer plano que es el comparativo, casi aristotélico: uno se mueve y define por sus contrarios y las decisiones estratégicas fundamentales se hacen operativas" siempre desde la perspectiva del «benchmarking». Los medios de comunicación son el referente de intelección de un sistema o de un proceso. No sólo son agentes sino también fuentes de análisis e intelección para el resto de los agentes. Los dos poderes sociales clásicos (política y economía) se vieron obligados, a raíz del salto al postmodernismo, a establecer relaciones directas con sus usuarios y votantes. Para conseguir, en un ámbito muy competitivo, posiciones dominantes en el mercado han tenido que ir evolucionando, a lo largo de todo el siglo, hacia el uso diario y perpetuo de los medios de comunicación como instrumentos de acción directa y de relación inmediata entre ellos y quienes les producen el retorno de su supervivencia: los votantes y los compradores o usuarios. Esta actividad fue dando poco a poco a los medios un poder que saltó desde el ámbito de la intermediación al ámbito de posición dominante. No sólo por beneficios sino por la relación de dependencia creada, los medios y el sector industrial afín se sitúan como un sector indispensable. La situación se consolida cuando el resto de los agentes sociales y económicos activos se fueron dando cuenta de que, con una estrategia adecuada, eran capaces de influir sobre la toma de decisiones fundamentales, a partir de su capacidad de estar presentes y de hacer llamadas de referencia en los medios de comunicación. Cuando hasta los niños conocen que para conseguir un objetivo les basta con amenazar Redentores irredentos. Los diarios madrileños el que cuentan algo a los periódicos o a la televisión, es evidente que las «cuerdas» en torno a las cuales se estructura una sociedad atraviesan y quedan reflejadas en los medios de comunicación Los medios de comunicación permiten juzgar las decisiones y capacidades de los agentes sociales e históricos por sus resultados, A cualquier responsable de decisiones en el ámbito privado se le termina juzgando por sus resultados. No en un único ámbito, no sólo resultados económicos, o incremento de las acciones, o beneñcios sino también en posición en el mercado, conocimiento de marca, premios sociales, reputación, fidelización de empleados y clientes, etc. Los periódicos son un excelente instrumento para llevar a cabo este mismo tipo de juicios en los personajes públicos, incluidos los propios agentes del sector de la información. Un político, desde principios al menos de este siglo, ha ido dejando sobre los medios de comunicación cuáles fueron su «plan de negocio« («business plan») o plan de ciclo electoral y su «plan anual» («marketing plan») o plan de ciclo corto y en los mismos medios de comunicación ha dejado fe del cumplimiento de sus objetivos a medio y corto. Este enfoque permite un análisis por objetivos y una revisión de la actividad pública a partir de sus consecuencias durante años. ¿Cuál es la conclusión? ¿Qué formatos metodológicos nuevos nos van a permitir una reinterpretación de la historia del periodismo que es lo mismo que decir de la historia española actual?. En un encuentro reciente de la Asociación de Historiadores de la Comunicación en la Universidad de Málaga se debatió largamente la cuestión. Se planteó allí el desarrollo metodológico previsible en la misma línea que aquí estamos siguiendo. Hacen falta análisis comparados e investigaciones de la sociedad española reciente que tengan como eje la comunicación con sus funciones y capacidades y hacen falta análisis del pasado desde sus repercusiones y perspectivas de futuro. Algunas propuestas para una relectura de los diarios madrileños después del 98 En consideración lógica con las premisas apuntadas, existen toda una serie de cuestiones mal resueltas, en mi opinión, relacionadas con la interpretación histórica de principios de siglo y que deben ser 554 Jesús Timoteo Alvarez revisadas desde la metodología para la Historia de la Comunicación que aquí proponemos. A modo de ejemplo proponemos, al menos, las que siguen. La cuestión de la tirada de los diarios y su control por el timbre (Timoteo,81). Durante más de una década los investigadores han criticado y valorado negativamente los datos de las diferentes estadísticas oficiales, comparados con datos similares de otros países. Ese enfoque analítico, en la perspectiva que aquí desarrollamos, es totalmente equivocado. En primer lugar porque no se comparan datos homólogos sino solo cifras de tirada: con poblaciones distintas (la población de Madrid con la de Nueva York, París o Londres), mercados distintos (los diarios de Nueva York específicamente se distribuyen en la propia metrópoli mientras los de Madrid se distribuyen por toda la Península), situaciones sociales distintas. Específicamente son dignas de tener en cuentas las costumbres referidas a los hábitos de lectura: en Inglaterra, por ejemplo, un número vendido puede equivaler a uno o dos lectores; en España un número comprado puede tener detrás un indeterminado número de lectores. Son conocidos los ejemplos que Díaz del Moral propone en su Historia de las agitaciones campesinas andaluzas en los que, con frenesí, un artículo de Tierra y Libertad llegaba a docenas y docenas de hogares. Por eso, al igual que en la actualidad el EGM valora no sólo venta sino también número medio de lectores por ejemplar y que la medición oficial en radio y televisión valoran para la publicidad los GRPs, habría, para tener una situación aproximada de la influencia de los diarios a principios de siglo, que calcular para entonces esos mismos GRPs. Es simplemente falso ese aserto tan comunmente aceptado de que en España el número de lectores de prensa diaria por cada cien habitantes sea mucho menor que en Bélgica, Holanda o Inglaterra. La verdad es que aquí nadie lo ha calculado nunca dando por buenas cifras estadísticas de venta controladas por el timbre o por la OJD, pero que, como cualquier español que haya desayunado en cualquier bar sabe, no tienen nada que ver con el número real de lectores 2. La extraordinariamente buena imagen del regeneracionismo y de las generaciones de intelectuales del 98 y del 14 en España. Una cuestión tiene que ver con la calidad literaria de sus componentes en el caso de los literatos o con la estética de sus pronunciamientos y discursos en el caso de los regeneracionistas y otra distinta es la validez de sus planteamientos demostrada con el tiempo. Ellos fueron importantísimos gestores de una evolución social que terminó en una terriljle catástrofe y no puede entenderse entonces como han conseguido man-Redentores irredentos. Los diarios madrileños tener tanta admiración y respeto. Desde la perspectiva que aquí proponemos, todos los «redentores» de principios de siglo vivieron una experiencia bastante patética. Estaban imbuidos, por una parte, de un poderoso elan ilustrado, con conciencia de que habían venido a este mundo para ser redentores de todos lo que no pensaban más o menos como ellos. Asentaban sus asertos, por otra parte, sobre un pensamiento binario y nada complejo, para nada acorde con una sociedad multifacética como era la occidental del siglo XX. Los techos de su intepretación social no pasaban de dividir a los españoles en buenos (los míos) y malos (los otros) o salvadores (los míos) y masas (los otros). Todo era miedos: a la desaparición de la fe en la tierra de la Virgen, a la rebelión de la masas, a golpes militares, a los curas, a los anarquistas, unos a otros. Y en tercer lugar, hasta es posible que nada es lo que parece y que la famosa Generación del 98 no pasó de ser una brillante operación de marketing literario de Ortega Munilla en Los Lunes de El Imparcial, o que detrás de las reformas educativas se ocultaba un indisimulado proselitismo de cuotas, votos, influencias y miedos. Si, como es evidente, se producen en España movilizaciones de grupos organizados de masas desde muy a principios de siglo, en la semana trágica, en las huelgas parciales y generales, en la llegada de los socialistas al Congreso, por ejemplo y si, según nuestra hipótesis arriba justificada, esas movilizaciones no son posibles sin instrumentos o medios de comunicación de masas: ¿cómo se desarrolló aquí esa capacidad? Se puede seguir la historiografía convencional que interpreta todo el siglo XX español sin recurrir prácticamente nunca a los medios de comunicación, pero consideramos ese formato simplemente equivocado: el siglo XX no se puede entender, tampoco en España, sin los medios de comunicación y especialmente, sin los medios de comunicación ie masas. El otro factor que define este último siglo -^también se indica n anterioridad en este artículo-es el hábito del consumo masivo bienes y servicios. En España ese hábito se va asentando como en el resto de occidente con el cambio de centuria y -no importa mucho diez años antes o diez años después-España es una sociedad de consumo de masas a mediados de siglo. Eso no pudo llegar a realizarse sin la intervención de medios de masas: ¿dónde están? ¿cómo se hizo posible ese desarrollo de hábitos y actitudes sin periódicos de tiradas millonarias? Parece que, al menos como hipótesis, será necesario revisar conceptos e interpretaciones que son muy comunes en la historiografía de los 555
La fecha de 1900 representa algo más que el convencionalismo cronológico o que la sensibilidad recurrente para conmemorar eventos señalados. Alrededor de esta fecha, del cambio de siglo y de las décadas que lo arropan, en un sentido más amplio, Madrid experimentó una serie de transformaciones en dura pugna con sus elementos tradicionales. La ciudad adivinó, sin colmar, el camino de la modernización para un espacio muy peculiar movido por pautas tradicionales que se disponía a cambiar radicalmente. La vieja ciudad del siglo XIX, cerrada en sí misma, con su carácter preindustrial, poblada de nobles y ociosos, de rentistas y artesanos, de pretendientes y servidores, había entrado en crisis lentamente. Su espacio y sus funciones se veían incapaces de alojar una nutrida corriente migratoria, mientras las transformaciones económicas y sociales empezaban a atribuir a Madrid un carácter bien distinto. Su crecimiento económico hacia la ciudad industrial y de servicios, y poblacional hacia un modelo demográfico moderno, fue acompañado de cambios cualitativos. Considerado como espacio emblemático, en Madrid se empezaron a romper pautas tradicionales de comportamiento y costumbres, aunque siguiera subsistiendo la ciudad de servicios políticos tradicionales que prolongaba en su estructura y morfología un núcleo urbano de Antiguo Régimen. Como en Europa, Madrid aumentó su ritmo, con un dinamismo mayor en el contexto de la idea de progreso. En la ciudad, las concepciones del tiempo, del movimiento y del espacio cambiaron como consecuencia de los adelantos técnicos aplicados a la ciudad y a la vida cotidiana de sus gentes, entre los que fueron especialmente significativos para la ciudad la extensión de luz eléctrica en el espacio urbano y la culminación de un red ferroviaria que conectaba Madrid de forma radial con el conjunto del país. Una lenta socialización real de los inventos que adjudicó la idea del progreso sin límites, materializada en las lámparas eléctricas, los transportes mecanizados, la telegrafía sin hilos, o los primeros coches con el nuevo siglo movidos por combustión interna como símbolos de la era moderna. La caja de resonancia de la nueva sociedad fue una prensa de información que multiplicó sus tiradas, para una ciudad como Madrid que se convertía en un foco de atracción cada vez mayor de la intelectualidad y adquiría visos de capitalidad cultural. La mentalidad tradicional y los nuevos esquemas que la industrialización incorporaba convivieron durante mucho tiempo, y lentamente alumbraron una nueva síntesis cultural proyectada a lo largo del siglo. Así, con el primer tercio del siglo la sociedad tradicional madrileña entró en crisis, sin abandonar del todo características tradicionales, en medio del primer despegue industrial ^, mientras la ciudad experimentó los primeros síntomas de modernización que quisieron resumir los proyectos del Gran Madrid, con propuestas de racionalización en claves de metrópoli, el cambio de su papel económico como espacio industrial y de servicios con la centralización financiera, y el intento de adecuación a su dignidad de capital del Estado. Un diálogo entre lo nuevo y lo viejo que empezó a dar cabida a cambios demográficos, económicos y sociales que se hicieron más visibles con los primeros compases del nuevo siglo. A finales del siglo XIX un Madrid limitado económica y demográficamente, distanciado de otras capitales europeas y con la dignidad de su rango poco ajustada a la realidad, poblada de cortesanos, empleados y rentistas, fue cambiando su papel hacia una ciudad productiva de industrias y servicios tejidos al mercado nacional con sus comunicaciones, habitada por empresarios, clases medias y obreros, y una población crecida que vio reordenarse la ciudad buscando el carácter representativo y moderno de su capitalidad. Y, con todo ello, la configuración de una capital cultural de nuevo cuño. Este contexto hacía sensibles los cambios de la oferta cultural, con una industria más acoplada técnica y empresarialmente a una demanda también en reconversión, auspiciada por la alfabetización y marcada por la heterogeneidad de las gentes que poblaban la ciudad con nuevos perfiles sociológicos, y dispuestas a consumir los nuevos productos en un mercado cultural en construcción. Madrid cambiaba y aportaba el escenario de las nuevas dimensiones culturales de un fenómeno más amplio que experimentó el conjunto del país. existían suficientes síntomas como valorar un despertar de la cultura española que se consolidaría durante el primer tercio del siglo. Un despertar en su sentido de cambio cultural que ha sido expresado por Juan Pablo Fusi: «Espíritu fin de siglo, crisis del positivismo, irrupción del modernismo, ruptura generacional y aún crisis del 98 convergieron en tomo a 1900 como catalizadores de un innegable cambio cultural» ^, con un horizonte de plenitud cultural que se asomaba a Europa de la mano del discurso de la modernidad: «El despertar cultural de España en los primeros treinta años del siglo XX no fue una suma de casos aislados y ocasionales, la aparición de unas pocas personalidades extemporáneas y más o menos geniales, sino un hecho social de considerable entidad cuantitativa y cualitativa (...) todo ello cristalizó y se precipitó, sin duda, a partir del cambio de siglo» ^. Si las conclusiones de Fusi desvelan un proceso de envergadura y no sólo episódico con personalidades aisladas, no ñieron menores las dimensiones espaciales que el fenómeno adquirió, al situarse en Madrid el núcleo a partir del que se articuló buena parte del impulso cultural. En general fueron las ciudades los espacios dinámicos que alimentaron los cambios culturales y sociales. Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla, Zaragoza...protagonizaron una cultura urbana señalada con procesos de cambio respecto a las pautas clásicas de^un mundo anterior decimonónico que se resistía a morir. Madrid desde finales del siglo XIX y primeros pasos del siglo XX, como hipotético espacio de oportunidades, a menudo poco colmado en la práctica, acentuó y amplió las expectativas como centro proveedor de servicios y de una economía que se industrializaba, pero también la ciudad empezó a romper las pautas tradicionales procedentes del ámbito rural, con nuevos perfiles sociales, y con un dinamismo cuyo producto social específico se extendió más allá de sus límites para condicionar la propia evolución del mundo campesino. Madrid se fue configurando como una capital cultural lentamente desde finales del siglo XIX y durante el primer cuarto del nuevo siglo, despertando de su letargo y de su imagen de ciudad ociosa y provinciana, para protagonizar un salto cualitativo como centro neurálgico de los estados de opinión propio de una sociedad de masas. Esa era la onda transformadora que habían exhibido en las últimas décadas del siglo otras ciudades europeas y de Estados Unidos, en continuo crecimiento, y convertidas en el símbolo de los nuevos tiempos, como se había 559 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es Jesús A. Martínez 560 puesto de manifiesto en el ejemplo de la Viena fin de siglo y su perfil de ciudad moderna con sus valores políticos y culturales ^. Ya en 1869, Fernandez de los Ríos había descrito en su Futuro Madrid, con el entusiasmo de una revolución puesta en marcha, las posibilidades de transformación, pero partía del retrato de una situación degradada, y reclamaba su dignidad como capital de España: «De esta ocasión depende que Madrid pueda ser digna capital de España o que se la condene a no salir de lo que es, \m pueblo de empleados, sin condiciones agrícolas, ni industriales, ni locales, ni higiénicas, ni amenas para constituir una gran ciudad» (...) La verdad es que Madrid se halla muy por bajo de las que debía ser capital de la nación española (...) Si Madrid se propone no salir de lo que es, menguada cabeza de España, pueblo de empleados y especuladores políticos pendientes del maná del presupuesto, falto de toda industria y de todo comercio sólido, ciudad desapacible excluida del itinerario de los que viajan por Europa» ^. A la atracción de la Corte, se había unido en el siglo XIX la valoración de la capital como la cúspide del éxito profesional, económico o social, en un espacio así concebido por la centralización del Estado liberal. El poder politico o el reconocimiento social pasaba por ocupar un hueco en la capital. Otra pluma que también había descrito, pensado y planeado Madrid, la de Mesonero Romanos, había expresado esta situación inevitable alimentada con el transcurso del siglo XIX: «Siendo la capital el gran laboratorio de la historia contemporánea, el arsenal de la política palpiltante, por muy impolítico que un hombre haga profesión de ser, es imposible dejar de descuidar algunas horas sus negocios propios por ocuparse en los públicos, ya leyendo los periódicos, ya asistiendo a ima tribuna, ya conversando en un café» ^. Así Madrid estrenaba siglo con un gran asunto pendiente, la adecuación de la ciudad a la dignidad de capital del Estado, y con el soporte de su papel político. Con el cambio de siglo Madrid fue tomando forma de capital cultural, no tanto porque un amplia nómina de intelectuales, científicos y literatos desarrollasen o fuesen empujados por esa atracción a realizar sus trabajos en Madrid, como por el nuevo papel que estos intelectuales tenían en Madrid al cobijo de una industria cultural en construcción. Los intelectuales se habían erigido en la voz autorizada de la sociedad de masas, venerada por crear estados de opinión y recreada gustosamente en su nueva misión. A la autoría los intelectuales añaden la autoridad de sus opiniones y una invocada Madrid 1900. La configuración de una industria. independencia de la política activa. El intelectual que descuella en Madrid no era el bohemio romántico. Con el tiempo, en la siguiente generación, la de Ortega ^ o Azaña, algunos intelectuales desarrollarán su compromiso político, pero los hombres del 98 o si se quiere del 900 pretendían ser los ecos críticos que replanteaban y pensaban España ajenos a la política precisa. Madrid se consolidó como lugar de destino, salvo excepciones, de la intelectualidad española y de las nuevas corrientes de cultura crítica. Un goteo de llegadas ñieron nutriendo la ciudad de las plumas y los pensamientos que cuajaron con el nuevo siglo. Madrid alojó el empuje institucional de una Universidad centralizada en Madrid como cúspide del saber oficial, así como las Reales Academias y otras instituciones oficiales, que compartían espacio con un Ateneo revitalizado, con la Institución Libre de Enseñanza y su vivero de intelectuales y con los espacios más informales de las tertulias que salpicaban la ciudad como foros de encuentro y debate. La carrera universitaria y la formación académica, la letra impresa en una prensa de difusión nacional, el ascenso político y administrativo, el reconocimiento del éxito literario, la industria editorial...eran mútiples y variadas razones que hicieron desplazarse a Madrid a una amplia nómina de intelectuales de todo tipo como Clarín, Pardo Bazán, Baroja, Machado, Galdós, Valle-Inclán, Azorín, Ramón y Cajal, Fernando de los Ríos.... en una peregrinación que llevó a muchos de ellos a instalarse definitivamente en la capital. Era la capital cultural del comienzo del siglo en la que se consolidó la figura del intelectual vinculado a Madrid como el espacio que adquirió un poder cultural desde donde se difundía el espíritu de regeneración, primero en claves de compromiso intelectual, y más tarde de compromiso político. De esta forma habían ido convergiendo en Madrid durante el siglo XIX las piezas de la cultura oficial en términos institucionales: la Universidad Central, la Biblioteca Nacional, los Museos y las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, El Teatro de la Opera y el Conservatorio ^, o más tarde, en 1907, en el contexto de un renacimiento de la ciencia, la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas ^. También se dieron cita las asociaciones e instituciones privadas que representaron y multiplicaron los instrumentos del poder intelectual como la Institución Libre de Enseñanza o el Ateneo. Esta arquitectura del saber oñcial o la libertad de debate, creación intelectual y enseñanza en claves institucionales era un producto enriquecido a lo largo del siglo XIX pero que ahora quedaba impulsado y conectado, en otras condiciones, a un ambiente cultural de nuevo cuño. El cambio de las condiciones de la ciudad y la construcción de una industria cultural redondeaban el proceso: la prensa y los grandes diarios, las editoriales, la difusión librera de mayor alcance, permitieron que las crónicas, los artículos, los libros, ampliaran los ecos de las tertulias, las tribunas y las cátedras, las reflexiones intelectuales y las obras literarias, y que formasen un todo conjunto para depurar una idea de Madrid como centro de producción intelectual y cultural, a pesar de los contrastes que ofrecía la ciudad para los moradores y aspirantes de la nueva sabia intelectual. Un ambiente que dio cabida, más en términos vitales que generacionales, a personajes tan diversos como Maeztu, Azorín, Ganivet, Baroja, Machado, Valle-Inclán, Unamuno... en una amplísima lista, siempre abierta, y también compuesta por autores con menor fortuna para la memoria histórica, a los que unía precisamente la creencia en una misión intelectual ante el problema de España y el atributo de pensar España de múltiples formas, para desembocar en un compromiso social y político de límites y definiciones imprecisas. Un ambiente cultural muy vivo como expresión palpable del papel que jugaba Madrid. Una juventud vital que redoblaba su presencia y ocupaba los espacios de la ciudad, con diversas manifestaciones de su talante de rebeldía. La configuración de los «intelectuales» como categoría definida era un fenómeno vinculado a la construcción de la sociedad de masas, que partía sobre todo de su propia percepción como conciencia de la multitud, y que, de forma separada a la masa, reclamaba una misión específica que pretendía intervenir en la vida pública ^^. En los decenios interseculares Madrid acogió y alimentó esta idea de categoría separada de los intelectuales que no estaban dispuestos a liderar de forma organizada ningún proyecto, sino que, sensibles a la realidad, despreciaban la política y adoptaban una posición crítica y contestataria manifestada en la rebeldía y la agitación moral a través de los medios que le proporcionaba la ciudad. Las tertulias, las tribunas, la prensa, los homenajes, las protestas...eran instrumentos de esa posición entendida como privilegio intelectual que trataba de ser el eco crítico y ético de una situación decadente. Así la ciudad brindaba los espacios de sociabilidad en los que los intelectuales desarrollaban su misión: «Dueño del centro de la ciudad, el intelectual se considera a sí mismo como Madrid 1900. arbitro moral de la nación y depositario de valores universales» ^^. Y fue en ese cambio de siglo cuando cronológicamente Madrid protagonizó una serie de transformaciones económicas, sociales y de su propio espacio, para convertirse en un pujante centro cultural que quería asociarse a la dignidad de capital política. Pero se trata de un proceso lentamente configurado, en el que Madrid adivinaba pero no garantizaba en toda su extensión los medios sólidos que los intelectuales reclamaban y que con tanto brillo se desenvolvían en las ciudades europeas de fin de siglo como Viena o París, al aportar todavía un limitado mecenazgo y un mercado cultural poco ágil. En las últimas décadas del siglo que se clausuraba, Madrid había logrado extender, por la propia lógica de su papel en el Estado, la idea de que la aventura de la capital para jóvenes inquietos, aspirantes a ocupar un espacio público, profesores...era una condición necesaria aunque la realidad desveló que no suficiente. Para obtener el salvoconducto del éxito, la carrera o el reconocimiento social, era imprescindible el conocimiento y control de los medios y la infraestructura de producción cultural que tenía la ciudad. Y no se trataba sólo de pensadores y escitores que convencionalmente tendrían un etiqueta generacional con una fecha, la del 98, queriendo señalar la importancia histórica de la situación, sino de un fenómeno más general que asignaba a Madrid la vocación de capital política y cultural. En un carta de Ortega a Unamuno, donde el primero le reitera al segundo su interés de que se instale en Madrid, se pone de manifiesto esa idea de los intelectuales de conciencia de la multitud con una misión civilizadora amenazada por la barbarie y con Madrid como centro de sus operaciones intelectuales: «Porque estoy empeñado en meterle a V. por la cátedra de Filosofía de la religión. Ahí puede ser V. utilísmo como enreciador de conciencias y al mismo tiempo hallará V. una presión que es necesaria para toda cristalización perfecta. Además podíamos formar entre algunos hombres honrados una como isla donde salvarnos del energumenismo. Seamos lakistas y nuestro lago... sea la charca de Madrid» ^^. hipnosis para los buscadores de fortuna, que querían su reconocimiento o la mejora de su situación. Era la atracción de Madrid ^^, aunque no en los términos que ejercía París como centro cultural y político de Francia. El Madrid de 1900 representó, pues, por un lado esa proyección de capitalidad cultural, abierta y dinámica, con su industria, sus medios y sus protagonistas, pero por otro, también era el momento de la eclosión de una supuestas señas de identidad en claves de casticismo, de aquello que pretendía ser propio de la ciudad y que recreaba evocadoramente una ciudad inmóvil con sus pautas costumbristas y tipos populares. El género chico, la versión de la zarzuela acoplada al fenómeno del teatro por horas ^^, ó los saínetes de Arniches, construyeron los arquetipos de forma exagerada como identidad del elemento popular madrileño. Precisamente en 1898 se había estrenado El santo de la Isidra, paradigma del costumbrismo y del casticismo. Desde la atalaya intelectual Unamuno nuevamente criticaba de forma exagerada ese otro prisma de la cultura en versión popular lejana a las reflexiones profundas de la generación de intelectuales: «Aquí forman los literatos una sociedad de elogios mutuos y abimda el talento de uno de nuestros oradores, que jamás lleva un duro en ima pieza, sino en perros chicos que abulten y retintinen más, quiero decir, que en cada discurso larga la mitad de lo que sabe y en todos lo último que ha aprendido. Reina y gobiena la retórica, como señora absoluta, pero en decadencia. (...) La cultura madrileña se encierra en los periódicos y en los teatros por horas. Madrid en 1900 albergaba la mayor parte de la industria cultural de libros e impresos, en un mercado nacional de producción intelectual que tendía a centralizarse, favorecido por una mejor infraestructura de la difusión, el ferrocarril y la carretera, el correo y el telégrafo. Allí se encontraban las editoriales y los grandes diarios para surtir a la opinión pública, como complemento de la cátedra, tribuna, o la tertulia. Destacaron las innovaciones de la prensa, sujeta a un proceso de modernización técnica y concentración empresarial, sobre todo un tipo de prensa de información que aumentó las tiradas gracias a un mejor equipamiento de las rotativas de los periódicos, que fueron desplazando a la prensa artesanal ^^. En los primeros compases del siglo el panorama editorial de Madrid cambió parte de su fisonomía heredada del siglo anterior. Desde el lado de la oferta, en términos cuantitativos, seguía existiendo un predominio de la pequeña empresa individual o familiar, vinculada al Madrid 1900. carácter artesanal y al mundo de los oficios del impresor decimonónico. Muchas de estas empresas se habían reordenado a finales del siglo anterior bajo las fórmulas de sociedades regulares colectivas o comanditarias. Pero también el nuevo siglo, y a lo largo de sus tres primeras décadas, protagonizó la modernización del sector con empresas de mayor alcance construidas como sociedades anónimas. Renovación de equipos, mayores recursos financieros y técnicas de gestión y comercialización más depuradas, orientaron a la industria editorial hacia negocios de más envergadura para surtir el crecimiento de la demanda tanto en España como en el mercado de habla hispana. Los editores perfilaron su fiínción específica y sus señas de identidad, diferenciadas de las de impresores y Hbreros, aunque siguieran haciendo complementarias esas actividades en sus empresas. Encargaban y seleccionaban textos, proyectaban e ideaban formas materiales en la que incorporar los textos (formatos, letras, ilustraciones...), y diseñaban nuevos productos y fórmulas de difusión, que alteraron el mundo editorial para acoplarse al mayor empuje de la demanda, con experiencias como El Cuento Semanal desde 1907, la proliferación de los libros de bolsillo, o la novela de quiosco, y en general la expansión de la fórmula de las colecciones. Por su parte los autores habían adquirido un estatuto más moderno y profesionalizado, fundiendo autoridad y autoría, mientras se desplegaba el papel social de los intelectuales y sus escritos. Para la difusión muchas librerías tuvieron que transformarse para sintir los nuevos productos. Siguieron siendo Hbrerías individuales y familiares al tiempo que consolidaban su papel como foros de sociabilidad con sus tertulias de trastienda. Editores y libreros iniciaron con el siglo también formas de asociacionismo y organización corporativa, como la Asociación de la Librería de España de 1901, mientras los autores de obras dramáticas y musicales habían creado en 1899 la Sociedad de Autores de España que reconocía la categoría de productores intelectuales. Con la reconversión de los últimos años del siglo XIX el número total de editores se mantenía de forma relativamente constante, aunque desde 1897 la creación de nuevas empresas editoriales se situó por encima del ritmo que había tenido hasta entonces. El salto en las primeras décadas fue sobre todo cualitativo, perdiendo entidad artesanal para orientarse hacia empresas más sólidas, capaces de revitalizar una producción en continuo aumento desde 1900. Estos números, con ligeras variaciones, se mantuvieron hasta 1917 -en 1916 estaban matriculados fiscalmente como tales 47-, para despegar después en los años veinte, siguiendo la lógica del impulso del sector editorial en todas sus manifestaciones. En términos porcentuales entre Madrid y Barcelona representaban xma hegemonía absoluta en el terreno de la edición, con im 51,1 por cien y im 41,1 por den respectivamente de todos los editores del país en 1895. En 1900 los 44 editores de Madrid representaban el mismo porcentaje, y Barcelona en el conjxmto de la provincia contaba con 39 editores. Entre ambas ciudades reimían casi el den por den, 83 editores, mientras sólo había tipificado con esta categoría fiscal imo en el resto del país. Este grado de concentración en Madrid, aimque menor, se extendía a la prensa con 23 periódicos políticos diarios y 4 más no diarios, y 235 periódicos dentíficos, literarios, administrativos, de im total de 483 periódicos de este tipo para todo el país. Mientras las actividades editoriales propiamente dichas se concentraban casi exclusivamente en Madrid y Barcelona, el ámbito de la imprenta estaba más repartido, aunque Madrid seguía siendo, jimto con Barcelona, v^ centro neurálgico. Se trataba en la mayor parte de los casos de pequeños talleres artesanales, donde el sistema antiguo de prensas a mano había ido dejando paso durante el siglo a los talleres con máquinas. El avance de la industrializadón de las técnicas era todavía limitado, porque buena parte de los talleres tenían una sola máquina con menos de 1.000 hojas, pero Madrid tenía, jim.to con la capital catalana, el liderazgo en las técnicas de impresión: en 1895 existían en Madrid 49 talleres con una máquina de estas características, y a medida que aumenta el numero de máquinas por talleres o máquinas cuya producdón era mayor, la concentradón en Madrid tiende a acentuarse. En esa misma fecha en Madrid estaban la mitad de los talleres con 4 o más máquinas cuya producdón no excedía de 1000 hojas, y la mayor parte de los talleres cuya producdón superaba las 6.000 hojas por hora. En número de máquinas, y no de talleres, los resultados son similares, aumentando el grado de concentradón, ya que de las 1045 máqxBnas existentes en 1905 cuya producdón no excedía de 1000 hojas por hora, 376 fundonaban en talleres de Madrid. En el conjunto de las artes gráficas otras actividades pueden completar las características del sector en la capital. La configuración de una industria. total de siete. Mientras las librerías representaban un número menor, 49 para un total de 254 librerías registradas en toda España ^^. En 1903 el ayuntamiento madrileño elaboró un informe por distritos de los establecimientos de todo tipo existentes en la capital para comprobar si contaban con la oportuna licencia de apertura ^^. Entre los 341 establecimientos reconocidos por la inspección correspondientes a las actividades del libro y similares, 72 eran imprentas y establecimientos tipográficos, 70 librerías, 46 litografías y 44 talleres de encuademación, a lo que se simaaban 32 almacenes de papel. El carácter fiscal de la fuente limita los resultados, pero son aproximados según la información de otras fuentes. La geografía de las artes gráficas en la ciudad asignó un papel principal al distrito de Centro donde estaban localizados 141 establecimientos, mientras el resto acogía de forma dispersa estas actividades. El distrito de Palacio contaba con 44 locales y Congreso con 37, y los demás con 30 o menos. Los talleres de imprenta eran los más repartidos, mientras los litógrafos, libreros y almacenes de papel tendían a concentrarse en Centro y los encuadernadores en Palacio, donde existía también el mayor número de imprentas. Las dimensiones de los talleres, según la documentación aportada por la inspección de licencias, confirma lo reducido de su tamaño, aunque la naturaleza fiscal de la fuente docuraental tendía a limitar la declaración de espacios por los propietarios de los locales. La inmensa mayoría eran talleres o locales que utilizaban uno o dos huecos o estancias, en igual número, 130. Los que disponían de tres huecos eran ya mucho menos, 38, y muy pocos los que destinaban 4 o más huecos para su actividad, 17, sobre todo los almacenes de papel. Un minifundismo, pues, que salpicaba la geografía de las artes gráficas, y con la mayor parte de las imprentas con unas reducidas dimensiones, a lo que en general, se sumaba la falta de condiciones salubres, las dificultades de ventilación y a menudo la poca luz. Baroja describió una imprenta, que podría ser una entre la mayoría de las de la época: «Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación de que aquello fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano negro, iliuninado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde se señalaban las huellas impresas de dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimentos. Se amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; en el otro, el interior, parecía barnizado de negro, mna ventana lo iluminaba; cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza, que desaparecía en el techo» ^^. En el conjunto de las imprentas, tipografías o litografías el número de motores consignados era de 57 en total (vapor, eléctricos y de gas). Esta evaluación del grado de equipamientos técnicos deducida de la inspección de uso de motores con finalidad fiscal también debe matizarse por la existencia de mayor número de motores según otras fiíentes documentales. De todas formas, éstas señalan la importancia todavía de los pequeños talleres de características artesanales, con pocos operarios, y una ñierza motriz todavía limitada en 1900 a pesar del impulso de la industrialización del libro y de la prensa. En 1905 existían 341 industrias dedicadas al libro y similares -el 4,74 por cien del número total de industrias en Madrid-, de las que 102 eran imprentas, 80 talleres de. encuademación y 54 litografías, y con una modesta ñierza motriz, con dos motores de vapor, 58 eléctricos y 17 de gas ^^. El capítulo de las industrias del libro y de la edición recogía una larga herencia, multiplicada en el siglo XIX, en el ámibito de los oficios de la ciudad. Había sido uno de los sectores punta de las actividades económicas de Madrid. Sin embargo en 1900 estaba reuniendo todos los ingredientes para convertirse en una industria más moderna. Hasta entonces el sector de la imprenta había descansado, pues, en los numerosos talleres de carácter artesanal, familiar, con pocos operarios, con técnicas que lentamente pasaban de ta máquina movida a mano a los motores, y con un cultura gremial propia de una sociedad preindustrial. El sector de la edición, salvo excepciones seguía vinculado a impresores y libreros, con una figura de editor que poco a poco iba emergiendo para definir su autonomía y su papel en el proceso técnico, económico e intelectual de la cultura impresa en la lógica del mercado. Las formulas empresariales se habían reordenado en las dos últimas décadas del siglo, y aunque continuaron predominando los negocios individuales, empezaron a manifestarse sociedades sobre todo colectivas o comanditarias, siempre en los circuitos familiares o cercanos a sus propietarios buscando puntuales inyecciones financieras. El siglo veinte incorporó mayores síntomas de modernización, con la aplicación de niveles de industrialización de las técnicas más sofisticados, con la depuración definitiva de la figura del editor como centro neurálgico de las publicaciones, y con la extensión de las sociedades anónimas en el sector, que ahora permitían negocios de mayor alcance. Madrid se convertía en una capital de la industria gráfica, aupada por nuevas experiencias editoriales, a menudo de la mano de la prensa que lideró los cambios tecnológicos en el sector y tendió a aglutinar mayores concentraciones de capital y organizarse en sociedades anónimas. Los cambios fueron más lentos en el capítulo librero que los protagonizados por impresores y sobre todo editores. La mayoría de librerías eran establecimientos artesanos y a veces efímeros, con im.a estructura de difusión antigua, aunque algunas iniciaron empresas de mayor alcance, no sólo en función del mercado nacional sino de la estrategia de proyección al mercado hipanoamericano. De todas formas se produjo un aimaento de las librerías de nuevo en consonancia con los nuevos rumbos del mercado cultural. La importancia de los libreros de nuevo era compartida en la ciudad por la venta ambulante de buhoneros y repartidores ^^, así como los quioscos que proliferaron como lugares de difusión de prensa y más tarde con las colecciones de novelas y cuentos. Por su parte las librerías de viejo o de lance cumplían un papel de difusión de primera magnitud para un mercado multiplicado. Estas tendieron a desplazarse a las afueras, como consecuencia del crecimiento de la ciudad. Arturo Barea recuerda en su juventud los escenarios de las librerías de lance en las primeras décadas del siglo, y la importancia de este mercado de segunda mano en la difusión de libros: próxima a Sol, que había sido primero de Monier -con librería y gabinete de lectura-y luego del librero Duran. Su situación, la tradición de gabinete de lectura y el talante de su propietario eran las condiciones para que los nuevos aires de la tertulia en el espacio urbano convirtieran la librería en uno de los centros más concurridos de la intelectualidad y sus pretendientes: «La librería de Fé ocupaba un local de cinco metros de ancho por diez de fondo. Hallábase dividico en dos crujías, entre las cuales el propietario -^menudo y con un gram bigote negro-colocó una especie de cajón, mixto de mesa y pupitre...» Allí acudían los literatos más consagrados del último tercio del siglo Campoamor, Nuñez de Arce, Echegaray, Pardo Bazán, Galdós, Juan Valera.... pero también noveles reclamando un hueco en el olimpo literario y otros personajes diluidos en su tiempo.También la frecuentaron en ocasiones Ortega y Munilla, o políticos como Pi y Margall, Cánovas, Silvela, Canalejas,... Era un espacio donde se creaban estados de opinión, se alimentaban famas o se medían presitgios, mientras era un vivero de escritos difundidos después en la prensa, o el medio para conseguir una publicación o entrar en el círculo de la aristocracia del cerebro como así lo definió un artículo de la época. En los últimos años del siglo XIX y principios del siglo XX había una mayor movilidad cultural protagonizada por diversos públicos, en un contexto de mayor apertura cultural al exterior y un mayor dinamismo de entrada de libros y prensa. Se puso de manifiesto la pluralidad de públicos y de la oferta impresa, y el cambio de relaciones entre los lectores y los escritores, basadas hasta entonces en la fidelidad y la relectura, cuando ahora se imponía lo eventual y lo efímero, en un ambiente cultural menos estático. La lectura se extendió favorecida por los avances de la alfabetización. En Madrid en 1900 un 67 por cien de la población sabía leer y escribir y un 2,5 por cien sólo leer, es decir 375.424 personas para una población de 539.835 en un contexto de alfabetización acelerado en los primeros pasos del siglo XX, por encima de la media nacional ^^, cuyo porcentaje de alfabetizados era sólo de 33,4 por cien más otro 2,7 por cien que solo sabía leer ^^. En 1900 el número de lectores en la Biblioteca Nacional había sido 69.532, pero no acababa de cuajar una red de bibliotecas populares como expresión de la mayor dedicación a la lectura pública. En términos cualitativos, el libro y la lectura habían adquirido en el Madrid 1900. La configuración de una industria. horizonte de muchos colectivos sociales la categoría de instrumento de aprendizaje, y de movilidad, cuando no de emancipación social. La novela se había instalado en un primer plano después de haberse abierto camino más allá de su etiqueta de portadora de malas lecturas, pero también se había multiplicado el interés por los libros escolares, infantiles y juveniles, la extensión de la lecturas tónicas, y el mantenimiento de la demanda de libros religiosos. Y el consumo de prensa. Aunque todavía estaban por llegar experiencias de lectura de mayor alcance como la protagonizada por el Cuento Semanal, en 1900 Madrid había dado los pasos para una mayor socialización de la lectura en claves de su mayor proyección social. La lectura de prensa multiplicada, por su parte, había cambiado los hábitos de una lectura reposada, con veneración y a una hora fija como ritual diario, dotado de fidelidad, hacia una lectura más efímera y extensiva. Con todo ello, tanto en términos de oferta como de demanda, Madrid en 1900 había reunido todos los ingredientes para convertirse en una capital cultural, no sólo por la intensificación de la presencia de intelectuales en ella, y el nuevo papel que éstos jugaban, sino por la construcción de una industria cultural al calor del proceso de transformaciones de todo tipo que protagonizó la ciudad con el nuevo siglo. ^ García Delgado, José Luis «Madrid en los decenios interseculares. La economía de un naciente capital moderna» en García Delgado, José Luis. Las ciudades en la modernización de España. Los decenios inter secular es. ^ Fusi, Juan Pablo «El despertar de la cultura española, 1900-1931» en Octavio Ruiz-Manjón-Alicia Langa (Eds.) Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX. Madrid, Biblioteca Nueva y Universidad Complutense, 1999, p. ^ Fusi, Juan Pablo Un siglo de España. Barcelona, Gustavo'lili, 1981. ^ Fernández de los Ríos, Ángel El Futuro Madrid, paseos mentales por la capital de España, tal cual es y tal cual debe dejarla transformada la revolución, Barcelona, Los Libros de la Frontera, 1975, pp. 15, 18, 307 y 351. ^ Mesonero Romanos, Ramón de Escenas Matritentes. 375. ^ Sobre el liderazgo generacional de Ortega hacia 1910 y, en general, el compromiso de los intelectuales de esta generación, véase Vicente Cacho Viu Los intelectuales y la política. «La cultura en el siglo XIX» en Fernández, A. Historia de Madrid.
En esta segunda publicación hemos intentado completar algunas de las especialidades de la conservación que no pudimos incluir en la primera revista. Especialidades tan importantes como la conservación y restauración de los textiles, que en España tiene una gran tradición, y que es una de las primeras especialidades en las que se trabaja desde hace más de 20 años con las técnicas y criterios más modernos que se utilizan en el resto de Europa sobre todo en Suiza, Los técnicos en restauración de materiales arqueológicos son imprescindibles tanto en el momento de la excavación, para aconsejar sobre medidas que se deben tomar al extraer los objetos, para que estos puedan acondicionarse en nuevas ubicaciones sin graves problemas para su conservación, así como para determinar los tratamientos necesarios y adecuados para la conservación de los mismos en nuevas sedes o instalaciones. La conservación de la escultura policromada, los retablos con graves problemas estructurales, que están agravados en la mayoría de las ocasiones por las condiciones de las iglesias que los albergan. La conservación de las fotografías, desde los daguerrotipos a las fotografías comtenporáneas que últimamente tienen una gran aceptación por los artistas, que las utilizan en numerosas obras y la digitalización de los fondos fotográficos. También he querido incluir artículos sobre las prácticas diarias que acompañan a la conservación de las obras: cómo se realiza la documentación fotográfica, el historial de una obra y el papel tan importante que desarrolla dentro de los Museos el Departamento de Seguridad. Sé que se han quedado en el tintero muchos más temas para completar estas breves referencias de la conservación de las obras de arte, pero es difícil a la hora de elegir cual es la más importante y aquella
El Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música detectó en la década de 1980 que el relevo generacional en las profesiones técnicas ligadas al espectáculo en vivo no se producía al ritmo exigido por las necesidades del sector. La incorporación profesional del personal de las áreas técnicas del teatro, la música y la danza se venía produciendo históricamente mediante la transmisión del oficio de forma familiar y gremial, práctica que las Ordenanzas Laborales y los Sindicatos verticales del régimen anterior mantuvieron con ciertos cambios. Tras los procesos de regulación legal y normativa de las relaciones laborales producidos a partir de la Constitución de 1978, esta forma de acceso tradicional sufrió un brusco corte. Por otro lado, el importante aumento de las manifestaciones culturales y las innovaciones técnicas provocaron a partir de ese momento una gran escasez de profesionales debidamente formados. A este panorama hay que añadirle el hecho de que las administraciones educativas no han desarrollado hasta la fecha ningún tipo de formación profesional reglada específica del espectáculo en vivo. La creación en 1988 de una entidad dedicada exclusivamente a la tecnología de la escena -integrada en la actualidad en la Subdirección General de Teatro-respondió a la intención de garantizar la formación de estos profesionales y la renovación técnica de las artes escénicas mediante iniciativas de investigación y desarrollo. El Centro de Tecnología del Espectáculo ha formado durante este tiempo a cientos de técnicos incorporados a las estructuras de producción y montaje de espectáculos y ha contribuido decisivamente a la puesta al día del sector a través de la continua programación de actividades formativas para profesionales en activo. De lo expuesto hasta aquí se deduce que la innovación en todos los aspectos es uno de los ejes fundamentales de su acción. El Centro de Tecnología del Espectáculo es un centro público, dependiente del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (Ministerio de Cultura). Se creó en 1988 para impartir formación específica para las profesiones técnicas y de gestión de las artes del espectáculo en vivo: maquinaria, construcción de decorados, utilería, vestuario, caracterización, producción y gestión, regiduría, iluminación y sonido. El artículo trata sobre la especificidad de esta formación, técnica pero absolutamente vinculada al proyecto artístico, resumiendo el trabajo de innovación realizado sobre los aspectos metodológicos de la misma a partir del resultado del proyecto compartido con otros centros europeos especializados (Programas FIRCTE integrados en el Programa Leonardo da Vinci de la Unión Europea). Asimismo, se muestran proyectos de innovación y desarrollo en los que el CTE participa activamente: Catalogación de fondos de vestuario, Acciones de divulgación sobre la conservación de estos fondos, Elaboración de documentos sobre prevención de riesgos laborales, etc. La actividad del Centro de Tecnología del Espectáculo tuvo que afrontar la absoluta carencia de una tradición de docencia formal en estas profesiones. Estas carencias se concretaban fundamentalmente en tres aspectos: a) La inexistencia de profesionales que aunaran las competencias técnicas y la experiencia docente. b) La ausencia de modelos didácticos que pudieran atender a las características específicas de estas profesiones: estrecha relación con el ámbito artístico y creativo e integración en cada especialidad de contenidos con un nivel de heterogeneidad superior a los estándares de la formación profesional. c) La falta no ya de currículos formales sino de cualquier literatura didáctica, que se extendía a aspectos tan básicos como los de deslinde, definición y denominación de las especialidades profesionales. Era necesario, por tanto, un planteamiento integral del esquema formativo. Al acometer el problema de la inexistencia de profesionales técnica y didácticamente competentes, y teniendo siempre en cuenta la intención básica de asegurar un contacto estrecho entre las buenas prácticas profesionales y el centro de formación, el CTE puso en marcha un experimento docente que se produjo casi en simultaneidad con procesos paralelos en toda Europa y que consistió en formar una comunidad docente de técnicos del espectáculo sin experiencia pedagógica y profesionales de la enseñanza que no tenían vínculos previos con las artes del espectáculo. Este proceso permitió la progresiva incorporación a la docencia de técnicos que fueron añadiendo a su bagaje formativo una vertiente didáctica. Por su propia naturaleza, el proceso no ha finalizado pero en la actualidad cualquier técnico que aborde por primera vez la enseñanza se encuentra con un marco formal y curricular capaz de atender a la especificidad de estas materias. Como es lógico, este proceso de incorporación de docentes y el desarrollo del modelo didáctico pueden distinguirse a efectos meramente analíticos, puesto que en la realidad son dos aspectos inseparables de un mismo impulso. El modelo finalmente adoptado logró, por una parte, definir los contenidos comunes a todas las especialidades, centrados en el conocimiento genérico de las artes escénicas (tradición histórica, espacios, estructuras de producción, estudio básico del resto de especialidades, etc) y la comprensión de la interrelación de las vertientes estética y técnica de un espectáculo. Concretó también las actitudes clave comunes, como la habilidad de integración en equipos de trabajo, la responsabilidad respecto a la prevención de riesgos y la capacidad de adaptación a las innovaciones. Por último, el modelo fijó una estructura en la que la enseñanza gira en su totalidad alrededor de las prácticas, realizadas tanto en los talleres que integran a las diversas especialidades en el ámbito del propio centro, como en producciones ajenas y espacios escénicos de todo tipo. De esta manera, el alumno finaliza su formación con un conocimiento directo y práctico no ya sólo de su saber técnico sino de las formas concretas de producción y organización del trabajo que se dan en el sector. En lo que se refiere a la falta de currículos formales y de literatura didáctica, el CTE sintió la necesidad de compartir experiencias con iniciativas semejantes. Dado el carácter minoritario de estas enseñanzas, el único campo de comparación posible era el europeo, y el centro participa desde 1999 en el programa FIRCTE (Formación Inicial y Reconocimiento de Competencias del Espectáculo en Vivo) 1, integrado en el programa Leonardo da Vinci y que aglutina a todo tipo de agentes (teatros, centros de formación, técnicos, docentes, etc.) interesados en diseñar la formación y revisar sus contenidos para contrastarla y actualizarla desde una perspectiva europea, adecuándola a las necesidades tecnológicas actuales de las artes de la escena. Las dos primeras ediciones de FIRCTE se centraron en la elaboración de una guía consensuada sobre los planes de formación de las distintas especialidades, sentando las bases comunes en el marco europeo. El objetivo era la promoción de la formación inicial de las técnicas del espectáculo en vivo en los países donde no existiera y el desarrollo de un espacio europeo para la formación y la cualificación profesional. Las dos primeras guías ponen a disposición de otros profesionales el resultado del trabajo de reflexión de los socios del proyecto sobre la necesidad de la formación inicial de estas profesiones y la identificación y delimitación de las competencias de los perfiles profesionales desde una óptica plural. Los perfiles profesionales objeto del estudio son los de maquinaria escénica, luminotecnia, regiduría, técnicas de sonido, realización de vestuario, caracterización escénica, construcción escenográfica y utilería. Para todas estas especialidades se proponen planes de formación sistematizados en cinco áreas que agrupan diversas materias: • Cultura del espectáculo. Materias relacionadas con la parte artística del espectáculo en vivo (historia de las corrientes escénicas, roles de los distintos equipos artísticos de una producción, etc.), cuyo objetivo es proporcionar al estudiante los instrumentos necesarios para concebir su trabajo priorizando las necesidades artísticas de los creadores. • Bases científicas y técnicas. Conocimientos científicos y técnicos en los que se apoyan las materias técnicas específicas de cada especialidad (electricidad, mecánica, acústica, etc.); técnicas de representación gráfica para el desarrollo de los conceptos artísticos. • Infraestructura, instalaciones y equipos; materiales y técnicas de realización. Materias relacionadas con el estudio del espacio de representación, talleres, conocimientos genéricos de otras especialidades, y técnicas y materiales propios de cada especialidad. • Técnicas y procesos aplicados al espectáculo. Procesos de trabajo de cada una de las especialidades, incluyendo las referidas a los instrumentos de control y organización. • Gestión, normativa, documentación y medios. Técnicas de organización y gestión, así como disposiciones legales y protocolos que afectan al sector en materia de seguridad. Incluye materias de ofimática como herramientas que simplifican el desarrollo y gestión de los trabajos. Las guías detallan los objetivos y contenidos de cada una de las materias propuestas en las distintas especialidades y proponen las respectivas cargas horarias y su distribución entre el centro y las prácticas de empresa. La franja común a todas las especialidades constituye la base formativa relativa a la vertiente artística de la profesión. Por último, se cierran con las referencias metodológicas y aproximaciones al sistema de evaluación continua del estudiante en la formación inicial, así como al análisis de las prácticas como parte fundamental de la formación en las técnicas del espectáculo. Habida cuenta del problema ya citado de la falta de experiencia docente de los técnicos del espectáculo, presente en toda Europa, FIRCTE 3 se propuso como objetivo establecer las bases de un plan de formación de formadores que pudiera desarrollar las habilidades docentes de estos profesionales y elaborar útiles pedagógicos para favorecer su incorporación a la docencia. Esta cuestión es clave para contar con profesionales del sector capaces de transmitir no sólo contenidos tecnológicos sino también otros contenidos transversales y multidisciplinares imprescindibles en el aprendizaje de especialidades situadas entre lo artístico y lo técnico. Asimismo, se planteaba el desarrollo de métodos específicos para la enseñanza de las técnicas de las artes del espectáculo estableciendo criterios, objetivos y procedimientos comunes y planteando la continuidad en la empresa de la formación práctica realizada en el centro de formación. Como resultado, se publicaron las guías para la organización de los centros de formación y para las prácticas en los centros y en las empresas. La guía sobre la organización del centro orienta sobre la planificación de la docencia. Abarca cuestiones relativas a la estructura organizativa del centro, la planificación de la formación, la organización del tiempo, los espacios, instalaciones y equipos, y la colaboración del centro de formación y la empresa. La guía sobre la aproximación pedagógica a la formación en las materias teórico prácticas establece criterios, objetivos y procedimientos en la formación que permitan establecer continuidad con el ámbito laboral. Aborda la especificidad de los centros dedicados a la formación de técnicos del espectáculo, reflexiona sobre distintas metodologías basadas en el aprendizaje activo y recoge las experiencias piloto realizadas a lo largo de dos años en el marco FIRCTE. La guía para las prácticas en el centro de formación orienta y reflexiona sobre las prácticas que los estudiantes realizan en el propio centro como punto de partida para la organización y preparación de los programas de prácticas y como pauta para la formación de profesores/tutores de prácticas. Los talleres dentro de los centros se contemplan como espacio de confluencia con el proyecto artístico, como síntesis de otros conocimientos, como espacio de transmisión de conocimientos y como trabajo sobre proyectos. Se establecen los objetivos y contenidos propios de los talleres y se establece la utilidad de la gradación y progresión de los talleres como instrumento útil en la formación. Estos talleres que todos los centros contemplan como básicos en sus planes de formación se analizan desde la perspectiva del estudiante que se ve inmerso en el trabajo en equipo, en un entorno complejo que le obliga a reflexionar y a actuar y desde la perspectiva del profesor tutor de los talleres. La guía puede ayudar a establecer los criterios y metodología para la evaluación del estudiante y de los docentes en los talleres, además de plantear pautas para la formación de profesores tutores de talleres. Por último, la guía para las prácticas en las empresas proporciona una base para la reflexión sobre el sentido y la utilidad de las prácticas que los estudiantes realizan en las empresas y orienta sobre la organización y preparación de los programas de prácticas y sobre la formación de los tutores de empresa. El proyecto FIRCTE 4, que acaba de iniciarse y en el que el CTE sigue implicado, se centra en los aspectos de la calidad de la formación. En un ámbito radicalmente distinto de sus actividades de innovación pedagógica, el CTE incorporó en su promoción 2004-2005 un alumno con síndrome de Down en la especialidad de Iluminación. El grado de cumplimiento de los objetivos fue excelente y culminó con la inserción laboral del alumno. La experiencia es radicalmente pionera en nuestro país. Toda esta labor de innovación pedagógica se ha transmitido a otros centros en cuya formación y desarrollo el CTE ha colaborado prestando asesoramiento. Por último, el CTE considera de especial relieve la incorporación a su oferta formativa de la especialidad de Caracterización. Las tareas de transformación física, llevadas a cabo tradicionalmente por los propios intérpretes o sus ayudantes, dieron paso en su día a la creación de secciones de peluquería y/o maquillaje en las estructuras de producción. La evolución del sector en Europa tiende a atribuir a un único profesional las competencias relacionadas con la transformación física integral del intérprete, y la misma tendencia se observa en las demandas del sector en nues-tro país. Al plantear de esta forma su currículo formativo el CTE ha colaborado de forma importante a la modernización de este aspecto de las producciones escénicas. Como consecuencia de su actividad docente y de su estrecho contacto con el sector de gestión y producción de espectáculos, el CTE se ha visto implicado con frecuencia, a menudo como impulsor de los mismos, en proyectos que exceden el ámbito de la docencia y que suponen innovaciones en aspectos muy diversos. Es el caso de los proyectos de PREVENCIÓN DE RIESGOS LABORALES y de CATALOGACIÓN DE VESTUARIO ESCÉNICO que se exponen a continuación. La PREVENCIÓN DE RIESGOS LABORALES se ha perfilado en los últimos años como una de las preocupaciones fundamentales de todos los sectores productivos de nuestro país. En el caso del CTE la responsabilidad de incorporar estos aspectos en los programas específicos de todas y cada una de las áreas docentes condujo al centro a la primera línea de la elaboración de los principios de actuación en un sector que llevaba un cierto retraso en este campo. Desde 2002 se ha participado en un proyecto denominado Sistema de gestión de la prevención de riesgos laborales para el sector de las artes escénicas, financiado por la Fundación para la Prevención de Riesgos Laborales y coordinado por la empresa CIFESAL, en el que han colaborado como socios representantes muy cualificados del sector de las artes escénicas: la Federación Estatal de Asociaciones de Empresas de Teatro y Danza (FAETEDA, que reúne a compañías y empresas que generan alrededor del 80% de los espectáculos producidos en nuestro país); la Coordinadora Estatal de Salas Alternativas (asociación de 28 espacios escénicos dedicados a las propuestas de carácter más innovador); la Asociación de Representantes Técnicos del Espectáculo (ARTE, que representa a unas 1.500 empresas dedicadas mayoritariamente a la música); la Federación de Comunicación y Transporte de Comisiones Obreras (CC.OO.) y la Federación de Servicios de la Unión General de Trabajadores (U.G.T.). Han colaborado también la Fundación del Teatro Real (Madrid), el Gran Teatre del Liceu (Barcelona), el Institut del Teatre (Diputación de Barcelona), la Federación de Servicios de Administraciones Públicas de CC.OO. y la Federación de Servicios Públicos de U.G.T. Los objetivos del proyecto han sido los siguientes: • Estudiar la estructura y organización empresarial, así como la configuración ocupacional del sector, con el fin de conocer de forma global y completa las condiciones laborales y analizar factores de riesgo para la salud y los accidentes de trabajo. • Elaborar un modelo de gestión preventiva para las empresas del sector. • Integrar la perspectiva de género en el desarrollo de la acción propuesta, y en los resultados y productos finales. Como consecuencia del estudio se produjeron cinco publicaciones dirigidas a orientar a empresas, trabajadores y formadores del sector: • Informe sobre la organización del trabajo y las condiciones laborales del sector de las artes escénicas. • Sistema de gestión de la prevención de riesgos laborales para el sector de las artes escénicas. • Guía de buenas practicas en el sector de las artes escénicas (personal técnico). • Guía de buenas practicas en el sector de las artes escénicas (personal de sastrería y caracterización). • Guía de buenas practicas en el sector de las artes escénicas (personal de producción, sala y servicios auxiliares). El proyecto se encuentra ya en su segunda fase, en la que se acomete el estudio sobre las profesiones artísticas ligadas al espectáculo en vivo. En lo que respecta a la CATALOGACIÓN DE VESTUARIO ESCÉNICO las iniciativas del CTE han sido pioneras en nuestro país. En 1997 la situación de los fondos de vestuario de los Teatros Nacionales reclamaba acciones urgentes. La dificultad de abordar esta cuestión residía en primer lugar en la falta de percepción de la misma, casi general en una actividad como la teatral, en la que la preocupación se centra en el ritmo de las producciones y la exhibición. Por tanto, no se destinaban recursos, ni humanos ni materiales, a estos fines. En muchos casos, los almacenes ni siquiera contaban con las condiciones mínimas de higiene que permitieran recuperar prendas y las piezas de vestuario se encontraban mezcladas con decorados, equipos etc. El CTE propuso rehabilitar estos fondos y realizar planes de acción de sensibilización en los propios teatros, y en el sector en general, que desembocaran en acciones de prevención para la conservación de fondos de vestuario escénico. Uno de los retos era definir qué debía conservarse, cómo y para qué. Como es evidente, los trajes forman parte del patrimonio cultural y representan la memoria histórica de las artes del espectáculo. A veces su valor reside en los oficios artesanales que han intervenido en su construcción y que hoy están extinguidos o en vías de extinción en muchos casos. Otras veces este valor se debe a la importancia de la puesta en escena de la que formaron parte, o al relieve de un figurinista o un intérprete en la evolución de las artes escénicas. De estos almacenes se nutre el Museo del Teatro en gran medida, y esta tarea de selección de las piezas que deben formar parte del patrimonio histórico exige una catalogación detallada de los fondos de cada almacén. Para acometer la tarea el CTE analizó en primer lugar las prácticas de conservación preventiva en los museos que cuentan con trajes en sus fondos, y estudió con profesionales españoles y franceses del sector la adecuación de estas prácticas a los almacenes de vestuario en uso mediante fórmulas en consonancia con los medios a disposición de los almacenes de teatro. Como medio de contribuir a la formación de una conciencia sobre la necesidad de acometer estas tareas de forma sistemática, el CTE elaboró tanto planes de formación sobre conservación preventiva como actividades de divulgación. Entre estas actividades pueden enumerarse algunas que resultaron claves en la evolución del proyecto: • Exposición de fondos de trajes de teatro en colaboración con instituciones francesas y portuguesas. • Mesas redondas y cursos de formación dirigidos a la conservación preventiva del traje escénico. • Publicación de las ponencias. • Coordinación de un servicio de apoyo a los teatros del INAEM para recuperar los fondos antiguos, iniciando la catalogación de los mismos que continúa en la actualidad. • Diseño de una base de datos adaptada a las necesidades específicas de catalogación de vestuario e implantación de la misma en las unidades de producción del INAEM. El minucioso trabajo de recogida de información se tuvo que abordar partiendo de los elementos con los que se contaba: programas de mano, nombres en algunas etiquetas, memoria de los profesionales implicados, fotografías de las puestas en escena, etc. A partir de una primera clasificación de los fondos se mejoraron las condiciones de limpieza de los almacenes y los trajes se limpiaron, etiquetaron, fotografiaron y enfundaron, pasando a soporte informático todos sus datos. La base de datos ya citada proporciona la posibilidad de búsqueda por distintos campos (directores, coreógrafos, figurinistas, época de ambientación, etc.) y da acceso a documentación gráfica de los figurines y fotografías de archivo de los espectáculos. Para cada una de las obras catalogadas permite ver las fichas de todos los trajes que la integraban y se han logrado recuperar, con su fotografía, descripción, y campos de búsqueda relativos al intérprete que los vistió, la talla, el color, la localización en almacén, etc. Uno de los problemas fundamentales a la hora de informatizar los fondos de vestuario es lógicamente la necesidad de crear procesos de trabajo que incluyan estas rutinas en las tareas habituales del personal de un teatro. A raíz de la conciencia formada a través de los procesos de formación y divulgación puestos en marcha por el CTE se ha logrado hacer compatible la actividad habitual de producción y exhibición con las necesidades de catalogación. Tras la sensibilización de las secciones de sastrería y las oficinas técnicas, y con el concurso frecuente de ex-alumnos del CTE, las unidades de producción han incorporado estas tareas a su actividad: en el Ballet Nacional de España el proceso está culminado y al día, la Compañía Nacional de Teatro Clásico se encuentra en el punto medio del proceso, con nuevos almacenes en proyecto, y el Centro Dramático Nacional ha construido un espacio específico para el vestuario. Hasta el momento se han informatizado los datos de 7.300 trajes. Las acciones de divulgación del proyecto han provocado efectos semejantes en teatros privados y en distintas comunidades autónomas. Incluir en los planes de formación de los futuros sastres de los teatros nociones sobre conservación preventiva ha puesto en marcha un proceso de concienciación general que previsiblemente forzará la evolución positiva de todo el sector en este sentido. DIFUSIÓN DE LA INNOVACIÓN TECNOLÓGICA Además de su papel pedagógico innovador y de su implicación en proyectos de desarrollo, el CTE ha mantenido desde su creación una labor constante de difusión de las innovaciones tecnológicas que se van produciendo en el sector, manteniendo abierto un cauce de comunicación entre las empresas tecnológicas y los profesionales llamados a aplicarlas. Esta función no se limita a nuestro país, ya que los cursos dirigidos específicamente a profesionales iberoamericanos -que se realizan en Madrid en colaboración con la Dirección General de Cooperación y Comunicación Cultural y en las sedes de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI -Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación) en Iberoamérica-extienden esta labor de difusión a gran número de países en el continente americano. Estas acciones de formación han contribuido además a crear redes informales de intercambio de conocimientos sobre las técnicas del espectáculo en vivo y sinergias entre los profesionales de distintos países que gracias a estos encuentros permanecen en contacto continuamente. No es éste el lugar para una descripción exhaustiva de este tipo de acción, pero la enumeración de los contenidos incorporados de forma más reciente puede dar idea de las coordenadas en las que se desarrollan. • Programas informáticos para ajuste de sistemas de sonido (área de sonido). Programas que permiten analizar todas las variables tanto de la respuesta de un equipo, como de la respuesta de un recinto o la respuesta combinada de ambos, equipo y local. • Rigging (área de sonido). Las nuevas formas de colocación de los sistemas de audio han determinado que los profesionales de sonido tengan que sumar a sus conocimientos los métodos de trabajo y sistemas para colgar estructuras y equipos pesados. • Paso de la cinta magnética al disco duro (área de sonido). La evolución en el tipo de formatos en el sector de las grabaciones ha llevado a cambiar tanto el tipo de soporte como la metodología de trabajo, pasando de las grabadoras multipistas a los programas de grabación en ordenador; de los magnetófonos de dos pistas a los archivos estéreo en ordenador o a los cedés; de las grabadoras a casete a las grabadoras en memoria sólida. Esto ha supuesto una revolución en las formas de trabajo. • Programas informáticos aplicados al diseño de iluminación de espectáculos (área de iluminación). Esta herramienta permite la creación de espacios escénicos en 3D, la simulación de estructuras, rigging y proyectores, la visualización virtual de la iluminación para la programación de mesas y la creación de imágenes fotorrealísticas, planos y de listados de montaje. • Incorporación de productos no tóxicos a la realización de moldes rígidos (área de maquinaria, decorados y utilería). Estos productos han sustituido a la resina de poliéster utilizada tradicionalmente y que presentaba una considerable toxicidad por emisión de gases. • Automatismos para la mecanización de los sistemas de elevación y suspensión (área de maquinaria, decorados y utilería). Robótica y programación informática de mesas de control para la automatización de la maquinaria escénica. • Realización de prótesis de caracterización (área de caracterización). Incorporación a los procesos de caracterización del espectáculo en vivo de las técnicas de origen cinematográfico más recientes.
Resulta útil comenzar señalando que dentro de lo que se entiende por "revisionismo historiográfico chileno", se distinguen ritmos críticos, énfasis divergentes, enfoques y panorámicas teórico conceptuales diversas que no obstante, vistas en su conjunto, privilegian interpretaciones político holísticas de la historia nacional. Habría que añadir que este ímpetu crítico ha caracterizado gran parte de lo que ha sido el debate público de los historiadores (en encuentros, seminarios, manifiestos, "reflexiones" y otros formatos) como el ajuste teórico que se ha hecho patente durante los últimos 25 años 2. Es así como entre los autores consagrados que destacan en este amplio canon reivindicador aparecen Gabriel Salazar, Tomás Moulián, María Angélica Illanes, Julio Pinto y Sergio Grez. A su vez, resulta obligatorio nombrar como figuras contiguas a este núcleo de historiadores a José Bengoa (historiador y antropólogo), Jorge Hidalgo (etnohistoriador), Diamela Eltit (escritora) y Nelly Richard (crítica cultural), entre otros. Su argumentación, a modo de denominador común, y desde la cual reorganizan la mirada hacia los objetos de estudio, desestructura la habitual interpretación de los discursos establecidos sobre el pasado, y les permite articular una nueva lectura de la realidad histórica chilena contemporánea, del período decimonónico e, incluso, colonial y prehispánico en algunos casos. No por nada sus trabajos se abocan al "bajo pueblo", al mundo marginal, a las minorías, a los silencios académicos, a las discontinuidades históricas, a los poco revisados fundamentos filosóficos que rigen la reconstrucción "profesional" del pasado, a la formalización de los conocimientos por parte de los discursos dominantes y las instituciones que los difunden, al proletariado, a la variedad de grupos "subalternos" dentro HISTORIOGRAFÍAS COMPARADAS: EL "TOTAL CERO" DE LA HISTORIOGRAFÍA CHILENA ACTUAL de los denominados "marginales", a la historia "desde abajo" y "desde dentro", a la dialéctica entre identidad e identidades, etc. Con tal aproximación a la idea de un revisionismo historiográfico chileno actual, nos gustaría establecer un ejercicio comparativo que ilustre algunas de las tensiones -contradicciones para algunos-que encuadran esta nueva "escena" o "contexto historiográfico". ¿Qué implicaría postular un revisionismo histórico en que se incluyan -no antagónicamente-sino de forma complementaria las propuestas teóricas y las obras de los historiadores: Gabriel Salazar (marxista) y Alfredo Jocelyn Holt (liberal)? ¿Qué lecturas podemos ensayar de estos -supuestamente opuestos-pensamientos críticos sobre nuestro pasado? Si se quiere, ¿dónde se topan, o enfrentan, la postura independiente, liberal, subjetiva y apasionada del pasado chileno de Jocelyn Holt con la propuesta marxista, teórica, popular, "desde abajo" y "desde dentro" de Gabriel Salazar? 3. En este sentido, lo primero que se debe responder es: ¿cómo hablar de objetos comparables? La respuesta es simple pero arriesgada: comparar a través de "similitudes que no deberían ser". Si bien la propuesta parece inicialmente confusa, ésta implica la discusión de una serie de supuestos que esperamos la liberen del asedio 4. Por de pronto, y más allá de los encasillamientos políticos, nuestra argumentación es que tanto el Premio Nacional de Historia 2006 Gabriel Salazar, como el liberal moderado Alfredo Jocelyn Holt comparten -a pesar de la lógica-los siguientes puntos: i) Rescatan líneas de pensamiento marginal o contestatario; ii) Desarrollan hipótesis que implican un replanteamiento radical de las habituales nociones de nuestra historia nacional como también de lo que implica la historiografía en términos epistemológicos y como herramienta de poder; iii) Cuestionan la supuesta fortaleza histórica de nuestro país. Además, otro detalle que hace comparables las propuestas de Salazar y Jocelyn Holt, es que ambos autores han desarrollado proyectos de largo aliento en los cuales cubren amplios períodos de la historia de Chile 5. En síntesis, creemos que al hablar de revisionismo historiográfico en el Chile actual, se debe ampliar la noción esencialista (chilena) del término, los componentes y los resultados que se esperan de una postura de este tipo; a riesgo de caer en los mismos problemas que hoy se critican: el autoritarismo político-historiográfico permanente, la manipulación de la memoria "oficial", la limitación de la imágenes país y la usurpación de los proyectos nación, entre otros. Los prototipos o paradigmas metodológicos rígidos, si bien útiles por muchas décadas para abrir las visiones del pasado y las posibilidades de cualquier presente, deben ser reestructuradas para que renueven su vigencia analítica y humana. Postulamos estar frente a un revisionismo historiográfico ecléctico, constituido por varias formas o tipos de pensamientos contestatarios, pero no totalmente antagónicos, de implementar este análisis no oficial -pero lúcidamente desprendido-del estudio y toma de conciencia sobre el tiempo que ya fue y, del hoy. ¿OFICIALISMO O REVISIONISMO CRÍTICO? En primer lugar queremos dejar en claro que nuestro uso del concepto revisionismo, corresponde a un uso literal y no sujeto a lo que ha sido el caso de la historiografía alemana o inglesa en las cuales este término se vincula a una revisión reaccionaria y que cuestiona el genocidio, las muertes masivas y al nazismo. Es decir, estamos pensando en un espíritu crítico sobre el pasado que ajusta constante y críticamente -en el presente-sus formas de recuperación de este ayer, asumiendo plena conciencia de su proceso de escritura y que finalmente asume una responsabilidad (política en lo fundamental) sobre la fijación de las imágenes propuestas. En palabras de Jacques Racière, se trata de una "política de la sospecha" 6 que interroga la frágil inconsistencia del sujeto a través de la violenta fórmula de "no sucedió nada tal como lo que ha sido dicho". Bajo esta última precisión técnica, y como ya adelantamos, es que hemos articulado un análisis comparado que permita, valga la redundancia, revisar este "revisionismo historiográfico chileno actual" 7. La trayectoria de Gabriel Salazar se remonta como referente desde poco después del golpe de Estado de 1973 hasta nuestros días y se engarza con la corriente marxista clásica de Hernán Ramírez N., Julio César Jobet, M. Segall, Luis Vitale, y con toda la notable escuela de historia social actual. Su obra -de inspiración comarxista como él mismo sostiene 8 -es uno de los puntos de referencia históricos y escriturales claves a la hora de intentar cualquier acerca- miento a nuestro pasado reciente y lejano. No a modo de plantilla o paradigma de conciencia como habla este historiador, sino como eje estructural de una argumentación necesaria y "preñada" de una historicidad que no ha sido totalmente descubierta. En lo inmediato, las conexiones entre la definición de revisionismo propuesta con las ideas de Salazar, son bastante evidentes: de la "política de la sospecha" del filósofo francés, podemos hablar de la enfermedad de la memoria constatada por el chileno, del no sujeto del primero, a los sujetos subalternos del segundo, de no lugar a la pertenencia, etc. A nuestro juicio, lo más significativo de la proposicción de este autor es el marco teórico presentado en Violencia popular en las grandes Alamedas, ya que permite ajustar posibles paralelos -de por si algo rígidos-pero claves a la hora de plantear una real alternancia en términos de historicidad social. Asimismo, creemos que otra notable cualidad es haber privilegiado durante toda su obra una constante teórico reflexiva que se volvió a exhibir en Historia Contemporánea de Chile (1999) y en Construcción de Estado en Chile (2006). En cuanto al análisis discursivo de este historiador después de su tesis doctoral, Labradores, peones y proletarios (publicada por Sur, 1985), la obra que consolida la disidencia habitual de Salazar y sacude la escena teórica es Violencia Popular en las Grandes Alamedas (Sur, 1990). Quizás uno de los libros más discutidos dentro de la izquierda intelectual y académica de la época, esta obra diagnostica falencias por parte de la historiografía tradicional y además propone una alternativa historicidad dentro de la figura del pueblo chileno y de los distintos grupos que lo conforman. Asimismo, este registro permitió sentar las bases de lo que es una buena parte de la armazón teórica actual de Salazar. Ejercicio que se asume clave para entender las sucesivas ampliaciones, ajustes de esta misma discusión teórica sobre la historicidad de los sujetos y de los que llevan a cabo los estudios. "En rigor, el dilema señalado se refiere a la necesidad de optar entre dos perspectivas teóricas: la histórica y la ahistórica. Ambas perspectivas (o actitudes, o paradigmas) han trazado líneas diversas de tradición política en Chile... La tradición 'ahistórica' ha enlazado movimientos tales como el de los 'pelucones', el de los 'conservadores', el de los 'oreros', la 'coalición conservadora', el 'desarrollismo', el 'monetarismo', el 'nacionalismo', el 'liberalismo' y ahora el 'neoliberalismo'. La tradición social-historicista, por el con-trario, se ha entretejido sobre movimientos como el de los 'pipiolos', los 'liberales rojos de 1850', los 'demócratas' de 1900, los 'mutalistas' y todas las variedades del frente de trabajadores (...) Pero, en los hechos -otra vez-, no ha sido así. De modo que la hegemonía del paradigma ahistórico ha creado condiciones concretas para que el movimiento popular chileno -identificado fuertemente con el paradigma subordinado y desplazado-no pueda formalizar adecuadamente su proyecto social, estancándose así como un actor masivo, territorialmente inundante, pero premoderno y sin estatura nacional por sus actuaciones" 9. En cuanto a la propuesta que hizo Salazar en su Historia Contemporánea de Chile (5 vols. publicados entre [1999][2000][2001][2002] 10, este autor no plantea saberes objetivos y menos un conocimiento definitivo sobre los temas de estudio o los análisis desarrollados, sino más bien una reinterpretación temática y esencialmente crítica que sea capaz de reasignar o reconocer la legitimidad histórica de amplios sectores de la población que habían sido marginados del recuento tradicional del pasado 11. Asimismo, es claros en señalar que asume una perspectiva "desde abajo" aunque no marginal a partir de la que discute la carga histórica, la legitimidad y la historicidad de los personajes habituales de la historia -elites hegemónicas, sectores tradicionales-como de los nuevos exponentes que ellos plantean como ejes de sus trabajos: el "ciudadano común", "la mayoría inferior", "los más modestos" y "el bajo pueblo". En fin, en palabras del autor, todos aquellos sectores que evidencian la "urgencia" masiva de la humanidad. Por esto que dice pensar el devenir humano como una serie de problemas no resueltos y no como una simple narración de fechas, personajes y documentos oficiales; recolección y análisis a partir del cual cada generación puede, y debe, reinterpretar su síntesis particular: "su época". Total cero, o escenario revisionista, sobre el cual el presente actual reconoce las influencias del pasado pero no se deja determinar por éste. En última instancia, Salazar promueve nuevamente la reinterpretación habitual de los acontecimientos que construyen la base de nuestra historia oficial. Esquema con el cual se oponen a la simple narración de los hechos. También -y esto es clave-reconoce que es imposible una historia que cubra todo lo relacionado con el caso de estudio. Eso sí, sin sacrificar la idea de que se puede intentar responder soberanamente los problemas históricos y así asumirnos como sujetos de ella. Razones de sobra para ver cuán HISTORIOGRAFÍAS COMPARADAS: EL "TOTAL CERO" DE LA HISTORIOGRAFÍA CHILENA ACTUAL cercana es la postura de este autor en comparación con, como veremos, lo planteado por Jocelyn Holt. Dejemos que Salazar hable por él mismo: "Esta historia quiere asumir los problemas históricos de Chile desde la urgencia reflexiva del ciudadano corriente... En cierto modo, es una historia mirada 'desde abajo'; pero no desde la marginalidad, porque el ciudadano, en una sociedad, no es ni puede ser periférico a nada que ocurra en ella... Este trabajo quiere, por lo dicho, ser una ayuda para pensarnos históricamente. Para pensarnos como problema, no para pensar nuestras glorias ni para inventar detalles meticulosos de cada suceso digno de memoria. Quiere ser en suma, nuestra historia como historicidad viva, abierta, latente; no como un pasado que, por la razón que sea, no debemos olvidar. Pues hoy necesitamos, con urgencia creciente, asumir la historia como sujetos de ella. Pero no como ciudadanomasa, ni fatigado ciudadano-lector, sino como ciudadanos protagónicos, integrales, de máxima dignidad y creciente poder, impulsados por la responsabilidad de responder 'soberanamente' los problemas de su propia historia..." 12. Otro hito importante en el desarrollo productivo de este revisionismo lo constituyó la aparición, recién iniciado el año 1999, del Manifiesto de Historiadores. El documento -publicado como artículo junto a una compilación de ensayos-alude al problema que se produce cuando se hace evidente la manipulación de la historiografía por parte de cualquier sector de la sociedad chilena al difundir e instaurar autoimágenes que responden sólo a una parte del todo al que se hace referencia. En este caso puntual, desde la derecha política y a través de la figura conservadora -pero antioligarca-de Gonzalo Vial Correa 13. Por su parte, la última publicación de Salazar, Construcción de Estado en Chile 1800-1837, constituye el más grande desafío teórico práctico a la tradición historiográfica nacional. Casi a modo de una historia de la historiografía chilena alternativa, el primer capítulo de este libro hace tabla raza tanto con todos los referentes de lo que ha sido el trabajo de los historiadores chilenos desde mediados del siglo XIX hasta la fecha, como de las instituciones en las que se ha albergado. A partir de un constante y repetitivo cuestionamiento de la legitimidad de la "memoria oficial", y del trabajo de la gran mayoría de la plana más alta de la jerarquía historiográfica chilena (Barros Arana, Amunátegui, Medina, Espejo, Pereira, Jara, Heisse, Mellafe, Góngora, Villalobos y De Ramón entre otros) casi se podría decir que hay una anulación total de la labor de los historiadores chilenos de los siglos XIX y XX. De hecho, se descuera a la gran mayoría de las figuras claves de la historiografía chilena, partiendo por el "padre" Diego Barros Arana a quien se cataloga de "oligarca", "sepulturero" y "creyente pelucón", pasando por la historiografía liberal decimonónica que no sobrepasa la categorización de "anecdotario lateral", "el trío conservador", "la historia universitaria", hasta llegar al presente. Estructurada sobre el análisis del período o "Tiempo madre" (1810-1837) y de la posterior utilización e interpretación de esta unidad temático-conceptual, Salazar desarrolla una desvirtuación de la que debería ser la verdadera memoria nacional, desacreditando la versión hegemónica tradicional del pasado chileno. Valga la pena señalar que desde la perspectiva de este historiador incluso la propuesta de la actual concertación de partidos por la democracia y el gobierno de la socialista Michelle Bachelet es visto como oficialista y heredero del esquema mental de posdictadura. En esta línea, la propuesta de este historiador "desde abajo", es dividir en cinco nudos de debate o "escenas historiográficas", lo que podría ser una interpretación paralela de la evolución y de los logros, en este caso inexistentes, del gremio chileno de historiadores. De ahí que se pueda hablar de una suerte de "total cero" o punto neutro revisionista desde el cual se está saliendo hacia una nueva (otra), y al parecer más fuerte, posibilidad de conocer y utilizar correctamente la información sobre cualquier pasado chileno. El primer peldaño en la crítica, "¿Qué hemos hecho los historiadores? Preciso es decirlo: no mucho. Y esto se debe, en parte, a que el 'padre' de la historiografía chilena Diego Barros Arana, escribió una monumental crónica en 16 tomos del tiempo madre y de sus antecedentes coloniales, relato que, apoyado sobre un amplio material documental y dividido en rigurosos períodos y secciones, abarca, casi toda la anchura de los procesos que estudió... Su credibilidad es mayor que la consistencia teórica de su hermenéutica... sus afirmaciones 'caracterizadoras' de una persona o situación -que son muchas, tantas como sus proposiciones empíricas-tienden a ser reiterativas y, a menudo, de gran simplismo, sobre todo porque, una con otra, engarzan tesis políticas subliminales que desnudan su afiliación oligárquica, mercantil y pelucona, que se trasluce notoriamente en su interpretación del período 1823-1837... Es como si su calidad de historiador científico no hubiera podido sobreponerse a su condición de oligarca liberal y, en última instancia, de creyente pelucón... Por más erudito y concienzudo que haya sido su trabajo historiográfico Barros Arana fue, sin lugar a dudas, en relación a la fase constituyente del tiempo-madre que aquí se comenta, un intelectual antidemocrático, el primer mitificador de la imagen pública de Diego Portales y Joaquín Prieto y el sepulturero de los próceres e ideales del movimiento liberal democrático del período 1823-1830. Sin duda alguna, este historiador ha sido uno de los principales artífices de la (perversa) memoria política de Chile" 15. El segundo peldaño en la crítica, "Reducida la historiografía crítica liberal a un anecdotario lateral... De nada sirvió que el profesor Alejandro Venegas, el médico Nicolás Palacios, el ingeniero Tancredo Pinochet Le Brun, el industrial Luis Aldunate y el latifundista Francisco Antonio Encina denunciaran que la crisis tenía más profundidad histórica que la que denunciaba Ross..." 16 El tercer peldaño en la crítica, "¿Qué hicieron los historiadores durante esta nueva coyuntura constituyente? Unos, siguiendo la huella de Barros Arana (Toribio Medina, Juan Luis Espejo, etc.) se concentraron en la recopilación archivística, la monografía erudita y la genealogía oligarca. Loable trabajo, sin duda, pero, en esa situación, políticamente marginal. Otros, como el conocido trío formado por Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards y Jaime Eyzaguirre, impresionados por la intervención energética de los nuevos 'hombres fuertes', miraron hacia atrás en perspectiva y escribieron de retorno varios importantes 'ensayos históricos', en los que no dudaron en estampar la huella de su intencionalidad política. ¿Cuál es la plantilla madre de esas huellas? No hay que preguntarse demasiado al respecto: fue la idea de que el argumento central de la historia de Chile era el 'orden en sí' fundado por el gran estadista Portales... De este modo, bajo tal pedestal se podría decir cualquier cosa". El cuarto peldaño en la crítica, "Por lo dicho, entre 1932 y 1973 prácticamente nadie se preocupó en serio de criticar, desnudar y combatir la patología interna de la memoria política chilena, ni las ambigüedades y confusiones que ella generaba entre los que intentaban hacer política de desarrollo económico y social en la compleja coyuntura histórica del período 1964-1973. ¿Qué hicieron los historiadores en ese período?... La Historia de Chile tendió a convertirse de modo creciente en una disciplina académica cobijada en y subordinada a la institucionalidad universitaria... La tendencia general de la historiografía universitaria fue, por todo eso, eludir el estudio del tiempo presente, concentrarse en los tiempos lejanos (coloniales o postcoloniales), despegarse de las peligrosas ciencias sociales y convertir a Barros Arana o Toribio Medina en el paradigma historiográfico a imitar y reproducir... Se produjo así, una suerte de mitoligización y fetichización de los datos, los archivos, las fuentes y los métodos... En ese contexto, cada 'escuela historiográfica' exigió a sus seguidores el cumplimiento riguroso de sus normas, métodos y teorías (la de los Anales de Fernando Braudel, la 'filológica' de Leopold Von Ranke, la cuantitativista de Pierre Vilar, Ruggiero Romano o Ernesto Labrousse, la marxista de José Stalin o Louis Althusser, etc.) y se abandonó el riesgoso tiempo presente para las 'generalizaciones' de las ciencias sociales y las 'presunciones ideológicas' de aquellos que pensaban políticamente fuera o en los bordes de la universidad. Los principales historiadores chilenos del período (Mario Góngora, Néstor Meza, Eugenio Pereira, Álvaro Jara, Rolando Mellafe, Julio Heisse, Hernán Ramírez, Sergio Villalobos, Marcelo Carmagnani, Armando de Ramón, etc.) se volvieron, cuál más, cuál menos, colonialistas, cuantitativistas, indigenistas, estructuralistas o institucionalistas, lo que los condujo a utilizar con todo esmero metodologías auxiliares derivadas del derecho, la estadística, la demografía, la economía, el materialismo histórico, etc. Es cierto que se avanzó en el conocimiento 'estructural' de la sociedad chilena del período colonial y en parte del siglo XIX y se profundizó monográficamente el estudio de ciertos procesos específicos (...) pero no se alteró la mitología de los HISTORIOGRAFÍAS COMPARADAS: EL "TOTAL CERO" DE LA HISTORIOGRAFÍA CHILENA ACTUAL grandes héroes y estadistas, ni se descontaminó la memoria política de las adulteraciones que la aquejaban". El quinto peldaño en la crítica, "¿Y qué han hecho o hacen los historiadores frente a la 'jaula de hierro' que, según el sociólogo Tomás Moulián, dejó el general Pinochet como herencia a la gran masa ciudadana? En las últimas décadas, los historiadores no se han preocupado mucho, ni del tiempo-madre de nuestra historia ni del panteón tradicional de los héroes, sino de los sujetos sociales que han padecido, desde el fondo marginal de su ciudadanía, los rigores del cuadrifásico orden portaliano... Sin embargo, algunos historiadores se han preocupado por retomar esos viejos temas: uno (Alfredo Jocelyn Holt) para asociar el patriciado mercantil de eso años (y de todos los tiempos) a la imagen amable y progresista de la 'modernización'... De modo que la soberanía ciudadana, golpeada y marginada por el golpe militar de 1830, olvidada o sepultada por las restauraciones de 1925 y 1973, a diferencia de la momia de Portales, no sido exhumada de su tumba" 17. En resumen, ¿oficialismo o revisionismo crítico? No cabe duda que la respuesta es revisionismo crítico. Sin embargo, quizás habría que cuestionar cierta estrechez de criterio cuando este revisionismo se automargina y extrapola la historicidad del bajo pueblo a la única historicidad real. La subalternidad no es privilegio de ningún grupo o sector social, sino más bien, una condición humana potenciadora de la toma de conciencia y la búsqueda de soberanía. Lástima que al ubicarse fuera del espectro historiográfico, aunque sea para recuperar la "voz", "voluntad", o "poder" de los pobres, Salazar se esté auto excluyendo de algunos que seguramente estarían más que dispuestos al diálogo histórico en una mayor cantidad de dimensiones posibles. ¿EL ENSUEÑO RACIONAL O LAS FUERZAS En esto de postular por qué Alfredo Jocelyn Holt es una figura clave del revisionismo, es debido consigar (i) el reconocimiento y respeto que manifiesta pública y explícitamente este "liberal moderado" para con el trabajo que han realizado autores como Gabriel Salazar, Julio Pinto, Gonzalo Contreras, Diamela Eltit, Nelly Richard, Patricia Verdugo, Hernán Valdés, Germán Marín y muchos otros "no oficiales". Postura poco frecuente entre pensadores que están habituados a prolongar los conocimientos tradicionales o un tipo de saber establecido. Idea, también, muy poco recurrente entre historiadores tradicionalistas o conservadores de cualquier tipo dentro del orden intelectual. Prueba de ello, son los artículos publicados en varios semanarios nacionales a partir de los cuales Jocelyn Holt celebró y calibró el valor de la obra de estos fantasmas dentro del canon reconocido. En este sentido, ilustrativa es la Carta Abierta a Andrés Allamand en la cual este historiador enfatiza la necesidad -para cualquier político de gravitación-de conocer la diversidad de autores contestatarios al discurso oficial de los últimos años: "Tus editores tuvieron el buen criterio de no incluir un índice onomástico. Pinochet brilla por su ausencia, como si hubiera estado en Virginia Waters años y años atrás. De los militares, ¿qué se puede colegir de tu libro?, ¿qué se puede colegir del país en general? Más allá de que grandes cantidades de personas suelen votar de vez en cuando, ¿te enteraste alguna vez de lo que pensaban, sus sueños, sus pesadillas, cómo se las arreglaban cuando estaban cesantes. Más allá de las palabras de buena crianza que a veces incluyes sobre el tema de los 'desaparecidos', ¿conversaste alguna vez con los abogados de la Vicaría, leíste alguna vez los libros de la Patricia Verdugo, el de Hernán Valdés? ¿Has oído hablar de la obra de Ariel Dorfman, Carlos Cerda, Gonzalo Contreras, Diamela Eltit, Germán Marín? ¿Qué te parecen sus metáforas? No te haces cargo de las reflexiones de Tomás Moulián ni del informe sobre el Desarrollo Humano en Chile, 1998 del PNUD. ¿Sientes que un político de tu gravitación puede prescindir olímpicamente de lo que dicen?" 18. Ahora bien, en términos netamente historiográficos, Jocelyn Holt rescata y valora la obra que han desarrollado -valga la redundancia-los historiadores Salazar, Pinto, Moulián (Tomás y Luis), Illanes y Bengoa entre otros varios colegas, sociólogos y antopólogos. Argumentación con la cual se contabiliza y reconoce la historicidad del mundo marginal o alterno, y se ilumina esa cara oculta del "orden en forma" del cual se vale gran parte de la historiografía tradicional. Postura que viene -también-a encuadrar a este pensador dentro de lo que entendemos como revisionismo. "Una reciente línea de investigación ha destacado además cómo este mundo marginal en buena medida se ve reforzado, alimentado, por las deficiencias del que podríamos llamar orden en forma. La hacienda chilena desde luego... Si entiendo bien esta línea de argumentación (pienso en Gabriel Salazar, José Bengoa, María Angélica Illanes, Julio Pinto), hay una suerte de historia de la libertad que dice relación con todo este mundo plenamente integrado y paralelo al orden en forma y a sus concepciones de libertad formuladas en sentido institucional. Dicho de otra forma, hay dos espacios de libertad que corren por causes distintos y no logran amalgamarse... Insisto, el desorden es la otra cara, la cara oculta, del orden en forma que supuestamente ha prevalecido" 19. De lo anterior también se desprende que este intelectual plantee (ii) marcos teóricos sugerentes y con una fuerte carga filosófica. Como veremos, uno de los logros mayores de la obra de Jocelyn Holt es el haber renovado el debate tanto en términos de filosofía de la historia como en el sentido netamente pluralista. De ahí también, que gran parte de sus posturas sobre la Independencia de Chile, sobre figuras como Diego Portales, José Victorino Lastarria, Diego Barros Arana, Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards V., Mario Góngora D., Eduardo Frei M., Salvador Allende G., Augusto Pinochet U., Patricio Aylwin A., Eduardo Frei R., Ricardo Lagos E. y muchos otros personajes chilenos, como también sobre las crisis oligárquicas, los gobiernos de la Democracia Cristiana, de la Unidad Popular, de la dictadura militar y de los gobiernos de la transición democrática, saquen chispas y cuestionen gran parte de los supuestos bases dentro del establishment académico, político e intelectual. Reafirmando lo anterior, es importante contextualizar la formulación y discusión de los postulados de este autor ya que si no se toma en cuenta el espíritu intenso, crítico y de cambio de fines de los ochenta y de comienzos de los noventa, es imposible encuadrar la mirada de este pensador. Tanto Jocelyn Holt como Salazar fueron parte en 1994 y 1996 del grupo que revivió los Encuentros de Historiadores de la década de los 80, dando vida a la nueva época de los boletines que enmarcaban la discusión y actividad de estos coloquios. Actividad que reafirma la postura de que Jocelyn Holt ya era parte -paralela y marginal si se quiere-de ese espíritu contestatario que evidenciaba una necesidad de enfocar la historia hacia el presente y hacia las bases teóricas de la disciplina; y de ahí, a una materialización historiográfica que fuera capaz de dar sentido a las grandes problemáticas del país. Perspectiva que para la época ya buscaba el respeto por la historia, y que era capaz de enfrentar la "fobia al pasado", el "espanto", y la vergüenza de nuestro devenir reciente en virtud de una convivencia y una reconciliación inicial. "Si algo caracteriza la cultura chilena tradicional, es su profundo respeto por la historia... Por lo mismo, resulta extraño lo que viene dándose de un tiempo a esta parte: un deseo de enterrar y patologizar el pasado, un especie de fobia a todo lo que huela a pretérito... En efecto en Chile impera cada vez más un deseo de escaparse del pasado. El pasado nos produce vergüenza y hasta espanto..." 20. Su mirada busca la soberanía de conciencia y no le hace asco al "cadáver cataléptico" que representa nuestras tres últimas décadas, para que decir cómo desprecia ese "rito necrófilo" de "sepultureros" en que los historiadores cuidan las tumbas de la verdad y el conocimiento. Para Jocelyn Holt, la revisión pasa por tomar y asumir las responsabilidades que corresponden y vislumbrar explicaciones más que pretender justificar lo que ya no tiene cambio. En tercer lugar (iii), con respecto a la supuesta fortaleza histórica nacional, en el libro El Peso de la Noche, Nuestra Frágil fortaleza histórica, este historiador describe, critica y argumenta sobre nuestra precaria estructura histórica. Aspecto que según este intelectual es esencial y determinante del devenir histórico chileno como nación republicana. En este ámbito, es muy importante mencionar cómo Jocelyn Holt incorpora conceptos como la "historia oculta" de Chile, o "lo brutal", o "el alto grado" de autoritarismo y violencia de Estado que demuestra nuestra sociedad a lo largo de los dos siglos desde el quiebre como colonia hispanoamericana hasta el presente. Asimismo, en este punto es importante volver a mencionar que este historiador está consciente de que en nuestro país existen grandes vacíos y manipulaciones historiográficas; por de pronto, todas aquellas que han desconocido las verdaderas causas de la independencia, el desorden inherente al supuesto "orden en forma", las variadas facetas de Diego Portales y el uso que han hecho los historiadores conservadores de esta figura supuestamente "heroica", entre otras. HISTORIOGRAFÍAS COMPARADAS: EL "TOTAL CERO" DE LA HISTORIOGRAFÍA CHILENA ACTUAL En palabras del propio autor, lo necesario es repensar las distintas versiones que existen sobre esa misma historia chilena que nos abraza a todos. Entender las diversas narraciones que existen de los hechos pasados -no para elegir una-sino para intentar recrear esas extrañas estructuras y azares que nos determinan el hoy y pueden llegar a definir el mañana. Argumento que, por lo demás, nos lleva a pensar en la influencia -también sugerente y reflexiva-de otro gran ensayista, Mario Góngora, y su tesis sobre que la formación del Estado en Chile se anticipó a la creación de la nacionalidad, o en su propuesta sobre las planificaciones globales que se ve reflejada en el Chile Perplejo 21. Si se quiere, Jocelyn Holt busca sintetizar las miradas "desde abajo" y "desde arriba" para recrear una nueva panorámica sobre nuestro pasado tanto reciente como lejano y remoto. Plataforma que, a su vez, involucra eclécticamente las diferentes historiografías existentes en una opción no excluyente sino complementaria y en que la interrelación de las diferencias ilumina aquellas estructuras hegemónicas que no podemos distinguir a partir de los relatos sectarios del pasado. En pocas palabras, este autor pretende unir enfoques con el fin de aprehender mejor -repensar en sus palabras-ese "todo envolvente" que sería nuestra historia. "Me parece fundamental pues repensar la historia de éste, nuestro país. Repensarla en el sentido de entender las dos versiones que he reseñado, la que pone énfasis en el orden y la que lo niega. No con el fin de elegir una de otra, sino más bien en el sentido de pensarlas como constitutivas de una explicación que incluso las trasciende, una explicación en que orden y desorden forman parte de un todo más envolvente y complejo y que habría que desentrañar. Por consiguiente, intuyo que lo que las distintas historiografías han llamado orden y desorden proporciona un material de extraordinaria riqueza, que, visto desde una perspectiva que atiende a su dinámica interrelación, podría ayudar a descubrir estructuras más profundas que las que hasta ahora hemos manejado, configurativas de un orden infinitamente más intrincado, pero no por ello menos accesible" 22. En este sentido, es clave reafirmar este punto citando la obra Historia General de Chile ya que este trabajo implicó posicionarse dentro de las ligas mayores de la historiografía nacional asumiendo un desafío enorme: darle una nueva lectura a los hechos que ya todos conocen. "A lo que verdaderamente aspiro es a desentrañar el sentido, el filosófico, cultural y metahistórico, que pueda explicar nuestro devenir histórico a partir de un silencio histórico, mítico y poético inicial. Lo que propongo, en definitiva, es una historia del sentido de la historia de este país" 23. Como señala Rolf Foerster, lo que hace este autor es plantear una nueva pauta conceptual con la cual entender y buscar explicaciones sobre nuestro pasado. Paradigma que escapa de las ultra conocidas explicaciones sobre lo que han sido nuestros siglos de vida prehispánica, colonial y republicana 24. Por último, también podemos confiar en el mismo Jocelyn Holt y reconocerle que su espíritu sí quiere ser parte de una revisión de lo que nos constituye y determina como chilenos del siglo XXI. "Una última advertencia: este trabajo se encuadra dentro de una perspectiva eminentemente interpretativa y revisionista. Así y todo, aun cuando dicho enfoque se pronuncia en términos críticos respecto a lo que se ha escrito con anterioridad, no hace sino reafirmar conscientemente una larga tradición historiográfica chilena, plural y abierta, que a su vez hizo otro tanto" 25. Si todo lo anterior no es revisionismo, habrá que volver a pensar qué implica realmente el término. Las conclusiones que desprendemos y que pueden ser vistas también como proyecciones a continuar son dos. Confirmamos la hipótesis que el revisionismo historiográfico chileno vigente está compuesto por más de un énfasis teórico y por una gran diversidad de facetas o representantes. Además, se demostró como los dos historiadores analizados Gabriel Salazar y Alfredo Jocelyn Holt compartían, a pesar de la supuestamente "alteridad radical" de sus propuestas, tres "similitudes" que no deberían ser: i) rescatan líneas de pensamiento contestatario; ii) replantean nociones básicas de la historia nacional y iii) cuestionan la fortaleza histórica del país. Reafirmamos la utilidad del ejercicio de historiografía comparada para aproximarse a la realidad chilena actual. Habiendo eliminado al "padre" y a casi gran parte de las tradiciones dentro de la historiografía chilena, no queda otra posibilidad que comenzar el peregrinaje desde el "total cero" o "esencia crítica neutra", hacia una búsqueda constante de las migajas que conduzcan a los centros que hoy en día le dan movimiento a la historiografía chilena. Contexto revisionista o de una "política de la sospecha" que duda -más allá de quienes sean sus exponentes-de gran parte de los esquemas, técnicas y escrituras que había fijado numerosos relatos sobre el pasado nacional, como así también de la división forzada entre "Historia e historias" o a cerca de las "dinámicas de repetición y divergencia". En este sentido, si proyectamos el análisis que hace Herman Herlinghaus de la escena historiográfica vigente, podemos proponer una interpretación de la obra de Gabriel Salazar y Alfredo Jocelyn Holt como la de dos "historiadores punta". Es decir, como autores que sobrepasan la determinación de sus orígenes personales y de sus opciones metodológicas, en una entrega o "re-narración crítica" de las "políticas de la memoria" que los determina, y que les permite incorporar propuestas inicialmente opuestas. No gratis, sus escrituras facilitan el imaginar un "Chile alternativo" 26, en el cual la memoria va trenzando soportes teóricos con la flexibilidad y la solidez de un buen encuadre fotográfico. Conectado con lo anterior, tanto Jocelyn Holt como Salazar, plantean que uno de los objetivos principales de la ciencia histórica es solucionar preguntas, problemas si se quiere, y de ahí derivar algunas respuestas transitorias y tomas de conciencia sobre el pasado que sean aplicables en el presente. Argumentación que, es debido puntualizar, fue discutida al demostrar como ciertas (3) "similitudes que no deberían ser" permitían delimitar algunas fronteras internas de la disciplina no caracterizadas previamente. Así también, reafirmamos la utilidad de este ejercicio de análisis comparado como medio de acercamiento a la realidad historiográfica chilena actual. Decimos esto, ya que este mecanismo nos permitió entender y visualizar -a la luz de dos focos-una buena parte de las versiones interpretativas que hoy en día debaten los historiadores sobre acontecimientos recientes y lejanos. En pocas palabras, y nuevamente pensando en la idea de un "total cero" o espacio de la catástrofe constante, justificamos la historia comparada como el juego de espejos o de "alteridad radical", ya que obliga al observador-lector a salirse de las lógicas de análisis y a buscar la posibilidad de superar el trauma de una reconstrucción limitada y limitante, donde los borbotones de figuras y autoimagenes mutiladas se reconocen y se ensamblan en la trenza donde las "políticas alternativas de la memoria" asumen su vertiginosa posibilidad de conciencia: "La pregunta, sin embargo, que surge de esto, es: ¿Qué tipo de orden debe desentrañar el historiador hoy?, toda vez que se han desacreditado las viejas ideas providencialistas y/o positivistas de orden. Una alternativa posible -no descarto otras-es pensar la historia como un medio para tomar conciencia de una complejidad mayor, aquella que las autoimágenes generalmente míticas nos ocultaban. Lo cual quiere decir que es esencial tratar de entender los fenómenos del modo más intrincado posible, si que ello signifique un impedimento cognoscitivo, sino una manera que haga más posible el conocimiento" 27. Germán Alburquerque: "Los debates de la historiografía chilena en el umbral del siglo XXI", Mapocho.. Sergio Grez T.: "Escribir la historia de los sectores populares", Política, Volumen 44.
Una de las labores encomendada a los técnicos en conservaciónrestauración es la realización de los tratamientos necesarios para intentar conservar las obras de arte y que estas puedan ser conocidas por generaciones posteriores. Estos tratamientos han variado mucho durante la historia de la restauración. Podríamos decir que ya los griegos protegían las maderas de sus construcciones para su mejor conservación y desde estos ungüentos a los actuales sistemas de consolidación se han desarrollado muchas técnicas. Los criterios de intervención también han variado muchísimo. Hace sólo 40 años se pensaba en tratamientos muy intervencionistas que invadían toda la obra, (pintura, preparación y soporte) mediante el adhesivo para dejarlos totalmente impregnados y que resistieran el máximo tiempo posible pensando que así el tratamiento duraría más años. Actualmente se ha pasado a la idea de la mínima intervención y al tratamiento puntual dándole mucha más importancia a las condiciones en que se almacena o expone la obra, medidas climáticas y de luz, insistiendo en la conservación preventiva para evitar someter a las obras de arte a cambios bruscos que puedan producir daños en sus materiales constitutivos, evitando así intervenciones innecesarias. Desde la creación del departamento de Conservación en el año 1991 se ha desarrollado una línea de investigación sobre nuevos materiales, tales como adhesivos y materiales de acabado, pigmentos o Pilar Sedaño Espín barnices, soportes etc., dada la complejidad que supone el tratamiento de las obras contemporáneas. Los nïateriales más usuales empleados desde hace años en la obra clásica son las colas de pasta y colettas de influencia italiana o las ceras de influencia anglosajona. En España hay una mayor influencia de las técnicas italianas aunque en casos concretos se utilizan los métodos anglosajones. También tenemos que citar la creación del Instituto de Conservación y Restauración en los años 60 en Madrid, que traerá a España la influencia en métodos y criterios de trabajo del IRPA de Bruselas. Siguiendo la escuela italiana las fijaciones de color en las pinturas, ya sea sobre soporte de lienzo o tabla, se realizan habitualmente con adhesivos naturales como las colettas, cola fuerte también llamada cola de huesos, que normalmente se suministra en forma de grimaos o de polvo granulado. Esta cola se disuelve en agua y se le añade una proporción de melaza o miel de caña para dar más elasticidad a la mezcla. También en España se utiliza la cola de conejo, que se obtiene de desperdicios de animales pequeños (piel, huesos y tejido muscular) y se suministra generalmente en grumos o pastillas; y la cola de pescado, que generalmente se fabrica con restos de espinas y restos de pescado, se suministra en láminas y en polvo. Otra variedad de la cola de pescado es la cola de esturión, esta variedad se hace con las vejigas natatorias del esturión. Es una cola de mejor calidad. Últimamente se puede encontrar en el mercado más especializado una cola de pescado ya preparada líquida para emplearla en frío. La coletta o colas se aplican sobre la pintura y sobre ella se coloca un papel. Actualmente se utilizan papeles de diferentes texturas, sobre todo los papeles japoneses, secando la cola y haciendo presión sobre la pintura levantada mediante espátulas metálicas calientes. Las limpiezas de las obras generalmente se hacen con fórmulas de combinación de disolventes líquidos volátiles, en general compuestos sencillos de bajo peso molecular. La mayor parte de los compuestos que forman parte de las fórmulas de limpieza para pinturas y policromías, son líquidos orgánicos volátiles que se combinan entre sí para formar disoluciones. Para la eliminación de repintes muy duros, óleos o aglutinantes con huevo o de barnices excesivamente duros, se pueden utilizar geles o mezclas menos volátiles que prolongan el tiempo de contacto de los disolventes sobre la zona a tratar mediantes algún vehículo como compresas o cargas. Las fórmulas para las limpiezas que se han venido utilizando en España provienen en general del Restauro de Roma y del IRPA de Bruselas. Cuando es necesario el refuerzo del soporte por mal estado de la tela, desgarros o pérdidas del mismo, se realizan reentelados con telas de lino y cola de pasta (colettas más harina). También en ocasiones estos reentelados se hacían por craquelados muy acusados o deformaciones fuertes de la pintura para evitar la memoria plástica, es decir la recuperación de las deformaciones después de acabado el tratamiento. En los reentelados con cola de pasta podemos distinguir dos métodos: el italiano y el español. Los dos utilizan la cola de pasta pero con diferencias notables. El italiano utiliza la pasta más espesa, en su formulación se incorpora menos agua, y se aplica en frío sobre la tela nueva y vieja del cuadro original, una vez que este último esta limpio y unidos todos los desgarros y rotos mediante estucos para evitar que la pasta penetre en la preparación y pintura. También se suele dar un agente aislante como barniz o paraloid en muy baja proporción sobre la tela original antes de aplicar el adhesivo. El calor se aplica muy suave sobre la pintura protegida con papel y se airea constantemente para secar el adhesivo. El sistema antiguo español difiere con el anterior en que la pasta o adhesivo se da caliente tanto en la tela nueva como en la original y se utiliza esta misma pasta pasando a través de la preparación desde la tela para fijar el color al mismo tiempo que realizamos el reentelado, con la consecuencia de que toda la obra queda impregnada con el adhesivo de una manera irreversible. El adhesivo se seca con bastante calor ya que se aprovecha la humedad de la pasta y el calor para fijar los craquelados de la pintura. La influencia anglosajona sin embargo apenas entra en España. Raramente se utiliza la cera como adhesivo y sólo por motivos de clima excesivamente húmedo, por ejemplo en obras que permanecen en el norte de España. En los reentelados con cera, al igual que en los de la cola de pasta españoles, la pintura queda impregnada con el adhesivo de manera irreversible. Las ceras han sido repetidamente utilizadas en el campo de la conservación y restauración de obras de arte. En pintura de caballete como adhesivo para reentelados, parches y bordes, normalmente mezclada con resinas. También se ha utilizado la cera como consolidante de la madera y como agente protector e impermeabilizante de metales, cueros etc. Generalmente se han empleado dos tipos de ceras y a veces mezclas de las mismas. La cera microcristalina que es un tipo especial de la parafina y como ella proviene del petróleo. Esta formada por hidrocarburos saturados de cadena larga y como propiedades podemos reseñar que es más flexible que la parafina y de mayor poder adhesivo. Es de color blanco y su punto de fusión está entre los 84-90°C. Se suministra generalmente en pastillas o en solución al 40% en White Spirit. La más tradicional empleada es la cera de abeja. La cera de abeja, químicamente es muy estable y conserva durante largo tiempo sus propiedades. Es prácticamente insoluble en agua y soluble en hidrocarburos aromáticos, clorados y en etanol en caliente. Generalmente se presenta libre de impurezas y en diferentes formas de presentación, como cera virgen en panes, decolorada o blanca en grumos, en bolitas, etc. En pintura de caballete, como adhesivo de reentelado, la cera se aplica en las dos telas y se plancha con bastante calor desde la tela nueva colocando la pintura hacia abajo. Para la forración del cuadro con la cera, previamente se protege la pintura con cola de almidón aplicada con papeles y refuerzos de tiras de papel en los bordes que hacen el efecto de tensores. La cera tiene además el problema de que engrasa la preparación y los colores alterando su tonalidad. También en Bélgica y norte de España se ha utilizado la cera disuelta en esencia de trementina para fijar el color en pinturas de tabla o lienzo. En el norte de Europa el uso de la cera es más generalizado ya que muchos pintores incorporan ceras en las preparaciones de sus pinturas. En general, en los reentelados con cera se protege la parte de la pintura con almidón como hemos explicado, para crear una barrera impermeable al paso de la cera sobre la superficie pictórica, pero esto no impide que toda la preparación quede impregnada y que si la pintura tiene fisuras el adhesivo pueda salir a la cara anterior. Para muchos reentelados con cera se utilizaba la mesa caliente con mantas de poliéster, que aumentan la presión sobre la capa pictórica, por lo que ésta pierde los empastes o pinceladas quedando una superficie totalmente plana y dura. A partir de mediados de los años 70 comienzan a utilizarse adhesivos sintéticos como el Mowilih. Los poliacetatos de vinilo (PVA) son materiales termoplásticos producidos por la polimerización del acetato de vinilo. Se emplean en disolución en disolventes orgánicos no polares o con más frecuencia en emulsión acuosa o hidroalcohólica. Los polialcoholes vinilos (PVAL) son termoplásticos producidos por la hidrólisis de los acetatos de polivinilo. Se aplican en solución acuosa como adhesivos. Y un buen número de lienzos, sobre todo los más actuales, se han reentelado con este adhesivo que pasados los años, alrededor de 10 e incluso menos, se endurece y parte con cualquier manipulación. Además si el reentelado se ha realizado sin aislar la tela original, éste penetra hasta la capa pictórica pudiéndose apreciar el adhesivo en las zonas de colores oscuros azules, negros y pardos. Se han utilizado también para la colocación de bandas o bordes. Con la revisión de los criterios en las intervenciones de restauración de los últimos años, estos métodos prácticamente no se utilizan en las maneras más extremas, pues como adhesivos bien aplicados, las colettas, colas de conejo o colas de pasta tienen buenos resultados en obras anteriores al S.XIX, así como los adhesivos resinosos, siempre que se utilice de manera local y sin la impregnación total de la obra. En los años 80 se produce una reordenación de museos y colecciones estatales que conlleva el traslado del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo situado en un edificio en la Ciudad Universitaria al edificio de Savatini en la Glorieta de Atocha. El edificio Savatini fue mandado construir por el Rey Carlos III y desde entonces hasta el 1965 albergó el Hospital de Madrid. En 1980, la Dirección General de Bellas Artes encarga al arquitecto Antonio Fernández de Alba su restauración en una primera fase, acabando su adecuación como Museo los arquitectos Vázquez de Castro y José L. Iñiguez. El 31 de octubre de 1990 se inaugura como Museo Nacional de Arte Contemporáneo. Las obras finalizadas en 1990 supusieron su habilitación para uso museístico, la dotación de infi:*aestructura técnica (control de temperatura y humedad, seguridad, etc.) en todo el edificio y la construcción de un muelle de carga, con un montacargas suficiente para obras de gran formato y peso, que comunica la entrada de obras con los almacenes, salas de exposiciones y el Departamento de Conservación-Restauración. En la remodelación del edificio se dedica un espacio y dotación importantes para la creación de un Departamento de Conservación-Restauración que va ser uno de los más modernos. Una vez inaugurado en 1992, desde el mismo se está trabajando en una línea de investigación de nuevos materiales, tanto utilizados para tratamientos como presentes en las obras, como adhesivos, soportes, etc. y la manera de aplicación en los citados tratamientos dada la complejidad que supone la restauración de las obras contemporáneas. En general se puede pensar que las obras modernas no deberían tener problemas al ser obras de reciente creación, pero al contrario que las obras clásicas plantean serios problemas debido a los propios materiales de la obra o filosóficos en su creación, también el abandono que han sufrido muchos de ellos, por motivos políticos o simplemente porque no se les daba ningún valor en su época. Por estas causas la problemática del arte contemporáneo es bastante compleja. Intentando crear bases de información que nos ayuden a solucionar los problemas de estas obras, en el año 88 junto con la Diputación de Álava creamos los modelos de encuestas para los artistas, en los que intentamos que nos especifiquen el mayor número de datos sobre la creación de sus obras, materiales, ideas, etc. Así mismo, se comienza a documentar y estudiar desde los laboratorios de química y Rayos X las obras que componen los fondos del Museo. La diversidad de materiales concurrentes en una sola obra, los aspectos estéticos intencionados que el artista quiere plasmar, la ausencia de protecciones y barnices, cantidades insuficientes de aglutinantes o soportes inadecuados, obligan a estudiar nuevos materiales para sus tratamientos. Entre los adhesivos tradicionales se utiliza la cola de pescado en proporciones muy bajas. Al ser una cola más transparente evita la formación de manchas o cercos, así mismo la manera de aplicarla es sin papel y solamente en la grieta o craquelado de la pintura y activando su penetración mediante mesas de succión y secándola puntualmente con aire caliente o rayos infrarrojos. Otros adhesivos que tienen buenos resultados son los derivados de la celulosa empleados en los tratamientos de obras con soporte celulósico. Adhesivos semisintéticos derivados de la celulosa es decir, esteres de la celulosa solubles en agua y disolventes polares como los alcoholes simples que se emplean como adhesivos para papel y en técnicas acuosas como temples. Actualmente en pintura contemporánea los más utilizados son: La metilcelulósa, soluble en agua fría, forma películas flexibles químicamente inertes y resistentes a microorganismos. La carboximetilcelulosa es soluble en agua hasta 50°C e insoluble en etanol, acetona y éter. El almidón es un polisacárido natural se ha utilizado en reentelados en frío en pinturas contemporáneas, sobre todo con soporte de papel o textiles muy finos. También se emplean cuando son pinturas que no admiten calor pero que tienen deformaciones importantes con memoria plástica, al adherirlos a una nueva tela evitamos su nueva aparición. El almidón se emplea tradicionalmente para tratamientos de obras con soporte celulósico, sobre todo en Japón y se probó en pinturas al temple sobre sargas en el IRPA de Bruselas. El Klucel (HidroxjT)ropilcelulosa), se presenta como polvo soluble en agua y disolventes polares orgánicos como alcoholes metílico, isopropílico, etc., es extremadamente flexible, y no lleva en su composición plastificantes. En caso necesario se puede aumentar su poder adhesivo con la adición de pequeñas cantidades de adhesivos acrílicos. Tiene también la ventaja de no dejar manchas ni cercos y es muy transparentes. Para superficies más gruesas y cuadros con grandes empastes o mezclas de materiales, arenas, pigmentos inertes etc., se pueden utilizar acrílicos como Plexisol, resina acrflica, que se trata de un polímero a base de metacrilato de butilo en solución. El Plexigum, etil metacrilato en solución al 33% en etanol. es una resina incolora de baja viscosidad, que se usa como fijativo. El Plextol, a base de acrilatos y metacrilatos de etilo y metilo, cuya presentación suele ser como emulsión, es un líquido blanco de aspecto lechoso. Es soluble en hidrocarburos aromáticos. Forma una película transparente incolora y flexible. El Primal es una resina acrflica termoplástica, se presenta como emulsión de aspecto lechoso y color blanco con pH 8,5-9,1. Dispersable a cualquier proporción de agua y otros sistemas acuosos. Generalmente estos adhesivos se aplican inyectados puntualmente. En la actualidad estamos estudiando las aplicaciones con otro tipo de adhesivo, el Funori, también conocido como FUNORAN. Es un mucflago extraído de tres tipos de algas marinas rojas de la familia de las GLOIOPELTIS: la TENAX, la COMPLANATA y la FURCATA. Es un polisacárido con unidades de galactosa y algunos sustituyentes sulfato. Se utiliza en Japón desde el año 1600 como agente espesante en el proceso de estarcido del KATAZOME o sistema tradicional de tintes, y como adhesivo en la fabricación del papel. Normalmente se presenta en láminas finas con las fibras de las algas deshidratadas. Estas pueden presentar impurezas de origen marino, por ello se recomienda filtrar bien previamente con agua destilada. La referencia de este adhesivo proviene de los técnicos del Museo de Arte Moderno de Nueva York que lo estaban utilizando desde hacía tiempo en restauración de papel y últimamente estaban probando en sus pinturas la aplicación del mismo. Los reentelados o refuerzos de soportes no se realizan habitualmente y sólo en casos puntuales en los que no existe otra solución menos intervencionista. En reentelados, los adhesivos que mejor han funcionado en los tratamientos de arte contemporáneo han sido el Beva Film o Beva Nieve y adhesivos acrflicos como el Lascaux. En los dos casos, antes de proceder al reentelado o unión de las dos telas, nueva y original, se fija el color si es necesario con otro adhesivo más suave que hayamos previamente probado y se eliminan las deformaciones del soporte, quedando el lienzo y pintura perfectamente preparados. En el caso de los reentelados con Beva se puede aplicar disuelta en tolueno y se aplica con spray sobre la tela nueva, dejando secar y evaporar el disolvente, quedando sólo unas pequeñas líneas semejantes a hilos que después activaremos con calor en la mesa de baja presión. La mesa se calienta a la temperatura de fusión de la Beva durante unos segundos. Anteriormente habremos colocado la tela nueva y encima el lienzo cubierto con Nylon Dartex. Este nylon aguanta altas temperaturas y se amolda perfectamente a los empastes, pinceladas o materiales de diferentes texturas que presenta la obra, sin oprimirlas. Además es transparente por lo que en todo momento podemos controlar cualquier pequeña alteración. Una vez disuelta la Beva se enfría la mesa dejándola sólo con la presión hasta que ésta quede totalmente seca. De esta forma al ser la cantidad de adhesivo tan pequeña y el tiempo de fusión corto impedimos que éste penetre más alia de la tela original. El caso de la Beva film es similar. Se aplica en la tela nueva y se procede de la misma forma que en el caso anterior. Para utilizar los adhesivos sintéticos se disuelven en el medio apropiado y se pulverizan sobre la tela nueva, se dejan secar (es decir evaporar el disolvente). En el momento del reentelado se activa nuevamente para colocar la tela original en contacto con la nueva siempre con la pintura hacia arriba, igualmente con presión controlada hasta que el adhesivo seque totalmente. Esta operación se realiza en frío. Otros reentelados que se emplean con precaución, dependiendo del tipo de pintura, pueden ser los reentelados con almidón. También en frío y con presión. Lo más habitual es emplear reentelados flotantes o protecciones traseras. Las limpiezas de las obras contemporáneas suelen hacerse mecánicamente, es decir, mediante gomas, de diferentes durezas, brochas, aspiración suave, jabones neutros. En casos puntuales se pueden utilizar disolventes muy volátiles, de poca penetración, sobre todo cuando hay que eliminar barnices o retoques de antiguas restauraciones. Referente a obras sobre soporte celulósico llevamos probando desde hace años los métodos de limpieza, combinando la succión con pequeños capilares que puntualmente colocan la gota del disolvente sobre la mancha. La succión de la mesa hace que el disolvente no se expanda evitando que el disolvente provoquen los temidos cercos. Otra técnica de limpieza para las manchas, sobre todo las provocadas por restos de cintas adhesivas utilizadas en los montajes para enmarcaciones, es el sistema de arcillas como medio de aplicar los disolventes. Para la eliminación de las deformaciones en soportes celulósicos estamos utilizando la mesa de succión. Una vez hxmíectado el soporte en cámaras de ultrasonido, se coloca en la mesa de succión para terminar el secado. Con este método se eliminan las deformaciones, incluso de dibujos a pastel, sin necesidad de usar fijativos ya que se eliminan los lavados, la hinnedad directa y la colocación de pesos y prensas sobre la obra. También este sistema lo empleamos para la eliminación de deformaciones en los soportes de tela de pinturas. En el caso de las pinturas utilizamos la mesa de baja presión en frío, en donde la humedad no se aplica directamente sobre el soporte sino sobre superficies, como secantes, que se colocan en contacto con él. Con la aplicación de estos métodos perseguimos que la intervención necesaria sea mínima. Sólo en casos extremos de grandes daños se estudia una intervención mayor, siempre sopesada con los resultados que pueda tener. Asimismo intentamos respetar todos los aspectos originales de las obras: texturas, empastes y acabados, ya que son fundamentales sobre todo en la obra contemporánea. Por último, hay que remarcar la importancia de la conservación preventiva, en la que debemos implicar al resto de profesionales, que tienen la responsabilidad de conservar el Patrimonio Cultural. Proyectos patrocinados por el ICROM y otros organismos internacionales están elaborando programas con el fin de involucrar a profesionales, desde los directores de Museos, coordinadores, conservadores, comisarios, diseñadores de exposiciones, responsables de seguridad y mantenimiento, así como a empresas de montajes y transportes de Obras de Arte para poder unificar unas normas y recomendaciones que nos ayuden a la práctica día a día de la Conservación Preventiva. Aspecto que en los Museos de Obras Contemporáneas tiene una mayor dificultad debido a la necesidad de entendimiento y compresión de la obra por el público. «Examen La Restauración científico aplicado a la conservación de obras de arte». Cuadernos de Productos RCM.
En este artículo vamos a tratar, como el título nos da a entender, y brevemente, de las diversas técnicas de que nos podemos servir para documentar adecuadamente el proceso de restauración de una obra, sea pintura o escultura, y se haga este trabajo en el estudio o en el lugar en que se realiza la restauración, como puede ser un retablo o una pintura mural. Empezaremos por referirnos al equipo a utilizar que en principio y por economía y versatilidad será de formato 35 mm., que es el formato en el que casi todos tenemos cámara o equipo. De momento vamos a dejar de lado la tecnología digital para ceñirnos al material de soporte químico, es decir, las películas normales y corrientes, tanto en negativo como en transparencia o diapositiva, aunque las técnicas a utilizar sean las mismas en los dos casos. Empezando por el principio, lo ideal es contar con una cámara dotada de ópticas intercambiables, pues en función del tipo de fotografía que vayamos a hacer, necesitaremos desde objetivos gran angulares a teleobjetivos de una distancia focal moderada, con algún objetivo para macrofotografía. Como objetivos grandes angulares podemos empezar con uno de distancia focal en torno a 28-35 mm., aunque a veces, si tenemos que fotografiar un retablo entero o alguna zona amplia sobre el andamio el objetivo de 20 mm., nos da unos resultados sensacionales. Para hacer macrofotografía, cuando tengamos que hacer desperfectos o detalles que nos interesen los objetivos suelen oscilar entre unas (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) José Francisco Lorén González 592 distancias focales de 55/60 mm., y 105 mm., pudiendo servirnos este primero como objetivo normal, pues sirven indistintamente para corta y larga distancia, y el de 105 mm., nos puede servir, en cuanto a macrofotografía, para fotografiar zonas pequeñas sin acercarnos en exceso al objeto, y también para fotografiar motivos que estén a una distancia excesiva para utilizar un objetivo de distancia focal inferior. Objetivos de focales superiores a éstas, como pueden ser 135 ó 200 mm., son de muy escasa utilización. El siguiente elemento a incluir en el equipo debe ser un trípode, que no tiene que ser muy pesado, pero si nos interesa que alcance una altura totalmente desplegado de 1,70 metros aproximadamente. Este trípode debe complementarse con un cable sincro que no tiene que ser muy largo. Nos puede ser de utilidad un fotómetro para medir la luz incidente, sobre todo si utilizamos flash electrónico, pues el fotómetro de la cámara mide la luz reflejada y en el caso de utilizar flash, éste no nos sirve. Para fotografiar podemos utilizar tres tipos de fuente de luz; en primer lugar la luz natural, que puede ser la luz ambiente de una escultura en un parque, un retablo en el interior de una iglesia o la luz que entra por el balcón de nuestro estudio.. En estos dos últimos casos nos podemos encontrar con problemas de cantidad y calidad de luz, aunque se podrían solucionar con exposiciones largas o utilización de filtros compensadores. El segundo tipo de iluminación puede ser mediante la utilización de lámparas de incandescencia, que pueden ir desde la simple bombilla de la lámpara hasta sofisticados equipos de cuarzo con ventilación, etc., pasando por las veteranas lámparas nitraphot, de 250 ó 500 W. La tercera fuente de luz, es la del flash electrónico, muy cómodo y sin problemas de equilibrio de color, pues se utilizan las películas tipo luz días normales, de 5.500 grados kelvin. Esta película también será la que utilizaremos en el caso de que queramos hacer fotografías con luz ultravioleta, solo que en este caso, las exposiciones serán largas en función del tipo de lámparas que utilicemos y la distancia a la que esté la obra a fotografiar. Así como la luz visible es una radiación electromagnética que se extiende en una serie de longitudes de onda entre 400 y 700 nm., la luz ultravioleta se extiende entre unas longitudes de onda de 10 y 400 nm., según sean ultravioletas de onda larga, media y corta, pero en nuestro caso solo utilizaremos la ultravioleta de onda larga, con unas longitudes de onda entre 300 y 400 nm., aproximadamente. La fotografía aplicada a la reproducción y restauración.. Podemos utilizar dos tipos de lámparas para iluminar; o bien los tipos fluorescentes tipo TLD, que pueden tener una longitud de 100 cm., o bien lámparas tipo incandescente, como las OSRAM HWV de 160 W, con la pega de que son lámparas diseñadas para trabajar en vertical, por lo que si las utilizamos horizontales, que será lo más frecuente, tenemos que tener cuidado de no moverlas lo mas mínimo, porque con las vibraciones se apagan, y hasta que no se enfrían no vuelven a funcionar. Son más cómodos los tubos, porque además reparten mejor la luz y no irradian calor, además se puede uno fabricar un equipo artesano por poco dinero. A la hora de fotografiar, la técnica es la misma que con luz visible, solo que con exposiciones más largas que habrá que establecer mediante pruebas, pues los fotómetros habituales no sirven en estos casos. También debemos utilizar de la cámara un filtro tipo KODAK Wratten 2B, que es el equivalente a las gafas que se supone utilizamos para trabajar con la luz ultravioleta. El revelado de la película será el habitual. A la hora de fotografiar una obra, empezando por las de tipo plano, a saber, murales, cuadros, una obra sobre papel, etc., lo ideal es disponer de 2 ó 4 puntos de luz que se colocarán simétricamente respecto a la obra, y teóricamente formando un ángulo de 45 grados, aunque esto es muy elástico, pues en función de los problemas que pueda dar la obra, en función de brillos, textura, etc., puede llegar a colocarse muy rasante, casi paralela a ella. Uno de los principales problemas con los que nos vamos a encontrar a la hora de fotografiar un cuadro, es la aparición de brillos que algunas veces nos ayudarán a identificar desperfectos de la obra, pero la mayoría de las veces nos crearán problemas serios. En este caso, una solución sencilla es poner las luces más tendidas, es decir, formando un ángulo mayor de 45 grados con el eje del objetivo y utilizar un objetivo de la distancia focal más larga que nos permita el equipo o el espacio disponible. Si con esto no conseguimos eliminar o reducir de forma significativa los brillos, deberemos recurrir a técnicas más radicales, como la utilización de luz polarizada. La luz ordinaria, no polarizada vibra en todas las direcciones perpendiculares a la de su desplazamiento. Cuando la vibración se limita a un plano tenemos luz polarizada. Esta técnica consiste en la utilización de filtros polarizadores tanto en la fuente de luz como en la cámara. Primero colocaremos los filtros en la fuente de luz. Estos filtros se pueden comprar en rollos o cortados en medida de 50x52 aproximadamente, son de gelatina, y se deben colocar a una distancia prudencial de la fuente de luz para que no se quemen con el calor. El filtro que pondremos en la cámara, es de cristal, y deberemos hacerlo girar hasta lograr la total eliminación de los brillos. La utilización de estos filtros absorbe mucha cantidad de luz; aproximadamente 1-^^ de diafiragma los de gelatina y de 1^'^ a 2 diafragmas los de cristal de la cámara. Esta técnica tiene la ventaja de eliminar prácticamente al 100 por ciento los brillos, pero como contrapartida se nos presentan casos en que el contraste puede variar, aumentándolo apreciablemente en función del tipo de pigmento, técnicas, barnices, etc. Otra técnica muy común en fotografía de restauración es la utilización de luz rasante que nos puede dar de un vistazo una idea bastante precisa del estado de la obra, sea lienzo, papel o mural. Para conseguir esto, debemos situar las fuentes de luz en un solo lado y muy lateral. Cuando más lateral la coloquemos mayor será el efecto conseguido. El problema que nos puede presentar esto es el de la medición de la luz, pues los fotómetros normales no nos la medirán con precisión. En este caso debemos sustituir la pieza semiesférica que cubre la célula del fotómetro, por la plana que suelen acompañar el fotómetro. Así se pueden conseguir resultados espectaculares. Cuando tengamos que trabajar con obras tridimensionales, esculturas, retablos, etc., la técnica es distinta. Aquí el concepto cambia radicalmente. En función del tipo de luz que utilicemos, y cómo la utilicemos (a lo largo de este artículo, ya os habréis dado cuenta de la importancia de la luz en la fotografía), conseguiremos unos resultados totalmente distintos. Podemos resaltar o suavizar las texturas, formas y volúmenes, según utilicemos una luz directa, dura y dramática, o bien la suavicemos mediante paraguas o cajas de luz. Si queremos fotografiar una escultura completa lo ideal es disponer de un ciclorama o fondo continuo. Para el fondo continuo podremos utilizar unos rollos de papel especialmente fabricados para estos menesteres, que vienen en rollos de longitud variable y en ancho de 220 cm., están fabricados en un papel grueso que soporta aceptablemente el peso de las obras, siempre y cuando el suelo esté liso, pues si no se marcarán los desperfectos o marcas que tenga el pavimento, estando disponible en una amplia gama de colores a fin de poder escoger el que entone mejor con la obra a fotografiar. La fotografía aplicada a la reproducción y restauración. Deberemos tener cuidado para pisar lo menos posible el papel, pues parece mentira como se quedan marcadas las huellas del calzado. Esto lo podemos evitar colocando unos papeles de periódico o de cualquier otro tipo sobre el rollo de fondos, para colocar la obra y medir la luz y los quitaremos a la hora de efectuar la fotografía. Una vez colocada la obra, el siguiente paso es la iluminación. Como hemos dicho antes, esta puede ser de varios tipos, pero en general no debe ser muy dura, pues nos daría unos contrastes muy altos y unas sombras nada transparentes. En este caso utilizaremos los paraguas o cajas de luz. Los paraguas, como indica su nombre, es una adaptación de estos artilugios para su utilización en fotografía, pueden ser de un tejido traslúcido en el que la luz del flash atraviesa el tejido, suavizándose la luz notablemente, o bien estar revestidos interiormente de un material blanco, para luz muy difusa; plateado, para una ili: aninación un poco más enérgica; o incluso en algunos casos dorados, pero esto es básicamente para retratos al dar una luz muy cálida. También existen los de tipo reversible, blanco por un lado y plateado por el otro. Yo particularmente utilizo los plateados, pues son los que considero mas adecuados para una utilización general. Las cajas de luz son un poco mas sofisticadas que los paraguas y también más voluminosas. Pueden ser de luz directa o de luz rebotada. En el primer caso, la luz sólo está tamizada por una ligera pantalla de tejido traslúcido y el objeto a fotografiar recibe la luz directa a través de la pantalla. En el segundo caso, la luz se dirige al fondo de la caja, (que en ambos casos está revestida con material blanco o plateado) y este revestimiento rebota la luz haciéndolo atravesar la pantalla traslúcida como en el caso anterior, pero más suave. Según los efectos que queramos conseguir, deberemos escoger unos u otros elementos y colocarlos de forma que resalten el efecto que queramos conseguir. Deberemos utilizar una luz principal, y luego luces de relleno para aclarar sombras o conseguir efectos particulares. También en determinados casos deberemos utilizar una luz para aclarar el fondo, o separar el objeto mediante un ligero contraluz. Otro sistema para aclarar determinadas zonas que no tengan suficiente iluminación es utilizar pantallas reflectoras, que pueden ser desde planchas de porexpan a cartón pluma de la dimensión que necesitemos. Este método podemos utilizarlo cuando tengamos que fotografiar alguna obra al sol, y nos dé unas sombras muy marcadas. Es un método que se utiliza mucho en cine, y da muy buenos resultados. Si utilizamos luz directa, aparte de ser muy dura y con un contraste muy elevado (luces y sombras muy marcadas), nos dará en el papel de fondo unas sombras muy poco estéticas, y cuanto más puntos de luz, mas sombras antiestéticas, por solo es recomendable en casos muy concretos y específicos. Si es una obra clara, como mármol lo madera clara, podemos utilizar un fondo negro, con lo cual las sombras se perderían en él, aunque debemos tener en cuenta que el fondo negro absorbe mucha luz por lo que tendremos que compensar la medición del fotómetro. Esto también tendremos que hacerlo (la compensación en la medición del fotómetro) cuando el objeto a fotografiar sea muy oscuro, como un bronce, pues si no corremos el riesgo de que nos salga un manchón negro. En el caso de fotografiar bronces, cada acabado es un mundo, pues no es lo mismo fotografiar un bronce negro con una pátina superbrillante, que una obra de Miró con un acabado verde mate claro. En el primer caso debemos realzar las formas a base de jugar con los brillos, con luz mas bien suave, para que no nos queden esos puntos brillantes que sobresalen tanto en la foto. Esto mismo podemos aplicarlo a otros materiales con acabados brillantes y oscuros, como madera, hierro, poliéster o fibra de vidrio. En el segundo caso el problema es menor, casi inexistente, y podemos tratarlo como cualquier otro material. Si una vez fotografiada la pieza queremos hacer una serie de detalles, el tratamiento es distinto, aquí si que podemos utilizar luces directas si lo que queremos es resaltar texturas, desperfectos o detalles específicos, pues con este tipo de luz, los arañazos, las pérdidas o daños de otro tipo se identifican con mucha facilidad. Aquí debemos tener en cuenta la pérdida de profundidad del foco que se produce al hacer macrofotografías, y la pérdida de luz por la ampliación del tiraje del objetivo, pues los objetivos macro al enfocar un objeto muy próximo aumentan su longitud, lo que lleva implicada una pérdida de luz que hay que compensar mediante unas tablas que suministra el fabricante con las instrucciones. Esto, por supuesto, también es aplicable a cualquier motivo que fotografiemos, ya sea plano o tridimensional. Ahora vamos a tratar el tema de las fotografías con luz ambiente, es decir, en museos, salas de exposiciones, o en cualquier otro lugar cerrado, en el que nosotros no controlamos la cantidad ni la calidad de la luz. Si las obras que tenemos que fotografiar son pequeñas, no hay problema pues utilizaríamos nuestro propio equipo de iluminación, pero si son grandes nos encontramos con el problema de la falta de La fotografía aplicada a la reproducción y restauración. potencia. Esto se solucionaría si pudiéramos dejar la sala a oscuras, en este caso lo que haríamos sería utilizar la técnica de los disparos múltiples de flash. Esta técnica consiste en dejar el objetivo abierto en la posición B o T, y disparar varias veces los flashes, pues las descargas de flash son acumulativas y si el fotómetro nos indica con un disparo de flash un diafragma de 4, con dos disparos tendremos un diafragma de 5,6, y si es con tres disparos de 8. Esto lo podremos hacer siempre y cuando la oscuridad sea total, pues si no es así, y al tener el diafragma abierto durante cierto tiempo, las luces parásitas nos pueden influir en el resultado, tanto en dominantes de color, como en sobre-exposición. Si se trata de una obra muy grande, como una gran escultura o un pequeño retablo de una iglesia, y tenemos la inmensa suerte de que las paredes o el techo son blancos, podemos utilizar la técnica de la luz rebotada, que consiste en dirigir el haz de luz a dichas paredes o al techo. Esto nos produce una iluminación muy suave, que en determinados casos resulta satisfactoria, esto, claro está, solo podremos hacerlo siempre y cuando las superficies sean blancas, pues si no se nos pueden presentar unas dominantes de color muy desagradables. Cuando no tengamos mas remedio que utilizar la luz ambiente, deberemos recurrir a otros métodos en función del tipo de luz que exista en la sala, aunque lo habitual es que haya una mezcla de luces que resulta un pastiche, pues pueden coexistir, luz natural con proyectores halógenos y fluorescentes de diversos colores a la vez, y esto no es nada infrecuente. Si disponemos de un termocolorímetro el problema queda resuelto, pero esto no es habitual, es un aparato caro y poco firecuente. En esencia, este aparato es un analizador de luz para la medición de tres colores, que indica los filtros necesarios para obtener un resultado correcto. Esto se consigue mediante tres fotocélulas de silicio con filtros para detección de luces azul, verde y rojo. Un microordenador establece la composición de la luz, y la traduce a valores de filtros fotográficos «LB» (equilibrio de luces) y «CC» (composición de color). Pero como hemos dicho antes es un aparato poco frecuente. Si la luz que tenemos es la luz natural que entra por ventanas, no hay problema, pues aunque tengamos que utilizar exposiciones muy largas por la pequeña cantidad de luz disponible, los resultados serán correctos, siempre y cuando tengamos en cuenta la pérdida de sensibilidad de la película por la ley de reciprocidad. Si la luz es mucha, mejor que mejor, no hay problema.
El Legado Cajal comprende fondos de carácter científico (dibujos, preparaciones histológicas, microfotografías, publicaciones, etc..) o personal (pasaporte, gafas, etc..) que proceden fundamentalmente de D. Santiago Ramón y Cajal (1852 -1934) y de sus discípulos más directos. Muchos de los objetos se encontraban al final de 1997 en un sótano del Instituto Cajal, metidos en cajas sin un control efectivo de las condiciones de climatización y conservación. Desde entonces se ha conseguido colocar todos los bienes del Legado Cajal en unas condiciones controladas de climatización. Se han iniciado los trabajos de conservación y restauración necesarios, así como las tareas para la realización de un inventario detallado de todos los bienes del Legado Cajal y catálogos sectoriales para cada tipo de bien. Descripción material y técnica de las obras Este fondo fotográfico además de su valor histórico y etnográfico, contienen muestras de los experimentos fotográficos de Santiago Ramón y Cajal para modificar y adaptar nuevas técnicas de fotografía tanto en blanco en negro como en color. El fondo fotográfico de placas de vidrio del Legado Cajal está compuesto por 912 placas de vidrio de 21 formatos diferentes que se agruparon en seis bloques de tamaños: 4,5 x 10,5; 8 x 105; 9 x 12; 12 x (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) Juan A. Sáez Dégano, Isabel Argerich y Miguel Freiré 16; 13 X 18 y 18 X 24 para que el trabajo fuera operativo, quedando separadas las placas rotas. Los principales procesos fotográficos identificados son: colodión húmedo, gelatina, autocrómico de los hermanos Lumière, síntesis tricrómica de Charles Cros y Ducos de Hauron, interferencial de Lippman y Dufaycolor. El almacenamiento de las placas fotográficas había sido realizado en cajas de cartón. Dentro, las placas estaban en sobres de papel cristal y agrupadas envueltas con papel burbuja reforzado con papel kraft, todo ello colocado horizontalmente en las cajas. Posteriormente se cambió el modo de almacenamiento, pasando las placas a ser introducidas, todavía con los sobres de papel cristal, en bolsas de plástico con cierre hermético, para ser depositadas verticalmente dentro de las cajas de cartón en grandes cantidades (Fig. A) Durante estos primeros momentos no hubo ningún tipo de control en cuanto a los materiales empleados para el almacenamiento, los modos de actuación, formas de manipulación o criterios de conservación, lo que explica gran parte de los deterioros que presentan las placas. 2, Principales formas de deterioro Las principales formas de deterioro observadas en el fondo fotográfico son: • Rotura de placas y pérdidas de fragmentos. Estos deterioros han sido provocados por la mala manipulación de las placas, tanto en su uso como en los sucesivos traslados a los que se ha visto sometido el fondo. • Presencia de cintas adhesivas de varios tipos. Celos y cintas adhesivas aparecen tanto en la cara del vidrio como en la de la emulsión y fueron utilizadas para intentar recomponer las placas rotas o unir fragmentos. • Procesos de oxido -reducción. Deterioro que encontramos en la mayoría de las placas y que conlleva una cambio de tono. • Suciedad superficial y emulsiones rayadas. Provocado por las deficientes condiciones de almacenamiento o inexistencia de las mismas en un momento dado, al haberse encontrado algunas placas con restos de barro y arena. • Marcas de huellas dactilares. Motivadas por la utilización o manejo de las placas sin las medidas de protección necesarias. • Craquelados, levantamientos y pérdidas de emulsión. • Alteraciones provocadas por los propios experimentos fotográficos de Cajal. En la gran mayoría de los casos, y al no haber constancia de los procedimientos empleados, es prematuro establecer conclusiones acerca de las causas que provocaron los deterioros. El plan de actuación primó en primer lugar las labores de preservación de todo el fondo, se inició con una actuación «horizontal», atendiendo a las necesidades generales de todo el fondo para alargar la vida de la colección y prevenir los daños que pudieran producirse o retrasarlos en lo posible. En una segunda fase, se paso a un tratamiento «vertical» de la colección, con los tratamientos de restauración propiamente dichos, lo que supuso una intervención individualizada en las piezas que lo necesitaban. Trabajos de catalogación, conservación y restauración Para la conservación y el estudio del Fondo Fotográfico del Legado Cajal hemos considerado primordial el diseño de una ficha catalográfica informatizada (Microsoft Access, en la que se incluyen todos los datos fotográficos relevantes referidos al contenido iconográfico de la imagen y a las características técnicas del objeto, así como su ubicación en el Legado, croquis de deterioros e imagen digitalizada del bien; con el objeto de evitar manipulaciones innecesarias de este delicado material y de este modo protegerlo. El plan de conservación integral incluye la realización de interpositivos / internegativos y su digitalización en alta resolución para evitar la manipulación de los originales. En el almacenamiento se han usado exclusivamente materiales de pH neutro que han superado las pruebas «Photographic Activity Test» y «Silver Tarnish». La forma y tamaño de las cajas permite manipular con seguridad los fondos y su almacenamiento en vertical, idóneo para soportes frágiles y pesados como el vidrio. Los sobresutilizados son los denominados «de cuatro solapas» que posibilitan guardar el objeto sin riesgo de abrasión o deterioro (Fig. D). El proceso de conservación y restauración La ficha catalográfica se creó atendiendo a criterios eminentemente fotográficos en cuanto a sus parámetros, dividiendo sus contenidos en Juan A. Sáez Dégano, Isabel Argerich y Miguel Freiré 602 cuatro apartados principales: numeración, descripción iconográfica y autoría, descripción técnica y, por último, tratamiento y difusión. Analizando cada uno de los apartados encontramos: 1. Numeración: Número de inventario. Número topográfico, para su correcta localización dentro del Legado. Descripción iconográfica y autoría: Autor de la toma fotográfica. Fecha de la toma o de la copia fotográfica, cierta o aproximada ( pudiendo ser un original, una copia de época o posterior). Temas principales reflejados en la imagen: según una lista de grupos temáticos previamente realizada. Título si lo hay o descripción libre del contenido iconográfico. Referencias utilizadas para completar los tres campos de descripción iconográfica. Imágenes relacionadas: copias de época, negativos de separación existentes y número de inventario. Se trata de reflejar cualquier aspecto técnico para intentar evitar el manejo del original: Tipo de imagen: negativo, positivo, estereoscópica, transparencia positiva, etc. Formato: medidas de la pieza en milímetros (alto x ancho). Tono: valor cromático de la pieza; color, blanco y negro, monocromo magenta, etc. Proceso fotográfico: colodión, gelatino-bromuro, autocromo, etc. Componentes: sustancias formadoras de la imagen (plata, platino, etc.), aglutinante (albúmina, gelatina, etc., no tiene) constituyente del color (retículos regulares, irregulares, filtros de color, etc.). Soporte de la emulsión fotográfica: vidrio, papel, película de nitrato, etc. Soporte secundario (tipo y medidas): estuche, segundo vidrio protector, cartón, etc. Anotaciones en la pieza: cualquier tipo de anotación, numeración, firma, etc que pueda haber sido realizada en la época o posteriormente. Acabados especiales: retoques, ilimainación, máscaras así como virados y otros tratamientos químicos de los que se tenga constancia. Estado de conservación: donde se reflejan las alteraciones físico-químicas, así como una valoración global. • Fecha de observación: cuando se ha realizado el análisis del estado de conservación. • Croquis de deterioro: reflejando a escala las áreas afectadas por problemas de permanencia y alteraciones. • Reproducción fotográfica: reproducciones, duplicados y copias del original realizadas con medios analógicos, características, formatos y localización. • Reproducción digital: capturas y reproducciones del original realizadas con medios digitales, resolución en puntos por pulgada, formatos de archivo y copia. • Conservación: tratamientos preventivos realizados (medidas de protección, etc.). • Restauración: tratamientos para mejorar la apariencia de la imagen y/o reducir su degradación. • Notas: cualquier información relevante relacionada con la pieza o su historia, no incluida en otros campos de la ficha. • Exposiciones: exhibición pública del original o su reproducción, lugar, período, condiciones de iluminación y ambientales. • Publicaciones: reproducción impresa de la imagen en revistas o monografías, incluyendo los datos bibliográficos habituales. Los métodos de limpieza En la limpieza de las placas se trabajó siempre con criterios de mínima intervención y de máxima inocuidad en cuanto a los materiales y disolventes empleados. El proceso comenzó con la limpieza superficial de las placas, utilizando para ello brochas de pelo suave en la cara de la emulsión fotográfica. Para la limpieza del soporte de vidrio, se utilizaron torundas de algodón impregnadas ligeramente en agua destilada. Durante este proceso se tuvo gran cuidado para que la humedad no llegase a la cara de la emulsión, sobre todo en los momentos de limpieza de los bordes de la placa. Ante la presencia de concreciones, restos de papeles engomados y cintas adhesivas que aparecían adheridas en la cara del vidrio, se procedió ablandando primero estos materiales con agua destilada o etanol para continuar con su retirada mediante limpieza mecánica (punta de bisturí). Los métodos de refuerzo y protección Una de las más graves formas de deterioro que encontramos fue el elevado número de placas rotas que aparecieron. Se procedió en primer lugar a unas medidas de refuerzo temporales para su posterior tratamiento particular. Se colocaron en posición horizontal en cajas individuales, realizándose una labor de refuerzo para evitar que las placas se movieran dentro de la caja rozándose, volviéndose a fragmentar o dañando la emulsión. Para ello se unieron los fragmentos mediante pequeños puntos con Filmoplast P (P.A.T (1)) en la cara del vidrio. El tratamiento individual de cada placa rota consistió en la utilización de un segundo vidrio de refuerzo, que fue colocado por la cara del vidrio, dejando la emulsión al aire, y ambos vidrios fueron fijados por los bordes empleando cinta adhesiva Filmoplast P90 (P.A.T (D). En el caso de las placas especialmente dañadas, no sólo por estar muy fragmentadas, sino porque la emulsión aparecía muy rizada y levantada, el uso de los sobres de almacenamiento habituales hubiera provocado un progresivo deterioro de la emulsión por rozamiento y abrasión. Se optó por realizar montajes especiales de protección individual para cada placa. Se usaron materiales como el cartón pluma neutro y cinta adhesiva Filmoplast P90 (P.A.T (1)). Estos montajes de protección constan de una base en la que se ha abierto una ventana de una profundidad suficiente donde la placa queda colocada e impide que la emulsión se dañe o roce, al quedar ésta por debajo del borde, añadiéndose una tapa de protección abatible. De este modo se posibilita el visionado sin necesidad de tener que sacarla. En el caso de las placas que aparecían reforzadas o protegidas con un segundo vidrio y que habían sido selladas, se tuvo en consideración el estado del papel de sellado, precediéndose a su eliminación para ser reemplazado por cinta adhesiva Filmoplast P90 (P.A.T (1)) en los casos en que fue necesario. En cuanto a las condiciones de temperatura y humedad relativa, y a pesar de que la variedad de técnicas fotográficas existentes obligaría a la creación de atmósferas particulares para cada una de ellas, se optó por mantener una atmósfera de humedad relativa y temperatura Labores de conservación y restauración del fondo. compatible para la mayoría de ellas (40 -50% HR y 18 -20 °C) en un armario realizado con materiales inertes (Fig. B). El seguimiento de estas medidas ambientales en los depósitos de las obras se realiza diariamente mediante el uso de un termómetro / higrómetro digital data logger Humbug (Hanwell Instruments Ltd.) realizándose gráficas semanales para poder controlar cualquier tipo de cambio y hacer las modificaciones necesarias en los sistemas de aire acondicionado, los cuales se encuentran dotados de filtros para evitar la contaminación por polución del aire, y mantener las condiciones los más estables posible. Para proteger las placas de los deterioros provocados por la luz, en la sala de almacenamiento, consulta y restauración, la iluminación está protegida mediante el uso de filtros ultravioletas. Para el almacenamiento se dotó a cada una de las placas de un sobre de papel neutro de cuatro solapas (Silversafe (P.A.T (1)), donde se indica el número de localizador topográfico (Fig. D)Las placas ñieron almacenadas verticalmente en cajas (Truecore (P.A.T ( 3)), intercalando cada cierto número de ellas unos separadores de cartón neutro para que las placas se mantuvieran verticales, pero sin que quedaran excesivamente apretadas, lo que podría dificultar su extracción o provocar roturas (Fig. D). En el caso de las placas realizadas por el método interferencial • Lippmann, para su almacenamiento, se realizaron unas cajas de protección con cartón Atlantis TC, forrado con tela Buckram, especial para conservación. Recuperación de la integridad formal de las placas Un gran número de las placas fotográficas estereoscópicas aparecían partidas por la mitad, por lo que su visionado tridimensional original resultaba imposible de realizar. Se ha recompuesto la unidad formal original mediante la búsqueda de los fragmentos que componían las imágenes, en muchos casos inventariados como si fueran imágenes diferentes. Completadas las imágenes, se reforzaron con un segundo vidrio uniendo ambas placas con Filmoplast P90 (P.A.T (1)). En alguna de las imágenes de síntesis tricrómica, las placas que la componen aparecían sueltas al haberse deteriorado y roto el sistema de sellado, por lo que fue necesario volver a recomponer la imagen y proceder a su nuevo sellado, utilizando para ello Filmoplast P90 (P.A.T (D). El plan de conservación integral Una vez llevados a cabo los procesos de conservación y restauración, la actuación se dirigió a garantizar su futura permanencia, para ello se están realizando en estos momentos los trabajos de duplicación de las placas mediante la realización de internegativos / interpositivos, que posteriormente son digitalizados para su almacenamiento en CD-ROM. Estos tratamientos son clave y de gran importancia, ya que con ello logramos no tener que manipular los materiales originales cada vez que se requiere su uso, consulta y reproducción, facilitando en gran medida estas labores, lo que repercute sin duda en una mayor difusión de los fondos. Para la realización de los internegativos / interpositivos se está utilizando película fotográfica Agfatone Paq. Film Médium Contrast P330P, realizando controles de densitometría para obtener imágenes los más fieles a los originales. Para la digitalización de las imágenes se ha utilizado un escáner Umax PowerLook 3000 con el que se pueden conseguir resoluciones máximas de hasta 12192 puntos por pulgada lo que nos garantiza una alta calidad en la captura de las imágenes. Actuaciones sobre el fondo fotográfico con soporte de papel La segunda etapa, en curso, del proceso de conservación de los fondos fotográficos del Legado Cajal está centrada en las imágenes fotográficas sobre soporte de papel. Tras una primera revisión general del contenido de las cajas en las que provisionalmente se almacenaban estos positivos, hemos obtenido los datos referidos a sus características, estado de conservación y formatos, necesarios para planificar su conservación. Características y estado de conservación Esta parte del Legado esta formada por 1.133 «copias de época», de ellas sólo 150 corresponden a la mano de Cajal o a su época, y 983 corresponden a la de su alumno Tello. Junto a ellas se conservan 310 contactos de las placas originales de Cajal, se supone que realizados Labores de conservación y restauración del fondo. hacia 1980, que deben valorarse como «reimpresiones». Entremezclado entre este material se ha detectado un grupo de 29 negativos de nitrato de la época de Tello, que ya han sido registrados y apartados del resto de los fondos fotográficos, para evitar que su inherente inestabilidad perjudique a las otras imágenes. Respecto a su estado de conservación, se aprecia que los originales de la época de Cajal han sufrido no sólo el envejecimiento propio del paso del tiempo en condiciones de almacenamiento poco adecuadas, sino el provocado por una manipulación abusiva y poco cuidadosa, con originales recortados, arrancados de sus soportes secundarios etc. Por el contrario, los originales de Tello, de indudable calidad y alto interés científico, apenas si han sido manipulados, y sus pocos problemas de conservación son los derivados de su almacenamiento en sobres con pH altamente ácido. Respecto a los «reprints» su problema más frecuente es de suciedad acumulada en la superficie de la imagen y bordes del papel mal cortados. El sistema de archivo propuesto ha tenido en cuenta la falta de uniformidad en el estado de conservación y antigüedad de los fondos fotográficos sobre papel. Para los positivos de la época de Cajal se ha optado por una disposición y forma de envoltorio que compense la fragilidad de muchas de estas obras: almacenamiento en horizontal en carpetillas de papel de pH neutro de 250 g/m2 (Photon o Munktell) con sus correspondientes hojas de soporte y separadora, guardadas a su vez en cajas con calidad de archivo. Los positivos de la época de Tello y los «reprints» se archivarán con el mismo sistema utilizado para las placas del Legado, con sobres de cuatro solapas en papel de pH neutro y cajas de conservación, con disposición de las piezas preferiblemente en horizontal. Comunidad Autónoma de Madrid Acción especial del CSIC.
La policromía es la capa o capas, con o sin preparación, realizada con distintas técnicas pictóricas y decorativas, que recubre total o parcialmente esculturas o elementos arquitectónicos u ornamentales, con el fin de proporcionar a estos objetos un acabado o decoración. Es consustancial a los mismos e indivisible de su concepción e imagen ^ La madera y la piedra han sido los materiales más comunes empleados por los artistas para realizar objetos tridimensionales que posteriormente se policromaban. La policromía, ilumina las formas de las figuras y busca un efecto de realismo, unas veces, de fantasía, otras, que varía también con la iconografía, la función de la obra, etc. Su estética propia es inseparable de la de la escultura y está sujeta a la evolución técnica y estilística de los diferentes períodos de la historia del arte. Además, hay otros materiales fundidos, tallados o modelados, de origen inorgánico -como los metales, la terracota, el yeso y el estuco-, u orgánico -como el marñl, el cuero y las fibras vegetales recubiertas de papel o papelón-, que pueden presentar una policromía completa o parcial ^. La escultura, por ser tridimensional y estar conformada mediante volúmenes, suscita problemas relativos a la materia constitutiva del material tallado, modelado o fundido, y al desigual desgaste de sus diferentes zonas. Si además está policromada, hay que atender al de-terioro y conservación de la policromía, el primero causado con frecuencia precisamente por las alteraciones internas estructurales. Otro factor a tener en cuenta al tratar la escultura policromada es la riqueza del patrimonio imaginero hispano-americano. La conservación de la imaginería devocional debe necesariamente contemplar el desarrollo y vigencia del culto a las imágenes religiosas y su consiguiente trascendencia social. De hecho, son mayoría las esculturas de esta índole, frente a las que se conservan en los museos; por tanto, es necesario, cuando se trata de criterios, no olvidar este género de bienes cuyos valores trascienden los puramente artísticos. Hay ciertos parámetros que no podemos pasar por alto antes de intervenir, como son la escala dimensional de la obra y el alcance del tratamiento, que han de adecuarse siempre a su estado de conservación, así como su función religiosa o museística y las condiciones relacionadas con su ubicación posterior. Aunque se ha abusado de las comparaciones entre la restauración y la medicina, no podemos evitar sustraernos a la tentación de mencionar una frase pronunciada por una de las personas más relevantes en el ámbito de la escultura policromada, Agnes Ballestrem, en la inauguración del curso internacional impartido sobre esta especialidad: «Así como el conocimiento del cuerpo humano hace que el médico reconozca o interprete con acierto un mal funcionamiento del mismo, el conocimiento de las técnicas artesanales y artísticas, y de los materiales empleados por los artistas de épocas y regiones diversas, permiten al restaurador reconocer e interpretar correctamente las alteraciones de las obras» (Brasil, 1989). Compartimos plenamente el significado profundo de estas palabras, que han constituido en todo momento el planteamiento que trataremos de desarrollar en este artículo. Las consideraciones que vamos a exponer están fundamentadas en documentos de reconocido prestigio internacional, como las Cartas del Restauro ^ (la última fechada en Roma en 1987) y en nuestra propia Ley del Patrimonio de 1985. Antes de acometer cualquier intervención, es imprescindible realizar una investigación previa. Este estudio se hará de acuerdo a las diferentes circunstancias de cada obra, como su relevancia desde el punto de vista histórico artístico, o su función, es decir, si se trata de una imagen de culto o de colección museística o particular. Además, se tendrá en cuenta el interés que plantea su estado de conservación o su futuro tratamiento, para poder diseñar la metodología de trabajo más eficaz desde la perspectiva de la investigación en estos campos. Es necesario recopilar toda la información posible sobre los trabajos anteriores a la talla propiamente dicha -aserrado, desbastado, ahue-Diagnóstico y metodología de restauración. cado etc.-y la realización de modelos a pequeña escala, modelados o vaciados. Hay que localizar las huellas de los instrumentos y las marcas de fábrica o de colocación de las piezas. También interesa observar la terminación de la superficie y su textura, en especial en las esculturas de piedras nobles, como el alabastro, policromadas de forma parcial. Por el contrario, cuando se trata de la madera, hay que determinar si han sido enlenzadas las uniones de las piezas, se han eliminado los nudos y se han reparado los defectos de la talla. Los ojos postizos, reliquias o documentos, entre otros, se introducen antes de proceder a aplicar la policromía. A veces, también la talla se enriquece con joyas, orlas y otros ornamentos, acoplando piedras semipreciosas y vidrios, cuerdas, semillas e incluso conchas, y pegando o ensamblando piezas de madera que forman pequeños relieves. La policromía incluye numerosas técnicas. Al encolado del soporte sigue el aparejado o enyesado ^, que consiste en aplicar manos sucesivas de yeso gris, cuando se trata de maderas de coniferas, aunque esta capa puede ser inexistente en las maderas compactas de frondosas, o en zonas especiales, como las encarnaciones. El yeso blanco inerte, fino y untuoso, proporciona una superficie lisa adecuada para el correcto acabado del aparejo, seguida de una impregnación aislante de aglutinante puro que hace menos absorbentes las capas de policromía. La piedra, las yeserías, los estucos y las terracotas no suelen llevar este tipo de preparación; su policromía puede ir directamente sobre la superficie labrada o modelada o sobre una fina y compacta imprimación local, hecha al óleo. Las encarnaciones de las figuras pueden ser mates, pulimentadas, o mixtas; el pulimento se realiza frotando la pintura antes de secar con una vejiguüla o cubriendo la superficie con un barniz brillante. La mayoría de las vestiduras y decoraciones arquitectónicas de los retablos e imágenes de culto hispanoamericanas están decoradas con aplicaciones de hojas metálicas de oro, plata, estaño o bronce, imitando al oro. Los dorados y plateados bruñidos al agua van siempre sobre una fina capa de bol ^ -en general de color rojo y ocasionalmente amarillo-, mientras que el espesor, el aspecto y el composición del mixtión, pigmentado o no, de un dorado mate pueden variar de forma considerable. Algunas veces, la naturaleza y la procedencia de los pigmentos empleados nos ayudan a caracterizar y datar las policromías ocultas de una talla repolicromada. Numerosas técnicas decoran los dorados y plateados, como el picado de lustre, el esgrafiado y el estofado a punta de pincel, brocados aplicados en relieve, pastillas, barbotinas y pequeños motivos decorativos de papel prensado. Por último, es indispensable recopilar información sobre las prescripciones de calidad de los materiales que van a utilizarse en el proceso de restauración, su procedencia y las instrucciones necesarias para una correcta manipulación. Es muy frecuente, cuando se trata este género de bienes, encontrarse con una serie de problemas comunes, derivados, en unos casos, de su función devocional, y en otros, de factores extrínsecos a la escultura. Así se encuentran las sucesivas remodelaciones de que han sido objeto las imágenes a causa de los cambios de gusto y de normas doctrinales; las consecuencias del culto propio de cada una de ellas, que suelen tener una mayor incidencia en su deterioro cuando, además, son procesionales; la inclusión de un amplio repertorio de postizos; las intervenciones antiguas, y algunas recientes, muchas de ellas irreversibles. Son raras las imágenes que han quedado a salvo de sucesivas manipulaciones. A lo dicho anteriormente hay que sumar otros resultados de la acción antrópica, comunes al resto de los géneros artísticos, tales como los provocados por las guerras, las exclaustraciones, las agresiones, los actos de vandalismo... Todos los estudios e investigaciones previos al tratamiento han de ser realizados por un equipo interdisciplinar de profesionales compuesto por historiadores, científicos, restauradores y, si procede, arquitectos, cuando las esculturas se encuentren integradas en bienes inmuebles, como es el caso de los retablos. Es esencial que todos ellos tengan una formación global, a la vez que cuenten con una amplia experiencia y estén sensibilizados para trabajar en este campo. De esta forma estarán capacitados para contemplar la obra con el máximo respeto, mantener un diálogo abierto y valorar, tanto el aspecto material y la técnica de ejecución, como el histórico, artístico y funcional indispensables para garantizar una intervención ejemplar. Esta comisión de especialistas debe asumir, no sólo los trabajos derivados de la intervención propiamente dicha, sino el seguimiento posterior que corrobore la eficacia del tratamiento. También ha de diseñar las condiciones de mantenimiento -exposición, almacenamiento, traslados...-y controlar las incidencias que se produzcan desde el momento final de la intervención, para prevenir futuras alteraciones y resolverlas con mayor rapidez. Se encarga de realizar un informe previo detallado de la naturaleza, estructura y construcción de la obra y su estado de conservación, así como de proponer el tratamiento de conservación que considere más adecuado. El examen visual del especialista contempla el estudio del soporte de la obra, incluidos la arquitectura en el caso de los retablos, la peana en las esculturas de bulto redondo, y el marco en los relieves. También refleja el aspecto del aparejo y la policromía propiamente dicha, la presencia de postizos, capa de protección y el estado de conservación de cada una de las partes mencionadas. El proyecto de intervención debe abarcar las fases de trabajo y la metodología empleada en cada una de éstas, así como los productos utilizados. Debe hacerse cargo de reunir una documentación lo más exhaustiva posible, por lo cual es necesario el trabajo en archivos y la recopilación de noticias, ya sea bibliográficas, gráficas u orales, que puedan encontrarse, abarcando en su estudio, no sólo los aspectos históricos y estilísticos, sino también los técnicos, así como la historia material de la obra, averiguando su procedencia, los traslados de que ha sido objeto, las anteriores intervenciones a las que haya podido ser sometida y los eventuales agentes externos que hayan podido influir en su deterioro. Gran parte de esta búsqueda consiste en revisar documentos de archivos, tratados de la época, libros de fábrica de las iglesias y contratos de obra, y en contrastar esta información con la suministrada por los testigos presenciales de las últimas intervenciones o catástrofes relacionadas con el estado actual del objeto. También hará constar todos los datos de interés que surjan durante el tratamiento de la obra. Interviene en el examen previo de la obra desde distintas perspectivas. El estudio de conservación preventiva supone establecer las condiciones más adecuadas que deberán mantener los recintos de exposición de la obra, restauración o almacenamiento, así como los requisitos exigidos para su traslado. El personal del laboratorio implicado en el estudio diseña la secuencia analítica a seguir para determinar la naturaleza del soporte y las piezas que lo forman, la composición y estructura de los elementos que constituyen las capas de policromía. El diagnóstico del estado de conservación detecta o confirma las posibles alteraciones y sus causas. Su objetivo es completar los datos históricos, conocer la técnica de ejecución adoptada por el artista y el comportamiento de la obra a través del tiempo hasta formar la imagen plástica que hoy se ofirece a nuestra contemplación. El tratamiento de restauración puede seguirse, desde el laboratorio, por medio de ensayos previos, asesorando sobre los parámetros a tener en cuenta en las distintas etapas y las ventajas e inconvenientes del uso de los productos propuestos por el restaurador. Asimismo, es interesante comprobar su eficacia, una vez finalizada la restauración. Si se realizan además controles periódicos posteriores de las obras restauradas, empleando parámetros objetivos de valoración, se evidenciará antes cuádo será necesaria una nueva intervención. Como vemos, el personal científico realiza tareas muy diversas y utiliza muchas veces técnicas instrumentales complejas. Para que la interpretación de los análisis sea idónea, recomiende las condiciones ambientales más adecuadas o realice un correcto seguimiento, habrá de conocer profundamente las técnicas y materiales de la escultura policromada y la secuencia y los productos utilizados en los tratamientos. Esto exige, no sólo una especialización creciente, sino una proximidad continua en la labor de restauración. Científicos italianos que trabajan en instituciones de reconocido prestigio, como el «Restauro» de Roma y el «Opifeio delle piètre dure», de Florencia, han comprendido muy bien la necesidad de que los científicos no trabajen de forma aislada, sino «a pie de andamio», dando ejemplo de entrega y participación en el trabajo, que son difíciles de igualar. Estudio previo y seguimiento de la intervención Los trabajos interdisciplinares deben efectuarse de forma paralela y, tras exponer y discutir los resultados obtenidos, se tratará de establecer un diagnóstico y formular unas conclusiones adecuadas que establezcan cuál ha de ser el tratamiento de conservación y restauración más idóneo con mayores garantías y respeto hacia la obra. En caso de que surjan problemas concretos que susciten polémica a la hora de decidir el tratamiento, el equipo de trabajo deberá llegar a un Diagnóstico y metodología de restauración. acuerdo común, sólidamente justificado, y nunca se actuará siguiendo una decisión unilateral. La responsabilidad de la intervención no es únicamente del restaurador, sino de todo el equipo y, si se considera necesario, se puede crear una comisión asesora de seguimiento de los trabajos, en la que también se pueden integrar, junto a los especialistas, personas responsables designados por los propietarios. No vamos a entrar a detallar los fimdamentos de las técnicas instrumentales que contribuyen a la conservación preventiva, el estudio previo y el seguimiento de una intervención, ya que han sido expuestos en el número monográfico anterior de la revista, dedicado a la conservación del patrimonio artístico. Sólo mencionaremos las aplicaciones más fi:*ecuentes de las técnicas habituales que sustentan el diagnóstico de los daños que justifican el tratamiento de una escultura policromada. El trabajo de los fotógrafos ha de reflejar el estado inicial de la obra, anterior a la restauración y las distintas fases del proceso y el resultado final, una vez aplicado dicho tratamiento. Efectúan tomas generales, de las distintas vistas del objeto tridimensional y de los detalles representativos desde el punto de vista estilístico y de los aspectos relacionados con el deterioro, así como de las modificaciones que se han producido durante la intervención. Esta documentación es esencial, no sólo para demostrar el criterio seguido en el trabajo, sino como ayuda de cualquier investigación de historia del arte que vaya a realizarse sobre la pieza. La fotogrametría es necesaria en los retablos y grandes conjuntos, para identificar y registrar los posibles fallos estructurales: desniveles, desprendimientos, desplomes, etc. Entre otras cosas, sirve de referencia para el estudio iconográfico realizado por el historiador, la elaboración de los mapas de daños por parte del restaurador y la localización estricta de las muestras tomadas por químicos, biólogos y geólogos. La planimetría, además del alzado principal, debe incluir las plantas detalladas de los distintos cuerpos o partes que componen el conjunto y una sección tomada desde el eje principal. La reflectografía de infrarrojos es una técnica utilizada más frecuentemente en la pintura y de escasa aplicación en la escultura. En cambio, la fotografía de fluorescencia con lámpara ultravioleta es de mayor interés para desvelar la presencia de repintes, barnices envejecidos o pérdidas, localizar las juntas de unión entre las piezas de una obra en madera policromada o servir de ayuda en el proceso de limpieza. La radiografía de una escultura policromada es un documento esencial para conocer la composición, y el estado del soporte, ya que éste se halla revestido por la policromía. Cuando el soporte es de madera, se emplea para determinar el número y la disposición de las piezas, la forma de ensamble y la presencia de clavos, tornillos u otros anclajes (figura 1). Con esta técnica podemos detectar si se trata de piezas macizas o han sido ahuecadas y descubrir posibles objetos introducidos en su interior. En las esculturas en piedra el interés de la radiografía es menor, ya que el soporte suele constar de una sola pieza, aunque sirve también para localizar poros, fisuras u otros defectos, uniones y vastagos de refuerzo procedentes de antiguas reparaciones. El endoscopio se usa en retablos para acceder a la parte posterior oculta e introducirse en el interior de esculturas de madera con tapa o que sirven de relicarios, sin necesidad de desmontar una parte de la obra o retirar la cubierta. Las imágenes obtenidas se graban en vídeo, lo cual permite registrar esta documentación y compararla con los resultados facilitados por las radiografías. La metodología de trabajo y la secuencia de técnicas de análisis empleadas van a depender siempre de varios factores, como los componentes de la obra, si es necesaria o no la toma de muestra, el tamaño de ésta o el tipo de dato que se quiere obtener. Cuando es necesario extraer muestras de policromía, se escogen áreas protegidas, lugares discretos o que presenten correspondencia -^límite entre dos zonas de color-, y los puntos en que se localizan las calas realizadas mecánicamente por el restaurador. La metodología es similar a la de las prospecciones arqueológicas. En primer lugar, se estudia al microscopio óptico la morfología de las muestras y se determinan la sucesión de capas, el color y el espesor de cada una de ellas, las características ópticas de los pigmentos y la presencia de barnices o repintes etc. Se describen el color, textura, aspecto, de-coración, espesor y sucesión de las capas y se hace un esquema representativo: figurativo o en escalera. El análisis propiamente dicho se efectúa por medio de técnicas instrumentales específicas de materiales orgánicos e inorgánicos. Hay técnicas analíticas complejas que pueden realizarse aprovechando la preparación microscópica, mientras que otras exigen aislar previamente un firagmento minúsculo de cada capa. La espectrometría de infrarrojos por transformada de Fourier (FTIR), acoplada o no a un microscopio, es una técnica indispensable para determinar la naturaleza de los compuestos existentes en un fragmento desconocido, procedente de una capa o parte de ella, restos de un adhesivo, un barniz, etc. A partir de los resultados obtenidos, a menudo seleccionamos un segundo método analítico más específico de identificación de un producto. Permite identificar determinadas sales inorgánicas, así como los grupos funcionales de los materiales orgánicos. La espectroscopia de rayos X es el método más habitual de análisis elemental. La fluorescencia por dispersión de energías de rayos X puede realizarse directamente sobre la superficie pintada, sin toma de muestra, o bien emplearse para analizar muestras introducidas en la cámara de un microscopio electrónico de barrido acoplando un detector de rayos X (SEM-EDX). Ambas técnicas sirven para caracterizar la mayoría de los pigmentos inorgánicos existentes en la policromía. Hoy en día se están desarrollando también espectrómetros provistos de una fuente externa de tipo láser o basados en la inducción de partículas (FIXE). Los aglutinantes de las capas pictóricas se localizan mediante ensayos con colorantes selectivos y su composición se determina usando técnicas cromatográficas, como la cromatografía en capa fina, la cromatografía de gases, que puede asociarse a un espectrómetro de masas y la cromatografía liquida de alta presión. Para descifrar mejor la composición de las distintas policromías, muchas veces conviene confeccionar tablas comparativas que indican la localización y la extensión de cada capa, o policromía, resultantes de los estudios efectuados en los diversos puntos a partir de las calas, estratigrafías, análisis de aglutinantes y de pigmentos. En la interpretación de los datos hay que seguir un criterio sistemático y riguroso, partiendo de la posible existencia de técnicas y texturas diferentes en la misma obra. De este modo, se puede establecer si la policromía original era parcial o total, la localización de las distintas ornamentaciones y técnicas utilizadas en la obra y su estado de conservación. Metodología y criterios de intervención En este punto, nos referiremos, en líneas generales, a los aspectos básicos más comunes en los procesos de restauración de escultura policromada. El tratamiento no puede dirigirse sólo a restaurar la policromía que decora las formas escultóricas, sino que tiene que resolver primero las alteraciones del soporte que compone el conjunto. Cuando se trata de un retablo, es necesario tener en cuenta su relación con los elementos arquitectónicos, que afectan a su estado de conservación o su estabilidad, elementos constructivos, anclajes y refuerzos. La primera etapa en la restauración de un objeto o conjunto de madera policromada consiste en una inspección detenida que indique si es necesario comenzar por la desinfección o desinsectación del soporte, si es que éste es objeto de ataque biológico. Se procurará aislar la pieza, usar un gas idóneo y evitar, en lo posible, la utilización masiva de productos líquidos que tenga que embeber la madera. A veces resulta necesario consolidar el soporte de madera, piedra, etc., cuando ha perdido su consistencia, e incluso reponer piezas, aunque esto último sólo debe justificarse por necesidades estructurales, empleando materiales de comportamiento semejante frente a los factores ambientales y resistencia mecánica ligeramente inferior a los originales. Fijación, adhesión y consolidación de la policromía El refuerzo de la adhesión del aparejo y la película pictórica debe hacerse siempre que éstos lo requieren, por encontrarse desprendidos del soporte, o cuando se detecte una falta de adherencia entre sí. El adhesivo fortalece la unión entre dos capas o la de una capa con el correspondiente soporte. Denominamos fijativo al compuesto que une una escama superficial a una capa subyacente. Cuando no se trata de partes escamadas, sino de capas disgregadas, debe procederse a la consolidación interna de éstas. La conveniencia de los productos a utilizar se estudiará de acuerdo a las características de la policromía, teniendo en cuenta que nunca deben alterar su aspecto primitivo. Limpieza y eliminación de repintes En primer lugar, hay que determinar si nos encontramos ante un repinte, una reintegración o una repolicromía y decidir qué es lo que se puede y debe eliminar y lo que debe conservarse. En todo caso, la limpieza tiene que ser homogénea, nunca caprichosa, pues de ser así, pueden crearse falsos históricos y acabados confusos. La intervención debe limitarse al mínimo imprescindible de acuerdo a lo establecido en la metodología de trabajo decidida por la comisión de especialistas. Ya se haga a través de medios mecánicos o utilizando productos de los que se conozca su fundamento de actuación, nunca deben alterarse la estructura ni el cromatismo de la obra. Hay que utilizar materiales de composición conocida y, aun así, realizar ensayos previos con disolventes y otros productos, localizadas en zonas discretas, ayudándose con una lupa binocular. En ningún caso la limpieza será profunda, pues siempre ha de conservarse el aspecto superficial, o «pátina» ocasionada con el paso del tiempo, así como respetar los restos eventuales de barnices antiguos, siempre y cuando no se encuentren tan alterados que modifiquen el tono original y dificulten la contemplación de la policromía. En el supuesto, bastante frecuente, de que la obra haya sido repolicromada una o más veces, debe evitarse la eliminación sistemática de repolicromías. La eliminación de repolicromías injustificada o decidida unilateralmente causaría una pérdida irreparable de información, salvo que sea correcta y exhaustivamente documentada. La no eliminación de una repolicromía no significa renunciar al conocimiento de la subyacente, pues puede reconstruirse a partir de la metodología de un preciso estudio de las distintas policromías, trabajo delicado e indudablemente laborioso, para el que hace falta material especializado. Hay que tener en cuenta que la eliminación de una policromía exige una considerable inversión de horas de trabajo. La decisión de eliminar una repolicromía sólo puede justificarse tras la exposición de sólidos argumentos. Nos consta que, en demasiadas ocasiones, se han perdido irremediablemente estos testimonios de los cambios de gusto y estilo a lo largo de la historia. La eliminación de una repolicromía debe ser aceptada, en todo caso, por una comisión interdisciplinar de especialistas, justificándose su viabilidad desde todos los puntos de vista: material, histórico, estético y funcional. Una vez decidida la eliminación, antes de intervenir se debe realizar una completa descripción y documentación de la policromía que incluya Diagnóstico y metodología de restauración. toda la información posible sobre la misma. Localizados con discreción, deben dejarse testigos significativos de la policromía eliminada Previamente se determinará el criterio a seguir en las reintegraciones y la metodología de trabajo, siendo prioritario el máximo respeto al original. Cuando se trata de imágenes devocionales, aunque algunos se escuden en este hecho para realizar reintegraciones ocultas de policromía, no es necesario, normalmente, llegar a tal extremo. En muchas ocasiones, tras efectuar la limpieza, las lagunas quedan perfectamente integradas en el efecto cromático de conjunto, haciendo innecesarias las reintegraciones. Hay que tener en cuenta que, otras veces, las lagunas se deben a las manipulaciones propias del culto, lo que supone un desgaste o erosión que debemos entender que forma parte de su historia, pues son manifestaciones propias de la religiosidad popular inherentes a nuestra cultura y tradición y, por tanto, es necesario respetar estas huellas. Por lo que se refiere a la policromía, las reintegraciones deben justificarse por la recomposición de la correcta lectura de la misma. Según las circunstancias, se podrá elegir entre diversas soluciones: punteado, rayado, tintas planas,.... Si las faltas, una vez realizado el proceso de limpieza y consolidación, dejan la madera del soporte vista, de manera que el tono de ésta no distorsiona con el conjunto cromático, no será necesario efectuar reintegraciones. Siempre que sea posible, se recurrirá a cualquier documento, gráfico o escrito, que aporte datos fidedignos de su aspecto primitivo. En cuanto al soporte, en ocasiones es preciso efectuar consolidaciones o reintegraciones por mor de la estabilidad de la obra. Dependiendo de la amplitud de la laguna a reintegrar y de las características de la misma, se utilizará madera, previamente tratada, piedra, etc., o bien materiales sintéticos. En las imágenes procesionales las intervenciones estructurales son, en ocasiones, bastante radicales y aparatosas, especialmente cuando hay que afrontar anteriores restauraciones poco afortunadas realizadas con materiales y métodos inadecuados y agresivos. Toda reintegración debe ceñirse exclusivamente a los límites de la laguna, se llevará a cabo con materiales inocuos y reversibles, claramente discernibles del original y distinguibles al ojo desnudo a una distancia prudente, dejando especialmente reconocible la reintegración en las zonas adyacentes a lo original. Deberá aplicarse solamente cuando se considere necesario para que proteja la obra durante su exposición, evitando la alteración del acabado primitivo y respetando en cualquier caso el acabado propio de cada estilo artístico. La aplicación de un barniz espeso a brocha sobre un objeto tridimensional puede producir acumulaciones en las partes interiores del relieve, que luego son muy difíciles de eliminar, mientras que si la mezcla está diluida en exceso se produce un deslizamiento que provoca acumulaciones en las partes inferiores. Para utilizar un depósito uniforme de la película de protección se recomienda efectuar procedimientos de nebulización. Hay que tener en cuenta que las esculturas de materiales nobles, como alabastro y piedra caliza, albergadas en el interior de un edificio no han sido protegidas originalmente y, cuando se aplican sobre ellas acabados brillantes, se falsea de modo innecesario su aspecto anterior. Las corlas, los esgrafiados y los estofados que decoran muchas policromías son capas muy delgadas y delicadas y la aplicación de un barniz espeso, o de un producto que endurezca de forma irreversible por la acción de los agentes ambientales, pueden dificultar o imposibilitar la limpieza en un tratamiento ulterior. Todo el proceso de conservación y restauración constará por escrito en un informe técnico exhaustivo, realizado por el restaurador, que irá ilustrado con fotografías y gráficos representativos de las distintas fases y que se completa con el resto de los informes efectuados por el personal del laboratorio y por los historiadores. Cualquier intervención sobre una obra de interés cultural constituye un momento privilegiado para realizar un estudio cuyos objetivos son el conocimiento de la historia material de la obra y su evolución en el tiempo. En caso de existir policromías superpuestas, se trata de reconstruir gráficamente cada una de ellas, lo que se denomina correspondencia de policromías. La exploración se realiza con ayuda de un microscopio estereoscópico y el estudio que se complementa con la apertura de pequeñas ventanas o calas, y la información obtenida puede documentarse a través de una cámara de vídeo adaptada al sistema de aumentos y se completa con los análisis del laboratorio. Se trata de recopilar la mayor documentación posible para el conocimiento de Diagnóstico y metodología de restauración. la evolución de las técnicas polícromas y los motivos decorativos a través de la historia del arte. Para ello es necesario determinar: el número de policromías sucesivas, la estratigrafía de cada una de ellas, su localización y extensión, y sus características más relevantes -como color, textura, porosidad, etc.-, el tipo de decoraciones, los motivos representados, el estado de conservación y la datación absoluta o relativa de las mismas. La reconstrucción gráfica de las policromías puede realizarse manualmente o con ajmda de un tratamiento de imagen asistida por ordenador. El informe de conservación preventiva debe hacer constar las condiciones a que estaba sometida la obra antes del tratamiento, evaluando sus consecuencias sobre su estado material, así como los correspondientes requisitos seguidos durante la intervención. También deberá incluir las recomendaciones necesarias para su mantenimiento posterior: condiciones termohigrométricas, ventilación, iluminación, vibraciones, manipulación,... La obra será reintegrada a su ubicación original, siempre que reúna las condiciones adecuadas; no obstante, se evitará hacerlo si la restauración ha sido motivada por el mal estado ambiental del lugar en que se encontraba, salvo que, previa o paralelamente, otra intervención haya subsanado esos problemas y se pueda garantizar la conservación de la obra. De ahí en adelante deberán controlarse sistemáticamente las variaciones ambientales del local y del lugar concreto donde se ha instalado la obra, evitando en lo posible los factores de riesgo. Para ello será preciso elaborar un programa de mantenimiento regular, lo que ayuda, por otro lado, a avanzar en el mejor conocimiento de la evolución de los tratamientos aplicados y los materiales y productos utilizados. El programa de mantenimiento deberá recoger de forma precisa las medidas a adoptar en cada caso concreto. Es evidente que muchas de las imágenes devocionales, en particular las procesionales, están sometidas a frecuentes situaciones de riesgo y es necesario mentalizar, tanto al público, como a los propietarios de la obra, acerca de la necesidad de combinar el culto con unas mayores medidas de seguridad durante su transporte y exposición. Merecen mención especial los retablos situados en inmuebles dedicados al culto, ya que su ubicación en el edificio es un factor primordial de la conservación de la obra. Unas veces, constituye en sí una garantía de mantenimiento, cuando los muros son gruesos y protegen el recinto de las variaciones termohigrométricas exteriores; otras, los problemas del inmueble son la causa principal del deterioro del retablo. Los retablos y esculturas albergados en museos presentan una situación diferente; ordinariamente, la limpieza periódica y las medidas de seguridad están mejor controladas y las condiciones ambientales más reguladas. Sin embargo, factores que contribuyen al deterioro de estas obras son el mal estado de los locales que albergan los fondos de muchas colecciones y los traslados a que dan lugar los préstamos y exposiciones. El informe de conservación preventiva debe contemplar las medidas a seguir en el almacenamiento, transporte y embalaje de estas obras, sobre todo las esculturas policromadas de madera y otros soportes orgánicos, en cuyo deterioro las variaciones higrométricas juegan un papel fundamental. La divulgación de los trabajos de investigación y restauración es imprescindible para suscitar interés y apoyo de la sociedad en la conservación del Patrimonio y para la formación de los profesionales de la conservación y restauración. La mejor forma de ilustrar cómo se lleva a cabo el diagnóstico y el modo en que éste influye en la metodología y criterios seguidos en la restauración es exponer algunos trabajos realizados por el personal del Instituto del Patrimonio Histórico Español. No pretendemos que éstos resulten representativos del amplio abanico de experiencias que puedan producirse en este campo, sino perfilar ciertos ejemplos, que esperamos merezcan la atención del lector. El Cristo de Siresa es una talla románica de madera del siglo XIII, de tamaño natural, que se hallaba oculta en el muro posterior adosado al altar de la iglesia de esta localidad de Huesca. En un principio, se supuso que no había sido intervenida y conservaba su policromía original, pero más tarde se descubrió en un lateral del paño de pureza una laguna próxima al muslo derecho que ofrecía la visión de una policromía anterior más acorde con el espíritu románico. El aparejo está compuesto por yeso y cola animal. Después de examinar las muestras al microscopio óptico, se ha estudiado por espectrometría de infrarrojos, identificando las bandas correspondien-Diagnóstico y metodología de restauración. tes al sulfato, el agua de hidratación y la proteína. Se han realizado también ensayos de coloración con negro amido y fuchsina y se han hecho los análisis de proteínas por HPLC y la determinación elemental por SEM-EDX. En la mayoría de las muestras aparecían dos policromías superpuestas, aunque no en todas. Los pigmentos de la capa superior no eran muy lejanos en el tiempo de los de la original. Las encarnaciones estaban ejecutadas «al huevo», siendo la inferior más clara y matizada que la superior. La policromía interior del paño de pureza presentaba dos coloraciones diferentes: el anverso era azul, compuesto por lapislázuli sobre una base gris clara de albayalde y negro carbón, mientras que el reverso era de color rosado, de albayalde y laca roja, con matices lineales que representaban de forma ilusionista el relieve de los pliegues. Todo él estaba cubierto por una repolicromía blanca de albayalde puro, con una doble cenefa verde y rojiza (figuras 2 y 3). El cabello y la barba eran pardos, elaborados con negro carbón y bermellón, en forma de gruesos granos. La cubría una repolicromía parda realizada con tierras. Toda la superficie de la escultura se hallaba oculta por una costra de arcillas del enterramiento que contenía diversas sales -silicatos y fosfatos-, lo que hacía necesaria su eliminación. La policromía de la escultura tendía a levantarse a causa del espesor de la costra que la cubría y su higroscopicidad y por ello fue necesario aislarla durante todo el proceso en un recinto en el que estuvieran controladas las condiciones ambientales. La dificultad de separar la costra de la repolicromía nos llevó a decidir finalmente eliminar también ésta, aunque en un principio se había pensado conservar la repolicromía y documentar las decoraciones de la original ^. A pesar de la superioridad de la policromía original, hecha sin duda por un buen artista del siglo XIII, era lógico pensar que fue cubierta a causa principalmente de su deterioro. El azul del perizonio original estaba decorado en los bordes con una franja roja de puntos hecha con bermellón y con flores intercaladas de perfil romboidal con un centro y cuatro puntas, realizadas aplicando una lámina de estaño, aunque de la mayoría sólo quedan las incisiones hechas para ubicar los motivos. Estas aplicaciones metálicas constituyen un antecedente de los «brocados aplicados» en relieve de los siglos XV y XVI. Lamentablemente, no ha sido posible conocer las incrustaciones que bordeaban dicho perizonio y gran parte de las decoraciones de estaño se han deteriorado o perdido y las láminas de metal que restan se hallan agrisadas. Detalle de la cala del perizonio del Cristo de Siresa. Repolicromía gótica de color blanco con una doble cenefa roja y verde. Original azul oscuro con decoraciones de estaño, doble cenefa de puntos rojos y línea oscura. La secuencia de los orificios desvela las incrustaciones perdidas. La Virgen con Niño de la Iglesia de Santa María del Campo es una escultura del siglo XV, de mediano formato, en caliza policromada, realizada en bulto redondo para ser vista de frente, por estar esbozada en la parte posterior. La obra está tallada en un solo bloque y la amplitud de la indumentaria le confiere cierta pesadez, aunque sin perder la gracia del conjunto. El Niño se halla sentado sobre el brazo izquierdo de la Virgen y a ésta le falta la mano derecha que sujetaba el manto (figura 4). La policromía está aplicada directamente sobre la piedra en algunos colores opacos y planos, mientras que lleva hasta cinco capas en los matices, decoraciones y relieves. Las encarnaciones están compuestas por blanco de plomo y bermellón al óleo y han sido repolicromadas. La policromía exterior está más matizada y realizada «a pulimento». El dorado de los cabellos de Nuestra Señora y del Niño, así como el manto de la Virgen, son mates y se asientan sobre una base o mixtión pigmentado de color verdoso anaranjado compuesto por un pigmento verde semejante a la malaquita, aunque de escasa calidad, minio y amarillo ocre (figura 5). La túnica azul de María está hecha con azurita aplicada sobre una base oscura, compuesta esencialmente de negro carbón, ambas al temple, y constituyen una excepción frente al resto de la escultura. El color rojo del reverso del manto de la Virgen está formado por una sola capa de bermellón puro al óleo. Sobre el fondo verde de la peana se aprecian pinceladas también verdes, de un pigmento de naturaleza mineral más basto que la malaquita y pardas, hechas con tierras ricas en óxido de hierro. El calzado está decorado con capas sucesivas negras -negro carbón-, rojas -bermellón-y anaranjadas -^minio-. Se observan brocados aplicados parciales en la túnica azul, en el reverso rojo del manto de la Virgen, y en el vestido rosado del Niño. Aunque estas decoraciones metálicas están muy dañadas, en todas ellas aparece una lámina de estaño formando un relieve rellenado con una mezcla de cera de abeja y una pequeña cantidad de resina. No se han detectado panes de oro o plata en tales motivos decorativos, aunque estos pueden haberse perdido, ya que se trata de zonas de la policromía muy deterioradas. Sobre dicha hoja de estaño o inmediatamente próximos a ella sólo hay restos de capas rojizas compuestas por laca roja o bermellón. La restauración no reconstruyó la mano faltante de la imagen, ni eliminó la repolicromía de las encarnaciones ^. Se limitó a fijar cuidadosamente la película de color, prestando especial atención a la túnica 4. Imagen de la Virgen con niño de Santa María del Campo en bulto redondo, donde observamos la falta de la mano derecha de Nuestra Señora 5. Microfotografía del manto dorado de la Virgen. Espeso mixtión, formado por una matriz ocre con gruesos granos verdes de la malaquita y anaranjados de minio. Superficie irregular del dorado mate con restos de «pan de oro» azul y los brocados. Se evitó aplicar la cola caliente, en el primer caso por tratarse de un temple y en el segundo porque ésta podría fundir la mezcla de cera -^resina y dañar irreparablemente los relieves. La limpieza fue igualmente muy superficial y tampoco reintegraron las amplias lagunas existentes en las decoraciones aplicadas, por considerar que los vestigios eran muy escasos y que no tenía sentido falsear la historia de la pieza. Únicamente se hicieron calcos de las decoraciones para el estudio estilístico de la escultura y su comparación con otras obras contemporáneas. Cuando se instala un andamio en obras de grandes dimensiones, como los retablos mayores de El Espinar y Colmenar Viejo, podemos acceder a lugares que se encuentran ocultos normalmente al espectador. Ambos retablos están muy próximos entre sí, se sitúan en pleno Renacimiento, que es la época de mayor florecimiento de la policromía. Están formados por sotabanco, banco, 3 cuerpos y ático y se trata de conjuntos compuestos de esculturas policromadas y tablas pintadas, se suceden en el tiempo y han sido contratados a un mismo taller, pero presentan ciertas diferencias que interesa recalcar. El retablo de San Eutropio de El Espinar tiene tres calles, dos entrecalles y dos pulseras (figura 6). La talla data de 1565 a 1573 y se ha atribuido tradicionalmente a Francisco Giralte, según consta en el contrato, aunque se aprecia la intervención de otras manos, entre las cuales se encontraría Manuel Manzano. La policromía y la pintura fueron realizadas por Alonso Sánchez Coello y Santos Pedril, de 1574 a 1577. El de Colmenar está dedicado a Nuestra Señora de la Asimción, es de la segunda mitad del siglo XVI y posterior al retablo de El Espinar y tiene 11 calles. La arquitectura y la escultura de la obra fueron talladas por Giralte entre 1560 y 1580 y está docimaentado que la pintura y la policromía las realizó Alonso Sánchez Coello con su taller. Antes de decidir el tratamiento a seguir en un retablo hay que poner especial atención en el estado de los elementos constructivos, ya que su estructura suele estar formada por un sencillo armazón de largueros y travesanos de madera y anclajes metálicos recibidos a la pared, que garantizan la estabilidad del conjunto. Se conoce la ordenación de los distintos elementos del retablo de Colmenar: las figuras iban indicadas por medio de letras de izquierda a derecha, los transpilares con números y las cajas y relieves con símbolos. En el contrato del retablo de El Espinar se establecían una serie de condiciones muy precisas respecto de los materiales y la técnica empleada: Según éste la policromía debía realizarse «in situ», excepto cuatro tablas que pintaría Sánchez Coello en Madrid; el aparejo debía estar 6. Fotogrametría del retablo mayor de El Espinar, que sirvió de ayuda para estudiar todos los elementos desde el punto de vista estilístico, iconográfíco, analítico y restaurador Diagnóstico y metodología de restauración. compuesto de yeso y cola animal; se estipulaba el tipo de bol -^rojo o de Lianes-y que los dorados fueran de pan de oro bruñido; los pigmentos de los estofados habrían de ser de buena calidad, indicándose la procedencia de los carmines y azules de «muy finas cenizas» asociados a la azurita; la decoración de las colimanas debía hacerse al temple y el acabado de grutescos y motivos «a punta de pincel»; las encarnaciones de la escultura tenían que ser pulimentadas y hechas al óleo sobre una imprimación de base; las tablas debían estar pintadas al óleo así como los respaldos del Calvario y la Asunción. Sánchez Coello cumplió básicamente las condiciones del contrato del retablo del Espinar. Desafortunadamente, del retablo de Colmenar, no tenemos una información semejante que permita comparar las fuentes documentales con los resultados analíticos. La restauración consecutiva de estos dos retablos nos ha permitido, por un lado, contrastar los resultados de los análisis con las condiciones estipuladas en el contrato de El Espinar y, por otro, estudiar las similitudes y diferencias de estas dos obras. El aparejo, en los dos casos, es de yeso; el bol es una arcilla roja rica en óxido de hierro y el aglutinante es la cola animal: en el retablo de Colmenar Viejo se ha precisado que las capas interiores de aparejo contienen anhidrita, mientras que en las superiores se detecta sólo la forma dihidratada (figura 7, a y b). Los dorados están hechos con pan de oro. Los azules de El Espinar se componen de azurita aglutinada con clara de huevo. En Colmenar, se reserva este pigmento para construir las capas finales de pintura y los estofados azules de la parte inferior del retablo, siendo sustituido por el índigo en las policromías superiores o por el esmalte en las capas pictóricas más internas. Los esgrafiados y estofados verdes y los azules de El Espinar presentan granos muy gruesos de azurita y malaquita en cada caso. En Colmenar el uso de estos dos pigmentos es más escaso, y se restringe a las partes inferiores, siendo el molido más fino y las capas mucho más delgadas. En la mayoría de los estofados de El Espinar el aglutinante parece ser una emulsión óleo/acuosa, mientras que en Colmenar es esencialmente huevo. Las encarnaciones de la escultura, en El Espinar, son emulsiones acuo/oleosas, mientras que en Colmenar han sido realizadas mezclando los pigmentos con aceite de lino, al igual que en las tablas de ambos retablos. La policromía de los Cristos de los Calvarios se distingue claramente del resto de las esculturas. En El Espinar, varían el espesor de las Diagnóstico y metodología de restauración. capas, los pigmentos y el aglutinante: aceite de lino. En Colmenar, la encarnación es mate y de pincelada crispada, a diferencia del resto que están pulimentadas. De todo ello se deduce que, mientras en El Espinar Sánchez Coello debe atenerse a unas condiciones técnicas fijadas muy estrictamente en el contrato, en Colmenar, años después, aprovecha para hacer un ahorro considerable en los materiales más costosos, como la azurita y la malaquita, en las zonas más altas del retablo y menos visibles, y simplifica la técnica trabajando con más soltura. El agua procedente de la lluvia y de la nieve se filtraba en el interior de la iglesia de El Espinar, debido al mal estado de la cubierta y Ide as ventanas del ábside, afectando al último cuerpo y al ático. También se detectó en este retablo el ataque de insectos xilófagos. Ambos retablos presentaban acumulaciones de polvo y hollín, que ocultaban la delicadeza de las policromías. Las encarnaciones y los cabellos de mujeres y niños de El Espinar habían sido repolicromados posteriormente. Antes de proceder a la restauración del retablo de El Espinar, se resolvieron los problemas del inmueble que dañaban el conjunto. Se limpió el polvo y el escombro de la zona posterior del retablo, se aplicaron productos insecticidas en las zonas desnudas de la madera y se consolidaron los elementos dañados, pero no se restituyeron los elementos faltantes de volumen. La limpieza exigió numerosas reuniones de la comisión de trabajo que llevaron a determinar el aparente buen estado de la policromía interna a través de calas combinadas con los análisis. Dado que las vestiduras presentaban bellísimas decoraciones renacentistas, se decidió eliminar las partes falseadas por un cambio de gusto y dotar al conjunto de una unidad de la que carecía. Así se resaltaron los cabellos dorados de mujeres y niños y se diferenciaron las encarnaciones de éstos, más claras, de las de los hombres. En cuanto a las lagunas de la policromía, se consideró que la madera y el mismo bol entonaban perfectamente en el conjunto de la obra, al contrario de las que presentaban preparación, que fueron reintegradas por yuxtaposición lineal de colores puros ^. En Colmenar se siguieron criterios semejantes dando prioridad a la conservación ante la restauración ^. En este caso no se levantó el repinte de la predela, que imitaba un marmoleado, por considerar que el original se hallaba en estado ruinoso y, sin embargo, se retiraron algunas figuras incorporadas posteriormente al retablo, dejando las hornacinas vacías, ya que, tanto desde el punto de vista estilístico como iconográfico, se consideró que alteraban la comprensión de la obra, decisión tomada en conjunto por el equipo de trabajo, los historiadores invitados y el párroco. Los problemas constructivos que presentaba se subsanaron sin recurrir al desmontaje. Por último, exponemos el caso de un retablo gótico inglés del siglo XIV, de alabastro policromado y de pequeñas dimensiones, que representa siete escenas de la Vida de la Virgen, expuesto actualmente en el Museo Arqueológico de Madrid. Como es habitual en los conjuntos de alabastro, la policromía es parcial para aprovechar la nobleza y calidad propias de este material pétreo. El alabastro se ha policromado originalmente de forma parcial. La delicadeza de esta policromía supone una dificultad para su conservación y esto hace más relevante el papel que han desempeñado los estudios previos y los análisis de laboratorio en las distintas fases de la restauración. Muchas de estas obras han sufrido intervenciones muy importantes en el pasado, que han alterado su estética, complicando la interpretación de los resultados. Cuando el retablo llegó al Instituto formaba un conjunto compuesto por dos cuerpos, ático y tres calles. Gran parte de los fondos de las escenas estaban perdidos y presentaban amplias reconstrucciones de yeso (figuras 8 y 9). El aspecto acromático de la superficie, con tonos grises, pardos y negros, se debía a la suciedad, una fina capa de protección general de cera de abeja, acumulaciones desiguales de barnices y numerosos repintes blancos y negros, que ocultaban la policromía original. El retablo de la Vida de la Virgen provenía de la iglesia de Santa María la Vieja de Cartagena, aunque su tipología es semejante a los pequeños retablos medievales ingleses y normandos. D. Artioli y sus colaboradores analizaron en 1986 el retablo gótico tardío de la Pasión de Venafro del siglo XV y procedencia inglesa (Nottingham). Hicieron fluorescencia de rayos X, «no destructiva», microscopía óptica y ensayos microquímicos y obtuvieron más datos sobre los materiales que sobre la técnica, tal vez por no poder disponer de muestras suficientes y por la amplitud de los repintes que enmascaraban el aspecto de la policromía original. Los análisis publicados por los laboratorios de investigación de los museos franceses sobre el retablo normando de Rouvray, policromado en el siglo XVI, indican que la policromía es muy semejante a la de la Vida de la Virgen. Hemos podido comparar los resultados de los análisis de la policromía de los retablos medievales ingleses y normandos mencionados y el de la Vida de la Virgen del Museo Arqueológico, con la investigación de El examen preliminar de la superficie con el microscopio estereoscópico y los análisis de las muestras permitieron reconstruir el aspecto de la policromía primitiva. Todos los fondos superiores del retablo de la Vida de la Virgen estaban originalmente dorados y llevaban decoraciones formando pequeños botones en relieve de tipo pastillaje o barbotina, mientras que las partes inferiores simulaban verdes praderas con flores blancas. Las vestiduras y arquitecturas de las escenas tenían motivos decorativos que se destacaban sobre el fondo de alabastro. Por último, las encarnaciones no llevaban una policromía cubriente, sino una pátina transparente sobre el alabastro y realces puntuales en ojos y labios. El relleno de los relieves de los fondos dorados era de carbonato de calcio y la lámina de oro se apoyaba sobre una doble capa anaranjada espesa y compacta, de minio y tierra roja. Se han identificado también corlas de laca roja. Los tonos opacos blancos, rojos, anaranjados, azules y verdes, se componían respectivamente de albayalde, cinabrio, minio, azurita y una veladura a base de cobre. No se ha podido determinar la composición de la fina pátina que matizaba las encarnaciones no ha logrado determinarse por hallarse enmascarada por una capa de cera aplicada posteriormente sobre toda la superficie. Los retablos ingleses y normandos tenían, al parecer, un marco de madera, al igual que ciertos conjuntos renacentistas españoles de pequeñas dimensiones, que mantienen sus marcos originales. También el guardapolvo que enmarca los aragoneses de mayor tamaño es de madera, a excepción de El Paular que es de alabastro El fondo decorado con relieves y dorado totalmente supone un atavismo medieval, más próximo a la estética de la policromía sobre una piedra caliza o una decoración mural. Desaparece en los retablos renacentistas españoles, en los que el alabastro desempeña un papel más importante, y la talla muestra también una mayor variedad de texturas que armonizan con la policromía. Los dorados del retablo de la iglesia de Santa María de Cartagena llevan el mismo tipo de relieves de creta que el de Rouvray y en cambio el mixtión pigmentado es más fino y menos compacto en el retablo normando, aunque se detectan dos capas sucesivas, la inferior anaranjada, como las del Museo Arqueológico de Madrid, y la superior más parda y translúcida. Esta última es semejante a los mixtiones de los alabastros renacentistas españoles. El alabastro de las encarnaciones de los citados retablos medievales presenta una pátina transparente con realces coloreados puntuales, a diferencia de los retablos renacentistas, cuya policromía es bastante cubriente -de color rosado en las figuras femeninas y más oscuro en las masculinas-, y más acorde con el naturalismo de la época. La primera etapa de la restauración del retablo de la Vida de la Virgen consistió en desmontar las escenas y retirar la grosera reparación hecha con yeso, resultando que muchas de ellas estaban fragmentadas. La limpieza exigió el empleo de diferentes productos dependiendo del tipo de material (figuras 10 y 11). Después de múltiples ensayos con el microscopio estereoscópico, renunciamos a levantar todos los repintes que podían hacer peligrar la delicada policromía original, ya en sí bastante perdida. No se restituyeron de nuevo las áreas faltantes del soporte ni de la policromía, aunque se rellenaron las grietas y se entonaron por medio de veladuras. Para finalizar, se protegieron únicamente las zonas policromadas con una fina capa de barniz natural al que se había añadido un estabilizante ^^. El Museo Arqueológico se encargó de montar las escenas en una sola calle apoyada sobre un soporte de madera. En este apartado no hemos tratado de agotar todas las cuestiones relacionadas con la restauración de esculturas policromadas, ya que la variedad de soportes y técnicas de la policromía es el único aspecto a tener en cuenta. Ya hemos visto que la historia material de la obra, el entorno y las incidencias que éste haya sufrido y un sinnúmero de factores también intervienen. De cualquier forma, es evidente que el tratamiento de una imagen de culto tiene unos condicionantes distintos a los de las tallas expuestas en un museo o los retablos de grandes dimensiones, cuyos detalles se pierden en el conjunto monumental. En el primer caso, se crea una comisión de seguimiento en la que se incluye a representantes del clero y las cofradías y en los últimos hay que contar con delegados de la administración. En las obras contempladas en los museos se pueden seguir criterios técnicos más puristas y se pueden realizar tratamientos mínimos, porque las condiciones ambientales van a estar más controladas. Los grandes retablos imponen evaluar el coste del trabajo y los plazos, así como valorar los resultados en función de un conjunto. A la dirección del Instituto del Patrimonio Histórico Español, por permitirnos presentar la documentación ilustrativa del artículo; a Ara-celi Gabaldón y Tomás Antelo, que han realizado la radiografía de San Jerónimo; a Ana Carrassón y a Concha Cirujano, restauradoras de escultura policromada en madera y piedra y a Roció Bruquetas restauradora de pintura, que nos han ofi:'ecido una parte de la información documental y gráfica elaborada por ellas. ^ Definición adoptada por el Grupo Latino de Escultura Policromada. ^ Estos dos últimos grupos apenas los mencionaremos en este estudio de carácter general, ya que su interés se restringe a determinados períodos de la historia o bien a modelos y figuras de pequeño formato. "^ El yeso es sustituido por el carbonato de calcio o la dolomita en las policromías de los Países Bajos, Alemania y el Norte de Francia. ^ Arcilla homogénea y compacta que puede alisarse con bruñidor de ágata. ^ La imagen fiíe restaurada por Marta Fernández de Córdoba. ^ Trabajo realizado por Félix Yamandu, bajo la dirección de Antonio del Rey ^ La restauración fiíe coordinada por Roció Bruquetas, Carmen Levenfeld, Pilar y Ubaldo Sedaño. ^ Las coordinadoras fiíeron esta vez Ana Carrassón y Rocío Bruquetas. ^^ El retablo ha sido restaurado por Concha Cirujano.
Aunque hoy se está poniendo el acento en la restauración del Patrimonio Cultural que incluye la escultura policromada, en muchos casos estas intervenciones son excesivamente agresivas y olvidan dos cuestiones primordiales como son la importancia de la conservación preventiva y del estudio científico de la obra. Un estudio que ha de ser multidisciplinar y aún mejor interdisciplinar En especial, en el caso de los retablos de grandes dimensiones que se encuentran ubicados en diferentes municipios de la península, la única oportunidad para la realización de un serio y completo estudio es el momento en que se lleva a cabo una intervención de conservación-restauración. Y por ello no se debe dejar pasar esta oportunidad. Un estudio científico preliminar posibilita una mejor diagnosis de los problemas, la realización de un proyecto de intervención más coherente y la obtención de una inapreciable información técnica, con utilidad para la conservación de la obra, pero también para la Historia de Arte, que de otro modo sería imposible obtener. Como es sabido, una de las aportaciones del arte español es la creación a partir de finales del siglo XV de los grandes retablos de talla en madera, entre los que destacan los de las catedrales de Sevilla, Toledo, Oviedo, etc., y que se generalizan y desarrollan en especial hasta finales del Barroco con una influencia que se deja sentir también en los territorios de ultramar. Este tipo de grandes complejos arquitectónicos y escultóricos presenta básicamente una diferencia de escala con otros retablos centroeuropeos o con la escultura aislada, per eso su estudio y conservación debe afrontarse con el mismo rigor metodológico que las piezas pequeñas. El proyecto de intervención en cualquier caso, y especialmente en los retablos debe obedecer a ciertas reglas de economía: -Se han de primar los aspectos de conservación preventiva. Es decir, la intervención debe centrarse por un lado en la solución de los problemas que generan el mal estado de conservación de la obra, como la presencia de humedades, ataques de insectos u hongos xilófagos, la incidencia de aves o roedores, los usos del objeto, las visitas, las oscilaciones de H.R. y temperatura, los sistemas de iluminación, las cuestiones de seguridad del edificio, etc. Cualquier intervención sobre un objeto cultural resultará baldía si no se solucionan adecuadamente estos aspectos. -Se han de plantear en un segundo término los trabajos de conservación. Es decir, aquellos que afectan a la estabilidad estructural, la consolidación, limpieza, etc. -Sólo en último lugar, y dependiendo de las posibilidades económicas, se pueden atender las cuestiones de restauración. En concreto, la intervención de reintegración sobre un retablo de grandes dimensiones suele seguir por lo general una escala diferente a un pequeño retablo o a una pieza aislada, dependiendo de la accesibilidad del público y de las distancias de observación. La escultura policromada en España supone uno de los pilares fundamentales del patrimonio artístico. Tanto en tallas sueltas como en conjuntos retablísticos, contamos con una abundancia y calidad que no se corresponde con el interés tomado por los estudios.. Si bien se trata de expresiones muy enraizadas en la tradición cultural y popular, estas obras han sufrido un cierto abandono que sólo en los últimos años parece haber llamado la atención de aficionados y especialistas. Son muchos los pueblos que cuentan con magníficos retablos y esculturas que sin embargo se encuentran fuera de los circuitos culturales. Una labor de restauración podrá recuperar en cierta medida sus valores artísticos, pero sobre todo la puesta en valor tras un estudio adecuado y una correcta conservación que los integre dentro de redes de turismo cultural, posibilitará su adecuada permanencia. Desde los inicios de la Historia de la Restauración de Obras de Arte y hasta bien entrado el siglo XX, se presta una especial atención a la restauración de pintura, considerándose la escultura un arte menor y siendo ésta objeto de intervenciones poco ortodoxas, en comparación La escultura policromada. Criterios de intervención. con los criterios seguidos en ese mismo periodo de tiempo para la restauración de pinturas. Esto ha supuesto la realización de auténticas barbaridades que han destruido gran parte de nuestro legado artístico. La mayor parte de estos atentados se han centrado en las policromías, pero con frecuencia también han afectado a la talla, al soporte. Por eso hoy nos encontramos con la imperiosa necesidad de afrontar un correcto estudio de la escultura policromada, que permita conservar adecuadamente las piezas y conjuntos que aún existen, pero además obtener la información suficiente para el correcto conocimiento de la evolución de los usos y técnicas de la talla y de la policromía. Estudio muy complejo que está aún por desarrollar de forma global. Existen, eso sí, intentos puntuales como el proyecto sobre Policromía Barroca en Europa dentro del programa Raphael, apoyado por la Comunidad Europea; los trabajos del Grupo Latino de Escultura Policromada, los de la sección de Escultura y Policromía del Comité de Conservación de ICOM o los de la Asociación Brasileña de Conservadores (ABRACOR). En cualquier caso, conviene marcar las directrices, criterios y técnicas que hay que seguir para el correcto estudio de la escultura policromada, que ha de cubrir tanto los aspectos constructivos y técnicos de los soportes como de las policromías. Estudio de las policromías A mediados de este siglo, en Austria y Alemania, los técnicos en restauración de escultura comienzan a mostrar un destacado interés por el estudio de las policromías originales. Posteriormente se llevan a cabo las primeras restauraciones científicas en los talleres del IRPA (Instituto Real del Patrimonio Artístico) de Bruselas, cuando aún se encontraban en los sótanos de los Museos Reales de Arte e Historia de esa ciudad. Es en esta época, bajo la dirección de Agnès Ballestrem, cuando se comienzan a realizar los primeros exámenes de estratos polícromos, siguiendo un riguroso método arqueológico, basado en el estudio detallado de las capas que componen cada una de las policromías existentes. Este estudio detallado de los componentes materiales revela el estado de conservación de los mismos, los deterioros que sufren y sus causas, las sucesivas intervenciones, los cambios y añadidos históricos que presenta la obra, los usos que de ella se han hecho, las técnicas de su 648 Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez fabricación o elaboración, incluso en algunos casos, su autenticidad o falsedad, ya sea ésta total o parcial. Parte de este estudio se centra en el análisis y determinación de las capas de cada policromía, que da como resultado un gráfico con las correspondencias de las mismas, es decir su orden cronológico y la superficie que ocupan, ya que no todas las policromas superpuestas, o repolicromías, son generales, a veces sólo se repolicromaban algunas partes de la imagen. Este examen es de gran importancia e incide de manera muy especial en la elaboración de la Historia material de la obra y su conocimiento desde el punto de vista de la Historia del Arte. Es fundamental no confundir repinte y repolicromía y, ante los abusos que en la práctica se han venido cometiendo, conviene reivindicar el valor histórico, artístico y documental de esta última. Para el correcto conocimiento y relación de las policromías, se ha desarrollado una técnica que permite el estudio de su correspondencia, sin la necesidad de eliminar ninguna de ellas. Esta técnica está basada en los mismos principios que rigen el estudio de los estratos en las excavaciones arqueológicas. Hoy los criterios deontológicos nos obligan a conocer antes de intervenir. Conocer las patologías, conocer las características de cada pieza y conocer las posibilidades e inconvenientes de cada tratamiento, encontrando una gran similitud entre la restauración y la medicina en las formas y los procedimientos. Al igual que en esta disciplina, en nuestra profesión los estudios y análisis previos se han hecho imprescindibles y los tratamientos son cada vez menos agresivos para el paciente. Por ello los métodos de examen tratan de ser cada vez menos drásticos, recurriendo en lo posible a técnicas de estudio no destructivo. En concreto, a la hora de enfrentarse al tratamiento de una escultura policromada, es necesario conocer los materiales de que está compuesta, su estructura y número de piezas, las transformaciones que ha sufi: ido a lo largo de su historia, su estado de conservación, etc. El hecho de que nos encontremos tan a menudo con esculturas que presentan varias policromías superpuestas se debe a que este tipo de piezas, en especial las imágenes de culto, ha sido objeto de numerosos cambios a través de los tiempos, ya fuese por los dictámenes de la moda o para mantenerlas en «buen uso». Es frecuente encontrarse piezas sueltas o conjuntos de ellas que, realizadas en un periodo concreto, fueron en otro momento transformadas, incorporándolas a nuevos retablos y que por lo general presentan nuevas policromías. Hasta hace poco, y aún hoy en día persiste este tipo de prácticas, se ha recurrido a metodologías de estudio y trabajo muy agresivas. Basta saber que es demasiado frecuente encontrase con piezas que han sido desmontadas, desmembradas o descompuestas radicalmente para conocer la estructura del soporte, para buscar información en su interior, etc. También este sistema de trabajo destructivo se ha practicado, y por desgracia se practica, a la hora de estudiar las policromías subyacentes, para lo que muchos se basan en la eliminación sistemática de las policromías superpuestas. La ausencia de un examen preliminar detallado, absolutamente necesario, da lugar a numerosos atentados contra la obra como cuando se eliminan policromías superpuestas de forma inconsciente o se llevan a cabo reintegraciones que no se atienen a ningún nivel en concreto, por ignorar la correcta sucesión cronológica de policromías. La falta de criterios éticos ha motivado que en muchas ocasiones se hayan considerado estas capas de policromías superpuestas como repintes. El no valorarlas como capas «originales» ha favorecido que hayan sido eliminadas sistemáticamente, sin tener en cuenta su valor histórico, artístico y documental. Estas eliminaciones se han realizado con frecuencia sin los medios necesarios y sin el auxilio de la técnica, por lo que nos encontramos a veces con policromías originales realmente masacradas. En otras ocasiones, la falta de coherencia a la hora de eliminar determinadas policromías superpuestas ha tenido como consecuencia la creación de «falsos históricos», es decir piezas que muestran un conjunto de policromías parciales de distintas épocas y cuya apariencia no se corresponden con ningún periodo real de la historia de la obra. Por otro lado, también se observa una mayor discriminación con respecto a ciertos periodos artísticos, ya sea por parte de historiadores o restauradores, como es el caso del Neoclásico o el Neogótico, lo que ha provocado que casi no queden policromías representativas de los mismos. Estas actuaciones suelen tener una justificación más que dudosa. La falta de respeto por la integridad de la obra de arte y por sus aportaciones históricas y los prejuicios estilísticos han causado numerosas destrucciones de policromías, que constituyen una parte substancial de muchas obras. Por ello el Grupo Latino de Trabajo sobre Escultura Policromada estableció unas definiciones que tratan de poner en valor el carácter histórico y el interés artístico de las diferentes muestras de la evolución de una escultura. En estas definiciones se recogen los términos siguientes: 650 Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez Policromía: «Se entiende por policromía la capa o capas, con o sin preparación, realizada con distintas técnicas pictóricas y decorativas que recubre, total o parcialmente, esculturas o ciertos elementos arquitectónicos y ornamentales, con el fin de proporcionar a estos objetos un acabado o decoración. La policromía es consustancial a los mismos y forma parte de su concepción e imagen». Repolicromía: «Debe ser considerada como una renovación, puesta al día o matización de los objetos, con intención de conferirles un nuevo uso o adaptarlos a los gustos de la época. Es una policromía, total o parcial, realizada en un momento histórico diferente al de la concepción del objeto policromado, cuya elaboración responde a las mismas características de los métodos y técnicas de la época a la que pertenece». Repinte: «Se entiende por repinte toda intervención, total o parcial, realizada con la sola intención de disimular u ocultar daños existentes en la policromía, imitando o transformándola; normalmente no respeta los límites de la laguna y no suele tener intención de cambiar o actualizar la decoración del objeto». Reintegración de policromía: «Se entiende por reintegración la técnica de restauración que permite, con métodos diversos, devolver a la policromía la unidad compositiva y cromática perdidas. Se cierne exclusivamente a los límites de la laguna y se realiza con materiales inocuos, reversibles y diferentes de la policromía que quiere reparar y bajo ninguna circunstancia deberá crear un falso histórico». Conclusiones: «En consecuencia con estas definiciones hay que considerar la repolicromía como un elemento, en principio, a conservar, ya que debe ser entendida como una manifestación original de la época en la que fue realizada y, por tanto, es consustancial a la evolución histórica de la escultura». Como vemos, la repolicromía debe ser considerada una policromía original de su época, perteneciente a un momento histórico determinado. Por ello ha de ser entendida como un elemento a conservar. «Las restauraciones de los Bienes a que se refiere el presente artículo respetarán las aportaciones de todas las épocas existentes. La eliminación de alguna de ellas sólo se autorizará con carácter excepcional y siempre que los elementos que traten de suprimirse supongan una evidente degradación del Bien y su eliminación fuera necesaria para permitir una mejor interpretación histórica del mismo. Las partes suprimidas quedarán debidamente documentadas». El repinte, sin embargo, difiere de las características técnicas de la policromía que pretende reparar y, como se ha dicho, ni respeta los límites de la laguna ni suele tener intención de cambiar o actualizar la decoración del objeto. Desde esta perspectiva, más coherente y respetuosa con el patrimonio, se tiene que recurrir a métodos y técnicas en lo posible no destructivos, que nos permitan la obtención de datos suficientes sin tener para ello que destruir o eliminar información que puede ser muy valiosa en el futuro. No podemos aceptar, desde nuestro punto de vista y salvo excepciones muy evidentes, la destrucción de una serie de datos para obtener otros, ya que todos en principio deben gozar de la misma importancia. La técnica de correspondencia de policromías: En primer lugar conviene decir que el «estudio de correspondencia» no se debe llevar a cabo cuando no se dispone de los medios necesarios o se carece de la experiencia y conocimientos sobre esta técnica, ya que se podrían provocar daños irreparables o llegar a unas conclusiones erróneas que podrían alterar posteriores estudios sobre la obra. También es conveniente juzgar hasta qué punto es necesario y adecuado llevar a cabo un estudio de estas características, sobre todo en aquellas piezas que, por su buen estado de conservación, no presenten deterioros como lagunas o craquelados que permitan la observación de los estratos. La información que se pretende obtener cubre dos objetivos básicos. En primer lugar conocer la evolución en el tiempo de la pieza, los usos que de ella se han hecho, su adaptación a los dictámenes de la moda, etc., llegando, si es posible, a reconstruir gráficamente cada policromía. Y en segundo lugar recoger la mayor cantidad de datos para el mejor conocimiento de la evolución de las técnicas de policromía a lo largo de la historia, de los motivos decorativos, etc. A estos objetivos se llega mediante la determinación de: -número de policromías, -número de estratos de cada policromía, -localización y extensión de cada una de ellas, -técnica de ejecución de cada una de las mismas, -tipo de decoraciones, -características como textura, porosidad, etc., -estado de conservación, -datación absoluta o relativa. Esta información puede utilizarse a la hora de eliminar alguna de las policromías, pero éste no es el objetivo del estudio. La decisión de eliminar alguna de ellas es una cuestión de criterios específicos que se analizarán más adelante. Aplicación de la técnica: El proceso de trabajo consta de cinco fases sucesivas que se van complementando: Esta primera fase consiste en la observación minuciosa y detallada de la obra. Se ha de revisar su superficie, la presencia de lagunas de interés, grietas, existencia de policromías subyacentes, etc. Es conveniente ya desde esta fase comenzar una documentación fotográfica detallada. Los resultados obtenidos determinarán la necesidad o no de continuar el estudio en sus diferentes fases, en función de la existencia de una o más policromías, de su localización y de su extensión. Una vez que se ha decidido profundizar en el estudio, es necesario concretar con exactitud las zonas a examinar, evitando así las incursiones indiscriminadas por la geografía de la pieza. Estos puntos han de estar situados en lugares estratégicos, como: -zonas de intersección entre los distintos elementos decorativos de la talla (cabello-carnación, manto-túnica, manto-carnación, pie-peana, etc.). -zonas de cambio (paso de un color a otro, de una superficie lisa a otra decorada, de una técnica a otra, etc.). -bordes de determinadas lagunas. La correcta elección de estas zonas reducirá al mínimo la realización de ventanas, favorecerá la exactitud de los resultados y tendrá una importante repercusión en la elaboración de la carta de correspondencias y en la reconstrucción de las policromías subyacentes. Para ello se elegirán lugares poco visibles y siempre que sea posible en zonas profundas o protegidas, que son las que guardan el mayor número de capas por estar menos expuestas a los roces y agresiones. Tras la observación minuciosa se habrá de realizar una serie de croquis donde se reflejen los lugares precisos a estudiar y que servirán de guía para el examen al microscopio. Los puntos elegidos se identificarán mediante una clave numérica y la descripción del mismo. Con posterioridad es necesario llevar a cabo un examen completo de la policromía superficial, recogiendo el mayor número de datos posibles sobre sus características (porosidad, textura, número de estratos, técnica, etc.) Este es el momento de determinar el estado de conservación de las policromías, lo que nos indicará la necesidad o no de realizar un tratamiento de fijación de las mismas, antes de pasar a la siguiente fase. Ya que si existen levantamientos, falta de adhesión entre estratos o de cohesión en los mismos no se podría trabajar sin riesgo sobre la pieza, realizando, por ejemplo, la limpieza de suciedad superficial o de cualquier resto de depósito ajeno a la policromía. Siguiendo los puntos de observación preestablecidos en los croquis, se comienza el examen de cada uno de ellos. Este ha de realizarse La escultura policromada. Criterios de intervención. al microscopio binocular y, si se dispone de él, con la ayuda del vídeo-microscopio de exploración. Estos aparatos permiten trabajar con unos aumentos que pueden oscilar entre 16x y lOOOx. Lo que posibilita la exhaustiva exploración de los diferentes estratos, incluso la más fina de las capas y las características de cada una de ellas (colas, capas de color, número de estratos de la preparación, texturas, brillo, transparencia, tipo de granos de los pigmentos, desgastes, etc.). La posibilidad de contar con muchos aumentos en el vídeo-microscopio permitirá evitar parte de la toma de muestras para la realización de estratigrafías en el laboratorio, reduciendo los análisis destructivos al mínimo. No obstante, hay que decir que presenta cierta dificultad para su manejo al estudiar una escultura. Sin embargo algunas ventajas de este equipo son la posibilidad de grabar las imágenes y la observación de éstas en un monitor, haciendo el trabajo menos fatigoso y permitiendo que la misma imagen pueda ser vista y analizada por varios técnicos a la vez. A parte de estos aparatos, se necesita el siguiente material de trabajo: -Bisturí de cuchilla recambiable, de un acero que permita el afilado de la hoja sin provocar rebabas que puedan dañar los estratos durante el trabajo. Son muy adecuados los utilizados en microcirugía y en cirugía de huesos, por la dureza, tamaño y durabilidad de las cuchillas. -Acuarelas y pinceles, para realizar gráficamente y a color la estratigrafías de las diferentes policromías que se vayan examinando. -Esencia de petróleo o, en su defecto, W. Spirit, para refrescar las zonas de estudio y poder ver con claridad las superficies de los distintos estratos. -Bastoncillos de algodón, de madera, y pincel fino para limpiar las zonas en proceso de estudio. -Realización de macro-fotografías. -Toma de imágenes en vídeo, lo que permitirá el examen de los diferentes puntos por varios técnicos simultáneamente. En primer lugar se procede a la observación y examen de las lagunas elegidas en los croquis anteriores, no obstante, si estos puntos no son suficientes para completar el estudio de las distintas policromías, es necesario comenzar con la abertura de las «ventanas» detalladas también en dichos croquis. Estas ventanas han de ser de tamaño mínimo, 3 x 7 o 10 mm aproximadamente, y deben también estar situadas en los lugares más estratégicos y menos visibles. Se deben realizar con bisturí, con un mínimo de 50 aumentos, ya que con menos aumentos se corre el peligro de que algún estrato pase desapercibido, y deben abrirse dejando al descubierto cada uno de los estratos que forman las diferentes policromías, incluso aunque se trate de una fina capa de cola. Durante la observación al microscopio, es necesario reflejar detalladamente por escrito los siguientes datos: -Número de estratos y estado de conservación de cada uno de ellos. -Existencia de veladuras superficiales, su estado de conservación, color, dureza, grosor, transparencia, etc. -Color, tipo, tamaño y distribución de los diferentes granos de pigmentos. -Presencia de elementos decorativos, tales como estrellas, brocados, brocados aplicados, estofados o cualquier otro elemento decorativo, etc. -Preparación, número de capas que la componen, textura de cada una de ellas, color, presencia de capas intermedias de aislamiento y sus características. -Telas de refuerzo o utilizadas como base para la preparación. Todo ello debe reflejarse mediante gráficos, con el máximo de anotaciones posibles, de cada una de las zonas observadas. Dichos gráficos deben llevar la identificación del lugar examinado. Es importante tener en cuenta que para realizar un estudio de este tipo, sin errores en las afirmaciones, es necesario que el restaurador posea la suficiente experiencia en este campo, como para que le permita establecer las semejanzas o diferencias de textura, grosor, dureza, porosidad, brillo, etc. de los estratos de los distintos puntos observados, independientemente del nivel que estos ocupen en cada una de las zonas. Esta labor es difícil, ya que en la mayor parte de los casos las piezas presentan repolicromías parciales a las que se superponen otras totales, o viceversa. Por ello se suele encontrar en unos lugares un número de policromías distinto al de otros y el restaurador deberá, en estos casos, relacionarlas adecuadamente. En esta fase se pueden establecer ya algunas hipótesis sobre la datación relativa de cada una de las policromías. Por otro lado, un técnico experimentado puede llegar a veces a identificar ciertas técnicas o pigmentos característicos de periodos concretos, lo que facilitará la datación absoluta. A veces, cuando hay dudas o los datos obtenidos del estudio anterior no son suficientes para determinar los materiales o las capas que componen una estratigrafía, es necesario recurrir a la toma de muestras para la realización de análisis propios del laboratorio (en este punto hay que señalar que en raras ocasiones, cuando hay muchas policromías, se consigue obtener una muestra con todos los estratos, ya que por lo general se suelen romper o separar al intentar tomarla). Para ello también hay que determinar con exactitud las zonas de dónde han de tomarse dichas muestras, de manera que sean lo más útiles posible y no exista ningún problema para identificarlas posteriormente. Es evidente que aunque la toma de muestras para el análisis en laboratorio es necesaria no se debe llevar a cabo por el sólo hecho de satisfacer la curiosidad de cada uno. Al tratarse de un tipo de análisis destructivo, ha de estar debidamente justificado. En estos casos es el restaurador el que mejor sabrá elegir los puntos de muestreo, dado que es el que ha llegado, tras las fases anteriores, a un mejor conocimiento de la geografía de la obra y podrá determinar de dónde se pueden extraer todas las capas deseadas, con el mínimo riesgo de exfoliación o rotura alguna. Tras la preparación y observación al microscopio de las correspondientes estratigrafías y láminas delgadas y la realización de los análisis de laboratorio que sean necesarios (sencillos, como tinciones, o más complejos, como cromatografía, espectrometría infrarroja, difracción de rayos X, etc.) se pueden obtener datos de gran interés, como: -Aglutinantes empleados (oleosos, proteicos, etc.). -Identificación exacta de los pigmentos. -Identificación de las lacas y origen de las mismas (vegetal o animal). -Tipo de carga utilizada en la preparación. -Presencia de capas de aislamiento. -Grosor en mieras de cada uno de los estratos. De los resultados de dichos análisis se debe elaborar la correspondiente documentación, es decir las fichas de descripción de las estratigrafías y macro-fotografías de las muestras con diferentes tipos de aumentos y de luz. Esta documentación se adjuntará al dossier del estudio que se está realizando de la obra. En ocasiones y dependiendo de las características y el estado de las policromías se puede recurrir a técnicas físicas de estudio no destructivo, que nos pueden permitir obtener información sobre ciertos aspectos de las policromías. Frecuentemente utilizamos la radiográfica para localizar motivos decorativos subyacente como «brocados aplicados», estrellas u otros elementos realizados con láminas metálicas. Nuestra Señora de Escolumbe. Localización y detalles radiografíeos que muestran la presencia de restos de «brocados aplicados». No hay que renunciar tampoco a la utilización de la Reflectografía de I.R., en especial cuando nos encontramos con policromías superficiales lisas y realizadas al óleo sin preparación. En estos casos podemos llegar a observar detalles subyacentes como el dibujo de las cejas, ojos o motivos decorativos realizados con colores oscuros. También hemos obtenido resultados con equipos de estudio multiespectral en la banda de los ultravioletas para la apreciación de motivos muy degradados que no era posible localizar con luz natural. Hay que tener en cuenta, no obstante, que estas técnicas no siempre son efectivas, ya que la acumulación de estratos, la rugosidad de las texturas o la dificultad de acceder a determinadas zonas en tallas con volúmenes muy complejos, dificulta su utilización. Elaboración de la carta de correspondencias: Para la elaboración de las conclusiones del estudio es necesario comparar todos los muéstreos efectuados y a partir del resultado de estas comparaciones se construye la carta de correspondencias. La carta tiene una estructura de trama a partir de dos ejes. En el superior se reflejan los puntos estudiados y en el izquierdo la distribución por niveles de las policromías examinadas. Cada policromía, con todos sus estratos, ocupará un nivel, por lo tanto habrá tantos niveles como policromías presente la talla. Partiendo del muestreo completo, se puede establecer igualmente la localización y extensión de cada una de las policromías. Teniendo en cuenta que cada nivel corresponde a un periodo y una fecha concreto se consigue establecer la cronología relativa de cada policromía. Por otro lado, de la información que aparezca reflejada en documentos de época, de las características estilísticas o técnicas propias de fechas concretas, etc., se podrán establecer cronologías absolutas. La realización de la carta permite tener una visión de conjunto bastante esclarecedora. Estableciéndose las diferentes policromías y en qué periodo se han realizado intervenciones totales o sólo parciales. Tabla de correspondencia de policromías A partir de esta visión global, se pueden a veces llegar a algunas hipótesis de tipo histórico, como por ejemplo si las modificaciones han coincidido con fechas en las que se han producido cambios litúrgicos, estilísticos, etc. También se pueden deducir situaciones económicas, ya que las tareas de policromado suponían unos gastos mayores o menores en fimción de la extensión de la intervención y de la calidad de los materiales empleados. Si una pieza presenta numerosas policromías superpuestas y las subyacentes están en relativo buen estado de conservación, puede inducir a pensar que se trata de una imagen de gran devoción, que se ha ido poniendo al día periódicamente. Desde el punto de vista técnico, es especialmente interesante la constatación del uso de los distintos materiales y técnicas cronológicamente. A partir de esta información y contando con los tratados existentes al respecto, se puede ir estableciendo una Historia de las Técnicas de la Policromía bastante fiable y científica. Por otro lado se pueden obtener datos de interés para la Historia del Arte, en especial si se pueden comparar estudios de correspondencias de distintas piezas de una misma región. Así se conocería la actividad de ciertos talleres, qué estilos han tenido una mayor incidencia en la zona, en qué medida la región estudiada ha estado influenciada por las diferentes corrientes estilísticas, etc. Todas estas conclusiones e hipótesis deben quedar reflejadas por escrito, siendo necesaria la colaboración de especialistas en la materia para las cuestiones históricas y estilísticas. Presentación de resultados y reconstrucción gráfica: Una vez finalizado el estudio y realizada la carta de correspondencias, que nos habla de las distintas policromías, de su localización y extensión, podemos proceder a la reconstrucción gráfica de cada una de ellas. Para ello, sobre un croquis de la talla, de una o varias de sus vistas, podemos realizar gráficamente réplicas de las distintas policromías que ésta posee. Esto se puede llevar a cabo manualmente o mediante ordenador, con un programa de tratamiento de imagen, como veremos más adelante. La reconstrucción de las diferentes policromías permite apreciar claramente la evolución histórica de la pieza, evitando la necesidad de eliminar las repolicromías, constituyendo un elemento de utilidad didáctica. Criterios de intervención sobre las repolicromías: Como hemos visto anteriormente la ley y otros docimaentos internacionales, como la Carta de Venecia, el Código Deontológico de la profesión y numerosos escritos sobre criterios aceptados intemacionalmente, protegen la obra de arte y sus añadidos históricos. Esta protección incluye las policromías superpuestas, o repoHcromías, por lo que en la mayoría de los casos eliminarlas puede constituir im. atentado contra el Patrimonio. La decisión de eliminar una o varias policromías deberá ser meditada y justificada convenientemente, no debe hacerse nunca en función únicamente de la opinión del restaurador, sino que ha de ser tomada por una comisión de especialistas en Arte y en Restauración, creada a tal efecto. De todos modos hay que tener en cuenta que este tipo de intervenciones supone un elevado número de horas de trabajo, lo que se traduce en un coste muy alto para la restauración de la pieza, por ello es necesario, antes de llegar a esta decisión, realizar una estimación del gasto y del tiempo a emplear, para posteriormente ver si la intervención será rentable a todos los niveles, ya que es evidente que nuestro patrimonio es tan extenso y existen obras en tan mal estado que cualquier derroche de dinero y tiempo, a favor de una pieza, va en detrimento de la conservación de otras. Sin embargo no hay por qué renxinciar al conocimiento de las policromías subyacentes, por ello, la opción lógica es recurrir al estudio de correspondencias, dado que se trata de un método científico, basado en unos criterios y metodología de trabajo específicos y cuyos resultados, siempre y cuando este estudio se haga de forma correcta, son totalmente fiables. En cualquier caso, si definitivamente se toma la decisión de levantar una policromía, se deberá encargar el trabajo a personal especializado que pueda disponer del equipamiento necesario para llevarla a cabo con las suficiente garantías de conservación y respeto para la policromía que subyace y que quedará al descubierto. Finalmente el restaurador deberá tomar, gráfica y fotográficamente, todos los datos posibles sobre las zonas y capas a eliminar, de forma que el testimonio histórico que va a desaparecer quede debidamente documentado para posteriores estudios o consultas. En el caso de la escultura policromada, el estudio del soporte puede presentar alguna dificultad, dado que éste aparecerá total o parcialmente 662 Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez cubierto de color. En algunos casos parte de la información se puede obtener revisando las zonas no policromadas o con lagunas parciales, sin embargo existe una gran cantidad de datos que no son directamente accesibles. Al estudiar un soporte de madera y dependiendo de su complejidad, necesitamos saber: -El tipo de material utilizado (tipo de madera). -El número de piezas empleadas en su construcción. -El sistema de corte y desbastado (herramientas utilizadas). -La dirección del corte de las piezas. -El tipo de ensamblajes («uniones vivas», machihembrados, con espigas, etc.). -Sistemas de sujeción o refuerzo. -La existencia de elementos añadidos. -La existencia de elementos en su interior -La existencia de defectos de la madera. -La existencia de ataques biológicos en el soporte. -Las posibles transformaciones, su localización y cuál es su extensión. -Etc. Todavía hoy encontramos nimierosos ejemplos de intervenciones en los que para obtener estas informaciones se desmonta y secciona la escultura, lo que inevitablemente acarrea daños a la misma. Hay que tener en cuenta que en la mayor parte de los casos los datos obtenidos no justifican los daños causados, por mucho cuidado que se haya puesto en la reaHzación de estas operaciones. Teniendo en cuenta la importancia dada al valor de la pieza, al igual que en el caso de las policromías las intervenciones sobre el soporte han de ser lo más respetuosas con su integridad y para ello es necesario acudir a técnicas de estudio no destructivas o que lo sean mínimamente. Tradicionalmente la técnica de estudio más utilizada ha sido y sigue siendo la radiografía convencional. Este examen debe ser realizado con un buen equipo y por personal especializado.Es necesario conocer las necesidades de exposición (intensidad y tiempo de radiación) de los diferentes materiales y volúmenes utilizando material de calidad y placas de alta resolución para mejorar la definición de la imagen. Por comodidad, en el caso de imágenes de cierto tamaño, es con-La escultura policromada. veniente utilizar película en rollo, que permite reducir el número de empalmes. Se han de realizar al menos dos tomas radiográficas de la escultura, una ñ-ontal y otra lateral, para poder determinar mejor la situación, dirección y ángulo de los diferentes elementos. Con frecuencia, dada la diferencia de volumen de las distintas zonas de la talla, se producen distintos grados de densidad en la placa, que puede obligar a repetir las tomas con diferente exposición para mejorar la imagen. Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez 664 Radiografía fi-ontal del busto Foto 6. Radiografía lateral del busto La escultura policromada. La tomografía permite determinar el tipo de madera utilizado, el tipo de corte de las mismas, su estado de conservación, el número de piezas que componen la escultura, su localización, dimensiones y colocación, los sistemas de ensamblaje, la existencia de huecos y defectos de ensamblado, la presencia de elementos en su interior, las transformaciones sufridas por la talla, etc. En algunos casos, si se cuenta con imágenes de alta resolución de cortes que permiten apreciar claramente los anillos de crecimiento de la madera, podemos intentar un estudio dendrocronológico para datar la pieza. Se trata de una técnica que no debe estar pensada para competir con la radiografía tradicional, sino más bien para completar o aclarar los datos ofrecidos por ella. Corte tomográfico del busto-relicario de Santa Balbina. Museo de Arte Sacro de Vitoria. Se observa el n** de piezas, la dirección de las mismas, los anillos, etc. La endoscopia Si contamos con vías de acceso naturales al interior de la talla, podemos además completar el estudio de la misma con el empleo de la endoscopia. Esta técnica permite la observación de cavidades, comprobar la existencia de elementos en su interior, identificar los materiales, etc. y está especialmente indicada para el estudio de relicarios y esculturas que presentan escritos en su interior. La combinación de este tipo de técnicas permite en la mayoría de los casos evitar mutilaciones y desmembramientos, obteniendo una información muy completa, como en el caso del estudio del busto relicario de Santa Balbina del Museo de Arte Sacro de Vitoria. A partir de este estudio pudimos establecer: que el busto estaba compuesto de 14 piezas de roble de distinto tamaño, sin contar con las de la peana; que salvo dos espigas de 50 x 11 mm, que sujetaban los bloques principales, el resto de las uniones eran «vivas»; que la talla se realizó a partir de dos tablones similares de aproximadamente Foto 9. Realización de una inspección endoscópica del busto-relicario de Santa Balbina. Museo de Arte Sacro de Vitoria (con un video-endoscopio Olympus 35). Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez 31 X 58 X 7 cm, a los que se habían encolado otras piezas; que los tablones habían sido cortados en sentido radial y que cuando se utilizaron estaban ya secos; que la talla de la imagen se había terminado tras ahuecar el interior de las piezas principales e introducir las reliquias; que la colocación de alguno de los huesos impidió unir perfectamente las piezas centrales, recubriéndose los defectos con chuletas de madera, preparación y policromía; que los huesos, fragmentos de distintas partes, se encontraban distribuidos entre la cabeza y el tronco del relicario, envueltos en telas de lino y seda azul, bordadas con lentejuelas y atadas con una cinta de hilos verdes y dorados. Esta información no sólo nos aporta datos sobre la construcción de ima pieza concreta, sino que nos permite conocer la técnica de realización de este tipo de bustos relicarios. Podemos así compararlas con los otros cuatro ejemplos conservados en el museo de Vitoria, con los dos que se encuentran en el Museo de los Caminos de Astorga y con el de la Sacra capilla de Ubeda y observar suficientes coincidencias técnicas como para defender la idea de un origen común. Algo que también parece desprenderse de los estudios estilísticos e históricos. Detalles radiográficos del busto-relicario de Santa Balbina. Museo de Arte Sacro de Vitoria Las nuevas tecnologías aplicadas a la escultura policromada Las crecientes posibilidades de las nuevas tecnologías han llamado la atención en muchos campos profesionales. En los últimos años hemos visto proliferar propuestas de aplicación al campo de la arquitectura, la arqueología, etc., incluso a la restauración. Pero es necesario ser conscientes de las posibilidades reales y de las limitaciones que presenta su utilización en un campo tan concreto como el de la escultura policromada. Una de las aplicaciones más interesantes y en la que nos vamos a centrar, es la reconstrucción virtual de fases históricas. Como se ha dicho, por motivos deontológicos, en el estudio de policromías optamos por respetar las distintas intervenciones históricas, procurando trabajar con técnicas mínimamente destructivas, aceptando las dificultades y limitaciones que ello supone. Esta forma de actuar tiene como consecuencia la obtención de una información limitada, porque no se suelen eliminar las policromías ni se abren grandes ventanas y nos obliga a dedicar más tiempo de trabajo al cruzado de información, a una selección mayor de puntos de estudio, a la utilización de más medios y técnicas auxiliares, como los RX, la espectrografía de infirarojos o los ultravioletas, etc. Este tipo de estudios presenta gran complejidad y muchos meses de estudio. Por ello los costes son también elevados, aunque por lo general la información obtenida puede compensar tanto derroche técnico y himaano. Para rentabilizar adecuadamente tanto esfuerzo, que por lo general está financiado por recursos públicos, estamos obligados moralmente a divulgar los resultados no sólo en círculos especializados. Y es en este punto donde las nuevas tecnologías tienen una utilidad especial, permiten democratizar el acceso a la información, ya que, mediante el tratamiento virtual de la imagen, podemos mostrar de forma clara y comprensible las diferentes fases históricas de las esculturas policromadas. Las primeras reconstrucciones virtuales que realizamos, a principios de los «90», eran de baja resolución, ya que no contábamos con equipos con la suficiente potencia y memoria. Posteriormente, y con equipos más modernos, hemos podido realizar trabajos de mayor calidad. El proceso de trabajo, es sencillo. Se parte de un escaneado de alta resolución de imágenes fotográficas. Estas imágenes son posteriormente La escultura policromada. Reconstrucción virtual de las seis policromías sucesivas de la imagen de Santiago del Pórtico Este de la Iglesia de San Pedro de Vitoria. Las dos primeras fases no se han reconstruido por completo, ya que carecemos de informaéión sobre los motivos decorativos que debían llevar Foto 14. Reconstrucción virtual de las tres policromías sucesivas (S.XIV, XV y XVI) de una cabeza de piedra policromada de la Catedral de Santa María de Vitoria. En el ángulo inferior derecho aparece la pieza tal y como se encontraba durante el proceso de estudio Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez sometidas a transformaciones mediante programas de retoque fotográfico (nosotros empleamos el programa Photoshop 5 ®), para pasar finalmente a ser filmadas en película fotográfica, a ser impresas en papel, etc. El mayor problema consiste en trasladar toda la información obtenida mediante los estudios de correspondencia de policromía, que tienen que estar realizados con anterioridad. En la actualidad, dentro de un proyecto de I+D, estamos realizando ensayos para obtener reconstrucciones virtuales de esculturas policromadas en tres dimensiones. En este proyecto, que está relacionado con el Plan Director de la Catedral de Santa María de Vitoria, también participa el Equipo de Documentación Arquitectónica de la Universidad del País Vasco, la empresa EUVE de Vitoria y TEKNOARTE, empresa dedicada a la edición de productos multimedia. Esta solución presenta más dificultades técnicas que la realización de imágenes en 2D, pero permite realizar presentaciones en movimiento, animaciones o multimedia. Para elaborar imágenes en 3-D tenemos que trabajar con otras técnicas y otros programas. Se necesita partir de un sólido, un cuerpo o una figura en tres dimensiones, a la que posteriormente se le aplicaran texturas para reproducir las calidades y colores de los materiales. Por el momento estamos en las fases iniciales del proyecto y se están realizando los primeros ensayos de reconstrucciones. También será necesario seleccionar los mejores sistemas para aplicación de texturas y colores, ya que los programas habituales sólo permiten la aplicación de una textura a cada sólido. Comunmente se viene utilizando este tipo de tecnologías para la reconstrucción de mosaicos de radiografías o reflectografías. Una utilidad sencilla y que no precisa de mucha manipulación ni de grandes equipos. Las nuevas tecnologías de tratamiento de imagen también pueden ser utilizadas para la reconstrucción virtual de motivos decorativos de las policromías. En nuestro caso, estamos realizando este tipo de La escultura policromada. Criterios de intervención. trabajos a partir de fotografías de fragmentos. Esto nos ha permitido recuperar por ejemplo motivos de policromías del XVIII de la Portada de San Pedro de Vitoria y Brocados aplicados de los retablos Mayores de la Iglesia de San Vicente de Arana (Álava) y de la Iglesia Parroquial de la Puebla de Arganzón (Condado de Treviño). Rosaura García Ramos, Emilio Ruiz de Arcaute Martínez conozcan el tratamiento de imagen y los estudios de correspondencia de policromía, que supone muchas horas de trabajo en la fase de retoque y eso tiene un coste elevado, que no siempre permite mostrar detalles con la suficiente claridad; además, el hecho de que la imagen parezca real tiene sus riesgos, ya que se puede engañar fácilmente presentando una reconstrucción falsa. Evidentemente, no en todos los casos está justificada su utilización, pero pensamos que en aquellos estudios cuya relevancia científica o cuya importancia artística lo merezcan, puede ser una de las mejores maneras de presentar los resultados. Criterios de utilización de las nuevas tecnologías Pero hay que recalcar que en el caso del tratamiento de imagen aplicado al campo de la restauración se están produciendo grandes errores. Con frecuencia encontramos ejemplos de reconstrucciones virtuales que más que presentar el resultado de un estudio científico muestran las habilidades y las conjeturas de su realizador. Nada más sencillo, nada más vistoso que la transformación de la apariencia de una imagen por medio del ordenador. Por ello tenemos que tener mucho cuidado y ser especialmente escrupulosos en este campo, ya que si no podemos caer en «los efectos especiales» o en la mera falsificación. Con esta intención hemos establecido una serie de criterios para la correcta utilización de estas técnicas en el campo del Patrimonio Cultural. Toda transformación virtual de una imagen ha de cumplir una serie de requisitos deontológicos: -En primer lugar la transformación virtual de la imagen ha de estar debidamente justificada. Debe ser necesaria para la comprensión de la evolución de la obra y aportar mejoras frente a otras técnicas de representación. -Debe ser la consecuencia de un previo estudio científico-técnico y estar basado en datos objetivos, para no crear falsos. -Si se presentan hipótesis, éstas deben estar adecuadamente identificadas como tales. -La transmisión de la información histórica ha de ser clara. No debe dar lugar a confusiones o interpretaciones erróneas. -La imagen virtual debe ir acompañada de la imagen real de la que se parta, para que el espectador pueda distinguir claramente entre realidad y reconstrucción. -La reconstrucción virtual al ordenador ha de ser realizada por un especialista que conozca y comprenda perfectamente la información que se desprende del estudio de correspondencia de policromías. Debe conocer las características de los materiales y las técnicas empleadas en la realización de la obra. En resumen, es necesario que los criterios de los conservadoresrestauradores de escultura policromada velen por la permanencia de este patrimonio y por su transmisión futura en las mejores condiciones posibles. Desde este punto de vista se debe recapacitar sobre la realización de determinados tratamientos, desafortunadamente irreversibles, que causan verdaderos estragos en las obras y que, en ocasiones, sólo sirven para dar satisfacción al «restaurador» que los aplica o a especialistas en otras disciplinas que se creen en el derecho de supeditar a sus intereses los tratamientos de conservación que se deben aplicar a la obra, sin tener en cuenta el bien de la misma, como defienden los criterios internacionalmente aceptados y nuestra legislación. Hablando en términos médicos, el restaurador debe velar siempre por el bien del paciente y por su integridad, debe ser estrictamente exigente consigo mismo y con el código deontológico de su profesión, debe huir siempre de tratamientos drásticos, a no ser que sean absolutamente necesarios, debe utilizar los métodos menos destructivos o agresivos, debe servirse de las nuevas tecnologías para el estudio y diagnóstico de los males que afectan al paciente y para la aplicación de los tratamientos, sin llegar nunca a ponerse a disposición de éstas, debe estar al día de las últimas investigaciones y, sobre todo, debe evitar que otro tipo de intereses, personales o ajenos, hagan que su trabajo pueda ser calificado como «desgraciada intervención». Además hoy, como hemos dicho, debemos poner un especial acento en la prevención, en la llamada «conservación preventiva», para evitar tener que recurrir a tratamientos que siempre suponen efectos secundarios. Se trata de una complicada labor de concienciación propia y ajena, ya que son muchas las presiones y los condicionantes, en numerosas ocasiones económicos, a los que enfrentarse a la hora de decidir sobre lo mejor para la obra.
Entendiendo los tejidos antiguos como verdaderas obras de arte, olvidando el concepto de que estos pertenecen a las llamadas «artes menores», consideremos la amplia problemática que supone asegurar su conservación. Los tejidos, como tal materia orgánica, se encuentran a la cabeza de los materiales más vulnerables dentro del conjunto de las obras de arte, hecho que viene motivado por su propia naturaleza extremadamente sensible a los agentes externos. Según se trate del origen de IctS fibras que constituyen los tejidos estableceremos la división en dos grandes grupos que se comportan de forma diferente ante las mismas condiciones ambientales. Se trata de los tejidos constituidos por fibras proteínicas y los formados por fibras celulósicas. La conservación de los tejidos antiguos queremos considerarla bajo dos aspectos fundamentales: la conservación en su sentido más amplio, como factor independiente de la restauración, que supone la intervención directa sobre la obra de arte. Para poder determinar el estado de conservación de los materiales textiles es de gran importancia conocer su naturaleza, para lo cual recurrimos a laboratorios de los centros que hoy día disponen de técnicas analíticas puestas a punto y que nos suministrarán los datos necesarios. Como técnicas de identificación a las que se puede recurrir de manera más asequible contamos con la microscopía en sus dos vertientes, óptica y electrónica. La microscopía óptica pondrá de manifiesto las características de las superficies y de las secciones transversales de las fibras. Que nos dará los datos complementarios para la total identificación de la materia que estudiamos. Solo recurriremos a la microscopía electrónica en casos muy concretos y solo si disponemos de análisis comparativos que nos dará el tipo de alteración o el agente que produjo esta. En las colecciones de los museos es muy frecuente encontrar piezas textiles teñidas en épocas muy antiguas en las que solo se tenía conocimiento de tintes de origen vegetal o animal, y otros de origen más reciente en los que se han utilizado colorantes de síntesis conocidos como tintes artificiales. Como norma general para obtener los datos identificativos de estas substancias recurriremos de nuevo a los centros mencionados anteriormente. La técnica nalítica por excelencia para la identificación de los colorantes es la cromatografía tanto de capa fina como de alta resolución, siendo más completa la segunda por aportarnos datos cualitativos y cuantitativos de las materias utilizadas en la tincción del tejido. Si conocemos el colorante con el que ha sido teñido un tejido podemos, igualmente, tener conocimiento del origen y fecha de la pieza puesto que determinadas materias se dejaron de usar en épocas conocidas, y de otras se conocen las fechas de importación. A título de ejemplo, podemos citar un dato sobre dos colorantes rojos estudiados en la Universidad de Delft (Amsterdam) en el que se determinó que entre 1.500 y 1.600, el insecto kermess desapareció de Europa y durante el período 1.450 a 1.550 otro colorante, la madera de Brasil, no se utilizó. La utilización del insecto cochinilla (coccus cactis) como colorante rojo se ha usado como dato cronológico para aquellos tejidos cuya presencia se ha constatado. Situándolo como posterior al descubrimiento de Amérela, si bien, en estudios posteriores este dato ha sido cuestionado. Para la identificación de substancias que se han utilizado en el campo textil se ha empleado una técnica hoy en desuso; la espectroscopia infi:*aroja que sirvió para la identificación de colorantes naturales o sintéticos presentes en los tejidos así como otras substancias, adhesivos, colas, ceras, etc. que han aportado datos muy útiles en el conocimiento de las piezas textiles. Al igual que pueden confirmar datos de los que no hemos tenido referencia mediante la bibliografía. Este es el caso relacionado con substancias utilizadas en época medieval para evitar el desprendimiento de hilos al cortar una tela. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es La bibliografía suministraba el dato siguiente: «En épocas antiguas no se conocía el sobrehilado de los bordes para evitar que estos se deshicieran, y en su lugar aplicaban cera virgen que al solidificarse evitaba el desprendimiento de hilos». El análisis por espectroscopia infiraroja de la substancia de la que hablamos y de la cera virgen confirmó la identidad de los dos elementos. En determinados casos, puede sernos muy útil recurrir, dentro de las técnicas analíticas no destructivas, a la radiografía. Especialmente en aquellos tejidos en los que el hilo metálico ha sido utilizado bien en la decoración, casi siempre en bordados, o bien en la estructura del propio tejido como elemento enriquecedor del mismo. La ayuda de esta técnica puede ser muy valiosa en el caso en que el hilo metálico del anverso de la tela ha desaparecido. Si el reverso ha conservado el metal de los hilos la radiografía permitirá o bien la lectura si es una leyenda caso que existiera, o conocer con exactitud la técnica de ejecución del bordado. Dentro de los métodos de análisis no destructivos, se encuentra la espectroscopia de fluorescencia de RX al que se recurre para obtener datos de una pieza textil con elementos metálicos de adorno o que forman parte del propio tejido. Factores destructivos de los materiales textiles Hay numerosos agentes externos que contribuyen al deterioro de las piezas textiles como son los insectos, los microorganismos, la luz, la suciedad, los aerosoles sólidos, la humedad, la sequedad, la temperatura, etc. La identificación de los deterioros producidos por insectos o microorganismos se realiza, en el caso de los primeros, mediante microscopía óptica examinando el insecto o resto del mismo y en caso de microorganismos realizando cultivos de las colonias para posteriormente pasar a la identificación taxonómica. Muchas veces, el origen de los deterioros es el producido por el uso, sobre todo en indumentaria y en la mayor parte, la degradación es irreversible como en el caso de los desgarros, rotos, desgastes, manchas, deformaciones, etc. Por otro lado se debe tener en cuenta el problema de las intervenciones no documentadas, realizadas por lo general con la intención de mejorar su aspecto estético, sin tener en cuenta su ñitura conservación, al margen de las intervenciones o modificaciones realizadas mientras las piezas estaban en uso, y que pueden constituir auténticos documentos históricos. Los tejidos forman un grupo de materiales extraordinariamente sensibles a la luz, su exposición prolongada llega a alterar la estructura de las fibras hasta su desintegración y a provocar un debilitamiento irreversible de los colores y una pérdida importante de resistencia y flexibilidad del material. La radicación infi: aroja; es decir, las radiaciones de larga longitud de onda situadas a la izquierda del espectro visibles: son poco energéticas y por tanto inocuas en la conservación de los tejidos. Sin embargo, la radiación UV cuya longitud de onda se sitúa a la derecha del espectro, más allá del violeta, de longitud de onda corta y mucha energía, es muy perjudicial para los tejidos. La iluminación en los museos puede ser de dos tipos: natural y artificial. Esta última puede ser emitida por lámparas incandescentes o fluorescentes que emiten radiaciones U.V. también pero su control es más fácil que en la iluminación natural por ser su nivel de iluminación constante. Las incandescentes de filamento de tungsteno no necesitan ningún control al ser insignificante su emisión de U.V. La iluminación natural está totalmente desaconsejada ya que es la principal fuente de rayos U.V El problema de la protección de los tejidos de valor histórico y artístico de la acción de la luz es muy complejo y sus exposiciones deben organizarse dentro de unos límites de seguridad partiendo de que la perfecta conservación se haría manteniendo los tejidos en completa oscuridad, solución esta aceptable solo para aquellos tejidos que se guardan almacenados. En el caso de los tejidos expuestos es indispensable la eliminación de las radiaciones U.V mediante filtros. Controlar la iluminación artificial reduciendo el nivel de iluminación, excluir la iluminación natural y evitar la exposición de aquellos tejidos de valor excepcional o extremadamente sensibles a la luz, es una tarea ineludible para todos los conservadores de museos. La temperatura y la humedad son dos parámetros relacionados entre si y que pueden producir serias alteraciones en los materiales orgánicos. Tanto una Hr, muy alta como una Hr. Muy baja ocasionan grandes problemas a los tejidos. La primera puede cambiar de dimensiones los tejidos, puede igualmente, producir transformaciones químicas, favorecer la aparición de hongos y en el caso de tratarse de tejidos teñidos debilitar y desplazar los colores. Una caída brusca de la humedad relativa del 65% al 25%, por ejemplo provoca una variación sensible en el debilitamiento de los colores. La humedad relativa muy baja provoca una fragilidad en los tejidos por la deshidratación de los materiales constitutivos, afectando especialmente a los celulósicos. Los cambios bruscos de humedad y temperatura producen contracciones y dilataciones en las fibras que al repetirse pueden llegar a producir el agotamiento de las mismas. Junto con la luz, la temperatura y la humedad son factores que pueden desencadenar degradaciones irreversibles como el caso concreto de rotos. Para la buena conservación de estos materiales, es fundamental mantener unas condiciones ambientales lo más próximas a una Hr. 55% y una temperatura de 20%., el control de las variaciones climáticas debe hacerse mediante registros mecánicos y recurrir, si fuera necesario, a humidificadores y deshumidificadores, para impedir que la Hr. Baje del 40% ya que puede aumentar la fragilidad del tejido. Es importante controlar este parámetro por medio de higrómetros o termohigrómetros. De forma local, cuando se trata de tejidos expuestos en vitrinas y no se dispone de otro sistema, la Hr. se puede controlar mediante la utilización de silica Gel con indicador de sales de Co. El polvo en si mismo es un elemento destructor de las fibras textiles sobre todo de las celulósicas, contiene alquitranes como resultado de la combustión pirógena de los combustibles y carburantes, hollín procedente de las antiguas calefacciones y partículas de naturaleza diversa. La gran higroscopicidad del polvo contenido en la atmósfera permite la lenta disolución de la mayoría de estas partículas y su posterior fijación sobre las fibras del tejido además de favorecer la aparición de hongos y mohos. Otro elemento, tan perjudicial como el anterior para las fibras textiles es el constituido por los aerosoles sólidos que contienen partículas de hierro que al contacto con el anhídrido sulfuroso y el agua de la atmósfera, origina la formación de aerosoles líquidos de ácido sulfúrico que supone un peligro inmediato para los textiles. El control del polvo y demás partículas contenidas en el aire debe realizarse por medio de filtros especiales que retengan las partículas en suspensión y filtros de carbono activo que absorben el anhídrido sulfuroso, y exponiendo las piezas textiles en vitrinas sin utilizar para su fijación elementos de hierro como alfileres o chinchetas. ilf Socorro Mantilla, Monica Moreno Garcia La biodegradacion en los tejidos la producen los ataques de insectos y microorganismos. Los primeros fácilmente détectables, por ser muy evidentes, aparecen en los materiales de origen proteínicos aunque en ocasiones algunos insectos larvados en la madera de los muebles pueden atacar a las tapicerías de origen celulósico, y los microorganismos solo se detectan por medio de la microscopia y de test específicos. Los insectos más frecuentes son la polilla común de los vestidos, la polilla negra, etc. En los climas templados los gusanos y sus larvas producen los mayores daños. Las larvas son más dañinas ya que pueden completar su ciclo vital sobre el tejido. En el caso de la lana estas poseen una substancia que les permite digerir la queratina substancia básica de sus fibras cosa que los insectos no pueden realizar. Por lo tanto al efectuar la desinfección debe hacerse a lo largo de todo el ciclo vital del insecto. El ataque de los microorganismos no es igual en las fibras de origen vegetal en las de origen celulósico. Los hongos de la celulosa son los microorganismos más peligrosos ya que se nutren de esta substancia y en poco tiempo la resistencia de estos tejidos se ve seriamente afectada. En ambientes con alta humedad relativa la aparición de bacterias que atacan la celulosa es frecuente detectándose un fuerte olor y tacto viscoso en los tejidos. Las fuentes de infección más corrientes las constituyen los mismos tejidos, en particular los celulósicos sobre todo si llevan restos orgánico, manchas de otro origen, colas, almidón, etc. El mejor preventivo frente al biodeterioro empieza por la higiene, nunca deben almacenarse cerca tejidos limpios con restos de suciedad o portadores de hongos, mohos o cualquier otro agente contaminante. Antes de añadirlo a otras colecciones debe quedar libre de ellos. En cuanto a las barreras frente a estos agentes se ha comprobado que la mortalidad de 10 larvas de polilla en distintos recipientes con tejidos y pastillas de p-diclorobenceno es la siguiente: La conservación de los tejidos Las bolsas de plástico no se recomiendan porque pueden condensar la humedad al bajar la temperatura y además atraen el polvo. Entre los métodos químicos de control contamos con dos cuya efectividad dependerá de las condiciones de los lugares de almacenamiento o exposición, el primero de ellos son las substancias aromáticas como tratamiento preventivo, utilizado desde muy antiguo, su acción es más tóxica que repelente. La naftalina y el p-diclorobenceno son las substancias protectoras más eficaces utilizadas a razón de unos 5 gr./metros cúbicos de aire en las vitrinas o cajones. Sus vapores concentrados matan larvas y huevos de las polillas. Se recomienda usarlos en pequeñas bolsas de tela o papel de celulosa transpirable, que permite el paso de los vapores de estas substancias. Pueden producir manchas, por lo que no deben estar en contacto directo con los tejidos. Los insecticidas y bactericidas constituyen el segundo de los métodos químicos para luchar contra el biodeterioro, su empleo debe hacerse con mucha precaución en los tratamientos de los tejidos de los museos. Los insecticidas tienen el doble inconveniente de ser muy tóxicos para los humanos y su efectividad no es demasiado larga. Lo más recomendable es utilizar estos productos dentro de las vitrinas de exposición, se puede utilizar p-formaldehido en pastillas a razón de 3-4 gr./metros cúbicos de aire. Los tratamientos con fungicidas tienen el inconveniente de la elección del más adecuado para conseguir los efectos deseados. El estado de limpieza de los elementos textiles constituye uno de los puntos esenciales para su buena conservación, pero es muy importante considerar dos aspectos: el puramente estético de las piezas expuestas en museos y la propia conservación de estas, aspecto este último que en el caso de textiles históricos debe considerarse como primordial. La acción de la suciedad sobre los tejidos antiguos supone un doble problema: por un lado la naturaleza misma de la suciedad que puede llegar a la destrucción del tejido, y por otro, el substrato-materia textil, sobre la que aquella actúa. Al margen de las manchas y los tipos de suciedad referidas más arriba, pueden aparecer, en tejidos procedentes de excavaciones arqueológicas, manchas de tierra y depósitos de materia orgánica cuyo origen sea la descomposición del cuerpo humano con el que mantuvo contacto. En estos casos, la eliminación de dichos residuos es primordial, dado que en ambientes con alta Hr y aire estancado, la aparición de hongos y microorganismos que se alimentan de esa materia orgánica es segura. El resultado nada favorable por que pueden aparecer manchas redondeadas que van desde el color beige al marrón y negro producto de su metabolismo, que a largo plazo puede suponer la destrucción del material textil o producir transformaciones en las fibras muy perjudiciales para su buena conservación. Las manchas en los tejidos, como se viene insistiendo, constituyen sin duda un gran peligro para su conservación. En principio puede tratarse de substancias solubles fácilmente eliminables pero que con el transcurso del tiempo sufren determinadas transformaciones químicas que pueden llegar a ser insolubles y necesitar un tratamiento muy agresivo para hacerlas desaparecer. Asimismo, al estar depositadas en la superficie de las fibras, pueden llegar a fijarse dentro de las mismas. Se puede concluir que para la buena conservación de las materias textiles es fundamental la eliminación de la suciedad en lo posible, siempre que la consistencia del tejido lo permita. La eliminación de la suciedad, por lo tanto, es muy importante para la buena conservación de las piezas textiles, además, porque con este tratamiento se pueden recuperar aspectos fundamentales como son el color, el tipo de ligamento, la decoración del tejido, etc., siendo por otro lado el más arriesgado e irreversible de los tratamientos de conservación y restauración. Distinguiremos tres tipos de limpieza: mecánica, físico química, y la limpieza mecánica es el procedimiento más simple y eficaz para la eliminación de cierta clase de suciedad, partículas sueltas, depósitos sólidos de distinto origen, huevos de insectos, polvo, etc. Se puede realizar mediante espátula o bisturí, en los casos de acúmulos de sustancias sólidas, cepillado ligero con brochas o cepillos de pelo largo y suave controlando la succión y protegiendo el tejido por una malla que impida el deterioro de la pieza. Las materias succionadas se depositan en un filtro especial adaptado al aspirador para, posteriormente y si el caso lo requiere, ser estudiadas. Algunas piezas con solo esta limpieza será suficiente para su buena conservación. Para la limpieza de hilos metálicos recubiertos de suciedad, que modifica el aspecto cromático de la pieza donde se encuentra, algunos centros utilizan un sistema de ultrasonidos modificado que elimina la presencia de agua como vehículo transmisor de esta energía para evitar tener la pieza sumergida durante mucho tiempo. Se aplica por medio de un punzón cuya cabeza ha sido adaptada a las necesidades del método. De esta manera se consiguen algunas ventajas; es muy controlable pues en cualquier momento se puede detener la intervención, es rápido, no perjudica el alma del hilo metálico, parece ser que los hilos tratados con este sistema se alteran con más lentitud que por otro procedimiento de limpieza mecánica. Asimismo este método solo es recomendable en materiales que conservan cierta solidez, después de la aplicación de ultrasonidos la pieza debe ser lavada con agua desionizada para eliminar los restos de suciedad y detergente. Este método no se ha generalizado debido a su complejidad y escasas garantías, al mismo tiempo que entraña ciertos riesgos para la pieza tratada. Pero el procedimiento más utilizado y al mismo tiempo el de mejores resultados es el lavado o limpieza en medio acuoso con detergentes sintéticos. El lavado de un tejido antiguo en el que las fibras y colorantes han sufrido la acción prolongada del aire, del polvo, de la luz y otros agentes igualmente nocivos, no puede concebirse como el lavado de una tela moderna. Para este último caso un detergente con adición de otros productos como blanqueadores ópticos, enzimas, polifosfatos, carboximetilcelulosa, pueden dar excelentes resultados, pero su acción sobre un tejido antiguo, es fácil suponer que no está exento de riesgos. Por esta razón antes de realizar un tratamiento de lavado es necesario tener algunos conocimientos sobre la naturaleza de la materia textil que va a ser lavada, así como los productos que se van a utilizar. El lavado es un proceso dinámico en el que se produce el traslado de la suciedad depositada en los tejidos al agua por la acción del detergente. El líquido de lavado disuelve la suciedad quedando esta libre en la solución. Las fibras naturales lana, seda, algodón sumergidas en agua se comportan como polielectrolitos de alto peso molecular, es decir, existen cargas eléctricas en su superficie. Las fibras celulósicas están cargadas negativamente debido a los grupos OH hidroxilos libres de sus cadenas moleculares, y en presencia de suciedad que contenga igualmente grupos oxidrilos, aparecen cargas de naturaleza electrostáticas llamadas puentes de H, que fijan la suciedad a la tela; esto ocurre en el caso de manchas de naturaleza orgánica como proteínas, grasas, aceites, etc., y en otros casos con substancias de tipo inorgánico. La inclusión mecánica de la suciedad es también importante, las cavidades de las fibras de algodón, y la estructura superficial con es-camas imbricadas de las fibras de lana, oñ^ecen puntos de adhesivos adecuados para toda clase de suciedad. La función de los jabones y detergentes sintéticos como agentes humectantes o tensioactivos, es reducir la tensión superficial del agua haciendo que esta se extienda y moje el tejido; emulsionar aceites y grasas y envolver las partículas de suciedad manteniéndolas en suspensión para que sean arrastradas al enjuagar el tejido, operación que debe repetirse hasta la total eliminación del detergente. El campo de los detergentes es extremadamente amplio para exponerlo aquí pero hay que señalar algunos datos importantes referidos a ellos: La molécula de un detergente se compone de una «cabeza» de carácter hidrófilo y de una «cola» de carácter hidrófobo. Una molécula de detergente en la superficie de una gota de agua orientaría las «cabezas» hacia el centro de esta quedando las «colas» libres para arrastrar la suciedad. Se puede clasificar los detergentes en cuatro grandes grupos: -Compuestos de anión activo con carga negativa que liberan aniones, como los sulfates de alquilo. -Compuestos de anión activo con carga positiva que liberan cationes, como los compuestos de amonio. -Compuestos de anfóteros conteniendo grupos cargados positiva y negativamente y -Compuestos no iónicos. Teniendo en cuenta que por su constitución, las fibras celulósicas son fácilmente alterables por substancias generadoras de protones, así como las proteínas por aquellas que liberan cargas negativas, en principio, los tejidos de naturaleza celulósica no deben ser tratados con aquellos detergentes que suministran cargas positivas. Un razonamiento similar podemos hacer sobre las materias textiles de naturaleza proteínica, en principio no será conveniente aplicarles un tratamiento de lavado con detergentes del tipo sulfates sulfonates. Lo más razonable pues, en el lavado de tejidos antiguos, será el uso de detergentes no iónicos como son los procedentes de óxido de etileno y los derivados de esteres poliglicólicos. La limpieza de tejidos antiguos mediante verdaderos procesos químicos es la limpieza que podemos llamar orgánica frente a la anteriormente expuesta que se realiza en medio acuoso. Como cualquier tratamiento de limpieza la elección del método viene condicionada por dos factores: uno, la naturaleza de la suciedad y otro la naturaleza misma de la pieza. La limpieza orgánica debe realizarse, siempre y cuando los métodos acuosos carezcan de efectividad, puedan degradar el tejido, y en los que la suciedad a eliminar sea de naturaleza orgánica, es decir, grasas, aceites, etc. o en aquellos en que algún elemento presente en la pieza textil se vea afectado por la acción del agua, como en el caso de la presencia de tintes o colorantes no resistentes al medio acuoso. Los disolventes utilizados con más frecuencia son: los derivados clorados: dicloro, tri, tetra y percloroetileno, siendo este último uno de los más usados. El dicloroetileno es de acción más suave y conviene utilizarlo en el caso de tejidos teñidos. Este método, no obstante presenta algunos inconvenientes, que mencionaremos a título informativo: los disolventes orgánicos en especial los aromáticos se inflaman fácilmente, aunque los derivados clorados utilizados frecuentemente no son inflamables. Respecto a los primeros presentan una cierta toxicidad que obliga a tomar precauciones durante la realización de los tratamientos. Para terminar, no queremos dejar de exponer aquí algunas ideas especialmente dirigidas a aquellas personas que de un modo directo se sienten responsables de la restauración del Patrimonio de Arte Textil: Que la limpieza de un tejido histórico, no consiste en una renovación total de la pieza mediante una limpieza enérgica que, lógicamente, no podría soportar debido al envejecimiento de sus materiales adquirido por su uso y el tiempo. Que rechazar por principio productos comerciales inicialmente de gran eficacia, pero de efectos secundarios desconocidos ya que el fin primordial al efectuar cualquier intervención sobre un tejido, debe ser su buena conservación, para transmitirlo íntegro a futuras generaciones. Que una vez determinada la resistencia de las fibras del tejido que se va a tratar, la solidez de sus colores y la posibilidad de que sufra variaciones de tamaño al entrar en contacto con el agua, se elegirá el método de limpieza más adecuado. Que debe evitarse el empleo de aguas duras que debido a las impurezas que contienen y a las substancias minerales que tiene disueltas puede perjudicar la pieza textil. A veces basta el lavado con agua para eliminar la suciedad, como quedó expuesto anteriormente si es necesario el empleo de detergentes, estos, serán de las características antes expuestas. Que cuando la fragilidad de las fibras es extremadamente delicada se recomienda el lavado en plano sin llegar a sumergir el tejido, co-locando este sobre una superficie inerte con cierta inclinación y pulverizando con agua desionozada, hasta que la suciedad ablande y los restos gruesos se puedan retirar con instrumentos adecuados. El resto de la suciedad se retira con ayuda de secantes. Esta operación se repetirá hasta obtener la mejor limpieza posible sin llegar a perjudicar la pieza. Que en el caso de poder manejar la pieza pero asimismo su estado de conservación sea delicado, será preciso, antes de sumergirla, protegerla por medio de una malla dispuesta a modo de sandwich para poder facilitar su manejo en la inmersión. Cuando el tejido está muy sucio, serán necesarios varios baños para retirar la suciedad. En los tejidos muy antiguos se recomienda que esta operación sea lo más rápida posible para evitar que las fibras se dilaten demasiado y pierdan la capacidad de volver a su estado anterior. Una vez sumergida la pieza, para ayudar a la eliminación de la suciedad se puede hacer uso de esponjas naturales aplicándolas a modo de tampon sobre el tejido inmerso en agua y detergente. Esta operación se hará por las dos caras, vuelta de la pieza, se puede realizar con ayuda de un rulo o lámina de material ñexible e inerte. Una vez terminado el proceso de lavado y retirados los restos de detergente, se procederá a la eliminación de las fibras sobre una superficie lisa, y comprobación y rectificación, en su caso, de las medidas originales de la pieza. Que cuando la solidez de los colores o la naturaleza de las manchas o del propio tejido no aconsejen la limpieza en medio acuoso, se deben usar los disolventes orgánicos de cuya acción se ha hablado más arriba. Para la elección del producto siempre se realizarán pruebas de solidez de los colores y de resistencia de las fibras y se aconseja utilizar para el tratamiento el disolvente de composición más débil. El efecto de los disolventes orgánicos sobre las fibras, no es el mismo que el producido por el agua, no ablandan las fibras de la misma forma, son muy volátiles y por lo tanto el riesgo de deformación es muy reducido. Hay que advertir que su empleo requiere de ciertas precauciones debido a su toxicidad y, en algunos casos, por ser inflamables. El tratamiento de limpieza con estos productos se puede realizar de forma local tratando las manchas con isopos impregnados de disolvente y retirando los restos de este y la suciedad con ayxida de secantes y mesa de succión que ayuda a evitar la expansión del disolvente sobre el tejido. A veces la suciedad acumulada hace necesario la inmersión del tejido en el disolvente, siendo el proceso de eliminación de esta, igual al aplicado en el caso de la limpieza en medio acuoso. Tanto en el caso de elegir la limpieza en medio acuoso como en el tratamiento con disolventes orgánicos, antes de iniciarlos se debe hacer una limpieza mecánica para retirar la mayor cantidad de suciedad posible y así acortar el tiempo de inmersión de las fibras y sus posibles consecuencias negativas. En cuanto a la consolidación de las piezas, en líneas generales, se actúa siguiendo los siguientes criterios: Los soportes se eligen en base a la naturaleza del tejido a tratar, tanto en cuanto a su composición como a su grosor. El algodón por ser la fibra menos higroscópica de las naturales, y por su facilidad de teñido, es uno de los más adecuados seguida del lino y de la seda. La seda solo se emplea en casos excepcionales pues si se trata de reforzar un tejido de esta naturaleza, ambos tejidos resbalan y se cose mal. Asimismo, la seda, tiene una fuerte reactividad frente a la humedad por lo que es muy fácil que se formen bolsas con los cambios de esta última. Para la tincción de los soportes se emplean colorantes sintéticos de alta resistencia a la luz y a la humedad. La crepelina de seda se usa como recurso de excelentes resultados en la matización de los tonos, así como en casos de extremada fragilidad del material en donde no es posible la fijación por cosido en cuyo caso se emplea la crepelina a modo de sandwich para la fijación-conservación del tejido tratado. Técnica de cosido: El más empleado para la consolidación de los tejidos antiguos es el «punto de Bolonia» realizado con hilos lo más finos posible generalmente de seda «organsin 2 cabos», su envejecimiento es similar al de la seda original de los tejidos antiguos y por lo tanto reaccionarán de forma parecida. Ante piezas de distinta naturaleza la elección de los hilos para la consolidación será la menos perjudicial para cada caso. A pesar de todos los esfuerzos por rescatar, recuperar y sobre todo, conservar el Patrimonio Histórico Textil, creemos que ha quedado de manifiesto la necesidad de crear unas condiciones ideales de exposición y almacenaje para alargar, en lo posible, la vida de estas piezas de indiscutible valor. Por ello y dado que los textiles son extraordinariamente sensibles a los cambios ambientales no se aconseja los traslados frecuentes que puedan afectar la estructura de las fibras que los forman. La metodología que hemos expuesto a lo largo de este artículo no ha sufrido variaciones importantes ni resultados espectaculares a lo largo de varias décadas, esto es debido a que desafortunadamente no se ha dedicado el potencial humano ni económico que estas investigaciones requieren.
Entendemos la conservación arqueológica como la tarea de conservar, en el sentido más amplio del término, los conjuntos arqueológicos, es decir, tanto las estructuras como los materiales asociados a ellas. Concepción Cirujano Gutiérrez, Ana Laborde Marqueze histórico, susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraídos y tanto si se encuentran en la superficie o en el subsuelo, en el mar territorial o en la plataforma continental, los elementos geológicos y paleontológicos relacionados con la historia del hombre y sus orígenes y antecedentes. Las leyes publicadas con posterioridad por algunas Comunidades Autónomas han mantenido esta definición con ligeras matizaciones. La metodología arqueológica se centra en el análisis de los restos materiales de las sociedades del pasado, con el fin de reconstruirlas o representarlas. Estos restos, según la tradición, no deben ser textos escritos traducibles e interpretables, pues si lo son ya no es la Arqueología la ciencia que de ellos se ocupa. Todo lo que ha salido de las manos del ser humano y que sirve para reconstruir su historia son restos del pasado. Todo por ello, puede y debe ser estudiado con metodología arqueológica si quiere reconstruirse la sociedad o el momento que lo hizo y le dio un contexto ñmcional. Estos restos son también bienes de dominio público, que se caracterizan por estar excluidos del tráfico jurídico privado, exclusión que tiene como principal finalidad la de asegurar el uso público de esos bienes, lo que no resulta incompatible con la existencia sobre ellos de una propiedad privada ^. El análisis de los textos legales vigentes nos lleva, por tanto, a la conclusión de que no existe una clara firontera que permita separar el patrimonio arqueológico de los otros tipos de patrimonio histórico contemplados en la normativa. Parece evidente que todo bien histórico que está enterrado u oculto y es descubierto por cualquier causa es patrimonio arqueológico y, por tanto, es de dominio público. Pero también sabemos, que la metodología arqueológica puede aplicarse a cualquier elemento o resto del pasado, esté o no enterrado u oculto. Además de la Ley del Patrimonio Histórico Español y de las Leyes de Patrimonio Histórico o Cultural de las Comunidades Autónomas, el patrimonio arqueológico está sometido a otro tipo de normativa con el más alto rango: los Convenios o Convenciones Internacionales, que nuestro país ha suscrito. La preocupación por la conservación del patrimonio en nuestro siglo arranca con la Carta de Atenas (1931Atenas ( y 1933)), derivada de un Congreso Internacional de Arquitectura sobre Conservación de Monumentos de La conservación arqueológica Arte e Historia. Sin carácter obligatorio, tuvo una gran incidencia en la historia de la opinión sobre la conservación y la restauración. En esta carta se legitima, siempre y cuando las condiciones lo permitan, la práctica de la anastilosis o recomposición de los elementos originales encontrados, pero teniendo en cuenta que los nuevos materiales necesarios para este fin deberán ser siempre reconocibles. Especialmente interesante e importante para España es el inicio en 1986 de la emisión de normas obligatorias de la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, Mencionaremos también el papel de la Unesco y del Consejo de Europa, como organismos emisores de normativas diversas. El primero de los textos que se publican referidos de forma específica al Patrimonio Arqueológico es la Recomendación de la UNESCO sobre los Principios Internacionales que deberán aplicarse a las Excavaciones Arqueológicas (1956). En este texto aparece por primera vez la expresión Patrimonio Arqueológico, Se considera la excavación arqueológica como toda investigación que tenga por finalidad el descubrimiento de objetos de carácter arqueológico, tanto en los casos de excavación del suelo, exploración de la superficie o en el lecho o subsuelo de aguas interiores y territoriales. La gestión preventiva se tiene en cuenta con claridad, recomendando la creación de Servicios de Arqueología en cada demarcación territorial, con una documentación centralizada. Advierte igualmente sobre la conveniencia de conservar intactos cierto número de lugares arqueológicos y de dejar testigos sin tocar en las excavaciones más importantes. Se indica el deber de asegurar el mantenimiento de las excavaciones y de los monumentos, vigilar con atención la restauración de los vestigios y de los objetos y que se prevea la custodia, el mantenimiento y el acondicionamiento de los lugares, de los objetos y de los monumentos. También se recomienda que se emprenda una acción educativa para despertar y desarrollar el respeto del público por los vestigios del pasado, que exista la obligación de publicar los resultados de las excavaciones o que en los lugares arqueológicos importantes se cree un establecimiento de tipo museo para que el visitante pueda comprenderlos mejor La mayoría de estos puntos fueron recogidos posteriormente en el Convenio Europeo para la Protección del Patrimonio Arqueológico (Londres 1969), adoptado por nuestro país como norma en 1975. Aunque pasa bastante inadvertido, muchos de sus principios sirvieron como base para la redacción de la Ley del Patrimonio Histórico Español. Este convenio ha sido revisado con posterioridad, en Malta en 1992. En el documento de Malta se sigue hablando de excavaciones o descubrimientos, pero concediéndole una gran importancia al entorno y al contexto de los bienes arqueológicos. La conservación del patrimonio arqueológico excavado adquiere ahora un notable protagonismo. Los conceptos de salvamento o rescate son sustituidos por el de conservación, pasando del culto al objeto al reconocimiento del valor de los contextos. Malta 92 opta por la conservación en el lugar original, siempre que sea posible, y añade un apartado ñmdamental: ni los restos ni los yacimientos deberán extraerse o dejarse en su lugar sin que se tomen medidas para su conservación y su gestión. Se especifica además, que en el caso de que se decida extraer o desplazar de su lugar de origen los restos arqueológicos, los museos deberán estar acondicionados para su conservación. Se promueve el acceso del gran público a los yacimientos, siempre que las visitas masivas no supongan un riesgo para su mantenimiento. Se adopta por vez primera el concepto de conservación integral del patrimonio arqueológico, incluida en el ciclo de la investigación arqueológica. «Adquiere importancia no el objeto aislado, museable, desprovisto de su contexto, sino el paisaje, el entorno, el ambiente en el que se sitúa el yacimiento junto con el propio yacimiento, como una dualidad inseparable. Lo que interesa no es el conocimiento científico restringido a la esfera académica, sino la difiasión a todos los niveles de la sociedad para conseguir una valoración popular que los bienes arqueológicos nunca han alcanzado» ^. Otro documento de interés es la Carta para la Protección y Gestión del Patrimonio Arqueológico de la UNESCO (Lausanne. Se trata de una iniciativa llevada a cabo por el ICAHM (Comité Internacional para la Gestión del Patrimonio Arqueológico), perteneciente al ICOMOS. Esta carta pretende ser comparable a la firmada en Venecia (1964) respecto al Patrimonio Arquitectónico, ofi:'eciendo una serie de puntos de partida para la identificación, protección, conservación y presentación al público de los restos del pasado. La protección del patrimonio arqueológico debe fimdarse en una colaboración efectiva entre especialistas de numerosas disciplinas y los servicios públicos, las empresas y el público en general. Considera el patrimonio arqueológico como la parte de nuestro patrimonio material en la que los métodos de la arqueología suministran los conocimientos básicos, incluyendo todo rastro de la existencia humana, los lugares en los que desarrollaron actividades de cualquier tipo, las estructuras o vestigios abandonados junto con el material asociado. Insiste también en que se trata de una riqueza frágil y no renovable. El control de las intervenciones se considera La conservación arqueológica necesario, prestando atención a la investigación, la formación profesional y la ética. Pone gran énfasis en la conservación del yacimiento en su lugar original, con un mantenimiento correcto y la garantía de los medios para ello. Considera que toda excavación supone una destrucción y que se liarán por tanto con preferencia en los sitios condenados a desaparecer. Deberá ser, en cualquier caso, lo menos destructiva posible. La preocupación existente sobre la conservación del patrimonio arqueológico queda reflejada igualmente en la Asamblea General del IC-CROM, celebrada en Roma en el año 1983. Se aprueba una resolución en la que se recomienda a los Estados Miembros que tomen las medidas necesarias para impedir que se excaven yacimientos arqueológicos, salvo en circunstancias especiales, cuando no se ha prestado la debida consideración a las exigencias necesarias de conservación. Mencionaremos también, en el ámbito de la conservación propiamente dicha, la Carta del Restauro de 1987, redactada a partir de la de Venecia de 1964 antes mencionada y de la del Restauro de 1972. Estas Cartas suponen el establecimiento de una normativa general que debe aplicarse en las intervenciones sobre bienes culturales, a partir de la experiencia del Istituto Centrale del Restauro de Roma, dirigido por Cesare Brandi hasta 1960. En 1972 se planteaba ya la exigencia de reversibilidad de toda operación restauradora y se intentaba armonizar la estética de la obra con su historia material, de la manera más equilibrada posible, tal y como defiende la teoría brandiana. La ayuda de otras ciencias se consideraba indispensable y se admitía el uso de nuevos materiales (resinas) con fines estáticos y cuando los tradicionales se mostraran insuficientes. Se refiere fundamentalmente a los bienes muebles. En la Carta de 1987 se concede gran atención a las obras de interés arquitectónico, que en la Carta del 72 se trataban con el mismo concepto que los bienes muebles, predominando los aspectos visuales sobre la estructura. Destaca la puesta de valor de las técnicas y materiales tradicionales frente a los modernos, cuyo uso desde la Carta de Atenas, venía recomendándose para funciones de estática y consolidación estructural, habiendo sido utilizados para la restauración de forma generalizada y que habían dado bastantes problemas de envejecimiento y reversibilidad (deterioro de las restauraciones en el Partenón con cemento armado, frente a los buenos resultados del travertine empleado en el Arco de Tito y el ladrillo del Coliseo). Existe ahora una mayor permisividad hacia las reintegraciones de imagen en el ámbito de la ar-quitectura, siempre que sean reconocibles y se justifiquen por razones de asegurar la conservación de la obra. En cualquier caso, se rechazan las adiciones de estilo o analógicas, incluso en formas simplificadas, aunque estén documentadas. Tan sólo se admitirán reducidas a lo esencial y siempre que estén justificadas por razones de conservación. Es lo que entendemos por sólido capaz. En esta Carta se definen claramente los términos: conservación, prevención, salvaguardia, restauración y mantenimiento: * Conservación, es el conjunto de actuaciones de prevención y salvaguardia referidas a asegurar una duración pretendidamente ilimitada a la configuración material del objeto considerado. Refiriéndose también a las condiciones del contexto ambiental. * Prevención, es el conjunto de actuaciones de conservación, motivadas por conocimientos predictivos al más largo plazo posible, sobre el objeto considerado y sobre las condiciones de su contexto ambiental. * Salvaguardia, es cualquier medida de conservación y preservación que no implique intervenciones indirectas sobre el objeto considerado. * Restauración, es cualquier intervención que, respetando los principios de la conservación, y sobre la base de todo tipo de indagaciones cognoscitivas previas, se dirija a restituir al objeto, en los límites de lo posible, la relativa legibilidad y, donde sea posible, el uso. * Mantenimiento, es el conjunto de actuaciones encaminadas a mantener los objetos de interés cultural en condiciones óptimas de integridad y funcionalidad, especialmente después de que hayan sufrido intervenciones excepcionales de conservación y/o de restauración. Lo que entendemos por Conservación Preventiva englobaría estas labores de mantenimiento, así como las actuaciones llevadas a cabo sobre el contexto medioambiental, ralentizando los procesos de deterioro. Se entiende que Conservación y Restauración son acciones complementarias y un programa de restauración nunca podrá prescindir de un adecuado programa de salvaguardia, mantenimiento y prevención. Dejando aparte el campo internacional, la Administración General del Estado se compromete después de publicada la Constitución, a redactar una nueva Ley: es la Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985, que constituye el marco legal más amplio para el tratamiento La conservación arqueológica de los bienes culturales de nuestro país y cuyos objetivos fundamentales son la protección, el acrecentamiento y la transmisión del patrimonio histórico español a las generaciones futuras. Al año siguiente, se publica el Real Decreto de Desarrollo parcial lili 1986 modificado en 1994, y después el Reglamento de Museos, al que han sucedido otros. En la Ley 16/85 de Patrimonio Histórico Español (LPHE) se introduce un nuevo concepto de Patrimonio Histórico, ampliando su contenido a materiales que no tienen por qué considerarse artísticos ni tampoco valiosos en el sentido crematístico del término. Integra también, por primera vez en la legislación española, bienes no físicos, como danzas, músicas o costumbres. Defiende la protección de todos esos bienes por encima de cualquier factor jurídico al que estén sometidos, es decir con independencia del carácter de la propiedad: bienes de la iglesia, de particulares, de propiedad pública, los contenidos en un museo e incluso los que no hayan sido aún descubiertos. Establece tres categorías para los bienes muebles y dos para los inmuebles, que se corresponden con diferentes grados de protección. El máximo nivel es el de Bien de Interés Cultural (B.LC), que exige una declaración y la inclusión en el Registro de Bienes de Interés Cultural. El grado medio, que sólo afecta a los muebles, necesita también una declaración y para ello se crea el Inventario General de Bienes Muebles. El tercer nivel se aplica a los bienes integrantes del patrimonio histórico, por el simple hecho de serlo, y el mecanismo de protección básico para ellos es la elaboración de los Planes Nacionales de Información. Define y trata cuatro tipos de patrimonio especiales, entre ellos el Arqueológico, que pude ser tanto mueble como inmueble. Elabora una tipología de bienes inmuebles que pueden ser declarados de interés cultural: Monumentos, Jardines, Conjuntos y Sitios Históricos y Zonas Arqueológicas. No sólo incluye limitaciones y prohibiciones, sino que busca cauces a través de medidas tributarias y fiscales, para estimular la conservación y el acrecentamiento del Patrimonio Histórico. En el tema de la Conservación se establece el compromiso de procurar que la técnica más moderna respalde la conservación, consolidación y mejora. En la difícil decisión histórica sobre la naturaleza destructiva o no de las restauraciones, esta ley adopta una posición conservadora y algo idealista: sólo de manera excepcional se eliminará alguna de las aportaciones de las diferentes épocas propias del bien y si resulta necesario hacerlo, se documentará de la forma debida. En el caso de los inmuebles, se evitarán los intentos de reconstrucción mimética, salvo cuando se utilicen partes originales de los mismos y pueda probarse su autenticidad. Si se añadiesen materiales o partes indispensables para su estabilidad o mantenimiento, las adiciones deberán ser claramente reconocibles. Los B.LC. no podrán ser sometidos a tratamiento alguno, sin autorización expresa de los organismos competentes para la ejecución de la ley (Art. En cualquier caso, «se echa en falta la existencia de un Reglamento General de Intervenciones en los Bienes del Patrimonio Histórico, así como otro específico referido al Patrimonio Arqueológico, Se han producido numerosas impugnaciones realizadas por algunas Comunidades Autónomas, a raíz de la publicación de la ley, lo que demuestra que se hizo sin un análisis profundo de los estatutos de transferencias y demostrando también que la coordinación entre las distintas administraciones resulta imprescindible. Si no existe una cooperación muy fluida, es difícil conseguir una imagen global del patrimonio histórico que permita evaluar de forma equilibrada las razones de su destrucción, sus necesidades de conservación y los medios para su difusión» ^. La LPHE adolece quizás de un planteamiento más integral del patrimonio histórico, una visión más global de los bienes, independientemente de su naturaleza o su significado, que nos permita centrar la atención no sólo en los Tipos de Patrimonio, sino en los Tipos de Intervención que sobre él pueden llevarse a cabo, y que deberían estar perfectamente definidas y reglamentadas, facilitando así su protección y conservación. En el año 1985. se crea el LC.R.B.C (Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales, ahora Instituto del Patrimonio Histórico Español I.P.H.E) como un proyecto innovador, ambicioso y bien planteado, que superaba el tratamiento parcial del patrimonio histórico, adaptándose a un modelo administrativo con unas funciones nuevas y distintas. Se convirtió así en un centro pionero y especializado en la investigación sobre conservación y restauración, capaz de ofrecer apoyo técnico a otras instituciones u organismos. A iniciativa de este centro, y dentro del ámbito de sus atribuciones, se redacta en el año 1990 un documento que intenta una reglamentación básica de las intervenciones en los bienes del patrimonio histórico, considerados de forma global e independientemente de su naturaleza, Y que se proponía, en principio, elaborar un reglamento parcial de la Ley del Patrimonio Histórico Español, referente a las intervenciones en el patrimonio arqueológico. Sin embargo, debido a la dificultad de reglamentar por separado este tipo de patrimonio, se planteó la necesidad de ampliar el ámbito de trabajo, a la totalidad de las intervenciones en el patrimonio histórico. En lo referente a las Comunidades Autónomas, las aportaciones no son muy significativas en cuanto a reglamentación y protección del patrimonio arqueológico. Destacaremos que en la Ley del Patrimonio Histórico de Castilla La Mancha (1990) el concepto de bien cultural se amplía con la introducción de la Arqueología Industrial y la ampliación del ámbito de la Etnografía. En cuanto al grado de protección de los bienes, conserva la figura máxima de B.I.C., con la misma tipología que la estatal, introduciendo la de Parque Arqueológico. Entre sus aportaciones destaca el tratamiento' del entorno. En la Ley del Patrimonio Histórico Andaluz (1991), con un desarrollo reglamentario casi completo, se intenta potenciar la intervención preventiva y se introduce la figura de zona de servidumbre arqueológica, en la que se exige que el planteamiento urbanístico tenga en cuenta la posible existencia de restos arqueológicos. Crea la figura de Conjunto Arqueológico, con la finalidad de facilitar la administración y la custodia de yacimientos arqueológicos de características relevantes o especiales. En las actuaciones de conservación destaca la necesidad de un proyecto previo y un informe posterior para cualquiera de ellas. El proyecto, que irá suscrito por personal técnico competente, se ajustará a un reglamento y deberá incluir como mínimo la identificación del bien, la diagnosis, las propuestas de actuaciones tanto teóricas como técnicas y económicas y la descripción de la metodología a emplear. El visado corresponde siempre a la Consejería de Cultura. En esta Comunidad se creó en 1989 el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, con la finalidad de promover las actividades científicas y de desarrollo tecnológico establecidas en el plan andaluz de investigación en materia de patrimonio histórico. Además de ello desarrolla actividades relacionadas con la formación de profesionales y la sistematización de documentación. Este organismo ha puesto en marcha un Programa de normalización de estudios previos y control de calidad en las intervenciones, tanto sobre bienes de carácter mueble como inmueble, orientado a que los proyectos de intervención se basen en una serie de conocimientos previos sobre el bien a restaurar y que la intervención se efectúe con unas mínimas garantías de calidad, tanto de los materiales como de las técnicas. En la Ley del Patrimonio Cultural Catalán (1993) se amplía el concepto de patrimonio cultural, dividiéndolo en bienes muebles, inmuebles e inmateriales e incluyendo las manifestaciones de la cultura tradicional y popular. Introduce los Espacios de Protección Arqueológica, figura creada especialmente para el patrimonio arqueológico no conocido. Las intervenciones en monumentos, jardines, zonas arqueológicas o zonas paleontológicas, deberán estar autorizadas por el Departamento de Cultura. Cualquier proyecto de intervención sobre un Bien de Interés Nacional Inmueble incluirá un informe sobre sus valores históricos, artísticos y arqueológicos, sobre su estado de conservación y la evaluación del impacto de tal intervención. Se establecen, asimismo, una serie de criterios de intervención para determinadas figuras de máxima protección, entre ellas para las Zonas Arqueológicas, desde el respeto por sus valores hasta la prohibición de colocar publicidad en ellas, de reconstruir o de eliminar partes. Mención aparte merece el Centro de Arqueología Subacuática de Cataluña (C.A.S.C.), con funciones técnicas de inventario, protección, conservación, estudio y difusión del patrimonio arqueológico que se encuentra sumergido en aguas costeras e interiores. En la Ley del Patrimonio Cultural de Galicia (1995) destaca el tratamiento dado al tema del impacto ambiental, más desarrollado que en cualquiera de los otros textos. Las intervenciones sobre los B.LC. deberán estar debidamente autorizadas y en los proyectos de intervención habrá de incorporarse un informe sobre su importancia artística, histórica o arqueológica, elaborado por personal técnico competente en cada una de estas materias. Una vez terminada la intervención, se realizará una memoria con la descripción de la obra ejecutada y de los tratamientos aplicados, junto con la documentación gráfica del proceso. Las intervenciones irán siempre encaminadas a la conservación y mejora, respetando las características esenciales del bien y las contribuciones de las distintas épocas. Se evitarán los intentos de reconstrucción y no podrán realizarse adiciones miméticas ni acciones agresivas. Se crea el Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Galicia, con un servicio de arqueología, que se encarga de programar, coordinar y ejecutar las intervenciones en el patrimonio arqueológico. La protección del patrimonio arqueológico tiene especial relevancia en la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano (1998), que establece varias figuras. Por un lado las Zonas Arqueológicas, como Bienes de Interés Cultural de tipo inmueble, cuya declaración requiere un estudio previo, planes especiales y protección integral. En ellas se podrán delimitar Áreas de Reserva, destinadas a investigaciones ñituras. Por otro lado se definen también los espacios y las áreas de protección arqueológica para los lugares donde se sospeche la existencia de restos y las áreas en las que se presuma la existencia de restos arqueológicos o áreas de sospecha. La Ley de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid (1998) asume explícitamente que la conservación del patrimonio es una tarea inexcusable para la pervivencia de la memoria colectiva y se anuncia la creación de un Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales. Establece igualmente tres grados de protección de los bienes. La figura arqueológica de máxima protección vuelve a ser la Zona Arqueológica, existiendo en esta Comunidad un buen número de ellas. En la mayor parte de las Comunidades Autónomas se cuenta con Comisiones o Consejos específicos para el Patrimonio Arqueológico, encargados de asesorar, informar y proponer cuantas medidas se consideren necesarias para la protección, conservación e investigación del patrimonio arqueológico de la comunidad correspondiente. Participan en la programación anual de actividades arqueológicas, en la conservación de cuevas y abrigos con arte rupestre, proponen la declaración de yacimientos arqueológicos como bienes de interés cultural y colaboran en la elaboración del Inventario del Patrimonio Cultural. A la vista de lo anteriormente expuesto, podemos concluir que la cobertura legislativa del patrimonio arqueológico es desigual en las distintas Comunidades Autónomas. No se contemplan las intervenciones de forma integral, ni se exige una metodología de intervención con unos criterios mínimos de calidad, ni se garantiza la conservación de los restos extraídos, ni tampoco se regula la exigencia de titulaciones a los técnicos implicados en los proyectos. Los materiales y conjuntos arqueológicos se ven sometidos a una serie de mecanismos de deterioro debidos a las características del se-dimento en que permanecen, pero sobre todo, al brusco cambio que padecen en el momento de la excavación. El suelo es un compuesto mineral y orgánico que puede presentar características muy diversas. Se deberán considerar, por tanto, una serie de factores físicos, químicos y biológicos, que al actuar de manera combinada condicionarán el estado de conservación de los depósitos arqueológicos. El agua, en sus distintos estados tiene una gran importancia. Los suelos impermeables permiten unas mejores condiciones de conservación; por el contrario los más permeables favorecen la circulación del agua y los niveles elevados de humedad, provocando la degradación de los materiales orgánicos y la hidrólisis, disolución y erosión de los inorgánicos. Cuando el sistema poroso de estos materiales llega a la saturación total, alcanza un grado de extrema fragilidad debido a un proceso de hidrólisis extensiva, pero si las condiciones son anaerobias (con ausencia de oxígeno), se llega a un perfecto equilibrio con el medio. Por otro lado, el agua puede llevar en su composición un mayor o menor porcentaje en sales solubles cuya influencia en el deterioro depende de la frecuencia de los ciclos de humedad-sequedad. Por tanto, los ciclos sucesivos de solubilización y cristalización de las sales, pueden dar lugar a continuas tensiones en la estructura interna de los materiales. Otro de los factores que influye en la conservación es el ph del suelo, que está directamente relacionado con la escasa presencia de bases, el contenido en sflice y la incompleta descomposición de la materia orgánica. Es fundamental también el contenido en materia orgánica y la acción de las bacterias, que juegan un papel decisivo en la degradación de los objetos. El equilibrio en que pudieran encontrarse los objetos se rompe en el momento de la extracción, pasando a unas condiciones de humedad y temperatura totalmente diferentes a las que se hallaban, y quedando además expuestos a la acción de las radiaciones solares. Los objetos orgánicos son especialmente sensibles a estos cambios y, por tanto, es sumamente importante protegerlos y embalarlos adecuadamente con el fin de minimizar los riesgos. Los restos que permanecen en el yacimiento deberán protegerse con estructuras más o menos complejas. En la mayor parte de los casos, se trata de conservar vestigios arquitectónicos exentos o incompletos, que por tanto carecen de protección, siendo más vulnerables La conservación arqueológica a la acción de factores medioambientales y antrópicos. Además de ello, deberán arbitrarse las labores de mantenimiento y control necesarias para lograr una adecuada conservación de los conjuntos. Metodología de las actuaciones Los trabajos de conservación en general y cualquier tipo de intervención sobre los bienes culturales tanto muebles como inmuebles, posibilitan el acercamiento a la obra y un estudio profundo del material, su problemática, la técnica de ejecución o manufacturación e incluso un conocimiento del contexto o medio en el que han permanecido. A la hora de plantearnos una actuación de conservación estaremos buscando, en primer lugar, la permanencia de esos bienes culturales. Y podemos ir aún más lejos, afirmando que un bien cultural no estará plenamente reconocido mientras no exista una preocupación por su conservación. Ahora bien, los medios empleados nunca deberán afectar a la naturaleza de esos bienes, ni a sus materiales constitutivos, ni a su significado, respetando siempre la integridad de los mismos. Hay que ser conscientes de que la intervención puede conllevar la eliminación de parte de la historia material del bien cultural, pero también facilita su comprensión y por tanto favorece su accesibilidad. Es necesario, por todo ello, buscar un equilibrio a la hora de plantear las actuaciones. La conservación supone por tanto, una toma de conciencia de la materialidad de las obras o conjuntos, entendiendo que la materia no es la simple expresión de su autenticidad, sino que está en su estructura, en su composición físico-química, en la información que encierran. Para asegurar esa permanencia y esa integridad es necesario estabilizar los procesos de deterioro. Es por ello sumamente importante llegar a comprender los mecanismos de alteración que han afectado al estado de conservación de los materiales arqueológicos, de las estructuras y de los restos encontrados, en relación con las características del suelo, con la propia naturaleza de los materiales constitutivos y con las condiciones de humedad, temperatura e iluminación, es decir con los factores medioambientales. Este conocimiento previo nos facilitará la posterior intervención sobre los mismos. Lograr estos objetivos no es una tarea sencilla y no se limita, como tratamos de explicar, a la simple restauración de la obra o de los conjuntos, es decir a intervenir sobre su materialidad. Requiere una Concepción Cirujano Gutiérrez, Ana Lahorde Marqueze serie de trabajos amplios y complejos y para ello es necesario involucrar a especialistas de diferentes áreas. Al igual que en la investigación arqueológica propiamente dicha, además de arqueólogos o prehistoriadores, participan paleontólogos, geólogos, biólogos,.... Para la conservación de los bienes culturales, deberemos contar con historiadores del arte, arqueólogos, prehistoriadores, arquitectos, físicos, químicos, biólogos, geólogos,... Cada uno aportará sus conocimientos a la hora de planificar y proyectar una intervención adecuada, que contemple tanto los objetos como el contexto. Es lo que entendemos por equipos interdisciplinares. La colaboración entre los distintos especialistas deberá ser permanente en todo el proceso y el diálogo siempre fluido. Relación de diálogo y de respeto mutuo, buscando siempre el equilibrio entre las prioridades del investigador y del conservador. No siempre contamos con los medios económicos necesarios para integrar todo tipo de estudios previos y técnicos en los proyectos, pero hemos de ser muy cautelosos con las limitaciones de cada uno y saber hasta dónde podemos llegar en cada momento. Que existan tareas que todos podamos realizar con una simple asesoría o unos mínimos de información no quiere decir que podamos resolver todas las situaciones. Es importante conocer las posibilidades de las otras ciencias auxiliares. Toda prudencia y reflexión es poca antes de la actuación, debido al potencial de información que se puede perder. La conservación de los restos y del material arqueológico se ha planteado tradicionalmente como un trabajo excepcional, cuando «sobra presupuesto» y que se «apaña» con la colaboración de los más «manitas». Pero en la actualidad, al existir cada vez más restauradores en los museos y al formar parte de los ciclos de formación la Conservación del Patrimonio, los arqueólogos y prehistoriadores van tomando conciencia de la importancia de las condiciones de extracción de los restos, -para no perder esa información contenida en ellos y para minimizar su posterior tratamiento-, y de la relevancia que tiene la presencia de un técnico «in situ», cuando las condiciones lo requieran. Lo mismo ocurre con los lugares arqueológicos, en la medida en que vamos siendo conscientes de la destrucción que supone no conservar los vestigios extraídos. En los últimos tiempos, se ha producido un aumento enorme de los hallazgos a conservar y de los sitios excavados, así como del número de visitantes de los lugares arqueológicos. Estos hechos nos llevan de nuevo a insistir sobre la importancia de la planificación para la acción de la conservación y la búsqueda de un equilibrio entre ambos términos conservación y excavación. Las intervenciones serán siempre las mínimas y se realizarán de forma que sean inocuas y reversibles, con productos y materiales garantizados y previamente testados. Un caso especial lo constituyen los yacimientos musealizados, los eco-museos, los parajes histórico-arqueológicos y los parques culturales o arqueológicos, dentro de un nuevo contexto de rentabilización del Patrimonio Arqueológico, incrementando la función social del mismo. En estos casos, en los que la intervención requiere de un proyecto amplio y complejo, y por supuesto interdisciplinar, se llega hasta la completa rehabilitación de los conjuntos. Las intervenciones serán igualmente reversibles, empleando materiales diferentes de los originales, respetando los vestigios de anteriores actuaciones, cuando no supongan un riesgo para la conservación y siempre con una sólida base documental. Las adiciones nuevas serán siempre reconocibles y estarán justificadas por razones de conservación o legibilidad.
Cuando me incorporé a la Fundación Thyssen-Bomemisza en Enero de 1992, diez meses antes de la apertura al público, entre las muchas tareas a realizar estaba la organización de los transportes de la colección, la confección de los planes de autoprotección, procedimientos diarios, manual de servicio para los vigilantes de la empresa de seguridad, etc. A cada uno de estos manuales se le dio el sentido que todos sabemos que ha de tener, y se diseñó el dispositivo de seguridad humano para que por un lado pudieran responder las consultas que les hiciera el público, y por otro, y como tarea principal lógicamente, la vigilancia de las salas y la custodia de las obras de arte. En cuanto a este último aspecto, nos centramos fundamentalmente en la prevención de las posibles agresiones o robos hacia las obras expuestas y se establecieron los dispositivos precisos para procurar que en la medida de lo posible esto no se produjera. Hasta aquí todo parecía lógico sobre todo por la idea que tanto mis supervisores como yo mismo teníamos de que el público en los museos debía tener un comportamiento bueno, que no se hablaría en voz alta, no se tocarían las obras etc.; quizás extrapolando al resto de las personas nuestra idea de cual debía ser nuestro comportamiento a la hora de visitar un museo. No obstante, una vez abierto al público y a través tanto de las conversaciones que manteníamos con los vigilantes como de las observaciones de los supervisores de seguridad y de las mías, nos fuimos dando cuenta de cual era verdaderamente el comportamiento del público en las salas y nos percatamos de que a los problemas menores de que se pudiera fumar en los servicios, que se tiraran papeles al suelo Francisco de la Fuente 712 y otras cosas que se corrigen con facilidad, se sumaban otros mas preocupantes como era que los visitantes se aproximaban excesivamente a las obras expuestas y que incluso las tocaban. Por ello, y una vez normalizado el día a día en el museo, tomamos la determinación de verificar en qué medida nos debían preocupar estos dos últimos problemas y para ello era necesario hacernos cargo de la incidencia real tanto de uno como de otro y saber si esto podría llegar a representar un peligro para la conservación de las obras. Como Restauración nos dijo que evidentemente esto no era conveniente en modo alguno para las obras, decidimos iniciar el Estudio de Comportamiento del Público (ECP). Dicho estudio se inició confeccionando un parte de trabajo que debían rellenar todos los vigilantes de sala, en el que además de los datos de identificación de estos, se refleja el número de walkie asignado así como su estado para controlar el uso que se hace de estos. Consta a su vez de dos grupos de datos como son por un lado las informaciones que los vigilantes dan al público sobre algunos de los aspectos del museo que nos interesa controlar para corregir las posibles carencias de información así como lo que al visitante mas le interesa sobre nuestro museo; y por otro, y como datos mas interesantes para nosotros, las intervenciones que estos realizan con los visitantes. En la cara posterior del parte, se refleja el número de catálogo de la obra afectada, para incluir este dato en una base de datos de la colección como se verá mas adelante. Los Supervisores de seguridad recogen diariamente los partes, los agrupan por semanas y posteriormente se introducen en un ordenador en el cual creamos una aplicación específica para el control de todo esto, y nos totaliza todo por meses, años, conceptos etc. Así mismo, como sabemos qué obra es la que ha sufrido la incidencia, esto se refleja en la base de datos, y así conocemos en todo momento por meses, el número de aproximaciones excesivas o toques de cada una de las obras de la colección. Desde el primer momento nos dimos cuenta que las cifras que nos salían sobre todo en estos dos conceptos de aproximaciones excesivas y toques eran muy elevadas, lo que nos hizo, y a través de conversaciones con el Restaurador, el personal de Conservación y el resto de personas implicadas, quienes en todo momento se han volcado con nosotros, reflexionar sobre si no sería necesario plantearnos nuestra idea inicial de lo que debería ser la vigilancia en salas. Tenemos que tener en cuenta que los museos debemos poner todos los medios a nuestro alcance para que las obras no sean objeto ni La evolución de la seguridad en los museos de robos ni de agresiones, ya que al estar al alcance del público, están expuestas a cualquier tipo de acciones como las anteriores; pero teniendo en cuenta la incidencia que este tipo de acciones tienen por ejemplo durante un año en los museos que cuentan con un sistema de seguridad fiable en todo el mundo. En realidad este tipo de acciones tienen una incidencia baja, centrándose los robos sobre todo en lugares que o bien tienen un grado de protección lejos de lo recomendable tales como iglesias, casas particulares e incluso muchas galerías de arte. Lo que ocurre es que cuando sucede en museos importantes, suele ser una acción muy relevante, ya sea por la publicidad que se le da al hecho, o porque la obra robada o agredida sea muy importante. En realidad, si calculáramos porcentualmente el número de robos o agresiones en los museos por ejemplo de Europa, con respecto al número de visitantes anuales, el nivel de incidencias de este tipo podríamos considerarlo prácticamente cero, lo que no impide que tomemos todas las medidas necesarias para evitarlo, que en la mayoría de los casos son soluciones no muy costosas pero que requieren unas mínimas medidas organizativas. Por ello, y a la vista de los resultados obtenidos en nuestro estudio, creo que hemos de centrar nuestra atención además de en las agresiones antes mencionadas, sobre todo en paliar los efectos que sobre las obras expuestas tienen las acciones del público, ya que se producen de manera continua, en nuestro caso 9 horas al día 309 días al año. Hay que tener en cuenta que dichas acciones no se realizan con ánimo de efectuar un daño, si no que están motivadas por la falta de conciencia de los visitantes hacia el daño que se puede producir a una obra de arte por el mero hecho de tocarla y la falta de costumbre a la hora de visitar museos, que redunda en un mal uso de los mismos. Hay que considerar que la piel, y sobre todo las manos, contienen todo tipo de substancias tales como grasas, suciedad, polvo etc., que al tocar una obra quedan depositadas en la capa protectora formada por los barnices con los que se recubre la capa pictórica para proteger esta lo mejor posible de este tipo de substancias. Así mismo, el toque continuo produce una abrasión que puede originar que las capas protectoras de las obras quede o muy dañada o eliminada totalmente, con lo que la capa que debería estar protegida, pasa a estar expuesta al daño directamente. Como ejemplo de esto, recordemos la exposición de esculturas de Botero llevada a cabo en el Paseo del Prado de Madrid, que al cabo de pocas semanas mostraban sus partes mas sobresalientes Francisco de la Fuente 714 absolutamente bruñidas debido a que el toque continuo por parte de los visitantes eliminó la pátina protectora del bronce en esos lugares. El depósito constante de las substancias antes mencionadas en la capa de barnices, así como los productos procedentes de la respiración tales como monóxido de carbono, vapor de agua, etc., que se depositan por una aproximación excesiva, como mal menor pueden producir un oscurecimiento de la capa de barniz, que puede llegar a imposibilitar la correcta observación del cuadro y a que se dejen de observar detalles importantes del mismo; lo que obliga a retirarlo durante muchos días de las salas para proceder a su limpieza y en algunos casos a la sustitución de la capa de barniz protector. Por supuesto, las obras que no disponen de dicha capa de barniz, como son los Maestros Modernos, son mucho mas delicadas desde este punto de vista. Los conceptos generales que manejamos dentro de este estudio son: Informaciones.-Los vigilantes reflejan el número de preguntas que los visitantes les hacen sobre horarios, obras, servicios, ubicación de cafetería, baños etc. Estos conceptos al principio eran mas, pero a medida que el estudio iba avanzando, al detectar qué preguntas eran las mas abundantes, pudimos ir corrigiendo todo aquello que suponía un problema para los visitantes, y a medida que los resultados del estudio iban dejando alguno de estos conceptos a cero, se iban eliminando de los partes pues ya no era necesario tenerlos en consideración al haber desaparecido el origen del problema con la corrección efectuada. Si Seguridad es capaz de obtener este tipo de datos y trasladarlos al área afectada, se puede corregir aquello que suponga un problema para los visitantes o para la organización interna de los servicios propios del museo. Intervenciones.-Aquí se refleja todo aquello que representa una intervención dé los vigilantes ante una acción incorrecta de los visitantes, tales como tocar obras, aproximaciones excesivas, uso indebido de cámaras, explicaciones no autorizadas, llevar mochilas a la espalda o subirse a las tarimas de las ventanas. He de hacer constar como pueden ver, que el estudio se ha realizado en nuestros museos de Madrid y Barcelona y en las exposiciones temporales llevadas a cabo en nuestro museo de Madrid. Así mismo, pueden ver que conceptos tales como Explicaciones están a cero, y esto está motivado porque a la vista de los resultados de este estudio se modificaron algunas cosas en las visitas de los grupos guiados, que dieron como resultado una mejor gestión de los mismos y por lo tanto un problema menos para los vigilantes en las salas. Francisco de la Fuente 716 sea muy inferior, pues en Barcelona los visitantes son mayoritariamente del lugar y en Madrid se distribuyen al 50% entre visitantes de toda España y extranjeros, y estos últimos dan tantos problemas o mas que los españoles, que suelen reaccionar mejor ante las indicaciones de los vigilantes y entienden cuales son nuestras motivaciones al intervenir. -Características del lugar-El comportamiento de los visitantes en un museo luminoso, con techos relativamente altos, pintado con colores claros etc., es mas relajado que en otros en los que el ambiente sea mas pesado, mas academicista, y por lo tanto se originan mayores problemas de comportamiento en los primeros. Esto se hace evidente en el museo de Madrid, pues los visitantes de la exposición permanente son prácticamente los mismos que en las temporales, y sin embargo el comportamiento varía notablemente como se puede ver en la tabla de total mes. Esto es debido a que las salas temporales, en contraposición a las permanentes, no tienen ventanas pues se sitúan en el sótano primero, los techos son mucho mas bajos, las paredes suelen estar pintadas de colores mas oscuros y la iluminación es menos intensa. Se da además la circunstancia de que el museo de Barcelona está ubicado en un monasterio de clausura, en un ambiente que invita al recogimiento, y los visitantes suelen realizar la visita con mayor sosiego y tranquilidad, y en la mayoría de los casos hablando en voz baja, y no solo en nuestras salas, si no en el resto del monasterio donde pueden acceder. En cuanto al apartado Proximidad, he de aclarar que como se ha establecido una separación mínima a las obras de 60 cm, que es mas o menos la distancia a la que se colocan los cordones de separación, pero los visitantes traspasan esa distancia para leer las cartelas explicativas de cada obra, los vigilantes no intervienen hasta que consideran que la distancia es lo suficientemente corta como para representar un peligro para la obra, con lo que esto pasa a ser un tanto subjetivo quedando a la experiencia de los vigilantes el momento de intervenir. Por ello este concepto pasa a ser casi el doble en Barcelona, pues los cordones están colocados a mayor distancia y los visitantes han de acercarse desde mas distancia a las cartelas para leerlas, por lo que se podría decir que se traspasa el límite de peligro con mas facilidad al considerarse que este está a mayor distancia que en Madrid. Con respecto a los sistemas separadores del público, estos pueden ser varios: cordones, cintas pegadas al suelo, etc. Cada uno tiene un La evolución de la seguridad en los museos poder disuasivo distinto al resto, por lo que si en la misma sala ponemos cordones y cintas, los visitantes respetaran con mas facilidad los cordones al ser elementos mas disuasivos, y respetaran menos las cintas. Por lo tanto, en una misma sala o se ponen unos u otros, pero no los dos combinados, pues entonces el de menor poder disuasivo queda prácticamente anulado. En muchos museos son poco dados a incorporar estos elementos en las salas aduciendo razones estéticas, sin darse cuenta de que es fundamental tanto para la labor de los vigilantes contar con ellos, como para la propia conservación de las obras. La incorporación de cristales a las obras como justificación para no poner separadores no es motivo suficiente a mi juicio ya que estos producen siempre gran cantidad de reflejos que imposibilitan la correcta observación del cuadro, a los que se suman las huellas de los dedos de los visitantes; además hacen más compleja la labor de los equipos de Montaje, ya que estos han de estar limpiando contantemente los cristales. Otra consideración es que en caso de rotura del cristal por algún motivo, este puede producir grandes daños a la obra. La colocación de los elementos separadores, a la vista de los resultados obtenidos, me parece fundamental, ya que a los visitantes hay que establecerles la separación mínima que se ha de respetar a juicio de los Conservadores, y darle a los vigilantes un elemento de referencia a la hora de calibrar en qué momento pueden llamar la atención a un visitante por incumplir esta regla, ya que de lo contrario sería tan subjetivo tanto por parte de los vigilantes como de los visitantes decidir si se ha traspasado la distancia de por ejemplo 60 cm. que podemos haber incluido en la información de los folletos que se entregan a la entrada, que además nunca se leen los visitantes, y que puede llegar a ser una fuente de problemas inagotable, y suponer una incomodidad para los visitantes, a los que hemos de procurar una estancia lo mas agradable posible. Por ello lo mejor es que esté todo perfectamente claro y no se susciten dudas por ninguna parte. Otra razón que creo fundamental para la colocación de los elementos separadores, es que a través de la observación en salas, la grabación de imágenes etc., nos hemos podido dar cuenta de que los toques a las obras se producen prácticamente siempre en los mismos sitios, es decir, que debido a que puede haber un detalle muy bien realizado o muy realista, un detalle iconográfico que se reconoce con facilidad, un paisaje que se ha visitado con anterioridad Francisco de la Fuente 718 y se ve representado en el cuadro y muchos otros motivos; esas zonas de los cuadros están sujetas a sufrir en mayor medida las aproximaciones excesivas y los toques, por lo que el peligro pasa a ser mayor, ya que si consideramos un número de toques determinado dentro de toda una colección, podría parecemos que no son muchos, pero si esos mismos toques los circunscribimos solo a las obras que se tocan en realidad ya que hay muchas que no se tocan, y dentro de aquellas solo a las zonas que antes hemos mencionado, el problema se incrementa pues dichas zonas sufrirán un deterioro mayor que el resto y al ser, por lo expuesto anteriormente, en la mayoría de los casos detalles fundamentales dentro de la composición de la obra, esta podría quedar muy desvirtuada. Tanto para decidir si se incorporan o no, como para ver de qué clase serían, se ha de contar siempre con la opinión del departamento de seguridad ya que somos los únicos que conocemos con certeza la problemática de los visitantes en nuestro museo. Ocurre además, que si en una sala se colocan separadores y en otra no, los visitantes tienen la impresión de que en aquellos sitios donde no los hay, se pueden aproximar a los cuadros sin ningún problema, por lo que lo mas recomendable sería colocarlos en todo el espacio de exhibición, que por otro lado es lo que solemos hacer en la sala de exposiciones temporales y por ello el porcentaje de aproximaciones excesivas es notablemente inferior. Con respecto a esto, a través de los datos que hemos recabado en nuestro estudio, así como de las imágenes obtenidas en las salas, nos hemos podido dar cuenta que la forma de realizar la obra es un factor fundamental a la hora de tocarla y donde se toca, ya que si tenemos en cuenta que en la mayoría de las composiciones hay dos elementos como son las líneas de fuga y el centro de fuga que marcan la perspectiva del cuadro, las personas que saben de arte pero no de conservación, al explicar esto a terceras personas y al hacer hincapié en ello, suelen tocar las obras en esos lugares, que sufren un deterioro mayor al resto. Para que se comprenda mejor esto, lo representaré gráficamente. En las imágenes que hemos tomado en las salas para su análisis, se observan claramente el comportamiento del público a la hora de visualizar las obras así como al dar las explicaciones oportunas, observando que los guías de los grupos tienen mucha costumbre de acercarse excesivamente, ya que al ser personas que poseen unos conocimientos mucho mas amplios de la habitual, y ser su labor mostrar los detalles que al profano se le escapan, ese aumento de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) las explicaciones dan lugar a mostrar detalles en los cuadros que se señalan acercándose excesivamente a la zona de la obra donde se está dando la explicación o a tocarla, con lo que indirectamente están maleducando a los que les observan. Hay muchos otros tipos de composición existentes. Como se puede ver, tanto desde el punto de vista de Seguridad como de Restauración, si además de lo habitual, se tiene en cuenta también esto, se podrá lograr una mejor conservación de las obras expuestas. Tanto en los-conceptos de aproximaciones excesivas como toques a las obras, se da la circunstancia de que aquellas en las que la capa pictórica es plana, es decir, que no tiene relieve como sucede en los maestros antiguos, los visitantes no las tocan tanto como aquellas realizadas al pastel u óleo, cuya capa pictórica, al tener mas relieve, el sentido del tacto puede aportar mas información y por lo tanto se tocan mas, por lo que hay que tener un cuidado muy grande con las esculturas, ya que en este caso esto se incrementa notablemente. El nivel de detalle de la propia obra, que sea muy conocida o que sea muy importante dentro de la obra de un autor, también son factores importantes tanto para los toques como las aproximaciones. Hay que tener mucho cuidado con los folletos, bastones y demás objetos alargados que se lleven en las manos, pues son utilizados habitualmente para señalar detalles en los cuadros, lo que hace aumentar el peligro de daños a las obras, como veremos en el vídeo realizado en una de nuestras salas. Evidentemente, si dado el conocimiento que Seguridad tiene de todas estas incidencias, las trasladamos al departamento de Restauración, este puede tomar la determinación de efectuar un control mas exhaustivo sobre aquellas obras que sufren mas las acciones del público, o tomar la determinación de protegerlas especialmente. Si además, se produce el préstamo de una obra que sabemos es mas proclive a este tipo de acciones, podemos pedir al museo que nos la solicita, que se tomen unas precauciones determinadas durante el período de tiempo en que permanece en sus manos. Si los porcentajes que mostrábamos anteriormente los extrapolamos a un museo del que conozcamos el número de visitantes anuales, nos podremos hacer una idea de la importancia que este problema tiene en realidad, y tomar las medidas oportunas, realizando un estudio «in situ» de la realidad de cada museo, para tomar las medidas necesarias que nos permitan reducir estas cifras al mínimo, ya que hay que tener en cuenta que ni las aproximaciones excesivas ni los toques los vamos a poder eliminar totalmente, ya que no es un problema de los museos, si no de que los visitantes sean conscientes del peligro que este tipo de acciones representa y de lo delicadas que son las obras de arte. En general, podemos considerar que para mantener este tipo de acciones en un nivel lo mas bajo posible, o reducir significativamente este tipo de acciones, se ha de trabajar en varias direcciones como ha sido en nuestro caso las siguientes: Un aumento de la profesionalidad y efectividad de la vigilancia en salas originado por una cada vez mayor experiencia y profesionalidad de los vigilantes. Esto se consigue por varias vías, por un lado un plan de formación adecuado, y por otro, a la labor realizada por los Supervisores de seguridad realizando una selección del personal mas idóneo para llevar a cabo esto y un trabajo diario de contacto con los vigilantes para ir inculcándoselo y haciéndoles ver cuales son nuestras motivaciones al hacer según qué cosas. En cuanto al plan de formación que mantenemos en nuestro museo, me gustaría hacer hincapié sobre este, ya que creo que es absolutamente fundamental a la hora de plantearse un Departamento de Seguridad con un grado de efectividad mayor al habitual, ya que, considerando la responsabilidad tan grande que supone la custodia de objetos que La evolución de la seguridad en los museos son de imposible restitución, y que forman parte del legado de la humanidad, no hay que escatimar esfuerzos en todo lo que esté en nuestras manos, y la formación es indispensable para conseguir esto. Hay que tener muy en cuenta, que el personal que presta su servicio en salas, cada vez en mayor número procede de empresas externas que suministran este personal, y que en muchos casos no tienen esa sensibilidad necesaria hacia la custodia de las obras de arte, por lo que es preciso que el titular del museo, se implique no solo en la confección del plan de formación y le dé la orientación que crea mas oportuna, si no que debe tomar parte activa en dicha formación, dando las explicaciones necesarias para que se entienda lo que se quiere lograr, ya que los formadores de las empresas, por mucho que quieran, no van a poder dar esa visión tan exacta de las necesidades, riesgos y complicaciones que se pueden encontrar. Por ello en nuestro caso, tanto en la formación inicial como en la de reciclaje, participamos siempre explicando lo que queremos lograr, si no que tratamos de sensibilizar al personal, mostrándoles estadísticas, imágenes grabadas en salas, y en general transmitiéndoles nuestras experiencias para que no solo se sensibilicen hacia cual es su verdadero papel, sino también indicándoles qué es lo que se van a encontrar en salas cuando realicen su labor, y así lograr que desde el primer momento la realicen con el mayor grado de efectividad posible, evitando así las lagunas que se pueden producir al incorporar personal nuevo y con falta de experiencia en esta labor. La colocación de los elementos separadores del público cada año en mayor número, que ha originado una menor problemática en las salas y la consecución de lo expuesto con anterioridad. Una buena colaboración y comprensión mutua con Conservación, Registro y Restauración fundamentalmente, que somos quienes realizamos nuestra labor directamente con las obras expuestas. En general las razones pueden ser varias, pero hay que tener en cuenta que hemos conseguido reducir este tipo de acciones del público hacia las obras en mas de dos tercios desde el inicio del estudio hasta la actualidad, y llevando a cabo además una reducción de la plantilla de vigilantes pasando desde los 55 puestos que había en 1992, hasta los 32 que existen en la actualidad, lo que nos ha permitido dimensionar la plantilla de vigilantes de acuerdo a las necesidades reales del servicio, lo que conlleva un planteamiento y desarrollo del departamento de seguridad equilibrando los gastos de explotación del mismo. Como se puede ver, gracias a la labor de investigación realizada durante tantos años, en nuestro caso, nos planteamos el punto de 722 Francisco de la Fuente vista de la seguridad, también desde el punto de vista de la conservación de las obras, lo que es enormemente inhabitual, y esto es gracias al entendimiento que a través de este estudio hemos tenido de los riesgos a los que se somete las obras de arte por el mero hecho de estar expuestas. Este entendimiento nos facilita que tanto la formación del personal de seguridad, como su mentalización a la hora de entender cual es su verdadera labor en un museo, sea mas avanzada y sensible hacia lo que es objeto de su custodia y la importancia de realizarla correctamente. Ahora bien, hemos visto cual es el problema que se origina en los museos, por el mero hecho de estar abiertos al público, y una serie de medidas para con el personal de vigilancia en salas, que al menos en nuestro caso, ha dado unos resultados bastante buenos, y se ha conseguido paliar esto en gran medida, no obstante, hemos de tener en cuenta que la vigilancia humana es muy imperfecta, porque por lo general no se tiene el número de vigilantes apropiado, ya que hay museos sobre todo fuera de España, en los que podemos ver un vigilantes para Siete y mas salas, porque los vigilantes no pueden estar mirando a todas partes en todo momento, porque hay diferentes raotivos por lo que pueden distraerse, etc., es por ello, por lo que cada vez toman mas importancia los sistemas de seguridad, no como substitutivos de la vigilancia humana, si no como un apoyo a esa vigilancia, y como forma de cubrir aquellas deficiencias que se producen, como se ha mencionado anteriormente. Por parte de las empresas que suministran este personal, hay bastantes reticencias a la hora de hablar de sistemas, porque entienden que podrían llegar a sustituir a sus vigilantes, y se está cometiendo un gran error, ya que pasaran muchos años antes de que un sistema o máquina sea capaz de eso, y deberían tener en cuenta que los sistemas de apoyo de los que hablamos, supondrían un soporte fundamental para la labor de vigilancia, y una posibilidad menos de que se produzcan errores de vigilancia, que no solo redundarían en un perjuicio de imagen para las empresas, si no también una mayor seguridad para las obras expuestas, ya que hemos de tener siempre muy en cuenta la importancia de los bienes que estamos protegiendo, su importancia social y cultural, y la imposibilidad de restitución en caso de robo o daños graves. Es por ello, que los museos, y sus responsables tales como Conservadores y Restauradores, deben ser mas abiertos a las innovaciones, ya que aunque no es nuestro caso, hay muchos museos que se oponen abiertamente ante algo tan sencillo como poner unos simples cordones La evolución de la seguridad en los museos de separación ante las obras, aduciendo poco estudiadas razones estéticas, en contraposición a los beneficios obtenidos. Por otro lado, las empresas de desarrollo de sistemas, han de desarrollar estos, pensando siempre o asesorándose adecuadamente, sobre qué se puede incorporar a una obra de arte, ya que estas admiten pocos elementos adosados a cualquiera de sus superficies dado que podrían dañarlas con muchísima facilidad, y es por ello, que determinados desarrollos para museos nunca han tenido una implantación adecuada dada la imposibilidad de su colocación en las obras, por no haber tenido en cuenta lo antes mencionado. Todo ello me hace pensar que la investigación y el desarrollo de sistemas conjuntamente entre los museos y las ingenierías de seguridad, darían unos finitos que beneficiarían enormemente tanto a los Museos como a las empresas prestatarias tanto de servicios de vigilancia como de instalaciones, pudiendo así conseguir un nivel de seguridad posiblemente sin igual en el mundo de la seguridad, ya que podríamos paliar los daños a las obras producidos por este tipo de acciones involuntarias de los visitantes, ya que el mandato fimdamental de los museos es la conservación y exhibición de las obras de arte para que generaciones venideras puedan contemplar con la misma admiración con que nosotros lo hacemos ahora, la belleza surgida de la mano del hombre. http://arbor.revistas.csic.es La evolución de la seguridad en los museos
Como estructura complementaria y solidaria del conjunto arquitectónico, el revestimiento decorativo pintado adquiere un carácter específico, dotado de valores y significados particulares, que lo distinguen de otras formas de arte pictórico. En una primera acepción, el revestimiento mural consiste en un soporte que da uniformidad a la superficie más o menos regular del muro, recubierto posteriormente de composiciones decorativas pintadas mediante pigmentos mezclados con un aglutinante; dicho soporte permite aplicar, fijar y, eventualmente, proteger los colores (pintura al fresco). En términos generales, el soporte pictórico, es decir, el revestimiento del muro sobre el que se lleva a cabo la pintura, suele estar constituido por dos estratos de mortero, cada uno de los cuales puede estar aplicado a su vez en varias capas^. El primero de ellos, comúnmente denominado con el término italiano arriccio, está destinado a igualar la superficie del muro^ y es de constitución relativamente grosera, mientras que el segundo estrato, denominado intonaco, está conformado por una o varias capas más finas y cuidadas, la última de las cuales está destinada a recibir el color^; en nuestro idioma dichos términos corresponderían, no sin matices, a los de enfoscado y enlucido respectivamente. No obstante, la cuestión primordial, cuando nos enfrentamos a la conservación de los revestimientos pintados, es el conocimiento exacto de la técnica pictórica presente (u Anexo), ya que los diferentes fenómenos de deterioro vienen determinados por el grado de complejidad de la técnica de ejecución que determina, a su vez, la metodología a seguir para su conservación. Así, en igualdad de condiciones ambientales, la pintura al fresco presenta una notable resistencia respecto a las técnicas pictóricas realizadas en seco debido a la ausencia de materiales orgánicos corruptibles en su composición y a la compacidad de la materia pictórica que, aunque heterogénea en su composición, nos permite hablar de uniformidad material. Agentes patógenos y patología El deterioro de los materiales es un proceso natural y progresivo confirmado por la consideración de que la existencia de nuestro universo está acompañada, y condicionada, por fenómenos que se manifiestan a través de la mutación de valores en las magnitudes físicas que, en cada caso, consideremos representativas de las condiciones en las que se encuentra un objeto determinado en un momento determinado; algo que podríamos definir como transformaciones termodinámicas. Dichas transformaciones son la consecuencia del desequilibrio que se manifiesta entre el sistema y el medio^ cada vez que una o más magnitudes físicas, representativas del estado de uno u otro, asumen valores distintos en ambas entidades. Por otra parte, cada mutación deja necesariamente en el sistema, en el medio o en ambos, la huella de una lesión tanto más importante cuanto mayor sea el desequilibrio provocado por la transformación y, consiguientemente, cuanto más rápida sea ésta; se deduce, por tanto, que a menor velocidad de transformación corresponde un menor grado de reversibilidad y una menor entidad de las huellas dejadas por la misma. En el caso que nos ocupa, las transformaciones más frecuentes y dañinas, por la magnitud de sus consecuencias, se concretan en la transferencia de calor del sistema al medio, o viceversa, acompañada del intercambio de masas de agua en fase Kquida o vapor; dicha transferencia de agua está en el origen de la sucesiva manifestación de otros fenómenos físicos, químicos o biológicos, los cuales tienen lugar cuando desaparece la actividad térmica capaz de determinar la actividad del agua. Exceptuando algunos procesos en los que hay que buscar la causa del deterioro en fenómenos puramente mecánicos, eléctricos o de intercambio de energía radiante, el esquema termodinámico sugerido es aplicable de forma general y nos permite concluir que todo proceso de deterioro podría detenerse si se alcanzara un perfecto equilibrio termodinámico entre objeto a conservar y ambiente de conservación; ello nos marca, por otra parte, la pauta concreta de un criterio general. La conservación de revestimientos decorativos pintados... el de la conservación preventiva, basado en la posibilidad real de moderar los procesos de deterioro mediante procedimientos capaces de reducir la magnitud de los desequilibrios entre objeto y ambiente. La clasificación esquemática de los factores de deterioro en tres grandes categorías, físicos, químicos y biológicos, según la naturaleza de los fenómenos que en cada caso resulten determinantes en el inicio y posterior evolución del deterioro, facilita la interpretación global de los distintos fenómenos presentes y la comprensión de sus mecanismos evolutivos. En cualquier caso, resulta de gran utilidad para poner de manifiesto tanto el modo en que cada categoría de causas interviene en función de las demás, como la forma en que desarrollan su propia acción respecto a la naturaleza y propiedades del sistema, y el modo en que tales causas pueden asociarse a las propiedades del ambiente de conservación, es decir, a las características del medio. Causas físicas de deterioro En general, las causas de carácter mecánico accidental son las más variadas y, por su naturaleza, difícilmente predecibles, excepción hecha de los daños debidos a desequilibrios estáticos de la estructura arquitectónica. No obstante, también han de tomarse en consideración las causas mecánicas debidas a determinadas condiciones del medio, en especial las que dependen de la dinámica de los movimientos del aire, ya sea de forma directa -erosión eólica-o indirecta, mediante la activación de procesos físicos y químicos favorecidos por cambios térmicos por convección o evaporación. Así mismo, entre las causas mecánicas de deterioro hay que añadir las vibraciones inducidas que se propagan por vía sólida o aérea. Otro grupo de agentes patógenos, cuyos efectos se manifiestan con intercambio de calor, cambios de fase y transferencia de agua, son los de tipo térmico y están ligados a las propiedades del ambiente -del medio-, las características climáticas y meteorológicas del lugar, la presencia, comprobada o presumible, de fuentes de calor y humedad, o la presencia de agua en cualquiera de sus fases de agregación. Dentro de las causas térmicas de deterioro incluimos la absorción de energía radiante, cuyos daños podemos atribuir en la mayoría de los casos a la radiación solar y, eventualmente, a la luz artificial. No obstante, el efecto de la absorción de energía puede no ser puramente térmico, sino relacionado con la naturaleza y propiedades de la energía absorbida; de hecho, podemos considerar más peligrosas las radiaciones de menor longitud de onda. Causas químicas de deterioro Se pueden atribuir, prácticamente en todos los casos, a la acción de los contaminantes, compuestos que reaccionan con los materiales constitutivos de la obra, a la que llegan por vía acuosa o aérea. En cualquier caso, la transferencia del contaminante desde la atmósfera hasta la superficie de la obra, y de ésta a su interior, utiliza el agua como principal vehículo de acceso; de ahí la importancia del conocimiento y control de las condiciones termohigrométricas del medio, ya que son factor determinante de la actividad de origen químico y, por tanto, de los daños y alteraciones que ésta provoca. Se ha verificado claramente que los compuestos más peligrosos para la estabilidad del sistema en cuestión son aquéllos producidos por la acción humana, con independencia de las condiciones físicas ambientales o hechos de origen biológico. Este grupo de contaminantes artificiales está constituido por productos liberados en procesos activados por el hombre, en particular los procesos de combustión; entre dichos contaminantes destacan el anhídrido sulfuroso y anhídrido carbónico, el amoniaco y los óxidos de carbono y de nitrógeno. A ello hemos de añadir la acción de contaminantes naturales, tales como el oxígeno, el agua en fase líquida y vapor, el anhídrido carbónico o los aerosoles naturales. Con frecuencia, la formación de depósitos superficiales se debe a la deposición de polvos contaminantes, de origen natural o artificial, cuya reactividad química resulta, por lo general, menos lesiva para la obra que en los casos precedentes; sin embargo, las alteraciones cromáticas que la deposición de estos polvos produce en el conjunto pueden dificultar su lectura notablemente. Esta categoría comprende las causas de deterioro originadas por la colonización y desarrollo de microorganismos (hongos, bacterias) cuyo ciclo vital interfiere con los materiales constitutivos del sistema. Sin embargo, el desarrollo de colonias biológicas depende en gran medida de las condiciones físicas ambientales, en particular, y una vez más, de la temperatura y la humedad relativa del aire. Lógicamente, entre los factores biológicos lesivos incluimos algunos organismos de orden superior, en particular la flora vascular. Diagnóstico preliminar de alteraciones Una vez esbozada la principal serie de factores desencadenantes del deterioro, es interesante hacer referencia, siquiera sea a grandes rasgos, de aquéllas manifestaciones representativas del mismo que nos permiten, mediante un simple examen organoléptico, una primera aproximación a la naturaleza de los problemas presentes en la obra y la valoración de su estado de conservación. Como hemos visto, las huellas del deterioro détectables a simple vista en la superficie de la obra son el resultado de procesos fisicoquímicos iniciados y favorecidos por la acción de la humedad y los cambios de temperatura en el medio y, por ende, en el sistema. Las alteraciones más comunes que comprometen con desigual intensidad la superficie de los revestimientos con decoración pictórica, se reducen, simplificando mucho, a la pulverulencia, la exfoliación y las manchas. De ellas, la pulverulencia o rotura micrométrica de la película superficial, es el fenómeno más devastador, por cuanto el material reducido a polvo es prácticamente irrecuperable. Su presencia suele estar asociada a las tensiones disruptivas que provoca la recristalización de ciertas sales solubles en las paredes de los poros superficiales. No obstante, esta alteración también es común en los colores que, por ser poco agregados, llevan un alto porcentaje de carga o arcilla y se han aplicado sobre enlucidos poco coherentes. Dadas las dimensiones micrométricas del polvillo es frecuente que este tipo de alteración sólo sea visible con luz rasante. La exfoliación, el levantamiento de láminas de mayor o menor tamaño que tiene lugar sobre el enlucido, presenta diferentes características según la técnica pictórica en juego y el tipo de pigmentos utilizado; así, esta alteración es frecuente cuando la técnica implica enlucidos relativamente pulidos -pintura a la cal-, donde las pinceladas resultan más corpóreas, o cuando en los temples se utilizan pigmentos con un alto contenido en arcilla -tierra verde y amarilla-; en este caso, los continuos cambios de volumen por absorción y desorción de agua culminan con la separación de estos pigmentos de la superficie, más rígida, del soporte. En cuanto a las manchas, las más frecuentes son las producidas por la alteración tanto de los aglutinantes orgánicos de los pigmentos, como de ciertos productos orgánicos utilizados como fijadores o «protectores» durante anteriores intervenciones. También son muy comunes las alteraciones cromáticas de naturaleza biológica, ya se trate de la presencia de colonias fúngicas, bacterianas o de microorganismos capaces de poner en marcha complejos mecanismos bioquímicos de deterioro. Merecen especial mención las alteraciones cromáticas debidas a la transformación química de algunos pigmentos, bien por contacto con el oxígeno atmosférico, caso del albayalde (carbonato de plomo blanco) que se transforma en bióxido de plomo de tonalidad marrón, o bien por la presencia de humedad, como ocurre con la azurita (azul) que se transforma en malaquita (verde). Un aspecto que podemos incluir entre los daños détectables de forma inmediata por los sentidos es el estado de adherencia entre los diferentes estratos de la pintura, en especial entre enlucido y enfoscado y, ocasionalmente, entre éste y el muro. El sonido producido al golpear ligeramente la superficie mediante los nudillos o pequeños martillos de madera, permite apreciar con cierta exactitud si hay separación de estratos y su localización; no obstante, podemos acudir a técnicas de examen científicas más sofisticadas (termovisión, ultrasonidos), pero la experiencia del conservador técnico ofrecerá, en la mayor parte de los casos, resultados satisfactorios. Este tipo de estudio previo, cuyo objetivo es el conocimiento general de la situación en que se encuentra la obra, debe completarse con el análisis químico y estudio pormenorizado de micromuestras representativas a cargo de los laboratorios científicos, principalmente los de Química, Geología y Biología. La fase de planificación: metodología La conservación de cada pintura mural nos enfi: enta a una obra única asociada a una problemática particular. Este hecho justifica la necesidad un estudio minucioso y sistemático que, profundizando en el conocimiento de la obra, permita elaborar y abordar con garantías un plan correcto de intervención. El estado de conservación de la obra junto a la interpretación de las posibles modificaciones sufridas por la misma, son factores determinantes para su comprensión como valor estético e histórico; por ello, las operaciones técnicas de diagnosis y el estudio histórico y crítico deben llevarse a cabo en estrecha correlación. Así se entiende que toda intervención de conservación es, antes que una serie de operaciones técnicas realizadas sobre la materia del objeto, la asunción de im. juicio crítico, producto de una actividad multidisciplinar en cuyo proceso habrán intervenido especialistas de los más variados campos (historia del arte, arqueología, arquitectura, conservación técnica, restauración...) y científicos de diferentes especialidades (química, física, biología, geología...). La coordinación de semejante actividad estará a cargo del técnico en conservación que, en última instancia, astimirá la decisión y aplicación de los diferentes tratamientos, así como la responsabilidad del resultado final. El acopio de datos muy diversos, su comparación y la determinación de sus relaciones causales, constituyen la fase preparatoria, sin la que toda intervención no pasa de ser un ejercicio empírico y bien intencionado, propenso, por otra parte, a la comisión de errores. A grandes rasgos, los procesos de estudio histórico y de diagnóstico pueden estructurarse como sigue. El estudio histórico debe reunir toda la documentación posible, gráfica y literaria, referida a la obra y a su historia, valorando los diferentes problemas históricos y críticos e integrando los aspectos arqueológicos y tecnológicos de la misma. Desde el punto de vista de la interpretación crítica, los datos obtenidos jugarán un papel de primer orden cuando se trate de definir el plan de intervención, ya que éste conlleva de forma implícita la elección del aspecto formal de la obra al finalizar los trabajos de conservación y, en su caso, de restauración. Complemento decisivo del estudio histórico y crítico, el examen tecnológico se encargará de revelar con precisión la estructura técnica de la obra e identificar las alteraciones sufiidas por ella, estableciendo su origen y los mecanismos de su evolución. Ya se trate de determinar la técnica y materiales utilizados por el artista o de diagnosticar las alteraciones y sus causas, para la realización de estos estudios se procederá sistemáticamente desde el soporte, con su contexto arquitectónico y natural, hasta la capa pictórica, pasando por el medio climático. En este caso, el examen in situ mediante instrumentos simples deberá completarse con el análisis específico en laboratorio de muestras significativas tomadas al efecto. Por regla general, las muestras de sales, pigmentos y morteros se someten a estudios de microscopía, óptica y electrónica de barrido (SEM), análisis de espectroscopia atómica de emisión (XRF) y análisis ópticos no espectroscópicos (XRD). Estas técnicas permiten la identificación de la microestructura de la materia, orgánica e inorgánica, caso de la microscopía electrónica [SEM]; determinar la naturaleza y concentración de ciertos elementos en superficies y muestras constituidas por varios componentes (penetración± 30 IX), caso de la fluorescencia de rayos X DOEF]; la identificación de pigmentos y de productos de alteración de morteros, caso de la difracción de rayos X [XRD]... La información que ha de incluir el estudio de alteracio/zes ha sido desarrollada en la primera parte de estas notas, al referirnos al examen organoléptico que nos permitiría desvelar la naturaleza y magnitud de los problemas presentes en la obra (variación de las propiedades de la superficie, lagunas, eflorescencias y concreciones salinas, etc.). Otro aspecto importante de este estudio es el ya mencionado control de adherencia, tanto de la capa pictórica respecto al enlucido (exfoliaciones, pulverulencia, etc.), como entre los distintos estratos que conforman el revestimiento mural (zonas con riesgo de desprendimiento). Los diferentes tipo de alteración deben localizarse gráficamente sobre dibujos, planos o fotografías, de forma que puedan contrastarse con los planos de situación de los diferentes tipos de humedad identificados (ascensión capilar, filtraciones, condensación, etc.). Generalmente resulta difícil detectar a simple vista la presencia de microorganismos, no siempre diferenciables de las eflorescencias salinas, por lo que su identificación requerirá técnicas y medios específicos de laboratorio. El estudio de alteraciones comprende, así mismo, la caracterización de las causas que provocan y favorecen el deterioro de la pintura; visto que la humedad en la principal causa de su deterioro, resultará de especial interés la determinación de los tipos de humedad, su origen y la localización de los focos activos. Ya hemos destacado anteriormente el importante papel que juegan los factores climáticos y microclimáticos en la definición de las alteraciones fisicoquímicas y biológicas, por lo que se impone la realización del estudio termohigrométrico, a través del cual se determinarán no sólo las condiciones idóneas para el mantenimiento y conservación de la obra, sino también las intervenciones precisas para minimizar los efectos de la humedad. El estudio de las condiciones termohigrométricas debe abarcar tanto el medio que rodea la obra, como la superficie^ y, eventualmente, el interior de la misma. Dado que el objetivo de este estudio es la recopilación de datos acerca del desarrollo de hechos periódicos y ocasionales relativos a las variaciones de humedad y temperatura, en el material y en el medio, será preciso tener en cuenta las variaciones diarias de ambos parámetros y, en mayor medida, las estacionales y anuales. Frecuentemente, además de la humedad y la temperatura, resulta de especial interés el control de los movimientos y velocidad del aire, parámetro estrechamente relacionado con las variaciones de humedad del sistema, y del contenido de materias químicas, gaseosas y en sus- pensión, presentes en el medio. El conocimiento de estos aspectos permite determinar los procesos de alteración debidos a la humedad, tales como la migración y cristalización de sales solubles transportadas por el agua y la formación de concreciones superficiales. El estudio de la contaminación atmosférica, una de las causas de alteración más activas en los conjuntos murales, se centrará principalmente en el contenido de anhídrido carbónico y aerosoles naturales (polvo de sílice y carbonato calcico procedentes del suelo, cloruros y sulfatos procedentes del agua del muro), así como en los agentes contaminantes (anhídrido sulfuroso, amoniaco y aerosoles artificiales) depositados en superficie. El análisis minucioso de los datos proporcionados por los diferentes estudios a los que nos hemos venido refiriendo, culminará con la elaboración de las conclusiones definitivas acerca del estado de conservación y el registro gráfico de la tipología de las distintas alteraciones, así como la extensión y alcance relativos de las mismas en las distintas superficies de la decoración mural. Así mismo, tomando como base el estudio histórico-crítico y arqueológico, se definirán tanto los criterios que informarán la propuesta de intervención razonada, como los objetivos perseguidos por la misma. Por último, se abordará el proyecto definitivo de conservación del conjunto con expresión concreta de la metodología y materiales a emplear en los procesos del tratamiento; en el caso de los materiales y productos que habrán de intervenir en los mismos, se especificarán las calidades y concentraciones adecuadas, basándose para ello en las diferentes pruebas de idoneidad de materiales que se realizarán in situ y en laboratorio, sobre muestras representativas, a fin de comprobar la bondad de su comportamiento. Por otra parte, la documentación obtenida en estas primeras fases de estudio resultará de inapreciable valor para diseñar el plan estratégico de la conservación preventiva del conjunto, marcando las pautas a seguir para su mantenimiento y proponiendo el tipo y ubicación de los controles necesarios. La documentación gráfica del proceso de conservación Quisiera, por último, resaltar la importancia que tiene la documentación gráfica, complemento inexcusable de los informes correspondientes a todas y cada una de las fases de estudio e intervención. La obra debe documentarse fotográficamente antes de la intervención, tanto blanco y negro como en color, con luz directa y luz rasante. y, ocasionalmente, con luz ultravioleta y/o infrarroja. Tal material será útil no sólo para la documentación histórica de la pintura, sino para efectuar posteriores confrontaciones de verificación. De igual modo, deben documentarse todas las fases operativas mediante fotografías generales y de detalle. También deben elaborarse gráficos de la obra donde se representen, sobrepuestos, los elementos significativos de la técnica pictórica, del estado de conservación (áreas de exfoliación, pulverulencia, descohesión, lesiones de la estructura, zonas de humedad y, en general, todo aquello que debe ser tenido en cuenta para la valoración precisa del estado de deterioro del conjunto), de las fases sucesivas de los trabajos, los puntos de inyección de consolidantes, las zonas tratadas con métodos particulares y, en fin, las zonas en las que se ha procedido a reintegraciones de mortero y de color. Términos de uso frecuente Alteración cromática: Alteración que se manifiesta por la variación de uno, o más, de los parámetros que definen el color: tono, claridad, saturación. Puede presentar diversa morfología según los casos y puede referirse a zonas amplias o muy localizadas. Conservación: conjunto de acciones encaminadas a ralentizar en la medida de lo posible los procesos de degradación de los diferentes materiales. Disgregación: Descohesión caracterizada por el desprendimiento de granulos o cristales ante mínimos estímulos mecánicos. Eflorescencia: Formación de materia, generalmente blanquecina y de aspecto cristalino, pulverulento o filamentoso, sobre la superficie de la obra. En ocasiones, tratándose de eflorescencias salinas, la cristalización tiene lugar en el interior del material provocando el levantamiento y separación de las partes más superficiales: el fenómeno se denomina criptoeflorescencia o suhflorescencia. Erosión: Desprendimiento de material de la superficie debido a procesos de distinta naturaleza. Cuando se conocen las causas de degradación se pueden utilizar términos como erosión por abrasión (causas mecánicas), erosión por corrosión (causas químicas y biológicas), erosión por desgaste (causas antrópicas). Exfoliación: Degradación que se manifiesta con el levantamiento, seguido de la caída, de uno o más estratos superficiales subparalelos entre sí. Las láminas -escamas, cuando son de pequeño tamañoestán constituidas generalmente por material no alterado en apariencia, pero bajo ellas puede constatarse muchas veces la presencia de eflorescencias o pátina biológica. Factores de alteración: parámetros capaces de inducir cambios en las propiedades de los materiales, creando las condiciones favorables para su deterioro, o bien a través de determinados mecanismos de alteración. Fisuración y agrietamiento: Degradación que se manifiesta con la formación de soluciones de continuidad en el material y que puede implicar el desplazamiento recíproco de las partes. Higroscopicidad: propiedad de algunos cuerpos inorgánicos, y de todos los orgánicos, de absorber y exhalar la humedad según las circunstancias que los rodean. Incrustación I concreción: Depósito estratiforme, compacto y generalmente adherido al substrato, compuesto por substancias inorgánicas o por estructuras de naturaleza biológica. Laguna: Caída y pérdida de zonas de una pintura mural, dejando al descubierto los estratos interiores del revestimiento o del soporte (tb. pérdida, falta), Mancha: Alteración que se manifiesta mediante la pigmentación accidental y localizada de la superficie; está relacionada con la presencia *de material extraño al substrato (herrumbre, substancias orgánicas, barnices). Mantenimiento: inspección periódica de un objeto o monumento, incluyendo tratamientos puntuales «a pequeña escala» de cara a controlar los procesos de deterioro y prevenir tratamientos de conjunto, más costosos y con frecuencia traumáticos para la obra (conservación preventiva). Los programas de mantenimiento %e deben entender como complemento de todo tratamiento de conservación, para mantener las condiciones «mejoradas» del objeto o monumento. Pátina biológica: Estrato mórbido y homogéneo adherido a la superficie y de evidente naturaleza biológica, de color variable. La pátina biológica está constituida principalmente por microorganismos que pueden adherir polvo, tierra suelta, etc. Pulverulencia: Descohesión que se manifiesta con la caída espontánea del material en forma de polvo o granulos. Restauración: conjunto de acciones encaminadas a mejorar la legibilidad y/o subrayar los valores estéticos de la obra. Técnicas de la pintura mural El firesco es la técnica de la pintura mural realizada sobre un enlucido firesco -^húmedo-a base de cal, en el que los pigmentos, de naturaleza mineral y aplicados en suspensión acuosa, se fijan por carbonatación del hidróxido de calcio -cal apagada-procedente de aquél. La reacción espontánea de carbonatación del soporte obliga a iniciar y finalizar la aplicación de los pigmentos en un intervalo de tiempo determinado, lo que asegura a la obra sus peculiares cualidades estéticas y de resistencia. En esta técnica de la pintura mural se procede según las fases seguidas para la ejecución del soporte pictórico del firesco, pero el color se aplica sobre el enlucido seco -en estado avanzado de carbonataciónmezclando los pigmentos con una lechada de cal, que actúa como medio y aglutinante del color; ello da lugar a un estrato de carbonatación, que constituye la película pictórica, sobrepuesto al enlucido y bien diferenciado del mismo. La pintura «en seco»: temple y óleo Se trata de técnicas pictóricas en las que los pigmentos están unidos entre sí y a la capa de preparación o enlucido, seco en cualquier caso, mediante aglutinantes orgánicos en solución o en emulsión acuosa (huevo, caseína, goma arábiga, resina, cola animal), o aceites (de linaza, de adormidera). Por esta razón, es difícil establecer a simple vista la composición de la película pictórica en las pinturas murales al temple, debiéndose recurrir siempre a análisis de laboratorio para ello. Tratamiento de emergencia: intervención destinada a garantizar la estabilidad de una obra/monumento en tanto se consiguen los medios para el tratamiento definitivo. Muchas veces es recomendable una política de «tratamientos de emergencia» como primera propuesta de conservación de monumentos o sitios de grandes dimensiones. Dicha política debe basarse en un inventario, incluyendo una descripción detallada de las condiciones de conservación, y en el desarrollo de un plan prioritario. La construcción de protecciones temporales, por zonas o de conjunto, forma parte con frecuencia de un tratamiento de emergencia. ^ Según Vitrubio, los revestimientos romanos estaban constituidos por tres capas de cal y arena sobre las que se aplicaban otras tantas capas de cal y polvo de mármol; a su vez, la última de éstas podía estar cubierta por una fina capa de cal, yeso o arcilla, aplicada con brocha. ^ En el caso de la técnica al fresco, este primer estrato de mortero cumplía, además, la función de almacén de humedad. ^ Si bien los términos italianos arriccio e intonaco se referían originalmente a los revestimientos basados en la cal, su uso puede extenderse a otros tipos de revestimiento, cuando el igualado del muro se confía a una capa distinta de la que recibe el color. ^ Entendiendo por sistema el conjunto de materias que, relacionadas entre sí, contribuyen a conformar determinado objeto, y por medio, el conjunto de circunstancias físicas y químicas exteriores al sistema [objeto] y que influyen en él. ^ La superficie de la pintura está en condiciones particulares de inestabilidad respecto a la estructura mural al ser la zona de contacto con el medio cambiante. Es en la superficie y zonas inmediatas donde la evaporación, la condensación o el simple paso de agua pueden provocar fenómenos de disgregación, dependiendo de la porosidad y densidad del material.
Me propongo esbozar, en algunos de sus trazos literarios e historiográficos, las grandes líneas de la triste suerte de una sociedad que parece haberse destinado a desenvolverse, de manera irremisible, entre el permanente culto al Héroe nacional-Padre de la Patria y la sumisión recurrente al Antihéroe nacional-padrote de la Patria, combinados en un desorbitado y manipulador culto heroico. El Héroe nacional-Padre de la Patria se halla personificado en el general Simón Bolívar, como modelo de lo discrecional y autoritario vuelto símbolo de eficacia, e instituido legalmente. en los términos de la "Ley sobre el uso del nombre, la efigie y los títulos de Simón Bolívar", promulgada el 20 de junio de 1968, durante el gobierno democrático del doctor Raúl Leoni. El Antihéroe nacional-padrote de la Patria es un arquetipo del despotismo, obtenido con los desiguales aportes, pero con idéntica disposición de engendrar sucesor, mediante la destilación de la personalidad y obra de los generales Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez Chacón, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita y Marcos Pérez Jiménez, con el añadido actual del teniente coronel golpista sobreseído Hugo Chávez Frías, y establecido por la tradición como Némesis de las aspiraciones democráticas de la sociedad venezolana, presentes desde 1863. La condición de Héroe Nacional-Padre de la Patria, entendida también como la de fundador de la República de Colombia, denominada Gran Colombia, le fue reconocida a Simón Bolívar en los considerandos de la Ley de 24 de julio de 1823, por la cual el Congreso de la naciente República le concedió... "al Libertador Presidente la pensión de treinta mil pesos anuales vitalicios", atendiendo a que: "Es un deber de la República cuidar de la subsistencia, cómoda y decente del que le ha dado el ser, y de quien justamente espera habrá de elevarla al punto de grandeza y perfección á que la llaman sus destinos"... En suma, el agraciado quedó consagrado, también, como padre protector y orientador. A su vez, la condición de Anti-Héroe Nacional-padrote de la Patria nace y se reproduce por la detentación del poder político, ejercido discrecional y autoritariamente, en el marco de la república liberal autocrática, que fuera instaurada, si bien transitoriamente mediante la figura de una cuestionable dictadura comisoria, por Simón Bolívar, en 1828. Es una figuración, por lo general aberrante, del heroísmo que ha sido aclamada por áulicos y demás serviles, bien caracterizados por escritores e historiadores. La acepción reproductiva de esta condición seudoheroica se expresa, con toda propiedad, en la determinación, directa o indirecta, de engendrar políticamente sucesor. drote de la Patria. Esa conexión ha consistido en que, de manera sospechosamente consecuente, el primero ha sido utilizado como fuente de legitimación ideológica, y de aval político, del segundo, pero sin haberse atrevido este último a reivindicar, expresamente, lo pautado por el primero en su proyecto de Constitución para la República Bolívar, sobre la conveniencia de un Presidente con derecho a designar su sucesor, conformándose así un híbrido de la monarquía constitucional con la república. No obstante, ha sido la práctica del resultado de esta hibridación, más cercana de la monarquía absoluta que de la constitucional, el estilo de mando -que no de gobierno-, de esa suerte de monarcas republicanos. Son muy abundantes los testimonios literarios e historiográficos sobre esta contraposición de valores, si bien están confundidos en gran parte los medios de expresión de esos testimonios, porque ellos corresponden, por lo general, a la etapa de la historiografía venezolana en la que ésta formaba parte de "las bellas letras". En esta breve nota me limitaré a presentar y comentar unos pocos de esos testimonios, procedentes sobre todo de la obra de figuras menos frecuentemente mencionadas al tratar de estas materias. LA AFLICCIÓN PERSONAL Y COLECTIVA: ORIGEN DEL CULTO El 25 de marzo de 1859 fue publicada en El Heraldo, de Caracas, una "Advertencia" del escritor e historiador Juan Vicente González, referida a su "Historia del poder civil en Colombia y Venezuela", que termina con tres preguntas y un voto que, a juicio del autor, reflejan un pensamiento capaz de causar desánimo y tristeza. De las preguntas retengo las dos primeras:... "¿Tendrá la América del Sur una historia que nuestros nietos lean; y combatida por eternas revueltas, ensangrentada por la anarquía y el despotismo, florecerá algún tiempo entre los pueblos civilizados?"...... "¿Habrá un día reparador para su gloria eclipsada, su valor extinguido, sus leyes ultrajadas, sus ciudadanos proscritos?"... El voto resuma una esperanza agónica: "¡Que nuestros males sean condiciones transitorias para tiempos mejores! Porque el ciudadano puede consolarse de vivir proscrito en su patria, inútil a los demás, como esta patria crezca y se haga grande y le cubra muerto con un polvo glorioso" 1. Hacía tres décadas y media que la Batalla de Ayacucho había marcado el fin el Imperio español en América continental; y casi tres que fue rota la República de Colombia; símbolo el primer acontecimiento de la gloria alcanzada, e inicio el segundo, ante los ojos de todos, de una decadencia que no hacía sino acentuarse, ensañándose con el patriotismo de quienes, como Juan Vicente González, observaban sus tiempos con los criterios de su formación clásica; es decir, advirtiendo el abrupto contraste entre el auge y la decadencia, sin conceder mucho a la intermediación entre ambos. Y es, quizás, la dificultad de percibir esa intermediación lo que ha prevalecido en la visión literaria de la vida histórica de las naciones latinoamericanas, hecho claramente perceptible en las letras venezolanas, casi desde sus primeras expresiones. Nada de sorprendente hay, por consiguiente, en que esa visión, propia de una historiografía todavía parte de "las bellas letras", buscase y hallase, pronta y perdurablemente, símbolos que permitiesen transmitir, de manera eficaz y sintética, los resultados de enjundiosos balances historicistas. No costó mucho esfuerzo elegir el símbolo de la grandeza, vista luego como perdida o dilapidada. Para prestar tal servicio estaba destinado el Héroe Nacional-Padre de la patria, a quien además se le endosó toda la responsabilidad tanto de haber encendido, o avivado, la hoguera de una grandeza cuyas cenizas generaban desaliento, como de la frustración de las esperanzas marchitas; si bien la invocación de ese héroe permitió, al mismo tiempo, mantener la prédica de la tierra prometida, ahora solícitamente procurada por los Anti-Héroes-padrotes de la patria, que se cobijaban bajo el prestigio del autor, y único responsable, de la amalgama de orgullo y desesperanza que embargaba los ánimos. La selección del Héroe Nacional-Padre de la Patria no resultó muy difícil, tampoco, dado el necesariamente corto número de aspirantes. No ha sucedido igual con el símbolo de lo opuesto, por sobra de aspirantes. Así, la conciencia ARBOR CLXXXIII 724 marzo-abril [2007] 203-210 ISSN: 0210-1963 histórica del venezolano se ha debatido, y se debate, entre la adoración del Héroe Nacional-Padre de la Patria, benévolo, y el rechazo del Anti-Héroe Nacional-padrote de la Patria. El primero fue el abnegado libertador; el segundo ha sido el no pocas veces vesánico opresor. EL PESO DE LOS HÉROES: ¿NECESARIO? El escritor, ensayista e historiador Mariano Picón Salas dejó un testimonio sobre la Venezuela de 1941, que vivía los últimos momentos de la dictadura establecida por el Anti-Héroe Nacional-Padrote de la Patria General Juan Vicente Gómez en 1909, y prolongada, en lo esencial, por sus albaceas y herederos, hasta 1945. Vio... "un país de gloria olvidada entre las ruinas de su atraso"... Medio siglo antes, el novelista y periodista Manuel Vicente Romero García escribió del pueblo de Juangriego, en la Isla de Margarita:... "no tiene un muelle que necesita urgentemente; en cambio ostenta una estatua de Arismendi [general Juan Bautista Arismendi, héroe independentista local] sobre la arena de la playa"... ¿Se trata, en esto último, de una prueba del heroísmo acreditado como compensación de una vida de atraso y miseria? No es fácil sostenerlo expresamente; pero siempre ha sido posible intentar justificarlo, y acogerse, para hacerlo al precepto enunciado por el poeta y ensayista Manuel Osorio Calatrava en 1939:... "aún no somos todos tan ciudadanos -en ningún país del mundo-, que no necesitemos del héroe; ni tan sabios que no necesitemos del profeta"... 4; es decir de satisfacer la necesidad de un guía y orientador, particularmente en sociedades que no han alcanzado la madurez. Pero cabe preguntarse si el ensayista veía como algo transitorio la dependencia del héroe vivida por la todavía inmadura sociedad venezolana. Lo que es más, podía argumentarse que privar a los pueblos decadentes y empobrecidos de su última riqueza no parece que se correspondiese con los intereses de esos pueblos, según sostuvo, en 1881, el que fuera considerado una especie de Homero venezolano, el homenajeado Eduardo Blanco: la representación literaria de esa situación:... "La Venezuela Heroica de Eduardo Blanco estaba inédita en la mente popular, y en ese ambiente se formaban los hombres de combate, cuyo campo experimental se dividía en partes iguales, entre godos [conservadores] y liberales" 7. La manifestación de esta obnubilación patriótica en los individuos fue caracterizada por el escritor y novelista Manuel Díaz Rodríguez, en su novela Ídolos rotos, publicada en 1901, al referirse a uno de sus personajes, lo dice... "Perteneciente a una familia para la cual hacía veces de segunda religión 8, el culto rendido a Bolívar, él halló en este culto el más alto ideal de su existencia"... Las consecuencias sociopolíticas de semejante exaltación del heroísmo reducido a lo militar no podían ser más graves, como lo advirtió el ensayista y periodista César Zumeta en una nota crítica, publicada en 1895, a la obra de Laureano Villanueva "Vida del Gran Mariscal de Ayacucho". Sentenció César Zumeta que: "En tierras donde el mal que nos corroe las entrañas es la glorificación de los vencedores, y por atavismos antropomórficos van cayendo los pueblos de rodillas ante los hombres llamados providenciales, sancionar el personalismo incondicional de la gloria, es perpetuar el personalismo incondicional del éxito"... Y tal ha sido el efecto perverso, según el mismo autor, de lo que algunas mentes preocupadas creyeron que sería una tabla de salvación para un espíritu colectivo que, atribulado, se sumía en el desaliento, hasta rayar en la desesperación:... "Cuando las grandes conciencias, los cerebros guiadores colocan a Bolívar por encima de la crítica y de la historia, la masa guiada, el pueblo, no vacila en colocar a una mediocridad cualquiera sobre la nación y las leyes"... Se conformó de esta manera, prosigue, una situación sociopolítica que fue favorecida por la desviación del sentimiento patriótico así fomentado:... "Hubiéramos sido más parcos en ditirambos, y no llenarían nuestra historia de los últimos setenta y cinco años tres o cuatro hombres que gobernaron en no interrumpida apoteosis, más arriba de toda responsabilidad y de toda sanción" 10. Tal había sido el resultado de una exaltación del heroísmo militar a la manera de Eduardo Blanco, cuando sentenció que: "Esos muertos a quienes maldicen hoy locas pasiones, debieran ser sagrados: sus faltas, si algunas cometieron, desaparecen ante el supremo esfuerzo que hicieron por la patria. Obscurecer el brillo que irradia su memoria es desagarrar nuestra epopeya." Este pensamiento sirvió al autor para consagrar nuestro primer Anti-Héroe nacional-Padrote de la patria, el sobrevalorado caudillo llanero general José Antonio Páez: "Atentar a las glorias de Páez, es atentar a las glorias de Venezuela" 11. Se abrían de esta manera los caminos que recorrería la mente crítica, enfrentada a los excesos literarios del culto heroico y a sus consecuencias sociopolíticas. Uno de esos caminos era el de establecer el contraste entre el pasado heroico, tan exaltado por todos, y un desmirriado presente al que, sin embargo, no le faltaban devotos, como lo hizo el novelista y ensayista Pedro María Morantes (seud. Pío Gil), en 1911: "Tenemos una historia muy gloriosa que no necesita de pirotecnias épicas. En nuestra vida de apenas tres siglos, se han visto todos los heroísmos que las naciones más antiguas registran en sus anales milenarios. Nuestros progenitores indígenas, dieron héroes; nuestros conquistadores, dieron héroes; nuestros próceres, dieron héroes. En nuestra historia patria, de muy pocas páginas, tenemos muchos Ayaxes y Aquiles, muchas Salaminas y Zaragozas"... En cambio, la triste realidad de entonces no podía ser más decepcionante:... "Nuestra vida ha sido una sola diana, diana de victoria para nosotros ó de victoria para nuestros enemigos; pero vencedores o derrotados. habíamos combatido siempre, no nos habíamos entregado nunca, sin combatir. Esta vergüenza nos la impuso Castro [el Anti-Héroe Nacional-Padrote de la Patria, general Cipriano]. En el bloqueo [de 1902] no hubo un gesto que salvara nuestro honor"..., y dio una incisiva explicación de lo sucedido:... "La Restauración [presuntuosa designación del régimen jefaturado por el general Cipriano Castro], no tenía héroes, sino cortesanos y mercaderes"... Otro camino consistió en señalar la inconsecuencia con las auténticas glorias, al mismo tiempo que se exaltaba las falsas, cual lo apuntó el ensayista Vicente Dávila, en 1923-27: "En Venezuela tienen estatuas Antonio Leocadio Guzmán, falso Prócer y Padre de la Mentira, y los federales Juan Crisóstomo Falcón y Ezequiel Zamora, que asolaron los dos últimos el País y luego implantaron desventuras nacionales, y Codazzi [coronel Agustín], Ilustre Prócer, sabio Geógrafo y Gobernante austero, no tiene siquiera un busto" 13. Un tercer camino consistió en el ejercicio de la sátira, como lo ilustra el siguiente pasaje de "Marcelo", obra de Manuel Vicente Romero García, de comienzos del siglo XX:... "Chaparro era el ídolo de los muchachos; el payaso más gracioso que registran los anales patrios; creo que es el decano del arte nacional". / "-¿Y no tiene estatua?" / -No, que yo sepa... /"-Pero sí debió tener el busto del Libertador" 14. Los tres caminos, aquí apenas ilustrados, confluyeron en un pantano de amarga comprobación: la de la alabanza rendida al poder como fuente de un malhadado heroísmo que termina por empañar el auténtico, llegando hasta desvirtuarlo volviéndolo farsa. Fue la dolorosa comprobación ofrecida por Pedro María Morentes (seud. Pío Gil), en 1911, y lamentablemente repetida en la historia de Venezuela: "En las edades por venir, cuando el viento de los años haya arrastrado estos miasmas de ignominia que flotan en nuestra política, y la muerte, necesaria y fecunda como la vida, haciendo escoba de su guadaña implacable, haya barrido esta generación de palafreneros y ladrones que se ha adueñado de Venezuela [Se refiere al gobierno del Anti Héroe Nacional-Padrote de la Patria general Cipriano Castro]; en los tiempos futuros, cuando el historiador, dominando las náuseas, estudie y analice esta época bochornosa, se va á detener abismado ante la doble duda de que existieran cortesanos capaces de ofrecer esas alabanzas, y déspotas capaces de aceptarlas. En esos tiempos futuros, no sólo se va á dudar, como se duda ya, de las hazañas de nuestros días de gloria; también se dudará del rebajamiento de nuestros días de decadencia. El envilecimiento de los áulicos va á parecer tan asombroso como las proezas de los próceres: son dos heroísmos, el heroísmo del esfuerzo y el heroísmo del arrastramiento que van a desdibujarse en la frontera de lo increíble" 15. El contraste así establecido entre el pasado heroico, acríticamente estudiado y patrióticamente exaltado, y la conducta de quienes orquestaban esa operación ideológica, para los fines del control y usufructo del poder público, gritaba el atraso general de la conciencia pública, y pesaba, hasta bloquearla, en la modernización del país, en los diversos aspectos de la vida social y cultural. La primera víctima de esta conjura de la ignorancia, aliada de la mediocridad exhibida con avilantez, era la historiografía, salvo la excepción de contados espíritus críticos que osaron reaccionar, al menos en algunos aspectos, contra la historia oficial que se entronizaba. LA REUBICACIÓN DE LOS HÉROES: ¿NECESIDAD O RIESGO? Desde muy temprano algunos espíritus críticos alertaron sobre las consecuencias de lo heroico, tal como era concebido en los términos acuñados por la historiografía bellas letras y la literatura, y codificados por la historia oficial. Pronto se reveló su vinculación con la dramática, y frecuentemente trágica, vida de la República, en el perverso cultivo, en la opinión pública, de una disposición proclive a estimular el personalismo y su exacerbación el caudillismo. En 1952 el historiador Mario Briceño-Iragorry estimó que era llegada la hora de escribir una historia que, según el novelista José Rafael Pocaterra, quien demostró en esto... "mayor sentido histórico que muchos profesionales de la historia"..., no fuese sobre... "la época de los jefes insignes y de los subalternos que corrían como perros cerca de las botas de los jefes"...; y observa el historiador: "Esta circunstancia quizá sea una de las causas más pronunciadas de que nuestro pueblo carezca de densidad histórica"... La historia bélica... "ha sido para el pueblo venezolano como centro de interés permanente, donde ha educado el respeto y la sumisión hacia los hombres de presa"...; de allí que nuestra historia no halla sido... "sino la historia luminosa o falsamente iluminada, de cabecillas que guiaron las masas aguerridas, ora para la libertad, ora para el despotismo"... La persistencia de este indoctrinamiento de la conciencia pública, que abonaba el caudillismo, puede apreciarse por la circunstancia de que unas cuatro décadas antes había sido formulado un luminoso llamado a la revisión del concepto de héroe. En efecto, el escritor y novelista Manuel Díaz Rodríguez, al dirigirse, el 11 de diciembre de 1910, a los estudiantes de la Universidad Central, les advirtió que si bien hacia un momento había hablado... "de aquellos individuos portentosos que idearon, vivieron y coronaron la epopeya de nuestra emancipación política, pensaba yo que, haciéndole un gran daño inevitable a su posteridad, le aparejaban al mismo tiempo un gran deber, cuando fijaban el concepto del héroe con caracteres imborrables, de prestigio casi divino, en el alma de las muchedumbres"... Preocupado por esta modalidad de conciencia inducida so capa del patriotismo, hizo un llamado apremiante:... "El más urgente deber de cuantos en la República tenemos función de pensar, magistrados y jueces, estudiantes y maestros, escritores y artistas, nos impone crear el culto de la inteligencia y de la ciencia, para en lo posible sustituirlo al viejo culto del héroe en el corazón de las masas"... Pero de inmediato, cauto, también se puso a tono con los tiempos, y formuló una prudente advertencia: el cumplimiento de ese deber no consiste en... "alejarnos en absoluto de aquel concepto del héroe, ni mucho menos en romperlo y olvidarlo, sino en modificarlo, en transformarlo, en hacerlo tan amplio y generoso como el concepto de Carlyle, de suerte que en él quepan las más altas y puras formas del pensamiento y de la vida"... El orador terminó con una vehemente exhortación: "He ahí, con un nuevo concepto del héroe, el ideal moderno del héroe que debemos esforzarnos en poner a latir como un corazón en lo hondo, o a fulgurar como una estrella en la frente de las multitudes"..., seguida de una sentencia:... "Únicamente al amparo de ese ideal podríamos fundir el culto de la inteligencia y de la ciencia en el culto del heroísmo"... Medio siglo después el llamado de Manuel Díaz Rodríguez, cuyo cumplimiento implicaba, obviamente, una revisión crítica del desorbitado culto rendido a Simón Bolívar, halló un rotundo rechazo, en 1960, de parte del exaltado bolivarianismo del académico escritor e historiador Presbítero Pedro Pablo Bartola: "Pobres de nuestras naciones y pobrecita sobre todo nuestra patria y la del Héroe, Venezuela, el día -que ojalá nunca llegue ni siquiera se vislumbren indicios de que pueda llegar-cuando nuestros niños y jóvenes, por no haber recibido de maestros que debieran ser siempre insopechosamente nacionalistas y americanistas, una diligente, bien orientada y entusiástica enseñanza de la historia y del espíritu bolivarianos, se fueran acostumbrando a concebir una idea vulgar y hasta errónea de lo que fue y lo que debe significar para nosotros la personalidad y la obra de Bolívar"... Pero esta historia que el fervoroso sacerdote bolivariano defendía de los para él antipatrióticos asaltos de la crítica histórica, había sido estigmatizada por el ensayista e historiador conservador Augusto Mijares, dos décadas antes, como... "la interpretación [de la historia] que podríamos llamar heroica, para remedar a Carlyle, o caudillezca, según el propio lenguaje americano"..., por considerarla pesimista, si es que no derrotista:... "los que sostienen la teoría caudillezca sólo pueden esperar la reorganización republicana de estos países de la misma fuerza genial y personalista que, según ellos, produjo la Revolución emancipadora. Ésta habría nacido de un fiat providencial; es preciso resignarse a esperar otro" 19. Ha sido notable la resistencia de la historiografía venezolana, y por ende de la literatura, a poner por obra la revisión crítica del conocimiento histórico tradicional, y por lo mismo de su irrefrenable heroísmo belicista. Todavía en 1961 pudo escribir el historiador chileno Francisco A. Encina, refiriéndose a su país, que era... "tal vez el único en América ibera que está en condiciones de revisar la personalidad de sus héroes legendarios"... Esto, sin embargo de que, como he reseñado sumariamente, desde muy temprano se quiso llamar la atención sobre lo inconveniente de la exaltación desmesurada y pomposa de lo heroico, al mismo tiempo que se le censuró como producto de imitación. José Manuel Restrepo, cuya obra debe ser considerada, de pleno derecho, como parte de la historiografía venezolana, observó, en 1858, refiriéndose al traslado del corazón de Atanasio Girardot a Caracas, en 1813, dispuesto por Simón Bolívar como un medio para estimular el fervor combativo de sus tropas: "'Este viaje fúnebre-triunfal fue criticado severamente por un autor contemporáneo [Se refiere a José María Blanco White, en su periódico El Español], como opuesto á los usos y costumbres de los habitantes de la América meridional, y como una imitación de las farsas de la Francia republicana'..., y las censuró duramente:...'Estas procesiones, decía, con corazones en urnas, esos entierros á la heroica de Venezuela, y las fiestas cívicas de Buenos Aires, son cosas tan ajenas de las costumbres y opiniones de todos los países en que se habla español, que aunque produzcan un alboroto que los inventores toman por entusiasmo, solo contribuyen á disgustar á la gente sensata del país'". Todavía más, si bien el historiador grancolombiano justifica el retorno de Simón Bolívar a Caracas, para atender asuntos militares urgentes, no lo justifica... "en cuanto al triunfo y lo demás relativo al corazón y honores decretados á Girardot, los creemos excesivos y verdaderamente románticos" 21 LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL HEROÍSMO MILITAR NO PUDO VENIR DE MÁS ALTO Si alguna razón faltare a quienes, escritores, ensayistas e historiadores, abogaron por la consolidación del estatuto del héroe militar; o a quienes, como gobernantes, dieron pasos en esa dirección, bien les habría venido alegar el deber de obediencia a lo dispuesto por la más alta instancia, reconocida y para ellos incontrovertible, en esa materia, es decir la representada por Simón Bolívar, según lo recordó Felipe Larrazábal al transcribir en su obra, citada, el decreto dado por el entonces recién galardonado, por la Municipalidad de Caracas, con el título de "El Libertador", el 14 de octubre de 1813. Al serle participado el otorgamiento de este galardón, el agraciado respondió el 18 del mismo mes, agradeciéndolo y citando por sus nombres a otros merecedores del mismo, quienes,... "y los demás oficiales y tropas son verdaderamente estos ilustres libertadores. Ellos, señores, y no yo, merecen las recompensas con que a nombre de los pueblos quieren premiar vuestras señorías en mí, servicios que éstos han hecho". En consecuencia, dictó el siguiente 22 el Decreto por el cual se instituyó la Orden Militar de Libertadores de Venezuela. En los considerandos se hallan condensados los fundamentos de la visión patriótica de la disputa de la Independencia, y se proclaman los méritos de los que debían ser valorados como genuinos libertadores, a lo que sigue la más alta expresión de reconocimiento: "El premio de estas virtudes no está seguramente en el poder humano. Los hombres las admiran y los pueblos las reconocen. La injusticia más negra sería aquella que las escondiese al conocimiento universal. ¿Cómo no hacer distinguir por caracteres propios los autores inmortales de la libertad de Venezuela? ¿Cómo rehusar á esta ilustre República la satisfacción de testificarles su gratitud?". En consecuencia, "para hacer conocer á los hijos de Venezuela los soldados esforzados que la han libertado, se instituye una órden militar que los distingue". Pero los portadores de la venera correspondiente no sólo recibirán un título de honor, sino que éste comportará una honrosa recompensa: "Serán considerados por la República y por el Gobierno de ella como los bienhechores de la Patria: serán denominados con el título de beneméritos: tendrán siempre un derecho incontestable á militar bajo las banderas nacionales: en concurrencia con persona de igual mérito serán preferidos: no podrán ser suspendidos y mucho menos despojados de sus empleos, grados, ó medallas, sin un convencimiento de traición á la República, ó algun acto de cobardia, ó deshonor" 22. En suma, no quedaba mucho margen para la disidencia de que, sin embargo y no sin correr riesgo, como hemos visto, hicieron gala algunos de los futuros críticos del culto heroico, quienes no sabemos si repararon en que, al hacer tal cosa, incurrían en desacato a una potestad semidivinizada que osaban intentar humanizar.
Tal fue la expresión con que Don Pedro encabezó un artículo suyo que cerraba un número monográfico de ARBOR (Filosofía y Ciencia en la Obra de Pedro Lain Entralgo; CXLIII, 562-3) y que tomo, en su mayor parte, para recordar al maestro. Un opúsculo que trasluce su honradez intelectual y de hombre de bien. Más de una vez he escrito -comenzaba Don Pedro-que, cuando su nombre no es empleado en vano, la amistad requiere el ejercicio habitual de las tres actividades en que tiene su condición necesaria: la benevolencia (querer el bien del amigo), la benedicencia (hablar bien del amigo) y la beneficencia (hacer el bien del amigo). Y puesto que [ARBOR] ha querido mi bien -que yo parezca ser persona intelectual y éticamente estimable-, ha hablado bien de mí -presentando como algo realmente valioso lo que intelectualmente he hecho yo-y ha procurado mi beneficio -mostrándome que mi vida no ha sido una pasión inútil-, auténtica amistad me ha regalado. IMirando lo que intelectualmente he hecho en mi vida -continuaba Don Pedro-con entera sinceridad, no con modestia de ocasión, debo aplicarme la consabida sentencia latina multa, sed non multum; muchas cosas, pero no mucho. IMuchas cosas que se ordenan según las tres principales líneas de mi actividad intelectual: buscar porciúnculas de verdad -en la historia del saber médico, en la práctica de la medicina, en la expresión y en el ser de la condición humana-, transmitir con la palabra hablada y con la palabra escrita lo que me enseñaron y lo que yo encontré; y suscitar en algunos la voluntad de hacer mejor que yo algo de lo que yo hice y mucho de lo que yo no hice. [Amplia ha sido, Don Pedro, su colaboración con ARBOR.] He buscado con tesón -remachaba Don Pedro-, acaso con excesiva versatilidad, partecillas de verdad; y haciéndolo he confirmado lo que lapidariamente escribió San Agustín, que sólo por la vía del amor se entra en el reino de la verdad. Amor al pasado en el historiador, amor X Don Pedro Lain Entralgo: in memoriam amor al cosmos en el físico y en el biólogo, amor al hombre y a los hombres en el antropólogo y el sociólogo, amor al Dios en que cree el teólogo. Modesta, pero honestamente, tal ha sido el fundamento de mi vida intelectual; y con su amistosa atención hacia ella, indirectamente han demostrado ser operarios de ese gremio los que generosamente han querido admitirme en su compañía. Por vocación he aprendido lo que otros hicieron, he añadido a ese saber lo poco que he hecho yo, y he tratado de enseñar a mis discípulos lo que aprendí y lo que encontré. [Ya sabéis vosotros, que de todos los dones que decía Jenofonte que compramos a los dioses con el trabajo es, en el mercado de los encontré. [Ya sabéis vosotros, que de todos los dones que decía Jenofonte que compramos a los dioses con el trabajo es, en el mercado de los valores humanos, uno de los más costosos el del nombre si es de buena ley. El de Don Pedro Lain lo es.] Ante lo que para uno es de veras importante nunca puede ser fácil, si es persona sensible, la relación entre el callar y el decir. «Si se quiere de verdad hacer algo en serio -escribió Ortega-, lo primero que hay que hacer es callarse». Pero si lo que hay que hacer es expresar una gratitud seriamente sentida, al silencio debe seguir la palabra. Y puesto que valen más quintaesencias que fárragos, como tan quintaesenciadamente proclamó Gracián, solo con tres palabras [expresaré la deuda -mi deuda, la de ARBOR-de gratitud con usted, maestro Lain, que tuvo tan magnánima actitud con todos nosotros: amigo Lain, gracias.
Más de 300 empresarios británicos firman lui anuncio en la prensa con el lema «Einropa sí, euro no» «No deseamos que el Reino Unido quede atrapado en el euro, que esto lleve a impuestos más altos, que perjudique el desempleo», señalan los empresarios en el animcio. «Nuestra economía nunca estuvo tan bien como ahora. Es por ello que encuestas de las (firmas) ICM y MORI muestran que la mayoría del sector empresarial dice sí a Europa y no al euro», añade. El País, 7 de septiembre de 2000 Pocas dudas ofirece hoy en día la existencia de una entidad internacional, política y jurídica cobijada bajo el nombre de Europa, lo cual no es una constatación tan evidente como parece, dado que tal existencia implica romper algunos esquemas convencionales acerca de las formas de ser que hasta aquí se han desplegado en el plano internacional. En concreto, tal realidad implica sumar algo a las adjetivaciones abstractas de carácter geográfico o cultural, que han dado por supuesto desde antaño tal naturaleza europea -la Europa como hecho contrastado en geografía y en civilización de que hablaba el historiador Duroselle^-pero también restarlo a las representaciones convencionales que se tienen de la soberanía en los Estados-Nación históricos, ya que éstos siguen gozando de innegable salud en el interior del nuevo ente político. Pocas dudas existen hoy asimismo sobre su asentamiento, salvo catástrofes imprevistas, entre las realidades cotidianas de los ciudadanos de las viejas naciones integrantes, por mucho que los barómetros de la temperatura europeísta oscilen considerablemente y en algunas zonas del continente apenas alcancen valores mínimos de confortabilidad democrática. Apenas cabe duda, en definitiva, de que Europa existe políticamente, aunque en sus engranajes políticos se interfieran, y en apariencia cada vez con más vigor, los dos haces de fuerza -nacionalismo político e internacionalismo económico-que han acotado históricamente su trayectoria. Pero este tipo de pulsiones contradictorias forman parte del conjunto de peripecias que han conformado la geometría irregular de la construcción europea. Como en los años cruciales del nacimiento político propiamente dicho de Europa, cuando el europeísta suizo Denis de Rougemont exponía la paradoja de que Europa, «nunca antes tan amenazada, tan dividida ante el peligro», estaba deshaciéndose, pero al mismo tiempo, «por primera vez en toda su larga historia» estaba La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX construyéndose conscientemente^, también ahora, después de décadas de construcción de un mercado unido y de unas instituciones europeas comunes, aparece el proceso de unión más discutido y problemático que nunca, si nos atenemos a las manifestaciones más llamativas de las opiniones públicas europeas. Tal contradicción no es sino aparente. Sírvanos para desvelarla las citas que encabezan esta introducción y el país, de entre los grandes del continente, más reticente a la idea de una «nación» europea. Lo que en 1958 resultaba inaceptable -la apertura de un proceso de integración económica europea-se aplica en el 2000 al paso más audaz emprendido hasta ahora en ese camino: el euro. Se trata, pues, de periódicas crisis de crecimiento. Esto significa en términos generales que a cada paso -discutido-de unión europea le ha seguido una fase de asentamiento y negociación, incluso de retroceso aparente, para afirmar los pies sobre una plataforma común aceptable a las diversas concepciones de la idea de Europa. Pero siempre -al menos hasta el momento presente-el paso siguiente ha interiorizado como algo definitivamente adquirido -milagros del método comunitario-lo que antes resultaba problemático. Si en la fase europea abierta entre 1986 y 1992 con el Acta Única y el tratado de Maastricht los debates se han agudizado es simplemente porque por primera vez el futuro de la Unión no se justifica a partir de la lógica creada por su propia historia, sino que se trata de crear una forma política nueva, que toca a partes esenciales de lo que constituye la soberanía de las naciones y que es preciso construir conjuntamente por los países embarcados en el proyecto a partir de una ruptura con los métodos utilizados hasta el momento: el método Monnet de pequeños pasos y el procedimiento de negociaciones de carácter técnico, entabladas por personas legitimadas democráticamente, pero sustraídas al debate de las opiniones públicas europeas. Por primera vez, pues, Europa intenta construirse con los procedimientos todos que integran la democracia política, cosa, como es obvio, que propicia la presencia del tema europeo en el debate público^. La índole de los problemas planteados entre uno y otro proceso es lo que se intenta someramente esbozar aquí desde una perspectiva impresionista, que combina la mirada cruzada desde diferentes escenarios europeos y la visión española de lo europeo, más genérica, más prospectiva, dado su alejamiento por razones bien conocidas de las etapas concretas de diseño de una Europa posible. Es preciso recalcar, sin embargo, antes de concluir este preámbulo, que este conjunto de trabajos no intentan trazar una historia de las Comunidades europeas en sentido estricto^. Algo contienen de ese pro-Francisco Villacorta Baños ceso ciertamente, pero si hubiera que darles una imagen unitaria, la más certera sería la de una errática navegación por los brazos y los meandros de un caudal histórico más amplio que los particulares de la Europa unida: en última instancia, a los que hacen referencia a una hipotética identidad colectiva europea y a los canales de comunicación pasados y presentes a partir de los que es posible imaginarla. La imagen no es nueva. Pertenece al pedagogo checo Comenio, víctima él mismo de las luchas político-religiosas de la Europa del siglo XVII, cuando en su obra Praefacio ad Europeos, de 1645, escribía: «Nosotros los Europeos debemos considerarnos como viajeros embarcados en un mismo navío»^. Todo hace pensar que esa tarea resulta tan incierta -tan sugestiva por ello mismo-como la propia tarea de organizar un futuro unido y construir su sentido racional. Hace ya unos años algunos historiadores de diversos países europeos, en el marco de los programas de investigaciones patrocinados por la Comisión Europea, se plantearon la tarea de reflexionar sobre algunas de estas cuestiones -Identité et conscience européennes au XXe siècle fue el título genérico-y sus resultados -«la Europa de los historiadores»-tienen ese mismo cariz de lo provisional y lo prospectivo que ha sido el de las propias instituciones europeas. Nada en uno y otro campo es definitivo y firme, pero todo tiene al mismo tiempo la existencia inquebrantable que goza lo construido sobre principios racionales y democráticos, en permanente equilibrio entre los diversos compromisos sobre los que se ha ido diseñando la idea de Europa. Que en síntesis han sido los siguientes: el imperativo básico de construir un espacio de paz donde antes se había desarrollado la dialéctica del equilibrio/supremacía de las naciones, el de disciplinar y racionalizar las fuerzas de las economías nacionales para sentar sobre ellas una prosperidad económica compartida en beneficio de ciudadanos y territorios, el de equilibrar los legítimos intereses de los aún reticentes nacionalismos integrantes de la unión y, finalmente, el de moderar la lógica burocrática de las propias instituciones europeas. Con lo que ello tiene a la vez de positivo y problemático, aunque Europa no fuese más que esto, razones múltiples habría para analizar como historiadores, y aun para desear como ciudadanos, el crecimiento pujante de esa conciencia de ciudadanía europea, cuyo déficit tanto se lamenta hoy en día por parte de los federalistas europeos^. Bien se puede decir que históricamente los principios más permanentes vinculados a la utopía de la unión continental han sido el de La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX la paz entre las naciones europeas y el del libre desarrollo de sus intercambios económicos. Como contrapunto de la realidad histórica secular de sus relaciones políticas y comerciales, siempre conílictivas, diversos hombres de la comunidad cultural europea -y que, como ya señaló Ortega y Gasset, fue europea antes de cristalizar en las modulaciones nacionales^-soñaron en diferentes épocas y desde diferentes geografías la unión continental como un imperativo moral de concordia entre los hombres del continente. William Perm, el Abad de Saint Pierre, Rousseau o Kant fueron algunos de ellos^. Desde el siglo XIX además Inglaterra añadió a esa utopía de paz otra económica: la aritmética moral del utilitarismo librecambista, que había de dar justicia a cada uno y prosperidad a todos. Paz y librecambismo están tras la convocatoria del Congreso de la Paz de 1849, después de las conmociones revolucionarias del año anterior, presidido por Victor Hugo, de donde proceden sus proféticas palabras sobre la futura Europa unida: días vendrán -vino a decir-en que no habrá en Europa otro campo de batalla que el de los mercados, las ideas y los votos. Pero no fueron estos principios los que terminaron imponiéndose en la realidad de la política continental, sino el de la nación y con ella la permanencia de los principios de la razón de Estado, de la realpolitik y del nacionalismo económico, ahora subordinados al engrandecimiento del Estado y de la nación liberal, como antaño lo había estado a los intereses y al prestigio de la dinastía monárquica. Las iniciativas de concordia continental quedaron vinculadas así a la búsqueda, desde diferentes iniciativas públicas y privadas, de mecanismos de desarme y de instrumentos de arbitraje internacional que recompusiesen los pedazos de un derecho público europeo hecho jirones. La creación en 1868 de la Liga Internacional de la paz, editora del diario Los Estados Unidos de Europa, la constitución en 1873 del Instituto de Derecho Internacional de Gante, las sucesivas convocatorias de los Congresos de la Paz, las Conferencias de la Paz de La Haya de 1899 y 1904, fueron, todas ellas, iniciativas que, a despecho de su carácter internacionalista en la mayor parte de los casos, bien puede decirse que significaron una decisiva contribución a la genealogía del europeísmo en la medida en que esta toma de conciencia del déficit político y moral que significaban los enfrentamientos bélicos sólo podía entenderse plenamente en la consideración del continente europeo como un todo. La primera gran guerra europea tuvo en este proceso un impacto decisivo porque significó, más allá de sus implicaciones en el terreno político, militar y económico, un profundo choque en la conciencia del mundo occidental, que pareció poner drásticamente en cuestión la coar- tada moral que enmascaraba el expansionismo de la civilización europea. Si desde el último tercio del siglo XIX venía difundiéndose entre los países europeos una cierta concepción darwinista del poder nacional, que justificaba su expansión «civilizadora» lo mismo firente a sociedades primitivas que fi:'ente a civilizaciones antiquísimas, e incluso firente a ciertos países europeos en decadencia, especialmente del área mediterránea, entre los que se incluía España, desde ahora el estigma de la barbarie y la decadencia pareció extenderse, junto con los desastres de la guerra, al conjunto del mundo occidental. Pocas categorías tuvieron mayor impacto en esta época que la de decadencia. La obra del historiador alemán Oswald Spengler: La Decadencia de Occidente, publicada entre 1918 y 1922 puede ser considerada su emblema. Pero en esa misma órbita pueden situarse las de Albert Demangeon: La Decadencia de Europa (1920), André Siegñied: La crisis de Europa (1922), Nicolai Berdiaeff: Una nueva Edad Media (1926), Henri Massis: La defensa de Occidente y Ortega y Gasset: La rebelión de las masas (1929), entre otras numerosas^. Toda esta nueva visión del mundo europeo significó un importante cambio en el enfoque de los asuntos europeos en el momento de la paz. En el terreno diplomático, el resultado inicialmente más esperanzador fiíe la Sociedad de Naciones -organismo internacional, aunque las cuestiones europeas ocupasen en la práctica una parte importante de sus actividades-que se convirtió pronto en el centro de operaciones de todos los proyectos de cooperación política, económica y cultural de entreguerras y que abrió el cauce en Europa a la «nueva diplomacia» estadounidense, formulada por el entonces presidente Wilson en términos de internacionalización de los asuntos europeos y democracia política-*^^. No resulta difícil verlo en este sentido, lo mismo que el conjunto de la época, como un ensayo general de las cuestiones cruciales, y de sus tentativas de abordarlas, que se impondrán de forma aún más urgente en la segunda postguerra mundial y que abrirán la vía de las instituciones propiamente europeas. La Sociedad de Naciones fue, en efecto, el órgano de referencia de una diplomacia multilateral que por un momento pareció cerrar las heridas dejadas por la guerra europea en la cuestión de las reparaciones (plan Dawes, 1924) y de las fronteras alemanas occidentales (tratados de Locarno, 1925), buscando pactos regionales semejantes en otras zonas europeas en conflicto, poniendo en marcha proyectos de desarme y de entente económica y estableciendo lo que pareció un compromiso mundial de estabilidad y seguridad colectiva (pacto Briand-Kellogg, 1928). Un segundo fenómeno decisivo en el desarrollo de la conciencia europea de esta época fue el pacifismo. Las iniciativas de acuerdos La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX regionales o continentales de paz o de unión europea o regional, incluidas las tentativas de colaboración franco-alemana, fueron numerosas: soluciones, por mencionar solo algunas, de unión occidental, como la propuesta por el consejero de la presidencia norteamericana, Walter Lippmann, y otras destacadas personalidades del viejo y del nuevo continente^-*^; soluciones de unión regional europea (la Mitteleuropa, la Federación danubiana, la Entente balcánica); organismos de colaboración y distensión social entre países, como el Comité franco-alemán de Información y Documentación, un organismo de amplia representatividad social, creado con el objetivo de proporcionar informaciones claras y controladas sobre cada uno de los dos países para evitar suspicacias y restablecer la confianza entre ellos^^. De entre todo este extenso movimiento social fue, sin duda, el de orientación declaradamente europeísta el que adquirió mayor relieve público. Su expansión se encuentra ligado al conde Coudenhove-Kalergi, cosmopolita «europeo» por sus orígenes familiares y por sus opciones vitales^^, como lo serán más tarde otros grandes pioneros de Europa. En 1922 crea el movimiento Unión Paneuropea y al año siguiente publica su libro Pan-Europa, manifiesto de unión confederal que preconiza en forma de utopía buena parte de los objetivos mucho más tarde plasmados en la Europa real: una unión aduanera, una moneda común, una alianza militar, un tribunal de conflictos intereuropeos, una colaboración política en amplios dominios sectoriales, especialmente en el cultural, y una histórica reconciliación franco-alemana. Ampliamente difundido por toda Europa, su amplio apoyo en los medios políticos y, especialmente, en los culturales hizo de él, y de su revista Pan-Europa, uno de los más influyentes centros de difusión de la conciencia europeísta, cuyos efectos perdurarán hasta las etapas decisivas de la Europa real en la segunda postguerra^^. Menos conocidos hasta hace relativamente poco tiempo han sido los intentos de creación en esta época de una economía que podría denominarse europea, capaz de garantizar la prosperidad general obviando los desastrosos efectos de la desaforada concurrencia nacionalista que había estado detrás de los pasados acontecimientos bélicos. En propiedad, no se trataba tanto en este momento de poner en práctica un proyecto que tocase las decisiones de política económica de las naciones europeas como de favorecer los impulsos de convergencia y colaboración que se habían ido desarrollado en el libre juego de las economías continentales: en la internacionalización de las inversiones, en la organización vertical de los sectores productivos de las distintas economías nacionales, en los convenios y acuerdos sindicados continentales de distintas ramas de la producción. Eran, conforme lo han 8 Francisco Villacorta Baños expresado las investigaciones recientes sobre el tema, una concordancia sobre la producción más que sobre el mercado^^. En definitiva, si patentes estaban los motivos de desequilibrio y conflicto económico que tendían al enfi:"entamiento entre países, se podía decir también que en este campo Europa existía de algún modo como relación e interdependencia en todos aquellos fenómenos esenciales de la realidad económica de entreguerras, que se pueden resumir en los conceptos de internacionalización y concentración de los distintos sectores productivos. Algunos pioneros hombres de empresa europeos vieron con claridad los costes y las ventajas de una tal alternativa. Las investigaciones recientes han sacado a la luz las iniciativas, por ejemplo, de Emile Mayrisch, de la acería luxemburguesa ARBED, para la creación en 1926 de la Entente internacional del Acero entre empresas del sector de Bélgica, Francia, Luxemburgo, Sarre y Alemania, claro antecedente de la posterior CECA. Igualmente, han destacado las iniciativas del industrial y político francés Jean Loucheur a favor de una liga económica de países europeos, los proyectos del ingeniero Dannie N. Heineman de establecer a escala europea un banco central, una comisión de libre comercio y un plan de ferrocarriles, y otros de parecido carácter: los del inglés Arthur Salter de una unión aduanera europea, la Unión económica y aduanera europea del movimiento Pan-Europa o los Comités de Cooperación europea. No es posible olvidar, por último, la intervención, siempre difícil de ponderar en el terreno de las realidades políticas, pero sin duda actuante en el más amplio de la conciencia pública, de los intelectuales europeístas, desde Paul Valéry a Ortega y Gasset, desde Cario Sforza a Jules Romains, desde el conde Hermann von Keyserling a Julien Benda. De Paul Valéry se conoce el poético epitafio para la gran vuelo de la civilización europea del siglo XIX: «Ahora ya sabemos que somos mortales»^^. A Ortega y Gasset se debe una consideración de gran luminosidad histórica: Europa es en derecho, en religión, en organización política, en sociedad, en arte, una condición continental anterior a las singularidades nacionales. La propia Sociedad de Naciones patrocinará este encuentro intelectual europeo al crear en su seno una Comisión internacional de cooperación intelectual, en la que, a pesar de sus credenciales, destacaba el «objetivo principal» de desarrollar «una colaboración intelectual en Europa y contribuir al acercamiento de los pueblos, condición del mantenimiento de la paz»^^. Todos estos factores confluirán en los años finales de la década de los veinte, cuando el fantasma de la recesión económica general, del retorno al nacionalismo económico y de las crisis políticas en Ale-La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX mania, con Hitler ya a las puertas del poder, amenace con quebrar los precarios compromisos políticos y económicos contraidos entre las naciones europeas y con convertir en humo las buenas intenciones pacifistas y europeístas de políticos, intelectuales y empresarios europeos. «Unirse o morir» fue la formulación dramática de esta nueva situación europea enunciada por el intelectual francés Gaston Riou en su libro de ese título fechado 1929. Y las iniciativas en esta dirección tuvieron asimismo idéntico sentimiento de compromiso urgente si se querían conjurar los peligros que amenazaban la paz europea. Un hombre como el intelectual francés Julien Benda, también europeo avant la lettre, en este caso por su decidido emplazamiento en una comunidad de valores racionales y «grecolatinos» que, en su opinión, trenzaban el hilo nunca roto de la tradición cultural occidental desde Atenas, publicó en 1933 sus Discursos a la nación europea que querían ser, al superponer el título sobre el que se puede considerar manifiesto fundador del nacionalismo alemán, los Discursos a la nación alemana (1808) del filósofo Fichte, el golpe de timón para la deriva nacionalista y romántica germánica en sus más extremistas acepciones que en aquellos momentos estaba comenzando a ganar la batalla en Europa. El episodio público europeísta más importante de esta época fue, sin embargo, el memorándum conocido por el nombre del entonces ministro de Asuntos Exteriores de la República Francesa, Aristide Briand, elaborado por el gobierno francés después del discurso de aquél en la sesión de la Sociedad de Naciones del 5 de septiembre de 1929 y presentado a los gobiernos de los distintos países europeos para evaluación e informe. En síntesis, se trataba de un proyecto de unión en el terreno económico especialmente, pero también en última instancia política, aunque respetuoso con las respectivas soberanías nacionales, sobre la base de «una especie de lazo federal», de un «lazo de solidaridad» entre los países del continente que les permitiese esbozar políticas comunes en campos diversos y, en caso de necesidad, hacer frente a las circunstancias graves que pudieran presentarse. El memorándum, publicado en mayo de 1930, esbozada además un cuadro institucional somero -una Conferencia europea representativa de los Estados miembros, un Comité político deliberativo y consultivo, un Secretariadodel futuro marco político de la unión. Discurso y memorándum recibieron la atención inmediata de los diversos medios organizados de opinión europeísta, entusiastas por lo general hacia la propuesta. Mucho más, sin duda, que las respuestas oficiales de los gobiernos consultados, casi todas ellas reticentes hacia el proyecto en general o hacia aspectos parciales de él, bien por razones nacionalistas, bien por reticencias 10 Francisco Villacorta Baños hacia una nueva organización política, que podría significar además un peligro de firaccionamiento de la política de arbitraje y colaboración internacional que representaba la Sociedad de Naciones, bien con el pretexto de responsabilidades particulares extraeuropeas -colonias o ámbitos culturales-como ñie el caso de España^^. Todo ello fiíe lo que llevó a su retirada momentánea, confiando en contrapartida el estudio detallado de sus objetivos a una mucho menos vinculante Comisión de estudio para la unión europea, que desarrolló sus trabajos entre 1931 y 1932. Las circunstancias políticas ulteriores en Europa y la muerte del propio Briand en 1932 contribuirán a inutilizar por el momento sus tareas. Porque, en efecto, la etapa política inmediata va a estar marcada por un cambio radical en las percepciones de todo tipo que constituían la tradición occidental desde hacía más de cien años, incluidas las menos alhagüeñas del imperialismo y de la balace of power. La supremacía de un país, Alemania, el espacio vital definido por la raza aria y, más adelante, la federación europea subordinada a estos principios fueron el nuevo escenario del futuro europeo a partir de 1933. Si acaso es posible percibir una nota significativa relativa el campo que nos ocupa es precisamente la de cobijar a esta nueva dinámica imperial bajo nombre substantivo de Europa, la Europa Nueva, vertebrada en una jerarquía de Estados satelizados en torno la idea del Imperio germánico^^. Casi todos los hilos del drama europeo de la primera postguerra van a desplegarse de nuevo, con vigor redoblado, sobre el escenario continental al concluir la guerra en 1945. Pero esta vez bajo condiciones relativamente nuevas, que van a combinar la continuidad de las iniciativas, y ocasionalmente de los propios protagonistas, de carácter europeísta junto a circunstancias internacionales favorables a una colaboración europea de nuevo tipo. Yalta fue ciertamente muy diferente de Versalles en la medida en que, aun sin la radicalidad de los años posteriores de la guerra fría, pero preludiándola, consagraba una bipolaridad internacional en la que los territorios europeos se convertían en objeto de reparto -económico o político-entre las dos grandes potencias mundiales consagradas por la guerra: los EE UU, con Inglaterra como apéndice estratégico, y la Unión Soviética. Esta nueva circunstancia internacional fue, en conclusión, la definitiva para un porvenir europeo marcado en aquella reunión por una decidida voluntad de La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX borrar de raíz todo vestigio de nazismo, pero junto a ello, en contrapartida, por vagas promesas de autonomía y democratización de los países europeos liberados, que a nada comprometían y que desde luego, aunque pudiesen ser previsibles, no preludiaban necesariamente los diferentes conceptos de democracia que terminarán imponiéndose en ellos. La tarea asumida por los políticos europeos de la postguerra fue ingente. Entre 1945, fin de la guerra, y 1948-51, en que se ponen en marcha las primeras instituciones propiamente europeas: la Organización europea de Cooperación económica (OECE), 1948, el Consejo de Europa, 1949 y la Comunidad europea del carbón y del acero (CECA), 1951, se desarrolla un intenso haz de declaraciones, iniciativas públicas y privadas y tentativas unilaterales de organizar un nuevo marco de relaciones políticas y económicas estables en Europa. W. Churchill fue el primero, de entre los grandes políticos que marcaron aquella etapa política, que se pronunció decididamente por un futuro de integración de las naciones europeas^^. En absoluto su posición se emplazaba en la misma línea de pensamiento de los grandes europeístas del período, ya que, consecuente con la política tradicional inglesa al respecto, dejaba fuera del proyecto al propio Reino Unido, pero expresaba al menos la concordancia bastante generalizada sobre la empresa europeísta puesta en el candelero en aquellos días por numerosas iniciativas de diverso carácter en todo el continente. Algunos de ellos fueron: el United Europe Movement, creado a finales de 1946 por el propio yerno de Churchill, Duncan Sandys, el Conseil français pour l'Europe Unie, de 1947, Paneuropa-Union en Alemania, Europeesche Actie de 1945 en Holanda, los movimientos de orientación religiosa Pax Christi y Nouvelles Équipes Internationales, la Ligue européenne de Coopération économique, de 1946, la Union Parlementaire européenne fundada por el conde Coudenhove-Kalergi, el Comité international pour les Etats Unis socialistes d'Europe de 1947, convertido tres años después en el Mouvement socialiste pour les Etats Unis d'Europe, así como los comités que intentaron coordinar todo este amplio movimiento europeísta: la Union européenne des fédéralistes de 1946, el Comité international de coordination des mouvements pour l'unité européenne de 1947, presidido por Sandys y, después del Congreso europeísta de La Haya de 1948, el Movimiento Europeo^^. No es el momento de mencionar al detalle los pasos concretos de cada una de estas iniciativas, que han merecido en los últimos años un interés creciente por parte de los historiadores hasta acumular un corpus bibliográfico ya copioso del movimiento europeísta. El objetivo 12 Francisco Villacorta Baños concreto de esta reseña de la Europa real que se pone en marcha en estos años es el de subrayar sus líneas de fuerza y de fractura, aquellas que continúan concitando en la actualidad los debates más activos y las mayores inquietudes sobre el porvenir de la Unión. Intentaremos hacerlo a través de una sistematización de las coordenadas en que se desenvolvieron los objetivos generales, ya mencionados, del movimiento europeo: el establecimiento de una política de paz, que ante el avance irresistible de la guerra fría se convirtió en una política de seguridad y defensa de la Europa occidental, la coordinación continental de los proyectos de reconstrucción y desarrollo económico, igualmente constreñida por las mismas razones al marco occidental y campo de batalla desde el principio de las dos diferentes concepciones -que podemos denominar política y librecambista-de la unión continental; la política finalmente, dentro de este contexto internacional y económico, de reconciliación entre los países enfrentados en la reciente guerra y de organización de un sistema ponderado de relaciones capaz de romper la vieja realpolitik del equilibrio europeo. Junto a ello haremos referencia al factor institucional, es decir, a las modalidades de actuación dentro de las nuevas instituciones europeas -el método Monnet, el método comunitario-que han permitido, a pesar de todas sus limitaciones y deficiencias, un avance ininterrumpido en la integración de los países europeos tanto en los sectores clave de las políticas gubernamentales como en los mil y un campos de relaciones institucionales y personales gestionados por los ciudadanos europeos. Por último, apuntaremos algunos datos sobre el papel muy limitado de España en este proceso, el argumento que en definitiva nos ha impulsado a emplazar el conjunto de trabajos referidos a ella en el contexto histórico más amplio de la Europa posible, de las modalidades de la conciencia europea y del tejido social e institucional de experiencias de los pueblos europeos a partir de las que es posible imaginar en el futuro una sociedad en la que la acepción general europea prevalezca sobre las particulares de las naciones integrantes. La política de seguridad y defensa europea Un factor condicionante decisivo de la nueva política europea fue la aparición de la trama y los personajes de la guerra fría sobre el escenario de las relaciones internacionales desde antes incluso de concluir la guerra. Así, lo que pudo ser el ejercicio de audeterminación y democracia para los países europeos vagamente sugerido en Yalta se convirtió en un reparto de zonas de influencia y la subordinación, La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX a efectos de la política de seguridad y defensa de su parte occidental, al liderazgo de los EE UU. El concepto substantivo de Europa, es decir, el movimiento europeo propiamente dicho se identificará a partir de este momento con esta fi:*acción occidental del continente. La política del presidente norteamericano Truman de contención del comunismo tuvo, sin duda, efectos destacados en las vicisitudes de esta política. El primero, y de alcance más general, fue el de pensar los países europeos integrados de facto en una única comunidad, aunque no se le pretendiera dar ciertamente otro alcance que el comercial y defensivo. Si bien resulta difícil desligar ambos aspectos, a efectos expositivos dejaremos para más adelante el primero de ellos para seguir ahora el curso de la política de defensa y seguridad exu'opea bajo el paraguas nuclear norteamericano. En marzo de 1948, a iniciativa británica, cinco países europeos (Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, con la puerta abierta a la unión posterior de Italia y Alemania) firmaron el Pacto de Bruselas, acuerdo en síntesis defensivo ante la amenaza soviética, aunque algunas de sus cláusulas, a la postre nunca aplicadas enteramente, apuntasen hacia una colaboración intereuropea en materia económica y cultural, en un momento en que se debatían en el Congreso norteamericano las ajmdas del plan Marshall para la reconstrucción y desarrollo europeo. En realidad, el Pacto fue sólo una etapa hacia el tratado del Atlántico, creador de la OTAN, del año siguiente, un tratado y una organización ampliados inicialmente a dos países americanos (EE.UU. y Canadá), tres norteeuroeos (Dinamarca, Noruega e Islandia) y dos Meditarráneos (Italia y Portugal) -de inmediato se unirán Grecia y Turquía, 1952, y la RepúbHca Federal Alemana, 1955-y compuestos, en su esquema básico, de un Consejo político, un Secretariado general y un Comité operativo militar^^. Por este tratado, Europa asumía en síntesis una decisión extraordinariamente vinculante para su futura política de unión, incluso hasta nuestros días: la de confiar las cuestiones de su seguridad y defensa a un liderazgo extraeuropeo: Norteamérica. No fue desde luego un asunto unánimemente asumido por parte de los países europeos, pero sí el que suponía mayores ventajas en la estructura de oportunidades del momento porque, sobre proporcionar la solución óptima en la economía de la seguridad para unos países arruinados por la guerra, permitía además diluir en el seno de la organización atlántica los problemas y reticencias que lógicamente producirían los nuevos desequilibrios de poder militar entre los países europeos y a la larga abordar el problema de la normalización política, económica y militar de la nueva Alemania democrática. Francisco Villacorta Baños 14 reforzará en los años inmediatos, ante las nuevas circunstancias de la guerra fría (la bomba atómica soviética, el triunfo de los comunistas en China, la guerra de Corea) el polo defensivo atlántico, en detrimento del europeo del Pacto de Bruselas, hasta diluir sus incipientes estructuras militares en las del Comité de defensa atlántica. Que se trata, sin embargo, de un factor condicionante decisivo de la política europea hasta nuestros días lo expresan las tentativas ulteriores de constituir un sistema de defensa propiamente europeo como eje vertebral, al lado del proyecto de una economía unida, de una política decidida de integración europea y el desencadenamiento, al hilo de estos proyectos, de las diferentes percepciones existentes entre los países interesados sobre el alcance real de esa política. Por centrarnos sólo en los países más representativos, Inglaterra se encontraba por su geografía, su tradición política nacional y sus experiencias históricas recientes más anclada en el mundo atlántico que en el europeo. Churchill había expuesto claramente en 1948, en la conferencia nacional de su partido, los «tres círculos» prioritarios de la política inglesa: la Commonwealth, el mundo anglosajón, con los EE.UU como centro, y la Europa unida, y en lo relativo de ésta, con una visión más económica que política, cuyo horizonte final sería el de constituir un amplio territorio de libre mercado más que el de una unión continental que incluyese instituciones propias y políticas comunes de todo tipo^^. En las circunstancias políticas europeas del momento, la alineación estrecha con los EE.UU. significaba además un factor multiplicador de su influencia en Europa y en el mundo, el fundamento mismo de su poder. Por el contrario, exactamente eso mismo es lo que significaba Europa, la proyectada Europa unida, para Francia. Contando de antemano con la complicidad involimtaria del recogimiento inglés al respecto, con la rehabiHtación de su papel internacional al ser admitida finalmente, como uno de los cuatro grandes, en los acuerdos de paz y en el reparto de Alemania, contando con la situación práctica de tutela internacional de la parte occidental de este último país: la llamada Alemania Federal desde 1950, Francia pasaba a ser el referente central de la nueva situación del occidente continental. Como los EE.UU para Inglaterra, la Europa unida sería para Francia el eco reverberante de su potencia nacional. Un efecto colateral importante de esta perspectiva política sería el de solucionar el contencioso con su gran enemigo histórico, Alemania, en un marco de colaboración intereuropea y bajo disposiciones de integración, que, dada la situación tutelada de la Alemania del momento, jugarían en contra de un renacimiento unilateral de su poder. La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX Los trazos hipotéticos de esta perspectiva adquirieron un relieve inesperado cuando en 1950 el entonces Secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, propuso a los socios de la Alianza Atlántica el rearme alemán a fin de reforzar el flanco oriental del mundo libre, si bien, precisando, en el marco de un ejército europeo integrado. En este contexto nació poco después, a iniciativa de Francia, el proyecto de Comunidad Europea de Defensa (CED), en torno al que se van a desencadenar las diferencias entre Inglaterra, alineada a la proposición norteamericana, que en síntesis propugnaba la organización de ese eje militar europeo dentro del sistema de defensa atlántico, y Francia, que lo veía más bien como uno de los pilares de una política más amplia de integración europea, en la que se diluyese el problema de la normalización internacional de la nueva Alemania Federal. Las discusiones, desde estas bases, del tratado de defensa no van a satisfacer totalmente las pretensiones francesas, y no solo por la oposición inglesa a cualquier pretensión de incorporar objetivos extraños a los desarrollados en el seno de la Alianza Atlántica, es decir, los objetivos que apuntaban a una integración política, como los de un presupuesto y de un programa comunes de armamentos y equipamientos europeos y los de unas instituciones específicamente europeas de defensa, sino también por la resistencia de los países del Benelux a conceder a éstas últimas excesiva autonomía y resucitar por esta vía los viejos demonios del «equilibrio europeo». De esta forma, aunque el tratado fue concluido, ni Inglaterra adoptó el compromiso de asumirlo ni tampoco, finalmente, tras varios años de dudas, mereció la ratificación del propio Parlamento del país promotor, Francia, en un momento, 1954, en que había iniciado ya su propia política de investigación nuclear. Este fracaso arrastró el de otro proyecto de integración propuesto en el seno del Consejo de Europa: la Comunidad política europea (CFE) con el objetivo de coordinar los activos políticos del propio Consejo y las políticas sectoriales llevadas a cabo por el resto de las instituciones europeas entonces existentes (la CECA, la prevista CED) así como el de actuar de puente entre los países miembros de éstas instituciones y los del resto de integrantes del Consejo. Como contrapartida, tanto Francia como Inglaterra, desde sus respectivas posiciones, vieron en ello la posibilidad de apuntarse un tanto en la disputa de la supremacía por fijar las nuevas líneas de la política europea con la reactivación del viejo Pacto de Bruselas, incorporando ahora, además, a Italia y Alemania. Así fue como se negoció la creación en 1954 de la Unión Europea Occidental (UEO), un organismo intergubernamental europeo 16 Francisco Villacorta Baños en materia de defensa que, a pesar de los avances respecto a su predecesor, mantenía la dependencia anterior frente a la OTAN desde el punto de vista estrictamente militar, lo que satisfacía plenamente a Inglaterra, pero al mismo tiempo con algunas virtualidades en el control de los armamentos europeos y, muy especialmente, en la subordinación de la Alemania rearmada a un organismo europeo de defensa, antes de su incorporación al sistema atlántico, así como en la implicación más decidida de Inglaterra en órganos de colaboración entre los países del continente, lo que proporcionaba algunas compensaciones a la voluntad nacional-europeísta francesa^^. No se puede decir que este acuerdo cerrase las diferencias de base sobre el sistema de seguridad y defensa europea. En los años siguientes la permanencia del contencioso, una variante, en definitiva de las diferentes posiciones sobre la construcción europea en general, se expresó en la política nacionalista francesa del general de Gaulle, que por el paradójico efecto antes mencionado, resultaba además la de mayor énfasis europeísta. En ella se imbricó el entendimiento personal entre el general y el otro protagonista principal de la política europea del momento, el canciller alemán Konrad Adenauer, lo que llevó a desplazar el centro de la política europea, antes protagonizada por las disputas franco-británicas, hacia el eje franco-alemán; en ella se incribió el veto francés en 1963 a la solicitud de ingreso de Inglaterra en el Mercado Común tras los acuerdos de Nassau de este país con los EE.UU. por el que se integraba estrechamente en el sistema de disuasión nuclear norteamericano. En ella, en fin, se insertará la salida de Francia del mando militar integrado de la OTAN en 1966 por diferencias en torno a la nueva política atlántica de respuesta graduada y de armamento nuclear. En resumen, bajo estos perfiles quedaban delineadas en el campo que nos ocupa las posiciones de los distintos actores europeos. Y lo que lo hace particularmente interesante es que el mismo orden de factores va a intervenir en la fase más reciente de la reñexión europea sobre su política de defensa y seguridad, abierta por el tratado de Maastricht, como más adelante veremos. La reconstrucción y la reorganización económica continental No menos urgente a los ojos de los políticos de ambos lados del Atlántico que la tarea de organizar la seguridad europea frente a la amenaza soviética fue la de emprender la reconstitución económica del continente. Ya desde los últimos años de la guerra los créditos norteamericanos orientados a sostener el esfuerzo militar frente al La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX nazismo llegaron abundantemente a los países aliados de Europa, especialmente a Inglaterra y Unión Soviética. Pero su interrupción en 1945 en respuesta a la actitud expansionista soviética sobre el Este europeo, precisamente en un momento en que se sufrían más agudamente los desastres de las últimas etapas de la guerra, dejaba a los europeos a una situación dramática, proclive a cualquier aventura política. El cambio de política llegará sólo dos años más tarde, urgido, otra vez, por las nuevas circunstancias que imponían sobre el tablero europeo las etapas preliminares de la guerra fría. En 1947 el presidente Truman primero y después su Secretario de Estado, George Marshall lanzaron la idea de un plan de ayuda norteamericana para la reconstrucción material y económica de los países europeos, incluidos los del Este siempre y cuando renunciasen a orientar su economía hacia la Unión Soviética. El plan daba por descontado además que los créditos sólo llegarían a ser votados por el Congreso norteamericano a partir de un acuerdo europeo para crear instituciones comunes capaces de aplicar coordinadamente, a través de una política de convertibilidad monetaria y de librecambio, la cooperación económica prevista. El rechazo del plan por parte de la Unión Soviética y de los países bajo su influencia aceleró el proceso de coordinación entre los países occidentales interesados y en la llamada Conferencia de los dieciseis, celebrada en París a partir de julio de ese año quedaron perfilados, no sin las habituales divergencias firanco-británicas, las principales estructuras de gestión del plan, que cristalizarán al año siguiente en el primer amplio organismo de colaboración económica europea de la postguerra: la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE). Un organismo, preciso es subrayarlo, de cooperación y no de integración, más basculado, pues, sobre la concepción británica de Europa que sobre la fi:"ancesa^^, con un mecanismo intergubemamental de toma de decisiones confiado al órgano central, el Consejo de Ministros, con un comité ejecutivo y un secretariado general y numerosos comités técnicos sectoriales^^. No obstante estas limitaciones, no es posible desconocer las virtualidades positivas del nuevo organismo, que fueron en síntesis tres: un instrumento de coordinación y eficacia en la aplicación de las ayudas, un primer avance en la liberalización de los intercambios financieros y comerciales en Europa, que pronto se completarían con la creación de la Unión europea de pagos (1950), y destacadamente una forma, como ha dicho uno de los observadores de esta experiencia europea, de «amarrar sólidamente el nuevo Estado alemán a Occidente»^^. Fue, sin duda, un pequeño avance en la resolución de los numerosos asuntos problemáticos que lastraban la inestable situación de la Europa Francisco Villacorta Baños de postguerra. Uno de los más importantes, aparcado también en los acuerdos de la OECE, concernía al control de los recursos económicos del Ruhr, el verdadero corazón industrial de Europa y base tradicional del poderío económico germánico, que los gobiernos franceses consideraban una cuestión estratégica, esencial para el resurgir de su economía y para su seguridad nacional. El asunto estuvo presente en todas las reuniones multipartitas de los acuerdos de paz celebradas en aquellos años. Desde 1948 la cuestión fue confiada a una comisión internacional integrada por los tres grandes occidentales y los países del Benelux, la Autoridad internacional del Ruhr (AIR), con el encargo de gestionar el acceso a los recursos carboníferos de la zona. Aunque bajo circunstancias ciertamente nuevas en este momento, el objetivo último a que apuntaba: la descartelización y liberalización de las producciones estratégicas -el carbón y el acero-, el libre acceso, controlado internacionalmente, a las grandes rutas ñuviales centroeuropeas, no resultaban totalmente novedosas en el panorama de la colaboración intereuropea en la zona, según vimos más atrás acerca de la actitud de ciertos círculos económicos del «triángulo renano», encabezados por Emile Mayrisch, en la primera postguerra. De forma que en absoluto se puede considerar una novedad la iniciativa emprendida el 9 de mayo de 1950 por el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, con el apoyo técnico en la sombra del Comisario del Plan de modernización y equipamiento, Jean Monnet, de proponer un plan de efectos a la vez económicos y políticos, un plan europeo, pero con una incidencia particular en Alemania. Los económicos, emplazar el conjunto de la producción europea de carbón y acero bajo una Alta Autoridad común que rigiese las modalidades de la producción y la concurrencia. Los políticos, avanzar por ese camino hacia una federación europea y enmarcar en ella una reconciliación histórica con Alemania. La aceptación inmediata por parte del canciller Adenauer, que vio en la iniciativa una oportunidad inmejorable de evitar el control de países extranjeros (vía la AIR) sobre los recursos alemanes, y el efecto de arrastre que eso tuvo sobre los otros países del entorno (Bélgica, Holanda, Luxemburgo e Italia, en este último con un europeísta convencido como De Gasperi al frente), abrieron el camino a una negociación, que culminó al año siguiente con la creación de la Comunidad Europa del Carbón y del Acero (CECA), la primera institución del tronco específicamente europeo, la primera, por lo demás, acogida al «método comunitario» de pequeños pasos y de acuerdos de índole técnica, que tan eficaces efectos habrá de tener en los años inmediatos en el avance de la integración europea. La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX Esta entidad tuvo además el mérito de poner en franquicia el esquema institucional, que se repetirá, con variaciones y añadidos, en los organismos europeos posteriores hasta el momento presente: una Alta Autoridad ejecutiva, un Consejo de Ministros, una Asamblea o Comité consultivo y un Tribunal de apelación y de conflictos frente a las decisiones de los órganos comunitarios. Tal vez sea éste el momento de ponderar además, sobre los fríos factores del interés y la diplomacia, la importancia de los hombres -los citados estarán para siempre en el panteón de los «padres de Europa»-en la genealogía de la unión. Hombres, tres de ellos, de frontera: el loreno, (Schuman) el renano (Adenauer) y el trentino (De Gasperi), sensibles por ello -se ha dicho-a una historia hecha de guerras e invasiones, con una percepción particularmente aguda de la relatividad y de la fragilidad de las fronteras^^, supieron extraer de esa experiencia un proyecto general de paz y de colaboración para el porvenir de Europa. Hombre, el tercero (Monnet), discreto, tenaz y trabajador como puede serlo un prestigioso servidor de la Administración francesa, curtido en la técnica de las negociaciones comerciales, tuvo la virtud de percatarse de que las estadísticas son un argumento de peso cuando se confrontan -o cuando flaquean-las convicciones políticas. Y que es posible llegar a puerto con ellas por entre los escollos de los principios y las reticencias nacionales. Recojamos a continuación algunos otros nombres, tal vez menos conocidos pero sin duda también esenciales en el camino emprendido: los del belga Paul-Henri Spaak, el luxemburgués Joseph Bech, el holandés Johan Willem Beyen, el alemán Walter Hallstein, el francés Antoine Pinay, el italiano Gaetano Martine. Todos ellos han sido también protagonistas maduros de los dramáticos acontecimientos vividos por Europa en las últimas décadas. Todos están presentes en San Domenico de Taornina, en Sicilia, en junio de 1955, cuando, en el marco de una de las reuniones del Consejo de Ministros de la CECA, se lanza la idea de una unión económica europea, un Mercado Común, y de un acuerdo político sobre el nuevo sector de la energía atómica. Detrás de ellos está de nuevo Monnet, dimisionario de su cargo de Alto Comisario de la CECA para consagrarse completamente a la tarea de la construcción europea al frente del Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa^^. Las negociaciones fueron laboriosas y estuvieron marcadas por las distintas sensibilidades acerca del proyecto europeísta emprendido y por las diferentes culturas políticas nacionales: el librecambismo matizado de los países del Benelux y especialmente de Alemania, muy Francisco Villacorta Baños 20 condicionada por su valedor americano y deseosa de dar facilidades en Europa a su de nuevo pujante industria, la tradicional posición intervencionista francesa, partidaria de consolidar políticas comunes en todos los sectores y, en concreto, particularmente sensible al establecimiento de una política agraria común, gestionadas todas ellas por instituciones europeas particulares. Mención particular merece la actitud de Inglaterra, país observador en las sesiones negociadoras, pero actuando desde fuera frente a las orientaciones que se allí se emprendían. Como observador su actitud fue más bien pasiva -lo apuntaba irónicamente el negociador citado en el frontispicio de estas páginaspero desde el seno de la OECE emprendió una campaña para organizar en el marco general de la Europa occidental un espacio económico de libre cambio, para disolver en él, en definitiva, el proyecto de mercado común de los Cinco, según se ha dicho, como «un terrón de azúcar en una taza de té»^^. Sus maniobras no tuvieron los efectos perseguidos y fruto de esta dinámica fue la creación a comienzos de 1960, tras la ratificación del acuerdo alcanzado entre los Cinco, de una entidad reguladora del libre comercio entre algunos de los países europeos -además de la propia Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Austria, Suiza y Portugal-no incorporados al Mercado Común. Fue la Asociación Europea de Libre Cambio (EFTA, AELE). Las negociaciones de los Cinco alcanzaron, en efecto, un resultado muy positivo y con mayor inclinación hacia la posición fi^ancesa de lo que, a juzgar por estas dificultades, se hubiera podido imaginar. Los acuerdos, ratificados por ese núcleo inicial de la nueva Europa, preveían, por una parte, un mercado económico común, con supresión paulatina de las tarifas aduaneras entre los Estados miembros, la adopción de políticas comunes en sectores esenciales de la economía comunitaria, en especial en el agrícola, y el funcionamiento integrado de ese espacio económico frente a países externos; por otra parte, una organización concertada de la investigación, producción y mercado de la nueva energía atómica. Tales fueron los principios más básicos de los tratados firmados Roma en 1957, constitutivos de la Comunidad Económica Europea (CEE) y de la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATON). En la década siguiente la empresa europeísta fue asentándose sobre un número creciente de funcionarios y técnicos de los países miembros, consagrados a la plasmación jurídica y técnica de los objetivos económicos previstos (desmantelamiento aduanero, políticas comunes, acuerdos comerciales) y sobre una cada vez más afinada decantación de los principios políticos del funcionamiento institucional comunitario. No siempre fueron etapas fáciles en el camino emprendido. Sin embargo, La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX al concluir la década la política económica comunitaria se había asentado sólidamente, amparada en una etapa de crecimiento sostenido, y sus mecanismos de actuación habían logrado superar con éxito las múltiples pruebas sufridas. No fue esta última una de las tareas menores: afrontar los desajustes en el funcionamiento de las instituciones europeas hasta llegar a la integración institucional de 1965, decantar el proceso siempre extraordinariamente complejo de toma de decisiones, financiar las políticas comunes. Todo ello condujo a numerosos momentos difíciles, en especial el que se inició en 1965 a propósito de las diferencias sobre la adopción de la política agraria común (PAC) y que llevó a Francia a la política de retraimiento durante algunos meses de las instituciones comunitarias -la política de silla vacía-hasta lograr el reforzamiento del principio intergubernamental, es decir, de unanimidad en las decisiones, por el acuerdo de Luxemburgo de 1966; un repliegue sobre el principio nacional que, sin embargo, hizo posible el asentamiento del marco de actuación comunitario capaz de hacer frente a las etapas ulteriores de incorporación de nuevos miembros: las de Inglaterra, Irlanda y Dinamarca en 1972, la de Grecia en 1981 y las de España y Portugal en 1986. De cara al exterior el Mercado Común tuvo que hacer frente a las ofensivas librecambistas encabezadas por el eje EE.UU-Inglaterra en el seno de las instituciones económicas internacionales: la ronda Kennedy en los años sesenta, que permitió una considerable rebaja de los derechos aduaneros para sus intercambios comerciales; la ronda Uruguay en los 80 a propósito de la política agrícola comunitaria. El nuevo estatuto de convivencia política continental La economía ha sido la coartada perfecta que ha hecho avanzar la construcción europea, ha significado el gran pretexto que ha permitido construir una nueva arquitectura supranacional partiendo de la competición entre las naciones, proyectarse hacia una identidad común partiendo de lo heterogéneo culturalmente; ha sido sobre todo la coartada perfecta de lo político, -de lo político en el sentido más general y noble: lo que atañe al orden racional y pacífico de la comunidad, en este caso continental-que ha sido el verdadero motor, su fundamento político y moral, de la tarea de la construcción europea. La empresa europeísta no se entendería, en efecto, -y no sólo en sus primeras etapas, aunque sí destacadamente en ellas, que podríamos concretar en las dos postguerras-sin esa dimensión moral de la política, que Francisco Villacorta Baños 22 es la paz. «La identidad europea -ha escrito al respecto René Giraultestá ligada a la voluntad de fundar las relaciones internacionales y las relaciones intereuropeas sobre el derecho de arbitraje»^^. Pero ciertamente tampoco sería posible entenderla sin el juego laberíntico de tensiones que generaban las viejas relaciones de poder entre los Estados nacionales Puesto que las circunstancias -la fuerza de las inercias nacionalistas, las apariencias del interés corporativizado-no permitían construir Europa de esa manera directa que exigía una política de paz, se ha comenzado por derribar las fronteras comerciales y financieras, establecer políticas económicas comunes, actuar como unidad económica frente a países terceros, etc., que se legitimaban a corto plazo por los beneficios inmediatos que producían, pero sobre cuyas virtualidades a largo plazo no cabe ningún malentendido: la suma total de estas cuentas ha sido un nuevo orden político europeo, que es posible dibujar bajo dos perspectivas diferentes: el convencimiento, si se quiere expresarlo con este giro economicista, de que la paz era el mejor de los negocios y el hecho de que la toma de decisiones respecto a cuestiones económicas concretas de índole industrial, agrícola, comercial o financiera terminaba por afectar a cuotas crecientes de la soberanía de los Estados integrantes. Este cruce intrincado de objetivos e intereses, explícitos o implícitos, es el que hace, en ocasiones, tan difícil de entender las actitudes de algunos países -pongamos el caso más destacado: Gran Bretaña-respecto al proceso europeísta. Lo que sucede a fin de cuentas es que se están sopesando diversos campo cruzados de interés, a veces contradictorios, al hacer el balance general de las cuentas. Esto es lo que se estaba produciendo en síntesis en los años cincuenta-sesenta en Europa, so capa de los acuerdos económicos, y lo que ponía a una nación como la citada, aureolada por su poder y su prestigio en los primeros años de la postguerra, en una situación tan incómoda conforme pasaban los años. Porque el desplazamiento a veces imperceptible del punto de mira económico al político que las nuevas instituciones europeas consagraban a su pesar significaba inevitablemente desplazar el centro de la política europea desde el eje atlántico, en el que Gran Bretaña había gozado de un lugar privilegiado, antaño por su propio poder y hogaño por sus particulares lazos con los EE.UU, hacia el eje continental en el que el vértice Francia-Alemania comenzaban a ocupar un nuevo y sólido centro de gravedad. Pero hablar del vértice Francia-Alemania implica esencialmente entrar en una nueva dimensión de la política europea, que no es ya solo la de los intereses nacionales y económicos, sino también la de las identidades y las representaciones colectivas, que se han La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX interpuesto históricamente entre todos los países europeos y de forma especialmente aguda entre los dos mencionados. Así pues, este nuevo enfoque político de la construcción europea exige centrar la atención sobre dos cuestiones de suma importancia. La primera se refiere al acercamiento y reconciliación entre Francia y Alemania, cuestión -y no es posible engañarse al respecto-de una complejidad histórica y política difícilmente évaluable en sus justos términos a partir de las categorías de relación entre países europeos hoy día vigentes y que efectivamente resultará de una importancia excepcional en la empresa de integración europea^^. La segunda tiene que ver con el establecimiento de un neo-equilibrio europeo, cuyo principal logro puede vincularse a la obtención de un particular estatuto de sobrerepresentación nacional de los pequeños países dentro de las nuevas instituciones europeas, en detrimento de los estrictos criterios demográficos y económicos. Respecto a la primer cuestión, las dificultades no procedían sólo de una memoria histórica de enfrentamientos bélicos entre ambos países. La reconciliación, para ser real y duradera, debía hacerse a partir de algunos principios políticos y de algunos valores sociales y culturales compartidos, hondamente arraigados y no sólo aceptados como una más de las condiciones del armisticio. Pero tal exigencia topaba en su camino con otra memoria más profunda aún, construida no tanto a partir de acontecimientos como de sentimientos de interés y de identidad nacionales. Se trataba en concreto de la muy diversa percepción, condicionada por sus respectivas tradiciones culturales, que franceses y alemanes tenían de la nación y de las relaciones, bajo el principio del interés nacional, entre individuo y Estado: en el primer caso, el de la construcción jacobina de la ciudadanía nacional democrática; en el segundo, el del servicio a un absorbente EstadoIsfacional. Detrás de tales percepciones latía una tradición que había hecho del Estado Nacional y de la diferenciación respecto a las influencias culturales racionalistas de origen francés el núcleo esencial de la identidad cultural alemana. Como ha puesto de relieve N. Elias, tales contraposiciones se plasmaban arquetípicamente en la oposición entre el concepto de «civilisation», es decir, el conjunto de hechos políticos, económicos, religiosos, técnicos, morales y sociales de una comunidad, y el de «kultur», restringido más bien a los naturaleza espiritural, artística y religiosa; una diferenciación fundante de la identidad nacional que comenzó a establecerse desde el siglo XVIII y se reforzó a comienzos del XIX en las batallas ideológicas frente a la dominación napoleónica^^. En la co5njntura concreta de la segunda postguerra la política de reconciliación suponía romper radicalmente la inercia de una situación postbélica, en la que Alemania permanecía en múltiples aspectos bajo un estatuto de tutela internacional. Así, no puede extrañar que las iniciativas correspondiesen a Francia, en parte por la posición privilegiada que eso le proporcionaba, en parte por el efecto, antes mencionado, de proyectar sobre los nuevos planes europeos las mayores esperanzas de su propio renacimiento nacional. En todos los proyectos de carácter europeísta avanzados en aquellos años por este país latía como fondo común el intento de diluir el «problema alemán» en un gran «recipiente» europeo, lo que no dejaba de traslucir obviamente la finalidad de neutralizar en nuevas estructuras de gestión económica y política cualquier peligro de renacimiento de su poderío nacional. Así sucedió en el proyecto de Consejo de Europa, avanzado por el ministro de Exteriores francés Georges Bidault en la sesión del Consejo consultivo de la Unión Occidental celebrada en La Haya el 19 de julio de 1948, con la finalidad de desarrollar los objetivos políticos marcados en el pacto de Bruselas. En la aún incierta perspectiva europeísta de aquellos años se buscaba la creación de un foro de países europeos libres, capaces de aportar ideas para la tarea de unión que se anunciaba y para el arreglo pacífico y permanente del problema alemán. No se trataba, a decir verdad, de ninguna idea original puesto que había sido la cuestión central del magno congreso europeísta celebrado en La Haya en mayo de ese año. Pero sí indicaba el reencaucamiento nacional de las iniciativas federalistas, mucho más radicales en sus objetivos. La Asamblea del Consejo de Europa constituida, en efecto, al año siguiente quedó finalmente reducida a unas funciones meramente formales de consejo, debate y salvaguarda de los derechos fundamentales del hombre y de los principios de la democracia política, tarea importante, sin duda, que ha continuado ejerciendo hasta el día de hoy, pero sin capacidad efectiva de carácter ejecutivo, legislativo o judicial, y con el contrapeso de un Consejo de Ministros de funcionamiento intergubernamental. Aquella misma finalidad explícita de organizar la reconciliación franco-alemana se encontraba también en los proyectos que se sucedieron a continuación, como las frustradas Asociación de Defensa Europea y Comunidad Política Europea, el plan Fouchet o el pacto bilateral franco-alemán de 1963. Para Alemania, por otra parte, estas mismas iniciativas de integración significaron el medio idóneo para normalizar relativamente las relaciones con sus vecinos occidentales, para garantizar su integridad La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX nacional frente al poderoso imperio oriental y para reivindicarse como nación nueva a partir de la constitución de la República Federal; en definitiva, para reivindicarse contra sí misma, contra su identidad y su historia de casi un siglo y contra la tentación de reemprender algún día la senda abandonada. Durante muchos años, Alemania fue la nación más europeísta del continente, la abanderada de la Europa federal, tradición que, en apariencia, apenas se ha modificado hasta el momento presente, aunque las razones hayan cambiado tanto desde la apertura política del canciller Brandt hacia el este y, especialmente, desde la unificación que apenas pueda ser hoy en día reconocida en aquel europeísmo iniciaP^. No es posible dejar de subrayar de nuevo aquí el peso de los factores personales. Desde la mano tendida por Schuman en 1950^^ el eje Francia-Alemania ha sido el auténtico motor de la construcción europea y su velocidad ha sido tanto más rápida cuanto mejor ha sido el entendimiento personal entre los dirigentes de ambos países. Adenauer y de Gaulle marcaron el hito más difícil de este reencuentro nacional: el que cerraba relativamente las heridas de la guerra. Lo quisieron convertir en guía de la política europea en el llamado plan Fouchet de confederación europea de 1961, del que hablaremos más adelante, y al fracasar, acudieron al acuerdo histórico de reconciliación francoalemana de 1963. Salvado el escollo de los desencuentros ulteriores a propósito de la política agraria, con Schmidt/Giscard D'Estaing y con Kohl/Mitterrand la velocidad europeísta volvió a recuperar empuje, acompañada inseparablemente de un nuevo impulso en la política de reconciliación, al menos hasta el escollo de la reunificación alemana después de 1989. Pero junto a la reconciliación de estos dos países, el nuevo orden político europeo no podría haber avanzado sin la contribución decisiva de los pequeños países europeos: Bélgica, Holanda y Luxemburgo. A su presencia entusiasta en el proyecto europeo desde primera hora se debe el triunfo de una concepción radical del principio democrático entre naciones, que privilegia el respeto y la representación de lo minoritario sobre el peso ciego de lo cuantitativo. Ellos abanderaron la oposición a conferir a las nuevas instituciones europeas una capacidad de gestión autónoma que pudiese derivar en nuevas formas de supremacía por parte de los grandes países del continente. Ellos han sido los mayores defensores del principio intergubernamental que ha regido rigurosamente durante mucho tiempo la toma de decisiones en las entidades europeas, incluido el derecho de veto. Por encima del principio de eficacia, que ha sido con frecuencia el argumento aducido por parte de los federalistas europeos en contra estos procedimientos de actuación institucional, con ellos ha prevalecido la norma superior de un nuevo equilibrio europeo por primera vez verdaderamente democrático, es decir, aceptable para las minorías, hasta tal punto la historia de los poderes nacionales en el continente ha estado ligada a una historia interminable de agresiones hacia los pequeños países. Tal vez ningún episodio resulte más significativo de la contribución de estos países a la marcha de las instituciones europeas que el ocurrido en torno al proyecto Fouchet, conocido por el nombre del presidente de la comisión de estudios que lo elaboró a partir de 1961. Se trataba, en síntesis, de un, en apariencia, ambicioso proyecto para Europa que comprendía, además del dominio económico ya en marcha, los de la seguridad y defensa común, los de la política extranjera y los de la ciencia y la cultura, aunque acogido en su conjunto al principio confederal gauUista de la «Europa de las Patrias». Pues bien, la empecinada oposición, a pesar de las múltiples presiones, de Bélgica y, muy particularmente, de Holanda, que creían ver en estos planes un repliegue sobre el principio nacional, con el consiguiente peligro futuro de dominación de los poderes francés y alemán sobre el continente, hizo naufragar definitivamente el proyecto^^. Las cuestiones institucionales Las instituciones europeas Una de las alegaciones tradicionales más tópicas de las actitudes antieuropeístas ha sido la de oponerse a la burocracia «de Bruselas», lo que parece confirmar que en todos los fogones se cuece ese mismo tipo de olla podrida que, referida a «Madrid», resulta tan habitual en la cocina política española. Dejando aparte las justificables críticas a la hipertrofia de los mecanismos procedimentales, comunes a toda burocracia, que con tanta frecuencia se entremezclan interesadamente en aquel concepto, por burocracia de Bruselas habría que entender, en un sentido más riguroso, el conjunto de mecanismos intergubernamentales, procedimientos de cooperación y políticas integradas que los países europeos han ido plasmando en el funcionamiento de las instituciones comunes. Son, en este sentido, el resultado de múltiples compromisos entre las diversas sensibilidades confluentes en el proceso de unión y testifican de un modo por demás certero la transmutación profunda que en el curso de él ha producido el método comunitario desde los reformas técnicas, las «realizaciones concretas», la «solidaridad de hecho» que propugnaba en 1951 el preámbulo del tratado constitutivo de la CECA, hasta los compromisos políticos firmes de unión continental. La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX que era su auténtico objetivo último. Actuar -como decía el propio Monnet-no a partir de «una idea vaga», sino de «un punto preciso que arrastre todo lo demás»^^. Un observador privilegiado de todo el camino recorrido como el alto ñm.cionario francés Alain Prate, lo expresa con total precisión: «ha sido un sistema institucional original el que ha permitido, gracias al método comunitario, sobrepasar las contradicciones y llegar a los grandes acuerdos sobre la agricultura, el GATT, el mercado único, los fondos estructurales, ñindamento de la Comunidad actual»^^. No ha sido ciertamente una tarea fácil, porque esas contradicciones -fundamentalmente entre el modelo librecambista y el partidario de diseñar políticas comunes de todo tipo, que podemos vincular en términos generales a Gran Bretaña y Francia respectivamente-lejos de diluirse en la experiencia contrastada de los procedimientos comunitarios, han continuado bien vivas en las discusiones de la política común y hasta se han agudizado con la incorporación a la Comunidad de Inglaterra, Dinamarca y el resto de los países de la EFTA. Mirando al futuro, como luego veremos, continúan planeando como uno de los principales factores de riesgo para el futuro político comunitario en la prevista etapa de integración de nuevos países. Dejando a un lado el Consejo de Europa, órgano de confluencia de los países europeos, pero no de la Comunidad-Unión, el esquema institucional comunitario -de cada entidad de política sectorial en principio, del conjunto integrado de instituciones desde 1965-comprendía una alta autoridad ejecutiva, responsable ante un Consejo de Ministros y ante una Asamblea representativa, y un Tribunal de Justicia. Un Comité económico y social y un Banco Europeo de Inversiones completaban, en un nivel más bajo, el cuadro institucional originario desde 1958. Pero bajo esta homogeneidad aparente los cambios producidos en el funcionamiento interno y en el equilibrio institucional han sido considerables en las sucesivas etapas del proceso europeo. Mientras que la Alta Autoridad de la CECA gozaba de un poder decisivo en la política comunitaria de su campo sectorial específico, y debía asentarse en principio como el embrión de un futuro gobierno europeo, tal poder fue pasando a partir de la creación de la CEE al Consejo comunitario de Ministros, dejando a la Comisión únicamente la tarea de proponer las soluciones a los problemas planteados, ejecutar lo acordado y gestionar el conjunto de las políticas comunes. Aunque la regla de oro de los acuerdos del órgano ejecutivo, el Consejo, no fue inicialmente, como lo será a partir de 1965, el principio de unanimidad y el derecho de veto, hacia esa lógica jugaba la transferencia mencionada del poder decisorio. En la práctica, tal sistema no siempre conseguía aparentemente un nivel óptimo de eficacia. Sus observadores privilegiados nos describen con fi'ecuencia un conjunto inmanejable de personas (ministros, funcionarios comunitarios, grupos de expertos) reunidos en interminables sesiones deliberantes sin lograr ponerse de acuerdo. La dinámica de la negociación hacía que el presidente de turno convocase a una reunión restringida, formada por los ministros con sus más cercanos colaboradores, lo que en conjunto componía un grupo de una cincuentena de personas. Al final, las decisiones operativas terminaban adoptándose en reuniones aún más restrictivas de los ministros en el despacho del presidente o en consultas bilaterales en los pasillos^^. Lento e inmanejable desde una concepción técnica de la eficacia, poseía esta cualidad en alto grado, en cambio, en su acepción política, aquella capacidad de escuchar, hablar, acercar posiciones, humanizar los desacuerdos que el negociador español Raimundo Bassols, atribuía a los países orientales y árabes^°, porque, en definitiva, como el propio J. Monnet dejó escrito, esa era la virtud del método comunitario: un sistema que funcionaba a partir de un diálogo constante entre las instituciones nacionales y las instituciones comunes^^. Es cierto que con el tiempo el cuadro institucional comunitario se ha complicado considerablemente. El abanico de competencias gestionado por la Comisión se ha diversificado considerablemente (gestión del presupuesto, negociación de acuerdos con países terceros, salvaguarda de las reglas de la competencia, reparto de fondos estructurales, gestión del mercado único, control de las a5rudas públicas), aunque poniendo el tope, de cara a las previsiones de futuro, en el principio de subsidiariedad^^. Igualmente, el proceso de toma de decisiones se ha aligerado en cierto modo al conceder, desde 1974, una mayor entidad institucional al Consejo Europeo y al admitir, desde Acta Única, el criterio de mayoría cualificada, aunque manteniendo la exigencia de la unanimidad para las cuestiones esenciales como la fiscalidad, la moneda, los asuntos sociales y la política extranjera y de seguridad común. Y en fin, las propias instituciones comunitarias, las originarias y las nuevas, han ido completando el círculo funcional y tutelar propio de un Estado en sentido pleno. En 1977 entró en funcionamiento el nuevo Tribunal de Cuentas, órgano técnico superior de control de los gastos comunitarios. Desde 1979 la Asamblea Parlamentaria se elige directamente con plena legitimidad democrática por los ciudadanos europeos, aunque sus capacidades legislativas continúan siendo muy limitadas. Y con posterioridad, ya en la nueva etapa econóraica y política abierta en 1989, han ido surgiendo, por solo mencionar las más im-La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX portantes, el Fondo Europeo de Inversiones (1994), el. Calificar a España en relación al movimiento europeísta es antes de nada dejar constancia de una ausencia -marginación sería la calificación más justa-disfrazada ante el interior del país de altanería o displicencia nacionalista. Pero esta constatación, cierta en sus líneas principales, no puede inducir al error de identificarla con aislamiento intelectual o apartamiento en sentido amplio de las condiciones históricas de todo tipo a partir de las que se ha construido Europa o de las que es posible imaginarla en el futuro. Y ni siquiera con ausencia de iniciativas y raovimientos de opinión internos relacionados con las etapas fundamentales de la construcción europea, aunque se mantuviesen en unos términos puramente privados o testimoniales^^. El aislamiento de España en los momentos cruciales de la reconstrucción económica de Europa y de diseño de las nuevas instituciones unitarias fue el impuesto por su régimen político. Siempre sería posible matizar históricamente las cuotas de responsabilidad que a cada país corresponden en la situación internacional de España, en verdad excepcional después del acuerdo de Postdam de 1945, a la luz de los comportamientos contemporizadores adoptados frente a las agresiones totalitarias previas al desencadenamiento de la guerra mundial. Pero eso no forma parte directa de nuestro tema de análisis, desde el que solo cabe dejar constancia de la relegación de España de las a3rudas del plan Marshall, de la OECE, (al menos hasta 1959 y bajo las condiciones que analiza Lorenzo Delgado en una de las aportaciones de este monográfico) del Consejo de Europa, de la OTAN, de la CECA, de la CEE-EURATON y de la EFTA. Estas últimas instituciones pertenecían ya a la etapa de normalización de las relaciones internacionales de España posterior a 1950 en plena agudización de la guerra fría, en la que los argumentos estratégicos comenzaban a pesar cada vez más sobre los puros principios políticos. La contradicción fundamental permanecía anclada, no obstante, en la naturaleza roisma del régimen, en su incompatibilidad con los objetivos de paz y deipocracia del proyecto europeo. Un testigo y actor privilegiado de las etapas ulteriores de la relación de España con las instituciones europeas, como es Raimundo Bassols, nos ha proporcionado un excepcional testimonio de sus vicisitudes, construido a partes iguales sobre datos bibliográficos, documentación 30 Francisco Villacorta Baños de archivo y experiencias personales, centrado por igual sobre problemas técnicos y problemas políticos. Hitos fundamentales de esa trayectoria, anteriores a la apertura definitiva en 1979 de las negociaciones para el ingreso en las Comunidades, fueron la carta del ministro de Exteriores, Antonio M^ Castiella, en 1962 solicitando formalmente la apertura de conversaciones con vistas a la incorporación futura de España al Mercado Común, el nombramiento en 1965 de Alberto Ullastres como representante permanente de España ante las instituciones comunitarias, quien, junto con José Luis Cerón, director general de relaciones económicas internacionales, jugó un papel decisivo en las primeras etapas de la inserción europea de España; la firma del acuerdo España-CEE de 1970, la ampliación comunitaria de 1972 y la renegociación interminable del acuerdo del 70, en cuyo proceso confluyó ya con la etapa de cumplimiento de las condiciones políticas para la homologación plena de la España europea y con su incorporación al conjunto de las instituciones políticas, económicas y defensivas del continente: el Consejo de Europa, la OTAN, las Comunidades. Proceso próximo, bien conocido, en el que hemos decidido no entrar por las razones que a continuación mencionaremos^^. En efecto, a partir de todo lo que venimos diciendo, la ecuación que más certeramente resume la actitud de España respecto a Europa es la del europeización, dando a este concepto el sentido que desde la fecha-gozne de 1898 ha venido imponiéndose en gran parte de la opinión intelectual, en alguna, al menos, de la política y en un substrato profundo de la conciencia nacional: esencialmente un procedimiento corrector de nuestra idiosincrasia castiza a través de más bienestar económico, más seguridad vital, más democracia, más educación, cultura y ciencia y una actitud más abierta y emuladora hacia todas las posibilidades de relación directa con los países vecinos; en la perspectiva, en definitiva, de sentirse otros sin dejar de afianzar las raíces en la propia tierra. La perdurabilidad de este amplio substrato europeísta del regeneracionismo en las sucesivas etapas de la política exterior española ha sido puesto de relieve con frecuencia en la investigación histórica, desde la época de la II República hasta, pasado el interregno franquista, la generación de los jóvenes políticos que en los años 80 incorporaron España a la Comunidad^^. Este tipo de consideraciones es el que nos ha empujado a emplazar los estudios monográficos acerca de la España europea aquí recogidos en la perspectiva amplia de una Europa posible, que no está escrita -solamente habría que matizaren los pliegos de los tratados ni en los textos jurídicos, sino en segmentos compartidos de identidad, de cultura y de complementariedad. Desde La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX la perspectiva todavía incierta, pero ya esperanzada, de 1973, uno de los historiadores del trayecto europeísta realizado por España hasta aquel momento lo expresaba con bastante precisión: «afortunadamente -decía-los pueblos son más fuertes que los gobiernos y los regímenes. No importan las distancias constitucionales o los recelos políticos de frontera a frontera; la cuestión europea la acabarán determinando, por parte española, los millones de trabajadores y visitantes que cruzan en los dos sentidos los Pirineos, los hombres de negocios con intereses técnicos y financieros a ambos lados, los estudiosos que no pueden prescindir de la ciencia alemana o del conocimiento filosófico francés, los funcionarios que contrastan experiencias en toda Europa, los políticos que son capaces de mirar más allá de su parroquia, los clérigos que acaben por percatarse de que el concepto de una "iglesia española" es inane»^^. Ahí están subrayados algunos de los motivos temáticos de los trabajos que el lector encontrará en este monográfico. Puesto que desde la fecha mencionada España ha logrado efectivamente formar parte de las instituciones europeas ¿podemos concluir de ello que ese designio europeo e^itrevisto por tantos españoles desde finales del siglo XIX ha quedado por fin colmado? Sin duda sería aventurado afirmarlo. Más bien habría que decir que la concepción europea de España se ha acompasado a la de sus vecinos y ya no es el signo de una carencia, sino el de una posibilidad: la que comparten con todos ellos de construir una nueva entidad política llamada Europa, cuyo alcance está todavía por definir en términos precisos. Para un país como España, que ha vivido mucho más la utopía europea que su realidad institucional se trata también de asumir la dura inmersión en un proceso, que se construye ciertamente por medio de las instituciones y de los vínculos de todo tipo entre las sociedades europeas, pero que tiene mucho de incierto y problemático. Porque, en efecto, a pesar del tiempo transcurrido desde las primeras etapas de la Europa unida, a pesar de los lazos múltiples entre gobiernos, entre instituciones, entre empresarios, entre individuos, propiciados por las instituciones comunitarias -ésta es una de las conclusiones a que los historiadores llegaron en el proyecto de investigación europeo mencionado al comienzo de estas páginas-el problema de la identidad europea continúa bajo el signo interrogante'^^. La constatación está hecha desde luego partiendo de un posicionamiento claramente europeísta y, por lo tanto, tal vez en exceso pe-Francisco Villacorta Baños 32 simista acerca del alcance real de lo ya logrado, en exceso impaciente por alcanzar un futuro que se concibe no solo como marco institucional, sino como impregnación cultural en profundidad a partir de lo compartido por todos los países europeos. El futuro de Europa se perfila en ambas dimensiones con tantos retos como dificultades, que es lo que vamos a desarrollar someramente a continuación. Una parte importante de la posibilidad de esa nueva Europa se juega en las apuestas institucionales emprendidas en la última década. Desde el Acta Única de 1986 y el tratado de Maastricht de 1992, con Jacques Delors a la cabeza de la Comisión, Europa ha entrado en una nueva fase de aceleración histórica, cuyos resultados están en estos momentos en pleno desarrollo: el euro, la autoridad monetaria europea, la supresión de la casi totalidad de las fironteras interiores, la nueva política de seguridad y defensa europea, como las políticas sociales, las políticas regionales. Tbdo parece indicar que, a pesar de las dificultades y resistencias, el campo de la economía continúa actuando, en la línea que ha sido habitual desde las primeras etapas europeas, como la punta de lanza del proceso de unión y que a corto y medio plazo será el factor de mayor impacto en la vida cotidiana de los ciudadanos europeos. El objetivo más emblemático, el euro, esperado por unos países de la Unión, temido por otros, constituye, según N. Gnesotto, la clave del porvenir federalista europeo, ya que concentra por sí mismo los dos elementos constitutivos de la Europa política: la cesión en un punto crucial simbólico de la soberanía de las naciones y la relación con América, en la medida en que dentro del proceso de mundialización económica ello le proporcionará una creciente posibilidad de independencia respecto a la moneda americana. Ambos elementos obligarán a todo un replanteamiento de los mecanismos institucionales y políticos de relación de los Estados integrantes entre sí y con los EE.UU^^. Lo que en ese proceso no está descartado en absoluto es que el tránsito en este terreno económico desde la Europa de los quince a la de los veintisiete previstos en los próximos años no conduzca, dada la dificultad para gestionar la diversidad de situaciones económicas, hacia una relajación de las políticas comunes en ese campo, con carácter general o por la vía de las adhesiones a la carta, acercando el resultado final a la concepción europea anglosajona de un gran espacio de libre cambio. La tantas veces sugerida amenaza de un núcleo duro reducido de países de avanzadilla de xm.a auténtica Europa política ha sido la respuesta más común a ese peligro, algo más que hipotético, de disolución, vía un vasto mercado abierto, de la Unión política. Las dificultades para la posible Europa futura resultan aún más agudas en lo referente a la política de seguridad y defensa común. La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX Y sin embargo, ahí se encuentran algunas claves esenciales del proceso comunitario. Buena parte de las iniciativas europeístas de la época gauUista partían del supuesto de que no puede haber personalidad política de Europa si Europa no tiene personalidad desde el punto de vista de la defensa^^. En esta línea fueron su memorándum de 1958 proponiendo la reforma de la OTAN para crear un directorio que permitiese a París, Londres y Washsington gestionar de forma colegiada los asuntos del mundo, el plan Fouchet, tras el fracaso de la propuesta anterior, e incluso el acuerdo bilateral franco-alemán de 1963, que incluía previsiones de una defensa común, aunque los alemanes se apresurasen de inmediato a encuadrarlas en el seno de la OTAN. Hilando un poco más fino, un agudo observador actual, como el intelectual francés Regis Debray, ha percibido claramente que las posibilidades de un salto cualitativo en el sentimiento europeísta hasta la cota deseable de un federalismo más o menos estrecho -al margen las modalidades concretas de plasmación constitucional-se encuentra ligado a la aceptación por parte de las opiniones públicas europeas de una responsabilidad consecuente, específicamente europea, en su seguridad y defensa, lo que incluye la asunción de una identidad cultural europea lo suficientemente estrecha como para aceptar todas las consecuencias implícitas en esa responsabilidad hasta los límites extremos de la guerra. «No puede haber comunidad de defensa -ha escrito-sin comunidad de cultura...», porque -ha añadido gráficamente-«se crea como se lucha: con el alma y las tripas»^^. Los pasos en esta dirección han sido considerables en la última década. Una de las novedades del tratado de Maastricht fue la de sacar del olvido el proyecto, tan caro a los franceses, de poner en pie una política común de seguridad para hacer de ella el núcleo de una estructura de defensa europea futura. Este proyecto no ha pasado por el momento de sus primeras etapas. Es cierto que la iniciativa franco-alemana en 1991 tuvo el efecto de crear un cuerpo de ejército común, integrado por una división mecanizada alemana, una división blindada francesa y una brigada conjunta (el Eurocuerpo), iniciativa a la que se han unido posteriormente otros países, entre ellos España. Y que asimismo a partir de estas fechas es un dato jurídico de la Unión la instauración de una política extranjera y de seguridad común (PESC). Pero otra cosa es la posibilidad, ciertamente lejana, de que todo ello se convierta en una alternativa real al flanco europeo de la OTAN, en primer lugar porque en sí misma tal política solo pudo ponerse en práctica tras un cambio considerable de la tradicional reticencia francesa respecto a la OTAN, y tras el acercamiento de esta Francisco Villacorta Baños 34 organización y la UEO, que en 1984, en una declaración conjunta, reconocieron el «carácter indivisible de la seguridad en la zona del Atlántico norte»^^ y, en segundo lugar, porque ello rompería con aquella decisión asumida por los europeos desde el final de la guerra, que mencionábamos más arriba, de dejar su seguridad y defensa en manos de los americanos. Si esta decisión, no por implícita menos real, resultó tan efectiva en el pasado, ya que permitía a numerosos países hacer economía de sus responsabilidades estratégicas y operar contra la memoria histórica de las hegemonías nacionales clásicas, ese mismo tipo de factores continúa actuando en la actualidad de cara a los países candidados a la Unión -candidatos fervientes también, si es que no lo son ya, de la OTAN-en su mayoría países centroeuropeos, que consideran la presencia de unidades americanas en suelo alemán como un freno eficaz al rebrote hipotético de tendencias hegemónicas de la nueva Alemania unificada, otro de esos peligros latentes de la unión, como veremos a continuación^^. En efecto, las posibilidades y riesgos de los nuevos retos europeos resultan especialmente agudos planteados en relación a los trascendentales cambios políticos acaecidos en Europa en la última década, en particular la unificación de Alemania y la caída de los regímenes comunistas. En la nueva Alemania se concentran buena parte de los interrogantes futuros de la Unión, ya que su enorme peso económico y demográfico significa una amenaza para los equilibrios comunitarios tradicionales en varios terrenos, incluso en aquellos que podrían parecer más positivos para la causa europeísta, como puede ser el abandono relativo del procedimiento intergubernamental de toma de decisiones comunitarias a favor de otro mayoritario más o menos ponderado, que es una de las reformas institucionales más decisivas emprendidas en los últimos tiempos. Desde el Acta Única firmada en 1986, según vimos, volvió a ponerse en marcha tímidamente ese recurso, aunque manteniendo el principio intergubernamental, incluido el derecho de veto, para cuestiones de importancia estratégica. No cabe duda, en efecto, de que se trata de una reforma de considerable alcance, repetidamente solicitada por los federalistas europeos, pero que en la nueva situación lo será así siempre que funcionen adecuadamente el resto de ponderaciones y contrapesos garantes de los equilibrios entre las naciones y los espacios de la Unión, sin lo cual podría resultar potencialmente peligroso, unido al peso hegemónico alemán ya conquistado y al que puede sobrevenirle con la incorporación de los países aspirantes centroeuropeos, entre los que el peso del poderoso vecino alemán va a gravitar de forma inevitable, a pesar de sus numerosos La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX contenciosos históricos, con el peligro subsiguiente de un nuevo desequilibrio en la Unión, esta vez geopolítico: la posibilidad, en definitiva, de entrar en una nueva dinámica imperiaP^. En la Conferencia intergubernamental de Niza de diciembre de 2000, que consagró el nuevo escenario de poder en las instituciones europeas con la vista puesta en la ñitura Europa ampliada, Alemania terminó definitivamente conquistando la posición preeminente a que parecía predestinarle su peso demográfico y económico. El interrogante que ya se planteaban algunos hace años sobre si en esta nueva situación Alemania continuaba siendo el fiable socio europeo que había sido durante muchos años resulta ahora sobremanera pertinente. Y la siguiente cuestión al respecto es sobre la forma en que funcionará el complejo sistema de ingeniería institucional puesto en práctica en aquella reunión entre la atribución de votos institucionales, el umbral de la mayoría cualificada y el encumbramiento institucional alemán. Si es que finalmente son ratificadas por los Parlamentos de los países integrantes, cosa que no está garantizado si adoptamos como criterio las recientes reticencias del Parlamento Europeo al respecto. Lo que sí resulta ya comprobado es el efecto de esta nueva situación ha tenido sobre otro de los pilares sustentantes de la Unión: el eje París-Bonn (Berlín). Es cierto que el tiempo ha disipado casi completamente la alarma inicial provocada por la unificación alemana. Francia no ha tenido otro remedio que adaptarse a la pérdida del estatuto privilegiado, cierto que ya casi puramente simbólico, que frente a su tradicional enemigo/amigo le proporcionaba el control de una parte de la vieja capital imperial, Berlín. La amistad personal Kohl/Mitterrand pudo jugar en este terreno un papel decisivo, que ya hemos subrayado en otro lugar. Pero nada garantiza que el equilibrio que paradójicam.ente proporcionaba a la Comunidad esta relación desigual heredada de la postguerra no se torne en desequilibrio en la etapa de normalización internacional definitiva de la potencia alemana y que las lógicas nacional y europea -lo que hemos llamado el nacional-europeísmo francés y el europeísmo nacional alemán-no se conjuguen en ambos países de manera diferente a como lo han hecho hasta ahora. Aún hay una última consideración pertinente respecto a estas cuestiones que venimos mencionando. En la perspectiva europeísta más favorable ¿es posible percibir la hipotética fase federal futura de la unión como una nueva forma, más evolucionada, de conciencia nacional, como un nuevo nacionalismo, tal y como podrían sugerir las palabras del intelectual francés arriba mencionadas? La cuestión no es de ahora, puesto que ya Julien Benda en su obra mencionada de 1933 ponía Francisco Villacorta Baños en guardia frente a la eventualidad de que el nuevo patriotismo europeo que propugnaba reprodujese a escala más amplia el mismo modelo de cerrado nacionalismo que venía a combatir^'*. Aun sin un referente inmediato tan dramático como el nazismo de aquellos días, también ahora resulta pertinente la advertencia ante los retos y las dificultades que la Comunidad aborda en sus objetivos internos y en su proyección externa. Políticos, analistas, intelectuales e historiadores europeos han coincidido desde muy diversos puntos de mira en la necesidad de abordar desde los principios más generales, y no sólo desde la razón práctica, las potencialidades del proyecto europeo. En el plano político institucional: la de un nuevo proyecto colectivo de civilización, que en una dimensión supranacional nunca hasta ahora ensayada reproduzca esa «gramática política» del mundo moderno que es el contrato social y los principios políticos sobre los que se han levantado las modernas sociedades democráticas occidentales, pero bajo nuevas bases fundantes: de individualidad nacional a individualidad nacional, en las que el principio soberano ya no será único e indivisible, como lo definió Rousseau, sino múltiple y complejo, construido en las negociaciones y en la colaboración entre Estados^^. En el plano internacional, partiendo de nuevo escenario abierto por el fin de la bipolarización mundial: la del establecimiento de una política extranjera y de seguridad común basada en la defensa de la paz y la democracia y en el método de cooperación antes que en los clásicos de la realpolitik; la del ejercicio de la inevitable hegemonía que proporciona al continente unido su peso económico y demográfico en favor de la difusión de los valores democráticos y sociales. Son los principios que se han querido recoger en el concepto de «benebol hegemon»^^. La segunda dimensión de esta posibilidad europea que venimos desgranando continúa confiada a la multiplicación de los lazos de todo tipo entre los entes púbHcos y las sociedades civiles europeas, una apuesta que si hasta el momento no ha obtenido los resultados óptimos esperados, nada indica que un marco cronológico más amplio y la profundización y diversificación de las redes de intercambio ya trazadas no lo consigan, puesto que se trata en sí mismos de mecanismos de naturaleza social y cultural, incluso antropológica, proyectados en una perspectiva histórica de tiempo largo. Es más, tal perspectiva civil de la construcción europea, confiada a la construcción de un espacio público transnacional integrado por las opiniones púbHcas, los movimientos culturales, las relaciones institucionales públicas y privadas son el único camino para conjugar el déficit democrático de la construcción europea, tantas veces señalado en los más recientes debates sobre el presente y el futuro de la Unión^^. La construcción europea, en la perspectiva del siglo XX El mejor argumento europeísta en este terreno procede del conocimiento histórico que tenemos hoy ya de todo ese tejido de relaciones europeas. Lo que comenzó siendo un objetivo económico y político a contracorriente, con frecuencia, de las opiniones públicas europeas, se proyecta hoy hacia el futuro bajo su acicate -aunque no lo sea con entusiasmo en todos los países y ni siquiera con mayoría en algunosy ese cambio no puede ser explicado únicamente por los beneficios materiales producidos por el desmantelamiento de las barreras económicas y políticas sino también por el derrumbe de otros muros invisibles mucho más resistentes, levantados históricamente entre las ciudadanos europeos: los psicológicos y culturales. La ruptura del aislamiento, que no es la causa sino el medio natural de tales barreras, es lo que las instituciones europeas han promovido con tesón y las sociedades han ejercido de forma creciente a lo largo del siglo XX y con particular intensidad en el ya medio siglo de la Europa unida. Los resultados del proyecto de investigación europeo más arriba mencionado, desarrollado entre 1989 y 1994, que tenía por objetivo el proyecto europeísta en esta perspectiva amplia que venimos tratando, muestran hasta qué punto las pistas de una identidad y de una conciencia europeas pueden ser rastreadas con éxito en los más variados puntos de observación, aunque no dejen de ser minoritarios y de presentar cierto grado de ambivalencia: pueden serlo en los contactos crecientes entre las sociedades, en los intercambios económicos, en la emigración, en el turismo, en las relaciones académicas y universitarias, en la conciencia avanzada de los intelectuales, en la difusión de los imaginarios comunes^^. Bajo esta perspectiva están seleccionados los trabajos referidos a España aquí reunidos. Que la categoría «europeización» es uno de las más constantes en el debate intelectual español desde que a finales del siglo XIX le diera estado público Joaquín Costa apenas merece ser discutido. Que Europa/ciencia, Europa/civilización, Europa/entidad moral, jurídica y política sea una línea ininterrumpida de reflexión del más emblemático pensador español de la primera mitad del siglo, como es Ortega y Gasset, resulta, sin duda, un hecho sobremanera significativo que trasciende los límites de una biografía individual para insertarse en una biografía moral colectiva^^. Tal vez se podría decir que, como ha sucedido en Alemania, Europa ha significado para España la posibilidad de ser otra cosa sin abdicar obviamente del propio sentimiento nacional, y hasta reforzándolo, de insertar -como diría el Unamuno de final del XIX, el de En torno al casticismo-la personalidad castiza en lo universal. Sin pretender una visión sistemática de tales Francisco Villacorta Baños 38 perspectivas, aquí se recogen algunos de los hilos particulares que comienzan a formar desde España la urdimbre del tejido de relaciones europeas: las juntas de pensiones, el turismo, la emigración, la participación en las nuevas instituciones. Obviamente sin una conciencia precisa en aquel momento del plano europeo específico -la Europa substantiva-en que terminarán confluyendo, pero tal vez esa inconsciencia, ese curso imprevisible de los lazos y las relaciones en todos los niveles sean los que, con la ayuda del tiempo, permitan en el futuro a los ciudadanos franceses, alemanes, españoles, italianos, etc., despertarse ciudadanos europeos sin que tal hecho implique un conflicto de identidades. ^ Recogido por RÉAU, E., obr. cit., p. 6. ^ Estas páginas, más amplias de lo que suele ser habitual en la presentación de un tema monográfico, intentan suplir otros trabajos previstos en el mismo, relativos a este pilar -el europeo-de los dos -el otro, el español-sobre los que estaba planeado, y cuyos autores previstos no supieron cumplir con los compromisos adquiridos. ^ La reflexión europea de Ortega y Gasset es constante a lo largo de su vida y obra. Recopiló en cierta manera sus puntos de vista en la conferencia De Europa Meditatio Quaedam, pronunciada en la Universidad Libre de Berlín en 1951, después recogida en el libro Meditación de Europa. En esta obra se documentan, por otra parte, im buen número de los datos del europeísmo inicial que seguirán a continuación. ^ Al respecto, CARRERAS ARES, J. J.: «La idea d 'Europa en l' època d 'entreguerres», en Nosaltres els europeus, A. SAN MARTÍN, éd., (1992) 12 Un ampHo estudio de esta y otras iniciativas, en BoCK, M., MEYER-KALKUS, R. y TREBITSCH, M. (1993): Entre Locarno et Vichy.
El presente artículo estudia el difícil camino de Gran Bretaña hacia la integración en la Comunidad Europea. El trabajo se inicia con un análisis de los factores que determinaron la posición británica ante Europa; explica luego el modelo de Europa deseado por los británicos; y se detiene especialmente en las distintas actitudes adoptadas por Gran Bretaña durante el proceso de integración europea, centrándose en tres ámbitos: la política, la economía y la defensa. En ese marco, el trabajo revisa las razones por las que Gran Bretaña apoyó o rechazó las distintas instituciones europeas que se fueron creando, los motivos de su alejamiento del núcleo inicial de la CEE, y las causas de su posterior incorporación a la estructura comunitaria. Europa desde la perspectiva británica Durante el período que nos ocupa, es decir, desde la Primera Guerra Mundial, en que comenzó a hablarse de la construcción de una Europa unida, a los primeros años de la década de 1970, en que Gran Bretaña se incorporó efectivamente a la Comunidad, la nación británica fue uno de los pilares europeos, una de sus grandes potencias, y su influencia sobre el conjunto necesariamente hubo de ser significativa. M" Dolores Elizalde dentro de ese conjunto, Gran Bretaña ocupó una posición especial. La expresión Tormenta en el Canal, el Continente aislado no deja de ser una broma, pero tiene un fondo de realidad. Quizás debido a su insularidad, quizás por su extraversión ultramarina, quizás por la importancia de su Imperio, Gran Bretaña no sólo se sintió integrada en el continente europeo. Evidentemente, era Europa pero, al tiempo, era más que Europa, algo más allá de Europa. Elementos que condicionaron la visión británica de Europa Existieron varios factores que incidieron en la actitud británica ante Europa. En primer lugar, Gran Bretaña era una democracia asentada, con un sistema parlamentario sólido, un modelo político consolidado y una economía desarrollada. No necesitaba apoyos externos para asegurar su régimen interior. Tampoco para impulsar la democratización de sus instituciones o la modernización de sus estructuras productivas. No precisaba, pues, que Europa amparara su evolución^. En segundo lugar, Gran Bretaña no sólo era una potencia europea, sino que se proyectaba y prolongaba a través de un Imperio extendido por todo el mundo. Los intereses de esa construcción imperial primaban sobre cualquier otra consideración y determinaban su política exterior^. Y tercero, desde fines del XIX, Gran Bretaña había desarrollado una estrecha relación con Estados Unidos, la special relationship, que condicionaba sus relaciones con las demás potencias y la dotaba de una dimensión atlántica especialmente acusada dentro del conjunto europeo. Desde una posición definida por la encrucijada de esos factores, la política que tradicionalmente había desarrollado Gran Bretaña respecto a Europa se había caracterizado por tratar de mantener el Continente neutralizado y por intentar preservar el equilibrio entre las distintas alianzas, sin que ninguna potencia o grupo de potencias destacaran por encima de las demás, y así poder dedicarse a sus verdaderos intereses internacionales, que eran fundamentalmente extraeuropeos. En principio, Gran Bretaña no era favorable a pactos que limitaran su libertad, o que restaran un ápice a su soberanía. Pero tampoco quería ser eternamente el vigía de Europa, siempre buscando el equilibrio entre fuerzas opuestas, siempre conteniendo posibles conflictos^. La aspiración británica era mantener la paz y la estabilidad en el Continente. No deseaba una Francia excesivamente fuerte, pero tampoco quería una Alemania humillada e incapaz de reconstruirse, y recelaba de la Rusia soviética. Defendía la existencia de unos valores europeos comunes que estaba dispuesta a defender frente a cualquier agresión. Pretendía que tales principios fueran respetados por todas las naciones europeas y que no hubiera excesivas rivalidades, ni invasiones territoriales. Para preservar ese orden, desde la perspectiva británica, lo óptimo sería crear unas instituciones internacionales intergubernamentales y no transnacionales, que garantizaran la estabilidad y el desarrollo político y económico alcanzado. Por ello, tras la Primera Guerra Mundial, y aún más después de la Segunda, apoyó la formalización de un acuerdo colectivo y la articulación de unos organismos comunes que velaran por Europa^. Aún sin ser entusiasta de dichos mecanismos, los consideró el mal menor. Sus reticencias ante esos métodos se reflejaron en su particular y errático camino hacia la integración europea. En su peculiar visión de Europa hubo varios problemas que preocuparon especialmente a los británicos. El papel internacional de una Europa unida desde la perspectiva británica Uno de los objetivos británicos en el proceso de la formación de una Europa unida fue procurar que no desembocara en la construcción de un regionalismo europeo que obstaculizara la ejecución de una política internacional concebida en términos globales, que era la perspectiva desde la cual Gran Bretaña se planteaba su acción exterior^. A pesar de que había perdido el liderazgo militar y económico que había ejercido en el siglo XIX, Gran Bretaña seguía siendo una potencia con intereses en todo el mundo y defendía el mantenimiento de la libertad de comercio en las transacciones internacionales. Su industria continuaba siendo lo suficientemente poderosa como para competir ventajosamente en un régimen de puertas abiertas. Tenía especial interés en mantener esa inclinación globalista como rasgo esencial de su política exterior y pretendía que el proceso europeísta no impidiera ni perjudicara tal sesgo. Aunque deseaba que Europa pudiera convertirse en un tercer bloque con peso específico en la escena internacional, no quería que ello limitara el radio de su proyección exterior. Ya Winston Churchill había defendido que Gran Bretaña debía ser el eje de tres esferas de influencia interconectadas: el Imperio británico, el mundo atlántico, y Europa. Esta doctrina, con ligeras variaciones dependiendo del énfasis que se diera a cada uno de esos tres elementos, fue aceptada por los sucesivos ministros de exteriores británicos de la postguerra, el laborista Ernest Bevin y el conservador Anthony Eden^. Esa triple orientación exterior, junto al peso de su pasado imperial, hicieron que Gran Bretaña fuera una potencia con una perspectiva globalista y con preocupaciones 46 W Dolores Elizalde internacionales más amplias que las de otras naciones europeas. A ello contribuían, además, varias circunstancias: no había sufrido unos efectos internos tan devastadores como otros países continentales, no tenía la misma conciencia de debilidad nacional, ni sentía igual necesidad de garantizar sus fronteras y su seguridad territorial?. Su horizonte podía extenderse hacia un orden globally no sólo hacia requerimientos nacionales o continentales. El modelo de Europa: ¿federal o intergubernamental? ¿una unión política, económica, militar...? La integración europea es un término que ha estado abierto a diferentes interpretaciones. En el tiempo que nos ocupa, los primeros pasos de la construcción de una Europa unida, para la élite gobernante británica significaba ante todo un entendimiento económico que permitiera incentivar la reconstrucción de las economías nacionales y definiera un área de libre comercio en Europa, el cual -a su vezse adaptara a un mundo de puertas abiertas. Dicha élite era más reticente a la integración política y militar, campos en los cuales prefería hablar de cooperación entre gobiernos soberanos. Defendía que los acuerdos debían establecerse entre gobiernos independientes que desearan aunar sus respectivas políticas exteriores e integrar sus objetivos internacionales para tener más peso en la escena mun-dial^. La perspectiva británica contrastaba con la de los seis miembros fundadores de la CEE, que adoptaron una política más intervencionista. En el terreno económico, en vez de hablar de libertad de comercio, estos países se centraron en lograr acuerdos consensuados y en unificar sus respectivas políticas. Para ellos, además, la integración económica no era un fin por si misma, sino un paso previo hacia el verdadero objetivo: la unión política de Europa, proceso en el cual apoyaron la creación de unas instituciones europeas comunes que tuvieran amplias atribuciones. En la conciencia nacional británica existían una serie de ideas y sentimientos muy arraigados que dificultaron su integración en unas instituciones europeas organizadas según los criterios de los demás países. En primer lugar, el temor a perder soberanía nacional y capacidad de decisión y de acción en el seno de una institución supra-nacionaP. Segundo, el deseo de mantener su independencia económica y defender el libre comercio. Tercero, unas claras reticencias ante las limitaciones que conllevaría una política defensa consensuada entre Gran Bretaña ante Europa. los países europeos. Cuarto, un fuerte rechazo ante la imposición de una burocracia europea-^^ y de unas leyes comunes que recortaran las competencias del Parlamento británico^^. La suma de esas consideraciones pesaron en la actitud británica a la hora de construir una Europa unida, e hicieron que Gran Bretaña se inclinara por un modelo que no restringiera su libertad ni recortara su soberanía nacional^^. La opinión pública británica ante Europa La opinión pública británica sólo de manera gradual, y aún así sin mucho entusiasmo, fue apoyando la integración británica en Europa. Mientras que en otros países europeos después de la Segunda Guerra Mundial había surgido un cierto rechazo hacia el fervor nacionalista que podía amenazar la paz colectiva, y se presentaba la integración europea como un proceso deseable para evitar riesgos futuros de guerra, en Gran Bretaña la contienda del 45 había servido para reforzar el orgullo de la identidad nacional y para afirmar su condición de británicos. Por ello, no existía un substrato ideológico que impulsara a la unidad europea: ésta era presentada en términos puramente pragmáticos, como algo que sería positivo para la economía nacional y para reforzar la posición internacional de Gran Bretaña^^. Para los británicos la integración europea se planteaba como un asunto de conveniencia, y no como la realización de un ideaP'*. La discusión se centraba sobre si los costes de la incorporación eran mayores que los beneficios, o si ocurría lo contrario, y esas valoraciones prácticas eran las que decidían las posiciones de partidarios y detractores. Pocas veces se habló de cumplir un destino, de alcanzar un anhelo político, ni se señaló que -a pesar de los costes que la integración pudiera tener para Gran Bretaña-se estaba sirviendo a un bien superior, a elevados propósitos colectivos, comunes a toda Europa. La retórica estuvo más ausente en el discurso británico que en el de otros países. Esa diferencia de actitudes entre pragmáticos e idealistas se evidenció aún más ante el hecho de que Gran Bretaña no se integró efectivamente en la Comunidad Europa hasta que el crecimiento económico de los sesenta no se hubo acabado. Su incorporación efectiva a los organismos europeos coincidió con una persistente recesión de su economía, en la cual los británicos sintieron de forma más acuciante la necesidad de integrarse en Europa^^. También la posición geográfica favoreció la diferenciación. Para la Europa continental la integración y el intercambio eran realidades M" Dolores Elizalde 48 más palpables y cotidianas: las gentes de diferentes nacionalidades tenían un contacto mucho más estrecho y cruzaban fronteras con más frecuencia. Por contra, los británicos siguieron considerando al resto de los europeos como overseas hasta fines de los años ochenta. Una realidad diferente, ajena a ellos mismos. Los partidos políticos y Europa La posición respecto a Europa fue uno de los asuntos más constantemente debatidos en el seno de la política interior británica. Ninguno de los partidos mayoritarios tuvo una postura clara e inequívoca en favor de una plena integración en Europa. Siempre señalaron determinados matices que condicionaban esa integración. Los pequeños partidos británicos de centro, -los liberales y los socialdemócratas-, fueron mucho más entusiastas en su apoyo a la incorporación a Europa. Por contra, los conservadores y los laboristas estuvieron divididos en sus opiniones, y sus líderes se vieron forzados a adoptar una línea media entre las distintas tendencias existentes en sus respectivas formaciones. En el Partido Conservador se podían distinguir tres tendencias: los tories más tradicionales que eran los más firmes oponentes a una participación en la Comunidad; el ala liberal, que apoyaba la integración siempre que se respetaran los principios de libre mercado; y los pragmáticos -como Edward Heath-que eran los más claros defensores de la adherencia a Europa, dispuestos a aceptar incluso directrices económicas desde Bruselas siempre que contribuyeran a mejorar la economía británica^^. También entre los laboristas se podían señalarse tres fracciones: primero, los modernizadores, que no se diferenciaban demasiado en sus motivaciones de sus homólogos conservadores -Wilson-; segundo, los tradicionalistas, a los que disgustaba cualquier tipo de integración en Europa: eran nacionalistas que pensaban que la Commonwealth era la única organización internacional en la cual Gran Bretaña debía cooperar económicamente -Hugh Gaitskell-; y tercero, la izquierda del partido que veía a la Comunidad europea como una organización capitalista a la que por tanto rechazaban^^. Veamos ahora cómo la concepción de Europa y la idea de la integración de Gran Bretaña en una Europa unida se fue transformando a lo largo del siglo, dependiendo de la evolución interior, de la situación económica general, del contexto internacional y de la posición exterior desempeñada por Gran Bretaña. Del entusiasmo europeísta tras la Segunda Guerra Mundial al período errático de los cincuenta Cuando Gran Bretaña se integró en la Comunidad Económica Europea, en 1973, venía de un período errático, en el cual se habían entablado continuas discusiones en favor y en contra de la incorporación británica a la CEE, y se habían producido sucesivos avances y retrocesos. En los últimos veinte años se habían sucedido diferentes situaciones: en los cuarenta, el período de mayor entusiasmo europeísta; en los cincuenta, un tiempo de apoyo británico a las iniciativas europeístas, que a la postre resultó fallido en gran medida; en los sesenta, el vano intento de MacMillan y de Wilson para integrarse en la estructura europea; y en los setenta, el deñnitivo impulso dado por Edward Heath para que Gran Bretaña se convirtiera en miembro de pleno derecho de la Comunidad Europea. Tras la Segunda Guerra Mundial comenzó una. etapa de entusiasmo europeísta. La confrontación se vivió, no como un enfrentamiento territorial, sino como una guerra ideológica, en la cual los países aliados habían luchado en defensa de una serie de principios que caracterizan la esencia de Europa, definida -entre otros rasgos-por la democracia, el parlamentarismo, el respeto a la libertad y la defensa de los derechos individuales. Después de la contienda se inició un fuerte movimiento en favor de unos acuerdos europeos que ayudaran a preservar esos valores y que impidieran otra guerra continental originada por rivalidades nacionales. Ese ambiente se reflejó a través de sucesivas reuniones internacionales, y se concretó de forma inmediata en la creación de instituciones europeas plasmadas en el Tratado de Bruselas, el Congreso de La Haya, la ratificación de la OTAN, o la configuración del Consejo de Europa. En ese contexto, Gran Bretaña se debatió entre el entusiasmo por el discurso europeísta y los recelos ante una posible pérdida de soberanía. Como ya hemos visto, se mostró reticente a las organizaciones supranacionales que pudieran cuestionar las atribuciones nacionales. Manifestó su disposición a la colaboración de las economías nacionales y su apoyo a los pactos internacionales encaminados a resolver conjuntamente los problemas planteados en el Continente. Pero expresó también sus reservas ante una integración política que fuera más allá de un compromiso puntual para cada caso concreto. Los británicos eran firmes partidarios de que cualquier tipo de acuerdo se adoptara desde posiciones gubernamentales. Sin embargo, en el Continente se barajaban distintas ideas respecto a lo que debía ser una Europa unida. Nada más acabar la Segunda Guerra Mundial surgieron propuestas para reorganizar Europa sobre una base federal. El movimiento llegó a concretarse, en Diciembre de 1946, en la formación de la Unión Europea de Federalistas (UEF) cuyo propósito era crear unos Estados Federales de Europa. La rápida reconstrucción de los estados nacionales tras la guerra impidió esas aspiraciones. En la Conferencia de La Haya de 1948 ya no se discutió sobre las bases de un modelo federalista europeo. En cualquier caso, tal alternativa no fue aceptada por el Gobierno británico. Clement Attlee declaró desde el primer momento que no apoyaría la creación de una Europa federal. Gran Bretaña era claramente partidaria de respetar los sistemas políticos nacionales^^. Frente a las propuestas iniciales de federalismo, triunfaron las tesis de una progresiva integración europea por sectores. A pesar de que el Gobierno británico aparentemente era favorable a ese tipo de integración, se resistió a incorporarse en las principales instituciones europeas creadas en la época. Rechazó formar parte de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y de la Comunidad Europea de Defensa, y no corraboró los pactos adoptados en la Conferencia de Messina ni en los Tratados de Roma. Sólo aceptó participar en aquellas instituciones de carácter intergubernamental en las que no tuviera que renunciar a su independencia ni a su capacidad de decisión. De esa manera, Gran Bretaña se automarginó del inicial núcleo fuerte europeo. Fue una gran oportunidad perdida que a menudo se ha enjuiciado como una notable falta de juicio político respecto a lo que dichas organizaciones iban a suponer en el futuro de Europa^^. En los primeros tiempos, en la política británica primaron todavía los recelos hacia una organización supranacional que pudiera limitar su soberanía, y ello le hizo iniciar un período errático, que se extendió desde fines de los años cuarenta hasta fines de la década de los cincuenta, en el cual, aunque consideraba deseable la existencia de unas estructuras europeas poderosas, se resistió a alinearse en ellas bajo parámetros que no respetaran su independencia gubernamental. Gran Bretaña ante la integración política de Europa En una reunión celebrada el 13 de Agosto de 1945 en el Foreign Office, Ernest Bevin, recientemente nombrado ministro de exteriores en el gobierno laborista de Clement Attlee, declaró que el principal objetivo de su política europea era establecer estrechas relaciones con los países occidentales, meridionales y septentrionales del Continente en el campo político, económico y comercial. El primer paso para ello Gran Bretaña ante Europa. debía ser resolver sus problemas con Francia con el fin de consolidar un núcleo sólido en torno al cual se cohesionaran posteriormente las demás naciones. Proponía posponer la construcción de un grupo occidental europeo más amplio hasta la consecución de ese primer objetivo y hasta que tuvieran mejor estudiadas las posibles reacciones soviéticas ante tal circunstancia^^. La idea de un grupo de potencias europeas occidentales liderado por Gran Bretaña había sido sugerido por el Foreign Office ya en 1944 con miras estratégicas y políticas, pero había encontrado la oposición del Primer Ministro, Winston Churchill, que argumentó que formar una alianza con países tan débiles sería una ñiente de problemas para Gran Bretaña. No excluía la posibilidad de que en el ñituro se trabajara sobre esa idea, pero previamente se debía conseguir una alianza con Francia^^. Bevin retomó ese planteamiento de Churchill y, antes de intentar formar un grupo europeo, quiso concertar un acuerdo con los franceses. Sin embargo, su noción de la cooperación europea era más amplia que la del dirigente conservador. Junto a planteamientos políticos y defensivos, Bevin incidía también en la colaboración económica, lo cual era lógico dada su formación como líder sindical. No obstante, en los dieciocho meses posteriores al fin de la contienda no se hizo nada para formar un grupo europeo. En primer lugar, no fue fácil conseguir un acuerdo con los franceses debido a las exigencias que éstos planteaban en sus fronteras del Este y en la zona del Ruhr. Por otro lado, los británicos temían las reacciones de los soviéticos, que veían con recelo la posible formación de un núcleo occidental unido, y eso les hacía avanzar con pies de plomo. Finalmente, en la primavera de 1947, las circunstancias empezaron a cambiar: el 4 de Marzo se firmó un tratado de alianza entre Francia y Gran Bretaña; además, las relaciones con Moscú parecieron relajarse tras la enunciación de la Doctrina Truman en ese mismo mes de Marzo. Bevin se sintió libre al fin para promover la creación de un grupo europeo occidental que compartiera sus planteamientos políticos, económicos y defensivos. Para Gran Bretaña comenzaba entonces el camino hacia la construcción de un nuevo concepto de Europa. El primer paso para conseguir ese objetivo se dio en el terreno estratégico. En Mayo de 1947, Sir Orme Sargent, Permanent Head of the Foreign Office, solicitó a los jefes de su staff su opinión sobre las ventajas que tendría la conclusión de tratados de alianza con Bélgica y Holanda, que siguieran el modelo ya experimentado con Francia -acuerdos explícitamente dirigidos a evitar una agresión alemana-^^. Los miembros de su equipo señalaron que aunque nominalmente esas W Dolores Elizalde alianzas estuvieran dirigidas sólo a evitar una ofensiva alemana, en la práctica debían servir para fortalecer la posición estratégica de Gran Bretaña de una manera más general: lo realmente deseable sería lograr una asociación capaz de contrarrestar cualquier acción ofensiva contra Europa occidental. Por ello, recomendaban la firma de acuerdos militares con los demás países del Oeste europeo^^. En el momento que parecía estar formándose un primer embrión de una alianza europea, -todavía sólo defensiva, pero que progresivamente apuntaba a extenderse a otros campos-, la situación se vio transformada por un discurso que el general Marshall pronunció en Harvard el 5 de junio de 1947. En él explicaba la creación de un plan norteamericano que pretendía contribuir a la reconstrucción económica de Europa. Ello hizo que la cooperación europea se trasladara, de los planteamientos militares y estratégicos en que se estaba moviendo, al campo económico. Ese planteamiento tampoco era ajeno a las intenciones británicas. Ya en Enero de 1947, Bevin había planteado al Foreign Office la conveniencia de fomentar la unidad económica europea. Temía que la Unión Soviética intentara extender su influencia no sólo entre los países del Este de Europa, sino también sobre el Oeste, y consideraba que para prevenir algo similar lo mejor sería reforzar los lazos políticos y económicos que unían a las naciones occidentales^'*. Sin embargo, los responsables del área económica dentro del Gobierno británico no estaban tan convencidos de las ventajas de establecer unos compromisos económicos con los demás países europeos que les convirtiera en un conjunto unificado. Sir Stafford Cripps, President of the Board of Trade^ y Hugh Dalton, Chancellor of the Exchequer, señalaron que tal actitud podría perjudicar los intereses del Imperio, dificultar sus relaciones con sus socios norteamericanos, y distorsionar el orden económico internacional, por lo que se mostraron reacios a establecer una política aduanera europea común. Por ello el asunto quedó de momento pa-ralizado^^. Cuando, durante las discusiones del Plan Marshall, se hizo evidente que los Estados Unidos no sólo no se oponían a una unión económica europea -incluida la aduanera-, sino que incluso eran favorables a esa idea, Bevin convenció a su Gabinete para que examinara de nuevo la cuestión, sugiriendo que en esa unión aduanera podría tener cabida la Commonwealth. Sin embargo, el plan Marshall no desvió del todo la atención hacia el campo económico, y pronto el proyecto europeísta se amplió con nuevos contenidos, esta vez de carácter internacional. En el Otoño del 47, Bevin comenzó a trabajar sobre la idea de una alianza europea Gran Bretaña ante Europa. que pudiera convertir a Europa Occidental en un tercer bloque situado entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El Gobierno británico manifestó que, puesto que la división de Europa parecía inevitable, dada la actitud rusa, consideraba necesario organizar a los países occidentales como una unidad fuerte y coherente en el escenario internacional. La ayuda norteamericana ofrecía una oportunidad para iniciar un camino que condujera a tal objetivo, pero las naciones europeas debían incrementar sus políticas de colaboración. La intención británica era implicar en ese proyecto a Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Holanda, Portugal, Italia e Irlanda^^. Tal fue la génesis de la propuesta presentada por Bevin para crear una unión occidental, presentada en la Cámara de los Comunes el 22 de Enero de 1948, y reflejada en el Tratado de Bruselas de 17 de Marzo de 1948. La iniciativa británica contemplaba la cooperación política, económica, cultural, social y militar. Según planteamientos explícitos pretendía promover una completa reorganización de la Europa occidental, y no solo en el plano económico o en el de-fensivo^*^. A pesar de las buenas intenciones mostradas en esa propuesta, y del eco que ésta encontró en el congreso de Bruselas, Bevin se encontró con dos iniciativas que torpedearon sus planes para establecer una unión occidental bajo premisas británicas. La primera fue la creación de la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), un organismo diseñado para administrar la ayuda del Plan Marshall. Se acordó que fuera en el seno de esta institución donde se decidieran las cuestiones económicas que afectaran a los países occidentales. La OECE se regiría por acuerdos y cooperación intergubernamental. La orientación de esta organización encajaba en los planteamientos británicos, pero se limitaba a temas estrictamente económicos, y no era tan amplia como la unión europea propuesta por Bevin en Bruselas. La segunda circunstancia fue el debate respecto al carácter que debían tener las instituciones europeas, cuestión suscitada en el Congreso de la Haya, celebrado en Mayo de 1948. Churchill, entonces líder de la oposición, fue invitado a presidir la reunión, lo cual fue mal acogido por los laboristas en el poder que desde el principio se sintieron inclinados a boicotear los resultados de ese congreso. Pero es que, además, en La Haya se discutió nuevamente en torno a la conveniencia de adoptar -para el proceso de cooperación europea-planteamientos federalistas o proseguir con las premisas intergubernamentales adoptadas en Bruselas. Al Gobierno británico no le gustó nada el proyecto de crear un Parlamento europeo con amplias atribuciones propuesta por los franceses, por lo que inicialmente declinó formar parte del mismo^^. Sin embargo, los Estados Unidos apoyaron la ini-M" Dolores Elizalde 54 dativa ñ-ancesa, y Bevin comprendió que sería poco prudente enquistarsè en una actitud negativa que tuviera consecuencias perniciosas para todo el conjunto europeo. Así que tomó la decisión de respaldar tal propuesta pero fijando unos límites. El Parlamento no debía organizarse sobre bases federalistas, sino que debía convertirse una especie de consejo de ministros europeo, de carácter consultivo, integrado por delegaciones gubernamentales que se reunieran simplemente dos veces al año, y que tuviera un secretariado permanente^^. A fines de Noviembre de 1948, se reunió en París una comisión con objeto de discernir qué era más conveniente entre las dos propuestas presentadas: una asamblea parlamentaria ejecutiva o un comité de representantes gubernamentales consultivo. La delegación británica en París estuvo presidida por Hugh Dalton. Las instrucciones que recibió de Bevin fiíeron trabajar para construir una institución en la que estuvieran representadas las cinco potencias signatarias del Tratado de Bruselas, que eventualmente podrían ampliarse a los dieciséis miembros de la OECE. Su cometido sería coordinar a los distintos países en temas económicos, defensivos o cualquier otro problema común que pudiera plantearse en Europa. Lo cual se haría desde un planteamiento de cooperación gubernamental y no desde una asamblea que pudiera tomar decisiones independientes que luego chocaran con las posiciones de los distintos gobiernos^^. Finalmente se llegó a un compromiso: en Mayo de 1949 se aprobó la creación del Consejo de Europa compuesto por dos instituciones: un Consejo de Ministros y una Asamblea Parlamentaria consultiva. El Gobierno británico confiaba en que esa fórmula funcionara correctamente, mediante un complejo mecanismo: un trabajo previo de la asamblea en torno a las cuestiones en debate, cuyas consideraciones fueran presentadas al Consejo de Ministros que, tras la consulta con sus respectivos gobiernos, decidiera los asuntos que podían ser aprobados conjuntamente. Sus esperanzas pronto se vieron defraudadas ante la dificultad de tal funcionamiento, por lo que las disensiones británicas referentes a los procedimientos a seguir en el Consejo de Europa fueron constantes. De esta forma, las propuestas de los laboristas británicos respecto a la construcción política europea tuvieron un difícil engarce con los planteamientos promovidos por otros países. A pesar de que los ingleses querían una Europa occidental fuerte y unida, rechazaron tajantemente cualquier planteamiento supranacional. La posibilidad de que Gran Bretaña renunciara a una parte de su soberanía en bien de la comunidad resultaba puro anatema para ellos. Ese fue uno de los desacuerdos básicos entre británicos y franceses respecto al futuro de Europa. Mien-Gran Bretaña ante Europa. tras que éstos últimos optaron por fórmulas supranacionales, los laboristas británicos se opusieron frontalmente a ellas. Cuando los conservadores volvieron al poder, en Octubre de 1951, se esperaba de ellos un planteamiento más favorable al desarrollo político europeo desde bases integradoras. Sin embargo, ya en Noviembre de 1951, Sir David Maxwell Fyfe, ministro del Interior y destacado pro-europeísta, dejó sentado que su partido tampoco apoyaría la propuesta de que el Consejo de Europa se convirtiera en una especie de gobierno europeo supranacional. Gran Bretaña ante la integración económica europea Como una vía alternativa en el proceso de integración, que no produjera tantas reticencias como la unión política, se promovió la progresiva confluencia económica. Sin embargo, pronto se demostró que este camino tampoco conseguía los resultados apetecidos ni lograba aunar a todos los países en un proyecto común. La Administración británica se dividió respecto a la conveniencia de apoyar una unión económica europea. Inicialmente, el Treasury y el Board of Trade se opusieron a ella, argumentando que influiría negativamente sobre los compromisos establecidos con la Commonwealth; señalaron también que los Estados Unidos se podrían sentir ofendidos si se anteponía la pertenencia a un grupo regional a la defensa común que hasta entonces habían realizado los dos países conjuntamente en favor de un orden económico mundial de libre co-mercio^^. El Foreign Office, por el contrario, se mostró favorable a la idea de una unión económica que pudiera facilitar la existencia de una Europa unida en otras cuestiones. El servicio exterior británico era partidario de crear un bloque europeo fuerte que pudiera dialogar con Estados Unidos y con la Rusia Soviética en términos de mayor igualdad de lo que era capaz de hacer Gran Bretaña sola. Además, este departamento consideraba que la integración en un grupo económico europeo poderoso contrarrestaría la extensión del comunismo en Europa^^. Como se ha señalado anteriormente, un paso fundamental en la integración económica europea fue la creación de la Organización para la Cooperación Económica Europea (OECE) en Abril de 1948. En origen fue una agencia para la distribución del dinero que Estados Unidos aportaba para la reconstrucción europea a través del Plan Marshall. Se ideó para promover la unidad de una Europa Occidental próspera y estable. Pero no respondió fielmente a esos objetivos, sino que se dedicó fundamentalmente a reducir las restricciones en el comercio entre los estados W Dolores Elizalde 56 miembros y a dirigir un crecimiento económico común. En 1961 fue reemplazada por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), que incluía además a Estados Unidos y Canadá. Gran Bretaña apoyó inicialmente los fines de esta institución, pero pronto empezó a mostrar reticencias ante su labor. Al año de entrar en ñmcionamiento, el Gobierno británico señaló que los objetivos que justificaban este proyecto se había perdido en gran medida, y que aunque estaban dispuestos a hacer sacrificios temporales en sus modos de vida y a correr algunos riesgos en beneficio de la reconstrucción europea, el Ejecutivo no podía permitir que se dañara irreversiblemente la estructura económica de su nación^^. Meses más tarde, en Octubre de 1949, Bevin era aún más explícito en su falta de compromiso con la OECE, indicando que el Gobierno de su Majestad no secundaría ningún proyecto que significara perder libertad de acción en su propia política presupuestaria y creditícea, así como en el manejo de sus reservas, ni tampoco que amenazara el equilibrio entre el dolar y la libra esterlina, o que perjudicara la política preferencia! desarrollada hacia su Imperio^^. Finalmente, en Noviembre de 1949, el Gobierno manifestó que Gran Bretaña no integraría su economía en un plan europeo que pudiera distorsionar sus compromisos o perjudicar los intereses de la Commonwealth y del resto del Sterling Area^^. Desde esa posición de escepticismo respecto a la integración económica europea en la que ya se encontraba, el Gobierno británico tuvo que enfi:-entarse con una proposición que aún le pareció más alarmante. En Mayo de 1950 se presentaba a la prensa el Plan Schxmaan que proponía la creación de una Comimidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Ello significaba que se elegían dos sectores para iniciar la iategradón económica europea: el carbón y el acero, industrias ambas con problemas que podían resolverse mejor en común que a nivel nacional, regulando la producción y equilibrando la distribución entre países de forma consensuada entre todos ellos. La idea de una autoridad central que organizara la obtención y reparto del carbón y del acero fue propuesta por Robert Schuman. El Gobierno británico fue invitado a participar en esa iniciativa, pero rechazó hacerlo ante la exigencia del Gobierno fi-ancés de que todas las naciones integrantes en el pacto aceptaran por adelantado los principios del supranadonalismo^^. En las discusiones previas a la decisión sobre la conveniencia de que Gran Bretaña se incorporara a esta institución, de nuevo se produjo una divergencia entre los ministerios de carácter económico y el servicio exterior. Los responsables de la economía consideraron que la pertenencia a la CECA perjudicaría a la industria británica del acero y limitaría sus posibilidades de relación a nivel mundial. El Foreign Office, por contra, se pronunció en favor de una iniciativa que contemplaba la Gran Bretaña ante Europa. reincorporación de Alemania a una organización que englobaba a toda la Europa occidental, lo cual consideraba altamente positivo para el desarrollo de la política internacional. Además, temía que en el caso de que Gran Bretaña no se integrara en la CECA, se quedara fuera de un tercer bloque mundial. Por ello los responsables del sector exterior sugirieron que Gran Bretaña debía aceptar algún sacrificio económico en aras de una posición internacional más fiíerte y de no quedar aislada. Ante la diferencia de opiniones, el Gobierno laborista decidió rechazar la incorporación a la CECA. Bevin declaró que el Plan Schuman recuperaba planteamientos federalistas, contrarios al método de integración gradual y sectorial defendido por Gran Bretaña. Stafford Cripps criticó el Plan por discrepar de la idea de la comunidad atlántica y tender hacia una federación europea. A los británicos les había molestado también que Schuman presentase la propuesta sin haberles consultado previamente su opinión, máxime cuando tuvieron constancia de que había hablado de sus intenciones con los norteamericanos. En cualquier caso, el Gobierno británico no rechazó el Plan Schuman de forma inmediata, sino que creó un grupo de expertos con el fin de que estudiaran las implicaciones de la incorporación británica, aunque el estudio resultante no fue tomado en excesiva consideración^^. Si bien en otras ocasiones el Gobierno francés había apoyado a Gran Bretaña, en el caso de la CECA, no le dio muchas alternativas. A pesar de conocer bien la oposición británica al supranacionalismo y su apuesta por la cooperación intergubernamental, los franceses exigieron que todas las partes aceptaran la primera fórmula como paso previo a las discusiones sobre el Plan Schuman. La respuesta británica no se hizo esperar: contestó diciendo que no podía participar en los debates desde las bases propuestas^^. Aún así, el Gobierno continuó discutiendo sobre la conveniencia de integrarse en el proyecto, para lo cual creó una comisión ministerial y otra de funcionarios que estudiaran las ventajas y desventajas de la propuesta y las condiciones en las cuales se debería producir la integración británica. La cuestión quedó, pues, abierta para el Gobierno británico. Sin embargo, nunca pareció que hubiera llegado el momento adecuado para integrarse en esta institución y finalmente Gran Bretaña quedó al margen de ella. Gran Bretaña ante la integración militar europea En principio se había pensado que el campo militar sería el último sector que se integraría por las reticencias que todos los países mostraban ante la posibilidad de tener que aceptar restricciones en sus M"" Dolores Elizalde 58 respectivas políticas de defensa nacional. Sin embargo, la guerra de Corea de 1950 aceleró el planteamiento del tema. Corea tenía una división territorial similar a la de Alemania, con una zona meridional bajo la influencia capitalista, y otra septentrional bajo la esfera comunista. Cuando Corea del Norte invadió el Sur, los Estados Unidos se apresuraron a acudir en ayuda de ésta última, sugiriendo que los países europeos realizaran un esfuerzo similar, con el fin de frenar la expansión de la Unión Soviética. Ello implicaba rearmar a Alemania para que pudiera defender sus fronteras orientales. Tal posibilidad despertó la alarma de Francia, por lo que rápidamente su Gobierno presentó una contrapropuesta plasmada en el Plan Pieven -en nombre del primer ministro francés, que fue quien lo propuso en Febrero de 1951-. Su objetivo era lograr una política defensiva común para Europa occidental, en vez de impulsar respuestas militares nacionales independientes que implicarían aceptar la militarización unilateral alemana. En las conversaciones intergubernamentales entabladas con objeto de crear esa estructura militar europea se propuso que dicha fuerza multinacional se integrara en una institución política europea y se constituyera un ministerio europeo de defensa. La propuesta fue aceptada por la mayoría de los gobiernos y, en Mayo de 1952, se presentó un primer documento en el que se esbozaba la formación de una European Defence Community (EDC), que aunaba política y defensa. Sin embargo, la plasmación práctica de este organismo resultó imposible porque los distintos parlamentos nacionales que hubieran debido aceptar esa nueva estructura no la aprobaron. En Agosto de 1954, la propia Asamblea francesa, país del cual había partido la iniciativa, no ratificó el Tratado que creaba la EDC, lo cual supuso el fin de esta propuesta. En los primeros meses en que se discutió sobre las ventajas e inconvenientes de esa institución, los laboristas todavía estaban en el poder. Desde el principio se mostraron contrarios a ella, en gran medida porque estaba liderada por los franceses, lo cual hubiera significado cederles la iniciativa en un tema tan vital como la defensa europea, y eso era visto con preocupación desde la perspectiva británica. Por ello ni Attlee ni Bevin apoyaron la EDC. En Marzo de 1851 Bevin tuvo que dimitir por enfermedad y fue sustituido como ministro de exteriores por Herbert Morrison, que se embarcó en una revisión de la causa europea. Durante su mandato el servicio exterior británico adoptó una actitud más favorable a la creación un ejército europeo, sobre todo como fórmula para poder integrar y controlar a la vez el rearme de las fuerzas armadas alemanas^^. En esa misma época Attlee escribió un memorandum explicando la política británica respecto a la integración europea en el que se refería también a su actitud ante la integración militar europea: «Nosotros queremos jugar un papel activo en la cooperación europea sobre bases intergubernamentales, pero no estamos dispuestos a limitar nuestra libertad de decisión y de acción a una autoridad supranational. Animamos a los países que estén dispuestos a adoptar planes en tal sentido, y en el caso del Plan Schuman declaramos nuestro deseo de trabajar estrechamente con él y consideramos la posibilidad de contraer un compromiso mayor en el futuro. Vemos también con simpatía los proyectos para crear un ejército europeo si realmente se demuestra que puede ser efectivo. Igualmente, deseamos desarrollar el papel consultivo del Consejo de Europa, que es el núcleo principal del movimiento de integración europea»^^. Sin embargo, pese al apoyo expreso de los laboristas a una integración militar europea, este partido no llegó a llevarla a la práctica. Antes de que acabaran las negociaciones en torno a la creación de la EDC los conservadores volvieron al poder en Gran Bretaña. Tal circunstancia se consideró como un hecho positivo para la unidad defensiva europea, dadas las palabras que Churchill acababa de pronunciar ante el Consejo de Europa, en Agosto de 1950, defendiendo la inmediata creación de un ejército europeo bajo un mando unificado, en el cual los británicos debían ser parte importante^^. No obstante, una cosa eran los discursos desde la oposición, y otra el ejercicio del poder. Cuando volvió a hacerse cargo del Ejecutivo, Churchill se encontró con un partido muy dividido al respecto. Mientras que el ministro de Exteriores, Anthony Edén, declaraba en una asamblea de la OTAN, reunida en Roma en Noviembre de 1951, que Gran Bretaña no participaría en la EDC, el mismo día el ministro del Interior, Sir David Maxwell Fyfe, manifestaba en el Consejo de Europa que el Gobierno de su Majestad era favorable a «tan imaginativo plan»^^. Lo cierto es que la mayoría del Gabinete y figuras con gran prestigio dentro del partido, como Edén o Salisbury, se mostraban contrarios a la integración militar. También el Foreign Office se opuso a la EDC. De todos los movimientos en favor de una unidad europea, el Plan Pleven fue el que suscitó un mayor rechazo entre la diplomacia británica. La implicación de que en el caso de que Gran Bretaña se incorporara a ese organismo tendría que diluir sus fuerzas armadas en un ejército europeo se consideró una opción inaceptable. Con objeto de evitar esa alternativa, el servicio exterior sugirió que se elaborara una fórmula distinta para organizar una política europea de defensa. El primer ministro, Anthony Eden, propuso entonces la creación de la Western European Union (WEU), que agruparía a los seis estados signatarios de la CECA y a Gran Bretaña en un sistema de tratados de defensa mutua, pensados fundamentalmente para prevenir cualquier amenaza que pudiera provenir de Alemania o de la Unión Soviética. Se declaraba que el ejército alemán podría reconstruirse, pero al tiempo se garantizaba que en el caso de que las fuerzas armadas alemanas se volvieran contra otra nación europea, un tratado le aseguraría el apoyo de los demás países signatarios. Además, la WEU respondía a la preocupación británica ante una ofensiva rusa. Para evitar esa posibilidad el Gobierno de Eden consideraba fundamental, primero lograr un pacto de defensa de Europa Occidental, y segundo, conseguir que Estados Unidos lo respaldara. Aunque un objetivo similar ya se había conseguido en parte a través de la firma del Tratado del Atlántico Norte, ratificado el 4 de Abril de 1949, con la WEU se conseguía un eslabón más: que Alemania se incorporara a una alianza militar europea -lo cual reforzaba el potencial defensivo europeo en su frontera oriental frente a Rusia-, y que ello pudiera convertirse en un paso previo a la plena integración alemana en la OTAN. El plan fue aprobado en Octubre de 1954, lo cual fue considerado como una de las pocas victorias que las tesis intergubernamentales defendidas por Gran Bretaña obtuvieron en el proceso de integración europea, presidido en su mayoría por las posturas más proclives al federalismo y al supranacionalismo que sostenían la mayoría de los países continentales^^. La entrada en la Comunidad Europea A mediados de los cincuenta, Jean Monnet sugirió que el siguiente sector en el proceso de integración debía ser la energía atómica. Gran Bretaña fue invitada a participar en las conversaciones preliminares y de hecho acudió a las reuniones de Messina, iniciadas en Junio de 1955, aunque su participación en las discusiones fue escasa. Gran Bretaña nunca tomó en serio esas conversaciones, ni previo el futuro que se abría tras ellas^'*. De hecho, mientras los demás gobiernos mandaban a representantes tan cualificados como los ministros de exteriores, los británicos enviaron a un funcionario de segunda fila, Russell Bretherton. Senior Official from the Board of Trade, En cualquier caso, la participación británica no duró mucho tiempo. Después de un descanso estival, los países volvieron a reunirse en Bruselas. Y allí informó Bretherton que el Gobierno británico había decidido que no participaría en el mercado común europeo que se estaba discutiendo, por lo cual Gran Bretaña ante Europa. se retiraba de las negociaciones. Las razones aducidas fueron que no deseaban ir más allá de la definición de un área de libre comercio, ni integrarse en una unión aduanera, y sobre todo que se oponían a la naturaleza supranacional de las instituciones previstas. Los resultados de las conversaciones iniciadas en Messina se plasmaron tiempo después en los Tratados de Roma, firmados en Marzo de 1957. Preveían la constitución de la European Economic Energy Community (Euratom) y la European Economie Community (EEC). Aunque ambas instituciones eran esencialmente de carácter económico, los preámbulos de los tratados establecían claramente que el objetivo era la fundación de una unión más estrecha de los pueblos de Europa, en la cual se fundieran economía y política. Con el tiempo la CEE se convertiría en el principal vehículo para la unión europea. El Gobierno de Edén eligió voluntariamente automarginarse del mismo'^^. Gran Bretaña trató de contrarrestar dichas iniciativas creando la European Free Trade Association (EFTA), constituida por los países marginados de la CEE: Suecia, Suiza, Austria, Noruega, Dinamarca, Portugal y la propia Gran Bretaña, que aceptaron coligarse para resolver temas aduaneros sin que ello implicara renunciar a ninguna soberanía nacional. Probablemente marginarse de la CEE fue el mayor error que Gran Bretaña cometió a la hora de tratar de conseguir el modelo de Europa que prefería: una unión política compuesta por estados soberanos que actuaran conjuntamente con los Estados Unidos; una unión económica en la que se respetara el libre comercio, sin intervencionismo central, y abierta a las transacciones con el resto del mundo; una unión estratégica y defensiva que les proporcionara un peso específico en la escena internacional. En vez de luchar por alcanzar ese modelo negociando las condiciones con las demás potencias europeas desde dentro de una estructura común, el Gobierno británico optó por torpedear las conversaciones de Messina, apostando en su lugar por la OECE como foro de negociación y cooperación. Esta política se reveló como una importante falta de juicio político que condujo a la exclusión de Gran Bretaña del proceso europeo que entonces comenzaba'*^. Sólo cuatro años después de la firma de los Tratados de Roma, Gran Bretaña reconoció su error y se mostró dispuesta a integrarse en Europa. En Julio de 1961, Harold MacMillan presentó la primera solicitud para conseguir tal objetivo^^. A ello le inclinaban numerosas razones: primero, el primer ministro Edén, hostil a cualquier forma de participación británica en una unión europea, fue reemplazado por MacMillan, un hombre pragmático y más favorable a la integración. Segundo, la economía británica estaba pasando por una época de re-W Dolores Elizalde 62 cesión, y por contra la CEE estaba tiendo un notable éxito económico. Pocos años después de su fundación, los Estados miembros habían acordado unas tarifas aduaneras exteriores, y tenían una política agraria e industrial común que favorecía el desarrollo del conjunto. Tercero, distintas crisis internacionales, como la de Suez de 1956 o la de Africa del Sur de 1961, habían evidenciado la creciente soledad británica en el mundo internacional. El apoyo de la Commonwealth no tenía peso suficiente cuando en ese contexto se producía una situación crítica. A ello se unía que los lazos con Estados Unidos se iban distendiendo, en un proceso paralelo al acercamiento norteamericano a la Comunidad Económica Europea, contemplado con aprehensión por los británicos. Si Gran Bretaña quería aumentar su influencia internacional, debía integrarse en la CEE y desde esa institución convertirse en el socio principal de los norteamericanos^^. Desde mediados de los años cincuenta se fue haciendo cada vez más evidente que la posición internacional de Gran Bretaña había variado sustancialmente. Había perdido definitivamente la hegemonía que un día tuvo en ese campo y tenía que acoplarse a un nuevo contexto definido por la existencia de dos superpotencias enfrentadas que se habían repartido el mundo en areas de influencia ajenas a la impronta británica. Había perdido también su Imperio y los fuertes lazos políticos y económicos que la unían a territorios repartidos por todos los océanos. La Commonwealth le proporcionaba todavía un foro y una repercusión internacional destacada, pero lejos ya del papel preponderante que había desempeñado en la escena mundial. Esas circunstancias provocaron que aumentaran los deseos británicos de integrarse en un conjunto poderoso, y ninguno mejor que el europeo'^^. Sin embargo, la integración británica se vio dificultada por sus explícitas pretensiones de convertirse en uno de los líderes del proceso europeo, circunstancia contemplada con enorme recelo por los países que ya formaban parte del núcleo inicial de la comunidad europea, y muy especialmente por Francia^^. Estuvo obstaculizada también por el entendimiento establecido casi desde el primer momento entre Francia y Alemania. Gran Bretaña quiso convertirse en el tercer vértice de un triunvirato dirigente, pero no consiguió alcanzar ese objetivo. Nunca llegó a producirse una especial relación a tres bandas entre Francia, Alemania y Gran Bretaña, y ésta última se sintió marginada de la cúpula europea^^. La Francia de Charles de GauUe había alcanzado un papel predominante en el seno de la Comunidad y lo último que deseaba era la participación británica en esta institución. Con Gran Bretaña en Gran Bretaña ante Europa. la CEE podría haber un líder rival que se opusiera a las directrices francesas. Por ello, en 1963, De Gaulle vetó la entrada británica en la Comunidad alegando que Gran Bretaña no estaba preparada para una «vocación europea» y que actuaría como un caballo de Troya americano dentro de esta organización. En Mayo de 1967 el nuevo premier británico laborista, Harold Wilson, presentó la segunda solicitud británica para entrar en la CEE. Las consideraciones que le llevaron a tal decisión fueron la crisis económica en que Gran Bretaña estaba inmersa; la tendencia de los países miembros de la Commonwealth a desarrollar sus propias relaciones comerciales con otras potencias distintas de Inglaterra; las dificultades de la política aduanera, en la cual Gran Bretaña se veía obligada a aceptar las altas tarifas exteriores de la CEE, mientras que no se podía beneficiar de las reducidas medidas interiores de ese grupo. Junto a estas razones económicas, persistía el deseo británico de redéfinir su posición internacional contando con el apoyo del grupo europeo. Su influencia en el mundo era cada vez menor y su posición ya no le proporcionaba las ventajas que antes le había procurado el libre comercio. Además, el obligado relevo de Kennedy por Johnson en la Presidencia de los Estados Unidos había producido un nuevo alejamiento de la Administración norteamericana, más volcada entonces en asuntos internos, y Gran Bretaña volvía a sentir el peso de la soledad. Sin embargo, se repitió la situación anterior y en Diciembre del 67 De Gaulle volvió a vetar la integración británica aduciendo su excesiva cercanía a los Estados Unidos. Sólo después de la salida del gobierno del dirigente francés, en Mayo de 1969, se abrió el camino a la integración británica en la CEE. Después de la dimisión de De Gaulle el proceso fue rápido. En el Consejo de Ministros de la CEE de Julio de 1969 se planteó el tema de ampliar los miembros de la Comunidad y Francia informó que no presentaría un nuevo veto. Gran Bretaña indicó que estaba preparada para abrir las negociaciones en cuanto los Seis dieran el visto bueno para ello. Las conversaciones para ello se iniciaron el 30 de Junio de 1970 en Luxemburgo. El principal problema era la negociación respecto a las contribuciones británicas al presupuesto comunitario -a los británicos les parecía inaceptable la reciente decisión adoptada en La Haya para crear un presupuesto europeo común, pero prefirieron ignorar el asunto en ese momento en aras del objetivo final: una integración que a todas luces se había postergado excesivamente-. La estrategia seguida para ello por Edward Heath fue incorporarse a la Comunidad tan pronto como fuera posible, soslayar los problemas potenciales, y M" Dolores Elizalde negociar posteriormente cualquier diferencia, ya desde el seno de esta institución. Finalmente, tras dieciocho meses de negociación, se firmó en Bruselas un acuerdo para la entrada británica, y el 1 de Enero de 1973 Gran Bretaña se convirtió en miembro de la Comunidad Europea. Sin embargo la integración no se reveló nada fácil. De 1974 a 1984 el proceso de adaptación de Gran Bretaña a la CEE dominó los asuntos comunitarios^^. Los términos de su integración tuvieron que ser renegociados y se discutieron hasta la saciedad los ajustes económicos y presupuestarios que requería la participación británica, hasta llegar a acuerdos satisfactorios para todas las partes. También es justo señalar que los problemas económicos en la Comunidad no se derivaron sólo de la integración británica, sino de la seria crisis económica que todos los países tuvieron que afrontar en ese período. A partir de mediados de los ochenta las relaciones fueron más fáciles y la integración erapezó a ser fructífera. Hoy en día, con el Gobierno de Tony Blair Gran Bretaña parece incluso haberse convertido en uno de los líderes de la política de la Unión Europea, reemplazando el antiguo predominio franco alemán gracias al apoyo de países como España, Italia y Portugal. ^ Circunstancia que sí influía en países más inestables, menos desarrollados o con una historia reciente más turbulenta, caso de España, Portugal o Grecia. C. Tugendhat también niega la existencia de este sentimiento en la conciencia británica: Making Sense of Europe, Harmondsworth, 1987. En esta obra se defiende la tesis de que Gran Bretaña siempre quiso ser el nervio central de un Imperio mundial, o al menos de una comunidad de naciones basadas en la libre cooperación, que era lo que representaba la Commonwealth después de la Segunda Guerra Mundial. A los británicos les parecía mucho más atractivo convertir a la Commonwealth en el elemento principal de su política mundial, y que ese fuera su foro fundamental de actuación exterior, que no la idea de convertirse en un engranaje más de una comunidad europea. ^ De alguna manera los años de la seguridad colectiva habían supuesto un precedente para la articulación de una Europa unida. Desde el punto de vista británico, la búsqueda de una seguridad colectiva en la década de los veinte había tenido tres propósitos. Uno era tratar de contener un posible revisionismo alemán y mantener las fronteras establecidas en el tratado de Versalles; lo cual podía contemplarse como un elemento defensivo y era de particular concernimiento de los franceses. El segundo era rehabilitar a Alemania y posibilitar que se reincorporara a la diplomacia europea. El tercero era tratar de resolver las rivalidades a través de organismos internacionales. El multilateralismo debía remplazar al bilateralismo y sobre todo al unilateralismo. Ejemplos prácticos de esa política fueron los Acuerdos de Locarno, firmados en 1925 por Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica e Italia; el pacto de Kellogg-Briand, ratificado en 1928 por 65 Estados que condenaron el recurso a la guerra como forma de resolver las rivalidades internacionales y renunciaron expresamente a ella como un instrumento de política nacional en sus relaciones con las demás potencias; o la Sociedad de Naciones, que significaría la culminación de esa orientación. Para Gran Bretaña la política de seguridad colectiva fue positiva porque revivió el internacionalismo como fórmula para resolver los conflictos, lo cual le permitía no tener que asumir la última responsabilidad de la paz colectiva en Europa. Por ello, en cierta medida, puede considerarse como un precedente de la Unión Europea en tanto que significaban organismos intergubernamentales que regulaban los problemas planteados, sólo que en el caso de la Comunidad los planteamientos se ciñeron a Europa Occidental y se extendieron a cuestiones políticas, económicas y de cooperación, desbordando el ámbito militar e internacional. También acerca de este tema: Willian Wallace: «What Price Independence? ^^ «La Europa que esa gente ha creado se ha convertido en im leviathan antiliberal y burocrático, obsesionado por la armonización», juicio de Ralf Dahrendorf citado por un parlamentario conservador. ^^ EjempUficando ese temor, en Enero de 1972, un parlamentario laborista llevó a la Cámara 42 volúmenes conteniendo 2.500 regulaciones de la Comunidad que se convertirían automáticamente en leyes inglesas en el momento en que Gran Bretaña firmara el Tratado de Roma, Parliamentary Debates, 20 Enero 1972, vol. 829, cols. Hansard Society, The British People: Their Voice in Europe, Farnborough, 1977. ^"^ En este sentido, desde una perspectiva española, cabe señalar el fuerte contraste con el estado de opinión existente en España, para la cual Europa fue hasta 1986 -en que logró la integración en la Comunidad-el modelo a imitar, la meta que alcanzar. No hay más que recordar la literatura regeneracionista y la gráfica expresión de Ortega «España como problema, Europa como solución». Desde comienzos de siglo y hasta los años más recientes, asentada ya en España la democracia, esa línea de pensamiento ha estado muy presente en los discursos de los políticos e intelectuales españoles. ^^ Cuando MacMillan llegó a la conclusión de que Gran Bretaña debía solicitar la incorporación a la Comunidad, presentó su decisión al país y al Parlamento en términos estrictamente prácticos. No intentó reemplazar el fuerte sentimiento de identidad nacional que todavía existía en Gran Bretaña por un alternativo sentido del deber europeísta. La opinión pública británica difícilmente hubiera aceptado ese tono. Walter Liepgens, A History of European Integration, vol 1, 1945-1947: The Formation of the European Unity Movement, Oxford, Clarendon Press, 1982, pp. 44-58. ^^ Esta actitud levantó críticas entre los propios británicos. Anthony Nutting, el anterior ministro de exteriores conservador, apuntó en sus memorias, significativamente llamadas Europa no esperará, que después de la Segunda Guerra Mundial Gran Bretaña podía haberse hecho con el liderazgo de la Europa occidental sin problemas, pero que en aquel entonces el país estaba gobernado por hombres -los laboristas de Attleecuya filosofía política era muy limitada y que no pudieron ser más insulares ni más nacionalistas: prefirieron el insularismo al internacionalismo. 70 ^^ En una reunión mantenida el 10 de Noviembre de 1949 entre los responsables de exteriores de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, Bevin, Schuman y Acheson, el primero de ellos declaró que Gran Bretaña nunca sería enteramente im país europeo y que no deseaba verse en la tesitura de tener que elegir entre su relación con la Commonwealth y con Europa occidental porque el resultado sería perjudicial para todos ellos. La respuesta de Schuman fue especialmente generosa, pues señaló que Europa era inconcebible sin Gran Bretaña y que por tanto los británicos no debían sentir que se les hacía elegir entre una u otra formación, sino que todos los movimientos que se realizaran en favor de la imión exiropea debían permitir a los ingleses una síntesis entre ambas opciones. Hasta tal punto se sentía rechazo hacia esos planteamientos que cuando se discutió la conveniencia de apoyar el Plan Schuman el Labour's National Executive declaró que se negaban a convertirse en «una pequeña y poblada isla de la costa Oeste de la Europa continental». Barker defiende en The British Between the Superpowers, Gran Bretaña ante Europa. 1945-1970, London, MacMillan, 1983, que la no participación de Gran Bretaña en el Plan Schuman puede considerarse como un turning point en las relaciones británicas de postguerra con la Europa occidental. Era el primer éxito de una iniciativa británica tomada sin Gran Bretaña, y de alguna manera, contra Gran Bretaña, p. «It' s no good, we cannot do it, the Durham miners won 't wear it», exclamó Herbert Morrison, Lord President of the Council y número dos del Gobierno, al conocer el ultimatum francés. Incluso Kenneth Younger, segundo de a bordo del Foreign Office y el único que argumentó en favor de aceptar los requerimientos franceses, apuntó aquél día en su diario «On reflection, I really think we had no choice». 4^ Posteriormente, cuando en 1966 De Gaulle decidió que Francia abandonara la OTAN, la-WEU se convirtió también en un forum que permitía la elaboración de una estrategia común entre los países europeos que eran miembros de la OTAN y una Francia independiente. De alguna manera, abrió el camino a una respuesta militar europea, ajena a Estados Unidos. ^^ Y ello a pesar de voces como la de Harold Macmillan, Chancellor of the Exchequer por aquel entonces, que en carta a Sir Edward Bridges, Senior Civil Servant at the Treasury, manifestaba que quizás en Messina no se llegara a nada, pero que temía un mundo dividido en la esfera rusa, la esfera americana y una Europa unida de la cual Gran Bretaña no fuera miembro, Harold Macmillan, Riding the Storm, 1956-1959, London, Macmillan, 1971, p. También el Gobierno norteamericano señaló al británico la importancia que podrían adquirir los acuerdos de Messina. Pero Edén, que había sucedido a Churchill como primer ministro, consideró que no tenían en cuenta los perjuicios que le causaría a Gran Bretaña participar en el proyecto que se estaba elaborando ni el riesgo de que se adoptaran unas tarifas aduaneras perniciosas para la economía británica que en el caso de integrarse no tendría otro remedio que aceptar. Además creyó que los norteamericanos con sus recomendaciones trataban de apartar a los ingleses de la Commonwealth, sabiendo que su pertenencia al grupo europeo dificultaría su identificación con aquella otra organización. "^^ Harold Macmillan explicaba en sus Memorias que el Gobierno no creyó que esa fuera la única vía posible hacia la integración europea: «Cuando fui elegido Secretario de Asuntos Exteriores, en la primavera de 1955, no parecía que hubiera un único camino hacia la unidad europea, sino distintas vías, a veces paralelas, a veces en-M° Dolores Elizalde 70 trecruzadas ¿Iba a extenderse la cooperación a la Alianza del Atlántico Norte? ¿Iba a reemplazar esa posibilidad a un ideal estrictamente europeo? ¿Iba Europa, ya dividida entre Este y Oeste, comunista y libre, a ser dividida de nuevo entre las tres grandes potencias continentales -Francia, Alemania e Italia-, y junto a ellas Holanda, Bélgica y Luxemburgo, por un lado, y Gran Bretaña liderando al resto de la Europa occidental, por otro? ¿descansaría el futuro de Europa en la OEEC, más comprehensiva con sus miembros que el propio Consejo de Europa, o se basaría la unidad en el Plan Schuman? S. Bulmer, «Domestic politics andEuropean Community Policy-Making», Journal of Common Market Studies, 21, (1983), 349-363.' ^^ En 1961 la nueva Administración Kennedy trató de animar a Gran Bretaña para que entrara en la CEE, con objeto de que contrarrestara en esa institución las directrices marcadas por De Gaulle, cada vez más incisivo en una política europea fuerte e independiente, lo cual hizo crecer en Estados Unidos el temor a la consolidación de una tercera fuerza mundial neutralista que pudiera distorsionar el orden establecido. Kennedy señaló a MacMillan que desde dentro de la CEE Gran Bretaña podría maniobrar mejor para conseguir la política aduanera y comercial que más les conviniera y además podría colaborar con Estados Unidos para lograr el orden internacional más favorable para todos. ^^ El White Paper de Julio de 1971, que evaluaba las ventajas de una posible incorporación a la CE, señalaba: «En una generación hemos tenido que renunciar a nuestro pasado imperial y nos hemos visto rechazados de un futuro europeo. Nos hemos quedado sin aliados, los cuales contemplan con la misma incertidumbre que nosotros nuestro futuro papel y lugar en el mundo», The United Kingdom and the European Communities, HMSO, Cmnd., 4715, July 1971, p. Estos autores, compartiendo una opinión muy extendida, señalan que la principal razón para la incorporación británica a la Comunidad fue ante todo el temor a la exclusión, a quedar fuera de un foro prometedor. En el largo debate que se mantuvo en el Parlamento británico en el otoño de 1971, en el cual se debatía sobre el sentido de la integración británica. Alee Douglas-Home y Edward Heath señalaron la importancia que tenía, dentro de un contexto internacional marcado por dos grandes superpotencias, estar dentro de un bloque continental poderoso. El argumento principal fue que el mundo estaba cambiando y que Gran Bretaña debía incorporarase a algún grupo con peso específico si no quería quedarse aislada y sin voz. De otra manera, el futuro sería decidido por otros y los británicos no podrían tener ningún control sobre el proceso. ^^ Esa confianza en convertirse en líderes del proyecto europeo cuando se produjera su integración se reflejó en la observación que el ministro de Asuntos Exteriores británico, George Brown, le hizo a Willy Brandt: «Willy, debes meternos, para que
El artículo hace un recorrido por la historia de Italia, trazando a grandes rasgos la evolución de la interpretación de la nación y su relación, mediante la proyección de la política exterior, con el ámbito continental europeo. Desde las propuestas idealísticas sobre Europa durante el Risorgimento hasta el afán europeista de la segunda postguerra, puede detectarse una línea de continuidad que es producto de la convergencia de la evolución de los procesos políticos y culturales del contexto europeo y del particular devenir histórico de la propia Italia durante la época contemporánea. De la Europa de las naciones a la Europa de las potencias El proceso de unificación italiana, el Risorgimento, se llevó a cabo contra Europa. Contra esa Europa que desde el Congreso de Viena pretendía cerrar el continente a la difusión de aquellos principios enarbolados por la revolución firancesa y que, precisamente, la experiencia italiana iba a encarnar posiblemente mejor que ninguna otra, sobre todo a partir de los años cuarenta: la revolución y el sentimiento nacional. Aún así, sobre el consenso generalizado en torno a la necesaria Fernando García Sanz 74 concatenación de ambos procesos, coexistieron distintas formas de entender los límites de ambos dentro del general movimiento unitario. Tantas como distintas perspectivas desde las que entender la revolución liberal y los distintos perfiles de una fiítura Nación que partía de un complejo entramado de reinos y regiones históricas y la presencia del Papado y su poder político sobre un amplio territorio de la Italia central^. De la misma forma, se dieron también distintas formulaciones sobre el sentido ulterior de la unidad o, para decirlo con términos de la época, sobre la «misión» de la nación italiana. Un proyecto destacó sobre todos los demás y fue el encabezado por Giuseppe Mazzini. Su idea de nación partía de una concepción romántica de Italia: nación desde siempre basada en una comunidad de territorio, lengua y raza, características que, sin embargo, solo se hacían operativas por compartir una tradición histórica y cultural y, sobre todo y ante todo, por la voluntad de los ciudadanos de ser nación. Es decir, la nación era en realidad un hecho moral expresión de una decisión libre de los ciudadanos. De este modo, Italia se entendía como nación democrática que buscaría la unión con otras naciones democráticas para forjar una Europa de los pueblos alternativa a la Europa de las monarquías. La idea, plasmada en la organización Joven Europa (1834), aunque de vida efímera, «fue el primer organismo europeo fundado sobre el presupuesto de una unión de naciones independientes gobernadas democráticamente»^. Nación y Europa, conceptos antitéticos en el pensamiento y la práctica de los conservadores europeos (con Metternich a la cabeza), encuentran su pleno sentido, su engarce, a partir de las formulaciones de Mazzini: «La nazione non solamente non è fine a se stessa, ma è mezzo, necessario e nobilissimo, per il compimento del fine supremo, e vale a dire l'umanità (...) El fin común se alcanzaría mediante el cumplimiento armónico entre las partes de la «misión» que cada pueblo ha recibido de Dios. Aunque el concepto de «misión» no era nuevo entonces (estaba en De Maistre reivindicando la misión de «magistratura» de Francia sobre Europa, y en Schiller sobre la misión alemana como dominadora del mundo), para Mazzini, reclamando para Italia la responsabilidad de iniciar una nueva era de la humanidad, su significado se aleja de la competencia y el enfrentamiento siendo, al contrario, garantía de armonía. Surgían esta y otras iniciativas similares en el contexto de la «Europa de las naciones» que más adelante, sobre todo a partir del último tercio del siglo XIX, se transformaría en la «Europa de los nacionalismos», momento en el que el concepto de nación y su ubicación en el contexto internacional, en Europa, varía sustancialmente. Libertad y nación habían permanecido estrechamente vinculadas a lo largo del siglo XIX. En una perspectiva ideal, el cumplimiento de las revoluciones nacionales tenía como paisaje último una Europa donde los enfrentamientos no tendrían ya razón de ser y se posibilitaría un escenario de auténtica solidaridad de los pueblos europeos. Pero uno de los movimientos nacionales europeos, aquel que condujo a la unificación de Alemania, rompió de forma brutal esta perspectiva abriendo el período de la política de la fuerza, la política de potencia: «II pensiero di dare base nazionale agli Stati, e che s 'è effettuato per tanta parte durante il secólo ed è stato il meglio dell' opera sua, era pensiero di concordia e di pace. Comenzaba a extenderse la idea de la decadencia de las naciones latinas, cuando en Italia se hacían cálculos sobre la transcendencia y hasta la responsabilidad que se asumía con la ocupación de Roma. Un acontecimiento como la ocupación de Roma en 1870 y su conversión en capital en 1871, dará alas, más que en el pasado, a un interesante debate sobre la «misión» de Italia en el mundo o, lo que es lo mismo, el sentido último del Risorgimento. Roma aunaba dos significados universales por excelencia: la Roma imperial, civilizadora del mundo, y la Roma Papal, cabeza y referencia del cristianismo, seña de identidad fundacional de la propia Europa. Realidades incontrovertibles y demasiado imponentes para no tenerlas en cuenta a la hora de valorar el carácter ideal que suponía la nueva capital de Italia para la construcción y relanzamiento de la nación^. Mazzini y Gioberti, cabezas de dos de las corrientes más poderosas del Risorgimento, divergentes en casi todo habían compartido, sin embargo, la aspiración al primado de Italia sobre los pueblos europeos desde una particular idea de Roma. Para el primero desde una Roma mitificada en la terza Roma, la Roma de los pueblos, para el segundo desde la gloria de la Roma cristiana. Pero entrando en el último tercio 76 Fernando García Sanz del siglo XIX la situación ha cambiado ostensiblemente: se abría la época de los nacionalismos y los conceptos de «Europa», «misión» y «primado» adquirían un significado distinto, de competencia y de exclusión, en pro de la «nueva divinidad»: «II singólo Stato lanciato sulla vía della conquista»^. Una política de potencia en la Europa de las potencias Nadie mejor que Francesco Crispí encarnó en Italia la evolución desde los postulados ideales mazzinianos del Risorgimento. Por decirlo con palabras de Federico Chabod, Crispí se encargará de acentuar en sentido nacionalista la nacionalidad de Mazziní^. Insistiendo sobre el origen natural de la nación, se separa en consecuencia del concepto voluntarista mazziniano y risorgimentista en general, aproximándose más al concepto alemán, Volk: una concepción de la nación como grupo étnico ligado a un territorio, anterior y superior a cualquier voluntad singular y colectiva^. Varias veces ministro y Presidente del Consejo, Crispí encabezó una nueva interpretación de la unidad italiana en sintonía también con los nuevos tiempos europeos. La unidad de Italia no podía ser el final sino el inicio del camino, el inicio de una revolución que debía conjugar unificación y desarrollo, «nella ricerca insistita di un nesso stretto tra il processo di unitá nazionale e una reale egemonia borghese ancora da costruire»^^. Siendo ñiertes en el interior se estaría en grado de cumplir la «misión» de grandeza que la nación imponía. Dicho de otra forma, el Estado tendría el papel definitorio de convertirse en el brazo ejecutor del propio destino «natural», y este no era otro que llegar a ser una gran potencia^^. Crispí participó de una gran desconfianza ante el concepto «Europa». Llamó «farsa siniestra» al concierto europeo en una valoración concordante con la opinión de Bismarck, que rechazaba con desprecio cualquier discurso sobre la existencia de la familia europea o sobre los intereses comunes del continente: «he oído siempre la palabra Europa en boca de aquellos que querían algo de otro y no se atrevían a pedirlo en nombre de los propios intereses»^^. En pro de esos «propios intereses», de la consecución de los objetivos de la política exterior, se podía llegar incluso a sacrificar principios «sacrosantos» del Risorgimento, como admitir la existencia de Austria y, además, llegar a acuerdos con ella y frenar las reivindicaciones del irredentismo. No es mi intención llevar a cabo una descripción de la política exterior italiana, pero si creo necesario subrayar aquellos cambios en Italia y la perspectiva Europea:. la percepción de la propia Italia y de su aspiración a convertirse en gran potencia europea-^^. La consecución de Venecia (1866) y la ocupación de Roma, con todas sus implicaciones internacionales, fueron los puntos de atención prioritarios de la acción exterior de los diez primeros años de Gobierno de la Destra, Aun acusados de peligrosa inacción a la hora de atender las exigencias internacionales de Italia, obligados por las dificilísimas circunstancias internas e internacionales se mantuvo una prudente actitud de recogimiento hasta 1882 cuando, ya con la Sinistra en el poder, se hizo entrar a Italia en la lucha inherente al sistema internacional europeo. Mediante los acuerdos con Alemania y Austria nace la Triple Alianza que, no sin altibajos, se convertirá en el eje de la acción internacional de Italia hasta la Primera Guerra Mundial. Este cambio radical fue la consecuencia de dos acontecimientos que afectaban a un importante cambio estratégico en dos de los escenarios en los que, de una forma «natural», Italia había depositado sus expectativas y sobre los que, sin embargo, se operaba sin ser escuchada: los Balcanes (Congreso de Berlín, junio-julio de 1878) y la ocupación francesa de Túnez (Tratado de El Bardo, mayo de 1881)^^ Es sabido que Bismarck, quien junto a Cavour más había contribuido a derribar la Europa de Viena, trabajó durante veinte años para ir tapando las grietas de un recreado edificio europeo de hegemonía alemana. Dentro de esa perspectiva, la Triple Alianza se planteaba como un instrumento pacífico, defensivo y así es asumido por Italia. La llegada de Crispí a la Jefatura de Gobierno (1887) cambia esa perspectiva intentando que la Alianza se convierta en un instrumento activo, ofensivo: el soporte y respaldo para elevar a Italia al rango de gran potencia europea. Crispí cambiará tanto los objetivos de Italia como la forma de abordarlos -mayor agresividad y actividad-y los medios que se ponen a disposición. El anhelo pasaba por obtener una presencia colonial, instrumento de las grandes potencias que extendían así sus disputas fuera del continente europeo. Una política exterior ofensiva, tensa, visceralmente antifrancesa se vio dramáticamente frenada y hundida en Etiopia a causa del Desastre de Adua (1896)^^. La inmediata desaparición política del líder siciliano sppuso también el fin de una forma de entender la política, el nuevo Estado italiano y su papel y forma de insertarse en Europa, por culpa del fracaso cosechado en la política exterior, terreno al que Crispí había concedido el primado sobre la política interna. Sin embargo, las raíces profundas de la derrota de Adua deben buscarse más en la propia genética del colonialismo europeo de finales Fernando García Sanz 78 del siglo XIX, que en el aireado fracaso de la clase dirigente, de la clase militar, del liberalismo como se repetiría durante el fascismo, o en metahistóricas causas como la su supuesta incapacidad de los italianos para las grandes empresas, su superficialidad o, con caracteres globalizantes, en la decadencia de las naciones latinas en correspondencia con la pujanza de germanos y anglosajones^^. El racismo fue una de las actitudes más característicamente europeas. De hecho, la prepotencia y la ignorancia sobre el otro con la que se llevaron a cabo algunas acciones coloniales, no solo la italiana, fueron los responsables de desastres como el de Adua. Desde este punto de vista, tanto la crisis colonial como la crisis política que tendría su epicentro en los acontecimientos de 1898, crisis que debate el futuro del sistema liberal entre reacción y reforma, lejos de aparecer como una anomalía se insertan perfectamente en el cuadro, sea político o sea colonial, de la Europa del cambio de siglo. Pero en cuanto al racismo europeo, a la distinción clásica entre Europa y el resto del mundo se añade con fuerza una distinción «moderna» que consiste en la jerarquización racial entre los propios europeos. En realidad, a la altura de finales de siglo, la diatriba sobre las razas formaba ya parte del «ambiente» y llegó a ser un lugar común manejado todavía a principios del siglo XX como instrumento justificador de los diversos nacionalismos, que se traducían en la lucha por la preminencia en Europa y en el combate imperialista. Para algunos nacionalismos, el principio de nacionalidad era visto como un a priori impuesto por una supuesta objetividad natural, por datos de hecho étnicos, geográficos y lingüísticos preexistentes y condicionantes. Crispí nunca llegó a identificar ese a priori con el factor racial, pero otros coetáneos suyos sí lo hicieron subsumiendo la idea de nación en la de estirpe^^. La Europa de latinos y germanos, ¿decadencia de Italia? La incontestable irrupción del nuevo Imperio alemán en el escenario europeo significó en primer lugar el hundimiento de la hasta entonces potencia hegemónica en el continente de una forma tal que, quizás por lo inesperado, dio pábulo al arraigo de concepciones racistas en torno a la historia de Europa o confirmó las ya existentes desde años atrás. Ya en el último tercio del siglo XIX, no resultaba una novedad que los pueblos latinos fuesen analizados como la demostración no ya de la decadencia sino de la degeneración de la raza origen de los europeos, la raza aria, producto fundamentalmente de su mezcla bio-Italia y la perspectiva Europea: lógica. En este sentido, había alcanzado gran difusión el libro del Conde de Gobineau Essai sur Vinégalité des races humaines^^ donde establecía una taxonomía de la raza blanca europea en la que firanceses, italianos y españoles aparecían en los últimos lugares por contener el menor porcentaje de sangre aria por culpa, a su vez, de las mezclas que históricamente habrían contaminado su pureza^^. Dirige su atención a España para describir la «degeneración de un pueblo», usando para ello términos profusamente utilizados sobre todo en el último cuarto del siglo: «Un gobierno es sobre todo malo cuando el principio del cual ha surgido, dejándose viciar, cesa de ser sano y vigoroso como al comienzo. Tal fue la suerte de la monarquía española»^^. Por si esto fuera poco, los españoles no solo no habrían ganado nada mezclándose con los indios de América sino que ello habría contribuido a la degeneración de los propios españoles, ya «contaminados» por la influencia árabe^^. Aún así, serían los italianos los más «degenerados» de Europa a los que solo les concede el primado de la «belleza» frente al resto de los pueblos europeos: «Entre estos mismos pueblos (de raza blanca), la desigualdad se descubre todavía entre los diferentes grupos, aunque en un grado inferior, así por lo que respecta a la fuerza como a la belleza. Los italianos son más bellos que los alemanes y que los suizos, más bellos que los franceses y que los españoles. Igualmente los ingleses presentan un carácter de belleza corporal superior al de las naciones eslavas. En cuanto a la fuerza del puño, los ingleses aventajan a todas las demás razas europeas; al paso que los franceses y los españoles poseen una capacidad superior de resistencia a la fatiga»^^. La influencia de las ideas de Gobineau fue muy grande en la Europa de la época pero particularmente en la Alemania guillermina de la última década del siglo donde, en general, arraigaron con mayor fuerza que en ningún otro país europeo las teorías racistas que crecían al calor de la exasperación del nacionalismo y de las rivalidades imperialistas. Uno de los racistas más destacados de finales del siglo XIX y principios del XX, wagneriano y precursor del nazismo, Houston Stewart Chamberlain, recogió y radicalizó los planteamientos de Gobineau pasados ya por el tamiz de las teorías de Darwin^^. Así, la supuesta decadencia de algunas naciones, la objetiva diferencia entre las naciones europeas, no sería otra cosa que la evidente demostración de la degeneración étnica de algunas de ellas. El positivismo vino a cimentar en buena medida el debate sobre la influencia de la raza, con explicaciones de rango antropológico y en Italia la escuela de Cesare Lombroso fue su mejor intérprete: «Los estudios y libros que incan-Fernando García Sanz 80 sablemente publicaron Lombroso y su círculo pretendían asentar una nueva ciencia que, partiendo de la medicina y la antropología, resolviera los problemas de las ciencias sociales»^^. Es en este contexto que se desarrollaron algunos trabajos que vinieron a dar razón en Italia al debate sobre la jerarquización de las razas en Europa. Es el caso de Guglielmo Perrero y su libro UEuropa giovane^^, en el que atendiendo a factores étnicos presentaba una tesis sobre la jerarquización europea desde un punto vista no muy distinto al que realizaría Lord Salysbury en 1898 con su discurso sobre las «naciones moribundas» o la postura que sobre el primado anglosajón representaban las tesis de su ministro de Colonias, J. Chamberlain. Sin embargo, la postura de Perrero, más conocido mundialmente por su monumental obra dedicada a la historia del Imperio Romano, entronca más desde mi punto de vista con las circunstancias políticas y sociales de la Italia de su tiempo porque, en efecto, como subrayan los Peset «La escuela lombrosiana, con sus afirmaciones y sus seguidores, defiende una ideología y unos principios en un momento determinado, en la alborada nueva y fresca del Risorgimento italiano». Los miembros más destacados de la escuela Lombrosiana (Sighele, Garofalo, Perri, Perrero, Roncoroni, Carrara) se sitúan en el entorno del Partido Socialista Italiano, del Partido Radical o incluso, como Sighele, en la órbita de lo que será el partido nacionalista. Puerzas anti-sistema todavía a finales de siglo, profundamente críticas con la forma de nación triunfante del Risorgimento a la que llegan a considerar semi-legítima por mantener al margen del protagonismo político y social de Italia a la mayor parte del país. Es en este sentido y desde esta óptica ideológica que la experiencia italiana aparece como un fracaso^^. Lejos de explicaciones racistas de la historia («le spiegazioni per influsso di razza, fondate come sonó su concetti causalistici e naturalistici, si convertono sempre in mitología», escribirá Croce^^), el debate sobre la operatividad explicativa de la jerarquización racial de Europa, en realidad viene a poner de manifiesto los anhelos ideológico-políticos del país y las críticas contra lo que se consideran excesos del positivismo y, en concreto, de la escuela lombrosiana. Se proponen causas históricas, políticas y sociales, para explicar determinadas situaciones que se consideraban contingentes, coynnturales. Así, desde distintos puntos de vista, los trabajos del meridonalista republicano Napoleone Colajanni, del antropólogo y anticlerical Giuseppe Sergi o algunas actuaciones públicas del radical Prancesco Saverio Nitti^^. Una nueva nación en la Europa de las alianzas La salida de la crisis de fin de siglo en Italia se presentó como una alternativa distinta a la manera de entender el Risorgimento que había protagonizado los últimos años del siglo XIX. El cambio era proñmdo pues, rechazando la alternativa reaccionaria y represiva, no se intentaba solo procurar el alargamiento del sistema liberal y sus instituciones hacia las ñierzas que podemos denominar populares (radicales, católicos y socialistas), sino que se trataba ñmdamentalmente de invertir la perspectiva de la construcción de la nación, abandonando el camino de la tensión y de la guerra de la interpretación de Crispí y una parte de la sociedad, por el camino de la reformas: la integración mediante el pacto y el compromiso en el interior y el equilibrio y la paz como perspectiva europea y respuesta a la dicotomía de las alianzas. Dentro de estos parámentros, ¿dónde y cómo encaja la política exterior?, ¿cual es el análisis de la situación europea? Para Giolitti la política exterior debía gozar de una cierta autonomía, pero reconocía una cierta superioridad de la política interior, de las condiciones del país. Veía la política exterior como un instrumento para protejer el crecimiento político, económico y social del país. Al mismo tiempo, la política exterior debía contribuir al equilibrio europeo como mejor garantía para la paz. De hecho, se esforzó en flexibilizar y mejorar las relaciones con Francia, aún sin perder de vista que la Triple Alianza seguía siendo el eje de la política exterior. Aspiraba a que Italia contase en Europa, a que llegase a ser, ahora como en los primeros años de Gobierno de la Destra Storica, el fiel de la balanza europea. La grandeza de Italia se mediría, en consecuencia, por el nivel de su desarrollo interno y por su capacidad de independencia en las siempre complejas Fernando García Sanz 82 decisiones en la esfera de las relaciones internacionales europeas. Sin embargo, mientras era acérrimo defensor de la paz en Europa a cualquier coste, admitía la posibilidad de las guerras localizadas, controlables, como las guerras coloniales, comprendidas como un mal menor y siempre que se impusieran como una inevitable necesidad^^. Era contrario a la política aventurera y firme detractor del nacionalismo, que desde principios de siglo fue conformando su cuerpo ideológico hasta el nacimiento de la Associazione Nazionalista Italiana en 1910, producto, en buena medida, del crecimiento y fortalecimiento de una clase media que aumenta al calor del desarrollo económico giolittiano, y que ya no encuentra ubicación dentro del mundo liberaP^. La primera prueba de fuego del proyecto giolittiano vendrá en 1911 cuando por estrictos motivos de política internacional (acuerdo franco-alemán sobre Marruecos), Italia decida -se vea «obligada» al decir de Giolitti-la ocupación de Libia. Rota la Triple Alianza con la declaración de neutralidad italiana, el país al mando del cual se situaban ahora los liberales conservadores encabezados por Antonio Salandra y Sidney Sonnino, caminaba lentamente hacia la beligerancia que se decidió en mayo de 1915^^. Nacionalismo y fascismo: la anti-Europa Los horrores de la Primera Guerra Mundial sacudieron las conciencias de los europeos impeliéndoles a proyectarse en un futuro de paz regido por una organización internacional, la Sociedad de Naciones, responsable en adelante de poner coto a la posibilidad de un nuevo conflicto. El nuevo clima general parecía detectar buena parte de la responsabilidad de los males pasados en los excesos de un nacionalismo alimentado durante más de cuarenta años. El final de la guerra tenía Italia y la perspectiva Europea: que servir también para acabar con ese peligro. Había que alentar -escribiría Croce-el germinar de una nueva conciencia de nación, porque las naciones no son hechos naturales, sino «stati di coscienza e formazione storiche». Desde esta reedición de la nación, Croce imagina -en una mezcla con la que probablemente Mazzini y Cattaneo se encontrarían de acuerdo-la factible construcción de Europa, siguiendo como ejemplo el camino que culminó el Risorgimento: así como un napolitano y un piamontés se hicieron italianos, sin renegar de sus raíces, «cosi francesi e tedeschi e italiani e tutti gli altri s 'innalzeranno a europei e i loro pensieri indirizzeranno all' Europa e i loro cuori batteranno per lei come prima per le patrie piú piccole, non dimenticate ma meglio amate»^^. La primera postguerra en Italia no estaba, sin embargo, en condiciones de atenerse a ideales proyecciones europeístas. Al contrario, la guerra había dado alas a que todas las corrientes políticas de la Italia pre-bélica radicalizasen sus posturas^^. En primer lugar, las fuerzas populares que habían aceptado el réformisme giolittiano, socialistas y católicos, se presentaron a la altura de 1919 como fuerzas independientes y partidos organizados (en 1919 nace el Partito Popolare), con fines propios que remarcaban de esta manera el progresivo aislamiento de la clase dirigente liberal tradicionaP^. Por otro lado, el nacionalismo que desde inicios de siglo se había ido constituyendo como una fuerza antireformista, por tanto antigiolittiana, antiliberal, antidemocrática y antisocialista, había llegado a elaborar en vísperas de la guerra toda una serie de teorizaciones autoritarias que condujeron, en último término, a la negación del concepto de Estado liberal y a la propuesta (Rocco) de un nuevo concepto caracterizado por subordinar todas las fuerzas del país a los intereses de la «nación», entendida como la máxima sociedad existente en el mundo pues se niega la posibilidad de una sociedad superior y más amplia que la sociedad nacional. La nación viene individuada en la clase de los «productores»: negación de la soberanía popular a cambio del Estado corporativo. Además, por el efecto de la guerra, la acción de los movimientos combatentistas, de corrientes filosóficas y de movimientos políticos y literarios de raíz irracionalista y tono revolucionario, ayudaron a crear las premisas de lo que poco después sería el fascismo^^. El mundo liberal, fracturado ya entre intervencionistas y neutralistas vuelve a dividirse de forma traumática a causa de los resultados de la paz de Versalles que buena parte de la opinión pública consideró muy inferiores al esfuerzo realizado por Italia. La frustración por la vittoria mutüata (D'Annunzio) acentúa en el caso italiano las conse-Fernando García Sanz 84 cuencias de la crisis económica y social característica de toda Europa, incluyendo nuevos problemas en el terreno de la política exterior como fue la ocupación militar de Fiume y la solución de apaciguamiento llevada a cabo por Giolitti, mal aceptada otra vez por una parte de la opinión pública, como fue el Tratado de Rapallo con Yugoslavia. En marzo de 1919 nacía en Milán el movimiento de los Fasci di Combattimento dirigidos por un personaje, Benito Mussolini, que hasta noviembre de 1914 había sido uno de los exponentes principales del ala revolucionaria del Pgirtido Socialista. A partir de entonces, se distinguió por su encendida defensa de la intervención en la guerra, creando su propio periódico, II Popólo dltalia. Los Fasci se presentaron con un programa revolucionario y urbano que iba desde la convocatoria de una Asamblea Constituyente, la instauración de una República, hasta la nacionalización de las industrias bélicas, la jornada laboral de ocho horas, el voto femenino, etc. De ser un movimiento poco representativo, como se demostró en las elecciones de 1919, pasó progresivamente a ir aunando consensos al ritmo que sus fuerzas paramilitares intervenían contra las acciones del movimiento obrero, tanto en el mundo rural como en las ciudades. Se presentaban, como ocurriría en otros países europeos, como una de las posibles respuestas eficaces a los problemas políticos y sobre todo sociales que la primera postguerra puso en evidencia y que el mito de la revolución en Rusia contribuyó a acentuar. Transformándose de fenómeno urbano en fenómeno rural, a finales de 1920 los fascistas, de ser un movimiento revolucionario, se habían convertido en una fuerza garante del orden. A sus filas fueron acudiendo cada vez en mayor número aquellos que había perdido la confianza en las instituciones democráticas y en la capacidad del Estado para garantizar la supervivencia del orden tradicional. Desde entonces y hasta 1922 fueron obteniendo un progresivo grado de fuerza y de representatividad política, en buena medida porque se le consideró un fenómeno pasajero, porque fue ganándose simpatías entre las filas del liberalismo conservador gracias a su antisocialismo (llegando a participar con este fin en las mismas listas electorales conformando los llamados «bloques nacionales») y porque, a pesar de sus métodos violentos, políticos de la talla de Giolitti confiaron hasta el último momento en que sería posible incorporarlos al sistema, que era factible su «constitucionalización». En noviembre de 1921 el movimiento fascista se transforma en Partito Nazionale Fascista con aspiraciones de gobierno. Apenas un año después, en octubre de 1922, la marcia su Roma determinará la toma del poder por los fascistas, en lo que a todas luces aparecía como im. «compromiso» con la Corona y la vieja clase política, como demostró la conformación del primer gobiemo^^. Desde entonces y hasta 1939, punto culminante de la «fascistización» de Italia, se fue conformando progresivamente en un nuevo Estado desde presupuestos originales sin llegar a suponer, sin embargo, una total ruptura con el pasado. A comienzos de 1925 se produce un auténtico giro autoritario que precede a la construcción del régimen de partido único. Los años 1925-1929 se dedican a la construcción del régimen: el proceso es llevado a cabo gradualmente por el jurista Alfredo Rocco, a cuyo nombre están ligadas las llamadas leggi fascistissime, realizadas con el cuidado suficiente para no sobrepasar la línea de demarcación constituida por la fidelidad formal al Estatuto regio: la Monarquía -había manifestado el propio Rocco en 1914-representa la personificación viviente de la «conciencia activa de la Nación»^^. La lógica de estas leyes consiste en afirmar la absoluta preminencia del ejecutivo, la liquidación del sistema parlamentario que se convierte en un mero colaborador en el ejercicio de la función legislativa y, en fin, en la consolidación de un régimen centrado en la figura del Jefe del Gobierno. Los años treinta se caracterizan, desde el perfil institucional, por la construcción del «Estado corporativo», que alcanza su momento más significativo con la creación en 1939 de la Cámara de los fascios y de las corporaciones en sustitución de la Cámara de Diputados. La construcción del Estado totalitario se correspondía, con derivaciones tanto internas como externas, a la voluntad de potencia del fascismo mediante la reelaboración de conceptos de procedencia nacionalista e incluso liberal: el concepto de nación y el imperialismo que desde los inicios había aparecido como acción y característica del nacionalismo. Mussolini había hecho suya la idea, mezcla de Alfredo Oriani y de los nacionalistas de inicios de siglo, de que la nación se creaba con el derramamiento de sangre y que el futuro de Italia, como recitaba Oriani, estaba «tutto in una guerra, che rendendoli i confini naturali, cementi al interno, colla tragedia dei pericoli mortali, l 'unità del sentimento nazionale»^^. Una única voluntad nacional procurada por el estado fascista, aparecía como la mejor garantía al servicio de la expansión exterior. El terreno de la expansión imperialista venía trazado por la remisión a la herencia del Imperio Romano: el Mediterráneo. Un área que se entendía, por tanto, como de dominio «natural» de Italia, que necesitaba además territorios en los que situar sus excedentes demográficos, argumento que aparecía ya en la justificación del colonialismo por parte de Crispi y en Fernando García Sanz 86 los nacionalistas. Como escribirá el propio Mussolini, el Estado fascista se define como una voluntad de potencia y de imperio. Ni siquiera en los momentos en los que el dictador italiano es todavía considerado como un elemento moderado, útil al equilibrio europeo de Versalles, ceja Mussolini en sus proclamas belicistas y expansionistas. Así en 1926 manifestará que una nación que no tenga salida al Océano no puede ser considerada una gran potencia: «l 'Italia deve diventare Grande Potenza»^^. La historia de la política exterior italiana durante el fascismo tiene al menos dos grandes fases separadas por la invasión de Etiopía en 1935. Hasta entonces, Italia se había comportado aparentemente como valedor del antirevisionismo alemán en Europa, garantizado en los pactos de Locarno y en su postura anti Anschluss, mientras ya desde los comienzos del régimen trabajaba por asegurarse el control del Adriático, mediante la imposición de un semi-protectorado en Albania y la amenaza constante sobre Yugoslavia. El objetivo consistía en tener la espalda cubierta para realizar el auténtico proyecto imperial que no era otro que el control del Mediterráneo con su correspondiente extensión africana. La ocupación de Etiopía era uno de los objetivos principales de la política de potencia, pues además de satisfacer el sueño imperial y extender la presencia de Italia en Africa, tenía connotaciones simbólicas importantes: era la revancha de la derrota de 1896; también la superación del mito de la vittoria mutilata, es decir la falta de resultados obtenidos con la victoria en la primera guerra mundial en el sector de la expansión colonial, y era concebida por Mussolini como el primer paso para la conquista de Egipto, Sudan y crear así un Imperio desde el Mediterráneo hasta el Indico. La condena de la Sociedad de Naciones, sostenida sobre todo por la postura de Gran Bretaña, posibilitó que el fascismo alcanzara en 1936 la más alta cota de consenso nacional. A partir de esa fecha la política exterior cambia de rxmabo, se hace revisionista, se tiñe con tintes ultranacionalistas (reivindicación de territorios a Francia), y se proyecta hacia el acuerdo con Alemania como soporte de la política imperialista y eje del «nuevo orden europeo»^^. El sueño de una Europa fascista o fascistizada había interesado a Mussolini desde los orígenes de su dictadura. Mediante una acción de diplomacia «paralela», intentó ganar aliados mediante la semilla de la influencia ideológica^^. La guerra civil española podía llegar a cumplir el objetivo de contar con un aliado «en deuda», eficaz a la hora de llevar a cabo el anhelo mediterráneo, controlando las llaves del Mare Nostrum, y extender el Eje hasta el Atlántico. En 1940 Mussolini creyó que había llegado la oportunidad de hacer de Italia, con la fuerza de las armas, una gran potencia mundial con Italia y la perspectiva Europea: un Imperio desde Gibraltar hasta el Océano índico. En cambio, desde la dramática campaña de Albania de 1940-41 el prestigio del régimen se hundió y se vio claro que el país se encaminaba hacia la catástrofe. La Europa de las impotencias: el nacimiento de la CEE La nación y su forma de proyectarse en la esfera internacional a través de la política de potencia, fue el obstáculo principal en el pasado para que se abriera la posibilidad a una interpretación de Europa distinta de la de terreno para la competencia. La división de Europa en bloques, la guerra fría y las necesidades estratégicas de los Estados Unidos y, en fin, la progresiva concienciación entre los Estados europeos de la imposibilidad de continuar con la política de potencias en una Europa sin grandes potencias, son factores a tener en cuenta a la hora de razonar, no solo para el caso de Italia, sobre el nacimiento y desarrollo de una política europeísta. Era muy difícil en la segunda mitad de los años cuarenta pensar la esfera internacional, el marco europeo, de forma distinta a la que se había estado haciendo antes de que estallase la guerra. En el caso de Italia, la vuelta a la «normalidad» quería decir recuperar el papel internacional, las opciones, las formas diplomáticas... de 1922^^. El trabajo debía comenzar por acometer las duras condiciones del Tratado de Paz impuesto a Italia que, a pesar de los esfuerzos realizados entre 1943 y 1945, fue tratada no solo como potpncia enemiga derrotada, sino como causante de la guerra. Solo una de las peticiones territoriales de Italia fue aceptada: el respeto a la frontera del Brennero. Por lo demás, Francia obtenía la modificación de su frontera en los Alpes, Istria fue entregada a Yugoslavia y Trieste fue dividida en dos zonas de ocupación, 5aigoslava y aliada, hasta que pasase a manos de la administración de la ONU. Además, Italia perdía todas sus colonias, cuyo futuro sería decidido por la ONU; debía reducir su ejército, no podía poseer artillería pesada, ni bombarderos, ni armas atómicas y la mayor parte de sus naves de guerra fue repartida entre los vencedores. Se imponía de forma inmediata la tarea para volver a ser aceptado como un miembro más en la comunidad internacional. De Gasperi y Cario Sforza como ministro de Asuntos Exteriores fueron los protagonistas de este difícil período de la historia de Italia. Es indudable que el motivo europeísta representó el argumento central de la reelaboración de la política exterior que llevó a cabo De Gasperi. Siempre 88 Fernando García Sanz con sentimiento sincero de europeísta, pero muchas veces también como motivo que equilibraba los efectos que causaba en una parte la opinión pública la dependencia de los Estados Unidos. Más que nunca política interior y política exterior se iban a ver entrelazadas: se trataba de elegir campo en una Europa dividida, un modelo político, económico y social que condicionaría a su vez la política exterior futura. Para De Gasperi la elección estaba clara: la a5ruda para la reconstrucción y modernización del país sólo podía venir de Estados Unidos, así como el soporte para hacer frente a la poderosa oposición de izquierdas que representaban comunistas y socialistas. Italia se ve beneficiada por el Plan Marshall y forma parte de su órgano administrativo, la OECE, considerada por Sforza como un primer paso hacia la integración europea. Por temor a la reacción interna ante la proximidad de las elecciones del 18 de abril de 1948, en vista de la aversión de la opinión pública a los pactos militares, Italia no entró a formar parte del Pacto de Bruselas. Sin embargo, sí se adhirió a la OTAN en abril de 1949 y un mes más tarde entraba a formar parte del Consejo de Europa. En apenas cuatro años Italia se ha liberado de su condición de enemigo derrotado y entra a formar parte como un miembro más de la comunidad internacional. Bajo la máxima de De Gasperi de apoyar cualquier propuesta que acelerase la creación de una autoridad política europea, Italia entra a formar parte de la CECA en junio de 1952. De Gasperi, en París, firmaba el tratado de constitución de la Comunidad Europea de Defensa, que correspondía a una propuesta realizada en octubre de 1950 por el primer ministro francés, Pleven, siguiendo el modelo de la CECA. En 1952 De Gasperi recibe en Aquisgran el premio Carlomagno por su contribución a la unificación europea. La CED parecía el punto culminante de la aproximación franco-alemana y, por tanto, el final de uno de los más graves problemas de la postguerra. Pero el proyecto fracasa porque en 1954 la Asamblea Nacional francesa rechaza la CED. El renovado prestigio que iba alcanzando Italia permitió que se diera satisfacción a dos cuestiones delicadas vinculadas con el Tratado de Paz: en 1950, Sforza conseguía que la ONU adjudicase a Italia la administración fiduciaria de Somalia por un período de 10 años y, en segundo lugar, Italia y Yugoslavia llegan en 1954 a un acuerdo de reparto del territorio de Trieste, que pone fin a una de las cuestiones que más había interferido en la política exterior italiana desde 1945. Al fracaso de la CED le sucedió casi inmediatamente el proyecto británico de transformar el Pacto de Bruselas en un acuerdo de defensa recíproca en el que entrarían a formar parte también Alemania e Italia. La llamada Unión Europea Occidental entró en funcionamiento en 1955. A partir de 1954 el enírentamiento bipolar cambia su epicentro situado en el corazón de Europa, simbolizado en la cuestión del rearme alemán, para moverse fuera del continente. El Mediterráneo se va a convertir en el principal escenario del enfrentamiento entre las superpotencias y, en una dinámica convergente, de la explosión del movimiento anticolonial en Afiica del Norte. En este terreno se abrían grandes posibilidades a la política exterior italiana en relación con el inmediato pasado, pues, compartiendo tesis análogas a las de Estados Unidos, eran distintas a las de otros aliados interesados en el Mediterráneo. Precisamente la crisis de Suez puso de manifiesto una cierta capacidad de autonomía de la política exterior italiana y nunca desde la segunda guerra mundial el acuerdo italo-americano había sido tan completo en el terreno diplomático. Pero la crisis de Suez parecía que iba a terminar con las esperanzas del europeísmo, debilitadas después del rechazo de la CED. Sin embargo, al contrario, el concepto de europeísmo renacía como solución a la debilidad y alternativa a la impotencia, «l' Europa dei trattati di Roma nasceva in im clima quasi distratto, come rimedio a mali apparentemente inguaribüi; e senza possedere un awenire chiaramente delineato»^^. Uno de los últimos libros aparecidos sobre la construcción europea, sostiene la mayor disponibilidad «natural» de los italianos a apoyar la idea de una construcción política que supere los límites nacionales, porque esta idea tiene raíces profundas en la cultura del país y, entre ellas, no son las menos importantes haber acogido y participado activamente de las dos ideas-ñierza por excelencia del universalismo: la civilización de la antigua Roma y el Cristianismo^^. Sí es cierto, sin embargo, que si son reencontrables en la actualidad ideas surgidas en el pasado y resistentes a las vicisitudes históricas, una de ellas sería sin duda la idea de una Europa en paz y solidaria que surje al compás del proceso de la unidad de Italia. ^ Así, existió un Risorgimento dinástico, Saboya, y un Risorgimento garibaldino, un Risorgimento republicano unitario y otro federalista, un Risorgimento ghibellino y un Risorgimento guelfo.
El artículo analiza las principales instituciones científicas y culturales que se crearon a principios del siglo XXpara modernizar la actividad científica y para poner en contacto a las elites intelectuales españolas con los medios académicos europeos. Se parte del debate sobre las deficiencias de la universidad española y el programa de reformas de la generación intelectual de 1914 para exponer las circunstancias que permitieron la creación de la Junta para Ampliación de Estudios y los numerosos centros dependientes de ella, la Junta de Relaciones Culturales y los centros españoles en el extranjero. Se ha denominado «edad de plata» de la cultura española al período que transcurre durante el primer tercio del siglo XX, por el notable desarrollo de la actividad científica y cultural que se produce en el país, y porque es estonces cuando vieron la luz algunas obras artísticas y literarias que llegarían a tener alcance universal. Este florecimiento estuvo apoyado y sostenido por una serie de instituciones, de carácter estatal en su mayoría, que constituyeron la infraestructura de la actividad artística e intelectual y que jugaron un papel decisivo en la modernización de la cultura española. La Junta para Ampliación de 96 Estudios con sus numerosas dependencias, la Junta de Relaciones Culturales, los colegios y centros de cultura española en el extranjero, las instituciones culturales extranjeras en España.... formaron un entramado institucional de una densidad desconocida hasta entonces, dedicado a facilitar y promover los contactos culturales y científicos con el exterior, y puesto al servicio de una reducida elite social. Esta elite, por la propia naturaleza de sus actividades profesionales, siempre había sido la más cosmopolita, la más abierta a las influencias europeas y la que más contactos había mantenido con el exterior. Los canales de comunicación intelectual con el resto de los países europeos no se habían interrumpido nunca, y la voluntad expresa de alcanzar la sincronía con Europa había existido en España al menos desde mediados del siglo XIX, cuando Julián Sanz del Río y un pequeño contingente universitario de seguidores, los llamados krausistas, se marcaron esa meta. Lo característico de las primeras décadas del siglo XX es la progresiva intervención del Estado y su creciente control sobre un tipo de actividades que siempre había desarrollado de forma espontánea la sociedad civil. El Estado toma entonces la iniciativa para la homologación científica y cultural con el resto de Europa, y lo que habían hecho individualmente personas como Ramón y Cajal, se convierte en el objetivo de la política educativa oficial. Ello significa que su intervención en el terreno científico dejará de ser aislada y esporádica para convertirse en una función continua y sistemática. Crece con ello el control burocrático, pero también los medios empleados en la labor. Las instituciones culturales que vamos a estudiar desarrollaron una actividad limitada, ciertamente, al estrecho círculo de las elites intelectuales, artísticas y científicas, de donde procedía su personal y su clientela. Pero su influencia en la modernización y apertura del país al exterior no puede ser minusvalorada si consideramos la resonancia que tenía la actividad de esas minorías, en su calidad de líderes de opinión, sobre el conjunto de la población, y la creciente complejidad de las actividades científicas y culturales, que necesitaban de infraestructuras y soportes institucionales cada vez más poderosos para poder prosperar. La generación de 1914 y el programa de modernización a través de la ciencia Las principales instituciones que vamos a analizar se crean a finales de la primera década del nuevo siglo. Esa proliferación de fundaciones en un relativamente corto espacio de tiempo sólo se puede comprender La europeización a través de la política. si tenemos en cuenta que fue el fruto de una afortunada conjunción de circunstancias. En primer lugar, se contó con una co5njntura política propicia, determinada por el acceso a puestos de responsabilidad gubernamental de políticos liberales, imbuidos por un difuso deseo de reforma del Estado heredado de la ola regeneracionista de fin de siglo, y dispuestos a ofrecer su apoyo a los núcleos intelectuales más reformistas y activos de entonces. En segundo lugar, la coyuntura ideológica del estaba marcada por el tema de la decadencia española y la conciencia del retraso respecto al resto de Europa. Tras el debate regeneracionista sobre los males de la patria y sus remedios, y más de treinta años después del comienzo de la polémica sobre la ciencia española que enfrentó a Menéndez Pelayo con los liberales krausistas, entre los grupos intelectuales reformistas se había extendido la convicción, sintéticamente formulada por Ortega y Gasset, de que la europeización de España era el objetivo a alcanzar, y el cultivo de la ciencia y el trabajo intelectual el instrumento para lograrlo. Y en tercer lugar, no fue menos decisiva la existencia de un grupo intelectual activo y emprendedor, convencido de su capacidad de liderazgo sobre el conjunto de la nación, y que comenzaba entonces a vislumbrar la posibilidad de disputar la autoridad social, si no el monopolio del ejercicio del poder, a la tradicional oligarquía política del régimen. Este grupo, de contornos difusos, correspondería con la que se ha denominado generación del 14, y en él tuvieron un papel destacado los hombres ligados, de una forma u otra, a la Institución Libre de Enseñanza. Esta generación fue la que proporcionó la mayor parte del personal técnico que dirigió las instituciones culturales creadas en los primeros años del siglo XX. El cambio estético y cultural que habían supuesto el modernismo y la generación del 98, encontró su correlato en el regeneracionismo político. Este movimiento, que se pretendía moralizador de la vida pública y reformador del Estado, resultaba extremadamente ambiguo en cuanto a sus formulaciones doctrinales. Entre sus prioridades se incluyó la reforma de la enseñanza y la necesidad de europeizar el país, entendido esto último como la conveniencia de imitar el progreso material y la política de fuerza, expansiva incluso, de los países imperialistas de la Europa de entonces. La generación del 14 hará suyo el programa cestista de «europeización» como lema básico de su proyecto político, pero cambiando completamente el significado dado a ese término, y sin renunciar por ello a reconstruir una cultura y una identidad nacional propias. Es más, los hombres de la nueva generación partían del principio de que sólo los españoles europeizados podían descubrir a España y redéfinir su pasado y su tradición. Como decía Federico de Onís en el prólogo a una recopilación de trabajos suyos, «se busca en ellos el valor permanente de España, y para definirlo se confi:"onta con el de otras culturas nacionales o con lo que llamamos cultura europea o unidad abstracta de la civilización moderna occidental» (F. de Onís, 1932, 11). Esta fiíe, en su conjunto, la estrategia que practicarían también los miembros del Centro de Estudios Históricos, el nuevo organismo encargado elaborar la memoria histórica del país. Américo Castro, por ejemplo, analizaba en sus trabajos de entonces la historia y la cultura españolas aplicando los mismos moldes y conceptos que se utilizaban en la historiografía del resto de los países europeos, e intentando sacar sistemáticamente a la luz lo que en España hubiese habido de europeísmo (erasmismo, pensamiento «renacentista», ilustración). Del mismo modo, la obra de Rafael Altamira, el mayor historiador de la época, se orientada a destacar «la colaboración española en la obra común de la civilización occidental», y a demostrar que «España marcha paralelamente con el resto de las naciones cultas, y recibe de ellas, en el íntimo y variado contacto que produce su múltiple actividad, influencias que asimila o que rechaza» (R. Altamira, 1917, 165). Se trataba de un procedimiento que se llamó entonces «europeísmo retrospectivo». Europeizar, en este sentido, quería decir adoptar una perspectiva europea a la hora de afi:*ontar los grandes problemas de España, poner su historia y su evolución en relación con la del resto del continente para mejor comprender sus peculiaridades. Esta generación compartía también un nuevo concepto del patriotismo, que se hace crítico y reformador, ilustrado y reflexivo, denunciador de vicios y corruptelas, empeñado en modernizar el país y sacarlo del estancamiento en el que vive. Un patriotismo inspirado por un liberalismo radical y por la conciencia del atraso respecto a Europa. La misma estrategia de aproximación a la historia de España a la que hemos aludido originaba una visión oscura y pesimista de la realidad del país, una vez puestos de relieve la deficiencia y el atraso de España respecto al resto de Europa. En todo ello se opone al patriotismo intransigente, exclusivista, chauvinista y defensivo anterior, refugiado en el recuerdo de las glorias pasadas e instalado en una actitud conformista respecto al presente. Como dijo Ortega y Gasset en su conferencia de Bilbao de 1910: «el patriotismo verdadero es crítica de la tierra de los padres y construcción de la tierra de los hijos». Y Federico de Onís, en un tono más dramático, decía en 1912: «Para el español el sentimiento de patria es esencialmente dolor, y sólo el que sienta este dolor, que es lo único que nos une, puede llamarse buen español». Un dolor que no era fruto de la diferencia existente entre el aciago presente y el glorioso pasado, sino de la distancia que les separaba de la civilización europea contemporánea. «La conciencia de esta distancia y los esfuerzos hechos por salvarla constituyen la acción progresiva característica en los pueblos que han quedado fuera de la corriente central de la civilización», (E de Onís, 1932, 64). Acuciados por este dolorido sentimiento de patria, los miembros más destacados de la nueva generación, un puñado de jóvenes profesores universitarios formados en las universidades europeas, retoma el tema central del debate regeneracionista sobre las causas de la decadencia española para dar un giro a la solución propuesta por Costa: la solución es Europa, ciertamente, pero ello se concreta en aclimatar la ciencia europea en nuestras latitudes. Ortega, con ocasión de la fundación en 1908 de la Asociación para el Progreso de las Ciencias, identificó de forma rotunda la europeización con un movimiento de introducción y arraigo de la ciencia en España: «Si Europa transciende en alguna manera del tipo asiático, del tipo africano, lo debe a la ciencia (...) Europa = ciencia; todo lo demás le es común con el resto del planeta. Y ahora volvamos al asunto de la europeización. ¿Ha habido, de 1898 acá, programa alguno que considere la ciencia como la labor central de donde únicamente puede salir esta nueva España, moza idealmente garrida que abrazamos todos en nuestros más puros sueños? (...) Si creemos que Europa es ciencia^ habremos de simbolizar a España en la inconsciencia, terrible enfermedad secreta que cuando infecciona a un pueblo suele convertirlo en uno de los barrios bajos del mundo» (J. Ortega y Gasset, 1946, 102-104). La herencia que habían recibido de sus mayores era únicamente, según él, falta de precisión y de método. Esto había creado un desnivel entre Europa y España, que se debía rectificar por medio de la inoculación de la ciencia europea. En este sentido, «razón europea» es para ellos «razón científica» y el secular atraso de España consecuencia de su atraso científico. La pedagogía, el otro gran remedio propuesto por el regeneracionismo finisecular, también es reorientado hacia el mismo fin. Como es bien sabido, los regeneracionistas confiaron en la reforma de la educación, y de la educación primaria en primer lugar, como palanca de transformación política y social. Lo característico de la nueva generación es que la política educativa debía comenzar formando una elite del pensamiento capaz de conducir al resto del país hacia la modernidad. «El problema español es, ciertamente, un problema pedagógico; pero lo genuino, lo característico de nuestro problema pedagógico, es que necesitamos primero educar unos pocos hombres de ciencia, suscitar siquiera una sombra de preocupaciones científicas y que sin esta previa obra el resto de la acción pedagógica será vano, imposible, sin sentido. Creo que una cosa análoga a lo que voy diciendo podría ser la fórmula precisa de europeización» (J. Ortega y Gasset, 1946, 103). Algo parecido había predicado Giner de los Ríos al hablar de la necesidad de formar hombres «selectos», avanzados de la renovación moral que debía ser previa a la reforma de las instituciones y del poder político. Pero ahora se trataba de formar minorías dirigentes -«capacidades superiores», según Ortega-encargadas de una «misión» social modernizadora, e inspiradas por una moralidad muy diferente: «Europa es también sensibilidad moral, pero no de la vieja moral subjetiva, de la moral cristiana -acaso más bien jesuítica-, sino de esa otra moral de la acción, menos mística, menos precisa, más clara, que antepone las virtudes políticas a las personales porque han aprendido -¡Europa es ciencia!-que es más fecundo mejorar la ciudad que el individuo», (J.Ortega y Gasset, 1974, 28). La imposición de una moral pública, de una conciencia ciudadana, constituye un objetivo prioritario, pero no previo, sino simultáneo a la transformación política. Recordemos que es en la segunda década del siglo XX cuando se replantea la relación de los intelectuales con la sociedad y con el poder, y que ésta será una de las cuestiones centrales de la generación del 14. «¿Qué cosas -se preguntaba Azaña-, de las que hacían rechinar los dientes a los jóvenes iconoclastas del 98, no se mantienen todavía en pie, y más robustas si cabe que hace treinta años? En el orden político, lo equivalente a la obra de la generación literaria del 98, está por empezar» (Azaña, 1923, 1). Europeizar es educar para la razón y para la ciencia, y son los intelectuales, profesionales de la razón y de la ciencia, los más legitimados para intervenir en los destinos de la nación. Como dice Francisco Villacorta: «Los años que transcurren entre 1909 y 1914 son de análisis, de balance, de reconsideración de la línea maestra seguida por la conciencia intelectual a partir del 98, y paralelamente, de profundización en el compromiso social y político que los hombres del 98 no supieron asumir con suficiente claridad. Aparecen nuevas figuras, a caballo entre la formación regeneracionista y noventayochista y el compromiso político que les colocará frente a la Dictadura primorriverista y les hará abanderados de la II República» (F. Villacorta, 1985, 64-65). La conciencia de desempeñar una misión y la autoasignación de una responsabilidad social, que desembocará más tarde en la participación activa en la política, serán pues los rasgos distintivos de esta generación. El fracaso de la universidad española y su reforma necesaria Esta reacción es en cierta medida lógica en una generación de intelectuales y profesores que, en su juventud, se ha sentido hastiada y entristecida a su paso por las universidades españoles. Ciertamente, estos jóvenes profesores tenían razones para sentirse defraudados por la falta de creación científica en nuestras universidades, y por el bajo nivel general de nuestros centros de educación superior. Los testimonios de muchos de ellos son quejas amargas por haber tenido que rehacer toda su educación al salir de la universidad española. Federico de Onís, catedrático de literatura en Salamanca, nos habla de esa época de su vida en que, finalizados sus estudios universitarios, tuvo que «labrarse desesperadamente, entre la broza depositada sobre su espíritu, año tras año, en las aulas, un camino para salir a la luz de la cultura» (E de Onís, 1932, ). Deleito Piñuela, catedrático de historia en Valencia, denuncia por su parte esa época en la que «ni el más leve problema ni la menor inquietud espiritual turbaban el sereno río -catarata en ocasiones-de la oratoria docente. Quien hablaba bien -es decir, con campanuda y florida verborrea-estaba seguro de haber alcanzado la meta pedagógica», (J. Deleito Piñuela, 1918, 19). Américo Castro, catedrático de la Central de Madrid y uno de los que más lucharon por cambiar este estado de cosas, hizo también una descripción deprimente de la enseñanza universitaria española de su tiempo en su Yolumen Lengua, enseñanza y literatura. Para esa generación, la palabra «investigación» se convirtió en una consigna, resumen de la aspiración renovadora de la clase universitaria y académica. Juan Carlos Mainer ha rastreado las manifestaciones de un movimiento regenerador de la Universidad que se produjo en torno al cambio de siglo, debido en gran parte a la influencia de la Institución Libre de Enseñanza. El regeneracionismo fue el marco en el que se desarrolló este movimiento universitario, y ya sabemos el lugar reservado a la educación en esta ideología: «a través de la reforma de la enseñanza habría de cubrirse el fatal desfase que separaba a nuestro país de la moderna Europa y, además, se modelaría una sociedad según un esquema de armonía y utilidad» (J.C. Mainer, 1978, 228). Si, en la perspectiva regeneracionista, el Estado era el mayor obstáculo para la modernización del país, en el ámbito de la educación pública la ineficacia estatal alcanzaba cotas escandalosas. Esa dicotomía de sociedad frente a Estado había llevado a algunos, como Rafael María de Labra, a señalar que sólo la «iniciativa privada» podía introducir las imprescindibles novedades educativas. Otro de los prohombres de la Institución, Giner de los Ríos, participó activamente en el debate para rechazar también lo que denominaba el modelo francés de Universidad, entendida como una dependencia del Estado, y proponer como modelo la universidad inglesa y norteamericana, que conseguían aunar eficacia técnica con desarrollo de la personalidad individual, y en las que se compaginaban un Estado eficaz con una sociedad activa (F. Giner de los Ríos, 1916, 1-149). Es significativa la conclusión de Giner en su análisis de la universidad española: «¿Qué pedir al Estado? (...) Lo que Diogenes a Alejandro: que no nos quite el sol. Es menester que la Universidad se acostumbre a la idea de que, de día en día, los tiempos le recomiendan que busque su centro de gravedad en sí misma, su base en la sociedad y pida al Estado menos cada vez, conforme va siendo más capaz de tomar sobre sí la responsabilidad de la vida adulta». Entre 1892 y 1905 abundaron las críticas, los análisis y las propuestas de remedios al problema de la Universidad española, unas veces en forma de discursos de apertura de curso, otras como proposiciones de las dos asarableas de catedráticos que se celebraron en Valencia (1902) y Barcelona (1905). En este movimiento regeneracionista universitario las quejas se dirigieron contra el sistema de oposiciones, los rígidos planes de estudio, la escasez de recursos, la orientación exclusivamente profesional y no científica de la institución, la «verbosidad insustancial y ridicula», la carencia de formación pedagógica del profesorado y las limitaciones a la libertad de enseñanza. Muchas de las peticiones de estos discursos y proposiciones tenían un estricto carácter gremial, pero otras se presentaban como remedios a los grandes males de la Universidad en España. Estos remedios iban desde la petición de autonomía o el incremento del carácter práctico de toda la enseñanza hasta la supresión de cuantas facultades resultaran innecesarias y que se arbitraran los medios para becar profesores en el extranjero. Casi todas estas peticiones y propuestas quedaron en meras demandas no atendidas, especialmente la de autonomía universitaria, y el sistema establecido por la ley Moyano de 1857 siguió vigente en sus aspectos esenciales. Extrapolar esta frustración al conjunto de la nación, y hacer de la falta de una auténtica universidad la causa de la decadencia del país era una tentación a la que cedieron fácilmente algunos de los profesores de la nueva generación. El silogismo era sencillo: los países modernos son los que poseen unas universidades eficaces que producen ciencia; en España no había existido una universidad capaz de hacer La europeización a través de la política. ciencia, luego no era un país moderno. En consecuencia, la creación de una institución universitaria adecuada constituía una condición necesaria, si no suficiente, para acceder a la modernidad. Frente a otros que, como Jovellanos, habían buscado la causa de la decadencia en razones materiales de tipo económico, o que, como Adolfo de Castro, atribuyeron a la Inquisición la responsabilidad de la ausencia de ideas modernas en España, para este grupo de pensadores agrupados en torno a Ortega y Gasset el problema de la decadencia se reducía a un problema de cultura, era la consecuencia del alejamiento respecto a lo que constituía la vida del pensamiento en Europa. El cortocircuito se había producido durante el Renacimiento, cuando el pulso entre los hombres del medioevo y los hombres de la modernidad que se entabló entonces en las universidades de Alcalá y Salamanca se resolvió a favor de los primeros. Del análisis de la historia de la universidad española de aquellos tiempos extraía Onís la siguiente conclusión: «En España no ha habido nunca Universidad moderna. Los hechos que hemos tenido a la vista nos imponen, para la totalidad de nuestra historia, la hipótesis de que España no ha sido nunca un pueblo moderno (...) Más tarde nuestra historia se reduce a los intentos frustrados de minorías selectas o de individuos aislados para incorporarnos a la marcha de la civilización» (F. de Onís, 1932, 105). Jovellanos, José Cadalso e incluso, en el siglo XVII, Saavedra Fajardo, se citan como ejemplos de esa débil línea de reformadores y aperturistas que comenzara con Nebrija y Vives y culminaba en los europeístas del comienzos del siglo XX, pero que no habían conseguido contrarrestar la tendencia dominante en el país al aislamiento. La falta de una sólida cultura humanista en el siglo XVI estaba pues en el origen de la falta de cultura científica en el XX. Y concluía: «Yo creo señores (...) que nosotros, para poder cumplir esta obra humana y nacional, tenemos que vivir con la mente en Europa y el corazón en España. Ya hemos visto que la causa de la decadencia y consunción de nuestra cultura no radica en nada de lo que en España hubo, sino en lo que en ella faltó: el espíritu y la ciencia modernos. ¿Idealismo o inversión del orden real de los factores? En todo caso, este análisis y el programa que de él se derivaba sirvió para poner en cuestión el funcionamiento de las universidades españolas y dar un impulso decisivo a la modernización de la cultura científica del país. ¿Es que antes de que madurara esta generación no había en España científicos ni investigadores? Los había, pero no practicaban el tipo de investigación que entonces se imponía en Europa. Había una ciencia erudita, heredada del siglo XIX, la que representaban en los estudios literarios, por ejemplo, Emilio Cotarelo, Adolfo Bonilla, Julio Cejador, Francisco Rodríguez Marín, Menéndez Pelayo, etc. Eruditos que trabajaban sin plan y sin método, polígrafos sin especialización que trataban los asuntos más dispares, pozos de erudición ajenos a las grandes controversias y polémicas de la ciencia europea, practicantes de un saber de cortos horizontes y carentes de ambición teórica. Pero, para la generación de Ortega, ciencia no era ya erudición, sino teoría. Al calificar la obra de los grandes prohombres del país de entonces. Ortega se refiere -en pasado, para reafirmar la ruptura que su generación significa respecto a la tradición heredada-al «casticismo bárbaro, celtiberismo, que ha impedido durante treinta años nuestra integración en la conciencia europea. Una hueste de almogávares eruditos tenían puestos sus castres ante los desvanes del pasado nacional: daban grandes gritos inútiles de inútil admiración, celebraban luminarias que no ilustraban nada y hacían imposible el contacto inmediato, apasionado, sincero y vital con la nueva España, con aquella España madre y nutriz» (J. Ortega y Gasset, 1946, 146). A finales del siglo XIX, sin embargo, comienzan a destacarse algunas figuras eminentes que son capaces de conectar sus trabajos con la ciencia que se hace en Europa: Ramón y Cajal en histología, Bolívar y Quiroga en las ciencias naturales, Carracido en Química, Hinojosa en la historia medieval. Codera y su escuela en los estudios árabes y orientales, Menéndez Pidal en filología e historia literaria, etc. A pesar de ello, estas figuras aisladas no debían ser un orgullo patrio, según Ortega, sino «más bien una vergüenza, porque son una casualidad», (J. Ortega y Gasset, 1946, 130). El sentimiento patriótico de esta generación se sentía herido y lacerado por el hecho de que los mejores textos que tenían que manejar los estudiantes y los estudiosos españoles fueran extranjeros, y cuando en algún caso aislado eso no era así, como en el campo de la filología castellana y dialectología, en el que el Manual de Gramática Histórica Española de Menéndez Pidal, publicado en 1904, había conseguido romper el monopolio de los hispanistas extranjeros, ello se debía, según Américo Castro, «a haber aplicado a sus investigaciones el riguroso método que fuera de aquí se seguía en esta clase de estudios». Fuera de estas excepciones, protagonizadas por un pequeño núcleo de españoles incorporados a la cultura europea, «el país sufría la pesadumbre de una tradición siniestra; los hombres más esclarecidos miraban con angustia los cambios reales del progreso, en todos sus aspectos (adelanto material, ciencias nuevas, evolución moral y política), y comprobaban doloridos que no se veían en ellos nombres españoles» (Américo Castro, 1920, 186). Y Onís, ex-La europeización a través de la política. presando el mismo sentimiento, declaraba: «Somos, sobre todo, huérfanos de la cultura. Rota nuestra tradición, solitaria y discontinua nuestra producción científica, olvidados o faltos de interés actual nuestros escritores clásicos (...), hace dos siglos que vamos a la rastra de Europa, intentando, apenas con fruto, asimilarnos algo de su producción intelectual. Todos, hasta aquellos que se erigen en defensores de nuestra tradición, se informan solamente en fuentes extranjeras» (F. de Onís, 1912, 25-27). Algunos historiadores han establecido un paralelismo entre este movimiento intelectual, que desembocó en la creación de la Junta para Ampliación de Estudios y sus centros dependientes, con el que se produjo en Francia tras la débâcle de 1870 (V. Cacho Viu, 1978). El resultado fue en ambos casos parecido: la creación de instituciones culturales y científicas según el modelo alemán en un caso, europeo en el otro, encargadas de modernizar los métodos científicos y de estudio, de profundizar en la realidad nacional según esos nuevos métodos, y de formar la nueva élite y los nuevos ideales que debían sacar al país de la postración en la que le había sumido la derrota. La humillación sufrida en Sedán favoreció en Francia esa ola de positivismo consistente en la aplicación del método riguroso imperante en las ciencias naturales al resto de las actividades intelectuales, la extensión del sistema de enseñanza basado en los seminarios alemanes, la creación y sostenimiento de instituciones de excelencia científica como la Ecole Pratique des Hautes Etudes de Paris, etc. Los propios representantes del regeneracionismo universitario español de fin de siglo identificaron su situación con la que se había dado en otros países en los que la derrota había sido la ocasión para emprender su reforma interna. Altamira ofrecía el modelo de la universidad alemana de principios del siglo XIX, y recurría a frecuentes citas de Fichte y sus Discursos a la nación alemana. Otros regeneracionistas universitarios preferían presentar como modelo de acción la reconstrucción de la universidad francesa inspirada por hombres como Renan y Monod. Como ha señalado Elena Hernández, la coyuntura de transformación científica y académica llegó entonces a España, pero con unos treinta años de retraso y con un Estado nada dispuesto a intervenir de forma tan enérgica y contundente como en el país vecino (E. Hernández, 1991, 14). Una vez asumida la necesidad de la reforma de la universidad y el principio de la europeización, el problema radicaba en cómo llevarla a cabo y quién debía ser su ejecutor. La europeización autodidacta, por así decir, que habían logrado realizar en su formación intelectual algunos hombres como Cajal o Unamuno, no parecía el modo apropiado para la generalidad de los estudiantes y estudiosos españoles, enfren-tados a la necesidad de traspasar las fi:"onteras del idioma y de superar la inercia del sistema universitario español. Por otro lado, el propio fi:*acaso de la Institución Libre de Enseñanza como universidad alternativa a los centros oficiales y confesionales ponía de relieve que no era previsible que aparecieran esas potentes fuerzas sociales que debían sustituir al peso muerto del Estado, ni los generosos mecenas que con sus contribuciones y fundaciones vivificarían la esclerotizada universidad. El propio Unamuno había previsto la incapacidad de la sociedad española para sostener económicamente la modernización de las universidades, en el supuesto de que obtuvieran la autonomía que reclamaban (D. Gómez MoUeda, 1986, 355-369). Esta impresión la confirmó el relativo fracaso de un interesante experimento puesto en marcha en los años finales del siglo XIX: la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo (F. Villacorta, 1986). El Ateneo de Madrid era una vieja institución que había nacido con el expreso mandato de potenciar el encuentro, el debate intelectual y la penetración del pensamiento europeo. Durante buena parte del siglo XIX constituyó un centro de difusión de ideas y un lugar donde se expresaba la preocupación por elevar la vida cultural del país al nivel de las realizaciones del movimiento científico europeo de la época. Se daba además la circunstancia de que sus cátedras y sus cargos directivos estaban ocupados muy a menudo por hombres de la Institución Libre, y ambos centros compartían muchas preocupaciones intelectuales y un mismo talante liberal. El intento de crear un centro de estudios superiores donde se potenciara la libre investigación parecía pues una vuelta a aquel proyecto de crear una gran universidad libre en España. La Escuela de Estudios Superiores se presentaba, en palabras de Segismundo Moret, presidente del Ateneo, como «un organismo científico de tal naturaleza que, ampliando y sistematizando cuanto se enseña en los centros docentes oficiales, sea al propio tiempo lugar especialísimo donde se cultive la ciencia por la ciencia» (citado por F. Villacorta, 1985, 97). Se proponía, por lo tanto, suplir las deficiencias de la enseñanza oficial creando unas cátedras de enseñanza regular que ocuparían las más prestigiosas figuras de la ciencia y la cultura del momento. Sus actividades comenzaron en el curso 1896-97, y en sus cátedras impartieron sus enseñanzas muchos de los científicos que veremos luego ocupando plaza en la Junta para Ampliación de Estudios o dirigiendo sus laboratorios de investigación: Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, Julián Ribera, Eduardo de Hinojosa, Rodríguez Carracido, Gustavo Pittaluga, etc. Incluso se llegaron a crear «laboratorios» o seminarios de estudio a partir del curso 1904-05, anejos a algunas La europeización a través de la política. La experiencia se inició con gran éxito de público y con una generosa subvención del Estado, pero estos dos elementos comenzaron a faltar a los pocos años, y la Escuela llevó una vida languideciente hasta su clausura efectiva tras el curso 1906-07. El Ateneo, institución que se había especializado en el debate cultural, la polémica ideológica y el análisis de las cuestiones de actualidad, no parecía el lugar más idóneo para acoger unos estudios de carácter universitario y postuniversitario. Este inconveniente fundamental, unido a las críticas que recibieron algunas de las cátedras y las crecientes dificultades económicas, explican el relativo fracaso del experimento. Una vez más, la realidad se encargaba de desmentir los planteamientos reformistas de Giner de los Ríos basados en una acción privada, emanada de la sociedad civil, y no en la iniciativa del Estado. La Jmita para Ampliación de Estudios y sus centros dependientes Sin embargo, fueron los hombres de la Institución Libre, con Giner a la cabeza, los que trazaron el plan y tomaron la iniciativa que desembocó en la creación de la Junta para Ampliación de Estudios. Estos hombres, profesores en su mayoría de la universidad pública, eran prácticamente los únicos que tenían un programa coherente de reforma de la enseñanza superior, y que podían ofrecer alternativas realistas al sistema universitario vigente. La preocupación de la Institución Libre por el problema del atraso universitario y científico español era antigua, y estaba en el origen mismo de su nacimiento como alternativa al modelo oficial de universidad. Esta preocupación se había concretado en los años del debate universitario al que ya hemos aludido. Hablaba Giner entonces de la «japonización» como una manera de salir del atraso intelectual: «Estados que ayer tocaban casi los límites de la barbarie, como el Japón, han lanzado masas enteras de su juventud a los Estados Unidos, a Alemania, a Francia, a Inglaterra, adondequiera que podían hallar condiciones favorables para formarse rápidamente, como lo van alcanzando, en las principales profesiones de la vida» (F. Giner de los Ríos, 1916, 147). En sus conclusiones sobre el mejoramiento de la universidad española, Giner había propuesto, entre otras cosas, un sistema de formación del profesorado consistente en otorgar pensiones de estudio en el extranjero a los alumnos que se orientasen a la docencia superior. La idea, por otra parte, estaba en el ambiente y era ampliamente compartida por importantes personalidades del mundo intelectual, como Joaquín Costa o el propio Ramón y Cajal, que había defendido la misma medida en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias leído el 5 de diciembre de 1897. La propuesta de enviar a los futuros profesores a formarse en el exterior era el correlato a la creencia de que el peor de los males de España había sido su aislamiento, lo que Cajal denominó la «segregación intelectual de Europa». Con ello, por otra parte, no se haría otra cosa que recuperar la práctica del intercambio de estudiantes y profesores entre universidades, habitual en los pueblos civilizados de Europa desde la Edad Media, pero «interrumpida por nosotros desde que nos entró en el siglo XVI aquella fiebre suicida de aislamiento de que no nos hemos curado todavía» (F. de Onís, 1932, 132-133). Casi todos los hombres de la nueva generación habían ido al extranjero a ampliar sus estudios, unos por sus propios medios, otros aprovechando las oportunidades que ofrecía la incipiente política de pensiones en el extranjero, acuciados por la sensación de penuria científica y atraso intelectual que tenían en su país. Desde que se creó en 1900 el Ministerio de Instrucción Pública, y mientras estuvo a su cargo el conde de Romanones, prohombre del partido liberal, se comenzó a favorecer, aunque tímidamente, la comunicación científica con el extranjero. Un decreto de 18 de julio de 1901 establecía un sistema de ajoidas para la investigación y de pensiones para viajes fuera de España del que se podían beneficiar todas las facultades universitarias. José Castillejo, el futuro secretario general de la JAE, fue uno de los pensionados por el Ministerio para realizar estudios en Alemania. A su vuelta, y una vez conseguida la cátedra de derecho romano por la Universidad de Sevilla, fue llamado por el Ministerio para encargarse del servicio que concedía las pensiones. Desde este puesto concibió y maduró las ideas que más tarde habría de desarrollar en la JAE, asesorado en todo momento por Giner de los Ríos, como se desprende de la correspondencia mantenida entre ambos (J. Formentín y M^ J. Villegas, 1987, 114-116). El 11 de enero de 1907 se firmó el Real Decreto por el que se creaba la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. En su largo preámbulo se alegaba el ejemplo de aquellas naciones decididas a superar su desfase educativo y científico, como Francia, Italia o Rusia, pero también Japón, Chile o Turquía, que realizaban en gran escala el envío de profesores y estudiantes a las mejores universidades europeas por ser el mejor sistema para formar su personal docente y «seguir de cerca el movimiento científico y pedagógico de las naciones más cultas». Se aludía también a la tradición de contacto intelectual con el exterior mantenida durante la Edad Media, e inte-La europeización a través de la política rrumpida desde los tiempos de Felipe II, salvo en los reinados ilustrados de Carlos III y Carlos IV, y añadía: «El pueblo que se aisla, se estaciona y se descompone». El sistema de pensiones en el extranjero pretendía «sacar provecho de la comunicación constante y viva con una juventud llena de ideal y de entusiasmos; de la influencia del ejemplo y del ambiente; de la observación directa e íntimo roce con sociedades disciplinadas y cultas; de la vida dentro de instituciones sociales para nosotros desconocidas, y del ensanchamiento, en suma, del espíritu, que tanto influye en el concepto total de la vida». Se perseguía, además, que la residencia en el extranjero sirviera para estimular la noción sana de la patria, al borrar los prejuicios particularistas, y que interiorizara el sentido social que existía en los países más desarrollados. Como se ve, el objetivo de enviar al extranjero a los jóvenes estudiantes y profesores no era sólo completar su formación profesional y científica sino, además, formarles como hombres dotados de un sentido de responsabilidad social y dispuestos a cooperar en el esfuerzo colectivo por modernizar el país. En este aspecto, el preámbulo refleja fielmente el ideario pedagógico de la Institución Libre, preocupado por la formación integral de la persona, según el modelo del gentleman inglés tan caro a los hombres de la Institución. La JAE, de hecho, tenderá a ejercer las funciones de un auténtico organismo «educativo», encargado no sólo de enviar a los pensionados al extranjero, sino preocupado también por insertarles en un ambiente adecuado, asesorarles durante su estancia e integrarles a su vuelta en el medio académico y científico español. La JAE se constituye como «un organismo neutral que, colocado fuera de la agitación de las pasiones políticas, conserve a través de todas las mudanzas su independencia y prestigio». Aunque se estimulaba a los particulares a contribuir con donativos y fundaciones, según el modelo de los países anglosajones, fue el Estado, con un gran realismo, el llamado a financiar con cargo al herario público esa gran obra nacional. Pero al mismo tiempo, al configurarse como un organismo técnico dotado de autonomía, se pretendía que el control de su presupuesto y la toma de decisiones correspondiera únicamente a los miembros de la Junta. Recordemos que al mismo tiempo, en 1911, y siguiendo esa estrategia de situar los proyectos de reforma fuera del alcance de los cambios políticos, se había creado la Dirección General de Enseñanza Primaria como organismo técnico-administrativo del Ministerio de Instrucción Pública, cuya gestión se encomendó a Rafael Altamira, otro miembro ligado a la Institución Libre. La JAE la componían veintiún miembros nombrados con carácter vitalicio y de una vez entre destacadas personalidades científicas y lio Antonio Niño Rodríguez académicas, «representando las diferentes ramas del conocimiento y todos los matices de la opinión pública, desde absolutistas (carlistas) y católicos hasta republicanos extremos y ateos» (J. Castillejo, 1976, 101). Entre los miembros de la Junta inicial estaban Santiago Ramón y Cajal, presidente, quien había recibido el año anterior el premio Nobel de medicina, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Gumersindo de Azcárate, Adolfo Alvarez Buylla, Eduardo Hinojosa, Torres Quevedo, Rodríguez Carracido, etc. Aunque era real la diversidad ideológica de la que habla Castillejo, no es menos cierto que la mayoría de sus miembros eran hombres que pertenecían o se consideraban cercanos a la Institución Libre. Además de ser cargos inamovibles, las vacantes que se produjeran serían cubiertas por cooptación, y los cargos de presidente y vicepresidentes, así como el de secretario, se elegían por la propia Junta. De este modo el poder político no podía modificar arbitrariamente su composición, y quedó garantizada la continuidad de la obra. Una prueba de ello es que su secretario. Castillejo, permaneció en el puesto durante veintiocho años, con una breve interrupción mientras duró el gobierno Maura. Esta pretensión de independencia respecto al poder político no dejaría de plantear dificultades, y ya al poco de su nacimiento, con la llegada del ministro conservador Rodríguez San Pedro, surgieron los primeros conflictos: se recortó la autonomía del organismo, y fue entonces cuando Castillejo fue obligado a dejar la secretaría. Durante casi tres años se mantuvo el nuevo organismo en una situación de letargo, esperando tiempos mejores para desarrollar sus proyectos. No sería la única vez que la JAE sufriera un recorte de su autonomía: la Dictadura de Primo de Rivera retiró el carácter vitalicio de sus miembros y nombró por decreto a la mitad de ellos. Sólo en 1910, con la vuelta de los liberales al poder y el retorno de Castillejo a la secretaría, se conseguiría iniciar una fecunda etapa de crecimiento y despliegue institucional mediante la creación de centros de investigación dependientes de la JAE y organismos de apoyo a los estudiantes. De ese año data la creación del Centro de Estudios Históricos, el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, la Asociación de Laboratorios, la Escuela Española en Roma y la Residencia y el Patronato de Estudiantes. Los tres primeros eran centros de investigación científica donde profesores de renombre podían formar grupos de trabajo, proporcionando a los pensionados que volvían del extranjero «una atmósfera favorable en que no se amortigüen poco a poco sus nuevas energías», y preparando también a los que aspiraban a emprender pronto su viaje. La Residencia y el Patronato de Estudiantes, por su parte, pre-La europeización a través de la política. tendían tutelar moral, social y económicamente al estudiante, tanto en España -la Residencia de Estudiantes se inspiraba en el modelo de los «colleges» ingleses-como cuando iba como pensionado al extranjero, proporcionándole «el influjo vivificante de un medio elevado» y «la atracción y goces de la vida corporativa». El objetivo declarado era, una vez más, inculcar a los jóvenes un ideal colectivo, prepararles para la vida social y formar su carácter en un ambiente de libertad, respeto y tolerancia. Se ha señalado que este sistema estaba inspirado por un aristocrático talante de selección y de élite (M. Espadas Burgos, en el prólogo a F. Villacorta, 1985, XV), y es cierto que la Residencia de Estudiantes, por ejemplo, se presentaba a sí misma como el lugar donde había de formarse un grupo reducido de jóvenes «destinados a ser las fuerzas vivas» de la sociedad, la futura «clase directora». En su tiempo, la derecha política y la jerarquía católica acusaron a la JAE de contribuir a desespañolizar a los jóvenes que marchaban al extranjero, y de convertirse en un instrumento de la Institución Libre para atraer adeptos e inspirarles su enemiga contra la Iglesia. Estos argumentos, nada verosímiles, fueron utilizados por los sectores más conservadores de la sociedad para someter a la JAE a una crítica y una descalificación constante, aunque con intensidad variable según la coyuntura política. El modelo organizativo de la JAE, aunque inspirado en instituciones europeas que atendían los mismos fines, no tenía comparación posible. Se trataba de una organización muy flexible que creaba centros en función no tanto de las necesidades apreciadas como de las disponibilidades del personal adecuado, y que huía de las trabas administrativas y reglamentarias que, como se decía en el preámbulo al R.D. constitutivo, «produciendo una igualdad externa aparente, excluyen la consideración objetiva de cada caso, esterilizan las iniciativas y sustituyen la acción personal directa por una acción oficial, que no suele ser rápida ni acertada». En la selección de los pensionados, por ejemplo, se atendía a las condiciones individuales de los candidatos, de orden intelectual y «moral»; pesaba más la impresión obtenida a través de los informes recabados a personas de confianza o mediante la entrevista personal, que la baremación de méritos objetivamente contrastables. La decisión de crear laboratorios o centros de investigación dependía también de que existiera el personal adecuado, con el prestigio y la competencia necesarios para dirigirlo, y no de un plan sistemático de desarrollo. Tanto en uno como en otro caso, la pensión o el laboratorio se creaban a medida del hombre elegido, y no al revés. Este sistema podía desembocar en la más absoluta arbitrariedad, si no fuera por el imperativo moral de rectitud y tolerancia que inspiraba a sus gestores, y por la práctica de tomar los acuerdos por unanimidad que se había impuesto en la Junta. A pesar de ello, era inevitable que se favoreciera un tipo de ciencia, aquella que parecía homologable con la que se practicaba en Europa, y a una clase de científicos, aquellos que respondían al modelo del científico profesional, desinteresado e inspirado por la ética corporativa de la comunidad científica internacional. El desarrollo de los organismos dependientes de la JAE se hizo siguiendo un sistema extraordinariamente pragmático y adaptable según la experiencia recogida. Se creaban centros a título de ensayo, y si el experimento fructificaba, se le daban los medios para crecer y consolidarse. Como en principio no existían límites a su actividad, la JAE fue abarcando competencias que se extendían a todos los aspectos de la enseñanza superior y parte también de la enseñanza media: el envío de pensionados al extranjero, el fomento de la investigación y el sostenimiento de centros de investigación científica, las relaciones científicas y académicas con el exterior, el envío de delegaciones a congresos internacionales, la organización de cursos para extranjeros en España, las relaciones con la Comisión de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, etc. Esa falta de contornos precisos y esa ductilidad sorprendía a los observadores extranjeros, que no encontraban parangón en instituciones similares de sus países. Durante sus veintinueve años de vida, la Junta concedió unas 1.600 pensiones, a un ritmo que oscilaba entre 10 y 127 pensiones anuales, según los años; a este esfuerzo habría que sumar un número indeterminado de graduados y estudiantes que viajaban por sus propios medios aunque avalados por la Junta. Los países de destino preferidos variaban según las especialidades: Francia, Bélgica y Suiza fueron los países más visitados por los pedagogos; Alemania por médicos, filósofos y estudiosos del derecho, y en menor medida Italia, Inglaterra y Estados Unidos. Además de los pensionados, la Junta, a través del La europeización a través de la política. Centro de Estudios Históricos, mandaba lectores de español a las universidades extranjeras que los solicitaban para atender sus departamentos de estudios hispánicos. La remuneración, en este caso, corría a cargo de la universidad receptora, pero la selección la hacía el Centro de Estudios Históricos; de esta forma, al tiempo que se contribuía al florecimiento del hispanismo internacional, se proporcionaba a los jóvenes filólogos e historiadores la oportunidad de realizar una estancia prolongada en una universidad extranjera. En esta política de apertura al exterior, también hay que señalar la costimibre de la Residencia de Estudiantes al invitar a dar conferencias en su sede a algunas de las personalidades más destacadas del mundo científico y cultural de la época, como Bergson, Mme. Más importante que estos contactos puntuales fue que la Residencia consiguió, gracias en gran parte a la labor de su director Alberto Jiménez-Fraud, estar abierta a todas las corrientes del pensamiento europeo y servir de avanzada intelectual, como quedó reflejado en las páginas de su revista. Residencia, y en su propia editorial. También creó la JAE instituciones científicas en el extranjero, como el Instituto de las Españas de Nueva York y la Escuela Española en Roma; colaboró con instituciones ya existentes, como las Instituciones Culturales de las colonias españolas en Buenos Aires, Montevideo, Méjico y La Habana, y contribuyó a fundar centros de investigación extranjeros como el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. La Escuela Española de Arqueología e Historia en Roma fue la primera de estas fundaciones, creada en 1910, y la que tuvo una vida más breve, pues fue interrumpida por la Primera Guerra Mundial. Frente al resto de las fundaciones en el extranjero, que servían más como escaparate de los logros de la ciencia y de la cultura española que como lugares de investigación, la Escuela de Roma se presentaba como la ocasión de establecer una cooperación de igual a igual con el grupo internacional de investigadores de la antigüedad que se reunía en aquella ciudad. Las principales naciones habían establecido alK institutos arqueológicos permanentes y, como se decía en preámbulo del Real Decreto fundacional, «España no puede permanecer indiferente a ese movimiento» ni desperdiciar la ocasión de colocar sus pensionados en «un medio ambiente científico internacional muy intenso, que no puede menos de ser altamente beneficioso para nuestra juventud intelectual». Este ambiente cosmopolita que impregnó en todo momento la labor de la JAE halló su manifestación más extrema en otra iniciativa de Castillejo: la Escuela Internacional Española. Se trataba de un experimento pedagógico que se basaba en la conveniencia de aprender idio-mas y de impartir una educación internacional «que convierta a los jóvenes en ciudadanos del mundo sin perder ninguna de sus virtudes nacionales y los capacite para asimilar la universalidad que la vida moderna impone» (citado por C. Gamero Merino, 1987, 221). El proyecto fue ofrecido al Instituto-Escuela, la creación de la JAE para experimentar nuevos métodos pedagógicos en la enseñanza segundaria, y a la propia Institución Libre, pero ambos centros rechazaron hacerse cargo del nuevo ensayo. Fue el propio Castillejo, con un grupo de amigos, quien creó, en 1928, la Escuela Internacional. Un año después Castillejo presentaba a la Comisión de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, de la que era miembro, una Propuesta para un ensayo internacional de escuelas plurilingües, basada en su ensayo iniciado en Madrid. El objetivo era que fuesen surgiendo en las principales naciones grupos de jóvenes que pudiesen hacer sus estudios universitarios indistintamente en varios países, «y en vez de la universidad internacional, tendríamos el estudiante internacional como en la Edad Media. Estos estudiantes formarían así el Estado Mayor de la Ciencia, de la Industria, del Comercio y debemos esperar que también de la paz internacional» (citado por C. Gamero Merino, 1987, 223). El proyecto de crear una red internacional de Escuelas Internacionales no prosperó, a pesar de la campaña de propaganda que el propio Castillejo desplegó por Europa y Norteamérica, pero su escuela madrileña consiguió afianzarse y sobrevivió, aimique con problemas, hasta la guerra civil. El propósito fundamental de la Junta, que era alcanzar la «sincronía» de la actividad intelectual española con la transpirenaica, sirviendo de organismo impulsor de una renovación intensa y rápida de nuestra educación superior y nuestras investigaciones científicas, se alcanzó sólo a medias. Fue im éxito en cuanto a la sincronización científica. La JAE dotó al país de im.a serie de excelentes centros de investigación que permitieron que la ciencia española alcanzase un nivel no conocido hasta entonces y que recuperase gran parte del retraso acumulado. Su efecto renovador fue especialmente intenso en disciplinas como la medicina, física, química, matemática pura, biología, filosofía y filología. Fue un fracaso, sin embargo, en cuanto a la sincronización universitaria. La renovación impulsada por la JAE no tuvo un efecto de contagio sobre el conjunto del sistema universitario, como se había previsto al principio. Los centros dependientes de la Junta se desarrollaron al margen de las estructuras universitarias y a veces manteniendo una hostilidad soterrada con ellas. Las críticas a la universidad española se siguieron prodigando durante los años veinte y, a pesar de varios intentos de reforma, no se logró modificar sustancialmente el carácter vetusto y arcaico de esta La europeización a través de la política. «Ha habido desde 1912 -decía Federico de Onís en 1931un mejoramiento considerable del profesorado universitario, gracias al ingreso de muchos jóvenes que salieron al extranjero empujados por el espíritu de la Junta para Ampliación de Estudios y de los Centros de investigación que de ella dependen. La obra de esta Junta en los últimos veinte años puede considerarse, por su perfección, calidad y diversidad, como un milagro del genio español, y sería difícil encontrar su equivalente en ninguna parte. Parecería natural que obra tan excelente hubiera tenido ya la virtud suficiente para informar y transformar toda la educación española, si fuera verdad que "quien hace un cesto hace ciento". Sin embargo, no ha sido así; la Junta ha vivido al margen de la Universidad, siendo ella la verdadera y única Universidad española, sin lograr que los métodos y las personas que ha suscitado se encarguen sin más de salvar y vivificar la educación nacional. Por eso, con esta salvedad, habría que hacer hoy el mismo juicio que en 1912 sobre la Universidad española»,(F. de Onís, 1932, 52). La práctica que impuso Castillejo de establecer la investigación fuera de las universidades, con el fin preservarla de las restricciones académicas y administrativas, tuvo un beneficioso efecto desde el punto de vista del avance científico, pero no contribuyó en nada a reformar unas universidades que parecían meras dependencias burocráticas encargadas de expender diplomas. Se daba el caso, incluso, de que catedráticos de la Universidad de Madrid que también trabajaban para la Junta, como Menéndez Pidal o Américo Castro, convocaban a sus alumnos en los locales del Centro de Estudios Históricos, y allí impartían su docencia. En esta situación, no es extraño que las universidades públicas, representadas por la mayoría de su profesorado, fueran constantemente críticas y opuestas a las actividades de la Junta. La JAE les robaba competencias (en el decreto de pensiones al extranjero de 1901 eran las facultades las que seleccionaban a los beneficiarios) y sus pensionados disfrutaban de ciertos privilegios a la hora de acceder a las cátedras universitarias por turno restringido. También influyó, indudablemente, la envidia y el agravio comparativo que provocaba el hecho de que se dotase a la Junta de todo aquello que se negaba a las universidades: autonomía administrativa y académica, subvenciones económicas generosas, laboratorios científicos y posibilidad de establecer relaciones internacionales. La universidad, la madrileña en este caso, se tomó el desquite cuando se emprendió a finales de los años veinte la construcción de la Ciudad Universitaria, enorme proyecto inspirado en el modelo de los campus norteamericanos y patrocinado por el propio rey, que pre-tendía ser el escaparate de la modernización cultural del país. «La idea resultó atractiva a la imaginación de la gente y proporcionó un símbolo material de reforma universitaria», comentó con sarcasmo el secretario de la Junta (Castillejo, 1976, 115), pero pecó de gigantismo, gastando una cantidad de dinero que podría haber servido para equipar a todas las universidades del país, y cayó en la trampa, constantemente denunciada por los institucionistas, de creer que la universidad la hacen los edificios, y no los profesores que los habitan. Con la JAE colaboraron, o fueron pensionados suyos, algunos de los principales hombres de la generación del 14: el propio Ortbga y Gasset, Manuel Azaña, Américo Castro, Federico de Onís, Rey Pastor, Juan Negrín, Femando de los Ríos, Luzuriaga, Luis de Zulueta, Gómez Morente, etc. Se ha dicho de la JAE que «se sitúa "entre" la Institución y los hombres del 14: es (...) un fruto, un logro tardío de la Institución Libre de Enseñanza, protagonizado por la generación de 1914» (V. Cacho Viu, 1988, 4). La JAE no sólo prolonga el proyecto educativo de la Institución, sino también su apuesta por la transformación del país a través de una moral pública de carácter científico; pero se diferencia de la Institución en que consigue concitar el apoyo y la colaboración de un grupo de personalidades mucho más ampUo y variado que el estrecho círculo institucionista, y en que apuesta decididamente por utilizar al Estado como impulsor de la modernización. El balance de su labor es difícil de establecer, dada la variedad de actuaciones que promovió, pero resulta innegable que dio un impulso decisivo a la modernización del país en el terreno científico, cultural y, en menor medida, educativo. Su mayor limitación fue no haber superado los límites de ciertos medios profesionales e intelectuales, y mostrarse incapaz de ampliar su incidencia colectiva o generar un efecto multiplicador. Esos centros de excelencia que se crearon no consiguieron extender la experiencia en ellos acxmaulada. Por otro lado, casi todas las dependencias de la Junta se instalaron en Madrid, con lo que su repercusión en las provincias fue mínima. Sólo en Barcelona se produjo una experiencia similar al crearse, por iniciativa de las autoridades catalanas y también en 1907, el Institut d'Estudis Catalans, un centro de investigación del idioma, el folklore, la historia y la naturaleza catalanes, que llegó a adquirir una autoridad intelectual elevada. La Junta de Relaciones Culturales y la política cultural en el exterior El éxito de la JAE, aunque fuera sólo parcial si tenemos en cuenta sus objetivos finales, animó a otras personalidades de la cultura a La europeización a través de la política. intentar crear organismos similares en el seno de otros departamentos ministeriales, siempre con el objetivo de elevar el nivel de la cultura nacional y ponerla a la altura de los países europeos más desarrollados. El intento más interesante fue el que desembocó en la Junta de Relaciones Culturales, creada en 1926 en el seno del Ministerio de Estado. El personaje clave fue, en este caso, Américo Castro, miembro del Centro de Estudios Históricos y colaborador en muchas de las actividades de la JAE, formado profesionalmente también en el extranjero, catedrático desde 1915 de Historia de la Lengua en la Universidad de Madrid, admirador y amigo de Giner y Cossío, los hombres de la Institución Libre, así como de Ortega y Gasset, el líder del grupo más activo de esa generación del 14. Fue, además, crítico autorizado de la situación lamentable en la que se encontraba la universidad, y promotor, en 1920, de un intento fracasado de reforma de la Facultad de Filosofía y Letras (A. Castro, 1924). Castro era el arquetipo del intelectual de esa generación: universitario, con un prestigio profesional bien ganado, cosmopoHta, impartiendo periódicamente cursos y conferencias en universidades extranjeras, con vocación política, fue uno de los firmantes del manifiesto de la Liga Española de Educación Política, y bien relacionado con los grupos políticos reformistas y liberales. En 1921, aprovechando el nombramiento para titular del Ministerio de Estado de Manuel González Hontoria, un diplomático liberal y cercano al círculo de la Institución Libre, Castro redacta una Nota confidencial dirigida al ministro «sobre el problema de la difusión de la Cultura Hispánica en el Extranjero» (AMAE, R. 1380/26), donde propone la creación de una oficina encargada de las relaciones culturales con el extranjero. Tal oficina tenía su modelo en la organización que Francia había ido levantando desde la Primera Guerra Mundial, e incluso antes, para desarrollar una activa política de propaganda cultural en el exterior: el Office des OEuvres Françaises à l'Etranger, el Office des Universités Françaises à l'Etranger, y toda la red de institutos, liceos, escuelas de la Alianza Francesa y otros centros que ese país tenía diseminados por los cuatro continentes. «Todo ello es un sueño -exclamaba Castro-; pero por algo habría que empezar». Para ello propuso «establecer un modesto organismo que con suma prudencia sentara los cimientos de la obra», dirigido por dos o tres hombres «llenos de ideal y con inteligencia del problema»; hombres elegidos con cuidado, pues la principal dificultad de la tarea era precisamente «la carencia de personas aptas que pudiesen ejecutarla». Para ello el propio Castro daba algunas pistas al señalar que los organismos franceses antes aludidos estaban dirigidos no por diplomáticos ni políticos, sino por profesores de universidad (Milhaud), escritores (Giraudoux) o «normaliens» (Max, Pereda). En todo caso, los responsables del nuevo organismo no debían recibir ningún sueldo, para demostrar que se trataba de personas intachables y evitar las críticas malintencionadas. La autonomía debía ser lo más amplia posible, «algo que dependiendo del Ministerio, estuviese respecto de él en la misma relación que está la Junta de Ampliación respecto de Instrucción Pública» para evitar así el caos acostumbrado en las cosas generales del Estado. Había que actuar con rapidez, seriedad y eficacia, para que el intento no firacasara. «Desde luego -añadía Castro-lo primero que tendría que hacer era ponerse en relación con la Junta, para no duplicar esfiíerzos, y entablar una íntima conexión con el Instituto de las Españas». Como se ve, la propuesta no sólo seguía el modelo organizativo de la JAE, sino que se inspiraba en sus mismos principios sobre la forma de proceder a la hora de crear nuevas instituciones. ¿Los objetivos de tal organismo? Cooperar en el desarrollo del hispanismo internacional, ese «movimiento de curiosidad, de interés y hasta de simpatía hacia lo que España y lo hispánico representan en el mundo» que se estaba produciendo en el extranjero, y «comenzar a desarrollar una ponderada y activa energía para lograr que la cultura hispana se haga sentir en tierras en que la lengua española se manifiesta como una fuerza vital». Se trata no ya tanto de modernizar nuestra cultura superior, sino de aprovechar el pequeño resurgimiento científico que se había operado en distintos campos y que había atraído un poco la atención del exterior. Optimista, Castro opinaba que ya estaban atrás los tiempos en que «España se ha considerado en el mundo como un país mortecino, incapaz hasta de estudiarse a sí mismo, y que para la cultura internacional no tenía más valor que el de ser un museo arqueológico de inmenso precio». Sobre todo en los estudios filológicos e históricos, se había conseguido equilibrar el enorme déficit inicial, y eran constantes las demandas de profesores de español hechas por universidades extranjeras, así como la llegada de extranjeros en número creciente para seguir los cursos de verano de la JAE. Castro entendía que el nuevo organismo debía servir para completar este aspecto de la labor del Centro de Estudios Históricos, dándole la suficiente publicidad en el extranjero y utilizando a los diplomáticos y cónsules como informadores y medio de contacto. El otro aspecto de la cuestión consistía en intentar recuperar «la vitalidad hispánica dispersa por el mundo». Por tal se entendía no sólo las colonias de emigrantes y el conjunto de las repúblicas hispanas de América, mas Filipinas y Puerto Rico, sino también los núcleos de La europeización a través de la política. habla española en Estados Unidos y las colonias de judíos sefardíes dispersas por las orillas del Mediterráneo. Su proyecto era reorientar el movimiento Hispanoamericanista, siguiendo con la política iniciada por la JAE de mandar allí profesores y científicos españoles que demostraran a aquellos pueblos «que algo se hacía aquí y que podíamos enseñarles tan bien como los alemanes o los franceses que invitan a ir allá». España tenía capacidad para desempeñar el papel de intermediaria entre los hombres de cultura hispanoamericanos y Europa, y así, «la tutela moral y de cultura que la historia nos señala respecto a América podría encontrar aquí un pequeño camino por donde correr en el porvenir». Como se ve, las cosas habían cambiado mucho, o al menos la percepción que se tenía de ellas, respecto a la situación que dio lugar a la creación de la JAE, en cuyo decreto fundacional se llegaba a citar a Chile como modelo y ejemplo de un desarrollo cultural exitoso. Este informe fue rápidamente aceptado por el ministro, y con fecha de 17 de noviembre de 1921, se creó una Oficina de Relaciones Culturales, dependiente de la Sección de Política del Ministerío de Estado, «con carácter provisional y a título de ensayo» según constaba en la Real Orden, encargada de la difusión del idioma castellano y la defensa y expansión de la cultura española en el exteríor. Para ello se nombraba un prímer secretarío de embajada, cargo para el que se elegiría a Justo Gómez Ocerín, otro amigo de Giner de los Ríos, y tres asesores gratuitos, que serían el propio Améríco Castro, Blas Cabrera, catedrático de física en la Central y director del Laboratorio de Investigaciones Físicas de la JAE, y un arquitecto. Amos Salvador, además de un secretarío, que sería Antonio G. Solalinde, compañero de Castro en el Centro de Estudios Historíeos. Como ha señalado Lorenzo Delgado, la nueva Oficina pretendía cubrír dos frentes a la vez, cuya importada varíaba según opinaran los intelectuales que ejercían de asesores, o los diplomáticos del ministerío: «De un lado, agregaría un estímulo adicional a la renovación cultural que venía produciéndose en el interior del país para mejorar su bagaje intelectual y científico, colaborando a la apertura de horizontes que iba afianzando la JAE desde su implantación. Del otro, incorporaría un factor capaz de reforzar la presencia internacional española, capaz de superar la debilidad de su potencia material me4iante la conjunción y aprovechamiento de sus fuerzas morales» (L. Delgado, 1992, 20). Durante los primeros meses, la Oficina se limitó a recabar información sobre la asistencia educativa a las colonias de españoles en el extranjero, enviar lotes de libros a los centros hispanistas europeos, fomentar el intercambio de profesores con universidades hispanoamerícanas e im-pulsar la creación de instituciones culturales españolas en aquél continente. Sus proyectos eran mucho más ambiciosos, e incluían la creación de escuelas españolas en Francia y el norte de Africa, la ñindación de un Instituto español de cultura en Florencia, la ampliación de la red de lectores de español en las universidades europeas, la implantación de una auténtica política de promoción del libro y de las artes españolas en el extranjero, etc. Su capacidad de acción estaba, sin embargo, fatalmente limitada por la carencia absoluta de presupuesto propio, pues se trataba de una creación «a título de ensayo», y por el desinterés de los funcionarios del ministerio. Sólo con la llegada de Santiago Alba, otro liberal, al cargo ministerial, sé reavivaron las esperanzas de los asesores, que se apresuraron a pedir dinero y autonomía. Pretendían ampliar la organización creando un comité técnico que realizara libre y directamente las funciones encomendadas, sin que tuviera que intervenir la diplomacia más que en lo estrictamente imprescindible. El proyecto no prosperó por la oposición frontal de los diplomáticos. En abril de 1923 confesaba Castro: «Declaro que me voy cansando de luchar con la inercia de la administración pública y que me inclino mucho a abandonar la partida. Yo había querido fundar una buena escuela española en el extranjero, bajo mi dirección, mi responsabilidad: ese fue mi pensamiento al someter a Hontoria el plan de la Oficina. Los proyectos de Castro se harían definitivamente imposibles con la instauración, en septiembre de ese mismo año, de la dictadura de Primo de Rivera. Los asesores dimitieron de sus funciones, pero la Oficina, tal como ocurrió con la JAE, no sufrió alteraciones mientras duró el Directorio militar. Tampoco se desarrolló su organización ni, por supuesto, se la dotó de medios financieros. Tan sólo pudo seguir recabando información y coordinando la actuación de las diversas instituciones culturales con intereses en el extranjero y las representaciones diplomáticas. A pesar de ello, el nuevo jefe de la Oficina nombrado por la dictadura, el diplomático José A. de Sangróniz, futuro responsable de las relaciones exteriores de Franco durante los primeros meses de la Guerra Civil, elaboró un extenso «Plan de expansión cultural y de propaganda política», donde se sistematizaban todas las propuestas anteriores. Además de utilizar un lenguaje más adecuado a la nueva situación política, calificando a España como «nación en cuyos dominios intelectuales no se ha puesto todavía el sol» (AMAE, R.726/40), el plan incidía especialmente en las perspectivas políticas asociadas a la acción cultural, es decir, entendiendo ésta como una forma solapada de propaganda. Por otra parte, en el plan se proponía transformar las antiguas asesorías en una Junta Técnica de Relaciones Culturales compuesta por personalidades relevantes en los campos de la literatura, la ciencia y el arte, pero presidida por el Subsecretario del Ministerio de Estado, y se solicitaba un presupuesto para realizar sus fines superior al que disfrutaba en ese momento la JAE. Este plan, previamente depurado y revisado en su redacción, fue publicado poco después por el propio Sangróniz (J.A. de Sangróniz, 1925). El cambio de tono respecto a los proyectos de Castro resulta palpable: las prioridades de la política cultural se dirigen ahora hacia Hispanoamérica; se alude a menudo a los «pueblos hermanos de raza» para denominar a aquellos que comparten el idioma español; se añade como objetivo complementario el de contrarrestar aquella «propaganda, hábilmente encauzada por otras naciones, que nos va siendo clara y definitivamente perniciosa»; se reivindica nuestro pasado como un «incalculable tesoro, acumulado por los esfuerzos de nuestros antepasados, cuya administración no conviene descuidar». Se habla de Europa no como el modelo idealizado de modernidad y progreso, sino como un continente en el que la guerra ha provocado el debilitamiento moral, la miseria espiritual y el rebajamiento de la humanidad. En consecuencia, el momento se consideraba propicio para im.a ofensiva cultural, dado el estado de crisis general en el que se encontraban los países de superior cultura, «que se traduce en im.a disminución general de toda clase de esfuerzos y trabajos intelectuales». Las relaciones culturales no se conciben ya como un terreno en el que lá âuma de esfuerzos redunda en beneficio de todos, sino como un campo de batalla en el que los países compiten por imponer su influencia. Nada se hizo sin embargo mientras duró el Directorio Militar, y fue sólo en diciembre de 1926, una vez restaurado el Consejo de Ministros, cuando se decidió establecer de forma definitiva una Junta de Relaciones Culturales bajo el patronato del Ministerio de Estado. La medida coincidía con una coyuntura en la que el régimen dictatorial mostraba mayor interés por incrementar su prestigio en el extranjero y en la que se quería estimular especialmente la orientación hispanoamericana de su política exterior. Estas preocupaciones se reflejaban en la exposición de motivos del decreto fundacional, en el que se señalaban tres objetivos fundamentales a la política de relaciones culturales: mantener el enlace espiritual de la metrópoli con los núcleos de nacionales localizados en país extranjero; conservar e incrementar el prestigio de la cultura patria en otras naciones, y establecer de una manera sistemática y ordenada el intercambio cultural con otros pueblos, «sin desfigurar las características esenciales» de la propia ci-vilización. Se alude también allí a la «misión histórica» de España y al «caudal común de la raza», en un tono vindicativo y casticista muy distinto al empleado en el texto fundacional de la JAE. La JRC se asemejaba mucho a la junta técnica propuesta por Sangróniz, con la diferencia de que los 17 vocales que la componían lo eran en razón de su cargo institucional. Se trataba de un órgano de representación corporativa en el que, además de representantes de los Ministerios de Estado y de Instrucción Pública, ocupaban un puesto el rector de la Universidad Central, el director de la Real Academia Española, el de la Biblioteca Nacional, el del Museo del Prado, el presidente de la JAE, así como otros delegados de diversas asociaciones y comités de tipo privado. Como presidente sería elegido el duque de Alba. Por otro lado, se concedía por primera vez un generoso presupuesto para las relaciones culturales con el exterior. En opinión de Castillejo, se trataba de una Junta «rival», creada con el propósito de disminuir la influencia de la JAE y «para la muy necesaria exhibición de cultura española que servía de propaganda política en el extranjero como contrapeso a las acusaciones de oscurantismo» (J. Castillejo, 1976, 118). Aunque así lo percibiera el secretario de la JAE, no parece que la iniciativa fuera dirigida fundamentalmente contra la JAE. Más bien se trataba del desarrollo lógico de la iniciativa lanzada por Castro, y adaptada hábilmente a las necesidades propagandísticas del régimen de Primo de Rivera. De hecho, bastantes miembros de la Junta para Ampliación de Estudios ocuparon también vocalías en la Junta de Relaciones Culturales, como Ramón y Cajal, Menéndez Pidal, Leonardo Torres Quevedo, el Duque de Alba y Fernando Alvarez de Sotomayor. Posteriormente, durante la Segunda República, el propio Castillejo y Américo Castro serían nombrados vocales. Ambas Juntas, más que rivalizar, se complementaron bastante bien a pesar de la muy difusa línea que separaba sus respectivas competencias. Durante el poco tiempo que transcurrió desde su puesta en funcionamiento hasta la proclamación de la Segunda República, poca fue la actividad que pudo desplegar la JRC. Dotada de escasa autonomía y sin capacidad para tomar iniciativas propias, su trabajo se limitó a proponer la concesión de subvenciones para las iniciativas que tomaban las entidades privadas. No hubo pues plan de conjunto, ni se establecieron prioridades, sino que se gastaba el presupuesto según se recibían las peticiones, empezando por las instituciones que estaban representadas en la propia JRC. Así, se subvencionaron las actividades de la Unión Iberoamericana, la Asociación Francisco de Vitoria, el Solar Español de Burdeos, el Colegio Mayor San Clemente de Bolonia, La europeización a través de la política. la Casa de España en Roma, el Instituto de Filología de Buenos Aires, el Instituto de Estudios Hispánicos de la Sorbona, etc. También se puso en práctica el proyecto de Castro de sufragar lectorados de español en universidades europeas, financiar seminarios de estudios hispánicos y cátedras hispanoamericanas en universidades españolas para favorecer el intercambio de profesores. Fue especialmente importante el esfuerzo dirigido hacia Hispanoamérica, como correspondía a las prioridades del Gobierno (A. Niño, 1986Niño, y 1992)). La JRC fue también la encargada de supervisar la construcción del Colegio de España en la Ciudad Universitaria de París, una labor que lógicamente hubiera correspondido a la JAE, pero que fue puesta por una orden de la Presidencia del Consejo de Ministros bajo la responsabilidad de la nueva Junta. Esta residencia para estudiantes y pensionados tenía su origen en una donación realizada por el propio rey Alfonso XIII con el propósito de aprovechar la oferta hecha a España para que construyera su propio pabellón en la Ciudad Universitaria Internacional, una iniciativa lanzada por la Universidad de París al finalizar la guerra mundial con el fin de simbolizar la concordia internacional y el nuevo espíritu de cooperación entre las naciones. Además, se trataba de corresponder a la edificación de la Casa de Velazquez de Madrid, institución francesa que se inauguraba en 1928. El Colegio de España no comenzaría a construirse hasta 1929, y su inauguración se produciría en 1935, ya bajo la República. Fue también bajo la República cuando la Junta de Relaciones Culturales desplegó una actividad sistemática y eficaz. El nuevo régimen retomó los propósitos iniciales de Castro, reorganizó el organismo dotándolo de autonomía y capacidad de iniciativa, duplicó su presupuesto y, sobre todo, modificó completamente su personal, tanto los componentes de la propia Junta como los encargados de su secretaría técnica. Los nuevos miembros de la JRC fueron designados directamente por el gobierno republicano, y entre ellos estaban las principales figuras de la cultura española, con predominio, una vez más, de personas vinculadas a la JAE y al ambiente de la Institución Libre. Perdía así su carácter corporativo y recobraba el talante intelectual y la orientación «técnica» que le había querido dar Castro diez años antes. Su presidente en esta nueva etapa sería Menéndez Pidal, y sus vicepresidentes Blas Cabrera y Gregorio Marañen. Como secretario fue nombrado el profesor de pedagogía Lorenzo Luzuriaga, otro miembro importante de la generación del 14, que jugó en ese puesto el papel que había desempeñado Castillejo en la JAE, desarrollando una labor intensa y decisiva para la presencia cultural española en el extranjero. En los breves años Ajifogiïo Niño Rodríguez del régimen republicano se crearon escuelas y se enviaron decenas de maestros para atender las colonias de emigrantes españoles, se fundaron institutos de enseñanza media, se reorganizó completamente la Academia Española de Bellas Artes en Roma, que había sido colocada bajo su tutela, se estrechó aún más la colaboración con los núcleos hispanistas repartidos por todo el mundo, se organizó el intercambio científico; literario y artístico con el extranjero, se creó una red de agregados culturales, entre los que estuvo Federico de Onís, etc. La labor de la JRC en esos años fue un digno complemento al ingente esfuerzo que en materia educativa desarrolló el primer bienio republicano en el interior del país (L. Delgado, 1992 y A. Niño, 1992). Aunque la «República de los profesores» amplificó la labor de las instituciones culturales existentes y creó otras nuevas que apenas tuvieron tiempo de desplegar su actividad, lo fundamental en la tarea de modernizar la cultura y la ciencia española ya estaba hecho al comenzar la década de los años treinta. En 1931 no existía ese complejo con el que los intelectuales españoles de principios de siglo miraban al otro lado de los Pirineos; se había logrado compensar en gran parte ese desnivel que existía entre la ciencia española y la europea. Gracias sobre todo a la labor de la Junta para AmpHación de Estudios y los centros creados por ella, la parte más importante de los investigadores y profesores españoles se sentían miembros integrantes de la comunidad científica internacional. Algo similar había ocurrido en los ambientes literarios y artísticos, donde las vanguardias españolas de los años veinte habían sabido incorporarse casi instantáneamente a los principales movimientos artísticos europeos, impregnándoles además de un sello particular. Se podría decir que se había conseguido desarrollar, pacientemente, esa «clase dirigente» que constituyó el objetivo de la generación del 14, y que ahora tenía la ocasión histórica de dirigir los destinos de la nación. La experiencia republicana demostró que no bastaba con ello para transformar, profunda y definitivamente, la realidad social y económica del país. ALTAMIRA, Rafael (1917): España y el programa americanista, Madrid, Ed. En Españoles y francese en la primera mitad del siglo XX, Madrid, CSIC. pp. 375-411.
Los estrechos vínculos existentes entre formación y sistema productivo apenas necesitan hoy en día ser ponderados. Desde siempre, pero particularmente desde que la organización industrial comenzó a desplazar su centro de gravedad desde la experimentación empírica hacia el uso sistemático de la ciencia y a adentrarse en el apasionante campo de la organización científica del trabajo, entre ambos territorios comenzó a generarse una activa corriente de intercomunicación e intercambio en la que, podemos decir metafóricamente, capital económico, capital científico y capital humano han intercambiado con notable provecho sus respectivos patrimonios accionariales. En su estrecha interconexión se asienta, en definitiva, el fundamento de las políticas educativas e industriales de todos los Estados modernos. En cuanto tal constituye un insoslayable punto de partida que conviene emplazar en el frontispicio de este estudio, cuyo tema, como veremos, se relaciona estrechamente con la cuestión, aunque el carácter monográfico con que está planteado impida el tipo de prospección particular en ella que merecería a tenor de su importancia. Ese mencionado tema concreto versa sobre las iniciativas emprendidas desde comienzos del siglo XX con el objetivo de establecer pensiones en el extranjero para profesores, estudiantes y obreros con el fin de permitirles ampliar o perfeccionar sus respectivos ámbitos de competencias en contacto con instituciones educativas, centros industriales Francisco Villacorta Baños o explotaciones agrarias de punta de los países europeos más avanzados. Estaa iniciativas cristalizaron definitivamente a partir de 1907 en pensionéis de ampliación de estudios para ingenieros y de formación en nuevas técnicas y procedimientos empíricos para obreros manuales empleados en fábricas, talleres o granjas españoles, confiadas a un organismo estatal autónomo, la Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros en el Extranjero, que a partir de entonces desarrollará su obra ininterrumpidamente hasta 1936. Por comparación, se impone inevitablemente la referencia a la otra Junta, la Junta por antonomasia, la de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, cuya importancia resulta superflue resaltar aquí. Pero mientras que conocemos ésta ya medianamente bien, la primera, en cambio, no ha merecido hasta este momento ningún tipo de referencia, a pesar de tratarse, como se trata, de una iniciativa paralela por su cronología, su carácter y sus funciones a la" de Ampliación de Estudios, y merecedora como ésta de una detallada reseña. Lo avalan así tanto la importancia de sus realizaciones concretas como sus significados en el marco de un contexto socioeducativo de amplio radio, que incluye el de la formación técnico-profesional de la mano de obra obrera, una cuestión, dicho sea de paso, bastante olvidada de la historiografía actuaP. En lo dicho se concentra el enunciado puramente empírico de la labor encomendada a la Junta de Pensiones. No es en sí misma una labor desdeñable. En teoría, el intercambio científico, la transmisión de experiencias de organización empresarial, la formación en nuevas técnicas industriales han constituido un importante valor añadido en el desarrollo de la ciencia y la industria modernas. En la práctica, según veremos, la Junta cumplió su tarea con eficacia y dio origen a destacadas iniciativas de formación y documentación profesional. Pero a partir de ese somero recuento de objetivos y realizaciones es posible también, además, desplegar un rico contexto de condicionantes y significaciones, en los que esa simple labor adquiere lugar propio en un marco de análisis más amplio y cronológicamente muy significativo. Así lo queremos reflejar en la estructura del trabajo, al resaltar autónomamente los dos contextos, de índole bastante diversa, en que las tareas de la Junta de Pensiones se inscribieron. En el marco de partida, la entidad vino emplazarse en la bocana de una época por donde vino a canalizarse el aluvión de inquietudes del regeneracionismo de final de siglo, entre ellas la de la reforma pedagógica y la de apertura hacia Europa. Lo hizo en la parte correspondiente a la enseñanza técnica y la formación profesional, un sector que, todavía en mayor grado que el de la enseñanza superior La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros... clásica y de la educación primaria, vivía en una situación de lamentable esclerosis. Y lo hizo con todas las características de improvisación y ensayo, de elitismo y utopía, que alentaban en la mayoría de las iniciativas de renovación pedagógica de la época, caracterización genérica de las empresas del institucionismo, en cuya órbita se inscribe también ésta sin ningún género de dudas. Pero de la misma manera que sucedió en la Junta para Ampliación de Estudios, la ulterior confrontación de objetivos y logros, en el marco de una práctica institucional de intervencionismo estatal, le dio la decantación definitiva de las realizaciones útiles y duraderas, aimique ya dentro de un nuevo contexto, el que a partir de 1924 abre el nuevo Estatuto de Enseñanza Industrial del Directorio. No se puede decir que este definitivo marco de ensamblaje de la Junta de Pensiones fuese menos utópico si se tiene en cuenta la desproporción entre sus ambiciosos objetivos y los precarios medios disponibles, pero al menos, por lo que respecta a la institución que nos ocupa, acertó a encontrarle un espacio propio dentro de un plan sistemático de desarrollo de la formación técnica, que comprendía desde la fase de pre-aprendizaje empírico hasta los grados superiores de la enseñanza técnico-profesional. El único marco, por su globalidad y sistematización, en el que cobraban verdaderamente sentido las tareas de ampliación de estudios en el extranjero y de documentación técnica en que la Junta había acumulado su experiencia, pero que al mismo tiempo subordinaba su actuación al desarrollo de políticas estatales de radio más extenso y decisivo. La separación ulterior de todo lo relacionado con las pensiones de ampliación de estudios para los ingenieros no fue más que un corolario inevitable, coherente con el desarrollo reglamentario de aplicación del Estatuto, que estableció una fórmula orgánica diferente a los distintos grados de la formación técnica y dejó definitivamente a la Junta de Pensiones en el ámbito, extraordinariamente ambicioso en sus objetivos, de una integral formación profesional obrera. Pero esto fué ya en los prolegómenos de la experiencia política republicana, en cuya tormenta política la callada labor de la Junta de Pensiones -en este momento ya fraccionada en dos entidades: el Centro de Perfeccionamiento Profesional Obrero y la Oficina Central de Documentación -apenas logró mantenerse a flote. Regeneracionismo, europeísmo, nacionalismo, populismo son conceptos clave vinculados al complejo mundo intelectual de la España Francisco Villacorta Baños 130 de final del siglo XIX sobre los que sería una redundancia insistir, recientes como están las copiosas reñexiones inspiradas por la efemérides del 98. A todos ellos, incluso a sus potencialidades contradictorias, les subyace, sin embargo, una preocupación de orden teórico y práctico común: la educación. Difícilmente se encontrará una propuesta reformista, del género que sea de entre las múltiples colocadas en la palestra pública por aquellas fechas, que no contenga su correspondiente capítulo dedicado a ponderar la necesidad de educación interior y de enseñanza pública del pueblo español como instrumento privilegiado para proporcionarle de nuevo el rumbo nacional perdido y para colocarle en pie de igualdad con el resto de los pueblos europeos. La creación del ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1900 y la política educativa de sus primeros ministros -de García Alix y Romanones especialmente-constituyó el mejor testimonio de que estas demandas sociales intentaban además convertirse en política oficial. En general, todos los campos educativos estuvieron en el punto de mira de la política reformista, aunque ciertamente con muy diversos resultados. De todos ellos resulta aquí pertinente el referido a la enseñanza técnica y profesional. Lo más general que de ella se puede decir es que fue un ámbito de conocimientos de escasa demanda pública y de menor aún atención política. Las primeras escuelas superiores técnicas constituidas en el siglo XIX -las de ingenieros de Caminos, Minas y Agrónomos-se orientaron predominantemente a proveer de personal burocrático a los respectivos cuerpos técnicos estatales y sólo subsidiariamente al servicio de la empresa privada. La única de ingeniería industrial fue la de Barcelona, de iniciativa local, hasta la constitución a final de siglo de la de Bilbao, de idéntico carácter^. En los niveles intermedio y bajo, sólo una no muy copiosa red de Escuelas de Artes y Oficios, de Bellas Artes y de Peritaje de titularidad estatal, local o privada abasteció el mortecino mercado de trabajo técnico, de forma que, con carácter general, se puede decir que durante todo el siglo fue más bien el empirismo propio de las etapas iniciales de la industrialización el que predominó en España en la formación de la mano de obra artesanal e industrial, y allí donde el desarrollo de la industria imponía una mayor especialización, se optó por la utilización de técnicos titulados de los países inversores. Resultan muy significativas a este respecto las cifras proporcionadas por una encuesta ordenada por el ministro, conde de Romanones, en 1901, como base de sus proyectos de reforma en este campo, según la cual trabajaban en la industria española en aquel momento 1386 técnicos extranjeros de diversa titulación, originarios de 12 países europeos, y aun para que La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros.... los datos se aproximasen a la verdad, según el ministro, habría que agregar «un 50 % a las cifras globales»^. El problema de la enseñanza profesional comenzaba, en efecto, a convertirse en una cuestión relevante dentro del regeneracionismo pedagógico de comienzos de siglo. La política al respecto de los dos primeros ministros de Instrucción Pública se orientó, por una parte, a equilibrar los estudios humanísticos clásicos de los Institutos con nuevas disciplinas de carácter técnico y a reordenar globalmente los ciclos medio y bajo de toda la enseñanza profesional existente. El conde Romanones llegó incluso a integrarlos en unos recreados Institutos Grenerales y Déc-nicos^ que respondiesen, según decía en la Exposición, «a las necesidades tan varias como son las de la moderna vida comercial, industrial y científica», aunque la duración de la reforma no llegó a sobrepasar la etapa ministerial de su sucesor en el cargo. De la reforma permaneció vigente, no obstante, la tercera escuela de Ingenieros Industriales, la Central, creada en el mismo decreto de Romanones como culminación de la reorganización integral de la enseñanza técnica prevista. Pero la política educativa en este campo se orientó también a promover la relación del universitario español con sus homólogos extranjeros, que es el terreno específico en que quiere centrarse el presente trabajo. Por R. D. de 18 de julio de 1901^ de Romanones, en efecto, se crearon pensiones de 4000 ptas. anuales, más gastos de viaje, para los alimanos más aventajados de las Facultades de Derecho, Medicina y Farmacia, de las Secciones, por tumo, de Ciencias y Filosofía y Letras, de las Escuelas Normales Centrales de Maestros y Maestras y de las Escuelas de Ingeniería, todas ellas igualmente por turno. Serían los Claustros o Juntas de esas instituciones los encargados de determinar las materias objeto de estudio y los lugares de residencia de los pensionados, así como de dictaminar la memoria reglamentaria de fin de pensión. Su pronunciamiento favorable daría al pensionado la posibilidad de renovar la beca por im. año más y el derecho a ocupar la primera vacante de profesor auxiliar que solicitare. El mismo decreto, por otra parte, facultaba al Gobierno para conceder permiso a los profesores numerarios, auxiliares y supernumerarios de los mismos centros, uno como máximo por cada Facultad, Sección o Escuela, para residir en el extranjero durante un año con todo su sueldo más alguna subvención suplementaria si lo permitiesen los créditos disponibles, a fin de ampliar estudios en sus respectivas disciplinas. La memoria ulterior de sus resultados podría servir, por informe favorable del Consejo de Instrucción Pública, como mérito en su carrera. Los cambios políticos no afectaron en este caso a la política del ministerio. El siguiente ministro, el conservador Gabino Bugallal com-Francisco Vülacorta Baños plementó dos años después el anterior decreto con una propuesta precisa de la subvención debida al profesorado -3000 ptas. anuales-y con una ampliación de los centros beneficiados por esta política -entre los nuevos: los Institutos, las Escuelas de Artes e Industrias y de Industrias y Artes Industriales, las de Comercio, las de Veterinaria y las nuevas Secciones de las Facultades de Ciencias y de Filosofía y Letras creadas en la reciente reforma de dichas Facultades-estableciendo además la obligación para los profesores pensionados de impartir en el curso siguiente una lección semanal sobre el tema objeto de su perfeccionamiento en el extranjero. Las becas para los alumnos más destacados de esos mismos centros, excepción hecha de los de los Institutos, fueron también objeto de una normativa más precisa: su atribución sería el resultado de una oposición y los resultados positivos de la experiencia en el extranjero daría el derecho, ya no a las plazas de auxiliar numerario, sino al nombramiento de auxiliar sustituto personal del profesor del Centro, correspondiente al grado de enseñanza y la materia objeto de la pensión, con derecho a percibir la gratificación correspondiente a las plazas vacantes de auxiliares retribuidos y a concurrir a las oposiciones del turno de auxiliares de las cátedras numerarias del profesorado correspondiente. La novedad más importante fue, sin embargo, la inclusión en la convocatoria de dos alumnos obreros por las Escuelas de Artes e Industrias y otros tantos por las de Artes Industriales e Industrias, a propuesta de los Claustros respectivos. Para los alumnos beneficiados sería mérito preferente para la provisión de plazas de ayudantes de maestros de talleres de su respectiva especialidad^. Podría decirse, por consiguiente, que las orientaciones enunciadas por estas normas sobrepasaban el marco de la política partidista y de la actuación de un ministerio para emplazarse en un amplio consenso de opinión pública sobre la necesidad de un cambio de rumbo de la enseñanza pública hacia las disciplinas empíricas y técnicas y hacia un mayor contacto académico y universitario con el exterior. Estos objetivos habían inspirado, por ejemplo, una persistente línea informativa del periódico El Imparcial desde 1899, al poner de relieve la escasa rentabilidad económica de los títulos clásicos frente a las enseñanzas técnicas y la ventaja comparativa que para las clases medias significaba la opción de enviar a sus hijos a centros de enseñanza técnica en el extranjero, a Bélgica, Suiza, Francia e Inglaterra especialmente. Los objetivos concordaban perfectamente, por otra parte, con la opinión de las propias organizaciones La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros. profesionales expresada en las sucesivas convocatorias corporativas, como fue el caso de la Asamblea General de Amigos de la Enseñanza de 1901 y en las Asambleas Universitarias de 1902 y de 1905. En la primera se pedía incluso que esa relación científica con el extranjero se institucionalizase en un centro de estudios industriales prácticos con una bien dotada biblioteca, laboratorios y gabinetes de experimentación e investigación, localizado, a ser posible, en los Estados Unidos de Norteamérica, en un ambiente de plena integración en las más avanzadas corrientes del desarrollo industrial^. Pues bien, en plena sintonía con estas corrientes de opinión públicas y privadas una R. O. de 22 de septiembre de 1903^, esta vez del ministerio de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas, convocó cien pensiones para obreros manuales a fin de que pudiesen ampliar sus conocimientos en Francia y Bélgica durante dos años, prorrogables por uno más a propuesta del ingeniero jefe de la expedición, de los dos que, conforme a la disposición, debían estar al frente de ella. Las solicitudes, añadía la R. O., irían acompañadas de informe favorable de una sociedad obrera o industrial, de las Escuelas Industriales y de Artes y Oficios o de las Cámaras de Comercio o Agrícolas y la selección estaría a cargo de una Junta presidida por el Presidente de la Junta de Reformas Sociales e integrada, además, por el director de la Escuela Superior de Industrias, presidentes de la Cardara de Comercio, Unión de la Unión Mercantil, Fomento de las Artes, Círculo Industrial, Centro Instructivo del Obrero, Centro de Sociedades Obreras de Madrid, así como de los presidentes de las ocho sociedades obreras más antiguas y de las cuatro más modernas. Se puede decir que esta disposición fue el punto de arranque de la experiencia pública que historiamos. El éxito de la convocatoria sorprendió a los propios organizadores. Durante los meses siguientes llegaron al ministerio 1220 solicitudes desde casi todas las provincias y desde la mayor parte de los sectores profesionales^. Con su selección comenzó la andadura inicialmente vacilante de una experiencia sin ninguna duda extraordinariamente novedosa en su momento. Las ulteriores etapas fueron precisamente de revisión de los resultados obtenidos y de modificación de sus principales desajustes. El balance en todo caso fue tan lisonjero como para llegar a convertirse en una línea permanente de la política de Fomento. Lo decía el ministro Augusto González Besada al firmar el decreto de 16-VI-1907^^, que la ratificaba. Francisco Villacorta Baños 134 con las modificaciones exigidas por la experiencia de la primera expedición. Tales cambios coincidían en síntesis con las recomendaciones expuestas por los dos ingenieros responsables de aquélla, Enrique Sanchis y Ernesto Winter: la necesidad de preparar con mayor detenimiento la expedición y de agilizar la etapa previa de colocación de los pensionados en el extranjero, la conveniencia de seleccionar algunas industrias merecedoras de atención prioritaria, la exigencia de garantizar la vuelta del beneficiado a España tras el plazo previsto de pensión^^ De esta forma, la nueva expedición propuesta se confiaba a la responsabilidad de un mayor numero de pensionados ingenieros -cinco por cada una de las Escuelas de Minas, Montes y Agrónomos-se establecían unas industrias de atención prioritaria (metalúrgica, electricidad, automóvil, maquinaria, viticultura y derivados de la leche, textiles, tintorería y estampados de tejidos, fotograbado, estampación, fototipia y litografía y vidrio), y finalmente se determinaba que los jornales de los obreros serían retenidos íntegramente para su reintegración tras el regreso a España y cumplidos todos los compromisos contraídos con los lugares de trabajo de origen. Un centro administrativo, localizado en Ginebra, se encargaría de coordinar la gestión económica y organizativa exterior de las becas. El diseño definitivo de esta experiencia estatal se producirá en los años sucesivos, como decantación práctica de las ulteriores expediciones de pensionados. En 1910 se dispuso la división del período de pensión en dos fases, la primera de ellas de iniciación en España asistiendo a cursos de lengua francesa y de tecnicismo industrial o análogos, a juicio de una Junta de Patronato de Pensiones que ahora se creaba. Por su parte, el centro gestor en el extranjero se transfería a Bruselas o Lieja, con una delegación en París^^. Finalmente, en 1913 se daba a todo este proceso una ordenación mas precisa en lo referente a la convocatoria, colocación, formación y seguimiento de los pensionados a su regreso a España. En concreto, el R. D. de 4-IV^^, de Miguel Villanueva disponía que la Junta se encargase de proponer las industrias prioritarias, el número de pensionados y la distribución provincial para realizar a continuación la convocatoria oficial; se señalaba a un inspector ingeniero como responsable máximo de toda la gestión, en contacto con los centros de Bélgica y Francia y con cuatro comisionados extranjeros, a proponer por la Junta, como gestores de la colocación de los obreros en las fábricas y talleres existentes en su respectiva jurisdicción. Bajo estas normas comenzó la Junta de Patronato de Ingenieros y Obreros en el Extranjero a acumular su experiencia y a poner los La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros.... primeros jalones de un patrimonio material y humano que no tardara en serle precioso. Desde 1916 comenzó a publicar una revista, el Boletín de la Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros en el Extranjero (BJPIOE), órgano de seguimiento de los pensionados, de consejos prácticos para su mejor desenvolvimiento y de publicación de las memorias finales de los ingenieros y obreros pensionados. Pero antes de entrar en mayores detalles acerca de las experiencias concretas de la Junta y de sus pensionados tal vez convenga detenerse un momento en lo que denominaríamos la filosofía práctica, sin duda de neta raíz institucionista, que les sirvió de norte y en algunas reacciones que sus iniciativas despertaron desde primera hora. Pueden servirnos de guía los Consejos a los pensionados recogidos en uno de los primeros números del Boletín. En resumen, esa filosofía podría compendiarse en los términos ver, aprender y relacionarse. En último extremo, no se trataba tanto de una iniciativa de estricto perfeccionamiento profesional cuanto de abrirse a un nuevo espíritu de inquietud intelectual y de innovación técnica. Ver era en consecuencia una disposición intelectual tan importante como la propia experiencia profesional: «abrir los ojos» en los viajes, en las visitas a las fábricas, en las excursiones, en la observación de los escaparates, en la vida al aire libre («nunca se pierde el tiempo al aire libre»). En cualesquiera de estas circunstancias en apariencia anodinas se podían descubrir aspectos de interés de potencialidades insospechadas para la vida profesional futura. Junto a la observación despierta y vigilante, el cultivo de las relaciones personales era la segunda disposición de espíritu exigida para que la estancia en el extranjero resultase provechosa para la formación y perfeccionamiento profesional del pensionado; una formación con la perspectiva que daba el conocimiento vivido y contrastado en múltiples experiencias personales, y no sólo obtenido a partir de los libros, que podían ser instrumentos muy útiles para sembrar ciencia, metodizar conocimientos, enseñar a pensar, pero que no tenían el vigor, «la fuerza que da la palabra», «que sólo en la vida, en el diario comercio con otras personas» se lograba. Relacionarse con los naturales del país, cultivar la amistad con las gentes de su oficio, hablar con profesionales cualificados en las distintas ramas profesionales eran, aparte sus potencialidades formativas, aptitudes vitales modeladoras de la autoestima y la autonomía personal, tan importantes como los propios conocimientos profesionales adquiridos^^. A diez años vista de estos consejos la experiencia de uno de los primeros responsables de las expediciones obreras, Ernesto Winter, confirmaba lo acertado de estas observaciones. Si algunos patronos, si algunos obreros habían Francisco Villacorta Baños 136 esperado inicialmente de las pensiones secretos milagrosos de fabricación o una predestinación especial de ascenso social, con cierta fi: ecuencia se habían sentido decepcionados ante el sistema de producción fabril del momento en que los procedimientos científicos habían sustituido ya a los empíricos. Pero si no remedios productivos milagrosos, los pensionados habían obtenido, en cambio, algo que no habían previsto y que había resultado a la larga igualmente fructífero: «el espíritu investigador, la iniciativa»^^. Un planteamiento formativo tan abierto -como el que, en general, informó el ideario institucionista, en el que sin duda alguna se insertabaatrajo hacia sí las mismas opiniones encontradas que merecieron todas sus obras y que, con parecidos términos, sufrió la Junta de pensiones por antonomasia, la de Ampliación de Estudios. El mismo gestor antes mencionado ponía a esas objeciones nombres y apellidos, definiendo arquetípicamente el papel potencialmente contradictorio en que podía enmarcarse la tarea de la Junta: un profesor -contaba-le había indicado la conveniencia de proponer al gobierno la supresión de las pensiones y la fundación de Escuelas profesionales o la mejora de las existentes; el general Cubillo, que las pensiones sólo servían para «estropear obreros», que volvían del extranjero con ideas socialistas y anarquistas; Largo Caballero, que todo pensionado era una persona perdida para la lucha^^. Que estas alternativas no eran hipótesis teóricas sino que se estaban jugando en la vida cotidiana de los pensionados lo testifica la polémica que acompañó la primera expedición a resultas de algunos artículos publicados en el periódico España Nueva en febrero y marzo de 1907, obra de un exilado bien conocido en los medios anarquistas parisinos, calificando la experiencia de pérdida de tiempo y malversación de fondos y denunciando el falseamiento de los resultados obtenidos^^. Posiblemente, es cierto, tenía mucho del utopismo pedagógico e interclasista un poco ingenuo que acompañó todas las iniciativas acometidas por el institucionismo, aparte las dificultades prácticas de primera hora para gestionar una experiencia que dependía en buena medida de la colaboración hasta cierto punto desinteresada de empresas e instituciones extranjeras, y más delante de los problemas derivados de la guerra europea, pero eso no fue obstáculo para que el balance fuera en general positivo. Observémoslo con mayor detenimiento a partir del informe publicado acerca de las tres primeras expediciones gestionadas por la Junta, es decir, las de 1911, 1914 y 1917, comenzando por lo que respecta a los obreros. Sesenta y ocho habían iniciado la primera expedición, en las tres amplias ramas prioritarias de la convocatoria (industria textil, mecánica y electricidad, agricultura, viti-La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros.... cultura, oleicultura e industrias derivadas de la leche y curtidos y papelería) de los que nueve desistieron más o menos rápidamente por enfermedad o por voluntad propia. De los restantes, tan sólo cuarenta tuvieron una colocación permanente y 28 llegaron a publicar el informe científico de final de pensión. La segunda expedición comenzó con 50 pensionados de las especialidades de agricultura e industrias derivadas, mecánicos y electricistas, papeleros, artes gráficas, curtidores y textiles, de los que cuatro desistieron al poco de comenzar la guerra europea. Treinta y uno presentaron sus trabajos finales, la mayor parte de ellos publicados en el Boletín. Por último, compusieron la tercera expedición 46 pensionados, entre agricultores, trabajadores del textil, dibujantes de muebles, artes gráficas, electricistas, mecánicos, un relojero y un orfebre, y sus resultados estaban todavía por ver en el momento del informe. Contando con las deficiencias que es posible entrever a partir de estos datos, y con el hecho asimismo de que algunos de los expedicionarios habían decidido permanecer en el extranjero, el resultado final había sido, sin embargo, muy positivo. Buena parte de los pensionados -datos concretos de cuarenta y cinco de ellos recoge el informe-habían aprovechado la estancia en el extranjero para completar su formación teórica, cursando estudios o asistiendo a cursos en Escuelas o Laboratorios especializados de Bélgica, Francia, Alemania, Inglaterra e Italia. Muchos de ellos habían logrado obtener puestos destacados en España a su regreso, bien es cierto que con dificultades en los primeros momentos y no sin un activo seguimiento y apoyo por parte de la Junta. Sumando los nombres de las dos primeras expediciones, quince de ellos se habían establecido por su cuenta a su regreso a España, otros cinco habían ampliado talleres, fábricas o negocios pertenecientes a sus padres y veinte ocupaban cargos de directores de fábricas y contramaestres, más otros cuatro que ocupaban puestos equivalentes en el extranjero. En cuanto a los ingenieros de las especialidades de minas, agrónomos y montes, sesenta y seis habían disfrutado de pensión entre 1912 y 1917 recorriendo instalaciones agrícolas e industriales de Francia, Suiza y Alemania especialmente; de Estados Unidos, Italia, Inglaterra y Bélgica en menor medida y de Polonia, Suecia, Argentina y Túnez en algún caso. Sin duda, su actividad no había estado tan controlada como la de las expediciones obreras, pero al cabo se podía también contabilizar un número significativo de estudios prácticos resultado de sus experiencias en el exterior^^. En resumen, todo parece indicar que a lo largo de estos años, nada propicios por lo demás para la normal relación con los países Francisco Villacorta Baños 138 europeos próximos, dada la situación de guerra, la Junta logró fijar una práctica gestora autónoma y una red de contactos y relaciones en el mundo académico y empresarial de esos países, que terminó por corregir la inevitable improvisación de los primeros momentos. Años más tarde, en 1924, aparecerán algunos de estos nombres -hasta cuarenta y tres, junto a sus razones sociales-en una R. O. comunicada del 2 de diciembre del Ministerio de Estado agradeciéndoles la labor realizada en apoyo de los obreros pensionados^^. Y ni mucho menos eran la mayoría en la trama de relaciones tejidas, pero sí los que aparecían más repetidamente en la relación de destinos de las ciudades más solicitadas: París, Lieja, Bruselas, Amberes, Lyon, Burdeos, Grenoble, Billancourt. Con esta experiencia decantada, en efecto, a la altura de 1921 la Junta se sentía con recursos para abordar nuevos objetivos. Un decreto de ese año del ministerio de Trabajo, al que la Junta había sido transferida en 1920 al crearse el departamento^^, reorganizó el conjunto de las atribuciones de la entidad dentro del nuevo ministerio. Era en síntesis una ratificación de sus competencias tradicionales, pero lo más esencial concernía al reforzamiento de sus facultades de autonomía administrativa, una de sus más destacadas bazas tradicionales -así lo evaluaba una ponencia presentada en el Congreso de Ingeniería de 1919^^-al establecer la posibilidad de gestionar, aparte las dotaciones presupuestarias oficiales, fondos propios procedentes de los bienes adquiridos, de la venta de publicaciones o de donaciones. Por lo demás, los beneficios de la pensión se ampliaban a otros colectivos profesionales hasta entonces relegados, como los ingenieros industriales, peritos mecánicos, electricistas y químicos, ayudantes de los Cuerpos de ingenieros y, en general, cualquier técnico, con títulos o sin ellos, de probada capacidad. Se abría, por lo demás, una nueva línea de pensiones para seguir cursos profesionales en España y se le otorgaba a la Junta la posibilidad de organizar cursos de perfeccionamiento profesional para obreros por iniciativa propia o a petición de entidades patronales, corporaciones o sindicatos, utilizando como profesores de preferencia a ingenieros y obreros antiguos pensionados^^. Estas nuevas iniciativas, en realidad, no venían sino a ratificar y extender unas experiencias ya en marcha. Desde 1920, en efecto, se había organizado en la sede de la Junta una Biblioteca y un servicio de información bibliográfica técnica, que si hacia mediados de ese año contabilizaba la suscripción a 146 revistas, en su mayoría extranjeras^^, a comienzos del año siguiente ascendían ya a 343, junto con un fondo bibliográfico de 4377 volúmenes^^, y sólo unos años más tarde este La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros. patrimonio había crecido considerablemente hasta alcanzar la cifi:-a de 9686 libros y 578 suscripciones, con un almacén de 56.825 números^^. En esa misma época las fichas de documentación técnico-bibliográfica existentes en la sección ascendían a 19.860^^, considerable volumen de útilísima información sobre los principales artículos insertos en las revistas, relaciones bibliográficas, patentes, etc. Todo parece indicar que la Biblioteca se habían convertido en un centro habitual de consulta de las novedades bibliográficas técnicas por parte de estudiantes, profesionales y obreros especializados. Si de estas cifras pasamos a las del primer semestre de 1929, después de que a comienzos de noviembre de 1927 se ampliase el servicio de consultas a las mañanas, podremos comprobar el extraordinario asentamiento de la sección: sólo en la primera mitad del año la Biblioteca había contado con la presencia de 10415 lectores de libros (18.665 consultados) y 3569 de revistas (5410 utilizadas)^^. Fuera de las actividades oficiales, por otra parte, desde 1920-21 se comenzó a organizar una Asociación de Obreros Expensionados. El mantenimiento del espíritu de cordialidad y franca amistad de las relaciones trabadas fuera de España, con ser el primero de sus objetivos, no era, sin duda, el más decisivo. Primaba en particular el de hacer valer ante los centros de trabajo los conocimientos adquiridos en el extranjero, así como revalorizarlos en una labor sistemática de difusión, orientación y colaboración en las tareas de la Junta^^. A partir de abril de 1924, tras varias intentonas fallidas, la Asociación pudo darse, en efecto, por constituida, de forma que desde mayo contaba ya con un órgano periodístico propio: el Boletín de la Asociación de Españoles Pensionados y Expensionados en el Extranjero, aunque la aprobación oficial de su reglamento no se produjese hasta mediados del año siguiente. Contaba por entonces con 52 asociados, más 42 adheridos^^. Su primera iniciativa fue la de organizar cursos de idiomas en el local de la Junta, pero bien pronto, conforme a los proyectos iniciales, comenzó a organizar cursos y conferencias en ese mismo centro y en la Casa del Pueblo de Madrid, creó una Bolsa de Trabajo y emprendió algunas iniciativas de defensa de la mano de obra técnica nacional frente a la competencia de los técnicos extranjeros^^. En estas iniciativas, confluyó, por lo tanto, con las nuevas inquietudes de la propia Junta, lo que fue asentando algunas nuevas actividades regulares de la institución, con esa característica tan singular de autogestión de los recursos y de lancasterismo pedagógico de todas sus tareas. Los cursos de idiomas, en primer término. En 1923 asistían regularmente a las enseñanzas de francés e inglés 86 alumnos obreros^^; en 1925, concluyeron los cursos 142 de los 202 iniciales^^; los cursos de perfeccionamiento profesional y los cursos de iniciación matemática y mecánica impartidos en la propia biblioteca y con finalidad eminentemente práctica de facilitar el manejo de los fondos documentales acumulados. Todo lo anterior planteado como complemento formative de los pensionados y expensionados, ciertamente, pero cuyo precipitado esencial era ya el de un nuevo impulso de formación integral técnica y profesional, tal y como se iba a diseñar en la legislación del Directorio Militar a partir de 1924. En el Estatuto de Enseñanza Industrial de 31 de octubre de ese año^^, en efecto, la labor realizada por la Junta de Pensiones quedaba enmarcada en el capítulo VIII referente a los estudios de investigación y de ampliación de las Escuelas de Ingenieros y de Peritos industriales. Estas Escuelas, así como una Comisión Permanente de Enseñanza Industrial y las respectivas Juntas regionales que ahora se creaban podrían establecer, de acuerdo con sus presupuestos, estudios de investigación industrial o de ampliación de materias. Entre las entidades que adquirían de facto la categoría de Institutos oficiales de ampliación de estudios e investigación industrial estaba la Junta de Pensiones, (art. 49), que seguiría sostenida por el Estado (art. 51) y a la que se le reservaba unas más amplias e importantes funciones enmarcadas en al menos dos aspectos de la labor que venía gestionando hasta entonces. Tenía que ver el primero con su originaria proyección exterior, pero en un sentido mucho más amplio que el de la estricta formación o perfeccionamiento profesional. El artículo 52 del mencionado capítulo VIII del Estatuto preveía, en efecto, la creación de Residencias obreras en el extranjero, que tendrían por objeto: a/ constituir un centro de orientación y preparación para los grupos de pensionados que el Estado, las Escuelas o las Corporaciones pudiesen enviar al extranjero; b/ organizar o fomentar la enseñanza complementaria de carácter general o profesional anexa a los grandes núcleos de obreros emigrantes de acuerdo con la Dirección General de Emigración; c/ fomentar la creación de agrupaciones locales allí donde la acción directora de la Residencia no se pudiese ejercer y d/ constituir focos de cultura general que, a la vez que cumpliesen sus fines propios, sirvieran de enlace del trabajador emigrante con su país, preparando de este modo su La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros.. regreso en las condiciones más ventajosas. Pues bien, estas Residencias serían organizadas por la Junta de Pensiones en los lugares y forma que ella determinase y en proporción a los medios económicos atribuidos por el Estado o los particulares. Asimismo, para difundir el objetivo principal de estas Residencias sin multiplicar su número, la Junta de Pensiones podría pensionar a maestros nacionales, que con destino en ellas y preparados en el ambiente extranjero y en contacto con la realidad y las necesidades culturales del obrero emigrado, pudieran servir de enlace entre las Residencias y los pequeños grupos de emigración diseminados por diversos países. Podría asimismo la Junta, conforme al artículo 54, contribuir al intercambio de profesores españoles y extranjeros de enseñanza industrial. El segundo aspecto se relacionaba con la más reciente tarea de formación del obrero calificado dentro del país. Así, junto a las Escuelas mencionadas, la Junta podría organizar o estimular cursos de especialización de enseñanzas prácticas en técnicas poco conocidas, en colaboración con entidades interesadas y con el concurso de técnicos y obreros, nacionales o extranjeros, así como pensionar a personas para adquirir dichas técnicas en el exterior. Fue a partir de esta última base como la Junta encontró su último emplazamiento funcional, ya definitivamente en el campo de la formación profesional obrera. El Estatuto de Formación Profesional de 1928, en efecto, atribuyó este proyecto integral de enseñanza profesional primaria y media a centros de formación -en los que se incluían las oficinas-laboratorios de orientación y selección profesional y el preaprendizaje, las Escuelas de trabajo industriales y artesanas y las Escuelas de técnicos industrialesy a instituciones de perfeccionamiento, bien a través de centros profesionales en España o en el extranjero, de centros de docimientación profesional o centros de estudio y aplicación de fisiología del trabajo, psicotecnia y organización científica del trabajo. Pues bien, la Jimta pasaba a partir de ahora a integrarse en esta última red bajo el nombre de Junta Central de Perfeccionamiento Profesional Obrero, del mismo modo que su servicio de información bibliográfica adquiriría entidad oficial como Oficina Central de Docimaentación Profesional, con filiales provinciales, a la que se atribuía la responsabilidad de publicación de xmi nuevo órgano denominado Revista de Formación Profesional. En contrapartida -y esta era la otra cara de definitivo anclaje de la Junta-se retiraba de sus atribuciones todo lo referente a las pensiones de ampliación de estudios e investigación de los ingenieros que hasta entonces detentaba^^. Pero con ser importantes no eran esos cambios los de mayor trascendencia. En la medida en que sus atribuciones se subordinaban a un proyecto político integral de formación profesional obrera, la Junta venía al mismo tiempo a perder el grado de espontaneidad organizativa y de autonomía gestora que habían sido su grandes activos hasta entonces. De hecho, a partir de este momento va a entrar en una dinámica de cambios en su organización interna y en su dependencia orgánica, que buscaban incardinar su función tradicional en aquellas políticas estatales de más amplio radio, algo que se reforzará aún más con las transformaciones legislativas de la etapa republicana. En su dimensión exterior, en primer término, vinculada a los prolegómenos de una política de asistencia a la emigración, como más atrás sugerimos. Es muy significativo al respecto, además, que el Ministerio de Asuntos Exteriores tomase a partir de 1927 la iniciativa de interesar al Embajador español en París acerca de la suerte de los pensionados en la república vecina con el fin de facilitarles los trámites administrativos ante las autoridades francesas del trabajo y ante los responsables de las empresas. En esta misma línea comenzó a estudiarse en el Ministerio los términos de uíi acuerdo sobre el intercambio de «stagiaires» (trabajadores estacionales) entre España y Francia, en términos parecidos a los ya firmados por esta nación con, al menos, Gran Bretaña, Alemania y la Comisión de Gobierno del Sarre. El proyecto de acuerdo, concluido a comienzos de 1930, fue remitido al ministerio de Trabajo e informado por la Junta en mayo de ese año, con numerosos añadidos y puntualizaciones, fruto de su experiencia pasada en la gestión pública y privada del trabajo de los pensionados, cada vez más sujeto a las trabas reglamentistas del ministerio de Trabajo francés. Y aunque la mayor parte de estas consideraciones fueron asumidas por el centro ministerial español, posiblemente desde la otra parte, dado el desequilibrio de los intercambios de mano de obra, no se estaba dispuesto a llegar demasiado lejos en esa política, ya que un año después el Gobierno francés comunicaba al Embajador español en París su deseo de atenerse a la redacción primitiva del convenio, lo que, unido a los avatares del cambio de régimen en España, terminará por agostar la iniciativa^^. En segundo lugar, en su faceta interior, sin duda la más decisiva en esta etapa, vinculada a la política de formación obrera y a la legislación reformadora republicana, en medio de las cuales terminaría por naufragar hasta cierto punto el viejo utopismo institucionista de pedagogía social y de autonomía de las iniciativas cívicas, incluso de las cobijadas bajo el manto del Estado. Es cierto que la Junta mantuvo sus facultades y su política tradicional formativa, estrechamente vinculada a la demanda de trabajo industrial. En su informe de julio de 1931 proponiendo los pensionados de la convocatoria de febrero de La Junta de Pensiones de Ingenieros y Obreros.... aquel año ratificaba expresamente su singularidad tradicional en el campo del «perfeccionamiento», y no de la «formación profesional, por lo que la pensión ha de recaer sobre un obrero selecto ya formado en el oficio o bien que tenga actitudes excepcionales». El criterio de «exigencia social» que presidía la pensión, que no el beneficio ni la recompensa individual, era el que guiaba la selección de los pensionados hacia los oficiales especializados -no siempre a favor de los mejor formados, «si el oficio /era/ corriente»-hacia las industrias de reducida magnitud, que requerían más la ayuda del Estado y, en igualdad de condiciones, hacia los trabajadores procedentes de regiones de tradición industrial, donde la formación adquirida tendría más posibilidades de desarrollarse ulteriormente^^. Pero no resulta muy aventurado suponer la endeblez de estos objetivos ante las grandes cuestiones políticas que se abrirán muy pronto a la España republicana, ante las dificultades de financiación estatal que cerraban la década e incluso ante la propia compulsión reformadora republicana. La convocatoria de pensiones siguió publicándose regularmente, cierto que casi nunca para las 45-50 que la Junta había considerado siempre precisas, y en número decreciente conforme la mencionada co3njntura obligaba a reducir el presupuesto estatal y conforme se hacían presentes las urgencias de los pensionados ante la depreciación de la peseta^^. Igualmente, la desorientación provocada por los cambios de la legislación educativa dictatorial y posteriormente por el cambio de régimen político sacudió duramente a la Junta. Así, a mediados de 1930 pasó a convertirse en una dependencia ministerial, bajo el nombre de Centro de Perfeccionamiento obrero, con su Oficina Central de Documentación Profesional; fue transferido después al Ministerio de Instrucción Pública, junto con todo el resto de atribuciones de enseñanza emplazadas hasta entonces en los ministerios de Trabajo y Economía Nacional, pasó dentro de aquél a depender inicialmente de una Comisión de Formación Profesional, más tarde de una Sección de Formación Profesional afecta a la Dirección general de Enseñanza Profesional y Técnica creada poco antes, de la Subsecretaría del ministerio desde 1935 y de nuevo de la recreada Dirección General desde el año siguiente, ahora denominada de Segunda Enseñanza y Enseñanza Superior^^. El propio centro se vio sometido a algunos cambios organizativos menores, que si algo indicaban era precisamente esa misma subordinación funcional a una concepción política dirigista muy diferente de la que había primado en la mayor parte de los años más fecundos de la Junta. Los servicios de la Oficina de Documentación pasaban a distribuirse en 1934 en cuatro secciones diferentes (bibliográfica, de información mecánica, quí-mica industrial y electrotecnia) y poco después adquirían autonomía respecto al Centro de Perfeccionamiento encargado de las pensiones^^. Significativo de estas nuevas formas de actuación a que se vio avocada la Junta fue el hecho de que durante algunos meses de 1929, muy pocos, conviviesen dos revistas de equivalentes intereses y contenido: el viejo Boletín -desde 1929 reconvertido en Boletín de la Junta Central de Perfeccionamiento Profesional Obrero-y la Revista de Formación Profesional creada oficialmente en el Estatuto de 1928, para, como no podía ser de otra forma, desaparecer inmediatamente ambas. En medio de todo ello, la Junta, que había surgido para abrir las ventanas hacia el exterior, perecía en el peor de los ensimismamientos colectivos: el de una guerra civil, y su labor de contrastación sistemática de experiencias formativas y laborales del personal técnico superior y obrero español con sus equivalentes europeos se cerraba momentáneamente para sólo reaparecer más tarde, en otro contexto, bien a merced de las leyes de la oferta y demanda de mano de obra, la emigración, bien a la lenta recuperación de todas estas redes de relación tejidas desde comienzos de siglo. ^ Basta echar un vistazo al recuento historiográfico de los últimos años para certificarlo. Al respecto, Historia de la educación en la España contemporánea. Diez años de investigación. Ciertas presiones dentro de la propia profesión estuvieron en la base del retraso, según GARRABOU, R. (1982)
El resultado fue la participación en uno de los períodos más dinámicos de crecimiento económico registrados en el continente europeo y una considerable aceleración del desarrollo económico del país. En su número correspondiente al mes de julio de 1959 la revista Información Comercial Española contenía una carta a los lectores escrita por su director, Enrique Fuentes Quintana. Esa carta, publicada junto a un editorial que analizaba las razones y contenido del Plan de Es- tabilización, concima con la siguiente afirmación: «lo que entraña el Plan de Estabilización es, a fin de cuentas, la posibilidad de situar la economía española en una nueva y robusta fase de desarrollo, capaz de alinear a nuestro país con Europa»^. Sin duda el cambio de conducta que supuso el citado plan, abandonando definitivamente los esquemas autárquicos que habían prevalecido desde el final de la guerra civil, tuvo efectos muy importantes sobre la evolución posterior de la economía española. A partir de entonces, España se benefició de los efectos expansivos de uno de los períodos de crecimiento más rápidos que se ha producido en la economía internacional. Los procesos de apertura y modernización que puso en marcha la liberalización económica, aunque tuvieran un alcance más limitado de lo que hubiera sido deseable, han llevado a identificar el decenio de los años sesenta como el de la «revolución industrial española»^. En una recapitulación efectuada años más tarde, también por Fuentes Quintana, se destacaban tres claves fundamentales para comprender por qué se produjo en aquellos momentos una reorientación económica de semejante calado. En primer lugar, se habían ido formando en años anteriores los cuadros de economistas que impulsaron el cambio de la política económica, desde sus puestos de responsabilidad en el Banco de España, el Ministerio de Hacienda y el Ministerio de Comercio. En segundo lugar, el deterioro de la situación económica puso en tela de juicio la continuidad de un modelo de desarrollo basado en una rígida política de sustitución de importaciones, máxime cuando a partir de 1957 la balanza de pagos se encontró en una crisis permanente agudizada a lo largo de 1959. Como tercer «y decisivo motivo» se señalaba el ingreso de España en los organismos internacionales (Organización Europea de Cooperación Económica, Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial), que proporcionó el respaldo necesario para la adopción final de las medidas estabilizadoras. Suele citarse en este sentido una frase del entonces ministro español de Comercio, Alberto Ullastres, que habría definido la estrategia del cambio económico en los siguientes términos: «la estabilización hay que hacerla en España desde el extranjero». La conexión con los principales organismos económicos internacionales implicó tres aportaciones sustanciales: «a) permitió explotar la condicionalidad de la ayuda (técnica y financiera) instada o prestada por esas instituciones al cumplimiento de una nueva política económica; b) ofreció una alternativa distinta -más influyente y menos arriesgada-para presentar las críticas internas a la vieja política económica realizada por los economistas de la Administración Pública (...); c) permitió obtener im asesoramiento técnico eficiente para El ingreso de España en la Organización. la definición y articulación de la política estabilizadora. La formulación final del programa de nueva ordenación económica contiene muchas propuestas y medidas en las que se incorporaron útiles consejos técnicos de los organismos internacionales»^. Colarse por las rendijas Desde que la II Guerra Mundial concluyó con la derrota de las potencias del Eje, la posición del régimen franquista en Europa se vio lastrada por su pecado original fascista. La frágil cohesión europea de la posguerrra, amparada en la experiencia de la lucha antifascista, no podía digerir con facilidad a un interlocutor que resultaba contra natura en aquellos momentos. La exclusión del European Recovery Program -el Plan Marshall-constituyó un temprano reconocimiento de los obstáculos que planteaba la reintegración en Europa de una España demasiado marcada por su pasado reciente. La guerra fría iba avanzando una escisión del continente que no se cerraría hasta varias décadas más tarde, pero todavía estaba fresco el recuerdo del combate contra el enemigo común, la camaradería de la resistencia y la liberación. Las fuerzas de la izquierda moderada, pilar básico para la política de contención del comunismo en Eiu-opa occidental que daba sentido último al Plan Marshall, no podían permitirse el lujo de aparecer asociadas a la dictadura franquista, ni tampoco querían hacerlo. Si, más allá de su componente anticomimista, la ayuda norteamericana era presentada como una contribución en defensa de la libertad y la democracia, ¿como encajar en el guión al régimen político español?^ Así pues, cuando Europa occidental iniciaba el camino hacia la convergencia económica, España quedó fuera del proceso. Ni se benefició de la financiación norteamericana, ni formó parte de los circuitos multilaterales que puso en marcha la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) desde su creación en abril de 1948, fortalecidos con el establecimiento de la Unión Europea de Pagos (UEP) en 1950. También se quedó al margen de otros hitos decisivos de la integración continental en este ámbito, como la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero en 1951, y del Euratom y la Comunidad Económica Europea en 1957. Pero para entonces ya se percibían muestras de una mayor receptividad entre los países de Europa occidental hacia la integración de España en sus esquemas de actuación^. El cambio de gobierno que se produjo en España en julio de 1951 favoreció la adopción de una línea de política económica, todavía incipiente, que pretendía introducir nuevos criterios de gestión económica en el sector público y en el privado, y que buscaba al mismo tiempo disminuir las restricciones intervencionistas y proteccionistas que obstaculizaban la actividad productiva. La nueva actitud se vio robustecida por los Pactos firmados con Estados Unidos en septiembre de 1953, que incluían recomendaciones dirigidas a promover la estabilidad monetaria y financiera, y la flexibilización de los controles que regulaban los mercados interior y exterior. La ayuda norteamericana ñie vital para sortear algunos de los estrangulamientos que atenazaban a la economía española, e hizo posible la importación de bienes de consumo, materias primas, bienes de equipo e inversiones, que permitieron acabar con el racionamiento y colaboraron en la modernización parcial de los equipos productivos. Las negociaciones con la misión americana también contribuyeron a que un sector de los cuadros de la administración española comenzase a familiarizarse con los nuevos métodos de planificación y gestión económica que manejaban sus interlocutores. Los acuerdos suscritos con Estados Unidos significaron además la entrada de España en el redil occidental, aunque fiíera por la puerta de servicio. El escenario internacional de mediados de los años cincuenta era distinto al de la segunda mitad de los años cuarenta. Los dos bloques políticos, militares y económicos eran ya una realidad que, por lo que afecta a Europa, había consumado la separación de los países del continente. El aval norteamericano era una carta de presentación a la que no resultaban insensibles los países de Europa occidental, sin que ello implicara que se vencieran de golpe las resistencias que aún suscitaba la aceptación del régimen franquista. Para erosionarlas, se siguió la misma estrategia que se había venido aplicando desde principios de esa década en el entorno de la Organización de las Naciones Unidas: la incorporación paulatina a organismos de carácter técnico. El planteamiento de los dirigentes del régimen español era establecer cabezas de puente en materias menos sensibles políticamente, que proporcionaran un medio de acceso indirecto a las principales instituciones europeas. Así, se propició una acercamiento en sectores de segundo orden, como la agricultura, la alimentación, los transportes o las relaciones culturales^. Esa pauta de acción permitía tantear el terreno, ir buscando afinidades y argumentos para situar la participación española en niveles más elevados, y realizar esa aproximación sin arriesgarse a desaires internacionales como los sufridos al quedar fuera del Plan Marshall o del Pacto del Tratado del Atlántico Norte. La eventual vinculación con la OECE suponía un área particularmente sensible. Por un lado, era una especie de asignatura pendiente tras la decepción que había supuesto la exclusión de la ayuda económica norteamericana. El ingreso de España en la Organización. Por otro, hacia los países que la formaban se canalizaba una parte sustancial de los intercambios comerciales de España con el exterior, y sus acciones tenían una considerable repercusión sobre la economía española. La primera toma de contacto con la OECE se produjo con motivo del enlace establecido entre esta organización y la Conferencia Europea de Ministros de Transportes. España estaba ligada a esta última, pero no pertenecía a la OECE. A comienzos de abril de 1954 el Secretario General de la organización recibía una petición de la diplomacia española para que se examinara como conjugar ambas situaciones. La solución acordada fue la creación de un Comité de Enlace sobre esta materia, que quedó constituido en julio de ese año^. En el curso de ese verano de 1954 tuvo lugar otra entrevista, entre una delegación española y responsables de la OECE, para tantear en que posición quedaría España tras la asunción por parte de la organización de las competencias del Green Pool, dado que España estaba integrada en este último. El tema se trató en una reunión oficiosa del Consejo de la OECE celebrada en octubre, en la que se discutió sobre la fórmula de participación de España en las instancias de los organismos agrícolas. Los delegados de Portugal, Gran Bretaña y Suiza mostraron una actitud receptiva hacia España, en tanto que los de Bélgica y Noruega optaron por una postura dilatoria. En el mes de noviembre ya estaba preparada una propuesta de resolución, que determinaba que España se incorporaría en pie de igualdad a los trabajos del Comité Ministerial de Alimentación y Agricultura y al Comité de Suplentes, y dispondría además de un observador en las sesiones de otro conjunto de Comités técnicos cuando se abordaran cuestiones de aquella índole -Comité Económico, Comité Mixto de Intercambios y de Pagos Intraeuropeos, Comité de Intercambios, Comité de Pagos Intraeuropeos. Comité de Mano de Obra, Comité de la Maclera, Comité de Ifextiles, Comité de Productos Químicos y Comité de Productividad e Investigación Aplicada-. Su aprobación como decisión del Consejo se demoró hasta mediados de enero de 1955. El día 28 de ese mes se firmaba el acuerdo entre la OECE y España^. En el mes de marzo, España ya contaba con una delegación permanente cerca de la OECE^. Para materializar esa vinculación inicial con la OECE se había dispuesto del soporte norteamericano, que intentó allanar también la participación española en los proyectos de la Agencia Europea de Productividad^^. La iniciativa del acercamiento partió del gobierno español. Sus dirigentes apreciaban que en la esfera europea se encontraban aún dificultades de aceptación que habían ido venciéndose en otros marcos territoriales. España estaba marginada del proceso de integración eu-ropea que tomaba forma en organismos políticos, económicos, militares y culturales. Si se había recuperado terreno en otros ámbitos internacionales gracias a la colaboración de los países hispanoamericanos y árabes, y al apoyo a veces determinante de Estados Unidos, en Europa no se disfrutaba de un clima de comprensión equivalente. «Es pues indudable que el ingreso de España en un organismo como la OECE -de carácter intergubernamental y que por lo tanto no lleva aneja ninguna cesión de soberanía-representaría un importante éxito político, ya que daría a nuestro país un pleno «status» en el movimiento de integración europeo y precisamente dentro de la modalidad intergubernamental que parece la más conveniente. Nuestra participación en la OECE serviría de contrapeso a la hostilidad con que se nos ve en el organismo europeista parlamentario que es el Consejo de Europa y además nos facilitaría el ulterior acceso a las instituciones europeas hoy en estudio...»^^. A los beneficios de índole política cabía añadir obviamente los de naturaleza económica, como habían advertido las autoridades comerciales españolas que comenzaron a analizar los requisitos que planteaba la eventual entrada en la OECE^^. No obstante, se recomendaba actuar con prudencia. Sólo convenía tomar ese camino cuando se estuviera en condiciones de cumplir con las obligaciones que implicaba. El status que acababa de adquirirse en la OECE colocaba a España en una buena posición para elegir cuando dar un paso de mayor envergadura en su política europea. Entretanto, la presencia española en otras instancias de la organización fue incrementándose lentamente durante la segunda mitad de 1955. Se integró en el Comité del Petróleo, interesado en que España participara en el estudio sobre investigación y explotación del petróleo bruto y el gas natural, y contó con un observador en el Comité de Cueros y Pieles^^. Muy pronto, no obstante, iba a darse un paso más allá. Un sondeo para conocer las posibilidades de admisión En noviembre de 1955 el gobierno español decidió sondear con mayor profundidad la acogida que podía encontrar una demanda de ingreso en la OECE. Se notificó de forma extraoficial y confidencial a su Presidente -Sir Hugh Elis Rees-que España deseaba asociarse más estrechamente a la organización, y que consideraba incluso la posibilidad de solicitar en un plazo bastante próximo su admisión como miembro de pleno derecho. Ante esa eventualidad, y para continuar El ingreso de España en la Organización. con la tramitación discreta del asunto, se convocó una reunión oficiosa de los jefes de las delegaciones a principios del mes de diciembre. En el curso de la reunión, el Presidente de la OECE indicó que España había expresado su deseo de «no permanecer al margen del movimiento actual hacia el liberalismo» ~es de suponer que económico-, y que la adhesión necesitaría una larga preparación pues aquel país debía cumplir una serie de condiciones fundamentales. Antes de tomar ninguna decisión procedía realizar un examen de la situación económica española, para lo cual se proponía el envío a aquel país de una misión encargada de recopilar y analizar las informaciones suministradas por las autoridades españolas. El Consejo se reservaría su posición hasta contar con ese informe detallado. No obstante, como primera medida que podía tomarse inmediatamente para que España conociera mejor las actividades de la organización, sugería otorgarle un estatuto de observador general. El principal frente de apoyo a esas recomendaciones lo constituían Gran Bretaña, Portugal, Alemania, Suiza, Italia e Irlanda, que defendían la aplicación de criterios estrictamente económicos. Bélgica y Luxemburgo se pronunciaban negativamente sobre la cuestión, mientras que otros países manifestaban una aceptación matizada -Francia, Noruega, Suecia, Dinamarca-. En cualquier caso, los jefes de delegación dieron una acogida inicial mayoritariamente favorable tanto a la posibilidad de conceder el nuevo estatuto de observador, como al acuerdo de principio para la admisión posterior de España en la OECE, tras un estudio de su situación económica y previo cumplimiento de las obligaciones contenidas en el Código de Liberalización de 1948^^. El asunto, a petición belga, fue llevado a la primera reunión oficial del Consejo celebrada en enero de 1956. En ella se debatieron tres cuestiones básicas: conocer si algún país miembro se oponía, por un motivo de carácter general, a que España fuese admitida en la organización tras aceptar una serie de condiciones económicas; saber si se estaba de acuerdo en efectuar un examen de la situación de la economía española, para analizar si podía y deseaba asumir las obligaciones que implicaba la integración en la OECE; por último, determinar si procedía otorgar a España el estatuto completo de observador en todos los comités plenarios, para que aquel país tuviera una noción más precisa de las consecuencias que implicaba una eventual adhesión. La casi totalidad de las delegaciones dieron su aprobación a las tres propuestas, tan sólo el representante belga se escudó en que no había recibido nuevas instrucciones de su gobierno para impedir que fueran adoptadas por unanimidad. Además, planteó si el gobierno español había solicitado de forma oficial la realización de ese informe oficioso encaminado a establecer las bases para la posterior admisión en la OECE, pregunta que respondió afirmativamente el presidente del Consejo. La decisión final se aplazó a una reunión posterior. En el mes de febrero. Bélgica se mostró dispuesta a aceptar que la OECE llevase a cabo un estudio oficioso de la economía española, pero en contrapartida señaló que prefería que aún no se concediese a España el estatuto de observador pleno. En esa postura encontró entonces el respaldo francés, cuyo gobierno acababa de modificarse. Para ambos países la concesión del estatuto de observador pleno podría ser un «premio de consolación» si se rechazaba finalmente la admisión. A finales de ese mismo mes, el gobierno español hacía gestiones ante los gobiernos de la OECE para solicitar su acuerdo en torno a tres puntos: una declaración de que no existía ninguna objeción política a una eventual entrada de España a la OECE, la creación de un grupo de trabajo que estudiase las modalidades técnicas del ingreso, y la ampliación inmediata de su estatuto de observador. Por el momento, tuvieron que conformarse con la realización del informe económico oficioso a cargo del Grupo de Trabajo n°. 11, cuyos cometidos y composición quedaron fijados a mediados de marzo^^. Las reuniones del Grupo de Trabajo comenzaron a finales de abril, dirigiéndose a la delegación española un cuestionario con preguntas sobre la estructura y desarrollo de su economía y sobre la política seguida por el gobierno, junto a una exposición sumaria de las principales obligaciones que incumbían a los países miembros para a5aidar a las autoridades españolas en la orientación de sus respuestas. La colaboración española en esa tarea sería posteriormente destacada por el Grupo de Trabajo. Por otro lado, pocos días antes de que el informe fuera presentado al Consejo de la OECE, su presidente recibía una carta de la Misión Permanente española comunicándole oficialmente el deseo de incorporarse como miembro de pleno ejercicio de la organización. Pero, conscientes de que las condiciones de la economía española impedían todavía la aceptación de las obligaciones que ese compromiso llevaba asociadas, se solicitaba encontrar una fórmula que permitiera ir asumiéndolas de forma progresiva. En tal sentido, se mostraba una absoluta disponibilidad para buscar una asociación más estrecha y una participación más completa en los trabajos de la OECE. Incluso se sugería que la UEP autorizase la transferibilidad de un cierto porcentaje de los medios de pago, lo que posibilitaría que España aplicase una política comercial más liberal^^. Por entonces, según el informe del Grupo de Trabajo que comentaremos a continuación, el porcentaje español de importaciones de la zona OECE era del 59%, El ingreso de España en la Organización. el de sus exportaciones a la misma zona era del 64%. Ese bloque económico suponía el principal suministrador y cliente de los intercambios comerciales españoles. El Grupo de Trabajo presentó su informe el 17 de julio. Era el primer análisis de la situación económica española efectuado por expertos de la OECE. Aunque sus autores reconocían que su evaluación resultaba insuficiente, sus resultados prefiguraban diagnósticos posteriores más elaborados sobre los problemas existentes. También se avanzaban ya las medidas que favorecerían la aproximación española a la organización^'^. En su comparación con las economías de otros países miembros, la española era considerada poco desarrollada. El nivel de vida era insuficiente, el paro y sobre todo el sub-empleo eran considerables, la situación financiera interior y exterior eran precarias. Se precisaba mejorar las condiciones de la agricultura, aumentar las inversiones en el sector industrial, elevar la productividad y animar las inversiones extranjeras. Las autoridades españolas habían fomentado vastos programas de inversión e industrialización recurriendo al endeudamiento financiero interior, que acompañados de una expansión paralela del crédito privado habían generado una espiral inflacionista. Los métodos aplicados para contenerlo, basados en el control directo sobre los precios, los salarios y el comercio exterior, se habían demostrado ineficaces. La situación creada requería llevar a cabo una política anti-inflacionista vigorosa con la adopción de medidas fiscales y monetarias, actuando además sobre las restricciones que pesaban sobre la balanza comercial. Esta última sufría la constante presión de la incapacidad de los ingresos de las exportaciones para satisfacer las necesidades de importación. La ayuda americana paliaba hasta cierto punto el desequilibrio de la balanza comercial, que se regulaba por una red de acuerdos bilaterales y por un sistema de control estatal de exportaciones e importaciones. Toda transacción internacional, de mercancías o capitales, requería autorización oficial. A las licencias de exportación e importación se sumaba un complejo y discriminatorio sistema de cambios múltiples, si bien las autoridades españolas acababan de tomar medidas para reducir el número de tipos de cambio y pretendían abandonarlo en el futuro. Sin embargo, para alcanzar el equilibrio exterior era requisito esencial afrontar previamente el problema de la inflación interior. El informe consideraba en suma que no era previsible, en un plazo breve, que España cumpliera integralmente o en una proporción importante las obligaciones de liberalización que incumbían a los miembros de la OECE. Se indicaba que España podía adoptar varias iniciativas, si su situación financiera interior no se agravaba, para encaminarse hacia esa vía: incrementar las medidas de liberalización sobre todo de los productos básicos; dar a la política de importación un carácter multilateral, remplazando en una primera etapa los contingentes bilaterales por contingentes globales; y considerar también la liberalización de algunas transacciones invisibles. Añadía que sería deseable llegar a una unificación de los tipos de cambio aplicables a las transacciones comerciales. Además, reconocía que la reglamentación bilateral de las importaciones era consecuencia de la precariedad de la balanza de pagos, de la falta de divisas y de la imposibilidad -salvo algunas excepcionesde hacer convertibles sus ingresos en el cuadro de los acuerdos bilaterales de pagos. Ante la cuestión de cómo asociar más estrechamente a España a los trabajos de la organización, se esbozaban dos posibles soluciones. Según la primera, podía llegarse a un acuerdo especial con España para que participara en el examen económico anual, en los trabajos de los Comités verticales y en la Agencia Europea de Productividad, preparándola así para una progresiva adecuación a las normas de la OECE, e induciéndola a asumir una política de importación no discriminatoria respecto a sus miembros y una multilateralización de los ingresos españoles de divisas procedentes de la zona UEP. La segunda solución era la admisión en calidad de miembro de pleno derecho, acogiéndose durante bastante tiempo a las clausulas de salvaguardia del Código de Liberalización, lo que plantearía problemas para su participación en la UEP y requeriría un régimen especial en ésta y otras materias. El informe se debatió en la sesión del Consejo del día 31 del mismo mes. La mayor parte de las delegaciones se decantaban por la primera de las soluciones propuestas por el Grupo de Trabajo, pero se acordó dar un plazo de reflexión hasta pasado el paréntesis estival. Los escollos más fuertes a una actitud receptiva hacia España continuaban procediendo de Bélgica y Francia, aunque esta última fuera adoptando poco a poco una posición más conciliadora. Una nueva reunión del Consejo celebrada a principios de octubre volvía a tratar el tema. Las delegaciones de Alemania, Dinamarca, Italia, Noruega, Suecia, Gran Bretaña, Irlanda, Suiza, Canadá y Francia propusieron una asociación progresiva de España a los trabajos de la OECE. Las delegaciones de Austria, Portugal, Estados Unidos y Turquía expresaban su preferencia por la admisión de España como miembro de pleno derecho, pero aceptaban la opción mayoritaria anterior. Las delegaciones de Bélgica y Luxemburgo carecían, una vez más, de instrucciones de sus gobiernos. También se planteó de nuevo la concesión de un estatuto El ingreso de España en la Organización. de observador general, y se acordó la preparación de un proyecto de resolución sobre el procedimiento a seguir para entablar negociaciones con España y el marco de las mismas. La resolución definitiva, adoptada a fines de octubre tras dos nuevas reuniones y con una redacción más restrictiva, determinaba la creación de un Grupo de Trabajo (n°. 18) que elaboraría y sometería al Consejo propuestas para establecer las condiciones de una eventual asociación. Tras su aprobación se discutirían con un representante del gobierno español. Se sugería que abordaran preferentemente las cuestiones de intercambios y pagos, y la participación de España en el examen económico anual y en las actividades de algunos Comités técnicos. La extensión del estatuto de observador, uno de los principales objetivos españoles en aquellos momentos, volvía a postergasen^. Los dirigentes políticos españoles, por su parte, parecían inclinados entonces a acelerar su ingreso como miembro de pleno derecho de la organización. En esos meses finales de 1956 se habían dirigido a Estados Unidos para solicitar una serie de facilidades crediticias, además de una ayuda económica directa de unos 200 millones de dólares, que permitirían a España hacer fi:-ente de modo inmediato a los desequilibrios que pudiera acarrear su entrada en la OECE. La gestión ante Estados Unidos no tuvo éxito. Los propósitos de las autoridades españolas no inspiraban excesiva confianza a sus interlocutores norteamericanos, dado que apenas habían tomado en consideración sus recomendaciones para liberalizar su política económica, se resistígin a la unificación de cambios, a la flexibilización en materia de inversiones extranjeras, e incluso a integrarse en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Idéntica respuesta encontrarían un año más tarde los nuevos responsables españoles de la diplomacia y el comercio exterior, cuando volvieron a transmitir al embajador norteamericano otra petición de obtener un respaldo económico excepcional para incorporarse a la OECE^^. Las negociaciones con esta organización proseguirían al ritmo que ella marcaba, sin que del lado español se estuviera en condiciones de forzar la máquina. La aproximación se concreta: el acuerdo de Asociación Antes de acabar 1956 el presidente del nuevo Grupo de Trabajo daba cuenta de los progresos realizados. En primer lugar, se acudió al jefe de la delegación española, Arguelles, para tener una idea más precisa de hasta dónde estaban dispuestas a llegar las autoridades de su país. España tenía entre sus objetivos la liberalización de los intercambios y la simplificación del régimen de tipos de cambio, siempre que no incidieran negativamente en la deteriorada balanza de pagos. Había que convencer a su gobierno de que los pasos hacia la liberalización y la multilateralización serían favorables para su economía. Por otro lado, España deseaba participar en las tareas del mayor número posible de instancias de la organización, y estaba dispuesta a colaborar en la realización del informe económico anual suministrando las informaciones necesarias. Tras esas conversaciones se acordó que los miembros del Grupo de Trabajo fueran a Madrid en enero de 1957 para entrevistarse con los ministros de Asuntos Exteriores, Hacienda, Comercio e Industria y con el Gobernador del Banco de España. El viaje se concebía como^una toma de contacto para crear un clima favorable. Le sucedería una segunda misión de expertos, encargada de definir con mayor precisión las obligaciones que España podía comprometerse a suscribir. El presidente del Grupo realizaba además dos observaciones. En la primera se pronunciaba por la concesión a España del estatuto de observador de pleno derecho, aunque consideraba oportuno aplazar tal medida hasta que las discusiones de fondo estuvieran más avanzadas. La segunda era una sugerencia para que España se incorporase al Comité del Petróleo, que interesaba especialmente a su gobierno desde el comienzo de la crisis de Suez. Esta última propuesta se aceptó rápidamente^^. Al desplazamiento a Madrid de la misión exploratoria le siguió a mediados de febrero de 1957 el viaje a París del ministro español de Comercio, Manuel Arburúa, para asistir como observador a las sesiones plenarias de la OECE. Arburúa había sido el principal defensor en el Consejo de Ministros de la asociación con aquel organismo. A finales de ese mes, como consecuencia del cambio de gobierno que tuvo lugar en España, Alberto Ullastres se hacía cargo de la cartera de Comercio. El nuevo ministro iba a continuar el proceso emprendido por su predecesor, con el apoyo de sus colegas de gabinete Mariano Navarro Rubio -Hacienda-y Fernando Castiella -Asuntos Exteriores-. La renovación de los cuadros directivos de esos ministerios, junto al concurso prestado desde el Banco de España, iban a agilizar la formulación de una nueva política económica y el entendimiento con los organismos internacionales, cuyo respaldo fue vital para su cristalización. El gobierno nombrado en 1957 debió afrontar una coyuntura caracterizada por la intensificación de las tendencias integradoras entre los países europeos occidentales y por la profundización de sus interdependencias económicas. En el mes de marzo el Tratado de Roma establecía la Comunidad Económica Europea (CEE). En respuesta, e impulsado por Gran Bretaña, se constituía en el seno de la OECE El ingreso de España en la Organización. un Comité Intergubernamental para estudiar la creación de una zona europea de libre comercio. Por el momento, el gobierno español perseveró en la vinculación con la OECE, que se ajustaba mejor a sus objetivos, aunque sin dejar de prestar atención a la evolución de los otros movimientos de integración económica. A finales de julio se constituyó una Comisión Interministerial para el estudio de los problemas que pudieran derivarse tanto del funcionamiento del Mercado Común, como de una eventual Zona de Libre Comercio y de la Energía Atómica. Su actividad ñie escasa. Para entonces, la misión técnica de la OECE se había desplazado a España y había mantenido durante el mes de abril largas entrevistas con altos cargos de Hacienda, Comercio y el Banco de España. Pese a la insuficiencia de las estadísticas españolas y la dificultad de realizar un análisis de su situación económica, los miembros de la misión destacaban la fi:'anqueza con que los representantes españoles habían respondido a todas sus cuestiones y su absoluta disponibilidad para suministrarles todas las informaciones de que disponían. En su informe, presentado en el mes de junio, subrayaban el recrudecimiento de las presiones inñacionistas, provocadas por el incremento simultáneo de la demanda y los costes. El aumento de la circulación monetaria no había sido compensado por el crecimiento de la producción. La repercusión de esas presiones inñacionistas interiores sobre la balanza de pagos se intentaban limitar mediante las restricciones cuantitativas de las importaciones, pero además de las distorsiones que ello provocaba la caída a un nivel muy bajo de las reservas de oro y divisas demostraba que el mecanismo no funcionaba. Las autoridades españolas habían recurrido a medidas fiscales y monetarias para yugular la inflación, y habían reconducido el sistema de cambios múltiples a un cambio único devaluado. Sin desestimar la importancia de las medidas tomadas, la misión consideraba que no lograrían eliminar a corto plazo las dificultades internas y externas de la economía española. También estimaba que las perspectivas de la balanza de pagos se presagiaban extremadamente difíciles, cuando menos en el curso de aquel año. En la panorámica que trazaban sobre la capacidad española para asumir las obligaciones como miembro de la OECE su dictamen era categórico: era casi imposible mientras que el equilibrio económico no fuera más sólido y duradero. Era evidente que las autoridades españolas querían estrechar los lazos económicos con el mundo exterior: se habían unificado las tasas de cambio como había aconsejado el anterior informe de la OECE; se tenía intención de aplicar un porcentaje de liberalización comercial del 31% a los países miembros de la organización -en lugar del 9% entonces existente-; se deseaba establecer contingentes globales que cubrieran una parte sustancial del resto de la importaciones privadas, e incluso se proyectaba una liberalización parcial de las transacciones invisibles. La misión estaba muy sorprendida por la voluntad de las autoridades españolas de ir tan lejos como fuera posible en la vía de la cooperación económica según las pautas de la OECE. Para afianzar esa conducta se recomendaba a los países miembros concluir nuevos acuerdos que estrecharan los vínculos institucionales entre España y la organización, y procurar que las relaciones de intercambios y de pagos de España con la zona UEP se reorientaran del bilateralismo al multilateralismo. La primera propuesta reiteraba llamamientos anteriores para intensificar la participación de España en las actividades de la OECE, en particular en sus estudios periódicos de coyuntura económica. La segunda, de mayor calado, contemplaba la necesidad de suministrar a España una ayuda importante para facilitar el restablecimiento de su equilibrio económico, e implicaba el desarrollo de negociaciones bilaterales para hacer transferibles en la zona UEP todos los ingresos españoles procedentes de los países miembros y para renegociar sus deudas bilaterales. Esas gestiones convenía organizarías bajo los auspicios del Consejo, que también podría animar a los países que aún no lo hacían a que aplicasen a España las medidas de liberalización en vigor entre los miembros de la OECE^^. En el informe quedaban ya diseñadas las fases que atravesó la futura incorporación de España a la OECE. En la primera de las propuestas se avanzó más rápidamente, dado que para culminar la segunda se hacía preciso conciliar un conjunto de intereses diversos. Ambas formaban parte del proyecto de resolución sometido a la aprobación del Consejo en el mes de septiembre. El texto finalmente aprobado encargaba al Grupo de Trabajo que preparase junto al representante del gobierno español un proyecto de acuerdo institucional, y consideraba deseable que en esas negociaciones se abordase la sustitución del bilateralismo por el multilateralismo^^. En el mes de noviembre estaba preparado un plan de negociaciones sobre arreglos multilaterales de intercambios y de pagos. El gobierno español propondría un conjunto de convenios que se aplicarían a título experimental por un período de un año, especificando mercancías a liberar, países a los que afectaría, productos y cantidades que pasarían a contingentes globales, grado de multilateralización a adoptar en los pagos, etc. Sobre el programa español se realizaría un primer intercambio general de puntos de vista para aceptar sus líneas generales, y luego se entablarían negociaciones bilaterales para determinar las cuestiones particulares.^^ El ingreso de España en la Organización. En cuanto al proyecto de acuerdo de asociación de España con la OECE se encontraba casi ultimado antes de concluir el año. El Consejo de Ministros español autorizó al titular de Asuntos Exteriores, en sus reuniones del 11 de julio y del 13 de octubre, a que negociara dicho acuerdo. Según la interpretación española, el acuerdo equiparaba su estatuto al que tenían Estados Unidos y Canadá, y se cubrían los objetivos institucionales que se había fijado el gobierno español a lo largo del período de negociación. España participaría, con voz consultiva, en todos los órganos en que no se aplicase la admisión restringida, podría intervenir en cualquier proyecto de la Agencia Europea de Productividad, y tomaría parte en los exámenes de coyuntura económica. Asimismo, suscribía los objetivos económicos de la organización y las obligaciones generales asumidas por sus miembros, y se esforzaría por ejecutarlas comprometiéndose a abolir, sin discriminación, las restricciones a los intercambios, las transacciones invisibles y las transferencias con los países de la OECE, en la medida que se lo permitiera su situación económica y financiera. Los países miembros adoptarían disposiciones análogas con respecto a España. Además, se invitaba al gobierno español a presentar un programa de multilateralización de los intercambios. El acuerdo de asociación se firmó el 10 de enero de 1958 y fue ratificado a mediados de abriP^. La situación económica se agrava, los contactos con los organismos económicos internacionales se intensifican En paralelo a las negociaciones con la OECE, el gobierno español había comenzado a tomar una serie de medidas para mitigar las presiones inñacionistas interiores y los problemas cada vez más acuciantes de su balanza exterior. Las medidas monetarias y fiscales adoptadas en la segunda mitad 1957 mostraban que los dirigentes económicos españoles, por necesidad o por convicción, parecían dispuestos a introducir nuevos criterios de actuación más homologables con su entorno. Se suprimió el sistema de cambios múltiples, con una ligera devaluación de la peseta y el establecimiento de un cambio único, aunque la insuficiente actuación sobre la demanda interior y el alza de precios motivaron que rápidamente reaparecieran las primas y los retornos, lo que equivalía en la práctica a la vuelta al sistema anterior. Se congelaron los salarios de los funcionarios públicos. Se puso un tope al redescuento del Banco de España, se elevaron los tipos de interés y de descuento bancario, y se dieron instrucciones a la banca para cortar los créditos especulativos. Se creó una Junta para la revisión del Arancel de Aduanas. Se aprobó una reforma tributaria que permitió el aumento de la recaudación y la disminución del déficit público. Tales medidas si bien eran necesarias resultarían insuficientes, como ya habían previsto los expertos de la OECE y reiterarían en informes posteriores, pues no atajaban de raíz los problemas de la economía española ni preparaban el terreno para un desarrollo sustentado sobre bases sanas. Una opinión que también compartían las autoridades norteamericanas y que habían trasladado a sus colegas españoles, aconsejándoles una mayor decisión para afrontar una estabilización económica y un cambio de rumbo que incrementaría sus posibilidades de obtener financiación y asistencia de los organismos económicos in-ternacionales^^. El proceso estaba en marcha, pero aún tardaría en consumarse. Mientras tanto, el gobierno español desplegaba sus esfuerzos diplomáticos para no quedar marginado una vez mas de otras iniciativas de interrelación económica que se debatían en Europa. La evolución del proyecto de zona de libre comercio era seguida con interés. Una agrupación de tales características, al no presentar condicionamientos políticos como ocurría con el Mercado Común, podía resultar una opción a considerar en el futuro. En diciembre de 1957 el gobierno español comunicó a sus homólogos europeos el deseo de ser invitado a participar en las reuniones del Comité Intergubernamental que abordaría esa materia. Se aducían motivos tanto económicos como políticos, que tenían por marco genérico su interés «por las cuestiones de cooperación europea». La respuesta fue postergada ante la oposición de los países del Benelux, expuesta en una reunión del Consejo de Ministros de la CEE a mediados de marzo de 1958 y que vinculaba al resto de sus miembros. El gobierno español reiteraba su solicitud en el mes de julio, alegando que el acuerdo de asociación suscrito con la OECE le otorgaba «títulos más que suficientes para ingresar automáticamente en el Comité Intergubernamental». Ante la insistencia española, y con el apoyo francés, su demanda volvió a plantearse en septiembre al Comité de Representantes Permanentes de la Comunidad, con idéntico resultado negativo. Finalmente, en noviembre de 1958, España obtuvo el estatuto de observador para participar en los trabajos del Comité^^. También se avanzó en otro terreno que estaba entre las preocupaciones fundamentales del gobierno español: la asociación a las instancias de la OECE encargadas de las cuestiones energéticas. Si ya se había accedido al Comité del Petróleo, el próximo objetivo era la Agencia Europea para la Energía Nuclear. Desde noviembre de 1957 se especulaba por parte española con la participación en el Grupo El ingreso de España en la Organización. Atómico y en la Sociedad Internacional «Eurochemic». El acuerdo de asociación facilitó que, en marzo de 1958, se sondease al Grupo de Trabajo sobre la receptividad que encontraría una demanda de vinculación a la Agencia Europea para la Energía Nuclear. En mayo la petición española se hacía oficial, y a finales de julio el Consejo de la organización aprobaba su participación. En el mes de octubre, el gobierno español comunicaba a la OECE su decisión de adherirse a la Convención sobre el establecimiento de un control de seguridad en el dominio de la energía nuclear y al Tribunal creado por la misma. Asimismo, se suscribía la Convención relativa a la constitución de la Sociedad Europea para el Tratamiento Químico de Combustribles Irradiados (Eurochemic)^^. Por otro lado, desde mediados de 1957 se habían mantenido conversaciones entre representantes españoles y del FMI para sondear las posibilidades de ingreso, que recibieron una acogida positiva. En diciembre de ese año, con motivo de la visita a España del Secretario de Estado norteamericano -John Foster Dulles-, éste insistía a sus interlocutores españoles sobre la conveniencia de reorientar su política económica y aseguraba, en una entrevista con el general Franco, que Estados Unidos apoyaría su acceso en el FMI y el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (BIRD). En enero de 1958 se formuló la solicitud formal de ingreso. Aceptadas en abril por el gobierno español las condiciones determinadas por el Comité Ad Hoc encargado de examinar su demanda de adhesión, el Fondo de Gobernadores aprobaba la admisión en el mes de mayo. Tras cumplir con varios requisitos de índole jurídica, España se convertía el 15 de septiembre de 1958 en miembro del FMI y del BIRD. Esa incorporación ponía a su alcance el acceso a financiación y a asesoramiento técnico, que pronto sería requerido por las autoridades españolas. De hecho, ya en octubre de 1958 una misión del Banco Mundial enviada a España había diagnosticado la necesidad de una estabilización de la economía española^^. A lo largo de ese año también fue quedando patente que no bastaba con un reajuste de las condiciones del intercambio comercial exterior de España para solucionar los problemas de su economía. La negociación del plan de multilateralización comercial y de pagos con los países de la OECE, con validez prevista para un año, se desarrolló con bastante lentitud. En marzo se llegó al acuerdo de que el porcentaje de productos liberalizados se incrementase del 8% al 15%, y que el 75% del comercio con ese área que permanecía bajo cuotas bilaterales pasase al régimen de cuotas globales. España solicitaba, en contrapartida, obtener para sus exportaciones el mismo grado de liberalización que los países miem-bros se concedían entre sí, también deseaba el fin de las prácticas discriminatorias aún existentes. Los negociadores de la OECE consideraban que el proyecto podría ser efectivo para comienzos de julio. En el mes de abril, el ministro español de Asuntos Exteriores, con motivo de su presencia en París para conmemorar el X aniversario de la fundación de la OECE, anunciaba que el plan de multilateralizacion iba a ser propuesto «muy próximamente». Según el ministro, ese plan estaba llamado «a ser la clave de una nueva estructura del comercio exterior de España». Se pretendía que la totalidad de los intercambios españoles con aquel área económica tuvieran carácter multilateral y, posteriormente, en la medida que lo permitiera la balanza de pagos y el nivel de abastecimiento del mercado interior, se extendería el régimen de liberalización sector por sector^^. Pasarían aún varios meses antes de que ese texto llegase a las instancias de la OECE. Entretanto, Navarro Rubio había presentado en el mes de junio al Consejo de Ministros un memorándum con las pautas del reajuste que era preciso realizar en el terreno económico, y que preludiaban la operación estabilizadora. Según el ministro, su aplicación no debía demorarse en exceso, ya que la situación de la balanza de pagos y la economía eran críticas. A la luz de tal situación, se autorizó que los ministros de Hacienda, Comercio y Asuntos Exteriores intensificasen sus contactos internacionales para concretar los pasos a dar en ese camino. En el transcurso de ese verano, los responsables de la misión económica norteamericana en España insistían sobre la necesidad de profundizar en la estabilización financiera y en el estímulo a las empresas privadas para acelerar el desarrollo económico. A su criterio, se hacía cada vez más urgente emprender una reorientación fundamental de la política económica española, entre otras razones porque se mantenía una fuerte dependencia hacia Estados Unidos y, en caso de cesar sus subsidios, se recrudecerían los problemas del régimen en este ámbito^^. El proyecto de acuerdo multilateral de comercio no fue enviado a la organización hasta mediados de agosto. Contenía una lista de productos y un memorándum explicativo, que pasaron a ser examinados por el Comité de la Dirección de Intercambios y el Comité de Dirección de la UEP. Un mes más tarde, el gobierno español completó su contenido mediante una nota que exponía sus demandas en materia de liberalización de sus exportaciones y multilateralizacion de sus medios de pago en la zona OECE. Para facilitar el tránsito desde el sistema bilateral a los nuevos esquemas comerciales se deseaba contar con un crédito multilateral rotativo, que enjugase los posibles desequilibrios El ingreso de España en la Organización. de pagos del período inicial. Una gestión equivalente en busca de ajmda financiera se dirigió hacia Estados Unidos, alegando de nuevo la exclusión española del Plan Marshall y, aunque ya no se dijera explícitamente, la oportunidad de obtener una compensación por aquella injusta marginación. Ahora, sin embargo, los términos eran más medidos, y se solicitaba tal ayuda para proceder a la ejecución de las medidas de liberalización comercial y financiera una vez que fiíeran acordadas con la OECE. Esa actitud, junto al reciente ingreso en el FMI, resultaban más acordes con las indicaciones norteamericanas para abordar una apertura económica, de ahí que Estados Unidos mostrase su disposición a cooperar en la asociación española con la OECE y a respaldar las propuestas que desarrollasen esa conexión. Las negociaciones sobre el plan de multilateralización continuaron a lo largo de aquel año, pasando de su estudio por parte de los organismos de la OECE a la consideración de cada uno de los países miembros, y devolviéndose después a las autoridades españolas para que realizaran una serie de reajustes técnicos. En los primeros meses de 1959 todavía seguía en discusión^^. Pero para entonces ese diseño de viraje comercial había sido sobrepasado por otros acontecimientos que determinarían una actuación más proñmda y generalizada sobre la economía española. En los últimos días de 1958 se produjeron varios sucesos internacionales susceptibles de provocar efectos colaterales sobre la situación española. Se declaró la convertibilidad exterior de las principales monedas europeas y la disolución de la UEP, que dio paso a la entrada en vigor del Acuerdo Monetario Europeo. Los países del Mercado Común ampliaron los porcentajes de liberalización de su comercio exterior, con la reducción en un 10% de sus tasas aduaneras. El gobierno firancés decidió devaluar el firanco y acometer un plan de estabilización. El primero de los acontecimientos, sobre todo, provocó una especial preocupación entre los medios económicos españoles, ante la conciencia de que se ensanchaba la distancia entre España y el resto de Europa occidental. El ministro español de Comercio, con objeto de firenar las especulaciones, realizó unas declaraciones afirmando que España no optaría por la devaluación de su moneda, como había hecho Francia. También anunció que el ingreso español en la OECE estaba cada vez más próximo: se habían presentado dos proyectos, uno de mercancías para la globalización de los intercambios y otro de pagos, y se aludía a un plan conjunto entre la OECE, el FMI y España que proporcionaría los medios para acelerar la liberalización de los intercambios. Sin embargo, según el ministro de Hacienda, era preciso ir más allá para allanar los obs-táculos hacia esa liberalización. En enero de 1959 presentó al Consejo de Ministros un memorándum sobre «Convertibilidad exterior de la peseta y estabilidad monetaria», que fijaba como objetivos de la política económica: devaluar la moneda a un cambio realista, actuar sobre los factores que impedían la estabilidad monetaria y obtener la convertibilidad de la peseta con la ayuda exterior^^. La necesidad de un tratamiento de choque de tales características, que permitiese encarar con ciertas garantías la agravación de la situación de la economía española, había sido puesta de relieve poco antes por otra misión de expertos de la OECE. El diseño del plan de estabilización y el ingreso en la OECE A mediados de diciembre de 1958 dos especialistas de la OECE se trasladaron a Madrid para completar las informaciones recogidas a lo largo del año con destino a la elaboración del primer examen anual oficial de la economía española. Las apreciaciones que realizaran debían servir también para encauzar el debate sobre el plan de comercio multilateral. En su dictamen subrayaban que el agotamiento gradual de las reservas de divisas durante ese año colocaba en una situación de precariedad al conjunto de la situación económica. Urgía un enderezamiento general que comprendiera la estabilización financiera interior y una reforma del sistema de intercambios y de pagos con el exterior. El control de la inflación resultaba imprescindible. La devaluación de la peseta era necesaria, pero no suficiente. Había que acabar sin más demoras con las manipulaciones de primas y tasas. También se hacía preciso liberar gran parte de las importaciones, para asegurar la regularidad de los suministros y terminar con los abusos a que daban pie las licencias. Todo ello debería acompañarse de una contribución financiera exterior para afrontar los riesgos más importantes derivados de la liberalización. Sus conclusiones quedaban sintetizadas con toda claridad en el curso de una reunión restringida que mantuvieron con los Presidentes y Vicepresidentes del Consejo y del Comité Ejecutivo de la OECE, a finales de enero de 1959. «La impresión de los expertos del Secretariado sobre la situación económica y financiera de este país es actualmente bastante sombría. En su opinión, puede ponerse en cuestión si los esfuerzos hechos por España para integrarse poco a poco en la OECE tienen sentido, a la vista de esta situación. España no podría a su juicio asumir las obligaciones que incumben a los países miembros, siquiera fuese parcialmente, más El ingreso de España en la Organización. que si se pusiera en marcha im plan de rectificación, susceptible de poner ñn progresivamente al repliegue de la economía española sobre sí misma»^^. Según los expertos en cuestión, parecía delicado sugerir al gobierno español la aplicación de dicho plan, tanto más cuanto que requeriría para su realización una a3aida financiera por parte de los países de la OECE. En una conversación entre el ministro español de Comercio y su colega alemán, éste se había mostrado dispuesto a respaldar tal ayuda si el gobierno español daba pruebas inequívocas de su voluntad de reorientar su economía. Pero, siempre en opinión de los expertos de la OECE, cabía abrigar serias dudas a este respecto. Aunque existiesen en el gabinete español partidarios convencidos de la necesidad de ese cambio, nada indicaba que ñ-ente a los potentes intereses de signo contrario pudiese contarse con el apoyo total y constante del Jefe del gobierno. Para despejar esas incertidumbres se preveía el envío a España de una nueva misión, en coincidencia con la visita que realizaría al país otra misión del FMI, con objeto además de coordinar con este organismo cualquier posible actuación. La visita se aplazó por el momento^^. La conjunción de los acontecimientos internacionales y la penuria de divisas haría posible que cobrase ñierza el doble ñ-ente, exterior e interior, favorable al cambio económico. Estabilización, liberalización y reorientación económica eran mensajes que llegaban con insistencia creciente a los dirigentes económicos españoles desde Estados Unidos, el FMI o la OECE, y que se hacían cada vez más perentorios. A mediados de febrero llegaba a Madrid la misión del FMI encabezada por el Director del Departamento de Eiuropa -Gabriel Ferras-, que cimiplía así con las consultas establecidas por el artículo XIV de sus preceptos. La misión estaba autorizada también para tratar con funcionarios españoles sobre la reforma económica que resultaba conveniente poner en ejecución. Un primer cambio de impresiones sobre tal asunto ya se había producido meses atrás, en octubre de 1958, durante la reunión anual de la Junta de Gobernadores del FMI y del BIRD celebrada en Nueva Delhi. La importancia de la intervención del FMI se acrecentaba ante la ralentización de las gestiones para llegar a un acuerdo con la OECE. La misión se entrevistó con representantes de todas las ramas de la Administración Pública relacionadas con la economía, siendo recibida por los ministros de Hacienda y Comercio y por el Gobernador del Banco de España. En su informe reservado se mencionaba la preparación de un Plan de Estabilización destinado a detener la inflación, con medidas correctivas que el gobierno español pretendía aplicar en un futuro próximo^^. El primer esquema del contenido de ese plan fue redactado por Ferras y Juan Sarda -Director del Servicio de Estudios del Banco de España-, y se elevó a los ministros de Comercio, Hacienda y Asuntos Exteriores. Su desarrollo contemplaba una intervención global con acciones sobre la política monetaria y financiera interior, la política monetaria y comercial exterior, y una mayor apertura a la presencia de capitales extranjeros. En apoyo del plan se esperaba contar con la financiación del FMI, la OECE, el gobierno de Estados Unidos y la banca privada norteamericana^^. Buena parte de las ideas recogidas en el documento venían siendo debatidas desde tiempo atrás entre los técnicos españoles y los expertos internacionales. Antes de regresar a Estados Unidos, Ferras se entrevistó con la plana mayor de la OECE para relanzar el diálogo entre España y la organización, ya con el horizonte puesto en el futuro Plan de Estabilización. Ese nuevo enfoque iba a encontrar im. eco positivo, en la medida que coincidía con el dictamen formulado por los expertos de la OECE. No obstante, la organización evitaba aún pronunciarse sobre una eventual concesión de a5aidas o la admisión de España entre sus miembros. Tal y como había acordado su Consejo, tomaba nota de la preparación del plan y estaba dispuesta a proporcionar ajmda técnica para su diseño. Una misión oficiosa se encargaría inicialmente de esa labor^^. Sobre la base del documento elaborado por Ferras y Sarda trabajó una comisión técnica española en colaboración con sendas misiones de expertos del FMI y de la OECE, que se desplazaron a España entre finales de abril y principios de mayo. Fruto de esos contactos fue la realización de un borrador de memorándum destinado a las organizaciones internacionales, con el deseo de obtener su concurso en la estabilización y la liberalización de la economía española. El proceso se acometería mediante un conjunto de medidas desplegadas en varios ámbitos: sector público, política monetaria, precios y comercio interior, liberalización del comercio y de los pagos, e inversiones extranjeras y amnistía para la repatriación de capitales. Con ellas se esperaba alinear la economía española con la del resto de los países del mundo occidental. Desde Washington se puso en conocimiento de los dirigentes de la OECE el respaldo que prestaban a ese programa^^. Al tiempo que se iban perfilando los ejes de la reorientación económica en ciernes, el gobierno español tomó la decisión, a mediados de mayo, de notificar a la OECE su intención de convertirse en miembro de pleno derecho de la organización. Para cumplir con las obligaciones de esa integración se exponían las grandes líneas del Plan de Estabilización en cuya elaboración se estaba trabajando. Asimismo, se so-El ingreso de España en la Organización. licitaba el envío de una misión que participase en la confección definitiva del plan, a fin de ajustarse a las condiciones requeridas para acceder a la OECE. La organización aceptó dicha propuesta y decidió que la misión viajase a España en el mes de junio, contando entre sus miembros al Secretario general, a los Presidentes del Comité Director del AME, del Comité de Dirección de Intercambios y del Comité de Suplentes, junto a otros altos ñmcionarios de la OECE. Su actuación se desarrollaría en coordinación con la de los representantes del FMI^^. El Consejo de Ministros español, por su parte, discutía el borrador del memorándum en su reunión del 1 de junio. Las conversaciones con las organizaciones internacionales iban por delante, en ocasiones, del propio debate en el gabinete español. A éste se le ofi:-ecían los resultados de las gestiones con el refiíerzo que suponía el aval de aquellas, de forma que resultaba más difícil para los sectores reticentes oponerse al cambio de orientación económica. Las conversaciones se sucedieron durante el mes de junio en Madrid, París, Washington, Basilea y Nueva York, entre representantes del gobierno español, el FMI, la OECE, el Banco de Pagos Internacional y la banca privada norteamericana. Los últimos retoques se dieron en la capital española, donde coincidieron en los últimos días de junio las misiones de alto nivel del FMI y la OECE. A las visitas tradicionales a los altos responsables de la política económica se añadió una entrevista con el Jefe del Estado, que despejó los obstáculos todavía existentes sobre la nueva paridad de la peseta con respecto al dolar. Las autoridades españolas transmitían a sus interlocutores internacionales su firme decisión de sanear la situación económica del país, eliminar los factores internos de inflacción y normalizar el régimen de comercio y de pagos exteriores. Las misiones de ambas organizaciones concretaron junto con los dirigentes españoles los detalles del programa a aplicar, cuya evolución sería examinada de forma conjunta antes de terminar el año. Según la conclusión general del informe elaborado por la misión de la OECE, «el Programa de Estabilización del Gobierno español debería permitir a España asumir progresivamente las obligaciones que implica la plena participación en la OECE» y, al mismo tiempo, «la adhesión de España a la OECE y al AME contribuirá al éxito del programa de estabilización»^^. El 30 de junio se aprobó la versión final del memorándum dirigido al FMI y a la OECE. El gobierno español proclamaba que «había llegado el momento de reorientar la política económica con el fin de situar la economía española en línea con los países del mundo occidental y liberarla de intervencionismos que, heredados del pasado, no se ajustan a las necesidades de la situación actual». Para lograrlo, el plan que se pondría en marcha tenía como objetivos: estabilizar los gastos del sector público y reducir su déficit global; asignar un límite para la expansión del crédito bancario al sector privado; suprimir progresivamente los controles interiores sobre los precios; fijar una nueva paridad de la peseta de acuerdo con el FMI y abolir el sistema de cambios múltiples; liberalizar una proporción notable de las importaciones y globalizar la mayor parte de los contingentes restantes, favoreciendo la multilateralización gradual del comercio y de los pagos con el exterior; introducir una legislación más liberal en materia de inversiones extranjeras; conceder una amnistía de seis meses para la repatriación de los capitales españoles en el extranjero, y dotar de una mayor flexibilidad al sistema económico. El documento se acompañaba de anexos que especificaban como afectaría a los distintos países y productos el nuevo régimen de intercambios con el exterior, materia que fue objeto de una notificación complementaria que cifraba en torno al 50% el porcentaje de las importaciones liberalizadas procedentes de los países de la OECE y de la zona dólar^^. En las primeras semanas de julio emitían su dictamen sobre ese memorándum los principales órganos de la OECE, determinándose los plazos de aplicación de las diferentes medidas y preparándose los proyectos de decisión que convertirían a España en miembro de la organización. Asimismo, se acordó que el Fondo Europeo destinaría una suma de 100 millones de dólares a respaldar la ejecución del Plan de Estabilización^^. Junto a esa aportación del Fondo Europeo, el apoyo financiero exterior comprendería, en los términos en que se presentó a la opinión pública: 75 millones del FMI, 45 millones procedentes de la consolidación de deudas bilaterales con los gobiernos de la OECE, en torno a 70 millones de la Banca privada norteamericana, y 130 millones de asistencia del Gobierno de Estados Unidos a través de diversos programas, más los fondos de contrapartida disponibles en pesetas. La realidad es que se habían agrupado ajmdas, créditos y compromisos anteriores de carácter heterogéneo para dar una imagen más sólida de la confianza internacional en la viabilidad del plan. El gobierno estadounidense, que fue informado periódicamente de las gestiones realizadas y a quien se entregó el texto definitivo del plan antes de cursarlo oficialmente a las organizaciones internacionales, prestó su apoyo político e incluso hizo valer su influencia para la concesión de los préstamos de la OECE y el FMI. Pero se negó a conceder una ayuda de carácter extraordinario. Su contribución financiera se enmarcó más propiamente en los cauces de asistencia económica El ingreso de España en la Organización. bilateral desarrollados a partir de los pactos de 1953. Por otro lado, el crédito de la banca privada norteamericana estaba todavía en trámite de negociación y sería firmado en el mes de septiembre. Así pues, los fondos ligados directamente a la estabilización y utilizables de inmediato eran los 175 millones concedidos por los organismos internacionales, con los créditos de los bancos privados norteamericanos como reserva de segunda línea^^. El 20 de julio de 1959, tras garantizar el cumplimiento de las condiciones expuestas en el programa económico, España ingresó como miembro de pleno derecho de la OECE. Ese día, en su sesión n°. 446, el Consejo de la organización adoptaba un conjunto de resoluciones que hacían de España su decimoctavo miembro, y el primero que se incorporaba a ella después de su ñmdación^^. Un día después se publicó el Decreto Ley de Ordenación Económica que ponía en marcha el Plan de Estabilización. En los meses siguientes fueron apareciendo las primeras disposiciones sobre listas de importaciones y transacciones invisibles liberalizadas, según las obligaciones contraídas por España con la OECE en materia de comercio exterior^^. La aplicación del Plan de Estabilización había sido clave para firanquear el acceso a esa organización. Análogamente, la intervención de la OECE había sido ñmdamental para hacer posible el cambio de rumbo económico, a través de los contactos de sus misiones de expertos con sus homólogos españoles, los informes elaborados sobre la situación de la economía española y las recomendaciones formuladas para su reorientación. Es más, continuó siendo de crucial importancia en la supervisión de la ejecución del plan y de sus efectos sobre la economía española. Aún quedaba mucho camino por delante. Europa no se construía desde el idealismo, sino preferentemente desde el interés. Así tuvieron ocasión de comprobarlo los funcionarios españoles que intervinieron en la renegociación de los acuerdos bilaterales con once países de la OECE, desplegados desde abril de 1959 para acelerar el ingreso en la organización. Las gestiones estuvieron lejos de ser un camino de rosas: «El denominador común de las negociaciones con los países de la OECE ha sido su dureza, pues cada uno de ellos ha venido a Madrid con el propósito de cobrar en el terreno comercial el voto que en el terreno político había dado a favor de nuestro ingreso en aquel organismo, y ha pretendido aprovechar dicho ingreso para conquistar una situación de privilegio comercial en España...». Según reconocía el informe la gran sorpresa había sido comprobar que la entrada en la OECE no había facilitado de forma decisiva la exportación de los productos agrícolas a Europa, pues la liberalización afectaba sobre todo a los productos industriales. En suma, la incorporación a la OECE no había supuesto un régimen de igualdad comercial ni resolvió el problema de la liberalización de las exportaciones, aunque sí que había favorecido la concesión de créditos y la transferibilidad de los pagos^^. Pese a no colmar todas las aspiraciones de los dirigentes españoles, es evidente que el ingreso en la OECE representó el primer jalón en la convergencia española hacia la integración europea y, por añadidura, un paso trascendental en el camino hacia la modernización económica del país. El Plan de Estabilización, que fue asociado a esa integración, modificó en pocos meses las perspectivas económicas. La rapidez de sus efectos sorprendió incluso a los observadores de las organizaciones internacionales. El informe de la misión de la OECE desplazada a España en diciembre de 1959 para examinar la evolución del plan testimoniaba esa impresión favorable. Las medidas adoptadas respecto al presupuesto y al crédito habían eliminado el exceso de la demanda interior y permitido estabilizar los precios. No existía penuria de materias primas ni de productos semiterminados y la especulación desaparecía. La nueva paridad de la peseta se asentaba en los mercados internacionales. La balanza de pagos había mejorado sensiblemente. La escasez de divisas daba paso a un incremento sustancial de las reservas. La deuda exterior había sido consolidada. La recesión que se había producido era considerada casi inevitable, sería de corta duración y posibilitaría que la expansión económica posterior se realizara sobre bases sanas y duraderas. También se apuntaba la necesidad de emprender reformas estructurales complementarias en diversos aspectos de la reglamentación económica interna o en las inversiones extranjeras, además de acelerar la liberalización de las importaciones y de las transacciones invisibles. En el segundo semestre de 1960 la economía española superaba la recesión y comenzaba una fase de crecimiento. En esa nueva etapa las recomendaciones de la OECE insistirían en impulsar el libre juego de las fuerzas económicas^^. La situación internacional había resultado crucial para fomentar las tendencias proclives a un cambio de rumbo en la economía española, que la adaptase a los esquemas imperantes en las economías occidentales. Las resistencias a esa orientación no fueron desdeñables, pero los sectores convencidos de que era preciso tomar medidas para lograr la estabilidad interna, la globalización del comercio exterior y una flexibilización de las regulaciones del mercado interior, tuvieron en el contexto internacional «su mejor aHado, su elemento precipitante».^^ Los movimientos integracionistas europeos y la declaración de convertibilidad de finales de El ingreso de España en la Organización. 1958 habían actuado como «el catalizador» de las medidas estabilizadoras y liberalizadoras de mediados de 1959. Esa renta de oportunidad fue aprovechada por los equipos de técnicos españoles favorables a la reorientación económica, que utilizaron las recomendaciones de las organizaciones internacionales para ofrecer argumentos «desde fuera»^^. La estabilización y la liberalización fueron impulsadas desde el exterior, por las presiones de los organismos internacionales y de Estados Unidos, y por la necesidad de contar con su asesoramiento y su ayuda económica para sortear la precaria situación de la balanza exterior española. La alternativa en 1959 era dejar de importar o suspender pagos, tal y como indicaba un destacado protagonista de aquel proceso: «la situación era virtualmente de suspensión de pagos exteriores por parte del LE.M.E., ya que éste no podía ceder divisas ni para las importaciones más indispensables»^^. Sin la asistencia y el estímulo exteriores es más que dudoso que el gobierno español de la época hubiera conseguido, por sí solo, situar al país en la senda del desarrollo económico y la modernización. La pertenencia a un espacio geográfico, económico y estratégico, o si se prefiere los dictados de la geopolítica, resultaron fundamentales para reubicar plenamente a España en los patrones de la economía capitalista occidental. Con once años de retraso, la España de Franco, relegada del Plan Marshall por sus antecedentes fascistas, iba a incorporarse al ciclo de crecimiento económico europeo alentado por aquel y a su principal instnmíiento de coordinación: la OECE. ^ El texto integro se encuentra reproducido en Información Comercial Española, 612-613 (agosto-septiembre, 1984), pp. 11-14. ^ TORTELLA, Gabriel: El desarrollo de la España contemporánea. Historia económica de los siglos XIX y XX, Madrid, Afianza Editorial, 1994, p. ^ Una argumentación más detallada sobre esos tres motivos explicativos del cambio en FUENTES QUINTANA, Enrique: «El Plan de Estabilización económica de 1959, veinticinco años después». ^ Sobre las condiciones que rodearon la exclusión española del Plan Marshall, vid. VIÑAS, Ángel et alii: Política comercial exterior en España (1931España ( -1975)), Madrid, Banco Exterior de España, 1979, tomo 2, pp. 465-487; VIÑAS, Ángel: Guerra, dinero, dictadura. Challenge and Réponse, London & New York, MacMillan Press and St. Martin Press, 1998; DELGADO GÓMEZ-ESCALONILLA, Lorenzo: «El régimen de Franco, el Plan Marshall y las potencias occidentales», en Tiempos de silencio. Actas del IV Encuentro de Investigadores del Franquismo, Valencia, Universitat de Valencia, 1999, pp. 488-495. ^ Para un marco general de las relaciones con Europa occidental en aquellos años vid. LA PORTE, María Teresa: La política europea del régimen de Franco 1957-1962, Pamplona, EUNSA, 1992; MORENO JuSTE, Antonio: Franquismo y construcción europea (1951-1962), Madrid, Tecnos, 1998. ^ Sobre las iniciativas tomadas en el terreno cultural vid. DELGADO GÓMEZ-ES-CALONILLA, Lorenzo: «El régimen franquista y Europa: el papel de las relaciones culturales, 1945-1975», en La política exterior de España en el siglo XX, Madrid, UNED, 1997, pp. 415-440. • ^ «Association of Spain in the work of the Organisation in matters of European inland transport», 16-IV-1954. «Nombramiento representante español cerca de la OECE», 2-VII-1954; «Constitución comité de enlace España-OECE», 31-VII-1954. «Proceso para la integración del Pool Verde en la OECE y estatuto especial para España al producirse esta integración», 15-1-1955. ^ Su Presidente era Jaime Arguelles Armada, Subsecretario de Economía Exterior, y como Vicepresidente se nombró a Francisco Javier Elorza -Marqués de Nerva-, Consejero de Economía Exterior. En octubre de 1956 se produjo un relevo en la vicepresidencia, incorporándose a la misma Eduardo de la Iglesia. En febrero de 1958 ocurrió otro tanto con la presidencia, que ocupó José Nuñez Iglesias. OEEC, 411. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es El ingreso de España en la Organización. ^^ «Report Prepared by the Operations Coordinating Board. Se trata de un resumen del documento mucho más amplio elaborado por la Delegación española cerca de la OECE, «Informe sobre la eventual entrada de España en la OECE», 8-VII-1955. «Nota para el Sr. Ministro de Asuntos Exteriores: Resumen del desarrollo de las relaciones de España con la OECE», 21-IX-1956.
Una aproximación a la emigración española hacia Europa en los años cincuenta desde la perspectiva de la Organización Sindical Española (OSE)» 181 A partir de la primera mitad de la década de los años cincuenta comenzó un nuevo proceso migratorio, favorecido por la deleznable situación económica y social que atravesaba España. El destino de aquellos que buscaban una oportunidad laboral más allá de las fronteras estuvo preferentemente en países de Europa occidental. Desde un primer momento la Organización Sindical Española (OSE) pretendió jugar un papel protagonista en la ordenación del proceso, no dudando para ello en enfrentarse con otras estructuras de la administración española. Su objetivo fue conservar en el extranjero la función de encuadramiento y control de los trabajadores que tenía asignada en España. Tras esta pretensión también se escondía la voluntad de mantener la mayor influencia posible en la siempre inestable relación de poder entre las distintas fuerzas sustentadoras del régimen franquista. De esta forma, pugnando con los ministerios de Trabajo y Eocteriores, la OSE consiguió conquistar un espacio propio en la definición y gestión de la política migratoria española. Participó, defendiendo intereses propios, en las negociaciones de acuerdos bilaterales reguladores de la emigración. También, a través de las agregadurías laborales, desarrolló una importante actividad de asesoramiento, asistencia y control político de los emigrantes. Por último, en ciertas ocasiones, intentó utilizar a los emigrantes españoles como instrumentos de presión sobre terceros Estados. La Organización Sindical ante el comienzo de la emigración española a Europa Durante la década de los cincuenta España fue un país que atravesó diferentes periodos de quiebra técnica, al borde la bancarrota y la suspensión de pagos. Carente de divisas con las que hacer frente a los intercambios comerciales con el exterior, con un tejido industrial raquítico y obsoleto, y una agricultura ineficaz cuyos productos se depreciaban constantemente en relación con los productos manufacturados. La situación social corría pareja a la crisis económica. En 1958 la renta de los asalariados agrícolas y de los pequeños propietarios era todavía inferior a la existente antes del comienzo de la Guerra Civil. Cada año decenas de miles de personas abandonaban el campo, en dirección a las grandes ciudades en busca de la oportunidad que el medio rural les negaba. En buena medida, los componentes de este éxodo incrementaban los cinturones de miseria de las principales urbes industriales, donde el desempleo y la falta de vivienda definían las líneas maestras de la realidad sociaP. La situación española contrastaba con la de sus más próximos vecinos de Europa occidental -exceptuando Portugal-quienes, tras superar las más dramáticas secuelas de la Segunda Guerra Mundial, en los años cincuenta disfrutaban de un crecimiento económico sostenido y de la puesta en práctica de sistemas de protección social que no tenían precedentes. Francia, a pesar de las convulsiones políticas internas y de las insurrecciones armadas que tenían lugar en alguna de sus colonias, gozaba de un rápido y continuo crecimiento económico favorecido por la iniciativa gubernamental conocida por Tercer Plan de Modernización y Equipamiento. Italia pasó de exportar mano de obra a una situación de pleno empleo, especialmente en la mitad norte del país. La República Federal de Alemania se reidustrializaba a gran velocidad, lo que era tanto más notable teniendo en cuenta el nivel de pérdidas humanas y materiales que cosechó durante la contienda. La economía de Bélgica crecía con enorme rapidez, sustentada sobre la extracción de carbón y la producción siderúrgica, y favorecida por un desarrollo comercial que se benefició de los limitados daños que sufrió el país durante la ocupación y retirada de las tropas nazis. El crecimiento económico sostenido de Francia, Italia, Alemania y Bélgica -a los que habría que añadir Suiza, Países Bajos y el Reino Unido-provocó interesantes transformaciones en la estructura social de aquellos países. Una parte significativa de sus trabajadores aban-Una aproximación a la imigración española hacia Europa. donaron las actividades más duras, peor remuneradas o más peligrosas, aprovechando las nuevas oportunidades laborales que ofirecía un sector terciario en continua expansión. En consecuencia, determinados sectores productivos -especialmente la minería y la agricultura-tuvieron que recurrir a mano de obra extranjera para garantizar su pervivencia. A la luz de la situación descrita, el panorama económico y social de la Europa occidental parecía claramente complementario: España disponía de un importante volumen de mano de obra incapaz de ser aprovechado por la débil estructura productiva del país, al tiempo que los Estados circundantes necesitaban trabajadores para garantizar la continuidad de su desarrollo económico. Favorecer la emigración se alzaba como la conclusión lógica, beneficiosa para los intereses de unos y otros. Desde el Estado español, la adopción de semejante iniciativa no dejaba de provocar severas contradicciones. La exportación masiva de mano de obra era el reconocimiento implícito del firacaso de un modelo de desarrollo económico y social que se había definido ñmdamentalmente como nacional y, por ello, no eran pocos quienes, por principio y desde las filas del propio Régimen, se oponían a ella. De hecho, el marco jurídico vigente dificultaba las posibilidades reales de emigrar al ex-tranjero^. Y, más allá de impedimentos normativos, el entramado institucional implicado en algún momento en el proceso de regulación de la emigración^ carecía de coordinación, provocaba continuos conflictos de competencias, aplicaba criterios que se contradecían entre sí, y se caracterizó por continuos solapamientos que dificultabais, aún en mayor medida que las restricciones legales, las iniciativas de todos aquellos que decidían emprender la búsqueda de un trabajo más allá de las fi:'onteras españolas. Todavía en 1960 el Instituto de Estudios Políticos ofi:'ecía esta devastadora imagen de los instrumentos de ejecución de la política migratoria con los que el Estado se había dotado: «Esj sin embargo, mucho lo que falta, desde una política diplomática encauzada en la materia, hasta una acción organizada en el exterior con caracteres de eficacia... Y, más todavía, pudiera pensarse que el fallo fundamental radica en que las organizaciones actuantes hoy no comprenden su posición instrumental en relación a la práctica de una acción conjunta y no se hallan ni centradas en su misión, ni regladas en sus facultades, ni limitadas en su autonomía. Así es como la emigración se produce como un tremendo desacorde conjunto, falto de compás y de dirección...»^ A pesar de las reticencias políticas y las disuasiones administrativas, conforme avanzaban los años cincuenta, la emigración se impuso como una necesidad insoslayable para muchos miles de españoles que, expulsados del campo, tampoco encontraban acomodo en las ciudades industriales. Y también para un Estado al que las rentas de los emigrantes contribuían a incrementar el magro volumen de divisas del que disponía, que le resultaban imprescindibles para acometer el desarrollo del país y que otros sectores económicos no conseguían aportar. Y tampoco debe menospreciarse el valor de la emigración como factor de estabilidad social, exportando trabajadores que, de otra manera, estarían condenados a incrementar las bolsas de desempleo, siempre susceptibles de generar manifestaciones de descontento difícilmente controlables incluso por un régimen autoritario^. La Organización Sindical pretendió, en primer lugar, no quedar marginada como consecuencia de los cambios económicos, sociales y políticos que esta nueva situación pudiera provocar. Pero también sacar provecho, buscando incrementar su influencia en el siempre inestable equilibrio existente entre las diferentes fuerzas que sustentaban al régimen franquista. De esta manera intentó acaparar las competencias derivadas del nuevo éxodo de trabajadores españoles al extranjero, solicitando la creación de un organismo sindical especialmente dedicado a ese cometido^. Sus aspiraciones no carecían de justificación: por Ley de 10 de febrero de 1943 a la OSE le correspondía ejercer las funciones de encuadramiento de la población laboral, además de la orientación y estadística de los movimientos migratorios internos. No parecía incoherente reclamar esa misma responsabilidad para la emigración al extranjero. Pero sus aspiraciones chocaron con la firme oposición de los ministerios de Trabajo y Exteriores: el primero de ellos defendía un espacio político propio cuyas fronteras con las actividades desarrolladas por la OSE eran más que difusas; desde el Palacio de Santa Cruz se intentaba evitar que el verticalismo incrementara aún más su presencia exterior después de la constitución de las primeras agregadurías sindicales/laborales en 1953. Finalmente la Organización Sindical tuvo que admitir su derrota al decidirse la creación del Instituto Español de Emigración (lEE) que fue adscrito definitivamente al Ministerio de Trabajo^. El Instituto tendría por cometido erradicar el paro y combatir el subempleo, facilitando el acceso a un puesto de trabajo en el extranjero a aquellos españoles que lo demandaran. Sin embargo, la aparente victoria de Trabajo ha de ser matizada. Con el fin de no multiplicar innecesariamente las estructuras administrativas y el aparato burocrático, el Instituto Español de Emigración se vio obligado a recurrir, en territorio español, a la red de Oficinas Sindicales de Encuadramiento y Colocación -dependientes de la Vice-Una aproximación a la imigración española hacia Europa. secretaría de Ordenación Social de la DNS-como instrumento de información, gestión y selección de personal a nivel local y comarcal. En el exterior, a los agregados laborales designados por la Delegación Nacional de Sindicatos se les añadió la responsabilidad de delegados del lEE. Por lo tanto, una parte considerable de la ejecución de las competencias atribuidas al organismo autónomo dependiente del Ministerio de Trabajo fueron puestas en práctica por sus adversarios en la administración del Estado. Tal entramado de dependencias funcionales y orgánicas -entrevelado de lealtades políticas-desembocó en continuos enfrentamientos y conflictos de competencias que trataron de solventarse infructuosamente hasta ya entrada la década de los sesenta. Al mismo tiempo que la Organización Sindical pugnaba por alzarse con el control sobre la política migratoria, sus ideólogos comenzaron la labor de legitimación teórica de esta nueva realidad. Tácitamente se admitía como un fracaso que España fuera incapaz de aprovechar buena parte de sus recursos humanos en su propio territorio, pero, aceptando este hecho consumado con notable naturalidad, abordaron la cuestión de qué función debían desempeñar las administraciones públicas a partir de ese momento. Prevaleció una coincidencia básica: el Estado no podía desentenderse de la suerte que corrieran sus ciudadanos, incluso si éstos habían decidido traspasar las fronteras nacionales. En primer lugar, porque una colonia carente de atención era una fuente de desprestigio exterior del Régimen, cuyas repercusiones serían difícilmente subsanables^^. Pero no todo eran filantrópicas preocupaciones. El Servicio de Relaciones Exteriores de la DNS advirtió en reiteradas ocasiones sobre la potencial dimensión que podían alcanzar las repatriación de los ahorros de los trabajadores en el extranjero si la emigración se encauzaba con un mínimo de orden y eficacia. Y tampoco menospreciaron un aspecto aparentemente menor, aunque factor imprescindible para el desarrollo económico de un país y del que la OSE albergaba las competencias: la emigración como fuente de capacitación profesional en las más modernas tecnologías. De esta manera, la Organización Sindical concedió tal importancia al renovado proceso migratorio, que hizo de él uno de los principales centros de sus actividades exteriores, desde que las inició al principio de los años cincuenta. La tarea emprendida hubo de afrontar no pocas dificultades. La primera de ellas fue constatar el desconocimiento absoluto del número de españoles que se encontraban trabajando fuera de España y la ausencia de un registro pormenorizado de salidas o entradas. Tal situación podía parcialmente explicarse por la práctica generalizada de abandonar irregularmente el país, mediante el recurso a visados turísticos o careciendo de toda documentación, producto de las dificultades para obtener los diferentes permisos necesarios, tal y como se señaló con anterioridad. De esta forma, durante no pocos años, se aceptaron como oficiales las estimaciones que los agregados laborales se veían obligados a realizar, sin medios fiables y, en no pocos casos, al mismo tiempo en el que se incorporaban a unos destinos que les eran en gran medida ajenos. Existe, no obstante, un consenso básico que permite afirmar que, desde el comienzo de la década de los cincuenta, la emigración se dirigió principalmente hacia Europa occidental, sustituyendo al tradicional éxodo transatlántico. Francia y Bélgica inicialmente. Reino Unido, Alemania y Suiza después, fueron los países que recibieron un mayor número de trabajadores españoles. El papel de la OSE en los acuerdos bilaterales reguladores de la emigración La decidida voluntad de la OSE de desempeñar un papel protagonista en la política migratoria le llevó a participar activamente en las negociaciones de acuerdos laborales bilaterales con otros países. Estas negociaciones, en las que la presidencia de la delegación española recayó habitualmente sobre el Ministerio de Asuntos Exteriores (participando también delegados de los ministerios de Trabajo, Industria y Comercio), se prodigaron a partir de la segunda mitad de los años cincuenta. La representación de la OSE estuvo habitualmente compuesta por dirigentes de la Oficina de Encuadraraiento y Colocación, de la Obra Sindical de Previsión Social y del Servicio de Relaciones Exteriores de la DNS. A través de los distintos acuerdos pretendió establecerse un marco jurídico regulador de las condiciones de trabajo de los españoles que se desplazaran al extranjero, especialmente en aquellos aspectos relacionados con el establecimiento de instrumentos de transferencias de fondos y la coordinación de los sistemas de seguridad social. En suma, se pretendió sentar las mínimas bases que facilitaran que el nuevo éxodo migratorio, dirigido esta vez hacia Europa, se realizaba con unas garantías mínimas para los trabajadores y con un provecho parejo para el Estado. Los acuerdos alcanzados fueron de muy diversa índole, según la situación concreta de cada país y la voluntad de las contrapartes gubernamentales. La OSE desempeñó un papel especialmente destacable en las negociaciones con Bélgica. De hecho, aunque desde 1951 la embajada de España en Bruselas trasmitió en reiteradas ocasiones al Una aproximación a la imigración española hacia Europa... Ministerio de Asuntos Exteriores la necesidad de negociar un acuerdo laboral, no se adoptó iniciativa alguna en tal sentido hasta que una delegación de la DNS, desplazada a varios países con el cometido de estudiar instrumentos para la prevención y tratamiento de la silicosis, constató la situación de total desamparo en la que se encontraban los mineros españoles en territorio belga y dio la voz de alarma: «en definitiva, y como resumen de lo expuesto, se llega al convencimiento de que el gobierno español, por todos los medios a su alcance debe controlar el desplazamiento de nuestros mineros a Bélgica y someterlos a una acción tutelar que como hombres y como españoles merecen»^^. En el interesante informe elaborado por la OSE puede comprobarse que la preocupación no se sustentaba únicamente sobre sentimientos filantrópicos: ante las discriminaciones que sufrían respecto a los mineros de otros países (especialmente italianos) con los que Bélgica había suscrito acuerdos, un número significativo de españoles (atendiendo a los propios consejos de la administración y organizaciones sindicales belgas), demandaban el estatuto de reñigiado político que les otorgaba mayores beneficios sociales, lo que ponía en evidencia a las autoridades españolas y proporcionaba no pocos réditos políticos a los exiliados antifranquistas. Las inquietudes expuestas se saldaron en 1957 con la firma de diversos acuerdos que abarcaban desde un convenio general sobre seguridad social hasta la coordinación de ciertos procedimientos administrativos de indudable interés, como la redacción de formularios en las lenguas oficiales de ambos Estados. No cayó en el olvido la querida reivindicación española de simplificación de los instrumentos de transferencias de fondos. Fue, sin embargo, un asunto de importancia aparentemente menor el que posiblemente fue recibido con mayor regocijo en el seno de la OSE. Desde el momento de la entrada en vigor del convenio hispano-belga, los trabajadores que quisieran acogerse a sus beneficios -y hay que suponer que serían la práctica totalidad-deberían formalizar su situación ante la embajada española. Esta nueva situación facilitaría notablemente su control (especialmente, como se abordará más adelante, por parte de la agregaduría laboral) y restaría influencia a los grupos de exiliados que hacían proxelitismo entre los trabajadores españoles. Por último, también se alcanzaron acuerdos específicos para el sector de la minería que favorecieron una incorporación masiva de españoles a las cuencas carboníferas belgas, abandonadas por los mineros italianos a causa de los muchos accidentes provocados por la deficiente seguridad de las explotaciones. En el caso de las negociaciones con Francia, celebradas en Madrid durante el mes de marzo de 1956, la DNS también jugó un destacado papel a través del agregado laboral en París. El agregado -José Sanz Catalán-desde el principio se destacó por ser el principal interlocutor firente a los representantes de la Oficina Nacional de Inmigración (ONI) fi:*ancesa. También se vio obligado a mediar en los enfirentamientos que se produjeron en el seno de la delegación española, entre sus colegas del Servicio Nacional de Encuadraroiento y Colocación de la DNS y los delegados del Instituto Español de Emigración. A mediados de los años cincuenta, la emigración clandestina se había transformado en uno de los principales problemas bilaterales entre España y Francia. Cada año, miles de españoles atravesaban ilegalmente la frontera en busca de trabajo, utilizando intermediarios que cobraban generosamente sus servicios y se desentendían de los innumerables problemas que surgían con posterioridad. Los servicios consulares españoles y las autoridades galas de inmigración apenas tenían capacidad para dar respuesta al enorme cúmulo de incidentes que se derivaban de una tal situación-^^. La actualización del obsoleto Tratado Franco-Español de Trabajo y Asistencia, de 1932, parecía un objetivo compartido por los dos Estados. Tras la conclusión de las negociaciones, los textos finalmente adoptados obligaban a Francia a concretar anualmente el número de trabajadores dispuestos a ser aceptados, normalizar contratos, pormenorizar las ofertas y garantizar el pleno respeto de los derechos laborales de una mano de obra cuyas singulares características favorecían su sobreexplotación. Por su parte, la administración española se comprometía a colaborar en el reclutamiento de trabajadores y a eliminar las tradicionales trabas y restricciones para la concesión de visados. Significativamente, uno de los mayores problemas prácticos derivados de la puesta en práctica del acuerdo estuvo en la repatriación de los ahorros de los emigrantes. Inicialmente la administración española consiguió imponer su criterio mediante el establecimiento de tarjetas de giro o talonarios de mandato, puestos a disposición de los emigrantes. Pronto las autoridades francesas se percataron de que, mediante este sistema, el Estado español recaudaba subrepticiamente cerca de un 20% de los capitales transferidos. Y la asociación simbiótica de la Organización Sindical y la Iglesia católica tampoco fue a la zaga: los capellanes sindicales, cuyo cometido consistía en auxiliar espiritualmente a los emigrantes, transferían directamente a los familiares en España los ahorros encomendados... con una pequeña merma del 18% en concepto de comisión por el cambio de divisas. Tal situación encrespó los ánimos de las autoridades galas quienes sancionaron a la administración española y exigieron un inmediato cambio de métodos, provocando Una aproximación a la imigración española hacia Europa... el consiguiente regocijo entre la importante colonia de activos exiliados antifranquistas que residían en Francia. Como en el caso de Bélgica, la conclusión de un acuerdo con Francia contribuyó a hacer aflorar un buen número de emigrantes en situación ilegal, animando, al mismo tiempo, a que nuevas oleadas de españoles pusieran rumbo hacia el país vecino. Los problemas se multiplicaron dejando rápidamente obsoletos los acuerdos alcanzados en 1956. De inmediato comenzaron a negociarse nuevos acuerdos complementarios, prestando una especial atención a los colectivos más olvidados en el texto anterior y, de forma particular, a los emigrantes que residían permanentemente en Francia. En esta ocasión, también el agregado laboral desempeñó una labor destacada. Las iniciativas emprendidas hacia Alemania en las que participó la OSE fueron de un inferior calado que las descritas hasta este momento, si bien vieron la luz ya al principio de la década. Comenzaron con la pretensión de que se reanudaran las indemnizaciones a los españoles que trabajaron en las empresas del III Reich, interrumpidas desde el final de la II Guerra Mundial. También en 1952 se firmó un convenio de intercambio de trabajadores con la voluntad de mejorar la cualificación profesional, si bien la Organización Sindical puso particularmente sus esperanzas en que contribuyera, sobre todo, a tender puentes con las autoridades y organizaciones laborales alemanas. El aprovechamiento de este convenio -bastante modesto en sí mismofue extremadamente limitado: en sus primeros tres años de vida apenas fueron tramitados doscientos expedientes, debido a que los trabajadores españoles demostraban una gran dificultad para cumplir los requisitos exigidos y los alemanes no se sentían atraídas por las modestas condiciones de trabajo que les eran ofrecidas en España. Tan escasa respuesta dejó en una comprometida situación a los jerarcas verticalistas que se creyeron en la obligación de continuar, en los años siguientes a la firma, la difusión de las bondades del convenio. La respuesta continuó siendo tan escasa que, finalmente, la DNS optó por que los beneficiarios fueran reclutados entre los alumnos aventajados de los centros dependientes de la Obra Sindical de Formación Profesional. Tras esta decepcionante experiencia, en los últimos años de la década, la OSE participó en otras negociaciones con Alemania circunscritas al ámbito laboral. Entre ellas cabría destacar las que concluyeron con el acuerdo general de seguridad social, el acuerdo regulador de la emigración temporal de peones a la región del Ruhr y un nuevo acuerdo tendente a fomentar la especialización profesional de obreros españoles en empresas alemanas. De menor trascendencia fueron los acuerdos suscritos con Italia y Suiza. Los firmados con este último país tenían como objeto primordial atajar la oleada de españoles que llegaban con pasaporte turístico, residiendo y trabajando en la ilegalidad. Es necesario reconocer, no obstante, que la participación de la Organización Sindical en este caso ñie poco relevante. La OSE como instrumento de asesoramiento, asistencia y control político de la emigración española a través de las agregadurías laborales La conclusión de acuerdos bilaterales contribuyó a regular la precaria situación de muchos emigrantes pero, además, alentó a un número considerable de españoles a buscar trabajo en el extranjero. Ya en la década de los cincuenta el éxodo laboral hacia algunos países europeos alcanzó una notable dimensión. Esta situación planteó con insistencia la cuestión ya mencionada con anterioridad sobre las responsabilidades y compromisos que un Estado conserva hacia sus nacionales, aun si éstos se encuentran más allá de sus fronteras. El trabajador español llegaba a un país extraño careciendo, en la inmensa mayoría de las ocasiones, incluso de un conocimiento mínimo de la lengua allí hablada. Su introducción en el mercado de trabajo y en la sociedad que le acogía, la observancia del cumplimiento de las condiciones pactadas en convenios y contratos o la mediación en conflictos en los que pudiera verse involucrado, resultaban pruebas arduas que individualmente se afrontaban con dificultad. La OSE, a través de sus agregados laborales, contribuyó a asesorar y asistir a los emigrantes en sus problemas cotidianos, aprovechando estos servicios también para alcanzar otros objetivos de no poco calado político: controlar a la colonia española y reforzar las relaciones institucionales con las administraciones de otros Estados. Claramente lo expresaba el Jefe del Servicio de Relaciones Exteriores de la DNS a Francisco Franco: «No podemos dejar dispersos a los españoles deslizados por la emigración. Son hombres de España que debemos conducir y cuidar a través de los sindicatos a los cuales pertenecen, no dejándoles dispersos y llevando hasta ellos el recuerdo, consejo y presencia de sus cantaradas. La emigración debe ser canalizada en su naturaleza y aspecto sindical»^^ Así ocurrió en Bélgica, donde la entrada en vigor de los acuerdos obligó al agregado laboral a divulgar sus contenidos entre los emigrantes Una aproximación a la imigración española hacia Europa.. y facilitar la solución de todas aquellas cuestiones ligadas a su interpretación. De especial relevancia fue la tarea de alentar las reclamaciones individuales de cientos de trabajadores -en su mayoría mineros-que les permitieran obtener el reconocimiento de ciertos derechos que en los acuerdos se contemplaban con carácter retroactivo. También hay que destacar la actividad de la agregaduría cuando, a finales de la década, el estallido de una crisis económica desembocó en el despido de un número importante de mineros españoles. Todos estos esfuerzos efectuados desde la agregaduría no fueron en vano, viéndose recompensados con el incremento de su inñuencia sobre una colonia que tradicionalmente se había caracterizado por su oposición al Régimen y sus recelos hacia la representación del Estado en Bélgica. Las tareas de asesoramiento legal realizadas por la agregaduría laboral alcanzaron también una enorme envergadura en Francia, donde los trabajadores españoles se contaban por cientos de miles. La mayor parte de aquellos que demandaron consejo y asistencia fueron trabajadores agrícolas de temporada, ocupados en arrozales, viñedos y campos de remolacha. Tal fue el número de empleados en el campo francés que llegó a constituirse una Comisión de Conciliación, compuesta por representantes de la administración y de la asociación patronal agraria francesas y, de parte española, por representantes de la DNS con estatuto de adjuntos a la agregaduría laboral. Pero la tarea no se circunscribió exclusivamente al ámbito agrícola, alcanzando también a las principales industrias, donde se concentraban un número significativo de españoles a los que se pretendió hacer partícipes de las líneas directrices de los acuerdos alcanzados. Entre las actividades destacables de la agregaduría laboral en París también estuvo la difusión de información sobre la concesión de subsidios para los emigrantes de mayor antigüedad, de forma que pudieran regresar a España a disfrutar de los que previsiblemente serían sus últimos años de vida. De igual forma el agregado laboral en Berna hizo del asesoramiento y asistencia a los emigrantes una de sus principales tareas. A tal efecto visitó continuamente explotaciones agrarias y fábricas de los cantones donde se concentraban españoles, desde el convencimiento de que los principales problemas que les afectaban procedían de su falta de información. Sin embargo, a diferencia de sus homólogos en Francia y Bélgica, no consiguió un nivel aceptable de interlocución con las autoridades del país, acusando a la administración helvética de una falta absoluta de voluntad política para establecer cauces de diálogo permanentes. Una mención diferenciada debe hacerse a la atención a los españoles trabajando en Gran Bretaña. Allí se creó una oficina de atención integral que debería asistir a los emigrantes desde su llegada, ayudando a la formalización de documentos, orientando en la búsqueda de alojamiento y elaborando un censo. Esta atención inicial debería continuarse facilitando la inserción en el mercado de trabajo británico, aconsejando los sectores con mayor demanda de empleo e informando de los derechos laborales pertinentes. Tan elaborado plan fue un fracaso que se saldó con una deficiente asistencia a los emigrantes. Las raíces de este frustrado intento seguramente hay que buscarlas en el modelo organizativo puesto en práctica: la oficina diseñada debía trabajar bajo las órdenes conjuntas de la agregaduría laboral y del consulado, producto de un acuerdo interministerial elaborado conjuntamente por Gobernación, Exteriores, Trabajo y la Secretaría General del Movimiento. La consecuencia de tal diseño fueron continuos conflictos de competencias y solapamientos que concluyeron con la desprotección de los trabajadores españoles. Junto con las labores de asesoramiento, tampoco debe desdeñarse la estricta asistencia a los emigrantes incapaces de afrontar por sí mismos situaciones de desamparo por las que atravesaban. Fueron especialmente numerosos los casos de empleadas de hogar que, en no pocas ocasiones, producto de su limitado nivel cultural y de su aislamiento en el lugar de trabajo, fueron víctimas de abusos y vejaciones. Pero también trabajadores empleados en zonas aisladas, emigrantes sin recursos o de familias de fallecidos necesitados de repatriación. En esta tarea los agregados laborales no se encontraron solos, contando frecuentemente con la colaboración de miembros de la Sección Femenina o de sacerdotes de la Asesoría Eclesiástica de la DNS. Pero los desvelos de la DNS hacia los emigrantes no estuvieron dedicados con exclusividad a garantizar su bienestar. Sin demérito de las actividades descritas hasta el momento, en el extranjero, la DNS pretendió continuar la función de encuadramiento político de los trabajadores que le competía en España. De esta forma, los agregados laborales participaron en la vigilancia, intentaron la represión e informaron puntualmente a sus superiores de las actividades contrarias al Régimen protagonizadas por los emigrantes españoles. El agregado en Bruselas se distinguió por ser especialmente activo en estos menesteres, reconociendo con orgullo a sus superiores que los exiliados le «presentaban como un "Agente " de control e investigación fascista». Para el más efectivo ejercicio de tales actividades clasificó a la colonia española en diversas categorías (llegados antes de la guerra civil, exiliados republicanos moderados, componentes de las oleadas migratorias de los cincuenta,...), estableciendo para cada una de ellas una estrategia diferenciada. Los socialistas, mayoritariamente astu-Una aproximación a la imigración española hacia Europa... rianos, fueron su objetivo preferente, dando puntualmente cuenta de su participación en manifestaciones o conflictos laborales. Su encono contra este colectivo alcanzó tal escala que el agregado llegó incluso a actuar contra los clubes de fútbol que consideraba que se encontraban bajo su control. El principal instrumento de encuadramiento y control político puesto en práctica desde la agregaduría laboral fueron los llamados Hogares Españoles, centros sociales donde se asesoraba a los emigrantes, se impartían clases^^, se recibía asistencia y se compartía el ocio con los compatriotas, recreando el ambiente de una patria lejana y mayoritariamente añorada. Pero el objetivo último de estos centros no fue otro que el control político de los trabajadores españoles y, muy especialmente, de los mineros^^. Controlados por la DNS, dirigidos desde las agregadurías laborales, imposibilitados para coordinarse entre sí, los Hogares perseguían aislar a la colonia española de un entorno social y político del pais de acogida que se consideraba, por democrático, pernicioso y susceptible de poner en cuestión el modelo de Estado vigente en España. No obstante, es preciso reconocer el éxito de los Hogares Españoles en Bélgica. Se multiplicaron por todo el país, enclavándose preferentemente en las regiones mineras (donde mayor era la influencia socialista), agrupando a un número importante de personas, muchas de las cuales habían explícitamente manifestado reticencias a relacionarse con la embajada española o los consulados. No parece casual que ningún embajador español osara visitar las regiones carboníferas hasta que los Hogares comenzaron a funcionar. Incluso consiguieron superar boicots iniciales de grupos de exiliados. No en balde su popularidad les llevó a ser elegidos como interlocutores por las distintas administraciones belgas para la solución de algunos asuntos menores relacionados con la emigración. La resultados cosechados en Bélgica animaron a trasladar la experiencia a Francia a finales de los años cincuenta, si bien se optó por una gradual puesta en práctica. En una primera fase, coordinados desde la agregaduría laboral, miembros de la Sección Femenina y de la Asesoría Eclesiástica de la DNS asistirían y asesorarían a los emigrantes, lo que concluiría con la constitución de Hogares de la Emigración. Una vez consolidada la actividad de los Hogares, éstos se transformarían en Casas de España, enclavadas en las regiones donde la presencia de emigrantes fuese más numerosa. El objetivo último de estas instituciones -que contaron con el apoyo del ministerio de Asuntos Exteriores y la aprobación en Consejo de Ministros-no dejaba lugar a dudas según lo expresado por el agregado laboral en París: «evitar y contrarrestar toda la acción de proselitismo político que actualmente se lleva por los sectores enemigos del Régimen»^^. Más allá del proyecto de las Casas de España, la actitud del agregado laboral en París ñie menos pasional que la de su homólogo de Bruselas. Siempre se decantó por tácticas integradoras fi:'ente a una parte de los españoles antifiranquistas antes que por una confirontación abierta con ellos. En contrapartida, exigió dirigir personalmente toda actividad política puesta en práctica hacia los emigrantes, impidiendo la actividad de los grupos falangistas que también salían de España en busca de trabajo. Tal voluntad no le impidió coordinarse con los cónsules españoles en Francia, en reuniones «ordenadas personalmente por el Ministro de Asuntos Exteriores», a las que asistieron también el Director de la Oficina de Información Diplomática y el agregado de prensa de la embajada. El agregado laboral optó por políticas conciliadoras -lo que provocó no pocos enfrentamientos con sus superiores-, entendiendo que eran las más eficaces para restar influencia a los colectivos antifranquistas. Una de sus primeras propuestas consistió en facilitar la concesión de pasaportes a los exiliados que así lo solicitaran, siempre que no fueran conocidos activistas. Argumentaba el agregado que buena parte de la oposición existente se sustentaba sobre un amplio desconocimiento de la verdadera realidad española, alimentado torticeramente por los exiliados más activos. Por lo tanto, nada tendría una más positiva repercusión que impulsar a que se constatara sobre el terreno cuál era la auténtica situación económica y social del país. En este mismo sentido, el agregado elaboró una serie de propuestas, muchas de las cuales fueron puestas en práctica. Entre ellas, eximir a los hijos de los exiliados de las responsabilidades que pudieran derivarse de las actividades de sus padres, promover el programa Vacaciones en la Patria o impulsar la concesión de becas para estudiar en España, todas ellas con el propósito de contribuir el acercamiento entre los medios sociales ligados al exilio moderado o inactivo en Francia y el interior del país. Las formas usualmente conciliadoras del agregado no deben conducir a engaño: su voluntad de combatir la disidencia fue inequívoca y no admite matices. De esta forma, intentó aprovechar sus relaciones institucionales con la administración francesa para forzar el cierre de los medios de comunicación ligados al exilio y dificultar las actividades de sus miembros más dinámicos. Asimismo, presionó con el fin de impedir las reuniones de los gobiernos republicano y vasco en el exilio, para que el Estado francés suprimiera todo subsidio del que se beneficiaran los huidos de la España franquista y exigió que las extradiciones solicitadas por el Régimen se atendieran de forma efectiva e inmediata. En modo alguno pudo deducirse de las actitudes del agregado un mínimo de comprensión o indulgencia hacia las actividades llevadas a cabo por los opositores al general Franco. En otros Estados la voluntad de control y represión llevada a cabo desde las agregadurías laborales fíie de menor intensidad. El agregado en Londres se mostró especialmente diligente para identificar e informar de la participación de emigrantes en las actividades contrarias al régimen fi:-anquista celebradas en 1960, con motivo de la visita de Castiella a la capital británica. En Alemania el agregado -no excesivamente activo en ninguno de sus cometidos-se limitó a entrar en contacto con un capellán de la policía germana que pretendía evitar la influencia comunista sobre los emigrantes españoles. El agregado laboral en Berna manifestó en repetidas ocasiones su preocupación por las demostraciones de antifranquismo protagonizadas por los españoles allí residentes. En todos los casos, no obstante, exiliados y emigrantes comprometidos con actividades contrarias al Régimen siempre fueron objeto de atención especial por los agregados laborales. Debe hacerse una mención expresa a los intentos realizados desde las agregadurías laborales para impedir -o al menos dificultar-el contacto entre los emigrantes y las organizaciones sindicales de los países de acogida. No debe olvidarse, como se señaló anteriormente, que uno de los cometidos de los agregados consistía en mantener en el exterior la labor de encuadramiento confiada a la OSE en el interior de España. El agregado laboral en Bruselas (donde asturianos y catalanes mayoritariamente se afiliaban al sindicato socialista FGTB y los vascos al cristiano CSC) afirmó que inicialmente permitiría la sindicación a los españoles pero que, llegado el momento, acabaría con tal situación. El agregado en París no ocultó su malestar por la participación de españoles en conflictos obreros y, especialmente, por la vinculación de muchos de ellos con la filocomunista CGT. Fue en Alemania y Suiza donde las fricciones alcanzaron un mayor nivel. La poderosa confederación sindical germana, DGB, acometió varias iniciativas tendentes a facilitar la integración laboral de los emigrantes españoles, al igual que acostumbraba a hacerlo con los de otras nacionalidades. Básicamente, las actividades se concentraban en informar sobre los derechos laborales vigentes en aquel país y favorecer el aprendizaje de unas nociones mínimas de su lengua, que contribuyeran a paliar la indefensión habitual de los trabajadores extranjeros que allí recalaban. Un número significativo de españoles se mostraron reacios a estos contactos, manifestando temor ante futuras represalias que pudieran esperarles al retornar a España. Ante tal situación la DGB pidió explicaciones al agregado laboral que negó cualquier posibilidad en tal sentido. Sin embargo, los informes remitidos desde la propia agregaduría en Bonn a sus superiores de la DNS confirmaban sin espacio para la duda lo expresado por los emigrantes a los sindicalistas alemanes. Las relaciones entre el agregado laboral en Berna y la Unión Sindical Suiza también estuvieron empedradas de incidentes, provocados por los intentos de control político realizados desde la agregaduría y a las sospechas de represalias en caso de que los emigrantes decidieran unirse al sindicato. Sin embargo, el enfrentamiento de mayor trascendencia ocurrió tras la firma del convenio hispano-suizo de emigración que contemplaba la posibilidad de que organizaciones españolas -sin precisar cuáles-actuaran en Suiza con el propósito de ofrecer asistencia a los emigrantes. La confederación sindical creyó ver en esta disposición un subterfugio que permitiría la intervención de la OSE o de Falange, oponiéndose radicalmente a tal posibilidad, hasta el punto de hacer peligrar la ratificación del convenio. Finalmente pudo salvarse la situación mediante un canje de notas entre los gobiernos español y suizo donde se manifestaba expresamente que las organizaciones españolas tendrían una función exclusivamente asistencia! Un caso singular de control político cuya responsabilidad recayó sobre la OSE tuvo por protagonistas a los miles de españoles que fueron repatriados de la Unión Soviética en 1957, operación que el Régimen transformó en una cuestión de prestigio pero hacia la que, al mismo tiempo, demostró tener no pocos recelos. La OSE fue encargada del «cuidado, tutela y adaptación» de los retornados, teniendo en cuenta que la mayor parte de ellos «no habían conocido otra educación que la del pueblo rusOj carente en absoluto de la formación cristiana del niño español». En suma, la Organización Sindical puso a disposición del Estado su vasta estructura tanto para facilitar la inserción laboral de los retornados como para vigilar su comportamiento. Los Delegados Provinciales de Sindicatos debieron informar a sus superiores sobre el entorno famihar y capacidades profesionales de aquellos, «indicando -a ser posible-si la ideología comunista prendió en él y en qué grado». Con los datos recabados se elaboraría un plan de ayuda para la obtención de trabajo y concesión de viviendas, siempre intentante que el grupo quedara lo más disperso posible en todo el territorio español. El temor de las autoridades resultaba evidente: «ha de ser objeto de especial preocupación la posible actividad proselitista de algún repatriado cuyos relatos -verdades a medias-en ciertos casos, podrán influir en sectores de deficiente formación política, siempre propicios a dejarse seducir por quienes puedan especular sobre el bajo nivel de vida del trabajador español»^^. Una aproximación a la imigración española hacia Europa.. Intentos de instrumentalización de los emigrantes frente a terceros Estados Más allá del asesoramiento, asistencia o control político, durante los años cincuenta la OSE también intentó, al menos en dos ocasiones, utilizar a los emigrantes españoles como instrumentos de presión sobre los gobiernos de los países de acogida o sobre terceros Estados. En 1953, facilitó la constitución del Sindicato de Trabajadores Españoles de Gibraltar y alentó sus movilizaciones. Razones laborales no faltaban para la protesta. Los cerca de 12.000 gaditanos y malagueños que allí trabajaban carecían de los más mínimos derechos: no eran beneficiarios de asistencia sanitaria, prestaciones por accidente, enfermedad o jubilación; tampoco se les reconocía el derecho de sindicación. Las jornadas podían llegar a las 90 horas semanales y, en algunas ocasiones, sólo a cambio de manutención y propinas. Aprovechando esta lamentable situación, la OSE promovió la convocatoria de una huelga aparentemente motivada por el descontento obrero. Sin embargo, el último y oculto fin estuvo en la voluntad de la Organización Sindical de importunar al Reino Unido^^. Tal gravedad alcanzó el asunto que la OSE fue advertida por el gobierno español de que todo lo relacionado con Gibraltar era cuestión de Estado y que debía abstenerse de toda iniciativa hacia ese territorio sin consultar previamente, terminando con sus veleidades intervencionistas en la colonia británica. De mayor envergadura fueron los proyectos que la OSE puso en práctica en Marruecos antes de su acceso a la independencia. En el enclave internacional de Tánger, aprovechando una importante presencia de empresas y trabajadores españoles, la OSE promovió la constitución de un sindicato títere: la Unión Sindical Tangerina (UST). Varios fueron los motivos que animaron esta decisión, pudiendo resumirse todos en la voluntad de controlar la fuerza de trabajo española que allí se encontraba. En primer lugar, para evitar la influencia de los sindicatos marroquíes y franceses que allí actuaban sobre los emigrantes españoles. Después, para preservar a las empresas españolas de la posible acción sindical de organizaciones no controladas por la OSE. Y, por último, porque la UST se concibió como el embrión de una organización mayor que, tras afianzarse en Tánger, ampliaría su ámbito de actuación al protectorado francés en el sur de Marruecos donde también trabajaban un considerable número de españoles. Al igual que en el caso de Gibraltar, las ambiciones de la OSE no se circunscribían fundamentalmente en el ámbito laboral: el objetivo principal era estructurar la colonia española con el fin de poderla utilizar como instrumento de presión contra Francia, cuyas actitudes ocasionaban no pocos quebraderos de cabeza al régimen franquista. El esfuerzo fue finalmente baldío porque, antes de concluirse, Marruecos alcanzó la plena independencia^^. ^ Relación de abreviaturas: AGA, Archivo General de la Administración; AISS, Administración Institucional de Servicios Socioeconómicos; SRE, Servicio de Relaciones Exteriores de la Delegación Nacional de Sindicatos (DNS); SG, Secretaría General de la OSE; VOS, Vicesecretaría de Ordenación Social; AMAE-R, Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores-Fondo Renovado. ^ La carencia de viviendas -con el consiguiente encarecimiento de las existentesalcanzó tales extremos que, en el sur-este de Madrid, podían encontrarse zonas donde los que llegaban desde zonas rurales habitaban literalmente en cuevas construidas y acondicionadas por ellos mismos. Así puede constatarse en informes elaborados por la propia Organización Sindical Española (vid. Visita a España de un representante sindical francés y de un periodista suizo, s.f. -atribuible a 1952-, AGA/AISS-SRE, R-2208). ^ El marco jurídico regulador de la emigración española en los primeros años cincuenta lo componían un Decreto de 11 de enero de 1946 relativo a la repatriación de ingresos (Tesoro del Emigrante) y una Orden de 20 de marzo por la que se fijaban los trámites del proceso migratorio bajo garantía y tutela del Estado español. Esta última norma no era más que la rehabilitación de la Ley y el Reglamento reguladores de la emigración de 1924, que fiíeron derogados por el Decreto de 1 de agosto de 1941 que creó el Consejo General de Emigración, y que, de hecho, impedían la emigración. Posteriormente, el 5 de enero de 1948, se adoptó una Orden que suprimía la exigencia de estar en posesión de un contrato de trabajo para solicitar el permiso para emigrar al extranjero. ^ Tenían competencias sobre distintos aspectos relacionados con la emigración al extranjero los ministerios de Asuntos Exteriores, Ejército, Marina, Educación Nacional, Gobernación, Trabajo y Secretaría General del Movimiento. En la concesión de pasaportes y visados también podían ejercer una influencia decisiva ayuntamientos, hermandades de agricultores y ganaderos y hasta los párrocos locales. SECCIÓN DE POLÍTICA SOCIAL: «Emigración, política social y seguridad social», Cuadernos de Política Social xfáS (1960), pag. ^ Una aproximación bibliográfica a la emigración como «válvula de escape» o «válvula de seguridad» de la España de los años sesenta puede encontrarse en RODENAS CALATAYUD, Carmen: «Emigración y mercado de trabajo en España (1960España ( -1985)), Exils et migrations ibériques au XX^^ siècle rf 3-4 (1997) •^^ Sobre este asunto, resulta muy interesante la consulta de los siguientes documentos, elaborados por el agregado laboral en Francia: Informe 2377 sobre mano de obra en emigración temporal a Francia, 9-III-1956 e Informe sobre la emigración temporal de obreros españoles a Francia, 4-XII-1956, ambos en AGA/AISS-SRE, R-2420. •^^ Discurso de Miguel García de Sáez ante el Jefe del Estado, (s.f., atribuible a 1956), AGA/AISS-SRE, R-2190. ^^ Las clases que se impartían en los Hogares tenían una evidente intención doctrinal, pues no en balde eran de lengua, religión e historia. La decisión no era casual, el III Congreso Nacional de Trabajadores de la OSE, celebrado en 1955, refiriéndose a la política a desarrollar hacia los emigrantes había manifestado que debía «extremarse el contacto con los mismos y la vigilancia de su situación, fomentando la enseñanza de nuestro idioma, la práctica de nuestra religión y manteniendo vivo el sentido de nuestra unidad nacional de destino». ^^ Así se reconocía en las notas informativas elaboradas por el agregado laboral en Bélgica en julio y agosto de 1959, que pueden consultarse en AGA/AISS-SRE, R-2198. Acción político-social sobre las zonas de emigración española en Francia, VII-1960, AGA/AISS-SRE, R-2202. ^^ Diferente documentación sobre este asunto puede consultarse en AGA/AISS-VOS, R-1300. ^^ Resulta tremendamente significativo que el artículo firmado por el Jefe del Servicio de Relaciones Exteriores de la DNS, Miguel García de Sáez, publicado en El Camagüeyano el 15 de marzo de 1953, tuviera como título La huelga de Gibraltar Una batalla obrera contra el imperialismo inglés. ^^ Sobre la intervención de la OSE en Marruecos, antes y después del acceso del país a la plena independencia existe un gran volumen de documentación en los fondos del Servicio de Relaciones Exteriores de la DNS.
Uno de los motores del desarrollo económico y la apertura exterior de España durante la década de los años sesenta fue el auge sostenido del turismo extranjero. La entrada de divisas ligada a la afluencia de veraneantes se tradujo en un impulso considerable al proceso de modernización del país. Al mismo tiempo, el encuentro personal directo entre turistas y residentes facilitó el acceso de la población española educada bajo el franquismo a las pautas de actuación social, moral y cultural de los países de su entorno geográfico. Este artículo analiza la contribución del turismo a la inserción de España en la órbita de los países capitalistas y democráticos del mundo occidental, al servir de factor legitimador del sistema político, embajador de una imagen nacional y acelerador del crecimiento económico, el cambio sociológico y la integración institucional del país. Evolución del turismo extranjero con destino a España El registro de los primeros viajes a España por razones «turísticas», esto es, con fin de disfirute vacacional y sin ánimo de lucro, se remonta al último tercio del siglo XIX. Los escasos integrantes de estas partidas pioneras formaban dos grupos muy diferentes entre sí: unos, aventureros, eruditos y autores románticos, recorrieron la geografía ibérica en busca de un paisaje exótico que inspiró novelas y cuadernos de Esther M, Sánchez Sánchez 202 viaje; otros, procedentes de medios opulentos, prefirieron disfirutar de los efectos terapéuticos de las estaciones termales de la costa cantábrica o de los balnearios del interior, bien por prescripción médica, bien por simple ansia de recreo. Su llegada fue pareja a un cierto impulso en el desarrollo de las infraestructuras, a la mejora urbanística de los núcleos de mayor demanda y a la puesta en funcionamiento de diversos organismos para la regulación y estímulo del sector. En este último aspecto, destacó la creación de las primeras instituciones estatales (Comisión Nacional de Turismo en 1905, Comisaría Regia de Turismo en 1911, Patronato Nacional de Turismo en 1928) y la proliferación de «sociedades de excursionistas» en las distintas ciudades españolas (Centro Excursionista de Cataluña en Barcelona, 1876; Sociedad Española de Excursiones en Madrid, 1893; Sociedad Castellana de Excursionismo en Valladolid, 1903). Pero, en los albores del siglo XX, la entrada de visitantes extranjeros en España continuaba siendo minoritaria. El resultado de la iniciativa estatal y privada no fue sino un cierto incremento de los índices del turismo interior, sobre todo entre las clases aristocráticas cercanas a la familia real y entre los académicos y hombres políticos más relevantes del momento. Con las dos guerras mundiales y la guerra civil española, el turismo quedó reducido a su mínima expresión. Al término de la segunda guerra mundial, los países beneficiarios del Plan Marshall consiguieron en breve remontar la destrucción de sus infraestructuras, cubrir las necesidades vitales de su población y forjar un ahorro interno que se tradujo en una ola creciente de desplazamientos. A medida que el turismo alcanzaba a capas más amplias de la población, sus antiguas motivaciones y destinos experimentaban sensibles mutaciones. Con los avances en el campo de la medicina y la carestía económica derivada del enfrentamiento bélico, las estaciones termales y balnearios entraron en un proceso de decadencia que supuso el desmantelamiento de buena parte de sus instalaciones. Los habitantes de la nueva Europa reconstruida y en plena expansión comenzaron a demandar sol y playas cálidas. Pero, en esos años, sus miras se dirigieron en prioridad hacia las costas mediterráneas de Italia y Francia. En España, los estragos de la guerra civil, la hostilidad exterior y la autarquía impuesta por el nuevo régimen forzaron un aislamiento y una penuria económica que iba a retrasar durante casi dos décadas la enorme tarea de la reconstrucción y modernización del país. Sólo las capas adineradas, generalmente cercanas a los vencedores, lograban disponer de carburante o de los escasos medios de transporte que seguían funcionando en condiciones mínimas de seguridad, velocidad El auge del turismo europeo en la España de los años 60 y confort. También se limitaba a esos sectores la capacidad para superar con éxito el entramado de formalidades burocráticas y policiales exigidas en los pasos fronterizos: pasaportes, visados, salvoconductos, autorizaciones de zona, cartillas de abastecimiento para extranjeros, bonosgasolina, impuestos de circulación... Por su parte, la propaganda oficial optó por la promoción del patrimonio histérico-monumental, testigo de tiempos gloriosos, y por el fomento de actividades que, como la caza y la pesca, estuviesen orientadas a la captación de minorías acomodadas que no representaran ningún peligro ni amenaza para el nuevo régimen. El tráfico de fugitivos, exiliados y emigrantes produjo, sin embargo, un movimiento de cierta intensidad en los principales puestos fronterizos del país. Esta circunstancia favoreció el nacimiento de algunas agencias de viajes que fueron incluso capaces de obtener, con procedimientos a veces no demasiado claros, una rentabilidad económica suficiente para subsistir sin pérdidas hasta enlazar con la explosión turística de los años sesenta. Tras el fin del aislamiento internacional del régimen franquista, las infraestructuras y medios de comunicación pudieron beneficiarse de la ajruda exterior de los Estados Unidos (en el marco de los Convenios de 1953), de los organismos internacionales (sobre todo la OECE y el FMI) y de algunos países europeos con los que España mantenía acuerdos bilaterales (así Francia). Entre esta serie de aportaciones exteriores cabe destacar la asistencia norteamericana. La cooperación técnica y militar entre España y los Estados Unidos favoreció la expansión de sectores fundamentales en el campo turístico. Sirva de ejemplo el sector de la aviación: los primeros reactores que pasaron a formar parte de la flota de Iberia en 1961 fueron los Douglas DC-8 cedidos por los Estados Unidos. En 1959 se firmó un convenio entre la International Cooperation Administration -ICA-y la Oficina Española para las Relaciones con Norteamérica, por el cual España recibió un crédito de 122,5 millones de pesetas dirigido en exclusividad al desarrollo del sector turístico. En 1962 se gestionó un nuevo préstamo de 200 millones de pesetas, a los que se agregó un crédito de 100.000 dólares aportados por la ICA para la propaganda turística de España en Estados Unidos^. El desembarco de los norteamericanos también sirvió para la llegada a España de la multinacional hotelera Hilton, que introdujo un nuevo modelo de gestión de gran influencia en la hostelería española de los años sesenta^. A la ayuda exterior se unió el cierre de una larga etapa de autarquía económica, tras la entrada de los tecnócratas en el gobierno y la puesta en marcha del plan de estabilización de 1959. El restablecimiento de la disciplina financiera, la fijación de un sistema monetario de cambios realistas, la creciente liberalización del comercio exterior y el abandono progresivo de la rigidez intervencionista jugaron en beneficio de la entrada de visitantes y divisas. Pronto, el boom del turismo internacional llegó a España y adquirió caracteres de una magnitud extraordinaria. En 1951 se registró el primer millón de visitantes y los incrementos absolutos fueron muy deprisa: 2.522. Según los datos aportados por las estadísticas oficiales, en 20 años el número de visitantes se había multiplicado por 12. Llegaba a España el turismo contemporáneo, llamado comúnmente de masas, A diferencia del turismo de épocas anteriores, patrimonio exclusivo de minorías, se caracterizó por la implicación de amplios sectores de población y potencialmente de la sociedad en su conjunto. En poco tiempo, España se situó a la cabeza de los países tradicionales de recepción turística en Europa: en 1952 logró superar a Francia y en 1964 a Italia, alzándose como líder del turismo mundial. Pese a la mejora progresiva del nivel de vida de la población española, durante la década de los años sesenta el turismo interior mantuvo un volumen sensiblemente inferior al del turismo extranjero. Europa fue la gran emisora de turistas hacia España, con un porcentaje medio anual del 80% del total de las entradas entre 1961 y 1970. Francia constituyó el más amplio mercado de captación, con una media del 48% del total europeo para el mismo intervalo. La distancia con respecto al resto de los países de Europa occidental fue considerable. ¿Cuál es la realidad que está detrás de estas cifras? ¿En qué circunstancias los poderes públicos se consideraron con licencia para pregonar el «milagro»? ¿Cuáles fueron, en definitiva, los factores explicativos de este auge? Pueden agruparse en tres grandes bloques: en primer lugar, los atractivos naturales y cojmnturales del país; en segundo lugar, la política de regulación y promoción turística puesta en práctica por el régimen franquista, y, en tercer aunque no último lugar, la influencia favorable del contexto de crecimiento económico y cambio social de Europa occidental. El auge del turismo europeo en la España de los años 60 Claves de una oferta turística atractiva España aglutinaba una serie de elementos singulares que definieron en el exterior un destino turístico de gran atractivo. Una de las razones de su elección como objetivo vacacional fue el factor de la proximidad. Las primeras oleadas importantes de turistas europeos que llegaron a España a finales de los cincuenta se instalaron en las costas catalanas, las más cercanas a sus lugares de origen. Desde entonces, esta región fue objeto de una intensa afluencia y de una demanda prioritaria, sobre todo entre la población francesa. En los años sesenta, en plena expansión del parque automovilístico, la carretera se mantuvo como la principal vía de entrada fronteriza y de desplazamiento por el interior de la península. El ferrocarril, que en los años de posguerra había subordinado el tráfico regular de viajeros al transporte de mercancías, arrojaba un índice de crecimiento muy lento y, en consecuencia, unos costes sensiblemente superiores a los del transporte por carretera. El avión, aunque en progresivo crecimiento, continuaba siendo un medio turístico limitado. Y, en fin, las compañías españolas encargadas del transporte marítimo de pasajeros en largo recorrido (Transmediterránea, Trasatlántica, Ibarra y Cía, Naviera Aznar S.A.) registraban un volumen estacionario de importancia muy reducida. Este esquema de disponibilidad y utilización del transporte explica la neta preponderancia del turismo europeo sobre el norteamericano y un desarrollo ligeramente más tardío del turismo hacia los archipiélagos. A pesar de la cercanía geográfica, los habitantes de Europa occidental conocían poco y mal la realidad española. Imágenes fuertemente estereotipadas nutrían la mentalidad colectiva de la época. Si tomamos como ejemplo el caso de Francia, es posible afirmar que la imagen de España era una amalgama de elementos muy diversos, contradictorios incluso, y todos ellos procedentes del pasado. Pervivían ciertas connotaciones de la leyenda negra creada en los siglos XVI y XVII en el contexto de decadencia de la monarquía hispánica: oscurantismo, despotismo, arrogancia, integrismo religioso, aislamiento... A estas percepciones se habían unido las imágenes exóticas difundidas por los viajeros del siglo XIX. Los clásicos del Romanticismo francés, como Chateaubriand, Mérimée o Gautier, seguían despertando un interés considerable y prueba de ello es la publicación, casi un siglo más tarde, de obras que persistían en la exhibición de España como un país insólito, plagado de contrastes y lugares misteriosos (por ejemplo Images d'Espagne de J. Sermet en 1955 o L'itinéraire espagnol de A. Serstevens en 1963). Los escritos más eruditos, con análisis detallados del conjunto histórico y el patrimonio monumental de España (así Nous partons vers l'Espagne de P. Guinard, 1963), tuvieron una difusión mucho menor. Por su parte, el mundo del espectáculo asistió al desarrollo de la españolada o la reducción del patrimonio cultural español a representaciones populares de la Carmen de Bizet, la canción de Luis Mariano, el flamenco y los toros. También la guerra civil despertaba un gran poder de seducción entre el público francés. En palabras del hispanista Jean-Marc Delaunay, «la guerre civile espagnole fut sans aucune doute la période la plus espagnole de l 'opinion publique française»^, Y es cierto que, varias décadas después del conflicto, las imágenes del drama y la tragedia continuaban vigentes al referirse a España, y la guerra civil, con sus dosis de idealismo y leyenda, era uno de los temas recurrentes en la prensa y en la bibliografía coetáneas. Con la estrategia utilizada en la promoción exterior del turismo, el régimen franquista contribuyó a consolidar y acentuar esta visión estereotipada ya de por sí dominante en el imaginario europeo. Se produjo, en estos años, un contraste paradójico en la doble forma de proyección de la imagen de España en el extranjero. Por un lado, en el contexto de las primeras demandas para el ingreso en la CEE, los discursos sobre la apertura, la modernidad y el desarrollo económico se habían convertido en la nueva tarjeta de presentación de las más relevantes autoridades políticas (Areilza, Castiella...) y económicas (Ullastres, Navarro Rubio...). Sin embargo, el principio rector de la propaganda turística no fue tanto la venta de la imagen de un país moderno y de vocación europea como la explotación del arcaísmo y las condiciones de vida peculiares de los autóctonos, la restauración de los viejos estereotipos y la simplificación del modelo geográfico y cultural. La propaganda oficial concibió estos aspectos como la mejor forma de diferenciar a España entre los países de su entorno y potenciar, de esta forma, su atractivo turístico. En la exportación del folklore popular, la iconografía se llenó de restos arqueológicos de glorias pasadas, de paisajes agrarios con instantáneas de miseria y de espectáculos religiosos al más puro estilo tradicional. Ruinas, costumbres rurales, productos de la industria artesanal y celebraciones católicas poblaron folletos, guías y reportajes, todos ellos comercializados bajo la etiqueta de «auténtico» para el disfrute de los demandantes de arcaísmo. Pero, sobre todo, fueron los tópicos andaluces los difusores por excelencia de la imagen turística de España. Al modo del Bienvenido Mr. Marshall de Berlanga, cualquier lugar de la península fue susceptible de convertirse en Andalucía, cubriéndose con estampas típicas, El auge del turismo europeo en la España de los años 60 de fácil reconocimiento y pervivencia en el subconsciente colectivo. El Paris Match del 16 de septiembre de 1962 introducía un reportaje sobre el ocio de los parisinos con una viñeta humorística muy ilustrativa. Para referirse a España el dibujo presentaba a los interpelados, vestidos de sevillana y cordobés, tomando unas tapas en un habitat decorado con los souvenirs importados de su destino turístico preferido: el cartel de una corrida de toros, el poster de un pueblo de fachadas blancas resplandecientes bajo el sol, una guitarra, una pandereta, un abanico, una manta de bandolero y una imagen religiosa^. La convergencia entre la demanda extranjera y la oferta oficial influyó en el conjunto de la población española que, sin posibilidad de escapar al juego de espejos deformantes, acabó por identificarse con toda aquella parafernalia folklórica^. A fin de dejar al visitante una impresión muy typical, los espectáculos taurinos, los bares de tapas y los locales destinados al cultivo de un flamenco de ocasión crecieron de forma asombrosa. Tal insistencia en la comercialización turística del estereotipo contribuyó a acentuar la imagen sesgada de España en el exterior, pero también fue la forma más cómoda y más rápida de promocionar las playas y el sol ibéricos frente a la competencia mediterránea^. Porque, en efecto, los habitantes del noroeste de Europa se habían volcado hacia el sur en busca de un antídoto a sus largos, fríos y nublados inviernos. El clima fue otro de los factores que con más fuerza influyeron en la elección de España como destino turístico. La búsqueda de sol y playa se tradujo en una acusada estacionalidad (meses de julio y agosto) y una elevada concentración geográfica (franja costera mediterránea) del fenómeno turístico. Las excepciones fueron Canarias, por sus ventajas climáticas, y Madrid, por ser lugar de paso obligado en la ordenación radial del transporte español. Otro de los argumentos que reveló efectos positivos en la incitación al viaje a España fue el de sus bajos precios, fruto del incipiente nivel de desarrollo de la economía española, de la política de control de la administración pública y de la entrada en el mercado turístico de las grandes sociedades extranjeras. Los habitantes de los países industriales de Europa occidental pudieron disfrutar en España de servicios comparativamente superiores, en proporción calidad-precio, a los de sus lugares de origen. Además, la oferta oficial de condiciones financieras sumamente favorables animó a los inversores, particulares y empresas, a emprender negocios que resultaron muy rentables a corto plazo. A lo largo de los años sesenta, la gran demanda de alojamientos en las zonas turísticas fue seguida de una fuerte inversión en el mercado inmobiliario por parte de los titulares extranjeros, bien para la adquisición de una segunda vivienda, bien para un alquiler o venta rápida portadora de un alto beneficio ante la continua revalorización del suelo. Si el bajo coste de los terrenos, materiales y mano de obra garantizaba unos precios muy bajos de venta al público, la reventa solía superar el 15% de los fondos invertidos con una plusvalía anual del 30 o 40% y también los precios de alquiler se incrementaban continuamente. Ante la penuria del ahorro nacional y la escasa capacidad de maniobra de la iniciativa privada española, las grandes sociedades extranjeras acapararon el mercado turístico interior. Salvo unas pocas excepciones, como Viajes Marsans, Viajes Meliá o Pullmantur, los intentos de organizar agencias de viajes nacionales de tipo mayorista sucumbieron a la férrea competencia de los operadores turísticos extranjeros. Estos monopolios, entre los que el Club Mediterráneo francés constituyó un buen ejemplo, disponían de redes autosuficientes encargadas de la promoción y la organización autónoma del viaje «toutcompris», incluyendo transporte (generalmente en vuelo charter y autobús), alojamiento (a precios muy bajos) y una amplia gama de servicios para el esparcimiento de sus clientes. Una política oficial de promoción masiva El turismo se inscribe en esa facultad de adaptarse a las circunstancias que constituyó, de alguna forma, la práctica no escrita de la actividad exterior del régimen franquista. Los poderes públicos desterraron paulatinamente las medidas restrictivas a la entrada de extranjeros en España. Conforme avanzaba la década de los cincuenta, el interés inicial por la captación de un turismo de lujo cuyos componentes no crearan problemas al régimen, dejaba paso a una política de atracción no selectiva de un turismo colectivo a gran escala. Muy pronto el fenómeno fue considerado como una fuente irremplazable de beneficios a corto plazo. En los sesenta, la preocupación por los ingresos en divisas se convirtió en el factor rector del ordenamiento turístico. El auge numérico de las riadas estivales de turistas-divisas llevó a infravalorar, cuando no ignorar, sus posibles costes económicos y sociales a medio y largo plazo. También barrió los escrúpulos morales, las buenas costumbres y el recato que tanto se habían pregonado. El auge del turismo europeo en la España de los años 60 La respuesta estatal a la importancia potencial del turismo no se hizo esperar. En septiembre de 1948 apareció el famoso España es diferente, como una mezcla de disculpa y coartada para justificarse en clave internacional y lanzar la semilla de la atracción turística. El Ministerio de Información y Turismo, creado en julio de 1951 y dirigido por Gabriel Arias-Salgado hasta 1962 y por Manuel Fraga Iribarne desde ese año hasta 1969, se convertiría, después del de Gobernación, en el más influyente del país. Poco a poco, los asuntos turísticos invadieron los órdenes del día de comisiones y delegaciones interministeriales, a la vez que se multiplicaban las disposiciones y organismos para la regulación del sector. El turismo adquirió el rango de industria prioritaria y la trascendencia de cruzada nacional. Para los nuevos dirigentes tecnócratas no había ninguna duda sobre sus posibilidades en el desarrollo económico del país. Convencidos del carácter estructural o sostenido de la demanda, le otorgaron un lugar prioritario en la planificación indicativa que siguió a la estabilización de 1959: en el primer plan de desarrollo (1964)(1965)(1966)(1967) los transportes recibieron el 25% de la inversión pública y la construcción de alojamientos turísticos el 19,5%^. El turismo abría las puertas a una propaganda convertida, por su aceptación internacional, en una de las mejores garantías para la supervivencia del régimen. Tal parecía ser la percepción de Franco cuando en el mensaje que dirigió a los españoles para inaugurar el nuevo año de 1963 señaló: «Felizmente, los millones de extranjeros que nos visitan a diario son la mejor demostración de las verdaderas condiciones que reinan en el interior de nuestra nación»^. También la Iglesia asumió posiciones cada vez más transigentes frente a la invasión turística. Tuvo que aceptar la imposibilidad de inmunizar permanentemente a los españoles contra los peligros de la novedad extranjera y tuvo que reajustar sus esquemas para frenar una tendencia en ascenso hacia la laicización de la sociedad. Y así, por ejemplo, la «veda hispánica al uso del bikini», regulada en la normativa de la Dirección General de Seguridad de 1958 y respaldada con furia en sermones y letras episcopales, tuvo que ser abolida por unos y otros en la década siguiente. En un intento desesperado por evitar el declive irreversible de la «reserva católica de Occidente», la Pastoral de Turismo intentó reforzar su misión evangelizadora presentando los ritos de la liturgia religiosa a los visitantes extranjeros. Sin embargo, estos apenas diferenciaron el espectáculo exótico de la verdadera religiosidad. Con una amplia red de organismos repartidos por la geografía española y las principales capitales internacionales (oficinas de turismo. congresos y asambleas, expotun..), se puso en marcha un dispositivo de propaganda y publicidad destinado a promocionar en el exterior el viaje a España y a convencer en el interior que el turismo constituía un fin nacional e ineludible. En 1965, con ocasión de la entrega de las medallas al mérito turístico, Praga declaraba: «Es necesario crear y fortificar una verdadera conciencia turística, en la medida en que el turismo es una empresa nacional que exige la colaboración de todos los individuos en el seno de una obra común y constituye una responsabilidad para todos los españoles sin ninguna excepción»^^. La preocupación del ministro se m.anifestó claramente con aquel baño en la playa de Palomares que inauguró la temporada de 1966. Los obstáculos administrativos y el control policial para el cruce de aduanas ñieron progresivamente suavizados. El visado personal y el tríptico o carné de pasaje exigido a los automóviles que atravesaban los puestos fi:*onterizos quedaron respectivamente reemplazados por el pasaporte y la carta gris, de reducido trámite burocrático. Con todo, la supresión total del visado consular para los firanceses, por ejemplo, no se produjo hasta 1966. La fecha resulta sorprendentemente tardía teniendo en cuenta la liberalización creciente de los contingentes comerciales tras la entrada en la OECE y la voluntad proclamada de facilitar al máximo la entrada a los residentes del país vecino. Suponemos que este retraso no puede explicarse tanto por el desconocimiento de las circunstancias y proyectos oficiales como por las reticencias de los consulados a prescindir de unos recursos económicos sustanciales. En pocos años, se pusieron en funcionamiento diversos organismos públicos y privados destinados a la formación de especialistas: Instituto de Estudios Turísticos (1962), Escuela Oficial de Turismo de Madrid (1963) y escuelas de turismo y hostelería repartidas por las principales capitales de provincia. Apelando al interés nacional, se aprobó un amplio sistema de préstamos, exenciones fiscales, subvenciones a fondo perdido y otros privilegios como la expropiación forzosa y donación subjetiva de terrenos e inmuebles para obras turísticas. El crédito hotelero, creado en 1942, se convirtió en crédito turístico en julio de 1963, ampliando las posibilidades del sector. Los municipios incluidos en la Ley de Centros y Zonas de Interés Turístico Nacional de 1963 recibieron ayudas diversas para la construcción y el acondicionamiento de infraestructuras con proyección turística. Entre estas ayudas, el Banco Hipotecario se encargó de financiar las edificaciones destinadas a la venta a extranjeros. Reactualizando un proyecto de los años veinte, el estado creó en abril de 1952 su propia cadena de alojamientos de lujo destinados El auge del turismo europeo en la España de los años 60 a cubrir los vacíos turísticos del interior del país (Red Nacional de Paradores y Albergues). En este aspecto, el dinamismo de Fraga era excepcional hasta el punto de que si la estampa más típica del quehacer oficial había sido en los años cincuenta la de Franco inaugurando pantanos, la de los años sesenta era la de Fraga inaugurando paradores. El camping, objeto de trabas sistemáticas en los años cuarenta y cincuenta por principios de seguridad, moralidad y orden público, hubo de ser finalmente aceptado ante el gran incremento de la demanda. En el intento de presentar al país en condiciones de competencia que representaran otro acicate para los europeos, el gobierno estableció en septiembre de 1962 una «operación precios» basada en la fijación de un máximo y un mínimo que garantizasen el bajo coste de los servicios, operación que afectó ñindamentalmente al sector de la hostelería. Desde 1964, los riesgos de accidente, enfermedad y problemas jurídicos del viajero extranjero quedaron cubiertos por el denominado Seguro Turístico Español. El estado participó directamente como empresario en el sector a través de dos organismos: la Administración Turística Española -ATE-, encargada de la gestión de rutas, paradores y albergues, y el INI, al que pertenecían, entre otras sociedades. Autotransporte Turístico Español S.A. -ATESA-, Aviación y Comercio S.A. -AVIACO-, Líneas Aéreas Españolas S.A -IBERIA-, Empresa Nacional de Turismo S.A. -ENTURSA-y la empresa nacional de artesanía Artespaña. Por las vías legislativa y consuetudinaria, el estado se impuso a la iniciativa privada nacional acaparando en control monopolístico o mayoritario las principales empresas y actividades relacionadas con el sector. Sin embargo, las trabas a la inversión exterior fueron pronto suprimidas. Desde 1963, se autorizó la libre entrada de capital extranjero en todas las actividades relacionadas con el sector turístico, el cual quedaba incluso liberado de la obligación general de contar con una autorización del Consejo de Ministros en las inversiones que superasen el 50% del capital de las empresas nacionales. Ningún otro sector de la economía española arrojaba cifras comparables a las del turismo y cualquier pretexto era válido para el despliegue de extraordinarias campañas propagandísticas, asila entrada del turista uno, diez o veinte millones, el día anual del turista que tuvo su primera celebración el 5 de septiembre de 1964, el aniversario en esa misma fecha de los 25 años del franquismo («de paz» según la terminología oficial) o la conmemoración en 1967 del año internacional del turismo bajo un eslogan que venía de perlas al régimen: «el turismo, pasaporte para la paz». Por su posición mundial, España fue llamada a incrementar la cooperación bilateral y multilateral en materia turística. Las oficinas de turismo instaladas en las principales capitales del mundo sirvieron de trampolín a la cooperación bilateral. Por otra parte, España fue miembro de las más importantes organizaciones turísticas internacionales, algunas permanentes y generales, como la Unión Internacional de Organismos Oficiales de Turismo (UIOOT), la Comisión Europea de Turismo (CET) o el Comité de Turismo de la OECE, y otras temporales y de temática específica, así el Comité de Montparnasse, reunido en Paris en octubre de 1967 para organizar la cooperación técnica en materia aérea. Un contexto internacional propicio Las circunstancias exteriores resultaron, por otra parte, sumamente favorables a la hora de impulsar y asegurar la continuidad del turismo español. Uno de los factores definitorios del progreso económico y del cambio social experimentado por Europa occidental tras su reconstrucción fue el incremento del tiempo de ocio. El aumento de los índices de renta y la capacidad de consumo entre amplias capas de la población llevó a sentar como imprescindibles gastos que en otro tiempo ocupaban un lugar secundario o se clasificaban en la categoría de superflues: en la ordenación del presupuesto familiar, las vacaciones (pagadas) alcanzaron estratos cercanos a la alimentación o el vestido. La nueva industria del ocio con destino al extranjero, ampliamente difundida en los medios de comunicación, reveló pronto su capacidad para satisfacer los deseos de consumo de la creciente clase media y procurar, bajo la forma de una evasión hacia el exotismo y el descanso, una salida al carácter uniforme, monótono y agotador de la sociedad industrial y de la vida urbana. España aparecía ante sus ojos como el destino ideal: cercano, barato, exótico, amable, tranquilo y con buen clima. Se recuperó, en cierta forma, a aquellos románticos que proyectaron su viaje a España como una huida de la naciente revolución industrial y urbana que se desarrollaba en la Europa del siglo XIX. La trayectoria era la misma, de norte a sur, en dirección opuesta a la emigración, pero las circunstancias históricas, el volumen, las características y los efectos de una y otra corriente fueron radicalmente distintos. Volviendo a los años sesenta del siglo XX, es posible afirmar que también el contexto geopolítico mundial influyó indirectamente en el incremento del turismo extranjero con destino a España. La guerra fría situó a las dos superpotencias en el centro de las miras internacionales. En estas circunstancias, comenzó a desarrollarse un nuevo El auge del turismo europeo en la España de los años 60 tipo de antifranquismo desapasionado, que consideraba al régimen como poco deseable pero que admitía su existencia como hecho menor y consumado, a la vez que reconocía y hacía uso de su utilidad estratégica en la defensa de los intereses occidentales. De esta forma, la cuestión de la democratización interior de España quedó relegada en los foros internacionales y la naturaleza dictatorial de su régimen político acabó por obviarse entre la opinión pública, librando de obstáculos su elección como destino vacacional. El análisis específico del ejemplo francés proporciona información interesante sobre las características demográficas, socioeconómicas y culturales del turista extranjero en España. Los desplazamientos registrados entre la población del país vecino fueron mayoritariamente colectivos, en grupos de amigos o en familia. Por lo general, las fórmulas del viaje organizado propuestas por los operadores turísticos no tuvieron tanto éxito como en otros mercados emisores, el inglés o el alemán por ejemplo. Aunque sin ningún apoyo estadístico, los informes emitidos por las autoridades económicas francesas hacen referencia a jóvenes y familias con hijos pequeños, de lo que podría deducirse un intervalo prioritario de edades comprendidas entre los 20 y los 40 años^^. Por categorías sociales, destacaron los cuadros superiores y profesiones liberales, cuya tasa media anual de desplazamientos, con España como uno de los destinos más solicitados, aumentó de 62 a 90% entre 1960 y 1969. El porcentaje de obreros experimentó un incremento progresivo del 21 al 46%, mientras que los trabajadores del sector primario no superaron el 10% durante el mismo intervalo^^. La región parisina aparecía como el centro principal de emisión de veraneantes, con un porcentaje del 76% sobre el resto de las regiones francesas^^. La convergencia entre condiciones climáticas y vacaciones escolares o profesionales determinó la preferencia por los meses de verano, registrándose las máximas en agosto. Para la entrada en España se utilizaron fundamentalmente las carreteras transpirenaicas y los vehículos particulares. La documentación francesa señala que los principales puestos fronterizos francoespañoles (La Junquera, Le Perthus, Irún-Hendaya y Cerbère-Port-Bou) registraban, en temporada alta, una media cercana a los 10.000 turismos al día-^' *. Los veraneantes franceses se asombraban al comprobar que los atascos de la carretera de la Costa Brava superaban a los de las autopistas de entrada a París un domingo por la tarde^^. Las estadísticas del Ministerio español de Información y Turismo confirman estos datos. Desglosando la última cifra, obtenemos un total de 4.996.000 de turistas entrados por carretera, de los cuales 2.643.000 lo hicieron durante los meses de julio y agosto^^. La duración media de la estancia osciló entre algo menos de una semana si el alojamiento se realizaba en hoteles o pensiones, y algo más de dos semanas si se optaba por la residencia extra-hotelera: apartamentos, campings, alojamiento en casa de los residentes... A medida que el turismo alcanzaba a capas más amplias de la población y se extendía entre las clases más populares, la residencia extra-hotelera incrementaba sus índices de afluencia. Si en la publicidad de las agencias de viajes francesas los turistas eran invitados a alcanzar cuanto antes el litoral, la realidad no hizo sino confirmar el éxito de esta convocatoria. El resto del país se visitaba, si acaso, en rápidas incursiones que proporcionaban una idea muy limitada del mismo. El registro hotelero señala que la zona de mayor demanda y afluencia fiíe la Costa Brava, percibiéndose, además, una irradiación relativamente importante hacia el sur, esto es, hacia la Costa Dorada, la Costa Blanca y la Costa del Sol. El litoral atlántico ñie objeto de una afluencia mucho menor, con algunas excepciones. Sirva de ejemplo el pueblo de Laredo en la provincia de Santander, que en temporada alta podía llegar, según los testimonios de sus contemporáneos, a triplicar su población con la llegada de firanceses^'^. En líneas generales, España fue un centro de recepción de un turismo barato, sedentario, poco exigente y de curiosidad superficial. El grueso de los visitantes llegó en busca de unas vacaciones al sol con prestaciones de calidad básica y a precio reducido. Aunque el sesgo estadístico hace imposible establecer una evaluación precisa del gasto medio del turista extranjero en España, es posible afirmar que el gasto medio de los europeos, en general, y de los franceses, en particular, fue sensiblemente inferior al de los norteamericanos. Sin embargo, su importancia numérica determinó unos índices ampliamente superiores de ingresos en divisas. Los informes franceses señalan, respecto a sus nacionales, sumas anuales de 250 a 300 millones de dólares sobre un total de 500^^. Para los residentes del país vecino, los bajos precios constituían también un destacado atractivo para la compra de propiedades inmobiliarias: «on peut fournir en Espagne pour 30.000 francs un appartement que Von ne trouvera pas pour 100.000 sur la Côte d 'Azur»^^. A ello se sumaba la serie de facilidades otorgadas por el régimen franquista a la entrada de capitales extranjeros: «UEspagne ne semble faire aucune difficulté aux achats. Por su parte, la política económica de la V República francesa puso en funcionamiento diversos mecanismos para favorecer la movilidad del ahorro privado, con lo que las posibilidades de inversión se El auge del turismo europeo en la España de los años 60 extendieron a capas cada vez más amplias de la población. Los anuncios publicitarios y reportajes sobre la inversión inmobiliaria en España inundaban la prensa fi:-ancesa de la época. Era ñ-ecuente jugar con el significado literal y figurado de la expresión «bâtir des châteaux en Espagne» para concluir que «construir castillos en España» había perdido sus connotaciones utópicas y se había convertido en algo accesible. Algunas agencias inmobiliarias vendían en finances desde París, previo pago de un viaje gratuito al comprador potencial para supervisar el estado de la construcción. Carecemos, sin embargo, de cifiras que definan de forma más precisa el alcance del fenómeno. Por un lado, la discreción regía la actividad de promotores y constructores en el intento de evitar escollos legales que, de otro modo, hubieran hecho naufragar su empresa. Por otro lado, los compradores particulares intentaban por todos los medios no figurar como propietarios para evadir el fisco español, ya que del francés se libraban automáticamente con la convención franco-española sobre las dobles imposiciones, que obligaba a declarar únicamente en el país donde estaba situado el inmueble. A pesar de la importancia de los viajes culturales en el origen del turismo extranjero con destino a España, en los años sesenta la demanda siguió los pasos de la oferta franquista y centró sus miras en el estereotipo y en la vertiente más kitsch y pintoresca del patrimonio español. La oferta histérico-artística no parecía ser un gran incentivo entre la población francesa de la época. En 1967, una encuesta del INSEE (Institut National de la Statistique et des Etudes Economiques) sobre la ocupación del tiempo de ocio en Francia señalaba que, en ese año, sólo el 18% de los entrevistados había visitado un museo y un 30% un castillo o monumento^^. Los resultados de esta investigación se corroboran con las conclusiones paralelas de los analistas españoles: «El francés que ha visitado una vez Avila no vuelve a ella. Si vuelve será como inquilino de los apartamentos de Tbssa de Mar»^^. ¿Cómo conjugar las características ideológicas del régimen español con la afluencia masiva de ciudadanos procedentes de los países democráticos de Europa occidental? Al término de la segunda guerra mundial, las potencias occidentales habían proclamado abiertamente su rechazo al régimen de Franco. En Francia, el cierre de la frontera con España en 1946 había sido apoyado por casi la mitad de la opinión pública (47%)^^, resuelta a acabar con el último vestigio del fascismo para borrar la sombra del régimen colaboracionista de Vichy y el recuerdo de su pasividad en el desenlace de la guerra civil española. Pero el contexto era diferente en los años sesenta. En la nueva geoestrategia mundial, Francia buscó el equilibrio con las grandes potencias y se sumó a la extensión general del desinterés hacia España. El desplazamiento de la cuestión española en los programas del Quai d'Orsay y la falta de atención en los medios de comunicación contribuyeron a la aceptación implícita de la dictadura, a menudo considerada, simplemente, como otra más de las diferencias pintorescas del país. España fue ante todo un lugar de descanso y evasión. La pequeña potencia, el vecino pobre del sur, no tenía cabida entre los objetivos de Grandeur del gobierno francés, pero conservó un gran atractivo como destino turístico, y ello explica que la única visita del general de Gaulle se realizara en 1970, una vez retirado de la vida pública. Si esta desatención política jugó en benefició del turismo, también lo hizo en contra de la curiosidad no estrictamente turística por la realidad española. Si a ello sumamos las dificultades Ungüísticas, las diferencias de costumbres y modos de vida, la escasa movilidad geográfica de los veraneantes, la permanencia en el grupo y un cierto sentimiento de superioridad en la mirada del desarrollado hacia el subdesarroUado, es posible advertir la ausencia de una integración efectiva entre visitantes y autóctonos, lo cual se tradujo en el mantenimiento de la visión sesgada y estereotipada de la realidad española. Este distanciamiento no sólo se expUca por la fugacidad de las estancias turísticas, puesto que también era la pauta dominante entre los franceses que trabajaban de forma permanente en España, ocupando, por lo general, puestos directivos con unos salarios sensiblemente superiores a los nacionales. El auge sostenido del turismo español iba a jugar en contra del país vecino. El declive de los índices de entrada de extranjeros en Francia se agravó con el incremento de las salidas de franceses hacia España, produciéndose un importante trasvase de divisas. Las autoridades francesas se vieron obligadas a actuar en consecuencia. Los altos precios fueron objeto de continuas campañas de propaganda negativa hacia Francia, las cuales favorecieron de forma indirecta el viaje a España. Así, en 1964, con ocasión de la inauguración de un ferry para el transporte de automóviles y pasajeros de Southampton à Santander, una sociedad inglesa El auge del turismo europeo en la España de los años 60 lanzó un eslogan que exhortaba a prescindir del itinerario fi:'ancés para restringir gastos:''Eviter la traversée de la France. La respuesta de las autoridades y los medios de comunicación fi:*anceses ñie, desde mediados de los sesenta, el lanzamiento de una cierta política tendente a poner de relieve que España ya no era el país más barato de Europa^^. El turismo como motor de expansión económica y agente de cambio sociológico ¿Cómo medir los resultados económicos y sociológicos del fenómeno turístico en España? En los años sesenta, el auge numérico inundó la producción literaria, plagándola de análisis excesivamente triunfalistas, subjetivos y superficiales. La prensa oficial, los informes anuales del Ministerio de Información y Turismo, las publicaciones periódicas de la Escuela Oficial de Turismo o el monográfico de Información Comercial Española publicado en septiembre de 1968 dan buena prueba de ello. La bibliografía posterior contribuyó a un mejor conocimiento del impacto del turismo en la economía española, al relativizar la importancia de las cifras (Cals, Jurdao Arrones...^^) e insertar el caso español en el contexto mundial de desarrollo del turismo de masas (Fernández Fuster, Valenzuela...^^). La obra colectiva 50 años de turismo español. Un análisis histórico y estructural, de reciente publicación^^, realiza una completa revisión y puesta al día del tema, aunque con atención prioritaria a sus efectos económicos y a las dos últimas décadas del siglo. A pesar de la prodigalidad del tema, carecemos aún de estudios que hayan evaluado en profundidad los efectos del turismo en el cambio de mentalidad de la sociedad española contemporánea, y también de análisis que transciendan la dinámica interior para insertar el fenómeno turístico en el plano de las relaciones internacionales. El impacto del turismo sobre la economía española es difícil de establecer. Su evaluación precisa se enfrenta a varios obstáculos: el sesgo y subjetividad de las estadísticas oficiales españolas^^, el volumen del mercado monetario oculto y la dificultad de separar la parte de la producción y del consumo correspondientes a turistas y a autóctonos. El crecimiento de las cifras debe ser, en fin, relativizado teniendo en cuenta su bajo nivel de partida. En cualquier caso, es evidente que, junto a las remesas de emigrantes y a las importaciones netas de capital por inversiones, el turismo aportó una financiación exterior decisiva para el desarrollo de la economía española en el decenio de 1960. La llegada masiva de extranjeros se tradujo en una entrada considerable de divisas en la balanza de pagos, cubriendo cerca del 75% del déficit de la balanza comercial y facilitando los medios de financiación de ciertas importaciones (en su mayoría bienes de equipo), sin las cuales no se hubiera producido el nivel de desarrollo alcanzado. De 1958 a 1973, los informes anuales de la OECE-OCDE señalaron a España como el país europeo con mayor dependencia de las divisas por concepto turismo en la balanza de pagos. Según estos informes, las remesas de los emigrantes no superaron el 25% de los ingresos turísticos, si bien estudios posteriores incrementaron este porcentaje hasta una media de un 35 o 40%^^. Tampoco los totales de la inversión extranjera alcanzaron en la década de los sesenta el volumen de divisas procedentes del turismo. Estudios coetáneos y actuales coinciden al afirmar que los ingresos representaron más de catorce veces el valor de los pagos, pues el porcentaje de salidas de turistas españoles al extranjero, aunque en neta progresión, fue mucho menor que de las entradas de extranjeros en España. En definitiva, por su efecto multiplicador o intersectorial, los efectos del turismo afectaron al conjunto de la economía española, dando un impulso considerable al proceso de homologación con las economías occidentales. Muchos otros sectores económicos se beneficiaron de las inversiones nacionales y extranjeras dirigidas en prioridad al sector turístico, así la construcción, la hostelería, el transporte, las agencias de viaje, las actividades recreativas o el comercio. Las zonas turísticas presenciaron una rápida transformación de su paisaje urbano y demográfico, gracias a la expansión de las infraestructuras, la mejora de los servicios públicos y la ampliación del mercado de trabajo. Las cifras del sector turístico reflejaron la abierta discordancia entre planificación y realidad que condujo a economistas e historiadores a considerar los planes de desarrollo como una mera plataforma de propaganda de la acción gubernamental. Los resultados iniciales del primer plan de desarrollo hablan por sí solos: en 1964, el incremento de la entrada de divisas con respecto a 1963 fue de 39,2% frente a una predicción del 10,9% y la construcción de viviendas alcanzó el 25% frente al 8% señalado en el plan^^. Sin capacidad ni rapidez de respuesta para planificar a medio y largo plazo la evolución del fenómeno turístico, las autoridades franquistas se limitaron a propulsar la progresión matemática de visitantes y divisas. El ritmo de crecimiento acelerado unido a la ausencia de una gestión acorde con los principios de un desarrollo equilibrado produjo consecuencias de difícil solución inmediata e incluso situaciones de degradación irreversibles. Después de El auge del turismo europeo en la España de los años 60 unos años de apogeo, el turismo sufrió las consecuencias de un cierto estancamiento de la economía europea. Las cifras se frenaron hacia 1967-68, se recuperaron levemente en los años siguientes y sucumbieron a los efectos de la crisis mundial de 1973, cuyo eco llegó hasta principios de los años ochenta. Por otro lado y de forma paralela al crecimiento sostenido del número de visitantes, se observa una progresiva disminución del gasto medio por turista y por año, fenómeno derivado, fundamentalmente, de la convergencia de la política gubernamental de salvaguardia de precios, de una cierta reducción de la capacidad de gasto del turista medio y de una tendencia progresiva al cambio de moneda en su propio país. La reducción de los porcentajes de entrada de divisas en la balanza de pagos agravó y sacó a la luz los efectos negativos que el turismo había venido produciendo en el paisaje y la economía: -En la lucha por asegurar una posición de fuerza en el mercado y llevando al extremo la política del beneficio fácil y a corto plazo, la construcción de inmuebles pasó por alto los criterios mínimos de racionalidad, dejando un deterioro ecológico considerable y una geografía de acusados contrastes entre el hacinamiento de la costa y el empobrecimiento interior. En la práctica, la promoción franquista insistió demasiado en motivos de atracción que no hicieron sino reforzar la estacionalidad y la concentración geográfica de la demanda. Las costas se llenaron de especuladores y de torres verticales. La concentración y la devastación de amplias zonas del litoral provocaron una reducción sensible de la calidad del equipo receptivo y, con ello, un efecto contrario al esperado: la recuperación de la competencia. -El grueso de los beneficios fue a parar, por un lado, a los operadores turísticos y a las sociedades inmobiliarias extranjeras y, por otro lado, a las regiones periféricas nacionales que poseían de antemano un cierto grado de desarrollo industrial (Cataluña). Otros puntos periféricos asistieron a una elevada inversión en infraestructuras y a un gran avance del sector terciario sin la previa modernización agrícola e industrial (Andalucía). En fin, buena parte de las regiones del interior mantuvieron su estancamiento, a menudo agravado con el éxodo rural (Extremadura, Castilla o Aragón). El crecimiento de Madrid en la época no debe tanto al auge turístico como a la concentración de las redes económicas y financieras nacionales e internacionales. -Oleadas de manchegos, castellanos y aragoneses emigraron a las zonas de costa en busca de un jornal seguro en el abanico de servicios a los que daba lugar aquella masiva llegada de extranjeros. Los sectores que absorbieron el porcentaje más alto de mano de obra fueron la construcción y los transportes. Se trataba, sin embargo, de trabajadores intermitentes, mal pagados y sin ningún requerimiento de experiencia previa. La extensión del empleo precario contribuyó, con la emigración a Europa, a enmascarar el problema del paro, transmitiendo en el interior y en el exterior una imagen engañosa de la prosperidad nacional. Junto a sus consecuencias económicas, el turismo extranjero desempeñó un papel considerable en la transformación de la sociedad española. Si los turistas se dedicaron al descanso y la evasión, se desinteresaron de la política y apenas se percataron de la evolución económica y social que estaba teniendo lugar a su alrededor, la población española no fue inmune a la presencia masiva de extranjeros. Contrariamente a la imagen de inmovilismo y atraso anclada en el subconsciente colectivo europeo y reforzada por la propaganda turística oficial, España había comenzado a cambiar. El turismo dio un gran impulso a este cambio. Permitió a los españoles asomarse a lo que estaba ocurriendo al otro lado de las fronteras, traspasando la imagen filtrada, manipulada y ajustada a los intereses políticos que los medios de comunicación se habían encargado de trasmitir a los hogares españoles. Habían sido demasiados los años de puritanismo y represión. El espectáculo de libertad que inundó las playas y discotecas españolas, las nuevas pautas de actuación social, moral y cultural y, en suma, el acercamiento a las formas de vida de las sociedades educadas bajo sistemas democráticos provocaron una auténtica revolución en las mentalidades, sobre todo entre los sectores más jóvenes. La presencia de la juventud europea en plena época de la liberación sexual, del inconformismo, de la ruptura generacional, de la indiferencia religiosa, de la emancipación femenina y de la gestación del mayo del 68 hizo que la juventud española se replanteara los esquemas de valores integristas inculcados por sus progenitores y por la Formación del Espíritu Nacional. Pronto equiparó su forma de vestir y sus ídolos musicales a los de los jóvenes europeos, cambió sus conceptos sobre el amor, el matrimonio y la familia, comenzó a demandar libertades y a salir al extranjero. En definitiva, la intermediación pasiva del turismo extranjero aceleró el contacto de la población española con el exterior, activando sus deseos de homologación con el resto de Europa y atenuando los extremismos en favor de la prudencia, el equilibrio y el diálogo. La impregnación de esta serie de valores ajenos al sistema político vigente jugará en beneficio de la liquidación pacífica de la dictadura. A título de recapitulación El análisis del turismo como factor de las relaciones exteriores del régimen franquista obliga a trascender la hegemonía tradicional de la historia política y diplomática para incluir aspectos económicos, sociales y culturales. Las páginas que anteceden nos llevan a concluir que el turismo contribuyó a la inserción internacional del régimen franquista: -como instrumento legitimador de la dictadura. El turismo consolidó el proceso de aceptación internacional iniciado con el desbloqueo diplomático y la progresiva incorporación a los organismos internacionales. El registro millonario de visitantes sirvió al sistema político español para justificar su existencia y asegurar su continuidad ante la opinión pública mundial. El trasvase de intereses producto de la guerra fría, la creciente masificación y popularización de la práctica turística, el poder de atracción de la oferta española y las formas de la propaganda franquista llevaron a la aceptación general del régimen dictatorial en tanto que elemento secundario o incidente menor. -como forma de acrecentar el reconocimiento de España en el exterior. El turismo difundió una serie de estereotipos que expresaron con fuerza la imagen de España fuera de sus fronteras, permitiendo su situación inmediata en el mapa. La contrapartida fue la pervivencia de una visión sesgada y distorsionada, la divulgación de una impronta pseudo-cultural, el encubrimiento de la evolución económica y sociológica coetánea y, en definitiva, la prolongación de una ignorancia cuyos ecos superaron en el tiempo a la dictadura franquista. -como agente acelerador del cambio sociológico. Los turistas fueron los intermediarios a través de los cuales la población española tuvo acceso a la realidad política, económica, social y cultural del mundo occidental. No ejercieron un papel activo en la transmisión de sus modos de vida, pero su presencia masiva y regular en el territorio español provocó un auténtico cambio en las mentalidades. La mezcla de indiferencia y resignación anclada en la práctica colectiva en los años oscuros del franquismo dejó pasó, sobre todo entre la juventud, a un nuevo deseo por conocer y participar del nivel de vida, del abanico de libertades y del grado de tolerancia presentes al otro lado de la frontera. El turismo limó los extremismos e introdujo unas pautas de estabilidad, entendimiento y comprensión entre los pueblos que resultaron decisivas a la hora de la plena normalización de las relaciones exteriores de España, en la etapa democrática. -como instrumento de integración económica. El turismo fue una fuente básica de financiación del desarrollo económico español. A lo largo de los años sesenta, el volumen de divisas aportado por los visitantes extranjeros dejó saldos favorables en la balanza de pagos, compensó el déficit histórico de la balanza comercial y permitió la compra de los bienes de equipo necesarios a la industrialización del país. Pese a la introducción de una serie de distorsiones económicas que se han dejado sentir hasta épocas muy recientes (crecimiento sectorial, dependencia extranjera, empleo precario...), el turismo desempeñó una función estructural de gran importancia por su contribución al incremento del nivel de vida de la población española. -como instrumento de integración institucional. El turismo impulsó la desaparición de los filtros interiores que impedían la libre y completa relación con los organismos extranjeros y adiestró a los especialistas españoles en el ejercicio del trabajo inter-institucional. Conforme al desarrollo del sector, los organismos nacionales se vieron obligados a entablar contactos con las instituciones turísticas de los mercados emisores, lo cual les llevó a participar en eventos conjuntos (ferias, reuniones, congresos, exposiciones, proyectos de cooperación bilateral y multilateral...) y actuar en consonancia con sus formas jurídicas, financieras y comerciales. Tras el fin del franquismo, la política turística, progresivamente descentralizada, se orientó hacia parámetros más cualitativos, tendentes al desarrollo económico y social sobre la base del equilibrio ambiental y la rentabilización del papel del turismo como factor para la gestión de los recursos naturales y culturales. La mayor segmentación de los períodos vacacionales, el incremento del turismo interior y el redescubrimiento de los valores diferenciales de los destinos alternativos (cultura, naturaleza, deportes, salud, congresos, parques temáticos...) paliaron la estacionalidad y la concentración geográfica. Los beneficios se extendieron a zonas geográficas tradicionalmente marginadas y un buen número de empresas nacionales accedió al mercado en situación de competir con las grandes sociedades extranjeras. Sin embargo, el turismo de sol y playa siguió siendo prioritario y continuó la difusión de los viejos estereotipos y el aprovechamiento de las tradicionales ventajas comparativas del país. Las formas que caracterizaron al turismo en los años sesenta se habían enraizado con fuerza en la demanda. El auge del turismo europeo en la España de los años 60 Notas ^ Vid. FERNÁNDEZ FUSTER, Luis: Historia general del turismo de masas. FELIPE GALLEGO, Jesús: «Hoteles», en 50 años de turismo español. Un análisis histórico y estructural. Madrid, Centro de Estudios Ramón Areces, 1999, pp. 877-898. ^ Conjunto de datos recogidos por el Servicio de Estadística del Ministerio de Información y Turismo. Las cifras comprenden los extranjeros provistos de pasaporte (78%) los visitantes con un pase de 24 horas (6%), los viajeros en tránsito portuario (9%) y los españoles residiendo en el extranjero (7%). Las mismas consideraciones en ANGOUSTURES, Aline: «L' opinion publique française et TEspagne, 1945-1975», Revue d'histoire moderne et contemporaine, if XXXVII (1990), pp. 672-682 y en MORENO JUSTE, Antonio: «La permanencia de la imagen tradicional de España en Europa occidental tras la II guerra mundial», en La política exterior de España en el siglo XX. Archivo del Ministerio español de Asuntos Exteriores (AMAE-E), R-9623/5. ^ Vid. LAMO DE ESPINOSA, Emilio: «La mirada del otro. La imagen de España en el extranjero». Información Comercial Española, if 722 (1993), pp. 11-25. ^ El duelo Italia-España fue una constante en los órganos de gobierno y la prensa de ambos países. La documentación conservada en el Archivo General de la Administración (AGA) -sección cultura, subsección turismo-da buena prueba de ello.
PAZ RODRÍGUEZ PÉREZ Jefa del Servicio de Medicina Preventiva. Hospital General Universitario Gregorio Marañen. CARLOS J. JIMÉNEZ PÉREZ Subdirector de Sistemas de Información. JUAN JOSÉ ARTELLS HERRERO Economía y Salud, S. L. E-mail: [EMAIL] JOSÉ LUIS PÉREZ ARANCÓN Jefe del Servicio de Cuidados Intensivos. Servicio Navarro de Salud. RICARDO HERRANZ QUINTANA Director de Gestión y Servicios Generales.
LA MORAL SOCIAL DE EUGENIO MARÍA DE HOSTOS Los planteamientos morales nunca han sido ajenos al discurso narrativo de una identidad nacional. Un ejem-plo puede ser tremendamente ilustrativo. Al comienzo del siglo XX irrumpe en las escuelas españolas un libro de lectura: Cuore (1886) de Edmundo d'Amicis traducido al castellano por Hermenegildo Giner de los Ríos que será texto obligado durante la II República. Pero lo que los niños españoles leían y entendían en Corazón, era un discurso moral que habría de convertirles en ciudadanos y en el que valores como el heroísmo, el sacrificio, el estudio y la entrega se unían al más acendrado patriotismo. Ni que decir tiene que esto mismo lo leían y entendían los niños de la recién estrenada Italia. Pero leían y entendían también otra cosa: en el discurso narrativo de D'Amicis se plantea muy a las clara que la nueva nación debe integrarse unificando todos los territorios desde el Trentino Alto Adigio hasta Sicilia y Cerdeña, es decir aquellos que conformaban el discurso de Garibaldi, bien distinto del de Cavour, partidario de que la nueva nación agrupara la Italia Norte, el Véneto y los Estados Vaticanos. La Italia del Sur, pobre y atrasada, quedaría al margen. Planteamiento que todavía aflora en nuestros días en el discurso de la Liga Norte. Frente a la Padania, D'Amicis construye un discurso en el que los héroes infantiles representan a las diversas provincias de la nueva nación. Los cuentos intercalados en el relato tienen títulos significativos: "El pequeño vigía lombardo", "El tamborcillo sardo" "El pequeño escribiente florentino", "sangre romañola", etc. Tampoco se olvida de la Italia peregrina, aquella que busca el trabajo y la bonanza allen de los mares, que "hace la América" y recorre, en un periplo heroico el trayecto que va desde "De los Apeninos a los Andes". Pero esta explicación al margen nos ha alejado de nuestro discurso. En 1887, en Santo Domingo R. D., Hostos concluye su obra Tratado de Moral (Hostos, O. C. XVI) que incluye en sus páginas Moral Social. En esta obra, Hostos, ciudadano de América, imbuido de su ansia de verdad, su pasión por el bien, y su vocación apostólica, aplica los que han sido sus conocimientos de la realidad española, europea, antillana y americana, que ha ido acumulando primero desde su cuna portorriqueña, luego en su estancia en España desde 1851, es decir, desde su adolescencia de doce años hasta cumplir los treinta. Conoce pues bien la injusticia social, la opresión colonial, los males que asolan España, los que atormenta a Europa, los desgarramientos de las nuevas naciones de América. A la madre patria tradicional y reaccionaria opone ya las concepciones de los que serán sus amigos: Pi y Margall, Concepción Arenal, Sanz del Río, Giner, Castelar. El krausismo ilustra su pensamiento y pone como norte, como meta, el bien de los hombres, de la humanidad toda. Piensa en el porvenir de España y de las Antillas, y se adelanta, como lo hicieran muchos de los gallegos de Cuba, al planteamiento de las autonomías, a una idea federal de España que hiciera innecesaria la ruptura. Pero la ceguera de la España unitaria e indivisible destruye sus sueños y le precipita en el desengaño. Hostos trae la República a España, y el nuevo Régimen pospone, una vez más, el problema de Cuba y Puerto Rico. Su memorable discurso en el Ateneo madrileño, el 20 de diciembre de 1868, tiene dos ejes: justicia y libertad para España y las Antillas, y la formación de una Confederación Hispano-Antillana. Eugenio María no busca honores: ha renunciado en 1868 a la Diputación por Puerto Rico y a la Gobernación por Barcelona, y en 1869 se entrevista con el general Serrano, Presidente del Gobierno Provisional reclamando la autonomía y libertad para las Antillas... La negativa de Castelar a cumplir sus anteriores promesas, "antes que republicano soy español", resume el planteamiento del último Presidente de la I República, le saca de quicio. Su ruptura con España es total: "Donde no cabe mi patria no quepo yo" afirma tajantemente Hostos antes de emprender un peregrinaje que dará comienzo en París, para seguir, ya en América, a Nueva York, Cartagena, Lima, Valparaíso, Santiago, Buenos Aires, Río de Janeiro, Caracas, Santo Tomás y Puerto Plata. Ha cambiado su discurso y ahora ya habla de independencia para Cuba y Puerto Rico, coincidiendo con la primera revolución cubana por conseguirla. Hostos ha cambiado su discurso optimista, los hechos son tozudos, y denuncia que la moral y la política han situado entre ambas una barrera infranqueable: Hablemos de la política activa, del continuo aplicar del derecho a las formas de vivir social, del continuo ludir de poderes con derechos en la lucha continua por el poder. La ineficacia de la moral en la política se ha convertido en regla de conducta universal [...] en todas partes está la política tan divorciada de la moral, que es una prueba de incapacidad política el mostrarse inclinado a ser moral (Hostos, 1952, p. Moral y política se han distanciado, pero ¿quién es culpable de dicho distanciamiento? La respuesta es por demás elocuente: centralismo y una administración pública corrupta: A excepción, en Europa, de aquellos países en los cuales la adherencia de los grupos sociales es por si sola una fuerza moralizadora, en todas las demás es necesariamente corrompida y corruptora la administración pública. A excepción, en América, de aquellas sociedades fundadas en la tradición jurídica de los anglosajones, y de dos o tres de origen latino que han reaccionado vehementemente contra la desorganización del coloniaje, las restantes son organismos corrompidos (Hostos, 1952, p. Hostos confía, como confió en la I República española, en los Estados Unidos. De nuevo acabará acompañándole la decepción. Tras su intensa actividad en 1898: Chile, Venezuela, Nueva York, Washington y la fundación de la Liga de Patriotas Puertorriqueños (2 de agosto de 1898), se entrevista en el mes de enero de 1899 con el Presidente Mc Kinley para plantear tanto las necesarias reformas administrativas de Puerto Rico como su derecho a decidir su futuro y su forma de gobierno mediante plebiscito. Pero bueno será retomar el discurso y reseñar la repulsa de Hostos al unitarismo centralista. El Estado unitario es corruptor de nacimiento. Todo Estado unitario en cualquier tiempo, espacio y forma de gobierno, es siempre personal: el Estado es el jefe del Estado. Y como absorbe la iniciativa de los organismos provinciales y municipales, sustituye con la ley de su voluntad la autonomía ALBERTO SÁNCHEZ ÁLVAREZ-INSÚA de esas sociedades; de aquí la desorganización y de ésta, la corrupción. Dispone de la fuerza pública, y con ella corrompe por miedo o por soborno. Dispone de todos los empleos, y con ellos corrompe por soborno o por miedo (Hostos, 1952, p. Estos planteamientos de Hostos pueden parecernos ahora reduccionistas. Ni en el caso de la mayor autocracia se igualan el Estado y el Jefe del Estado. Antes bien, cualquier autocracia se sostiene en un entramado de fuerzas e intereses en los que la corrupción no está ajena. Pero no es menos cierto que el apóstol de Puerto Rico no hace otra cosa que retratar el cesarismo imperante en algunas de las nuevas naciones americanas. Como también son reduccionistas sus planteamientos referidos a la detracción de plusvalías por parte del capitalismo: No obstante la Revolución francesa, una inmensa porción de tierra europea, en vez de ser propiedad del trabajo, lo es del ocio, y una considerable porción de los beneficios del trabajo va a manos del capital voraz, en vez de ir a mejorar la vida del trabajador [...] Verdad es que, al par del espectáculo inmoral de los políticos ofrece Europa el espectáculo de los economistas y de los sociólogos, que, secundados por capitalistas y fabricantes inteligentes o por filántropos y por asociaciones generosas, proponen planes fundados en ciencia y experiencia, o aplauden los experimentos de Rochadle, Mulhouse, Berlín, y convergen con los bien intencionados, al orden y la moral (Hostos, 1952, p. Economía, sociología, ciencia política. Hostos confía en la Ciencia, con mayúscula, herencia de su formación krausista. Y en que una emanación directa del "arte político" desde las ciencias sociales va a dar lugar a una moralidad política y ciudadana. La realidad es que siendo el arte político un derivado de las ciencias que tienen por objeto el estudio del orden social y del orden jurídico, que directamente se basa en el orden moral, el arte tiene que buscar sus reglas en donde buscan sus leyes las ciencias de que emana [...] Política sin moral, es indignidad; cualquier juego de azar, siendo tan indigno como es el juego, es más digno que la política divorciada de la moral, porque, al menos, en sus lances repugnantes no aventura más moralidad que la del jugador y sus cómplices. Pero el político inmoral aventura con su ejemplo la moralidad pública y privada de su patria (Hostos, 1952, pp. 97-98). Corrupción pública llama y alienta a la corrupción privada y hace que éstas se interpenetren. Cínicamente, un Secretario de Estado norteamericano definió el régimen franquista español como "una dictadura dulcificada por una corrupción total". Tras esta primera parte "Enlace de la moral con la política" Hostos entra en el análisis de la Historia y su vinculación con la moral. Su planteamiento es bien claro: es necesaria una fraternidad universal, una "paz perpetua" kantiana, que ha de lograrse trabajando para el bien. Su planteamiento es optimista, y nos dice: aunque, a primera vista, parece que los males superan a los bienes, no es así. En la medida que el bien se conserva, supera al mal: Ya hace tiempo que las naciones luchan entre sí; y todavía no se columbra el día de razón en que hayan de concertarse en la civilización, en el deber y en el derecho, pero se trabaja sin descanso en eso. A toda hora, en toda tierra, con estos o con aquellos medios siempre trabaja el mal; pero a toda hora, en toda tierra, con los mismos recursos que emplea el mal, trabaja el bien (Hostos, 1952, p. Moral pública y moral privada. Hostos incide incluso en la elección profesional. El hombre debe seguir su vocación profesional y no orientarse ni por el afán de lucro ni por la prepotencia o vanidad sociales. Fustiga la manía de los empleos públicos y pone como ejemplo, una vez más, la vocación fructífera por las profesiones industriales presente en la sociedad estadounidense: El objetivo es parecer, no ser; el propósito, tener, no hacer. De ahí, especialmente en los países de origen autocrático, la manía, la verdadera manía de los empleos públicos y la universal preferencia de las llamadas profesiones liberales, como si estos fueran la vocación natural y las profesiones industriales fueran incapaces de despertar en la juventud de nuestros pueblos la fructosa vocación que ha formado a los Palissy, y a los Jacquard, a los Franklin y a los Fulton, a los Watt y a los Stephenson, a los Morse, a los Edison, a los Bell, a los mil, a la legión de bienhechores que, centuplicando las fuerzas de la industria, han multiplicado los goces legítimos de la vida civilizada (Hostos, 1952, pp. 106-107). Confianza en la Ciencia, en la Técnica, en la industria, en la invención y en el progreso. Moral anglosajona, protestante, frente a la moral católica del aparentar, tan característica del la España imperial y del barroco. Una confianza que se continúa en el papel que la prensa y la libertad de expresión deben jugar en una sociedad justa y moral: El periodismo es, entre las instituciones auxiliares del derecho, la que más le ha servido algunas veces y a la que más continua y eficazmente podría servirle siempre [...] Es, a la vez, servidor de todas las industrias, de todas las profesiones, de todos los inventos, de todo descubrimiento, de toda ciencia, del arte bello, del arte industrial, del trabajo, del trabajador, del capitalista, de la propiedad, del desposeído, del despojado, del feliz, del desgraciado, de la beneficencia, de los beneficios, de ricos y pobres, de pueblos y pobladores, de civilizaciones y civilizadores, de lo bueno, de lo bello, de lo verdadero, de lo justo, de lo grande, de lo serio, de la alegría, del placer, de las victorias, de las ovaciones, de la guerra, de la paz, del estruendo, del reposo, de la vida, de la enfermedad y de la muerte (Hostos, 1952, pp. 109-110). Impresionante catálogo el que Hostos nos plantea. Impresionante también confianza el papel de la prensa en una sociedad más o menos libre. Impresionante y sin duda certera su apreciación, porque si bien existe una prensa falaz, mentirosa, manipuladora, que opina y no informa, algo a lo que en España estamos muy acostumbrados durante la dictadura y también durante la democracia, la libertad de prensa es el gran pilar de la libertad, y la verdad, aquello por lo que Hostos luchó siempre, se acaba imponiendo. Pedro Henríquez Ureña, en el Prólogo a la Antología de Hostos recordaba las bellísimas palabras del apóstol puertorriqueño referentes a la verdad: Dadme la verdad y os doy el mundo. Vosotros, sin la verdad, destrozareis el mundo; y yo con la verdad, con sólo la verdad, tantas veces reconstruiré el mundo cuantas veces lo hayáis vosotros destrozado (Hostos, 1952, p. Y continúa el prologuista: Todo, para este pensador, tiene sentido ético. Su concepción del mundo, "su optimismo metafísico", como lo llama Francisco García Calderón está impregnada de ética. La armonía universal es, a sus ojos, lección de bien. Pero su ética es racional: cree que el conocimiento del bien lleva a la práctica del bien; el mal es error ("en el fondo del caos no hay más que ignorancia"). Está dentro de la tradición de Sócrates, fuera de la corriente de Kant; pero Kant influye en su rigurosa devoción del deber (Hostos, 1952, p. Pero volviendo de nuevo al papel que Hostos asigna a la prensa y a su valoración, nos pone de nuevo a los países anglosajones como ejemplo: Pero los Estados Unidos e Inglaterra son los pueblos que mejor han comprendido y practican mejor el periodismo. Son los pueblos en donde la prensa periódica ha servido para secundar los esfuerzos civilizadores, enviando exploradores al África y al Polo; los esfuerzos científicos, promoviendo el progreso de la meteorología; los esfuerzos del arte, iniciando certámenes; los esfuerzos de la confraternidad, estableciendo y aceptando correspondencias de todos los puntos de la tierra; los esfuerzos del sentido común, practicándolo en su propaganda y en sus juicios sobre los hechos humanos (Hostos, 1952, pp. 113-114). En la medida en que Hostos aspira a que su discurso moral sea total y abarque toda la vida del hombre, se adelanta al discurso filosófico existencial y entiende que "el ser humano está hecho de tiempo". Intenta ordenar el tiempo de trabajo, pero también el tiempo de ocio. El tiempo, para el trabajo, es aire; para el ocio, plomo [...] En el modo de descargarse está gran parte del arte de la vida, y en combinar el pasatiempo con el tiempo empleado en el trabajo está la superioridad o la inferioridad de una civilización [...] La civilización moral ha de llevar el orden al descanso del trabajo. La civilización inmoral altera el orden o continúa el desorden en las horas de reposo y de solaz [...] La civilización inferior no sabe más que divertirse; verter a raudales en nonadas peligrosas, el tiempo que pesa sobre individuos, grupos y la sociedad entera (Hostos, 1952, pp. 114). El discurso moral de Hostos se orienta después a estudiar la relación entre tiempo y "vicios", para pasar luego a un curioso análisis del hecho religioso: Los vicios más rebeldes, que son los de la sensualidad, contra todo remedio se revelan y resisten por el vergonzoso poder que tienen de absorber fuera del tiempo los sentidos. Los vicios más cobardes, la difamación, la maledicencia, la calumnia, porque matan el tiempo sobre viven. Las innumerables legiones del brahmanismo y del budismo, el arte de los de brahmanes y bonzos en divertirlas con sus cultos respectivos deben la disminución de carga, que es para ellas el tiempo y la flemática debilidad con que resisten a la propaganda y el espectáculo del protestantismo en la India. [...] ¿Qué sería de ese hormiguero de racionales, si sus religiones no le hicieran soportable el tiempo? Hostos denuncia que aquellos eventos sociales que deberían ser patrimonio de todos, lo son de una minoría: el teatro, la escuela nocturna, las conferencias literarias, científicas, religiosas, políticas y económicas, el ejercicio del deporte y el excursionismo son privativas de un corvísimo número de individuos, como los son los ateneos, liceos, academias y casinos, como lo son los llamados conciertos populares, los orfeones, las sociedades corales y asociaciones filarmónicas. Su crítica se dirige ahora al militarismo existente en Europa: El estúpido militarismo que hace omnipotentes en Europa a los inmorales que explotan la necedad y la ignorancia de la turba, podía convertirse en un semillero de instituciones culturales y de útil, honesto y fecundo pasatiempo, si se convirtiera la atención popular hacia los ejercicios gimnásticos, militares y estratégicos en que es educada toda la porción de europeos que el ejército roba a la industria, al arte y a la ciencia (Hostos, 1952, p. Hostos tiene también un planteamiento sobre el urbanismo y una institución muy de su época: el paseo público como ostentación: Los paseos públicos, que en vez de exhibiciones de lujo insolente y de la vanidad triunfante, debieran ser, en lo posible, remedos placenteros o instructivos de la naturaleza; los jardines botánicos, los museos zoológicos, pictóricos y antropológicos, que debieran, como las bibliotecas, hacerse instituciones campestres como urbanas, para empeñar a la muchedumbre en la dulce tierra de ver cada vez mejor el mundo que nos rodea, la cadena biológica de que somos eslabón, el movimiento del arte en tiempo y países diferentes, el proceso de la vida humana desde la edad remota de la tierra al través de todas las edades de la civilización, son hoy las instituciones exclusivas de las que se llaman aristocracias del privilegio, de la fortuna o del saber en solo las grandes capitales de naciones ya robustas. Mientras la civilización no sepa emplear el tiempo que le sobra después del trabajo de cada día, no será verdadera civilización, porque no sabrá emplear la primera riqueza y la más trascendental (Hostos, 1952, pp. 117-118). Como puede verse y hemos intentado reflejar el discurso moral de Hostos abarca la casi totalidad del comportamiento humano. Es sobre dicho discurso que el apóstol de Puerto Rico plantea su discurso narrativo para su patria, para las Antillas y América entera, desde una perspectiva de valores. Moral social forma parte del tomo XVI de sus Obras Completas (Tratado de Moral) junto a Prolegómenos, Moral Natural y Moral Social Objetiva. En este último opúsculo ejemplifica las virtudes que deben acompañar a los auténticos impulsores de la humanidad: a Jorge Washington lo define como "ejemplo de deber del patriotismo" (Hostos, Obras Completas XVI, p. 327), a José de San Martín como "ejemplo del deber de abnegación" (Hostos, Obras Completas XVI,p. 405); e idéntica atribución da a Antonio José de Sucre (Hostos, Obras Completas XVI,p. Verdad, patriotismo, abnegación son los tres grandes valores que predica, con la palabra y con el ejemplo, Eugenio María de Hostos. Si España hubiera atendido sus peticiones, si el deseado, no sólo en Puerto Rico sino también en Cuba, proceso autonómico hubiera tenido lugar como preconizaban criollos y emigrados españoles, tal vez la historia hubiera sido otra. Una de esos emigrados, Waldo Álvarez Insua, editor y director del influyente periódico El Eco de Galicia decía en La Habana el 17 de octubre de 1889: La exageración del poder central tenía a la postre que dar sus resultados: negando por completo el derecho a la vida de las provincias, la Metrópoli sólo ha ganado sus odios, cortándole sus naturales vías de expansión, sólo ha conseguido que las ansias de libertad y de mejoramiento social estallen ruidosamente; en una palabra, el sistema de absorción empleado por los poderes públicos desde el siglo XVI ha servido únicamente para que los antiguos estados ibéricos echen de menos la independencia que les reconocieron todos sus reyes (Murguía, 1889, p. Manuel Murguía padre de la patria gallega construye, en su opúsculo El regionalismo gallego (1889), un discurso en el que reivindica frente al académico de la Historia Antonio Sánchez Moguer, cuyo discurso de recepción el 8 de MORAL SOCIAL DE EUGENIO MARÍA DE HOSTOS diciembre de 1888, atacaba de forma furibunda a Galicia y a los gallegos, el derecho de estos a decidir su propio destino, incluso a federarse con Portugal, de acuerdo con los planteamientos apuntados en la nación lusa por Teófilo Braga, Herculano y Oliveira Martins. Pero no vamos a repasar las ideas de Murguía que nos alejarían de nuestro discurso. Sí insistir en que, al final de la obra citada, un grupo de 1200 ciudadanos de Cuba expresaba lo siguiente en una carta abierta dirigida al respetable y venerado maestro Manuel Murgía: Cuando la nave zozobra y es inminente el naufragio; cuando los hombres sensatos condenan, por inútiles, los recursos empleados y vuelven con amor los ojos hacia la idea regionalista, como único puerto de salvación en el deshecho temporal, con que navega España, todavía hay quien ataca la doctrina regionalista, considerándola absurda y a mayor abundamiento peligrosa a la unidad nacional (Murguía, 1889, p. Hoy, a más de un siglo de distancia, las ideas centralistas no han ni mucho menos desaparecido. Es más se plantean incluso desde posiciones pretendidamente de izquierda. Nacionalismo y regionalismo, serían, en su discurso, un planteamiento burgués. Lo que se calla es que centralismo es igual a falta de democracia. La transición política en España, el paso de la dictadura a la democracia, fue posible por un nuevo planteamiento: el estado de las autonomías, que ahora intenta avanzar en su desarrollo profundizando en un nuevo proceso estatutario. Para todos aquellos que ponen en cuestión estos planteamientos hay que decirles que Martí, Hostos, los emigrados gallegos, América entera, plantearon en su momento la posibilidad federal; y en España, Euskadi, Cataluña, Galicia y Andalucía vienen reivindicando desde hace más de un siglo su desarrollo autonómico. Desde Pi Margall a Blas de Infante, el discurso autonómico ha estado presente. De haber sido atendido España se habría ahorrado muchos y terribles desgarramientos.
desarrollo de nuestro sistema sanitario. Es bueno, porque nunca debemos perder la perspectiva de las cosas, y porque los logros alcanzados en un ámbito tan complejo como el de la sanidad, ni son ajenos a la nueva cultura de gestión, ni deben ser contemplados al margen de ella. Los razonables niveles de cohesión social de que disfrutamos gracias, entre otras cosas, a un Sistema Nacional de Salud que garantiza el aseguramiento público universal a través de un sistema justo, equitativo, solidario y eficiente, se deben, no solo a la la acertada filosofía que inspira el desarrollo nuestro sistema sanitario público, sino que en buena parte se debe a una adecuada configuración y organización de los recursos asistenciales y de las políticas que orientan la toma de decisiones. En definitiva, no debemos olvidar que hacer llegar una asistencia de calidad a toda la población exige incorporar como primer planteamiento, el de la adecuada gestión de unos recursos, que ni son ilimitados, ni son gratuitos, y que por lo tanto deben ser adecuadamente administrados para que cumplan los fines que los justifican. Me estoy refiriendo, precisamente, a la realidad que subyace en todo esto, es decir, al reconocimiento del derecho a la protección de la salud, ya que la protección de la salud entendida como el derecho a un conjunto de prestaciones sanitarias adecuadas al desarrollo socioeconómico del Estado, es uno de los principios básicos de No obstante, en honor a la verdad, si que hay que reconocer a la Constitución el valor formal y material que ha incorporado a una realidad previa, dotándola del mayor rango jurídico y ligándola a una vinculación de los Poderes Públicos, en orden a garantizar a todos los ciudadanos el contenido de este derecho. Evidentemente la incorporación del derecho a la protección de la salud en nuestra Carta Magna, en el seno del Título I, al que la doctrina considera su parte dogmática y por lo tanto, núcleo conceptual del Estado de Derecho, implica, entre otras cosas, que estamos ante una norma de especial relevancia, un principio básico en nuestra estructura socio-política, del que arranca la cobertura de los riesgos que afectan a un bien jurídico tan fundamental como es la salud de las personas. Y ello es así porque el derecho a la protección de la salud, está íntimamente ligado al derecho a la vida, al afectar de forma directa a la propia existencia de la persona, a la calidad y a la cantidad de vida cuya garantía subyace en la esencia misma del propio estado de derecho que se construye desde el respeto fundamental de la persona con todo lo que esto lleva aparejado. No obstante, conviene dejar bien claro que la salud individual no es un bien jurídico susceptible de garantía pública, por ser este un concepto extraordinariamente genérico de compleja definición jurídica e imposible efectividad práctica en la medida en que son tantos los factores externos e internos que en ella influyen, que parece fuera de toda lógica hacer depender una responsabilidad pública de algo tan ajeno a su propia capacidad de actuación. Por ello, lo que el art. 43 de la CE viene a consagrar, es ciertamente, una garantía instrumental. Presentación al servicio de la protección de la salud, mediante la atribución constitucional de la competencia de organización y tutela dk la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. Llegados a este punto, contamos con un complejo sistema sanitario que debe ser gestionado teniendo en cuenta, entre otros, factores tales como el mayor nivel de exigencia del ciudadano, que ahora cuenta con más y mejor información que antes, y que en consecuencia espera de los servicios que recibe unos mayores niveles de calidad y efectividad, y de otro, la existencia de lo que se ha dado en llamar «una demanda sanitaria creciente». En relación con esta última, hay que decir que el sistema Nacional de Salud, basado en los principios de equidad, universalidad y financiación pública, en la actualidad se financia con los Presupuestos Generales del Estado. Éste es un elemento fundamental para analizar el funcionamiento interno del Sistema y la relación del ciudadano con los centros proveedores de servicios sanitarios públicos, porque, si bien no podemos decir que el servicio sea gratuito si cabe afirmar que no conlleva para el ciudadano contraprestación directa por el uso que de los mismos se haga, y de esta circunstancia arrancan algunas de las reflexiones que me gustaría hacer. La realidad que subyace en torno a la existencia de una presión asistencial en el marco de un modelo como el nuestro sujeto a una demanda sanitaria creciente, tiene que ver con una pluralidad de factores, donde encontramos, por poner algunos ejemplos, el progresivo envejecimiento de la población, la aparición de nuevas enfermedades, un mayor nivel de información y de expectativas de salud de los ciudadanos, una mayor oferta de servicios vinculada directamente con el desarrollo de la ciencia, la práctica clínica y los procesos de investigación y desarrollo de las industrias del sector, la aparición de nuevos medicamentos, nuevos tratamientos, nuevas técnicas quirúrgicas,... En fin, y sin ánimo de ser exhaustivo, existe una pluralidad de factores que someten al sistema a determinadas presiones que hay que gestionar, a lo que hay que añadir otras causas relacionadas con factores intrínsecos a los modelos sanitarios de corte como el nuestro, en el que existe una manifiesta falta de elasticidad de los dos componentes básicos de cualquier estructura de prestación, es decir, de la oferta y la demanda, y que lo que significa, en pocas palabras, es que al no haber eleniéntos que introduzcan elasticidad, tampoco habrá elementos que limiten la demanda. Señaladas algunas de las causas (si se reflexiona sobre este tema, seguro que a alguien se le ocurre alguna otra), las alternativas que Presentación XII puede ofrecer nuestro sistema sanitario, pueden ser de muy diversa índole. Desde las que tienen que ver con el marco de la salud pública, la medicina preventiva, la educación para la salud y la promoción de la salud, pasando por la adopción de decisiones coordinadas y adecuadas técnicamente a la hora de incrementar la oferta de servicios, en lo que a definición del catálogo de prestaciones que oferta el SNS y a la distribución de los recursos se refiere. Sin embargo he dejado para el final, una reflexión que creo interesante introducir en el debate que desde los años 80 se viene configurando en torno a las perspectivas de futuro del SNS, y que entronca directamente con la necesidad de adaptar nuestro sistema a la nueva realidad que nos condiciona, y nos preocupa. Me estoy refiriendo a la necesidad de abordar una reforma sensata, posibilista, que no se limite a incorporar más recursos, aunque estos sean importantes y en ocasiones necesarias. En definitiva, de lo que hay que hablar es de asimilar estos factores mediante reformas administrativas orientadas a mejorar la gestión, ya que las reformas que supongan introducir márgenes de flexibilidad, herramientas de gestión, mecanismos de competencia regulada, etc., han de ser entendidas como valiosos instrumentos que permiten a los Poderes Públicos, no solo gestionar una demanda sanitaria creciente, sino cumplir los fines que la justifican, es decir, garantizar la efectividad de los derechos de los ciudadanos en condiciones de eficacia y eficiencia. Este es el reto que tenemos los gestores públicos al inicio del siglo XXI, y esta es necesariamente la línea de trabajo en la que debemos profundizar para mejorar nuestro excelente sistema sanitario, que desde la perspectiva que ofrecen 20 años, podemos afirmar que ha recorrido un largo y fructífero camino. José Ignacio Echániz Salgado Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid
La gestión no es patrimonio de una profesión, como parece desprenderse al utilizar el término «los gestores», sino que es una cualidad que debe estar presente, en mayor o menor medida, en el quehacer profesional de quien trabaja en una organización y es responsable de la utilización de recursos. En las organizaciones sanitarias, muchas personas utilizan recursos, poseen un alto nivel de cualificación y sus decisiones tienen un gran impacto económico y social. Por tanto no debería ser pretencioso conseguir su complicidad y su compromiso, a fin de lograr una óptima gestión de las instituciones. Es decir, nadie que utilice recursos debería permanecer ajeno a su buena gestión. Tras 20 años de gestión sanitaria parece unánimemente aceptado que este enfoque está llegando a su madurez, y ya no resulta tan extraño encontrar buenos profesionales sanitarios, que a sus cualidades científico-técnicas suman capacidades gestoras, fruto más de la propia convicción y compromiso que de exigencias o imposiciones externas. En este número monográfico de la Revista Arbor bajo el título genérico de «Los hospitales tras 20 años de gestión», con un planteamiento reflexivo y personal, hemos querido reunir la experiencia y la opinión de unos cuantos profesionales que, en distintos niveles de responsabilidad y con cometidos muy diferentes, han contribuido de forma significativa a la introducción y desarrollo de la gestión en los centros sanitarios. Hemos agregado las colaboraciones en tres bloques, que representan los correspondientes focos de la autoridad sanitaria, la máxima representación de centros sanitarios y la responsabilidad a nivel operativo. En primer término, Víctor Conde, desde su amplia perspectiva de asesor en el máximo nivel de autoridad sanitaria, nos hace un análisis retrospectivo que explica el camino recorrido durante estos años. que el desarrollo del Sistema Sanitario ha aportado a la Sociedad del Bienestar. Desde su responsabilidad como Subsecretario del Ministerio de Sanidad, Enrique Castellón, nos aporta unas consideraciones sobre el largo y complejo proceso transferencial. En segundo lugar, a partir de sus experiencias como gerentes de diferentes hospitales, enmarcados en distintos ámbitos territoriales, Alfonso Florez, José Luis de Sancho, Juan José Equiza, Vicente Gil, Carlos Pérez Espuelas y José Luis Temes nos plantean cómo se están incorporando las nuevas formas de gestión en los hospitales, permitiéndonos contemplar la homogeneidad de soluciones propuestas y la flexibilidad necesaria para llevarlas a la práctica y contribuir a la modernización de nuestros centros. Finalmente, desde una posición operativa, y con una gran implicación y compromiso en distintas instituciones sanitarias, Paz Rodríguez, Carlos Jiménez, Juan José Artells, José Luis Pérez Arancón y Ricardo Herranz nos presentan aspectos tan dispares y a su vez relevantes como son la calidad, los sistemas de información, la investigación biomédica, la gestión clínica y la controvertida función directiva. No puedo dejar pasar la ocasión, sin agradecer el talante y compañerismo de los colaboradores que han realizado el esfuerzo para presentar sus reflexiones en este volumen, pero de una forma muy especial a todos aquellos que, desde la sombra, están haciendo posible que personas como los aquí representados podamos abordar los retos que nuestro Sistema de Salud tiene planteados. En el fondo, gestionar es un arte, el arte de conseguir que unas personas hagan posible lo oportuno.
Introducción: la medicina, el ritmo del cambio, el impacto en la sociedad, los profesionales, el equipo directivo, los representantes de los trabajadores, la divergencia, los poderes públicos, el gerente y la gestión. La gestión en el final de los años 70 y principio de los 80: el desarrollo tecnológico y la administración de recursos. La gestión desde principios de los años 80 hasta mediados de los 90: la contención de costes y la gestión profesionalizada. Los 90 y más: la orientación hacia el paciente y la gestión de la excelencia. El ejercicio de la Medicina ha estado rodeado de componentes imprevisibles e inciertos, con tal carga de intuición, que más bien cabía considerarlo como arte que como ciencia. Pero nunca ha estado carente de actitudes analíticas, que estudiaban respuestas, contrastaban resultados y comparaban estas variables entre distintos profesionales. Y han sido estas actitudes comparativas, críticas y valorativas las que han permitido avanzar, pues si bien es cierto que la praxis médica no se ha desprendido totalmente de aquellos componentes de incerti- dumbre e intuición, el peso relativo que han ido adquiriendo otros elementos ha propiciado una espectacular modificación tanto conceptual como práctica en el avance y desarrollo de la profesión médica. En los últimos 25 años, se ha avanzado más en la Medicina y en el cuidado de los pacientes que en los siglos precedentes. Nuestra generación ha tenido el privilegio de vivir este cambio y, sobre todo, debemos resaltar que ha sabido adaptarse a este ininterrumpido caminar, siendo a la vez partícipe y en ocasiones protagonista del mismo. La Medicina ha pasado de ser una actividad que podía ser desempeñada sin contestación, a estar en el punto de mira de la Sociedad^ que nos exige resultados, que quiere implicarse en las decisiones que puedan afectarle y aún más, está cada vez mas interesada y preocupada por analizar y valorar si los recursos que se utilizan y que es consciente que sufraga, logran conseguir los resultados previsibles. Pero a cambio de ello, nunca una profesión ha merecido tanta atención, despertado tanto interés, ni ha gozado de esta consideración social, lo que le ha posibilitado para ejercer una gran influencia en beneficio de la salud de la Humanidad. Este vertiginoso cambio que estamos señalando ha afectado no sólo al conocimiento del estricto ejercicio de la práctica médica, sino que ha ido mucho más lejos. Análogamente a como ha evolucionado la actividad docente e investigadora en nuestras universidades, el ejercicio de la medicina ha pasado de la responsabilidad individual, sobre criterios implícitos, de aprendizaje por entrenamiento y de desarrollo de habilidades personales, al ejercicio de la profesión médica de forma asociada, en equipo, con criterios explícitos (estándares, severidad de procesos, respuestas a los tratamientos) y compartidos (calidad de vida, concepción del paciente como cliente, etc.), que están dando a las profesiones sanitarias una dimensión y una proyección impensables hace pocas décadas. Que duda cabe que estos cambios han ido exigiendo el desarrollo de nuevos métodos de gestión y dirección. La conformación de los equipos directivos se va ajustando progresiva, aunque lentamente a criterios más profesionales, donde la formación, la experiencia y la capacidad contrastada, van siendo factores cada vez mas determinantes a la hora de su elección. Pero no debemos olvidar que en esta actividad más que en otras muchas, «se ha hecho camino al andar» en el sentido más estricto de la frase. La situación de partida no podía ser más desfavorable, por la ausencia de experiencia previa y la confusión reinante sobre objetivos, criterios y proyecto. Este hecho fue simultáneo con el inicio del aperturismo, que posibilitó el demandado, anhelado y necesario desarrollo de la representatividad El dilema de un gerente de hospital. Sin embargo, aún reconociendo sus innegables aportaciones de diversa índole, debemos reconocer que a menudo se mantienen comportamientos y actitudes trasnochados, centrados en la permanente contestación y alejados de la identificación con los objetivos de la organización, lo que propicia ciertas dificultades de entendimiento, de consenso y de capacitación para abordar proyectos innovadores que faciliten la modernización y la actualización de los centros, sin alterar sustancialmente el clima laboral. No obstante lo cual, pese a esta aparente divergencia de recorridos entre profesionales, representación sindical y directivos, se han conseguido avances muy significativos y relevantes, a un alto coste eso sí, pero al final positivos; porque lo que hasta el momento parece aceptado por todos, es, que nuestro sistema sanitario es un bien que no debemos dilapidar. Sobre cómo debemos hacerlo subsistir y lograr su mejora continua es donde se centra la discrepancia y el debate. Corresponde a los poderes públicos garantizar que el sistema sanitario ofrezca una respuesta eficiente a las necesidades de salud de los ciudadanos. La influencia de los medios de comunicación, de la asociaciones científicas y ciudadanas, de las instituciones, de la universidad y de la industria, configuran una amalgama de interrelaciones que confluyen en cada centro sanitario de forma que, ahora más que nunca, la figura del gerente ha de centrarse en asumir las exigencias de la sociedad y generar una cultura de gestión eficiente, en definitiva convertirse en el principal impulsor y armonizador para liderar, explicar y acometer la calidad, punto de encuentro y confluencia entre el gerente y los profesionales clínicos. Para su consecución la gestión ha desarrollado una serie de técnicas y habilidades en los centros asistenciales que le han colocado en una posición relevante. Sin embargo esto le exige, con mayor motivo, hablar cuando es preciso claro y alto, actuar siempre con prudencia y mantenerse en la medida de los posible en un plano discreto. Ha sido trascendental rodearse de equipos con iniciativa, imaginación y capacidad para gestionar la contradicción. Personas dotadas de la capacidad para avanzar, aún en la discrepancia, haciendo gala permanente de actitudes prudentes, equilibradas y racionales, que no den pie a la inseguridad, que minimicen la incertidumbre y que se convirtieran en impulsores tenaces y firmes de los objetivos y de los criterios de calidad, evidencia y equidad. Hemos querido señalar algunos hechos y connotaciones que han presidido la evolución de la gestión de nuestros hospitales. Podríamos concluir que la característica común y principal constante, en la gestión hospitalaria del último cuarto de siglo, ha sido la continua presión por el cambio. Cambios que en ocasiones se han orientado a objetivos y resultados, mientras que en otras únicamente al proceso o al modelo de gestión. La gestión de los centros sanitarios ante la presión por el cambio Nuestro sistema sanitario, al igual que otros, incluso aquellos con estructuras organizativas y de financiación bien distintas al nuestro, ha estado sometido a continuas modificaciones. Pero la dirección hacia la que iban dirigidos estos cambios, posiblemente bien conocida por los responsables de la política sanitaria en cada momento, no siempre ñie tan explícita para quienes trabajábamos como gestores de los centros asistenciales como lo es ahora, desde esta visión retrospectiva que nos permite el paso del tiempo. Para hacer más comprensible esta exposición marcaremos tres puntos en el tiempo en el que sucesivamente aparecieron ciertas características que se fiíeron incorporando al quehacer diario de los gestores y configuran actualmente el núcleo de su trabajo. Los últimos años de la década de los 70 y principio de los 80, se caracterizaron en nuestro país por la aparición de gran número de profesionales excelentemente formados y de tecnologías y estructuras capaces de dar respuesta a nuevas demandas poblacionales, fruto en gran medida del desarrollo económico y sociocultural incipiente en nuestro país. Por ello calificaremos esta época y el entorno en el que se desarrolla, como el desarrollo tecnológico. A mediados de la década de los años 80 se empieza a constatar el vertiginoso incremento que se va a producir en el gasto durante los años venideros y la dificultad de mantener desde el punto de vista económico, un sistema sanitario en pleno desarrollo y que terminaba de unlversalizar sus prestaciones. Aparece así la que llamaremos entorno dirigido a la contención del gasto. Por último, y posiblemente como reacción a los resultados del entorno que había presidido los años anteriores, desde mediados de los años 90 la política sanitaria parece ir dirigida, sin olvidar la necesidad de mantener los objetivos de las dos épocas anteriores, a la evaluación y adecuación en la distribución y utilización de recursos, hacia la búsqueda de la calidad de la atención, orientando nuestras organizaciones hacia las necesidades tanto de las personas que atendemos como hacia los El dilema de un gerente de hospital. procesos que padecen, en definitiva hacia los pacientes o personas con una enfermedad. Será la época que denominaremos como la orientación al paciente. Estos tres periodos que en ocasiones han afectado a los objetivos de resultados de las organizaciones hospitalarias y en otras únicamente al proceso o modelo de gestión, conforman la motivación de los equipos de dirección actuales sobre tres líneas de valores superpuestas. La gestión en el final de los años 70 y principio de los 80: El desarrollo tecnológico y la administración de recursos Por el Decreto Ley 3/ 1978 se constituyó el INSALUD como entidad gestora de la Seguridad Social dependiente en ese momento del Ministerio de Sanidad y Seguridad Social, aunque en 1981 pasó a ser dependiente del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social en lo competente a gestión económica y de personal, mientras que al entonces ya Ministerio de Sanidad y Consumo quedo reservada la función de tutelar la actividad asistencial. Esta separación de competencias administrativas es un fiel reflejo del modelo de gestión que en este momento se debía ejercer. Se trataba de dar respuesta a las demandas de atención poblacional cuyas necesidades venían determinadas fundamentalmente por los profesionales sanitarios. Unos profesionales que ya arrastraban una excelente formación pregraduada en nuestro país y que en esos momentos contaron con la oportunidad, para ellos y especialmente para toda la población y sin duda para los gestores, de un sistema de formación posgraduada reglada como fue el sistema MIR que dio lugar a una excelente mejora en la cualificación de nuestros profesionales comparables a la de cualquier otro profesional de los países de nuestro entorno. Sin embargo, la ordenación de la asistencia hospitalaria y extrahospitalaria continuaba basándose en el decreto de 2766/1967 constituyendo las diferentes dependencias patrimoniales y funcionales de los servicios asistenciales un puzzle difícil de encajar que limitaba de forma importante la continuidad de cuidados a los pacientes. Nuestros hospitales distribuidos según un criterio territorial (Comarcales, regionales, provinciales y Ciudades Sanitarias) eran auténticos organismos con autonomía y descentralización, carentes de cualquier tipo de coordinación interhospitalaria o interniveles. Esta descoordinación estaba incluso presente entre los diferentes servicios de cada uno de los hospitales, dirigidos por un Jefe de Servicio, en muchas de las ocasiones de gran prestigio profesional en su especialidad clínica y escasa o nula formación en gestión. En la mayoría de estos centros la Dirección del hospital era ejercida por uno de los esos Jefes de Servicio, también de gran prestigio profesional dentro de una estructura organizativa totalmente verticalizada y donde su gestión se limitaba mas bien a la administración de recursos. Pero expuesta así la situación, podría entenderse como fácil y sencilla la labor de quienes dirigían los hospitales en aquellos momentos. Sin embargo, y sin disponer de hechos fácilmente objetivables, quienes vivíamos la sanidad como clínicos en esos momentos podemos aún recordar cómo influían en la toma de decisiones tanto los cambios políticos, que nuestro país estaba viviendo en esos momentos, como el desarrollo de la reforma del Sistema Sanitario, que concretaba hacia dónde o con qué objetivos se estaba gestando desde la demanda de diferentes colectivos. Esta situación social y cultural del país sin duda tuvo su repercusión en la dirección y gestión de los hospitales e hizo que los entonces gestores tuvieran que actuar en muchas ocasiones como mediadores de conflictos entre los diferentes colectivos e ideologías del momento; profesionales sanitarios, población y organizaciones sindicales que comenzaban a tomar gran protagonismo. Mientras tanto, como podemos ver en la Tabla 1 el gasto sanitario de nuestra atención especializada crecía de forma tan rápida que, aun sin responsabilidad sobre el gasto, la reforma sanitaria que se produciría en los años siguientes ponía de manifiesto la necesidad de profesionalizar la gestión. Tras esta breve descripción sobre algunos hechos de interés, por la repercusión de los mismos sobre el tipo de gestión con que contaban nuestros centros, podríamos calificarla como cercana a la administración y a la gestión burocrática. La gestión desde los primeros años 80 hasta mediados de los 90: La contención del gasto y la gestión «profesionalizada» Los gestores de las instituciones sanitarias públicas, se encuentran en medio de un conflicto de intereses entre los enfermos, los profesionales sanitarios, los directivos y los políticos. Diferentes encuestas de opinión realizadas entre profesionales sanitarios muestran un acuerdo de la necesidad de reformar del sistema sanitario superior al 98% (Martín López) (5). Mostrando una mayoría su deseo de optar por la libertad de elección de médico, la compatibilidad del ejercicio de la medicina pública con el privado y la búsqueda de nuevas fórmulas de pago, como el pago por acto. Desde los ciudadanos, diferentes encuestas mostraban la diversidad en las preferencias de los diferentes colectivos y los programas sanitarios de los distintos partidos políticos mostraban divergencias en criterios claves para los gestores sanitarios como la privatización de la gestión de los centros públicos. Sin embargo, entre todos estos colectivos y tendencias ideológicas se encontraba una propuesta que podríamos considerar aceptada por todos ellos, que era, la necesidad de hacer una gestión mas profesionalizada de los centros hospitalarios. La Ley General de Sanidad de 1986 legisló por fin, con muchos debates previos, lo que supondría la reforma sanitaria en España. En lo que se refiere a los centros hospitalarios la Ley regula ya la integración de todos los centros en una única red asistencial y constituye como norma la existencia de un hospital como cabecera de Área de Salud. Se abre así la coordinación de la asistencia hospitalaria con la extrahospitalaria, aunque con anterioridad y por Decretos leyes ya estaba regulada la integración de los Facultativos de las llamadas Instituciones Abiertas de la Seguridad Social en estos centros. Pero es esta Ley la que indudablemente dio respuestas a las necesidades demandadas por los distintos agentes sociales y puso ante los gerentes nuevos retos como el tener que dar respuesta a un mayor numero de población con los mismos recursos, a estructurar fórmulas que permitieran la participación ciudadana y de los colectivos de la Atención Primaria. Durante los años que duró la elaboración de la Ley precedida por numerosos anteproyectos, los centros hospitalarios renovaron paulatinamente sus equipos directivos apareciendo centros de formación como la Escuela de Gerencia Hospitalaria que inició su andadura por el año 82 y que desde el conocimiento de la teoría trato de dar contenidos directivos a profesionales que ya estábamos inmersos en la realidad de la gestión hospitalaria. Puede que a partir de estas pinceladas de formación que muchos gestores habíamos recibido y de la necesidad de control del gasto público que crecía de forma desmesurada, al igual que lo hacía la demanda, surgieran muchos de los primeros números y cuadros de mando en la mesa de los gerentes de aquella época. Cuadros de mando con datos cuestionados por los profesionales, fabricados a partir de datos recogidos con sistemas de información totalmente artesanales y que hacían que en muchas ocasiones la toma de decisiones se basará más en la intuición que en la información. De aquí surge otra nueva necesidad, el desarrollo de sistemas de información válidos para la gestión. Conocer al menos el volumen de asistencia que prestaban nuestros centros y unos años más tarde la necesidad de conocer con detalle el gasto real y relacionarlo con la producción fue nuestro nuevo reto. El tratar de conocer el volumen real de la asistencia y la coordinación de la misma entre servicios (mediante herramientas como la historia clínica única por paciente) fueron algunas de las razones que provocaron la aparición de las admisiones centralizadas de pacientes y de los archivos de historias clínicas únicos. Esto, de alguna forma, se vivió por los clínicos como una usurpación de funciones por parte de las gerencias y hubo que vencer las resistencias al cambio que suponía la aparente pérdida de poder para éstos. Aparece así un conflicto cultural entre médicos y gestores que para algunos se entendió como el fin de la «libertad clínica» (11) y un aparente desplazamiento del poder. Sin embargo, los profesionales d^^ la-" medicina seguían manteniendo el poder de decisión sobre el ga^to y la influencia en los pacientes, El dilema de un gerente de hospital. más allá de las decisiones clínicas que siempre han gozado del criterio de profesionalidad que requieren. A pesar de los esfuerzos de los gestores, el gasto sanitario continuaba creciendo y el control del mismo se ejercía a través de sistemas de información sobre indicadores que indicaban muy poco (Decreto sobre Rendimiento Hospitalario de 1978), como eran las estancias medias, los índices de ocupación, los índices de rotación y toda la serie de indicadores que propugnaba el Nuevo Modelo de Gestión Hospitalaria (6) de los años 80, que no permitían relacionar el volumen asistencial con el gasto de cada uno de los centros. Todo ello nos llevó a desarrollar y tener que aprender nuevos métodos en gestión que trataban de medir el producto hospitalario. En la búsqueda de medidas de actividad y producto hospitalario aparecen los sistemas de Indicadores de producto intermedio: UBA = Unidad Básica Asistencia (Cataluña); UPA = Unidad Ponderada Asistencial (INSALUD); EVA = Escala de Valoración Andaluza (SAS); UCA = Unidad de Coste Asistencial (Osakidetza) los indicadores ajustados por casuística y los sistemas de medidas orientados a los resultados como los Grupos Relacionados con el Diagnóstico, los PMCs, el Disease Staging y otros sistemas de raedición del case-mix. Si en todas las profesiones la formación continuada ha sido una necesidad, en la del gestor de hospitales, donde se partía de cero y donde los cambios que se pedían de los centros eran tan importantes, esta necesidad, sin disponer de centros de formación e inmersos en la gestión diaria de los centros, se hacia mas acuciante. Los beneficios que se iban obteniendo desde la gestión profesionalizada no fueron percibidos por los profesionales que cada día se sentían más alejados de quienes, a su juicio, tomaban las decisiones y estos fueron desentendiéndose de la gestión incluso de sus propios servicios y de la gestión de la práctica clínica. La pérdida de poder que habían percibido los responsables de los servicios médicos y su alejamiento de cualquier aspecto relacionado con la gestión conllevó el desprestigio e infravaloración de esta disciplina y de los propios gestores. Paralelamente a finales de los años 80 surge otra norma reguladora sobre la estructura y funcionamiento de los centros hospitalarios (en INSALUD regulado por el Decreto 521/87) que, sin negar otros beneficios, consigue fragmentar aún más la cultura hospitalaria. La división entre las Direcciones médica y de enfermería repercute también en la coordinación del trabajo asistencial. Los gestores, que por otro lado continuaban sometidos a los requerimientos de la administración para asegurar las necesidades asis-tendales de la población y la adecuada utilización de presupuestos, no conseguían el objetivo de contención del gasto. Además se habían añadido otros problemas que hacían necesario romper las barreras de comunicación que se habían establecido y nuevos métodos de gestión presupuestaria. Los 90 y más: La orientación de los centros sanitarios hacia el paciente y la gestión de la excelencia A partir de 1991 comenzaron algunos intentos para separar la financiación de la provisión de Servicios. En el caso del INS ALUD no transferido se definió un Programa-Contrato marco, entre el Ministerio y el INSALUD y Contratos-Programas específicos entre el INSALUD y las Gerencias de Atención Especializada, dirigidos a potenciar la autogestión de las Instituciones y tratando que los presupuestos hospitalarios estuvieran en fimción de las actividades a desarrollar por cada centro. Se comienza la facturación a terceros y la competencia entre Áreas, como estrategias de mercado interno dirigidas a configurar a los Hospitales como Empresas de Servicios en la búsqueda de la eficiencia. Con estas estrategias se pretendía, trasladar el riesgo desde el financiador al provisor del servicio. Pero los centros hospitalarios, públicos en su mayor parte y especialmente los no transferidos a las Comunidades Autónomas, formando parte de la Administración, estaban sometidos a la Ley de Contratos de Administraciones Públicas y contaban con un régimen de personal estatutario, muy similar al funcionarial. A pesar de ello, se llevan a cabo intentos dirigidos a una gestión más eficiente, estableciendo concertaciones del sector público con el privado y se regulan nuevas fórmulas de gestión y estrategias de atención diferentes a la hospitalización tradicional. La Ley 1511997, de 25 de Abril, sobre nuevas Formas de Gestión del Sistema Nacional de Salud estableció la posibilidad de que la gestión de los centros y servicios sanitarios se pudiera realizar directa o indirectamente a través de cualquier entidad de naturaleza o titularidad pública admitida en Derecho. Amparó la gestión a través de entidades públicas empresariales, consorcios, fundaciones u otros entes dotados de personalidad jurídica propia. Fruto de esta normativa y de la Ley 5011998, de 30 de Diciembre, de Medidas Fiscales, Administrativas y del Orden Social han aparecido en la sanidad de nuestro país, junto a los tradicionales servicios con financiación de la Seguridad Social, determinadas Sociedades Estatales como entidades públicas o privadas, las Fundaciones Públicas y los Consorcios. El dilema de un gerente de hospital. Pero la dificultad de gestión del Hospital como una empresa, no radicaba sólo en las formas de financiación. Las características propias de su misión asistencial, docente e investigadora hacen que sea considerado como una empresa multiproductos muy especial, donde deben convivir (1) la gestión hotelera, la técnica y la clínica. Aunque las dos primeras podrían beneficiarse del modelo y de las técnicas de la gestión industrial, ambas deben estar integradas y al servicio de la tercera, la gestión clínica (Várela). La falta de esta visión integradora de la asistencia había hecho que, hasta casi mediada la década de los 90, la dirección de los hospitales se hubiera centrado básicamente en temas de la operativa, mediante el uso, y en ocasiones abuso, únicamente de herramientas como la bien conocida (DPO) Dirección Participativa por Objetivos. El cambio supuso incorporar los modelos de Dirección y Planificación Estratégica, un método formal que permite abordar de forma sistemática la potencial repercusión de futuro en todas nuestras decisiones y dirigir el hospital hacia el protagonista final, el paciente. Pero la aplicación de los principios de gestión clínica a los hospitales no sólo va a requerir cambios en los modelos de contratación y de planificación, sino que hace imprescindible el que estos vayan unidos a cambios en su estructura organizativa. La clásica estructura organizativa de nuestros hospitales (con la división médica, de enfermería y de gestión) podría, en parte, ser considerada como una forma mixta entre la denominada en el mundo empresarial organización divisional y la denominada funcional. En el organigrama divisional las empresas se estructuran en función de una determinada serie o gama de productos y cada división es prácticamente independiente en sus actividades. Mientras que en el organigrama funcional se agrupan en las diferentes funciones (producción, finanzas, etc.). La gestión clínica, donde la actividad debe ser integradora y dirigida a las necesidades del paciente va a requerir desarrollar organigramas matriciales, y la tradicional organización jerárquica funcional y verticalizada, debe convivir con otras formas orientadas a coordinar actividades y a cumplir objetivos dirigidos al paciente. En cualquier caso, nuestros hospitales, aunque con la Gestión Clínica, lleguen a integrar todas las actividades y dirigir sus esfuerzos a resolver el problema de salud que ha llevado al paciente al hospital, consiguiendo los mejores resultados tanto desde el punto de vista científico técnico como de costes o eficiencia del sistema, no deben olvidar otros aspectos o atributos de la atención que deben cubrir las necesidades del paciente como persona. Es ésta la principal característica de lo que hoy conocemos como el hospital orientado al paciente. El avance que a nivel clínico, tanto en el diagnóstico como en tratamiento de las enfermedades, se ha conseguido, tiene que ir acompañado de la cobertura de nuevas necesidades y valores que derivan del cambio social, cultural y económico que se ha producido en nuestra sociedad. Así, problemas éticos, que en otras circunstancias no lo fueron, como las que provienen del desarrollo científico, deben pesar en las decisiones del gestor a la hora de introducir nuevas tecnologías o al tener que enfrentarse a problemas como el rechazo al tratamiento, el respeto a la intimidad, etc.. En definitiva, los 90 y más, título con el que iniciábamos este apartado, y muy posiblemente los 2000 y más, siguen exigiendo el continuo cambio y aprendizaje al que ya estamos habituados los gerentes y que posiblemente es lo que hace de esta tarea una verdadera profesión. En la Tabla 2, y para no extendernos más, se relacionan algunos de los retos, la mayoría para hoy, de todos los que trabajamos en el medio sanitario, pero en los que el buen hacer de un gestor va a suponer el avance o no de la atención especializada. Y ese buen hacer vendrá determinado por saber o no gestionar nuestras organizaciones hacia la excelencia. Es aquí donde, debemos y podemos, aprender del mejor y en este caso es muy válido y de gran ayuda seguir el modelo de excelencia de European Foundation for Quality Management (EFQM) (9). Este modelo se basa en la premisa de que la satisfacción del cliente, la satisfacción de los empleados, los resultados claves de la empresa y un impacto positivo en la sociedad (criterio deseable en cualquier empresa que busque la supervivencia a medio plazo) se consiguen mediante el liderazgo, el desarrollo de una política y estrategia de la organización, una acertada gestión de personal, el uso eficiente de los recursos y una adecuada definición de los procesos, lo que conduce finalmente a la excelencia de los resultados empresariales. El modelo consta de nueve elementos o criterios ( véase Figura 1) que permiten la autoevaluación y el seguimiento de nuestros logros para determinar el progreso de la organización hacia la excelencia. Por último, como resumen de esta exposición, abordaremos la necesidad de adoptar estilos de dirección acordes con la cultura de cada organización. Expresado de forma más comprensible, nos estamos refiriendo al requisito preliminar de lograr un cambio cultural en las organizaciones para ejercer el estilo de dirección que puede conseguir la excelencia. Para ello, nos remitimos a la Figura 2 (modificada de F.Price) (13) donde a través de lo que llama Modelo Harrison-Handy sobre la cultura de la organización, presidida cada una de ellas por diferentes dioses mitológicos representando los distintos estilos de dirección para cada una de ellas. Así, para las organizaciones con estilos de dirección presididos por el dios Zeus (autocrático y en el mejor de los casos paternalista) sólo funcionarían en culturas donde domina el temor, mientras que aquellas donde predomina la producción de «papel» y la compartimentalización de las funciones, cercanas a las burocracias estarían dirigidas por estilos representados por el dios Apolo, donde La rápida aparición de tecnologías de información y comunicación. Gestión de la demanda: nuevas alternativas a la hospitalización tradicional El marketing hospitalario Nuevas fórmulas de gestión en la hospitalización Desarrollo de tecnologías sanitarias EI dilema de un gerente de hospital.
tribución territorial, su elevado número, así como por el hecho de no disponer de catálogos o relaciones completas de estas instituciones. La lectura de este artículo permite realizar un recorrido por el camino que nuestro sistema sanitario ha efectuado a lo largo de estos últimos años, resaltando los hitos relevantes y los substratos políticos, económicos y sociales que fundamentan decisiones que marcaron la trayectoria de nuestra sanidad. Con el objeto de comprender mejor la situación de los centros sanitarios en España en los últimos veinte años, es preciso referir aunque sea de forma muy resumida, la situación existente en este sector en la época próxima anterior a la que pretendemos abordar. De forma general y en relación con su adscripción patrimonial, hay que diferenciar los de la Administración Central del Estado, los de las Corporaciones Locales, de la Seguridad Social, entidades benéfico-privadas o instituciones privadas, así como al conjunto de actividades privadas de los médicos y de otro personal sanitario. Este empeño resulta relativamente fácil cuando lo que se analiza es el equipamiento y la evolución de los centros hospitalarios, pero no sucede lo mismo con los extrahospitalarios que ofrecen una gran variedad en cuanto a su actividad preferente -salud pública, asistencial o de otra naturaleza-, a su dependencia funcional, por su amplia dis-NOTA 1. En el Organismo AISNA se integraron los centros del Patronato Nacional Antituberculoso y de las Enfermedades del Tórax, el Patronato Nacional de Asistencia Psiquiátrica, Gran Hospital de la Beneficencia General del Estado, Hospital del Niño Jesús, Instituto Oftálmico Nacional, Hospital Nacional de Enfermedades Infecciosas, Instituto Nacional de Oncología, Instituto Leprológico y Leprosería Nacional de Trillo, Centro Nacional de Lucha contra las Enfermedades Reumáticas, Centros Maternales y Pediátricos, Hospitales Rurales y Centros de Urgencias dependientes de la Dirección General de Sanidad, Centro Nacional de Rehabilitación e Instituto Español de Hematología y Hemoterapia y los Centros Nacionales de Sanidad de Majadahonda. Se integrarían, igualmente, el Centro especial de Talavera de la Reina (Toledo), Hospital General de Soria y Clínicas Infantiles de Valencia y Sevilla. De acuerdo con lo dispuesto en esta normativa, se pueden también encomendar al citado Organismo autónomo, los Centros Comarcales Los últimos 20 años de los Centros Sanitarios en España y Subcomarcales de Sanidad, dispensarios, consultorios, centros de diagnóstico y de orientación terapéutica. En el sector de la atención en salud pública, es preciso recordar la actividad desarrolla por las Jefaturas Provinciales de Sanidad en las que además del área de laboratorios, dispensaban atenciones preventivas en salud infantil, maternal, dermatología, oftalmología, odontología, veterinaria y el control farmacéutico, así como en ocasiones, el servicio de transfusión sanguínea. Como ya se ha referido con anterioridad, dependiendo asimismo de la Administración Central se encuentran las instituciones asistenciales militares de tres Ejércitos, que disponen de una importante red hospitalaria e, igualmente, los Hospitales Clínicos y la Casa de Salud «Santa Cristina» y Escuela Oficial de Matronas adscritos al Ministerio de Educación, así como algunas unidades hospitalarias penitenciarias relacionadas con la Administración de Justicia. Aunque la normativa básica deriva del Reglamento de Sanidad del año 1925, de acuerdo con lo dispuesto posteriormente en la Ley de Bases de Sanidad de 1944 y en la Ley de Régimen Local de 1955, las Corporaciones Locales -Diputaciones, Cabildos y Ayuntamientos-, regentaban un considerable número de hospitales con gran implantación provincial y local, destinados a la atención de los enfermos incluidos en los Padrones de Beneficencia o, simplemente, a ciudadanos carentes de recursos económicos. En ocasiones, estos establecimientos asistenciales estaban vinculados con la docencia impartida por las Facultades de Medicina, bajo la denominación de hospitales provinciales y clínicos. Igualmente, las Corporaciones Provinciales se responsabilizan de la asistencia psiquiátrica en régimen de internado ya fuese con el mantenimiento de instituciones específicas propias, o bien, financiando la atención de estos pacientes en los centros de instituciones benéfico privadas. La competencia sanitaria municipal centraba sus servicios en materia de salubridad e higiene de las localidades y, específicamente, se les atribuye a los ayuntamientos la asistencia médico-farmacéutica de las familias desvalidas. Mantienen las Casas de Socorro, los Laboratorios Municipales en los grandes Municipios, gestionan algunos centros asistenciales propios y tutelan o forman parte de los Patronatos de hospitales benéficos de ámbito local. La atención sanitaria facilitada por la Seguridad Social Un hecho absolutamente determinante de la organización de la asistencia sanitaria y del equipamiento institucional español, lo cons-tituyó la implantación y el desarrollo del Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE), Creado por Ley de 14 de diciembre de 1942, inició su labor asistencial en 1944 siguiendo desde entonces una tendencia expansiva, facilitando atención sanitaria a un número de añilados y población siempre creciente, proceso que se ha realizado sobre la base de agregar diferentes colectivos. En el año 1945 se aprueba el Plan Nacional de Instalaciones Sanitarias que no comienza a ejecutarse hasta el año 1948 y que recogía 16.114 camas de nueva construcción. A diferencia de lo ocurrido en otros países europeos, la Seguridad Social a través del INP (creado 1908), planifica y gestiona de forma paralela su propia organización sanitaria mediante centros de atención ambulatoria y hospitalaria -instituciones «abiertas» y «cerradas»-, denominando a los hospitales «Residencias Sanitarias», con una actividad más acorde con la que se realizaba en las clínicas privadas. Esta circunstancia determinó un avance sustancial en la cobertura territorial y en la mejora de la estructura y de la calidad de los centros asistenciales. La asistencia sanitaria que da cobertura a sus afiliados se regula de forma general en la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1966, recogidos en el Texto refundido de 1974 y el nuevo de 1994. En relación con esta materia, es obligado referirse a la aprobación del «Estatuto Jurídico del Personal Médico de la Seguridad Social», Decreto 3160/1966, de 23 de diciembre, y a la normativa sobre asistencia sanitaria de la Seguridad Social por el Decreto 2766/67, de 16 de noviembre, «Asistencia Sanitaria y Ordenación de los Servicios Médicos», que aún continúan siendo textos de referencia en la actualidad. El Estatuto del personal no sanitario al servicio de las Instituciones Sanitarias de la Seguridad Social y el del personal auxiliar sanitario titulado y auxiliar de clínica, se aprobaron en 1971 y 1973 respectivamente. El Reglamento General para el Régimen, Gobierno y Servicios de las Instituciones Sanitarias de la Seguridad Social recogido en la Orden 7-7-1972, confirma una estructura distinta de ejercicio hospitalario, que ya se venía ejerciendo en algunos centros desde 1964, con el criterio de jerarquización de las distintas funciones en Secciones, Servicios y Departamentos, médicos y quirúrgicos, debidamente coordinados y con Servicios Generales comunes para toda la institución, con los mismos criterios de estructura. Se clasifican los centros asistenciales de la Seguridad Social en cerrados y abiertos. Son instituciones cerradas u hospitales las siguientes: Ciudades Sanitarias, Residencias Sanitarias con Servicios Regionales, Residencias Sanitarias Provinciales, Residencias Sanitarias Son instituciones abiertas los Centros de Diagnóstico y tratamiento, Ambulatorios y Consultorios de Medicina General. La bonanza económica de la que goza la Seguridad Social por aquellos años, determina que el programa de instalaciones hospitalarias del INP siga un ritmo acelerado con la construcción y puesta en funcionamiento de numerosas instituciones, en las que se desarrolla la actividad asistencial bajo el reseñado modelo: el denominado «hospital jerarquizado», distinto al que se encontraba establecido en los hospitales tradicionales de esta Entidad, los cuales también, progresivamente, se irían integrando en esta modalidad, de tal forma que el sistema asistencial que se desarrolló en la década de los años 70, significó el esfuerzo del sistema público que giró en torno a la creación de una dotación hospitalaria moderna de la que carecía nuestro país. A finales del año 1976, se encontraban en funcionamiento 14 Ciudades Sanitarias que comprendían 49 Centros, 88 Residencias o Centros en el resto de las provincias, todo ellos con un total de 41.582 camas. En ese momento se encontraban en construcción otras 33 Residencias o Centros, con 11.303 camas. Es preciso referir también que la Ley de Seguridad Social del año 1963 con la supresión del régimen de colaboración y la consiguiente desaparición de los Ambulatorios propiedad de las entidades colaboradoras, obligó al INP a una especial dedicación en la construcción de este tipo de instituciones, de tal forma que en el mencionado año 1976, las instituciones sanitarias abiertas o Ambulatorios totalizaban 955 establecimientos: 4 Centros de Diagnóstico y Tratamiento, 277 Ambulatorios, 281 Ambulatorios provisionales, 290 Consultorios. En esta misma fecha se encontraban en programación 2 Centros de Diagnóstico y Tratamiento, 24 Ambulatorios y 125 Consultorios. En cuanto al personal sanitario, el total de médicos en la Seguridad Social que ascienden en el año 1976 a 47.251, representan el 81,63% del total de los existentes en España. Los médicos especialistas alcanzaban el 64% sobre el total, con 30.199 facultativos. En este año cerca del 84 por 100 de población se encuentra cubierta por la asistencia sanitaria de la Seguridad Social. La financiación de la asistencia sanitaria facilitada por el INP se efectúa en el año que venimos refiriendo, en un 81,55% por cuotas de trabajadores y empresarios, transferencias el 12,52%, alcanzando la aportación del Estado el 0,63% del total de los recursos. En los pactos de la Moncloa del año 1977, se acordó que la contribución del Estado a la financiación de la Seguridad Social se incrementase hasta alcanzar el 20% de su presupuesto. En el año 1981, esta contribución se fija en el 10,39% de los ingresos totales del sistema, la aportación de las empresas y de los trabajados es, respectivamente, del 73,85% y del 13,14% del presupuesto de ingresos. La asistencia en régimen de hospitalización a los beneficiarios, se hace efectiva en las instituciones sanitarias propias o en otras públicas o privadas previamente concertadas. La Seguridad Social no había orientado su política asistencial a la asistencia psiquiátrica, ni a la geriátrica, ni a la correspondiente a la patología infecciosa. El sistema de conciertos con el resto del sector público para algunas de éstas u otros tipos de atenciones, significó el mantenimiento de unas tarifas claramente insuficientes, por lo que determinaba un esfuerzo financiero complementario favorable a la Seguridad Social y, al propio tiempo, el efecto negativo de la imposibilidad del perfeccionamiento técnico y funcional de sus propias instituciones. El sistema de conciertos con instituciones sanitarias, públicas o privadas, viene regulado por Resolución de la Secretaria de Estado para la Sanidad de 11 de abril de 1980, siguiendo la doctrina de carácter subsidiario y complementario de las prestaciones de servicios y actividades sanitarias desarrolladas por la seguridad social. Bajo la jurisdicción del Ministerio de Trabajo, el Instituto Nacional de la Marina gestiona la asistencia sanitaria de los trabajadores del mar. Es responsable de la Sanidad Marítima de este colectivo y dispone de una red de servicios e instituciones asistenciales propios y concertados, los cuales, de forma progresiva, se están integrando actualmente en los servicios de salud de las Comunidades Autónomas con competencias en la asistencia sanitaria. Las Mutuas Patronales son asociaciones de empresarios constituidas con la finalidad precisa y única de asumir mancomunadamente, mediante reparto, las responsabilidades asistenciales por accidentes de trabajo o enfermedades profesionales. En consecuencia, dichas Mutuas Patronales colaboran en la gestión de los Seguros Sociales de acuerdo con lo previsto en el Reglamento de colaboración en la gestión de la Seguridad Social, de 6 de julio de 1967 y diciembre de 1995. Por Ley de 27 de junio de 1975, se crea en la Seguridad Social el régimen especial de las Fuerzas Armadas, encomendándose la gestión del Instituto Social de las Fuerzas Armadas (ISFAS), con personalidad jurídica propia de derecho público y patrimonio propio para el cumplimiento de sus fines. En la misma fecha se crea la Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado (MUFACE), dependiente de la Presidencia de Gobierno y MUGEJU, para la Administración de Justicia. Las prestaciones sanitarias son del mismo nivel que las correspondientes al régimen general de la Seguridad Social, y con las mismas modalidades de asistencia domiciliaria, ambulatoria, en régimen de internado y con carácter de urgencia. Desde 1982, sus beneficiarios pueden elegir para su asistencia, entre la que facilitan los institutos de asistencia sanitaria de la Seguridad Social, o bien, con las compañías privadas de seguros sanitarios. Los Funcionarios de la Administración Local estaban protegidos por la Mutualidad Nacional de Previsión de Administración Local (MUNPAL), que desapareció bien entrado los años ochenta integrándose mayoritariamente su asistencia sanitaria en el régimen general. El sector benéfico-particxilar, de titularidad religiosa o laica, disponían asimismo de un importante número de hospitales. Los laicos, representados por centros como los de la Cruz Roja, otras fiuidaciones de tutela municipal a los que hay que añadir un reducido número de hospitales vinculados con la Asociación de Lucha contra el Cáncer e instituciones de gran relevancia por lo que significan como referencia de la medicina española y que cuentan con una larga tradición, destacando entre ellos el Hospital de Valdecilla en Santander, El Hospital de la Santa Cruz y San Pablo en Barcelona, Basurto en Bilbao y la Fundación Jiménez Díaz en Madrid y, posteriormente, la Clínica Universitaria de Navarra. Cada uno de estos grupos de instituciones, debe su presencia en el sector de la hospitalización a motivos diferentes. La consolidación de la Seguridad Social y la prestación directa de las atenciones a una población creciente, en buena medida en su propia red asistencial, así como el cambio en la legislación que regula la sanidad, hace que los fines fundacionales puedan verse afectados necesitando por tanto adaptarlos a las nuevas situaciones. El sector privado constituido por entidades privadas, clínicas particulares, hospitales e instalaciones de entidades del seguro, etc., realizan acciones sanitarias preferentemente asistenciales a determinados colectivos afiliados a las mismas, sin perjuicio de atender en régimen privado y circunstancial a personas no asociadas expresamente a las mismas. La evolución del mercado del sector privado, ha venido marcada, igualmente, por la extensión del campo de aplicación de la Seguridad Social y por la aparición de una cierta demanda a consecuencia de la elevación del nivel de renta y de la presión de nuevos colectivos sobre este último sistema. El Seguro Libre de Enfermedad se corresponde con sociedades de distinta naturaleza jurídica, con el objeto de dar una asistencia a determinados colectivos de población integradas por personas que voluntariamente se afilian, todo ello bajo el control del Estado. Según el Reglamento de la Comisaría de Asistencia Médica y Farmacéutica, de 7 de mayo de 1957, realiza la asistencia médica voluntaria y de régimen colectivo, a través de sociedades anónimas de seguros y mutualidades de libre creación y servicios asistenciales, organizados por empresas mercantiles o industriales, organismos oficiales o corporaciones a favor de sus personas. Están reguladas últimamente por la Ley 30/1995 de ordenación y supervisión de los Seguros Privados. Con independencia de las posibles vinculaciones a distintos sectores del sistema sanitario, los médicos con capacidad legal para el ejercicio profesional, tienen derecho al ejercicio privado sin más requisitos que el estar debidamente colegiados en el Colegio Oficial correspondiente, con los derechos y deberes que se establecen y reconocen en la Ley de Colegios Profesionales y en el reglamento vigente de la Organización Médica Colegial, así como el respeto a la normativa vigente sobre incompatibilidades. La evolución de la situación hospitalaria No es posible una comparación válida y corcluyente entre los tipos de dispositivos hospitalarios del sector público dada la heterogeneidad manifiesta de los mismos, congruente en buena medida con los distintos fines atribuidos a los variados organismos señalando, no obstante, la existencia de defectos de coordinación y programación de los recursos institucionales entre los diferentes sectores señalados. Con carácter general se refiere que en España, al igual que en resto de los países europeos así como de la mayoría de los desarrollados, los motores de la asistencia médico-sanitaria han sido la socialización y el progreso científico y tecnológico de la medicina que actuando en estrecha relación, influyen o condicionan los aspectos organizativos del sistema asistencial, su desarrollo y la ejecución de sus actividades, en la economía de la salud, la formación del personal sanitario, la manera de ejercer la medicina, en la ética profesional y en la educación sanitaria de la salud de la población. El hospital moderno se configura, por tanto, como el resultado de la evolución científica de la Medicina con la introducción de las nuevas tecnologías; la organización de los hospitales en departamentos y servicios de las distintas especialidades médicas y quirúrgica; la aportación de renovadas y adecuadas instalaciones técnicas e instrumentales y, fimdamentalmente, de recursos humanos apropiados. La introducción de la docencia y la investigación básica y clínica, han determinado asimismo nuevas y complejas ñmciones, cambios en la organización y estructuras, y, consecuentemente, el incremento del prestigio de los hospitales que han pasado a ser el lugar de referencia de la Medicina moderna. Las áreas de consultas externas y urgencias han experimentado singulares transformaciones, en ocasiones desbordadas por la demanda, en especial estas últimas, que es el servicio de elección para atención inmediata de todas las situaciones graves o supuestamente urgentes de la comunidad. El gran desarrollo de la especialización médico-quirúrgica y la aparición de nuevas especialidades junto con la actualización de las existentes, la exigencia y demanda de personal especializado, determinaron la necesidad de iniciar un nuevo modelo de formación. La instauración del Programa de Médicos Internos y Residentes en 1972 -del que ya existían antecedentes en algunas instituciones, la regulación recogida en la normativa específica de 1978 sobre especialidades médicas (Real Decreto 2015/1978, de 15 julio), y el Real Decreto 127/84, de 11 de enero, que ordena la formación médica especializada y la obtención del título de especialista, ofrecen una visión moderna y homologable al resto de los países de la UE. Por otra parte, los profesionales de la Medicina han de ejercer en el hospital con criterios de cooperación y de responsabilidad en el funcionamiento del servicio con el resto del equipo profesional que lo conforma. En la Enfermería se produjeron igualmente, importantes modificaciones y avances en su formación y ejercicio profesional con el reconocimiento de sus estudios como universitarios: Diplomados en Enfermería, y con la unificación de los colegios profesionales de practicantes, enfermeras y matronas. De forma progresiva se han ido incorporando nuevos profesionales a la actividad hospitalaria: farmacéuticos, físicos, químicos, psicólogos, biólogos, economistas y técnicos especialistas de formación profesional en diversas ramas sanitarias. También en esta época, se inicia la investigación clínica y básica en estos centros. Es obligado referirse a los aportes que en este campo supuso en España el establecimiento del Fondo de Descuento Complementario de la Industria Farmacéutica y, posteriormente, en 1980, el Fondo de Investigaciones Sanitarias de la Seguridad Social (FISS), con las ayudas a la formación de investigadores, ampliación de estudios en el extranjero, financiación de proyectos y de publicaciones, congreso y reuniones científicas. Últimamente han tomado en parte el relevo, la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología, Las Comunidades Autónomas, ciertas Fundaciones Privadas, el Plan Nacional I+D, los Programas Marco de la Unión Europea o el desarrollo de lo previsto en la Ley General de Sanidad en esta materia. Como resumen de esta introducción, cabe señalar que el estado previo al inicio de las transferencias de los centros sanitarios asistenciales a las CC.AA, es la que se refleja en los cuadros que se exponen a continuación que ofrece la situación hospitalaria en el año 1981 y que evidencia tanto la cuantía de las instituciones como la adscripción patrimonial de los establecimientos (Tabla 1), Asimismo en la Tabla 2 se relaciona la red de instituciones sanitarias del INSALUD en el mismo año. Los hospitales de la Administración Central representan el 23 por 100 de los establecimientos y el 44 por 100 de las camas en funcionamiento. En ellos, se asistieron 1,8 millones de pacientes, de los cuales 1,4 millones (78%), lo fueron en los del INSALUD que, a su vez, significaban el 40 por 100 del total de los ingresos y el 27,7 por 100 de las estancias producidas en total del dispositivo asistencial con régimen de internamiento. Los de las Administración Local con un 15,7 por 100 de los establecimientos, disponían del 23,4 por 100 de las camas, en los que se produjeron el 11 por 100 de los ingresos y el 25 por 100 de las estancias, justificadas éstas por la cronicidad de los enfermos y, fundamentalmente, por depender de ella un importante número de camas psiquiátricas. Dentro de este último sector resulta más significativo el referirse exclusivamente a los hospitales privados, particulares, que con 487 establecimientos suponen el 46,2 por 100 del total y el 19,2 por 100 de las camas en funcionamiento (37.218 camas), en los que ingresaron el 25 por 100 de los pacientes atendidos en este medio hospitalario y determinaron el 18,1 por 100 de las estancias. El Instituto Nacional de la Salud (INSALUD), se constituye como el órgano ejecutivo de la política sanitaria de la Seguridad Social, a quien corresponde el desarrollo de las ñmciones y actividades precisas para garantizar las prestaciones sanitarias. Asimismo asume las funciones propias de la medicina del trabajo que se realiza por el Instituto Nacional de Medicina y Seguridad en el Trabajo, la Clínica de Enfermedades Profesionales, la Organización de los Servicios Médicos de Empresa y el Instituto Territorial de Higiene y Seguridad en el Trabajo. Los centros especiales los constituyen: Centro Hay que señalar igualmente, que el Pleno del Congreso de los Diputados impulsó en mayo de 1980 una Resolución de Reforma Sanitaria, que al carecer de fuerza normativa, expresaba simplemente un deseo o aspiración de la Cámara en relación con la materia sanitaria. Se trata de un texto ambiguo que difícilmente podía ser base suficiente para la reforma global de la Sanidad. En cualquier caso fue el primer pronunciamiento de las Cortes sobre esta materia. Circunstancia de absoluta transcendencia y de total repercusión en la Administración Sanitaria, lo constituyó la aprobación y promulgación de la Constitución Española del año 1978. Se define un «Estado Social» y «Democrático de Derecho», que se organiza sobre la base de un amplio reconocimiento de las Autonomías Territoriales. El Título I determina los Derechos y los Deberes fundamentales de los ciudadanos; el Capítulo II, recoge los principios rectores de la política social y económica, en donde se encuentran encuadrados todos los mandatos constitucionales que hacen referencia a la calidad de la vida y, como componente de ésta, la Salud (Artículos 39,40,41,43,44,45,47,49,50,51). La Organización Territorial del Estado se establece en el Título VIII, así como los principios de autonomía para la gestión de sus intereses. El Capítulo III -De las Comunidades Autónomas-, especifica las competencias y las obligaciones a repartir entre la Administración Central (Artículo 149) y las Administraciones Autonómicas (Artículo 148). La evolución de los centros sanitarios durante los últimos veinte años El proceso de transferencias en materia sanitaria se había iniciado ya en 1977 a los que se denominaron «Entes Preautonómicos». Sucesivamente se perfeccionaron y completaron aquellas transferencias con la publicación de los respectivos Estatutos y la constitución efectiva de la totalidad de las Comunidades Autónomas. Así pues, una vez aprobados los Estatutos Autonómicos de las diecisiete CC.AA, recibieron las competencias de Sanidad e Higiene, esto es: salud pública y autoridad sanitaria, así como el personal, centros y servicios. La progresiva integración a las distintas redes asistenciales se inició con la transferencia a las CC.AA que lo desearon, de los hospitales y centros asistenciales vinculados al Ministerio de Sanidad a través de la Administración Institucional de la Sanidad Nacional (AISN). En 1980, Cataluña y el País Vasco; en 1982, Aragón, Asturias, Baleares, Castilla La Mancha, C. Valenciana, Extremadura y Murcia; en 1985, Andalucía, Castilla León, Galicia y Madrid. El resto de hospitales de este organismo que no fueron asumidos por las CC.AA, se integraron en la red asistencial del INSALUD de acuerdo con lo previsto en el artículo 93 de la Ley de Presupuestos Generales para el año 1985. Además, la disposición adicional vigésima tercera de la citada Ley, determina la integración de los Hospitales Clínicos Universitarios, dependientes del Ministerio de Educación y Ciencia, en la red hospitalaria de la Seguridad Social. Por otra parte, las CC.AA uniprovinciales tuvieron que hacerse cargo de los centros y servicios vinculados a sus respectivas Diputaciones Provinciales. En las restantes Comunidades, pluriprovinciales, la integración de los hospitales -generales o psiquiátricos-en sus propios servicios de salud, han seguido un camino distinto de acuerdo con lo que establecen sus estatutos de autonomía y la evolución de las redes de asistencia sanitaria. En el año 1981 se inicia la transferencia del INSALUD a la Comunidad Autónoma de Cataluña. En la actualidad, sólo siete de ellas han recibido las transferencias de la asistencia sanitaria de la Seguridad Social, las que accedieron a la autonomía por la vía del Artículo 151 de la Constitución y, con carácter excepcional, las asimiladas, de acuerdo con una Ley orgánica específica anexa a su Estatuto de Autonomía correspondiente, por las Comunidades Autónomas de Valencia y Canarias, que accedieron a la autonomía por la vía del Artículo 143, Los últimos 20 años de los Centros Sanitarios en España debiendo las restantes que accedieron a la autonomía por esta vía, esperar a que se cumplan las previsiones constitucionales. El INSALUD, por tanto, se responsabiliza de la gestión de los servicios asistenciales de aquellas CC.AA, a quienes no se les ha transferido estas competencias, que se extiende en la actualidad a algo menos del 40 por 100 de la población. Las Comunidades Autónomas comienzan a ejercer en este período junto a las competencias de «ejecución» sobre la Sanidad, las de «desarrollo legislativo» de esta materia a través de la elaboración de una normativa propia legal y reglamentaria. Crean y estructuran los Servicios de Salud de las Conumidades Autónomas. Las leyes de constitución de los respectivos servicios de salud se han producido entre los años 1983 y 1994, quedando algunas de ellas pendientes de aprobación. Como ejemplo de la evolución que han seguido en esta materia las distintas Comunidades Autónomas, cabe referirse a lo acontecido en Cataluña que en 1983 creó el Instituto Catalán de la Salud prestando servicios directamente en los hospitales propios, que son los hospitales que se transfirieron. Además asumió dos funciones añadidas: la planificación sanitaria y la financiación del sector concertado. En 1990, se promulgó la Ley de Ordenación Sanitaria de Cataluña. Desde 1981, existe en esta Comunidad un sistema mixto de previsión de los servicios de asistencia sanitaria, con una separación previa de la función de financiación de la previsión. Hay que señalar como hecho diferencial en Cataluña, que el 50 por ciento de la oferta sanitaria no era pública. En este contesto, la Red Hospitalaria de Utilización Pública de Cataluña (XHUP), se encuentra integrada por hospitales de titularidad múltiple: Instituto Catalán de la Salud, Unión Catalana de Hospitales, Consorcio Hospitalario de Cataluña, centros del IMAS (Hospitales Municipales de Barcelona) además del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo y el Hospital Clínico de Barcelona. Incluye, además, a todos aquellos centros que tradicionalmente habían prestado asistencia concertada, fuesen públicos o privados. La potenciación de la atención primaria prestada por la Seguridad Social se hace a través de distintas normativas promulgadas en el año 1992 y que culminan en el ámbito del INSALUD con el Real Decreto 137/1984, de 11 de enero, sobre estructuras básicas de salud, que viene a crear las demarcaciones territoriales denominadas Zonas de Salud, en cuyo marco operan los Centros de Salud. La cobertura por los Equipos de Atención Primaria alcanzaba en toda España en el año 1994, al 61 por 100 de la población, con notables diferencias entre las Comunidades Autónomas: del 87% en Castilla-La Mancha y el 42% en Cataluña. En esta materia de ordenación de la asistencia especializada y órganos de dirección de hospitales hay que recordar el Una nueva normativa en materia de hospitales, que se proyecta también sobre los centros del INSALUD, lo constituye la Orden de 28 de febrero de 1985, sobre los órganos de dirección de los hospitales y dotación de su personal, regulando la provisión de los cargos y puesto correspondiente, que fue declarada nula por sentencia del Tribunal Supremo en 1996, pero la materia objeto de regulación se recoge en el nuevo Reglamento de Estructura, Ordenación y Funcionamiento de los Hospitales gestionados por el INSALUD, aprobado por R.D. 521/1987 de 15 de abril, que viene a sustituir el Reglamento de Instituciones Sanitarias del año 1972. En el panorama sanitario de los años que estamos exponiendo, es preciso referirse a las repercusiones que ha tenido en el ejercicio del personal sanitario, el desarrollo de la Ley de incompatibilidades, y la aprobación de la Ley General para la Defensa de los Consumidores. Aunque, en principio, podría sugerirse que esta última disposición tuviese escasa proyección sobre la asistencia sanitaria, lo cierto es que, en ocasiones su contenido es utilizado como referencia y apoyo legal de numerosas sentencias dictadas por los jueces, junto con el contenido de los artículos 9 y 10 de la Ley General de Sanidad -derechos y obligaciones de los usuarios-por reclamaciones de mala práctica y negligencias médicas. La aprobación de la Ley General de Sanidad A finales de 1982, después de la elecciones generales del 28 de octubre, se produce el relevo en la Sanidad por el Partido Socialista. General de Sanidad -se trata de una ley básica o Ley de Bases-viene a responder a una necesidad que se había dejado sentir desde hacía muchos años. Era además Los últimos 20 años de los Centros Sanitarios en España precisa, debido a la evolución social y sanitaria, la transformación institucional y legislativa experimentada en nuestro país para articular la acción pública en el marco de un Estado descentralizado, cuestión en la que coincidían todos los Grupos Parlamentarios, y que estaba incluida en el programa electoral del PSOE. Se abandona la idea de un Servicio Nacional de Salud único para toda la nación, que se juzga incompatible con la estructura autonómica del Estado y en su lugar aparece la referencia al Sistema Nacional de Salud. Señalan los analistas del contenido de la Ley, a nuestro juicio acertadamente, que en realidad difícilmente se puede decir que la LGS opere en si misma una reforma global de la Sanidad, pero viene a actuar, eso sí, en línea con una serie de planteamientos y reformas que ya se habían ido penetrando con anterioridad en nuestra Administración Sanitaria. Contiene a su vez, un amplio programa de acción para el futuro, pero en todo caso, en una clara línea de continuidad con lo existente. El principal logro en su haber consiste, en realidad, en la creación de un marco general -organizativo y competencial-necesario para la acción pública sanitaria del Estado descentralizado, partiendo para ello de una concepción global de la Sanidad y tratando de compatibilizar la autonomía con la existencia de un único sistema sanitario que atienda los valores de igualdad y solidaridad, creando un cuadro de referencia tanto para el desarrollo de una acción sanitaria por las Comunidades Autónomas como para el ejercicio de las competencias estatales. La Ley General de Sanidad, ordena en su Título III el sistema sanitario público de tal forma que todas las estructuras y servicios públicos al servicio de la salud se integrarán en el Sistema Nacional de Salud, que se entiende con el conjunto de los Servicios de Salud de la Administración del Estado y de los Servicios de Salud de las Comunidades Autónomas, en los términos establecidos en la Ley. Por tanto, en cada CC.AA se constituirá un Servicio de Salud integrados por todos los centros, servicios y establecimientos de la propia Comunidad, Diputaciones y Ayuntamientos y cualesquiera otras administraciones territoriales intracomunitarias, que estará gestionado bajo la responsabilidad de la respectiva Comunidad Autónoma. El Capítulo Tercero de la Ley -De las Areas de Salud-establece entre los artículos 56 a 69, la organización territorial de estas Areas y de las Zonas básicas de Salud, como marco territorial de la atención primaria, en donde se desarrollan las actividades sanitarias los Centros de Salud. Los artículos 66 y 67, señalan que los hospitales generales del sector privado que lo soliciten serán vinculados al Sistema Nacional de Salud, mediante convenios singulares. Como consecuencia de lo dispuesto, se ha ido pasando de un sistema asistencial basado en tres niveles -primaria, especializada extrahospitalaria y hospitalaria-a otro de dos niveles: atención primaria y atención especializada, aunque existen una serie de particularidades. En materia de Financiación Sanitaria, la Ley General de Sanidad en su artículo 82, establece los criterios de asignación de recursos a las Comunidades que tuvieran competencias para asimíiir las funciones de la asistencia sanitaria de la Seguridad Social, la financiación de estos servicios transferidos se realizará siguiendo el criterio de población transferida. No obstante la propia Ley contempla la aplicación de un período transitorio de 10 años de acercamiento del criterio de coste de los servicios, que es el que debe aplicarse en el momento en que se realiza la transferencia, hasta el criterio de población protegida al cual se debe converger. Con la aprobación del Real Decreto de 1088/89 con la incorporación de colectivos no cubiertos por el Sistema de Seguridad Social y por tanto sin cobertxora sanitaria, se incrementan las dificultades para la determinación de población protegida, por lo que el criterio aplicados ha sido de coste efectivo de los servicios transferidos hasta alcanzar el criterio poblacional y de acercamiento a población protegida según los distintos censos. Las características fundamentales de este último modelo contemplan la aportación de recursos adicionales al Acuerdo de Financiación del año 1998, la garantía del equilibrio financiero vinculado a la tasa de variación del PIB nominal, la articulación del Modelo de Financiación 1998-2001 en Fondos, Criterios de distribución de los recursos y Programas de Racionalización del Gasto. Hay que referir en este apartado la aportación del Estado a la financiación de la asistencia sanitaria pública de tal forma, que en el año 1997 alcanzo el 70,20% de su importe, aumentándose el porcentaje hasta llegar al 91,9% en 1997 y en el pasado año de 1999, prácticamente su totalidad lo fue con cargo a los presupuestos generales. Análisis de la evolución del equipamiento y de la actividad hospitalaria Existen evidentes diferencias en el equipamiento hospitalario de las distintas Comunidades Autónomas, tanto en su cuantía global como Los últimos 20 años de los Centros Sanitarios en España en la distribución entre la dependencia pública y privada de los centros y camas. Se ha producido una disminución muy significativa en el número de centros hospitalarios, pasando respectivamente de 1.287 en 1972 a 799 en 1997, pero ha mejorado sensiblemente la accesibilidad a este tipo de asistencia debido a la construcción de nuevos hospitales en las áreas metropolitanas de las grandes ciudades y los de ámbito comarcal. Las circunstancias que justifican esta disminución del número de hospitales han sido el cierre o desafectación del Catálogo de un gran número de establecimientos de carácter asilar destinados a la atención social de personas de la tercera edad, al cierre de un importante número establecimientos privados de escasa entidad asistencial y al agrupamiento de éstos establecimientos en complejos hospitalarios cuando, con anterioridad, se contabilizaban de forma independiente. Obviamente, se ha incremento el tamaño medio de los centros hospitalarios. La cuantía de las camas creadas en los nuevos hospitales, no ha compensado a las de los establecimientos que se desafectaron a las que se suman las reducidas en los grandes centros hospitalarios con el objeto de agilizar su función, modernizar sus instalaciones, mejorar la actividad asistencial o dar cabida a nuevas áreas funcionales o de asistencia ambulatoria. En la actividad desarrollada por los hospitales ha aumentado, discretamente, el número de altas que en los últimos años alcanzan más de 4 millones; se ha mantenido el número de estancias entre 45 y 50 millones y se han incrementado de forma espectacular el número de consultas externas. La fuerte presión de la atención de urgencias, determina que más de la mitad de los ingresos hospitalarios se produzcan desde este área asistencial, representando un 13, 38 por 100 de los pacientes que son atendidos con este carácter. Se ha incrementado, igualmente, el personal que trabaja en los hospitales. En este período de tiempo el personal de los hospitales se incrementó en un 42,6 por 100. En los indicadores del funcionamiento hospitalario global, se manifiesta en un progresivo incremento de la firecuentación hospitalaria y de tasa de ocupación, el descenso de la estancia media y, consecuentemente, un incremento de la rotación enfermo/cama. En los aspectos cualitativos de la función hospitalaria, como ya se ha señalado con anterioridad, en las últimas décadas se ha producido una decisiva transformación en la organización y funcionamiento de la asistencia médica con la mejora de la calidad. El hospital ha adquirido una complejidad creciente de servicios, instalaciones y de las funciones que desarrolla, con el aumento de personal cualificado, así como una carrera de costes crecientes. Se han implantado nuevos organigramas con la diversificación de áreas y zonas funcionales, nuevas tecnologías que evitan los ingresos y favorecen la atención externa así como, en ocasiones, la introducción de guías o protocolos en proceso asistencial. La última Encuesta Nacional de Salud de España que corresponde al año 1997, el 94,8 por 100 de los encuestados son titulares o beneficiarios de la Seguridad Social; el 2,3 por 100 a Mutualidades del Estado acogidas a la Seguridad Social; Mutualidades del Estado acogidas a un seguro privado, el 2,3% acogidas a un seguro privado. Se produce un claro solapamiento en la cobertura de la asistencia sanitaria por cuanto que un 8,9 por 100 de las contestaciones recogidas manifiestan disponer de un seguro médico privado, concertado individualmente y el 2 por 100 de un Seguro médico concertado por su empresa. En cuanto a los centros benéfico privado o privados, se puede observar la marcada especialización de los centros de la Iglesia en la asistencia psiquiátrica, representando el 34,4% de las camas de esta especialidad, la reducida capacidad media, la importancia de los centros quirúrgicos de pequeñas dimensiones y la desigualdad en el reparto de las clínicas privadas en el territorio nacional. Los centros hospitalarios no públicos ascienden en el año 1995 a 458 los cuales contabilizan un total de 50.112 camas, en los que se produjeron 1,3 millones de ingresos, 14 millones de estancias, 7,5 mi-Uones de consultas externas y 3,7 millones de urgencias. En las Tablas 5 y 6, se reflejan la evolución del equipamiento y movimiento hospitalario por Comunidades Autónomas y en la Tabla 7, indicadores del grado de utilización. En el último Catálogo de Hospitales correspondiente a finales del año 1997, el número de hospitales ascendía a 799, con la distribución de centros y camas que se manifiesta en la Tabla 3. En el sector extrahospitalario se han instaurados un gran número de servicios o centros que además de los Centros de Salud y Consultorios ya referidos, se relacionan, entre otros, las Salas de fisioterapia. Unidades de Salud Mental, Unidades de Medicina laboral, centros de orientación familiar, Centros de Día, Servicios especiales de urgencia, centros de atención continuada, servicios normales de urgencia, etc. La situación actual en la gestión de los hospitales La creciente competitividad mundial, condicionada por las diferencias en los costes y estructuras laborales y en la productividad, la crisis económica y socio-laboral acaecida en los años setenta y, en nuestro entorno, las exigencias en el proceso de convergencia entre los países de la UE acordado en Maesttrich, son algunas de las circunstancias que han determinando profundos cambios en los esquemas económicos imperantes en los países industrializados. En las últimas décadas, están obligando a una mayor disciplina presupuestaría y a una regulación y reducción del déficit público que, lógicamente, comprometen la cobertura de las crecientes demandas de los sistemas de atención social e iacluso, su mantenimiento en los niveles actuales. Con carácter general existe un consenso generalizado sobre la necesidad de continuar manteniendo el Estado de Bienestar aunque, últimamente, en algunos medios se empieza a hablar de pasar a la Sociedad del Bienestar, concepto que implicaría una mayor participación y preocupación de la Sociedad en su permanencia. Se reconoce que el Estado de Bienestar es una conquista del sistema democrático y que, en consecuencia, debe mantenerse, partiendo de la base de que el objetivo último del mismo consiste en colaborar en la consecución de la Economía del Bienestar, como un medio de alcanzar cotas más elevadas de bienestar social y no como un fin en si mismo. El análisis de la evolución del gasto en sanidad en las ultimas décadas pone de manifiesto que a partir de la crisis del año 1973-74, determinada por la subida de los precios del petróleo y de las materias primas así como otros problemas estructurales de la actividad económica mundial, se produjo una reducción de la tasa de crecimiento del PIB. La totalidad de los países desarrollados se enfi:*entaron a una insuficiencia de recursos para atender el gasto público. La inercia de demandas de atenciones sociales crecientes, y las sanitarias en concreto, obligaron a adoptar medidas de variada naturaleza para la contención del gasto social en general y del sanitario, en particular. Entre las medidas adoptadas para la contención del gasto, cabe destacar, el estudio y valoración de los sistemas sanitarios establecidos en los distintos países y la aportación de propuestas de modificaciones o de actuaciones restrictivas concretas. Es preciso referirse a la inquietud suscitada en este sector a nivel internacional: Reforma Blüm y Seehofer (1992), en Alemania; Informe Abril (1991) en España; Informe Dunning y Plan Dekker en Holanda (1988)(1989)(1990)(1991); Plan Griffiths y el Libro Blanco de la Reforma Working for Patients en el Reino Unido; Informe Dogmar en Suecia; además habría que citar las reformas adoptadas en Canadá y los intentos fallidos en los Estados Unidos (Plan Clinton). En España, la Comisión Evaluadora del Sistema Nacional de Salud, «Comisión Abril», aprobó un conjunto de 64 recomendaciones orientadas a la organización y gestión del Sistema Nacional de Salud y para la reforma de la asistencia sanitaria pública. De entre éstas cabe destacar las siguientes referidas a la gestión de la asistencia: la descentralización, el separar la financiación de los servicios de la previsión, flexibilidad de personal, reforzar los sistemas de información, la evaluación de los avances tecnológicos, mayor calidad de los servicios, contratación extema de servicios, previsión pública y privada, estrategias de gestión y la distinción entre la atención sanitaria y la social. La «Comisión Abril» se ofreció como un especial lugar de encuentro para el análisis de la situación de la sanidad española y para emitir importantes propuestas, que si bien no fueron admitidas formalmente por la Administración, han supuesto un buen lugar de referencia para las iniciativas que se han adoptado posteriormente. El grado de implantación de las reformas, y muy particularmente, las que afectan a la organización y gestión de los proveedores sanitarios es muy variable entre los países, dependiendo de la capacidad de conseguir recursos políticos y sociales para afrontar los cambios y superar la rigidez estructural de la que se parte históricamente. En la gestión sanitaria actual, se están introduciendo nuevos conceptos y modelos a través de mecanismos de descentralización y competitividad con la introducción del denominado «mercado interno», dotándolo de un sentido empresarial y diferenciando la financiación, la gestión de la demanda y la compra de servicios, de la previsión o suministradores de los mismos a los usuarios o clientes. A este fin, se configuran distintas figuras administrativas: fundaciones, empresas públicas, consorcios y, en algún caso reciente, concesión administrativa, que permiten mayor autonomía, dinamismo y agilidad, introduciéndose en lo que se denomina «competencia gestionada». Señalan los expertos como aspectos comunes de estos procesos, la importancia de la autonomía de los hospitales y de otros proveedores sanitarios, el desarrollo de la gestión clínica, la orientación de los servicios hacia la calidad, la recuperación del protagonismo de los usuarios, y el énfasis creciente en la efectividad de la práctica clínica y la medicina basada en la evidencia. Como primer paso se pusieron en marcha los contratos-programas o contratos de gestión, los acuerdos entre los centros y el ente gestor con el fin de lograr el cumplimiento de los objetivos asistenciales. En el sector hospitalario en el ámbito del INS ALUD, se introdujo la Unidad Ponderada Asistencial (UPA), y otras de naturaleza similar (UBA, EVA) en otras entidades gestoras, como medidas de la actividad hospitalaria. El objetivo es ir aplicando sistemas de medición que caractericen mejor la producción hospitalaria, basados en la combinación de los casos tratados (case mix), grupos relacionados por el diagnóstico (GRD), categorías de gestión de pacientes (PMC), etc. Para poder avanzar en este sentido, es preciso disponer de una información básica sobre los diagnósticos y procedimientos, como la que ofrece el Conjunto Mínimo Básico de Datos (CMBD), junto a una adecuada contabilidad analítica. Aunque aduciendo razones de urgencia, ya se había adelantado el INSALUD con el Decreto-Ley en el año 1996 y con la Ley 1997 de 15 de abril, (sobre habilitación de nuevas formas de gestión del Sistema Nacional de Salud y el Acuerdo de la Subcomisión Parlamentaria para la Consolidación y Modernización del Sistema Nacional de Salud). Aconsejan medidas de gestión que ya algunas CC.AA habían ido poniendo en marcha al amparo de su legislación específica, con la posibilidad de gestionar los servicios sanitarios del Sistema Nacional de Salud «directa o indirectamente a través de la constitución de cualesquiera entidades de naturaleza o titularidad pública admitidas en Derecho». La creación de las Fundaciones Públicas Sanitarias en el ámbito del INSALUD, de acuerdo con lo expuesto sobre este asunto por el titular del Ministerio de Sanidad y Consumo en la Comisión del Senado del 10 de diciembre de 1998, «están orientadas a la mejora de la gestión y la eficiencia del sistema sanitario púbMco a través de nuevas formas de gestión que posibiliten una verdadera y real autonomía de gestión en los centros sanitarios y, por ende, a garantizar la salvaguardia del propio sistema». En la referida intervención, se señaló que ya diversas Comunidades Autónomas habían creado entidades singulares -los entes públicos sujetos al Derecho Privado en el País Vasco, la transformación del Sistema Catalán de Salud en un ente público de naturaleza institucional-y a configurar de un modo variado sus centros públicos. Se destacó asimismo que Andalucía dispone de una fundación y tres empresas públicas, Canarias de una empresa pública, Cataluña de cuatro fundaciones, nueve empresas públicas y once consorcios. Galicia de cinco fundaciones y una empresa pública, el País Vasco dos empresas públicas; hay una fundación en Asturias y otra en Murcia, una empresa pública en Baleares y tres consorcios en Castilla León. De hecho en mayo de 1999 existían en funcionamiento 14 fundaciones hospitalarias, 17 empresas públicas, 17 consorcios y una concesión administrativa. Las características de las fundaciones públicas sanitarias, como pone en evidencia el Art. Ill de la Ley de Acompañamiento a los Presupuestos Generales del Estado para el año 1999, tratan de establecer una personificación jurídico-política adecuada a las circunstancias de las instituciones sanitarias públicas existentes, que garanticen especialmente el régimen estatutario del personal. Recientemente se ha publicado el Real Decreto 29/2000, de 14 de enero, sobre nuevas formas de gestión del Instituto Nacional de la Salud, que tiene como objeto el desarrollo reglamentario de las referidas Ley 15/1997 y artículo 111 de la Ley 50/98, que será de aplicación a los centros, servicios y establecimientos sanitarios de protección de la salud o de atención sanitaria gestionados por el Instituto Nacional de la Salud, que adopten cualquier tipo de gestión a través de fundaciones, constituidas al amparo de la Ley 30/1994, consorcios, sociedades estatales y fundaciones públicas sanitarias. Llama la atención como últimamente los distintos Servicios Salud, prosiguen extendiendo la gestión clínica tanto en la asistencia especializada como en la primaria, bajo las formas de unidades de gestión o institutos. Como resumen y en términos generales se puede señalar que existe un consenso ampliamente extendido, que la salud en España y estado de nuestros centros y servicios sanitarios, sigue siendo buena en términos generales, si lo comparamos con el que cabría esperar de nuestro nivel económico y de desarrollo. La posibilidad de acceso a los servicios en condiciones de igualdad y gratuidad se extiende a prácticamente a toda la población, con un amplio catálogo de prestaciones. El aumento de la tasa de cobertura; el envejecimiento de la población con el incremento de la esperanza de vida; los avances tecnológicos tanto en el equipamiento como en la práctica médica y los nuevos medicamentos; la mejoría en lo que convencionalmente se denomina «prestación real media» -cantidad y calidad de los servicios que presta el sistema-; la evolución de los costes de los factores y la productividad de las organizaciones sanitarias; los cambios en el patrón de morbilidad de los ancianos con incapacidades funcionales y de personas mayores dependientes, obviamente demandarán de forma progresiva, una mayor preocupación y aportación presupuestaria para este gasto social -sanitario y cuidados sociales-, que determinará sustanciales cambios en la organización, ordenación, funcionamiento, tipos, distribución y dependencia de los centros sanitarios en el futuro. ^ Encuesta Nacional de Salud de España 1997. Ministerio de Sanidad y Consumo.
Con una clara intención analítica y reflexiva, intenta explicar las claves de la evolución de nuestro sistema sanitario, en donde se conjugan factores acaecidos fuera de nuestras fronteras, hasta nuestra propia maduración con la consiguiente afloración de exigencias que propician un desarrollo espectacular que va homologándose con otros países de nuestro entorno y que tienen su punto de arranque cuando nuestra Constitución reconoce el derecho a la salud de todos los ciudadanos. Del estado de beneficencia,.. El futuro de nuestro sistema sanitario es concebido, en muchos casos, como la consecuencia lógica de hechos y acontecimientos pasados o como producto de una ley que regiría de forma determinista la evolución de la sociedad y de la historia. Descubrir y seleccionar los hechos es darle sentido al pasado, pero si queremos proporcionar también una función social al presente es necesario vincular los hechos, la estructura y la organización a las distintas ideas, acciones y opciones humanas y políticas, tanto en el análisis del pasado y del presente como en el diseño e imagen del futuro (1). En 1976 las diferencias en la comparación con los países de la Comunidad Europea del gasto dedicado a las principales funciones del Estado de Bienestar, eran suficientemente expresivas de la desatención en que se hallaban las necesidades y demandas de los ciu-dadanos: 34,8% en enseñanza, llfi% en sanidad, 62,6% en seguridad social -pensiones y otras prestaciones sociales-y 39,7% en vivienda y desarrollo colectivo (2). El Estado de Bienestar iniciado en 1883 en Alemania y acuñado, como tal, después de la segunda guerra mundial para definir las actuaciones del Estado relacionadas con la redistribución de las rentas, la prestación de los servicios de sanidad, educación y otros servicios de protección social como respuesta histórica a los problemas derivados de la industrialización cuando se rompe la protección de la familia y de la comunidad, no puede considerarse una realidad en nuestro país antes de 1975. La crisis del Estado de Bienestar no surge con la democracia, con la democracia surge el Estado de Bienestar (3). Antes de la democracia los servicios sanitarios no pueden considerarse como un sistema organizado. La Ley de Bases de Sanidad Nacional (1944), vigente hasta 1986, respondía al concepto de un Estado liberal y benefactor. De acuerdo con ella las distintas administraciones públicas (Estado, Diputaciones, Ayuntamientos) debían ocuparse de la Salud Pública, dejando al individuo la responsabilidad de la atención a su enfermedad. La beneficencia se encargaba de atender las necesidades de la población sin recursos económicos. Sólo en el caso de algunas enfermedades consideradas de especial trascendencia social (tuberculosis, lepra y dermatosis, paludismo, cáncer, enfermedades sexuales, mentales ) las administraciones públicas se encargaban de su asistencia a través de la red de hospitales y dispensarios (4). Sólo con la idea de mejorar la productividad de las empresas mediante la reparación de la salud de los trabajadores, no el de contribuir a paliar las desigualdades y de reconocer el derecho a la salud, se crea en 1942 el Seguro Obligatorio de Enfermedad, financiado con las cuotas de los afiliados y sin ninguna transferencia ni implicación del Estado, dentro del sistema de protección social del Instituto Nacional de Previsión...•al estado de bienestar: La salud como derecho Las demandas de una sociedad que no se correspondía con la organización del Estado, la necesidad de modernización, no en el concepto más en boga de la doctrina neoliberal, sino en el sentido de aportar a cada individuo un máximo de libertad, de igualdad de oportunidades y de solidaridad (5), la necesidad, en resumen, de legitimar el nuevo sistema democrático impulsó un crecimiento de los servicios y del gasto público que reforzaban la función redistributiva del Estado (Tabla 1). El reconocimiento del derecho a la salud de todos los ciudadanos, recogido en el artículo 43 de la Constitución de 1978 y la creación del Sistema Nacional de Salud en 1986, a través de la Ley General de Sanidad, supone un cambio radical sobre la situación precedente, los elementos nucleares sobre los que se asientan la asistencia garantizan el acceso universal y la equidad de los servicios: ® Financiación pública a través de los ingresos del Estado y mayoritariamente mediante impuestos. Tabla 1 Clasificación funcional del gasto público (en % del PIB) • Aseguramiento público sin entidades intermedias. • Universalización de la cobertura y de las prestaciones del sistema. • El acceso y las prestaciones sanitarias se realizaran en condiciones de igualdad efectiva. • Provisión pública mayoritaria, considerando subsidiario el concurso de servicios privados a través de conciertos u otros sistemas contractuales. • Integración de las políticas de promoción de la salud y de prevención de la enfermedad, junto a las prestaciones asistenciales. • La política de salud estará orientada a la superación de los desequilibrios territoriales y sociales. Vivienda y servicios colectivos La universalización, el avance tecnológico de una sociedad industrial que permite nuevas aplicaciones en los medios diagnósticos y terapéuticos y las nuevas demandas de una sociedad desarrollada han caracterizado la historia de las últimas décadas de nuestro Sistema Sanitario como una época de expansión y crecimiento, más significativo en la década de los años ochenta y de forma más controlada, en referencia a la evolución del PIBn, en los años noventa. En 1977, a pesar de la incorporación de nuevos colectivos a la seguridad social, fundamentalmente en la etapa 1953 -1962, en forma de regímenes especiales, se estima que el sistema de seguridad social daba sólo cobertura al 77% de la población, este porcentaje ha ido creciendo de forma paulatina hasta llegar a la práctica universalización (Decreto sobre Universalización de 1989), lo que ha supuesto la incorporación de más de siete millones de personas. En 1997 el gasto dedicado a la asistencia sanitaria representaba el 12,2% del conjunto de los presupuestos públicos, siendo superado únicamente por la cantidad dedicada a la percepción de pensiones. A pesar de este crecimiento, el porcentaje de gasto sanitario en relación con el PIE sigue siendo (7,3%, 78,2 % de gasto público) uno de los menores de la Europa occidental. En 1994 el gasto sanitario por ciudadano en términos de paridades de poder adquisitivo era de 1419 dólares USA para la media de los países de la Europa occidental, situándose España (1005 dólares USA) por delante únicamente de Portugal, Grecia y Turquía (6). Una oferta de servicios adecuada El incremento y coordinación de la red asistencial mediante la integración de las distintas redes (Hospitales Universitarios, AISNA, Entidades Locales, etc.) y la puesta en funcionamiento de nuevos Centros en territorios con carencia de accesibilidad o de gran crecimiento demográfico, ha permitido la adecuación de la oferta a las características demográficas y socio-culturales de la población. La evolución del número de camas para enfermos agudos es suficientemente significativa del esfuerzo realizado en la racionalización y adecuación de la oferta. Desde 1985 el número de camas para cada 1000 habitantes ha permanecido constante (2,4 camas/1000 habitantes) a pesar de haber entrado en funcionamiento un número significativo de hospitales. La reforma de los servicios de Atención Primaria ha significado una mejora notable en la relación con la oferta y la accesibilidad de los servicios. En los años setenta, la historia y la ciencia pasaban por la medicina general, la desprofesionalización, el carácter puramente administrativo de los servicios, el desprestigio social de los profesionales eran los signos más evidentes de su anacronismo, por el contrario, hoy los Centros de Salud son las instituciones mejor valoradas por los ciudadanos. Actualmente prestan servicios en la sanidad pública un médico general-pediatra por cada 1536 ciudadanos, habiendo ampliado más del 75% de los profesionales su oferta horaria de dos horas y media a siete horas al día, una red de Centros de Salud y Consultorios Locales se extiende por todo el territorio del país impidiendo cualquier problema de accesibilidad el tiempo medio de consulta, indicador que condiciona la calidad del servicio, se ha duplicado en los últimos años, sobrepasando los cinco minutos para consultas de carácter leve y los treinta minutos para casos programados y con una mayor complejidad. La capitalización de los Centros e Instituciones sanitarias tanto en recursos humanos, como en tecnología y nuevas formas de oferta han sido otras de las características de estos años. El desarrollo del programa de formación MIR ha supuesto, con toda seguridad, la aportación más importante a la calidad de la asistencia, sustituyendo sistemas de formación no reglados ni acreditados a los que se tenía únicamente acceso desde criterios discrecionales. La creación de la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria junto al desarrollo de una organización que favorece el trabajo en equipo ha sacado a la Atención Primaria del estado acientífico en el que se encontraba, incorporándola al conocimiento y al hacer de la medicina contemporánea. Las nuevas tecnologías médicas, incuestionables por su aportación al diagnóstico y tratamiento, se han incorporado de forma progresiva y accesible en todo el territorio. El incremento de la atención ambulatoria ha modificado de forma notable la oferta de servicios de los Hospitales, introduciendo modalidades asistenciales más adaptadas a las demandas de los usuarios y más eficientes para la organización. En el Servicio Andaluz de Salud, por ejemplo, el número de procesos atendidos en consultas externas en 1997 fue 3,70 millones, un millón mas que en 1993, el porcentaje de intervenciones quirúrgicas programadas realizadas ambulatoriamente alcanzó el 21,75% y 185005 procesos fueron atendidos en hospital de día (10) (tabla 5). Cambios profundos se han producido también en la oferta de servicios relacionada con los problemas de Salud Mental. Desde la creación de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica, en 1983, se ha ido produciendo una progresiva desinstitucionalización de estos enfermos, creándose unidades de agudos en los Hospitales Generales y unidades ambulatorias para la atención de estos enfermos en su comunidad. Desde 1985 se ha reducido en más de un 32% el número de camas psiquiátricas, ubicándose más de 2500 camas en hospitales generales y existiendo una Unidad de Salud Mental ambulatoria por cada 75000 habitantes (7). Cambios en la gestión y la organización Paralelamente a la adecuación y modernización de los servicios, se ha venido desarrollando importantes cambios en gestión y organi-zación. El hecho más relevante y específico, sin duda, de nuestro Sistema Sanitario, acorde con la organización política y administrativa del Estado, ha sido el proceso de transferencias de competencias en materia de asistencia sanitaria a las Comunidades Autónomas. Esta decisión, sobre todo una vez que se finalize el proceso de transferencias, sitúa la responsabilidad política y administrativa más cerca del ciudadano a la vez que exige una colaboración y cooperación por parte de todos los responsables y todas las Administraciones, fragmenta el volumen de gestión permitiendo un mayor control y eficiencia de los recursos y facilita adecuar los servicios y la organización de los servicios a las características sociales y culturales de cada comunidad. El crecimiento de la actividad y de los recursos utilizados ha exigido transformar y potenciar de forma radical la gestión y la dirección de los Centros e Instituciones sanitarias, pasando de procesos de administración artesanales, realizados por los propios profesionales y ligados directamente a la producción, a sistemas de gestión que incorporan, adecuándolos, procedimientos utilizados en la empresa privada y enfocados de forma primordial a la gestión económica y de personal. Aspectos, éstos considerados claves y sobre los que han girado las preocupaciones y la búsqueda de soluciones durante las últimas décadas. En los hospitales públicos (8) el número de directivos por hospital ha crecido en un 8,92% entre 1973 y 1990, el personal de carácter administrativo ha aumentado también en este mismo periodo en un 10,30%. En Atención Primaria se ha pasado de una dirección ejercida por un inspector médico y una enfermera jefe por ambulatorio o consultorio, a un equipo de dirección muy similar al de los Hospitales (tabla 6). Coincidiendo con decisiones adoptadas en otros países de nuestro entorno, se constituye en 1990 una Comisión para el Análisis y Evaluación del Sistema Nacional de Salud. En la argumentación por la que se justifica su constitución se reflejan aquellos razonamientos ya utilizados por países con servicios públicos consolidados y asentados y que contemplan, según las ideas predominantes en ese momento, la reforma del Estado de Bienestar siguiendo los cambios propugnados en el Reino Unido por gobiernos conservadores: «Para resolver las crecientes tensiones económicas, las profundas mutaciones demográficas, las nuevas actitudes sociales y la presión del progreso técnico-médico que demandan la transformación de los actuales sistemas sanitarios debería valorarse aquellos aspectos de «regulación versus competencia» (11). En su informe, acorde también con las propuestas realizadas en otros países, la Comisión propone, entre otras, las siguientes recomendaciones ( 12): • Separación de las funciones de financiación, aseguramiento y provisión. • Transformación de los hospitales y otros centros de servicios sanitarios en sociedades estatales sometidas al derecho privado. • Descentralización de la contratación de personal por cada uno de los Centros. • Extender las prestaciones realizadas por entidades colaboradoras y mutuas. • Desarrollar sistemas de co-pago para algunas prestaciones. • Separar la financiación dedicada a actividades de promoción y prevención. Estas recomendaciones, nunca asumidas oficialmente por ninguna de las Administraciones sanitarias, consonantes con el pensamiento dominante han impregnado el debate, los deseos y actuaciones durante la década de los noventa Hasta ahora lo que se ha venido realizando son orientaciones que pueden incluirse en la llamada «competencia gestionada» a través de sistemas «híbridos de contratación» que se sitúan entre los procedinúentos de mercado y jerarquizados y separan teóricamente la financiación, compra y provisión de servicios. Se parte de jerarquías públicas centralizadas, con sistemas de provisión integrados verticalmente y no implican un modelo de organización sanitaria único, existiendo múltiples posibilidades de combinar incentivos, controles, transacciones de mercado y acuerdos de cooperación (13). Los modelos híbridos permiten acuerdos de cooperación con incentivos superiores a la estructura jerárquica pero con una capacidad de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es coordinación superior a la factible a través del mercado. Los Contratos Programas y los cambios en la entidad jurídica de los Centros (Empresas Públicas, Fundaciones, Consorcios, etc.) pueden considerarse variantes de esta alternativa (Tabla 7). El objetivo es transformar organizaciones basadas en los principios de jerarquización, centralización, control por normas (burocracias), en otras caracterizadas por acuerdos, control por incentivos, distribución de riesgos y de derechos de decisión. Los cambios en la entidad jurídica de los Centros se han producido, hasta ahora, salvo en Cataluña, que ya partía de esta tradición, en la zona periférica del sistema (Centros nuevos. Unidades Específicas de Tecnología, Servicios de Emergencias ), utilizándose para el resto y gran mayoría de los Centros Contratos Programas que establecen la producción y la financiación máxima disponible, con objetivos relacionados con la calidad y las mejoras en gestión. Entre otros objetivos, los Contratos Programas pretenden favorecer los siguientes aspectos: « Favorecer la política de salud de los distintos Sistemas y Servicios Sanitarios. ® Favorecer los cambios en gestión y organización establecidos por los distintos Sistemas y Servicios Sanitarios. ® Vincular la financiación a la actividad realizada y/o a los pacientes atendidos. Tabla 7 Modelos de Contratos Sanitarios en la Sanidad Pública Contrato programa simulado o sombra Contrato programa de Incentivos Contrato Programa 1 de riesgo parcial Acuerdo de objetivos con financiación presupuestaria. Riesgo cambio de directivos. Igual que el anterior. Además incentivos para directivos y trabajadores, reversión de ingresos para inversiones. Subsidio público a una cuenta de explotación. No hay riesgo de quiebra, si ajustes laborales y modificaciones de las condiciones laborales. Acuerdo entre entidades independientes. Fuente: FERNANDEZ DÍAZ, J.M. (1996), «Modelos de contratación», en BENGOA, R. (dir.). La sanidad: un sector en cambio. Un nuevo compromiso entre la Administración, usuarios y proveedores. 77-86. • Establecer tarifas homogéneas para actividad y procesos que favorezcan la disminución de la variabilidad clínica. » Incentivar a los proveedores más eficientes y penalizar a los ineficientes. • Mejorar y hacer transparente la información relativa a actividad, costes, productividad, etc. Uno de los objetivos principales que se buscan en los Contrato Programa es variar la financiación retrospectiva e histórica de los Centros por un modelo prospectivo basado en la producción pactada y en las tarifas o precios de la misma. Para ello se han desarrollado y aplicado sistemas de información que cuantifican y cualifican la producción (UPA, GDR, Producto en Atención Primaria) (14) y de conta-biUdad analítica (SIGNO, COAN, ICAP) (15) que permiten establecer «cuentas de resultados» e incorporar el concepto de subvención o subfinanciación a la explotación en virtud de la diferencia entre ingresos y gastos. La posibilidad de nuevas formas jurídicas y de organización para los Centros, testimoniales hasta el momento y sin incidencia real en el conjunto del Sistema, podrían generalizare y extenderse a partir de nuevas regulaciones realizadas por el gobierno del Partido Popular en la Ley de Habilitación de Nuevas Formas de Gestión (Ley 15/97) y en la nueva ordenación de los organismos públicos (Ley 6/97) y por las Comunidades Autónomas gobernadas por partidos nacionalistas y con servicios de salud transferidos (País Vasco: Ley 8/97, Cataluña: Ley 15/90 y 11/95 Estas medidas, cuyo objetivo inicial es modificar de forma sustancial la gestión de los servicios sanitarios, van a permitir a medio plazo cambios sustanciales en características tan emblemáticas de nuestro sistema como la financiación y el aseguramiento único. Aunque, en la mayoría de las ocasiones, las propuestas de reforma se amparan en razonamientos técnicos y objetivos resulta evidente que la enumeración de los problemas, su magnitud, evolución, motivos y soluciones se ven influenciados y justificados por los valores e intereses del observador. El crecimiento del gasto, la incorporación acelerada de nuevas tecnologías, el aumento y cualificación de la demanda debido a cambios demográficos y de nivel socio-económico y el bajo rendimiento de los servicios públicos son los problemas, que de una forma u otra, se A pesar de ponerse en entredicho de forma sistemática el rendimiento de los hospitales públicos, su productividad se viene incrementando año tras año, el volumen de altas hospitalarias ha experimentado en el período 1985-1994 un incremento cercano al 17%. Paralelamente, la estancia media ha descendido un 21,5%, pasando de 13,4 días de estancia por enfermo a 10,5. El número de ingresos por médico, a pesar del incremento de dedicación horaria a las demandas en régimen ambulatorio, creció en un 8,5% en el periodo 1983-1990 (7). Aunque el crecimiento del gasto ha sido muy relevante durante las dos últimas décadas debido a la universalización del derecho a la asistencia y a la adecuación de la oferta de servicios, durante el período 1992-1996, coincidiendo con la implantación de un nuevo sistema de financiación de la asistencia sanitaria, acordado por todas las administraciones, los crecimientos interanuales disminuyeron en al menos algunos Servicios Regionales (SAS: 5,25; INSALUD: 5,82) por debajo de la evolución interanual del PIB nominal, parámetro propuesto para fijar el crecimiento de la financiación. Si analizáramos someramente la evolución del gasto durante ese período, se advierte que únicamente aquellos ocasionados por la facturación de recetas ha puesto en riesgo el crecimiento pactado, al observar incrementos interanulaes por encima del 10%, evolución que adquiere una mayor repercusión si se considera que el gasto por facturación de recetas se sitúa en torno al 30% del gasto total del sistema. Esta situación no se produjo tanto por una mayor prescripción de recetas sino, sobre todo, por el crecimiento del coste medio de la receta y por sustituciones de medicamentos o nuevas presentaciones con precios mucho más elevados. A pesar del crecimiento del número de profesionales y su repercusión en la producción del gasto, no existe en los Centros sanitarios de nuestro sistema una inflación de recursos humanos sobre la situación en otros países europeos, por el contrario, hay un número significativamente menor en categorías profesionales como enfermería y personal administrativo. El aumento de la demanda que se produjo en la década de los ochenta coincidió con la universalización de la asistencia sanitaria, la mejora de la oferta y el aumento del nivel de vida de los españoles. Durante los años noventa, del análisis de la demanda (frecuentación en Atención Primaria, ingresos hospitalarios, evolución de las listas de espera, etc.) no parece desprenderse que por parte de los ciudadanos se haya producido un incremento significativo de la misma, salvo en el caso de los servicios de urgencias. El incremento de la demanda, achacada en muchos casos a la mala utilización que de los servicios realizan los ciudadanos o a la mala practica que realizan los profesionales, es, evidentemente, un elemento a valorar, pero sigue siendo inferior en nuestro país (atención primaria, estancias hospitalarias, número de prescripciones farmacéuticas) en comparación con la mayoría de países de nuestro entorno. Su incidencia sobre la demanda y gasto sanitario no debería realizarse de forma matemática sobre los actuales patrones de consumo, existen otras variables relacionadas con la organización de la sociedad, el nivel de renta, el estado de salud y de funcionalidad, el nivel cultural y de educación o las posibilidades de ocio, sobre las que también se pueden actuar y que condicionarán, en un sentido u otro, la demanda de cuidados sanitarios. Sin embargo, sí son previsibles modificaciones en el tipo de demanda, en parte inducidas por los propios profesionales, en parte por avances técnicos relacionados con mejoras en la oferta de servicios, y en parte también por las aspiraciones de los ciudadanos a una mayor calidad de vida y a una exigencia de más confort en su relación con las instituciones sanitarias. Nuestro sistema sanitario ofrece unos niveles de eficiencia, como ha sido reconocido de forma repetida por informes y análisis de organismos internacionales, entre los más altos del mundo occidental, circunstancia que a veces se ignora cuando se destacan problemas y situaciones más graves y peor resueltas en algunos de los modelos que se proponen. Posiblemente, los problemas más relevantes del Sistema Sanitario no tengan mucho que ver con los hasta ahora relacionados y que orientan a soluciones de reducción o aniquilación por inviabilidad económica, pero sí con la necesidad de huir del concepto schumpeteriano del estado y potenciar, por el contrario, el protagonismo de la sociedad y de los agentes implicados (17): Una mayor participación por parte de los ciudadanos y un mayor compromiso e identificación de los profesionales con la organización. El crecimiento acelerado del sistema, la incorporación de nuevas formas de gestión que han incrementado los procedimientos administrativos y burocráticos, la necesidad de buscar inicialmente la eficiencia económica del sistema sobre otros resultados y la rigidez y centralización de las decisiones, ha ocasionado la escasa identificación de ciudadanos y profesionales con el sistema y un entorno que dificulta tanto las relaciones entre ellos como el control microeconómico del gasto. El ciudadano, el usuario, ha intercambiado un incremento sustancial de su contribución económica (Tabla 9) a cambio de convertirse en sujeto pasivo de derechos, sin información suficiente para ejercer la elección de profesional o Centro y sobre todo sin participación adecuada para orientar y controlar unos servicios de los que es tanto usuario como propietario. Por otra parte, la diferencia de objetivos entre dirección y profesionales médicos y la disminución de la influencia de éstos en la toma de decisiones ha ocasionado que la desconfianza, la frustración y la impotencia hayan sido las constantes en la relación entre organización y profesionales. Las soluciones siempre se han fiado a la modificación del tipo de relaciones laborales: funcionarización, laboralización, nuevo estatuto, han sido reclamados como soluciones definitivas pero nunca iniciadas. El profesional, el médico, ha sido percibido en demasiadas ocasiones como enemigo de la organización, sin ser ni unos ni otros conscientes de que para la mayoría de los profesionales su trabajo en el Hospital o en el Centro de Salud es y va a ser su única fuente de ingresos y de desarrollo profesional a lo largo de toda su vida laboral. Este extrañamiento del núcleo profesional y productivo de la organización coincide paradójicamente con el incremento de las repercusiones que las decisiones médicas ocasionan. El incremento de la tecnología en medios diagnósticos y terapéuticos, la existencia de nuevas subespecialidades que complican el circuito de decisiones, la desfiguración del umbral entre enfermedad y malestar llevan consigo que de las decisiones profesionales dependan, más que nunca, los resultados en salud de los servicios y el coste económico de los mismos, siendo necesario transformar organizaciones que no han dejado de regirse por principios administrativos, en organizaciones de profesionales. Actualmente, bajo la óptica de objetivos enunciados de forma similar, se proponen distintas alternativas de cambio y reforma general de los Sistemas y Servicios sanitarios. Estas reformas plantean actuaciones sobre aspectos y niveles de gestión muy diferentes. Para entender y explicar estas alternativas podríamos clasificar sus actuaciones estructurando la gestión de los servicios sanitarios en los tres siguientes niveles: Macrogestion: Actuaciones relacionadas con la financiación, aseguramiento y derecho a las prestaciones. Mesogestión: Actuaciones relacionadas con la entidad y gestión de Centros e Instituciones sanitarias. Microgestion: Actuaciones que se sitúan en la relación con profesionales y usuarios. Aunque, evidentemente, todo intento de clasificación supone simplificar, radicalizar las distintas alternativas y no contemplar situaciones mixtas, las propuestas existentes en el mercado de la gestión y la política pueden agruparse en dos grandes bloques. Aquellas que sitúan el núcleo de los cambios en la Microgestion: proponiendo una participación efectiva de los ciudadanos y modificando las relaciones con los profesionales al objeto de transferirles un mayor grado de autonomía y responsabilidad. O aquellas otras, que orientan las reformas hacia la Macrogestion y Mesogestión, creando mercados internos y externos más o menos regulados (18) (19) (20). Las repercusiones reales de una y otra alternativa sobre la gestión de los centros y las relaciones con profesionales y ciudadanos inciden, a medio plazo, en organizaciones distintas y con realidades muy diferentes respecto a la equidad y accesibilidad de los servicios. Una organización vertebrada sobre la microgestion, supondría situar en la dirección de los Centros (Hospitales, Direcciones de Atención Primaria) la responsabilidad de crear entornos que faciliten el trabajo de los profesionales y de asegurar los contenidos de regulación respecto a los derechos de los ciudadanos, promoviendo únicamente la externalización o cambio de entidad jurídica para aquellos servicios que no están directamente relacionados con la asistencia sanitaria y que pueden transferir riesgos reales a la iniciativa privada. Las medidas o propuestas relacionadas con el ciudadano y el usuario no se incluyen, en este caso, en el campo de las transferencias de responsabilidad y riesgo a los distintos agentes del sistema; por el contrario, se trataría de considerar al ciudadano como portador de derechos, en su doble condición de financiador y usuario, al que se le debe proporcionar información, participación real y capacidad de elección, para que mediante su opinión y utilización condicione la oferta y gestión de los Centros. Respecto a los profesionales, se incorpora, de forma progresiva, una mayor autonomía y responsabilidad a través de nuevas formas de gestión de personal y la constitución de unidades societarias que permitan relacionar consecuencias según resultados obtenidos en sus decisiones clínicas, dentro de la variabilidad y la incertidumbre de la práctica clínica, y la utilización de recursos y tecnología de los que son responsables. Por el contrario, proponer de forma prioritaria modificaciones en la mesogestión se ha justificado por la necesidad de mejorar la gestión de personal y la eficiencia económica de los Centros mediante la reducción de los costes y el incremento de la actividad. Para ello se promueven cambios en la entidad jurídica de los Centros, introduciéndose nuevas formas públicas de gestión (empresas, consorcios, fundaciones) que huyen, hasta cierto punto, del derecho administrativo (intervención, compras, normas presupuestarias, endeudamiento, relaciones laborales), o estableciendo la provisión de los servicios a través de contratos con empresas privadas. El usuario adquiere la condición de cliente, al que hay que captar para incrementar los ingresos financieros mediante técnicas de información y marketing; de la elección del usuario depende en parte la eficiencia económica de los Centros. Las relaciones con los profesionales se flexibilizan a efectos de contar con un recurso óptimo en la producción de beneficios para el Centro. Una y otra alternativa suponen también distintas transacciones entre los Centros y el financiador. El cambio en la entidad jurídica de los Centros o la delegación de la provisión de servicios en entidades privadas, favorece, en teoría, establecer una auténtica función de compra, basada en el volumen y precio de la actividad y la definición clara de responsabilidades para cada uno de los agentes. Mantener el carácter administrativo de los Centros favorece, por el contrario, la corresponsabilidad de los resultados y la inclusión en los acuerdos de objetivos de salud y calidad al aportarse un menor riesgo a los proveedores. Ninguna solución técnica o de organización dispone de bondades suficientes para ser útil en todos los objetivos, o ser la solución para la totalidad de los problemas. Mantener el carácter administrativo de los Centros y promover cambios en la relación con profesionales y usuarios puede hacer imposible, de no flexibilizarse ciertos procedimientos administrativos, una organización profesional orientada a la producción, la calidad y las relaciones satisfactorias con los usuarios, así como disponer de la capacidad de establecer consecuencias significativas en virtud de los resultados. La creación de mercados internos y externos, a través de cambios en la entidad jurídica de los Centros (Figura 2), puede ocasionar una disminución de la equidad y accesibilidad a los servicios, siendo necesario introducir para su control un alto nivel de regulación y de costes de transacción que anulen los efectos positivos del mercado. Por lo tanto, el optar por una u otra organización, dependerá de las ideas u objetivos que cada Servicio o Sistema Sanitario considere más importante en su toma de decisiones: La salud como bien económico o la salud como derecho efectivo; la búsqueda de la eficiencia económica o de la eficiencia en virtud de la efectividad y calidad de los servicios; situar el núcleo básico de responsabilidad, con sus riesgos y beneficios, en los poseedores de las decisiones reales (profesionales sanitarios) o en los responsables formales de la organización (gestores). Un proceso de rediseño organizativo cuyo objetivo sea situar a la gestión clínica en el núcleo de la organización e incorporar al profesional sanitario a la gestión de los recursos utilizados en su propia práctica clínica, obligaría, en cualquier caso, a definir las responsabilidades, organización y procedimientos de los distintos niveles de gestión, separando nítidamente las siguientes funciones (21): ® Función de gestión clínica ® Función de gestión de recursos • Función reguladora Función de gestión clínica: desarrollada en las Unidades Clínicas, lugares de encuentro entre los ciudadanos y la organización, nivel básico y principal de gestión, siendo referentes para toda la organización y priorizándose las recomendaciones y modificaciones que mayor incidencia tengan en su correcto funcionamiento: Fuente: Gavira L. El sistema sanitario público en Andalucía. Ponencia al Foro Andalucía, un nuevo siglo. Junta de Andalucía, Consejería de la Presidencia, 1998. Configurándose las unidades como soportes fundamentales con cometidos establecidos, misiones específicas y con posibilidad de ser multidisciplinarias. Con líderes capaces de estimular e ilusionar. Con un modelo de relación entre Centros y unidad capaz de orientar las actitudes y aptitudes, con capacidad de participar activamente en las decisiones y responsabilizándose de los resultados obtenidos, compartiendo los beneficios o pérdidas derivados de sus comportamientos (prestigio profesional y beneficio social). Estableciendo estrategias de avance según resultados previos de la Unidad. Introduciendo para aquellas Unidades con mejores resultados y mayores responsabilidades, fórmulas nuevas de relación entre Unidad y Centro. Función de gestión de recursos: Ubicada fundamentalmente en la Dirección de Hospitales y de Atención Primaria, teniendo como objetivo básico el facilitar la actividad de las Unidades Clínicas, realizando y evaluando los acuerdos que se establezcan con ellas. Conceptualizando las Direcciones de Hospitales y de Atención Primaria como un conjunto de instalaciones, procedimientos, servicios de apoyo y asesoramiento para un grupo de Unidades que pueden mantener distintas formas de relación, de «alquiler», con el Centro. Son una imagen o marca en la que se integran cada una de las Unidades Clínicas o «empresas», presentando una cuenta de resultados de la que dependerá su futuro o sus posibles adaptaciones. Ejerciendo, además, la responsabilidad de que la asistencia se preste con criterios de equidad y accesibilidad y se respeten los derechos de los ciudadanos, a la vez que, como unidades de compra territorial de servicios, impiden la selección adversa de procesos y de grupos de pacientes. Regidos por equipos directivos en los que se identifique claramente a los responsables de cada línea de producto, se refuercen las funciones de asesoramiento, formación, información e investigación, y en los que los profesionales integrados en las Unidades Clínicas tengan su representación, responsabilidad e influencia. Función de regulación: Ejercida esencialmente por la Autoridad Sanitaria. Responsable de asegurar la equidad y accesibilidad, potenciando la orientación de la organización hacia resultados de efectividad y calidad de los servicios a través de su capacidad normativa y el correcto nivel técnico y de gestión en la implantación de las mismas. Dotándose de un sistema de información coherente con la organización y el proceso de producción, que sea capaz de visualizar claramente las relaciones entre recursos, responsabilidad y resultados. Separando de forma progresiva en la financiación de los Centros los ingresos por procesos o servicios de aquéllos condicionados por la estructura y ordenación de recursos, cuyos gastos no están relacionados con la gestión de los profesionales. Seguro médico de privado Seguro médico de empresa Iguala médica Otros 1987
El tema que se aborda en este trabajo es de una vigencia incuestionable. Independientemente de aspectos organizativos, de dotación de recursos a todas luces no homogénea, se plantea el gran reto de la financiación de manera que la misma actúe como elemento armonizador del sistema sanitario español, sin dejar de tener en cuenta otras variables poblacionales, culturales e históricas. La Constitución, en cuanto a las funciones sanitarias que pueden ser objeto de transferencias, distingue dos grandes campos formados, de una parte, por la sanidad e higiene, es decir lo que comprende la salud pública, y de otra parte, la seguridad social con su gran dispositivo asistencial. La sanidad e higiene podía ser asumida por todas las Comunidades Autónomas, en tanto que la asistencia sanitaria, en un primer momento, sólo podía ser competencia de las Comunidades llamadas de primer grado o asimiladas, aunque en la actualidad ya alcanza a todas las Comunidades Autónomas. Respecto a esta división y su correspondiente grado de asunción de competencias por parte de las Comunidades Autónomas, debe entenderse que, aunque puede obedecer a razones técnicas, tiene un indudable contenido político, ya que la salud pública es una parcela de gran trascendencia que implica la condición de autoridad sanitaria, pero que tiene escaso contenido presupuestario, en tanto que la asistencia sanitaria no tiene ese sustrato de autoridad, pero arrastra un gran volumen económico y una destacada carga social. La sanidad e higiene ha sido ya, desde hace bastante tiempo, transferida a todas las Comunidades Autónomas, por lo que se trata de un proceso cerrado sobre el que no parece oportuno ni de interés profundizar más en él; sin embargo la asistencia sanitaria de la Seguridad Social, sólo ha sido transferida a siete Comunidades Autónomas, con lo cual todavía se trata de una cuestión pendiente, demasiado dilatada en el tiempo, sobre la que aún es necesario trabajar. En cualquier traspaso de funciones y servicios a Comunidades Autónomas, independientemente de la gran carga política que conlleva, que es indudable y creo que a nadie escapa, la negociación prácticamente se basa en dos cuestiones fundamentales: la identificación de los recursos humanos y materiales objeto de la transferencia y la financiación correspondiente para afrontar esos recursos, continuar con el servicio que se traspasa y atender a las posibles carencias dentro del propio ámbito territorial correspondiente. No obstante, cuando la referencia es la sanidad, estas dos cuestiones alcanzan una mayor trascendencia, por el gran volumen económico y de recursos que la atención sanitaria requiere y por su rápida evolución, que sin duda supone un constante incremento de presupuestos para atender a las expectativas sociales, que no siempre pueden ser planificadas. Al respecto, recordemos que las transferencias de la asistencia sanitaria a Andalucía han sido las de mayor carga económica y de personal que se han efectuado hasta la fecha en cualquier materia. Con todo, es sin duda la financiación el gran caballo de batalla de las transferencias de la asistencia sanitaria. Pues bien, en este marco competencial mínimamente esquematizado en los párrafos anteriores, el proceso de transferencias de la asistencia sanitaria comienza, antes de publicarse la LGS, con Cataluña mediante el Real Decreto 1517/1981, de 8 de julio. El hecho de producirse en el inicio del proceso transferencial, con anterioridad a los Pactos Autonómicos y también a la metodología de valoración del coste de los servicios, aprobada por el Consejo de Política Fiscal y Financiera al año siguiente, condujo a la cesión de créditos presupuestarios asociados a los servicios que se traspasaban, basados en una previsión poco objetiva y a la larga proclive a la discusión, como después hemos podido apreciar. Posteriormente, en el año 1984, se traspasa a Andalucía la gestión de la asistencia sanitaria de la Seguridad Social, con un régimen fi-Los diversos marcos transferenciales de la Sanidad nanciero ya más elaborado, en la línea más tarde prevista por la LGS, pero que aplica el coste de los servicios hasta 1993, en que la Comunidad Autónoma presenta una reclamación y, con efectos retroactivos desde el año 1986, se aplica el acercamiento a población protegida según Censo de 1991. Casi cuatro años después del traspaso a Andalucía, a finales de 1987, se producen las transferencias al País Vasco y a la Comunidad Valenciana, con la asignación de recursos recogida en la LGS, que ya se encontraba en vigor, aunque, lógicamente, es diferente para el País Vasco en virtud de su régimen foral. Nos encontramos, pues, con que en esos momentos, con cuatro Comunidades transferidas, coexistían, también, cuatro sistemas diferentes de asignación de recursos, lo que, sin duda, podía producir diferentes marcos de actuación. Esta situación tenía consecuencias económicas claras, ya que, por ejemplo, aunque el criterio de reparto de recursos que determina la LGS es el de población protegida, interpretada como población de derecho según censo, Cataluña gozaba de un porcentaje inicial de créditos transferibles del 16,3%, superior al 15,81 que le correspondía según población censal de 1981, y Andalucía obtenía un 17,47%, por encima del 17,09% que hubiera percibido según población protegida. Más tarde y de nuevo con grandes diferencias temporales, a finales de 1990, se realizan los traspasos a Galicia y a la Comunidad Foral de Navarra y, en 1994, a Canarias utilizando, ya, los criterios de financiación de la LGS, si bien en el caso especial de Navarra, por su régimen foral, el porcentaje de recursos a asignar es el índice de imputación de su Cupo, de acuerdo con su Convenio Económico vigente en cada momento. En todo este dilatado e inconcluso proceso, la financiación de la asistencia sanitaria transferida a las Comunidades Autónomas fue excluida de la LOFCA, quedando regulada, entonces, por lo previsto en la Ley General de Sanidad, en su artículo 82, que determina que se realizará siguiendo el criterio de población protegida y que la desviación, positiva o negativa, entre el porcentaje del gasto sanitario en el momento inicial y el porcentaje de la población protegida, será anulada en 10 años, a un 10% anual. Esta última previsión responde al hecho objetivo de que las transferencias se habían iniciado con anterioridad a la LGS y, además, prácticamente en cada caso se había utilizado un procedimiento de financiación diferente, lo que daba lugar a que casi cada Comunidad Autónoma, para gestionar los servicios recibidos, dispusiera de fondos procedentes de parámetros diferentes entre sí. La solución a esta diversidad de sistemas podría haber estado en la utilización de la financiación básica según la LOFCA, aunque se decidió, de forma ñmdamentada, excluir a la asistencia sanitaria de este procedimiento común, por diversas causas, entre las que podrían considerarse como principales: la universalidad de los servicios sanitarios públicos; la competencia exclusiva del Estado sobre el régimen económico de la Seguridad Social; la independencia de la Hacienda Pública estatal del sistema financiero de la Seguridad Social, en el cual rige el principio de caja única; y el riesgo de que una partición del Sistema de Seguridad Social, al territorializar los ingresos y pagos, pudiera debilitar el principal instrumento de solidaridad existente entre los ciudadanos, que en modo alguno debe perderse. Sin embargo, y además del hecho trascendente de que, actualmente, la sanidad se financia vía presupuestos generales del Estado, sin intervención de las cotizaciones a la seguridad social, también existen otros motivos de destacado peso, que podrían oponerse a esa diferenciación en la financiación, tales como: Los desajustes de las Comunidades Autónomas que poseen servicios transferidos de la Seguridad Social, al recibir los créditos correspondientes de acuerdo con los presupuestos iniciales de la Entidad Gestora transferente, que pueden, como sucedió en muchas ocasiones, producir desviaciones que tardan en repercutirse en su financiación. La falta de autonomía financiera real que se produce en este campo, lo que dificulta la planificación del gasto y, consecuentemente, la gestión de las competencias, debiendo recurrir, en muchos casos, al endeudamiento interno. La dificultad de evaluar, en términos de eficiencia económica, el coste de oportunidad de asignar mayores o menores recursos a la asistencia sanitaria respecto a otros servicios. Las deseconomías de escala producidas por la subsistencia simultánea de una doble estructura financiera y de gestión. En relación con esta misma cuestión, es oportuno recordar que el Acuerdo Parlamentario para la Consolidación y Modernización del Sistema Nacional de Salud, en el apartado dedicado a la Financiación, entre sus recomendaciones incluye la de «instar al Consejo de Política Fiscal y Financiera a abordar, durante el período de vigencia del nuevo acuerdo de financiación, la incorporación posterior de la financiación sanitaria en la financiación autonómica sobre la base de criterios de integración progresiva y corresponsabilidad fiscal». Por otro lado, en términos generales y con la excepción de Navarra y del País Vasco, la financiación proviene de aplicar a cada Comunidad Los diversos marcos transferenciales de la Sanidad Autónoma con competencia asistencial, un porcentaje del presupuesto total del INSALUD después de restar los gastos correspondientes a centros nacionales, el Fondo de Investigación Sanitaria y los ingresos propios. Este sistema, que es el que ha venido utilizándose, ha recibido, especialmente desde el ámbito de las propias Comunidades, diversas críticas que, fundamentalmente, se basan en que no reduce las desigualdades existentes en la dotación de servicios en la situación de partida, ni las diferencias en el gasto per capita, ni los cambios en la estructura social, ni los movimientos poblacionales, tanto interiores como exteriores. Además, puede producir retrasos en la recepción de determinados fondos cuando en el INSALUD se producen desviaciones presupuestarias y requiere también, para su correcta aplicación, de un procedimiento de facturación de servicios entre Comunidades Autónomas, que todavía no ha sido elaborado. Por ello, en 1994, el Consejo de Política Fiscal y Financiera informó favorablemente el acuerdo sobre el Sistema de Financiación de la Sanidad, con vigencia hasta el 31 de diciembre de 1997. Este acuerdo se instrumentó posteriormente mediante acuerdos bilaterales entre la Administración General del Estado y las Comunidades Autónomas y, en el contexto de esta revisión del sistema, se adoptaron medidas básicamente en un doble sentido: homogeneización en la asignación de recursos, aproximándola al criterio general de población protegida de la LGS, y evolución de los recursos con arreglo al PIB nominal. Sin duda, este acuerdo supuso un avance importante en la financiación sanitaria, aunque no alcanzó plenamente los objetivos deseados. En consecuencia, a la finalización de la vigencia de este acuerdo, se formalizó un nuevo modelo de financiación para el período 1998-2001, que aprobado por el Consejo de Política Fiscal y Financiera es el que actualmente se encuentra en vigor. En este nuevo acuerdo se establecen, como principales novedades: que el criterio de distribución de los recursos debe tener validez universal; exigencia de ejecutar planes de control del gasto para eliminar el fraude en las prestaciones sociales, cuyo resultado incrementará la dotación de los servicios sanitarios; establecimiento de determinadas variables de distribución de recursos; y garantía de que esas variables no puedan sobrepasar determinados límites, al objeto de asegurar que la capacidad de financiación no tenga oscilaciones significativas. Este es el modelo de financiación en el que nos movemos actualmente, pero en el marco de las previsiones del Gobierno, de transferencia de las funciones y servicios del INSALUD a las Comunidades Autónomas que no han recibido los traspasos todavía, cerrándose con ello la des-centralización del mapa sanitario español, parecería conveniente abrir un debate estricto sobre nuevas formas de asignación de recursos. Estas formas de asignación tienen, en primer lugar, que atender, ante la plena transferencia de la gestión a todas las Comunidades Autónomas, a determinadas condiciones que abarquen desde la imprescindible infraestructura sanitaria, a consideraciones tales como un fondo de compensación interterritorial o variables como la estructura de la población a atender, el nivel socioeconómico, la accesibilidad a los recursos, la morbimortalidad, la docencia y la investigación. En relación con la dotación de infraestructura y recursos sanitarios, el esfuerzo que se ha hecho a lo largo de la pasada legislatura ha sido considerable. El INSALUD ha invertido en los últimos cuatro años más de un cuarto de billón de pesetas en la creación de nuevas estructuras sanitarias o renovación de las existentes, lo cual ha supuesto un incremento del 72,4% en los tres primeros años de aplicación del nuevo modelo de financiación, sobre los tres primeros del modelo anterior (1994)(1995)(1996). Pero, además y esto es lo más importante, gran parte de estas inversiones se han destinado a corregir desequilibrios territoriales en Comunidades Autónomas que históricamente habían tenido un menor gasto por persona. En Extremadura, Castilla y León, Baleares, Murcia y Castilla-La Mancha se ha hecho un esfuerzo inversor especialmente intenso y superior al de la media del INSALUD. Esta situación y el hecho de que el Acuerdo de Financiación vigente ya recoge un fondo económico cuyo criterio de reparto no es de carácter poblacional, sino que su finalidad es compensar a las distintas Comunidades Autónomas de los costes originados por la existencia de centros acreditados con unidades docentes y la atención a pacientes desplazados, conducen a pensar que las próximas transferencias a realizar se llevarán a cabo en el marco de una asignación de recursos diferente, que deberá reñejarse en un nuevo acuerdo de financiación cuando a finales del año 2001 concluya la vigencia del actual. No obstante, tanto en ese momento, como incluso antes, seguirá el debate acerca de la idoneidad de incorporar la financiación sanitaria al modelo común. Con este sistema la sanidad estaría integrada en la financiación general de las Comunidades Autónomas, posibilitándose con ello mayores cotas de responsabilidad en el gasto y un mayor grado de planificación del gasto de acuerdo con las necesidades y los recursos dentro de cada Comunidad Autónoma. Esta idea, como ya ha sucedido en ocasiones anteriores, sin duda estará presente, directa o indirectamente, en las negociaciones que se lleven a cabo para la firma del próximo acuerdo de financiación, que
Plantea el autor la importancia de desarrollar culturas organizativas en las instituciones que emanen de la propia reflexión interna, con un convencimiento y por lo tanto con un compromiso e implicación que consiga no sólo sensibilizar a la organización de la necesidad de mejora continua, sino que además logren enraizarse y asentarse en la misma como algo sólido que los profesionales lo asuman como beneficioso para su labor dentro de la organización, horizontalizando su estructura y aumentando su funcionalidad. En todo el territorio, de la Sanidad Pública española (tanto en el entorno INSALUD como en las Comunidades transferidas), la gestión organizativa está ampliamente enriquecida de experiencias aisladas con la puesta en marcha de instrumentos de gestión, que en unos casos abarcan a toda la organización, los menos, y otros en los que solamente están involucrados profesionales con iniciativa propia, que desarrollan y/o desarrollaron estos instrumentos. En algunos casos perduran, por haberlos puesto en marcha con la participación de un colectivo significativo, por la existencia de un líder o por el apoyo de la Administración. En otros desaparecen por la inexistencia de estas condiciones, la falta de continuidad en los proyectos, la aceleración indebida 310 Alfonso Florez Díaz par Si la obtención de resultados rápidos, y en definitiva por la carencia de expertos en metodología organizacional. En la actualidad no existe ningún modelo sanitario que satisfaga de forma general a la población, en la órbita de los Estados modernos; y se contempla casi como una utopía, el conseguir unos estándares de satisfacción donde la población asistida y los profesionales coincidan de forma plena. La necesidad de renovar la Organización de los Servicios Sanitarios Públicos, proviene de la misma dinámica de la evolución social, que recoge de forma amplia la Ley General de Sanidad. Todo ello ha implicado, en estas últimas dos décadas, una importante dotación presupuestaria que aunque quizás no suficiente, ha supuesto la creación de nuevos centros, contratación de personal, incorporación de nuevas tecnologías,...etc., para lo cual este Servicio Público en la práctica no estará, ni está preparado, lo cual complica más su optimización organizacional. El desafío técnico y práctico está en diseñar modelos integrales de DESARROLLO ORGANIZACIONAL, a la medida de la demanda de nuestra sociedad asistida y sociolaboral, en la confianza de ir alcanzando secuencialmente, éxitos que satisfagan a sus protagonistas, los PACIENTES, y PROFESIONALES DEL SISTEMA PÚBLICO DE SALUD, en el ánimo de ir alcanzando una operativa de equipos, de organización equilibrada en función de que PACIENTE-MEDICO tengan la capacidad plena del derecho a decidir, en la confianza de una organización que va a responder y a respetar esas decisiones. Las organizaciones tienen vitalidad en tanto y en cuanto se autoincentivan para crear, para incorporar novedades desde los equipos y desde las personas que las componen. Es evidente que la pericia de sus gestores para saber coordinar estas iniciativas, tutelarlas y llevarlas al éxito, está en el hilo conductor de propiciar la formalización de lo positivo. De este modo, desde las estructuras más formales, se debería premiar y reforzar a aquellos profesionales y equipos que trabajan a niveles informales con el reconocimiento que supone incorporar novedades a la cadena de valor. Los gestores tienen que tener la capacidad de valorar aquellas iniciativas que siendo positivas, son factibles, y de propiciar el reconocimiento al esfuerzo de aquellos profesionales cuyas propuestas aún no teniendo la maduración o el rigor suficiente La gestión organizativa del Sistema Nacional de Salud merecen que se les proporcione el marco que facilite su evolución. En resumen «afianzar lo positivo y positivizar lo negativo». Desde esta perspectiva debe considerarse el futuro que se hace proyectando hacia delante, y de la historia, del pasado, se aprende para no cometer los mismos errores. De ese pasado es necesario obtener hechos concluyentes de observación y de estudio para la ponderación de sus resultados. De las experiencias habidas, y de forma muy general, se puede decir que ha habido demasiados cambios que «VIENEN DESDE ARRI-BA», y que muchos de ellos, la mayoría, fueron de marcado carácter aparentemente estructural y económico. Lo cual no quiere decir que no hallan sido un aprendizaje importante, de conocimiento de cuánto cuesta lo que se hace; y a partir de la limitación del gasto, dentro del ámbito de lo moral, no sería más conveniente dedicarlo a otra alternativa más rentable para los tratamientos de los pacientes. Conjuntamente con lo económico, el sistema binario empezó a volcar datos que las organizaciones no han podido digerir a causa de que faltan otros aspectos muy importantes, intrínsecos a un servicio sanitario, la participación en el fundamento de la Misión inmediata de cada uno de los miembros en la organización. Y en ello se han perdido oportunidades importantes, de las que han salido frustraciones personales, de equipos y de organización, con un fuerte componente de resistencia a cualquier cambio. Este resultado, permítase la expresión, de «emboscamiento», es producto de haber perdido excesivas oportunidades del «cambio organizativo» que han sido pilotadas sin los acompañamientos de metodología suficiente, contrasta con la capacidad científica de aprendizaje del sector sanitario, que evoluciona de forma vertiginosa en el conocimiento que se obtiene desde la investigación de la ingeniería genética, de la informática aplicada, de la farmacología... etc., donde el colectivo sanitario, directa o indirectamente, participa en esa evolución científica y tan positiva para la salud, que en periodos de tiempo muy cortos le resta importancia por su uso inmediato o por la aparición de otro hallazgo más importante. Lo cual nos indica de forma paradigmática que son organizaciones en un continuo aprendizaje, frente al mimetismo en la innovación y la mejora organizativa. En el rango de conclusiones sería equívoco el efectuar comparaciones, pero es importante como paradigma de confrontación, no solamente en la generalidad de lo expuesto, sino en lo que ello significa diariamente, en el entorno con el paciente, en las instalaciones arquitectónicas, en los desajustes de tiempos de organización,... etc. Tendencias actuales en las necesidades de organización Sabido es que una Empresa que se precie es la que proyecta su futuro, la que genera ideas de mejora continua. Es necesario conectar metodología que no sea dispersa, que sea lo más homologada posible, y en la que esté inserta la participación de los componentes. Así mismo se hace necesario el dar valor formal a lo intangible; el paradigma de la numeración, tiene que ser racionalizado y efectuar la ponderación imprescindible para valorar la sabiduría. El conocimiento de las organizaciones, y en concreto el contenido de los Servicios de la Sanidad Pública, es demasiado importante para que no se formalice. Sin duda la tarea es minuciosa, pero hay que involucrar en ella a todos los profesionales, no sólo médicos, sino a todos los estamentos. La tendencia actual, -que no las modas-, está en la horizontalización de las organizaciones, en su capacidad de informar fielmente, de dar cuanta información se necesite, pero veraz. Y en ello se incluye cual es la misión de la Empresa, de los equipos y de cada uno de los miembros de la organización. De lo anterior se desprende que los mandos intermedios están prácticamente en la operativa diaria. Es decir tender a que exista la menor distancia entre la dirección y la función operativa, (como máximo tres niveles de coordinación). Ello genera organizaciones transversales, que trabajan teniendo en cuenta los agentes colaterales. En el servicio sanitario, la población asistida debe constituir la razón fundamental de su quehacer, no como pretexto sino con el convencimiento de que una adecuada definición de funciones y procesos, centrados en el paciente, será clave para la prestación de un buen servicio. La gestión organizativa del Sistema Nacional de Salud Para ello el análisis tiene que ser efectuado desde el paciente y sus interlocutores inmediatos, Médicos y Enfermería. Es evidente que la distancia más corta es la línea recta de interrelación y las demás funciones de la organización tiene el cometido de velar para que esta línea recta no tenga ningún bucle es decir, «El Tbdo» en torno a este eje: En esta organización compleja todo interviene en todo, y todos los cruces de las líneas de función tienen su correlación. Para lo cual es imprescindible concebir personas que sean coordinadores y responsables de línea. De tal forma que el eje central se encontrará protegido, envuelto, por la organización: Especialistas diagnósticos, de farmacia, de tratamientos, hostelería, compras, departamentos de personal, archivos, etc. Este tipo de organización, (tiende al objetivo «O Fallos»), persigue la coordinación de la calidad, el determinar las funciones de referencia de líneas de actuación, dar responsabilidades profesionales y objetivos concretos claros y conocidos, implicando una descentralización de la toma de decisiones y coordinando la gestión. Como instrumentos de gestión de carácter general, son varios los que coadyuvan a esta puesta en común (Técnicas cliente-proveedor, Vías Clínicas, Unidades funcionales, etc.), pero todas ellas tienen que abarcar al conjunto de la organización para resolver el problema de todos. No es aconsejable la creación de «islotes de gestión»; siempre han creado problemas de agravios comparativos entre profesionales y equipos, de estas disfunciones lo que se obtiene es el agravio del Paciente. Esta propuesta de organización tiene un único equilibrio en su capacidad de sincronizarse y de adaptación para cada paciente en un entorno donde el objetivo final de la calidad asistencial está en «el inmediato». Una vez alcanzado esto, habremos conseguido los objetivos intermedios que estructuran la organización. Finalmente reseñar que problemas como la carrera profesional, política retributiva, etc. están implícitos en el desarrollo de este esquema de organización.
La simbiosis de los dos conceptos que se enumeran en esta ponencia, se analizan conjuntamente, con un enfoque que trata de demostrar que no hay contradicción entre lo que son dos exigencias cada día más evidentes, como son la de tender hacia equipos directivos expertos, bien formados, profesionales de la dirección, pero que desarrollen su labor en base a políticas de personal que se orienten a la participación e implicación de los profesionales. Todo ello exigirá una adecuación de las normativas que allane el camino a fórmulas más eficientes de gestión y participación. Colaboro gustosamente en esta Monografía de la Revista Arborciencia con un tema frecuentemente debatido en los últimos años en Congresos y Jornadas de gestión hospitalaria, Mesas redondas de Consejeros de Salud, y con cuyas conclusiones, siempre en la misma línea, podría ya concluir el teraa que me asigna el coordinador de esta Monografía: es absolutamente necesario y urgente profesionalizar la di-José Luis De Sancho Martín 318 rección de los hospitales públicos de nuestro País, de la misma forma que es urgente y obligada la participación activa de los profesionales (médicos y enfermeros particularmente) en la gestión del hospital, acercando posturas y disminuyendo las resistencias al cambio organizativo que precisan los hospitales en el final de siglo que vivimos. Analizaré en cualquier caso en este artículo de donde venimos, el tránsito llevado a cabo en estos últimos años y las perspectivas a afrontar en el ya sí inminente siglo XXI, que permitan afrontar con realismo y optimismo la gestión hospitalaria en el nuevo siglo. Existe consenso prácticamente general sobre la consideración del hospital como una empresa, con características diferenciales sustanciales de las empresas del sector industrial, de forma que dicha consideración va siempre ligada a la denominación «Empresa de Servicios», y en ocasiones, de «Empresa de servicios de salud», siendo su producto final, la «mejora o recuperación de la salud». Pero sea cual sea su denominación, tiene unas características que la diferencian y que hacen compleja su dirección, hasta el punto de hacer decir a autoridades del mundo empresarial como P Drucker que «el hospital es la empresa más compleja de dirigir», o como decía jocosamente F. Moreu en un artículo en Todo Hospital, el hospital es junto a la orquesta municipal de San Sebastián y la Universidad, una de las empresas más difíciles de dirigir... porque están llenas de artistas... y los artistas son difíciles de introducir en la cultura empresarial. Bromas aparte, resulta cierto que el entorno administrativo en el que se ha movido la gestión del hospital hasta los 80, y que aún perdura en parte, no tiene nada que ver con el entorno empresarial que se pretende en el inmediato futuro. La cultura de gestión administrativa basada en el rechazo del riesgo, un bajo nivel de incentivación tangible y un gran peso de la burocracia, ha generado un modelo de gestión de continuidad, con excesiva centralización, y bajos niveles de autonomía, muy reglamentista, y con grandes dificultades para la introducción de nuevos instrumentos de gestión en el pasado reciente. Una dinámica empresarial genera una cultura de gestión distinta, basada en la búsqueda del beneficio, la aceptación del riesgo, la selección de oportunidades, un alto nivel de incentivación tangible y una gran capacidad para captar el cambio y la innovación. El modelo de gestión empresarial se basa en el pensamiento estratégico, una gran autonomía y una orientación comercial, todo lo cual parece conveniente incorporar a la gestión del hospital, incluso siendo este público y sin ánimo de lucro. En resumen, del entorno hospitalario tradicional en el que nos hemos movido, es preciso pasar a un entorno empresarial, con premisas claramente dierenciadas, en las que aparecen el riesgo en la toma de decisiones, la flexibilidad organizativa y la competencia, hasta ahora inexistentes prácticamente. Estas conclusiones, que parecen recientes en el tiempo, las argumentaba ya aquel Director General del Insalud de los años 80, Francesc Raventós, quien señalaba cuales eran los procedimientos precisos para la gestión adecuada de los Servicios sanitarios. Los nuevos retos en la gestión de pacientes, y ima mayor orientación del hospital al cuente, han delimitado, conjim.tamente con la generalización de los conceptos de eficiencia y calidad, y la necesidad de contener los costes sanitarios, la urgencia del cambio en los hospitales, tal y como se concluía en el informe «El futuro de la Sanidad Europea», publicado en 1995. Que es necesario «empresarizar» los hospitales públicos, lo sugería ya en 1988, P.F. Drucker en el Harvard Business Review, al afirmar que «la gran empresa de finales de siglo se parecerá a un tipo de organización a la que managers y Escuelas de negocios, no prestan mucha atención: la organización hospitalaria». La introducción en la gestión del hospital de conceptos como el mercado, la competencia, el marketing, la cuenta de resultados y hasta los beneficios, hacen imprescindible que se introduzcan técnicas y modelos de gestión de procedencia empresarial, ya en uso en nuestro País, tales como la planificación y dirección estratégicas, la descentralización y microgestion de servicios, la gestión clínica o la utilización de la reingeniería de procesos o el outsourcing por citar algunos ejemplos. Afirontar estos cambios requerirá sin duda alguna, llevar a cabo cambios sustanciales en el modelo organizativo del hospital, comenzando por la propia estructura directiva, por lo que habrá que establecer ya que el actual organigrama vigente de los hospitales públicos (R.D. 521/87), deberá archivarse definitivamente, y considerar que en un marco de plena autonomía de gestión, cada hospital diseñará su propio organigrama, pero eso si, admitiendo como idea general, la necesidad de su horizontalización, tendiendo hacia estructuras organizativas por línea de producto, en las que el protagonismo de los responsables de línea sea mucho mayor, y la relación directivos-jefes de producto, menos jerárquica y más fimcional u operativa que en el pasado. El Hospital cumple todas las características que definen a las organizaciones complejas tal y como las definía S. Berr, y la proñmdidad de los cambios necesarios en la gestión del hospital para alcanzar su configuración como empresa, exigirán, de llevarse a cabo en estos términos, un nuevo perfil de los directivos hospitalarios, abandonando perfiles que pudieron servir en el pasado, y caracterizado por: 1.-Estar cualiñcado profesionalmente a través de una formación en gestión general de empresas y específica en gestión hospitalaria, por Escuelas públicas o privadas acreditadas, lo que permitirá la «real profesionalización directiva» de los gestores hospitalarios públicos. 2.-Será clave en cualquier caso el profundo conocimiento de la realidad sanitaria y hospitalaria. 3.-Precisará dotes de liderazgo notables, pero a la vez importante capacidad de diálogo y negociación. 4.-En este modelo más empresarizado, primarán la capacidad de innovación e iniciativa para la toma de decisiones. Las habilidades directivas definidas como necesarias para un directivo por H.Mintzberg en 1.973 siguen siendo válidas hoy, lo mismo que el pensamiento necesario en el mundo actual de la empresa desarrollado por J. Champy en 1996, en el mundo de la gestión hospitalaria presente y ñitura. La participación de los profesionales Se ha repetido hasta la saciedad en los últimos años, que existen niveles elevados de frustración y desencanto acumulados entre médicos, enfermeras y otro personal del S.N.S., y que responde a aspectos diversos, algunos de los cuales reflejamos a continuación: • Envejecimiento de plantillas y escasa movilidad. « Inexistencia de concursos públicos de especialistas y niveles de interinaje excesivos. « Carácter vitalicio de las jefaturas y no desarrollar la Orden Ministerial de promoción y evaluación periódica (4 años). « No desarrollar sistemas de incentivación discriminativos en función de resultados (eficacia y eficiencia). ® Pérdida de poder adquisitivo de los profesionales. A nivel de macropolítica sanitaria, no se ha desarrollado lo previsto en la Ley General de Sanidad de 1986: no se ha elaborado una ley básica de ordenación de las profesiones sanitarias, no se ha aprobado un nuevo Estatuto Marco, más adaptado a los tiempos que corren, y los cambios asistenciales y organizativos de los Centros sanitarios, y por último, no se ha desarrollado un modelo de carrera profesional para médicos y enfermeras, que posibilitará la promoción efectiva de estos profesionales. Pudiera ser que estas omisiones tengan que ver con el elevado número de médicos y enfermeras existentes en España comparativamente con los Países más desarrollados de nuestro entorno, si bien no es tan elevado si lo consideramos porcentualmente sobre el total de trabajadores de cada país. En cualquier caso, parece evidente la inexistencia de políticas de personal, suficientemente claras y motivadoras en nuestro S.N.S. en su conjunto ni a nivel de Áreas sanitarias, lo que conlleva desarrollar simplemente una gestión de personal consecuencia de una política de corte administrativista y universal. Además, han surgido agravios comparativos graves desde el inicio de las trasferencias sanitarias a las CC.AA, donde se han formalizado con los sindicatos «Acuerdos de condiciones laborales y salariales» discriminativos con los profesionales del territorio administrado por Insalud, para la misma categoría y función, incluso en la valoración de méritos profesionales para el acceso a plazas por concurso público libre. Por último, resulta cada vez más complicado aplicar normativas generales para situaciones asistenciales y organizativas cada vez más diferenciadas: niveles y tipologías de hospitales, supuestos de atención continuada diversos, dedicaciones diferentes, etc.... Existe, por tanto, un vacío normativo de entrada en el S.N.S., que debiera elaborarse y consensuarse a través del Consejo Interterritorial de Salud, máximo órgano de coordinación con competencia en estos y otros asuntos a nivel estatal. Pero existen otros elementos de insatisfacción acumulada entre los profesionales como quedó reflejado en la pasada huelga médica de 1995, fundamentalmente a nivel hospitalario, en buena medida atribuibles a la Administración sanitaria, que resumo a continuación: • Desconexión con los equipos directivos. • Rutinización del trabajo en entornos físicos inadecuados y medios técnicos obsoletos. ® Autoritarismo e incomunicación de algunos jefes de Servicio. • Desconocimiento de criterios de valoración de su trabajo. Hecho este análisis, más o menos acertado, pero desde luego en línea con otras aportaciones hechas en estos últimos años por distintos sectores de la Sanidad española, parecen lógicas sus consecuencias: ® Desmotivación y desarraigo con la empresa (Servicio de Salud, Hospital, C. Salud). • Pérdida del concepto de «trabajo en equipo» básico a nivel hospitalario. • Fuga de profesionales valiosos hacia el sector privado o compartición negativa. ® Absentismo laboral elevado. Medidas fundamentales a considerar y participación de los profesionales Además de la ya mencionada adecuación de la normativa básica en materia de recursos humanos para todo el S.N.S., y el diseño de políticas de personal, a nivel de los Servicios de Salud transferidos y el propio Insalud, que contemplen los pilares básicos de cualquier política de personal que se precie de serlo (salarial, formativa, disciplinaria, régimen laboral y de contratación, incentivación y promoción profesional y ventajas sociales), se requieren con carácter general y con carácter descentralizado, de Área de Salud y de Centro, nuevos planteamientos, algunos de los cuales reflejo a continuación: ® Mayor participación de los profesionales. ® Nuevas formas organizativas en los hospitales: gestión clínica, unidades clínicas, coordinadores asistenciales, comisiones mixtas y comisión de objetivos. • Programas de formación continuada de médicos y enfermería y reacreditación de profesionales. ® Desarrollo de mecanismos de promoción interna y carrera profesionaL ® Pérdida del carácter vitalicio de jefaturas de Servicio y Unidad. En todo caso, la participación de los profesionales (de todos) es una necesidad ineludible, sin que ello signifique convertir a todos ellos en gestores, sino que manteniendo o mejorando su cualificación profesional, implicarles en mayor medida en la gestión cada vez más compleja de los Centros sanitarios, particularmente la de los hospitales. Como bien dice V. Ortún, si gestionar quiere decir «hacer cosas mediante personas», cuanto mayor sea la autonomía profesional, menor será la autoridad de la Gerencia. Las nuevas tendencias de gestión apuntan hacia el desarrollo de programas de microgestion sanitaria, a través de proyectos de gestión clínica, en los que los facultativos y enfermeras/os son protagonistas de excepción. Esta participación en la gestión sólo será posible por otro lado, si los Jefes de Servicio y Unidad, trasladan a sus facultativos y enfermeras la información que reciben de las Direcciones de los Centros, en mi criterio cada vez mayor, tal vez exhaustiva en ocasiones, estableciendo a su vez una dinámica interna mucho más participativa que en el pasado (discusión de objetivos de Servicio a través de Comisiones de objetivos, desarrollo de la Especialidad, compromisos con la Dirección, protocolización de técnicas, audits de calidad, etc....). No es infrecuente el Jefe de Servicio «incomunicado» con el resto de profesionales del Servicio, y con la Dirección del Centro por «voluntad propia», aunque se asigne sistemáticamente la responsabilidad de esa incomunicación a la Dirección del Centro asistencial. Esta nueva cultura de participación y corresponsabilidad debe armonizarse a la mayor brevedad con un proceso de reacreditación profesional (no es oro todo lo que reluce), con evidente protagonismo de las Sociedades científicas y Comisiones Nacionales de cada Especialidad, y del diseño de una carrera profesional de médicos y enfermeras, siguiendo modelos ya probados en otros países, como el Reino Unido o en el nuestro propio (H. Clinic de Barcelona y H. Gregorio Marañen de Madrid), o poner en práctica las propuestas presentadas en su día por el propio Ministerio de Sanidad y Consumo: • Separación del desempeño administrativo de cargo de la categoría profesional. « Gradualización del acceso a la categoría inmediatamente superior • Número de categorías profesionales limitado (3-4). • Horizontalización de la organización interna de centros y servicios, y supresión del carácter vitalicio de jefaturas. ® Autonomía y responsabilización de los profesionales e incentivación ligada a resultados. Sea cual sea el diseño final, su necesidad es absoluta y urgente, paralelamente al cambio organizativo que se propugna fundamentalmente en los hospitales, propiciado por la Ley 15/97, de nuevas fórmulas de gestión hospitalaria, posibilitando mayores cotas de autonomía de los Centros hospitalarios, ya cristalizada en Fundaciones y Empresas públicas en Insalud y Servicios de Salud autonómicos. El S.N.S. no puede permitirse contar con magníficos profesionales eternamente relegados a una adjuntía hospitalaria si sus capacidades clínicas, docentes, investigadoras o de gestión les posibilitan para mayores empresas. No es permisible la fuga de estos profesionales cualificados del sector público ni la tradicional «compartición resignada» con el trabajo privado que suele ir casi siempre en detrimento de esa cualificación, y de la calidad asistencial, cuando no en actitudes negativas en la relación con los pacientes, por otro lado cada vez más exigentes con los profesionales y el Sistema Sanitario. Considero necesaria y urgente la introducción de las siguientes medidas para acabar con la actual desmotivación e insatisfacción de los profesionales sanitarios: ® Actualización del marco legal del S.N.S.: ® Ley de Ordenación de las profesiones. Estatuto Marco de mínimos y aplicación de O.M. aprobadas. • Desarrollar una política de personal aplicable con carácter descentralizado a nivel de Área o Centro. ® Desarrollar un modelo de carrera profesional por categorías (3-4), que contemple los niveles asistenciales y los de gestión, por separado, siendo estos últimos révisables. ® Supresión del carácter vitalicio de las Jefaturas de Servicio, evaluándolas periódicamente (4 años). ® Vincular a los profesionales con la Empresa, propiciando su participación activa en la gestión. ® Establecer criterios de valoración del trabajo claros e incentivar a los profesionales en función de su eficacia y eficiencia. Todo ello, para concluir, en un marco de encuentro necesario entre directivos profesionalizados y despolitizados, estables al menos por períodos razonables de gestión (4-8 años) o relevables exclusivamente por criterios objetivos (resultados), y profesionales hospitalarios motivados, incentivados y evaluados igualmente periódicamente en función de criterios de eficacia y eficiencia.
Examinar las diversas propuestas para modernizar nuestra gestión^ es un tema a la vez apasionante e ilustrativo, desde sus planteamientos básicos, sus intentos de aplicación práctica, los recelos que despertarán y los resultados que aportarán. Un camino difícil y sinuoso pero que no se puede negar ha conseguido avances muy significativos en estas dos últimas décadas. Hablar de nuevos modelos de gestión, es abrir la puerta a un tema controvertido que ha generado y genera, un acalorado debate sustentado más en una supuesta intencionalidad, la privatización de los servicios públicos, que en su contenido. Hoy nadie discute ya la necesidad de cambio en las organizaciones para adaptarse a las nuevas realidades económicas, políticas y sociales. La crisis del petróleo en los años setenta no hizo sino dar paso a un cambio de tendencia en los sistemas económicos que afectaban de lleno al mundo empresarial, pero también a los Servicios Públicos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) le pone fecha;a la crisis que Anthony Crosland (1976) resume en la expresión «la fiesta ha terminado», señalando también el cambio de tendencia para los servicios públicos. La universalización de las prestaciones y el crecimiento económico sostenido para mantenerlas son asunciones puestas en entredicho. Desde esa fecha, hemos asistido a cambios de gran magnitud en el mundo de la gestión en general y de la sanidad en particular. Hoy en un momento en el que las reflexiones parecen estar dirigidas hacia la adivinación del futuro, hacia la búsqueda de respuestas sobre ¿Cómo será la gestión sanitaria en los próximos años?, en este artículo trataré de dar una visión de la evolución en la gestión en los hospitales públicos, en los hospitales de la red INSALUD, haciendo un breve recorrido sobre los aspectos más relevantes, desde aquel «Nuevo Modelo de Gestión Hospitalaria» acuñado en los años ochenta, hasta los «Nuevos Modelos de Gestión» de hoy. Se trata de una reflexión sobre nuestro pasado inmediato. Pues si bien el futuro debe inspirarse en el mundo que ha de venir, también las ideas que interpretan el futuro se basan y están influidas por el mundo de siempre. También el futuro tiene su historia. Mercado y gestión* En busca de un paradigma Los años ochenta pues, fueron años de cambio en los que el mundo empresarial busca nuevas fórmulas de gestión que ayuden a «hacer más por menos»; la competitividad es el marco en el que se establecen las nuevas reglas del juego. La forma tradicional de acción cede paso a nuevas actuaciones, es el Paradigma de la Eficiencia. La gestión y los gestores son objeto de atención, en esa década crecen las publicaciones en las que teóricos y gurús de la gestión ofrecen recetas de cómo gestionar mejor y anticiparse al futuro. La búsqueda de ventajas competitivas, y de la eficiencia, es la solución a los problemas. Michael Porter (1980), economista, viene a decir que la estrategia es, por encima de todo lo demás, la búsqueda de beneficios superiores a la media. Hace una síntesis de los conocimientos y técnicas para mejorar la rentabilidad que resume en cinco fuerzas competitivas. Posteriormente, en 1990, en otra de sus obras trata de expUcar, en un análisis retrospectivo, las causas de las fusiones y agrupamientos sectoriales que en esos años se fueron produciendo. » Incorporación de nuevos competidores Nuevos modelos de gestión. Una visión retrospectiva ® El poder de negociación de los proveedores y ® La rivalidad entre los competidores El japonés Kenichi Ohmae (1982) pone de manifiesto la necesidad de ser creativos para ser competitivos. Tom Peters y R. Waterman (1982) con su obra, En Busca de la Excelencia, se convierten en Best seller. Recogen y ofi:"ecen a sus lectores, algunos criterios para anticiparse al ñituro y lograr la excelencia en la empresa. Peters y Waterman describen para ello 8 reglas o puntos básicos. Atención al cliente 3. Autonomía y espíritu emprendedor 4. Motivación orientada hacia la productividad 5. No cambiar lo que se hace bien 7. Eficiencia en los recursos 8. Autonomía controlada Casi de forma simultánea, como si de proteger este nuevo enfoque se tratara y para evitar los problemas de discalidad que una visión centrada solo en la eficiencia pudieran producirse, W. Edwards Deming (1982), propone a las empresas otra estrategia para salir de la crisis, la calidad. Con su teoría de la calidad, lanza su mensaje a las empresas haciendo una reflexión sobre la procedencia de los beneficios. El razonamiento es: Si tienen clientes satisfechos, estos repiten sus compras, hablan excelencias de su producto y servicio y traen amigos con ellos. De esta forma, los beneficios de la empresa están asegurados. Ve la calidad como algo más que estadísticas. Sintetiza lo más importante de la calidad en 14 puntos. Entiende la calidad como una responsabilidad de todos. A esta estrategia se unirán otros autores, entre ellos J.M. Juran (1.988). Este describe la trilogía de la calidad, planificación, gestión y puesta en práctica, en su libro Planning for Quality. -Hacer constar la intención de mejora. -Adoptar la filosofía de calidad. -Trabajar para la calidad. -Minimizar costes. -Mejorar procesos integrando planificación, producción y servicio. -Romper barreras entre departamentos. -Eliminar cuotas numéricas. ~ Eliminar objetivos nimiéricos. -Creación del sentido de pertenencia. -Establecer programas de formación. -Integrar a toda la organización en el plan de mejora. Es una época rica en publicaciones que tratan de ofirecer el conocimiento no solo sobre aspectos concretos de gestión sino que oñ-ecen información sobre modelos organizativos, cultura organizacional etc. En ellas se reflejan los cambios que se están produciendo. Una década después, estas teorías comienzan a ser cuestionadas y así, la planificación estratégica tiene también su espacio para la crítica. Henry Mintzberg (1994), viene a decir que la planificación estratégica es un ritual desprovisto de creatividad, y señala algunos errores de ésta. La supuesta capacidad de predicción es limitada, pues se parte de considerar que el futuro se parecerá al pasado (certeza esta artificial). Esa suposición podía ser válida en los años 60, cuando había estabilidad y los planificadores no estaban tan desvinculados de la realidad de la organización. En estos tiempos, decía, los planificadores están ocupados en recoger datos básicos (mercados y competidores) y se han alejado de los proveedores, de los clientes y de los empleados. En consecuencia, lo que se produce es una disociación entre el pensamiento y la acción. G. Hamel y C.K. Prahajad (1994) piensan que cada época tiene su propia interpretación y su propia visión sobre los hechos. La dificultad de las estrategias, no es su creación sino su puesta en práctica. Una organización debe esforzarse en mejorar y en diferenciarse de sus competidoras. El crecimiento se deriva de la diferencia, aunque señalan que hay tantas formas de crecer como de menguar, una organización puede fusionarse con otra, pero «dos borrachos no hacen una persona sensata». Es el tiempo de las grandes fusiones, de la externalización de servicios etc. A la gestión científica, la ingeniería industrial, la mejora de los procesos empresariales, se suma, nueva y mejorada la reingeniería. Janes Champy y Michael Hammer (1.993), proponen la redefinición de los procesos para su mejora. Aunque no es una idea nueva, el lenguaje y el momento son oportunos. En un entorno altamente competitivo, con una explosión de la tecnología de la información, las or-Nuevos modelos de gestión. Una visión retrospectiva ganizaciones se ven obligadas a reconsiderar sus procesos anquilosados e ineficaces. Este proceso va a permitirles trasladar a la práctica, las nuevas realidades y formas de hacer. Como en casi todos los casos, esta idea también fue criticada y comparada con la que utilizó el Presidente Mao, bajo el lema «destruir para construir», para llevar a cabo la revolución cultural en China, tratando de borrar el pasado. Es la hora de una nuevo paradigma, el Paradigma del Cliente. El esfuerzo renovador e innovador tiene un objetivo claro, satisfacer las demandas del cliente adaptando la organización y sus procesos a esa nueva realidad. ¿Cómo afecta esta situación al Sector Público? Naturalmente, estas circunstancias económicas generan crisis no sólo en las organizaciones empresariales, que se ven obligadas a diversificar su negocio, a fusionarse con otras para ser más competitivas, afectan también a la política y a la sociedad. En consecuencia, los Servicios Públicos desarrollados en los años cincuenta y sesenta sobre la base de un crecimiento sostenido del gasto público, se ven afectados también. La eficiencia en el sector público En los años ochenta, como consecuencia de la crisis económica descrita, en las Administraciones Públicas, el Paradigma Tradicional se ha ido rompiendo para dar paso al Paradigma de la Eficiencia. Es necesario controlar el gasto público que supera ya el 45% del PIB en la Unión Europea (U.E.). Descentralización y privatización de Empresas Públicas, son las tendencias que recorren Europa como una ola. Se traspasa la actividad a un mercado, con propiedad privada, aunque a menudo, es un mercado regulado. No se pretende eliminar la financiación o provisión pública, sino gestionar menos burocráticamente. El término que comienza a circular «la Nueva Gestión Pública», es también un tema controvertido que despierta el debate Gestión Pública versus Gestión Privada. En realidad se trata de una vieja discusión sobre el carácter mediador de la Administración Pública y su relación con la Política, asignándole un papel claramente diferenciado del sector privado. Los procedimientos deben estar sujetos a reglas homogéneas y la ejecución de sus acciones a la transparencia. Contrasta así, con el movimiento modernizador que trata de llevar a la gestión pública las técnicas y herramientas de la gestión privada que hagan posible la eficiencia. ® Introducir modificaciones presupuestarias, destinadas a mejorar la transparencia, pero sobre todo y fundamentalmente a relacionar los costes, no con los recursos utilizados, sino con los resultados. ® Establecer las modificaciones necesarias en la relación contractual, para hacer posible la incentivación a los resultados. ® Introducir mecanismos de competencia interna. • Separar las funciones de financiación y provisión. • Descentralizar la provisión, facilitando la elección a los usuarios entre proveedores alternativos. Estas propuestas desembocan en un nuevo paradigma, es el Paradigma del Cliente. Se parte del supuesto de que un buen sistema público, un buen gobierno, exige que el conjunto de sus organizaciones funcionen con eficiencia, con eficacia y con legitimidad. La asignación eficiente de recursos, la transparencia y rendición de cuentas sobre su utilización y la satisfacción del usuario, en su nuevo estatus de cliente, van a ser los principios básicos que orienten el nuevo paradigma. ¿Estos cambios se han vivido por igual en todas las Organizaciones Públicas? ¿En que nivel de cambio están las Organizaciones Sanitarias? En España, la incorporación al estado de Bienestar social ocurre algunos años más tarde que en los países desarrollados de nuestro entorno. Consecuentemente el gasto público está unos puntos por debajo del porcentaje de la U.E., situándose en torno al 45% del PIB. Aunque los cambios son generales, para todas las organizaciones, la Administración Sanitaria se ve afectada de forma muy especial, al ser sus organizaciones las que tiene más peso en el gasto. En los presupuestos de los Estados Europeo, mas de la mitad del gasto público, se destina a políticas sociales (sanidad, pensiones etc.) alcanzando el gasto social entre el 20-30% del PIB en Europa. En España se sigue Nuevos modelos de gestión. Una visión retrospectiva también esta tendencia aunque con porcentajes inferiores, situándose el gasto social entorno al 23% del PIB. Del paradigma tradicional a la eficiencia Las reglas del juego establecidas, después de la segunda guerra mundial dan como resultado el crecimiento de los Estados de Bienestar social, los cuales asumen el compromiso de hacer real la igualdad recogida en la Constitución de todos los países democráticos. Los Estados se convierten en grandes diseñadores de políticas cuyo objetivo no es otro que maximizar el bienestar social, corrigiendo los fallos de mercado y mejorando la eficiencia económica con su intervención a través de las políticas públicas. Hay consenso entre los actores principales, políticos, ciudadanos y administradores, en un desarrollo incremental en los servicios públicos. Esta prestación de servicios públicos se basa en el crecimiento sostenido del gasto público. Los años sesenta, años en los que se produce el crecimiento de los Estados de Bienestar, son años de bonanza económica. Existe una relación directa entre el nivel de renta y el gasto en salud. Los economistas parecen estar de acuerdo en que por un crecimiento económico de un 1%, el gasto sanitario se incrementa en más de 2% (Albi 2000). La sociedad elige democráticamente los contenidos del papel económico del Estado. En estos primeros años, los niveles del gasto no son muy altos y la cantidad de servicios se determina en un proceso de negociación entre técnicos y políticos. Existen dos ámbitos de poder claramente definidos, el político y el técnico. El político basa su fuerza, el poder, en el voto recibido de los ciudadanos, el cual le legitima para tomar las decisiones en nombre de la Comunidad. El técnico basa su fuerza en el conocimiento, él sabe como llevar a cabo el proceso de producción del servicio. Este conocimiento es el que determina que sean los profesionales los que guíen el proceso y definan qué prestaciones, cómo y con qué recursos se harán. La complejidad del ámbito sanitario conlleva una enorme influencia de los profesionales que prestan el servicio en los procesos de prestación, e incluso en los resultados. Son los productores de los servicios públicos, los profesionales, los que autorregulan su función con el acuerdo implícito de la sociedad. Naturalmente, el poder de influencia lo utilizan en la definición del servicio, promoviendo como valores esenciales del mismo sus propios valores y realzando sus conocimientos y experiencia. El Administrador juega un papel integrador entre esos dos ámbitos de poder, haciendo posible la traslación de la política a la acción concreta de prestación del servicio. Como puede observarse, el ciudadano participaba escasamente ya que las expectativas de servicios públicos, al igual que el gasto, eran escasas. En España, recordemos, se desarrolla el Estado de Bienestar más tarde. El político podía encontrar dinero para nuevas políticas, nuevas prestaciones, sin tener que recortar el gasto de otros proyectos o competir por los recursos. En este Paradigma Tradicional, el político decide, fija la poKtica de los Servicios Públicos, el administrador asigna recursos y el técnico define y determina los procesos y los recursos necesarios. El rendimiento de cuentas es también sencillo. Los profesionales o productores del servicio rinden cuentas a los poKticos y estos a los ciudadanos. La gestión, el Administrador o Gestor, en esta etapa se limita a hacer de mediador entre las dos esferas de poder, sirviendo a los dos ámbitos. En realidad hasta bien entrados los años ochenta no se puede hablar de gestión en sentido estricto. En la cultura de los profesionales sanitarios, de los médicos, el objetivo, el eje fundamental de la actuación del equipo sanitario y por extensión del hospital como un todo, es el proceso asistencial. El conocimiento médico se centra fundamentalmente en la clasificación de enfermedades, diagnósticos y en las alternativas terapéuticas, olvidando a menudo otros procesos necesarios para la buena marcha del hospital, como son la organización y gestión de recursos y en consecuencia buenos también para los resultados de la asistencia y para el paciente. De esta forma se va produciendo un aumento incrementalista de los Servicios Sanitarios públicos. El gasto promedio en Sanidad en la U.E. llega en los años noventa en torno al 6% de P.LB. y 1'8% el P.I.B. de gasto privado, siendo para España el 5'8% y 1'6% respectivamente. Algunos problemas de crecimiento A los cambios que el desarrollo de los Estados de bienestar producen de forma natural en la sociedad hay que añadir el bajo crecimiento Nuevos modelos de gestión. Una visión retrospectiva económico, los cambios demográficos y tecnológicos y la democratización de la sociedad. El bajo crecimiento económico, instalado de forma pertinaz en los años ochenta y principios de los noventa, ha generado un aumento del gasto social, a la vez que ha limitado la posibilidad del crecimiento de la fiscalidad, reduciendo los ingresos tributarios. El aumento de la esperanza de vida y la incorporación de nuevas tecnologías a la sanidad, ha dado lugar a un cambio importante en los procesos de morbi-mortalidad, produciendo un progresivo envejecimiento de la población incrementando el gasto sanitario. Por último, es importante señalar la transformación social y política ocurrida en nuestra sociedad a partir de la Constitución de 1.978 en la que determinadas prestaciones, sanidad y protección social entre otras, constituyen un derecho. La Ley General de Sanidad de Abril de 1.986 viene a hacer exigible ese derecho con la universalización de la prestación sanitaria. Comienza así un nuevo y rico periodo para la gestión sanitaria hasta entonces limitada a escasos procesos de ordenación y desarrollo de las organizaciones hospitalarias, de acuerdo con las demandas de los profesionales. En los años ochenta en España, son años de Reforma en los que se trata de establecer un Sistema Sanitario homogéneo e introducir las técnicas y herramientas de gestión en los hospitales. Bajo la denominación de «Nuevo Modelo de Gestión Hospitalaria» se describen las medidas que se llevarán a cabo para implantar el nuevo modelo de sistema sanitario ( se pasa del modelo de Seguridad Social a Sistema Nacional de Salud) y también nuevo modelo asistencial (de un modelo curativo se pasa a un modelo integral en el que la promoción y la prevención de la salud, también formarán parte de las actividades del sistema). La gestión hospitalaria consistirá en: --Determinar objetivos asistenciales y económicos para todos los centros. -Creación de una infraestructura de información mínima y homologada para toda la red. -Introducción sistemática del control de calidad. -La humanización de la asistencia con la declaración del Código de Derechos y Deberes de los pacientes y la creación de los Servicios de Atención al Paciente para su instrumentalización práctica. El trabajo en equipo y la dirección por objetivos serán las técnicas básicas de este nuevo modelo de gestión. El objetivo no es otro que introducir la cultura de empresa en las organizaciones sanitarias, carentes por completo de visión económica de la organización, secundando de esta forma el sentir popular «la salud no tiene precio», aunque, como pocos años después se evidenciará, tiene un alto coste. Para controlar este coste y poder comparar el rendimiento entre los distintos centros establecen unos datos básicos que cada hospital debe recoger (ver cuadro). Determinaciones analíticas, RX, etc. Estancia media, porcentaje ocupación. Porcentaje tiempo dedicado a consulta, asistencia... Indicaciones de ingreso, alta, estancia. Tasas de mortalidad, porcentaje de Necropsias. Tasa de cirugía innecesaria, Infecciones. Fuente: Nuevo Modelo de Gestión Hospitalaria 1.984. Estos datos deben ser remitidos periódicamente, a mes vencido. Para poder comparar los resultados se establece una clasificación hospitalaria y establecen las tarifas económicas para cada tipo. El criterio para la clasificación es el ámbito territorial (H. Comarcales, Provinciales, y Regionales). Poner en marcha este dispositivo no resulta fácil debido, no sólo a la falta de cultura de gestión en los hospitales, sino también a la falta de dispositivos adecuados para ello. La financiación está ligada a la ocupación de sus camas, es decir a las estancias causadas en los hospitales, en los que no existen unos parámetros asistenciales exigibles y cada hospital tiene una forma de actuación autónoma. Las proyecciones de crecimiento de las prestaciones e incluso de los servicios responden a las necesidades profesionales más que a demandas de la población, todavía con expectativas poco desarrolladas. Sin embargo, pocos años más tarde, también la Sanidad en España queda bajo el influjo de la tendencia europea. Nuevos modelos de gestión. Una visión retrospectiva En 1.990 se crea la «Comisión Abril» para el Análisis y Evaluación del Sistema Sanitario, el cual comienza ya a dar síntomas de expansión del gasto y falta de eficiencia. Antes de terminar de implantar el modelo diseñado en la Ley General de Sanidad (1.986) se ve la necesidad de cambiar el rumbo. En sus conclusiones, elaboradas un año después de su creación, la Comisión viene a decir que se debe mejorar la eficiencia del sistema y controlar el gasto. Son propuestas de esta Comisión: Cambiar la personalidad jurídica de los hospitales (pasarán a estar sometidas al derecho privado) y laboralizar al personal y ello como instrumento para agilizar la gestión y motivar a los profesionales. Evaluar la utilización de las nuevas tecnologías antes de ser incorporadas. Descentralizar la gestión y tantas otras que no vamos a enumerar. Solo añadiremos las propuestas que hace para controlar el gasto a través de la utilización racional de los recursos introduciendo un elemento disuasor como era el «ticket moderador» mediante el cual se pagaría una cantidad, aunque fuera simbólica, cada vez que se accediera a la prestación. En estas nuevas realidades el Paradigma Tradicional va siendo desplazado por el nuevo paradigma de la eficiencia. El punto de partida de los cambios que se avecinan es la ineficiencia de las organizaciones públicas. Existe una especie de acuerdo en la afirmación de que las organizaciones sanitarias públicas, los hospitales, son ineficientes debido a la falta de competencia, lo que unido a la seguridad/inamovilidad en el puesto de trabajo, sus profesionales acaben atendiendo a sus propios intereses a los que subordinarán todo lo demás. El remedio, por tanto, es introducir mecanismos de mercado allí donde sea posible, estableciendo la competencia entre los distintos hospitales y también entre los distintos servicios de cada hospital. Naturalmente, para lograr esto, se necesita una figura clara, con autoridad, capaz de presionar a la organización para que mejore los resultados, eliminando las barreras y facilitando los medios a los productores del servicio. Emerge así, con fuerza, la figura del Gestor con un nuevo papel, con formación y habilidad para conducir a estas complejas organizaciones hacia los nuevos objetivos, rompiendo rutinas y pautas de trabajo fijadas por los propios productores del servicio. Hay que buscar un nuevo equilibrio de poder entre políticos y técnicos, entre los profesionales y el resto del personal del Hospital. Hay numerosos ejemplos que dan fé de esa mayor capacidad de presión de los gestores en busca de la eficiencia. En pocos años logra bajarse a la mitad los periodos de estancia, controlar y medir la pro-ducción hospitalaria. Las organizaciones fueron reestructuradas introduciendo mecanismos de planificación en la gestión y control del presupuesto. En un intento de hacer real la introducción de mecanismos de mercado, se separa la financiación de la provisión de los servicios. Gerentes de Atención Primaria y Atención Especializada negocian como proveedores de los servicios que se prestan a la población con Insalud. Este actuará como financiador y comprador cuyo pago serán los presupuestos que recibirán a cambio. Se liga de esta forma actividad a recurso en los llamados «Contratos Programas», inicialmente. Contratos de Gestión en la actualidad. Cada año, los Gerentes de Atención Especializada y Atención Primaria, pactan los objetivos que deberá cumplir su organización. Esto obliga a su vez a que negocien con los profesionales la actividad que cada servicio desarrollará y los recursos que recibirá a cambio. En esta década de los noventa los hospitales comienzan a utilizar, aunque tímidamente, algunas estrategias de gestión utilizadas en las organizaciones privadas, («Outsourcing», «just-in-time»....etc.), incluso externalizando servicios. Esta práctica al igual que la subcontratación, levanta polémica en algunos casos que ven una amenaza al Estado de bienestar y temen que se convierta en lo que se ha dado en llamar el «Estado hueco» (Bozeman, 1.993). Nuevo paradigma para nuevas formas de gestión Completar esta idea de mercado, de competencia, requería asimismo introducir un elemento esencial de éste, la elección y la consideración del usuario como cliente. Significa un cambio importante en la cultura de las organizaciones públicas orientándolas hacia el ciudadano, cada vez más concienciado de sus derechos y más dispuesto a exigirlos. La orientación hacía el cliente es una consecuencia lógica de la aplicación de las técnicas de gestión privada. Por otro lado, se hace necesario reforzar la idea de calidad como instrumento que proteja al usuario, asegurando que aunque la consigna sea controlar el gasto, esto no ocurrirá a costa de la calidad del servicio que se le presta. En toda Europa se comienzan a desarrollar las cartas de derechos del ciudadano (Sue Richards 1.994). Son una evidencia del cambio que se ha ido produciendo en la gestión orientada hacia el cliente. Para apalancar el cambio, las estrategias van a ser, la descentralización y las políticas de personal. Se concretan en la agrupación de servicios como instrumento facilitador de una atención personalizada Nuevos modelos de gestión. Una visión retrospectiva e integral que va a permitir no solo una mayor calidad en la asistencia, sino la participación real y la motivación de los profesionales. La Gestión Clínica, Creación de Institutos, Fundaciones etc. ha comenzado a nivel micro, como paso previo, para la implantación a nivel macro como paso definitivo al nuevo paradigma del Cliente, en el que la eficiencia forme parte de la calidad. Como en todo cambio, conviene ser realista y tener en cuenta que los cambios de cultura son lentos. Si miramos la historia, los inventos mecánicos que transformaron la vida económica en la segunda mitad del Siglo XVIII en Inglaterra y algo después en el resto de Europa, no se aceptaron apaciblemente en sus inicios. El ejemplo más divulgado fue el producido en 1.811, cuando un grupo de ludditas destruyeron las máquinas textiles en Nottiinghan. La resistencia de hoy al cambio no implica oposición a las nuevas formas de hacer, quizá lo que se ve en el cambio es una amenaza para sí mismos y para la supervivencia global del sistema. Parafraseando a Toffler (1.980) cuando una sociedad se ve asaltada por más de una ola de cambio y no es ninguna de ellas claramente dominante, la imagen de futuro queda rota, dificultando la identificación del sentido de los cambios, es entonces cuando surgen los conflictos. No sé si la gestión debe ser reformada o no, si parece claro que las Administraciones Públicas, los hospitales y, en consecuencia los gestores, debemos hacer algo para mejorar los resultados y adaptar nuestras organizaciones a la nueva realidad política, económica y social. La sociedad española ha cambiado pero nuestros hospitales siguen siendo fieles a los valores y a las prácticas de un mundo de base medicalizada, convirtiéndose en ocasiones en un factor de bloqueo a los cambios. Por un lado existe la necesidad de una intervención eficaz, sin ello el tejido social se resentiría; pero por otro lado se ve incapacitado para ello, perdidos en mil procesos e intervenciones cuyo sentido no se ve con claridad. Hasta ahora el debate se ha centrado en la reforma y menos en la necesidad de conocer los puntos sensibles del sistema y apostar a favor de los actores capaces de jugar un juego diferente, y como tales actores, portadores de medios de cambio, de innovación y de modernización. Debemos ser capaces de llegar a nuevas formas de gestionar, para ello, propongo una estrategia que apueste e invierta en el conocimiento
Tras el planteamiento del modelo europeo de calidad como una vía sólida para conseguir mejorar el desarrollo de la misión de los hospitales, se profundiza sobre la situación actual y un futuro con la necesaria implicación de todos los actores del sistema, financiadores, proveedores, profesionales y ciudadanos. Es sabido que las profesiones sanitarias han mostrado a lo largo de su existencia una especial preocupación por la calidad de su trabajo y prueba de ello es el avance tan significativo que han experimentado las ciencias de la salud, sobretodo en las últimas décadas, liderando el mundo de las publicaciones científicas. Pero no es menos cierto que este desarrollo tan espectacular se ha producido en lo que se conoce como ámbito cientifico-técnico. Sin embargo no ha sido tanta la mejora producida en los aspectos que rodean a la traslación de esos avances a nuestros ciudadanos. Nos referimos, especialmente, a la percepción que por parte de ellos se produce de que la asistencia se ha deshumanizado. Superada con creces la etapa en que la medicina tenía que demostrar su capacidad de curar a los pacientes (asistimos ahora a una etapa en la que la sociedad espera que TODO se cure) Vicente Gil Suay los ciudadanos reclaman, legítimamente, un mejor trato, más información y participación en su proceso, mayor celeridad en la resolución de sus problemas, mayor confort, etc. ya que la posibilidad de curación se da por supuesta. Es en este último aspecto, que podemos ligar a la calidad percibida, en el que debemos realizar un gran esfuerzo para estar a la altura de lo que nuestros clientes demandan y que permitirá a nuestras organizaciones mantenerse en el tiempo, en un entorno que cada vez se nos presenta más agresivo. Precisamente, la necesidad de adaptarse a las nuevas exigencias de calidad en la prestación de la asistencia a nuestros ciudadanos es lo que nos ha llevado a implantar la cultura de la calidad, no sólo científico-técnica, en nuestras organizaciones. Al igual que en otros sectores, pero quizás con evidente retraso respecto a ellos, el concepto y aplicación de la calidad en nuestros hospitales ha pasado por sucesivas etapas. Primero fue el Control de la Calidad, centrado en revisar si lo que realizábamos, en términos de resultado, era lo adecuado y esperado. Después, y ante la escasez de respuesta a la demanda obtenida con la introducción del Control de Calidad, se introduce el Aseguramiento de la Calidad, centrado en analizar si lo que realizamos lo hacemos como corresponde al estándar o norma establecida. Finalmente, se ha dado un paso definitivo al introducir la Calidad Total en nuestros centros. La Calidad Total abarca todos los aspectos de la organización y revisa desde el liderazgo y la estrategia, pasando por los procesos, a los resultados frente a los empleados, los clientes, la sociedad y, por supuesto, financieros. La Calidad Total nace a partir de los años 50 en Japón, de la mano de los americanos Deming y Juran, discípulos de Shewhart, que desencadenan un amplio movimiento al que se incorporan otros prestigiosos autores como Ishikawa, Taguchi, Ohno, etc. El concepto y aplicación de la Calidad Total podemos decir que engloba al Aseguramiento y al Control de la Calidad en un todo que se extiende por toda la organización. En las páginas siguientes vamos a recorrer lo que ha sido la aplicación de estos conceptos en nuestros hospitales y lo que puede aportar la calidad en la motivación de nuestros profesionales. El control de la calidad Definido el Control de la Calidad como el conjunto de técnicas y actividades, de carácter operativo, utilizadas para verificar los requisitos La calidad en el entorno hospitalario. relativos a la calidad del producto o servicio, conviene recordar cómo se ha venido aplicando este concepto en nuestros hospitales. Esta etapa se desarrolló en nuestros centros, fundamentalmente, a lo largo de los años 80 y principios de los 90 y supuso para muchos de ellos, o al menos para los considerados como grandes hospitales, la creación de las llamadas «Unidades de Control de la Calidad». El papel de estas unidades fue variando en el tiempo. Al principio centraron su actuación en la recogida y evaluación de los principales indicadores de actividad del centro, elaborando informes apropiados para la gestión del hospital. Así se recogían los ingresos, estancias, estancia media, consultas, intervenciones, etc. y se analizaban las tendencias de dichos indicadores. Posteriormente, a estos indicadores, se fueron añadiendo otros cuya finalidad era la de servir de alarma o reflexión sobre el nivel de calidad con el que la organización realizaba la actividad, añadiéndose indicadores como el porcentaje de fallecimientos, los reingresos, el porcentaje de necropsias, las úlceras por decúbito o más recientemente las tasas de infección nosocomial. Como se puede apreciar, el énfasis se pone en el control del producto final, tal como había ocurrido en otros sectores de la producción en décadas anteriores, y la principal herramienta utilizada era la estadística. No obstante, con los últimos indicadores referidos, comienza a aparecer la necesidad de revisar la práctica clínica para comprobar si se ajusta o no a normas preestablecidas. Aparece en nuestro sistema sanitario la necesidad de revisar los procesos en lugar de revisar o controlar los productos finales y con ello la necesidad de «asegurar o acreditar» que se realizan con la máxima calidad. Paralelamente a esta evolución se incorporan, dentro de las Unidades de Control de la Calidad, las llamadas Comisiones de Garantía de la Calidad. Estas comisiones nacen, fundamentalmente, de la necesidad percibida de crear grupos de expertos dentro del hospital que asesoren a la Dirección sobre las políticas a desarrollar en cada una de las áreas en las que se constituyen. Así nacen las comisiones de Tumores, Infecciones y Política Antibiótica, de Mortalidad, Farmacia, etc. La herramienta utilizada es, con frecuencia, la elaboración de protocolos y se podría decir que representan el primer esbozo de los grupos de mejora de un modelo de calidad total. Si bien es cierto que con la elaboración de los protocolos se ha mejorado en la limitación de la variabilidad de la práctica clínica, no es menos cierto que la orientación de los mismos ha sido, casi exclusivamente, hacia la calidad científico-técnica, relegando a un segundo plano otros aspectos de la calidad de gran importancia para los ciudadanos, para los financiadores del sistema o para los propios empleados. Éstas son, entre otras, las razones por las que el modelo de Control de la Calidad resulta insuficiente para conseguir la excelencia de la organización. El aseguramiento de la calidad Por Aseguramiento de la Calidad entendemos el conjunto de acciones, planificadas y sistemáticas, que son necesarias para proporcionar la confianza adecuada de que un producto o servicio va a satisfacer unos requisitos determinados de calidad. Para ello, es necesario que exista una «norma» o «estándar» explicitada y conocida que contenga, de forma precisa, los requisitos de calidad a cumplir, así como una agencia o ente externo a esa empresa que certifique que la norma o el estándar se ha alcanzado. Dentro del mundo hospitalario el sistema de aseguramiento más conocido es el establecido por la Joint Commission on Acreditation of Healthcare Organitations (Joint Commission) que desde 1951 viene elaborando estándares para acreditar a aquellos hospitales que cumplen todos los requisitos contenidos en la norma. Estos estándares han evolucionado desde más estructurales al principio, a más funcionales en la actualidad, evaluando el conjunto del funcionamiento del hospital. El estándar es la pieza básica de este sistema. Cada estándar va seguido de un «propósito» que explica el sentido de aquél. El conjunto estándar y propósito forman la base que sirve para la evaluación del hospital. Se evalúan catorce estándares agrupados en tres funciones: a) Función centrada en el paciente, con los estándares siguientes: Derechos del paciente, evaluación del paciente, asistencia al paciente, educación del paciente y su familia y continuidad de la asistencia. b) Funciones de la organización, con los estándares: Mejoras en los resultados de salud de los pacientes, liderazgo, gestión del entorno de la asistencia, gestión de los recursos humanos, gestión de la información, y vigilancia, prevención y control de la infección. c) Funciones de la Dirección que comprende los estándares de: Órganos de gobierno, cuadro médico y enfermería. La acreditación, formalizada mediante la correspondiente certificación, que emite la Joint Commission tiene su mayor desarrollo en EEUU, en donde se inició, como se ha dicho, en los años cincuenta. También algunos hospitales europeos han optado realizar sus procesos de mejora basándose en esta metodología de trabajo, incluyendo España La calidad en el entorno hospitalario. donde la Fundación Avedis Donabedian es la encargada de realizar la correspondiente certificación de los centros. Otro de los procedimientos de Aseguramiento de la Calidad, muy introducido en otros sectores de la producción, y de forma creciente en el sector sanitario, es el aseguramiento mediante la Norma ISO ( International Standard Organitation). Al igual que el estándar, la norma proporciona una descripción de cómo una actividad o conjunto de actividades han de llevarse a cabo de modo que pueda obtenerse la excelencia en el resultado. La intemacionaüzación de las normas o reglas refuerza y garantiza la confianza de los clientes y de la propia organización que las cumple. La 9001 recoge veinte apartados diferentes a revisar y que van desde la responsabilidad de la dirección en establecer políticas de calidad hasta el servicio posventa, pasando por un exhaustivo análisis de los procesos. La ISO 9002 es otra de las normas más utilizadas y sobre todo en el sector servicios. Destaca el papel de la dirección en el liderazgo y compromiso con la calidad y la orientación hacia la búsqueda de la satisfacción del cliente. Los recursos humanos, su motivación y adecuación son, junto a los recursos materiales, otro de los aspectos destacables. La interacción y en especial la comunicación entre los clientes, tanto externos como internos, cobra especial importancia. En el H. U. La Fé se están desarrollando en la actualidad los trabajos necesarios para obtener la certificación por la Norma 9002 en tres áreas, la Unidad de Coagulopatías Congénitas, el Comité de Ensayos Clínicos y el proceso de simiinistro desde los almacenes generales. No cabe duda que el propósito del Aseguramiento de la Calidad, como se puede observar, es doble. Por una parte, el aseguramiento interno con el que se trata de dar confianza a la dirección de la organización. De otra, el aseguramiento externo que pretende proporcionar confianza y satisfacción al cliente externo. El núcleo central del aseguramiento lo constituye la garantía de la calidad en todas y cada una de las fases del desarrollo del proceso. La calidad totaL El modelo europeo de calidad total. Ya se comentó en la introducción que la evolución de la calidad ha pasado por el Control de la Calidad, centrado en comprobar los requisitos que un producto debía cumplir al final del proceso de fabricación y elaboración; aparece después el Aseguramiento de la Calidad que va más allá al asegurar que los procesos, y no sólo el resultado, se desarrollan de acuerdo con la norma; y finalmente, se introduce Vicente Gil Suay 344 ^ el concepto de Calidad Total en el que la organización se propone satisfacer todas las necesidades y expectativas de sus clientes, sus empleados, las entidades financiadoras y la sociedad en general. La introducción de la Calidad Total en las organizaciones se basa en los llamados «Principios de la Calidad Total»: a) Liderazgo: La Dirección de debe asumir el liderazgo en la gestión de la calidad y desplegarla en toda la empresa, de forma que se logre integrar la calidad en la cultura de toda la organización. La Dirección transmite esta cultura de la calidad y facilita los medios para su implantación: Comunicación, formación, recursos, etc. b) Orientación al cliente: La organización busca la satisfacción del cliente ganando su confianza y fidelidad, además de procurar adaptarse a los cambios en las necesidades de aquellos ya que la satisfacción no es estática. c) Participación de todas las personas: Todos los empleados realizan actividades diarias que aportarán valor al cliente. Obtener la participación de todos y cada uno de los empleados es vital para que el proceso de mejora pueda Uevarse a cabo y el cliente lo perciba. También los propios empleados se transforman en clientes internos al ser proveedores y receptores de procesos. Además, el trabajo en equipo es fundamental, propiciando las sinergias y las relaciones interdepartamentales. d) Aplicación de la mejora continua a todas las actividades: El concepto de mejora continua nace con Shewhart al describir su conocido ciclo PDCA (Plan-Do-Check-Act), extendido posteriormente por Deming: Planificar, identificando los procesos y analizando las áreas de mejora, estableciendo objetivos e indicadores a controlar. Hacer, es decir, realizar lo que se ha planificado. Comprobar, analizando si los resultados obtenidos responden a los objetivos marcados. Actuar o ajustar, corrigiendo las desviaciones producidas en los resultados e iniciando un nuevo ciclo hacia una nueva mejora del proceso (fig. 1) Figura 1 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es e) Gestión de la actividad en términos de proceso: En lugar de gestionar la organización por funciones o departamentos, se gestiona por los diferentes procesos que se desarrollan en una organización, identificándolos, reorganizándolos, revisándolos y proponiendo las mejoras necesarias. í) Gestión mediante indicadores: Se evita la subjetividad de las opiniones y se sustituye por datos objetivos que permitan realizar la toma de decisiones. Estos principios se desarrollan en diferentes modelos de Gestión de la Calidad Total de los que podríamos señalar, entre los más conocidos, el Modelo Doming (1951) implantado en Japón, el Modelo Malcom Balridge (1987), en los EEUU, y en Europa el Modelo Europeo de Gestión de la Calidad Total (1988), creado por la Fundación Europea para la Gestión de la Calidad, más conocido por las siglas E.F.Q.M. y al que nos vamos a referir ahora. El modelo promueve la autoevaluación de la organización siguiendo un análisis exhaustivo y sistemático de todas sus actividades. Si analizamos el esquema que la asistencia sanitaria ha venido siguiendo últimamente en la gestión de la calidad vemos que se ha basado en el propuesto por Donabedian y que se compone del análisis de la calidad de la estructura, del proceso y del resultado. Este esquema no difiere mucho del propuesto por el modelo EFQM (fig. 2) que se puede decir que contiene dos núcleos fundamentales: Los capacitadores o agentes que incluye la revisión de todos los medios que se emplean para conseguir los resultados de la organización, y los resultados que abarca el análisis de los que se debe conseguir y se está consiguiendo. La revisión de los agentes del modelo incluye la revisión de los cinco criterios que lo componen: Analiza cómo los líderes desarrollan y facilitan la consecución de la misión y la visión, desarrollan los valores necesarios para alcanzar el éxito a largo plazo e implantan todo ello en la organización mediante las acciones y comportamientos adecuados, estando implicados personalmente en asegurar que el sistema de gestión de la organización se desarrolla e implanta. -Criterio 2: Política y Estrategia. Cómo implanta la organización su misión y visión mediante una estrategia claramente centrada en todos los grupos de interés y apoyada por políticas, planes, objetivos, metas y procesos relevantes. Cómo gestiona, desarrolla y aprovecha la organización el conocimiento y todo el potencial de las personas que la componen, tanto a nivel individual como de equipos o de la organización en su conjunto; y cómo planifica estas actividades en apoyo de su política y estrategia y del eficaz funcionamiento de sus procesos. -Criterio 4: Alianzas y Recursos. Cómo planifica y gestiona la organización sus alianzas externas y sus recursos internos en apoyo de su política y estrategia y del eficaz funcionamiento de sus procesos. Cómo diseña, gestiona y mejora la organización sus procesos para apoyar su política y estrategia y para satisfacer plenamente, generando cada vez mayor valor, a sus clientes y otros grupos de interés. Los resultados se valoran mediante el análisis de los cuatro criterios siguientes: -Criterio 6: Resultados en los clientes. Analiza qué logros esta alcanzando la organización en relación con sus clientes externos. -Criterio 7: Resultados en las personas. Qué logros está alcanzando la organización en relación con las personas que la integran. -Criterio 8: Resultados en la sociedad. Qué logros esta alcanzando la organización en la sociedad, en el ámbito local, nacional o internacional (según resulte pertinente). -Criterio 9: Resultados clave. Qué logros esta alcanzando la organización con relación al rendimiento planificado. Cada uno de los criterios se divide a su vez en subcriterios que deben tenerse en cuenta a la hora del análisis y que permite evaluar la totalidad del concepto expresado en el criterio. La evaluación del subcriterio, en el caso de los agentes, consiste en el análisis del enfoque, despliegue, y evaluación y revisión del enfoque y su despliegue; en el caso de los resultados, en cada subcriterio se analiza las tendencias, el logro de los objetivos, la comparación de los resultados con otras organizaciones (benchmarking), y si los resultados son consecuencia del enfoque y abarcan las áreas relevantes. Cada una de estos aspectos son pim.tuados, mediante una metodología rigurosa, en función de su consecución, obteniéndose para cada criterio una puntuación (la máxima es la contenida en cada recuadro) y con la simia de todos los criterios se obtiene la puntuación final de la autoevaluación. Esta puntuación es útñ, no sólo porque proporciona MTí elemento de comparación entre las organizaciones sino, también, porque permite a la propia organización analizar su evolución en la mejora continua a lo largo del tiempo. Obviamente, las puntuaciones deben ser ratificadas por un equipo extemo experto en la evaluación del modelo. Anualmente, la Fundación Europea para la Gestión de la Calidad convoca unos premios de calidad para estimular a las diferentes organizaciones a la implantación del modelo y con ello contribuir al desarrollo de la Calidad Ibtal. Hay que resaltar la «dureza» del modelo ya que las organizaciones que alcanzan estos premios y son consideradas excelentes se sitúan entre los 600 y 700 puntos sobre los 1000 potenciales. Puntuaciones de 300 a 400 puntos son consideradas aceptables siendo laboriosa la progresión a partir de dichas cifras. Pero si es importante conocer la puntuación final, más importante resulta poder extraer del análisis los puntos débiles de la organización, lo que permite establecer diferentes planes de mejora a poner en marcha por todos los integrantes de la misma (modelo basado en la participación y trabajo en equipo). Estos planes de mejora deben priorizarse mediante la correspondiente matriz de priorización y desplegarse en todos los ámbitos de la organización. Cuando la implantación de los planes de Vicente Gil Suay mejora lo aconsejen se podrá realizar una nueva autoevaluación que nos informará de los avances conseguidos y al mismo tiempo nos descubrirá nuevas áreas de mejora, entrando en una espiral de mejora continua de la caKdad (fig. 3). La aplicación de este modelo permite pasar de una Gestión Basada en la Dirección Por Objetivos a una Gestión Basada en la Calidad Total. La finalidad ya no es tanto la consecución de los objetivos sino que éstos se obtienen como consecuencia de la aplicación de una nueva filosofía basada en lograr la satisfacción de los clientes, de las personas de la propia organización, de los financiadores y de la sociedad en general con el mínimo coste. En la actualidad son muchos los centros sanitarios de nuestro país que están aplicando este modelo de calidad total y para el lector interesado aconsejamos la lectura del número monográfico que la revista Calidad Asistencial dedicó a este tema (Rev. Calidadj motivación e incentivos El conocimiento del modelo europeo de calidad nos permite adentrarnos por los mecanismos con los que la organización favorece a sus empleados, motivándolos y consiguiendo su alianza en la consecución de los objetivos. Una de las limitaciones principales que tiene el Control de la Calidad o el sistema de aseguramiento de la misma (aunque en menor grado) o, incluso, la Dirección Por Objetivos es la escasa atención que dedican a la motivación e implicación del personal. Centran su atención, según el caso, en el resultado final del producto, en la calidad del proceso o, en el último caso, en el logro de los objetivos, sobretodo a corto plazo. Por el contrario, el modelo europeo dedica una importancia capital a este tema que aborda en el criteriol: Liderazgo, el 2: Política y estrategia, el 3: Personas y el 7: Resultados en las personas. Así, en el criterio 1 el subcriterio Id revisa la motivación, apoyo y reconocimiento de las personas de la organización por parte de los líderes de la misma. Valora hasta que punto los líderes se preocupan por comunicar la misión, visión, valores, política y estrategia, planes, objetivos y metas de la organización a las personas que la integran; si los líderes son accesibles y escuchan activamente y responden a las personas; si ayudan y apoyan a las personas a conseguir sus planes, objetivos y metas; si permiten y animan a la participación activa y La calidad en el entorno hospitalario. si reconocen, oportuna y adecuadamente, los esfuerzos de individuos y equipos. El criterio 2 que analiza la política y estrategia de la organización, dedica el subcriterio 2a a revisar, entre otras actividades, si la organización comprende las necesidades y expectativas de los empleados y las incorpora en la estrategia de la propia organización. El criterio 3 se dedica por entero a revisar el factor recursos humanos de la organización. A lo largo de sus cinco subcriterios analiza si se planifican, gestionan y mejoran esos recursos buscando la implicación de las personas y sus representantes; si se selecciona de forma justa e imparcial a los mejores para incorporarse a los nuevos puestos; si se mejoran las estructuras organizativas dirigiéndolas hacia modelos más matriciales; si se desarrollan y utilizan planes de formación y desarrollo de habilidades; si se estimula el trabajo en equipo; si se evalúa el rendimiento de las personas y se a3ruda a mejorarlo; si se fomentan los comportamientos creativos e innovadores; si se faculta a las personas de la organización a emprender acciones y se valora su eficacia; si se fomenta la comunicación ascendente y descendente y el diálogo; si existen recompensas, reconocimientos y se establecen beneficios sociales, como planes de pensiones, seguros, etc. El criterio 7 analiza la satisfacción que obtienen las personas de la organización como consecuencia del despliegue de las políticas contenidas en los criterios antes mencionados. En este punto es imprescindible el uso de herramientas como las encuestas, entrevistas personales o evaluaciones y mediante ellas conocer el grado de motivación y satisfacción de los empleados respecto de temas tan cruciales como el desarrollo de la carrera profesional, la asunción y delegación de responsabilidades, la igualdad de oportunidades, el reconocimiento, las condiciones de empleo, de seguridad e higiene en el trabajo, de seguridad en el puesto, de salario y beneficios, etc. Sin duda que la aplicación de estas políticas en el entorno de los servicios sanitarios producirá un incremento de la motivación y satisfacción de quienes trabajamos en él al conseguir una mayor autoestima y nivel de realización personal que son, precisamente, el vértice de la conocida pirámide de necesidades de Maslow (fig. 4). En cuanto a los incentivos que el propio sistema establece para conseguir los objetivos podríamos decir que son más propios de la DPO que de una Gestión de la Calidad Total sin que ello suponga que la incentivación no tenga cabida en dicho modelo, pero estaríamos de acuerdo con Deming cuando señala que es poco eficiente incentivar a los trabajadores a conseguir aquello que, al depender de fases del proceso que no están bajo su control, difícilmente podrán conseguir. La incentivación debería dirigirse hacia la participación de los empleados en los diferentes planes de mejora que se obtienen al aplicar el modelo europeo en la organización. En nuestro sistema sanitario existen no pocas limitaciones para llevar a cabo una gestión adecuada de los recursos humanos. Ejemplo de ello lo tenemos en el acceso al puesto de trabajo, mediante el concurso-oposición y con carácter vitalicio; el régimen estatutario y rígido que regula las relaciones de la empresa con los empleados y que se acompaña de un régimen retributivo no diferencial; diferentes retribuciones para algunos territorios autonómicos; incentivación por parte de otros agentes del sistema, especialmente industria farmacéutica y de equipamiento médico, lo que puede facilitar la introducción y uso de tecnología sanitaria que no tiene por qué coincidir con las necesidades e intereses del sistema, etc. Frente a esta situación se han venido implantando algunas soluciones para que, aún dentro de un marco jurídico-administrativo tan rígido, se pueda lograr la introducción de acciones motivadoras-incentivadoras. En este sentido cabe señalar ejemplos como: -La introducción del llamado «Contrato-Programa» que contempla, entre otros aspectos, la posibilidad de establecer una retribución variable en función de la productividad y consecución de objetivos y también, en algunos casos, la posibilidad de invertir los «ahorros» en la gestión del presupuesto en la adquisición de equipamiento, formación, etc. -Introducción de un sistema de retribución diferente en las Fundaciones y Empresas Públicas Sanitarias. En estas instituciones, debido a que La calidad en el entorno hospitalario. gozan de personalidad jurídica propia, la relación contractual se basa en el régimen laboral y permite establecer un sistema retributivo que reconoce una parte fija en función del grupo profesional al que se pertenece, un complemento de puesto de trabajo, diferente según la categoría de facultativo o personal sanitario o administrativo, etc., un complemento personal, en función de la realización de labores de gestión, guardias, etc. y un incentivo variable que se retribuirá en función de la consecución de una serie de objetivos de actividad, calidad y eficiencia. -Desarrollo de la carrera profesional. Existen ejemplos en nuestro medio de propuestas de cambios en la carrera profesional en los que se sustituye el marco actual de Jefe de Servicio, Sección y Facultativo Especialista por una mayor gradación, estableciendo un mayor número de niveles, generalmente del I al V, y con diferentes requisitos de acceso y también de retribuciones ligadas a cada uno de ellos. Ejemplos de ellos los podemos encontrar en La Comunidad Foral de Navarra, el Hospital Gregorio Marañen de Madrid o el Hospital Clínico de Barcelona. -Introducción de la Gestión Clínica, como cambio del modelo organizativo asistencial, pasando a estructuras más horizontales (matriciales) que sustituyan a la ya caduca verticalidad de la unidad asistencial. Este cambio organizativo permite transferir a la unidad mayor autonomía y capacidad de decisión, establecer una carrera profesional diferente, establecer objetivos de actividad y calidad específicos por áreas que además pueden servir de base para un sistema retributivo diferente. En cualquier caso se hace necesario establecer una reflexión profunda sobre la situación actual y el futuro que deseamos y para ello será necesario recoger la opinión de todos los actores del sistema, financiadores, proveedores, profesionales y clientes con el objeto de conseguir la necesaria implicación de todos. El modelo europeo de calidad aparece a primera vista, y a juzgar por las experiencias desarrolladas, una vía sólida para conseguirlo. Bibliografía ^ MAÍZ, E.. Gestión de la Calidad. Diploma en Gestión de Servicios Clínicos.
MARTÍ, MAESTRO DE LA PAIDEIA AMERICANA Desde aquella hora solemne en que las colonias del Nuevo Mundo decidieron proclamarse libres y tomaron las armas para disputar a España su dominación, muy pocos criollos se abocaron a la tarea de construir programa común para la América. Programa que fuese capaz de orientar el caos de nacionalidades neófitas; programa que diseñase planes unitarios tendientes a construir una suerte de patriotismo continental; programa, enfin, que espantara la conmoción política y social, la anarquía y la amenaza continua de disgregación. Fueron tan pocos quienes universalizaron su mensaje americano que la lista puede ser reducida, en rigor, a pocos nombres donde habría que incluir, por ejemplo, a un José Cecilio del Valle (1780-1834) o a un Andrés Bello (1781-1865). Ambos fueron héroes, en horas distintas, pero de una misma realidad americana. Ambos pertenecieron a aquel grupo de "raros" que abarcaron con mirada telescópica el ámbito de una patria común, por la lengua, la religión, la historia, la cultura, los usos y las costumbres. Acaso no sea extraña la íntima conexión vital: "El alma de Bolívar -decía Martí-nos alienta; el pensamiento americano me transporta" 1. Martí intentará dar de nuevo vida a los eslabones de la cadena americana soñada por el grande de Caracas. Ya el elegante vate nicaragüense, Rubén Darío, inmortalizó la pertenencia americana del cubano: "Cuba admirable y rica [...] la sangre de Martí no te pertenecía; pertenecía a toda una raza, a todo un continente [...]; pertenecía al porvenir" 2. Del sueño unitario fundacional serán depositarios escritores y humanistas, novelistas y poetas. Ellos intentan establecer una correspondencia de espíritus, de objetivos, de un firme aprendizaje político y estético. Ellos cargan con la difícil tarea de imaginar y construir naciones. Así y sólo así se entiende la función social y política de la literatura durante el siglo XIX. Pero también se proponían narrar una realidad confusa, caótica, de la que eran, a su vez, jueces y partes. Fueron ellos los maestros de la paideia americana. Aquellos "hombres múltiples", donde se confundían los géneros, pero en quienes vida y prédica, acción y palabra se identificaban. "De 1810 a 1880 -escribía Pedro Henríquez Ureña-cada criollo distinguido es triple: hombre de estado, hombre de profesión, hombre de letras. Y a esos hombres múltiples le debemos la mayor parte de nuestras cosas mejores" 3. A estos maestros de la paideia americana correspondería intuir y expresar la sociedad de su tiempo; les correspondería reinventar América. NOMBRES Y SÍMBOLOS DE AMÉRICA José Martí es un caso bien particular, dentro de aquella pléyade de maestros que buscaron definir el carácter especifico del ser hispanomaericano, de-ese-ser-que-somos: Es un emancipador pero de la segunda hora americana; su tránsito vital se desarrolla entre el romanticismo ("lo hinchado [...] aquella falsa lozanía de las letras" de que hablará en 1893 4 ) y el positivismo pero se aparta de ambas tendencias; viviendo y actuando en aquella hispanoamérica republicana -casi siempre caótica-perteneció a un ámbito colonial en la medida en que las cuestiones de emancipación, poder y resistencia ocuparon su atención 5; profesó un anti imperialismo infatigable labrado desde las propias "entrañas del monstruo" (Carta a M. Mercado, 18.5.1895); al mismo tiempo que advertía sobre las ventajas de la civilización europea se mostraba crítico de la rémora que constituían las "impurezas" recibidas de sangre española 6; fue básicamente un poeta pero reconocía cuán ruin eran los tiempos para aquellos "creyentes fogosos hambrientos de ternura, devoradores de mar [...] buscadores de sus alas rotas" 7; fue un pensador-eslabón entre el hispanismo y el latinismo de América. Enfin, funda el modernismo sin saberlo, define la forma y encuentra aquel estilo que otros modernistas decían no encontrar 8. Además, "pide peso a la prosa y condición al verso, y quiere trabajo y realidad en la política y en la literatura" ("Julián del Casal", cit.). De manera que más que modernista, Martí es iniciador de una época en la historia contemporánea americana, a la cual el modernismo pertenece con sus virtudes y limitaciones 9. Acaso Martí ya presagiaba el advenimiento del siglo XX, su rechazo a la gran metáfora del siglo XIX "civilización y barbarie" (Sarmiento), y su celebración de la cultura del mestizaje apuntarían en esta dirección. Además presagio con gran tino el cambio de hegemonía política sobre América: Europa sería desplazada por los Estados Unidos. Estas características hacen de él un hombre múltiple no sólo en el sentido invocado por Henríquez Ureña, sino debido al complejo contexto en que definió sus planteamientos americanos. Siempre le persiguió una cierta urgencia por definir lo específico americano desde perspectivas diferentes. Esta urgencia se expresó en la búsqueda de significantes que nombrasen la realidad de América. Si se observan detenidamente expresiones tales como familia, clan, tribu, colonia, república, patria o nación, es posible detectar que éstas no son más que metáforas del nombre en distintos tiempos de su existencia. Pero nunca nadie supo, ni sabrá, cuál era el nombre del primer día. "Quizás es una realidad sin nombre. El silencio cubre la realidad original, el instante en que abrimos los ojos en un mundo ajeno", nos dice Octavio Paz 10. De manera que al nacer América, se perdió el nombre de la verdadera patria. Se comenzaron, entonces, a inventar nombres que expresaban el ansia de posesión, de participación, de pertenencia (mi tierra, nuestra patria, mi nación, nuestra república). Todos ellos recubrirían el vacío sin nombre, confundido con el propio nacimiento americano. Todos los nombres dados a nuestras regiones (Nuevo Mundo, América, Tierra Firme, Indias, Indias Occidentales, Hispanoamérica, América Española, Iberoamérica, Latinoamérica o Panamérica) aluden obscuramente al sentimiento original. Todos ellos son extensiones, prolongaciones, expresiones o reflejos del instante original. Cada uno de estos nombres ha designado una realidad, una idea, un conjunto de valores. Sin embargo, dar un nombre a una comunidad implica doble juego: inventarla y reconocerla. El proceso de invención y reconocimiento es triple: 1. Aparece el sentimiento colectivo -compartido con mayor o menor fervor por todos sus miembros-de pertenecer a una comunidad específica; 2. Luego se forma un sentimiento de diferenciación del grupo inventado y reconocido frente al "otro"; 3. Finalmente, al diferenciarse se forma la conciencia de ser lo que se es. Esta conciencia se expresa y es inseparable del acto de nombrar. Es, precisamente, esta conciencia la que Martí expresa cuando llama a aquellas tierras de los hombres del "mediodía", Nuestra América. Este nombre contiene los tres elementos referidos: el sentimiento de identidad adornado con ribetes de apropiación, de pertenencia ("Nuestra"), el sentimiento de diferencia (en relación a aquellos "hombres rubios, enjutos, de oblicuos ojos y tez de marfil") y la conciencia de ser lo que se es ("tenemos más elementos naturales, en estas nuestras tierras, que en tierra alguna del universo"). En este sentido, el nombre Nuestra América -"verdadero credo independiente de la América nueva", como es comúnmente conocido-reproduce de nuevo en Martí el principio original que nos constituye: Es el nombre de una identidad colectiva hecha de semejanzas internas y diferencias externas. Pero al mismo tiempo también expresa la LUIS RICARDO DÁVILA inmensidad de nuestras sociedades, la riqueza y pluralidad de sus culturas. El nombre Nuestra América refuerza los vínculos que nos atan al grupo y al mismo tiempo justifica su existencia y le otorga un valor. El acto de asumir estos valores es lo que determina la articulación del discurso hispanoamericano del siglo XIX con la tradición discursiva de Occidente. Lo que propongo hacer a continuación es insinuar una relectura de Nuestra América que ponga al descubierto esta dimensión fundadora y reforzadora de los vínculos americanos que justifican, casi al final del siglo XIX, nuestra propia existencia, desplegando nuevos valores y posturas. Esa existencia sería en lo sucesivo nacional. La nación hispanoamericana es hija de la historia y de un acto político deliberado: la independencia. Martí contribuyó con su voluntad política no sólo a liberar su patria natal sino también a crear naciones. Nuestra América no se refiere a una vuelta al origen europeo e hispánico sino a un verdadero comienzo en el concierto de una nueva historia continental. De allí su negación del pasado monárquico y su apuesta por el futuro republicano. La obra de Martí es, decisivamente, fundadora, del futuro (aquél pertenece al "porvenir" de Darío), consecuencia de los dos grandes movimientos que inspiraron la articulación americana a la tradición discursiva occidental: su invención por parte de España y su Independencia, justamente, de la misma España. GENEALOGÍA DE LA IDEA DE NUESTRA AMÉRICA A pesar de que el ensayo Nuestra América apareció el 1 de enero de 1891 en la Revista Ilustrada de Nueva York, y el 30 del mismo mes en el periódico El Partido Liberal, la génesis del concepto martiano se remonta hacia atrás. Es posible seguir la huella de cómo Martí fue elaborando su concepción de lo que es, y en especial lo que debe ser, esa inmensa porción de territorio que se extiende desde el Río Bravo a la Patagonia. Lo cual le sirvió para entrar en contacto con las nacientes naciones, sus experiencias políticas y con la irrupción de los distintos sectores sociales en el escenario de una historia que estaba dejando de ser americana, es decir, dejando de ser una unidad dinámica, siguiendo la estela de Bolívar, para convertirse en historia nacional (historia mexicana, historia cubana o historia venezolana). Algunos autores argumentan que la experiencia mexicana, por ejemplo, alimentó para siempre la concepción de Martí sobre lo que más tarde nombraría como "nuestra América mestiza" 11. Pero también fue fructífera su estadía en Guatemala. Al comentar los Códigos nuevos guatemaltecos dirá: Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá pues, inevitablemente, el sello de la civilización conquistadora; pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. De manera que ya para 1877, Martí acuña las primeras expresiones "nuestra América" y "nuestra madre América" 13. La materia vital del concepto la aporta su experiencia americana. Lo que seguiría luego de esta toma de conciencia era revelar la nueva América. Esta conciencia se expresa en el acto de nombrar, tal como lo argumentamos anteriormente. Los nombres "nuestra América fabulosa" ("Carta a Valero Pujol", cit.), "nuestra madre América" y "nuestra América" reproducen de nuevo algunos de los principios y valores que nos constituyen. Como consecuencia de la "injerencia de una civilización devastadora" ("Los Códigos...") -la llegada de Europa a América-en ésta se armonizan "elementos naturales" y "elementos civilizadores". Naturaleza y civilización serán los referentes de una identidad colectiva. En cualquiera de los anteriores nombres está en germen el destino americano, pues designan, simultáneamente, una realidad. En Nuestra América escribirá Martí: Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico (Nuestra..., op. cit., p. Para aquel entonces, el discurso martiano sobre la especificidad de la América nuestra pareciera definitivamente fijada. Al sentimiento de pertenencia se le añadirá el sentimiento de la diferencia. Martí ha sabido distinguir a América de España y, en general, de Europa. Sólo faltaría definir la diferencia con aquella otra nación que le albergaría durante quince años de su apasionada madu-"NUESTRA AMÉRICA": FUNDACIÓN Y APROPIACIÓN CULTURAL DE LA NACIÓN AMERICANA rez: los Estados Unidos. Sus "Escenas norteamericanas" (artículos escritos para uso de hispanoamericanos entre 1891 y 1892) son el testimonio de aquel contrapunteo dramático con aquella nación. Tal como lo señala Fernández Retamar: "de ese diálogo saldrá una nueva imagen de nuestra América" ("Más de cien años...", p. Tanto más cuanto Martí fue el cronista hispanoamericano mejor informado sobre la vida y la cultura de los Estados Unidos de los últimos decenios del siglo XIX. Avizorar y narrar los signos de la cultura norteamericana le dan autoridad a su discurso a la hora de interpretar, "fortalecer y revelar", a esa América suya 14. Que el ámbito histórico y cultural de América era débil, que allí todo estaba por hacerse, lo sugiere desde 1877 en carta a su entrañable amigo mexicano Manuel Mercado (19 abril), cuando le señala: "[...] ni me place oír decir a los extraños [...] que nuestra América enferma carece de las ardientes inteligencias que le sobran" 15. Tal interpretación se hace inequívoca cuando en 1881, en anotación hecha en su cuaderno de apuntes de Caracas, añadía: No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica [...] Lamentémonos ahora de que la gran obra nos falte, no porque nos falte ella, sino porque ésa es señal de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo 16. La condición hispanoamericana era de lo más interesante para la época en que Martí inventa, escribe e interpreta o, en sus propios términos, para la época en que él "fortalece y revela": Sus observaciones incumben a países que ni son colonias del todo ni han dejado enteramente de serlo, a tal punto que podrá dudar de la existencia misma de Hispanoamérica. Estas percepciones se reforzarían con sus luchas por liberar a su Cuba natal de su condición colonial. De manera que si no hay "esencia" que expresar a través de las letras, tampoco habrá realidad que la circunde y, por lo tanto, Hispanoamérica no existía aún. Se crea lo que no existe, o lo que no existe aún. Y todo estaba por crearse para que lo posible se convirtiese en real: "Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador", advertía este poeta prestado a la política 17. De allí su preocupación vital: fundar patria, fundar naciones, revelar y sacudir a ese "pueblo magno" que habría de ser depositario de lo fundado. En carta a Fausto Teodoro de Aldrey 18 (fechada en Caracas el 27 de julio de 1881, el día antes de partir a Nueva York), le señala: De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, ésta [Venezuela] es la cuna 19. EL DISCURSO DE LA APROPIACIÓN CULTURAL Aquel Martí que se plantea la ciclópea tarea de revelar, sacudir y fundar un continente es el mismo que escribe -una década después-a fines de 1890, y publica a comienzos de 1891, Nuestra América, suerte de lúcido ensayo con funciones ideológicas (interpeladoras) y míticas, dado el alto vuelo poético de su escritura, "trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra", escribió Martí 20. Para añadir enseguida: "Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para [...] a un escuadrón de acorazados" (idem). Su énfasis en la formación de una identidad americana sugiere que la aventura de un esfuerzo semejante era más importante y desafiante que las diferencias que pudiesen dividir a las nacientes naciones. Pero su sentido inherente también designa la producción del sujeto social -ese "pueblo magno" que aún no es-a través de una cadena discursiva basada en el reconocimiento de lo social y en la aún incompleta construcción de las naciones americanas. Su cabal existencia exigía el abandono de una de las más importantes rémoras internas: el aldeanismo. Los restos de espíritu aldeano atentaban contra la formación y consolidación de estas naciones. De allí que Martí alertase: "lo que quede de aldea en América ha de despertar" (idem). En este sentido Nuestra América forma parte de un provocador discurso cultural del que pronto se haría eco el modernismo hispanoamericano. Pero, lo que más me interesa resaltar en esta última parte de mi exposición, es como resuelve Martí en Nuestra América la relación entre lo propio y lo exógeno. Las insuficiencias de lo que había ocurrido en América desde las Independencias eran evidentes. Las metáforas empleadas por Martí eran fulminantes: "ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la LUIS RICARDO DÁVILA copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Se hacía necesario complementar y matizar el desarrollo de la inteligencia americana. El modelo que Martí sugiere podría definirse como el de la "apropiación cultural". ¿En qué consiste este modelo? Conocer para el hombre americano, cuando la indagación está dirigida a su propio mundo, significa algo más que adoptar una forma de racionalidad y lógica: significa una forma de su propio drama. Equivale a una empresa tanto más esforzada cuanto que su armadura intelectual no le pertenece. De allí la metáfora del pueblo de hojas, desasistido, en la espera de caricias o tempestades. Todos los medios para hacer sus indagaciones se ven referidas a un modelo foráneo. O, como lo señala otro autor: en América existe un desequilibrio "entre una carencia de producción teórica y una abundancia de reproducción teórica" 21. Entonces, cada encuentro con el guión original, con la pluma fundadora representa una suerte de palimpsesto, reencuentro y deslinde. Así ha ido surgiendo el contorno íntimo de América, su recuperación dramática. El aporte de Martí, decíamos, se puede organizar en torno al concepto de "apropiación". Este refiere más que a la idea de dependencia o dominación exógena, a la de fertilidad de un proceso creativo a través del cual se convierten en "propios" o "apropiados" elementos ajenos. A los conceptos de "influencia", "dependencia" o "circulación" de ideas, modelos, tendencias o estilos, se le opone el concepto de "apropiación", con su respectivo discurso inherente. Apropiarse significa hacer propio lo que a uno no le pertenece. Pero una vez hecho propio, nos pertenece en propiedad. Y, de esta manera, lo apropiado se diferencia de lo postizo o superficial 22. En este sentido apunta Martí su artillería literaria: La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia (Nuestra..., p. Apropiación, en este sentido, implica acomodo o, en todo caso, recepción activa en base a un código propio. Los términos del argumento son, por veces, crudos: "Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero" (idem). Lo que Martí significa y enfatiza es la vinculación orgánica de los materiales culturales o del pensamiento con el cuerpo social de América. Ésta es una vinculación que sería distinta a la que tuvo en sus orígenes europeos: "[...] el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos [...] para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce" (p. El dardo de la ironía martiana está obviamente dirigido a aquellas elites ilustradas que, en tanto instancias mediadoras, les correspondía instituir y gobernar, y cuya atracción por lo europeo y su calco no era secreto para nadie. La lección de Martí va dirigida al corazón del asunto: el espíritu y la forma de gobierno pertinentes a América. Oigamos sus propios términos: El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país (p. Si aceptamos el rol de la contextualidad en el proceso de apropiación, tendríamos que convenir que el funcionamiento de la cultura y el pensamiento como fuerzas vitales de la historia estará siempre en relación directa con su grado de articulación al contexto: "el premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive" (p. El resto de la lección no se haría esperar: conocer los factores reales del país y resolver sus problemas basados en estos factores. Se trataba de la inserción en el pensamiento y la cultura americanas de nuevos códigos que zanjaran la distancia entre la orientación foránea progresista y aquel galope tendido del llanero. En la capacidad para hacer esta inserción radicaría la creatividad articuladora de nuestro pensamiento y cultura. El verbo y la acción de esta articulación no podría ser otro que conocer: "Conocer es resolver. Conocer el país y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de liberarlo de tiranías" (p. Sin embargo, al lado de esta "NUESTRA AMÉRICA": FUNDACIÓN Y APROPIACIÓN CULTURAL DE LA NACIÓN AMERICANA función política, la apropiación cultural implica algo más: implica que América participa en la cultura de Occidente en términos distintos a los puramente imitativos y miméticos, lo cual fue la práctica de los llamados "Románticos". Apropiación significa, en cierto sentido, comprender las relaciones de identidad y diferencia entre América y Europa. En este sentido apunta Martí: "La universidad europea ha de ceder a la universidad americana [...] Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra" (p. A significaciones como éstas subyace la visión de una cultura americana ecuménica, abierta. Una cultura que se autopercibe como una cultura cosmopolita, donde los americanos se reflejan como universales sin complejos ni culpas ni pecados originales que considerar. Esta perspectiva permite a Martí matizar la oposición maniquea entre lo autóctono y lo extranjero, entre lo original y lo imitado. Los términos de la cuestión son claros: Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas (p. Martí presta, de esta manera, atención no sólo a la dimensión racional del pensamiento, sino también a su dimensión simbólico-expresiva, a su voluntad de estilo. En su lenguaje, o sea, en el qué se dice, en el cómo se dice y en el para quién se dice, quedan inscritas las huellas de su articulación con el contexto social. Las metáforas utilizadas son sensibles a lo híbrido, a los sincretismos y a los rasgos que se van configurando en el proceso de hacer propio lo ajeno. Los términos empleados por Martí no dejan lugar para la duda: En esta familia de metáforas resalta, también, la relación entre pensamiento y actitudes del presente martiano con las del pasado americano. El pensamiento que opera en un momento histórico determinado no es mera supervivencia inerte del pasado, sino el contexto de un presente. Así lo entiende Martí a la hora de plantear la pregunta "cómo somos". La respuesta es contextual: "Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América [...] Los jóvenes [...] entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino de plátano; y si sale agrio,!es nuestro vino!" (p. De manera que en el plano del estudio y la comprensión del pensamiento y la cultura americanas, y de la construcción de los fundamentos de sus naciones, es mucho lo que puede aprenderse de las reflexiones y acciones de José Martí. Pero resulta casi paradójico, si no incomprensible, el por qué lo que ha privado en este ámbito -y casi sin contrapeso-ha sido el modelo de "reproducción cultural" 23. En el ámbito de la apropiación cultural mucho queda todavía por hacerse. Es mucho lo que de Nuestra América, en tanto construcción y representación del pensamiento de Martí, puede aún aprenderse. Desde la perspectiva abierta por este "hombre-problema", como le llamase Picón-Salas 24, el estudio del proceso de fundación y apropiación cultural de nuestras naciones tiene mucho que aportar a la construcción de nuestro imaginario colectivo lo cual haría de la historia de nuestras formaciones discursivas una disciplina menos esquemática y mucho más completa y compleja. Comprender esto supone compartir la alegría y el optimismo con que Martí finaliza su Nuestra América: "! Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!" (p.
La experiencia desarrollada en ambos campos, permite al autor de este artículo dar una visión positiva de la aportación que el sector privado puede realizar de forma creciente a los objetivos del sistema sanitario, estableciendo factores de competitividad, con una más eficiente utilización de recursos, apostando por la apertura hacia nuevas formas de provisión, en un marco de libertad de elección. Nuestro objetivo con este breve artículo es analizar el posicionamiento de los sectores público y privado en el aseguramiento y provisión de servicios sanitarios, junto con su evolución en los últimos años, así como proporcionar una opinión sobre las tendencias de futuro. Pretendemos analizar cómo el sector privado y público se han relacionado, el papel que a cada uno de ellos le ha reservado el Estado en este tiempo, y trataremos de mostrar de qué forma el sector privado ha trabajado, y trabaja, codo a codo con el sector público, proporcionando a los ciudadanos aseguramiento y/o atención sanitaria de calidad, complementándose, y aportando el sector privado referentes de estándares tanto de atención al cliente como de gestión de recursos. La separación entre aseguramiento privado y público no es nítida para toda la población, como es el caso del colectivo de personal funcionario que tiene opción para recibir tanto el aseguramiento como la atención sanitaria a través de empresas de seguro privado. De la misma forma, los colectivos de una serie de empresas (que reciben el nombre de Colaboradoras) obtienen a través del seguro privado la atención médica. Estas excepciones están siendo motivo de un intenso debate político, constituyéndose en el núcleo de la discusión Sanidad Privada versus Sanidad Pública, dado que ya en este momento la atención sanitaria de los españoles se financia desde los presupuestos generales del Estado, dando lugar al argumento de que no deben existir diferencias entre las personas. Entendemos que si el análisis se efectuara alrededor de la libertad de elección de los ciudadanos estos optarían, como tantas veces han demostrado, por la liberación del sector y la competitividad, lo que se traduciría en un mejor servicio, que es finalmente lo que se espera recibir. Mayor confusión encontramos en la provisión, hasta tal punto que aquí lo público y lo privado se entremezcla con lo privado no lucrativo y lo público lucrativo (empresas públicas, consorcios, etc), si bien este lucro tiene una forma de reparto distinta del privado, finalmente determina que asistamos a una sana competencia por la provisión, en la que, como en el caso de Cataluña, están obligados a participar todos los sectores. Hemos asistido a un crecimiento complementario de los proveedores, supliendo la iniciativa privada carencias del sector público en aspectos esenciales tanto del diagnóstico como del tratamiento, enmarcado siempre en el discurso político privado/público (que tantas veces enmascara la presión por el mantenimiento de la condición de empleado público), lo que ha dificultado una colaboración a largo plazo entre ambos sectores., ya que no siempre han prevalecido los criterios de planificación estratégica o económicos. El sector privado participa de distintas formas en la asistencia sanitaria; así, en el aseguramiento proporciona cobertura sanitaria a los ciudadanos, actuando por tanto en condiciones de doble asegurador; en la provisión, prestando atención sanitaria a ciudadanos con aseguramiento púbhco (MUFACE, ISFAS, MUGEJU) y privado; y más recientemente, financiando la provisión pública (caso de Alcira en Valencia). Y estas tareas las realiza a través de empresas privadas con y sin ánimo de lucro. El sector público asegurador, proporciona la atención sanitaria a través de centros propios; también mediante empresas públicas, consorcios, fundaciones, etc, donde la propiedad es de Entes Locales, Provinciales, Cabildos.... Estas últimas se diferencian de las empresas privadas sin ánimo de lucro en las relaciones laborales (funcionariales en muchos casos), la carencia de personalidad jurídica propia de alguna de ellas, etc. Pero el sector público también proporciona atención a pacientes privados, bien al ser remitidos por sus compañías de seguro médico o por compañías de seguro de accidentes, de accidentes de tráfico, etc. Finalmente, el Estado, como asegurador público, proporciona asistencia sanitaria a través de hospitales y servicios privados concertados. Desde la óptica de la gestión, al tratarse de una actividad mayoritariamente pública, se basa en principios de gestión pública. Este hecho objetivo condiciona e influye de manera muy significativa las formas en las que se producen los esquemas de gestión sanitaria. No se trata de juzgar aquí si esta circunstancia es globalmente positiva, negativa, adecuada, etc; simplemente marca una serie de elementos clave de referencia, entre los que cabría señalar: -Las dificultades objetivas para orientar los focos de atención hacia el paciente/cliente -La pérdida de referencia del mercado como elemento de ajuste -La menor eficacia e importancia del uso de indicadores económicofingmcieros como elementos de medición. -El menor impacto de los mecanismos de la competencia como elemento dinamizador. -Las características específicas del marco de gestión de recursos humanos en las organizaciones sometidas a los criterios de gestión pública. Para analizar la evolución de la atención sanitaria en España en estos últimos 20 años debe comenzarse por nuestra Carta Magna, en cuyo artículo 43 reconoce el derecho de los españoles a la protección de la salud, estableciendo la competencia de los diferentes niveles de los poderes públicos para organizar, y hacer cumplir este derecho. La organización y tutela, por parte de las Administraciones Públicas, de la salud pública se realiza a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. La Constitución establece que el Estado es asegurador sanitario de todos los españoles. La generalización de la cobertura sanitaria pública tiene su concreción legal en la Ley General de Sanidad de 24 de abril de 1986. Hasta la promulgación de la misma, el servicio público de salud estaba ligado al sistema contributivo de la Seguridad Social, y por tanto al mundo del trabajo, a través del Seguro Obligatorio de Enfermedad creado en el año 1942. La afiliación al sistema era requisito básico para poder disfirutar de dicho servicio público. En la década de los 60 el porcentaje de gasto sanitario público situó en el 59%, y en los 70 en el 65% del total. A partir de la década de los 80, este porcentaje se elevó al 80%, mostrando un descenso del 5% a partir del año 95 (OCDE Health Data). La aportación del Estado a la financiación del gasto sanitario público cuando se suscribieron los Pactos de la Moncloa en 1977 era del 20%, del gasto, y el 80% restante provenía de las aportaciones del Sistema de Seguridad Social. Esta participación mantiene una tendencia progresiva, y a partir del año 90 pasa a tener un carácter finalista, de tal forma que se financia parte del gasto sanitario con independencia de otras aportaciones destinadas a financiar prestaciones económicas de carácter no contributivo, separando la financiación de la Sanidad de la de Seguridad Social. La participación de las cotizaciones sociales va perdiendo peso a lo largo de la década de los 90 hasta desaparecer en 1999, cumpliéndose de esta forma lo establecido en el Pacto de Toledo. En consecuencia, desde el año pasado el gasto sanitario público en España se financia en su totalidad desde los presupuestos generales del Estado. Gasto sanitario en nuestro entorno Lluis Bohigas analiza la evolución del gasto sanitario de los años 95 y 96 en España, y los compara con la media europea, donde encuentra valores muy próximos. También analiza la diferencia entre gasto sanitario público y privado para el mismo periodo, como se recoge en el siguiente cuadro. Bohigas concluye que el esfuerzo que realiza España en cuanto a PIB dedicado a la sanidad es equivalente a la media de los países de la Unión Europea, estando más cerca de la media europea en gasto privado que en gasto público. De esta información podemos concluir que nos encontramos en un sistema sanitario donde el peso del sector público es mayoritario, en el que todos los ciudadanos tienen garantizada la asistencia sanitaria, que convive con un sector privado minoritario, y que es equiparable a la media europea, en especial en gasto privado. Los recursos y la actividad en provisión El total de hospitales que conforman el censo nacional es de 799, de los cuales, el 18% son privados benéficos y el 34% son privados no benéficos. Este porcentaje se modifica si consideramos el número de camas, y de un total de 166.276, privadas benéficas son el 13% y privadas no benéficas el 17% (Censo de hospitales del Ministerio de Sanidad y Consumo 1999). De nuevo observamos el elevado peso del sector no público en provisión, con su indudable repercusión en la economía nacional. En el cuadro siguiente recogemos las altas hospitalarias del año 96 con arreglo al régimen de financiación, y clasificadas según la dependencia del hospital. Se aprecia como se distribuye el mapa de la actividad hospitalaria, y puede observarse el grado de concentración entre aseguradoras y proveedores, de tal forma que, mayoritariamente, cada sector utiliza sus propios recursos, sin que por ello se pueda considerar no significativa la interalación, puesto que el 13% de la actividad de Seguridad Social efectuada por privados es muy importante. Para el INSALUD no transferido, los gastos en Asistencia Sanitaria con Medios Ajenos se han estabilizado en el 10% del presupuesto, y viene a representar en el último ejercicio, unos 140.000 millones de pesetas. La concertación de medios ajenos al Estado El Estado ha venido supliendo su falta de medios para prestar la atención sanitaria mediante la concertación con servicios ajenos. Así, en la Ley General de Seguridad Social, Texto Refundido de 30 de mayo de 1974, establece en su artículo 104 que «la asistencia en régimen de internado se hará efectiva en las Instituciones Sanitarias de la Seguridad Social o mediante concierto», y este se podrá establecer tanto con entidades públicas como privadas. Pero no se desarrolla más el articulado, por lo que en abril de 1980 se publica la Resolución de la Secretaría de Estado para la Sanidad, y con ella se regula la prestación de asistencia sanitaria en Centros ajenos, y se determina el carácter subsidiario y complementario de la misma, otorgando prioridad para ello a los centros del sector público y a los del privado sin ánimo de lucro. La Resolución de la Secretaría de Estado significa el primer intento de racionalizar las relaciones con el sector privado, clasificando a los centros en grupos y niveles, estableciendo las tarifas en función de dicha clasificación, y definiendo el papel que las instituciones privadas desempeñarán en el futuro dentro de la provisión de servicios al Estado. La Ley General de Sanidad supone un nuevo avance en la relación entre sector privado y público. Así, reconoce la posibilidad de que los hospitales generales privados puedan vincularse al sector público conservando la titularidad de los Centros y relaciones laborales. Establece en su artículo 67 que la vinculación se realizará mediante un convenio singular. Y a partir de la Orden de Revisión de Tarifas de 1993 se introduce la concertación de una serie de procedimientos quirúrgicos concretos con sus correspondientes tarifas. Más recientemente el IN-SALUD ha enmarcado los conciertos dentro de los contratos de gestión de servicios públicos acogiéndose a lo establecido dentro de la Ley de Contratos de las Administraciones Públicas. La experiencia catalana en provisión En el año 1981 se produce la transferencia sanitaria a Cataluña, pasando con ello a gestionar tanto los recursos como el presupuesto. En Cataluña en el momento de la transferencia, solo un 30% de los hospitales eran del Estado, y el resto eran de otras organizaciones públicas, y privados sin y con ánimo de lucro. Esta realidad determinó que en el año 1985 la Generalitat crease la red hospitalaria de utilización pública, y separase las funciones de provisión de las de compra, y aplica los mismos criterios de contratación de servicios a su red propia (Instituto Catalán de la Salud) que compite en igual de condiciones con el resto de hospitales. El Servicio Catalán de la Salud es el encargado de gestionar la compra de servicios. En el año 97, el presupuesto del servicio de salud supuso el 34,5% del total del presupuesto de la Generalitat, lo que nos proporciona una clara idea de la importancia y peso del sector en el conjunto competencial del gobierno catalán. La experiencia valenciana en provisión Hemos visto como tanto la Administración Central como la Autonómica, han resuelto la cobertura asistencial con los medios que disponían, de tal forma que han utilizado los recursos disponibles para El aseguramiento privado Según UNESPA (Información Estadística del Seguro Privado 1997), el número de pólizas de seguros de enfermedad ha pasado de 2,4 a 4 millones entre los años 1988 y 1997, siendo el número de asegurados para el último año de 9,2 millones de personas. Podemos observar como en los últimos 10 años el sector ha experimentado un crecimiento en el número de pólizas del 70%, asegurando el 20% de la población española. Esta actividad supone que el sector recaude un total de 322.000 millones en primas. Con una siniestralidad sobre primas del 82,4 %, y unos gastos de gestión del 19% en el año 97, el sector tiene un escaso margen de beneficio, muy por debajo de otros sectores industriales y de servicio. Finalmente, analizamos las propuestas más significativas que podemos encontrar acerca de la relación entre sectores público y privado en Sanidad. La política SALUD21 para la Región Europea de la OMS selecciona cuatro principales estrategias de acción, y una de ellas establece «atención primaria de salud orientada a la comunidad y a la familia con un carácter integrado, con la asistencia de un sistema hospitalario flexible y con capacidad de respuesta». Y en el «objetivo 17°. financiar servicios sanitarios y asignar recursos» de SALUD21, la OMS hace propios los acuerdos de la Conferencia de Ljubljana de 1996 sobre la reforma de la atención sanitaria, al afirmar que «no hay espacio para una actividad sin restricciones del mercado ni en la financiación ni en la provisión de un bien social como la atención sanitaria. Además, los mecanismos de mercado dirigidos a las personas o a los organismos de financiación han tenido mucho menos éxito en términos de equidad y eficiencia que los dirigidos a hospitales y a otros proveedores de atención sanitaria». Michael E. Porter, en su libro Ser Competitivo (ediciones Deusto) afirma que «la competencia únicamente funcionará cuando las decisiones tomadas por proveedores, médicos, pagadores y pacientes se basen en información pertinente y comparable sobre precios y sobre resultados terapéuticos». Andersen Consulting en colaboración con Burson-Marsteller publicaban el 1993 un informe bajo el título «El Futuro de la Sanidad en Lo público y lo privado en Sanidad Europa», donde identifican que en las reformas introducidas recientemente en Europa se pretende «promover la competencia entre los dispensadores públicos como medida para incrementar su flexibilidad y eficiencia». Y observan que «adicionalmente, en algunos países se podría alentar la competencia entre los aseguradores públicos y privados, y aumentar la libertad de elección en el tipo de cobertura». También la consultora Coopers&Lybrand en 1995 publica «European healthcare trends: towards managed care in Europe», y concluye que «la implantación de competencia requiere individuos bien informados y agencias capaces de efectuar la selección coste-beneficio para la comunidad. Tanto los individuos como las agencias deben ser capaces de influir sobre los resultados de los proveedores de salud». Un equipo de profesores de ESADE bajo la coordinación de Rafael Bengoa, publicaron en 1997 «Sanidad, la reforma posible», y en el que proponían «abrir un debate constructivo sobre el papel de la medicina privada. Una revisión del rol y las normas que regulen la cooperación del sector no público pueden aliviar el gasto y favorecer niveles de competencia». La sociedad civil española también se ha pronunciado sobre su consideración en la relación entre sector público y privado. En el año 1991, la Comisión de Análisis y Evaluación del Sistema Nacional de Salud creada por el Parlamento, más conocida como «Informe Abril» establece que «la provisión de asistencia sanitaria al S.N.S. con medios distintos de los públicos, y desarrollada hasta la fecha en compartimentos muy estancos, tiene que ser el soporte de la complementariedad y un elemento necesario para devolver eficiencia al sistema en general, debiendo entrar aún régimen de mayor participación y competencia leal». En diciembre de 1997, se produjo el acuerdo parlamentario para la Consolidación y Modernización del Sistema Nacional de Salud, donde se acordó recomendar al Gobierno «impulsar la competencia entre proveedores en el marco de un mercado sanitario regulado, con el soporte de un sistema integrado de información, fomentando relaciones estables y duraderas entre los agentes del sistema, instrumentando a través del control y evaluación de los resultados obtenidos». Podemos afirmar que el sector privado y el público han mantenido una continuada colaboración, rellenando aquél los nichos de atención de éste, compartiendo profesionales y experiencias. La paulatina incorporación de reglas de mercado en el sector público derivado de la necesidad de mejorar la eficiencia del mismo, exigirá la inclusión de elementos de competencia regulada, la implantación de relaciones laborales adecuadas a la realidad social de nuestros días, etc., todo ello ayudará a incrementar el papel del sector privado, como consecuencia de la paulatina apertura de la provisión. La incipiente incorporación del sector privado a la provisión en atención primaria ayudará a la liberación de la provisión también a este nivel asistencial. La progresiva demanda de libertad de elección de los ciudadanos será otro elemento que empujará a la apertura del sector público, permitiendo que se ponga de manifiesto como la mayor eficiencia de los hospitales privados es un activo valorado positivamente por los pacientes. A su vez, supondrá el acicate para la reforma del sector público. También las necesidades de financiación del sector público ajudará en la progresiva incorporación del sector privado tanto en el aseguramiento como en la provisión. En el año 1999 se ha podido apreciar cómo al modificar la fiscalidad sobre el seguro privado, se ha producido un importante incremento de pólizas, lo que se traducirá en un menor consumo de recursos públicos, y tal vez sea esta la vía por la que se inicie la solución al problema de la financiación. Existe una demanda latente de atención privada, y una mínima incentivación fiscal a la misma lo ha puesto de manifiesto. De la misma forma como la experiencia de Alcira se está consolidando, el sector privado tendrá interés en incrementar su presencia en la provisión directa, y habremos de asistir a otras muestras similares de colaboración a largo plazo, conformándose así alianzas estratégicas donde la confianza mutua es elemento imprescindible para su materialización.
En la preocupación común de buscar una forma de participación efectiva de los profesionales y en la necesidad del cambio cultural que se requiere en las organizaciones a tal fin, para que garantice en todo momento el avance y consolidación de nuestro sistema sanitario, se analiza la gestión clínica como un posible marco de encuentro entre gestores y clínicos. Es de todos conocido que en la actualidad los Sistemas Sanitarios del mundo occidental están preocupados por el crecimiento de la denominada factura sanitaria, por los problemas de la universalización, por la accesibilidad y la equidad, por la libertad de elección, por la garantía de la calidad y por su eficiencia. El debate es creciente en todos los países, sin que haya respuestas sencillas. Las reformas y las contrareformas y los ensayos de nuevas fórmulas, son buena-prueba de ello. Pero el problema que plantean estas reformas, impulsadas desde los ámbitos políticos y económicos, orientadas hacia la búsqueda de una organización sanitaria más flexible, basada en elementos de gestión empresarial y de competencia, es su implantación. Cualquiar cambio José Luis Ternes Montes 364 debe ir acompañado de un cambio en la cultura de la organización y ello implica comprometer en él a actores con diferentes intereses. (*) Este artículo es un resumen del capítulo del mismo título del libro «Gestión Clínica» J.L. Temes y B. Parra Me Graw-Hil Interamericana 2.000. Desde esta perspectiva, el desarrollo de la Gestión Clínica, se debe convertir en un elemento esencial para la mejora de la gestión de nuestro sistema sanitario. En un instrumento que permita adecuar la realidad de nuestro Sistema a las expectativas y posibilidades de la realidad de la sociedad española actual, y ésto se puede conseguir mediante la participación real de los profesionales en la gestión de los centros sanitarios y en la toma de decisiones, asumiendo sus propias responsabilidades, sin trasladarlas a otras instancias, y sin olvidar que cualquier éxito es un éxito de la organización a la que pertenecen. Análisis de la situación. La Llegada a la denominada Gestión Clínica a España se marca dentro de un contexto que podría esquematizarse en varios puntos. 1°) Partimos de un sistema nacional de salud consolidado con un alto nivel técnico y profesional de calidad aunque con algunos problemas de desajuste, especialmente sensibles para los ciudadanos, como las listas de espera y algunos problemas de confort en los aspectos hosteleros. Este Sistema Nacional de Salud consolidado, tiene como componentes básicos como ya se ha expuesto en el primer capítulo, el aseguramiento universal, la ñnanciación pública, la integración de políticas de promoción de la salud y de prevención de la enfermedad junto a prestaciones médicas y farmacéuticas, la equidad en el acceso y en la distribución de recursos y la descentralización. 2°) La segunda característica en la que se enmarca la aparición de la Gestión Clínica en España es la elevada satisfacción de los usuarios con el actual sistema público reflejada en las encuestas que señalan reiteradamente que más del 70% de los ciudadanos está contento con el funcionamiento de la Sanidad Pública aimque también creen que son necesarios algunos cambios. 3°) Que la Sanidad representa dentro de las áreas sociales la de mayor interés para los ciudadanos, tal y como se recoge en los barómetros sanitarios del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). 4°) El CIS también constata en su estudio sobre legitimidad institucional y grado de conñanza en las instituciones políticas en el caso de Andalucía Gestión clínica. Ventajas e inconvenientes que la Corona es la primera, la Policía la segunda y el Servicio Andaluz de Salud la tercera Institución en legitimación y confianza. 5°) Todos los sistemas sanitarios del mundo están hoy en crisis financiera. Todo parece indicar que nos hallamos ante un sector que precisa reformas que mejoren algunos de los aspectos que demandan los ciudadanos al tiempo que moderen y racionalicen la utilización de los recursos financieros que los gobiernos destinan a los sistemas sanitarios. No se trata pues de profundas reformas que afecten al «núcleo duro» del sistema, sino reformas que perfeccionen un sistema consolidado. Todos los Planes Estratégicos elaborados contemplan cuatro líneas comunes. Parece difícil de discutir y sin duda debería de ser motivo de autocrítica de quienes hayamos tenido responsabilidad en ello, que el lenguaje de clínicos y gestores ha discurrido durante años por distintos caminos y en muchas ocasiones contrapuestos. Parece claro que en los últimos tiempos y poco a poco se han producido algunos cambios importantes que han permitido una aproximación de clínicos y gestores. Así en las Administraciones Sanitarias ha calado la idea de que sin la compMcidad de los profesionales es complicado, cuando no imposible, gestionar eficientemente los servicios sanitarios. También es cierto que buena parte de los colectivos profesionales se han acercado en estos años a la gestión y son ya conscientes de que no es suficiente ser un buen médico y saben que sus posibilidades de desarrollo profesional están en buena medida vinculadas a su capacidad de complementar clínica y gestión. No debemos olvidar que a lo largo de nuestra historia sanitaria más reciente y muy especialmente en las épocas de conflictos se ha formulado con reiteración el deseo de la participación de los profesionales en la gestión. Sin duda el transcurso del tiempo ha permitido la aproximación de criterios. Si es cierto, como parece, que los gestores han llegado a la conclusión de que no podemos realizar nuestro trabajo sin los profesionales y que estos han llegado a la conclusión de que necesitan a los gestores y a la gestión para adaptarse a los tiempos que corren y seguir progresando, la pregunta es ¿Cómo hacerlo? Hay algo que se ha enfocado incorrectamente a lo largo de años en distintos países, también en el nuestro, y es que los profesionales sanitarios y muy especialmente los médicos juegan un papel peculiar en la organización. Generan buena parte del gasto que pagan otros, lo hacen en muchos casos sin ser conscientes del coste de sus decisiones José Luis Temes Montes 366 y además establecen unas relaciones muy particulares con sus «clientes», basadas en la extrema confianza de alguien que, en general, no está en una situación anímica normal. Los médicos además representan el más alto nivel científico de la organización en la materia y esto es un factor determinante en su relaciones con los demás trabajadores del hospital, que en muchos casos también son sus «clientes». Es difícil pues que un colectivo así acepte de buen grado las decisiones sobre su trabajo provenientes de personas que no tienen o bien su formación o bien su desarrollo profesional. Y si esto es así, como hoy parece claro, habrá que buscar fórmulas que permitan conciliar esa peculiaridad de los colectivos sanitarios y la necesidad de la gestión de recursos. En definitiva se ha de conseguir que la cadena de mando en un hospital no se fracture a nivel de los mandos intermedios. Jefes de Servicio, de las diversas unidades médicas. Para ello es preciso que como colectivo dejen la oposición y se sumen al proyecto convencidos de que las hostilidades han concluido y de que ellos, sólo ellos son quienes a nivel de servicio o unidad pueden gestionar su labor diaria. Este camino nuevo, ya iniciado, precisa para su desarrollo reunir los siguientes requisitos: 1°) Liderazgoí Para dirigir el proyecto, la Unidad Clínica de Gestión, es necesario una persona con liderazgo personal y profesional, «primun inter paris», con preparación técnica médica y gestora o posibilidad de adquirirla. 2°) Voluntariedadi Quienes se incorporen a este nuevo modelo organizativo deben de hacerlo de forma voluntaria, por lo menos en una primera fase de desarrollo del proyecto. 3°) Transparenciai Tanto a la hora de exponer el proyecto como a la hora de elaborar los objetivos de lo que será su Contrato Programa. Estos objetivos habrán de ser claros, concretos, medibles y alcanzables. Transparencia también a la hora de adjudicar incentivos. 4°) Singularidadi Aunque en algunos casos como en el de Hospital Clínico y Provincial de Barcelona se ha intentado abordar el nuevo esquema organizativo que requieren las Unidad de Gestión Clínica de una manera global desde el principio, en la mayoría de los hospitales se ha optado por comenzar con una o dos Unidades Clínicas muy seleccionadas, buscando líderes indiscutibles y limitando al máximo la posibilidad del fracaso. En la corta experiencia española se ha podido ver como tras la puesta en marcha de alguna unidad en un hospital se ha desarrollado un clima primero de expectación que fue seguido por la solicitud de Gestión clínica. Ventajas e inconvenientes información de otros servicios médicos tradicionales que empezaron a plantearse, a partir del ejemplo, la posibilidad de adoptar la nueva fórmula y lo han hecho a iniciativa de los propios profesionales. El término GESTIÓN hace referencia al uso de los recursos. Mientras que LA CLÍNICA es la actividad médica directa al cuidado de los enfermos. Y así podríamos definir la «Gestión Clínica» como la utilización adecuada de los recursos para la mejor atención de los pacientes. Esta definición implica que quienes toman días a día decisiones clínicas que comprometen los recursos económicos lo hagan en un marco de autoridad delegada y pactada con la Gerencia del hospital y que asuman la responsabilidad de sus propias decisiones. Principales ventajas e inconvenientes de la gestión clínica: No precisa cambio normativo: Quizá desde el punto de vista externo a las organizaciones sanitarias las principales ventajas de la Gestión Clínica frente otras fórmulas propuestas (Fundaciones, Empresas públicas, Institutos, etc) sería la de implantación interna, por lo que esta fórmula parece razonablemente ajena al debate parlamentario y por lo tanto al juego político entre Gobierno y oposición. No concita rechazo político: Podemos decir que frente a lo ocurrido con otras fórmulas de gestión, como las anteriormente mencionadas, la Gestión Clínica, al menos de forma frontal, no ha sufiddo ese rechazo. Como veremos a lo largo de los capítulos. Administraciones de distinto signo político y de todas las tendencias han hecho una apuesta en mayor o menor medida por esta fórmula. Existen ya algunas experiencias en el INSALUD y en todas las Comunidades Autónomas con competencias sanitarias transferidas. Se trata de llevar al Hospital cambios organizativos y culturales que permitan optimizar los recursos y mejorar la calidad de forma progresiva. Autonomía de gestión: La Gestión Clínica provoca un desplazamiento formal de la toma de decisiones y así enlaza con una antigua reivindicación profesional y en muchos casos sindical de participar activa y constructivamente en las decisiones que se toman dentro del Hospital. Se establece un binomio imprescindible que habrá de realizarse en términos de resultados: Mejorar la eficacia, la eficiencia y la efectividad. También agiliza la capacidad de respuesta de la organización: las Unidades de Gestión Clínica son más rápidas y más flexibles a la hora de tomar decisiones o de adaptarse a nuevas situaciones que el conjunto del Hospital. Mejora las relaciones entre profesionales y usuario: En general todas las Unidades se han marcado objetivos en esta línea y así las quejas, las encuestas post-hospitalización o las reclamaciones se han convertido en objetivos a obtener. Mejora la motivación del personal: La voluntariedad, la participación en la toma de decisiones y la firma responsable de Contratos Programas con la Gerencia de los Centros ha hecho que muchos profesionales abandonaran actitudes de desánimo ya que los objetivos o los resultados son pactados por ellos y dependen de ellos. Mayor y mejor información: La necesidad de tener que elaborar un Contrato Programa, de conocer los costes de los procesos que se realizan así como la actividad del conjunto de la Unidad Clínica, aporta una información de gran valor. El hecho de conocer esta información estimula a los grupos así constituidos a proponer líneas de actuación y objetivos de mejora. Presión sindical: En el hospital «Reina Sofía» esta presión se produjo en el momento de la implantación de la primera Unidad de Gestión Clínica, la de Gestión clínica. Ventajas e inconvenientes Aparato Digestivo y aunque probablemente haya habido razones de carácter local no extrapolables a otros ámbitos, se produjo una campaña a través de los medios de comunicación tratando de llevar a la opinión pública la idea de que se estaba realizando una privatización encubierta de una parte de los Servicios Asistenciales. A pesar de la falta de rigor de este argumento ya que no hay nada tan alejado del debate público-privado en sanidad como la Gestión Clínica, un grupo de organizaciones sindicales constituyó una plataforma contra la privatización de los servicios médicos que tuvo escasa repercusión dentro del Hospital, aunque si en la prensa. Poco tiempo después esta presión sindical desapareció. Tensión entre los grupos profesionales: En nuestro caso un grupo de cirujanos de Aparato Digestivo rechazaron la oferta inicial de integrarse en la Unidad de Gestión Clínica. Pasados unos meses reivindicaban ante la gerencia y ante la Junta Facultativa su derecho a formar parte de ella. Entre una y otra posición medió la puesta en marcha de la citada Unidad y el desarrollo de unas expectactivas distintas de los profesionales que se habían incluido en ellas. Críticas de desestructuración organizacional de los servicios: Ha habido quienes han cuestionado la ruptura de los servicios clásicos con la aparición dentro del Hospital de dos tipos de Servicios, los integrados en la nueva fórmulas y los tradicionales. Parece difícil rebatir que esto sea así pero también parece cierto que históricamente en todos los Hospitales ha habido Servicios más eficientes que otros y son estos últimos los que muestran una mayor disposición a introducir esta nueva fórmula de gestión en sus servicios. En resumen y haciendo balance entre los inconvenientes y las ventajas nuestra apuesta es decididamente a favor de la creación de Unidades de Gestión Clínica, a la incentivación de este modelo y a su implantación progresiva en los Hospitales.
Tras un recorrido por la evolución del concepto de calidad en diversos países, en este artículo, la autora de este artículo se decanta par una apuesta inicial hacia la excelencia, aunque considerando la búsqueda de la innovación y la anticipación como las claves del éxito en el futuro de las organizaciones sanitarias. En 1988 Arnold S. Relman publicaba en el New Enland Journal of Medicine un artículo titulado «Assessment and Accountability. En este trabajo el autor menciona tres grandes revoluciones en el sistema sanitario estadounidense entre los años que van desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los 80, que representarían el umbral de la tercera revolución, o el inicio de la era de la evaluación y de la calidad de la atención sanitaria. Entre los años 1940 a 1950 representaron la expansión y el desarrollo tecnológico, la época en la que aparecieron los mejores hospitales y servicios sanitarios americanos. Pero este desarrollo y crecimiento del gasto se hizo insostenible y dejó paso a la llamada segunda revolución o era de la contención de los costes. La firustración de muchos profesionales sanitarios por la preocupación excesiva y en ocasiones ex-Paz Rodríguez Pérez elusiva de los gestores sobre la vertiente economicista de la sanidad y a su vez la incapacidad de estos gestores para frenar el crecimiento ilimitado del gasto sanitario, hizo que a finales de los años 80 se impusiera la necesidad de evaluar la utilización de los recursos sanitarios en función de resultados. Se iniciaba con este concepto lo que otro autores como EUwood llamaron la época del «outcomes management», no sería posible ninguna política sanitaria de contención de gasto sin evaluar los resultados de las diferentes alternativas de atención sanitaria. Los años 90 y siguientes han representado para Estados Unidos, tal y como predijo Relman, la era del desarrollo de los sistemas de evaluación e investigación sobre las resultados de los servicios sanitarios. Haciendo un paralelismo con este trabajo, podríamos decir que la evolución de nuestro sistema sanitario ha sido similar a la del estadounidense, aunque con alguna dilación en el tiempo. Así el desarrollo tecnológico se situaría a partir de los años 60, con la aparición de los grandes centros sanitarios y las primeras Unidades de Cuidados Intensivos en nuestro país. La era de la contención del gasto, o al menos de la trasferencia de esta preocupación a los profesionales sanitarios, por el excesivo crecimiento del gasto y la búsqueda de nuevas formulas de atención sanitaria, como alternativa a la costosa hospitalización tradicional, se inicia a mediados de los años 80 y es en los primeros años de la década de los 90 cuando la preocupación por la evaluación y la mejora de la calidad se impone en nuestro medio. Sin embargo, aceptando que es reciente el inicio de la evaluación y mejora de la calidad de la asistencia sanitaria, es obligado decir que en todos los sectores, y muy especialmente en el sanitario, la búsqueda de esta calidad asistencial ha sido siempre una constante en el quehacer diario de todos los que hoy trabajamos o han trabajado en este campo. Las discrepancias sobre el origen de la evaluación de la calidad de los cuidados, no tendrían cabida para nosotros y aunque hay autores que lo sitúan 90 años atrás otros se remontan en la historia hasta 3000 años a. c. Estas diferencias no son importantes y únicamente son atribuibles a que muchos autores entienden que el origen de la calidad de los cuidados esta en el origen de las estructuras formales que inician la evaluación de dicha atención. Apoyando ambas hipótesis revisamos aquí los dos pasados, el pasado lejano y el pasado reciente que abarca el presente siglo. La evaluación sistemática de la calidad de la atención no es algo nuevo. Ya Hammurabi en el año 2000 a. c. promulgaba en Babilonia Perspectiva histórica sobre la Calidad. el código que regulaba la atención médica que incluía las multas que estos debían de pagar por los malos resultados de sus cuidados; también 2000 a. c. en el Papiro de Egipto encontramos algunos de los primeros estándares referidos a la práctica médica. En las cxilturas orientales como la China encontramos documentos que datan del año 1000 a. c. donde se presenta, exhaustivamente desarrollado, el estado del arte de la Medicina en aquella época y se regulan las competencias de los profesionales. El tratado de Hipócrates de Cos, 500 años a. c, recoge las primeras bases éticas y legales de obligado cimiplimiento para los médicos y que aún hoy siguen vigentes. Más cercano en el tiempo y a nuestro medio no deben ser olvidados ni el tratado de Galeno (200 d. c), que no es sino UQ gran trabajo donde se estandariza el conocimiento médico de la época, ni los trabajos que ya en 1600 publicó Vesalio en el campo de la Anatomía Humana. Si hasta aquí hemos constatado básicamente estudios dirigidos a normalizar el proceso de la práctica clínica, los primeros trabajos de evaluación sistemática de dicha práctica comienzan a ser realizados por epidemiólogos. Así, entre estos trabajos que tratan de evaluar y conocer los resultados de la atención sanitaria, cabe mencionar el tratado sobre «Política Aritmética» que en el Siglo XVII escribía Sir W. Petty, uno de los padres de la epidemiología moderna, donde comparando los hospitales de Londres con los de París llega a afirmaciones como que «los hospitales de Londres son.... mejores que los de París, pues en los mejores hospitales de París fallecen 2 de cada 15 pacientes, mientras que en los peores hospitales de Londres fallecen 2 de cada 16..». No podemos dejar de mencionar los trabajos de Sir. W. Fahr y F. Nigtinghale a finales del siglo pasado sobre la mortalidad hospitalaria. Esta última fue una enfermera inglesa, que en 1855, analizando la mortalidad de los soldados procedentes de la Guerra de Crimea, y que fallecían tras amputársele una pierna, observó que los que habían sido intervenidos en los grandes hospitales temían mayor probabilidad de morir que los que habían sido operados en los hospitales pequeños. La principal causa de muerte era la infección intrahospitalaria, más frecuente en los grandes centros. Tras estas experiencias puntuales de evaluación de la atención sanitaria, los primeros años del Siglo XX dan inicio a la evaluación sistemática de la calidad de la atención sanitaria y abre el período de lo que se ha venido a denominar como el pasado reciente. El pasado reciente y la realidad de nuestros días: el siglo XX En la Tabla 1 exponemos, por orden cronológico, aquellos hechos y/o personas que en el área de evaluación de la calidad de la asistencia Tabla 1 Hechos relevantes en la evolución de la evaluación de la calidad de la atención sanitaria: 1912.-La deficiente situación que presentaban los hospitales en los Estados Unidos a principios de siglo (falta de servidos centrales, mala organización,...) llevó a la recién surgida asociación de cirujanos (American College of Surgeons (ACS)) a retomar la iniciativa de Codman, cirujano del Massachusets (îeneral Hospital, que perdió su puesto de trabajo por intentar que en la atención de todos los pacientes se exigiera el cumplimiento de una serie de estándares mínimos: «Programa de estandarización de los hospitales». Años más tarde la Canadá Medical Association se separa para crear junto con otras asociaciones canadienses el Canadá Council on Hospital Acreditation difundiendo la acreditación de hospitales en Canadá. 1966.-Un hito en la historia del control de Calidad surge con Avedis Donabedian, quien, como ya hemos mencionado, formuló la ya conocida estrategia sobre la evaluación de la calidad asistencial basada en la estructura, el proceso y los resultados. 1972.-Surge en Estados Unidos la Professional Standards Review Organizations (PSRO) con el objetivo de revisar la calidad de la asistencia que prestaban los hospitales concertados con los programas MEDICARE y MEDICAID. 1973.-J. Wennberg inicia sus primeros trabajos sobre las variaciones de la práctica clínica entre diferentes áreas geográficas de Estados Unidos. 1974.-Aparece la Australian Council on Hospital Standars como una asociación de carácter gubernamental con el fin de realizar la acreditación de sus hospitales. Hoy es responsable de la publicación internacional Australian Quality Review (A.Q.R). Assessing and Improving Health Care Outcomes: The Health Accounting Aproach to Quality Assurance?, un importante trabajo sobre las evaluación y mejora de los resultados de los servicios sanitarios. 1979.-Se crea en Holanda la CBO, organización para la asesoría de hospitales en temas de calidad y educación. Con fines no lucrativos, y aunque de ámbito preferentemente nacional, tiene también difusión internacional como lo refleja el que se encargue de publicar la European Newsletter on Quality Assurance. 1980.-Objetivo 31 de Salud para todos en el año 2.000 para la Oficina Regional Europea de la Organización Mundial de la Salud: «De aquí a 1.990, todos los Estados miembros deberán haber creado unas comisiones eficaces que aseguren la calidad de las atenciones a los enfermos en el marco de sus sistemas de prestaciones sanitarias». «Se podrá atender este objetivo si se establecen métodos de vigilancia, continúa y sistemática, para determinar la calidad de los cuidados prestados a los enfermos, convirtiendo las actividades de evaluación y control en una preocupación constante de las actividades habituales de los profesionales sanitarios, y finalmente, impartiendo a todo el personal sanitario una formación que asegure y amplíe sus conocimientos». 1988.-P. Ellwood propone el desarrollo de un programa nacional para Estados Unidos basado en orientar los resultados de la asistencia sanitaria (Outcomes Management) hacia el diseño de estándares y guías de práctica clínica. 1989.-D. Berwick propugna el Continuous Quality Improvement (CQI) como un modelo de mejora de la asistencia sanitaria, extrapolado del modelo industrial, válido para los servicios sanitarios. 1990.-La Joint Commission impulsa con la llamada agenda para el cambio la incorporación de los modelos de CQI y la necesidad de orientar los programas de evaluación hacia las la evaluación de resultados y a implicar a todos los profesionales en los proyectos de mejora. Perspectiva histórica sobre la Calidad. sanitaria han tenido un mayor impacto e influencia a lo largo del presente siglo (Tabla 1). A continuación presentamos un análisis de los diferentes modelos y estrategias de los programas de evaluación de la atención sanitaria con especial referencia a la evolución en Estados Unidos. Diferentes modelos y estrategias de los programas dirigidos a la evaluación y mejora de la calidad asistencial Hasta mediados del Siglo XX una gran parte de las acciones de evaluación surgían de la iniciativa particular de los profesionales de la medicina, epidemiólogos o asociaciones científicas. Es esta etapa la que se corresponde con el modelo que H. Palmer denomina como «profesional» y que se caracterizó básicamente por centrarse en la evaluación de las estructuras de los servicios y algo en resultados, por apenas disponer de criterios explícitos y donde el médico era considerado como «médico» y el paciente como «paciente» en el sentido más clásico de estos términos (Tabla 2). Es también en los últimos años del pasado siglo y los primeros de este cuando se inicia el período del llamado control activo de la calidad de los servicios sanitarios. Es cuando el sector industrial, tras la Revolución Industrial, inicia el paso del control pasivo al control activo de la calidad de sus productos, del control del consumidor, al control realizado por el productor. Hasta esas fechas, los consumidores cuando adquirían un producto que resultaba ser deficiente en alguna de sus características, exigían ser compensados por ello. Se hacía así un control pasivo de la calidad de dichos productos. Paulatinamente la industria fue asumiendo esta función de comprobar la calidad, tanto de la materia prima, como del proceso de producción y del producto final antes de que este fuera lanzado al mercado. Los productores se habían dado cuenta de que cuanto más irreversible y costoso era el proceso de producción más empeño había que poner, no en examinar la calidad de los productos, sino en construirlos con ella. En el sector Servicios y en especial en los servicios sanitarios, donde los errores son irreparables, esta iniciativa surge desde los profesionales de la Medicina. Hacia los 60-70 la evaluación de la asistencia sanitaria comienza a ser no sólo importante para los profesionales sino que comienzan a interesarse los gobiernos y financiadores. De esta forma se inicia el período «burocrático», en el que las decisiones de los profesionales empiezan a estar marcadas por las reglas de la organización. Durante estos años comienza a producirse un cambio desde el análisis individual Si en un principio se caracteriza este período por ciertos matices de inspección, la transición de la inspección al análisis estadístico se produce en pocos años. Pero la transición desde la aproximación burocrática de los cuidados tuvo un escaso impacto, especialmente en los profesionales de la Medicina. Una estrecha definición de la calidad de los cuidados, que sólo pretendía buscar la conformidad con unos estándares y el énfasis en la información clínica, dejando en parte de lado a los profesionales de la atención sanitaria, era demasiado limitada e incapaz de mejorar la misma. La búsqueda de un equilibrio entre esa evaluación de la práctica clínica y la necesidad de considerar los servicios de salud, especialmente hospitales, como organizaciones complejas que necesitaban rediseñar sus procesos implicando a todos los que en ellos participaban, se imponía. El modelo profesional había sido el primero en existir y había tenido una buena acogida por parte de los médicos. Los estándares profesionales eran revisados por pares y los mecanismos de control de la calidad eran responsabilidad de cada profesional. Hacia los años 70 el rápido desarrollo tecnológico de los servicios sanitarios y la variedad de complejas técnicas que iban emergiendo (UVI,..), el trabajo en equipo y la aparición de otros profesionales no médicos en los servicios sanitarios (terapeutas, técnicos..) hizo que la comunicación y la coordinación entre todos estos profesionales fueran motivos suficientes para la aparición del modelo burocrático, totalmente opuesto al profesionalizado. Contradicciones de este modelo organizacional son los requerimientos, por un lado de solicitar que las organizaciones realicen su auditoría interna y por otro lado la obligatoriedad de revisión externa sobre la utilización de recursos que hace el desarrollo de la Professional Standards Review Organization (PSRO) para los programas Medicaire y Medicaid. Estas dos estrategias de auditoría externa e interna son causas del entonces y todavía actual rechazo y escepticismo de los médicos sobre los programas de mejora de calidad. Esta etapa burocrática deriva en los conocidos modelos de Quality Assurance (Tabla 3). A mediados de los años 80 en Estados Unidos comienzan a introducirse el modelo «industrial» en los servicios de salud. Aquí el paciente pasa de ser un beneficiario a ser un cliente. Las actividades de garantía de calidad son absorbidas por una estrategia de mejora continua de la calidad, donde la calidad debe de ser también una preocupación de los líderes, de los directivos de la organización y enfocada siempre a la búsqueda de las perspectivas de los clientes o consumidores. Hacer confluir los interés del médico, de la organización y del paciente puede ser «política y económicamente irresistible y éticamente gratificante». Es esta la línea propuesta por el conocido modelo del que hablaremos más adelante Mejora Continua o Continuous Quality Improvement (CQI). Algunas consideraciones sobre futuras tendencias en las acciones de evaluación y mejora de la atención sanitaria Calidad, responsabilidad y costes son hoy los tópicos de los Sistemas de Salud cercanos al nuestro. Si las décadas de los años 1960-70 se caracterizaron por la expansión y el desarrollo científico y tecnológico, las décadas siguientes lo están siendo por la necesidad de contención de los costes. Estamos ahora iniciando la etapa en la que la necesidad de consenso y de evaluación en el campo sanitario parece inevitable y como decía A. Relman no será viable ninguna política de contención de costes si no va unida a la evaluación de resultados. Sin embargo, entre los profesionales sanitarios permanece un gran escepticismo sobre los programas de mejora de la calidad. Son varias las razones para ello. En primer lugar, los médicos no observan grandes diferencias entre la nueva «Quality improvement» y la garantía de calidad que continua en cierto modo acosándoles. Tradicionalmente el «Quality asssurance» ha puesto el énfasis en identificar acciones de revisión de los proceso de atención, y analizarlo por las agencias externas de acreditación o los Comités hospitalarios con escasa participación de estos profesionales. La segunda razón del escepticismo es la poca evidencia de que los programas de «quality assurance» hicieran algo para mejorar la calidad de la atención. La falta de datos documentando la efectividad de esos programas colabora en parte al frecuente rechazo de esos profesionales y su difícil colaboración cuando el coordinador del programa de calidad propone una nueva acción y rara vez han hallado resultados o respuesta de otros profesionales o de los directivos sobre los anteriores programas. Una tercera razón para justificar el escepticismo de los médicos es la sospecha de que tras estas estrategias de mejora solo se esconde el imperativo de reducir los costes. Por todo ello los médicos tienen una serie de preguntas en ocasiones justificadas: ¿Qué hay de nuevo en el enfoque actual de la mejora de la calidad?; ¿puede en alguna medida ese enfoque a5rudar a la mejora de los cuidados? o ¿es simplemente un esfuerzo encubierto de los planificadores de los servicios sanitarios para reducir los costes? La nueva aproximación a la mejora de la calidad Desde la perspectiva del Quality Assurance la calidad de los cuidados puede ser vista como el estudio de la distribución de los determinantes de los cuidados de salud en una población o de un proceso clínico determinado. Cuando estos están determinados, una segunda fase, la fase operacional debe de iniciarse. Datos epidemiológicos y clínicos son necesarios en la primera fase. La estadística, la epidemiología, la sociología, la informática, etc, que hoy resultan todavía poco conocidas para los médicos como lo fue la farmacología o la fisiología hace 100 años dejaran de serlo y ayudara a que las usen en su día a día dirigidas a la evaluación. Es necesario el uso de estas técnicas para detectar oportunidades de mejora, errores previsibles, eliminar la sobreutilización de recursos y los daños innecesarios para mejorar la calidad de nuestros servicios. Pero la evaluación en sí misma no supondrá ninguna mejora de la calidad de la atención sanitaria. Es imprescindible la segunda fase, Perspectiva histórica sobre la Calidad. la fase operational o de puesta en marcha de la información resultante de la evaluación. Es necesario la participación de quienes toman decisiones, cambios de actitudes, rediseño de procesos y disponer de modelos a seguir. Contar con información válida y fiable y la participación de profesionales sanitarios, directivos y pacientes en la mejora de la calidad de los cuidados, será lo que inicie el período del Continuous Quality Improvement (CQI). Implantar los sistemas de CQI llevará entre 1 y 5 años en cada centro. No elimina las tradicionales funciones de la QA, sino que las absorbe. Para predecir el futuro de CQI en los servicios sanitarios podríamos hacer una extrapolación de lo que esta sucediendo en el sector industrial. La literatura del sector industrial pone de manifiesto el creciente desarrollo de los modelos de Calidad Total (TQM) como una estrategia o modelo de gestión. La forma de entender el TQM correctamente pasa por considerar a las personas y el aprendizaje continuo como el mayor valor de la empresa. El desarrollo de este modelo lleva consigo la aplicación de técnicas como la reingeniería de procesos, el «benchmarking», el liderazgo etc. y define la Gestión de Calidad como un sistema de aprendizaje continuado, que consigue no sólo el desarrollo de la empresa y la mejora de la calidad sino el del propio individuo también. Según Ellis y Whittington en los hospitales estadounidenses quedan aún restos del tradicional QA que impiden o limitan el paso hacia el modelo del CQI o «continuo esfuerzo de todos los miembros de la organización para cubrir las necesidades y expectativas del cliente». La satisfacción del cliente, la satisfacción del empleado y el impacto en la sociedad se consiguen mediante el liderazgo en política y estrategia del personal, recursos y procesos, que llevan finalmente a la excelencia en los resultados. El manual de la JCHO en 1992 introduce gran cantidad de términos, de herramientas y vocabulario que confunden a los profesionales y no hacen fácil el cambio desde el movimiento del QA al CQI. Sin embargo, más de 4000 hospitales en US han comenzado a adoptar el modelo de CQI de la JCHCO. Una encuesta nacional en US hace pensar que estos hospitales están mas confortables con este nuevo método, aunque también evidencia un cierto retraso de los médicos en implicarse. En organizaciones complejas como son los servicios sanitarios, los modelos más globales de abordar la gestión de la calidad como el Malcom Baldridge National Quality Award en Estados Unidos o su adaptación en el Modelo Europeo de Calidad, entienden ésta como una estrategia de mejora continua en todas y cada una de las unidades Paz Rodríguez Pérez de la organización, involucrando a todos los profesionales en éste proceso, orientando la organización simultáneamente a usuarios y profesionales y por último desarrollando metodologías para medir y cuantificar en lo posible la calidad de los procesos. En la Tabla 4 se resumen las principales áreas a desarrollar y evaluar que propone el Modelo Europeo. LIDERAZGO: Comportamiento de todos los directivos para guiar la organización hacia la mejora continua POLÍTICA Y ESTRATEGIA: Misión, valores, visión y dirección estratégica de la organización hacia la formulación, aplicación de estrategias y consecución de los objetivos. GESTION DE PERSONAL: Como utiliza la organización los conocimientos y el potencial de su personal para mejorar continuamente la prestación de los servicios a los ciudadanos RECURSOS: Gestión, utilización y conservación de los recursos en la organización PROCESOS: Gestión de todas las actividades. Como se identifican y revisan los procesos y si es necesario se corrigen para asegurar la mejora continua en todas las actividades de la organización. SATISFACCIÓN DEL CLIENTE: Satisfacción del receptor último de los servicios prestados SATISFACCIÓN DEL PERSONAL: Satisfacción de todos los empleados de la organización IMPACTO EN LA SOCIEDAD: Que consigue la administración para satisfacer las necesidades de la sociedad en general. Percepción de la sociedad en general sobre el impacto de la organización. RESULTADOS: Resultados en la obtención de los objetivos establecidos La excelencia, la innovación y la anticipación, son las tres claves del éxito en el futuro de las organizaciones. La excelencia para Berwick será la clave del éxito sólo durante pocos años, después será la puerta de entrada, el requisito previo para cualquier organización. Ni el control estadístico del proceso, ni la mejora continua, ni el «benchmarking», etc., serán suficientes para mejorar. Sólo la búsqueda y el aprendizaje continuo de toda la organización será la forma para seguir sobreviviendo.
Las iniciativas para reducir costes y aumentar la eficiencia clínica y administrativa, con los sistemas de información en una mano y con los cambios organizativos en la otra, se han sucedido con diverso resultado. Ni el éxito ni el fracaso han sido nunca totales. Los centros van a adoptar un modelo colaborativo y convertirse en nudos donde se enlacen las redes básicas de la sociedad de la información: mercado, conocimiento, técnicas y comunicación. Nada mejor para afrontar el futuro que mirar el pasado, pero quizás sea conveniente para hablar de lo ocurrido leer algo de ciencia-ficción. Así el Hospital Virtual de la Clínica Mayo tiene como visión la siguiente: «En el futuro, los pacientes tendrán la capacidad de registrar y transmitir sus signos vitales al hospital desde sus hogares». Esto nos ofrece una pista que permite rastrear los pasos que estamos dando con la sinuosa incorporación de la informática a la sanidad. Posiblemente, el aspecto más relevante que está cambiando en la medicina es que el paciente puede dejar de ser el único vehículo válido de la información clínica, ya que en ocasiones preferirá evitar desplazamientos y cuando lo haga irá acompañado de un conocimiento mucho más contrastado sobre su estado salud y forma de mejorarlo para obtener mejores respuestas. La repetición sistemática de pruebas diagnósticas, las esperas no justificadas, los continuos saltos entre niveles asistenciales, la atención no personalizada y los errores por falta de organización son aspectos que no querrá comprender y por tanto exigirá su corrección. Bajo esta perspectiva, es el movimiento de la información necesaria para la realización de la actividad asistencial el que puede servirnos de guía para destacar los «conceptos», huellas y elementos aportados por los sucesivos intentos de informatización de los centros sanitarios. Conceptos de informacion, conectividad y comunicación En las organizaciones de cualquier sector económico y social se ha considerado la información como un recurso. Sin embargo, considerado en este sentido posee unas características específicas, no comunes con el resto de recursos físicos: crece con el uso (expansión), tiende a transmitirse (difusión) y no se gasta cuando se reparte (inversión). Por tanto, aparecen unas situaciones excepcionales al tratar de gestionar «el recuso información»(5): necesita almacenarse y limpiarse, adquiere su valor principal cuando se transmite, requiere medidas de seguridad especiales y precisa de agentes que la interpreten y no sólo que la coleccionen. La calidad de esta gestión junto con los métodos y herramientas para llevarla a cabo han marcado en gran medida los resultados y las diferencias entre los sectores (financiero, industrial, servicios, etc.). Esto ha dado lugar a que actualmente nos encontremos con diversas redes de información que tienen su propio desarrollo y tecnología (p.e. los medios de pago). A mediados del siglo pasado la ciencia gestó dos concreciones relevantes. Por una parte el recientemente fallecido, matemático e ingeniero, Claude Elwood Shannon publicó en 1948 su Teoría Matemática de la Comunicación cuya terminología en forma de Teoría de la Información se utiliza en la actualidad. Aplicando su famoso Teorema se demuestra que además del mero volumen de datos podemos medir la cantidad de información de un canal (por ejemplo que una imagen de televisión equivale a cien palabras de un buen locutor de radio, no a mil). Por otra parte la URSS en 1957 lanzó el Sputnik, primer satélite terrestre artificial, que nos permitió observar, por primera vez, el mundo globalmente. Estos hechos, junto a otros, permitieron que a finales del siglo XX apareciera un elemento tecnológico que se nos brinda común para diversas actividades humanas: internet. Para el entorno sanitario, podemos considerar a internet como una fuente para el conocimiento de los profesionales y, aún más importante, como un vehículo complementario (y en algunos casos alternativo) a la información de salud que cada ciudadano lleva consigo, en su propio cuerpo. Esta disponibilidad de conexión se traduce en que las organizaciones y profesionales de todos los sectores ya poseen la misma tecnología para gestionar la información y por tanto pueden superar su consideración como recurso para abordarla en el sentido intrínseco: «conocimiento para el pensamiento y la acción». Y el ejemplo más claro se ha producido, precisamente, en la ciencia biomédica con la codificación del Genoma Humano, que nos va a permitir estudiar la vida desde un nuevo punto de vista, el de la información. Una de las primeras consecuencias puede ser que los medios diagnósticos se individualizarán y distribuirán, al menos en su aspecto de toma de datos, para procesarse e interpretarse centralizadamente. Con internet la capacidad de emitir y recibir mensajes se ha incrementado exponencialmente, produciéndose una fragmentación en los contenidos que exige unas habilidades de integración y síntesis extraordinarias. Esta información en transmisión es, pese a las dificultades de gestión, la que verdaderamente resulta útil. La información reservada (en el cajón) carece de un valor fundamental ya que puede no estar disponible para las personas capaces de mejorarla o que necesiten utilizarla. El 80% de los mensajes que intercambian espontáneamente las personas son relativos a la salud y al tiempo atmosférico (compruébese el dato en un ascensor). Ello nos puede dar una idea del potencial de desarrollo que ha de tener la información sanitaria en aspectos como la prevención y promoción de la salud, el conocimiento biomédico, la organización de la asistencia, la equidad de acceso y la eficiencia. De esta forma, un escenario sanitario futuro, calificable de integrado y cooperante, exigirá una distinta relación entre la Autoridad Sanitaria, las Aseguradoras y los Centros Sanitarios y de estos entre sí. Los centros deberán adoptar un modelo colaborativo y convertirse en nudos donde se enlacen, al menos, 4 redes básicas multisectoriales: (2) 1. Red de asistencia compartida. Red de cadena de suministros en la modalidad de respuesta eficiente al consumidor. Red de servicios diagnósticos y terapéuticos comunes. Red de cooperación para la investigación y obtención de evidencias en resultados. Estas tendencias convergen en la promoción de la asistencia compartida. Existe consenso en EEUU y Europa en considerar que se debe disponer de infraestructuras de tecnologías de la información para una sanidad distribuida, basada en la comunidad, con un alto grado de cooperación entre las organizaciones. Por tanto, puede ser útil incorporar aspectos como el trabajo colaborativo y el teletrabajo, en el quehacer diario de nuestros profesionales, ya que la disponibilidad de redes penetrantes y omnipresentes, como Internet, junto con la disponibilidad de potencia de cálculo y comunicaciones asequibles en máquinas como los ordenadores portátiles, los PDA y los teléfonos celulares, está posibilitando un nuevo paradigma de informática y comunicaciones «nómadas».(3) Con todo ello podemos asegurar que la conectividad ya existe, mientras que la comunicación es una actitud y una aptitud, dos características básicas para el desarrollo de cualquier ciencia y, cómo no, de la medicina: transmitir pensamiento (gnosis) y adquirir conocimiento (praxis). Huellas de la informatización de los centros sanitarios. Breve Historia Hasta mediados de los años 80 nos encontramos con Hospitales y Ambulatorios que, en la mayoría de los casos, únicamente disponían de algunos elementos tecnológicos aislados, para el cálculo y emisión de nóminas, facturas y registros contables (sumadoras, procesadores dedicados de fichas, calculadoras programables). En los servicios asistenciales disponían de sistemas de control empotrados en equipos diagnósticos o de monitorización. Existían algunos hospitales donde excepcionalmente bien la colaboración con alguna facultad de informática o la aportación de algún centro de cálculo patrocinado por alguna gran multinacional informática les había permitido disponer de un gran ordenador donde comenzar el desarrollo del registro de pacientes. El quinquenio siguiente (1985)(1986)(1987)(1988)(1989) vino marcado por la instalación generalizada de los llamados sistemas propietarios multiusuario con una aplicación de registro de pacientes y una aplicación de facturación y por la incorporación de los primeros ordenadores personales (basados en Intel). La distribución del mercado se hizo por cuotas para las diferentes marcas fabricantes al estilo del reparto de la electromedicina. Aparecieron las conexiones con la Autoridad Sanitaria para los registros de presupuestos y control Los hospitales enredados de plantillas. Mejoraron las aplicaciones departamentales suministradas por los laboratorios debido a las necesidades de control de la producción. Algunos servicios clínicos comenzaron a disponer de PCs con programas de gestión de sus pacientes. En 1987 un Hospital incorpora un equipo con sistema operativo UNIX y lo orienta al desarrollo de la gestión de personal y la gestión de pacientes, permitiendo la citación en línea desde los centros de salud directamente sobre las agendas del Centro de Especialidades del Hospital. En 1989, UNIX se declara sistema operativo abierto estándar a nivel europeo, lo que permitió centrarse en los aspectos organizativos, ya que la convergencia tecnológica parecía asegurada. Durante los 5 años siguientes (1990)(1991)(1992)(1993)(1994) se implanta el Plan DÍAS «Dotación Informática para la Atención Sanitaria» sistemáticamente en la mayoría de los Centros Sanitarios (Hospitales y Centros de Atención Primaria), con tecnología de sistemas abiertos, sobre un sistema gestor de bases de datos relacional, con un diccionario de datos básico común y con las aplicaciones estándar de gestión de pacientes, de personal y económico-financiera. Los centros se dotan de personal informático de forma independiente y comienza el trabajo de los Grupos de Usuarios para mejorar las aplicaciones entregadas y avanzar en la integración con los servicios diagnósticos de los Centros y en la informatización de la información clínica. Importante fue la creación de la Tarjeta Sanitaria Individual con el objetivo de la identificación única de usuarios del Sistema Nacional de Salud, aunque ya desde el inicio la homogeneidad entre los distintos Servicios de Salud transferidos se vio resentida. Otro elemento característico de este periodo fue la extensión de la Red IRIS a las unidades de investigación de los hospitales a través de la red de Universidades. Ello permitió el acceso de un determinado número de profesionales a internet desde momentos muy tempranos, lo que se tradujo en una educación precoz de los hospitales que accedieron al servicio y necesaria dado el rumbo de la informática sanitaria. Entre 1995 y el 1999 se provocan múltiples iniciativas destacables desde los Servicios de Salud transferidos (conectividad, gestión económica de los centros, registros clínicos, servicios diagnósticos, integración del Área de Salud, tarjeta sanitaria, centros de soporte, gestión y servicio, portales sanitarios, telemedicina, etc). Adicionalmente se lanzan dos iniciativas de gran calado para el Sistema Nacional de Salud. Por una parte desde el INSALUD se pone en marcha el Plan de Renovación Tecnológica, que viene a crear la dotación en infraestructura de comunicaciones, equipamiento y sistemas necesarios para Carlos J, Jiménez Pérez cada centro, a homogeneizar y mejorar tecnológicamente las aplicaciones estándar de los hospitales y centros de salud tras los años de desarrollo individualizado del Plan DÍAS, a ofrecer soluciones departamentales integradas y en definitiva a posicionar a los centros en una situación favorable para abordar nuevos retos tras los procesos transferenciales. Por otro lado desde la Secretaría del Estado de Telecomunicaciones y para la Sociedad de la Información del actual Ministerio de Ciencia y Tecnología se lanza el Proyecto PISTA (Promoción e Identificación de Servicios emergentes de Telecomunicaciones Avanzadas) que en su sección de Sanidad ha ofrecido la capacidad a las organizaciones sanitarias de dotarse de las aplicaciones necesarias que la industria no está ofreciendo. Esta propuesta ha sido recogida por distintos centros sanitarios y Servicios de Salud y ha producido diversas aplicaciones en tecnología i*net, multilingues, basadas en normativa internacional, de aplicación directa en un entorno colaborativo sanitario y de libre utilización por las organizaciones públicas. También es preciso destacar la labor desarrollada durante estos años tanto por el Comité Europeo de Normalización CEN/TC251 (véase la Tabla 1), y por la Sociedad Española de Informática de la Salud (SEIS), que ha dado la capacidad de interactuar a los profesionales de la salud, a las autoridades sanitarias y a la industria. Elementos para los próximos años A) El nuevo papel de los responsables de tecnologías de la información en los centros sanitarios: El sentido de los servicios de informática de los centros está cambiando de forma radical. La externalización de las labores más rutinarias, el hecho de que las aplicaciones troncales (gestión de pacientes, de proveedores y de personal) se están centralizando en los servicios de organización de la provisión y en tercer lugar el incremento de la cultura informática de todos los profesionales que creará una tendencia a la internalización o autoinformatización de sus procesos clave, son los tres aspectos que obligan al responsable de los servicios de tecnologías de la información y de las comunicaciones a adoptar un nuevo papel. Así la función informática deberá organizarse y gestionarse para dar soporte a los retos no sólo tecnológicos sino sectoriales. Deberá demostrar el valor añadido palpable que las TIC pueden proporcionar en el ámbito sanitario, enfatizando en los análisis coste-oportunidad de las inversiones y en el carácter innovador que pueden tomar las soluciones asistenciales basadas en las tecnologías. Quizás un papel poco desarrollado hasta el momento en los hospitales, en cuanto a tecnologías de la información, es el de la investigación y la docencia. Con herramientas, pero sobre todo con actitudes, de trabajo colaborativo, éste va a ser un campo de actuación trascendental, que el responsable de sistemas de información deberá emprender para que las personas de la organización logren que el conocimiento clave sea apHcado y transmitido. Otro aspecto que ha de asumir será la responsabilidad de la seguridad de datos, cuestión trascendente en el ámbito sanitario y que va a exigir una cualidad poco común al responsable de tecnologías de la información: la capacidad de hacer compatible la disponibilidad y la seguridad de información, incrementando ambas. La incorporación de la sanidad a la sociedad de la información, comenzando por la conectividad e intercomunicación entre los profesionales de los centros asistenciales, tendrá que animar buena parte de los esfuerzos de estos responsables, pues el paciente -ciudadano se está convirtiendo en un agente mucho más activo del sistema de información. Por tanto, empezaremos a encontrar en nuestro centros asistenciales, personas del ámbito de las tecnologías de la información que actuarán como solucionadores de problemas de negocio (6), que saldrán de las salas de ordenadores para apoyar las actividades asistenciales, que tras impulsar la informatización de ciertos procesos comenzarán a gestionarlos y que, en definitiva, van a ejercer funciones cada vez con mayor contenido estratégico. B) El mercado de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones en Sanidad: En Europa, año 2000, el mercado de las Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones (TICs) en Sanidad es de 14 billones de euros Los hospitales enredados anuales, representando el 6% del mercado total de las TICs (232 billones de euros / año) y el 2% de mercado total sanitario (724 billones de euros / año). ( 4) Según los expertos este mercado se duplicará en los próximos 5 años si se dan las siguientes condiciones: -consolidación de la industria mediante fusiones, adquisiciones y colaboraciones -integración técnica para la oferta de soluciones abiertas, coste-efectivas y con el soporte adecuado -incremento de la investigación aplicada en TICs dentro de los centros sanitarios -definición de planes de negocio que aclaren la posición y prioridades de los suministradores -planificación y presupuestación de las nuevas formas asistenciales: asistencia domiciliaria y teleasistencia -desarrollo de las redes sanitarias de ámbito regional, mediante el intercambio de mensajes entre los agentes C) Las Aplicaciones de la Telemedicina: El futuro de los sistemas de información sanitaria pasa por satisfacer las necesidades urgentes de interoperabilidad que hagan posible la trasferencia de información entre sistemas informáticos diferentes y dispersos. El establecimiento de estándares en temas tales como registros médicos, formatos, mensajes, códigos, imágenes y documentos multimedia resulta esencial para la adopción y difusión extendida de las aplicaciones telemáticas para la salud. Las siguientes aplicaciones se incluyen dentro del campo de aplicación actual de la telemedicina, si bien existen factores inhibidores como la ausencia de un sistema de facturación, el marco legal exigible y el rechazo a realizar un juicio clínico sin la presencia física del paciente. • Tele-educación: Una de las principales aplicaciones en el entorno hospitalario será la formación de postgrado para profesionales sanitarios, especialmente para los médicos. Para facilitarla se precisa un ajuste de la programación, y una mejora y expansión de la tecnología móvil. • Tele-contactos: Las reuniones entre dos o más agentes sanitarios que hasta ahora se han realizado con un éxito relativo a través del teléfono y teleconferencias ad-hoc, sin embargo pueden generalizarse a través de las redes comunes y herramientas simples como correo electrónico, chat y tele-conferencia. En el caso de la tele-consulta, es particularmente útil para la búsqueda de segunda opinión entre colegas para patologías complejas. Tele-emergencia: La interconexión de los diferentes servicios de alerta y emergencia, así como el acceso a expertos remotos para situaciones críticas deberán soportar mecanismos para la toma de decisiones, como por ejemplo triage, planificación de traslados, etc. Tele-diagnóstico: Se refiere a aquellas aplicaciones en que la prueba diagnóstica se realiza con la participación de un experto ubicado físicamente a distancia. Ejemplo de ello son tele-electrocardiogramas o tele-endoscopias. Serán de especial desarrollo para aquellas pruebas en que la muestra pueda viajar electrónicamente y se precise un equipamiento específico con gran capacidad de cálculo como, por ejemplo, en los estudios genéticos. Tele-cirugía: Si bien las intervenciones quirúrgicas a distancia han tenido una cierta popularidad debido a algunas experiencias en situaciones especiales y muy controladas, la aplicación más importante puede venir de la llamada cirugía asistida por ordenador, en la que se produce una visualización virtual del área del cuerpo a intervenir y las correspondientes tele-consultas a expertos durante la operación. Tele-monitorización: Su aplicación puede producirse en aquellos programas a gran escala en que el diagnóstico experto y el equipamiento tecnológico se encuentra concentrado en unos pocos centros de referencia, como por ejemplo la monitorización de pacientes diabéticos para la detección precoz de glaucoma y el seguimiento de pacientes en hospitalización domiciliaria. D) La redes sanitarias regionales La sanidad moderna no se provee por una institución o por un grupo de profesionales de forma aislada. La sanidad actual se ha de suministrar mediante la estrecha cooperación entre múltiples centros sanitarios y grupos de profesionales, trabajando juntos y utilizando su conocimiento experto en el esfuerzo común de proporcionar el servicio de mejor calidad y coste-efectividad posibles. Sin ello resultaría difícil aplicar las técnicas avanzadas de las diferentes especializaciones que actualmente proveen los hospitales, los centros de salud, los centros diagnósticos, la asistencia domiciliaria, los servicios de emergencia y los servicios sociales. (1) Los hospitales enredados 393 Aunque en Europa aún no existen como tales, las redes sanitarias regionales deberían proporcionar al menos los siguientes servicios: -Comunicación diaria de prescripciones, resultados diagnósticos biomédicos, etc. -Sistemas de correo electrónico seguro sobre la información relacionada con los pacientes -Registros comunes de admisión para hospitales y centros diagnósticos -Registros médicos compartidos -Sistemas de alerta y emergencia -Facilidades de telemedicina -Protocolos y vías clínicas para tratamientos completos y la continuidad asistencial -Sitios web de información sanitaria para profesionales, pacientes y ciudadanos -Información administrativa del conjunto y sistemas de gestión global Afortunadamente, la penetración de Intenet en la sociedad va a permitir que los proyectos de desarrollo de estas redes regionales puedan llevarse a la práctica. En concreto, para facilitar este proceso de iniciación se han de considerar las tecnologías de la seguridad y de la interoperatividad de forma que, combinadas con los protocolos de comunicaciones de Internet, puedan cubrir necesidades mediante el intercambio de mensajes en el entorno sanitario (véase Tabla 2). Para facilitar este proceso, se hace imprescindible una estrategia común en los niveles regionales, nacionales y europeo. Carlos J, Jiménez Pérez
Nadie parece cuestionar, al menos desde el punto de vista teórico, que la Investigación junto con la Docencia, son compañeros inseparables del objetivo último de un Sistema Sanitario moderno y consolidado, que no es otro que el de dar respuesta eficiente a las expectativas de salud de las personas. Aspectos como asignación de recursos, priorización, cadena de valor, coste de oportunidad, necesidad, contrato programa, producción conjunta, bien público, reputación, riesgo y especificidad de activos, se tratan a lo largo del artículo. Los recursos que a tal fin se asignen, la valoración de prioridades y el análisis conceptual de lo que cabe considerar como investigación biomédica, son objeto de tratamiento en esta exposición. Las conclusiones de nn reciente seminario (1) sobre modernización de la estrategia y la gestión de investigación biomédica en el Sistema Nacional de Salud han contribuido a poner de manifiesto la importancia del análisis económico para la comprensión de los procesos de asignación de recursos y priorización de la investigación realizada con fondos públicos. Los investigadores, gestores y clínicos participantes en el mencionado Seminario establecieron las siguientes coincidencias en relación al po-Juan José Artells Herrero 396 sicionamiento estratégico y la relevancia social de la actividad de investigación biomédica pública: Se trata de un producto específico y diferenciado de la asistencia. La necesidad de priorizar la investigación que se realiza en el Sistema Nacional de Salud de modo congruente con los Objetivos de Salud, el modelo epidemiológico actual y su evolución previsible, generando conocimiento útil para los dispositivos asistenciales. Con la finalidad de rendición pública de cuentas y control democrático la financiación pública de la investigación debe ser facilitada a los ciudadanos de forma transparente y suficientemente pormenorizada al objeto de que la consecución de los objetivos estratégicos sea verificable. La información actual no permite conocer debidamente la dimensión agregada del esfuerzo nacional en investigación ni la evolución de la asignación del gasto en infraestructura, formación, gastos corrientes y gastos compartidos con la asistencia sanitaria. La introducción sistemática y regular de auditorías y procedimientos de evaluación independiente y externa a los centros y núcleos de actividad investigadora, así como la publicación sin restricciones de los resultados. La gestión de la investigación realizada principalmente en los hospitales de nuestro sistema público se percibió como una condición «sine qua non» para su viabilidad y su competitividad sostenibles. A este respecto se registró un importante consenso por lo que se refiere a: La investigación biomédica ha gestionarse de manera específica y diferenciada en organizaciones unitarias cuya dirección debe situarse en el máximo nivel directivo del hospital. Debe facilitarse el desarrollo de infraestructuras de apoyo a la investigación de uso transversal frente a su exclusivización por grupos o personas vinculados al hospital. Debe darse un tratamiento prioritario al conocimiento permanente de los costes específicos de la investigación con im riguroso deslindamiento de los costes asistenciales. Deben generalizarse las experiencias positivas de nuevas formas organizativas como las fundaciones y las fórmulas asociativas de organismos complementarios para obtener economías de escala y mayor competitividad internacional. Las anteriores formulaciones de lo que podría denominarse una «nueva frontera» para la investigación biomédica en España comparten como concepción común la necesidad de que la investigación sea re-La asignación de recursos y la investigación biomédica levante para los problemas cruciales de nuestra sanidad y de que la elección entre las posibles alternativas de utilizar dinero público, altas competencias profesionales, recursos y la cooperación de los pacientes sea conocida, transparente y contestable. Y para estos propósitos el conocimiento del valor de la investigación, su coste específico y su coste de oportunidad así como la gestión anticipada del riesgo de elegir dominios tecnológicos y líneas de investigación, constituyen aportaciones distintivas del análisis económico (2). El propósito de esta reflexión, pretende, a tenor de lo referido, sugerir referentes -desde la perspectiva del análisis económico-para el análisis estratégico y para el diseño de instrumentos e incentivos de mejora de la articulación entre financiadores, proveedores, evaluadores y usuarios de la investigación biomédica (3). Pluralidad y rivalidad de valores en el proceso de investigación. El análisis económico es pertinente y aporta información en la comprensión de transacciones entre sujetos con pluralidad (y rivalidad) de intereses y preferencias. A título de ejemplo la definición de rendimiento o impacto multidimensional del proceso de realización y el resultado de la investigación sugerido por Buxton puede ser ilustrativo (4). Desde la perspectiva de los directivos del sistema sanitario y de sus usuarios, el rendimiento de la investigación incluye la noción de coste de oportunidad y contempla tanto procesos de mejora de la calidad asistencial como de ahorro potencial de recursos, mejora en el acceso universal y, especialmente, la contribución significativa a mejorar la salud individual y colectiva. Esta pluralidad de valoraciones y preferencias supone, en un sistema participativo con asignación colectiva de recursos, el requerimiento de explicitación de las prioridades de investigación y la transparencia en relación a la elección de las alternativas organizativas y los objetivos socialmente más eficientes. La modelización del rendimiento de la investigación se ha basado en un esquema de análisis input -output, para formalizar las fases de mayor significado estratégico en la cadena de valor de la investigación y su proceso de producción y aplicación. La primera fase, ocurre con antelación al inicio del proceso de desarrollo de los proyectos y supone la identificación y valoración de necesidades de investigación y la priorización relativa de las mismas con arreglo a criterios definidos y explícitos. La fase «Propuestas, Selección y Encargo» refleja el proceso de valoración y negociación entre los financiadores responsables de la «compra» y los grupos de investigadores en torno a las líneas, objetivos y transferibiUdad propuestos por los primeros. Las fases correspondientes al desarrollo de los proyectos contratados enfatizan la importancia de los recursos -especialmente los intangibles relacionados con la experiencia y competencias profesionales así como la disponibilidad de una ir&aestructura tecnológica apropiada-los procesos -de cuyo avance pueden derivarse resultados directos en términos de cambios en las prácticas de los cKnicos que toman parte en los proyectosy los resultados primarios cuya valoración y valor añadido suele reñejarse por medio de la contabilización de los impactos bibliométricos de su publicación y difusión en la comunidad científico -técnica. El modelo subraya la importancia de las formas de evaluación y difusión de los resultados desde la perspectiva de su aplicabilidad. Las fases de transferencia y de aplicación ponen de manifiesto la importancia de los resultados secundarios -influencia en la reformulación de políticas sanitarias, objetivos de salud y decisiones administrativas, innovación de la base científica de la evidencia para la contratación de servicios sanitarios, revisión de protocolos, etc.-con especial énfasis en la modificación observable de actitudes, comportamientos y prácticas clínicas. La fase referida al impacto o resultados finales supone la visualización del valor añadido de la cadena de valor en términos de, por ejemplo, «ganancia colectiva en salud» en la medida en que sea posible establecer una asociación satisfactoria con la aportación de los resultados del proceso de investigación. El conocimiento de la complejidad y la multiplicidad de las transacciones entre los diversos agentes en el proceso de investigación biomédica permite comprender la importancia de las interrelaciones que presiden el funcionamiento de esta actividad en el seno de las organizaciones asistenciales y desactivar la persistencia de concepciones sesgadas acerca de la «propiedad» de la investigación y en consecuencia modernizar su gestión y concepción estratégica. La implantación de «contratos-programa» entre los hospitales terciarios y los grupos de La asignación de recursos y la investigación biomédica investigación o fundaciones «ad hoc» supone una nueva fórmula de corresponsabilización y de autogestión de los hospitales con la imprescindible motivación e impulso creativo de la investigación, que requiere exploración y desarrollo (5). Cambio organizativo y sostenibilidad de la actividad investigadora en los hospitales Otro ejemplo acerca de la aportación distintiva del análisis económico a la comprensión de las relaciones específicas de la investigación con el entorno organizativo en el que tiene lugar, se refiere a la previsión del impacto de determinadas opciones de reforma del sistema sanitario. De hecho las reformas de los sistemas sanitarios basadas en el desarrollo o la introducción de la gestión descentralizada del aseguramiento público, con mecanismos de competencia e incentivos de mercado puede suponer una amenaza para el «statu quo» de la sostenibilidad de la financiación y la actividad investigadora en los hospitales. En la medida en que desconcentra la función de «compra de servicios» y se asume por la Atención Primaria, afloran conflictos en relación a quién direcciona el flujo de pacientes: no hay investigación biomédica sin pacientes. En Estados Unidos, por ejemplo, la transición de la oferta hegemónica de seguro sanitario, basado en tarifas por acto médico, a la creciente implantación de la medicina gestionada ha generado preocupación por sus efectos sobre la viabilidad de la investigación clínica realizada en los hospitales imiversitarios. El cambio de configuración en el mercado asistencial, a consecuencia del desarrollo de la medicina gestionada, ha supuesto una transformación de la cuota de mercado de los hospitales terciarios, la limitación de las autorizaciones y de la derivación de pacientes para experimentos y proyectos de investigación. En el NHS del Reino Unido la percepción anticipada del impacto potencial para la estabilidad de la financiación de la investigación en los hospitales como consecuencia de la elección de proveedor asistencial por el médico de familia (GP), fue una de lá razones subyacentes en las reformas que dieron lugar en 1991 a la actual Estrategia de I+D del National Health Service (6). En el sector privado, se registra consenso acerca de que los financiadores -aseguradores, organizaciones de medicina gestionada, etc.,~ no tienen por qué afrontar los costes «extra» atribuibles a la investigación biomédica (fármacos y procedimientos experimentales, medios diagnósticos, gestión de datos, tiempo de personal asociado a la investigación, 400 Juan José Artells Herrero etc..) y sí en cambio hacerse cargo de los costes de la asistencia -no experimental-apropiada, probada y efectiva de sus asegurados y pacientes. Lo referido ilustra el valor de una visión completa de las interacciones entre la dimensión asistencial y la investigación en la consideración estratégica de los cambios organizativos de los sistemas sanitarios públicos y privados. Perspectiva económica de la investigación biomédica Hace más de cuarenta años el premio Novel de Economía K.J. Arrow señaló los principales atributos económicos de la producción de investigación y de la distribución de sus resultados (7) en condiciones de incertidumbre, asimetría de información, opciones alternativas y costes de oportunidad. Lo que sigue se refiere exclusivamente a los que aportan mayor significación al análisis estratégico y de los procesos de priorización. En primer lugar la investigación que se realiza en los hospitales constituye una actividad singular con características de producción conjunta. Los costes del tratamiento de los pacientes de difícil demarcación de los costes generados exclusivamente por la investigación, plantean una conocida dificultad analítica de la distinción entre el coste de la lana y el coste de la oveja. Pese a las mencionadas dificultades académicas la investigación biomédica como producto hospitalario específico no está exenta de un tratamiento de contabilidad analítica que permita conocer y analizar su contribución a la consecución de los objetivos corporativos del centro hospitalario y a la gestión activa de su relevancia, calidad y productividad, de manera diferenciada. La investigación biomédica como bien público La investigación financiada y realizada con fondos públicos participa de las características de los bienes públicos interviniendo la Administración en sustitución del mercado, para producir un servicio de utilización no excluyente y consumo colectivo no rival. Una vez «producida», sus resultados están a disposición de la sociedad sin exclusiones a un coste de producción prácticamente nulo (aunque su acceso y utilización tengan un coste). La asignación de recursos y la investigación biomédica Es de especial relevancia que la naturaleza «pública» del «bien» investigación deriva del carácter técnico de su demanda y no de la organización de su producción. A pesar de que la información y el conocimiento aportado por la investigación son apropiables mediante patentes, el sector público parece valorar más la publicación y difusión sin restricciones de los resultados tal vez como mecanismo efectivo de control de calidad -vía peer review-y como soporte de la productividad de la futura investigación. La naturaleza de bien público de la investigación tiene como implicaciones tres cuestiones decisivas para la relevancia social y el control democrático: la explicitación suficiente de los criterios en que se basa la priorización o expresión de la demanda colectiva de investigación, la creación de instrumentos aceptables de valoración de proyectos y de su uso de recursos y el establecimiento transparente del nivel agregado de financiación. Como común denominador de estas dimensiones de apreciación de la eficiencia pública en la asignación de recursos destaca el dilema acerca del nivel de descentralización de las decisiones de selección y dotación de recursos para proyectos de investigación competitivos. Juan José Artells Herrero 402 los objetivos establecidos y el coste de oportunidad de las alternativas de investigación relevantes, así como la explicitación del criterio de dilucidación entre las mismas (8). Necesidad inducida por la Oferta Otra característica económica de la investigación biomédica consiste en el papel dominante que tradicionalmente han jugado los propios investigadores (o sus formas organizativas) como formuladores de la «necesidad» de investigación: estableciendo lo que es investigable de lo que no lo es, desarrollando protocolos, decidiendo acerca de la distribución de responsabilidades, cargas de trabajo y uso de recursos y evaluando la calidad de los procesos y productos de la investigación de manera notablemente endogámica. En ausencia de intervenciones correctoras los inventivos de esa situación pueden llevar a la identificación de lo que «se necesita» con la particular opción tecnológica y los intereses y agendas de los propios investigadores. El avance en la rendición de cuentas y la relevancia social de la investigación por medio de la explicitación transparente de objetivos y prioridades se complementa con la dinámica correctora de los «cuasi mercados» -separación de financiadores públicos, priorizadores y proveedores-al objeto de contrarrestar la inducción de la necesidad de investigación por parte de la oferta. Reputación, riesgo y especificidad de activos En la competencia de los centros y equipos de investigación por el reconocimiento y la financiación de sus proyectos, la reputación -compromiso con un determinado dominio investigador y conocimientos focales («core»)-constituye una característica singular de diferenciación competitiva que se refiere tanto al mantenimiento de la confianza de la sociedad como en el rechazo de comportamiento oportunistas. La incertidumbre y la imprevisibilidad de la maduración de la investigación suponen un fuerte componente de riesgo, cuya gestión eficiente significa tanto la desincentivación de la selección adversa -disminución de la productividad debido a la desmotivación de los investigadores-como el «pooling» de riesgos -asociado tanto a la integración o asociación de infraestructuras para lograr tamaños críticos como a la diversificación óptima del portafolio de investigación. Como ha puesto de manifiesto recientemente el National Center of Research Resources (NCRR) las tendencias dominantes del futuro La asignación de recursos y la investigación biomédica inmediato de la investigación biomédica -medicina molecular -pasan por la disponibilidad de infiraestructuras cuyo coste hace imperativo sacar el mayor provecho de las economías de escala, el uso compartido de recursos y competencias y las alianzas estratégicas entre centros de investigación complementarios y sinérgicos. Finalmente conviene tener en cuenta como singularidad de las organizaciones de investigación biomédica, la especificidad de los activos asociados a la misma. Tanto la irrfraestructura, con rápidos ritmos de obsolescencia -como el mantenimiento de las competencias de los investigadores. La transformación que está teniendo lugar en la dependencia de la investigación biomédica de nuevas disciplinas-ingeniería biomédica, genética molecular, biología estructural-, nuevas tecnológicas -bioinformática, modelización computerizada-e instrumentación de la manipulación genética, señala tanto una rápida transición de la «administración» a la «gestión» integrada de la investigación, como la necesidad de la asignación de recursos con una perspectiva estratégica óptima. El Congreso y la Oficina de Gestión y Presupuesto de los EE.UU., están desarrollando la «Research and the Government Performance and Results Act», que establece como requisito obligatorio para todas la instituciones y agencias federales de financiación y promoción de investigación, el establecimiento y publicitación de sus objetivos estratégicos, el comportamiento de su gestión y evaluación de sus infraestructuras, procesos y resultados. La Economía de la Salud permite mejoras específicas del bagaje instrumental en el análisis estratégico de la investigación biomédica. La noción de «bien público» exige la explicitación de objetivos, alternativas y coste de oportunidad en el análisis de los procesos de priorización del gasto, cuya compleja cadena de valor -puesta de manifiesto por el análisis input-output-requiere la mayor transparencia. El análisis de las formas organizativas del sistema sanitario pone de manifiesto hasta que punto cambios en la distribución de la titularidad de responsabilidades en la financiación, gestión y provisión asistencial suponen una amenaza potencial para la viabilidad organizativa y financiera del «statu quo» de la investigación en los hospitales. El uso de análisis económico en el diseño de intervenciones de gestión supone una transformación sin precedentes en la disponibilidad de información de mayor calidad para la fundamentación del posicio-
Para un especialista la preparación clínica, diagnóstica y terapéutica eran el núcleo central de su formación. Además se hace preciso el aprendizaje de otras habilidades. Según el autor éstas se centran en dos aspectos: fundamentar científicamente las decisiones tomadas y adecuar sus costes en función de los objetivos a cubrir Ambas se sitúan en la base de lo que será la gestión clínica. De manera clásica, la práctica clínica se inicia con la valoración y diagnóstico del paciente, continúa con el plan terapéutico y permanece mientras se mantiene la relación médico-enfermo. El profesional es quien decide el proceso productivo en el hospital, al tomar o no decisiones, repercutiendo sobre la organización y los recursos utilizados. José Luis Pérez Arancón Por tanto no parece atrevido manifestar que siempre se ha hecho gestión clínica y ejercitarla es «integrar» la mejor práctica clínica y el mejor uso de los recursos disponibles. La práctica clínica implica gestión, que puede ignorarse o reconocerse (1). En los años setenta en Cuidados Intensivos hemos conocido bastante adecuadamente la gestión de asistencia individual (elección de un determinado tratamiento o indicación quirúrgica ), mucho menos la gestión de procesos asistenciales (utilización inapropiada tecnológica, estudio de cargas de trabajo), y rudimentariamente la gestión de utilización de recursos (asignación de personal médico o de enfermería ).Se carecía de explicitación en las guías de actuación de la eficacia y en general se ignoraban las guías de la efectividad y de la eficiencia. La Medicina Intensiva de aquellos años con una doctrina asistencial bien definida (2) ha ido asumiendo progresivamente más patologías, de igual modo su marco funcional se ha extendido desde los Servicios de Medicina Intensiva a la atención sanitaria «in situ», su contenido hospitalario se ha ampliado con competencias en algunos Servicios de Urgencias y en cuanto a formación hemos asistido a etapas como las de comienzo con profesionales provenientes de otras especialidades (Anestesiología y Medicina Interna principalmente) (3) hasta contemplar programas de docencia específicos de la especialidad de tres y cinco años como el actual (4) (5). La revolución tecnológica tanto diagnóstica como puede ser la determinación continua del gasto cardíaco (6), como terapéutica en el campo de la sustitución de la función renal (7), en la estrategia infecciosa o en los métodos no invasivos, es otro hecho a evaluar durante el desarrollo de estos años. Y no sería completa la visión si no tuviéramos en consideración circunstancias como la dificultad de aplicación de la equidad en los Servicios de Medicina Intensiva por carecer de una homogeneidad de criterios de ingreso (9), los problemas éticos que plantean la notoriedad de los enfermos (10), así como las intromisiones ocasionales de los altos directivos del hospital. En esta panorámica inicial se «carecía» de una estructura definida de gestión y se incidía en proporcionar una buena asistencia sanitaria individual. Evolución de la gestión clínica en cuidados intensivos. Bases de la gestión clínica en cuidados intensivos Entendiendo que la gestión clínica es la utilización adecuada de los recursos para la mejor atención al paciente, las bases conceptuales entroncan los fundamentos éticos de la medicina de alcanzar la mayor excelencia profesional de los médicos y sanitarios y de lograr los mejores cuidados sanitarios de los enfermos. Lo que más ayuda en la toma de decisiones y que disminuye el nivel de incertidumbre es la información, delimitar cual es útil en la clínica es una difícil tarea pero la cualidad para ser un experto, eficaz y eficiente facultativo es la capacidad de obtener, interpretar y aplicar la información de una manera adecuada^ La información necesaria para la gestión clínica es: Información de la Historia Clínica. Informe de alta a) Conjunto mínimo básico de datos. Datos individuales del enfermo. Variables clínicas (11) b) Historia clínica rentabilizada y la exploración: cada dato es como una prueba diagnóstica (12). c) Pruebas complementarias: ¿ me ayudan a tomar decisiones? Se debe buscar en los procedimientos de laboratorio, radiología y en las interconsultas intrumentalizadas un equilibrio entre la sensibilidad y la especificidad (13) (14). 2 Información científica ¿Como obtener la información relevante desde el punto de vista práctico? Utilizando sistemas que sintetizan la información de mayor impacto en la práctica médica, como bases de datos Medline y Embase (15),the Cochrane Library, y valorando las revistas y publicaciones periódicas con fundamento en la Medicina Basada en la Evidencia Científica(16). Se considera que el instrumento metodológico más riguroso es el ensayo clínico controlado que aporta un mayor grado de evidencia científica (17), sin embargo las limitaciones inherentes como la gravedad de los enfermos y las múltiples técnicas diagnósticas y terapéuticas a las que están sometidos, pueden dificultar la valoración de los resultados de un ensayo clínico en un gran número de ocasiones. Información de agrupamiento de pacientes y medida de resultados Los enfermos los agrupamos mediante criterios clínicos y homogeneidad en el consumo de recursos, utilizando los Grupos de Diagnósticos Relacionados (GDRs), lo cual nos permite establecer los denominados perfiles de la práctica clínica y comparar los resultados asistenciales. Nos sirve de autorreflexión en diferentes períodos y nos permite posicionarnos con respecto a otros Centros. En cuanto a resultados se valoran los sucesos adversos, las complicaciones, reingresos y la mortalidad. El uso del APACHE II como sistema de clasificación de la gravedad de la enfermedad (18), permite a grandes rasgos utilizarlos en casos teóricos para comparar grupos «homogéneos» de pacientes de diferentes Servicios de Medicina Intensiva o facilitar el estudio de nuevas terapéuticas mediante la estandarización de poblaciones, analizar objetivamente la mortalidad permitiendo realizar trabajos sobre la efectividad y la eficiencia (19). No sólo es preciso hacer una asistencia efectiva y de calidad sino que hay que lograr que el precio de dicha atención sea razonable, es decir hay que buscar una relación óptima entre los costes y el resultado. Se debe disponer por tanto de una información básica de gastos de estructura, intermedios y de personal, farmacia, y sinninistros que nos permitan relacionar la producción de los Servicios con sus costes (20). Después de realizar un examen de situación, con la valoración de los puntos fuertes, débiles, las oportunidades y las amenazas, la evaluación de la obtención de ventajas competitivas tanto por estrategia de costes como de diferenciación ( 21), la gestión clínica contempla en la actualidad: A) Perfil de la práctica clínica que comprende: -Una amplia cartera de servicios teniendo en cuenta que es un hospital de referencia con nivel docente. Esta cartera describe y codifica los tipos de patología, los procedimientos y Evolución de la gestión clínica en cuidados intensivos.. las técnicas. Existen criterios de ingreso «flexibles»^ -Cuantificación de la actividad que se utiliza a base de datos históricos (años anteriores) para pactar los objetivos cuantitativos con la Dirección. -Se elaboran y revisan guías de diagnóstico y de tratamiento (antibioterapia, estandarización de asistencia al paciente neuroquirúrgico, politraumatizado post-operado de cirugía cardiaca, etc). -Descripción de indicadores que quedan reflejados en la memoria anual del Servicio (ingresos, consultas, reocupación, reingresos, estancias, mortalidad, estancia media, moda, mediana, ocupación, mortalidad, t° enfermería, etc) -Estudio de las características de la producción, GDRs, relación con el estándar, índice case-mix, peso, peso ponderado, etc. -Listado de Utilización de recursos: test diagnósticos, uso de imagen, utilización de fármacos de elevado precio. -Estudio de los procesos asistenciales más frecuentes (postoperados de cirugía cardíaca, traumatismo craneoencefálico, etc) con evaluación de actividades que constituyen el 70-80 % de la actividad del Servicio. -Descripción del curso habitual de las patologías atendidas con objeto de prevenir las complicaciones y los reingresos. -Plan de actividades docentes e investigadoras. -Averiguar la opinión de los ciudadanos sobre el Hospital y en concreto sobre el Servicio con objeto de subsanar deficiencias. ( 24) -Asistencia social. Se carece de un sistema estructurado y con soporte informático de control de gestión del Servicio para su valoración y seguimiento (presupuesto, costes, análisis de variaciones periódicas etc). De manera informal se conoce el coste y por tanto las desviaciones groseras del mismo. La información de dicho coste se deduce de datos estructurales ( servicios generales y amortización), de datos intermedios (servicios auxiliares y servicios centrales), y de datos finales (personal, farmacia y suministros) que son solicitados por el propio Servicio, su suma evidencia el coste de producción, pudiendo deducir el coste por estancia, por unidad ponderal y el coste medio por proceso. Como reflexión final decir que históricamente la formación médica ponía su acento en la preparación clínica, diagnóstica y terapéutica junto con el aprendizaje de las habilidades que para la práctica de la medicina se requerían. Se exigía de los profesionales sanitarios además una dedicación vocacional. La sociedad moderna esta variando este enfoque. Junto al núcleo central citado, exige una rigurosa formación científica y objetividad en las decisiones, demandando a todos los médicos eficacia, efectividad y eficiencia, es decir que las decisiones y medidas que se adopten deben estar científicamente fundamentadas, que sean las más adecuadas y que su coste sea proporcional a los objetivos que hay que cubrir (25).
traspasando los planteamientos teóricos y meditando sobre el sentido del quehacer directivo diario. Buscaré, expresam.ente, alejarme del entramado teórico conceptual, sobradamente estudiado en múltiples textos que todos conocemos, para, explorando el «día a día», comentar otros temas, tal vez menos «teorizados» pero siempre presentes en nuestra actividad como directivos. No siendo habitual que a los directivos se nos convoque a escribir sobre «nosotros mismos», he decidido utilizar un tono irónico, pretendiendo una lejanía imposible de conseguir, pero que se suele decir recomendable a la hora de perseguir la necesaria objetividad con que tratar estos asuntos. Formamos parte de una Administración Sanitaria prestadora de servicios que pretendemos de calidad, así hablamos de CALIDAD TO- TAL, calidad del PRODUCTO HOSPITALARIO considerado en su conjunto y no como calidad en uno o varios de los elementos que lo integran. Entiendo que el Hospital ofrece un servicio sanitario, integrado por múltiples componentes, sanitarios, hosteleros, informativos, etc., analizables por separado, pero necesariamente integrados a la hora de valorar el servicio que nuestras Instituciones prestan a sus usuarios. Administración, además, regida por principios de eficiencia en la asignación de recursos. Pretendemos prestar unos servicios suficientes en cantidad y adecuados en calidad, pero que no se pueden producir de cualquier manera, ni a cualquier precio. Los recursos no son ilimitados y cuando los empleamos en la cobertura de determinadas necesidades, necesariamente deberemos dejar otras sin atender, lo que nos obliga al máximo rigor en su gestión. La Administración habrá de ser, también, transparente en la gestión. La toma de decisiones sobre la asignación de recursos públicos, obliga a tomar en consideración unos principios básicos, establecidos legalmente y que garantizan la transparencia y objetividad con que debemos operar en todo momento. Necesitamos una Administración competente. Lógicamente, las personas encargadas de la gestión de los recursos públicos, deben contar con. la competencia personal y las competencias profesionales necesarias para que su labor pueda alcanzar el buen fin que todos deseamos. ¿Cuál, en estas circunstancias, es el papel de la FUNCIÓN DI-RECTIVA en las organizaciones sanitarias? ¿Por qué las encuestas de clima social, realizadas entre los empleados de los centros sanitarios, suelen revelar una razonable, cuando no intensa, identificación con la Institución, a la par que una escasa o nula identificación con la Dirección? ¿Es la Dirección, entonces, un INTRUSO, un ESTORBO, un AD-VENEDIZO, indeseado por la mayoría de los elementos de la organización? En el mejor de los casos, ¿UN MAL NECESARIO? ¿Tiene la Dirección, quienes desempeñan los puestos directivos, alguna idea sobre cómo es considerada y/o percibida por quienes la promueven y por quienes la «soportan»? ¿Tenemos claro POR QUE y PARA QUE estamos aquí? ¿Que relación tiene la Dirección con la oficina del conseguidor? ¿Existe una correcta relación entre lo que se espera de un directivo y los medios de que dispone para conseguirlo? ¿Tiene todo lo anterior algo que ver con la enorme inestabilidad laboral existente en el colectivo de directivos hospitalarios? A lo largo del presente trabajo, pretendo sentar unas bases conceptuales mínimas, que permitan aportar contestaciones constructivas y de futuro a estas preguntas tan insolentes y malintencionadas. La dirección en la organización Consorcios: Consejo de Gobierno Fundaciones Públicas Sanitarias: Consejo de Gobierno En el mismo sentido, el Reglamento de Organización y Funcionamiento del Hospital General Universitario «Gregorio Marañón», aprobado por el Decreto 98 de 4 de Junio de 1.998, recoge, en sus artículos 8, 11 12 y 13, la creación de un Consejo de Administración, con competencias en el nombramiento del Equipo Directivo, determinación de las líneas estratégicas de la Institución y exigencia de cuentas sobre su gestión. El entorno real de la función directiva ¿Cuál es el entorno relevante de la Función directiva'? ¿Quién es su cliente? -¿El político? Es quien le nombra y le puede cesar. Interfiere continuamente, muchas veces incluso en cumplimiento de diversos preceptos legislativos, en la labor de dirección. Influye, de modo sensible, en la instancia política. -¿Los destinatarios del servicio que se presta? Son el centro y objetivo último de la actividad profesional directiva. -¿El resto de la organización? Cada estamento se presenta con su particular inventario de intereses, que el directivo tratará de compatibilizar con los de la Organización. -¿Todos los anteriores a la vez? Todos ellos, en mayor o menor medida, intervienen y condicionan la actividad directiva, hasta el punto de que, en ocasiones, el directivo se asemeja a una barca a la deriva, sometida a las corrientes y demás circunstancias meteorológicas, que la zarandean e impiden discurrir por su rumbo adecuado. En este contexto, no sería ocioso preguntarnos ¿UNA FUNCIÓN DIRECTIVA O VARIAS FUNCIONES DIRECTIVAS? ¿Es única la Función Directiva en los centros hospitalarios o, por el contrario, existen al menos dos funciones directivas distintas, la que se proyecta sobre la actividad asistencial y la que se proyecta sobre la gestión de los recursos (la de Atención Sanitaria y la de Gestión y Servicios Generales, en el lenguaje habitual)? Si fueran dos, ¿tienen o pueden tener intereses contrapuestos, de cuya armonización dependa el direccionamiento de las energías en pos del verdadero interés de la organización? ¿Es cierto que sus diferentes orígenes, tradición, experiencia directiva, relación con la organización y niveles de profesionalización, e incluso de implicación directiva, pueden condicionar esta eventual divergencia de intereses? En ese caso, correspondería a las Gerencias la mencionada armonización de intereses parciales, en la dirección del interés común de la Organización. Si llegáramos, por el contrario, a la conclusión de que la fimición directiva es única, lo que resulta coherente con la existencia de una única organización, que presta un servicio único (asistencia sanitaria hospitalaria, en sus diversas variantes y modalidades), tal como he propuesto anteriormente, que pretende de calidad, será importante que los propios equipos directivos sean conscientes de dicha unidad de acción, asumiéndola bajo cualquier circunstancia y con todas sus consecuencias. COROLARIO-DEFINICIÓN DE FUNCIÓN DIRECTIVA En función de todo lo anteriormente expuesto, podríamos arriesgarnos a proponer una definición de Función Directiva: «La Función Directiva en el ámbito hospitalario, se establece en unas organizaciones concebidas por -y en buena medida «para»-los profesionales que las componen, como un instrumento de los poderes públicos -financiadores-necesario para racionalizar la gestión de los recursos públicos y reconducir la actividad asistencial-sanitaria hacia los fines establecidos por los órganos competentes, armonizando, para ello, las potencialidades profesionales disponibles, procurando, al mismo tiempo, la máxima satisfacción de los intereses propios de los diversos agentes intervinientes». La Función Directiva consistiría, entonces, en gestionar unos recursos, a través de una Organización, para proporcionar la satisfacción de los intereses de ciudadanos-pacientes, politicos-planificadores y profesionales-sindicatos. En este punto, considero relevante dedicar unas líneas a analizar, por su indudable repercusión en el desarrollo de la Función Directiva, a los que se podrían denominar CONDICIONANTES SOCIO-ECONO-MICOS. A) La propia naturaleza del servicio que se presta, favorece la superposición y, en ocasiones, la suplantación de intereses entre profesionales, organización y ciudadanos, por la identificación de los in-tereses de los profesionales con los de los ciudadanos y por lo tanto con los de la organización. Se trata de dos falacias que condicionan fuertemente la Función Direptiva: No asumir ciertos intereses de determinados grupos profesionales, se pretende confundir, en ocasiones, con atentar contra los intereses de la organización y, en última instancia, contra los de los ciudadanos. Del mismo modo, con cierta frecuencia se considera natural que los intereses de los ciudadanos estén representados, precisamente, por aquéllos a quienes ni los ciudadanos pueden, ni precisan elegir, como son los profesionales, organizaciones corporativas, centrales sindicales, etc y hasta se hace muy raro pensar que los verdaderos representantes de la ciudadanía y de sus intereses, según las reglas del sistema democrático sean, precisamente, los responsables poKticos, cuya legitimación paura decidir sobre las políticas sanitarias, debe -coherentemente-estar fuera de toda duda, así como su capacidad para designar los equipos directivos adecuados para, en su nombre, ponerlas en práctica. B) La oferta de asistencia sanitaria tiene una demostrada capacidad para generar su propia demanda de modo ilimitado, demanda reforzada tanto por la elevación de nuestro nivel de vida, como por el envejecimiento persistente de nuestra población, apoyada, en última instancia, por una pertinaz presión tecnológica hacia la utilización de nuevos y siempre más caros productos en nuestros hospitales. C) La descoordinación que la proliferación de distintos niveles competenciales territorial y funcionalmente hablando (entidades locales, comunidades autónomas, estado, diputaciones) introducen en el sistema, no como mal necesario e inevitable, sino como escenario de un mayor acercamiento al ciudadano, requieren un importante esfuerzo de armonización y cooperación. Por último, D) Las necesidades cambiantes y diversas en materia de salud, propias de una sociedad en continua evolución, así como una prolífica actividad científica investigadora, que proporciona constantes innovaciones tecnológicas con inmediata repercusión sobre la salud de los ciudadanos, configuran un mercado sanitario absolutamente dinámico y necesitado de importantes dosis de coherencia en cuanto a los criterios de asignación de los recursos públicos destinados a fines sanitarios. La necesidad de conjugar los flujos de intereses mencionados, así como la gestión de los condicionantes detallados, procurando orientar los recursos sanitarios hacia la consecución de los objetivos propuestos, La aportación del directivo hospitalario. exige la existencia de unas organizaciones enormemente complejas, en las que la Función Directiva se hace no solo necesaria, sino imprescindible, integrando capacidades y concitando voluntades, para su máximo aprovechamiento dentro del marco jurídico-económico existente en cada momento. Después de propuesta una posible definición de Función Directiva y establecida la necesidad de su existencia, en ñmción de los factores que condicionan el marco en que hemos de prestar nuestros servicios sanitarios, habremos de profundizar en las características de la Función Directiva que decimos necesitar. ¿Que función directiva se necesita? En principio, intuimos cómo NO DEBE SER: -No debe de ser una F.D. trinchera, ante actuaciones o políticas no acordes con las demandas de la ciudadanía (trinchera externa), o bien ante las reclamaciones o exigencias de sus propios profesionales, respecto de los organismos competentes para su resolución(trinchera interna). -No debe de ser una F.D. portavoz de los intereses de los profesionales, pues existen órganos e instancias de representación sobradamente acreditadas que, por otra parte, ejercen gran parte de su actividad precisamente ante las direcciones de las Instituciones. -No debe de ser una F.D. frustrante de las expectativas generadas, a veces de modo inadecuado, desde otras instancias. -No debe de ser una F.D. espectadora, dedicada a dar explicaciones de por qué suceden las cosas. -No debe de ser una F.D. heroica, donde la asunción de problemas y conflictos no guarde la más mínima relación con la competencia para resolverlos. -No debe de ser una F.D. parche, donde la competencia técnica y profesional se obvie por otras consideraciones coyunturales. -No debe de ser una F.D. complaciente, con cuantas influencias exteriores e interiores se presenten y que puedan condicionar de modo determinante sus decisiones de gestión, tratando de evitar el «conflicto» a toda costa. La Organización se forma a partir de las personas que la componen, de los demás recursos (materiales e inmateriales) y las relaciones que se establecen entre ellos, para la obtención de los fines de la misma. En este contexto, la FD. cumple un papel INTEGRADOR de los objetivos individuales, colectivos y organizativos, gestionando los recursos puestos a su disposición, para lo cual: ORDENA/COORDINA recursos himaanos y materiales, en un entorno plagado de CONDICIONANTES-RESTRICCIONES y con un determinado nivel de COMPETENCIAS, generalmente insuficientes, debiendo obtener unos resultados como si unos y otros no existieran. Es decir, debe de comportarse como si fuera poseedor de las cuatro cualidades necesarias para dirigir: CAPACIDAD, AUTORIDAD, PODER e INFLUENCIA. 1.-AJUSTARA EL GASTO/COSTE-PRESUPUESTO, entre ellos sus propias retribuciones. 2.-MOTIVARÁ, aunque no cuente con demasiados instrumentos para hacerlo. 3.-Se preocupará por los CLIENTES: a) PROFESIONALES que perciben como retribución parte de los fondos presupuestarios y determinan la cantidad y destino final del gasto, como consecuencia de su actividad. En quien un directivo debe pensar antes de tomar una decisión. b) CIUDADANOS destinatarios de los servicios, que sufragan con sus impuestos. En quien un directivo debe pensar durante toda la jornada laboral. c) PODERES PÚBLICOS que deciden las políticas y líneas estratégicas del servicio sanitario a prestar, administrando los impuestos de los ciudadanos. En quien un directivo debe pensar las 24 h. del día. Todo ello con criterios de CALIDAD. Ello se traduce en una serie de actividades: -Explicar y convencer de los LIMITES DEL GASTO a los PRO-FESIONALES que habrán de utilizarlos para la prestación de atención sanitaria. -Racionalizar y asignar EFICIENTEMENTE los recursos. -Planificar la actividad sanitaria, con los niveles establecidos de CALIDAD Y CANTIDAD, CONTROLANDO adecuadamente su producción a través de los mecanismos determinados para eUo. Estas actividades requieren el desarrollo, entre otras, de las siguientes ESTRATEGIAS: Reorganización de recxirsos 3. Reestructuración de la organización 4. Implantación de herramientas de dirección (dpo, dirección de proyectos etc). Para cuyo desarrollo es preciso: -Contar con un plan de comunicación interna y externa, que garantice, a los diversos agentes que intervienen en la prestación del «Producto Hospitalario», el conocimiento de toda la información relevante, así como a la comunidad «usuaria», el conocimiento del «donde», «cuando» y «como» de dichas prestaciones. -La implicación de todos los profesionales en la gestión de su propia actividad con los criterios establecidos en toda la organización: que cada empleado sea capaz de gestionar su puesto de trabajo orientado a los fines de la organización. -Un Sistema de Información para la Gestión, preciso en su contenido, adecuado a las decisiones que se espera tener que tomar y generado con la periodicidad necesaria. Finalmente, no me resisto a hacer un poco de corporativismo, tiene uno tan pocas ocasiones... Fundaciones según Ley 30/94: Patronato Sociedades Estatales: Consejo de Administración Cuáles pueden ser estas aspiraciones: • Acceder a los instrumentos de gestión que le permitan realizar su actividad con garantías de éxito, asumiendo, en consecuencia, los riesgos derivados de unos resultados inadecuados.
¡Salvad las ciudades milenarias! Este debería ser el grito con el que avanzáramos un grupo imaginario de valientes amantes de estas viejas urbes. Y sería el texto de las pancartas con las que, emulando a los amantes de las ballenas, recorriéramos calles y plazas hasta llegar al Ministerio. ¿Al de Medio Ambiente? No sigo mencionándolos porque tal vez todos los existentes pudieran ser destinatarios de nuestra petición. Petición preñada de temores y de advertencias y de quejas... y de recomendaciones. «Salvad las ciudades milenarias», podría ser el título de todos los artículos que componen este número especial de ARBOR, con el que cada uno de los autores queremos formar parte de la imaginaria manifestación que correrá, queremos, si no calles y plazas, sí mentes y conciencias. Ninguno de nosotros está ya en edad de empuñar carteles y patear pavimentos vociferando; pero sí de empuñar nuestras plumas y gritar con ellas: ¡Aún estamos a tiempo! ¡No todo está perdido! ¡Salvemos esa parte de nuestra historia que todavía se respira en nuestras viejas ciudades! A estas alturas, cuando estamos en los albores del siglo XXI, somos conscientes de haber perdido una buena parte de las huellas de nuestro pasado. Pero aún hay mucho que salvar Preocupémonos por ello. Y ocupémonos de ello. No parece empresa fácil. Hay muchos problemas que resolver y muchos acuerdos que adoptar, pero con buen entendimiento se pueden obtener buenos resultados. Alguien podría entender que salvar una ciudad milenaria es remozarla, renovarla, demoler sus casas ruinosas y construirlas de nuevo con un aire nuevo para una vida nueva. Incluso puede llegarse a pensar en ensanchar calles para facilitar el tráfico rodado y elevar alturas en las construcciones para que quepa más gente en cada edificio. Eso, todos lo sabemos, incluidos los que piensan en la renovación, no sería precisamente salvar ciudades milenarias. Salvar ciudades milenarias es llegar a tiempo de rescatarlas de la fiebre de los renovadores y consumidores de confort, y conservarlas entre las joyas de nuestro pasado. Para lo que hay que contar siempre, cómo no, con la especial colaboración de todos sus usuarios, entendiendo por usuarios a los que las disfrutamos viviéndolas o visitándolas. Sí, porque los que no disfrutan viviéndolas o visitándolas no suelen ser los que las comprenden. Cada uno, en su artículo, expone su punto de vista, su parecer sobre una ciudad milenaria. Se podría decir que las opiniones que expresamos los articulistas son diferentes, incluso aparentemente contradictorias en ciertas cuestiones; pero lo que no se puede negar es que hay una total coincidencia en nuestro deseo de salvar estas ciudades, una coincidencia en nuestros temores a perderlas y, por ende, en nuestro afán de conservarlas; es decir, en nuestro cariño hacia estos museos de vidas pasadas, ya débiles documentos de nuestra historia. Los que aquí escribimos sentimos como nuestros los problemas de las ciudades milenarias. Nos duele el abandono al que en su mayoría están sometidas por inexistencia de las atenciones precisas y especiales en los presupuestos del Estado para la lucha por su mantenimiento. Nos duele que sus habitantes, al no sentirse amparados por exenciones tributarias y subvenciones para restaurar y mantener sus casas, se vean obligados a abandonar y dejar arruinar sus moradas heredadas de sus antepasados, desentendiéndose de su obligación de legarlas a sus sucesores. Alguien sugiere en su artículo (creo que soy yo), que cuando nos convenzamos de que nuestras ciudades medievales son obras de arte que hay que cuidar como se cuidan las obras de los museos, se destinarán para ellas cuidadores y medios especiales para evitar su paulatina transformación y total desaparición. Salvemos las ciudades milenarias, como salvamos las ballenas, el lince o el águila imperial, antes de que «el progreso» nos las arrebate. Félix del Valle y Díaz
La Historia del hombre es muy reciente y señalar el momento del paso a la prehistoria de la historia no es nada fácil. Se dice que la Historia es la ciencia que estudia la evolución de la cultura humana y que la primera Historia que se escribe es la de Herodoto en el siglo V antes de Cristo, que ya era un relato e investigación de las costumbres y vidas de todos los pueblos civilizados o bárbaros conocidos entonces por los griegos. Después se citan las historias de Polibio (siglo II a.C), Diodoro y Estrabón. Es solo en el siglo XIX cuando empieza a hablarse de la Prehistoria como una ciencia distinta y se cita al francés Boucher de Perthes (1788-1868) como su fundador, ya en pleno siglo XIX, diferenciándose porque la prehistoria no se basa en documentos sino en la utilización de la Geología, la Paleontología y en el estudio de los restos, y trabajos en piedra o metal, y en los habitats y restos de aquellos hombres. Pero ir más allá para distinguir la Historia de la Prehistoria ni es fácil ni pacifico, ni es tarea que nos competa a nosotros. Pero es indudable que la aparición de la ciudad es ya un acontecimiento histórico que se puede remontar o a la mítica Jericó de 6000 años antes de Cristo, o a las ciudades anteriores a la era cristiana de China, India, Mesopotamia, Egipto y finalmente a las mediterráneas: Atenas, Esparta, Roma, ya plenamente históricas, y que podemos hablar sin ninguna duda de ciudades milenarias. En España tenemos testimonios históricos de muchas ciudades anteriores a la era cristiana: Ampurias, Sagunto., Numancia, Cartagena, José Luis Alvarez Alvarez 430 Cádiz, son ejemplos clarísimos, y ciudades milenarias, habitadas ininterrumpidamente desde hace más de mil años hay muchas más: Sevilla, Córdoba, Málaga, Marida, León, Tarragona, Toledo, Granada, Zaragoza, son quizá las más conocidas o famosas pero hay muchas otras. Hablar de ciudades milenarias en España es absolutamente lícito, pero en verdad y desde el punto de vista de la preocupación por su conservación e interés y de la preservación de la historia y sus características es mejor extender la referencia no solo a las ciudades milenarias, sino a las ciudades históricas, aquellas que tienen un interés especial por su subsistencia y evolución a través de los siglos aunque no lleguen al milenio. Hoy, es opinión general al menos desde el punto de vista de la Cultura, de la Historia y del Arte que esas ciudades que han llegado hasta nosotros son un patrimonio de todos que merece un tratamiento especial, por su interés histórico y artístico, por ser un testimonio de lo que ha sido la vida y la evolución del hombre y por razones incluso económicas y convivenciales que iremos desgranando a través de estas páginas. Pero si esta actitud y reconocimiento repercute en su favor hay muchas otras circunstancias que ponen en peligro la subsistencia de esas ciudades, o de su personalidad y esencia. Frente al respeto a su historia se alzan los intereses que ofrecen su posibilidades de desarrollo; frente a su interés cultural se alza la multiplicación en muchos casos, de sus habitantes; frente al respeto a su carácter, naturalmente antiguo, se alzan las exigencias de la modernidad. Todo ello se hace mucho más inteligible cuando ponemos los ojos en muchas de esas ciudades que han resistido con graves dificultades el «progreso» de los dos últimos siglos. Estos han traído aspectos tan positivos como la revolución industrial, el incremento de la población en forma progresiva, casi geométrica, por el aumento de la natalidad y de la esperanza de vida, la motorización con sus exigencias de nuevas y más amplias vías, la edificación en altura, el traslado de gran parte de la población del campo a la ciudad. Pero esos indudables «progresos» han tratado de imponer sus necesidades con tanta urgencia y fuerza que muchas veces han incidido negativa y gravemente sobre las ciudades históricas. Y ese fenómeno de urbanización y modernización que empieza en el siglo XIX y se acentúa enormemente en el XX, ha producido evidentes daños en los aspectos culturales, artísticos e históricos de esas ciudades, de forma que el progreso se ha hecho sin el debido cuidado o respeto a un patrimonio valiosísimo. Las primeras reacciones frente a este riesgo se producen en Gran Bretaña en el siglo XIX, y en disposiciones aisladas y sin suficiente fuerza en los demás países desarrollados con ciudades La protección jurídica de las ciudades históricas milenarias hasta una época muy reciente prácticamente la segunda mitad de este siglo que ahora acaba, en la que empiezan a dictarse normas eficaces para su protección. Y lo que es más grave, a pesar de estas reacciones, todavía hoy se siguen produciendo enormes deterioros por razones de una u otra clase a las ciudades históricas. Quizá por ello y para tratar el tema tal como hoy se presenta, sea bueno hacer un breve repaso histórico de los diversos intentos de poner de relieve el riesgo que sufiren las viejas ciudades por las aparentes exigencias o conveniencias de la modernización. La aparición en la historia del principio de conservación del patrimonio arquitéctico La historia está hecha del éxito de grandes civilizaciones y su consiguiente desarrollo y caída. Para referirnos nada más a la historia europea y mediterránea, dejando de lado la de los países de Extremo Oriente, si repasamos a grandes saltos lo que ha pasado en la época histórica más reciente, es decir la que va de los 3000 años antes de Cristo hasta nuestros días, podemos citar una serie de imperios y culturas que empiezan por Mesopotamia, siguen en Egipto, Grecia y Roma y ya continúan en la evolución de Europa occidental. Pues bien en toda la primera parte de esos cincuenta siglos hay una época muy larga en la que las grandes ciudades que existieron, prácticamente han desaparecido: Babilonia, Nínive, Tebas, Luxor, Tellel-Amarna, Alejandría, etc. Lo que queda de ellas son restos excepcionales que han subsistido por el enorme volumen de algunas de sus construcciones, que han resistido el paso del tiempo, el abandono y hasta haber servido de cantera para nuevas construcciones de muy inferior calidad. Y es ya en los siglos XIX y XX cuando empiezan a valorarse esos restos, ya no como ciudades vivas sino como testimonios de un pasado glorioso. Cuando nos acercamos a las dos grandes culturas mediterráneas, mas próximas en el tiempo, Grecia y Roma el fenómeno es parecido. Cuando decae su poder e importancia, y a pesar de que sus más representativas ciudades no dejan de estar habitadas, se produce el fenómeno de que su decadencia hace olvidar su grandiosidad y el tiempo y el desprecio por la historia y sus realizaciones o sencillamente la incultura generalizada, hacen lo demás. De las fantásticas ciudades gloriosas de la cultura helénica vemos hoy, no lo que se ha conservado sino sencillamente lo que ha subsistido de sus monumentos mas notables y menos perecederos. Algunos templos o restos de ellos en Atenas, o José Luis Alvarez Alvarez 432 en las ciudades más importantes de su cultura, en Asia Menor o en Sicilia: Efeso, Agrigento, Siracusa. Y de muchas de sus legendarias ciudades, Troya, Esparta, Corinto no queda rastro o puramente restos arqueológicos. Y todo ello porque no existía preocupación por conservar las glorias pasadas. Y es, repito en el siglo XVIII o XIX cuando con la Ilustración o el Renacintismo se vuelven los ojos a lo «Antiguo». Basta pensar como ejemplo en la tragedia que fue para toda la Humanidad que el Partenón que había permanecido entero a lo largo de los siglos, a pesar de la casi completa destrucción de Atenas, fuera utilizado como polvorín por los turcos y que una granada veneciana convirtiera en 1687 en ruinas lo que estaba conservado casi plenamente, y que después la incuria y la incultura destruyeran aun más las esculturas que probablemente Lord Elgin, a pesar de su discutible adquisición salvó de una ruina total. Y si de Roma hablamos, no obstante su extraordinario poder tampoco supera su decadencia, a pesar de seguir siendo la cabeza de la Catolicidad, y tras el poder bárbaro y los siglos de la ignorancia que dieron en tierra no sólo con la vieja ciudad imperial sino con muchos de sus más notables edificios, hay que llegar a los siglos XIV y XV para empezar a atisbar las primeras reacciones en favor de la conservación, no de la vieja ciudad, sino de algunas muestras egregias de su esplendor. Se ha dicho que el concepto de monumento histórico y la necesidad de su protección surge en Roma a principios del siglo XV, aunque como veremos hay antecedentes en el anterior. El Papa Martín V al reintegrarse a Roma tras el exilio de Avignon, quiere restituir a aquella ciudad desmanteladas su antiguo poder y prestigio, y empieza a reconocerse el valor de los monumentos, en ruinas, romanos. En el Trecento ya Petrarca en su poema «Africa» habla de la antigüedad como un ejemplo de virtud y belleza y los edificios antiguos adquieren un valor nuevo. También en ese mismo siglo Niccolo Niccoli, en la Florencia de 1380 se apasiona por la escultura antigua que busca en toda Italia y hace una colección que lega a Cosme de Medicis. El Renacimiento es el punto de partida para una nueva concepción y respeto por lo antiguo y por la época clásica, que abre la posibilidad de reconocer que las ciudades tienen su propia vida y personalidad, pero aún así es curioso que al revés de lo que va a pasar en el siglo XIX y XX que demuestran un interés especial por el Patrimonio Arquitectónico, en los siglos XV y XVI, predomina el interés por las obras de arte muebles es decir sobre todo por la escultura clásica y si acaso por los monumentos o sus restos helénicos y romanos, pero La protección jurídica de las ciudades históricas no por la conservación de las ciudades como núcleos. Probablemente porque han pasado muchos siglos y porque las ciudades medievales no despiertan el interés necesario para conservarlas, por su modestia, materiales pobres y por el impulso de una renovación, cambio de modelos y admiración por el periodo clásico que el Renacimiento lleva consigo. Y que se desarrolla precisamente en la recuperación de la importancia de las ciudades que hace libres a sus habitantes superando el sistema de vasallaje o dependencia del señor de la tierra, propio de la larga época feudal europea. En las ciudades aparece una nueva clase, la burguesía que, fundada en la libertad de las personas y en el comercio permite que surja la importancia de la persona no por la cuna sino por la fortuna, o por sus capacidades. Esa nueva clase es la que en Flandes e Italia hace unas fortunas mobiliarias que le dan la potencia financiera necesaria para, sobre todo en Italia, apoderarse del gobierno de las ciudades y tratar luego de embellecerlas para reafirmar su poder económico con su potencia cultural. En el Quatrocento la pasión por «lo antiguo» se desborda. Alberti estudia los edificios romanos no sólo como testigos de la Historia, sino como obras de arte y prepara un plan topográfico para restaurar la ciudad para el Papa Nicolás V, y en su «de re aedificatoria» manifiesta que los edificios de Roma son el fundamento de las reglas de la belleza arquitectónica. Es en este principio del siglo XV cuando empiezan a aparecer las primeras normas de los pontífices defendiendo los monumentos y ruinas romanas. Martín V ordena la conservación de esos monumentos, y Eugenio IV en la década de los treinta, establece criterios de conservación y protección de los monumentos romanos. Son los papas los que impulsan los trabajos de conservación y Pió II Piccolomini, -que antes que Papa fue un famoso humanista y cuya historia personal es un magnifico ejemplo del humanismo, el amor por la cultura clásica y las virtudes y defectos renacentistas-publica en 1462 la bula titulada «Cum almam nostram Urbem» en la que «deseando conservar a Roma con su dignidad y esplendor» se propone desplegar «un cuidado vigilante» no sólo para conservar las iglesias, basflicas y lugares Santos de la ciudad, sino también para que las generaciones futuras encuentran en buen estado los edificios de la Antigüedad y sus ruinas. Para ello establece una serie de prohibiciones para evitar la demolición y degradación de los edificios antiguos, y bajo pena de excomunión y sanciones pecuniarias, prohibe a «todos, religiosos y laicos», demoler dañar o convertir en cal cualquier edificio o vestigio de Ips edificios de la antigua Roma, aunque les pertenezcan en propiedad. Y más aún los Papas citados limpian y restauran las antigüedades, lo que no quita para que llevados de su impulso, los coleccionistas arranquen piezas y esculturas a los edificios antiguos o que se utilicen los mármoles del Coliseo para la construcción del nuevo San Pedro. Naturalmente no es posible hacer aquí una historia del desarrollo y aumento del respeto a los monumentos históricos, pero es evidente que de la conservación de las obras de arte aisladas separadas se pasa a la preocupación y conservación de los monumentos como un todo y se empiezan a estudiar y describir estos y a defender su mantenimiento; en 1670 se publica en Inglaterra una obra de Aubrey sobre los «Monumenta británica» y ese país mantiene su postura de adelantado en la conservación de sus monumentos en todo el siglo XIX mientras que en el continente las leyes protectoras son mayoritariamente del siglo XX. La Sociedad de Anticuarios de Londres se ñmda en 1585 para «hacer progresar e ilustrar la historia y las antigüedades de Inglaterra». La Revolución firancesa que tantos destrozos causó en los monumentos religiosos trajo también, a propuesta de Mirabeau y Talleyrand, la idea de crear una Comisión de Monumentos y clasificar estos. El concepto de monumento histórico se acuña ya con generalidad en el siglo XIX, y en su lugar citaremos las primeras normas españolas que se dan con ese fin. Pero pasar de la defensa del monumento al concepto de patrimonio y a la defensa del pueblo o la ciudad como conjunto requiere muchos más tiempo. Haussman transforma París, arrasando barrios enteros y cuando se le critica se defiende distinguiendo entre monumentos dignos de conservarse y barrios degradados. Ruskin en Gran Bretaña defiende en cambio un proyecto de defensa del patrimonio urbano histórico e incluso de la ciudad histórica. Tarda mucho sin embargo en proclamarse la idea de la conservación de la ciudad como algo conjunto y no reducible a la suma de sus monumentos. Ruskin alerta contra las intervenciones que rompen el tejido de las ciudades históricas y dice que es «la continuidad de sus casas modestas al borde de canales y calles, lo que convierte en un conjunto artístico ciudades como Venecia, Florencia, Rouen u Oxford», y afirma que, sin que fueran conscientes de ello sus habitantes y constructores, la ciudad ha jugado el papel de testimonio y monumento. A esta concepción no le han faltado defensores y detractores. Entre los más famosos de los primeros está el vienes Camille Sitte que habla de la fealdad de las ciudades modernas y de la necesidad de conservar las ciudades históricas como un objeto raro, frágil y preciso para el arte y para la historia. Por su influencia se salvó la Grand-Place La protección jurídica de las ciudades históricas de Bruselas gracias a un alcalde, Charles Buls, seguidor de aquél que escribió en 1912 un libro titulado «La conservación del corazón de las ciudades históricas». En cambio el plan «Voisin» de Le Corbusier de 1925, que afortunadamente no se llevó a la práctica, proponía arrasar el tejido de los viejos barrios de París, reemplazándolos por rascacielos en serie, y no conservar mas que algunos monumentos, como Notre-Dame, El Arco de Triunfo, el Sacré-Coeur y la torre Eiffel. Y esta teoría de hacer tabla rasa de los centros antiguos se extendió en Francia hasta que la frenó Malraux, siendo ministro de Cultura con la ley de sectores protegidos de 1962, y fue una plaga en muchas ciudades españolas-los años cuarenta a los sesenta -y aun subsiste en algunas ocasiones alentada por los intereses de los propietarios o por la posición de arquitectos que invocando el derecho de los artistas a la creación, no dudan en romper el carácter de los centros históricos. Hoy como veremos la defensa de esos centros o esas ciudades históricas cuenta ya con una legislación muy abundante, y como tantas veces el acierto esta en coordinar el respeto a las creaciones antiguas con el desarrollo de la arquitectura moderna que tiene amplios espacios para su desarrollo. 3, La normativa internacional sobre la defensa de los edificios y de los centros históricos de las ciudades Esta normativa, tan reciente que se remonta casi a la segunda mitad del siglo XX, tiene su origen básicamente en dos Instituciones: la UNESCO y el Consejo de Europa. Las normas de la primera tienen pretensión de alcance mundial y están abiertos sus proyectos y acuerdos a la ratificación de todos los países del mundo. En cambio las normas del Consejo de Europa se refieren a este continente y sus Convenios, Recomendaciones y Resoluciones tienen una extensión exclusivamente europea aunque han influido en la doctrina internacional por el valor de sus contenidos. De los documentos de la UNESCO, el más importante es probablemente la Convención de 16-XI-1972, sobre la protección del Patrimonio mundial cultural y natural. Su objetivo es defender el Patrimonio Mundial de importancia histórica o artística, e ir haciendo una lista de los lugares que por sus valores excepcionales deben ser conservados para la humanidad entera y asegurar su protección mediante un reforzamiento de la cooperación entre las naciones. Al ratificar ese Convenio (lo que han hecho ya 155 Estados lo que demuestra la aceptación universal de sus principios) cada país signatario se com- José Luis Alvarez Alvarez promete a cuidar los sitios, conjuntos o monumentos declarados en su propio país por sus órganos competentes o por la misma UNESCO si los incluye en el Patrimonio de la Humanidad. En este caso sus bienes pueden disfrutar de las ayndas del Fondo del Patrimonio mundial, cuyos recursos pueden aplicarse para ayuda de esos bienes o conjuntos declarados, aunque en realidad esos fondos son escasos y van sólo a los países menos desarrollados. En ese documento en su exposición de Motivos se dice entre otras cosas: Constatando que el patrimonio cultural y el patrimonio natural están cada vez más amenazados de destrucción, no sólo por las causas tradicionales de deterioro sino también por la evolución de la vida social y económica que las agrava con fenómenos de alteración o de destrucción aún mas temibles. Considerando que el deterioro o la desaparición de un bien del patrimonio cultural y natural constituye un empobrecimiento nefasto del patrimonio de todos los pueblos del mundo. Considerando que la protección de ese patrimonio a escala nacional es en muchos casos incompleto, dada a la magnitud de los medios que requiere y la insuficiencia de los recursos económicos científicos y técnicos del país en cuyo territorio se encuentra el bien que ha de ser protegido, Considerando que las convenciones, recomendaciones y resoluciones internacionales existentes en favor de los bienes culturales y naturales, demuestran la importancia que tiene para todos los pueblos del mundo, la conservación de esos bienes únicos e irremplazables de cualquiera que sea el país a que pertenezcan. Considerando que ciertos bienes del patrimonio cultural y natural presentan un interés excepcional que exige se conserven como elementos del patrimonio mundial de la humanidad entera. Considerando que, ante la amplitud y la gravedad de los nuevos peligros que les amenazan, incumbe a la colectividad internacional entera participar en la protección del patrimonio cultural y natural de valor universal excepcional prestando una asistencia colectiva que sin reemplazar la acción de Estado interesado la complete eficazmente. Y en su articulado se define en su artículo primero entre otras cosas como «patrimonio cultural»: Los monumentos: obras arquitectónicas, de escultura o de pintura monumentales, elementos y grupos de elementos, que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia. Los conjuntos: grupos de construcciones, aisladas o reunidas, cuya arquitectura, unidad e integración en el paisaje les dé un valor universal La protección jurídica de las ciudades históricas excepcional desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia. Cada uno de los Estados Partes en la presente Convención reconoce que la obligación de identificar, proteger, conservar, rehabilitar y transmitir a las generaciones futuras el patrimonio cultural y natural situado en su territorio, le incumbe primordialmente. Procurará actuar con ese objeto por su propio esfuerzo y hasta el máximo de los recursos de que disponga, y llegado el caso, mediante la asistencia y la cooperación internacionales de que se pueda beneficiar, sobre todo en los aspectos financiero, artístico, científico y técnico. Con objeto de garantizar una protección y una conservación eficaces y revalorizar lo más activamente posible el patrimonio cultural y natural situado en su territorio y en las condiciones adecuadas a cada país, cada uno de los Estados Partes en la presente Convención procurará dentro de lo posible: d. adoptar las medidas jurídicas, científicas, técnicas, administrativas y financieras adecuadas, para identificar, proteger, conservar, revalorizar y rehabilitar ese patrimonio; y Artículo 6 1. Respetando plenamente la soberanía de los Estados en cuyos territorios se encuentre el patrimonio cultural y natural a que se refieren los artículos 1 y 2 y sin perjuicio de los derechos reales previstos por la legislación nacional sobre ese patrimonio, los Estados Partes en la presente Convención reconocen que constituye un patrimonio universal en cuya protección la comunidad internacional entera tiene el deber de cooperar. Actuaciones del Consejo de Europa. Para los europeos es evidente que el Patrimonio Arquitectónico de los pueblos de Europa es extraordinariamente importante. Europa ha sido la cuna de una de las culturas más decisivas para el desarrollo de la humanidad, y las creaciones de los diversos pueblos 438 José Luis Alvarez Alvarez que se han ido asentando en estas tierras, han producido un conjunto de monumentos, ciudades, pueblos y edificios de todo tipo, de una enorme variedad y riqueza. Es imposible comprender la historia de la humanidad y el desarrollo de la arquitectura sin el testimonio de la arquitectura griega, romana, románica, gótica y renacentista, y luego de las aportaciones de los diversos pueblos europeos en la época moderna y contemporánea. El Patrimonio Arquitectónico Europeo es, por ello, sin minusvalorar los de otras culturas de otros continentes, indispensable para la comprensión de la historia de Europa y para el entendimiento de la evolución de la arquitectura y la habitación en el mundo. Este Patrimonio Arquitectónico, como en general el Patrimonio Cultural de todos los pueblos, ha sufiido muchísimo a lo largo de los siglos, y aunque ha sido admirado en muchos momentos, ha tenido que soportar los embates del tiempo y de la incultura. Invasiones y guerras; ruinas de unos imperios sustituidos por otros poderes; reformas constantes en los edificios; emigraciones de las poblaciones; cambios de costumbres y cultos; expoliaciones de edificios, tumbas y monumentos; catástrofes naturales o causadas por el hombre; cambios de estilo y formas de vida; contaminación del ambiente; adelantos técnicos y desarrollo de las poblaciones, han ido afectándolo progresivamente. Todavía en este siglo hemos asistido a la degradación de ciudades enteras, bien por las dos grandes guerras del siglo XX con el poder de destrucción de las armas modernas, bien por la especulación y el desconocimiento del valor cultural de barrios, pueblos y ciudades antiguas. Se puede decir que, a pesar de ello, este siglo ha popularizado la importancia y valor, y la necesidad de conservación de los edificios históricos. En el campo del patrimonio Cultural la importancia del Consejo de Europa y de sus trabajos creo que no ha sido en España nunca suficientemente reconocida. Y creo que no lo ha sido por una razón básica: por ser relativamente desconocida por la dificultad de acceder a ella. Por muchas razones: porque su trabajo se realiza durante un larguísimo periodo que empieza en 1949 y llega hasta nuestros días; porque el Consejo de Europa es una institución que ha desarrollado múltiples papeles en la creación de la idea de Europa pero siempre lejos del poder ejecutivo y no ha tenido el protagonismo o el eco de otros organismos europeos más políticos como han sido los Estados o luego la Comunidad Europea y la Unión Europea; porque ha funcionado tratando de introducir conceptos y conductos por la vía de la convicción y la reflexión y no por la de la imposición; o porque sus procedimientos de trabajo y de conocimiento o puesta en práctica de esos trabajos son múltiples ya que sus instrumentos jurídicos son tan diversos como: La protección jurídica de las ciudades históricas los Convenios que preparados en el Consejo son sin embargo Tratados que firman libremente los Estados miembros del Consejo de Europa que quieren adherirse a ellos; sus Recomendaciones son actos del Consejo de Europa que se dirigen a los Estados miembros pero que no tienen carácter obligatorio; y las Resoluciones de los ministros especializados son el resultado de conferencias, que no tienen efectos jurídicos inmediatos. La esencia del Consejo de Europa que es una Institución de reflexión, encuentro, estudio y asesoramiento, con más poder de consejo que estrictamente político, hace que a veces no se le reconozca la gran labor que ha desempeñado en la unión de Europa, más allá de los límites de la Comunidad Europea. Pero refiriéndome sólo al mundo del Patrimonio Cultural, me atrevo a afirmar que la Institución que más ha hecho por el Patrimonio Cultural europeo, por su reconocimiento primero, por su conservación luego, y finalmente por su valoración e importancia, ha sido sin duda en este medio siglo que ahora termina el Consejo de Europa. Pero es que además su papel ejemplar ha producido un efecto que excede, con mucho, de los límites de Europa. Para todos los que hemos defendido la importancia del Patrimonio Histórico-Artístico como se decía antes, o Cultural, la actuación del Consejo de Europa en este campo ha sido absolutamente decisiva y ejemplar. Sus textos, realizados para Europa, contienen una doctrina que es aplicable al mundo entero, y de la que nos hemos alimentado cuantos en cualquier país del mundo hemos trabajado porque se reconociera el valor de ese Patrimonio, y se adoptaran las medidas para conservarlo, darlo a conocer, valorarlo y convertirlo en fuente de enriquecimiento espiritual y económico. Creo que toda la doctrina que ha surgido en este medio siglo en el mundo jurídico, cultural, administrativo, artístico y económico tiene una enorme deuda, o ha tenido un gran apoyo, en los textos surgidos del Consejo de Europa. Aunque hay muchísimos documentos importantes del Consejo de Europa quiero destacar en este momento tres por la enorme trascendencia que han tenido y lo que han significado de consagración de la importancia que tiene el Patrimonio Cultural: - Como es imposible hacer un resumen de toda esta legislación en un trabajo como el presente, voy a hacerlo solo de dos de estos documentos, la Declaración de Amsterdam de 1975 porque sienta las bases de la conservación de monumentos, ciudades, centros históricos y conjuntos y el Convenio de Granada por su carácter normativo. En 1975 el Comité de Ministros del Consejo de Europa aprueba la Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico, que se proclama so-La protección jurídica de las ciudades históricas lemnemente en el Congreso sobre el Patrimonio Arquitectónico Europeo que tuvo lugar en Amsterdam en octubre de 1975, y se aprueba la llamada Declaración de Amsterdam. Estos dos documentos sientan las bases de toda la política de defensa y conservación del Patrimonio Arquitectónico Europeo y contienen una serie de afirmaciones enormemente nuevas en ese momento y que van a ser el origen de un cambio en las conductas y legislaciones de la mayoría de los países europeos, y la ñiente y justificación de una serie de trabajos que, hasta hoy, va a desarrollar o promover el Consejo de Europa. La Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico afirma, entre otras muchas cosas, lo siguiente: «Reconociendo que el Patrimonio Arquitectónico, expresión irreemplazable de la riqueza y de la diversidad de la cultura europea, es patrimonio común de todos los pueblos y que su conservación exige en consecuencia la solidaridad efectiva de los Estados europeos; Considerando que la conservación del PA depende ampliamente de su integración en el marco de vida de los ciudadanos y de su respeto por los planes de ordenación del territorio y del urbanismo... Reafirma su voluntad de promover una política europea común y una acción concertada de protección del PA apoyándose en los principios de su conservación integral... Adopta y proclama los principios de la presente Carta: El Patrimonio Arquitectónico Europeo está formado, no sólo por nuestros monumentos más importantes, sino también por los conjuntos que constituyen nuestras sociedades antiguas y nuestros pueblos con su entorno natural o construido. El PA testimonia la presencia de la Historia y su importancia en nuestra vida. La encarnación del pasado en el PA constituye un entorno indispensable para el equilibrio y el desarrollo del hombre. Es una parte esencial de la memoria de los hombres de hoy y si se dejara de transmitir a las generaciones futuras con su riqueza auténtica y su diversidad, la humanidad sería amputada de una parte de la conciencia de su propia historia. El PA es un capital espiritual, cultural, económico y social de valores irreemplazables. Además, la necesidad de ahorrar recursos se impone a nuestra sociedad. Lejos de ser un lujo para la colectividad la utilización de ese Patrimonio, es una fuente de economía. La estructura de los conjuntos históricos favorece el equilibrio armonioso de las sociedades. Estos conjuntos constituyen, en efecto, medios adecuados al desarrollo de un largo abanico de actividades. El PA tiene un valor educativo determinante. La imagen y el contacto directo con él tienen una importancia decisiva en la formación de las personas. Este Patrimonio está en peligro. Está amenazado por la ignorancia, por la vejez, por la degradación en todas sus formas, y por el abandono. Cierto urbanismo es destructor cuando las autoridades son exageradamente sensibles a las presiones económicas y a las exigencias de la circulación. La tecnología contemporánea mal aplicada destruye las estructuras antiguas. La conservación integral es el resultado coordinado de técnicas de restauración y de la búsqueda de funciones apropiadas. La evolución histórica ha llevado a los centros degradados de las ciudades, y en ocasiones a los pueblos abandonados, a convertirse en reservas de viviendas baratas. Su restauración debe ser llevada a cabo con espíritu de justicia social y no debe significar el éxodo de todos los habitantes de condición modesta. La conservación integral exige la puesta en funcionamiento de medidas jurídicas, administrativas, financieras y técnicas. Deben utilizarse todas las leyes y reglamentos existentes que puedan concurrir a la salvaguardia y a la protección del Patrimonio. El mantenimiento y la restauración del PA debe gozar de todas las ayudas e incitaciones financieras necesarias comprendidas las medidas fiscales. Estas deben ser, al menos, iguales a las que se conceden a la construcción nueva. Los arquitectos, los técnicos o empresas especializadas y los artesanos calificados para la restauración, son insuficientes. Es preciso desarrollar estas medidas y favorecer el desarrollo del artesanado, amenazado de desaparición. La ayuda de todos es indispensable para el éxito de la conservación integral. Cada generación no dispone de ese Patrimonio más que a título vitalicio. Es responsable de su transmisión a las generaciones futuras. El PA es un bien común de nuestro continente. Todos los problemas de conservación son comunes a toda Europa y deben ser tratados de forma coordinada. Compete al Consejo de Europa asegurar la coherencia de la política de sus Estados miembros y promover su solidaridad.» La protección jurídica de las ciudades históricas Y la Declaración de Amsterdam, en la que se puede afirmar que está en germen todo lo que después se ha ido haciendo o recomendando en defensa del PAE, dice en su Prefacio, firmado por el secretario general del Consejo de Europa, cosas como estas: «La Declaración de Amsterdam cristaliza un momento importante de la evolución del pensamiento europeo en el campo de la conservación del PA. Llama la atención en esta evolución la ampliación de ese concepto. Limitada originalmente al Monimaento, Sitio o Conjunto de interés relevante, la noción de Patrimonio Arquitectónico cubre hoy todos los conjuntos edificados que aparecen como una entidad, no solamente por la coherencia de su estilo, sino también por la impronta de la historia de grupos humanos que han vivido en ellos durante generaciones. Es muy importante que los gobiernos tomen nota de las enseñanzas de este Congreso y afecten a la conservación del Patrimonio medios proporcionados a la amplitud de esta tarea. Tal opción política y económica implica, naturalmente, el apoyo de la opinión pública. La realización de la conservación integral necesita, por consecuencia, dos condiciones previas: una opinión pública consciente y vigilante y medios presupuestarios adecuados». Y en la propia Declaración, se contienen textos como los siguientes: «El Congreso pone el acento sobre las consideraciones esenciales siguientes: Además de su inestimable valor cultural, el Patrimonio Arquitectónico de Europa lleva a todos los europeos a tomar conciencia de una comunidad de historia y de destino. Su conservación reviste, por ello, una importancia vital... La conservación del PA debe ser considerada, no como un problema material, sino como objetivo preferente de la planificación urbana y de la ordenación del territorio... La conservación integral compromete la responsabilidad de los poderes locales y exige la participación de los ciudadanos... Los poderes locales deben atribuir a los edificios funciones que, respetando su carácter, respondan a las condiciones de vida actuales y garanticen así su sobrevivencia; y favorecer la formación y funcionamiento eficaz de asociaciones sin ánimo de lucro de restauración y rehabilitación... La toma en consideración de los factores sociales condiciona el éxito de toda política de conservación integral. Una política de conservación implica también la integración del PA en la vida social... La conservación integral exige una adaptación de las medidas legislativas y administrativas. Habiéndose ensanchado la noción de Patrimonio Arquitectónico, la condición previa de una acción eficaz es una reforma profunda de la legislación. El legislador debe tomar las disposiciones necesarias para redistribuir de manera equilibrada los créditos presupuestarios reservados a la ordenación urbana y afectados respectivamente a la rehabilitación y a la construcción; conceder a los ciudadanos que decidan rehabilitar un edificio antiguo, ventajas financieras equivalentes, al menos, a las que gozaría una construcción nueva; y revisar, en función de la nueva política de conservación, el régimen de ayudas financieras del Estado y de los demás poderes públicos... La conservación integral exige medios financieros apropiados. Se puede afirmar con seguridad que no existe apenas país en Europa donde los medios Financieros afectados a la conservación sean suficientes. Las ventajas financieras y fiscales actualmente existentes para la construcción nueva, deben ser concedidas en las mismas proporciones para el mantenimiento y conservación de los edificios antiguos. Es capital estimular a las fuentes de financiación privada, principalmente de origen industrial. Numerosas iniciativas privadas han demostrado el papel positivo que puedan jugar conjuntamente con los poderes públicos, tanto a nivel nacional como local. Todos los trabajos realizados desde 1975 son los que hicieron posible la trascendental reunión de los ministros de Cultura de los países miembros del Consejo de Europa, que tuvo lugar en España, en una de las ciudades que, no sólo es una parte importante del Patrimonio Histórico Español, sino que es un ejemplo fundamental del Patrimonio Cultural de la Humanidad: Granada. El documento, que se aprobó el 3 de octubre de 1985 en la citada ciudad, firmado por dieciséis ministros de Cultura, es una pieza básica que resume de forma notable los principios en que se debe inspirar la protección del PAE, y ha sido el pilar en el que se han apoyado las siguientes actuaciones del Consejo de Europa. El artículo 2 dice que «cada Estado parte se compromete a identificar con precisión los monumentos, conjuntos y sitios protegibles, y a practicar un Inventario de ellos». En el artículo 3, cada Estado parte se La protección jurídica de las ciudades históricas compromete a poner en práctica un régimen legal de protección del PA y a asegurar en el marco de ese régimen y según las modalidades propias de cada Estado o región, la protección de los monumentos, los conjuntos y los sitios; y en el artículo 4, cada parte se compromete a evitar que los bienes protegidos sean desfigurados, degradados o demolidos. En ese sentido se compromete cada parte, si no lo está ya, a introducir en su legislación disposiciones que prevean: a) La sumisión a una autoridad competente de los proyectos de demolición o modificación de monumentos; b) La sumisión a la autoridad competente de los proyectos que se refieran, en todo o en parte, a im. conjunto arquitectónico o a un sitio y que afecten a la demolición, a la construcción de nuevos edificios o a modificaciones importantes que atentarían al carácter de ese conjunto o sitio; c) La posibilidad de que los poderes públicos obliguen al propietario a efectuar obras o a realizarlas en su lugar; y d) La posibilidad de expropiar un bien protegido. Los artículos 6 y 14 establecen medidas complementarias para hacer más fácil esa conservación. Por el artículo 6, cada Estado parte se compromete a prever, dentro del límite de sus presupuestos, un apoyo financiero de los poderes públicos a las obras de mantenimiento y restauración del PA sito en su territorio. Y en el artículo 14, a crear estructuras de información, consulta y colaboración entre el Estado, las colectividades locales, las instituciones y asociaciones culturales, y el público; y a favorecer el desarrollo del mecenazgo y de las asociaciones sin fin lucrativo que se dediquen a este campo. La normativa española sobre la defensa de los edificios y de los centros históricos de las ciudades Dentro del Patrimonio Cultural, el Patrimonio Arquitectónico ha ocupado siempre un lugar especial. Se puede decir que las primeras disposiciones protectoras del Patrimonio Cultural en nuestras leyes, van casi siempre referidas a los inmuebles. Aunque con ocasión de la creación por Fernando VI de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se incluye la preocupación por las «obras de pintura, escultura y arquitectura», se atiende especialmente en muchas de sus manifestaciones a la conservación de los monumentos y a controlar la capacidad «para medir, tasar o dirigir obras de modo que no se autorizara a realizar esas competencias a persona alguna sin que preceda el examen y aprobación que le dé la Academia de ser hábil y a propósito para estos ministerios». Una Real Cédula de 6 de junio de 1803, encomendaba también a la Academia de la Historia «recoger y conservar los monumentos antiguos que se descubran en el Reino, con objeto de impedir su destrucción». En 1844 una Real Orden crea las Comisiones de Monumentos Históricos y Artísticos, una en cada provincia y otra central. En 1850 dos Reales Ordenes, de 1 de septiembre y 10 de octubre, tratan de proteger los edificios del Estado cedidos a corporaciones y particulares. Se respeta en ellas la propiedad privada en cuanto a las obras interiores en inmuebles particulares, ya que «éstos tienen derecho a ejecutar cuanto les parezca conveniente en sus respectivas propiedades», pero se limita esa libertad en cuanto a las fachadas, capillas y demás parajes abiertos al público». En 1851 otra Real Orden exige que la Real Academia de San Fernando autorice la instalación de estatuas, efigies y bajorrelieves en edificios, monumentos públicos e interior de iglesias y capillas abiertas al público. Y en un Decreto de 16 de diciembre de 1873 se ordena a ayuntamientos y diputaciones que vigilen los monumentos a efectos de evitar la destrucción de edificios públicos con méritos artísticos e históricos. Con estos precedentes no es extraño que nuestras primeras leyes del siglo XX se refieran sobre todo a los monumentos y a la conservación de ruinas y antigüedades. Este sentido tienen el Real Decreto de 1 de junio de 1900 que ordena la formación del Catálogo Monumental y Artístico, la Ley de 7 de julio de 19 11 sobre la excavaciones y las ruinas de edificios, y la Ley de Monumentos de 19 15. Tras estas disposiciones se publica una norma muy importante que es el origen de la moderna legislación española y a la que no se suele reconocer su trascendencia como protectora del Patrimonio y que influirá en la mucho más famosa Ley de 1933, el Decreto-ley de 9 de agosto de 1926, sobre protección y conservación de la riqueza artística, en la que, por primera vez, se delimita el Tesoro artístico nacional y se pone todo él bajo la tutela y protección del Estado. Esta Ley dedica tanto en la Exposición de Motivos como en el texto, una mayor atención a los monumentos e inmuebles. Este criterio es el que también siguen las legislaciones europeas. Aún hoy hay países en que su regulación legal versa casi exclusivamente sobre los bienes inmuebles, dejando los bienes muebles a la autonomía de la voluntad de los particulares. Y por ejemplo en Francia todas las primeras leyes se refieren al Patrimonio Arquitectónico, como la Ley de 31 de diciembre de 19 13 que se refiere a los monumentos históricos, o la Ley de 2 de mayo de 1930, relativa a la protección de conjuntos naturales y de emplazamientos de carácter histórico, científico, legen-La protección jurídica de las ciudades históricas dario o pintoresco, o la Ley de 27 de septiembre de 1941 sobre excavaciones arqueológicas, y hay que esperar a ese año 1941 para encontrar la primera ley sobre las obras de arte muebles. Eduardo García de Enterría, hablando de «Una nueva legislación del Patrimonio Artístico», en un estudio pubHcado en Madrid en 1984 por Hispania Nostra, señala tres razones básicas para el deterioro del PHA en el siglo XIX, que son: la seguridad en sí mismo del nuevo siglo y el abandono de las precauciones que el siglo XVIII empezó a tejer para defender ese Patrimonio; la potenciación de la institución de la propiedad privada como central en la sociedad y sagrada e inviolable según los textos de la Revolución Francesa; y el utilitarismo de la nueva clase industrial que predica el triunfo de las tendencias más activas frente a los valores inermes, como son los valores artísticos e históricos. Ello explica, a juicio de Enterría, que en el siglo XIX se produzca una primera degradación del Patrimonio arquitectónico. «Ello explica, que en el siglo XIX se produzca esa pavorosa degradación del Patrimonio artístico, que inicia la Guerra de la Independencia (guerra que alimentó de nuestros tesoros a unos y otros ejércitos extranjeros, como es fácil y doloroso ver en los principales museos del mundo), que continúa con la desamortización, gigantesca destrucción artística; que sigue con la desmilitarización de las ciudades (éstas estaban amuralladas y estaban sometidas, desde el punto de vista administrativo, al ramo de guerra; la desmilitarización ocurre a mitad del siglo XIX, todavía las murallas han jugado un papel en la Guerra de la Independencia y en la primera guerra carlista; se destruyen sistemáticamente las murallas para dar paso a la primera gran revolución urbana de la modernidad ) y que se consuma con las técnicas de esta revolución urbana, el ensanche, por un parte, con su cuadriculado, con su estructura de ajedrez para los nuevos barrios puramente utilitarios, sin ninguna sensibilidad hacia otros valores; y, en fin, la segunda gran técnica urbanística del siglo XIX, la llamada, reforma interior, que es precisamente la ruptura de la trama urbana consolidada, de los viejos barrios, para introducir en ellos los bulevares o grandes vías impuestos por la nueva preceptiva higiénica y el ulterior desarrollo de los medios de comunicación. Todo ello, conjugadamente, va a ocasionar una destrucción extraordinaria de nuestro Patrimonio histérico-artístico, arquitectónico. Siguiendo con una referencia a la legislación española sobre esta materia en el periodo de la República, hemos de citar como normas importantes: La Constitución de 1931 declaró en ^u artículo 45: «Toda la riqueza artística e histórica del país, sea quien fuere su dueño, constituye José Luis Alvarez Alvarez 448 tesoro cultural de la Nación y estará bajo la salvaguardia del Estado, que podrá prohibir su exportación y enajenación y decretar las expropiaciones legales que estimare oportunas para su defensa. El Estado organizará un registro de la riqueza artística e histórica, asegurará su celosa custodia y atenderá a su perfecta conservación. El Estado protegerá también los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico». Y antes también de la Ley de 1933 se dictó la Ley de 10 de diciembre de 1931, en la que se establece la norma más limitativa respecto a la disposición de bienes culturales de nuestra historia. En ella se prohibe a todas las personas físicas y jurídicas enajenar bienes inmuebles ni objetos artísticos, arqueológicos o históricos que tengan más de cien años de antigüedad, sin previo permiso del Ministerio de que dependan y mediante escritura pública. En el período republicano se dicta, por fin, la que va a ser la ley más duradera -más de cincuenta años de vigencia-, y más significativa para la defensa del Patrimonio Histórico y Artístico, la Ley de 13 de mayo de 1933, que se completa con su Reglamento de 16 de abril de 1936. Esta parecía una ley que debía resolver los problemas de nuestro Patrimonio, pero la realidad no fue esa. No se llegó a hacer un inventario, ni se logró su aplicación eficaz, ni las circunstancias fueron las más propicias para la expansión de los acertados principios que la inspiraron. A raíz de la guerra civil del 36-39 se publicaron bastantes normas sobre esta materia, de las que las más importantes fueron las siguientes: -Decretos de 9 de marzo de 1940 y 19 de abril de 1941, en los que se ordena la realización del Catálogo Monumental de España. -Decreto de 22 de abril de 1949, de protección de todos los castillos españoles. -Decreto de 12 de junio de 1953, que es muy importante porque regula la transmisión de antigüedades y obras de arte dentro y fuera del territorio nacional, estableciendo las normas para el ejercicio del derecho de tanteo y retracto por el Estado. -El Decreto de 14 de marzo de 1963 extiende la protección del Patrimonio Histórico Artístico a todos los escudos, emblemas, piedras heráldicas, rollos de justicia, cruces de término y piezas similares de interés histérico-artístico. -En 1973 un Decreto de 22 de febrero-coloca bajo la protección del Estado los «hórreos o «cabazos» antiguos existentes en Asturias y Galicia, extendiendo así la protección a bienes etnográficos. La protección jurídica de las ciudades históricas -Y en 1977, tras las primeras elecciones democráticas, con el Gobierno que surge de ellas, se crea por primera vez el Ministerio de Cultura, cuya estructura orgánica y funciones se establecen en el Decreto de 27 de agosto de 1977. Con ello llegamos a un nuevo periodo que comienza con la Constitución de 1978 y sigue con la ley de 1985 y su Reglamento actualmente vigentes, pero que hay que coordinar con toda la legislación de las Comunidades Autónomas, que es al día de hoy ya muy abundante y sigue creciendo. Hay leyes en Cataluña, País Vasco, Galicia, Canarias, Andalucía, Valencia, Aragón, Castilla-La Mancha y Madrid. En este momento y antes de entrar, aunque ha de ser necesariamente de forma esquemática, en el análisis de esa legislación, convendría pararnos en dos temas previos. ¿Cuál ha sido la evolución y situación de nuestro Patrimonio Arquitectónico y de nuestras ciudades y sus centros históricos desde que aparece la preocupación por su conservación? y ¿Cuál es el tipo de política y legislación conveniente para mantener nuestras ciudades, pueblos y conjuntos históricos? En cuanto a lo primero hay que reconocer que la degradación de nuestro Patrimonio Arquitectónico es reciente, porque la verdad es que aunque, maltratado, olvidado y minusvalorado, la mayor parte de él se conservaba bastante bien hasta principios del siglo XIX. Probablemente más por la incapacidad de destruirlo, por el estancamiento de nuestra economía, y por la propia tendencia de los edificios a mantenerse en pie, que por una política protectora y restauradora. Hasta esa época, los daños eran debidos más a acontecimientos naturales o degradación por falta de cuidados o de uso, incendios, que a la obra del hombre. No faltaban reformas estilísticas desafortunadas, expolios de restos o ciudades abandonadas, como Medina Azahara, utilización de viejos conjuntos o monumentos como cantera para nuevas construcciones, o las típicas sustituciones de templos de distintas religiones en sus épocas de esplendor (templos cristianos sobre otros paganos, mezquitas sobre templos visigóticos, y de nuevo iglesias sobre mezquitas), de cuyo fenómeno es paradigma la construcción de la catedral dentro de la mezquita de Córdoba. Las grandes catástrofes del Patrimonio Arquitectónico Español se pueden resumir en una serie de acontecimientos de los siglos XIX y XX, considerados, curiosa paradoja, en su época, como manifestaciones de progreso. Aunque ha de ser muy breve mente no nos resistirnos a enumerarlos, por orden cronológico: 450 La destrucción y almoneda de cientos de edificios artísticos o históricos, muchas veces con su contenido de muebles y bibliotecas, transmitidos a particulares como consecuencia de la política desamortizadora. sin ninguna obligación de conservarlos, o abandonados al ser expulsadas las instituciones religiosas que eran sus propietarias y ocupantes. La destrucción de casi todas las murallas de nuestras antiguas ciudades como reflejo de un espíritu «moderno» que creía que, para hacer el ensanche de las poblaciones, era preciso derribar los viejos bastiones. Estas dos últimas medidas han sido probablemente las que más perjuicio han causado en un corto espacio de tiempo a nuestro Patrimonio inmobiliario, artístico e histórico. La reforma interior de las ciudades en el siglo XIX y en siglo XX, que supone la ruptura de la trama urbana consolidada, de los viejos barrios, para abrir en ellos las «gran vías» impuestas por la nueva preceptiva higiénica y el ulterior desarrollo de los medios de comunicación. En vez de respetar y sanear las viejas ciudades y expansionarse sin destruir los viejos centros, se cayó en el error, en España en mayor grado que en Inglaterra, Francia o Alemania, que no estuvieron tampoco libres de él, de creer en la virtud de lo moderno como cúmulo de perfecciones y en desconocer la belleza, utilidad y razón de ser de las viejas aglomeraciones urbanas. Y, finalmente, la gran migración del campo a la ciudad de las décadas de 1940 y 1950, que se prolonga y llega aún a nosotros. Este movimiento de población que transformó a España de rural en urbana, y que tuvo unos beneficiosos efectos en nuestra economía, y en la modernización de nuestro país, se realizó desde un punto de vista arquitectónico y cultural con una enorme insensibilidad y falta de respeto para nuestro Patrimonio Arquitectónico. Ese «desarrollo» supuso la degradación de barrios y edificios de ciudades tan importantes como Valladolid, Sevilla, Valencia, Granada, Zaragoza y otras muchas, o la destrucción casi de calles enteras como la Castellana de Madrid. En todas ellas han quedado muestras espléndidas de lo que eran, pero las pérdidas son casi incontables. Y si eso sucedió en las ciudades, muchísimos pueblos, unos por ser abandonados y otros por ser «modernizados», sufrieron un deterioro enorme. Las normas, que existían, de las leyes generales, se vieron impotentes ante la incultura y la especulación. Se han destruido en esta segunda mitad de siglo, y es tristísimo reconocerlo, y se siguen destru-La protección jurídica de las ciudades históricas yendo de vez en cuando, miles de magníficos ejemplos de la arquitectura popular, sustituyéndolos por horribles edificios altos, sin estilo ninguno, pensados sólo para obtener el mayor beneficio, ajenos al entorno, molestos de ver hoy e irrespetuosos con el ayer y el mañana. Este urbanismo desdichado no ha respetado edificios antiguos, parajes o paisajes o perfiles de pueblos y ciudades, calles y barrios con personalidad; ni el interior de las ciudades ni su entorno o paisaje, ni las costas y playas, ni siquiera las ciudades más señeras o declaradas Patrimonio de la Humanidad, se han librado. Y el ataque continúa. Las edificaciones que se pretenden hacer junto al acueducto de Segovia, o la edificación al lado del castillo de San Servando, en Toledo, o los atentados a las imágenes clásicas. Patrimonio Cultural sin duda, de Salamanca o Segovia, nos dicen que no es posible creer que el peligro ha pasado. Y en cuanto a lo segundo es evidente que aparte de la exigencia del cumplimiento de las leyes protectoras es preciso una actividad de fomento de la conservación que exige, como ha puesto de relieve el Consejo de Europa en un documento titulado «'Problemática de la financiación de la conservación del Patrimonio Arquitectónico Europeo», una serie de medidas: a) Jurídicas y administrativas, que creen un ambiente favorable al lanzamiento de proyectos de conservación como: adopción de una estrategia urbanística y de planificación que concilie las exigencias culturales de la conservación con la rentabilidad de las operaciones; la simplificación de los procesos administrativos; y nuevos procedimientos jurídicos para facilitar y promocionar las inversiones en conservación y restauración inmobiliaria. b) Financieras, consistentes en subvenciones y tratamiento fiscal favorable adaptado a la naturaleza y necesidades de los bienes protegidos y c) de promoción del mecenazgo y el patrocinio aplicados a las ciudades, pueblos y conjuntos históricos. Las autoridades españolas, los poderes públicos, deben garantizar la conservación de los bienes que integran ese Patrimonio, cualquiera que sea su régimen jurídico y titularidad (art. 46 CE). El problema es que muchas veces se plantean problemas de competencias. Los municipios, que tienen reconocida su autonomía en el artículo 140 de la CE, son normalmente los encargados de conceder las licencias de construcción y derribo, pero olvidan las normas preceptivas de la Ley de José Luis Alvarez Alvarez 452 1985 y aunque hay municipios muy conscientes de la importancia del Patrimonio Arquitectónico, hay muchos casos de ayuntamientos que, por incultura, por intereses particulares o por un mal entendido desarrollo del lugar, aprueban construcciones que dañan al entorno, al paisaje o, incluso, a los monumentos declarados; es menos frecuente que autoricen derribos de edificios que formen parte del PHE, pero las autorizaciones para construir donde o como no se debe, son aún muy frecuentes. Y una vez producidos estos hechos no son fáciles de volver atrás. Evidentemente, las comunidades autónomas suelen tener competencia sobre ordenación del territorio y urbanismo (art. 148, 1,3^ CE) y sobre Patrimonio monumental (art. 148, 1, 16.^), pero tampoco es una garantía absoluta porque, mientras hay algunas muy cuidadosas, otras asisten impertérritas a deterioros de pueblos enteros de indudable valor histórico o artístico por su arquitectura popular, aunque no tengan obras maestras o declaradas de interés cultural. Y de todo ello se pueden presentar ejemplos recentísimos. No cabe duda que la única fórmula es la coordinación de las comunidades autónomas y de la Administración central a través de la norma especial del artículo 149, 2 de la CE que dice: «Sin perjuicio de las competencias que podrán asumir las comunidades autónomas, el Estado considerará el servicio de la cultura como deber y atribución esencial y facilitará la comunicación cultural entre las comunidades autónomas, de acuerdo con ellas.» Esta labor conjunta es la única, sobre la base de denuncias de la ciudadanía, o de vigilancia de las autoridades, que puede evitar los muchos daños que se siguen produciendo al Patrimonio Arquitectónico por abusos, ignorancia o incapacidad de los poderes municipales en muchos lugares de España. Asimismo es preciso cambiar la política de conservación del Patrimonio inmobiliario, tanto desde el punto de vista sustantivo como fiscal. Es absurdo, por ejemplo, que nuestra legislación de rehabilitación (Real Decreto 2329/1983) establezca una serie de beneficios para la rehabilitación de edificios destinados a vivienda y no los extienda a la restauración, casi siempre más difícil y costosa, de edificios históricos que no tengan esa aplicación; o que sigan teniendo un régimen fiscal y de ayuda más favorable la edificación de nueva planta que las obras de conservación. Es preciso cuanto antes que nuestra legislación siga las recomendaciones y criterios marcados por el Consejo de Europa y adapte la legislación a esas ideas. En resumen, podríamos decir que para conservar nuestro Patrimonio Arquitectónico habría que conseguir dos cosas: La protección jurídica de las ciudades históricas -Convencer a los españoles de las ventajas culturales económicas y de calidad de vida que tiene que contar con un gran Patrimonio Histórico y conservarlo. Ello exige dedicar especial atención a la educación y la promoción. La primera tarea, sin duda, es la de enseñar la importancia del Patrimonio Arquitectónico: lo que influye en la calidad de vida habitar im ambiente propio; el valor social y cultural de las ciudades y monimientos antiguos; lo que contribuyen al desarrollo económico, turístico y ambiental; el placer que proporciona la contemplación de la belleza y el placer que proporcionan a la comunidad los bienes culturales, que además pueden ser disfrutados por muchas personas y generaciones sucesivamente. Y enseñar, además, que conservar esos edificios y conjuntos no es un lujo, sino que, en el mundo actual, conservar una ciudad bella y respetarla, tener barrios y paisajes visitables, tener en ellos una vida artística y cultural, es una fiíente de beneficio económico directo e indirecto para ese pueblo, región o país. Sin una conciencia en la sociedad de la importancia del Patrimonio Arquitectónico, es muy difícil preservar éste. -Además de convencer, hay que incentivar las inversiones en conservación de esos bienes y en su rehabilitación y uso. Esto afecta ya a la normativa. Sin perjuicio de la defensa coactiva para conservar esos edificios, lo que hay que tener son unas normas que hagan que la política marcada por el Estado, se siga, no por temor a la sanción, sino por convicción o conveniencia. Porque si es mejor negocio conservar y rehabilitar que derribar, la gente querrá mantenerlos. Y si es al revés, por muchas prohibiciones que se establezcan, ese Patrimonio correrá un grave peligro. Para conservar esos bienes, lo primero es que no constituyan una carga para su titular, y dado que normalmente los gastos de conservación son altos y la utilidad directa de algunos de ellos no es clara, deben dárseles un tratamiento fiscal adecuado a su doble interés, público y privado, y a sus posibilidades de utilización y rentabilidad. Si se hace una política que haga que todos los ciudadanos aprecien y sientan como suyos esos bienes, en cuanto embellecen su entorno; que sus propietarios o poseedores no los vean como una carga, comparado con un solar o un edificio moderno, y que puedan adaptarlos a las necesidades y comodidades que la vida actual exige, estaremos en el mejor camino para que, sin grave coste para los poderes públicos, conservemos ese Patrimonio Arquitectónico excepcional y extensísimo que tiene España. 454 Llegados a este punto, nos corresponde hacer un breve examen de nuestra legislación vigente, distinguiendo entre nuestra Constitución, nuestra legislación estatal y la normativa autonómica. Nuestra Constitución en su artículo 46 dice: ARTICULO 46.= Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La Ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio». A los efectos de este trabajo nos basta con recordar los siguientes aspectos y consecuencias de la norma: Que lo primero que dice es que los poderes públicos garantizarán la conservación del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España. Lo primero como es lógico, es garantizar la conservación ya que además de ser el primer riesgo, difícilmente se puede promocionar, enriquecer o usar ese Patrimonio si no se preserva, como primera medida, lo que tenemos, 2. Que se refiere a todos los bienes cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. O lo que es lo mismo que es igual que los bienes sean del Estado, o de otras personas privadas o públicas incluidas en este último las de los Ayuntamientos, de personas jurídicas públicas extranjeras y naturalmente los de la Iglesia que es uno de los titulares de mayor parte del Patrimonio Arquitectónico español. Que el incumplimiento de las normas que supongan atentados contra este Patrimonio lleva aparejados las sanciones que establezcan las leyes que desarrollen esta norma. Pero aparte de este articulo 46 hay varios otros preceptos constitucionales que complementan lo que aquel dice. El art. 10.2 que dice que «las normas relativas a los derechos y deberes ñmdamentales (en cuyo Capítulo III está el art. 46) se interpretarán de conformidad con los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias». Y por lo tanto los acuerdos multinacionales como los convenios de la UNESCO ratificados por España o los convenios y resoluciones de la Comunidad Europea o del Consejo de Europa no podrán ser olvidados a la hora de interpretar el artículo 46 y las normas que lo desarrollan. 3E1 art. 149.2, ya citado antes, que dice que «Sin perjuicio de las competencias que podrán asumir las Comunidades Autónomas, el Estado La protección jurídica de las ciudades históricas considerará el servicio de la cultura como deber y atribución esencial". Este es un párrafo especial para la Cultura sin ningún otro paralelo en la Constitución para otras materias también importantes. Excepción sólo justificada e inteligible por la importancia que la Constitución da a esta materia. Las normas más importantes para los Conjuntos Históricos o los Pueblos y sitios Históricos, dentro de los cuales hay que comprender los barrios o centros de las Ciudades, son los artículos: 20 que establece que la declaración de un Conjunto o Sitio Histórico, como Bien de Interés Cultural determina la obligación de redactar un Plan Especial de Protección del Area afectada que exige el informe favorable de la Administración competente para la protección de los bienes culturales afectados. En ese Plan se deben prever los usos permitidos, las áreas de rehabilitación, los criterios de conservación, y no se permitirán alineaciones nuevas ni licencias contrarias al Plan aprobado, pudiendo la Administración competente adecuar la reconstrucción o demolición con cargo al Organismo que hubiere dado una licencia indebidamente. El artículo 21 que ordena que en los Conjuntos Históricos se realice la catalogación de todos los elementos unitarios que forman el Conjunto, tanto inmuebles edificados como espacios libres exteriores o interiores, u otras estructuras significativas, definiendo los componentes naturales que lo acompañan. A los elementos singulares se les dispensará una protección integral, y a todos los demás elementos se les fijará el nivel adecuado de protección. La conservación del Conjunto comporta el mantenimiento de la estructura urbana y arquitectónica y de las características generales de su ambiente. Se deben mantener las alineaciones urbanas existentes y solo excepcionalmente un Plan podrá permitir remodelaciones urbanas. El artículo 23 que ordena que no se den licencias para obras que, de acuerdo con la Ley de PHE requieran autorización administrativa, y si se realizan esas obras, la Administración competente en materia de protección del PHE puede ordenar la reconstrucción o demolición con cargo al responsable de la infracción. El artículo 36 que ordena que los bienes integrantes del PHE deben ser conservados, mantenidos y custodiados por sus propietarios y que su utilización queda subordinada a que no pongan en peligro los valores que aconsejan su conservación. Además el incumplimiento de esas normas es causa para la expropiación de esos bienes. Como vemos la normativa es clara y rigurosa, pese a lo cual y quizá por la concurrencia de tres Administraciones, la estatal, la de 456 José Luis Alvarez Alvarez las Comunidades Autónomas y la municipal, con demasiada frecuencia asistimos a operaciones urbanísticas o a la sustitución de edificios en los Centros Históricos que producen graves perjuicios a las ciudades o pueblos declarados, y a la oposición a que recaigan esas declaraciones de Bienes de Interés Cultural, o a ataques a los entornos indispensables para el mantenimiento de esos Conjuntos. Todo ello se produce por el enfrentamiento de dos tipos de interés: uno a largo plazo de carácter público y otro a corto plazo y de carácter normalmente privado, aunque está demostrado que incluso desde un punto de vista económico reporta más beneficios un centro histórico o un lugar mantenido debidamente que un lugar degradado o sencillamente destrozado por la mezcla de edificaciones nuevas, hechas sin talento ni respeto. Cada día es más evidente esto y los testimonios de los ingresos por servicios de ciudades como Salamanca, Segovia, Toledo, Cáceres, etc. lo demuestran. Pero estas evidencias no pueden con el egoísmo de un propietario, la soberbia de un arquitecto, o la ignorancia o la complicidad de un político. Por ello uno de los temas pendientes en esta materia es la capacidad y la voluntad de hacer cumplir las normas por quienes tienen ese encargo. Unas veces por la ignorancia y falta de la conciencia de los que deben respetarlas o hacerlas respetar; otros por el afán de lucro de los propietarios de esos edificios o por la falta de ayudas económicas o fiscales para que los titulares puedan mantener y renovar esos monumentos o zonas (y hay que reconocer que el legislador ha sido enormemente renuente a la hora de aplicar las medidas de fomento que anuncian las leyes o de conceder los apoyos fiscales que aconsejan los tratados internacionales) lo cierto es que se quebrantan con fi-ecuencia las normas conservacionistas de los centros históricos y los conjuntos. Una de las causas y quizá de las mayores de la degradación de muchos lugares, pueblos, barrios y conjuntos de ciudades es como ya hemos apuntado el mal entendimiento de los tres poderes corresponsables: el municipal, el autonómico y el nacional. Aunque la mayoría de las leyes de Patrimonio autonómicas establecen normas paralelas a la ley nacional de 1985, no faltan incumplimientos por parte de los gobiernos autonómicos y sobre todo de los municipales, problemas que se multiplican al tratar de la defensa de los entornos como en los recientes casos en la Alhambra y el acueducto de Segovia. Todo ello nos debería hacer pensar en cuales serían las medidas necesarias o prácticas para asegurar la conservación adecuada de esas ciudades milenarias que son una riqueza para España, y un patrimonio insustituible para la Humanidad. La protección jurídica de las ciudades históricas Precisamente España es de los dos o tres países del mundo que más espacios tiene reconocidos como Patrimonio de la Humanidad. Toledo, Segovia, Avila, Salamanca, Cuenca, Cáceres, Santiago de Compostela, o Alcalá de Henares tienen ese carácter y hay además Monumentos o Conjuntos que también lo comparten, como la Alhambra, la Mezquita de Córdoba etc. etc. Podemos tomar el ejemplo de Toledo, que es una ciudad milenaria, corte de visigodos, musulmanes y cristianos, cuna de las 3 culturas, y de las más atendidas y mejor cuidadas por sus autoridades, para ver cual es su situación actual y su futuro. Toledo tiene además una colaboradora importante en la Real Fundación de Toledo. En los últimos informes hechos por la Fundación se aprecia claramente cuáles son los problemas reales que asaltan a una ciudad histórica y qué se necesita para conservarla. Resumiendo mucho esos informes, se deduce de ellos como datos negativos: Una reducción de la población en el casco histórico y im abandono de él por las familias jóvenes, con el consiguiente envejecimiento, a lo que se une que im.a cuarta parte de las viviendas del casco, no están ocupadas. Un mal estado de conservación en casi la mitad de sus edificios que alcanza incluso a 35 monumentos declarados. Un alto nivel de establecimientos comerciales cerrados o de baja calidad, y unas carencias importantes de equipamientos, lo que aleja a la población activa que, del casco, se traslada a los barrios periféricos nuevos. Una falta de espacios verdes y arbolado, y unas dificultades para el tráfico rodado y para el aparcamiento, y por lo tanto una mala comunicación para los turistas y sobre todo para los habitantes de esa zona. Todo ello implica una perdida de calidad de vida que aleja a sus habitantes del centro y con ello se corre el riesgo de vaciar de vida real esa zona y como consecuencia de quitarle la vitalidad que necesita para subsistir, no sólo como decorado sino como ciudad vivida. En cambio por el esfuerzo de las autoridades, de las organizaciones sin ánimo de lucro como la Fundación de Toledo y de parte de sus habitantes. Casi un 60% de los edificios del casco son antiguos y el plano y la estructura viaria conservan su carácter histórico. El casco mantiene su valor paisajístico muy bien, y la densidad y altura de las construcciones está bastante respetada. El carácter monumental está muy bien preservado, hay 115 monumentos entre todos sus barrios y el 70% de ellos están bien conservados. El casco sigue siendo el centro de actividad de la ciudad por sus actividades administrativas (capital de la provincia y de la Comunidad) José Luis Alvarez Alvarez 458 y económicas (centros de enseñanza, turismo, hostelería, negocios, cierto tipo de comercio); y están cuidados sus servicios públicos municipales en general, pero al mismo tiempo esto es muy positivo, Toledo es en muchos barrios y rincones silencioso y tiene una paz y sosiego que hoy es un verdadero lujo. Este examen o estudio debería hacerse en todos nuestros Conjuntos históricos y artísticos para subsanar los defectos, acentuar las ventajas, y asegurar la subsistencia y la vida grata para pobladores y visitantes en todas nuestras ciudades y pueblos históricos. Pero lo cierto es que esos análisis faltan y que la batalla entre los que queremos que las leyes se cumplan y que la sociedad asuma como propio el objetivo de mantener adecuadamente esos Conjuntos Históricos y los que infringen esas normas y olvidan o no aprecian las ciudades históricas y sus monumentos, se salda con escaramuzas en las que las victorias se reparten con el consiguiente daño para el Patrimonio Artístico e Histórico de España. Por ello creo que son indispensables: nuevas iniciativas legislativas; im.a mayor y mejor educación de los ciudadanos: vecinos, propietarios, técnicos de la construcción y de las leyes, funcionarios y poKticos; un respeto más riguroso de la normativa vigente, y sobre todo un mayor estimulo legislativo y económico a través de medidas de fomento eficaces y reales, que suelen faltar tanto en la ley de 1985 como en las leyes de Patrimonio de las Comunidades en las que las limitaciones a los propietarios prevalecen claramente sobre las ayudas no sólo económicas (créditos blandos y ayudas para restauración y conservación) sino también fiscales. Como muestras recientes de esta tendencia podemos, para terminar con una visión esperanzada, una serie de casos como son: algunas normas de la Ley de Incentivos Fiscales de 1994; la redacción del articulo 4.1 y 2 de la ley del Impuesto sobre el Patrimonio de 1991, la introducción al fin, en la ley de Presupuestos del año 2000 de una reducción fiscal del 95 por 100 en el artículo 20 de la Ley Impuesto de Sucesiones que afecta a todos los Bienes de Interés Cultural y entre ellos a las casas Históricas, y unas recientes declaraciones del Director General de Bellas Artes en las que propone hacer una nueva categoría reducida de una serie de ciudades y Monumentos o Conjuntos especialmente importantes, a los que se les concederían apoyos y desgravaciones notables que aseguraran su mantenimiento y mejora en beneficio de toda la Sociedad. Hace ya años en un artículo que escribí enl988 sobre «La financiación del Patrimonio Cultural» decía: Desde la Declaración de Amsterdam de 1975, la labor del Consejo de Europa para promover la conservación del Patrimonio Arquitectónico La protección jurídica de las ciudades históricas y Cultural Europeo, ha sido incesante y fi:*uctífera. La doctrina que han ido sentando sus acuerdos y sus recomendaciones han sido el método más eficaz para que los Estados y las sociedades europeas se hayan ido concienciando de la importancia de ese Patrimonio y de la necesidad de medidas eficaces para conservarlo. Sin embargo, la conservación de un Patrimonio Cultural tan extenso es una complicada tarea agravada por dos circunstancias: la fi:*ecuente falta de sensibilidad de muchos poderes públicos y ñierzas sociales, y la insuficiencia de recursos para atender a las costosas tareas de conservación y restauración. El progreso de las sociedades europeas y la mayor demanda cultural, unido al esñierzo del Consejo, ha ido disminuyendo el primer obstáculo, y hoy ya es un sentimiento extendido el valor no sólo cultural, sino económico y social, de ese Patrimonio. No obstante, el segundo problema sigue sin resolver. Los recursos dedicados a la conservación quedan aún muy lejos de las necesidades a cubrir. Ante esa realidad, el Consejo de Europa desde 1975 ha venido repitiendo en sus resoluciones y recomendaciones la necesidad de incorporar a esa tarea a todas las ñierzas sociales: poderes locales, propietarios particulares, asociaciones y ñmdaciones, y a la iniciativa privada. Y ello ha ido creando un ambiente. Y aunque desde 1975 se había señalado la insuficiencia de los recursos públicos dedicados a estos fines hay un momento en que se produce una inflexión decisiva en este campo. Es cuando tras el Acuerdo de Granada de 1985 para la salvaguardia del Patrimonio Arquitectónico Europeo, en el que se parte de que «constituye una expresión irreemplazable de la riqueza y de la diversidad del Patrimonio Cultural de Europa, un testigo inestimable de nuestro pasado y un bien común de todos los europeos», se llega a la afirmación, en 1987 en la reunión de Sintra de los ministros de Cultura, de «la insuficiencia de los recursos, públicos para hacer firente a una demanda creciente de productos y servicios culturales», y corno consecuencia, a la necesidad de «reforzar la participación de la sociedad civil en la vida cultural». Y es evidente que la clave de la bóveda sobre la que se asienta el edificio de la salvaguardia y conservación del Patrimonio Arquitectónico, es encontrar nuevas ñientes de financiación y reconocer que la sociedad civil tiene un papel indispensable, ya que sin la financiación y colaboración privada es imposible mantener ese Patrimonio. España que tiene uno de los Patrimonios Histórico Artísticos más extensos e importantes, no sólo para la memoria de nuestra historia, sino también para el conocimiento y conservación del Patrimonio de Europa, tiene que proponerse lograr los objetivos marcados en esas José Luis Alvarez Alvarez 460 normas o criterios internacionales. Las recentísimas reformas indicadas en las anteriores líneas de la Ley del Impuesto sobre el Patrimonio de Fundaciones e Incentivos Fiscales y del Impuesto de Sucesiones son pasos positivos que muestran un cambio de orientación, pero es preciso que las Administraciones públicas en todos sus niveles y la sociedad actúen conjuntamente para obtener los siguientes fines: -Conseguir la concurrencia de la financiación pública y privada dejando aquella sobre todo para los monumentos de exclusiva utilización, cultural, y estimulando la financiación privada a buscar la rentabilidad por la reutilización de los edificios adaptándolos a las necesidades de hoy. -Conciliar la conservación de los edificios antiguos, con la flexibilidad en el hallazgo de nuevos usos para ellos, para incorporarlos a la vida normal de la sociedad y coordinar la política de conservación cultural con la de vivienda y animación de los centros históricos. -Crear los estímulos para dirigir recursos financieros de la iniciativa privada y de las empresas hacia las tareas de conservación y rehabilitación del Patrimonio Cultural, y facilitar las actividades de mecenazgo o patrocinio de las empresas y apoyar las fundaciones. Y para eso, lo más importante es una legislación fiscal que desgrave en renta la inversión en conservación o restauración de edificios históricos, las donaciones a esos fines, y establezca un trato especial en los Impuestos de Sucesiones, IVA, Patrimonio y Contribución urbana. En resumen, se trata de unir los objetivos culturales con la rentabilidad económica, social o mixta, atrayendo las iniciativas, recursos y capacidades de la sociedad civil hacia el mundo de la cultura. Y reservar los escasos recursos públicos para los bienes de menor utilidad económica y de mayor representatividad cultural e histórica que, a pesar de su coste deben en cualquier caso ser conservados.
La Guerra do Paraguai, según la denominación brasileña, o la Guerra de la Triple Alianza, según la hispanoamericana, que enfrentó a las tropas argentinas, uruguayas y brasileñas contra las paraguayas, entre el 11 de noviembre de 1864 y el 1 de marzo de 1870, concluyó con la muerte del mariscal Francisco Solano López, la toma de Asunción y la rendición total del Paraguay. Esta guerra dejó un alto reguero de cadáveres y la nación derrotada quedó arrasada, pero el victorioso Imperio del Brasil, país que había aportado el mayor número de soldados, no salió incólume de la contienda. Las bases sociales del Imperio comenzaron a desestabilizarse tras esta victoria, que dejó en herencia una alta deuda, contraída para hacer frente a los gastos militares, puso en causa la ya anacrónica institución de la esclavitud, numerosos fueron los esclavos que se enrolaron en el ejército para conseguir su libertad, y propició el fortalecimiento de las corrientes políticas republicanas, que pasarían a fustigar sin pausa a la institución monárquica, hasta que ésta fue derrotada por un levantamiento militar en 1889. Una parte significativa de la oficialidad del Ejército de Tierra, que no de la Marina, volvió de la Guerra do Paraguai convencida de que el Imperio no les había dado el apoyo debido y pasó a mostrar una paulatina desafección por la institución monárquica. En definitiva, la guerra hizo evidente el restraso existente respecto al modelo de civilización difundido por las elites gobernantes y la realidad social del Brasil imperial. Pasó, entonces, a formar parte del pensamiento político la sensación de que existía una dualidad en el Imperio, y se comenzó a hacer referencia a una realidad escindida entre lo que se conocía del país y lo que se sabía o sentía como oculto o desconocido, en paralelo a la dicotomía entre campo y ciudad. Estas reflexiones dicotómicas pasaron a aparecer de forma constante en los escritos de los hombres de letras de la denominada generación de 1870, que tantos esfuerzos dedico a la búsqueda de una explicación lógica para las causas que impedían la existencia de una nación y un pueblo brasileños, no obstante la independencia política hubiese culminado más de cuatro décadas antes. Precisamente esta falta de homogeneidad de las diferentes regiones del Imperio del Brasil, condición considerada necesaria para la existencia de una nación en las sociedades occidentales del siglo XIX (vid. Gellner, 1983), se convirtió en uno de los puntos claves del Manifesto do Partido Republicano, de 1870. Se sentía que el Brasil era visto como una región del mundo y no como una nación homogénea, organizada e independiente. Los miembros de esta denominada generación de 1870 -jóvenes intelectuales, artistas, políticos y militares-, conscientes portadores de un pensamiento "moderno", sobre todo si comparado con las referencias culturales propuestas por la literatura romántica (indianismo), el catolicismo fuertemente jerarquizado y la institución de la esclavitud (culminación aberrante de un Estado que limitaba al máximo la participación política), buscaban en la razón, la ciencia y en el progreso europeo o norteamericano las soluciones políticas y culturales para el Brasil de finales del XIX 2. Desde la ficción, en el cuento de certero título, Evolução, Machado de Assis captó perfectamente esa dualidad entre la decidida voluntad nacionalista de estos grupos intelectuales y la clara dependencia ideológica del exterior. El gran problema de la generación de 1870 se centraba en la conciliación (lo que hoy día se viene denominando "originalidade da cópia") de los modelos teóricos europeos -considerados superiores, pero señalados por el racismo y la firme creencia de la imposibilidad de que se implantase la civilización en los trópicos-a la realidad del Brasil, un país que no era una sociedad, un grupo humano que todavía no se había constituido en un pueblo, que carecía de ciudadanos. También Euclides da Cunha deja entrever en su magna obra Os sertões (1902) la necesidad de que el Brasil parasitario de las ciudades del litoral se adentrase por el interior a la búsqueda del país real 5. El afán modernizador de estos hombres de letras, sobre todo a partir de la triunfante Primeira República, redujo al máximo la muy compleja sociedad brasileña heredada del período colonial y procuró que el Brasil se incorporase al "inevitable" progreso de las naciones avanzadas, luego europeas o los Estados Unidos. La llegada de la República sirvió para cancelar simbólicamente todo el pasado imperial o colonial y acompasar de forma indeleble los pasos del Brasil por la senda de la civilización, la cual ejercía su misión redentora de los pueblos y naciones (vid. Sevcenko, 1998). Vinieron entonces los años de la denominada belle époque, de gran crecimiento capitalista internacional, creación de riqueza, confianza en el futuro y, sobre todo, la sensación de que esta vez sí, el Brasil se había embarcado en el camino correcto y podría en breve competir con las grandes potencias mundiales. Esta atmósfera de Regeneração tuvo como símbolo máximo los elogiados éxitos ENRIQUE RODRIGUES-MOURA aeronáuticos de Santos Dumont (1873-1932), el "Águia dos Ares", que asombró a los parisinos por dos veces: en 1901, contorneando la Torre Eiffel con un globo dirigible, y en 1917, inaugurando la era de las máquinas voladoras con el aparato 14-Bis. Toda vez que la herencia colonial debía ser prontamente eliminada, se aplaudió desde todos medios de comunicación la trabajada victoria de Canudos (1893-1897) -"uma guerra feita por fanáticos, por malucos furiosos que o delírio religioso exalta" (Bilac, citado de Dimas, 2006, vol. 2, 49) 6 -, muy criticada poco después, en 1902, por Euclides da Cunha: "Aquela campanha lembra um refluxo para o passado. De forma análoga, también se elogió la amplia reforma urbana emprendida en 1904 por Francisco Pereira Passos, alcalde de Río de Janeiro, que ha pasado a la historia con el nombre de "bota abaixo". Dicha reforma buscaba, además, erradicar enfermedades epidémicas como la fiebre amarilla y otras, pero el saneamiento y modernización de la ciudad significó la demolición de innumerables edificios y cortiços, con la consiguiente expulsión de sus vecinos. Los nuevos espacios urbanos dieron lugar a la creación de parques y grandes avenidas, entre ellas la Avenida Central, hoje Río Branco 7. Una de las medidas más criticadas fue la Lei da Vacina Obrigatória (31 de octubre de 1904) y sobre todo los métodos expeditivos para su cumplimiento, lo que provocó una rápida revuelta popular que sólo fue contenida con la declaración del Estado de sitio (16 de noviembre). Las tres decenas de muertos y los deportados fueron los máximos perjudicados. Estas nuevas reformas urbanas permitieron que por ellas circulase el nuevo medio de transporte electrificado, el "bond amável e modesto, veículo da democracia, igualador de castas, nivelador de fortunas" (Bilac, 1997, 435) 8. La civilización se alzaba como destino inevitable. Las vidas de Olavo Bilac y Manuel Bomfim poseen varios elementos biográficos e ideológicos en común, lo que nos lleva a entender sin grandes dificultades el hecho de que hayan colaborado en la redacción de hasta tres libros de uso escolar: Livro de composição (1899), Livro de Leitura (1901) y Através do Brasil (1910), libro que se discute más pormenorizadamente en las próximas páginas 9. Pertene-cían a la misma generación, el primero nacido en 1865 y el segundo en 1868, poseyeron una formación universitaria de Medicina (Bilac no concluyó sus estudios) y siguieron de cerca, ya adultos, los eventos que propiciaron la proclamación de la República. Ambos propugnaron la modernización del Brasil, defendieron sus ideas en los periódicos de la época 10 y en varias publicaciones, ocuparon diversos cargos públicos en la Administración educativa de Río de Janeiro, sobre todo Bomfim 11, y realizaron frecuentes viajes a Europa, principalmente París, así como por diversos Estados brasileños 12; en el caso de Bilac, no excesivamente distantes del urbano litoral y sin adentrarse por la mata atlântica ni sertão. Si bien la modernización del Brasil es un tema compartido por ambos, el trabajo de mayor aliento teórico lo publicó Manoel Bomfim en 1903, A América Latina. Obra discutible desde el punto de vista metodológico, pues establece un rígido análisis sistemático de las sociedades latinoamericanas de su tiempo basándose en las nociones de "parasita" y nación "parasitária", propias de las ciencias naturales, pero de gran valor histórico, pues es uno de los primeros y principales textos brasileños que abomina del concepto de razas superiores e inferiores. Bomfim defiende que la diferencia entre las razas o individuos reside en los beneficios de una buena instrucción primaria, el camino para que se alcance el objetivo de la "educação integral" (Bomfim, 2005, 379). Esta afirmación poseía un alto contenido crítico-político contra el establishment brasileño, que todavía apuntaba como solución para el país el "embranquecimento" de la población. Los intelectuales y hombres de ciencia de la generación de 1870 y sus inmediatos herederos ya en la República "incorporavam a sociologia spenceriana para justificar as desigualdades do Estado" (Miskolci, 2006, 364) y considerar, así, como inútiles las propuestas de medidas que paliasen las miserables condiciones de vida de gran parte de la población: "As únicas soluções possíveis seriam esperar que este 'povo' sucumbisse naturalmente ou constituir uma 'verdadeira nação' a partir do incentivo à vinda de imigrantes europeus" (idem). Su examen final de la sociedad brasileña no es muy halagüeño: Según Bomfim, una simple comparación del Brasil con los principales países europeos o los Estados Unidos permite constatar que la inversión en un sistema educativo sólido tiene una relación directa con el éxito socio-económico, ya que la instrucción básica viene a ser una fuerza patriótica con capacidad para modificar y moldear adecuadamente los comportamientos de los ciudadanos, luego acelera el progreso. El libro francés narra la historia de dos hermanos huérfanos, André y Julien (14 y 7 años, respectivamente), que abandonan la Alsacia-Lorena, considerada en el texto tierra francesa, si bien desde 1871 bajo dominio alemán tras la derrota de Francia en la Guerra Franco-Prusiana, para realizar un largo periplo por el país. El viaje les hará pasar por Epinal, Besançon, Lyon, Clermont-Ferrand, Marsella, Toulouse, Burdeos, Dunkerque, Lille y Reims, para finalmente alcanzar París. A lo largo de su viaje, tienen la oportunidad de entrar en contacto con los grandes nombres de la historia de Francia, recorrer su geografía, callejear por sus ciudades, admirar sus industrias y fábricas, conocer sus costumbres, etc. Cada provincia que visitan se muestra orgullosa de sus particularidades, pero la imprensión conjunta del libro es la de que Francia es un país fuertemente unido en sus diversidades. Diversas lecciones morales salpican este viaje: caridad, hospitalidad, perseverancia, honestidad, unión de la familia, importancia del trabajo, sentido del deber y, sobre todo, amor a la patria. La patria ganó incluso más fuerza tras la ley francesa que promulgó en 1905 la separación entre Estado e Iglesia. La edición de 1906, revisada y ampliada, expulsó a Dios y la patria pasó, entonces, a ocupar todo el espacio dejado por éste. El libro Cuore apareció en una Italia recién unificada y propugnaba una unión social todavía inexistente en la joven república. Bajo la forma del diario de Enrico, el lector pasa a conocer en detalle la historia de un año escolar italiano, de octubre a julio, con alumnos de todas las regiones del flamante país. El libro transmite una visión emblemática de la Italia recientemente liberada y unificada. Doce narraciones protagonizadas por diferentes niños de otras tantas regiones se intercalan en el diario, amenizan el texto y ofrecen una lección moral al lector basada en la tríada Patria, Familia y Escuela. Esta última es la que ofrece el alfabeto y la lengua italiana, facilitando la integración so-cial y lingüística del nuevo país. La figura de los docentes, maestro y maestra (él, quien enseñará a Enrico durante el año que empieza, ella, quien le enseñó hasta entonces: los roles de género muy claramente diferenciados), son amados como un buen padre o una afectuosa madre: "Io non ho famiglia. La escuela se presenta como un espacio para desarollar los sentimientos de fraternidad nacional. Ambos libros son pacifistas, pues Bruno no arremete nunca contra los alemanes y sólo defiende la rivalidad entre las naciones en el campo del progreso económico -traza incluso una historia de Francia sin la presencia de Napoleón-y De Amicis sólo elogia la "Guerre di Difesa dei Sacri Confini". Además, la narración de Cuore transcurre en el año académico 1881-82, lo que le permite a su autor ignorar la guerra colonial que la nueva Italia ya comenzaba a trabar en la época de la redacción del libro. El ejército sólo sirve como baluarte de defensa y unión de la patria, dos principios indiscutibles. Los temas sociales tampoco aparecen en las páginas de estos dos libros: se apela a los buenos sentimientos y rectos principios morales como medio para solucionar todos los conflictos. Una novedad que comparten ambos libros es que se presentan como una narración con principio, medio y fin; el lector sigue el desarrollo de una fabula. La mayoría de los libros didácticos publicados hasta entonces solían ser obras enciclopédicas con escaso atractivo, como muy bien notaron Bilac y Bomfim: "É um erro compôr o livro de leitura -o livro unico-segundo o molde das encyclopedias [...] Según ambos autores, la función enciclopédica en las clases elementales debería descansar en el profesor, que ha de aprovechar la narración del libro de lectura para presentar y explicar en cada momento los conocimientos necesarios. Por último, tanto el libro francés como el italiano apelan al sentimiento del lector para que el mensaje patriótico y las virtudes civiles se aprendan no sólo por la razón, sino también por el corazón y los sentidos: "nous avons voulu la [la France] leur faire pour ainsi dire voir et toucher" (Bruno, 1997, 3) 18. Los protagonistas del libro brasileño son Carlos y Alfredo, dos hermanos huérfanos de madre que viven internos en un colegio de Recife, pues su padre, ingeniero, trabaja en el interior. Cuando reciben la noticia de que su padre está enfermo, deciden emprender viaje e ir a su encuentro. El periplo por el Nordeste es largo y duro. Finalmente son informados de que su padre ha fallecido. Al estar solos, deciden ir a Río Grande do Sul, donde residen sus parientes. Comienza una larga odisea, que los llevará a conocer a Juvêncio, "sympathico, moreno, entre caboclo e mulato" (Bilac y Bomfim, 1910: 69), que también tiene una desgraciada historia familiar, con quien pronto estableceran una profunda amistad y compartiran más aventuras, antes de la separación: Juvêncio embarcará hacia el Estado de Amazonas y los dos hermanos irán al sur. A lo largo de todo este recorrido pueden entrar en contacto, observar detenidamente -más de sesenta imágenes ilustran el libro-y conocer todos los prodigios que la civilización ha logrado traer al Brasil. Al llegar al Río Grande do Sul reciben la feliz noticia de que su padre sigue vivo, se encuentra en Recife y pronto embarcará, con Juvêncio, para venir a verlos. El libro de Bilac y Bomfim se presenta, siguiendo la estela de sus modelos europeos, como un "unico livro destinado ás classes", en este caso del curso medio de las Escolas Primárias del Brasil (Bilac y Bomfim, 1910, v). En la senda marcada por Bruno y De Amicis, este libro potencia el conocimiento del Brasil, "as suas gentes, os seus costumes, as suas paizagens, os seus aspectos distinctivos", sus industrias, el nuevo puerto de Río de Janeiro, las plantaciones de café, la trepidante y siempre en crecimiento ciudad de São Paulo, etc. (idem, vii), con la intención de dejar una marca en la mente y en el corazón del joven lector: "Não se pode influir efficazmente sobre o espirito da criança e captar-lhe a attenção, sem lhe falar ao sentimento (...) e lhe conquistar o coração" (idem, viii). Los autores son conscientes de la necesidad de captar la atención de sus lectores y por ello en la primera parte del libro predomina la narración -sus aventuras a la búsqueda de su padre, pero sobre todo las peripecias pasadas junto a Juvêncio-, para poco a poco ir introduciendo la descripción del Brasil visitado. Ya en el primer viaje en tren, al comienzo de la narración, los protagonistas disfrutan del maravilloso paisaje -"Mudo e pasmado de admiração, contemplava o sol que nascera cercado de nuvens de fogo, e o céo azul, e as arvores orvalhadas, e os immensos campos aqui e alli cobertos de neblina" (Bilac y Bomfim, 1910, 18)-, hecho que se repetirá con frecuencia a lo largo del libro. En comparación con Le tour de la France par deux enfants, el libro brasileño informa relativamente poco de los hechos históricos, aunque no falten los párrafos explicativos sobre Caramurú (31-33), la vida salvaje de los indios (34-37) o la instauración de las Capitanías por D. João III (58-59). Se resaltan los poetas nacionales -Castro Alves y Gonçalves Dias-, así como los monumentos cívicos de valor para la nación: "monumento do Dois de Julho", "monumento de Castro Alves" (216) y el "monumento do Ipiranga" (282). Los mensajes morales son abundantes, pero razonablemente bien insertos en la trama del viaje, a modo de ejemplo: amor al padre (detonante de todo el viaje), solidaridad y amor fraterno (el hermano pequeño divide su comida con el mayor, 26), hospitalidad (por parte de una "boa preta", 28), confianza en las autoridades (28), la importancia del deber (54), crítica a la indecisión (67), crítica a la codicia (115-117), honrar la comida recibida (180), socorrer a los viejos y heridos (183), no aceptar el dinero ajeno (191), crítica al orgullo excesivo (191), respeto por los parientes (218), etc. El Brasil que presenta el libro está comenzando a disfrutar del progreso, construyendo vías férreas, puertos, fábricas, etc. y aprovechando la laboriosa mano de obra italiana y alemana. Los habitantes del interior son principalmente "caboclos vigorosos" de bella factura (40, 294), por regla general de buen corazón, siempre dispuestos a ayudar. La urbe como centro irradiador de civilización. La edición de Através do Brasil realizada por Marisa Lajolo y que se publicó en el año 2000 tuvo el gran valor de recuperar un texto importante para el debate académico que suscitó la efeméride de los quinientos años de la llegada de Pedro Álvares Cabral a la actual región de Porto Seguro. Alrededor del año 2000 se reeditaron importantes textos ya clásicos de autores nacionales y extranjeros que habían contribuido a la reflexión sobre el Brasil y la formación de su identidad a lo largo de los siglos (p.e., Boxer, Bomfim, Buarque de Holanda, etc.). Dentro de esta línea de divulgación de los pensadores canónicos, resulta importante volver al libro Atravez do Brasil, pues su influencia fue muy importante en la formación escolar de muchas generaciones de brasileños. Este deseo de volver a poner el libro en la plaza pública explica, por ejemplo, la necesaria modernización ortográfica. No obstante este indudable mérito divulgativo, la edición presenta algunas deficiencias importantes. La principal, no basarse en la primera edición, sino en la 43.a, de 1958, sin que se expliquen los motivos de esta opción editorial (en 1986 Marisa Lajolo había escogido para su antología comentada de literatura infantil, editada conjuntamente con Regina Zilberman, la edición de 1931). Basta comparar la primera edición con la 43.a para observar numerosas correcciones estilísticas 19 e incluso la incorporación de capítulos (p.e. el capítulo 24, "O algodão", que no aparece en la edición de 1910). El lector, inevitablemente, se pregunta a quién atribuir estos cambios: a ambos autores, sólo a uno de ellos, al editor, etc. Entre las variantes narrativas de mayor calado, con influencia clara no sólo en la fabula sino también en el proyecto pedagógido de la primera edición, hay que citar el apresamiento de Juvêncio, el amigo de los dos protagonistas, cuando es confundido con un ladrón de caballos. La primera edición describe pormenorizadamente el instrumento de tortura donde el joven sufre su particular "dia de martyrio" (Bilac y Bomfim, 1910, 153): La edición de 1958 escamotea dicha descripción, así como la escena en que lo golpean y luego le ponen sal en la herida, y la sustituye por una orden del coronel de "repellente [...] physionomia", "sempre aspero e anthipathico" (idem, 149 y 156), que lo recluye en un "quarto escuro" (Bilac y Bomfim, 2000, 209). De esta forma, el instrumento de tortura ha desaparecido de la narración. Además, un simple vistazo a los títulos de los capítulos que conciernen a este episodio de Juvêncio revela una clara diferencia didáctica: la edición de 1910, frente a la de 1958, es mucho más cruda a la hora de presentar las dificultades de la vida y la maldad del mundo: (Bilac y Bomfim, 1910, viii). Dicho pasaje explicativo está ausente de la 43.a edición. Resta, obviamente, la pregunta sobre en cuál o en cuáles de las ediciones entre la primera de 1910 y la 43.a de 1958 aparecieron por vez primera estas variantes, aquí sólo parcialmente enumeradas 20. Sólo una edición crítica podría responder a dicha pregunta. Por otra parte, la edición de 2000 no incluye ninguna de las más de sesenta ilustraciones de la primera (algunas claramente retocadas), ausencia quizás atribuible a la editorial. Téngase en cuenta que los autores otorgaron un gran valor a la presencia de estas fotografías, como garantía de autenticidad, veracidad: "porque procurámos apenas um pretexto para apresentar a realidade, preferímos ilustrar este livro sómente com photografias" (idem, viii-ix). No es conveniente criticar demasiado en la ingenua relación entre fotografía y realidad, pues se trata de un libro didáctico y no pocos libros didácticos occidentales, entre ellos los brasileños de principios del siglo XX, sobre todo aquellos de carácter histórico, recurrieron a la presencia de imágenes, a modo de fragmentos visuales que acompañasen a la narración. Las fotografías del libro sirven para anclar, según sus autores, la narrativa en la realidad, de la que la fantasía del argumento a veces podría alejarse: "se ha nestas paginas alguma fantasia, ella serve para harmonizar visão geral os aspectos reaes da vida brazileira" (idem, ix). Por medio de estas imágenes hay un interés por mostrar la variedad de la población del país (sertanejo, gaúcho y los indios ya civilizados, porque trajeados 22 ), las nuevas ciudades y urbes (Maceió, Salvador de Bahía, Río de Janeiro, São Paulo, etc.), los diferentes tipos de cultivos (caña de azúcar, café, caucho, hierba mate, etc.), los puertos y vías férreas, etc. El viaje de los dos protagonistas y el periplo de Juvêncio unen todos estos escenarios de un país uno pero diverso, que se ha embarcado en el imparable progreso: "São Paulo possue muita cousa digna de ser vista: magnificos jardins, esplendidas casas, bairros novos já muito animados, e muito boas escolas. Este recurso a las imágenes, frecuente, como se ha dicho, en los libros didácticos de la época, resulta, además, de una influencia directa del libro Le Tour de la France par deux enfants. En ambos libros, el francés y el brasileño, los objetivos que se persiguen con las imágenes son los mismos, como demuestran las precisas palabras del prefacio de 1877: "On remarquera que ce livre contient plus de deux cents gra-vures, cartes ou portraits, et que ces gravures ont toutes un but instructif [...] Hace ya dos décadas que Gellner (1983) llamó la atención para la importancia de la educación reglada y controlada en forma de monopolio por un Estado a la hora de formar una nación homogenea. Puesto que la nación no es "natural" ni "universal", según Gellner, es el propio nacionalismo quien crea las naciones. La implantación de una educación estatal permite superar los límites locales -familia y vida comunitaria-y presentar a los estudiantes la existencia de una nación homogénea en su totalidad, por mucho que pueda convivir con ciertas particularidades localistas. En el caso brasileño, ni la etnia ni la lengua hubiesen facilitado una homogeneización nacional, por lo que la educación escolar adquirió un papel fundamental a la hora de crear y activar los conceptos de nación, pueblo y ciudadanos. La nacionalista educación del siglo XIX organizó de forma coherente los hechos históricos, estableció como deseables unas determinadas costumbres y moral, omitió los conflictos de clase, delimitó el territorio nacional y mostró el camino a seguir de cara al futuro. Bilac y Bomfim fueron muy conscientes del papel que la educación podía jugar en la formación nacional brasileña y lo aprovecharon 24. El libro Atravez do Brasil, entre otros, además de buscar un desarrollo moral del niño, presenta la existencia de un amplio territorio nacional por descubrir -"Viajar é sempre util. La confianza que Bilac y Bomfim depositaron en el poder de la instrucción pública rozó el carácter utópico al confiar férreamente en la salvación nacional por medio de la educación creadora de ciudadanos libres y soberanos. El viaje que los dos protagonistas de Atravez do Brasil emprenden por gran parte de la geografía brasileña permitía que el lector viese y conociese esos espacios ignotos, al tiempo que acrecentase su saber, para, según los autores, alcanzar la posibilidad de llegar a ser un ciudadano consciente de sus derechos y poder, y así intervenir de forma cabal en las cosas de la República nacional., 2004, vol. 2, 272). 5 Algunos años más tarde, Olavo Bilac, siempre preocupado por la distancia cultural entre el campo y la ciudad, escribiría: "Aqui, dentro do mesmo território, e dentro da mesma época, temos vários países e várias eras históricas. Bilac incluso llegó a pensar que el asunto estaba bien encaminado, como escribe en una crónica del 1 de abril de 1908 en el Correo Paulistano: "E é bom que se saiba aí [em São Paulo] que não continuamos a dormir [aqui, no Río de Janeiro]. 25 Por esas mismas fechas, Bilac escribió conjuntamente con Coelho Neto el libro didáctico A Patria brazileira, publicado en 1909. En este libro se puede leer, a modo de colofón: "Ide por diante, buscai conhecer a vossa patria, para que, vendo-a tão grande como é, façais por vos tornardes dignos d 'ella" (Bilac y Neto, 1926, 284).
Yo, no soy de Toledo. Nací en un barrio de Madrid, que por entonces era aún «galdosiano». Y aunque esto puede darme un aire de Ángel Guerra, la verdad es que no es a través de Don Benito, como le ocurrió a Marañón; del modo que yo he conocido la «Imperial Ciudad». Y ya de entrada digo, que no voy a emplear mas esto de «imperial», por que no me gusta nada y os diré por qué.-No pido que se quite el águila austríaca de su escudo, pero Toledo era grande; es más tenía su verdadera fisonomía ya perfectamente dibujada, antes que viviese en ella el Emperador Carlos y antes también de que aquí, en el Palacio de Fuensalida, muriese su bella Ysabel. Siempre en guerras y fuera de España, vivió muy poco junto al Tajo La ciudad era imperial en sus ideas, en sus sueños y hasta si se quiere, lo fue en la Edad Media; en la época de las tres religiones. Pero no cuando los escudos lo proclaman, si no antes y de un modo más difuso, mas ideal. Ya digo, que ni a través de Galdós, ni tampoco de Don Gregorio -con ser fiel discípulo suyo-he entrado yo en esta ciudad. La he conocido en mi infancia y con ella he soñado mucho antes de tener mi «Jardín del Moro». Ahora os contaré de que manera. Pero dejarme antes que os diga, que a pesar de vivir aquí una tercera parte de la semana, y a despecho de que siendo rector complutense, traje por primera vez y por decisión mía personal -que buenos disgustos me costó-los estudios universitarios; no tengo el honor de ser toledano. He conocido a media docena de alcaldes y todos o casi todos me han prometido hacerme «hijo adoptivo» pero después, nada de nada. No me importa, por que yo he hecho a la ciudad, a su casco viejo amurallado; mi «Madre adoptiva» y esa honra autoproclamada, ya nadie me la puede quitar. Y ahora quisiera contaros, de que modo vine yo por primera vez aquí: No tenía mas de once o doce años y era alumno del Instituto Escuela -que es una lástima que haya desaparecido, por que fue una experiencia educativa genial que hubiera hecho y que sigue haciendo, mucha falta en España-Y entre las cosas originales que tenía aquel colegio, era que todos los Domingos del curso, nos traían a ver alguna vieja ciudad de Castilla. Lo mas lejos que se podía ir entonces en un día desde Madrid, era a Toledo, al Escorial, a Alcalá, a Guadalajara, a Avila o a Segovia. Ya para Salamanca no alcanzaba el tiempo. Aquí veníamos mas de un domingo cada curso. Nos traía siempre Don Francisco Barnes, que entonces, aunque a mi me parecía muy viejo por su gran barba, apenas debía tener cuarenta o cuarenta y cinco años. Barnes era un institucionista discípulo de Giner y sobre todo de Cossío. Era catedrático de Historia en el Instituto de Avila, de donde lo pescó Castillejo para fundar el Instituto Escuela. Era un pedagogo integral que sacrificaba su vida entera a la enseñanza de los arrapiezos que éramos nosotros entonces. Es lástima, que este hombre que llegó en 1932 a ser ministro de Instrucción Pública de la República, no tenga un monumento en Avila, en Toledo o en Madrid. Lo tiene desde luego, en mi corazón Nos trajo a Toledo muchos domingos, pero recuerdo uno especialmente: Era un día ya casi en verano, a fin de curso, por San Juan. Veníamos en el tren y nos bajamos en esa estación neomudéjar tan bella, que por entonces se estrenaba. En días anteriores, ya habíamos visto la Catedral, el Alcázar, y por cierto San Juan de la Penitencia que todavía estaba intacta Esta vez que digo, no entramos en Toledo; tomamos a pié el camino viejo de la Sisla -que también estaba todavía viva-y después de visitarla nos fuimos andando a campo traviesa hasta la Peña del Moro y allí, a la vista de Toledo, sacamos de los morralitos las meriendas -Barnes con nosotros-y nos pusimos a comer. Y tras el breve almuerzo, viendo aquel paisaje, que entonces sin hacer la carretera de circunvalación y mucho menos el Parador de Turismo, era rigurosamente inédito; el maestro nos explicaba la decadencia de Toledo a fines del XVI. Nos hablaba de la ruina, lejana aún, pero que se veía ya venir. Nos contaba, de aquellos viejos caballeros, que en sus corrillos después de la misa de la mañana, recordaban Toledo desde dentro sus hazañas con el Emperador, en La Goleta o en el paso nocturno del Elba en Mühiberg, desnudos, a nado y con las espadas en la boca. Todo esto ya no volvería a repetirse. La Corte estaba en Madrid, el Imperio decaía y a aquellos orgullosos hidalgos solo les quedaba la oración y el recuerdo de su glorioso pasado, ante aquella España que se les venía abajo; que se arruinaba.. Y cuando ya aquellos chavales que éramos entonces, casi llorábamos de emoción; cambió de tono y dijo bruscamente: Y ahora ya podemos entrar a ver el Entierro del Conde de Orgaz. En el cielo, había unas nubes que amenazaban tormenta, las recuerdo al cabo de tantos años, por que eran esas nubes del Greco, esas acartonadas nubes plomizas que hay en los fondos de sus cuadros. Nubes que la gente cree que son inventadas -paisaje onírico-lo llamaba Marañón Y yo os digo que no, que en Toledo hay esas nubes en verano, como también a fines de otoño hay un paisaje verde como el del Metropolitan Museum de Nueva York. No, Toledo es así de imprevisible y Domingo el Griego era mas realista de lo que se cree. Se iniciaba ya la tormenta, bajamos a la barca, cruzamos el río y subiendo por el Pozo Amargo nos cayeron los primeros goterones. Me dirás lector, que por que te cuento estos detalles que no te importan. Pero lo cierto es que aquella primera visión de Toledo impactó mi vida entonces infantil. Y ahora cuando voy a ver en «Entierro» los hombres que forman ese friso de cabezas, me parecen viejos amigos míos, a los que comprendo y que me cuentan sus ansiedades. 3, Los años cuarenta: Marañón Pasaron muchos años, y no volví a Toledo. Conocí a Marañón en 1933 siendo yo todavía estudiante. Pero en aquellos años, quién era yo para ir invitado al Cigarral de «Los Dolores» como entonces se llamaba. Solía venir con mis amigos estudiantes a la entonces menos visitada que ahora ciudad. Nunca perdí el contacto con ella, pero este era solo un sedimento romántico en mis recuerdos de colegial. Tras de la guerra civil, de casado ya; empecé a venir otra vez los Domingos a Taledo. Entonces todavía no se hacían fines de semana, se salía por la mañana de Madrid y por una deliciosa carreterita, intransitada, bordeada de acacias, se llegaba aquí. Venia poca gente, pero casi no había donde ir a almorzar. La Venta de Aires, que yo he llegado a conocer cuando era una pequeña y verdadera venta, con un arco romano detrás, estaba siempre llena. También existía el viejo Hotel Castilla. Pero mi mujer y yo, con mi hija niña, tomamos la costumbre de traer una me-rienda, subir donde actualmente está el Parador y hacer lo que ahora se llama un «picnic». Estábamos solos y veíamos Toledo a lo lejos Yo le explicaba a mi mujer desde allí, lo que yo sabía; y lo que no sabia lo inventaba. Para mi, todo era ya una leyenda. A la casa del Diamantista, que se llevó el río poco después en una crecida, la llamaba, no sé por qué «La Casa de la Cautiva». Todavía había barcas y podías alquilar una no solo para que te cruzase, si no hasta para dar un paseo y ver allá arriba las torres de Toledo. Frente a nosotros, cuando estábamos allí sentados en la Peña del Moro, había un jardín con una casa abandonada. Como aquello era, por San Lucas, la morería vieja, yo pensé que podía tratarse de la casa en ruinas de uno de aquellos moriscos que expulsó Felipe III y me dio por llamarla «El Jardín del Moro». Luego he reconstruido la historia de mi casa y es mucho mas moderna y vulgar, pero aquella fantasía se apoderó de mi y siempre desde entonces, así la he llamado.. Más tarde, como pasa con todo, la fui olvidando. A todo esto, volvió Don Gregorio del exilio y el cigarral se abrió de nuevo. Algunos domingos me invitaba a almorzar y otros iba yo a verle por la tarde y me daba -siempre me acordaré-chocolate con migas-. Aquello estaba siempre lleno de invitados, la gente mas importante de Madrid y de fuera de España, y yo pintaba poco. De modo que así como muchos recuerdan a Marañen de su cigarral de Toledo, yo siempre he tenido mucho mas contacto con él en las mañanas del Hospital General. Al final de los años cincuenta, ya casi me había olvidado de Toledo. Era profesor de Madrid, dirigía una gran clínica y viajaba sin parar al extranjero. Me había «americanizado» un poco y creo yo que también había perdido, como se pierde tantas veces en la vida, la delicada sensibilidad de mis primeros años. Más he aquí, que un día aparece n mi consulta, para que viese a su mujer, un farmacéutico muy conocido de Toledo. Y en esa conversación que siempre se liga con el marido, mientras que la paciente se prepara, saco a relucir aquella casa de Toledo. -Pero si está a la venta-me dice. Y no se llama como usted dice el «Jardín del Moro» si no el «Jardín de Ledesma». Supe así que era herencia de un conocido abogado de Toledo, que vivía como toda la gente pudiente de su tiempo en la «Calle de la Plata» o sus aledaños y que se había hecho aquel jardín para dar fiestas, que fueron famosas -como he sabido después Toledo desde dentro por otros amigos-en los años treinta. Ledesma, había muerto sin hijos y sus herederos eran ocho o diez sobrinos, no querían vender el jardín. Fui a verlo, era una ruina. Los bombardeos del Alcázar le habían afectado mucho y la vieja casa estaba en el suelo. Malvivían allí tres familias a las que hubo que indemnizar para que se fuesen. Y una vez vacía la casa, al ir al notario, se vio que no estaba escriturada, cosa realmente rara en un jurista, pero así era. Gracias a los archivos parroquiales que tan divinamente se conservan en Toledo, pudimos averiguar al fin que era la antigua casa del párroco de la vecina Iglesia del San Lucas, así es que de Jardín del Moro no había nada, pero yo me había ilusionado tanto con esta leyenda y con este nombre que se lo dejé, y todavía así se llama y espero que se siga llamando. La restauración de la casa fue una gran aventura que duró tres o cuatro años y que realmente todavía no ha terminado. No la voy a contar con detalle, pero si decir que en ella trabajaron todos los viejos artesanos de Toledo que vivían en un radio de doscientos metros. Así es que cuando se estrenó, fue un poco una fiesta del barrio, solo faltó como es costumbre en ellas, tirar unos cohetes. Traje muchas cosas de fuera. De Granada vino una fuente, de Sevilla cuatro columnas de mármol, de Plasencia un artesonado del XV y del mismo Toledo, de derribos, varios alfarjes, puertas de cuarterones y hasta los restos de una iglesia vieja con retablos churriguerescos. También compré bastantes cuadros y alguna que otra talla. Pero todo, o casi todo salió de aquí. Y reconstruí una vieja ermita arruinada, la «de la Candelaria» el barrio se llama desde tiempo inmemorial así «La Candelaria». De entre las ruinas salieron dos sillares visigóticos que adornan la pared de mi comedor. Estas viejas piedras sueltas se encuentran por todas partes en la ciudad, pues las viejas iglesias de aquellos siglos, del VI al VII, sin duda se deshicieron varias veces, primero por moros y luego por cristianos. SaHó también un gran escudo de piedra con una cruz arzobispal, otra de Calatrava, una pluma y un sable. Es sin duda el escudo de un inquisidor. Este debió de ser el de párroco de San Lucas que tengo entendido que en tiempos de Femando VII, fue el último inquisidor de TDledo. Así es que el Jardín de Moro es todo lo contrario de lo que yo me figuraba que era. Amarga reñexión para este aprendiz de historiador que soy yo mismo. Desde aquel año, en que estrené la casa, mi vida y mis costumbres cambiaron. Todos los fines de semana los paso aquí. Antes venía los Sábados, ahora los Viernes. Es decir que una tercera parte de mis días los paso en este «casco viejo» toledano. Y como soy un hombre tranquilo, que no da fiestas ni saraos, ni al que todo el mundo visita; pues cabe decir que mi vida aquí es un poco secreta. Pero dejadme cordialmente que os la cuente y que os diga como veo yo Ibledo desde dentro. No por que interese a nadie lo que yo hago, si no simplemente para dar testimonio de como esta ciudad se ha ido adueñando un poco de mi. Hay una Toledo de invierno y otra de verano. En la primera caen ñiertes heladas. Un estanquillo que hay en un patio de mi casa, amanece con un dedo de hielo. En verano, se alcanzan los cuarenta grados, sobre todo en mi jardín que está como sabéis en la ladera sur. A fines de Agosto, cuando vuelvo de mi veraneo, mi casa me parece un viejo caserón manchego abandonado. Pero esta inclemencia de las estaciones, no me quita el entrañable amor con que siempre al volver, abro la puerta de mi casa. Aquí tengo mis libros y mis papeles. Aquí leo, escribo y medito. Y en contar mi vida de Toledo, tendría lector, que emplear mucho más tiempo del que me puedes conceder, así es que diré solo cuatro cosas.. La verdad es que no hay mucho que contar. Se dice que los pueblos felices no tienen historia. La verdad, es que los momentos de dulce felicidad tienen poco que recordar. Yo, al revés que le pasaba a Don Gregorio, pierdo mucho el tiempo. No soy su «trapero» como él, si no su dilapidador. En Madrid tengo prisa, estoy mirando el reloj siempre, lo que a veces me hace parecer descortés con la gente. Aquí en Toledo, no. El tiempo fluye lento, y así pasan horas y horas. Si yo tuviera detrás de mi, una obra importante, bien científica o bien literaria, podría decir qué libros he escrito aquí en mi celda del piso bajo. Sin embargo, como lo que yo he hecho no vale gran cosa, a mi mismo se me olvida donde lo he escrito. Tampoco vale la pena hacer aquí un inventario. Como ya he dicho también que mi casa toledana no ha sido un brillante lugar de reunión, pues resulta que su historia se escribe en un pispas. Pero si como me habéis pedido, tengo que deciros cómo veo yo Toledo, del modo que recuerdo su pasado y procuro atisbar su futuro; era necesaria esta larga introducción para situar el problema: Para que os quepa una idea de quien os habla y desde donde lo hace. Y en fin os digo, que os habla quien se enamoró de esta ciudad de niño y que ya hombre, supo hacerse un rincón en ella, para descansar y para meditar. Ya conoces amigos, al hombre y a su morada. Esa «circim.stancia» que como decía Ortega forma parte de nuestro yo. Ahora os pediría que tuvieseis la paciencia de escuchar de lo que este toleldano injertado piensa del «casco viejo» de esta ciudad y en general del de todas las ciudades milenarias. Muy pocas ciudades antiguas del Mundo, tienen tan netos y tan intactos sus barrios medievales -^Avila-, con sus grandiosas murallas, mas monumentales que estas de Toledo, desde luego conserva sus calles, sus iglesias y sus viejos palacios de un modo perfecto. Pero desde fuera, su paisaje en gran parte se ha perdido. Desde Sonsoles, desde el Valle Ambles, el Avila que se ve está desfigurada por casas nuevas hechas extramuros. Apenas desde los Cuatro Postes se ve todavía algo, pero rodeado de edificaciones modernas. Otro tanto sucede en Segovia, donde ha habido que parar la construcción de una casa que tapaba por completo el Acueducto. La vieja Valladolid ha desaparecido y Salamanca se conserva bella, pero difuminada.. En cambio Toledo ha crecido mucho en sus ensanches, pero desde cualquier parte que se la mire, conserva su «Ilustre Pesadumbre» igual que la vio Garcilaso, Los grabados antiguos presentan una imagen casi igual que la que vemos cuando en verano cenamos en la terraza de el Parador. Vosotros toledanos, os alarmáis por que atraída por la facilidad de las viviendas, y por una vida mas cómoda -sólo aparcar el coche en la vieja Toledo es un problema insoluble-la gente joven se va a vivir al Polígono o a Santa Bárbara y la gente acomodada se hace chalets en las nuevas urbanizaciones. Y el casco viejo se despuebla. Tbnéis en parte razón, por que una casa abandonada, se hunde. Una teja rota origina una gotera. El agua pudre las vigas y la techumbre al cabo de poco tiempo, se viene abajo. Si la vieja ciudad se queda vacía está condenada a morir. Es imposible restaurarla a expensas del Municipio, de la Comunidad o del Estado y al mismo tiempo, mantenerla vacía. Hay que sostener viva la ciudad y esa vida solo se la dan sus habitantes. ¿Como mantener llena Toledo? De este problema me quiero ocupar al final de estas líneas. Pero antes, recordemos lo que tenemos dentro de este conjunto, lo que a toda costa debemos conservar en su fragancia histórica, en su viejo aliento mozárabe. En su recuerdo de las tres culturas. Y en fin de ese corazón de España, que todavía sigue latiendo. Vamos a recordarlo juntos, tal y como yo lo veo y lo sueño. La Catedral, parroquias y conventos Os parecerá una blasfemia si digo que la Catedral, no es lo que da su carácter a Toledo. La verdadera ciudad, la José Botella Llusiá 468 que conoció Alfonso el Sabio, es esa masa de ladrillos y adobe que forma sus callejuelas medievales, sus cobertizos y sus plazuelas sin nombre. La Catedral es una bellísima masa de piedra, ajena a los ladrillos. Contaba Marañón, que un día le mostraba a Valle Inclán el paisaje desde la terraza del cigarral de Los Dolores. Y don Ramón soñando siempre con su pétreo Santiago le dijo con su ceceo tan poco gallego: «Ezte Toledo zi un día llueve mucho ze dezhace». No, no se ha deshecho, esta ciudad tiene una cochura de siglos, es la mas vieja cerámica de España. Pero la Catedral -^la Dives toletana-con una cantidad de bellezas acumuladas, como solamente quizá Roma alcance a tener, es la obra europeizante de xxn rey casado con una reina francesa y cuyo arzobispo era xm monje de Cluní. Con la catedral, entra Europa en Ibledo. Pero esta ciudad ya existía, es mas vieja. Recordemos que a través de su Escuela de Traductores, había contribuido a la creación de la Europa del Gótico. La cultura, no vino de norte a sur, si no al revés, subió de sior a norte. En cambio en las parroquias y en algunos misteriosos conventos, se conserva, mas pura la esencia toledana. San Román, hoy convertida felizmente en museo; Santiago del Arrabal, maravilla mudejar bien restaurada; San Andrés que es una joya; y tantas y tantas otras, sin olvidar a la iglesita siempre cerrada de Santa Eulalia, recuerdo pulcro de una iglesia mozárabe anterior a al conquista de Alfonso VL Los conventos: Santa Ysabel, los dos Santos Domingos, Santa Clara, San Clemente... joyas recónditas y que nadie visita. Por que el gran problema de estos monumentos, hoy ya únicos en el mundo, es que los ve muy poca gente. A Toledo hay que venir una semana entera o muchos domingos seguidos. Pero aun disponiendo de este tiempo, hay cosas que no se pueden ver: Las parroquias que solo abren a la hora de las misas, los Conventos que salvo Santo el Domingo el Antiguo, que felizmente se ha museificado, son de máxima clausura y esa Capilla de San José con sus dos Grecos fenomenales, que parece también un convento por que no hay manera de entrar en ella. ¿Como organizaríamos que todo este Toledo fuera visitable? Los conventos, podrían imitar a Santo Domingo o a la Encarnación y las Descalzas Reales de Madrid. Un convento de clausura es una delicia. No solo por las joyas de arte ocultas que contiene, si no por su ambiente y su silencio que nos transporta a otras regiones del espíritu. Entrar en un convento de estos, es un baño de paz. Yo he entrado pocas veces, lo hacía con frecuencia cuando me llamaban como médico. Vas por un claustro a ver a una monjita enferma, y otra te ve precediendo tocando una campanita. No encuentras a nadie, solo silencio y soledad. Estás Toledo desde dentro fuera de este Mundo. No habéis visto amigos míos, la delicia que es en Madrid a un paso de la Gran Vía, estar en el claustro o ver el huertecillo de las Descalzas, con los rascacielos al fondo. En Toledo la impresión es todavía mucho mayor. Si las gentes de la ciudad,'pudieran entrar en estas clausuras, claro es que limitadamente y a ciertas horas, lo de menos sería, con ser mucho, las antigüedades que se verían, lo verdaderamente importante sería el efecto psicológico; un verdadero baño de paz. Muchos melómanos van a un concierto para que el «alma se serene» como decía Fray Luis en su poema a Salinas. Pues bien, yo os digo amigos míos, que entrar en una clausura toledana es escuchar la mas pura de las melodías. En cambio en Toledo hay varios museos, nunca muy llenos, pero bien puestos y fáciles de visitar. En primer lugar el Museo de Santa Cruz, Allí en el centro mismo de la ciudad antigua, frente al Alcázar y al lado de Zocodover, está el antiguo Hospital de la Santa Cruz, fundado por el Cardenal Mendoza y que es ya de por si, una de las mas bellas joyas arquitectónicas de la ciudad. Suñió mucho en el asedio de¡ Alcázar, pero en el cuarto centenario de la muerte de Carlos V, se restauró, se rehicieron sus maravillosos artesonados y se celebró una exposición sobre El Emperador. El Cardenal Plá y Deniel, lo convirtió en Museo Diocesano, trayendo a él todo lo que había en San Vicente y en muchas parroquias, que nadie sin su autoridad hubiera podido trasladar. Tiene xma hermosa colección de Grecos entre ellos la famosa Asunción de Ovalle para mi una de las mas bellas obras del pintor. Y al fondo la bandera de Lepanto que se trajo desde la Catedral. Otro museo, mas pequeño, pero muy notable, es el del arte visigótico, instalado en la restaurada iglesia de San Román. Esta es la mas antigua de las iglesias de Tbledo, con restos visigóticos y mozárabes. Desde su torre, que domina la ciudad, es fama que Esteban Illán proclamó a Alfonso VIII aún niño. Se han reunido allí restos visigodos importante y hay una reproducción del tesoro de Guarrazar. No hay ningún edificio visigodo en TDledo, pero en cambio quedan muchas piedras sueltas, sin duda por que se destruyeron para hacer otros. En mi casa salieron entre las ruinas, dos sillares de esa época que ahora están franqueando el escudo del inquisidor en la pared de mi comedor. Ya más pequeño, el Museo Sefardí, que en cambio es muy visitado por los turistas europeos y americanos, quizá por la rareza de un rastro tan importante de la cultura judía y por estar adosado a la Sinagoga del Tránsito y a la Casa y Museo del Greco. Esta que ya sabemos que no ha sido jamás la casa de Dominico Theotocopuli, fue fundada y creada sobre los restos de la casa de Samuel Halevy en la judería nueva. Yo he alcanzado a conocer a Don Benigno Vega Inclán su creador, siendo niño, pues era amigo de mi abuelo, El museo del Greco, con su vista de Toledo el Apostolado y el San Bernardino y sobre todo si se considera como parte de él a su vecino El Entierro, es realmente un museo de primer orden. A un paso, está el Museo de Arte Moderno, de muy reciente creación. Lo más notable quizá sea la casa, pero su contenido es encantador. Y por fin la Catedral, que contiene un grandioso museo, con cuadros, joyas, reliquias y casullas. Pero por que hablar de museos en una ciudad, que es toda ella un museo, con dos sinagogas, dos mezquitas e infinitos rincones que me sería imposible describir. Solo puedo decir que un día paseando te encuentras en el. Callejón de los Niños Hermosos otro en el de la Muerte o en el ya visto por Becquer de Las Animas. El otro día no mas, ya empezadas a escribir estas líneas, me encontré en el de la Vida Pobre. La más reciente creación no por ser de un artista moderno menos bella, es el Museo de Victorio Macho, que reconstruido por la Real Fundación Toledo, a la que desde aquí quiero saludar, ocupa un bellísimo lugar sobre el río. Puertas, puentes y murallas Cuando esto escribo se ha emprendido un gran proyecto, sostenido por la iniciativa privada, de restaurar las murallas de Toledo. Estas, no son como las de Avila, pero sobre que son mas antiguas -romanas y árabes-son de una belleza extraordinaria. Claro que para quedar bien necesitarán ser ajardinadas y sobre todo mantener su entorno limpio. Las puertas están siendo igualmente restauradas, la de Bisagra ya está casi terminada y la del Cambrón en plena obra va a quedar muy bien, La puerta de Alfonso VI como hoy día se la llama pero que es la puerta antigua de Bisagra de «bib-el.sahara» la que mira a la «Sagra» o llanura en árabe y las de Alcántara y Doce Cantos ya hace años que se restauraron. Y los dos puentes, el de Alcántara que acaba se ser muy bien arreglado completo y el de San Martín que ya fue restaurado hace años, aunque la torre albarrana, quedó como estaba. Toledo desde dentro 10, Lo que está mal: Limpieza, circulación ñuiniíiaciones, jardines El viejo Toledo, o sea la ciudad intramuros, es como he dicho portentosa, pero tiene grandes fallos. Claro es que está mejor que antes. Hace treinta años, en verano el Rodadero hedía, por que todas las basuras incluso el pescado podrido, se tiraban allí. Sin embargo, todavía es una ciudad sucia y el municipio tiene un presupuesto de limpiezas insuficiente. Sin embargo, en honor de los toledanos, tengo que hacer una observación, que tú lector podrás comprobar: Vas a un callejón perdido y no hay una basura. Los vecinos mantienen limpio su entorno como sucede también en los pueblos de Andalucía. Pero en cambio donde llegan forasteros, las botellas, los papeles y los vasos de plástico, se amontonan, sin contar los aledaños de las discotecas al día siguiente por la mañana. Esto quiere decir, que no son los toledanos los sucios, si no la totalidad de los españoles y sobre todo la masa dominguera y esto solo se podría arreglar educando y educando. La circulación rodada es un desastre. Tbledo está hecho para patearlo, sus calledtas no admiten los automóviles. ¿Pero quien se atreve a hacerlo entero peatonal como han hecho por ejemplo la ciudad antigua de Mimich? Yo pronostico, que el alcalde que tal medida tomara, no volvía a saUr elegido. Y sin embargo, algún día habrá que hacerlo, así no se puede seguir. Son bonitas, la ciudad de noche desde la Virgen del Valle o desde el Parador, está impresionante. El entorno de los puentes, perfecto. Pero la iluminación es escasa, cicatera. Ya sé que en España a diferencia de Francia, por ejemplo, la energía eléctrica es cara. Estamos pagando ahora la presión de los «verdes». El país vecino, a pesar de sus enormes ríos y los embalses que ellos generan, tiene 65 centrales nucleares nosotros solo unas pocas y las queremos cerrar. La carestía de la luz eléctrica se nota mucho en la noche de Ibledo. Pero sobre ser escasa, la iluminación es inconexa-Cada una va por su lado. No se ha estudiado una armonía de conjunto. La Catedral es blanca, con demasiada luz. La Academia enfrentada al Alcázar lo deslumhra. Y luego cada edificio se enciende por separado y a la hora que al encargado de dar a la llave se le ocurre. Los visitantes extranjeros se van a la cama antes de ver Toledo completo. Completo es un decir. Lo bella que es la fuente en la rotonda del Arrabal con su jardincito, da idea de la cantidad de rincones ajardinados que se podrían hacer. Claro es que ello costaría caro. Más de sostener que de instalar. Se hizo un parque a orillas del río y se ha dejado perder, es una lástima. Pero no quiero abrumar al ayuntamiento. Ya sé que hace lo que puede ¿Pero como hacer más? José Botella Llusiá José Botella Llusiá José Botella Llusiá El porvenir de Toledo Hace unos años, se hizo un estudio socioeconómico sobre el casco viejo. Lo tengo aquí a la mano. Los problemas están allí bien analizados y estudiados con gráficos y con tablas. Pero quisiera como final buscar una solución a ellos. Claro es que a los que me lean este propósito, les ha de parecer ingenuo. Sin embargo voy a decir lo que pienso. La vieja ciudad, es decir la Toledo intramuros, no es habitable en el sentido moderno de la palabra. La gente se va -ya lo hemos dichoa los barrios nuevos, y además hace bien. Es inútil confiar la conservación a sus moradores, por que para habitarla y hacerla habitable la desfiguran. Las instituciones públicas y las privadas -cajas, bancos, ñmdaciones-sería quimérico que sostuviesen una ciudad entera como si fuera un museo. A la vieja Toledo hay que vaciarla y darle al mismo tiempo una finalidad. Y esta es nada menos que ser la Capital Cultural de España. Se organizaban conciertos, ya no se dan apenas. Se pueden hacer representaciones teatrales, festivales de toda índole, congresos y convenciones. Mantener los centros universitarios dentro, no llevárselos fuera y atraer un turismo de mas calidad, mas culto. Estamos a una hora escasa de Madrid, firecuentemente tardo yo mas en salir de la ciudad, que luego en llegar a T3ledo. Si cruzo la capital para ir a inaugurar una exposición o escuchar una conferencia, por poco mas puedo venir aquí. «La imaginación al poder», decían los parisinos hace treinta y un años. «La fantasía y la creatividad a Toledo», diría yo ahora. Apenas hay un fin de semana, que no coja mi bastón y me pierda por Toledo. Digo literalmente perderme, por que es así, recorro lugares que nunca de visto, o que he visto ya y he olvidado, lo cual viene a ser igual. Y cuanto más recorro la ciudad, mas cuenta me doy de lo difícil que es conservarla. Que no perder el Casco Viejo es una tarea sobrehumana y que los toledanos y los españoles, no comprendemos la magnitud de este desafío. Pero precisamente por eso, por ser un desafío y no un simple problema, tenemos que recoger el guante y luchar. No vale encogerse de hombros. Pero me estoy dando cuenta ahora, que esta ciudad soñada, solo puede tener por base una España mucho mas culta que la de hoy. Hay que empezar por educar a las masas para poder reconstruir el casco viejo de Toledo. Sólo cuando lo españoles sepamos quienes somos y en frase de Américo, Castro, «cómo llegamos a serlo» Toledo, la vieja y querida eterna ciudad, podrá revivir de nuevo.
Puede afirmarse que en Santiago de Compostela se ha conseguido transformar una ciudad histórica, en los términos que más adelante se explicarán, mediante el planeamiento y la arquitectura. El comienzo, como casi siempre, no resultó fácil, pero el balance es claramente positivo y ha alcanzado un reconocimiento general. Las conclusiones -siempre provisionales-que se deducen de quince años de labor indican que la cuestión esencial es el proyecto: desde la idea hasta el plan hay que recorrer un camino largo y complicado, pero el trayecto entre el plan y su ejecución no es menos complejo, y la mejor forma de abordarlo con garantías es el ejercicio del consenso y el diálogo entre la administración y los ciudadanos. La ordenación del espacio y de las actividades, la cualificación de las zonas de protección o de construcción, los equipamientos, las infraestructuras, los sistemas generales, la conservación y rehabilitación de edificios y zonas históricas es la base de una economía urbana saneada. La función del planeamiento es diseñar la ciudad y, además, aprovechar sus recursos: no todas sus partes tienen crecer de la misma manera ni con los mismos usos, algunas deben ser protegidas, porque el desarrollo ha de partir de criterios de sostenibilidad. Por eso es importante el ejercicio de la solidaridad urbana basada en la calidad de vida mediante el reparto de la riqueza, apoyado en una política fiscal que distribuya los recursos para implantar servicios, equipamientos e infraestructuras en las áreas más desfavorecidas. Partiendo de estos presupuestos, compete a la administración local impulsar el proceso de crecimiento económico, combinando adecuadamente lo público con lo privado. La administración tiene que participar con los demás agentes en el mercado del suelo y la vivienda, de forma sostenida a lo largo de todo el proceso de planificación y gestión, negociando los acuerdos que garanticen la viabilidad del plan y el mantenimiento de la calidad de los espacios públicos. Estas son, brevemente enunciadas, algunas de las bases del proceso de transformación que se llevó a cabo en Santiago de Compostela, una ciudad que con su historia y su tradición milenaria, es una referencia indiscutible en el orden de lo que se ha dado en llamar patrimonio de la humanidad. En los diecisiete años transcurridos entre el año jubilar de 1982 y el pasado de 1999, la producción editorial acerca de Compostela y del Camino de Santiago alcanzó una dimensión sin precedentes, sin perjuicio de la notable literatura producida en todas las lenguas de Europa desde que en el siglo XII Aymerico Picaud diera a conocer su Guía del peregrino, incluida en el Códice Calixtino. Esto nos exime de hacer una introducción extensa al tema. Sin embargo, algunos datos pueden ser útiles para establecer la evolución urbana, un tanto encubierta por la dimensión mediática del fenómeno jacobeo, distorsionado en cierta medida en el contexto actual. Por razones que no hace al caso dilucidar aquí, cuando se habla de Santiago de Compostela se suele prescindir de su historia antigua. Es ya una convención arrancar del año 813, cuando según la tradición se produce la milagrosa revelación (inventio) del edículo romano que alberga unos restos que son atribuidos al Apóstol Santiago. Los intereses políticos y religiosos del momento, concertados frente a la invasión islámica, hacen de este hallazgo el punto de partida de una amplia operación de reactivación de la vida urbana en el norte de la Península y más allá: se construyen calzadas, puentes, iglesias, hospitales; se crean cofradías y cuerpos de asistencia y defensa y se conceden indulgencias. Así, Compostela se consolida como el tercer gran centro de peregrinación de la cristiandad, junto con Jerusalén y Roma. En el siglo XII la ciudad, que ya recibía anualmente en torno a 300.000 peregrinos, conoce su primer momento de esplendor, que se traduce en los grandes edificios eclesiásticos románicos, edificados por arquitectos y artífices foráneos llegados a través del Camino de Santiago. El estilo gótico se introduce en los siglos siguientes de manos de las órdenes mendicantes, que se asientan en enclaves extramuros, iniciando la expansión del perímetro urbano. En el XV, de la mano de los Reyes Católicos y posteriormente de la Universidad, establecida por Alonso III de Fonseca, se introduce un nuevo estilo; el renacimiento marca, por primera vez, una preeminencia de la arquitectura civil. A partir Santiago de Compostela, conservación y transformación del XVI, con la reforma luterana, la peregrinación decae, pero entonces el culto jacobeo pasa a América, donde se fundan o se ponen bajo la advocación del Apóstol más de doscientas poblaciones. Pese al descenso de las peregrinaciones, las rentas eclesiásticas se mantienen gracias al voto de Santiago, que se recaudaba en toda España; esta pujanza económica hace posible la gran reforma barroca y neoclásica, a la que corresponde en gran medida la ciudad histórica que se nos ha legado: se derriba o, como mínimo, se encubre la arquitectura medieval para crear una nueva fisonomía de la escena urbana, acorde con el poder del señorío eclesiástico. Si en el XVI y la primera mitad del XVII son arquitectos foráneos (Gaspar de Arce, Mateo López, Ginés Martínez, Fernández Lechuga) los que planean esa reforma, desde mediados del XVII una generación de artistas gallegos (Domingo de Andrade, Simón Rodríguez, Casas Novoa, Sarela, Ferro Caaveiro, Lois Monteagudo) toma la alternativa y Compostela es, todavía, la ciudad más pujante de Galicia. En 1780 se publican las primeras Ordenanzas de Policía Urbana, que suponen xana primera sistemática de la construcción y la urbanización. Pero en el XIX la actividad constructiva decaerá, pese a que caen las murallas y se elabora el primer ensanche de población. El cuadro político se torna adverso: en 1823 Compostela pierde la capitalidad provincial y pasa a depender de A Coruña. No obstante, hasta el mismo siglo XX siguen produciéndose reformas y sustituciones puntuales en el interior del recinto intramuros, mientras fuera de murallas se va desarrollando, de forma lenta pero decidida, la expansión urbana. En 1944 se produce la declaración de conjunto histórico-artístico del centro histórico de Santiago y en 1947 se aprueba un nuevo plan de ensanche. En 1966 se aprueba un Plan General que, si bien establece zonas de protección en el perímetro del centro histórico, admite un exceso de volumen en las zonas edificables. Este Plan se revisará en 1974 con criterios desarroUistas, que propician un creciente proceso especulativo, favorecido por el crecimiento demográfico (debido, en buena medida, a la inmigración de las zonas rurales) y por las cuantiosas remesas de la emigración europea. La población estudiantil también crece exponencialmente entre los años 70 y 1989, cuando se aprueba la segregación de las Universidades de Vigo y A Coruña. Entre tanto, la tradición de la peregrinación jacobea se mantuvo, en uno de sus característicos momentos recesivos, gracias a la Iglesia, a las investigaciones promovidas desde la Universidad -no sólo la compostelana, sino también en Francia, Italia, Alemania o los Países Bajosy a la actividad de las asociaciones y organizaciones internacionales relacionadas con el Camino. A partir de un determinado momento se incorporan gradualmente a esta preocupación los municipios y poblaciones del Camino, las Comunidades Autónomas y la Administración Central. • de Santiago en la lista del patrimonio mundial. Hasta el punto de inflexión que representan las elecciones municipales de 1979, Santiago de Compostela había vivido -como cualquiera de las viejas ciudades de España-de las rentas del pasado, sin plantearse ningún porvenir. El advenimiento de la democracia asigna a las ciudades nuevos roles. En nuestro caso, se trata de la capitalidad de la Comimidad Autónoma, aprobada en 1982, junto a eventos tradicionales como los años jubilares, que se celebran en ciclos regulares de 6 -5 ~ 6 -11 años (cada vez que la festividad de Santiago, 25 de julio, coincide en domingo) o a episodios extraordinarios como la capitalidad europea de la cultura en el año 2000. La ciudad asume este papel a la par que se desarrolla y se dota de nuevo contenido su dimensión histórica. A partir de ese momento, la transformación promovida desde los sectores público y privado se lleva a cabo con una conciencia clara de que nada nuevo será duradero si no parte de una relectura crítica del patrimonio construido. Se emprende así la doble tarea de transformar y conservar en el lugar común de la ciudad histórica. Objetivos y estrategia del planeamiento urbano Para Compostela, principio y fin del Camino de Santiago, el último cuarto del siglo XX supone un vuelco y una actualización de sus funciones Santiago de Compostela, conservación y transformación tradicionales. En términos políticos, como centro de decisión de Galicia, se constituye en referente de la Comunidad Autónoma y asume su histórica vocación internacional desde un concepto de Europa como suma de diferencias, con una nueva cultura y una conciencia emergente de ciudadanía. En el terreno económico, se desarrollan actividades vinculadas fundamentalmente al sector servicios: algunas ya consolidadas, como la secular dimensión universitaria y el comercio, otras que responden a una creciente demanda social -^turismo, cultura y las derivadas de la administración, que generan a su vez una demanda industrial cualificada de empresas de desarrollo tecnológico. La reflexión sobre la esencia de la ciudad, en la línea antes definida de conservación y transformación, se manifiesta en una filosofía de la morfología urbana basada en dos polos complementarios: al oeste, la fachada de poniente se corresponde con el núcleo histórico desarrollado en torno a la catedral, con la idea mítica del ocaso, del finis terrae, que subyace en la leyenda jacobea. En este lugar se ha de actuar con un criterio de «reconstrucción crítica» y sin miedo a la modernidad, ordenando, conservando, rehabilitando, construyendo, peatonalizando, cuidando lo grande y lo pequeño. La fachada de levante, que históricamente tuvo un desarrollo menor, será el lugar del crecimiento mediante la implantación de las infraestructuras y equipamientos adecuados a los nuevos roles de la ciudad, evitando la excesiva presión inmobiliaria sobre la ciudad histórica. A lo largo de quince años se ha trabajado entre el planeamiento y la arquitectura, a veces uno primero y otra después, pero generalmente de forma simultánea. En 1988, tras tres años de trabajo, se aprueba la revisión del Plan General de Ordenación Urbana, que amplía la delimitación de la ciudad histórica a 170 Ha. Su principal objetivo es lograr una urbe moderna, bien dotada de infraestructuras y equipamientos, socialmente equilibrada, con una habitabilidad bien distribuida y con un planeamiento y arquitectura de calidad. Este documento plantea la ordenación del territorio preservando las zonas montañosas y de cultivo, los cauces, el entorno monumental y los más de 100 pequeños núcleos de población comprendidos en el término municipal. De acuerdo con el criterio morfológico antes señalado, la fachada de poniente, con la ciudad histórica, el río y el monte, se protege física y ambientalmente; aquí se emplazan los dos campus universitarios exteriores al casco urbano. Sobre la fachada de levante se desarrollan de forma ordenada las infraestructuras y equipamientos, especializando la ciudad de norte a sur, a lo largo de un vial de 8 km.: al norte, entre otros equipamientos, se desarrolla la zona industrial y se implanta un nuevo centro agropecuario y ferial; hacia el este, zonas deportivas, residenciales y de equipamientos (estadio de fútbol, palacio de congresos, centro comercial, etc.), y al sur otras áreas residenciales y de servicios especializados (comercial, hospitales). La autopista libre de peaje, con tres conexiones con el centro, desvía del núcleo urbano el tráfico de paso. El proyecto urbanístico, así como el desarrollo de los distintos proyectos de edificación, cuenta con la participación de relevantes arquitectos nacionales e internacionales, cuya solvencia permite incorporar nuevas aportaciones que enriquecen el acervo patrimonial consolidado con elementos que constituyen un legado estrictamente contemporáneo. La doctrina de las intervenciones consiste en lograr una combinación entre la calidad arquitectónica que ayuda a cualificar el entorno -obteniendo un estado de opinión favorable, después de algunas polémicas iniciales-, y la práctica urbanística que introduce a través del planeamiento criterios de ordenación económica, social y de valoración cultural. El Plan Especial del centro histórico, por su parte, se orienta a la conservación y restauración de la arquitectura, tanto monumental -religiosa y civil-como residencial, con la mejora de equipamientos y servicios, condición necesaria para mantener y potenciar su función central y su vocación institucional y económica. En el ámbito del plan convive una arquitectura tradicional de muy buena calidad con algunos espacios libres, que se ordenan para dotar a la ciudad histórica de nuevas zonas residenciales y terciarias. Un primer paso consistió en la elaboración de un censo, que arrojaba un saldo de 2.829 edificios, en los que se agrupan 6.484 viviendas (un 8,6% de ellas vacías) y 1.883 locales comerciales (14,7% desocupados); modificar este estado de cosas era uno de los objetivos del documento. El catálogo del patrimonio establece cuatro tipos de protección, clasificando 41 edificios monumentales de valor excepcional, 68 edificios singulares de alto valor, 293 edificios de especial interés tipológico y compositivo y 1.411 edificios de interés. Para todos ellos se establece una normativa detallada, manteniendo la estructura parcelaria, las características de la arquitectura exterior e interior y los materiales tradicionales -madera y piedratratados con nuevas tecnologías que permitan mejorar la habitabilidad. El catálogo incluye además las áreas de morfología destacada y define usos preferentes para la zona. Pero el Plan Especial no se limita a la rehabilitación y la conservación, sino que, sin perder de vista el proyecto de ciudad al que antes se aludía, desarrolla operaciones encaminadas a recualificar el entorno, a corregir disfunciones y carencias y a sentar las bases para Santiago de Compostela, conservación y transformación el adecuado desarrollo de ese proyecto. En este marco se inscriben determinadas realizaciones -complejos de Bonaval, el antiguo Burgo de las Naciones y el barrio de Vite, el tratamiento unitario de los tres campus universitarios, que se amplían con proyectos de Isozaki, Gallego y Siza-y actividades económicas y de ocio como la operación de San Lázaro-Amio. Todas ellas han tenido una repercusión considerable en sus entornos respectivos, pues en cada caso se ha estudiado cuidadosamente la implantación para alcanzar, más allá del proyecto concreto, un objetivo global: el papel recualificador de la arquitectura sobre el entorno, tanto en términos urbanos como económicos y sociales, y su efecto positivo sobre el medio, el papel curativo y restaurador de las erosiones producidas en el tejido histórico, y el propiamente fimcional, como piezas que articulan y especializan las partes de la ciudad. A título de ejemplo, pueden citarse algunas de estas realizaciones. • Auditorio de Galicia. Arquitectura y actividad cultural son en Compostela caras de una misma moneda. Para la primera intervención de envergadura en este proyecto de renovación urbana se eligió una vaguada en el margen de la ciudad histórica, creando un centro cultural dedicado a la música y las artes plásticas, en un edificio de línea sobria, hecho de piedra, cristal y cobre. La ordenación del territorio circundante, donde predominan los usos universitarios, incluye amplias zonas verdes y un estanque. El vecino barrio de Vite -el primer polígono público de España, de los años 60-se transforma con la dotación de nuevos equipamientos y la rehabilitación de las viviendas sociales, lo que se traduce en una sensible mejora de las condiciones de vida y en la consiguiente disminución de la problemática social. En el exterior, englobando el conjunto, la huerta del convento y el antiguo cementerio municipal convertido en parque público, conservando la arquitectura funeraria -de tan singular significación en Galicia-, los muros de contención, los manantiales, las especies vegetales, e incorporando algún mobiliario puntual y esculturas de Chillida, Miyawaki y Nóvoa. • Palacio de Congresos y Exposiciones. San Lázaro es un barrio antiguo, aunque periférico, que flanquea un tramo del Camino Francés; su nombre indica claramente su antigua condición de lazareto y sugiere su situación relativamente marginal respecto del centro histórico. Este fue el lugar escogido para construir un nuevo equipamiento concebido para acoger la intensa actividad congresual de la ciudad. Realizado en hormigón, vidrio y acero sobre una plataforma pétrea, se desarrolla en planta con dos amplios vestíbulos para exposiciones y una gran sala central para 2.200 espectadores, divisible mediante un telón hidráulico. Una segunda sala con 500 asientos y los servicios de restaurante y cafetería completan la distribución de la planta principal. En la superior se disponen las aulas y salas de seminarios para el desarrollo de las actividades propias de este tipo de eventos. • Pabellón polideportivo de San Clemente. J.P. Kleihues, 1995 En un solar situado en la ciudad histórica, jim.to a un instituto de enseñanza media, se ha construido un nuevo equipamiento deportivo escolar. Previamente se produjo un fuerte debate sobre el uso del solar y del propio instituto: frente a una mayoría de la opinión que pretendía su conversión en Parlamento autonómico, el Ayuntamiento y la comunidad escolar sostuvieron la necesidad de mantener un equipamiento público educativo en la ciudad histórica, mejorando al mismo tiempo las dotaciones de la zona con un estacionamiento subterráneo y locales comerciales. La polémica toma como pretexto la introducción materiales y modulaciones distintos a los tradicionales: un pabellón de piedra, vidrio y cobre se encaja entre dos edificios preexistentes, uno histórico y otro historicista, pero moderno, y su transparencia facilita la integración. En realidad, lo que se debatía era una cuestión de jerarquía, defendiendo el Ayuntamiento la precedencia del planeamiento vigente sobre los criterios de la Comisión de Patrimonio histérico-artístico. • Colegio de enseñanza primaria. La implantación de arquitectura de calidad en los barrios demuestra una vez más, en esta operación, su capacidad para ordenar la periferia. Santiago de Compostela, conservación y transformación generando nuevos usos y actividades de forma racional y mejorando la calidad de vida. Esta actuación está incluida en el anteproyecto del plan especial de ordenación y protección del cauce del río Sarela, que delimita el centro urbano por el oeste. La planificación de la zona incluye la construcción de un pabellón polideportivo anexo al colegio. La arquitectura escolar, de ordinario poco cuidada en su diseño, recibe un tratamiento cuidadoso en este edificio. Su simplicidad de formas, unida a la calidad constructiva, cualifican el patrimonio edificado de un barrio periférico, en el que gradualmente ha ido asentándose un importante contingente de población. • Remodelación de la Avda de Juan XXIII. Hñón y Viaplana, 1996 En los años 60 el asfalto se había introducido de forma abrupta en la ciudad histórica a través de la principal vía de entrada de turistas, rompiendo transversalmente el substrato territorial preexistente. Para restañar esa fractura, se remodela el vial y se crea bajo la rasante una edificación para la dotación de nuevos servicios, en tres niveles diferenciados: en el inferior una dársena para autobuses turísticos, en el intermedio la zona de recepción de público y un estacionamiento subterráneo, y en el superior un bulevar peatonal. La esbelta marquesina de acero y vidrio define un espacio de 300 m. de longitud que conecta con la ciudad histórica, logrando un atractivo efecto fugado. En la cota más baja del terreno se construyó un pabellón polideportivo para el centro escolar próximo. Aquí se reprodujo la polémica sobre la superposición de arquitecturas, que ha sido característica en Compostela en todos los tiempos: cada vez que se construye un nuevo edificio singular se manifiesta la división de opiniones. Este fue un caso típico: ¿podía alterarse la perspectiva con un objeto nuevo que irrumpe notoriamente? ¿con qué altura, con qué autoridad? La única respuesta es la que dimana del plan y del proyecto, que implican a su vez el factor tiempo, pues el tiempo permite ir modelando opiniones y pareceres que contribuyen a hacer bien las cosas y avalan, en cierta medida, la pertinencia de las intervenciones. La rehabilitación no es tanto una cuestión de materiales o de subvenciones, cuanto una reflexión interdisciplinar sobre los problemas del centro histórico para darles respuesta adecuada. En 1994, el Consorcio de la Ciudad, organismo ejecutivo del Real Patronato de Santiago de Compostela, en el que están representadas las administraciones central, regional y local, encomienda al Ayuntamiento el establecimiento de las medidas oportunas para la rehabilitación de la ciudad histórica. Con la creación de una Oficina Técnica, el Consorcio inicia un ambicioso proyecto que armoniza la necesaria renovación de las viviendas con el respeto y la conservación de todos los elementos que identifican y caracterizan estas arquitecturas. Mientras se procedía a la redacción y tramitación del Plan Especial, se puso en marcha un plan puente de ayudas a la rehabilitación. Su primer objetivo era crear o recuperar entre los propietarios y los residentes la cultura de la conservación y el mantenimiento de las viviendas y locales comerciales. En un primer momento se acometieron actuaciones en el exterior de los edificios: fachadas, cubiertas, bajantes, carpintería... Los sucesivos programas, abordando ya intervenciones en interiores, tuvieron una ñmción eminentemente didáctica y persuasiva, convenciendo a los ciudadanos de los beneficios de la rehabilitación y de la necesidad de implicarse en la tarea junto a las administraciones públicas y a los técnicos. Éstos, a su vez, debían ser conscientes de que se trataba de intervenir en la biografía personal y colectiva depositada en los estratos de la vivienda y del entorno. La Oficina Técnica se ha ocupado de organizar las estructuras operativas que intervienen en la rehabilitación, los técnicos y empresas que han hecho posible un proceso compartido y aceptado por los ciudadanos. El programa cuenta con empresas de rehabilitación homologadas, a las que se imparten regularmente cursos prácticos sobre técnicas y materiales, y que mejoran su servicio a través de la experiencia en las intervenciones programadas y permanentemente supervisadas por la Oficina técnica. Arquitectos de la ciudad colaboran en la dirección de las obras en períodos rotativos de seis meses y con dedicación total al programa, mientras que otros arquitectos completan su formación académica a través del Aula de Rehabilitación, participando en la redacción de proyectos y en el control de obras. Todos los proyectos se realizan en la Oficina, excepto aquellos considerados como obra mayor o muy compleja, que son encargados por los propietarios a arquitectos de su elección. En la Oficina encuentran los particulares la asistencia técnica y administrativa que precisan para definir el alcance de las obras, sus presupuestos y la elección de la empresa que desarrollará los trabajos. También se les facilita asesoramiento arqueológico y la tramitación de permisos y licencias de obra. Desde el primer contacto, los técnicos de la Oficina se ocupan de cada ciudadano, visitando su vivienda para tratar de conciliar sus deseos y necesidades con las exigencias imprescindibles para asegurar la conservación del patrimonio. A lo largo de siete años el programa de rehabilitación ha consolidado un sistema caracterizado por la agilidad de la tramitación administrativa, la asistencia técnica integral y la relación directa, personal y cualificada con cada uno de los agentes impHcados, pues desde que el propietario recurre a este servicio, un solo órgano administrativo realiza toda la tramitación del proyecto, selección del contratista, asistencia técnica, etc. Y, sobre todo, un sistema basado en la economía de las intervenciones ligeras y en la flexibilidad de la rehabilitación dispersa, programada conforme a las directrices del Plan Especial de Protección y Rehabilitación de la ciudad histórica. La rehabilitación ligera se considera un instrumento óptimo para la conservación de las ciudades históricas, firente a las operaciones «macro» de renovación urbana dirigidas desde la administración. Además, la inversión por vivienda es asequible con o sin créditos de financiación, y colectivamente positiva. Tras el desarrollo de los programas de vivienda, se puso en marcha una línea de intervención en locales comerciales y, posteriormente, se ha abordado la restauración y conservación de edificios singulares: iglesias, teatros, mercados... He aquí algunas cifi:*as indicativas del trabajo desarrollado: En cuanto al número de licencias, en buena parte promovidas por la iniciativa privada, sin recurrir a las subvenciones tramitadas por la Oficina de Rehabilitación, en los dos años transcurridos desde la aprobación del Plan Especial, los datos son los siguientes: • 90 edificios ® 323 viviendas • 435 locales comerciales • 8 hoteles El balance de la experiencia indica, además, que las nuevas tecnologías, coherentemente aplicadas, resuelven satisfactoriamente los problemas de la edificación histórica y la conservación de las estructuras tradicionales, dando respuesta a la demanda de habitabilidad y calidad ambiental sin modificar la esencia del patrimonio. Con las técnicas adecuadas, es posible la reparación y mantenimiento continuos de la vivienda, adaptándose a las necesidades que van apareciendo en la vida de los usuarios y sin necesidad de afrontar grandes costes. Movilidad y calidad ambiental Con las nuevas funciones administrativas y el creciente ñujo turístico, el uso del vehículo privado empieza a generar tensiones en el centro. En el centro histórico se adoptan de inmediato medidas tendentes a preservar y potenciar los usos peatonales, regulando el acceso de los residentes y las operaciones de carga y descarga. La modernización del transporte público compromete tanto las líneas urbanas como las conexiones con el centro ciudad de los puntos de recepción de viajeros: el aeropuerto internacional (1,2 millones de pasajeros en 1999), la estación de ferrocarril (más de 2 millones) y la estación de autobuses (6 millones anuales). En cuanto al tráfico de paso, la entrada en servicio de la autovía periférica en 1994 complementa el servicio del tramo de autopista libre de peaje, aliviando la densidad del tráfico en el casco urbano y transformando la tradicional estructura radiocéntrica de transporte. Como ya se indicó, sobre este vial se han asentado los nuevos equipamientos públicos y privados -desarrollo del polígono industrial, mercado de ganados, palacio de congresos, hospitales, centros comerciales, instalaciones deportivas-que disponen de sus respectivos aparcamientos de gran capacidad. El problema que representa el tráfico regional depende fundamentalmente de dos factores: la tradicional actividad comercial que opera sobre un amplio hinterland territorial, y el reciente desarrollo residencial de los municipios limítrofes, con una normativa urbanística más permisiva respecto a la conservación del patrimonio natural y del habitat tradicional. El desplazamiento masivo de estudiantes en los fines de semana tiende a utilizar más bien el ferrocarril y el autobús. Para atender esta demanda, en el anillo que rodea la zona monumental, en espacios libres sin interés arqueológico, se han creado 2.300 plazas de estacionamiento, entre las que destaca por sus características funcionales la ya descrita de Juan XXIII. No obstante, se ha tenido presente que la construcción de estacionamientos en el centro es un factor que Santiago de Compostela, conservación y transformación incrementa la atracción del tráfico rodado. Por ello se ha establecido un segundo anillo de estacionamientos céntricos, con 2.400 plazas, y se está desarrollando sobre las principales vías de acceso una red periférica que supera en número de plazas la suma de los dos anteriores, y que se comunicará con el centro mediante líneas de transporte público. El control de tráfico permite mantener una buena calidad ambiental, con unas cotas bajas de contaminación atmosférica y acústica. Pero lo que ha contribuido de modo fundamental a este resultado ha sido el desarrollo de un cinturón verde en torno al centro histórico, con la ordenación de más de un millón de metros cuadrados de superficie. Así, a la centenaria Alameda, el jardín urbano por excelencia, se han ido agregando los parques Música en Compostela, Gijón, Bouza Brey, Pablo Iglesias, Almáciga, Bonaval, Belvís y Pajonal, comunicados de forma casi continua a través de corredores verdes. La ciudad como proyecto cultural, un reto que se planteó desde el mismo principio como una respuesta o corolario inevitable de la actividad universitaria y turística, ha de considerar la producción y la reproducción de la cultura, lo que implica tener presente en todo momento la sociedad que ha de plasmar ese proyecto. Se trata de conseguir una mayor participación, no sólo en cuanto al público espectador sino, sobre todo, en un estímulo al proceso creativo que se refleje en una mayor proyección exterior. Compostela había llegado a los años 80 con una penuria lamentable de infraestructuras culturales que pudiesen dar respuesta a una demanda muy cualificada. Así, en 1987 se recupera para la ciudad el Teatro Principal, que se convierte en el primer recinto público de producción cultural. En 1989 se inaugura el Auditorio de Galicia, el primero de la Comunidad Autónoma, que se constituye enseguida en referente ineludible mediante una programación ambiciosa y regular, esencialmente en los campos de la música y las artes plásticas; desde 1996 el Auditorio es la sede de la orquesta Real Filharmonía de Galicia y de la Escuela de Altos Estudios Musicales. En 1993 el Centro Galego de Arte Contemporánea, dependiente de la Xunta de Galicia, viene a abrir un nuevo frente en lo que se refiere a las diversas manifestaciones del arte de vanguardia. Gradualmente, a estos y otros recintos públicos menores va sumándose una red de espacios privados que hacen aportaciones diversificadas a la producción cultural. Junto a la programación ordinaria que durante la temporada promueven la iniciativa pública y privada, aprovechando los estímulos y recursos derivados de la actividad generada desde todos los sectores, se originan un conjunto de manifestacione § extraordinarias que cuentan tanto con los grandes eventos de mayor repercusión como con los exponentes de la cultura internacional y de las denominadas como otras culturas. Es por ello que Compostela llega a ser designada como candidata a la capitalidad europea de la cultura para el año 2000. La Unión Europea le reconocerá ese título junto a Aviñón, Bergen, Bolonia, Bruselas, Cracovia, Helsinki, Praga y Reikiavik. Y precisamente en el umbral de ese año, la Xunta de Galicia acuerda construir una gran Ciudad de la Cultura en la falda del monte Gallas, según la propuesta ganadora del concurso convocado al efecto, firmada por Peter Eisenman. Se ha dicho que el turismo y la televisión han sido los dos grandes fenómenos sociales de la segunda mitad del siglo XX. En Compostela, como en todas partes, el fenómeno turístico experimentó un notable incremento a partir de los años 80, pero es 1993 el que marca el inicio de un «boom» que, en el horizonte de los años jubilares de 1999 y 2004, demandaba la creación y adaptación de sus infraestructuras públicas y privadas. En el conjunto del patrimonio cultural, el legado arquitectónico es el que suscita mayor consenso en cuanto a su apreciación social, y este hecho es la base del llamado turismo «de calidad», como es el caso compostelano. Pero tras los primeros años de euforia se ha hecho evidente que este patrimonio no se renueva, sino que es un bien fungible, y su uso turístico indiscriminado constituye una amenaza potencial de la misma entidad que la contaminación ambiental. Las mediciones y controles realizados han confirmado, en efecto, el deterioro que la masificación turística provoca, incluso en los elementos aparentemente menos sensibles, como son los edificios. Para afrontar este problema se ha diseñado una política de sostenibilidad, tratando de reconducir el fenómeno más a la «digestión» que a la «ingestión» del ñujo turístico. La presión de éste se ejercía, fundamentalmente, mediante el tráfico de autocares y vehículos privados. Para evitar la degradación del centro histórico y mejorar las condiciones ambientales se adoptaron medidas como la construcción del área de recepción e información de Juan XXIII, en la que ya era la principal vía de entrada del turismo en el centro. Santiago de Compostela, conservación y transformación La estructura hotelera, que había permanecido prácticamente inmutable entre 1982 y 1993, experimenta desde 1999 un notable impulso cualitativo y cuantitativo, no sólo en el número de plazas, sino en la categoría y estilo de los establecimientos. El sector sabe que, frecuentemente, cantidad es lo opuesto a calidad, y que en Compostela no debe prestarse atención sólo al turismo estacional, sino que debe tenerse presentes a los peregrinos que llegan a lo largo de todo el año, a un nutrido segmento de estudiantes que son, de hecho, transeúntes y a un tipo de visitantes muy cualificado, como es el turismo cultural, el de congresos y el de empresa, que tiene amplia presencia y desarrollo en la ciudad. Pese a todas las consideraciones que se habían anticipado a la luz de la experiencia de 1993, en el año jubilar de 1999 el fenómeno turístico alcanzó, como era de prever, dimensiones problemáticas, lo cual ha puesto a las entidades implicadas -^Ayuntamiento y Comunidad Autónoma, pero también a la Iglesia-ante la necesidad inexcusable de adoptar medidas ordenadoras, como las que hasta ahora han demostrado su efectividad en el caso del crecimiento urbano. El año 2000, con la capitalidad cultural europea, resultó menos masivo, pero el próximo año jubilar será el 2004 y para entonces tendrán que haberse establecido nuevos planes de actuación al respecto. Qué hacer: el consenso Para llevar adelante una transformación culta de la ciudad fue necesario poner en juego importantes recursos, y para afrontar un reto así sólo cabía una fórmula: la del consenso. Esto, en Compostela, se fraguó y cuajó en la refundación del Real Patronato de la Ciudad, auspiciado por los Reyes de España. Esta institución se dotó de un organismo ejecutivo, el Consorcio de la Ciudad, que reúne bajo la presidencia del Alcalde a las tres administraciones públicas: Ayuntamiento, Xunta de Galicia y Estado. En términos económicos, el Estado asume el 60% de la financiación de los programas, la Comunidad Autónoma el 35% y el Municipio el 5%. En el seno del Consorcio se acuerdan los programas que han de desarrollar el plan trazado para la ciudad. Tanto los presupuestos como su aplicación deben ser aprobados por unanimidad, y es en este ejercicio obligado del entendimiento entre las administraciones, junto con la capacidad proyectual, donde reside el éxito de las operaciones abordadas en los últimos años. Los frutos de esta labor técnica y política se han plasmado en una serie de reconocimientos internacionales, además de los ya men-
Al hablar de la conservación de la Ciudad histórica, de su uso o de su restauración, olvidamos con frecuencia de que ante todo es Ciudad, histórica o no y cometemos un gran error en las hipótesis de partida, de tal forma que la solución del problema, siguiendo el método científico, será errónea. Incluso aunque hablemos de la Ciudad como una pieza completa, que abarca desde el centro a la periferia y de la periferia al territorio una aproximación científica deductiva al problema basada es una visión objetiva del mismo, es solo válida para buscar soluciones concretas operativas, pero dudosamente válida para encontrar soluciones globales. Y es que la Ciudad es mucho más que una connubación urbana, la Ciudad es sobre todo el lugar de los sueños de la humanidad, el lugar de los sueños que fueron, el lugar de las ensoñaciones presentes, el lugar de los sueños futuros (es en palabras de Savater «la sede la inmortalidad»). Es sobre todo el lugar de los afectos, de los recuerdos, el lugar de la memoria colectiva, y como la memoria está formada por múltiples capas superpuestas. Unas tan profundas como las que conservan el inconsciente colectivo, el «genio del lugar» evanescente y profundamente real, ¿existe esa Sevilla qué todos percibimos? Toledo, sede del más grande de los Imperios en su no despojada humildad ¿es un hecho mental o real? Otras, como las huellas de la traza, permanentes sobre los cambios sociales, estructurales o edificatorios, como cuando en un cuadro o en un dibujo por mucho que se borre o se enmascare siempre queda la huella de los trazos anteriores, como los recuerdos pasados, olvidados, pero presentes y conformadores de la Ciudad que conocemos. También las construcciones, existentes, pero desposeídas de sus significados primigenios, y los restos arquitectónicos de otros tiempos; unas como presencias físicas de lo que fueron formando parte del paisaje actual, otros convertidos en Monumentos de la memoria colectiva. Como esos recuerdos de la infancia; unos como esos héroes-hitos, otros como esa memoria o conocimiento mágico-simbólico de la realidad. Y por último, los objetos de uso avejentados pero no abandonados, los sustituidos, los de nueva traza, las nuevas conexiones urbanas, las nuevas puertas de la Ciudad, la Ciudad que vemos la que usamos, la que es igual a las demás con la casa, la oficina, el coche, el colegio, el poste de la luz, el hospital, el comercio, etc. La Ciudad se asemeja a ese «baúl de la abuela», donde se almacena la ropa de uso diario con «aquellos zapatos que llevé a la boda de tu madre». Donde las cosas útiles y las ya no útiles se apilan unas sobre otras y cobran valor en esta mezcolanza, objetos que de vez en cuando hay que sacar, airear, reparar y de nuevo guardar, siempre añadiendo alguna nueva adquisición. La ciudad solo puede entenderse, solo puede ser ella, en estas superposiciones, en este «umbral del caos» ¿Pero el «baúl de la abuela» es un caos?. Una lectura aristotélica no vale para explicar el mundo en que vivimos. Los nuevos descubrimientos de las matemáticas, de la ciencia cierta, la matemática no euclidiana de los fractales, de las formas geométricas que están a punto de la descomposición que nunca ocurre, o las nuevas investigaciones con los ordenadores de las formas caóticas, que se repiten ordenadamente hasta el infinito, nos facilitan nuevas interpretaciones del universo que nos explican mas adecuadamente su complejidad. La Ciudad es como el hombre que la creó, compleja, contradictoria, producto del azar y la necesidad, y está siempre como el hombre mismo en el «umbral» de algo, de ser lo que no es, de abandonar lo que fue, siempre inscrita en una continua renovación, porque junto al hombre, tiende a la inmortalidad. La Ciudad es la nueva Torre de Babel, que intenta llegar hasta lo mas alto aunque por ello esté siempre al límite de su propia destrucción. Adjudicar a la Ciudad el papel que Rouseau da a la naturaleza, el lugar apartado idílico, es obviamente matar la Ciudad, es simplemente no entender lo que es la Ciudad. Esto no significa abdicar a su conservación, sino entenderla desde un punto de vista nuevo, es como si al enfermar un brazo en lugar de curarlo aunque se deforme para que siga cumpliendo su papel, lo La construcción de la Torre de Babel congelamos para que quede presente en nuestro aspecto aunque no sirva. Es creer más en los efectos que en los afectos y para nada vale conservar «efectivamente», conservar las apariencias, hay que conservar los afectos, los amores, los usos, aunque el brazo se deforme, no sea el más bello, ni el más musculoso. Y para ello hay que amar y apoyarse en la singularidad, es como el símil del «baúl de la abuela». Hay que perseguir ese «genio del lugar» y solo esa loca carrera hacia lo desconocido, solo ese intenso riesgo de equivocarse, hace posible su recuperación. Las directrices, las normas, las soluciones dadas en otros lugares, son correctivos que deben ser analizados al plantear las soluciones, pero incapaces una vez normalizadas y dogmatizadas de resolver las cuestiones. ¿Cómo una norma puede comprender el lenguaje poético de una ciudad? ¿Bajo que norma el Greco pudo completar la torre izquierda de la Catedral de Toledo? ¿O cómo es posible plantear la pirámide del Louvre sin entender el espíritu de grandeza que anima el nuevo crecimiento de París? Analizar las presencias, es solo una parte del problema, hay que analizar las ausencias, como se recurre al Dios ausente para el entendimiento de nuestra existencia, como se investigan los agujeros negros del universo intentando comprender las «presencias» de hoy. Y esto es pensar en el futuro, no al modo de la ciencia ficción, sino de la única forma posible, proyectando el pasado mas profundo hacia los posibles caminos del futuro. Así, con estas hipótesis de partida tendremos que analizar que mecanismos operativos se pueden usar para que las transformaciones, inherentes al hecho de ser Ciudad, no perturben este organismo, que fue artificial, como todos los hechos del hombre que completan o adecúan lo natural, transformándolo a conveniencia del uso pragmático o simbólico que cada sociedad requiere. Es el tiempo el que hace que lo artificial tome «carta de naturaleza» y que la Ciudad heredada se convierta en natural. Al actuar siempre lo hacemos a través de artificios, que si están adecuadamente planteados con el tiempo tomarán a su vez «carta de naturaleza». Si analizamos con una mirada libre de prejuicios la historia de nuestras ciudades tendremos que reconocer que se formaron sobre otras ciudades distintas, probablemente útiles pero no adecuadas a los nuevos tiempos. Nuestras «Ciudades Eclesiásticas», son el resultado de las grandes construcciones religiosas. Iglesias y otros elementos de culto que transformaron entre el sigo XII y el XVI las ciudades existentes, creando otra nueva urbe que tenía no sólo que servir para habitar y Manuel de las Casas Gómez 492 comerciar, sino también para representarse a sí misma. Y en el XIX, el concepto de confort que desde la Inglaterra Isabelina se expande por el mundo, vuelve a producir grandes renovaciones urbanas adecuando las viejas ciudades a las nuevas formas de vivir y de entender nuestra existencia. Así podemos llegar a la conclusión de que las ciudades son el resultado de múltiples transformaciones y adecuaciones al momento histórico y que para realizarlas se utilizan los «artificios modernos» de cada época. ¿Porqué entonces en nuestro siglo se produce un fuerte desacuerdo entre lo construido? La ciudad que se entiende como natural y los nuevos artificios que quieren renovarla. En el siglo XX las viejas ciudades quisieron ser modernas, quisieron tomar un nuevo aspecto, parecerse a las de nueva planta, tener grandes edificios que representaran su capacidad comercial y social de las nuevas formas de vida. Un pequeño rascacielos era la aspiración de toda ciudad de provincia. El mito del progreso que la revolución industrial plantea, «todo lo nuevo es mejor y lo viejo inservible» crea verdaderos problemas en la conservación de la Ciudad y la batalla poco fructífera establecida entre conservadores y progresistas poco ayuda a resolver los problemas que el crecimiento de las ciudades tienen. Este mito, es especialmente activo en las vanguardias arquitectónicas que como defensa de las nuevas propuestas no quieren saber nada de la Ciudad histórica que supone una pesada carga y solo la admiten como una Ciudad congelada a modo de museo. Otro tanto ocurre desde la óptica de los historicistas y conservadores. Hasta el sigo XIX en el que la historia toma cuerpo científico después del estudio de la Antigüedad, realizado en las excavaciones de Roma, Egipto y Grecia, la historia se entendía como un devenir entre conservación, transformación y reutilización de las piezas arquitectónicas y sus materiales. Las cosas se valoraban en tanto en cuento servían, eran bellas o representaban algo para la sociedad del momento, el concepto de «moninnento a conservar» como legado histórico independientemente de su valor de uso o simbólico no existía. Y así los conservadores caen en la misma equívoca lectura de la ciudad que los progresistas. Abogando por una ciudad que no transforme su imagen recurren a las arquitecturas mimétricas para resolver las inevitables transformaciones, o congelan la intervención en los edificios y en los espacios urbanos de tal modo que se provoca el abandono y por ende la ruina. Y así como en el momento actual los progresistas reconocen el valor de uso de la Ciudad histórica, y el papel tan importante que La construcción de la Torre de Babel en la creación y desarrollo urbano de las nuevas ciudades tienen los cascos consolidados como portadores de la memoria colectiva y de las señas de identidad, y que a través de la valoración de lo particular se puede llegar a lo universal, no lo tienen tan claro los conservadores, que no quieren admitir que preservar el pasado pasa necesariamente por la transformación del presente y que el problema de la conservación de la Ciudad histórica, no es un problema de estilo, sino de admitir que forma parte de un organismo más complejo que tiene que funcionar. Visiones que se apoyen en la dicotomía centro-periferia, que entiendan que lo que no es casco histórico es crecimiento periférico y que la Ciudad está formada por dos ciudades; la histórica y la de nueva planta, no puede encontrar soluciones lógicas a la conservación de la primera. Solo entendiendo que el diseño de la nueva ciudad va a producir un efecto en la histórica y que si se cierran los ojos a la realidad los cascos históricos tendrán que soportar cargas de uso para los que no están preparados y provocarán su deterioro o abandono al ser sustituidos por otros nuevos centros podemos encontrar soluciones a su conservación. Es necesario pues que la recuperación de los cascos esté inscrita en una estrategia global, léase planes generales o cualquier otra figura de planeamiento, que defina los usos de todas las partes y posibilite una Ciudad equilibrada que haga posible la reutilización de los cascos históricos. Cada caso será uno y son estos estudios los que deben definir las estrategias, es obvio que el ideal es una Ciudad completa donde residencia, comercio ocio, artesanía, negocios y edificios públicos convivan en un acuerdo único. Pero en cada ciudad en particular dadas sus estructuras edificadas, dada su topografía y sistemas de espacios públicos, dado su carácter de capitalidad o no, dada la presión turística, tendrá que buscar los equilibrios convenientes entre las partes. Y esto no es algo que surja solo, de forma natural, la Ciudad histórica tiende a la entropía, al abandono y a la degradación, y hay que tener una voluntad concreta y poner los medios necesarios para conseguir que estos cascos históricos ocupen el lugar que les corresponde, del que luego sus habitantes se sientan orgullosos y se conviertan en rentables para la Ciudad, para el uso de los ciudadanos y disfrute de los visitantes. De las muchas cuestiones que habría que analizar, en mi condición de arquitecto voy a centrarme en una de ellas el CÓMO SE CONS-TRUYE LA ARQUITECTURA. Dos aspectos son fundamentales en la construcción de un edificio, el sistema constructivo y el tipo y tanto uno como otro en la construcción moderna se alejan de los usados en la historia, lo cual hace difícil el Manuel de las Casas Gómez 494 encuentro entre los edificios existentes con los de nueva traza. Analizar que sistemas constructivos son los adecuados en la ciudad y que tipos experimentados y depurados por la historia dan soluciones a la edificación, sin el uso irreflexivo de las nuevas maneras de hacer arquitectura, nos producirá un acercamiento profimdo a la ciudad histórica, no la aproximación superficial que suponen las cuestiones de estilo. Prácticamente desde el comienzo de la historia hasta este siglo, la arquitectura, con más precisión, la envolvente de los espacios arquitectónicos, se ha ejecutado por sistemas constructivos que Paricio llama «sistemas homogéneos» y que podríamos entender como sistemas no diferenciados. Sistemas donde un material único forma el muro de cerramiento, y este único material formado una masa continua sirve tanto de elemento estructural como de aislante térmico, acústico y de la humedad. A veces se llega a la continuidad total, y los techos aparecen resueltos por el sistema de bóvedas de diversos tipos, donde el mismo material resuelve a través de la geometría el problema de desplazar una carga vertical, desde un punto del espacio hasta otro horizontalmente, para así conseguir un espacio vacío. La necesidad de apilar diversos pisos en el mismo espacio y las posibilidades que otros materiales ofrecen de trabajar a tracción, hace que se generalice el uso de la madera para resolver los techos. Techos que pueden presentar volumen en cerchas o artesas, o que en búsqueda del mínimo espacio se convierten en planos. El muro sigue siendo homogéneo, y más o menos descargado o convertido en pórtico, exterior o interior, su comportamiento es el mismo. Su estabilidad, durabilidad y eficacia ante los agentes externos, la confiere fundamentalmente a la buena traba, a sus necesarios arriostramientos y a su adecuada geometría. Las impostas, jambas, alféizares, cornisas, acroterios, etc., es decir, todos los elementos que conforman la fachada, se deben a necesidades constructivas, fundamentalmente la de alejar el agua de la fachada, no dejando que discurra sobre grandes superficies, como son las cornisas o impostas. Y solucionar a través de la buena geometría la rápida evacuación en los puntos de concentración, como en jambas y alféizares y/o solucionar problemas de estabilidad del muro frente a las cargas que transmiten los diversos niveles de suelo sobre él y la apertura de huecos, o la propia estabilidad o durabilidad, en los puntos más expuestos como son las esquinas. Los diversos lenguajes hacen diferentes estos elementos pero siempre están presentes. Cuando los materiales son más homogéneos y más «duros», como las piedras o las cerámicas bien cocidas, muchos elementos pueden simplificarse hasta casi desaparecer; cuando, como en XIX y XX y ya a partir del La construcción de la Torre de Babel barroco, con el uso de los revestimientos, los materiales son más «blandos», el diseño de estos elementos es de suma importancia, independientemente de ornamentación adicional cuya existencia y profusión es problema de otra índole. La arquitectura, normalmente, está resuelta con materiales no «duros» incluso las piedras se comportan mal a tracción y en general ante la humedad, y desde luego, el barro, el adobe, el mampuesto, o las cerámicas poco cocidas, son materiales que necesitan de un fuerte cuidado en el diseño de sus elementos y en la mayoría de los casos además, capas protectoras como los revocos. La cerámica bien cocida (sustituye en gran medida) en Europa del Norte a los demás materiales de construcción; su capacidad portante es muy alta. Su comportamiento ante los agentes externos, frío y calor es bueno; y para el agua sí es un elemento cargado. Por su pequeña dimensión es muy fácilmente manipulable y resuelve en una masa continua casi todos los problemas de borde, salvo los dinteles si no se introduce arco; con lo cual se pueden suprimir bastantes detalles constructivos que se resuelven de forma oculta en el plano; pero además es un material que puede formar muros suficientemente delgados en geometrías muy perfectas y permite la aparición del doble muro, de un muro especializado en la protección frente al agua y al frió y calor, el muro externo o muro pluvial que es a5rudado por la cámara de aire que sirve de elemento de descompresión y aislante térmico, y el muro interior más grueso que sirve además de elemento portante. Este muro pluvial que no lleva cargas permite ocultar de forma más homogénea los elementos constructivos que se ven desdoblados a este muro externo y al muro interior. Esto se traduce inmediatamente en la posibilidad del uso de lenguajes más simples, como puede verse en la casa georgiana, y posteriores desarrollos que dan lugar a estas arquitecturas más simples que buscan su traducción a otros materiales. La cubierta es el otro elemento que junto al muro más conforma la imagen de la arquitectura. Desde el comienzo de la historia, la búsqueda está en desalojar lo más rápidamente el agua, vertiéndola lo más lejos posible del edificio o recogiéndola en los climas secos. Dos tipologías han sido fundamentales en el desarrollo histórico: la cubierta inclinada que abarca todo el área centro meridional y septentrional de Europa, y la terraza que se utiliza en el sur europeo y norte de África Históricamente la terraza se usa sólo en climas secos, de lluvias torrenciales, donde está garantizado el desecamiento rápido de los materiales, además se produce en extensiones pequeñas, loteando fuer-Manuel de las Casas Gómez 496 temente la construcción para evitar los efectos de la dilatación y poderlas absorber en los planos verticales. Cuando hay que cubrir grandes superficies se llega a soluciones realmente hábiles como por ejemplo la del triforio de la Catedral de Toledo. Cuando se intenta utilizar en las cubiertas planas sistemas más tecnológicos, como la cubierta catalana, sólo pequeñas edificaciones la soportan sin graves inconvenientes. Así las ciudades tienen una imagen característica, bien de cubiertas muy loteadas, o bien las cubiertas inclinadas que a través de la geometría resuelven con piezas pequeñas la rápida evacuación del agua, y que dependiendo de los climas y los materiales que se usen tiene una determinada imagen por sus pendientes y coloración. La aparición de los materiales bituminosos en el mercado y los cauchos, más la voluntad del movimiento moderno de la simplicidad, de hacer que cada arquitectura sea emblemática de sus ideas, unido a su posible bajo coste, hacen que se utilicen indiscriminadamente las cubiertas planas, suprimiendo canalones, alféizares de remate, etc. en cualquier clima, en cualquier lugar, haciendo verdaderamente difícil el encuentro con la ciudad construida. Los problemas de durabilidad que plantean las cubiertas planas está haciendo reconsiderar su uso, posible sólo gracias al invento de la cubierta invertida. Y así la vuelta al uso de cubiertas inclinadas, ocultas o vistas, crea de nuevo, remates de coronación; también se está generalizando en algunos climas la doble cubierta plana con un espacio ventilado que recoge la antigua tipología de los sobrados. Lo mismo ocurre con el muro. La arquitectura de materiales continuos parece obsoleta ante las nuevas exigencias de confort, y se buscan nuevas soluciones. Soluciones que van a ser factibles por la aparición de las estructuras portantes, primero metálicas y luego de hormigón. El muro puede perder su condición portante y quedar exclusivamente reducido a sus condiciones de aislante térmico, acústico y de la humedad. El peso ya no es un aliado puesto que al no sujetar nada puede reducirse de tamaño, y cuanto menos pese mejor para la estructura, y se comienza a buscar materiales que resuelvan los problemas específicos del agua, del sonido, del calor o frío. Se pasa de la arquitectura de sistemas continuos a la arquitectura de elementos especializados. Evidentemente, esta ruptura con la tradición constructiva supuso una revolución histórica y produjo nuevos lenguajes, realmente alejados de aquellos con los que a lo largo de los siglos las ciudades se habían construido. Los nuevos sistemas constructivos de capas que se añaden a una estructura portante, pueden dar lugar a lenguajes muy diferentes La construcción de la Torre de Babel a los usuales, hasta una abstracción total. Pero el problema no está en este sentido; muchos de los mejores edificios actuales urbanos en su pretendida neutralidad, se encuentran perfectamente con edificios adyacentes y completan su imagen. El problema se plantea en dos aspectos. Primero que el sistema diferenciado admite una calidad pésima de construcción, creándose múltiples fisuras, humedades, puentes térmicos, etc., pero que no se cae. Y en segundo lugar porque admite cualquier absurdo que al proyectista se le ocurra. Dos cuestiones que no eran tan fácilmente posibles en los sistemas continuos, donde la composición aparecía en cierto sentido obligada, y la mala o equivocada construcción producía rápidas ruinas. ¿Pero esta revolución, esta arquitectura diferente, nos plantea mejores soluciones que la anterior, o por el contrario hay que volver a reconsiderar la construcción monomaterial como mejor? Todos conocemos los problemas que los distintos coeficientes de dilatación y el distinto comportamiento de los materiales frente a los cambios de humedad, se producen en arquitectura diferenciada. Que sólo a base de tecnologías muy precisas y de un gran consumo energético son viables; mientras que la arquitectura de más masa y de masa más uniforme, que se comporta en forma homogénea frente a los cambios de humedad y temperatura y, que actúa eficazmente como aislamiento, acústico no plantea estos problemas. Y hoy frente a la crisis energética, el paro, el menor precio de ejecución, debe ser considerada, y de hecho esto está ocurriendo, como una solución alternativa a la construcción de la arquitectura. Su comportamiento a la estabilidad general es además mayor. El peso es el mejor aliado de la estabilidad en arquitectura. En los países más desarrollados de norte de Europa conviven las dos posturas: los sistemas homogéneos, y los discontinuos de alta tecnología que también resuelven el problema. Pero cada día se abandonan más los sistemas hoy normales en la construcción española. Y esta arquitectura, la homogénea, lleva a lenguajes próximos a los históricos, el basamento y la coronación, los arquitrabes y las jambas, todos los elementos aparecen de una forma natural. El que algunas arquitecturas, como el postmoderno, utilicen además prestadamente los diseños de otros momentos históricos es otro problema; aunque difícilmente se puede superar una cornisa renacentista en su aspecto constructivo y de utilidad. Lo puro ornamental puede ser de otra forma y la arquitectura puede planearse nuevos lenguajes, pero siempre tendrá de común con la historia que tiene que resolver con materiales parecidos los mismo o similares problemas. Si además de resolver igualmente los problemas constructivos es más adecuada a la integración en la Manuel de las Casas Gómez 498 ciudad parece claro que, sólo cuando la lógica lleve al sistema constructivo diferenciado, será conveniente su utilización. La discusión no está en los estilos, sino en la buena construcción, que es sin lugar a dudas la mejor garantía del hecho arquitectónico. El Seagran con su exquisita y potente modulación es más clásico, en muchos aspectos, que el último postmoderno; o las perfectas modulaciones de los edificios de Le Corbusier. Y en cambio cualquier persona, medianamente sensible, repudiará los mil ejemplos miméticos a los que estamos acostumbrados en nuestras ciudades, y lo hará no en tanto que dude de su adecuación o no, de si es mejor o no una arquitectura más moderno o más progresiva, sino por su falacia constructiva. Cualquier observador medianamente culto captará inmediatamente que las formas constructivas son aparentes; que una pretendida apariencia de masa está dejando visible una construcción de la peor calidad, muros que ocultan estructuras, balcones que no podrían sujetarse, aleros que tergiversan su función. Desde este análisis una buena y coherente construcción es la mejor garantía de aproximación a la ciudad histórica, que durante siglos ha depurado los tipos y elementos constructivos, bien con la correcta aplicación de los sistemas constructivos altamente diferenciados, aprovechando los conocimientos y recursos del actual desarrollo industria o bien en la vuelta a los sistemas tradicionales, a la «firmitas» resuelta a través de una construcción de materiales continuos que dan lugar a un uso controlado con menos consumo de energía que conlleva unos estilos que en su nuevo sentido de la belleza se aproximan más a las arquitecturas históricas al dar lugar a unas arquitecturas más legibles, más duradera y de mayor riqueza expresiva. Los problemas que el coche, o el camión de reparto, plantean en los cascos históricos no se le oculta a nadie; no sólo en sus vías, sino con la introducción del garaje aparcamiento en la edificación. Pero hay otros aspectos aparentemente más inocuos pero que su influencia en la transformación urbana ha sido decisiva, y que al afectar a propiedades individuales es de más difícil control. Lo colectivo siempre tiene una presión reguladora importante para que cambie, pero el uso del derecho individual es más difícilmente controlable. Quiero hacer referencia al invento del elevador mecánico y al control climático a base del consumo de energía. El ascensor posibilita trasladarse sin esfuerzo a cualquier altura sobre la cota de la calle; el control venía dado en gran medida por la capacidad constructiva, y no era necesario encontrar nuevos sistemas porque subir a pie más de unas determinadas alturas era imposible, el elevador y las estructuras de acero y hormigón hacen posible el La construcción de la Torre de Babel acceso a cualquier cota. Pero además el ascensor equilibra la importancia de las plantas. Los nombre de entresuelo, principal, primero, segundo y ático que hacen referencia a su importancia, debido a la comodidad de acceso, y que se traslada a la composición, desaparecen. El loteo amorfo es posible a ser todas las plantas igual de buenas. El ascensor posibilita también que la casa unifamiliar de 3 y más plantas -derivada de la casa gótica-, pueda dividirse en pisos independientes y romper el tejido tipológico. El otro gran factor desencadenante de la transformación es el posible control climático, no a través de las formas, no a través de la geometría que dio lugar a tipos muy específicos, sino a través del consumo de energía. La calefacción sustituyendo a las chimeneas, y el aire acondicionado, hacen pensar que es innecesario el uso de los elaborados tipos que la historia había desarrollado para solucionar estos problemas; la casa patio, la casa torre, las dobles cubiertas, las tebaidas, los sobrados, los porticados, los aleros, cornisas, que servían para el control energético se abandonan. Y digo que hacen pensar en el innecesario uso por varias razones. Parece absurdo no aprovechar, aunque se disponga de toda la energía, el diseño de la forma, para el control climático; es como si un diseñador de coches o aviones no tuviera en cuenta el coeficiente de penetración aerodinámica. Existen también problemas de índole física y psíquica que apoyan el uso mixto. De momento, así como el calor se puede generar sin ruido y sin vibraciones, la producción de frío nos lo hace soportar constantemente; y al estar necesariamente cerrados para crear un ambiente artificial, los cambios climatológicos, los olores, los ruidos que avisan de otros acontecimientos desaparecen. No es tan evidente su uso indiscriminado, cuando por medios naturales con el uso de materiales y geometrías adecuadas se puede resolver. Los climas artificiales tampoco pueden sustituir la emoción que uno siente en la contemplación de los grandes e inertes espacios abovedados, o la belleza espacial de patio que con sus velas y su naturaleza pretendidamente artificial nos habla de otras cosas, ni las escaleras con lucerna de la Casa Balear que con su diseño extrae el aire caliente del conjunto; espacios decantados por la historia por su capacidad para el control climático. El mal uso de las nuevas conquistas tecnológicas y la confianza en que ellas por sí mismas iban a dar solución a una mejor Ciudad conduce a la reducción tipológica urbana y edificatoria que a partir del racionalismo se instaura en el crecimiento de las ciudades. La utilización de los nuevos tipos edificatorios sin la conversión a modelos concretos da lugar a las ciudades de hoy, abstractas por continuidades 500 Manuel de las Casas Gómez simples, que no cualifican el espacio, o por contigüidades descoordinadas espacialmente basadas en la trama del plano que nada tienen que ver con la imagen visual en la realidad. Solo baste a modo de ejemplo recordar las voces: rincón, calleja, callejón, corredera, travesía, calle, paseo, boulevar, avenida, costanilla, pasaje, rambla, camino, que nos hablaban de la forma, dimensión y cualidad de un espacio urbano lineal que hoy denominamos genéricamente calle o vía pública. Esta reducción en el lenguaje implica una reducción en el pensamiento, si no recuperamos el antiguo conocimiento del espacio y de la forma de construirlo difícilmente podremos actuar en la Ciudad histórica para conseguir su conservación y la mejora y aumento del legado para las futuras generaciones.
En este largo artículo, que mas que un artículo parece un tratado, el autor discurre sobre la condición histórica de la ciudad. Cómo la ciudad se forma y es consecuencia de la historia; sobre su carácter testimonial que la convierte en verdadero archivo de la historia. Luego discurre el escritor sobre los muchos factores que amenazan a las ciudades históricas y que en gran medida son consecuencia de la mentalidad del hombre masa indiferente a todo aquello que contravenga a sus apetitos y a su deseo de enriquecimiento, atropellando otros valores culturales. Se analizan las actitudes del político y del técnico frente al intelectual, cada vez menos influyente y más privado de armas y recursos. Se trata igualmente del contagio de las grandes metrópolis, no sólo sobre el medio rural sino sobre la pequeña ciudad provinciana que tantas veces ha recogido no sólo el depósito de la historia sino la suma de las más delicadas bellezas de la aquitectura y el urbanismo tradicionales. Sobre la arquitectura típica regional el autor destaca su realidad como legítima hijos de la raza y de la naturaleza circundante, cuyos valores se van perdiendo por una falsa vanidad, por un equivocado progresismo y sobre todo por una evidente incultura de la sociedad. Para no caer en un profundo pesimismo ante tantos enemigos como los que amenazan a las ciudades históricas y a los pueblos tradicionales, nos dice el autor, que, en último término, todos los remedios que podamos proponer se reducen a un problema de cultura, de ilustración; en suma de educación de las masas, educación de las clases dirigentes, educación de los técnicos. La ciudad como Historia Empezaremos por hacer un Elogio de las viejas ciudades que llamamos históricas y que pueblan el viejo y parte del nuevo mundo. En primer lugar la ciudad no sólo es historia sino que es un verdadero archivo de la historia. En ella se condensa el proceso histórico y por eso alterarla, desconocerla y transformarla torpemente entrañaría una gran responsabilidad, pues no sólo alteraremos una obra de arte sino un documento histórico del máximo valor. Tomemos un ejemplo: la ciudad medieval se nos aparece a todos como una ciudad amurallada. Esto podrá parecer un hecho físico accidental, pero la realidad profunda es que se trata de un hecho condicionante del más largo alcance. En la Edad Media aparece la ciudad como una organización comunal. Precisamente una de tantas causas que influyeron en el nacimiento de las comunidades fue la necesidad de organizar un sistema de contribuciones voluntarias para atender a las obras apremiantes de construcción y conservación de las murallas. Max Weber ha estudiado la repercusión de las murallas o, en un sentido más amplio, de la ciudad entendida como fortaleza y guarnición, en la regulación administrativa de la propiedad inmobiliaria netamente burguesa. La condición jurídica de la casa y de la tierra que poseían los burgueses estaba determinada por la obligación de vigilar y defender la fortaleza. La ciudad no sólo defendía a sus propios habitantes, sino que generalmente era lugar de refugio para gentes y ganados del campo circunvecino. Por eso era frecuente que las cercas tuvieran mucha mayor extensión que la necesaria para encerrar la superficie edificada. Estas zonas vacías solían servir para albergar en ellas los ganados y otros pertrechos cuando la guerra asolaba la comarca o la inseguridad lo aconsejaba. En cambio, numerosos señores y concejos prohibieron repetidamente que las propiedades inmuebles del interior de la cerca pasasen a manos de iglesias, órdenes monásticas o gentes exentas de tributación, para no disminuir los ingresos concejiles ni los derechos reales. Disposiciones en este sentido se encuentran en multitud de fueros españoles. En una palabra: como decía Max Weber, la propiedad inmobiliaria burguesa tenía una especial, regulación, que es lo que caracteriza a la comuna medieval. Enrique IV de Castilla concedió el año 1465 unas determinadas franquicias a los moradores de Madrid, bien fueran moros, cristianos o judíos, pero obligándoles a no salir de sus muros, «non salgan a bevir ni morar fuera de los arrabales», y a que si lo hicieren, pecharan cada uno con dos mil maravedises para el repaso de los muros y Riesgo y desgracia de las ciudades históricas cerca de la dicha villa. Los madrileños tenían obligación de velar y guardar el Alcázar, y como parece ser que muchos se zafaban de hacerlo, los pocos que lo cumplían se quejaron al rey en 1473, diciendo que la carga era muy fatigosa y que si seguían así las cosas la villa se despoblaría. La necesidad de estas murallas, que caracterizaban a la ciudad medieval, fue en muchos casos el origen de las finanzas municipales. Lo que comenzó por ser una contribución voluntaria, adquirió pronto carácter obligatorio, extendiéndose no sólo a la fortificación sino a otras obras comunes, como el mantenimiento de las vías públicas. Aquel que no se sometía a esta contribución era expulsado de la ciudad y perdía sus derechos. La ciudad por consiguiente, acabó por adquirir una personalidad legal que estaba por encima de sus miembros. Era una comuna con personalidad jurídica propia e independiente. Esta personalidad jurídica otorga a la ciudad un clima de franquicia y de privilegio, de libertad, en medio del mundo rural circundante, mucho más sometido. Dice un proverbio alemán que el aire de las ciudades es libre y hace libres a los hombres: Die Stadtluft macht frei. Desde entonces, siempre ha conservado la ciudad ese clima libre e independiente que es uno de los alicientes que han atraído al hombre hacia ellas. Hoy no es porque exista un estatuto jurídico diferente para el burgués y el campesino, sino por otras causas que tienen que ver con la variedad, los recursos, las posibilidades. Si en la ciudad de hoy no existe una diferencia de status jurídico, sí existe de status social. Estas y otras circunstancias, sobre todo de origen económico, dieron lugar a que Henri Pirenne definiera la ciudad medieval como «una comuna comercial e industrial que habitaba dentro de un recinto fortificado, gozando de una ley, una administración y una jurisprudencia excepcionales que hacían de ella una personalidad colectiva privilegiada». Hoy en día no quedan murallas, y esto parece ya historia pasada; pero la realidad es otra, pues la existencia de aquellas pretéritas defensas gravita sobre las ciudades de hoy no sólo por lo que respecta a una estructura física todavía vigente, sino por el papel que jugaron en la constitución de la comunidad municipal, que en grandes rasgos ha prevalecido y prevalece en nuestros días. La ciudad, como la realidad histórica, no es nunca independiente de las etapas por las que pasó en su evolución: es actualización de ellas y su proyección hacia el porvenir. Sin embargo, en la misma Edad Media, las ciudades que gozaban de un estamento especial para los burgueses eran una minoría, reducida casi exclusivamente al Occidente cristiano. Es decir, el Ayuntamiento urbano, tal y como lo conocemos, era desconocido en Asia, en el Próximo Oriente y en el mundo islámico. Muchas ciudades orientales eran una fortaleza y tenían mercado como las occidentales, pero carecían de un estatuto jurídico propio. Son, pues, categorías de ciudad completamente diferentes que no pueden abrazarse en una definición común. Pasemos de la Edad Media al llamado mundo moderno, en el que los mejores espíritus trataron de fundar su especulación en el criterio de evidencia. Esta evidencia no la tiene el hombre por medio de los sentidos, sino por medio de su razón. Todo lo que no es racional viene a ser sospechoso. Las ciudades antiguas, como producto de la historia, no podían ponerse como ejemplo de construcciones racionales. Los hombres de entonces no vieron en ellas más que desconcierto y caos. Esta es la postura de Descartes: «Así aquellas antiguas ciudades que al principio sólo fueron villorrios y se convirtieron, por la sucesión de los tiempos, en grandes ciudades, están por lo común tan mal compuestas, que al ver sus calles curvas y desiguales se diría que la casualidad, más que la voluntad de los hombres usando de su razón, es la que las ha dispuesto de esta manera». Todavía en el siglo XVII la historia no tiene que ver nada con la razón, incluso se opone a ella; lo que la razón hace -^por ejemplo, una ciudad constituida con arreglo a un plan unitario-, es lo contrario de lo que la historia va acumulando en su curso y que parece obra del azar. Trataron, pues, los hombres de los siglos XVII y XVIII de racionalizar la ciudad, de pensarla m.ore geométrico, por considerar que todo lo anterior no era sino obra del azar. Negando, pues, la razón histórica, le daban la razón a la historia, añadiendo un nuevo ingrediente al ser histórico de la ciudad. La historia de la ciudad se enriquecía con un nuevo capítulo, y cad^ una de aquellas ciudades -claro está, no lo fueron todas-que quecñS afectada por el impacto del racionalismo, siguió viviendo su propia vida histórica, matizada de una u otra manera según las complejas circunstancias en que se produjo el hecho y según el alcance del mismo. El racionalismo dio nacimiento a la ciudad como obra de arte, como arti-facto. Con anterioridad, las ciudades habían sido bellas por su crecimiento natural y orgánico, como es bello un árbol. Nada en su desenvolvimiento había sido ordenado por la voluntad de los hombres usando de su razón, pero eran hijas de la voluntad histórica usando de la razón vital. Ahora bien: ¿hubiera, en cambio, dejado la ciudad de ser hija de la historia si no hubiera recogido en su evolución las más importantes concepciones del mundo, lo que los alemanes llaman Weltanschauung? Al fin y al cabo, el que la historia se haga en la ciudad obliga a que la ciudad se haga en la historia. Las primeras huellas del racionalismo en el cuerpo físico de la ciudad fueron tímidas, y a veces un poco toscas. En relación con los edificios importantes, se construyeron plazas pensadas con simetría y adecuación artísticas; otras veces, estas plazas regulares constituían por sí solas entidades completas, como sucedió con nuestras típicas plazas mayores del tiempo de los Austrias. Cuando las circunstancias lo permitían, se trazaban ciudades de plano regular, como las de nuestra colonización americana. Entonces el sistema seguido fue el de la cuadrícula, muy geométrico y muy cartesiano, pero falto en general de sutileza artística. La cuadrícula había sido utilizada por los griegos también cuando el racionalismo, o si se quiere el idealismo, presidía el pensamiento. Lo fue también por los romanos, llevados de su sentido práctico. Con la llegada del mundo barroco la ciudad sufrió una mayor y trascendental transformación. Para ello, sobre la base inicial del racionalismo cartesiano, que había sentado ya la necesidad de la ciudad, como arti-facto, como faena de la voluntad humana iluminada por la razón, tuvieron que producirse dos hechos, uno de carácter estético y otro de carácter político-económico. El primero fue el desarrollo de la perspectiva, del perspectivismo, como concepción del espacio artístico, y el segundo, el auge del poder absoluto del príncipe unido a la economía consumidora de la corte. Ambas características se dan de una manera extremada en las llamadas Residenzstadte o ciudades principescas. Si no hubiera existido el poder omnímodo y convergente del príncipe, si no hubiera existido im.a corte consuroidora capaz de hacer prosperar el lujo, el nuevo estilo perspectivista, que no está fundado en ninguna necesidad funcional ni utilitaria, sino en el puro deleite, que en ocasiones llega al orgulloso placer de forzar a la naturaleza, no hubiera podido materializarse como lo hizo. Igualmente, si el arte no hubiera alcanzado con el uso de la perspectiva las cimas que alcanzó en el barroco, el poder de los príncipes y el lujo de las cortes no habrían logrado la expresión esplendorosa que tuvieron en su tiempo y que hoy prevalece como recuerdo de su grandeza. El siglo XIX provocó en la ciudad alteraciones de un orden muy diferente que las que trajo el período barroco. La revolución industrial, basada en los postulados del utilitarismo y en la política del laissez faire, llevó al convencimiento de que lo más importante era aumentar la riqueza de los individuos y de las naciones por todos los medios posibles. Con este criterio, todos los valores humanos, sociales, estéticos, se supeditaron al despotismo de la producción y esto tuvo consecuencias materiales, no muy agradables, por cierto, en la forma y desarrollo de las ciudades. En efecto, la ciudad se ha ido formando y conformando paulatinamente al correr de la historia. Sucede un gran acontecimiento político y el rostro de una ciudad tomará nuevas arrugas, dijo Spengler o bien: los gestos de la ciudad representan casi la historia psíquica de la cultura. Una vez que la ciudad se ha implantado en el terreno propicio, implantación o fundación que en la antigüedad tenía un carácter litúrgico y equivalía a transformar el nuevo solar en terra patrum, patria, la naturaleza humana va trazando las líneas de la nueva estructura, en un proceso vital en el que se halla implicado un cúmulo de costumbres, tradiciones, sentimientos, actitudes, característicos de una determinada colectividad. Pero es más: estas estructuras que han ido conformándose a través de este proceso, acaban por constituir ellas mismas una segunda naturaleza; es decir, estas estructuras reobran a su vez sobre los habitantes, que se encuentran con una exterior realidad con la que ya tendrán que contar. En una palabra, siempre que tratemos de buscar el ser último, la realidad radical de una ciudad, nos encontraremos, por un lado, con una organización física, con unas instituciones, con una serie de calles, edificios, luces, tranvías, teléfonos, tribunales, hospitales, escuelas, universidades, etc., pero también, por otro, con un conjunto de costumbres, de tradiciones y sentimientos que definen algo que muchos, entre ellos Spengler, han denominado el alma de la ciudad. No podemos decir que esa realidad radical corresponde solo a uno de estos órdenes, al físico o al moral, sino a algo que los resume y acoge conjuntamente. Puesto que los contenidos de esta organización física y moral de la ciudad se están, como hemos dicho, modelando y modificando uno a otro por su mutua interacción, este fenómeno, tiene que producirse dentro de un ámbito que no puede ser otro que el de la vida de la propia ciudad, que en este caso no es sino la historia. Lo mismo que la filosofía orteguiana ha definido al hombre como una realidad vital, trasladado este concepto al área más vasta de lo colectivo en la que se mueve la ciudad, definiríamos ésta como una realidad histórica; es decir, para nosotros, esa última instancia no es otra ni puede ser otra que la historia. La ciudad, en última y radical instancia, es un ser histórico. A nuestro juicio, una vez sentado esto, todos los diversos, inquietantes y muchas veces contradictorios aspectos de la ciudad, imposibles a primera vista de reducir a unidad, se aclaran y conjugan en jerárquica ordenación. Pero esto exige que reanudemos la cuestión bajo un enfoque diferente. A la ciudad, en cierto modo como a la persona humana, le acontece que siempre es la misma y nunca es lo mismo. Londres, París, Sevilla Riesgo y desgracia de las ciudades históricas o Moscú habrán variado y seguirán variando considerablemente a través del tiempo, pero en ningún momento estas alteraciones han podido llevarlas a tal pérdida de su propia mismidad que una haya podido confundirse con otra, no digo ya en un período simultáneo, sino en períodos distantes de su evolución. Cuando ima ciudad ha perdido su propia mismidad, cuando en un cierto estado se ha desvanecido toda referencia a su pasado, es que esta ciudad ha muerto y ha dado paso a otra diferente. Se nos dirá, y es cierto, que las ciudades, por el hecho de su invariable emplazamiento, de su fuerte ligamen a la tierra, están en la imposibilidad de intercambiarse, de perder su individualidad, y que aunque una ciudad desapareciera por completo, arrasada hasta no quedar ni la ceniza de sus hogares, la que se construyera en el propio lugar tendría siempre que ver con ella. Pero esto no excluye nuestra tesis, ya que al decir que la ciudad, en cuanto tal, tiene personalidad y se mantiene a través de la historia, no hacemos distingos sobre la naturaleza de las causas de dicha mismidad, conviniendo en que una de ellas -aunque no la única-es, evidentemente, su emplazamiento físico, su ligamen a la tierra. Tampoco es extraño a la persona humana y a su consistencia individual su ser biológico. El hecho de que una ciudad hunda sus raíces en la tierra madre y se implante en ella de una determinada manera, diferencia y diferenciará siempre a la ciudad de la máquina, del instrumento, e impedirá que pueda producirse en serie. A querer, puede fabricarse la casa en serie, la casa prefabricada, pero cuando muchas de estas casas tengan que implantarse en el suelo, formando un conjunto, será obligado hacerlo de una manera única, intransferible. Posiblemente, la singular implantación de la ciudad sobre la tierra, geología y paisaje, nos descubriría indiferencias radicales con otros asentamientos de tipo industrial o técnico. Al referirnos a la ciudad hemos dicho implantación, y no por capricho, sino por considerar que este término expresa mejor que otro la relación entre naturaleza y ciudad. Implantar significa fundar, establecer, instituir, empezar a poner en práctica algo nuevo. La ciudad no se sitúa sobre el terreno sin más; se funda sobre la tierra propicia que han señalado los dioses. Cuando los romanos fundaban una ciudad, cavaban un pequeño foso, llamado mundus, y en él los jefes de las tribus que iban a constituir esta nueva ciudad iban depositando un puñado de tierra del suelo sagrado donde yacían sus mayores. Desde este momento la nueva ciudad era también terra patrunij patria. La tierra donde la ciudad se implanta es siempre patria. Tito Livio decía de Roma: «No hay ninguna plaza en esta ciudad que no esté Fernando Chueca Goitia 508 impregnada de religión y que no esté ocupada por alguna divinidad... los dioses la habitan». En mayor o menor grado, toda ciudad participa de este carácter sagrado y es un santuario, si no de la religión, por lo menos de la historia. De esta forma, el suelo convertido en patria tiene que tener una especial significación. La ciudad se implanta en él, es decir, se arraiga como el vegetal. Una factoría, en cambio, más que implantarse lo que hace es imponerse sobre la tierra, utilizarla en su provecho, violentarla si es preciso. Es un acto de imposición en lugar de implantación, posturas a todas luces antitéticas. Si la ciudad conforma la naturaleza, la industria generalmente la deforma; es la diferencia de verla como patria o como instrumento. Nunca he creído que una ciudad digna de este nombre sea algo total y absolutamente opuesto al campo, en abierta hostilidad al medio natural. Muchos, sin embargo, han considerado que es así y han definido la ciudad en forma negativa, como lo que no es campo, lo cual me parece erróneo, primero porque tal definición, falta de notas positivas, es notoriamente incompleta, y, segundo, porque la ciudad es, a su modo, también campo, aunque sea campo conformado, campo hecho patria. Ortega parece recaer en la postura negativista cuando dice: «La ciudad es un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al cosmos, tomando de él sólo porciones selectas y acotadas». Sin embargo, en la definición orteguiana existe una contradicción latente. El hombre pretende vivir fuera y frente al cosmos, es decir, acusa Ortega el carácter de la ciudad como opuesto al campo. Pero -^he aquí la contradicción-lo que hace para conseguirlo es retirar, secesionar porciones selectas de ese cosmos en el que al final sigue viviendo. Nosotros diríamos, salvando la contradicción, que el hombre separa y conforma esas porciones para vivir, no frente al cosmos, sino en una nueva relación con él, en relación de patria. En efecto, las ciudades han acotado significativos trozos de este planeta, pero en ellos la naturaleza, conformada y potenciada, ha sgguido existiendo como basamento físico y espiritual de la obra humana. En esos espacios acotados han quedado, por ejemplo, los ríos, deidades míticas y venas vitales, y aunque hayan sido, en su curso por la ciudad, canalizados o constreñidos a otras exigencias urbanas, no por eso el Sena, el Arno o el Danubio dejan de ser lo que son. La ciudad se implanta, pues, en el cosmos, no se impone. A estas consideraciones sobre la implantación de las ciudades en la naturaleza habíamos llegado al afirmar la individualidad de aquellas, su no desmentida mismidad a través de la historia. Es, pues, ocasión de que volvamos al punto de partida. Esta individualidad, este ser Riesgo y desgracia de las ciudades históricas único de una ciudad con respecto a otras, tiene claras raíces materiales, no sólo originadas por el sitio, por el emplazamiento (aunque pueden existir semejanzas, no pueden darse dos emplazamientos idénticos), sino por la propia estructura de la ciudad que, a la larga, se va convirtiendo en otra segunda naturaleza. La ciudad misma se resiste a perecer, es una de las más imperecederas reacciones humanas. De aquí su valor singular como testimonio histórico. Los urbanistas han estudiado lo que han denominado ley de pervivencia del plano. El análisis de la evolución temporal de las ciudades ha conducido a la constatación de que si bien la edificación se transforma y se sustituye al correr de los años, el plano generalmente permanece o sufi:'e muy contadas rectificaciones. Córdoba, Toledo o Granada conservan barrios donde el trazado musulmán se mantiene incólume. El plano de Madrid que dibujó Texeira en 1651 es, en grandes líneas, con variaciones insignificantes, el plano actual del casco de la capital. Las ciudades, como los ofidios, cambian de piel, pero su ser permanece inalterable. Pero hay más: no sólo son raíces materiales las que aseguran la permanencia de las ciudades como entes individuales. Existen otras de índole espiritual; existe el alma de la ciudad. Esta es la tesis de Spengler a que nos referíamos en un principio. «La ciudad -dice el sociólogo americano Robert E. Park-es algo más que un conjunto de individuos y de conveniencias sociales; más que una serie de calles, edificios, luces, tranvías, teléfonos, etc., algo más también que una mera constelación de instituciones y cuerpos administrativos: audiencias, hospitales, escuelas, policía y funcionarios civiles de toda suerte. La ciudad es más un estado de alma (a state of mind), un conjunto de costumbres y tradiciones, con los sentimientos y actitudes inherentes a las costumbres y que se transmiten por esta tradición. La ciudad, en otras palabras, no es un mecanismo físico ni una construcción artificial solamente. Está implicada en el proceso vital del pueblo que la compone; es un producto de la naturaleza y particularmente de la naturaleza humana». Y más adelante sigue diciendo Park que la ciudad radica en las costumbres y en los hábitos de sus habitantes, que posee tanto una organización física como moral, que se modelan y modifican una a otra por su mutua interacción. La estructura de la ciudad, que, primeramente, impresiona por su complejidad tiene por base la naturaleza humana, de la cual es expresión. Pero a su vez esta estructura, ya formada, reobra sobre sus habitantes, que se encuentran con una externa realidad con la que tienen que contar. «Estructura y tradición no son sino diferentes aspectos de un sólo complejo cultural que de-Fernando Chueca Goitia 510 termina lo que es característico y peculiar a la ciudad y la distingue de la aldea y de la vida del campo». Estos conceptos de Park recogen la tesis, que pudiéramos llamar animista, de Spengler y avanzan sobre ella desde el momento en que tienen en cuenta en su justo valor la importancia de las estructuras materiales en la realidad total que es una ciudad. Park postula con acierto la articulación dinámica de los diferentes aspectos materiales y espirituales que concurren a determinar lo que es característico y peculiar a la ciudad, pero se detiene al llegar a la formulación de cual es la naturaleza de ese complejo cultural que determina precisamente lo que es característico y peculiar. En ella ha de estar, pues, la realidad radical de una ciudad, de la cual todos los múltiples aspectos son realidades radicantes. Por ese camino llegamos nosotros a afirmar que esa realidad radical no es otra ni puede ser otra que la historia, que la ciudad no es sólo estructura ni sólo espíritu, sino una realidad que abraza ambos componentes, su ser físico y su ser moral conjugados en una realidad superior: su ser histórico. Si las ciudades más que ligadas a la historia son historia ellas mismas, esto nos explicará mucho de su realidad. Vamos a abordar un punto concreto a la luz de esta evidencia nuestra de que la ciudad es, en última instancia, historia. Es éste el de la ciudad como obra de arte. ¿Es o no es la ciudad una obra de arte? Ya hemos visto cómo durante los siglos XVII y XVIII se intenta racionalizar la ciudad, convertirla en artefacto, en algo racionalmente pensado y dispuesto por la voluntad humana. Bajo esta pretensión, y solo bajo ella, puede considerarse la ciudad como una verdadera obra de arte, ya que no puede considerarse creación artística sino aquella que proviene de la voluntad humana claramente definida. La obra de arte no se entiende sin el artista. Pero esto, esta pretensión de convertir la ciudad en obra de arte, no alcanza más que a determinadas fases del acontecer humano. La ciudad en su integridad es muy pocas veces obra de una voluntad previamente establecida, y cuando esta voluntad llega a imponer un determinado sello, lo hace generalmente de una manera fragmentaria y episódica. Apenas cuando han empezado a materializarse estructuras que reflejaban los ideales de unos hombres o de una sociedad, estos hombres y esta ciudad eran ya cosa pasada y sus ideales se habían ido con ellos, sustituidos por otros nuevos. Existe casi siempre un defasage entre los ideales de cualquier género (religiosos, sociales, políticos, etc.) y su expresión artística. En una palabra: la ciudad es siempre antigua. Esto ya lo vio sagazmente Julián Marías, que considera a la ciudad, por ser artística, expresiva de un estilo, de una estructura Riesgo y desgracia de las ciudades históricas de alma, pero haciendo una salvedad, que es la que sobre todo nos interesa: «Pero hay que agregar una nota importante: la ciudad, que tarda en hacerse -por eso no es caprichosa-dura mucho tiempo; excepto en su fase de fundación, cuando todavía no es ciudad, es siempre antigua. Normalmente el individuo vive en una ciudad que no han hecho sus coetáneos, sino sus antepasados; es cierto que la transforma y modifica, sobre todo la usa a su manera, descubriendo en ello su vocación peculiar; pero por lo pronto es una realidad, recibida, heredada, histórica. (Este último subrayado es mío). Es decir, ni más ni menos que la sociedad misma. Por eso es difícil de entender; por eso es profunda, radicalmente reveladora». En una palabra, la forma de una ciudad permanece cuando la sustancia social que le dio vida ha desaparecido. Por eso, formalmente, la ciudad es también historia en sí misma. La ciudad en que vivimos tiene siempre un carácter de reliquia. La ciudad más profana es en alguna medida el lugar sagrado donde se da culto a los antepasados. Pero desde el punto de vista artístico, este constante suceder que es la ciudad misma no permite que se produzca con el debido sosiego la maduración de la obra plástica. La ciudad siempre ha sido y será, por índole de su esencia, artísticamente fragmentaria, tumultuosa e inacabada. No encontramos en ella esa forma definitiva y redonda que ansia el sentimiento estético. Por eso toda ciudad es, estéticamente hablando, una frustración. El hombre que ha conseguido realizaciones tan perfectas en el campo de la belleza, no ha conseguido crear la ciudad bella, a pesar de tantos y tan ingentes esfuerzos. Esto lo percibe cualquier espíritu sensible, cualquier temperamento estético que viaje y recorra las ciudades del globo. Unas más y otras menos, todas dejan en su ánimo, al final, una penosa insatisfacción. Esta insatisfacción se produce porque si bien se trata de un fenómenos artístico, éste se halla supeditado a pulsación histórica. Es un fenómeno artístico en cuanto que es expresión en cada momento de una realidad social. Pero el constante cambio de ésta, bien sea por evolución o salto, no permite que se produzca el equilibrio requerido en toda creación estética. Las estructuras urbanas, y conste que al hablar de estructuras nos referimos tanto a las externas como a las internas, son constantemente intervenidas, zarandeadas casi, por la pulsación histórica, detrás de la cual van arrastradas con más o menos décalage. En síntesis, podría decirse que la ciudad participa del espíritu artístico, sin llegar a ser, sin embargo, una obra de arte. Si lo fuera en un sentido plenario, dejaría de ser lo que radicalmente es: historia. «Cuando contemplamos algo desde un punto de vista estético -^ha dicho Simmel-, deseamos que las fuerzas opuestas de la realidad lleguen a un equilibrio cualquiera, que se haga un armisticio entre lo alto y lo bajo. Pero contra este deseo de una forma permanente se rebela el proceso moral del alma, con su incesante subir y bajar, con la continua prolongación de sus límites, con la inagotabilidad de las fuerzas contrarias que en él juegan». Más cerca está la ciudad del proceso moral que del proceso artístico. Su extremada dependencia del hombre, como dijimos en un principio, de su inquietud, que no admite reposo, le impiden permanecer en las sosegadas riberas donde florece el arte. En una ciudad podrán existir edificios que sean obras de arte magníficas; acaso barrios completos, que hayan logrado la permanencia y estabilidad de una ciudad estilística completa; pero la ciudad en su conjunto, expresión de la inestabilidad y fluencia del alma colectiva, nunca alcanzará rango de obra de arte. En los contados casos que esto no sucede es porque se trata de ciudades muertas, preservadas artificialmente. Las ciudades alcanzan su condición de obras de arte sólo cuando mueren. Les pasa lo que a las personas de vida agitada, martirizadas por el sufrimiento, cuyos rasgos se embellecen con la serenidad de la muerte. Cuando la ciencia histórica ha ido renovando sus conceptos, cuando sus métodos se han ido perfeccionando y su campo se ha ido ensanchando y profundizando, se ha despertado paralelamente una nueva percepción de la ciudad como hecho histórico, porque si se trata por esencia de un organismo histórico, es también un documento, un depósito, el más formidable, de lo que el acontecer humano va dejando sobre ella en lenta y continua sedimentación. De las ciudades se veía hasta hace poco los monumentos señeros y venerables, las cumbres de la orografía urbana, las catedrales, los palacios, los monumentos conmemorativos. Esto correspondía perfectamente con una idea de la historia como contienda y faena de unas grandes personalidades dominantes, que decidían entre sí el destino humano. Pero ya la mentalidad actual no se satisface con visión tan simplista, y al tratar de discernir las características de una civilización, no podemos confinar nuestra atención al estudio de los poderosos. Debemos conocer la situación del pueblo, sus formas de vida y sus creencias, la índole de las instituciones creadas por la sociedad, el desarrollo de la cultura y el sentido de la misma, es decir, el panorama completo de la vida y no las cimas que sobresalen. Al estado llano de la historia corresponden en la ciudad las casas vulgares, que se apiñan unas a otras en formas expresivas, lo mismo que los monumentos singulares representan las personalidades diri-Riesgo y desgracia de las ciudades históricas gentes. Separar, por consiguiente, el palacio de las casas burguesas o de las populares, es como remover una frase de su contexto. El llevar al estudio de las estructuras materiales que componen la faz o rostro de la ciudad un criterio puramente artístico, es lo que condujo a esta artificial escisión que destacó los edificios monumentales, o a lo sumo los barrios antiguos más caracterizados, de la gran masa de edificación de acompañamiento, que quedó en la sombra, olvidada, como algo inerte que carecía de expresión. Falta de expresión artística, tal vez, pero en ningún caso de expresión histórica. El enfocar, en cambio, el estudio de la ciudad desde su esencia histórica, operación que puede ser mucho más fecunda en resultados, nos evitará amputaciones injustificadas y una integral percepción del fenómeno urbano, cada vez más acuciante a la vista del desarrollo que va tomando en nuestros días el urbanismo. Partiendo de la base firme de la realidad histórica de la ciudad, nada de lo que a ella se refiere, aún lo más insignificante, deja de ser revelador; todo constituye parte de una totalidad imposible de disociar. Lo que artísticamente puede resultar mudo, históricamente será, acaso, elocuentísimo. No hay que olvidar que la ciudad es por sí misma un formidable archivo de recuerdos. En la urbe se condensan, no sólo en el espacio, sino, en el tiempo, los hechos y las vidas humanas más significativas. Este grado de condensación preserva su recuerdo, de la misma manera que un archivo, al reunir papeles que provienen de muy diversos orígenes, asegura su conservación. Es indudable que si todos aquellos acontecimientos y aquellas vidas no hubieran sucedido en la ciudad, no hubieran tenido su referencia a ella, su memoria habríase desvanecido mucho más fácilmente. Es la condensación de su propia salvaguardia. Si deambulamos por París, podemos hallar el lugar donde Enrique IV fue asesinado; la elegante plaza donde vivía Richelieu, en un ambiente del París de los Mosqueteros; el pasamanos donde se posaba la mano de Voltaire; el ala del Louvre donde se reunió la Convención. Podemos seguir el itinerario de Bonaparte, casi niño, desde la diligencia que lo trajo a París hasta la Escuela Militar; el pequeño laboratorio donde empezaron a trabajar los esposos Curie, etc. Una plaza de Madrid evoca todavía la sombra de Cisneros; en la calle Mayor, aunque transformada, cada adoquín levanta el eco de las pisadas de Lope, de Tirso, de Calderón de Villamediana; en la Casa de Panadería, Goya, a los diecisiete años, sufrió los primeros reveses académicos; privado de ambiente, pero conservado como reliquia, un arco de ladrillo es el mudo testigo de hazañas patrióticas; al pasar 514 Fernando Chueca Goitia por determinada calle céntrica parece sonar el estampido de los arcabuces criminales; en tal palacio, hace pocos años dejaba este mundo una emperatriz... Eso son las ciudades; escenario de la historia, la grande, la pequeña, la local, la nacional, la universal; los hombres vienen de muy diversas partes, de aldeas, de villorrios distantes; los acontecimientos se fraguan en el difuso mundo, pero siempre la ciudad es punto de convergencia, lugar de la acción, donde todos los procesos se comprimen, se esquematizan y aceleran; horno de combustión social. Queda luego el recuerdo, y la ciudad se convierte en archivo. Al irse imponiendo, cada vez con más fuerza, la conciencia de que esto es así, la ciudad va reverdeciendo sus recuerdos y en algunos casos señalándolos al viandante por medio de lápidas. La lápida parece que va dirigida en primer lugar a honrar la memoria de algún héroe o personalidad sobresaliente. Pero este movimiento de ida supone otro de vuelta: al honrar hazañas, héroes o simples acontecimientos, lo que se hace es conmemorarlos, es decir, recordarlos en común, hacerlos material de autoconciencia colectiva. La lápida va dirigida tanto a exaltar la hazaña o al héroe como a buscar la satisfacción de los que la promueven y colocan. La ciudad que con más entusiasmo va lapidando sus muros es la ciudad que más gusto obtiene golpeando su dormida conciencia. Este tema merecería una extensión mayor que no cabe dados los límites a que ahora debemos sujetarnos. Pero baste decir que el afán lapidario coincide con el despertar de la conciencia histórica en el siglo XIX, con el vago presentimiento de que la ciudad es un archivo al que, a su modo, es necesario clasificar y poner etiquetas, que en este caso serían las lápidas. Las lápidas revelan, pues, que esta conciencia existe, que algo de lo que es interior, el alma, sale a la superficie en forma de placas blancas, cristalizada expresión de una misteriosa química social. ¿Podríamos concebir ahora la ciudad sin esa conciencia histórica? O dicho de un modo más directo, ¿podríamos vivir sin ciudades que fueran, a la vez, laboratorio y archivo de ella? Sin duda, no. La civilización es difícil, casi imposible, concebirla sin ciudades, y las ciudades, sin estos atributos. Es cierto que existen y han existido aglomeraciones humanas que han carecido de ellos pero, como ya hemos insistido antes, esas aglomeraciones no son lo que a primera vista parecen, y aunque grandes, pueden no ser más que formas de ruralismo disfrazadas, o por otro lado escuetas conurbaciones industriales. La aldea pertenece todavía al medio natural; es naturaleza, sin más, como la ciudad es historia. El asentamiento industrial es prolongación de la fábrica y, como ella, simple instrumento de la producción. También Riesgo y desgracia de las ciudades históricas se nos dirá que la ciudad en su fase de fundación carece, naturalmente, de historia; pero es que entonces no es todavía ciudad en un sentido plenario, no ha llegado a la edad adulta. Sólo en las ciudades antiguas el propio ritual sagrado de la fundación les conferiría aquellas virtudes que otras debían ir ganando poco a poco, en un lento proceso de maduración. Cuando decimos, pues, que la civilización no la concebimos sin ciudades nos referimos a las que son de por sí un mundo completo y gozan de todos los atributos inherentes a su condición. Entre ellas y todo lo que no es ciudad se establecerán delicadas relaciones mutuas. Esta es otra cuestión que ahora no importa a nuestro caso y que no empiece el carácter decisivo -^no exclusivo-de aquellas en la construcción de la sociedad humana. «La razón de que las ciudades sean decisivas en toda sociedad, hasta en las de predominio rural -^ha dicho Julián Marías-es que son el órgano de la socialización o, si se prefiere, de la sociabilidad. Una sociedad es sociedad y, sobre todo, es una, gracias a sus ciudades». Las ciudades, pues, como tales, en plenitud de sus atributos, son insustituibles en nuestra sociedad. Puede vivirse fuera de ellas, pero siempre contando con ellas, con un apoyo y especial referencia en ellas. Incluso al hombre de la aldea más remota, y sin que se de clara cuenta de ello, puede llegar el consuelo de que existen Roma, París, Pekín o Filadelfia y que en ellas se guarda un sagrado depósito de la humanidad. Porque la ciudad es una aglomeración humana fundada en un solar convertido en patria y cuyas estructuras internas y externas se constituyen y desarrollan por obra de la historia, para satisfacer y expresar las aspiraciones de la vida colectiva, no sólo la que en ellas transcurre, sino la de la humanidad en general. Esta es una definición que me atrevo, modestamente, a proponer. Últimamente he tenido ocasión de parar unos días en una ciudad tan alejada de nuestra civilización como Pekín, capital de la inmensa China y he podido contemplar con asombro los monumentales restigios de su pasado imperial, sobre todo el fabuloso palacio de los antiguos emperadores, lo que se llama la Ciudad Prohibida. Su magnitud, su simetría, la mayestática ordenación de sus templos y diversos pabellones áulicos no pueden por menos de sorprender al visitante. Allí sigue resonando la historia con sones grandiosos. El problema es de una gravedad extraordinaria. Es acuciante para todo el viejo mundo y parte del nuevo cuando éste recibió, como le 515 Fernando Chueca Goitia 516 sucedió a Hispanoamérica, un legado cultural que fue proyección de la civilización europea a través del filtro de la hispánica. Sin embargo, ¿qué queda de Méjico, de Lima, de Caracas, de Quito, de Salta, de tantas ciudades nobilísimas que honraban a todo un proceso civilizador? De sus expoliados conjuntos se eleva el lúgubre sonido de un réquiem acongojante. Nosotros podríamos dolemos de la ingratitud de nuestros hijos y tendríamos autoridad para hacerlo, si por nuestra parte hubiéramos dado el ejemplo. Pero está ya sucediendo todo lo contrario. Somos nosotros los que nos estamos americanizando en el peor sentido de la palabra y dando con nuestro proceder razón a su insensatez. La sociedad española de hoy, que por una parte regala sus oídos con slogans patrióticos del más caduco estilo, por otro niega lo que dice con sus obras vandálicas. Obras son amores y no buenas razones, y con nuestras obras estamos negando mucho de lo que decimos. Al final se cumplirá aquello de que por sus obras los conoceréis. Lo hemos dicho en repetidas ocasiones, en libros, en artículos, en conferencias, en conversaciones privadas e informes técnicos y académicos; nos acongoja el grado de indiferencia de la sociedad de hoy por todo lo que supone valores de espíritu, de la cultura, del arte, de la tradición, de la esencia histórica y racial del mundo nuestro, humano, geográfico, paisajístico. Parece que sobre España ha caído una población desarraigada y nueva, indiferente a todo, sin conexiones ni línea de continuidad con el pasado. En suma, como una sociedad extranjera que ocupara una casa que no es la de sus antepasados y que hace almoneda de ella, con la crueldad de un rapaz apetito económico. La sociedad española actual parece decir: ¡qué se me da de todo esto que he heredado y con lo que no tengo nada que ver! ¿Vale acaso para venderlo? Pues a venderlo y que los americanos, o quienes sean, se lleven nuestros retablos, nuestros cuadros, nuestros enseres viejos y nos den dólares con que adquirir los gadgets excitantes de un mundo tecnológico ante el que nos postramos en adoración como nuevos salvajes. Al hombre que hoy, en el que prevalece cuantitativamente, el tan traído y llevado hombre-masa, a ese que corre desolado en automóvil lanzando miradas aviesas, cargadas de cómicas y desproporcionadas amenazas, le importa un bledo, entre otras cosas, la ciudad que ha heredado. Es más, comprende la ciudad como un obstáculo y ve con alegría que el obstáculo caiga y deje su vía expedita, una vía que ni él mismo sabe a dónde conduce. Este plebiscito latente por el que la mayoría condena a la ciudad sin saber lo que es y lo que significa, es el que puede terminar con una de nuestras mayores Riesgo y desgracia de las ciudades históricas riquezas espirituales y con uno de los más frágiles depósitos que una civilización multisecular e ininterrumpida ha puesto en nuestras manos. El sistema de neutralizar en lo posible a este hombre-masa, envenenado a conciencia por una serie de mitos que parpadean ante sus ojos como los espejuelos con que se compraba la voluntad y la riqueza de los salvajes, no es otro sino el de la educación. El sistema es lento, pero la humanidad desde tiempo inmemorial no ha encontrado otro. Pero a esto volveremos después. Ahora vamos a ver cómo actúa este hombre-masa. Lo primero que hay que decir es que este hombre-masa no se reduce a ciertos estamentos clasistas, a ciertas clasificaciones socio-económicas que se habían concretado en la figura del proletario clásico. Ahora toda la sociedad de arriba abajo actúa con los apetitos del hombre-masa y desde luego con un primigenio y tosco sistema de valores. Ortega describió con pincelada enérgica una sociedad de este tipo cuando se enfirentó hace ya muchos años con la de una de estas grandes metrópolis modernas: Buenos Aires. «En Corrientes y en las calles próxim.as llenas de bancos y oficinas, es donde pulsa esa fauna atroz de factoría. Son los hombres que han venido a lo suyo, de apetito urgente, que al pasar os desarticulan el hombro porque van disparados a ultimar sus negocios. De imaginación seca, su hambre es tanto más feroz porque no desean cosas que ellos hayan imaginado y tendrían que crear, sino lo que está ahí, en el escaparate. Necesitan coraprar un automóvil, una vitrola, una radio y un frigidaire. Para tan concreto menester están espléndidamente dotados con las tres cualidades necesarias: audacia, grosería y prisa». No nos engañemos, este tipo de sociedad es el que ha ascendido al primer plano de nuestro mundo de hoy; esta sociedad es la que tiene el papel de protagonista, la que tiñe todo, impone sus gustos y comportamiento, crea el clima actual y da la pauta de todo. ¿Quién se opone a la empresa bancaria que a su insolencia une su riqueza y su poder; quién se opone, incluso, al más modesto comerciante que mide sus apetencias por la longitud de sus escaparates y por el brillo opalino de sus tubos fluorescentes, uno de tantos espejuelos del progreso para los pueblos débiles que ya no creen en sí mismos? Esta mentalidad de hombre-masa trasciende a todos los estamentos y clases, es la que tiene el aristócrata, que trata por todos los medios de enajenar en el mercado internacional el Greco o el Goya que tuvo la inmerecida fortuna de heredar, que derriba su palacio para transformarlo en solar, verdadera piedra filosofal de la alquimia moderna, que ha convertido en. realidad un añejo sueño: transformar la piedra o la arcilla en oro. Esta mentalidad es la que tiene el alto clero que aprovecha las disposiciones conciliares pro-domo-sua y que aunque parezca mentira es uno de los más típicos hombres-masa de nuestro tiempo. ¡Qué amarga experiencia ha tenido uno discutiendo con prelados, canónigos, arciprestes, que se han escandalizado porque hemos defendido una iglesia barroca, un retablo o unos sólidos y nobles bancos de iglesia! Su argumento de siempre: ¿Pero que valor da usted a esto si no es más que una antigualla? A mi lo que me interesa es poner calefacción en la iglesia y abrir una cafetería en el centro parroquial. Y luego hemos visto esos retablos, esas imágenes, esos bancos, en el anticuario más próximo. Porque en el fondo, aun engañándose a sí mismos, se dan cuenta que tienen un valor, pero claro está, un valor traducible a dinero. Es que en ellos ha encarnado, como en los antiguos poderes maléficos, el hombre-masa. Esta mentalidad es la que tiene el poKtico ansioso de éxitos fáciles y popiilares, vasallo fiel de los grupos de presión que de manera pertinaz y constante mandan desde la sombra. El poKtico complaciente que no quiere problemas, que no quiere en&'entamientos, que desea ver pasar sus días, cuantos más mejor, en la cómoda poltrona. El poKtico muchas veces cargado de buenas intenciones, pero paraMzado por una maraña de intereses que al final le entregan al dolce far niente. Y el dejar de hacer, en este caso equivale a dejar que se haga lo que no se debe de hacer. ¡Ah!, pero es irremediable... es el signo de los tiempos, no podemos oponernos al mundo que vivimos. Vivimos en el siglo XX. Con este cómodo ropaje de pretextos, al parecer tan plausibles, cuántos egoísmos se esconden. La misma mentalidad de hombre-masa, de apetito urgente y perentorio, tiene el técnico de nuestros días. Pero, además, ese técnico tiene unas armas infalibles. Vivimos en plena tecnolatría; cuando nos encontramos sin recursos espirituales, sin una verdadera conciencia de ser, sin anhelos comunes, sin programas de acción colectiva, apelamos como mágico recurso a la técnica. Gobiernos de tecnócratas son la panacea de los tiempos difíciles y aunque el técnico nos lleve a la devaluación o a la crisis, el técnico jamás se ha equivocado. El tiene siempre la respuesta altiva y estoica de un Felipe II en el naufragio de la Invencible: «Yo no envié la armada a luchar contra los elementos». Un técnico economista cómo va a descender, por ejemplo, a consultar el buen sentido y la sana experiencia de un agricultor curtido en el contacto con la tierra, cuando tiene que crear sus esquemas planificadores, cargados de ciencia libresca. En otro lugar dije que si a la condición de técnico se suma la de burócrata, obtendremos un centauro en el que se unirán la autoesti-Riesgo y desgracia de las ciudades históricas mación y la fuerza ejecutiva. Este híbrido no condescenderá fácilmente al diálogo ni dejará que nadie influya en sus determinaciones. Salvemos todas las honrosísimas excepciones que ustedes quieran, pero ese técnico egocéntrico cada día abunda más y cada día influye más en el comportamiento del conjunto. Hoy en día se ha dado un caso muy curioso y que vale la pena analizar. En los países, sobre todo autoritarios, el técnico ha sustituido al intelectual. El intelectual es un ser peligroso por la sencilla razón de que el intelectual piensa, y líbrenos Dios de la funesta manía de pensar. El intelectual piensa y el intelectual se equivoca y es él mismo el que lo reconoce; he aquí su grandeza. El técnico no piensa; no es ésa su misión; el técnico aplica fórmulas que no ha tenido la necesidad de pensar, que ha aceptado con una reverencia fanática basada en su sistema de mitos, axiomas y tabús. El carácter axiomático del técnico no produce ninguna inquietud en el político, no le sumerge en un mundo fluido y variable como el del intelectual. El técnico le da las cosas hechas y le sirve de inapreciable escudo. Con él está tranquilo. En materia de actuación municipal las autoridades tienen a su servicio unos técnicos impagables. Si un alcalde tiene un urbanista o unos urbanistas a su lado, tiene siempre la espalda cubierta. «Lo han dicho los técnicos, he seguido el informe de los técnicos, los técnicos no pueden equivocarse». Los técnicos no necesitan explicar lo que hacen, no pueden descender al diálogo con el común de los mortales, ellos están ahí como el mago de la tribu, para inspirar la acción de los políticos y con este hábil binomio se elude todo el problema de opinión pública. Otro hombre-masa de nuestro tiempo es el periodista, el periodista simplón e ingenuo en el mejor de los casos, que sigue con la mayor docilidad los slogans imperantes. El que apostilla las providenciales medidas de los dirigentes, de los políticos, de los tecnócratas que van a construirnos un mundo feliz y progresivo. Se entusiasmarán y nos anunciarán la alegre nueva de ese viejo caserón que desaparece, de esa gran vía que se abre, de ese polígono que va a resolver el problema de la vivienda, aunque ese polígono esté planteado con los pies y carezca de todo sentido urbanístico, etc. He apuntado solamente algunos de esos tipos sociales de hombre-masa que constituyen la inmensa mayoría de nuestra sociedad. Podríamos añadir otros muchos, sobre todo en el vasto campo de los especuladores, de los promotores, de los agiotistas, etc., pero esto basta para darnos cuenta de en que manos está el porvenir de nuestras ciudades. Ahora que estamos a punto de terminar una centuria, el siglo XX y vamos a pasar al siglo XXI el panorama se nos presenta todavía más incierto. Antes de que en España se estructurara en régimen de autonomías, la defensa de las ciudades históricas se reducía a las escasas posiblidades de una Dirección General de Bellas Artes. Pero, ¿que era la Dirección General de Bellas Artes? Sencillamente un fenómeno residual, una especie de momia burocrática. La Dirección General de Bellas Artes así constituida estaba bien para una España de 1920. En nuestro país no se había producido la explosión demográfica, ni el éxodo del campo, ni la congestión de las grandes urbes. La Revolución Industrial era una cosa que se estudiaba en los libros pero que no había pasado nuestras fronteras. El Director General tenía a su cargo unos pocos museos, algunas escuelas de artes y oficios y la custodia de unos pocos monumentos de venerable antigüedad y prestigio arqueológico. Ibdo era fácil, sencillo, modesto. Pero de repente esta pequeña máquina administrativa tiene que enfrentarse con una alud: ciudades que crecen vertiginosamente, una historia que se desintegra y que naufraga, monumentos del pasado que se arrasan, invasiones turísticas que hay que canalizar y orientar, exigencias artísticas nuevas y que rebasan los viejos cuadros de los eruditos de antaño, masas de estudiantes descontentos que no encuentran una enseñanza dotada, ágil, viva y con prestigio. Por si esto fuera poco se ha producido un cambio radical en la estructura de la administración del Estado al semifederarse España bajo el Sistema de las Autonomías. El Estado central ha cedido muchas de sus potestades a las autonomías regionales y provinciales y lo primero que pensó en ceder, por no considerarlo capital, fue todo lo referente a cultura y patrimonio artístico. Por lo tanto actualmente el Director General de Bellas Artes hace la más triste figura en la administración del Estado, privado de casi todas las competencias de antaño y vagando como un fantasma, como una sombra de sí mismo. Esta crisis de autoridad hace que los que defienden estos valores lo hagan siempre con timidez, con miedo, con subterfugios, para no despertar las iras de los poderosos y no pasar por ingenuos y rezagados. Todo se pide por favor, como por lástima, poniendo por delante unas afirmaciones que no se sienten. «Sí, verás, estamos de acuerdo, lo importante es lo importante, pero si pudiéramos salvar esta portada, al menos». Y se apunta el deseo casi con rubor. Este estado de cosas, francamente, no puede seguir así. Tan caducos y tan fósiles como el organismo central, son los organismos dependientes: unas tristes Comisiones de Monumentos, que casi sepultadas se intenta en parte resucitar. Pero los que las componen no participan del espíritu moderno que deben tener hoy estas instituciones. Son historiadores, eruditos locales, arqueólogos, profesores que, sin visión de los problemas de nuestra época, y sin fuerza para enfrentarse con ellos, se refugian en sus bibliotecas, en sus archivos, en sus museos y en el mejor de los casos, publican una revista erudita que sólo leen entre ellos. Yo tengo el máximo respeto para el erudito local, entre otras cosas porque está desapareciendo y es una pieza fundamental de nuestra cultura, pero su misión es otra. Puestos a luchar yo recuerdo la insolencia de Don Juan Tenorio cuando ante las amonestaciones de Don Diego y de Don Gonzalo, dijo soltando una carcajada: «es venir a amenazar a un león con un mal palo». Los arqueólogos especialmente me dan miedo. Suelen tener una deformación profesional que les lleva a conformarse con rescatar alguna piedra vieja, algún capitel que llevar a su museo; cuando no a derribar un edificio con la esperanza de excavar un zona de presunto interés arqueológico. Lo mismo que decimos de las Comisiones de Monumentos, podemos decir de las Academias. Cuerpos venerables pero constantemente desoídos y virtualmente inoperantes. Doctas instituciones que vacilan entre mantener un crédito salvando las apariencias y correr el riesgo de ser cada vez más postergadas. Yo quisiera decir algo también sobre los arquitectos encargados de velar por los monumentos y por los conjuntos histérico-artísticos. No me refiero a los arquitectos que están del lado del enemigo, a ésos, ya damos por supuesto que lo que les interesa es demoler para poder construir y las más de las veces para construir a favor de la corriente. Me refiero ahora a los otros, a los que están del lado de aquí de las líneas, a los llamados arquitectos conservadores. Lo primero que hay que decir, es que son pocos, poquísimos. En un país en donde la tarea es tan ingente, tan fabulosa, se puede decir que se cuentan con los dedos. Algunos provienen de los viejos cuadros y entre ellos hay figuras estimabilísimas y con una larga ejecutoria que les honra. De otros no podemos decir lo mismo, pues nunca han demostrado ni una verdadera maestría, ni una verdadera devoción. Otros han llegado un poco al azar y han ocupado estos puestos lo mismo que podían haber ocupado otros escalafones profesionales. El equipo es en suma tan escaso como poco cualificado. Hoy en día se han incorporado a estos menesteres algunos jóvenes, entre los que existen personas valiosísimas, competentes y animosas, Pero lo que más nos preocupa es que, como 522 Fernando Chueca Goitia tantas veces en la vida española, no se produzca la selección a la inversa, que los mejores no se desanimen ante un clima hostil, ante las marrullerías de la sociedad con la que tiene que luchar, ante el escepticismo de sus mayores que les deben servir de ejemplo y de respaldo, y queden luego los acomodaticios que a todo se pliegan y en todas las aguas navegan. Pero ¿cómo vamos a impulsar a los jóvenes para que se entreguen a un cometido que tan pocas posibilidades les ofrece y en el que tantos sinsabores les esperan? Lo primero que no podemos ofrecer a estos jóvenes es una adecuada formación. Las Escuelas de Arquitectura de España son en todo el mundo las que dedican menos atención a las enseñanzas humanísticas, históricas y artísticas. Parece inverosímil en un país de nuestra riqueza monumental, de nuestro pasado y de nuestra personalidad, pero es así y de una manera flagrante. En toda la carrera de arquitecto no hay sino dos desmedradas asignaturas: una de Historia del Arte en general, que no llega ni a ser una visión cinematográfica, y otra de Historia de la Arquitectura. En el plan de 1957 se incluyó un intento de diversificación creándose unas especialidades: urbanismo, cálculo y estructuras y arquitectura histórica y restauración de monumentos. Pero luego el propio Estado considero que esto era superfino y ha suprimido las especialidades. El preparar a los futuros conservadores y restauradores es algo que a nuestro Estado no le preocupa, es por lo visto baladí y superfetatorio. Por todos los lados recaemos en lo mismo, el desinterés total, la falta de conciencia de nuestro ser histórico. Si ya en la Escuela el joven aspirante a arquitecto se da cuenta del poco valor que se da a estas cosas, ¿qué podemos pedir a esas promociones que luego se extienden por todos los pueblos y las ciudades de España para ejercer su profesión? ¿Qué ejemplo y qué enseñanza les damos? ¿Qué valor van a dar luego a unos monumentos, a una historia, a un pasado que no conocen ni de oídas? Creo que no vale la pena insistir. Ya hemos pasado revista a los dos ejércitos contendientes. ¿Cómo nos va a extrañar la victoria del uno y la derrota estrepitosa del otro? Pero, sin embargo, es tarea de todos intentar en la medida de nuestras fuerzas, si no de golpe, al menos poco a poco, equilibrar las fuerzas en pugna. Hacer que disminuya y se debilite un ejército y que crezca y se fortalezca el otro. ¿Es tarea difícil, acaso imposible? Pero soy de los que creen que lo primero para atajar un mal es analizarlo, hacer el diagnóstico, aunque sea cruel, para luego poner el remedio. Ese remedio que nos debe conducir a establecer el decálogo al que acabamos de hacer mención al final del capítulo anterior. Si esta carta o decálogo llegara un día a ser suscrita por todos los alcaldes de España, ése sería un día de júbilo para los que creemos en el futuro de España, pero, ¡ay!, lo vemos tan lejano que nos parece un sueño, una utopía inalcanzable. Estos riesgos a los que nos venimos refiriendo aumentan con el contagio que las grandes urbes, donde toda modernidad tiene su asiento, y toda especulación su territorio. Luego llegan a los pueblos, villas y pequeñas ciudades, llenas de carácter y dónde prevalece una arquitectura típica de índole regional. En primer lugar, ¿qué quiere decir arquitectura típica regional? Esto es interesante, porque acostumbramos a enunciar determinados conceptos de una manera rutinaria y sin hacernos cuestión de ellos. Vagamente intuimos que se trata de una arquitectura que vemos por los pueblos, en lo poco que va quedando de un escenario tradicional cada vez más erosionado y descoyuntado, una arquitectura de materiales naturales, piedra, barro, madera, que nace del propio terruño que la sustenta y que de vez en cuando se expresa por las notas pintorescas de un portalón claveteado, una reja de sabrosa forma, una alegre solana o un atrevido alero. Y con esto nos quedamos conformes sin profundizar más, dando por descontado que ya sabemos a lo que nos referimos cuando hablamos de arquitectura típica regional. No digo, ni mucho menos, que esto no sea así, pero hay que profundizar más. Porque el discurrir sobre el tema ya es de por sí esclarecerlo. Empecemos por la palabra típica. Se trata en efecto de una arquitectura típica, es decir, que obedece a tipos. Esto es, etimológicamente, lo que la palabra significa; pero esta palabra, degenerándose, ha conducido a la noción del tipismo y al hablar del tipismo dejamos muy atrás algo que para recobrarlo nos empuja a buscar ciertos neologismos como tipificación y tipología y si apuramos más la cosa llegaríamos a normalización o estandarización. Entonces caemos en la paradoja de considerar que la arquitectura típica es todo lo contrario de una arquitectura tipológica o normalizada. La degeneración de la palabra típico nos ha puesto en el trance de equiparar arquitectura típica a arquitectura versátil, caprichosa, anecdótica y pintoresca. Arquitectura que en lugar de ser rigurosamente típica, nacida de una profunda motivación, es una fantasía pintoresca producto de un tipismo o folklorismo trivial. En nuestro caso sería el correlato arquitectónico de la España de pandereta, de la typical Spain. Esto parece que no, pero tiene su importancia porque hay muchas gentes, entre las que naturalmente no faltan los arquitectos, que desprecian esta arquitectura por considerarla poco seria, folklórica en el mal sentido de la palabra y hasta si se quiere definitoria de una situación de subdesarroUo, como ahora se dice. Ya hace mucho tiempo, cuando la Dirección de Regiones Devastadas sentó los criterios de reconstrucción de los pueblos asolados por la guerra, muchos se le echaron encima acusándola de realizar pueblecitos típicos, muy monos y arregladitos en los que no faltaba el farolito de marras o la reja andaluza. Se le acusó, no sin cierta razón, de realizar pastiches folklóricos, que nada tenían que ver con la dignidad de los pueblos castellanos, aragoneses o andaluces. Quizá sí, quizá hubo algo de esto, pero también es necesario revisar algunas de estas críticas si queremos ser justos. La verdad es que los pueblos «reconstruidos» por Regiones Devastadas, aunque sean un poquito almibarados, no han dañado nunca a nuestro paisaje ni han distorsionado el carácter de nuestros pueblos como tantas cosas que se han hecho luego. El principal defecto que pondríamos a la labor de Regiones Devastadas no es tanto de orden estético como de orden constructivo. Los nuevos pueblos están mal construidos, con materiales a veces deleznables, con carpinterías sórdidas, con hierros endebles, y entonces al folklore se une a veces la pacotilla y adquieren aspecto de decorados de teatro o de cine. Luego hablaremos también de que la arquitectura típica no puede traducirse a módulos o a dimensiones que no son las suyas, porque entonces el falso mimetismo resulta un caso desolador de quiero y no puedo. Pero ahora no nos desviemos de nuestro tema y sigamos con nuestra argumentación que no es otra sino volver a incidir en el auténtico tipismo de esta arquitectura. Pensemos que cuando decimos típica es por algo, porque obedece a tipos, en otras palabras porque tiene una tipología específica que le da autenticidad y seriedad, todo lo contrario de ese pintoresquismo trivial a que aludíamos antes, y que a tantos hace sonreír un poco conmiserativamente cuando decimos arquitectura típica. Por otra parte, no olvidemos que decir típico equivale en gran medida a decir auténtico. Lo auténtico es aquello que podemos contrastar con unos patrones o tipos que le otorgan legitimidad. Cuando decimos es un típico asturiano o toledano queremos decir es un asturiano o toledano auténtico, legítimo, por sus rasgos, por su manera de ser, por su carácter, etcétera. Rescatemos, pues, para esta arquitectura que llamamos típica su condición también de auténtica y legítima y empezaremos a sacudir de ella esas apreciaciones peyorativas que la empañan. Ahora bien, esta arquitectura es típica no en una forma abstracta, como puede serlo la maison dominó de Le Corbusier, sino en una forma natural que es a su vez una forma regional. Por lo tanto, a esa arquitectura la definen dos adjetivos, típica y regional, que para nosotros son inseparables. También a un tipo humano le da autenticidad el responder a los rasgos raciales de su región y cuanto más responda será más típico, más auténtico, de raza más definida, de mejor casta. La región actúa en la arquitectura un poco de la misma manera, otorgando a ese tipismo una realidad por decirlo así racial, una casta. La arquitectura típica regional es por ende, no puede ser de otro modo, una arquitectura castiza. También al término castizo muchas personas lo toman por mala parte y lo hacen sinónimo de majeza o chulapería o en el mejor de los casos de zarzuelismo verbenero. También parece molestarnos hoy en día que una persona o una cosa sea castiza, porque esto es propio de costumbristas trasnochados, como pueden ser los amantes de la capa o los que rinden culto gastronómico al cocido a la madrileña. Pero la noción de casticismo es algo muy importante como nos lo demostró don Miguel de Unamuno en sus famosos ensayos En torno al casticismo. A esta arquitectura típica por ser regional le corresponde ser castiza y no demos asustarnos por ello, ya que esto quiere decir que tiene casta. Si es una arquitectura castellana, o más concretamente segoviana, ponemos por caso, es porque obedece a las condiciones naturales, históricas, vitales y temperamentales de esa región de España, como corresponde la raza a la casta de los hombres de dicha región, que son los que la han originado. Por eso su regionalidad es el fundamente de su casta, de su casticismo. Esta arquitectura es en primer lugar típica, es decir, obediente a normas constantes, no caprichosa ni voluble. La volubilidad es signo de una actividad artística personal, del hacer de un hombre muchas veces deformado por su propia autovaloración individual, pero no cabe en una obra colectiva, como es la que en el curso de los siglos ha dado lugar a la arquitectura típica regional. Ortega y Gasset dijo que el verdadero arquitecto era el pueblo y que la arquitectura era un inmenso gesto social. Esto, que el filósofo lo entendía como aplicable a la arquitectura en general, donde realmente tiene validez absoluta es en la arquitectura popular que es la obra colectiva por excelencia. La arquitectura típica regional es consecuencia de la sabiduría popular, en ese aspecto es puro folklore, otra palabra desvirtuada por el uso. El primero que utilizó esta palabra que tanto éxito había de tener en el curso del tiempo fue el inglés W. J. Thoms en 1846. Folklore Fernando Chueca Goitia 526 se compone de los dos términos folk, pueblo, y lore, sabiduría, es decir, sabiduría popular. No hay que confijndir la palabra inglesa folklore con la alemana Volskunde. La primera se refiere al saber que tiene el pueblo de las cosas y la segunda a lo que los doctos saben del pueblo, cosa bien distinta. La arquitectura popular es una manifestación del saber del pueblo, puesto que fue el pueblo quien en realidad le dio vida para que sirviera a sus necesidades con los medios y técnicas a su alcance. Es, por lo tanto, folklore en grado sumo, pero tampoco debemos asustarnos de utilizar esta palabra siempre y cuando la purifiquemos recuperando su sentido ordinario. En suma, la arquitectura típica regional responde a las siguientes notas: 1°, tipismo, en el sentido de norma en vez de volubilidad; 2°, regionalismo y por ende casticismo; 3°, folklorismo en el sentido de que es obra colectiva, anónima, impersonal y que dimana de la sabiduría del pueblo. Pues bien, si le decimos a un arquitecto joven que defendemos una arquitectura típica, castiza o folklórica, se nos echará a reír y nos mirará con conmiseración, porque ha tomado estas palabras por mala parte, desconociendo su significación originaria y porque sólo le suena la forma degenerada. Pero si le dijéramos que defendemos una arquitectura tipológica dentro del marco de una región natural y concebida por un impulso colectivo primigenio, la cosa le sonará mucho mejor y hasta se entusiasmará con la empresa. Y, sin embargo, es lo mismo pero dicho en castellano castizo, yo diría en un castellano auténtico. Pero a los jóvenes les gustan los neologismos y las perífrasis con saborcillo culturalista, por mucho que a veces y por otros motivos, repugnen también del culturalismo. Creo, al menos lo creo yo, que no ha sido ocioso empezar por definir qué entendemos por arquitectura típica regional para pasar luego al análisis de cuáles son los factores que más gravemente la amenazan y que en el fondo no son otros sino aquellos que atentan por razones muy varias a las notas que principalmente la caracterizan. En primer lugar su tipismo o su tipologismo. Aunque parezca paradójico, la arquitectura que ahora se hace en los pueblos y que obedece a un mimetismo degenerescente de la que produce el medio urbano es mucho más caprichosa y voluble que la que antes se hacía en los pueblos sin intromisiones de fuera. Esta sí que carece de tipología porque en lugar de ser obra colectiva es obra individual y por lo común de mediocres personalidades, de personalidades sin personalidad que imitan torpemente y sin criterio lo que para ellos representa un valor activo de primer orden tomando muchas veces el rábano por las hojas, es decir. Riesgo y desgracia de las ciudades históricas lo más deleznable del diseño moderno, por lo más significativo, lo que solemos llamar modernoso como degeneración de moderno. Es decir, aunque resulte paradójico, la arquitectura del medio rural tiene una normativa mucho más estricta, producto de la sabiduría popular por su carácter colectivo, que la falsa arquitectura modernosa trasplantada desde el medio urbano al rural y que en el fondo no es más que la arquitectura voluble, mal digerida por unas personalidades mediocres que suelen tener además el complejo de querer afirmar a troche y moche su personalidad para destacar ante sus rústicos vecinos. La estridencia que ha producido constantemente lo que se ha solido llamar épater le bourgeois también la percibimos en esta arquitectura que estamos introduciendo en el medio típico regional y que a menudo apela a las formas, diseños, materiales y colores más estridentes, para épater a los sencillos convecinos dando lustre a la vanidad de propietarios y constructores que no van a quedarse atrás de lo que se hace en Madrid o en Barcelona. Entran aquí, pues, los factores psicológicos que son de suma importancia con relación a lo que venimos analizando. Parecería lógico que puesto que venimos analizando un caso de invasión, la de la arquitectura a raíz urbana en la arquitectura de raíz regional, esta invasión se produjera sobre la base de una normativa más estricta. Al fin y al cabo la civilización industrial, de la que es espejo la ciudad, se basa, universalmente hablando, en la tipificación, en el estándar, en la producción en serie, en la prefabricación, etc. Lo curioso es que por el momento lo que pasa es absolutamente lo contrario. El producto o mejor dicho el subproducto, que la ciudad segrega y exporta al medio rural, no es un producto tipificado sino un producto voluble de bajísima caHdad donde frente al anonimato de la norma lo que prevalece es el vanidoso personaHsmo del quiero y no puedo. En suma, lo que primero queda gravemente amenazado de la arquitectura típica regional es precisamente su tipismo, su tipología y en esto tienen una parte muy importante los factores psicológicos, la triste vanidad de personas infradesarroUadas culturalmente. Luego seguiremos tratando del iníradesarrollo cultural. La segunda amenaza que sufre la arquitectura típica regional radica en el atentado a su regionalismo y por ende a su casticismo, a lo que pudiéramos llamar sus caracteres raciales. Es evidente que este fenómeno es de alcance universal y desgraciadamente parece irreversible. Nuestra civilización tecnológico-industrial tiende a la uniformidad y a la desaparición de las notas diferenciales que definen a los pueblos. Esto conduce, inevitablemente, a un empobrecimiento del panorama cultural de la humanidad. Por esto la defensa de los caracteres Fernando Chueca Goitia 528 diferenciales de las diversas comunidades humanas es una tarea que compete a nuestra época y que no hubiera tenido sentido en siglos anteriores a la Revolución Industrial en los que estos caracteres estaban preservados por su propia vigencia. El vigor del mundo campesino; la proporción mayoritaria de una economía agraria, el menor centralismo y mas tenue burocracia, con la consiguiente escasez de controles estatales; la escasez de vías de comunicación y la dificultad de los desplazamientos; la modestia de los medios de difusión que favorecían el aislamiento de las regiones naturales; la falta de medios técnicos avanzados capaces de superar los materiales y procesos artesanales; las formas estamentales de la sociedad; la transmisión de las costumbres, ritos y creencias hacían innecesaria toda preservación artificial de una atmósfera y de una cultura regional extraordinariamente vigorosa. Lo que decimos puede llevar a la conclusión, pesimista para unos y optimista para otros, de que lo que es inevitable, es inevitable y que tratar de contener o paliar el movimiento irreversible del mundo actual es pura quimera y empeño que por artificial está condenado al fracaso. Como decimos, algunos pueden no sentirse afectados por este proceso y estimar que sólo nostálgicos tradicionalistas, que sólo añoran el pasado y que han hecho suya la divisa de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», se sienten preocupados por estos problemas. Pero esto no deja de ser un planteamiento simplista. Es cierto que lo que no se sostiene por sí mismo exige para su preservación un tratamiento artificial, si se quiere un cierto fingimiento, fingir que sigue teniendo realidad lo que de hecho no la tiene. Pero es cierto también que nuestra época ha desarrollado una conciencia histórica, un sentido historicista al que no pueden renunciar las sociedades cultas y que posiblemente se ha desarrollado como compensación de las fuerzas destructoras desencadenadas por la galopante evolución de la vida moderna en todas sus manifestaciones. Es algo así como un anticuerpo para combatir un virus pernicioso. Tan evidente como pueda ser esta evolución lo es la existencia del anticuerpo defensivo y por eso decimos que el problema no puede encararse de una manera simplista atendiendo sólo a uno de sus sectores. Si unas tensiones (las reformistas) conducen a la sociedad en n cierto sentido, otras (las conservadores) la solicitan según un diferente ángulo. Aquí podemos apelar a la imagen del cuadrilátero de fuerzas y decir que lo necesario es controlar la resultante más conveniente, como si se tratara de un problema de estática gráfica. El sentido historicista es tan irrenunciable como pueden serlo los factores evolucionistas. Si la humanidad abandonara este freno se produciría una regresión no sólo cultural, sino humana en los-términos Riesgo y desgracia de las ciudades históricas más generales, que podría conducirnos a una verdadera catástrofe, equivalente a im. crimen de lesa humanidad. Podría la humanidad avanzar por la vía del desarrollo tecnológico, pero caeríamos en la barbarie mecanicista que obturaría las fuentes de la vida espiritual, cada vez más amenazadas pero cada vez también más necesarias para el equilibrio psíquico de un hombre sometido a los excesos del maquinismo. Por lo tanto, la defensa del patrimonio cultural de la humanidad es algo inexcusable y si para salvarlo hay a veces que apelar a procedimientos un tanto artificiales, es el tributo que hay que pagar para lograr un equilibrio que hoy por hoy no acertamos a conseguir de una manera más suave y espontánea. Los caracteres diferenciales de este patrimonio cultural, es decir, los caracteres castizos, los más amenazados, son los que exigen un tratamiento más delicado. Entre éstos puede contarse la preservación del legado lingüístico, lenguas muertas, lenguas en desuso, formas dialectales, etc. Es evidente que el proceso universalizador y nivelador del mundo moderno, unido al sentido pragmático, va reduciendo los idiomas a un instrumento funcional con dominio de los más extendidos, más ñexibles y más próximos al lenguaje técnico. Entonces el pez grande se come al chico y unos idiomas mamouth lo acaparan todo. Si no existiera el antídoto de la conciencia historicista, el legado lingüístico se empobrecería de una manera alarmante. Por eso filólogos, lingüistas, folkloristas, se esfuerzan en mantener lenguajes que apenas tienen cabida en la vida práctica pero que son un testimonio cultural de primer orden. ¿Quién se atrevería, por ejemplo, a sostener que no vale la pena mantener el idioma vascuence? Pues lo mismo sucede con la arquitectura típica regional, que es necesario conservar por las mismas razones. Entre otras cosas porque la arquitectura es fundamentalmente un lenguaje cultural con independencia de su valor utilitario. La arquitectura regional es una de las manifestaciones del lenguaje de la región y, desde luego, de las más valiosa, pero por todo lo que decimos de las más amenazadas. Contra esta amenaza no existe más antídoto que el sentimiento historicista, la conciencia del valor del patrimonio histórico. Ahora bien, ¿quiénes tienen esta conciencia? Justo es decir que en los países in-fradesarroUados culturalmente, sólo muy escasas minorías. La gran mayoría, activa o silenciosa, carece de ella. Ni las autoridades que tienen en su mano el poder de decisión, ni las clases que detentan el económico, ni la masa neutra que se deja conducir por el ejemplo que encuentra más extendido poseen esta conciencia. Sólo muy escasas minorías que aumentan conforme aumenta el grado de desarrollo cul-530 Fernando Chueca Goitia tural del país, que a su vez es consecuencia de un proceso civilizador más exigente. La tabla de valores de los pueblos es muy distinta y se da el caso que determinados valores que habían perdido toda significación para los naturales de un país, tienen que ser descubiertos por otros pueblos culturalmente invasores. Por ejemplo, la labor civilizadora que se llevó a cabo en Marruecos hizo por la valoración, defensa y protección del legado cultural islámico lo que nunca hubieran hecho los naturales que, psicológicamente, sentían el complejo de imitar lo europeo despreciando lo propio. Un caso curioso se presenta por ejemplo, en nuestra Costa del Sol, donde se da, paralelamente, un fenómeno de destrucción y de reconstrucción del ambiente. Por un lado la presión económica que lleva consigo el boom turístico produce una construcción en gran escala, hoteles, bloques de apartamentos, residencias, que desfiguran notablemente el ambiente y atentan sobre todo a su fisonomía, pero por otro lado pueblecitos andaluces de arquitectura típica son objeto de una nueva atención y valoración que no se debe a un movimiento defensivo de los naturales del país en lucha contra la invasión, sino a los propios invasores, que, prendados del hechizo de estos encantadores pueblos andaluces, los miman y los cuidan, valorando lo que los naturales no aprecian por faltarles un nivel cultural y una sensibilidad estética. Son, pues, las élites invasoras las que provocan este fenómeno. En términos generales se puede decir que los naturales de una región o de una ciudad histórica suelen ser sus peores enemigos, salvo en los raros casos en que estos naturales alcancen un alto grado de ilustración. El refrán de fuera vendrá quien de casa te echará se puede completar con este otro: de fuera vendrá quien tu casa cuidará. En realidad el mecanismo es bastante simple: primero, el nativo no aprecia lo que tiene delante de sus ojos, porque lo ha visto desde siempre, porque le faltan elementos de contraste para valorarlo y sentir su específico carácter; en segundo lugar, no lo mira como un espectáculo sino que lo soporta y asocia su imagen a sus penalidades e incomodidades. Por lo tanto, la imagen le es más bien ingrata e intentan evadirse de ella. Podemos decir que mucha de la arquitectura que se hace en aldeas, pueblos o pequeñas ciudades tradicionales imitando la arquitectura urbana es en realidad una arquitectura de evasión en la que el lugareño aspira a crear un ideal que le libere de su terruño. Cuando este lugareño ha hecho fortuna o, como ahora se dice, ha tenido una promoción social, el caso es todavía más grave, porque en la casa que se hace en el pueblo o en el edificio de altura con que quiere aumentar sus ganancias y épater a sus convecinos Riesgo y desgracia de las ciudades históricas siempre busca disonar del medio, para hacerse notar y para demostrar, con un signo de prestigio, su liberación del marco tradicional que significaba su anterior condición de sometido. Los humildes encumbrados que reniegan de sus orígenes o los ocultan cuidadosamente para instalarse mejor en su nueva condición, actuarán así en todo aquello que pueda ser manifestación propia. Su casa, los edificios que promueven, las reformas urbanas que puedan ejecutar, si son autoridades, llevarán este sello evasivo, síntoma de un peculiar estado psicológico. De todo ello hemos tenido abundantes pruebas en nuestra larga vida de arquitecto, de restaurador de conjuntos históricos y de observador de la vida local. Contra estos factores psicológicos no hay más que una manera de luchar: uniendo a esa promoción social una promoción cultural, capaz de hacerles variar su propia tabla de valores, hasta que sean ellos mismos los que entiendan de una manera diferente los signos de prestigio. Mientras esto no suceda las sociedades locales serán siempre enemigas de la arquitectura típica regional que les recuerda su pasado y partidarias de una arquitectura de evasión. A las personas pudientes de Cuenca, ponemos por caso, nunca se les hubiera ocurrido reconstruir viejas y evocadoras casonas del caso viejo de la ciudad, prefiriendo con mucho vivir en lujosos -o pretenciosamente lujosos-pisos del ensanche, en casas con portal de mármol y ascensor automático. Signo de prestigio para ellos mucho más evidente que el de mantener las viejas casonas. Sin embargo, ha venido una minoría del exterior, una élite, en este caso especialmente sensibilizada, que ha adquirido casas viejas llenas de carácter y las ha convertido en residencias y estudios de un gusto admirable. Me refiero al grupo de pintores que en Cuenca han creado una pequeña colonia de artistas en torno al Museo de Arte Abstracto. Y en este caso no puede decirse que se trata de personas retrógradas que no pertenecen a la vanguardia artística de nuestros días y han sido los audaces exploradores de nuevas tendencias plásticas. No es, por lo tanto, un caso de progresismo o de reaccionarismo, sino un problema de sensibilidad y de educación. Mientras esta sensibilidad y educación no se desarrollen, el legado de nuestra arquitectura castiza está en peligro. La tercera amenaza que sufre la arquitectura típica regional reside en la dificultad de mantener su esencial folklorismo. Esta arquitectura, ya lo hemos dicho, dimana de la sabiduría popular, del saber del pueblo, es su obra legítima y naturalmente colectiva. Pero hoy la arquitectura ya no es obra del pueblo, lo es de unos facultativos de grado superior o de grado medio que han sido formados al margen de la sociedad 531 Fernando Chueca Goitia 532 campesina, en centros urbanos importantes. En la tensión que se produce entre las sociedades de un medio no urbanizado y otro urbanizado siempre vence, cada vez más, la sociedad urbana, hasta el punto que ya apenas existe lo que los anglosajones llaman folk-society, si no es reducido a ciertas tribus aisladas objeto de estudio para los antropólogos. Sin embargo, en la sociedad campesina del período prerrevolucionario-industrial se mantenían muchos aspectos de la folk-society, según Robert Redfield, es una sociedad primaria, aislada, es decir, cerrada en sí misma, inmovilista, organizada dentro de un sistema de costumbres (que los antropólogos llaman «cultura»), iletrada, o sea carente de saber libresco y cuyos conocimientos se transmiten por tradición oral y basada fundamentalmente en un orden moral, en ningún caso técnico, administrativo o económico. Es indiscutible que una villa castellana anterior a la Revolución Industrial no era estrictamente una folk-society como puede serlo una tribu australiana o una comunidad de indios papago de Arizona; pero no obstante quedaban en ella, aunque más diluidos, muchos de los caracteres de la fold-society ideal que hemos apuntado antes. Muchos aspectos de la «cultura» de estas villas o pueblos castellanos tenían ese sentido tradicional, mantenido bajo un orden moral y transmitido por una tradición oral. Un aspecto de esta cultura no despreciable, antes bien muy destacado, fue el de la arquitectura, que como lenguaje expresivo de un pueblo es tan importante como el romancero, el baile y la música populares. Toda esa arquitectura propia, la que ahora llamamos arquitectura típica regional, se produce desde la misma entraña que otros aspectos del folklore encarna, como diría Manuel Bartolomé Cassio, «los últimos y más hondos elementos, aquellos datos primitivos del alma de la multitud, que por esto se llaman naturales». Toda esta arquitectura típica regional no era producto de una cultura erudita y menos libresca; era, por el contrario, consecuencia de una actividad empírica basada en la razón natural, como ha dicho Torres Balbás: «El pueblo construye todo empíricamente trabajando directamente el material, sin corrección posible, sin plano, sin premeditación de concepto». La razón natural hace que esta arquitectura quede profundamente unida al suelo, al clima y al paisaje como un verdadero precipitado geográfico. Leoncio Urabayen, que estudió la arquitectura popular navarra, la considera resultado de una transformación en la que el suelo proporciona la primera materia, el hombre la actividad transformadora, y la necesidad, el motor que pone en contacto ambos elementos. Suelo, costumbres y necesidad significaban la dependencia inmediata del me-Riesgo y desgracia de las ciudades históricas dio, que era monarca absoluto antes de que la incidencia de la sociedad urbana, con su cultura abstracta y libresca, incidiera avasalladoramente en él desarticulándolo totalmente. En una maravillosa villa monumental amurallada, cuyo nombre no hace ahora al caso, me ha tocado intervenir restaurando algunos de sus monumentos más notables y vigilando con no poco esfuerzo y diplomacia la preservación de su caserío típico, pues se trata de una localidad declarada conjunto histórico-artístico. En sus apretadas calles de piedra oscura patinada por los años, habían empezado a surgir aquí y allá, como gritos estridentes, fachaditas de ladrillo de un rojo agrio, voladizos de hormigón, revestimientos cerámicos, gresites, carpinterías cromadas y todo el elenco de signos demostrativos de im.a cultura urbana, claro está de la más baja calidad. Con ansias de modernización se derribaban viejas fachadas de piedra y se sustituían por esta deleznable pacotilla. Propietarios y constructores hacían gala al unísono de su capacidad para liberarse de la tiranía del medio e iban del brazo tan contentos. Psicológicamente ese afán de liberación ya hemos dicho la fuerza que adquiere entre las personas simples y un poco vanidosas. El apólogo de la lámpara de Aladino se viene repitiendo al coirer de los siglos y todos conocemos las historias de los salvajes que trocaban fabulosas riquezas por algunas chucherías y espejuelos que les ofrecían avisados y voraces traficantes del mundo civilizado. Como desgraciadamente suele pasar, en esto como en tantas cosas se toma el rábano por las hojas y en lugar de mejorar las condiciones reales de vida y de tomar de la civilización aquello que es efectivo y deseable, salubridad, instalaciones, confort, se toman los más triviales signos externos sin que por otro lado mejore lo que substancialmente debía mejorar. Como decimos, esta mentalidad empezaba % hacer su mella en el noble continente de una villa ejemplar que había llegado hasta nosotros casi intacta. Empecé a predicar pacientemente tratando de provocar el orgullo de los vecinos por ser depositarios de unas bellezas artísticas que los de fuera venían a admirar y que eran en realidad obra suya, de sus progenitores, y de ellos mismos si las sabían conservar, mantener y acrecentar con el debido gusto. Pero también he observado que en el lugareño o en el ciudadano de ciudades vetustas se suele dar un curioso desdoblamiento de la personalidad. Esto lo he visto muy claramente en Toledo y sin duda se producirá en Segovia y en tantos otros lugares similares cuya psicología conozco menos. Este desdoblamiento consiste en que conviven en la misma persona, sin que ella se dé cuenta de su contradicción. Fernando Chueca Goitia el orgullo de las glorias históricas y artísticas y el disgusto, yo diría casi náusea a veces, que estos mismos testimonios le producen. Un toledano puede a la vez sentir el orgullo de su catedral, de sus misteriosas callejuelas y del tesoro que le dejaron los pinceles del Greco sin que por ello se sienta vinculado en su raíz última a lo mismo de que pregona ufano y no ponga pasión en defenderlo cuando de veras se atenta contra ello, antes bien se sienta liberado en su condición de hombre moderno. La psicología actual del habitante de las llamadas ciudades históricas valdría la pena estudiarse. La mayoría sienten un complejo de prisioneros, de estar algo así como encerrados en la jaula de la Historia; de ser un poco objeto de museo. Lo comprendemos, pero en el fondo esta especie de esquizofrenia, de ruptura mental, no es más que un estado de enfermedad que es preciso superar y que consideramos fácil de superar en una sociedad evolucionada y culta. Lo que sucede es que esa aparente incompatibilidad cuando se logra una síntesis orgánica entre el ayer y el hoy, cosa que no pertenece al plano de la utopía ya que se ha logrado en muchas ocasiones, con evidente fortuna. No creemos que ningún ciudadano de Amsterdam sienta el complejo de prisionero de la Historia, ni de fósil museable porque su ciudad sea una de las más bellas del mundo y se conserve con la delicadeza que se conserva. No ha necesitado romper el pasado para haber avanzado como el que más en el campo de la arquitectura y del urbanismo dentro, además, de su misma y extraordinaria unidad. Pero en fin, de digresión en digresión nos alejamos de la villa amurallada donde había que imponer, por la persuasión, más que por las leyes, criterios que defendieran la arquitectura típica. Tuve la fortuna de encontrar cuando menos lo pensaba un hombre que desde entonces fue mi brazo derecho. Era un constructor modesto y me pidió licencia para llevar a cabo algunas reformas y obras pequeñas que tuvieron el placet de Bellas Artes. De una manera sencilla le fui exponiendo mis ideas y él, con un talento natural nada vulgar, lo fue asimilando todo con la mayor naturalidad, porque no había nada más que abrir los ojos para darse cuenta que lo que se le pedía no estaba ni en mis deseos ni en mis opiniones, sino en la realidad que tenía ante sus ojos y en lo que allí se venía haciendo desde siempre. Todo iba, pues, sobre ruedas, pues las modestas construcciones o reformas que allí se hacían, o eran obra suya, o a mi requerimiento las vigilaba y orientaba. Cuando algunas personas querían emprender alguna construcción sin saber cómo hacerlo, yo le dirigía hacia esta persona diciéndole: »E1 le aconsejará, pues conoce perfectamente lo que conviene hacer y en caso de duda está en relación conmigo». Pero pronto intervino una Delegación del Colegio de Arquitectos y presentó ante el Municipio y ante mí mismo razonada queja porque a este constructor no le asistía ningún título profesional para llevar a cabo aquellos trabajos. Les dije que tenían razón pero que dado lo insignificante de la mayoría de las obras y su probada práctica podría transigirse. De todas maneras las cosas se complicaron y a partir de entonces los planos firmados por arquitectos me dieron no pocos quebraderos de cabeza. Eran planos de estudio profesional y venían de la ciudad. No se adaptaban ni al carácter ni al espíritu de la añosa villa, todos tenían pretensiones y formalismos que no hacían al caso. Aquí tenemos un caso claro de tensión entre dos mundos, el local, el de la sabiduría y buen sentido populares, y el urbano, técnico y profesional, que la sociedad actual impone. La arquitectura típica regional no puede, por lo tanto, mantener su esencial folklorismo, se ve amenazada por la sociedad urbana y sus estructuras administrativas y tecnológicas. Por lo tanto, vano sueño pretender que unos albañiles, unos maestros de obra modestos y sin pretensiones sigan ejerciendo el papel que jugaron en otros tiempos. La experiencia que acabo de relatar es lo bastante contundente para desengañarnos. Hay que buscar la solución por otros caminos. Ya que no podemos resucitar el alarife de antaño, no tenemos más remedio que dar un rodeo y desandar el camino, es decir, volver al alarife desde el arquitecto, en otras palabras, pasando por el arquitecto. No es cosa fácil porque la ingenuidad, naturalidad y despersonalización del maestro de otros tiempos contravienen a la formación o deformación profesional del técnico. La sabiduría popular de aquél sólo obedecía a las condiciones del suelo; a la conservación de unas normas tradicionales(no aprendidas en los libros sino por transmisión directa y por impregnación reiterada dentro de un medio recluso) y al servicio de una necesidad no alterada por el capricho pasajero de las modas. Exactamente todo lo contrario que mueve al técnico de nuestra sociedad urbanizada. Un técnico que no pisa el suelo, paisaje, clima, materiales, geografía en suma; que trabaja en el utópico (es decir, sin lugar concreto) tablero de dibujo de un estudio profesional; que todo lo aprende a través de la letra impresa y del peligroso vehículo de las revistas de arquitectura que son como el escaparate de una ferie de vanidades donde hay que destacar a toda costa; un técnico que diciéndose servidor de la función (nuestro tan cacareado funcionalismo) sacrifica la función y la necesidad casi siempre al capricho, al viento que corre por las cimas de la creación arquitectónica donde sopla el más desenfrenado egocentrismo. Amenazada la arquitectura típica regional en su tipismo, es decir, en su tipología y norma; en su casticismo o regionalismo, destruidos por la confusión de las lenguas y el internacionalismo, y en su folklorismo, al sustituirse la sabiduría popular colectiva por el profesionalismo individualista, hemos visto a través de nuestro discurso la enorme cantidad de factores psicológicos que intervienen en el desencadenamiento de unos hechos, al parecer fatales e irreversibles. Pensando así, al final, el pesimismo nos embarga, pesimismo, ante las múltiples amenazas que acechan a esta arquitectura, que tanto nos seduce con su entrañable lenguaje, que es íntima confesión de nuestra raza y espejo de nuestra historia o mejor de nuestra intrahistoria, como diría Unamuno, y nuestro balance último sería francamente negativo. Pero no queremos reducirnos a entonar un fúnebre réquiem y, como el piloto a punto de caer en picado, queremos con un golpe de timón remontar el vuelo con alegre esperanza. Mientras analizábamos la situación critica por la que pasa esta arquitectura mucho más difícil de conservar que los grandes monumentos, íbamos a la vez apuntando soluciones al mal -al menos las que a nosotros nos parecían-de tal manera que no nos conformábamos con el pesimismo del diagnóstico sin exponer al lado la solución del remedio. En último término estos remedios se reducen a uno, lo mismo que los Mandamientos del Decálogo se reducen a dos; a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En nuestro caso es un problema de cultura, de ilustración; en suma, de educación de las masas, educación de las clases dirigentes, educación de los técnicos. Todo esto es muy fácil de decir -objetarán algunos-porque las extremas generalizaciones a fuerza de amplitud se desvanecen y no sirven para alumbrar caminos. Tampoco quiero que se me tilde de vago y generalizador y para salvar este escollo quiero proponerles a ustedes, siempre en la línea de m^i discurso y a un riesgo de repetirme, algunos de estos remedios un poco más concretos. En primer lugar siempre que queramos intervenir dentro de un medio arquitectónico impregnado de carácter y donde la personalidad típica sea muy acusada tenemos que volver a la norma, al tipo y, no nos asustemos, al «estándar», si es preciso. Tenemos que construir con unos módulos de extremada sencillez y harán menos daño en un medio de este tipo unas viviendas prefabricadas de volúmenes y superficies simplicísimas que las caprichosas y volubles con las que queremos dejar un falso sello de contemporaneidad. Yo ilustraría lo que digo poniendo frente a frente la estética de la casa de peón caminero frente a la estética del chalé. La estética casa-Riesgo y desgracia de las ciudades históricas de-peón-caminero es una lección de buen sentido y humildad. (No sé si por eso las han hecho desaparecer todas, como si nos molestaran por su misma pureza planteándonos un caso de conciencia). La estética del chalé es en cambio algo abominable, la peor expresión de una vanidad burguesa de quiero y no puedo. Hoy prevalece la estética del chalé, cuanto más torturado mejor, cuanto más chillón y estentóreo mejor. También se trata en este caso de unos factores psicológicos de una sociedad en ascenso que quiere imitar al standing de las clases altas. Si hoy a un miembro de esta sociedad en ascenso se le proyecta para casa fin de semana, una casa de peón ingeniará para acumular tejaditos que no coinciden, que van cada cual para su lado sin orden de concierto y toda clase de extravagancias que satisfagan la petulante vanidad de su cliente. Si nos fijamos en la composición volumétrica de un pueblo de Castilla veremos que se compone de una suma de elementos muy simples en sí. Casas unidas por las medianería con tejado a dos aguas, unas vertiendo a la calle, otras al corral o patio trasero, cuando no a una calle posterior. Pueden ser una serie de casas de peón caminero (en general más profundas y estrechas) pegadas unas a otras. Bastan leves variaciones en las alturas de los aleros y en el diseño de los mismos para que se produzca una graciosa variedad en la uniformidad. Ahora bien, soldemos una serie de chalés, que es más o menos lo que parece que nos gusta y desembocaremos en la catástrofe estética, además de incurrir en muchos problemas de carácter práctico que las soluciones lógicas y naturales resuelven. Todo esto sucede porque hemos perdido el sentido de la norma, la sencillez tipológica. En segundo lugar tenemos que salvar el regionalismo, sin que nos asuste la palabra. Un gran arquitecto alemán, hoy un poco olvidado porque no formó parte de la Bauhaus y porque éstos acapararon el primer plaiio de la posguerra por haber sido perseguidos por el nacismo, Heinrich Tessenow, solía decir que todo estilo emana del pueblo, que el internacionalismo no puede producir ninguna cultura verdadera. Y que conste que Tessenow no tenía nada de arqueoligizante ni menos de pastichista, sino que pertenecía a la línea más exigente y depurada del movimiento moderno. Pero una de sus máximas, acaso no suene hoy muy amablemente a los oídos de las nuevas generaciones de arquitectos. En arquitectura para Tessenow, lo esencial era hacer lo menos posible. Hombres, ideas como las de este arquitecto son las que nos hacen falta para recuperar el estado de pureza con el que hay que acercarse a la arquitectura regional. Al linaje de Tessenow pertenecía nuestro Carlos Arniches Moltó, un arquitecto delicado y sensible que comprendió el espíritu popular sin adularlo, viendo lo castizo en su esencia y en su pureza. Hoy, José Luis Fernández del Amo ha logrado también acercarse a este ideal. Casticismo sin ramplonería es lo que pedimos, sin entrar ahora a juzgar si el internacionalismo es o no malsano para la creación artística en general. Nosotros ahora nos ocupamos de una cosa distinta y que no es otra sino de la manera de preservar el ambiente típico regional y de intervenir en él sin violentarlo y sin adularlo con copias ramplonas. Hoy en día intervenimos en este ambiente violentándolo de dos maneras a cual más perjudicial: trasladando a su escenario los productos de un internacionalismo sin raíces, originado en el medio descastado de la gran ciudad o adulándolo chabacanamente y realizando una arquitectura costumbrista del peor estilo. Ni lo uno, ni lo otro. Lo que pedimos es un estado de pureza, y como decía Tessenow hacer lo menos posible, que en el fondo es lo que hicieron los maestros anónimos que edificaron nuestros inconfundibles pueblos y villas del pasado. Pedimos también que no caigamos en esta babel arquitectónica, en esta confusión de lenguas que constituye el galimatías lingüístico en el que nos movemos. Ni esperantismo uniforme y vacuo que anule todo carácter, ni babelismo confusionario que mezcle todas las cosas. No olvidemos que la arquitectura es un lenguaje y que lo mismo que debemos defender con cautela la pureza del castellano, del catalán, del gallego o del éusquera para no convertirlos en un galimatías de extranjerismos o neologismos, tampoco debemos manchar el lenguaje arquitectónico regional con términos espúreos. Es el verdadero problema al que nos referimos cuando hablamos de casticismo. Lo primero que debe hacer el arquitecto que tiene que intervenir en un medio regional es aprender el idioma de la región. Para aprender un idioma lo que tenemos que hacer es leer y leer buena prosa, para aprender el idioma arquitectónico lo que tenemos que hacer es mirar y mirar sabiendo captar las esencias, los invariantes, las constantes que repetidas dan como precipitado el carácter regional. En tercer lugar volvamos de nuevo al folklorismo de la arquitectura regional para ver los problemas que esto nos plantea y sus posibles remedios. Decimos que una arquitectura es folklórica en el buen sentido de la palabra cuando es consecuencia del sabor del pueblo. En tiempos lejanos casi toda la arquitectura era consecuencia del saber del pueblo. En muy pocos casos la arquitectura era obra de eruditos, de humanistas, de gentes cultivadas o letradas. Esto vino con el Renacimiento para luego descender otra vez hacia la artesanía y por último con la Ilus-Riesgo y desgracia de las ciudades históricas tración y las Academias empezar de nuevo a salir de las manos del pueblo. Así como en los siglos pasados el inmenso porcentaje de la población humana lo constituía la población agraria y el ínfimo la urbana, así casi toda la arquitectura era de raíz popular y en muy pequeña escala cortesana. Hoy en día va desapareciendo la población agraria y con ella la vieja cultura campesina anegada por la invasión ciudadana que no sólo es mayoritaria sino que no encuentra resistencia en el agro, que ha capitulado de antemano ante los modelos urbanos. Ya no podemos pretender que la arquitectura típica regional sea una planta cultivada por el pueblo artesano, ya ni nuestra legislación lo permite. Tenemos que recurrir a procesos antinaturales. La arquitectura del ambiente típico ya no puede ser hija de sus padres, que nos hemos propuesto esterilizar y debemos mantener la especie por inseminación artificial. Tenemos que repetir el acto biológico y natural en el proceso de laboratorio y esto que hasta cierto punto parece monstruoso puede, sin embargo, dentro de determinados límites, ser aceptable. Es decir, podemos aprender la lección del pueblo, cuando el pueblo era un agente creador activo -que hoy no lo esy aprendida esta lección lograr para nuestra obra algunas de sus indiscutibles virtudes. Uno de los rasgos de aquella arquitectura del pueblo y para el pueblo residía en el recto uso de los materiales y en el enorme valor caracterológico que estos materiales la otorgaban. Lo mismo que no era indiferente a su geografía, a su climatología, a sus necesidades tradicionales, no era nunca indiferente a sus materiales y en gran medida eran éstos los que la caracterizaban, porque no eran escogidos al azar sino determinados por la realidad y la fuerza del medio. Tres son los materiales empleados para la construcción de las viviendas castellanas: el barro sin cocer en forma de tapial o tapiería o en forma de adobes, el ladrillo y la manipostería. Con estos materiales se conjuga más bien como elemento auxiliar la madera, que en ocasiones esconde tímida su actividad y en otras, más ufana, impone su presencia en balconadas, galerías o aleros, nunca tan prominentes y labrados como los norteños. El tapial y el adobe se emplean sobre todo en la llanura desnuda y arcillosa de la Tierra de Campos, en los páramos leoneses, en las tierras llanas producidas por la erosión de los cerros del mioceno. En la región arenosa del sur de Castilla, tierras sueltas del pinar y del vino, se usa el ladrillo combinado a veces con un hormigón formado por pequeñas piedras de río. Gran parte de las provincias de Segovia y Avila, llegando por el norte a Sepúlveda, Cuéllar, Tordesillas y Nava del Rey, entran dentro de esta región. La manipostería se usa sobre todo en los bordes de mesetas y páramos, en los que las aguas han dejado al descubierto afloramientos calizos y junto a las sierras que limitan la gran meseta castellana. La madera, como hemos dicho, es ingrediente auxiliar en casi toda la arquitectura típica castellana. Los pisos superiores solían hacerse de entramados más ligeros y resistentes, mientras que los bajos eran de manipostería o tapial en fuertes espesores. Los entramados eran pobres y por eso generalmente se ocultaban (en Segovia con la elegante solución del esgrafiado), saliendo sólo a la superficie las cabezas de las vigas de los pisos, de mejor madera, sobre todo cuando éstos volaban unos sobre otros. Muchas veces estas cabezas se recortaban con perfiles mudejares, índice de la influencia hispano-morisca. La madera en algunos casos abandonaba su humilde papel de sirvienta y salía a la luz como protagonista. Es el caso de las casas con grandes balcones volados y solanas de la serranía central, el de las casa de Riaza o Ayllón, de las de tierras de pinares de Soria y Burgos, en torno a la sierra de Urbión, de las de la vera y el valle del Tiétar, casas que llegan hasta Portugal por las estribaciones de las sierras de Francia y Gata. Con indudable humildad y restricción, tanto en los materiales como en las formas, la arquitectura típica castellana está llena de matices e inflexiones que no podemos ni mucho menos detallar aquí. Lo que queremos significar es que ese recto uso de los materiales del que nos dio tan excelentes ejemplos la sabiduría popular no tiene por qué perderse del todo. Los pesimistas nos dirán que ya no se puede luchar con los materiales modernos, con los productos de la industria que lo avasallan todo, que intentarlo es como un vano empeño de volver a la Edad Media y trocar nuestros trajes de naylon por las pesadas armaduras. Pero salvo que en la Edad Media casi nadie, más que algunos magnates, llevaban armadura, la distancia entre un tejido de estameña bien arcaico y uno de los nuestros no es tan grande como parece. Pues lo mismo pasa con los materiales. No nos rasguemos las vestiduras, hoy seguimos construyendo con ladrillo, con mampostería y con hormigones como en tiempos de los romanos y donde se ha producido realmente un mayor cambio es en las estructuras, con el hierro y el hormigón armado y en los elementos que afectan a los mecanismo de la construcción más que la construcción misma. Pero ni la arquitectura del medio rural ni la de la pequeña ciudad requieren alardes estructurales ni mecanismos complicados. Por eso los materiales tradicionales siguen siendo válidos y el contravenirlos es muchas veces más afán de novedad que otra cosa. En determinados medios es más Riesgo y desgracia de las ciudades históricas fácil, hacedero y económico construir more tradicional que imponer por capricho los materiales que exige un tipo de construcción de alto nivel técnico. Económicamente el porvenir puede conducirnos a la prefabricación, pero ésta sólo es viable en gran escala y aunque fuera penetrando en el medio rural o semiurbanizado, como ya hemos dicho, su impacto no nos asustaría. La sencillez de los modelos que impone la prefabricación, antes bien, podrían salvar a nuestra arquitectura de rango modesto de la anarquía que la amenaza. Por lo tanto, los tan traídos y llevados materiales modernos (hago exclusión de un agente especialmente nocivo y tentador, la cubierta de fibrocemento, la uralita) no son una amenaza en sí, la amenaza reside en el mal gusto y en la inconveniencia de su empleo que muchas veces parte de unos motivos que nada tienen que ver con la lógica y con la economía, y sí en cambio, aunque parezca extraño, con la psicología de las sociedades en un momento de transformaciones tan grandes como el que estamos presenciando. El pueblo, que antes era depositario de un gusto innato natural y sencillo, ahora, al perder sus tradiciones y secular idiosincrasia, se ha convertido en un agente destructor de lo que él mismo, pacientemente y casi sin saberlo edificó. Es que no es el pueblo que era y en vez de continuar repudia a sus antepasados en los que no ve más que la imagen de un pasado de esclavitud. Por eso son las minorías cultas e ilustradas las que deben recoger amorosamente esa esencia abandonada y hacerla fructificar si aún es tiempo antes de que una ola de incomprensión y estulticia lo arrase todo. En estas desordenadas notas he tratado de discurrir sobre los problemas que atañen a las ciudades en general y a las llamadas históricas en particular. Hemos querido destacar el valor eminente que representan las ciudades en el campo de la historia y como son un verdadero archivo de la misma. Pero lo fundamental ha sido discurrir sobre los muchos factores que las amenazan en su carácter y su belleza que en algunos casos son extraordinarios. Somos conscientes de que las ciudades son seres vivos y que se transforman constantemente. De lo contrario serían fósiles arqueológicos. Pero el hecho de ser organismos vivos, no quiere decir que tengan que crecer negándose así mismos, sino, por el contrario, afirmándose en su propia personalidad y belleza. Siempre tengo in mente una ciudad europea, como Amsterdan, una Venecia nórdica en sus canales, que siempre ha crecido con orden, elegancia y modernidad sin negarse a sí misma. Sabemos que esto no es fácil y que requiere un alto grado de cultura, una población formada y educada desde su cuna y unas autoridades rectoras verdaderamente ilustradas. Pero esto no se da en todas las latitudes ni es fruto de todos los árboles. Y ya que hablamos de árboles tomemos ejemplo de ellos, de como se desarrollan y crecen. El árbol, débil retoño en su nacimiento va creciendo y desarrollándose, engorda y fortifica su tronco, amplia su ramaje y desarrolla su copa, y tanto gana en grandeza como en belleza sin dejar nunca de ser lo que es. Un buen ejemplo metafórico para ilustrar el crecimiento de nuestras ciudades.
Aquella primavera se había adelantado. Suele ocurrir con frecuencia en Toledo. Una mañana, mi madre gritó: «Ya están aquí». Me asomé al patio y vi las golondrinas ocupando su nido como todos los años. Yo me pregunté: «¿serán las mismas?». Mi padre me había dicho que sí; que él las había visto en el otoño mirar atrás cuando se fueron para despedirse y para poder recordar dónde quedaba su casa. Yo me sentí inquieto. Pues, ¿no era nuestra aquella casa? Me pasé la mañana pensándolo; y la tarde; y al acostarme aquella noche no me lo pude quitar de la cabeza. ¿Era nuestra aquella casa? ¿O era de las golondrinas que llevarían sabe Dios cuántos siglos habitándola de primavera a otoño? ¿O era tal vez de los siglos que la habían visto ocupar por golondrinas y hombres desde su construcción? Siembro con esto la duda de las propiedades, pero no de las responsabilidades que, evidentemente, son sólo de los hombres. Un día hice averiguaciones sobre los anteriores propietarios y, tras otear antiguas escrituras, sólo pude llegar hasta aquel viejo músicosacristán, don Justo, que hacía como hobby órganos cuyas trompetas eran cañas soldadas con cera, y sus fuelles, ¡ay!, hojas de cantorales de pergamino. Y, todos aquellos propietarios, incluidos mis padres, ¿no habrían sido sólo usufructuarios como las golondrinas? Y extendí mi descabellada idea a todas las casas y los vecinos de la vieja ciudad heredada de generación en generación desde hacía cientos de años. Golondrinas y hombres incidiendo en el tiempo de las ciudades milenarias. Las golondrinas, aportando en su pico las pequeñas porciones de barro para consolidar sus nidos cada año; los hombres, aportando también sus barros a la adaptación de sus casas a sus épocas 544 Félix del Valle Díaz y a sus necesidades. Un puritano se quejaría de estas adaptaciones que han hecho borrar huellas relacionadas con la historia de la humanidad: del «agua va» a los retretes de taza turca con pozos negros y a los inodoros con atarjeas generales. De las cuadras en los bajos del edificio, a los garajes. De las cocinas de leña en el suelo, a las de carbón, petróleo, gas, electricidad... Transformaciones, digo, de las que puede que un puritano se quejara, pero que han venido conservando las casas y los nidos, propiciando su ocupación a través de los siglos. Con esto no me declaro a favor de las transformaciones, tan sólo de las necesarias en los interiores para el desarrollo de la vida de sus moradores, que son los que las mantienen en pie, respetando todo lo posible en lo externo el aspecto de estas viejas urbes. Calles estrechas, torcidas y empinadas, cuyos trazados no podían sospechar la llegada del automóvil, fachadas con huellas romanas, visigodas, árabes, góticas... tampoco pensadas para soportar colgaduras de cables eléctricos o telefónicos, antenas o acondicionadores de aire. Las necesidades del hombre van cambiando y creciendo a gran velocidad. No es nada fácil adaptar una ciudad milenaria a las necesidades que al hombre le crecen cada día sin romper algo de ella. Por eso no es fácil vivir en una vieja ciudad. Sus habitantes han de soportar toda suerte de incomodidades: vías estrechas por muchas de las cuales no pueden pasar los coches; este elemento que se ha hecho imprescindible en nuestros días y, en las calles donde llegan, imposibilidad por respeto estético en muchos casos de abrir huecos para garajes; dificultad para la colocación de ascensores, de aires acondicionados, etc., necesidades que no les han surgido a las golondrinas. Me estremece pensar que sean las mismas cada año. No recuerdo haber visto nunca una golondrina muerta, lo que me autoriza a imaginar que podrían ser inmortales. De ser así, estas golondrinas, mis vecinas, habrían visto formarse la ciudad hoy milenaria. Y habrían conocido otras gentes: los moradores del cerro del Bú y más tarde las invasiones históricas: romanos, visigodos, árabes... y habrían conocido otros cambios: la conversión de Recaredo y sus subditos, los judíos afincados en Toledo, las intrigas del conde don Julián, la Conquista, la Reconquista... También la sustitución de la fe cristiana por la mahometana; la del derecho romano y visigodo por el derecho musulmán; la de la lengua latina por la árabe... Y la creación de los mercados semanales, el Zoco, la agrupación de oficios por calles, los gremios, sus ordenanzas...y habrían visto configurarse los barrios de la ciudad: el judío, los árabes, los mozárabes, el de los francos que trajera Alfonso VL.. Y mis golondrinas habrían Ciudades milenarias, visitarlas, conservarlas, vivirlas visto la tolerancia musulmana permitiendo a los cristianos su culto; y los recíprocos privilegios de Alfonso; y las traiciones de su propia esposa y su obispo. Cosas que, entre otras muchas ayudaron a configurar la ciudad, pues sin aquellos cambios nada estaría como hoy, ni sin aquellas tolerancias las mezquitas estarían en pie, ni las sinagogas en sus sitios, ni las iglesias. Ni sin aquellas traiciones estaría la catedral donde hoy la vemos. Esta vieja ciudad y todas las ciudades milenarias con sus comunes vivencias y problemas. Convendría aclarar antes de seguir, qué es una ciudad milenaria. Otros ya lo han explicado y muy bien. Pero habría además múltiples explicaciones más o menos románticas; aventuremos una: Una ciudad milenaria es una obra de arte hecha por el tiempo y por los hombres. Su arquitectura, a veces variopinta, ha consolidado un conjunto que siempre es linico e inimitable. Por sus recintos, las más veces amurallados, advertiremos su capacidad de defensa y ataque, su religión, su comercio, su trabajo, su descanso... Sus edificios religiosos, civiles o militares, han sido inevitablemente transformados por el poder dominante de turno, o por las necesidades o modas de las épocas que han visto pasar. Y mientras no nos hemos dado cuenta, o no hemos tenido otros remedios a mano, los hombres hemos transformado estas joyas del pasado. Lo demuestran los vestigios que suele haber, quizá como cicatrices, de todas las épocas y de todos los siglos. Yo sé que lo que voy a decir en un imposible; pero imaginen ustedes que, en Toledo, por ejemplo, pudiéramos contemplar hoy la ciudad romana con su circo completo y sus villas en las riberas del Tajo. Y que en otro lugar, sin haber destruido lo anterior, viésemos hoy la Toledo visigoda, con sus templos arríanos primero y después cristianos, y sus casas y palacios. Encontraríamos, seguro, signos de su monarquía y de sus leyes; su código de Eurico, su Fuero, su Juzgo... Aún me estremezco cuando en alguna fachada o torre diviso alguna de esas piedras visigodas salvadas con tanto acierto por los alarifes árabes o mudejares. En la fina labra de sus adornos imagino una ciudad de ensueño, muy cercana a la de un cuento de hadas. Y lo mismo me estremezco dolorido sin poder evitarlo, ante un palacio herreriano edificado sobre un palacio árabe, que ante una catedral gótica elevada en el solar de una mezquita que antes hubiera sido iglesia. Repito que no ha sido posible, pero yo quiero soñar que lo hubiera sido y que, en lugar de tener hoy un Toledo sobrepuesto sobre diversos toledos, tuviéramos varios toledos de diferentes épocas que nos pudieran mostrar sus arquitecturas y, a través de ellas, sus culturas y formas de vida. Se me podrá decir que una buena parte de la belleza de muchas de estas ciudades antiguas, es la superposición de construcciones, que presenta a nuestros ojos una gran riqueza de arquitecturas de diversos estilos y épocas. Yo contestaría lo dicho: que esto se hizo destruyendo obras anteriores y atrepellando con ello a sus autores, y que, de haber podido, habría sido bonito la convivencia de edificaciones pasadas con las que ñieron surgiendo en cada época, situadas en diferentes lugares. El único problema para ello habría sido la ocupación del suelo. Pero suelo es lo que sobraba fuera del recinto amurallado; no era por escasez por lo que no se ocupaba más, si no porque la idea de ciudad protegida por murallas llegó hasta el siglo XIX, y no se acabó de desechar definitivamente hasta las guerras del XX. Ya no tiene sentido pretender vivir todos en un recinto protegido ansiando estar a salvo del enemigo y construyendo lo necesario del momento sobre lo anterior. Ya no vemos la necesidad de vivir protegidos todos dentro de murallas. Y, al ser también más respetuosos con el pasado, hemos llegado a la mayoría de edad en este sentido. El crecimiento de nuestras ciudades milenarias no se realiza ya sobre ellas mismas. Se han creado cinturones en su entorno donde se pueden edificar las nuevas construcciones teniendo en cuenta la vida de hoy Amplias calles y avenidas que permiten el paso de los coches en dos, en cuatro o más carriles; garajes en las casas, ascensores, cocinas modernas, cuartos de baño con «jacuzzi» y esas cosas, amplios salones donde poder ver la televisión desde las distancias aconsejables, etc., etc. Ya no es necesario derribar un palacio árabe para elevar una construcción donde ubicar un ayuntamiento, ni una mezquita para elevar una catedral. Por consiguiente, no se derriban casas antiguas para hacer las nuevas. Construyendo las actuales en la periferia se ha creado una nueva ciudad. Ya no es preciso destruir arquitecturas del pasado para hacer las del presente. Yo comprendo que esto deje sin argumentos a ciertos arquitectos jóvenes ilusionados en dejar su obra en una ciudad milenaria entre las de Juan Guas, Enrique Egas, Juan de Herrera, Alonso de Covarrubias... Ilusión comparable a la que cualquier pintor joven podría tener por colgar sus obras en el Louvre, el Prado, la National Gallery... Para eso están los museos de pintura contemporánea que, además de separar épocas, dignifican las obras que en ellos se cuelgan creando los ambientes adecuados a su contemplación. Y para eso están las ciudades nuevas, o los nuevos barrios en las viejas ciudades, donde los nuevos edificios no hacen competencia a otros ni otros se la hacen a ellos. Estas son las ciudades milenarias. Configuradas, sí, con muestras de las distintas épocas que han pasado por ellas. Yo digo más bien Ciudades milenarias, visitarlas, conservarlas, vivirlas que lamentablemente configuradas con estas muestras. Pero, puesto que ello ya es inevitable, evitemos más adulteraciones y tratemos de conservar para el fiaturo las ciudades milenarias como están, al tiempo de crear barrios o ciudades de nuestra época para legarlas, también, a nuestros herederos. No se puede experimentar el mismo placer visitando una ciudad antigua sin cuidar, que cuando la visita se gira a una vieja ciudad bien cuidada. Hay muchos ejemplos en Europa de estas últimas. También algunos en España. Una ciudad milenaria debe estar siempre atendida y presentar una cara amable a quien la visita. El visitante espera encontrar una ciudad medieval como una isla o un oasis en este comienzo del siglo XXI, donde descanse su vista y su estrés de los estragos que cada día hace en su espíritu su vida cotidiana. Espera encontrar paz en sus calles sin el ruido de un claxon impertinente metiéndose en sus oídos, ni gases de tubos de escape agolpándose en sus fosas nasales. Le gustaría encontrar una señalización clara que, acorde con la estética que le rodea, le indique dónde está y adonde puede dirigirse. Le sería muy grato encontrar una adecuada iluminación que le permitiera pasear de noche la ciudad y poder contemplar destacados sus principales monumentos, dejando sólo para el recuerdo aquellos viejos refiranes de «va más seguro quien no recorre el muro», o «camina más sano quien anda por lo llano», refranes que recuerdan las recomendaciones que se hacían en la Edad Media, de caminar de noche por el centro de la calle, para evitar ser sorprendidos por salteadores apostados en oscuras esquinas o en quicios de puertas. Un visitante con paladar no espera sólo visitar los museos de la ciudad, espera encontrar también fachadas antiguas pero pulcramente ofrecidas a sus ojos, y rejas de balcones y ventanas bien forjadas y unidas a la «calda», y puertas con nobles maderas reforzadas de regia cerrajería y que, abiertas, les muestren sus patios en los que poder ver sus aljibes y pozos, y sus columnas y ménsulas y canecillos, y las cerámicas antiguas de sus zócalos, y sus bargueños y bancas y otros muebles de épocas pasadas exornándolos y, a través de todo esto, poder otear la vida de sus moradores actuales. El visitante de nuestras ciudades milenarias acude a ellas como a visitar un museo de vida que él ya no tiene. Y casi siempre todo le parece bien. Aunque haya algunos que, embriagados por ensoñaciones medievales, empiecen a sentir ciertas intransigencias al no hallar exactamente en la vieja ciudad que recorren, lo que a ellos les gustaría encontrar en las escasas horas que dura su visita. Un día conversé Félix del Valle Díaz 548 con un visitante de Toledo que se revelaba contra las transformaciones que él juzgaba innecesarias, pero que, sin embargo, formaban parte de su vida en su ciudad de procedencia. Le dolía tener que dejar paso en una calle estrecha al vehículo de un nativo que venía de trabajar; le doKa encontrar coches aparcados, aunque uno de ellos, por cierto, era el suyo. Se quejaba del tráfico rodado, y de la ropa tendida en algunas ventanas, y de los aparatos de aire acondicionado, y de las antenas, y de los cables, y se quejaba de las palomas y de sus excrementos... Parecía como si se quejara de que en la ciudad que él decía querer tanto, hubiera vida. Se trataba de un extranjero que decía ser muy amigo del entonces director general de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, al que, dijo, transmitiría sus ideas para «salvar» Toledo. Ideas que evidentemente, según él, no teníamos los toledanos. La mayoría de los visitantes son menos exigentes; comprenden que para que la ciudad que visitan se mantenga, tiene que haber gente viviéndola, poblada de sufridos o gozosos habitantes, según queramos interpretarlo. Con todo, comprendemos lo beneficioso que para los visitantes, los habitantes y las propias ciudades, sería la conjugación de los intereses de estas tres partes, en beneficio del Patrimonio de la Humanidad; siempre teniendo en cuenta que lo verdaderamente importante, es la ciudad milenaria. Sin olvidar, por supuesto, que para mantenerla en pie, le son absolutamente imprescindibles los habitantes; siéndole necesarios, también, los visitantes. Para hacer la visita agradable a éstos, habrá que procurar que puedan encontrar lo que esperan: una ciudad medieval ubicada en nuestra época. Ello tiene, como sabemos, sus inconvenientes, pues, entre otras cosas, tal vez la primera, habrá que facilitar la llegada de estos visitantes que casi siempre es en coche. Y habrá que atemperar nuestros sueños a la realidad. Si nuestro sueño fuese eliminar por completo el tráfico rodado, para conseguir la ciudad medieval perfecta, nos encontraríamos, en muchos casos, con visitantes a quienes no agradaría tener que subir andando al corazón de la metrópoli y, probablemente, no repetirían su visita ni se la recomendarían a sus amigos. Un porcentaje muy elevado de viajeros es gente de mediana edad para arriba. Viajan mucho los jóvenes, es cierto; pero nuestra población envejece más cada día, afortunadamente, debido a los avances de la Ciencia. Y cada día es más frecuente encontrar en cualquier ciudad grupos de jubilosos jubilados que la visitan. La imaginación de los ediles deberá entrar en juego buscando fórmulas por las que las viejas ciudades dejen de parecer grandes garajes o aparcamientos y, sin embargo, pueda accederse a ellas en automóviles Ciudades milenarias, visitarlas, conservarlas, vivirlas que, inteligentemente ocultos en aparcamientos no visibles, hayan podido llevar a sus ocupantes a la ciudad y queden prestos para la salida. Mi amigo, el referido viajero de aquella conversación, no debería haberse quejado de la ropa tendida en algunos balcones -escasa, por cierto, según mi posterior comprobación-, aunque comprendo sus quejas acerca de cables, antenas, acondicionadores de aire, anuncios comerciales y otros elementos, que aplazamos su mención para el capítulo siguiente reservado al mantenimiento de nuestras queridas viejas ciudades. Y se quejaba, como no, de los coches. Para aquel visitante exigente de mi relato era muy fácil salvar una ciudad milenaria. Bastaba con borrarle la vida; lo cual convertiría su ciudad «salvada» en una ciudad «muerta». De haber sido así, él no podría haber mantenido conversación alguna con un nativo, o sea, conmigo; pues abogaba por una ciudad cual pieza de museo -que no es lo mismo que una ciudad museo-sin gentes en ella; poco más que las señoras de la limpieza que la quitarían el polvo cada mañana antes de abrir sus puertas al turismo. Pero esa no es la solución. Todos sabemos que una casa deshabitada acaba hundiéndose. Como acabaría una ciudad deshabitada. Para mantener una ciudad en pie debe permanecer viva, con gentes que vigilen y observen cada día sus goteras, y sus revocos y enfoscados, y sus pavimentos, y sus males de piedra... ¡Ay!, sus males de piedra de lo que luego hablaremos, gran problema de las ciudades milenarias, algo menos fácil de resolver que reponer tejas rotas o revocar fachadas. Sabemos que estos problemas los tienen y los viven los aynntamientos de estas ciudades antiguas. Y también sus pacientes habitantes, a los que más tarde dedicaremos unas líneas. Estos a3njntamientos están obligados a ser más imaginativos que los de otras ciudades. Y más sensibles y cariñosos con lo que administran. No vamos a dudar de la sensibilidad y cariño de los componentes de cualquier otro concejo, paro habremos de reconocer todos, que a los de las ciudades antiguas les puede haber guiado un especial aprecio por las características de su vieja localidad, lo que les obliga a mantener despierto su interés y su sensibilidad en todo momento mientras dure su «mandato». Obligación y responsabilidad que debe verse acrecentada al momento de conceder licencias de obras en estos viejos recintos, teniendo siempre en cuenta la enorme importancia de su conservación. Esto de la conservación y el mantenimiento puede parecer bien mientras se trate de casas que no se han caído. Pero, se me podría increpar: ¿y cuando una casa se cae? ¿Se levantará copiando la que hubo, lo cual supondría una falsificación? ¿O se permitirá al arquitecto Félix del Valle Díaz 550 que la eleve hacer su propia obra? Si se levanta una casa completamente caída, rehaciéndola según era, corremos el riesgo de transgredir el artículo 39 punto 2 del título III de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, que dice entre otras cosas: «En el caso de bienes inmuebles, las actuaciones a que se refiere el apartado anterior irán encaminadas a su conservación, consolidación y rehabilitación y evitarán los intentos de reconstrucción, salvo cuando se utilicen partes originales de los mismos y pueda probarse su autenticidad. Si se añadiesen materiales o partes indispensables para su estabilidad o mantenimiento, las adiciones deberán ser reconocibles y evitar las confusiones miméticas». En cuanto a evitar la total ruina de una casa, las leyes actuales también son sensibles al caso; veamos si no, el punto 2 del artículo 24 del título II de la citada ley: «En ningún caso podrá precederse a la demolición de un inmueble, sin previa firmeza de la declaración de ruina y autorización de la Administración competente, que no la concederá sin informe favorable de al menos dos de las instituciones consultivas a las que se refiere el artículo 3». En cualquier caso, el punto 3 del artículo 21 de esta ley, ya aclara toda posible duda: «La conservación de los Conjuntos Históricos declarados Bienes de Interés Cultural comporta el mantenimiento de la estructura urbana y arquitectónica, así como las características generales de su ambiente. Se considerarán excepcionales las sustituciones de inmuebles, aunque sean parciales, y sólo podrán realizarse en la medida en que contribuyan a la conservación general del carácter del Conjunto. En todo caso, se mantendrán las alineaciones urbanas existentes». Está claro que el problema en este caso no es fácil de resolver. Si se reconstruye una casa según las características anteriores a su caída, se cometerá un delito de falsificación. Pero si se permite a un arquitecto crear su actual obra de forma arbitraria en el solar de la derruida, se estará adulterando la ciudad milenaria; se estará contribuyendo al cambio de su fisonomía, atentando en parte contra el Patrimonio Histórico y avanzando hacia la fecha en que, el ente administrativo que concedió a la ciudad en cuestión el título de "Ciudad Patrimonio de la Humanidad», se lo reclame por haber perdido las razones de su concesión. Como decíamos antes, habrá arquitectos que digan que una ciudad antigua está compuesta por edificaciones de épocas diversas; y que ellas conforman el conjunto que hoy se admira. Y, basándose en esto. Ciudades milenarias, visitarlas, conservarlas, vivirlas reclamen su derecho a construir en ciudades viejas, donde los arquitectos de otras épocas han construido sin encontrar impedimentos. Unas líneas más arriba he dejado mi opinión a este respecto que, como digo, no es fácil de resolver. Habría que tratar cada caso según su propia naturaleza. No creo que haya una respuesta generalizada. Yo, al menos, no me atrevería a darla. Como yo mismo me he planteado las preguntas anteriores, difíciles de responder, y, ante la imposibilidad de formular una respuesta tajante que sirva a todos los casos, trataré de salirme por la tangente lo más elegantemente posible; es decir: saliéndome del jardín sin pisar las flores, y sin quedar atrapado en su laberinto. Cuando todos estemos de acuerdo en lo ya dicho, es decir, en que una ciudad antigua es una obra de arte, bastará con tratarla como tal. Hoy todos sabemos que una obra de arte en un museo requiere cuidados especiales: temperaturas adecuadas en las salas de exhibición; humedades relativas del aire precisas a cada caso; iluminación conveniente para que los rayos ultravioleta no perjudiquen pigmentos, soportes y otras materias, etc., etc. Pero además, las piezas que hoy tenemos por obras de arte, tienen, con el beneplácito de todos, conservadores especializados, cuidadores expertos que vigilan constantemente la salud de las obras a ellos encomendadas. Ya hace mucho tiempo que una obra de arte frágil, como puede ser una pintura al óleo sobre lienzo, no se deja arruinar. Ya han pasado a la historia aquellos cuadros colgados en las iglesias que desprendían desconchones de sus superficies bellamente pintadas. Comparar aquellos recuerdos de mi época de monaguillo con el celo que hoy imponen las comisiones de arte diocesano, resulta altamente tranquilizador. Los museos están dotados de conservadores y de instrumentos que detectan la decadencia de las obras que custodian y, antes de que una obra de arte se arruine, se advierte su estado de deterioro y se detiene restaurándola. Las iglesias, que albergan una buena parte de nuestro patrimonio artístico, tienen y mantienen las mismas responsabilidades. No dispone cada templo del mismo dinero que ingresa cada museo, pero, aunque tal vez insuficientes, no les faltan ayudas estatales, regionales o locales, para cumplir la obligación de mantener, para todos, el patrimonio cultural que custodian. Cuando se tengan por obras de arte a las ciudades antiguas, cuando las ciudades milenarias sean tenidas por museos donde se exhiben monumentos, edificios y barrios que, por separado o en su conjunto se consideren con el acuerdo unánime obras de arte, se pondrán conservadores a su servicio, que vigilarán y mantendrán su vida. Arquitectos Félix del Valle Díaz 552 conservadores, especialistas en restauración de edificaciones antiguas, inspeccionarán constantemente edificios eclesiales, militares, políticos y particulares, a fin de detectar en su comienzo cualquier proceso de deterioro e impedirlo mediante la restauración oportuna y adecuada. A esto es a lo que habría que llegar para no tener que responder a mis preguntas anteriores. Hoy nadie se plantea que sobre un lienzo en el que hubo una pintura de Velazquez, pinte su obra un pintor actual. Hay lienzos vírgenes donde hacerlo. Sin embargo, sí está admitida la restauración de ese presunto lienzo de Velazquez antes de su ruina total. Seríamos más exactos si dijéramos que la restauración en estos casos, más que admitida, está exigida. Pero antes de disponer de estos conservadores inspeccionando las ciudades milenarias, habría que corregir ciertas cosas, como por ejemplo el tráfico rodado. Este es uno de los mayores problemas de las viejas ciudades. Y las razones son varias. La primera es que estas ciudades antiguas no están hechas para los coches; ni los coches para ellas, aunque llenen sus calles y plazas. El automóvil, aunque inventado a vapor en el siglo XVIH y perfeccionado con el motor de explosión en el siglo XIX, ha sido una de las grandes conquistas del XX, siendo, probablemente, la mejor herramienta que el progreso ha puesto en manos del hombre. Y alrededor de esto está el problema: no se puede ir contra el progreso; no se le puede negar al hombre -aunque viva en ima ciudad milenariasu derecho a usar herramienta tan necesaria para el desarrollo de su vida, dejándole en inferioridad con respecto a sus contemporáneos. Pero tampoco se puede permitir que las trepidaciones y la polución que expelen los gases de los vehículos, perjudiquen la integridad de estas gloriosas urbes, además, por supuesto, de lo contradictorio de su presencia en la estética de las ciudades medievales. Esta gran conquista del progreso, esta valiosísima herramienta para el hombre, que es el coche, está contaminando nuestra atmósfera con los gases de sus tubos de escape. Entre estos contaminantes se cuenta el dióxido de sulfuro como el más peligroso de sus gases. Conviene saber que, según un estudio realizado hace algunos años, en la ciudad de Los Angeles se producían en la atmósfera 400 toneladas diarias de dióxido de sulfuro, lo que supone un enorme peligro para las personas y las cosas y, entre estas cosas, se encuentran los materiales de construcción, siendo a las piedras a las que más puede atacar. Habremos de tener en cuenta que este dióxido de sulfuro, esparcido en el aire, se convierte en ácido sulfúrico al contacto con la lluvia o la niebla, y este ácido, de grandísima corrosividad, ataca muy especialmente a Ciudades milenarias, visitarlas, conservarlas, vivirlas la piedra por su porosidad y porque la humedad relativa del aire mantiene casi siempre sus superficies húmedas, siendo este proceso el mayor responsable de lo que hoy llamamos «el mal de piedra». Y ¡ojo!, lo que hoy afecta a las piedras de las ciudades antiguas, afectará en el futuro a las piedras de las ciudades modernas. La explicación de por qué las piedras de las ciudades antiguas están hoy más perjudicadas por este mal, estriba en el tiempo pasado desde su labra. Sin contar con la diferencia de porosidad o dureza de cada clase de piedra, una piedra recién labrada presenta siempre una superficie menos porosa que aquella que está erosionada desde hace siglos por las inclemencias del tiempo; y estas superficies erosionadas, exentas ya de pulimentos, presentan una porosidad más fácil de penetrar. No pretendemos decir que los males de las piedras sean debidos sólo a los vehículos de motor. Una parte de su deterioro se debe al natural ataque bioquímico de los microorganismos que, unido al factor biológico ambiental, pueden producir la meteorización de las rocas. Según nos dice el Dr. José María Muñoz Cebrián, en su obra «Biología de los materiales», «las sustancias naturales, cualquiera que sea su origen, naturaleza y estructura, se degradan en más o menos tiempo cuando las condiciones necesarias son favorables». Cuando las condiciones necesarias «para su degradación» son favorables; ésta es la cuestión: hay que impedir en lo posible que las condiciones necesarias a su degradación se produzcan o la favorezcan. A pesar de todo, como sabemos que hay una gran variedad de microorganismos y plantas que por sí solos o relacionados con otras sustancias agresivas son responsables del envejecimiento de las piedras, habremos de procurar que este envejecimiento no se precipite con los baños diarios de ácido sulfúrico. Y, esto es lo difícil: no hay que dejar morir a las piedras, pero hay que conservar la vida en las viejas ciudades, para lo que conviene pensar en no echar de ellas a sus habitantes, procurando compaginar ambos problemas. ¿Les llegará su turno a las piedras que se colocan en las construcciones actuales? Les llegaría si todo siguiera igual. Es decir, si continuásemos contaminando la atmósfera con los mismos procesos, si las chimeneas de nuestras fábricas siguieran expeliendo los mismos gases corrosivos, si se siguieran manteniendo hornos cuya base de funcionamiento sean los carbones y aceites, si los camiones y coches siguieran usando el mismo carburante... Pero yo mantengo la esperanza de que se descubra, en plazo no muy lejano, un carburante ecológico para vehículos y fábricas, que devuelva a nuestra atmósfera su pureza original. Y respiren nuestros árboles. Y respiremos los hombres. Y respiren mis vecinas las golondrinas. Mientras esto llega, y sabiendo que nuestras piedras se deterioran un poco cada día, no estaría de más pensar en la forma de protegerlas lo antes posible, para lo que sólo se nos ocurren dos soluciones; una de ellas ya se ha practicado en nuestros días aunque sin éxito debido a su imperfección, pues se trata de barnices protectores que, al proteger, impiden la respiración de la piedra propiciando la aparición de hongos bajo la capa protectora. Habrá por tanto, que esperar a que la Química dé a luz un producto que proteja de la polución a las piedras e impida la formación de hongos entre capa protectora y elemento protegido. Según nos informa el Dr. Muñoz Cebrián, funciona desde los años 70 el laboratorio «José Luis Escario», que ha hecho grandes avances sobre los problemas de la biodeterioración. Y existe en Gran Bretaña el «International Biodeteroration Centre», así como el «CAB International Mycological Institute», que se ocupan del estudio de la degradación de los materiales, y a quienes se puede recurrir para recabar ciertas soluciones, aunque me temo que, al no haberlo hecho público, no tengan aún la solución a estos casos concretos. Mas, mientras esto llega, sentimos la urgencia de proteger ciertas joyas en piedra que, heredadas del pasado, adornan nuestras calles, recordándonos con su presencia la obligación que tenemos de legarlas a nuestros herederos. Podría poner muchos ejemplos en todo el mundo, o sólo en España, pero nos limitaremos a dar únicamente tres de nuestra querida Toledo. Entre las numerosas y valiosas portadas de piedra que exornan las fachadas de esta vieja ciudad, queremos mencionar tres por su excelente calidad y por sus diferentes épocas y estilos. Estas son: La portada Plateresca de San Clemente; la portada Manierista del Colegio de Infantes; y la portada Gótica de la Catedral, conocida como Puerta de Los Leones, aunque estos leones sean un añadido posterior. La protección que sugiero, ya insinuada por mí en otra ocasión, y a riesgo de parecer que pretendo atrevidas innovaciones, es la siguiente: colocar sobre estas portadas unas placas de metacrilato que las protejan no sólo de la polución, sino de cualquier otra agresión o robo. Dos de las portadas propuestas ya han sufrido de estas agresiones: la del Colegio de Infantes, la pérdida de un brazo, que se recuperó, propiciado al parecer por una gotera; y la de Los Leones, el robo hace algunos años de alguna de sus pequeñas imágenes góticas, también por fortuna recuperadas. No obstante lo dicho, creo que la actuación más inmediata debería ser evitar en lo posible las trepidaciones y los gases del tráfico rodado. También es difícil hallar solución a esto. Requiere, pienso, un tacto especial, pues entran en conflicto muchos razonamientos. Tengo el presentimiento de que si se cierra súbitamente y por completo el tráfico en ciertas ciudades antiguas, se las podría exponer a su extinción. Si ya es difícil conseguir románticos dispuestos a habitarlas, soportando los inconvenientes que comporta, habrá que poner cuidado en no incomodarles más, condenándoles a una vida cuasi medieval. En cuanto a la prohibición o no de la totalidad del tráfico, todo dependerá, por supuesto, de las dimensiones del recinto de las ciudades. Siempre habrá algunas, como pueden ser la fi:'ancesa Carcassonne o la española Albarracín y algunas otras, en las que, dejando el coche ñiera de las murallas, se pueda pasear el recinto histórico sin mucho esñierzo. Pero no creo que sea éste el caso de nuestras Toledo, Avila o Cuenca, por ejemplo. Las distancias y las cuestas no permitirían a los vecinos acarrear enseres o mercancías, ni trasladar a sus enfermos, o desplazarse con la celeridad que hoy nos impone un ritmo de vida que nos ha venido dado; ni permitiría a los comerciantes atender sus negocios por mucho que se señalaran horas de carga y descarga, pues encontrarían dificultades para otras necesidades como puede ser la entrega domiciliaria al detall. Si a los inconvenientes que todos conocemos se añaden los de no poder entrar en coche, ni comprar cosas de algún peso en la ciudad, ni a los comerciantes poder hacer sus entregas a domicilio, será una manera sutil de invitarles a salir del recinto amurallado, a los unos y a los otros, en busca de barrios donde no se les haga la vida imposible. No creo que haya muchas soluciones claras al respecto; pero poniendo buena voluntad por parte de todos, quizá se pueda llegar al resultado de mantener las ciudades milenarias vivas con gente dentro. Hay que contar con que los habitantes de ellas así lo quieren. Y hay que contar con que sus administradores, sus ayuntamientos, quieren tener el tacto preciso para detener el galopante proceso de deterioro que sufiren sus ciudades. Antes de atreverme, tímidamente, a hacer una propuesta al respecto, quiero advertir que si para otros lo ideal fiíese que estas ciudades milenarias no tuvieran tráfico rodado a motor, también para mí sería ideal. Pero ya he explicado por qué me parece conveniente un detenido estudio sobre el caso, pues estimo que manteniendo la vida en la ciudad, la mantenemos a ella. Una solución sería que de las carreteras de circunvalación que rodean a estas viejas ciudades, entraran algunos ramales al recinto antiguo, estratégicamente estudiados, hacia lugares en los que hubiera Félix del Valle Díaz 556 aparcamientos subterráneos; y así, acortando las distancias de aparcamiento en aparcamiento, facilitar a viajeros y habitantes sus desplazamientos peatonales por la ciudad, reservando siempre el derecho a la llegada a garajes particulares que ya estuvieran autorizados, y a los taxis o ambulancias para casos de emergencia. Sé que no es una solución drástica. Pero es una forma de peatonalizar la vieja urbe, salvo en los ramales indicados, evitando con ello un porcentaje grande de contaminación, de trepidaciones y de ruidos, y el aparcamiento perenne que hasta ahora soportan nuestras estrechas calles, con vehículos llenándolas que impiden el paso a viandantes, las entradas a las casas y el acceso, ¡ay!, a los bomberos o ambulancias en casos necesarios. Y, hablando de bomberos, no hay que pasar por alto la responsabilidad de prevención de incendios en estas ciudades antiguas, construidas en su mayoría con entramados de viejas maderas de pino sin sangrar, y cuyas calles estrechas facilitarían la propagación de incendios con posibles catastróficas consecuencias que nos hacen recordar dramas como los de Lisboa o Santander. Para curarse en salud, es preciso sembrar las calles de bocas de riego y de hidrantes, y abastecer los parques de bomberos de vehículos capaces de entrar por todas las calles, y proveer las plantillas de personal suficiente y especializado en lo que serían los incendios en estas ciudades; a quienes no bastaría con saber sofocar fuegos, sino que una parte no menos importante de su labor sería la salvación de las obras de arte que suelen llenar los conventos y museos. Tal vez sea también llegado el momento de revisar las licencias de ciertos anuncios comerciales y de bebidas multinacionales que invaden y afean fachadas y calles; y de, sin negar el derecho al aire acondicionado, obligar a que sus aparatos exteriores se oculten detrás de las rejas de balcones o ventanas bajo las que se habrán colocado previamente tupidas celosías de madera que, al estilo conventual, los oculten. Y es llegado el momento, también, de iniciar el esfuerzo económico que supone la sustitución del cableado aéreo por otro subterráneo. Y de estudiar soluciones a las palomas, estas aves inocentes y amables, que están planteando serios problemas con sus excrementos en torres y monumentos. ¿Anticonceptivos en los piensos? Habría que oír a los ecologistas. ¿Capturas masivas para trasladarlas? Siempre se tendría el peligro de su regreso. ¿Mecanismos de ultrasonido que las ahuyenten? Parece que resultan demasiado caros. Quiero poner aquí el ejemplo de lo efectuado en la torre de Santo Tbmé, recién restaurada, en la que se han colocado mallas metálicas en sus ventanas, invisibles desde abajo; y en sus mechinales, un ladrillo vertical para evitar el paso de estas fértiles aves. Se ha cerrado con ello el gran habitat de las palomas del barrio. Todo es una lúdica invitación a poner en juego la imaginación. Ya lo hemos dicho: calles estrechas, edificios sin garajes, pisos sin ascensores, dificultad de tráfico rodado, y algunas cosas más. Pero los que vivimos dentro de estas ciudades soportamos, generalmente, dichas dificultades con paciencia. Sentimos estas ciudades mñenarias como nuestras, y las queremos. Tal vez un poco más de lo que puedan quererlas los que las visitan de vez en cuando y tienen en sus ciudades una vida de algún confort vedado a nosotros. Y puede que también un poquito más que nuestros paisanos que viven en los barrios nuevos, aunque sólo sea porque «el roce hace el cariño». Y esto es lo que nos pasa, que aunque reconozcamos los defectos, los soportamos, como se suelen admitir los defectos de los seres queridos. Pero tenemos el corazón de cristal expuesto a romperse por las presiones de un lado, y por las tentaciones de otro. Hay una constante tentación que acosa a los habitantes de una ciudad milenaria. No están completamente aislados. Las murallas que los rodean tienen sus puertas abiertas y por ellas se les brindan unas formas de vida teñidas para ellos de colores futuristas que son el presente de sus contemporáneos y amigos allende las murallas. Cuando salen de sus recintos y se asoman a la vida de los otros, no pueden evitar ser invadidos por un sentimiento que raya en el complejo de inferioridad. Y, por más que piensen en el privilegio de vivir por donde pasaron el Cid, Alfonso VI o Carlos V, no pueden justificar la resistencia a las sensaciones que producen en sus retinas, acostumbradas a la tenue luz del barrio histórico, las luces de aquellas avenidas y los resplandores de los escaparates de comercios, bares y restaurantes. Además, mientras en su recinto amurallado escasea la juventud, del otro lado de las murallas siempre hay niños saltando y gritando cuyas risas cantarínas contrastan con el silencio de su viejo barrio. Y uno vuelve a pensar en el Cid, y en los árabes, y en los judíos... Y regresa a su casa diciéndose a sí mismo que regresa a la paz, a la tranquilidad; nunca se dirá que regresa a la tristeza. Y que, aunque no pueda llegar con su coche a los bajos de su casa y subir en ascensor la compra efectuada en el supermercado del barrio nuevo, se repite mientras hace viajes por su escalera cargado de bolsas, que lo verdaderamente importante es vivir en el casco histórico, y que no le importa que le pongan trabas con el aparcamiento de su coche o al pedir una licencia de obras, y que pague sus contribuciones urbanas como si su casa estuviera situada en el barrio más iluminado y más cercano a aquellas grandes tiendas, y que lo que tenían que hacer todos los habitantes de cascos históricos, sería unirse como hacen los habitantes de algunos poblados de la Costa del Marfil, para evitar Félix del Valle Díaz 558 que el progreso les devore y poder guardar sus tradiciones; y poder seguir soñando con el Cid, Alfonso VI, los árabes y los judíos... Y, a veces, este habitante del viejo barrio, llega a creerse lo que piensa. Temo haber dado con todo lo dicho una mala impresión acerca de la vida en estos recintos amurallados con calles estrechas, casas sin garajes, y viviendas sin ascensores; donde la noche comienza antes que en otros sitios al dejarse sentir después de ponerse el sol, cuando su escasa iluminación y la ausencia de resplandores de escaparates, no logran vencer la oscuridad. Donde el silencio se hace pastoso cuando los escasos vecinos se encierran en sus casas, dejan de mirar por sus balcones y comienzan a asomarse a las ventanas del mundo por ese oscuro cajón que llaman televisor. Las calles se quedan solas y sin ruidos, y es cuando las pueblan los fantasmas de sus antiguos moradores. Y es cuando los románticos tienen la ocasión de mezclarse con ellos, pasear con ellos los rincones y soñar con ellos las leyendas que envuelven la historia de las milenarias ciudades. Ibmo haberles pintado un paisaje triste y desolador que no sea del todo cierto. Pero tampoco puedo contarles la verdad, mi verdad. Yo vivo en una ciudad milenaria: Tbledo. Y vivo en ella por voluntad propia. Reconozco que para contarles cómo es la vida de cualquier ciudadano en un viejo recinto amurallado, tengo que hacer el esfuerzo de salirme de mi personalidad, de mi júbilo: y no puedo ser juez y parte. Recuerdo que unas líneas más arriba he expresado mi desilusión por que no hayamos podido conservar el Toledo romano, el visigodo, el árabe, etc. Y al no haber podido conservarlos, me habría gustado mucho haber podido tener alguna imagen de ellos. Pero yo no pierdo las esperanzas. Hace algunos días leí en un periódico, hablando de rastreos del cielo, la siguiente noticia: «...Este programa de observación ha recogido datos de más de 50 millones de galaxias y 2.000 millones de estrellas. El censo ha identificado más de 70 quásares a tan grandes distancias que están siendo vistos aquí y ahora tal y como eran cuando el universo tenía menos del 10% de su edad actual...» Y mi esperanza está en que con potentes telescopios, antenas radiotelescópicas, lupas de gran alcance, sofisticados espejos retrovisores y qué sé yo, pueda el hombre un día llegar a ver imágenes de la tierra en diferentes épocas y zonas concretas y, entre estas, localizar y fotografiar imágenes de las viejas ciudades milenarias. Y ver cuándo comenzaron a hacer sus nidos en los patios mis vecinas las golondrinas.
En todos ellos he tratado de conseguir la meta más difícil, porque escribir, es el empuje vital por donde dejo escapar lo mejor de mí misma, y, al mismo tiempo, el muro protector que antepongo al torrente de problemas de la vida diaria que trato de esquivar, por el simple procedimiento de ponerme ante un folio y dejarme llevar, olvidando lo que me rodea. Si todo esto es cierto y constituye mi manera de afrontar el hecho de vivir, no es menos cierto que la oportunidad de publicar en ARBOR, tiene una connotación radicalmente diferente a las anteriores. Editorial X entrada a las mejores firmas que hay en el momento cultural español, para que sean ellos, y no yo, quienes den una visión global de este siglo que acaba de terminar. La estructuración del trabajo la he dividido en dos partes: La primera, es un recorrido histórico-geográfico por los países y ciudades en los que, cronológicamente, ha ido floreciendo el Arte, desde el principio del siglo. Así, abre página París con su Impresionismo, explicado por Antonio Cobos, Decano de los Críticos de Arte, que a sus noventa años, tiene la fortaleza vital y la envidiable juventud de espíritu, de dar cada tarde una Conferencia, asistir a una Exposición, presentar un pintor, ó en mi caso, prologar y presentar mi último libro: «ISMOS Y VAN-GUARDIAS DEL S. XX», con una generosidad que nunca olvidaré. Creo que por su edad, llegó a convivir con algunos pintores de aquel momento, y, con su dulzura, su conocimiento incomparable y su señorío intelectual, nos da una lección magistral de la vanguardia que cambiará radicalmente los parámetros de una pintura, sin la que nada de lo que vino después, hubiera podido producirse. El salto al otro lado del Atlántico, lo damos de la mano de Amparo Serrano de Haro, profesora del equipo del Catedrático Víctor Nieto Alcaide, quien ha hecho precisamente su tesis doctoral sobre pintura americana, y que, gracias a los destinos diplomáticos de su padre ha vivido en los EE.UU. varios años y es gran conocedora del tema que nos describe. La segunda parte, está dedicada a la opinión de pintores, galeristas, coleccionistas, mecenas, personas que han contribuido a desarrollar el arte y a afincarlo en nuestra patria, que nos darán la clave del triunfo de algunas vanguardias, el fracaso de otras y, por encima de todo, la visión globalizada de un siglo rupturista, valiente, anárquico, que ha saltado todas las barreras de los retrógrados, aferrados a un arte tradicional, para abrir las puertas a la creatividad, al optimismo, a veces a la ironía, y, por qué no, también a la desesperación, consiguiendo ser el siglo más dinámico, activo, y diverso en cuanto a pintura se refiere, del que debemos sentirnos muy satisfechos por haber presenciado su gestación, su desarrollo y su triunfo. El primer trabajo de esta segunda parte, lo ha llevado a cabo una galerista y una fabulosa persona, Lituca Peironcely, que lleva más de veinte años en el duro y difícil trabajo de seleccionar e impulsar pintores, día a día, con su mejor sonrisa y su mayor dedicación. Por su Estudio han pasado artistas como Alearlo, Carmen Pages (la mujer de este último). Segundo Gámez, Paco Echauz, Pilar de Arístegui, Víctor García Tapia, tantos y tantos pintores que le deben el triunfo, la fama y ese Editorial XII impulso que pocas persona saben dar, porque les falta generosidad, don, que Lituca posee a raudales y reparte como si no hiciese nada, con esa fuerza de los grandes, que saben unir la humildad y el favor, sin darle importancia. Nadie como Luis Guillermo Perinat hubiera conseguido describir en sus «Breves notas sobre un colección de arte privada», la realidad de una historia semi-borrada en una deliciosa vaguedad. Marqués de Campo Real, Grande de España, Diplomático, que a lo largo de su Carrera ha ejercido el cargo de Embajador en Gran Bretaña y en la URSS, es, desde 1993, Presidente de la Asamblea Española de la Soberana Orden de Malta, Académico de Honor A.B. Historia y de Bellas Artes, y, poseedor de innumerables Cruces.... Su extensísimo Curriculum, podría alargar esta Introducción hasta hacerla interminable, pero lo que hoy me resulta interesante resaltar en él, es la grandeza de su humildad. El espíritu del hombre no surge de la nada. Hay una herencia y una circunstancia. Por la primera, se suman en la conciencia inevitables influencias ancestrales. Por la segunda, la realidad del medio en que vive, lo que lega, con una fuerza desconocida y mágica, como reacción producida por su intimidad moral, frente a lo que le circunscribe y rodea. Porque, por encima de todo, Luis Guillermo es un gran escritor Así lo demuestra en cada una de las páginas de su libro auto-biográfico, y, en cada párrafo del artículo que hoy nos regala. En su estilo influye, como herencia psicológica, el origen noble de su pluma, el temperamento moral de sus ascendientes, pero al mismo tiempo, unos factores subjetivos de prudencia y moderación que creo son sus cualidades esenciales. En un mundo en el que la competitividad es ley, y, donde la prepotencia es la moneda de los incultos, habría que detenerse en estas líneas que representan el claroscuro de la sociedad, escritas con el señorío y la nobleza que caracterizan a Luis Guillermo, cuando, describiéndose con una sencillez magistral como protagonista y personaje de un cuadro de Alvarez de Sotomayor, se recuerda de niño, como en la nebulosa del ensueño, posando con su abuela en el Estudio del magnífico pintor Rodrigo Uria es otra de las firmas que no necesitan presentación. ¿Quien no ha oido hablar del Despacho Uria -Menéndez? Y sin embargo, lo que poca gente sabe, y él lo va a explicar en el capítulo Editorial XIII que me ha ofrecido, es que Rodrigo Uria, fue quien elaboró las bases jurídicas de la venida y adquisición de la Colección Thyssen a España, Todas las reuniones, entresijos, discusiones y dificultades, las gestionó él, con su tenacidad en el trabajo, su inteligencia y su espíritu batallador.... Tenemos el privilegio de que nos lo cuente, con su elocuencia y su elegancia, ya que debo decir, que para una persona con la sobrecarga de trabajo que desarrolla constantemente, ha sido suficiente una llamada mía, para que se ofreciese a regalarnos este capítulo inédito y desconocido, que agradezco de todo corazón. El pintor Pedro Fuentes, correrá a cargo con el capítulo titulado «La Pintura vista por un pintor joven». Efectivamente, Pedro Fuentes tiene 36 años, pero está en la cima de su madurez pictórica. La belleza de sus óleos, en los que aparecen paisajes difuminados, playas nórdicas bajo la tormenta y atardeceres en los que consigue el cromatismo, solo obtenido por Monet, entre rosa-anaranjado-lila-malva y azul, hacen que este artista, esté avocado a la gloria. Ha expuesto en numerosas ocasiones, en las que he tenido el honor de presentarle y, forma parte de un grupo de reciente creación, que, bajo la protección del Patronato María Zayas, vamos a impulsar con el título de «Los pintores del próximo milenio».... Pedro es además escritor (ha escrito dos novelas y, en este momento, tiene la tercera en preparación ), así que su capítulo nos aporta una proyección vital, una ilusión de futuro y un buen hacer literario muy prometedor Rosina Gómez Baeza, es otra persona que no necesita presentación. Luchadora infatigable, trabaja de sol a sol y lleva muchos años dirigiendo ARCO con inteligencia natural, entereza y personalidad, que no se pliega a críticas ni a diferencias de opinión. Rosina me ha concedido el honor de su amistad, y, yo a ella, el de mi admiración, pues es una mujer que se crece ante la adversidad y lucha sin descanso con una sonrisa fresca como si la vida fuese algo fácil a lo que tuviésemos que enfrentarnos. Su capítulo «La distribución del objeto artístico», tendrá que ser muy tenido en cuenta, pues nadie como ella sabe, el funcionamiento difícil y lleno de espinas que supone inaugurar ARCO cada año, y mejorar su calidad artística, su renombre y su creciente afluencia de público. Y finalmente quisiera dejar constancia a través del Catedrático Juan Antonio Jaúregui, de que el Arte es creatividad y, ésta se sitúa en el cerebro, no en las televisiones multicolores, que producen ruidos estridentes (como hace Nam Jum Paik), ó en la aplicación de los rayos catódicos ó el ordenador, en la elaboración de un cuadro. Sin embargo todos y cada uno de ellos son los primeros en su especialidad. Estoy segura de haber acertado en su elección y, desde aquí les agradezco su respuesta afirmativa a mi llamada. Ha sido un honor y un privilegio poder contar con ellos. El siglo ha terminado, con sus crisis, sus guerras, sus sufrimientos y sus miserias. Un siglo difícil que nos ha tocado vivir Muchos han desaparecido, pero, los que permanecemos aquí, deberemos volver la vista atrás y comprobar que el hombre, en medio de la desesperación, el desamparo, la enfermedad y el dolor, es cuando mejor escribe, mejor pinta, mejor crea, porque quiere anestesiar su mente del presente y huir al mundo del espíritu, ese mundo que él inventa, sueña, desea, crea, y así, vuela con su imaginación, a la profecía de la nueva realidad estética del Arte.
A mediados del siglo XIX la pintura francesa dormía una plácida siesta muellemente arrellanada en el anchuroso diván de su glorioso pasado artístico. Habían quedado muy atrás en el tiempo, aunque su recuerdo se mantenía vivo en la memoria de todos los franceses, los nombres de aquellos artistas que, en su pintura de retorno al clasicismo habían incensado admirativamente el Gran Corso Napoleón Bonaparte: los David, Gericault, Prudhom, y Jean Auguste Dominique Ingres.... Recordaban asimismo con fruición y orgullo a dos artistas, que brillaron esplendorosamente, dentro de la pintura del sentimiento que dio lugar al romanticismo francés, Eugene Delacroix, el gran seductor y el expresivo pintor de tipos populares, Daumier. Y, por supuesto, aquellos felices durmientes decimonónicos paladeaban en sueños las glorias muy cercanas a ellos de los pintores franceses naturalistas y simbolistas. Estaban convencidos de que era muy difícil superar el paisajismo realista creado por Gustave Courbet de cara a la naturaleza, el desenfado preimpresionista de la pintura de Corot, la naturalidad de Theodore Rousseau, y las creaciones campestres de Millet. Y otro tanto les sucedía con las obras conseguidas mediante grandes trazos por Daubigny, con los bocetos deliciosos de Boudin y con la pintura mitológica de Gustave Moreau. Pero, un buen día del año 1874, aquellos felices durmientes se despertaron sobresaltados porque un grupo de supuestos innovadores, entre los cuales se encontraban por cierto Manet, Renoir, Monet, Pissarro y Edgar Degas, habían presentado al «Salon des Refuses», unos cuadros antiacademicistas, con extraña dicción y sin ultimar. El más representativo de los cuales, firmado por Claude Monet, se titulaba: «Impression: soleil levant». Aquella imprevisible irrupción, en cierto modo juvenil, provocó la reacción violenta de algunos Profesores y Críticos parisienses, otros los ignoraron despectivamente, y no faltaron los que les tomaron a chacota. Es muy posible que no se tratase de unos audaces sino de unos socarrones que lo que pretendían era divertirse presentando bocetos como si fueran obras definitivas. Pero lo cierto es que, los profesores de Arte, al tener que estudiar en profundidad esas obras inconclusas, extrajeron en esa indagatoria teorías y conclusiones artísticas que hacían subir muchos enteros a los valores conceptuales de las mismas. Para calibrar mejor esos valores, lo práctico es estudiar a fondo las características fundamentales de la pintura por impresión, y seguidamente rememorar las dosis de impresionismo puro que pueden percibirse en la pintixra de todos y cada uno de los artistas galos integrados en el movimiento impresionista por alguna razón con suficiente peso. Esencialmente el artista, con esa pintura intenta plasmar la belleza de un ser, un paisaje, o una cosa, por medio de una dicción pincelística rápida pero que deje presa en el lienzo de soporte esa primera impresión que le produjo al artista su contemplación en un momento dado. E intenta además conseguirlo prescindiendo del color negro, pero eso sí, todos los colores del espectro. Y sobre todo está obligado a superponer esos colores sobre el lienzo en lugar de mezclarlos en la paleta. La luz constituye una obsesión para el pintor impresionista: hasta el punto de que para él no vale la pena pintar aquello con lo que pueden conseguirse efectos lumínicos. Después de superar su largo calvario la pintura impresionista francesa influyó literalmente a figuras tan señeras como Flaubert, Zola, y los Gouncourt, y a músicos con la talla de Ravel. Cuando ya alboreaba el siglo XX puede decirse que ya se había rebasado la etapa de feroz hostilidad contra la pintura impresionista del profesorado de arte francés y de la sociedad francesa. Hoy en día no pueden comprenderse los porqués de aquella tozuda inquina profesoral contra la pintura impresionista puesto que sus creadores no eran en absoluto artistas vanidosos dispuestos a sentar cátedra: se limitaban a pintar sencillamente cosas humildes, aquella pintura de paisajes, con árboles, riachuelos, y puentes, difícilmente podía satisfacer a los poderosos porque no se veían halagados en ella. Lo incomprensible del caso es que la clase media francesa se desentendiera de la pintura por impresión, teniendo como tenían tanto Impresionismo poder de atracción dentro de ella, los paisajes y bodegones por su luminosidad y su júbilo cromático. Y sólo porque, primaba la lucha política por el poder puede comprenderse que los dirigentes no se dignasen estudiar los valores de signo positivo que atesoraba aquel nuevo movimiento pictórico. Y los hombres de ciencia, que tantas facetas descubrieron en las leyes de la naturaleza fueron tardías. Cuando se decidieron a estudiar los fenómenos ópticos de la pintura impresionista ya había sido esta plenamente aceptada. Diseccionada por el profesorado e historiadores, la revolución pictórica del impresionismo desapasionadamente, por el discurrir del tiempo, han coincidido en considerar como la cumbre impresionista francesa a la trilogía compuesta por Monet, Sisley y Pissarro: no solamente porque los tres eran paisajistas natos, sino porque en sus creaciones alentaba un impresionismo tan puro como absoluto. Esa pureza que, en los casos de Sisley y Pissarro, provenía de la influencia que tenía sobre ellos la pintura impresionista intocable de Claude Monet. Fue Monet, sin lugar a dudas, el «pontífice máximo» del impresionismo galo, no solamente porque fue su promotor sino porque le configuró al dotarle de unas características fundamentales que eran de su invención. Incluso, acuñó sin proponérselo el título de Impresionista, en razón del título «Impression: soleil levant» que puso a su cuadro presentado en el «Salon des Refuses». También coincidieron fundamentalmente los expertos profesorales franceses al integrar dentro del impresionismo, con una manga muy ancha a Manet, Renoir, Degas, Cezanne, Gauguin, Van Gogh y Toulouse Lautrec, porque la pintura por impresión de estos artistas es episódica, antiacadémica, o bien sólo puede percibirse en dosis casi homeopáticas. Y no digamos en el caso de Eugene Carriere, porque su inclusión en el movimiento impresionista tuvo que realizarse con «forceps». En cambio es lógica la integración de Berta Morizot en el impresionismo porque ella bebió directamente en la fuente clara del impresionismo de Monet. Y también es lógica la inclusión de Odilon Redon, puesto que este intentó crear un «neoimpresionismo» que terminaría diluyéndose en elucubraciones simbolistas. Pero, como decíamos anteriormente, el mejor sistema para percibir con claridad la configuración del impresionismo francés es el de rememorar -sucintamente por fuerza-la vida y la obra de los pintores considerados como impresionistas y diseccionar sus obras para poner al descubierto sus características más esenciales. Lógicamente hay que conceder la primacía en esta rememoración a la vida y obras del trio constituido por Monet, Sisley y Pissarro, no solamente por ser totalmente representativo del impresionismo puro, sino por las semejanzas y coincidencias de sus paisajismos. Y como quiera que el más categórico del trio fue Claude Monet, comenzaremos por el Pontífice Máximo del mismo. Era un superdotado para el menester de la creación pictórica. El estaba convencido de ello desde el punto y hora en que le aconsejó que se hiciera pintor Eugene Boudin, cuando el muchacho Claude sólo tenia 16 años. Se pasaba las horas en la playa de el Havre contemplando como pintaban bocetos de paisaje Boudin y su compañero Jonkind. Y, efectivamente, cuando fue mayor in^^esó en la Academia Suiza de París donde entabló amistad con Camilo Pissarro. Cuando, después de cumplir el servicio militar en Argelia, regresó a la «Ville Lumiere», frecuentó el taller de Gleyre, coincidiendo en él con Renoir, Bazille y Sisley; y con ellos precisamente salió con frecuencia a pintar al campo. Fue para él durísima la profesión de pintor. Puede decirse que hasta el año 1886 en el que vendió por primera vez uno de sus cuadros fue un artista totalmente desconocido. Tuvo momentos de crisis económica que le llevaron hasta la desesperación, y estuvo a punto de suicidarse. Cuando se encontraba en esa situación ya estaba unido a su modelo Camila y había tenido con ella su hijo Juan. La verdad del caso es que, en los momentos más graves siempre pudo contar con la ayuda de Bazille, que era de una familia acomodada, y también con la de Corot. Cuando comenzó al fin a tener compradores de sus obras pudo comprar una casita con estanque y jardín en Giverny, muy cerca del Sena, donde vivió solitario y feliz en «espléndido aislamiento» a lo largo de catorce años hasta que falleció en el año 1926. En la obra de Claude Monet, pueden diferenciarse varias etapas en razón de sus variaciones temáticas, sus preferencias circunstanciales y sus cambios estilísticos. Cuando recaló en Londres, forzado por las circunstancias de la guerra franco-prusiana se quedó boquiabierto al constatar que, en la pintura de Constable había muchísimo más impresionismo que en la pintura de ellos, los artistas franceses responsables del invento. Y extasiándose ante el paisajismo de Turner, llegó a la conclusión de que la luz podía ser mucho más importante que los reflejos, crepitaciones y cabrilleos, porque merced a ella podían conseguirse neblinas misteriosas e irisaciones poéticas. Y como quiera que Monet llegó a constatar que el mismo objeto, edificación o paisaje cambiaba de aspecto según la hora, el día o la estación en que se contemplase, acometió el experimento de pintar hasta cuarenta vistas de la catedral de Rúan en diferentes días y horas, y desde diferentes ángulos de enfoque. El éxito que obtuvo con esas pinturas Crepitantes le llevó a repetir dicho experimento utilizando sucesivamente y a lo largo de los años, la ciudad y el parlamento de Londres, Venecia con su dédalo de canales, y la ciudad de París y dentro de ella el bullicio hormigueante de la Estación del Norte de Saint Lazare. Pero la obra máxima de Monet fue posiblemente por su médula y y proporciones la titulada «Las Ninfeas». Carecía por completo de asunto, puesto que en ella se plamaban las aguas quietas de un estanque en el que flotaban las grandes hojas de nenúfares con sus flores blancas abiertas. Obra genial que sobrecoge por el misticismo que late en ella, y por su simplicadad temática y compositiva. Clemenceau, estaba enamorado de ella, y como quiera que Monet era consciente de su difícil venta, el artista se dio el gustazo de regalársela al Estado Francés; y éste correspondió instalándola en el Museo de l'Orangerie del Louvre. En esta obra, que pintó Monet entre los años 1899 y 1905, fue capaz de introducir una evidente espiritualidad. Es una fabulosa demostración plástica de la identificación del hombre con el Universo. Es un cántico emocionado a la belleza de la naturaleza creada por su «Gran Hacedor». Este sensibilísimo artista tiene que integrarse por fuerza en el grupo de impresionistas franceses, a pesar de ser hijo de padres ingleses, porque había nacido en París y porque toda su vida artística transcurrió en Francia. Nieve en Louveciennes Pertenecía Sisley a una familia acomodada, por ello tuvo para ser pintor toda clase de facilidades. Ingresó para su formación en la Escuela-Taller parisiense que dirigía el suizo Glejnre. Allí trabó amistad con sus compañeros, Bazille, Monet, y Renoir. Y con ellos, así como Courbet y Boudin, iba a pintar cotidianamente al bosque de Fointanebleu. Pero dicho grupo no estaba muy conforme con la enseñanza de esa Escuela Suiza. Claude Monet fue precisamente el que les animó a dejarla porque era un «recinto malsano», y que era mejor pintar cerca del mar, para disfrutar del cielo, del aire y del agua. Y efectivamente se instalaron en la desembocadura del Sena junto a la plaza de Honfeur, cerca de el Havre. Sisley era el más discreto y callado de aquel grupo de pintores amigos pero en manera alguna el menos dotado. Edouard Manet admiraba el lirismo y ternura de su pintura y cuando se celebró la «Séptima Exposición Colectiva» del grupo, afirmó rotundamente que la aportación a ella de Sisley había sido la más homogénea y coherente. Puede decirse que Sisley vivió siempre en la Isla de Francia salvo una estadía en el pueblo de Louveciennes, al que pintó cubierto por Impresionismo la nieve en un cuadro que atesora el «Museo de los Impresionistas» de París, y no todo fue placentero para él. Su acomodada familia se arruinó, y su crisis económica fue muy seria porque no consiguió vender ni un solo cuadro, ni al público ni a los marchantes. Menos mal para él que uno de estos llamado Durand-Ruel, intuyendo un suculento negocio, comenzó a comprarle sus cuadros aunque a precios irrisorios. Pero como Alfred tenía almacenados centenares de paisajes pudo normalizar suficientemente su situación. En un principio Sisley siguió las huellas estilísticas de Corot, pero paulatinamente fue asumiendo en sus paisajes las características fundamentales del estilo de Monet. Incluso se convirtió lo mismo que Claude en un fervoroso amante del agua, con sus brillos, cabrilleos y reflejos como lo prueban sus cuadros titulados «La curva de Loring» e «Inundaciones en Port Morly» que guarda el «Museo de los Impresionistas» parisiense. Pero no fue solamente pintor sensitivo del agua, porque también son deliciosos sus paisajes con vegetación umbría y arbolado fastuoso. El secreto de Sisley para aureglar sus obras con belleza estaba en su cabal tratamiento de la luz y en la jugosidad de su paleta. A pesar de su larga crisis económica, al final de su vida Sisley pudo comprar una casita situada en un bosque cercano a Moret, donde vivió 14 años. La Iglesia y sus alrededores de ese pueblo fueron pintados por el artista amorosamente. Cuando Sisley sintió cercana su muerte llamó a su lado a Claude Monet. Cuando éste llegó estaba agonizando. El silencioso y sencillo Alfi:'ed Sisley era un pintor de primerísimo orden. Este espléndido artista francés nació en Sainte Thomas de Las Antillas porque su padre, que estaba casado con una criolla, era Director de una factoría antillana. En el año 1885, cuando llevó a su hijo a estudiar a París, éste asumió los estudios, pero como tenía vocación artística frecuentó los ambientes artísticos de París: por eso visitó los estudios y talleres de la Academia Suiza «Glejnre», donde conoció a Monet, Cezanne y Guillaume, entablando amistad con ellos. Cuando estalló la guerra francoprusiana tuvo que trasladarse a Londres, donde también conoció la pobrezas por ello tuvo que asentarse de nuevo en París. Ahora bien, como también conoció al ladino y apro- vechado marchante Durand-Ruel, comenzó a vender sus cuadros. Y por eso pudo comprar una casita situada en un bosque, junto al pueblo de Eragny, y allí llevó una vida de trabajo y también de familia, porque tenía siete hijos. Camile Pissarro tuvo en su pintura influencias transitorias de Cezanne y Degas, pero al fin se asentó de una manera absoluta en el impresionismo vivaz y crepitante de Monet. Y lo hizo con tal entusiasmo que parecen ser «monetianos» sus paisajes titulados «Las tejas» «Las TuUerías», «Los boulevares», «Vista de l 'Epicerie», y sobre todo el del «Puente de Saint-Lazare», repleto de gente bulliciosa. Fue Camile Pissarro un artista sosegado y generoso, que aconsejó debidamente a Gaughin, Van Gogh, y Seurat. Era además un espléndido dibujantes e incluso un gran experimentador dentro de las artes del grabado y la litografía. Es preciso, a nuestro entender, ocuparse de la figura artística de Manet, inmediatamente después de las del trío constituido por Monet, Sisley y Pissarro, porque, a pesar de que en su pintura el impresionismo fue solamente ocasional relativo o contestatario, él era en definitiva el artista con mayor entidad pictórica del grupo: puesto que era uno de los pintores más importantes de Francia y Europa del siglo XIX. Edouard Manet nació en París en el año 1832, y falleció en el año 1888, pero en esa corta vida de cuarenta años, fue ingente la cantidad de obra que realizó. Pertenecía a una familia burguesa puesto que su padre era magistrado. Por eso, además de dar satisfacción a su vocación artística nunca pasó los apuros económicos de sus compañeros y amigos, e incluso se permitió de vez en cuando algunos lujos, pero en general llevó una sencillísima vida. Quiso ser marino pero no lo consiguió porque fue rechazado por la Escuela Naval. En vista de ello se embarcó para un larguísimo viaje por Las Antillas y el Brasil. Ingresó en París, en la Escuela de Bellas Artes, y más adelante frecuentó el taller de Coutouro. Y además se afanó en la tarea de copiar a los grandes maestros representados en el Louvre. Edouard Manet era un hombre mesurado por su natural afable y por su educación pero cuando se le contradecía al exponer sus ideas estéticas reaccionaba violentamente. En realidad su actitud era con-Impresionismo tradictoria porque su formación había sido absolutamente académica, pero sin embargo flirteaba con las novedades de los impresionistas. Incluso introdujo en sus pinturas algunos postulados de ellos para contestar a los directores del arte francés que rechazaban sistemáticamente las obras de los del grupo impresionista, y también las suyas de vez en cuando. Así había sucedido en 1858 con su cuadro «El bebedor de absenta» y así sucedió en el «Salon des Refuses» de 1863, con una de sus máximas obras «Almuerzo campestre». Sahó a relucir para rechazarla todo el puritanismo hipócrita de la época, por haberse atrevido a pintar a una mujer totalmente desnuda sobre la yerba en compañía de dos caballeros, uno con boina y otro melenudo. La hipocresía era evidente porque la moral actitud de la fémina a pesar de su desnudez estaba exenta de erotismo. Y eran contumaces aquellos hipócritas rectores del arte francés, porque en el año 1865 volvieron a rechazar el desnudo de «Olimpia»: una actriz que descansa en un diván y a la que una sirviente negra la lleva un ramo de ñores. Las ilusionos de Edouard Manet de que sus obras tuvieran un reconocimiento oficial, se diluyeron con esos dos rechazos absurdos, y además le impulsaron a aceptar más postulados impresionistas, pero sin convicción de que el grupo impresionista estuviera en posesión de la verdad. El único postulado impresionista que asumió plenamente es el de la «pintura al aire libre». Y lo probó autorretratándose en su barco-taller sobre el Sena. A Edouard Manet le encandilo la compañía española de bailarinas «Lola Valencia», pero además le entró el remusguillo de un interés curioso por el erotismo folklórico español: por eso viajó a España en 1866. En Madrid se enamoró de la pintura de Velazquez en sus visitas al Museo del Prado, pero también de las costumbres españolas, y especialmente de la Fiesta nacional de Toros. Por eso pintaría algunas «españolas», como el cuadro «El Matador» del «Metropolitan Museum» de Nueva York. Donde el arte de Manet brilló más esplensorosamente ñie en sus cuadros con interiores de bares, cafetines, y salas de fiestas. Y lo prueban cumplidamente dos cuadros deliciosos: el titulado «Camarero con cervezas» de la National Gallerie londinense, y el «El Burdel del Folies Bergere», orgullo del Instituto Courtauld. En los Itimos días de su vida Manet se vio obligado a la quietud en una silla por culpa de su pierna enferma, pero no por eso dejó de trabajar. Fue entonces cuando pintó los retratos de Irma Brunner y Berta Morizot. Falleció Manet por la gangrena de su pierna en 1883. Su muerte pasó desapercibida para el gran público y los rectores del arte francés la ignoraron deliberadamente, pero en cambio los pintores de su tiempo le admiraban. Ellos si que captaban su genialidad de pintor. Lo cierto es que si los profesores terminaron por aceptar los postulados impresionistas se debió en gran parte al hecho de que Manet hubiera aceptado para su pintura algunos de ellos. Nació Degas en el año 1834 en París, y en el seno de una familiburguesa puesto que nu padre Augusto Degas era banquero. Al contra rio que Manet gozó de una larga vida, puesto que falleció en el año 1917, es decir, 83 años los mismos en que fue pintor, porque aunque al final estaba casi ciego no por ello dejó del todo los pinceles. En su primera época parisiense tuvo influencias de Matisse, como lo prueba el cuadro «La mujer y los crisantemos» que guarda el Metropolitan Museum neoyorquino. Como quiera que su hermano, Renato, tratante en algodón, residía en América, Degas se trasladó allí para visitarle. Y allí pintó el cuadro titulado «La bolsa de algodón en Nueva Orleans» que era absolutamente naturalista. Como lo sería más tarde el titulado «El vaso de ajenjo», en el que retrató a su amigo Marcelino Desboutin y a su compañera sentados a la mesa de un cafetín y en esa actitud pasmada de «una copa de más». Pero Degas tuvo realmente dos aficiones que fueron tematica constante en sus cuadros, el escenario del Teatro de la Opera, y el «turf» del Hipódromo. Le encantaba situarse entre las bambalinas del primero para tomar apuntes de las bailarinas con sus tutus de gasa, y en el Paseo del segundo para tomar apuntes de los caballos con sus jinetes. Son famosas sus dos versiones de «El foyer de la danza» y de «Bailarina atándose las zapatillas» del Museo del Louvre, y los dos cuadros con jockeys y caballos de la colección «Hay Whitley» de Nueva York. A Degas, que era en realidad un misántropo con pespuntes de avaricioso, le encantaba significarse por sus originalidades. Hacia el año 1874, dándose cuenta de que perdía vista, comenzó el aprendizaje de escultor, pero también comenzó a experimentar técnicas mixtas en las que mezclaba el óleo, la acuarela, el «gouche» y el pastel, para poder prolongar su actividad de pintor. Lo consiguió comunicando además a sus creaciones una originalidad que no tenía nada que ver con el impresionismo. Y curiosamente en esos cuadros de última hora se dejó de las elegancias de sus obras con temas de ópera o de carreras de caballos para pintar lavanderas o planchadoras, y en esos cuadros regresó al exaltado naturalismo de «El vaso de ajenjo». El final de Degas fue tristísimo, porque tenía que caminar apoyándose en su pobre sirvienta Zoe, que le servía de lazarillo. Pierre Auguste Renoir nació en Limoges en el año 1841. Era uno de los siete hijos de un sastre lemosín que descendía de una familia noble. Para complacer a su padre, Pierre aprendió el oficio artesano de ceramista que le sirvió para colocarse en una industria local como artista decorador de las piezas de cerámica. Con los ahorros conseguidos con dicho trabajo se trasladó a París. Se amoldó al estilo de vida de la Villa Lumiere, y en ella, la gozaba visitando el Louvre para extasiarse con sus pinturas. Entre ellas se sintió atraído muy especialmente por los cuadros de Rafael de configuración femenina y más aún por los eróticos de Rubens y de Boucher. Renoir, que ingresó en la Academia Suiza de Glejn:*e, fue uno de los alumnos que iba a pintar al bosque de Fointanebleu con sus compañeros y amigos Monet, Bazyle y Sisley. En el «Salon des Refuses» de 1869, fue rechazado el cuadro que presentó, pero el siguiente fue aceptado, el titulado «Lisa y la sombrilla», que guarda el Museo de Essen y que tenía muchas influencias de la pintura de Courbet. En cambio, tenían influencias de Delacroix los cuadros que pintó más adelante, titulados «Bañistas» y «Mujer arreglándose», y que conserva la National Gallery de Washington. Retrato de una modelo Concurrió con varios cuadros a la «primera exposición de los impresionistas» en el año 1879. Entre ellos figuraba el titulado «El palco», decididamente impresionista, y que fue el primero de una serie de pinturas en las que gentes variopintas comen, beben, charlan y rien; a ella pertenecen los titulados «El Moulin de la Gállete» del Museo Impresionista de París, «El almuerzo del rio» del Instituto de Arte de Chicago, y «La comida de los remeros», del Philips Memorial de Washington. Renoir viajó por Italia, Holanda y España: y en Madrid, al igual que Manet, se enamoró de la pintura velazqueña. Le gustaba mucho a Renoir la vida de sociedad, y por ello concurría a las tertulias intelectuales de Madame Charpentier. Asistían a ellas, entre otros, Zola, Gouncourt, Maupassant y Alfonso Daudet, y a Renoir le encantaba que le estimasen como maestro esos personajes. Uno de los tesoros del Metropolitan Museum de Nueva York es el maravilloso retrato que hizo Auguste de Madame Charpentier con sus dos hijas y un perro a sus pies. Renoir en actitud de pagania rendía culto a la belleza de la mujer carnal exaltando sus morbideces en las carnaciones de su figuración 14 Antonio Cobos Soto en las pinturas. Y lo prueban así dos cuadros, con treinta años de diferencia entre ellos: el de «Las grandes bañistas» de la «Colección Carole» de Filadelfia del año 1884, y el de «Juicio de Paris» de la Colección Henry P. Mc. Ilhenny pintado en 1914 con curiosas resonancias expresionistas. En la última etapa de su vida estaba seriamente enfermo de reuma articular pero seguía pintando atándose los pinceles a la mano. De esa forma pintó los cuadros titulados «Durmiente» y «Saliendo del baño». En el año 1913 comenzó a esculpir y ya an el año 1917 dos importantes esculturas de tamaño natural: la «lavandera agachada» y «La Venus victoriosa». Fue también Auguste un gran amante de las flores y singular pintor de ellas. Cuando después de ser un gran amador de la belleza de las mujeres le llegaron las horas bajas, no tuvo los tristísimos finales de Manet y Degas. Contó con el cariño de ellas: los cuidados de su esposa, y los de sus servidoras «Gabrielle» y «La panadera», que también le habían servido en su día de modelos. Nació Cezanne en Aix-en-Provenze en el año 1839 en el seno de una familia burguesa, puesto que su padre, de ascendencia italiana, era banquero. Fue condiscípulo de Zola cuando hacia sus estudios de segunda enseñanza, sin ningún entusiasmo por cierto, porque ya le acuciaban sus preferencias artísticas. Por fin consiguió convencer a su padre para que le dejase trasladarse a París. También se convirtió en él en un visitante asiduo del Museo del Louvre. Ingresó para formarse en la Academia Suiza «Gleyre», donde tuvo como compañeros y amigos a Monet, Sisley y Renoir. Estando aún formándose se relacionó con la modelo Hortense Figuet, y se casó con ella. Pictóricamente, Paul Cezanne sólo aceptó algunos de los postulados impresionistas, como eran el antiacademicismo, la supresión del claroscuro y la yuxtaposición de tonos. Y como quiera que Cezanne era autoexigente y un experimentador constante, su impresionismo resultó ser personalísimo y «sui generis». Prueba de ello es que en sus cuadros de última hora hay pespuntes de un realismo exaltado tradicional: como sucede con su cuadro «El jugador de cartas», de la colección Sthephen C. Clark de Nueva York, con el «Bodegón del Eros de yeso», Impresionismo de la colección londinense «Courtauld», y con él, «Bodegón de las manzanas» de la colección neoyorquina «Lille P. Bliss». La pintura de Paul era sorpresiva y prueba de ello es que en su cuadro del año 1905 «Las tentaciones de San Antonio» las formas de su figuración femenina tienen unas distorsiones tendentes al expresionismo, y en el retrato que hizo a su esposa, de la colección «Emile Burhle» de Zurich su cromatismo está conseguido con grandes manchas y su lenguaje tiene, además, resonancias cubistas. En las arboledas densas de sus paisajes, también utilizaba manchas atrevidas, pero cuando le llegaba la hora de pintar pueblecitos, introducía ingenuismos en sus casitas, caminos, puentes y riachuelos. Así sucede con su cuadro titulado «Casa del doctor Cahet», en Auvers-sur-Oise, y en «La casa del ahorcado» del Museo del Louvre. Cuando al final de su vida pintó el cuadro «Las tentaciones de San Antonio» volvió a distorsionar los desnudos femeninos con un expresionismo muy cercano a los destructivismos piccasianos. Fue Paul, indudablamente uno de los pintores de la época impresionista que contribuyó en mayor medida a la «vanguardización» de la pintura actual. Este singular artista, que nació en París el año 1848 y que murió en las Islas Marquesas en 1903, fue como Cezanne un adelantado de la modernidad. Ahora bien, dentro de su pintura, en cambio, hay un impresionismo muy escaso sólo puede percibirse en ella tendencia a la planificación cromática y un discreto antiacademicismo. En realidad, ese leve impresionismo llegaba a la pintura de Gauguin por el camino de las musicalizaciones cromáticas en lienzos abstractizantes con figuración integrada en ellos. Paul fue desde su infancia un ansioso de viajar para alegrar su retina con paisajes exóticos. Pudo colocarse en el Despacho de un Agente de Bolsa, y así pudo vivir desahogadamente con la joven danesa Mette cuando se casó con ella en 1873. Le proporcionó nada manos que cinco hijos. Gauguin fue de siempre un aficionado a la pintura. Hizo sus pinitos en ella e incluso expuso sus cuadros de autodidacta con los impresionistas. Creyó él que podría vivir con la veta de ellos cuando se produjo en el mundo una crisis bursátil que le dejó sin empleo pero se equivocó: no consiguió vender ni una sola de sus obras. ante ese problema familiar se marchó con sus hijos a vivir a Copenhague. Y allí se trasladó también Gauguin, para intentar vender allí sus obras, pero fracasó, con las que realizó experimentando junto a su compañero Laval, la técnica del «Cloissonnismo». Tuvo que regresar a Francia. Y allí comenzó a estabilizar su situación, porque comenzó a vender sus cuadros: los primeros fueron los de «Visión después del sermón» que se conserva en Edimbxirgo, y «El Cristo amarillo» de Buffalo. En Tahiti encontró todo lo qur le gustaba: paisajes exóticos, mujeres hermosísimas y acordes inéditos de color. El júbilo cromático de su paleta subió allí muchos enteros, sobre todo en las obras que realizó con la técnica de tintas planas del «gouache». Los últimos años de su vida fueron duros para él por la enfermedad pero tuvo el consuelo de haber conocido por fin el éxito. En las Islas Marquesas realizó sus mejores cuadros con resonancias abstractizantes. Entre ellos los titulados «Los senos de las flores rojas», del Metropolitan Museum do Nueva York, y el famosísimo guardado en el Museo de Boston titulado «¿De dónde venimos? Este singular artista nació realmente en la ciudad holandesa de Grool Zundert en el año 1853, pero es lógica su integración en el grupo de los impresionistas franceses, no solamente porque coincidió con ellos sino porque salvo una etapa de seis años (1880-1886) en la que vivió en Holanda, el resto de su vida discurrió en Francia, y dentro de ella sucesivamente en París, Arles, Saint Remy, y Aubers sur-Oise. Toda una vida tan desesperanzada que culminó con su suicidio en el año 1890. Ese fulgurante colorista que fue Van Gogh, tenía muy poco que ver salvo en lo de su rebeldía antiacademicista congénita con los postulados impresionistas. Poseía una técnica pictórica personalísima cimentada en un dibujo poderoso. Conseguía los volúmenes de las formas por medio de trazos continuos decididamente meándricos, cual circunvoluciones encefálicas. Fue un arisco solitario, porque la vida también se ensañó con él. Místico «per natura», fue evangelista entre los mineros de Borinage, pero fue expulsado por exceso de celo. Su pintura era invendible en aquella época y pudo sobrevivir con la ayuda de su hermano Theo, que estaba empleado en la Galería Goupil de París. A pesar de su superdotación se integró en el taller de Cormon. Se hizo amigo del grupo impresionista que le informaron positivamente en lo que se refería al tratamiento de la luz. Le subjoigaron por su encanto las estampas japonesas, por lo que incorporó a sus creaciones algunas de sus inefabilidades. Todos esos hallazgos vanghogianos son perceptibles en su cuadro titulado «La pere Tanguy» que atesora el Museo Rodin. Durante el tiempo que vivió en Arles, Vincent pintó más de doscientos cuadros que son, sencillamente, obras maestras. Entre ellos pueden destacarse los titulados «Barcos en la playa», «Girasoles», «Puente de Anglais», y el retrato de «Rolin» que se conserva en el Museo de Boston. Cuando llega Gauguin a Arles, el año 1888, se producen entre ambos intercambios de ideas, pero también choques y enfrentamientos. Van Gogh, furibundo por su impotencia para replicar, se corta una oreja. Una acción de anormalidad mental premonitoria de su tristísimo final. En los cuadros de última epoca, consiguió eliminar el claroscuro y modelaba las formas por contrastaciones cromáticas. De esta etapa son los titulados «Iglesia de Auvers», conservado en París, «La alcaldía de Auvers el 14 de Julio», del Museo de Chicago, y «Campo de trigo de los cuervos» de la colección «Van Gogh». El excepcional artista que fue Henri Marie Lautrec nació en Albi, en el año 1864. Era un superdotado congénito cuya vida y trayectoria artística estuvo condicionada por la tara física de su enanismo. Tara que le venía de haber sufrido dos accidentes: uno en Albi en 1878 y otro en Bareges al año siguiente. Su enanismo era una autentica tara para la vida social porque tenía la cabeza grande y las piernas muy cortas. Sin embargo era de noble estirpe, porque su padre descendía de los condes de Toulouse, y su madre de una noble familia del Minervois. Su enanisrao hizo que Henrie no pudiera disfrutar de los goces normales de la vida. Su salvación estuvo no solamente en una febril actividad artística que le llevó a crear miles de pinturas, dibujos y litografías, en tan solo cuarenta años, sino también su inmersión en el alcohol y en la vida de crápula nocturna y cabaretera. Tuvo, para su formación, maestros de la talla de Pinceteau, Bonnat y Carmen. En el taller de este último coincidió con Anquetin, Bernard y Van Gogh. En el año 1885 se instaló en Montmartre, convirtiéndose en el cliente perpetuo del Moulin Rouge, el Moulin de la Gállete y el Murliton. En estos locales bebía y dibujaba a destajo. En ellos realizó a línea los retratos de Jane Avril, «La Gulue» y del popular «Valentin-le Dessosé». Se hizo famoso rápidamente con sus cuadros «El baile del Moulin de la Gállete» que se conserva en Albi, y el de «Nile. Biban al piano» del mismo museo. Con ayuda paterna se instaló en la calle Caulaincour, donde trabajó intensamente a lo largo de diez años. Especialmente pintando carteles con tintas planas sugeridas por las estampas japonesas. También pintó los dos cuadros titulados «Jane Avril bailando» del Museo del Louvre y «las dos amigas» del Museo Albi. También realizaba como divertimento dibujos humorísticos para las revistas «Figaro» «La plume » y «Blanche». Era también un maestro dibujando del natural facetas de las carreras de caballos por impresión. Expuso con éxito en la Galería «Goupil» de Londres, pero, destrozado por el alcohol y la vida desordenada tuvo que ser ingresado en una clínica de Neuly donde realizó con lápices de colores deliciosos dibujos circenses. Cuando sintió cercana su muerte se hizo llevar a Mabronne junto a su madre, y allí murió en el año 1901. La espontaneidad de sus pinturas, dibujos y carteles nos dice que el impresionismo que alentaba en ellas era mucho mayor que el perceptible en las pinturas de Manet, Degas, Cezanne, Renoir y Van Gogh. La integración de esta artista descendiente de Fragonard, nacida en Bourges es lógica, porque aunque ella se formó con Eguinard y Corot e incluso posteriormente con Edouard Manet, del cual fue modelo, lo cierto es que en 1874, se unió al grupo impresionista aportando a su exposición en casa «Nadar» el cuadro titulado «La cuna», del Museo Impresionista de Paris Es cierto que Manet influyó en su pintura como lo prueba el cuadro «La mujer ante el espejo», pero ella pugnó para librarse de esa influencia en una serie muy personal de retratos y obras intimistas. Ella estructuraba directamente sus pinturas, extendiendo manchas cromáticas y buscando para la luz, irisaciones y musicalidades impre-Impresionismo sionistas. Al final de su vida, se interesó por la pintura volumetrica de Auguste Renoir. Este artista francés muy amigo de Gouncourt, y con pujos de intelectual, fue un pintor absolutamente apegado al realismo tradicional decimonónico, que fue integrado por los expertos entre los pintores impresionistas por su coincidencia con ellos en el tiempo, no por que aceptase algunos de los postulados de la pintura por impresión. Sobresalió en su tiempo por un buen retratismo y por unas «Maternidades» sentimentales que colmaban los gustos dulzones de la sociedad francesa de la «Belle Epoque». Esta rememoración del movimiento impresionista francés, puede cerrarse con naturalidad absoluta evocando la figura del artista galo Odilon Redon, nacido en Burdeos el año 1840. Algunos expertos le consideraron como un pintor «neoimpresionis ta» pero en realidad era un impresionista rezagado. Además, su improsionismo relativo se diluyó, trocándose en pintura simbolista. Odilon Redon ganó justa fama con sus cuadros titulados «El sueño», «La apocalipsis de San Juan», y sobre todo «Las flores del mal». La pintura de Redon fue, por decirlo así, el furgón de cola del formidable movimiento impresionista francés, que abrió las puertas de par en par a la pintura contemporánea.
Entre 1858 y 1872, un grupo de letrados que se reunía en la tertulia de El Mosaico procesó los materiales recogidos por la expedición geográfica que se había realizado entre 1851 y 1859 bajo la dirección del geógrafo italiano Agustín Codazzi y elaboró una visión de la nación como un país de regiones. Esta visión se transmitió a través del cuadro de costumbres. Al mismo tiempo, José María Vergara y Vergara, cofundador de la tertulia, escribió la primera historia de la literatura de la Nueva Granada a partir de la cual elabora una reevaluación del pasado hispánico colonial. Tanto la visión regional del costumbrismo como la hispano-católica que cimentó Vergara y Vergara resultaron elementos fundamentales en la unificación nacional que se consolidó bajo la ideología conservadora a partir de 1880. Costumbrismo, proyecto hispánico-católico, geografía, pasado colonial. Entre 1858 y 1872, en medio de una crisis política, social y económica que amenazaba con llevar a Colombia a una ruina total, un grupo de hombres y mujeres ilustres se congregó informalmente en la tertulia de El Mosaico, dedicada especialmente a asuntos literarios. Los fundadores de este espacio fueron José María Vergara y Vergara, periodista y político conservador, y Eugenio Díaz, autor de cuadros de costumbres y de la primera gran novela costumbrista, Manuela (1859). Si bien, como en toda tertulia, las intenciones y proyecciones se formulaba ligeramente y no se pretendía llevar a cabo ningún proyecto de gran envergadura, de hecho este grupo resultó consolidando los contornos de la literatura nacional, afectando sus desarrollos futuros, al mismo tiempo que su actividad le otorgó un papel fundamental a la literatura en la formación de imaginarios nacionales. El Mosaico se fundó inicialmente como un espacio de difusión del costumbrismo y organizó su labor alrededor de ese género. La noción con la que se operó era muy amplia y suelta, posicionando bajo el rubro otro tipo de escritos como las crónicas de viaje y los informes científicos. En términos generales, se catalogó como costumbrismo todo trabajo de descripción de los espacios geográficos del territorio nacional, de sus gentes, sus formaciones sociales y económicas. Tras la muerte de Díaz en 1865, el grupo quedó en manos de Vergara y Vergara, la figura pívote, y es su obra la que le imprime a la labor relativamente informal de la tertulia el sentido de un proyecto de literatura nacional. La mayoría de los miembros hacían pequeñas contribuciones, organizaban de vez en cuando los encuentros en sus casas (esto se registraba en las actas que se publicaban en la revista), pero el grueso de sus actividades transcurría en los círculos de la política o en otras publicaciones, como es el caso de José María Samper, uno de los ideológos liberales más influyentes del siglo; su mujer Soledad Acosta, periodista e historiadora, directora de la Biblioteca para señoritas; el periodista y educador liberal Manuel Ancízar; o el geógrafo Felipe Pérez. Fueron miembros más constantes y más dedicados a la labor literaria específica de El Mosaico, además de Díaz y Vergara y Vergara, sus fundadores, José Manuel Groot, autor y pintor costumbrista e ideológo católico; Ricardo Carrasquilla, educador, autor de cuadros de costumbres y orador católico; y José Manuel Marroquín, novelista, cuentista, gramático, compositor de una ortografía en verso, y, años después, presidente de la república cuando los Estados Unidos intervino para separar a Panamá de Colombia en 1903. La tertulia se convirtió en un lugar de autoridad sobre cuestiones literarias y Vergara y Vergara se hizo cargo de organizar y ordenar las letras nacionales. Del círculo salieron publicaciones como La lira granadina (1860), una colección de lo más sobresaliente en poesía después de la independencia, recopiladas por José Joaquín Borda y el mismo Vergara y Vergara, el Museo de cuadros de costumbres (1866), recopilado también por este último con colaboración de otros miembros de la tertulia, publicaciones que arbitraban sobre calidad en forma y contenido y acompañadas de prólogos que definían valores "nacionales". En las reuniones del grupo se introducía a los nuevos talentos literarios y se sometía a aprobación los materiales que llegaban de distintos rincones del país. La revista de El Mosaico se convirtió en un importante órgano de difusión de novedades literarias: en sus comienzos publicó por entregas Manuela, la novela de Díaz, y en 1864 presentó las primeras poesías de Jorge Isaacs. Tanto Vergara y Vergara como Ricardo Carrasquilla leyeron y corrigieron el manuscrito de María (1867), la más importante novela romántica de Colombia. En este artículo, me ocuparé de señalar las conexiones que existen entre el costumbrismo que cultivó El Mosaico y el proyecto de unificación nacional que cristalizó en la década de 1880 alrededor de una visión conservadora, hispano-católica de la nación. Me centraré en particular en los dos ejes que cultivó Vergara y Vergara: primero, el lugar que se le adjudicó al costumbrismo como vehículo de descripción de la realidad nacional, para lo cual tendré en cuenta los antecedentes, la procedencia de los materiales y el tipo de mapa imaginario, tanto geográfico como social, de la nación que contribuyó a crear; segundo, el uso específico que le dio Vergara y Vergara a este género como instrumento para hacer una revisión del pasado hispánico colonial y los lazos que existen entre esta variante y su obra más importante, la Historia de la literatura en la Nueva Granada (1867), la primera historia literaria de Colombia y una de las primeras del continente (González Stephan, 1987). La Historia resulta un espacio especial-mente privilegiado para analizar el papel que le cupo a la literatura en el trazado de una continuidad cultural con el legado colonial español, sobre todo en lo que respecta a la lengua y la religión. En este punto, la obra de Vergara constituye una contribución fundamental para la cimentación del pensamiento hispano-católico conservador que habría de cristalizar en el proyecto de unidad nacional en la década de 1880. Quiero además tener presente la función del costumbrismo en la creación de la idea de Colombia como "un país de regiones" que opera como la definición básica y fundamental de lo que es no sólo la base geográfica del territorio, sino de manera significativa la divisoria cultural del país y, por ende, de su desarrollo histórico. Si bien la multiplicidad y diversidad geográfica, cultural e histórica de Colombia son innegables, la "región" es ante todo un discurso, un dispositivo que se ha hecho operativo dentro de las relaciones de poder y en los conflictos políticos. Rebasa las intenciones de este ensayo hacer una crítica de ese discurso, cuya complejidad atraviesa multitud de instancias, pero es importante poner de presente que la "región" opera como una ideología. La región en el discurso de la nación en Colombia ha tenido la función muy importante de "naturalizar" formaciones sociales y económicas, así como de organizar aspectos culturales e interpretar procesos históricos. En este sentido, ha sido funcional para ocultar otras diferencias, para allanar y simplificar procesos sociales y culturales. Aquí señalaré algunos momentos de la construcción de esa ideología de la región para la cual el costumbrismo fue un vehículo privilegiado. EL PROYECTO DE UNIFICACIÓN NACIONAL Y LA FUNCIÓN DE LA LETRA La unificación y consolidación nacional en Colombia hacia 1880 fue un fenómeno más tardío que en la mayoría de los países hispanoamericanos. Desde la década del 40, profundas diferencias entre facciones de la elite fueron definiendo los perfiles de lo que habrían de ser los dos partidos políticos, el liberal y el conservador. El punto que los diferenciaba sustancialmente era el del papel que le adjudicaban a la Iglesia en los asuntos del estado. Esto tenía, por supuesto, repercusiones que también eran económicas, pues los fueros eclesiásticos significaban la ERNA VON DER WALDE pérdida de importantes réditos para la hacienda pública y los liberales, apoyándose en el racionalismo económico, no dejaban de señalar este aspecto. Pero más importante resultaba la disputa respecto al papel civilizador, moralizador y educador de la Iglesia que alimentaba los argumentos de los conservadores y les servía de base para definir al pueblo que querían gobernar. En las cuatro décadas de intensa rivalidad y conflicto, en las que se lucharon cuatro guerras civiles a nivel nacional, tres de las cuales dieron como resultado una nueva constitución 2, se agudizaron las diferencias, se intensificaron los argumentos a favor o en contra de las posiciones y se demonizó al rival hasta el punto de hacer imposible una reconcialiación. Si bien, como afirma Cristina Rojas, a los letrados de la elites los unía su "voluntad de civilizar", en el discurso público pesaban más las diferencias, hasta el punto de que el partido opositor no se veía como un contendor sino como una desviación de la verdad, y por tanto como algo que debía ser eliminado (Rojas, 2002, 35-41). Fue el movimiento de Regeneración nacional el que salió finalmente victorioso en la contienda, un movimiento que tenía como figura política central a Rafel Núñez, un liberal moderado, y como líder intelectual y moral a Miguel Antonio Caro, el conservador más ilustrado, más consistentemente católico ultramontano e hispanista. Bajo la dirección de Caro se redactó la constitución de 1886, la cual habría de regir a Colombia durante más de un siglo, una constitución que entregó a manos de la Iglesia la conducción de la formación ciudadana como una educación moral. Dado el impacto de las guerras y la rivalidad política en la formación de un proyecto nacional en Colombia, podría pensarse que el papel de la literatura no podría ser muy significativo. Adicionalmente, hacia finales del siglo XIX, el país consistía en su mayor parte de comunidades campesinas autosuficientes y el nivel de la matrícula escolar era bajísimo, apenas de un 5,3% en la década de 1870 (Palacios, 1995, 17). Por lo tanto, hay que tener en cuenta la doble función de la literatura. Por un lado, era el vehículo a través del cual se consignaba una realidad que se ordenaba a través de la escritura, formando así una imagen del país. Esta labor estaba confinada casi en su totalidad a los círculos de letrados urbanos, bien fuera como productores directos o mediadores de las producciones de otros actores sociales (recopilaciones de folclore, introducción de poetas de provincias, clasificación del valor adjudicado a las diversas producciones), constituyendo lo que Ángel Rama llamó la ciudad letrada (1984). Esta ciudad letrada estaba directamente ligada al poder, no sólo porque en general los escritores eran también políticos (y las más de las veces, la viceversa: los políticos adiestraban su arte del buen gobierno a través de la pluma), sino porque en últimas la lógica que comandaba la letra era la que buscaba imponerse sobre una realidad que se percibía como caótica, desenfrenada y, en términos generales, incivilizada. De ahí que se pueda establecer, como lo hace Rama, una continuidad sin fisuras entre el proyecto civilizatorio colonial y el republicano poscolonial. Más allá de la superficial diferencia entre la cultura letrada y la oral cuando se mide sólo por los medios que utilizan para su transmisión, lo que separa sustancialmente al letrado del resto de la comunidad es el logos civilizador y colonizador que impulsa a través de la letra. Es decir, no es el medio mismo -la escritura-, sino su inscripción dentro de una sociedad dividida en castas, razas y clases lo que hace que la práctica del hombre de letras hispanoamericano se entienda como una continucación de esa lógica. El espacio de la letra se traduce en un espacio de control de los cuerpos (abolición de otras prácticas escriturales) y de las mentes (saber decir) que se halla estrechamente ligado a la vigilancia del lenguaje por medio de la norma gramatical. El lugar en el que se confunden las prácticas del hombre de letras como observador y escribano del mundo circundante y como actor dentro de él en cuanto gobernante son las Constituciones. Esto pude verse claramente en el caso de Andrés Bello, cuya obra como poeta, gramático y legislador conjuga magistralmente las tres variantes letradas dentro de un proyecto civilizatorio de profundas repercusiones. Las visiones que se ponen a prueba tentativamente en la poesía (como en la Silva a la agricultura de la zona tórrida, su proyección de una civilización fundamentalmente fisiocrática) se traducen en normas y leyes que han de regir los destinos de naciones (Chile, en este caso). La constitución colombiana de 1886 tradujo en muchos sentidos la visión que tenía Miguel Antonio Caro de lo que debía ser el pueblo colombiano. Un punto ilustrativo es el que se refiere al voto. Mientras los liberales, temerosos de la influencia que podía ejercer la Iglesia en los analfabetos, preferían un voto restringido a los hombres mayores de 21 años que supieran leer y escribir, Caro, profundamente convencido del espíritu católico que debía imperar en todos los asuntos públicos, abogó a favor de, e impuso, el voto "universal" para todos los hombres, sin importar su nivel educativo. Así, de hecho, lo que es en apariencia un medida más democrática, dadas las condiciones reales del país resultó en su contrario, y las elecciones quedaron en buena medida supeditadas a los mensajes que se emitían desde el púlpito. Una segunda función que ejerció la literatura fue la de una pedagogía de lo nacional. Si mucha de la labor de observación, consignación y ordenamiento se efectúaba a través de la escritura, las cartillas, los libros escolares y los manuales se constituyeron en procesos de selección y discriminación de textos para servir como "reflejo" de lo que era el "pueblo" de la nación. Estas ayudas pedagógicas cumplían el cometido de canonización e institucionalización de los textos para uso de la educación ciudadana y como vehículos para la construcción de una hegemonía cultural, entendida en un sentido estrictamente gramsciano: la conformación de una "cultura común", de valores compartidos en la que todos los habitantes de la comunidad, sin importar las diferencias de clase, raza, género, etc., encuentren los puntos de convergencia que los identifica como miembros de la nación. Como instrumento pedagógico, estos textos no tenían que cumplir el requisito de efectivamente mostrar la diversidad cultural, racial, social y demás de que se componía la nación, sino educar a los pobladores dentro de un sistema de valores que, si compartían, los integraba a la comunidad. Es decir, no era "dialógica" sino más bien catequizadora; y de hecho, muchos se organizaban como catecismos, en un sistema vertical de transmisión de valores. Los textos escolares no eran un lugar de encuentro en el que se exploraba la diversidad, sino un lugar de imposición de la unidad. No toda obra literaria se prestaba para dicha misión moralizadora y pedagógica, y las más de las veces, como es obvio, estas compilaciones dicen mucho menos sobre la nación y mucho más sobre la mentalidad y los cometidos políticos e ideológicos de los compiladores. Cuando se hacía inevitable la presencia de obras cuyo contenido o cuyos autores no se condecían del todo con el espíritu de los educadores, las exégesis literarias se encargaban de poner los textos en su lugar, de indicar los valores que merecían exaltarse y condenar los reprochables. Así, el comentario literario se convertía en escuela moral. Este aspecto pedagógico cobró mayor fuerza con la ampliación de la matrícula escolar bajo lo regímenes conservadores entre 1880 y 1930 (Palacios, 1995, 17), el período conocido como la "hegemonía conservadora". El proyecto civilizatorio, que en el siglo XIX se traducía ante todo en un orden mercantil moderno, se defendía a capa y espada con ideas liberales y se atacaba desde el proyecto civilizatorio alternativo, el del legado hispanocatólico. La labor de El Mosaico en la década de 1860 en este contexto resulta especialmente interesante. Si bien las contribuciones personales de sus dos fundadores, Eugenio Díaz y José María Vergara y Vergara, pasaron a alimentar muy directamente la ideología conservadora, en términos generales, la tertulia se constituyó como un espacio políticamente "neutro" en el que participaban tanto conservadores como liberales, en el que se incluyeron producciones de muchos hombres y mujeres de letras y, en esa medida, pudo reclamar un carácter nacional. En su multifacética labor, Vergara y Vergara como conductor de este grupo de letrados supo organizar tanto la labor exploradora de lo nacional como la pedagógica. LOS LEGADOS DEL PASADO, LAS EXIGENCIAS DEL PRESENTE -EL MOSAICO Y LA COMISIÓN COROGRÁFICA La actividad en el campo de las letras que llevaron a cabo Vergara y Vergara y los miembros de El Mosaico puede entenderse como la de la elaboración de una definición de la cultura nacional. Su labor devino en la configuración de un mapa social de la nación que sirvió de base para una pedagogía civilizatoria y ciudadana, especialmente en el proceso de canonización e institucionalización de las obras literarias en manos de los conservadores. Pero esto habría de ser un fenómeno posterior. En esta parte me ocuparé de los antecedentes más importantes que suministraron en buena medida los materiales de los que se valió el grupo, así como los momentos que definieron las posiciones ideológicas que le cupo promover. El Mosaico es el espacio cultural en el que confluyeron dos fenómenos de la mitad de siglo: la creación de los partidos políticos y la radicalización de la posiciones, por un lado, y la constitución de una expedición científica de explorción de la geografía, la botánica y las gentes del país que se llevó a cabo entre ERNA VON DER WALDE 1850 y 1859 bajo el nombre de la Comisión Corográfica, comandada por el geográfo italiano Agustín Codazzi. Entre 1849 y 1853, se introdujeron una serie de reformas, conocidas en la historiografía como la Revolución del Medio Siglo, que transformaron radicalmente la sociedad colombiana. Los eventos de Francia en el 48 produjeron un gran impacto en las nuevas generaciones granadinas y se dio un gran impulso a las ideas liberales con fuertes toques socialistas y románticos. Entre las más notables y duraderas, se encuentra la abolición de la esclavitud en 1851. Estas reformas tuvieron como efecto, asimismo, una mayor radicalización de las diferencias partidistas y de hecho dieron origen cabal a los partidos. La abolición del fuero eclesiástico y la expulsión de algunas órdenes religiosas, como la Jesuíta, motivó una rebelión de los conservadores en 1851 y, por haber surgido y tenido más fuerza en la región predominantemente esclavista del Cauca, se vio ligada con el descontento que produjo también entre los terratenientes de la zona la abolición (Safford y Palacios, 2002, 205). En materia de programas políticos, se consolidó la alianza entre el conservatismo y la Iglesia y el partido se perfiló escencialmente como defensor de los intereses de ésta. A su vez, los liberales se dividieron, se produjeron fracciones entre los más y los menos radicales (gólgotas y draconianos) y la crisis se precipitó en 1854 con un levantamiento de artesanos y el golpe de estado del General José María Melo. Se restituyó el orden constitucional a los pocos meses, pero el espíritu revolucionario de las reformas se fue apagando ante los muchos impedimentos. Los debates de medio siglo y las consecuencias del revuelto ambiente político siguieron reverberando a lo largo de la década. En la obra de los fundadores de El Mosaico hay una clara intención de contestación a las influencias francesas e inglesas, una afirmación de "lo colombiano" como una cultura ajena a estas ideas. El texto que motivó la fundación de la tertulia, la novela Manuela de Eugenio Díaz, satiriza con fina ironía las pretensiones socialistas y el idealismo romántico del joven letrado urbano ante las crudas realidades del gamonalismo y las pugnas de poder locales en el campo. Bajo la firma mano de Vergara y Vergara, el realismo costumbrista se orientó para servir de base a un "realismo político". La realidad colombiana debía explorarase y entenderse desde sus propias condiciones, sin las afectaciones de ideologías foráneas. La consigna de Díaz, "el cuadro de costumbres no se inventa, se copia", sirvió de impronta para definir no sólo el género sino lo que sería la base de la literatura nacional como registro de una cultura nacional autóctona. Como parte de las reformas, con el fin de tener una base científica clara para poder proyectar el progreso de la nación, se concibió en 1849 la Comisión Corográfica. Con estas reformas se trataba, en parte, de implementar los ideales radicales de los liberales, pero en concreto de modernizar y racionalizar la administración pública y sacar al país de la condición de atraso económico en que se encontraba. Para ello era fundamental observar cuáles eran los trazados de la divisón territorial, notoriamente inestable por causas políticas, y fijar criterios geográficos con base científica, así como sobre principios económicos de eficiencia comercial y administrativa 3. Además, era necesario hacer una evaluación de los recursos, inventarios de caminos y censos de población. Así, una tarea de la Comisión era la de hacer levantamientos de mapas y cálculos poblacionales para establecer una división territorial más racional y un equilibrio entre las regiones. Pero sobre todo, esta exploración del país tendría como fin establecer las políticas de progreso económico, determinar cuáles eran las actividades de las que el país podría sacar más provecho en sus relaciones comerciales con Europa. El legado de la Comisión Corográfica es enorme y está aún por evaluarse mucho de lo que hicieron Codazzi y sus acompañantes, así como los posteriores desarrollos científicos y culturales que se vieron tocados por esta obra. Entre lo más notable de su labor se encuentra el trabajo de sentar la base cartográfica de la nación, las numerosas descripciones geográficas y el establecimiento de elementos a partir de los cuales se delimitarían las regiones naturales (ríos, montañas, etc.). De aquí salió la división regional de Colombia, que se elaboró realmente sólo hacia finales del siglo XIX y principios del XX con la obra del geógrafo Francisco Javier Vergara y Velasco 4. El botánico José Jerónimo Triana, el científico más ilustre del país en el siglo XIX, trabajó con la Comisión y culminó sus labores en Francia publicando obras sustanciales sobre la botánica colombiana e importantes contribuciones a los sistemas de clasificación de las plantas. El trabajo de Triana conectaba la labor de la Comisión con el legado de la Expedición Botánica de 1783-1808 dirigida por José Celestino Mutis y en la que trabajaba el más renombrado científico de la época, Francisco José de Caldas. La Comisión se disolvió poco después de la muerte de Codazzi en 1858. En el espacio de la cultura nacional, fue El Mosaico quien se encargó de procesar parte del legado. Varios de los miembros de la tertulia habían participado en la Comisión o fueron continuadores de su labor una vez se disolvió, como es el caso del periodista Manuel Ancízar y del geógrafo Felipe Pérez. Es en el espacio de la Comisión que cobra impulso y alcance el "cuadro de costumbres", lo que supo capitalizar El Mosaico para le proyecto conservador, aun cuando en sus orígenes no sólo era liberal, sino que buscaba ser científico y objetivo. El órgano de difusión más importante fue el periódico El neo-granadino, creado en 1848 por Manuel Ancízar para promover el proyecto liberal 5. Allí se publicaron entre 1850 y 1852 los artículos que éste, como miembro de la Comisión y bajo el seudónimo de Alpha, iba escribiendo sobre la marcha y en los que hacía descripciones detalladas de paisajes, caminos, poblados y gentes 6. Asimismo, en ese periódico se publicaron los cuadros de costumbres de Manuel María Madiedo, posteriormente miembro importante de El Mosaico (Loaiza, 1999b, 72). Ancízar invitaba a sus lectores a enviar contribuciones de descripciones locales, informes sobre el estado de los caminos, las condiciones de las poblaciones, etc. Así, entraba al espacio de la revista un contingente inesperado de contribuyentes de provincias (Loaiza, 1999b). Para la Comisión se designaron también pintores que crearían una colección de láminas para ilustrar los diferentes aspectos estudiados. La mayoría de las pinturas y los dibujos que elaboraron Manuel María Paz, Henry Price y Carmelo Fernández no se publicaron sino hasta 1957 (Sánchez, 1998, 563). Sin embargo, sí hubo una gran difusión de los "cuadros de costumbres" del pintor más importante de Colombia en el siglo XIX, Ramón Torres Méndez, quien no formó parte de la Comisión pero en cuya obra se puede ver el tipo de conocimiento que se estaba produciendo. Sus láminas impusieron un estilo de representación que dejó una fuerte impronta en la imagen que se creó de las castas, clases y razas en el país. El trabajo de Torres Méndez convergió con el de El Mosaico. Conservador convencido, Torres también usó la ligereza del costumbrismo para caricaturizar tipos sociales y, por supuesto, "tipos" políticos (Sánchez, 1991). La tertulia de El Mosaico se hizo cargo, en parte, de difundir el trabajo de la Comisión y al mismo tiempo definió elementos de su trabajo a partir de lo obtenido por ella. Así, en la importante recopilación que hizo Vergara y Vergara con otros miembros del grupo de lo más representativo del género costumbrista en Colombia, el Museo de cuadros de costumbres (1866), figuran multitud de crónicas de viaje de miembros de la Comisión. La definición de costumbrismo resultó, por ende, muy amplia, desde la variante picaresca social que se adoptaba de los modelos españoles de Larra y Mesonero Romanos, pasando por elucubraciones sobre las prácticas sociales o políticas, hasta las crónicas de viajeros en un formato descriptivo a medio camino entre lo científico y lo narrativo. Un mapa imaginario de la nación, con sus diferencias regionales, las características de sus poblados, las dificultades en las comunicaciones, sus grandes baldíos, sus selvas inhóspitas, los obstáculos para el comercio, el progreso y la civilización adquirió forma en este cuadro impresionista que brindaba la recopilación. Hasta bien entrado el siglo XX, el costumbrismo dominaba la representación de la realidad social en Colombia, especialmente la rural 7. El costumbrismo resultó un vehículo apto para crear un mapa cultural del país como mosaico, una imagen que posibilitó imaginar la "unidad en la diversidad", para usar uno de los lemas del hispanismo actual. El conjunto amplio de cuentos, poemas, crónicas de viajes, coplas, láminas y demás materiales que podían ubicarse bajo el rubro, en los que se retrataban tipos humanos con el trasfondo de paisajes, ilustrando las diferentes formaciones sociales y económicas, se registraban los hábitos, las fiestas, las prácticas religiosas, las industrias, las labores del campo, permitieron trazar los contornos de una "comunidad imaginada". Los cuadros de costumbres permitían establecer los elementos comunes entre poblaciones disperas en una vasta y azarosa geografía e incomunicadas por falta de caminos. El estilo sencillo y su voluntad documentalista permitían registrar las variantes lingüísticas de las diferentes regiones. Contribuyó en esto a señalar las líneas por donde pasaba la divisoria fundamental entre el uso "correcto" de la lengua por parte del letrado, cuya mirada construía el conjunto que se describía, y las "desviaciones" que se observaban en el uso de las gentes comunes. A la vez que ERNA VON DER WALDE su sencillez lo hacía accesible a la población semialfabeta, consolidaba la legitimidad del letrado para gobernar. Por la naturaleza misma del género, las escenas de costumbres tendían a ser estáticas. En ellas la acción era mucho menos importante que la descripción, la anécdota era insignificante. Presuponían, en ese sentido, un deseo por parte del lector de adquirir conocimiento sobre las bases materiales del país más que una curiosidad novelesca. El estatismo del cuadro de costumbres ubicaba a los personajes en un espacio, pero suspendidos en el tiempo. En contraste con la conciencia histórica del letrado, la realidad histórica de los retratados quedaba "al margen de la historia", para usar la frase con la cual designó Euclides Da Cunha a las poblaciones amazónicas. LA DEFINICIÓN DE LA COLOMBIANIDAD A PARTIR DE LA REVISIÓN DEL PASADO COLONIAL Un proyecto importante que se albergaba dentro del conjunto mayor de la misión de la Comisión Corográfica era el de atraer imigración extranjera 8 y esto también dejó una huella en el proyecto de El Mosaico. Esta cuestión había estado en la lista de programas de gobierno desde los inicios de la era republicana (Sánchez, 1998, 197). Aunque el país estaba bastante despoblado y muchas explotaciones comerciales no eran posibles por falta de mano de obra, la inmigración se concibió siempre como un gesto civilizatorio encaminado a atraer europeos del norte y norteamericanos, cuyo espíritu de empresa habría de promover el progreso. En 1849, el secretario de gobierno del entonces presidente Tomás Cipriano de Mosquera formulaba la cuestión en los siguientes términos: En la Nueva Granada se notan todas las condiciones de los países que necesitan mas (sic) el poderoso fomento de la inmigración: extenso territorio, población poco numerosa, eterojeneidad de razas, languidez industrial, escasa i difícil comunicación. Necesitamos, por tanto, civilizar i poblar nuestros baldíos, aumentar la raza blanca, dar aliento al trabajo i las artes, desarrollar los fecundos jérmenes de riqueza que encierra nuestro vasto suelo, impulsar las mejoras materiales i nuestros progresos morales (citado por Sánchez, 1998, 197). El gobierno nunca dispuso de los fondos necesarios para crear un programa de inmigración y quedó como único recurso el de usar un "medio indirecto" a través de la prensa, en la que se podía publicar descripciones del país, de "las ventajas naturales, políticas i sociales", para atraer a los extranjeros (Sánchez, 1998, 204). Se consideraba que las láminas creadas por los pintores de la Comisión podían servir para tal fin, es más que esta era su principal razón de ser, pero nunca se publicaron, quizás por falta de dinero (Sánchez, 1998, 570). El trabajo de El Mosaico resultó en parte orientado por los impulsos de esta política. Como se ve expresado en el prólogo al Museo de cuadros de costumbres, la intención primera es que los volúmenes sean leídos en el extranjero, su propósito el de "servir para dar a los que no nos conocen alguna idea de lo que somos y de lo que hemos sido" (Vergara y Vergara, 1866, 2). Así, las actividades de El Mosaico revelan una elemento crucial de lo que constituía el ejercicio de la letra en el siglo XIX: el levantamiento de las características del país para el "uso" de los extranjeros que se quería atraer. Es en este sentido que la Historia de la literatura en la Nueva Granada desempeña un papel central en el establecimiento de la cultura colombiana como una cultura escencialmente hispánica. Se relaciona con la práctica costumbrista en su tarea de mantener la colombianidad como una identidad de lo "autóctono", pero lo define de antemano como lo producido en el largo proceso histórico de aculturación de las poblaciones originarias y de hispanización de la cultura. Puesto que no se ocupa, como lo hace el costumbrismo, de las clases populares sino de la tradición letrada culta, la Historia establece la legitimidad de las clases gobernantes a través de la continuidad de una tradición que se remonta al pasado colonial y cuya línea de continuidad se traza en la letra. El revisionismo histórico de Vergara y Vergara se centra en su reinterpretación de la Independencia. La historiografía republicana había sido en general una tarea de liquidación del pasado. Su retórica narrativa se centraba en las revoluciones como un momento de ruptura, de nacimiento de un nuevo orden. Atrapados por las viejas formas sobrevivían, sin embargo, las masas iletradas (Colmenares, 1986, xxiii-xxiv). El argumento de Vergara y Vergara se construye como una refutación a las fuertes críticas contra la colonia española, que se remontan al Memorial de agravios de Camilo Torres, pasan por la Carta de Jamaica (1815) de Simón Bolívar y habían se reitereaban sistemáticamente sobre todo en las críticas de los liberales colombianos en el medio siglo (ver J. M. Samper 1861 y M. Samper 1867). Su visión es que la generación de 1810 no podía haber surgido de la nada, sino que era "preciso reconocer la existencia de una labor anterior y muy anterior á ella; de un desarrollo del espíritu, lento si se quiere, pero que existió" (Vergara y Vergara, 1867, 7). La figura clave sobre la que gira el argumento es la del botánico, astrónomo y geógrafo Francisco José de Caldas, justo la figura que también reclamaban, desde un espíritu científico ilustrado moderno con tendencias utilitaristas, los liberales de la Comisión Corográfica. En sus escritos, Miguel Antonio Caro establece una conexión directa entre los principios morales cristianos y el buen uso gramatical, liga a esto a la crítica del utilitarismo, la cual, a su vez, se traduce en una crítica a las ideas de la ilustración y a los ideales liberales (Caro, 1869(Caro,, 1872(Caro,, 1881)). Todo ello se va a traducir en su obra magna, la Constitución de 1886, que se sellará en 1887 con un Concordato con el Vaticano. UNA NOTA SOBRE MARÍA DE JORGE ISAACS La suerte que ha corrido María dentro de la historia literaria y la construcción del canon en Colombia puede verse como un efecto directo de las doctrinas educativas del proyecto hispano-católico, que imprimió a la obra un sentido específico dentro de su orden ideológico. Miguel Antonio Caro se encargó personalmente de descalificar a Isaacs por su origen judío y sus ideas darwinistas, pero la novela ya había tenido un impacto imborrable en toda Hispanoamérica. Una sucesión de biografías falseadoras y de interpretaciones simplificadoras situaron a la novela como lectura adecuada para señoritas, y una larga tradición se ha encargado de perpetuar el valor de la novela por la grandeza de sus descripciones del paisaje y por los profundos sentimientos católicos de esta dulce familia de conversos judíos provenientes de Jamaica. En los últimos años se ha recuperado mucho del Isaacs que se había borrado de la historia, pero todavía la lectura de María sigue afectada por el romanticismo con el cual se ha construido tanto la vida del autor como el mundo que supuestamente representa en su novela. En apariencia, María es un lamento por la pérdida de un orden social que en realidad nunca existió en la forma idílica y nostálgica que le imprime el tono del relato central, dedicado a la reconstrucción detallada de la vida de familia, el paisaje y los obrajes. Si se tiene en cuenta la influencia del entorno literario de El Mosaico, que patrocinó la obra de Isaacs, se entiende más claramente cómo la novela traduce magníficamente la diferenciación que se estableció en el sistema literario a través del costumbrismo para representar los órdenes sociales y se percibe mejor el "desorden" que introduce Isaacs. La tradicional descripción de María como una obra que tiene elementos románticos, cotumbristas y realistas no permite dar razón de la complejidad que se esconde tras los diferentes modos de representación. Hay una separación temporal importante entre lo más bien ficticio romántico de la novela, de inspiración europea, que trata del sistema de la hacienda y de los esclavos, y el uso de motivos costumbristas y realistas en el manejo de los personajes campesinos y de otros prsonajes secundarios, como son los amigos de Efraín. En este orden se represnetan situaciones que corresponden al presente de la escritura de la obra. En María, la imposiblidad de representar lo social dentro de un solo régimen indica algo más que una "torpeza" o "inmadurez" de su autor. Son síntomas de la disolución de un orden que podía todavía interpretarse dentro de los regímenes de representación colonial, pero que se está fracturando mucho menos por las diferencias políticas internas que absorben la atención de los gobernantes, que por cambios en el orden internacional mercantil que le adjudican una nueva función a esa clase. María es una novela que se ubica en el umbral entre el fracaso del proyecto criollo de independencia, que derivaba su legitimidad de la lucha contra España, y un proyecto positivista de progreso que le adjudica al heredero del criollo un papel de intermediario entre el deseo del consumidor europeo por productos tropicales y la mano de obra que los va a extraer. La novela es una larga despedida nostálgica del viejo orden, no porque ofreciera un mundo mejor, sino porque en ese momento de incertidumbre no está claro quiénes van a ser los conductores del nuevo proyecto. Así, la novela oscila entre un pasado cuyo cometido histórico ya no tiene validez y un futuro indefinido, para el cual la novela postula varias posiblidades: la que representa el amigo de Efraín, Carlos, de expotación agrícola racional o el romántico campesino que representan los dueños de minifundios aledaños a la hacienda. Es una linda ironía que la única obra colombiana que realmente atrajo imigración extranjera fue María de Jorge Isaacs, ese retrato idílico y romántico de la sociedad esclavista del Cauca, cuya base material había dejado de existir y en la que nunca reinó la armonía que tan amorosamente construye Isaacs 9. En la centralidad de ciertos temas en la novela, sin embargo, se percibe la huella de los debates sobre la colombianidad: en el obsesivo énfasis en la conversión tanto del padre de Efraín como de María; en la correlación que se establece entre las prácticas católicas y la integración al país; en la mirada nostálgica a un pasado que nunca existió. Es interesante notar cómo Isaacs introduce la conversión religiosa como vehículo de nacionalización, pero al mismo tiempo mantiene una ambigüedad que la socava. Apenas insinuada en la novela, se encuentra la convicción de que los campesinos provenientes de la región de Antioquia son también de origen judío y es con ellos con quienes Efraín más comunidad y comunicación establece. La descripción de María coincide con las de las campesinas y la seductora Salomé subraya que si no fuera por el vestido, Efraín no notaría la diferencia. Pero sobre todo, puede decirse que María es la mayor y más poderosa heredera de las expediciones científicas colombianas, tanto la Botánica del XVIII como la Corográfica del XIX, en la medida en que busca esa colombianidad, que para sus mentores de El Mosaico radicaba en la religión y en la lengua, más bien en una compenetración -de claro corte romántico-con el lugar, el paisaje, la luz, los olores. Culturalmente, para Isaacs la colombianidad se construye sobre la memoria, desde un sentido profundo de una pérdida irreparable, ligada a las gentes del país.
Estudiamos en este artículo el enigma de la grandeza del sueño vienes, confrontando las obras de sus tres principales representantes: Klimt, Shiele y Kokoschka, que cerraron el s.XIX, y se adentraron con fuerza en el s.XXj mostrándonos su inquietante cambio, mediante los primeros destellos de una luz nueva, nacida en el corazón de la vieja Europa aún poderosa, pese al desgarro de la Primera Guerra Mundial. KLIMT fué el auténtico creador de la Gran Escuela Vienesa. El carácter extraordinario de su arte consistió en haber logrado una síntesis entre las dos tendencias fundamentales de su momento: el Simbolismo y el Art Nouveau. Su idea fué la «creación de una obra de arte total», grande, moderna y democrática, en la que el progreso de la cultura se basase en una compenetración entre los fines artísticos y los aspectos más diversos de la vida moderna. Su filosofía, basada en Shopenhauer, reunía las fuerzas de la voluntad con las del mal, afirmando que: «un sincero abrazo a todo el mundo no podía darlo la vida», sino solo el arte liberado de la voluntad. Su discípulo Shiele, quien sobrevivió al maestro unos meses, (ya que solo vivió durante 28 años), se diferenció enseguida del «deseo de triunfo de la vida», presente en la obra de su profesor, mediante los ejemplos fantasmagóricos que confirió a sus telas, impregnando a sus mejores cuadros de toda la desesperación que es posible transmitir a través de sus torturados personajes. Y finalmente Kokoschska, hizo que la sustancia misma de su obra, fuese la representación de un siglo, que al menos en dos ocasiones, había cambiado la faz de Europa, testimoniando con su mirada penetrante la degradación social y cultural del imperio. Secundado por el escritor y periodista Karl Kraus y el filósofo Wittgenstein, realizó imágenes de tal violencia plástica que se le ha considerado como un expresionista austriaco, más que como un auténtico secesionista. El Palacio de la Secesión Vienesa, construido bajo el proyecto de José María Ulbrich en 1898, gracias al mecenazgo del industrial Karl Wittgenstein, recoge, en su puerta de ingreso, la idea programática de un grupo de pintores, cuyo punto de unión es la protesta decisiva y caustica contra el historicismo dominante y el deseo de confrontar a la presuntuosa y arcaica sociedad vienesa con las corrientes del arte contemporáneo internacional. Su lema es: «A cada tiempo su arte y, a cada arte su libertad». Para ello, crearon la llamada «Asociación de artistas austriacos, » cuyo líder e inspirador fué Gustav Klimt, quien tenía como meta, dejar que el arte se desarrollase de forma libre e independiente. Este idearium fue dado a conocer gracias a la publicación de una nueva revista, titulada «Ver Sacrum», en la que, Herman Bahr, se atrevió a escribir: «No tenemos ninguna tradición, carecemos de frenos conservadores". El Ayuntamiento de Viena, regaló el terreno para el Museo de Secesión y el arquitecto Otto Wagner, junto con sus colaboradores y FIGURA 1. El Museo de Secesión El secesionismo austriaco alumnos, llevaron a cabo una sede expositiva, moderna funcional y económica, que fue considerada como un «templo del arte» por sus contemporáneos. En el curso de los decenios, la Secesión no consiguió mantener el altísimo nivel iniciado por sus fundadores. Periodos de esplendor cultural, (en los que expusieron Rodin, Schiele, Kokoschka, Max Oppenheimer, Frank Marc, El Lissitsky, Chagai, ó Kandinsky), fueron seguidos por otros de crisis y de mediocridad, fundamentalmente debidos a las Guerras Mundiales, durante las cuales, una bomba derribó el lucernario central. Sin embargo, gracias a la colaboración de numerosos miembros de la Secesión, fue reconstruido, conservándose en la actualidad como símbolo de superación, de triunfo y de esperanza. El responsable, fue, el arquitecto Adolf Kxischanity, quien entre 1985-1986, lo dispuso en forma de espacios modulares, ofreciendo la posibilidad de presentar pequeñas y grandes exposiciones, gracias a la flexibilidad de la organización espacial, que garantizaba, mediante paneles móviles, la distribución de muestras de pintura, escultura, video, obra gráfica o fotografía. Sin embargo, para el «Friso de Bethoven», que se presentó en la decimocuarta Exposición de 1902, se creó una sala especial permanente, donde puede verse hoy en día. Esta obra es la mejor y la mas representativa del pintor, que vamos a describir, pieza clave y decisoria de este movimiento revolucionario. 2e Gustav Büimt Las bases en las que se apoyaba la obra de Klimt eran: 1.° La gran tradición simbolista de final de siglo que entendía la pintura como vehículo de expresión de los temas alegóricos y 2.° Los elementos representativos, como concepto de ornamentación, con unidad de estilo y voluntad de recopilación de todas las corrientes del modernismo existente hasta el momento. Nacido en 1826, empezó su aprendizaje en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. Pronto creó un estudio junto con su hermano Ernst, y con Franz Matsch, y, fue en esta época, cuando pintó «La Fábula», y «El Idilio», siguiendo todavia un discurso simbolista. En el plano filosófico, se basó en la interpretación, que, a través del libro «Tractatus», había hecho el joven Wittgenstein de las doctrinas de Shopenhauer, el autor que mayor impacto habia ejercido en el último decenio del XIX, época tan debatida como dubitativa, a causa del espíritu general de incertidumbre reinante, que llevó a Cloran a definirla (años después), «corno el ensayo general de la crisis de las tradiciones culturales europeas». En el decenio de 1860, Gustav Klimt, forma un grupo artístico con su hermano Ernst y su amigo Franz Matsch. Este taller, iniciará una carrera precoz en el campo de las decoraciones murales, según la moda de la época, en la que la sociedad imperial, verá reflejada su propia imagen, como síntesis de su historia, vinculada al pasado y depositaria de todos sus triunfos y sucesos. En esta línea de razonamiento, a Klimt, se le encargó: 1.° La decoración del Burgtheater de Viena, (por lo que se convirtió en el protagonista de la sociedad de su tiempo, recibiendo del Emperador Francisco José, la Gran Cruz de Oro, en reconocimiento de su actividad pictórica). 2.° La escalinata del Kunsthistorisches Museum, ( en la que evocó los grandes periodos artísticos de Egipto, Roma y el Renacimiento) y 3.° «El Aula Magna» de la Universidad de Viena. Para el pintor, que dentro del arte oficial había conseguido sus primeros triunfos, suponía una amarga y difícil experiencia personal, el reconciliar esos éxitos oficiales, con las ideas innovadoras que estaban surgiendo en su espíritu, por lo que hay autores que califican al Kümt de este periodo como «Klimt antes de Klimt», es decir, el autor, que no había llegado todavía a la madurez de su estilo, al desprendimiento de los condicionantes sociales y al espíritu desinhibido, adquirido posteriormente, todo lo que le colocaría a la cabeza del movimiento que estamos estudiando. En el desarrollo de su evolución pictórica encontramos: 1. Una marcada influencia de Makart (que aparece en la obra «Allegorien und Emblème», que realizó en ese periodo). Un realismo idealizado, de corte académico, a la manera inglesa y 3. Una tendencia a copiar los mosaicos bizantinos, que podríamos llamar sus «obras doradas». A esta época pertenecen «El beso», «El Friso de Bethoven» «El retrato de Adele-Bloch -Bauer» etc.... El año 1899 marca la ruptura en el universo artístico de Klimt, dando lugar a su periodo de madurez que le aleja de ser, el epígono de las corrientes oficialistas para transformarse en la personalidad mas singualr del nuevo movimiento austriaco. Sus temas mitológicos «Fallade Atenea» y «Nuda Veritas», son vivos ejemplos de estas características que serán constantes en la trayectoria de Klimt. El rompimiento total con la tradición se concretará en el proyecto de decoración para el Aula Magna de la Universidad de Viena, mediante tres grandes paneles, representantes de la Filosofía, la Medicina, y la Jurisprudencia. «El beso» Gustav Klimt Su hermano Ernst, habia muerto ya, de forma que, fueron Gustav Klimt y Matsch los encargados de llevar a cabo esta obra monumental, que, al no responder a las espectativas del encargo (tradición positivista e ideas iluministas), causó una reacción general de estupor y de rechazo en el momento de su presentación. Provocó una carta de protesta firmada por ochenta y siete profesores, que originó el desconcierto en el contexto de la politica cultural austríaca. En ella, Klimt exponía una imagen del mundo, formada por una amalgama de fuerzas oscuras, contrapuestas por un rostro iluminado, que representaba el conocimiento. Dio lugar a tal escándalo, que el proyecto reformista del Ministro de Cultura, Willhelm von Hartel, se vió perjudicado, retirando su apoyo a Klimt y refutando ratificar su nomina en la Cátedra de Bellas Artes. En el panel, se exponían una serie de cuerpos fluctuantes, que representaban la Humanidad doliente, condenada a la caducidad y a la muerte, mientras en un primer plano aparecía Higeia, (la Medicina), encarnada por una figura femenina de increíble frialdad y belleza, impasible frente a un destino universal, que no le era posible cambiar. Ofrece la figura del ser humano como víctima del laberinto de la administración judicial. En la parte superior, en un plano ideal, se encuentran la Verdad, la Justicia y la Ley, pero en el espacio inferior, estos tres conceptos se han materializado en tres furias agresivas, que persiguen al hombre, impotente ante ellas. No es de extrañar la reacción general ante las tres obras, por el abismo que las separaba de las espectativas del encargo. La evidente modernidad, sitúan a su autor como la personalidad dominante en estas teorías que se estaban produciendo. En 1847, se crea la Secesión Vienesa, de la que Klimt, será la personalidad dominante y, al mismo tiempo nace el «Ver Sacrum», revista ideológica del movimiento. Es entonces, cuando realiza «Pallade Atenea» (tema mitológico), y, un año mas tarde, «Nuda Veritas», el desnudo femenino, mas realista, llevado a cabo hasta el momento, en el que la mujer ha sido despojada de toda máscara y representada con la máxima crudeza. Otra obra de la misma época, es la llamada: «Las tres edades de la mujer» (1905), por la que le fué concedida la Medalla de Oro de la Exposición Internacional de Arte de Roma en 1911. En esta obra establece con escueta simplicidad una reflexión abismal de orden filosófico, representando el deterioro de Cronos en la naturaleza humana, mediante una síntesis entre: la mujer niña -^la mujer creadora de vida-y la mujer portadora de muerte, dentro de un ambiente simbolista que irradia un magnetismo hipnótico y destructivo. El ciclo alegórico de Klimt, se cierra con «El Friso de Bethoven», concebido para la décimo-cuarta Muestra de la Secesión (1902). La exposición se convirtió en un homenaje al compositor que encarnaba el paradigma romantico del artista demiurgo. El tema, expresado por Klimt, se basa en la interpretación simbólica de la Novena Sinfonía, apoyándose en la poesía de Schiller a través de sus versos del «Himno a la alegría». En su inauguración, Gustav Mahler, dio un FIGURA 3. «Las tres edades de la mujer» Gustav Klimt concierto con una vision totalmente personal de la obra, en un arreglo para instrumentos de cuerda. El pensamiento de Shopenhauer y de Nietzsche, en la concepción del Friso, viene determinado, por la forna de interpretación que Wagner hace de Bethoven. De hecho, el concepto de la musica como entidad mediadora por excelencia que abre la conciencia al mundo instintivo, es un tema recurrente en la obra de Klimt. Por esta epoca, descubre los mosaicos bizantinos, durante un viaje a Ravenna, dando lugar al llamado «Periodo áureo», con el que el artista manifiesta su proceso evolutivo personalísimo, en un corto espacio de tiempo, dentro de su producción. En 1902, se celebra la Primera Kunstchau, en la que Klimt, entra en contacto con Oskar Kokoschka. Al año siguiente era ya un artista tan valorado que presidió la Segunda Kunstchau dedicada al arte extranjero contemporáneo. En la primavera de 1901, había pintado «El Beso», uno de sus cuadros mas admirados y conocidos. El tratamiento del oro, lo aborda con un acento ambi-valente, por una parte, a traves de la supremacía de los símbolos geométricos para evidenciar la ñinción alegórica del elemento narrativo, pero a su vez, basándose en un código de signos abstractos nuevos, elocuentes de su trasformación. El final de este proceso áureo, concluye en la decoración del palacio del banquero Adolf Stoclet en Bruselas. Paradógicamente el sueño secesionista, de un arte «hecho por todos» y «destinado a todos», ricos y pobres, tuvo un destino final radicalmente opuesto a esta iniciativa, es decir, fué a parar a un espacio estrictamente privado y residencial, el salón de estar del acaudalado banquero Stoclet En los seis últimos años de su vida, Gustav Klimt, rompe con el simbolismo dorado para evolucionar hacia una técnica pictórica radicalmente nueva, llena de antecedentes fauvistas, en la que el color se enriquece de una fluida sensualidad. El dinamismo en la composición y la soltura en la ejecución, caracterizan las escenas alegóricas de este periodo final. A excepción de la obra «Adán y Eva», todas las demás («Vida y muerte», «La Virgen», «El Niño», «La corte nupcial»), parecen variaciones de un mismo ciclo. Evidentemente la obra de Klimt está basada en la influencia de Shopenhauer, como ya se ha dicho. Herman Bahr, a través de la Revista Ver Sacrum, se había dedicado a la difusión de las ideas de este filósofo, así como al desarrollo de las teorías de Nieszche, de Wagner y de Wittgenstein, quien basándose en la epistemología Kantiana, precisaba los límites internos de la razón, dejando fuera el campo de la metafísica. Ahora bien, la obra del famoso pintor no fué una transcripción literal del pensamiento del filósofo. A Shopenhauer hay que interpretarle en el contexto ideológico del Movimieneo Secesionista, y en este sentido, los paneles del Aula Magna que se han descrito, (la Justicia, la Medicina y la Filosofía,) están basados en esa ideología de tristeza y desencanto. Sin embargo, otras veces, ( como en el Beso, El campo florido. Las Amapolas etc.), el artista inclina su paleta hacia un idealismo de factura hedonista. Peter Altemburg aclama a Klimt como el filósofo y poeta moderno, pues reconoce en su pintura, la capacidad de «revelar la interna existencia del mundo en un lenguaje, cuya propia razón no comprende» y para ello, recurre, desde el historicismo ecléctico de la tradición simbolista, hasta la estilización de la ornamentación, de forma semejante a lo que aconsejó el filósofo Wittgenstein en su Tractatus: «el encuentro entre el retrato y el escenario del hombre en su vida diaria, no es, sino un matrimonio contra natura»... Quizá ambos personajes, el pensador y el artista, nacidos en un paisaje común y en un tiempo semejante, son espejos divergentes, con destinos diversos, pero cuyos reflejos, confluyen fatalmente hacia la penumbra de la misma duda y de la misma inquietud. Conoció a Klimt, cuando Shiele tenía diez y siete años y Klimt cuarenta y cinco. Este último, quedo impresionado por la profundidad y el carácter de su joven amigo, hasta el punto de invitarle a formar parte en Exposiciones tan importantes como: la Internacional Kuntschau de Viena (1909), la de Secesión de Munich (1912), y la Kuntlerhaus de Budapest. Igualmente fué admitido en la Liga de Artistas Austríacos de la que era presidente Klimt (1913), y posteriormente, pese a su juventud, fué encargado de organizar y seleccionar la Exposición de la Secesión de 1918, en la que el artista participó con 19 óleos y 29 obras en papel. «Madre con dos hijos» Egon Shiele Fué tal la admiración de Shiele por el gran creador del Secesionismo Vienes, que a la muerte de éste, el 6 de Febrero de 1918, Shiele, le retrató en su lecho de muerte Paradogicamente, por esos sucesos tan inesperados de la vida, el joven alumno, solo sobrevivió al maestro unos meses, ya que el 31 de Octubre de ese mismo año (1918), murió Shiele, cuando solo contaba ventiocho años de edad 4. Kokoschka Se inició en el Secesionismo y el Modernismo, participando, como hemos mencionado anteriormente en las Kuntschau de 1908-1909 junto con Klimt y Shiele. Fué contemporáneo de estos autores, pero su larga vida, le hizo convivir con otros movimientos vanguardistas posteriores, por lo que Kokoschka, gracias a su evolución posterior, es considerado, más que como secesionista-modernista, como el mejor representante austriaco del Expresionismo Alemán. La filosofía de Wittgenstein y la de Adoft Loos, (su principal mecenas), están en la raiz de su pintura. A través de este último, entra en contacto con Herwarth Walden, principal promotor del Expresionismo, quien le contrata para llevar a cabo las ilustraciones de su revista, por lo que Kokoschka, se traslada a la capital alemana, entrando en contacto con los principales exponentes de «El Puente» y «El Jinete Azul». Es entonces, cuando el vienes, se propone una tarea, llena de violencia plástica, que ningún otro artista se habla atrevido a desafiar: la biografía interior del siglo que le habia tocado vivir, a través de retratos, en los que recoge imágenes crispadas y llenas de desolación, (como el de Montesquieu-Frezenac, en el que enmascara la premonición de su muerte, bajo una digna elegancia aristocratica). Es así como pinta gran parte de los personajes de la alta burguesía, en lo que él llamó «pinturas negras», pues, de acuerdo con las ideas psicoanalistas de Freud, «pintaba la suciedad del alma» de los personajes que reproducía. Su obra:«El retrato de Alma Malher», (viuda del compositor y posteriormente amante de Rilke y de Gropius), refleja el apasionado idilio que sostuvo con ella, durante algún tiempo, que alcanza su representación de máxima fuerza en «La Tempestad», una alegoría wagneriana, en la que el pintor se representa a sí mismo con su amada, en una relación turbulenta y apasionada. «La Tempestaci» Kokoschka Herido en la Primera Guerra Mundial y recuperado, tras pernanecer en un hospital de Dresde entre 1916-1923, viaja por Europa, Africa y Oriente Medio para recalar en Paris. Tiempo después regresa a Viena y mas tarde a Praga, ciudad atravesada por el rio Moldava, especialmente querida para Kokoschka, ya que fué allí donde conoció a la que habría de ser su mujer Oída Palkovska. Instalado en una vieja torre a las orillas del río, contemplaba la belleza de la ciudad, con sus Iglesias del XVI, sus edificios y sus puentes, que más tarde, representaría en una obra llena de belleza y sentimentalismo titulada: «La Praga nostálgica», cuando ante la inminente ocupación nazi, tuvo que salir huyendo, dejando reñejado en el cuadro, una parte de su vida, irrecuperable y perdida, ya que Kokoschka, nunca volvió a esta ciudad, por ser considerado por Hitler, como uno de los «Artistas Degenerados», y su obra recluida en los sótanos de los museos. El asesino de masas, demostraba su arrogante ignorancia en materia de arte, condenando una de las vanguardias mas importantes y espectaculares del s. XX. Kokoschka se trasladó a Inglaterra, gracias a haber adquirido la nacionalidad checa y allí, pintó «Londres, Chelsea Reach», (1957), momento, a partir del cual, ya nadie discutió su madurez artistica siendo invitado cada verano, desde 1955 a 1963, a dar unos cursos de pintura en Salzburgo en la llamada «Escuela de la Vista». La premonición de su muerte inminente, le hizo concebir la vida con «una conciencia de superviviente», y así expresó en los cuadros de esta etapa, su afán de denuncia y la tristeza que le había producido contemplar el mundo en pleno desmoronamiento. Sin embargo la esperanza y la defensa de los valores de la libertad no habían muerto todavía en su alma doliente, por ello, en los últimos seis años de su vida, se dedicó a pintar un ciclo de alegorías, al modo de los pintores del XVII, en recuerdo de la mejor joya del Barroco Austríaco, el Monasterio de Melk, cerca de donde Kokoschka había pasado su infancia, en recuerdo del «mundo al que le gustaría regresar, pero que ya había dejado de existir» En esta etapa, titulada «La saga de Prometeo», se alejó a través de la imaginación y la fantasía al plano de la mitología, tan distante del mundo que se había derrumbado ante sus propios ojos, en un intento de huir, del horror y la desolación que habían dominado su existencia. Fué, su canto del cisne, de esperanza y libertad para enseñar al mundo, la necesidad de surgir de sus propias cenizas, olvidando el pasado y mirando al frente, en una nueva valoración de la vida a través de la espiritualidad y el esfuerzo.
Pero queremos hacer un llamamiento muy especial al lector de este estudio, para concienciarle de que este movimiento no solo se produjo en el arte, sino en las demás manifestaciones de la Cultura, que, basándose en el sentimiento revolucionario del momento, hicieron surgir, en el plano filosófico, las teorías psico- Carmen Rocamora García-Iglesias total con la forma de vida anterior. Su causa file la incomprensión y el dolor de toda una generación, angustiada por la desolación y el miedo, que no consiguió comprender el terrible destino que le tocó vivir y, manifestó su protesta mediante los cauces que estaban a su alcance, sin conseguir llenar esa soledad inconsolable, esa ausencia de esperanza y de ilusión, esa confianza en el futuro, a la que todo ser humano tiene derecho por su propia naturaleza 1. Miinch Noruega es el país de los fiordos, de los lagos, del sol de medianoche y de las gaviotas. Sus 50.000 islas llegan hasta la zona más septentrional de las pobladas por el hombre, en el límite de los icebergs del Artico. Allí, las difíciles condiciones de vida hacen que existan grandes áreas de territorios deshabitadosi y, que su población esté repartida en pequeños pueblos agrícolas, asentados en fértiles valles. País, cuya zona norte está a trasmano del mundo, produjo en el declinar del s. XIX, tres figuras determinantes de la Literatura, la Música y el Arte, que, mediante el rechazo a la mediocridad de las ideas burguesas imperantes antes de la Primera Guerra Mundial, rompieron las fi: onteras del aislacionismo noruego, influyendo de manera decisiva en los movimientos culturales europeos, protagonizando su desarrollo y evolución. Estos personajes fiíeron, Ibsen en la literatura, Grieg en la música y Munch en la pintura. La obra de este último se encuentra en el Aula Magna de la Universidad de Oslo, en su Galería Nacional y en el llamado Museo Munch, pequeño edificio construido en 1964, para albergar las más de mil obras, entre grabados, litografías y óleos, que el pintor legó a su muerte (1944), a la ciudad que había sido testigo de su infancia, su madurez y su final. Su obra, la define él mismo, con estas palabras.* «Yo no pinto lo que veo, sino lo que recuerdo», «La obra de arte procede del alma del hombre, de la profundidad de su ser», «La naturaleza, no es solo lo que es visible para el ojo humano, es la profunda reflexión del alma, la visión de la mente». Pero la comprensión de su obra no puede hacerse, sino a través de la búsqueda de su antecedente artístico, de los movimientos que Munch y el expresionismo alemán fueron sus contemporáneos en otras partes de Europa, y a través de la vanguardia que derivó, de su forma de representar el sufrimiento humano, el amor y la muerte. Su origen y precedente está en la tradición romántica de Friedrich (Alemania), Blake (Inglaterra), ó Goya (España.). Las vanguardias con las que convivió, fueron: el Impresionismo de París, (no en vano expuso junto con Van Gogh, y Cézanne ), el Puntillismo de Seurat (recuérdese su Autorretrato en Copenhague, llevado a cabo con pinceladas en comas), el Fauvismo (ya que fue íntimo amigo de Eva Mendocci, la modelo preferida de Matisse), y, el Simbolismo de Gauguin (recogido en la obra «LA INTRUSA» de Meterlink). Munch es fundamentalmente conocido en el mundo del Arte, por ser el antecedente directo y definitivo del Expresionismo Alemán. La manera con la que convierte en caricaturas sus imágenes al estilo de las máscaras de James Ensor, su amistad personal con Nolde, y el hecho, de haber expuesto en Dresde con el grupo «Die Bruke», le sitúan a la cabeza de esta vanguardia, basada en la filosofía del superhombre de Nietsche y en el psicoanálisis de Edmund Freud. Su arte fue el resultado de una necesidad impulsiva de abrir su corazón, por ello su obra no pudo escapar a los avatares de su propia experiencia vital. Los dos acontecimientos que marcaron su infancia fueron, la muerte prematura a los quince años de su hermana Sofie, y, la de su madre, cuando él, era un niño pequeño. El primer suceso quedó reflejado en «La niña enferma», obra que según sus propias palabras, supuso una forma nueva de representación basada exclusivamente en la emoción y el estado de ánimo. Se dice que la repitió una veintena de veces y su exhibición en el Salón de Otoño de 1886 causó un verdadero escándalo y un rechazo profundo de la Prensa. «La madre muerta» fue, el título del segundo recuerdo que marcó su vida, causándole un desequilibrio psicológico. Pintado en la ultima década de su existencia, justificaba y expresaba la famosa frase de su diario: «La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna desde mi nacimiento»....Porque Munch, al igual que los grandes genios del Impresionismo, como Van Gogh ó Lautrec pasó por situaciones de alcoholismo, locura e internamiento en centros psiquiátricos, llegando a perder dos dedos de su mano izquierda por un tiro, en una discusión enloquecida con su amante. El erotismo, enfocado bajo el prisma de las teorías del psicoanálisis de Freud, fué también definitivo en el desarrollo de su obra. Su primer gran amor fué Millie Thaulow, la mujer de su primo Cari Thaulow, a quien él llamó siempre «Mrs. Heiberg», y cuya relación terminó en Carmen Rocamora García-Iglesias fracaso, produciendo en Munch, unas depresiones de las que nunca se pudo curar....Su segunda mujer fué Thula Larsen, con la que mantuvo una relación tumultuosa de separaciones y encuentros hasta 1909, año en el que el pintor decidió aislarse del mundo para dedicarse de forma exhaustiva y completa a su arte. Su obra fué controvertida, incomprendida y criticada. En otoño de 1898, con ocasión de una Exposición en Blomquist, el escándalo fué tan mayúsculo que provocó la llamada de la policía. En aquellos días, Munch, conoció a Ibsen, quien le dijo: «Tu obra es interesante, créeme, te sucederá lo mismo que a mí, cuantos más enemigos tengas ahora, más amigos tendrás después»... La relación entre ambos fué definitiva a partir de aquel encuentro. Munch, ilustró varias obras del escritor, de igual forma, que el artista reconoció sus propios personajes pictóricos reflejados en el carácter de los protagonistas del gran autor dramático. En la obra de Ibsen titulada «Cuando nosotros, muertos, despertemos». Munch, encontró el retrato literario de su cuadro «Mujer». Lo describe con estas palabras: «Las tres muchachas aparecen en el drama de Ibsen de igual forma que en mi cuadro' Jrene, vestida de blanco, mirando más allá de la vida. Maia fuerte, amenazante, desnuda y, la mujer sin nombre, de negro, absorta en la maldición de la belleza por el tiempo y por el destino irremisible de la muerte» París, Roma, Viena, triunfos y derrotas, alcoholismo y locura, fueron la compañía de su vida. En su juventud, frecuentó un grupo de escritores anarquistas que se reunían para conspirar en el Café de Karl Johan Streeet. Eran pintores de avant-garde, que luchaban por conseguir un mundo mejor. Sus figuras quedaron reflejadas, años más tarde, en el cuadro titulado: «Anochecer en Karl Johan» sus caras eran ya, cadavéricas y sus imágenes, extraídas de un mundo sin esperanza, mirando hacia ninguna parte. Munch definió esta obra en su diario bajo el epígrafe «Ansiedad», con estas palabras: «Vi a toda esa gente tras sus máscaras, sonriendo flemáticamente, miré a través de ellos y había sufrimiento, eran cadáveres blancos que sin descanso corrían a lo largo de una calle angosta, en cuyo final estaba la tumba» Pero hay tres obras que por responder a distintas influencias artísticas y a diferentes momentos de su trayectoria vital son las más representativas y conocidas del genial pintor noruego, sin cuya mención no podemos terminar este estudio. Me refiero a «Las muchachas en el puente», «La danza de la Vida» y «El Grito». La primera pertenece a la época de París, todavía bajo el influjo del Fauvismo. En ella hay un mensaje de esperanza, de belleza y de poesía. La noche de verano nórdica está cargada de erotismo, y la En «La danza de la Vida», el pintor se representa a sí mismo hablando con Millie Thaulow, su «Mrs.Heiberg». A la izquierda del cuadro, hay una joven que entra en el baile vestida de blanco. Es la vida, la belleza y la inocencia A la derecha aparece la muerte, disfrazada de luto, en una actitud de fracaso y aceptación Su figura responde a la descripción de Tulla Larsen, cuyo amor opresivo, tantas veces le llevó a la locura...El cuadro, es su narración personal, representada bajo la luz del verano, en la que el principio y el fin, el día y la noche, caminan, mano sobre mano como símbolos inquietantes de su terrible realidad Y finalmente, hablaremos del «Grito», su obra maestra, la culminación de la ansiedad, el miedo y la alienación, su propio universo dominado por el terror. «De pronto vi como una pantalla dominba la naturaleza», nos describe en sus escritos, «estaba paseando con dos amigos, contemplando la puesta del sol, de pronto el cielo se tornó rojo como la sangre..,me paré apoyándome sobre el puente, terriblemente cansado...Sobre el fiordo y la ciudad se extendían lenguas de fiíego de sangre. Mis amigos continuaron y yo me quedé solo, temblando de miedo, pude sentir un enorme Grito, cruzando el espacio»... Los límites temporales de este movimiento, van desde 1905 a 1933, y en ellos encontramos tres grandes grupos; «EL PUENTE», «EL JINETE AZUL» Y «LA NUEVA OBJETIVIDAD».Los dos primeros se producen antes de la Primera Guerra Mundial, y el último después de la misma, en el momento de la crisis de la República de Weimar. Sus cuatro fimdadores fiíeron: Kirkner, Heckel, Schmidt-Rotlufí" y Bleyl. A ellos se unirían más tarde Emil Nolde, Max Pechtein, Otto MuUer etc.... La característica esencial de su todos ellos, fiíé su juvenil soberbia intelectual, su espíritu agitador y revolucionario y su rechazo hacia toda imposición proveniente de la generación anterior. Vivían juntos, practicaban una vida bohemia, durmiendo de día y trabajando de noche, y se dejaban llevar por un entusiasmo febril en un afán desmedido por parecer originales. «Cinco mujeres en la calle» Kircher Estilisticamente, llevaron a cabo la distorsión de la forma, el'empleo de colores discordantes, el desprecio por la estética y la utilización de la pintura como elemento de la liberación del propio «Yo». Sus esperanzas de causar un gran impacto en el público, se vieron defraudadas, y, los críticos se excerbaron contra ellos. Ejemplo de esto, fué el artículo, piblicado por Konrad Rotei, en el que se decísi:...,«desciende sobre las figuras un elemento de chabacanería como en las señoras de la Kurfurstendamn, que, con sus pieles, sus sombreros de pluma y sus faldas de cola, parecen pomposos pájaros exóticos». En 1871, Berlín había sido declarada capital de Imperio, convirtiéndose en el gran centro cultural al que afluían artistas de toda Alemania. En la primavera de 1911, el Grupo «EL PUENTE», se instaló definitivamente allí, exhibiendo sus obras en la Galería Match, una de las más prestigiosas de la ciudad, y, haciendo un Catálogo de presentación, lleno de declaraciones programática y de intenciones. En Abríl de 1912, realizaron su más importante exposición, en la Galería Munch y el expresionismo alemán Fritz Giurlitt, en la que, la crítica les concedió la valoración de su agresividad formal y cromática, reconociendo la evolución positiva e individual de cada uno de los miembros del movimiento. Pero la etapa berlinesa fué la que determinó los perfiles defìnitorios del Expresionismo. El hallazgo de la gran metrópoli, les produjo una primera fascinación que poco después se fué convirtiendo en el descubrimiento de sus desigualdades sociales, de sus injusticias, de sus atropellos morales y de las lacras de una sociedad corrupta, que evidenciarían en sus lienzos con una violencia sin precedentes. La aversión por la belleza y la estética, la exaltación de la brutalidad, la miseria ó la fealdad, fueron representadas con tanta deliberación que a veces lo grotesco se entremezcló con lo trágico. El grupo, había empezado a separarse interna, silenciosamente. En el 1913 KIRCHNER, había pubHcado su famosa «CRONICA», en la que esgrimía su liderazgo indiscutible, pero, esta idea no fué admitida por sus compañeros, quienes decidieron disolver «DIE BRUCKE». KIRN-CHNER, no soportó la afrenta y, esto, unido a que sus obras fueron descolgadas de los Museos, por mandato de Hitler al ser consideradas como «degeneradas», le llevó a suicidarse en el 1938. De entre sus compañeros, HECKEL y SMIDT-ROTTLUFF fueron los que gozaron de una colaboración más estrecha, llegando a pasar juntos largas temporads veraniegas en el Mar del Norte, hasta el punto de que sus cuadros a veces pueden llegar a confundirse, por la semejante utilización de los amarillos, verdes y azules. PECHSTEIN, fué el independiente, permaneciendo anímicamente más cercano al Fauvismo de Matisse, que a sus compañeros alemanes. JAMES ENSOR, es un artista interesantísimo, que durante toda su vida pintó las máscaras con las que había convivido en su niñez, en la tienda de objetos de carnaval de sus padres. En esas carátulas inhumanas, carentes de expresión están rcogidas todas las claves de la ideología expresionista, esto es, la fealdad y la distorsión, la realidad y el símbolo, la exclusión deliberada de lo agradable y lo bello. Y para cerrar hablaremos de EMIL NOLDE, quien nació en la región de Schleswig, en la frontera entre Alemania y Dinamarca y murió en Seebull en 1956. Su verdadero nombre fué Emil Hasen, si bien, desde 1901, usó el apellido Nolde, en recuerdo de su pequeña ciudad natal. Su característica esencial, es la búsqueda a través de la magia y de la valoración de lo oculto, del contrapunto de su soledad, mediante un concepto muy personal del arte. Su fantasía pobló de extrañas visiones fantasmales y demoníacas el paisaje solitario, pantanoso y lleno de leyendas, en el que transcurrió su infancia y su niñez. En 1890 se trasladó a Berlín, ciudad que en aquel momento constituía el centro de la cultura europea. Y, dos años después, aceptó una plaza de profesor de dibujo en St. Gallen. También trabajó con Holzen en Dachau, y, después en la Academia Julien, en París. Nolde era el de mayor edad del grupo, y, su madurez pictórica era ya, total, cuando se incorporó a éste. Por todo ello, su adhesión al «Puente», solo duró dieciocho meses. Pero a Nolde hay que interpretarlo bajo dos puntos de vista: 1. Como el pintor, que influido por Van Gogh, Munch y Max Pechstein, realizó obras de enorme agresividad, en las que su entusiasmo religioso, cercano a la locura, se unió a la obscenidad con la que trató algunas escenas bíblicas, llegando casi a la representación sacrilega, (La Ultima Cena). En ellas, el dramatismo era tan grande, que cargaba de pesimismo e inquietud al espectador. El mismo lo reconocía diciendo: « El instinto es diez veces más fuerte que el conocimiento». Como el pintor que entre los años 1913-1914, realizó una expedición al Pacífico meridional y se impregnó del conocimiento de la técnica del grabado, representado, por ejemplo en la obra «El puerto de Hamburgo», continuando con suprema maestría esta técnica, hasta 1920. Igualmente, debemos verle, como el artista, que desarrolló una enorme predileción por la acuarela, aprendida en el lejano oriente, pintando flores, naturalezas muertas, con una técnica tan personal, que él mismo la tituló «húmedo sobre húmedo», realizándola en papel japón, previamente mojado. De esta forma, obtenía un cromatismo exuberante, puro e inimaginable, cuyo control sobre la delicuescencia de los colores, fué un secreto que el pintor nunca reveló, llevándoselo a la tumba. Nolde dominó el óleo, el grabado y la acuarela.Su pintura fué a veces brutal y a veces sentimental y llena de belleza. Pero su gran importancia en la Historia del Arte de nuestro siglo, fué su deseo de crear «un gran arte alemán, un segundo periodo (el primero había correspondido a Holbein y Durerò), y una lucha por salir adelante». El se sintió siempre partícipe de esa lucha, para llegar a formar ese gran segundo «periodo del arte alemán», con el que tanto soñó En su deseo por la creación de la Gran Alemania, se afilió al partido nazi, en 1920, pero Hitler, al igual que hizo con todos sus compañeros, le consideró «pintor degenerado», envió sus cuadros a los sótanos de los Museos y le prohibió pintar, después de ridiculizarle ante su público. Esta es la historia triste y brillante de Emil Nolde, pero para comprender su espíritu, nada como oir sus palabras y su pensamiento: «Colores, eso es el material del pintor, colores en su propia vida natural, llorando y riendo. Sueño y dicha, cálidos y sagrados como las canciones de amor y como el erotismo, como cánticos y como soberbios corales. Los colores son vibraciones semejantes a tañidos de campanas de plata y sones de bronce, anunciando felicidad, pasión, amor, almas, sangre y muerte. Es hermoso cuando el pintor, dirigido por el instinto puede pintar, con la misma seguridad con que respira, con que anda » Creo que no es necesario añadir nada más El segundo grupo de vanguardia estuvo formado por Kandinsky y Marc, a los que posteriormente se unieron Jawlenky, Klee, Macke y el músico Shonberg. Los dos primeros, publicaron en 1912 un documento programático de sus ideas estéticas llamado «Almanaque», en el que hicieron una especie de manifiesto ideológico, que influyó FIGURA 8. «Improvisación» Wassily Kandinski Munch y el expresionismo alemán en toda la cultura del momento, intentando conseguir una síntesis de las diversas artes, de forma que a partir de ese momento, pudo hablarse, no solo de pintura, sino de literatura, escultura, arquitectura, coreografía, teatro, música e incluso cine expresionistas. Sin duda, el autor más importante del «Jinete Azul» ñié Kandinsky. De origen ruso, sus primeras composiciones se caracterizan por una gran violencia emocional, un cromatismo exacerbado y una absoluta ingenuidad compositiva. A mi modo de ver, el momento creador más brillante de este pintor, vá del 1909 al 1912, cuando mediante una progresiva simplificación, llegará a la no representación, es decir, a una abstracción llamativa, estética, de colores intensos y poderosa fantasía. Sus libros: «De lo espiritual en el arte», «La pintura como arte puro» y «El punto y la línea en el plano»,explicarán su evolución hacia el pensamiento abstracto, al tiempo que exhibirán su formación universitaria y su cultura enciclopédica, pues había estudiado Derecho, Economía, Política, Etnología y Ciencias Naturales. El grupo «EL JINETE AZUL», al contrario que el «PUENTE» tuvo una vida efímera como consecuencia de la Guerra Mundial. Kandinsky fué enviado a Rusia, Jawlensky a Suiza, Klee, sería movilizado, Macke moriría en 1914, mientras Marc lo haría en el 1916. Terminada la Primera Guerra Mundial surgió un nuevo grupo, titulado «La Nueva Objetividad», que, comprometido social y políticamente, emprendió una cínica condena de la sociedad y el militarismo. George Groz, Otto Dix y Max Beckman fueron sus representantes. Su tendencia de superación del subjetivismo y la abstracción les hacía volver la mirada hacia la vida cotidiana y la realidad del momento. El artículo de Emil Utitz, explica los planteamientos de esta nueva corriente: «Al Hombre con mayúscula, le sustituye el hombre con minúscula, un hombre cualquiera, a menudo no carente de una buena dosis de conformismo moral, el regresivo, igual a los otros regresivos, el desocupado, igual a los otros desocupados.Hombres que vagan trastornados, desesperados y hambrientos por las calles de la ciudad colmena, aturdidos por el ruido de las fábricas ». Citaremos, dentro de este grupo a GEORGE GROSZ, autor afectado por los horrores de la guerra y el hambre de su generación. La mejor descripción de su situación anímica, nos la dá, él mismo, con estas palabras:»Z)¿oí/jaòa y pintaba por espíritu de contradicción, buscando. Carmen Rocamora García-Iglesias mediante mi trabajo convencer a todos de que ese mundo estaba enfermo y era odioso y mentiroso.No tuve éxito resonante, no me hacía ninguna ilusión al respecto, pero me sentía totalmente revolucionario y transformé mi resentimiento en conciencia » OTTO DIX, realizó en 1924 una serie titulada «La Guerra», en la que, ofreció una personal visión del acontecimiento, en unas imágenes atroces de dolor y de crueldad. Igualmente llevó a sus lienzos una burla contra la hipocresía social, en otra serie de retratos de prostitutas, con una concepción tan descarnada y grosera que llegó a causar escándalo entre sus compañeros. En 1900 es aceptado en el «Grad Ducal Art Scool, en Weimar y allí empieza a realizar sus primeros aprendizajes de arte, desde la más pura ambigüedad clásica. Años más tarde, se instala en París y posteriormente, toma parte en la Exposición sobre Secesión que se llevó a cabo en Berlín, donde obtuvo un premio, consistente en una beca en Villa Romana, Florencia. Ese mismo año, en Septiembre se casa con Minna Tube, una compañera de la Academia Weimar, a quien había conocido en un baile de carnaval en 1902. Su Antològica llevada a cabo en París recibe en «Le Figaro» el siguiente comentario: »Es algo así como un Picasso germánico» y, por si fuera poco, consigue la aprobación y la admiración de Vollard. Pero, los buenos tiempos no son eternos. En 1933, dos meses después de la subida al poder de Hitler, los ataques del Nacional Socialismo contra Beckman empiezan a ser vitriólicos. En primer lugar, es expulsado del Stael Art School de Frankfort y su vida inicia una carrera vertiginosa hacia el descenso. Las dos características definitorias de su pintura son; 1. Su obsesión por el AUTORRETRATO, que realizó de forma sistemática empezando cuando era estudiante en Weimar y terminó, con el realizado al final de su vida. Sus TRÍPTICOS, en los que planteaba el deseo del hombre de conocer y entender, amenazado siempre con encontrarse perdido en la confusión de la dependencia de los caprichos de los dioses, la batalla de los sexos y el destino de su propia historia. El primero de estos trípticos, surgió como consecuencia de los signos de hostilidad del Nacional Socialismo, que culminaron en el desmantelamiento de la Sala de Beckman, que se encontraba en la Galería Nacional de Berlín, (1933) y la huida del artista a Holanda. Entonces, pinta el titulado «LA PARTIDA», y cuatro años más tarde el segundo, al que llamó «TENTACIÓN». Por aquel entonces, Beckmn ya había sufrido algún ataque cardiaco y estaba haciendo una cura de salud en Baden-Baden. El 18 de Julio, oye por la radio, im. discurso de Hitler en el que dice que se vá a abrir una exposición inquisitorial sobre los «Artistas Degenerados» en Munich, de la que formaban parte doce cuadros de Beckman. Al día siguiente, decide huir definitivamente a Amsterdam, donde se instala con Quappi en un pequeño apartamento. El pintor, nunca más podrá volver a Alemania, pero consigue de su ama de llaves que le envíe las pinturas y objetos que había dejado atrás, en su huida, antes de que la Gestapo se apoderase de ellos. Paradógicamente, al año siguiente, en Londres, se lleva a cabo una exposición titulada «El Arte Alemán del s. XX» en defensa y rehabilitación de los «Pintores Degenerados», y su Tríptico, «TENTACIÓN» constituye el centro de la exposición, siendo comentado muy favorablemente por la prensa inglesa. En 1914, su hijo que era oficial militar, consigue sacar de Alemania en una ambulancia, una serie de pinturas, entre las que se encuentra el tercer Triptico de su padre, titulado «PERSEO». Beckman, pasa los diez años más difíciles de su vida durante su exilio en Holanda, en los que tiene que luchar contra la pobreza, la Carmen Rocamora García-Iglesias soledad y la añoranza. Pero vence al miedo y al peligro mediante un enorme poder de imaginación y una fuerza creativa sin límites, que le liberan de caer en la depresión que le había producido anteriormente la I Guerra Mundial. En 1943, pinta dos nuevos trípticos, «CARNAVAL» y «CALIP-SO». Los aliados entran en Amsterdam el 4 de mayo, y, como Beckman posee nacionalidad alemana es amenazado con la confiscación de todos sus bienes. Pero su suerte, había cambiado de nuevo. Recibe noticias de Alemania de su primera mujer y de su hijo, contándole que su merchante Franke había conseguido salvar una amplia selección de su obra. Se le asegura el status de «no enemigo», y, de esta manera desaparece su miedo de ser deportado a Alemania. Paralelamene, en lowa, el Museo de Arte, compra su Tríptico «CAR-NAVAL», y el éxito vuelve a ponérsele de cara. Philip Guston, había dejado una vacante en la universidad y le es ofi: ecido ese puesto. Beckman decide emigrar a los EEUU, y el 29 de Agosto se embarca en el «Westerdam» en el puerto de Roterdam. A su llegada, se traslada a St. Louis donde se le había ofrecido la Cátedra. Los pocos años que le quedan de vida, se ven rodeados de triunfos, reconocimientos y honores. Recibe la ciudadanía americana y decide viajar a Colorado, Las Montañas Rocosas, Denver y Chicago. Finamente le es ofrecido un puesto de profesor en el Brookling Art School en Nueva York, trasladándose a un pequeño apartamento cerca de Gremercy Park, y, poco tiempo después, a un lugar más lujoso, cerca de Central Park. En 1950, presenta 14 óleos en la Bienal de Venecia, donde recibe «El Premio Conde Volpi» para artistas extrajeros. Posteriormente es nombrado Doctor honorario por la Universidad de Washington. En dicho acto, Quappi, lee el Discurso de Ingreso, titulado: «Amigos en la Facultad de Filosofía». Beckman ha triunfado.La Historia le ha hecho Justicia, pero su corazón está enfermo y cansado. Sin embargo, sacando fuerzas de flaqueza el 26 de Diciembre de 1950 completa su último tríptico, «LOS ARGONAUTAS». El 27 de Diciembre, en su camino a través de Central Park, cae fulminado por un ataque al corazón, cuando se disponía a contemplar su última obra, que bajo el título: «Autorretrato con chaqueta azul», se exponía en la exhibición «American Painting Today», de la que él, como un americano más, formaba parte con pleno derecho, por haber adquirido la ciudadanía, el apoyo, la valoración y la admi-Munch y el expresionismo alemán ración de un pueblo, que por encima de prejuicios, le había abierto las puertas a su inteligencia. El Expresionismo, no es la historia de los pintores de una generación, ni los tres grupos artísticos que lo formaron. No es una vanguardia puramente pictórica, es una auténtica revolución cultural. Es, Strindberg en la poesía, Bertold Brecht en su teatro revolucionario, Shonberg con la música dodecafònica, carente de harmonía y basada en la atonalidad Son Kurt Weill en la Opera, (recuérdense «Mahogany», y «La opera tres peniques») Es, la desintegración del átomo, el rompimiento de la perspectiva y la aparición de la abstracción con Kandinsky, pero por encima de todo es....la eclosión de una guerra, que llenó de soledad inconsolable a una generación que trató de explicar de diversas maneras, el destino trágico que le tocó vivir, angustiada por la desolación y el dolor El terrible sufrimiento del ser humano ante su pequenez, en medio de las grandes crisis de las dos Guerras Mundiales y el descubrimiento del horror, de la angustia y el sinsentido de la caza del hombre por el hombre, donde reina la impotencia, porque no existe la capacidad para escapar... Pero, mejor que mis palabras, oigamos la magnífica definición del historiador Hermann Barh: «Nunca había existido una época agitada por tanto espanto, por tal horror a la muerte. Nunca el ser humano había sido tan pequeño, la paz tan lejana y la libertad tan muerta.Y ahora, grita la necesidad: el hombre grita por su alma, la época toda es un grito de miseria. También el arte clama, dentro de las tinieblas, clama por ayuda, clama por el espíritu: esto es Expresionismo ». «Máscaras de carnaval» Jamer Ensor FIGURA 7. «La última cena» Emil Nolde (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es
La historiografía de las vanguardias ha planteado sistemáticamente como auténticas fracturas del devenir artístico el trauma producido por los dos conflictos mundiales de 1914-1918 y 1939-1945. Las dos guerras interrumpieron la actividad artística, dispersaron a los artistas y ejercieron una acción negativa para el desarrollo del arte. Sin embargo, esta acción no fue tan profunda como para determinar que lo que surgió después en las postguerras no tuviese nada que ver con el desarrollo artístico anterior. Es evidente que después de 1918 el Cubismo perdió su papel hegemónico en el panorama de la vanguardia y que el Futurismo vió agotada la acelera velocidad de sus provocaciones. Y no es menos cierto que, poco después de concluida la Primera Guerra mundial, el Surrealismo irrumpió como la tendencia protagonista de una vanguardia radical. Del mismo modo, el Surrealismo, tras la Segunda Guerra mundial se vió desplazado de su podio hegemónico por el Informalismo, tendencia que proponía el valor de la abstracción frente al valor de la recuperación del sistema de representación desarrollada durante casi veinte años por los surrealistas. Sin embargo, estas fracturas históricas, jalones en la construcción y experimentación de la vanguardia, no fueron nunca una ruptura radical con todo lo anterior ni supusieron un volver a comenzar de cero. Con frecuencia fueron rupturas en las que permanecían muchos aspectos, especialmente desde un punto de vista conceptual e ideológico, que no habían sido desarrollados por las tendencias precedentes. Es innegable la deuda de los pintores surrealistas con la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y, sobre todo, con la ideología del antiideario Dada. Igualmente son claramente reconocibles las vinculaciones de la abstracción informalista con ciertos presupuestos ideo- Victor Nieto Alcaide lógicos y vitales del Surrealismo y con numerosos usos y dicciones del Expresionismo. Sin embargo, aunque la relación del Surrealismo con el Dada es algo reconocido de una forma unánime la aparición del Informalismo se ha cosiderado como la irrupción de una tendencia que partía de cero. Incluso, como una clara contestación del ideario y de las realizaciones del Surrealismo. Durante los años cuarenta el Surrealismo era una tendencia en crisis. Junto a la obra de algunos de sus grandes maestros convertidos en clásicos de la renovación artística de nuestro siglo, algunos de sus planteamientos todavía tenían un cierto eco en la obra de epígonos o jóvenes artistas que se iniciaban en la vanguardia. Sin embargo, si el Surrealismo presentaba claros síntomas de su agotamiento como tendencia, su ideario permanecía, aunque no de forma ostensible, en numerosas cuestiones y planteamientos que tendrían su proyección en nuevas tendencias de la pintura. El Informalismo irrumpió como una tendencia que aparentemente era una variante de la abstracción en clara contraposición con las tendencias figurativas, entre las que ocupaba un lugar privilegiado el Surrealismo. También se consideró, a tenor de la denominación de alguna de sus modalidades, como Expresionismo abstracto. A pesar de todo, los fundamentos ideológicos del Informalismo -como luego sucederá con el Pop Art-presentaban una clara derivación de la ideología y de las tensiones surrealistas. Uno de los problemas que trazan un hilo conductor entre el Surrealismo y el Pop Art ha sido la obsesión por desentrañar nuevos valores del objeto. Tanto una tendencia como otra tienen de común su carácter figurativo y el valor conferido a la representación como reacción frente a la abstracción. Los primeros inicios de la pintura surrealista, entre la que debemos plantear las evasiones metafísicas de Chirico, surgieron, independencia de su inmersión en el inagotable mundo de lo onírico y de la valoración de otros sentidos de la realidad, como una recuperación del sistema de representación. Es evidente que en las dos primeras décadas del siglo XX las vanguardias históricas, el Expresionismo y el Fauvismo, el Cubismo y el Futurismo, la abstracción de Kandinsky, el Neoplasticismo y las tendencias constructivistas y el Dadaismo habían planteado una destrucción del sistema figurativo y una experimentación de una serie de valores plásticos puros. Frente a ello, en los años veinte surgió el valor de lo onírico, el azar y la espontaneidad propuesta por el Surrealismo que confería una importancia relevante a la representación y a los nuevos valores derivados de la manipulación de la realidad y el objeto. Algo que habían La realidad y el objeto: del Surrealismo al Pop Art planteado los dadaistas o Duchamp en sus reade-made pero que ahora iniciaba su andadura como sistema. En 1924, André Breton, en el Primer manifiesto del Surrealismo, propugnaba la superación de las formas «lógicas» y convencionales de entender lo real para acceder a un nuevo sentido de la realidad libre de los usos y prácticas convencionales. Las imágenes con objetos contrastados y con realidades sumidas en un proceso de metamorfosis dominaron el arte de entreguerras. De ahí que, la irrupción vigorosa de la abstracción informalista en los años posteriores a la segunda Guerra mundial apareciese como una reacción frente a estas insistencias figurativas. La idea de la vanguardia pasó a identificarse con la abstracción. Sin embargo, la ruptura que suponía este nuevo lenguaje no fue total pudiéndose registrar en él no pocas deudas con la tradición surrealista hasta el punto de que en muchos casos la revolución informalista se gestó como una evolución surgida «desde dentro» del universo surrealista. En este sentido, fueron muchos los artistas informalistas, como Viola o Saura, que se iniciaron en su juventud en el ideario surrealista. En Barcelona, por ejemplo, aparecía en septiembre de 1948 el primer número de la revista Dau al Set, grupo que agrupaba a poetas y pintores como Joan Brossa, Arnau Puig, Tapies, Cuixart, Tharrats, Ponç y el crítico Cirlot de formación claramente surrealista. Pues, en muchos casos la revolución informalista fue, en realidad, una evolución hacia nuevos planteamientos plásticos desarrollada desde «adentro» de la ideología del Surrealismo. Después de 1945 el Surrealismo, como tendencia y como grupo, era un movimiento disperso y en crisis. Sin embargo, el Surrealismo había sido mucho más que un movimiento pictórico. Fue una actitud ante la vida que se proyectó en numerosos campos. Fue, también una ideología y una ética de la que el movimiento surrealista de entreguerras había sido solamente una de sus múltiples posibilidades pero cuyo espíritu no había muerto ni había agotado otras muchas vías de expresarse plásticamente. André Bretón no había planteado en sus manifiestos una definición normativa de la actitud surrealista ante la pintura Su manifiesto fue una declaración de principios y no un enunciado de planteamientos plásticos concretos. Lo que los pintores surrealistas como Magritte, Tanguy, Ernest o Dalí llevaron a la práctica fueron solamente algunas de las infinitas posibilidades de la opción surrealista elegidas libremente por ellos. De ahí, que la crisis del Surrealismo de los años cuarenta sólo fuera el agotamiento de estas actitudes y no la vigencia de una forma de actuar, sentir, vivir, entender el arte y la existencia que tras cinco años de guerra asumía nueva Victor Nieto Alcaide 54 vigencia frente a la «lógica» de la ciencia, la economía, la política y la forma convencional de mirar el mundo. Otro punto de conexión entre el Surrealismo y la abstracción lo constituye la personalidad de Paul Klee a través de la profunda influencia que ejerció su pintura en numerosos artistas de los años cuarenta y cincuenta. La intencionada ambigüedad entre abstracción y figuración de su pintura, el valor de lo primitivo como forma de afirmar un arte sin normas académicas, le convirtió en un modelo válido para numerosos pintores que en los años cuarenta y cincuenta iniciaban su aventura en la vanguardia. Klee realizó tanto obras abstractas como figurativas, pero en todas ellas late un pulso de primitivismo entendido como una recuperación esencial de lo primario desligada de los convencioalismos del mundo de la lógica. Otro caso similar lo constituye la obra de Miró cuya ambigüedad entre lo abstracto y lo figurativo y su entronque con el Surrealismo desarrollaron un papel ejemplar. Pues ambos pintores, que tuvieron una relación con el Surrealismo, fueron abstractos a la vez; a ambos les preocupó Victor Nieto Alcaide 56 el valor primario de lo primitivo como expresión libre de la magia de la creación planteada desde un estado prelógico. Es decir, valores que los informalistas, tanto los pintores de materia como los gestuales o de acción, consideraron como los fundamentos de su pintura. Manolo Millares, por ejemplo, a partir de 1949, a raíz de sus primeras «pictografías», experimentó la influencia de Paul Klee y Miró y se sintió atraído por el primitivismo de determinados elementos autóctonos canarios. Un primitivismo que, como referencia anticonvencional, tuvo una proyección figurativa en los graffiti, de Jean Dubuffet: monigotes e imágenes espontáneas formadas por el aparente efecto casual de los signos. En este sentido, los informalistas identificaron la gestualidad con primitivismo, y con una caligrafía de lo espontáneo como hallamos en obras de Georges Mathieu desde los años cuarenta. Mathieu, con sus caligrafías creía lograr el imaginario de alcanzar una relación directa entre impulso y resultado sin mediaciones de la lógica y los factores que influyen en el proceso. Lo cual resulta evidente que se hallaba en la más clara tradición del automatismo surrealista aunque con ello llegase a unos resultados completamente distintos. Lo mismo que Jackson Pollock, en su pintura de acción desarrollaba una correspondencia directa entre el impulso y el resultado. Si formalmente se lograban unos resultados que rompían con los desarrollos preexistentes de la vanguardia desde un punto de vista ideológico es evidente que Ulnformel, nombre utilizado por Mathieu en 1951 en su «Boquejo de una embriología los signos» (Esquisse d'une embryologie des signes), hundía sus raíces en las ideas y aspiraciones surrealistas. Pero no solamente los signos, sino la materia, entendida como nuevo objeto, fue una experiencia que tiene sus orígenes teóricos en el valor del objeto surrealista. Se trata no de una materia representada, sino de la presentación misma de la materia como objeto plástico. Una de las primeras experiencias en este sentido, los Otages de Jean Fautrier, iniciaron el descubrimiento de una nueva realidad, de una realidad «otra» que entraba en competencia con la naturaleza. Los muros de Tapies, las arpilleras de Burri y Millares, la madera de Lucio Muñoz o el lienzo rasgado de Fontana, crearon la plasticidad de una realidad desapercibida, inédita y sugerente. A principios de los años sesenta un crítico de arte, ante la impresionante proliferación de pintores informalistas pudo decir que, tras la ruptura inicial, el Informalismo puso al alcance de todos los subconscientes la posibilidad de ser pintor. Y, en efecto, lo que en un momento fue una actitud y un lenguaje de ruptura pronto se convirtió en unos usos acedemicistas y reiterativos. Ninguna tendencia de nuestro siglo tuvo un mayor número de cultivadores ni tampoco una proyección tan universal como el Informalismo. De ahí, que su crisis no se produjera por una indagación de sus propuestas llevada hasta sus últimas consecuencias por los descubridores de la tendencia sino por la saturación de sus infinitos cultivadores. Sin embargo, debido al carácter abstracto del informahsmo, se supuso que esta crisis era debida al agotamiento de la abstracción cuando en reahdad procedía del uso reiterativo de un mismo lenguaje. A este respecto, deja de ser paradójica la persistencia de la dicotomía establecida entre abstracción y la figuración como si bajo la noción de figuración pudiéramos agrupar todas las tendencias figurativas del arte contemporáneo y bajo la abstracción todo lo que sea representativo. Muchas tendencias, como la Action Painting y los constructivismos fueron decididamente abstractas; otras, como los realismos y el Pop Art claramente figurativas. Sin embargo, no siempre La irrupción del Pop Art y su implantación no se debió a que era un arte figurativo sino a que ofi:'ecía contenidos y un lenguaje nuevo firente al esteticismo repetitivo a que había llegado el Informalismo. La abstracción y la figuración no encarnan por sí mismas ninguna tendencia, pues son medios, e instrumentos con los que desarrollar las ideas más dispares como sucede con la rigurosa geometría de las abstracciones de Mondrían y los irrepetibles girones vitales de Pollock, o entre la expresividad figurativa de Appel o las racionalizadas representaciones de Juan Gris. De ahí, que existan con firecuencia mayores analogías entre determinadas obras asbtractas con otras figurativas y viceversa que entre diferentes tendencias de la abstracción y entre diversas corrientes figurativas. En numerosas ocasiones la figuración se ha separado mucho más de la realidad que la abstracción mientras que muchos planteamientos de la abstracción han puesto de manifiesto un irrevocable compromiso con los problemas de la realidad. La vigencia de Pop Art se debió a la novedad de su lenguaje y, sobre todo a algo que no interesó para nada a los informalistas: su carácter comunicativo. La utilización de imágenes con elementos prestados de los medios de comunicación de masas como aparecen en las obras de Andy Warhol, Robert Rauschenberg, Tom Wesselmann o Roy Lichtenstein o los objetos de consumo de Claes Oldenburg. Lo cual suponía, por otra parte, la indagación de un espectro olvidado de la realidad que pone de manifiesto, una vez más, la constante búsqueda de los artistas contemporáneos para descubrir los innumerables valores del objeto. La realidad y el objeto: del Surrealismo al Pop Art
Este artículo presenta un rápido recorrido por el arte americano del siglo XX; se insistirá sobre los principales movimientos pictóricos: naturalismo, impresionismo, realismo urbano, expresionismo-abstracto, pop, minimalismo, y demás movimientos actuales. También se pretende apuntar la formación de la cultura norteamericana y su relación con la evolución del arte moderno. Factores como la lucha entre figuración y abstracción son resaltados. El artículo se cierra con un pronóstico sobre el futuro del arte. Identidad de la cidtura norteamericana en el s. XX Desde sus inicios el arte norteamericano se presenta inserto en el conflicto que propicia su tardío desarrollo, lo que le hacer ser dependiente de la cultura europea, a la vez que su creciente importancia como potencia en lo económico, militar y político van a exigirle desarrollar cuanto antes un «estilo nacional» ^. Por eso junto al despertar independentista de índole político pronto se va a afirmar una voluntad de independencia estética. En sus orígenes son dos los géneros pictóricos en los que se va a centrar la afición pictórica y estos son el retrato y el paisaje. Ambos obedecen a esta temprana necesidad de auto afirmación propia de la cultura norte-americana. Los retratos, que empiezan siendo la obra ingenua de pintores itinerantes, los limmers, pronto pasan a representar una burguesía con aspiraciones a la elegancia, deudora del retrato aristocrático inglés. Bien es verdad que incluso entonces 60 Amparo Serrano de Haro puede observarse la necesidad de remarcar una serie de rasgos diferenciadores como son una mayor sobriedad, austeridad, seriedad, en fin todo aquello que, desde su punto de vista, pudiese servir para subrayar la superioridad moral que diferencia una democracia de un régimen monárquico ^. Pero el verdadero retrato de norteamérica está en la pintura de paisaje, el retrato que sus pintores hacen del propio país. Son sus dimensiones, su carácter agreste y la variedad topográfica y climática, las bases sobre las que los artistas empezaran a elaborar una épica naturalista que marcará para siempre la pintura americana ^. Los más celebres de este estilo son aquellos que se han venido a conocer con el nombre de «Escuela del rio Hudson», entre los que podemos citar a Thomas Cole, Henry Inman, Charles Codman, Asher B. Durand, John Kensett... sólo el nombre de esta agrupación marca claramente su voluntad de independencia de todo maestro que no fuese la propia naturaleza. En esta misma línea conviene mencionar a Frederick Church, que viaja por toda América reflejando las variedades del paisaje, o a Alfred Bierstad, creador de una tipología de paisaje montañoso, propio del Oeste de EE.UU que se ha denominado «Rocky Mountain School». Es interesante observar como este primer gran movimiento pictórico se inserta a caballo entre el paisajismo anglosajón llevado hasta extremos casi místicos por los Prerrafaelitas y el «plein airisme» francés que desembocará en el Impresionismo. De hecho se pueden citar el caso de algunos pintores como George Inness, Alexander Wyant, o Homer Dodge Martin que empezaron en el estilo de la «Escuela del Rio Hudson» pero cuya pincelada fue haciéndose progresivamente más suelta hasta llegar a un estilo casi impresionista que se ha llamado «tonalista» o «limcánista». Sin embargo, los verdaderos impresionistas americanos son aquellos que estudian en Francia y lejos de esta épica de llanuras y bosques en solitaria grandeza, es el paisaje de la ciudad o de un campo animado por figuras humanas el tema que prefieren desarrollar. Curiosamente no fue esta la vía por la que los pintores norteamericanos entraron en la modernidad de las vanguardias, sino que ese proceso requirió de un proceso de reconsideración total de la sociedad, uniéndose reclamaciones éticas y estéticas en lo que vino a llamarse El grupo de los ocho ^. Originalmente proceden de la enseñanza de Thomas Eakins, un retratista cuya filosofía pictórica se apoya en la sobriedad y la búsqueda de la verdad. Los Ocho a la cabeza de los cuales estaba Robert Henri viajaron de Filadelfia a Nueva York en 1895 buscando trabajo como El arte en los EEUU reporteros gráficos en revistas y periódicos. Estos pintores representaron un nuevo tipo de arte, urbano y popular, donde la técnica va a jugar un papel secundario fidente a la voluntad de captar el pulso de la vida. A la vez representan un nuevo tipo de artista involucrado en la vida de la ciudad: ya no es el artista elegante y elitista cuya actividad es un lujo para la sociedad sino un nuevo modelo que toma partido por los oprimidos, que se identifica con las clases bajas y cuya misión es reflejar la verdad del mundo que les rodea. El efecto que causó la crudeza de sus obras hizo que se les diera el sobrenombre de Ash Can o Pintores del basurero. Pero ese no era el único modelo de modernidad que entonces prevalecía en la ciudad de Nueva York, es necesario mencionar la figura de Alfired Stieglitz, fotógrafo de origen alemán y las exposiciones que organiza en su galería de 1903 a 1917 donde expone a todos los artistas europeos de renombre. Allí por primera vez pueden verse obras cubistas, dadaistas o surrealistas. El mapa de la primera modernidad se divide por lo tanto entre el realismo algo expresionista del grupo de Los Ocho y los intentos de Stieglitz y su circulo intelectual por fomentar preocupaciones más formalistas. Pero el punto decisivo será la exposición del Armory en 1913 que surgió como parte de los esfuerzos del grupo de Los Ocho por encontrar modos alternativos a la Academia para exponer sus cuadros. El Armory Show se fraguó con el objetivo de respaldar a los artistas norteamericanos independientes mostrando al público que el arte que se hacía en Francia no era el que predicaba la Academia, sino algo distinto ^. Pero el escandaloso éxito que supuso el Armory no supuso una reafirmación de Los Ocho sino que muy al contrario desautorizó su propuesta de modernidad que de repente se había quedado anticuada. Los artistas norteamericanos que triunfaron a raíz del Armory son aquellos que aceptaron el arte moderno según las tendencias del cubismo o futurismo, aunque para evitar un excesivo hermetismo estos estilos se aplicaban a la representación de la ciudad, sus edificios cubistas, su vibración futurista y la angustia expresionista de sus habitantes que parece facilitar sus licencias. Este sería el caso de Frank Stella, las primeras obras de Georgia O'Keefe y de los precisionistas Charles Sheeler y Charles Demuth. En los años treinta el debate estético se polarizó. La dramática situación del país que había entrado en una terrible depresión económica exigía respuestas realistas tanto en lo plástico como en lo político ^. El movimiento Regionalista o del American scene propone una vuelta a las raíces nacionalistas y figurativas del arte. Los Regionalistas proponen una representación del país en su conjunto, es una vuelta a la pintura de paisaje del Hudson River school pero aquí los cuadros se llenan de figuras, musculosas, a menudo torturadas, en posturas que indican esñierzo y dinamismo. En los años cuarenta surge la llamada Escuela de Nueva York o movimiento Expresionista-Abstracto. Como su nombre indica este estilo es el resultado de una doble filiación: por una parte la modernidad norteamericana, el expresionismo de Los Ocho transmutado en gestualidad casi irreconocible figurativamente; por otro el proceso abstracto tradicionalmente adscrito a Europa pero que entronca vía su pintura de paisaje con el sentido épico de los grandes horizontes, la identificación del paisaje como retrato del alma puede servir para entender el sentido místico de estos cuadros ^. En realidad en el propio grupo de la Escuela de Nueva York se pueden diferenciar dos tipos de pintura, una es más activa enérgica y gestual como la de Jackson Pollock, Franz Kline, Arshile Gorky y William de Kooning y la otra más puramente abstracta y meditativa como la de Rothko, Adolph Gottlieb, Clyfíbrd Still, Barnett Newman... entre ambas tendencias se encuentra la definición del movimiento y su tensión ^. La importancia de la Escuela de Nueva York rebasa el campo de lo estético para revertir en lo político. Por primera vez los EEUU desplazan a Europa como centro protagonista de la historia del arte y será la evolución de este movimiento propiamente americano el que irá marcando la pauta de la evolución pictórica europea. Fruto del Expresionismo-Abstracto van a nacer dos movimientos opuestos y gemelos: el Pop y lo que primero ñie la «post-painterly» abstraction, luego Op y que acabará derivando en el Minimal. El Pop es un estilo que puede servir de ejemplo paradigmático para todos aquellos que sostienen que el arte, como la moda, fimciona a base de binomios que se oponen en un eterno movimiento pendular. Es la exacta oposición al movimiento anterior ya que significa la vuelta al arte figurativo. Si el Expresionismo Abstracto era elitista, en su mistificación del artista y el misterio de las obras, el Pop es «popular» en su elección temática y en la reticencia de sus artistas a teorizar. Sin embargo tras su apariencia frivola y obscenamente llamativa, el Pop presenta el mundo del consumo y la reificación del sujeto. Bien es verdad que esto es sin que su postura crítica o admirativa sea fácil de determinar. En muchos artistas Tom Wesselman, Jasper Johns, Andy Warhol, Roy El arte en los EEUU Lichenstein, o Robert Rauschenberg el sujeto a tratar es la civilización misma norteamericana su poder, sus mitos, sus placeres ^. Heredero del renovado interés que el Pop suscitó por la figuración es la pintura hiperrealista, que aunque alejada del carácter lúdico y ambiguo que tiene el mejor Pop, vuelve a retratar el mundo norteamericano con una crudeza que no está extenta de cierta complacencia virtuosa. Mientras, la modernidad de lo abstracto se refugió en el Op en sus distintos matices o escuelas como serían las llamadas Hard Edge o Post painterly abstraction. Se puede decir que retomaron las propuestas de los Expresionistas Abstractos pero radicalizando el aspecto plástico por encima del aspecto simbólico o humanista. Tanto los colores como las formas se simplificaron, los primeros perdiendo matices y los segundos insertándose en el vocabulario ya establecido de lo geométrico. Esto fue un punto de contacto con movimientos abstracto europeos que seguían la estela de la Bauhaus y artistas como Josef Albers o Victor Vassarely. De alguna manera el Minimal procede de este agotamiento del símbolo del que participan tanto el Pop como el Op; más aún como va a ser característico de los movimientos plásticos de la segunda mitad del XX, hay en él un rechazo al mundo subjetivo del artista. Lo literal, lo racional, la simplicidad son los axiomas de un sentir que planteaba una humildad de propósito casi Zen y que sin embargo iba.a abrir la puerta a una concepción radicalmente distinta del arte. Después de la violación del ficticio espacio pictórico que emprenden las vanguardias, el Minimal representa el eslabón final de una cadena que partiendo del constructivismo ruso desemboca en la realización de un objeto concreto. Estas obras, transparentes homenajes a un razonamiento plástico riguroso se estructuran en torno al cubo, lo que enlaza con la admiración de Malevitch por el cuadrado, la única forma que no existe en la naturaleza. El restringido vocabulario de los Minimal (de ahí su nombre) que no permite ninguna retórica superflua, ningún asomo de subjetivismo, funciona en torno a la conjugación del cubo en una serie de unidades determinadas conforme a módulos. La expresión debiendo pasar forzosamente por un razonamiento riguroso ^^. El mérito de los Minimal fue establecer el puente entre el proyecto experimental plástico de los estilos geométricos anteriores y la realidad tridimensional del objeto, dando un nuevo impulso a la escultura pero sobretodo borrando las fronteras entre las artes. Su influencia se hizo sentir también en música, danza y diseño ensalzando la estructura modular es decir la repetición de unos elementos lo que acabaría de-rivando en un cierto manierismo del vacío. Algunos de cuyos miembros más destacados son: Donald Judd, Dan Flavin, Robert Morris, Carl André, Frank Stella... El paso que dieron los Minimal rompiendo fronteras entre artes que tradicionalmente funcionaban en áreas perfectamente delimitadas supuso la posibilidad de separar o al menos de concebir la separación entre tema y forma, concepción y obra, idea y forma plástica. Fue por esa hendidura, ese intersticio en que se produjo la eclosión del arte conceptual. El arte conceptual representa un modelo artístico tan amplio como antiguo. Ya que, si bien nuestra referencia en el siglo XX sería el Dadaismo y en especial la figura de Marcel Duchamp, podemos aventurar que la conciencia en la práctica artística de su doble carácter, artesanal y conceptual, es una discusión abierta que puede remontarse al tema renacentista del «disegno». En nuestro final de siglo, el arte conceptual se ha extendido abarcando todas las modalidades posibles de creación (Land Art, Body Art, Art & Language... ), de actuación (Happening, Instalación...) y todos los soportes (pintura, escultura, video, fotografía...), en un arco amplísimo de posibilidades que van de lo sublime a lo ridículo. La propuesta del arte conceptual es convertir al arte en ámbito de reflexión sobre multitud de temas, sociales, políticos, filosóficos, artísticos... El artista se ha convertido, esencialmente, en el hombre que piensa, aunque es necesario que sepa «representar» su pensamiento en el lenguaje de los sentidos ^^. Es difícil seleccionar a los artistas que trabajan en esa vía puesto que casi todos los artistas actuales son conscientes de la necesidad de que su trabajo funcioné en torno a determinado razonamiento que se sitúa entre lo mental y lo visual. Algunos de los más sobresalientes serían en el ámbito del Land Art: Robert Smithson o Walter de Maria; en torno al tema de la identidad: Cindy Sherman o Barbara Kruger; en el de la reflexión social: Dunn y Loraine Leeson o Tim Rollins and Kos; sobre el propio arte John Baldessari, Mike Bidlo o Sherrie Levine. Pero en este apartado es necesario repetir que no se trata de una escuela o estilo sino de una tendencia general. Finalmente puede decirse que aunque sería absurdo adscribir el movimiento conceptual a Norteamérica, si es cierto que su éxito y difusión se deben a una infraestructura ya existente de galerías, museos y revistas de arte que supieron impulsarlo y enmarcarlo adecuadamente. La contradicción estriba en el hecho de ser esta una tendencia que El arte en los EEUU se opone a la utilización y comercialización del arte que es la que sostiene la red que, a su vez, le sostiene...No es la primera vez que la evolución de la cultura occidental se coloca en una dialéctica que parece imposible de resolver. La posibilidad de salir de esta paradoja quizás se encuentre en un hecho reciente, la globalización cultural que ha desbancado a Nueva York como capital cultural, imponiendo una consideración policentrica de la cultura. La inmediatez de las comunicaciones y el estado de perpetua transformación de las ideas plásticas exigen un planteamiento distinto de las llamadas escuelas nacionales o identidades culturales ^^.
El Siglo XX es sin duda la época de la Historia que ha vivido más transformaciones, no sólo en lo que al Arte se refiere, sino en la Técnica, en las Ciencias, en todos los aspectos del saber humano. La generación de nuestros abuelos ha nacido en casas iluminadas con quinqués y ha llegado a la vejez asistiendo al increíble espectáculo de presenciar la llegada del hombre a la luna, de contemplar en directo las montañas de Marte sentados frente a un televisor. Desde que la electricidad llevó a los hogares hasta la clonación de genes humanos, el hombre ha sido partícipe de cambios vertiginosos que continúan asombrándole día tras día. Partiendo de esto, como del más espectacular de los avances, el Arte y concretamente la Pintura son una manifestación clara de cualquier cambio en el pensamiento humano. En consecuencia, los pintores, los aficionados, los coleccionistas y los galeristas y en suma todos los aficionados al Arte, estamos viviendo un siglo lleno de maravillosos sobresaltos, por otro lado, consecuencias lógicas de conocimientos anteriores. Desde la revolución que supuso el Impresionismo en su forma de entender la Pintura, hasta el Arte Conceptual y Minimalista, pasando por todos los movimientos que se han sucedido y que conviven en su diversidad, hasta nuestros días, el hombre asiste a un planteamiento radicalmente distinto viviendo una transformación de los cánones de belleza en una. riquísiraa búsqueda de caminos y posibilidades. Las Galerías no sólo han ayudado a dar a conocer todos estos avances sino que hicieron posible acercar al aficionado sacando a los pintores de sus estudios y tomando parte arriesgada en esta aventura del diario descubrir. La sala Nadar del «Boulevard des Capucines», de París, dio, en cierto modo, en 1874 el pistoletazo de salida con una exposición que reunió a pintores como Monet, Pissarro, Renoir, Manet, Degas, Cezanne, Van Gogh, Gauguin. A este grupo, a esta manera revolucionaria de entender la pintura, la denominó -despectivamente como todos sabemos-el crítico de arte Louis Leroy, Impresionismo, por el cuadro L'Impression de Monet. Esta corriente, que iba a ser el movimiento artístico más apasionante, formó, junto con el Surrrealismo y Abstracción, la llamada Escuela de París. Esta, acogió a una gran parte de pintores españoles como Cossío, Picasso, Juan Gris, Vázquez Díaz, Miró, María Blanchard, Dalí, Clavé, Joaquín Peinado, Echevarría, Manuel Angeles Ortiz, Julio González, Grau Sala, Parra, Bores, que constituyeron un grupo independiente y aún siguiendo los mismos movimientos su pintura no se confundió con la francesa ni con la de otros países, sino que conservó claramente su sabor español y fueron, decididamente, la cuna de la pintura del siglo XX español. Algunos de ellos como Vázquez Díaz y Cossío más tarde volvieron con auras renovadoras a una España que había perdido tras la guerra civil su contacto con la pintura de Europa durante tres años y que luego siguió incomunicada otros cinco años más por la gueira mundial que siguió inmediatamente a la nuestra. Los pintores jóvenes no tenían punto de referencia; en nuestros museos era totalmente desconocido el arte vigente en Europa La moda era entonces en Madrid y en Barcelona un academicismo de raíz del XIX.. Los pintores que habían intentado una obra renovadora antes de la guerra, continuaban esa obra ante la indiferencia general. Aún así de la mano de Benjamín Palencia y Alberto Sánchez surgió la famosa Escuela de Vallecas a la que siguió la Escuela de Madrid con Diaz Caneja, Arias, Gregorio Prieto, Eduardo Vicente, Vaquero Palacios que fueron en la década de los 40 la asimilación suavizada de la versión de los principios fauvistas, picassianos, postcubistas, matissianos. Muchos proyectos renovadores no llegaron a llevarse a la práctica, limitándose todo a alguna que otra batalla aislada sostenida por Eugenio D'Ors desde las páginas de la Revista de Occidente o por Eduardo Westerdahl que fundó en Santa Cruz de Tenerife la Gaceta del Arte, dando origen al movimiento renovador del archipiélago canario, el mismo Westerdahl, se traslado a Madrid y fundó con el doctor Blanco Soler el grupo Adland (Amigos de las Artes Nuevas). Era necesario quemar etapas, partiendo del casi total vacío y (h la ausencia de interés por las nuevas modalidades que entonces ca racterizaba al público. Eugenio D'Ors vio claro que lo más importanti La pintura vista por un galerista era educar a éste público en la comprensión del arte nuevo y para ello era imprescindible disponer de una Sala de Exposiciones que hiciera la labor educativa de acercar éstas tendencias renovadoras de los estudios del pintor a la afición de la calle. Un lugar donde estas tendencias pudieran manifestarse. Y fìindó la Academia crítica del Arte, patrocinadora de los Salones de los Once que consistía en que cada uno de los miembros de la Academia elegía y patrocinaba a uno de los once mejores artistas que a lo largo del año hubiesen expuesto en Madrid y con esos once artistas se organizaba una exposición. La primera muestra se celebro en el año 43 en la Galería de Aurelio Biosca y los pintores de éste primer Salón fijeron la santanderina María Blanchard, muerta en París en 1932, pero casi desconocida hasta entonces en España, los extranjeros Fujita y Olga Sacharon" y los españoles Bueno, Grau Sala, Mozos, Olasátegui, Pruna, Vicente y Zabaleta. Después de ellos se sucedieron los ñmdadores de la llamada Escuela de Vallecas, Benjamín Palencia y Alberto Sanchez, así como Eduardo Vicente, Solana, Zabaleta, Beulas, Cossío, Lucio Muñoz, Miró, Dalí, Esplandiú, Cullen, Chirino y un gran número más de pintores de vanguardia. Estas exposiciones de la Sala Biosca fiíeron definitivas en el proyecto de acercar las nuevas tendencias al público y educar la sensibilidad del aficionado que respondió con entusiasmo en un determinado sector social, la alta burguesía, que aceptó que la misión esencial de un cuadro no es imitar a la naturaleza sino ser bello en si mismo y empezó a comprar a los nuevos artistas ayudando con ello al desenvolvimiento y desarrollo de la nueva pintura en sus primeros pasos. Paralelamente el mundo se movía lleno de propuestas. A partir de aquella «Acuarela abstracta» pintada por Kandinsky en 1910, de fondo gris casi neutro en en la que el color y la forma habían casi desaparecido del lienzo y avanzando en este camino de la simplificación Rodchenko pinta en 1918 «Negro sobre negro» y Malevich «Blanco sobre blanco», ya no se podía avanzar un paso más en el camino de la racionalización geométrica, so pena de hacer desaparecer radicalmente toda pintura, pero no por ello quedaban cerrados los caminos del arte abstracto. El Neoplasticismo, el Futurismo, el Dadaismo entraban con fuerza. Este último surge en Suiza en 1914 como un fenómeno contra la noción misma del arte. Este movimiento tuvo su sede en el cabaret Voltaire de Zurich y el nombre se lo dio el poeta rumano Tristan Tzara, encontrando al azar en un diccionario la palabra Dada que significa caballito de carton. De éste movimiento irónico y estrafalario dijo Tzara en un Lituca Peironcely manifiesto: «Dada no significa nada y nace como una necesidad de independencia y de desconfianza hacia la humanidad». Fué Peggy Guggenheim al abrir su sala de exposiciones en Londres la ayuda intelectual, artística y económica de todo aquel grupo de dadaistas, Mx Ernst, Picabia, Dalí, tanto alli como luego en su galería neoyorquina.. Este movimiento dadaista evolucionó hacia el Surrealismo, cuya primera exposición fue en París en 1925 en la Galería Pierre de París con obras de Hans Arp, Max Ernst, Paul Klee, Picasso, Miró, Man Ray y fue mas bien un movimiento de carácter ideológico, político y literario. Un año más tarde, abrió sus puertas la Galería Surrealista de la Rue Jacques Callot, con una exposición de Man Ray y con éste apoyo y el de las Galerías de diferentes países, el surrealismo se extendió en España a Tenerife de la mano del galerista y escritor Westerdahl, donde creció con fuerza. Y a Bélgica, donde surgió una figura clave: Renné Magritte. En España, las corrientes dadaísmo, surrealismo, informalismo, tuvieron también su vehículo apropiado en la revista Dau al sert, revista de vanguardia con una actitud surrealista transitoria, en camino hacia el Informalismo, El nombre de Dau al Set, es decir, «dado al siete» fué sugerido por Brossa e inspirado en uno muy parecido de André Bretón «La séptima cara del dado» similar al «dos y dos hacen cinco» de Dostoiewsky Es decir, la voluntad del irracionalismo. Sus componentes originarios fueron los pintores Cuixart, Pone, Tapies y Tharrats, el poeta Juan Brossa, el filósofo Arnaldo Puig y el crítico y también poeta Juan Eduardo Cirlot. Como vamos viendo los movimientos artísticos que se fueron sucediendo y conviviendo unos con otros, lo hicieron casi siempre gracias al apoyo de Galerías que creyeron en esas corrientes y que abrieron sus Salas entendiendo la necesidad de acercar al público los nuevos descubrimientos participando con ellos en la aventura del Arte. Sin la fe y el esfuerzo de éstos galeristas, algunas de éstos movimientos hubieran tardado en llegar a la calle por falta de difusión adecuada. La pintura es un arte vivo, reflejo de los cambios de la sociedad y de la política, testigo no mudo, sino vibrante y acusador de los dolores del mundo, de la angustia de la persona. Es un grito y un testimonio vivo de cada época, es un latir caliente y comprometido. Las Galerías son el vehículo que transmite ésta sangre por las arterias de la comunicación hasta acercarlas y mezclarlas con el pueblo. Barra de unión entre el artista que pinta y el artista, que también lo es. La pintura vista por un galerista si hacemos caso al doctor Gregorio Marañon, el que sabe mirar y siente en su interior, sin saber plasmarlo, la emoción del arte. En España el Informalismo entraba de la mano del grupo El Paso. En él figuraron Saura, Millares, Canogar, Feito, Viola y Rivera, junto con el escultor Chirino. El grupo barcelonés tuvo sus máximos paladines en Antonio Tapies y Juan Miró, considerados por la crítica internacional como los mejores exponentes de éste movimiento cuuya raiz nutritiva es la expresividad. El polo opuesto al de la expresividad en el panorama de la pintura abstracta en España es el de la abstracción analítica y formal y en ella destacaron Pablo Palazuelo, José María Labra, Sempere. Numerosos grupos ñieron apareciendo en España como: Equipo 57, Equipo Realidad, Equipo Espacio, todos ellos dentro del grupo Córdoba, que se constituyó con un fondo de consignas de búsqueda espacial metafísica aportadas por Jorge Oteyza. El Equipo Crónica como exponente del Arte Pop: arte popular, arte de la calle, de la calle de una sociedad consumista, la publicidad, los colores planos, los espacios fríos. En Nueva York el Informalismo fue impulsado por dos Galerías, la de Julien Levy y la de la famosa Peggy Guggenheim, que se trasladó de la de Londres y abrió otra galería situada en la calle 57, diseñada por el arquitecto Kiesler y que describe la propia Peggy con éstas palabras: (1) «Los cuadros estaban montados sobre bates de béisbol y las luces se encendían y apagaban cada tres segundos, iluminando primero una parte de la Galería y luego otra... las dos paredes, las formaban una cortina de color azul, asemejando a la carpa de un circo y en el centro de la habitación, los cuadros se arracimaban componiendo triángulos colgados de cuerdas como si flotaran por el espacio»... Peggy se casó con Max Ernst, del que se divorció poco después, aunque él siguió exponiendo en su galería junto con los amigos de ambos, Picasso, Miró, Man Ray, Calder, Hans Arp. La Galería fue además punto de reunión y apoyo a escritores e intelectuales como Samuel Beckett, Jean Cocteau, Marcel Duchamp.y logró impulsar a muchos artistas, por entonces desconocidos, como Motherwell, Rothko, Pollock, o de Kooning, que inauguraron la galería con una de las primeras muestras de Arte Abstracto Expresionista titulada «The Art of this Century» Gracias al apoyo, la protección y el entusiasmo de esta arrolladora galerista de gran intuición artística, este movimiento provocó una rápida reacción de entusiasmo colectivo entre el público. También el MOMA, con la exposición «Expresionismo Abstracto» consolidó la Escuela de Nueva York. Y la Galería Whitney, que primero fue academia-estudio abierto a todas las tendencias «con tal que fueran sinceras» y más tarde fue sala de exposiciones al final se convirtió en Museo al albergar la extensa colección de pintura que Mrs. Whitney ofreció al Metropolitan Museum of Art y que éste rechazó. Con lo que en 1928 se abrieron las puertas del nuevo Whitney Museum of American Art, que hoy día junto con el MOMA y el Guggenheim son las tres catedrales que alentaron, conservaron y acercaron la pintura y los diferentes cambios, al aficionado y al mundo en general. Una de las primeras galerías que promovió a los artistas neoyorquinos del Pop Art fué la Galería Reuben del centro de Nueva York, que luego se trasladó como otras galerías y pintores Pop a los «barrios bajos». La Galería Reuben organizó happenings y exposiciones promoviendo la participación del público en el proceso de la creación eliminando las fronteras entre el objeto y el espectador al igual que hicieron la Galería de Leo Castelli y la de Martha Jackson. El Pop americano nos llenó de latas de sopa Campbell con Andy Warhol, Lichtenstein y sus comics de puntos negros. Jasper Jhones y sus banderas. Ironía, sentido del humor, desmitificar la transcendencia del arte, acercarlo. El Pop Artt es un arte conceptual. Los cuadros se convierten en cosas y las cosas se convierten en cuadros. Como reacción al Pop surgió el minimalismo término usado por Wollheim para referirse a los productos artísticos que más se alejaban de la pintura y escultura tradicionales, y que se aplicó a ésta corriente artística surgida en Estados Unidos. Son obras de estructuras primarias creando formas visuales reducidas al mínimo. Estas obras carecen de cualquier tipo de mensaje o argumento. Su elaboración material, a base de productos ya existentes como un tubo de neón o materiales industriales o domésticos, no suele correr a cargo del artista que ejecuta solo el boceto dejando la realización de la obra a firmas industriales. Los primeros artistas de éste movimiento fueron Sol Lewit y Robert Morris. Tendencia muy próxima a ésta es el Arte povera, arte pobre, en el que se utilizan, no productos industriales sino los considerados como pobres y en muchos casos perecederos, como hierba, hielo, arena y en algunos casos vapor, como en la exposición reciente en el Museo de Miró de Barcelona, lo cual hace aún más difícil su conservación en manos particulares. Es también conocido Con el arte conceptual el oficio de las galerías se divide y dispersa. Hoy día hay infinidad de salas de exposiciones y el aficionado ehge lo que más le gusta, mira, aprende, se pone al día en una palabra, de todas las corrientes y novedades no sólo en las galerías ni a través de los numerosos medios de comunicación, sino muy principalmente ahora también en los museos. Los museos han empezado a perder el sentido tradicional de algo muerto para incorporarse directamente a la vida creando espacios expositivos que admitan ésas nuevas manifestaciones artísticas que como el arte conceptual, el Minimal Art ABC-Art, necesitan un mayor espacio del que puede ofi-ecer una sala y donde además puedan hacerse depositarios como Museos, de las muestras de estas nuevas tendencias para dar en el fiíturo constancia de ellas, ya que por sus características, son difíciles a veces de exponer en ciertas galerías e incluso de guardar y coleccionar por el aficionado. En España, el Reina Soñ'a en Madrid, el Guggenheim en Bilbao, el museo de Miró en Barcelona, La Caixa en Barcelona y Madrid, el
En los confines del viejo Madrid se encuentra una casa cuya fachada, aunque algo adornada no llama especialmente la atención del viandante. Es un edificio construido en la segunda mitad del siglo pasado y que guarda mucho el estilo de las demás construcciones de cierto nivel de su tiempo. En esa casa se estableció por aquellos años una familia que posiblemente por su trayectoria cosmopolita tenía una sensibilidad especial para todo lo artístico. Durante toda la época que va desde finales del reinado de Isabel II hasta principios del de Alfonso XIII, ya fuera por la inestabilidad de la política, por la debilidad del poder adquisitivo de los españoles y también, todo hay que decirlo, por la falta de cultura de la mayoría de nuestros compatriotas, incluso de aquellos que por su nivel social debieran haber tenido la suficiente educación, resultaba posible adquirir relevantes obras de arte en condiciones francamente favorables. Fue, pues, durante ese período cuando se formó la mayoría de la colección de pinturas, esculturas, tapices, porcelanas y mobiliario a que me voy a referir aunque ciertamente otras obras de arte llegaron a la casa por distintas procedencias, ya fuera por herencias o matrimonios posteriores. El caso es que allí, en esa casa, ese conjunto de obras de arte han formado parte de la misma, sin que se hayan producido apenas cambios en su colocación desde hace ya casi un siglo y medio. Justo antes de la Guerra Civil, cuando tanto patrimonio artístico se destruyó o se perdió, la suerte hizo que la casa a la que nos estamos refiriendo fuera alquilada para embajada de un país hispanoamericano, habiendo encontrado en ella refugio, durante esos años de odios encon- trados, primero cientos de personas pertenecientes al bando nacional y luego ya terminada la contienda, un grupo de dirigentes del lado republicano. La afortunada circunstancia de la extraterritorialidad diplomática permitió que, además de que varios cientos de personas salvaran sus vidas o su libertad, las obras de arte que con tanto esmero se habían llegado a reunir permanecieran intocadas en sus respectivos lugares, y así han quedado prácticamente igual hasta el día de hoy. En las casas residenciales españolas del siglo pasado las alturas de techo eran bastante más altas que en las de la actualidad. Ello hacía posible que en muchas de ellas se siguiera una tradición que nos viene muy de antiguo. Al colgar tapices en los altos y amplios paneles se les daba un aspecto más caliente y acogedor. Y así las cosas, a la casa a la que yo me estoy refiriendo vino a parar una colección de tapices procedente de un viejo palacio de Zaragoza. Consiste en una serie de ocho tapices tejidos en el siglo XVII en Bruselas, siguiendo diseños de David Teniers, el joven. Dos de ellos hacen pareja y son de grandes dimensiones, representando uno de estos la noche y el otro el día. En el primero la figura central es una diosa alada, posiblemente Eos, aunque más probablemente Nyx, ya que esta divinidad personificó las tinieblas, atribuyéndosele un culto en el que se practicaban sacrificios de ovejas negras, gallos y buhos. Y en este tapiz vemos a la Diosa sentada en un trono de ruedas bajo un firmamento de estrellas, rodeada de un círculo de angelotes, teniendo en su parte inferior y a modo de ofrenda ya sumidos en la oscuridad, precisamente a buhos y a murciélagos. En cambio en el que representa el sol, aparece Helios en todo su esplendor con un halo de rayos dorados sobre su cabeza teniendo todo el conjunto una gran luminosidad. Se encuentra Helios de pie en su carro, con un arco en la mano, un haz de fleechas a su espalda y arrastrado por un par de hermosos caballos que parecen materialmente escapar de la tela. Al igual que su pareja, la noche, queda rodeado por un círculo de angelotes. Formando parte de esta misma colección de Teniers, son los cuatro tapices representando los continentes terráqueos. Cada uno de los continentes viene representado por mujeres jóvenes y bellas. Europa está coronada y sujeta en una de sus manos un templete griego, pero sobre el cual ha sido colocado una cruz. Tras ella asoma en un entorno fértil la cabeza de un hermoso caballo. Asia está ofreciendo incienso al espectador y a sus espaldas se va alejando hacia un páramo un dromedario. África, por cierto una hembra sensual y pechugona, lleva a manera de sombrero una cabeza de elefante Breves notas sobre una colección de arte privada y ¡como no! frente a ella se sitúa un león dominando el paisaje. Por último, América queda representada por una joven india con el clásico tocado de plumas rojas y azules y a la que no parece afectar la presencia cercana de un inmenso caimán. A la originalidad de estos motivos y a la forma en que han sido concebidos cada uno de estos cuatro ejemplares, hay que añadir como mérito la vivacidad de sus colores, sobre todo en los rojos y en los azules y la buena conservación de los mismos. Vayamos ahora a los cuadros y empecemos por los maestros españoles. Nos detenemos en primer lugar ante «La Virgen de la leche» de El Greco, un cuadro de la última época del pintor. Las figuras representadas: la virgen y el niño (para modelo de la virgen, por cierto, el pintor utilizó a su mujer) parecen estar flotando en el cielo en un fondo de nuubes de tonos azules y blanquecinos. El toque místico tan propio de las obras sobresalientes de este maestro greco-toledano es pues aquí su nota predominante. En la misma sala, encontramos la «Sagrada Familia» de Zurbarán. Las seis figuras que componen el cuadro son de tamaño natural. Curiosamente, la que reviste mayor importancia desde el punto de vista pictórico, no es el niño Jesús ni tampoco la virgen, ni siquiera San José, sino un San Juan Bautista de niño, arrodillado, situado en primer plano que está ofreciendo frutas en un canastillo a la Sagrada Familia. Desde este primer plano, se van alejando en diagonal las otras figuras, dándole al cuadro una especial perspectiva y una técnica muy adelantada para su época. San Juan tiene sobre su hombro desnudo, echada, una capa cuyos pliegues no pueden menos que recordarnos los que con excepcional maestría supo tantas veces reproducir este pintor en frailes y santos. Muy distintos de estos cuadros de motivo religioso son tanto el retrato de Cean Bermúdez de Goya como el de las dos niñas atribuido desde siempre en la familia a Claudio Coello. Es este último un conjunto de enorme elegancia y delicadeza. Las dos niñas han sido vestidas con elegantes trajes bordados color granate, lo que las hace destacar sobre el fondo oscuro de la estancia en que se encuentran. Se contemplan una a la otra con sorpresa sin duda por el pajarito que una de ellas sostiene en una de sus manos. Tiene el cuadro a ambos lados sendos anagramas y aunque han sido estudiados repetidamente, no se ha conseguido hasta ahora descifrar quienes sotí sus atractivas protagonistas. Y como retrato sobresaliente, nos tenemos que referir al que sin duda dadas las especiales circunstanaus de amistad que le unía con el modelo, pintó Goya a Cean Bemúdez. Este famoso crítico de arte y gran coleccionista, está sentado -casi tumbado-mirando de frente al espectador. El calzón corto de una de sus piernas, con su pantorrilla y el pie calzado con zapato de hebilla, nos dan la impresión de estar saliéndose del lienzo. Como contraste la cabeza empelucada está echada hacia atrás con profunda expresión en la mirada a la que sin duda quiso el pintor imprimir el signo de la inteligencia. Nos encontramos pues ante una magnífica obra ejecutada cuando el genial maestro de Fuendetodos estaba en toda su plenitud. Acompañan a estas pinturas otras de la escuela flamenca de no menos interés. «La resurrección de Lázaro» de Dirck (Dierick) Bouts es una tabla de 75 x 50 cm. en la que el personaje evangélico mira asombrado, todavía sentado en su sepulcro a un Jesucristo rodeado de diez figuras primorosamente vestidas con atuendos orientales, pero en cuyo fondo se divisa muy anacrónicamente un castillo propio de los Países Bajos de s. XV. Mucho más sencillo, pero también de gran importancia es el tríptico de Memling, pintado así mismo sobre tablas y en cuyo elemento central se encuentra la virgen con el niño figurando en sus partes laterales dos ángeles que la veneran. Completaría lo más destacado de esta relación pictórica -que por supuesto no pretende ser exhaustiva-mencionando dos cuadros de Jan Brueghel que hacen pareja, uno de ellos titulado «El fuego», en el que sobresale un volcán en erupción en un entorno algo tétrico y el otro «El aire», que queda representado por unos personajes alrededor de los cuales flota una hojarasca en un vendaval; un San Juan Bautista de Ribera, original de la primera época del Spagnoletto donde aparece el santo con su inseparable cordero; cuatro cabezas de Giovanni Battista Tiépolo en los que retrata, utilizando sus característicos claroscuros a mercaderes turcos tocados con sus clásicos turbantes y cinco paisajes de Pillement, ejecutados unos al óleo y otros al pastel, predominando en todos ellos los tonos azulados. Son estos ejemplares típicos de la escuela francesa de la época, en la que la tendencia por lo bucólico es la nota predominante. No podemos dejar de mencionar que en la casa formando un conjunto muy vivido con cuadros y tapices se encuentran muebles de época de importancia, así como colecciones de porcelana y cerámica. Algunos de los muebles según tradición familiar proceden del propio Palacio Real como consecuencia de ventas llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo pasado, concretamente durante la primera república, cuando la anarquía reinante hizo posible ese tipo de enajenaciones. Entre los Breves notas sobre una colección de arte privada de mayor relevancia figura un altar de campaña de marquetería estilo Carlos IV y que al parecer perteneció a dicho monarca. Este altar por haber sido utilizado para celebrar algún matrimonio familiar y también en las ceremonias religiosas durante la Guerra Civil, cuando la casa hacía de embajada, tiene lógicamente un valor sentimental añadido. Y al suscitar el valor sentimental que pueden tener las cosas inanimadas, me voy a permitir terminar sacando a colación la historia de dos obras de arte, que si no fuera por esa razón quizá pasarían más inadvertidas. Una de estas es un conjunto grande de porcelana. Al pie de una columna coronada por Minerva están sentadas cuatro muchachas. Una de ellas está vestida al estilo de la región levantina española y representa la porcelana de Alcora; otra ataviada como una menina, es la representación de la del Retiro; la tercera de morisca, rememora la Hispanoárabe y la cuarta con su traje de campesina valenciana se identifica con la cerámica de Manises. El conjunto en cuestión que es una preciosa alegoría de la porcelana española. Se fabricó para un antepasado de alguien de la familia, y a él va dedicado por haber empleado gran parte de su vida a estudiar y prestigiar la porcena de Alcora. Y de él podemos contemplar un magnífico retrato pintado por Sorella. No menos carga afectiva puede tener un estupendo cuadro salido de los pinceles de Alvarez de Sotomayor. En el vemos a una señora ya muy vieja sentada en un sillón alto, frailumo, con un rosario de plata colgado al cuello a modo de collar. A sus pies se encuentra un niño de unos tres años. La señora en cuestión es la que a lo largo de su existencia, por amor al arte, y nunca mejor dicho, reunió gran parte de las obras que se han ido describiendo. El que firma este artículo tiene como uno de los recuerdos más remotos de su infancia y un poco como en una nebulosa, haber posado con su abuela en el estudio de ese gran retratista, autor de preciosas escenas campesinas gallegas y director del Museo del Prado. Hoy más de setenta años después quiere agradecer a su buena amiga Carmen Rocamora el haberle pedido y el haberle dado ocasión de escribir estas líneas.
El pintor se define a lo largo del tiempo como un artista en mutación influenciado por la sociedad de su momento y por su propio mundo interior Esto ha contribuido a la creación de distintos estilos pictóricos y a una evolución que conlleva la despreocupación por el aspecto formal en aras de una introspección al mundo interior En el cambio constante se refleja la búsqueda del artista que valida la intemporalidad del arte. Así, el verdadero artista sobrevive al aplauso o rechazo de la crítica, convirtiéndose en un verdadero hombre renancentista preocupado por el hallazgo del conocimiento universal. El pintor como humanista Al enfrentarnos al análisis de la pintura del último milenio, observamos la gran variedad estilística, de tal magnitud, que se han escrito páginas y páginas y tanto tiempo empleado sobre la figura universal del pintor. El pintor como artista en maduración con el sentir de su entorno y la adversidad de su propia búsqueda. Una búsqueda que le lleva a las más altas cotas de su propia identidad, reflejando su mundo interior en cualquier soporte pictórico, temporal al mundo crítico e intemporal en su más íntima concepción. Lo que imprime un carácter universal a la pintura del último milenio es la consideración de su propio artífice, el pintor, como un humanista. Resulta difícil hablar en estos días del pintor humanista sin que ello implique una vuelta al Renacimiento, pero es en este sentido donde se define con claridad el talante del pintor. Es en ese continuo renacer artístico donde reside la esencia de la pintura de estos siglos pasados. El artista como ente aislado no existe y no puede existir por su necesidad intrínseca de comunicar al mundo exterior. Esa comunicación no solo se entiende en el marco social. Buen ejemplo de ello son Gauguin y Van Gogh que, evadiéndose del entorno estricto social, proyectaron su humanismo interior en la propia naturaleza. Si remontamos nuestra mirada al pasado, a ese mundo renacentista donde se une la herencia de la Antigüedad clásica y de la Edad Media, el mismo Miguel Ángel experimenta un proceso de cambio por su propia lucha interna y el mundo que le rodea y es en este sentido donde se establece el paralelismo con el artista de nuestro tiempo. En el genio renacentista se produce la tensión necesaria para abandonar sus inicios y el neoplatonismo del techo de la Capilla Sixtina. Ya no le sirven los modelos asimilados en el Alto Renacimiento. Su mundo exterior está en crisis. Se convulsiona junto con la sociedad que le rodea. Los cambios políticos y religiosos trastocan la idea de calma que posee el autor. Sus figuras se muestran tensas, con movimientos bruscos e irritables y trasmiten ese mundo en crisis, donde los valores se han caido dejando paso a una nueva etapa de reconversión pictórica. Es en el «Juicio Final» donde el hombre del renacimiento pasa a ser algo menos o algo más en la esencia del mundo artístico, según se racionalice en un sentido u otro el manierismo pictórico que aconteció. Esa trasmutación valida al hombre del renacimiento porque reafirma su categoría «individuo-humano-artista». Según comenta el profesor De Bunes Ibarra, con el saqueo de Roma se producen cambios en la mentalidad de los hombres que viven en la Ciudad Eterna. El arte ya no se ve como un fenómeno autónomo, sino que se somete a la razón de estado.El pintor humanista refleja el efecto en su propia obra. Ya no siente igual y por lo tanto no muestra al exterior de la misma manera que lo venía haciendo.El Juicio Final deja de ser un monumento a la belleza y la juventud para convertirse en un reflejo de la angustia y la desesperación. En el cambio está el hombre y en el hombre se aloja el artista. Miguel Ángel pintó de esta manera porque su mundo asi se lo requería. Y ahora pensando en Leonardo de Vinci, quien mejor que él puede definir la pintura intemporal. Como él mismo decía, «la pintura es una poesía que se ve» y, probablemente, los más grandes La pintura vista por un pintor joven 85 FIGURA 1. «n giudizio universale» humanistas de la historia son los poetas. El lirismo, el amor y la muerte son la propia vida. La ciencia y la sociedad dignifican la vida y la decoran. En este sentido Leonardo analiza el mundo que le rodea y según sus propios consejos en su «Tratado de la pintura», nos dice como debemos observar las calles, el atardecer, los rostros de los hombres y las mujeres cuando hacen mal tiempo, la gracia y la dulzura que tienen... y entonces el aire es perfecto. «Mira la luz de la vela y contempla su belleza. Cierra los ojos de nuevo. Lo que ves ahora no existía antes y lo que existía ya no está ahora. Las sombras dan vida a los objetos y las formas se modifican continuamente con el juego del claroscuro que es finura y suavidad». En la «Gioconda» el «sfumato» esconde al propio tiempo el misterio de la existencia y provoca a la imaginación para que tome parte en esa transformación de la realidad. En estas ideas, hace quinientos años se encuentra el eje central que define a un pintor. La intemporalidad del arte se esboza poco a poco a lo largo de la historia del arte. La intención del artista en cada obra dota de valor a la misma. Su mensaje es el fondo y su técnica a través del color, composición y dibujo es la forma. La comunión Pedro Fuentes Pozo 86 de ambas dota al autor de la posibilidad de transmutar al unísono del mundo exterior. Ese propio fenómeno cambiante del autor conforma las distintas escuelas pictóricas y asi podemos ver como en el Barroco español predomina la naturalidad y la humanidad. El sentido de búsqueda se traduce en el estudio de la luz y se ha perdido ese colosalismo heroico de épocas pasadas -escuelas italianas-. Velazquez es el mejor exponente del pintor humanista. Su calidad de retratista en sus mejores obras llenas de humanidad, -^bufones y sencillos personajes del pueblo-, anticipan su preocupación por ir más allá de lo que la sociedad de su tiempo le indicaba. Recordemos que uno de los motivos fundamentales por los que abandonó Sevilla era porque allí sólo se pintaba pintura religiosa y el genio buscaba algo más. Sus lienzos de «Los jardines de la Villa Medicis» se anticipan en más de doscientos años a la técnica del impresionismo. La intemporalidad del arte no está tanto en las obras en si mismas, sino en la forma de interpretar y de mirar la realidad del artista. Así, el impresionismo como escuela pictórica no tendría demasiado valor ya que genios como Velazquez y Goya a principios del siglo XIX ya eran impresionistas en sus telas. La escuela impresionista toma valor en el momento que refleja el sentir de su época a través de sus pintores y por lo tanto su aspecto de vanguardia queda legitimado. En el caso de Velazquez, entre 1630 y 1645 realizó varias representaciones de bufones donde mostró el mismo interés con el que trataba a un noble. Sus personajes de fea y deforme figura son representados con humanidad, tratando de ocultar los defectos en vez de recrearse en ellos. En su obra «los borrachos» el autor toma los modelos de la realidad cotidiana. El pueblo de la calle, inspirado en auténticos bebedores de taberna, con sus rostros sonrosados dotados de un gran realismo. Asi deseaba plasmar el pintor sus sentimientos y mostrarlos a la sociedad de su tiempo. No debemos olvidar que el verdadero enigma de la obra de arte es lo que el pintor espera encontrar en el espectador ante la observación de su obra. El Greco es una claro ejemplo a la hora de tratar sus temas con profunda fusión entre el mundo real y sus prolongaciones al más alia. Para él y su época el sentido religioso de la vida mediatizaba el mundo del arte. Es muy curioso observar como hasta 1908 no se reconoce el genio de su obra y personalidad y es entonces cuando su obra cobra una vigencia universal. Esa universalidad se la da el espectador que le brinda su comunión y entendimiento con lo que el Pedro Fuentes Pozo autor trasmite en sus lienzos. Esa espera de trescientos años para que su obra fuera reconocida, legitima la intemporalidad del arte ya que el humanismo pictórico se valida en cualquier momento que el espectador conexiona con el mundo interno y la proyección exterior del artista. En la pintura holandesa observamos que la atmósfera de los interiores no da la impresión de indiferencia, sino de una presencia tenue. La unión del hombre con el recinto en el que vive. El impacto del autor con el exterior y sus propias emociones. Rembrandt en sus años sombríos reflexiona sobre la vejez y el destino del hombre alcanza su mayor hondura y sus obras tintes más personales. Su «Ronda de noche» fue rechazada por su época ante su propia negación a halagar a los personajes que se representan. El humanismo de Rembrandt es evidente en un artista al que se ha definido como pintor del hombre. Tanto en él como en Velazquez hay un sentido humanista. Velazquez es poético y eleva la condición de los seres. Rembrandt refleja el dolor de la vida y el hombre. En este sentido hay una unión con la obra final de Goya. Aparentemente el dolor y tragedia de destino del maestro aragonés tiene el mismo origen que en el holandés, pero en Goya se acentúa mucho más el dolor que le provoca la soledad generada a través del desastre social y no tanto del trágico destino personal. El humanismo de Goya está forjado desde el aspecto simbólico de sus cuadros de guerra y las pinturas negras, asi como sus desastres y aguafuertes. La intensidad expresiva de Goya nos muestra a un autor que se quiere salir del cuadro. Eso es lo que nos quiere trasmitir e intemporaliza su arte. Sus retratos tienen un carácter más efímero porque representan hechos que mueren en el tiempo. Las sensaciones son eternas y es ahí donde se puede establecer una ligazón con la obra posterior de Van Gogh. En ambos casos se rompe el respeto a las leyes ópticas de pintar para asumir la responsabilidad de crear un mundo propio, donde el dolor interior y la crítica social son más importantes que la realidad visual. La intemporalidad nos muestra antecedentes a esta idea en El Bosco y Valdês Leal. Desde el punto de vista técnico, Goya es un precursor del impresionismo y el propio Manet, profundizando en el carácter humanista del pintor, viene a España a estudiar la obra de Velazquez y Goya. En Goya podemos apreciar un grito que pretende cambiar la realidad que también conoce. Es el expresionismo vivaz que manifestará posteriormente el grupo Die Brucke de Dresde. La pintura vista por un pintor joven Es importante indicar que hasta finales del siglo XIX se había representado al ser humano en la belleza y el dolor, el Renacimiento y el Barroco y solo Goya proñmdiza en los misterior del mundo interior. Aunque generalmente los autores y académicos no lo mencionan, esta misma vivencia mueve a artistas como Van Gogh, Gauguin y el mismo Toulouse-Lautrec. Para el primero su búsqueda de la utilidad humana le lleva a colorear intensamente con una luz cegadora, como símbolo de esa luz que lo envuelve todo y que ilumina al hombre al mismo tiempo que se dignifica con su trabajo. Gauguin se inicia en el impresionismo con Pisarro pero trasciende más alia uniendo lo que ve con lo que imagina creando su universo propio con una intensidad poética excepcional. Lautrec es más mundano en su relación con la sociedad de su tiempo. Necesita de ese ambiente social, el cual eleva sus carteles a las cotas del arte. En ellos, el humanismo se refleja en su dolor nacido de la desesperación por la inaceptación de su mundo pictórico, cuyo carácter intemporal lo sublima haciéndolo eterno. En general todos los pintores impresionistas se olvidaron del realismo imperante en la mitad del siglo XIX. Ya no había necesidad social de una pintura que se confimdía con la fotografía. El autor pasa a buscar algo más que una técnica depurada. Necesita el soporte técnico para bailar en las sombras de su mundo interno y de los efectos de luz. En una de las cartas que Van Gogh escribió, en abril de 1889, podemos destacar el carácter humanista del arte pictórico en el segundo milenio. Sin él saberlo, había definido en su lenguaje atormentado y poético el sentir de la pintura del siglo XX. La carta dice asi,.... «mi estado mental no sólo es sino que también ha sido abstracto,.... suponiendo que todo cambiara, el carácter, la educación, las circunstancias, entonces hubiera podido existir esto o aquello...... En el siglo XX se produce una revolución morfológica, donde el artista traduce la concepción intelectual y social y se ve obligado a afrontar de forma diferente la realidad. La confusión de la primera guerra mundial, la reacción del fauvismo contra el impresionismo en pro del color, el nacimiento de un arte cerebral llamado cubismo, el dolor elevado a grito del expresionismo de Munch, el humanismo dinámico del futurismo a través de la belleza de la velocidad, el movimiento «Dada», la ruptura con las convenciones sociales y la consciência del surrealismo, la abstracción y vanguardias con un Kandinsky que pro-Pedro Fuentes Pozo 90 paga el elemento interior como determinante de la obra de arte, constatan el cambio como carácter esencial que define el aspecto humanista del arte de este siglo. Según se ha definido, en Picasso se reúne el motor de todos los cambios, buscador incansable que muy probablemente nunca llegó a encontrar las líneas maestras de su propio arte. Su falta de respeto artístico consigo mismo hace de él un genio. En «las señoritas de Avinyó» irrumpe en el cubismo. Con su «Guernica» simboliza nuestra época con los miedos y mitos del hombre del siglo XX, en su más pura expresión humanista. Juan Gris, Miró, Dalí, Tapies.... definen movimientos plásticos cambiantes representando el pensamiento y la sensibilidad de la sociedad de este siglo. Son la semilla para el firuto posterior de una generación de pintores que marcan una clara ruptura artística proclamando el arte no imitativo, representado en el grupo El Paso. En los últimos siglos, el rasgo que define a la pintura es precisamente valorarla como arte. Como arte porque se engloba bajo el estilo general de los movimientos pictóricos y bajo el estilo individual del artista. El autor así se define por tener un estilo y conocer un lenguaje. Sin una de las dos la intemporalidad del arte no existe. Se puede tener un estilo y no poseer un lenguaje, en cuyo caso calificar de arte el hecho representa sus serias dudas. El artista tiene que poseer lo que el profesor R. Wollheim define como intención del pintor. Esta intención está en la cabeza del autor y determina que en una superficie dada se ha de ver una concreta representación. Como expresaba B. Rusell, el artista genuino aspira a producir un trabajo que sea aplaudido, pero aún en el caso de que no se produzca, esto no alterará su estilo.
Javier Solana, me invitó a almorzar al Ministerio con los Barones Thyssen y otras personas. Estaba yo por aquel entonces terminando un encargo que había recibido del Gobierno, también en el ámbito de la cultura, cual fué la recuperación del cuadro de Goya exportado ilegalmente de España, la «Marquesa de Santa Cruz», operación en la que llevaba yo enzarzado varios meses colaborando con el entonces Director General de Bellas Artes y posterior Subsecretario de Cultura, Don Miguel Satrústegui. Unos días antes del citado almuerzo, se había conseguido que un Juez inglés paralizase la subasta de la obra en la casa Christie's de Londres. Tal decisión judicial, aún de carácter cautelar, tuvo el fulminante efecto de sentar a la mesa de la negociación al «propietario aparente» del referido cuadro de Goya, negociación en la que llegamos a la fijación de un «precio indemnizatório» que debería ser pagado por el Estado Español al referido «propietario aparente» inferior en mucho, naturalmente, al valor de mercado de la obra. Pero como en el Ministerio de Cultura no existía partida presupuestaria alguna que cubriese la compra de «La Marquesa de Santa Cruz», el Ministro Solana tomó la decisión de acudir al patrocinio privado. Y todo ello salió a colación en el almuerzo con los Barones Thyssen a que me vengo refiriendo. La reacción del Barón Thyssen fué de gran interés en el asunto ya que, según nos explicó, estaba comenzando a organizar una exposición en su Museo de «Villa cual, lógicamente, la presencia de nuestra Marquesa, una obra de gran calidad, curiosa, «desaparecida» durante mucho tiempo y, desde luego, muy «glamorosa», daría a esa exposición de Goyas privados un interés ospedali simo. Inmediatamente después, Miguel Satrústegui y yo mismo establecimos conversaciones con los Barones Thyssen para conseguir que contribuyeran económicamente a la recuperación del cuadro. Al cabo de varias reuniones, se consiguió que el Barón Thyssen aceptara sufragar la mitad del precio indemnizatório convenido con el «propietario aparente» inglés; pero el Barón Thyssen estableció una condición que el Estado Español no podía aceptar: la co-propiedad del cuadro. Así se lo dijimos a los Barones Thyssen, Miguel Satrústegui y yo mismo en una cena en su casa de Oxfordshire en octubre de 1986, pensando que allí terminaban las conversaciones entre el Gobierno y ellos mismos en relación con la «Marquesa de Santa Cruz». Pero cual no sería nuestra sorpresa cuando Carmen Cervera, Baronesa Thyssen-Bornemisza, nos dijo que aunque ello fuera así, podríamos hablar de algo más importante y, después de explicarnos las grandes dificultades que tenían para albergar toda su colección en el Museo de «Villa Favorita» en Lugano, afirmó que estaban pensando seriamente en España como sede de su colección. Por la ilusión y el énfasis con que se expresó, me di cuenta, en aquel momento ya, de que España contaba con la más formidable aliada. Pasaron muchos meses sin que yo volviera a oir hablar del asunto pero sé que durante esos meses Luis Gómez de Acebo, Duque de Badajoz, había puesto al servicio de la operación su rápida inteligencia, su extraordinaria simpatía y sus dotes diplomáticas. Nunca podremos agradecer los españoles bastante al Duque de Badajoz todo lo que hizo durante aquellos meses y los años que les siguieron. La realidad es que sus gestiones y la pasión por España de Carmen Cervera consiguieron convencer al Barón Thyssen y a sus herederos sobre la conveniencia de que la Colección viniese a nuestro país. Lo cierto es que vuelvo a tomar contacto con el asunto en abril de 1987 cuando en el Ministerio de Cultura me muestran una carta del Duque de Badajoz en nombre del Barón Thyssen dirigida al Gobierno Español en la cual se mencionaba la posibilidad de ceder la propiedad de parte de la Colección al Estado y ceder la posesión del resto en régimen de préstamo de larga duración. Recibí entonces el encargo profesional de asesorar jurídicamente al Ministerio en la operación y de actuar de co-negociador (junto con los representantes de ese Ministerio) en relación con la misma. Inmediatamente, en mayo de 1987, preparamos una contestación a la carta del Duque de Badajoz que podríamos llamar la primera oferta informal del Gobierno Español y en ella se menciona ya la cesión del Palacio de Villahermosa para albergar la Colección. Fué ésta una decisión ciertamente valiente del Ministro Solana, puesto que el Palacio de Villahermosa estaba ya asignado al Museo del Prado a efectos de facilitar la ampliación del mismo. Pero a pesar de ello, el Gobierno pensó que sería imposible encontrar un lugar más adecuado para instalar la Colección Thyssen si es que algún día venía a España y, sobre todo, entendió que la cesión del Palacio de Villahermosa era una baza importantísima a la hora de competir con las otras ofertas que ya se anunciaban y traer la Colección a nuestro país. En segundo lugar, se mencionaba en aquella carta que la entidad que recibiría la Colección sería una Fundación Cultural Privada. ¿Por qué una fundación privada y no el propio Estado? Porque la oferta tenía que ser competitiva y consecuentemente muy imaginativa; porque la oferta de España tenía que ser muy solvente; y porque era evidente que el régimen previsto de cesión de una parte de la Colección y recepción de otra parte en régimen de préstamo entrañaba que entre el Estado Español y los propietarios de la Colección, la familia Thyssen, iba a haber una serie de relaciones permanentes; no se trataba de una compraventa normal en la que una vez recibido el precio, el vendedor pierde toda relación con la cosa vendida. Era algo mucho más complejo, y había que crear un instrumento jurídico en el que las dos partes, la parte compradora y la parte vendedora, la parte prestadora y la parte prestataria, pudieran compartir un «terreno de juego» en el que, a través de los órganos de una institución con presencia de ambos, pudiese haber una comunicación y un diálogo fluido entre ambas a lo largo de toda la operación. Su Majestad El Rey Juan Carlos I no se opuso a que la Fundación, una vez constituida, impetrase su alto patrocinio y fué, desde el primer momento, gustoso campeón de la operación proyectada. Desde mayo de 1987 hasta abril de 1988, hubo constantes conversaciones y negociaciones entre el Barón Thyssen y los «Trustees», administradores del «Trust» propietario de las obras que le daban vueltas a la oferta española y a otras ofertas competidoras: Stuttgart, Bonn, París -que, al parecer, ofrecía el Petit Palais-y, sobre todo, la Fundación Getty de Malibú (California) que hizo una oferta importantísima por la compra de la Colección. Pero lo cierto es que esta última oferta, por alta que fuera, implicaba una compraventa pura y dura: la familia Thyssen y, sobre todo, el Barón Thyssen-Bornemisza, recibirían el histórico cheque pero tendrían que separarse para siempre de la Colección que había hecho su padre y que él había complementado con tan extraordinario acierto. En cambio, la oferta española suponía algo cardinal para la Colección: su exhibición enfrente del Museo del Prado y muy cerca del Reina Sofía en medio de la llamada «milla de oro» museística de Madrid. No obstante, por la parte Thyssen existían ciertas reticencias y alguna desconfianza sobre la capacidad española para cumplir las promesas que se hacían. Se pensaba que en este país no había suficiente capacidad de gestión cultural para, en el tiempo que se ofrecía, conseguir el dinero necesario, hacer la rehabilitación del Palacio de Villahermosa y proceder con suficiente pericia a la delicada operación del transporte de tantos cuadros. Había el temor de que todo eso se hiciese de una manera más bien «latina» e improvisada. Sin embargo, el modelo español ofreció desde el primer momento a los propietarios de la Colección y muy principalmente al Barón y la Baronesa Thyssen, un modelo de organización común en el cual ellos podrían seguir estando presentes y colaborar con el Gobierno Español en las muchas cosas que había que hacer. En abril de 1988, superadas las reticencias iniciales, se firmó un primer Protocolo de Intenciones entre el Ministro de Cultura y el Barón Thyssen y se dio así el pistoletazo de salida para la operación de préstamo de la práctica totalidad de la Colección. ¿Por qué ahora préstamo y antes cesión de la propiedad? Pues porque la parte Thyssen, actuando de forma extraordinariamente prudente y, desde luego, muy conservadora, prefirió hacer una operación de préstamo a largo plazo (algo menos de diez años) para así no comprometerse definitivamente y poder comprobar si los españoles éramos capaces de cumplir lo que prometíamos. Persistía, pues, alguna desconfianza. Aquel momento, el de la firma de la Carta de Intenciones definiendo la operación como de préstamo, fué un momento ciertamente difícil ya que en el mundo de la cultura, en algunos medios de comunicación e incluso en ciertas instancias gubernamentales, se pensaba en la adquisición definitiva de la propiedad de la Colección. Pero las instancias políticas decisorias no se arredraron y seguimos negociando durante varios meses un texto de contrato de préstamo a nueve años y seis meses. Fué un documento contractual complejísimo, sometido al Derecho inglés y redactado en consecuencia -con su habitual prolijidad-por abogados ingleses. Las negociaciones sobre ese texto inicial fueron muy duras e intensas. Por fin, en diciembre de 1988, llegamos a un texto común, se firmó el Contrato de Préstamo por el tiempo referido con una contraprestación económica por España de cinco millones de dólares anuales y se cons-tituyó la Fundación Cultural Privada («Fundación Colección Thyssen-Bornemisza») a la que el Gobierno Español aportó nueve mil millones de pesetas y el Barón Thyssen-Bornemisza una peseta simbólica. De los nueve mil millones aportados por el Estado, siete mil millones servirían para atender el pago de los cánones del préstamo durante los nueve años y seis meses y dos mil millones para las obras de rehabilitación del Palacio de Villahermosa. Posteriormente, se vio, como suele suceder con las obras, cómo la rehabilitación del Palacio sobrepasaba la previsión inicial. Aquella Fundación tenía un Patronato paritario, donde estábamos cinco personas que representábamos al Gobierno y otras cinco que representaban a los propietarios de la Colección. En sus Estatutos, se requería la unanimidad para todas las cosas realmente importantes en la vida de la Fundación como, por ejemplo, la aprobación de los presupuestos anuales, el control de las obras de rehabilitación del Palacio de Villahermosa, la modificación de los Estatutos, el nombramiento de Comités Ejecutivos y el nombramiento de Conservador Jefe, siendo el de Director Gerente privativo del Gobierno. Aunque sólo sea a título anecdótico, hay que decir que, firmado el Protocolo de Intenciones y antes del otorgamiento del Contrato de Préstamo, el Gobierno de Su Majestad Británica se interfirió extemporánea y arbitrariamente en el proceso, con una oferta realmente importante. Ofrecía a los propietarios de la Colección la «National Portrait Gallery» situada en Trafalgar Square, para los Maestros Antiguos, espacio en el Canary Wharf para los Modernos, y una sustanciosa cantidad en libras esterlinas. Parecía como si alguna filtración hubiera proporcionado al Gobierno de la Señora Thatcher información sobre la oferta española... Las presiones británicas fueron realmente intensas y se produjeron en los niveles más altos. Pero el Barón Thyssen siguió una vez más la imbatible inclinación española de su esposa y, cómo no, hizo honor a las intenciones expresadas en el Protocolo. Esta vez le tocó a Inglaterra perder frente a España. Tan es así, que en sus Memorias la Dama de Hierro inglesa se lamenta, como uno de los puntos negros de su mandato, de que se le «escapara» la Colección Thyssen-Bornemisza. La primera, la selección de un arquitecto que redactase el Proyecto de rehabilitación del Palacio de Villahermosa. La elección de la Fundación recayó, como es sabido, sobre Rafael Moneo. Los Barones Thyssen tenían otra idea sobre el arquitecto y pensaban en algunos arquitectos más «vistosos». Afortunadamente, después de una visita al Museo de Arte Romano de Marida, obra emblemática de Rafael Moneo, y temendo en cuenta que entonces Moneo era Decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Harvard, el nombre de Moneo fué aceptado y realizó el proyecto arquitectónico que está a la vista de todos. Se seleccionaron después, en concurso restringido, contratistas para la realización de las obras y la primera piedra de las mismas se puso el día 13 de marzo de 1990. Las obras se terminan y se presentan al público en mayo de 1992, es decir, un poco más de dos años para llevar a cabo una obra que supuso el vaciamiento completo del edificio, la conservación de sus fachadas y el diseño y construcción del nuevo espacio museístico de acuerdo con la maquetación realizada por los expertos. Durante los meses de junio y julio de 1992, tuvo lugar la operación de traslado o transporte de pinturas más importante de la historia si se exceptúa el desalojo y realojamiento del Museo del Prado con motivo de la Guerra Civil española. Se transportaron más de novecientas obras de arte en dos meses, cuadros, dibujos, esculturas y objetos artísticos y para cada uno de ellos fué necesario hacer un informe sobre el estado en que se encontraba en el punto de salida y un informe sobre la condición de cada obra de arte en el punto de recepción. La inversión en las cajas que contenían los cuadros más importantes fué de varios cientos millones de pesetas. Cajas, por supuesto, especialmente climatizadas y acondicionadas. Aproximadamente el sesenta y cinco por ciento de las obras se transportaron en aviones especialmente fletados al efecto. El resto, en camiones especialmente acondicionados y custodiados. En abril de 1992, se firmó un contrato adicional entre el Gobierno y los propietarios de la Colección para que setenta y ocho obras de la misma se mostrasen al público en el Monasterio de Pedralbes de Barcelona, cumpliendo así un deseo muchas veces expresado por Carmen Cervera, Baronesa Thyssen-Bornemisza. Durante los meses de julio a septiembre de 1992, se colgó la Colección en el Museo sito en el Palacio de Villahermosa. No sólo la altísima calidad del Proyecto de Rafael Moneo sino también la extraordinaria pericia del Conservador-Jefe de la Colección, Tomás Llorens, hicieron que fuese posible el Museo que inauguraron Sus Majestades Los Reyes y el Presidente del Gobierno el día 8 de octubre de 1992. En tiempo, en dinero, en calidad, en gusto, en competencia científica y técnica, en todo. Fui testigo de cómo, en aquel memorable 8 de octubre, muchas personas no creían lo que veían. Un relato: La colección Thyssen Bornemisza en España De la Colección, hoy conocida y apreciada umversalmente, hay que destacar su extraordinaria complementariedad con las colecciones del Museo del Prado y el resto de las colecciones públicas españolas. En ella están dignamente representados movimientos y momentos de la historia de la pintura muy escasamente presentes en las colecciones españolas: los Maestros Antiguos alemanes, los impresionistas franceses, los expresionistas alemanes, las vanguardias rusas,... Piensa este relator que la diligencia y competencia de las que hizo gala España borraron cualquier sombra de reticencia o temor en los propietarios de la Colección. Tan es así, que en marzo de 1992, con el Museo prácticamente terminado aunque no inaugurado, se firmó entre el Ministro de Cultura y los representantes de los propietarios, una nueva Carta de Intenciones relativa, esta vez sí, a la compra de la Colección. Esa carta, firmada en un sólo ejemplar que se depositó en un Notario madrileño filé un secreto bien guardado. En ella se fijaba la ciñ*a que habría que pagar por la Colección para el supuesto de que se llegase al acuerdo de cesión de la propiedad entre los propietarios y el Gobierno de España. La cifra en cuestión era de trescientos cincuenta millones de dólares. En aquel momento, la Colección podría tener un valor de entre mil y mil quinientos millones de dólares, cifi:'a ésta aproximada a la que se llegaba tomando en cuenta los valores de adquisición y aplicando a éstos índices complejos, comparándolos con los valores de seguro, analizando las transacciones en régimen de mercado abierto que se habían producido para obras de similar categoría, etc. Se compraba, pues, en trescientos cincuenta lo que pudiera bien valer mil quinientos y ahí había un indudable elemento de liberalidad por parte de los propietarios que tuvo su contrapartida en la pretensión de los mismos de no separarse completamente de la Colección y de seguir teniendo algo que decir para que se mantuviesen los principios que la habían iluminado desde que la inició el padre del actual Barón Thyssen-Bornemisza, nada más terminar la Primera Guerra Mundial, hasta nuestros días: su unidad, su calidad y su internacionalidad. Desde la inauguración del Museo en octubre de 1992 los propietarios y el Estado español no cesaron de estar en contacto con el fin de configurar la operación por la que definitivamente la Colección pasaba a ser propiedad de la Fundación española. Los abogados ingleses, suizos, de las Islas Bermudas y españoles de ambas partes trabajamos duro preparando los perfiles de la transacción definitiva y tuvimos listo un contrato de adquisición de la propiedad por la Fundación española al cabo de seis o siete meses. El texto contractual gozó de la aprobación de ambas partes y se firmó en junio de 1993, disueltas las Cámaras y previa aprobación por el Consejo de Ministros de un Real Decreto Ley que daba cobertura normativa a tan importante operación y que fué posteriormente ratificado por la Diputación Permanente de las Cortes Generales. El consenso entre el Partido Socialista (en el Gobierno) y el Partido Popular (en la oposición) fijé tanto más admirable cuanto que se produjo en plena campaña electoral. El apoyo del Partido Popular a la operación filé absoluto. Por virtud del contrato de compraventa, la Fundación adquirió la propiedad de setecientos setenta y cinco cuadros que, junto con los integrantes de los préstamos adicionales que hicieron en el momento de la operación de compra el Barón Thyssen y sus herederos, integran la totalidad de los que alberga el Museo. Con motivo de la adquisición de la propiedad de la Colección, se modificaron muy sensiblemente los Estatutos de la Fundación propietaria. Antes, había una paridad de miembros en el Patronato de la misma y desde 1993, hay un Patronato de doce miembros, ocho de los cuáles hemos sido nombrados por el Gobierno y cuatro por la parte antiguamente propietaria. En lo único en lo que hay que contar con el voto favorable de los representantes de los antiguos propietarios es en aquellos aspectos relativos a los «standards» museísticos del Palacio de Villahermosa, una eventual desmembración de la Colección, y ciertas disposiciones tendentes a garantizar la presencia internacional de la misma en todo caso. Preside el Patronato el Ministro de Educación y Cultura y es Vicepresidenta vitalicia, Carmen Cervera, Baronesa Thyssen-Bornemisza. El Estado ha cedido a la Fundación Thyssen-Bornemisza la propiedad del Palacio de Villahermosa. La actividad y la gestión de la Fundación responde a tres principios: el principio del interés público; el principio de la exquisita conservación y permanente exposición y estudio de las obras de arte; y el principio de la mejor administración empresarial. Y hay que decir que, en el respeto a esos tres principios, la Fundación no lo está haciendo nada mal. Baste un botón de muestra: los ingresos de explotación cubren los gastos en un ochenta por ciento. Pocos, muy pocos museos en el mundo pueden decir lo mismo. Pero el relato continúa... Carmen Cervera, Baronesa Thyssen-Bornemisza, ha venido reuniendo una excelente colección de pintura a base de obras procedentes algunas de donaciones de su esposo y otras muchas adquiridas en los mercados internacionales y españoles. Algunas de las piezas que la integran ya han sido expuestas al público y muy probablemente cuando este relato se Siendo deseo de la Baronesa Thyssen-Bornemisza que su propia colección, sin perder su independencia, figure asociada de alguna forma a la colección de su marido, hoy propiedad de la Fundación, la ofireció al Gobierno para que ñiese albergada y expuesta, en la medida de lo posible, en el actual Museo. Dado que los espacios disponibles eran claramente insuficientes para amparar dicho proyecto, el Gobierno tomó la decisión de adquirir los dos inmuebles colindantes con el Palacio de Villahermosa para albergar en ese «nuevo Museo» la colección de la Baronesa, exponer las obras más relevantes de la misma, creando un todo armónico entre los tres edificios que permita que las dos colecciones puedan ser expuestas contando con las superficies necesarias para espacios públicos suficientes de exposiciones temporales, estudio y recreo. El préstamo de la colección de la Baronesa tendrá una duración de once años desde la firma del oportuno contrato y no acarrea el pago de cantidad dineraria alguna por la Fundación prestataria o por el Gobierno. La rehabilitación de los nuevos edificios no durará menos de dos años contados a partir de la toma de posesión de los mismos por parte de la Fundación. No parece aventurado afirmar que la gran operación cultural relatada, en la que han estado implicados cuatro Ministros de Cultura socialistas y dos Ministros de Cultura pertenecientes al Partido Popular se ha convertido en un ejemplo admirable y admirado internacionalmente de cómo incrementar el patrimonio histórico-artístico de una nación y, desde luego, en un modelo de gestión cultural que, respetando siempre el interés público, aplica criterios de actuación dinámicos e innovadores.
Mecenazgo y Coleccionismo Corporativo «De ahora en adelante una empresa podrá elegir entre el mecenazgo y el patrocinio, del mismo modo que puede hacerlo entre campañas de relaciones públicas y publicidad. Es una mera cuestión de estrategia. Creo que, para una empresa, el mecenazgo constituye un mejor medio de comunicación que el patrocinio ya que, al estar relacionado con la cultura por el valor semántico de su propio nombre, resulta más intelectual y cualitativo» (Alain-Dominique Perrin, Cartier International, «Art and Business», pág. 208). El futuro del arte y la empresa depende de que se llegue a entender plenamente el concepto de mecenazgo. Tanto si una empresa crea una fundación como si decide que el arte forme parte de la corriente principal de su actividad empresarial, los programas de arte pueden constituir una herramienta de gestión e imagen altamente eficaz que puede favorecer la percepción de la empresa en su entorno social. Los estudios más recientes parecen demostrar que el arte y los negocios pueden ser recíprocamente beneficiosos. De acuerdo con el uso moderno, la palabra «mecenazgo» -que no ha de confundirse con filantropía ni con inversión-describe una forma relativamente pura de apoyo al arte según la cual se da ayuda a los «creadores» de cultura, no tanto con el fin de obtener directamente una ventaja monetaria o de imagen, sino más bien de aumentar y facilitar el acceso al proceso creativo. Son inherentes al término mecenazgo las propiedades de perfección e innovación. El propio coleccionismo de arte, por parte de las empresas, se encuentra en auge. Esta actividad que, normalmente, consiste en adquirir Rosina Gómez-Baeza Tinture 104 obras de arte para instalarlas en las zonas de acceso al público y en las oficinas de las sedes empresariales, aumenta día a día. Pero también se están experimentando otras innovaciones en este campo, tales como la creación de museos y salas de exposición a cargo de empresas, colecciones instaladas en los espacios de la sede social y proyectos realizados, en el ámbito público, conjuntamente con entidades y organismos. Una actividad de mecenazgo seriamente concebida puede ofi:'ecer a las empresas caminos alternativos para invertir en calidad e iniciar su participación en el mundo del arte. Este notable descubrimiento se basa en un cambio de orientación de lo social a lo cultural, es decir, de la filantropía al mecenazgo. La mayor parte de las empresas conciben el mecenazgo como la labor de una fimdación empresarial. Muchas empresas multinacionales han establecido fimdaciones cuya relación con todas las artes ha producido proyectos de calidad que les han aportado reconocimiento y prestigio mundial. Pero existen también otras fórmulas. Un programa de arte corporativo que surja de dentro de la propia empresa puede resultar igualmente efectivo. Cuando el mundo empresarial centra su interés, cada vez más, en los resultado económicos, aquellas empresas que se embarcan con éxito en proyectos artísticos comprenden que el arte puede formar parte de una nueva estrategia para alcanzar sus objetivos. La expresión visual ya no es simplemente un bonito cuadro para colgar en la pared, sino que se ha convertido en el mejor mensajero para interesar y atraer poderosamente a amplios segmentos de la población. Constituye también un modelo de conducta empresarial, una muestra de apoyo a la propiedad humana del conocimiento y la mejor manera de fomentar la educación y la cultura. La ampliación de la esfera de responsabilidad que la empresa ha de asumir justificaría la creación de una plataforma que, desde una perspectiva social de fomento de la tolerancia, la creatividad y el libre discurrir de las ideas, promoviera la relación entre el sector privado y la creación artística, favoreciéndose la realización de programas dedicados a las artes visuales. El concepto de coleccionismo de arte corporativo ha ido evolucionando de una participación pasiva a una activa y no solo en el propio lugar de trabajo sino a nivel regional, nacional y mundial, para uso y disfrute de públicos cada vez más diversos y numerosos, por lo que no resulta gratuito reseñar que el auténtico mecenazgo demuestra que el apoyo a las artes, por parte de la empresa, constituye un activo cultural, nunca un acto caritativo.
Hoy las ciencias sociales están tomando unos nuevos derroteros, desde que han entrado en escena los etólogos o sociobiólogos. Edward O. Wilson acuñó en la década de los años setenta una palabra nueva: SOCIOBIOLOGY ^. Esta palabra levantó muchas ampollas -sobre todo en la piel ideológica-y, como el escándalo tiene mucho más interés que la norma cumplida, apareció Wilson en la hornacina del altar de las portadas del Time y de otras revistas de esta naturaleza ¿La nueva pregunta es: hemos de hablar de sociología o de sociobiologia? ¿La estructura social está diseñada por un plan biológico y genético? ¿Están el hombre y el mono inmersos en unas estructuras biológicas de sus respectivas sociedades como el tren en sus railes? Toda mi obra (y específicamente mi libro Cerebro y Emociones: El Ordenador Emocional) está encaminada a responder a estas preguntas. La clave de la estructura social está en el cerebro en un orden muy importante de cosas. El Profesor Thorpe ^, un pensador original, desde las premisas de la etologia hizo un experimento de gran calado en estos temas en su laboratorio de la Universidad de Cambridge. Apenas salidos del huevo unos pájaros llamados pinzones (en inglés chaffinch) fueron colocados por el profesor Thorpe en tres habitaciones distintas e incomunicadas. Un pajarillo pinzón nunca escuchó ningún canto de pájaros. Este pajarillo nunca cantó. Un pajarillo pinzón escuchó el canto de jilgueros y de canarios. Un tercero escuchó el canto de los pinzones. Este fue el único pajarillo pinzón que cantó. Repitió el experimento varias veces, obteniendo siempre el mismo resultado. El idioma de no José Antonio Jáuregui Oroquieta los pinzones no se trasmite por vía genética sino por aprendizaje, como ocurre con el francés o con el castellano. Pero, si nos fijamos bien, este experimento nos revela un fascinante mundo tan biológico como social. El cerebro tiene dos programas: un hardware o disco duro por el que el cerebro graba automáticamente ciertos idiomas sociales pero no otros y un software, o sea, los programas sociales que se van grabando inconsciente y automáticamente. El cerebro es una gran herramienta a la vez biológica y social y por tanto biosocial. Estos son en mi opinión los cimientos de las nuevas ciencias sociales. Pero el cerebro de la abeja, de la araña o del mono es un cerebro obediente, mientras que el cerebro del hombre es un cerebro rebelde, un cerebro disconforme, un cerebro descontento. Podemos encontrar una pista interesante al tema que nos ocupa en la primera frase de la Metafísica de Aristóteles: návxes'áv9pco7ioi TOÜ 8i5¿vai opeVovxai yviazx Pántes ánthropoi, tou eidenai orégontai fisei: «Todos los hombres se sienten inclinados a conocer, a idear, a crear nuevos conceptos». O bien «Todos los hombres sienten sed de conocer, de idear, de crear nuevos conceptos, de cuestionarse, de hacerse nuevas preguntas». Eíôévai, Eidenai, es un verbo derivado de Eiôas, idea. Se puede traducir como conocer, idear, crear nuevos conceptos, hacerse nuevas preguntas, no conformarse con el orden establecido. Un programa cerebral, el programa de la rebelión, marca una frontera genética y biosocial entre la sociedad humana y todas las demás sociedades animales, entre el hombre y el mono. Aristóteles nos habla -si nos fijamos bien-de dos mundos: el mundo de los sentimientos (orégontai: sentir ganas de) y el mundo de las ideas (eidenai: idear, crear nuevas ideas). No se devanaría los sesos el empresario ni sudaría el obrero si no sintieran la sacra auri fames: el hambre del oro, la sed del dinero. No beberíamos agua, si no nos activara el cerebro el densitòmetro emocional de la sed. Sostengo en mi libro Cerebro y Emociones: El Ordenador Emocional, cómo el cerebro es un marionetero que mueve a su marioneta -tú, lector, y yo, escritor-con los hilos invisibles de los sentimientos. El cerebro activa un repertorio de densitómetros emocionales en una escala de cero a cien, indicando y empujando al sujeto a realizar una serie de tareas precisas: ganas de beber para que beba, ganas de hacer el amor, para que realice este trabajo, ganas de vivir para que viva e, incluso, ganas de morir para que se suicide. El cerebro mediante el E-mail de los sentimientos informa al sujeto de una tarea que debe El cerebro humano aplicado a la creatividad realizar para que funcione alguno de los sistemas orgánicos (el digestivo, el térmico, el respiratorio etc.) o de los sociales (sistema económico, sistema ético, sistema de parentesco etc.). Si el cerebro no informara al sujeto de cuándo y cuánto debe comer o de beber el sujeto no realizaría ninguna de estas tareas. Pero el cerebro además de informar al sujeto de una tarea que debe realizar, le presiona con la palanca de los sentimientos: «Si bebes agua, dejaré de incordiarte con las ganas de beber agua»; «si haces el amor, dejaré de incordiarte con las ganas de hacer el amor». El cerebro, desde el programa genético y biosocial de la innovación, de la creatividad y de la rebeldía, activa el densitòmetro emocional del eidenai: «Si se te ocurre algo, si creas algo nuevo, dejaré de incordiarte». Aquí está la clave de la creatividad. Dijo Unamuno ^ que, si las piezas de ajedrez tuviesen conciencia, se atribuirían erróneamente a ellas mismas los movimientos en el tablero ¿Quién pinta las Meninas Velazquez o el cerebro de Velazquez? ¿Quién descubre la ley de la relatividad Albert Einstein o el cerebro de Albert Einstein? ¿Quién escribe Hamlet, William Shakespeare o el cerebro de William Shakespeare? El cerebro tiene dos llaves genéticas en riguroso monopolio: la llave de la activación y desactivación de la conciencia del sujeto y la llave de la activación y desactivación de todos y cada uno de los densitómetros emocionales. El cerebro es un perfecto anestesista: todos los días, cuando menos pensamos, nos desenchufa como a una bombilla y nos introduce en el mundo de la nada mental y emocional (sueño, coma, muerte). Todos los días nos enciende como a una bombilla y nos trae al mundo de la conciencia: el mundo de idear y de sentir. Pero el sujeto, si bien está sujeto {sub-iectus: estar debajo de, sometido a) a estas dos llaves del cerebro, tiene también un cometido de libertad, de innovación y de creatividad. Ramón y Cajal intuyó la capacidad de crear libremente del sujeto al afirmar: «Cada uno de nosotros puede, si se lo propone, ser el escultor de su propio cerebro» ^. Velazquez, él mismo, el sujeto consciente, puede moldear y esculpir su propio cerebro y puede intervenir en la creación del cuadro de Las Meninas. Einstein al alimón con su cerebro, descubre e inventa una fórmula nueva y una teoría que no existía. Estos son los elementos del Homo Creativus, del animal creativo: 1. El programa cerebral de la innovación. Siente el hombre desde niño una cierta disconformidad con su propia sociedad, con su propia familia, con sus propios juguetes, con todo el mundo que le rodea.Este programa cerebral tiene varias vertientes: por una parte el cerebro José Antonio Jáuregui Oroquieta permite al sujeto el tomar conciencia de sí mismo, de su vida -^y sobre todo de su muerte-y de su propia sociedad como no le permite al mono ni a la abeja. Mi hija Maite con seis años, tras asistir al entierro de su abuela con la que jugaba todos los días, se pregunta a sí misma en la cama esa noche en mi presencia: «¿Por qué nos tenemos que morir todos?». Y sin darme tiempo a que le responda, ella misma intenta contestar: «Claro, el mundo se llenaría de gente. No cabríamos todos, si no nos muriéramos» ^. Otra vertiente de este programa del cerebro creativo es el tedio, el aburrimiento, la saciedad. Llega Beethoven y escucha la música de Bach y de Mozart. Le gusta esta música pero empieza a aburrirle. Hay que crear composiciones nuevas, distintas, innovadoras. Le faltan a la orquesta varios instrumentos. Beethoven añade varios instrumentos nuevos y crea una orquesta mucho más grande y sonora que las que conocieron Vivaldi y Mozart. «No pensará Usted, Sr. Beethoven, que estas obras son música», le preguntó desde la soberbia cerril Clementi refiriéndose a los cuartetos Rasumovsky «Es que no son para Usted», le replicó Beethoven. «Son para una época posterior» ^. Puede parecer esta respuesta de Beethoven un desplante soberbio en el ruedo humano del juego a tener razón -tan poco racional a veces-, pero las épocas posteriores han dado la razón a Beethoven. El contrapunto del programa creativo del cerebro es el fi: eno biosocial del ridículo. No sabe un mono lo que es «hacer el ridículo». El ridículo es una multa genética y biosocial instalada en el ordenador cerebral para castigar al que inflinge las reglas del juego ^. Es un fi:'eno genético previsto fi:"ente al acelerador del animal rebelde, disconforme y creativo. Fue Emile Durkheim en Las Reglas del Método Sociologico quien nos señaló un importante «hecho social»: «Todo innovador sufiñrá persecución» ^. Durkheim quiere transmitirnos un descubrimiento suyo (innovador): los hechos sociales son modos de pensar, sentir y actuar que se imponen desde fuera con un poder coercitivo por el que lo controlan. Para demostrar cómo un hecho social -sea el idioma francés-se impone a un individuo -un ciudadano de Francia-nos llama la atención sobre un hecho social: el innovador es atacado con las piedras del ridículo por su sociedad. En efecto se crean unas reglas de juego en una determinada sociedad tanto en el mundo de la ciencia, como en el de la música, como en el de la poesía, como en el de la política, como en el de la iglesia. Beethoven se siente empujado por las ganas de crear, de innovar tanto en los cuartetos como en las sinfonías. Pero los dementis, al escuchar los cuartetos Rasumovsky, se topan con una composición que infringe El cerebro humano aplicado a la creatividad las reglas del juego vigentes. El cerebro desencadena las ganas de reir, de ridiculizar «aquellas mamarrachadas» y a Beethoven «que se ha vuelto loco». El plan genético ha previsto un juego que no se da en otras especies: el juego entre el que infringe las reglas del juego y la sociedad que defiende las reglas del juego con el castigo del ridículo y con otras multas (encerrarlo en un manicomio, quemarlo en un pira junto a sus libros etc. etc.). Semmelweiss ^, un médico vienes, se percató de que los médicos que hacían autopsias, al tocar a las mujeres que iban a dar a luz sin lavarse las manos, las contagiaban de septicemia y morían. En un congreso científico aconsejó a estos médicos que se lavaran las manos. «¿Nos está llamando guarros este imbécil? ¿Nos está llamando criminales?». Aquellos médicos certificaron «médicamente» que Semmelweis estaba loco y lo encerraron en un manicomio donde murió. Hoy se considera a Semmelweiss un «mártir de la ciencia» ¿No fiíe Picasso apedreado con las piedras del ridículo cuando pintó Las Bañistas de Aviñón? ¿No obligaron a Galileo a jurar que la tierra estaba inmóvil y que era el sol el que giraba al rededor de la tierra? Un cuarto elemento a tener en cuenta es la libertad del sujeto innovador. En un importante orden biosocial de cosas el sujeto está «sujeto» al cerebro como una marioneta manipulada por un marionetero. Pero en otro orden de cosas, Beethoven, Mendelweiss o Galileo Galilei, él mismo, o sea, el sujeto, ese misterioso fantasma del castillo somático que ni se ve ni se toca, puede elegir y tiene que elegir entre dos rutas diametralmente opuestas: Por un lado el cerebro empuja a Beethoven a componer una música que se sale de los esquemas al uso, que inflinge las reglas del juego. Tiene que seguir el duro lema de Benito Pérez Galdós -^^i «Si quieres que tus escritos permanezcan, escribe como si ninguno de tus contemporáneos fiíera a leerte». Es el lema opuesto a la peste que nos invade del pest-seller -^^i destrozar la calidad para vender más. Por otra parte el mismo cerebro desde le programa de respetar las reglas del juego sociales imperantes le habla siempre con el lenguaje del cerebro: el emocional: «Ludwig: si compones estos cuartetos, prepárate a hacer el ridículo: los dementis se reirán de tí: ¿No pensará Usted, claro, que esto es música verdad? Si quieres tener éxito, si quieres que te aplaudan los dementis, si quieres tener éxito en el mercado del pest-seller, dales gustirrinín a los dementis. Al fin y al cabo, aunque la posteridad te aplauda, tú no estarás ahí para saborear la miel de los aplausos». Ahí todo Beethoven se la juega. No es libre Galileo de ser sometido a los zarpazos emocionales de dos fieras que se lo disputan desde su José Antonio Jáuregui Oroquieta propio cerebro. Las batallas emocionales se libran dentro del sujeto: Solo Galileo, solo el sujeto vive su procesión emocional: «la procesión va por dentro». Nadie sabe a qué presiones emocionales somete el cerebro a todo ser humano que quiera innovar algo en cualquier campo social: el artístico, el científico o el técnico. Podría Van Gogh haber elegido el camino de halagar a sus contemporáneos; podría Mozart haber halagado a los salieris, al Emperador y a su corte de aduladores; podría Cristo haberse callado y no haber intentado romper la regla del juego del ojo por ojo y diente por diente; podría Sócrates haberse tenido su lengua callada, sin desempeñar el papel de tábano ético que estimule al caballo grande y noble, pero pesado del Estado (jcaXis) ^^; podría el innovador respetar las reglas del juego y así se ahorraría el hacer el ridículo, el ser encerrado o ejecutado con alguna cicuta. Puede el ser humano, el sujeto, elegir una u otra ruta. Carlos Marx afirmó que la lucha de clases es el motor de la historia ^^. Para Marx el hombre es un HOMO AURIFAMELICUS, un hombre que juega al juego de tener más, porque sabe que el rico puede viajar en primera con un saludo obsequioso de azafata saboreando viandas exquisitas y especialmente las delicatessen de sentirse viajero de «primera» o de «grand class», fi:'ente al que viaja en «Business class» con un saludo de azafata de clase media, espacio de clase media y comida de clase media y frente al viajero de «Economy Class» o «Clase Turista» sin mantel de paño, con un saludo de azafata de clase turista, un miniespacio de clase turista y unas bazofias recalentadas de clase económica. Pero no es el juego de clases el único motor de la historia. Uno de los grandes motores de la historia es el innovador. Somos la especie más innovadora. No siempre ha habido aviones ni internet. No siempre se ha operado con rayos láser. En todos los dominios sociales los innovadores han sido grandes motores de la historia y de la sociedad, incluyendo al propio Marx que creó a los «marxistas», movidos sobre todo por él, por la fe en un nuevo moisés que les llevaría y nos llevaría a todos al paraíso de la sociedad sin clases, justa y solidaria. Un quinto elemento en el proceso creativo es el precio que hay que pagar por la innovación. Al haber previsto el plan genético y biosocial que la sociedad humana no sea como la de las abejas, sino una sociedad en un orden de cosas dejada al libre arbitrio, elección y creatividad de los marx, los hitler, los galileo, los mozart, los nerón, los einsteins, los kafkas, los mercaderes del pest-seller, las prostitutas, las mafias, los tomásmoro, los budas y budistas, los resultados son maravillosos y la cosecha de ciencia, tecnología, arte y solidaridad es ubérrima. Pero también esta creatividad, esta rebeldía, esta inconformidad con El cerebro humano aplicado a la creatividad la realidad tiene un precio que hay que pagar. Humanum est errare: el error es una seña de identidad humana. Este es uno de los precios que hay que pagar. No solamente los innovadores han de apechugar con las risitas de sus contemporáneos (ridiculum en latín quiere decir risita) y sufrir todo género de vejaciones, torturas y tal vez muerte ritual, sino que los marxistas y los hitlerianos podrán «enfrentarse a muerte» en todos los sentidos de esta expresión, todos a la búsqueda de la sociedad utópica (ou-topos: el no lugar), la isla del no-lugar. Tanto en el campo político como en el artístico se crean equipos, facciones, capillas y sectas que se insultan, se odian, se atacan y a veces se matan. En ciertos museos aparecen toda suerte de objetos sucios y rotos como el non plus ultra del arte moderno. Algunos denominados post-modernos, como nuevos iconoclastas, la han emprendido contra todo dogma, toda tesis, toda verdad, venerando un nuevo totem: el totem de todo vale, sin haber leído a Durkheim que ya enunció que los adalides del «pensamiento libre» eran tan dogmáticos y cerrados en su jaula mental como aquellos a los que atacaban ^^. Por viajar en primera -en avión y en todas las demás estancias del apartheid económico del viaje de la vida-algunos «científicos o «artistas (ma non troppo) venden su alma artística o científica a cualquier mefistófeles que les pague bien «¿Cómo va a titular este cuadro?», preguntó una dama estadounidense a Picasso. «Mirándola a Usted, no se si titularlo dos millones o tres millones de dólares», replicó el pintor del Guernica. Esta anécdota, probablemente apócrifa, revela una tentación de todo Picasso: pintar una sandez en el mercado del pest-seller para conseguir un buen puñado de dólares de una cretina de tomo y lomo. Un último elemento a tener en cuenta es la lenta programación cerebral. «Tienes que dedicarte cuerpo y alma como un monje asceta medieval al menos veinticinco años a dibujar, para poder desempeñar con un mínimo de verdad y de honradez el oficio de pintor», me dijo en su estudio de La JoUa, San Diego (California), Sebastian Capella, un pintor de este siglo mucho menos conocido y venerado que Antoni Tapies, pero al que, en mi opinión, Velazquez y Rembrandt considerarían como a un respetado colega suyo. Andrés Segovia, con quien compartí durante diez años pan, mesa, sobremesa y amistad me dijo: «Se necesitan cinco minutos de inspiración, pero noventa y cinco de transpiración». No puede Sebastián Capella pintar los cuadros maravillosos que pinta, sin que su cerebro tenga un programa de manejar el pincel edificado durante veinticinco años. No puede Andrés Segovia tocar la Chacona de Bach hasta lograr embelesar a Henri Bergson y a una audiencia José Antonio Jáuregui Oroquieta bachiana, sin haberse dedicado cuerpo y alma, horas y horas, años y años a ensayar una y mil veces los mismos pasajes. El cerebro está genéticamente programado para crear programas gota a gota, día a día, mes a mes, año tras año. El sujeto debe de sacrificar su vida a programar su cerebro, si quiere llegar a ser un Velazquez, un Aristóteles (que estuvo durante veinte años seguidos escuchando a su maestro Platón en la Academia), un Juan Sebastián Bach. El cerebro se programa lentamente. Un Rembrandt tiene en su cerebro una verdadera Catedral gótica de Milán edificada en su cerebro hora a hora y año tras año. Una vez que el cerebro tiene un programa tan elaborado, puede Shakespeare escribir o Mozart componer «como quien lava». La metáfora de las musas que inspiran es una intuición atinada. Es el cerebro el que dicta al escritor o «inspira» al pintor al científico, al poeta o al compositor. El sujeto debe de esculpir su cerebro -frase certera y profunda de Ramón y Cajal-. Debe de tener una paciencia franciscana y una dedicación de monje asceta para ensayar, ensayar y ensayar hasta que el cerebro haya adquirido ese programa. Cuando Bach compone la Misa en Sí Menor, es él el sujeto el que ha decidido componer esta Misa y es él el que ha elegido el sí menor. Pero es su cerebro programado con un sistema grecolatino-eurocristiano ^^ el que le va dictando la Misa. De repente «se le ocurre una melodía» -es decir su cerebro le sirve en bandeja de plata esta'melodía-. A veces apenas puede seguir con sus manos escribiendo notas en el pentagrama ya que la velocidad del dictado del cerebro es muy rápida. Son los mejores «momentos de inspiración». Si el sujeto no recibe esos dictados, si «fuerza» su pluma o su pincel, cuando «no le sale nada» y si el sujeto no ha sentido una profunda emoción al escuchar esa melodía dictada por el cerebro, esa melodía será «artificial», «forzada», falta de inspiración. Si el sujeto no está activado -Bach está dormido, borracho o en estado de coma-, su cerebro no puede componer la Misa en Si Menor. Si el artista ha tenido un accidente cerebral y sufre «amnesia grave», todo el programa grabado durante veintitantos años sigue archivado en el cerebro, pero por una avería traumática, no puede el sujeto tener acceso a ese archivo. Puede el sujeto sentirse bien y perfectamente consciente, pero puede haber perdido el acceso a ciertos archivos de su ordenador cerebral. En algunos casos, al cabo de cierto tiempo, vuelve a recuperar el sujeto el acceso parcial o pleno a esos archivos. La obra creativa es un toreo al alimón entre el sujeto y su cerebro. ^ Los otólogos o sociobiólogos sostienen que la cultura no es algo privativo de la sociedad humana. También los simios tienen cultura. Una de las pruebas que aducen para sostener esta tesis nueva y revolucionaria en las ciencias sociales es el experimento realizado por otólogos japoneses en una pequeña isla del Pacífico llamada Koshima. Los otólogos observaban diariamente el comportamiento de una tropa de macacos. Un día les echaron patatas mezcladas con arena. Todos limpiaron las patatas con las manos. Pero una mona joven -de dos años-a la que llamaron IMO las limpió en el agua. Los monos más jóvenes empezaron a imitarla. Los monos de más edad y jerarquía social despreciaron la innovación. Otro día les dieron trigo mezclado con arena. La mona Imo echó al algua el trigo mezclado con arena y, aL flotar el trigo y hundirse la arena, logró un nuevo invento que fue adoptado por toda la sociedad con la excepción de los monos ancianos y jerarcas. Cabe por tanto la innovación, el invento, el descubrimiento de algo nuevo en la sociedad de los simios y la posterior adopción social. Si la cultura requiere innovación, concluyen los otólogos, los monos y otros animales tienen cultura. En esta nueva encrucijada científica y a la luz de estos experimentos científicos pioneros, debemos cambiar el discurso o paradigma social: en vez de sostener que solo la sociedad humana tiene cultura debemos preguntarnos dónde reside la frontera genética y biosocial entre la cultura de la mona Imo y de su sociedad simia y la cultura de Cristo, Marx, Buda, Sócrates, Rembrandt, Fidias, Picasso y de su sociedad humana. ^ GROUT D. J.: fue un médico húngaro que ejerció su profesión en Viena. En 1850 presentó su revolucionario método de higiene en la Academia de las Ciencias de Viena, salvando muchas vidas humanas en el ftitiiro gracias a su método innovador, aimque él tuvo que perder su prestigio, su cátedra, su trabajo y su libertad. Aquí radica una de las fronteras culturales con la sociedad de la mona Imo. ^^ No encuentro en mi biblioteca los dos tomos de la obra completa de nuestro eminente escritor canario, donde tengo señalada esta cita. Doy la cita tal como la tengo archivada en mi «ordenador cerebral». ^^ En una lección que impartí en la Universidad de Padua sobre «Cultura Europea» invitado por el Profesor Antonio Papisca dije: «Junto a esta Cátedra de Galileo Galilei, verdadera reliquia del Templo de la Inteligencia» -en expresión unamuniana-, quiero iniciar una campaña contra el pest-seller. Hay una falta de ortografía ética y estética en la expresión moderna del best-seller: se escribe con b -best-pero se debe escribir con p -pest-, peste. Se trata, en efecto, de destruir la calidad en la carne hormonada de pollos, en el alimento inadecuado que ha creado las mad-cows, vacas locas para vender más -best-seUer-y también se trata de destrozar la calidad literaria, científica, cinematográfica y todas las demás para vender más. Es la peste del pest-seller contra la que en nombre de Galileo, Mozart y Van Gogh -inter alios-debemos levantar nuestra voz en la Academia y en los medios de comunicación tan subyugados a los bajísimos «niveles de audiencia». ^2 PLATÓN, Diálogos (1993), Apología, Editorial Credos, Madrid, p. 169. ^^ «Toda la historia de la sociedad humana hasta el día es una historia de lucha de clases» Esta es la primera frase del Manifiesto Comunista. Es la tesis central de Marx: lo que mueve la sociedad y la historia es una lucha y esta lucha es una lucha de equipos económicos: las clases. Sin embargo uno de los juegos más duros, feroces y a veces (muchas, demasiadas) un juego a muerte se da entre el innovador y su sociedad. No es un juego económico, sino un juego de los innovadores contra los inmovilistas. Es un juego apasionado y apasionante -incluso racional y a veces hasta razonable-de ideas y de ideales. ^^ DURKHEIM, Emile (1994): Las Reglas del Método Sociológico. Unamuno acuñó la expresión «fanáticos del racionalismo» (p. 103, Unamuno, 1993) señalando a los que tienen una fe ciega en la razón hasta convertirla en una diosa a la que debemos adorar. Los postmodernos, iconoclastas de todo dogma, no se hacen cargo de que han erigido un nuevo icono que es intocable y venerable. Ya se percató Unamuno, con su mente aguda e incisiva, de la contradicción de los iconoclastas de la primera etapa del cristianismo: «el iconoclasta o rompeimágenes es un estilita que se erige a sí mismo en imagen, en icono» (p. ^^ En lui próximo libro provisionalmente titulado Europa, Tema y Variaciones. La Identidad y Variedad Cultural Europea, sostengo que la cultura europea es una síntesis de elementos grecolatinos y eurocristianos, entendiendo por eurocristiano una sinergia de elementos hebreos y grecolatinos como es el calendario eurocristiano (1999 es tanto una fecha europea como cristiana y por tanto eurocristiana, vigente como sistema cultural para ateos, creyentes, euroescépticos y europeistas convencidos. Podrán todas estas facciones o sectas discutir acaloradamente sobre el significado de la identidad cultura europea, pero todos se encuentran velis nolis en el mismo siglo o milenio, que no es el de la sociedad y cultura china).
No es difícil amar los textos de Martí en el ejercicio del criterio. Si la crítica repara en su producción periodística y, particularmente, en las crónicas agrupadas bajo el marbete de Escenas, entonces la empresa se convierte en trabajo gustoso por varios motivos: por el diestro estilo de la prosa del autor, por la profundidad del pensamiento transmitido y, sobre todo, por ser paradigma de la modernidad y del Modernismo finisecular. La mayoría de estudios sobre las Escenas centra su atención en las norteamericanas, consideradas taller del Modernismo, espejo de las transformaciones socioculturales de la época y modelo del género periodístico. Sin lugar a dudas, las Escenas norteamericanas son ejemplo de ello. Sin embargo, habría que añadir al campo de análisis otro corpus de artículos, algunos precursores, que no debe dejar de ocupar un lugar señero. Se trata de las Escenas europeas, en las que José Martí sentó las bases de una literatura transatlántica a tres bandas o, mejor, a tres orillas. Si la crítica ha probado que en las Escenas norteamericanas se gesta el Modernismo ético-estético (González, 1983; Gutiérrez Girardot, 1988; Ramos, 1989; Rotker, 1999; Schulman 1960), remontarse a las Escenas Europeas no sólo reforzará esta tesis, sino que también la apuntalará desde una perspectiva estética, ética y socio-histórica. Las Escenas europeas son, además de banco de experimentación modernista, tribuna de la ética y de la espiritualidad modernas. La interconexión de estos tres factores en las crónicas martianas (el discurso modernista, la función pedagógica de la crónica y el desarrollo de la espiritualidad laica) se establecerá, por un lado, partiendo de la composición retórica del lenguaje, es decir, siguiendo las MARTIANA TRANSATLÁNTICA estrategias compositivas de la crónica (selección de temas y modos de presentación) y, por otro, del valor simbólico y analógico de dicho discurso. Cabe, pues, reparar en el papel que la crónica desempeña en la historia literaria de este período. El Modernismo tuvo en la prensa un crisol idóneo; según Aníbal González "el valor fundamental de la crónica reside en el hecho de ser ella el lugar donde se incuba la "nueva prosa", la "prosa artística" de los modernistas, que alteró radicalmente la fisonomía de la prosa en castellano" (González, 1983, 64). A través de las Escenas se sigue la trayectoria de la producción martiana, asistiendo al proceso de maduración estética y ética del autor. A este respecto, el caso de José Martí es muy ilustrativo porque, si bien dio a la imprenta contados libros en prosa y en verso, las crónicas periodísticas ocupan el grueso de su producción. Martí no se limitó a producir meros artículos de diario. No escatimó ni el arte ni el ingenio para crear estas piezas y acabó forjando un discurso nuevo: la crónica modernista. Desde 1875, redactó crónicas sobre España, Francia, Hungría, Inglaterra, Italia, Portugal, y también sobre Rusia, que envió a periódicos como La América de Nueva York, La Nación de Buenos Aires, La Opinión Nacional de Caracas, La Pluma de Bogotá o la Revista Universal de México, entre otros. En ellas analizaba la política, la economía y la cultura del viejo continente. Durante esta época Martí vivió en Europa (España, La Havre, Liverpool y París), México, Guatemala, Honduras, Caracas y Nueva York, lo cual le permitió conocer diferentes manifestaciones de la modernidad. La mirada del escritor cubano desentrañó los entresijos de la política, de los conflictos laborales, de la vida literaria y religiosa, sobre todo en Nueva York y en Madrid, y retrató con trazos soberbios la modernización de ambas urbes. Para mostrarlo se cotejarán seis crónicas ilustrativas: "Bella literatura" (Revista Universal de México, 13 de marzo de 1875), "Echegaray" (anotaciones para un discurso pronunciado en el Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa el 21 de junio de 1879), "El centenario de Calderón" (La Opinión Nacional de Caracas, 23 de junio de 1881), pertenecientes a las Escenas europeas; y "Cartas de Martí" (La Nación de Buenos Aires, 14 de noviembre de 1886), "Fiesta de la estatua de la libertad" (La Nación de Buenos Aires, 1 de enero de 1887) y "Bronson Alcott, el platoniano" (1888), incluidas en las Escenas norteamericanas. Partiendo del contraste de las Escenas europeas y de las Escenas norteamericanas no sólo se comprueba la suficiencia literaria que adquirieron las crónicas de la mano de escritores modernistas como José Martí o, incluso, la génesis de esta estética, sino su alcance pedagógico y la misión formadora del periodista-escritor-intelectual cuando transmite juicios de valor a través del discurso público. La pujanza que la prensa ganó a medida que los diarios se hicieron habituales en la vida cotidiana, jugó a favor de la calidad de esta prosa, puesto que se presentaba como un medio de subsistencia para los literatos. Durante la segunda mitad del XIX, algunas opciones laborales elegidas por el escritor eran las de periodista, profesor, abogado o político. Por este motivo se subraya lo híbrido de la crónica que, apunta Aníbal González, "representaba un conducto ineludible para dar salida a la producción literaria de los hispanoamericanos y era, a la vez, una fuente de empleo para los escritores" (González, 1983, 81). La aceleración histórica y el sincretismo moderno produjeron autores a medida de las circunstancias: esta es otra de las vías por las que adentrarse en el contexto en el que nacen las Escenas martianas. En general, el estatus del escritor en el XIX cambió cuando las leyes del mercado se afianzaron en el ámbito literario. Por ello, muchos se vieron abocados a ganarse la vida con la escritura y de ahí que el periodismo acabara siendo un recurso profesional, pues por un lado proporcionaba sustento económico -no siempre suficiente-y, por otro, permitía cierta experimentación literaria. La función social de los textos periodísticos es otro componente que hay que tener en cuenta. En el ámbito público, la prensa decimonónica desempeñó una misión pedagógica importante. La escasez de escuelas y de maestros para las clases populares, y la elevada tasa de analfabetismo no disminuyeron la repercusión de los periódicos al ser corrientes las lecturas en voz alta. Así, la sencillez para transmitir información hizo que este soporte fuera el medio perfecto para que los gobernantes educaran al ciudadano en una serie de doctrinas políticas, culturales y/o religiosas en el marco nacionalista de la época. El periodismo había adquirido -en Europa, desde el XVIII-un valor político en el sentido clásico del término "polis", es decir, se ANA GONZÁLEZ TORNERO constituyó como propio de la ciudad y de su gobierno. No es de extrañar, por lo tanto, que una parte de la literatura periodística del siglo XIX se orientara a la formación de un individuo tipo de clase media-popular en cuya actuación residiría el buen funcionamiento de los estados modernos. Por lo tanto, si el liberalismo se valió de la prensa para construir sus bases ideológicas, debería pergeñarse qué sociedad planteaban estas publicaciones atendiendo a las obras de corte progresista y renovador; sin olvidar que no sólo éstas recurrieron a la letra impresa para popularizar sus doctrinas, sino que también las estructuras del Antiguo Régimen pugnaban por el control de la sociedad a través del discurso público. Desde un punto de vista teórico podríamos conectar las ideas de este artículo considerando la literatura un sistema de sistemas, es decir, una pieza del engranaje social, que se construye a partir de estructuras de otros sistemas como el político, el religioso o el filosófico. Este concepto interrelacional de lo literario y su entorno constituiría un sistema según Claudio Guillén, e interesa especialmente para llevar acabo el análisis de las crónicas martianas. Así pues, sugiere acercarse a los estudios literarios con una actitud parecida a la del historiador, pero como un nuevo humanista que, en su conocimiento integral de los diversos campos o sistemas del saber y de la sociedad, ofrezca una interpretación más completa de la literatura (Guillén, 1989, 207). En consecuencia, aproximarse a la producción literaria de José Martí significa atenerse a un método analítico multiperspectivista que permita explorar otras vías de estudio si las hubiere. Las crónicas se prestan a este tipo de análisis porque en ellas el autor, a la vez que radiografiaba una cultura, proyectaba un modelo político, económico y cultural latinoamericano, que luego cuajaría en escritos fundacionales como Nuestra América (1891). Las crónicas ofrecen un repertorio de las virtudes y los defectos de las urbes modernas. El público lector -gobernantes, burgueses, letrados, algunos trabajadores, etcétera-en Bogotá, Buenos Aires, Caracas o México repararía en la evolución económica y social de los Estados Unidos y de Europa, y podría, además de informarse, atender a las experien-cias positivas y negativas de los otros países. De alguna manera, estos textos presentan paradigmas positivos y negativos: los problemas laborales, las reformas educativas, la emigración, los movimientos religiosos, los medios de transporte, los personajes ilustres, los monumentos o los centenarios de estas culturas servirían para repensar Latinoamérica. En las Escenas se despliega, asimismo, un repertorio de temas y de preocupaciones habituales en el discurso nacionalista, por ejemplo: la construcción de la identidad, los enemigos políticos y culturales, los orígenes de un país, la emancipación, o la existencia de un modelo de hombre nuevo y de nueva comunidad. El nacionalismo fue una de las religiones modernas, uno de los más grandes "sustitutos de religión" (Gutiérrez Girardot, 1998, 45) del siglo XIX, que ganó adeptos y creó, según Benedict Anderson, "comunidades imaginadas" (Anderson, 1991, 6) cimentando la "construcción nacional", en expresión de Eric Hobsbawm (Hobsbawm, 1990, 42). No muy lejos de estas intenciones andan algunas crónicas martianas y textos como Nuestra América. Hay que recordar el énfasis puesto por Anderson MARTIANA TRANSATLÁNTICA sobre la novela y el periódico como proveedores de "the technical means of' re-presenting' the kind of imagined community that is the nation" (Anderson, 1991, 25). El politólogo explica que la novela y, sobre todo, el periódico fueron herramientas indispensables a través de las cuales los criollos norteamericanos, a finales del XVIII, formularon la idea de la nación estadounidense; Anderson indica que, en un principio, la expansión de los nacionalismos en América Latina no funcionó como en los Estados Unidos por cuestiones técnicas (Anderson, 1991, 63-65). Ahora bien, a lo largo de los años y de las publicaciones se verá el creciente protagonismo que también adquirió lo nacional en los periódicos latinoamericanos del XIX; sus mismos títulos son indicativo de ello: El Consejero del pueblo de Chile, La Nación de Buenos Aires, La Opinión Nacional de Caracas, El Partido Liberal de México, La Patria de Cuba o La República de Tegucigalpa, por poner unos pocos ejemplos. Otro elemento esencial que vincula el nacionalismo a la modernidad es su origen urbano (Anderson, 1991, 63). Así, el arte, las celebraciones y los certámenes culturales de las urbes fueron poderosos agentes de formación ideológica, crearon un espíritu común y, por lo tanto, reforzaron los lazos de la nación. Las procesiones, los centenarios, las inauguraciones de monumentos o los espectáculos eran actos de afirmación de la "religión nacionalista". Uno de estos casos ya lo reflejó Martí en su crónica "El centenario de Calderón" (1881). Para conmemorar la fecha, las carrozas del desfile venían: percibe en estos fragmentos la dialéctica simbólica entre el hombre natural y el hombre urbano. El respeto por las clases sociales se aprecia en la manera en que el narrador, solidario y cauto, proyecta la escena protagonizada por la masa citadina. Ésta alberga un potencial espiritual enorme, como el del hombre natural aunque, sometida como lo está a los rigores de la lucha por la supervivencia, en cualquier momento puede mutar en bestia descontrolada. Léase el siguiente párrafo a propósito: ¡Vedlos correr, gozosos como náufragos que creen ver una vela salvadora, hacia los muelles desde donde la estatua se divisa! Son los más infelices, los que tienen miedo a las calles populosas y a la gente limpia: cigarreros pálidos, cargadores gibosos, italianas con sus pañuelos de colores: no corren como en las fiestas vulgares, con brutalidad y desorden, sino en masas amigas y sin ira: bajan del este, bajan del oeste, bajan de los callejones apiñados en lo pobre de la ciudad: los novios parecen casados: el marido da el brazo a su mujer: la madre arrastra a sus pequeñuelos: se preguntan, se animan, se agolpan por donde creen que la verán más cerca (Martí, 2003, 762). Asimismo, recuérdese que el símbolo, la metáfora y la analogía han nutrido desde siempre los textos destinados al adoctrinamiento del público, puesto que la comparación permite establecer puentes entre las ideas complejas y el ámbito cotidiano del receptor. No es casualidad que el lenguaje simbolista-analógico sea uno de los rasgos distintivos de las Escenas norteamericanas y de las Escenas europeas. Resulta de sumo interés tantear los orígenes del simbolismo ideológico, filosófico y cultural en las crónicas martianas porque dicho rasgo del discurso retórico pone en relación la obra del autor con su plan de generar un sentimiento de latinoamericanismo auténtico que culminara los procesos de independencia. El símbolo es una constante en literatura, pero no por ello deja de ser habitual en el lenguaje ordinario. En el valioso estudio que le dedicó Ivan Schulman a la obra de Martí, explicaba que "la simbolización representa una necesidad primaria: es una operación humana fundamental, constantemente operativa, sin la cual los materiales aportados por los sentidos a nuestro cerebro quedarían informulados" (Schulman, 1960, 19). Si la mente y la comunicación humanas se rigen de modo simbólico para asimilar realidades complejas y abstractas, entonces el símbolo literario no se ANA GONZÁLEZ TORNERO concebiría sólo desde parámetros estéticos, sino también pedagógicos. Las obras más trascendentales e imperecederas de la cultura universal, las que narran las cosmogonías y los orígenes de las civilizaciones (la Biblia, el Corán, el Talmud, el Avesta, el Popol Vuh, las Metamorfosis, la Odisea, etcétera) basan la cercanía de sus historias en relatos simbólicos. La aparente sencillez del discurso entraña, empero, una profundidad conceptual que, de otra manera, no estaría al abasto de la mayoría de sus receptores. Ésta es una de las funciones que interesa destacar de la simbología martiana, sobre todo en los textos periodísticos destinados al gran público. Véanse, a modo de ejemplo, las crónicas "Bella literatura" (1875), "Echegaray" (1879) y "El centenario de Calderón" (1881); en ellas, el autor empleó una gran variedad de imágenes para ahondar en el conocimiento de la experiencia artística y en el de la moral. Como si de un bestiario se tratara, águilas, cóndores, palomas, mariposas, ruiseñores, entre otros, representan las virtudes y los vicios del hombre. Llama la atención el número de veces en el águila o el cóndor remiten a las grandes cualidades anímicas de una persona. José Echegaray representa uno de estos casos; para Martí, el dramaturgo era admirable por ser "un cóndor altanero, que vuela sin trabas ni medida" (Martí, 1964b, 106). Así, tanto el águila como el cóndor se asocian con los espíritus nobles y auténticos, ambos valores son positivos y ejemplares, puesto que la reina de las aves es pretexto para reflexionar sobre la libertad o la grandeza humana. Estos pensamientos se ven ampliados por otro campo semántico afín, vinculado al de las aves positivas: el de la ascensión a la perfección mediante la luz. El artista verdadero es un genio cuya obra permitiría alcanzar el éxtasis estético y ético, por eso irradia luz, emprende una escalada casi mística hacia la perfectibilidad en dirección al mismo sol, al fuego o a la cima de un volcán. En "Echegaray" continúa escribiendo Martí que: En "Bronson Alcott, el platoniano", la dicotomía está presente en la imagen del hombre-boca frente al hombre-ala, el hombre de formas vacías frente al hombre todo espíritu, ala, que se eleva, como el águila, a las alturas del bien moral: "Si los hombres nutren con sus malas prácticas lo que tienen de fieras, yo haré con las mías por nutrirles lo que tienen de palomas. Por ello, consideraba la educación del ciudadano un pilar fundamental para el buen gobierno de la nación. Se entiende, entonces, la inquietud de Martí a este respecto y el hecho de que formar al hombre de modo armónico en cuerpo y alma, la inteligencia y el corazón, fuera uno de sus grandes ideales. El remedio está en cambiar bravamente la instrucción primaria de verbal en experimental, de retórica en científica; en enseñar al niño, a la vez que el abecedario de las palabras, el MARTIANA TRANSATLÁNTICA abecedario de la naturaleza; en derivar de ella, o en disponer el modo de que el niño derive, ese orgullo de ser hombre y esa constante y sana impresión de majestad y eternidad que vienen, como de las flores el aroma, del conocimiento de los agentes y funciones del mundo, aun en la pequeñez a que habrían de reducirse en la educación rudimentaria. Hombres vivos, hombres directos, hombres independientes, hombres amantes -eso han de hacer las escuelas, que ahora no hacen eso (Martí, 2003, 753). En sus primeras Escenas europeas se observa la misma preocupación dirigida al arte, que debe ser fuente de bien y de edificación personal. En la crónica "Echegaray" recomienda "que sea el teatro no infructífera copia de domésticos defectos, sino presentación grandiosa de extramagníficos afanes y sorprendentes sacrificios que levantan y vigorizan los pueblos" (Martí, 1964b, 93-94). A lo largo de los años de exilio, esta actitud romántica se hará eco del positivismo imperante. En las Escenas norteamericanas se nota la evolución del idealismo a la acción positiva; sobre las reformas en la enseñanza estadounidense, por ejemplo, Martí opinaba que como los descendientes de emigrados: [n]o tienen aquí la patria propia, nutre con su tradición y calienta con sus pasiones el espíritu del más miserable de sus hijos: no tienen aquí el círculo de familia, que conserva al hombre en la fuerza de sí, con la certidumbre de no verse abandonado en la hora de agonía: no tienen aquí el pueblo nativo, cuya estimación ayuda a vivir [...] se endurece el hombre en el miedo de los demás y en la contemplación de sí, y engendra, en este estado de personalidad exaltada y enferma hijos que se crían en la presencia de sus ambiciones y sustos, y en el desconocimiento de los agentes nobles que dan a la naturaleza humana su energía y encanto (Martí, 2003, 752). Por consiguiente, se entiende que la mala planificación cultural de la enseñanza en las nuevas generaciones debilitaría el patriotismo. Desde el exilio de Nueva York, Martí proyectó una América que dio a conocer gracias a la crónica periodística por considerarla "la única hermenéutica capaz de resolver los enigmas de la identidad latinoamericana" (Ramos, 1989, 16). En escritos como "Cartas de Martí" palpita, en parte, la complejidad del proceso de independencia en la América Latina poscolonial. El interés por lo pedagógico le llevó a prestar atención a las iniciativas renovadoras que se debatieron en el Madrid de la segunda cuestión universitaria (1875), conflicto provocado por el ministro de Fomento, Manuel Orovio, y por el real decreto del 26 de febrero de 1875 que, sobre todo, revocaba la libertad de enseñanza. Ante la protesta de profesores del ala liberal-krausista (Gumersindo de Azcárate, Francisco Giner de los Ríos o Nicolás Salmerón), el gobierno tomó medidas drásticas, optó por separarles de sus cátedras y, en algunos casos, por desterrar y encarcelar a los más contestatarios. Aunque no hay mención directa a la polémica en las Escenas europeas consultadas, Martí supo de los intelectuales krausistas, puesto que en 1875 frecuentaba el Ateneo y asistía a clases de Derecho en la universidad de Madrid 1. En "Bella literatura" (marzo de 1875) escribía: Sin discusión alguna, en Madrid se vive estrecha vida científica, y abundante y buena vida literaria. Son en esto, sin duda, parte principal, las condiciones imaginativas y el cielo todavía azul de los españoles, no muy asimilables ciertamente a las graves especulaciones alemanas en que, a despecho de la originalidad, mas con trabajo y ampliación notables, ocupó su inteligencia Sanz del Río, y la ocupan hoy Patricio de Azcárate, Macías, Francisco Giner y el lógico, el honrado, el vigoroso Salmerón. Ellos alemanizan el espíritu; ellos explican a un pueblo de imaginación generalizadora abstractas durezas de inteligencia positiva: ellos krausifican el derecho; pero ellos son espíritus severos, limpios, claros, e hijos en verdad legítimos de la grave madre ciencia (Martí, 2003, 39). De las crónicas también se desprende que la degeneración de lo moderno destruye la autenticidad innata del hombre natural, fomenta el individualismo y conlleva el embrutecimiento del ser humano. De ahí la importancia de una verdadera educación paralela al progreso. El filósofo y pedagogo norteamericano Amos Bronson Alcott fue un modelo, como Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman y tantos otros neohumanistas a quienes Martí dedica páginas brillantes de las Escenas norteamericanas. Apuntaba en sus crónicas métodos favorables para la enseñanza, como el de Bronson Alcott: Se debe enseñar conversando, como Sócrates, de aldea en aldea, de campo en campo, de casa en casa. La inteligencia no es más que medio hombre, y no lo mejor de él; ¿qué ANA GONZÁLEZ TORNERO escuelas son éstas donde sólo se educa la inteligencia? Siéntese el maestro mano a mano con el discípulo, y el hombre mano a mano con su semejante, y aprenda en los paseos por la campiña el alma de la botánica, que no difiere de la universal, y en sus plantas y animales caseros y en los fenómenos celestes confirme la identidad de lo creado, y en este conocimiento, y en la dicha de la bondad, viva sin la brega pueril y los tormentos del sentido, pesados como el hierro y vanos como la espuma, a que conduce aquel bestial estado del espíritu en que dominan la sensualidad y la arrogancia (Martí, 1964a, 188). La filantropía, la relación socrática del maestro con sus discípulos, el aprendizaje intuitivo, el desarrollo de la mente y del espíritu, todas ellas son preocupaciones de la vanguardia educativa de la época. Existe una gran tradición de literatura pedagógica moderna a la que sumar las crónicas martianas: la de los filósofos y pedagogos alemanes (Frederick Froebel), españoles (Francisco Giner de los Ríos), suizos (Johann Heinrich Pestalozzi), norteamericanos (John Dewey), entre algunas figuras señeras. La formación de la ética ciudadana fue una de las preocupaciones fundamentales de la sociedad liberal, a menudo subyacente en determinados periódicos y revistas. Este es uno de los motivos por los que, durante la aceleración histórica de la segunda mitad del siglo XIX, resurgieron las utopías humanistas y pedagógicas en paralelo con las políticas. Para suplir la antigua religión oficial, algunos grupos liberales favorecieron modelos de educación humanística laica; la situación acarreó el auge de movimientos neoespiritualistas, el resurgir de la filosofía idealista e, incluso, la acogida de opciones teosóficas o esotéricas. Estas formas religiosas, más o menos marginales, ilustran el éxito de los "sustitutos de religión" (Gutiérrez Girardot, 1988, 45). Una de las señas de identidad del Modernismo es la dinámica secularizadora que penetra en terrenos antes exclusivos de la ortodoxia religiosa. En el prólogo a El poema del Niágara (1882) de Juan Antonio Pérez Bonalde, Martí constató este fenómeno generalizado por el que "[n]adie tiene hoy su fe segura" (Martí, 1883, VI) y por el que "[a]hora los hombres empiezan a andar sin tropiezos por toda la tierra; antes, apenas echaban a andar daban en muro de solar de señor o en bastión de convento" (Martí, 1883, VIII). Si la secularización fue un proceso ligado al desarrollo de la modernidad en los estados liberales, se entenderá mejor por qué en la Eu-ropa finisecular y en las dos Américas emergieron tantos sucedáneos religiosos. Tampoco hay que olvidar que, en este período, los "sustitutos de religión" (Gutiérrez Girardot, 1988, 45) eran pretexto muchas veces para conspirar contra antiguos regímenes. El problema de conectar la espiritualidad alternativa, las sociedades secretas y algunas revoluciones latinoamericanas del XIX radica en que no siempre es posible establecer un vínculo rotundo entre ellas, y en la selva de prejuicios que las acompañan. Tal es el caso de la masonería y su supuesta conexión con los movimientos de independencia o con el republicanismo en América Latina, Estados Unidos y Europa. Sí podría considerarse que fue uno de los acicates que espoleó las conciencias de muchos liberales revolucionarios pues, a pesar de que los principios de dicha agrupación prohibían la actividad política dentro de las logias, fuera de ellas hubo masones involucrados en el gobierno y en instituciones de cariz político (Ferrer Benimeli, 2001, 78-79). Aunque no parezca posible demostrar si, durante su primer exilio en Madrid, Martí se afilió a la logia Armonía del Gran Oriente y, luego, a otras, se sabe que mantuvo contacto estrecho con miembros de la hermandad como, por ejemplo, Antonio Maceo, Máximo Gómez o Fermín Valdés; participó en tenidas blancas (pronunció discursos en el Masonic Temple de Nueva York); escribió algún artículo al respecto ("La fiesta masónica" en la Revista Universal de México, 25 de marzo de 1876 o "Curiosidades americanas. La masonería en América" en El Economista Americano de Nueva York, octubre de 1888); y diversas logias han conmemorado al "Hermano" José Martí (tal es el caso del Homenaje a José Martí publicado en México el año 1936). Es posible rastrear en numerosas crónicas las preocupaciones éticas de estas sociedades y, en general, de las corrientes humanistas del XIX. Sin embargo, aunque pueda resultar una perogrullada recordarlo, la riqueza y la complejidad de la obra martiana no permiten llevar a cabo generalizaciones sin perjudicar o sin presentar una imagen sesgada del libertador de Cuba. Interesa la figura de Martí porque su persona y su obra son paradigma de modernidad: Martí periodista, Martí poeta, Martí revolucionario, Martí político, Martí filósofo, Martí krausista, Martí masón, Martí teósofo, todos y ninguno son José Martí. Otro componente moderno, que Julio Ramos ha estudiado con detenimiento en las Escenas norteamericanas y que, MARTIANA TRANSATLÁNTICA en menor medida, se encuentra en las europeas, atañe al punto de vista narrativo (Ramos, 1989). Como el flâneur, el narrador proyecta su mirada sobre sucesos, celebraciones o aconteceres de la ciudad. En dicha focalización reside una clave de los textos, pues el punto de vista revela la actitud de la voz narrativa y, en este caso, la del autor. Ramos acuña la expresión "retórica del paseo" (Ramos, 1989, 126) para enumerar los lugares comunes que identifican el mirar de José Martí. Describe artilugios, medios de transporte, escaparates y, con su ojo más crítico, constata los excesos capitalistas que fomentan el rampante egoísmo, desentraña el proceso de los anarquistas de Chicago o la naturaleza trascendental del puente de Brooklyn hallando sus correspondencias con la humanidad que lo transita. Por eso, Ramos concluye que el paseo "ordena, para el sujeto, el caos de la ciudad, estableciendo articulaciones, junturas, puentes, entre espacios (y acontecimientos) desarticulados. De ahí que podamos leer la retórica del paseo como una puesta en escena del principio de narratividad en la crónica" (Ramos, 1989, 126). Así pues, ese paseo atento muestra una de las principales diferencias temáticas de las Escenas norteamericanas frente a las Escenas europeas, subrayando el contraste de la vida en ciudades como Madrid y Nueva York. Por ejemplo, en la capital española, villa y corte, los espectáculos también proporcionaban a la ciudadanía evasión momentánea durante crisis circunstanciales. En "El centenario de Calderón" se lee que en Madrid: [...] no ha cesado la gorja. Cestas de rubios vinos han cambiado de aposento en las fiestas alegres del Hipódromo y de motivo de deseo en sus mohosos envases, han venido a ser regocijo de la sangre en las calientes venas. Sobre certámenes, carreras de caballos. Y a par de éstas, las de toros; no ya con duques y marqueses como arrogantes rejoneros y diestros lidiadores, con sus cohortes de pajes vestidos a la turca [...]; sino con estos matadores de oficio, reyes de plebe, favoritos de damas locas, amigos predilectos de nobletes menguados, que tienen el ojo hecho a la sangre, el oído a la injuria popular y la mano a la muerte por la paga (Martí, 1964b, 119). Pero otro es el clima de Nueva York, escaparate de un imperio naciente, punto de encuentro para trabajadores de las naciones del mundo. Allí, en el otoño de 1886: Cubría el cielo un velo plomizo; despeinaba las ramas de los árboles un viento sutil; gabán al brazo asaltaban los hom-bres a paso premioso, las estaciones vibrantes del ferrocarril elevado; como abejas de colores salían de las bocacalles bandadas de criaturas, que iban llenas de libros a las escuelas a tomar sus puestos (Martí, 2003, 749). La imagen de la muchedumbre es medular en las Escenas norteamericanas, y en Escenas europeas como "El centenario de Calderón". Sólo en unas líneas, pinta Martí la estratificación y la ociosidad de las clases sociales: aristócratas, pequeño-burgueses, trabajadores, vendedores ambulantes, pobres, todos acuden a los fastos para celebrar uno de los símbolos de la nación, Pedro Calderón de la Barca: [...] salieron de sus cuevas del cerrillo de San Blas los míseros goripas, que hay chicuelos vendedores de arena por Madrid que viven con sus madres y hermanillos, desnudos en invierno, en agujeros rotos en el cerro; y las bailarinas dejaron sus balcones de la montuosa calle de la Primavera; y las modistillas hambrientas y elegantes lucieron su vestido meritorio, que ya cuenta tres luengos veranos [...]. Y los tristes cesantes, que aún lleva capa limpia por ser cosa reciente la cesantía [...]; y los empleados novísimos ostentan, bajo el rizado bigote que huele a dinero nuevo, perfumado cigarro; y la familia madrileña, con su tipo confuso y andar suelto (Martí, 1964b, 120-121). Los pasajes sobre espacios concurridos neoyorquinos retratan, sin embargo, la ansiedad ante la masificación urbana. En las escenas donde se concentran muchedumbres, éstas suelen aparecer magnificadas, o cosificadas si suponen una amenaza para el orden público: son ríos, mares de gente constreñida por la ciudad, a punto de desbordarse. En la crónica citada anteriormente, el tema no es tan impactante como sucede con "Cartas de Martí" o con "Fiesta para la Estatua de la Libertad" en la que anota: La emoción era gigante. El movimiento tenía algo de cordillera de montañas. En las calles no se veía punto vacío. Los dos ríos parecían tierra firme. Los vapores vestidos de perla por la bruma, maniobraban rueda a rueda repletos de gente. Gemía bajo su carga de transeúntes el puente de Brooklyn; Nueva York y sus suburbios, como quien está invitado a una boda, se habían levantado temprano. Y en el gentío que a paso alegre llenaba las calles no había cosa más bella, ni los trabajadores olvidados de sus penas, ni las mujeres, ni los niños, que los viejos venidos del campo, con su gabán flotante (Martí, 2003, 760). La experiencia de la vida moderna suscita emociones que variarán en rango: desde la actitud apática a lo blasé (Simmel, 1950, 414) hasta el regocijo de la multitud, un personaje vital de la modernidad (Benjamin, 1986, 98) y de las escenas martianas. El cotejo es un proceso de análisis que llevado a los límites del automatismo no aporta novedad a la crítica literaria. Enumerar series de citas donde coinciden temas, palabras o figuras estilísticas no tiene sentido sin una interpretación. Al confrontar las Escenas europeas y las Escenas norteamericanas se obtienen resultados a cada cual más interesante para valorar la obra y la figura de José Martí. En primer lugar, en el plano estilístico, se comprueba que existe una red de concomitancias simbólicas y temáticas en las Escenas europeas, que apunta a elementos medula-res de las Escenas norteamericanas. En segundo lugar, es importante reconocer en estas crónicas un objeto único para profundizar en la historia de la época: la prosa periodística filtra sucesos históricos y, por ello, es una atalaya magnífica para observar no sólo el proceso de la modernidad en Estados Unidos y en Europa, sino, sobre todo, el proyecto de modernidad latinoamericana que fraguaba en el pensamiento de Martí desde la juventud. A través del periodismo, medio de comunicación, agente educativo y cultural, el libertador cubano se erigió como testigo, juez y defensor ardiente de los ideales políticos modernos sin descuidar la bella factura de su prosa, ni el fondo de su pensamiento. Consciente de que el modernista no es sólo un esteta y de que el mejor magisterio es el deleitoso, José Martí logró en sus Escenas la simbiosis de ambos planos, el estético y el ético.
Este año, se celebran los últimos JJOO del milenio. Un acontecimiento social, que cada cuatro años, acapara una gran parte del interés de la opinión pública, generalmente con connotaciones festivas, pacifistas, y de superación humana. El deporte de alta competición, del que los Juegos son su máximo exponente, ocupa un lugar importante en la atención de la gente, en casi todos los países. El carácter lúdico y saludable del ejercicio físico, cuando se practica de forma recreacional, hace que sea una actividad recomendable en la que ocupar el tiempo de ocio, cada vez mas abundante en las Sociedades mas desarrolladas. Cuando se practica de forma competitiva, acumula otros valores que le hacen candidato a la identificación de las personas con nacionalismos, rivalidades regionales o vecinales, o escape de otras tensiones de la llamada vida moderna, así como de campo abonado para la búsqueda de fama y dinero. El deporte-espectáculo genera ingentes cantidades de dinero y no pocas influencias políticas y sociales. Asimismo la respuesta del cuerpo humano a esas situaciones limite a las que se ve sometido un deportista de elite en cuanto a su capacidad física, de recuperación tras un esfuerzo extenuante, de fortaleza mental etc., constituyen un campo de investigación idóneo, de cuyos resultados pueden extrapolarse muchos conocimientos prácticos para distintas áreas de la medicina. Por tanto, el deporte en todas sus facetas, tiene una influencia enorme en la vida de las personas en estos finales del siglo XX y la tendrá probablemente aun mayor, en el próximo milenio. En este numero extraordinario de Arbor, pretendemos presentar una visión de algunos de los aspectos mas notables del mundo del deporte IX Editorial X y del ejercicio físico. Se podrían tratar muchos mas, pero estos nos parecen bastante representativos. Se comienza por establecer las bases científicas del entrenamiento deportivo. Tras hablar de la técnica, se tratan aspectos complementarios como la nutrición deportiva y las ayudas ergogénicas, tan importantes para obtener el máximo rendimiento del cuerpo entrenado del deportista. Se abordan luego los efectos que esa alta especialización hacia cada tipo de deporte, provocan en la salud del que los practica y si son positivos o no para ella. La medicina deportiva en su ayuda al tratamiento de lesiones y en la rehabilitación de las mismas, es también tratado ampliamente. Dado que hombres y mujeres, no somos biológicamente iguales y que tras la pubertad, las diferencias en la capacidad fisica vienen muy influenciadas por el sexo, se describen las peculiaridades de la mujer deportista. Para terminar, dos temas de gran interés, La organización de grandes eventos deportivos, como reflejo de ese impacto social de gran alcance mediático y económico, que significa hoy día el deporte y la curiosidad que tenemos por conocer si realmente existen limites humanos en nuestra continua búsqueda de superación para lograr nuevos records que lo demuestren. Podríamos haber tratado otros temas, como los relacionados con los aspectos legales, publicitarios o de financiación de la actividad deportiva o como esta se refleja en los medios de comunicación, Pero creemos que este contenido es suficiente como introducción al mundo del deporte. Quiero también afirmar que el nivel deportivo de nuestro país, nunca ha estado tan alto como en estos momentos. Ello ha sido posible, en parte, a la ayuda científica prestada por muchos profesionales españoles, con la consiguiente mejora de conocimientos y métodos de entrenamiento y planificación que han ayudado a nuestros deportistas a superarse. También a personas como Carlos Ferrer Salat, gran mecenas del deporte, la ciencia y la cultura, fallecido hace poco mas de un año, y que con su visión y liderazgo, ayudó enormemente a esta mejora espectacular de nuestro deporte, A él, queremos dedicarle este numero de ARBOR. Esperamos que su lectura os resulte amena e instructiva a la vez.
Si entendemos por entrenamiento deportivo todo proceso formativo organizado que tiene por finalidad el rápido incremento de las capacidades fisicas, psíquicas, espirituales y técnico-motrices de los individuos, ¡el entrenamiento existió desde el primer momento de la aparición del ser humano en la tierra! El entrenamiento comenzó a ser sistematizado con la aparición de los primeros ejércitos organizados, es decir, como preparación militar. Grecia, al crear las primeras grandes competiciones deportivas, dio origen a la metodología del entrenamiento deportivo, y llegó a descubrir casi todas las bases del entrenamiento deportivo, de forma más o menos empírica. El entrenamiento deportivo científico se origina en la primera mitad del siglo XX, y se consolida en las décadas 60 y 70, gracias a las aportaciones de especialistas rusos como Ozolin, Mastveev, Vorobjev, Verchoshanskij, etc. En la actualidad, el proceso de entrenamiento se plantea como una «cadena operativa», un paso metodológico que incluye un gran número de especialistas de ciencias auxiliares. Apesar de estos completísimos equipos de trabajo, el resultado deportivo, el éxito deportivo final, sigue dependiendo, en muy alto porcentaje, del factor humano, es decir del deportista mismo, del hombre en definitiva.. «Hay seres para quienes el deseo de saber no se sabe a sí mismo» José Luis Martínez Rodríguez «En el principio era él pié. Hace cuatro millones de años, antes de adquirir el uso de la palabra o de la razón, nuestros antepasados ya caminaban erguidos sobre dos pies». Así comienza Marvin Harris su libro "Nuestra especie". Y continúa, «nuestros antepasados simios eian diferentes de los otros simios. Tenían pies como los nuestros, cuyos dedos no podían doblarse para asir o recoger objetos y que servían principalmente para permanecer de pié, correr, saltar o dar patadas. Todo lo demás era responsabilidad de las manos... Un simio bípedo y bimano solo tiene sentido desde el punto de vista de la evolución, porque podía hacer en el suelo algo que ninguna otra criatura había hecho nunca, tanto ni tan bien: utilizar las dos manos para fabricar y transportar herramientas, y utilizar herramientas para satisfacer las necesidades cotidianas». ¡Aquí se inició todo!, teníamos el aparato locomotor, que según el Profesor Lain Entralgo «es una unidad biológica perfecta». Como ser vivo, desde un principio fue activo. Braus ve «en la actividad dentro del mundo la nota primaria de la función del cuerpo humano. Una fabrica en pleno rendimiento y capaz de moverse en el espacio». En esta maquina humana, según él, «tenemos que admitir un para qué, que nos permita describir con acierto una forma viviente, en la cual «TAL PARTE ES ASÍ Y HA LLEGADO A SER ASÍ PARA QUE PUEDA HACER LO QUE HACE, Y EN CONSECUENCIA DEBE HACERLO». En cumplimiento de ese «debe hacerlo», en una búsqueda instintiva del movimiento y del llamado bienestar psico-físico, la máquina humana sintió hambre y puso manos a la obra para calmarla, fruto de lo cual, dejó huella de sus habilidades para fabricar herramientas con las que procurarse alimentos, lo cual suponía desarrollar una habilidad para fabricarlas y utilizarlas. Nuestro hombrecillo habilidoso, ¡el habilisl, puso en marcha la actividad psíquica (¡ay el hambre, cuanto le debemos!) que originó la actividad física. El ejercicio de la decisión y de la voluntad operativa, se tradujo en MODIFICACIÓN ANATÓMICA Y FISIOLÓGICA DEL CUERPO. ¡Había nacido el concepto de entrenamiento! Esto en palabras de M. Harris fue el alba de la tecnología. Los individuos que fabricaban los mejores palos, hachas, lascas y las manejaban con mas habilidad disfrutaban de dietas más ricas en grasas y proteínas, serían más fuertes y sanos y dejarían mas descendencia. ¡El primer programa de entrenamiento, natural, estaba en marcha! Bases científicas del entrenamiento deportivo La capacidad de aprender, almacenar y transmitir información depende de capacidades específicas determinadas genéticamente. Estos grupos de cazadores-recolectores disponían de un pequeño repertorio de tradiciones sencillas que se transmitían de generación en generación. Eliseé Reclus, en su libro «L' Homme et la terre!, hablando sobre la aparición del deporte y la tendencia a jugar del hombre señala, «fue, después de la alimentación, la forma más antigua de la actividad de los hombres». La selección natural del mejor estaba en marcha, el mejor enseñaría al resto, en el tiempo libre, entre expediciones de búsqueda de alimento, perfeccionarían sus herramientas y su manejo, los jóvenes jugarían a imitar los gestos y luchas de sus mayores, \del mejor de sus mayores! Luego vino la defensa de sus territorios, de sus presas, etc. Llegó el grupo, la banda, la aldea, podemos decir «el equipo». Los hombres recibían entrenamiento para ser cazadores, proveedores de proteínas y grasas. Eran seleccionados para el papel de guerreros, cazadores de hombres, por su habilidad como cazadores de animales (Preparación militar y «deportiva»). Si la fuerza, en todas sus formas de manifestación, les permitía procurarse comida y triunfar sobre las bestias o sobre sus enemigos, lo lógico es que se preocupasen de aumentarla (Braus manifiesta «su profunda creencia en la CAPACIDAD CREADORA DE LA VIDA BIOLÓGICA»). Siguen varios autores analizando la vida de estos grupos de jóvenes, indicando que se reunieron, construyeron un lugar para vivir juntos y se sometieron a un entrenamiento ascético, que los preparaba para sus futuras expediciones, cuya finalidad no era desinteresada, puesto que debían desembocar en el rapto de jóvenes mujeres extranjeras. Para Ortega y Gasset este entrenamiento y este agrupamiento, «primer club deportivo», han marcado la transición entre la horda y la tribu, anterior a la familia, y en ello ve lo que denomina «el origen deportivo del Estado». Desde la misma aparición del hombre sobre la tierra podemos decir que la acción le ha acompañado. A través de ella ha podido ir solucionando sus necesidades de todo tipo. Ortega y Gasset ha diferenciado y mostrado de forma atractiva la oposición entre diversas actividades: «De este esfuerzo obligado, por la estricta satisfacción de una necesidad, el ejemplo típico es lo que el hombre llama comúnmente trabajo. Del esfuerzo superfluo, el ejemplo mas claro es el deporte. Este nos lleva a invertir la jerarquía secular y considerar la actividad deportiva com.o actividad primordial y creativa, la mas elevada, la mas seria y la más importante de la vida, y la actividad laboral como derivada de la primera, como simple decantación y precipitado de aquella. Mas aún, no hay vida hablando con propiedad, mas que la vida de aspecto deportivo, no siendo el resto, relativamente, otra cosa que mecanización y simple funcionamiento» (La Revista Europea). ¿Hubo entrenamiento antes de los jefes? Es decir, ¿antes que entrenadores? Si, como acabamos de ver. Desde que el hombre apareció en la tierra se entrenó porque era necesidad vital. Hecho para la acción, y con necesidades psíquicas, físicas y técnico-motrices puso su potencial al servicio de sus necesidades, perfeccionó aquel y resultó más eficaz en la resolución de sus problemas. Todo esto se desarrolló en el marco de la selección natural y cultural. Las vivencias individuales aportaron experiencia a los individuos, que transmitieron a los demás. Sumó todas sus experiencias motrices y las fue trasladando de una actividad a otra, todo basado en su inspiración y capacidad creadora, ¡El primer «autodidacta obligado» había nacido! Que entendemos por entrenamiento La palabra entrenamiento viene usándose normalmente con múltiples significados. Ciencia y entrenamiento «La simiente de la ciencia es el deseo de saber. Pero cada paso en el sendero del saber es un misterio. A comenzar por el sendero mismo. El cual no se abre en todas las almas, aunque en todas existe. Hay seres para quienes el deseo de saber no se sabe a sí mismo, y en cuanto a los demás, hay lo menos tres colores de senderos: EL QUE DESEA SABER PARA HACER, el que desea saber para saber, Y EL QUE DESEA SABER PARA JUGAR, Del primero salen las artes de la política y de la guerra; del tercero salen el amor y todas las artes, útiles, malas o bellas, así como el deporte; solo del segundo nace la ciencia. Porque la ciencia es el puro saber desinteresado. Que luego haya quien haga fructificar el saber, desde luego; pero el impulso prístino de saber es en si su propio fin y recompensa». Esto nos dice Don Salvador de Madariaga, y es mas que suficiente. El entrenamiento perteneció en un principio a ese apartado que el gran pensador dedica a los «seres para quienes el deseo de saber no se sabe a sí mismo». La supervivencia era su maestro. En la actualidad pertenece claramente al primer y tercer sendero que el maestro señala: al mundo que desea saber para hacer y al que desea saber para jugar, aunque cada vez se impone el primer sendero, del cual salen las artes de la POLÍTICA y la GUERRA. La competición deportiva actual de todos los niveles, sustituye a la guerra y es empleada cada vez mas por la política. ¿Cuándo se inició el entrenamiento sistematico? ¡El mismo día de la primera batalla de dos ejércitos organizados! La ñierza física del hombre y su habilidad en el manejo de las herramientas-armas o maquinas de guerra fiíe decisiva durante muchos miles de años, y por tanto su entrenamiento ñie abordado como preparación militar, y en tiempos de paz, se competía como medio de mantener el potencial de guerra del ejercito y distracción. De la eficacia de su ejercito dependía la existencia de un país o ciudad, podemos suponer que todos los conocimientos de los que componían la sociedad se empleaban en el diseño de la preparación de su ejército. Los conocimientos científicos de todas las culturas eran la base del entrenamiento de su ejército, y los entrenadores... los jefes de dicho ejército. Egipcios, Asirlos, Babilonios, Medo-persas, Celtas, Griegos, se impusieron en el mundo gracias a su cultura y. a sus ejércitos espe-cialmente organizados, preparados y entrenados. Las experiencias se transmitían, se eliminaban errores, en fin, el método deductivo (ciencia). De estas culturas, y su relación con el ejercicio físico y la competición deportiva, sabemos a través de sus artistas, que escribieron, esculpieron, pintaron, etc., dejándonos el testimonio de su quehacer diario. Son famosas las competiciones atléticas de los egipcios y ciertas comarcas de Asia Menor. Eran sobre todo carreras y saltos, con equipo militar, naturalmente, ¡de que nos sirve un gran saltador si solo salta mucho cuando va desnudo! También antes de nuestra era, en Irlanda se celebraban los Tailtin Games, existían desde el siglo XIX a.C, se celebraron durante veinticinco siglos. La competición tenía entre otras, un salto de altura que formaba parte de la preparación militar gaèlica. Para formar parte del ejercito era necesario ser capaz de saltar por encima de un hombre de pie. El lanzamiento era el «roth cleas», el ancestro lejano del martillo. Podemos decir, que cuando una cultura establece competiciones de algún tipo, estas corresponden a alguna finalidad (fiesta, culto, conmemoración, funerales, etc.), que dan prestigio social, promoción social, beneficio material, etc. o todo a la vez, a quienes en ella destacan. Teniendo esa repercusión social y niaterial podemos asegurar que el entrenamiento para ellas fue objeto de reflexión y estudio en todas las épocas. ¿Qué bases tenía el entrenamiento de nuestros antepasados más remotos? a. Obligados por el ciclo circadiano, alternaron actividad con sueño, por mucho hambre que tuvieran, la fatiga les obligaría a descansar. Poco a poco experimentaron la supercompensación. Emplearon «ejercicios específicos» para prepararse. Solo la práctica con la propia herramienta-arma les daba la habilidad para la «competición» (¡éxito en la caza mayor o menor, para alimentarse o vencer!). No había «preparación general», todo era específico. Empíricamente conocían las dos bases del entrenamiento: minimizar el gasto y maximizar la potencia disponible. ¡La selección de talentos! Estos si que sabían detectarlo, sin necesidad de procedimientos de laboratorio. Los mejores comían mas veces y mejores cosas... fruto de su verdadero talento. Posiblemente solo en estas etapas de la vida del ser humano se empleó un medio de entrenamiento que en la actualidad no es fácil de emplear. Las largas y quizás frecuentes, dietas involuntarias, durante los días de escasez de recursos alimenticios, mas bien su carencia total durante largos espacios de tiempo, SERVÍAN DE ENTRENAMIENTO AL ORGANISMO PARA MEJORAR SU EFICACIA COMO MÁQUINA ENERGÉTICA. La actividad atlética fue preocupación de los griegos durante casi dos mil años, desde los juegos fúnebres en honor de Patroclo hasta el edicto de Teodosio suprimiendo los juegos atléticos. Su origen y «presidencia de honor» pertenecían a un dios, como no podía ser menos en un lugar donde un poeta de aquellos tiempos se lamentaba: «No se sabe ya donde esconder una fanega de trigo: ¡cada hoyo está ocupado por un dios!». Ya en «tierra», los de a pie también han sido objeto de observación por ilustres escritores. «Miles de hinchas acudían a lo largo de las siete carreteras que conducían a Olimpia, camino arbolado de Argos hasta el rio Alteo discurría entre templos, estatuas, tumbas y bancales de flores. Podían encontrarse en él, del brazo, a diputados de izquierda atenienses y generales espartanos, e incluso grupos de filósofos en paz entre ellos». Así describe la «situación» Indro Montanelli (Historia de los Griegos), ¡vamos, como si hablase de hoy mismo, de los alrededores del Nou Camp o del Bernabeu! En cuanto al asunto que nos ocupa, el entrenamiento, podemos asegurar que en la actividad deportiva griega todo era profesional. Los técnicos, de muy diversas formas denominados a través de esos casi dos mil años y de los diversos lugares geográficos, tenían formación académica y misiones perfectamente definidas. Todo lo relacionado con la actividad física, educación o competición, estaba en manos de equipos de profesionales. Entre los griegos, el verdadero objetivo de las competiciones deportivas era triunfar sobre los adversarios, ¡afortunadamente para ellos no existían los récords!, ¡«Grecia es ante todo el país de la inteligencia, y la astucia no es mas que una forma de la inteligencia. Tanto peor para el atleta que no tiene mas que su fuerza»! «Un griego no ve triunfar con placer al hombre dotado de medios físicos que le dispensan de reflexionar, de calcular, de combinar. En la guerra el que engaña al enemigo es un gran general; ¿por qué debería ser diferente aquí? No se admira menos a Ulises por ser el hombre de las astucias múltiples que a Aquiles por ser el hombre de los pies ligeros». Había deslealtades hacía las reglas, y era mas un combate que un juego. Los griegos no fueron solo filosofía, búsqueda de los grandes por qué de la vida y del universo, también se dedicó al estudio del «como», que según dicen los grandes pensadores, es el cometido de la Ciencia. El «como» del deporte y el entrenamiento entre los griegos, fue amplia y profundamente estudiado, en un rápido vistazo a los pocos escritos que nos han llegado, vemos que lo más selecto de casi dos milenios se ocupó del asunto: HIPOCRATES: primer médico laico, antes solo los sacerdotes podían curar. En su Tratado de la buena higiene, analiza la deshidratación del deportista, el valor del frío (polvo) y el calor (aceite). Valora la importancia de la dieta para el deportista. JENOFONTE: Tratado de la Fatiga y Tratacio del Sudor. ARISTÓTELES: en su «Política» trata del entrenamiento individualizado, de la importancia de la herencia (genética) en los resultados deportivos, así como la antropometría, biotipo y temperamento, especial para cada deporte. Analiza la diferencia entre lanzar con la mano vacía y con una piedra (¡concepto de velocidad gestual!). Los calambres después de la carrera. El efecto del entrenamiento sobre la grasa del cuerpo del deportista. ESTRABON: en su Geografía. Los diferentes lugares y su clima influyen sobre la salud y la forma atlética. Su frase «mas sano que Cretona». Analiza la diferencia entre la preparación militar y el entrenamiento atlético. «Los atletas aumentan y mantienen su forma durmiendo mucho, con la sobrealimentación, ejercicios y pausas cuidadosamente regladas... Los soldados por el contrario deben someter su cuerpo a las circunstancias más diversas: por encima de todo deben endurecerse para prescindir de alimentos, de bebida y de sueño». GALENO: aunque sentía algo de desprecio por la gente del deporte y sus excesos, escribe sobre el ejercicio mas adecuado en cada edad y a cada temperamento, y como no podía faltar en un médico, elogia los juegos de pelota (¡exentos de violencia y llenos de «buenas maneras» en la época! Pero en su Discurso sobre las artes sale al ruedo y... «Ahora bien, la forma del atleta llevada a su plenitud es un estado precario y fácilmente modificable. Una cosa que ha alcanzado su plenitud no es susceptible de aumentar, no puede permanecer en el mismo estado ni pararse: no puede mas que declinar». Y no nos defirauda Bases científicas del entrenamiento deportivo su inteligencia cuando en su "De la protección de la salud", lib II cap IX-XI analiza con gran profundidad y agudeza las cualidades físicas del hombre: «la fuerza», «la velocidad», «fuerza y velocidad», los «juegos de músculos». Y en sus Conclusiones: «En resumen, el entrenador experto en su arte, debe conocer todos los deportes y llevar cada uno de ellos a su fin propio». Mas tarde se muestra partidario del entrenamiento «muy específico». Los testimonios se prolongan en la ANTOLOGIE DES TEXTES SPOR-TIFS DE L'ANTIQUITÉ (1927) y otros textos de poetas e historiadores. La pregunta se impone, ¿qué conocían los griegos del entrenamiento deportivo? TODO lo que hoy consideramos básico, para adaptarse, es decir entrenarse. Conocían todos los principios del entrenamiento. -Carga de entrenamiento, está en casi todas sus recomendaciones. Cada principio de año olímpico compraba un joven novillo y luchaba diariamente con él. El novillo crecía e iba incrementando su fuerza... lo mismo que su oponente. Un prodigio de aplicación del principio de progresividad de la carga de entrenamiento y del de frecuencia de entrenamiento. Si dejaba de luchar algún día, su adversario tomaría ventaja. -Variedad de la carga, existen recomendaciones para corredores de variar la intensidad, la técnica de carrera, la superficie de carrera, el perfil (cuestas y descensos), trabajo con lastre, luchas con diferentes adversarios, con el cuerpo engrasado, trabajo al aire libre y a cubierto, en todo tipo de climas y de horario, etc. -Periodización del entrenamiento, es decir, división a medio plazo del entrenamiento en periodos con objetivos diferenciados y, por consiguiente, con contenidos de entrenamiento y métodos de entrenamiento diferentes, en particular cargas de entrenamiento distintas. Los griegos iniciaban la preparación para Olimpia diez meses antes (¡macrociclo!) y un mes antes los participantes se reunían en Elis (¡mesociclo de preparación a la competición!) y por si faltaba algo, describen con todo lujo de detalles un microciclo de cuatro días que llamaban TETRADA, de la siguiente forma: El trabajo es BREVE, ENÉRGICO y RÁPIDO. 2° día.-es de actividad intensa del atleta definido por la «potencia de trabajo». S^"" día.-descanso del atleta. Trabajo ligero, masaje, baño, reposo. 4° día.-esfuerzo medio del atleta. Trabajo de estrategia y táctica de su especialidad. ¡Este sistema de TETRADAS fue combatido por FILOSTRATOS, porque se limitaba la iniciativa del entrenador y no tenía en cuenta las condiciones climáticas! Conocen con gran profundidad las cualidades físicas básicas: fuerza, en todas sus manifestaciones, velocidad (que valoran sobre todas las demás), resistencia, elasticidad, coordinación y los medios y métodos para desarrollar cada una de ellas. Dominan la enseñanza de las técnicas que describen en tratados específicos. Hablan del calentamiento previo y vuelta a la calma. La programación de la actividad competitiva y del entrenamiento es habitual, existiendo profesionales en todos los niveles. Los medios de recuperación biológica son conocidos y aplicados con normalidad en el entrenamiento y las competiciones. Respecto a la preparación biológica, es mencionado con naturalidad y podemos afirmar que sin limites para los conocimientos de la época en este campo, que no debían ser pocos a juzgar por el refinamiento de vida. ¡Casi contemporáneo de ellos, Obelix, el gran proveedor de rocas y voraz perseguidor y depredador de jabalíes, recurría a su druida (¡médico deportivo!) favorito para la pócima mágica (¡preparación biológica!). El nombre del famoso druida no deja mucho campo a la imaginación: ¡MIRACULIX!.. Gargantua es el ancestro del decatleta actual: corre, salta, pasa obstáculos, lanza piedras y jabalina, tira al blanco con el arco, y no olvida la ñierza que desarrolla con halteras, trepa, etc.... y se relaja con la natación y hace el Tarzan gritando para desarrollar su tórax. ¡Completísimo... aunque algo rústico! con relación a los griegos. Como ha leído a Platon, nos recomienda correr, saltar, cabalgar, bailar y la música... y ser resistentes. El siglo XIX es más interesante, y el humanismo inglés inicia la metodización del entrenamiento y sistematizan el trabajo. Norteamérica se une al movimiento en la última parte del siglo y surge el concepto de intervalo en el entrenamiento de corredores que llaman TEMPO TRAI-NING. También hay algunas obras sobre el entrenamiento, Du FOUR escribe AGONISTICON. En general, los estudios sobre el entrenamiento se centran en los sistemas de entrenamiento para corredores. Tengo que confesar, llegado a este punto, mi falta de entusiasmo por todos estos siglos, hablando de entrenamiento y ser humano, ¡los griegos dejaron el tema agotado, y, además, sus artistas en su afán de correr en socorro del vencedor (¡gran protagonista del acontecimiento humano más importante de la época!) maquillaban lo visto y oído. «¡Poseedor de lo más valioso para los griegos, la victoria, «la corona»!. Para arrancar esta victoria los atletas prodigaban esfuerzos violentos, los corredores se crispaban por la fatiga, el boxeador se agota por el dolor, y no podían conservar esta actitud tranquila y relajada en la cual han sido inmortalizados. Los escultores, para expresar el perfecto equilibrio y la superioridad del vencedor, han idealizado sus modelos». Poco se pudo hacer durante siglos. Los sistemas de entrenamiento creados sobre apoyo científico aportado por las ciencias biológicas, físicas y psicopedagógicas, comienzan a finales del XIX y principios del XX, con la Escuela Alemana de GUTS MUTHS. El concepto biológico del entrenamiento como adaptación específica a un esfuerzo es enunciado por Wilhelm Roux, con su Teoría biológica «de la excitación funcional» creando una expresión ya familiar de que «la función crea el órgano». En 1881 expone el enunciado: «una exigencia más intensa de las capacidades orgánicas produce una alteración de las mismas en el sentido de elevar específicamente su capacidad de rendimiento». Este enunciado expuesto para cualquier tipo de organismo constituye la base científica del entrenamiento deportivo. En 1877 Arndt expone la Teoría de la integración entre estímulos y la materia viva. «Estímulos suaves excitan levemente las funciones orgánicas. Estímulos fuertes producen fenómenos de adaptación y estímulos demasiado fuertes producen daños en el organismo que inclusive pueden llevar a la muerte». Mas tarde SELTE H. expone su teoría del estrés y el síndrome general de adaptación, por el cual un organismo reacciona a todo tipo de agresiones. Redondea las bases biológicas del entrenamiento Uthomskij, añadiendo: «El organismo restituye en un lapso de tiempo corto las energías gastadas por el esfuerzo y posteriormente desarrolla una mejora energética para encontrarse mejor capacitado ante sucesivos esfuerzos, denominando a este último proceso de RESTITUCIÓN AMPLIADA. El conocimiento de este fenómeno será de vital importancia para que los estímulos posteriores sean aplicados en el momento en que el organismo haya completado su proceso de restitución para no caer en la fase de agotamiento». El concepto biológico del entrenamiento plantea el conocimiento exacto de la dosificación del volumen y de la intensidad del entrenamiento, su momento de aplicación y los efectos fisiológicos producidos sobre el individuo a quien lo estamos aplicando. Uno de los primeros sistemas de entrenamiento basado en principios biológicos es el «intervall training», creado por Woldemar GERSCHLLER y el Prof. RAINDELL, de Friburgo, en 1940de Friburgo, en -1950. Poco antes, en 1939, el ruso K. GRANTYN propone el primer sistema que consta de un ciclo anual completo de entrenamiento, sin interrupciones, con periodos de entrenamiento más precisos de lo que se había hecho hasta la fecha. Sucesivamente, N. OZOLIN y S. LETUNOV (1950) hacen puntuaHzaciones al programa de Grantyn y llegamos así a 1956, año en el que con la propuesta de la PERIODIZACIÓN ANUAL DEL ENTRENAMIENTO de L. P. MATVEEV, y fecha en la que nace la VERDADERA CIENCL^ MODERNA DEL ENTRENAMIENTO. ¿Qué cambió con MATVEEV? Por fin hubo una estructura completa del entrenamiento prolongado durante todo el año. Articuló en fases adaptativas la FORMA DEPORTIVA del atleta y la ORGANIZACIÓN PEDAGÓGICA de la CARGA PARA HACER COINCIDIR LA FORMA Y EL CALENDARIO DE COMPETICIONES. ¡Por fin íbamos a saber cuando estaríamos en forma, y esta coincidiría con la fecha de las competiciones más importantes!. L. P. Mateev se encargó de organizar los programas de entrenamiento de la antigua URSS a partir de la incorporación a los JJ.OO de Helsinki de este país y se inició la «carrera científica» hacia la obtención de resultados deportivos. El prestigio que estos dan a todo tipo de pro-Bases científicas del entrenamiento deportivo fesionales, hace que a partir de los años 50 se suceda una verdadera «pirotecnia terminológica» de la diferenciación de pequeños matices en los sistemas de entrenamiento. A Concentrando los contenidos sobre determinadas estímulos entrenantes crea bloque de fuerza específica, de técnica, de velocidad. Durante todos estos años se suceden las luchas entre facultades, escuelas, terminología y «nuevas versiones» en todo lo que se refiere al entrenamiento y a la teoría del entrenamiento deportivo. Tendencias actuales de la teoria del entrenamiento En la literatura actual de la metodología deportiva se encuentran todo tipo de opiniones sobre el sistema de entrenamiento deportivo, así como concepciones y escuelas diversas de preparación de los deportistas, y esto es natural y lógico tratándose de un fenómeno tan multiforme como es la actividad deportiva. En las tendencias actuales han influido e influyen constantemente, los progresos científicos de la fisiología y de la BIOQUÍMICA de la actividad muscular, de la MEDICINA DEPORTIVA, de la BIOMECÁNICA de los gestos deportivos, y los estudios básicos en la metodología del entrenamiento en el deporte de alto nivel. Todo esto ha creado nuevos supuestos objetivos para la formulación de la moderna teoría y metodología del entrenamiento, y sus principales bases científicas. Pero conviene no olvidar otros factores que han influido, y muy decisivamente, en los cambios de esa teoría y metodología del entrenamiento. A tener en cuenta en primer lugar los cambios en el deporte internacional, en particular la intensificación del calendario de competiciones, que ha cambiado completamente ritmos y tiempos de la preparación poniendo sobre nuevas bases el problema de la CONSE-CUCIÓN y MANTENIMIENTO del estado de FORMA. Como consecuencia de esta transformación está el significado o valor, en algunos aspectos nuevo, que han adquirido las COMPETICIONES EN EL CUADRO DEL ENTRENAMIENTO, a corto y largo plazo, de los atletas. Otro acontecimiento a tener en cuenta ha sido la activación de la LUCHA ANTI DOPAJE, y el final de una cierta «impunidad» de la cual habían gozado los atletas de algunos países. Aunque el problema dista mucho de estar resuelto del todo, no hay duda que esto ha tenido su influencia en el campo de la teoría y metodología del entrenamiento y ha puesto a discusión volumen e intensidad de trabajo, periodización, etc. A esto hay que añadir los cambios habidos en algunos países con el DESCUBRIMIENTO (o casi) del ATLETA de ESTADO. Esto es una figura, objeto, mas que sujeto, de planificación y estructuras de entrenamiento posible, dado que está completamente disponible y dependiente de la organización deportiva de forma total. Lo mas «à la page» en cuestiones de entrenamiento es «la prioridad del aspecto biológico en la teoría del entrenamiento». Investigadores como Platonov (88), Nikitjuk, Samoilov (90), Voss (91) Tschiene (91) y otros, orientando sus trabajos a la adaptación de los diversos sistemas de órganos del atleta de alto nivel, confirman que en la teoría del entrenamiento, es cada vez más dominante el aspecto biológico. En la practica del entrenamiento, todas las aportaciones de las llamadas ciencias auxiliares del entrenamiento, que son muchas, nos están llevando a una nueva situación, en la cual cada vez sabemos mejor «a dónde vamos», es decir, lo que queremos conseguir, y en consecuencia podemos seleccionar mejor los «vientos favorables», los medios con los cuales conseguiremos el objetivo de llegar al lugar que «ya casi conocemos». En su trabajo «Fundamentos de una nueva teoría del entrenamiento para el deporte competitivo», S. Zanon (92) nos dice: «El entrenamiento para el deporte competitivo consiste en secuencias de comportamientos bien organizados y biológicamente finalizados, que actúan según una Bases científícas del entrenamiento deportivo integración temporal con carácter micro y macro cíclicos. La adaptación solicitada en el entrenamiento para el deporte competitivo, aunque con carácter cíclico, es siempre realizada a través de la intervención de mensajeros bioquímicos, cuya acción implica la variación del metabolismo a través de la unión del mensajero con el receptor correspondiente, a nivel celular. El mensajero bioquímico y el correspondiente receptor pertenecen a los tres grandes sistemas reguladores del organismo, denominados Sistema Nervioso (SN), Sistema Endocrino (SE) y Sistema Inmunológico (SI). Por eso el entrenamiento para el deporte competitivo es siempre y únicamente un comportamiento adaptativo orientado a obtener una nueva expresión del metabolismo, a través de una variación del número de los receptores en la célula». Estudios en el área de la actividad muscular, han llevado a un mayor conocimiento del concepto de «ENERGÍA ELÁSTICA» en los músculos humanos y su aprovechamiento, así como en la unidad músculos, tendones, huesos y ligamentos. En realidad todo el cuerpo es estudiado como un acumulador de energía elástica. Características de la práctica del entrenamiento hoy Durante toda la historia de la teoría y práctica del entrenamiento, la gran interrogante ha sido qué medios son más eficaces para conseguir adaptarse a las exigencias de la competición, es decir, para rendir mas, llegar a los límites genéticos de cada individuo, naturalmente en la especialidad para la cual se entrena. Los medios de entrenamiento se dividen en dos grandes categorías: a. PREPARACIÓN CONDICIONAL GENERAL: consiste en un entrenamiento general que NO ACTIVA LOS SISTEMAS DEL ORGANISMO (nervioso, metabólico, psicológico) de un modo similar a como son activados en competición. PREPARACIÓN CONDICIONAL ESPECÍFICA: activa los mecanismos físicos y mentales de forma extremadamente similar a lo que ocurre en competición. Estos dos conceptos, entrenamiento general y entrenamiento específico, han estado en lucha durante todo este siglo. La variación del porcentaje de trabajo anual en cada uno de ellos ha ido variando y dando ocasión a «nuevos» sistemas, nombres, escuelas, etc. Algo parecido podemos decir de los famosos principios de entrenamiento: el de la progresividad, el de la frecuencia y un largo etc. que variaba su importancia según los autores. Pues bien, podemos decir que hoy en el mundo del entrenamiento de deportistas de alto nivel, lo que predomina es el principio de la ESPECIFICIDAD, es decir, solo los estímulos específicos crean adaptación específica, solo los ejercicios que se parecen al de competición entrenan para la competición. Este «parecido» de los ejercicios específicos de competición, es una alta correlación con el propio gesto de competición en sus NECESIDADES METABÓLICAS, BIOQUÍMICAS, ESTRUCTURALES, NEUROLÓGICAS, NEURO-MUSCULARES, ETC. En relación a la otra cuestión tradicional ¿VOLUMEN de trabajo o intensidad de trabajo?, la conclusión es tajante, se trabaja en INTENSIDAD TODO el año, SÓLO varia el volumen, mayor o menor según la proximidad de la competición. ¿Y que es la intensidad de trabajo? Aplicando el principio de la «especificidad», se considera trabajo específico solo aquel que va del 90% de la capacidad de rendimiento, al 100% (rendimiento máximo en competición). Si lo trasladamos a un deporte colectivo como el fiítbol, podemos decir que solo cuando la exigencia del juego lleva al jugador a las 170-180 pulsaciones por minuto, está trabajando (creando estímulos de adaptación) con un ejercicio específico. El aumento de la INTENSIDAD del entrenamiento y la ESPECIFICIDAD del mismo en todos sus aspectos, exige un aumento de los medios de regeneración biológica, a mas descansos, y mayores riesgos de lesión. Como hemos visto anteriormente, existen distintos «pasos metodológicos», en el entrenamiento en aquellos países que disponen de conocimientos... y dinero para ello, particularmente lo primero en mi opinión. Ponen en práctica el 6^ paso, (ver gráfico 1) compuesto de profesionales de muchas ciencias trabajando en equipo. Se analizan los resultados de las competiciones más importantes a nivel internacional, el entrenamiento de los mejores atletas, de los propios atletas y su entrenamiento, se evalúa, se toman decisiones sobre el entrenamiento y aplicaciones metodológicas, se definen objetivos del entrenamiento y programación del mismo, para las próximas temporadas o ciclos olímpicos. Uno de esos países, Alemania, a través de su Instituto para la ciencia aplicada del entrenamiento de Leipzig, realizó un análisis de los JJ.OO de Atlanta desde el punto de vista de la Teoría del entre-Bases científicas del entrenamiento deportivo namiento, y las consecuencias que se obtienen para la nueva orientación del sistema de deporte de alto nivel. En este tipo de estudios se buscan las tendencias, los elementos que caracterizan las prestaciones de alto nivel internacional, que pueden ser retenidas como validas para un grupo de deportes. Se señala también el desarrollo de los sistemas de entrenamiento y de competición a estos niveles. Evaluando el ciclo olímpico 92 al 96, de Barcelona a Atlanta, figuran en su informe estas observaciones: -«Existen diferencias en la evolución de los resultados según deportes, que van desde el progreso en algunos deportes a la regresión en otros». -«El número de los atletas/de los países, capaces de obtener medallas va en aumento. Existe un gran paralelismo entre el elevado ritmo de la mejora de los resultados y el aumento de la profesionalidad y comercialización. Actualmente sin una preparación de tipo profesional no es posible realizar prestaciones de nivel mundial». -«Los atletas de clase mundial realizan cada vez mas su preparación como una profesión, ^on profesionales en el sentido más amplio del término, y gracias a estructuras igualmente profesionales, del sistema competitivo y de entrenamiento del deporte por ellos practicado, les garantiza un entrenamiento eficaz y una organización de las competiciones orientada a prestaciones de alto nivel. En aquellos deportes caracterizados por un alto grado de internacionalidad y de comercialización, solo profesionales pueden crear nuevos criterios en la implantación y en la carga del entrenamiento». -«Las ventajas sobre todo sociales y financieras ligadas a la victoria, a la medalla, a los récord, a los resultados espectaculares, están siendo utilizadas aún mas que en el pasado como estímulo al éxito, especialmente por los atletas de los países en vía de desarrollo y de los países del ex-bloque oriental, siendo el resorte que desencadena una mayor disponibilidad agom'stica y al riesgo, ya sea competición o entrenamiento». -«Los desarrollos, de repente, de los resultados surgen como fondo de los efectos de los muy diversos sistemas de los controles antidopaje que son muy distintos entre deportes: -en lo que concierne al número de atletas afectados por ellos -el procedimiento empleado -los momentos de los controles durante el año, sobre todo de los controles por sorpresa durante el periodo entrenamiento. En estas condiciones se puede afirmar que actualmente no está garantizada la plena igualdad de oportunidades de los atletas que participan en la competición». -«En aquellos deportes en los cuales encontramos un ingreso precoz en la edad de los máximos resultados tienen ventajas aquellos países que han desviado en favor del entrenamiento un esfuerzo global representado por la escuela y el entrenamiento. Esta es también una condición que no garantiza ya la igualdad de oportunidades de los atletas que participan en estos deportes». -«Una de las tendencias mundiales más importantes que se pueden observar es el elevado grado de internacionalización de los sistemas de entrenamiento (...) se observa en países que tienen tradicionalmente un peso en el deporte de alto nivel (Francia, España, Suiza) pero también en estados con cotas mas elevadas de inmigración (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, etc.) donde se pueden observar notables esfuerzos hacia una transformación de la orientación de los sistemas de entrenamiento, que se basan, entre otras cosas, también en la utilización de entrenadores e investigadores de los países del ex-bloque oriental y sobre la asimilación de conocimientos de la ciencia del entrenamiento». Estas y otras «perlas» se encuentran en la primera parte del estudio del lAT de Leipzig. En su segunda parte, analizando los bajos resultados nacionales y sus causas, señala las siguientes: 1.-La falta de un continuo acceso de nuevas «quintas» de atletas del sector de «promesas» al sector de «primera línea». 2.-El excesivo retraso en la especificación de cuales son las tendencias internacionales de desarrollo con el consiguiente retraso en la reacción a ella del sistema de entrenamiento. 3.-Excesiva y prolongada fidelidad a los programas de entrenamiento existentes. 4.-Errores en la periodización del entrenamiento. 5.-Una valoración funcional (diagnosis del entrenamiento) que toma en consideración o parámetros no específicos para el deporte considerado o demasiado pocos parámetros llevando a conclusiones erróneas. 6.-Interés excesivo por las competiciones nacionales por parte de los clubes deportivos o de los propios atletas, que entra en conflicto con la concentración de preparación del equipo nacional. Creo que podemos suscribir el diagnóstico para nuestro país en todos los apartados. Limitándonos a nuestro objetivo, el entrenamiento y su evolución, los expertos de Leipzig, Dietrich Martin, Jürgen Krug, Manfred Reib y Klaus Rost, señalan como características de los modernos sistemas de entrenamiento y competición lo siguiente: Las tendencias más importantes en los sistemas de competición son: • El aumento del número de competiciones internacionales importantes. Que influye sobre la construcción de la prestación durante el entrenamiento anual y a largo término. • El creciente aumento del peso de la «comercialización» que refuerza tanto la aspiración a récord y a victoria como a resultados espectaculares por parte del atleta, por lo cual aumenta su disponibilidad a competir y a arriesgar, sobre todo en aquellos deportes que interesan mas a los medios de comunicación. • A esto se contrapone la evidente diversidad en lo que a eficacia se refiere entre los programas de competición del sector del deporte de elite y el juvenil. Esto en cuanto a la acción y la influencia de los sistemas de competición sobre los sistemas de entrenamiento ligadas a ellos. Tendencias más importantes en lo que a sistemas de entrenamiento se refiere. El aumento de la eficacia del entrenamiento mismo, es la consigna internacional según ellos, y añaden las siguientes tendencias: 1.-^Adaptación del entrenamiento al número creciente de competiciones, con consecuencias sobre la estructura de la prestación, sobre la de la carga y de la construcción del entrenamiento anual. 2.-^Ampliación de las particularidades del entrenamiento con cargas al limite de la capacidad individual de prestación, con consecuencias sobre la dinámica de la carga y la regeneración (trabajo-descanso). 3.-^Una orientación cada vez mayor del entrenamiento hacia las futuras exigencias de competición. Según lo cual se debe plantear el entrenamiento no sobre la exigencia del nivel actual de resultados internacionales, sino sobre aquellos previsibles en el futuro. 4.-^Aumento de los porcentajes de entrenamiento con el fin de garantizar la capacidad de carga, con el consiguiente empleo de métodos específicos e individualizados. 5.-Garantizar la eficacia del entrenamiento durante la construcción plurianual de la prestación, para lo cual los estímulos de la carga son fijados con arreglo al nivel creciente de adaptación. 6.-Utilización de las competiciones como medio principal para la formación de la prestación, con el consecuente aumento de los estímulos específicos de la carga. Los «arúspices» de Leipzig resumen esta parte de su informe señalando las condiciones para llegar al aumento de la eficacia del entrenamiento: Garantizar un elevado volumen de entrenamiento. Construcción de una «cadena operativa» sistemática en el sistema de competición y de entrenamiento. La primera no es ninguna novedad, veamos qué es la segunda. La «cadena operativa» «La "cadena operativa" del sistema de entrenamiento y de competición parte de las características, de la estrategia, de las soluciones técnicas, de la interpretación de las reglas, de la tecnología de los artefactos y de las causas que condicionan el entrenamiento de las prestaciones internacionales de punta, y de su tendencia de desarrollo. Los resultados internacionales de punta se presentan como prestaciones de estructura compleja. Cuanto más se consigue analizar esta estructura compleja, más exacto será el contenido de las informaciones sobre las condiciones que han permitido obtener estas prestaciones. Por este motivo, el análisis de las competiciones tiene como objetivo aportar un cuadro lo mas objetivo y referido posible de cuanto ha ocurrido realmente, del cual se puedan obtener, sobretodo, objetivos de entrenamiento a corto y largo plazo. Las actuales condiciones de objetividad y de cientificidad ofrecen la posibilidad de un análisis similar de las competiciones. Sigamos ahora con la «cadena operativa»: la concepción del entrenamiento, es decir, el esbozo del plano de entrenamiento ya constituye el programa de su realización, se obtiene de los objetivos, de las experiencias, de los índices internacionales obtenidos sobre el entrenamiento, de los modelos específicos de periodización y de las condiciones individuales y materiales generales, teniendo en cuenta las reglas fundamentales que determinan el entrenamiento. Llegado a este punto, la «cadena operativa» funciona en general sobre la base del alto nivel de experiencia de una comunidad de entrenadores muy evolucionada. Sin embargo, la segunda parte de la «cadena operativa» necesita que al lado de un entrenamiento directo de un entrenador haya un sistema de investigación que permita una interpretación científica aplicada, con orientación práctica, que hemos definido como «investigación sobre el entrenamiento y la competición que acompaña al proceso» (de entrenamiento y competición). Tal sistema de investigación requiere métodos de evaluación funcional con finalización específica, combinada con procedimientos de entrenamiento en centros dotados de instrumentos de medida, orientados según los criterios del modelo de la prestación de competición de nivel Bases científicas del entrenamiento deportivo internacional. Son importantes sobretodo la objetivación y la exigencia de «feedback». De cualquier modo, todo tipo de evaluación funcional, las innumerables medidas del lactato, los análisis de gran nivel, permitidas por las técnicas de videorregistración, son válidas solo parcialmente si, contemporáneamente, no se añaden análisis de las causas a través de las cuales se trata de individualizar cuales han sido las condiciones que han permitido que fuesen realizadas las prestaciones que han sido evaluadas. De hecho, solo los datos de la evaluación funcional sumados a los datos del entrenamiento realizado permiten obtener motivos objetivos que llevan a las decisiones sobre el entrenamiento. Este circuito regulador, necesario para tomar decisiones sobre el entrenamiento fundadas en datos objetivos, deberá realizarse a través de la segunda parte de la «cadena operativa»». Esta segunda parte, según ellos, consiste en que la toma de decisiones sobre el entrenamiento se base no solamente en los datos de la evaluación funcional, sino también teniendo en cuenta la referencia a las causas que han llevado al desarrollo de las prestaciones. A esta segunda parte de la «cadena operativa» lo llaman sistema consultores-entrenador y lo definen así: «el sistema «consultores-entrenador» es el punto de encuentro entre ciencia En el siglo XEK, un famoso fisiologo español, LETAMENDI, decía: «A la tal fisiologia humana, fáltale hombre, sóbrale rana». No es que a la ciencia del entrenamiento le falte hombre, pero tengo que decir que sin el hombre, no es casi nada. Un error frecuente de los entrenadores es que confiamos mas en nuestros métodos que en el hombre. No se puede matematizar el entrenamiento, este se basa en principios científicos, pero es un «arte», (menor, ¡por supuesto!), y debe ser modificado constantemente según necesidades del hombre al cual queremos entrenar. Existe un «emocionario» del entrenamiento. El «secreto» del entrenador y de su éxito está en encontrar personas que quieran conseguir algo. Los resultados deportivos depende sobre todo de tener un ideal. No existe el «atleta de diseño». La clave de todo es el deportista, y «su» participación en el entrenamiento. La individualización de la carga de entrenamiento ha sido siempre una de las mayores obsesiones de los investigadores de la teoría y práctica del entrenamiento. Pues bien, pese a todas los logros en este elemento, básico de la programación del entrenamiento, en mi opinión, la verdadera individualización solo el atleta la puede aportar. No se trata de volúmenes o intensidades, es la participación intelectual y volitiva del atleta, el «contenido emocional» de lo que hace, quien determina la calidad del estímulo de entrenamiento y su profundidad. El y solo él determina los limites humanos, ¡que tantas veces han tenido que ampliar los fisiólogos! Los límites humanos dependen de la voluntad del atleta, y según he leído al admirado CANDIDO, «la voluntad es la única potencia que el ser humano se puede dar a sí mismo». Mi experiencia me ha hecho constatar que los grandes atletas tienen todos la misma máxima: «¡COMO NO SABÍAN QUE ERA IMPOSIBLE, LO HICIERON!»... luego viene la ciencia y... corrobora que se puede hacer. Por último, unas palabras sobre el entrenador. Creo que es mas un artesano que un científico. Los métodos de entrenamiento no tienen la exactitud de las ciencias matemáticas. Una buena parte de lo que los técnicos hacen es discutible. Se puede decir que en su trabajo los técnicos deportivos deben proceder, necesariamente, por errores y aproximaciones. Siguen siendo intuitivos y empíricos. Maurice Genevoix en su novela «Vaincre à Olympie», describe así al «alipte» (equivalente griego del entrenador de atletismo actual) Antaeos, que hacia un viaje a través de Grecia buscando nuevos talentos, y que observaba a Euthymos, fiíturo campeón olímpico: «... una mirada más aguda que la flecha del arco. Hombre piadoso, artista, siempre tendiendo hacía lo divino, había reconocido en este hombre (Euthjnnos) el signo misterioso del héroe. Antaeos, peregrino por la fuerza de la edad, infatigable, paseaba su alforja a través de Grecia y las islas, en búsqueda de adolescentes nacidos bajo una estrella afortunada y que el favor de los dioses predestinase a la gloria olímpica»..... Y poco o nada ha cambiado. El alipte-entrenador hoy, sigue siendo básicamente un educador, pero ¡ay!... hoy lo educativo no se lleva, no tiene valor en la actual sociedad. ¡Olvidaba señalar el cambio más significativo, la alforja que hoy paseamos infatigablemente, es de plástico y lleva la inscripción ¡Melbourne 56!.
Comemos para reponer el desgaste diario de las estructuras corporales y pérdidas de reservas energéticas. Un deportista debe comer más que un sedentario, porque gasta más. La calidad nutricional debe tener las adecuadas proporciones de carbohidratos, proteínas y grasas, que irán acompañadas por vitaminas, minerales y fibra. El agua es el nutriente más importante y el deportista debe cuidar especialmente su rehidratación. El reparto de las comidas debe armonizarse con la actividad física, para evitar problemas digestivos. Cuanto más variada sea la dieta, más correcta será la reposición nutricional. Hay que comer de todo, aunque de unas cosas más que de otras. Si se come suficiente en cantidad y con la calidad adecuada, no hará falta tomar suplementos nutricionales. La alimentación sirve para reponer las pérdidas que la actividad diaria ocasiona en nuestro organismo. En los jóvenes en edad de crecimiento, sirve además para contribuir con los materiales necesarios para su desarrollo corporal. La composición del cuerpo humano de un hombre adulto de unos 70 Kg. de peso y que se encuentre en forma física normal, estará constituida mayoritariamente por unos 28 Kg. de músculo esquelético, unos 12 Kg. de tejido adiposo, unos 10 Kg. de esqueleto, cerca de 5 Kg. de piel, 1,8 Kg. que pesará el hígado, 1,4 Kg. el cerebro y alrededor de 325 gr. el corazón y los ríñones. Si esto lo traducimos ahora a macromoléculas, tendría alrededor de 43 kg. de agua (aproximadamente el 62%), algo menos de 12 kg. de proteínas (el 17%), unos 9,7 kg. de José María Odriozola Lino 154 grasa (casi el 14%), alrededor de 4,3 kg. de minerales (el 6,1%) y algo más de 1 kg. de carbohidratos (el 1,5%). De todo ello, puede llegar a perder, sin riesgo grave para su salud, hasta un 10% de agua, hasta un 30% del contenido mineral del esqueleto, unos 2 kg. de proteínas, unos 200-300 grs de carbohidratos (de sus reservas de glucógeno) y prácticamente todos sus depósitos grasos, salvo aproximadamente 1 kg. que resulta esencial para las estructuras corporales. Por tanto, diariamente comemos para mantener nuestra capacidad vital, regenerar las estructuras degradadas y realmacenar las reservas energéticas. Para que la alimentación resulte adecuada a los requerimientos de cada persona, hay que tener en cuenta la cantidad total de energía que gasta diariamente, la calidad nutricional de los componentes de los alimentos y como repartimos todo ello en las varias comidas o ingestiones de alimentos a lo largo del día. En cuanto a las diferencias que puede haber entre la alimentación de un deportista y una persona sedentaria equivalente, existen sobre todo a nivel de la cantidad de energía (kilocalorías) que debe ingerir diariamente: como gasta mucho más tiene que comer mucho más. En la calidad, no debe haber grandes diferencias en relación con una persona sedentaria, pero que coma de forma adecuada y equilibrada. El reparto de comidas le acarrea al deportista el problema de compatibilizar digestión y entrenamientos o competiciones: no se puede hacer esfuerzos de una cierta intensidad con el estómago lleno. Para la calidad de la alimentación, hay que tener en cuenta que los alimentos son todos mezclas de nutrientes energéticos y no energéticos. Los primeros son los que pueden proporcionar kilocalorías al ser degradados en nuestro organismo: son las proteínas, los azúcares o carbohidratos y los lípidos o grasas. Los no energéticos son necesarios para que el organismo funcione correctamente, pero no proporcionan kilocalorías: son el agua, las vitaminas, los minerales y la fibra. El deportista debe reponer diariamente tantas kilocalorías como consume con sus actividades vitales y deportivas, ni más ni menos. Si come menos, podrá sufrir problemas de desnutrición que pueden ocasionar patologías. Si come de más, acumulará grasa innecesaria y el exceso de peso le acarreará pérdida de capacidad física. Para controlar una correcta ingesta de alimentos en lo relativo a la cantidad, el deportista debe mantener un peso relativamente constante y unas medidas antropométricas determinadas. La calidad de la alimentación vendrá establecida por los porcentajes de kilocalorías que aporten los nutrientes energéticos. Si estos son La nutrición en el deportista correctos, el aporte en nutrientes no energéticos también será correcto, siempre que el deportista se hidrate adecuadamente. Para establecer esos porcentajes de aporte calórico entre proteínas, azúcares y grasas, hay que tener en cuenta algunos hechos. En primer lugar, el valor calórico de cada tipo de macromolécula energética: 1 gr de proteínas aporta 4 kilocalorías, lo mismo que 1 gramo de azúcares, mientras que las grasas aportan 9 kilocalorías por gramo. Por otro lado, las proteínas no se almacenan en el organismo como material energético de reserva, cosa que si es posible con las grasas y los azúcares. Pero mientras las primeras pueden acumularse de forma casi ilimitada, los azúcares solo se almacenan en forma de glucógeno, en músculos e hígado y de forma muy limitada, por hacerlo hidratados y ocupar mucho volumen. Teniendo en cuenta todo ello y la propia estructura de esas macromoléculas energéticas, el porcentaje de aporte calórico al total de la ingesta diaria, deben proporcionarlo las proteínas en un 15 ± 3%, los carbohidratos en un 55-60% y las grasas el resto, siempre a ser posible menos del 30% Metabolismo de las proteínas. ¿Es necesaria una sobrealimentación proteica en los deportistas? Las proteínas son unas macromoleculas que forman parte de las estructuras corporales, permitiendo que nuestro organismo realice un gran numero de funciones. Las hay formando parte inherente a la morfología celular y otras que pueden moverse a lo largo de nuestro cuerpo. Además pueden tras degradarse, producir calorías (como se ha dicho, aproximadamente 4 Kcalorías por gramo), aunque no se almacenan como reserva energética. Deben constituir en un deportista, el segundo componente mayoritario de nuestro cuerpo, después del agua, en porcentajes que variaran según el sexo, la talla la edad, etc., pero que pueden llegar a estar cerca del 20% del total corporal. Otra característica de las proteínas es que tienen una vida media funcional bastante corta, en general. Por ello, se utilizan y se degradan con gran rapidez. Existe un continuo recambio proteico en el cuerpo humano, es decir gran parte de las proteínas que lo forman se desnaturalizan tras actuar un determinado numero de veces, y deben sintetizarse de nuevo inmediatamente, para mantener nuestra capacidad vital. 156 Diariamente recambiamos la mayoría de las proteínas y por suerte unas 3/4 partes de los componentes ( los aminoácidos ) de sus largas cadenas polipeptídicas, se reciclan, reutilizándose de nuevo para construir nuevas cadenas. Pero el otro 25% de los aminoácidos son metabolizados a otras moléculas nitrogenadas necesarias en el organismo (bases púricas y pirimidinicas, poliaminas biogenas ) o son excretadas en forma de urea. El esqueleto carbonado de esos aminoácidos se utiliza como material convertible en calorías y es oxidado casi totalmente con ese fin. Por tanto, necesitamos reponer diariamente un 25% de las necesidades proteicas de nuestro cuerpo, que nos permitan refabricar todas las proteínas que lo constituyen. Como no se pueden almacenar, esa será la cantidad suficiente y necesaria, pero como hemos dicho variable en cada persona, según su somatotipo, pero también según su actividad vital. Como referencia inicial, se admite que un adulto, debe ingerir entre 0.8 y 1.0 gramos de proteína pura y de valor biológico 100, por Kgr. de su peso corporal. Con eso se mantendría el balance de nitrógeno equilibrado, cuya única fuente en los alimentos la constituyen las proteínas, y que es fundamental para el mantenimiento de la composición corporal de las mismas. Es decir, una persona de 70 Kgrs. de peso, necesitaría entre 60 y 70 grs. de proteínas en su dieta diaria. Como los alimentos tienen distinto % de estas macromoleculas en su contenido (la carne o las lentejas alrededor del 25%), es por lo que se habla de proteína pura. Lo del valor biológico viene condicionado porque no todas las proteínas contienen al 100 por 100, los llamados aminoácidos esenciales (la mitad de los veinte que forman todas las cadenas polipeptídicas y que no pueden ser fabricados endógenamente por el organismo, por lo que deben ser ingeridos necesariamente en la dieta). Se toma el huevo de gallina, como referencia para el valor biológico 100 y en general todas las proteínas de origen animal lo tienen. Pero no así las de origen vegetal, mas sanas porque los alimentos que las contienen tienen menos grasas, pero insuficientes en si mismas para proveer de todos los aminoácidos necesarios para una correcta reposición proteica. Un vegetariano estricto (veganista) tendría que mezclar hábilmente distintos tipos de vegetales en sus comidas, para compensar la falta de esos aminoácidos esenciales en unos con la presencia en otros (por ej. frijoles con arroz). Volviendo a esas cifras de referencia, 0.8-1.0 grs. por Kg. de peso corporal, equivaldrían en general al 15% del total de las calorías ingeridas diariamente por una persona. Un deportista, como gasta mucha La nutrición en el deportista energía con el ejercicio, necesita comer mas. Puede llegar a duplicar o triplicar, lo que su metabolismo basal gastaría para mantener su vitalidad corporal. Por tanto, al comer mas, el deportista si mantiene ese 15% del equivalente calórico que aportan las proteínas, ya está ingiriendo mas que ese 0.8-1.0 gr. por Kg. mencionado. En el caso de dietas hipercalóricas, habría que rebajar ese 15% en un aproximadamente 3% (al 12%) al igual que en las hipocalóricas habría que subirlo en igual % (al 18%). Es cierto por otro lado, que el deportista necesita mayor cantidad de proteínas que una persona sedentaria equivalente, para poder mantener su capacidad de reconstrucción de las estructuras proteicas degradadas diariamente. Y ello, sencillamente, porque las utiliza mas y acorta su tiempo de recambio. Es decir destruye mas proteínas al entrenar y debe fabricarlas de nuevo. Provoca con ello un incremento en la excreción de nitrógeno, que habrá que compensar con una mayor ingesta. A «desgaste» proteínas estructurales A': por A de actividad física A conversión calorías (del 5-15% dei total calórico producido) A": por A ganancia estructuras proteicas (efecto «rebote» del entrenamiento) Hay que diferenciar entre distintos tipos de especialidades deportivas. En deportes de fuerza, donde hay sobre todo una hipertrofia muscular, como consecuencia del aumento de proteínas contráctiles, se calcula que será necesario tomar entre 1.5 y 2.0 grs. por Kg. de peso corporal, diariamente. Es decir, hasta el doble de lo normal, en una persona sedentaria. En deportes de resistencia, donde el incremento es más orientado al aumento de la dotación de sistemas enzimáticos y transportadores, será necesario tomar entre 1.2 y 1.5 grs. de proteínas por Kg. de peso corporal. Todo lo que exceda de esas cantidades, no provocará una mejora en el rendimiento del deportista, puesto que al no poder almacenarse, deberán ser excretadas o metabolizadas a otras moléculas y ello es costoso y nada conveniente para el organismo. Parte del exceso puede convertirse en grasas que se almacenarán de forma innecesaria. Además pueden provocar incremento de ácido úrico en sangre, desmineralización del esqueleto, deshidr at ación etc. Por tanto, no hay que suplementarse con proteínas o aminoácidos sintéticos, si no hay déficit en su ingesta dietaria. Si faltan en cantidad suficiente, no podremos regenerar las estructuras degradadas y perderemos capacidad física. Eso sucede a veces cuando se hacen dietas de adelgazamiento, a la vez que se sigue La nutrición en el deportista entrenando. Se pierde antes glucógeno, agua y proteínas que grasas. Pero un exceso de proteínas sobre lo necesario no es positivo y es insalubre. Contenido idóneo de carbohidratos en la dieta del deportista Por las razones ya comentadas, el almacenamiento de glucógeno en el organismo es limitado a unos cuantos cientos de gramos entre el hígado y el músculo esquelético. Como es el combustible metabólico más usado por los deportistas, las reservas corporales se vacían total o parcialmente a diario. Por ello habrá que asegurarse de reponerlas ingiriendo azúcares complejos, para evitar un agotamiento prematuro al hacer ejercicio, por falta de glucógeno. Ello es lo que justifica que casi 2/3 de las calorías que tomamos con los alimentos, deben ser carbohidratos. Como no todos los carbohidratos se absorben con igual rapidez, tenemos que distinguir entre sus índices glucémicos (Tabla 1). Estos definen la velocidad con que cambian la glucemia sanguínea (concentración de azúcares en sangre) al ser absorbidos, parámetro que el organismo debe mantener siempre lo más constante posible para evitar hiper o hipoglucemias, de consecuencias fatales. Los llamados simples, son los de alto índice glucénüco (glucosa, sacarosa), que son rápidamente absorbidos. Los complejos, son los de bajo o medio índice glucémico (almidón), que son los idóneos para ser convertidos en glucógeno al ser asimilados. Un exceso de azúcares simples, puede contribuir a un incremento de las reservas grasas, en forma de triglicéridos,. en el tejido adiposo. El índice glucémico de un azúcar natural puede modificarse a la alza con la maduración (caso de muchas firutas) y con la cocción (caso de la pasta, el arroz, etc.). De una manera práctica, debemos pensar que en la dieta diaria del deportista, debe haber al menos 5 gramos de carbohidratos (de los que el 90% deben ser complejos), por kilogramo de peso corporal. Si se pretende hacer la dieta de supercompensación de carbohidratos, para incrementar hasta el máximo posible las reservas de glucógeno, previamente a esfuerzos largos, continuados e intensos, se puede incrementar esa cantidad diaria hasta 7-8 gramos por kilogramo de peso corporal. Hay que beber mucha agua a la vez, porque el glucógeno se almacena totalmente hidratado (3 mi. de agua por cada gramo de glucógeno). Con ello se pueden llegar a duplicar las José María Odriozola Lino 160 reservas normales y retrasar la aparición de la fatiga en esos esfuerzos prolongados (de más de 90 minutos). La toma de azúcares, en los momentos previos a una competición o entrenamiento, no es claramente recomendable. En muchas personas y según las circunstancias (hora del ejercicio, ingesta alimentaria anterior) puede ser contraproducente al provocar lo que se denomina un «rebote insulínico», que podría ocasionar hipoglucemia durante el ejercicio. Por ello, de tomar azúcares en la hora anterior al comienzo del ejercicio, deben ser de los del tipo complejo (de índice glucémico bajo) para minimizar la secreción de insulina. Si durante el calentamiento previo a la prueba, se ingieren bebidas para mantener la hidratación corporal de forma adecuada, se pueden incluir azúcares de alto índice glucémico, para compensar el gasto producido por esos ejercicios de calentamiento. Ya no habrá secreción insulínica, pues ésta se interrumpe al hacer ejercicio. Para asegurarnos este importante aporte de carbohidratos en nuestra dieta diaria, debemos incluir la ingesta diaria de cereales y frutas, así como de algunas raciones de verduras, legumbres, pasta o arroz en las comidas. Las grasas en la dieta del deportista Como ya se ha dicho, su aporte calórico no debe sobrepasar el 30% del total. En general, las grasas incrementan la palatibilidad de las comidas y no se trata tampoco de intentar eliminarlas totalmente de los alimentos que ingerimos. Hay que tener cuidado con los alimentos que usamos para cocinar o condimentar. Añadimos con frecuencia grasas animales, aceites o salsas de alto contenido lipidico (mahonesas por ejemplo) a casi todo. Ello es lo que puede subir ese porcentaje diario que no es deseable en el deportista, por innecesario nutricionalmente y porque contribuye a un peso excesivo de materia grasa que hace de lastre para la actividad física. Como ya hemos comentado, también un exceso de azúcares simples o proteínas, puede ocasionar un aumento de las reservas grasas en el tejido adiposo. Un deportista debe intentar mantener unos índices de grasa corporal, por debajo del 12% en hombres y del 15% en mujeres. Hay especialidades deportivas en que eso se reduce a la mitad (maratonianos, esquiadores de fondo, ciclistas de ruta), sin ningún menoscabo de su capacidad física. Desde el punto de vista nutricional, solo necesitamos asegurar una ingesta diaria de dos ácidos grasos esenciales (no fabricables por el organismo) que son el linoleico y el linolénico, precursores del araquidónico y éste de las prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos, de gran importancia en la buena funcionalidad de nuestro cuerpo. Las cantidades que se necesitan son muy pequeñas y se consiguen cc|n una alimentación correcta. Hay que evitar el exceso de grasas saturadas (no más del 10% del total lipidico) y de colesterol, como en cualquier persona que coma de forma adecuada para su salud. Las mejores son los aceites con grasas monoinsaturadas (de oliva por ejemplo) que favorecen la circulación sanguínea. La rehidratación del deportista El agua es el principal componente del cuerpo humano, pues aporta entre el 60 y 65% del peso de un adulto, en condiciones físicas normales. Ello da idea de la importancia de mantener nuestro organismo perfectamente hidratado. Como diariamente perdemos varios litros de agua debido a la sudoración, la respiración, la orina y las heces fecales, debemos beber para reponerla y evitar problemas de mal funcionamiento de los sistemas corporales. Un deportista tiene todas esas vías de deshidratación incrementadas, debido al ejercicio diario y por ello debe beber mucho más que una persona sedentaria. Y debe hacerlo aunque no tenga sed, puesto que esta sensación, controlada desde el hipotálamo, solo se dispara cuando ya estamos algo deshidratados (eliminado el líquido que equivale a aproximadamente el 1% del peso corporal). Sin embargo, las pérdidas de agua de nuestro cuerpo pueden ser tan elevadas al hacer ejercicio (hasta 1,5-2 litros por hora), que su reposición resulta difícil y solo podrá compensarse parte de las mismas. Por ello es fundamental comenzar los entrenamientos y competiciones perfectamente hidratados y beber desde el comienzo del esfuerzo, a intervalos adecuados y en cantidad suficiente. Si no lo hacemos, iremos perdiendo capacidad física que se traducirá en calambres musculares, tras pérdidas de los fluidos internos que equivalen al 2-3% del peso corporal. Si la deshidratación aumenta por encima del 8%, se podría producir incluso una muerte súbita por un «golpe de calor» (la temperatura corporal sube por encima de los 42° C) o por un «agotamiento por calor» (la temperatura baja a menos de 35° C). Para evitar esos problemas, hay que beber agua sola o con adecuados tipos de solutos, antes, durante y después de hacer ejercicio. Sobre todo cuando el ejercicio es intenso y continuo durante más de 30 a 45 minutos, o incluso de menor intensidad, pero se hace durante más de 90 minutos. Como pauta de conducta adecuada, se recomienda ingerir 1 mililitro de agua por cada kilocaloría de energía ingerida con los alimentos La nutrición en el deportista sólidos, cada día. Estos contienen también agua (aproximadamente la mitad de su contenido), por lo que tendremos que bebemos el resto, en forma líquida. Cuando se va a hacer un esfuerzo de las características comentadas, conviene beber previamente e incluso durante el calentamiento de las competiciones entre 300 y 500 mi de agua, conteniendo entre 60 y 80 gramos de azúcares. Cuanto más cerca del comienzo de la carrera, mejor (hasta 5-15 minutos antes) para evitar la necesidad de orinar y el posible efecto «rebote» de hipoglucemia debido a la secreción de insulina. Durante el ejercicio, siempre las pérdidas serán mayores que las posibles reposiciones. Pero para minimizar la deshidratación, hay que beber cada 15 -20 minutos unos 250 -300 mi de bebidas hipotónicas, para facilitar su rápida absorción intestinal, más lenta cuanto más intenso sea el ejercicio. El agua puede llevar entre 40 y 80 gramos de una mezcla al 50% de glucosa y fructosa, con entre 0,4 y 1,2 gramos de sodio (que facilita la absorción de los azúcares), todo por litro de líquido. Debe ser fresca y sin carbonatación (burbujas). Tbdo esto es lo recomendable de forma estándar. Pero cada corredor debe probar lo que le va mejor, pues hay variaciones según la capacidad de absorción de cada uno. Hay que probarlo en entrenamientos y practicar la forma de beberlo, mejor de golpe y no a sorbitos, para facilitar su más rápida absorción y evitar «tragar» mucho aire que puede acabar produciendo flato. En invierno, con frío, pueden tomarse bebidas templadas o incluso calientes, con mayor contenido en azúcares (maltodextrinas o almidón soluble), pues la urgencia de la hidratación no es tan grande. Al terminar el ejercicio hay que reponer líquidos lo más rápidamente posible y durante mucho tiempo. A veces, tras un maratón, por ejemplo, cuesta hasta 24 horas el que el cuerpo vuelva a sus niveles óptimos de contenido acuoso. Mientras la orina no sea incolora, hay que seguir bebiendo, porque es síntoma de deshidratación. Cualquier tipo de bebida es válido (zumos de fruta, bebidas refrescantes, agua con azúcares) salvo si contienen alcohol. La cerveza es para disfrutarla, no para rehidratarse, pues es diurética y produce la necesidad de orinar con frecuencia y por tanto perdemos más líquido. Un deportista debe estar siempre correctamente hidratado. Es el aspecto más importante de nuestra nutrición y a veces el más descuidado. Hay que beber siempre, agua por supuesto, aunque no se tenga sed. El cuerpo lo agradecerá y se harán mejores marcas. Ingesta de minerales en el deportista » Los minerales no pueden ser generados por el propio cuerpo y por tanto hay que reponer diariamente las pérdidas que en el mismo ocasiona la actividad vital. Excretamos ciertas cantidades de minerales y si no son compensadas no podemos rendir al máximo o incluso se ocasionarán patologías. Sin embargo las dosis diarias de estos oligoelementos que deben ser ingeridos formando parte de los alimentos son pequeñas, aunque algunos se absorben a través del intestino de forma poco eficaz. Por ello necesitamos solo algunos gramos diarios de electrolitos o sales como sodio, potasio, calcio, magnesio y cloro, además del fósforo, para que todas las pérdidas queden compensadas. De otros tan importantes como el hierro, el zinc o el cobre, solo nos harán falta miligramos, y del resto como el cromo, el selenio, el flúor o el boro solo microgramos. Sin embargo, aunque parezcan por estos bajos niveles de reposición, que debe resultar fácil evitar posibles déficits con una alimentación sana y equilibrada, hay con frecuencia en los atletas, problemas ocasionados por la falta de suficiente entrada en el organismo de hierro y calcio. Esto puede provocar patologías que pondrían en peligro la capacidad física del atleta como anemias y osteoporosis, respectivamente. La causa fundamental es la falta de suficiente contenido de esos minerales en la dieta del deportista, el incremento de excreción de los mismos, como consecuencia del ejercicio o de otros factores, y dificultades en la absorción a través del intestino. HIERRO: Aunque el cuerpo de un adulto sólo contenga entre 3 y 5 gramos de hierro en total, su importancia en multitud de rutas metabólicas hace que pequeños déficits en su disponibilidad afecten a funciones vitales, como el transporte de oxígeno en la sangre o la obtención de energía en el músculo. Tenemos para evitarlo reservas de hierro en depósitos profundos unidos a proteínas como la ferritina o la hemosiderína. Estas ceden parte de esas reservas cuando por falta de reposición dietaria, baja la cantidad de hierro disponible para la hemoglobina de los glóbulos rojos y se produce anemia, con la consiguiente pérdida de capacidad aeròbica. Pero esa generosa compensación acaba rebajando esos depósitos, que ocasionan un déficit de hierro que afecta a muchas enzimas necesarias para el metabolismo energético muscular. Eso se puede detectar por el test de ferritina, que «refleja» los contenidos de los depósitos profundos. Para evitar todos estos posibles problemas, bastará con asegurarse una correcta ingestión de hierro (800 miligramos en hombres, La nutrición en el deportista casi el doble en mujeres con menstruación) contenido en muchos alimentos como carnes, pescados, legumbres, verduras de hoja oscura... El alimento con mayor porcentaje de hierro es la morcilla, que contiene sangre de cerdo, con su hemoglobina correspondiente. Si por los análisis de sangre que periódicamente (pero sin exagerar) se le deben hacer a un deportista, se comprueba que tiene tendencia a estar bajo de hemoglobina o ferritina sérica, en determinadas épocas del año (por mayor volumen de entrenamiento por ejemplo) se le pueden administrar, por vía oral, suplementos de hierro, siempre bajo prescripción facultativa. El automedicarse es peligroso, porque el exceso de hierro produce como mínimo estreñimiento, puede evitar la correcta absorción de otros minerales de la dieta (zinc, cobre) y en algunas personas provocar hemocromatósis (depósitos exagerados de hierro en el hígado y otros órganos vitales) que es mortal a corto plazo. CALCIO: es el mineral más abundante en nuestro cuerpo, porque forma parte con el fósforo del componente mayoritario del esqueleto. Pero además tiene otras muchas funciones como regulador metabólico y sus niveles en el organismo son controlados de forma muy ajustada, pues pequeños déficits pueden provocar fallos en su funcionalidad. La contracción muscular, por ejemplo, necesita calcio para poder llevarse a cabo. El esqueleto es como un gran reservorio de calcio, y si éste no entra con los alimentos en suficiente cantidad diaria, cede parte de su contenido para que el organismo pueda funcionar correctamente. Pero debido a esto se desmineraliza, se llena de burbujas de aire y se hace más frágil (osteoporosis, poros en los huesos). El atleta corre el riesgo de una fisura o fractura de esfuerzo, que exigirá un descanso total de semanas para reponerse, además de una suplementación de calcio, igualmente por vía oral. El tomar al día el equivalente a tres vasos de leche (desnatada es más saludable), es suficiente para aportar el calcio que nuestro cuerpo necesita para reponer las pérdidas diarias. La suplementación innecesaria de minerales no mejora la capacidad física del atleta y puede ocasionarle problemas secundarios en su metabolismo. Por tanto no hacerlo por rutina, solo si los análisis de los niveles corporales lo hacen recomendable para evitar déficits detectados. Las vitaminas en la dieta del deportista Las vitaminas, al igual que los minerales, son componentes nutricionales de los alimentos, que no aportan calorías para el gasto José María Odriozola Lino 166 energético pero son fundamentales para su producción. Son el equivalente al aceite para un motor, que no sirve para su función de producir un trabajo mecánico, pero cuya falta lo dejaría sin lubricación y se griparia. El organismo humano no es capaz de fabricar las vitaminas y por tanto deben tomarse necesariamente en la dieta, diariamente, pero en cantidades pequeñas. Su misión a nivel del metabolismo corporal es actuar de co-catalizadores, es decir ayndar a que las reacciones metabólicas catalizadas por las enzimas, se lleven a cabo de forma rápida y correcta. Si faltan, se produce avitaminosis y muchas reacciones se llevan a cabo lentamente o incluso no se hacen. Ello ocasiona perdida de eficacia de las funciones corporales o incluso patologías. En una dieta suficiente en cantidad en relación con lo que gasta el organismo y con la adecuada calidad nutricional, no deben producirse déficits vitamínicos. Las vitaminas no se consumen durante las reacciones en las que actúan, pero si se van «desgastando» por el uso y se acaban degradando. Por ello hay que reponerlas a diario. Un deportista «desgasta» mas vitaminas que un sedentario, porque las usa mas, en su incrementado metabolismo energético. Pero como ingiere mas alimentos para compensar ese mayor gasto calórico producido por el ejercicio, ya estará tomando también mas vitaminas naturales. Es por tanto difícil que se produzca un déficit vitamínico, salvo que la calidad de la comida, es decir las debidas proporciones de proteínas, carbohidratos y grasas no sea la correcta, o que estos se procesen, cocinen o se tomen de forma que se destruyan las vitaminas que contienen. Por tanto, el deportista no debería necesitar una suplementación vitamínica, si mantiene unos hábitos nutricionales adecuados, aunque gaste mas. Esa suplementación cuando es innecesaria, no solo no aumenta su capacidad física, sino que puede producirle algunos efectos secundarios negativos para su salud. Lo que en determinadas cantidades es bueno, en cantidades grandes (megadosis) es insalubre. Por tanto, la suplementación rutinaria no es recomendable, ni siquiera por el efecto «placebo» que puede originar. El termino «vitamina» lo inventó el polaco Casimir Funk en 1912, cuando estudiaba los efectos de la vitamina antiberibérica (Bl), porque era una amina químicamente y daba vida (vita). Las 13 vitaminas La nutrición en el deportista especificas para humanos que hoy día se conocen, las clasificamos en dos grupos según su solubilidad, que refleja ciertas analogías estructurales: liposolubles (la A, D, E y K) e hidrosolubles (las del complejo B y la C). Nuestro organismo puede sintetizar algunas (niacina, K y D) pero no en cantidades suficientes, por lo que deben ingerirse diariamente con los alimentos. Se recomiendan unas cantidades diarias estándar (RDA) fijadas según los conocimientos científicos actuales, necesarias para que las personas sanas y adultas mantengan su organismo fimcionando correctamente. Pero habrá que tener en cuenta consideraciones individuales, de edad, sexo, actividad física, hábitos nutricionales o de consumo (tabaco, alcohol, grasas) así como la capacidad de absorción en el intestino de cada persona. En cualquier caso, las cantidades medias que deben tomarse están en la tabla 2, y representan lo óptimo para evitar carencias en adultos. Para prevenir otras malñmciones de nuestro cuerpo, quizás habría que aumentarlas y de eso hablaremos luego. También conviene recordar que las vitaminas tienen efectos sinergisticos (acumulativos) entre ellas y con muchos minerales, de manera que tomadas juntas tienen mas capacidad fimcional que individualmente. Vitaminas y radicales libres Además de la función que como ayudantes de las enzimas llevan a cabo las vitaminas en nuestro cuerpo, tienen varias de ellas un efecto antioxidante en las células humanas que es vital para defendernos de los radicales libres. Estos son especies químicas con electrones desparejados en su orbital exterior, que les dan una reactividad muy grande. Si no son bloqueados rápidamente, destruyen las membranas celulares provocando gran numero de patologías, entre ellas cáncer, demencia senil, diabetes, trombosis, cataratas, cirrosis y reumatismo. Los radicales libres se producen internamente en nuestro organismo. Son como radiaciones que durante fracciones de segundo, unas 10000 veces al día, atacan las células. Por ello deben ser cotrarrestadas inmediatamente con antioxidantes, que bloqueen esos superoxides, peróxidos hidróxilos u oxigenes simples, para evitar su ataque a distintas estructuras celulares. Hay factores internos que incrementan su producción como el propio metabolismo energético. Un deportista tiene por ello aumentada la generación diaria de radicales libres de oxígeno, en función del consumo máximo de oxigeno así como de la duración e intensidad del ejercicio. Pero también tiene aumentadas sus defensas naturales por una adaptación metabólica al propio ejercicio: mas enzimas como la superoxide dismutasa, la glutation peroxidasa o la catalasa e incluso de ácido úrico que también es antioxidante. El uso indiscriminado e innecesario de medicinas también puede aumentar la formación de radicales libres. Por ello debemos asegurar la toma de vitaminas antioxidantes en la dieta, para bloquear su acción destructiva. Las más importantes son las A, E y C, además de los precursores de la A, los Carotenos y de los minerales Selenio y Zinc. Todos ellos tienen un efecto sinergistico entre si. Una dieta equilibrada y abundante, debería satisfacer plenamente todas estas necesidades en vitaminas y minerales. Pero hay circunstancias que pueden incrementar los requerimientos de antioxidantes como el hecho de ser fumador, alcohólico, tomar mucho café, los antibióticos o vivir en ambientes muy polucionados, sobre todo con restos de productos químicos industriales. También el propio ejercicio físico, como hemos dicho, puede provocar la necesidad de un mayor aporte de estos antioxidantes. Pero al comer más porque gastamos más calorías, siempre que esa dieta sea variada y correcta, lo conseguiremos. Si necesitáramos suplementación artificial, hay que tener en cuenta que las megadosis de vitaminas pueden llegar a ser tóxicas. La nutrición en el deportista Cantidades de más de 10 veces las RDAs para las liposolubles y de más de 50 veces las RDAs para las hidrosolubles, son peligrosas. Hay también que tener en cuenta que las vitaminas en general, sobre todo las hidrosolubles, son sensibles al calor, por lo que la preparación de las comidas destruye muchas de sus propiedades. También la luz o el contacto con el aire (como cuando exprimimos frutas para zumos) las afectan, rebajando su efectividad. El procesamiento de cereales y otros alimentos, elimina muchas vitaminas del complejo B, que luego se suelen añadir en las preparaciones comerciales. Por tanto, para contrarrestar el efecto de los radicales libres y rebajar su generación, hay que evitar las calorías innecesarias y las sustancias que favorecen su producción (alcohol, tabaco, polución química ambiental, grasas poliinsaturadas en exceso). Además se debe tomar una dieta variada, equilibrada y que cubra nuestras necesidades energéticas y si fuera necesario, bajo prescripción medica, suplementaria con antioxidantes vitamínicos y minerales. En la tabla 3 damos unas orientaciones que faciliten conocer si nuestra alimentación es la correcta para mantenernos sanos y con nuestras defensas naturales en buena forma. Alimentos con abundancia de vitaminas hidrosolubles: Fruta fresca, verduras, tubérculos, carne y productos lácteos. Alimentos con abundancia de vitaminas liposolubles: Verduras, aceites vegetales, legumbres, carnes, algunos pescados y huevos. Alimentos que contienen antioxidantes: A: frutas, verduras, clara de huevo, pescado, queso. E: aceites vegetales, trigo integral, brocoli, almendras, salmón. C: frutas y verduras (crudas y frescas) Selenio: carne(riñones e hígado), pescado, ajos. Zinc: carnes, cereales integrales, legumbres, ostras. Consejos generales para que la dieta sea adecuada Las comidas deben repartirse de forma que no interfiera la digestión con la actividad física. En general, desayuno abundante (un 25% del total calórico diario) y una comida equilibrada con la cena, servirán como modelo a seguir. La comida de precompetición, ligera, con ingredientes conocidos y que no tenga muchas grasas, proteínas y ali-
Cuando se buscan los límites en la capacidad física de los humanos, toda mejora lleva implícita la optimización del funcionamiento del organismo. Para conseguirla se recurre a ayudas ergogénicas, aunque muchas de las utilizadas no se ha probado científicamente que consigan el efecto deseado. Además las hay permitidas y prohibidas (dopantes), saludables e insalubres. Con arreglo a sus efectos las podemos agrupar en nutricionales y no nutricionales. Entre las primeras, estarían todos los suplementos dietarios, tales como vitaminas, minerales, bebidas y nutrientes energéticos. Entre las segundas, las ayudas mecánicas, psicológicas, fisiológicas y farmacológicas. Estas últimas incluyen el amplio grupo de sustancias prohibidas, que constituyen dopaje. Las ayudas ergogénicas hacen más efecto, en general, a los deportistas recreacionales que a la élite y en todo caso la respuesta es siempre individual. Para llegar a la elite en cualquier deporte, hacen falta normalmente muchos años de dedicación y constancia en los entrenamientos, además de unas facultades innatas adecuadas. Los deportistas intentan alcanzar el máximo rendimiento de sus condiciones físicas y adaptar metabolicamente su organismo para conseguirlo. Estos procesos anatómicofisiológicos son lentos de desarrollar y pueden sufrir interrupciones involuntarias debidas a errores en la metodología seguida o a lesiones o enfermedades imprevistas. Por otro lado, la mayo"r profesionalización de los deportistas, con grandes premios económicos y posibilidades de 172 José María Odriozola Lino mejora social como estímulos, hacen que las metas a alcanzar sean mas apetecibles y se caiga en la tentación de que el fin justifique todos los medios, lícitos o no, para conseguirlo. La llamada preparación biológica o farmacológica del deportista puede tener entonces dos facetas: contribuir de forma sensata y legal a que los atletas complementen adecuadamente sus entrenamientos para obtener un mejor rendimiento, añadiendo a su alimentación productos necesarios para mantener el alto ritmo metabólico inherente a esa dedicación de su organismo al esfuerzo físico, o intentar «atajos» para llegar en menos tiempo a la elite deportiva, con tratamientos farmacológicos o métodos artificiales prohibidos que mejoren su capacidad de alcanzar un mayor rendimiento físico. En ambas entra de lleno la ergogenia. ¿Qué es la ergogenia? Este vocablo viene de las palabras griegas, ergon = trabajo y gennan = producción, es decir engloba todo lo relacionado con los mecanismos de producción de trabajo físico. Por ello, dentro de a3aidas ergogénicas se pueden incluir todas aquellas sustancias, métodos, fármacos, equipamientos, máquinas, etc., que contribuyan a mejorar la capacidad innata para la producción o generación de trabajo físico por el organismo, generalmente de un deportista. La primera y mas obvia es la que se obtiene como consecuencia del entrenamiento, que mejora las condiciones naturales heredadas por cada persona, siempre que sea adecuado y que vaya acompañado de una nutrición sana y equilibrada y un descanso reparador suficiente. Pero existen otras ayudas para lograr esas superaciones por métodos mas artificiales y casi nunca recomendables. Sustancias que se dice pueden influir en la obtención o el ahorro de la energía necesaria para lograr mejores resultados deportivos. De muchas de ellas, la comunidad científica aun duda de su eficacia real para obtener ese objetivo y en cualquier caso no hay que olvidar la individualidad de cada persona, que condiciona que lo que a unos pueda sentar bien, a otros no les afecte o lo haga negativamente. Además se sabe que cuanto mas adaptado metabòlicamente esté el cuerpo de un deportista a un determinado tipo de esfuerzo, menor será el posible efecto ergogénico de cualquier sustancia sobre él. Ayudas ergogénicas en el deporte ¿Qué efectos se buscan con las ayudas ergogénicas? De forma global, un aumento en la capacidad física de la persona y por tanto una mejora en su potencial para competir en cualquier deporte. Ello se puede conseguir fundamentalmente por tres vías: optimizando su capacidad de producir energía metabolicamente, incrementando la capacidad funcional de la maquinaria muscular y mejorando la capacidad competitiva. La producción de energía para el esfuerzo físico proviene del consumo interno de materiales orgánicos capaces de liberarla. Fundamentalmente de las grasas e hidratos de carbono, almacenados o ingeridos por nuestro cuerpo, y en menor medida de las proteínas. Hay otros nutrientes que aunque no generan energía de si mismos, hacen posible la realización de los procesos metabólicos que la liberan de los compuestos energéticos: son las vitaminas, los minerales y el agua. Tanto unos como otros forman parte de los alimentos naturales que deben tomarse en cantidades adecuadas para que se pueda obtener el máximo rendimiento de esos procesos energéticos. También es necesario tomar diariamente una cierta cantidad de fibra para la correcta eliminación de los productos de desecho intestinales. Para intentar mejorar la producción de energía que permita llevar a cabo un trabajo físico óptimo, se pueden utilizar ajoidas ergogénicas que mejoren la capacidad de aumentar las reservas energéticas, que activen los sistemas de movilizarlas al máximo y con la mayor celeridad posible y que contribuyan a una pronta y total reposición o regeneración de las mismas tras su consumo. También podrán utilizarse para incrementar la capacidad funcional de la maquinaria muscular para, estando bien abastecida de energía, generar mayor cantidad de trabajo físico que permita mejores logros deportivos. Una hipertrofia de la masa magra muscular produce un aumento de fuerza que es la cualidad mas importante para mejorar en cualquier actividad deportiva. También hay que adquirir mayor potencia aeròbica, así como conseguir recuperarse mas rápido de los esfuerzos intensos, evitando o disminuyendo la acumulación de subproductos del metabolismo energético, que contribuyen a la aparición de la fatiga y a una menor funcionalidad muscular y orgánica. Pueden asimismo producir una rebaja en el porcentaje de grasa corporal, eliminando peso innecesario. Será también importante poder utilizar equipamientos que ayuden a obtener una mejor eficacia biomecánica, rebajando con ello el gasto energético. Por ultimo, la capacidad competitiva es fundamental para obtener buenos resultados y hay formas de estimularla, aunque muchas de ellas están prohibidas. Categorías de ayudas ergogénicas Podemos diferenciar cuatro posibles agrupamientos de las ayudas ergogénicas. Las que se consideran legales, porque su uso está permitido por los máximos organismos deportivos internacionales y que en condiciones de utilización normal y dosis adecuadas, se sabe que no son peligrosas o perjudiciales para la salud del consumidor. Las que no estando prohibidas, al menos de momento, sin embargo parece que pueden constituir un peligro potencial para la salud del que las utilice habitualmente. Las que aun estando prohibidas por los organismos deportivos internacionales si son usadas adecuadamente no parecen constituir un peligro potencial para la salud del consumidor habitual. Las que además de estar específicamente prohibidas y que por tanto ocasionarían sanciones, se sabe que son perjudiciales para la salud. Por tanto vemos que aquí se entrecruzan y anteponen varios conceptos importantes para estas distintas categorías de ajoidas ergogénicas. Por una parte, se tiene en cuenta como factor prioritario, el que por mejorar la capacidad física de una persona, no se esté poniendo en peligro su salud presente o futura. Pero también se valora el hecho de intentar jugar con ventaja con respecto a otros deportistas, al superar las capacidades físicas mejoradas solo por el entrenamiento de unos, con la utilización de métodos ergogénicos artificiales al alcance de unos pocos. Entraríamos de lleno en lo que se conoce por dopaje. Este vocablo, es la palabra española para «doping», que aunque inicialmente venía de «dope», narcótico o droga opiácea, siendo «doping» el hecho de estar narcotizado o drogado con productos psicotrópicos, extendió luego su denominación para incluir los efectos de otras sustancias que no actúan sobre el sistema nervioso, pero que estimulan artificialmente otras capacidades corporales del deportista. El dopaje, constituye un problema ético, porque está en contraposición total con los principios básicos del «juego limpio», de competir sin hacer trampas a los contrarios, con ventajas fraudulentamente adquiridas. Es además un problema moral, porque va contra los prin-Ayudas ergogénicas en el deporte cipios dé la terapia médica, que se basa en recetar o aconsejar la toma de fármacos u otros productos que ayuden a prevenir'o curar enfermedades, no para ser usados por gente sana para mejorar sus marcas deportivas. Por último, constituye también un problema médico, porque altas dosis de fármacos potentes ingeridas por gente sana, pueden ocasionar efectos secundarios patogénicos graves. Es obvio que el dopaje constituye un camino erróneo para llegar a formar parte de la elite deportiva. Todos debemos trabajar para conseguir su erradicación al máximo posible del mundo del deporte, no solo con métodos disuasorios basados en la realización de numerosos controles dentro y fuera de las competiciones, acompañados de sanciones ejemplarizantes cuando los resultados sean incontestables, sino también educando a los deportistas en esta materia. Informándoles de los tipos de dopaje que existen, de sus efectos secundarios insalubres y de los métodos alternativos y fármacos autorizados que pueden curarles y capacitarles para obtener buenos resultados deportivos. Que no se acostumbren a suplementarse por rutina. Que no se les recomienden productos solo por el efecto placebo. Que se recete cuando realmente se ha comprobado alguna carencia en su organismo pero siempre que sean fármacos permitidos o que no vayan a perjudicar su salud. Tipos de ayudas ergogénicas. Con el auge del mundo del deporte y de sus estímulos económicos y sociales, se ha disparado la comercialización de un gran número de ayudas ergogénicas. Muchas consisten en la mejora de los aparatos, instrumentos y equipamientos de los deportistas. Otras en técnicas de ayudas psicológicas, tan necesarias por las tensiones de todo tipo que origina la alta competición. Las hay de tipo fisiológico, para optimizar la buena funcionalidad metabólica general del organismo. El giupo mas numeroso y que evoluciona mas rápidamente es el de las ayudas farmacológicas, que incluyen una enorme variedad de productos permitidos y de productos dopantes. Todas estas son ayudas ergogénicas no nutricionales. Pero también existe una enorme cantidad de suplementos nutricionales, que pretenden completar y mejorar la alimentación del deportista, optimizando su recuperación durante o tras los esfuerzos o aumentar sus reservas energéticas necesarias para afrontar competiciones extenuantes. Desde el punto de vista científico, para muchos de estos tipos de ayudas ergogénicas, no se han demostrado las mejoras por su utilización José María Odriozola Lino 176 que pretenden atribuirles los que las comercializan. Para otras en cambio se conoce una clara relación causa-efecto y su uso, siempre que estén permitidas, es muy recomendable para determinadas especialidades deportivas. En la tabla I, vemos una posible clasificación de los diversos tipos de ayudas ergogénicas mas utilizadas en la actualidad. ¿Qué posibles efectos tienen las ayudas ergogénicas más utilizadas? La finalidad de utilizar ayudas ergogénicas, para mejorar la capacidad física, va encaminada sobre todo a limitar los efectos fatigantes del ejercicio, tanto intenso como prolongado. Ello se puede lograr, principalmente por un aumento previo de la fuerza o capacidad muscular (hipertrofia muscular), como por iniciar el ejercicio con mayor cantidad de reservas energéticas (glucógeno) o de transportadores de oxígeno (glóbulos rojos). Durante el esfuerzo, se tratará de evitar la acumulación de factores fatigantes, tanto del metabolismo anaeróbico (en ejercicios de alta intensidad), tales como lactatos, acidificación muscular, etc., como del aerobico (ejercicio prolongado y de resistencia), tales como deshidratación o hipoglucemia. Vamos a comentar, escuetamente, las características de las a5mdas ergogénicas permitidas, que son más frecuentemente utilizadas por muchos deportistas, indicando si los efectos positivos que se les atribuyen tienen base científica o no. De las dopantes no vamos a comentar más, pues no es el objeto de este trabajo y lo alargaría en exceso. La Biomecánica es una ciencia de gran importancia en la mejora de las prestaciones deportivas. Son obvios los avances obtenidos en cuanto a resultados se refiere, como consecuencia de estudios biomecánicos en todo tipo de vestimenta y equipamiento deportivo. Los trajes aerodinámicos, cascos, esquís, bicicletas, zapatillas 178 José María Odriozola Lino de clavos, que hoy día usan los deportistas, han posibilitado logros muy importantes en la consecución de nuevos récords. Las técnicas de entrenamiento, también se basan en aspectos biomecánicos, como el ángulo de salida de un lanzamiento o la posición del ciclista sobre la bicicleta, por ejemplo. PSICOLÓGICAS, Hoy día, la presión que sufren los deportistas en la alta competición es muy grande. Continuamente se les originan tensiones, que deben ser correctamente superadas. Existen técnicas para concentrarse mejor, relajarse si es necesario o incluso aumentar la agresividad ante la competición, las ansias de triunfar. A ello ayuda la Psicología deportiva, optimizando la mentalidad del competidor y mejorando sus resultados. De todos es conocida la importancia de un buen calentamiento, para poner todo el metabolismo energético en condiciones de funcionar a su máxima capacidad en el momento del esfuerzo competitivo, así como elevar la temperatura corporal necesaria para optimizar las reacciones enzimáticas. Asimismo, el masaje previo o posterior a las pruebas contribuye a un mejor rendimiento o recuperación. En esfuerzos aeróbicos, la capacidad de transporte de oxigeno es fundamental y puede ser mejorada por transfusiones sanguíneas que aumentan la dotación de glóbulos rojos. Este es un método prohibido y se considera dopaje, aunque si se lleva a cabo correctamente no tiene porqué perjudicar la salud del deportista. La inhalación de oxígeno en alta concentración, se ha demostrado que no mejora en nada la llegada del mismo al músculo y, por tanto, se considera un método inútil como ayuda ergogénica, aunque puede tener un cierto efecto placebo. Carnitina: Es un metabolite transportador de ácidos grasos entre el citosol y las mitocondrias celulares donde estos son consumidos para generar energía. Se sintetiza por el organismo diariamente y tiene una presencia importante en el músculo cardiaco y esquelético. Se le atribuyen muchos efectos positivos, tras su ingestión, aunque no hay nada científicamente demostrado: que favorece la pérdida de grasa, que mejora la resistencia en esfuerzos prolongados retrasando la aparición de fatiga y que reduce la sensación de dolor muscular, entre otros. Su toma, no parece ocasionar efectos secundarios. Ayudas ergogénicas en el deporte Creatina: Muy utilizada entre los deportistas de alto nivel. Este aminoácido nitrogenado no proteico se encuentra sobre todo en el músculo esquelético, donde proporciona energía (ATP) de gran calidad en el metabolismo anaeróbico alactácido. El problema es que solo dura unos pocos segundos durante un esfuerzo intenso, pues su almacenamiento es limitado (un 75% en forma de creatina-fosfato y el resto como creatina libre). Se sintetiza diariamente en el hígado, riñon y páncreas, a partir de los aminoácidos Arginina, Glicocola y Metionina, en una cantidad aproximada de 1-2 gramos por día. Con la dieta se ingieren alrededor de 1-2 gramos, principalmente en alimentos de origen animal, carne y pescado, que contienen unos 20 gr de creatina por kilogramo. Si se aumenta la ingesta, se retroinhibe la síntesis endógena. Se excreta por el riñon, 1-2 gramos por día, en parte como creatinina, que es el producto terminal del catabolismo de la creatina. Se han hecho muchas investigaciones para comprobar los posibles efectos positivos de la suplementación de creatina. Lo comprobado, hasta el momento, podemos resumirlo de la siguiente manera: • La ingestión de 20-25 grs./día de monohidrato de creatina (ó 0,3 g./Kg. Peso/día), durante 5-6 días, ocasiona un incremento de entre el 20 y el 30 % de creatina en el músculo, de la que aproximadamente una quinta parte se almacena como creatina-fosfato. Estas dosis de «carga» serán raás efectivas si se acompañan de bebidas con carbohidratos (90 gramos, 4 veces al día). • Las dosis de «mantenimiento», se establece en unas 10 veces menos que la cantidad de «carga», por día. ® Si se aumenta esta suplementación de creatina, el músculo ya no retiene más y la que se toma en exceso será excretada por los ríñones en la orina. La concentración máxima que se puede alcanzar en el músculo es de 150-160 milimoles por kilogramo. ® La ingesta de creatina parece recomendable a los vegetarianos, que pueden tener un déficit crónico, por la falta casi total de la misma en su dieta. ® Como efectos positivos sobre el rendimiento de deportistas se ha comprobado que puede mejorar el rendimiento en sesiones de ejercicio intermitente de alta intensidad (sprints en bicicleta estática o levantamiento de pesas), al retrasar la aparición de síntomas de fatiga, por la mayor disponibilidad inicial de creatina-fosfato, así como un mayor ritmo de resíntesis de la misma en los periodos de recuperación cortos. Se observa también una José María Odriozola Lino 180 reducción de la concentración de lactato en sangre y una acumulación de hipoxantina, que indican un cambio en el origen de los productos consumidos para generar la energía (menor incidencia de la ruta anaeróbica lactácida). Sin embargo, hay datos contradictorios en trabajos llevados a cabo fuera del laboratorio, para esfuerzos de corta duración (carreras de velocidad, natación y ciclismo). • No se han demostrado mejoras ni en el rendimiento ni en la capacidad máxima de consumo de oxígeno (aeròbica) en ejercicios prolongados e ininterrumpidos, de resistencia. • Se ha publicado, que también puede producir un aumento en la síntesis de proteínas musculares, pero no está demostrado que haya una relación causa-efecto. Quizás hay hipertrofia muscular, al llevar a cabo más repeticiones de ejercicios de fuerza, durante los entrenamientos. Además parece que hay un cierto efecto «placebo», con la «sensación» de incremento en la capacidad muscular. ® Efectos secundarios: Se ha observado un aumento de peso (masa corporal) de entre 1 y 2 Kg, tras una suplementación de 20 grs./día, durante 5-6 días. Se cree que es debido a una mayor retención de agua en las fibras musculares. Eso será negativo para el rendimiento deportivo, sobre todo en esfuerzos prolongados. Además, puede haber a la larga una mayor presión renal, por el exceso de creatina ingerida que no se almacena en los músculos y que debe ser excretada en la orina. Como todas las teóricas ayudas ergogénicas, la respuesta es individual (se sabe que un 20-30% de deportistas no retienen la creatina exógena) y debe probarse con precaución y con tiempo, antes de las competiciones importantes. La base del posible efecto ergogénico del bicarbonato o del citrato sódico, es como tamponador (neutralizador) de la acidificación producida por el esfuerzo anaeróbico en los músculos, que produce fatiga y pérdida de eficacia en la contracción muscular. Se ha comprobado que la ingestión 1-2 horas antes del ejercicio de 0,3 gr de bicarbonato por kg de peso corporal del deportista, en aproximadamente 1 litro de agua (21 gr para una persona de 70 Kg, o sea 4-5 cucharaditas de bicarbonato) produce ese efecto neutralizador Ayudas ergogénicas en el deporte parcial de la bajada de pH, en esfuerzos de 1 a 7 minutos de duración. También podría favorecer el entrenamiento de «intervalos» (series cortas e intensas con poca recuperación entre ellas), así como reducir la percepción psicológica de fatiga en esfuerzos de alta intensidad. No se ha visto en cambio que produzca ningún efecto positivo en esfuerzos más largos (aeróbicos). Asimismo, ese efecto ergogénico parece ser significativo en deportistas poco entrenados, pero en la elite ya su propia adaptación al ejercicio agonístico, les desarrolla sistemas enzimáticos y tamponadores endógenos, por lo que el bicarbonato no mejora sus prestaciones. Como efectos secundarios, puede producir problemas gastrointestinales, tales como náuseas, dolor estomacal por la excesiva alcalinidad producida y diarreas. En grandes dosis y uso prolongado puede producir alcalosis severa con apatía e irritabilidad e incluso espasmos musculares y arritmias cardiacas. Sustancias obtenidas de las raíces del Ging-seng. Producen infusiones de sabor dulce y aromático, que parecen estimular al organismo en varias formas, incluyendo la de actuar como afrodisiacos. Todos esos efectos no están científicamente demostrados y la respuesta es muy individual y psicológica. No se ha podido demostrar que realmente beneficien la capacidad física, ni retrasen la percepción de fatiga, ni la capacidad de recuperación tras esfuerzos agonísticos, como les atribuyen sus adeptos. Como efectos secundarios y en cantidades importantes puede producir insomnio, nerviosismo, irritabilidad, hipertensión y diarreas, además de síndrome de abstinencia, al dejar de tomarlo tras su ingestión continuada por largos periodos. Principal precursor de los glicosaminoglicanos que junto con el colágeno son los componentes más importantes del tejido conectivo en los ligamentos y tendones. Por tanto es fundamental, tanto para su formación, como para su regeneración, tras lesiones por ejemplo. Una ruptura de cartílagos requiere una mayor síntesis de glucosamina para acelerar la cicatrización. La actividad de la enzima que la sintetiza, a partir de glucosa y glutamina, la glucosamina sintétasa, en por tanto el factor limitante para esa remodelación del tejido conectivo. Esa actividad declina con el envejecimiento. José María Odriozola Lino La suplementación con sulfato de glucosamina, en dosis que van desde 500 mg a 6 gramos por día, dependiendo de la severidad del problema, parece subir los niveles de este compuesto en el tejido conectivo, hasta un 17%, acelerando la curación de la lesión. De momento no se conocen posibles efectos secundarios de esta suplementación. La cafeína, alcaloide que se encuentra en el café, en el cacao (chocolate) y en muchas bebidas refrescantes (colas), produce un efecto estimulante en el organismo y, por ello, está prohibida por encima de determinados niveles. (12 microgramos por mililitro de orina del deportista). En dosis permitidas, parece acelerar la lipolisis, con el consiguiente ahorro inicial de glucógeno en esfuerzos prolongados, así como «alertar» el organismo con cierto grado de estimulación. En deportistas entrenados, parece no ser necesario, por la ya comentada adaptación al ejercicio, de su metabolismo. En exceso puede producir nerviosismo y problemas gastrointestinales, además de diuresis. Es un alcaloide nitrogenado que se obtiene de la corteza del árbol yohimbe. Se sabe que bloquea como antagonista los receptores adrenérgicos del tipo a-2, lo que provocaría un incremento de los niveles séricos de NA. Se suele usar en tratamientos contra la obesidad y la impotencia sexual. Se especula con que podría incrementar los niveles endógenos de testosterona, aunque no está demostrado. Es un fosfolípido, la fosfatidilcolina, producido por el propio organismo. Supuestamente podría prevenir la acumulación de grasas. En los años ochenta, se hicieron experiencias y se decía que 20-25 gramos de piruvato por día, parecía incrementar la resistencia y facilitar la pérdida de peso (?). Actualmente se han vuelto a hacer pruebas con voluntarios no deportistas y lo único que se ha comprobado es que bajan sus niveles de concentración de HDL en sangre. Ayudas ergogénicas en el deporte y-orìzanol Es un fitosterol que se extrae del arroz.. Se le' atribuyen efectos como provocar un aumento de la |^stosterona y de la somatotropina (GH) en suero y que por ello podría provocar hipertrofia muscular. No hay nada científicamente demostrado. Algo parecido se dice del smilax, que también contiene fitosteroles. Todo tipo de compuestos que contengan enzimas que bloquean los radicales libres que provocan oxidación celular. Por ejemplo, la superóxido dismutasa o la glutation peroxidasa. Si se toman por vía oral, al tratarse de proteínas, se digieren y destruyen antes de llegar a su posible destino. Es un nucleósido, que se utiliza en la síntesis de los nucleotidos fosfato, como el ATP. Por ello podría favorecerse su disponibilidad, con la consiguiente mejora de fuerza y resistencia. Pero no hay nada seriamente demostrado al respecto. Componente aminado de algunos fosfolípidos, y concretamente de las lecitinas, así como de la acetilcolina que pone en marcha el mecanismo de la contracción muscular. El cuerpo la fabrica endógenamente y no se han probado sus supuestos efectos ergogénicos sobre la fuerza y la pérdida de grasa. También llamado, durante los JJOO de Moscú en el 80, vitamina B15. Aumentaría, según sus promotores la «disponibilidad» de oxígeno en los esfuerzos aeróbicos aunque no lo han demostrado científicamente. Cuantas más investigaciones se hacen sobre el posible efecto de suplementos nutricionales sobre el rendimiento o la salud de los deportistas, más se llega a la conclusión de que con una buena alimentación, suficiente en cantidad y equilibrada en calidad, no hace falta suplementación alguna. Asimismo se comprueba que el exceso en me-José María Odriozola Lino 184 gadosis de algunos nutrientes, tipo vitaminas o minerales, no sólo no mejora la capacidad física del deportista, sino que puede incluso resultar perjudicial para su salud y por tanto para el rendimiento deportivo. Otra cosa es que la persona tenga déficits de algunos de ellos y la correspondiente ingestión de los mismos evite una patología y favorezca la normalización metabólica del paciente. Por tanto, no se recomienda tomar rutinariamente o por placebo ningún tipo de suplemento nutricional, si previamente no se ha detectado el déficit o para prevenirlo, si el historial clínico del atleta así lo recomienda (caso del hierro o del calcio en determinados colectivos, sobre todo mujeres, y en épocas concretas). Se ha comprobado sin embargo que determinadas dietas, con mayor porcentaje de algunos nutrientes, pueden resultar ergogénicamente beneficiosas para algunas especialidades deportivas. De los nutrientes energéticos, la proporción recomendada en la dieta, con referencia al total de calorías ingeridas diariamente, es que el 55-60% lo deben ser en forma de carbohidratos, el 15% de proteínas y el resto (25-30%) de grasas. Uno de los problemas en los esfuerzos de larga duración (por lo menos 75-90 minutos de ejercicio intenso y continuado), es que se acaban terminando las reservas de glucógeno, que es el combustible muscular que proporciona una mayor capacidad de ritmo metabólico y por tanto un mejor rendimiento físico. Para retrasar esta causa de fatiga lo más posible, se recomienda hacer en los tres días anteriores al esfuerzo de larga duración (un maratón, por ejemplo) la llamada «dieta de supercompensación de carbohidratos». Esta consiste básicamente en subir el porcentaje de carbohidratos (mayoritariamente complejos) hasta el 70% diario y beber mucha agua. Con ello se puede hasta casi duplicar las reservas de glucógeno hidratado y retrasar la típica «pájara» que sobreviene cuando se acaban. El beber durante los esfuerzos prolongados, agua o bebidas energéticas (con azúcares e incluso sales disueltas) puede evitar la deshidratación, que es el otro gran factor limitante y fatigante en muchas competiciones de resistencia. Cada deportista debe habituarse al tipo de bebidas que le van mejor y que no le ocasionan problemas grastrointestinales, tales como náuseas, vómitos, diarreas, etc. El agua fresca es, en todo caso, la más universal y positiva forma de retrasar la deshidratación, tomada en cantidades de 250-300 mi cada 15-20 minutos de esfuerzo continuo. Todas las demás posibles suplementaciones nutricionales, tales como mezclas de aminoácidos, proteína en polvo, vitaminas y minerales,
Por lo tanto, es preciso que los médicos prescriban más frecuentemente el ejercicio físico. El ejercicio es un agente de importancia en el mantenimiento de la salud y en la prevención de diversas enfermedades ^°. El papel de la actividad física en la prevención y control de las enfermedades crónicas ha sido bien documentado. El cuidado en la enfermedad coronaria, la hipertensión, la diabetes, la obesidad, el cáncer, la osteoporosis y el incremento de la salud mental se han relacionado muy claramente con actividad física y el ejercicio ^' ^^ (Tabla 1). Desdichadamente la mayoría de la población no practica actividad física. No obstante, el ejercicio se está empezando a utilizar más ampliamente en la prevención de las enfermedades que son más prevalentes. Aún así los médicos necesitan más formación en este campo con el objeto de que prescriban más frecuentemente la actividad física. Benefícios en el aparato cardiovascular El ejercicio físico junto con la dieta adecuada puede revertir una enfermedad cardíaca establecida. Más aún, la práctica deportiva mejora la función cardíaca, reduce o modifica varios de los factores de riesgo coronarios como la hipertensión, colesterol elevado, niveles bajos de lipoproteínas de alta densidad ligadas a colesterol (HDL) y la obesidad (Tabla 2). Así mismo, el ejercicio mejora el bienestar psico-social y en general aumenta la supervivencia ^. Enfermedades cardiovasculares en las que se ha demostrado el benefício de la práctica de actividad física Infarto de miocardio Arteriosclerosis Enfermedad cerebro-vascxilar Hipertensión Alteraciones de los perfiles lipidíeos Los investigadores finlandeses Lakka et al mostraron en 1994, tras un estudio de cinco años, que se puede reducir el riesgo de infarto de miocardio con dos horas a la semana de ejercicio físico de mantenimiento ^. En dicho estudio encontraron que aquellas personas que realizaron-ejercicio físico de acondicionamiento tal como andar, correr o nadar en el que aumentaron seis o más veces su metabolismo basal tuvieron un riesgo 60% más bajo de padecer infartos de miocardio ^. Esta observación ha sido apoyada por varios estudios prospectivos llevados a cabo en Europa y Norteamérica realizados en grupos de individuos aparentemente sanos que fueron seguidos hasta durante 20 años. La mayoría de los estudios mostraron una relación Influencia de la actividad física en la salud humana inversa entre los niveles de actividad física y la incidencia de enfermedad coronaria' ^. El grupo investigador integrado por Ornish et al demostraron en 1983 que la realización de ejercicio físico junto con una dieta pobre en grasa, abandono del tabaco y modificación del estrés disminuyeron el diámetro de la estenosis de las arterias coronarias. Con ello demostraron que la arteriosclerosis es reversible y entre otros factores, la práctica deportiva moderada puede contribuir a ello ^^. Otros trabajos de investigación en los que se incluyó el ejercicio dentro del régimen terapéutico documentaron en angiografías una regresión de las placas de ateroma en las arterias ^. La práctica de ejercicio físico vigoroso durante los primeros años que siguen a la consecución de la edad adulta confiere considerable protección frente a los accidentes cerebrovasculares, tanto tromboembólicos como hemorrágicos ^' ^. Este efecto es independiente de otros factores. Más aún, el ejercicio es esencial en restablecer la función tras un accidente cerebrovascular, un beneficio no compartido con el tratamiento farmacológico o la cirugía ^. El ejercicio aerobico ayuda a controlar la presión sanguínea. Varios estudios realizados en humanos han demostrado que personas normo e hipertensivas exhiben una disminución post-ejercicio en los niveles básales de presión sanguínea ^. Kasch en 1990 señaló que en los individuos que realizan de manera regular actividad física se producen elevaciones menos acusadas de las cifras tensionales con el envejecimiento ^°. La realización de actividad física es un tratamiento efectivo para la hipertensión leve y moderada y es una a5ruda importante para el tratamiento de la hipertensión grave. Hagberg en 1990 realizó una revisión de literatura sobre este respecto y encontró que en el 65 % de los trabajos se señalaba una disminución de alrededor de 8 a 10 mm de Hg en ambas presiones, la diastólica y la sistòlica, con la realización de ejercicio regular ^'^°. Muchos pacientes que se impliquen en un programa de actividad física regular pueden reducir su tensión arterial sin necesidad de tomar medicamentos. El grado de reducción de la presión sanguínea depende del tipo, duración e intensidad del ejercicio así como los factores genéticos ^. Los mecanismos hemodinámicos que explican el efecto hipotensor del ejercicio aerobico pueden ser debidos a la disminución del gasto cardíaco y al descenso en la resistencia vascular periférica, así como la reducción de los niveles sanguíneos de adrenalina ^. La actual recomendación para el control de la presión sanguínea elevada es la práctica deportiva aeròbica de mediana intensidad, definida como el ejercicio realizado entre 55 y Juan Manuel Alonso Martin 190 70 % de la frecuencia cardiaca máxima, durante 30 a 40 minutos, 5 a 6 días a la semana ^. Las anomalías de los lípidos plasmáticos, tales como la elevación del nivel total de colesterol y triglicéridos o unos niveles reducidos de colesterol-HDL son factores de riesgo mayores de enfermedad cardiovascular ^. Según el tipo, duración e intensidad del programa de ejercicios se producen algunas variaciones en los lípidos sanguíneos ^°. En general, el ejercicio regular reduce los niveles del colesterol total, de los triglicéridos y del colesterol-LDL y aumenta las cifras de colesterol-HDL ^' 10. Sólo las personas con patología cardiaca previa están en riesgo de un accidente cardiovascular durante la práctica del ejercicio. No obstante, los beneficios deriva'dos de la práctica regular de ejercicio sobrepasan ampliamente los riesgos ^. Aquellos pacientes que padecen enfermedad cardiovascular, antes de enrolarse en un programa de actividad física, deben someterse a una exhaustiva evaluación médica, y deben seguir escrupulosamente la vigilancia recomendada por los profesionales sanitarios. Ejercicio y Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) Las personas que padecen enfermedad pulmonar restrictiva u obstructiva sufren una alteración en la función mecánica pulmonar así como una deficiencia en el intercambio pulmonar de gases ^. La adición de ejercicio físico a los programas de rehabilitación de los pacientes que sufren EPOC consigue beneficios fisiológicos y psicológicos incluso en los que sufren severas obstrucciones del flujo aéreo ^. El ejercicio no puede revertir los déficits fisiológicos y estructurales de la EPOC, pero puede reducir la discapacidad de estos pacientes mejorando la resistencia, el flujo de la inspiración, el trabajo inspiratório y, en consecuencia, la eficacia de la respiración y la tolerancia a la disnea, especialmente en pacientes con afectaciones graves ^' ^^. La práctica deportiva mejora la eficacia de la respiración y disminuye la ansiedad, lo que mejora la ventilación. El incremento del lactato se reduce y se retarda con la realización habitual de práctica deportiva en los pacientes con EPOC. Los programas de ejercicio en los pacientes con EPOC retrasan la aparición de la disnea, ayudan a los pacientes a tolerarla y contribuyen a que éstos enfermos la teman menos ^^. Influencia de la actividad física en la salud humana El primer paso de cualquier programa de ejercicio para los pacientes con EPOC es una cuidadosa evaluación para establecer el riesgo cardiaco y la capacidad de realizar actividad física. Con posterioridad es importante la elección de la modalidad de ejercicio. Dado que muchos de estos pacientes tienen un equilibrio inestable y se sienten más seguros sentados, la bicicleta estática es un modo extremadamente útil de realización de ejercicio. Los objetivos de intensidad de ejercicio deben ser muy modestos: si el paciente sólo es capaz de realizar ejercicio durante 5 minutos será suficiente. Lo más importante es la progresión muy lenta, teniendo siempre en cuenta que en este tipo de personas un pequeño incremento de volumen o intensidad del ejercicio puede dar como resultado grandes mejoras en la calidad de sus vidas ^^. Actividad física y enfermedad renal La calidad de vida y la supervivencia a largo plazo de los pacientes con enfermedad renal está reducida, debido, entre otras causas, a una arterosclerosis desarrollada de manera acelerada o a muerte por enfermedad cardiovascular. La capacidad funcional de esta población es pobre. Sólo la mitad de los pacientes que sufi:*en insuficiencia renal crónica pueden caminar y la mayoría pasa la mayor parte del tiempo en reposo. Tienen reducida la capacidad de realizar ejercicio físico debido al axmaento crónico de la urea en sangre, a las enfermedades cardiovascular y muscular, a la anemia y la hipervolemia, junto con la escasa motivación, la depresión y la fatiga. La mayoría de los pacientes sufiren hipertensión, reducción de las Hpoproteínas de alta densidad, hiperinsuHnemia y arteriosclerosis. Por ello, aquellos pacientes que sufi-en enfermedad renal y que se encuentren en mejor estado físico pueden ser enrolados en un programa de ejercicio físico para mejorar la función cardiovascular, reducir la presión sanguínea, mejorar el metabolismo de los lípidos y la glucosa, incrementar la fuerza muscular, mejorar la fxmción hematológica y el estado psicológico. Antes de iniciar la actividad física el paciente debe ser sometido a un examen médico completo y a una prueba de esfuerzo. Una vez que se establece la medicación, el régimen de diálisis y el régimen dietético, los pacientes pueden iniciar la practica de deportes aeróbicos a intensidades leves (caminar, nadar, o montar en bicicleta) con estrecha vigilancia médica ^. Las personas que padecen diabetes tienen ciertas desventajas para practicar ejercicio físico: poseen depósitos de glucógeno inferiores, una Juan Manuel Alonso Martin 192 glicólisis reducida y menor producción de lactato, sus músculos capturan menos glucosa y, en cambio, liberan la glucosa a mayor velocidad por aumento de la glucogenolísis ^°. No obstante, el ejercicio es un factor principal en el control de la diabetes junto con la dieta y la insulina y es particularmente importante para las personas que padecen diabetes tipo II o no-insulino dependiente. La literatura médica indica que el ejercicio tiene capacidad para mejorar la tolerancia a la glucosa y reducir la necesidad de insulina en pacientes con tolerancia alterada a la glucosa ^. Las bases fisiológicas son las siguientes: un músculo esquelético en contracción puede multiplicar por treinta y cinco la captación de glucosa ^'^'^°. A continuación del ejercicio, se incrementa la tolerancia a la glucosa durante un tiempo variable, dependiendo de la insulina y de la actividad contráctil. Parece que los músculos ayudan a regular el transporte de la glucosa estimulado por la contracción ^. Por tanto, en cualquier estado en el que exista una alteración de la sensibilidad a la insulina, la actividad física es una lógica intervención terapéutica ^. De hecho, se puede conseguir el control sanguíneo de la glucosa en pacientes con diabetes tipo II sólo con la práctica regular de ejercicio, la perdida de peso y una dieta con reducción de la ingesta calórica ^°. En efecto, el control glicémico es mejorado con el ejercicio en pacientes con diabetes mellitus tipo II menores de 55 años, en pacientes tratados con dieta y en aquellos con un control metabólico bueno ^. Incluso las mujeres que padecen diabetes gestacional que eran activas físicamente previamente a quedar embarazadas, se benefician del mantenimiento de una actividad física moderada durante la gestación. Es más, aquellas mujeres sedentarias previamente sanas que no tengan contraindicaciones médicas u obstétricas para la práctica del ejercicio durante el embarazo, pueden iniciar una actividad física de baja intensidad ^. La práctica regular de ejercicio en los pacientes con diabetes tipo II, puede ayudar a estabilizar diabetes pobremente controladas, reduce el peso, disminuye los niveles sanguíneos de glucosa, mejora los perfiles lipidíeos sanguíneos y reduce la tensión sanguínea ^'^^, Adicionalmente el ejercicio incrementa la efectividad de la insulina y del metabolismo de los azúcares ^. Todos estos beneficios rebajan la incidencia de enfermedades cardiovasculares y decrece la aparición de complicaciones como la angiopatía del cerebro, del corazón, del riñon y de los miembros inferiores, la neuropatía y la retinopatía ^' 20,21 Así mismo, y por el mismo mecanismo descrito anteriormente, los pacientes que padecen diabetes tipo I, o insulino-dependiente, pueden Influencia de la actividad física en la salud humana reducir la dosis necesaria de insulina practicando ejercicio físico. Sin embargo, en este tipo de pacientes el ejercicio puede llevar a complicaciones, por lo que deben tener especial cuidado con su ingesta de carbohidratos y han de vigilar sus niveles de glucosa sanguínea y la dosis de insulina antes y después de realizar ejercicio ^' ^^. Los pacientes de diabetes tipo I deben tener siempre disponibles tiras medidoras de glucosa y algún alimento rico en una forma de carbohidratos rápidamente absorbible ^. El programa de ejercicio ideal para pacientes diabéticos de cualquiera de los dos tipos de diabetes está integrado principalmente por actividad de tipo aerobico realizada de tres a cinco veces a la semana durante 30 minutos a una intensidad aproximada de 50%-70% del V02niax ^°-El programa podría incluir además ejercicios de fuerza ^. En el caso de las mujeres que padecen diabetes gestacional, la prescripción debe ser individualizada y llevada a cabo bajo cuidadosa supervisión médica ^. Numerosos estudios descriptivos han demostrado que la prevalência de Diabetes Mellitus tipo II es más elevada en individuos urbanos inactivos que en poblaciones rurales activas. Más aún, otros estudios han mostrado que la prevalência de la Diabetes Mellitus tipo II es mayor entre los individuos sedentarios que en los activos, independientemente de la edad o del índice de masa corporal. Dos estudios epidemiológicos de poblaciones numerosas han señalado que el riesgo de desarrollar diabetes tipo II es menor en aquellos sujetos que se ejercitan regularmente ^. La cantidad de peso graso es un indicador útil de salud, así como también una señal temprana de alarma de múltiples enfermedades graves. En la obesidad, trastorno metabóUco en el que intervienen múltiples factores como las modificaciones del metabolismo, las alteraciones hormonales y la herencia entre otras, se produce un aumento del peso y especialmente un incremento del porcentaje del peso graso ^' •^^. El exceso de peso, se dé o no en la obesidad, es un factor de riesgo para la enfermedad cardiovascular, la diabetes, múltiples cánceres (mama, próstata, colon, útero, etc.) y muerte prematura por otras causas ^. Es probable que la inactividad física contribuya al desarrollo de la obesidad en ciertos individuos mientras que la actividad física regular 193 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es la previene en otros. No obstante, como se citó anteriormente, la inactividad física no es la única causa de la obesidad^. La práctica de actividad física incrementa el gasto calóricç total diario. En parte esto es debido al aumento del gasto energético durante la propia actividad física. Con el mantenimiento de la práctica regular de ejercicio puede incrementar la masa libre de grasa lo que, a su vez, aumenta el gasto calórico basal. El ejercicio aumenta la oxidación lipidica y produce generalmente cierta reducción de los depósitos grasos. La perdida de peso graso es mayor cuanto mayor sea la actividad física realizada y cuanto mayor sea el peso graso de la persona que inicie el ejercicio físico ^. El ejercicio físico habitual y constante es una estrategia esencial para conseguir y mantener un peso ideal. La dieta, es básica, pero no se puede confiar en ella solamente para conseguir perdida y mantenimiento del peso. La medida más eficaz para el tratamiento del exceso de peso y la obesidad es la asociación del ejercicio físico y la dieta hipocalórica equilibrada ^' ^^. La pérdida de peso producida sólo por el ejercicio no da los mismos resultados que si se asocia a restricción calórica ^. El ejercicio físico puede afectar profimdamente el periodo de la menopausia mejorando la calidad de vida. El ejercicio disminuye los síntomas de la menopausia y los factores de riesgo de la enfermedad coronaria, reduce el riesgo de osteoporosis, fortalece la musculatura pélvica y mejora el bienestar ^' ^^. Se ha demostrado que los síntomas vasomotores (enrojecimiento facial) son menos frecuentes en las mujeres post-menopáusicas físicamente activas. Sin embargo, hasta la fecha no se ha demostrado que la práctica de ejercicio alivie dichos síntomas ^^. Por otro lado, las mujeres en edad menopáusica se pueden beneficiar de varios efectos positivos que causa la práctica regular del ejercicio físico. Entre otros, el aimaento del Colesterol HDL y el descenso del colesterol LDL, disminución de la perdida de la masa ó$ea causada por la edad y en el plano psicológico, reducción de la ansiedad, de la tensión, de la depresión y de la fatiga^. Las recomendaciones de ejercicio para las mujeres menopáusicas deben ir encaminadas a la realización de actividad aeròbica que incluya ejercicios que supongan soporte del peso corporal [URL].: marcha, carrera, Influencia de la actividad física en la salud humana danza aerobica) y la práctica de entrenamiento de fuerza al menos tres veces a la semana durante 20 a 30 minutos ^' ^^. Para mantener la flexibilidad, deben realizarse ejercicios apropiados después de cada sesión de entrenamiento aerobico o de fuerza. Cáncer de mama en la mujer Entre los factores de riesgo del cáncer de mama se pueden citar la herencia, la acumulación de ciclos ovulatorios y la inactividad física. Las mujeres que realizan ejercicio físico 4 horas a la semana reducen el riesgo de padecer cáncer de mama en más de un 50 % comparadas con mujeres inactivas. La práctica regular de sólo 1 a 3 horas de ejercicio reduce el riesgo alrededor de un 30 % ^' ^^. Los beneficios son más evidentes en aquellas mujeres que han practicado actividad física tras la pubertad y entre los 20 y 25-años. El ejercicio puede proteger las mamas alterando los niveles hormonales y disminuyendo la ovulación. Dado que un número bajo de ciclos ovulatorios puede proteger frente al cáncer de mama, el ejercicio moderado iniciado en la adolescencia podría ser una forma importante de prevenir el cáncer de mama ^^. Existen evidencias científicas consistentes de que la actividad física reduce el riesgo de cáncer de colon ^'^. Los posibles mecanismos citados son la aceleración del tránsito intestinal que disminuiría el tiempo de contacto de los agentes carcinogénicos contenidos en las heces; el aumento de la síntesis de prostaglandinas que disminuiría el índice de división de las células del colon, a la vez que estimularía el peristaltismo; y la estimulación de la secreción de las hormonas intestinales que también aumentaría el peristaltismo intestinal y disminuiría los ácidos biliares ^' ^^. Se piensa que el ejercicio prolongado de tipo aerobico, al provocar cierta disminución en los niveles sanguíneos de testosterona puede tener un efecto protector fi: ente al cáncer de próstata en el hombre. No obstante, son necesarios estudios que confirmen estas teorías ^'^°. Beneficios en la artritis Las enfermedades osteoarticulares inflamatorias o degenerativas producen gran incapacidad en la actividad diaria. Los pacientes que sufren artritis reumatóide o artrosis degenerativa se pueden beneficiar de varios efectos positivos del ejercicio físico. Este mejora la resistencia, fortalece los músculos e incrementa la flexibilidad articular y el rango de movimiento, reduce el dolor y facilita el desarrollo de las actividades domiciliares, laborales y sociales ^' ^^. Beneficios del ejercicio en la osteoporosis La osteoporosis es una enfermedad ósea caracterizada por la pérdida de sales minerales y cuya incidencia suele ser mucho más elevada en las últimas etapas de la vida, especialmente en las mujeres. Se ha podido comprobar que el ejercicio regular puede prevenir y controlar la osteoporosis, previniendo o revirtiendo la perdida de masa ósea ^. Se ha podido comprobar que el ejercicio puede ser mayoritariamente efectivo en aumentar la masa ósea en adultos jóvenes y en el mantenimiento de la masa ósea en los adultos maduros ^. De hecho, las personas involucradas en actividades físico-deportivas poseen mayor densidad ósea que las sedentarias, al mismo tiempo que en aquellas la desmineralización del hueso se lleva a cabo más lentamente ^^. Los datos obtenidos de diversos estudios indican que las personas activas de menos de cincuenta años de edad, poseen un 8% más de masa ósea en las mujeres y un 10% más en los hombres ^. El efecto positivo del ejercicio en el hueso se observa también en mujeres postmenopáusicas y en hombres mayores. En mujeres postmenopáusicas físicamente activas se observa hasta un 7% más de masa ósea que en las sedentarias de la misma edad. En general, aquellos individuos con menor masa ósea tienen mayor margen de mejora con la práctica de actividad física. La participación de mujeres mayores en programas de actividad física durante periodos prolongados supone un ligero aumento de la masa ósea a nivel espinal. Puede haber un cierto efecto protector del ejercicio físico sobre las facturas osteoporóticas, por disminución del riesgo a padecerlas por incremento en la densidad ósea, cambios en la microarquitectura ósea, o disminución de la posibilidad de padecer caídas ^. El ejercicio posee un efecto osteogéncio local ^. Así, los ejercicios que soportan el peso corporal, como andar y correr, o los que suponen tracción o carga sobre los huesos como los ejercicios de pesas son los más beneficiosos para la protección frente a la pérdida de mineral óseo ^°. Por otro lado, debe haber un incremento progresivo de la intensidad del ejercicio para continuar la mejoría. Hay que tener en Influencia de la actividad física en la salud humana cuenta, además, que los efectos positivos se pierden en cuanto se deja de practicar la actividad física ^. Actividad física, función inmunitaria e infección Los personas muy activas pueden estar en riesgo de padecer varias infecciones debido a una situación de inmunosupresión causada por el entrenamiento intenso y la participación en competiciones ^. Recientemente se está prestando mucha atención al estrés físico y psicológico como factores que intervienen en la función y estado inmunitario y en las infecciones de vias respiratorias altas. La relación entre este tipo de infecciones y el ejercicio se pueden describir como una curva jota (figura 1). El riesgo de infecciones respiratorias es menor en las personas que practican ejercicio moderado por una estimulación de los mecanismos de defensa específicos e inespecíficos ^' ^^. Por otro lado, el riesgo es más alto en los practicantes de deporte que realizan entrenamientos intensos y exhaustivos ya que este tipo de actividad parece que debilita los mecanismos de defensa ^' ^^. Juan Manuel Alonso Martin 198 El entrenamiento intenso induce cambios negativos en la inmunidad mediados por los efectos en el músculo esquelético del Cortisol, la adrenalina y los reactantes de fase aguda. El estrés psicológico es otro factor modulador. El ejercicio moderado, por el contrario, produce cambios que mejoran la protección inmunitaria ^. Existen datos epidemiológicos que confirman que el entrenamiento intenso aumenta la prevalência y la persistencia de síntomas respiratorios lo que soporta la teoría actual de que el ejercicio intenso altera la respuesta inmunitaria ^^. Ejercicio y bienestar psicológico La realización de actividad física atenúa las respuestas fisiológicas originadas por el estrés, mejorando la sintomatoloigía psíquica acompañante ^^. Se ha podido comprobar que el ejercicio físico tiene un efecto positivo en el humor y el bienestar mental, puede ayudar a manejar más eficazmente las situaciones de estrés y a recuperarse de los efectos negativos de los sucesos adversos de la vida diaria, reduce la ansiedad y la depresión y mejora la propia imagen. Estos beneficios se derivan, entre otras razones, de la reducción de las catecolaminas circulantes y la mejora del sueño, así como la liberación de endorfinas ^' ^' ^^. Se ha comprobado que los individuos con menor nivel de ejercicio inicial consiguen las mayores reducciones de ansiedad'^. El ejercicio físico, sólo o asociado a la psicoterapia y a la farmacoterapia, se emplea en el tratamiento de diversos trastornos mentales ^°. De hecho, la actividad física se emplea en la actualidad como arma terapéutica adicional en la depresión^. Marcos et al en un estudio de 1980 advirtieron que el ejercicio físico redujo los síntomas acompañantes de la depresión y la ansiedad, mejoró la convivencia entre los enfermos, las relaciones entre éstos y sus cuidadores y el sueño, a la vez que contribuyó a la reducción del consumo de fármacos ^^. Recomendación de la práctica de ejercicio El médico de familia es la primera fuente de información médica en la mayoría de los casos ^^. Por tanto, los médicos están en xm.a posición de privilegio para animar a sus pacientes a incrementar sus niveles de actividad física ^^. A pesar de ello la mayoría de los médicos no aconsejan a sus pacientes sobre el ejercicio físico. Sin embargo, los médicos juzgan Influencia de la actividad física en la salud humana necesario aconsejar sobre la actividad física pero reconocen que, en líneas generales, no están preparados para ello. Quizás por este entrenamiento insuficiente, los médicos indican que sería de ayuda la existencia de protocolos de consejo sobre hábitos saludables. Se debe sugerir incrementar la marcha o la actividad física general en la vida diaria ^' ^^. Cada persona debería acumular 30 minutos o más de actividad física de moderada intensidad en la mayoría de los días de la semana ^' ^^. Para conseguir una máxima eficacia en la terapia de mejora de la salud, la prescripción de ejercicio debe cumplir una serie de requerimientos básicos: la actividad física debe abarcar la mayoría de los días de la semana (almenes cinco), ha de ser divertida, no debe ser dolorosa o extenuante y estará acorde con las preferencias individuales ^. El ejercicio seleccionado debe ser llevado a cabo fácilmente y realizable próximo al domicilio o al lugar de trabajo. El equipamiento y las ropas deportivas no deberán ser caros. La actividad no deberá requerir la participación de otras personas [URL] deportes en equipo) pero puede permitir la realización en grupo, si se desea. Finalmente, la práctica deportiva elegida debe ser compatible con la realización continuada durante toda la vida^. No se debe olvidar que hay que incentivar adecuadamente a los pacientes a adoptar programas de ejercicio físico. La gente necesita escuchar los beneficios del ejercicio ^^. Por ello, es aconsejable adoptar ciertas estrategias. Se debe preguntar a los pacientes por sus hábitos de ejercicio físico y relacionar las sugerencias de práctica de ejercicio físico con síntomas o quejas importantes [URL] «estoy gordo» o «me encuentro cansado»). Se ha de suministrar material de lectura acerca de los efectos beneficiosos del ejercicio. El cumplimiento de los programas de actividad física debe ser seguido en el tiempo por los mécHcos ^^. Además del ejercicio, es conveniente aconsejar sobre otros hábitos saludables como una dieta adecuada. Se debe intentar consumir 2000 calorías ^ la semana que es el nivel óptimo para conseguir rebajar el riesgo de enfermedad cardiovascular. Si bien mayores gastos calóricos no ofirecen mayor protección cardiaca si que ayudan a perder peso y a sentirse mejor ^®. El ejercicio físico adoptado debe ser aerobico y moderadamente intenso. El objetivo es conseguir la firecuencia cardiaca basal más baja posible. La variedad en la práctica deportiva es importante en la prescripción. En las personas mayores que no practicaron deporte previamente la adopción y el mantenimiento de un programa constante de marcha es la clave para conseguir una serie de beneficios en la salud, tales como, perdida de peso y disminución de la presión arterial. La perdida de peso puede reducir el riesgo de padecer diabetes y la necesidad de medicación. La marcha regular, puede también enlentencer el proceso de envejecimiento manteniendo los músculos, los huesos y las articulaciones fuertes y sanas. Y la marcha es un ejercicio simple. No es necesario utilizar pesas ni aparatos ^^.
El incremento de la actividad física y del deporte, en las sociedades llamadas desarrolladas, ha traído consigo beneficios claros para la salud, reflejados en diferentes indicadores de salud. Simultáneamente, el deporte de competición obliga a una dedicación diaria a intensidad de entrenamiento, con objeto de obtener los elevados requerimientos físicos que exige la competición. Todo ello ha traído consigo la aparición de numerosas lesiones, fundamentalmente del sistema músculo-esquelético. Se exponen en este trabajo consideraciones históricas, la epidemiología de la lesión deportiva y se describen, concisamente, algunas de las lesiones más habituales y significativas que afectan a músculos, tendones y sistema esquelético. La práctica habitual de ejercicio físico o de algún deporte (actividad física reglada) a una intensidad moderada o alta confiere beneficios claros y objetivables en diferentes indicadores de salud. Sin embargo, hay que tener en cuenta que dicha práctica no está exenta del riesgo de padecer algún que otro tipo de lesión deportiva. Hoy en día no resulta extraño el oír hablar de alguien aquejado de «codo de tenista o de golfista», «hombro de nadador» o «pulgar del esquiador»; patologías todas ellas, que sin ser exclusivas de aquellos que practican el deporte del que toman el nombre, sí aparecen con mayor frecuencia entre sus practicantes. En las sociedades llamadas desarrolladas se ha incrementado notablemente la realización de actividad física o deporte du-rante las tres últimas décadas, coincidiendo en gran medida con la disminución de los requerimientos físicos de la mayoría de las ocupaciones laborales y el aumento del tiempo de ocio. Esta situación ha traído consigo la aparición de numerosas lesiones, fundamentalmente del sistema músculo esquelético, que pueden llegar a producir graves secuelas para el afectado, junto a un elevado coste económico y social. Por este motivo no debe extrañar que cada vez exista un mayor número de médicos del deporte, traumatólogos, rehabilitadores y fisioterapeutas que desarrollen su actividad profesional en este campo. Entre los primeros relatos que recogen la presencia de lesiones deportivas se encuentran los textos clásicos que narran los Juegos Olímpicos (JJ.OO.) de la antigüedad. Cabe destacar el caso deArrichion de Phigaleia, vencedor en el año 564 AC en la prueba denominada pankration (mezcla de lucha y boxeo), tras lograr dislocar el tobillo de su oponente, un luchador procedente de Arcadia, y morir posteriormente mientras era declarado vencedor del combate. Se trata quizás del primer vencedor a título póstvmio en unos JJ.OO. Quizá sea mas conocida la gesta bélica del emisario Filípides, que falleció en el Agora de Atenas, tras retornar corriendo desde las llanuras de Maratón, y que posteriormente se recordaría en los anales del olimpismo como origen de la mítica carrera de maratón, una de las pruebas mas carismáticas del programa olímpico. En la reciente historia de los JJ.OO. de la era moderna, y mas concretamente tras las citas de TDkio y México que impulsaron las retransmisión deportivas por televisión a nivel mundial, son numerosas las imágenes de deportistas de renombre de ambos sexos que sufrieron importantes lesiones deportivas durante las pruebas en las que participaban, así como las gestas de aquellos otros deportistas, que aún estando lesionados, lograron sobreponerse y alcanzar resultados meritorios e incluso ser campeones olímpicos. A continuación se recogen algunas de estas gestas. En los JJ.OO. de 1904 el gimnasta estadounidense George Eyser fue capaz de ganar 6 medallas (3 de ellas de oro) junto a once campeonatos nacionales compitiendo con una «pata de palo» consecuencia de un accidente ferroviario que le supuso la amputación de una pierna. Casi un siglo después cabe destacar a la también gimnasta estadounidense Kerry Strug que llevó a su equipo a conseguir la medalla de oro en los JJ.OO. de Atlanta en 1996, a pesar de competir en la final con una grave lesión de tobillo producida en las rondas clasificatorias. En la retina de todos los espectadores quedó grabada la imagen del famoso entrenador del equipo americano Karoly (valedor de la famosa gimnasta rumana Nadia Comanecci) llevando en brazos a su pupila Lesiones en el deporte a recoger su medalla, en un acto que se entendió como la exaltación del sacrificio y afán de superación de los grandes deportistas, pero que desde el punto de vista médico nunca debería haberse consentido. Algo similar le ocurrió al famoso púgil Joe Frazier que logró la medalla de oro en los JJ.OO. de Tokio boxeando con un pulgar fi:-acturado en las semifinales previas. Ante las advertencias de los médicos que le desaconsejaron tomar parte en la final, él alegó que tenía una mujer y tres hijos que alimentar de regreso a su tierra natal en Carolina del Sur. Al Oerter, el mas famoso lanzador de disco de la historia, ganó en Tokio la tercera medalla de oro consecutiva en unos JJ.OO. (de las cuatro que consiguió) a pesar de padecer una lesión cervical y una fractura costal que le producían un intenso dolor en cada uno de sus lanzamientos. El mejor saltador de trampolín que se recuerda, Greg Louganis, logró dos medallas olímpicas en los JJ.OO. de Seúl de 1988, y no dudó para conseguir la segunda en plataforma en ejecutar en su último intento el denominado «salto de la muerte», a pesar de competir con la cabeza suturada fruto de un fuerte traumatismo acaecido en la prueba de palanca (que también ganó) celebrada unos días antes. Silken Laumann, remera canadiense campeona del mundo en 1991, fue embestida por la proa de otra embarcación apenas dos meses antes de la celebración de los JJ.OO. de Barcelona. El impacto le produjo una fractura abierta de la tibia junto a una parálisis peroneal, que la llevaron cinco veces al quirófano en el plazo de un mes. A pesar de ello, su tesón fue determinante en la consecución de la medalla de bronce en su prueba, apenas 78 días después de sufirir tan dramático accidente. En España, y aunque fuera del deporte olímpico, podemos citar el reciente caso del vigente campeón mundial de motociclismo en la categoría de 500 ce. Alex Crivillé que logró dicho campeonato compitiendo en las dos últimas pruebas del circuito con una fractura no reducida en su muñeca, fruto de una caída en una carrera previa. Los infortunios deportivos reseñados se encuentren entre los citados con mayor frecuencia en la historia olímpica, y del deporte en general, por tratarse de deportistas de gran renombre. No obstante, con cierta frecuencia se producen episodios similares entre los miles de practicantes mas o menos anónimos de todo el mundo, lo que nos da una idea de la gran tolerancia al sufrimiento, junto a la enorme capacidad de recuperación de que hacen gala la mayoría de los deportistas amateurs o profesionales. A continuación se analiza en mayor profundidad aspectos mas concretos de las lesiones deportivas incluyendo la definición de las mismas junto a las principales causas que pueden influir en su génesis. Finalmente se analizan brevemente algunas de las lesiones mas frecuentes que se producen con la práctica deportiva. Concepto y epidemiología de la lesión deportiva ¿Qué se entiende por lesión deportiva? En EE.UU. se calcula que se producen entre 3 y 5 millones de lesiones deportivas anuales, lo que representa una de las primeras causas de lesión accidental entre adolescentes y adultos jóvenes. Para poder establecer medidas preventivas adecuadas, así como para tratar de evitar las posibles secuelas de toda índole que pudieran derivarse de las mismas, se hace necesario el precisar adecuadamente lo que se entiende por lesión deportiva. De forma simplista, y no por ello menos acertada, podría definirse como lesión deportiva a toda aquella que se produce mientras se realiza deporte o actividad física. No obstante, resulta necesario el establecer los criterios «mínimos» que permitan diferenciar im.a simple molestia física de una lesión ya establecida. Entre las distintas definiciones propuestas, cabe destacar las empleadas por el National Athletic Injury Registration System (NAIRS) en EE.UU., y ya en nuestro entorno, la enunciada por el Consejo de Europa (tabla 1). Epidemiología de las lesiones deportivas Como se ha mencionado previamente resulta complejo el conocer el riesgo lesionai (siniestrabitidad) inherente a cada deporte, especialmente en el deporte no profesionalizado. En el deporte amateur federado se dispone al menos de la información recogida en los partes de lesiones que tramitan los deportistas accidentados a las compañías de seguros concertadas por cada federación. No obstante, la gran mayoría de lesiones que afectan a la población general cuando realiza actividad física en sus modalidades mas populares (andar, correr «jogging o footing», nadar, montar en bicicleta, gimnasia de mantenimiento-aeroòic, o los diferentes deportes de raqueta) resulta casi imposible el poder contabilizarlas, exceptuando aquellos casos (generalmente los mas graves) que acuden a centros hospitalarios. A pesar de todas las limitaciones expuestas, los epidemiólogos intentan en sus estudios el cuantificar tanto el número de lesiones (incidencia) como el riesgo lesionai (siniestrahilidad), empleando para ello el concepto de exposición, que se refiere a las horas de práctica deportiva en las que el sujeto es susceptible de padecer algún tipo de lesión. Este parámetro es fundamental tenerlo en cuenta antes de concluir que un determinado deporte entraña mas o menos riesgo de lesiones deportivas que otro, ya que la valoración del riesgo dependerá del tiempo total de exposición al deporte por la totalidad de practicantes y no del número de ellos. ¿Por qué se producen las lesiones deportivas? Las lesiones deportivas pueden producirse por diferentes mecanismos (tabla 2) que en ocasiones pueden asociarse varios de ellos a la vez. El músculo esquelético constituye la mayor masa de tejido en el cuerpo humano. En deportistas de competición y alto nivel constituye el 47,5% del total del peso del cuerpo en varones, llegando en algunas especialidades deportivas al 50% y en mujeres la media es de un 45,6% obteniéndose incluso valores del 48,5% ^. El músculo esquelético consta de fibras musculares individuales, una red organizada de nervios y vasos sanguíneos, y una matriz de tejido conectivo extracelular. El músculo, por el hecho de ser un tejido muy especializado, posee una alta sensibilidad frente a las lesiones, tanto mecánicas como isquémicas, de la misma forma que moderadas alteraciones funcionales podrían conducir a su atrofia. Por otra parte y también atendiendo a sus características como tejido muy diferenciado, es incapaz de regenerarse de forma completa, de tal manera que las reparaciones de las pérdidas de sustancias o soluciones de continuidad se resuelven gracias al desarrollo de una cicatriz conjuntiva. La notable vascularización del músculo y sus amplios espacios intersticiales explican la facilidad y extensión con que tienen lugar los fenómenos de edema, que a su vez, y de persistir en el tiempo, se organizan con facilidad ocasionando fibrosis y retracción muscular. Por todas estas razones no sólo es importante la patología traumática muscular, sino también sus frecuentes y graves secuelas. Las lesiones más frecuentes del músculo esquelético durante la práctica deportiva son la contusión y la rotura muscular, y mucho menos frecuente la laceración y la isquemia secundaria a síndrome compartimentai. Es consecuencia de un traumatismo cerrado y directo que, dependiendo de su intensidad, puede ocasionar desde pequeñas lesiones fibrilares, hasta necrosis de los haces musculares. Los signos característicos son la presencia de equimosis y hematoma, que suele extenderse más allá del foco de contusión. La zona muscular afectada aparece infiltrada de sangre con coágulos interfasciculares y ocupando los intersticios fibrilares, en caso de existir. Tanto el grado de hemorragia local como las lesiones fibrilares dependen, en gran medida, del estado en el que se encontraba el músculo en el momento de producirse el traumatismo, y así, a igualdad de intensidad, son más graves las lesiones producidas sobre un músculo en contracción. Las contusiones son más frecuentes en deportes de contacto como fútbol, rugby, hockey y en deportes de combate, judo, boxeo.... Una contusión, habitualmente, se distingue de la rotura muscular no sólo por el mecanismo de producción sino fundamentalmente, porque no suele producir impotencia funcional. Los músculos más afectados son el cuadríceps y los gemelos aunque en la práctica deportiva pueden verse afectados otros grupos musculares tanto de la extremidad superíor como de la inferíor. La contusión se manifiesta por dolor localizado, moderada impotencia funcional y equimosis posteríor, en la mayoría de los casos. En los traumatismos de mayor intensidad pueden observarse hematomas crepitantes con fluctuación, impotencia funcional importante e incluso rotura del músculo. El tratamiento va dirígido al control del edema, el hematoma y el dolor. Inicialmente con la aplicación de hielo en una bolsa sobre la zona afectada, una moderada compresión y elevación de la extremidad. La aplicación intermitente de hielo debe seguirse por 24-48 horas después de la intensidad del traumatismo. Está indicada la administración de antiinflamatoríos y enzimas proteoHticas por via general y local. La segunda fase, en cuanto el edema y la inflamación se han estabilizado, debe dirígirse a la restauración total de la movilidad ejercicios de extensión y flexión deben ser iniciados, teniendo en cuenta, no obstante, que estiramientos pasivos excesivos pueden favorecer la aparíción de miositis osificante traumática. En las roturas musculares el agente causal no es un traumatismo extrínseco del músculo, sino la propia contracción muscular de intensidad o coordinación inadecuada. Las diferentes denominaciones o términos empleados para designar la lesión muscular como «contractura» «tirón», «roturas fibrílares» y «roturas musculares», no son sino, diferentes grados de lesiones (fibrilares, fasciculares, totales) de la fibra muscular. En general las roturas son parciales, afectando con más intensidad la retracción a las fibras periféricas. Con mucha menor frecuencia, la rotura puede ser total, quedando ambos cabos musculares separados uno de otro, con una superficie de interrupción irregulares, retracción de los cabos y originando un gran hematoma. Las roturas fibrilares son las más frecuentes en el deporte y se producen en situaciones de alta velocidad como esprint o saltos. Los atletas refieren una sensación Lesiones en el deporte de dolor súbito e intenso en la zona muscular afectada e incluso algunos describen un chasquido coincidiendo con el estiramiento de dicha zona. En la exploración física encontraremos fundamentalmente dolor e impotencia funcional; en la palpación podemos detectar un hematoma central y a ambos lados del mismo el músculo retraído, que se manifiesta como una masa blanda que aumenta de tamaño y consistencia con la contracción muscular. La separación que queda entre los extremos del músculo roto, sólo puede apreciarse si el músculo es superficial, e incluso así, puede quedar parcialmente cubierto por el hematoma existente. Todos estos datos son más difíciles de explorar en las roturas parciales dado su menor tamaño y su situación muchas veces profunda, por eso si a la palpación observamos este tipo de defecto, debemos sospechar un tipo de lesión más severa con rotura muscular completa. El alcance de la exploración debe estar guiado fundamentalmente por el dolor, no obstante, es importante valorar la afectación neurovascular. En muchos casos el atleta es incapaz de seguir compitiendo. Las lesiones pueden ir acompañadas de una cantidad importante de sangrado, aunque frecuentemente se tardan días en poder detectar una equimosis subcutánea. El sangrado no queda confinado al músculo propiamente dicho, sino que puede escapara a través del perimisio y la fascia hasta el espacio subcutáneo. Esto explica el hecho de que la equimosis observada aparezca, en ocasiones, distal al lugar de la lesión, a diferencia de las contusiones musculares, donde la equimosis queda confinada al mismo lugar de la contusión. Por ser la lesión muscular alta o totalmente incapacitante para la práctica deportiva es necesario una vez realizado el diagnóstico clínico, establecer un diagnóstico más preciso que delimite la intensidad de la zona lesionada y la posible patología en estructuras adyacentes. Dos son las técnicas de imagen que nos permiten obtener estos resultados: -Ecografia muscular -Resonancia Magnética (RM). Consideramos que la técnica de elección es la ecografia de alta resolución que permite detectar lesiones de hasta 1-2 mm, utilizando transductores de frecuencia variable entre 5-12 mHz. Por la facilidad, inocuidad y la posibilidad de realizar exploraciones funcionales en tiempo real tanto con el músculo en contracción como en relajación, consideramos que es la técnica de elección para la mayoría de los casos. La RM, tan profusamente utilizada en la población deportiva, creemos que en la lesión muscular debería estar reservada a grupos musculares muy profundos como ocurre en la pelvis, o de compleja anatomía, como el manguito de los rotadores del hombro por presentar una mejor definición de la estructura anatómica que la ecografia. En líneas generales el tratamiento inicial debe ir orientado hacia el control del dolor y de la inflamación. Así pues, la indicación fundamental, es la aplicación local de hielo y la compresión moderada del área afectada. Con los mismos objetivos, se han de hacer estiramientos pasivos en la medida en que vayan siendo tolerados. La capacidad contráctil del músculo puede verse reducida en un 50%. Por ello durante la fase aguda deben evitarse las contracciones excéntricas del músculo, así como las inmovilizaciones en la medida de lo posible. Los estiramientos concéntricos e isométricos se irán añadiendo según vayan siendo tolerados por el deportista incrementando la resistencia de forma progresiva. Los ejercicios isocinéticos tienen una especial utilidad porque permiten al atleta realizar los movimientos a un nivel adecuado con el que se sienta cómodo. El programa de rehabilitación debe ir dirigida a restablecer el movimiento que debe alcanzar el mismo nivel que la zona no lesionada. En cuanto al tratamiento quirúrgico, sólo en los casos de roturas completas del vientre muscular, con gran retracción de cabos y/o con un gran hematoma, es necesario la aplicación de dicho tratamiento en fase aguda. De no ser así, existe un riesgo de resultado funcional mediocre y de las secuelas clásicas de fibrosis, cicatrices dolores y osificaciones. El síndrome compartimentai es un conflicto entre continente -sfasciay contenido -^músculo-. Cuándo la presión de un compartimento supera la capacidad de distensibilidad de la fascia que le rodea se produce el síndrome compartimentai. Aunque se puede distinguir una forma aguda y una crónica, es esta última la que con mayor frecuencia se da durante el ejercicio. El ejercicio favorece la aparición de este síndrome debido al uso intensivo de los músculos, que produce hipertrofia muscular y por tanto aumenta la presión del compartimento, al aumentar el contenido del mismo. Las contusiones y lesiones de tejidos blandos favorecen la aparición del síndrome compartimentai. La utilización de ortesis (rodilleras, musleras, o vendajes elásticos), que producen una compresión externa, no es probable que pudieran inducir el síndrome por sí solas, pero si favorece su aparición en algunas ocasiones en las que existe patología previa, puesto que disminuye el flujo muscular durante el ejercicio y el músculo se nutre mal. En el síndrome compartimentai crónico inducido por el ejercicio, son los músculos de la pierna los que son ejercitados con mayor intensidad en casi todos los deportes y por lo tanto, es la localización mas frecuente de síndrome compartimentai. Los compartimentos más afectados de la pierna son el anterior y el lateral y con menor probabilidad, los posteriores superficial y profundo. En el miembro superior, son deltóides y bíceps donde habitualmente puede presentarse un cuadro de síndrome compartimentai; generalmente en deportistas que practican remo, piragüismo, o lanzamientos. Durante el ejercicio la contracción isométrica o isotónica intensa y repetida, eleva la presión intracompartimental lo que produce isquemia muscular mientras dura la contracción. Otra circunstancia es que durante el ejercicio prolongado e intenso el volumen muscular se incrementa. Esta hipertrofia puede reflejar un aumento de permeabilidad capilar que ocasiona una acumulación de fluido en los espacios intra y extracelulares del músculo. El tercer hecho a considerar es que la hipertrofia de las fibras musculares provocada por el entrenamiento, dificulte el retorno venoso y linfático, asociado, en algunas ocasiones a pequeñas hemorragias por desgarros fibrilares, que serán las responsables del aumento del volumen muscular. En cuanto a la clínica cabe destacar como síntoma principal la aparición de dolor sobre determinado compartimento al realizar el ejercicio. En un principio el dolor es moderado, de tal forma que el deportista es capaz de seguir realizando el ejercicio, aunque con el paso del tiempo el dolor se intensifica, le hace disminuir la intensidad del ejercicio y al final le obliga a parar. Es típica la desaparición del dolor con el reposo y la reaparición del mismo al volver a realizar el ejercicio. Esto explica que el síndrome compartimentai aparezca cuando se inicia el entrenamiento mas intenso o después de una temporada de reposo. El diagnostico de esta patología se realiza mediante la clínica y la confirmación de una elevación de la presión en el compartimento afectado. Esta presión debe superar los 15 mmHg en reposo, los SOmmHg al minuto postejercicio y los 20mmHg a los 5 minutos postejercicio. En cuanto a la conducta a seguir en la forma crónica o recurrente del síndrome compartimentai, no existe un acuerdo total. No obstante la indicación fundamental es la eliminación de los factores de riesgo. Para ello habrá que evitar los cambios bruscos en la intensidad del entrenamiento, así como procurar el comienzo progresivo después de largas temporadas de reposo y realizar un adecuado programa de musculación. Si todo esto no es suficiente, y el deportista desea volver al nivel de entrenamiento anterior, se ha de valorar la posibilidad de una fasciotomía. La fasciotomía permite volver a la práctica del deporte de alto nivel a más del 60% de los deportistas operados. Los casos menos favorables que si bien han permitido la desaparición de las molestias, no han conseguido recuperar el nivel anterior a la lesión, se han atribuido a la reducción de la capacidad de mantener la tensión y presión muscular que se produce después de la fasciotomía. En medicina del deporte, las tendinopatías por sobrecarga representan un tipo de patología de especial relevancia. De hecho, se trata de cuadros patológicos muy frecuentes que típicamente afectan a las zonas anatómicas relacionadas con la modalidad deportiva practicada. Este tipo de lesiones, generan una sintomatologia que limita o incluso impide de forma absoluta el desarrollo de la práctica deportiva. Además, si las tendinopatías no son diagnosticadas y tratadas correctamente, tienden a cronificarse y a recidivar. Antes de profundizar en el tema, conviene apuntar algunos conceptos relativos a la morfología y la función del tendón normal. Los tendones son estructuras anatómicas interpuestos entre los músculos y los huesos. Tienen como función transmitir las tracciones mecánicas de la contracción muscular a la palanca esquelética. El tejido tendinoso esta formado por unas células específicas denominadas tenocitos, y por la matriz fundamental, constituida a su vez, por fibras de colágeno y por algunas fibras elásticas. Sus propiedades mecánicas se deben principalmente a las fibras de colágeno. Estas fibras están organizadas en haces de primero y segundo orden, y se orientan en la dirección de aplicación de las solicitaciones mecánicas a las que se somete. Las fibras de colágeno están constituidas por fibrillas que a su vez, resultan de la unión de muchas microfibrillas. El colágeno del tendón es del tipo genético I, que es el adecuado para soportar la tensión a la que esta sometido durante la contracción muscular. Por eso, esta estructura representa un ejemplo perfecto de adaptación estructural a una función determinada. A pesar de esta superespecialización, el tendón puede verse envuelto en lesiones por sobrecarga y esto es debido a que en casi todas las prácticas deportivas se requieren actuaciones del aparato locomotor, llevadas al límite de lo fisiológico. En la cadena estructural, constituida por músculo-tendón-huesoarticulación, el tendón es, sin duda, la parte más débil. El músculo por su parte, tiene la capacidad de adaptarse fácilmente a la sobrecarga funcional, mediante la hipertrofia del propio músculo, de tal forma que, mediante técnicas adecuadas, el atleta puede potenciar notablemente su masa muscular. El tendón por el contrario no tiene esta capacidad de adaptación, por lo que con mayor frecuencia puede verse afectado por lesiones de fatiga. Esto no quiere decir que cualquier método de potenciamiento muscular provoque irremediablemente una tendinopatia, sino que, la sobrecarga funcional del aparato locomotor, provocada por el deporte, es un factor de riesgo para la integridad de los tendones. En cuanto a la etiología de las tendinopatías, podemos hablar de factores intrínsecos y extrínsecos. Dentro de este grupo cabe destacar los trastornos de las condiciones de salud del atleta, así como de la condiciones psicológicas que actúan sobre su concentración y su coordinación motora. Una coordinación imperfecta entre el músculo agonista y antagonista provoca un aumento de la tensión intensa durante la contracción y una ejecución inadecuada del gesto deportivo. De especial relevancia, y frecuentemente infravalorado, son el calentamiento muscular mal efectuado antes de la competición, y la deficiente ejecución de los ejercicios de estiramiento y flexibilidad muscular. De hecho, esto último, puede ser un método útil en la profilaxis de las tendinopatías. De tal forma que la distensión de los músculos agonistas y antagonistas mejora la elasticidad y la coordinación muscular y reduce, por ello, las tensiones mecánicas que se ejercen sobre el tendón. En este grupo de factores extrínsecos deben añadirse también, las condiciones climáticas, los métodos de entrenamiento y potenciación muscular incorrectos, y los materiales, ( calzado, equipo, terreno), inadecuados. En particular los terrenos duros o los muy rápidos provocan ondas mecánicas de mayor intensidad y consecuentemente más lesiones para el tendón. Analizados todos estos factores, estamos en disposición de afirmar que, la solución del problema de las tendinopatías por sobrecarga funcional, radica fundamentalmente, en la profilaxis, mediante el control minucioso de todos estos factores tanto extrínsecos como intrínsecos. No obstante hoy en día se pueden contar con numerosos procedimientos terapéuticos en caso de que fueran necesarios. Las tendinopatías que se presentan en deporte con mayor firecuencia son: a. Miembro superior: -Tfendinopatía del manguito de los rotadores. -Síndrome de la inserción de los aductores. -Síndrome de la inserción de los isquiosurales En la tendinopatía del semimembranoso, semitendinoso y bíceps femoral, el dolor se localiza en la zona isquiática en le momento de acelerar o alargar el paso. En la tendinopatía del rotuliano hay que diferenciar una patología de inserción proximal del tendón, a nivel del polo inferior de la rótula, y-una patología de inserción distal a nivel de la tuberosidad tibial anterior. El atleta refiere clínica dolorosa sobre la cara anterior de la rodilla en la región rotuliana. Es el dolor a la presión el que nos orienta sobre una patología en la zona de inserción proximal o distal del tendón. Además en las lesiones crónicas se observa un aumento del volumen del tendón en el que se puede palpar pequeños nódulos. En la tendinopatía aquilea se reconocen tres formas clínicas diferenciadas. Las tendionapatías de desarrollo hacia una peritendinitis, hacia una tendinosis y la tendinopatía insercional. La sintomatologia subjetiva queda definida por dolor en la región aquilea que aparece al caminar especialmente al llevar calzado con tacón bajo, y durante la carrera, especialmente en terreno accidentado, y que tiende a atenuarse tras un calentamiento adecuado. En la exploración física es fácil distinguir las tendinopatías insercionales, las cuales se caracterizan por una tumefacción de la región del calcáneo, especialmente si se asocia a una bursitis preaquílea, y por dolor a la presión sobre la zona de inserción del tendón al hueso, o delante del tendón, en donde se halla la bolsa serosa. Sin embargo resulta más difícil, desde el punto de vista clínico, distinguir una peritendinitis, lesión de carácter preferentemente inflamatorio, de pronóstico relativamente favorable, de una tendinosis, lesión típicamente degenerativa, con pronóstico menos favorable. En ambos casos se produce una tumefacción, con aumento del volumen del tendón, y se desencadena dolor a la presión. En las formas más graves de tendinosis se puede palpar en el tendón pequeñas formaciones nodulares que presentan áreas de degeneración del tejido tendinoso. El diagnóstico de las tendinopatías, además de por sus características clínicas, se basa, al igual que las lesiones musculares, en dos técnicas fundamentales como son la ecografia musculotendinosa y la RM, que además de su función diagnóstica tiene utilidad en la valoración pronostica y la elección terapéutica. El tratamiento de las tendinopatías del deporte puede orientarse hacia un tratamiento conservador o quirúrgico. El tratamiento conservador tiene sus indicaciones precisas en las fases iniciales, si éste se aplica oportuna y correctamente produce la curación en un elevado porcentaje de casos. El esquema terapéutico conservador es el siguiente: a) Reposo activo: eliminación de agresiones mecánicas de la unidad musculotendinosa afectada, pero con adecuado entrenamiento y potenciación de las restantes parcelas musculares. b) Farmacológico: AINES y antiedematosos por vía oral o local en preparaciones en gel o crema. Las infiltraciones en general quedan limitadas a las tendinopatías insercionales con bursitis. c) Otros: crioterapia, iontoforesis con antiinflamatorios, láser, terapias con ultrasonidos... Cuando la terapia conservadora no tiene éxito, por recidivas o cronificación, se recurre al tratamiento quirúrgico. No obstante esto no debe aplazarse excesivamente, de hecho el buen resultado del tratamiento quirúrgico depende de que la indicación sea correcta y el diagnóstico más detallado posible. En cuanto a la rehabilitación postoperatoria, debe plantearse una movilización sin carga, lo más rápido posible y en algunos casos inmediata, del miembro operado. De las numerosas patologías que pueden afectar a la columna vertebral, dos son los cuadros que tienen una clara mayor incidencia en deportistas, por ser la causa desencadenante la práctica deportiva intensa y repetida la espondilolisis y la epifisitis vertebral. Espondilolisis es la existencia de un defecto a nivel de la pars interarticularis de una vértebra. Este defecto puede ser displásico con elongación y adelgazamiento de dicha pars, o ístmico cuando existe una solución de continuidad en la estructura. El nivel más frecuente es la quinta vértebra lumbar, menos frecuente la cuarta y tercera y excepcional a otros niveles. Espondilolistesis es el desplazamiento de un cuerpo vertebral en relación a su inmediatamente inferior. Las espondilolistesis se han clasificado en cinco tipos: -Displásica Lesiones en el deporte -ístmica -Degenerativa -Traumática -Patológica En la población deportiva, es el tipo II, espondilolistesis ístmica, la más frecuente. La lesión básica que permite la listesis está en la alteración ístmica. Las carillas asticulares mantienen su normal relación, mientras que la pars interarticularis está fracturada, por sobrecarga y muy raramente de forma aguda por un único y violento traumatismo. Actualmente, la teoría etiopatogénica más aceptada es la que considera la espondilolisis como una fractura de sobregarga que asienta sobre un istmo vertebral predispuesto anatómica, biomecánica y genéticamente. Existen tres subtipos: Subtipo A -Lítica. Secundaria a una fractura por fatiga del istmo. Subtipo B -Elongación ístmica. En este caso la fractura de sobrecarga consolida repetidas veces con lo cual el istmo se va alargando progresivamente. Subtipo C -Fractura ístmica aguda. Secundaria a un trauma severo. Si bien, el factor desencadenante es la fractura por sobrecarga, también existen factores predisponentes a considerar: El factor racial, como factor predisponente de espondilolisis ha cambiado en los últimos años. La raza esquimal tradicionalmente presenta una mayor incidencia. Cuando esta población ha perdido, en parte, sus costumbres tribales y las grandes distancias se hacen en vehículos motorizados y no andando, y la pesca y la caza se realizan con menos intensidad o de diferente manera, la incidencia ha disminuido. Si bien el factor racial existe, el factor ambiental tiene una gran importancia en la aparición de espondilolisis en la raza esquimal. Se han establecido una mayor prevalência y espondilolistesis en algunas familias. Otro argumento que defiende el factor hereditario en el defecto ístmico son los hallazgos de la lesión en gemelos univitelinos. Las mujeres de raza negra son el grupo con menos prevalência de espondilolisis (1.1%) y los varones de raza blanca los que mayor número de lisis acumulan (6.4%). En los estudios embriológicos jamás se ha encontrado lesión ístmica, desmintiéndose así la teoría congénita de espondilolisis. La mayoría de trabajos observan la aparición de lesión ístmica a los 5-6 años, aumentando muy discretamente hasta la adolescencia, momento a partir del cual no aumenta la incidencia. El factor, por tanto, desencadenante de la espondilolisis es la sobrecarga que sufre la pars en la actividad deportiva. Se describen unos deportes en los cuales existe un estrés preferentemente axial, otros rotacional y por último aquellos que sufren un estrés por hiperextensión lumbar. En el grupo I se encuentran los deportes sometidos a estrés por compresión. Estos son: halterofilia, atletismo (salto de altura, fondo y campo a través), fútbol americano, rugby, judo, hípica, voleibol... En el grupo II se hallan los deportes en los que predomina la torsión: tenis, golf, béisbol, baloncesto, fútbol, boxeo, voleibol, piragüismo y lanzamiento de disco. En el grupo III ser encuentran los deportes en los que predomina la hiperextensión: ginmasia, tenis, remo, atletismo (salto de altura, lanzamiento de jabalina) y natación (en especial mariposa y braza). Un número muy significativo de deportistas, en nuestra experiencia he ~' ft'-40%, con espondilolisis y/o espondilolistesis permanecen asi-r:-;. abituai que los períodos, sin clínica significativa, se'. <:: dros de dolor que coinciden con períodos de mayor ca'"..:.,..ento o con molestias poco significativas. Increiüeiitan ax desarrollo de sintomatologia severa a partir de una espondilolistesis, el deslizamiento mayor al 25%, y degeneración discal. Clínicamente el dolor secundario a la producción de una espondilolisis, se sitúa generalmente en la parte lumbar inferior y no tiene irradiaciones en extremidades inferiores. El dolor aumenta con la mínima extensión lumbar. La sintomatologia se inicia normalmente después de realizar una actividad física importante, especialmente si ésta es de flexoextensión repetida. Su duración será mayor en aquellos casos en los que el individuo continúe con ejercicio físico más o menos vigoroso. El deportista más raramente puede sufrir dolor de tipo radicular en una o las dos extremidades inferiores asociada a dolor lumbar bajo. El dolor radicular puede producirse por el acodamiento de la raíz sobre el canto prominente de la vértebra retrasada, o por la estenosis del foramen debida al nódulo fibrocartilaginosos que se produce en la pars. Otro síntoma importante es la contractura de los isquiosurales. La contractura o espasmo de los isquiosurales se observa en la mayoría de los casos sintomáticos y se considera consecuencia de una irritación de la raíz nerviosa. Los músculos isquisurales están inervados Lesiones en el deporte por diversas raíces nerviosas, que abarcan desde L4 a S3, por tanto, éstos podrán estar interesados sea cual sea el nivel de la lesión. Los deportistas adolescentes con patología listésica desarrollan una actitud escoliótica lumbar. Esta actitud nunca será estructural ni superará los 15%. El avance de los métodos diagnósticos, radiología convencional y digital, tomografia axial computerizada y resonancia magnética, nos permiten realizar un diagnóstico precoz, preciso y exacto. La conduca a seguir, lógicamente, es suprimir o atenuar el factor desencadenante, es decir, la sobrecarga axial, rotacional o por hiperextensión a que esté sometido el deportista. Esto exige conocer los gestos deportivos de cada uno de los deportes, para emitir un consejo médico. Los obligados controles médicos cada 6 o 12 meses, durante la época de crecimiento y cada 1-2 años a partir de los 20 años, nos permitirán valorar la tolerancia y la intensidad de la práctica deportiva que puede soportar el deportista, sin riesgo para su salud, y cuando así no sea, aconsejar el abandono de la práctica deportiva temporalmente, y con menos frecuencia definitivamente. Estas alteraciones vertebrales se encuentran fundamentalmente en deportistas jóvenes sometidos a una importante exigencia fi^sica y afectan a una o dos vértebras de la transición tóracolumbar. Las epifisitis lumbares suelen ser pequeñas, aunque en deporte de alto nivel practicado por adolescentes, como es la gimnasia, existen casos muy severos. La diferencia entre las dos entidades reside en que la hernia de Schmorl se afecta el platillo óseo central y en la epifisitis lumbar se afecta el anillo epifisario que lo rodea. Son unos deportistas adolescentes, sometidos a una alta exigencia deportiva donde la mecánica de hiperextensión forzada es obligada. El gesto de hiperextensión en sesiones de entrenamiento de 5-6 horas diarias comporta una importante hiperpresión del núcleo pulposo sobre la parte anterior del anillo fibroso que se coloca a máxima tensión contra el ligamento vertebral común anterior, a nivel de la parte anterior y media del cuerpo vertebral. Esta hiperpresión anterior del disco, intensa y repetida, reperecute sobre el núcleo marginal en pleno desarrollo, distorsionándolo, desplazándolo y provocando alteraciones de crecimiento y fenómeno de osteonecrosis, evitando su fusión y provocando hernias intraesponjosas. La clínica de esta patología microtraumática es poco expresiva, existe un moderado cuadro de dolor lumbar. La radiografía presenta una imagen lítica, en la proyección de perfil, en el ángulo superoanterior vertebral. Los casos más severos pueden evolucionar hacia la inestabilidad y discartrosis precoz, por lo que es recomendable disminuir la actividad física vigorosa y realizar un control clínico y Rx periódico, para comprobar la estabilización del raquis, antes de reanudar la práctica deportiva de alto nivel. Un seguimiento médico no adecuado puede condicionar un dolor lumbar crónico en la edad adulta. Las fracturas de estrés son fracturas parciales o completas del hueso como resultado de una remodelación ósea acelerada en respuesta a un microtraumatismo habitual no violento y repetitivo ^. En el terreno deportivo las fracturas de estrés varían en incidencia y localización dependiendo del deporte y tipo de actividad. Las de tibia y metatarsianas son más frecuentes en corredores las del astràgalo en baloncesto y la del V metatarsiano es más frecuente en jugadores Lesiones en el deporte de balonmano, voleibol y fútbol americano. Actividades como la carrera, la gimnasia, el aerobic o el baloncesto, se asocian a una alta incidencia de fracturas de estrés. El hueso es un tejido dinámico que responde con cambios en relación a las variaciones de intensidad o frecuencia de carga que se aplican. En general el hueso se adapta bien a las variaciones graduales de tensión. Cuando se aplican diferentes cargas, el hueso se remodela de forma gradual depositando hueso donde la tensión es mayor y reabsorbiéndolo donde no existe carga. La fractura de estrés se produce cuando la tensión ósea producida por cargas repetidas sobrepasan la capacidad de resistencia del hueso. Al aumento de la carga se añade otro factor: la fatiga inducida por el ejercicio repetitivo disminuye la función de absorción de los músculos, por lo que se transmite una mayor tensión al hueso provocando la fractura. El deportista gana fuerza muscular más rápidamente que fuerza ósea. Una alta concentración de fuerzas musculares excéntricas y concéntricas actuando sobre un hueso específico predisponen al fallo óseo. -Actividad física: deportes de ejecución vigorosa y repetitiva asociados a carga física y, en muchas ocasiones, aumento il'epentino en la intensidad, la frecuencia o la duración del ejercicio. -Factores biomecánicos: Torsión tibial y el grado de rotación externa de la cadera, asociado a calzado inadecuado y a superficies duras o irregulares, actuando de forma independiente y en conjunto. -Factores hormonales y nutricionales: Oligomenorrea, amenorrea primaria o secundaria, menarquia retardada, fase lútea alterada, ovulación alterada e infertilidad asociadas a actividades físicas intensas como la carrera, el aerobic o la danza en mujeres con peso y porcentajes de grasas bajas. En realidad, la causa primaria sería una concentración baja de estrógenos en sangre. El diagnóstico, a pesar del espectacular avance de los medios diagnósticos, sigue siendo eminentemente clínico. Una historia médico-deportiva en la que se refiera actividad física intensa y habitual, asociada a un dolor cada vez más intenso sobre una estructura ósea debe hacer sospechar siempre la existencia de una fractura de estrés en fase inicial. El dolor tiene unas características muy definidas; inicialmente aparece al final del entrenamiento, afectando a una zona poco delimitada, para rápidamente hacerse persistente durante el entrenamiento y después de éste. Simultáneamente el dolor se hace selectivo con callo palpable e inflamación de partes blandas adyacentes. La radiología convencional en los primeros días es poco específica, no visualizándose las alteraciones óseas en muchas ocasiones hasta las dos semanas de inicio de los síntomas. La gammagrafía ósea con tecnecio 99 permite detectar las alteraciones óseas precozmente y con una técnica en triple fase hacer el diagnóstico diferencial con lesiones de partes blandas, al ser positiva exclusivamente en la fase tardía en las fracturas de estrés. La tomografia axial estará indicada cuando estén afectadas partes anatómicas de morfología compleja como el astrágalo o el sacro. La resonancia magnética es, en el momento actual, el medio diagnóstico de elección al unir la precocidad en el diagnóstico con la especificidad y definición morfológica que no poseen otros medios diagnósticos. La base fundamental del tratamiento será de reposo activo. En el deportista de competición, por tanto, la limitación de la carga sobre el área afectada, acompañada de un programa de mantenimiento de función cardiovascular, fuerza muscular, flexibilidad y función propioceptiva,a permitirá una adecuada vuelta a los programas de entrenamiento una vez objetivada la consolidación ósea. Esta consolidación supone como mínimo de 4 a 7 semanas en función de la localización e intensidad de la lesión, pudiendo prolongarse hasta tres meses en algunos casos. El entrenamiento en piscina o en bicicleta estática pueden ser útiles como elementos de trabajo alternativo. El control de la evolución puede realizarse con radiología convencional y siempre será la ausencia de dolor la que marcará la reanudación de la actividad deportiva habitual. Notas ^ Los datos han sido obtenidos en el Servicio de Antropometría del Centro de Medicina del Deporte (C.S.D.), por la Dra. Alicia CANDA, sobre más de 5.000 deportistas de competición españoles de diferentes modalidades deportivas. ^ BRIETHAUPT, médico militar prusiano, fue el primero en descríbir, en 1850, las fracturas de estrés, en soldados tras largos y repetidos desplazamientos a pie, denominándolos «fracturas de marcha». Después del descubrimiento de los Rayos X en 1896, fue una de las primeras lesiones diagnosticada y visualizada por radiografía. La mecanización de los ejércitos y la intensificación de la práctica deportiva hace que sea en el ámbito deportivo donde actualmente se dan la mayoría de las fracturas de estrés en hueso sano.
Las lesiones deportivas presentan una creciente prevalência, asociada con el aumento de la práctica deportiva. Tanto a niveles de competición como recreacionales, se constata una demanda del deportista para volver a la actividad de la forma más rápida y funcional posible. Se examinan en este trabajo las características de la lesión de aparato locomotor en el deporte, y las peculiaridades del proceso de rehabilitación tras el tratamiento inicial, analizándose los actuales procedimientos e infraestructura empleados para su desarrollo, desde una perspectiva multidisciplinar 1. Introducción: la lesión deportiva, su prevención y su rehabilitación El deporte, en sus diferentes manifestaciones, constituye un elemento de primer orden en la estructura de la mayoría de las sociedades humanas. Los individuos de nuestra especie han competido atlèticamente entre sí, y también contra ellos mismos a través de la historia conocida, y como consecuencia, han experimentado lesiones durante la preparación o la competición en sí misma. Una lesión deportiva puede ser definida ampliamente como cualquier lesión que está relacionada con la actividad física y^que resulta en el mantenimiento del individuo fuera del entrenamiento, actividad o competición el día siguiente del episodio; también puede definirse como cualquier lesión relacionada con el deporte que requiere atención médica. La incidencia de este tipo de patología continúa subiendo entre la población deportista, y también entre la población general, debido al Jesús Olmo Navas 228 incremento de la práctica de deporte-salud como medida de medicina preventiva para muchas enfermedades. La lesión deportiva se da mayoritariamente en el sistema musculoesquelético, de manera que entre los profesionales enfocados a esta área de la anatomía humana podemos encontrar a la mayoría de los especiahstas. La incidencia principal se agrupa esencialmente en las articulaciones de los miembros inferiores, con la rodilla como la región más frecuentemente afectada. En deportes que demandan la utilización del miembro superior, el hombro es el principal foco de lesiones, debido a la movilidad extensiva y escasa estabilidad inherentes a su estructura. El estudio, diagnóstico y manejo de estas lesiones ha evolucionado dentro del campo multidisciplinar de la medicina deportiva, interesando a médicos, terapeutas, científicos del deporte, entrenadores y a toda una cohorte de profesionales de la salud, educadores e investigadores que han orientado sus respectivas carreras hacia la prevención, tratamiento y rehabilitación de las lesiones deportivas, con el objetivo siempre de devolver al individuo al más alto nivel de actividad posible. La prevención es un factor clave para disminuir las posibilidades de lesión. La adecuada progresión, intensidad, frecuencia y carga consiguen motivar un decremento de estas posibilidades, en especial de las lesiones por sobrecarga. Aunque la prevención siempre ha sido objeto de discusión, la realidad es que poco se ha avanzado en este campo. La actitud general hacia su importancia real está gradualmente cambiando hacia un reconocimiento de su papel esencial en el cuidado continuo del deportista, de modo que cada vez hay más número de éstos que incluyen en su planificación de entrenamiento programas específicos y medidas generales de prevención de lesiones, con el consiguiente impacto en el rendimiento general temporada tras temporada. El objetivo del tratamiento y la rehabilitación de la lesión deportiva es la restauración de la función atlética, en el mayor grado posible, en el tiempo más corto posible. La práctica basada en los conocimientos científicos, focalizada en el manejo del curso temporal de la reacción inflamatoria inicial y los procesos de reparación subsecuentes, reconociendo las características de cicatrización de los tejidos neuromusculares, articulares y óseos, y fundamentada en la apreciación de la mecánica articular, la fisiología del ejercicio, y la psicología del deportista con respecto a su lesión, proporciona sin duda la resolución de muchos de éstos procesos patológicos ^. La rehabilitación deportiva viene marcada por el tiempo. El periodo temporal que transcurre mientras un deportista está lesionado afecta negativamente a su condición física y rendimiento posterior. Para cual-La rehabilitación en el deporte quier practicante de deporte, tenga el nivel que tenga, las implicaciones personales derivadas del tiempo de inactividad son importantes en la mayoría de los casos. Para un deportista de alto nivel, estas implicaciones pueden ser dramáticas, y trascienden del ámbito de lo personal para pasar al de lo social y económico. En este aspecto, se observa un progresivo interés en la inclusión de unidades altamente tecnificadas de rehabilitación y prevención de lesiones deportivas dentro del complejo de estructuras que deben acompañar necesariamente al deportista de alto rendimiento. Es evidente que no tiene sentido dedicar unos amplios recursos para optimizar el entrenamiento de un atleta de élite sin pensar en la alta incidencia de lesiones que este tipo de atletas presenta. Una unidad de rehabilitación deportiva de calidad inferior al resto de unidades que configuran la estructura de alto rendimiento puede afectar seriamente a los resultados deportivos del deportista de alto nivel, y representa una carencia tanto o más grave que la ausencia de una buena instalación de entrenamiento o de un buen entrenador. Los países avanzados en este aspecto han reconocido desde hace tiempo la importancia de estos planteamientos, con resultados valorables. Otros países que pugnan por elevar su nivel deportivo internacional están comenzando a integrar este tipo de unidades dentro de su planificación para el alto rendimiento deportivo. Sin llegar a estos niveles de tecnificación, y asociado al auge de la actividad deportiva en la población general, se observa un cada vez mayor interés en la recuperación adecuada de las lesiones que esta práctica conlleva. No cabe duda que, conforme el nivel de bienestar de la sociedad aumenta, la demanda de una mayor calidad en la rehabilitación de las lesiones se incrementa, siendo éste un hecho que cualquier estructura sanitaria no puede ignorar. La rehabilitación ha pasado de ser una especie de «lujo» a ser solicitada como parte integral del tratamiento de una patología susceptible de su aportación. En el campo del deporte, se constata una exigencia creciente del practicante, ya sea recreacional o competitivo de cualquier nivel, por volver a la práctica de su deporte favorito de la manera más rápida posible. Esta exigencia lleva muchas veces al deportista a desdeñar propuestas científicas de tratamiento basadas en la evidencia, y fundamentadas sobre el respeto de los tiempos fisiológicos de reparación, a favor de ofertas de regímenes de tratamiento no convencionales, y supuestamente más breves, ofrecidos por toda una cohorte de técnicos con conocimientos de la patofisiología de la lesión de aparato locomotor. El estado embrionario de la investigación básica en muchos de los procesos patológicos 230 Jesús Olmo Navas deportivos, asociado a una secular escasa consideración de la importancia de éstos, ha llevado a la proliferación de estas propuestas terapéuticas, de base en muchos casos simplemente empírica, y cuyo valor en muchos casos está por demostrar. El concepto integral de la rehabilitación en el deporte Distintivamente con respecto a la rehabilitación convencional, la rehabilitación deportiva requiere no sólo la completa restauración del rendimiento funcional de la articulación o extremidad afecta, sino que también comprende el mantenimiento de las capacidades atléticas del deportista, mediante su trabajo según un plan de entrenamiento modificado de acuerdo a las características de la lesión. De este modo, el modelo de plan de tratamiento para una lesión deportiva se asemeja mucho a una planificación de entrenamiento, con los añadidos de la terapéutica necesaria sobre el foco patológico. Este plan se construye sobre el conocimiento de los límites en la regeneración del tejido, y a través de la recuperación de la fuerza, potencia y resistencia musculares, mientras que la flexibilidad estructural y la capacidad cardiovascular se mantienen o mejoran. De este modo, el proceso de rehabilitación se puede estructurar según los principios de la planificación moderna del entrenamiento, dado que se van a trabajar muchas de las cualidades físicas del deportista, con las modificaciones dictadas por su lesión. Esta planificación se puede materializar en el diseño de un macrociclo de rehabilitación, que es caracterizado por el objetivo concreto de la recuperación de la lesión, y con objetivos secundarios de mantenimiento o mejora de otras cualidades físicas. No podemos olvidar que el tiempo de baja es un excelente momento para mejorar áreas de rendimiento del deportista cuyo trabajo se ha podido limitar anteriormente por cuestiones de priorización y gestión de tiempo. De este modo, durante el periodo de lesión se pueden trabajar aspectos como la flexibilidad o la musculación de algunos segmentos corporales, de modo que se consigan mejoras a la hora de la vuelta al entrenamiento. El macrociclo de rehabilitación puede estructurarse en mesociclos de acumulación, transformación y realización, y en microciclos, de acuerdo a los principios de la planificación deportiva contemporánea. Los objetivos funcionales finales del proceso de rehabilitación suelen ser mucho más ambiciosos en el deportista que en el individuo sedentario, ya que las demandas de aquel sobre su sistema musculoes^ quelético son mucho mayores. El establecimiento de los objetivos La rehabilitación en el deporte rehabilitadores debe pues basarse en un conocimiento profundo de estas demandas, las cuales varían según la especialidad deportiva y que comprenden no sólo un alto grado de desarrollo de las cualidades físicas básicas, sino además unas elevadas prestaciones de control neuromuscular y de funcionalidad deportiva. A este respecto, destaca la importancia del trabajo sobre la propiocepción y sobre la readquisición de las destrezas propias del deporte. Progresando de general a específico, de simple a complejo, de fácil a difícü con incrementos en la intensidad y repetición, el deportista es reintroducido en su actividad deportiva habitual. De este modo, la progresión del deportista a través de su lesión se estructura según unos objetivos parciales complejos, para cuya obtención cada etapa se basa en los progresos obtenidos en la anterior. Puesto que tanto la lesión del deportista, como el propio deportista en sí, representan problemas complejos, la rehabilitación deportiva necesita integrar numerosas herramientas diagnósticas, terapéuticas y de entrenamiento. Una aproximación multidisciplinar al problema resulta sin duda en la mejor disposición de los esfuerzos ante la patología deportiva, ya que la diversidad de factores que hay que monitorizar y mejorar aconseja la intervención de diferentes expertos. En el campo diagnóstico, se hace necesaria la integración de exploraciones clínicas e instrumentales, con aquellas llamadas funcionales y con tests de rendimiento deportivo seleccionados. La lesión deportiva provoca un proceso de desentrenamiento que es necesario valorar en todas sus áreas. Para ello, es muy interesante la aportación de pruebas físicas estandarizadas propias del medio deportivo. Las evaluaciones debieran ser continuadas, como parte de un proceso de retroalimentación constante, común con el sistema cerrado característico del entrenamiento deportivo moderno. En el campo terapéutico, el gran arsenal de medios disponibles requiere la gestión cuidadosa de elementos tales como la medicación, los medios físicos, la fisioterapia, las ortesis y equipamiento, la nutrición, la corrección biomecánica, la intervención psicológica y la planificación de entrenamiento integrado, entre otros. Cada uno de estos ítems es dominado por diversos tipos de especialistas, cuyo trabajo coordinado es la mejor garantía de eficacia. Enfoques individualistas de la lesión deportiva dan lugar indefectiblemente a carencias importantes en la recuperación del deportista. 3, Fisiología de la condición física y de la rehabilitación Dado que la rehabilitación deportiva emplea un programa de entrenamiento modificado para restablecer la función perdida y mantener 232 Jesús Olmo Navas la condición general, el proceso debiera estar presidido en todo momento por los principios generales del entrenamiento. El rendimiento de un deportista está influenciado por un gran número de factores, cuya importancia es necesario identificar, priorizar, evaluar y modificar si se quiere sacar el máximo partido a las condiciones individuales. Muchos de los condicionantes que afectan negativamente al rendimiento pueden salir a la luz en el momento de una lesión, y ésta puede ser la consecuencia de aquellos. En numerosas ocasiones, es a partir de una lesión cuando los necesarios cambios en el entrenamiento del sujeto son realizados. De este modo, el proceso de rehabilitación surte un efecto corrector, que trasciende del tiempo de lesión para formar parte de la estrategia de entrenamiento del deportista. Durante el tiempo en el que el deportista está lesionado, es importante la conservación del mayor número de componentes de la condición física posible. El abandono total de la actividad y la sustitución de ésta por media hora al día de fisioterapia es una práctica bastante frecuente, que condiciona sin duda un mayor tiempo de baja, un rendimiento disminuido al término del proceso y un mayor riesgo de lesión recurrente. No se debería de perder de vista que la condición física es un conjunto complejo de factores que podríamos agrupar convencionalmente en: Sistemas de energía muscular, representados en las vías aeròbica, anaeróbica láctica y anaeróbica aláctica, cuyo desarrollo expresa una potencia y capacidad determinadas para cada una de ellas. Sistema cardiorrespiratorio, en el que se podrían englobar las características de la función respiratoria, cardiaca, circulatoria y hemática. Sistema neuromuscular, el que se incluirían las cualidades musculares de fuerza, potencia y resistencia, junto con factores neurales complejos como el reclutamiento, frecuencia de contracción, la sincronicidad, la secuenciación de patrones de movimiento, el equilibrio o el control de la estabilidad de una articulación. Flexibilidad, con sus componentes articulares, tisulares y neurales. Composición corporal, con sus componentes de masa grasa, masa muscular y masa ósea, de importancia relativa al tipo de deporte. Es fácil comprender como, si la reparación de una lesión dura, por ejemplo, dos meses, estos factores quedarán dramáticamente mermados en caso de que no se les someta a un programa serio de trabajo. Si esto no es así, al alta del deportista nos podemos encontrar con. La rehabilitación en el deporte por ejemplo, varios kilos de más y una condición física pobre que requiera un tiempo adicional para volver a ser la que era. De este modo, se hace absolutamente necesario el entrenamiento continuado de estos factores, de una manera integrada con el programa de rehabilitación. De hecho, algunos deportistas de elite pueden trabajar más horas durante su rehabilitación que durante el entrenamiento normal, cuando no tienen problemas. En condiciones ideales de alto rendimiento, el programa de rehabilitación preside la vida del deportista durante el tiempo en que éste está lesionado. En deportistas de menor nivel, el programa debe adaptarse a los recursos y tiempo de cada individuo, pero no debe obviarse en absoluto, dado que no solamente tiene incidencia sobre el rendimiento posterior, sino también sobre la propia predisposición a lesionarse de nuevo. La práctica habitual de partir de cero tras una lesión tiene un alto coste en lesiones recidivantes, y esto se observa, desgraciadamente, de forma frecuente en la práctica clínica. Parte importante del programa de rehabilitación la constituye el entrenamiento de la condición muscular, expresada en sus características de fuerza, potencia y resistencia. La mayoría de las lesiones deportivas motivan una afectación de alguna o de todas estas cualidades, cuyo restablecimiento es materia de trabajo común para el equipo de rehabilitación, el cual debiera trabajar en conexión con el entrenador para desarrollar programas, tanto generales como específicos a las demandas del deporte. Para ello, se hace necesario el conocimiento de las adaptaciones que se dan en respuesta al entrenamiento de fuerza, así como de los tipos y sistemas de entrenamiento reconocidos, de la metodología para la documentación de este tipo de entrenamiento, y del diseño de programas individualizados para lesiones específicas. Por otra parte, para prescribir un programa de entrenamiento, es necesario basarse en una serie de principios. En primer lugar, éste debiera ser individualizado, fundamentándose en la edad biológica, condiciones genéticas, estado de condición física, estado de salud, y estado de fatiga, entre otros factores. Igualmente, es aconsejable optimizar el desarrollo de los componentes de la condición física de acuerdo al tipo de deporte practicado, puesto que no en todos se requieren unos niveles máximos de cada uno de ellos. Además, y según la fase de programación, es demandable un nivel de especificidad concreto, con una adaptación de las características del entrenamiento a los patrones funcionales del deporte en cuestión. No se puede pasar por alto que las respuestas corporales a las cargas de ejercicio son en gran parte específicas a las estructuras y funciones estimuladas. Jesús Olmo Navas cuanto a la aplicación de cargas, es importante respetar los principios de estímulo y supercompensación mediante el adecuado descanso/descarga, para lo que se hace necesario conocer los tiempos de recuperación de las cualidades musculares para cada tipo de entrenamiento. Una mala planificación en este aspecto es especialmente grave cuando se trabaja en la recuperación de una lesión, puesto que ésta es especialmente sensible a la sobrecarga. La progresión en el ejercicio, manteniendo el efecto de estímulo, también debe ser cuidada al máximo, ya que una estructura lesionada presenta una menor tolerancia a los incrementos bruscos. La periodización del entrenamiento, su monitorización y su evaluación son aspectos igualmente a tener en cuenta. En general, se puede decir que el programa de rehabilitación deportiva se apoya en los pilares básicos del entrenamiento deportivo. Es fácilmente apreciable como el concurso de un especialista formado en este aspecto es de gran valor dentro del contexto integral de la rehabilitación en el deporte. De igual modo, el trabajo en equipo con el entrenador o educador habitual del deportista es muy deseable. Son desgraciadamente frecuentes los casos en que un deportista pierde los beneficios de su tratamiento obtenidos en la clínica, debido a sesiones de entrenamiento demasiado intensas o no adecuadas para el momento evolutivo de su lesión, en base a una mala coordinación entre el equipo de rehabilitación y el entrenador. Para evitar estas circunstancias, se debería asegurar que el programa de actuaciones es aceptado y consensuado con el entrenador, tanto como con el propio deportista, así como definidas sus tareas en estas actuaciones. No se puede olvidar que es el entrenador quien tiene la responsabilidad principal sobre la actividad deportiva del paciente, y es quien mejor puede motivar y dirigir a éste para el cumplimiento del plan de entrenamiento modificado que supone el programa de rehabilitación. Su papel es, pues, fundamental. De igual manera, la rehabilitación deportiva se fundamenta en la ciencia básica de la rehabilitación, puesto que la respuesta del cuerpo humano a un traumatismo sigue una secuencia temporal predecible y relativa a la severidad, extensión y tipo de afectación del tejido. Aunque un manejo adecuado tras la lesión y una intervención ortopédica y rehabilitadora a tiempo, en adición a la buena salud del atleta y a su adecuado estado psicológico y nutricional, pueden optimizar las condiciones para la cicatrización y recuperación, en realidad no existe un factor absoluto que acelere este fenómeno. La respuesta inicial a un traumatismo es la inflamación. Sin la respuesta inflamatoria, la normal cicatrización no puede realizarse. La rehabilitación en el deporte dado que la inflamación dispara los factores locales y sistémicos que inician el proceso de reparación y sustitución del tejido afectado, con la consecuente restauración de la función. La lesión primaria resultante de la acción traumática afecta a la integridad del tejido, produciendo lo que usualmente se refiere como lesión secundaria o hipoxia. Se inicia mediante la liberación de mediadores químicos por parte de las células afectadas, los cuales alteran el'tono vascular y la permeabilidad capilar, permitiendo al plasma sanguíneo con sus proteínas el escapar hacia el tejido circundante para producir el característico edema. La siguiente respuesta corporal es la concentración de elementos defensivos, que usualmente ser encuentran en la circulación, en el sitio de la lesión. Una vez que los macrófagos completan la fagocitosis de los detritus procedentes del proceso inflamatorio, el proceso de reparación puede comenzar. Es importante reseñar que la inflamación es necesaria para la reparación, pero la verdadera regeneración del tejido no puede realizarse hasta que la primera decrezca. Si no se proporcionan las condiciones para que esto se produzca, bien por la aplicación de carga antes de tiempo o bien por la utilización de medios terapéuticos no adecuados, se puede dar una condición crónica de inflamación a menudo resistente al tratamiento. Por otra parte, una duración excesiva del periodo de inmovilización da lugar a una atrofia muscular y a una inhibición neural refleja que condicionan un progresivo daño articular, lo que muestra la absoluta necesidad de moderar los síntomas causados por la inflamación y de mantener el periodo de inmovilización dentro de un mínimo ^. De hecho, la gestión de la intensidad y de los momentos de introducción de cargas de trabajo constituye un aspecto primordial y delicado en rehabilitación deportiva, dado que la urgencia en los tiempos de recuperación requeridos descarta la utilización de las pautas conservadoras propias de la rehabilitación para la población sedentaria. En el proceso de reparación, los tejidos no viables son reemplazados a través de un proceso de proliferación fibroblástica, estableciéndose un puente con una densa red de capilares y de tejido conectivo. El colágeno se deposita en esta matriz, formando el tejido de cicatrización. Además de este tejido de reparación, se regenera parte del tejido original, de modo que en el resultado final ambos tipos de tejido coexisten. Un tratamiento apropiado permite un mayor porcentaje de tejido regenerado, y por tanto funcional, sobre el tejido fibroso de cicatrización. El fin de la fase de proliferación fibroblástica marca el inicio de la llamada fase de maduración. En esta fase, el original patrón desorganizado de disposición de las fibras de colágeno cambia a un alineamiento • conforme a las líneas impuestas por el estrés físico. resultando en una organización de superior fuerza tensil. La restauración final de la integridad del tejido hasta el estado anterior a la lesión es altamente variable en tiempo, y es todavía una de las principales áreas de investigación en medicina deportiva. No cabe duda de que el avance en el conocimiento de la historia natural de la lesión es decisivo para el desarrollo de estrategias de tratamiento rehabilitador eficaces y rápidas, las cuales deberían estar en todo momento basadas en los hechos científicamente probados, más que en experiencias individuales aisladas. Las lesiones deportivas firecuentemente requieren descanso, en orden a respetar los tiempos de reparación. Sin embargo, el deportista normalmente mantiene o mejora la ñmcionalidad del sistema musculoesquelético a base de someterlo a estrés repetidamente a través del entrenamiento. De igual modo, la falta de entrenamiento o desuso causa rápidamente cambios nocivos en este sistema, con una rápida reducción de sus cualidades mecánicas. En contraste con la rapidez de la pérdida, la recuperación es más prolongada en el tiempo. La atrofia es el decremento en el tamaño del tejido, y la medida de la circunferencia de la extremidad es una medida comúnmente usada que proporciona cierta idea de la extensión de la atrofia muscular. Sin embargo, los efectos de la inmovilización son numerosos y afectan directamente al rendimiento, ya que no se limitan al sistema musculoesquelético, sino que también afectan al sistema cardiovascular. Por consiguiente, es un continuo reto para el equipo de rehabilitación el minimizar los efectos de la inmovilización para agilizar el retorno seguro a la actividad. La ultraestructura del músculo inmovilizado desarrolla alteraciones casi inmediatamente. Conforme el tiempo de desuso avanza, se producen cambios como un descenso en la síntesis de proteínas, en la capacidad oxidativa, en las propiedades contráctiles y en el área transversal, con un aumento relativo del colágeno intramuscular, lo que incide en un déficit de fuerza muscular. En los ligamentos, se observa un descenso de las propiedades mecánicas y funcionales con déficit de fuerza tensil y de elasticidad, debido a la reducción de la masa y densidad del colágeno, y a un aumento de su desorganización. En el hueso, se desarrolla osteoporosis y alteraciones en la unión hueso-ligamento, mientras que en las articulaciones se observa una reducción en la síntesis de proteoglicanos por parte del cartflago, con una disminución en el contenido en agua y una proliferación de tejido lipofibrótico dentro del espacio articular, lo que da lugar a una creciente rigidez. Estos cambios pueden ser reducidos por medio de técnicas tales como el La rehabilitación en el deporte estiramiento muscular, la estimulación transcutánea o la movilización pasiva continua. El trabajo muscular es una piedra angular en rehabilitación deportiva, y la fisiología de la contracción muscular debe tenerse presente en los protocolos de recuperación. La idea de que los humanos pueden activar todas las unidades motoras de un músculo en una contracción máxima ha sido propuesta, aunque éste no suele ser el caso. El reclutamiento motor es menor en las contracciones excéntricas máximas que en las concéntricas. Paradójicamente, es posible ejercer una fuerza mayor en la contracción excéntrica. De igual modo hay diferencias entre las contracciones máximas voluntarias de músculos agonistas y antagonistas, mientras que, por ejemplo, parece que el entrenamiento continuado e intensivo de la carrera causa una inhibición nerviosa central de la contracción máxima voluntaria de los extensores de rodilla. De este modo, varios factores afectan a la calidad de la contracción muscular, si bien se acepta que la producción de máxima fuerza se relaciona directamente con el área muscular transversal. Aparte de este hecho, las variaciones en el reclutamiento de unidades iiiotoras afectan significativamente a la producción máxima de fuerza. De hecho se cree que la respuesta inicial al entrenamiento de fuerza es la adaptación neural, más que el cambio hipertrófico del músculo en sí. B-BÍe fenómeno podría explicar las ganancias de fuerza bilaterales que se producen tras el entrenamiento unilateral de una extremidad. De igual modo, este reclutamiento puede comprometerse en condiciones patológicas. Por ejemplo, la asociación clínica entre el hidrartros de rodilla y la atrofia de cuadríceps puede ser explicada en parte por la inhibición neural que motiva esta efusión sobre las motoneuronas del cuadríceps. El músculo esquelético es un tejido extremadamente adaptable. Al igual que el desuso motiva la atrofia muscular, el incremento de carga por medio del entrenamiento de fuerza resulta en un incremento del tamaño muscular conocido como hipertrofia. Esta hipertrofia es dependiente de la intensidad, duración y frecuencia del entrenamiento, así como de la composición fibrilar y del estado de entrenamiento del sujeto. La rehabilitación muscular incluye el desarrollo de hipertrofia, pero también de otras cualidades musculares. La resistencia muscular ha sido descrita como lo opuesto a la fatiga, y esta fatiga muscular es el resultado de varios mecanismos fisiológicos. Se caracteriza por un agudo descenso del rendimiento motor manifestado por un incremento de la sensación de esfuerzo necesario para mantener un determinado nivel de fuerza o bien por un decremento involuntario del nivel de fuerza ejercido. Paradójicamente, la atrofia muscular, aún Jesús Olmo Navas 238 teniendo un gran efecto sobre la fuerza contráctil absoluta, no tiene una acción tan drástica sobre la fatigabilidad muscular, lo que debiera tenerse en cuenta en los programas de tratamiento. Otro aspecto clásico y fundamental del trabajo de rehabilitación es la mejora del arco de recorrido de una articulación («Range of Motion» -ROM) en todos los planos. En condiciones no patológicas, el ROM puede estar limitado por la extensibilidad del tejido muscular y tendinoso, por las restricciones ligamentosas, y por la rigidez capsular. Después de una lesión, el ROM puede estar limitado por la efusión articular, el espasmo y contracturas musculares, y la acumulación de tejido de cicatrización en la articulación. Además, el ROM de un deportista puede ser muy diferente al de una persona sedentaria; baste pensar en la cadera de las gimnastas o en el hombro del lanzador. Las limitaciones en el ROM están en función de las características de viscoelasticidad del tejido conectivo que forma parte de músculos, tendones y ligamentos. Este tipo de respuesta a la carga se caracteriza por una deformación elástica instantánea y proporcional a la carga, y por una deformación viscosa proporcional a la velocidad con que esta carga se aplica. El estiramiento produce cambios en la extensibilidad del tejido conectivo, el cual responde mediante sus características de «creep», o elongación en respuesta a una fuerza tensil fija, y relajación de estrés, o disminución de la tensión del tejido con el tiempo en respuesta a esta fuerza tensil fija. El reconocimiento de estos fenómenos forma la base para las técnicas de estiramiento y de ganancia de ROM. Diagnóstico clínico y funcional en rehabilitación deportiva La evaluación en rehabilitación deportiva comparte con la de la rehabilitación convencional el carácter funcional, que proporciona la base para el manejo del paciente a partir del diagnóstico clínico. Este diagnóstico clínico puede estar ya realizado cuando el deportista es remitido al equipo de rehabilitación, de manera que éste realiza la evaluación complementaria precisa para el diseño de los objetivos funcionales y plan de tratamiento. En el caso del deporte, este tipo de evaluación suele ser compleja, como lo son los requerimientos de la actividad del paciente y las prestaciones que debe efectuar el aparato musculoesquelético del deportista. Cualquier tipo de prueba en medicina debería cumplir unas premisas fundamentales de fiabilidad y validez. En el caso del deporte, la validez La rehabilitación en el deporte de una prueba es correlacionada frecuentemente con el rendimiento del deportista en pruebas atléticas estandarizadas. Asimismo, en el ámbito deportivo, los requerimientos de sensibilidad y especificidad para los tests de evaluación suelen ser mayores que en la rehabilitación convencional. El diagnóstico funcional básico en rehabilitación puede comenzar con la evaluación de los parámetros básicos de fuerza muscular, arco de movimiento y propiocepción. Su medida sirve para valorar las repercusiones funcionales causadas por una patología y para monitorizar la progresión del deportista lesionado en el tiempo. También actúa como herramienta motivacional para el deportista, en cuanto comprueba el cumplimiento progresivo de las metas parciales fijadas por el equipo de rehabilitación. La evaluación de la fuerza muscular se ha usado para estimar la integridad y función del sistema musculoesquelético desde finales del siglo pasado. Los instrumentos usados clínicamente se pueden resumir en: la evaluación manual, la cual es subjetiva y adolece de falta de fiabilidad y sensibilidad; los dinamómetros de mano, los cuales son mecánicamente fiables, gozando también de buena fiabilidad intra-observador e inter-observador en manos de evaluadores experimentados; los dinamómetros isocinéticos, que permiten una evaluación dinámica y cuyos resultados son fiables si se siguen protocolos estandarizados; y los dinamómetros isométricos, cuyas medidas son fiables pero estáticas, y se correlacionan altamente con la producción de fuerza isocinética a bajas velocidades. Todos estos sistemas requieren la aplicación del máximo esfuerzo por parte del sujeto evaluado si se quieren obtener registros máximos y reproducibles. A estos sistemas clínicos se pueden añadir otros propios del medio deportivo, en forma de diferentes tests dinámicos con pesos libres, aparatos de resistencia fija o variable, o ejercicios de autocarga, adaptados a partir de la evaluación de fuerza muscular en el deporte. De igual manera, los parámetros a evaluar varían con respecto a las mediciones habitualmente usadas en rehabilitación convencional. Debido a los requerimientos complejos de fuerza muscular del deportista, es importante la utilización de medios para medir diversas áreas de esta cualidad, en relación siempre con los objetivos finales y de acuerdo a la especialidad deportiva en cuestión, de modo que se establezcan las bases para el trabajo específico y restitución de éstas áreas. No se debiera de perder de vista que las características de fuerza muscular tienen una importante relación con la función y el rendimiento. Sin embargo, se ha prestado relativa poca atención a la validez de las mediciones de fuerza en este contexto, aunque sí es cierto que diferentes autores han relacionado positivamente el registro de valores de fuerza con diversas acciones funcionales deportivas. En rehabilitación deportiva, el concepto clínico tradicional de medición del arco articular se debe completar con la medición precisa de la flexibilidad de una articulación. Podríamos englobar estos dos conceptos en la evaluación de la movilidad de una articulación, que incluye también la medición de las traslaciones articulares cuando tienen significación patológica (artrometría de la traslación sagital de la rodilla, por ejemplo). Esta movilidad articular debiera situarse dentro de unos límites de normalidad, diferentes para cada deporte, fuera de los cuales podríamos hablar de patología susceptible de actuación. Por ejemplo, unos isquiotibiales cortos pueden ser un factor de riesgo para el desarrollo de pubalgia en algunos deportes, al igual que una laxitud articular generalizada se relaciona con un mayor índice de lesiones de ligamentos en otros. De este modo, existe una relación directa demostrable entre alteraciones de la movilidad articular en alguno de sus componentes y la aparición de lesiones en el deportista. En la evaluación rehabilitadora del deportista, es exigible el registro de pruebas de flexibilidad de, al menos, las articulaciones y segmentos más relacionados con la patología. Una batería de tests en este sentido es de ayuda. La propiocepción es el sentido de la posición articular y del movimiento articular (kinestesia). Es mediada por receptores en la piel, músculos y articulaciones, y juega un importante papel en el rendimiento deportivo. Además, está comprobado que mejoras en la propiocepción reducen el riesgo de lesión. De este modo, la medida de la capacidad del deportista para detectar cambios en la posición de sus articulaciones y reaccionar ante ellos corrigiendo su postura es un aspecto importante en rehabilitación deportiva, lo que ha llevado al desarrollo de diferentes tests, la mayoría de los cuales basados esencialmente en la estabilometría. El problema de estos tests suele ser que miden la sensación propioceptiva conjuntamente con aferencias de sensibilidad superficial cutánea, así como información procedente de los órganos visuales y laberínticos, de modo que lo que se toma a veces como valoración propioceptiva es en realidad valoración del equilibrio, la cual puede estar alterada como resultado de la afectación de alguna de estas aferencias. Así pues, para medir el estado propioceptivo de un deportista, alterado por una lesión, mediante un test de equilibrio, se debe de asumir la integridad de los otros sistemas neurológicos que intervienen en este sentido. Algunos sistemas modernos de valo-La rehabilitación en el deporte ración del equilibrio, modifican las vías vestibular y ocular para medir de manera más precisa el mecanismo propioceptivo, pero su verdadero valor está todavía por demostrar, dado su elevado costo y la ausencia de valores normativos. Mientras tanto, algunos tests clínicos de equilibrio sencillos de realizar, permiten tener una idea del estado del control neuromuscular propioceptivo de una extremidad y de su evolución con el tratamiento. La mayoría de los movimientos deportivos comprenden la acción integrada de segmentos corporales y la transmisión y absorción de fiíerzas. Por ejemplo, el tronco forma una base de apoyo desde la cual se generan las ñierzas para chutar un balón de fiitbol. Estas relaciones forman el concepto de cadena musculoesquelética. Este concepto se demuestra bien en condiciones patológicas, en las cuales un defecto en una eslabón de la cadena puede afectar «a distancia» a otros eslabones. La asociación entre lesión distal y afectación proximal es un hallazgo común en lesiones de extremidad inferior. La evaluación clínica o instrumentada de las alteraciones de la biomecánica de los segmentos musculoesqueléticos, en reposo o bien durante la actividad deportiva en condiciones de laboratorio o de campo, debiera ser de rutina en la valoración diagnóstica en rehabilitación deportiva. Esta evaluación se puede focalizar en diferentes áreas de estudio, como el análisis de la marcha, de la pisada o de la alineación de los segmentos corporales, para lo cual se dispone de equipamiento más o menos sofisticado. De igual manera, es necesario el conocimiento adecuado de los gestos deportivos de cada especialidad, así como de las cargas que se ejercen y de las demandas funcionales de cada disciplina deportiva. La demanda funcional de un tobillo de un saltador de triple no tiene nada que ver con la de un nadador, por poner un ejemplo. Incluso en presencia de buenos registros en la valoración clínica básica de fuerza muscular, arco de movimiento y propiocepción, y una vez corregidos los déficits biomecánicos, un deportista lesionado puede tener todavía importantes lagunas en el rendimiento funcional del segmento musculoesquelético que está rehabilitando. Los llamados tests funcionales evalúan conjuntamente el control neuromuscular, la fuerza, la potencia y la habilidad funcional. Deben de tener la misma exigencia en cuanto a estandarización, validez, fiabilidad, sensibilidad y especificidad, que cualquier otro test clínico, y usar datos de poblaciones muy definidas en orden a proporcionar comparaciones válidas en el ámbito deportivo. Diversos autores han desarrollado tests funcionales. Los más utilizados para la extremidad inferior son los tests de salto, como el salto vertical y el de longitud. También se utilizan tests de carrera y cambio de dirección. Por otro lado, existen tests estandarizados de condición física que, debido a que requieren una integridad funcional del aparato locomotor, pueden utilizarse para evaluar el rdvel alcanzado en el proceso de rehabilitación del deportista. Entre ellos se cuentan tests de rendimiento anaeróbico como el tests de Wingate o el de Margaria-Kalamen, o tests de agilidad, como el de figura de ocho o el de zigzag de Barrow. Estos tests funcionales no sólo miden fuerza muscular, sino también otros factores que contribuyen al rendimiento físico, como el dolor, edema, integridad ligamentosa, flexibilidad, coordinación, agilidad, potencia y propiocepción. Cualquiera de estos tests debe demostrar su capacidad de discriminación entre grupos patológicos y sanos. A este respecto y como ejemplo, es interesante destacar que algunos autores (Lephart et al, 1992) han encontrado que las medidas clínicas convencionales, incluyendo la evaluación de fuerza y la artrometría de traslación sagital, se correlacionan poco con la capacidad de un sujeto afecto de una deficiencia en el ligamento cruzado de la rodilla, para volver a los niveles deportivos prelesionales. Sin embargo, los deportistas que retornaban a estos niveles puntuaban significativamente mejor en los tests funcionales que estos autores utilizan, comparados con los que no podían retornar a su nivel deportivo previo. Entre los problemas en la aplicación de los tests funcionales se encuentran la escasez de estudios bien diseñados acerca de su ñabilidad y validez. Además, existe poca estandarización, lo que hace la comparación de resultados es a veces difícil o imposible. Estos tests deben ser seleccionados en base a su facilidad de aplicación y equipamiento necesario, e incorporación del mayor número de destrezas relacionadas con el rendimiento en una especialidad deportiva. Por otro lado, no se conocen tests válidos y fiables para la extremidad superior o el tronco. En rehabilitación deportiva, es necesario determinar la capacidad de regreso a la competición de forma segura y eficiente. Esto no es posible si se utilizan tests no funcionales o no probados. Por tanto, este es un área de desarrollo fundamental en la disciplina que nos ocupa. Durante el desarrollo del proceso de rehabilitación, es necesaria la planificación de los controles médico-clínicos pertinentes, y el uso de cuantas pruebas complementarias sea preciso. El diagnóstico por la imagen en particular ha conocido un importante desarrollo en los últimos tiempos, y los avances en ecografia musculoesquelética permiten controles seriados poco costosos de la evolución de muchas patologías. El uso de estas y otras pruebas complementarias, así como la plani-La rehabilitación en el deporte ficación de controles clínicos y la coordinación de las actuaciones de otros especialistas, como biomecánicos, psicólogos u ortopedas, permiten la monitorización y modificación del proceso de rehabilitación, que se convierte así, idealmente, en un sistema cerrado basado en la evidencia. Por último, y dado que el proceso de rehabilitación en deportistas cuida los aspectos de condición física, en aras de una reintegración a la actividad al mejor nivel deportivo posible, se hace necesaria la evaluación seriada de estas capacidades físicas, y la actuación en consecuencia. La pérdida de capacidad aeròbica y la ganancia de porcentaje adiposo es un hallazgo demasiado común en deportistas que terminan su proceso de rehabilitación de una lesión. Una evaluación física completa antes del alta definitiva nos indicará si el trabajo integral de rehabilitación deportiva ha sido efectivo. Terapéutica en rehabilitación deportiva La evaluación diagnóstica y fimcional del deportista lesionado permite la definición de unos objetivos rehabilit adores -«cosas que hay que arreglar»-precisos hacia cuya consecución deben dirigirse las medidas terapéuticas que se elijan. La terapia en rehabilitación deportiva es de características complejas, y requiere el concurso de uno o varios profesionales dedicados en contacto diario con el deportista. Podría decirse que las técnicas de fisioterapia son la piedra angular del tratamiento, y en este aspecto es necesario destacar de nuevo las profundas diferencias entre la fisioterapia digamos «convencional» y la fisioterapia deportiva. La fisioterapia deportiva debiera alcanzar el mayor grado de especialización, parecida a la fisioterapia de la lesión traumatològica del sedentario tanto como se parece un taller mecánico de ciudad a un «box» de fórmula uno. El diseño y aplicación de la fisioterapia en el deporte es un asunto complejo, dado que la elevada demanda funcional del deportista requiere personal entrenado al respecto. Un gran número de opciones terapéuticas está disponible, y su número aumenta día a día. El manejo acertado de los medios térmicos, la electroterapia, la hidroterapia y la terapia manual, entre otras modalidades, proporciona los mejores resultados cuando su uso se orienta por medio de unos claros objetivos de tratamiento definidos en el plan inicial y basados en una cuidadosa evaluación del deportista. La constante aparición y desarrollo de alternativas de terapia, demanda un conocimiento, evaluación y aplicación de éstas por parte del terapeuta, proceso que, sin duda, debería basarse en criterios de evidencia científica y médica. La fisioterapia se complementa con otras aportaciones terapéuticas que se encaminan al tratamiento integral del deportista. La adecuada medicación local o general, la provisión de ortesis y equipamiento protector, y la programación del entrenamiento y rehabilitación funcional del deportista durante el proceso rehabilitador por medio de la coordinación de los entrenadores y personal especializado pertinente, así como la integración de otras posibles actuaciones de diversos tipos de profesionales que atiendan a consideraciones especiales del deportista en base a su edad, sexo o problemas patológicos intercurrentes, precisan una coordinación médica general, así como una evaluación continua. La responsabilidad sobre la evolución médica del deportista lesionado, tanto ante su entrenador y su entorno como ante el deportista mismo, debiera ser del médico coordinador de todo el proceso, tal como ocurre en cualquier proceso patológico en medicina. En el medio deportivo, el objetivo final del programa de rehabilitación es la reincorporación rápida y segura a la actividad. Aunque es virtualmente imposible el acelerar el normal proceso de cicatrización que sigue a una lesión, se puede hacer mucho para optimizar el entorno en el que esta cicatrización ocurre, asegurando que nada impide este proceso. Para lograr este objetivo, el deportista debería participar en la fase de la rehabilitación llamada comúnmente Rehabilitación Funcional. El programa de rehabilitación funcional toma en cuenta las fases normales de reparación tisular, mientras que prepara al deportista, a través del trabajo de sus necesidades específicas, para las demandas que encontrará al reintegrarse a la competición. De este modo, este concepto se integra con el resto de los elementos que componen la estructura de rehabilitación deportiva ^. El equipo de rehabilitación deportiva, multidisciplinar en todo lo posible, identifica los objetivos clínicos y funcionales para el deportista. Los primeros se caracterizan por ser medibles en condiciones clínicas, y se refieren a parámetros como fuerza, arco de movimiento, inflamación, dolor, resistencia cardiovascular o resistencia muscular. Los objetivos funcionales se centran en los factores requeridos por el deportista para rendir en su deporte, y se refieren a parámetros como la velocidad, potencia, agilidad, control neuromuscular del movimiento, estabilidad neuromuscular de las articulaciones, y resistencia deporte-específica. Estos parámetros se miden por medio de tests funcionales. La pregunta formulada con más frecuencia por un deportista lesionado es: ¿cuándo podré volver a entrenar normalmente? Dada la individualidad de cada deportista y lesión, cuando la respuesta es dada en términos de tiempo, por ejemplo, un número dado de días o semanas. La rehabilitación en el deporte el deportista podría retornar demasiado pronto o demasiado tarde. Sin embargo, estableciendo una serie de objetivos que el deportista debe cumplir antes de progresar a la siguiente fase del programa, el equipo de rehabilitación puede estar seguro de la seguridad de la vuelta a la actividad normal. Esta aproximación permite igualmente el entendimiento por parte del deportista del papel que él mismo juega dentro del programa, lo que aumenta su implicación. La obtención de éxitos parciales dentro del programa estimula la motivación del paciente y reduce su sentimiento de desánimo por no participar en su deporte, a la vez que evita la «trampa temporal» en la que se puede caer («usted dijo que volvería a competir en dos semanas»). Por último, este tipo de enfoque mejora la información y la coordinación entre el equipo de rehabilitación, el entrenador y el entorno del deportista. Para cumplir los objetivos seleccionados, se debe diseñar el programa en una progresión secuencial etapa tras etapa, con cada etapa exigiendo un mayor nivel de rendimiento. El tipo y severidad de cada lesión indica dónde debe comenzar esta progresión, pero el último paso es, en cualquier caso, el retorno a la actividad deportiva. Esto requiere una comprensión de las demandas impuestas al deportista por su prueba o especialidad. Lo que puede considerarse fuerza o arco de movimiento «normales» para la mayoría de los pacientes en rehabilitación probablemente se consideraría inadecuado para la mayoría de los deportistas. Es pues conveniente poner al deportista en un entorno de rehabilitación que simule los requerimientos de su deporte, lo que mejora directamente la calidad de su recuperación y reduce las posibilidades de recidiva de lesión. Desde un buen principio del proceso lesionai, en el que es necesario la descarga de la zona afectada, es posible el mantenimiento de la fuerza, flexibilidad del resto de los segmentos corporales y de la condición cardiovascular por medio del ejercicio alternativo no interferente con la cicatrización de la lesión, o bien mediante la modificación de la actividad deportiva en volumen, intensidad u otros parámetros del ejercicio. Existen numerosas actividades que se pueden usar como formas alternativas de ejercicio. El empleo de ejercicios de control de las piernas como las minisentadillas o las extensiones de tobillo puede iniciarse en las primeras fases, con progresión a ejercicios más complejos, y siempre funcionales. Igualmente el uso del ciclismo, la retrorehabilitación (ejecución de ejercicios en el sentido contrario al normal), el ejercicio de bajo impacto, el ejercicio en agua, y toda una serie de actividades que mejoran la propiocepción (sensibilidad de posición de una articulación y de su movimiento) por medio de diferentes dispositivos, son recursos que se pueden emplear. De este modo, en adición al entrenamiento y restitución de las cualidades físicas llamadas clínicas, que clásicamente se han atendido en la rehabilitación convencional, se integra el trabajo de la velocidad, agilidad, potencia y destrezas específicas por medio de una batería de ejercicios progresivos entre los que se enfatizan los llamados ejercicios de cadena cinética cerrada, que se caracterizan por ser realizados con el extremo distal de la extremidad fijado, produciéndose el movimiento en los segmentos proximales. Este tipo de ejercicios producen mejoras neuromusculares de la velocidad, equilibrio y coordinación, además de producir un aumento de la estabilidad articular por medio de la coordinación neural de la musculatura que rodea a dicha articulación. En algunos casos, estos ejercicios se suman a los convencionales, pero en otros los reemplazan totalmente debido a sus mayores beneficios. En adición, la realización de este tipo de ejercicios provee la base para el desarrollo de la progresión hacia actividades deporte-específicas como esprintar, lanzar, fintar o saltar, de forma más temprana. La realización bajo condiciones de carga progresiva de este tipo de actividades marca el contenido de las últimas fases del programa de rehabilitación funcional. La rehabilitación adecuada de las lesiones deportivas requiere secuencialmente (1) el inmediato y preciso diagnóstico de la naturaleza y severidad de la lesión con el reconocimiento de los tejidos específicos afectados; (2) la inmediata iniciación de los tratamientos apropiados dirigidos a minimizar los efectos secundarios de la reacción inflamatoria; (3) una secuencia de rehabilitación ordenada, incluyendo la aplicación de medidas terapéuticas y de carga progresiva para mejorar la reparación de las estructuras tisulares dañadas; (4) la integración de actividades funcionales para mejorar la restauración de los patrones de movimiento coordinado propios del deporte y especialidad del individuo; y (5) la ejecución satisfactoria y confiada de las actividades específicas de la especialidad deportiva, con el adecuado control corporal a niveles similares a los anteriores a la lesión. Soy fisioterapeuta -tú eres un «athletic trainer» -ella es las dos cosas -él es un médico del deporte -tú eres un médico general formado en deporte en el extranjero -aquel es un médico rehabilitador. La rehabilitación en el deporte A veces los profesionales que trabajamos en el medio deportivo estamos más preocupados de cuántas credenciales, títulos o cursos podemos poner en nuestro curriculum, tendiendo a olvidar cuál debiera ser nuestro principal objetivo: la prestación de una asistencia sanitaria competente y de calidad al deportista. La rehabilitación deportiva es un gran paraguas donde se refugian numerosas áreas de especialización profesional, las cuales están más o menos implicadas en, o bien mejorar el rendimiento del deportista, o bien en cuidar de su patología. Con una experiencia en el entorno deportivo más o menos profunda, fisiólogos del ejercicio, biomecánicos, nutricionistas, psicólogos del deporte, entrenadores, preparadores físicos, enfermeros, médicos, fisioterapeutas o «athletic trainers», podrían todos legítimamente reclamar el ser «especialistas» en rehabilitación deportiva. Ciertamente, cada una de estas áreas puede realizar una buena contribución hacia el atleta. Es esencial para todos estos profesionales, la realización de una aproximación en equipo, lo que saca el máximo partido a sus conocimientos, talento y experiencia, y redunda en el mejor rendimiento del deportista ^. La rehabilitación de lesiones de aparato locomotor en deportistas es sólo un área dentro del gran cuerpo de conocimiento de la traumatología, de la rehabilitación y de la medicina deportiva. Idealmente, es un proceso activo y participativo, en el que el deportista es motivado para conseguir sucesivas metas a través de un proceso continuo altamente estructurado y a la vez altamente individualizado; proceso que debiera estar fundado científicamente en la anatomía, biomecánica, fisiología básica y del deporte, teoría del entrenamiento, y en la terapéutica rehabilitadora. La aproximación multidisciplinar es sin duda lo más deseable, siempre y cuando se consiga una buena coordinación de todos los esfuerzos en bien del paciente. La carencia de oferta de formación especializada integral en rehabilitación deportiva ha fomentado la aparición de numerosas aproximaciones desde diferentes campos. Mientras no se consiga la homogeneización de criterios, es posible que la mejor solución sea el aunar y coordinar estas aproximaciones dentro de los equipos. Y quizá esta palabra, «equipo», sea la clave para la optimización, de cara al deportista y a su lesión.
El sexo viene determinado por los cromosomas sexuales, y la información contenida en sus genes es la responsable de las diferencias fisiológicas y psicológicas entre hombres y mujeres. Muchas son las diferencias que en cuanto a las características fisiológicas muestran los hombres frente a las mujeres. Estas diferencias fisiológicas afectan a la respuesta al ejercicio, y en consecuencia al diferente rendimiento deportivo. Diferencias en la composición corporal, el metabolismo del calcio y del hierro, el tamaño de órganos y aparatos, así como las diferencias en la edad de maduración afectan al rendimiento y a los patrones de ejercicio físico en las mujeres jóvenes. Otros cambios, como el embarazo y la menstruación modifican también esta respuesta tanto, desde el punto de vista fisiológico, como psicológico. A estas diferencias debemos añadir los factores sociológicos, debido a que la incorporación de la mujer al mundo del deporte de elite es relativamente reciente, y no siempre cuenta con el apoyo de medios técnicos, económicos y de comunicación necesarios. Tanto las diferencias fisiológicas como las psicológicas que caracterizan a las mujeres persistirán, por lo tanto parece necesario un mejor conocimiento de las mismas para comprender y obtener mejores resultados desde el punto de vista del rendimiento deportivo. se localiza la información que determina las características morfológicas de los genitales, la masa muscular, el tamaño cardíaco, etc. El hecho de que estas características beneficien el rendimiento deportivo de aquellas mujeres que posean un cromosoma masculino, condujo en los años 60 a la reaHzación de test de verificación del sexo cromosomico. En los inicios fueron sometidas a reconocimientos físicos, posteriormente se reemplazaron por análisis de los cuerpos de Barr, de mucosa bucal, y los más novedosos test de reacción de cadenas de la polimerasa, sin embargo, en todos podríamos obtener falsos positivos, como resultados de anomalías cromosómicas, lo que conllevaría a una retirada injusta de dichas mujeres. Además no está demostrado que aquellas mujeres que presenten un sexo cromosomico XY posean una ventaja en su rendimiento deportivo, debido a que a pesar de mostrar niveles más elevados de testosterona presentan un síndrome de insensibilidad a los andrógenos. Actualmente están pues eliminados estos «test» de determinación del sexo en las competiciones de pista y campo. El análisis de la orina durante la realización de los controles Anti-dopaje permitiría desenmascarar cualquier situación. Las mujeres presentan un proceso de maduración más rápido que los hombres, su pubertad comienza antes, entre los 10 y 13 años para las chicas y entre los 12 y 15 años para los chicos. Las diferencias entre los sexos en altura, peso corporal, perímetros y diámetros óseos no se presentan hasta el inicio de la puberi^ad. En la pubertad comienzan a desarrollarse mayores diferencias entre los sexos, básicamente asociadas a los cambios endocrinos. La secreción de testosterona por los testículos disminuye en el nacimiento y es restituida durante la pubertad, produciendo un incremento en anabolismo proteico muscular, óseo, y en otras partes del cuerpo. En la mujer cuando una cantidad suficiente de hormonas gonadotrópicas es secretada por parte de la hipófisis anterior, el ovario se desarrolla y comienza la secreción de estrógenos. Los estrógenos tiene una influencia significativa sobre el crecimiento corporal, la anchura de la pelvis, el tamaño de la mamas, y el depósito de grasa, especialmente en caderas y muslos. Además los estrógenos aumentan el nivel de crecimiento óseo, permitiendo que el último alargamiento óseo sea alcanzado entre los dos y cuatro años que siguen al inicio de la pubertad. En consecuencia, las mujeres crecerán muy rápidamente los primeros años después del inicio de la Influencia del sexo en la práctica deportiva pubertad, y entonces cesará su crecimiento. Por el contrario, los varones presentan una fase de crecimiento más larga, lo que les permite alcanzar una mayor altura. Así pues, las adolescentes jóvenes son más altas que los chicos de su misma edad, sin embargo, los chicos les alcanzarán y sobrepasarán posteriormente. Además, los varones crecen durante más tiempo, lo que resultará finalmente en un mayor peso (17%) y tamaño corporal (10%) de los varones firente a las mujeres. La composición corporal cambia durante la pubertad, fundamentalmente debido al incremento en la secreción de las hormonas gonadotropas por parte de la hipófisis. Estos cambios hormonales conducen a un estimulo e incremento de las hormonas sexuales, estrógenos en la mujer y andrógenos en el varón. Los estrógenos aumentan el tejido adiposo, mientras que el efecto de los andrógenos es el incrementar el tejido libre de grasa. Los cambios hormonales que ocurren durante la pubertad son, en parte, los responsables del aumento de las diferencias en el rendimiento físico presentes entre chicos y chicas. Durante la pubertad las mujeres experimentan un incremento en su masa muscular, pero este incremento es considerablemente inferior al que muestran los varones. Los andrógenos poseen una importante función en la síntesis proteica. La testosterona en niños y niñas prepuberes presenta valores similares (20-60 ng.ml'^), durante la pubertad los valores de testosterona en el varón se incrementan hasta valores similares a los del adulto (600 ng.ml'^), mientras que en las mujeres las cifiras permanecen en valores similares. Las características antropométricas presentan bastantes similitudes entre chicos y chicas durante el periodo prepuber, hasta los 10 años ambos sexos poseen valores similares en longitud de pierna, circunferencia de brazo, peso corporal, talla sentado, e índice ponderal. A lo largo del crecimiento los varones presentan mayor diámetro epicondíleo de fémur y húmero, longitud de brazo, y perímetro de tórax y hombro. Sin embargo, las mujeres presentan un mayor diámetro de cadera con relación a la altura. Las medidas antropométricas experimentan un marcado cambio durante la pubertad, mientras que los chicos presentan un mayor desarrollo de los hombros, las mujeres experimentan dicho incremento en el diámetro de su cadera. El menor tamaño del hombro da como resultado un menor desarrollo de la fuerza en el miembro superior, mientras que el mayor perímetro de cadera hace que el ángulo femoral sea más prominente que en los varones, y produce un descenso del centro de gravedad. Esta situación unida al menor tamaño del miembro inferior femenino conceden a la mujer una raayor ventaja en aquellas actividades que requieran equilibrio. pero limitan otras confiriendo una desventaja biomecánica, como el salto de longitud, la carrera, o los lanzamientos. La mujer muestra una mayor flexibilidad debido a los niveles básales de la hormona relaxina. Los estudios muestran que durante la edad escolar las mujeres presentan más grasa y menos masa muscular que los chicos, de su edad. El porcentaje de grasa disminuye considerablemente con la actividad física. Sin embargo, no conviene olvidar que en el ideal de porcentaje de grasa interviene también los dictámenes de la moda, no siempre paralelos a los objetivos de la salud. Esta situación puede desembocar en un importante y serio problema, la anorexia nerviosa. Esta patología se encuadra dentro de la triada clásica de la mujer deportista ACSM: amenorrea, anorexia nerviosa y osteoporosis. Sin embargo, la anorexia nerviosa no es solo un problema en el ámbito deportivo, sino que su importancia ñiera del mismo y para la sociedad en general ha llevado a nuestros gobernantes a tomar medidas. La grasa presente en el organismo se divide en esencial y no esencial. La denominada grasa esencial se localiza encuentra almacenada en el sistema nervios central, corazón, pulmones, y médula ósea, y posee una importante función en la conducción del impulso nervioso, estructura de las membranas celulares e interviene en el metabolismo y en la protección de diversos órganos frente a las agresiones traumáticas. En las mujeres la grasa sexo-específica está considerada esencial y se encuentra almacenada en el pecho y en el tejido subcutáneo de miembros inferiores, sobre todo en el entorno de la pelvis. Los varones presentan una distribución de la grasa con predominio de las zonas abdominales y las regiones superiores del cuerpo. Así frente a un 20% de esencial en los varones, en las mujeres la grasa esencial representa hasta un 40% de la grasa presente en el organismo. No se conoce con certeza el mínimo porcentaje de grasa esencial saludable, pero si se sabe que un porcentaje de grasa extremadamente bajo puede ocasionar consecuencias adversas sobre la salud. Es deseable un bajo nivel de grasa, ya que se ha visto que las grandes diferencias en el consumo máximo de oxígeno entre hombres y mujeres, se ven reducidas cuando dichos valores se expresan en valores relativos al peso libre de grasa. Sin embargo, es difícil valorar con exactitud ese mínimo porcentaje de grasa, además ese porcentaje es diferente para cada Influencia del sexo en la práctica deportiva deporte, especialidad y momento de la temporada. Así pues, en los deportes de resistencia, como las corredoras de fondo son deseables bajos niveles de grasa, las nadadoras podrían encontrar ventaja en un mayor porcentaje de grasa, lo que les permite arrastrar menos peso y ser más eficientes para este deporte. Queda la duda de sí podrían nadar más rápido si fueran capaces de desarrollar la fuerza de los hombres. Las diferencias en la composición corporal afectan a la capacidad de realización del ejercicio físico y del rendimiento de las mujeres, suponiendo una desventaja en aquellos deportes que deben movilizar su masa corporal contra la gravedad, como la carrera, el salto, la trepa; por otra parte esta mayor masa grasa también supone una desventaja en el proceso de liberación del calor corporal durante el ejercicio. Mientras que el aumento de tejido adiposo en las corredoras de fondo no parece suponer una mejora en el metabolismo graso y por lo tanto en su rendimiento, si parece suponer una ventaja en el rendimiento en las mujeres nadadoras de larga distancia ^^. Con la edad tanto varones como mujeres experimentan un incremento en el acimiulo de grasas, debido fundamentalmente al menor nivel de actividad física, menores niveles de testosterona, mientras que la cantidad de calorías ingeridas apenas experimenta modificaciones. También la cantidad y distribución de los fluidos corporales experimentan diferencias debidas al sexo. Las diferencias debidas al sexo se hacen evidentes a partir de los 18 años, cuando el agua corporal total de las mujeres puede descender considerablemente, diferencia debida casi totalmente a la caída del liquido intracelular hasta un 23%, debido a que el mayor peso graso contiene solo una pequeña cantidad de agua en el tejido adiposo. Por otra parte es importante tener en cuenta el incremento de peso que las mujeres presentan durante la fase premenstrual debido a un incremento en la retención de líquidos. Transporte de oxígeno y resistencia El consumo de oxígeno máximo (VO2 máx) ©stá considerado como el mejor índice de capacidad de resistencia cardiorrespiratoria. La capacidad para el transporte de oxígeno viene determinada genéticamente, y las diferencias se deben más al nivel de entrenamiento y a los potenciales biológicos que a las diferencias debidas al sexo. Antes de la pubertad no hay diferencias entr^ el VO2 máx ^n chicos y chicas, cuando se expresan en valores relativos al peso. Las mujeres tienden a alcanzar su VO2 máx entre los 13 y 15 años, mientras que los varones lo hacen entre los 18 y 22 años. Cuando hablamos de valores' de V02 pico ©s muy importante clarificar el nivel de entrenamiento de sus componentes, ya que las mujeres entrenadas presentan valores de este parámetro superiores a los varones con un menor nivel de condición física. En general se establecen mayores diferencias en, cuanto a la capacidad de resistencia y transporte de oxígeno en aquellos deportes que implican resistencia del miembro superior. El tamaño de los órganos y la masa corporal son importantes en la determinación de diferencias debidas al sexo en el rendimiento de resistencia. El mayor tamaño proporciona una mayor capacidad de potencia. Los varones presentan mayor porcentaje de masa muscular tanto en términos absolutos como relativos, mientras que las mujeres son superiores en el porcentaje de masa ósea. La mayor masa libre de grasa representa una ventaja en los deportes de resistencia. La composición de las fibras musculares, tanto fibras de contracción rápida como las de contracción lenta, es similar en varones y mujeres. Sin embargo, tanto las fibras de contracción rápida como las lentas son de mayor tamaño en los hombres. Sin embargo, algunos estudios han hallado un mayor porcentaje de fibras rápidas en los varones. Las diferencias debidas al sexo en el rendimiento de resistencia parecen aumentar a medida que disminuye el nivel deportivo. Así pues, las diferencias entre hombres y mujeres en la elite son menores que las encontradas en los deportistas de niveles más bajos, probablemente en este hecho influyan los similares beneficios obtenidos por el entrenamiento, y los similares sistemas de entrenamiento aplicados hoy en día a hombres y mujeres. Las diferencias observadas en el rendimiento de resistencia se deben fundamentalmente a las diferencias presentadas en la fuerza y la potencia. Hombres y mujeres presentan las mismas mejoras relativas cuando son sometidas a los mismos estímulos de entrenamiento. Los programas de entrenamiento no muestran grandes diferencias entre hombres y mujeres de elite, y están cada vez más próximos en intensidad. El consumo de oxígeno en valores absolutos es un 40% superior en los hombres frente a las mujeres, cuando hablamos de valores relativos al peso este porcentaje desciende hasta el 20%, y finalmente las diferencias son de solo un 10% cuando los valores de consumo de oxígeno se expresan en valores relativos al peso libre de grasa. Aunque el porcentaje de grasa es un handicap para la mujer en los deportes de resistencia, no es el responsable de todas las diferencias debidas al sexo que se observan en el rendimiento. Algunos investigadores han concedido demasiada responsabilidad, hasta un 70% al peso graso, mientras que el mayor consumo máximo de oxígeno lo hace solo en Influencia del sexo en la práctica deportiva un 20%. El consumo máximo de oxígeno está directamente en relación con el tejido activo implicado en dicho ejercicio. Podemos concluir que este depósito graso esencial dependiente del sexo es el mayor determinante de las diferencias en la respuesta metabólica a la carrera, y por lo tanto de las diferencias en el rendimiento deportivo. En general, los hombres poseen un mayor tamaño y volumen cardíaco que las mujeres, tanto en términos absolutos como relativos. Esto resulta en un mayor gasto cardíaco durante el ejercicio, lo que contribuye notablemente a las diferencias halladas en el consumo máximo de oxígeno. Incluso aunque las mujeres presenten una mayor frecuencia cardíaca durante un ejercicio no es suficiente para compensar su menor volumen sistòlico. El menor gasto cardíaco resultante contribuye a su menor capacidad aeròbica. La concentración de hemoglobina (Hb) es también más elevada en los varones, lo que contribuye notablemente a su mayor capacidad de transporte de oxígeno (13.7 frente a 15.8 gr/lOOnü). Estas diferencias son atribuibles a varios factores entre los que debemos destacar el efecto de los andrógenos sobre la producción de Hb, las pérdidas que acompañan al ciclo menstrual y las deficiencias en la ingesta calórica. Los estudios que han anaUzado el gasto calórico de la carrera muestran diferentes conclusiones así mientras unos indican que el varón es más económico por su mayor masa libre de grasa, resulta extremadamente difícil comparar los datos de hombres y mujeres de diferente nivel de condición física, antecedentes de entrenamiento y rendimiento en carrera. Bosco y col ^ han mostrado que el coste energético de la carrera está en relación con el porcentaje de fibras rápidas. Dado que la mayoría de las corredoras presentan una mayor proporción de fibras lentas, contarían con una predisposición a una mayor economía de carrera, sin embargo el hecho se contrarresta por su mayor porcentaje de masa grasa. Por el contrario otros investigadores no han hallado diferencias debidas al sexo en la distribución: de las fibras musculares. Saltin y col. ^^ encontraron que los hombres poseían unos valores más extremos en las distribución de las fibras, lo que podría ser significativo a la hora de tener en cuenta las diferencias debidas al sexo. No se han encontrado diferencias debidas al sexo en los efectos del entrenamiento sobre la mejora de la capacidad V02máx-El V0^°^^ puede aumentar hasta un 20% en ambos sexos. La frecuencia* cardíaca de reposo y submaxima es más elevada en las mujeres, dado que los requerimientos de oxígeno por K¿ de peso durante el ejercicio son los mismos para hombres y mujeres, el corazón de la mujeres debe latir más rápido para compensar su menor volumen sistòlico, es decir, su menor capacidad de bombeo, además hay que añadir el mayor volumen sanguíneo que presentan los varones. La menor diferencia arteriovenosa de oxigeno encontrada en la mujeres, es el resultado de los menores niveles de hemoglobina presentes en las mujeres. En los sujetos con nivel de entrenamiento similar existen pocas diferencias en la frecuencia cardíaca máxima entre ambos sexos. Debido al mayor gasto cardíaco máximo los hombres presentan una mayor presión sistolica durante el ejercicio. La recuperación de la frecuencia cardíaca es más lenta en las mujeres, lo cual debe ser tenido en cuenta por los entrenadores para programar los periodos de recuperación entre las distintas cargas de trabajo. Paralelamente las diferencias encontradas en la respuesta respiratoria son también debidas al tamaño de los órganos. Las mujeres suelen presentar una frecuencia ventilatoria ligeramente superior para la misma intensidad de trabajo, probablemente se deba a que para la mujer esa carga le supone trabajar a un porcentaje superior de su máximo consumo de oxígeno. Los volúmenes ventilatorios, incluyendo el volumen tidal son ligeramente inferiores en las mujeres, en parámetros máximos y submáximos. Así pues, mientras que los varones pueden alcanzar volúmenes de ventilación máxima de hasta 250 litros por minuto, las mujeres no suelen alcanzar niveles tan elevados. Esta podría considerarse como otra de las causas de limitación del rendimiento en las mujeres deportistas de elite. Los hombres poseen aproximadamente un 20% más que las mujeres en su capacidad de resistencia y también para el ejercicio de corta duración y elevada intensidad. Esto es debido a los factores ya comentados, como las diferencias en el peso corporal, así como en el tamaño corporal y de las visceras, como el corazón. Las diferencias en el rendimiento deportivo debidas al sexo se muestran más acusadas en aquellas actividades que se benefician de la fuerza y la talla, como el levantamiento de peso y la velocidad. Las diferencias debidas al sexo^ en la natación son menores, entre un 7-13% debido a la capacidad para mantenerse a flote. Sin embargo, estudios recientes utilizando el centro de masa y el centro de flote no parecen mostrar esa desventaja en los varones ^^. Los chicos son mejores en deportes de «sprint», salto altura, longitud, y bastante mejores en lanzamientos. En la pubertad las diferencias debidas al sexo se hacen mayores, los chicos muestran un mayor grado Influencia del sexo en la práctica deportiva de mejora que las chicas. Hombres y mujeres responden de forma similar a todos los tipos de entrenamiento físico. Sin embargo, en la literatura se muestran resultados contradictorios. Cuando se evalúan estos resultados es necesario tener en cuenta el nivel de partida de los sujetos que forman parte del estudio. Algunos de los trabajos revisados muestran una mejora en el rendimiento superior en mujeres que en hombres, pero esto generalmente es debido al relativo mayor nivel inicial de los hombres en cuanto a sus parámetros de forma física. Los hombres están generalmente más cerca del potencialmente máximo nivel. La mayoría de los estudios han mostrado una respuesta al entrenamiento igual en hombres y mujeres. Respecto a la regulación de la temperatura durante el ejercicio también hay muchos tópicos. Los primeros estudios hallaron que las mujeres toleraban mejor el ejercicio físico realizado en condiciones de calor, pero generalmente estos estudios utilizaban poblaciones de hombres y mujeres sedentarios. En los estudios realizados con mujeres entrenadas, los niveles de sudoración durante el ejercicio eran generalmente menores. La aclimatación y el control de la temperatura corporal era similar en mujeres y hombres. Los hombres al igual que las mujeres dependen de mecanismos circulatorios, como el control del tono vascular, para controlar la temperatura. El nivel de forma física, más que las diferencias debidas al sexo, son importantes en la determinación de la tolerancia al calor y de la capacidad de aclimatarse. Las mujeres bien entrenadas toleran la hipoxia, la altitud y el calor al mismo nivel que los sujetos varones entrenados. En hombres y mujeres con nivel de entrenamiento similar el glucógeno muscular, el lactato sanguíneo en ejercicio máximo, la capacidad metabólica de las grasas y composición de las fibras musculares son similares. Algunos aspectos de la bioquímica no responden al entrenamiento también como en los hombres, por ejemplo la síntesis de glucógeno y la capacidad de oxidación de las grasas. La actividad de las enzimas succinato deshidrogenasa y carnitin palmitoil transferasa son mayores en hombres. La producción de glucógeno muscular es estimulada por la testosterona, cuya concentración es superior en varones. Algunos autores han propuesto la hipótesis de que las mujeres son superiores en los deportes de resistencia, dado su mayor"" porcentaje de grasa y su capacidad de metabolizaria más efectivamente que los hombres. Esta hipótesis partió de observaciones empíricas extraídas de los corredoras de maratón femeninas. Algunas de estas atletas dicen no experimentar la fatiga extrema que notan los hombres al final de la carrera. Esta extrema fatiga conocida como el «muro» se caracteriza por un vaciamiento completo de los depósitos de glucógeno hepático y muscular. Las investigaciones, sin embargo, no apoyaban esta hipótesis. Incluso el más magro de los atletas tiene amplios depósitos de grasa. Muchos estudios han mostrado en los varones una capacidad ligeramente superior para metabolizar las grasas. Los chicos son más fuertes durante la infancia y adolescencia que las chicas. En la infancia el peso corporal y la masa muscular son similares en chicos y chicas, sin embargo, incluso entonces el músculo de los varones es capaz de desarrollar algo más de tensión por área de sección transversal. En el adulto los hombres son hasta un 40% superiores a las mujeres en la mayoría de los grupos musculares. Estas diferencias en la fuerza son algo mayores en miembros superiores. Los varones tienen una mayor proporción de su masa en la mitad superior del cuerpo, lo cual les confiere una ventaja. La mayoría de los estudios muestran que hombres y mujeres desarrollan una fuerza similar por área de sección transversal del músculo. El promedio de la fuerza desarrollada por hombres y mujeres es de 6 Kg.cm"^. Algunos estudios, sin embargo, han mostrado un fuerza ligeramente superior en los hombres. Las fibras musculares son similares en hombres y mujeres en cuanto a su distribución y características histoquínücas, tanto en deportistas como en sedentarios. TDdas las fibras musculares presentan menor área sección transversal en las mujeres. La mayoría de los estudios muestran igual numero de fibras en los músculos de varones y hembras, aunque algunos estudios han hallado mayor número de fibras musculares en el bíceps de varones sedentarios, en comparación con las mujeres sedentarias. Los niveles de andrógenos superiores en los varones son en parte los responsables de las diferencias encontradas en los niveles de fuerza entre hombres y mujeres. Los andrógenos son unas potentes hormonas anabólicas responsables de la mayor parte de la hipertrofia muscular encontrada en los varones durante el crecimiento puberal. Algunos autores apuntan la hipótesis de que debido a los bajos niveles de testosterona presentes en lu mujer, iestas no presentan un desarrollo de músculos mayores con el entrenamiento, esta hipótesis viene apoyada por algunos estudios que no han hallado que el entrenamiento de fuerza proporcione cambios en el área de sección transversal de los músculos de las mujeres con el entrenamiento ^. Sin embargo, otros estudios no apoyan esta teoría Influencia del sexo en la práctica deportiva debido a que en ellos se han presentado cambios relativos en la fuerza similares entre hombres y mujeres sometidos a los mismos programas de entrenamiento. Estudios más recientes en los que se utiliza tecnología más sofisticada como la Tomografia computerizada y los Ultrasonidos nos permiten realizar mediciones de forma exacta. En estos estudios se ha visto que los cambios en la sección transversal son similares al aplicar programas de entrenamiento similares. Los cambios tempranos que acontecen con los programas de entrenamiento de peso son debidos a factores neurales, incluyendo una mejora en el patrón de reclutamiento de unidades motoras. Los cambios en el tamaño de la fibra muscular necesitan mucho más tiempo para desaroUarse. La falta de estudios a más largo plazo hace prematuro establecer que el potencial para la hipertrofia muscular sea igual en hombres y mujeres. Durante los primeros meses de entrenamiento los incrementos observados en el tamaño muscular son relativamente los mismos en hombres y mujeres. Sin embargo, las diferencias debidas al sexo en la capacidad máxima para alcanzar la hipertrofia muscular permanecen aún por conocer. Aunque la diferencias en los parámetros de fuerza entre hombres y mujeres se reducen cuando expresamos dichos valores respecto al peso magro, lo cual indica que las cualidades histológicas y bioquímicas del músculo y sus propiedades de control motor no muestran diferencias entre sexos, persisten ciertas diferencias entre miembro superior e inferior. Esto podría deberse a que las mujeres poseen un mayor porcentaje de masa magra por debajo de la cintura, así como al mayor uso de esta masa muscular, comparado con los patrones masculinos. Gracias a la utilización de las biopsia musculares a partir de los años sesenta ha sido posible identificar los diferentes tipos de fibras musculares y su repercusión sobre el rendimiento en diferentes deportes. La clasificación usada más frecuentemente las divide en tres tipo, las fibras de contracción lenta u oxidativas (Tipo I), las fibras de contracción rápida oxidativa (Tipo lia), y la fibras de contracción rápida glucolítica (Tipo lib). Como indicábamos anteriormente estos estudios mostraron que a pesar de que hombres y mujeres que practicaban un mismo deporte, poseían una distribución similar del tipo de fibras, los varones mostraron valores más extremos en sus porcentajes de distribución. Estudios recientes ^ sobre medición de la fuerza en hombres y mujeres no hallado diferencias en condiciones estáticas de ejercicios de fuerza, sin embargo, el ejercicio dinámico si ha mostrado diferencias debidas al sexo. Estas diferencias tienen importantes implicaciones para los modelos biomecánicos de fuerza. Los estudios más recientes de Schultz y Perri ^^ utilizando registros electromiográficos (EMG) han anahzado la fase de reclutamiento de la activación neuromuscular refleja después de someter a la rodilla a una carga de estrés, y han hallado pequeñas diferencia en algunos aspectos de la respuesta neuromuscular. Son necesarias más investigaciones para explorar las diferencias en esta respuesta y su papel potencial como factores predisponentes en la mayor incidencia de patologías de rodilla, como la rotura del ligamento cruzado anterior debido a su efecto sobre la estabilidad dinámica articular ^^. Hormonas femeninas y densidad ósea La liberación de las hormonas gonadotropas desde el hipotálamo y la pituitaria desencadena la menarquia o primera menstruación. El retraso en la aparición de la primera regla está influenciado por factores genéticos, así como por el entrenamiento. La amenorrea, ausencia o irregularidad de la menstruación, es un hecho que ocurre con mayor frecuencia en las deportistas que en la población sedentaria. El ciclo menstrual está regulada por una serie de hormonas, los estrógenos se producen continuamente durante el ciclo, en baja cantidad durante el comienzo de la fase folicular, aumentando hasta un pico a lo largo de la fase folicular y desencadenando la ovulación. Durante la fase lútea el incremento en los estrógenos causa el engrosamiento y maduración del endometrio. Por su parte la progesterona ayuda en el proceso de maduración y favorece los cambios que debe sufrir el endomètrio para convertirse en una estructura secretora preparada para la implantación del óvulo fecundado. Al final de la fase lútea las concentraciones de estrógenos y progesterona disminuyen, desencadenando la menstruación por una rotura del endomètrio. La hormona liberadora de gonadotrofinas (GnRH) es secretada por el hipotálamo y controla la secreción pituitaria de las hormonas foliculoestimulante (FSH) y luteinizante (LH). La FSH estimula el crecimiento del folículo ovárico y la producción de estrógenos. Cuando los estrógenos alcanzan un nivel crítico se libera la LH, la liberación de LH desencadena la ovulación y está implicada en la transformación del folículo en cuerpo lúteo. El cuerpo lúteo produce estrógenos y progesterona. Algunos factores, como el estrés y una dieta pobre, pueden alterar el ciclo menstrual, y además el entrenamiento podría empeorar la situación de estos problemas preexistentes. El entrenamiento de alto volumen e intensidad puede aumentar la incidencia de amenorrea. Las mujeres con historia previa de irregularidades menstruales son Influencia del sexo en la práctica deportiva más propensas a presentar amenorrea en relación con el entrenamiento. La composición corporal puede influir en el ciclo menstrual, sin embargo, a pesar de que la grasa ocupa un lugar importante en la interconversion de estrógenos, algunos estudios no han podido encontrar una relación entre la composición corporal y la falta de ciclos menstruales. Las causas psicológicas implicadas en la amenorrea secundaria no están completamente comprendidas. El desencadenante inicial podría ser una disminución en la secreción de GnRH y LH El entrenamiento de alta intensidad aumenta los niveles de hormonas como el Cortisol, opioides endógenos y prolactina, las cuales producen una supresión de la secreción de GnRH y LH. El ejercicio físico se acompaña además de un incremento en la secreción de catecolaminas, que inhibe la producción de GnRH y conduce a una reducción en los niveles de estrógenos, resultando en una alteración del ciclo menstrual. Otros factores como la edad de la menarquia, el estrés físico, la ingesta calórica y de calcio, y los desordenes alimenticios han sido relacionados con las alteraciones del ciclo menstrual. El cese de la función menstrual, amenorrea, podría reflejar la incapacidad para adaptarse al estrés del estilo de vida y de los factores ambientales asociados al entrenamiento y la competición ^. En 1994 Sundgot-Borgen ^^ publicó un articulo en el que citaba entre otros los siguientes factores desencadenantes: periodos prolongados de dieta, frecuentes fluctuaciones de peso, repentino incremento en el volumen de entrenamiento, suceso traumáticos, lesiones, y la pérdida o cambio de entrenador. Puede incluirse dentro de una peligrosa triada ^, cuyos síntomas son: amenorrea, desordenes alimenticios y osteoporosis. Los estudios encaminados a analizar las practicas nutricionales de las atletas han hallado que en la mayoría de las mujeres la ingesta de energía es inadecuada para su carga de entrenamiento, calculada en base a la intensidad, duración, y frecuencia. Además las dosis de algunos minerales y oligoelementos, entre ellos el hierro, calcio, vitamina B12 y el zinc, están por debajo de las dosis diarias recomendadas, estos hallazgo, sin embargo, no han sido hallados en los varones, los cuales ingieren una cantidad adecuada de energía para su gasto energético diario. Según Hawley y col. ^ un incremento en la cantidad de hidratos de carbono por parte de estas atletas, podría mejorar la capacidad de entrenamiento y los procesos de recuperación de las actividades de elevada intensidad en las mujeres. La causa primaria de utilización de pildoras anticonceptivas oral (AO) es la contracepción, y la segunda la manipulación del ciclo menstrual para controlar los síntomas premenstruales, así como la coincidencia en el tiempo de menstruación y una competición deportiva. El efecto de los AO sobre la densidad ósea en la mujeres menstruantes no está claro, algunos estudios han mostrado efectos positivos, otros negativos y otros no han hallado efectos con el uso de AO sobre el rendimiento deportivo. En las mujeres atletas parece que mejora la densidad ósea, no estando claros los efectos hallados sobre la fracturas de estrés y las lesiones de tejidos blandos. Los efectos de los AO sobre el rendimiento son particularmente relevantes en las deportistas de elite. Aunque algunos estudios han hallado una disminución en el consumo máximo de oxígeno, esto no siempre se refleja sobre el rendimiento en la pista. Incluso en algunas ocasiones su utilización podría incrementar el rendimiento, por sus efectos reduciendo la intensidad de los síntomas premenstruales, y disminuyendo las pérdidas sanguíneas. Conviene conocer los cambios en la fuerza y en la percepción del rendimiento que las mujeres experimentan durante las diferentes fases del ciclo menstrual. El trabajo realizado por Jacobson y Lentz ^, en las cuatro fases diferentes del ciclo menstrual, menstruación, fase estrogénica, ovulación, y fase progestágena, encontraron un menor desarrollo de la fuerza durante la fase premenstrual, asi como una menor sensación de la fuerza y la potencia. Además las deportistas también mostraron una menor potencia durante la fase menstrual. Esto nos muestra los cambios en el rendimiento y en la percepción del rendimiento en la fase premenstrual. Los efectos perjudiciales como el incremento de peso no parecen tener lugar utilizando las AO actuales que incluyen pequeñas dosis de estregónos y progestágenos. La ventajas, por tanto, podrían superar a las desventajas, y dado que existe una variación individual en la respuesta a los AO, la decisión final debe ajustarse a criterios individuales ^. Los efectos beneficios del estradiol, uno de las hormonas estrogénicas femeninas, son sin duda alguna su protección frente a las patologías cardiovasculares, pero desde el punto de vista deportivo merece la atención señalar su efecto limitador de la liberación de creatinquinasa (CK), sin embargo, a pesar de producir un freno en la liberación de CK no se ha podido demostrar aún que este directamente relacionado con un menor daño muscular ^. Las consecuencias de la amenorrea incluyen entre otros: infertilidad, dificultad para alcanzar el pico de masa ósea, perdida prematura de hueso, fracturas de estrés y escoliosis. La fertilidad puede verse afectada en situaciones de sobreentrenamiento, sin embargo, habitualmente tanto los ciclos menstruales regulares como la fertilidad se restauran con el reposo y la mejora dietética, debido a que los efectos del ejercicio sobre la fertilidad son de carácter temporal. La amenorrea puede causar osteoporosis debido a la supresión de los niveles de estrógenos. La osteoporosis es Influencia del sexo en la práctica deportiva la pérdida de minerales óseos, las atletas jóvenes experimentan una disminución de la densidad ósea y una dificultad para alcanzar el pico de densidad ósea prevista. La incidencia de fracturas de estrés es superior entre las mujeres atletas amenorreicas fidente a las que presentan ciclos normales, siendo el bajo nivel de estrógenos la causa de la fragilidad ósea en este grupo de mujeres. La amenorrea puede suponer un problema en la mujer atleta si presenta sobreentrenamiento. Por otra parte el ejercicio físico y la actividad regular controlada contribuyen a la prevención de fracturas.
El deporte moderno ha evolucionado sustancialmente en los últimos años, principalmente en los aspectos económicos y organizativos. La clave para ello ha sido la gran demanda de los ciudadanos hacia el mismo. Ello ha provocado su comercialización y la organización de grandes acontecimientos deportivos, que como los JJOO o los Campeonatos del Mundo, obligan a crear modelos de organización en los que se distribuyen las áreas de trabajo para resolver las tareas que se plantean, como los transportes y alojamientos de la gran cantidad de personas que acuden, los aspectos técnicos deportivos, los medios materiales, los recursos humanos, etc. ¿Qué es un gran evento? Las actividades o los acontecimientos de todo tipo que se organizan en torno al deporte son muy diversos y tienen necesidades muy distintas, de manera que es muy difícil englobar todos ellos bajo el mismo epígrafe. En principio cabe distinguir entre lo que es una práctica del deporte como recreación,-salud, o educación de lo que es la práctica competitiva, aunque esta sea de carácter popular. En estas cabe hablar de acontecimientos deportivos en algunos casos, pero no siempre. Por ello, en esta introducción vamos a tratar de delimitar que es un gran evento deportivo, sin entrar en la dicotomía internacional/na-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es Vicente Año Sanz 266 clonal, dado que en ambos casos podemos encontrarnos con una actividad de gran relieve. La evolución de la organización deportiva El Deporte ha experimentado un cambio espectacular en su organización y, sobretodo, en su sistema de financiación y ha pasado del «amateurismo» del clásico mecenas que otorgaba una subvención para desarrollar una actividad deportiva a vender por miles de millones de pesetas los derechos de retransmisión de sus competiciones, el derecho de uso de su propia imagen (logo, mascota, etc.), y, por supuesto, a cobrar la asistencia a algunos deportes con cantidades elevadas. Este cambio tan significativo ha provocado, a su vez, otros sustanciales en la organización del deporte en general y en la organización de acontecimientos deportivos. Sin embargo, este cambio no se ha operado lentamente como ha ocurrido con otras actividades sociales, económicas o políticas, sino, a mi entender, bruscamente, en los últimos 15 años: los que van desde la elección de Samaranch y la celebración de la olimpíada de Los Angeles ^ hasta nuestros días y, en ese sentido, el deporte como organización tendría una historia reciente. Sería una historia, además, sin excesiva complejidad organizativa hasta esos últimos años señalados, al contrario de lo que ha ido sucediendo en las organizaciones sociales modernas, tal y como señalan autores como Mintzberg (1983) o Peiró (1986). La primera olimpiada con una organización más compleja sería la de 1936 en Berlín, que se adelantaría varios lustros a su época por motivos que podríamos llamar de «escaparate político» y de utilización del deporte para propagar determinadas ideologías (Mandell, 1986; Brohm, 1976; Elias y Dunning, 1992). Pero, en estos inicios, el deporte llevaba ya consigo un enorme caudal de competitividad y producción, que hoy metemos de lleno dentro del sector servicios -culturales y deportivos-y, desde el principio, amenazó con convertirse en el acontecimiento social de mayor nivel de audiencia e impacto del siglo XX. No obstante, al filo de 1980, nadie quería organizar unos JJOO. Los elevados gastos de los precedentes, México 68, Munich 72 y, sobretodo, Montreal 76, unido a las complicaciones políticas y sociales de las tres ^ hizo que Moscú-80 y Los Angeles-84 fiíeran candidaturas únicas. La organización de grandes eventos deportivos 267 Desde la elección de Samaranch, las perspectivas olímpicas comenzaron a cambiar. Todavía en 1964 Los Angeles fue boicoteado en respuesta al que planteó anteriormente Estados Unidos y países aliados a Moscú-80, pero ahí comenzó un espectacular cambio de tendencia: fue la primera olimpíada de la historia que obtuvo beneficio económico y que fue organizada de forma casi totalmente privada. Los cambios comenzaron a experimentarse antes, posiblemente el primer indicio se experimento en la olimpiada de México, de gran impacto mundial gracias al alcance de las retransmisiones televisivas, la gran mejora de los medios técnicos y la espectacularidad de los records conseguidos por los deportistas, lo que permitió catapultar el deporte a escala mundial. Desde entonces la organización del deporte se hizo cada vez más compleja y acaba convirtiéndose en UNA ORGANIZACIÓN SOCIAL PRODUCTIVA, merced a dos condiciones: a) al proceso de actualización de las «rígidas» normas de participación olímpica amateur. b) al creciente interés social por el espectáculo deportivo. En la primera tuvo una eficaz contribución J. A. Samaranch, quien tuvo la agilidad necesaria para adaptar el movimiento olímpico a los nuevos tiempos. Sus detractores le acusan de comercializar el mundo del deporte (Simson y Jennings, 1992), pero ciertamente de no haberlo hecho posiblemente se habría desmembrado y no tendría el alcance actual. Otros autores, como MuUin, Hardy y Sutton (1995) reconocen que el cambio en las normativas vigentes permitió a la olimpíada de Los Angeles tener beneficios. En cuanto al segundo aspecto es obvio la evolución del interés por el espectáculo deportivo, de manera que hoy no existe ningún otro que se le pueda comparar ni en asistencia directa de público ni en el nivel de telespectadores. El deporte como el mayor acontecimiento mundial de finales del siglo XX Definir el deporte como el mayor acontecimiento social de final de siglo no es baladí, sino algo que se demuestra continuamente con la asistencia directa a los recintos deportivos y con la enorme cantidad de personas que lo ven por la Televisión. De este modo, podemos comprobar como la 01im.píada de Barcelona fue seguida por 16.600 millones de telespectadores de audiencia acu- El campeonato del Mundo de Fútbol de 1990 fue seguido por 26.693 millones de personas (513 millones por día), mientras que en lo que al atletismo se refiere es el tercer acontecimiento mundial más seguido, de manera que acumuló en el campeonato del mundo de Goteborg (1995) 3.681 millones, a una media de 460.1 personas por día. Los años 90 han supuesto un salto cualitativo esencial en estas audiencias que han ido creciendo a pesar dé la magnitud de las mismas, de manera que la olimpiada de Atlanta tuvo valores similares a la de Barcelona, pero con un total de 20.000 millones de telespectadores de audiencia acumulada. Y el mundial de Atletismo de Sevilla de 1999 rebasó la barrera de los 4.000 millones de telespectadores de audiencia acumulada. En algunos países como Gran Bretaña obtuvo una punta de 8,6 millones de audiencia, el segundo nivel más alto de 1999. En Alemania, la ZDF, que poseía los derechos de retransmisión logró 6,5 millones de telespectadores durante la prueba de Triple salto (el campeón fue de este país), superando al fútbol que sólo alcanzó 4,5 millones. En España, el seguimiento deportivo en general también es impresionante, pero está muy escorado hacia el mundo del fútbol, muy por encima de lo que ocurre en otros países,, aunque, no obstante el Mundial de Atletismo de Sevilla ha alcanzado un total de 27.5 millones de telespectadores sólo en TVE, a pesar de coincidir con las dos primeras jornadas de la Liga de fútbol, colocándose por encima de los partidos televisados en ambas jornadas. La selección española tuvo su máxima audiencia durante el Mundial de Francia de 1998 en el partido contra Nigeria que alcanzo los 12.002.000 telespestadores con una cuota de pantalla del 31.3 %. De máxima audiencia fue, también, el Barcelona-Mallorca de la final de la Copa que logró 11.005.000 telespectadores. En total la retransmisión de 6 partidos de fútbol durante 1998 fueron los programas más visto en Tv, por encima de Médico de Familia (8.996.000 telespectadores en su programa más visto). El resto de los deportes queda muy lejos de estas cifras, y ningún deporte se colocó entre los 50 programas más vistos en 1998. Sólo el Tour, en la época de Indurain se le podía acercar. En cuanto a otros medios de comunicación, los programas de radio de mayor audiencia alcanzan cotas entre el millón y el millón y medio de radioyentes. Todas estas cifras nos indican la importancia que tiene en los albores del siglo XXI el deporte, y dentro del mismo, los agrandes acontecimientos deportivos, retransmitidos al universo entero gracias a la TV. Condiciones que debe reunir un gran acontecimiento Los acontecimientos deportivos son muy diversos y no podemos conceptuar como tales todas las actividades deportivas, de manera que podemos clasificar las actividades deportivas principalmente en tres grandes grupos desde el punto de vista competitivo: Como su propio nombre indica los actos puntuales son aquellos que se organizan esporádicamente, una vez al año, aunque se repitan todos los años y siempre en las mismas fechas. Son actividades que no tienen continuidad muchos días o semanas. Es, posiblemente, el grupo con mayor número de actividades, puesto que, salvo las ligas de clubes, el resto de actividades pueden tener este calificativo. Son los marathones, las carreras urbanas, los Grandes Premios de ciclismo, motociclismo, atletismo e, incluso, el tenis o las vueltas ciclistas. Por su parte, la actividades de los grupos deportivos podrán ser de carácter permanente o puntual como las que organizan con carácter esporádico grupos de montaña o de cicloturismo, etc. Las de caráácter permanente son las más habituales en los grupos deportivos y tienen una doble vía: externa e interna. En el primer caso se trata de los partidos que celebran cada semana o incluso entre semana, pero con una periodicidad continuada a lo largo del año, y, en el segundo caso, son actividades cotidianas de entrenamiento o de servicio hacia los miembros del club, del equipo, o del gimnasio, en su caso. Esta última actividad de los grupos deportivos es lo que se puede conceptuar como acto permanente y aunque reúne aspectos del primer tipo de actividad, puesto que organiza un acto puntual un día a la semana, al mes o cada quince días, éste se repite de modo constante. Es el caso de las ligas de los deportes de equipo. Vendría a ser su actividad externa. No obstante, para que una actividad deportiva, pertenezca al grupo que pertenezca, pueda ser considerada como acontecimiento debe reunir una serie de condiciones entre las que podemos citar las siguientes: 1) repercusión social 2) nivel de asistencia de público 3) presencia en los medios de comunicación 4) nivel de audiencia televisiva A estos cuatro factores habría que añadir otros más específicos de un deporte concreto que contribuyen a completar si una actividad deportiva permite ser clasificada como acontecimiento. Estos serían: 5) tipo de deporte 6) dificultad de la práctica El primero condiciona ya la calificación como posible acontecimiento o no en fimción de su nivel de espectacularidad o la capacidad para realizarse públicamente, de manera que se sabe que el fiítbol o el baloncesto arrastra de entrada determinados niveles de audiencia, mientras que las actividades subacuáticas o el montañismo, por poner casos extremos, difícilmente se realizan cara a un público, siquiera mínimo. Estas dos mismas actividades reseñadas nos vuelven a servir de ejemplo para analizar el siguiente factor: el de la dificultad de la práctica. Cuanto más difícil sea un deporte más dificultades de contar con una masa de practicantes tendrá y, por tanto, de seguidores. Y si es un gran acontecimiento escalar el Everest, los es en tanto que aventura deportiva y no como acontecimiento o espectáculo deportivo. Todos ellos nos llevarán finalmente a otros dos elementos ñindamentales que acabarían por dar realce a la actividad y que serían el exponente máximo por el que una actividad deportiva pasa no sólo a ser un acontecimiento sino un gran acontecimiento deportivo: 7) patrocinadores 8) ingresos propios (taquillas, venta de objetos, etc.) Estos dos últimos factores como he indicado son una consecuencia de los anteriores, pero vienen a demostrar el alcance del acontecimiento. Todos los grandes acontecimiento deportivos cuentan en la actualidad con importantes compañías comerciales que les patrocinan y en muchas de ellas se obtienen buenos ingresos por taquilla o por la venta de objetos de recuerdo conmemorativos (merchandising). Un buen ejemplo de ello es los más de 1000 millones de pesetas que obtuvo la Selección Española de Fútbol con el patrocinio del equipo para el último Campeonato del Mundo de Fútbol de Francia en 1998 o las importantes empresas que patrocinan la propia competición. Por todo ello, podemos definir un gran evento o acontecimiento deportivo como «aquella actividad deportiva que cuenta con un alto nivel de repercusión social traducido en una fuerte presencia en los medios de comunicación y que genera por si misma ingresos económicos». Esta definición genérica permite englobar múltiples acontecimientos o eventos deportivos, ya que no especificamos en la misma ni el alcance de la presencia de los medios de comunicación, ni el de los ingresos económicos, ni el concepto. Entrar en una clasificación de acontecimientos o eventos deportivos es una tarea ardua porque existen muchos deportes y dentro de ellos ctividades muy diversificadas. De este modo, lo primero que podemos hacer es tratar de plasmar tipos de espectáculos que existen en el mundo del deporte para, posterioridad, tratar de agruparlos en grupos más amplios. Analizando los diferentes deportes podemos encontrar 13 tipos de espectáculos diferentes, tal y como vemos en Cuadro 1. Esta clasificación de los eventos deportivos que existen en la mayoría de los deportes va de lo sencillo a lo complicado en cuanto a organización y, en cierto modo, también en los niveles de audiencia y repercusión de un evento, así como en los costes o ingresos que genera. No obstante, hay bastantes excepciones, sobretodo en los acontecimiento permanentes Vicente Año Sanz 272 de las ligas de los equipos, pues un partido del Barcelona y el Madrid, aunque sea una actividad de carácter habitual, es siempre un acontecimiento que generará un nivel de atención y de ingresos muy superior a otros partidos, incluso de esos mismos equipos. Tipos de espectáculos Pero, evidentemente, el nivel de complejidad organizativa de un partido de liga es mucho menor que el de una carrera popular en muchas ocasiones. Lo que ocurre es que el nivel de audiencia y asistencia en directo permite clasificarlos en un segundo grupo más complejo. De acuerdo, pues, con esta clasificación las carreras populares y las marathones serían los primeros eventos que nos podemos encontrar en el mundo del deporte, debiendo precisarse que no todas ellas los serán y que hace unos pocos años casi ninguna podía calificarse de esta manera. Pero ese mundo ha cambiado mucho y algunas carreras reúnen importantes masas de participantes (la Volta a Peu a Valencia alcanza los 50.000, la Cursa de Barcelona pasa de los 100.000) que implica un elevado coste económico su organización y que tiene una buena presencia en los medios de comunicación. Por otra parte, organizar un campeonato de España de cualquier deporte resulta más complicado que los partidos de liga, algunos tienen un alcance puntual superior, pero en general generan menos recursos y menor audiencia, que los deportes más conocidos. La clasificación o diferenciación de los acontecimientos deportivos de entre los apartados 6,7, 8, 9 y 10 es difícil de realizar porque son competiciones muy diferentes entre sí y dentro de ellas mismas, pero la diferencia entre finales de Copa/Play Off, Salidas y Llegadas de La organización de grandes eventos deportivos vueltas Ciclistas o los Torneos Preolímpico o un Gran Premio de motociclismo o tenis, se puede realizar en base a su nivel de importancia deportiva. Los primeros son de tipo nacional( 6 y 7) y los segundos (8, 9 y 10) son de carácter internacional. Así las cosas, todos estos tipos de acontecimientos nos permiten agruparlos en 4 grupos de espectáculos: a) puntuales b) habituales c) puntuales extraordinarios d) puntuales de gran impacto En el primer grupo nos encontraríamos con espectáculos de tipo mínimo o de un nivel de complejidad 1 o menor, tales como carreras populares, maratones, meetines de atletismo y algún que otro Gran Premio, es decir los grupos 1, 2, 8 y 10. Al segundo grupo pertenecen los partidos habituales de las ligas de deportes colectivos, principalmente, y otros de características similares que hemos encuadrado en los tipos de espectáculos 3, 4, 5, 6 y 7. Su nivel de complejidad es 1 ó 2, menor o medio, en función del partido concreto de que se trate que llevará muchos o pocos espectadores al campo, se televisará o no, produciendo una gran diferencia dentro del mismo grupo entre unas u otras actividades. En cuanto a los grupos 3 y 4, puntuales extraordinarios y puntuales de gran impacto, el número de espectáculos o competiciones a encuadrar es mucho menor. En el primer caso nos encontramos con las fases clasificatorias de campeonatos de Europa o del Mundo, con Torneos Preolírapicos y algunos campeonatos del mundo y su nivel de complejidad puede ser 2 ó 3, medio o máximo. En el último grupo, de máxima nivel de complejidad o nivel 3, se encuadran los Juegos Olímpicos o los Campeonatos del Mundo de Fútbol, casi exclusivamente. La organización de un gran evento Una vez analizadas las características del deporte actual y las condiciones que debe reunir un gran evento, así como su tipología, entramos en este apartado en la organización, propiamente dicha, de un gran acontecimiento o evento deportivo, desde lo que supone la candidatura previa y la estructura organizativa, a la ejecución ñnal. La organización de un gran evento deportivo comienza con la elaboración de la candidatura y la campaña previa a la concesión del evento. Es la primera fase de la ejecución, incluso, del propio evento por dos razones. En primer lugar, porque en muchos casos no se pasará de ahí y los objetivos deben plantearse si ese caso se produce y, en segundo lugar, porque las acciones que se desarrollen durante la presentación de la candidatura, las ofertas que se hagan, los apoyos que se obtengan servirán para el desarrollo de la organización posteriormente. Así pues, la preparación de la candidatura y la campaña pública en torno a la misma es muy importante para conseguir el evento y para su posterior desarrollo. Esta fase puede dividirse en de 5 pasos, que serían los siguientes: 1. Lanzamiento del proyecto 3. Campaña de difusión nacional 4. Campaña de difusión internacional 5. El primer paso es más importante de lo que parece y es el que condicionará el éxito o el fracaso de las posteriores campañas. Es un trabajo que no tiene porqué trascender públicamente y que se dirige a conseguir el apoyo institucional, tanto público como privado. Se trata primeramente de poner de acuerdo a los distintos organismos que pueden colaborar o que tienen competencias en el tema. En esta fase se trata de plantearse un aspecto fundamental de la candidatura: la filosofía de la misma. Es decir: porqué y para qué se pide un gran acontecimiento, cuales son las posibilidades de obtenerlo, las líneas básicas para lograrlo y quienes están en situación de otorgarlo. Y, por supuesto, tener diseñadas las primeras actuaciones tanto para el caso de la concesión como para su denegación. En este aspecto, por ejemplo, la candidatura de Sevilla a la olimpiada del 2004 fue sustancialmente distinta a la que se plantea la misma Ciudad para el 2008. En el primer caso existían posibilidades de obtener la nominación ^ ya que todos los pronósticos apuntaban a que una ciudad europea sería la ganadora, como así fue (Atenas). Para el 2008 los pronósticos previos y la historia olímpica indican que ninguna ciudad europea obtendrá la nominación, que se conocerá a finales del 2001 \ La organización de grandes eventos deportivos A continuación, resuelto este primer aspecto filosófico y programático se debe pasar al lanzamiento público del proyecto, teniendo en cuenta la elección del momento para hacerlo. El lanzamiento público del proyecto debe venir acompañado de una mínima estructura organizativa, de dotación presupuestaria, de un calendario de actividades y de un local con su infraestructura correspondiente. De forma inmediata el lanzamiento público debe acompañarse de un calendario de actividades en los que se lleve a cabo la presentación de la candidatura a nivel local, nacional e internacional, pues debemos tener en cuenta que un aspecto sustancial de la candidatura, que permitirá saber su grado de afianzamiento, será el convencimiento, la asunción y el apoyo de los propios ciudadanos de la sede de la candidatura. Si ellos no están convencidos o no conocen el evento, más difícil será darlo a conocer a otros o que la apoyen. El último paso de la campaña previa de la candidatura es la organización de actos o actividades. Aunque viene en último lugar, ello no implica que empiece mucho después de la presentación de la candidatura sino que debe hacerse de forma inmediata. Los actos susceptibles de organizarse son de características muy diversas, pero básicamente pueden ser de tres tipos: a) actos protocolarios de presentación propia b) actos protocolarios que acompañan otros eventos c) organización o patrocinio de competiciones Los primeros son actos propios, específicos, que monta el Comité de Campaña sin que exista ningún tipo de acontecimiento deportivo o de reunión federativa, olímpica o congresual, a diferencia del segundo tipo que son actos de presentación que realizan aprovechando la celebración de algún campeonato, sea este nacional o internacional. Por último, la organización o patrocinio de competiciones es una forma muy interesante de difundir una candidatura y han dado buenos resultados. En eventos internacionales del tipo de una olimpiada, por ejemplo, la organización o el patrocinio de campeonatos de algunos deportes ayuda al conocimiento internacional y sirve de base curricular a la candidatura. Por ejemplo, Barcelona 92 pidió, antes de su concesión, la organización de la Copa del Mundo de Atletismo para 1989, con la que se inauguró el Estadio Olímpico antes de su concesión y Sevilla 2004 apoyó la petición hispalense de celebrar el Campeonato del Mundo de Atletismo para 1999, que además finalmente fue una magnífica compensación y realidad a la no concesión de la olimpiada. Una vez concedida una candidatura el primer trabajo es la creación del Comité Organizador y el montaje de una estructura organizativa con todas las necesidades de infraestructura que conlleva (locales, material burocrático, material de papelería y fungible, dotación de aparatos informáticos, etc.). En la mayoría de los casos, parte de los miembros del Comité de Campaña continúan y se hacen cargo de las diferentes áreas, se amplían éstas y se contrata o se pide la colaboración de otras personas. Es conveniente, en este sentido, tener parte de la infraestructura ya montada previamente o, al menos, el diseño de la misma, lo cual, además será una exigencia del organismo que concede la competición. Ello debe ser así, porque en la mayoría de las grandes competiciones no existe tanto tiempo de preparación como en una olimpiada y se conceden, a veces, dentro del mismo año de organización -eventos nacionales-o con uno o dos años previos a la celebración. En ese sentido, por ejemplo, uno de los mayores problemas que tuvo el Campeonato del Mundo de Atletismo Sevilla-99 fue el escaso tiempo de preparación del mismo desde la concesión (marzo del 97) a la celebración (agosto del 99) para un acontecimiento de esa envergadura ^. Y todo ello sin estadio en el momento de la adjudicación, el cual fue construido en esos 2 años. La estructura organizativa puede ser muy distinta en el caso de que el evento se organice desde un Comité preparado al efecto, o desde empresas u entidades subsidiarias del evento. En esta línea, podemos podemos encontrarnos con 4 tipos de estructuras de organización, que son las siguientes: GESTIÓN MIXTA En el primer caso, el organismo u organismos a quienes se concede el acontecimiento lo organizan directamente montando un Comité específico o una empresa para llevar a cabo el mismo (caso de Barcelona 92, Atlanta 96, Sevilla 99...). En el segundo caso, el acontecimiento es cedido a una empresa de gestión que se encarga de toda la organización. Es el caso de algunos acontecimientos muy significativos como la Vuelta Ciclista a España o el Campeonato del Mundo de Motociclismo, donde La organización de grandes eventos deportivos empresas originariamente de publicidad (Unipublic y Dorna) se encargan de todo el montaje. El tercer caso es típico de las competiciones de liga o cuando se celebra un competición de deportes colectivos con varias subsedes en el caso de los clubes (lo que pasó con el fútbol de Barcelona 92), y de las competiciones de judo, karate, gimnasia rítmica y deportes similares en el caso de los ginmasios. La gestión mixta queda para los casos en los que se monta un Comité Organizador, pero cede algunas parcelas a empresas privadas o instituciones al margen. Suele ser el caso de la captación de publicidad del evento o del merchandising, que se suele adjudicar a empresas de publicidad o de gestión. O el caso, por ejemplo, del Campeonato del Mundo de Atletismo en pista cubierta de Sevilla 91, donde la Expo. 92 se encargó de toda el área de prensa. En el caso de comités de organización propios lo habitual en las grandes competiciones es un tipo de estructura jerarquizada con un Director General o Gerente en la cúpula y dos o cuatro directores de grandes áreas, debajo de los cuales se distribuyen parcelas más específicas de trabajo. En competiciones de tamaño medio, no es necesaria una estructura tan jerarquizada y piramidal, sino que lo habitual es nombrar un coordinador o director general y debajo de él tantas áreas de trabajo como se considere oportunas. Este tipo de estructura es más rápido y sencillo y óptimo para este tipo de competiciones no demasiado complejas. Las áreas de trabajo de un evento de cierta magnitud deben contemplar todos los aspectos que rodean al mismo, desde los publicitarios a las posibles publicaciones que haya que hacer, el control de los gastos, los medios de transporte, los alojamientos, etc. Igualmente se hace necesario que, independientemente del tipo de estructura formal que se establezca, existan responsables al firente de cada una de ellas y tantas subáreas y personal humano como sea necesario. De En la parte izquierda de la tabla nos encontramos con las áreas propiamente económicas y de proyección pública del acontecimiento, mientras que en la parte derecha se encuentran las de infraestructura y de tipo técnico, como una posible gran subdivisión aunque en realidad pueden ser cuatro el agrupamiento de estas macroáreas, que podrían ser: a) área económica (marketing, economía, administración y recursos humanos). b) área de promoción y divulgación (promoción, medios de comunicación, publicaciones y protocolo) c) área técnica y de instalaciones (técnica-deportiva, instalaciones: arquitectura I ingeniería) d) área de servicios (alojamientos y transportes, servicios médicos, seguridad, servicios tecnológicos). Un caso real muy reciente ha sido la agrupación en macroáreas, llamadas divisiones, llevado a cabo por la organización del Campeonato del Mundo de atletismo en Sevilla 99, similar al anterior, pero con sus diferencias específicas: a) Logística (voluntarios, servicios médicos, acreditaciones). b) Alojamientos y Transportes (alojamientos y transportes) c) Medios de Comunicación (medios de comunicación, publicaciones y ceremonias). d) Área técnica-deportiva (horarios, pruebas, jueces, resultados ) e) Marketing (patrocinadores, merchandising, calle del ocio) í) Régimen interior (obras menores, aprovisionamientos, seguridad, informática). En la estructura de trabajo de Sevilla 99 estas divisiones dependían de un Coordinador General^ que contaba con un Adjunto del cual dependía otra macroarea que englobaba la promoción, el gabinete de La organización de grandes eventos deportivos prensa y las actividades culturales e inicialmente el protocolo, que luego se desgajó para tener una autonomía propia. Finalmente, el área de economía y administración dependía directamente del Coordinador General que contaba con un responsable de esta área. La coordinación de las áreas de trabajo que se realizaba a través de un jefe de gabinete. Esta distribución del sistema de trabajo se integró en un órgano de funcionamiento colegiado que se denominó Comité Permanente y que se reunía una vez a la semana en pleno, pero ocupaba la misma dependencia y su relación era diaria. A su vez, este Comité Permanente dependía del Comité Organizador, formado por los representantes políticos e institucionales. Individualmente, todas estas áreas de trabajo pueden tener diversas alternativas de integración u organización. Por ejemplo, el área de marketing podría agruparse junto a la de Promoción, pero en muchos eventos permanece separada porque una se encarga más de las cuestiones de imagen del evento, de la explotación de los derechos del mismo y de atender los planteamientos, exigencias y las concesiones que se realizan a los patrocinadores y la otra de la difusión concreta del acontecimiento en la propia Ciudad donde se realiza, principalmente (banderolas, carteles, pancartas, publicidad en los autobuses, etc.). Ambas áreas, no obstante, trabajan en estrecha colaboración entre sí y con el área económica, responsable de la elaboración de los presupuestos, la captación de recursos y el control y disponibilidad del gasto, para lo que cuenta con el apoyo del área de administración y contabilidad. El área de medios de comunicación también tiene connotaciones con la de promoción, pero tiene suficiente entidad por si misma. De hecho, en Sevilla 99 estuvieron inicialmente juntas ya que dos son los grandes campos de trabajo de esta área: a) la infiraestructura necesaria para los medios de comunicación (sala de prensa, tribuna de prensa-radio-Tv en la zona del evento, zona para las Unidades Móviles (Compound), recursos tecnológicos, etc.). b) la atención propia a los medios de comunicación y la información a los mismos sobre todos los acontecimientos que se vayan produciendo en torno a la organización Por otra parte, un área de suma importancia en cualquier evento deportivo es la de recursos humanos, la mayor parte de ellos voluntarios. Los recursos humanos de los acontecimientos deportivos pueden ser de 5 tipos diferentes: -SEGURIDAD El primero de ellos es el menos numeroso, pero sobre el que recae las decisiones estratégicas que determinarán el éxito o el fracaso del acontecimiento. Son fundamentalmente el Director General o Gerente, los directores de área, de división, etc. El personal de servicio, gran parte del mismo contratado de forma permanente o eventual, son los que realizan las tareas más ingratas, posiblemente de los acontecimientos. Son camareros/as, limpiadores/as, porteros/as, aposentadores/as, taquilleros/as, electricistas, etc. En algunos casos estos puestos pueden ser ocupados por voluntarios, pero no es lo habitual, salvo, quizás, el de aposentadores que sí lo suelen hacer. En cuanto al personal técnico suele ser de cuatro tipos, frecuentemente: a) deportivos que elaboran los calendarios, normas de competición, etc., y que suelen ser profesionales del deporte (licenciados en Ciencias de la A. Física y el Deportede E. Física), entrenadores e, incluso, árbitros o jueces. b) árbitros o jueces que velan por el cumplimiento de los reglamentos, c) especialistas (médicos, informáticos, ingenieros, arquitectos...) El grupo más numeroso y el más imprescindible, a la postre, son los voluntarios que colaboran con la organización de un evento deportivo. Suelen realizar las tareas más diversas: desde acompañar a los equipos durante su estancia en la Ciudad sede de la competición, hacer de choferes, ayudantes de los árbitros o jueces, cuidadores de las instalaciones o de la ropa de los participantes, y sobretodo son el soporte básico de casi todos las áreas, pues se encargan de acreditar a los participantes, de atender a la prensa, a los vips, etc., etc. En Sevilla 99 se hizo una campaña de captación de voluntarios con una respuesta esplendida ya que capto a 6.486 personas, de las que, finalmente, intervinieron 3.230. Por último, el personal de seguridad varía mucho de unas competiciones a otras. No es lo mismo celebrar unos juegos olímpicos o un campeonato del mundo, que un campeonato de España. En el primer tipo de acontecimientos suele ocuparse de la seguridad las propias La organización de grandes eventos deportivos Fuerzas de Seguridad del Estado, que marcan la pauta de la organización en este aspecto. En los segundos, bastan muchas veces con algún policía de seguridad privada. En el segundo grupo de áreas, existen también dos de gran importancia y, también, muy vinculadas entre sí como son las de alojamientos y transporte por un lado, y la de instalaciones e infraestructura técnica por otro lado. Sus propias nombres ya nos indican su función y en el primer caso es aquello que no se ve en una competición o evento, pero que deja buen o mal sabor de boca, en ocasiones tan importante como la propia competición. Un buen alojamiento y una correcta recepción y traslado de los equipos, que comienza ya en el aeropuerto en las grandes ocasiones, es fundamental. Por ejemplo, la olimpiada de Atlanta será recordada por los muchos problemas de transporte que tuvo tanto como por sus posibles éxitos deportivos. En cuanto al área técnico-deportiva es la que normalmente se encarga de los aspectos deportivos: horarios, sedes de competición, calendario, materiales, instalación, etc., y, obviamente trabaja estrechamente con la instalación. Por último, el área médica ejerce tres tipos de funciones básicas: la atención médica a los deportistas, el control antidopaje y el establecimiento de atenciones médicas al personal de la organización y al público asistente. Dentro de la primera función se contempla también aspectos como el masaje y la fisioterapia. Planificación y fases de ejecución Desde el momento que se plantea la realización de un evento hasta su realización existen 5 fases que son las siguientes: A La primera cuestión inmediatamente después de concedido un evento será la formación del Comité Organizador, una parte importante del cual saldrá del Comité de la campaña de promoción. Es una cuestión lógica, pero a veces no ocurre así, ya que entre la concesión y la puesta en marcha de la organización suele existir una cierta relajación. 282 quizás derivada de la intensidad de la campaña previa, dependiendo de qué evento se trate. Ahí se puede perder un tiempo precioso que luego debe ser recuperado de forma precipitada. Una vez formado el Comité Organizador, la primera misión del mismo será la elaboración de los presupuestos y los programas a desarrollar en todas la áreas. Planes y programas abiertos, que tendrán que ir readaptándose a medida que la organización va cumpliendo los plazos trazados en los programas. En esta tercera fase y al principio de la cuarta, lo más importante será la distribución de competencias entre las distintas áreas y la captación de recursos, para lo que los acuerdos comerciales (derechos de retransmisión, patrocinadores, cesión de licencias de uso de los emblemas de la competición, etc.) serán fundamentales, ya que inicialmente es posible que sean los únicos recursos con los que cuente el Comité para empezar a funcionar, puesto que las subvenciones y los ingresos por taquillas suelen venir más tarde. De hecho, estos últimos no vienen hasta el mismo año del Campeonato, como ha pasado en los dos últimos grandes acontecimientos celebrados, con el mundial de Sevilla 99 -las entradas se pusieron a la venta a finales de 1998y con la Olimpiada de Sidney, donde según sus previsiones esperaban recaudar 32.000 millones de pesetas a finales de 1999, a menos de un año de su celebración. -Al tiempo que el Comité comienza a andar y va distribuyendo las funciones aumentará de tamaño y se iniciará la contratación de personal o la captación de personal voluntario, dependiendo del evento. Todos ellos deberán contar con los dos tipos de recursos humanos, sobretodo con el voluntariado, sin los cuales no podrían celebrarse la mayoría de los grandes eventos internacionales. Por último, la diferencia entre la cuarta y la quinta fase, ambas con tareas ejecutivas, es que en la primera de ellas se van poniendo en marcha los distintos servicios y la infraestructura necesaria para la posterior realización del evento, mientras en la segunda se realiza el evento en sí y las tareas organizativas se encaminan a cumplir los planes establecidos, controlando las contingencias que se vayan produciendo. En ese sentido, la fase clave de toda la organización es la cuarta, pues en ella se establecerán las bases de lo que vaya a ocurrir después. Si el evento sale bien es porque ha sido planificado correctamente y los servicios de infraestructura reunían buenas condiciones. Si el evento va saliendo mal, las correcciones finales son difíciles porque no queda tiempo ni alternativas para modificar la fase de planificación, que es anterior. Por ejemplo, los errores en la planificación de la infiraestructura hotelera o en las necesidades de instalaciones serán prácticamente insalvables y dejarán patente los fallos organizativos. Un hotel o una instalación deportiva necesita tiempo para su construcción que ya no se tendría. Sí son salvables, en cambio, errores en el transporte (aumentar autobuses o coches,'por ejemplo, se que puede arreglar) o en el material fungible o el personal necesario. La financiación de los grandes acontecimientos Los grandes acontecimientos deportivos son caros, por lo que es necesaria plantearse antes de solicitarlos los recursos con los que se va a contar porque la mayoría de ellos son deficitarios a nivel organizativo y acaban siendo cubiertos por las instituciones públicas, aunque bien es cierto que la publicidad y la estancia en la Ciudad-sede de miles de personas justifican, a veces sobradamente, esa aportación. Un ejemplo muy reciente ha sido el del Mundial de atletismo Sevilla 99: mientras que el Comité Organizador asumió un presupuesto de 3.800 millones de pesetas, con un posible déficit por inversiones de alrededor de 500 millones de pesetas, la repercusión económica alcanzó los 38.000 millones, entre inversiones y gastos de los participantes y visitantes o espectadores. Ello sin contar la repercusión publicitaria, de la que un estudio de la empresa Bassat-Ogilvi & Mater situaba en 2.300 millones solo de la Ceremonia de Inauguración y en España. No es sería una barbaridad, ni mucho menos, situar los efectos publicitarios del Campeonato en todo el Mundo por encima de los 100.000 millones de pesetas. Las fuentes de financiación de un acontecimiento deportivo se han diversificado en los últimos años y podemos verlos con carácter general en la el Cuadro 3. De estas fuentes de financiación la más importante de los últimos años es la de los derechos de retransmisión televisiva, al menos en deportes como el Fútbol, Atletismo, Baloncesto, Tenis, Ciclismo y algún otro deporte. En grandes acontecimientos como las Olimpiadas estos derechos vienen a representar el 50% de los gastos de organización, lo que es un aval para la organización que detenta estos derechos, hoy en día en manos de las Federaciones internacionales o del CIO. Y hasta un deporte que se resistía a la comercialización y profesionalización como el Rugby se acaba de rendir a este nuevo concepto del deporte y a la realidad social que nos circunda. El reciente cambio en su normativa amateur aprobada por la Federación Internacional el 27 de Agosto de 1995 ha propiciado que los derechos de retransmisión de la liga mundial se eleven a un total de 67.000 millones según el contrato que se firmo en 1998 con la Tv de Murdoch por un período de 10 años. En el gráfico 1 podemos ver la evolución de los ingresos por retransmisiones de los Juegos Olímpicos cuyos derechos ya están vendidos hasta el año 2008 cuando aún no se sabe cual será su sede. Estos ingresos generan las partidas más altas de los eventos deportivos, y se han multiplicado de forma impresionante desde que en 1948 el Comité Organizador de los Juegos de Londres recibiera 1500 libras por los derechos de retransmisión (Carragio, 1996, pág.139)., algo anecdótico. En Melbourne el ingreso ya fue de 51 millones de libras, lo que representó el 2,5% de los ingresos. De estas cifras se ha pasado a los 125.515 millones de Atlanta (Diario As. Ello, a su vez, está generando ingresos para las Federaciones Internacionales, cuya distribución en Atlanta podemos ver en el Cuadro 4. La publicidad y al patrocinio es otro elemento determinante del alcance de un acontecimiento y va parejo al nivel de audiencia del La organización de grandes eventos deportivos 285 mismo, en una relación directamente proporcional y que merece un tratamiento específico que dejamos para otra ocasión. Por otra parte, el merchandising y los derechos de imagen son conceptos nuevos que va introduciéndose cada vez más en el deporte de forma más profesionalizada en vista, sobretodo, del éxito del mismo en países como Estados Unidos o Gran Bretaña (Sleight, 1992; MuUin et alt., 1995), donde un equipo como el Manchester ingresa del orden de 4.000 millones de pesetas por este concepto. Notas 1 Juan A. SAMARANCH fue elegido Presidente del CIO en 1980 en el Congreso celebrado en Moscú. Sus reformas no pudieron ser inmediatas sino que empezaron a plasmarse a partir de la Olimpiada de Los Angeles. ^ Matanza tie estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en México y manifestación en el podium de los ganadores negros de las pruebas de 200 y 400 metros en defensa del Black Power; secuestro y muerte de deportistas israelíes y de propio comando palestino que les secuestró en Munich; boicot de los países africanos a Montreal. ^ Ello a pesar de la cercanía a la olimpiada de Barcelona, 12 años, misma diferencia que hubo entre Los Angeles 84 y Atlanta 96. ^ Desde la olimpiada de 1952 nunca ha repetido Continente en las nominaciones olímpicas. ^ La Federación Internacional de Atletismo finalmente ha entendido el tema y de cara a los próximos años existe intención de conceder de golpe los campeonatos del año 2003 y 2005, al menos.
En Puerto Rico, el tremendo auge público y mediático, ocurrido a partir de 1990, de ese discurso banal sobre la identidad nacional que podemos llamar neonacionalismo, sólo ha servido para encubrir problemas acuciantes como la privatización, la destrucción acelerada de los recursos naturales y del espacio público, la contracción de los servicios sociales y de los derechos democráticos, así como el incremento de la violencia anómica. El neonacionalismo se ha convertido en un discurso generalizado, realmente hegemónico, que destaca conflictos o diferencias inconsecuentes entre al ámbito puertorriqueño y el estadounidense, obviando aquellas contradicciones que fundamentan la colonialidad del poder. Con ello el neonacionalismo logra crear un marco de legitimación de las profundas relaciones de subalternidad ligadas al dominio racial y de clase en que se cimenta el poder del estado norteamericano sobre el país. Gran parte del sector independentista del país ha dado dos pasos atrás para no dar ningún paso adelante con respecto al problema colonial. La política anticolonial enmarcada en el imaginario tercermundista de la liberación nacional, de inspiración "marxista", seguida por los independentistas puertorriqueños desde 1960, entró en crisis en la década de 1980. Esta crisis no dio paso a una política anticolonial alterna, sino al abandono tácito de la cuestión colonial y a su reemplazo por la política de la identidad. Una enorme cantidad de cuadros, militantes y simpatizantes del nacionalismo ex liberacionista se aproximaron al Partido Popular Democrático, defensor del actual status colonial, dándose a la única tarea que se les presentó como absolutamente crucial y urgente: crear un dique contra la anexión. Este sentido de urgencia antianexionista provenía y todavía proviene del hecho de que la fuerza numérica del anexionismo, expresada en las elecciones cuatrienales, ha ido aumentando inexorablemente desde hace décadas, amenazando con convertirse en mayoría. En el imaginario del nacionalismo puertorriqueño, un evento electoral plebiscitario en el cual la mayoría del país se expresare a favor de peticionar la anexión total, como "estado" federado a la unión norteamericana, constituiría una catástrofe existencial de proporciones cósmicas, sin importar qué posibilidades reales tenga tal petición. Tal evento señalaría el final de la irreductible conciencia nacional a la que ha apostado históricamente el independentismo puertorriqueño. El neonacionalismo ha optado entonces por jugarlo todo a la baza de la identidad nacional que sostendría tal conciencia. Pero conviene no olvidar que dentro de los dominios estadounidenses, cualquier política de identidad nacional se traduce en un problema doméstico de identidad étnica. La política de la identidad, una vez queda despojada de sus elementos anti-coloniales más radicales, no puede funcionar sino como cuestión étnica dentro de la esfera estadounidense en la que se encuentra inmerso el territorio puertorriqueño. La ironía es que la política de la identidad facturada por los independentistas puertorriqueños para detener la anexión no puede sino redundar en una mayor inserción del país en la esfera estatal estadounidense, la cual se articula precisamente como una etnocracia donde las políticas de la identidad étnica, sean conservadoras o liberales, suelen cimentar la hegemonía blanca anglosajona existente. Los guardianes puertorriqueños de la identidad se las arreglan para imponer toda suerte de inspecciones, controles y tributaciones discursivas en cada punto de paso de ese continuo de medios técnicos, educativos, culturales y espectaculares que tienden a homogeneizarse como complejo lingüístico e institucional único (al grado que me tientan a aglutinar, para describirlos, el vocablo sobresdrújulo de lo tecnopedagoespectacultural). El manejo excelentemente concertado de los puntos de tráfico de la identidad nada le debe a una madeja conspiratoria del poder político, en su usual sentido moderno, pues se presenta como parafenómeno del biopoder (modo de producción que en nuestra era posiblemente interrumpe el modo capitalista sin "superarlo"). En ese sentido, los políticos de la identidad son más bien pospolíticos y sus actos responden a una suerte de banausía decapitada, es decir, a una cooperatividad no representable como subsunción de subjetividades ni como jerarquización intencionada de voluntades o mandos. En las universidades existen muchos puntos de identidad en facultades, programas, institutos, departamentos y otras dependencias. Su programación institucional y discursiva posee a menudo la capacidad de autoreproducirse y replicarse, independientemente de los administradores y académicos encargados de su manejo. En algunos casos, una figura académica individual constituye por sí misma un programa o una industria identitaria. Ejemplos conspicuos abundan en las universidades norteamericanas, donde gran parte de los llamados estudios de áreas, los estudios étnicos y los estudios culturales arman a diestra y siniestra (literalmente, a la derecha y a la izquierda subsumidas en el abismal centro angloliberal) peregrinas propuestas que, no por celebrar la hibridez multicultural y bilingüista dejan de monitorear y avalar articulaciones hegemónicas al etnocomunitarismo anglosajón. Es decir, apuntalan por vía de sus cooptaciones y neutralizaciones, la etnodemocracia que se las arregla para que a medio siglo de la decisión Brown v. Board of Education del Tribunal Supremo, menos de un tercio de los estudiantes afroestadounidenses pueda asistir a escuelas racialmente integradas, por sólo mencionar un aspecto del amplio registro de racializaciones remanentes. Los puntos de identidad etnocomunitaria atienden clientelas académicas étnicas o paraétnicas que sólo pueden agradecer la cura, la hospitalidad y hasta la prosperidad concedidas como oasis en un medio social paranoicamente racializado. El académico paraétnico no reclama identidad étnica, sino expertise y familiaridad con la etnia (la "gente y su cultura"), es decir, derecho de apadrinamiento epistemológico. Recordemos que en la etnodemocracia estadounidense la persona blanca o blancoide pertenece al polo no marcado de la etnicidad. Fiel función de esa dependencia del étnico es el acting out "desagradecido", oposicional, de acendrada vocación minorista y autovictimaria que hincha el reparto dramático de la etnodemocracia estadounidense. Así, las efervescentes burbujas de la etnocomunidad desodorizan, neutralizan y estabilizan la atmósfera del gran globo democrático, su liviana flotación en el pluribus unum, al menos en el horizonte esférico de la tecnopedagoespectaculturalidad. Remito al pensamiento de las esferas de Peter Sloterdijk, que reemplaza el significante maestro freudo-lacaniano del falo, por las esferas (o matrices) y por los proliferantes deslizamientos espaciales de exterioridad/ interioridad donde vibra la significación. Conste que no queda claro si existe algún punto arquímedico desde el cual moralizar contra los gozos y las cuitas de las políticas académicas de identidad, que no cabe sino respetar a quien se pregunta: ¿y si en lugar de existir algo, no hubiera nada? Es imposible ignorar que, después de todo, estas políticas son para el académico étnico o paraétnico una gran fuente de empleo, que allega becas, financiamiento de viajes, propuestas y publicaciones. Sería ridículo subestimar la importancia de tales recursos. Estas consideraciones no nos impiden apuntar que la compartimentación etnoacadémica también recaba tributos y dispensa penalidades. Al menos en las llamadas "ciencias humanas y sociales" existe un apartheid blando, presentado como menú de expectativas que asigna al académico étnico unos campos temáticos y metodológicos muy estrictamente articulados en torno a un axioma JUAN DUCHESNE WINTER tan simple como inconspicuo: el étnico siempre escribirá y hablará en alguna forma de lo étnico, y nunca demasiado oblicuamente. Este axioma circular de la identidad opera más allá de la universidad estadounidense, incidiendo, por ejemplo, en todo el circuito subalterno de las universidades latinoamericanas, que tanto dependen de las prestaciones e "intercambios" norteños en todo un abanico de campos. Su órbita abarca, por supuesto, grandes zonas del continuo tecnopedagoespectacultural latinoamericano globalizado donde ronda la gama entera de las actividades educativas, intelectuales, literarias y artísticas. Es un axioma casi infalible que invalida casi cualquier expectativa de que un teórico, novelista o artista acceda a un clearance o imprimatur mediático o institucional si falla en representar en alguna forma lo étnico (u otras identidades comunitarias), y nunca demasiado oblicuamente. Es una lógica aséptica, pero implacable. Las resistencias locales de reivindicación de identidades sólo consiguen acelerar su rotación en torno a este axioma. Las usuales reacciones identitarias al cerco representacional (entre las que se incluyen tanto los nacionalismos como las xenofilias), responden al anglocentrismo con el empobrecido centrismo de la reivindicación de lo "propio" humillado. Ya sea en la forma de su diferenciación depresiva o de su asimilación mánica al modelo, el identitarismo termina hundiéndose en los tremedales del resentimiento y el complejo de inferioridad, alcanzando, si algo, a reforzar las políticas dominantes de la identidad. María I. Quiñones Arocho enfrenta la aporía de lo propio así: "La oposición propio/no propio que organizaba la oposición identidad/diferencia parece hoy transformarse a la luz de nuevos comportamientos de mentalidades y de una economía política cuyos efectos apenas comienzan a estudiarse. En un universo donde la alteridad se subsume a la ley de la oferta y de la demanda, lo otro ya no puede consebirse como exterioridad, como lo ajeno, sino como aquello que actúa desde adentro en un territorio que a duras penas puede definirse como propio. La experiencia hoy viaja en el circuito de la imagen, el lenguaje de las imágenes es la madeja de la que se hace una memoria colectiva. Lo otro ya no es lo territorialmente lejano y ajeno, sino la multiculturalidad de los espacios que habitamos y que nos habitan." Quizás un plan consistente de fuga con respecto a aporías como "lo propio", la "identidad" y sus representaciones accedería a otra cosa. El plan de evasión deberá sobrepasar el tema étnico o nacional, para extenderse a todas las identidades susceptibles de articular comunidades de inclusión/exclusión, es decir, puntos de control social y discursivo con pretención de hegemonía universal. El horizonte limitado, si bien interminable, dada su circularidad, de la tecnopedagoespectaculturalidad implica concebir fugas postespectaculares del cerco mismo de las identidades de la víctima y del subalterno que todavía tantos glorifican como identidades liberadoras, y que en esta glosa no dejaremos de comentar. Relato dos episodios de identitis aguda que exhiben la unidad de un desplazamiento: 1) Una joven académica de Mason University presenta una conferencia sobre la obra del poeta puertorriqueño Luis Palés Matos en el Congreso de la Latin American Studies Association (LASA). Comienza ofreciendo una lectura de Palés a partir de Heidegger, aplicando aquí y allá a los versos del poeta, citas aisladas del filósofo que se prestan a una reducción del tipo tierra+pueblo+identidad = poesía. La conferencista alude con énfasis gradualmente incrementado, a su etnicidad personal (mulatez, puertorriqueñidad, etc.). El crescendo culmina cuando al final de su exposición la conferenciante abre enérgicamente la chaqueta y muestra el diseño de la bandera de Puerto Rico sobre su pecho. (Debo la anécdota a Juan Carlos Rodríguez.) 2) Un profesor en la Universidad de Puerto Rico presenta en un acto multimedios el libro de crítica sobre teatro nacional recién publicado por un colega. Su exposición plantea la representación teatral como forma étnica y mientras este razonamiento discurre, una joven adhiere al cuerpo del conferencista cartelitos donde figuran los vocablos teóricos que él emplea. Ambos intercambian fintas de payasos hasta que el discurso sobre el libro se convierte en un palabreo inatendible y el libro desaparece del foco del evento. Estos episodios, cuya consistencia como performances es muy discutible, se manifiestan más bien como abreacciones identitarias en las cuales la posibilidad misma de teorizar colapsa y se desplaza como inflexión bioétnica de la representación espectacular. Acaso su valor consiste en la posibilidad que brindan de hacer una lectura irónica del colapso del pensamiento que celebran. Pasan a primer plano los signos de ansiedad y agotamiento en la manifestación de la identitis, al punto que ya no es posible siquiera teorizar el performance de la identidad ni performancear la teoría, sino remedar apenas, como histrionismo de lo obvio, la incapacidad para hacer otra cosa que representar la corporalidad del ser que se anula en su incapacidad para decirse como otro. A esa incapacidad apunta Luis Rafael Sánchez cuando menciona a "la gente que no sabe ser otra cosa que puertorriqueña, la gente que no quiere ser otra cosa que puertorriqueña, la gente que no se concibe siendo otra cosa que puertorriqueña." Puerto Rico difiere de otros países del hemisferio al configurarse como frontera interior de los Estados Unidos. Los flujos jurídicos, económicos y sociales de la isla se han integrado a Estados Unidos con la densidad propia de un tejido profusamente capilarizado. Ello convierte a la población de Puerto Rico en variante ectópica de la población latina estadounidense. Dada la fuerte emergencia del etnicismo latino estadounidense, ya se puede percibir que Puerto Rico, más que pasar por un proceso de llamada "americanización", se encuentra en vías de una profunda latinización en la medida en que su cultura se asimila a los modos anglolatinos, más que a los anglos como tal. Dentro de la gama variopinta y conflictiva de los latinos estadounidenses, los de Puerto Rico figuran como latinos de marca isleña. Ésa condición isla constituye la obvia e inescapable ectopicidad en que reposa gran parte del sentido remanente de diferencia con respecto a los otros latinos continentales, es decir, "los de allá". Cabe decir que Puerto Rico es un topos isleño de una etnia latina intrafronteriza en expansión, ya difícilmente categorizable en su conjunto como simple "minoría", sino señalable como multiplicidad estadounidense emergente bajo el signo de una anglolatinidad muy distinta del proverbial latinoamericanismo. Aparte de su carácter ectópico, la burbuja insular puertorriqueña es una burbuja más dentro de la esfera etnodemocrática estadounidense. El biopoder identitario local, interior a la burbuja isleña, se articula a la hegemonía multiétnica estadounidense (de dominación blancoide, que ya no homogéneamente blanca) en forma análoga a las otras burbujas étnicas de esa superpotencia. Ésa es la morfología del espacio imaginario que le corresponde a las políticas identitarias que predominan en Puerto Rico, las cuales atraviesan todos los sabores disponibles en el menú de opciones estatutarias del territorio: la independencia, la anexión y el estadolibrismo vintage. Se trata de la morfología esferoide de la pompa de jabón, inflada por una corriente anual de 13,000 millones de dólares federales que fluyen directamente hacia porcentajes mayoritarios de la población o hacia los políticos y administradores clientelistas que regentean la jurisdicción. A ello corresponde que el país flote en el mar Caribe como ambiguo locus amoenus, oscilante entre la inclemente insularidad de su geografía y la blanda levedad que lo sostiene como un biodomo estadounidense en el trópico, insulado y aclimatado contra los peores rigores del clima socioeconómico del litoral. Esta condición de lo que Carlos Pabón llama "insoportable ambigüedad del ser" no amortigua en Puerto Rico un fardo de violencia social y política apenas menor que la cuota usual de la región caribeña, pero, como viene ocurriendo en todas partes, tal violencia sufre la violencia de su borradura en el zapping fragmentario y rutilante del espectáculo, es decir, se banaliza como hiperviolencia. La radio, por ejemplo, comenta, como desgajado fait divers, que cada 8 minutos un niño padece maltrato criminal en la isla. Es una levedad que motiva abreacciones de peso y dureza retórica bajo el trance de la ansiedad, tal cual lo examina Arturo Torrecilla en su libro La ansiedad de ser puertorriqueño: etnoespectáculo e hiperviolencia en la modernidad líquida. Torrecilla circunscribe sus taxonomías de la ansiedad portorricensis al discurso identitario neonacionalista, pero moviliza un registro de perspectivas lo suficientemente amplio como para permitirme glosar ciertas claves del libro con miras a una propuesta más amplia. Las políticas de la identidad locales se presentan como nódulos ideopáticos que simulan ser ideologías diferenciadas, pero cohabitan en una misma matriz. Me refiero tanto al neonacionalismo contemporáneo (en el modo de lo que yo llamaría un homonacionalismo), como a sus desdoblamientos: 1) el anexionista (que yo llamaría un heteronacionalismo) y 2) el estadolibrista (designable como un ambinacionalismo). Propongo, en ese sentido, que existe una esfera dominante de políticas identitarias en el continuum tecnopédagoespectacultural puertorriqueño, en la cual el neonacionalismo como tal es sólo una de las modalidades, la cual se desdobla dentro de una misma agua discursiva en las otras dos. A su vez, dicha esfera se inserta en las ya aludidas políticas de la identidad de la etnodemocracia estadounidense, es decir, en la macroesfera. En cierto modo, el neonacionalismo puertorriqueño, junto a sus confluencias aparentemente antagónicas (anexionista, estadolibrista), con todas sus tonalidades estridentes o melífluas, es un capítulo discursivo de la etnopolítica estadounidenses y actúa como tal en la política de la representación correspondiente al modo actual de hegemonía. Este reconocimiento no provee fulcro alguno desde el cual moralizar contra nadie. Lo importante es la posible apertura del lente que permitiría elevar la crítica del nacionalismo contemporáneo a una crítica general de las políticas de la identidad y de su corolario comunitario, y en esa dirección hago estas anotaciones a la ansiedad. La ansiedad portorricensis en lo concerniente a la identidad no es una excepción, sino una variante singular más de un proceso generalizado. Otros países del entorno caribeño han experimentado a lo largo del siglo pasado, como Puerto Rico, la gran marcha desde el monocultivo agrícola a la monocultura de la identidad como médium de acumulación de capital. En el Caribe y en tantas otras partes se viven manifestaciones similares de esa "derrota de lo reproductivo, de lo sólido, de lo rígido, por lo simulacional, por lo líquido, por lo liviano, en el terreno identitario" que tan exhaustivamente explica Torrecilla, basándose en Baudrillard, Lipovetsky y otros. Contribuyen a la singularidad puertorriqueña: 1) su vínculo ectoplásmico especial, en tanto jurisdicción territorial o frontera interior con el estado norteamericano, que le otorga carta de socio precario en la llamadas "sociedades opulentas" o desarrolladas; 2) el hispanismo irredento que ha encuadrado un imaginario nacional permanentemente embriónico; 3) la articulación de este imaginario nacional no nato a la producción identitaria de latinidad en la etnodemocracia estadounidense, en la que parecería recombinarse. Tal imaginario nacional recombinante se nos aparece, como fantasma que retorna, en la forma de un neonacionalismo. El neonacionalismo posee una contextualidad local muy fuerte, que ya ha sido historiada con precisión por Carlos Pabón. Se le podría definir como avatar posmoderno, blando y culturoide, del antiguo nacionalismo de cuño anticolonial. Pero creo que el neonacionalismo no puede comprenderse fuera del contexto agregado de la etnización de la política, es decir, en su profundo aspecto etnonacionalista. Ya Ramón Grosfoguel y otros han establecido la convergencia simbólica y social de las poblaciones de Puerto Rico en la isla y en Estados Unidos en la forma de una etnonación integrada en su conjunto al estado norteamericano, de modo muy distinto a la usual díada entre una nación política (o una colonia tradicional) y su población migrante. La población puertorriqueña circula sin fisuras entre el espacio continental y su ectopismo isleño gracias a la homogeneización política que, entre otros factores, la ciudadanía estadounidense de los puertorriqueños brinda. A esto se agrega la inserción estructural de Puerto Rico en los modos políticos, sociales y económicos del sistema etnodemocrático estadounidense. Lo que incluye los modos de relación de los jefes y jefecillos locales con los partidos nacionales, el funcionamiento de las prestaciones sociales étnicamente configuradas (igualdad de oportunidades, fondos para "minorías", programas minoritarios, etc.) y los modos y lenguajes de inscripción identitaria en el continuum tecnopedagoespectacultural estadounidense y local. Arturo Torrecilla analiza la etnización neonacional, sin abordar la macroesfera estadounidense a la cual se adhiere o integra, pero ello le basta para cubrir un terreno importantísimo. Torrecilla recoge el batón donde Carlos Pabón, en su Nación Postmortem, parece entregarlo. La ansiedad de ser puertorriqueño recubre una y otra vez los modos en que la nación políticamente reclamada se reconvierte en nación étnicamente exhibida como puro espectáculo de consumo. Pabón bien advierte que el neonacionalismo devalúa el alegato anticolonial del nacionalismo para sustituirlo por un ethos antianexionista blando, reacomodado en tanto mecanismo de interpelación política por elites recicladas en una política de representación nacionalistoide inconsecuente en términos de sus retóricas contestatarias. Torrecilla, en cambio, traza meticulosamente "la vertiginosa circulación de lo nacional hasta el arrebato, al punto donde se pierde toda relación de profundidad", como parte del proceso de licuefacción de las identidades y de sus puntos de referencia, dadas las transformaciones del modo de producción global contemporáneo en sus aspectos materiales y simbólicos intrínsecos. En otras palabras, Torrecilla asigna una razón inversa al fenómeno de histerización espectacular del neonacionalismo: a menor intensidad del metasujeto moderno que permitía subjetivar lo nacional duro, mayor el "hinchado delirio sentimental por la cosa nuestra", más intenso el "frenesí por experimentar el trance de la propiedad idio- sincrática, conjurada en la espasmódica emoción de la comunión ritual". Y todo ello viene dinamizado por los modos de acumulación del valor posteriores al capitalismo industrial fordista en formas postindustriales, fragmentarias, vaciadas de subjetivación ciudadana y de éticas laborales, productivas o reproductivas donde todavía, por supuesto, rige (más que nunca) la masividad de la producción y del consumo, pero esta masividad se atomiza en la forma de partículas libres elementales desprovistas de la cohesión ético-estética progresista de antaño y de sus firmes sentidos de pertenencia. Recordemos que el fordismo se basa en articular la producción y el consumo masivos bajo modos de subjetivación del trabajador como sujeto participante en las intepelaciones, tanto corporativas como ciudadanas, de un amplio estado protector, a veces proveedor (fábricaestado-papá, como lo preconizó Henry Ford). Particularmente interesante es la emergencia de toda una serie de formas cotidianas no relacionadas previamente con el concepto de producción ni con el trabajo socialmente útil, como las estéticas del vivir, los códigos emocionales, las interrupciones o pulsaciones de la vida orgánica misma, las pequeñas argucias de la existencia práctica, las idiosincracias, las fobias, las manías y la creación general de imágenes y símbolos asociados al ocio artístico, las ideas espontáneas y anónimamente sistematizadas. Todo ello, generado en la efervescencia de la multiplicidad social, pasa a componer algo así como un vasto tejido de células madre que incide en la acumulación de valor-capital por miles vías, difuminando las distinciones de estructura y superestructura, de teoría y práctica, de lo público y lo privado, para crear ese espacio que en mi Ciudadano insano llamo lo impúblico, y que muchos harían coincidir aproximadamente con la noción del Marx tardío conocida como general intellect, esa especie de intelecto material extendido, múltiple, objetivo, en el que los modos desindividualizados de subjetivación fluyen como opciones de causalidad estocástica sobre una pantalla esférica. Se presenta la situación que ya Adorno preconizaba: lo que hoy podríamos llamar neocapitalismo ya no requiere de "superestructuras ideológicas", pues su propia reproducción genera mecanismos de interpelación, asentimiento y control positivo inscritos en el proceso mismo de circulación de la mercancía y en los correspondientes modos de acumulación de valor, que aglutinan amplias esferas imaginarias y materiales de la vida contemporánea. Torrecilla acude mayormente a las concepciones de Antonio Negri y Paolo Virno para detallar el condicionamiento que provee el general intellect a la continua clonación del neonacionalismo étnico-espectacular como dispositivo hegemónico de interpelación identitaria. A ello le agrega una disquisición muy explícita sobre Guy Debord y su reflexión de aliento profético en torno al dominio totalizante que adquieren, no sólo los medios masivos de comunicación, sino la espectacularización de la vida misma en los mecanismos de reproducción de lo social. A propósito de Debord, estimo que el aforismo 34 de su texto oracular, La sociedad del espectáculo, es el que mejor sintetiza su propuesta: "El espectáculo es capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen". Mi lectura de Torrecilla me permite formular así la escena neonacional etnizada de Puerto Rico: los sujetos consumen su autoimagen étnica en la confluencia aglutinante de lo espectacular comodificado, que los unge en la comunidad homogénea de marca étnica light -la imagen-mercancía es la hostia en la cual encarna el cuerpo comunitario de la imagen espectacularmente consumida. El sí mismo se produce en el espectáculo del consumo frenético de sí mismo. El campo de fuerzas dominantes que articula el programa vigente de poder, gira sobre este vórtice narcisista. Presenciamos una tautología autorreplicante cuya taxonomía de "caracteres" eminentes (en el escenario tecnopedagoespectacultural isleño) anima el plectro satírico-teórico de Torrecilla. Desfilan así conocidos finústicos, firulísticos, virtuosos, emperifollados, emperejilados, consiglieri, policías, hadas madrinas y magos de la intelectualidad identitarista etnizada. En la sátira teórica de esa pasarela (recuérdese que la teoría en griego también connotaba la procesión) de figuras, que sólo desfilan en las notas al calce, radica indudablemente la mayor porción del placer del texto al que apuesta el barroquismo juguetón de este autor sanjuanero. El áspero borde de su sátira produce un gozo anticomunitario nada desdeñable, que me embarga de respeto por la escritura de Torrecilla y su preferir no tributar a la sana comunidad de la ciudadanía nada que no sea la deriva singular de su escritura y de su pensamiento. Si a algo más allá de los temas directamente asumidos por La ansiedad de ser puertorriqueño apunta mi lectura, es a extender el diagnóstico de la fatiga de identidad y de comunidad a las políticas de la etnicidad aparentemente deslindadas del nacionalismo tout court, y aún más allá, al agotamiento de la propia subjetivación del subalterno o de la víctima cara a los discursos liberacionistas y de derechos humanos. En nuestros días, lo que Alberto Moreira llama, en The Exhaustion of Difference, el "consumo compulsivo de identidad" se extiende a todo tipo de identidades cobijables dentro del espectro de la subalternidad. Aún discursos académicos que rebasan el nacionalismo y el etnicismo tradicionales en campos de estudio como la colonialidad del poder, según teorizada por Aníbal Quijano, Walter Mignolo y otros, se rearticulan como dispositivos de identidad bastante fuertes y tajantes en ciertos aspectos, bajo el cobertizo de una oposición epistemológica basal entre Occidente y sus subalternidades coloniales. Dado que esta oposición se fundamenta en lecturas culturalistas de gregariedades "nativas", supuestamente no-occidentales, erigidas como modelos límite y protoutópicos, no pueden sino retornar en ella, si bien con relativa oblicuidad y sofisticación, las políticas etnizantes de la identidad y sus pujanzas paranacionales. Cabría entonces armar una crítica comprensiva de la subalternidad misma como concepto político que dé cuenta del agotamiento general de la identidad y de su corolario comunitario. La tarea crítica no termina con la destrucción de la nación. Una vez la crítica desbloquea en todos sus aspectos la aporía de lo nacional como determinación, sólo le corresponde continuar el desmontaje de las políticas de identidad habidas y por haber. Para parafrasear (a contrario) a un conocido político puertorriqueño, los posmodernos podrían proclamar: "Hoy (la destrucción de) la nación, mañana todas las identidades". Como indica Alberto Moreira, "Lo que vale para lo nacional, vale para cualquier localidad, dado que el pensamiento de lo local simplemente altera la extensión del círculo hermenéutico, pero no lo destruye". Moreira se refiere al círculo hermenéutico de la identidad que atora a la crítica cultural latinoamericanista. Yo añadiría que lo que vale para la localidad en el sentido geográfico que Moreira a veces parece concederle, implicando dimensiones infra y supranacionales, también vale para cualquier "localidad" de sujeto, incluidas las corporales, lingüísticas y sociales. Así, podríamos aplicar a la posicionalidad de sujeto la propuesta de Moreira en favor de una desprogramación atópica "sucia": "Atopismo sucio es el nombre que doy a un programa improgramable del pensamiento que rehúsa satisfacerse en la expropiación, al tiempo que rehúsa caer en pulsiones de apropiación. Es sucio porque ningún pensar surge de la descorporización. Y es atópico porque ningún pensar se agota en sus propias condiciones de enunciación. Esto no nos libra de la crítica, más bien la hace posible." Adjudico en mi lectura de Moreira un pensar que pasa por la posicionalidad (del lugar -como "sentido de la tierra" -, del sujeto, del cuerpo, del otro, del remanente, del exceso, del grito...) y recibe la mancha o rastro de su paso sin trocarla en centro de un círculo interpretativo. Para Aurea María Sotomayor, el grito artaudiano no enuncia un lugar de enunciación íntegramente corporizado, sino la corporeidad como desplazamiento en el trazo. Dice Sotomayor en Femina Faber: "... el grito es lo que queda del cuerpo al purificarse, es la razón de ser de la crueldad, es el lujo que segrega el cuerpo del artista". Según ella, el grito es el agotamiento mismo de la materialidad en que ocurre la expresión, el tránsito de su pérdida misma y la afirmación del poder estético de la pérdida. También importa que el pensar no convierta ese trazo en bisagra de una oposición identidad-diferencia reconducente a la misma circularidad de la que se pretende desviar. Al ponderar el gesto de practicar una singularidad no consumista ("a nonconsumptive singularity") como posible trazo de exterioridad frente a la saturación de la mercancía, Moreira advierte: "Cualesquiera que sean sus posibilidades, éstas deberían pensarse fuera y no dentro del juego de identidad/diferencia, pues la dialéctica de identidad y diferencia se ha agotado y deberá comprenderse hoy como el más reciente avatar de la conciencia melodramática en el plano global. La diferencia, en otras palabras, ya no es 'otra que ella misma', pero se la ha tornado en más de lo mismo a través del poder expandido de comodificación de la cultura que define nuestro régimen de acumulación de capital." Sabemos que el mercado global de la identidad se articula en gran medida sobre la etnicidad, también es cierto que no sólo impregna las inflexiones más indirectas de la misma, sino que comodifica las opciones semánticas del campo sociocultural heterónomas a lo étnico, incluyendo las posicionalidades de la hegemonía y la subalternidad en general. La identidad hegemónica se compra o se vende bien o mal, y la subalterna también. Sus precios se valoran simbólica o monetariamente, en términos de capital-dinero o capital simbólico, en términos de biopoder orgánico o imaginario, o ambos (como la atrocidad que pasa del charco de sangre a los pixeles de la videonoticia). Como dice la cita de Judith Butler consignada en el libro de Moreira, "... las categorías de la identidad tienden a ser instrumentos de los regímenes regulatorios, ya sea como categorías de normalización de estructuras opresivas como puntos de convocatoria para una contestación liberadora de esa misma opresión". Pero ya es sabido que la propia contestación liberadora impone un cerco identitario de control relacionado no sólo con los autoritarismos de los nuevos jefes "libertadores", sino con las inevitables relaciones de calidez que, según advertía Arendt en Men in Dark Times, genera la solidaridad misma, achicando las distancias intersubjetivas que el espacio político requiere. Acudo a una cita de Chela Sandoval que el texto de Moreira también consigna: "... cualquier movimiento de liberación está destinado a repetir el autoritarismo represivo del cual intenta librarse, y a quedar atrapado dentro de una pulsión de la verdad que sólo termina produciendo su propia marca de dominación." La asunción de la dialéctica hegemonía/subalternidad desde la perspectiva subalterna que nos interesa, para mantener su errancia o détournement interruptor, debe saltar las vallas de identidad que ella misma tiende. La consabida repetición del subalterno como "nueva" vieja versión del hegemón que Sandoval expone aquí tan escuetamente tiene su avatar contemporáneo en los simulacros dialécticos de identidad/ diferencia. El subalterno que no puede sino repetirse en su contestación como subalterno, reiterando su compulsión de repetición como incapacidad de otredad, encarna en su propia repetición de sí al hegemón: la continuidad del programa. Por tanto, la perspectiva de la subalternidad sólo puede interesar en la medida en que presenta prospectos de interrupción de la dialéctica que la constituye, es decir, en la medida en que mejor acceda a la desidentificación radical con el juego identidad/diferencia que condiciona incluso la posicionalidad subalterna. A esta interrupción discontinua de sí misma podrían contribuir gestiones en cierto sentido aculturales que, sin embargo, implican una cura más generosa que los atesoramientos compulsivos del culturalismo en boga: se trata de prácticas del desconocimiento, el olvido y la pérdida, capaces de sostener el llamado y la voz del otro mediante el meticuloso registro y reconocimiento del desreconocerse mismo de esa voz. Ello implica asumir la cultura como conservacionismo negativo: asumir el desastre en tanto desastre, la pérdida en tanto pérdida y lo irrecuperable en tanto irrecuperable. Olvidar el restauracionismo, el recuperacionismo, el conocimiento como tesaurización. Memoriar el olvido mismo, sin preten-der traer a la presencia aquello que debió recordarse y que no aparece: apostar a la insuficiencia y a la incompletud misma del rastro y del fragmento como propuestas de relación abierta, no clausurable, de las prácticas. Tal gestión enhebra con las éticas y estéticas incomunitarias de la escritura cual las propone Jean-Luc Nancy, remitiendo la cuestión de la comunidad a la imposibilidad misma de su obrar otra cosa que su exposición infinita al otro y a su deshacerse de sí. Esta cura negativa insinúa interesantes prácticas por venir en el campo institucional. Por ejemplo, conlleva cuestionar la pertinencia del actual organigrama nacionalista, etnicista e identitario de las facultades universitarias. ¿Qué pertinencia tiene la compartimentación disciplinaria de la literatura, los estudios culturales y campos afines en entidades estancas como Literatura Comparada, Inglés, Español, Francés, Estudios Hispánicos, Estudios Latinoamericanos o Estudios Puertorriqueños o Caribeños? Por qué no establecer áreas de literatura, estudios culturales o humanidades tout court, libres de divisiones identitarias, étnicas, regionales o nacionales, y en cambio distribuir los énfasis de cada institución de acuerdo a las preferencias lingüísticas y a las afinidades de los docentes y los estudiantes disponibles o convocables. En la propia Universidad de Puerto Rico, por ejemplo, valdría la pena eliminar departamentos como los de Estudios Hispánicos, de Literatura Comparada, de Español e Inglés, para establecer un área amplia de lengua y literatura. Urge también radicalizar desde ahora una perspectiva posnacional de la literatura. A principios de 2004 algunos nos percatamos del desarrollo de una oscura polémica de varios autores y literatos puertorriqueños contra el crítico peruano Julio Otega, quien apadrina el campo isleño dentro de la etnoacademia hispanista estadounidense. Era un clamor de ofendidos y humillados por el desreconocimiento de la literatura puertorriqueña en la esfera ya de por sí desreconocida globalmente de las letras hispánicas. Al parecer, se le imputaba a este padrino etnoacadémico cierta incuria en su gestión proconsular de lo puertorriqueño. El imputado finalmente respondió y les devolvió la acusación a los ofendidos. Reclamó que ciertamente el "grado cero de la literatura puertorriqueña" es la ausencia de difusión, pero que eso no le corresponde a él. Su planteamiento se puede resumir como un llamado a los isleños a que asuman la responsabilidad de curaduría de su cultura literaria nacional, en tanto condición de posibilidad de una difusión global consecuente. Él es apadrinador, pero no curador. Me parece que el "grado cero" de Julio Ortega y de sus polemistas radica en su apego a la nulidad contemporánea de las literaturas nacionales. Aparte de que la cura positiva e integrista de las tradiciones literarias nacionales sólo se mueve en el mercadeo de las identidades étnicas difusas de la esfera estadounidense o global, y de que sellos nacionales como "peruano" o "puertorriqueño" poco valen en términos de difusión si no se reciclan como latinos genéricos, cualquier intento por crear una literatura de verdadero impacto estético, debe evadir el cerco de las identidades, debe trocar sus identidades en éxodos. En el campo teórico la cura negativa se insinúa como convalescencia de las identidades de la subalternidad, incluyendo la de la víctima. Los trances de la subalternidad, y en especial el de la víctima, son no sólo inescapables, sino constitutivos de la experiencia y del conocimiento mismos. Pero una cosa es el recorrido memorial del abandono forzado con que nos desplaza y nos trocea, por ejemplo, el trance de la víctima, el cual desplaza en modo irrecuperable al evento mismo de la victimización (pues ser víctima es un dejar de ser); y otra cosa es la repetición compulsiva del drama en que la víctima sólo debe reconocerse en el retorno obligado de su rol. En este último caso el trance se reduce a melodrama y la víctima se convierte en personaje de repertorio. El resultado es la víctima como identidad, con el corolario algo siniestro de la "comunidad de las víctimas". El concepto de "comunidad de las víctimas" posee un lado atractivo y cálido que el filósofo Enrique Dussel advierte con elocuencia, pero contiene también un lado chato ante el cual no podemos sino cuestionar qué pertinencia tiene una clausura comunitaria cuyos miembros deben ser víctimas, además de hacernos preguntas al estilo de... ¿quiénes deciden quiénes pertenecen a la comunidad de las víctimas?... o lo que es peor, ¿quién decide quiénes no pueden dejar de pertenecer a ella? Ya Hannah Arendt ha advertido sobre la imposibilidad de acometer la acción política, en el sentido de evento libre que ella le confiere a tal acción, desde la identidad de la víctima o desde la "comunidad de las víctimas". Arendt explica que en la calidez emocional que inunda el trauma compartido, propio de las personas colocadas en posición de víctima y de su urgencia de reaccionar defensivamente, se contrae el espacio interpersonal y disminuye la independencia de coacciones fraternales, de afinidades no elegidas, sin la cual se ocluye la acción política. Además, a la víctima sólo se le puede desear que deje de ser víctima cuanto antes, es decir, que su acción la transforme en otra modalidad de la persona. La reacción defensiva de la víctima debe transformar radicalmente su rol existencial mediante la ofensiva que le permita evadir su situación. Dada la compulsión de repetición de lo mismo a la que tienden las lógicas de la identidad, la identidad de la víctima hallaría la máxima fidelidad a su ser en la reproducción de los mecanismos de victimización, independientemente de quién ocupe el rol de víctima o de victimario. La víctima fiel a su identidad como tal, tendería a repetirse como víctima o a continuar el drama de victimización mediante la mera sustitución de roles, trasladándose a la posicionalidad complementaria del victimario. Pero el mero intercambio de posiciones de víctima y de victimario no transforma en nada la situación que determina la persistencia de esas identidades complementarias. Se requiere abrir una línea de fuga radical del drama de la victimización que rebase la lógica circular de la identidad. Fijarle un sello de identidad a la posicionalidad subalterna o al avatar de la víctima (que suele corresponder a cierta subalternidad) se ha convertido en requisito performativo y epistemológico de las distintas ramas etnizadas del continuum tecnopedagoespectacultural y de sus correspondientes industrias académicas y mediáticas. El performance del académico étnico o paraétnico le requiere siempre traducir el melodrama de la victimización como objeto privilegiado y definitorio del conocimiento. Si el hablante es reaccionario culpa a la víctima, si es "progre" culpa al victimario o si no es ni una cosa ni otra culpa a todo el mundo o a nadie: pero ése es el melodrama que se espera en el círculo hermenéutico de las políticas culturales identitarias. Los eventos y discursos que evaden ese repertorio quedan descualificados. Para ceñirnos a ejemplos de la escena literaria, el circuito neonacional y neoétnico tan brillantemente descrito por Torrecilla, circuito que aquí he articulado a la esfera de la etnodemocracia estadounidense, acoge eufóricamente el performance de Esmeralda Santiago, autora de Cuando era puertorriqueña, en tanto y en cuanto ésta reescenifica su autobiografía como melodrama cuasi-martirológico de un miembro de la "comunidad de las víctimas". Remito a la jeremíada de lamentaciones a que la autora sometió al público en un acto magno en la Universidad de Puerto Rico el 5 de febrero de 2004. Los cánones melodramáticos de la neoetnicidad prescriben que el indiscutible éxito profesional de esta autora graduada de Harvard sea narrado como via crucis de afirmación de la identidad y de su valerosa cruzada contra todas las evidencias del desplazamiento de esa identidad en su persona, incluyendo su desconocimiento del español, incompetencia lingüística que ella exhibe como stigmata de su "calvario" identitario. El mismo circuito neonacional no ha acogido con la misma euforia las memorias de Luisita López Torregrosa, The Noise of Infinite Longing, que exploran el sentido de pérdida que impone el tiempo en un registro relativamente desviado del usual libreto étnico e identitario. Sin necesariamente moralizar contra quienes se mantienen en el circuito etnodemocrático aquí abordado, los que tenemos otras preferencias podríamos montar planes de evasión, abrir espacios donde proliferar, establecer redes conspirativas, realizar interrupciones puntuales o masivas del repertorio dominante, con una táctica muy simple y enriquecedora: hacer lo que preferimos hacer -siempre otra cosa que lo que nos identifica. Transitar en fuga el lugar de la comunidad que continuamente interrumpe su posibilidad de identificarse. Leer y escribir la comunidad incomunitaria.